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papeles Nº 212
7/5/2018

NACIONAL

Consecuencias del declive


demográfico en España
El grave fallo del modelo de sociedad que no
podemos seguir desatendiendo
Alejandro Macarrón Larumbe
Ingeniero y consultor empresarial. Director de la Fundación Renacimiento Demográfico
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Introducción
Si la fecundidad en España y la Unión Europea se mantuviera indefinidamente en
sus valores medios del período 2000-2015 (1,32 hijos por mujer en España, y
1,53 en la UE a 28), y no hubiera flujos migratorios con el exterior, el número de
adultos jóvenes, las personas con edades entre 18 y 35-40 años, se reduciría, de
manera aproximada, en casi un 27% por generación en la UE, y un 38% en Es-
paña, al ritmo en los próximos cien años que muestra el Gráfico 1 de manera ilus-
trativa-orientativa, que también incluye la acongojante proyección de la región de
menor fecundidad de toda Europa en los últimos lustros, Asturias (0,98 hijos por
mujer de media 2000-2015). Con algunas décadas de retraso, la población total
de la UE, España y Asturias menguaría a un ritmo parecido al de sus juventudes.
Y por haber menos y menos niños, jóvenes y adultos de mediana edad, la socie-
dad en su conjunto estaría cada vez más envejecida, envejecimiento al que con-
tribuiría también el previsible aumento de la longevidad, si bien esa contribución
sería muy inferior a la de la falta de nacimientos.

Este declive demográfico, de seguir indefinidamente, nos conduciría a la extin-


ción. Hasta llegar a ella, conllevaría efectos empobrecedores en los planos eco-
nómico y familiar-afectivo; nuestra democracia degeneraría en gerontocracia, pero

GRÁFICO 1.
Proyección del número de adultos jóvenes por cada cien de hoy
(supuestos: con la fecundidad media 2000-2015 y sin migraciones)

120
100 100 100 Unión Europea 28 España Asturias
100

80 72
62 56
60
45 42 44
36
40
24 29
22
20 13 8
0
2018 2050 2075 2100 2118
Fuente: Eurostat, INE

España, Europa y Occidente en general transitan desde hace décadas


hacia el declive demográfico, y hasta ahora han optado por ignorar el
asunto o aplicar remedios insuficientes
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3 papeles

Entre 1900 y 1975, pese a los estragos de la guerra civil y la


abundante emigración al extranjero, la población española se duplicó,
pasando de 18 a 36 millones de personas

no en el sentido clásico de gobierno de ancianos sabios, sino de hegemonía apa-


bullante de los votantes jubilados; y España y Europa sufrirían una pérdida conti-
nua de peso internacional. Esta decadencia podría ser paliada y ralentizada –pero
no solucionada, por la experiencia de otros países– mediante inmigración extran-
jera, la cual, de ser bien gestionada e integrada, conllevaría efectos beneficiosos
para los países de acogida. Y mal gestionada e integrada, podría acarrear males
incluso más agudos que los debidos a la decadencia autóctona.

Por esa senda de declive demográfico autóctono transitan desde hace déca-
das España, Europa y Occidente en general. También numerosas naciones de otras
latitudes y longitudes, en especial del extremo Oriente, con un Japón que es el país
más envejecido del mundo, seguido por Alemania e Italia (casualmente, o no, sus
antiguos aliados del Eje). Al ser relativamente reciente y de evolución lenta esta
decadencia demográfica por baja natalidad y envejecimiento social –envejecimiento
amplificado por el feliz hecho de que la longevidad siga aumentando–, haber exis-
tido hasta hace pocos lustros un riesgo real de superpoblación en la Tierra, y en-
trañar la baja fecundidad aspectos incómodos para gran parte de la sociedad y sus
políticos, y más aún para los partidarios de influyentes ideologías con intenciones
y/o consecuencias antinatalistas, mayormente, España y Europa/Occidente han
optado hasta ahora por ignorar el asunto, o como mucho por aplicar remedios in-
suficientes.

En este papel expondremos de manera sintética dónde estamos en materia de


nacimientos, qué consecuencias cabe esperar de una fecundidad tan baja, y qué
se podría hacer para lograr un repunte sostenido de la natalidad1.

De dónde venimos y dónde estamos en natalidad


Veamos el caso español. Es similar a lo sucedido en otros países europeos y oc-
cidentales, cambiando lo accesorio en detalles temporales y números concretos,
y en las últimas décadas, con un déficit de nacimientos particularmente acusado,
ya que la natalidad española es de un 15% a un 20% inferior a la del resto de Eu-

1
Para profundizar en el asunto, quien lo desee, puede leer mi reciente libro Suicidio demográfico en Occidente
y medio mundo, con prólogos de Josep Piqué, Joaquín Leguina y el influyente economista alemán Hans-Wer-
ner Sinn. Está disponible en Amazon.
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4 papeles

Desde 2009, estamos inmersos en un nuevo ciclo de caída en el


número de nacimientos, con una tasa de fecundidad estancada en
niveles de un 35% a un 40% por debajo de los necesarios para el
relevo generacional

ropa. También Alemania, Italia, Portugal, Suiza, Austria y Luxemburgo figuran entre
los países europeos con natalidad especialmente baja en las últimas décadas.

Hacia 1880, según se desprende de las tablas de mortalidad de la época, ac-


cesibles en la excelente base de datos del INE de estadística histórica, uno de
cada dos niños nacidos en España moría antes de cumplir doce años. Por ello, ha-
cían falta entonces en media de cuatro a cinco hijos por mujer para asegurar el re-
levo generacional y la continuidad de la sociedad española. Como la población
crecía a buen ritmo (casi un 20% entre 1860 y 1900, pese a haber emigración ex-
terior neta), la fecundidad media de entonces debía de ser de cinco o más hijos
por mujer. Así, entre 1861 y 1870, en media anual, nacieron en España unos
612.000 niños (un 50% más que en 2016, con un 65% menos de población), y mu-
rieron en promedio unas 491.000 personas (aproximadamente un 20% más que
ahora, pese a la menor población). Tradicionalmente, con una esperanza de vida
que apenas superaba la tercera parte de la actual, había más nacimientos que de-
funciones, lo cual, salvo grandes epidemias, hambrunas, guerras o emigraciones,
llevaba a crecimientos sostenidos de la población.

En el siglo XIX, en toda Europa y Occidente, la natalidad y la mortalidad comenza-


ron a caer de manera estructural, primero en los países más desarrollados, después
en los más atrasados. En España esto se notó sobre todo desde el último cuarto del
siglo XIX. Como la mortalidad se reducía con más fuerza que los nacimientos –con in-
crementos continuos, que siguen dándose, en la esperanza de vida a todas las eda-
des–, y en especial entre los niños y jóvenes, la población tendió a crecer a ritmos
mucho mayores que los tradicionales. Entre 1900 y 1975, pese a los estragos de la
guerra civil y la abundante emigración al extranjero, la población española se duplicó,
pasando de 18 a 36 millones de personas. Con la menor mortalidad infantil y juvenil,
el número de hijos por mujer necesarios para el reemplazo de la población se redujo
de manera paulatina. Ahora, en España y los demás países desarrollados, un 99% o
más de las personas superan los 30 años de edad, y solo necesitamos unos 2,1
hijos por mujer para el relevo generacional, menos de la mitad que antaño.

El déficit de nacimientos español empezó hace unos 35 años, cuando la fecun-


didad, que se desplomó desde 1977, perforó a la baja el umbral de reemplazo. Y
siguió cayendo año a año durante tres lustros más, hasta alcanzar mínimos mun-
diales con 1,16 hijos por mujer en 1997. Ese indeseable récord, que también co-
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GRÁFICO 2.
Promedio de hijos por mujer en España desde 1900

5,0
4,70
4,43
4,5
4,14
4,0
3,63
3,5

2,97 2,76 2,94 2,88


3,0
2,80
2,5 2,46

2,04
2,0
1,56
1,5 1,33 1,38 1,34 1,34
1,16 1,24
1,0

0,5

0,0
1900 1910 1920 1930 1941 1951 1961 1966 1971 1976 1981 1986 1991 1996 2001 2006 2011 2016

Fuente: INE, Fundación BBVA

rrespondió a España en media entre 1989 y 2014, pasó casi como una anécdota
para la inmensa mayoría de los españoles, sus autoridades políticas, y sus grandes
referencias intelectuales y mediáticas. A finales de los 90, principalmente por la lle-
gada masiva de inmigrantes –más jóvenes de media que los españoles, y con mayor
fecundidad–, se produjo un apreciable repunte del número de nacimientos, y otro
algo menor de la tasa de fecundidad, si bien muy insuficientes ambos. Desde 2009,
estamos inmersos en un nuevo ciclo de caída en el número de nacimientos, con una
tasa de fecundidad estancada en niveles de un 35% a un 40% por debajo de los ne-
cesarios para el relevo generacional, siendo hijos de madres nacidas en el extran-
jero un 23% de los nacidos en 2016, según Eurostat, las cuales elevan el indicador
global de hijos por mujer en España, algo que ocurre sobre todo en las CC.AA. y pro-
vincias con abundante inmigración magrebí-musulmana, como Cataluña, Murcia, La
Rioja, Álava o Teruel, además de Ceuta y Melilla.

Desde hace años hay más fallecimientos que nacimientos de


españoles autóctonos. Y desde 2015, también es el caso con la
población total de España, inmigrantes extranjeros incluidos
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Si la fecundidad en España se mantuviera en los 1,33 hijos por mujer


de 2015, la esperanza de vida siguiera creciendo y no hubiera flujos
migratorios, España perdería aproximadamente la mitad de su
población al final del presente siglo

A nivel mundial, un fenómeno esencialmente similar (menor natalidad, y mucha


menor mortalidad) llevó a crecimientos de población inauditos en el siglo XIX y, sobre
todo, en el siglo XX. Se estima que la humanidad casi multiplicó por cuatro su tamaño
en el siglo pasado. Esto dio lugar a los miedos a la superpoblación, en su día justifi-
cados. Hace 40 años, la población del Tercer Mundo se duplicaba cada 25 años, lo
que implicaría multiplicarse por 16 cada siglo, por 256 cada dos siglos, por 4.096 cada
tres siglos... Esos temores llevaron al gobierno de los EE.UU. a poner en marcha un
plan de muy amplio alcance para que cayera la natalidad en el Tercer Mundo, sinteti-
zado en el llamado “Informe Kissinger” de diciembre de 19742, un documento se-
creto del gobierno norteamericano, posteriormente desclasificado. Pero los miedos a
la superpoblación mundial carecen ya de fundamento, tras caer la tasa de fecundidad
mundial a la mitad en los últimos 50 años, estar actualmente en niveles apenas su-

GRÁFICO 3.
Evolución del número de hijos por mujer en los países más desarrollados del mundo,
menos desarrollados e intermedios
La tasa de fecundidad mundial pasó de 5,0 hijos por mujer
en 1960-1965 a 2,5 en 2010-2015, según la ONU.
7,0
6,5 6,6 6,5
6,2
5,9
6,0 5,7
5,2
4,9
5,0
4,0
4,0
3,2
2,9
3,0 2,6
2,3 2,4
2,0 1,8 1,7
2,0 1,7

1,0

0
1960-1965 1970-1975 1980-1985 1990-1995 2000-2005 2010-2015
Países más ricos Países intermedios en riqueza Países más pobres Fuente: ONU

2
El documento es: “Implicaciones del crecimiento de la población mundial para la seguridad de los Estados
Unidos de América y sus intereses internacionales” (National Security Study Memorandum NSSM 200), y
está disponible en Internet en http://pdf.usaid.gov/pdf_docs/Pcaab500.pdf
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7 papeles

Las proyecciones 2015-2080 de Eurostat para la Unión Europea a 28,


en su escenario sin migraciones, arrojan una pérdida de 100 millones
de habitantes de 2015 a 2080 (de 506 millones a 406)

periores a los de reemplazo3 y seguir con tendencia a la baja, y tras haber crecido
mucho más el PIB que la población y haberse reducido muy apreciablemente las tasas
de pobreza, refutándose de manera apabullante la conjetura pesimista de Malthus.

Consecuencias demográficas de la baja natalidad:


tendencia a la despoblación y envejecimiento social
Como resultado de la baja natalidad, España, toda Europa y EE.UU. tienden a per-
der habitantes, salvo que la reducción de la población nativa por escasez de naci-
mientos se compense con la entrada de inmigrantes extranjeros. Un caso extremo
es el de Rusia, donde murieron trece millones de personas más de las que nacie-
ron entre 1991 y 2011, una sangría humana que el gigante euroasiático solo pudo
enjugar a medias con la entrada de inmigrantes, en su gran mayoría rusos étnicos
procedentes de países vecinos que pertenecían a la Unión Soviética. En Alemania,
la nación con menor fecundidad mundial media en el período 1974-2014, y la más
envejecida de Europa, desde 1972 ha habido unos cinco millones de muertes más
que nacimientos, si bien el país germano ha recibido un número aún mayor de in-
migrantes foráneos, incluyendo el reciente y muy controvertido aluvión de refugiados
de Oriente próximo. En nuestro país, desde hace años hay más fallecimientos que
nacimientos de españoles autóctonos. Y desde 2015, también es el caso con la po-
blación total de España, inmigrantes extranjeros incluidos4, y de la gran mayoría de
las provincias. El caso extremo es el de Zamora, con el triple de muertes que de na-
cimientos, acongojante proporción a la que se acercan Orense y Lugo.

Otra consecuencia indeseada de la baja natalidad es el envejecimiento de la so-


ciedad, que se puede medir por indicadores como la media o la mediana de edad
de la población, o el porcentaje de personas con 65 años o más. Estos indicado-
res de envejecimiento tienden a aumentar de valor por el crecimiento de la longe-
vidad, además de por la menor natalidad. Hasta ahora, la contribución de la caída
de la natalidad al envejecimiento de nuestra sociedad, por el descenso del nú-

3
La fecundidad mundial estaría ya en niveles ligeramente inferiores a 2,5 hijos por mujer en el mundo, según
la ONU. Y por la mortalidad infantil y juvenil aún elevada de muchos países, aunque felizmente muy inferior
a la tradicional, la tasa real de reemplazo de la población mundial estaría en torno a 2,3 hijos por mujer.
Por otra parte, la tasa de natalidad mundial sigue bajando, lo que conduciría en muy pocos años o lustros
a una fecundidad global por debajo de la de reemplazo.
4
De manera aproximada, un 13% de los habitantes de España a mediados de 2017 habían nacido en el ex-
tranjero. Y otro 3% eran hijos de inmigrantes menores de 20 años, nacidos y criados en España.
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mero de niños y jóvenes que entraña, ha sido muy superior al impacto de la mayor
esperanza de vida. La media de edad de los españoles ha pasado entre 1976 y
2016 de 33 a 43 años, en un período con una media de 1,5 hijos por mujer de fe-
cundidad. En contraste, entre 1930 y 1976, con una media de 2,9 hijos por es-
pañola, la esperanza de vida en España creció 24 años, mientras que la edad
promedio de la población española aumentó solo 4,7 años. Según nuestros cál-
culos aproximados, realizados estimando qué habría pasado si la natalidad se hu-
biera mantenido en España como en 1976, y la mortalidad hubiera descendido
como lo ha hecho desde entonces, un 75% del incremento de 10 años de prome-
dio de edad de los españoles 1976-2016 se ha debido a la caída de la fecundi-
dad, y solo el 25% restante ha sido causado a la mayor longevidad. Como también
ha aumentado la esperanza de vida en estado saludable, una parte del incremento
de la media de edad de los españoles es socialmente inocua. Así pues, virtual-
mente todo el problema de envejecimiento de España, hasta ahora al menos, se
debe solo a la menor natalidad.

GRÁFICO 4.
Población de España –total y en edad laboral típica– en millones
NB. Principales supuestos de las proyecciones: fecundidad constante
como la de 2015 (1,33 hijos por mujer), evolución de la mortalidad
como la prevista por el INE, sin flujos migratorios con el exterior
50,0
46,5 Población total Población de 20 a 65 años
45,0
41,2
40,0

35,0
31,4
29,0
30,0

25,0 23,8

19,6
20,0
17,5
14,7
15,0
12,9
10,5
9,5
10,0
7,4 6,9
5,3 3,8 3,6
5,0
2,7 1,9 0,7
1,4
0,0
2016 2050P 2075P 2100P 2125P 2150P 2175P 2200P 2250P 2300P
Fuente: INE, Proyecciones de población-Fundación Renacimiento Demográfico
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9 papeles

La disminución de la población se nota ya con fuerza en los mercados


para consumidores infantiles y juveniles, con el consiguiente impacto
para los proveedores de productos y servicios para ellos (educación,
ropa, alimentos infantiles, etc.)

Si los españoles y europeos siguieran indefinidamente con una fecundidad insufi-


ciente, acabarían desapareciendo. Otra cosa es que fueran reemplazados por pobla-
ción foránea, con las ventajas e inconvenientes que ello acarrearía. Si la fecundidad
en España se mantuviera en los 1,33 hijos por mujer de 2015, la esperanza de vida
siguiera creciendo como prevé el INE para las próximas décadas, y no hubiera flujos
migratorios positivos o negativos con el extranjero, según nuestras proyecciones, Es-
paña perdería aproximadamente la mitad de su población desde ahora al final del pre-
sente siglo, y unas dos terceras partes de sus habitantes en edad laboral.

En cuanto a Europa, las proyecciones 2015-2080 de Eurostat para la Unión Eu-


ropea a 28, en su escenario sin migraciones (es decir, la proyección de la pobla-
ción actual de Europa como tal, inmigrantes actuales incluidos), arrojan los
siguientes números: pérdida de 100 millones de habitantes de 2015 a 2080 (de
506 millones a 406); las personas con 65 años o más pasarían de ser el 19% en
2015 al 32% en 2080; y pasaríamos de 3,2 personas de 20 a 64 años por cada
mayor de 64 años en 2015 a solamente 1,5 en 20805.

Consecuencias sobre la economía del declive demográfico


Al margen de ciertos aspectos secundarios positivos de estas pautas demográficas,
como una demanda creciente de productos y servicios de mayor consumo por la po-
blación de mayor edad –como los sanitarios–, o ahorros en gasto privado y público en
la crianza de las siguientes generaciones, las consecuencias para la economía y las
empresas de que haya menos población, y de que la existente esté cada vez más en-
vejecida, a priori, serían globalmente negativas, en diversos planos. Muchos de los im-
pactos que se detallan a continuación podrán ser paliados o superados con medidas
adaptativas, como la racionalización del Estado de bienestar, el incremento del nú-
mero de años trabajados en la vida laboral promedio de los españoles, una mayor ro-
botización y automatización de la producción, o un mayor foco en mercados exteriores,
para exportación o inversiones, que compensen la contracción de los mercados y la
fuerza laboral domésticos por la evolución demográfica. Pero difícilmente podrán ser
compensados todos ellos y, en especial, los derivados de la disminución de la de-

5
Uno de los supuestos de las proyecciones de Eurostat, no avalado por datos empíricos recientes, es que
aumentaría la fecundidad de manera apreciable en Europa en las próximas décadas. De no ser así, la rea-
lidad sería aún más sombría: mayor pérdida de población, más envejecimiento social.
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10 papeles

Las actuales dinámicas demográficas abocan a necesidades


crecientes de gasto público para atender a la población jubilada y de
mayor edad (pensiones, sanidad, gasto en dependencia)

manda interna por descenso del número de personas y envejecimiento social, y del
impacto de esos mismos fenómenos en la fuerza laboral, en ausencia de repuntes fu-
turos de la natalidad y/o de la llegada –y buena integración subsiguiente– de nueva
inmigración extranjera. En síntesis, estos impactos negativos serían los siguientes.

• Demanda agregada de consumo e inversión

Al mercado español se destina más del 75% de los bienes y servicios produci-
dos en España. Al haber menos población y estar esta más envejecida, se con-
traería la demanda interna de bienes y servicios de consumo, y habría menos
inversiones productivas para satisfacer necesidades de los consumidores y de
la población en general, excepto en los renglones de más gasto de la población
de mayor edad, que tiende a crecer. La disminución de la población se nota ya
con fuerza en los mercados para consumidores infantiles y juveniles, con el
consiguiente impacto para los proveedores de productos y servicios para ellos
(educación, ropa, alimentos infantiles, etc.).

GRÁFICO 5.
Población en España de 0 a 14 años
Variación Variación Variación
9,78 1980-2015 2015-2030 1980-2030
10,0 9,73
Menores
-28% -28% -48%
9,0 de 15 años
Menores
8,0 de 15 años
-45% -29% -61%
con madre
7,01 española
7,0
Menores
6,0 de 15 años
3210% -23% 2441%
con madre
5,39
5,06 extranjera
5,0

3,82
4,0 Menores de 15 años (total)
Menores de 15 años con madre española
3,0
Menores de 15 años con madre extranjera

2,0
1,62
1,24
1,0
0,05 Fuente: Cifras históricas de población, Padrón Municipal
0
y proyecciones de población a largo plazo (INE),
1980 2015 2030 Eurostat y elaboración propia.
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GRÁFICO 6.
Crecimiento medio anual en EE.UU. del PIB, la productividad por trabajador
y la fuerza laboral

4,5%
4,0% Incremento de la productividad Incremento de la fuerza laboral
4,0%
3,4% 3,4%
3,5%
1,3% 2,2% 1,3%
3,0% 2,9%
3,0%
1,9%
1,5%
2,5%
2,7%
2,0% 2,1%
1,4%
1,5%
1,4% 0,5%
1,0% 1,1% 1,2%

0,9%
0,5%

0,0%
1956-1965 1966-1975 1976-1985 1986-1995 1996-2005 2006-2015

Fuente: JP Morgan Aset Management. Guide to the Markets-Europe (Q1 2017)

Además de la contracción del consumo por la menor cantidad de población, el en-


vejecimiento de la que hay también comportaría una reducción adicional del
mismo. A partir de ciertas edades (55 a 65 años, y más todavía en edades su-
periores), la demanda de la mayoría de los bienes de consumo tiende a decrecer.

• Oferta económica agregada

La oferta de bienes y servicios producidos en España se vería afectada negati-


vamente por la disminución de la mano de obra disponible, el envejecimiento de
la existente y la pérdida de economías de escala, por la menor demanda interna,
en la producción y provisión de bienes y servicios. A menos cantidad de mano de
obra disponible, ceteris paribus, habría menos producción (PIB), ya que el PIB
equivale, aproximadamente, al producto del tamaño de la fuerza laboral por la
productividad media por trabajador. Así, el PIB en EE.UU. se multiplicó de manera
aproximada por seis entre 1955 y 2015: 2,5 veces la productividad por 2,4 veces
la fuerza laboral (Gráfico 6). Sin crecimiento demográfico, y aun sin evaluar otros

El valor de los activos, como los inmuebles, que depende de su


demanda, tiende a disminuir con el declive demográfico
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12 papeles

En España, de seguir las pautas de fecundidad prevalentes en las


últimas décadas, el 50% de los menores de 50 años de nuestro
tiempo no tendrán de mayores ni siquiera un nieto

componentes de la productividad ligados a la demografía, como las economías


de escala, la economía de Estados Unidos sería ahora un 58% inferior.

• Fuerza laboral y costes laborales unitarios

Las proyecciones demográficas auguran una disminución de la cantidad de mano


de obra, y un considerable envejecimiento de la existente. Esto, además de la re-
ducción ya comentada del PIB potencial por haber menos población en edad la-
boral, llevaría a un encarecimiento de la mano de obra, por su escasez, en una
tendencia que afectaría a todos los países occidentales, según analistas como Ge-
orge Friedman, en su libro The next 100 years (los próximos cien años).

• Gasto público y recaudación fiscal

Las actuales dinámicas demográficas abocan a necesidades crecientes de


gasto público para atender a la población jubilada y de mayor edad (pensiones,
sanidad, gasto en dependencia), solo parcialmente compensables por la ten-
dencia a menores necesidades, asimismo estructurales, en gasto educativo,
desempleo (por la escasez de mano de obra que tenderá a haber), nuevas in-
fraestructuras y, probablemente, seguridad (al ser la criminalidad, mayormente,
cosa de adolescentes y adultos jóvenes, como se aprecia en las estadísticas
de condenados). Ese mayor gasto público se deberá atender con impuestos ex-
traídos de una economía estructuralmente afectada por los impactos negati-
vos mencionados sobre oferta y demanda. El resultado sería, o bien déficits
públicos persistentes y stocks de deuda pública crecientes, o mayor presión
fiscal, o prestaciones públicas cada vez más escasas para la población de
mayor edad. O bien, una combinación de esas tres cosas.

• Productividad y competitividad de las empresas

Como consecuencia de una mano de obra envejecida y encarecida por escasa,


una presión fiscal previsiblemente mayor, pérdida de economías de escala por
menor número de consumidores y de clientes domésticos, y estar más enveje-
cidos los que hubiera, y menor innovación y emprendimiento (más típicos, aun-
que no exclusivos, de jóvenes), la evolución demográfica previsible tendría un
impacto negativo en la productividad y competitividad de las empresas. Dicho
lo cual, si la escasez y encarecimiento de mano de obra forzase a una mayor
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13 papeles

automatización de la producción de la que se daría de no haberla, haciéndose


virtud de la necesidad, el balance final de dicha escasez en estas dos variables
esenciales de la economía, íntimamente relacionadas, la productividad y la com-
petitividad, podría no ser tan negativo.

• Depreciación del valor de inmuebles y propiedades

El valor de los activos, como los inmuebles, que depende de su demanda, tiende
a disminuir con el declive demográfico. ¿Qué valen las casas en una aldea que
se va quedando abandonada, en la que solo habitan algunos ancianos que
serán los últimos moradores del lugar? Tienden a no valer nada. Excepto en
las grandes ciudades y lugares con demanda de vivienda por turismo, el valor
de la vivienda en la gran mayoría de España, que es la reserva de valor de la
mayoría de los españoles, tiende por tanto a depreciarse estructuralmente.

Otras consecuencias relevantes del declive demográfico


(plano familiar-afectivo, político, geopolítico)
“Ya no hay niños en los pueblos que alegren la primavera.
Solo quedan los abuelos contemplando su vejera”.
Copla leída en un bar de Fontibre, donde nace el río Ebro.

“Debería permitirse a los ancianos que se den prisa y mueran, para aliviar
así el gasto soportado por el Estado en sus tratamientos”.
Taro Aso, ministro de Finanzas de Japón, 2013.

En el plano afectivo y familiar, el menor número de nacimientos y otras pautas so-


ciales colaterales –menos nupcialidad, altos porcentajes de rupturas matrimonia-
les6– conllevan un enorme aumento de la soledad y de los hogares poco poblados,
por la drástica disminución del número de parientes cercanos (hijos, nietos, her-
manos, primos, tíos, sobrinos, etc.). Por esa razón, a comienzos de 2018 se anun-
ció la creación en el Reino Unido de una secretaría de Estado para la Soledad. Y si
una de las pocas cosas que tradicionalmente endulzaban la vejez eran los nietos,
en España, de seguir las pautas de fecundidad prevalentes en las últimas décadas,
el 50% de los menores de 50 años de nuestro tiempo no tendrán de mayores ni si-
quiera un nieto. En el extremo, habrá un riesgo creciente de un mal final de vida, en
línea con la terrible frase del ministro japonés de Finanzas reproducida, en forma de
“eutanasia” involuntaria (y por lo tanto, con nada “eu”, esto es, con nada de buena),

6
La baja nupcialidad y las altas tasas de ruptura familiar tienen un efecto negativo propio en la fecundidad.
Hay tres tipos de hogares con hijos: los formados por una pareja casada, los formados por una pareja de
hecho y los monoparentales. En España y en todos los países europeos, el número medio de hijos es mayor
en los hogares formados por un matrimonio. Y en EE.UU., según datos del CDC del gobierno norteameri-
cano, las mujeres casadas tienen ‘el doble’ de fecundidad que las no casadas.
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De 2007 a 2014, el gasto en pensiones de jubilación en España


creció cerca del 50%, con un PIB que en 2014 fue inferior al de 2007,
y un déficit público en niveles altísimos desde 2008

o de maltrato por lo caro y duro que es cuidar a ancianos incapacitados, en una so-
ciedad con muchos viejos y pocos jóvenes para crear la riqueza necesaria para cui-
dar a los más mayores adecuadamente.

En el plano político, la población jubilada representará –ya es así– una parte muy
numerosa y en continuo aumento del electorado. Esto conducirá, previsiblemente,
a que los jubilados perciban una porción creciente del PIB en pensiones, sanidad y
ayuda a la dependencia, lo que, de no hacerse de manera equilibrada, puede ser muy
gravoso para la economía productiva y el bolsillo del contribuyente, o bien para el
equilibrio en las cuentas públicas. Esto ya ha sucedido en el trato privilegiado a las
pensiones durante la reciente “gran recesión”. Así, de 2007 a 2014, el gasto en pen-
siones de jubilación en España creció cerca del 50%, con un PIB que en 2014 fue
inferior al de 2007, y un déficit público en niveles altísimos desde 2008.

Finalmente, entre las consecuencias adicionales de los cambios demográficos


recientes y previstos, cabe mencionar el peso que ha recuperado la dimensión de-
mográfica en las relaciones internacionales de negocios y de otros tipos, una idea
que desarrolló Josep Piqué en su libro Cambio de era. En el mundo actual, en el
que están emergiendo los países antaño menos desarrollados, y tienden a igua-

GRÁFICO 7.
Peso histórico de la población de Europa en el total mundial

30%

25% 24,7%
21,9% 21,7%
20,6% 20,8%
20% 18,3% 19,1% 18,3%

15,6%
15%

10,0%
10%
7,5%
5,8%
5%

0%
1500 1600 1700 1750 1800 1850 1900 1950 1980 2015 2050P 2100P

Fuente: ONU (datos históricos y escenario central de proyecciones de población)


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larse a los más desarrollados en productividad por persona, el tamaño de las po-
blaciones totales de los países vuelve a contar muchísimo en las relaciones entre
ellos, como fue la norma hasta el Renacimiento. A partir de los siglos XVI-XVII, Eu-
ropa dominó/lideró el mundo, y no por su superioridad en población, sino en pro-
ductividad económica y bélica. Por ello, ahora, los países emergentes cuentan
cada vez más en el concierto internacional, porque en conjunto tienen mucha más
población que los países ricos. En concreto, como ya se comentó, el peso demo-
gráfico de Europa en el mundo ha pasado de casi un 25% en 1900, en los tiem-
pos de la Belle Époque, al 10% en la actualidad, y va a menos.

Qué hacer ante el declive demográfico: natalidad, inmigración,


adaptación
Las sociedades desarrolladas con baja fecundidad –todas, menos Israel– deben
realizar un triple esfuerzo para sortear los males que su evolución demográfica
augura: una apuesta decidida por mayores tasas de natalidad; una gestión equi-
librada, con amplitud de miras, seria y sin simplezas buenistas o extremistas, de
la inmigración extranjera; y un ejercicio de adaptación socioeconómica al enveje-
cimiento social rampante.

En orden inverso, como el declive demográfico autóctono conlleva efectos es-


tructuralmente depresivos sobre la economía, y mayores necesidades de gasto
público para atender a la creciente población jubilada o anciana, las medidas acon-
sejadas de adaptación al envejecimiento social serían en esencia muy parecidas
a las necesarias para combatir la anterior crisis económica: reformas e innova-
ciones, tanto públicas como privadas, para facilitar que crezcan la productividad y
la competitividad exterior; y para eliminar gastos superfluos y ahorrar. Además, el
sector público por su propia función, y el privado como oportunidad, deberán am-
pliar la oferta de infraestructuras, servicios y productos específicos para atender
a la creciente población anciana. Y al tiempo, reestructurar y/o redimensionar a
la baja su oferta de productos y servicios destinados a la población joven. Pero por
bien que nos adaptemos, sin cambiar la tendencia al envejecimiento social y a la
pérdida de población, por esta vía lo más que podremos conseguir es una mejor
administración de la penuria que el declive demográfico induciría, y un retraso en

Las sociedades desarrolladas con baja fecundidad deben realizar un


triple esfuerzo para sortear los males de su evolución demográfica:
una apuesta decidida por mayores tasas de natalidad; una gestión
equilibrada de la inmigración extranjera y una adaptación
socioeconómica al envejecimiento social
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La inmigración extranjera se debería afrontar con seriedad, rigor y el


objetivo de que sea un éxito sostenible. Sobra tanto la demagogia
buenista de Estados de bienestar pasados de vueltas como la
demagogia xenófoba moralmente inaceptable

el tiempo de llegada de sus peores consecuencias. Nuevas tecnologías que po-


tencian la productividad humana, y en especial la robótica y la inteligencia artifi-
cial, podrían paliar en lo económico una parte importante de los efectos de este
declive humano. Pero cuidado con confiar en ellas en exceso, que no está nada
claro que esas tecnologías avanzarán con la rapidez que sus más entusiastas au-
gures nos anuncian en los últimos años.

En cuanto a la inmigración extranjera, a la vez una de las mayores fuentes de


oportunidad demográfica y de potenciales fracturas sociopolíticas en las socie-
dades occidentales, es algo que se debería afrontar con seriedad, rigor y el obje-
tivo de que sea un éxito sostenible, tanto para los foráneos como para las
sociedades de acogida. Para ello, sobra tanto la demagogia buenista de Estados
de bienestar pasados de vueltas en sus sistemas de subsidios –los cuales tien-
den a atraer y retener más inmigración de la que pueden absorber sin daños so-
ciales en el mercado laboral, y en especial de la poco o nada cualificada– y cortos
de voluntad para hacer respetar la intangibilidad de sus fronteras, como sobra la
demagogia xenófoba e “inmigrofóbica”, moralmente inaceptable. En ningún país
occidental ha sido la inmigración una solución completa al déficit propio de nata-
lidad. Bien gestionada es, ha sido y puede ser, un valioso paliativo al declive de-
mográfico autóctono y a la escasez de mano de obra, global o para determinados
tipos de trabajos. Pero mal gestionada (por exceso de inmigrantes para lo que
pueda absorber el mercado laboral, o por baja cualificación profesional de los fo-
ráneos, o si se generan masas críticas de inmigrantes con insuficiente integra-
ción sociocultural, o por procesos de entrada y regularización que destrozan el
Estado de Derecho, etc.,) puede acarrear males sociales considerables... En todo
caso, como en Europa occidental tenemos mucha población nacida en el extran-
jero, y mucha más en nuestras siguientes generaciones7, uno de los principales

7
En España, la madre del 23% de los bebés de 2016 era de origen extranjero, con un 79% de ellas de fuera
de la UE a 28. La fecundidad de las españolas nativas fue de 1,29 hijos por mujer, subiendo a 1,34 a nivel
nacional gracias a las madres inmigrantes. También en otros países de Europa occidental son altos o muy
altos los porcentajes de bebés de madre nacida en el extranjero y con tendencia al alza generalizada. En
2016, y sin incluir en ellos a los hijos de la segunda generación de inmigrantes, en muchos países ya con-
siderable, fueron: Alemania (31%), Austria (35%), Bélgica (32%), Dinamarca (21%), Finlandia (13%), Francia
(23%), Holanda (20%), Irlanda (27%), Italia (23%), Luxemburgo (65%), Noruega (29%), Portugal (17%), Reino
Unido (27%), Suecia (29%) y Suiza (44%). Fuente de datos: Eurostat.
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Para un repunte suficiente de la natalidad se necesitarían


cinco grandes cosas, más una:
1. Concienciar a la población y las élites (políticas, intelectuales, mediáticas y económi-
cas) de la gravedad del problema demográfico y de sociedad que origina la baja na-
talidad, dejando el tema fuera de la lucha partidista/ideológica.
2. Estudiar a fondo el problema para comprender bien sus causas, qué implica de verdad,
y sus posibles soluciones, con datos, rigor, profundidad y sin prejuicios ideológicos.
3. Hacer del aumento de la natalidad una de las primeras prioridades nacionales/regio-
nales/locales (y europeas). Sin ello, no se hará lo suficiente.
4. Adoptar medidas de incentivo económico a la natalidad, que permitan compensar a
las familias por una parte muy significativa del coste completo de tener y criar hijos,
con énfasis en las madres (trabajen o no), pero sin ningunear la figura paterna.
5. Un cambio cultural, de valores sociales y de ciertas leyes, en favor de la natalidad y la
familia, y de lo que favorece que haya más niños.

Y, muy importante: no dejar todo esto en manos del Estado. Es cosa de toda la so-
ciedad, mujeres y varones.
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Porque la insuficiencia de nacimientos genera lo esencial del


problema demográfico de España y otros países europeos, el
incremento de la natalidad debe ser, con diferencia, la mayor prioridad
estratégica en este campo desde la política y la sociedad civil

retos demográficos de Europa es la buena integración de esa población de raíces


foráneas, los inmigrantes y sus descendientes.

Por lo anteriormente expuesto, y porque la insuficiencia de nacimientos genera


lo esencial del problema demográfico de España y otros países europeos, el in-
cremento de la natalidad debe ser, con diferencia, la mayor prioridad estratégica
en este campo desde la política y la sociedad civil. De manera sinóptica, el re-
cuadro anterior contiene un resumen de las que creemos que serían las claves de
un esfuerzo nacional/europeo exitoso para lograr un aumento sostenido de la tasa
de natalidad.

En España podemos aprender de lo que han hecho otros países en esta mate-
ria, tanto en lo que ha funcionado bien... como en lo que no ha funcionado. En di-
versos países europeos, y muy en especial en Francia8, los países nórdicos,
Irlanda, y más recientemente, en Alemania y diversos países del Este (Rusia, Hun-
gría, Polonia, Macedonia…), los Estados ofrecen generosos subsidios, desgrava-
ciones fiscales y otras ayudas equivalentes a la natalidad, incluyendo dilatados
permisos por maternidad y paternidad. También en España, pero aquí de manera
más tímida, hasta ahora. Ese tipo de políticas ha logrado apreciables éxitos par-
ciales en algunos países en el empeño por recuperar una fecundidad suficiente
para el reemplazo de la población. Pero en ninguno de ellos se ha recuperado ese
nivel de reemplazo de manera sostenida, y aún menos en el caso de las pobla-
ciones autóctonas, sin contar a los inmigrantes, más fecundos en general que los
nativos –en particular, los foráneos de religión islámica y sus descendientes–, que
aportan en casi toda Europa occidental del 20% al 30% de los nacimientos, o más,
y hacen subir de manera apreciable los índices nacionales de fecundidad. Por otra
parte, y esto es algo muy notable, los países que hace una década o así llegaron
a estar bastante cercanos a la fecundidad de reemplazo (EE.UU., Francia, Suecia,

8
Francia es natalista desde el fin la Segunda Guerra mundial, ya que, para las élites francesas, la derrota
de 1940 fue causada en gran medida por su amplia inferioridad en población frente a Alemania desde fi-
nales del siglo XIX “Hay 20 millones de alemanes de más”, dijo el presidente francés Clemenceau en los
tiempos del tratado de Versalles. Para solucionarlo, Alemania fue mutilada territorialmente, uno de los agra-
vios que los nazis aprovecharon con diabólica eficacia, y que acabaron desencadenando la Segunda Gue-
rra Mundial.
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Aunque compensar con dinero una parte importante de lo que


cuesta criar hijos –con énfasis en la madre, pero sin ningunear al
padre– sea razonable y socialmente justo, difícilmente
va a solucionar el problema por sí solo

Noruega, Irlanda...), están inmersos en los últimos años en un nuevo ciclo de


caída de la natalidad 9.

En nuestra opinión, los esfuerzos en pro de la natalidad de los diversos Esta-


dos solo han logrado resultados insuficientes o muy insuficientes porque se han
centrado sobre todo en dar a los padres, y en especial a las madres, dinero o pres-
taciones equivalentes (deducciones fiscales, bajas laborales retribuidas...). Pero
la caída de la natalidad de los últimos 150 años se ha producido en paralelo a un
incremento extraordinario de la renta per cápita. Por lo tanto, aunque compensar
con dinero una parte importante de lo que cuesta criar hijos –con énfasis en la
madre, pero sin ningunear al padre– sea razonable y socialmente justo, difícil-
mente va a solucionar el problema por sí solo. De hecho, la fecundidad en los paí-
ses más ricos del mundo (Suiza, Luxemburgo, Singapur, Noruega...) no es nada ele-
vada, como tampoco lo es en aquellos con los horarios laborales más reducidos
y con mejor conciliación laboral familiar (Alemania, Holanda, Suiza...). La baja na-
talidad española y occidental se debe principalmente al cambio de valores socio-
culturales y de modelo de sociedad en el último siglo y medio, y en especial en los
últimos 40 a 60 años, uno de cuyos rasgos principales es que el deseo firme de
formar y mantener una familia estable, y de tener hijos cuando se es relativamente
joven en la vida, ha dejado de ser una primerísima prioridad vital de la gran ma-
yoría, y para muchos ha pasado a ser algo muy secundario, o bien algo a evitar.
También la legislación con incidencia en la natalidad y la familia ha contribuido a
que hubiera un menor número de ambas.

9
Desde 2010 a 2017, la Francia metropolitana ha pasado de 2,02 hijos por mujer a 1,85 (y según nuestras
estimaciones, hechas con datos de Eurostat, en torno a 1,7 sin los nacimientos de madre extranjera). Sue-
cia, de 1,98 a 1,79 (y en torno a 1,7 sin los nacimientos de madre extranjera). Dinamarca, de 1,87 a 1,77.
Finlandia, de 1,87 a 1,49. Noruega, de 1,98 en 2009 a 1,62 en 2017 (y menos de 1,6 sin los nacimien-
tos de madre extranjera). En EE.UU. la fecundidad ha caído desde 2,12 hijos por mujer en 2007, hasta 1,79
en 2017 (y en torno a 1,7 para la población blanca no hispana). Y en Irlanda, a falta de datos completos
de 2017, muy probablemente quedará la fecundidad también por debajo de 1,8 hijos por mujer, y cercanos
a 1,7 para las nativas, desde los 2,1 en 2009. Son países con más fecundidad que España, pero insufi-
ciente, y con una clara tendencia a la baja. La nuestra parece algo más estabilizada, pero en niveles muy
bajos, en torno a los 1,3 hijos por mujer, casi un 40% menos de los precisos para el relevo generacional.
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La baja natalidad española y occidental se debe principalmente


al cambio de valores socioculturales y de modelo de sociedad
en el último siglo y medio, y en especial en los últimos 40 a 60 años

Por ello, sin un cambio cultural y legal que propicie que recuperemos una buena
parte del deseo firme de tener niños antes de ser muy mayores, y de la estabilidad
familiar tradicional –los hogares formados por matrimonios tienen apreciablemente
más hijos que los de otros tipos, pero los españoles y occidentales nos casamos en
mucha menor proporción que antaño, y nos divorciamos con mucha más probabili-
dad–, previsiblemente, como mucho, se lograrán mejoras parciales. Y por la expe-
riencia reciente de los países nórdicos, Francia, EE.UU. o Irlanda, además, serán
efímeras. Claro está, ni ese necesario cambio cultural es fácil, ni se puede imponer
por los Estados democráticos. Pero sin entender que esa es la clave, y sin estudiar
seguidamente este complejo asunto y sus posibles soluciones a fondo, con rigor y
sin orejeras ideológicas, y actuar en consecuencia, los programas natalistas cose-
charán resultados insuficientes, cuando no insignificantes.

***
Tenemos muchísimo en juego en este asunto. Sin hacer de la recuperación de la
natalidad una de las grandes prioridades en la agenda pública de la política y la
sociedad civil –nacional, regional, local... y europea–, y obrar en consecuencia,
nuestro futuro demográfico, y todo lo que de este depende, tiene pésimas pers-
pectivas de fondo. El déficit estructural europeo y español de nacimientos, de un
20% a un 40% respecto de lo necesario para el reemplazo de la población, supe-
rior incluso al 50% en algunas regiones, es un fallo del modelo de sociedad que
ya no podemos seguir ignorando, o atendiendo con medidas claramente insufi-
cientes, como hasta ahora.

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