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Muchas de las primeras culturas, como la egipcia y la babilónica, trataron de entender la

psicología y el comportamiento humanos en términos de la actividad de ciertos “espíritus” o


“almas” inmateriales, que por lo común se asociaban íntimamente con el aliento y con la
acción del corazón y los pulmones. El término griego physis, del que se deriva el vocablo psicología,
se liga etimológicamente con palabras que significan aliento (pneuma) o viento (Onians,
1958). No hay nada especialmente destacable en esto. En un plano de observación básico, es
obvio que cualquier cosa que permita que el organismo humano actúe en forma deliberada se
asocia íntimamente con la acción del corazón y los pulmones. Cuando cesa la actividad de
estos órganos, también lo hace la actividad del organismo humano.
Muchas de las primeras teorías que planteaban la existencia de espíritus o almas inmateriales
también sostenían que esas entidades podían gozar de una vida después de la muerte en
algún ámbito espiritual. Sin embargo, no todas las teorías antiguas postulaban la noción de
una vida posterior a la muerte, y en el caso de las que sí lo hacían, a menudo era una suerte
de entidad empobrecida y literalmente turbia. En la mitología griega, por ejemplo, los muertos
sobrevivían como sombras de su antiguo ser, que sólo podían revivir temporalmente por medio
del sacrificio de sangre.
A las creencias en espíritus o almas inmateriales suele caracterizárseles como animistas y
se hallan en muchas de las llamadas culturas primitivas de la actualidad. Sin embargo, hay que
cuidarse de la premisa bastante condescendiente de que todas las culturas antiguas explicaban
la mente y el comportamiento en términos de espíritus o almas inmateriales y que los seres
humanos llegan a una comprensión más apropiada de estos asuntos sólo con el desarrollo de
la ciencia psicológica, ya que tales premisas pueden prejuiciar gravemente nuestra aproximación
a la historia de la psicología. Aunque muchos pensadores antiguos adoptaron teorías
sobre espíritus o almas inmateriales, su comprensión psicológica fue bastante más sofisticada
—y materialista— de lo que se reconoce comúnmente. En efecto, como veremos en este capítulo,
la concepción que tenía Aristóteles de los estados y procesos mentales como capacidades
funcionales de cuerpos materiales complejos se aproxima a nuestra concepción psicológica
cognitiva contemporánea en aspectos cruciales.
Esto no quiere decir que demos por hecho que nuestra psicología cognitiva contemporánea
sea superior, lo cual es un asunto de animada polémica, ni mucho menos que afirmemos
que las concepciones modernas de lo psicológico se desarrollaron conjuntamente con los progresos
históricos en la metodología científica. Por el contrario, como señalaremos en capítulos
posteriores, la sofisticada concepción que tenía Aristóteles de lo psicológico fue víctima del
olvido durante la revolución científica que se dio en Europa en los siglos XVI y XVII.