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Stephen Toulmin

Regreso a la razón
El debate entre la racionalidad
y la experiencia y la práctica personales
en el mundo contemporáneo
STEPHEN TOULMIN

REGRESO A LA RAZON
EL DEBATE ENTRE LA RACIONALIDAD
Y LA EXPERIENCIA Y LA PRACTICA
PERSONALES E N EL MUNDO
CONTEMPORÁNEO

T R A D U C C IÓ N D E IS A B E L G O N Z Á L E Z -G A L L A R Z A

R E V IS IÓ N D E T O M Á S C A B A L L E R O

|9 Unlver*»tat Girón»

'.(liciones Península
lliiru'lona
rtiiilii originiil Ingles:
Reliirii ta Reii.wii.
© 2001 l>v Stcpheii 'loiilmiii.

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Primera edición: abril de 2003.


© de la traducción: Isabel Cionzález-Gallarea Círanizo, 2003.
© de esta edición: Ediciones Península s.a.,
Peu de la Creu 4, 08001-Barcelona.
correu@grupÓ2 .com

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Impreso en Limpergraf, s.l., Mogoda, 29-31,
Polígono Can Salvatella, 08210 - Barbera del Valles.
DEPÓ SITO l e g a l : b . 9.498-2003.
IS B N : 84-8307-573-3.
r C O N T K N ID O

Prólogo

I. IN I RODUCCION: RACIONALIDAD Y CERTEZA I5


l, CÓMO PERDIÓ LA RAZÓN SU EQUILIBRIO 34
LA INVENCIÓN DE LAS DISCIPLINAS 56
4. LA ECONOMÍA, O LA FÍSICA QUE NUNCA FUE 80
5. LOS SUEÑOS DEL RACIONALISMO IO9
6. REPLANTEAMIENTO DEL MÉTODO I3I
7. LA RAZÓN PRÁCTICA Y LAS ARTES CLÍNICAS I56
8. TEORÍA ÉTICA Y PRÁCTICA MORAL 18 5
y. EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS 205
10 . RESTAURACIÓN DEL EQUILIBRIO 2 28

I I. LAS VARIEDADES DE LA EXPERIENCIA 255


12. EL MUNDO DE DÓNDE Y CUÁNDO 275
13. POST SCRIPTUM; VIVIR CON INCERTIDUMBRE 294

Indice 3”
i> U ()L ()(;o

I '■ mi |)liurr reconocerme deudor de Isaiah Berlín, quien, sin sa­


ín I lo, me impulsó a adentrarme en la búsqueda de la cual este libro
I i m li uto tardío. En 1948 me invitó— por aquel entonces yo era
un inven investigador del King’s College de Cambridge— a pasar
iMM temporada en nuestro colegio afiliado, el New College de Ox-
loid, donde él era tutor de Filosofía; allí me dijo, en términos que
minea lie podido olvidar, que para los filósofos angloamericanos la
lii'iiniia del |)ensamiento era una cuestión sin interés. Desde en­
lomes, ha demostrado que es indispensable un conocimiento de la
liisioiia de las ideas sociales, políticas y científicas si queremos
I oiiiprender tanto la Modernidad en general como la filosofía mo-
dei na en particular.
( ionservé esa perspicacia de Isaiah año tras año mientras traba-
lalia en la historia y la filosofía de la ciencia, y esta subyace a mis
picocnpaciones en este libro. Esta obra extiende a los ámbitos so­
cial, económico y práctico el análisis de la teoría al que me condu­
jo el enloque de Wittgenstein en relación con las ciencias fi'sicas o
hioh'igicas y la reinterpretación histórica de la revolución científica
del siglo xvu, que es el tema de mi libro Cosmópolis. Para resumir
los lemas principales de Regreso a la razón, citaré una conferencia
ladiolónica sobre el «Juicio político» que dio Isaiah para el Third
Vrogrannne de la B B C el 19 de junio de 1957. La idea de que las
I lencias políticas se basan en leyes y experimentos como los de la
lísica, dijo, «era la noción, ya fuera oculta o abierta, tanto de
I lohbes como de Spinoza, cada uno según su estilo—y el de sus se-
giiidore.s— , una noción que se fue haciendo más poderosa en los .si­
glos xviii y XIX, cuando las ciencias naturales adquirieron enorme
prestigio, y trató de sostenerse que cualquier cosa que no pudiera
I'M O I (K . O

reducirse ii iiii;i cienciii n:Uiir:d iio podíu en iiltsoliilo coiisulei'iirse


conocimiento propiamente dicho».' Muy al contrario, prosiguió:
«Las artes de la vida—y no menos las de la |)olítica— , así como al­
gunas disciplinas de humanidades, resultan tener sus ¡iropios mé­
todos y técnicas especiales, sus propios criterios ile éxito y de fra­
caso [...]. El mal juicio aquí no consiste en no saber aplicar los
métodos de las ciencias naturales, sino, por el contrario, en exce­
derse en su aplicación [...]. Ser racional en cualquier campo, aplicar
buen juicio en un ámbito dado, es poner en práctica aquellos mé­
todos que mejor resultado han dado en dicho ámbito [...]. [Exigir
cualquier otra cosa] es mero irracionalismo».'

En los cincuenta años transcurridos desde mi visita a Oxford, he in­


currido en muchas otras deudas, más de las que puedo saldar aquí.
Aparte de las clases de Ludwig Wittgenstein y de las obras de R. G .
Collingwood, las preocupaciones urgentes de mis amigos en los
ámbitos de la medicina— especialmente Mark Siegler y Christine
Cassell— , la ingeniería—sobre todo Albert Danielsson en Estocol-
mo y Yoichi Arai en Tokio— , y la investigación de la acción— espe­
cialmente Bjóm Gustavsen y sus colegas del Instituto Nacional so­
bre las Condiciones Laborales de Suecia— me encaminaron hacia
cuestiones de sabiduría práctica. En todos estos ámbitos, reconoz­
co un parentesco intelectual con Hans van Beinum en Suecia,
Claude Faucheux en Francia, y Richard Ennals de la Kingston
University, en Inglaterra, así como el beneficio de continuos inter­
cambios con mis colegas y coautores Alian Janik, Albert Jonsen y
Richard Rieke. Algunas partes de este libro ya se han publicado con
anterioridad bajo otras formas: el capítulo sobre el método, por
ejemplo, retoma un ensayo incluido en el libro Beyond Theoiy, de las
John Benjamins Series, Dialogs on Work and Innovation.
Trabajar con la National Commission for the Protection of

I. Isaiah Berlin, The Sense o f Reality, ed. Henry Hardy, Nueva York, Parrar,
Straus, Giroux, 1996, pp. 40-41. [Hay trad. cast.: E l sentido de la realidad, Madrid,
Taurus Ediciones, 1998.] 2. Ihid., pp. 50-51.

10
n i u i n(< u

lili..... . K . mmh Ii SiiliiiMis, ni Mnlu-sdii, Mnryland, inc ensoñó


lililí lili Milii'c inniidii'i ili ( .isii ni iiiedicina y etica, y me llevó a re-
|i 11 1,1 i.liúi ti Niioniiiio, de Aristóteles, con una nueva visión clíni-
I >1 I ,1,1 In iiiia se vio lelor/ada por mi reflexión sobre los ensayos
li Willi.im ( iass. Una discusión con lla rry Johnson, en los años
M ,1 iii,i, sobre la justificación de las políticas científicas gubema-
Itii ni,lies, en la revista de K-dward Shils, Minetna, me hizo desespe-
Mi lie l.i teoría económica del momento; pero más tarde recuperé
lii I oiiliun/.a necesaria para reavivar mis críticas a los métodos de
n 011,1 ei'onómica, primero con la ayuda del BD O de Groningen,
iloiiile di clase en 1995, después con la de KennethM ischel,Joseph
I li ilbroimer y los colegas de un simposio celebrado en el Baruch
I ollege, Nueva York, y especialmente con la de mi hija Camilla,
<li I liiicrnalional Institute of Enviromnent and Development, que
liiirr lodo lo que puede para salvarme de mis peores confusiones
,iibic la economía aplicada y la labor de las organizaciones no gü­
ín 1 iiiiiiientales.
1 .levo varios años reuniéndome con Ton Meijknecht del Delft
lll••mllle o f Technology para discutir los problemas morales a los
que se enfrentan ingenieros y teenólogos en su vida profesional;
'lili profumlos interrogantes sobre los principios de esas disciplinas
IIIII un reto constante para mí. A la hora de revisar este libro, reci­
bí insinictivos comentarios de Steve Fuller, Nancey Murphy y, es-
pc( i.ilmente, de Steve Shapin, que me insto— sin conseguirlo del
lodo—a suavizar mis críticas sobre los riesgos del rigor disciplina-
1 10 que dicta las líneas de actuación de los distintos departamentos
ili- nuestras universidades.
I .os académicos que critican a la Academia se colocan a sí mis­
mos, por supuesto, en una posición de riesgo. Pocas personas son
i.in beneficiosas para nosotros como los estudiantes de nuestros
iiisiiiutos o universidades, cuyos trabajos de posgrado supervisa­
mos: aquí, quisiera mencionar a Nancy Baker, Jim Block, Daniel
I Icrwitz, Mike Hickey, Robert Nelsen, Lisa Raphals y, sobre todo,
II Richard Schmitt, que ha sido una fuente continua de útiles refe-
ri-ncias. En el último momento, mi buen amigo Jack Bemporad me
s.ilvó también de algunos errores tontos.

11
Instilucionalinente, en los úlliinos años he redliido un a|)oyo
importante de la Fundación Henry R. Luce y ilcl National h'ii-
dowment for the Humanities, que me nombró jetíerson Ivecturer
en 1997; también de Clare Hall, Cambridge, y de los 'lanner Trus-
tees, así como de otros colegas que no puedo enumerar de la Uni­
versidad de Chicago, la Northwestern University, y la Universidad
de Southern California. Sin la ayuda de Morty Schapiro y los de­
más decanos del College o f Letters, Arts and Sciences de la Uni­
versidad de Southern California, hubiera logrado bien poco de lo
que aquí presento.
Gerald Holton hizo posible mi traslado a Estados Unidos en
los años sesenta, y nuestra afinidad de ideas siempre ha sido un
aliento para mí. Marx Wartofsky y Robert Cohén, con el Boston
Colloquium for the Philosophy o f Science— de ambiente siempre
relajado en un ámbito exageradamente formal— han proporciona­
do un cordial apoyo universitario a todos aquellos de nosotros dis­
puestos a traspasar las fronteras académicas en la búsqueda de un
amplio entendimiento de las diversas empresas de la ciencia. Su
amistad es algo que nunca olvidamos.
Joyce Seltzer, mi editora en Free Press, y después en Harvard
University Press, sabe hasta dónde llega su responsabihdad en los
méritos que este libro— al igual que Cosmópolis— pueda poseer: en
cada fase de su concepción y desarrollo, su viva inteligencia y su
tacto me han ayudado a escribir un libro que los lectores técnicos
se tomarán en serio, pero que los lectores profanos no dejarán de
disfrutar. N o menos importante ha sido Holly Hebert de Words
Worth, en Los Feliz, Los Angeles, que llevó a cabo la tarea de pro­
ducir un texto publicable; su entusiasta reacción a su tarea me hizo
sentir que había cumplido el objetivo que todos nos habíamos mar­
cado.

12
¡mndríín en claro mi día en la Sorhona.
1 .0

Volveremos al atardecer de la conferencia


complacidos de que lo iiracional sea racional.

WALLACE STEVEN S
Notas para una ficción suprema, X , II, 16 -18

i
IN I Ui )l)ll(:(;iON; UACIO NAUDAD Y C E R T E Z A

l'ii 11 .lOn j(MH) los iludectiiiiles— filósofos o sociólogos, críticos literarios


K M oMoinii.liis han heredado itn conjunto de problemas sobre la idea de
Hi loihdiilad y sus relaciones con las ideas de necesidad y certeza. Pero
llHidi n a liacei' caso omi.so de la idea, más práctica y com plementaria, de
|iM Inhabilidad, o la posibiliilatl de vivir, com o en los tiempos prem oder-
Mihi, ’iih nri('si<lades ni certezas absolutas.

A lo laigo del siglo xx, el concepto de racionalidad ha preocupa­


do i M algunos momentos, hasta el punto de convertirse en una
»(l^'a••lloll a estudiosos de universidades de Europa, Estados Uni-
do'i V MIS áreas de influencia. Esto es así en el ámbito de la filosofía
iii adi'iiiK'a, las ciencias sociales y de la conducta, e incluso— en
t'pot lis más recientes— en todo el espectro de disciplinas académi-
I as, desde las ciencias físicas en un extremo del mismo, hasta las
hiiiiiaiiidades en el otro. Como consecuencia de ello, disciplinas ta-
h I romo la literamra comparada, la lingüística y la estética han
Mii'lio a centrarse en cuestiones metodológicas sobre la legitimidad
di ideas y modos de pensamiento cuya validez antes daban por sen-
iiid.i,
I lace ochenta o noventa años, los estudiosos y críticos, tanto
<limo los científicos de la naturaleza, compartían una misma con-
lliiii/.a en sus procedimientos establecidos. Para ellos, el término
iiiélodo científico» abarcaba todos los métodos de observación,
deducción, generalización y demás que habían encontrado apro­
piados jiara los problemas y las cuestiones que concernían a esas
disciplinas. ¡Qué poco queda hoy en día de esa confianza! Entre al­
gunos humanistas, la expresión «método científico» se pronuncia
incluso en tono sarcástico o irónico; y hasta se ha llegado a argüir

15
III n i l l s n A I A K A / O N

que el i)r()|)io coiicei)K) de racioiudidiul no es mas (|iie un sulipm


ducto de los modos de pensamiento oecidenlales o eiiroeémricos.
Desde una primera etapa de dominación, pasando por un período
de dudas y dificultades entre las dos guerras mundiales, hasta el to­
tal y absoluto escepticismo del debate contemporáneo, el concepto
de racionalidad se ba venido cuestionando cada vez más, hasta el
punto de quedar relegado.
Sin embargo, al centrar su atención en la racionalidad, ya sea
para elogiarla o para cuestionarla, los intelectuales no se han preo­
cupado de analizar el concepto complementario de «racionabili­
dad». En las instituciones académicas de todo el mundo, diríase
que el termino «racionalidad» puede equivaler a cualquier cosa,
solo si equivale a todas esas cosas: si no, no equivaldrá a nada, y lo
que se reivindique en su nombre será absurdo. A este respecto, tan
solo en los últimos años ha cambiado la corriente de opinión. En el
ámbito de la ética médica, la ecología y otros campos prácticos, he­
mos venido asistiendo, desde los años sesenta, a un reavivado inte­
rés por cuestiones sobre valores que, durante un tiempo, habían
llegado a considerarse ajenas incluso a la filosofía. Este cambio de
opinión apunta a un futuro en el que las exigencias racionales de la
técnica científica se verán equilibradas por una atención a las exi­
gencias de las situaciones humanas en las cuales se pueden poner
razonablemente en juego capacidades intelectuales o prácticas.
Por el momento, sin embargo, la atención sigue centrada en la
validez intelectual de la racionalidad en sí: se espera que los valores
humanos de la racionabilidad se autojustifiquen en el tribunal de la
racionalidad. En las instituciones académicas aún no se ha acepta­
do de forma generalizada la cuestión, y menos aún se ha llegado a
una respuesta unánime, de si los conceptos gemelos de «racionali­
dad» y «racionabilidad» no son ideas interdependientes, de auto­
ridad e interés filosófico comparables. En efecto, no siempre se re­
conoce que ambas ideas puedan diferenciarse una de otra. Algunas
lenguas europeas tienen una única palabra para ambos conceptos.
En alemán, por ejemplo, una única palabra {Vemünftigkeit) tradu­
ce ambos términos; se puede oír la palabra Rationalitat en semina­
rios dedicados a la discusión de la filosofía angloamericana, pero.

i6
I
IN I MI II M I I II M I I I N M II lAI I \ I I II I I / A

lui'iii ili I MU III li.ii li;ii iMiiii irriiin i,' iiii lii'iic Viilor lexicográfico al-
HMtlii
I' II une se (lilereiu i.iii estos ilos conceptos, y qué relación los
mil N tomo se llego a un punto en el tpie ambos quedaron en-
lii'iii iiliis? Aparentemente, este es nn problema histórico, al que se
il< lii lesponiler en términos históricos. Pero, ¿en qué nivel, y en
•|m I liise de términos? I*',n sn célehre obra Grammaire des civilisa-
oem, l'Vi nanil Hratidel distingue tres niveles de narrativa y análisis.
I II rl nivel i'otidiano de los acontecimientos, el historiador tradi-
I Imi.d -va de nn acontecimiento a otro como un cronista de anta-
mi II nn jieriodista [pero] dejándonos demasiadas veces insatisfe-
I .......incapaces de juzgar o de comprender». En un segundo nivel,
I 1 de los c|)isodios, que normalmente abarcan «diez, veinte o cin-
I in nta aiios», los hechos se agrupan, se interpretan o se explican de
I I I , mera ipie formen, pongamos, la Revolución Francesa, el auge
del Uoniaiuicismo, o la Primera Guerra Mundial. Estos episodios
pueden aún incluir «acontecimientos de larga duración» pero es-
i.m (Icspojados de detalles superfinos», lo cual les confiere fuerza
isplicativa.
P ero ex iste o tra p e rsp e c tiv a a m ás la rg o p laz o aún;

I II este nivel, el m ovim iento de la historia es lento y abarca grandes


períodos tle tiempo: para atravesarlo son necesarias botas de siete leguas.
A i'sta escala, la Revolución Francesa no es más que un momento, por
esencial que sea, en la larga historia del destino revolucionario, liberal y
violento de O ccidente. D e la misma manera, Voltaire no es más que una
etapa en la evolución del pensamiento liberal.

En este último nivel— lo que Braudel llama la longue durée— las eñi-
lizaciones se distinguen de los accidentes y las vicisitudes que mar­
ean su desarrollo. Todo historiador que se embarca en este tipo de
análisis se lanza a una «navegación en la alta mar del tiempo, más

I. Sobre este y otros problemas de traducción, no solo del inglés al alemán,


sino también, de forma más general, entre otras lenguas europeas, véase el capí­
tulo 2, nota 12.

I?
K l (.1(1 S il A I A IIA / I^ N

que a una pruclciile navcgacii'in ele ealioiaje en la i|iie nuiu a se piel


de de vista la costa». Esta aventura solo puede eiu|)renderse con cir­
cunspección. Hasta el día de hoy, los historiadores prolesionales no
se ponen de acuerdo sobre si la obra de Arnold 'liiynbee, listmlio de
la Historia, lograba eludir con éxito los mismos puntos llacos y ries­
gos de Braudel, o si, como La decadeíiaa de Occidente, de Oswald
Spengler, era entusiasta en exceso y sin el menor sentido crítico. Si
aquí hemos de hacernos a la mar, no iremos mucho más allá del ho­
rizonte, sino que permaneceremos, como Braudel, al alcance de las
luces de la costa para que nos guíen en nuestra navegación.'
La repentina pérdida de confianza en nuestras ideas tradiciona­
les sobre la racionalidad en los últimos veinte o treinta años es lo
suficientemente acusada y extendida como para constituir (en tér­
minos de Braudel) un episodio, y no una mera colección de acon­
tecimientos contemporáneos: hoy en día muchos intelectuales se
refieren a ella como el fin de la Modernidad. Dagmar Barnouw,
por ejemplo, se ha referido a este cambio como el desarrollo de una
«poscultura»:

E l siglo XX ha sido la era de las consecuencias: posm oderno es igual a pos-


gueiTa, a posholocausto, a poscolonial, a posgénero, a poshistoria, y, lo
más im portante para la em presa del crítico cultural, a pos-«narrativa
maestra».^

Escribir sobre el cambio en estos ténninos es ante todo relacionar­


lo con el desarrollo histórico que conocemos por Modernidad: a
este respecto, la cuestión de si la Modernidad es parte de la larga
marcha del destino humano, o «tan solo una etapa en la evolución
del pensamiento liberal», sigue siendo discutible. En este libro tra­
taré principalmente de las relaciones entre los cambios en nuestras
maneras de pensar en el siglo xx y en el episodio más largo de la

z. Fernand Braudel, Grammaire descivilisatiims, París, Bclin, 1963. [A History


o f Civilisatiom, Londres y Nueva York, Penguin Books, 1993, pp. 34-35.]
3. La presentación de un curso en la Universidad de Southern California en
1999.

18
IN I IIIIIM'I I mI n M \ r l l l N A I I D A I I V I I II I I / A

I Miiili IiiiiLiil, ilrsilr liii.ili". ili-l siglo XVI hiislii la actiialiilail. Pero
liMiiliii Miiir ili’ii Milir, lie vi'/ rii ruando, en algunas eueslioncs de
A|iiiii'> |imlundiis •, riin iiua escala temporal ipie se acerca más a los
10 mil linos. Así, ¿liasia cuándo armonizan pues los grandes temas
i|i lii pi axis y el |)ensamienio modernos con las historias a más lar-
|iii pla/o de la filosolía y de la autocomprensión humana en gene-
011 \ de iiiié lo rm a , en los ú ltim o s cu a tro s ig lo s, h an e sta d o la
A) I Ion y el p e n sa m ie n to e u ro p e o s e n fre n ta d o s c o n ese v ia je q u e va
trni'i allá en el tiem p o?

S i i oiisiileramos las fases que ha atravesado durante el siglo xx


iiiictiia conlianza en la racionalidad y el método científico, pode­
mos identificar varias etapas. La confianza en los procedimientos de
la liusqueda intelectual iba de la mano de una perspectiva según la
I im I el lenguaje y el significado se expresan mediante «proposicio-
...... . que representan «hechos» del mundo. Coloquialmente, pode­
mos capturar esta idea en la expresión cotidiana «E l gato está sobre
i l Icipudo» que informa sobre una situación que podemos visualizar
liiNiantaneamente; técnicamente, lo hacemos con la declaración de
I iiilwig Wittgenstein, íVir machen uns Bilder der Tatsachen (‘Crea­
mos repre.sentaciones de hechos para nosotros mismos’).'* Visto des­
de este |)unto de vista, el lenguaje es una empresa en la que, entre
otras cosas, creamos representaciones de situaciones, o states-of-
iilliiin, y la investigación racional nos ayuda a encontrar la verdad de
esas situaciones examinando las relaciones entre esas observaciones
S' las hipótesis a las que nos conduce la investigación.
1 .a palabra clave de esta frase es «relaciones»; y las etapas por las
que ha pasado la idea de racionalidad reflejan cambios en lo que
iisuiiúinos sobre esas relaciones. Para los filósofos del Círculo de
V'iena, en los años veinte y treinta del siglo pasado, y para los empi-

4. liuclwig Wittgenstein, «Logisch philosophischc Abhandlung», enAnnalet!


ilcr Ni/tmfhilosophie, 14(3/4, PP- 185-262. [Hay trad. cast.: Tractatus Logi-
(0 Ph 'dosophiais, Madrid, Alianza Editorial, 1999.] La traducción e.\acta de la pro­
posición 2.1 es un tema al que habré de volver en este libro.

19
III (.111 SI) \ I A IIA/i'lN

listas lógicos qiio prosiguieron su tarca en l'.Mailos Unidos iras la


Segunda Guerra Mundial, se traialia de relaciones lógicas en un sen­
tido estrictamente formal del término. Los cientílicos avanzaban sus
especulaciones en forma de hipótesis, y estas podían aceptarse como
verdades establecidas solo si estaban respaldadas |)or las evidencias
suficientes. Tanto las hipótesis como las evidencias se presentaban
en fonna de proposiciones, y la tarea de los filósofos era de «lógica
inductiva»; esto es, analizar los viñados formales entre las hipótesis,
por un lado, y las eridencias, por el otro. Se daban muy distintas ex­
plicaciones de las relaciones formales que se requerían para demos­
trar que una hipótesis era racionalmente adecuada; los términos
«verificación», «falsación» y «corroboración» (entre otros) se em ­
pleaban para señalar las diferencias entre esas explicaciones.'
La relación fonnal entre «evidencia» e «hipótesis» no era, sin
embargo, más que una de las cuestiones principales de la nueva ló­
gica inductiva. Había además cuestiones sobre las relaciones entre
las proposiciones dentro del ámbito de cualquier teoría científica.
A ese respecto, había bastante consenso entre los filósofos de la
ciencia del Círculo de Viena, o entre sus sucesores después de la gue­
rra. Inicialmente, todos dieron por sentado que las teorías científi­
cas se pueden formular como sistemas axiomáticos, siguiendo el
modelo de los Elementos de geometría, de Euclides, con declaracio­
nes de principios que sirven de axioma.s, y observaciones objetivas
que se interpretan como deducciones de esos principios en una si­
tuación dada. Así, los lógicos tenían autoridad tanto para juzgar la
validez de los sistemas teóricos como para calibrar las evidencias
que los respaldaban; y las soluciones a ambos conjuntos de proble­
mas debían formularse en el estilo fonnal euclidiano.
Uno de los objetivos de este libro (permítanme establecerlo
ahora mismo) es poner de manifiesto el error de ambas posturas.
Pese a la confianza que Newton depositaba en un modelo euclidia-

5. Considérense, por ejemplo, las tan distintas perspectivas y terminologías


de Otto Neurath, Karl Popper, Rudolph Carnap y Cari Heinpel. Para una rela­
ción completa de estos cambios, véase Frederick Suppe, La estnutura de los teorías
científicas, Madrid, Editora Nacional, 1979.

20
IN I IIMIII't I ION IIM ION M I I I M I V I I III I / A

NII iK iit.i Iiiiili'iii.ilit .1 ilr I.I ilmiiiiiU'.i, lii g e iim e in il de K u d i-


i Im n u il' ii lili' un liiii ii iiin d clii |)iH';i las ifo r ía s cie n tílic a s cu g e n c -
h Ií III .1 |Mii dc l.iiii|ti K M d.ii una Inicua e x p lic ac ió n g e n e ra l de las
)• lili lililí i iiiic iilisc iv a i iMiics y teo rías tra tán d o la s c o m o re la c io -
iii . Im iii.ilrs en tre d ilc ie n te s pro |)o sicio n es. P o r el c o n tra rio , so lo
|i..i|i m u s esta b le ce r re la cio n e s ló rm a lc s en tre las o b se rv a cio n e s y
|i<» lii|iiiiesis a las t|iie estas res|>aldan una v e z q u e esas o b se rv a c io -
III I II li.ivan íiirin iilad o en térm in o s te ó rico s. E n cu a n to al cu lto a
lii. lo iiin .is, Ireeu en te e n tre los esp e cia listas en cien cias so cia les y
i|i lii iiiiu liie ta n o rte a m e rica n o s hasta los añ o s cin cu en ta , n o se
iili|ii.ilia bien a las nece.sidades de esas d iscip lin a s, m o tiv o p o r el
111.11 .11 iiialniente están aprendiendo a cultivar sus vínculos con las
I ii III las biológicas, y no únicamente con la física de Newton.
1 II que supuso la mayor ruptura con este enfoque—general-
iiiniii- eonocido como «positivista»— llegó con el éxito de la admi-
1.11 I.I obra de Tilomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científi-
IiM 1 'en I Ktibn no fue ni mucho menos el primero en presentar una
II lin a seria de la filosofía positivista de la ciencia. Tanto el patólo­
go polaco Eiidvik Fleck como el discípulo de Wittgenstein, W. H.
Waison, presentaron elocuentes alternativas antes de la Segunda
t iiiei ra Mundial, pero hasta los años cincuenta hubo poco público
para acoger sus críticas. Pese a todo, el ataque de Kuhn al enfoque
iMablecido no fue muy lejos. Su libro debería haberse llamado me-
|oi Revoluciones en la estructura de la ciencia. N o buscaba debilitar el
supuesto euclidiano de que las teorías deben tener una estructura
lógica; solo defendía que de vez en cuando están sujetas a recons-
li ucciones drásticas, después de las cuales adoptan diferentes es-
iriieuiras axiomáticas. La modestia de su argumento quedó paten­
te en la segunda edición de su libro, donde explicaba que su única
intención había sido la de destacar el hecho de que no hay relacio­
nes lluramente deductivas entre las teorías pre y posrevoluciona­
rias; después de todo, añadía, ¿no es esto la diferencia entre «de­
ducción» e «inducción»?*

6. La obra de T. S. Kuhn, The Structure ofScientific Revolntions, se publicó en


un primer momento como la parte final de la International Encyclopedia ofUnified

21
s o A I A l(A/.(^N

Fue necesario un |>aso más para rom|)er realmente con el enfo­


que positivista de las ciencias nauirales. Este sobrevino a mediila (|ue
los filósofos fueron tomando conciencia de que los cambios en
nuestros conceptos científicos básicos implican algo más que cam­
bios en las estructuras lógicas de las teorías. Durante gran parte de
la década de 1960, el tema central del debate fue el problema del
cambio conceptual. ¿Cómo podemos ofrecer una explicación «ra­
cional» de ese proceso si dejamos de lado los métodos fonnales de
la lógica inductiva del Círculo de Viena? El lema subyacente era la
máxima «más vale malo conocido que bueno por conocer»: la lógi­
ca formal daba a los filósofos de la ciencia la seguridad de que, con
todo, podía evitarse el irracionalismo, aunque muchos, incluso R.
G . C^ollingwood, concluyeron que, en un nivel profundo, los cam­
bios conceptuales han de explicarse en ténninos causales, y no ra­
cionales. (Adelantándose a todos, Collingwood presentó poderosos
argumentos a este respecto en su obra An Essay on Metaphysics an­
tes de la Segunda Guerra Mundial, ¡y se le tildó de marxista!)'

7. R. G. Collingwood, An Essay on Metaphysics, Ojrfbrd, Clarendon Press,


1940. Trato en profundidad ese tema en la p. 73 de mi obra Human Understanding,
Oxford, Clarendon Press, 1940. [May trad. cast.: La cotnpremión humana, Madrid,
Alianza Editorial, 1977.] En cuanto a las reflexiones de Collingwood sobre la si­
tuación cultural y política en Europa en los años treinta, véase R. G. Colling­
wood, An Autohiogi-aphy, Londres y Nueva York, Oxford University Press, 1939.
Tras la muerte de C.ollingw'ood, su amigo I. S. Knox publicó póstumamente su
obra The Idea ofHistoty en Clarendon Press, con una introducción redactada por
él mismo.

Science (Chicago, University of Chicago Press, 1961), pero después llegó a tener
dos nuevas ediciones: la segunda, en 1970, y la tercera, en 1996. En el proceso, el
contenido intelectual de la obra sufrió un cambio más radical de lo que se advirtió
en general. En la última edición, por ejemplo, Kuhn redefinió la distinción entre
ciencia «normal» y «revolucionaria», equiparándola paradójicamente al tradicio­
nal contraste lógico entre razonamiento «deductivo» e «inductivo». [Hay trad.
cast.: Estructura de las revoltuiones científicas, .Madrid, Eondo de Cultura Económi­
ca de España, 2000.]
El libro de Ludvik Fleck, Génesis and Development o f a Scientific Fact, original­
mente escrito en alemán, se publicó en 1979 en University o f Chicago Press con
un prefacio de Kuhn a petición de Edward Shils.

22
IN I M UI K 'i I iA n II \i I I I N AI II i'M • V I I II I I / A

( Imili n•Mlll;lllll ilr ln‘. micviis mUTiaiiibios ontir lllósolos c


lll•.lllll.lllll^l•^ ilf la nonna en la década de i(;6o, una nueva eorrien-
i
II Al- linio a csla. Imi lodo el lieinpo en que, en la Universidad de
I lai val il, ( íeorge Sarlon dictó sus leyes sobre la cátedra de Historia
di la ( áencia, en las universidades de Estados Unidos era un tabú
I nial mi ar con lllósofos. Esta separación de las disciplinas convenía a

liiA lógicos, deseosos de tlefender la inmutabilidad histórica de la ra-


.'iiii y la racionalidad. Estaban encantados de seguir las órdenes de
( loulol) l-'regc de evitar la falacia «historicista»: era necesaria cierta
ii-iisate/. [tara mantener el debate sobre el cambio conceptual en un
|iunio medio entre la lógica fonnal y el relativismo histórico.**
Negados a ese punto, el debate estaba ya al borde del escepti-
I isino (|ue mencioné al principio. Tal vez fuera siempre ilusorio
n eer que individuos de diferentes culturas pueden comprender sus
ics|)ectivas teorías científicas, tanto como que pueden hacerlo in­
dividuos de diferentes períodos históricos. Si esto fuera así, ¿está
I laio siquiera que individuos de la misma cultura y de la misma
cpoca puedan llegar a un consenso intelectual? De esta manera, la
idea de racionalidad se hizo tan abierta a la idiosincrasia como
las ideas de justicia o moral. (El título de la obra de Alasdair Mac-
Imyre, fVhose Justice, What Rationality? lo dice todo al respecto.)^'
Esta es mi lectura de las fases históricas que atravesó el debate
sobre la racionalidad hasta alcanzar su forma definitiva, desde la
década de 1920 hasta la de 1990. En los capítulos que siguen, mi
objetivo será el de adoptar una línea moderada, y demostrar cómo
la idea de «racionabilidad» nos permite restaurar y mantener un
equilibrio. Pero es necesario formular una pregunta preliminar:
¿Sobre qué tipo de evidencia o testimonio podemos apoyarnos en
estos capítulos? Permítaseme aquí anticiparme a la objeción de
i]ue estoy cayendo en una trampa previsible, la de sustituir un aná-

8. Gottlob Frege, The Fomulations o f Arithmetic, Oxford, Blackwell, 1950, p.


vil, traducción al inglés d e j . I.. Austin. [H ay frad. cast.: Fundamentos de la aritmé­
tica, Barcelona, Editorial Laia, 1972.]
9. Véase la interesante colección de ensayos editada por Martin Hollis y
Steven Lukes, Rationality and Relativism, Oxford, Blackwell, 1982.

23
1(1 (;| (I s o A I \ l(A / (^ N

lisis (le los cambios acoiUecidos en odíenla años de liisloria intelec­


tual por recuerdos autobiográficos. Una crítica así no tiene ra/.(')n de
ser. H oy en día el concepto de racionalidad se cuestiona de forma
tan extrema que un análisis teórico del período solo será «racional­
mente» convincente para un reducido ámbito de lectores. Así pues,
la única manera de proceder es llegar al trasfondo de todas las pos­
turas teóricas rivales y ofrecer un análisis con una perspectiva per­
sonal. Pero ¿en qué nos puede ayudar un análisis personal así? ¿No
es inevitable que mi postura y mis circunstancias personales lo ses­
guen? ¿Cómo puedo pues pretender arrojar luz sobre la historia de
las ideas del siglo xx «tal y como verdaderamente ocurrió»?
Esta objeción se puede debilitar desde el principio en términos
filosóficos. La visión que cada uno tiene de los acontecimientos
que hemos vivido es inevitablemente incompleta, pero eso no es lo
mismo que sesgada; es decir, no es parcial hasta el punto de que se
dé una distorsión real. De modo que la tesis de que no hay forma
de evitar el sesgo o la distorsión— que un hombre jamás puede
apreciar el punto de vista de una mujer, o un cristiano el de un bu­
dista, o un albanés el de un serbio— eleva un problema práctico al
nivel de impo.sibilidad total y absoluta. En lugar de e.so, podemos
formular la cuestión en términos antropológicos: si el análisis que
sigue se apoya, como será a veces el caso, en mi memoria de acon­
tecimientos y de cambios, lo hace por razones etnográficas, y no
egotistas. En este libro me consideraré un «informador nativo»,
cuyo testimonio es lo suficientemente fiable para lo que aquí nos
ocupa, aunque no se vea respaldado por la minuciosa recopilación
de datos y el análisis que preferirían algunos sociólogos. Concedá­
mosle al análisis que de ello resulte la validez a la que puede aspirar
por ser lo que es. Otras personas contarán la misma historia de for­
ma diferente, y puede que esas diferencias sean iluminadoras, pero,
en estas circunstancias, una gran cantidad de documentación esta­
dística no haría sino aumentar el volumen del debate, sin modificar
por ello su peso. Todo lo que requieren nuestros objetivos en esta
obra es saber si las líneas generales de la historia son sólidas.

24
IN I MIIHI't I l í l N II \i I I I N M MIAU \ I III I I / \

( jiii il.i iiiii |iiH r s |ilirii.ii rl .m(.’,iilit ik 'silc el i|iic ni(.'iUo mi liislo ria ;
•lililí iliM iri.p iirsla .1 l.i |m -gim lii (|iie v o lv ió :i lig iiiiii' en el deln ue
m il |i 1 lililí lie lii ilee.iiLi ile ly ó o : « ¿ D e s d e q u é p ersiiectiva h a-
lil i'i N ii lile pura casu alid ad i|ue la cu estió n de las p e rsp ec tiv as
d ii I nativas e m e rg ie ra del m u n d o de las co n v e rsa c io n e s c o lo q u ia -
Ii ( \ de los in te rca m liio s p e rso n a les de o p in ió n , y no del á m b ito
iii ad em ico lo m ia l: en los d eb ates a c a d é m ico s, se n o s in sta sie m p re
,( ........ nilai m ie siro s a rg u m e n to s en té rm in o s a p ro p ia d o s a una ú n i-
1 .1 ilisnplma en concreto, o a un foro de discusión determinado, y
no en lemiinos generales que no pertenecen a ninguna disciplina,
III en lonnas (|ue resulten comprensibles para un público no espe-
iiali/ado. Como los individuos, las disciplinas académicas tienen
lilis perspectivas elegidas, y esta selectividad puede tener el efecto
de limilar sin necesidad los argumentos que escogemos tratar.
I’iies bien: yo no adaptaré el punto de vista de ninguna discipli-
11.1 en concreto. Ctiando mi amigo Marx Wartofsky escribió un en-
„n o sobre mi obra, dijo— más con cariño que con ánimo de criti-
1 .11 ; « Ibulmin es un tipo raro», y esta descripción me parece
iionicainente adecuada.'® Mucho tiempo antes de entrar en el
mundo profesional de la fdosofía o de las ciencias sociales, me vi
expuesto a dos influencias, cuyos efectos eran demasiado poderosos
I orno |)ara ignorarlos. Por un lado, llegué a la filosofía académica
en un momento en el que .sus argumentos eran excepcionalmente
•iliisioricos. El filósofo activo más influyente en Cambridge en
i(;q 5 era Wittgenstein, y el único comentario sobre la historia que
•ic le conoce es la solipsista pregunta: «¿Qué es la historia para mí?
M i mundo es el primero y el único»." Como sus colegas C. D .
limad y R. B. Braithwaite, el predecesor de Wittgenstein en la cá-
ledra de Filosofía, G. E. Moore, hizo gala de un poco más de co-

10. Marx W. Wartofsky, «An Intellectual Odyssey», en Humanities, Washing-


liin, National Endowment for the Humanities, 18/2, marzo/abril de 1977, p. 8.
11. Ludwig Wittgenstein,Nbfi’/wfa, G. H. von W rightyG . E. M.
Aiisc-imibe, eds., C hicago, U niversity o f C hicago Press, y O.xford, Blackwell, 19 6 1,
p. 82. |llay trad. cast.: Diario filosófico (1^ 14 -19 16 ), Barcelona, Planeta-Agostini,
19H6.I Esta cita aparece con fecha de 2 de septiembre de 1916, y dice así en el ori­
ginal; «Was geht mich die Geschichte an? Meine Welt ist die erste und einzige».

25
1(1 (.111 s o A I A ((A / (^ N

nocimiciuo de las perspeelivas de sus precursores cpie el propio


Lutlwig Wittgcnstein, pero tampoco él dio muestras de creer (|ue
la validez de los argumentos filosóficos de|)endiera en absoluto de la
situación en la que estos se presentan. AJ contrario, Moore atacó
la discusión de John Stuart Mili sobre las relaciones entre lo «de­
seable» y lo «deseado», considerándola una cuestión de definicio­
nes rivales, ignorando completamente la función que el utilitaris­
mo de Mili había desempeñado en la historia social británica del
siglo xix.'^
Por el contrario, yo nací en el seno de una familia en la que la
historia era tema de debate en nuestras sobremesas. Si mi padre hu­
biese llegado a la mayoría de edad después de la Primera Guerra
Mundial, y no antes, él mismo habría sido un historiador de la eco­
nomía; así las cosas, antes de matricularme en Cambridge, me fami­
liarizó con las distintas modalidades de la historia, desde la obra de
Amold Toynbee Estudio de la Historia, hasta Rise of the Duteh Repu-
hlic, de J . L . Motley. Con este bagaje, cuál no sería mi alivio, más
adelante, al descubrir las obras de R. G. Collingwood, que era a la
vez filósofo e historiador. (Collingwood era el «tipo raro» del Ox­
ford de la década de 1930.) L o que más relevancia tuvo en mi vida
ftie que mi familia vivía a la sombra del Premio Nobel de la Paz
Norman Angelí, con quien mi padre trabajó antes de la Primera
Guerra Mundial, y seguimos tratándolo durante las décadas de 1920
y 1930. (Si hay una obra que hubiese podido evitar el estallido de la
Primera Guerra Mundial, esta habría sido The Great lllusim, de An­
gelí, publicada en 1910 , que defendía que tras una guerra así las
grandes potencias europeas resultarían todas perdedoras.)
Por otro lado, mis propios intereses me llevaron por el camino
de la física teórica, especiahnente la cosmología, más que de la filo-
sofia académica. Cuando era un adolescente, en la década de 1 930,
solía leer libros con títulos como E l movimiento peipetuo del universo
o E l universo infinito: la idea de una sola teoría que fuera capaz de ex-

12. G . E. Moore, Principia Ethica, Cambridge, Cambridge University Press,


1903, pp. 66-67. |Hay trad. cast.: Ensayos éticos, Barcelona, Planeta-Agostini,
‘ 994-1

26
|i 11 MUI i nt I l i i N II \t II iN \l II l Al ) \ I I III I / A

jilti .(I iniln 1 1 iiiiiiiilii iMiiii.il iciii.i iiiini mí un iniiuiivo u n to csicti-


................... iii.il, \ I.I riK-Mion (le como distinguir si unii teoría
t'íl i mu n til t'iii •■ coiici ta» por aquel entonces no se me antojaba
iHilHiii " I II lii década de i<;to, aún no se tomaba en serio la idea
i|i lili iimvci ai caoiico. Los Tísicos todavía daban por sentado que el
mundo iiaiiii al operaba <le lórina «regular»; y que, como suponían
Iki (lili )i,os, los ciclos Ibrinaban un cosmos bien ordenado o «cos-
iiu iii o ■ ' La es|)cculación cosmológica se consideraba también in-
1. In iii,límeme «pura» y ajena a preocupaciones o compromisos
i . . iiolofticos. Ivn la ilécada de 1930, la física teórica era aún— como
I.I liiibi.iii baiiii/.ado en el siglo xvii los fundadores de la ciencia mo-
di 111,1 ••lilosolía natural»; la ingeniería y la manufactura, en las
i|iu liis ideas cientílicas se aplicaban a necesidades y problemas hu-
iiuiiios, se l onsideraban actividades distintas y muy inferiores.
Nii no era el único afectado por ese esnobismo intelectual. La
SI p,ii iK iiin tajante entre ciencias puras y aplicadas fue una caracte-
I i'tiii ,1 de la cultura científica hasta la Segunda Guerra Mundial. En
i iii'io de 1939, el cristalógrafo marxista irlandés John Desmond
lln nal publicó su obra Historia soríalde la ciencia, y sus colegas la re-
, liii/.iion por considerarla políticamente radical; aunque para res-
p,ddar sus argumentos Bernal citaba las obras de Francis Bacon de
pi iiieipios del siglo xvn, Michael Polanyi y John Baker lo tildaron
de enemigo de la democracia, y fundaron la Society for Freedom in
Science, para defender a los científicos de toda necesidad de recu-
11II al ( iobierno o a la industria para financiar sus investigaciones.
M;ís tarde, en 1942, me destinaron a un centro de investigación
gubernamental, en el que trabajé sobre el radar para la Royal .\ir

1 3. I■■|1 aquellos años, cinco o seis obras serias sobre cosmología atraían la
iiiciu'ión ¡jopular, como por ejemplo las de Max Bom, Albert Einstein, Leopold
liileid yjam esjeans.
14. Liddell and Scott, Greek-Engiish Lexicón, p. 984. Ya en la antigüedad grie­
ga se a()licaba una única idea, la del cosmos, tanto para la dirección de un ejército,
i'nino para el orden natural y las artes de la belle7a personal.
1 5. La obra de John Desmond Bernal, The Social Fnnetion o f Science [hay trad.
casi.: Historia social de la ciencia, Barcelona, Península, 1979] publicó original-
ilientc en 1939.

27
III mil M I A I A IIA / IIS

l'orcc, y donde mi lorpcz;! iiKuuiid pronio me hizo ver tpie miiUii


sería iin l)uen experimentalista. De modo (pie, en 1946, seguí mis
inclinaciones, y me matriculé en Cambridge durante los últimos
años de Wittgenstein como catedrático allí. Me vi a mí mismo en
un dilema. Todos los libros y ensayos que me mandaban leer sobre
la filosofía de la ciencia parecían escritos por matemáticos frustra­
dos: solo les interesaba la coherencia formal o lógica de los argu­
mentos teóricos de la física, y poco les importaba si dichos ar­
gumentos podían tener una aplicación práctica en el mundo en el que
vivimos y nos esforzamos por comprender. Por el contrario, mi ex­
periencia profesional como físico me enseñó lo siguiente: que los
miembros de la comunidad científica deben considerar, como míni­
mo, que tales argumentos formales tienen alguna relación con el
mundo en el que vivimos. Desde el principio me debatía entre dos
corrientes, la de los filósofos, que formulaban cualquier tesis sobre el
conocimiento en forma de proposición— compuesta de afirmaciones
cuyo significado era aparentemente evidente— , y la de los científicos
profesionales, que dejaban sin formular las bases prácticas del cono­
cimiento, sin que por ello estas les parecieran menos relevantes.
Cuando en 1949 enseñé Filosofía de la C ien cia en Oxford, me
enfrenté a un dilema parecido. Unos cuantos profesores de Filoso­
fía de Oxford habían desarrollado una sensible inclinación por la
historia intelectual y la historia de las ideas; pero también ellos tu­
vieron la experiencia de sentirse presionados por dos corrientes
opuestas. Collingwood murió en 1943, con el sentimiento aún de
ser un marginado entre los filósofos de Oxford. Stuart Hampshire
escribió buenos ensayos sobre la historia de las ideas morales en
Sainte-Beuve entre otros, pero con un estilo bastante distinto al es­
tilo con el que escribía sobre filosofía moral. Las enseñanzas de
Isaiah Berlín sobre filosofía política se aprecian por fin del todo en
la década de 1990, por su combinación de profundidad histórica y
percepción filosófica; ¡pero él mismo había seguido viviendo con la
duda activa de si era de verdad un «filósofo»!'*

16. Véase Michael Ignatieff, kaiab Berlín: A Life, Nueva York, Heary Holt,

28
t u I H M III I I K>N H M M IN A ) I M M i N I I II I I /A

|l4il t‘N , pin Mil ’illii.n mil p n siiiiiil « iiumln vsn ilií mis Iros pri-
11) 11) IID iilii .r. /.'/luifslo ili' hi rii.'.ón cu tu cticii liic mi tesis docioral en
( illiil'ilil||r; ‘h' piililicíi en ip.p;, y desde entonees se reeditó con-
................. dm niile lii ima y siete años. (Chiando trabajé con Al-
liHi ImiM II n i miestia olira sobre el razonamiento de caso en el
iliiiliiin di' la enea a mediados de la década de 1980, me sorpren-
iIlM mili Im ilesniln ir cpie el artículo de Benjamin Nelson sobre
t ii iiiiMii a para la Enciilolh-diu liritáinai relacionaba E l puesto de
l.i I I lili 17/ /(/ dial con el lamoso ensayo de John Austin, «A Plea
).ii I Al uses-., eonsiderando que prefiguraba un renovado interés
|Mii I .r iipii de razonamiento.) Después, en 1953, publiqué un
1)1. M Idiiii titulado The Pbilosophy of Science, que comparaba el
pMiln l Aplu ativi) de las teorías científicas—especialmente la físi-
1 ,1 I lili mapas jiara orientarse en la naturaleza, más que con sis-
0 ime. aviomátieos lórmales de proposiciones. Finalmente, en
h m H. en l'hc Uses of Arp^iivient, amplié mi posición desde la ética
1 la lisini hasta abarcar los procedimientos de razonamiento en
||. nei al l’cter Strawson lo pasó por alto en el programa semanal
i|i la IllU), The Listenei; y uno de mis colegas de Leeds lo llamó
.1 hhiu lie imtilógicrt de Toulmin». Más tarde, me apenó desen-
hiii que el libro había herido a mi Doktoi-vater en Cambridge,
Un huid Braithwaite, pues lo leyó como una crítica a sus propias
pii'iimas básicas.
Al linal de la disputa, la cuestión principal seguía siendo la
niismii ipic al principio: ¿Están los significados que los filósofos
aiiidi/im expresados en proposiciones verbales aisladas, o es el
h ngiiaie inteligible solo si posee un significado dentro del marco
iiMs imi|)lio tle las acciones y las instituciones? Con todo, The
I ’in of . lixirnient siguió vendiéndose, pese a las condenas de los
IlliiNoíos británicos. Me llevó cierto tiempo descubrir que los es-
iiidiosos ilel campo de la comunicación lo consideraban una teo-
iia de la «argumentación»; es decir, admitían que el lenguaje
iipera en situaciones humanas y no mediante proposiciones

fs|K,-ciahnente la p. 176. [Hay trad. cast.: Isaiah Berlin, una vida, Madnd,
l.iiinis l•’didones, 1999.I

29
K K i l l l s o ^ I A IIA / O N

«clcsiuiiulas» y scp;inulas ilo las cslnii liiras más amplias df la vida


humana.'^

En esta situación empezó la serie de análisis que, en los siguientes


cuarenta años, echó por tierra la confianza en la racionalidad con la
que filósofos y científicos habían comenzado el siglo xx. El año
1958 fue testigo no solo de la aparición de The Uses of Argnment,
sino también del libro de Peter Winch, The Idea of a Social Science.
Tres años después, la obra de Kuhn, La estnictura de las revoluciones
científicas hizo circular la idea de que nuestros criterios de raciona­
lidad cambian de una etapa a otra en la historia de una ciencia. En
la década de 1970, este anáfisis se extendió de la historia a la socio­
logía y a la antropología: este desarrollo aparece resumido en los
ensayos recopilados por Martin Elollis y Steven Lukes en 1982,
con el título de Rationality and Relativism. Dos años después, el aná­
lisis se radicalizó en manos de Alasdair Macintyre y Jean-Frangois
Lyotard. E l ensayo de Lyotard La condición posmodertm rechazaba la
noción de que los filósofos pueden aspirar a tma «narrativa maes­
tra» general sobre la naturaleza de las cosas. Entonces empezó la
confusión. Ya antes de 1992, Bruno Latour había negado que el
episodio de la Modernidad hubiera dependido alguna vez de una
narrativa así. «Nunca fuimos verdaderamente modernos», declaró;
desde luego, antes del siglo xx nunca reivindicamos de verdad ser
modernos. Por fin, la obra Rationality and Power, del escritor danés
Bent Flyvbjerg, muestra cómo, hasta hoy, la capacidad que tienen
algunos argumentos en fiza de tener un determinado peso en situa­
ciones de marco político se ve afectada por diferencias de «influen­
cia». 18

17. De ahora en adelante, hablaré de «situada» y «desituada», en lugar de las


expresiones más conocidas «contextualizada» y «descontextualizada»; la manera
en que una unidad léxica se relaciona con la situación—no lingüística—en la que
opera poco se parece a la relación entre un pasaje de un texto, y el texto más am­
plio del cual forma parte. Debería haber introducido este cambio en mi anterior
libro, CW/ó/)o/;í (Barcelona, Península, 2001).
18. Bent Flyvbjerg, Rationalitet og 7nagt: Case-baseret sttidie a f planLegiiing, puli-

30
iN iiin iM x i inN i i A n i i N A i i i M i i V i:i i m / A

I II ^t'iu'itil, un «‘•ti( |iiu isiiKi (|iic iil priiK'ipio se en du-


lliK Miliir l.i petiiMiienn.i Insiuneii de eríierios de raeionalidnd, se
iiiiipliii liasiii liaeeise realmente— universal. Desile e.se momento,
Im \ t|uc desearlar la valide/, permanente, pues es ilusoria, y nuestra
lilr.i de l aeionalidad debe relaeionar.se con funciones específicas de
la la/on liiimana. l'.mre los estudiantes de retórica y argumenta-
I inn es (on iente un escepticismo así hacia la tesis de que la racio­
nalidad tiene una validez permanente. Para los filósofos que buscan
piiiebas lorinales, por el contrario, este escepticismo es catastrófi-
I M l'iira mí personalmente, el resultado de cuarenta años de análi-
>.is lilusólico era así una nueva visión de— por así decirlo— la retó-
I ii .1 de la filo.sofía.
I ,a retórica de la filosofía? Vacilo al reflexionar sobre esta ex-
pii'stoti. El ataque inicial a mi obra The Uses ofArgument, que la til-
diilu de «atitilógica», presuponía que la retórica y la lógica estaban
uievttablemente enfrentadas. La lógica es la demosü'adón formal
de verdades; la retórica es la propagación engañosa de falsedades.
I’ein esos años de análisis tuvieron su efecto. Durante muchos
iiUi is, el Cerner for the Philosophy o f Science de la Universidad de
1'itf.bttrg fue el Vaticano de la cuestión, protegiendo y preservan-
iln Mtts principios formales en contra de los espejismos de sus riva-
li"., fiero en noviembre de 1992, dicho centro organizó un simpo-
>iio sobre la relación entre la razón y la retórica en las propias
I ifiieias físicas. Después de todo, re.sultó que mi postura en The
I i\es of Argument seguía teniendo sentido, y segiín me dice Cam-
Itiidge University Press— ahora mismo, mientras escribo— pese a
tudas las objeciones de los filósofos, el libro sigue editándose, des­
pués de más de cuarenta años.
I lasta cierto punto, pues, tiene razón Bruno Latour: el pro­
grama intelectual de la Modernidad, con sus supuestos sobre el
I arácter permanente y universal de la racionalidad, solo se ex­
presó plenamente en el siglo xx. Con todo, el desequilibrio ac-
Itial entre nuestras ideas de «racionalidad» y «racionabilidad»

lik iig modeinitet, Copenhague, Akadeinisk Foriag, 1991. [Rationality and Poivet;
( liieago, University o f Chicago Press, 1998.]

31
H r ( ; i n Sí ) a i ^ i i a /.u n

nació tie semillas plantadas ya en el siglo xvii. Tanto intelcciiial


como institucionalmente, solo podemos entender la transición
actual en nuestras vidas teóricas y prácticas desde una jierspecti-
va histórica a largo plazo. Así podemos ver hasta qué punto los
cambios que se experimentan hoy en día están «deshaciendo»
cosas que se hicieron originalmente en 1630 y más adelante, y
representan la renovación de unos compromisos que los huma­
nistas del siglo XVI daban por sentados. Tampoco es este dese­
quilibrio una característica de la historia intelectual únicamente,
o de la historia institucional por sí sola; toda restauración del
equilibrio requiere que corrijamos a la vez tanto las ideas in-
telectualizadas en exceso como las instituciones sobreburocrati-
zadas.
En cierta manera, esto ya está ocurriendo. La filosofía y las
ciencias sociales están compartiendo la experiencia de la música.
Poco queda ahora de la música dodecafónica de Berg y de Webern,
que en las décadas de ip z o y 1930 parecía establecer las bases de
la música del futuro. Solo el «revolucionario conservador» Arnold
Schonberg seguía defendiendo que, desde el principio, la música
dodecafónica había sido únicamente un paso más en el camino
marcado desde Palestrina hasta Bach, y de ahí hasta Haydn, M o-
zart, Beethoven y Brahms.'’ En el ámbito de la filosofía y las cien­
cias sociales, como en el de la música, el precio del intelectualismo
ha sido demasiado alto, y ahora tenemos que retroceder a modos
más amplios de autoexpresión.
Los científicos naturales del siglo xvii— como veremos— soña­
ban con unir las ideas de «racionalidad», «necesidad» y «certeza»
en un único envoltorio matemático, y el efecto de ese sueño habría
de causar una herida en la razón humana que durante tres siglos no
tuvo cura, una herida de la que solo recientemente estamos empe-

19. La descripción de Schonberg como un «revolucionario conservador»


está tomada de Willi Reich, Schmherg ode?- der konsei'oativ Revolutmiiir. Para la re­
levancia de esta descripción en cuanto a que concierne a las últimas décadas dcl
régimen de Habsburgo, véase el capítido 8 de .‘\llanjan iky Stephen Tbulmin, La
Viena de Wittgemtehi, Madrid, láurus, 1987.

32
IN I Mul lí ') I I O N IIAl I I I N \l I I I M I t I I II I I /A

llf< il li'M i|ii I iii lili'. I .1 i.iir.i |ii iiu'i|iiil (Ir r s i r lil)m es iiio stra r lo
IN* liri i'Kii.i |Mi.i ( 1 1 1 , 11 c ‘,,1 lu T iila, y re sliiiirar el e(|iiilil)rio a d e-
lln H iiii 1,1 ii'iiiia y la |iia r iir a , la líigiea y la re u n ic a , la ra cio n a -
liU il t la I ai iiiiialiiliilail.

33
C O M O P E R D IO L A R A Z O N SU E Q U l L I l i R K )

Antes de G alileo, Descartes y H obbes, la adaptabilidad humana y el rigni


matemático se consideraban aspectos gem elos de la razón humana. D es­
de 16 2 0 en adelante, este equilibrio se perdió, pues el prestigio de las
pruebas matemáticas llevó a los filósofos a repudiar los tipos no formalt:s
de argumentación humana.

La búsqueda especulativa de conocimiento ha tenido un papel


preponderante en la cultura humana durante más de dos mil qui­
nientos años. Desde el principio, el término «filosofía» se refería
al tratamiento sistemático y metódico de cualquier disciplina. En
este sentido, abarcaba todo el espectro de especulaciones que se
prestaban a una investigación y un debate sistemáticos, sin im­
portar si el siglo XX habría de clasificarlas o no como ciencia y tec­
nología. Este espectro comprendía desde la geometría y la astro­
nomía, en un extremo, hasta la autobiografía y la narrativa
histórica en el otro, pasando por el estudio de los cuerpos en mo­
vimiento así como de las funciones y el desarrollo orgánicos; el
derecho y la ética, ya fuera de las relaciones individuales como de
las instituciones políticas; los patrones de cambio en general; la
estética, la retórica y la literatura oral o escrita; pero también de
las elecciones que se llevan a cabo para estructurar una vida bien
vivida;' e incluso el puesto de esas vidas en el funcionamiento de
la naturaleza, y hasta en la cosmología. Desde el principio, la es­
peculación sobre esos temas abarcaba desde matemáticos como
Euclides, Galileo, Riemann y Godel, hasta escritores de ensayos

I. Véase Mary Catherine Bateson, Cmnposing a Life, Nueva York, Penguin


Books, 1989.

34
I l U i i i i'i lU M Ó I \ II \ / 0 n s r I i j i 'M i i i i i i i i

\ ili l(■ ll^\llllll'•. |H iMiiiiili's luiiiii Marco Aiirclio y Moc-


Mh, MMiiiiiignr y Saiii.iyaiiii.
I II iMiliiv i slas ai iiviilailcs liiimaiuis, las «razones» tienen un
|N|i> I • • III lai l’iicilcM estar ocasionadas |)or acontecimientos con-
iii ••• iiliii'iiciis especílicos de acciones individuales, metas de po-
lliii 1 MI tales, raeiores res|)onsal)lcs del éxito o el fracaso, causas
l•l•'lMHll as \ lisieas de electos o fenómenos, peculiares característi-
I I ■!• lili iili)i'io artístico, el estilo o la articulación de un discurso,
I .... . i Imi i'iia mas de cosas. Y, durante más de dos mil años, todas
1 MI ai iiMilailes recibían la misma consideración. N o se descarta-
ii I iilii|'im campo de investigación o especulación por considerarse
lllllm' ••l ámenle no riio.scriico. Algunos, como la astrología, pudie-
i' ii ili I lai.itse inlructuoso.s, pero ese era otro problema.
Mil i'iiiliargo, desde mediados del siglo xvii en adelante, empe-
M 1 |ji ’.iaise im desetjuilibrio. Algunos métodos de investigación y
iliiiiiia’i disciplinas .se consideraban serios o «racionales», mientras
..........lilis no. Como resultado de ello, se atribuyó especial auto-
Il•llld .1 las investigaciones científicas y técnicas que ponían en
|ii iii iii a tales métodos. En lugar de una lucha de ideas y especula-
I iMin lina pugna por atraer la atención en todos los ámbitos es-
pt. lililíiviis había una jerarquía de prestigio, de manera que las
im I iiigaciones y las actividades se ordenaban teniendo en cuenta
1 ii ii.e. exigencias intelectuales. Frente a la racionalidad de la astro-
.... . \ la geometría, la racionabilidad de las narrativas empezaba a
• itiiuidci.iise una noción sentimental, carente de una base sólida de
1. MI 1,1 lilosólica, por no hablar ya de un sustancial respaldo cientí-
Ic I ... cuestiones de coherencia fonnal y de prueba deductiva
lili iMii ad(|uiriendo así un prestigio e.special, y lograron una cierta
• ■ iii ,1 i|iic nunca pudieron reclamar para sí otros tipos de pers-
!<• I m ,c,. Así, confonne iba pasando el tiempo, los filósofos acadé-
iiili M'i llegaron a considerar que autores literarios como Michel de
MMiiiiiigiie— un ensayista al que poco importaban las «discipHnas»
\ ijiic licsconliaba también de la lógica formal—no eran en absolu-
iM llloiiolos, y mucho menos científicos.
l’cKi no siempre había sido así. Si trazamos el mapa del alcan-
I ■ ilr la filosofía y la razón humana, el contraste entre lo razonable

35
1(1 ( j l( l s o A l.A K A / O N

y lo racional no es más i|uc una ilc las imiclias (lilcrencias i|iie cxis
ten entre nuestros métoilos de iiivestigacion. l'.l conirasle enirr l.i
racionabilidad de las narrativas y el rigor de las pruebas rormaics,
entre la autobiografía y la geometría, es el contraste entre la «solí
dez» de una argumentación sustantiva, que tiene el cucr|u) y l,i
fuerza necesaria para ser convincente, y la «validez» de unos argii
mentos formales, cuyas conclusiones están determinadas por los
puntos de partida de los que se deducen. Existe un contraste análo
go entre nuestro conocimiento local de los patrones que encontra
mos en sucesos concretos, y la comprensión universal y abstracta
formulada en puntos de vista puramente teóricos. La sustancia de
la experiencia cotidiana se refiere siempre a un «dónde» y un
«cuándo»: un «aquí y ahora» o un «allí y entonces». En cambio,
las abstracciones teóricas generales reivindican poder aplicarse siem­
pre y en cualquier lugar, y por lo tanto— como señala 'Tbm Na-
gel— no son válidas en ningún ámbito en particular.

Necesitamos analizar primero con mayor atención el contraste en­


tre argumentos formales y argumentación sustantiva, y las rela­
ciones entre ambas nociones, empezando con algunos ejemplos dé­
cada una de ellas. Estos deben ser, si es posible, claros ejemplos
tipo, que puedan servir de plantilla para juzgar si otros ejemplos
son «puramente formales» o «verdaderamente sustanciales»; ade­
más, si es igualmente posible, tampoco deberían ser ejemplos de­
masiado sencillos, ni excesivamente técnicos.
Consideremos, para empezar, el relato del siglo xviii de «El
conde y el abad»:

D os señoras reciben visita en su casa, y el prim ero en llegar es un gerifal­


te, que resulta ser un conde. L o s tres se ponen a hablar de secretos de
confesionario, y el conde dice: «Señoras, puedo decirles que fui el primer
penitente del abad». Al poco rato se marcha, y llega el abad. L a conversa­
ción prosigue y, tras mucha insistencia, el abad carraspea y dice; «Sin que­
rer violar, señoras, el secreto de confesión, solo les diré lo siguiente; mi
prim er penitente era un asesino».

36
I liMIl n l l l i l l i P \ II \ / O N SI I i;i>ll IIIMIII

N*in liiuilii ("iiiK li.ii rsu liisiiiiiii pni'ii llcgiir n la sigiiiciilc condu-
líñti I I iiiiiilr riM iin ll••^•slnu■ ► ; y vmladciaiuoiilc, si nos llamos
ti»- la- dii. dedalanuiU's ••l'.l conde liic d primer penircnte del
' I I pniiier pcnilenle del abad era un asesino»— tal cual,
Him IIiiiiii un aigiiiiiento (orinal, llevan a la conclusión: «El conde
H 4 un >i'<i'siiio*.
Mil niiliargo, esta misma historia puede analizarse como un
>|"Uiplo de iirgmneniación sustantiva. ¿Qué garantías tenemos de
Ipil lanío el londe como el abad estén diciendo la verdad? N o es
piolialile ipie las señoras ¡longan en duda sus declaraciones, de
(nodo i|iie puede t]ue uno u otro, o ambos, se estén pavoneando.
I •e|aiido iibieria la jtosibilidad de esa duda, podemos matizar nues-
iM I oni liiMon, y decir: «Parece posible que el conde pueda ser un
l a lino ■ l'.sie cambio coloca el argumento formal en una situación
luiniiiiiii, de manera que se convierte en un intercambio .sustantivo
ilt Mpinioncs. Si sacamos conclusiones apresuradas, colocamos am-
Im . di'i lalaciones en boca o en mente de una sola persona, y la in-
|t o III la de (|ue el conde es necesariamente un asesino se pasa de la
a l'orqne las declaraciones las hicieron personas distintas, el in-
u h iniliio tiene una importancia di.stinta, que solo resulta aparen-
li il li aii ibiiimos a cada declaración su emisor correspondiente.
( 'uii ve/ que se ha «resituado» el argumento formal, la conclusión
i|Ui nos parezca tener una base sólida dependerá de cómo calibre-
uto, ,1 l.is partes del intercambio verbal. (En este momento, la dis-
.......... . que señalaba yo antes entre «situación» y «contexto» em-
jilroi >1 mostrar su importancia.)’
I sic ejem|ílo es un claro silogismo— término griego que signi-
lli I '.iigiiir juntos’— ; aunque es uno especialmente sencillo, pues
iilnpiiiiii de las proposiciones es una generalización del tipo «Todo
VI •. M” . Para un ejemplo más representativo, consideremos las ma­
lí III,incas, teniendo cuidado de no simplificar en demasía el tema.
I .1 labia de multiplicación puede estar en orden formal, pero la ta-
II a de explicar las relaciones formales entre los «numerales» es, o
ili iiiiruado ingenua, o demasiado sofisticada como para explorarla

2. Véase el capítulo i, n. 17.

37
Ul (ÍIU'SO A I.A U A / Ó N

aquí. (Bertrancl Russell y Ciiuseppc Peano pasaron años trahajaiulí)^


en un análisis formalmente riguroso ele esas relaciones.) Conside­
remos, pues, otro ejemplo, que en todo caso es un argumcino ma­
temático que nos proporciona la sensación de haber descubierto
algo, y puede permitirnos llegar a una comprensión auténtica.
Este ejemplo es la famosa prueba de que la raíz cuadrada de 2
— normalmente expresada como JT -—es un número irracional que
no puede expresarse como una fi acción x/y, en la cual tanto x como
y son números enteros. (Al contrario de ■J 4, que es ig^ual a la trac­
ción en la cual x=2, e j= i.) Esta prueba se inicia presuponiendo que
la raíz cuadrada de 2 se expresa mediante una fracción en la cual el
numerador y el denominador son ambos números enteros, y de­
muestra que este supuesto conduce inevitablemente a una contra­
dicción. He aquí cómo:

Si la raíz cuadrada de 2 es racional, puede escribirse como p/q, donde p y


íj son números enteros y no tienen factor común. Si p es par, entonces (¡
tiene que ser impar, porque si no tendrían 2 como factor común. Si p es
impar, q puede ser par o impar, pero no pueden tener ningún factor co­
mún, ya sea 2 u otro.
Si p es par, p/2 es un número entero: llamémoslo ?: Ahora, p' =4 X /■*,
núentras que (por definición) p'= 2 X q~, de manera que q = 2 X r^,y q tie­
ne que ser par. Esto contradice lo que acabamos de señalar.
S i p es i m p a r , 2 X r , de modo quep tiene que ser par. Ya sea/) par
o impar, llegamos a una contradicción. En resumen, nuestro supuesto de
que la raíz cuadrada de 2 podía ser el ratio de dos números enteros lleva a
una contradicción, y es imposible por razones lógicas.’

3. He conservado el recuerdo de esta prueba de matemáticas puras desde mi


juventud, y la he reconstruido de memoria tal y como sigue:
Supongamos que la raíz cuadrada de 2 es igual a la fracción m/n, en sus cifras
más bajas. Decimos en siis cifias más bajas porque (e.g.) 4 = 4/2 = 6/3 = 2/1: la
fracción expresada en sus cifras más bajas es 2/1, ya que no se puede seguir divi­
diendo m y n permaneciendo en el campo de los números enteros. __
Con este presupuesto, vamos ahora a elevar al cuadrado la ecuación v 2 = m/n
para que nos dé 2 = m’/n\ Luego introducimos otros dos números enteros, p y q,
de manera que m = 2p y n ==iq ; p y q son respectivamente menores que m y n. Por
definición, jnVn' = q.p''/qq', es decir: pVq'.

38
I O M I I I’ I l l l t l ñ I \ K A / Ó N SU I t;|i|| l l t l l l o

^l'iiilniiiis initiii osle ejemplo tomo tm caso de argumeiilación siis-


( limo liemos hecho con el relato del conde y el aliad? Esta
VI no |iodemos dar ese paso, poniue esta parte de las matemáticas,
medíame iin acto de abstracción, ha quedado aislada de toda con-
tldi'i anón empírica de lo que es el caso aquí y ahora, y no allí y en-
loMi es, .Sus argumentos conservan su pureza— capacidad de repe-
liise deliniendo conce|itos matemáticos que aplicar, no solo en
......liemos y lugares determinados, sino en cualquier lugar y en cual-

l'in i liraliamiis ilc demostrar que 2 = de lo que también sigue que 2


/' / i‘. y (ni cuanto a raíces cuadradas) que , 2 = p/q. Puesto que p es menor que
m 1 7 llll•ll()|• que //, esta última conclusión contradice, sin embargo, nuestro pre-
ui|iui'sui lie que w/« es una fracción expresada m sus cifias más bajas.
I'iii eimsiguiente, nuestro presupuesto inicial de que la raíz cuadrada de 2 pue-
il' I qiii'sarse mediante la fracción m/n, en sus cifras más bajas, lleva a una contra-
ilii 1 li III lorinal, la de que la fracción m/n a la vez está y no está expresada en sus nú-
iiii IOS niils bajos. K1 presupuesto es, por consiguiente, lógicamente imposible.
I su prueba es más larga y más complicada que otras más usuales. De modo
qiii. siyiiienili) el consejo de Ezra Shahn, sigo el ejemplo de Courant, Robbins y
.... .. /Qué es ¡a matanática?, Madrid, Aguilar, 1967, o de Dirk Struik,/Í Cotici-
<t UiMiiiy of Mathernatics, Dover Paperback, p. 48.
I .1 versión que incluyo aquí no es exactamente igual a la de ellos, pero se nu-
lie ilr mis conversaciones con Hayward Alker, el cual, siendo un matemático más
i'ilii'i iinentado que yo, insistió en asegurarse de que yo cubriera todos los casos.
I ,1 versión personal de Alker es la siguiente:
‘supongamos que la raíz cuadrada de 2 es el ratio de dos números enteros, y
I qiiesemos esc ratio en sus cifras más bajas, eliminando todos los denominadores
I iiinuiies > i, como m/n.
I levándolo al cuadrado, tn‘ = in '.
I lio implica que m- es par; y, puesto que un número impar elevado al cuadra­
do es Impar, y un número par elevado al cuadrado es par, ello significa que el pro­
pio m es par.
Así pues, m = ip, siendo p otro número entero.
I' levándolo al cuadrado, = 4p-
l’or lo tanto, q/r' = 2 n \y 2p' = n'
Mediante el mismo razonamiento, n ' es par, y por lo tanto, n también es par.
I' sio ini()lica inmediatamente una contradicción. Pues, si tanto m como n son
p.iies, tienen el denominador común de 2, contradiciendo el supuesto de que for-
m.ibiin un ratio expresado en sus cifras más bajas.
Por consiguiente, nuestro supuesto inicial es falso, y la raíz cuadrada de 2 no
puede ser un número racional.

39
m ( iU I s o A I A UA /.O N

quier momento, y en último extremo, en ningún Ingiir y en ningim


momento determinado.
Esta respuesta contribuye también a explicar la primera reai--
ción que tenemos al leer una prueba así: no la sensación de haber
descubierto algo, sino de que nos han sorprendido y engañado. Si
nos sentimos así, no somos los primeros. Cuando nuestros maes­
tros de escuela nos enseñaron las raíces cuadradas y los números
enteros, no había forma de saber de antemano qué ramificaciones
tendrían esas ideas. Sin embargo, no hay ningún paso en esta prue­
ba que se refiera a hechos empíricos: los pasos solo exploran las im­
plicaciones formales de las ideas iniciales. Matemáticos platónicos
como G . H . Hardy consideraban que tales descubrimientos seña­
lan verdades universales sobre un mundo de entidades ideales; no­
sotros, en cambio, podemos considerar que tienen que ver con abs­
tracciones que no tienen contacto directo con el mundo de lo real.
Esta tensión, o esta ambigüedad, será recurrente en todas nuestras
búsquedas siempre que la relación entre los conceptos y los obje­
tos, o entre ideas permanentes y abstractas y cosas y situaciones es­
pecíficas y temporales, adquiera una importancia preponderante.
En cualquier caso, la soiqtresa que provocaba el inesperado poder
de la prueba matemática fue uno de los orígenes históricos de la tra­
dición filosófica. A Platón le fascinaba cada nueva ilustración de ese
poder intelectual. Cuando Teeteto demostró que solo puede haber
cinco sólidos regulares convexos, a Platón le fascinaron los nuevos
recursos que esta prueba proporcionaba a los filósofos de la natura­
leza y, en el Tifneo, propuso esas figuras como formas para átomos de
distintos tipos de sustancias: el tetraedro de cuatro caras para el fue­
go, el cubo de seis caras para la tierra, el octaedro de ocho caras para
el aire, el dodecaedro de doce caras para el agua, y el icosaedro de
veinte caras para el cosmos en su totalidad, que entonces se conside­
raba que estaba compuesto de un material propio especial.-» Nadie

4. Para la teoría de Platón sobre las formas de los átomos básicos en el 'í'ime
véase Stephen Toulmin y June Goodfield, The Architecture o f Matter, Londres,
Ilutchinson, y Nueva York, Harper and Row, 1962; reimpresión de University of
Chicago Press, 2000, pp. 75-82.

40
I l í M u r i K i n i i I A i(A/»'tN SI I ( U ' i i i i i Hu»

liHilti.i lulici iiiuginailn (|iic la idea de los «solidos regulares eonve-


sMs ii'siiliaiia leiiei lamas raiuirieacioncs. Para l’ lalón, sin embargo,
• ii> desniltrimienlo lúe una demostración permanente de que los
i|i II ubi imienios matemáticos pueden ser no solo trampas intelec-
liiali s, smii luentes de auténtica sorpresa teórica.
I’l.iion es también una fuente para nuestro otro ejemplo, el del
|nli III de Sik'iates. 1mi este caso, lo importante no es tanto las rela-
• li mi s lilimales entre las diferentes proposiciones presentadas ante
un )iii ado de mil quinientos ciudadanos de Atenas, sino la situación
III hi nial se presentaron los cargos contra Sócrates, y el modo en
i(iii' esa situación les confirió plausibilidad. Resumiendo, la acusa-
..... . principal era que Sócrates había pervertido a los jóvenes bri-
ll.iiiii s de Atenas, socavando así la situación política de la Repúbli-
I I, V, reliospectivamente, esto nos puede recordar esos Estados del
ii)dii x.v en los que un Führe7', un Duce, o cualquier otro dirigente
.iiiiiiiiiario— junto con su camarilla de partidarios— desalentaba
imlii intento por emseñar a los jóvenes de familias influyentes a
pi usar por su cuenta en cuestiones de política. El caso es que Só-
I laii's, por stipuesto, explicó que su objetivo exacto era enseñar a
iiis alumnos a pensar por sí mismos, y prefirió someterse a la pena
I apilaI antes que abandonar su lealtad a los ideales que, a sus ojos,
iili uiideaban a Atenas.^
I’cro si describimos la argumentación del juicio en esos térmi-
IIIú n icam en te, podríamos inducir a pensar que este segundo
i lriiiplo solo tiene que ver con la persuasión, y no veríamos los mé-
iiiir. relativos de los argumentos presentados a favor y en contra
lil i acusado. Esto es lo que perpetúa la hostilidad de muchos filó-
IIlilis hacia la retórica, y respalda la difamatoria descripción de esta
..... . una «persuasión deshonesta», en oposición a las «pruebas
lili males» de la lógica. Así pues, es necesario reconocer un tercer
.11 i iramiento intermedio al análisis de los argumentos sustantivos,
I iiiiiliinando las fuerzas de esas perspectivas rivales. Ese era el tema
lie mí libro The Uses o f Argument, y la hostilidad con que fue acogi-

S. P.l relato más conocido del último día de Sócrates es, por supuesto, el que
ii|i,iieee en el diálogo de Platón, Fedmi.

41
m ( í i m : s o a i .a iiA/.rtN

do por muchos de mis colcfj^iis prolcsionalcs demncstiii cuiínio se


esforzaban aún entonces los filósofos analíticos por mantener el es­
tudio de la argumentación— llamada a veces «lógica informal»—
fuera del ámbito de la filosofía propiamente dicha.
Si estudiamos este tercer acercamiento, lo primero que hemos
de comentar es la necesidadformal que acompaña a las conclusiones de
argumentos en las matemáticas puras. Los argumentos sustantivos
están históricamente situados y dependen de la experiencia en
cuestión: a lo más que pueden aspirar es a colocar mía conclusión
«más allá de una duda razonable» y a establecer la «mayor presun­
ción posible» a su favor. Es cierto que también empleamos el
lenguaje de certeza o necesidad para hablar de los argumentos sus­
tantivos; pero en cuestiones cotidianas de ética y de física experi­
mental, la «certeza» y la «necesidad» no son los conceptos forma­
les rigurosamente ejemplificados en el caso de la raíz cuadrada de 2.
¿Cómo podemos, pues, interpretar el juicio de Sócrates como un
argumento sustantivo, y no como uno formahnente necesario? Si
lo interpretamos así, ¿qué consideraciones podrían asemejarse en
su fuerza racional a las que encontramos en las matemáticas? Resu­
miendo, por ejemplo, la acusación del fiscal ateniense contra Só­
crates, este podría decir:

La experiencia nos demuestra que los jóvenes brillantes y cultos—más


que aquellos con pocas luces y que no han recibido educación—c]ue em­
piezan a pensar por sí mismos suelen involucrarse en actividades que, más
que fortalecer, socavan la condición política de la república. Así pues,
dado que Sócrates estaba enseñando a sus alumnos a pensar por sí mis­
mos, hay razones poderosas para concluir que es culpable de los cargos
que se le imputan.

H ay dos cosas en este argumento que lo distinguen de un argu­


mento de matemáticas puras. Para empezar, que la experiencia de­
muestre verdaderamente lo que aquí se dice que demuestra no está
ni mucho menos claro: el testimonio de cualquier experiencia rele­
vante está presumiblemente abierto a más de una interpretación.
(¿No son acaso muchos matones fascistas cortos de luces y poco

42
I U M( I l'l H l i K l I A K A / O N M ' I i ; l ' 11 IIIK l< I

In .imulnv ) l'.ii si-giiiidíj lugar, hay más de ima opinión sohrc que
i's lo que 'loeava o lorlalece la Kepúhlica: mieiilras que las ideas ina-
leuMi u ii‘. de «raíz, cmulrada» y «número entero», por el contrario,
e'iiaii ( uidadosamente dclinidas para evitar toda ambigüedad, la
idea lie <la condición política de la República» sí puede dar cabida
.1 ambigüedades.
Ampliando este argumento, para hacer explícitos todos sus ele-
memos dil'erentes, podríamos empezar por preguntarnos qué
iii omeeimientos históricos podría señalar el fiscal para respaldar su
leeiura de la experiencia relevante: a estos podríamos llamarlos
lo*, datos de su argumento». Después están las reglas generales, o
)u‘.iilieaciones, que cita para justificar su interpretación de esos
d.iios históricos: estas también están aquí, generalmente, menos
iii epiadas que en matemáticas. En tercer lugar, está la fuerza y el
1,11 aelcr del respaldo que— en su opinión— estos datos y justifica-
I iones proporcionan, como expresa el calificativo de «poderosas [y
lio posibles o concluyentes] razones», o (pongamos) «una convin-
I eme presunción» a favor de un veredicto de culpabilidad. Final-
iiieiite, la conclusión sustantiva es la afirmación de que Sócrates es
I iilpable de los cargos que se le imputan. Con todo, hagamos lo
que hagamos para ordenar esta acusación de manera que se áseme­
le en su forma a una prueba de matemáticas puras, hay tres inelu­
dibles diferencias entre investigaciones estrictamente formales y
especulaciones poderosamente sustantivas: el hecho de que toda
prueba histórica está sujeta a una fecha; la amphtud de interpreta-
eioues opuestas de cualquier dato; y la cabida para la ambigüedad
de los conceptos empleados.*
I'iste análisis, por supuesto, deja abiertos todos los interrogan-
les sobre la fuerza y la relevancia intelectual de los datos y las justi-
lieaciones citados, y también la medida en que el argumento, tal y
como se presenta, extrajo su poder de convicción de la situación en

6. Nótese que los términos empleados— datos, justificaciones, calificador y


dcinás—son simplemente los que introducía en The Uses o fArgmnent. Como ta­
les, no tenían ningún objetivo teórico preciso, sino que correspondían más bien a
nuestro uso pragmático en la argumentación normal.

43
U H I I I I S O A I.A l<A/rtN

la que se celeluó el juicio. I*’.u un juicio político como es el ile Só­


crates, estos dos tipos de consideración no son tan distintos y sepa­
rables uno de otro como en el ámbito de las matemáticas. Es aquí,
más que en ningún otro sitio, donde resulta claro hasta qué punto
la retórica y la lógica— lo situacional y lo intelectual— son inse[)a-
rables en la práctica.

Antes de dejar estas tres vías de análi.sis de la argumentación hu­


mana, querría añadir dos comentarios al margen. El primero es
que estoy empleando los términos «situación» y «situacional» en
lugar de las palabras más conocidas de «contexto» y «contextual».
Resulta engañoso sugerir que la situación en la que tiene lugar un
argumento es un «texto» más amplio dentro del cual el argumento
es un «subtexto». Por supuesto, el significado de un texto puede
derivarse del texto más amplio en el que este está incluido. Un pa­
reado puede ser parte de un poema completo, un capítulo puede
describir un episodio dentro de una novela, etc. Pero las situacio­
nes pueden influir sobre las acciones antes incluso de que se des­
criban en el lenguaje humano, por lo cual «acción» y «situación»
no están relacionadas entre sí de la manera en que un fragmento de
texto lo está con el texto más amplio al que pertenece. La política
envolvió a Sócrates en una nube de desconfianza antes siquiera de
que se pronunciase la primera palabra del juicio.
En segundo lugar, la relación entre esas vías paralelas de anali­
zar argumentos se asemeja mucho a lo que constituye nuestro prin­
cipal objeto de preocupación en toda esta discusión: la relación en­
tre actuar racional o irracionalmente, por un lado, y razonable o
irrazonablemente, por el otro. Si nos centramos exclusivamente
en las proposiciones que figuran en un argumento, haciendo caso
omiso de la situación en la que este se presenta, puede decirse que
consideramos el argumento desde el punto de vista estricto de la
racionalidad. Si, por el contrario, únicamente prestamos atención a
los recursos que hacen que un argumento sea persuasivo, lo máxi­
mo que se puede decir de un caso es que lo presentamos lo más ra­
zonablemente posible: solo si logramos compaginar de forma equi-

44
I I I M I ) l'l 111) 11) I A tlA/l'tr; M> I <>MI III KI I )

lil)i.iil.i 1,1 .iicncioti ,1 lii siis,iam'ia de un argniiu'iMu con nn estilo


) )ii)\iiK ( lile, pero nn demasiado insistente, se nos podrá atrilniir
una I .ii’ionaliilidad (|iie eomhina la fuerza intelectual del contenido
I on nn.i moderación en la Forma. La racionalidad supone concen-
ii,n-.e icsiringidamente en asuntos de contenido, y la racionabili-
)liiil. sel sensibles a las mil maneraaien que una situación puede mo-
ililii .11 tanto el contenido como el estilo de los argumentos.
\mpliando un poco nuestras miras, la capacidad de racionali-
)|.iil tiende también a .ser innata, más que adquirida; y lo mismo se
|i(ii de decir de la tendencia a actuar «irracionalmente». Una fobia
.1 L i s ,n pientes, jior ejemplo, significa que solo ver— aunque sea en
loiofpalía—una serpiente puede provocar una reacción inmediata
I nn onirolable: ya sea quedarse petrificado, desmayarse o gritar.
'Hilemos describir una reacción así como irracional, desde luego no
I limo «no razonable». A la inversa, la costumbre de actuar de una
III,mera (|iie ofende a tus amigos sin ninguna necesidad, o de discu-
I II liiibitiialmente en términos descuidados o infundados, suele ser
>I lesiillado de no haber aprendido a prestar una atención razona­
ble ,1 la jiropia conducta: esta es una carencia adquirida, no una se-
n.il de irracionalidad innata. Sin embargo, pocas veces puede de-
III '.e que haya un contraste rígido enu'e ambas nociones; y el hecho
lie que la guerra entre la lógica y la retórica prosiguiera durante
i.mio tiempo después de lóoonos da una medida de la dificultad de
pieservar el equilibrio de la razón.

I' I cambio desde el igualitarismo filosófico hasta la jerarquía cien-


iilii'a, i|ue nació en el siglo xvii, al principio no excluía enteramen­
te de la filosofía a aquellos ensayistas que se ocupaban de iluminar
L is características principales de nuestras vidas, más que de tratar
de demostrar verdades teóricas, y que nos'invitaban a compartir re-
llexioiies, más que a comprobar deducciones. Este cambio solo se
l erilleó gradualmente a lo largo de tres o cuatro siglos. Antes de
Iti2o, uno de los filósofos más admirados era, de hecho, el ensayis-
iii pionero Michel de Montaigne. Aunque sus posturas diferían
liiisiante de las que más tarde tendría Bertrand Russell, Montaigne

45
1(1 ( ; l ( l s o A I.A K A / o N

(lisfrutnl)a— sobre todo en la branda de las dos últimas décadas del


siglo XVI— del tipo de reputación en los círcidos ilustrados ipie te­
nía Russell en la Gran Bretaña de principios del siglo xx. Se pro­
puso principalmente escribir sobre aspectos de la experiencia coti­
diana que todos los seres humanos pueden reconocer. (>omo su
sucesor, Francis Bacon, Montaigne escribió ensayos coloquiales y
prácticos sobre la amistad, los libros, la tragedia, el suicidio, la se­
xualidad, y— por último— la experiencia en general. Su postura no
era teórica, y desconfiaba profundamente de escritores que recu­
rrían a teorías abstractas para socavar la verdad de nuestra expe­
riencia cotidiana.^
El propio Montaigne era más abogado que científico, y no era
muy dado siquiera a otorgar mucho crédito a los médicos: como
los partidarios de la medicina alternativa de finales del siglo xx, él
confiaba, antes que nada, en la sabiduría de su propio cuerpo para
curar heridas accidentales y desventuras médicas y recuperar la sa­
lud. Como en la obra de George Bernard Shatv, E l dilema del doctor,
Montaigne consideraba a los médicos unos interesados cuya dedi­
cación personal a la homeopatía o los tratamientos metálicos, por
poner un ejemplo, les llevaba a proponerlos como curas universa­
les.® Como Sócrates también, no confiaba en ningún sistema en
concreto de la filosofía natural, pues sabía demasiado bien que los

7. En inglés hay publicadas dos ediciones de los Ensayos de Montaigne, desde


dos puntos de vista distintos: la edición de Donald Erame (Standford University
Press, 1958) adopta un acercamiento humanista, dando a entender que Montaig­
ne era un agnóstico, pero la edición más conservadora de M. A. Screech (Penguin,
1991) subraya la conformidad religiosa de Montaigne. Merece la pena consultar­
las ambas: sus lecturas e interpretaciones se complementan. El documento clave
para entender este contraste es el ensayo más largo de Montaigne, «Apología de
Raimundo Sabunde»: véase Erame, pp. 318-457, y Screech, pp. 489-683.
Para conipletar el panorama, véase también el ensayo sobre Montaigne de
Gore Vidal que apareció en The Times Litei-ary Snpplement, 26 de junio de 1992,
recogido en Gore Vidal, United States: Essays Nueva York, Random
House, 1993, pp. 508-519, que toma como punto de pardda la traducción de
Screech.
8. Recuérdese, por ejemplo, a Bombastus von Hohenheim de Basilea, más
conocido como Paracelso, analizado en Toulmin y Goodfield, op. cit, p. 14 1.

46
I ( Í Mt l (M Mlll(') I A J ( A / I Í N M' I (jlll I IIIK l( I

liliiMilus prcsociaiicos t'oiiiabiiii liistoiias aitcinniivas dd nuiiulo


naimal, sm llfgai' luinca a ponerse de acuerdo soltre la superiori­
dad de unas ii oirás.'' I’'ste e.sceinieismo por la teoría tuvo sus se-
)iiiidores a (niales del siglo .vvi, no solo en Francia, sino también en
olios países, y constituyó un reto para los pensadores y los escrito-
les mas jóvenes, que veían el mundo de otra manera, pero recono-
I lan la necesidatl de responder al reto de Montaigne. Los dos filó-
solos matemáticos más distinguidos de Francia a principios del
siglo .vvii— René Descartes y Blaise Pascal— conocían en proftmdi-
d.id sus l'jn'íiyos, y buscaron argumentos formales para rebatir los
aspectos que consideraban más corrosivos de la postura de M on­
taigne. (^on todo, sus escritos no mostraban ningún género de
duda de (|ue consideraban a Montaigne un verdadero filósofo, por
muy equivocado que estuviera; por el contrarío, formularon sus
propios argumentos en términos diseñados para socavar los riesgos
\’ las dudas escépticos, e incluso cínicos a los que, en su opinión,
Montaigne exponía a sus lectores."'
Los académicos anglófonos actuales consideran a Montaigne
una figura de la literatura, más que de la filosofía seria. Pero no se
le veía así en absoluto en su propio tiempo. Es anacrónico creer
que el pensamiento europeo se desarrolló de forma discontinua,
mn las ciencias exactas del siglo xvii desbancando rápidamente al
humanismo del siglo xvi; y tampoco se olvidó del todo la reputa-
( ión como filósofos de esos humanistas. A finales del siglo xix, por
ejemplo, Montaigne era objeto de la admiración de Emerson en
l‘',stados Unidos, y de Nietzsche en Alemania. Pero en el siglo xx,
1‘specialmente en Estados Unidos, la filosofía académica se convir-
lió en una disciplina estrictamente técnica que se preocupaba de
teorías abstractas, y las preocupaciones concretas de autores auto­
biográficos como Montaigne se ignoraban, generalmente, por
considerarse intrínsecamente no filosóficas. La teoría adquirió el

9. Véase la crítica destructiva de los filósofos presocráticos en su «Apología


(le Raimundo Sabunde».
10. Léon Brunschvicg, Descartes et Pascal, Lecteurs de Montaigne, París, Bren-
lano, 1944.

47
III (.111 M ) A I A IIA / r t N

|)apcl iircponclcraiue, y llegó a hablarse ile la práctica como una


mera vía de aplicacúSn de la teoría. Incluso en la medicina clínica,
ámbito en el c¡ue desde 1960 se ha venido desarrollando un nuevo
interés por cuesriones prácticas, concretas y particulares, todavía se
tiende a otorgar prestigio solo a los estudios académicos cjue se
centran en teorías universales y abstractas. L o que explica que a un
escritor tan destacado como Santayana se le niegue, como a M on­
taigne, la calidad de filósofo."

Si los filósofos tenían poco que decir después del siglo xvii sobre la
diferencia entre racionalidad y racionabilidad, los historiadores de
la filosofi'a tampoco lo han hecho mucho mejor. Si por un momen­
to se hubiesen percatado de que Immanuel Kant no empleaba pa­
labras distintas para los aspectos puros y prácticos de la razón, se­
guramente habrían arqueado las cejas, preguntándose el motivo.
Tendrá que haber algún término coloquial en alemán con el que
hacer referencia a lo «razonable», un término que lo distinga de lo
«racional» y con el que se puedan describir las funciones de la ra­
zón humana, ¿verdad? Al principio yo mismo me inclinaba a con­
cluir que no existe tal término, y que Vernunfi y Vemünftig expre­
san igualmente los aspectos «puros» y «prácticos» {rein y praktisch)
de la razón. En holandés se emplea el término reddijk para distin-

II. El alcance del desprecio que se llegó a profesar a Santayana en el Depar­


tamento de Filosofía de la Universidad de Harvard queda reflejado en una histo­
ria que me contó Henry Aiken, tras dejar Harvard para trabajar en Brandéis. Se­
gún me contó, en 1930 los miembros del departamento tenían un cuadro de un
retrato de grupo, colgado en la sala de sus despachos; por aquel entonces, Santa­
yana era miembro de pleno derecho del departamento. Tras la Segunda Guerra
Mundial, el cuadro ya no estaba colgado en la pared del despacho, sino olvidado
en el sótano del William James Hall. Donde antes estaba visible la figura de San­
tayana, había ahora una estantería torpemente dibujada, que separaba a los filóso­
fos en dos grupos distintos. Santayana había sido literalmente borrado del cuadro.
Gore Vidal visitó a Santayana varias veces, en 1948, en su celda del convento
romano en el que pasó gran parte de la Segunda Guerra Mundial, y relata esas vi­
sitas en su libro de memorias Palimpsesto Nueva York, Random Ilouse, 1995; Pen-
guin, 1996, pp. 157-165.

48
I O M i i i'i 1(1)111 I \ i » A / ( i N SU I ( ; r i i i i i K i o

pim lii iii/.()iial)lc • (U- lo -riRÍonal» de manera clara, jiero los ale-
maiirs parecían emplear w niiin jiigy vmt/tml/g casi indistintamen-
n I .a pregiinia ipie surge enionces es: «¿Porqué no llamó Kant al
ii iiia de su segunda ( ’ríiica “ praktische Verstand”— entendimien-
lo, no ra/.onamieni()— en lugar de “ praktische Vernunft” ?». Cuan­
do eserihic ) la Critica del Juicio él mismo no sabía bien qué pensar
lolire ello. Kant admitió por fin que el juicio {Urteilskraft) se dis-
iingiie del razonamiento deductivo abstracto (Vetiiunfi); pero la
I iiesiión seguía siendo oscura, y poco han hecho los historiadores
para aclararla. Para mí, sin embargo, aún más tentadora es la pre-
Himia siguiente: «¿En qué habrían cambiado las ideas de Kant so-
liie la razíin pura si hubiese escrito la tercera Crítica antes, pres-
I.IIido así más atención al papel del juicio práctico en las ciencias
liMcas?». De haber sido así, tal vez hubiera tratado muchas de las
I iicsiiones centrales de este libro hace por lo menos doscientos
anos."

1 2. Mis comentarios al problema de la traducción al alemán de los términos


iiicional» y «razonable» se basan en discusiones con Dorothea Wildenburg y
I liins van Beinum. Una carta de Alian Janik confirma mi lectura de Vetminji como
■ los aspectos racionales o racionalistas de Verstand». El añade: «La Vmumft prác-
I ir.i es una forma de crear esa buena voluntad en el sujeto que es la única cosa bue­
na absoluta [...]. En Kant, toda la cuestión es como un ejercicio espiritual; [y]
cxaeiamente así lo entendieron los judíos en la asimilación dominante centroeu-
Kipea».
I•',l caso de Vmmnft y Verstand no tiene nada de excepcional. Se pueden dar
('jemplos más.generales de las limitaciones de traducción enu'e las lenguas euro-
pc;is. I''.n las lenguas románicas, como el italiano, ciertas abstracciones filosóficas
i|iic los lectores anglófonos conocen bien carecen de equivalencia exacta. Cuando
l■ m•uccio Rossi-Landi se dispuso a traducir al italiano The Concept ofM ind, de
( iilbcrt Ryle, quien en sus argumentos recurre a ciertas distinciones extremada­
mente sutiles, se encontró con que, sin ir más lejos, la palabra mind no tiene equi­
valencia directa en italiano, y al final, su versión mvo que llevar el título de Lo spi-
nln l ot/te cornportumento.
I lay, en efecto, todo un mundo por explorar, que podríamos llamar filosofía
••comparada», que trataría sobre las diferencias lingüísticas que dificultan o facili-
lan la traducción a una lengua de problemas filosóficos que surgen con fiicilidad

49
1(1 (.1 (1.NO A ( A K A / Ó N

1 lay un tema que, más que ningún otro, eaplura la (lilerencia eentcal
entre las perspectivas rivales sobre la raz(>n. K1 análisis de argumen
tos teóricos a partir de conceptos abstractos, y el énfasis en exjtlica-
ciones apoyadas en leyes universales— con argumentos tormales,
generales, atemporales, carentes de contexto y neutros— es hoy en
día objeto de preocupación para la lógica; el estudio de narrativas
factuales sobre objetos o situaciones particulares, en términos de ar­
gumentos sustantivos, temporales, locales, dependientes de una si­
tuación y con una carga ética es, como mucho, competencia de la
retórica. Los filósofos académicos y los teóricos serios de cualquier
disciplina solo tienen interés por el primero de estos análisis: el con­
traste entre una argumentación convincente y una que no lo es, o
entre una claramente expresada y una torpemente defendida, se re­
lega a los estudiantes de literatura, dicción o estilo. Durante gran

en otra. Para empezar, podríamos considerar las cuestiones lingüísticas que plan­
tea el Teeteto de Platón sobre nuestro conocimiento de lo que no es. ¿Cómo hay
que entender esta frase? Gilbert Ryle solía defender que la respuesta es que los
hablantes de griego clásico— cotno actualniente los hablantes de Black English
(‘inglés negro’) en Estados Unidos—tendían a su|jrimir el verbo «es» en frases
como «Sócrates es calvo»: así, «Sócrates calvo» y «Sócrates no calvo» eran equi­
valentes respectivamente a «Sócrates es calvo» y «Sócrates no es calvo». Citan­
do estos casos, Platón presenta la pregunta «¿Qué conocimiento tenemos de Só-
a-ates no calvo?», que implica la existencia de un hecho falso o una persona
ine.xistente, de una manera que anticipaba perspectivas sobre «hechos» y «obje­
tos» que más tarde retomarían autores como Russell y V\^ttgenstein. (No quiero
decir con ello que Wittgenstein pasara por alto esta dificultad: queda claro en sus
comentarios posteriores al Teeteto, en su obra Investigaciones filosóficas, props. 46 y
518.) V'éase también el debate sobre el «falso conocimiento» en el Cratilo de Pla­
tón, 429 D. E.
Surgen cuestiones particularmente espinosas si comparamos el uso en inglés o
en alemán de los términos self o selbst, con el uso en francés deje y moi. Estas últi­
mas cuestiones se han resuelto parcialmente solo con la adopción del neologismo
soi. Para un primer acercamiento a estas cuestiones, véase mi ensayo «Self-Know-
ledge and Knowledge of the “ S elf’», en The Self: Psychological and Philosopbical Is-
snes, Theodore Mischel, ed., Oxford, Blacktvell; Totowa, Nueva Jersey, Rowan
and Littlefield, 1977, pp. 29 1-317.
Más adelante trataré la cuestión del papel del juicio en geometría, fi'sica y las otras
ciencias exactas, especialtncnte en conexión con las ideas de .Michael Polanyi sobre
nuestra confianza en el «conocimiento tácito» en la práctica de las ciencias exactas.

50
I l í M O n l i l i l í ) I A I I A / I Í N SI' I ( J l ' l l I I IKIII

|Miii- lie los iiliiiiiiis iicsfiniios unos, y iliinuilt' lasi todo el úlliino
'■ inlii, los csMiiliiisos fonsiileralwn esas investigaciones no solo dis-
iiiii.n, sino lainhién totalmente separadas las tinas de las otras. Los
...........ios analítieos y los teóricos científicos no necesitaban— es más,
no debían distraerse con cuestiones retóricas o estilísticas; los es-
indios sobre el estilo literario o sobre la técnica forense, por su par­
te, nada teníati ipie enseñar a los filósofos ni a los científicos.
Sin embargo, si la distinción entre análisis lógico y poder retó-
I l e o , entre razonatniento auténtico y mera persuasión, es verdade-
laineiite sólida, ¿cuán reali.sta o universalmente se puede aplicar?
( onsideremos todas las «teorías» a las que recurrimos en una u
olía situación: ¿Hasta qué punto están formuladas independiente-
inenie de quién las presenta, a quién, dónde y cuándo se invocan,
i onio se presentan, y demás— en una palabra— de cómo se «plas­
man» en nuestras vidas? Dada la variedad de tipos de hechos que
observamos y transmitimos en una u otra siuiación, una vez más,
basta qué punto pueden estos hechos describirse en términos de
( onee|)tos sin contexto y atemporales? Es de suponer que podría
existir un mundo en el que la relación entre lenguaje y realidad
pcrniiiiera que cualquier cosa que dijéramos sobre el mundo tal y
como lo vemos se articulara en términos «no arraigados»; de la
misma manera, podría existir un mundo en el cual todo nuestro
lenguaje teórico pudiera leerse de formas estrictamente ahistóricas
y sin consideraciones de contexto. En un mundo tal, el contraste
entre retórica y lógica— entre la valoración sustantiva de la argu­
mentación y el análisis formal de los argumentos— podría desde
luego verse como absoluto, y los dos tipos de conocimiento que de
el .se derivarían podrían mantenerse separados uno de otro.
Con todo, si lo examinamos, cualquier supuesto de que el
mundo tal y como lo conocemos es así totalmente, o incluso par­
cialmente, se revela inverosímil. Por supuesto, los filósofos griegos
clásicos que acuñaron los términos de «lógica» y «retórica» nunca
suscribieron ese supuesto. Tampoco lo hacen los hablantes actua­
les de griego: emplean ambos grupos de términos más o menos in­
distintamente, como mucho con una diferencia de énfasis. En las
calles de Atenas, por ejemplo, las palabras logas y logikos en absolu­

.51
It M i lt l S O A I.A » A / Y )N

to se refieren únicamente a priielias formales y demostrativas:


abarcan todo el campo semántico del razonamiento y el pensa­
miento.'^
Merece la pena detenernos en esta idea. La palabra logos prove­
nía del verbo kgein, que en un principio significaba ‘reunir’, ‘selec­
cionar’, y/o ‘escoger’ objetos que usar o situaciones que señalar;
piedras con las que construir una valla, problemas que discutir, o
personas para que actúen de compañeros. Aquí, como en todas
partes, un primer uso del lenguaje era el de hacer inventario: con­
tar o enumerar cosas. Así pues, un significado básico de la palabra
logas era ‘cómputo’, o ‘cuenta’ . (En los restaurantes griegos, se
aprende la frase Logariazmo pai-akalo para decir ‘La cuenta, por fa­
vor’.) De modo similar, la forma adjetival logikos solo significaba
que una idea estaba expresada en el habla, adaptada a la prosa, o ba­
sada en una llamada a una razón—^ya fuera concreta o abstracta, ló­
gica o dialéctica, práctica o intelectual— y, al cabo del tiempo, el
significado de estas palabras se amplió hasta cubrir cualesquiera de
los usos del lenguaje o del habla: una historia o una narrativa, un
discurso ante un tribunal o una fábula, un refrán popular o un ru­
mor, la trama de un relato o el tema de un cuadro. Pero lo mismo
ocurría con la familia de términos que tenían como raíz rhetos, tér­
minos como rhetoreia (‘oratoria’), rhetorizein (‘practicar la orato­
ria’), rhetorikos (‘oratorio’, o ‘con dotes para la oratoria’), etc. Las
dos familias de palabras griegas tenían usos sutilmente distintos:
la familia de logas se empleaba más en cuestiones de contenido, y la
familia de rhetos concernía más al hablante. Pero con todo, por lo
general sus significados se solapaban de maneras inconcebibles de
haberse considerado como distintos y separados unos de otros.
A la hiversa, criaturas o situaciones sin capacidad para emplear
el lenguaje, o para describirse mediante el lenguaje, contrarias a
nuestras e.xpectativas, o no aptas para un objetivo determinado, po­
dían expresarse utilizando términos de cualesquiera de estas dos fa­
milias: eran inexplicables o inexpresables, impronunciables o inefa-

13. Liddell y Scott, Lf.v/con, pp. 1.057-1.059.


14. pp. 1.569-1.570.

52
I o M i I i'i IIIlili I \ II \/i i N SI' I ( j r i i iiiiiiiI

lilrs, III ,u iiiii.ilcs (I i);iioiiiiiii(isiis. I'II ariuiictic:i, |>iir ejemplo, las


iii.ipiiiliiilcs o las caiiiulailes tpie no se puetlen expresar en sini|)les
iii(i p,iales o Iraaiones recibían dos nombres: a las magnitudes
II1.11 ionales>-, (|iie los malenuiticos ingleses llaman surcb, los grie-
1(1 is las llamaban /i/oga o iirrhcta. (La raíz cuadrada de 2 es una de
III,is.) N'olvicndo a las lamilias lagos y rhetos, el interés de la primera
I,libra rii lo «bien lundado» o lo «mal fundado» de una opinión, y
rl ilr la segunda en su carácter «sorprendente» o «vergonzoso»,
|ii io no hay una clara separación entre las dos familias. Ambas se
iiisrnben en una misma idea global.
I'.n una palabra, todos los tipos de habla o de lenguaje están
iii.is o menos situados o arraigados en la ocasión en la que se em-
jilr.in y, si se abstraen de esa ocasión, en teoría pueden estar más o
iiiriios «desituados» o «desarraigados». Algunos usos corrientes
ilrl lenguaje están más situados o desiuiados, otros menos; ningu­
no (le ellos es solo escrito, o solo hablado. Consideremos un ejem-
|ilo claro: el de las «pruebas» en matemáticas. Los matemáticos
■ iiempre se ban propuesto minimizar la relati\ddad histórica o cul-
IIII al de sus proposiciones, pero no pueden llevar este objetivo has-
1,1 su conclusión lógica. Com o demostró Imre Lakatos en su ele-
(j,ame ensayo Pniebas y refutaciones: la lógica del descubrñniento
luiiieniíítico, las ideas de «validez» y «rigor» matemáticos han teni­
do sus propias historias: en matemáticas, tanto como en las ciencias
nal m ales, hay cambios de paradigma. De modo que podemos
|ilaiuear, contestar, interpretar o entender cuestiones sobre la vali­
de/, de una prueba de Diofanto en la Antigüedad, o de Gauss a
|ii incipios del siglo xix, teniendo simplemente en cuenta la fecha
de las mismas. Así pues, el sueño de una teoría o una prueba per­
lería y evidentemente «válida» es inalcanzable.
La lógica y la retórica, más que dos disciplinas rivales que offe-
irn recetas contrarias para juzgar los méritos o los defectos de
nuestro razonamiento, son dos disciplinas de consideraciones
romplementarias. La validez formal es una cosa. Si las proposicio­
nes que componen nuestros argumentos son intelectualmente in­
coherentes, o reivindican «necesariamente» ciertas inferencias que
luego resultan contradecirse unas a otras, tenemos que preguntar­

53
UI,(;i(I.S() A I.A UA/.ON

nos si tenían en su origen algiin sentido. La valide/, .sustaniiva es


algo bastante diferente. Una vez que bayamos entendido de qué
trata una argumentación concreta, podremos entonces |)reguiuar-
nos sobre qué datos se apoyan sus tesis, cuán sólidamente la respal­
dan estos, y hasta qué punto resultan convincentes esas tesis. Pero
solo un argumento e.\presado de forma coherente y con sentido
puede tener fuerza o debilidad sustantiva. (No quiero decir con
esto que su coherencia formal garantice su fuerza sustantiva.) A la
inversa, una conclusión presentada con una argumentación sustan­
tiva puede estar más allá de toda duda, o puede no tener ninguna
validez en absoluto. Pero la fuerza o la debilidad de un argumento
da por sentada su inteligibilidad: de ninguna manera garantiza su
rigor o su coherencia formales. Así, el mundo de la validez, el sen­
tido y la coherencia formales apenas solapan al de la prueba, el tes­
timonio o la convicción sustantivos, y las proposiciones que defen­
demos como «razones lógicas» para nuestras conclusiones no son
más que los esqueletos abstractos del «razonamiento» que, aquí y
ahora, lograrán o no convencer a su público.
En nuestro tiempo, como en la Grecia clásica, las tareas de la ra­
zón abarcan así todo un espectro. Los conceptos generales median­
te los cuales articulamos nuestras ideas y creencias tienen implica­
ciones fonnales, y es tarea del análisis teórico ordenarlas y elucidarlas.
Pero, por sí mismo, ese análisis teórico no nos dice en qué situacio­
nes— cómo, dónde y cuándo— la vida y la práctica cotidianas ilustran
esas ideas. Por el contrario, los objetos y situaciones que tenemos
ocasión de señalar e investigar están expuestos a variaciones cultura­
les y a cambios históricos, y es tarea de la investigación empírica ex­
plorar y arrojar luz sobre esas vicisitudes. Pero, por sí solas, las in­
vestigaciones empíricas nada hacen para indicarnos cuáles son las
mejores teorías a las que podemos recurrir para explicar esas vicisi­
tudes. Así estaban las cosas en la Grecia clásica hace dos milenios y
medio, y así seguían estando hace cuatrocientos años en el mundo
intelecmal y práctico del humanismo del siglo xvi. Así pues, la pri­
mera pregunta que tenemos que plantearnos aquí es: «¿Por qué cam­
biaron nuestras ideas después de 1600, y qué llevó a nuestros modos
de pensamiento a tomar una nueva dirección tan diferente?».

54
I i U k i IM ( i m t 'l I A K A/l'tN M ' I O l ' l l IMKIO

l'ni .m.iilitlm.1, d siglo xvii vio sin embargo el naeiniienlo del


iitiello mudetno de im lenguaje puramente formal, (jue hacía todas
fis losas i|ue podía hacer el lenguaje coloquial y cotidiano, pero
di manera perfecta»; y el sueño complementario de una teoría
lotmal cuyos méritos intelectuales tenían más peso que todos los
piodnetos de la ex|)eriencia cotidiana. ¿Qué había detrás de ese
I .mibio en nuestras visiones del lenguaje y de la racionalidad, que
olí li gaba un atractivo general al sueño de las teorías formales y los
ll•nguajes exactos? Esta es la otra pregunta que hemos de incluir en
niiestia agenda histórica.

55
L A I N V E N C I O N D E L A S D IS C IP L IN A S

L a invención de las disciplinas, un cambio que se originó en el siglo xvii,


ponía en juego factores tanto intelectuales com o institucionales. Intelec-
tualmente, la utilización por parte de Descartes de la geometría com o mo­
delo de conocimiento proporcionó las consignas de este cambio; institucio­
nalmente, la división del trabajo en profesiones y gremios le dio alas. Pero
no fue este un cambio rápido, y solo alcanzó su punto álgido en el siglo xx.

Desde la Antigüedad clásica hasta mediados del siglo xvi, filósofos,


teólogos y ensayistas de temas humanos— el conocimiento, la ex­
periencia, el razonamiento y demás— respetaban las múltiples ma­
neras de pensar y actuar que componen lo que he dado en llamar
aquí «el equilibrio de la razón». Cierto, las cuatro principales es­
cuelas filosóficas de la Antigüedad tuvieron sus seguidores en la
Edad Media y más adelante. Algunos eruditos desarrollaron temas
y estilos de pensamiento que se originaron con Platón y sus suce­
sores. Otros siguieron el ejemplo más ecléctico de Aristóteles y, al
cabo del tiempo, al debate se unieron las posturas terapéuticas de
Epicuro y Lucrecio, por un lado, y de los estoicos por otro. Pero
rara vez reivindicaban estas escuelas ningún monopolio de sus
perspectivas, con lo que se mantenía un verdadero equilibrio. N o
fue hasta 1600 d. C. cuando se tendió de forma general a insistir en
la superioridad de la abstracción teórica y la deducción lógica, a ex­
pensas de modos de análisis directamente humanos. Junto con esta
rivalidad emergió el contraste— ahora mucho más acusado— entre
las «dos culturas» caracterizadas por C. P. Snow: la de las ciencias
naturales y la de las humanidades.'

I. C. P. Snow pronunció su conferencia (Rede Lecture) en Cambridge el 7 de

56
I A I N V I NI K I N m I A*. I)|S( IIM IN A S

I' I |)i i lililí) i|iic ciiiiifM/.ó ii pariir de i 500 asistii'i lamliién a una
Ii'M iliicinii (le las eoiiumieaeiones tan |)roiiinda como la cpie hemos
vivido a liiiales del siglo xx. I.os métodos de pen.samiento que co-
mu eiiios como las «dos culturas» divergieron porque dieron dis-
imios usos a la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, cada una
segiiu sus propios intereses filosóficos. En 1500, por fin resultaba
económico distribuir textos escritos impresos, y no manuscritos.
Ames, los mundos del conocimiento y del servicio público solo es­
taban abiertos a unos pocos dentro del laicado, y estos tenían un
acceso limitado a los manuscritos, principalmente compuestos y
ilisirilnúdos dentro del ámbito eclesiástico. Una vez que los libros
impresos estuvieron al alcance de todos, volvió a estar en boga la
antigua tradición de las literae humaniores, que más tarde pasó a ser
lo i]ue hoy llamamos ‘las humanidades’. Los eruditos medievales,
por ejemplo, habían hablado de la teoría de la naturaleza humana
en términos abstractos, pero la imprenta enseñó a los lectores la
complejidad y la diversidad de la experiencia humana. Desbancan­
do a las teorías anteriores sobre el pecado y la gracia, la imprenta
proporcionó narrativas más interesantes sobre circunstancias hu­
manas concretas. Santo 'Tomás de Aquino estaba muy bien, pero fi­
guras como Don Quijote y Gargantúa eran irresistibles.
N o hacía falta aprobar o condenar a esos personajes: más bien
eran espejos en los que reflejar la propia experiencia. Como los ci­
neastas de hoy en día, los humanistas del siglo xvi, desde Erasmo y
'Lomás M oro hasta Montaigne y Shakespeare, ofrecían todo el ca­
leidoscopio de la vida. Transmitían también un sentido de indivi­
dualidad personal. Nadie podía confundir a Hainlet con Sancho
Panza, ni a Pantagruel con Otelo: lo que contaba eran las diferen­
cias entre las personas, no las generalidades comunes a todas ellas.
Consideremos, por ejemplo, al escritor inglés Victor Pritchett,
que murió en marzo de 1997 a los noventa y seis años. En una va-

mayo de 1959, y esta originó un gran debate, a veces algo confuso, en todo el
mundo. La última edición, con una buena introducción de Stefan Collini y los co­
mentarios del propio C. P. Snow, está publicada con el título The Tho Cultures^
Cambridge, Cambridge University Press, 1993.

57
l(l'(iUI.SO A I.A IIAZÓN

loración de su obra publicaila en 'I'bi’ Ntnv York Timcs^ iMulora


VVelty comentaba el tema de la individualidad:

Los personajes que pueblan [sus historias]—erráticos, indecisos, insegu­


ros, taimados, tercos, inquietos y deseosos, absurdos y apasionados, igua­
les solo a ellos mismos—tienen algo en común con nosotros que no po­
demos negar. Exigen y logran nuestra embelesada atención pues, en la
revelación de sus vidas, salen a la luz los secretos de las nuestras. Cuánto
tiene lo excéntrico que decimos de lo central.’

Qué idea tan poco científica nos ofrece Eudora Welty: ¡que lo ex­
céntrico puede servir para explicar lo central, y no al contrario! N o
es de extrañar que las humanidades tuvieran tan poco que aportar
a la creación de las ciencias exactas. Ya en 1580, Montaigne cues­
tionaba que fuera posible alguna teoría miiversal sobre la namrale-
za— por no hablar ya de las teorías matemáticas, como la de New-
ton: dadas las incertidumbres, las ambigüedades y los desacuerdos
de nuestra experiencia, a Montaigne esa ambición se le antojaba
presuntuosa.
El otro producto principal de la nueva cultura laica que los tex­
tos impresos habían hecho posible tenía un origen y un desarrollo
histórico diferentes. Sucesos que parecen trágicos desde un punto
de vista humanitario proporcionaron oportunidades y razones para
nuevas actividades creativas en el ámbito de las ciencias naturales.
Pero esta diferencia no resultó inmediatamente obvia. Las especu­
laciones que hoy conocemos como «ciencia natural» aún se llama­
ban por aquel entonces «filosofía natural» (nombre este que refle­
jaba la continuidad entre los filósofos antiguos y sus sucesores del
siglo xvn). Incluso la expresión «ciencias de la naturaleza» solo
empezó a emplearse de forma general en el siglo xvin, y la expre­
sión «ciencias exactas» lo hizo aún más tarde. Con todo, la obra de

2. Véase The New York Times, 22 de marzo de 1997, p. 14. El obituario de


Pritcliett lo escribió en Londres Sarah Lyell, que fechó su muerte, a los noventa y
seis años, el martes 20 de marzo, y citaba un ensayo de Eudora Welty sobre Prit-
chett que había aparecido anterionnente en el suplemento literario de The New
York Times.

s-8
I.A IN V I N I ' l O N DI l AS DISI IIM INA.S

( iiililoD (i’aliifi sa llo un cjauplo ipic tninslórinó la teoría de la


« locomoción» -o cambio de lugar— en la iirimera de esas ciencias
«cxaclas». Dailo que la «cinemálica» de Cíalileo se formuló de una
manera esiriciamente matemática, compuesta de deducciones for­
males i|ue cumplían una cierta necesidad lógica, su nuevo método
parecía proporcionar una manera de superar las incertidumbres,
ambigüedades y desacuerdos que la gente había tolerado— e inclu­
so disfrutado— en el ámbito de las humanidades.
¿Por qué fue esto importante a la larga? Para Galileo, la teoría
de la locomoción constituía un ataque a las cuestiones teóricas que
los esuidiosos como Filópono y Simplicio habían dejado sin resol­
ver en la Alejandría y el Bizancio del siglo vi, cuestiones que des­
pués heredaron los estudiosos árabes en los siglos sucesivos, y que
Blindan, Oresme y los partidarios de la teoría del «ímpetu» refor-
miilaron en Oxford y en París en el siglo xiv. Pero fue la obra de
( lalileo, desde finales del siglo xvi hasta su muerte en 1642, la que
creó la primera teoría matemática coherente del movimiento y dio
pie así a su famosa descripción de la naturaleza como un libro es­
crito en símbolos que solo aquellos que tuvieran conocimientos
matemáticos podían descifrar.’
Este puntó de vista entusiasmó a los jóvenes estudiosos que an­
siaban certezas y consenso. Desde 16 18 en adelante, la última y la
más sangrienta de las guerras de religión europeas asaltó casi toda
la parte central y oriental del continente. El rey Enrique IV de
Francia había tratado de dar ejemplo de tolerancia religiosa, igua­
lando en derechos a sus súbditos protestantes y católicos, pero esto
provocó que un fanático lo asesinara en 16 10 ; desde ese momento,
la situación política en Europa se fue deteriorando rápidamente, y
entre 16 18 y 1648, la guerra arrasó la mayor parte de la Europa
central. En treinta años de guerra, perdió la vida un tercio de la po-

3. La mejor introducción a la obra de Galileo, de.sde este punto de vista, sigue


siendo el estudio de .Marshall Clagett, The Science ofMechanics in the Muidle Ages,
iVIadison, University of Wisconsin Press, 1959. Clagett muestra en particular
cómo los matemáticos del siglo xvi convirtieron los métodos de la teoría del ím­
petu en los cimientos para que más adelante Newton y Leibniz desarrollaran el
cálculo diferencial.

59
1(1 (il(l SI) A I A l(A/l')N

l)liici(')n (le Alciniiniii, y la mitad de sus ciudades l’iieron dcsi midas.


(Dramaturg(xs desde Círiminelshausen hasta Breelil han retratado
esos horrores.) En una Europa dividida por la guerra, la modestia
de los humanistas del siglo xvi acerca del intelecto humano, y su
gusto por la diversidad y la ambigüedad, se consideraban un lujo. '
La aparente certeza de los métodos matemáticos de (íalileo te­
nía un atractivo natural, y pronto estos se extendieron. Tanto en la
teoría como en la práctica—^ya fuese en la filosofía como en la ju­
risprudencia, así como en la instrucción de la infantería— la habili­
dad dejó paso a la técnica, la destreza manual a la artesanía. Atra­
pado en la guerra, René Descartes buscó una alternativa racional a
los sistemas teológicos enfrentados que habían perdido su capaci­
dad de convicción: idealmente, buscaba un sistema intelectual des­
provisto de las incertidumbres, las ambigüedades y los desacuerdos
que Montaigne consideraba ineludibles. Habiendo leído las obras
de Galileo, Descartes se propuso como meta un sistema universal de
la física expresado en forma matemática. Así empezó la serie de in­
vestigaciones científicas, impulsadas por lo que mucho después
John Dewey llamaría «la búsqueda de la certeza», que culminó con
la obra de Isaac Newton, Piincipios matemáticos de la filosofía natural,
publicada en 1687.
Estos dos productos de la nueva cultura de la imprenta— pri­
mero las humanidades y después las ciencias exactas— expresaban
distintas ideas de la filosofía, y distintos ideales de la razón huma­
na. Los humanistas consideraban que los argumentos eran desa­
cuerdos sociales o personales que la retórica podía resolver, mien­
tras que los filósofos matemáticos de la naturaleza (o científicos
exactos) los interpretaban como inferencias formales que la retóri­
ca solo podía distorsionar. En las humanidades, el término «razón»
remitía a prácticas razonables; en la filosofía natural, a teorías y de­
ducciones racionales. Los humanistas recordaban la variedad de la
experiencia cotidiana: en la vida real, cualquier generalización en­
traña riesgos, demasiados como para aspirar a una certeza. Los

4. Trato este punto de forma más exhaustiva en el capítulo 2 de mi obra Cos-


mópolis.

60
I A IN \ I N< Il ÍN III I \S III M l l 'l IN AS

( iriiiilicns fxiiriiis, ni ramilin, luisraliiin poiuMlo lodo n i un orden


(coi ico: la i'cric/,a lorinal era su olijelivo. Así surgió la tensión en-
iie rai'ionalidad y racionabilidad— la exigencia de respuestas co-
IIcelas a preguntas de teoría y el respeto por los sinceros desa-
( iierdos en cuestiones de ¡náctica— que aún hoy sigue siendo un
desalío.
Con eslo termino mi reflexión sobre el origen intelectual del
nuevo dese(]uilibrio de la razón. Las ideas racionales de Galileo y
I )eseartes hacían hincapié en el rigor de los argumentos teóricos,
y reconocían la necesidad de una terminología técnica basada en
ahsiracciones, aunque esto hmitara a la experiencia cotidiana la re­
levancia de sus teorías. Desde el punto de vista de la vida diaria, las
ideas abstractas eran a menudo estratosféricas, aunque este no pa­
recía un precio muy alto que pagar a cambio de la certeza que
según ellos proporcionaban. Pero con el correr del tiempo, los
orígenes institucionales tuvieron una importancia similar en el de­
sarrollo de las ciencias naturales como disciplinas. El discurrir pa­
ralelo de estos dos grupos de cuestiones— intelectuales e institu­
cionales— es el tema que trataré a continuación.

Antes del año 1600, los países de Europa occidental eran, general­
mente hablando, un promontorio menor en la extremidad noroc-
eidental del continente europeo. En la historia mundial, como ha
señalado el gran estudioso del Islam, Marshall Hodgson, las cultu­
ras china y árabe eran más productivas económicamente que la
europea, que había pasado mucho tiempo librándose de la Edad
Oscura tras la caída del Imperio Romano (70 0 -110 0 d. C.), y, más
tarde, de los efectos de las pestes del siglo xiv. Los europeos me­
dievales hicieron buen uso de las innovaciones técnicas inspiradas
en ejemplos de Asia Central y Oriente Medio— el estribo o el co­
llar de caballo en particular— y estas posibilitaron una mejora de la
organización social y de la productividad agraria. Pero solo des­
pués de lóoo d. C. tuvo lugar, en palabras de Hodgson, una «trans­
formación cultural general con efectos de gran alcance, no solo
para los europeos, sino para el mundo en general»:

1 61
i t i :( ;u i ;s ( ) A i.A i( a /, o n

Hacia 1800, el pueblo occidental (junto con los rusos) se encomiaba en


una posición de dominación, aplastamlo a la mayor parte del resto del
mundo (y especialmente a las tierras del Islam). La misma generación tpie
vio la Revolución Industrial y la Revolución Francesa fue testigo de un
tercer acontecimiento casi sin precedentes; el establecimiento tle la bege-
monía mundial europea.

Así pues, los siglos xvii y xviii vieron en Europa el desarrollo de


«un nivel de poder social decisivamente más alto que en ningún
otro lugar del mundo»;

Los individuos europeos podían ser menos inteligentes, valientes y leales


que los individuos de cualquier otro lugar del mundo; pero, educados y
organizados en sociedad, los europeos eran capaces de pensar y actuar con
mucha mayor eficacia, como miembros de un grupo, que los miembros de
cualquier otra sociedad.^

Siendo un admirador de la cultura islámica, lo que Hodgson de­


fiende aquí es audaz, y no carece de fundamento, y la invención
de las disciplinas acontecida en los siglos xvii y xviii puede servir de
caso de estudio de su tesis. Además, el período de dominación eu-

5. Véase Marshall Hodgson, Rethinking World líistm y, Cambridge, Cambrid­


ge University Press, 1993, en particular el capítulo 4, pp. 44-71. La obra de Lynn
White, Tecnología medieval y cambio social, Barcelona, Paidós Ibérica, 1990, nos re­
cuerda la deuda de Europa con Asia: el estribo y el collar de caballo hieron las ba­
ses materiales tanto para la institución de la caballería, como para la prosperidad
agrícola de la Europa del norte, cuyas praderas inundadas solo pudieron adaptar­
se a la agricultura con rejas de arado metálicas, que requerían una fuerza que de­
bía ser trasladada al cuello del animal de tiro.
En cuanto a la tesis de Marshall Hodgson de que, hasta 1800, Oriente era eco­
nómicamente más productivo que Occidente, Andre Gunder Frank la ha discuti­
do en detalle, con datos cuantitativos, en su obra Re-Oiient, Berkeley, University
of California Press, 1997. La cuestión que plantea Hodgson sobre la inteligencia
colectiva de los europeos, en comparación con los asiáticos, según señala Steve
FuUer, también la ha puesto de manifiesto el sociólogo Tbby Huff, que la consi­
dera responsable del auge de la universidad medieval. Véase también la reciente
obra de Steve Fuller, Science, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1997,
capítulo 5.

62
I A I N U NI l l i N III I AS IIISI i n IN AS

iii|ica rcsiilla lialiri sido iiiitahlciiiuilc corto, como nos lo rc-


I nenia, por poner nn cjcni|do, el éxito social y económico de vSin-
gapiii; y algunos estudiosos conlemporáneos creen probable que
la primera ciiulad con cien millones de habitantes se desarrolle
alredeilor del delta del río Perla, incorporando H ong Kong y
( laniim.
Solemos tender a pensar que las ideas científicas son la crea-
I ion lie individuos solitarios que trabajan de manera aislada: el éxi­
to de im Newton, un Darwin o un Einstein parece venir del hecho
de que podían innovar desde una perspectiva distinta de la de sus
rontemixiráneos. Pero lo que estos genios lograron fue solucionar
unos problemas que ya eran objeto de preocupación de una comu­
nidad de estudiosos o científicos. A ese respecto, ya operaban den­
tro del marco de «discipfinas»; y, como subraya Steven Shapin en
s i l libro A SocialHistory ofTmth, el auge de las ciencias naturales en
la iMiropa del siglo xvii se vio facilitado por unas condiciones so­
ciales que alentaban la persecución colectiva de verdades científi-
cas.'' De hecho, los innovadores intelectuales del siglo xvii perte­
necían a grupos de personas, principalmente hombres, entre los
I nales las relaciones sociales eran tan directas y leales que podían.
M i l vacilar, «creerse la palabra unos de otros» sobre la verdad de las
observaciones que avanzaban.
I'ai nuestros tiempos orientados hacia el comercio, hemos
aprendido a desconfiar de lo que con mucha decisión reivindican
publicistas y promotores: nunca se nos ocurriría creernos a pies
luntillas lo que nos prometen, ni confiaríamos en su corrección a la
hora de dar fonna a nuestra visión del mundo. Este desarrollo de
lina comunidad como la que describe Shapin, de personas que
compartían una confianza científica mutua, era algo nuevo, y tuvo
test litados nuevos. Por supuesto, e.sta novedad también influyó en
su idea de «verdad» científica, y nosotros hemos heredado esa idea;
pero lo que posibilitó el desarrollo de esa concepción fue la forma-
c-ión de comunidades que compartían— como lo expresó Aristóte-

6. Steven Shapin, A Social H istoij o f Truth, Chicago, University o f Chicago


l’re.ss, 1994.

63

í
Ul (.1(1 s u A I.A K A / U N

les— la forma más alia de amistad o de i elaci()ii (philiii): ln ¡il'ilin <|ne


une a personas cuyo interés no reside en aprovecharse de los bienes
de los demás, sino en disfrutar juntos bienes compartidos.^
Sin embargo, una amistad así solo podía ser |)roductiva dentro
del marco de instituciones más amplias. A este respecto, un impor­
tante ejemplo de ello es la obra del príncipe Mauricio de Nassau, el
hijo de Guillermo el Silencioso, que había dirigido el movimiento
para liberar las Provincias Unidas de los Países Bajos de sus amos
coloniales españoles del siglo xvi. Mauricio destaca también por
haber fundado una academia militar cuyos instructores desarrolla­
ban métodos sistemáticos de entrenamiento; enseñaban procedi­
mientos estandarizados como la instrucción, que los alumnos te­
nían que llevar a cabo paso a paso, de una única forma correcta. Las
tradiciones de la Academia de Mauricio se mantienen hoy en día en
la academia de oficiales holandesa, en Breda, aunque la propia ins­
titución del príncipe se considera más bien como precursora de la
actual Universidad Tecnológica de Delft. (La Mauritshaus, en La
Haya, que alberga algunos de los mejores cuadros de Rembrandt,
era la residencia de su joven pariente, el conde Juan Mauricio de
Nassau-Siegen.)
H oy en día, la instrucción es, por supuesto, parte integral de lo
que llamamos «disciplina militar»; pero no era ni mucho menos un
hecho universal en los ejércitos de otros siglos y otras culturas. Los
ejércitos del Imperio Otomano eran famosos por la gallardía de sus
miembros, pero no estaban organizados de la manera que hoy da­
mos por sentada. (Los soldados otomanos no marchaban al paso,
por ejemplo, sino que lo hacían cada uno a su ritmo.)* La idea de
que un ejército consistía en una multitud de individuos organiza­
dos para actuar juntos en un momento dado— y no en una turba o

7. Véase Aristóteles, Etica a Nicámaco, VIII, 111, 1156a, 6-7.


8. Compárense, por ejemplo, los altibajos de los ejércitos otomanos en el li­
bro de Jason Goodwin, Lords o f the Horizons, Nueva York, Henry Holt, 1998, con
el análisis de la situación en Europa que hace William H. McNeill en The Punnit
ofPowa-, Chicago, University of Chicago Press, pp. 128-136 [hay trad. cast.: La
biisqueda del poder, Madrid, Siglo XXI, 1988], y en Keeping Together in Tnne, Cam­
bridge (Massachussetts), Harvard University Press, 1995, pp- 127-132.

64
\ IN \ ( NI ll'tN III I \S IMM ll 'l IN A S

iiii.i MMu lu ilmiilirr la dclfiulio jiislo Ijpsio lmi s u tratado l)c ffii-
litii/ roitiíina. lupsio ddlnió la palabra «disci|)lina» como las nor­
mas »|iic rigen la conducta profesional de los soldarlos. El mismo
su nombre es la lorma latinizada del Hamenco Joest Lips— en los
lili unos años del siglo .\vi era un destacado estudioso clásico conoci­
do en todas liarles |ior su e.xposición del estoicismo clásico. Su aná­
lisis del E.jército romano se basaba en gran medida en una historia
gi lega-del Imperio Romano a cargo de Polibio, amigo íntimo y
protegido del comandante romano Escipión el Africano.^
'lixia la Europa de las dos primeras décadas del siglo xvii co­
nocía la Academia de Mauricio. (Era tal la reputación de Breda que
\'oltaire la eligió como lugar de nacimiento de Cunegonda, la he­
roína de Cándido.) La academia contaba entre sus alumnos con es­
tudiosos y soldados de países tanto católicos como protestantes: el
eali'ilico Descartes, habiendo dejado la Facultad de Derecho tras
lili año de estudios, pasó algún tiempo en Breda antes de unirse a
los hombres del duque de Baviera. Como Cableo y Descartes,
Mauricio admiraba el consenso al que se había llegado en el campo
(le las matemáticas: si las ideas religiosas se hubieran debatido con
la misma neutralidad e imparcialidad— pensaba— , ¡de cuántas tra­
gedias podría haberse librado Europa! E l propio Mauricio era cal­
vinista, pero para él la religión no debía servir de pretexto a nin­
guna guerra. Incluso en su lecho de muerte se negó a abrazar un
bando u otro: cuando un ministro protestante que lo estaba aten­
f
diendo lo invitó a hacer una declaración formal de sus creencias, se
dice que Mauricio señaló a un colega que estaba junto a la cabece­
ra de su cama y contestó:

( !reo que dos y dos son cuatro, y cuatro y cuatro, ocho. Este caballero le
dará los demás detalles de nuestras creencias.

9. Puede encontrarse una versión en microfilm de la obra de justo Lipsio, De


milU 'm romana, en la biblioteca de la Universidad de Kentucky. Gran parte del tra­
tado es, en efecto, un erudito comentario de la obra de Polibio, The Rise ofthe Ro­
mán Etnpire, Londres y Nueva York, Penguin, 1979, libro VI, pp. 318-338. Esta
edición tiene también una útil introducción de E VV. Walbank (pp. 9-40) que
aporta datos sobre la relación entre Polibio y Escipión el Africano.

65
so A I.A HA/ON

Lo cual quiere decir que, i)ara él, la virtud de las mateiuiíiicas uo


radicaba en que contribuyeran a respaldar una postura relifíiosa cu
contra de otra, sino en que daban ejemplo de la coherencia interna
adecuada a cualquier cuerpo racional de conocimiento.

¿Existe de verdad una única forma de llevar a cabo las tarcas de la


disciplina militar? ¿O pueden distintos ejércitos emplear distintos
grupos de procedimientos? Esta cuestión se la planteó Polibio
cuando escribió sobre el Imperio Romano. Según él, un buen
ejemplo de la naturaleza disciplinada de sus procedimientos era la
manera en que las legiones romanas instalaban sus campamentos.
Una vez que se había tomado la decisión de acampar, se elegía un
emplazamiento para la tienda del cónsul. Todo lo demás se realiza­
ba siguiendo estrictas normas: se seguía exactamente el mismo di­
seño, y la misma disposición, fueran cuales fueran las caracterís­
ticas naturales del terreno. Que ello requiriese más trabajo del
estrictamente necesario no era objeción alguna: la exigencia prin­
cipal era justamente que se conociera de antemano la localización
de cada construcción del campamento en relación con la tienda del
cónsul, para garantizar a.sí la libertad de movimientos en todo el
campamento. A ese respecto, todos los pasos necesarios para insta­
lar un campamento se llevaban a cabo de manera «correcta» o «in­
correcta»; y el resultado global era, o dejaba de ser, exactamente
conforme a unas normas establecidas. Como diríamos nosotros,
toda la actividad de instalación del campamento era, para los ro­
manos, una cuestión estrictamente «racional».
El propio Polibio había nacido en Grecia, y fue conducido a la
fuerza a Roma, en el año 167 a. C., como rehén del buen compor­
tamiento de sus compatriotas aqueos; y cayó en la cuenta de que el
Ejército griego tenía distintas prioridades a la hora de instalar un
campamento, y por lo tanto adoptaba un enfoque distinto al de los
romanos. Los griegos pensaban antes que nada en la seguridad de

10. Richard Wat.son, «On the Zeedijk», en Georgia Review n° i, primave­


ra de 1989, pp. 19-32.

66
I A I N \ I NI ION m I AS D I S r I l M I NAS

Lt i|iic ilislniiiit laii SI ,i|)K)vci liiilun la l’iicT/.a naliiral de una |)osi-


I IIm: III) eran partidarios del trabajo extra ipie su|H)nían los inéto-
ilos romanos de cavar trincheras, y consideraban que las defensas
puestas en |)ie |)or los hombres eran inferiores a las que propor-
rtoiiaban de por sí las características naturales de un terreno de­
terminado. Como consecuencia, los griegos elegían cualquier di-
setio de cami)amento para adecuarse al trazado del terreno, y a
veces colocaban distintas partes del ejército en lugares no adecua­
dos para ipie nadie estuviera seguro de su propia ubicación en el
catnpamento. Para los griegos la «racionalidad» de la disposición
de un campamento en sí misma no bastaba: todo dependía de cuál
era la mejor forma de adaptarlo a una ubicación particular. Un
campamento militar griego podía ser mejor o peor, de ejecución
más o menos lograda, pero no había nada exactamente «correcto»
o «incorrecto» en él. Para los griegos, los requisitos del rigor
exactitud, precisión y predictibilidad— dejaban siempre paso a
otras prioridades."
Comsideremos un caso que nada tiene que ver con las artes mi­
litares: la práctica de diseño de jardines en el siglo xvii en Francia,
y en el siglo xviii en Gran Bretaña. En un viaje que realicé a fina­
les de la década de 1940 por el valle del Loira, de regreso a Ingla­
terra desde el M idi vi que mi guía turística recomendaba un cas­
tillo con un jardín de «dos estrellas». Atraído por esta marca de
distinción, me salí de mi camino para visitar ese prodigio, y lo que
vi me divirtió (tal vez sea injusto al decir esto). Por supuesto que vi­
sitar este jardín merecía el paseo, como proclamaba la guía, pero
no solo por las razones que tenían en mente sus autores. Circunda­
da por una valla de piedras, había un área ctíadrada de gravilla, en
la que cada lado tendría unos setenta u ochenta pies de largo. En el
centro había cuatro arriates cuadrados— dos por dos— plantados
de setos bajos con hojas de colores contrastados: negro y rojo, y
rojo y negro. Por último, en el centro de cada segmento había un

11. Polibio, La ascendencia del Impa'io Romano, libro VI, caps. 27-40 (en la
eilición de Penguin, pp. 324-338). El contraste entre las formas romana y griega
lie montar un campamento militar es el tema.del capítulo 40, pp. 338-339.

67
H H i l d s n A I A I I A / ON

arbusto de boj con los cuatro palos de la baraja Iraucesa: rombo,


trébol, corazón y pica. Eso era todo.'*
¿Por qué me pareció problemático este jardín? ¿Por qué me di­
virtió? Siendo inglés, tenía muchas expectativas .sobre lo que cons­
tituye la excelencia de un jardín, y según el canon inglés, este jar­
dín «de dos estrellas», más que una preciosidad, era un capricho.
Para merecer una distinción de excelencia, en mi opinión— ya sea
una, dos o tres estrellas— sería más razonable aplicar las ideas del
paisajista inglés del siglo xix Lancelot Brown, que solía contemplar
los campos que rodeaban la mansión de alguno de sus clientes para
ver dónde y en qué aspectos las posibilidades que ofrecían mostra­
ban, como él decía, «capacidad de mejora». Para Capability
Brown, como aún se le conoce, la tarea del paisaji-sta no era la de
imponer en un jardín un trazado al que este no se prestaba, sino to­
mar las cosas como le venían dadas, y como mucho «mejorarlas».
Esta diferencia en las ideas de diseño de jardines, entre la es­
trategia de abolir las formas existentes de la naturaleza y sustituir­
las por un trazado decidido con antelación— a priori, por así decir­
lo— y la de conservar la naturaleza tal y como la encontramos,
mejorándola si la ocasión lo permite, se me quedó grabada en la
memoria desde la década de 1940, como una diferencia distintiva
entre los jardines franceses y los ingleses, entre otras muchas cosas.
Mi impresión se vio reforzada cuando visité Versalles y me encon­
tré con que un área del jardín llena de vegetación que crecía sin or­
den ni concierto, en una esquina de aquel espacio cuidadosamente
delineado, tenía el nombre de «el jardín inglés» de María-Anto-
nieta. A la inversa, al comparar el Versalles de Le Nótre con el par­
que Blenheim, a las afueras de Oxford, el logro más destacado de
Capability Brown para el antepasado de Winston Churchill, el du­
que de Malborough, me venía de nuevo a la cabeza el mismo con-

12. Este debate sobre diferencias culturales era el tema de una conferencia
que di para el Hortus Botanicus de Leiden en noviembre de 1996, y que la uni­
versidad publicó con el título de «Nature, Style and Rationality». Charles l’Eclu-
se, que fundó el Jardín Botánico de la Universidad de Leiden, con el nombre de
Clusius, quedó inmortalizado en los nombres de varias especies de plantas bulbo­
sas como la Tiilipii chisiaiuv, l’Écluse y Lipsio fiieron amigos en Leiden.

68
I A I NVI N< K Í N III I AS I II SI ll ' l I NAS

liiisic, Scgiin los c'iinoiK's de I,c Notre, el p;ir(|iie Bleiiliciiii no ern


un ejemplo •>rneional» de diseño de jardines, sino un área de naiu-
rale/.a ipie se ha dejailo crecer sin ton ni son. Evidentemente, este
contraste merece un estudio más e.xhaustivo.
Por aquel entonces yo veía la cuestión del diseño de jardines
como un único aspecto más dentro de un tema más amplio: las ma­
neras sistemáticamente distintas en que las tradiciones francesa e
ingle.sa eniemlían las ideas de la razón, la racionalidad y la raciona-
hilidad. Algo en el contraste entre Le Nótre y Lancelot Brown re­
cordaba, por ejemplo, las diferencias entre las ideas de Descartes y
las de John Locke. ¿Era esto un accidente de la historia y la cultu­
ra, o un mero engaño por mi parte? Poco después encontré una
pista que me orientó algo en este a.sunto. Para mi sorpresa, di con
un interesante análisis de la historia de las teorías eléctricas de Pie-
rre Duhem, el ensayista francés de la termodinámica y la historia
de la ciencia. En un capítulo de su libro, The Aim and Smicture of
Pbyskal Theoiy, Duhem contrastaba las respectivas estrategias inte­
lectuales de físicos franceses de principios del siglo xix con las de
los físicos ingleses de finales de ese mismo siglo, y el paralelismo
con las distintas perspectivas de diseño de jardines era notable.'^
Se acababa de publicar un nuevo tratado de Oliver Lodge so­
bre la electricidad, cuyo estilo ofendía la sensibilidad de Duhem.
I'.ste último provenía de la tierra de Poisson, Ampére y Biot, que
habían recurrido a los estilos axiomáticos euclidianos para teorizar.
Oliver Lodge basaba gran parte de su argumento en analogías con
objetos materiales y modelos mecánicos, lo que Duhem considera­
ba una marca de debilidad intelectual, tanto por parte del autor
como de su público. (Para su pesar, era una debilidad que compar­
tían otros físicos ingleses, en especial James Clerk Ma.xv^'ell.) En el
libro de Lodge, Duhem buscaba argumentos formales; en su lugar
encontró ruedas de engranaje que se movían las unas a las otras, o

13. Fierre Duhem, La théorie physique, son ohjet. sa striutiire, París, Riviére,
19 14 '. Aquí empleo la traducción de Philip P. Wiener, publicada con el título de
The Aim and Strnetnre o f Physkal Theoty, Princeton, Princeton University Press,
1954. Véase en particular el capítulo 4, pp. 55-104, y especialmente las pp.' 63-71.

69
Itl'JMU so A l.A U A /Ó N

tubos llenos de agua en los que esta se expandía o se contraía:


«Pensábamos que íbamos a entrar en la tranquila y bien ()rden;ida
morada de la razón [comenta] pero nos hallamos en una lábrica».
Si Duhem se hubiese detenido ahí, podríamos considerar esto
un mero accidente histórico, pero introdujo esta crítica con un in­
teresante argumento, señalando otros contrastes entre las costum­
bres inglesas y francesas acerca de la vida y el pensamiento. C.onsi-
deremos el contraste filosófico entre René Descartes y Francis
Bacon: por un lado, elevada reflexión, por el otro, pedestre obser­
vación. Veamos ahora el contraste entre la visión y el estilo poéticos
de Racine y Shakespeare: por un lado, tenemos la noble expresión
de ideales sobrehumanos, por el otro, presentaciones plausibles de
una realidad totalmente humana. O el contraste de argumentación
jurídica entre el Código napoleónico, central para el derecho fran­
cés, y la función que en la jurisprudencia angloamericana desempe­
ñan los casos y los precedentes: por un lado, definiciones claras de
cualquier idea legal, por el otro, un rechazo pragmático de acuñar
definiciones formales, para evitar perjudicar decisiones futuras. De
manera similar en todos estos casos, la preferencia francesa por la
exactimd geométrica se contraponía al compromiso inglés con la
flexibilidad pragmática.
Así pues, en sus posturas ante el diseño de jardines y la teoría
sobre la electricidad, los ingleses y los franceses eligieron los mis­
mos bandos opuestos que en el procedimiento jurídico, la creación
de personajes dramáticos, y la epistemología. Teniendo en mente
estos ejemplos, enseguida se nos pueden ocurrir otros. En efecto,
la búsqueda de analogías se puede convertir en un divertimento in­
telectual: considérese, por ejemplo, el contraste de estilo entre la
pulida precisión y regularidad de la música de Nadia Boulanger, y
la ruda y episódica espontaneidad de Ralph Vaughan Williams.
Es verdad que la diferencia de estilos en el diseño de jardines
entre Francia e Inglaterra puede ser una ilustración casi demasiado
gráfica de las perspectivas opuestas sobre la relación entre la razón
y la naturaleza. Este no era un debate entre ingleses y franceses
nada más: ya en la Antigüedad, un argumento similar había dado
pie a vigorosos debates. Su enfoque inicial, sin embargo, no había

70
I A I N\' I N< l ()N m I AS l)IS( ll' l I NAS

sidn el de la iiaturale/.a nilciulida como vegetación o paisaje, plan­


tas o arboles. I lasta el año iSoo, los ingle.ses estaban tan dispuestos
como cual(|uier otro [uieblo a calillcar de «tosco y horroroso» un
paisaje de.sctiidado. Fai ese sentido, la naturaleza fue objeto de ad­
miración solo una vez transcurrido el siglo xviii, como un elemen­
to del Romanticismo. Con todo, las características del jardín del
valle del I .oirá que tanto me habían sorprendido en la década de
1940 contribuían a plantear una pregunta general que obviamente
nada tiene que ver con culturas rivales: «¿Es tarea principal de la
razón humana hallar soluciones formales a problemas abstractos, e
imponer esas soluciones a la materia prima del mundo tal y como
lo experimentamos?». O podemos preguntarnos también: «¿Es su
tarea principal familiarizarse con el mundo de la experiencia en to­
dos sus detalles concretos, enunciando nuestros problemas, y re­
solviéndolos después a la luz de esa experiencia?».
Un arriate de gravilla, plantado imitando una baraja de naipes,
es un modelo de la primera perspectiva: no había manera de adivi­
nar qué plantas y qué trazados ocupaban el terreno antes de que lo
modificara el nuevo diseño. La otra perspectiva la ilustra un parque
mejorado por Capability Brown, con sus ordenados contornos, sus
montículos ingeniosamente colocados, y el cauce de sus arroyos
modificado: es fácil ver más allá del producto final y reconstruir el
precursor natural que la obra de Brown «mejoró». ¿Debe el cami­
no de la sabiduría llegar a un mutuo acuerdo con la naturaleza,^
sacar el mejor partido de las cosas tal y como están? ¿O debemos
por el contrario despejar el terreno, rechazar la naturaleza, y em­
pezar de cero? Un racionalismo geométrico revolucionario se en­
frenta a un reformismo artesanal y pedestre: las pre.scripciones
teóricas desafían a los dedos que toman el pulso.
Este no pretende ser un contraste general entre dos países,
como tampoco pretende serlo el de las formas romana y griega de
instalar un campamento militar; es más bien una cuestión de prio­
ridades. Esto resulta evidente si consideramos las diferencias para­
lelas entre los diseños formales de las grandes propiedades aristo­
cráticas francesas, y las formas pragmáticas de los jardines de sus
vecinos campesinos. En esta cnestión interv^enían tanto diferencias

71
HKíi l ll s o A I.A I t A/ ON

entre la clase alta francesa y la británica, coino.teiulcncias ciiliiira


Ies inherentes. Dadas las exigencias de la vida en la corle, la cni
tralización de la sociedad francesa dejaba a la nobleza poco tiempo
que dedicar a las actividades agrícolas. Por el contrario, la nobleza
inglesa solo pasaba unas semanas al año en Londres: sus vidas esta­
ban en gran medida ocupadas por tareas rurales como la agricultu­
ra, la jardinería, la caza, y demás. Esas diferencias en sus modos de
vida significaban que, a la hora de diseñar sus jardines, sus priori­
dades eran también diferentes.

Todavía nos quedan por examinar dos puntos cruciales acerca de


las disciplinas. ¿Son estos dos ejemplos accidentales de la historia,
o subproductos del carácter nacional? ¿Nos dicen algo más sobre
las tradiciones militares o del diseño de jardines aparte de que los
romanos hacían esto, y los griegos esto otro, o los franceses hacían
así y los ingleses asá? Como hemos visto, estos ejemplos no están
circunscritos a los asuntos militares o al diseño de jardines, ni se
puede decir que nada tengan que ver con la teoría científica. Nues­
tras maneras de pensar y de actuar son la expresión de tradiciones
que muestran a un observador cómo somos, y de dónde venimos;
pero este es solo el principio de una historia mucho más larga.
¿Qué beneficios aportaban, pues, las disciplinas, ya fuera en
sentido teórico o práctico? ¿Y qué limitaciones imponían esos nue­
vos métodos disciplinados como precio de esas ventajas? Llevó
cierto tiempo que llegaran a notarse todos los beneficios de las dis­
ciplinas; pero, si Marshall Hodgson está en lo cierto, provocaron el
gran aumento de poder social y técnico del que escribe en su com­
paración de las culturas mimdiales. Pero ¿cómo lo hicieron? ¿Qué
es lo que confería a esos modos de organización una ventaja tal so­
bre sus precursores y sus rivales? Una vez más, necesitamos una
respuesta doble: en parte intelectual, y en parte institucional. Lo
que alimentó esta expansión no fue tan solo la sustitución de acti­
vidades artesanales por disciplinas; era necesaria también una sepa­
ración de diferentes actividades especializadas, cada una con su
propio conjunto de herramientas y de técnicas. Para decirlo con

72
I \ I N\' I NI I II N l l l I AS i n s i ll-l I NAS

uii.i i'X|iifsinii (|iic se lii/i) popular en los cseriios <le Adam Siuilli y
oíros eeonoiiiisias, la davc era una división del tniluijo. Así, con el
correr del liempo, todas las empresas involucradas dieron origen a
siihemprcsas de intereses más concretos y particulares, .cada una
con su |)ro|)i() panel de especialistas, y esta especialización fue res-
ponsaNe de gran parte de la productividad de los nuevos procedi­
mientos.
Con todo, las limitaciones que las prácticas disciplinares impo­
nen sobre las actividades humanas eran igual de importantes, y aquí
la división del trabajo y la especialización \Tielven a ser algo esencial
(|ue tener en cuenta. Para cosechar esos beneficios, no era necesa­
rio que los participantes en esas actividades entendieran su impor­
tancia: por el contrario, los frutos podían acrecentarse reduciendo
la gama de habilidades que se exigía dominar a los participantes.
I ,os beneficios podían aumentarse aún más requiriendo a los parti­
cipantes que se centraran exclusivamente en las cosas que mejor co­
nocían y mejor sabían hacer. Esto es, a corto plazo, las anteojeras
intelectuales o prácticas podían acrecentar la «ventaja comparati­
va» de aquellos que estaban dispuestos a llevarlas. Se impuso a la
gente un nuevo enfoque: no tenía valor perder el tiempo y la ener­
gía en actividades irrelevantes. (Esto alentó lo que Anthony Flew
bautizó como «la falacia del especialista»: la creencia de que las pa­
labras «solo me pagan para que sepa de estas cosas» significaban lo
mismo que «me pagan para que solo sepa de estas co.sas».) Así pues,
las mismas ventajas de la especialización disciplinar llevaban consi­
go el riesgo de que el rigor pudiera degenerar en rigidez; mientras
que la atención a la experiencia en la que habían hecho hincapié los
lumianistas exhortaba, en cambio, a una apertura y una amplitud de
acercamiento que dicha rigidez tendía a socavar.
Las ventajas eran innegables. Las disciplinas podían exigir una
atención a los aspectos técnicos de la vida y del lenguaje, y una con­
formidad a unas tareas; pero, si el precio necesario era dejar de lado
«todas las demás cosas» a favor de una actividad, de acuerdo, no
había ningún problema. La cuestión era—^ylo sigue siendo— cómo
conseguir y mantener un equilibrio entre rigidez y apertura, entre
los valores esenciales de una disciplina y las distintas situaciones en

73
III (.111 MI \ I A l ( \ / O N

las que esta se ajiliea. Imis |)rol)leinas surgen eiiamlo las peisniias
olvi(.lan qué límites aceptaron al tioininar los procedimientos sisie
máticos de sus disciplinas. Una vez que se instala el olvido, ya esta
el terreno allanado para confusiones y malentendidos: la atencií'in
selectiva que ima disciplina requiere se eleva al estatus de ser «la
única forma correcta» de llevar a cabo las tareas en cuestión, y la
posibilidad de realizarlas desde otra perspectiva distinta se ignora o
se «pone entre paréntesis».
N o sería necesario que esto ocurriera, pero a.sí sucede a menu­
do. Los soldados griegos que preparaban un campamento presta­
ban atención a las características naturales de un emplazamiento:
los pmitos fuertes de esa posición eran una consideración relevante
en su trabajo. Los soldados romanos, enfrentados a la misma tarea,
no prestaban mucha atención a esas características: para ellos, el di­
seño de un campamento estaba determinado de antemano. Si con­
siderasen sus prioridades como absolutas, y no reconocieran otras
opciones, cada grupo de ingenieros militares podría ver con des­
precio las técnicas del otro. De modo parecido, Capability Brown
podría, pero no le hacía falta, descalificar a Le Nótre tildándolo
de ignorante o de insensato (cada macstrillo tiene su librillo). De
modo que era algo excesivo el tono con el que Fierre Duhem re­
prendía a Oliver Lodge: dando a entender que las exigencias de la
teoría euclidiana tienen una importancia absoluta para cualquiera
que quiera hacer una contribución seria a la física. Para Duhem, las
prioridades intelectuales de la teoría científica no se prestaban a
discusión, y mucho menos podían ser impugnadas. Por un lado es­
taba «La manera» de hacer las cosas— esto es, la manera euclidia­
na— ; por el otro, la puerilidad y el error de aquellos que carecen de
la fuerza intelectual necesaria para manejar una argumentación ma­
temática compleja y exacta. En su momento en la historia de la físi­
ca, Duhem no reconocía que perspectivas alternativas podían recla­
mar diferentes estrategias, y pese a ello, ser igualmente capaces de
realizar contribuciones constructivas a las tareas de las ciencias físi­
cas.
Al dominar una disciplina concreta, aprendemos a qué cosas
debemos prestar atención, y qué otras cosas debemos descartar

74
I ^ I N ^ ’I N I U I N i n I M n iM iriIN A '.

í ji.ii .1 lirv.ii .1 Im ii lilla ai liviilad o un iirgiinifiilo en eoiu reto, « i’o-


m i eiiire |iai énlesis" no es |)erniHoso, si (lejainos ¡iliierla la posilii-
liilail (le coiisiilerar otros proecdiniieiUos alicrnalivos: una cosa es
la aieiu'ioii selectiva, y otra imiy distiiua las anteojeras. Sin embar­
go, SI descartamo.s, sin saberlo, |)rocedimientos alternativos, po­
dríamos simarnos en una jiosición falsa, desde la cual no podemos
sacar provecho de las alternativas cuando surgen: la historia militar
esta llena de ejemplos. Puede darse también un conflicto de objeti­
vos entre aetividades que tienen diferentes metas y prioridades.
I' sio es así donile se solapan los lenguajes de dos líneas de actua-
( ion, como es el caso, por ejemplo, del derecho penal y la psiquia-
iiia. ¿Por qué un hombre golpeó a otro con tal violencia que lo
mató? ¿Puede una comprensión de sus traumas infantiles llevamos
a perdonar esa ofensa? Si los tomamos de forma independiente, los
procedimientos profesionales del derecho penal, por un lado, y
los de la psiquiatría, por otro, no resuelven esta maraña de cuestio­
nes, sino que nos hacen adentrarnos en aguas aún más profundas.
Insistir en considerar esas cuestiones desde un punto de vista ex-
( lusivamente judicial o psiquiátrico, desechando otras perspectivas
por considerarlas irrelevantes, no es sino ponemos anteojeras que
no tienen otro resultado que reafirmar malentendidos previos.

11 istiiricamente, los efectos de la profesionalización y la creación de


disciplinas no se hicieron notar enseguida. El énfasis de Descartes
sobre el modelo euclidiano de conocimiento plantó algunas semillas
en las ciencias naturales entre los años 1600 y 1650; en otros cam­
pos, tardaron más en germinar. N o es casualidad que actualmente
seamos especialmente conscientes del problema de la sobreespecia-
lización. Como nos enseñó Max Weber, estos problemas van de la
mano de una práctica y una organización sociales siempre más bu-
rocratizadas. Por ello sostienen hoy en día algunas personas que el
excesivo hincapié en la pericia disciplinar es, en parte, producto de
la liurocratización del conocimiento en las instituciones académicas.
A pesar de todo, entre 1650 y 1900 las actividades académicas y
prácticas estaban igualmente descuidadas. Cuando Denis Diderot

75
1(1 ( . 1(1 s u A I.A K A / U N

yjeiui d’Alcml)cr( tTc;iron l;i gi-.in l'juyiiopálic rninccs;i, li;ic i.i i 7,|0,
el hecho de que uno de ellos fuera un literato y el otro un experio
matemático no supuso ninguna dificultad. Más hien al contrario:
sus páginas mostraban esquemas detallados de herramientas de
carpintería y de maquinaria agrícola, así como ex|)ertos análisis
de la física de Newton, sin la menor sensación de incoherencia in­
telectual.''* Un siglo después, aún podía el poeta Alfred lénnyson
ser miembro de la Royal Society, y tomar parte en serios debates
con un Darwin o un Maxwell; pero, conforme las profesiones con
orientación disciplinar empezaron a ocupar más y más espacio en
las instituciones académicas, a los aficionados se les fue negando la
entrada, y los campos de la investigación académica se fueron limi­
tando cada vez más a temas con una posición clara en una discipli­
na concreta. Igual que los problemas que no se inscriben dentro de
un departamento u otro de la burocracia ni siquiera llegan a consi­
derarse en absoluto «problemas», las cuestiones que no se inscri­
ben dentro del campo de interés de una disciplina reconocida tam­
poco llegan apenas siquiera a considerarse «académicas».
Las disciplinas— en especial, las que son profesionalizadas—
son, por supuesto, parte de las empresas a cuyos objetivos sirven.
Sus tareas principales no surgen de la nada, ni son tampoco evi­
dentes; las genera la situación histórica del momento. Cuando
Mauricio de Nassau estableció su academia militar en Breda, las ta­
reas que se impuso fueron una respuesta a las guerras de religión:
la necesidad de desarrollar sistemas de instrucción militar para las
recientemente liberadas Provincias Unidas, o para otros países
bien organizados. Otra respuesta fue su ambición de mantener una
actitud no partidista o «ideológicamente neutral» con respecto a
las cuestiones que estaban desgarrando a Europa. ¿Qué razón ha­
bía para pensar que podía mantenerse una actitud neutral así?
Como demuestra su confesión en su lecho de muerte, el consenso
al que habían llegado los matemáticos de muchos países era una

14. Dentro de una extensa literatura, me quedaría con una sola obra por la
completa «Chronologie de Diderot» que ofrece: Diderot, OaitTes romanesqiies,
Henri Bénac, ed., París, Garnier, 1962, pp. xix-.xxxiv.

76
1 A IN\' I Nt UI N 1)1 I AS |I|S< ll ' l I NAS

|mirl>a lie esa posiliilulad. I ai ctrciu ia di- (|iio las iiiaicináiicas oran
|M)scNÍim tic (oda la hiiinaiiidad, loma i|iio Doscartos oncoiurt) on
( lalilou, arm(»ni/.al)a oon ol iionsainionio pragináiico dol príncipe
Maiirioin, do manora que la visita a Breda de Descartes no hizo
sino roalirmarle on sus convicciones previas.
Las inaleináiicas no eran solo propiedad potencial de toda la
Iminanidad: eran tainhién vehículo de argumentos cuya necesidad
)■ corteza escapahan al escepticismo de Montaigne. Llevado a cabo
do íorma apropiada, este acercamiento debía poder ser válido,
avontaiando a cualquier controversia teológica. Sin embargo, la ne­
cesidad de inferencias y la certeza de las conclusiones exigidas en el
anihiio de las matemáticas reflejaban, como mucho, la coherencia
inlorna de los sistemas formales. Si pre.suponemos la validez de un
Mstema a.xiomático, podemos inferir todos los teoremas que (en
este sentido) se «deducen necesariamente» de los axiomas median­
te pasos que (en este sentido) alcanzan la «certeza». Pero lo que
esos argumentos axiomáticos nos dicen de la experiencia cotidiana,
n de los objetos de nuestro mundo de todos los días, ya es otra
cuestión. Sin mayores garantías de que esas pruebas son relevantes
para el comportamiento de los objetos familiares, no podemos te­
ner ninguna certeza psicológica de su relevancia para el conoci­
miento práctico y cotidiano.
(a>n todo, las matemáticas del príncipe Mauricio eran un exce­
lente instrumento intelectual en situaciones que ponían en juego
mucha controversia doctrinal pero poca certeza práctica. El Discur­
so ílcl Método de Descartes exponía esta visión de forma tan convin­
cente que las generaciones posteriores olvidaron la distinción entre
«certeza teórica» y «certidumbre práctica», y trataron la inferencia
matemática como si fuera el camino absoluto hacia la verdad: desde
este momento, hubo un camino recto, trazado primero por Néw-
lon, Leibniz y Euler, hasta llegar a Kant y a los demás. Así, durante
un siglo y medio, «las filosofías del conocimiento y de la naturale­
za»— la epistemología y la física— iban de la mano una de otra.
Descartes llevó todo lo lejos que pudo su proyecto .sobre la fi­
losofía natural en su obra de cuatro volúmenes Principios defilosofía,
publicada en 1644. Cuarenta años más tarde, Netvton habría de

77
completarla notahlcmente l)ien, con su ohra Primifúos vnHvnunuos
de la filosofía tiatural, a la que aún hoy se conoce como «los» Princi­
pia. Los prudentes argumentos de Newton muestran que entendió
la necesidad de diferenciar el rigor formal propio de las pruebas
matemáticas de la relevancia práctica de los ejemplos empíricos a
los que recurrió para rellenar de materia astronómica un esqueleto
matemático; pero esta necesidad de aceptar las limitaciones em|ií-
ricas de los argumentos puramente matemáticos no tuvo una aco­
gida universal. Leibniz vio también este aspecto de la teoría de
Newton como una marca de debilidad intelectual, por las mismas
razones que más tarde llevaron a Duhem a cuestionar los métodos
intelectuales de Maxwell y de Lodge.'*
Como veremos en todas las elucubraciones intelectuales que
aquí nos ocupan, la burocratización del conocimiento ha creado
tantos problemas como ha resuelto; y una de las cosas que, desgra­
ciadamente, no se han tenido en consideración en las disciplinas
humanas es la ética. Hasta el propio Max Weber insistió en que, si
se quería que el conocimiento social pudiese considerarse «cientí­
fico», había que tratar los problemas sociales de una forma «neu­
tral», sin atenerse a ningún juicio de valor. ¿Por qué había que
excluir a la ética de las ciencias sociales académicas? N o era inevi­
table; y, si suponemos que lo era, una vez más corremos el riesgo de
aferramos a anteojeras que no nos permiten tener una visión am­
plia. Pese a la actitud de no establecer juicios de valor, tan arraiga­
da en las ciencias sociales, la actual idea de los valores es en la prác­
tica, sin embargo, tan poco cuestionable en Europa o en Estados
Unidos como lo fue la idea de Dios en la Edad Media. Podemos es­
tar en desacuerdo en casos concretos, pero entendemos que se rei­
vindique el valor de salvar vidas, o de formar familias felices, o de
respetar la autonomía personal: todas estas reivindicaciones tienen
significados claramente reconocibles.

15. Como veremos en el próximo capítulo, este era uno de los temas princi­
pales de las cartas, sobre Isaac Newton, entre Cíottfried Wilhelm Leibniz y Sa­
muel Clarke, amanuense de Newton. Véase The Leibniz-Clarke Comspondence,
H. G . .Aiexander, cd., .Manchester, Manchester University Press, 1956.

78
S i niiiili/,amns, sin niiliiirno, los coiufpios y las leoiías de las
( iciK las sucinifs- ya se ocupen dd comporlainiciuo individual, de
las instituciones o de las relaciones sociales— vemos cpie se hace
hincapié eti la necesidad de limitarnos a los «hechos» y de mante­
nernos alejados de los «valores» porcpie, según dicen algunos, es­
tos pueden introducir en nuestras investigaciones up sesgo perni­
cioso. l'-n las instituciones académicas, se espera de los expertos
tatito en las ciencias humanas como en las naturales que consideren
la diferencia entre hechos y valores no solo como una distinción,
sino como una separación total y absoluta. Pero ¿cómo podemos
ocuparnos solo de los hechos en nuestras especulaciones científi­
cas, cuando en todas nuestras actividades y relaciones prácticas sí
reconocemos los «valores»? Esta es una cuestión esencial en este
libro, y empezaremos por examinar una de las situaciones cruciales
en las que los fundadores de las ciencias humanas se convencieron
de la necesidad de expresar sus investigaciones en términos neutra­
les: concretamente, la influencia de la teoría física en la evolución
de las ideas en el ámbito de la economía. Esto nos dará algunas cla­
ves para las tareas más generales que debemos abordar si queremos
reconciliar las exigencias del pensamiento y de la praxis, y rescatar
nuestra comprensión cotidiana de los valores de su actual ostracis­
mo en las ciencias sociales y de la conducta.

79
L A E C O N O M IA , O L A F IS IC A Q U E N U N C A 1-U E

E l producto más importante de la física del siglo xvii fue la obra de N ew -


ton, que proporcionó a los estudiosos m odernos de las ciencias humanas
ideas para la agenda de su disciplina. Pero entendieron mal los logros de
N ew ton, y eso les llevó a aspirar a un tipo de predicción que Poincaré ile-
sacreditó en la década de 1880, incluso en el ámbito de la física. U n ejem ­
plo clásico es el de la econom ía. Desde Adam Sm idi en adelante, su éxito
com o teoría fue sorprendente, pero su excesivo rigor debilitó sus aspira­
ciones de relevancia práctica.

Podemos partir de un problema que surge en el mismo momento


en que dejamos las ciencias de la naturaleza para centramos en la
aspirante a ser la ciencia de la humanidad. La pregunta es la si­
guiente: «¿Por qué se consideró la dinámica de Newton el ejemplo
tipo de una ciencia seria que los economistas, los sociólogos y los
psicólogos debían emular, tanto como los fisiólogos y los bioquí­
micos? ¿Por qué tenían tanto interés los expertos de las ciencias so­
ciales en ser los “ Newton” de la teoría social?». Desde luego, po­
demos pensar que las actividades de los seres humanos en nada se
parecen a los movimientos de los planetas, ni al de unas rígidas es­
feras que ruedan por planos inclinados: sin duda se parecen mucho
más a las actividades de las criaturas vivas. Los planetas y las esfe­
ras giratorias no tienen consciencia de la atención que les prodigan
los científicos que los observan; pero es difícil—^yno muy útil— eli­
minar esa consciencia en los estudios sobre la conducta y las insti­
tuciones humanas. Entonces ¿por qué, con tanta frecuencia, en la
elaboración de teorías de las ciencias sociales se buscaba el respal­
do de poco convincentes analogías con la física, y no tanto la ayu­
da de modelos biológicos? N o hay obra de la ciencia natural que

80
I A M M N O M I a , (t i a i I MI A tj t' l N I ' N l \ I Ul

li.u .1 U'iii(li) Mills inlliiciu'iii c'ii la idea de «leoría» de los e.\|)ertos en


t leiu las sociales i|iie los de Newton — inir lo menos tal y
P r i n á p i n

I oino se inUT|)retó esa idea en las instituciones académicas— y sin


i'inhargo no hay ohra, a mi entender, que se haya malinterpretado
mas pidlnndainente que esa misma.
I ,a razón princi|)al por la qile la física de Newton se consideró
modelo ile una ciencia verdaderamente «seria» fue su supuesto éxi­
to como instrumento de predicción y control. Sin embargo, los
que la consitleran un ejemplo para las ciencias humanas no han es-
I lidiado con la debida atención las condiciones bajo las cuales pue-
tle desempeñar esa función incluso en el propio campo de la física.
I lacia I Hoo, Laplace soñaba con una calculadora omnipotente que,
al proporcionarle las posiciones y velocidades de todos los átomos
del universo en el momento de la creación, pudiese utilizar las
i’i naciones de Newton para computar toda la subsiguiente historia
de la naturaleza. Desde el principio (comprendemos ahora) esto no
era sino una fantasía; y si nos preguntamos hasta qué punto refleja­
ba las aspiraciones originales de la física teórica, veremos que las
ciencias humanas, y no menos la economía teórica, basaban sus
programas no en un análisis realista de los métodos reales de la fí­
sica, sino en su visión de una física que nunca fue.
¿Cíómo puede respaldarse esta aspiración? Centrémonos en una
de las características principales de la dinámica de Newton que lle­
vó a Leibniz a tachar los Principia de imposibles: a saber, el enigma
t|ne los matemáticos llaman el «problema de los tres cuerpos». Los
matemáticos tenían la esperanza de que, si concebían una manera
lie representar los movimientos de todos los planetas en el sistema
solar mediante una única ecuación algebraica, podrían demostrar
(|ue era un sistema inherentemente estable, cuya estructura garanti­
zaba su permanencia (por lo menos hasta que el Creador así lo de-
i’idiera). Enfrentados al desafío de Leibniz, desde 17 15 hasta finales
del siglo XIX, Newton y sus seguidores trataron de formular la ecua­
ción requerida. En una monografía de Henri Poincaré, publicada
en 1889, se hacía uso de los mejores recursos de las matemáticas
para resolver este problema, pero sin éxito. Ahora, más de un siglo
después, esta monografía— en lugar de rescatar al sistema solar de la

81
Ul (iltl so A I.A UA/.rtN

amenaza de la inesíabilitlad— se ha convertido en imo de los puntos


de partida de la Teoría del caos.'
Quiero llamar la atención sobre mi frase «re.scatar al sistema
solar de la amenaza de la inestabilidad»: hace referencia a un jire-
supuesto que se daba por sentado desde el siglo xvii hasta |trinci-
pios del XX. De.sde Grocio y Descartes en adelante, los ideales de la
inteligibilidad racional y el orden intelectual vigentes en Eurojia
hacían hincapié en la regularidad, la uniformidad y, sobre todo, la
estabilidad. Desde esta perspectiva, el mérito de los PT-indpüi era
haber mostrado que el sistema solar era un ejemplo primordial
— un paradeigma, en griego— de «un sistema dinámico intrínseca­
mente estable». Los fdósofos matemáticos y experimentales que
tomaron el relevo de Gahleo, Kepler y Descartes se basaban en el
supuesto logro de Newton para defender que tomar los Elementos
de geometría de Euclides como modelo para una nueva física— o en
el caso de Hobbes, para una teoría política— no era un mero sueño
nacido de la teoría platónica, sino un programa realista para la in­
vestigación científica.
En la década de 1630, el Dismrso de Descartes había argüido en
términos filosóficos que la Geometría de Euclides debía considerar­
se como modelo de «teorías» en cualquier ámbito de especulación.
Cincuenta años después, Newton demostró que un modelo geo­
métrico no era solo formalmente riguroso, sino también empírica­
mente poderoso, pues aparentemente resolvía todos los problemas
intelectuales que habían atormentado a los pensadores europeos
desde la publicación, en 1543, de la obra de Copérnico, De Revolu-
tionibus.^ Si esto era posible en astronomía, ¿no lo era también en

1. Las implicaciones del análisis de Poincaré solo se hicieron totalmente pa­


tentes tras la publicación en 1908 de su segunda serie de ensayos filosóficos, Cien­
cia y método, (Barcelona, Círculo de Lectores, 1997).
2. Para la transición de Copérnico a Newton, los 144 años que van desde
1543 hasta 1687, véase la obra de Thomas S. Kuhn, La rrjolucim copemicana, Bar­
celona, Orbis, 1987. Esta obra es notable por dos razones muy distintas. Por un
lado, nos ofrece una relación detallada de un episodio histórico fascinante. Por
otro, demuestra que la transición no fue ningún «cambio de paradigma» insalva­
ble entre conjuntos de conceptos «inconmensurables». Así pues, la revolución de

82
I A I I O N I I M I a , ( i i a i (m i a I P ' I nunca i im

ulitis nimpus? Diiranic algo más de dusciemos años después, este


desalío (K iipu la iinaginacióii de dolados matemáticos y estudiosos.
I' sio (lie lo (|iie recomendó a los intelectuales europeos un modelo
iiewioniano de ciencia pura, y .su oponente más acérrimo fue el vie-
|o enemigo de Newton, Leibniz.
¿(,)iié era pues, exactamente, lo que se daba por sentado en la
leoi ía planetaria en los últimos años de Newton? ¿Y qué se siguió
dando por sentado durante mucho más tiempo— para algunos, in-
eliiso después de las dos guerras mundiales— en la filosofía natural
y en las ciencias sociales? En el corazón de este enfoque estaba la
ereencia de que el sistema solar es el modelo de un sistema «racio­
nalmente inteligible» en la naturaleza, pero debemos tener cuida­
do de cómo formulamos esta creencia. La cuestión no era simple­
mente el cambio geométrico de una visión tolomeica de! sistema
solar a una visión copemicana: sino más bien la estabilidad dinámi-
( a de todo el sistema. Como declaró Newton en su escolio a la
segunda edición de los Principia, la estabilidad del Sol y de los pla­
netas es nuestra certeza de que el mundo natural demuestra la
racionalidad del Creador. Esta creencia no dependía de la acepta­
ción de una visión copemicana de los cielos: concordaba con cual­
quier análisis de la geometría o la dinámica del sistema solar. Tycho
Iba he, cuya teoría astronómica no era ni tolomeica ni copernica-
iia, dio por sentada la estabilidad del sistema solar con tanta segu­
ndad como lo habían hecho Copérnico y Galileo; tampoco impor­
taba si se apelaba a los «vórtices» de Descartes o a la «gravitación
universal» de Newton para explicar su operación física. Por encima
de todo, era compatible con cualquier teoría que tratara de hasta
(¡ué punto y en qué sentidos era estable el sistema, y por lo tanto «ra­
cionalmente inteligible».
Llegados a este punto, tenemos que analizar con mayor aten­
ción los puntos que Leibniz encontró inaceptables en la teoría de
Newton. Algunos eran cuestiones menores, como por ejemplo

( iopérnico no se adecúa a la definición de «revoluciones» que dio poco después


Kuhn en la primera edición de su obra La estructura de las revoluciones científicas.

83
Itl (i l(I. SI) A I.A l ( A/ ( I N

cómo definir vis viva. (¿Km ci|iiiv!)lcnte, en términos del si^lo xx,
‘momento’ o a ‘energía cinética’?) Lo c]iie es m<5s im|)ortanie aun,
aquí surgió una bifurcación entre la tísica y la lllosolía tiñe duro
ciento cincuenta años, no solo en la física, sino también en las cien­
cias humanas (y lo que es más sorprendente, en la teoría económi­
ca). La cuestión que separaba a Leibniz de Newton era la siguien­
te: «¿Puede demostrarse matemáticamente la racionalidad del
Creador, plasmada en el diseño del sistema solar?». Newton se
contentó con mostrar que las regularidades que Kepler había ha­
llado en las órbitas planetarias pueden explicarse mediante su Ley
del cuadrado inverso de la gravitación universal: sostenía que estas
tem'an un tipo de patrón que un Creador con orientación matemá­
tica podía lógicamente preferir. Leibniz no estaba dispuesto a
aceptar una demostración meramente empírica. Solo quería acep­
tar una prueba formal de que el sistema planetario había de mos­
trar las regularidades que observamos de hecho; y, a su entender,
a ese respecto Newton había fracasado. La respuesta de Samuel
Clarke, el amanuense de Newton— «Evidentemente, así es cómo
Dios eligió crearlo»— no hizo sino recrudecer el antagonismo.
Mostrar lo que Dios eligió de hecho no bastaba; había que mostrar
también que era legítimo y justo que así lo eligiera. Para Leibniz,
la teoría de Newton era incompleta porque no incluía ninguna
teodicea: esto es, una demostración de que Dios ha creado las co­
sas de la mejor manera. Leibniz dio pie así al personaje del doctor
Pangloss, en el Cándido de Voltaire, que defiende sin cesar que
«todo es para mejor en el mejor de los mundos posibles», incluso
después del catastrófico terremoto que destruyó Lisboa en 1755.^
A este respecto, el problema de los tres cuerpos fue— a enten­
der de Leibniz— el golpe fatal para la esperanza de los valedores de
Newton de ofrecer una prueba convincente de la racionalidad de
Dios. Este fue el origen exacto del problema. Las ecuaciones que
Newton utilizó para explicar la fonna elíptica de las órbitas plañe-

3. Para una infomiación clara y directa de lo que enfrentaba a Leibniz y a


Newton, véase The Leibniz-Clarke Correspondence, H. G. .\lexander, ed., Manches-
ter, Manchester üniversity Press, 1956.

84 I

1
I A n (INIIM IA, (I I A I M il A (JIM M I N I A I l' l

liin.is y las irlativiis vdiii nliulfs de moviiiiiciito alrededor de esas


orliiiiis heelios esialileeidos ambos por las observaciones tle K e­
pler estaban simplillcadas en exceso. En efecto, estos teoremas
solo demostraban que la Ley de la gravitación e.xplica el movi­
miento de un .solo |ilaneta cada vez alrededor de un centro mayor
de atracción, como por ejemplo el Sol. Con esta simplificación, las
ecuaciones de tnovimiento de un solo planeta se resuelven fácil­
mente, y conseguimos ecuaciones teóricas generales que tienen la
misma forma que las regularidades que observara Kepler. Una vez
t|ue se introduce un tercer cuerpo— por ejemplo, un segundo pla­
neta— las ecuaciones ya no se pueden, sin embargo, resolver alge­
braicamente. L o más que podía hacer un teórico newtoniano era
computar aritméticamente el influjo del tercer cuerpo, de un mo­
mento a otro momento, como una «perturbación» de la órbita
simplificada, y según Leibniz, esos trucos aritméticos— aun siendo
empíricamente útiles— eran trucos pragmáticos, no pruebas con­
vincentes de la sabiduría de Dios.
¿Cuál debe ser nuestra reacción ante este descubrimiento?
Desde un punto de vista práctico, podríamos tal vez alegrarnos
de ir mejorando poco a poco nuestros métodos de computación, de
manera que la concordancia arinnética entre los resultados de los
cálculos teóricos y las observaciones planetarias de los astrónomos
sea cada vez más exacta. Ese era el objetivo de los observadores del
siglo xviii: ir reduciendo poco a poco las perturbaciones hasta cul­
minar, en 1804, en los últimos volúmenes de la obra de Laplace,
Systenie du Monde. El propio Laplace demostró únicamente que los
cálculos newtonianos, refinados, podían reducir esas perturbacio­
nes hasta un nivel tan bajo que todos los movimientos calculados se
acercaban a lo que la teoría defendía tanto como lo que se observa­
ba en la práctica; y rechazó la idea que avanzaba Newton de que, de
vez en cuando. Dios intervenía libremente en el sistema solar, para
suprimir todas las irregularidades y restaurar la estabilidad del sis­
tema. (Según se ha dicho, declaró: Je n'avaispas besoin de cette hy-
pothése [‘N o necesitaba esta hipótesis’].) Leibniz nunca podría
haber dado este paso: para él, una teoría correcta debía generar
soluciones algebraicas generales para cualquier conjunto de cuer­

85
m (.K l s o A I.A HA/.ON

pos, por complejos ipie ruenm (y no solo dos a m p o s cíuIü


vez). Una vez que tuvo claro que los Priiicipiii de Newton no pro­
porcionaban tales soluciones, los descartó, considerándolos meta-
físicamente imperfectos; y, de hecho, sus escritos no dejan entrever
que pasara de las treinta primeras páginas de los Príndpúi.

Leibniz murió en 17 15 ; Newton no lo hizo hasta 1727. Tras la


muerte de Leibniz, y hasta finales del siglo xix, persistió la división
en el seno de la filosofía de la física. Empezando con el propio
Leibniz, y continuando hasta Fierre Duhem— pasando por el físi­
co alemán Euler, y por Laplace en sus momentos más metafísi-
cos— surgió la tradición continental del racionalismo. Empezando
con Newton y continuando con Maxwell y Rutherford— pasando
por Dalton, Herschel y Laplace en sus momentos más prácticos—
se dio la tradición británica del empirismo. Los empiristas consi­
deraban todos los fenómenos regulares como señales del orden
racional de Dios; los racionalistas seguían buscando teorías mate­
máticas que tuvieran todo el rigor de los Elementos de Euclides.
Solo Immanuel Kant se luanluvo al margen en la filosofía natural,
como lo había hecho en la epistemología y la metafísica, y no se
sumó a uno ni otro bando. En Historia general de la naturaleza y
teoría del cielo (1755) su imaginación intelectual fue mucho más allá
de los límites newtonianos, esbozando una cosmología global en
términos evolucionistas que sus predecesores apenas habían podi­
do vislumbrar.'*
Los físicos británicos adoptaron la vía empirista: bastaba equi­
librar la cuestión mejorando la concordancia entre cálculos y ob­
servaciones. Así, después de 18 10 , el «problema de los tres cuer­
pos» fue desapareciendo de la escena, pasando a considerarse más
como una cuestión metafísica que científica. La perspectiva cambió

4. La obra de Immanuel Kant Allgememe Natnrgeschichte m d Theorie des Him-


mels file publicada en Konisberg en 1755 por un editor que estaba entonces al bor­
de de la bancarrota. [Hay trad. cast.: Historia general de la naturaleza y teoría del cie-
/o(i755), Buenos Aires, Juárez, 1969.]

86
I.A m ONIIMIA, n I A l'IMCA (JIM' NUNCA I iU

CU Li (Iccailü (le iK6(j. Kii sus Principios tlvgeohgiUy l-ycll se iiucrcsa-


lia por la historia tic la l icrra, y el debate originado por el Origen
(le Ins especies de Darwin hacía que fuera urgente adoptar de nuevo
una visión histórica de la naturaleza (cosmología incluida). M ien­
tras tatito, la escala del universo en el tiempo y el espacio resultó
ser tnayor de lo que antes se presuponía, provocando así la inquie­
tud patente en el poema de Tennyson, hi MentoriamÁ Pronto esta
cticstitin se convirtió en una preocupación primordial del debate
intelectual y religio.so, que definió el telón de fondo en el que po­
demos situar la monografía de Poincaré, «Sur le probléme des trois
corps et les equations de la dynamique».

1 ,a monografía apareció como suplemento especial de Aña Mathe-


nn/ticn, la principal revista de matemáticas puras de aquella época.
Desde 1882 en adelante, su director fue el profesor Coran Mittag-
1 .oelfler, de Uppsala, ayudado por un consejo de redacción que in­
cluía a dos de los mejores matemáticos europeos: el alemán Karl
VVilhelm Theodor Weierstrass, y el francés Charles Hermite.
(Poincaré era el alumno más aventajado de Hermite.) Desde su
primer número. Acta Mathematica se centró en las «matemáticas
puras», como se entendía entonces esa disciplina. En ella publica­
ron todos los matemáticos más eminentes, entre ellos Georg Can­
tor, Heinrich Hertz y David Hilbert, y en 1885 el rey Oscar II de
Suecia auspició un concurso para premiar el mejor ensayo que tra­
tara sobre algún tema de matemáticas puras.**

5. El poema de ’lénnyson, ¡n Memoriam—una elegía a su amigo Arthur


I lenry Hallam, que murió en 1833 a la edad de veintidós años— deploraba la bre­
vedad de la vida humana recalcando la fugacidad de las especies animales y los es­
tratos geológicos. Véase la obra de A. C. Bradley, Commentary on Tennyson 's In Me-
nioriam, Londres, Macmillan, 19 5 1. Charles C. Gillispie ofrece una admirable
disertación sobre la controversia del siglo xix de la escala temporal del universo en
su obra Génesis and Geology, Cambridge (Massachusetts), Harvard University
Press, 19 51. Véase también Stephen Toulmin yju n e Cioodfield, Eldesaibrimiento
del tiempo, Barcelona, Paidós Ibérica, 1990.
6. Acta Mathematica, vol. 7, 1885-188699. i-vi.

87
Ul M i l M» A I.A l ( A/ r t N

Cuando anunciaron el concurso, Wcicrsirass, I loriiiiic y Muían


LoeFfler dclimiiaron cuatro áreas de atcncii'm. 'lies de estas áreas
versaban sobre la teoría de las funciones, u otros temas (|ue aún boy
se reconocen como pertenecientes al cam|)o de las matemáticas «pu­
ras»; pero el primer tema era hi stabilité de votre systhne plíiiiétíiire, esi i >
es, la estabibdad de «nuestro» sistema planetario. Para ser un pro­
blema de matemáticas puras, este tema estaba formulado en unos tér­
minos muy peculiares: no se hablaba de las «condiciones de estabili­
dad» generales de aialquier sistema planetario, sino explícitamente
de las de nuestro propio sistema planetario. Poco antes de su muerte
en 1859— como explicaron los redactores— el matemático francés
Dirichlet dijo tener una prueba de esa estabilidad; pero nunca la ex­
plicó, y se invitó a los participantes del concurso a reconstruirla. Se
les requirió mandar artículos anónimos a Suecia, señalando cada uno
con un epígrafe, y adjuntar por separado sus nombres en sobre sella­
do, con el mismo epígrafe, con objeto de que se pudieran juzgar sus
aportaciones de manera totalmente imparcial. Se presentaron doce
artículos a concurso, de los cuales cinco trataban del problema de la
estabilidad. Se otorgaron dos preimos, uno de los cuales recayó en
una monografía que llevaba el epígrafe Nunquam praesaipios Lmmihunl
sida-afines (‘Los cuerpos celestes jamás transgreden sus límites prescri­
tos’). Era el reanálisis meticuloso de Poincaré del «problema de los
tres cuerpos», en veintitrés capítulos y doscientas setenta páginas.^
El epígrafe de Poincaré recuerda la antigüedad de una creencia
sobre la estabilidad celestial, pero la elección de los términos tenía
también una intención irónica. Las cuestiones principales de su
análisis eran: «¿Tienen los movimientos planetarios algún “límite
prescrito” ?» y «¿Puede probarse que el sistema planetario tiene de
hecho que ser estable?». Cuando se llega a la última página de la
monografía de Poincaré, ya se han agotado los recursos de las ma­
temáticas del siglo XIX, y no hay más esperanza en 1889, de la que
había en 17 15 , de hallar métodos generales para re.solver las ecua­
ciones del movimiento de dos o más planetas que giran al mismo
tiempo alrededor del Sol.

7. Ihid., vol. 13, 1889, pp. 1-270.

88
A I ( O N O M I A , I I I a i Isll a ( J M NM N ( a i Ul

O lio irsiiltiulo del análisis era aún más perjudicial UlosóHca-


mcnle. Kslc démoslraha (lue, cuando muchos objetos se mueven li-
bremenle sometidos a su atracción gravitacional, pueden producirse
graves choiiues, cuyas consecuencias son radicalmente impredeci­
bles. I'ai lugar del sueño de Laplace de un mundo cuya historia es
calculable en términos newtonianos, surge así el panorama de un
mundo en el cual— dejando de lado el caso artificialmente simplifi­
cado del Sol y un único planeta— la predictibilidad completa es im­
posible. Así pues, el mundo del determinismo físico que había sido la
[tesadilla de los pensadores del siglo xix dio paso a lo que ahora lla­
mamos «el mundo del caos». Es cierto que Poincaré no apreció in­
mediatamente todas las consecuencias de su obra. En la década de
188o, su minucioso análisis solo reforzaba el «problema de los tres
cuerpos». N o proporcionaba ninguna manera nueva de resolver las
ecuaciones del movimiento de tres o más cuerpos: sin un tipo de ma­
temáticas radicalmente nuevo, no había perspectiva de poder supe­
rar este problema. Una década después, Poincaré escribió una obra
de tres volúmenes titulada Les nouvelles ?tiéthodes de la mécanique céles-
te, que rompía en parte con las ideas clásicas; pero fue solo en sus en­
sayos filosóficos, desde 1902 en adelante, cuando mencionó las cues­
tiones sobre caos y complejidad que preocupan hoy en día a los
científicos.*
El interés de Poincaré por el «problema de los tres cuerpos»
nunca fue puramente personal. Las cuestiones sobre dinámica de
múltiples cuerpos seguían fascinando a los matemáticos, de Suecia
a Italia, de Alemania a Estados Unidos: estos temas afloraron en
Alta Mathematica desde 1880 hasta 1906. Tampoco era esta una
cuestión únicamente técnica: el año 1906 vio también la publica­
ción de la novela de H. G . Wells, En los días del cometa, donde un
enorme cometa amenaza con aniquilar la Tierra, por lo que los se­
res humanos se ven movidos a reorganizar sus asuntos. Aún en
nuestros días .sigue preocupándonos la dinámica de nuestro sistema

8. Los tres volúmenes de L es nou velles m éthodes de la m écanique celeste se publi­


caron en 1892, 1893 y 1899; su primera serie de ensayos filosóficos. La Science et
íhypothese, en 1902.

89
IM,(il<i;.S<) A l,A UA/.ÓN

planetario. En 1994 asistimos a lo t|ue fue «de lejos el aeonieei


miento más espectacular en el sistema solar jamás visto |)or la l a/.a
humana»: el choque de fragmentos del «cometa Shoemaker-Levy
9» con el planeta Júpiter; mientras que en marzo de 1998 los as­
trónomos predijeron temporalmente el impacto sobre la rierra
— en octubre de 2028— de un asteroide que sería lo bastante vio­
lento como para provocar una catástrofe para la humanidad tan
grave como la que posiblemente causó la extinción de los dinosau­
rios y transfonnó a la población AÚviente de la Tierra.''
Así pues, lejos de que el patrón estándar de cualquier ciencia
pura fuera el euclidiano, como habían asumido los científicos so­
ciales desde principios del siglo xix, la física nunca ejemplificó esa
forma exacta. Cuando los teóricos de las ciencias sociales toma­
ron la dinámica de Newton como el modelo de una ciencia seria,
esperaban matar tres pájaros de un tiro: desarrollar a) una teoría
abstracta con un sistema axiomático rigurosamente válido, b) de­
ducciones sobre la naturaleza de las instituciones humanas a par­
tir de sus principios universales, y c) explicaciones científicas del
carácter de determinadas instituciones sociales. Sin embargo,
este triple objetivo nunca fue una posibilidad realista: esto nunca
se había logrado siquiera en la astronomía planetaria. ¿Eran M er­
curio, Venus y Marte (como suponía Newton) «objetos físicos
que se mueven libremente por el espacio vacío, sobre los que ac­
túa una única fuerza de atracción del cuadrado inverso»? ¿O es­
taba el espacio interplanetario lleno de «fluidos sutiles», como
sostenían los cartesianos, de tal manera que los movimientos de
los planetas no continuarían a no ser que se vieran arrastrados a
la fuerza alrededor del Sol en «vórtices»? Cuarenta años después
de 1687, todavía no había pruebas suficientes para decidir entre
una u otra opción, y no existía vínculo formal entre los sistemas

9. En febrero de 2000, la nave espacial Near Earth Asteroid Rendezvous


(NEAR), lanzada por la N.A.S.A. cuatro años antes, empezó a describir una órbi­
ta alrededor del asteroide 433 Eros, y el 14 de febrero de 2000 devolvió a la T ie­
rra fotografías que proporcionaban las primeras imágenes de cerca de uno de es­
tos objetos potencialmente peligrosos.

90
I A II ( i N I I M l A , II I A I I s i l A O l ' l M I N I A I III

.iM o iiiiliit OS (le los iiiakMiüiiic’o s y las o b s e r v a c i o n e s e m p í r i c a s de


los asiri'iMoifios.
Inicialinenie, solo tenían que elegir un conjunto de priorida­
des, y desarrollar un programa para la física teórica en función de
esas prioridades: esa fue la razón subyacente de la disputa entre los
racionalistas, desde Leibniz hasta Duhem, y los empiristas, desde
Newton hasta Rutherford. Solo después de la muerte de Newton
tuvieron los físicos británicos libertad para presuponer que el espa­
cio que hay entre los planetas es de hecho vacío, y poder proseguir
así sus debates con seguridad empírica, aunque no lo hicieran con
rigor estrictamente lógico. Mientras tanto, las implicaciones teoló­
gicas de la teoría de Newton dieron origen a graves problemas: a
este respecto, Leibniz estaba en lo cierto desde el principio. D u­
rante la mayor parte del siglo xviii, cualquiera que se hubiera vol­
cado en la materia con el interés que merecía podría haber expues­
to convincentes argumentos a favor de la teoría del caos, la
impredictibilidad radical, y las matemáticas no lineales, cosa que
no ocurrió hasta la segunda mitad del siglo xx. A falta de esos ar­
gumentos, el modelo vigente durante tanto tiempo como «la for­
ma ideal de teoría para cualquier disciplina que aspire a ser consi­
derada una ciencia» siguió siendo el de una física que nunca fue.

¿De qué manera afectó el debate sobre la estabilidad cósmica al de­


sarrollo de las ciencias humanas? ¿Era la ambición de los teóricos
sociales del siglo xvm de ser los Newton de las ciencias humanas
algo más que retórica o mero autoengaño? Si queremos trazar el
mapa de la influencia de esas ideas en la praxis y el pensamiento hu­
mano, hemos de analizar con mayor atención a aquellas personas
que establecieron los cimientos de las ciencias sociales: en particu­
lar, los creadores de la economía matemática, los que más se esfor­
zaron por que su trabajo tomara como modelo lo que ellos enten­
dían que era la física matemática. De todos los teóricos de las
ciencias humanas, los que más seguros están del rigor de sus méto­
dos y de la validez superior de sus resultados son los economistas
que apelan a sistemas matemáticos abstractos y universales. La for-

91
III <il(l so A I A U A / Ó N

iiialiilacl ele sus arjíumenios teóricos les confiere un aire ile lógica;
la generalidad de sus conceptos les hace parecer universales, (lomo
consecuencia, las ideas del «análisis neoclásico del ec|UÍIil)i io» han
tenido un prestigio sin parangón en las ciencias sociales acadé­
micas.
Hay dos maneras de escribir una historia de la teoría econítmi-
ca. Podemos empezar desde donde nos encontramos ahora, y echar
la vista atrás hacia los primeros teóricos que ya empleaban métodos
matemáticos de análisis como los que ahora conocemos. De esta
manera, establecemos un cuadro de honor de los precursores de la
economía moderna. Así tendremos sorpresa y decepción asegura­
das: sorpresa ante la previsión de unos pocos individuos imaginati­
vos, y decepción de que hubiera de transcurrir tanto tiempo para
que cundiera su ejemplo. O alternativamente, también podemos
empezar por el otro extremo, y preguntarnos en qué proyectos
personales estaba involucrado cada uno de estos individuos tan crea­
tivos, y de qué manera contribuyeron a esos proyectos sus incur­
siones dentro del ámbito de la economía. Dependiendo de cuál de
estas dos vías tomemos, conseguiremos una historia diferente del
nacimiento de la teoría económica. Según el primer análisis, su
creación se vio postergada por el fracaso de sucesivos investigado­
res que siguieron vías de argumentación ya esbozadas por sus
creativos precursores. El segundo análisis nos dice que la economía
teórica tal y como la conocemos es el resultado de abstracciones a
las que solo se pudo llegar en el siglo xx, mientras que la obra de
los supuestos precursores refleja ideas y ambiciones intelectuales
que solo estaban vinculadas con la economía de forma marginal o
accidental.
Hasta hace poco tiempo, la historiografía de la teoría econó­
mica se decantó por la primera vía, recopilando una relación de los
teóricos cuya obra contribuyó al análisis matemático de las tran­
sacciones y los fenómenos económicos. Cuando J. A. Schumpeter
murió en 1950, dejó inconclusa una larguísima Historia del análisis
económico, que ofrece un excelente panorama de la visión de la eco­
nomía a mediados del siglo xx: en particular, una exhaustiva histo­
ria del análisis del equilibrio en la teoría económica. En esta rela-

92
I A M l l N M M l A , O I A I IM< a N l ' N I ' \ MU

( iiiM, (Ifdica espociid aiciu ioM a Adam Smilli (172^-1790) y a An-


inmc AiigMisiiii Coiimot (1H 01-1877), a William Stanley Jevons
(18^5-1882), y a l.éon Walras (18 34 -19 10 ). Ciada uno de estos es-
Ilidiosos tenía sus i)ro|úas razones para estar interesado en los vín­
culos entre la economía y la física: especialmente, en las analogías
i'xistentes entre el papel del análisis del equilibrio en la historia de
la economía y el de la estabilidad planetaria en la historia de la fí­
sica.'”

Kinpecemos por Adam Smith: Smith era, entre otras cosas, un eco­
nomista. Todos sus biógrafos coinciden en señalar la inusual am­
plitud y variedad de su obra, que abarca desde la teoría de los sen­

tó. Los análisis más exhaustivos de la historia de la teoría económica son los
de: Joscph A. Schumpeter, Histoiy ofEconomk Analysis, Oxford y Nueva York, Ox­
ford University Press, 1954 [hay trad. cast.: Histoi-ia del análisis económico, Barcelo­
na, Ariel, 1996], y Umberto .Meoli, Lineamenti disToria delle idee economiche, Turín,
1988. Schumpeter describe el desarrollo del análisis del equilibrio, en referencia a
(iournot. Marshall y Walras en la parte TV, rap 7, pp 9 53-9 6 3 y 9 9 0 -1.0 2 6 de la
obra que acabo de citar.
La influencia de las analogías con la física en el tema de la formulación de
teorías económicas se ha investigado mucho en los últimos veinticinco años; dos re­
vistas publican la mayor parte de los resultados de esta investigación: llistory ofPo-
litical Economy, Duke University Press, desde 1976 en adelante, y Econo7nics and
Philosophy, Cambridge University Press, desde 1985. La obra de Philip .Mirowski,
More Heat than Light, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, es útil, pero
le otorga a la termodinámica más influencia de la que yo le voy a dar aquí. The In­
visible Hand: Economic Equilibrimn in the Histoiy o fScience, de Bruna Ingrao y Gior-
gio Israel, Cambridge (Massachusetts), MLI' Press, 1990, ofrece valiosa informa­
ción y su campo de interés es más amplio de lo que deja entrever el título. A la
inversa, la influencia de la economía en la historia de la fi'sica en la Era Moderna
es el tema de la obra de Val Dusek, The Holistic Inspirations o f Physics, Brunswick,
Nueva Jersey, Rutgers University Press, 1999.
En cuanto al estudio de la economía de mercado en términos de dinámica,
véase el análisis de Richard H. Day y Gunnar Eliasson, The Dynamics ofM arket
Economics, Amsterdam y Nueva York, North-I lolland, 1986, y también H.-J. Wa-
gener y J. W. Drukker, eds., The Economic larw o f Motion in Modern Society: A
Marx-Keynes-Schnmpeter Centennial, Cambridge, Cambridge University Press,
1986.

93
KKIHI s o A l.A ItA/VjN

cimientos morales hasta los usos de la retórica, la. ri(|ue/,a de las na


dones y la historia tle la astronomía planetaria, h'.sa versatilidad
suya la atribuyen en parte al amplio espectro del debate académico
y la educación de la Ilustración escocesa, en el siglo xvm, y en |iar-
te también a la variedad de sus intereses personales, y a la am|)litud
de lecturas que acumuló en una larga vida de soltero. Pero duran­
te muchos años, su proyecto personal fue evidentemente el de de­
sarrollar una visión global del universo— podríamos considerarlo
incluso una cosmología— de la que solo completó la historia de la .1
astronomía: al parecer solo abandonó el proyecto cuando com­
prendió que era demasiado vasto para terminarlo en una sola vida.
El ensayo sobre la astronomía es un testimonio de sus ideas sobre
el método adecuado para un sistema intelectual, pero nunca llevó
los paralelismos entre la física y la economía a campos más sustan­
tivos. Después de Adam Smith, la tradición empirista en la econo­
mía británica era un reflejo de la fi'sica, vinculando, como hemos
visto, las ideas de Newton a las de Rutherford. Desde Adam Smith
y David Ricardo hasta Alfred Marshall, los pensadores británicos
se centraron de forma similar en fenómenos económicos concre­
tos, más que en análisis abstractos universales."
De modo parecido, en la Europa continental los precursores
de la economía del siglo xx formaron una tradición racionalista
semejante a la que hemos visto en el ámbito de la filosofía natural,
desde Leibniz en el siglo xviii hasta Duhem a finales del xix. En
ocasiones, la analogía entre «cosmología racional» y «economía
racional» fue aún más acusada. El uso de las matemáticas por par­
te de Coum ot en su obra Recherches sur les principes mathématiques

11. Sobre Adam Smith, véase el ensayo de W. P. D. Wightman, «Adam Smith


and the I listory o f Ideas», en Essays on Adam Smith, A. S. Skinner y Thomas Wil-
son, eds., O.xford, Oxford University' Press, 1975. Aparte de sus obras más cono­
cidas, Teoría de los sentimientos morales (1759) y Ta riqueza de las naciones (1776),
Adam Smith también escribió prolíficamente sobre temas muy alejados de la eco­
nom ía o la filosofía moral; por ejem plo, los usos de la rció iica, la liisioria de la as­
tronomía y el origen de las lenguas. Para referencias más detalladas, véase la edi­
ción de Glasgow de The Works attd Cotrespondence ofAdam Smith, publicada en los
años setenta por Oxford University Press.

94
f
I A M I I N O M Í A , O I A I (m c A Ut ' l N U N C A I Ul-,

de tu timine des richesses ( i H^S) era muy elemental: coiuril)uyó poco


a nuestra fomprensión de las transacciones de la vida real. En
electo, durante la mayor parte de su trayectoria profesional, Cour-
not se interesó más por cuestiones de cosmología que de economía.
Para ver el lugar que ocupaba esta en su agenda, resulta interesan­
te consultar su Traité de Venchainement des idées fondamentales dans
les Sciences et dans rhistoire (18 61). De las setecientas siete páginas
de esta obra colosal, menos de treinta versan sobre temas de eco­
nomía."
La evolución intelectual de Cournot, tal y como relata él mis­
mo en sus Memorias no deja lugar a dudas sobre el objetivo racio­
nalista de su cosmología. Nació en el seno de una familia monár-
(¡uica conservadora, y en un principio no fue a la imiversidad;
en 1820 empezó a trabajar en un despacho de abogados, donde
permaneció cuatro años. Más adelante llegó a considerar esos años
como una total pérdida de tiempo. Pero leyó mucho en esa época,
y cuatro obras le marcaron especialmente: La pluralité des mondes de
Bernard de Fontenelle, la Exposition du systéme du tnonde, de Lapla-
ce, la Lógica de Port-Royal, y la Leibniz-Clarke Cotrespondence en la
traducción al francés de Desmareaux. Esta última definía las anta­
gonistas metodologías empirista y racionalista de la física, y las leal­
tades de Cournot eran claras. En su obra Consideraciones sobre la
marcha de las ideas (1872), insiste en que los teóricos que mejor con­
tribuyeron al desarrollo de la astronomía newtoniana en el siglo
xvm no fueron los físicos empiristas de Gran Bretaña, sino mate-

12. Augustin .4 ntoine Coumot fue un escritor tan prolífico como Adam
Smith, pero sus obras publicadas tratan en su mayoría de cosmología. Su tesis
doctoral era un análisis del movimiento de un cuerpo rígido en un plano fijo, y su
primera cátedra fue la de Matemáticas Aplicadas en Lyons, pero sus intereses
abarcaban el cálculo de probabilidades, la estadística y la economía, temas que de­
fine como centrados en la «mecánica racional» y la metodología en su T ra ité de
V encham em ent des idées fon dam en tales dans les Sciences et dans rh isto ire, París, 1861,
reeditado en 1922 con una introducción de L évy-B ru lil.
Los ensayos de Cournot incluidos en Matérialisme, Vitalisme et Rationalisme
(1875) dejan también patente que se pone del lado de Leibniz en su disputa con
Clarke (véase cap. 3, n. 15).

95
Ul (.111 s o A I \ ll \/, ON

máticos contincnuilíis como Eiilcr y ('liiinuill, D’ /Mcmlicn y los


Bernouillis.
Las úlrimas páginas de la obra de C'ournoi Revin' sonmtnirc des
doctrmes économiques (1877) son pura epistemología. Aquí Cournol
comenta el método adecuado para cualquier teoría de las transac­
ciones humanas en términos totalmente análogos a los de la teoría
de la astronomía planetaria. En ambos campos, concluye, |)odcmos
distinguir las leyes generales que definen la forma «esencial» de al­
gunos fenómenos determinados, de las permrbaciones que surgen
como consecuencia del influjo «accidental» de los agentes que in­
tervienen en ellos. Así pues, al final de su vida, la teoría astronómi­
ca seguía teniendo para Cournot el mismo atractivo como modelo
para el análisis de las transacciones económicas. A su entender, am­
bos campos eran partes iguales de la disciplina que él mismo lla­
maba «mecánica racional».
Al hablar de Jevons, suele exagerarse también la centralidad
de la economía en su pensamiento. Considerándolo desde la
perspectiva del siglo xx, puede tomársele como un precursor de
nuestras teorías económicas, pero este no fue ni el punto de par­
tida ni la meta final de su pensamiento. Empezó siendo un lógi­
co y un teórico de las ciencias naturales, y hacia 1850, en Sidney,
Australia, esuivo trabajando en un laboratorio como ensayista.
Una vez allí, empezó a interesarse por las ciencias sociales. En su
discurso pronunciado con ocasión del encuentro anual de la
British Association for the Advancement o f Science en 1862,
expuso un «breve análisis de una teoría matemática general de la
economía política», que más tarde amplió en un libro. Teoría de la
econoviía política (18 7 1), pero la mayor parte de su obra sobre eco­
nomía se publicó póstumamente. La economía estaba lejos de ser
el tema de interés primordial de Jevons, como lo demuestra toda
su obra. Su interés por el poder analítico de la lógica en las teo­
rías científicas de todo tipo fue siempre en aumento. Cuando
reunió todas esas ideas generales en su obra de seiscientas pági­
nas Principies o f Science (1874), no dedicó ni una sola página a la
economía: la misma palabra «economía» no aparece siquiera en
el índice. Las incursiones en el campo de la economía matemáti-

96
I \ I I M N ^ ^ ( l A , o I \ I ( m i a ( U' I Nl'Nt a i t i

t .1 n .111, |)¡iiii el, mi;i lumia más ilr plantear eucsliones metodoló­
gicas generales."
I.a (Igiira más enigmática entre estos precursores de la teoría
económica es l.éon VVaIras, un erudito francés que, para frustra­
ción suya, nunca ocu|)ó un cargo universitario en su país de origen,
sino que pasó su carrera en Lausana, Suiza, donde uno de sus co­
legas era Viliredo Pareto. Como economista, Walras tenía intere­
ses menos amplios que los de Cournot o Jevons, pero, como a ellos,
le preocupaban cuestiones de método: especialmente las analogías
entre el lenómeno del «equilibrio» en la teoría planetaria y en los
asuntos económicos. En los últimos diez años de su vida, desde 1900
basta 1910, Wali-as tenía gran interés por expresar esas analogías de
manera formal, demostrando que las ecuaciones en cuestión tenían
lumias idénticas en ambos campos. Escribió a Henri Poincaré, con
la esperanza de granjearse la aprobación del matemático a sus com­
paraciones entre las leyes del equilibrio económico y aquellas que,
presuponía él, aseguraban la estabilidad del sistema planetario: de
hecho, su último ensayo se titulaba Exonomie etMécaniqiie. Para en­
tonces, sin embargo, ni el propio Poincaré creía ya que las órbitas
de los planetas fueran esencialmente estables, y mucho menos que
la dinámica de Newton garantizara esa estabilidad, pero le daba
cierto reparo contestar con franqueza a las apremiantes cartas de
Walras, con lo que la carta que Walras incluyó como anexo a su úl­
timo ensayo, retrospectivamente, se lee más como un delicado sus­
penso que como una aprobación."

13. El libro moderno más relevante sobre la economía de Jevons es el de


Margaret Schabas, A World Ruled by Nmnber, Princeton, Princeton University
Press, 1990. Desde el punto de vista de este capítulo, exagera la centralidad de la
economía en el pensamiento de Jevons, pero dejando de lado esta cuestión, tiene
grandes méritos.
14. Como Cournot, Walras tenía una formación matemática, pero se intere­
só por la economía desde el principio, como ya lo había hecho su padre, Auguste
Walras. Su preocupación por el análisis del equilibrio llevó más lejos el ideal de
Cournot de la mecánica racional, así como el espíritu general del siglo xix sobre
las matemáticas puras, que queda patente en Acta Mathewatka. Puede seguirse la
carrera de Walras desde 1851 hasta 1909 en la nota autobiográfica que custodian

97
KMi UI s o A I A 1IA/.(')N

Incluso después de que p;u n los iisirónoinos lUiUemátieos se lui-


biera desvanecido la esperanza de encontrar gariinlías de la estabili­
dad del sistema planetario, esta siguió viva para los teóricos de la
economía. Hasta hoy en día, de hecho, la idea ile teoría en la que se
basan muchos economistas es la que encuentran en analogías lór-
males entre sus sistemas teóricos y los de los Pri/idpiíi de Newton: el
debate en el campo de la economía ha tardado en cambiar sus cen­
tros de interés. Una nota a pie de página de la Historia de Schumpe-
ter señala, sin embargo, el inicio de un cambio en este punto de vis­
ta.'^ En ella comenta la obra de Alfred Marshall (1842-1924), quien
en 1885 creó en Cambridge un Departamento de Economía inde­
pendiente de la Facultad de Ciencias Morales, o Filosofía.

L a verdad de que la teoría económica no es más que un m otor de análisis


[explica Schumpeter] se entendió mal desde el principio, y los propios
teóricos, entonces y ahora, la oscurecieron con sus incursiones diletantes en
el ámbito de las cuestiones prácticas. P ero M arshall hizo hincapié en ello,
y en su famosa conferencia inaugural en Cam bridge acuñó la famosa cita
según la cual la teoría económ ica no es una verdad universal, sino una
«maquinaria de aplicación universal para el descubrim iento de un cierto
tipo de verdades».

Dos frases destacan de su nota a pie de página: la primera, el juicio


emitido por Schumpeter acerca de los intentos de los economistas

15. Schumpeter, Histmy ofEcmomic Analysis, p. 954, n. 2. [Hay trad. cast.; His-
toriii del ajuílisis económico, Barcelona, Ariel, 1996.]

los archivos del Centre d’études interdisciplinaires Walras-Pareto, y William Jaf-


fé ha recopilado sus cartas en Coirespondawe of Léon Walras and Related Papen,
Amsterdam, North-Holland, 1965. Sus únicas cartas directas a Henri Poincaré
(en el volumen III de la obra de JafFé, números 1.492 y 1.495) tienen fecha de sep­
tiembre de 190 1, pero la semejanza enu-e la economía y la mecánica que era el
tema de su último ensayo, «Économie et Mécanique», en BnUetin de la Société vau-
loise de Sciences natiirelles (5* serie), XIV, n.° 166, junio de 1909, ya le había intere­
sado en la década de 1840. En una carta a Deschamps, con fecha de 5 de julio de
1904, comenta: «A los catorce o quince años conocía las dos leyes básicas de mi
padre de la economía como conocía las de Kepler y las de Newton». {Coirespon-
dcnce, III, n.° 1576).

98
I A I ( lIN D M fA , n I A I (sil \ (;p | n u n i :a l UI

||||| Iiplinii lii (coríii a-onomifii ;i nicstioiuvs pníclicas, tildándolos


de dilciíiiiics, y la segunda, el lieelio de (|ue Marshall sostuviera que
aunque el análisis eeonoinieo abandone toda pretensión de verdad
universal, sigue teniendo sin embargo una aplicación universal. En
otras palabras, para Marshall, conceptos como el «equilibrio» si­
guen teniendo una relevancia general, aunque no los consideremos
ya explicaciones de la realidad humana.
I'.n el siglo ,\xi, la vida y las políticas públicas están dominadas
por aplicaeioties de teoría económica a cuestiones prácticas. Debe­
mos, pues, preguntarnos cómo pueden salvarse esas explicaciones de
la aetisaeión de Schumpeter de diletantismo, y hasta qué punto si­
gue sicMiilo válida la tesis de Alfred M arsh all de que «la maquinaria
del atiálisis económico» es de «aplicación universal». Una forma
di- responder a estas preguntas sería analizar ciertas situaciones en
las (|iie el análisis económico se haya aplicado de forma más o me­
nos directa y útil, o por el contrario, donde sus resultados hayan
sido erróneos o incluso desastrosos. Son demasiadas las veces
(como veremos) en que el presuponer que los métodos generales
de atiálisis económico son igualmente aplicables en todas las situa-
<iones acarrea distorsiones que solo pueden evitarse si los «desuni-
versalizamos» y limitamos sus aplicaciones a condiciones bien re­
conocidas y cuidadosamente analizadas.

Uotisideremos ahora dos estampas opuestas que pueden servir


cotilo ilustración de las dificultades a las que nos enfrentamos, y las
mejores maneras de superarlas. La primera de ellas tiene que ver
con la isla de Bali.'*

16. Para la historia de los templos de agua de Bali, léase el libro de J. Stephen
I amsitig, Priests and Programmas: Technologies ofPofwer in the Eiigineered Ijtndscape
iil Hali, Princeton, Princeton University Press, 1991, especialmente las pp. 113 -
1 15. I',l ¡losterior ensayo de Lansing y James Krenier, «Emergent Propcrtics of
Haliiiese Water Temple Networks: Coadaptation on a Rugged Fitness Landsca-
pe», en American Anthnpologist 95, 1993, pp. 9 7-114, analiza los templos de agua
como un «complejo sistema de adaptación» como los que se estudian en el Santa
l'e Institute. Véase laicas Horst (Wageningen Agriculniral University), «Inter-

99
III (iIII M I A I.A KAZÓ N

« lengo iin ninigo antropólogo, casado con una holandesa, y rea


lizan trabajo de campo en Bali. Su itrinciital lema de investigación
ha sido el sistema de los templos de agua cuyos sacerdotes— |)or tra­
dición— controlaban el patrón de adjudicación ile agua de regadío
para los campos de arroz de distintas comunidades o de agricultores
individuales. Durante cerca de ochocientos años, estos templos erati
un rasgo más de la sociedad balinesa; pero cuando las islas de Indo­
nesia se unificaron políticamente, ni la administración colonial ho­
landesa, ni el Gobierno central de Indonesia reconocieron que los
templos de agua tuvieran alguna relevancia económica. Los veían
únicamente como monumentos religiosos, y por lo tanto, culturales.
»A finales de los años sesenta y principios de los setenta, el G o ­
bierno Nacional de Indonesia decidió introducir en Bali, a grandí­
sima escala, nuevas variedades del llamado «arroz milagroso» de­
sarrollado en el Instituto Internacional del Arroz, en Filipinas. Mi
amigo señala:

A los agricultores balineses no se les permitió plantar variedades autócto­


nas de arroz: en su lugar, se ordenó la doble o triple cosecha de IR 36 [o
variedades similares]. Se obligó a los agricultores a abandonar los méto­
dos agrícolas tradicionales, y a plantar variedades de alto rendimiento lo
más a menudo po.sible.

»Junto con esta política, el Banco Asiático de Desarrollo financió un


proyecto de ingeniería basado en un estudio de consultores econó­
micos de Milán, Italia y Seúl, Corea del Sur. Desde un punto de
vista puramente técnico y económico, este proyecto era una receta
estrictamente «racional» para aumentar la producción de arroz, y
contribuir a que Indonesia fuera autosuficiente de ese cereal, que
era el objetivo principal de la política.

vention in Irrigation Water División en Bali, Indonesia». Su análisis e.xpone los


errores cometidos en el Proyecto de Irrigación de Bali. Como él mismo dice, «los
consultores italianos y coreanos tenían un conocimiento escaso o nulo de la espe­
cífica irrigación de Bali-Subak»: ¡opinaban incluso que los métodos tradicionales
de irrigación realizaban una adjudicación arbitraria de agua a los agricultores!

100
í
I A I ( (»NU.M(A, O I A I IMI A (Jl I N U N C A I l ' l

(K iiri io? Diiiiinic tíos o tres unos, I;) polúica fue un cxiio,
tal y como se haliía vaticinado. La co.sccha de arroz se incrementó,
y los agricultores ganaron dinero. Pero, a lo largo de la década de
los oclienta, las autoridades locales empezaron a observar estallidos
(le plagas de insectos y de hongos, tanto nuevos como ya conoci­
dos. l-'n poco tiempo, todas las plagas bíblicas de Egipto a-solaban
ya a los agricultores de Bali:

A incdiiuios de la década de 1980, los agricultores balineses estaban atra­


pados en la lucha por anticiparse sin cesar a la plaga siguiente plantando
la ultima variedad resistente del arroz de la Revolución Verde. Pese a los
licnellcios económ icos del nuevo arroz, muchos agricultores empezaron a
presionar para que se volviera al antiguo sistema de adjudicación de los
tem plos de agua, con la esperanza de reducir las plagas. Sin em bargo,
los consultores extranjeros del proyecto de irrigación interpretaban toda
pro|Hiesta de volver al control del regadío por los templos de agua com o
producto del conservadurismo religioso y de una resistencia al cambio.
Según ellos, la respuesta a las plagas eran los pesticidas, no las oraciones
de los sacerdotes. C o m o declaró un frustrado ingeniero norteamericano:
«¡lista gente no necesita un sumo sacerdote, sino un hidrólogo!».

»I lasta que no llegó la situación a un punto crítico, a los expertos del


Banco Asiático de Desarrollo les costó reconocer que el sistema
tradicional de regadío puesto en práctica por los templos de agua
había sido funcional: que lo que había funcionado no eran las ora­
ciones de los sacerdotes, sino los siglos de experiencia de que daban
fe esos sistemas. Tal y como veían las cosas los expertos, los tem­
plos de agua— como instituciones religiosas— tenían que ser eco­
nómicamente irrelevantes; y esta fue una dura lección para ellos».
N o debemos malinterpretar esta historia. Si la cuento, no es
porque desprecie la tecnología o la economía— no soy un enemigo
de las máquinas— sino porque quiero llamar la atención sobre otro
tema. Los profesionales que se ocupan de disciplinas concretas, ya
sean técnicas o económicas, presuponen con demasiada facilidad
que se pueden abstraer cuestiones económicas o técnicas de la si­
tuación en la que se aplican, pudiendo así definirse en términos pu-

lOI
1(1(MU SO A l,A l(A/.(^N

ranienle disciplinares. Presuponen, por ejenii)lo, cpie los econo­


mistas y los ingenieros pueden saber de anieinano (jiui aspectos son
(o no) relevantes para sus decisiones a la hora de establecer políti­
cas. Si la ingeniería y la economía (arguyen ellos) son verdadera­
mente científicas, sus principios tienen que ser universales, y, on
ese caso, las perspectivas de analistas teóricos italianos o coreanos
pueden ser más lúcidas que las creencias de las personas no espe­
cializadas que viven en la propia isla de Bali.
La política del Gobierno indonesio de sustituir los sistemas
tradicionales de adjudicación de agua por cosechas múltiples no
coordinadas, basadas en el estudio de 1979 del Banco Asiático de
Desarrollo, tuvo dos consecuencias desafortunadas. La primera es
que amenazó la infraestructura material de la cultura balinesa: ca­
nales y prácticas de irrigación, desarrolladas a lo largo de la histo­
ria de la isla, que lograban minimizar la exposición de las cosechas
autóctonas a las plagas de insectos, las enfermedades, la sequía, las
inundaciones y otros enemigos naturales. Por añadidura, socavó el
respeto de la gente por las instituciones que surgieron alrededor de
esos canales y prácticas de irrigación: lo que podríamos llamar la
«infraestructura moral» de la sociedad local. Como consecuencia
de ello, desde el principio de la década de los noventa, la economía
de Bali se ha visto profundamente afectada por su transformación
en destino turístico internacional; pero ha sido posible remediar el
daño ocasionado a su agricultura conciliando los antiguos sistemas
de los templos de agua y las exigencias de regadío de las nuevas va­
riedades de arroz de la Revolución Verde.

La siguiente estampa nos muestra cómo el reconocimiento de la


necesidad de redefinir los métodos actuales de análisis económico
puede llevar al desarrollo de nuevos procedimientos que no tienen
consecuencias tan adversas. Esta vez trasladamos el escenario a
Bangladesh.'^

17. Aliora la historia de Muhammad Yunus y el Grameen Bank nos es ya fa­


miliar, pero resulta útil leer el relato del propio Yunus de las experiencias cjue lo

102
I \ I I t l N UM l A , O I A I (m i A Ol' l NUNt A Hl|

•• 1 .11 ligm II cliivc ili* t’siii liisioriii e.s un jovcni licenciiulo de Ban-
gladesli (|iie nirso iiii doctorado en la Vanderbilt Univer.sity, en
Niisliville, lennessee. .Allí le en.señaron— entre otras cosas— los
principios económicos de la banca y las finanzas, en una forma que
se suponía aplicable de la misma manera en todos los países. Cuan­
do volvi(') a su |):iís |>ara ocupar un cargo docente en la Universidad
de Cbiitagong, se enfrentó a ciertas dificultades. En clase, enseña­
ba las «leyes del mercado» tal y como se las habían enseñado a él
en l',stados Unidos, pero todos los días, cuando salía de clase, se en­
contraba con que era difícil hacer concordar las transacciones que
se realizaban allí, en el mercado local real, con los principios teóri­
cos del mercado que acababa de impartir en las aulas.
»Su nombre es Muhammad Yunus, y en los últimos años se ha
convertido en una figura internacional. Lo que más llama la aten­
ción de su logro es el simple hecho de que, enfrentado a la diver­
gencia entre las enseñanzas establecidas de economía y las vidas
(|ue tenían sus compatriotas en su país de origen, no cejó hasta en­
contrar la manera de entender la causa de esta divergencia, y de po­
ner ese conocimiento al servicio de la población de su país».
Sus investigaciones llevaron finalmente, a finales de los años
setenta, a la fundación del Grameen Bank, que ha sido el prototipo
de un nuevo sistema bancario. Desde el principio comprendió que
lo que impedía que sus compatriotas salieran de su situación de po­
breza era la imposibilidad de obtener préstamos a su nombre del
sistema bancario existente. La única manera que tenían de finan­
ciar cualquier tipo de actividad productiva era recurrir a los inter­
mediarios o prestamistas locales, que les cobraban tipos de interés
usurarios en la devolución de sus préstamos. Un rápido estudio en­

llevaron a desarrollar sus nuevos métodos financieros, prestando pequeñas canti­


dades de dinero con el que, hasta los más pobres entre los pobres podían financiar
actividades autosuficientes. Véase Muhammad Yunus y Alan Jolis, Bmikei- to the
Pom, Londres, Aurum Press, 1998. [Hay trad. cast.: Hacia un mundo sin pobreza,
Barcelona, Editorial Andrés Bello, 1998]; véase también Alex Counts, Give Us
Ctedit, Nueva York, Random House, 1996, que describe la ampliación de los mé­
todos del Grameen Bank a otros países, y David Bornstein, The Price ofa Dream,
Nueva York, Simón and Schuster, 1996, que añade una perspectiva canadiense.

103
1(1( . 1(1s u A 1A KA/ÓN

tre los vecinos rcvel(') 1)110 cinirentii y dos l;imili¡is |)cnn;inccíiiii


atrapadas en la pobreza por la necesidad de jiedir jircslada, entre
todas ellas, la cantidad de veintisiete dcilares. La causa de i|ue no
tuvieran derecho a solicitar préstamos bancarios normales era su
incapacidad de ofrecer nada a cambio, como garantía, en el sentido
habitual del término. Mientras que, según descubrió Yunus, sus
compatriotas ricos podían conseguir préstamos del Banco de I )e-
sarrollo Industrial de Bangladesh, subvencionado por el Gobierno,
gracias a sus garantías, aunque su tasa de devolución era apenas su­
perior al 10 por io o .‘*
Había que solucionar dos problemas relacionados: uno teórico,
el otro de procedimiento. En lo que a la teoría se refiere, había que
replantearse la idea de «garantía» de una manera que permitiera su
aplicación a personas que no poseían nada material, como una casa,
un coche, o incluso una máquina de coser. En lo que al procedi­
miento concierne, había que redefmir las prácticas bancarias de
manera que otorgaran un significado práctico al concepto revisado
de garantía. La innovación de Yunus (que tenía precedentes en
otros tiempos y en otras culturas) consistió en establecer pequeños
grupos entre los más pobres en las aldeas de Bangladesh, los cuales
se comprometían colectivamente a garantizar la devolución de un
pequeño préstamo inicial otorgado al miembro más pobre, con la
condición de que ello a la vez daba derecho a los otros miembros
del gnipo a la concesión de nuevos préstamos.
Este experimento social posibilitó llevar a la práctica la idea
de una garantía «social» más que «material», que podía justificar
que un banco concediera préstamos incluso a los clientes más po­
bres. En efecto, actualmente el Grameen Bank de Muhammad
Yunus opera en unas cincuenta mil aldeas de Bangladesh, y otor­
ga préstamos a grupos locales, principalmente compuestos de
mujeres pobres, que mantienen una tasa de devolución del 97 por
100 aproximadamente (en acusado contraste con esas organiza­
ciones oficiales que se lamentan de una tasa de devolución que
apenas llega al 10 por roo). Si el concepto de «transparencia» ha

18. Yunusyjolis, op. cit., pp. 12 1-12 2 .

104
I \ I I UNMIMf \. M I A I IMI A y I I N I ' N i A I l'l

.1(1 ,iul(i l;i aii iuiim en los íiltiiims eim o u ilie/anos es en gran par­
le gracias al exilo dd experimento del ( irameen Bank; hoy en día,
estos sistemas de «microcreditos» están íiineionando con éxito en
más de.cinciieiua países de todo el mundo, e incluso en Estados
Lhiiilos.'''

¿(Jué tienen en común estas dos estampas? Ambas recogen episo­


dios en los que los métodos de análisis económico aceptados se
ajilicaron a situaciones a las que no se adecuaban fácilmente, y que
hubo que modificar para rectificar el perjuicio que podían ocasio­
nar. h'.n el primer caso, la necesidad de esas modificaciones solo se
reconoció después de que se hubiese ocasionado el perjuicio, al ad­
mitir |)or fin que, después de todo, las instituciones «religiosas»
podían ser funcionales, en lugar de ser— en su calidad de institu­
ciones «culturales>:— económicamente neutrales. En el segundo
ca.so, lo inadecuado de las perspectivas e.\istentes se reconoció des­
de el principio, y se evitaron mayores daños redefiniendo el con­
cepto de garantía, que constituía mi obstáculo para lograr procedi­
mientos efectivos. En ambos casos resultó que la confianza en la
teoría económica pura era empíricamente inútil sin una considera­
ción total de las condiciones sociales, culturales e históricas de su
aplicación, y lo que al final resultó obvio fue la necesidad de consi­
derar explícitamente todas esas condiciones. L o que viene a decir
i]ue, en la vida real, el análisis económico solo podía producir un
resultado humano justo y provechoso cuando se tomaban en con­
sideración todas esas condiciones.
Muhammad Yunus entendió la cultura de su tierra natal lo su­
ficientemente bien como para ver que de nada servía equiparar las
transacciones económicas locales de los suburbios de Chittagong
con el «mercado» idealizado de la teoría económica. Pero la au­
sencia de garantía material, que de alguna manera se daba también

19. Alex Counts, op. d t ; el ejemplo má.s conocido de una operación del tipo
del Grameen Bank realizada en Estados Unidos es la desarrollada en el South
Shore National Bank de Chicago.

105
III IJKI Sil A I A IIA/.riN

en liis cconoiníus ilcsarmlladiis, no |i<ulía ser lina rá/,on para si'miir


penalizando a los pobres: al conlrario, era nn llamamiento a exten­
der la aplicación del término «garantía» para adecuarlo mejor a las
condiciones sociales. Con demasiada frecuencia, las teorías ecom')-
niicas universales han llevado a los economistas a pasar por alto
factores «no económicos», como los templos de agua de Bali. Así
pues, en ambas situaciones era necesario replantearse tanto el len­
guaje de la teoría económica como las prácticas de la actividad eco­
nómica, si se quería que concordaran con las situaciones que de
verdad se daban sobre el terreno.
Estos descubrimientos no son en sí mismos un motivo para di­
rigir un ataque contra la economía, o contra los individuos involu­
crados en las instituciones existentes. Es cierto que hay momentos
en los que la relación de experiencias de Muhammad Yunus con el
experimento del Grameen Bank cerca está de hacerlo:

Yo estaba descubriendo el principio básico mundial de la banca, a saber,


que «cuanto más se tiene, más se puede tener». Y, a la inversa, «si no se
tiene, no se puede tener». ¿Por qué han guardado silencio los economis­
tas cuando los bancos insistían en la ridicula y terriblemente dañina gene­
ralización de que los pobres son insolventes, y por lo tanto, no se les pue­
de conceder préstamos? [...]. Una universidad no debería ser una isla
donde los académicos logran niveles de conocimiento cada vez más altos
sin compartir ni un ápice de ese conocimiento con sus vecinos.

La actitud de Yunus ha sido, sin embargo, básicamente constructi­


va, y nunca ha roto con las instituciones académicas, ni con la dis­
ciplina de la economía, entendida en un sentido liberal:

A mi entender, para que pueda ser considerada una ciencia social, una dis­
ciplina académica debe crear un marco analítico que permita y anime a los
seres humanos a explorar su ilimitado potencial, y no partir del presu­
puesto que su capacidad es dada y limitada, y que sus papeles en la vida es­
tán ya establecidos desde siempre [...].
Si la economía [como tal] fuese una ciencia social, los economistas
habrían descubierto que el crédito es un amia socio-económica muy po­
derosa [...]. Si podemos redefinir la economía como una auténtica ciencia

i
toó
I \ I i : n N ( I M I A , n I \ I IMt \ IJ I ' I N U N C A I Ul

M)( lili, r s iiim im s ilci i(luliim ciiic i-n d c.im ino de cTciir un im iiu lo sin p o -
liie/.ii.'"

Sin iihaiulonar las legítimas aspiraciones de la economía de ser una


auténtica ciencia social, estos dos episodios respaldan la califica­
ción de «tliletantismo» realizada por parte de Schumpeter en re­
lación con las incursiones de teóricos de la economía en el ámbito
práctico. La cuestión no es si podemos permitirnos hacer caso
omiso de la economía en la elaboración de una política, tanto en el
ámbito nacional como en el local o corporativo, sino simplemente:
«¿(kuiio puede aplicarse mejor la economía en cuestiones prácticas
gubernamentales o en políticas de empresa?».
A este respecto, tanto la liistoria de la economía como la expe­
riencia práctica de políticos y empresarios apuntan en la misma di­
rección. La creencia general de expertos economistas según la cual
los «datos» que se han de considerar en tales deci.siones pueden ser
|Hiramente «factuales», y por lo tanto libres de presupuestos éticos
y políticos, no les deja ver la gama total de factores que deberían
tomar en consideración. Las cuestiones cruciales no dependen de
asegurar la corrección y la coherencia formal de nuestros cálculos;
sino más bien de recoger toda la relevante información social, his­
tórica, cultural e incluso personal sobre los agentes involucrados,
así como sus necesidades reales. A este respecto, la confianza tradi­
cional en los modelos de teoría euclidianos y newtonianos sigue
centrando su interés en «hacer correctamente los cálculos» y ocul­
ta la tarea igualmente importante de asegurarse de que se están ha­
ciendo «los cálculos correctos»: en otras palabras, hacer los cálcu­
los directamente relevantes para la situación práctica en cuestión.
Una última estampa breve completará esta historia. Tiene que
ver con un antropólogo cultural norteamericano que fue a trabajar
a Japón. ¿Por qué fue allí, y qué hizo una vez allí? Fue porque la
compañía de automóviles Nissan lo contrató para dirigir su unidad
de planificación estratégica, y para asesorarles sobre formas de
irrumpir en el mercado estadounidense de coches. Esa es toda la

20. Yunus y Jolis, op. dt., pp. 68, 8i y 235.

107
1(1M i l s n A I A IIA / O N

liislorin. Dcjiiiulo de Indo la teoría, alguien en Nissan eoinprendio


que todos los problemas económicos son también, en la |)ráclica,
problemas sociales y culturales, y una iilaniiicación a largo pla/,o
que no tome esto en consideración puede resultar improdtictiva y
con escasa visión de futuro. Sobre la base de este razonamiento,
vieron que sería útil que un verdadero antropólogo cultural les es­
tableciera el perfil de los posibles compradores norteamericanos.

Este mensaje no afecta, por supuesto, a la economía únicamente:


tradiciones similares en las otras ciencias humanas han llevado a si­
milares malentendidos y errores de juicio práctico. Cuando la in­
vestigación que aquí nos ocupa tome una dirección más construc­
tiva, reconsideraremos la distinción entre disciplinas cuyo interés
recae en mejores explicaciones, y aquellas preocupadas principal­
mente por decisiones y acciones prácticas, y volveremos a estos
ejemplos económicos para ilustrar también las diferencias entre
acercamientos «teóricos» y «clínicos» a nuestros problemas. Pero,
por el momento, nos contentaremos con examinar hasta qué pun­
to ha arraigado la tradición racionalista en el pensamiento y la pra­
xis occidentales desde el siglo xvii, y de qué manera ha forjado el
desarrollo de nuestras ideas sobre muchas otras cuestiones aparte
de la física y la economía.

io8
LOS S U E Ñ O S i:>KL RACIONALISMO

El auge (le las ciencias exactas trajo consigo tres sueños racionales que ex­
presaban las esperanzas de «racionalidad» de los nuevos científicos; un
nuilodo universal, una lengua perfecta y un sistema unitario de la natura­
leza. I.eibniz, por ejem plo, creía que una lengua perfecta no necesitaría
im eipretación; pero, com o tantas otras veces, esta creencia se enfrentó a
insiq)crables obstáculos.

Cuando los historiadores echen la vista atrás al siglo xx, se referi­


rán a este como al Siglo de la Representación: una época en la que,
en todos los campos del arte, el pensamiento, la literatura y la cien­
cia, la gente consideró, o reconsideró, el puesto del lenguaje en la
vida humana, y las bases sobre las que se asienta nuestra confianza
en él. Antes, hacia 1790, unos pocos teóricos como Hamann, ha­
bían hecho tímidos intentos de producir un análisis general de la co­
municación y la representación. Pero el tema no suscitó una aten­
ción más general hasta finales del siglo xix, cuando se convirtió en
el foco de discusión en Viena en una docena de ámbitos. En las úl-
limas décadas de la monarquía Habsburgo, los artistas y los cientí­
ficos actuaban como ciclistas: pedaleaban con seguridad mientras
no se les preguntara cómo lo hacían; pero, una vez que se les pre­
guntaba cómo evitaban desbaratar la máquina, perdían el equili­
brio. Métodos de representación y comunicación que hasta en­
tonces se habían dado por válidos, ahora se cuestionaban: eran
necesarias técnicas más autorreflexivas, para evitar presupuestos
t]ue al parecer se habían dado por sentados antes en la lengua y la
literatura, las artes y las ciencias.'

I. Viena como cuna del «modernismo» es el tema del libro de Alian Janik y

109
I<'l iiniílisis (le 1;) represeiiliicion y el leiif^iiaje t|iie de ello resid
K) iUnivesí) (listintiis Cases, y dio pie a una eues(i<')ii cpie ha dividido
profundaniente a fil(')sofos y |)sicolingüisias. I’ ara lonmdarla en
una pregunta: «¿Están las lenguas naturales en general adaptadas a
las tareas humanas, o son esencialmente medios delectuosos para
representar la experiencia o para comunicar pensamientos exac­
tos?». Esta cuestión motivó un conflicto entre dos partes: los ipie
opinaban que las lenguas naturales estaban llenas de deficiencias y
no eran adecuadas como vehículo del conocimiento, y aquellos,
como Wittgenstein, que defendían que «todas las proposiciones de
nuestro lenguaje ordinario están de hecho, tal como están, perfec­
tamente ordenadas desde un punto de vista lógico».'
Este conflicto era en parte generacional. La idea de que los me­
dios cotidianos de expresión, comunicación y representación son
radicalmente deficientes era una idea fÍ 7t de siécle; en 1 950, cuando
Russell la retomó en sus últimos libros de filosofía, quedaba ya algo
desfasada. De fonna similar, después de los derrumbamientos cultu­
rales de la década de 1960, todos los medios radicales de expresión
artística, musical y científica que en las décadas de 1920 y 1930 se
había considerado que defim'an el camino hacia el futuro— la pintu­
ra no figurativa, la música dodecafónica o el cálculo del tensor— ha­
bían perdido sus credenciales. En ese proceso, una docena de pro­
ductos culturales desacreditados en los años veinte, como la música
de Antón Bruckner y Gustav Mahler, volvieron a ponerse de moda.
El ataque de fin de siglo de Gottlob Frege y Bertrand Russell
a la lengua natural es hoy una curiosidad histórica. Ya no está

2. Traaatiis, prop. 5.5563. Contrástese con las props. 3.323 y 4.002, que dan
a entender—según defiende Richard Schniitt—que «el lenguaje corriente puede
ser confuso, o por lo menos no tan perspicuo como la representación científica o
las proposiciones lógicamente analizadas» (comunicación personal).

Stephen Toulmin, L íi Viaia de Wittgenstein, Madrid, Taurus, 1998. Véase también


Cari Schorske, Fin de siglo, Barcelona, Gustavo Gili, 19 8 1, especialmente los capí­
tulos dedicados a la arquitectura y las artes. En las dos o tres últimas décadas se ha
venido desarrollando una literatura sobre la «alegre Viena» en todos los niveles de
erudición.

lio
I O N SI ' I N o n i II i II.\l l O N M I S M O

iiiiiy l luro qiir vfiiiii do msilo n i liis Iniguiis niiuiriilcs. Desde lue­
go, no est;il);in pidiendo l•elól•ln;1S pnícticiis en sectores específi­
cos del lengiuije, como (por ejemplo) el derecho, l;i medicina o la
ciencia: estas cosas se mejoran de Forma rutinaria en el trabajo
prolesional cotidiano; e incluso el lenguaje corriente adopta nue­
vas características, conforme va calando el impulso de compre-
sii'm verbal y simplificación sintáctica. Estos cambios prácticos no
eran lo suficientemente radicales ni generales como para exigir
un profundo análisis epistemológico o metafísico: al estar confi­
nados al uso profesional, y a la aplicación local, se los juzgó de
lórma pragmática.
1 .a cuestión no es lo que los filósofos de principios del .siglo xx
dijeran, sino lo que querían decir— recordando que (como solía de­
cir Wittgenstein) «¡L o que los filósofos “ quieren decir” siempre es
correcto!»— . Frege y Russell veían la lengua natural como un ves­
tido que ocultaba a los observadores las verdaderas «formas lógi­
cas» de los enunciados, y esta visión se mantuvo vigente en las
obras posteriores de Russell. Su primer mentor, F. H. Bradley, re­
chazaba que los conceptos cotidianos capturaran la Realidad con
mayúscula: todo lo que pueden presentar es la apariencia. Aunque
defendía haber roto con Bradley en 1903, el Russell de 1950 tam­
bién opinaba que el lenguaje corriente era un instnunento tosco,
incapaz de expresar la Verdad con mayúscula.^

3. Compárense los últimos libros de Russell, Significado y verdad, Barcelona,


Ariel, 1983, y E l conocimiento humano, Barcelona, Península, 1985, con la obra de
K II. Bradley, Appearance and Reality, Londres, Alien and Unwin, 1893, y quedará
claro cuán perdurable fue la influencia de Bradley sobre el pensamiento filosófico
de Russell. Russell era un idealista por persuasión de Bradley en la década de 1890,
antes de que sus encuentros con Frege, Peano y VVTiitehead lo encaminaran hacia
la filosofía analítica; con todo, siguió pensando que la verdad absoluta era inal­
canzable por motivos semejantes a los que Bradley daba en el caso de la realidad
absoluta, y esta postura metafísica afectó profundamente a sus posteriores teorías
sobre el lenguaje.
Nótese, a este y a cualquier respecto, la distinción que Richard Rorty tan re­
levantemente señala al contraponer entidades .singulares y con mayúscula, como
Realidad, Teoría y Verdad, eon «teorías» (esto es, maneras antagonistas de enfo­
car un tema) y «verdades» (esto es, lo que no son mentiras ni errores) plurales,

III
I(I (;|(I s o A I A It A /O N

ranto Riissdl como Hradlcy pensaron en el lenguaje como un


espejo que reproducía y reilejaba la estructura de la Realidad y la
Verdad. A ninguno de los dos les gustó descidtrir que el lenguaje
corriente está sujeto a una dimensión temporal, y carece de la
atemporalidad de los «objetos eternos». Pero ¿por qué tendría el
lenguaje que operar de manera eterna? ¿No era esta una exigencia
excesiva? Sobre esto se puede contar una historia mucho más anti­
gua, de la que Russell y Frege ya no son los protagonistas. En el
Cratilo, Platón pregunta si no podemos liberar los «significados»
del lenguaje humano de toda convención y hacerlos claramente
«correctos» o «reales». Sin duda, los significados existen en el
mundo, a la espera de que los reconozcamos, y de que encontre­
mos la manera de expresarlos.^ (El fuego crepita, el viento ulula; sin
embargo, la onomatopeya no es más que una rudimentaria técnica
expresiva.) El sueño de los significados eternos, cuyas sombras se
proyectan sobre la pared de la caverna de Platón, persiguió así a la
filosofía del lenguaje desde sus inicios.
Una advertencia: los sueños filosóficos son como pompas de ja­
bón. Si nos los creemos, pueden decepcionarnos; pero si no los ma­
nejamos con cuidado, se desvanecen. De una forma o de otra, sus
significados latentes son más reveladores que su sentido más su­
perficial, y un solo sueño puede resumir varios significados laten­
I
tes. Por lo tanto, al tratar estos poderosos sueños, deberíamos dar
un paso atrás y preguntarnos: «¿Por qué afectó este sueño a las per­
sonas en el momento y en el lugar en qtie lo hizo? ¿Qué esperaban
o temían en aquel tiempo? ¿Qué había en juego en 1900 que en­
contró expresión en ese sueño?».

t,
4. El Cratilo de Platón suele enfocar con humor la idea de que los nombres de
las cosas deben ser «correctos»; y la onomatopeya se utiliza como un ejemplo
de las maneras en que las palabras pueden asemejarse a las cosas o situaciones a las
que designan.

«verdaderas» (es decir, que no son falsas) y con minúscula. Véase el ensayo inicial
de su obra Consecuencias delpra^natismo, Madrid, léenos, 1996.

112
I (IH SIM Kin*. I II I II Al K I N A I I S M I l

I I Mirnii lie iiii;i Irngini cx.icl.i liic t;iinl)iéii poilcroso en la Europa


(Ifl siglo X V I I . I ,o foiii|)arlían ciciiiílicos y íllósolós de imidios paí­
ses, entre ellos los liindadores ile la Royal Society de Londres.
Desde iManeis Bacon hasta John Wiikins o George Delgarno, des­
de 1605 hasta 1641 y 1657, .se desarrollaron ideas que más tarde se
generalizaron tlespués de la restauración de la monarquía Estuardo
en 1661; por ejemplo, el ensayo de John Wiikins Essay Tcnvards a
Rat! (Jjím/ctcr, and a Philosophical Langiiage, publicado en 1667 por
la Royal Society. Con todo, la figura más importante de este movi­
miento fue el erudito, famoso en toda Europa, Johann Amos Co-
nienius, que se reconocía deudor del místico Jakob Boehme, pero
|)crmitió que ya en 1641 circulara un borrador de su sistema de
«caracteres reales» en su tratado The Way ofLightd
N o sin razón, sin embargo, asociamos las characteristica univer-
satis con el barón Gottfried Wilhelm Leibniz, que vivió de 1646
a 17 15 . Leibniz nos da las mejores pistas de los tipos de cosas rele­
vantes para los que compartían este sueño. De niño (dice), ya había
concebido un «sistema universal de caracteres» que sirviera para
«c.xpresar todos nuestros pensamientos».'^ Un sistema tal, declaró,

constituirá un nuevo lenguaje que podrá escribirse y hablarse. Este len­


guaje será muy difi'cil de consti-uir, pero muy fácil de aprender. Todos lo
aceptarán rápidamente por su gran utilidad y su sorprendente facilidad, y
será una maravillosa herramienta de comunicación entre distintos pueblos.

¿Está Leibniz anticipando aquí lo que luego sería el esperanto, el


volapuk, u otras lenguas artificiales? En parte, puede que sí, pero

5. Benjamin de Mott, «Comenius and thc Real Character in England», en


Proceedings o f the M oilm i Límgii/ige Assodation 70, 1955, pp. 1.068-1.081.
6. El interés de Leibniz por un lenguaje perfectamente exacto se manifestó ya
cuando tenía unos treinta años. Véase G. W. Leibniz, P réfa ce a la Science gen éra le,
1677; Louis Couturat, Opnsailes etfragments inédits de Leibniz, París, Alean, 1 903,
y Z ar allgemeinen Characteristik, en G. W. Leibniz, Philosophische IVerke, eds. Bu-
diciiau y Cassirer, 1924, vol. 1, pp. 30-38. Puede encontrarse un comentario con­
temporáneo a las cuestiones suscitadas por la lingüística de Leibniz en las obras de
la estudiosa polaco-australiana Amia Wierzbicka, que comparte muchos de los in­
tereses de Leibniz, aunque no su postura racionalista.

"3
t(l (JItl s o A I A MA/.ÓN

no solo eso. Su nuevo lenguaje emplea un simlxilismo i|ue supues


tamente nos permitirá e.xpresar pen.samieiuos (dice) «de manera
tan definida y exacta como la aritmética ex|)resa números, o el aná­
lisis geométrico expresa líneas». Un lenguaje tal, concluye Leifini/.,
no solo tendrá significados perspicuos, de manera que personas de
distintas culturas puedan hablar y entenderse muuiamente; tam­
bién expresará y codificará todos los modos válidos de argumenta­
ción, de manera que distintos pueblos puedan razonar unos con
otros sin temor a caer en la confusión o el error— y esto hará de su
lenguaje «el mejor instrumento de la razón».
Durante toda su larga vida, Leibniz persistió en su proyecto de
una lengua universal con significado y racionalidad inherentes des­
de el principio. Este proyecto lo llevó por una docena de caminos
distintos: los ideogramas chinos, el cálculo infinitesimal y las técni­
cas adivinatorias del 1 Ching. ¿Por qué se dedicó a este proyecto
con tanta diligencia? ¿Y por qué el proyecto de desarrollar una len­
gua perfectamente exacta era también una cuestión crucial para
otros científicos del siglo xvii? Ambas preguntas merecen respues­
tas históricas serias.
A Leibniz nunca le interesaron las inateináLicas o la metafísica

I
pa- se: él siempre las consideró el medio para conseguir un fin.
Como ecumenista que era, tuvo durante toda su vida una misión
teológica. En su tiempo, la gente no veía las matemáticas y la teo­
logía tan separadas la una de la otra como se ven ahora; en efecto,
después de 1600, todos los países de Europa se enfrentaban a la ta­
rea de idear maneras en que una única nación pudiera albergar ciu­
dadanos con distintas creencias religiosas. Como señala Richard
Asheraft, las condiciones intelectuales y políticas para la tolerancia 1
religiosa son tema central de todas las obras de John Locke; pero l
para Leibniz la cuestión era aún más urgente.
Nació en 1646, cuando la Guerra de los Treinta Años llegaba a su
agónico fin con la Paz de Westfalia. Desde 1618 , Europa centtal ha­
bía sido escenario de una brutalidad teológica racionalizada que no ha
tenido parangón ni en Líbano, ni en Yugoslavia, ni en Irán. Por toda
Alemania se destniyeron ciudades prósperas, y entre un 30 y un 40
por too de la población fue asesinada para mayor gloria de un Dios

114
n i'r r » « r n I

l iilvmiMa, hii(T.mo o ( Minino. I ,nhm/ soinihii con crear las coiulicio-


nes iiiiclcímales y |)r;iciicas para un nuevo diálogo entre teólogos de
disi inios bandos, y relle.xioiK) nuicho sobre los criterios relevantes
para ese debate. l''sto no debería extrañarnos: con Alemania arruina­
da en las décadas de 1650 y 1660 como telón de fondo, su sueño de
una churacteristica im 'rversalb que habría de «contribuir maravillosa­
mente a la comunicación entre los pueblos» tenía una especial actua­
lidad. Durante treinta años mantuvo una relación epistolar con cole­
gas de ambos lados de la brecha teológica, carteándose incluso con el
historiador francés Bossuet, con quien ansiaba contar como aliado en
la tarea de la reconciliación. Pero resultó que al obispo Bossuet solo
le interesaba descubrir en qué términos podría convertirse al catoli­
cismo romano el hereje Gottfiied Wilhelm T.eibniz. De modo que su
intercambio epistolar quedó truncado, y con él, la última esperanza
de Leibniz de lograr tura efectiva Conferencia Ecuménica.^
Si Leibniz hubiese logrado persuadir a los teólogos de que se
reunieran, ¿de qué habrían hablado? La tarea era encontrar ele­
mentos comunes a todas sus doctrinas rivales, y definir un sistema
mínimo de creencias indispensables que todos los cristianos reco­
nocieran como basadas en el principio de la razón suficiente. En
este proyecto, una «lengua universal» sería no solo el «instrumen­
to de la razón», sino también una manera de sanar el cuerpo heri­
do de Europa. Durante el resto del siglo xvii, una charaaeristica
imiversalis podría tal vez conciliar las ideas que el odhtm theologiaim
había divorciado antes.
Era un sueño noble, pero mi sueño al fin y al cabo. Descansaba
sobre dos presupuestos sin fundamento e irrealizables: i) que los ca­
racteres de una lengua perfecta podían expresar todos nuestros pen­
samientos sin necesidad de acuerdos convencionales sobre sus sig­
nificados, y 2) que sustituyendo por esa lengua las lenguas naturales
de sus propias naciones, los europeos podrían librarse de los fraca­
sos de comunicación que, entre otras cosas, habían alimentado los
debates teológicos utilizados para legitimar las guerras de religión.

7. Véase mi obra Cosmópolis, pp. 10 1-10 3.

” 5
I*>n un principio, pues, el proyecto de Leiltni/. de liis duiniitcristiai
universalis dio origen a nuevas preguntas sohre el papel de la rcpi e-
sentación en el lenguaje. ¿Son los ideogramas mejores (|ue el alfa­
beto para «representar» significados lingüísticos? (Las diferencias
entre las lenguas alfabéticas indoeuropeas y las ideográficas asiáti­
cas siguen planteándonos problemas aún hoy.) ¿Cómo «represen­
ta» esos significados nuestro equipamiento mental o fisiológico?
Estas preguntas requieren que analicemos primero la idea misma
de representación.
Una advertencia preliminar: esta cuestión puede debatirse con
mayor sutileza en alemán que en inglés. En distintos contextos,
las palabras «representar» y «representación» necesitan traducirse
por palabras alemanas diferentes, que el idioma inglés no distin­
gue. A veces, tenemos que usar el verbo alemán darstellen y el sus­
tantivo Darstellung-, otras veces, el verbo vorstellen y el sustantivo
Vorstdlung\ y en otras más, vem-etai y Vertretung-, y también, re­
cientemente, mis visitas al diccionario de alemán dieron con una
palabra que antes no conocía: verkoerpem. Estas distintas palabras
tienen distintos matices en alemán y sugieren diferentes ideas so­
bre lo que significa que una cosa «represente» a otra: sustituir a
algo, asemejarse a algo, o ser el signo de algo. Por añadidura, el tér­
mino «representar» se emplea en un amplio espectro de campos,
que abarcan tanto a las humanidades como a las ciencias— natura­
les y sociales— además de volver a aparecer en el ámbito de la po­
lítica práctica. Gran parte de la teoría política de hoy en día se
centra en las condiciones que debe reunir cualquier sistema de
gobierno para ser «representativo»: en E l Concepto de la represen­
tación, por ejemplo, Hanna Pitkin se pregunta hasta qué punto
la composición de una asamblea legislativa debe «asemejarse» a la
composición del electorado al que «representa»; y esta cuestión es
provocativamente análoga a otras cuestiones que plantea Nelson
Goodman en su filosofía del arte.^

8. Hanna Fenichel Pitkin, E l coTicepto de la representación, ¿Madrid, CenU'o de


Esnidios Constitucionales, 1985, y Nelson Goodman, Los lenguajes del aite, Bar­
celona, Seix Barral, 1974. Véanse también los ensayas de Marx Wartofsky.

116
M i l H l'FN n il I i n H Aril lN ,M ISMO

iMicmnis i.iiiio, I.) •■ rc|)ii'snii;ui<iii" iinu' iin papel en la cicn-


ria iiaiiiral: ••n pariiriilar, en las teorías de la jiereepción y en la fi­
losofía de la eieiu'ia. En nenrofisiología, ¡lor ejemplo, el modelo
para jiensar eieiuílieamenie sohre la percepción Fue, durante mu-
clio tiempo, la aivim i ohsaini. El documento histórico de esta dis­
ensión es Pbysiologiail Optics, de Hermann von Helmholtz, pero
nuichos de sus planteamientos hacían surgir otras cuestiones que
estaban implícitas en las obras de Immanuel Kant, e incluso de
John Locke. Si la imagen de una escena externa formada en la re­
tina del ojo se percibe en un ámbito «mental» en las profundida­
des del cerebro, ¿debe esa imagen invertirse en el proceso? O lo
(|iie es lo mismo, en términos más cercanos a los actuales: ¿Los pa­
trones de excitación en el córtex copian las formas de las imáge­
nes en nuestras retinas? ¿Existe un isomorfismo entre esas imá­
genes, los patrones de excitación, y los otros elementos de la
percepción, como solía especular Piaget? Para dejar a la física teó­
rica la percepción cotidiana: ¿Son las formas teóricas que utiliza­
mos para explicar fenómenos físicos reflejo de las formas de los
fenómenos físicos, o es la naturaleza una caja negra cuyo interior
no podemos debatir? (Ludwig Boltzmann, Heinrich Hertz y
f'rnst Mach ofrecen soluciones a este problema muy diferentes
entre sí.)’
Llegados a este punto, nos aproximamos al debate filosófico
sobre el lenguaje, la percepción y las raíces del significado. Los pri­
meros intentos por desarrollar una teoría neurológica del signifi­
cado se vieron influidos por ideas sobre las relaciones entre nues­
tros perceptos y el lenguaje que empleamos para referirlos. Los
epigramas que nos vienen a la cabeza— sobre «perceptos sin con­
ceptos» o «conceptos sin perceptos»— son kantianos; pero las
ideas que a ellos subyacen ya estaban presentes en Epicuro y en
Lucrecio en la Antigüedad, y, en el siglo xviii, Hartley avanzó la
teoría de que los vibratmnailos transportan las imágenes de objetos

9. Véase especialmente Hennann von Helmholtz, Hmidlmch der physiologis-


L'hen Optik, 3 vols., Heidelberg, 1856, 1860, y 1867 [Treatrise on Physiologicol Optics,
Rochester, Nueva York, Optical Society of America, 1924-1925.]

II7
III M i l s n A I A IIA/ ON

ii nuestra meiUe, inieniras i]ue los coifihrii/os son las unidades lun
damentales de sustancia material.
Ya hemos señalado la sugerencia de Platón de que la onomato-
peya es un prototipo de las formas en que el lenguaje adquiere sig­
nificado; pero para lo que ahora nos atañe es conveniente empezar
con la postura de Locke. Esta tiene que ver con la relación entre
impresiones e ideas: las «impresiones» que aparecen en la mente— a
través de los sensorium covtmune—cuando tenemos entradas sen­
soriales sobre las que todavía no tenemos nada que decir, y las
«ideas» generadas por la exposición repetida a impresiones simila­
res. Pero el enigma se mantiene: ¿Cómo puede el repetido impacto
de «impresiones», que como tales no tienen significado, generar
«ideas» con significado? ¿Y cómo llegan las palabras concretas a
vincularse con esas «ideas» subsiguientes?
Si el análisis de Locke hubiese sido válido, podría haber satis­
fecho la necesidad de Leibniz de un lenguaje inteligible para per­
sonas de todas las culturas: las impresiones repetidas generaban
ideas simplemente por su semejanza, y se suponía que este poder
debía funcionar de la misma manera en personas de cualquier país
o comunidad. Sin embargo, había razones para dudar de que dis­
tintas personas tuvieran impresiones similares, aun en situaciones
bastante parecidas: ello requería una «armonía preestablecida»
para la cual Leibniz no podía encontrar una razón independiente,
y no aceptó la teoría de Locke como solución a su problema. Tam­
poco podía aceptar la explicación de Descartes de las ideas univer­
sales e innatas: estas tenían que ser independientes de nuestras
impresiones sensoriales, y Descartes tenía que demostrar cómo
adquirían la certeza con la que se presentaban a las personas de to­
das las culturas. En un mundo profano, esa apariencia de certeza
podía haber sido ilusoria; de modo que un Creador perfectamen­
te benévolo tenía que proporcionar una garantía divina de la acep­
tabilidad de esas ideas, y Leibniz no le veía a esto ninguna base ra­
cional.
Así pues, ni las ideas por sí solas, ni las ideas producidas por
impresiones proporcionaron consenso sobre los orígenes del len­
guaje significativo. Pero ello abrió la puerta al tercer elemento

i i 8
I IIH M I r^US III I NAi IIINAI IS M II

Imsii ii (le miesinis nciividadcs liiigiiísliiiis, el elemento más dara-


meiiie lingiiísiieo: a saber, las «proposiciones». Para los creyen­
tes de los siglos X V II y xviii, era teológicamente inaceptable con­
siderar el lenguaje como un producto humano: de una forma o
de otra, Dios, al crear la naturaleza humana, nos había provisto de
capacidades lingüísticas innatas. Una visión antropocéntrica tal
solo aparece con verdadera rotundidad en la obra de Ludwig
Wittgenstein. En su Traaatus, el origen del significado se en­
cuentra en las relaciones casi pictóricas que creamos entre la
Siitz, o ‘ proposición’, y la Tatsache, o ‘hecho’ que esta representa.
Para «representar», Wittgenstein recurre al término darstellen,
(|ue se emplea también para la relación entre un mapa y el terri­
torio que traza, o entre una exposición artística y la obra de un
|)intor.'°
Hay una frase muy citada del Tractatus de Wittgenstein que
dice así: Wir ?nachen um Bilder der Tatsachen. Generalmente, se
suele traducir por ‘N os hacemos figuras de los hechos’, pero esta
traducción no captura el aspecto constructivo de la acción huma­
na. Por mi parte, yo prefiero proponer, en cambio: ‘Creamos para
nosotros representaciones de estados de cosas’. Esto nos lleva al
lenguaje de Wittgenstein en las Investigacionesfilosóficas, que ofre­
ce un análisis explícito de cómo llegan al mundo nuevas palabras,
en el contexto de distintas actividades y formas de vida. Sin em­
bargo, cabe preguntarse hasta qué punto podemos presuponer
que personas de distintas culturas, con distintas formas de vida,
lleguen a compartir los mismos conjuntos de actividades que les
obliguen a adoptar también los mismos patrones de pensamiento
y de lenguaje. A lo largo de mi vida a veces he conocido colegas
que insistían sobre el hecho de que, como relativista cultural,
Wittgenstein no podía explicar cómo era posible que personas de
distintas culturas pudieran compartir los mismos conceptos, mien­
tras que otros, por el contrario, insistían en que era un «innatista»
para quien— como para Descartes— esas ideas y patrones de acti-

lo. Tractatus, props. 4 y siguientes, especialmente 4.014 y 4 .0 14 1; también la


2.141 y la 4.06.

I19
1(1 (;i(l s o A I.A l (A/(^N

vi(l;ul en>n iniiiilos. I,eil)iiiz no liul)ifni ;ico|)tiulo ninumin de cslns


dos perspectivas."

Así pues, desgraciadamente, no hay forma de hacer lo tpie Leihni/,


esperaba: a saber, equiparar los «pensamientos» privados de perso­
nas de distintas culturas, comunidades lingüísticas o naciones de
manera evidente para la razón reflexiva, sin ningún presupuesto ar­
bitrario. Tampoco había forma, sin cierta «armom'a providencial»,
de garantizar de antemano que distintas personas generarían es­
pontáneamente los mismos «pensamientos» en las mismas situa­
ciones. De modo que crear una lengua universal no era solo difí­
cil— como había reconocido Leibniz— , sino casi imposible. Esta
requería que las personas de todas las culturas vivieran sus vidas de
formas lo suficientemente similares como para generar como pro­
ductos finales lenguas idénticas. En otras palabras, presuponía de
entrada lo que se esperaba que la empresa entera garantizara como
resultado final. Al carecer de un consenso inicial sobre los signifi­
cados, la inteligibilidad posterior no podía garantizarse nunca.
Para resumir este análisis histórico: un método común de rigor
geométrico y una lengua universal en la que razonar constituían la
estrategia de Leibniz para trascender la babel de doctrinas que ha­
bía originado el conflicto religioso del siglo xvii. Pero era solo una
estrategia entre otras. Humanistas del siglo xvi como Michel de
Montaigne y Francis Bacon habían ofrecido una alternativa real.
Como escéptico clásico, Montaigne exhortaba a sus lectores a que
vivieran con ambigüedad e incertidumbre (por no hablar de las
creencias plurales que conocemos gracias a la antropología cultu­
ral). El empirista Bacon no animaba a la gente a tratar de «demos­
trar» sus creencias con certeza, pues la certeza era un mero ídolo:
debían más bien explorar los puntos fuertes y débiles de creencias
particulares, empleando métodos experimentales y no matemáti­
cos. Tales métodos antidogmáticos de investigación tenían cierto

II. Albert Shaloni, R. G. CoUingwood; philosophe el historien, París, Presscs


üniversitaires (je France, 1967.

120
I US M I NO S III I IIAl IIIN AI I S M II

iiiiiUlivii pura Ins licm lcm s ild lumiaiiisinu irnacnuista; pc'ro a


parlir ik* i6 io d conlliito religioso se acrecentó, y la urlianitlail ile
(Monlaigne no era ya aceptable. Por aquel entonces— para recordar
linos versos de Cíeorge Mereditb^—^los intelectuales de la Europa
occidental tenían «ansias de certeza»; y, durante los siguientes
treinta años, sus preguntas más apremiantes solo recibieron «res­
puestas evasivas».
Pese a todas las objeciones, el atractivo del racionalismo, que
tanto convencía a los lectores del siglo xvii, no era solo la elegan­
cia formal de los argumentos matemáticos. Eran tiempos de mucha
confusión. El surgimiento de naciones-estado llevó al «estahleci-
miento» de religiones nacionales, que acrecentaban la tarea de la
tolerancia religiosa. Ante el énfasis de Enrique fV en la tolerancia
mutua, los católicos conservadores franceses habían exigido, ya an­
tes de 1600, un roi, une loi, ime foh las persecuciones contra los hu­
gonotes eran un resultado natural, pues ¿cómo podían los leales
ciudadanos franceses rechazar la religión de la nación de Francia?
A la inversa, en Inglaterra, ¿cómo podían los leales anglicanos to­
lerar a los «papistas» que planeaban entregar la nación a un G o ­
bierno extranjero? Así, la corrosiva retórica del siglo xvii de papis­
tas y herejes prefiguraba la retórica de los serbios ortodoxos y los
musulmanes balcánicos, que se empleó en la década de 1990 para
defender un derramamiento de sangre de similar base teológica."
¿Estoy diciendo acaso que, como la fdosofía del siglo xvn, el

12. Richard A.shcraft nos da una descripción del telón de fondo intelectual del
debate sobre una lengua perfecta en su libro Revolutionary Politics and John Locke's,
Two Treatrises o f Government, Princeton, Princeton University Press, 1986: véase
también R. Mousnier, Los siglos X V Iy X V ll, Barcelona, Destino, 1980. También es
útil como visión general de conjunto la recopilación de ensayos The General Cri­
sis o f the Seventeenth Cetitury, Geoffrey Parker y Leslie M. Smith, eds., Londres y
Nueva York, Routledge, 1978. La reacción inmediata al famoso terremoto de Lis­
boa es el tema del ensayo de Peter Gould «Lisbon 1755: Enlightment, Catas-
trophe, and Communication», en Geography and Enlightment, eds. D. N. Livings-
tone y C. W. J . Withers, Chicago, Chicago University Press, 1999, pp. 399-414.
Para analogías actuales, véanse los ensayos de Michael Ignatieff en, por ejem­
plo, Blood and Belonging, Londres, Chatto and Windus, Nueva York, Parrar,
Strauss and Giroux, 1993.

121
1(1 (iUI s o A I.A l(A/.(')N

sueño de Leil)iii¿ de una Icngiui ex;icl;i surgi<) del h//¡msf ideológi­


co de las guerras de religión? Esta es parte de la historia, pero no la
historia completa. Hay otro factor relevante: la agitación ipie llevó
a los historiadores de la Europa del principio de la Era Moderna,
desde Mousnier en adelante, a hablar de una «crisis general» fue
bastante grave. Pero se dio justo cuando los sucesores de Copérni-
co estaban poniendo en cuestión el esquema cosmológico. Para
muchas personas, esta confluencia de incertidumbres— sociales,
cosmológicas y religiosas— era la gota que colmaba el vaso; pero
para los predicadores era señal de una decadencia cósmica, que im­
plicaba que Dios iba a sumir al mundo en un apocalipsis, ponga­
mos en 1657. Así que los inteleetuales europeos serios tenían sus
motivos para reconstruir su visión del mundo sobre una base más
segura, y para ver que el proyecto filosófico de Descartes tem'a ob­
jetivos dobles: sus tótemes conjuntos eran Euclides y Galileo.
Como teoría física, los P?inapios de Filosofía de Descartes descifra­
ban el código de la naturaleza material; mientras que las Meditacio­
nes servían de paso adelante hacia el objetivo paralelo de restable­
cer la posibilidad de aspirar a la certeza en los productos de la
mente humana.
Desde 1690 hasta 1890 la filosofía natural mantuvo una con­
fianza no reflexiva en que ambas, la mecánica de Galileo y la
geometría de Euclides, eran los cimientos del orden de la natura­
leza y del orden de la mente. Todavía podían quedar dudas sobre
la filosofía mental, pero los cimientos de la filosofía natural esta­
ban asentados con aparente certeza en 1687, y así permanecieron
durante doscientos años. Es cierto que la incapacidad del abad
Saccheri de demostrar el «axioma de los paralelos» puso en tela
de juicio el monopolio geométrico de Euclides. Pero esto se con­
sideró como una dificultad puramente formal: las nuevas geome­
trías de Lambert y Gauss, Riemann y Lobachevsky eran irrele­
vantes para la astronomía planetaria, por no hablar ya de la
cosmología. El siguiente reto a la física newtoniana del electro­
magnetismo de Maxwell, sin embargo, cambió radicalmente la si­
tuación, mientras que el «problema de los tres cuerpos» reaviva­
ba las complicaciones del sistema matemático de mecánica que

122
I o s s n Ñ o s OI I IIAI l O N A l . l S M O

c s I ii I kim yii presentes en las diseusiones originales entre New ton y


I .eilitiiz.

Inte una confusión inúliiple. En 1905, el ensayo de Albert Einstein


sobre la relatividad siguió a la teoría cuántica de la absorción de la
lit/, de Max Platick; de manera que también la física newtoniana
perdía su tnonopolio intelectual, y la visión aceptada del mundo se
estaba |ioniendo en tela de juicio. ¿Cómo afectó esto a la escena
fílosófíca en los tiempos de la Primera Guerra Mundial? Frege es­
cribió |)oco de cosmología, pero Russell reconoció desde el princi­
pio cpic la fi'sica, la epistemología y la lógica eran interdependien-
tes: vio la obra de Einstein como un reto, y escribió populares
libros sobre las nuevas ideas, como A BC de la relatividad.'^ Después
de 19 19 , con el auge del Círculo de Viena, la interdependencia de
la ciencia y la filosofía se hizo más patente, y el nombre de Einstein
aparecía una y otra vez en el debate positivista. El documento cru­
cial era la obra de Russell y MTiitehead, Principia Mathematica. Así,
inspirada por Mach, la filosofía de la ciencia trataba de devolver a
la filosofía natural la «certeza objetiva» que esta había perdido con
Rant.
Unidos una vez más los avatares de la cosmología y de la epis­
temología en mi debate sobre el lenguaje, la historia de la filosofía
del .siglo XX— los lenguajes artificiales y todo lo demás— había ini­
ciado así la trayectoria que todos conocemos. En el siglo xx como
en el xvu, este problema del lenguaje no era más que la punta del
iceberg; y lo que ponía en escena el sueño de una lengua exacta no
eran tan solo cuestiones intelectuales. El problema actual no tiene
tanto que ver con la tolerancia religiosa como con la diversidad
cultural y racial. ¿Cómo pueden aceptar los alemanes a los trabaja­
dores inmigrantes turcos y a sus familias como miembros de la
Bundesrepublik Deutschlands? ¿Podemos conciliar una «ciudada­
nía» europea con una docena de lenguas y de culturas? ¿Qué salva­
rá a los Balcanes de seguir desintegrándose? La tarea de trascender

13. Bertrand Russell, /í7 relatividad. Barcelona, Destino, 1980.

123
Kl ( i U I S O A I A K A / ( ^ N

los malentendidos mediante nuevas herramieiuas de «eoimmiea-


ción y razonamiento entre distintos pueblos» no es menos aelual
hoy en día que para Leibniz en la década de 1670.' '
En los albores de un nuevo milenio, no necesitamos una cbti-
racteñstica universalis para sustituir la lengua inglesa, la daitschi’
Sprache o la langue frangaise, especialmente en la vida cotidiana, bai
los intercambios comerciales— como en el ámbito del control del
tráfico aéreo o en conferencias sobre la inteligencia artificial— el
esperanto ha muerto; la única pregunta es: «¿Qué debilitará la he­
gemonía del inglés?». Sin embargo, en otro nivel, el proyecto de
Leibniz sigue vivo en los debates prácticos sobre las redes mundia­
les de ordenadores. ¿Será PAL, N T S C o SEC A M el estándar in­
ternacional de transmisión televisiva? ¿Qué sistema operativo uti­
lizarán las redes internacionales de ordenadores? Con razón vio
Leibniz el idioma chino como un especial desafío: los ideogramas
presentan temibles problemas a los ingenieros de programación.
Así pues, en términos prácticos, las personas que con mayor dere­
cho se pueden decir herederos de Leibniz son los ingenieros de
programación informática. Con todo, los brillantes objetivos de
su programa siguen encontrando los mismos obstáculos: lo que los
ordenadores proyectan a través de las fronteras nacionales no son
solo ideas universales y razonamientos libres de error, sino también
conflictos culturales y malentendidos internacionales.
En 1677, el joven Leibniz se refirió a su proyecto en términos
grandiosos:

Me atrevo a decir que este es el empeño supremo de la mente humana; y,


cuando el proyecto esté acabado, a los humanos no les quedará más re­
medio que ser felices, pues dispondrán de un instrumento que exalta la ra­
zón al igual que el telescopio perfecciona nuestra visión.’’

14. Estos asuntos reciben profunda atención en la colección de ensayos edita­


da por Rainer Baubóck, Agnes Heller y Arisride R. Zolberg, The Challenge o f Di-
í
versity, Aldershot, Avebury, y Brookfield, Ashgate, 1996.
15. Véase la nota 6.

124
I II<| S l ' l M I S III I IIAl K IN A I IS M O

Nosdirus viliramiis nm los idcalfs de un ciilusinstii, pcTo nos (la­


níos nicnta de qiic la lonna de Leiliniz de cxiiresarlos es conlusa.
/^Iiora, de la misma manera (|iie hace trescientos años, no hay pni-
cediniiento técnico (|ue pueda garantizar.su aplicación humanitaria
o racional. Una cosa es perfeccionar un instrumento; y otra, asegu­
rarse de cpie .se lleve a la práctica de forma justa, virtuosa o siquie­
ra con el más mínimo criterio racional. De modo que los tres sue­
ños |)i incipales del racionalismo resultan ser aspectos de un único
sueño más general. El sueño de un método racional, el de una len­
gua exacta, y el de una ciencia unificada componen un único pro­
yecto diseñado para purificar las operaciones de la razón humana
desituándolas: esto es, divorciándolas de la asociación comprome­
tedora con sus contextos culturales.

Así pues, como la lengua exacta de Leibniz, la revolución científica


del siglo XVII tuvo dos caras. La nueva ciencia era matemática y ex­
perimental; pero esto no dejaba claro cómo encajaban una con otra
las dos características principales de este nuevo método: su estruc­
tura matemática y su base en la experiencia humana. Inicialmente,
esta falta de claridad fue involuntaria, pero pronto se hizo delibe­
rada. Los racionalistas solo confirmaron el sentimiento de Pitágo-
ras de que una teoría matemática de elegancia y poder suficientes
tenía que tener una aplicación práctica en la experiencia humana.
Galileo declaró que el libro de la naturaleza está escrito en símbo­
los matemáticos, y que, por consiguiente, la cosmología científica
dependía de que este se descifrara. Si los filósofos podían emplear
métodos matemáticos para descifrar el Hbro de la naturaleza, po­
drían ir interpretando uno a uno los significados de todos los fenó­
menos naturales, como hoy en día podemos seguir a Michael Ven-
tris y leer, por ejemplo, un texto en minoano linear B .“^
Así, el éxito de la física newtoniana fue un voto para la cosmo­
logía teórica, no para los dividendos humanos prácticos: las ideas

i6. Michael Ven tris y John Chadwick, Documents in Mycenatan Greek, Cam­
bridge, Cambridge University Press, 1973’ .

125
lU (,'ltl s o A I A l( A /Ó N

(le l;i teoría newtoniana est:al>an detemiinadas por una preocupa­


ción por su coherencia intelectual con una visi(')ii respetable de la
creación material de Dios, en obediencia a las leyes divinas. Issia
visión despreciaba el mensaje de los humanistas del siglo xvi, entre
ellos, la visión de Francis Bacon de una ciencia humanamente pro­
vechosa. De modo que diferían en espíritu de las visiones matemá­
ticas de Descartes y Newton, para quienes la ciencia pagaba divi­
dendos teológicos, y no tecnológicos. Hasta mediados del siglo xix
no. revivieron los miembros de la comunidad científica con inclina­
ciones prácticas, como Rudolph Virchow el programa de Bacon
para la tecnología científica. Durante los trescientos años posterio­
res a 1660, las ciencias naturales no siguieron un camino definido
por un método racional universal, sino que se movieron más bien
en zigzag, alternando los procedimientos racionales de las mate­
máticas de Galileo con los métodos empíricos del naturalismo de
Bacon. Por consiguiente, el auge de las ideas en la ciencia estaba
divorciado de una preocupación por sus frutos prácticos, y los cien­
tíficos distinguían el refinamiento «puro» de las ideas, de la explo­
tación «aplicada» de las posibilidades técnicas que estas creaban.
Bajo la hegemonía de Newton, el programa práctico de Bacon
quedó relegado: para muchos, era suficiente que los científicos
descubrieran las leyes que gobiernan los fenómenos naturales, para
dar así mayor gloria a Dios, Creador de la naturaleza. Emplear la
comprensión de la naturaleza para el bienestar material, para redu­
cir el dolor y acrecentar la comodidad humana, era algo secundario
para los objetivos espirituales e intelectuales de la ciencia.
En una fecha tan tardía como 1939, la obra de Bernal Historia
social de la ciencia provocó, como hemos visto, reacciones de horror
entre los científicos británicos bienpensantes, que la consideraron
una escandalosa retórica marxista. Pero después de la destrucción
de Hiroshima, las prioridades de la ciencia cambiaron; actualmen­
te, la investigación científica se financia de manera que se equili­
bren los ideales intelectuales de Newton con los objetivos técnicos
de Francis Bacon. De hecho, en el veinticinco aniversario de la
obra de Bernal, muchos señalaron que las relaciones entre ciencia
y Gobierno en Washington se parecían más a las que Bernal había

126
I n s M ' l N(l<i III I II \l I I I NAI l ' . Ml l

ilcli iiiliilii en 11; p; i|iic ii las vigenifs en M o sn i, todavía regidas por


un iiiodi'lii at adeiiiieo iradieional.
Iaillo si nos liasaiiios en las ciencias de la materia del siglo xviii,
con lo en las ciencias de la energía del siglo xix, o en las ciencias de
la inrorinación del siglo xx, nos enfrentamos a dos tareas experien-
ciales: ciem|)lilicar las ideas teóricas abstractas de la ciencia en el
mundo concreto de la experiencia real, y utilizar esos cálculos uni­
versales para el bien práctico de los seres humanos. Podemos soñar
con todas las teorías t]ue queramos, de comunicación y control, ho-
logralia neurofisiológica e inteligencia artificial, gramática profun­
da y función cerebral. Pero cuanto más nos alejamos de las ciencias
de la materia y la energía, para acercarnos a las ciencias de la infor­
mación, más tenemos que integrar la theoria con la praxis, y más te­
nue es la distinción entre ciencia «pura» y ciencia «aplicada».
I’ or ahora, es necesario hacer frente a una pregunta incluso en
la fase inicial de concepción de posibles teorías nuevas: «¿Cómo
deberían utilizarse las nuevas ideas de la ciencia?». Por lo tanto, es
útil recordar, llegados a este punto, por qué el triple sueño de la fi­
losofía racionalista resultó ser eso, un mero sueiio. Ciertas máxi­
mas prácticas pueden reflejar este punto:

Ningún formalismo puede interpretarse a sí mismo;


Ningún sistema puede validarse a sí mismo;
, Ninguna teoría puede ejemplificarse a sí misma;
Ninguna representación puede representarse a sí misma;
Ningún lenguaje puede predetenninar sus propios significados.

De modo similar, ninguna ciencia puede decidir cuáles de sus tec­


nologías tienen verdadero valor humano. Si queremos responder a
las cuestiones de Bacon sobre la utilización del conocimiento para
el bien de la humanidad, debemos hacer caso omiso de los ideales
ilel siglo XVII de exactitud intelectual, con su idolización de la prue­
ba geométrica y de la «certeza», y recordar la sabiduría práctica de
los humanistas dcl siglo xvi, que tenían la esperanza de recuperar
la modestia que les había pennitido vivir felices con la incertidum­
bre, la ambigüedad y el pluralismo.

127
1(1 ( . 1(1 S(l A ( A l ( A/ ( I N

Es lulmirahli; compartir los sueños de Hacon de I m nnnui . \thin


tieb, pero seamos realistas eii cuanto a los obstáculos a la reali/.a-
ción de esos sueños (siendo los más serios los obstáculos episte­
mológicos). Cuanto mayores sean nuestras intervenciones en el
mundo natural, menos podremos predecir o modificar sus electos,
y más importantes serán sus consecuencias no buscadas, 'lodos los
cálculos del impacto medioambiental de proyectos tecnológicos a
gran escala, por ejemplo, deben matizarse con cálculos de su incer­
tidumbre intrínseca; y, antes de tomar decisiones políticas colecti­
vas sobre tales proyectos, necesitamos cálculos realistas de las con­
secuencias no planeadas, pero sí calculables, de su ejecución, de
manera que nuestras decisiones conciben también la sabiduría hu­
mana. La historia de la Círan Presa de Asuán nos recuerda cómo el
entusiasmo de ingenieros y políticos puede anular las vacilaciones
humanas de los científicos, y generar así desastres técnicos; hoy en
día se están corriendo los mismos riesgos en la construcción de la
Presa de las Tres Gargantas, en el río Yangzi.

En la década de lyóo, Stevan Dedijer— un físico que abaiidomj


Yugoslavia y se refugió en Suecia para evitar que T ito le obligara
a construir una bomba nuclear— escribió sobre «la subversión del
materialismo histórico por la ciencia». Por motivos históricos,
Karl Marx y Friedrich Engels veían la producción material como
la «base» de la sociedad, y las ideas científicas y las artes como la
«superestructura». U n siglo después, sigue sin estar del todo cla­
ro cómo distinguir la superestructura de la base, y'este contraste
resulta hoy en día problemático. Al narrar la historia de la vida en
el siglo XX, difícilmente podemos referirnos a las ideas de N or-
bert Wiener, Alan T u rin g y jo h n von Neumann como mera «su­
perestructura». La producción de la industria del conocimiento
no se mide en toneladas de carbón y mineral de hierro, ni en me-
gavatios de horas de energía transmitida de un lugar a otro. Hoy
en día, los productos materiales de las industrias más nuevas de­
penden mucho más de su cimentación en las actividades mentales
de los seres humanos que al contrario. El índice de productividad

128
I lis SI I NIIS m I IIAI HI NAI ISMII

en liis |»iiisfs miiioinicaiiuMilc avan/ailos es lioy en día la calidad


de sus nuevas ideas, y no la caniidad de bienes inatci iales ()ue la-
brican.
Un eleclo secundario de este canil)io ha sido una transforma­
ción en el ámbito financiero. El economista Brian Arthur, en sus
ensayos sobre el fenómeno de retornos crecientes, y Bill Joy, el
gurii de Sun Micro.systems, están de acuerdo en esto: la tecnología
de la información está desempeñando un papel muy importante
en la sustitución de la vieja economía de la escasez por una nueva
economía de la abundancia. Si las transacciones económicas ya no
están limitadas por una ley universal de retornos decrecientes,
puede ¡larecer que el ciclo comercial clásico se ha suspendido.
Kste fenómeno tampoco se circunscribe únicamente a las zonas al­
tamente desarrolladas de Estados Unidos y Europa; con una clase
intelectual culta de brahmanes y demás, India tiene una oportu­
nidad similar de desarrollar una economía rica y sostenihle. Así
pues, en nuestros tiempos, las instituciones se adaptan a las nece­
sidades definidas por la capacidad técnica de nuestros micropro­
cesadores; pero las herramientas técnicas creadas por el trabajo
intelectual sobre la arquitecnira de silicio y la piogiauiaciún
informática imponen a las respuestas institucionales una com­
prensión que va muebo más allá de la ingenuidad técnica. En la
tecnología informática y demás, la acción inteligente solo puede
juzgarse en fondón de las situaciones en las que se ejerce. Como
bien sabía Aristóteles, el papel de la razón en campos como la na­
vegación o la medicina no se refleja en cálculos formales, sino en
actuar tal y como la ocasión lo requiera teniendo en cuenta todos
los factores relevantes de la acción en cuestión, incluyendo sus
consecuencias no planeadas.
Vivimos en una época en la que las dos ramas de la revolución
científica— intelectual y tecnológica— pueden por fin conciliar-
se. Podemos dar por sentada la imaginación intelectual de Isaac
Newton, pero para criticar los usos prácticos de nuestra compren­
sión necesitamos también la sabiduría humana de Francis Bacon.
Los sueños de la filosofía del siglo xvii— método científico infali­
ble, lengua perfectamente exacta y demás— pueden aún fascinar­

129
I(i:<;i(l SI) A I A I t A / D N

nos e inspirar |)o<lcr()sas teorías nuevas. Pero el luturo depende


tanto o más de nuestra capacidad de recuperar los valores de los
humanistas del siglo xvi, y de mantener el frágil equilibrio entre el
refinamiento de nuestras habilidades prácticas y los intereses hu­
manos a los que estas sirven.

130
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M É T O D O

U n aspecto de la perspecriva tradicional de la «racionalidad» es el presu­


puesto de que un único método puede convertir cualquier campo de in­
vestigación en una «ciencia pura» com o la física. En una perspectiva más
equilibrada, cada campo de investigación podrá idear métodos para resol­
ver sus problem as, de manera que las disciplinas históricas, clínicas y par-
ticipatorias puedan elegir librem ente su propio camino.

Quisiera volver a considerar una cuestión que anuncié en la Intro­


ducción: en el corazón del debate actual sobre la racionalidad hay
un supuesto vínculo entre el pensamiento o la acción racionales y
el uso de ese tipo de procedimientos que los filósofos conocen con
el nombre de «método científico». Esta idea sirvió para respaldar
la creencia de los economistas del siglo xx de que sus teorías eran
«científicas», de las mismas maneras y por los mismos motivos
ipie, pensaban, estas teorías eran válidas en las ciencias físicas. Esa
es la razón por la cual empecé examinando las supuestas analogías
entre la economía y la física sobre las que se asentaba esa creencia.
f'n su forma contemporánea, este argumento es más coheren­
te y determinado que en el siglo xvn. Sin embargo, la creencia de
i|ue las ideas de «racionalidad» y «método» estaban estrechamen­
te ligadas contribuyó a definir la naturaleza de ese vínculo desde el
principio, y los criterios impuestos a los argumentos científicos y
lllosólicos por la exigencia de un método racional se consideraban
universales, y no variables en función de un lugar u otro, de una
época II otra, o de una disciplina u otra. Una vez más, la solidez del
método se consideraba obvia y autovalidante. Cualquier individuo
rellexivo (|ue—citando al obispo Butlcr—«se sentara tranquila-
inenie» a considerar su validez la vería sin necesidad de pruebas ni

I U
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

argumentos. Por último, el poder que este método de pensamien­


to tiene sobre nuestras reflexiones aparentemente nos obligaba a
avenirnos a él. En resumen, un método totalmente racional com­
prendía reglas universales y obvias de las que nos desviaríamos solo
a riesgo de caer en la irracionalidad.
Ninguno de estos presupuestos carecía de ambigüedad, y a lo
largo del subsiguiente debate se han reinterpretado de muy dife­
rentes maneras. En cuanto a la universalidad del método, el presu­
puesto de que un «método» puede garantizar el conocimiento ra­
cional en todos los ámbitos y en todas las culmras se ha puesto en
tela de juicio especialmente a finales del siglo xx. Las dudas de
moda hoy en día plantean la cuestión de si distintos pueblos y co­
munidades tienen o no distintos sistemas de reglas, cada uno de es­
tos con la pretensión de ser «universales». La obviedad del méto­
do científico también se ha puesto en duda desde el principio del
debate. En cuanto a la idea de que está expresado en ideas innatas
que los seres humanos reflexivos no pueden cuestionar, esto signi­
fica cosas distintas según cada filósofo, y, para algunos, la mera no­
ción de «ideas iimatas» es francamente ininteligible.
Como último recurso. Descartes se vio obligado a asumir que,
por su benevolencia. Dios había dotado de estas ideas a la mente
humana; en caso contrario, algún demonio podría perturbar la ra­
zón humana de formas que no podíamos detectar. Leibniz rechazó
este argumento de plano: la idea de que los modos racionales de
pensamiento podían perturbarse de esta manera era para él tan
ofensiva como la sugerencia de Newton de que la naturaleza había
sido creada por un Dios caprichoso. La necesidad de estas conclu­
siones tenía que ser demostrable mediante argoimentos que anti­
cipaban las dudas de Descartes, y que mostraban de antemano su
incoherencia. (Para quienes encuentren extraña o desfasada la creen­
cia de las ideas innatas, nótese que reemergió en el debate acerca de
la Lingüística cartesiana de ChomskjL) Por último, presuponer que
los procedimientos enmarcados dentro del método científico son
también obligatorios significa que hacer caso omiso de esos proce­
dimientos va en contra de nuc.stra naturaleza racional, dando pie
a.sí a la acusación filo.sófica tle irracionalismo.

I L’
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M E T O D O

Resulta útil considerar los orígenes clásicos del término metho-


dos. Esta palabra se refería a la persecución de cualquier objetivo, y
no bacía mención alguna a procedimientos obligatorios. E l ejem­
plo tipo que aparece en el diccionario de griego de Liddell y Scott
es la expresión nmnphes methodoTv. ‘la persecución de una ninfa o de
una muchacha’. Así pues, la persecución del conocimiento no era
sino un caso especial dentro de la idea de la persecución en gene­
ral; y la idea de una persecución que requiere que uno se avenga a
un conjunto específico de procedimientos no es sino una reducción
más dentro de la generalidad del concepto.'
Se impone una pregunta wittgensteiniana. ¿Es necesario que,
en la persecución de empresas humanas, reconozcamos o nos
avengamos a algún conjunto de reglas? N o se malinterprete esta
referencia a las reglas: el método científico se presenta no como
un conjunto de reglas comparables a las reglas del ajedrez (que,
de no acatarse, pueden llevar a la descalificación), sino como un
procedimiento para realizar una ciencia lograda y bien planeada.
No hay receta formal para ganar al ajedrez, y no hay ninguna ra-
/.(')ii para que en la ciencia ocurra de otro modo; esta es una ad­
vertencia, como veremos, que Paul Feyerabend nunca se cansó de
liacer. Así, una concepción imaginativa de nuevas líneas de inves-
ligiición puede llevarnos mucho más allá del ámbito de las meras
ifglas.
I /a historia del conocido libro de Feyerabend, Contra el tnétodo,
ilustra la lacilidad con que se han confundido estas ideas. En las dé-
( .idas de lyóo y 1970, Feyerabend adquirió la reputación de un en-
laiil tarihlc de la filosofía, y muchos lectores entendieron que en su
libro atacaba a la propia ciencia, hasta el punto incluso de abogar
poi I-I irracionalismo en nuestra persecución del conocimiento
I K'iiiillco. (Sus |)ropias palabras eran «anarquismo epistemológi-
I o -, que licnc unas implicaciones bastante diferentes.) Aunque Fe-
M i.ibciul no era dc.sde luego hostil a la ciencia como actividad, el
mulo df su obra no fue muy acertado. En el sentido griego, él no
’ir oponía al método, solo a la concepción limitada del mismo que

I I I ,i(l(lrll y .Si'uit, (ú ir/'-/',’//(<//,v/) l.r.viam, |>. i.oyi.

I t t
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

tenían algunos científicos— más aún muchos filósofos de la cien­


cia— como arte esencial de la investigación eficaz.
Como resulta claro para cualquiera que conozca la vida perso­
nal y los intereses de Feyerabend, este tenía pasión por la ciencia,
tanta como por el cine y la ópera. En un momento de su vida, se le
reconocieron unas dotes pasables como barítono, y consideró de­
dicarse a ello profesionalmente; durante el resto de su vida, solía
decir también que hubiera preferido ser director de cine que filó­
sofo. De modo que, cuando habló de estar «contra el método» en
las ciencias, lo único que quería era proteger a los científicos de li­
mitaciones nada razonables. N o puede haber un conjunto de reglas
determinadas para hacer descubrimientos científicos, como tam­
poco puede haberlo para realizar una gran ópera o una buena pelí­
cula. Lo que era cierto de Verdi y Visconti también lo era de los
científicos productivos: hay que darles libertad de acción, no criti­
carles por su incapacidad de avenirse a reglas predeterminadas de
composición.^

La percepción de la «racionalidad» asociada con la idea popular


del método científico— como universal, váfido por sí mismo y obli­
gatorio— se ha hecho cada vez más inverosímil en los últimos
treinta años, y esto nos permite centrarnos más directamente en el
consiguiente presupuesto de que la búsqueda del conocimiento de­
pende, no solo de la obligación de avenirse a reglas, sino de acep­
tar un conjunto único de reglas y procedimientos adecuados para
todos los pueblos y todas las disciplinas. Llegados a este punto,
consideremos de nuevo la idea alternativa de que las actividades ra­
cionales productivas emplean una multiplicidad de procedimientos
que dependen de las múltiples tareas a las que nos dedicamos en el
transcurso de todas nuestras distintas empresas. Lejos de ser deter-

2. La autobiografía de Feyerabend, Matando el tiempo (Madrid, I )cbate, i (;<>5)


ofrece una reveladora narración de su carrera, que incluyó trabajar de barítono en
la ópera y experimentar con el cinc, hasta decantarse por lin, un poco a su pesai,
por una carrera acatlémica.

'H
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M É T O D O

minados y universales, nuestros procedimientos deben variar se­


/
gún las distintas tareas que llevamos a cabo.
Seis son las cosas que se reivindican acerca de la naturaleza de
las ciencias verdaderamente «puras». La primera es la tesis general
de que un «método científico» único y miiversal gobierna todas
nuestras empresas. La segunda es que las investigaciones históricas
son esencialmente distintas de las científicas, con lo que es particu­
larmente difícil enmarcar una disciplina extremadamente teórica,
como la cosmología física, en el mismo conjunto de reglas que la
historia natural tradicional, por poner un ejemplo. Después tene­
mos que considerar tres cuestiones relacionadas: la supuesta obje­
tividad de los descubrimientos científicos, la necesidad de los cien­
tíficos de ser objetivos en sus investigaciones, y su tentación de
manejar a.suntos profesionales de manera elitista. Por último, ana­
lizaremos un punto más político: la necesidad de otorgar a quienes
se ocupan de problemas prácticos el mismo prestigio social e inte­
lectual del que gozan quienes se dedican a los tipos matemáticos de
investigaciones teóricas que atrajei'on a los «nuevos filósofos» del
siglo XVII .5
Podemos empezar con la idea misma de singularidad. Como
hemos visto, el método racional preferido para la investigación
científica, desde los tiempos de Galileo en adelante, era el de la fí­
sica matemática en general, y la mecánica planetaria en particular.
Se presuponía que los métodos atribuidos a la física abarcaban
— aunque en algunos casos, de forma indirecta— todas las demás
investigaciones científicas y filosóficas. Desde Galileo, esta idea re­
posaba sobre una base teológica, e implicaba cuestiones de fe. Esta
dependencia con relación a la teología tema ya algún precedente: el
historiador R. G . Collingwood, por ejemplo, defendía que los pen­
sadores solo llegaron a la idea de una teoría única y global de la na­
turaleza con el auge de las religiones monoteístas. En los poemas
épicos de Homero— la litada y la Odisea— las luchas de los griegos
y los ti'oyanos tenían un aroma politeísta. Se interpretaban dife-

3. Véase Bjorn Gustavsen y Stcphen Toulmin, Bcyond Themy, Anisterdam y


iMhulclfia, John Benjamins, 1996, pp. 1-4 y 203-225.

I VS
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

rentes procesos como obra de diferentes dioses: Atenea o Posei-


dón, por ejemplo. Desde luego, en términos literarios, estas epo­
peyas suelen parecer discusiones diplomáticas entre poderes riva­
les, que invocan a distintos agentes naturales para que sirvan a sus
intereses. Por el contrario, puede encontrarse una visión más cer­
cana de una teoría unitaria en el largo poema de Lucrecio Soln'e la
naturaleza de las cosas-, pero la perspectiva de Lucrecio solo era uno
de los programas pregalileanos alternativos para una ciencia racio­
nal, y hubo que esperar hasta el siglo xvii para que la balanza se in­
clinara definitivamente a favor de Galileo.
La realización de este sueño llevó su tiempo. Leibniz estaba tan
convencido de la necesidad de avanzar en esta dirección como lo
estaban Descartes o Newton, pero tenía una comprensión más cla­
ra y refinada qué ellos de los problemas que implicaba. Como con­
secuencia, aunque siguió abogando por la unidad como programa
general, Leibniz consideraba que el mundo estaba compuesto de
múltiples niveles de unidades: no todos ellos tenían el mismo esta­
tus teórico que las «partículas» en la dinámica de Newton. Por el
contrario, él reconocía diferencias de complejidad en las activida­
des—^y hasta en las percepciones— de distintos sistemas naturales,
y se refería a ellos como a muchos tipos distintos de «mónadas»
dentro de su sistema global del mundo.
Incluso a Descartes le resultó difícil, en último extremo, desa­
rrollar una filosofía natural global. Según él, los pensamientos y las
cosas muestran diferentes regularidades, y deben gobernarse por
distintas leyes: hasta el final de sus días, la relación entre los pensa­
mientos y las cosas le pareció un misterio. De todos los filósofos
del siglo XVII, Hobbes fue el que luchó con más ahínco por superar
este problema, sin renunciar a los puntos fuertes de la filosofía de
Descartes. En la perspectiva de Hobbes, los pensamientos y las co­
sas tenían más en común de lo que Descartes nunca reconoció; y,
en su propio sistema teórico, presupuso que, en un nivel funda­
mental, ambos obedecían a las mismas leyes.
En la subyacente perspectiva europea del mundo, hasta el si­
glo XX se dio por sentado el valor de un único sistema global de teo­
rías, en el que podrían enmarcarse l’enómenos de todo tipo. Incluso

I
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M E T O D O

después de que se cuestionaran las ideas de Euclides y de Newton,


esta visión del método científico seguía sin haberse superado, y el
sistema de Russell de lógica matemática, publicado en 1903 jmito
con Alfred Nortli W'Tiitehead con el tímlo Principia Mathemati-
ca, cubrió el nicho de una teoría fundamental y abstracta que el
abandono de la geometría de Euclides y la mecánica de Newton
había dejado vacante.
Ya en la década de 1920, estaba claro que las teorías aceptadas
se enfrentaban a muchos pequeños problemas aún no resueltos.
Desde mediados del siglo xix, había habido científicos serios que
consideraban que la idea de explicar fenómenos naturales en tér­
minos estadísticos en vez de causales era el reconocimiento de un
Iracaso. El fisiólogo Claude Bernard era uno de ellos, y su reticen­
cia a otorgar a las explicaciones estadísticas la misma legitimidad
<|iie a las causales tuvo también su influencia en el ámbito de la fí-
sica."* Así, el desarrollo de la mecánica cuántica llevó a Albert
l'ánstein a protestar contra la naturaleza probabilística de las expli­
caciones basadas en la mecánica cuántica.'’ Pero solo en los últimos
\'cinte años ha quedado patente toda la profundidad de nuestras
dificultades. Antes hemos visto cómo el nuevo análisis de Henri
l’oincaré del «problema de los tres cuerpos» abrió la puerta a po-
•iibilidades que han tenido un papel muy importante en la contem­
poránea 'Peoría del caos; y, para bien o para mal, un sistema de cos-
iiM(logia basado en tales ideas es casi tan diferente de la clásica
visiíin newtoniana del mundo como lo son los nuevos modelos
icoricos |)ara la teoría social y económica que se desarrollan en el
Sama l'e Institute.

I < Üiiiidt' I k T i i a r d , Inirudu cdón n i estudio de la m edicina experim en tal, B a r c e l o -


ii.i, ( ' i r n d u d i ’ I , o d o r e s , l y y ó .
I’.i) un liimoso ensayo escrito en colaboración con B. Podolskyy N. Rosen,
I liiMoin i|ois<i demostrar las incoherencias del nuevo acercamiento de la inecáni-
I a I naniii a, pero solo logró suscitar un continuo de.sacuerdo con Nils Bohr y sus
I oli'it.is de ( '.openliague. Véase el informe Ohseivalinn and Interprelation, S. Kor-

i
iiei ed,| Nueva \'ork, Academic Press, 1057, y Physieal Reality, -S. Toulmin ed.,
Nueva Miik, I laip el’ liM'chhooks, i(;70, |)p.

17
R EG R ESO A L A R A Z O N

A partir de 1500, había numerosos estudiosos más interesados por


la historia que por la física, pero sus investigaciones no desempe­
ñaron un gran papel en el desarrollo de la cosmología desde Gali-
leo hasta Newton. Incluso cuando sus especulaciones sobre la his­
toria de la naturaleza se enmarcaban en campos que hoy en día
reconocemos como científícos, las cuestiones que plantearon solo
tuvieron importancia después de que la química se uniera a la físi­
ca a principios del siglo xix. Como principal ideólogo de la nueva
física, Descartes no pensaba que los filósofos naturales tuvieran
mucho que aprender de la historia. Retrospectivamente, admitió
que, en su juventud, la poesía y la historia le habían parecido fasci­
nantes; pero, una vez que sus intereses se centraron en las matemá­
ticas, decidió que esos campos, si bien agradables, carecían de pro­
fundidad y de seriedad intelectuales. Comparaba la historia con
viajar al extranjero: ampliaba la mente, pero no podía profundizar­
la. La profundidad intelectual solo podía alcanzarse en ámbitos
donde el conocimiento se expresaba en términos matemáticos.
A sí pu es, en el s ig lo y v i i , la h isto ria estaba enfi-entada con las
ciencias naturales; en particular, estaba separada de la cosmología.
Tan solo en la obra de Kant, Historia general de la naturaleza y teoría
del cielo (i 755), encontramos un intento por expresar un análisis del
desarrollo de la naturaleza en términos adaptados de la dinámi­
ca de Newton. Aparte de esto, los científicos naturalistas de fina­
les del siglo XVII y principios del xvin se interesaban por la variedad
de formas de vida, por un lado, y por las incipientes especulaciones
sobre la geología histórica, por el otro. Fei-vientes zoólogos como
John Ray daban por sentado que Dios había creado el mundo con
todas sus especies de plantas y animales ya predeterminadas y dis­
tintas unas de otras. Su libro sobre la variedad de las especies, como
parte del diseño de la naturaleza del Creador, se titulaba, de hecho.
La sabiduría de Dios.
Por su parte, los descubrimientos, en el transcurso de la explo­
tación y vigilancia de minas, de fósiles enterrados y valles erosiona­
dos al parecer por el agua despertaron el interés histórico de los geó­
logos. Hacia 1750, naturalistas que viajaban por el centro de
Francia señalaron la preponderancia de rocas hexagonales de ba­
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M É T O D O

salto, como aquellas visibles en las regiones volcánicas cercanas al


Vesubio. (Hasta la catedral de Clermont-Ferrand se construyó con
esa piedra.) Como resultado, esos observadores naturalistas «que
utilizaron su experiencia en otros países para analizar las montañas
al oeste del río Ródano, de cuyas vertientes se había extraído el
basalto desde hacía mucho tiempo, reconocieron que sus cumbres
habían sido los conos de volcanes ahora extinguidos, cuya capa su­
perior de suelo llevaba tanto tiempo cubierta por vegetación que
los habitantes nunca reconocieron su origen. Un único presupues­
to básico obstaculizaba la hipótesis volcánica. Antes de 1750, para
mucha gente, y generalmente mucho después, la nueva geología se
interpretaba bíblicamente, como una parte de la narración de un
mundo que se había creado hacía seis mil años, con formas básicas
([ue no habían cambiado a lo largo de los .siglos. Sin embargo, si
esto era así—se preguntaban los lectores cultos— ¿cómo podían
esas transformaciones geológicas haber tenido lugar tan violenta y
rápidamente como asumían los relatos bíblicos, y por qué no te-
m'ainos inform es o leyendas que las narraran?''
Dejando de lado los temas bíblicos, la cuestión de la evolución
orgánica, activa ya mucho antes de Charles Darwin y Alfred Rus-
sell Wallace, se enfrentaba a objeciones metodológicas. Como es­
tudios históricos que eran, las teorías de la evolución no poseían el
nivel de abstracción que se esperaba de las teorías cosmológicas. A
dilerencia de los cuerpos rígidos y las fuerzas de atracción de New-
loii, sus temas— criaturas animales o vegetales— estaban arraigados
e n lugares y épocas determinados, y directamente observables, de
modo i]ue no podían mostrar los tipos de «necesidad» o «certeza»
de una teoría de la dinámica o la gravitación universal. Este pro-
blema era aún más acusado en las ciencias humanas. En ese campo,
l i n o recoge pruebas de las formas en que viven las personas, ya sea
inedianie el e.studio etnográfico, o mediante los informes de los

(> StcplicM lóuliniii y J u n e tio odficlil, The Discovery ofTimCy Londres,


I liili liinsDii, y Nueva io rk , I larperand Row, 1965, reimpresión de Chicago Uni-
o I ’iin 1 999, pp. I ^ I - 1 ^ j . || lay irad. casi.; E!elesaihrimienlo de! tiempo. Har-
o liiuit, 1‘aidús llierica, 1990.I

I W
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

participantes, y juzga la racionalidad y la certeza de nuestras gene­


ralizaciones a la luz de esos datos. Así, nuestras teorías a la vez in­
fluyen y reciben la influencia de las maneras concretas en que los
seres humanos se adaptan a los problemas prácticos de vivir en co­
munidad; y, como hemos empezado a ver, la cultura y la historia se
hacen ineludibles, y la particularidad de los casos determina los ti­
pos y objetivos de los procedimientos racionales implicados en su
estudio.

Llegados a este punto tenemos que considerar tres problemas que


tienen más que ver con las actitudes intelectuales de científicos y
humanistas que con el mundo de la namraleza: la cuestión de la ob­
jetividad, la necesidad de imparcialidad científica, y las posturas que
separaron a los científicos de sus colegas ajenos a las ciencias. Es
conveniente considerar estos tres problemas de forma conjunta.^
En nuestro panorama del mundo físico, la exigencia de objeti­
vidad científica surge en dos niveles. En el nivel empírico, en el di­
seño de experimentos científicos, por ejemplo, se trata de mante­
ner en lo posible los resultados experimentales libres de sesgo o de
distorsión; en el nivel interpretativo, la tarea complementaria es la
de debilitar los intereses externos de los científicos, tanto en la pro­
pia investigación como en la interpretación de sus resultados. Aun­
que en la abogacía, la política y otras profesiones prácticas hace
tiempo que estas cuestiones tienen mucha relevancia, este énfasis
en la importancia de la objetividad y la imparcialidad era nuevo
para los filósofos de la naturaleza. Si «objetividad» quería decir
«falta de parcialidad o de sesgo», había habido una exigencia que
venía de largo de que jueces, gobernantes y otros profesionales ma­
nejaran las situaciones que se presentaban a su juicio de formas que

7. Steve Fuller ha llamado mi atención sobre el libro de Robcrt Proctor,


Value-fi-ee Science?, Cambridge (Massachusetts), Harvard University Press, 1991,
que es una historia de los conceptos de «imparcialidad» y «objetividad» en las
ciencias naturales: en particular, del vínculo entre la visión newtoniana del mun­
do y la idea de un «cosmos imparcial», que luego los científicos sociales habrían
de retomar sin ponerla en cuestión.

140
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M E T O D O

no se vieran afectadas por sus propios intereses políticos, económi­


cos o familiares.
Inicialmente, las cuestiones sobre objetividad se entendían de
forma diferente en estos dos niveles. En el nivel empírico, el modo
de observación más «objetivo» es el de un ornitólogo de campo
que permanece en un «escondite» observando a sus pájaros, para
poder anotar su comportamiento sin atraer su atención, y mucho
menos molestarlos. Un buen escondite pennite observar a los pá­
jaros con prismáticos, sin riesgos importantes de que sus activida­
des cotidianas se vean alteradas por las actividades de los propios
ornitólogos. La situación es similar en la planificación de experi­
mentos: el objetivo de los científicos es minimizar la influencia de
sus procedimientos en los procesos que están investigando, y ga­
rantizar así que los fenómenos observados no son meros artefactos
de la instalación y las interacciones experimentales.
Una vez más, en el siglo xx, resultó que esta influencia no se
podía eliminar: en la escala más pequeña, la mecánica cuántica es-
lablece un límite a la eficacia de nuestras precauciones. Con todo,
|)ara la mayoría de los objetivos y en la mayoría de los casos, las
personas pueden descubrir si el equipamiento que utilizan está lo
suficientemente protegido del calor o de los campos magnéticos,
por poner un ejemplo, y pueden asegurarse de que esté construido
de manera que no distorsione la secuencia de acontecimientos,
lil)erándolo así de efectos secundarios irrelevantes. Esto puede
hacerse porque— por lo menos en la física— el objetivo de la pla-
iiificación experimental es garantizar que los experimentos sean
l epeiibles. Las artes de la experimentación colocan a los científicos
experimentados en la posición de poder darse cuenta de cuándo
el experimento de otra persona es descuidado, poco fiable, o inca­
paz de |)roducir resultados relevantes. Si tienen motivos para sos­
pechar tales deficiencias, pueden tratar de repetir ellos mismos el
experimento, y si al repetirlo obtienen resultados diferentes de los
pi imems, tiene que estar algo mal en uno u otro de los dos experi-
meiilos, y el análisis debe i>ermanecer en su.spenso ha.sta que se re­
suelva esa diferencia.
Así presentadas, las exigencias empíricas de objetividad son

i.|i
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

menos ambiguas en la física que en las humanidades. Los fenóme­


nos físicos pueden repetirse de manera más o menos exacta, pero es
poco frecuente que así ocurra con las situaciones humanas. Cuan­
do repetimos un experimento de física, podemos estar seguros de
que los fenómenos resultantes serán los mismos que antes; pero no
podemos estar ni mucho menos tan seguros de que situaciones hu­
manas lo suficientemente similares produzcan los mismos resulta­
dos. Los individuos cuyo comportamiento estudiamos pueden ac­
tuar de forma diferente la segunda vez por la sencilla razón de que
son conscientes de que en la primera ocasión se les observó; y otros
grupos de individuos objeto de investigación pueden actuar de for­
ma diferente por mil y un motivos distintos.
En el campo de la sociología empírica, por ejemplo, es difícil
idear maneras de observar el comportamiento humano compara­
bles a la utilización de escondites por parte de los ornitólogos. Pue­
de lograrse algo así, pero a un cierto precio. Si estudiamos el tráfi­
co en la intersección de dos calles desde el puesto de observación
de un edificio alto, por ejemplo, podemos estudiar el movimiento de
los peatones en el cruce sin que estos sean conscientes de nues­
tro escrutinio; pero, en general, en las ciencias humanas, solo po­
demos eliininar de forma limitada las interacciones entre observa­
dor y observado. De hecho, si los científicos del comportamiento
se esfuerzan demasiado por mantener la imparcialidad evitando
esas interacciones, rechazan una fuente de valiosa información.
(¡Un psiquiatra que nunca hace preguntas a sus pacientes tendrá
muy poco material sobre el que trabajar!) En las ciencias humanas,
todos los factores de distorsión tienen su origen en otro aspecto,
como por ejemplo en la manera en que formulamos e interpreta­
mos cuestiones científicas. Algunos filósofos críticos de la escuela
de Frankfiirt, como Jürgen Habermas, consideran que el propio
lenguaje impone a los científicos sociales visiones limitadas y des­
truye su capacidad de proporcionar análisis imparciales.
En el campo de la antropología, el problema de la interpreta­
ción es algo diferente. N o es frecuente que más de un etnógrafo
conviva con un mismo pueblo y cultura y escriba .sobre ello. 1 listó-
ricamente, sus razones para no comprobar las observaciones unos

142
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M E T O D O

de otros eran inicialmente de pura cortesía: la etnografía era uní'


empresa de caballeros que aceptaban la palabra de sus colegas ci
cuanto a la exactitud de sus informes. Sin embargo, dejando tb
lado estas vacilaciones convencionales, hay otras razones por lir
cuales la replicabilidad tiene menos fuerza en etnografía <|iie i-i
electromagnetismo. La multiplicidad de ocasiones hace caleidos
cópica y circunstancial la conducta humana, y cualquier e,\igeiH i,
de repetición exacta requeriría mantener a los seres humanos aísla
dos de influencias externas, ya sea en jaulas, en celdas de |)rision (
en cajas de Skinner.
El atractivo del conducti.smo radical— en el que los ex|)eriiiuMi
tos son diseñados para avenirse lo más posible a las exigencias ex
tremas del modelo tradicional— queda patente en la pretensión <1
lí. E Skinner de que esta era la única manera de hacer tie la psieo
logia experimental una ciencia verdaderamente «pura». Pero esu
también creó problemas para la propia psicología experimental. 1'
la década de 1960, por ejemplo, Holz y Azrin, dos de los más iiii
portantes lugartenientes de Skinner, publicaron un artículo i'u i
(pie empleaban los principios de su maestro para evaluar estiidit
existentes sobre la verbalización humana como un ti|)o de uso d(
lenguaje. El sorprendente resultado de su artículo es (pie solo to
estudios cumplían con esos principios: esu>s tratalnm, respectiva
mente, del tartamudeo, la enunciación de sibilantes, y el habla il
pacientes psicóticos en un ho.spital psiquiátrico. I'.n resumen, rt
siiltó que la única manera de hacer verdaderamente cientilioi i
estudio de la conducta verbal humana era limitar.se a observai
vocalización, y no la verbalizacitm: cómo se luoducen sonidos lii
gíiísticamente útiles, no cómo adtpiieren significado las palabra
I' II la jerga de la antropología, a I lolz y a Azrin solo les interesal
lo rtia), no lo -á/iiio (la lonética de la producción sibilante, no
loncmica de unidades de habla con significado).'*
Los psicólogos experimentales se enirentan al inisiiio piobicii

H Sirplirti lóiiliiiin, - ( loncciasiind ilic l•■ .x|ll^lnnlllln ol I liiiii.in Itcli.iviniii


til lliimiiii
.hliiiii, I lu'iiiliiic Mjsihcl cil,, Niicvii S'ntk, Ar.iilriiiii l'ii'n, 1 1 /
IM'

' M
R EG R ES O A L A R A Z Ó N

en todos los casos cuando esperan obtener resultados estadística­


mente relevantes. Durante muchos años, los conductistas contrata­
ban a estudiantes como sujetos de investigación y los consideraban
intercambiables, sin importar sus antecedentes personales. A cada
uno de ellos se le llamaba «S»; mi encuestado anónimo y sin cultura.
Si se les contrataba para reaccionar a estímulos experimentales cul-
mralmente neutros— como por ejemplo diferencias muy tenues de
color— no había ningún problema. Pero en cuanto los experimentos
versaban sobre el uso de conceptos o ponían en juego diferencias de
significado, ya no había garantía de que los antecedentes personales
de lo s distintos su jetos de in ve stig a ció n sigu ie ran sien d o irrelevan tes;
más bien al contrario, esta incertidumbre sobre los sujetos de inves­
tigación negaba a los experimentadores la oportunidad de tratar sus
respuestas como pertenecientes a una misma y única clase.’
Estos problemas son casos especiales de una dificultad más ge­
neral. Al principio de esta investigación nos hemos preguntado:
¿Por qué tenían tanto interés los científicos sociales en ser los
«Newton» de la teoría social? T.as actividades de los seres humanos
se parecen menos a los movimientos de los planetas, o esferas rígi­
das, que a la conducta de los animales. Entonces, ¿por qué debe­
ríamos pensar que el objetivo de las ciencias humanas es predecir la
conducta futura de los seres humanos, como el objetivo de la física
era (supuestamente) el de predecir la conducta futura de los obje­
tos físicos? La relación de un psicólogo experimental con sus sujetos
de investigación en un laboratorio no se parece a la del ornitólogo
con los pájaros a los que observa con sus prismáticos: es más a me­
nudo una relación interactiva, mediante la cual los sujetos de in­
vestigación y el experimentador llegan a entenderse unos a otros, y
comparten descubrimientos. De hecho, en alguna ocasión, el obje­
tivo de la cooperación será incluso el de mejorar la conducta y la
vida del sujeto. A.sí, la tarea de los psicólogos no es tanto predecir
la conducta de sus sujetos, como ayudarles a entender las opciones
de las que disponen las personas en su misma situación. En el ám-

9. Véase Cogtiitio?? tnid C/itetronz/itio}!, F.leanor Rosch ed., I lilisdalf, Nueva


Jersey, Erlbaum, 197H.

■ +f
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M E T O D O

hito humano el futuro está abierto, y se verá afectado por lo que las
])ersonas involucradas hagan hasta entonces: el tema de la psicolo­
gía práctica no son los futuros predecibles, sino los futuros que es­
tán al alcance de las personas y por lo tanto— para emplear el neo­
logismo de Bertrand de Jouvenel—«futuribles».
Si esto es cierto en la psicología individual, no lo es menos en
una ciencia social como la economía. Cuando Alan Greenspan le
dice al Congreso que corremos el riesgo de una nueva inflación, no
ivspera que su predicción se verifique. Al contrario, su objetivo al
(ifrecer esta predicción es el de convencer a los ciudadanos esta­
dounidenses de que deben cambiar sus hábitos de consumo y de
aliorro, para evitar este resultado. Greenspan preferiría ser Casan-
ilra que Newton: tiene la esperanza de que los cambios en la polí-
I ica de la gente llevarán a un futurible mejor, y no que pronostica-
nm lo que pasará si las cosas siguen su curso sin cambiar. En la
política de Estados Unidos en particular, también es útil otra dis-
IIlición. En análisis teóricos de problemas económicos o políticos,
no se puede esperar que las soluciones sean tan precisas como las
soluciones a un problema de matemáticas. Las situaciones políticas
\ económicas de la vida real no son tan sencillas. A menudo, lo me-
|oi que |)odemos esperar hacer es manejar la situación concreta ac­
hí,indo de manera que se moderen los conflictos surgidos, tenien­
do a la vez cuidado de evitar añadir más dificultades a la situación
micuil. En esta área de experiencia, un honrado profesional no
puede |)retender lograr la clase de imparcialidad que sugieren los
icol icos de la política y la economía.
I )e la misma manera, en el ámbito de la antropología hay que
lomar la idea de «objetividad» en un sentido que se adecúe a los
ob|ciivos y los métodos de la disciplina. El trabajo de Margaret
Mead y Gregory Bateson, por ejemplo, era muy interactivo. N o
ii .ii.ib.m a los miembros de ninguna comunidad como a los pájaros
ipil' el OI niiidogo trata de no molestar; sino que se involucraban lo
’tiilii icnic en la vida de la comunidad para interpretarla «desde
ili niio -, como un psicólogo de |U()hmdidatl. N o cabe duda de que
'lie. mciodos de investigación conllevaban stis propios problemas,
p n o poi lo menos no empobrecían sti material manteniéndose dis-

'•h
\ 1
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

tantas de sus sujetos de investigación. Así pues, en las ciencias hu­


manas, es muy difícil trazar una frontera entre el sesgo y la impar­
cialidad. Puede que los padres defiendan que tratan de fonna justa
a sus hijos, pero los allegados a la familia tal vez sepan que en la
práctica real el hijo preferido recibe un trato mejor. Un juez puede
dar toda la apariencia de imparcialidad presidiendo un tribunal,
pero con todo puede infligir castigos desproporcionados a perso­
nas de color por lo que el público considera motivos racistas. De
forma similar, todos aprendemos a considerar con cautela los in-
fonnes de testigos presenciales en accidentes de tráfico: algunos
exageran su capacidad de contar lo que vieron, mientras que a otros
les interesa salir de la situación de la manera más ventajosa para
ellos.
Así pues, son muchas las maneras en que estamos familiariza­
dos con las cuestiones de objetividad— en el sentido de parciali­
dad— desde hace mucho tiempo. Desde el Juicio de Salomón, la li­
teratura y las escrituras han atesorado historias que muestran lo
difícil que es manejar las situaciones «racionalmente» (sin distor­
sión) y también «razonablemente» (sin injusticia). Los tipos de di­
ficultad varían de una situación a otra, pero en general la palabra
«parcialidad» se adapta a todas. Animamos a los padres a que evi­
ten preferir a un hijo que a otro; requerimos que los jueces traten a
los acusados con el mismo cuidado procesal; y desearíamos que los
testigos presenciales proporcionaran informes precisos de los acon­
tecimientos sin que su implicación distorsione sus percepciones.
En una palabra, queremos que todas las personas sean imparciales
u objetivas en lo que a estas cuestiones se refiere: esta puede ser una
ambición imposible, pero no por ello menos admirable.
Tras las distintas ideas de objetividad que tienen un papel im­
portante en las ciencias naturales y humanas subyace una cuestión
más profunda. Durante trescientos años, los científicos naturales
— sobre todo en física— han tenido la costumbre de pensar que sus
objetos de estudio eran claramente definidos y distintos. N o corre­
mos peligro de confundir una roca con un árbol, ni un planeta con
un dios, aunque los cosmólogos anteriores a los griegos, allá por el
año 800 a. C ., alentaran a pensar en los planetas como divinidades.

146
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M E T O D O

Por el contrario, cuando estudiamos a los seres humanos y sus ins­


tituciones, es más difícil dividir el campo de estudio para la investi­
gación científica de manera completamente objetiva. Como Jürgen
1 labermas y los críticos de la Escuela de Frankfiirt insisten con ra­
zón, las formas de clasificar a los seres humanos y a las institucio­
nes se basan tanto en las actitudes morales o políticas del observa­
dor, como en consideraciones intelectuales. Al analizar disputas
sobre, por ejemplo, la organización industrial o la psicología elec­
toral, las causas del desempleo o la dinámica del cambio político,
debemos prestar la misma atención a las actitudes personales de las
partes implicadas que al contenido intelectual de sus argumentos.
Por supuesto, esos comentarios solo son relevantes si tienen un
sólido fundamento empírico; pero, demasiado a menudo, los críti­
cos de Frankfurt defienden solo que las opiniones e interpretacio­
nes íle las personas tienden a distorsionarse por intereses políticos,
sin llevar a cabo el trabajo empírico requerido para demostrar que
.isí sucede en efecto. Con todo, la naturaleza de la «objetividad» en
las ciencias humanas solo puede definirse claramente si estamos
.lientos a la diferencia entre la tendencia a distorsionarse de las
perspectivas científicas, y la distorsión real de esas perspectivas. En
s n forma más extrema, la postura de e.sos críticos parece implicar
qnc solo ellos pueden ver la situación contemporánea «objetiva­
mente». Defienden que las perspectivas que analizan están distor­
sionadas por intereses de clase, género y demás, que ponen anteo-
leras en aquellos que las adoptan. Sin embargo, sostienen que ellos
son capaces de atravesar toda esa niebla hasta llegar a la verdad, sin
I lesgo de equivocarse como lo hacen aquellos a los que critican.
Kn el contexto de la filosofía de finales del siglo xx, este argu-
inenio pertenece a lo que Paul Ricoeur llama la hermenéutica del
leeelo: |iosturas filo.sóficas que atacan a la oposición impugnando
s n s motivos, y no refutando sus argumentos. Es como si los críticos
de la l '.seiiela de l'Vankfurt tuvieran una plataforma espacial desde
l.i nial pueden diagno.sticar los pen.samientos de los mortales que
i'«ii,ni en la fierra, sin cpie se cuestionen sus propias posturas. Sin
iinbaigo, en eiianto dejamos que la motivación tenga un papel en
«mío, esi.nnos lodos en el mismo barco, y esta actitud estratosférica

d7
R EG R ES O A L A R A Z Ó N

corre el peligro de ser una farsa. ¿Por qué piensan los filósofos crí­
ticos que son los únicos que tienen una posuira imparcial? ¿Cómo
pueden estar tan seguros de que los intereses ocultos de clase, gé­
nero u otros que confunden a aquellos a los que atacan no afectan
también a sus propias perspectivas? Si son capaces de leer la mente
de sus rivales con tanta claridad— descubriendo a través de la su­
perficie de la retórica los profundos intereses que se ocultan de­
trás— ¿por qué están tan seguros de que sus propias ideas están li­
bres de similares distorsiones y críticas? Observada desde un punto
de vista verdaderamente imparcial, la hermenéutica del recelo tie­
ne que equilibrarse con una hermenéutica de la autocrítica igual­
mente fuerte.'®
Nótese cómo esta cuestión cambia el puesto de la objetividad
en las ciencias humanas. Si nos seduce la idea de una plataforma es­
pacial intelectual desde la cual se pueden identificar y corregir las
ideas de otras personas, podríamos presuponer que este es el único
lugar para los juicios objetivos sobre cuestiones sociales, políticas y
humanas. Reconocido como el sueño que es, esa idea solo nos lle­
va a otra distinta. La búsqueda de la objetividad en las ciencias hu­
manas ya no depende de nuestra capacidad de encontrar un único
punto de vista correcto desde el cual llegar a juicios adecuados. N o
se puede encontrar un punto de vista tal, y volvemos a la casilla de
salida. En las ciencias sociales como en cualquier otro ámbito, el
problema de lograr objetividad es el de aprender a contrarrestar
nuestras propias parcialidades. Requiere que explicitemos y acep­
temos los intereses y valores que nosotros mismos introducimos en

lo. Véase Paul Ricoeur, Henneneulks nnd the Htmian Sciences: Essays mi Lan-
guage, Action and Intei-pretntion, editado, traducido y con una introducción dcjolin
B. Thoinason, Cambridge y Nueva York, Cambridge University Press, 1981. Stevc
Fuller critica lo que considera actitudes incoherentes adoptadas aquí en relación
con la investigación de la acción y la crítica social de los críticos ilc Frankfiiri;
«¿Por qué respaldar una y no la otra»?, pregunta. La respuesta es que, puesto ipic
los teóricos sociales de Frankfurt son partidarios de cambiar las instituciones, más
que de entenderlas, están en el mismo banilo que los investigadores de la accicin;
pero su incapacidad de equilibrar su recelo con el conocimiento de sí mismos les
coloca en otros aspectos en una posición falsa.

148
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M E T O D O

nuestra investigación (ya implique esta la actividad intelectual de


construir teorías sociales, o la actividad práctica de mejorar las ins­
tituciones en las que participamos). En una situación tal, la parcia­
lidad, la imparcialidad, y la objetividad son— en el mejor de los ca­
sos—normas generales que pueden adquirir una fuerza específica
en la práctica, siempre y cuando se entienda que están incorpora­
das en tipos particulares de situaciones y de casos.

Kstos argumentos pueden dejar a los lectores de inclinaciones ma-


icmáticas con una sensación de pérdida. El sueño de «algoritmos»
formales que guían los procedimientos científicos tiene un atracti­
vo que no se disipará rápidamente. Para aquellos que valoran la
exactitud matemática por encima de cualquier otro tipo de preci-
si()ii como modelo de investigación científica, el mensaje alternati­
vo de «distintos métodos para distintas cuestiones» supondrá una
decepción. Sin embargo, a lo largo de los siglos, nos hemos visto
<(l)ligados a reconocer todo un espectro de distintos tipos de méto­
dos (en plural) para las ciencias, que van desde la teoría planetaria
de Newton— estrictamente factual y neutral, y con un estilo cerca­
no al de la geometría de Euclides— pasando por las ciencias empí-
I leas o funcionales como la geología, la química, la fisiología y la
evolución orgánica, hasta las ciencias humanas en las cuales los in-
leiitos por mantener una neutralidad al final resultaron vanos.
Si este espectro se asemeja al espectro similar de los elementos
del mimdo de la naturaleza que Aristóteles introdujo en la Antigüe-
il.id clásica— la scala natiirae, o escala de la naturaleza—^no es una
t .isualidad. Cerca del extremo humano de este espectro está el tipo
de investigación generalmente denominado «investigación de la
.u ( ion», o a veces, «investigación pmticipatoria de la acción». Este
es el tipo de investigación en el que las personas que trabajan en
una instilución colaboran en investigaciones colectivas diseñadas
pill a mosirar cómo lunciona su institución. Como en historia o en
I inogi lilla, el objetivo de esta investigación no es el de producir sis-
leni.is (onccptuales abstractos y universales, sino un conocimiento
li K iil y icinporal de situaciones concretas y particulares, (xim o en el

i.p;
1(1 (,l(l s o A I A K A / l' lN

campo (le la ingeniería ci\SI y la medicina clínica, su objetivo es'el


de mejorar el estado de la propia instituci{')n, y no el de explicar sus
modus operandi con un espíriui puramente te()rico. A dilerencia de
los ornitólogos, que protegen la objetividad de sus resultados ocul­
tándose de los pájaros a los que estudian, los investigadores de la
acción implican a los trabajadores de la institución en el proceso de
su investigación. De modo que, si en este caso hablamos aún de
«objetividad», ya no puede equipararse con la «distancia».
Sobre todo, nadie puede pretender que los proyectos y proce­
dimientos de la investigación de la acción sean neutrales. Al con­
trario, esta investigación se asemeja a la fisiología, por ejemplo, en
que formula proyectos de investigación que revelarán los cam­
bios que sería bueno lograr como resultado de la investigación. La
participación de los trabajadores dista mucho de ser un obstáculo para
la provechosa realización de la investigación, o una amenaza para la
objetividad de sus resultados. Puede no haber manera eficaz de lle­
var a cabo un provechoso proyecto de investigación de la acción sin
la participación activa de los trabajadores en la planificación y la
ejecución de la investigación. Lo cual equivale a decir que esta in­
vestigación está guiada por ideas sobre las diferencias entre institu­
ciones eficaces y deficientes, y sobre las maneras en que su funcio­
namiento se puede mejorar. Podría decirse que la investigación de
la acción es una disciplina «clínica», a la que interesa no solo el
diagnóstico institucional, sino también la terapia de organización.
Tampoco pueden criticarse los compromisos de valor en un pro­
yecto tal, a la manera de los críticos de Frankfurt, diciendo que dis­
torsionan su formulación y su ejecución. Al contrario, estas críticas
solo son aceptables cuando los presupuestos de valor de una inves­
tigación están ocultos o son inconscientes. En la investigación de la
acción, por el contrario, la primera tarea suele ser la de asegurarse
de que se comprenden bien, e incluso de que se formulan como po­
líticas explícitas.

Un caso concreto de la ciencia de la gestión puede ayudarnos a en­


tender este punto: lo narra Richard Gillespie en su libro de atracti­

vo
III l‘ l \ N I I AMI I N I I I III I MI l i l i III

Vil iiiiilii Mitiiii/tiitiimin Know/iuiftf (‘Maiuiraciiirar ciinocimicn-


iii')," hs im t'sniilii) lie los iiabajailorcs en iina sección deiermina-
da de la compañía General lUectric en i lawihorne, un barrio de las
aliieras de Chicago. I*'l ra.sgo relevante ile este proyecto— desde
nuestro punto de vista— fue su incapacidad de incluir la participa-
non de los trabajadores a los que concernía. Suele mencionarse el
restdtado de este estudio porque muestra que los cambios en las
nindiciones físicas del trabajo—^ya sean en la intensidad de la ilu­
minación o en el color de las paredes— siempre se traducían en un
iiiiinenio de la producción. Pero Gillespie demuestra que esta rela­
ción del |)royecto es una leyenda profesional, que no representa sus
irstdtados. En un momento del proyecto, se contrató a Elton
Mayo, un teórico de la gestión australiano, para que interpretara
sus resultados. Introdujo en su interpretación actitudes políticas
conservadoras que no formuló explícitamente en la redacción de su
informe final. Como se vio posteriormente, compartía con los di­
rectores de la fábrica el interés de descubrir cómo emplear de for­
ma más productiva a los trabajadores.
En el estudio de Ilawthom e, los trabajadores en cuestión eran
un pequeño grupo de mujeres ininigranLes que acababan de llegar
de Europa del Este, algunas de las cuales todavía apenas hablaban
inglés. La actitud de Mayo hacia esas mujeres de cierta edad era pa­
ternalista: no parece habérsele pasado jamás por la cabeza que pu­
diera ser útil que se sintieran personalmente implicadas como
participantes en la investigación. N o las consideraba totalmente
pasivas, como un astrónomo que observa los movimientos de los
planetas, pero no prestó más atención a las cosas que decían sobre
su trabajo que la que prestan los ornitólogos a cualquier sonido
accidental que puedan emitir los pájaros a los que observan. De
modo que los investigadores de Hawthorne perpetuaron la actitud
de superioridad de los científicos «puros» hacia sus objetos de in­
vestigación, que se había hecho habitual en la ciencia desde media­
dos del siglo XVII. Así pues, las deficiencias de la labor de Mayo

I I . Richard Gillespie, Manufaetnring KnoTvledge, Cambridge, Cambridge


University Press, 1991, especialmente las pp. 182-189.

151
REGRESO A LA R A Z Ó N

provenían no del hecho general de que toda investigación de la ac­


ción es defecuiosa y no objetiva como resultado de la participación
de los trabajadores, sino del hecho de que, en este estudio en con­
creto, el acercamiento de sus investigadores a esas trabajadoras in­
migrantes no fue lo suficientemente participativo. ,
Sin embargo, ni el éxito de la investigación científica, ni las exi­
gencias de la pureza metodológica exigen una separación social en­
tre los científicos y los sujetos de su investigación. Las situaciones
en las que la investigación de la acción opta por la vía participativa
son tan poco semejantes a aquellas en las que los físicos llevan a
cabo investigaciones empíricas que los métodos empleados en la fí­
sica son totalmente irrelevantes. Conforme recorremos el espectro
metodológico desde la ñ'sica matemática hasta la investigación de
la acción, vuelven gradualmente a ser importantes los valores cui­
dadosamente eliminados en la astronomía planetaria. De la misma
manera que un corazón que funciona bien es un buen corazón, una
enferma psiquiátrica consciente de su propia enfermedad puede te­
ner buenas ideas sobre su propio tratamiento, y el interés de los
trabajadores por el funcionamiento de sus instituciones puede ser
una útil contribución a la reforma de estas.
Los requisitos para que una ciencia sea pura con los que se ini­
ciaba esta sección— la búsqueda de teorías generales con leyes
atemporales, la exigencia de una objetividad imparcial y el énfasis
en que las investigaciones sean «neutrales»— ^no son, en palabras de
Popper, criterios de demarcación para separar los proyectos y
disciplinas verdaderamente científicos de las especulaciones no
científicas: separar a los blancos de los negros, a los salvados de los
condenados. Solo sirven para definir el extremo newtoniano en
este espectro, y en el extremo opuesto hallamos proyectos locales,
temporales y no neutrales, cada uno con sus propios métodos, su
propia organización y su propio tipo de objetividad. KarI Po])pcr,
Cari Hempel y Noam Chomsky rechazaron la tesis de D am in de
que la teoría de la evolución era auténticamente científica, y lo hi­
cieron porque su resultado fue una narrativa histórica, que los es­
cépticos desestimaron calificándola de «folclore», y no im conjun­
to de deducciones de axiomas teóricos universales. Se ha hecho una

' 5^
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M É T O D O

crítica similar a la investigación de la acción: «¡Puede estar bien a


su manera, pero no la llamemos “ investigación”, y mucho menos
“ciencia” !».”
Tales cuestiones de demarcación no son útiles en este caso. Se
su|ronía que la astronomía newtoniana debía revelar el designio
impuesto en la naturaleza por el Creador divino, que pedía a los
lllósofos de la naturaleza que reflexionaran sobre ella, no que la
cambiaran. La investigación de la acción, por el contrario, nunca es
una excusa para contemplar la naturaleza de forma desapasionada,
sino más bien una manera de idear cambios para mejorar en el fun-
t ioitamiento de instituciones y organizaciones. Tanto sus preocu­
paciones como sus métodos están muy alejados de los de la física
(cólica. ¡Pero eso no la hace peor!

Id objetivo de dejar el elitismo como el tema final de nuestro de­


bate es el de rechazar la conocida dicotomía que separa a la teoría
física «pura» (científica) de la práctica social «no pura» (no cientí-
lica) admitiendo todo un espectro de campos con varios procedi­
mientos, todos los cuales pueden describirse— retomando la expre­
sión coloquial de los críticos— como que están «bien a su manera».
I' I elitismo intelectual niega los títulos de «racional», «ciencia» o
•• investigación» a campos que se alejan demasiado del sueño de
I iciicia pura de la física teórica; y la democracia intelectual signifi-
( ii lomar el camino alternativo de permitir que cada campo de-
s.molle los métodos adecuados para los objetivos básicos de su
i'iiiprcsa. Pero parece ahora que los términos «eliti.smo» y «demo-
I rucia» se aplican aquí en un sentido tanto social como intelectual.
I'.slo licué (|ue ver no con la tan cacareada superioridad de las cien-
I i.is puras sobre otros campos, sino con las relaciones sociales en-
I r e los científicos de investigación y sus sujetos. En el siglo xvii, los
lilosolos de la naturaleza limitaron su campo de investigación a
los objetos físicos: estos no tenían intereses que expresar, ni era ne-
I (■ •..irio consiticrar sus sentimientos. Por lo tanto, la idea de objeti-

i j . ( iiiMiivseii y ’lluilm iii, Hcyninl Ih m y , p. Í03.

St
R EG R ESO A L A R A Z Ó N

vidad incluida en la «fdosofía natural experimental y matemática»


colocaba a los científicos racionales en una posición social superior,
y relegaba a los objetos físicos inertes a una posición inferior. No
cabe duda de que los propios filósofos no eran conscientes de esta
implicación, pero no pasó desapercibida para aquellos sobre los
que estos teorizaban. En la República de Cromwell, a mediados del
siglo XVII, los políticos radicales ya se hacían oír sobre esta relación,
protestando porque el lenguaje de la física tenía el efecto de degra­
dar tanto a la materia— «masa»— como a los órdenes bajos de la
sociedad— «las masas».
Una vez que emerge a la superficie la dimensión social de la
idea de ciencia pura, podemos ver por qué la investigación partici-
pativa resulta un escollo tal para la metodología de la vieja guardia:
centra la atención en la necesidad que tiene la investigación de ges­
tión de involucrar a los participantes de una institución en la orga­
nización de su propio trabajo. Pero los artesanos y los obreros no
son objetos físicos inertes sin intereses, percepciones o sentimien­
tos, ni tampoco son pájaros que trinan, ni animales que gniñen, in­
capaces de reflexionar constructivamente sobre las actividades que
su trabajo implica. Si nos acercamos a ellos desde una posición de
superioridad, como lo hizo Elton Mayo, corremos el riesgo de ne­
garnos una valiosa fuente de información, como un psiquiatra que
ni habla a sus pacientes, ni los escucha; pero si se anima a todos
los participantes a integrarse en la investigación en pie de igualdad
personal, tal vez proporcionen claves y propuestas en las que, de no
haber sido estos invitados a participar, no habrían pensado los di­
rectores de la empresa.
Para expresar el punto central en forma de epigrama: «Un mé-

13. Christopher Hill, Mundo trastoiyMdo: ideario popular extremista en la rei'o-


lución inglesa, Madrid, Siglo XXI, 1983; y véase también mi obra Cosmópolis,
p. 174.
Para los sectarios de la República, cualquier propuesta destinada a privar a In
masa física (es decir, a la materia) de una capacidad espontánea para la acción o el
movimiento, era equiparable a la propuesta de privar a la masa humana de la po
blación (es decir, a los «órdenes inferiores») de capacidad autónoma para la acción
y, por lo tanto, para la independencia.

•5 d
R E P L A N T E A M IE N T O D E L M É T O D O

todo democrático (y no elitista) de la ciencia es un método para una


ciencia democrática (y no elitista)». Aquellos que elevan intelec­
tualmente a las ciencias teóricas puras por encima de los campos
prácticos no puros tienden también a elevar socialmente a los cien­
tíficos por encima de las personas o los objetos que estos estudian.
Por el contrario, quienes permiten que cualquier campo desarrolle
procedimientos útiles para sus propios objetivos, sobre una base de
igualdad intelectual, estarán más dispuestos a dejar que los cientí­
ficos admitan a sus sujetos de investigación en la propia actividad
de investigación, en una base de igualdad social.
¿Se asienta este epigrama en una coincidencia? ¿O se trata de
un mero juego de palabras? N i lo uno, ni lo otro. El período histó­
rico en el que la filosofía natural newtoniana tenía un dominio inte­
lectual incuestionable era un período en el que las naciones intelec­
tualmente avanzadas como Gran Bretaña, Francia y Suecia estaban
estructuradas en clases sociales de formas que armonizaban los in­
tereses profesionales de los científicos con los intereses políticos de
la oligarquía. Hasta bien entrado el siglo xix, la mayor parte de los
científicos eran ellos mismos aristócratas o burgueses, o si no, de­
pendientes de la aristocracia o de la alta burguesía, como ministros
religiosos, bibliotecarios o secretarios. Unos pocos, es cierto, esta­
ban dispuestos a condonar actividades revolucionarias, o incluso a
albergar pensamientos revolucionarios: entre estos herejes se con­
taban, entre otros, a los editores de la Encyclopédie en Francia y a Jo -
sc[)h Priestley en Inglaterra. Sin embargo, para la mayor parte de
la comunidad científica del siglo xviii, lo importante era saber
cómo comportarse para tener ventajas, y la mayoría de los científi­
cos no estaban dispuestos a morder la mano que les daba de comer.

14. I)c todos los filósofos, John Dewcy fue el que encontró las maneras más
rim ivas de combinar el pensamiento abstracto con la acción democrática.

4 '55
L A R A Z Ó N P R Á C T I C A Y L A S A R T E S C L IN IC A S

D e Aristóteles en adelante, las disciplinas prácticas recurrían a procedi­


mientos «clínicos», que operaban mediante estructuras tem porales, no
universales e inmutables, sino que se atenían a los problemas concretos de
individuos o situaciones. N uestras teorías pueden ayudam os a com pren­
der por qué, o en qué condiciones, funcionan tales procedim ientos. Pero
su éxito práctico no depende obligatoriam ente de aplicar teorías científi­
cas, com o los presupuestos clásicos requieren.

Llegados a la mitad del camino en nuestra búsqueda, distinguimos


con mayor claridad los perfiles del proyecto en el que nos hemos
embarcado. Hemos visto que los aspectos de la vida que tienen
que ver con nuestra razón están relacionados unos con otros de
distintas maneras en diferentes etapas de la historia de la sociedad,
o de la filosofía y las ciencias humanas: en particular, durante los
más de mil años transcurridos desde la Antigüedad hasta el Rena­
cimiento, en los cuatro siglos que siguieron al año 1600, y duran­
te el siglo XX. N os centramos antes en el desafío que las nuevas
disciplinas exactas de los filósofos del siglo xvii supusieron para d
humanismo del siglo xvi. En esta transición, las ideas matemáticas
adquirieron un prestigio nuevo, por lo menos en lo que a teoriza­
ción se refiere, de modo que la física llegó a considerarse la disci­
plina estrella. Sin embargo, con el paso del tiempo, en las institu­
ciones académicas, los matemáticos han empezado a perder parte
de su primacía, y su prestigio ha empezado a contagiarse a las ar­
tes más prácticas. Así pues, la segunda transición de la que nos
ocuparemos aquí es la de la tendencia, a finales del siglo xx, de los
profesionales a cambiar las tornas y mirar a los teóricos desde un
mismo plano de igualdad.

',Sú
LA R A Z Ó N PR^VCTICA Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

¿Cómo fue que a la física del siglo xvii se le otorgó ese presti­
gio del que hablamos? Surgió de la función que las matemáticas
desempeñaron en el desarrollo de una cosmología racional que ha­
bría de desbancar a las anteriores explicaciones de la naturaleza. En
el siglo XVII, la filosoflía natural era una empresa de erudición, no
de praxis. La cosmología no tenía una relevancia cotidiana en el
bienestar de los seres humanos, con lo que los académicos se dedi­
caban a ella sin verse distraídos por asuntos prácticos. Aunque ellos
no se refirieran a esto de forma tan explícita, su actitud se asemeja
a la de Schumpeter cuando este calificaba de «diletantismo» las ex­
cursiones prácticas de los teóricos de la economía.
Incluso en aquellos campos donde los teóricos y los prácticos
presentaban sus perspectivas de maneras aparentemente similares,
las preocupaciones de los filósofos de la naturaleza poco se pare­
cían en sustancia empírica a las de los médicos, los abogados o los
políticos. Las teorías filosóficas residen en el mundo parmenidea-
no de las ideas, mientras que los procedimientos «clínicos» perte­
necen al mundo heracliteano del dónde y el cuándo. Los filósofos
modernos exploraron las ramificaciones de las ideas alrededor de
las cuales constimían sus teorías, pero no añadieron mucho conte-
niilo empírico a nuestro conocimiento. Mientras tanto, los profe­
sionales de las disciplinas prácticas acrecentaban sin cesar nuestra
experiencia empírica global, de maneras que, en algunos casos, po­
dían suponer un reto para las teorías que iban surgiendo paralela­
mente.

Avancemos pues un paso más en el análisis de los dilemas de la eco­


nomía. Aquí, la distinción que hemos reconocido en capítulos an­
teriores entre los factores intelectuales e institucionales implicados
en la evolución de las disciplinas académicas es totalmente relevan­
te. I.a causa principal de conflicto entre los acercamientos teóricos
y clínicos a la economía no reside en el contenido intelectual de la
disciplina, sino en las disposiciones institucionales que han deter­
minado cíhno ha de entenderse la disciplina. Lo que ha atraído la
ateiu ión durante la mayor parte del siglo xx, y alimenla la acu.sa-

S7
REGRESO A LA R AZO N

ción de Schumpeter de diletantismo, es el prestigio otorgado a la


teoría pura en las instituciones académicas: especialmente en los
departamentos de Economía. Pero, si lo analizamos más de cerca,
este prestigio resulta haber sido un hecho local e histórico—^en
otras palabras, mutable— de la economía académica en lugares y
épocas concretos. E l énfasis en la importancia de la teoría pura ha
sido un rasgo de la vida académica en Estados Unidos y, más exac­
tamente, de la economía norteamericana desde la década de 1920
hasta la de 1980.
Aquellos estudio.sos cuyos intereses abarcan tanto la economía
como otras disciplinas pueden ver fácilmente lo limitado de este
acercamiento. Karl Polanyi, cuya opinión sobre el tema estaba
siempre enmarcada en una situación histórica, tenía una visión más
sutil. Se refiere a la necesidad de que el antropólogo, el sociólogo y
el historiador estudien cada uno a su manera el lugar ocupado por
la economía en las sociedades humanas en las que se integran los
medios de vida de las personas. En su opinión, el análisis económi­
co del siglo XX había ideado un método analítico que da por senta­
da la satisfacción de ciertas condiciones de mercado. Un uso falto
de criterio de este método analítico tiene como resultado «una
identificación artificial de la economía con su forma de mercado».
Desde David Hume y Herbert Spencer hasta Frank Knight, esta
identificación fija límites innecesarios en nuestras ideas generales
sobre la sociedad y la vida social.'
La sabiduría convencional en el mundo norteamericano de la
economía— lo que deberíamos llamar mejor «la tradicional simpli­
ficación excesiva»— consiste en la creencia de que los economistas
académicos solo tienen una ocupación seria, a saber, la mejora de la
teoría pura: solo así contribuyen a la disciplina de forma meritoria.
En la cúspide del mundo de las instituciones, esta actitud tuvo im

I. Karl Polanyi, La gran tramfmynación, Madrid, l'indymion, 1989. Véase


Frank Knight, On the History and Mcthod of Economía, (iliicago, Chicago Linivei
sity Press, 1956-1999, y varios de los ensayos incluidos en Seíccled Kaays hy Erank
H. Knight, Ross B. Eniinetr cd., vol. i, «What is Truih in l''.conoiiiics?», ( Ihicago,
Chicago University Press, 1999.
L A R A Z Ó N P r A C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

papel preponderante en la elección de Premios Nobel de Econo­


mía en las décadas de 1980 y 1990. Pero fuera del sector más redu­
cido de los economistas académicos, el interés por las teorías mate­
máticas ha sido menos dominante, y el prestigio de la teoría, menos
exclusivo. La investigación económica se ha extendido en direccio­
nes en las que se da una fecundación cruzada de conceptos y consi­
deraciones de tipo estrictamente económico con otras históricas,
geográficas, sociológicas y etnográficas que no son inmediatamen­
te reducibles a ideas económicas.
Las dificultades que surgieron en nuestra estampa de Bali no
•lOii sino una simple muestra del amplio abanico de problemas
i|ue se crean al tratar de preservar la pureza de la economía cien­
tífica, estableciendo así límites a su relevancia humana. Estos pro-
bletnas reaparecen frecuentemente en situaciones donde las vidas
y las prácticas de pueblos que están fuera de lo que se da en llamar
cronomías «desarrolladas» o «maduras» (como pueden ser las de
l' iiropa occidental y Estados Unidos), y que no se adecúan del
tuilu a los conceptos y principios universales de las teorías más cs-
timadas.
No es necesario que las técnicas agrícolas tradicionales estén
.f.uciadas a instituciones religiosas para que se produzcan malen­
tendidos. En gran parte de Africa, así como en Indonesia, se ha
ilesi ubierto ahora que la introducción de métodos de cultivo y
'.fUemas de propiedad de la tierra europeos reduce, y no incre­
menta, la productividad de la agricultura local. Por ejemplo, la ca-
p.it tdad de rendimiento a largo plazo de las tierras de pastoreo en
«I Alt ica subsahariana— la cantidad de ganado que se puede criar,
p.n .1 Iticgo utilizarlo en esas áreas— se vio subestimada por los ob-
'ici vadores europeos, e incluso reducida al imponerse límites de
pmpiedacl tradicionales en Europa. Las antiguas tradiciones afri-
I iiiiiis según las ctiales el ganado de muchas comunidades y due­
ños era libre de |)astar a lo largo de grandes territorios, de modo
q u e i neoniiaba cotnida y agua allí donde el clima del año lo per­
mitía, I estillaron ser más productivas que la práctica importada de
II leal las gianjas y confinar al ganado en zonas limitadas tie pas­
to \ l.ngo pl.t/.o, las variaciones climáticas de un año para otro

I so
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

provocaron una mortalidad más alta en esas condiciones europeas


artificiales de la que podrían haber ocasionado las prácticas tradi­
cionales de pastoreo libre. En efecto, la ecología agrícola del Afri­
ca subsahariana raramente alcanza un equilibrio económico, y
esto limita seriamente la capacidad de las teorías sobre el «equili­
brio» de arrojar luz sobre los éxitos o fracasos de la agricultura en
esas tierras. (En el mismo momento en que escribo estas páginas,
la sustitución de El N iño por La N iña— la sustitución de corrien­
tes excepcionalmente cálidas en la parte oriental del océano Pací­
fico por corrientes excepcionalmente frías— ha alterado la direc­
ción de la corriente, ha secado el estado de Texas, y las áreas
marginales del Africa subsahariana están teniendo unas precipita­
ciones singularmente generosas. Esto, por supuesto, no durará
mucho.)^
De forma más general, los fenómenos culturales que más inte­
resan a sociólogos, antropólogos y geógrafos que consideran los
beneficios potenciales del análisis económico compelen a los estu­
d i o s o s c o n iiiLeicscs i i ueidiscipliiiaics a u a s c c i i d e i las Laii liiiiiia-

das preocupaciones de los teóricos de la economía. Desde 1950, la


revista Ecmomic Development and Cultural Change ha publicado
muchos aclamados artículos y reseñas sobre temas interdisciplina­
res.’ ¿Qué factores históricos o sociales, por ejemplo, animan y di-

2. La variabilidad extrema de las precipitaciones en el Sahcl y otras zonas de


pastoreo del Africa occidental es el tema principal de tres libros: Roy I I. Bchnkc,
lan Scoones y Carol Kerven, R/inge Ecolog)' nt DisequilUrrium, Londres, Ovcrscas
Development Insdtute, 1993; Chris Reij, lan Scoones y Camilla 'l()ulinin, Siisuiiii
ing the Soil, Londres, Earthscan, 1996; e lan Scoones, Living witb Umcrtiiiiiiy,
Londres, Intennediate Technology Piiblications, 1995. Entre todos ellos, estos li
bros dejan patente que la econonua rural de la región no suele ser una cuesiit'm de
«equilibrio»: la supervivencia depende más bien de la supresión de todas las ba
rreras a la libre migración del ganado desde las áreas asolarlas por la se(|uía hasta
aquellas donde hay un inusual excedente de agua.
3. La revista trimestral Ecoimnic Dn'elop'mait mu! (tiillim il (th/ingc lúe liinda
da en la Universidad de Chicago, en 1952, por Bert 1 loselit/., con un programa
que en poco se parecía al que más se ha asociado con el Departamento tie E,e o lio
mía de la Universidad de C'.hicago. Publica ensayos que abarcan un amplio abam
co de temas, desde el de Nathan Rosenberg, « rite Direelion ol lér lumlogii al

lóo
L A R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

rigen el cambio tecnológico? ¿Hasta qué punto sirven de motor o


de obstáculo al desarrollo económico la estructura y la cultura de
la familia tradicional china? ¿De qué manera están contribuyen­
do las asociaciones de mujeres a la evolución de la sociedad india?
(A este respecto es relevante la influencia perdurable de Mahatma
(íandhi.) Investigaciones de este tipo tal vez no tuvieran mucho
prestigio en los círculos preponderantes de economistas y respon­
sables norteamericanos de formular políticas en las décadas de
1980 y 1990, pero tienen un interés destacado para la escena aca­
démica en un sentido amplio, y para las prácticas sociales y cultu-
i .iles de muchos países.
Todos estos aspectos reaparecen de manera muy notable en el
aiidiito de la economía de desarrollo. La beneficiosa unión de in­
novaciones intelectuales e institucionales en el Grameen Bank,
por ejemplo, se vio ayudada por el hecho de que Muhammad Yu-
ims estaba trabajando en su tierra natal, y en su sangre latían los
lu chos esenciales de la vida en una aldea de Bangladesh: no nece-
hiliibii que nin gún so ció lo g o o an tro p ó lo go cultural se los señala
1.1 ' IA) mismo ocurre, por ejemplo, con Partha Dasgupta, cuya
obra Im/uiry into Well-being and Destitiition ha supuesto una im-
jioiiante contribución a este tema. Dasgupta creció en Bengala,
ni el seno de una distinguida familia de brahmanes de Calcuta.
I )r modo que conoce íntimamente a las personas sobre las que es-
I libe, y no necesitó ninguna formación especial en antropología
I idiiiral |iara llevar a cabo su análLsis.’ En un frente aún más am-

I l’;inh;i Dasgupta,/í?í In q iih y into W d l-B ein g a n d D estitution, Oxford, Cla-


triiiliiii Press, y Nueva York, Oxford University Press, 1983.
l'.l dan Dasgupta lia desempeñado un papel preponderante en la comuni-
il.iil di' liralinianes de Bengala: el padre de Partha Dasgupta, A. K. Dasgupta, fiie

( iMiiye; Indiieeineiit Mechanisms and lAicusing Devices» (vol. 18, n“ i, parte i,


iKmliic de 1961;, pp. 1-24), hasta el desarrollado por Howard Spodeck, «The
'li li I niployed W'oinen Assoeiaiion (.SFAVA) in India: Feminist Gandhian Power
III I >1 M'liipnient" (vol. 43,11" noeuihrede 1994, pp. 193-202). La política de esta
ii'Miii .lili e sus paginas a investigadores de muchos campos y disciplinas académi-
I .|s, d.indii ,isl c|cniplo de lo que puede ser la economía cuando est:í conveniente-
I I I - lili 'iilii.id.i

ifil
U l lilCI N l l > I A M A / f »N

plio, Amariya Sen— oim economista del de.saiTollo de |)i<)ecden


cia india— nos ha proporcionado una nueva eomitrension de las
condiciones en las que surgen las hambrunas: ha de.mostrado tpie
los obstáculos sociales y políticos que encontramos al gestionar
de forma creativa los desastres naturales tienen la misma culpa
que los propios desastres en sí de que las hambrunas sean inevita­
bles.^
Para el resto de nosotros, especialmente si vivimos en Estados
Unidos, no nos resulta tan fácil entender la economía. Para evitar
la clase de desastre que la estampa de Bali ilustra, no podemos
permitirnos circunscribirnos a una sola disciplina, limitándonos a
las abstracciones de construir la economía siguiendo el modelo de
la «mecánica racional» de Newton. Y mucho menos aún podemos
permitirnos aceptar esas limitaciones si queremos desarrollar
«ciencias sociales razonables», que se ocupen no de hechos neu­
trales, sino de verdaderos valores y prácticas humanas: si quere­
mos que nuestra comprensión de esos problemas sea exacta, nece­
sitamos la perspectiva adicional que solo pueden proporcionarnos
la antropología, la sociología y la historia. Llegar a comprender de
qué maneras las vidas humanas salen bien o mal, mejor o peor, y
cómo podemos ayudar mejor a las personas a explotar todo su po­
tencial, es la labor central que tenemos que llevar a cabo si quere­
mos lograr una comprensión práctica de los fenómenos sociales.
Pero las ciencias humanas solo pueden tomar esa dirección alter­
nativa— o «clínica»— si construyen sus teorías inspirándose más

ó. Amartya Sen, Poverty and Famines: An Essay on Entitle?nent and Depriva-


tion, Oxford, Clarendon Press, y Nueva York, Oxford University Press, 1981.
Hasta que Amartya Sen recibió el Nobel de Economía en 1998, muchos
teóricos predecían que nunca lo conseguiría— especialmente aquellos que
aplaudieron a los ganadores del Nobel de 1997, Robert Merton y Myron
Scholes, cuya obra se vio seriamente cuestionada por el casi derrumbe de la
gestión de capital a largo plazo, de la que eran los principales consejeros eco­
nómicos.

un gran historiador de la economía por derecho propio. Véase Epochs o f Economk


Theory, Oxford y Nueva York, Blaclavell, 1985.

162
t il iiiiiili'liis liiiiliiginis i|iii' lisíeos, .il)iiiiiloiiaii(li) :ist el mito de imn
I ii'iii ni ' iieiil 1 .il
I ..is i iiesiioiies sobre valores humanos ])iieden |)lanlear proble­
mas meiodológieos, pero las ciencias humanas no son menos cien-
iilieas por el hecho de no ser neulrales en lo que a los valoi'cs se re­
líele. I‘',l lisiólogo del siglo XIX Glande Bernard llamaba a su trabajo
meilicina experimental», y no «la física del cuerpo». La disciplina
lie la fisiología era para él la diferencia entre un corazón que fun-
I loiiaha bien y otro que funcionaba mal; ¡y si esa no es una dife-
leiicia de «valor» es difícil decidir qué lo es! Desde este momento,
pues, los tpie se dedican a las ciencias humanas ya no necesitan va-
( ilar a la hora tie esmdiar las diferencias entre sociedades o cultu­
ras, organizaciones o personalidades, que funcionan bien, y otras
que funcionan mal. Esto es justo lo que el resto del mundo puede
pedirnos legítimamente que hagamos.

( ',i »n esta
ya solo me queda matar una última cuestión muy breve so­
bre la economía. Incluso en la teoría pura, el dominio del análisis del
equilibrio y el compromiso con la universalidad y la estabilidad están
ahora disminuyendo. En su análisis de los ciclos y la recurrencia de
fenómenos en la economía, Brian Arthur cita el siguiente fragmento
de la Historia del análisis económico de Schumpeter:

1 )esde el punto de vista de cualquier ciencia exacta, la existencia de un


equilibrio excepcionalniente establecido es de capital importancia [...].
Sin ninguna posibilidad de probar la existencia de [un] equilibrio excep­
cionalmente establecido—o en todo caso, un pequeño número de posi­
bles equilibrios—[...] un campo de fenómenos es verdaderamente un caos
fuera de todo control analítico.®

7. Véase el capítulo 6, nota 7.


8. Schumpeter murió cuatro años antes de la publicación de Historia del aná­
lisis económico, pero la cita viene al caso en otros aspectos. Véase W. Brian Arthur,
Ina'easing Reports and Path Dependence in the Economy, Ann Arbor, University of
Michigan Press, 1994.

163
4T
R E G R ES O A L A R,\ZON

Escribiendo a finales de los años cuarenta, Schumpeter, por supues­


to, no empleaba el término «caos» en el sentido de la «teoría del
caos» de finales del siglo xx. Aun antes del desarrollo de esa teoría,
'I | l
él veía la idea de «equilibrio» indispensable para cualquier teoría
económica que sometiera su objeto de estudio a un control analíti­
co. Por el contrario, Brian Arthur reta a los economistas a que con­
sideren con mayor atención las simaciones históricas en las cuáles
tienen lugar las transacciones económicas, pues estas a menudo las
convierten en excepciones de reglas y principios «universales». Ha
demostrado, por ejemplo, que en varios casos el éxito de innovacio­
nes técnicas originó el éxito comercial de herramientas técnicamen­
te inferiores, por la sencilla razón de que consiguieron ima posición
de mercado antes de que hubiera la más mínima posibilidad de
competencia directa entre productos rivales. Un análisis como este
tiene más en común, matemáticamente, con las matemáticas «no li­
neares» de la teoría del caos que con las matemáticas «lineares» an­
teriores, las del análisis newtoniano tradicional.
Llegados a este pimto, nuestro camino se bifurca, y ante noso­
tros surgen dos vías alternativas. Por un lado, podemos pennanecer
en el mundo de la teoría y refonnular las ciencias humanas en tér­
minos más sutiles, estableciendo una analogía con los nuevos desa­
rrollos de la física que han hecho posibles las críticas del siglo xx al
newtonianismo. Esta es la elección de Brian Arthur. Busca ampliar
el alcance de la econorm'a, pero en su intento permanece claramen­
te en el campo de la teoría. Cuando escribe sobre las fortunas co­
merciales de marcas rivales de vídeos o de teclados de máquinas de
escribir, su intención no es remediar el fracaso de los productos con
menos éxito en el mercado, sino simplemente ilustrar el fenómeno
teórico de «encierro histórico» del que trata su análisis.
Por otro lado, ahora podemos pasar de una perspectiva racional
a una razonable del mismo tema. N o cabe duda de que Muhannnad
Yunus concibió su redefínición del concepto de garantía tle maneras
que refinaron la teoría económica de la banca y las finanzas; pero,
para él, las principales prioridades disciplinares eran siempre más
prácticas que teóricas. Su misión profesional era la de desarrollar
formas con las que poder resolver la jiobreza y la miseria en su país

164
LA R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

Iinlal, y esto demuestra que su preocupación principal era siempre la


I•l áctica, y no la teoría. También para nosotros ha llegado el mo­
mento de enfocar nuestro argumento en una dirección similar: ha­
cia las cuestiones que surgen de forma general cuando buscamos
poner en foncionaniiento la razón en el ámbito de la práctica.

I n términos lógicos, las ideas generales sobre las que se basan las
investigaciones, tanto teóricas como prácticas, pueden expresarse
ni la forma de las premisas principales de los silogismos aristotéli-
• us: « Iodo A es B»; pero la foerza de estas premisas es diferente en
I' is dos casos. En los argumentos teóricos, cualquier proposición del
Upo «Todo A es B» se interjiretará como «Cualquier A es B»: el uso
•le la palabra «todo» no implica que hayamos contado cada uno de
rllos y verificado que sea un ejemplo positivo en todos y cada uno
dr los casos. Por el contrario, como generalización teórica, sirve de
M i n a en el árbol de proposiciones que componen toda la teoría: los

• miiu'iados sobre casos particulares son ramas, cuyo significado está


implícito en el enunciado general. Por otro lado, en un argumento
pian ico, un enunciado general del tipo «Todo A es B» se interpre-
(iii a más bien como «Todo A es (presumiblemente) B»: este ha sido
l(i iicralmente— si no siempre— el caso en ocasiones anteriores, y
•Ma experiencia nos da derecho a tomar esta generalización como
pumo de jiartida a la hora de enfrentarnos a nuevas situaciones
pi acucas de tipo aparentemente similar. Así, nuestra experiencia
miciior guía nuestra práctica en ocasiones fuñirás. Naturalmente,
'iimqiie miestras experiencias acumuladas puedan ser sólidas a efec-
lo . pi.iciicos, no se pueden deducir de ningún principio general de
lilla maiu-ra estrictamente formal o geométrica. Como dice Imre
I a la io s , «en los argumentos teóricos, la verdad fluye de arriba aba­
lo, de cmmeiados generales a enunciados particulares. Empírica-
mi me. onirrc lo coiiirario: la verdad fluye de abajo arriba, de ejem­
plo'. p.ii iictilares a generalizaciones más amplias».''

" li'iiiiMiild iircsuidi) un (-|)ignima ile linre Lakatos; «Para lo.s racionalistas, la
VHilitil llii\i‘ liiu'iii .iliajo desde leyes o principios hasta casos particulares: para los

ió,S
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

Con todo, el contraste entre lo general y lo particular no en­


frenta de la misma manera a todas las conclusiones teóricas con las
prácticas sujetas a factores temporales, y esto no lo han interpreta­
do siempre de la misma manera los fdósofos. Para los partidarios
de Pannénides, los principios teóricos son tmiversales y permanen­
tes, de una manera que la experiencia práctica no puede igualar.
Disciplinas prácticas como la ingeniería y la economía no se basan
en abstracciones cósmicas, ni reclaman como propia la atemporali­
dad de las teorías más puras; sin embargo, las generalizaciones em­
píricas empleadas, por ejemplo, en la construcción de puentes
pertenecen pese a todo al mundo de las ideas, como los hechos
generales que guían a los ingenieros cuando se embarcan en las ta­
reas que requieren los encargos concretos que se les hacen en cada
ocasión individual.
Todo esto se entendía muy bien hace dos mil trescientos años,
cuando Aristóteles reunió sus ideas sobre ética en su famoso libro
Ética a Nicómaco. Para resumir un pasaje del principio de su tra­
tado:

Las cosas que consisten en acción y las cosas convenientes ninguna certi­
dumbre firme tienen, de la misma manera que las cosas que a la salud tlcl
cuerpo pertenecen [...]. Porque las cosas menudas y particulares no se
comprehenden debajo de arte alguna ni preceptos, sino que los mismos
que lo han de hacer han de considerar siempre la oportunidad, como se
hace en la medicina y en el arte de navegar.

Un marinero o un médico pueden enfrentarse a cambios rá|iidos o


a acontecimientos inesperados, y la necesidad de actuar «como la
ocasión lo requiere» pone de manifiesto la temporalidad de sus
decisiones. E l timonel experto en navegar por el mar Egco, por
ejemplo, va forjándose la habilidad que necesita de navegar por
aguas estrechas. De pie al timón del barco, buscará la manera de

10. Etica a Nicómaco, II, ii, 3-5.

empíricos, fluye hacia arriba desde las obsei'vaciones iiulividtiales liasia las leyes
generales».

16Ó
L A R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

dirigir su barco por entre dos cabos cercanos uno de otro con el
viento en contra, y mirará continuamente a uno y otro lado, cali-
brando las variaciones del viento o de la profundidad del agua para
percatarse de cuándo se está acercando demasiado a un banco de
arena para cambiar de táctica. Un médico también ha de estar
alerta a cambios inesperados en el estado de un paciente, y a reac­
ciones poco frecuentes a un tratamiento dado; unos y otros pue-
tlcn señalar que es momento de cambiar el tratamiento, y servir
para encontrar una nueva manera de navegar sorteando los esco­
llos de la enfermedad del paciente. Una de las cosas que hizo de
Aristóteles un perspicaz comentador de las exigencias de la razón
práctica es, por supuesto, el hecho de haber ci-ecido en una fami­
lia (le médicos. El hecho de que él mismo trabajara como médico
\ lucra hijo de médico realzó su comprensión de la temporalidad,
110 solo en el ámbito de la medicina, sino también en la ética y en
campos prácticos de todo tipo.
En los últimos treinta años, ha vuelto a apreciarse de nuevo el
I oniraste entre la práctica clínica y la teoría biomédica, pero hubo
un tiempo a mediados del siglo xx en que la mayor parte de la me-
ilu ina era oficialmente considerada como «biología aplicada». Lo
que hizo que se pusiera de moda esta interpretación fue el informe
ili' Abraham Flexner sobre la formación médica, realizado en 19 13 ,
que (Icfenilía que volviera a otorgarse un papel preponderante a la
liiiKpu'mica y la fisiología en la formación en medicina. En aquella
i'pncii, este cambio provocó grandes mejoras del nivel de conoci-
iiiicuio científico de los médicos. En vez de ser una actividad arte-
>.,m,il iiioiivada por el sentimiento, «puede ser así en la teoría, pero
lii'i nisiis no (imeionan de esa forma en la práctica», los procedi-
iiiicuius clínicos incorporaron cada vez más avances basados en las
I iciK las biológicas. Sin embargo, durante bastante tiempo, este
I ,nublo alimentó también la tendencia a que una nueva generación
111 médicos pasara por alto los a.spectos no técnicos de las situacio-
iie'( I linicas, cuya relevancia ipiedaba eclipsada por consideraciones
lili ili igicas. Solo recientemente se puede decir que las artes cotidia-
iiii'i aplicadas al liatamiento de lodos los problemas de un pacien-
I»| \ a sean esios iccnicos o no— han recoiuiuistado su lugar en el

I Ó7
REGRESO A L A R A Z Ó N

corazón de la medicina, junto con la propia investigación clínica. Si


bien el espectro de diagnósticos y tratamientos de que disponen
hoy en día los médicos se ve continuamente acrecentado por nue­
vas investigaciones científicas, las necesidades de una práctica clí­
nica que tenga en cuenta cuestiones temporales siguen siendo
preponderantes, y la relevancia para la medicina de nuevos conoci­
mientos fisiológicos y bioquímicos se mide por su capacidad de sa­
tisfacer esas necesidades.
Esta vuelta a un enfoque clínico ha tardado más en resultar
convincente de forma general en el ámbito de la psiquiattía que en
las áreas más mecanicistas de la medicina. Aún hoy en día, tanto
dentro como fuera de las instituciones académicas, muchas perso­
nas albergan dudas sobre si la psiquiatría tiene la misma legitimi­
dad que las ciencias biomédicas más puras. Con el pretexto de es­
tudiar fenómenos humanos, muchos defienden hoy en día que los
seres humanos pueden «reducirse» a su herencia genética, a sus
instintos, o a su historia evolutiva, mientras que otros aíslan sus ca­
pacidades cognitivas y perceptivas, y tratan de reproducirlas en for­
ma de operaciones informáticas. Howard Gardner cita así a Erik
Erikson:

L a relatividad im plícita en la labor clínica puede, para algunos, incidir ne­


gativamente en su validez científica. Sin em bargo, sospecho que esa mis­
ma relatividad, verdaderam ente reconocida com o tal, hará de los médicos
clínicos m ejores com pañeros de los científicos del mañana, de lo que lo
hicieron los intentos por reducir el estudio de la m ente humana a una
ciencia idéntica a la ciencia natural tradicional."

¿Por qué llama «tradicional» a la fisiología mecanicista? A quienes


aceptan la necesidad de una democracia metodológica no les sor­
prenderá descubrir que la idea de lo que es «tradicional» para una
disciplina puede ser precisamente lo que otra más aborrezca.
Resumiendo: llega un momento en la formación en medicina
en que un joven estudiante se enfrenta a la tarea central de la prác-

1 1 . Nev) York Rcvkiv oj'Bonk.w, 24 do ¡unió do lyyi;, pp. ' *'’ '
55 5

lóK
L A R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

lica clínica: considerar el historial de un paciente. ¿En qué medida


el estado de un paciente es el resultado de enfermedades, acciden­
tes u ornas desventuras anteriores? ¿O hasta qué punto debemos
más bien explicarlo por el entorno familiar, la educación o la expe­
riencia de vida del paciente? ¿Y a qué indicadores debemos atener­
nos para ver cuál es el problema del paciente y cuál la mejor forma
de remediarlo? Estas preguntas sii-ven para definir lo que llamaré
ii(|uí el conocimiento «clínico», y el contraste entre los juicios ra­
zonables de un profesional y los cálculos racionales de un teórico
arrojarán más luz sobre las diferencias generales entre racionalidad
y racionabilidad.

l’oner en práctica un acercamiento «clínico» no quiere decir aban­


donar la esperanza de establecer verdades generales. Al contrario,
i'l lérmino «universal» se ganó su lugar en el vocabulario filosófico
lusiamente en este tipo de contexto práctico, y la fuerza del térmi-
IIII refleja su etimología. Para los griegos lo universal era kat’holou,
que significaba ‘en general’, y con este mismo sentido se sigue em­
pleando hoy en día en la vida diaria de los griegos. Aristóteles nun-
1 .1 delendió que los conceptos universales fueran aplicables invaria-
lileinente y sin excepción: en las situaciones de la vida real, muchos
universales son válidos en general, más que invariablemente. Por lo
i.iiiio, en medicina y en otras disciplinas humanas, debemos recor-
ilai la diferencia entre los presupuestos factuales generales que res-
piildan los argumentos «razonables» en las artes prácticas, y las de-
diu'ciones «racionales» que son el material del que se nutren las
ii'oi ias matemáticamente formuladas.
I'.l rasgo princi¡)al del razonamiento práctico en las artes clíni-
I .n. reside, pues, en su centro de atención. En la física teórica y en
impresas similares, los científicos y los filósofos tienen como tarea
pi'i leeeionar rasgos generales del mundo; mientras que en los ám-
biios elmieos, a los profesionales les interesa menos lo que ocurre
I II general (kiil'holoii) r|ue en una ocasión particular (kat'hekaston).''

1 1 I .íilili'll y Senil, (i'nrk lúin/id' Lexiam, pp. 4i;i;-50o y H55-856.


4
I On
R E G R ES O A L A R A Z O N

De modo que el centro de la atención clínica es el caso particular,


que nos obliga a preguntamos «¿Qué es un caso?»: a menudo es
más fácil decir qué no lo es. H oy en día la gente está tan familiari­
zada con las películas y series televisivas de juicios que su com­
prensión del término «caso» se limita a las situaciones resueltas
por un abogado ficticio como Perry Masón. Pero eso solo es parte
de la historia. L o particular de cualquier caso es en parte por su­
puesto la situación, pero depende aún más de la persona o personas
cuyas vidas se ven afectadas por un caso concreto; y, aún más, de las
aventuras (o desventuras) que acaecen a esos personajes. El u.so de
la palabra «acaecer» en lugar de «suceder» puede parecer arcaico,
pero tiene la virtud de hacer hincapié en el hecho de que las des­
venturas caen del cielo, como sucesos que no predecimos y no po­
demos evitar.
Para considerar casos típicos, en este sentido, podemos empe­
zar por pensar en lapsos de tiempo en la historia de la vida de una
persona. La vida tal y como la vivimos, en su concreción coti­
diana, tiene una complejidad que impide que las experiencias se
puedan clasificar en «casos» claros y diferenciados: algunas des­
venturas deben considerarse desde la perspectiva de varias profe­
siones a la vez. Una mujer de pueblo, cuyo marido muere en un
accidente de coche, recurrirá a quienquiera que esté a su alcance
para pedir consejo. El accidente puede haberla afectado de múlti­
ples formas: desde el punto de vista legal, médico, económico c
incluso psicoterapéutico. N o es probable que encuentre todas
esas profesiones bien representadas en un pueblo pequeño, y la
primera persona a la que recurra en busca de ayuda puede no sel­
la mejor formada para hacerlo. ¿Qué arte clínico responderá me­
jor a sus necesidades más inmediatas? ¿De quién deberá solicitar
la ayuda con mayor urgencia? Este puede ser el principio de una
larga historia.
Aunque la mujer consulte a un médico, puede que solo llegue
a obtener una respuesta incompleta. La tarea del doctor es la de
examinarla teniendo en mente varias cuestiones, ¿h'staba ella tain
bién en el coche cuando ocurrió el accidente, y resulto herida ella
también? ¿Es esta la cau.sa de su debilidad y su |)alidez, o liene la

170
LA R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

mujer otros problemas? ¿Le impide su pobreza llevar una dieta


adecuada y por eso tiene deficiencias nutricionales? ¿O es causa
de sus problemas una infección vírica, una intoxicación de la san­
gre o una enfermedad hepática hereditaria? La medicina es tan
compleja que un médico sensato tendrá en consideración media
docena de factores, pudiendo incluso dejarse llevar por la corazo­
nada de que el único problema médico de la paciente son los efec­
tos de su estado de shock. Antes de decidir qué hacer, en cualquier
caso el médico tiene que considerar todo un amplio abanico de
posibilidades.
En su ensayo Can a Doctor be a Hiimanist?, Robertson Davies
define la sabiduría como «esa amplitud de espíritu que distingue al
sanador de primera categoría del técnico capaz» y pasa después a
relatar su propia experiencia de joven alumno en Oxford. Un día
de frío invierno que no se sentía bien, su tutor lo mandó a que lo
viera su médico, que «no era en absoluto lo que yo me esperaba
|...|. Me recibió en lo que debía de ser su sala de consulta, pero más
parecía una biblioteca, pues estaba repleta de libros, y como soy ca­
paz de leer el título de un libro a una gran distancia, me di cuenta
enseguida de que no eran libros de medicina». El médico le pre­
guntó: «Pero ¿por qué estás enfermo?», y sus respuestas no lo sa­
tisficieron.

I’nr que han podido estos génnenes atacarte? ¿Por qué estás enfenno, si
dii es (|ue toda tu familia se enferm a cuando tiene que enfermarse? ¿Es
|MM una chica? ¿Q ué hay de tu trabajo? [...]. Sabes, no deberías darle tañ­
ía importancia a tu trabajo. Solo la gente m ediocre lo hace. Y entonces,
pin supuesto, su trabajo los consume. M ientras que, por supuesto, debe-
ii.i ser al contrario. M i trabajo me consumiría, pero lo mantengo a raya
I SI',dando montañas. Y, ¿sabes una cosa?, escalar montañas me hace ser
iur|or medico.

Uiilici ison Davies añade:

Itinmond ( ¡reene era, en efecto, un e.xcelente alpinista, un médico muy


itdmiiiido, )■ eslo no es tal vez tan irrelevante com o puede parecer— el

171
r e g r e s o a l a RAZON

hermano del novelista G raham G reene. E l Thne^ de Londres dejó bien


claro, por lo menos para mí, que era un m édico de prim era categoría por­
que nunca dejó que el ejercicio de su profesión lo consumiera. E l era en
prim er lugar un humanista, y en segundo lugar un médico.

El tipo de médico que Robertson Davies alaba como humanista


no se ve restringido por anteojeras intelectuales: sus actividades no
son tan limitadas. Muchos de los que practican las artes clínicas
pueden proponerse mantener el tipo de espíritu al que Davies lla­
ma «sabiduría», pero cuanto más restringido sea su punto de vista
y cuanto más académicas sean sus preocupaciones, menos posibili­
dades tienen de conseguirlo.’ ’
Mi amigo Eric Cassell ofrece también una historia muy revela­
dora. Cuenta que lo convocaron a una escuela de medicina de gran
renombre para que se sometiera al ritual conocido como Grand
Roimds: valoraciones improvisadas de casos nuevos, destinadas a
enseñar a los colegas y a los alumnos cómo se realiza la practica clí­
nica de primeros auxilios. Se le presentó el caso de una mujer ne­
gra y joven cuyo único síntoma era que, hacía dos semanas, había
empezado a sufrir desmayos, y a desplomarse en el suelo. Los ex­
pertos locales no daban con una explicación de lo que le ocurría; le
hicieron todas las pruebas bioquímicas, fisiológicas, neurológicas y
cardiológicas que se les pudieron ocurrir, hasta el punto incluso de
extraerle fluido espinal mediante dolorosas punciones lumbares.
Ninguna de estas pruebas tuvo resultados positivos. Ninguna sirvió
para explicar los desmayos.
Eric se enfrentaba por un lado a una hoja en blanco, y por otro
a una paciente de carne y hueso. De modo que se volvió hacia ella
y le preguntó: «Dígame, querida, ¿cuándo empezó exactamente a
sufrir estos desmayos?». Ella contestó que nunca antes le había
ocurrido algo así, hasta el día, no hacía mucho, en que su madre vi­
sitó su apartamento y— sin previo aviso— se desplomó en el suelo,
sin vida. «Oh, querida— contestó Eric— , qué horrible fue eso para

13. Robert.son Diivie.s, The M eiiy Hairt, Toronto, McClelland ;iml Sicw.m y
Penguin Cañada; Nueva York, Viking, h;<;7, pp. 100-101.

I7Í
1.A R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

usted»; y ella inmediatamente estalló en sollozos. Por difícil de


creer que resulte, era la primera vez que alguien le pedía que ha­
blara de lo que le había ocurrido.
Más que inadvertencia, que sería incompetencia profesional,
esta incapacidad de tratar el caso desde una base personal puede
verse como una restricción del campo de miras que antes hemos
llamado «anteojeras profesionales». Es una incapacidad que Aris­
tóteles reconocería enseguida. Al no preguntar cuándo empezaron
los síntomas, los doctores olvidaron el papel de la temporalidad en
un historial médico: dieron incluso a entender que esta parte del
historial de la paciente era irrelevante para un diagnóstico adecua­
do. A este respecto, nos recuerdan a uno de los economistas que el
banco Asiático de Desarrollo contrató como consultor en el pro­
yecto de in'igación en Bali, que hizo caso omiso de los templos de
agua porque pensó que, como instituciones religiosas, no podían
ser relevantes desde un punto de vista económico. Los templos
eran aparentemente irrelevantes para las cuestiones técnicas que se
le habían planteado, de modo que el economista los consideró fue­
ra de lugar.
La idea de que las artes prácticas son deudoras de las habilida­
des que Aristóteles llama p/jroHejK no fue muy bien recibida por los
pensadores racionales de la época moderna. Aunque, en su forma
l.iiinizada de «prudencia», este término ocupa un lugar en palabras
rumo «jurisprudencia», se han olvidado sus implicaciones más ge­
nerales. Los científicos sociales que marcaron el paso en la prime-
ru miiad del siglo xx veían a Aristóteles como a un cabeza de turco
del t|iie nada tenían que aprender. Incluso John Dewey, un prag-
niatisia moilerailo, seguía considerando a Aristóteles como alguien
t n\ as ideas podía ignorar— tal vez porque las asociaba con la forma
dogmática de neotomismo enseñada por filósofos conservadores
romo Moriiiner Adler y otros más de su época— . A la luz de los
anos noventa, las ideas de Dewey sobre la «lógica experimental»
no son tan distintas de las «categorías» de Aristóteles: en particu-
lai, i'l roncepio de/i/>/vwt’.ávsigue siendo valioso para nosotros. M e­
in r la pena, pues, analizar el creciente interés por la medicina clí-
(iita rn los anos ipie siguieron a la Segunda (íuerra Mundial— en
R E G R ES O A LA R A Z Ó N

especial el origen teológico de los debates intelectuales que desde


entonces se han dado en llamar «bioética»— sobre todo porque
esos mismos cambios históricos arrojan luz sobre la forma en que
la práctica de la medicina ha respondido a los logros de la nueva
tecnología médica.

Se dice que vivimos en una cultura de profesionalismo. A algunas


personas les agrada esto: Alasdair Macintyre considera la vida de
las profesiones como uno de los contextos en los que las personas
todavía pueden experimentar directamente los orígenes más anti­
guos y comunitarios de la obligación moral. Otras lo deploran:
Ivan Illich considera interesada la solidaridad profesional, y exhor­
ta a los ajenos a las profesiones a emplear todos los medios a su al­
cance para fhastrarla o eludirla. (Se hace eco de la declaración de
George Bernard Shaw: «Toda profesión es una conspiración con­
tra el laicado».) Entre estos dos e.xtremos, los problemas morales
de la vida profesional se han convertido en temas de activo estudio
para los académicos y el público en general, en las universidades,
los gabinetes estratégicos, y los centros de conferencias, y la pren­
sa diaria está llena de historias sobre la moralidad profesional, o
más a menudo, el mal hacer, que vende más. La ética profesional
es, así pues, uno de los temas actuales de interés.
Este hecho no re,sulta tan obvio. Desde los gremios medieva­
les hasta las asociaciones modernas de médicos y abogados, hace
ya tiempo que los grupos profesionales tienen poder político y .so­
cial y han aceptado la responsabilidad del ejercicio de ese poder.
Los derechos y los poderes de los profesionales médicos los con­
fieren estatutos que también imponen restricciones legales sobre
su uso: al negociar los acuerdos que les confieren su autonomía,
también aceptan su responsabilidad. Como la mayor parte de las
controversias que el poder profesional genera, esto viene de anti­
guo; desde Moliere en adelante, los abogados han sido blanco de
burlas: recuérdese la ópera de Mozart Cosifiin tinte, las estatuillas
de Daumier, y la novela de Dickens, Casu desoltida, (Forlia, de
Shakespeare, es tal vez la única figura de abogado vcrdadcraiiiciilc'

'7'l
I.A R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LA S A R T E S C L ÍN IC A S

positiva de la literatura.) Sin embargo, solo recientemente se ha


sometido la vida profesional a un serio análisis académico; y pode­
mos preguntarnos por qué los profanos no pusieron en cuestión el
monopolio de los médicos profesionales sobre la ética médica has­
ta después de 1950.
Los últimos cincuenta años han cambiado no solo las activida­
des de los profesionales, sino la manera en que las personas ajenas
a la materia perciben y critican esas actividades. ¿Cuál es el origen
de estos cambios? En particular, ¿qué es lo que caracteriza a las
nuevas actitudes del público hacia las profesiones? N o es que hoy
( II (lía vivamos en un mundo muy diferente al de mediados del .si­
glo pasado; la amenaza nuclear se ha desvanecido, y la mayoría de
liis personas gozan de vidas algo más prósperas, pero lo hacen en
Iontextos sociales similares. Eampoco la vida profesional en sí es
muy diferente de lo que era hace cincuenta años. Las legislaciones
de algunos estados han establecido nuevas formas de práctica clí­
nica y de deontología profesional, pero el carácter general de la la­
bor m édica nu ha cambiado mucho en estos años, y—salvo en el
I aso de la «atención administrada»— las instituciones en las que
IIabajan los médicos conservan en gran medida el mismo marco
legal.'■*
Eos cambios más notables han provenido no tanto de las pro-
Icsioiies como de su clientela, de los nuevos logros técnicos de los
icciuilogos médicos y de los críticos sociales contemporáneos: es-
lus son l(js re.sponsables de la importancia de la preocupación ac-
iiul por la ética médica. ¿Por qué, entonces, las expectativas de la
gniie sobre la ética profesional difieren tanto hoy en día de lo que
• i.iii en décadas pa.sadas? ¿Por qué la gente exige tanta responsa­
bilidad y tanta participación? Una de las razones es que en los úl-
iimos años hemos asistido a un incremento radical en el espectro
dr lo (|ue los profesionales médicos pueden hacer por sus pacien­
tes en las ultimas dos décadas la medicina ha ofrecido posibilida-

i.| \ t'iisc Sii-plu'ii limlinin, «Medical Institiition.s and Thcir .Vloral Cons-
MiilMli-, en el sini|Misi<i lnte¡p-ity in ! laillh 0 //r Ins/ifiitimis, Ruth Hulger y Stanley
Mi'i'ii'i rds., Iiiwa, lhiiversiiy ol lowa Press, pp. 21-32.

' 7S
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

des en «los límites de la vida>=— en la unidad de cuidados intensivos


de neonatos o en el ala geriátrica— que en los años cincuenta no
eran sino sueños para los investigadores. El cada vez más amplio
repertorio técnico de la medicina clínica no es el único factor que
ha ocasionado una crítica de la medicina, pero sí ha servido, desde
luego, de detonante para el cambio.
A principios del siglo xx, se suponía que los profesionales se­
rían fieles a su profesión; las pocas personas ajenas a la profesión que
ponían en cue.stión esta creencia se enfrentaban a un pesado fardo
de evidencia. Así pues, antes de los años cincuenta, se generó poca
crítica de la práctica médica fuera de la profesión. En Estados U ni­
dos, la actitud de los doctores hacia sus pacientes era— como sigue
siendo en Japón— paternalista o, para acuñar un término neutro en
cuestiones de género, «parentalista». Antes de 1950, la expresión
«el médico siempre tiene la razón» no suscitaba aún sonrisas, y la
conducta «poco profesional» hacía referencia a prácticas que soca­
vaban los intereses de la profesión. (En Inglaterra, un abogado
normal no puede hacer el trabajo de un «barrister», es decir, del le­
trado director de un litigio, de la misma manera que tampoco pue­
de un periodontólogo en Estados Unidos inmiscuirse en el campo de
acción de un cirujano maxilofacial.) En resumen, siempre que sur­
gían cuestiones morales dentro del marco de las profesiones, du­
rante mucho tiempo, se mantenían bajo un cuidadoso control in­
terno. Moral y técnicamente, Mfilliam Osler, de la Universidad
Johns Hopkins, fue un buen profesor de Medicina Clínica, pero a
lo largo de toda su carrera ayudó lealmente a sus colegas a mante­
ner el control moral de la práctica médica en manos de los profe­
sionales de la misma.
En el siglo xx, otro grupo académico ha escrito sobre el papel
social de los profesionales: los sociólogos. Los ensayos de Max Wc-
ber sobre la «vocación» como característica principal del trabajo
profesional siguen siendo clásicos, y estudiosos norteamericanos
como Robert K . Merton y Everett Mugues definieron cuestiones
sobre las profesiones a las que aún hoy los jóvenes eruditos tratan
de responder. Con todo, hasta los años cincuenta estas cuestiones
morales fueron en gran medida im¡ilícitas, incluso para los propios

17 6
L A R A Z O N P R A C T IC A Y LAS A R T E S C L IN IC A S

sociólogos. "Ibdavía se pensaba que la exigencia de que la ciencia


social fuera «objetiva» imponía la obligación de respetar la «neu­
tralidad» dejando de lado la ética.
Por una curiosa alquimia, este hincapié en la neutralidad afec­
tó también a las actitudes del público profano ante las profesiones.
Antes de 1950, para los norteamericanos la pregunta «¿Es este
hombre un buen médico?» significaba exclusivamente «¿Es ex­
perto y eficiente? ¿Domina y emplea las mejores técnicas de que
se disponen?». Por el contrario, poner en cuestión los aspectos
morales del trabajo de un médico no era generalmente aceptable.
Incluso después de que se hicieran públicas en los juicios de N u-
Icmberg, las iniquidades perpetradas en los campos de concentra-
riiin nazis se tildaron de patológicas: esas cuestiones eran sin lugar
.1 (Indas irrelevantes pai'a la práctica de la medicina en cualquier
sociedad decente. De modo que aquellos que ampliaron el debate
sobre los aspectos morales de la medicina a partir de 1950, inclu-
\Tiulolos así en el foro público de discusión, tuvieron que ser in­
dividuos de indiscutible buena fe, con una perspectiva humanita-
I u y global.
l',stas personas que fueron «los legisladores no reconocidos de
1.1 luimanidad»— como describía Coleridge a los poetas— eran teó-
li igos. Joseph Fletcher en 1954 y, después de él, Paul Ramsey, fue-
mn las primeras personas ajenas a la profesión médica que expli-
I an in claramente que, desde la contribución del informe Flexner al
iiK icmento del contenido científico en la fonnación médica, la
puciica clínica en Estados Unidos se había vuelto demasiado téc-
iiii .1 y había perdido su preocupación anterior por los aspectos
mondes del ejercicio de la profesión. De la misma manera, al tras-
liid.irse de la atmósfera de la consulta del médico generalista al
m.iico burocrático de un hospital, el escenario de la atención clíni-
1 .1 relorzab:! la «despersonalización» de la medicina, contemporá-
m .miente al hecho de que las innovaciones tecnológicas estaban
I...... iendo cambios de orden de magnitudes en el tratamiento
medico. Desde el punto de vista de un teólogo, estos cambios en
tie.tiiiiciones y técnicas suscitaban interrogantes .sobre la elección
del ti.it.iimento «¿(.)uién ptiede decidir cuándo .se pueden de.sco-

' t:
R E G R ES O A L A R.AZÓN

néctar los equipos de mantenimiento de la vida?»— que eran de­


masiado trascendentales como para dejarse a la libre discreción de
N,i los médicos. Una vez que las cuestiones se formularon en estos tér­
minos, y se presentaron en xm contéxto práctico, los médicos no
podían ya tacharlas de irrelevantes, y mucho menos atacarlas por
considerarlas políticamente motivadas.’’
En el momento en que los teólogos morales empezaron a es­
cribir sobre el tema, nació la disciplina de la bioética, y se abrió la
puerta a una tribu de «bioéticos». En sus inicios, el debate no tenía
toda la pasión y el calor que habría de adquirir después. Como in­
dividuos, los teólogos pueden ser apasionados, pero consideran sus
preocupaciones nib spede aeter~nitatis, lo cual fomenta una cierta pa­
ciencia. En los inicios de la bioética norteamericana, los problemas
intelectuales de la disciplina tomaron una forma que desde enton­
ces no ha cambiado, pero las publicaciones y los foros en los que
tuvo lugar el debate estaban fuera de los escenarios normales de la
acción social. En las décadas de 1960 y 1970 se asistió a un cambio.
Retrospectivamente, aquellos años fueron un periodo crucial en la
historia política, cultural y social, no solo de Estados Unidos, sino
de todo el mundo occidental, comparable al de la década de 16 10 ,
o de 1840, por ejemplo. Los cambios subsiguientes afectaron a to­
das las actividades humanas, desde las artes y las ciencias naturales
hasta la moral, la política y la educación. Desde la década de 1920,
la cultura europea había estado dominada por el respeto a la ele­
gancia abstracta y la excelencia intelectual; en los años sesenta se
atacó esta actitud por su falta de relevancia en las cuestiones huma­
nas concretas. De modo que el centro de atención cambió de
Schonberg a Mahler, de la relatividad a la ciencia informática y de
la bioquímica molecular a la terapia genética.
Antes de la década de 1960, la política norteamericana hal)ía
sido una política de consenso. Después de 1965, las cuestiones de
política seguían relacionadas con las formas eficaces de lograr «ob
jetivos nacionales», pero pronto esa expresión quedó excluida de la

15. Véase, por ejemplo, Paul Rainsey, Etl.ua 11/ ihf lídna of l.ifr, New I laven,
Vale University Press, 197S.

17H
L A R A Z Ó N P R Á C T IC A Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

retórica política de forma tan completa como lo hiciera «El médi-


i’o siempre tiene la razón» del debate sobre la medicina. En los
diez años siguientes, la política de consenso dejó paso a la política
de intereses de grupo, cuando las reivindicaciones concretas de las
minorías étnicas, las mujeres o los ancianos competían para lograr
atención política. En Estados Unidos, este enfrentamiento se in­
tensificó debido a los desacuerdos sobre la Guerra de Vietnam. N o
es (|ue esta transición la causara solo la guerra; el derrumbe social
y cultural de finales de los sesenta y principios de los setenta lleva­
ba tiempo fraguándose. El factor crucial es lo que Jeffrey Stout 11a-
iii(') «la huida de la autoridad». Desde finales de la década de 1960,
■>e resistió a las exigencias de la autoridad, y se puso en cuestión el
parentalismo de los médicos, junto con todas las demás aspiracio­
nes de llevar la razón. Los coches de los bienpensantes bostonianos
liieían jiegatinas que rezaban «Cuestiona la autoridad»; muchas
liersonas admiraban los libros de Ivan Illich y de Thomas Szasz; li­
bros tnédicos de autoayuda como Our Bodies, 0 ?/r.fr/wr recibieron
mi.i clamorosa acogida; y la aleccionadora parábola de Ken Kesey,
lljUnini voló sobre el tildo del ateo., consiguió el respaldo necesario
|Mi a «ilesinstitucionalizar» a los enfennos mentales, que más ade-
liinte habría de tener una triste contribución a la epidemia de vaga-
bmidos sin hogar en las ciudades norteamericanas."^
Así pues, en 1970, el supuesto de que los profesionales eran
It .des a su profesión se había debilitado, y los médicos se enfi-enta-
b.m ,il mismo cambio en el peso de la evidencia que todas las demás
b|ninis de autoridad. De modo que a nadie le extrañó que en 1974
>I < Angreso estableciera una comisión nacional para proteger a los
.1 M's btimatios de la investigación biomédica y de la conducta.
(I lili se pregunta: «¿De quién había que protegerlos?»— «¡Pues
•It bis científicos de inve.stigación, por supuesto!».) ¿Por qué iba
dliigula esta crítica a los científicos de la conducta y la biomedici-
Mii I iiiiciciamente? Muchos creen que el Congreso había querido
I (lili IIllar a los médicos, y no solo a los investigadores; pero no dis-

lA Irihry Símil, /'Ar l'lin h t linr/t .■ liithiirily. Nutre Dame, Nutre Dame Uni-
II I llM l'iesH, ii;Hi.

I íij
regreso a la r azó n

ponía de ninguna vía constitucional mediante la cual pudiera im­


poner la ley sobre actividades profesionales en las consultas priva­
das de los médicos. Por otro lado, controlar el presupuesto de los
institutos nacionales de la salud le confirió al Congreso el poder
sobre los fondos de gran parte de la investigación biomédica, tanto
en los grandes centros médicos como en las universidades de in­
vestigación. Así, en 1967, el National Institute of Health estableció
un sistema según el cual todas las propuestas de investigación fi­
nanciadas con fondos federales que implicaran a sujetos humanos
debían recibir la aprobación de «consejos institucionales de con­
trol» locales.
Esta era la punta visible y respetable del iceberg. Mientras tan­
to, empezó a darse una política oratoria más activa, gran parte de la
cual resultaba estridente, y de la cual persiste bastante hoy en día
en la campaña contra la utilización de cultivos transgénicos. Esta
oratoria era muy responsable en algunos aspectos, pero en su ma­
yor parte era más desenfrenada y no muy bien argumentada. Des­
barató una reunión pública de la National Comission for the Pro-
tection of Human Research Subjects en San Francisco para delwtir
objeciones morales a la psicocirujía. El mero hecho de debatir tran­
quilamente sobre psicocirujía o de definir con exactitud las obje­
ciones se consideraba inmoral: lo políticamente correcto era de­
nunciar la psicocinijía y a sus practicantes de forma radical, como
un mal absoluto. Así pues, a finales de la década de los setenta, mu
chos médicos y científicos biomédicos norteamericanos estaban
descontentos— a veces paranoicos— con las críticas del público aje
no a la profesión, y se atrincheraron en líneas más defensivas. Al
gunos de ellos denunciaron todo el sistema de seguros del N ll I, y
toda la crítica social, política y moral de la medicina, tildándola de
intrusismo injustificado en el ejercicio adecuado de la |m)fesi(')ii
médica. Un Premio Nobel de Harvard defendió inclu.so en una
reunión pública en Washington que las directrices del N ll I i)ar;i la
investigación sobre A D N recombinatorio violaban los derechos de
la Primera Enmienda de los científicos: este intento por prcsci vai
un monopolio del control sobre la investigación científica era in
gentío, jiero no llevó a ninguna |iarte, y llegó en itn momento en

I Ko
L A R A Z Ó N P R .ÁCTICA Y LAS A R T E S C L ÍN IC A S

que el piíblico ajeno a la profesión ya no consideraba suficiente ese


autocontrol profesional.
A principios de la década de 1980, la atmósfera ya se había en­
friado un poco, y las cuestiones de ética médica empezaban a tra­
tarse con un espíritu más teórico. El debate iniciado por los teólo­
gos en la década de 1950 se había reformulado ahora en términos
filosóficos. Con este cambio de enfoque intelectual, el escenario
del debate se trasladó de los pasillos del Congreso a las universida­
des, y a nuevas instituciones como el Center for Biology, Ethics
and the Life Sciences, en Hasdngs-on-Hudson, y el Kennedy Cen-
ler, en la Universidad de Georgetown. En poco tiempo, el Hastings
(.'o/tiT Repon se convirtió en el vehículo principal de publicación
sobre bioética, al que recurrían los profesores de Filosofía para re­
cabar material para las nuevas clases de «ética aplicada» que esta­
llan empezando a impartir en las universidades norteamericanas.
I I componente teológico no se perdió: Daniel Callaban puso en
pie el centro de Hastings no desde una base académica, sino como
icdacior de una publicación católica liberal, y los intereses religio­
sos de los patrocinadores del Kennedy Center eran de todos cono-
I idos. Pese a ello, para los filósofos profesionales los ejemplos sa-
I .idos de la medicina tenían un mérito especial: proporcionaban un
nuevo terreno en el cual librar disputas teóricas entre kantianos y
III ili 1aristas, por poner un ejemplo. Desde finales de los años seten-
i.i en adelante, las cuestiones bioéticas tendían, pues, a formularse
III los términos abstractos y generales de la filosofía moral. Las
i iiesi iones morales de la práctica o la investigación médica, así
I linio la administración deservicios sanitarios, se reanalizaron para
Un Inu las bajo el ala teórica de la filosofía, y para integrar los prin-
I i|iio', generales de la bioética en las estructuras académicas de la
ii OI la etica.
\l mismo tiempo, las cuestiones prácticas, sociales e incluso
políticas permanecían abiertas a un análisis desapasionado. El ta-
li l i t o académico y profesional del que hacían gala los centros
Ki nnedy y I lastings hacían de ellos un recurso natural para aque-

I
llii'. personas del ( íobierno lederal ipie necesitaban ayuda o conse-
|ii III pi óblenlas de medicina y de servicios .sanitarios. Así pues, es-

iHi
Hl (.Itl SO A I A I tA/ON

tos centros (Icsüirolhiron un (lol)le iit¡u|iie en his niesiiones ili


l)i()éticii. Por tin ludo, establecieron los cimientos lllosoflcos de la
disciplina; por el otro, se les volvió a situar en el escenario de los
asuntos públicos para respaldar a la President’s Ca)mission on
Medical Ethics, que sustituyó a la National (.oinission. I.os resiil
tados de este doble ataque no fueron totalmente positivos. I'.ii
centros y colegios desde Galveston hasta San Francisco, desde
Minneapolis hasta Cambridge, Massachusetts, tales actividades
rindieron cuentas institucionales por la enseñanza de la filo.solía;
pero el abismo intelectual entre las cuestiones concretas y particu
lares de la práctica, cuya respuesta necesitaban los médicos y los
burócratas, y las cuestiones abstractas y universales de la teoría
que a los filósofos les interesaba desentrañar se hizo más claio.
Por muy fascinante que fuera reformular los dilemas prácticos de
la medicina clínica en términos filosóficos, ello no los hacía más
fáciles de resolver en la práctica: la obra de John Rawls, Teoría de
la justicia., no proporciona ninguna pauta específica a los médicos
clínicos. De modo que la fase filosófica de finales de los setenta y
principios de los ochenta no fue el fin de la historia: en los años si­
guientes, el enfoque de la bioética en Estados Unidos ha vuelto a
cambiar una vez más.
En las facultades de medicina y las escuelas de enfermería de
todo el país, médicos, enfermeras y enfermeros que cursaban Etica
Aplicada encontraron las abstracciones del análisis filosófico dema­
siado generales y teóricas como para ser útiles herramientas de en­
señanza. Cuando se les exigió que dominaran las definiciones de
«deontología» y «trascendentalidad», las aprendices de enferme­
ras dejaron los estudios en clara desbandada. Entendían y disfnita-
ban los casos de la vida real, pero los modos teóricos de análisis
eran maneras menos que ideales para resolver los dilemas de la
práctica de cada paciente individual. Com o resultado, muchos cen­
tros clínicos concibieron nuevas maneras de tratar esos problemas
morales y de proporcionar ayuda a los médicos que encontraban
que las situaciones de algunos pacientes concretos suscitaban difi­
cultades morales especiales. Uno de esos experimentos fue un
«servicio de consulta sobre ética» que opera, por ejemplo, como

182
I \ II A/ l ' l N l'M \i I H \ N I AS AH I I ■> I I (Nl l AS

lif, ici Vil IOS (le (•(iiisult.i" en caíilioluj'tu, iiciimliigia o |)M(|iiiali la.
I 'ii iiinlini |)ci piejo aiilc los prohlciiias morales— y no léemeos
ili lili pai lente llama a un colega, o a un eí|uipo de colegas, para
i|iii I s.mimen con él los historiales del caso, hablen con el pacien-
|i t sil tamilia, y le proporcionen consejo adicional para resolver el
illlem.l.
I'eio este procedimiento también encuentra dificultades. ¿Es
lii elII I clínica una especialidad médica para la que se puede exigir
I iialilieaeión posdoctoral, como para el resto de las especialida-
ili •. ¿I'.n el hmeionamiento de un servicio de consulta ética pue­
den los ajenos a la materia aceptar.se como «expertos en ética clí-
Mii y, si es así, ¿necesitan formación adicional? Al «rudnizar»
I ’iie aspecto del tratamiento clínico, los médicos están recuperan­
do gran |)arte de su responsabilidad anterior en los problemas mo-
I des de la práctica clínica, de una forma que Max Weber hubiese
I oinpiendido. Con todo, los médicos ya no buscan recobrar un
monopolio total, o mantener a distancia al público ajeno a la pro-
Irsión. Al reconocer que la práctica médica conjuga habilidad téc-
nit a con sabiduría moral, admiten (aun a regañadientes) que no
'tiempre pueden tomar decisiones sobre las cuestiones morales de
l.i práctica clínica sin la ayuda de alguien, y que hacen bien en no
intentarlo.
A veces, la mejor opción es volver a poner en manos de los pa­
rientes y de sus familias la solución de las cuestiones dolorosas, res­
paldados por sus consejeros espirituales o de otro tipo. El aspecto
moral de la medicina vuelve a integrarse así en la práctica clínica de
lina forma que permanece abierta a la crítica proveniente de perso­
nas ajenas a la profesión, e incluso del público en general. Como
resultado, hoy en día los médicos acogen cada vez mejor que los
profanos participen en la discusión de los problemas morales de la
práctica clínica, y están dispuestos a crear procedimientos que per­
mitan que las personas con un derecho legítimo en una situación
concreta puedan involucrarse en las decisiones clínicas, otorgándo­
se a sus intereses el peso y el respeto que merecen. Esto atrae nues­
tra atención sobre la relación entre la teoría ética y la práctica
moral, que ocupa ahora un lugar básico en el debate; la cuestión

183
REGRESO A LA R AZÓN

central no es el interrogante atemporal «¿Sobre qué principios ge­


nerales podemos basarnos para decidir sobre este caso, en términos
vinculantes para todos aquellos implicados en él?», sino más bien
el interrogante sujeto a una dimensión temporal: «¿Los intereses
de qué personas pueden aceptarse como moralmente invalidantes
en la situación a la que nos enfrentamos aquí y ahora?».

.K,|
T E O R I A E T I C A Y P R A C T IC A M O R A L

Kn lugar de conceptos abstractos universales, las disciplinas prácticas se


I entran en episodios particulares. Las narrativas persuasivas tienen una
inerte de peso del que carecen las fórmulas matemáticas. Nos penniten
levivir la argumentación moral en disciplinas que, desde el siglo xviii, ha-
liiim aspirado a ser neutrales; y al mismo tiempo, colman la brecha entre
la i’iencia y la literatura.

I legamos ahora a una de las cuestiones más importantes en todas


I lias investigaciones: el papel de las teorías éticas— de la teología
mor;il, la ética fdosófica o cualquier otra variedad— en nuestras vi­
das morales: la confusa mezcla de conflictos, dilemas y decisiones,
prrcepciones, juicios y reflexiones, deseos, pesares y desesperacio-
lu 'i, inquietudes, acuerdos y desacuerdos, condenas y elogios pú-
lilicos, que constituyen nuestra experiencia y nuestra práctica en el
aiid)ito moral. Esta es una cuestión que divide profundamente a fi-
lii'iulos de orientaciones abstractas y profesionales de orientaciones
I uiicrclas. Un teórico como Alasdair Maclntyre no cree que poda-
iiius alcanzar una posición moral bien fundamentada en ninguna
'iiiuat'i(')n práctica sin que nos comprometamos con alguna postura
tntiica sistemática; mientras que los profesionales no entienden
qiM- esas teorías |)uedan incrementar nuestra confianza para desen-
m.ii altar los nudos en los que nuestras vidas nos enredan.' En este

I I ,Mposuini (le Miiclnlyre está clarmnentc expuesta en varias de sus obras


(•iii'i ii'í icnies; espeeialmenie, en T n s mrsitmes rivales de la ética, Madrid, Rialp,
Uno I I iiik'Um» de su postura es un análisis de las «tradiciones»; según él, cada
nuil lie nnsiiiros está c(>in|>niinetido—por lo menos, en un momento dado— con
uitii uiiu .1 inulieioii, en la ipie o bien hemos nacido, o bien nos hemos convertido,
I l|iie aiepiamos por entero hasta tpie una ulterior e.xperiencia de conversitSn

iKs
REG RESO A L A R A Z Ó N

campo, ¿están la teoría y la práctica de verdad al mismo nivel? O


bien, como las teorías psicológicas abstractas y nuestra compren­
sión cotidiana de la vida mental, ¿son solo barcos que pasan uno
delante del otro en mitad de la noche?
Hay motivos para creer que, en este caso, hay una falta básica de
contacto. Quienes reflexionan sobre los problemas morales de la
práctica clínica recurren en vano a la ética filosófica del siglo xx en
busca de orientación y consejo. Pese a toda la sutileza y profiindidad
de la que esta hace gala en témiinos abstractos generales, las conclu­
siones de un libro como el de John Rawls, Teoría de la Justicia, no pro­
porcionan criterios efectivos para resolver disputas de la vida cotidia­
na en casos reales. Sin embargo, de ser ese el caso, ¿qué frutos
prácticos pueden dar esas teorías? Como los miembros de la National
Comission for the Protection of Human Research Subjects en la dé­
cada de 1970, solo tenemos que reflexionar sobre los aspectos mora­
les de las historias de pacientes individuales, de la misma manera que
lo hacen los críticos literarios cuando leen historias de ficción de
Eudora Welty, o de V. S. Pritchett, por poner solo un par de ejemplos.
El resultado principal de nuestro debate sobre la razón prácti­
ca es, así pues, el reconocimiento de que la comprensión de los ca­
sos es inseparable de cómo entendemos las narrativas: en particu­
lar, los tipos de narrativas que solemos llamar «historiales de caso».

transforma nuestro punto de vista. Quienes conocen la teoría de Kuhn sobre I.is
«revoluciones científicas» reconocerán en esta teoría de Macintyre el equivalen­
te a la teoría de Kuhn en un nivel personal: en especial, tampoco Macintyre ha
sido capaz de explicar cómo, en una etapa de su vida—como marxista, como cató­
lico romano, o como «fanático moderado»— para él era racional o razonable li.i
ber defendido un punto de vista diferente en una etapa anterior.
La teoría de Macintyre sobre las tradiciones tiene un punto flaco atlicional.
Como defiende Anthony Giddens en Las consecuencias de la vwdmiidad (iMadriil,
Alianza Editorial, 19 9 7) diciendo que nuestro tiem po es más postradicional que
posmoderno—limita seriamente nuestras formas de pensar en nuestros proble
mas actuales. Giddens no considera que nuestras fonnas de pensar estén plasm.i
das en tradiciones específicas y únicas: al contrario, construimos nuestras aelivi
dades y percepciones .sociales y morales equilibranilo parles de las disiini.it
tradiciones en el marco tic las cuales se forjan micstr.ts vidas.

1S6
T E O R ÍA É T IC A Y P R Á C T IC A M O R A L

IAl disonción de R,oberti>on Davies entre «sanadores de primera


ciitegoría» y «técnicos capaces» llama la atención sobre dos estilos
análogos de narrativa en el ámbito de la medicina. Los historiales
de casos están generalmente limitados a cuestiones que surgen en
el transairso de la práctica clínica, vistas desde el interior de la pro­
lesión. Pero, cuando la atención del médico clínico se amplía hasta
ahaicar cosas del paciente que van más allá de esas preocupaciones,
y .se enfrenta a la experiencia humana tal y como la vive el pacien­
te, las nairativas .subsiguientes se parecen más a las que buscamos
en los escritos de biógrafos, e incluso novelistas. Así pues, si quere­
mos avanzar en esta etapa, debemos considerar de manera explíci-
i. i la relación entre las narrativas profesionales, que pertenecen al
iiMibito del derecho, la medicina o cualquier otro, y las narrativas
literarias que aparecen en historias para un público general de lec-
loi es, y no están sujetas a las mismas limitaciones profesionales.
Las consideraciones introducidas al añadir narrativas persona-
li's a los historiales de casos trascienden el curso normal de la prác­
tica clínica hasta el punto de que es difícil hacer generalizaciones
•.obre ellas. Empecemos por recordar aquí las razones por las cua-
It *• l'.udora Welty alababa a V! S. Pritchett como narrador de histo-
I tus. «Los personajes que nos presenta— todos muy peculiares—
llenen ciertos ra.sgos en coimín con nosotros que no podemos
negar»: es, de hecho, su excentricidad lo que llama poderosamente
imestra atención. También podríamos citar a otro escritor de larga
en la, William Maxwell, antiguo redactor del Nnv Vorker: «N o me
gustaría vivir en un mundo en el que nadie contara nunca histo-
ii. is». Maxwell hace referencia en especial a lady Mary Coke, una
'nialavillosa excéntrica» que se divorció de su grosero marido,
ili Mmía en el cajón de un tocador y estaba convencida de que la em-
|ii laiiiz María Teresa trataba de robarle sus criados: «Esta mujer
tur nitiisiasniaba».'
Iiiiii|)()c() hay ninguna razón, en este contexto, de desdeñar al
|iiu|iio Uobert.son Davie.s, e.sc gran narrador, pues menciona como
|Mi dfirsores a Vladimir Nabokov, en el siglo .xx, y a Plúlip Sidney,

< silvi-r lyiicwriicr” , en The luviwwist, 26 de junio de 1 ji. 97.

•«7
R EG R ESO A LA R A Z Ó N

coetáneo de Montaigne, en los últimos años del siglo xvi. Hace al­
gunos años (como señala Davies), a Nabokov le preguntaron cuál
consideraba él (jue era la mejor cualidad de la narración literaria, la
definió con la palabra rusa shamanstvo— ‘la cualidad del encanta­
dor’ . Nabokov ofrece una definición que recuerda a la misma que
daba el propio Sidney:
é
Viene a ti con palabras de encantadora expresión [...] y con una historia,
en verdad, viene a ti con una historia que saca a los niños de sus juegos y
a los viejos del rincón de la chimenea.’

¿Significa esto que las narrativas no pueden servir de teorías uni­


versales o de leyes generales? Esa es en general una sólida conclu­
sión, aunque a veces da la impresión de que los novelistas no lo
creen así. En un apéndice de Gueira y Paz, Tolstói relacionaba su
hi.storia con una teoría según la cual lo que mueve la historia es el
mismo determinismo mecánico que el de una locomotora. Pero, en
sí, la historia de Guara y Paz no es ni remotamente «teórica», y las
intrusiones de teoría en la narrativa tienden más a interrumpir que
a hacer progresar la narración.
También en otras obras se plasma la preocupación de dblstói
por los trenes y las locomotoras, interés este que otros novelistas y
dramaturgos del siglo xix también compartían. En Ana Kareniiui,
por ejemplo, la heroína de Tolstói utiliza el tren para escapar de los
conflictos morales en los que se ve envuelta su vida. Estos viajes en
tren tienen una función capital en la historia, y desde el principio
hasta el final de la novela nos vemos a menudo sumidos en nubes
de vapor de la locomotora. En lo que a la ética teórica abstracta
concierne, sin embargo, León Tolstói no tiene una gran opinión
de ella. Uno de los personajes más desagradables de Ana Karenina, de
cuya insensibilidad Tolstói no deja ninguna duda, es un tal profesor
Katavasov, un hombre que apenas consigue adoptar una postura
moral de ningún tipo sin adornarla con toda clase de consideracio­
nes teóricas.

3. Rohcrt.scin I);ivics, «/). oV. p. 1K5.

18H
I E O R ÍA É T IC A Y P R Á C T IC A M O R A L

El tema de los trenes aparece en la obra de otros escritores: Las


tres ha-matias, de Chejov, es la historia de tres mujeres solteras que
llevan vidas de soledad provinciana, lejos del Moscú de sus sueños,
que está a un largo trayecto de distancia en tren. Lo mismo ocurre
con varias novelas de Thomas Hardy; Tess, la de los d'Uberüille, por
ejemplo, cuenta cómo una joven campesina de Dorset sueña con
huir a Londres en tren, y eludir así el destino que la aguarda en .su
liogar.'’ Y tan recientemente como en 1998, en su notable novela
sobré Virginia Woolf, Las horas, Michael Cunningham imagina a
Virginia utilizando este medio para escapar del incesante control
«le su marido Leonard.’

A este lado está el severo y preocupado Leonard, la fila de tiendas cerra-


d.is, la oscura cuesta que lleva a Hogarth House, donde Nelly aguarda im­
paciente, casi con júbilo, la posibilidad de otros motivos de queja. Al otro
lado está el tren. Al otro lado está Londres, y todo lo que Londres impli­
ca de libertad, de besos, de posibilidades de arte y el malicio.so y oscuro
brillo de la locura...

1.0 que tienen en común estos narradores es que disponen, cada


uno en su época, de un escenario histórico y cultural. La ciencia
\ la tecnología cambiaron la materia prima con la que novelistas y

■|. La importancia del ferrocarril en las tramas de las novelas de finales del
linio XIX es un tema con el que me familiarizó Edward Boyle, cuya promesa
I orno político conservador era equiparable a su talento como lector de buena li-
t' iiiitira.
s, .VlichacI Ciunningham nos ofrece en su novela The llours (Nueva York,
I■ .llltl|•, Sirausand (íiroux, 1998) [trad. cast.: Las horas, Barcelona, El Aleph, 2003]
lili Iríalo pnifundamentc pers])icaz (aunque ficticio) de las reacciones de Virgi­
nia Wooll ante la vida, ante su marido Leonard, ante sus vidas juntos en Rich-
iiioiid y en Rodinell, ante su gestión de Hogarth Press, pero sobre todo ante las
lllii iiliades emocionales de la vida cotidiana. El título del libro hace referencia
.1 l.i novela de Virginia Woolf, Losafios. Cunningham introduce citas sacadas de
'II liiiiiw inliimi. iij2o-i(j2,f, una carta a Leonard de Letters, ig j6 -ig¿fi, y frag-
iiii niiiH ilr la novela 1 .a sefwra Dalhnvay, pero gran parte del libro es una historia
di pi cunas cuyas vidas iranscurren en el siglo xx, desde la Primera Guerra
Mundial liasia la epidemia de sida, cruzándose con las de los Woolf de distintas
•i'iiiMi, algunas de las cuales solo se revelan en la última página.

iHq
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

dramaturgos podían trabajar: algunas de las historias solo podían


contarse después de que el auge del ferrocarril creara este nuevo
material para las tramas. Antes, en ese mismo siglo, Honoré de
Balzac se había propuesto desarrollar una taxonomía de especíme­
nes humanos, que respaldaba (o así lo esperaba él) su pretensión de
ser el Linneo de la vida social; cada una de sus novelas se centraba
en un espécimen paradigmático, junto con las habilidades profe­
sionales que desarrollaba para él, habilidades que Balzac describe
en digresiones tan largas y detalladas como las que Hermán Melvi-
lle incluyó en Moby Dick.
Si de alguna generalidad podemos hablar en el campo de las
narrativas, de una manera que resulte útil, es de la preponderancia de
historias generalizadas que encontramos en culturas paralelas, y
en algunos casos, muy remotas. Si observamos, por ejemplo, el
Corpus de escritos sufíes, encontramos historias que se asemejan
mucho a otras que pertenecen a la.tradición rabínica: por ejemplo,
la historia de un juez que está a punto de participar en su primera
causa. El marido demandante es el primero en testificar. Al ins­
tante, el juez interviene diciendo «¡Tiene usted razón!», y el ac­
tuario le reprocha que se adelante en su decisión. De modo que el
juez guarda silencio mientras la esposa demandada testifica a su
vez; pero, al terminar, una vez más el juez exclama «¡Tiene usted
razón!». El actuario lo reprende una vez más: «Primero dijo usted
que tenía razón el demandante, luego la demandada ofreció im
testimonio contradictorio y usted dijo que tem'a razón. ¿Es que no
se da usted cuenta de que no puede decir las dos cosas a la vez?».
«¿Sabe una cosa?— dice el juez avergonzado— : ¡Tiene usted ra­
zón!». Esta historia se ha contado tantas veces de un imán como
de un rabino.
Narrativas análogas como esta no son teorías abstractas al­
ternativas, sino que expresan más bien experiencias compartidas
que nos atañen a todos. Pero las historias deben contarse con
buen humor y con total sinceridad. Com o dicen también los
sufíes:

!(/)
T E O R ÍA É T IC A Y P R Á C T IC A M O R A L

Si una palabra viene del corazón, llegará al corazón; pero si solo viene de
la lengua, no pasará del oído.®

En nuestro propio tiempo, la obra de un escritor en concreto es tan


relevante para nuestro debate que merece la pena analizarla en de­
talle. William Gass es a la vez un novelista y un filósofo, y su obra
crítica sobre la relación entre la literatura y la filosofía ha sido muy
aclamada, tanto que no queda del todo claro por qué los ensayos
que se incluyen en su libro Fiction and the Figures of Life no se reco­
nocen de forma más generalizada como clásicos en su propio géne­
ro. La explicación parece ser que se pubhcaron en un momento en
i|ue estaba en auge la moda de la «deconstrucción»: los intereses
de Gass eran de un espíritu tan opuesto que su obra no tenía posi­
bilidad alguna de ponerse de moda.^
Hablando por propia experiencia, Gass declara que tanto el
novelista como el filósofo están obsesionados con el lenguaje.

.\iiil)os, cada uno a su manera, crean mundos. ¿Mundos? Pero los mundos
del novelista, les oigo objetar, no existen. Desde luego. Y sin embargo, exis­
ten más a menudo que los de los filósofos. Y también, ¿cuántas veces pare-
t f eso importar algo? ¿A quién le importa de verdad? Son juegos divinos.

I ,iLs actividades de novelistas y filósofos pueden tal vez ser juegos


tlivinos, pero son peligrosos, y ese peligro es inseparable de su am­
bición:

!■ I objetivo estético de cualquier ficción es la creación de un mundo ver-


lul vivo en catla aspecto de su ser.

< .oMio dice Ga.ss, el hecho de que la novela, como género, naciera
en un punto crítico en la historia de la religión no fue ning^una ca-

fi. Vémise, por ejemplo, las historias que aparecen en la obra de James Fadi-
iiiiiii y Koberi iTager, l'kmitiíilSiijl.m/, San Francisco, 1 laqier Collins, 1997.
U'illiain (i'ass, Fiilion nml the l'ifrtim- of Ufe, Boston, Godine, 1980, espe-
.. ......... los «los ensayos «Philosophy and the l'orm of Fiction» (pp. 3-26) y
■■ I lir ( i.ise ol lile ( )liliyiii){ Stran|ter» (p|). 225-241).

k ; i
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

sualidad. A mediados del siglo xvii, la teología formal perdió su po­


der literario, y la cualidad del encantador de la que hablaba Nabo-
kov pasó a los autores profanos.

Cuando Dios abdica, para muchos novelistas el mundo se convierte en un


lugar carente no solo de dioses, sino vacio también de una naturaleza ge­
nerosamente regular y pacíficamente perdurable en la que el novelista po­
día, en general, confiar.

En ausencia de normas creadas por Dios, al escritor se le deja in­


ventar nonnas que «pueden ser tantas como este quiera, y del tipo
que quiera. Estas establecen la lógica, el orden de su mundo». In­
cluso en un mundo tan carente de dioses como las obras de Bec-
kett, Gass añade:

Puedo sustituir mi amor por la gente por un amor por los principios, e in­
cluso perseguir una vida después de la muerte como programa para una
búsqueda adecuada en esta vida. Bravo, novelistas y filósofos; espléndido.

Sin embargo, el mundo de Beckett se asemeja al de los deconstruc-


tivistas; para él, así como para Schiller y Weber, el desencanto de
las cosas parece despojarnos de toda base para llevar a cabo juicios
morales razonables. En un mundo tan vacío, ¿qué espacio hay para
debatir sobre el bien y el mal?
Esa no es la conclusión que extrae William Gass de la «abdi­
cación» de Dios. Al contrario, la confianza que tenemos en nues­
tros propios juicios, tanto sobre situaciones morales transparente­
mente claras como sobre aquellas demasiado confusas, es, para él,
el resultado de una disputa teórica, no el producto de la experien­
cia inmediata; y, en otro ensayo, presenta una siuiación imaginaria
sobre la cual, a su entender, no hay duda razonable. La llama
«T he Case of the Obliging Stranger» (‘El caso del desconocido
servicial’)-*

8. //'/</., pi>. 225-241.

k ;2
T E O R ÍA É T IC A Y P R Á C T IC A MOR.AL

Imaginemos que abordo a un desconocido en la calle y le digo: «Por fa­


vor, señor, quisiera llevar a cabo un experimento con su ayuda». El des­
conocido es servicial, y me acompaña. En un lugar oscuro cerca de allí, le
doy un golpe en la cabeza con el mango de un hacha y luego lo transpor­
to hasta mi casa. Lo coloco, untado de mantequilla y atado, en un gran
homo eléctrico. El termostato está en 185 °C. Después me voy a jugar al
jióquer con los amigos y me olvido por completo del desconocido sen'i-
cial que he dejado dentro del horno. Cuando regreso, me percato de que
he asado demasiado a mi espécimen y, desgraciadamente, he arruinado el
experimento.

¿Cómo puede nuestra actitud moral hacia este fracaso admitir


duda alguna? N o solo es este caso transparentemente claro, sino
(]ue se asienta sobre consideraciones generales que son igualmente
claras:

l<)da ética que no condene rotundamente mi acción es perversa [...]. No


podría darse una refutación más convincente de cualquier ética que mos­
trar que aprobaba el que yo asaia al horno al desconocido servicial.

lambién aquí, a los lectores cultos de un período de multicultura-


lismo la postura de Gass les parecería que no está de moda. H oy
en (lía, se supone que no podemos admitir que los asuntos éticos
pueden mostrar esa transparencia moral. Sin embargo, Gass re­
plica:

l'.Mos casos son verdaderamente nuestra experiencia moral. Cuando tra-


i.imos de explicar por qué son ejemplos del bien o del mal, de lo bueno o
dt lo malo, parecemos cxSmicos. Lo que debemos e.xplicar no es por qué
i sios casos tienen la naturaleza moral que tienen, pues eso no necesita ex-
plicai it'm, sino por qué son tan claros.

< aimn para ddraiular a todos sus detractores, Gass pasa a explicar
(|iie, igual que, a su entender, tantas situaciones son transparen-
ifiuenie claras, también otras son intrínsecamente confusas; «las
(oulusas son más iiueresaiites y más mimero.sas». Lejos de tener
pi limpios coMvenieiues a los (pie recurrir para conseguir una sali-

i'il
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

da fácil de esas dificultades, poco podemos hacer para resolverlas


salvo acumular más hechos que, como granos de arena, puedan
ayudarnos a inclinar la balanza hacia un lado u otro.
Una vez más, resulta interesante citar un diálogo que Gass pre­
senta a modo de ilustración:

—Dejó a su marido con una mano rota y se llevó a los niños.


—¿De verdad? ¡Será bruja!
—Él se rompió la mano pegándole a ella un martillazo en la cabeza.
—Madre mía, qué horror, pero después de todo, por una vez no pasa
nada.
—Le pegaba todos los jueves después de cenar y al final ella ya no
pudo soportarlo más.
—Ah, claro. Pero pobres niños.
— ellos también les pegaba. Los viernes. Y los sábados pegaba al perro.
—Dios mío, qué hombre más terrible. ¿Y no había otra salida?
—El tribunal no quiso otorgarle una orden judicial.
—¿Por qué no?
—El juez liridlegoose es un idiota.
—Ah, claro, pobrecita, hizo bien, no cabe duda. Excepto por una cosa,
¿por qué no se llevó también al perro?

De cara a esta acumulación de hechos ficticios, cuya relevancia no


podemos poner en duda, el filósofo tiene poco más que añadir. A
este respecto, los casos confusos no reciben más ayuda de princi­
pios generales que los casos claros. Conforme vamos leyendo este
diálogo, nuestras simpatías van alternándose de un bando a otro, y
abandonamos la esperanza de resumir su mensaje en una simple
generalización.^
«En último caso— añade Gass— cuenta más nuestro amor poi‘
las personas que por los principios». Enfrentados a cualquier pro­
blema descrito con todo detalle, los principios abstractos no dan la
talla. ¿Por qué estaba mal asar al desconocido servicial? N o sirve de
mucho contestar: «Porque no puedo desear coherentemente que la
máxima de mi acción se convierta en una ley universal»; ni sitpiie-

(). IhitL, p. 2 3 7 .
T E O R ÍA É T IC A Y P r A c I IC A M O R A L

ra: «Que Dios me perdone, pero no me di cuenta». De un conjun­


to variado de respuestas, la mejor que Gass puede ofrecer es: «Las
personas como es debido lo perciben y se conmueven profunda­
mente».'®
Llegados a este punto, estamos de vuelta en el mundo de Tolstói
y Robertson Davies. La peculiaridad de todas las respuestas pura­
mente generales es tan extrema como la peculiaridad de las teorías
presentadas por la figura caricaturesca de Iblstói, el profesor Kata-
vasov. vSegún Gass, el teórico moral:

puede comportarse como si no hubiera casos claros porque es un raciona­


lista que practica la deducción [...]. La precisión, el rigor y los pasos
indi.scutibles de la demostración lógica lo cautivan. [Como racionalista]
fslá enamorado, no de hombres o mujeres en concreto, no de cosas, sino
de principios, ideas, redes de razonamiento; y si corre a ayudar a su próji­
mo, no es porque ame a su prójimo, sino porque ama la ley de Dios de
amar al prójimo."

Sin embargo, al final, Gass está más cerca de Robertson Davies,


para quien un moralista de ideas claras es «alguien que observa las
vicisitudes de la vida [y] de.scubre de la manera más interesante
que, por ejemplo, puede que si juegas con fuego, te quemes».'^
<!oii este paso, la frontera entre el novelista y el moralista se vuel­
ve muy borrosa, pues ambos se preocupan menos de las teorías es­
peculativas sobre la conducta que de la sabiduría práctica que se
plasma en nuestras vidas.
1A)s ensayos de Gass no están expuestos en el modo analítico
t lasico, pero logran plantear cuestiones cruciales de ética: especial-
iiicmc, la relación— sobre todo, la prioridad relativa— entre princi-
jiios morales y percepciones éticas concretas. En efecto, si Gass
I sia cu lo cierto, el prestigio de los «principios» en la ética se ha
I s ign ado por razones que tienen que ver más con el hecho de que
• I 1 iicionalisla ipieda cautivado por «la precisión, el rigor y los pa-

lo, //W., |). 231. II. //vV/., p. 235.


12. Kdlicnsoii Díivics, «/I, (i!., p. 1H5.

I "JS
REGRESO A LA RAZÓN

SOS indiscutibles de la demostración lógica» que con la tarea de re­


solver dilemas morales. ¿Por qué bando deberíamos empezar? An­
tes de que nos alejemos demasiado del razonamiento práctico, y de
los aspectos morales de empresas como la medicina, la ingeniería y
la economía de desarrollo, concentrémonos en la relación entre
principios y casos en la bioética, y veamos si se observan relaciones
similares si ampliamos nuestro campo de atención a las profesiones
en general.

Volviendo a la tensión entre teóricos y prácticos, merece la pena


recalcar que Alasdair Macintyre insiste en llamar ética «aplicada»
al debate de problemas morales en profesiones como la medicina.
Porque, hoy en día, muchos fdósofos morales aceptan esta expre­
sión, y se utiliza generalmente para nombrar cursos y seminarios
académicos. La única diferencia estriba en que, mientras Macintyre
defiende lo apropiado de la expresión, otros filósofos sencillamen­
te la dan por sentada.
La razón de que Macintyre emplee esta expresión es un sub­
producto de su teoría general de las tradiciones. Según él, crecemos
y vivimos nuestras vidas en el marco de la tradición concreta en la
que da la casualidad que hemos nacido, y nuestra elección ética bá­
sica es la de decidir si permanecer en el seno de nuestra tradición de
nacimiento o convertirnos a otra. Todos nuestros pensamientos,
sentimientos y actitudes sobre cuestiones morales dependen de esa
elección bá.sica, y esta decisión solo puede justificarse racionalmen­
te apelando a argumentos filosóficos sobre los méritos de los dos
sistemas. Muchos encuentran esta explicación muy convincente:
muchas comunidades étnicas y religiosas tienen, en efecto, un códi­
go de ética sistemático para tratar cuestiones morales, y los miem­
bros individuales tienen escasa libertad para ejercitar un juicio ¡ler-
sonal. La cuestión fundamental es: «¿Nos satisface quedarnos ahí o
cabría una crítica más profunda? ¿Están regidas esas tradiciones poi'
la autoridad intelectual de los sistemas teóricos o por la autorid:ul
personal de unos dirigentes étnicos o religiosos? Y, ¿es conqv.u abh'
el orden sistemático de un código de ética al de un sisleina de geo-

\i)(i
T E O R IA E T IC A Y P R Á C T IC A M O R A L

metría, o tiene por el contrario otro tipo distinto de coherencia, que


reposa sobre una base muy diferente?».'^
Es obvio que la respuesta a estas preguntas ha cambiado más
de una vez en el transcurso de la historia: por ejemplo, cuando la
emergencia de una cultura profana a principios del siglo xvi debi­
litó el magisterium. exclusivo de la Iglesia católica. Estas respuestas
difieren también entre personas que viven una vida confinada en
una única comunidad, y aquellas a quienes sus fonnas de vida obli­
gan a equilibrar las exigencias de diferentes instituciones con dife­
rentes tradiciones. De modo más relevante para nosotros hoy en
día, las respuestas difieren también en formas que dependen de si
tales cuestiones se les plantean a los miembros de un grupo homo­
géneo, o si tienen que .ser aceptables para personas que provienen
de diferentes ambientes, cada uno con sus propios códigos y sus
propias prácticas.
Llegados a este punto, es relevante volver a considerar la expe­
riencia de la National Comission for the Protection o f Human Re­
search Subjects. Al recibir instrucciones de que aconsejara sobre la
aceptabilidad moral de involucrar a niños pequeños en la investi­
gación biomédica y de la conducta, la comisión debatió esta cues­
tión durante cerca de seis meses, celebró reuniones públicas para
recabar testimonios de otras personas y organizaciones y, al final de
estas medidas, pudo elaborar un conjunto de propuestas y condi-
eiones sobre las que se logró un consenso casi total.
I'/Ste consenso, sin embargo, solo se extendía a las cuestiones
práeiicas que se le habían encomendado. Una vez que votaron las
Ieenmcndaciones, los miembros de la comisión volvieron a sus ca­
sas y pasaron un mes escribiendo declaraciones sobre sus respecti-
l as r;i/.<)ncs para aceptar las recomendaciones. Fue entonces cuando
surgió la l()i rc de Babel. Desde el punto de vista práctico, habían al-
I an/.ado un consen.so, y estaban de acuerdo sobre qué puntos habían
li lirado consenso. Imi lo que no estaban de acuerdo era en el porqué
de haber llegado a un consenso, qué razones tenían para coincidir
t il l.is recomendaciones. Sus perce|KÍones morales eran las mismas,

I L V't'iisc más an illa, la nota i,

IU7
REG R ESO A L A R A Z Ó N

pero las razones que daban dependían (por lo menos en parte) de


sus respectivos antecedentes personales. Resumiendo—y Aristóte­
les diría lo mismo— la certeza compartida sobre sus percepciones
era mayor que la certidumbre, o incertidumbre, que cada uno de
ellos sentía acerca de los sistemas generales con los que estaba su­
puestamente comprometido.''*
Este resultado no tiene cabida en la explicación de Macintyre.
Tal como él cuenta la historia, la manera racional de decidir una
cuestión práctica de moral es interrogándonos sobre las exigencias
de nuestra tradición nativa o adoptada, y atenemos a ellas. Las so­
luciones prácticas a los dilemas morales serán pues «aplicaciones»
del sistema de creencias expresado en nuestro código de tradicio­
nes. Si la National Comission hubiera seguido esta pauta, el resul­
tado no habría sido el consenso, sino un callejón sin salida; protes­
tantes, católicos, judíos y escépticos se habrían sentido obligados a
tomar una postura desde diferentes sistemas de doctrina, y cual­
quier consenso habría sido fruto de una pura coincidencia, sin base
sólida alguna.
El problema de la postura de Macintyre es el mismo que el que
encontramos en el caso de las «ciencias aplicadas» en general. Tan­
to en la física como en la ética, los casos individuales en toda su
particularidad no pueden «deducirse» simplemente de princi­
pios generales y universales de tipo teórico: como mucho, se pue­
de recurrir a las teorías para entender las formas en que logramos
resolver casos particulares. La teoría (por así decir) no es una base
sobre la que construir la práctica sin problemas; más bien es una
manera de equiparar nuestros compromisos externos con nuestra
e.xperiencia práctica. Esta manera de entender el asunto solo h.i
empezado a tener influencia en la teoría bioética y en la práctica
moral de la medicina clínica aproximadamente en los últimos
treinta años.

14. Véase nú ensayo sobre la National Comission for the Protcetion oí I lo­
man Research Subjeets en la recopilación de estudios de caso editada por 11. 1.
Engelhardt, Jr., y A. 1.. Ciaplan, S d a ili/ k Coiilivvm ies, Cambridge, Cambridge
University Press, 19S5.

lyK
T E O R ÍA É T IC A Y PRA c T I C A M O R A L

La respuesta de Macintyre es que el aparente consenso en las


recomendaciones de la comisión era artificial: fueran cuales fueran
sus diferencias de dase, raza, sexo o credo, todos los miembros de
la comisión eran norteamericanos de clase media, y terminaron vo­
tando como norteamericanos de clase media. Para ver lo cierto de
sus reivindicaciones, concluye, necesitaríamos una comisión que
incluyera también miembros budistas tibetanos, judíos ortodoxos
del barrio de Mea Sharim en Jerusalén y otras comunidades tradi­
cionales. Esta respuesta es demasiado poderosa como para ignorar­
la, pero pone de manifiesto una vez más la ambigüedad del tér­
mino «tradición» para Macintyre. Uno de los logros de Estados
Unidos ha sido crear sus propias tradiciones, que son lo suficiente­
mente humanitarias y moderadas como para atraer a ciudadanos
norteamericanos de muy distintas procedencias y ambientes. Ello
no quiere decir que el consenso al que llegó la comisión fuera arbi-
II ario, y menos aún irracional. Más bien, nos muestra un tipo de si-
Inación en la que difícilmente podemos hablar de un consenso so­
bre cuestiones morales asentado en una sólida base de experiencia
compartida.
No podemos negar, por supuesto, que en algunos países la ma-
\or parte de la gente presentaría objeciones a las conclusiones de
1.1 comisión, que no eran tan transparentemente claras como, por
cicmplo, el «Caso del desconocido servicial», de William Gass. En
tm escenario más exótico que Bediesda, Maryland— por ejemplo, un
iMonasterio en Lhasa— probablemente sería más difícil organizar
miii comisión eficaz. Pero eso no significa que Macintyre esté en lo
I ici lo al concluir que no hay posibilidad de que personas que pro-
' ciigan de distintos ambientes puedan llegar a un consenso razona­
do en cuestiones morales. Los debates de la National Comission
I oiiiitui.uon durante me.ses sin que hubiera ningún tipo de nego-
I LU'iones o presiones, tan comunes en las asambleas legislativas. Si
.ncplamos la interpretación de Macintyre como la única conclu-
Moii racional, nuestro error será el de toda filosofía racionalista; su­
poner «pie lamo la teoría ética como la práctica moral deben fun-
daise en princi|)ios cuya relevancia es ateinporal y universal. Al
l omr a r i o , iodo lo ipie iiodemos exigir razonablemente es la exi.s-

U )l)
R EG R ES O A L A R A Z O N

tencia de un foro— como la National Comission— en el que las di­


ferencias de opinión iniciales puedan irse rebajando lo más posible,
mediante debates cuyos procedimientos sean aceptados por los
miembros como válidos, en respectos que también comparten las
personas ajenas al foro que tendrán luego que actuar en función del
resultado obtenido.
Puede parecer obvio decirlo, pero los procedimientos que rigen
los debates que llevan al consenso en las ciencias naturales no son
tan diferentes a estos. Lo que hace que esos debates—^ya sean cien­
tíficos o morales—sean más razonables que otros solo resulta evi­
dente si analizamos en detalle no los aspectos de forma, sino la sus­
tancia de las cuestiones de las que se trata. Todo conocimiento
puede estar al servicio de intereses humanos, pero no siempre re­
sulta claro qué intereses son relevantes en un debate dado. Cuestio­
nes que una vez competía al médico resolver le son ahora encomen­
dadas a la familia de un paciente o a su consejero espiritual.
Problemas que antaño un economista académico se sentía califica­
do para resolver sin la ajaida de nadie ahora deben perm anecer en
suspenso hasta que los miembros de la comunidad afectada hayan
dado su opinión. Las decisiones que solía tomar el Cuerpo Militar
Norteamericano de Ingenieros sobre si inundar o no un valle agrí­
colamente fértil para crear un embalse tienen ahora que someterse
a las formalidades de una investigación sobre impacto medioam­
biental. En cada uno de estos casos, estamos retrocediendo a un pe­
riodo en el cual la medicina vuelve a ser un arte humano, la inge­
niería una herramienta para satisfacer necesidades humanas, y la
economía se percibe como una cuestión de economía política, y no
solo de cálculo matemático, de fomia que el claustro académico y la
asamblea política tienen tareas complementarias que llevar a cabo.

Por lo tanto, toda crónica de la bioética debe recalcar las [Tosiuias


ante la razón práctica que han ocupado un lugar prejionderante en
todas las artes humanas de.sde la década de 1970. (>uando los ideales
de la teoría expresados en la filosofía natural lograron aceptación en
el siglo xvu, los ámbitos intelectuales qtie habían tenido imicho peso

200
T E O R IA E T IC A Y P R A C T IC A M O R A L

en el debate académico medieval fueron expulsados de la filosofía.


Uno de estos era la retórica, otro era la ética de casos (el análisis de
«casos de conciencia» que Pascal satirizó violentamente en Canas
proviiíciales).'^ La idea de «filosofía moral» en su sentido contempo­
ráneo— como una rama de la teoría independiente de los problemas
|u-ácticos del ascsoramiento pastoral o confesional— fue una inno­
vación académica inventada por Henry More y los platónicos de
( Cambridge del siglo xvu. Sin embargo, cuando la ética de caso— o
casuística, como se dio en llamar después de 1700— perdió su lugar
dentro de la academia, no por ello fue ese el final de la disciplina. De
lorma más humilde, sobrevivió en el seno de las iglesias, mientras
ipie resurgió en la literatura como un ave fénix. El novelista Daniel
I )efoe se ganaba la vida escribiendo columnas de asesoramiento so-
hre dilemas morales para un público general, que se publicaban en
las revistas de su época, del estilo de las columnas actuales de Aim
I .iiiulers. Pero los límites de una coluimia periodística eran dema­
siado grandes. Defoe necesitaba más espacio para desarrollar narra-
uvas .solsre las vidas y los pioblernas de la gente que se asemejaran
mil todo detalle a la experiencia real de esta. De forma que el ca­
suista se convirtió en novelista, y sentó un ejemplo que contribuyó
mucho a forjar el desarrollo del género en los años que siguieron.
Para Henry More, en cambio, la ética de caso carecía de rele-
\.mcia teórica; y lo mismo opinaba su admirador del siglo xix,
I Icnry Sidgwick, que reavivó la teoría ética de una manera que per-
dimi hasta mediados del siglo xx. Cuando tuvo que decidir si or­
denarse sacerdote para seguir siendo miembro del Trinity College
dr ( lambridge, el propio Sidgwick hizo de casuista, y escribió un
Mcpiable casas sobre su propia situación; pero, como señala en una
Mullí autobiográfica, lo impacientaban un poco las cla.sificaciones
iiisniinmicas tiiorales sobre las que se basaba, por ejemplo, el ma-
im.d oficial de ética práctica de William Whewell. Sidgu'ick se
i(uc)idia de que los argumentos casuísticos carecían de la «certeza»
qiii un filósofo exigiría de los argumentos matemáticos. En lugar

Vnisc Allici l U. Joiiscii y .Sicplu-n 'lóulmin, The Ahme o f Cm iistriy, Ber-


'ilivrrsuy ul ( liililoi uia l’ ivss, i<;KK, capíuilu i j, )ip. 2 ^1-241;,

I I
101
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

de aceptar esto como una de las diferencias inevitables entre la éti­


ca y las matemáticas, trató de volver a centrarse en la teoría: ¡al fin
y al cabo no podía ser tan imposible construir una «geometría mo­
ral» como defendía Aristóteles!
Así pues, a finales del siglo xx, el debate de problemas morales
en el ámbito de las profesiones nos aleja de la teoría abstracta y nos
acerca al método de caso, y esta preocupación por la práctica no se
circunscribe a la medicina y a otras profesiones bien disciplinadas.
La diferencia entre acercamientos a la ética basados en principios
universales y aquellos que se inspiran en las tradiciones de morali­
dad de ca.so, respeclivameiue, ya la eniendieion en la Antigüedad
Aristóteles y Hermágoras, Cicerón y Quintiliano, y así la here­
daron posterionnente los teólogos pastorales medievales. Actual­
mente, la obra de Sissela Bok y Paul Ekman sobre la mentira, y la
de Michael Walzer sobre la moralidad de la guerra son corrientes
paralelas de la renovación contemporánea de la casuística, y estos
autores no pondrían objeciones a esta descripción.
En el ámbito de una ciencia teórica, hubiera defendido Aristó­
teles, explicamos fenómenos particulares de los cuales no tenemos
certeza relacionándolos con principios generales de los que tene­
mos una mayor certeza; pero en los asuntos prácticos, nuestra ex­
periencia suele ser al contrario. Tenemos más certeza de lo bueno
y lo malo de casos particulares que de los principios generales a los
que apelamos para explicarlos. Sé que alm é mi dolor de cabeza to­
mando una aspirina con mayor seguridad de lo que puedo explicar
por qué tomar una aspirina alivia esos dolores de cabeza. La N a­
tional Comission for the Protection o f Human Research Subjecis
repitió una y otra vez ese mismo patrón de razonamiento. Una vez
más, parecía que la ética estaba del lado de la práctica, no de la
teoría; y la clase de conocimiento que expresa es un conocimiento
concreto y práctico, no abstracto y teórico.

Para terminar, permítanme que cierre el acceso a un callejón sin sa


lida: la diferencia entre la filosofía práctica y .su homónimo teórico
no es un contraste entre dos disciplitias académicas, cada una con

202
T E O R ÍA É 1 IC A y P R Á C T IC A M O R A L

SUS propias abstracciones. En países que van desde Escandinavia


hasta Australia, las universidades han utilizado los términos «filo­
sofía teórica» y «filosofía práctica» para etiquetar departamentos
que se ocupan, respectivamente, de ética y teoría política, o de ló­
gica y metafísica. En un escenario académico, sin embargo, ambos
conjuntos de temas se debaten en los mismos términos abstractos.
(La expresión «teoría política» lo demuestra.) En la discusión que
aquí nos ocupa, por el contrario, la filosofía teórica es un campo
para la especulación imaginativa, pero abstracta, mientras que la fi­
losofía práctica es un campo para decisiones de política, o en la ma­
yoría de los casos, para acciones. En la actualidad incluso, muchos
lllósofos académicos sienten perplejidad ante la tesis de Aristóteles
de que la conclusión de un «silogismo práctico» es una acción; tal
vez estemos empezando a comprender por qué esa perplejidad no
tiene razón de ser.
N o es necesario que busquemos, como hacen algunos filósofos
contemporáneos, una teoría de la práctica: no se trata de eso. A pri­
mera vista, un programa así puede parecer que concuerda con las
lormas de pensar de Wittgenstein: pero, a mi entender, eso es lo
contrario de lo que él postulaba. Las «teorías» (más exactamente,
•el recurrir a la teoría») son prácticas que tienen funciones especí-
licas que desempeñar en disciplinas particulares. El recurrir a una
teoría no revela los cimientos metafísicos de la disciplina. Más
bien, es un tropo o tema que opera junto a otros tipos de razona­
miento científico: clasificación, demostración, analogía, etc. El de-
mimbe del fundacionalismo destruyó los sueños de una Teoría
tcon mayúscula) integral como marco racional que englobe o sos­
tenga nuestros conceptos cotidianos, pero las funciones diversas de
liis teorías (con minúscula) en las disciplinas prácticas significan
que todavía merecen, y recompensan, la reflexión filosófica.'*
Kste puede ser el motivo por el cual actualmente tantos pro-

IA A(|ui recurro ilc luicvo al contraste de Rorty entre abstracciones con ma-
\ II1. mIii y imruculiires con ininíiscula que comenté en referencia a Bradley y Rus-
•ii'll i'ii el ca|)(iulo 5, ñola y Véase, |>or ejemplo, Richard Rorty, Consecuencias del
iVladrid, léenos, u)i)(y.

tu;
REGRESO A LA R A ZÓ N

vectos consn-uctívos de filosofía— tantos «herederos legítimos» de


la filosofía tradicional— empiezan reflexionando sobre las «formas
de vida» en uno u otro de nuestros campos prácticos: el derecho, la
medicina y demás. Así pues, al concluir el siglo xx, las excursiones
más abstractas y universales del siglo xvii en la filosofía teórica y
especulativa tal vez no tengan ya remedio, pero la filosofía practica
sobrevive al naufragio académico general.

204
E L P R O B L E M A D E L A S D IS C IP L IN A S

K,I valor de los procedimientos disciplinares está fuera de toda duda; pero,
de momento, las maneras en que están organizadas las actividades profe­
sionales mantienen vigentes actividades intelectuales cuyo valor ya no tie­
ne razón de ser. Como resultado, el restablecimiento de ideas más huma­
nas y razonables está resultando más lento de lo que podría ser.

I Icmos señalado la diferencia entre aquellos para los que la cultura


ilel profesionalismo fortalece nuestras tradiciones éticas, y aquellos
que tienen una opinión más escéptica de las comunidades profesio­
nales, a las cuales consideran interesadas y poco dignas de confian­
za: Alasdair Macintyre es nuestro ejemplo de los primeros. Ivan
lllicli nuestro representante escéptico. N o es de extrañar que este
1 untraste pueda formularse con demasiada rotundidad; ciertos ma-
Ili es requieren nuestra atención. Retomemos, pues, el debate so-
bre las disciplinas que iniciamos antes. La organización de las acti­
vidades en «disciplinas» empezó, como hemos visto, por dos tipos
di*.iinios de motivos. Ambos estaban ya operativos en los últimos
anos (le las guerras de religión, de 1550 a 1650, pero solo se hicie-
I«III dominantes en el siglo xx. Aunque ya señalo el desarrollo de las
pi ariicas ilisciplinares a principios del período moderno, hago hin-
I apié aquí en los factores que alentaron a los académicos a llevar
la disciplinaridad» a extremos perjudiciales, sobre todo durante la
< lile na l'iía.
Los factores que nos preocupan son, por supuesto, no solo
aquellos asociados a una división intelectual del trabajo, sino tam-
liieii a(|ucllos iiue surgen del funcionamiento de nuestras institu-
I Iones. La mayor parte de las universidades contemporáneas están
I lai .imciitc li aginentadas en departamentos, cada uno de los cuales

JOS
REGRESO A LA RAZÓN

se centra en una sola disciplina. Esta tendencia es muy obvia en


economía, y en este ámbito en concreto sigue siendo muy podero­
sa. Hace algunos años, fui miembro de un comité que se ocupaba
de recomendar el ascenso o la titularidad de profesores universita­
rios de un abanico de materias que abarcaban todas las ciencias y
las humanidades. El comité estaba formado por dieciocho colegas
escrupulosos y experimentados en un amplio espectro de materias,
que estudiaban exhaustivamente los informes que les entregaban
los departamentos respaldando a sus candidatos preferidos. El De­
partamento de Economía solicitó al decano que ascendiera a cua­
tro de sus miembros de la categoría de profesor asociado a la de
titidar; nuestra tarea consistía en leer detenidamente los documen­
tos incluidos en sus informes. Los economistas académicos rara­
mente publican libros enteros, de modo que nos dieron a leer una
pila de ensayos sobre distintas ramas de la disciplina, y en nuestras
reuniones llegamos aúna decisión unánime: los argumentos para el
ascenso eran más poderosos en dos de los cuatro casos.
¿Fue este el fin del asunto? N o. Una vez hecha nuestra reco­
mendación, el departamento envió una delegación para que comen­
tara nuestros juicios. Fue una situación extraña. La delegación entró
en la sala y el presidente no tardó en estallar. En lugar de explayar­
se sobre los argumentos que se incluían en los informes, se lanzó a
una denuncia global del comité. Su argumento era claro. Las opi­
niones de personas ajenas a la economía sobre los méritos de los
economistas no tem'an valor; todo el procedimiento de ascenso y ti­
tularidad debía declararse nulo, y debía dejarse al Departamento de
Economía libertad total para presionar al decano a voluntad.
Incluso en la academia de finales del siglo xx las cosas raramen­
te llegan a un punto tan drástico. Sin embargo, el conflicto institii-
cionsd en este caso está íntimamente ligado a cuestiones intelectua­
les de la otra corriente principal de asuntos disciplinares. Si a los
economistas no les satisfacen las opiniones de sus colegas, es en par­
te porque se consideran defensores de los valores que representan la
misión de su disciplina. Aquí como en todas partes, la interpreta­
ción que dieron de la teoría económica hacía caso omiso de toda
consideración histórica y cultural, y se limitaba a reformas abstrac-

20Ó
EL PROBLEMA DE LtVS DISCIPLINAS

tas y matemáticas de la teoría económica. Estaban ansiosos por dar­


le a la economía el mismo empuje que Henry Sidgwick le había
dado a la ética, cuando este se quejó del carácter no teórico de la éti­
ca de caso. Como hemos visto, ambas tendencias tenían raíces his­
tóricas en el proyecto de cosmología estrictamente racional del si­
glo XVII, y, hasta la fecha, sobreríven en las ciencias sociales ecos de
la rama abstracta y no empírica de las matemáticas conocida como
«mecánica racional» en cuestiones sobre «elección racional».
La misión de proteger los valores esenciales, restringidamente
definidos, de una disciplina limita severanieiite las opciones de los
miembros más jóvenes y brillantes de departamentos que funcio­
nan como lo hacía ese departamento de Economía del que acaba­
mos de hablar. Esos jóvenes estudiosos atraídos por partes de cual-
(]uier disciplina que hoy en día no están de moda pronto descubren
el precio de alejarse del buen camino, y solo los que son obstinados
y los «tipos raros» insisten en .su empeño, antes de permitir que se
distorsionen y se frustren sus inquietudes intelectuales. Así pues,
en las actividades profesionales de disciplinas rígidamente estruc-
inradas, se valora más la conformidad que la originalidad; o, más
liicn, la originalidad se tolera solo en la medida en que refuerza los
valores esenciales de un departamento. (Este mismo escenario se
icpite en departamentos de P.sicología y de otras muchas discipli­
nas.) Esto es a lo que me refiero cuando digo que el énfasis disci­
plinar en las tecnicidades de las ciencias humanas impone a los re-
( ifii llegados una serie de anteojeras profesionales que dirigen su
iiliMU’ion a ciertas consideraciones restringidamente definidas, im­
pidiéndoles a menudo considerar su trabajo desde una amplia pers-
piriiva humana.

< ii.nido recalco los perjudiciales extremos a los que se ha llevado la


••disciplinaridad» con demasiada frecuencia en la vida académica
i l i 'l siglo X X , por su|)uesto nadie debería creer que hago caso omiso

df l.is ventajas que esia ha supuesto para nuestras formas de pensar


t ii ilcsde el siglo xvii: las disci|)linas nunca se hubieran establecido
Hiiiio lo esián ahora, de no haber sido |)n)ductivas. A.sí, aunque lla-

207
REGRESO A LA RAZÓN

men la atención de fomia relevante sobre los problemas que se ge­


neran cuando se persigue la disciplinaridad con un espíritu exclu-
yente, las críticas que se realizan en nombre de la «interdisciplina-
ridad» deben, a su vez, reconocer la deuda que tienen las ideas
interdisciplinares con las disciplinas de las que son parásito. Solo se
puede ser interdisciplinar en un mundo de disciplinas: son los vi­
cios de un estilo de pensamiento (como lo expresa Steve Shapin,
desde el punto de vista de un sociólogo) los que hacen posibles las
virtudes del otro.
Esta relación entre los aspectos disciplinares e interdisciplina­
res de nuestro pensamiento no es ni mucho menos única. Los que
mejor denuncian los vicios de las iglesias son los verdaderos cre­
yentes, e incluso el propio clero; las desventajas de la acción guber­
namental las pueden entender igual de bien por lo menos los que
son responsables de esta que los que la critican desde fuera de las
instituciones gubernamentales: sin la protección que proporciona
un Estado eficiente, los que desean que este se «desvanezca» tie­
nen pocas posibilidades de defender sus opiniones en publico. (Al
contemplar cómo se derrumban países como Sierra Leona y la an­
tigua Unión Soviética— aun de maneras distintas— uno redescubre
las razones por las cuales filósofos como Thomas Hobbes y otros
después de él tenían tanto interés en atribuir poderes absolutos al
soberano.) Con todo, pese a todas sus virtudes prácticas, las conse­
cuencias sociales de la organización «disciplinar» siguen aquejan­
do a los miembros de universidades y centros de investigación
siempre que buscan reformar esas instimeiones.
Estas tendencias tampoco se circunscribieron únicamente a las
instituciones académicas: tuvieron su influencia hace cuatrocientos
años en las iglesias rivales y entre sus partidarios políticos; y actua­
ron como acicate de un siglo y medio de conflicto. La esperanza de
Lutero de «reformar» la Iglesia católica solo llevó paidatinamente
a una brecha entre las dos ramas de la cristiandad occidental, y la
Guerra de los Treinta Años colocó a los gobernantes llabsburgo
del Imperio au.stro-húngaro en una posición ambigua. Iri propio
emperador estaba del lado de la catisa católica, pero se dice ipie en
su capital deViena, no menos del 70 por too ile la población se lia

ioH
E l, P R O B L E M A D E LAS D IS C IP L IN A S

bía pasado al bando protestante. Si Austria había de llevar la ban­


dera de Roma, se exigieron fuertes medidas. El emperador se apre­
suró a dejar bien claro que los luteranos tenían tres opciones; po­
dían convertirse, ocultar sus opiniones o emigrar. Los Habsburgo
pusieron todo su prestigio y su esfuerzo en el fiel católico de la ba­
lanza: consideraron a todo el que siguió siendo protestante como
un enemigo de la dinastía. Así empezó una persecución que sobre­
pasó la que habrían de llevar a cabo los Borbones de.sde Luis XIII
con los hugonotes en Francia. Fuera de Austria, once familias de la
nobleza bohemia rehusaron convertirse, pero en la propia Austria
la corte y la aristocracia permanecieron sólidamente católicas.
Mientras tanto, el grueso de los luteranos— en su mayor parte ar­
tesanos y profesionales— eligieron emigrar: después de la década
de 1620, Austria perdió a tantos trabajadores cualificados que su
economía, especialmente el hierro y el acero, se vio tan perjudica-
tla que tardó cerca de dos siglos en recuperarse totalmente.
Quedaba el grueso de la población vienesa: la clase inedia baja,
los bajos funcionarios, y aquellos ixabajadores que no tenían pre­
tcnsiones ni de riqueza ni de educación. Aunque se les hubiera
o(un ido emigrar, no se lo hubiesen podido permitir; con todo, no
tenían deseo alguno de abandonar su lealtad a la causa protestante.
< niño resultado, la gran mayoría de ellos escogió la humilde vía de
l‘i conformidad externa al catolicismo, bastante separada de los
' oni|)romisos doctrinales. Era como si estas clases dijeran a las
...... . «¡Muy bien, actuaremos como católicos tal como
i|incicn ustedes, pero por favor no nos pidan que creamos nada!».
I nlicntados a doctrinas de peso, se desentendieron del asunto; los
que pensaban siquiera mínimamente en estos asuntos se convirtie-
oiii en escé|HÍcos (como mucho, como Hans Thirring, «escépticos
I onipiomctidos con la paz y la humanidad»). Los que carecían de
i"d<i 1,liento argumentaiivo aprendieron a no ofender a las autori-
tl'iilc. diciendo en cada momento lo que sus interlocutores querían
' ili 11.0 (|iie usted diga, señor!». Así pues, la amabilidad de los
' l( MI".es se desarrolló en un primer momento como tapadera del
• 'II pin isino. 1 ,0 que e.scribió Paul beyerabend en su autobiografía
"oliii 1,1 leiorica vacía del nazismo también se les puede aplicar a

in ij
REGRESO A I-A RAZON

ellos: «Yo no la aceptaba, tampoco me oponía a ella; las palabras


iban y venían, sin efecto aparente».'
Para esas personas, las profesiones de fe eran a la vez preten­
ciosas e inseparables de la aspiración social a la vida en la corte. La
totalidad de las clases bajas de Viena formó una sociedad secreta,
cuyas expectativas y bromas se mantenían ocultas de la jerarquía de
la corte. En la ópera de Mozart Las Bodas de Fígaro, la cnada Su-
sanna se esfuerza por contestar al conde Almaviva como este quie­
re, pero no para de meter la pata, repitiendo que «sí» incluso cuan­
do este ha cambiado de idea y quiere que sea «no», y viceversa. En
esto, Mozart es un miembro típico de las clases bajas, y mucho del
encanto de sus óperas reside en que no ridicuhzaba no necesita­
ba hacerlo— a sus personajes aristocráticos. Cuando se les presen­
taba un personaje como Almaviva o don Giovanni, los compatrio­
tas de Mozart se reían de él entre ellos, abrazándolo y honrándole
con amables parodias de sus propias producciones. (En la versión
Cinematográfica del Amadeus de Peter Shaffer, Milos Forman
muestra un grupo de mozos de cuadra y de ciiadaa, de lacayos y
músicos aficionados representando una ópera de pantomima. N a­
die del público se ríe con tantas ganas como Mozart: como el bien
sabe, se ríen con él, y no de él.)
Este escepticismo, como reconocen los propios vieneses, pue­
de convertirse en hipocresía. En la Schwedenplatz, junto al canal
que bordea el linde norte de la Ciudad Interior, hay un tosco mo­
numento de piedra que señala el emplazamiento del cuartel geiu-
ral de la Gestapo durante el período nacionalsocialista. Este mo
numento no deja traslucir señal alguna del entusiasmo con el que
se recibió a las fuerzas de Hider cuando entraron en Viena en 193H;
después de 1945, los austríacos reclamaron haber sido las primeras
víctimas de Hitler, y que su conformidad a las expectativas nazis era
análoga a su anterior confonnidad al catolicismo después de 1 6 2 0 .
N o es que la corte se quejara de este escepricismo de las clases ba
jas: cuando el cardenal arzobispo de Viena sacó a sus obispos del
Concilio Vaticano I para no tener que refrendar la nueva docinna

i I . Vciisc el (.'apíuild (i, nota 2.

2 10
EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS

(le infalibilidad papal, el emperador Francisco José escribió una


carta a su esposa, criticando las políticas del papa Pío IX y aplau­
diendo al arzobispo por negarse a aprobarlas.
Ambas tensiones intelectuales e institucionales perduran en el
seno de la Iglesia. Un colega mío educado en los jesuítas me dice
tlue durante mucho tiempo esuivo convencido de que un buen
cristiano no podía nunca verse enfrentado a verdaderos conflictos
de obligación moral: Dios tenía que haber ordenado el mundo de
tal manera que tales conflictos sencillamente no se darían. (Desde
entonces ha cambiado de opinión.) En todo caso, estas tensiones se
han intensificado con Juan Pablo II. Hace veinte años, parecía que
podría haber una cierta relajación en la doctrina de la Iglesia en lo
(|ue al control de la natalidad se refiere, pero el liderazgo doctrinal
del cardenal bávaro Ratzinger mantiene a raya la opinión de los
profanos en la mayor parte del mundo industrializado. Se sigue in-
Msticndo en dogmas morales que se instalaron en el siglo xvii—en
eontra del tenor de la instrucción de entonces— aunque en la prác-
Ilea sean poco más que consejos de perfección. (¿No vivimos todos
esos compromisos? Al volver a Inglaterra tras pasar un año en Aus-
ti alia en los años cincuenta, me sorprendió ver que había una co­
lumna de anuncios breves en la primera página del Times de Lon­
dres titulada: «Para el epicúreo». Al no ser yo mismo todavía lo
iMsiante epicúreo como para apreciarla, ¡al principio vi esta preo-
1 upanón por el paladar como una señal de la degeneración moral
de ( irán Bretaña!)

I u el mundo académico, el impacto más grave de la tensión disci-


plmiii ha recaído sobre las ciencias sociales y de la conducta. Re-
Mdia conveniente analizar el caso de las relaciones internacionales,
•|ur smgi<) como disciplina académica tras la Primera Guerra’
Mumiial, l'.l D epartam ento de Política Internacional de la U n iver
‘ iil.id de Aberysiwyth, Cíales, fiie el primero especializado en ese
' unpo, al (|ue siguió, en k; 24, la Universidad de Southern Califor-
i SI os dcpariam entos no surgieron sin motivo: se establecieron
........"'•''P'icsiii a una ocasi('m hisKirica cpie merece la pena definir.

11
REGRESO A LA RAZON

En los ochenta años transcurridos desde entonces, se han ocasio­


nado claras dirisiones entre estudiosos que sientan las bases de la
misión de las relaciones internacionales sobre diferentes valores
esenciales. Dos corrientes principales de opinión suelen recibir el
nombre de «realismo» e «idealismo»; y generalmente se considera
que, de las dos, el realismo ha dominado la escena durante la ma­
yor parte del siglo xx. Sin embargo, es más correcto decir que, du­
rante gran parte de la segunda mitad del siglo xx, la tradición rea­
lista ha dominado el estudio de las relaciones internacionales en las
universidades norteamericanas. Anteriormente, era evidente una
vigorosa tradición contraria de internacionalismo liberal, especial­
mente en Europa, y esta tradición era, retrospectivamente, más
idealista que realista.
Desde los últimos años del siglo xix hasta 19 14 , los estudiosos
y activistas europeos sabían muy bien que la idea del Estado west-
faliano tenía sus límites, pese a haber desempeñado un papel pre­
ponderante en la reorganización política de Europa desde 1648, y
por ello ponían en cuestión todas las reivindicaciones absolutas de
«soberanía nacional» de las potencias existentes. El primer Premio
Nobel de la Paz recayó en 1901 sobre Jean Henry Dunant, funda­
dor del Comité Internacional de la Cruz Roja, y entre 1901 y 1939
muchos de los premiados tenían este talante liberal intemaciona­
lista. Este era desde luego el caso de Norman Angelí, el premiado
del año 1933; fue el líder de distintos movimientos para fundar una
Liga de las Naciones. Sus primeras obras. La gran ihisión (1910) y
Foundations of International Policy (1914), tuvieron muchos lectores,
también en Alemania; hacían hincapié en el valor de agentes no gu­
bernamentales, y en la importancia creciente de la economía glo­
bal, con una claridad que hoy en día resulta difícil superar. Había
también un amplio movimiento europeo para establecer institucio­
nes globales no gubernamentales con el fin de superar los líiniics
de la Administración westfaliana. Gran parte de esta actividad tenía
lugar en Bélgica, que fue el primer Estado que tomó disposiciones
legales para instituciones internacionales, y no intergubernamen
tales. Mientras tanto, la labor de Marconi en las coiminieaeiones
por radio permitió la coordinación de zonas horarias en países le

2 12
EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS

janos: una señal acordada, enviada desde la Torre Eitfel en París el


I de julio de 19 13 permitió que se sincronizaran los relojes de todo
el inundo.^
La Primera Guerra Mundial, que duró desde 19 14 hasta 1918,
hie un trauma histórico tras un largo período de estabilidad gene­
ral, y sus horrores militares, mucho peores que los de la Segunda
(ruerra Mundial, impulsaron el debate que le dio su apuntalamien­
to intelectual a la disciplina de Relaciones Internacionales. La pri­
mera cátedra de este campo, en Aberystwyth, llevaba de hecho el
nombre de Woodrow Wilson, el presidente que había contribuido
a promover la Liga de Naciones, para después ver que el Congre­
so de Estados Unidos se negaba a permitir que el país se uniera a
ella. Esta es la situación en la que surgió la disputa entre los realis­
tas y los idealistas.
En sus comienzos, no se trató de un debate intelectual entre
teóricos académicos: era una lucha entre intemacionalistas, que se
alegraban de que se limitara el poder del Estado westfaliano, y es-
I.ulistas, que buscaban reforzarlo. Ya en 1 9 1 2 , hubo un áspero in­
tercambio de pareceres entre Norman Angelí y el almirante M a­
lta 11, (|ue reseñó La gran ilusión para la Noith A?ne?ican Review.
(Mahan era el destacado defensor norteamericano de una gran flo-
i.i de acorazados, el equivalente de los misiles balísticos interconti-
iieiitales en la Guerra Fría.) De modo que el debate entre el rea-
Ic.iiio y el idealismo empezó como una disputa sobre políticas
l'i iieiicas, y no sobre teorías abstractas; y, como habría de argüir el
lieanriador británico E. H. Carr, el pensamiento político era inse-
IMiiiblc de la acción política. Si Norman Angelí era el prototípico
iilcalisla» en este debate, E. H. Carr se erigió en representante
ii'iilisia»; aunque la .sustancia del debate, como veremos, era muy
illlfi(’iilc de la que se desarrolló después de 1948.^
I )csde nuestra distancia, es fácil reconocer la complejidad de la

I Sif|tlii'ii Kcm, rhf (.iiltiiir nj /w/f//wZ .S/)/7ív, C^amhridge (Massachusetts),


lliutiiiil l 'niviTsiiy l’rcss, lyK^.
1 S.ilii r N.iimin Angelí y el nlinininic Airinni, véascj. I). B. Miller, No?7nmi
iuntH .iiiil ll't liuilily of II ',ir, l.ondres, Maeinillan, iy 8rt, pp. 17-u ;. Bara K. II.

•• I t
REGRESO A LA RA7.0N

mente de E. H. Carr. Nacido en 1892, cuando tenía veintipocos


años pasó a formar parte del cuerpo diplomático, y en el curso de
sus tareas de seguimiento de los asuntos del nuevo Estado soviéti­
co, desarrolló una fascinación por la cultura rusa. Mientras sus co­
legas iban al ballet, él se enfrascaba en las novelas de Dostoievski,
llegando incluso a publicar una nueva biografía del autor. Más ade­
lante, su misión fue seguir las actividades de la Liga de Naciones
para el Ministerio de Asuntos Exteriores de su país, pero al final
dejó su puesto y trabajó como columnista del T ítmcs londinense.
Los políticos británicos de derechas llamaban a Carr el Pro­
fesor Rojo de Printing House Square. Al vivir la Gran Depresión
y ver la impotencia de los gobiernos de Europa y Estados Unidos
ante el desempleo masivo, Carr se volvió un escéptico de la demo­
cracia liberal y se sintió atraído por la idea de una economía plani­
ficada. Como consecuencia, los historiadores actuales admiran más
su Historia de la Unión Soviética (1950-1978) de catorce tomos y
mentalidad abierta, que su tarea en el ámbito de las relaciones
internacionales. Su biógrafo más reciente escribe que lo atraían
«sueños románticos de revolución» (aunque en los años treinta no
era necesario ser un romántico para sentir que tenía que haber una
manera mejor de dirigir un Estado que la de los gobiernos euro­
peos de los años veinte). Hasta que Alemania invadió Rusia en 19 4 ' >
el rechazo de Carr a ser sistemáticamente antisoviético no le hizo
ganarse el favor de los representantes de opinión «respetable», que
tendían a disculpar a los nazis. Conservadores de derechas como
lady Astor invitaban alegremente al embajador alemán y al vende­
dor de champán Ribbentrop a Clivedon, en el Támesis, a ccn.is y
fiestas como las que retrata la película Lo que queda del día.
La mezcla de opiniones de Carr resultaba incómoda. Encoii
traba ingenuo el internacionalismo falto de sentido crítico de la
Liga de Naciones, pero el anticomunismo de los simpatizantes pro
nazis le parecía estéril; y se negaba a abandonar tanto el idealismo

Carr, la obra clave es la de l'.dward Ilallctt C.arr, The Iwaity )hits Crish, /yo;
7}/7p. Londres, Macinillan, 1939; 1 lar|K-r li/rchboiiks. I 9 N .

214
EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS

de SUS objetivos políticos como el realismo de su análisis político.


E^to hace que resulte difícil encasillarlo. En diez páginas de texto,
puede escribir de los dos temas que siguen: «La política se compo­
ne de dos elementos— utopía y realidad— que pertenecen a dos
planos distintos que nunca pueden coincidir el uno con el otro»; y
«el Estado se fortalece mediante esos dos aspectos contradictorios
de la naturaleza humana. Utopía y realidad, el ideal y la institución,
la moralidad y el poder, están, desde el principio, inextricablemen­
te unidos». El mejor resumen de la postura de Carr (como señala
Hayward Alker) sería el epigrama kantiano «el idealismo sin realis­
mo es ingenuo, el realismo sin idealismo es estéril»; pero este re­
sumen omite su preocupación por el desarrollo de la Unión Sovié­
tica (tanto es así que a muchos lectores les deja perplejos que Carr,
el teórico de las relaciones internacionales, y Carr, el historiador dé
la Rusia soviética, pudieran ser una misma persona)."*
Cualquier historiador comprende los problemas que surgen
cuando las ideas de un gran pensador trascienden barreras cultura­
les. La psicología de Wundt dio a luz a vástagos muy distintos
entre sí cuando se trasplantó a Estados Unidos y a Rusia: E. B.
I iichener, en la Universidad de Cornell, vio en su obra ideas
simplificadas de la percepción sensorial, mientras que A. R. Luria,
en Moscú, encontró en Wundt las bases intelectuales para una
nueva psicología del desarrollo cultural.^ Las opiniones de E. H.
t iii r tuvieron la misma acogida ambigua en los Estados Unidos de
l.i ( iiierra Fría, por dos razones: en primer lugar, la metodología de
las ciencias de la conducta en Estados Unidos desde la década de
I i/io en adelante era muy diferente a la de la historiografía en Gran
lll|•lana en el período de entreguerras; y en segundo lugar, las si-
....... .. |*«líticas en Europa y Estados Unidos después de la gue-
M.1 se estaban desarrollando también en direcciones muy distintas.
I' II lo que al contraste entre situaciones políticas se refiere: el
1 iicsiiniiamiento del Estado westfáliano, que ya era visible en la

I < .MT, »/i (■/>., Ciipiiulo 6, •< rile l.lmitacions of Rcalism», pp. 89-94.
1 I )iivitl I .ciiiy, ,1 (.¡‘iitiity til Psyihnliifty tis a Sciftifi-, .Sigmiiiul Koch y David E.
íiv i ds., Nticvii Ydili, Mc( Iraw-I I I, 19H5.

i"i
REGRESO A LA RAZON

Europa anterior a 19 14 , se dio otra vez después de 1945, tanto en


la teoría como en la práctica, en la manera que asociamos conjean
Monnet y Robert Schumann. Esto ha llevado más recientemente
al establecimiento de la Unión Europea, y a la introducción del
«euro» como moneda común. Así pues, excepto allí donde domi­
nan los ejemplos norteamericanos, el debate sobre relaciones in­
ternacionales en las universidades europeas ha tenido histórica­
mente una base amplia, y ha evitado presupuestos estadistas de
línea dura. (El autor que me viene a la cabeza es Raymond Aron: su
urbanidad está representada hoy en día en Estados Unidos por
su alumno Stanley Hoffmann de la Universidad de Harvard.) En
lo que al anticomunismo norteamericano se refiere, desde finales
de los años cuarenta en adelante, era posible condenar a todos los
intemacionalistas liberales como antipatrióticos, y desacreditar la
recién fundada Organización de Naciones Unidas, especialmente
después del asunto Alger Hiss. Pero la obra que dominó el debate
durante mucho tiempo fue Política entre las nadones, de Hans Mor-
gcnthau. E sta obra analizaba problem as en térm inos esencialm en­
te estadistas, y su tendencia la prosiguieron otros escritores como
Kenneth Waítz, que dio por sentado que los únicos agentes rele­
vantes en los asuntos internacionales son los gobiernos de estados
soberanos.
En la década de 1970, el estudio académico de las Relaciones
Internacionales en Estados Unidos estaba también integrado en un
amplio proyecto intelectual, que nació de debates sobre el «méto­
do» en las ciencias de la conducta. Estos tenían como objetivo de­
sarrollar teorías de conducta internacional que fueran neutrales y
(siempre que fuera posible) compatibles con los algorimios mate­
máticos de la economía neoclásica. Por su parte, los ideales políti­
cos de Carr significaban que el realismo en el campo de las relacio­
nes internacionales nunca podría ser neutral. Sus ideales tal vez 110
fueran ingenuos, pero un realismo que apelara a la neutralidad era
inevitablemente estéril, por lo que al historiador (>arr no le atraían
las teorías abstractas, y mucho menos axiomáticas. La abstracción
siempre tema un precio: el de descartar todos los factores que son
irrelevantes para una teoría concreta, y el de tolerar anleojeias

i 16

u
EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS

que impiden la visión de las «otras cosas» que deben considerarse


«en pie de igualdad» para el objeto de una teoría. Para resumir, el
hombre que empezó como funcionario del cuerpo diplomático,
que hie a la vez crítico de literatura rusa, pero que, por encima de
todo, era un historiador, nunca pudo ser un estadista westf'aliano
puro, indiferente a las limitaciones del sistema tradicional o a las
necesidades de instituciones transnacionales. El realismo y el uto-
pismo pueden considerarse polos opuestos de un espectro teórico;
pero para alguien como E. H. Carr, intercambiar argumentos so­
bre cuál de los dos programas es teóricamente superior al otro no
tenía mucho sentido.

Aunque el debate entre realistas y utópicos se inició hacia la Pri­


mera Guerra Mundial, los .sueños matemáticos de la teoría de elec­
ción racional solo adquirieron una posición central en las ciencias
sociales cuando se intensificó la Guerra Fría. Esto empezó con una
ilisc-u.-uón sobre el problem a de «El dilema de los prisioneros». La
cuestión que planteaba este problema era la siguiente: «¿Cómo
pueden dos prisioneros cuyas oportunidades de conseguir la libe-
I .K-ión dependen de sus respectivas elecciones maximizar sus opor-
I uniilades individuales de liberación, sin conocer el uno las eleccio-
iii's ilel otro?». En el ámbito de las relaciones internacionales, el
luierés jior e.ste problema se vio reforzado por la percepción norte-
.uiici icana de que cualquier problema de verdadera importancia en
■ isiiiiios internacionales implicaba un juego de dos participantes
...... i' este. (En economía y en ciencias políticas, la teoría de la
i'lciiión racional tenía agendas más amplias.) En Norteamérica,
lii oposición entre Estados Unidos y la Unión Soviética hizo que
<".le lucra el |irol)lema principal de debate.
A ambas naciones les habría ido mejor si hubiesen cooperado y
e n i.id o la conlrontación, pero la estrategia política dominante para
.uulias era la de armarse hasta los dientes. Esta rivalidad entre su-
p* ipoieiu'i;is era lan crucial que el enfoque de la «elección racio-
u.tl • resultaba muy airaclivo, y los departamentos de Relaciones
luiei nacionales en l'.slados Unidos em|)ezaron a centrarse en mé­

J17
REGRESO A LA RAZÓN

todos formales de análisis, dejando de lado los factores históricos y


culturales por ser empíricos, y por lo tanto intelectualmente débi­
les. En un momento en el que errores globales de cálculo podían
tener consecuencias devastadoras para el mundo, los teóricos de la
elección racional todavía valoraban la elegancia matemática por
encima del hecho empírico.
Incluso en econoim'a, donde los presupuestos que subyacen a la
teoría de la elección racional no están tan simplificados, sus argu­
mentos siguen siendo demasiado abstractos como para resultar de
utilidad. E l ensayo clásico publicado por George Stigler y Gary
Decker en 1977 negaba que hubiera diferencias de gustos teórica­
mente relevantes entre agentes humanos. Irónicamente, el título
de su ensayo era la máxima latina de giistibus non est disputandiim
(‘sobre gustos no se discute’). En latín, esta máxima concede que
todo el mundo tiene derecho a decidir sobre estas cosas a su mane­
ra, pero Stigler y Decker le dan la vuelta al significado, defendien­
do que las aparentes diferencias de gustos son una ilusión teórica.
Sin embargo (podemos nosotros replicarles) de lo que se trata
cuando hablamos de «gustos» es justamente del hecho de que a un
individuo le gustará, por ejemplo, lo dulce, mientras que otro pre­
ferirá lo salado. Que los economistas nos aseguren que ambos gus­
tos son, desde su punto de vista, teóricamente indiferenciablcs
— ambos expresan un gusto preciso por algo— , es intelectualmen­
te vacuo.*'
Los científicos naturales de orientaciones empíricas no darían
mucho crédito a todo esto. Para ellos, las explicaciones de que algo
es teóricamente inteligible solo porque es algo se enfrentan a la ob­
jeción de Karl Popper de que toda explicación como es debido tie­
ne que explicar lo que de hecho es el caso, mostrando lo que lo distin­
gue de lo que de hecho no es el caso. Esta es la razón por la cual la
mecánica racional había terminado por parecer desfasada en Euro­
pa. Aparte de las exigencias de un sistema de dinámica iiue se pii
diera aplicar al mundo real— como era el caso originalmente de la

6. George J . Stigler y Gar)'S. Decker, «De (iiistiluis Non l'.si Dispiitaiuluni",


m Avunkan Economk Revine 67, 1977, pp. 76-yo.

2iH
EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS

dinámica de Newton— , el único mérito de la mecánica racional era


SU elegancia matemática, sin importar la exactitud factual; y la na­
turaleza abstracta de la teoría de la elección racional es un riesgo
para esta disciplina, de la misma manera y por las mismas razones
que lo es para la mecánica racional. La elegancia no es suficiente.

Otros ejemplos pueden servir para ilustrar mejor todo este asunto
tan matemático. En las ciencias biológicas, las explicaciones suelen
fracasar porque las teorías que invocan son demasiado generales
para e x p lic a r los fenómenos concretos. Hasta 1950, los biólogos tal
vez entendían bien los hechos empíricos de la herencia— muchos
de los cuales se explican ahora en términos de biología molecular— ;
sin embargo, durante mucho tiempo, era prematuro especular sobre
cualquier teoría de la herencia en general que pudiera relacionar
esos fenómenos con mecanismos explicables en términos de mecá­
nica cuántica. En un futuro tal vez podamos hacerlo; pero lo mejor
que podemos hacer por ahora es mostrar cómo los procesos de me-
cimica cuántica podrían generar cierto tipo de células autorrepli-
ciintes, y los biólogos del Santa Fe Institute están mabajando en
■ V ello actualmente.
Feter Medawar, por ejemplo, se licenció en Oxford en los años
iK'ima y se dispuso a embarcarse en una carrera de investigación.
I >ada su brillantez intelectual, era un blanco natural para biólogos
<|uc ya estaban üabajando en campos enigmáticos; lo asediaron in-
u'siigadores que querían que estudiara el desarrollo embriológico
\ lii morlogénesis, y más adelante le preguntaron por qué había re-
t Itii/ado esas propuestas a favor del campo, a primera vista más pe-
dcMi c, de la inmunología. Su razón fue que en 1939 no había for-
uu de (|ue las teorías biológicas dominaran la embriología: había
im idiismo, y no se di.sponía de ninguna maquinaria conceptual
I .... . '•alvarlo. I'.l |irograma que ahora conocemos como biología
tmilccular apenas .se concebía antes de que Crick y Watson publi-
I >11,111 su ensayo .sobre el A D N en 1962. Solo entonces resultó
iMuspiirenlemente claro |)or (]ué los problemas de embriología se
I m I i I iui resistido durante tanto tieitipo al análisis teórico. Ckmio co-
REGRESO A LA RAZÓN

mentó Medawar, de nada sirve tratar de mejorar tu nivel en tenis


jugando con personas a las que no tienes ninguna posibilidad de
ganar: solo puedes aprender si escoges contrincantes que no son
mucho mejores que tú. U n científico estratégicamente espabilado
escogerá, pues, problemas que no estén totalmente fuera de su al­
cance.^
Los problemas disciplinares que hallamos en las ciencias socia­
les y biológicas también afectan a la psicología. Cuando Paul Sa-
muelson introdujo la teoría de la elección racional en la economía,
ya en los años treinta, esperaba hacer para la disciplina lo que el
conductismo de Skinner había hecho para la psicología experimen­
tal. Sin embargo, después de 1945 especialmente, había cada vez
menos consenso sobre cuáles eran los valores esenciales de la psi­
cología, o sobre qué métodos debía emplear cualquier ciencia
psicológica. Hasta los años ochenta hubo tanto conflicto entre los psi­
cólogos profesionales que surgieron dudas incluso sobre si se podía
hablar de una única ciencia de la psicología en absoluto. Sigmund
Koch, que empezó su carrera trabajando en las «pequeñas revi.stns-
de la escena literaria neoyorquina anterior a 1939, insistía en que
había que referirse a todo el ámbito de estudio en plural, como las
ciencias psicológicas. A su entender, como mucho podía deciisi*
que las preocupaciones de esos campos de estudio se solapaban, y
eso significaba que carecían de las características clave de toda dis
ciplina estrictamente compacta.
Como ocurre tantas veces, esta opinión se remontaba a la .'\n
tigüedad. En las CategmHas, Aristóteles había discutido las difeven
tes cosas que se pueden decir de los seres humanos, y los tipos de
significado que esos enunciados tienen. En el libro tal como ha lie
gado a nuestra época, habla de diecinueve tipos de enunciados (|iic
hacemos sobre nuestros congéneres, y los predicados que lo-,
acompañan. ¿Quiere esto decir que él pensaba que había diecimir

7. Recuerdo que Peter Medawar me hizo esta comparación en una convcis.i


ción que mantuvimos los dos, pero el mismo espíritu de p m d c n t e ima({iiia. mu
brilla en todas sus obras, como por ejemiilo en Adviie tu a Yuiwji, Stifiilisl, Niic- a
York, llarperand Row, i<;79.

l i o
EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS

ve (y solo diecinueve) categorías? Llegar a esa conclusión sería caer


en el peor escolasticismo. (Bien podía haber dicho cincuenta y sie­
te.) El fin de Aristóteles, por supuesto, no era crear una lista defi­
nitiva de categorías, sino negar la singularidad, la unicidad que los
filósofos habían exigido con demasiada facilidad.
Si esto es así en lo que a la psicología se refiere, lo mismo ocu­
rre con la biología. En una gran conferencia titulada «Time in Bio-
J . B. S. Haldane cuestionaba el presupuesto según el cual
loda la teoría biológica puede integrarse en un único sistema lógi-
lo, y consideraba menos posible aún que lo hiciera en un sistema
i L v i o m á t i c o . «H ay y s i e m p r e l o s habrá— decía— p o r l o m e n o s cua-

im cuerpos distintos y coexistentes de teoría biológica que operan


ni diferentes escalas de espacio y tiempo, cada uno de los cuales
desarrolla un conjunto de conceptos que se adecúan a esas escalas».
Sus distinciones siguen siendo relevantes.®
En el nivel más diminuto, los átomos y las moléculas de un or-
fíanismo participan en procesos físicos y químicos que obedecen a
las mismas leyes a las que obedecen esos procesos en una escala
iiuyoi: como había insistido Claude Bernard, los rasgos distintivos
dr lo.s seres vivos surgen no de que desobedezcan las leyes de la fi'-
su .1 y 1.1 química, sino de los distintos «nichos» o microespacios en
I' que tales procesos tienen lugar. En una escala más famihar, más
....... los órganos individuales de un cuerpo contribuyen a la
'id.i de un organismo, de maneras que describimos en términos
•l'ic van más allá del lenguaje material de la física o la química; así
pues, en la frontera entre lo microestructural y lo cotidiano, pode-
mns decir (pie las macromoléculas más grandes (por ejemplo, las
"u lipa lies de gene.s) tienen funciones análogas a las de la fisiología.
I iiiseendiendo la experiencia inmediata, la fisiología se com-
pli la e.in la biología del desarrollo, que incluye la embriología y la
luoi logenesis: la expresión «función hepática» hace referencia a un
ludnuluo en un momento determinado, a una edad determinada.
I a iiiaucra en ipie las células competentes de un embrión se dife-
.......... 'li-’ lili hígado, y no de un músculo, y la manera en

I II S I lalil.iiic, - I iiiic iii Miiilogy.., en Sdcm r 1‘roff i y x u ) ^ 6, pp. 3S5-402.

; *1
REGRESO A LA RAZÓN

que esto se desarrolla a lo largo del lapso de vida individual, es de


lo que se ocupa un tercer grupo de teorías e ideas biológicas. Lo
mismo ocurre si ampliamos aún más nuestra perspectiva hasta in­
cluir cambios que afectan a poblaciones enteras de organismos, cu­
yos índices de reproducción y de supervivencia modifican la distri­
bución de características entre sus miembros. El ejemplo habitual
al que se recurre para ilustrar el cambio evolutivo que tiene lugar
con un índice observable es el del melanismo de las polillas en las
zonas industriales. Conforme los árboles cercanos a las fábricas se
fiieron cubriendo de hollín, se decía que las polillas con alas y cuer­
pos más oscuros tenían menos posibilidades de ser comidas por los
pájaros que las que tenían alas más claras, de manera que, con el
tiempo, pasaron a ser más numerosas. Ahora sabemos que la histo­
ria era más compleja, pero los procesos elementales de evolución
orgánica proporcionan un campo de investigación biológica con su
propio objeto de estudio— las poblaciones—^y su propia escala tem­
poral— desde años hasta milenios.
Cuatro escalas de tiempo y de espacio, cuatro conjuntos de
conceptos y de categorías; esta era la receta que Haldane desarro­
lló para la teoría biológica. Tampoco hay una frontera clara entre
las ciencias biológicas y las psicológicas. Conforme va aumentando
nuestra comprensión de la neurología de la experiencia y de la con­
ducta, podemos «situar» los aspectos personales, sociales y cultu­
rales de la conducta humana junto a sus aspectos fisiológicos. Ivl
cambio cultural tiene lugar así en una escala y en un índice inter­
medio (según Haldane) entre el desarrollo y la evolución. Por su­
puesto, los cambios culturales también tienen consecuencias evo­
lutivas, por lo que la cultura se está convirtiendo en una quinta
categoría que los biólogos teóricos han de tener en cuenta.

9 . P a r a la s a n a lo g ía s e n t r e la e v o lu c ió n o r g á n ic a y c u lt u r a l, v é a s e R o ó e r t llo y il
y P e t e r J . R i c h e r s o n , C u ltu re a n d the E volu tioiim y Process, C h i c a g o , U m v e r s i i y o l
C h i c a g o P r e s s , 1 9 8 5 , y W il li a m 11. D u r h a in . Co-evolutinn. .S t a m lfo id ( C a li lo r n i a ) .

S t a n d fo r d U n i v e r s i l y P r e s s , : 9 9 i ­

111
EL PROBLEMA DE LAS DISCIPLINAS

leñemos que plantearnos una última pregunta: «¿Están las disci­


plinas destinadas a encontrar estos tipos de problemas inevitable­
mente, o en un momento determinado de su desarrollo históri­
co?». La respuesta es: «N o necesariamente, pero hay un fuerte
riesgo de que sí, por razones sociológicas». La organización en las
universidades de finales del siglo xx ha alentado una limitación de
las inquietudes que ha acabado por recompensar a los estudiosos
(|ue permanecen lo más cerca posible del centro del camino inte­
lectual de su elección. Sin embargo, esta manera de organizar el
ira bajo intelectual no es inevitable: incluso en la materia mejor de­
finida, unos pocos individuos o grupos pueden llamar la atención
sobre cuestiones generales y humanas. Hace cincuenta años, por
ejemplo, ensayistas de economía política como Gunnar Myrdal o
l'Vicdrich von Hayek tem'an reputaciones internacionales en su
profesión, pese a su interés por cuestiones políticas y filosóficas
como «la lógica de la libertad» y las consecuencias negativas de la
discriminación racial en la prosperidad de la sociedad norteameri-
I .ma; y por su lado, Hazel Hendersnn sigue manteniendo el interés
dcl público en cuestiones medioambientales en un período en el
que los economistas, en su mayoría, tienden más a retraerse a cam­
pos de acción más restringidos. Com o resultado, Amartya Sen no
I siii solo en la tarea de analizar la naturaleza de las necesidades hu-
m.mas, las condiciones políticas de los logros económicos, y otras
t iicsi iones que lo llevan mucho más allá de los límites matemáticos
de la teoría económica ortodoxa.
I ,<) (]ue ocurre con la economía también es válido para la inge-
mn (a. La tendencia actual es que los ingenieros académicos inicien
a MIS alumnos solo en las técnicas de diseño de reactores nucleares,
0 ni la gestión de páginas web, sin enseñarles a pensar de la forma
qiir liene que pensar todo ingeniero profesional, sobre el efecto
piiicncial de un gran proyecto en los seres humanos, cuyas vidas
1 .imbiiirán con la realización del proyecto en cuestión. Afortunada-
mi nic, algunos ingenieros profesionales son más reflexivos y más
MiiMbles a esto que la mayoría de .sus colegas académicos; hay, por
|||riiiplo, un exiloNo contratista de la zona de Nueva York que es
(oiisriniic de la profundidad moral de las cuestiones que se plan­

'II
REGRESO A LA RAZÓN

tean en su profesión, y que está dispuesto a comparar los conflictos


a los que se enfrenta en la práctica de su profesión con los que se
retratan en Hamlet o en las tragedias griegas.
Hay incluso algunos ámbitos de trabajo profesional en los que
no es posible seleccionar ninguna técnica en particular como sello
característico de la disciplina. La mejor antropología ailtural, en la
tradición de Gregory Bateson y Margaret Mead, tiene hoy en día
una libertad intelectual por lo menos tan grande como la de M yr-
dal y Von Hayek. (He mencionado antes el libro de M ary Cathe-
rine Bateson, Composing a Life.) El campo de la investigación par-
ticipativa de la acción, cuyos métodos he analizado de forma
exhaustiva, tiene una libertad de investigación similar. Y la gestión
tiene la misma amplitud de perspectiva potencial, desde luego no
en la tradición de Elton Mayo, aquel australiano conservador, sino
en las ideas siempre reformuladas de Peter Drucker o, más recien­
temente, en los estudios de M itroff sobre el papel de la espirituali­
,1 dad en la vida de gerentes seniors en el campo de la industria y el co­
mercio. Ninguna de estas actividades se basa en un único conjunto
de valores y técnicas académicos, sino que recurren a un amitlio
abanico de habilidades profesionales para resolver los problemas
que .surgen en una situación determinada, ejemplificando así los
méritos particulares de la investigación «clínica»."
Una ilustración particularmente buena de este punto la pro
porciona la actividad profesional conocida como «terapia ocupa

10. Véanse los dos libros de ensayos de Samuel Florman, The


Pkíimres of Enginemng y The hitivspective Engineet; Nueva York, Si. Maiiins
Press, 1996; sobre todo el ensayo «Technology and the Tragic View», t|ue se m
cluye en el primero.
Michael Davis trata cuestiones relacionadas en su obra Thhikhig likr un Engi
neer, que analiza cuidadosamente el concepto de «identidad profesional»: esto e 1,
los ra.sgos de personalidad que uno desarrolla como consecuencia de aceptar los
compromisos de una actividad a la vez disciplinada y socialmeiuc compromcud.i
(Le estoy particulannente agradecido a Ion Meijkneclit, de la llnivcrsidad I ci
nica de Delft, por estas referencias.)
11. Véase lan Mitroff y Klisabeth Dentón, .1 Spiritmi/.iinlil ujCorimnle Ame
ríen. San Francisco, Jossey-Hass, 1999.

224
E L P R O B L E M A D E LAS D IS C IP L IN A S

cional». Consideremos de nuevo la mujer de pueblo que aparecía


en el capítulo 7, cuyas desdichas hacían de su situación un caso
conmovedor y de difícil cura: los mejor situados para ayudarla en
su crisis personal serían de hecho los terapeutas ocupacionales.
I’ ues, a diferencia de los médicos, los abogados, o cualquier oti'o
profesional con una formación especializada, los terapeutas ocupa­
cionales no centran su atención en un conjunto de factores restrin-
gitlamente definidos. Mientras que especialistas como los aboga­
dos o los médicos reciben una formación que les proporciona un
punto de vista selectivo desde el que buscan las implicaciones espe-
I illcamente «legales» o «médicas» de cualquier situación, y con el
que hacen caso omiso de aquellas que no «cuentan» médica o le­
galmente, la tarea profesional de los terapeutas ocupacionales es la
de prestar atención a las necesidades reales de un individuo, sean
ilcl tipo que sean. Entienden enseguida que, al hablar con un clien­
te, paciente o sujeto humano (sea cual sea la etiqueta que se le pon-
g.i), no pueden permitirse el excluir nada de su consideración. En
•iii ámbito no hay forma de trazar una línea que divida las cosas que
■ eiientan» de las que no lo hacen. Como consigna bien podrían
t Icgir la máxima latina hnmani nihila me aliemim puto, ‘nada huma-
iiii me es ajeno’.
I )ado el auge de las profesiones y las disciplinas desde el siglo
MUI en adelante, una preocupación intelectual central de las cien-
I iiis sociales ha sido, como suele decirse, la predicción. Pero el ob-
|i iivo de la «predicción social» da por sentado un futuro cuyo ca-
oii ler, al |)arecer ineluctable, tendríamos la ambición de conocer
di .miemano. Sin embargo, los terapeutas ocupacionales no están
......... hacer eso, sino que su tarea es más bien la de ayudar
>1 la gente a hacer algo con su futuro. Para recordar el término de
llt Muind de jmivenel, su preocupación es solo la de futuros posi­
ble*. tpie podemos esperar razonablemente que ocurran (como él
llt'. Iliiina, «(iiliiribles»).
I o ipie esto s ig n ific a , p o r su p u esto , n o es .solo q u e las cien cias
•101 Liles aeiid ém icas se c o n c e n tra n d e m a siad o en c u e stio n e s a b s-
iiiit i.is, que tien en poca re la ció n d irecta co n las co m |)lejas situ a c io -
in '. que son el pan n u estro de l ada día de los terap e u tas o c iip a c io -
I i R E G R ES O A L A R A Z O N

nales. Significa también que todo el proyecto de la ciencia social


ortodoxa se basa, en el mejor de los casos, en una simplificación ex­
cesiva de la vida y la experiencia humanas, y en el peor de los casos,
en un error metodológico. Los científicos sociales que tienen un
compromiso filosófico con su labor pueden tal vez insistir en que
no tenemos capacidad para «construir» nuestras propias vidas: las
cosas que hacemos están determinadas por factores causales ocul­
tos. Pero esa es una consigna metafísica, no el resultado de una de­
mostración experimental. Lo que hace falta demostrar es hasta que
punto la bioquímica subcelular nos obliga en la práctica a actuar de
la forma en que lo hacemos, o nos impide actuar como queremos;
y la experiencia cotidiana nos enseña a no preocuparnos en exceso
por esas compulsiones. Beber demasiado alcohol tal vez nos impi­
da caminar en la dirección que queremos; pero, igualmente, apren­
demos que evitar tales e.xcesos restaura inmediatamente nuestn\
capacidad de distinguir la izquierda de la derecha, y de actuar en
consecuencia.
¿Qué podemos decir entonces del estatus de la terapia ocupa-
cional como profesión o disciplina? Igual que los terapeutas ocu-
pacionales eluden los puntos de vista excluyentes de disciplinas
más ortodoxas, podemos vernos tentados a considerarla una prole­
sión sin disciplina, pero esta descripción no satisface a los partida­
rios de la profesión. Tienen más interés en desarrollar una «ciencia
ocupacional» que proporcione una base intelectual a sus activida­
des clínicas, y son reacios a admitir que esta «ciencia» pueda ser
una «disciplina» menos respetable que las ciencias biomédicas cpie
instruyen las actividades de la medicina clínica. Como táctica poli
tica, esta insistencia puede ser poderosa, pero como metotlólogos
podemos pedir, como contrapartida, que los partidarios de los es­
tudios ocupacionales valoren la apertura a todas las vicisitudes de la
vida que hace de su empresa una actividad tan especial. Nada es
más enriquecedor que obtener ayuda profesional de alguien i|iif
tiene una mente abierta a todo lo que interesa o iireocupa a nuh
congéneres. Tal como lo expresa Jerem y Bentham en un epigrama
que es menos cínico de lo que puede parecer en un primer nio
mentó: «La mejor manera de influir en las personas es dar la iin

2ÍÓ
E L P R O B L E M A D E LAS D IS C IP L IN A S

presión de que se las ama, y la mejor manera de dar la impresión de


que se las ama es amarlas de verdad».
Para hablar de forma general: si al final del siglo xx las activi-
. ades profesionales han desarrollado un carácter extremadamente
disciplinar, lo cual ha distorsionado sus logros, debemos tratar de
comprender el origen de esos problemas. N o es el enfoque intelec-
iiial de la disciplina lo que produce ese efecto; sino, más bien, el
upo de organización social en el que se lleva a cabo la tarea disci-
P mar En una palabra, este, en el fondo, no es un fenómeno inte-
ectual, sino sociológico. El restringido sistema de organización
departamental en las universidades de investigación norteamerica­
nas frapnenta los ámbitos hasta tal punto que los antropólogos
<idturales y los histonadores sociales no pueden colaborar de for­
ma eficaz con muchos economistas de renombre, por ejemplo. De
ni()do que, a menudo, la estructura social de las instituciones espe-
• lafiziidas es lo que—para bien o para mal— determina finalmente
I-I enfoque intelectual de las disciplinas. El nuestro no es un mun-
[ . .. aca.leiiuco en el que un F r ic d iid i von Hayek o un Gunnar Myr-
P dal encajarían bien, o sentirían que pueden realizar sus distintivas
<• Mitribuciones a la mejora del entendimiento y el bienestar humanos.
lO

R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

Hasta ahora, nos hemos centrado en todo aquello que desbarató el equi­
librio entre nuestras ideas de «racionalidad» y «racionabilidad» en los úl­
timos cuatro siglos, y especialmente en el siglo xx. Si ahora nos ocupam.>!i
de argumentos más constructivos, ¿qué esperanzas ofrece nuestra propia
situación— intelectual e institucional, política y cultural de sanar las he­
ridas de la razón?

En algunos aspectos, la Era iModerna está terminando como em


pezó, pero de maneras que anulan muchos de los cambios del siglo
XVII. Con dos guerras mundiales y los años de entreguerras, el pt
riodo de 19 14 a 1945 fue, en efecto, una segunda Guerra de los
Treinta Años, y sus consecuencias sobre el mapa diplomático de
Europa fueron tan importantes como las del periodo que aban a
desde 16 18 hasta 1648. Las analogías llegan hasta algunos detallr.
sorprendentes. Los historiadores han constatado que la crisis ge
ncral de principios del siglo xvii en Europa se vio agravada iior un
cambio climático a corto plazo conocido como la Pequeña Iñlad
Glacial. En la imaginativa novela corta Orlando, de Virginia Wooll,
los protagonistas asisten a festivales de invierno y a festejos organi
zados por la Monarquía sobre el Támesis, en Londres, en los nía
les el río estaba tan helado que se podían asar bueyes enteros ciu 1
ma del hielo. ¿Contribma la severidad del clima a la dureza de la
vida y el pensamiento del siglo xvii? Desde luego, gran pane de
la Europa del Norte perdió en aquel tiempo sus marginales licuar
de cultivo, y los trabajadores que antes se habían ganado la vida imi
la agricultura, no encontraron más medio de vida que el de inen ••
narios en los ejércitos rivales de las potencias católica y piotesi.iii
te. A partir de 1950, por el contrario, el calemamienlo del plam i.i

22K
R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

ha hecho más benigno el clima de la región, y no ha hecho mucho


para obstaculizar la relajación cultural. De modo que actualmente,
muchas personas, ya sean estudiosos o políticos, consideran que el
llnal del siglo xx está marcado por un declive del sistema westfalia-
no de estados soberanos establecido después de la primera Guerra
de los Treinta Años.
Ese sistema tuvo un papel preponderante a la hora de respaldar
y mantener los nuevos procedimientos y las nuevas ideas de la épo­
ca. De la Paz de Westfalia emergieron las formas del mundo en las
(|ue vivimos hoy en día, formas tan familiares hoy para nosotros que
se nos olvida que entonces fueron una gran novedad. El tratado de
paz introdujo tres elementos nuevos: un nuevo sistema de estados,
una política para las relaciones entre Iglesia y Estado, y un concep­
to de pensamiento racional. A cada soberano individual se le con-
Icría el poder político de forma absoluta. En cada estado, el poder
Nc ejercitaba desde arriba, y los demás estados no podían interferir
‘•II los asuntos de ese estado. El conflicto religioso se superó me-
•liiiiuc un compromiso que asumió una tesis— regio eius reli-
({/«—ipie ya se había formulado previamente para el Tratado de
Aiigshurgo en 1555: bajo esta fórmula, cada soberano tenía que es-
“ igcr la Iglesia que quería para su estado. Así, por primera vez, el
•.|•‘l(•ma westfaliano creó igle.sias «establecidas» (Iglesia anglicana
ni Inglaterra, calvinista en Holanda, católica en Austria, etc.). Por
lili uno, la nueva idea de razón tomó como punto de partida las te-
’U'- lie Descartes de que el conocimiento tenía que poseer la certe-
lie un sistema geométrico, y que las opiniones que no encontra-
liaii liindamento en este sistema no eran más que eso, opiniones sin
liindainento.
Apareiucmcnte, estos tres aspectos del sistema westfaliano
•ii'beranía absoluta, religión establecida y demostración lógica—
IMieden parecer distintos y separados. Sin embargo, en cuestión de
||| .U lu n política, tenían en com ún dos puntos m uy relevantes. El
l'iiinrm es i|tie los tres aspectos operaban de arriba abajo y daban
|"'|l••l 11 las oligarquías— política.s, ecle.siásticas o académicas— que
m II spaldaban unas a otras. E.I segtindo es que formaban un todo
Hu m o Voltaire eoineiuaba: «Uno deja Parí.s, donde el espacio es

> •■ u
R EG R ES O A L A R A Z Ó N

pleno y tocio ocurre mediante vórtices, y llega a Londres, donde el


espacio es vacío y todo ocurre mediante atracción».' Los tres ele­
mentos de la Paz de Westfalia formaban de hecho un todo ideo­
lógico, con lo que cuestionar cualesquiera de sus tres componentes
se consideraba como un ataque a los tres en conjunto.
A este respecto, la herejía podía ocasionarle a uno graves prci-
blemas. En la Inglaterra del siglo xviii, la física de Newton tenía
algo más que autoridad empírica: representaba el «plan divino de
la creación» y, supuestamente, demostraba la estabilidad del siste­
ma solar, con lo que su éxito fue tanto poh'tico como astronómico,
reafirmando la extraña mezcla que pasaba por opinión respetable
en Inglaterra: una íntima alianza entre la Iglesia anglicana, la M o­
narquía hanoveriana y la astronomía newtoniana. E l pastor cientí­
fico Joseph Priestley, que cuestionó esta mezcla, tuvo muchos pro-

1. Voltaire, Letters comeming the English Nation, Oxford y Nueva York, Ox­
ford Univcrsity Press, 1994 [hay trad. cast.: Epim krio inglés, Madrid, Alba, 199K.I,
carta XIV, «On Des Cartes and Sir Isaac Newton», pp. 61-66. El texto origin.il
ingles de las Letteis (Londres, C. Davis y A. Lyon, 1733), tal como lo revisó I lar-
court Brown en 1967, dice así:

A FRENCHMAN who atrives in London, will find Philosophy, like every Thing else, \ery iiiiic li
chang’d there. He had left the World a plemim. and he now finds it a vacuum. At ñiris ihc
Universe is seen, compos’ d of Vórtices of subtile Matter; but nothing like it is seen m l.on

According to yoiir Cartesinm, every Thing is perform’d by an Impulsión, ol « bn h wi


have very little Notion; and according to Sir Isaac Netvton, «tis by an Attraction, the ( .aii
se ofwhich is asinuch unknown toiis» I-..].
So the irony continúes, though Voltaire’s eventual allegiance to Newtoniamsiii is el.-,11
from the subsequent Letters XV'^XVII, pp. 67-86.

[‘Un FRANCÉS que llegue a Londres encontrará que allí la hlosoha ha cainhiadii
mucho, como todo lo demás. Al marcharse, el mundo que dejó era un pkmun, y el
que encuentra ahora es un vamum. En París, el universo se consitiera compueMo
de vórtices de materia sutil; pero nada de eso se considera en l.ontlres [...).
Según los cartesianos, todo se realira mediante impulsión, de lo iiue nosoiiot
poca noción tenemos; y según sir Isaac Newton, «es iror atracción, la causa tic la
cual tampoco nosotros conocemos» [...).
Así prosigue la ironía, aunque las .siguientes cartas XV-XVll, pp. 67-Kó, pom 11
de manifiesto la Icaltatl final de Voltaire liara con el iiewtonianismo*.|

■ tí”
R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

lilem as al h ab lar a la v e z c o m o u n in c o n fo rm ista en re lig ió n , co m o


un re p u b lic an o en p o lítica y co m o u n m aterialista en filo so fía. S e ­
gún decían , n o era s o lo un h o m b re de creen cias in u suales, sin o u n
a lb o ro tad o r; n o so lo un re b e ld e , sin o un d isid en te .'
La alianza entre la Iglesia anglicana, la mecánica de Newton y
la Monarquía constitucional llegó a formar con el tiempo una ide­
ología unitaria, cuyos atj-activos no hacían sino reforzar el .sentido
de superioridad otorgada por Dios que parecía justificar a los in­
gleses en su misión imperial, y que proporcionaba un modelo para
lodos los demás países (postura esta que luego habría de imitar Es-
iiidos Umdos a finales del siglo xx). En el manifiesto que, en 1857,
Kichard Chenevk-Trench pronunció para lanzar la campaña que
lloví) finalmente a la reaüzación del Oxford English Dictionary, el
objetivo de esta empresa no era solo el de establecer un nuevo ca­
non en lexicografía— que lo hizo— , sino el de demostrar la ftierza
do las reivindicaciones del inglés para convertirse en la lengua del
inundo entero, algo que parece hoy ser, pero por razones bien dis-
Iinias.' (Como es namral, en el período posterior a la Paz de West-
l.dia, lo mismo se reivindicó del francés, que durante más de un si-
»d<• había sido la lengua general de la diplomacia y de la .sociedad de
n.da Europa, desde París hasta Moscú, y más lejos todavía; y en la
-n inalidad, las políticas de gobierno francesas vuelven la vista atrás
•t .n|ucllos tiempos con nostalgia.)

I . I’ara la clistinción entre «rebelde» y «disidente», véase mi Conferencia Jef-


......... >>i.‘isenter’s Tille», reeditada en Graven Images, Madison, Wisconsin,
inuM, vdl. 5, |)|). I y siguientes.
I Sobre el manihesto de Wchard Chevenix-Trench, relacionando la pro-
|iiii >iii del O xford hng/ish D k tim iín y con la misión cmlizadora del Imperio Britá-
tlli o, veiise Simón Winchester, The S/irgeon o fC iv w th o m e, Londres y Nueva York,
' Ifingi IVyb; Penguin, 1999, especialmente el capítulo 5, pp. 91 y siguientes. Este
,lí libio . 1. u rihe también la inesperada importancia en la compilación del O. E. D.
ih U I obihonu'ión emre James iVhirray, el director del proyecto, y William Ches-
|»I \liiioi, un veterano médico de la (hierra de Secesión norteamericana, que por
|i" I enlomes estaba recluido en el Penal Psquiáirico Broadmor en Crowthorne,
Í m Ix Iiiii', no le)os de ( )xlord, acusado de asesinato.

MI
R EG R ESO A L A Rí V Z O N

Un defecto básico de una ideología pública, sin embargo, es que las


personas no pueden presentar opiniones inusuales o no ortodoxas
sin que se las acuse de enemistad hacia los poderes establecidos.
Priestley era un pastor unitario en Birmingham, pero, cuando, ha­
bló a favor de la Revolución Francesa, la turba de Birmingham no
le permitió explicar sus opiniones, y mucho menos quiso escuchai -
lo, para ver si podía aprender algo de sus ideas. Prefirió quemar su
lugar de culto y su hogar, y expulsarlo de la ciudad. Tampoco era
únicamente inglesa esta intolerancia. Después de 1650, todos los
estados europeos exigieron lealtades exclusivas: ningún ciudadano
era súbdito de más de un soberano. Las religiones establecidas es­
peraban de sus adeptos que evitaran las iglesias de otras confesio
nes; a este respecto, los ingleses podían ser tan implacables con los
papistas, como lo eran los franceses y los austríacos con los p i o l e s
tantes. En lo que al conocimiento racional se refiere, desde Leil)
niz en adelante, la mayoría de los filósofos exigían deducciones loi
males, rechazaban la retórica por considerarla irracional, y todo lo
demás. Así pues, el Tratado de Westfalia h u p u s o a c t i t u d e s exelusi
vas en la vida religiosa, política e intelectual por igual.
Esto no siempre había sido así. Los gobernantes medievalc
europeos nunca ejercitaron la soberanía exclusiva que los estados
nación reclamaron después; tras el asesinato de Thomas Becket cii
la catedral de Canterbury, la Iglesia obligó a Enrique II de Inglaic
rra a cambiar sus políticas. Tampoco estaba la soberanía estrei b.i
mente ligada a la idea de nación: los súbditos Habsburgo no hal)l;i
ban solo alemán, sino también polaco y portugués, magi.ii \
holandés. N i tenía la religión que ser tan exclusiva. La mayor i)ai
te de las personas en Occidente está tan acostumbrada a praclic.ii
una única religión que les sorprende la apertura de espíriui .1.
otros pueblos. Unos amigos nuestros japoneses que vinici-oii 1
Chicago en Navidad se sabían de memoria los villancicos ipic .r
cantaban en la Cuarta Iglesia Presbiteriana de la avenida Miclii^.m
según nos explicaron, en Japón muchas personas incluyen en me
vidas ritos de tres religiones diferentes. Es bástanle Ireciienie b.m
tizarse según el rito shintoísta, casarse según la ceremonia ei iMi.i
na, y recibir un entierro budista, de manera que las tres religioiu

iU
R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

coexisten pacíficamente. N i tampoco los filósofos exigen siempre


pruebas formales: si las cosas van bien, no necesitan rechazar cate­
góricamente las ideas humanistas. La preocupación de Diderot por
1.1 física era pragmática, no ideológica, y la Encyclopédie también te­
nía intereses prácticos. Por el contrario, cuando las cosas iban
' ” ‘^1 Guerra de los Treinta Años, en la Revolución Francesa
0 en la Primera Guerra Mundial— tenían la tentación de exigir un
mayor rigor. Así pues, según las épocas, la historia de la filosofía en
1.1 l'.ra Moderna ha estado marcada por un cierto vaivén intelectual.
L1 Tratado de Westfalia fue, pues, un cáliz envenenado: el dog­
matismo intelectual, el choAunismo político y el sectarismo religio-
formaron una combinación cuya influencia se ha hecho notar
liiista bien entrado el siglo xx. Para decirlo de forma más exacta: el
MSI cilla westfaliano terminó siendo un cáliz envenenado; inicial-
mente, sus términos respondían a las necesidades del momento.
1 siados-nación, religiones establecidas y racionalidad formal eran
• II un jirincipio formas eficaces de organizar la vida y el pensa-
mu iuo, capaces asiniLsino de m inim izar y aplacar los conflictos cn-
iie diferentes países o religiones. Durante tres siglos, desde 1650
III .idclante, los estados europeos vivieron en lo que se ha dado en
ll■ lm.ll la Anarquía Internacional: cada uno iba a su aire sin temor a
l'i’. críticas externas. Esto era practicable únicamente porque la
hlli'sia establecida era una Igle.sia debilitada: la Iglesia y el Estado
I M.ibaii unidos por los tobillos en una carrera a tres patas; de ma-
m 1.1 (|iic el Estado eludía la indignidad de estar expuesto al repro-
• lie moral de .sus propios ciudadanos. Incluso en filosofía, los en-
• 'imos del racionalismo se veían reforzados por las necesidades del
momciiio. Leibniz tenía la esperanza de que sus argumentos for-
MmIi •• pudieran lograr aquello que la diplomacia y la guerra no ha-
hl>ui podido asegurar un entendimiento entre religiones rivales,
ttno', adeptos habían devastado su tierra natal, Alemania. Con
to.lo, iiansciirrido cierto tiempo, estos mecanismos dejaron atrás
MI I fu ,Ida inicial; y ahora, al final del terrible siglo xx, es necesario
Mi'iiiiimios por oíros, ahora (|ue entran en escena nuevas institu-
I Imid. Sobre todo, los hechos de la inlerde|)endencia global ya no
•nn I onipatibies con reivindicaciones de una soberanía sin restric-

'U
R E G R ES O A L A R A Z O N

ción alguna, especialmente porque hoy en día tales reivindicacio­


nes las suelen hacer con gran estridencia gobernantes que son unos
villanos.

Para una imagen del Estado del siglo xvii, Hobbes eligió un mons­
truo marino llamado Leviatán. Esta era una imagen natural para un
teórico de las Islas Británicas. (Hoy en día, una superpotencia nu­
clear recuerda al gorila de mil kilos que duerme donde le place.)
Tal como están las cosas, el interés general no es tanto el de
aumentar la fuerza del Estado-nación como el de moderarlo: las
organizaciones no gubernamentales (O N G ) que reducen el poder
de los estados tienen una influencia creciente y sirven del mismo
modo que esas asociaciones voluntarias que Hobbes tildaba de pa­
tológicas, llamándolas «gusanos de los intestinos del Leviatán»,
que había que «p u rg ar» M ie n tras tanto, algunos estados se unen
entre sí para formar unidades mayores que limitan su soberanía,
como es el caso de la Unión Europea.
Las O N G nos recuerdan un tiempo en que los soberanos esta
ban sometidos al reproche externo. Instiuiciones como Amnistía
Internacional no están debilitadas: como voces de la conciencia de
la humanidad, mantienen las distancias con los gobiernos de los es­
tados-nación, que son los agentes de la violencia, y con las corpo
raciones, propensas a la contaminación. Las O N G no pueden ohli
gar a los gobiernos o a las industrias a actuar como a ellas les
gustaría, pero cuando convenga pueden avergonzarlos y hacerles
cambiar sus políticas, lo cual nos recuerda que la política de la vei
güenza puede a veces ser tan fructífera como la política de la liiei
za. También aquí el sistema westfaliano ha dejado atrás .su elicaeia,
y las tensiones iniciales entre Iglesia y Estado están volviendo .1
surgir, pero en un nuevo nivel. De ahora en adelante, los gobiernos

4. Thomas Hobbes, Leviathan, c-apítiilo X X IX , « O í ihose things tiu i \W,i


ken, or tond to the Dissolution of a Coinmon-wealth»; véase la edición eríiu .1 di
Richard Flathman y David Johnston, Nueva York, Norton, iw y . p. ió<;. |H.'>
tracL cast.: L i’vhttíhiy Miulrid, Alian/.a I'.tlilorial, n>y6.|
R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

y las coiporaciones necesitan volver a sintonizar sus antenas y es­


cuchar a las instituciones no oficiales que hablan a favor no de los
intereses especiales de una nación o un partido en concreto, sino de
la «opinión respetable» de la humanidad.’
Incluso aquellos estudiosos que reconocen las contribuciones
de las O N G , subestiman a veces, sin embargo, su autonomía, y la
influencia que esta les confiere. Las ven menos como elementos
transnacionales de la sociedad civil global, que es su papel a largo
|)lazo, que como organizaciones establecidas en un Estado deter­
minado, o en las estructuras administrativas de la Organización de
Naciones Unidas. Es cierto, las O N G están constituidas como or­
ganizaciones benéficas, como empresas u otras entidades, y como
la les deben aceptar la supervisión de agencias estatales. Pero en
esto no son diferentes de cualquier otra empresa benéfica o comer-
i'ial, lo cual no hace de ellas de ninguna manera agencias estatales.
( ion todo, existen diferencias claras entre las O N G con sede en
l'aiiopa o Estados Unidos, que operan mediante contribuciones
privadas, y las organizaciones casi autónomas de la China conti-
iicntal, por ejemplo, que dicen ser no gubernamentales, pero que
operan enteramente mediante fondos estatales y siguen una políti-
1 .1 ajirobada por el Estado chino. O N G muy visibles como Amnis-
iiii Internacional o Greenpeace son totalmente eficaces solo si es-
itm acreditadas por las autoridades de Naciones Unidas. Sin
'■ mbargo, pese a aceptar esta necesidad, se mantienen a cierta dis-
laiK'ia de la O N U . Recuerdan que el inicio de la Carta de N acio­
nes Unidas dice así: «Nosotros los pueblos de las Naciones Uni-
•l.is»: los Estados Miembros de las Naciones Unidas se aseguran su
lomlicion de «miembros» mediante su papel de representantes
políticos de sus pueblos. Así pues, solo podemos juzgar a las O N G
de lorma realista viendo cómo participan realmente en los asuntos
piililieos en los ámbitos internacionales y transnacionales.

s SicplicM 'limlmiii, «The Role o f Transiwtional N C O s in Global Afláirs»,


leí.lo, en (kaisiniwl /V//.<r,v 4, Peaee Research Instinite, Universidad Cristiana In-
............ IW 7 ' n'Li perspectiva más escéptica de las O N G , véase The Eco-
n) de enero tie iooo, p. 15.

•' IS
III l . l l l M I \ I \ IIA/.IIN

{ lonsidacmos, por cjfinplo, las rdacioiic’s n iiii’ ( !aic liilci na


lional y las autoridades de Alganistán. I*'n los úliimos anos, las ir
laciones entre Aiganistán y la mayoría de las demás |)oleneias lian
sido extremadamente endebles. A|)enas lia sido posible jiara las
agencias gubernamentales, o incluso intergubernamentales, lolei ai
I'
las limitaciones a que someten a las mujeres afganas las auioridadcs
talibanes, sobre todo en lo que concierne a la educación de las ni
ñas; como consecuencia, algunas agencias benéficas y bumanitarias
se han visto obligadas a abandonar el país. Care International en
contró la manera de proseguir su misión ejercitando poderes di
plomáticos que ningún agente gubernamental podía realizar. I' ii
sus negociaciones con las autoridades afganas, Care International
hizo hincapié en la necesidad de que las viudas de guerra ganaran
una renta yendo a trabajar, y también en la necesidad de estableen
unidades de cuidados para niños de ambos sexos, para que las ma
dres pudiesen ir a trabajar. Una vez conseguido esto, solicitaron un
documento que les autorizara a moverse por Kabul para llevar a
cabo su misión. Esto no era, en sí, una defensa perfecta contra toda
interferencia de los antonom brados G u ard ian es de la V irtu d , pero
les permitía reclamar un permiso oficial, y evitar los castigos a los
que, de lo contrario, sus actividades les habrían expuesto.
Una vez que esos centros se pusieron en funcionamiento, se
convirtieron en lugares donde, bajo el epígrafe general de cuidados
diarios, podía proporcionarse educación elemental a niños y niñas
por igual. Si los agentes locales de los talibanes se negaban a coo­
perar, podía ocurrir que las obras de reparación de los dispositivos
de abastecimiento de agua de Kabul, en las que también estaba im­
plicada Care International, se pospusieran casualmente. De esta
manera, la O N G transnacional negociaba con una agencia extran­
jera en términos que resultarían inaceptables en una negociación
formal de Gobierno a Gobierno.

Día tras día y año tras año, los perfiles— políticos y religiosos— del
Tratado de Westfalia se fueron erosionando progresivamente. El
último elemento fue, por supuesto, el intelectual. Tanto en las

236
IM S I M ' M M K'lN III I I U l ' l l l l l l l l l l

I ii III i.is natiii alcs nitiiii liiiiiiaiias, un Icil/notiv lia sido la iin|)oi tan
I l<i dr la |)rcdici’i(')ii; y esto rctiiiicTc tina rointcr|)rclación radical.
N i rii la lisiia ni en la historia csiatnos iiicondiciotiaiinciuc seguros
ili iiiicsiras ideas sobre el letna. l^esde Poincaré, hacer prediccio-
III • ;v ha convertido en un asunto pragmático que ya no tiene una
Inri I r base ideológica: esto es así en cuanto a la predicción de qué
li iioinenos naturales deberíamos esperar (por norma), pero tam-
liii'ii en cuanto a la conducta regular (o gobernada por una regla}
i|iir podemos esperar de nuestros congéneres los seres humanos.
I' n el mundo de los fenómenos naturales, el punto de referen-
II I sigue siendo el gran terremoto de Lisboa de 1755. Como si-
liiii'ii admitiendo los físicos, el terremoto de Lisboa «hizo añicos la
11 renda europea contemporánea en un universo benigno y prede-
I ible basada en el éxito espectacular de las matemáticas lineales,
I liliIII por ejemplo la teoría de Newton de la gravitación». N o ser­
na de nada dar por sentado que la dinámica de Newton permitía
I aletilar las órbitas de los planetas, y que la misma teoría termina-
ii.i por proporcionar una explicación para todos los fenómenos fí-
Mi'iis. f.n la prárrira, com o j/a hem os visto, la teoría tenía un valor
limitado, y seguía siendo necesario recurrir a la observación empí-
I lea. Fd cuidado.so estudio de los fenómenos que ocurren alrededor
lie im volcán suele permitir que se pueda predecir una erupción: la
I rupción en 1980 del volcán Saint Helens es un buen ejemplo de
i llo. En el caso de los terremotos, sin embargo, no podemos con-
liar únicamente en cálculos teóricos, ni acumular suficientes indi­
nos que predigan un temblor, como para justificar por ejemplo la
rvacuación de la población. La revolución de la física de los últimos
años significa que es probable que ocurran cambios impredecibles
cu el curso de los procesos en cuestión.
Como lo expresa una reciente declaración de peso, «la hipóte­
sis que hay que refutar no es que los terremotos son predecibles,
sino que no lo son: la pregunta práctica ahora es “ ¿Hasta qué pun­
to debemos tratar de calibrar la predictibilidad de tales proce-
.sos?”». Un coloquio entre especialistas en la materia no contribu­
ye mucho a aumentar nuestras esperanzas. El registro histórico de
terremotos proporciona razonables estimaciones de los riesgos ge-

237
R EG R ESO A LA R A Z Ó N

nerales en una ubicación concreta, pero ninguno de los especialis­


tas consultados pensaba que fuera un objetivo realista, incluso aho­
ra, predecir un terremoto con la precisión necesaria para justificar,
por ejemplo, una evacuación.* Aquí, como en todas partes, nos
preocupan más los riesgos que los pronósticos. Y puesto que esos
riesgos nunca se pueden eliminar del todo, solo acertamos, en el
mejor de los casos, a e.xplicar con exactitud esos acontecimientos
naturales retrospectivamente.
A este respecto, la convergencia entre las ciencias naturales y
las humanidades hubiera sorprendido a los académicos del siglo xviii.
Consideremos las palabras de Timothy Cartón Ash sobre el de­
rrumbe de la Unión Soviética:’

¿Acaso no demostraron una vez más los acontecimientos de 1989 lo ab­


surdo de todo intento por predecir el futuro? ¿Cuál de los innumerables
modelos y teorías de la ciencia política, o del ámbito académico de las re­
laciones internacionales sugirió que el mundo del comunismo soviético

6. Véase el libro de David Keys, Catasti'ophe, Londres, Ballanrine Books,


2000, en el que el autor defiende que las consecuencias de los desastres nanir.ilev
a gran e.scala no son solo geográficas y locales, sino también sociales y políticas
Señala los drásticos cambios ocurridos en muchos países después del año 535 d.
ll I C., y halla pruebas documentales de cambios climáticos en muchos lugares dcl
mundo, tales como espectaculares crepúsculos, cielos cubiertos en todo el mumlo,
y patrones de precipitaciones inusuales, como las que se dieron después de 188
tras la erupción del Krakatoa en el archipiélago indonesio. .A finales del siglo vi,
tales cambios parecen haber ocasionado brotes de plagas, movimientos de pobla
ción, e incluso cambios políticos y religiosos. Keys especula que una explosicui ilel
Krakatoa en 535 aún mayor que la de 1883 separó Sumatra de Java, lanzó polvo
basta la atmósfera más alta y desbarató el equilibrio del medio ambiente ecologi
co de las ratas así como las ventajas económicas de muchos países.
Una erupjción menor, pero con todo importante, poco antes de 1619, cuya
ubicación todavía no está del todo clara, pudo haber producido nubes generali/.i
das de gran altimd, los cambios climáticos que tuvieron lugar en la l'■ .uropa dcl
norte en el siglo xvii, que .se asociaron con la pérdida de tierra cultivable y pm
porcionaron—entre otras cosas—el escenario |v.ira los festivales ilel Támesis hela
do que describe Virginia Woolfen su novela Ovliiiiilii.
7. Timotby Cartón Ash, «The Direction of Kuropean 1 lisiory», en 'l'hf hiii
iiiT l.eciiircs (MI Hiitmin Valiies, vol. 20, .Salí Lake City, University ol Uiah I’ ichu ,
1989, p. 191.

¡
R E S T A U R A C IÓ N D E l. E Q U IL IB R IO

tcnninaría de esa manera, y menos aún, en ese momento? C om o si iinlo,


arrepentido, un estudioso norteamericano: «N inguno de nosotros piulo
predecir estos acontecimientos, y todos nosotros podíamos explicar poi
qué eran inevitables».

1 labiendo visitado Viena dos veces en el verano y el otoño de 1989,


se a lo que se refiere. Todos mis amigos eran conscientes de la fra­
gilidad de la Europa del Este. A nadie le sorprendió tjue, cuando
( )tto von Habsburg—el heredero del apellido—organizó un «Euro-
picnic» en un enclave de Hungría .situado en la parte oriental de
Austria, el movimiento de personas a través de un puesto fronteri­
zo abandonado, cercano al lugar del picnic, fuera el primer aconte­
cimiento de una avalancha humana; sin embargo, hasta el final, es­
timaron que Checoslovaquia necesitaría diez años para «pasarse a

4
( )ccidente».
Una vez dicho todo esto, la distinción entre el orden natural
determinado (aim impredecible) y el curso mucho menos regidar
de las cucsüuiicb humanas, tan querida para la visión moderna del
mundo, ya no se da por sentada entonces tan estrictamente como
antes, ni por Voltaire, ni tan siquiera por Poincaré. En el siglo xx,
los tísicos tienen que aceptar desviaciones de un determinismo clá­
sico estricto que Leibniz hubiera aborrecido; sin embargo, en la
experiencia cotidiana, estas no son más que muestras de una larga
t’ conocida lista. Para considerar un ejemplo extremo: ¿tiene senti­
do pretender que ya en 1820 se podría haber predicho la composi-
I ion de la Novena Sinfonía de Beethoven? ¡Un pronóstico tletallado
de este logro hubiera significado escribir la sinfonía entera cttalro
anos antes de que se completara!
I'.stas preilicciones inconcebibles |nteden ser extremas, pero
hay otras tjtie nos restiltati himiliares y qtie no tienen contraiiartida
I n las ciencias tísicas. Dos personas que se miran fijamente a los
o)os pueden llegar a un |nmto en el tpie los obseiTadores más pre-
I i'iamcnte inlormados no puedan decir cuál de las dos parpadeará
pinncro. Una vez itiás, las abstracciones de la física, según las ctia
II I, a electos de cálctilo, se redefiiuó a los |)lanetas Merctirio, Venus
) Malte (por cjetttpio), cotito «ctierpos tpic se ttittcvcn libreniente

‘ tu
R E G R ES O A L A R A Z O N

atraídos por un centro de fuerza», son la fuente de gran parte dcl


poder intelectual de la física, pero las interacciones complejas y
concretas típicas de los asuntos humanos en su mayoría se resisten
a ese tipo de abstracción. Aquí se trata de individuos y no de clases,
V las diferencias entre estos individuos frustran toda generaliza­
ción.

La idolatría de la predicción newtoniana no es más que un factor


entre otros que llevó al desequilibrio en nuestras ideas sobre la ra­
zón. Más básica fue la actitud que John Dewey dio en llamar «la
búsqueda de la certeza»: la creencia de que el meollo de la lógica ll-
losófica residía en el principio de la no contradicción, que se invo­
caba para garantizar la necesidad del argumento filosófico. 'liun-
bién en el siglo xx, los filósofos de orientación analítica seguían
prefiriendo campos de experiencia en los cuales se pudiera dar iina
base casi geométrica a nuestras creencias, que aquellos en los que
e.so parecía imposible. Una vez más, disciplinas como la física so­
bresalieron y se consideraron intrínsecamente racionales, mientras
que se cuestionó la racionalidad de campos como la ética, donde no
parecía haber consenso sobre las pruebas analíticas.
El propio Aristóteles no se hacía ilusiones sobre el principio di­
ño contradicción. Este no nos demuestra nada sobre la sustancia
de nuestro razonamiento; sino que, más bien, es una advertencia
contra tesis que son intrínsecamente incoherentes en la forma. Al
guien que afirma a la vez «p» y «no-p», sin darse cuenta de lo i|uc
está haciendo, tropieza con el significado de sus propias ¡valabras.
N o es que todos los enunciados de la forma «p y no-p» caigan au ­
tomáticamente en esta trampa: si le preguntamos a un amigo si esiá
lloviendo, y obtenemos la respuesta «Bueno, sí y no», entendemos
perfectamente lo que quiere decirnos. En efecto, hay algunas si
tuaciones en las que podemos deliberadamente decir cosas qnc pa
recen contradictorias: sometidos a un interrogatorio hostil, pode
mos hacerlo solo para ganar tiempo, mientras el inlerrogador se
pregunta si somos testigos que no quieren cooperar. Así pues, la
validez del razonamiento plasmado en un enunciado solo puede

,|o
R E S T A U R A C IO N D E L E Q U IL IB R IO

entenderse teniendo en cuenta la situación en la que este se realiza.


(Ivs una vez más pros ton kairon-, la ocasión, más que la forma, de­
termina el significado.)
Si la idea de «racionalidad» es problemática, más difícil es la de
■ ■ irracionalidad». Si la lógica formal fuera de verdad la ciencia de la
racionalidad, lo normal sería que la irracionalidad se mostrara en
errores de razonamiento formal. En la medida en que hablamos de
lortna incoherente sin ser conscientes de ello, nuestra falta de aten-
ei()n puede merecer esa descripción; pero, en un sentido amplio, el
termino «irracional» se aplica a situaciones en las que no se da un
razonamiento formal, o en las que ni siquiera se emplea el lengua­
je. Cbiando Edinund Burke dice, por ejemplo: «El valor altruista ha
dejado paso a un miedo irracional», está hablando de estados men-
IIIles, no de creencias ni de proposiciones; y esto se aplica a la falta
de atención, tanto como al valor y al miedo. Ocurre lo mismo con
las lobias, los tics, las fugas y otras reacciones incontroladas: una
mujer que se queda petrificada con solo ver una serpiente reaccio­
na «irracionalmente», y esta reacción le impide proporcionar una
■ ■ razón» de por qué actuó de esa manera. (Si pudiera hablar cohe-
ifiitemente de su reacción, sería otra cuestión. La cuestión es,
pues, si su explicación es «razonable» o «no razonable»: estamos
iitra vez en el feudo de las opiniones empíricas, no de las teorías
Iorina les.)
El filósofo del siglo xvii que mejor ilu.stra tanto la relevancia de
Lis relaciones entre la razón y la retórica, como .sus tensiones inter­
nas, es riiomas Hobbes. En un análisis de los cambios en la postu-
1,1 de 1 lobbes durante su larga carrera, Quentin Skinner ha traza­
do los vaivenes de sus actitudes según iba transcurriendo el siglo.
Nacido en 1588, Llobbes creció en la cultura del humanismo rena-
I ciitisia, y basta la década de 1630 no desarrolló un fuerte interés
por la lllosolía natural de Descartes y Mersenne. Skinner comenta
que el conocer a Mersenne en una visita a París «parece haber des­
penado jen él| un interés obsesivo por las leyes de la física, y sobre
l o d o , por el fenómeno del movimiento». Como dice el propio
I lobbes, «en el mundo .solo bay una co.sa real [...]. Todo el que
quiera entender la física, antes tiene i|uc estudiar las leyes del mo­

i.|i
REGRESO A LA R A ZO N

vimiento». Hasta 1650, tras la ejecución del rey Carlos I, no com­


pletó su obra Lcviatán, y volvió a su perspectiva anterior y más ca­
ritativa de la retórica. En el capítulo IX del Leviatán, por ejemplo,
Hobbes se retracta de su anterior ataque a los retóricos: en vez de
considerar que a la «rhetorique» le preocupaba señalar las «conse­
cuencias de las pasiones del hombre», la vuelve a clasificar junto
con la lógica, diciendo que señala las «consecuencias del habla».
Entre ellas (dice), «la ética, la lógica, la filosofía civil y la retórica
[...] surgen de la contemplación del hombre y sus facultades».*
Haríamos bien en seguir el ejemplo de Hobbes. La retórica no
es rival de la lógica; sino que inscribe al análisis lógico de argu­
mentos dentro del marco amplio de la argumentación. Si uno pre­
senta un razonamiento gráfica y convincentemente, la intención
no es la de convencer a los oyentes despertando sus pasiones; de lo
que se trata más bien es de proporcionarles una comprensión ma­
yor y más fácil de la tesis sustancial defendida. Algunas veces se re­
curre a trucos retóricos para eludir u ocultar un argumento sustan­
tivo, pero eso una vez más es una cuestión de lo que puede tal vez
ocurrir, y no de lo que debe necesariamente ocurrir: por encima de
todo, el acto de argüir sigue teniendo la doble función de captar la
atención del oyente y de utilizarla para convencerlo de un punto
bien fundado.

Es hora de declarar la posmra general a la que se dirige el argu­


mento de este libro. La última contribución de Jürgen Habermas
al pensamiento ha sido la de insistir en la relación entre conoci­
miento y razonamiento, e intereses humanos. Nuestros intereses
pueden ser, aunque no necesariamente, intereses personales o de
clase, haciendo así que nuestro lenguaje pueda sufrir distorsiones;
al mismo tiempo, sabemos que algunos intereses los coiu|)artcn lo
dos los seres humanos. Sin embargo, esos intere.ses no son necesa

8. Quentin Skinner, Reason mu! Rhetoríc iii thv Philompby «/ Ilohl’i's, (lani
bridge, Cambridge University Press, 1996, especialmente la p. 253, y las pp. 33A
y 357 -
f R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

riamente compartidos de igual forma por todas las culturas y en to­


dos los períodos históricos: muchos de ellos se solapan, o cambian
con la lentitud suficiente para que su comprensión trascienda ba­
rreras culturales o históricas. (Todo puede estar en un estado de
cambio continuo, pero no hace falta que este cambio sea tan rápi­
do y severo que no podamos siquiera reconocer las cosas confonne
van cambiando.)
Consideremos algunos ejemplos: lograr la inteligibilidad evi­
tando la incoherencia es un interés fonnal; pero no es nuestro úni­
co interés. Respetar el principio de no contradicción rara vez oca­
siona perjuicios, pero en sí mismo tampoco transmite nada
sustantivo. Revelar los principios del mundo natural, lo que en el
siglo XVII se denominaba «las Leyes establecidas por el Creador»,
es un interés sustantivo, pero no nuestro único interés. En las dé­
cadas de 1950 y 1960, John Ziman vinculó la motivación de los jó­
venes estudiantes que empezaban a trabajar como posgraduados en
el campo de las ciencias físicas a la de los postulantes a formar par­
te de las órdenes monásticas medievales. Antiguamente su interés
podía haber sido el de lograr la santidad personal; ahora es el de la-
brarse una reputación en la tarea de revelar la verdad científica, y
ello requiere (por ejemplo) que eviten las distracciones de la políti­
ca o de otras actividades no científicas, para eludir la reputación
contraria de caer en la «falacia». Tener en cuenta el hecho de que
los principios del mundo natural son diferentes según los campos
de estudio es otrb interés legítimo: el no tener en cuenta esas dife­
rencias puede, como hemos visto, generar los tipos de disputa que
lian perseguido a la psicología durante treinta o cuarenta años.
Y así podríamos continuar. La razón abarca más intereses com­
partidos de los que aquí enumero. La ética, el derecho, la política,
la estética e incluso la retórica tienen sus distintas contribuciones
tpie hacer. ¿Acaso son estos tipos de razonamiento menos serios
por tener una «carga de valor»? Esta pregunta ya debería parecer-
nos absurda. Los intere.ses y los valores son inextricables: la habili­
dad para eludir la incoherencia formal y la comprensión de cómo
alerta el mundo natural a nuestras vidas cotidianas son intereses
tan cargados de valor como cualquier otra empresa humana. En

i-M
R EG R ES O A L A R.AZÓN

efecto, esta forma de presentar las relaciones entre aspectos forma­


les y sustantivos— moralmente neutrales y cargados de valor— de la
razón nos recuerda el plan global de la propia tarea filosófica de
Aristóteles. Los dos mil años transcurridos tuvieron su efecto, pero
estos cambios solo esconden ciertas similitudes básicas.
Cuando Aristóteles reunió la habilidad de eludir contradiccio­
nes y el respeto por las esencias de diferentes especies bajo el títu­
lo de Analíticos, se estaba comportando como un hombre de su
tiempo: la idea He que la lógica formal era un juego intelecuial
abstracto con símbolos solo se hizo general tras la obra de David
Hilbert y de otros matemáticos en 1900. También hubo que espe­
rar a finales del siglo xix para que se aceptaran de forma general
los argumentos de Darwin en contra de las especies orgánicas pre­
determinadas: hasta entonces, la creencia de que cosas de muy dis­
tintos tipos tienen «naturalezas» permanentes— lo que hoy en día
se conoce por «esencialismo»— no pudo descartarse del todo.
Hoy en día ya no se vincula a la lógica formal con la botánica y la
zoología como se hacía en los Analíticos de Aristóteles. Mientra.s
que unos nuevos Primeros Analíticos podrían incluir no solo una ló­
gica de sujeto y predicado, sino también la lógica proposicional de
Russell y Whitehead, las ideas científicas sobre los principios del
mundo natural son ahora tan evolutivas en el campo de la cosmo­
logía como en el de la zoología y la botánica, y por lo tanto total­
mente empíricas. De modo que ahora tenemos base para estable­
cer una elara distinción entre las implicaciones formales del
principio de no contradicción y los principios sustantivos de la
clasificación taxonómica expresada en la sistemática de la biología
contemporánea.
Tampoco están hoy en día tan tentados los filósofos, como lo
estaban entre 1920 y 1950, de encontrar razones formales para des­
cartar ciertas investigaciones científicas familiares por considerar­
las lógicamente ilegítimas: los intentos de Hempel, Popper y
Chomsky de desacreditar las ideas de Darwin sobre la evolución
nos parecen ahora desfasados. Como ocurre en política, la tolenln-
cia y la democracia le están ganando la partida al elitismo en la me­
todología, y al imperialismo en la filosofía de la ciencia. I‘.n esa me­
f R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

dida, el desequilibrio de las ideas europeas sobre racionalidad y ra­


cionabilidad muestra indicios prometedores de corregirse.
Por lo demás, el Organon de Aristóteles y sus otras obras aso­
ciadas siguen siendo una guía útil para una visión equilibrada de la
razón. Damos razones para las cosas que hacemos, las maneras en
que votamos, y las películas que admiramos; encontramos defectos
en las razones de tipo similar que otros ofrecen a su vez; y enten­
demos sutilmente las maneras en que nuestras razones dependen
de los temas que discutimos, si serán o no convincentes para otras
personas, y su efectividad cuando se dirigen a los sentimientos o los
intereses.de un oyente. (Los cuáqueros llaman a esto «hablar a la
condición del oyente».) Poco de esto tiene relación con la analítica
formal o sustantiva; la mayor parte ya no se incluye en el sílabus de
los cursos de filosofía académica; y sin embargo se puede decir que
todos «sabemos mucho» de estas cosas, como queda patente si nos
tomamos la molestia de estudiar las conversaciones cotidianas.’

Kchemos una última ojeada a la guerra tradicional entre la lógica y


la retórica. Los hablantes ingleses ven los términos como rhetorical,
{'retórico'), pharisaical (‘fariseo’), casuistical (‘casuístico’), ysophistical
(‘sofístico’) como críticas para distraer la atención de los méritos de
ideas no convencionales. Necesitamos corregir esa impresión, y te­
nemos la ayuda al alcance de la mano. Los casuistas morales y los
estudiantes de Retórica vuelven a levantar cabeza, no siempre bajo
esos nombres tradicionales; y muchos departamentos de Filología
o de (iomunicación debaten sobre retórica sin la menor sensación
de culpa. Mientras tanto, a los filósofos analíticos les preocupan
menos las proposiciones desituadas que las emisiones con una di­
mensión espaciotemporal— los speech acts (‘actos de habla’)— que
i('(]iiieren un análisis en términos más retóricos que formales. Así
pues, jiodemos deleiider que la filo.sofía analítica ha pasado de los
. tiKi/itifos (le Aristóteles a las Categorías, los Tópicos y, el Arte de la

i;, Vóüso In ohra de John Shotter, ConviTsaümml Rciilities, Londres y l ’hou-


«iinil ( )iiks ((lidil'orniii), Sii¡<e, i

^•15
REGRESO A L A R A ZÓ N

Retórica. También los problemas morales de la práctica médica se


están tratando mediante un enfoque «caso por caso», y no tanto
mediante un análisis estrictamente teórico. Estudiosos como Sisse-
la B o k y Michael Walzer están reavivando estilos de argumentación
más afines a la teología moral medieval que a la ética filosófica en la
tradición de H eniy More y Sidgwick. Se defiende menos a fariseos
y sofistas, y esos todavía tienen camino que recorrer para ser acep­
tados; pero por lo menos podemos preguntarnos por qué, durante
tanto tiempo, la academia negó su atención a estas empresas.
Conviene señalar dos cosas. Los estudiantes de Retórica esta­
ban siempre dispuestos a analizar la solidez o la debilidad de los ar­
gumentos sustantivos, y los únicos que tildaban sus análisis de su­
perficiales eran filósofos interesados por la lógica formal o por una
teoría universalista del conocimiento. H oy en día, los casuistas
honrados discuten la ética de la guerra, o los límites al uso de apa­
ratos para la prolongación de la vida en pacientes terminales; por el
contrario, aquellos que quieren que la teoría ética sea moral acusan
demasiado a menudo a la casuística de corroer principios morales
generales. Sin embargo, ¿cómo puede el estudio de los méritos o
defectos de argumentos concretos debilitar una explicación gene­
ral y formal de la razón? ¿Y cómo puede el escrutinio de los aspec­
tos que tienen un cierto peso en casos concretos corroer la ética
médica? De lo que carecen los ataques de lógicos y epistemólogos
es de una preocupación seria por los detalles de situaciones con­
cretas, y pocos teóricos morales están dispuestos a resolver los pro
blemas de pacientes individuales.
Sin embargo, si la filosofía moral y la lógica formal tratan enes
tiones generales y abstractas, mientras que la retórica y la casnísti
ca se centran en problemas prácticos y concretos, cabe aceptar nna
justa división del trabajo. Los ataques críticos a la retórica y la ca
suística tienen algo en común con los realizados a la sofistería y al
fariseísmo. Al centrarse en cuestiones prácticas .sujetas a tina di
mensión temporal, defienden los críticos, los pensadores pedesiirs
nos distraen de ideales más grandes y más generales. I’ or el coni i a
rio, los filósofos y los profetas elevan nue.stra mirada |ior encima de
la existencia mundana, y miden los problemas pasajeros con nn ba

i.|6
R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

remo más global y duradero. Desde el punto de vista del ideal, las
opiniones {doxaí) que se basan enteramente en experiencias pasaje­
ras no son a sus ojos más que meros embustes. Desde luego, no hay
por qué negar a poetas y soñadores su importancia, pero tales que­
jas son exageradas. Está bien reflexionar sobre principios eternos y
universales, siempre y cuando estos estén vinculados con las esferas
de la vida que buscan esclarecer; pero ignorar las exigencias apre­
miantes de la vida diaria, más que loable es deplorable, es el com­
portamiento de un avestruz intelectual.
Incluso los filósofos de la Antigüedad empleaban dos raseros de
juicio distintos. Al principio de la Etica a Nicámaco Aristóteles criti­
caba a Platón por exigir de la ética un tipo de exactitud y de nece­
sidad apropiadas para la geometría, pero no para las situaciones hu­
manas o para las cuestiones morales que estas implican. Donde los
platónicos insistían en principios generales en todos los campos del
pensamiento humano, Aristóteles nos pedía que aspiráramos al
tipo de generalidad que la namraleza de nue.sti'os problemas con­
cretos justificaba. En esto, era más tolerante con los sofistas y los
casuistas que aquellos que invocaban lo universal y lo eterno al ha­
cer frente a cualquier tipo de problema, en cualquier ocasión.
La división del trabajo que requiere una visión más equilibrada
de la racionalidad y la racionabihdad es, por consiguiente, bastante
clara. Para resumirla en nuestios propios términos:

Dejemos que los*estudiantes de Retórica analicen argum entos sustantivos


concretos, y dejem os las teorías generales de la racionalidad y el conoci­
miento para los filó.sofos. A sí no habrá ocasión de conflicto, y menos de
insultos.
D ejem os que los médicos desarrollen formas de resolver caso por caso
los problemas m orales que surgen para sus pacientes en la práctica clíni­
ca, y dejem os las teorías éticas globales para los filósofos morales. A quí
también hay espacio para una tregua.
I icíjemos que los sofistas den consejos circunstanciales y tem porales,
.idecnados a situaciones determinadas— aquí, y no allí; ahora, y no hie­

lo. V'case el simposio «l’ latonic liisiilt.s» en C.mmmm Knowkd^e, vol. 2, n° 2


(oioilo (le h ; i; ) ) , p p . ig-Ko.

i '17
R E G R ES O A LA R A Z Ó N

go— y dejemos la búsqueda de principios universales y atemporales para


los metafísicos.
D ejem os que los fariseos interpreten el contenido literal de la ley m o­
ral, en la medida en que atañe a situaciones cotidianas, y dejem os que sean
los profetas quienes arrojen nueva luz sobre el papel del espíriui en una
vida religiosa.

En cada caso, podemos lograr una tregua si los esmdiosos se dedi­


can exclusivamente a sus propias tareas.
Pero hasta esta propuesta es demasiado conciliadora como para
que pueda sernos de ayuda. En cada disputa, uno de los dos bandos
está dispuesto a ceder, mientras que el otro se mantiene en su in­
transigencia. Los retoricistas no buscan abolir la lógica formal, ni
los casuistas rechazar la filosofía moral. Los sofistas no atacan la
preocupación por lo eterno; y los lectores rabínicos de la Torah de
orientaciones más literales pueden leer la Ley con un espíritu ade­
cuado. Así pues, en general, como no lo hacen casuistas, sofistas y
demás, tampoco las personas prosaicas y prácticas necesitan desa­
creditar las teorías de la filosofía. Están dispuestas a que se les juz­
gue por sus productos particulares, si los demás también lo están.
Son los teóricos abstractos— los lógicos formales, los metafísicos o
los filósofos morales— los que se sienten amenazados por las lla­
madas a la práctica o a la experiencia, y para defenderse, recurren
al insulto. Pero ¿qué tienen que temer los metafísicos, los lógicos o
los filósofos morales? Su desprecio de los aspectos prácticos queda
patente en su degradación del propio término «sofista». Pintan a
los hábiles artesanos como impostores intelectuales, comparando
el dominio cotidiano de la experiencia práctica con el sueño de
la verdad permanente. Solo porque la e.xperiencia que conduce a la
sabiduría práctica, por muy larga y profunda que haya sido, es
siempre incompleta, no tenemos que confiar en ella: la compren­
sión teórica, insisten, es superior, porque permite entender verda­
des ciertas de una vez por todas, con una comprensión que se
autovalida. ‘
Los seguidores de Platón ofrecían un sueño de verdad y cerle-
za atemporales inalcanzable para la experiencia humana y lempo-

24H
R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

ral. Sin embargo, el contenido de este sueño es más duradero que


su atractivo, que funciona mejor para algunas personas que para
otras: en algunas regiones, como Latinoamérica, la crítica a la sabi­
duría práctica nunca ha sido tan virulenta como en Europa o Esta­
dos Unidos. Poderosos defensores desde Montaigne hasta Dewey,
Wittgenstein y Rorty han insistido en que no debemos creemos a
pies juntillas este sueño. Así pues, como conclusión, preguntémo­
nos lo siguiente: «¿Qué lleva a los seres humanos, de forma indivi­
dual o colectiva, a buscar la eternidad, la universalidad y la certeza
pese a reacciones tan vigorosas por parte de los escépticos?». Las
dos preguntas, sobre individuos y colectividades, son inseparables.
En el libro de Dewey, The Quest for Certainty, este halla el origen
del sueño platónico en la inquietud; sin embargo, retrospectiva­
mente no queda del todo claro si consideraba la inquietud una
aflicción individual o compartida por toda una colectividad de per­
sonas. Si hubiese defendido fimiemente la interpretación colectiva,
podría haberse enfrentado antes a una pregunta de la que hizo caso
omiso: «¿Por qué era tan atractiva esta búsqueda en tiempos de
Descartes, y no un siglo antes o después, por ejemplo?». Al en­
frentarse a este problema, podría haber vinculado las inquietudes
colectivas de una época concreta a las inquietudes individuales de
e.scritores como Blaise Pascal y John Donne, que vivieron en esa
época en cuestión.
Otro origen del sueño era el desdén aristocrático por los sofis­
tas |trofesionales, por considerarlos unos peseteros. El primero en
popularizar la idea de que la hostilidad de los filósofos hacia los ofi­
cios se basaba en la clase fue Benjamín Farrington, pero pese a
cierta plausibilidad intuitiva, este acercamiento no añade mucho
a la tesis de Dewey sobre la «inquietud». A la larga, necesitamos
una exiilicación mejor de por qué a algunas personas no les satisfa­
ce la experiencia de todos los días, o el conocimiento que se debe
l evisar, y se abren por tanto a las llamadas a la eternidad, la univer­
salidad y la certeza. En cualquier caso, las actitudes aristocráticas se
pueden interpretar de varias maneras. Farrington vinculaba el pla-
lonisino a la envidia de clases, pero esto también podría suceder al
lonirario, con los sofistas tle clase baja criticando la po.stura de los

249
R E G R ES O A L A R A Z O N

platónicos de clase alta, y no al revés. En las culturas en las que el


honor tiene un papel muy importante en el estatus y la autoestima
de las personas, los jóvenes de clase alta evitarán actividades en las
que corran el riesgo de fracasar, amenazando así su estatus en ma­
neras que escapan a su control. De modo que la envidia de clases es
apenas relevante. Cuando estaba el honor en juego, los zapateros
remendones no sentían recelo por la nobleza, pues sabían en qué
eran buenos: era la dorada juventud la que tenía algo que perder a
sus ojos, comparada con las habilidades prácticas de los zapateros
remendones de Atenas."
Blaise Pascal se ubicaba entre estos dos extremos. La teología
jansenista que abrazó era popular en los círculos aristocráticos que
frecuentaba, pero en su autoestima, tenía una personalidad dividi­
da. En la corte tenía una reputación brillante como matemático (un
talento que más tarde dio a su nombre un lugar en la ciencia de la
informática); fuera de la corte, temía estar ganándose esta reputa­
ción a expensas de su propia alma, y luchaba por ser digno de gra­
cia renunciando a sus talentos intelectuales. Este sueño de la re­
dención solía ir de la mano de un desprecio por la productividad
mundana: la salvación a través de la gracia, y no de las obras, resul­
taba atractiva para aquellos que no tenían ni obligación ni deseo de
ganarse la vida como mozos de cuadra, carboneros o tipógrafos. En
el nivel en que los compromisos moldean la autoestima, y vicever­
sa, el pragmatismo era para Dewey tma postura igualitaria que
reavivaba la creencia teológica de que la gracia sin las obras, o la
teoría sin la práctica son infructuosas de la misma manera y por las
mismas razones.

Al llegar a la última fase de nuestras investigaciones, es necesario


hacer hincapié sobre un aspecto en especial. Al principio hablé de
que la razón había «perdido su equilibrio» en el siglo xvii, y lo
achaqué a la obsesión por la teoría formal a expensas de la práctica
1

II. Benjamin Farrington, Science muí Politics iii thc Ancient li'iiritl, O.xíord y
Nueva York, Oxford Universiiy Press, 1940.

ASO
R E S T A U R A C IO N D E L E Q U IL IB R IO

cotidiana que elevaba la deducción euclidiana por encima de cual­


quier otro tipo de razonamiento. Pero yo no me proponía darle la
vuelta a la balanza completamente, ni elevar a la práctica, a su vez,
por encima de la teoría. L o que yo quería hacer era restablecer un
equilibrio adecuado entre ellas: reconocer las reivindicaciones legí­
timas de las «teorías» sin exagerar las atracciones formales del ra­
zonamiento euclidiano, y defender las lecciones de la «práctica»
real sin denigrar los poderes del argumento teórico.
Richard Rorty establece una útil distinción entre hablar del pa­
pel en la filosofía de una «Teoría» (con ma)TÍscula) que tiene que
abarcar todo el conocimiento en un sistema global, y la utilidad
pragmática de distintas «teorías» (con minúscula) a las que se recu­
rre en distintas actividades y para objetivos diferentes. Por ejemplo,
al discutir cómo presentar una demanda civil por daños y perjui­
cios, dos abogados pueden considerar si es mejor tratarla como una
clara cuestión de agravio, o si recurrir, por ejemplo, a la «teoría de
la agencia»; y nos enfrentamos a similares dilemas en otras activi­
dades. Tales teorías alternativas no suelen exigir lealtades o com­
promisos exclusivos: no tienen estatus ideológico ni pretensiones
(le universalidad. H oy en día, muchos científicos sociales emplean
los términos «modelo» y «teoría» indistintamente, y cambian de
un modelo a otro para explicar cualquier tipo de fenómenos socia­
les, políticos o culturales, sin que esto tenga implicaciones grandio­
sas en el nivel de la alta téoría. A este respecto, el equilibrio de la ra-
/.('in se ha restablecido por completo, y podemos dejar de lado las
viejas disputas sobre su relativa superioridad o subordinación.
Hiles cuestiones sobre la relación entre la teoría y la práctica
han sido objeto de discusión desde 1650 en adelante, y constituyen
a(|iií nuestro principal tema de interés. El desdén por las habilida­
des jirácticas, las opiniones basadas en la experiencia, o las opor-
iiinidades de una ocasión concreta se utilizaba para justificar la
Nubordinaciíin de la práctica cotidiana a la teoría abstracta, y esta
■ lubordinación moldeó la filosofía europea durante trescientos años.
I loy nos eneoiuramos en una situación muy diferente. En lugar de
mu humilde práctica que responde ante una teoría superior y
auioevidenie, los dos ámhitos están ahora en situación de igualdad.
R E G R ES O A LA R A Z Ó N

La teoría no es intrínsecamente superior a la práctica. Las llamadas


a la teoría son en sí un tipo de práctica (un topos más, como podría
decir Aristóteles). Con el declive del fundacionalismo cartesiano,
las tesis de autoevidencia ya no tienen el peso que tenían antes: no
es necesario que escojamos entre el conocimiento basado en la ex­
periencia y el conocimiento basado en pretensiones de autoeviden­
cia. En lugar de eso, la pregunta es la siguiente: «¿Qué formas de
vida respaldan o dependen de una u otra variedad de conocimien­
to sustantivo?».
A este respecto, Dewey tenía razón al sugerir que el pragmatis­
mo no es solo una teoría al mismo nivel que todas las demás. Re­
presenta más bien un cambio de perspectiva, que equipara el teoi i-
zar con todas las demás actividades prácticas. De ahora en adelante,
los artesanos honradamente productivos ya no necesitan disculpar­
se por su vulgaridad, ni tampoco es necesario ya que pongamos la
lógica por encima de la retórica, la ética por encima de la casuísii-
ca, la metafísica por encima de la sofística, o los profetas por enci
ma de los fariseos. Por ahora, ese juego ha terminado; y cuando
Platón declaró que Gorgias y los sofistas prostituían sus habilida
des estableciendo «tiendas de conocimiento» (phro?7tisteria\ el cul
pable de una vulgar calumnia era él. Las envidias académicas resul
tan ser tan antiguas como la propia academia.
Si aceptamos una perspectiva pragmática de la teorización, sin
embargo, no es difícil eludir el desequilibrio en las ideas .sobre la
razón que hemos heredado de la modernidad, y devolver a nuestras
otras formas de pensar y de actuar la legitimidad que requiere iin
acercamiento igualitario. En este acercamiento, ningún modo de
razonamiento teórico tiene hegemonía sobre todos los demás, y
mucho menos detiene la posición central en la vida intelectual y
práctica que la cosmología newtoniana asumió en manos de ! .apla
ce y de Cournot. Las teorías operan en cambio como meros «mo
délos» de los fenómenos que representan. Estos modelos son de
muchos tipos. Para los puristas intelectuales, los sistemas axioiiiai i
eos del tipo en que insistía Duhem son una opción real. O podi'*
mos emplear gráficos, mapas y otras representaciones bidimensni
nales; modelos físicos— reales o imaginario.s— como a(|uellos sobie
R E S T A U R A C IÓ N D E L E Q U IL IB R IO

los que escribieron Maxwell y Lodge; o gráficos por ordenador que


muestran cambios demasiado complejos como para poder calcular­
los con lápiz y papel. Si una representación reúne los fenómenos de
una manera que tenga un sentido inteligible, proporcionando una
comprensión sistemática del ámbito en cuestión, es suficiente: la
vivida imagen de la circulación del aire sobre un ala es a la vez me­
morable y totalmente inteligible. N o hay una sola representación
explicativa que pueda adecuarse a todos los tipos de fenómenos,
pero uno u otro modelo tienen resultados prácticos que responden
a las necesidades de alguna ciencia humana o natural en concreto,
y las limitaciones empíricas del modelo quedan así explícitamente
reconocidas. Una vez logrado esto, todos los tipos de pensamiento
0 de acción que incumben a nuestra racionalidad o racionabilidad
tienen su objetivo y sus límites adecuados, y se restablece el equili­
brio tradicional de la razón.
La idea de que la filosofía natural garantiza la certeza de las
ideas sobre el orden de la naturaleza reposaba sobre la creencia de
(]iie nuestro conocimiento empírico necesitaba un sistema tal— ya fue­
ra en su forma cartesiana o newtoniana— como base: unos cimien­
tos para asegurar su estabilidad. En la década de 1980, el descubri­
miento de que ningún sistema intelectual podía hacer una cosa así
provocó una reacción contra el fundacionalismo en general, y con­
tra el cartesianismo en particular, que señala la transición de la mo­
dernidad a la posmodernidad. Sin embargo, retrospectivamente,
podríamos haberlo anticipado. Ya en 1902, Poincaré había demos-
1 rado (por ejemplo en Science and Hypothesis) lo poco que ganamos
al ba.sar nuestro conocimiento sobre unos cimientos casi geométri­
cos. N o era solo que el descubrimiento de geometrías no euclidia-
nas debilitara la «certeza» que Descartes otorgaba a la geometría
ciiclidiana; según Poincaré, cualquier comprensión empírica que
puede formularse en términos de un conjunto de axiomas geomé-
II icos, puede, con ajustes menores, expresarse en términos de otro
conjunto. ¿Qué seguridad añadía entonces la teoría cartesiana
,1 nuestro conocimiento cotidiano? ¿No es igual de eficaz recurrir a
1.1 e.\periencia acumulada de nuestras vidas prácticas? El pragmatis­
mo es una buena base para el conocimiento, y elude la engañosa la
R E G R ES O A L A R A Z O N

reivindicación de que solo la teoría abstracta y autoevidente nos


proporciona la auténtica certeza.
En cualquier caso hay razón para pensar que el atractivo dcl
fundacionalismo surgió del elitismo de los instruidos. Porque daba
a la gente la seguridad de que sabemos de verdad solo aquello que
podemos expresar con palabras, e incluso que sabemos solo lo que po­
demos explicar utilizando una teoría intelectual importante. Dide-
rot habría objetado: su respeto por los artesanos lo llevaba a recha­
zar ese esnobismo intelectual. El conocimiento que no se puede
expresar con palabras no se debe despreciar: comprendemos ideas
teóricas solo si tenemos la experiencia suficiente para darles signi­
ficado. Para cambiar la imagen, el conocimiento preverbal es la
raíz de la que las tesis intelectuales extraen su significado; las pala­
bras con las que expresamos esas tesis son más bien las ramas de la
copa. Los dos capítulos siguientes investigarán explícitamente esta
relación entre conocimiento verbal y no verbal.

^54
II

L A S V A R IE D A D E S D E L A E X P E R I E N C I A

Los filósofos racionalistas se sienten impresionados por temas cuyo « co ­


nocim iento» consiste en la com prensión de una teoría formal. L o s prag­
máticos defienden en cambio que, incluso en las ciencias físicas, el cono­
cimiento puede ser tácito. En lugar de basar todo el conocim iento en un
imico tipo de experiencia, tenemos que reconocer todo un espectro que
va tlesde lo que se expresa verbalinente hasta lo tácito.

I hi último paso completa la restauración del equilibrio en nuestras


ideas sobre lo racional y lo razonable, y contribuye a contrarrestar
el intelectualismo profundamente arraigado de la modernidad. Si
una base filosófica tiene que dar cualquier tipo de certeza a nues-
ii as maneras de enfrentarnos al mundo, el pragmatismo es un pun­
ió de partida tan bueno como cualesquiera de los sistemas de los
lilosofos desde Descartes en adelante. Digo esto con una cierta sin-
I cridad irónica. Cuando escribí La comprensión humana— se queja-
11.1 un colega mío— no mencioné mi deuda con los pragmáticos;
mus .seriamente, podría haberse quejado de que llegué a una postu-
1.1 cercana al pragmatismo, e incluso dejé Gran Bretaña para insta-
liiime en Estados Unidos, antes de haber considerado seriamente
liis obras de los pragmáticos norteamericanos más influyentes.
Si el pragmatismo es admisible como base para comprender el
lenguaje, la experiencia y el conocimiento teórico, es por supuesto
necesario i|ue tomemos en serio a William James: no solo sus clá-
i.icas ¡A'cciones de prafr/natismo, o su obra pionera The Principies of
sino también su gran éxito Variedades de la experiencia re-
(Ai)uellos que temen verse atrapados en el mundo de las
i Imi II mas lormales y de la autoridad eclesiástica pueden interpretar
t i iltiilo de esta obra como experiencia «espiritual» o «profunda-

LS5
REGRESO A L A R A Z Ó N

papel en la historia de la geología. Muchas de las flores de mayo que


vimos ya las conocíamos de los jardines ingleses: anticipándose un
poco a las estaciones inglesas había arañuelas, peonías y lilas, gla­
diolos blancos y azucenas, potentilla amarilla y hierbas aromáticas.
En grietas en los muros de piedra crecían algarrobas, geranios sil­
vestres y gahos. En el mismo establo, las piedras amarillas tenían
grietas de las que salían disparadas las lagartijas. Dentro de casa, la
chimenea de hierro fundido nos recordaba a Nueva Inglaterra: en
la placa se leía el nombre de Franklin, y había sido reahzada en una
fábrica de Vermont que conocíamos. La agricultura nos resultaba
menos famihar. En lugar del trigo y la avena que se cultiva en hi-
glaterra, aquí se cultivaban nueces y espárragos, tabaco y maíz. Los
campos y los huertos estaban llenos de gansos y de patos, y la coci­
na local incluía muchoyoíe gras, acompañado de un áspero vino tin­
to de Cahors.
Hacia el final de nuestras vacaciones, las estaciones se habían
sucedido. A las ovejas que antes subían cada mañana por el prado,
y luego volvían al atardecer, ya se las habían llevado a los pastizales
de verano, siguiendo el sistema que Fernand Braudel llama «trans-
humancia». Mientras tanto, las florecillas silvestres iban adquirien­
do los colores púrpura o amarillo del final del verano, y las acequias
estaban llenas de las malas hierbas locales. Las laderas de las coli­
nas mostraban tm color púrpura por la profusión de hierba sauce,
o amarillo por la hierba de san Juan y la prímula, y los arcenes de la
autopista tenían el color dorado de las aulagas, cuya habilidad para
florecer en los pedregales pelados de un volcán celebró Leopardi'
en su poema ll flore nel deserto.
En el jardín, las malvarrosas reemplazaban a las peonías, las
mariposas revoloteaban sobre las buddleias, y al final llegaron lc)s
jilgueros a llevarse las primeras simientes. Luego empezó la cose­
cha. E n las últimas semanas de junio, se segó y se apiló el heno, y
se cortó el maíz a paso acelerado. En Vermont tenemos el dicho
de «Hasta la rodilla antes del 4 de julio», pero en Qiiercy, hacia
el 4 de julio el maíz nos llegaba a los hombros, y el tabaco estaba en
su punto; fuimos a buscar las últimas botellas de la cosecha del año
anterior de aceite de nuez. En la misma latitud que Vermoni, ajiro

27Ó
f EL MUNDO DE DÓNDE Y CUAn DO

xiniadamente a 44“ latitud norte, Quercy disfruta de la corriente


del Golfo, y sus agricultores juegan con ventaja.

I ¿Es este tipo de «narración bucólica» ofensiva para aquellas perso­

I nas con inclinaciones verdaderamente filosóficas? Si es así, tienen


que volver a replantearse los cimientos de nuestro conocimiento.
Muchas habilidades básicas de la vida tradicional— tales como el

I uso de diferentes especies de plantas para producir índigo como


tinte para el azul de alfombras tejidas a mano, como se sigue utili­
zando hoy en día para los pantalones vaqueros— se desarrollaron
paralelamente en distintos lugares del mmido sin ninguna base
científica concreta.* Fui pensando en todo esto mientras nos diri­
gíamos hacia Bergerac, y hacia el pueblo rtatal de Montaigne. E s­
tos tipos de conocimiento no están circunscritos a la naturaleza:
cada mañana yo escuchaba las noticias internacionales de la BBC,
con su sintonía que ya conocía por haberla escuchado lUuchas tar­
des en California.^ Los ciclos de la experiencia se quedan grabados
en nuestras mentes: programas de radio, estaciones botánicas y
agrícolas, o las imperiosas regularidades del año astronómico. Aun-

2. Jenny Balfour-Paul, Indigo, Londres, British Museum Press, 1998.


3. Esta alusión a la B B C tiene su relevancia. En los años noventa disfrutaba
mucho escuchando los noticiarios internacionales de la B BC a cualquier hora del
día o de la noche, especialmente de la noche. Tras afinar su reputación gracias a su
integridad durante la Segunda Guerra Mundial, y más tarde, durante los largos
años de la Guerra Ería, la BBC World Service News se ha convertido en muchos
sentidos en la voz representativa post 1989. Principalmente, el programa Outlook
nos enseña sobre los pueblos del mundo, pero no hablando en términos teóricos
sobi'c las virtudes de la diversidad, la solidaridad u otras abstracciones, sino pre­
sentando pedazos de vida de aquí y allá que hablan por sí solos. Los temas son im-
preileciblemente variados, como por ejemplo, gnipos musicales del Ulster o de
Quebec, de Karnataka o de Cambia; el intento de George Mallory de escalar el
F.verest en la proiria latiera de la montaña; una orquesta de viento vienesa que toca
i;on instrumentos realizados con verduras; y una comunidad del desierto sudafri­
cano i)ue combate la sequía dejando que los niños jueguen con un tiovivo cons­
truido por un ingeniero local africaner, de manera que sus rotaciones extraen el
agua de una vena aquítéra subterránea.

277
R E G R E S O A LA R A Z Ó N

que menos fisiológicos que los ritmos circadianos del sueño y el


despertar, estos ciclos se integran en nuestra consciencia del
mundo.
¿Es este tipo de conocimiento relevante solo para estilos de
vida más primitivos que el nuestro? Al contrario, es cada vez más
importante para aquellas personas que buscan modos de existencia
autosuficientes siempre que sea posible, como por ejemplo en el
Norte de California, con sus ríos locales de rápida corriente que se
utilizan para generar electricidad, con una agricultura adecuada al
clima templado y pastizales para las ovejas lanudas. Por supuesto, a
Montaigne todo esto le parecería de lo más natural. Hasta la déca­
da de 1 590, seguía mostrándose tan escéptico ante la posibilidad de
una teoría global de la naturaleza, como lo estaba de las enseñanzas
filosóficas de la Antigüedad. En sus Ensayos hace todo lo posible
para evitar todas las teorías formales, y solo trata de mostrar lo que
significa vivir una vida verdaderamente humana. Apenas menciona
los planetas y las estrellas, que eran un ingrediente básico de la fi­
losofía y la cosmología de antes; los dramatis penonae de sus ensa­
yos provienen del repertorio de la literatura o la historia. Alejandro
Magno o Julio César, Virgilio o Séneca son más significativos para
él que Orión o Betelgeuse, Mercurio o Júpiter.
Rodeado de este paisaje que veía desde su torre, ¿qué clase do
hombre era Montaigne? Los dramas históricos de Hollywood nos
tienen acostumbrados a héroes robustos y enérgicos, con lo que es
difícil aceptar a un «señor del castillo» que apenas superaba el me­
tro cincuenta, y vivía en una casa proporcional a la gente de su es-'
tatura. Pero la prueba está ahí: el edificio, las estrechas puertas, los
techos bajos y las escaleras de caracol tienen todos una historia que
contar. Si pienso que nuestra experiencia cotidiana pertenece al
mundo de dónde y cuándo, un mundo en el que todo lo que d e ­
cimos hace referencia a un lugar y un momento concretos, sin as­
pirar a ninguna validez abstracta y universal, entonces diré (]ue
Montaigne vivía en un mundo así. Una alimentación mejor y la
evolución genética hacen que ahora compartamos el suelo con per
sonas unos centímetros más altas y mucho más robustas i|ue nues­
tros predecesores, pero, de todas formas, los Ensayos Montaigne
EL M U N D O D E D Ó N D E Y C U Á N D O

nos muestran lo poco que han cambiado nuestras maneras de vivir.


La indolencia, la vanidad, la moderación, la constancia, sin olvidar
la cobardía— la madre de la crueldad— , no son ahora diferentes de
como siempre fiieron. Los académicos pueden descartar a M on­
taigne como filósofo, porque hace caso omiso de las cuestiones téc­
nicas que tan importantes son para ellos. Para el resto de nosotros,
sigue siendo el destacado filósofo de la experiencia cotidiana, el es­
critor que logró centrarse en las cosas que verdaderamente im­
portan.

Restituyendo a Montaigne como filósofo, estos capítulos buscan


restablecer el equilibrio entre lo teórico y lo práctico en el pensa­
miento europeo que se perdió a partir del siglo .xvii. La Fenomeno­
logía de Hegel concede que la «experiencia sensorial» tal y como la
concebían los empiristas británicos— una noción que ya tenía un
tinte teórico— tiene una cierta prioridad, pero insiste sin embargo
en la centralidad intelectual de lo teórico. De modo que hoy en día,
cuando nos vemos abrumados por una adicción a la teoría, la tarea
de recuperar nuestra conciencia de la experiencia práctica no ver­
bal requiere tener la cabeza fría y las cosas muy claras. En este ca­
pítulo, analizaremos dos escritores del siglo xx que, por lo demás,
son muy diferentes: Ludwig Wittgenstein y Virginia Woolf.
La función escéptica de Michel de Montaigne en la Europa del
siglo XVI la desempeñó Ludwig Wittgenstein en el siglo que acaba
de concluir, con una curiosa variación. Aquellos de nosotros que
asistimos a .sus clases en sus últimos años en Cambridge nos senti­
mos unos privilegiados, y consideramos esa experiencia como algo
más único de lo que en realidad fue. Sentarse en su austera habita­
ción en el Trinity College de Cambridge era contemplar a un hom­
bre |)rofundamente reflexivo que juzgaba sus propias ideas según
los raseros más estrictos que nosotros conocíamos entonces, y nin­
gún alumno serio podía rehuir la tarea de descifrar las e.xigencias
(¡lie se imponía a sí mismo Wittgenstein. N o era menos impresio­
nante verlo en sus «ratos de ocio»— la frase .suena casi frívola— ;
por ejemplo, en sus visitas .semanales a la ca.sa de Chesterton Road
R E G R ES O A LA R A Z Ó N

donde G. E. Moore, su antecesor en la cátedra de Filosofía, vivía


con su maravillosa mujer, Dorothy. Entonces, la riqueza del baga­
je cultural de Wittgenstein y la intensidad de sus intereses musica­
les iluminaban conversaciones que merecen ser recordadas casi
tanto como sus clases.
Lo más sorprendente del Wittgenstein que conocíamos enton­
ces era la profundidad de su compromiso personal con las ideas.
Sus contemporáneos intelectuales más profundos en Cambridge
antes de 19 14 le parecían— nos dice John Maynard Keynes— pre­
carios y superficiales. Todavía ocurría así en la década de 1940: era
demasiado consciente de la importancia del mundo de las ideas
como para juguetear con conceptos, como solía hacer Bertrand
Russell. Habiendo crecido en la Viena de los Habsburgo, donde se
derramaba a menudo la sangre de los intelectuales— por ejemplo,
la de su colega Moritz Schlick— a Wittgenstein el carácter ligero y
lúdico del Círculo de Bloomsbury se le antojaba moralmente ina­
ceptable. Con la abolición de la Monarquía y la fragmentación del
Imperio Habsburgo después de 19 18 , se sentía cada vez más desu­
bicado en el mundo. Le parecía que todo había perdido contacto
con la cultura de Mozart y de Schumann que había aprendido a
amar en su infancia, en Albegasse."*
Frente a la combinación en Wittgenstein de seriedad moral y
concentración intelectual, aquellos de nosotros que asistimos a sus
últimas clases no acertábamos a definir hasta qué punto estas eran
el producto único de una personalidad inusual o la marca de su ori-
ginahdad radical e incluso sin igual como filósofo. N o teníamos la
culpa de ello. N o provem'amos de Linz o de Imisbruck, ni de Aspen
o de Grinzing, sino de Hampstead o de Kansas, de la Imlia, de Aus­
tralia o de Palestina. Sin entender la deuda cultural e intelectual tlel
«joven Ludwig» con la Europa central en general— especialmente

4. John Maynard Keynes describe la desaprobación de VVittgeiistein del


Círculo de Viena en su libro Ensayos biográficos (Barcelona, C.rítica, ivvi). I'•' I*'
biografía Ludwig Wittgenstein, el deber de un genio (Barcelona, Anagrama, ii;u7),
Ray Monk incluye una cita de Wittgenstein en la que este señala que perieneela >i
una cultura que finalizó con la muerte de Schumann.

iH o
EL M UNDO DE D Ó N D E Y CUÁNDO

con la kulturkleis, y sobre todo con la propia Viena— no podíamos


separar la novedad personal del pensamiento de Wittgenstein de
las características no inglesas de su herencia cultural.
Ahora, sin embargo, medio siglo después de su muerte, con la
mayor parte de su Nachlass publicada más o menos adecuadamen­
te, y con todo el material de las primeras biografías fidedignas, po­
demos distinguir mejor los aspectos personales de su obra de sus
raíces culturales, y empezar a evaluar su lugar en la historia del
pensamiento. Como resultado de ello, podemos verlo en un con­
texto histórico más amplio. ¿Por qué durante su vida sus enseñan­
zas no parecían tener una clara analogía en la filosofía anterior, y
enfrentaban a sus oyentes y sus lectores con el reto especial que su­
pone la novedad radical? ¿Cómo debemos acoger la aspiración de
Wittgenstein por demostrar que toda la filosofía anterior era inhe­
rentemente falaciosa, o estaba incluso muerta, con lo que sus mé­
todos de filosofar eran «los herederos legítimos de la actividad que
antes se conocía como “ filosofía”»? Como la pretensión teológica
de que «Dios ha muerto», la reivindicación apocalíptica de que
«también la filosofía ha muerto» provoca una ironía histórica.
Wittgenstein murió en 1952; en los años setenta había más profe­
sores de Filosofía que en épocas anteriores. De modo que, para pa­
rafrasear a Mark Twain, las tesis sobre la muerte de la filosofía eran
cuanto menos exageradas; sin embargo ya había pasado cierto
tiempo desde que los precursores de Wittgenstein defendieran la
misma tesis, y podemos aprender algo del futuro de la filosofía, así
como de su pasado, si incorporamos a esos precursores al linaje de
sus ideas.
Permítanme definir dos puntos de referencia desde los cuales,
a mi entender, se puede triangular cualquier análisis histórico. La
escuela filosófica con la que mejor puede compararse el último en-
loíiue de Wittgenstein es la de los pirronistas, o «escépticos clási­
cos». Otros han señalado también este paralelismo. Brian Mc-
( hiinness lo menciona en el primer volumen de su biografía de
Wiitgl'nstein, también lo han recalcado así otros autores: Philip
I lallic en su obra V'/x’ Sc/ir oJ Mont/iigirc, Arne Naess en sus ensayos
sobre el pirronismo, y Avner (iohen en sus análisis de autores an-

jH i
R E G R ES O A LA R A Z O N

teriores a Wittgenstein (tanto antiguos como modernos) que ha­


bían anunciado la muerte de la filosofía.
Tengo que aclarar este uso del término «escepticismo». M u­
chos filósofos del siglo xx lo emplean para las ideas asociadas con
el uso de Descartes del método de la duda sistemática, o con los ar­
gumentos destructivos del Tratado sobre la naturaleza humana de
David Hume. Sin embargo, los filósofos griegos clásicos no califi­
carían en absoluto de «escépticos» los argumentos de este escepti­
cismo moderno, ya sea de Hume o de Descartes. Los verían como
una variedad del «dogmatismo negativo»: el querer negar todas
esas cosas que otros filósofos afirman. Para los griegos, los verda­
deros escépticos resistían con igual fuerza las ganas de afirmar ge­
neralizaciones filosóficas que las de negarlas. La esencia del pirro­
nismo, tal y como la enseñaba Sexto Empírico, era la de reconocer
cuándo las aspiraciones de conocimiento y de certeza eran dema­
siado globales y grandiosas como para estar al alcance de nuestra
experiencia, y evitar tanto afirmarlas como negarlas.
Cuando Wittgenstein llamaba al impulso de debatir cuestiones
filosóficas, o de hacer hincapié en docti inas filosóficas, una «tenta­
ción»— que puede ser natural, pero de la que hay que mantenerse
a cierta distancia— sus citas venían predominantemente de los últi­
mos trescientos cincuenta años (aproximadamente, desde la Era
Moderna que se inicia con Descartes). H ay excepciones: sus Invcs-
tigacio7ies filosóficas empiezan con una cita de san Agustín, y más
adelante comenta pasajes del Teeteto de Platón. Con todo, en su
mayor parte, podemos glosar sus argumentos de forma eficienic'
con ejemplos que no se remontan a antes de 1630.
A este respecto, el análLsis de la filosofía de Wittgenstein es
como el de otros filósofos del siglo xx. En las Conferencias Cíifford
de Dewey, dudadas The Questfor Ceitainty y escritas en 1929 tí as
los primeros artículos de Heisenberg sobre mecánica cuántica, De­
wey ataca a la filosofía del siglo xvii por adoptar una persjicctiva
sobre la percepción demasiado pasiva, y por separar rígidamente al
observador de lo observado. Exhorta a los filósofos del siglo x.v a
rechazar el modelo del siglo xvii de la mente como un teatro inte­
rior, y a reformular sus inquietudes en términos |)ragmátieos. La

2H2
EL M U N D O D E D O N D E Y CUANDO

obra de Richard Rorty La filosofía y el espejo de la naturaleza también


repudia el programa de teoría fdosófica dominante desde Descar­
tes, por considerar que se basaba ciegamente en una concepción de
la mente interior que enmarcaba una representación del mundo
exterior que, hoy en día, tenemos buenos motivos para rechazar.
Sin embargo, podemos preguntarnos por qué son tan pocos los
eruditos que buscaban precursores antes de 1600, o en qué medida
los filósofos anteriores habían tenido la tentación de rebasar los lí­
mites del lenguaje («an die Grenze der Sprache anzurennen», para
decirlo con las palabras de Wittgenstein).’ Antes de la década de
1630, la escena europea había vivido un vigor especulativo y una
tolerancia hacia opiniones distintas que se desvanecieron durante
la Guerra de los Treinta Años, y ya en 1650, la exigencia de cer­
teza doctrinal estaba firmemente consolidada. Desde entonces,
como ya hemos visto, las corrientes filosóficas dominantes se cen­
traban en cuestiones de teoría, mientras que las de filosofía prácti­
ca, que se venían debatiendo desde Aristóteles, en la Antigüedad y
en la Edad Media, perdieron su prestigio filosófico. Antes de 1620,
los Ensayos de Montaigne, y especialmente su Apología de Raimundo
Sabunde, habían tenido una excelente acogida por parte de los lec­
tores; presentaban el escepticismo de Sexto Empírico, que expuso
los dos conceptos clave de los escépticos clásicos: que no podemos
saber nada del mundo de la experiencia con completa certeza, y
que todo intento por demostrar la superioridad de una doctrina
abstracta y universal sobre las doctrinas rivales es fruto de la im­
pertinencia humana.
Descartes, por supuesto, trató de vencer la táctica escéptica de
Montaigne ofreciendo el cogito como su «verdad indudable» para
que sirviera como base de todo conocimiento intelectual. Eloy en
día, los críticos del fundacionalismo convienen en que ese intento
por proporcionar al conocimiento una base lógicamente segura
fracasó, como lo hicieron también todos los intentos posteriores; y,
pese a todo lo que ha ocurrido en la escena intelectual desde 1640,
h
<¡. I'fii'ili icli Waismnnn, IVingenstein und the Vievna Circle, Oxford, Blackwell,
y Nueva York, Harnus and Noble, lyy»;.
REGRESO A L A R A Z Ó N

la tácdca de Montaigne destaca aún, en la medida en que refuerza


las opiniones de Wittgenstein acerca de las seducciones ocultas del
fundacionalismo. N o quiere esto decir que Wittgenstein y M on­
taigne fueran semejantes en todos los aspectos. Personalmente, por
lo menos, eran hombres muy diferentes. Montaigne disfrutaba de
su vida recluida en su torre cerca de Dordogne, pero antes había
sido un buen juez y un gran diplomático; se sentía cómodo en el
mundo de los asuntos públicos, y no podemos imaginárnoslo,
como a Wittgenstein, dándole vueltas en la cabeza a «la lógica y
mis pecados».* El perfeccionismo moral de Wittgenstein se pare­
cía más a la dolorosa autocrítica del matemático atormentado Blai-
se Pascal, que a la cortés tolerancia de humanistas como Erasmo;
veía claramente que la búsqueda de la certeza y de cimientos inte­
lectuales del siglo X V I I era una falacia, pero por razones personales
se sintió atraído por el rigor moral de Pascal, Kierkegaard, y los
jansenistas.

Incluso después de haber enterrado el cadáver del ftmdacionalis-


mo, las empresas no tan grandiosas que pertenecían a la tradición
práctica de la retórica y la ética de caso, la historia y la jurispru­
dencia, tienen sucesores actuales que bastan para mantenernos
ocupados. Estas empresas son todas, de una manera o de otra,
prácticas, pragmáticas, o pragmatistas. Con esto no pretendo equi­
pararlas con lo que Karl Otto Apel y Jürgen Habermas llamaron
«pragmática universal»; pese a una adecuada preocupación poi* la
praxis, el programa de Frankfurt es tan proclive a una excesiva ge­
neralización como lo fueran los de sus predecesores teóricos. Lo
que distingue a la «filosofía práctica» es más bien el hecho de que
evita generalizaciones prematuras. En la práctica, nunca sabemos
de antemano hasta dónde pueden llegar los resultados de un análi­
sis reflexivo, pero debemos decidirlo a la luz crítica de la expei ien-
cia práctica. Ello hace que nuestras empresas prácticas sean tan

6. Philip R. Shields, Logic and Sins hi thc Wriiings i,f Wittgenstein,.


Chicago University Press, 1993.
t EL M U N D O D E D Ó N D E Y C U Á N D O

modestas y experimentales que el propio Wittgenstein habría deci­


dido tal vez no llamarlas «filosofía». Pero un escéptico clásico mo­
desto y razonable no se inquietaría por ello; recuerdo a Wittgens­
tein decir, más de una vez, en lo que a estas cuestiones divisorias se
refiere: «¡D a igual, como tú digas!». Lo que importa es ver cuánta
filosofía precartesiana práctica ha vuelto a emerger en los últimos
treinta años, hasta ocupar un lugar casi central en el debate filosó­
fico. Una vez logrado esto, podemos dejar que la filosofía pura­
mente teórica, cuya sentencia de muerte ya pronunciaron W itt­
genstein y otros filósofos, quede desfasada.
Para ver cómo puede la práctica servir de clarificación filosófi­
ca, consideremos el siguiente problema. Muchos médicos estadou­
nidenses todavía piensan que su tarea es terapéutica: su trabajo es
sanar heridas y curar enfermedades. Tienen la profunda creencia
de que si un paciente muere, ellos han fracasado, de modo que una
vez que la muerte se hace inevitable, tienen la tentacióq de retirar­
se de la escena, pensando que no pueden hacer nada más. N o es de
extrañar entonces que sus pacientes se sientan abandonados, pues
de hecho los han abandonado. Como observadores podemos poner.
en cuestión el modelo de tratamiento que siguen estos médicos:
¿acaso no e.xisten otros modelos? Si un paciente terminal padece
sufrimientos que un médico podría haber evitado o mitigado, en­
tonces y solo entonces (podemos replicar) ha fracasado ese médico.
L La paliación— mitigación de mi sufrimiento evitable— es parte in­
tegrante del tratamiento médico, tanto como lo es la administra­
ción de antibióticos, u otras terapias curativas. Sin embargo, por
liaber trabajado sobre los problemas morales de la medicina clíni­
ca, en hospitales, sé lo difícil que resulta para los aprendices de mé­
dico con una formación en medicina científica dejar de someter a
los lucientes terminales a terapias heroicas e inútiles, y pasar a mo-
<los (le tratamiento más suaves y paliativos. Siguen tendiendo a
(.‘oiisiderar el primer paciente que «pierden» como un fracaso to­
la!; solo los médicos más maduros ven que la manera de morir de
un paciente no es menor señal de éxito o de fracaso que el mismo
lieclio de .su muerte.
¿íjiie hace de esto una cuesti(ín filosófica? La diferencia entre
R EG R ESO A LA R A Z Ó N

terapia curativa y paliación no es un descubrimiento científico,


sino un contraste entre dos partes de la práctica médica, un con­
traste tan radical como las dos maneras de ver una figura ambigú^.
Como diría Wittgenstein, el joven médico confunde la «gramáti­
ca» del término «tratamiento»; confunde una parte por el todo, y
considera que la terapia curativa incluye todo el abanico de proce­
dimientos médicos. El objetivo de corregir esta confusión es, pues,
más moral que intelectual: los errores de percepción en la medici­
na clínica .son fracasos profesionales, y pueden imponer un precio
en términos de sufrimiento del pariente. A este respecto, la filoso­
fía práctica tiene toda la seriedad— por no decir la gravedad— con
la que Wittgenstein animaba a sus alumnos a no elegir la filosofía
como profesión, sino a dedicarse a una línea de trabajo más útil
para la humanidad, como la medicina.
Cuestiones similares surgen en psicología y psiquiatría. Las
confusiones sobre la vida mental, y sobre el lenguaje que emplea­
mos para hablar en términos «mentales», no son monopolio de los
filósofos profesionales. Las personas que dirigen hospitales psi­
quiátricos, trabajan en unidades para enfermos terminales o se
ocupan de las leyes que regulan el uso de órganos para transplante
también tienen que pensar en la experiencia y la personalidad hu­
manas si quieren tratar a los pacientes con justicia y amor todo lo
que dure su vida, y si quieren aplicar principios humanitarios para
decidir cuándo tienen que concluir sus vidas. De modo que las con­
fusiones que Wittgenstein encontró en la psicología teórica reapa­
recen en la práctica del derecho y en la psiquiatría de formas |)0-
tencialmente más perniciosas. Así pues, los debates sobre la idea de
la muerte cerebral, o la supresión de los equipos de mantenimien­
to de la vida que prolongan las funciones vitales de pacientes con
lesiones cerebrales, son más una cuestión de filosofía práctica que .
de medicina científica. N o podemos resolver esos problemas sin
tener conocimiento de los hechos científicos y médicos relevantes,
pero por sí solos esos hechos no nos obligan a convenir en una res­
puesta. Para ello, debemos reflexionar sobre las formas alternativas
de considerar esos hechos, y las implicaciones clínicas de cada j k t s -
pectiva. (En palabras de Alvin Weinberg, estas cuestiones no son

2S6
EL M U N D O D E D Ó N D E Y C U Á N D O

solo «científicas», sino también «transcientíficas».)^ Una vez más,


tenemos que escoger entre aspectos coexistentes de nuestras activi­
dades profesionales, en las que el precio de los errores puede ser
tanto alto como innecesariamente doloroso.
Los ejemplos médicos no son ios únicos relevantes en esta
cuestión. En lo que al medio ambiente se refiere, las ideas profun­
damente arraigadas sobre cómo están vinculadas las vidas de dis­
tintas criauiras, o cómo afectan y se ven afectadas por las vidas y las
acciones humanas, dan forma a los debates sobre política industrial
o agrícola. ¿\si pues, la filosofía de la naturaleza no es puramente
teórica; sus implicaciones son prácticas, y hay también espacio para
un análisis filosófico de los conceptos que se emplean en debates
sobre ecología. Dejando de lado la teología, ¿tiene sentido decir
que los mundos de la naturaleza y la humanidad forman «el esque­
ma de k s cosas», como un ecosistema, o un sistema de ecosiste-
ma.s? ¿Cómo podemos entonces equilibrar la importancia de las
distintas criaturas? ¿Tienen todas las formas de vida un valor igual
en el gran esquema de las cosas, un v^alor igual, podríamos decir, a
los ojos de Dios? Si es a.sí, ¿tenemos que proteger los virus de la vi­
ruela con la misma energía que empleamos para proteger a los osos
panda? Es obvio que esta no es una cuestión puramente técnica. De
modo que, a este respecto, a aquellos de nosotros que gustamos de
reflexionar filosóficamente sobre el mundo tal como lo encontra­
mos después de la muerte de la tradición cartesiana no nos afecta la
supuesta muerte de la filosofía, y no nos falta trabajo.

Dada la preocupación de Wittgenstein por el trabajo humanitaria­


mente útil, era de esperar tal vez que leyera a Aristóteles más
caritativamente. Pero, como Dewey, consideraba a Aristóteles des­
lasado, especialmente porque la nueva lógica simbólica había dese-

7. l-.stc tcniiiiK) es (le Alvin Weinberg, y se acuñó en el debate de Edward


Mills sobreia eletciyn cieiuíllca, origiiialinente publicado en Mina-M, y reedita­
do en (.riiíTiíi for Sdaiti/ic DnelopiiimU Oambridge (jVlassachusetts), M JT Press
I (j6S. ’

2H7
R EG R ES O A L A R A Z Ó N

chado el acercamiento silogístico de Aristóteles con la misma con­


tundencia con que la filosofía natural del siglo xvii había descarta­
do su física. El Corpus de la filosofía práctica de Aristóteles y otros
filósofos, que no se vio afectado por la crítica de la epistemología
en el siglo xx, parece haber estado cerrado al propio Wittgenstein.
N o tendría por qué haber sido así: recordemos su insistencia en
que los significados de las reglas, los procedimientos o los juegos
del lenguaje existen, no en un mundo privado de pensadores y
agentes individuales, sino en el dominio público. Más que fragmen­
tos que los individuos, uno por uno, entienden y siguen, estos pro­
cedimientos son elementos de las actividades colectivas en las que
operan, y contribuyen a detenninar sus significados. Tal vez le hu­
biera resultado útil a Wittgenstein estudiar esas actividades; ver
cómo esos procedimientos y significados se estandarizan y los he­
redan las nuevas generaciones, e incluso cómo se desarrollan histó­
ricamente tales actividades. Abrir esa puerta tal vez le hubiera lle­
vado por fin a una filosofía práctica historificada, pero nunca logró
traspasar el umbral.
¿Hasta qué punto era el propio Wittgenstein consciente de los
precedentes históricos de sus métodos de filosofar? Por lo que yo
sé, en ninguna parte menciona a Pirrón o a Sexto— mucho menos
a Montaigne—y sin embargo las similitudes entre sus perspectivas
y las de los escépticos clásicos son demasiado acusadas como para
no señalarlas. M i colega Richard Schmitt llama la atención sobre
las últimas páginas de los tratados Adversus Lógicos y Adveniis M/i-
thmaticos de Sexto Empírico. El resultado del argumento escéptico
de Sexto para «demostrar que no hay pruebas lógicamente válidas»
se expresa en su utilización de la imagen de la escalera que sube el
escéptico, para luego apartarla de una patada. Por supuesto, este
pasaje es tan exactamente análogo a los últimos'párrafos del Tractn-
tus de Wittgenstein que es difícil creer que se inventara él la ima­
gen de la escalera. ¿De dónde la sacó entonces? ¿Era acaso un hí­
pico intelectual en la Viena de principios de siglo? Desde luego la
emplea Fritz Mauthner, a quien Wittgenstein hace referencia en su
Tractatus., aunque algunos estudiosos han especulado que tal vez el
propio Wittgenstein leyera a Sexto en la traducción alemana de en

i
EL M U N D O D E D Ó N D E Y C U Á N D O

tonces, siguiendo una sugerencia de los tutores que le daban clase


en su propio hogar.^ .

¿Dónde está hoy, pues, la filosofía analítica? En cierta manera, su


agenda inicial se derivó de los Primeros y Segundos Analíticos de
Aristóteles, pues estaba construida alrededor de la idea de proposi­
ciones, y la mayor parte de sus problemas originales eran de mate­
máticas y lógica inductiva. En su obra Fundamejitos de la aritmética,
Frege insistía en la necesidad de «desprendernos de los aditamen­
tos históricos y psicológicos que ocultan los conceptos en su forma
pura a los ojos de la mente» (esta frase platónica final está e.xpresa-
da en palabras del propio Frege). Pero más adelante, los filósofos
analíticos caminaron en otra dirección: extrajeron proposiciones
de su contexto original en la lógica formal, y las resituaron en las si­
tuaciones humanas en las que operan de forma práctica. John Searle
y J. L. Austin, por ejemplo, nos invitan a pensar en el habla como
en un «acto» o una «realización »: desechan la idea de que las pru-
posiciones y los argumentos existen en un mundo lógico atempo­
ral, a favor de la perspectiva de que las emisiones de habla adquie­
ren significado a partir de las situaciones en las que las utilizamos,
de la misma manera que lo hacen todas las acciones humanas con

8. En un ensayo presentado en el Tercer Simposio Internacional sobre Witt-


genstein en Kirchberg-am-Wechsel en 1978, Johan Christian Marck de Graz se­
ñalóla similitud entre la imagen de la escalera que Wittgenstein utiliza al final del
¡hntntus (proposiciones 6.54 y 7) y los argumentos que concluyen las obras Acl-
vm-us Mathematkos y Adversas Lógicas de Sexto Empírico (Viena, I lólder-Pichler-
'lémpsky, 1979), pp. 94-98.
Surge pues el interrogante: ¿cómo llegó Wfittgenstein a familiarizarse con
Sexto y con la tradición escéptica de la Antigüedad? Richard Schmitt defiende que
esta utilización de la imagen de la escalera no es la única señal de la influencia de
Sexto; la idea de que el filósofo tiene que suspender el juicio, y atenerse a la expe-
I ieiieia de la vida corriente, puede también encontrarse en su obra, como bien sa­
bia Montaigne. Muchas de estas ideas pueden hallarse en la obra Sprachkriük de
■ MainInter, a la t|ue alude Wittgen.stein en la proposición 4.0031, pero bien podía
h.iber sabido ile Sexto—anade Shmitt—por los tutores con los que estudiaba en su
bog.ir.

zHi)
REGRESO A L A R A Z Ó N

sentido. Aunque ni uno ni otro expresaron sus ar^nientos en estos


mismos ténninos, defendían lo que podríamos llamar un acerca­
miento «retórico» al lenguaje y al conocimiento para equilibrar los
defectos del acercamiento geométrico.
A pesar de todo, un cierto racionalismo sigue impidiendo que
los filósofos analíticos dejen de ver a la retórica como ima mera co­
rrupción de la racionalidad, y la vean como una disciplina sena.
¡No les gusta que les digan, por ejemplo,' que lo primero que
aprenden a hacer los investigadores científicos— expresar sus resul­
tados de una forma aceptable para una reputada revista cienufica
es un ejercicio de retórica de la ciencia! Por ello, hubo que esperar
al otoño de 1992 para que los filósofos de la ciencia de la Universi­
dad de Pittsburgh reconocieran que incluso la física es un escena­
rio de acción de la retórica, en igual medida que la razón.

Empecé a asistir a las clases de Wittgenstein hace más de cincuen­


ta años, V ahora tengo tres ideas sobre él. La primera es que es una
lástima que no adoptara una actitud histórica hacia los cambios que
esperaba iniciar en la filosofía. Su incapacidad de ver la relevancia
de la historia era para mí su mayor carencia; para remediarla en mi
propio trabajo, tuve que hibridar lo que me enseñó Wittgenstein
con lo que aprendí de Collingwood. Consiguientemente, las cues­
tiones sobre la racionalidad del cambio conceptual en las ciencias
naturales que preocuparon a los filósofos de la ciencia desde 1960
en adelante— cuestiones que Collingwood conocía bien— escapa­
ban al interés de Wittgenstein.
La segunda idea es que las cuestiones de crítica histórica que
encontramos en las historias de la ciencia de Em st Mach no se li­
mitaban a estructuras y proposiciones teóricas, como ocurría en
general con la obra Principies of Mechantes de Hertz, que tanto ad­
miraba Wittgenstein. Las obras de Mach versaban sobre la manera
en que los conceptos de la física están relacionados con situacio­
nes en la práctica (incluidas las relaciones no expresadas verbalmcn-
te que más adelante Michael Polanyi habría de llamar «tácitas»).
Tampoco se limitaba el argumento ile Mach a camiios cuyos lincs

i
2 i;o
EL M U N D O DE D Ó N D E Y CUÁNDO

son teóricos o explicativos: sus métodos históricos eran igualmen­


te relevantes para el ámbito de la medicina, donde los fines prácti­
cos centrales son diagnósticos y terapéuticos.
Por último, como gustaba de decir Wittgenstein, nuestras ima­
ginaciones están especialmente abiertas a anhelos metafisicos alh'
donde el lenguaje «se va de vacaciones». En alguna ocasión, com­
paró este tipo de lenguaje de vacaciones con las niedas que se mue­
ven por un engranaje, pero que no están equipadas para mover
ellas mismas a otros engranajes. En otras ocasiones, dirigía hacia
otro lado la fuerza retórica de su epigrama. Nuestros anhelos em­
piezan en un momento en que los significados ya no están atados a
las exigencias de las disciplinas o responsabilidades de todos los
días, y el lenguaje encuentra su realización en los grandes días fes­
tivos. Entonces somos libres de hablar de formas que se extienden
mas alia de esas barreras de manera ilimitada: después de todo
como él decía, «Sprache ist kein Káfig» (‘El lenguaje no es una jau-
la )y

Mas aun que Wittgenstein, una escritora del siglo xx hizo gala de
una preocupación por el mundo de dónde y cuándo tan sensible y
explícita como la de Michel de Montaigne. Virginia W oolf se es­
forzó por definir sobre un papel las experiencias de una persona, un
lugar o un momento con toda la exactitud posible. Lo hizo pres­
tando atención a los colores, a los productos de puestos de fhitas y
verduras, al aroma de las estaciones, así como a las expresiones de
los rostros de las personas con las que se cruzaba en la calle, las irri­
taciones puestas de manifiesto en esos encuentros, y las inquietu­
des que provocaban en el corazón de su personaje más logrado
( -larissa Dalloway.
Quienes han leído su última novela, Las olas, pueden tal vez
pensar tras una primera lectura que supone una incursión en la fi­
losofía teórica ((pie su riqueza de detalle sensorial pretende recor­
dar el debate sobre «los datos sensoriales» entre filósofos empiris-

. ^ 9 - Véase VVaismami, op. cit.

2(;i,
REG RESO A L A R.AZON

tas de los años veinte y treinta del siglo xx). Pero el análisis teórico
de la percepción realizado por académicos, aunque reconozca los
colores físicos, carece de todo trasfondo emotivo, mientras que las
obras de Virginia W oolf siempre están teñidas de sentimientos de
alegría y enfado. Con todo, sigue habiendo algo intrínsecamente
«filosófico» en la mayor parte de su obra. Resulta sorprendente la
sección central de su novela A l faro, que describfe la casa junto al
mar de la familia cuando está vacía, durante la Primera Guerra
Mundial (la Gran Guerra, como la llamábamos antes de 1939).
Durante ese período vacío, una sola cosa ocurre en la casa que mar­
ca el paso del tiempo: en un momento dado una bufanda cae al sue­
lo. En ese preciso instante, salta de la página el carácter temporal
de nuestra experiencia cotidiana.
Deberíamos prestar atención al hecho de que, en esa misma
época, se estaban publicando en Hogarth Press las traducciones de
Freud de James Strachey bajo la mirada de Leonard y Virginia
Woolf, y reconocer que Las olas evoca, si no particularmente la per­
cepción visual, sí las experiencias «oceánicas» que aparecían en los
últimos ensayos de Freud. Nos quedamos con una serie de interro­
gantes. ¿Es el énfasis de Virginia W oolf por los sentimientos un
producto, como dirían algunos, de su enfado? En parte sí. ¿Está
enfadada solo con los hombres, y en defensa de las mujeres? Tal vez
un poco. Con lo que se compromete por encima de todo es con la
«habitación propia» en la que podía escribir sobre los detalles del
sentimiento, el gusto y la etiqueta por los que las mujeres tienen
mayor tendencia a interesarse que los hombres: no las ficciones
abstractas de la teoría filosófica, sino las preocupaciones cotidianas
que yo digo aquí que pertenecen al mundo de dónde y cuándo.
Por lo menos un poeta significativo que daba la casualidad (]iie
era un hombre— Wallace Stevens— compartía la preocupación de
W oolf por estos detalles del sentimiento. Como muestran sus No­
tas para una ficción suprema, eso es lo que distingue una obsesión
académica por la racionalidad formal de la vida cotidiana y todas
sus experiencias, que— a entender de Hume— están cargadas con
todas sus pasiones. Así pues, la recuperación de la racionabilid;id
puede devolver al concepto de racionalidad la riqueza de la cual

292
EL M U N D O DE D Ó N D E Y CUÁNDO

L o pondrán en claro un día en la Sorbona


Volveremos al atardecer de la conferencia
complacidos de que lo irracional sea racional.

i 93
13

P O S T S C R IP T U M ; V IV IR C O N I N C E R T ID U M B R E

El precio de vivir en el mundo de los pragmáúcos y los escépticos es la ne­


cesidad de reconocer que nuestras creencias mejor fundadas siguen sien­
do inciertas. Ni la física ni la psicología pueden hacer lo que esperaban los
racionalistas. Los soñadores nos tientan con sus imágenes, pero solo
como poesía. Cuando los sueños de la teoría ya no nublen nuestras ex­
pectativas, habremos regresado a un mundo de esperanzas y miedos prác­
ticos.

Para resumir la historia que cuenta este libro: durante los últimos
cuatro siglos, las ideas de «racionabilidad» y «racionalidad» es-^
trechamente relacionadas en la Antigüedad— han estado divorcia­
das, como resultado del énfasis que los filósofos naturales del si­
glo X V I I ponían sobre las técnicas formales deductivas. Este énfasis
hirió nuestros modos de pensamiento caracterizados por el sentido
común, y trajo conftisión sobre algunas cuestiones muy importan­
tes; sobre todo, en la relación de las ciencias sociales con los pro­
blemas morales y principios que surgen en las profesiones prácti­
cas. Esta insistencia en la racionalidad de las teorías o cálculos
formales, y en la necesidad de «neutralidad» en lo que a valores se
refiere en las ciencias sociales, no era universalmente aceptada,
pero las técnicas matemáticas han tenido tanto prestigio en nues­
tras universidades de orientación disciplinar que siguieron con.soli-
dándose hasta bien entrado el siglo xx. Tuvieron especial inlluen-
cia en el mundo académico de Estados Unidos, donde U. nccesula<l
de que los cálculos racionales se complementaran con jiiiciíw razo­
nables sobre su relevancia en simaciones concretas de la vida real
humana pasó, por lo menos hasta ahora, a un segundo plano.
Solo recientemente se ha puesto generalmente de manilieslo la

2 'M
P O S T S C R IP T U M : V IV IR C O N IN C E R T ID U M B R E

debilidad de un compromiso exclusivo con este dpo de exactitud


matemática, junto con la necesidad de que los profesionales de la
medicina clínica, la observación ecológica y otras actividades prác­
ticas dediquen su atención a las cuestiones de orden moral. Incluso
ahora es necesario un sofisticado análisis para convencer a muchos
científicos de la conducta de que sus teorías se basan en presupues­
tos de valor que, si no son siempre explícitos, son sin embargo ine­
vitables. (Esto resulta especialmente difícil cuando los científicos
han recibido una fonnación en métodos de análisis tan fonnales y
abstractos como los de la teoría neoclásica del equilibrio en econo­
mía y la teoría de la elección racional en ciencias políticas.) Sin
embargo, actualmente, se diría que las cosas están cambiando, y la
atención pública generalizada a las cuestiones de ética médica en
la prensa y en otros campos se está reflejando también en otra do­
cena de ámbitos prácticos.
Históricamente, la exaltación de la racionalidad matemática no
era sino un aspecto de una respuesta intelectual más amplia a la
pérdida de consenso teológico que siguió al hecho de que Lutero y
Calvino lograran que artesanos y otros miembros del nuevo laica-
do culto se integraran en congregaciones protestantes. Pudiendo
entonces disponer libremente de libros impresos, estas congrega­
ciones tenían la posibilidad de formarse sus propias opiniones teo­
lógicas, y se resistieron al deseo de Roma de controlar la enseñan­
za de la doctrina católica. Como hemos visto, después del Concilio
de Tremo, a esta división eclesiástica de lealtades se le unió una ri-
i'iilidad política, hasta convertirse en cams belli en la Guerra de los
Ircinta Años, de ió i8 a 1648.
l'.l efecto debilitador del cisma de la cristiandad occidental en
el consenso general de las ciencias humanas y la filosofía se vio apa-
rcniemente contrarrestado a partir de 1650 por un compromiso
nm la filosofía demostrativa, y con el auge de las disciplinas técni-
• as tpie alcanzó su pumo álgido cu el siglo xx. MiciiUas tamo, la
l'iiz de lyesrlalia en la política europea, el establecimiento de dis-
(iiiiiis iglesias nacionales, y la aceptación general de una agenda
OK lonalisia en filosofía y otras ciencias, contribuyeron a crear un
iMgiijc.inielecíual y un mito de la estabilidad que no se pu.so seria­

105.
REGRESO A L A R A Z Ó N

mente en cuestión hasta después de la Revolución Francesa y el


Concilio Vaticano I. Solo la pérdida de un elemento básico de este
bagaje— la supuesta «necesidad» de la geometría euclidiana y la fí­
sica newtoniana— dejó desorientados a los pensadores, y llevó al
período de transición intelectual en el que seguimos hoy en día. En
un mundo de complejidad, caos y otras fonnas «no lineares» de
teoría, la vieja alianza del Estado, la Iglesia y la academia ha perdido
la sólida base de la que durante tanto tiempo disfíutó.
Liberados del determinismo físico que rondó la imaginación
de Tolstói o de Tennyson, también nosotros podemos abandonar el
objetivo de unir la certeza, la necesidad y la racionalidad en un úni­
co todo filosófico. La incertidumbre, el desacuerdo y el respeto por
la variedad de opiniones razonables ocupan ahora su lugar como
centro de nuestras preocupaciones, como siempre insistió M on­
taigne que debía ser. Si nos reconciliamos con un pragmatismo es­
céptico que olvida el mito de la estabilidad, y minimiza la impor­
tancia del pensamiento teórico, podremos unimos a Aristóteles y
Diderot en el respeto de las habilidades manuales y las experiencias
prácticas, cuyo derecho a tener el mismo valor intelectual que cual­
quier sistema teórico estaba generalmente reconocido antes del si­
glo XVII.
Si René Descartes es una figura simbólica que señala el princi­
pio de la Era Moderna, podríamos decir que su final lo marca Lud-
wig Wittgenstein. Wittgenstein, el benjamín de la familia de un
millonario austríaco del acero, creció bajo el ala de su hermana,
Margaret Stonborough, de fuerte personalidad, a la que hoy cono­
cemos mejor gracias a un retrato de Gustav Klimt. Ludwig recibió
una educación en su propio hogar, fuera del sistema educativo pú­
blico. Desde el principio, disfrutaba dominando tanto las pruebas
matemáticas como las tareas prácticas, como por ejemplo la de di­
señar una máquina de coser que construyó con sus propias manos,
a la edad de diez años, con madera, alambre y otros materiales. F.l
contraste entre las habilidades manuales e intelectuales no tcní.i
mucha importancia para él: se vio animado a construir la máijuin.i
de coser al leer en un manual popular de mecánica iiráctica argu­
mentos que, entre otras cosas, sugerían una manera de ehulir obs

2 t;ó
P O S T S C R IP T U M : V rV IR C O N IN C E R T ID U M B R E

táculos hasta entonces sin resolver para construir una máquina (pie
imitara ese arte humano.
La expresión más plena de la combinación en Wittgenstein de-
habilidades intelecuiales y manuales se plasma en el hogar (luo di-
señó para Margaret y su marido en la Kundmanngasse, no lejos dd
canal del Danubio y de la Schwedenplatz de Viena. El ar<iuitecin
contratado por los Stonborough era Paul Engelmann, que admira­
ba a Ludwig Wittgenstein como filósofo; cuando Ludwig— un to­
tal aficionado— se encargó de gran parte del di.seño de los planos,
eso provocó cierta tensión entre ellos. (La casa aún existe: tras al­
gunas amenazas de destruirla, y un proyecto abortado de incorpo­
rarla a un gran hotel, sobrevive gracias a su actual ocupante, d
Centro Cultural del Gobierno Búlgaro.) La combinación de pen­
samiento intelectual y práctico fue un rasgo constante de la menú-
de Wittgenstein, durante toda su vida, desde los planos aerodiná­
micos a reacción con los que experimentó en la fábrica Metrópoli
tan Vickers de Manchester antes de 19 14 , hasta el manómetro para
medir la presión sanguínea que construyó en un hospital ile ipie
mados de la Segunda Guerra Mundial en East Grinsteatl, al sur de
Londres, dirigido por John Ryle, el hermano de Gilbert Rylc. l-'.ra
un hombre para el cual la experiencia almacenada en sus manos era
siempre tan significativa como la archivada en su cabeza.

Al principio del siglo xx, el escritor inglés George Mercdiih exela


mo:

¡Ah, cuán cv;isivn respuest;) ol)ticnc el :ilni:i


en sus ansins de certe/a en esta nuestra vida!

capturando así los miedo.s, las preocupaciones y las dudas inlernas


que oprimían a los intelectuales europeos en la l-.ra Moderna. Las
l ertezas a las (pie, según jolm Dewey, aspiraban los filósofos des
de 1600 adoptaron lormas verbales, pero e.sos •«cimiemos» verba

» I. ( A lc ri'd iili, Mmlrni ¡.uve, cM i.iln so.


R E G R ES O A L A R A Z Ó N

les no añadían seguridad a nuestro conocimiento, pues descansaban


sobre bases prácticas y tácitas. Los axiomas teóricos se mantuvie­
ron firmes solo cuando sus raíces estaban profundamente arraiga­
das en la experiencia preteórica. En la visión del mundo de la mo­
dernidad, el conocimiento ocupaba la copa, como un árbol pintado
por Baselitz: la superestructura verbal sustituía sus raíces sustanti­
vas. Tampoco se supera esta debilidad sustituyendo la «moderni­
dad» por la «posmodemidad»: lo único que se hace es intercam­
biar una fórmula verbal inútil por la insistencia de que ninguna
fórmula de ese tipo es válida si no exploramos los cimientos prácti­
cos de nuestro conocimiento. Sustituir las raíces por la copa la
experiencia sustantiva por los axiomas fonnales—debe conducir fi­
nalmente a un punto de vista menos dogmático, que permita que
puedan descubrirse las condiciones previas de la «certeza» cotidia­
na— tan distinta de la «certeza» matemática— poco a poco, confor­
me vamos avanzando.
En cualquier caso, el programa mediante el cual los filósofos
del principio de la Era Moderna unían la necesidad con la raciona­
lidad y la certeza en un único todo matemático tuvo inconvenien­
tes más profundos. Quedó claro cuando consideramos el objetivo
de la predicción que ha causado problemas a las ciencias sociales:
sustituir técnicas uniformes de predicción que resultan apropiadas,
como mucho, para los fenómenos naturales y las teorías físicas, por
los distintos problemas humanos que surgen en nuestras distintas
empresas. Las cosas que más nos importan, los problemas de rela­
ciones humanas individuales o colectivas, siguen siendo las más di­
fíciles de predecir; lo peor de todo, una visión newtoniana de las
ciencias humanas confunde dos tipos de acontecimientos que tie­
nen un mismo nombre, pero que son totalmente distintos— suce­
sos que esperamos que ocurran en el mundo namral, y aéciones
que esperamos de nuestros congéneres—^ycalifica a ambos tipos de
expectativas de «predicciones», pese a sus diferencias.
Dentro de unos ciertos límites, las previsiones meteorológicas,
las tablas de mareas y los eclipses nos dicen qué esperar del clima,
si lloverá o hará sol, cuáles serán los movimientos de los planetas, o
las mareas del mar. Lo que esperamos de otros .seres humanos, sin
POST s c r ip t u m ; v iv ir con in c e r t id u m b r e

embargo, poco tiene que ver con esas previsiones: la impredictibi-


lidad de la conducta humana está integrada en las fonnas en que
pensamos y hablamos de las acciones de los demás. Por ahora, las
amenazas físicas más graves a las que estamos sometidos como es­
pecies pueden ser la colisión de la Tierra con un asteroide que vaga
por el espacio, un terremoto imprevisto, o la erupción de un súper
volcán. Nada podría haberse dicho a modo de advertencia a las cin­
cuenta y tantas personas que murieron en el terremoto de Los
Angeles en enero de i 9 9 4 >^ seis mil quinientas que lo hicieron
en Kobe un año después, o a las veinte mil que perecieron en Tur
quía en agosto de 1999; y menos aún a los muchos millones de per­
sonas vulnerables a la erupción de un súper Krakatoa. Sin embar­
go, esos riesgos naturales están bien al final de la lista de peligros
de inmediata preocupación, por detrás de la estupidez de los poh'-
ticos, la maldad de los poderosos, la gestión incompetente de las fá­
bricas químicas o incluso la amarga enemistad de los parientes cer­
canos.
La vida humana es donde reside la verdadera fragilidad y
muestra el carácter especial de lo que «esperamos» unos de otros.
Cuando las ofertas de trabajo de los periódicos especifican lo que
se «espera» de los candidatos para un puesto, se entiende que dicen
lo que esos candidatos tendrán que hacer, no lo que harán: son exi­
gencias, no previsiones. Cuando las entrevistas son un éxito, una
vez más despiertan esperanzas; aunque, en momentos importantes
_de la carrera de cualquier persona, es imposible determinar de an­
temano con total seguridad cómo actuará realmente esa persona si
la contratan para el puesto en cuestión.
Este contraste entre la forma en que consideramos los fenó­
menos naturales y la conducta humana no tiene nada de acientí-
líco. En ambos casos, lo que hace que nuestra comprensión sea
«científica» no es más que marginalmente un aumento de nues­
tra capacidad de hacer previsiones logradas. Se reconoce que la
meteorología es una explicación «científica» del clima y del tiem­
po, no porque las previsiones meteorológicas de la televisión sean

I
más o menos precisas, sino porque a veces nos ayuda a entender
t liando -r en (jué ciramstancia.s— resulta imposible predecir el
R EG R ESO A LA R A Z O N

tiempo. El nacimiento de los huracanes es uno de los tipos de


chocs que predijo Poincaré, como precursores de los fenómenos
«caóticos» actuales. De la misma manera, tampoco se puede pe­
dir a los expertos de las ciencias humanas que proporcionen pre­
visiones exactas de las acciones de las personas: una vez más, la
virtud de las ciencias sociales es que a veces nos ayudan a enten­
der por qué, y en qué circunstancias especiales, podemos fiarnos
razonablemente de nuestras expectativas sobre el comportamien­
to de nuestros congéneres, ya sea como individuos o como insti­
tuciones.

En la vida cotidiana, por supuesto, siempre vivimos con incerti­


dumbres, y una de las tareas de la reÜgión ha sido la de reconciliar a
las personas con las contingencias de la experiencia, ya fuera pro­
porcionando un marco de creencias sobre las agencias que sostienen
el mundo, o los ejercicios espirituales mediante los cuales mantener
un c o in p ro n iiso c o n la vid a en au sen cia de tales seg u íid a d e s. T ía s
las guerras de religión de los siglos xvi y .xvii, la necesidad de salvar
a Europa de más derramamiento de sangre atribuyó esta tarea a un
nuevo estilo de filosofía, con un programa «racionalista», que con­
servó mucha de su fuerza hasta nuestros días. Sin embargo, durante
muchos años todos sus documentos clave otorgaron una importan­
cia exagerada al contenido empírico de las matemáticas: la geome­
tría en el Disamo del método de Descartes, la dinámica de los Pnnrí-
pia de Newton, o ambas cosas en la Crítica de la razón pura de Kant.
Las necesidades conceptuales de esos esquemas formales de cálculo
se malinterpretaron así como hechos permanentes, ya fuera de la es­
tructura real de la naturaleza o de nuestra capacidad de imponer
estructuras racionales en nuestra experiencia del mundo.
Poco de esta función de sustituto de la teología pervive hoy en
día en las ciencias naturales. Independientemente de su trabajo so­
bre el «problema de los tres cuerpos», Henri Poincaré demostró
que los teoremas geométricos operan distantes de todos los hechos
de la naturaleza, con lo que somos libres de elegir a cuál de las dis­
tintas «geometrías» podemos recurrir mejor para representar rela-

<oo
POST s c r ip t u m : v iv ir c o n in c e r t id u m b r e

ciones espaciales o temporales. También Ludwig Wittgenstein de­


fendió en el Tractatiis que

tampoco enuncia nada sobre el mundo el hecho de que pueda ser descri­
to mediante la mecánica newtoniana; pero sí, ciertamente, el hecho de
que se deje describir así mediante ella, como, en efecto, es el caso. Tiun-
bién dice algo sobre el mundo el hecho de que pueda describirse más sen­
cillamente mediante una mecánica que mediante otra."

El único marco conceptual que filósofos desde Descartes hasta


Kant encontraron apropiado para cualquier sistema «racional» de
filosofía perdió así sus reivindicaciones de autoridad especial.
El mundo tal como lo entendemos hoy en día puede ser el mis­
mo mundo que siempre fue, pero ya no recurrimos a la física para
sustentar el mito de la estabilidad y para que nos proporcione las
mismas seguridades de antes. Las aspiraciones de las ciencias con­
temporáneas, tanto naturales como humanas, son mucho más mo­
destas, y ya no buscan ni negar ni explicar la contingencia de las co­
sas. Esta mayor modestia se extiende no solo a la astronomía
planetaria, como mostró Poincaré que tenía que ser, sino también a
la biología evolutiva: en ese campo resulta aún más patente incluso
que el curso real de la evolución orgánica no tenía ninguna tenden­
cia integrada a generar vertebrados, y mucho menos mamíferos o
seres humanos. Si se recrearan las condiciones de la Tierra al prin­
cipio de la evolución orgánica, y se dejara pasar el mismo período de
tiempo en las mismas condiciones físicas, todo apunta a que el re­
sultado sería poblaciones de organismos poco o nada semejantes a
los que de hecho se encuentran en el globo en la acmalidad.^

2. Ludwig Wittgenstein, Tractatits Logico-Philosophiats, proposición 6.342: ha­


bí ía que leerla en el contexto de todo el pasaje que va desde la proposición 6.341
hasta la 6.346. lista cita proviene de una nueva traducción del Tractam a cargo de
Kichai'd .Schmitt, i]ue vuelve al original en alemán e interpreta el texto nada obvio
de una manera que lo relaciona con las ideas de aquellos científicos que se sabe que
VViugensiein leyó y admiro: especialmente, 1 leinrich Ilertzy Ludwig Boitzmann.
3. La obra <le Stephen Jay (iould, La villa maravillosa, Barcelona, Crítica,
ii;V3, investiga itobre los fósiles de animales y plantas anómalos de una veintena

|Ol
R EG R ESO A L A R A Z O N

Como hemos visto, encontramos la misma «impredictibilidad»


en los acontecimientos históricos de después de 1989, y al señalar
este hecho, Timothy Cartón Ash no hizo nada para separar a la hu­
manidad de la naturaleza: la incertidumbre es un rasgo tanto de la
una como de la otra. A algunas personas esta idea les parece depri­
mente: las preocupaciones que hicieron atractivo el mito de la es­
tabilidad no desaparecen cuando la ciencia deja de disiparlas. Sin
embargo, también podemos considerar emancipatorias las limita­
ciones de la previsión histórica. Sin la pesadilla del determinismo
de la física del siglo xi.x, o su equivalente del siglo xx en el ámbito de
la sociología, podemos volver a reclamar la autonomía (o «libre al­
bedrío») que las ciencias modernas de la naturaleza parecían desa­
creditar. Es cierto que, en lo que va más allá de un breve espacio de
tiempo, todos los acontecimientos futuros están tan borrosos que
solo tenemos una capacidad severamente limitada de predecirlos.
Pero esas limitaciones tienen también sus compensaciones: los
«futuros» humanos que resultan tan apremiantes para nosotros
son en gran medida los «fíituribles» que tal vez consigamos que
ocurran, no acontecimientos externos que sencillamente «ocurri­
rán por casualidad».
Mucho de todo esto ya resultaba evidente para eruditos como
Harold Lasswell en la década de 1930: hace setenta años ya se re­
conocía la posibilidad de utilizar la «elaboración de escenarios»
como una forma de evaluar el abanico de futuribles al que podía­
mos tener acceso.'’ De modo que si, durante la Guerra Fría, los
expertos en ciencias políticas y en relaciones internacionales se
concentraron en las teorías que abarcaban un gran número de dis­
ciplinas y que, extrañamente, se dieron en llamar «realismo», fue

4. Harold Lasswell, The Vuture ofPolitical Science, Nueva York, Prcntice-1 lall,
1963 (originalmente publicado en los años treinta), especialmente el capítulo 5,
PP- 95 - ’ ______________________________________________
de tipos extintos en el Cámbrico, en un tiempo en que los precursores tie los ma­
míferos apenas son deiectables entre ellos. Pariieiido de esos extraños fósiles, de­
fiende que el curso de la evolución orgánica es toilo menos predeterminado por
un designio «providencial».

(OJ
POST s c r ip t u m ; v iv ir c o n in c e r t id u m b r e

un paso no hacia delante, a un futuro intelectual más fructífero,


sino hacia atrás, retrocediendo a sistemas de pensamiento más an­
tiguos. Incluso los cosmólogos hoy en día tienen poco más que
«una rudimentaria visión de conjunto»: tras el Big Bang— si es
que hubo un Big Bang— ^ la evolución de estrellas y galaxias, así
como de cuásares y agujeros negros, se hizo en un modo no menos
único y predeterminado que la evolución orgánica en nuestro pro­
pio planeta.

Hace un siglo y medio, Alfred Tennyson e.xpresó su preocupación


ante la fugacidad de las especies; y, en la década de 1920, W. R.
Inge, el deán de la catedral de San Pablo, vio en la Segunda Ley de
la Termodinámica una prueba de la decadencia a largo plazo de la
humanidad y de la naturaleza. De los resultados de la ciencia natu­
ral puede extraerse la base tanto para el optimismo como para el
pesimismo, y así seguirá ocurriendo sin duda. Pero el determinis­
mo, que durante tanto tiempo fue rasgo de la física, fue, desde el
principio, el resultado de un malentendido de la filosofía newto-
niana. De modo que los científicos que actualmente investigan so­
bre el caos y la complejidad desarrollan escenarios que son aplica-

5. Hoy en día, gran parte de la ciencia popular asume que el desplazamiento


del espectro de luz hacia el rojo (rrd shifi) de galaxias remotas y de otros objetos
asjronómicos solo puede interpretarse como prueba de que el estado presente del
universo es el resultado de una expansión de un estado inicialmente comprimido,
hará unos diez o veinte mil millones tle años. Sin embargo, esta interpretación no
tiene en cuenta una docena de problemas metodológicos, y nunca se han descar­
tado perspectivas contrarias. Respecto a las dificultades metodológicas, véase
linilmin y Goodfieid, The Discovery ofTime, pp. 250-263. [Hay trad. cast.: Eldes-
cnbi hniento del tiempo, Barcelona, Paidós Ibérica, 1990.] En cuanto a las perspecti­
vas alternativas, la llamada Steady-State Theoiy (‘Teoría del estado estable’)—anti­
cipada hace tiempo por Fred Hoyle—vuelve a ser el centro de atención de un
libro sor|)rendente escrito por el colega de Hoyle, Thomas Gold, The Deep Hot
Biosphere, Nueva York, Springer Verlag, 1999, con prefacio de Freeman Dyson.
I’.sta obra señala muchos fenómenos que sugieren orígenes de la vida poco orto-
iloxos, y otras hipótesis que hoy en día .son tan heréticas como lo fue durante tan­
to tieijipo la to^tría de la deriva continental.

.10.1
R EG R ES O A L A R A Z Ó N

bles no solo a la política internacional o a la gestión de empresas,


sino también al fiituro de la Tierra, del sistema planetario, y del
resto de la naturaleza. Habiéndonos liberado de las compulsiones
que nos imponían las ideas fisicistas sobre la economía, ya no-tene­
mos ninguna razón para dejar que nuestras ideas sobre el mundo
social estén gobernadas por influencias aparentemente «inelucta­
bles», ya sean políticas, económicas o culturales.
Como la señora Dalloway, podemos tomarnos las cosas como
son. Sin el optimismo de los extrapoladores que dicen poder calcu­
lar el futuro partiendo del progreso de las bolsas o de otras estadís­
ticas económicas, o el pesimismo de esos agoreros que consideran
que los efectos de la tecnología socavan incluso nuestras mejores
políticas, podemos trazar el mapa del abanico de futuros posibles
que se nos ofrecen—ya sea como individuos, o como colaboradores
políticos y sociales—y esforzarnos todo lo posible por crear las con­
diciones que nos ayuden a tomar las mejores direcciones, y no las
peores. Como mínimo, podemos unirnos a Aristóteles y evitar los
escollos que podrían impedir que hiciésemos las cosas lo mejor po­
sible para nosotros o para nuestros congéneres. Una vez más, esto
es, podemos seguir la máxima de Cándido: en lugar de agobiarnos
con teorías panglosianas, podemos cultivar nuestros jardines.
Así, cuando todo ha quedado dicho, solo lo mejor de la filoso­
fía y de las ciencias de la naturaleza puede hacernos progresar un
poco más: el mundo de la realidad, él también, se ve conformado
por nuestros ideales. La racionalidad y la racionabilidad no guían
enteramente nuestras vidas: nuestros sueños nos proyectan tam­
bién a actividades que antes solo imaginábamos. «N o dudéis nun­
ca que un grupo pequeño de ciudadanos reflexivos y comprometi­
dos pueda cambiar el mundo— nos exhortaba Margaret Mead— es
el único que siempre lo ha hecho».^ Pero grupos de agentes socia­
les lo logran basándose tanto en sus sueños como en sus cálculos, y
esos ideales influyen en las elecciones que hacemos para lograr lii-
turos productivos.

6. Según su hija, Mary Catherine hateson, esta cita aparecía en el Kcmlír's l)i-
gest tras la muerte de Margaret Mead, pero su origen sigue siendo oscuro.

304
POST s c r ip t u m : v iv ir c o n in c e r t id u m b r e

Esta tensión entre lo ideal y lo real la mantienen viva muchos


grandes poetas, pero su incapacidad para examinar con el suficien­
te esmero las relaciones entre ambas cosas tiene sus riesgos. A este
respecto, la historia de la poesía en el período moderno es una fuen­
te tanto de logros como de advertencias. Los sentimientos creativos
de los románticos de principios del siglo xix, por ejemplo, fueron
seguidos por una reacción: los sueños que estos hicieron surgir re­
sultaron tan imposibles de alcanzar que las realidades pedestres de
la vida humana a menudo parecían, por contraste, catastróficas. En
Hiperiófi (que Brahms adaptó más tarde a coro y orquesta), Hólder-
lin describe la vida de los espíritus bendito.s— «alentados por hálitos
divinos»— tan fuera del alcance de los seres humanos que nuestras
propias vidas— «como agua que cae ciega de acantilado en acantila­
do»— se exponen a cada momento a nuevos padecimientos.^
Una sombra similar se cierne sobre un poema que ha sido
siempre uno de mis preferidos, Dover Beach de Matthew Arnold. El
padre de Matthew, Thomas Arnold, distaba mucho de ser un pesi­
mista: como director de la Rugby School, la convirtió en el proto-
típico internado, formando a los chicos para el servicio público al
Imperio Británico y a la Iglesia anglicana. El propio Matthew rei­
vindicaba un estilo a medio camino entre dos tipos de cultura, lo
que él llamaba «hebraísmo» y «helenismo»— conformidad exte­
rior a un sistema de normas, y «dulzura y luz»— , pero su prefe­
rencia por el helenismo terminó de manera elegiaca.* Escuchando

7. Salvo los cantantes corales que conocen The Sm g ofDesthiy de Brahms, po­
cos lectores ingleses conocerán la obra de Holderlin Hyperions Schicksalslied. Este
poema plasma maravillosamente las tensiones entre los ideales de un soñador y las
realidades de la vida cotidiana (la traducción que sigue es mía): You uwidei- overhe-
nd in the light, / softly pillawed^ye blessed Spirits! / glitteiing Godly breaths / lightly move
yon, / US un mtisl's fniger / her holy haipstrings. /Freefiw n Fute, like the sleeping / in-
fant, Irreuthe the heuvenly oiies. / Chastely retained / m a modcst bitd, / bloomsfor ever /
yonr Son!, / undyour blessed eyes / gaze on calm / eternal ckrity. / But to us is granted /
no pillee tu rest in: / shrinking andfalling, / suffering huviuns / blinfoldfi-om one / hoiir
to linother, / like ’watevjhtn g/ froan eliff to cliff, / yenr long denim hito the Unkmnvn.
H. Véase, por ejemplo, A. Dwight Culler, Poetiy and Criticism ofM atthieu'Ar­
nold, Boston, I lyughton Miinin, it/>i, pp. 161-162 y 562-564.

.<O.S
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

una noche de luna el «fragor chirriante de los guijarros» arrastra­


dos hacia el mar por las olas en el estrecho de Dover, que ensegui­
da los volvían a lanzar hacia la playa, oyó en este sonido repetido
«la eterna nota de la tristeza»:
f

Sófocles, tiempo ha, la oyó en el Egeo,


y trajo a su mente el turbio flujo y reflujo
de la tristeza humana... '

Allí donde antes «el mar de la fe [había arrojado] un brillante cin­


to» alrededor de la Tierra, ya no tenemos razones para la esperan­
za: «el mundo que parece / extenderse ante nosotros como una tie­
rra de sueños / no tiene en verdad ni alegría, ni amor, ni luz / ni
certeza, ni paz, ni alivio del dolor»,

y henos aquí como en una oscura llanura,


sacudidos por confusos miedos de huida y de lucha,
donde ejércitos ignorantes se enfrentan en la noche.

Como actitudes racionales, el optimismo y el pesimismo se anulan


mutuamente. Al final, podemos descartar sueños de claridad eter­
na, regresar al mundo de dónde y cuándo, retomar contacto con la
experiencia de la vida cotidiana, y afrontar nuestras vidas y nuestros
asuntos día a día. Los activistas y profesionales que trabajan con
Amnistía Internacional y con Medicus Mundi, gestionan nuestra
agua y nuestros bosques, supervisan las prácticas de organizaciones
políticas e industriales, y llevan a cabo todas las demás tareas pe­
destres de nuestros asuntos cotidianos. Todos esos trabajadores vi­
ven en el presente y se enfrentan a esos problemas sin recurrir a
consignas coreadas ni a actos de violencia: «cultivan sus jardines».
Estas prácticas se inician con análisis inteligentes del suelo factual
del que emergen nuestros problemas, pero tales acciones solo dan
fruto cuando las guían ideales que hacen de las valoraciones racio­
nales piedras pasaderas para llegar a decisiones razonables, h'n esos
términos, un médico experto únicamente en biocjuímica molenilai-

\o 6
P O S T S C R IP T U M : V IV IR C O N IN C E R T ID U M B R E

no es el tipo de profesional que exige el futuro, como tampoco lo es


un ingeniero que solo sabe computar el tamaño de vigas capaces de
proporcionar una fuerza determinada, ni un economista que solo
sabe calcular las tasas de interés que se necesitan para mantener un
retorno deseado de las inversiones.
De modo que, cada vez más, el énfasis sobre el rigor formal se
está sustituyendo hoy en día por un tipo distinto de equilibrio: en­
tre hechos pertinaces, valores compartidos e intereses rivales. La
necesidad de lograr una armonía entre esas distintas consideracio­
nes puede llevarnos por direcciones imprevistas. Recordemos el
Grameen Bank de Muhainmad Yunus: sus actividades se amplían
cada año, y ahora construye casas de ladrillo para que vivan en ellas
sus clientes pobres, establece servicios sanitarios— los beneficiarios
de los préstamos que han caído enfermos no pueden seguir devol­
viendo el importe de los mismos— , comercializa los tejidos que
confeccionan las mujeres de Bangladesh dando a conocer los catá­
logos con los productos en los vuelos de líneas aéreas internacio­
nales, c inspira im itaciones en todos los continentes.
Tampoco es únicamente en disciplinas técnicas como la medi­
cina, la ingeniería y la economía donde los mejores profesionales
están aprendiendo a alcanzar este nuevo equilibrio. Incluso algu­
nos filósofos están respondiendo a problemas que requieren el tipo
de estudio reflexivo que conduce— como el silogismo «práctico» de
Aristóteles— no a opiniones, sino a acciones. Como filósofo, H o-
ward Adehnan utiliza su comprensión de la historia de las ideas
para tratar los problemas actuales de la violencia étnica mediante
su Center for the Study o f Refiigees, y, al hacerlo, actúa como
agente social y como académico. Como agente social, centra su
atención en la incapacidad de los gobiernos de resolver los conflic­
tos en Ruanda y Bosnia, por ejemplo, se dedica a concebir procedi­
mientos de advertencia para anticipar futuras guerras civiles y de­
sempeña un papel entre bastidores en el proceso de paz de Oriente
Medio; a la vez, escribe en términos académicos sobre teorías éti­
cas de intervención humanitaria en los asuntos de pueblos remo­
tos. Pero él negaría que esos dos tipos de cuestiones sean separa­
bles. .Ambo» son preocupaciones para el filósofo «práctico», que

.107
R E G R ES O A L A R A Z Ó N

considera que las teorías filosóficas son relevantes para nuestros


problemas, no porque proporcionen soluciones formales a cuestio­
nes abstractas, sino porque otorgan un significado práctico y con­
creto a las vidas de los individuos, las familias y las comunidades
políticas.’
De esta manera, la disciplina de la filosofía ya no es tanto un es­
tilo de vida en el sentido de Fierre Hadot (parecido a aquellos me­
diante los cuales los estoicos y los epicúreos en la Antigüedad re­
confortaban a los intelectuales en un mundo de decadencia), como
una llamada a poner en funcionamiento el análisis reflexivo como ins­
trumento para afrontar cuestiones morales, médicas y políticas.'®
La ética médica clínica no es— en el sentido clásico— filosofía
«aplicada», ni es tampoco necesario, en el amplio ámbito de la po­
lítica pública, que consideremos la actividad de Amnistía Interna­
cional o de Medicus Mundi como una «aplicación» de cálculos ra­
cionales; estas representan más bien las respuestas del corazón no
instruido a sus percepciones de abandono, indiferencia, crueldad y
otras maldades. N o por nada Aristóteles presentó la «crueldad», en
su Etica a Nicómaco, como algo que podemos reconocer por lo que
es, con la misma seguridad con la que identificamos un triángulo;
tampoco hace falta ser un ateniense, o incluso un heleno, para
compartir tales percepciones humanas. Reconocemos esas cosas en
nuestros corazones, y solo la perversidad o la corrupción pueden
cegar nuestra percepción.
Nuestra primera obligación intelectual es abandonar el mito de
la estabilidad que tan importante era en la Era Moderna: solo así
podemos sanar las heridas que la obsesión del siglo xvii por la ra­
cionalidad infligió en la razón, y devolver a la racionabilidad el tra­
to de igualdad del que se le privó durante tanto tiempo. El futuio
no pertenece tanto a los pensadores puros que se contentan
— como mucho— con consignas optimistas o pesimistas; es más

9. Howard Adelnian y Astri Suhrke, The Path of n Geumide, Londres y New


Brunswick (Nueva Jersey), Transaction Publishers, 1999.
10. Fierre H-iáot, ¿Qué es la filosofía antigua?, Madrid, fondo de ( inlinra feo
nómica de España, 1998,

tüH
POST s c r ip t u m : v iv ir con in c e r t id u m b r e

bien una provincia para profesionales reflexivos que están dispues­


tos a actuar siguiendo sus ideales. Los corazones calientes, guiados
por las cabezas frías, buscan una vía intermedia entre los extremos
de la teoría abstracta y el impulso personal. Los ideales de los pen­
sadores prácticos son más realistas que las ensoñaciones optimistas
de los calculadores ingenuos, que ignoran las complejidades de la
vida real, o que las pesadillas pesimistas de sus detractores, que
consideran esas complejidades una mera fuente de desesperación."

II. En su poema para la inauguración del mandato del presidente Clinton,


Maya Angelou habló a quienes aman por igual las necesidades del mundo, las de
los seres humanos, jóvenes y ancianos, extranjeros y hermanos, y las de todos los
seres vivos:

La Historia, pese a su sufrimiento desgarrador,


no puede no vivirse, pero si se afronta
con valor, puede no tener que volver a vivirse.
Levanta tu mirada
3 este día que despunta para ti,
de nuevo haz nacer
el sueño.

■3« y
IN D IC E

Adelman, Howard, 307 Beckett, Samuel, 192


Adler, Mortimer, 173 Beethoven, Ludwigvan, 239
Afganistán, 236 Bentham, Jeremy, 226
Agustín, san, 282 Berg, AJhan, 32
.\lembei't, Jean Le Rond d’, 76 Berlin, Isaiah, 28, 263-264, 2690-
Alicer, Haytvard, 3911, 215 27011
Angelí, Norman, 26, 212-213 Bernal, John Desmond, 27, 126
,\ngelou, Maya, 309n Bernard, Claude, 137, 163, 221
Apel, Karl Otto, 284 Boecio, 35
Aristóteles, 56, 63-64, 149, 165- Bohme,Jakoh, 113
173, 202, 220-221, 240-247, Bok, Sissela, 202, 246
260 Boltzmann, Ludwig, 117
Arnold, Matthiew, 305 Bossuet, Jacques-Bénigne, ohispo,
Aron, Raymond, 216 ” 5
Arthur, W. Brian, 129, 163-164 Boulanger, Nadia, 70
Ash, Timothy Garton, 238, 302 Bradley, Andrew Cecil (A. C.), 8yn
Ashcraft, Richard, 1 14 Bradley, Francis Herhert, (F. H.),
Astor, Nancy, vizcondesa de, 214 111-112
Austin,John Langshaw, 29, 289 Braithwaite, Richard, 29
Azrin, Nathan H., 143 Braudel, Fernand, 17-18, 276
Brecht, Bertold, 60
Bacon, Francis, 27, 46, 70, 113 , Brown, Lancelot («Capahility»),
120, 126-129 68-74
Baker, John R., 27 Bruckner, Antón, 110
Balzac, Honoré de, 190 Buridan, Jean, 59
Bamouw, Dagmar, 18 Burke, Edmund, 241
Bateson, Gregory, 145, 224 Butler, Joseph, ohispo, 131
Bateson, Mary Catherine, 3411, 224
Becker, (íary, 2 18 C^alder, Alexander, 260
Becket, riiomas, 232 Cantor, Georg, 87

3"
IN D IC E

Carr, Edward Hallett, 213-217 Dirichlet, Peter Gustav Lejeune,


Casandra, 145 88
Cassell, Eric, 172 Disidentes y rebeldes, 23in
Caos, teoría del, 82, 89, 137, 164, Don Quijote, 57
300 Dostoievski, Feodor, 214
Center for the Philosophy of ucker. Pete
Drucker, Peter, 224
Science de la Universidad de hem, Pierre
Duhem, Piei Maurice Marie,
Pittsburg, 31, 290 69-74, 86
Characteristica universalis, 1 13 -1 20, Dunant, Jean Henry, 21 2
120-123, 123-125
Chejov, Antón, 189 Economía del desarrollo, 158-163,
C^hencvix-Trench, Richard, 231 i6on-i6in
Chomsky, Noam, 132, 152, 244 Einstein, Albert, 63, 260
Clnumg-tzu, 261 Ekman, Paul, 202
Ciencia neutral, 162-163 Elección racional, teoría de, 206-
Clarke, Samuel, 84 207, 217-219
Clusius (Charles l’Écluse), 68n Emerson, Ralph Waldo, 47, 269-
Collingwood, R. G., 22, 26, 135, 270
290 Encyiiopédie, 76, 100, 233
Comen ius,Johann Amos, 1 13 Engelmann, Paul, 297
Contexto y situación, 3on Enrique II de Inglaterra, 232
Cournot, Antoine-Augustin, 93, Enrique IV de Francia, 59, 1 21
93-97. 252 Epicuro, 56, 117
Crick, Maurice, 219 Erasmo, Desiderio, 57, 284
Cromwell, Oliver, 1 54 Erikson, Erik, 168
Cunningham, Michael, i89n Escipión el Africano, 65
Escuela de Frankfurt, 142, 147-
Dalton,John, 86 149, 149-150
Darwin, Charles, 62-75, 76, 87, Estoicos, 56
139, 244 Etica médica, 173-184, 295
Daumier, Honoré, 174 Euclides, 21, 34, 82, 107
Descartes, René, 34,47, 56,60,69, Euler, Leonhard, 77, 86
75, 77, 82-83, 118, 253, 282 Experimento Hawthorne, 151-153
Detienne, Marcel, 265
Dewey, John, 60, 173, 240, 249, Fariseos, 245-246
252, 258, 282 Farrington, Benjamín, 249-250
Dickens, Charles, 174 Feyerabend, Paul, 133-134, 209-
Diderot, Denis, 75-76, 233 210, 271-274
Diofanto, 53 Filó|>ono, Juan, 59

3' 2
ÍN D IC E

Filosofía comparada, 4911-5011 Hardy, l'homas, 189


Física cartesiana, 90, 122 Hartley, David, 117 -118
Física newtoniana, 80-91, 107, Hastings Center, 181
122-123, 136-137, 149, 217- Hayek, Friedrich August von, 223-
219, 230-231 227
Fleck, Ludvik, 21 Hegel, Georg Wilhelm Friedrich,
Fletcher, Joseph, 177 269, 279
Flew, Anthony G. N., 73 Heisenberg, Werner, 282
Flexner, Abrabam, informe de, 167 Helmholtz, Ilermann von, 117
Florman, Samuel, 2 24n Hempel, Cari, 152, 244
Flyvbjerg, Bent, 30 Henderson, Hazel, 223
Forman, Milos, 210 Hermite, Charles, 87-88
Francisco José, emperador, 2 11 Herschel, John, 86
Frege, Gottlob, 23, 1 10 - 11 1 , 123 Hertz, Heinrich, 87,''117, 290
Futuribles, 145, 225, 302 Hilbert, David, 87, 244
Hipótesis volcánica, 139, 299
Galileo Galilei, 34, 58-61,135-136 Hitler, Adolf, 210
Gardner, Howard, 168 Hobbes, Thomas, 34, 136, 208,
Gargantúa, 57 234, 241-242
Gass, William, 191-196, 196-200, Hodgson, Marshall, 61-62, 72
268 Hoffrnan, Stanley, 216
Gauss, Cari Friedrich, 53 Hólderlin, Friedrich, 305, 305n
Gillespie, Richard, 150-151 Homero, 135, 265
Gódel, Kurt, 34 Hoselitz, Bert, i6on-i6in
Gold, Thomas, 3030 Hugonotes, 209
Goodman, Nelson, 116 Hugues, Everett, 1 76
Grameen Bank, 104-105 Hume, David, 158, 292
Grimmelshausen, Hans Jacob Ch-
ristoph, 60 Illich, Ivan, 179, 205
Gutenberg, Johannes, 57 Inge, William Ralph, 303

Habermas, Jürgen, 142, 147, 242, James, Henry, 256


284 James, William, 255-258, 267
Hadot, Pierre, 308 Janik, Alian, 49n-5on
Haldane,J. B. S., 221-222 Japón, 107, 176, 232
Hamann,Johann Michael, 109 Jonsen, Albert R., 29
Hampshire, Stuart, 28 Jouvencl, Bcrtrand de, 145, 225
1 lardy, Geoffrcy Harold (G. H.), Joy, Bill, 129
40 Juan Pablo II, 2 11

3'3
IN D IC E

Kant, Immanuel, 49, 77, 86, 117, Mach, Ernst, 117, 290
138, 256-257 Macintyre, Alasdair, 23, 30, 174,
Kennedy Center (Georgetown), 185, 1850-1860, 198-199, 205,
181 258
Kepler, Johann, 84-85 Mahan, Alfred Thayer, 213
Kesey, Ken, 179 Mahler, Gustav, iio , 178
Keynes, John Maynard, 280 Marco Aurelio, 35
Keys, David, 2380 Marcooi, Guglielmo, 212-213
Kierkegaard, Soren, 270, 284 Marek,Johaoo Christiao, 2890
Klein, Gary, 263 María Aotooieta, 68
Knight, Frank, 158 Marshall, Alfred, 98-99
Koch, Siginund, 220 Mauthoer, Fritz, 288-289
Kuhn, Thomas S., 21, 30, 2in- Maxwell, James Clerk, 69, 78, 86,
22n, 820-830 122-123
Maxwell, William, 187
Lakatos, Imre, 53, 165 Mayo, Elton, 1 51, 154, 224
Landers, Ann, 201 Mead,Margaret, 145, 224, 304
Langland, Wllliam, 272 Mecáoica cuáotica, 141
Lansing, John Stcphen, ppn-ioon Mecánica racional, 950, 96, 207,
Laplace, Fierre Simón, marqués 218-219
de, 85, 86, 252 Medawar, Peter, 219-220
Latour, Bruno, 30 Melville, Hennan, 190
Leibniz, Gottfried Wilhelm, freiherr Meredith, George, 12 1, 297
von, 77, 81-86, 91, 113-120, Mersenne, Mario, 241
124-125, 232 Merton, Robert K., 176
Le Nótre, André, 68-72, 72-75 Método, concepto de, 1 31-149
Leopardi, Giacomo, 276 Mili, John Stuart, 26
Linneo, Cari von, 190 Mitroff, lan, 224
Lipsio, Justo, 65 Mittag-Loeffler, Goran, 87-88
Locke,John, 69, 114 -118 ,2 7 3 Moliere, véase Jean-Baptiste Po-
Lodge, Oliver, 69-72, 72-75, 75-78 quelin
Lucrecio, 56, 117 , 136 Monnet,Jean, 216
Luis XTTT de Francia, 209 Montaigne, Michel de, 35, 45-48,
Luria, Alexander Romanovich, 21 5 57-61, 120-121, 188, 249, 275,
Lutero, Martín, 208 288, 296
Lyell, Charles, 87 Moore, George Edward (G. E.),
Lyell, Sarah, 580 25-26, 280
Lyotard, Jean-Fran^ois, 30 More, Henry, 201, 246
More, Tilomas, 57

3H
ÍN D IC E

Morgenthau, Hans, 216 Polanyi, Karl, 158


Modey,Jühn Lathrop, 26 Polanyi, Michael, 27, 259-261,
Mousnier, Roland, 122 266, 271
Mozart, Wolfgang Ainadeus, 210 Polibio, 65-66
Myrdal, Gunnar, 223-224, 227 Popper, Karl, 152, 218, 244
Poquelin, Jean-Baptiste, 174
Nabokov, VladimirVladimirovich, Priestley, Joseph, 155, 230-231,
187-188, 192 232
Nagel, Tbm, 36 Pritchett, Víctor Sawdon (V. S.),
Nassau, Mauricio de, 35-36, 44 57-58, 186-187
Nassau-Siegen, Juan Mauricio de,
64-65 Racine,Jean, 70
National Coniission for tlie Protec- Ramsey, Paul, 177
don of Human Research Sub- Ratzinger, Joseph, cardenal, 2 1 1
jects, 180, 182, 186,197-202 Rawls,John, 182, 186
Nelson, Benjamín, 29 Ray,John, 138
Newton, Isaac, 58-60, 77-78, 83- Razonamiento de caso, 29, 170,
85, 129 186-187, 192-202, 245-246
Nietzsche, Friedrich Wilhelm, 47, Relaciones internacionales, 21 1-21 7
269-270, 2690-2700 Remarque, Erich María, 267
Ricoeur, Paul, 147-149
Oresme, Nicole, 59 Rorty, Richard, iiin -ii2 n , 249-
Ornitología, 141-142, 150 250, 251, 283
Oscar II de Suecia, 87 Russell Bertrand, 38, 110 -112 ,
Osler, Wlliam, 176 iiin , 137, 244, 280
Rutherford, Ernest, 86
Pareto, Vilfredo, 97 Ryle, Gilbert, 490-500, 297
Pascal, Blaise, 47, 201, 250, 284
Peano, Giuseppe, 38 Saccheri, abad, 122
-Peirce, Charles Sandcrs, 271 Samuelson, Paul Anthony, 2 20
Piaget,Jean, 117 Santayana, Jorge, 35, 48,480
Pío IX, 2 11 Sarton, George, 23
Pirro, 288 Schiller, Friedrich, 192
Pitkin, Hanna Fenichel, 116 Schlick, Moritz, 280
Plaiick, Max, 123 Schmitt, Richard H., non, 288,
Platón, 40-41, 56, I I 2, 248-249, 2890, 3010
264, 282 Schónberg, Arnold, 32, 178
l’oincaré, 1 lenri, 81, 87-91, 137, Schumpeter, Joseph Alois, 92-93,
^3 7 -C39 . ^5 3 . 300-30* 9II-99, 107, 158, 163-164

3' 5
IN D II

ScM I'll', j n h l l , iH (; 86-87, 1 í L M7.


Sen, Aiiiiiriyii, < <00-301
Scsjfo, tipos (le, 140-141, 145-146 Turing, Alan, 128
Sexto ^■ mpírico, 2S2-2S4, 284- T'urner, joseph Mallord VV'illiain
287,287-288 (.1. M. W.), 260
Shakespeare, William, 57, 70, 174
Shapin, Steven, 63 Universales, 169-170
Shaw, Cíeorge Bernard, 46, 1 74
Shotter, John, 245n Vaughan Williams, Ralph, 70
Sidgwick, Henry, 201, 207, 246 Ventris, Michael, 125
Sidney, Philip, 187-188 Verdi, Giuseppe, 134
Simplicio de Cilicia, 59 Vernant, Jean-Pierre, 265
Skinner, Burrhus Frederick (B. E), Vemunft y Verstnnd, 490-500
143 Viena, Círculo de, 19-20, 123
Skinner, Quentin, 241 Viena, Habsburgo, 109, 208-209,
Smith, Adam, 73, 93-94 232,239, 280
Snow, Charles Perey (C. R), 56 Vietnam, 179
Sócrates, 41, 44,46-47 Virchow, Rudolph, 126
Sofistas, 245-246 Visconti, Luchino, 1 34
Spencer, Herbert, 158 Voltaire, Fran^ois Alarie Arouet
Spengler, Oswald, 18 de,6s, 84, 239
Stevens, Wallace, 292-293 Von Neumann, John, 128
Stigler, George, 218
Stonborough, Margaret, 296-297 Walras, Léon, 93, 97
Stout, Jeffrey, 179 Walzer, Michael, 202, 246
Sufi'es, 190 Wartofsky, Marx, 2 5
Suppe, Fred, 2on Watson, James, 219
Szasz, Thomas, 1 79 Watson, William Fleriot, 21
Weber, Max, 75, 176, 183, 192
Tennyson, Alfred, 76, 87, 303 Webern, Antón, 32
Teoría económica, 9 1 - 9 3 , 9 3 - 9 9 Weierstrass, Karl, 87-88
157-165, 205-207, 217, 295 Weinberg, Alvin, 286-287
Terapia ocupacional, 224-227 Wells, Herbert George (H. G.), 89
Theaetus, 40 Welty, Eudora, 58, 186-187
Thirring, Hans, 209 Westfália, Paz de, 229-230, 295-296
Tolstoí, León, 188, 195 Whcweil, William, 201
Tomás de Aquino, santo, 57 White, Freda, 275
Toynbee, Amold, 18, 26 Whitehead, Alfred North, 137,
tres cuerpos, problema de los, 81, 244

316
iN K It I ''

Whyie, Lymi, 6in W í k i II, N'irginia, iHi;, 275, i-ji),


Wiener, Norlicri, 12K 291-292
Wiikins, John, 1 13 VV'iiiult, Wilhelin, 215
Wiison, Wooilrow, 213 Wycliff,John, 272-273
Wittgenstein, Luclwig, 19, 25-26,
2511, 28, i i o - i i i , non, 1 19, Yunus,iMuhammad, 103, 164, 307
203, 249, 258, 262, 279-284,
296-297,30111 Ziman, John M., 243

317
El caos y la brutalidad del siglo XX han hecho siempre
más difícil mantener la fe en la capacidad de la razón
de crear un mundo estable y pacífico. Tras los estragos
de conflictos globales, y de una Guerra Fría que dividió
el mundo en dos lealtades opuestas, ¿cómo podemos
dominar nuestras dudas y encarar con esperanza el siglo XXI? En Regreso
a la razón, Stephen Toulmin defiende que el potencial de la razón para
mejorar nuestras vidas se ha visto obstaculizado por un grave desequilibrio
en nuestra búsqueda del conocimiento. La secular dominación de la
racionalidad, una forma matemática de razonamiento que toma como
modelo el método científico y la búsqueda de certezas absolutas, ha
depreciado el valor de la racionabilidad, un sistema de juicios humanos
basado en la experienda>y la práaica personales. Ahora, en los albores
de un nuevo siglo, Toulmin recapitula toda una vida de aclamadas obras,
y hace un poderoso llamamiento para restaurar el equilibro entre la
racionalidad y la racionabilidad. Su visión no rechaza ios valiosos frutos de
las ciencias sociales y sus métodos, pero exige una toma de conciencia de
las consecuencias humanas de nuestros descubrimientos. Toulmin defiende
la necesidad de hacer frente al reto de un mundo incierto e impredecible,
no con ideologías inflexibles y teorías abstractas, sino volviendo a una
forma de razón más humana y compasiva, que acepta la variabilidad y la
complejidad de la naturaleza humana como punto de partida esencial de
toda búsqueda intelectual.

22 €
ÉSBN 8 4 -8 3 0 7 -5 7 3 -3

788483"075739

Península 1 HCS