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Vale decir

El año 2011 culmina con una serie de acontecimientos y aniversarios alrededor de la figura de
Abelardo Castillo. Mientras se cumplen cincuenta años de la aparición de su primer volumen
de cuentos, Las otras puertas (1961), el jueves pasado recibía el Gran Premio de Honor de la
SADE. Mientras evalúa la posibilidad de editar próximamente el diario íntimo de casi mil
páginas que lleva desde los 18 años, Castillo repasa en esta entrevista su relación con la
literatura, niega ser un cuentista tan clásico como dicen que es y reivindica la dimensión
espiritual del arte.

Por Juan Pablo Bertazza

Los conectores que un escritor emplea a lo largo de una entrevista pueden dar cuenta cabal de su
impronta. Abelardo Castillo, entre un vaso de gaseosa y una aspirina que le pide a Sylvia
Iparraguirre, entre algunas interrupciones al levantarse del sillón para buscar una impresión de su
monumental diario íntimo de 1000 páginas, repite una frase que hilvana cada una de sus
respuestas: “vale decir”. Un vale decir que adquiere una connotación especial teniendo en cuenta
que Abelardo Castillo es uno de los últimos representantes de la figura clásica de escritor, con una
trayectoria literaria que atraviesa diversos géneros, pero también ideas, pensamientos, acciones y,
sobre todo, valores en el sentido más potable del término. Eso es lo que puede vislumbrarse en la
connotación profunda de cada título y nomenclatura, desde aquel Mundos reales que engloba su
producción cuentística completa hasta Las otras puertas, el nombre del libro que por estos días
cumple medio siglo de existencia, el primer volumen de relatos de Castillo que, en sus resonancias
cortazarianas, además de dejar inaugurado su debut en un género en el que se erigiría como uno
de sus máximos representantes, también da cuenta de esas puertas sexuales atravesadas por
relatos que todavía continúan latiendo en la memoria de cada lector, como aquel grupo de chicos
que buscaban iniciarse sexualmente con la mamá de su amigo Ernesto, o ese marica al que
obligaban a debutar infructuosamente con una prostituta, o incluso aquel nietzscheano Núñez que
irrumpía en horario de trabajo para ridiculizar y transgredir los valores oficinescos.

“A lo largo de estos cincuenta años, saqué algún cuento, cambié otro de lugar, y hay un cuento que
les gusta mucho a los lectores, ‘Historia para un tal Gaido’, que hoy volvería a escribir”, reflexiona
Castillo sobre un relato notablemente parecido a “Continuidad de los parques”. Un parecido en
extensión pero, sobre todo, en la trama, ya que mientras el relato de Cortázar narra el asesinato de
un lector a manos del personaje del libro que lee, el de Castillo cuenta el asesinato de un
personaje hacia su propio autor.

“Es cierto, cuando lo conocí a Cortázar le pedí cuentos para la revista y él me pidió relatos a mí. En
el viaje en el que le mandé ‘Historia para un tal Gaido’ para allá, ‘Continuidad de los parques’ venía
para acá, era como si el mismo cuento viajara por el mar de un lado a otro. Después lo hablamos
en el ’73 cuando nos encontramos físicamente y a él le parecía totalmente natural que ocurrieran
esas cosas. La primera vez que vino a casa, yo escuchaba Radio Nacional y, justo cuando él
aparece entrando por la puerta, interrumpen el programa de música clásica y aparece el sonido de
un saxo. Cortázar escucha, dice qué linda música y me agradece. El saxo era el de Charlie Parker,
pero enseguida tuve que explicarle que, lamentablemente, no se trataba de un deliberado
homenaje hacia él, sino que la radio sola se había puesto a tocar Charlie Parker. También tomó
este hecho con total naturalidad”, explica Abelardo Castillo, quien dicho sea de paso fue el primero
en descubrir que “El perseguidor”, efectivamente hablaba del saxofonista.

La carrera de Abelardo Castillo está repleta de “vale decir”, diversas simetrías, giros y señales del
destino como el círculo perfecto trazado entre el Gran Premio de Honor que acaba de recibir en la
SADE, y el homenaje que organizó en esa misma institución a un destacado poeta de la ciudad de
Buenos Aires, en esa misma institución: “Por ese entonces, don Fermín Estrella Gutiérrez, hombre
de cultura formal y caballeresco era el director, y le pedimos la SADE para hacerle un justo
homenaje a Mario Jorge De Lellis, por su libro Cantos humanos, que publicamos especialmente en
El escarabajo de oro con ilustraciones de Carlos Alonso. Todo empezó raro porque era un poeta
comunista, que militaba incluso, y encima lo conseguimos a Troilo para que tocara. Todo venía
encaminado hasta que alguien me dijo a pocos minutos de que empezara el evento: ‘Si no le traen
una botella de whisky, Troilo no toca’. Fui corriendo al bodegón de la esquina pero no me querían
vender la botella porque sólo era para tomar ahí. Le explico al hombre que está Troilo, que
necesitaba urgente el whisky y el tipo no sólo accedió sino que varios de los que estaban se
vinieron conmigo. Cuando entro a la SADE con la botella de whisky en la mano y un pelotón de
ebrios atrás, aparece Fermín despavorido y dice ‘¿qué es esto, Castillo?’ En esa época, cuando
empezaba a gestar El que tiene sed, yo tomaba bastante. La primera nota de Troilo esa tarde fue
como si se hubiera dormido sobre el bandoneón, una nota sola larga que daba la impresión de que
no terminaba nunca y que creó un clima de éxtasis, como si fuera la primera vez en el mundo que
se oía la nota de un bandoneón. También estuvo en el acto la vedette y actriz Egle Martin,
recuerdo que Troilo, que también se puso a firmar los libros de De Lellis, le hizo una dedicatoria
notable: ‘Negra, si la noche se llamara de algún modo llevaría tu nombre’”.
TINTA ROJA

Desde entonces corrió mucha agua bajo el puente y el panorama, pero sobre todo la importancia
de la literatura cambió drásticamente, a tal punto que Castillo establece una clara diferencia de
época y, a propósito, en su conocimiento cabal de los máximos exponentes de la literatura
argentina, en la humildad de Castillo a la hora de hablar sobre sus maestros, sobre los otros
escritores, surge otra demostración de su importancia literaria: “Yo empecé a escribir en los ’50
cuando la importancia del escritor, no sólo en Argentina sino en el mundo entero, era otra. Sartre y
Camus polemizaron sobre los campos de trabajo en la Unión Soviética, una polémica monumental
que dividió al mundo entero. De hecho, recuerdo y está en una de las entradas de mi diario, que
con José Felipe Acevedo leímos acerca de esa polémica a los 20 años, en San Pedro. Después de
la caída de Perón, hubo otra polémica en torno del peronismo en la revista Ficciones entre Sabato,
Borges y Martínez Estrada, un escándalo que salió en los diarios. Sabato descubría algo
tardíamente en el peronismo la asunción de la clase obrera al escenario de las ideas. Sabato, que
había participado de la Revolución Libertadora, hacía una especie de replanteo. A quién le
importaría hoy el mea culpa de un escritor. La prueba es que Borges en pleno peronismo setentista
no tuvo muchos problemas. Una vez lo encontré en casa de Esther de Isaguirre y me dice: ‘No sé
qué pasa que todo el mundo me quiere, hasta los peronistas y comunistas’. Le contesté que la
gente termina queriendo a los hombres que tienen una conducta nítida, vale decir, que pensaron
siempre de la misma manera. Borges fue siempre un gorila y una especie de antediluviano le
conviniera o no, jamás cambió de posición. Era de otra época histórica, y sin embargo lo
terminaron respetando los peronistas. Recuerdo que en una manifestación pasaban coreando a
Perón, y Borges justo pasaba por la esquina de Maipú, una cosa que podía terminar gravemente,
pero alguien muy lúcido previó que ahí podía haber un desmán y se puso a gritar ‘Borges y Perón,
un solo corazón’, el grito que terminó en boca de todos”.

¿No había cierta ingenuidad en las ideas políticas de Borges?

–No tenía un pensamiento político sólido, de eso no hay duda, pero en eso no había ingenuidad,
sabía perfectamente lo que pensaba y por qué. Tal vez hubo ingenuidad en los episodios que
marcaron un acercamiento con Pinochet y Videla. No te olvides de que era ciego, el mundo le
venía filtrado por las noticias relativas que le daban. Pero en su ideología, Borges era reaccionario
a conciencia y con argumentos, es más, había que explicarle que el 17 de octubre no fue algo
armado de manera artificial por los peronistas. En una discusión que tuvimos en la Biblioteca
Nacional le decía que la gente había salido a la calle con los chicos en brazos, que eso no se
podía armar, y él no lo entendía y decía “bueno puede ser, de todas formas lo armó Eva, que tenía
muchos más cojones que Perón”.

Entonces Abelardo Castillo no era ni peronista ni antiperonista pero también su vida aparece
signada por aquella figura, a tal punto que significó su expulsión de la escuela secundaria. Un día
que faltó la profesora a la clase de francés se pusieron a jugar al golf con unos tinteros que había
sobre uno de los bancos y una regla para ver quién sacaba el corcho sin pegarle al tintero. El
adolescente Abelardo le pegó al tintero con tanta puntería que la tinta terminó salpicando la pared
central de un aula que estaba impecable porque al otro día venía la interventora. El enchastre para
más detalles sucedió en la mitad exacta entre los retratos de Perón y Evita.

“No fue un acto político, fue algo inconsciente, pero se tomó como una manifestación anárquica o
comunista porque el tintero era de tinta roja.”

LA FIESTA SECRETA

“Aunque para algunos críticos El que tiene sed o Crónica de un iniciado es lo más importante que
he escrito, es muy probable que el cuento sea lo más decisivo, sobre todo por el espacio que
también ocupa en mi obra. Suelen definirme como un fanático ortoxodo de los cuentos, alguien
clásico cuando algunos relatos como ‘Las panteras y el templo’ no se ajustan demasiado a eso. El
único que no cree en eso de cuentista clásico, soy precisamente yo”, responde Castillo cuando se
le pregunta acerca de los géneros y sus ortodoxias. “Además no creo en los géneros, el cuento
viene a mí ya con su atavío y en el caso de las obras de teatro me pasa con mucha más claridad,
escucho a los personajes hablar. Me formé con escritores que escribieron de todo: Sartre, Camus.
Unamuno, por ejemplo, ¿era filósofo, poeta o periodista? Con ese tipo de escritor aprendí a leer,
incluso leyendo a Herman Hesse. Los cuentos de él, que se leen muy poco, son lo más importante
de su obra, tenía una maestría muy superior a la de Thomas Mann, que escribía malos cuentos.
Los escritores con los que me formé escribían de todo.”

¿Por qué todavía no te decidiste a publicar íntegro tu libro de poesía?

–Publiqué algunos poemas aislados. Lo siento como demasiado mío, personal y un día sentí que
era prosista, no poeta, sentí que esos poemas estaban escritos para mí, o por mí pero en un
sentido tan particular que no me interesa la opinión que pueda tener un lector más allá de saber
perfectamente que la literatura es comunicación y que la verdadera concreción del acto literario se
da cuando el lector con su libertad lee aquello que vos, con tu libertad, escribiste. De esa unión de
dos libertades, la de juzgar y la de crear un mundo, nace el verdadero yo literario. Lo sé desde mi
adolescencia y con la poesía no me pasa eso, la escribo secretamente, como quien lleva un diario
íntimo.

¿Desde cuándo escribís tu diario?

–Desde los 18 años, con una frecuencia importante de escritura que puede llegar a casi todos los
días, salvo un año que fue el ’74, justo cuando dejé de beber, entre el ’74 y el ’75 no anoté nada,
cosa muy curiosa porque cuando tomaba no había en mis diarios alusión a la bebida, salvo alguna
palabra que yo relaciono con el alcohol pero que el lector no podría reproducir o, bien, alguna
relación por la letra, cosas que escribía no sobre el alcohol pero sí borracho. En general, no hay
mes en que no haya anotado algo. Y hay de todo: lecturas, problemas personales, mi relación con
Dios, anécdotas cómicas o dramáticas y, luego, el momento en que la literatura de alguna manera
cae sobre mí con el Premio Gaceta Literaria a El otro Judas.

GRACIAS A DIOS QUE NO CREO EN NADA

Precisamente ese libro, al que luego se irían sumando otros títulos ciertamente relacionados como
Israfel o El Evangelio de Van Hutten, insinúa un aura característica de Abelardo Castillo que hoy,
en general, brilla por su ausencia en la literatura joven. Una dimensión espiritual que poco tiene
que ver con la Iglesia o mismo con la religión que lo vuelve nuevamente a Castillo el último
exponente de un tipo de literatura.

“Marechal me decía que yo creía que no creía, y yo le retrucaba diciendo que, con ese criterio, él
era un ateo que creía que creía. Marechal es de esos escritores que sorprenden a su tiempo y
necesitan de cierta asimilación por parte de los lectores, vale decir, que se borre la hojarasca, lo
mismo le pasó a Roberto Arlt hasta 1960, él había muerto en 1942 y aún no estaba reeditado acá.
Antes de eso todos lo conocían como el periodista de las aguafuertes que se comió al escritor.
Marechal era un ferviente anticatólico, no criticaba a nadie, he oído a Marechal defender a Borges
y eso que no lo quería nada, trataba de no hablar de él. Cuando Marechal muere, Borges fue uno
de los pocos escritores que fueron al velorio y lo despidió en voz alta diciendo ‘adiós, amigo’ en un
gesto muy conmovedor. A pesar de su prosa tan exquisita y castiza siempre recomiendo tener en
cuenta al Marechal zafado, el que termina una de las novelas más grandes de la lengua, Adán
Buenosayres, con la palabra ‘pedo’, un rasgo de atrevimiento que hacía imposible que lo leyeran
en su época, ‘solemne como pedo de inglés’. ¿No tenía miedo de arruinar la novela?”

Fue también Leopoldo Marechal quien alguna vez le dijo a Abelardo Castillo que, en su obra,
siempre se cuela Dios, a tal punto que tenía en alta estima Israfel, para la cual realizó el prólogo.
De nuevo, una dimensión espiritual que no parece mantenerse en la literatura actual.

“Hay una ausencia de lo que es el espíritu religioso, un padre religioso, por ejemplo, es el padre
Farinello que, dicho sea de paso, me presentó El Evangelio según Van Hutten, un libro herético. Yo
iría más allá, uno de los grandes problemas filosóficos e ideológicos de nuestro tiempo no sólo
literario y estético, uno de los fracasos del comunismo es la pérdida de lo religioso, es haberlo
despojado de las máximas de los Evangelios como ‘los últimos serán los primeros’. Es como
cuando le quitás a la literatura la dimensión de la locura y el sueño, yo creo que esa dimensión
tiene que estar presente en el hombre y en el arte y, sobre todo, en la política, porque es una
falencia no contemplar el espíritu religioso que une al hombre no sólo con la divinidad sino también
con el Universo entero, hay que hacer que el hombre se sienta partícipe de algo que lo excede, si
le quitás el espíritu contemplativo al hombre le quitás la posibilidad de soñar. Por eso, mis cuentos
se llaman en su totalidad Los mundos reales, porque yo creo justamente que no hay un mundo
real: está el mundo del sueño, la locura, las creencias religiosas, el pensamiento metafísico, todo
eso es el mundo real y una de las falencias de la literatura contemporánea es haber perdido o no
haber tenido en cuenta eso.”

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