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SUPREMA CORTE DE JUSTICIA - SALA SEGUNDA

PODER JUDICIAL MENDOZA

CUIJ: 13-04495222-4/1((028601-127296))
FC/ SILVA MACAGNO JULIETA P/ HOMICIDIO SIMPLE (127296) P/
RECURSO EXT.DE CASACIÓN
*104576880*

En Mendoza, a los cinco días del mes de julio del año dos mil
diecinueve, reunida la Sala Segunda de la Excelentísima Suprema Corte de
Justicia en acuerdo ordinario, tomó en consideración para dictar sentencia
definitiva la causa N° 13-04495222-4/1 caratulada “F. C/ SILVA MACAGNO,
JULIETA P/ HOMICIDIO CULPOSO AGRAVADO … S/ CASACIÓN”.

De conformidad con lo determinado en audiencia de deliberación


quedó establecido el siguiente orden de votación de la causa por parte de los
Señores Ministros del Tribunal: primero, DR. JOSÉ V. VALERIO, segundo DR.
MARIO D. ADARO y tercero DR. DALMIRO GARAY.

El titular de la Jefatura Fiscal de las Unidades Fiscales de


Homicidios, Violencia Institucional y Sustracción de Automotores de la Primera
Circunscripción Judicial interpone recurso de casación contra la sentencia N° 156,
mediante la que se condenó a Julieta Silva Macagno a la pena de 3 años y 9 meses
de prisión y 8 años de inhabilitación para la conducción de vehículos automotores
como autora penal responsable del delito de homicidio culposo agravado (art. 84
bis, primer párrafo del C.P.); pronunciamiento dictado por el Tribunal Penal
Colegiado N° 1 de la Segunda Circunscripción Judicial en autos N° P-127.296/17.

Contra la misma resolución dedujeron recurso de casación el


representante de la parte querellante y la defensa de la imputada.

De conformidad con lo establecido por el artículo 160 de la


Constitución de la Provincia, esta Sala se plantea las siguientes cuestiones a
resolver:

PRIMERA: ¿es procedente el recurso interpuesto?


SEGUNDA: en su caso, ¿qué solución corresponde?

TERCERA: Pronunciamiento sobre costas.

SOBRE LA PRIMERA CUESTIÓN, EL DR. JOSÉ V. VALERIO DIJO:

1.- La sentencia recurrida

El tribunal impugnado, actuando en forma colegiada, resolvió del


modo precedentemente señalado, expresando que «[e]n el distrito de Las Paredes,
departamento de San Rafael, Provincia de Mendoza, el día 9 de septiembre del
año 2017, alrededor de las 05.00 horas aproximadamente Julieta Silva Macagno
y Genaro Francisco Fortunato salieron del local bailable Mona Bar, sito en Ruta
143 e intersección con calle El Chañaral, a donde habían concurrido junto a
unos amigos. Ambos alcoholizados: Silva con al menos 0,98 gramos de alcohol
por litro de sangre y Fortunato aún más, con 1,80. La mujer y el joven, que
estaban viviendo un romance, caminaron abrazados por calle Chañaral hasta
alcanzar el vehículo Fiat modelo Idea Dominio KAO693 en el que habían
llegado. Una vez allí, algo enfadada por circunstancias vividas en el interior del
local bailable en que Genaro había mantenido un altercado con Martín Maure y
tras una breve discusión por esa situación, Silva decidió irse y dejar a Genaro en
el lugar. Y, aún, estando alcoholizada, sin colocarse los anteojos que necesitaba
para corregir su astigmatismo, y pese estar aún los vidrios empañados, se
dispuso a conducir el vehículo por la vía pública. Hizo marcha atrás con el
rodado –estacionado sobre la banquina este, de culata a la calle–, con Genaro a
su lado intentando evitar que se fuera. Direccionó el vehículo hacia el norte y,
aunque Fortunato insistía y seguía a su costado, tocándole el vidrio, tratando de
abrir la puerta y le gritaba que parara, Silva, inició la marcha avanzando por
calle Chañaral hacia Las Vírgenes. Genaro Fortunato insistió, apoyando sus
manos en el vidrio de la ventanilla delantera izquierda y dando unos pasos
apurados a la par del rodado. Silva continuó el avance vehicular emprendido.
Tras una corrida de alrededor de cinco metros, Fortunato cayó al piso,
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desplomado. Su cuerpo quedó acostado sobre el carril oeste de la calzada, boca


abajo, con su cabeza orientada al norte. Posición en la que permaneció,
probablemente a causa del golpe sufrido y el grave estado de alcoholización que
presentaba. Julieta Silva Macagno continuó conduciendo en la vía pública en
estado de alcoholización, sin haberse colocado los anteojos, y con la visibilidad a
su vez reducida por la nocturnidad y el alumbrado público defectuoso, llovizna,
niebla, calzada mojada y en regular estado de conservación, vidrios polarizados
y empañados. Por algún motivo, habiendo avanzado unos pocos metros
–alrededor de 150–, Silva decidió regresar en búsqueda de Fortunato. Luego de
un giro en U, retomó la dirección de marcha en sentido opuesto, hacia el sur.
Continuó conduciendo en las condiciones descriptas y además sin prestar
atención suficiente y en todo momento a la calzada por la que avanzaba, mirando
hacia otro lado, buscando a Genaro en el lado izquierdo. Su conducta le impidió
ver el cuerpo de Genaro que yacía aún en el piso. Sin activar los frenos ni
realizar acción evasiva alguna, lo alcanzó con el vehículo a una velocidad de
entre 27,5 a 30 km/h. arrollándolo y desplazando su cuerpo por alrededor de
3,30 metros, causando así su muerte de manera inmediata por aplastamiento de
cráneo y cara. Pese a que advirtió los movimientos del rodado en el curso del
arrollamiento, Silva no activó los frenos sino hasta que avistó las señas que el
cuidacoches Ariel Aksenen le hacía para que se detuviera. Finalmente, el
vehículo se detiene a 9,6 metros del cuerpo, anoticiándose en ese momento del
trágico desenlace que su acción había causado, a través de Aksenen quien la
alertó diciéndole “atropellaste al pibe que estaba con vos…”. Ante ello se bajó
del rodado y se acercó hasta comprobar la situación. Desesperada y llorando
requirió con urgencia una ambulancia a través del servicio 911 y admitiendo
“atropellé a alguien, no, no, no, no, no lo vi, no lo vi”, “no lo puedo ver, no lo
puedo ver”, “está muerto”» (fundamentos, fs. 1504 vta./1505 vta.).

Para llegar a esa conclusión, el Tribunal valoró el amplio cuadro


probatorio incorporado a la causa, constituido por las declaraciones testimoniales
de Ariel Aksenen, Rocío Siri, María Laura Figueroa, Mariano Cuaranta, Francisco
Carvajal, Matías García, Héctor Ontivero, entre otros; como también la numerosa
prueba instrumental incorporada con la conformidad de las partes, confrontándolo
inclusive con la versión de los hechos brindada por la imputada.

2.- El recurso de casación del representante del Ministerio


Público Fiscal

El recurrente promueve su impugnación a tenor de lo dispuesto por


el art. 475, inciso 1° y 2° del C.P.P. por considerar que existen vicios in iudicando
y vicios in procedendo en la resolución que cuestiona.

Sin efectuar distinciones entre los motivos de casación referidos, el


representante del Ministerio Público Fiscal señala que la sentencia cuestionada es
arbitraria, teniendo en cuenta que concurren en ella defectos de razonamiento
groseramente ilógicos o contradictorios, apartamiento palmario de las
circunstancias del proceso y omisión de consideraciones de hechos o pruebas
decisivas. Así, analiza cada uno de los puntos de fundamentación, sosteniendo
que:

1) existe una contradicción respecto del día y hora –conforme sus


dichos– en que ocurrieron los hechos, toda vez que en el punto Motivación: Punto
1, 3° párrafo da por probado que el hecho tuvo lugar «el día 9 de septiembre de
2017, siendo las 05.50 horas aproximadamente» y, luego, al mencionar las
circunstancias no controvertidas, ubica al acontecimiento investigado el «[d]ía y
hora 09/09/17, 05:05hs.».

2) el Tribunal ha señalado las condiciones climáticas del día de los


hechos, omitiendo considerar que las mismas tuvieron lugar durante toda la noche
del 8 y 9 de septiembre de 2017 y, en casi idénticas condiciones, Julieta Silva
había conducido su automóvil sin ningún inconveniente.

En este punto, también destaca que el a quo no ha considerado que,


si bien la calzada tenía surcos longitudinales, éstos lo son en sentido de
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circulación y no en forma paralela a la carpeta asfáltica, como también que la


iluminación era lo suficientemente apta para sostener que resulta imposible que la
imputada no haya advertido el cuerpo de Genaro Fortunato tendido sobre el carril
oeste de la calle.

Sostiene que la velocidad ha sido determinada por pericias en un


rango que oscila entre los 27,5 a 30 km/h, lo que también prueba que la imputada
tuvo mayor tiempo para percibir un riesgo, reaccionar y frenar, y pone de resalto
que el arrollamiento de la víctima se produjo por la conducta dolosa de la primera.

Destaca que se ha probado y no controvertido que las luces bajas


del vehículo se encontraban encendidas y que, conforme a las pericias practicadas,
la luminosidad del lugar sumada al haz de luz del rodado aumentaban la visión de
la imputada en condiciones propicias de visibilidad.

Considera que, si se da por cierto que el arrastre del cuerpo fue


durante 3,3 metros a una velocidad de tan sólo 27,5/30 km/h, resulta absurda la
explicación dada por Julieta Silva de que tuvo la sensación de haber pisado un
pozo si se tiene en cuenta, además, la pericia mecánica de fs. 1.108 y ss. y el
informe de Criminalística de fs. 270/275, elementos que no fueron tenidos en
cuenta en la valoración del Tribunal.

3) En lo atinente a las circunstancias de modo, el a quo sostuvo que


«Genaro Fortunato comenzó a correr a la par del vehículo alrededor de cinco
metros, golpeando con sus manos la ventanilla izquierda, para seguidamente
caer sobre la carpeta asfáltica, quedando boca arriba», lo que resulta
contradictorio con lo declarado por los testigos Aksenen, García y Ontiveros que
manifestaron durante el debate que la víctima se encontraba tendido boca abajo.

4) en cuanto a la declaración de la imputada, ésta se contradice al


manifestar, por un lado, que tuvo la sensación de haber «pisado un pozo» y, por
otro, que «no es lo mismo la sensación de hundirse cuando uno cae por ejemplo a
una acequia, que pasar por arriba de algún objeto».
5) a pesar de lo sostenido por la Cámara del Crimen, ese Ministerio
probó fehacientemente el dolo homicida de la conducta de Julieta Silva.

6) el sentenciante no ha dicho nada en relación a que el


conocimiento requerido para la determinación del dolo puede ser actual, o
actualizable. Afirma que ese extremo surge de la prueba rendida y de los propios
dichos de la imputada, en cuanto a que conocía fehacientemente que Genaro
Fortunato estaba en la calzada, donde ella misma dijo haberlo visto por última
vez.

No se explica el recurrente cómo puede el Tribunal tener por cierta


la «sinceridad de la imputada al declarar», cuando nuestra Constitución la faculta
a mentir y teniendo en cuenta que sus dichos se contradicen con los de testigos
totalmente objetivos como son Aksenen, Siri y Figueroa.

7) en cuanto a la atenuante, pese a lo sostenido por el sentenciante


respecto a que no fue posible acreditar un estado de emoción violenta que las
circunstancias hicieran excusable y que tampoco resulta relevante, afirma que lo
importante y evidente es que algo desencadenó la reacción que propició la acción
homicida emprendida por Julieta Silva en un lapso de, al menos, 15 minutos desde
que ella y su pareja abandonaron el local bailable.

Sostiene que la situación de contención y cariño a la que alude la


sentencia cuestionada no se condice con que la imputada dejara a Genaro
Fortunato a pie en el lugar, sabiendo de su estado de alcoholización y con quien
proyectaba una vida futura en común.

8) no es acertado, como afirma el Tribunal, que la valoración que


ese Ministerio efectuó de los informes psicológicos de Julieta Silva, constituya
una atribución de responsabilidad basada en un derecho penal de autor, puesto que
fueron considerados en la integralidad de la valoración probatoria.

9) en relación a la personalidad de la imputada, el sentenciante


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extrajo de la declaración de Tabanera –ex pareja de Julieta Silva– sólo las partes
que la benefician.

10) la declaración de la imputada también se contradice con los


elementos de prueba incorporados y resulta inverosímil.

11) el fallo critica la valoración efectuada por el recurrente en


relación a las condiciones visuales de la imputada, inferidas de sus actividades
cotidianas –práctica de hockey–, cuando es el propio sentenciante quien concluye
a partir de esas mismas circunstancias, y sobrevalorándolas, que no se advertían
situaciones de violencia en su condición de jugadora.

12) en relación a la declaración de la imputada, aún cuando


manifestó no haber visto a la víctima y que miraba sin ver, el propio tribunal tuvo
por acreditado que Julieta Silva se bajó del auto y la vio a la derecha. También
señala que la imputada, pese a saber que se trataba de Genaro Fortunato, cuando
llamó al 911 se refirió a él como si se tratara de un desconocido.

13) si bien la imputada pretende basar su defensa en que no vio a la


víctima y en que ni siquiera percibió que había atropellado o golpeado algo sobre
la calzada, ello resulta absurdo de creer, teniendo en cuenta que el testigo Aksenen
hizo señas que no sólo fueron advertidas por los testigos García y Ontiveros, sino
también por Julieta Silva.

14) el Tribunal pretende justificar situaciones del momento del


hecho, basándose en testigos que intervinieron una vez ocurrido el homicidio, tal
como las declaraciones testimoniales de Hidalgo y Urbano.

15) no se puede dar crédito a la versión desincriminante de Julieta


Silva relativa a sus problemas de visión si se tiene en cuenta lo expresado por los
médicos Cuaranta y Fuentes, que la propia imputada no consideraba tenerlos y
que tomó conocimiento de ello cuando renovó su licencia de conducir.

16) en la valoración que el a quo efectuó respecto del grado de


alcoholización que la imputada presentaba al momento de los hechos y el modo en
que éste influyó en el desarrollo de los acontecimientos, no se tuvieron en cuenta
los dichos de los profesionales de la salud, Cuaranta (audiencia de debate, ver fs.
1535 vta.) y de Carabajal (también en audiencia de debate), en cuanto a que los
efectos de la alcoholización son siempre subjetivos.

17) la determinación de los tiempos de acción y reacción estimados


por el Tribunal, no se ajusta a la realidad de los hechos probados, de acuerdo a los
informes y pericias agregadas, conforme los cuales se puede afirmar válidamente
que Julieta Silva advirtió la presencia de Genaro Fortunato a 11 metros de ser
arrollado, cuando un conductor normal lo habría hecho a unos 30 metros antes, y
que contó con la posibilidad real de detener por completo su rodado y no lo hizo,
debido a su dolo homicida.

18) en orden a la calificación atribuida por la que fue condenada la


imputada, el a quo ha aplicado erróneamente el derecho penal sustantivo, en
virtud de la solución dogmática que dio a los hechos sometidos a su conocimiento.

Así, considera que el sentenciante afirmó que la acción llevada a


cabo por la imputada no resulta especialmente apta para producir la muerte, sin
confrontar la indagatoria con el resto de la prueba rendida. Considera absurdo
sostener que quien emplea un vehículo automotor como arma homicida y arrolla,
llevando debajo del chasis el cuerpo de la víctima durante 3.3 metros y dejando
incluso restos de tejidos blandos en el amortiguador trasero derecho, con las
evidentes dificultades de rodamiento que ello implica, constituyan circunstancias
que en la mayoría de los casos no resulten idóneas para provocar la muerte de una
persona.

19) cuando el tribunal analiza las circunstancias de modo incurre en


un error, al expresar que Silva «no vio al imputado, ya que estaba buscándolo del
lado izquierdo», lo que revela la endeble fundamentación del fallo.

20) al abordar los hechos probados, el tribunal mezcló hechos,


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circunstancias, motivaciones, estados anímicos y la causalidad mecánica, en


abierta contradicción con los hechos en función de los cuales el órgano acusador,
tanto público como privado, valoró la prueba y solicitó la pertinente condena.

Por lo expuesto, solicita se case en forma directa la sentencia


atacada, teniendo en cuenta que los motivos que invalidan el fallo no son producto
exclusivo y directo de la inmediación, condenando a Julieta Silva Macagno a la
pena de 14 años de prisión, con más las accesorias del art. 12 del CP como autora
penalmente responsable de delito de homicidio agravado por la relación de pareja
con la atenuante de emoción violenta (art. 80, inc. 1° en función con los arts. 81.1,
inc. a) y 82 del C.P.).

En subsidio, peticiona se declare la nulidad del fallo atacado y se


ordene la realización de un nuevo debate oral y público.

3.- El recurso de casación del representante del querellante


particular

El recurrente promueve su impugnación a tenor de lo dispuesto por


el art. 475, inciso 1° y 2° del C.P.P. por considerar que existen vicios in iudicando
y vicios in procedendo en la resolución que cuestiona.

Entre los vicios de forma, considera que el decisorio recurrido


resulta absurdo, arbitrario y contiene vicios de fundamentación, de acuerdo al
siguiente desarrollo.

a) Omisión de valorar prueba relativa a la iluminación del lugar,


que acredita el conocimiento de la encartada de que arrollaba el cuerpo de la
víctima

En ese orden, expresa que la zona donde se produjo el impacto era


una zona perfectamente iluminada conforme surge de la pericia luminotécnica
realizada por la UTN, de la pericia llevada a cabo por el Ing. Lucas López y de las
declaraciones testimoniales de Elsa Urbano, Matías Hidalgo, Florencia Montilla,
Flavia Domínguez, Virginia Bertochi, Héctor Ontiveros y de la Oficial de policía
Natalia Rocha. Asimismo, en el lugar del hecho no había árboles o arbustos que
dificultaran la visión, según pericia del Ing. Giambastiani. Sin embargo, sostiene
que estas pruebas decisivas fueron omitidas por el Tribunal.

Considera que el a quo incurre en un absurdo al afirmar que la


imputada no vio el cuerpo de Genaro Fortunato sobre la carpeta asfáltica porque
circulaba mirando hacia su izquierda, intentando encontrarlo, ya que este
argumento no tiene más sustento que la versión defensiva de Julieta Silva.

b) Omisión de valorar prueba relativa a la visión de la imputada, a


su conocimiento en relación a que arrollaba un cuerpo y la diferencia entre un
pozo y un cuerpo humano sobre la carpeta asfáltica.

Señala que el Tribunal no ha tenido presente que la imputada se


desplazaba habitualmente por la zona céntrica, que llevaba a uno de sus hijos al
colegio de los Hermanos Maristas, que circulaba desde su domicilio hasta el
predio del parque Mariano Moreno, donde funcionan las canchas de hockey, que
hacía entrenamientos nocturnos y que jugaba para su equipo de hockey de volante,
lo que requiere atención, despliegue físico y buena visibilidad. Agrega que
tampoco se ha tenido en cuenta que Julieta Silva, conforme la prueba incorporada,
manejaba habitualmente sin lentes, de día y de noche, aún con lluvia, sin registrar
ningún accidente de tránsito con anterioridad al homicidio.

Pone de resalto que el médico Fuentes destacó que el astigmatismo


que padecía Julieta Silva le producía una deformación en el plano vertical, es
decir que los objetos se le presentaban como de mayor altura a la real, como pudo
pasar con el cuerpo de la víctima.

Asimismo, cuestiona que no se haya tenido en cuenta lo expresado


por el Ing. López en su dictamen de fs. 1142 y siguientes en relación a los efectos
que se producen en un vehículo al arrollar un cuerpo, a pesar de ser prueba
científica decisiva que no se puede ignorar.
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Señala, por un lado, que el pozo, al que hiciera referencia la


imputada, no existió y así lo verificó la inspección realizada por Policía Científica;
y, por otro, no resulta lógico confundir un pozo (depresión) con un cuerpo
humano tendido transversalmente (elevación) como sostuvo la imputada en su
defensa.

Sostiene que el sentenciante ha priorizado una operación casera


realizada por personal policial sobre la opinión técnica científica del ingeniero
mecánico Roberto Giambastiani, basándose tan sólo en la conjetura de que dicho
ingeniero no verificó las luces del automotor.

Afirma, fundándose en la pericia del perito de parte, Lucas López,


que el lugar donde cae el cuerpo de Genaro Fortunato no hay faltante de
alumbrado público, ya que la pericia lumínica determina allí 60 lux, y que ello no
ha sido tenido en cuenta en la resolución recurrida.

c) Empañamiento de parabrisas del rodado e inexistencia de niebla.


Arbitrariedad fáctica ante prueba inexistente.

Manifiesta que el decisorio cuestionado justifica la conducta de la


imputada sosteniendo que, al momento de ocurrir el homicidio, había niebla y
empañamiento del automotor, extremos que han sido desvirtuados por el perito
oficial. En ese orden, sostiene que el Tribunal ha desechado la prueba científica,
como el informe de fs. 462, dándole mayor jerarquía a una simple testimonial, tal
la declaración de María Ángeles Gutiérrez de fs. 218/219.

d) Arbitrariedad fáctica respecto de la alcoholemia

Expresa que el Tribunal insistió en que la alcoholemia de la


imputada era de 0.98 gr/l, en contradicción con el informe de fs. 389 y lo
declarado en audiencia de debate por el Dr. Carabajal, bioquímico del CMF, quien
reiteró que el al alcoholemia de la imputada debía considerarse en 1.30 gr/l.

e) Arbitrariedad fáctica y principio de contradicción


Considera que la afirmación del sentenciante referida a que Julieta
Silva estaba cansada y quería irse no se condice con las declaraciones de Flavia
Domínguez, Zúñiga, sino que, por el contrario, ha sido desvirtuada totalmente por
esos elementos de prueba.

En relación a los vicios sustantivos, destaca como puntos de


agravio:

a) Conducta dolosa de la imputada

Sostiene que la declaración de la imputada fue “armada”


artificiosamente para que este homicidio fuera calificado en la modalidad de un
hecho culposo. Así, descalifica cada uno los extremos de la declaración de Julieta
Silva, concluyendo que la imputada conocía perfectamente que debía usar
anteojos en forma permanente, por lo que, de no hacerlo, estaba asumiendo un
altísimo riesgo con pleno conocimiento de sus consecuencias.

En ese orden, entiende que la imputada sabía perfectamente que el


cuerpo que se encontraba en la carpeta asfáltica era el de Genaro Fortunato, se
representó y asumió el resultado de arrollarlo despreciando esas consecuencias.
Considera que el abandono estuvo precedido de una discusión que no había
empezado en calle el Chañaral sino durante toda la noche que estuvieron en Mona
Bar, a lo que debe unirse el altísimo riesgo asumido para conducir en las
condiciones subjetivas y objetivas existentes sin interesarle las consecuencias, lo
que refleja una conducta propia del dolo eventual.

b) Encuadramiento legal

Luego de hacer un análisis doctrinario en relación a la posibilidad


de aplicación del dolo eventual en los homicidio agravados, el recurrente expresa
que la imputada no ha llevado adelante una conducta “neutra” –como sostiene el
sentenciante–, sino que tuvo pleno conocimiento que quien se encontraba tirado
en forma atravesada en la carpeta asfáltica era Genaro Fortunato y, por propia
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decisión, tuvo conocimiento que su conducta de impactarlo y arrollarlo era apto


para producir el resultado muerte.

Señala que, si bien no puede adherirse al derecho penal de autor,


tampoco puede perderse de vista la personalidad manipuladora de la acusada y el
comportamiento inmediato al hecho.

Sostiene que la sentencia descarta tanto el dolo directo como el


eventual, pero no da explicaciones de cómo es factible que la imputada,
asumiendo un altísimo riesgo al conducir sin lentes, en estado de ebriedad, con la
carpeta asfáltica mojada, pero con excelente iluminación del lugar del impacto, no
se representó como probable el resultado letal.

Aun cuando el Tribunal haya dado por cierta la versión de la Julieta


Silva en cuanto a que estaba mirando hacia el este y no siguiendo la línea de
marcha por la banda oeste de calle El Chañaral, si recurrimos al método de la
supresión mental hipotética y suprimimos esta circunstancia, el resultado no es
otro que la imputada previó el resultado y, no obstante ello, continuó con su
acción a sabiendas de que la eventualidad podía concretarse.

Tampoco comparte el impugnante la consideración de que no haya


ningún dato que permita asegurar que Julieta Silva haya visto caer a Genaro
Fortunato –como sostiene el Tribunal–, puesto que el mismo sentenciante a fs. 48
expresó que «ella sabía que Genaro estaba borracho, iba corriendo a la par del
vehículo, estaba el asfalto mojado, en este contexto las probabilidades que
Genaro se cayera, son muy grandes».

Asimismo, refiere que la relación de pareja entre víctima e


imputada surge acreditada mediante los mensajes de whatsapp intercambiados
entre ambos y mediante el comportamiento que tenían entre sí y en el entorno de
amistades, entendiendo que queda atrapada en las previsiones del art. 80, inc. 1°
del CP y en el art. 6 de la ley 26.485.
Por otro lado, señala que, en el hipotético pero lejano caso, en que
Julieta Silva no hubiera conocido que la persona que yacía sobre la carpeta
asfáltica era su novio, esa parte entiende que la calificación era la de homcidio
simple por dolo eventual, en virtud de las mismas razones que expuso referidas al
dolo eventual.

En función de ello, solicita se declare la nulidad de la sentencia por


inobservancia de las normas procesales y, en subsidio, se encuadre la conducta de
la imputada como homicidio agravado por el vínculo o bien en la figura de
homicidio simple con dolo eventual, aplicando la pena solicitada por esa querella
en la etapa de alegatos.

4.- El recurso de casación de la defensa de Julieta Silva

El recurrente promueve su impugnación a tenor de lo dispuesto por


el art. 475, inciso 1° del CPP por considerar que existen vicios in iudicando en la
resolución que cuestiona.

Concretamente, entiende que el tribunal ha aplicado erróneamente


el art. 84 bis, primer párrafo, del CP con fundamento en la inaplicabilidad al caso
concreto de la llamada teoría de la autopuesta en peligro y de la teoría de la
conducta alternativa conforme a derecho.

En relación a la primera de las teorías invocadas, el recurrente


sostiene que, conforme a los hechos probados, la lesión al deber de autoprotección
de Genaro Fortunato torna atípica la conducta de Julieta Silva, dado que sólo a
partir de su autopuesta en peligro es posible explicar normativamente la
producción del resultado.

Considera que el tribunal de sentencia confundió dogmáticamente


la autopuesta en peligro con la confluencia de riesgos y que, si bien Julieta Silva
introdujo su accionar por fuera del riesgo permitido, dicha conducta arriesgada no
puede ser reconducida normativamente al resultado, en tanto éste no se manifiesta
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como la realización del riesgo creado.

Entiende que el hecho por el cual su defendida ha sido condenada


–injustamente en su opinión– encuadra jurídicamente en lo que la doctrina
denomina «exclusión de la imputación si falta la realización del riesgo no
permitido». En esa línea, expresa que en el caso concreto se verifica la existencia
jurídico-normativa de los requisitos necesarios para que concurra la imputación al
ámbito de la responsabilidad de la víctima, esto es, que la actividad permanezca
en el ámbito de lo organizado conjuntamente por autor y víctima, que la conducta
de la víctima no haya sido instrumentalizada por el autor, por carecer ésta de la
responsabilidad o de la base cognitiva necesarias para poder ser considerada
responsable y que el autor no tenga deberes de protección específicos frente a los
bienes de la víctima.

Por otro lado, considera que el sentenciante ha incurrido en un error


jurídico conceptual en la aplicación de la teoría del incremento del riesgo, puesto
que si tuvo por cierto que Julieta Silva no tenía conocimiento de la caída de
Fortunato, ese razonamiento deber ser mantenido a lo largo de toda la
fundamentación jurídico-dogmática y, en virtud de ello, no existe razón alguna
para excluir la aplicación de esa teoría.

Sostiene que, contrariamente a lo afirmado por el a quo, no existe


una confluencia de riesgos, sino que la conducta de Julieta Silva se encuentra
comprendida en el llamado comportamiento alternativo conforme a derecho, cuya
operatividad en el caso concreto excluye la posibilidad de considerar que el riesgo
no permitido se ha realizado en el resultado.

En ese orden, entiende que la existencia del cuerpo de Genaro


Fortunato tendido sobre la calzada del carril oeste de la calle El Chañaral en las
condiciones acreditadas, constituye una «circunstancia especial» que, sumada al
tiempo requerido para evitar el arrollamiento, permite asegurar que en el caso
concreto existe certeza acerca de que la acción imprudente no ha generado un
riesgo de lesión superior al permitido.

En función de ello, considera que falta la concurrencia del segundo


presupuesto de la imputación objetiva de la conducta, ya sea por: a) autopuesta en
peligro de la víctima o b) comportamiento alternativo conforme a derecho; y, en
consecuencia, solicita la absolución de su defendida.

En subsidio, cuestiona la determinación de la pena efectuada por el


sentenciante por entender que deviene «absolutamente injustificada, arbitraria,
contradictoria e irracional», toda vez que si estamos ante un delito imprudente,
debe tratarse y resolverse como una culpa inconsciente, todo lo cual disminuye el
grado de reproche hacia Julieta Silva. Circunstancias que, según entiende, el
tribunal omitió considerar desde el punto de vista fáctico y jurídico, tomando
–arbitraria y discrecionalmente–, elementos para alejarse del mínimo de la escala
penal establecida.

Sostiene que la necesidad de comunicar la vigencia de la norma, de


acuerdo a las circunstancias del caso, se ve satisfecha con la pena de dos años de
prisión y cinco de inhabilitación.

En cuanto a la pena de inhabilitación concretamente, sostiene, por


un lado, que se debió efectuar una fundamentación independiente a la de la
prisión, dada la diferencia de naturaleza jurídica entre ellas; y, por otro, que existe
una superposición de razones para justificar y fundar la pena de prisión con la de
inhabilitación dado que se habla de gravedad del injusto y conocimiento de las
circunstancias; aspectos que ya se habían utilizado para la pena de prisión.

Finalmente, solicita que, en caso de confirmarse la sentencia


recurrida, se disponga el cumplimiento de la pena bajo la modalidad de prisión
domiciliaria.

Formula reserva del caso federal.

5.- Dictamen del señor Procurador General


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Corrida la vista pertinente, el Procurador General considera que el


recurso de casación deducido por el representante de la parte querellante debe ser
rechazado en el aspecto formal, en virtud de lo dispuesto por el art. 477 del
C.P.P., cuya constitucionalidad ha sido declarada en los precedentes “Sánchez,
Fernando” y “Yaciófano”.

En lo que concierne a las restantes impugnaciones sostiene que, si


bien proceden formalmene, corresponde adoptar distintas soluciones en lo
sustancial.

Por un lado, estima que el recurso deducido por el representante de


ese Ministerio Público Fiscal debe prosperar, en tanto ese órgano probó
fehacientemente el dolo homicida en la conducta de Silva, valorando el plexo
probatorio en us conjunto. Por otro, considera que el recurso de casación
interpuesto por la defensa de la imputada debe ser rechazado, puesto que sus
cuestionamientos son rebatidos por los argumentos vertidos por el órgano
acusador en su escrito recursivo, a los que hace remisión.

5.- La solución del caso

Por diversas razones adelanto que, por un lado, corresponde


rechazar formalmente el recurso de casación deducido a fs. 1540/1557 vta. por el
representante del querellante particular.

Por otro, considero que, aún siendo admitibles desde lo formal,


corresponde rechazar sustancialmente los recursos de casación interpuestos por el
representante del Ministerio Público Fiscal y por la defensa de la imputada Julieta
Silva Macagno, conforme se analizará en el apartado 5.2.-

5.1.- Teniendo en cuenta la solución que propicio, corresponde en


este punto brindar las razones por las cuales considero que la impugnación
deducida por el letrado patrocinante de la querella resulta formalmente
inadmisible.
En ese orden, se advierte que, aún cuando el decisorio atacado por
el acusador privado reúne los recaudos de impugnabilidad objetiva exigidos por el
art. 475 del C.P.P. -en tanto constituye una sentencia definitiva-, no se verifica en
relación al recurrente legitimación subjetiva para impugnar ese pronunciamiento
mediante la vía pretendida.

Así, la disposición aludida precedentemente establece que la


recurribilidad de ese tipo de resoluciones se encuentra sujeta a «las limitaciones
establecidas en los artículos siguientes». Y, específicamente, el art. 477 del CPP
regula la legitimación subjetiva del querellante particular en relación al recurso de
casación, estableciendo que el acusador privado tan sólo podrá impugnar «las
sentencias mencionadas en los incisos 1) y 2) del artículo anterior», es decir,
«[l]as sentencias de sobreseimiento confirmadas por la Cámara de Apelación o
dictadas por el Tribunal de Juicio» y «[l]as sentencias absolutorias, siempre que
hubiere requerido la imposición de una pena».

En virtud de ello, resulta claro que, habiéndose impuesto en el


presente caso una sentencia condenatoria, ésta no es impugnable en casación por
el representante del querellante particular.

Si bien es cierto que este Cuerpo ha sostenido que «[e]l


querellante, como parte del proceso, no puede ser privado de los derechos de
comunicación, participación y argumentación que son inherentes a esa
condición», también ha expresado que «[l]a razón por la que el Código Procesal
de Mendoza no admite el recurso de casación […] reside en que se presupone
que el querellante ha tenido posibilidad de ejercer su rol de parte a lo largo de
un proceso, ofreciendo prueba, controlando la prueba ofrecida por la defensa,
argumentando y peticionando» (ver al respecto fallo “Gil Herrera”).

En consecuencia, cabe referir que sólo en aquellos casos en que el


querellante haya visto afectado su derecho al recurso y, en función de ello, se
encuentre afectado su derecho a la tutela judicial efectiva podría sostenerse que la
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limitación del art. 477 del C.P.P. no puede regir. En otras palabras, sólo cabría la
posibilidad de admitir –excepcionalmente– un recurso de casación contra una
resolución que no se encuentre prevista en la norma aludida cuando surja de forma
palmaria que la víctima –constituida debidamente como parte querellante– no ha
podido, efectivamente, expresar su pretensión en el proceso, lo que no ha ocurrido
en estos obrados por verificarse una activa participación del acusador privado,
conforme surge de las constancias de la causa.

En lo que concierne a los recursos deducidos por el Fiscal ante el


Tribunal Penal Colegiado N° 1 de San Rafael y por la defensa de la imputado
Julieta Silva, se advierte que reúnen los recaudos objetivos y subjetivos
establecidos por el ordenamiento procesal para su admisión, en tanto han sido
interpuestos por quienes se encuentran autorizados contra un sentencia
condenatoria, expresamente declarada impugnable, conforme establecen los arts.
475; 476, inc. 3 y 478, inc. 1 del C.P.P.

En función de ello, corresponde rechazar formalmente el recurso de


casación interpuesto en representación del querellante particular a fs. 1540/1557
vta. y admitir los deducidos a fs. 1527/1538 vta. por el representante del
Ministerio Público Fiscal y a fs. 1558/1606 vta. por la defensa de la imputada.

5.2.- Superada la instancia formal, corresponde ingresar al


tratamiento de los recursos de casación admitidos.

I.- Recurso del representante del Ministerio Público Fiscal

A los fines de un correcto análisis de los agravios casatorios


propuestos por el recurrente, resulta conveniente abordar su tratamiento en torno a
tres tópicos, sobre los que giran, según entiendo, los cuestionamientos del
recurrente, a saber: a) defectos de fundamentación; b) valoración probatoria; y c)
calificación legal.

a) Acerca de los defectos de fundamentación referidos por el


representante del MPF

Al analizar los fundamentos del fallo en crisis, el impugnante


destaca que no coincide la hora del hecho señalada en el tercer párrafo del punto
uno de la motivación, donde se consigna que ocurrió a las 05:50 horas, con el
señalado en las «circunstancias no controvertidas», esto es, que ocurrió a las
05:05 horas.

Al respecto entiendo que la inconsistencia marcada no es más que


un error material, no esencial y de mínima entidad, considerando que la hora del
hecho surge claramente de las constancias de la causa, que lo circunscriben entre
las 4:49:53 –momento en que Genaro y Julieta egresaron de Mona Bar– y las
5:11:50 –en que se produjo el llamado telefónico de Matías García al CEO–, tales
como el acta de procedimiento de fs. 3/6 vta., el informe de la oficina de Delitos
Tecnológicos agregado a fs. 141 y vta., la transcripción de audio obrante a fs. 145
y vta. y la necropsia de fs. 178 y vta.

El recurrente cuestiona que en la sentencia, al describirse las


circunstancias de modo, se haya consignado que Genaro Fortunato, al caer sobre
la carpeta asfáltica, quedó boca arriba cuando de la prueba incorporada surge que,
en realidad, quedó boca abajo.

Si bien le asiste razón al representante del Ministerio Público Fiscal


en este punto, considero que la circunstancia consignada no es más que un error
material y no se advierte su relevancia en torno a la resolución del caso.

En efecto, aun cuando a fs. 1489 de los fundamentos bajo estudio,


entre las circunstancias modales no controvertidas por las partes, se lee «para
seguidamente caer sobre la carpeta asfáltica, quedando boca arriba», la posición
correcta en la que quedó ubicado Genaro Fortunato surge de los hechos que el
tribunal consideró probados, al sostener que «(t)ras una corrida de alrededor de
cinco metros, Fortunato cayó al piso, desplomado. Su cuerpo quedó acostado
sobre el carril oeste de la calzada, boca abajo, con su cabeza orientada al norte»
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(fundamentos, fs. 1505), tal como sostiene el recurrente. Hecha esta aclaración, no
se advierte que la falencia consignada haya resultado dirimente para que el a quo
fallara en la forma en que lo hizo.

El impugnante predica la endeblez del fallo bajo estudio del error


consignado al analizar las circunstancias de modo. Concretamente, por denominar
«imputado» a la víctima de autos.

Al respecto, considero que, no obstante verificarse el defecto


aludido a fs. 1489 de los fundamentos cuestionados, se trata también de un error
material que puede haberse producido por la caudalosa prueba colectada y
valorada y que ninguna consecuencia puede acarrear, teniendo en cuenta que las
identidades y roles asumidos por víctima e imputada surgen con claridad de la
argumentación desarrollada por el a quo.

En función de los argumentos precedentes, estimo que no puede


derivarse de errores tan nimios como los analizados una solución tan drástica,
como la que propone el recurrente.

b) Consideraciones sobre la valoración probatoria efectuada por el


sentenciante y cuestionada por el recurrente

i.- El recurrente cuestiona la valoración que el a quo ha realizado


en relación a cómo influyeron las condiciones climáticas en la conducción de la
imputada, al igual que la iluminación y el estado de la calzada.

En ese orden, entiendo que, si bien la imputada manejó su


automóvil con anterioridad al hecho investigado bajo la influencia de idénticas
circunstancias, sin que se produjera ningún tipo de accidente, ello no permite per
se inferir que tampoco debería haberse producido este último. Lo afirmado
obedece a que en el razonamiento llevado a cabo por el recurrente se verifica una
falencia, esta es, no haber tenido en cuenta un factor decisivo tal como la
existencia de una persona tirada en la calzada.
En otras palabras, para que el razonamiento del acusador público
pudiera asimilarse con el llevado a cabo por el sentenciante, el impugnante
debería haber considerado que, sumado a las condiciones de clima, estado de la
calle y luminosidad, en las oportunidades precedentes la imputada también se
encontró con una persona tendida en la calzada y no se produjo ningún
inconveniente en su conducción.

En virtud de ello, considero que la crítica aquí analizada carece de


sustento y, por ello, no puede prosperar.

ii.- Expresa el recurrente que el sentenciante no ha tenido en cuenta


que los surcos de la carpeta asfáltica tenían el mismo sentido de circulación y no
«en forma paralela a la calzada», lo que estimo ha sido un error del impugnante,
pues ambas alocuciones expresan lo mismo. Aún cuando se advierte que lo que
pretendió significar es que los surcos no son transversales a la calzada,
corresponde señalar que esta circunstancia sí fue tenida en cuenta por el a quo,
haciendo referencia a ellos a fs. 1487 y 1498 vta. de los fundamentos, pero con un
sentido diverso al pretendido. Así, en esa última foja, el tribunal consignó que
«[…] [l]os surcos en la carpeta asfáltica con lluvia, […] disminuyen la
visibilidad en la calzada agregando destellos», conforme destacó el perito
mecánico Osvaldo Gatica.

Asimismo, el órgano acusador sostiene que, de acuerdo a la


velocidad en que la imputada circulaba –entre 27,5 y 30 km/h–, tuvo mayor
tiempo para percibir un riesgo, reaccionar y frenar, lo que demuestra que el
arrollamiento se produjo por su conducta dolosa. De igual modo, expresa que,
conforme a las pericias practicadas, la luminosidad del lugar sumado al haz de luz
del rodado aumentaban la visión de la imputada en condiciones propicias de
visibilidad.

Estos argumentos tampoco pueden tener acogida favorable,


teniendo en cuenta que, al formularlos, el recurrente parte de una premisa distinta
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a la que se tuvo por acreditada en la sentencia cuestionada. Ello, considerando que


en su análisis el acusador público omite valorar otros factores que incidieron en la
posibilidad de advertir la presencia de la víctima sobre la calzada y fueron
valorados en la instancia anterior.

En efecto, si bien es cierto que en condiciones óptimas la velocidad


apuntada permitiría notar cualquier anomalía en el asfalto y procurar evitarlo, lo
cierto es que en autos no se verifican esas condiciones de circulación.

Por el contrario, el sentenciante entendió probadas ciertas


circunstancias, en tanto no fueron controvertidas, que evidentemente influyeron en
la posibilidad de percepción de la imputada. Así, el tribunal de sentencia
consideró que deben tenerse en cuenta «en forma conjunta la incidencia de los
factores climáticos (nocturnidad, llovizna constante, neblina), condiciones del
rodado (vidrios empañados y polarizado), personales de la imputada
(astigmatismo, cansancio), escasa iluminación del lugar (faltante de la luminaria
siguiente en que quedó el cuerpo hacia calle Las Vírgenes), […] el elevado nivel
de alcohol en sangre que presentaban tanto Silva (al menos 0,98 gr./l) como
Fortunato (1,80 gr/l)» (fundamentos, fs. 1494).

En función de ello, la conducta dolosa no puede inferirse de la


velocidad de circulación que las partes entendieron probada.

A ello cabe agregar, que tan endeble es el razonamiento del


acusador público que de esa misma premisa –velocidad de circulación– se podría
predicar una conclusión totalmente antagónica, tal como sostener que, sabiendo de
la existencia de la víctima en el asfalto, la finalidad perseguida por el autor de un
homicidio doloso sería circular a una mayor velocidad y no detenerse frente a
ningún obstáculo, lo que no se verifica en el caso bajo estudio.

A similar conclusión se llega en relación a los cuestionamientos


referidos a la capacidad visual de la imputada. Ello, por cuanto es el propio
recurrente quien sostiene que la visión de aquélla se habría visto aumentada por
las fuentes de luz existentes en el momento del hecho –luminosidad del lugar y
luces del rodado–, «en condiciones propicias de visibilidad»; condiciones que no
se han verificado en autos, en virtud de los factores de incidencia enumerados
precedentemente.

iii.- Agrega el impugnante que teniendo en cuenta la circulación a


esa velocidad y el arrastre del cuerpo a lo largo de 3,3 metros, resulta absurda la
explicación dada por la imputada de que tuvo la sensación de haber pisado un
pozo y que, en ese sentido, se omitió valorar la pericia de fs. 1108 y el informe de
criminalística de fs. 270/275.

Sin embargo, corresponde señalar que de esas circunstancias no se


deriva necesariamente el dolo de la imputada fundado en lo irrazonable de su
sensación, puesto que ésta es precisamente eso, una «sensación», es decir, una
impresión que los estímulos externos producen en la conciencia y que es recogida
por medio de alguno de los sentidos. En otros términos, es una percepción
subjetiva y, por ello, no puede ser cuestionada desde parámetros objetivos. Si bien
puede que esa versión de la imputada constituya un indicio de mala justificación,
la afirmación no prueba, sin más, el conocimiento previo de que Genaro Fortunato
se encontraba tendido sobre la calzada, en el carril por el que Silva circulaba.

Si bien le asiste razón al recurrente en cuanto a que en este punto el


sentenciante no tuvo en cuenta los informes de fs. 270/275 y 1108/1123, su
consideración a los efectos de desvirtuar este aspecto de la versión de Julieta Silva
no modifica la conclusión a la que se arriba en el párrafo precedente. Ello, por
cuanto en la pericia mecánica, suscripta por el Ing. Mario Giambastiani, se
sostiene que «el conductor al arrollar y pasar por encima del cuerpo, debió de
haber sentido un golpe y movimiento súbito del rodado» (fs. 1119), pero en
ningún momento se consigna que ello es incompatible con la sensación que dijo
percibir la imputada. La conclusión a la que arriba el recurrente es también una
impresión personal que no se basa en elementos de prueba objetivos.
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Cabe referir además que estos extremos tampoco resultan


dirimentes para acreditar que la imputada sabía de la presencia de Genaro
Fortunato en la calzada y tampoco el recurrente ha indicado de qué modo incidiría
a esos fines.

iv.- Sostiene también el impugnante que la imputada se contradice


al expresar, por un lado, que tuvo la sensación de haber «pisado un pozo» y, por
otro, que no es lo mismo caer a una acequia que pasar por arriba de algún objeto.
Al respecto, en párrafos anteriores ya pusimos de resalto que la crítica se dirige a
una impresión personal de difícil comprobación o desacreditación, considerando
que justamente pertenece a la subjetividad de la imputada, y que, en definitiva,
por sí sola no resulta conducente en orden a la acreditación del dolo, como
pretende el recurrente.

v.- En otro orden, afirma el acusador público que, contrariamente a


lo sostenido por el sentenciante, esa parte probó fehacientemente el dolo homicida
en la conducta de Julieta Silva, basándose en la prueba rendida y en los propios
dichos de la imputada, en cuanto a que sabía que Genaro Fortunato estaba en la
calzada, donde ella lo había dejado.

No obstante ello, considero que de ningún modo el dolo aparece


acreditado en las presentes actuaciones.

Lo afirmado obedece a que de las pruebas rendidas y legítimamente


incorporadas al proceso no surge, con el grado de conocimiento requerido en esta
instancia, que efectivamente la imputada haya sabido que la víctima se encontraba
tendida en la carpeta asfáltica, sobre el carril por el que ella se conducía. Por el
contrario, lo único que se pueda derivar del material probatorio colectado es que
la imputada llevó adelante una conducta evidentemente antirreglamentaria que
derivó en el resultado muerte de Genaro Fortunato, tal como sostuvo el a quo en
el fallo impugnado.

Debe señalarse que el recurrente, más allá de indicar las


contradicciones en las que incurrió la imputada o los errores materiales contenidos
en los fundamentos analizados, no ha indicado con precisión de qué elementos de
prueba deriva el dolo de Julieta Silva en la conducta desplegada. Asimismo,
entiendo que tampoco puede extraerse de sus dichos que haya conocido que
Genaro Fortunato estaba en la calzada, donde ella lo había visto por última vez, en
tanto ella nunca afirmó que lo haya visto caído. Por el contrario, la imputada
manifestó que «miraba hacia el lugar en que había dejado a Genaro, parado o
caminando», conforme consignó el sentenciante a fs. 1496 de sus fundamentos.

vi.- Tampoco comparto la afirmación del recurrente en cuanto


sostiene que el tribunal no pudo tener por sincera la declaración de la imputada,
«cuando es sabido que […] nuestra Carta Magna la faculta a mentir» (recurso,
fs. 1531 vta.) y que, según entiende, su relato resultó contradictorio con el de los
testigos Aksenen, Siri y Figueroa.

Ello, en tanto la circunstancia de que nuestra Constitución Nacional


reconozca a las personas a las que se les atribuye la comisión de un delito la
libertad de declarar, expresar lo que estimen adecuado a la circunstancia o elegir
guardar silencio -sin que éste pueda ser valorado como prueba de cargo- no
significa necesariamente que su declaración será falsa o que mentirán, aún cuando
ello constituya una posibilidad derivada de que no están obligadas a decir verdad
y tampoco pueda exigírseles que presten juramento o hagan promesa de decir
verdad. En todo caso, será tarea del tribunal interviniente dilucidar la veracidad de
sus dichos, cotejándolos con el resto del material probatorio, tal como ha ocurrido
en el caso de autos.

En efecto, el sentenciante para llegar a la conclusión que el


recurrente cuestiona, cotejó la declaración de la imputada con otros elementos de
prueba, además de los referidos por el fiscal. Así, el a quo entendió que, «al
confrontar la versión de los hechos brindada por la imputada […] con el resto
del material probatorio incorporado, comenzando con el análisis de las
declaraciones de los testigo presenciales (Aksenen, García, Ontiveros, Hidalgo y
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Urbano), […] su versión no ha sido desvirtuada en sus partes esenciales por


estos testigos», como explicó a continuación (fundamentos, fs. 1492 vta.).

Asimismo, consideró que las discrepancias entre la declaración de


Julieta Silva y la del testigo Aksenen «no resultan sustanciales y de ninguna
manera permiten afirmar […] que Silva conocía el momento en que Genaro
Fortunato cayó al suelo y quedó tirado sobre el sector oeste de la calzada» y que
«pueden dirimirse ingresando en la valoración [d]el testimonio de Hidalgo», el
que «coincide en sus partes esenciales con el relato de Silva» (fundamentos, fs.
1493 y vta.).

Por otro lado, y contrariamente a lo sostenido por el recurrente, el


sentenciante estimó que «se encuentra acreditado que Silva efectivamente se bajó
del auto y constató la presencia de Genaro Fortunato en la vía pública luego de
haberlo atropellado, no solo por lo expresado por Silva, sino porque en ese
mismo sentido se expidieron, Siri, Figueroa y Urbano» (fundamentos, fs. 1496
vta.).

En virtud de ello, estimo que esta crítica tampoco puede prosperar.

vii.- En lo que concierne al estado de emoción violenta, si bien


advierto que se trata de un agravio que debería tratarse en el acápite referido a la
subsunción legal, se le dará tratamiento en el presente apartado debido a la forma
en que fue planteado por el recurrente y por basarse principalmente en cuestiones
probatorias.

Sentado ello, considero que le asiste razón al tribunal de juicio en


cuanto a que la atenuante alegada por el representante del Ministerio Público
Fiscal no se pudo acreditar en autos.

En efecto, aún cuando el recurrente considera que resulta evidente


que «algo» desencadenó la reacción que propició la acción homicida de Julieta
Silva, no advierto que los extremos propios del estado invocado se verifiquen en
las presentes actuaciones.

Así, tal como sostuvo la propia acusación privada, no puede


negarse que existió una discusión momentos antes a la partida de la imputada del
lugar en que se encontraba estacionado su automóvil, pero de ningún modo se ha
acreditado que la misma haya tenido una entidad tal para devenir en un estado de
emoción violenta, tal como alega la acusación pública.

Es que para que resulte aplicable el instituto aludido debe


acreditarse un estado de conmoción del ánimo que genere una modificación en la
personalidad, alcanzando límites de gran intensidad; y que esa emoción haya sido
violenta, es decir, que haya llegado a un nivel en el que resulte difícil controlar los
impulsos y que obedezca a una causa provocadora externa al sujeto que la padece.

A su vez, la praxis judicial exige para su tipificación tres requisitos:


intensa conmoción de ánimo, motivo moralmente relevante y reacción inmediata
ante la permanencia de circunstancias lesivas; sosteniendo además que para la
justificación de la emoción es necesaria una causa eficiente, circunstancias que no
sólo no han sido acreditadas por el representante del Ministerio Público, sino que
tampoco han sido siquiera mencionadas, limitándose a sostener que «algo»
provocó su conducta homicida.

En ese orden, el recurrente cuestiona la afirmación del a quo


referida a que «la actitud de Silva era de contención y cariño», en tanto se
contradice con el comportamiento posterior de la imputada de dejar a Fortunato a
pie con un evidente estado de alcoholización. Al respecto, entiendo que aún
cuando ambos comportamientos pueden aparecer como contradictorios, pueden
responder a situaciones diversas derivadas del giro que pudo haber tenido una
conversación.

No obstante ello, lo dirimente es determinar si la secuencia de


comportamientos derivó efectivamente en el móvil para una conducta dolosa de
homicidio o en un estado de emoción violenta que las circunstancias hicieren
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excusable. Ello, según entiendo, no aparece acreditado en autos, conforme surge


de las testimoniales de Zúñiga, de Dominguez, de Lineses, de Martín y Lucas
Maure y de Agustina Gergaglio y de prueba objetiva, como las cámaras de
seguridad del local bailable y de las transcripciones de los mensajes de whatsapp
que imputada y víctima intercambiaron, elementos que fueron debidamente
analizados por el sentenciante a fs. 1490 vta./1492 vta. de sus fundamentos.

En función de lo señalado, el agravio precedentemente señalado


tampoco puede ser acogido en esta instancia.

viii) Se agravia el recurrente de la afirmación del a quo referida a


que ese Ministerio Público Fiscal le atribuyó responsabilidad a la imputada con
base en un derecho penal de autor, en tanto, según sostiene, lo que hizo fue
valorar los rasgos de su personalidad con el resto del material probatorio.

Sin embargo, y conforme surge de las constancias de fs. 1492, lo


que el tribunal ha sostenido es que pretender tener por acreditado algún tipo de
motivación, conocimiento e intención de matar, a partir de los informes
psicológicos de los imputados, sin un respaldo probatorio serio, implicaría adoptar
un derecho penal de autor. En el caso concreto, a diferencia de la conclusión a la
que llegaron los acusadores, el a quo consideró que la prueba relevada no
resultaba suficiente para sustentar las conclusiones de los informes psicológicos,
en orden a la acreditación del dolo homicida, y que fueron ordenados y
producidos al sólo efecto de resolver una solicitud de prisión domiciliaria.
Circunstancias éstas que revelan, por un lado, que sólo se trata de una divergencia
en torno a los criterios de valoración probatoria y, por otro, que no constituyen
-por sí solos- elementos de prueba idóneos a los fines pretendidos.

ix) En relación al cuestionamiento referido a que el sentenciante


extrajo de la declaración de Tabanera, ex pareja de la imputada, sólo las partes
que la benefician, entiendo que la falencia no se verifica en los fundamentos bajo
análisis.
En efecto, el tribunal ha dejado en claro que para Tabanera la
imputada no es una persona violenta, a pesar de tener una postura crítica hacia
ella, lo que surge especialmente de su primera declaración y que, de ningún modo,
refleja la parcialización de la prueba alegada por el recurrente.

x) El recurrente expresa que el relato de Silva resulta inverosímil,


como consecuencia de sus contradicciones con otros elementos de prueba.

Al respecto, cabe referir que el a quo ha analizado detalladamente


la versión de los hechos brindada por la imputada, confrontándola con la totalidad
de la prueba incorporada y explicitando, con fundamentos suficientes, qué
aspectos considera verificados y cuáles no. Como resultado de esa tarea, el
sentenciante ha concluido que las contradicciones marcadas por el recurrente no
son sustanciales y que tampoco puede derivarse de ellas el dolo homicida,
propuesto por el órgano acusador.

xi) El impugnante se agravia por entender que resulta


contradictoria la crítica del tribunal en relación a la valoración que el acusador
hizo de la condición de jugadora de hockey de la imputada -en orden a demostrar
que debió ver a Genaro Fortunato tendido sobre la carpeta asfáltica-, por haber
utilizado el a quo esa misma circunstancia para demostrar que Julieta Silva no es
una persona violenta.

En esa línea, advierto que este cuestionamiento al igual que otros


ya tratados, no son más que diferentes puntos de vista o apreciación de
determinados elementos de prueba. Al respecto, entiendo que aún cuando el
recurrente no los comparta, el sentenciante ha dado sobradas explicaciones de por
qué una misma circunstancia no resulta pertinente para demostrar algún aspecto
de la acusación y sí para demostrar otro.

Tal el caso relacionado con la posibilidad de que la imputada,


teniendo en cuenta sus deficiencias visuales, haya podido o no advertir la
presencia de la víctima en el camino que recorría, en el contexto en que se
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desarrollaron los hechos investigados. En este aspecto, el a quo rechazó la


afirmación del acusador relativa a que si durante los entrenamiento de jockey la
imputada podía ver una pelota también debió ver a Fortunato. Como se advierte,
ambas situaciones resultan totalmente diversas y, por ello, no pueden ser
asimiladas a fin de extraer conclusiones como las que pretende el recurrente, pero
nada obsta a que de la vida deportiva de Julieta Silva se infiera que «tampoco se
han informado actidutes violentas en otros ámbitos de su vida –ni familiar ni en
el deporte, por ejemplo–», como sostuvo el sentenciante (fundamentos, fs 1492).

xii) En relación al agravio vinculado con la falta de credibilidad de


la versión de la imputada, en punto a que no vio a la víctima y que «miraba sin
ver», basándose la crítica, por un lado, en que el propio tribunal dio por probado
que Julieta Silva se bajó del auto y la vio a la derecha, y, por otro, en que al llamar
al 911 la imputada no identificó a Genaro Fortunado, a pesar de saber quién era,
considero que tampoco puede prosperar.

Al respecto, corresponde recordar que lo que se ha tratado de


dilucidar -inclusive por el propio recurrente, mediante sus interrogatorios en
audiencia de debate- es si la acusada vio o advirtió la presencia de Genaro
Fortunato antes de su arrollamiento. En ese orden, entiendo que no resulta
dirimente determinar si después de arrollarlo lo vio o no; lo que, por otro lado, ha
quedado claro y así lo ha consignado el tribunal, de acuerdo al modo en que se
desarrollaron los hechos a continuación.

En igual sentido, no se advierte cómo influye en la solución del


caso ni como puede inferirse la existencia de dolo de la circunstancia de que la
imputada, a escasos minutos de producirse el evento, se haya comunicado con el
911 referiéndose a la víctima como «alguien» a quien no conocía.

No obstante, el sentenciante no ha soslayado estas apreciaciones


que fueron alegadas por el recurrente durante los alegatos, dando fundadas
razones para descartarlas.
Así, por un lado, el a quo sostuvo «que se encuentra acreditado
que Silva efectivamente se bajó del auto y constató la presencia de Genaro
Fortunato en la vía pública luego de haberlo atropellado, no solo por lo
expresado por Silva, sino porque en ese mismo sentido se expidieron, Siri,
Figueroa y Urbano» (fundamentos, fs. 1496 vta.). Y, por otro, que «[e]l hecho
que en el llamado efectuado por la imputada al 911 o a Tabanera no haya
referido que quien había arrollado era Genaro Fortunato no permite descartar su
estado de angustia incompatible con una aptitud planificada y calculadora,
resultando […] muy difícil prever la reacción de una persona ante la muerte»
(fundamentos, fs. 1497).

xiii) El recurrente sostiene que es absurda la versión de la imputada


relativa a que no vio a la víctima y que ni siquiera percibió que la había
atropellado, considerando que el testigo Aksenen hizo señas que fueron advertidas
por los testigos García y Ontiveros y hasta por la propia imputada.

Al respecto, corresponde señalar que la crítica no ha tenido en


cuenta que el testigo Aksenen negó rotundamente haber hecho señas antes de que
Julieta Silva arrollara a Genaro Fortunato, frente a las preguntas que el propio
recurrente le formuló en audiencia de debate, conforme surge del minuto 10:20
hasta el minuto 10:39 del soporte audiovisual.

Y, si bien es cierto que los testigos García y Ontiveros relataron


que Aksenen había hecho señas antes de que se produjera el arrollamiento, esta
circunstancia no fue soslayada por el a quo, quien consideró que «lo cierto es que
el propio protagonista, Aksenen, refiere que las señas las hizo con posterioridad,
debiendo darle mayor credibilidad a esta porción de los hechos» (fundamentos,
fs. 1495).

En virtud de ello, considero que el razonamiento del impugnante


omite considerar circunstancias que surgen claras de la prueba incorporada con su
control y, por ello, la crítica no puede prosperar.
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xiv) En relación al cuestionamiento relativo a que el a quo ha


justificado situaciones coetáneas al momento del hecho mediante declaraciones de
testigos que intervinieron después, tales como Hidalgo y Urbano, entiendo que el
recurrente omite considerar el método utilizado por el juzgador para efectuar la
ponderación de la prueba incorporada, el que, según entiendo, nada tiene de
arbitrario.

Por el contrario, conforme surge de los fundamentos analizados, al


valorar las declaraciones de Hidalgo y Urbano, el sentenciante ha pretendido
corroborar la verosimilitud de los dichos de la imputada, en relación a la
posibilidad de advertir el cuerpo de Genaro Fortunato, desde la percepción que
tuvieron otras personas que se encontraron en el lugar del hecho y si esa
percepción fue espontánea o respondió a estímulos externos, concluyendo el
sentenciante que «[t]ampoco los testimonios de Hidalgo […] y Urbano […],
autorizan a concluir que Silva pudo ver el cuerpo de Genaro sobre el asfalto, si
ellos lo pudieron ver [en tanto] estos testigos sólo percibieron un chico tendido
(Hidalgo) o un “bulto” (Urbano), pero […] por estímulos externos, como son la
presencia policial (Hidalgo) o los gritos de Silva cuando llorando decía “no lo vi,
no lo vi, está muerto (Urbano)» (fundamentos, fs. 1495 vta.).

xv) A partir de la declaración de los Dres. Cuaranta y Fuentes, el


representante del Ministerio Público Fiscal sostiene que tampoco se puede dar
crédito a la versión desincriminante de Julieta Silva referida a que no vio a la
víctima, puesto que ella no consideraba tener problemas de visión y que tomó
conocimiento de ello cuando renovó su licencia de conducir.

En este punto, la crítica del recurrente también contiene falencias,


puesto que el astigmatismo que padece la imputada surge acreditado a partir del
testimonio del Dr. Martín Oliva y del brindado por el Dr. Fuentes como también
de la pericia oftalmológica agregada a fs. 732/735, sin que resulte relevante que la
imputada considerara o no que padecía tal patología.
Por otro lado, el a quo ha referido que no se ha podido tener por
acreditado que la imputada haya advertido la presencia de Genaro Fortunato en la
calzada no sólo en virtud de su falencia visual, sino en la presencia de otros
factores que «han incidido en la percepción», tales como la falta de iluminación
artificial, el color oscuro de la vestimenta de la víctima y los factores ambientales,
conforme analizó a fs. 1498 de sus fundamentos.

xvi) El recurrente refiere que en la ponderación que el tribunal


efectuó del grado de alcoholización que presentaba la imputada al momento de los
hechos y su influencia en el desarrollo de los acontecimientos, no se ha tenido en
cuenta lo manifestado por los Dres. Cuaranta y Carabajal en relación a que los
efectos de la alcoholización son siempre subjetivos.

Si bien en este aspecto le asiste razón al recurrente, en cuanto a que


el a quo no ha hecho ninguna referencia a que los efectos derivados del consumo
de alcohol pueden variar de una persona a otra, no puede pasarse por alto que el a
quo, basándose en lo dictaminado por el perito oftalmólogo, Dr. Fuentes, y por el
Jefe de Toxicología del Cuerpo Médico Forense, Dr. Carbajal, entendió que un
grado de intoxicación alcohólica como el que presentaba la imputada altera la
visión, que -en definitiva- es lo que tuvo por acreditado a los fines de dilucidar si
aquella contó o no con el conocimiento requerido para que sea factible la
imputación de dolo, como pretende el órgano acusador.

En función de ello, y más allá de los otros efectos que el consumo


de alcohol pudiera haber provocado en Julieta Silva, lo relevante es que los
profesionales no negaron que, en el caso concreto, esa ingesta no haya influido en
la visión, reflejos y otras capacidades de la acusada, motivo por el cual tampoco
puede afirmarse en forma categórica que ella haya estado en plenas condiciones
para percibir a la víctima en la calzada, como pretende el impugnante.

Es que, conforme al análisis que se viene desarrollando y


contrariamente a lo sostenido por el acusador público, de los elementos de prueba
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incorporados sólo surgen dudas en relación a la efectiva percepción de Genaro


Fortunato en la calzada, por parte de la imputada.

xvii) El recurrente cuestiona también el análisis efectuado por el a


quo en el punto 15 de sus fundamentos, relativo a los tiempos de acción y
reacción, entendiendo que el mismo no se ajusta a los informes y pericias
agregadas a la causa. En ese orden, sostiene que Julieta Silva advirtió la presencia
de Fortunato once metros antes de ser arrollado y que, teniendo la posibilidad real
de detener su rodado, no lo hizo debido a su dolo homicida.

Al respecto y tal como se advierte, el recurrente formula el presente


agravio, teniendo por probado que la imputada tomó contacto visual con la
víctima antes de arrollarla. Sin embargo, ésa es precisamente la cuestión que,
luego de un minucioso examen, no ha podido acreditarse, tal como se adelantó en
el punto anterior.

En efecto, el sentenciante efectuó un pormenorizado análisis de los


tiempos de percepción y reacción -basándose no sólo en la prueba colectada y en
bibliografía especializada en la materia, sino incluyendo también en su
razonamiento todas los factores de incidencia-, a partir del cual concluyó que «la
escasa diferencia temporal no hace más que confirmar las dificultades de
percepción y reacción en el caso concreto […] ello, sumado a las condiciones
antes detalladas (nocturnidad, cierta niebla y precipitación pluvial), más la
dificultad proveniente del astigamtismo para visualizar espacios laterales, así
como el importante estado de intoxicación alcohólica, conforman circunstancias
que, al menos, impiden la acreditación de la certeza necesaria sobre el extremo
fundamental en que se pude basar una acusación por comportamiento doloso»
(fundamentos, fs. 1500). Este razonamiento, según entiendo, luce sólido, sin
arbitrariedades y no logra ser desvirtuado por la acotada y fragmentaria
argumentación que el recurrente hace al respecto.

En definitiva, teniendo en cuenta la prueba legítimamente


incorporada a la causa y la valoración efectuada por el tribunal de juicio, estimo
que no se ha podido arribar más que a un estado de duda insuperable en relación
al tema central a dilucidar, cual es, el efectivo conocimiento por parte de la
imputada en relación a la presencia de Genaro Fortunato en la calzada previo a su
arrollamiento.

En ese aspecto, cabe señalar que, como consecuencia del principio


de inocencia, consagrado en el art. 18 de nuestra Carta Magna y reconocido
expresamente en los tratados internacionales de derechos humanos incorporados a
ella (art. 72, inc. 22 CN), se deriva necesariamente el principio in dubio pro reo,
conforme al cual «[s]iempre que […] se dicte sentencia, los magistrados deberán
estar, en caso de duda, a lo más favorable para [el imputado]» (art. 2 CPP).

En virtud de esa disposición, si, al momento de dictar sentencia,


existen dudas en cuanto a algún elemento de la imputación delictiva el juez tiene
la obligación de resolver de la manera más beneficiosa para la persona sometida a
proceso. Al respecto, corresponde recordar que la duda a la que se hace referencia
implica un estado subjetivo en el cual existe una situación de indecisión del
intelecto, puesto a elegir entre la existencia y la inexistencia del objeto sobre el
cual se está pensando, derivada del equilibrio u oscilación entre los elementos que
inducen a afirmarla y los elementos que inducen a negarla, siendo todos ellos
igualmente atendibles (ver al respecto CAFFERATA NORES, JOSÉ, Introducción al
derecho procesal penal, Marcos Lerner Editora, Córdoba, 1994, ps. 140/141).

Sentado ello, corresponde destacar que, si concluido el proceso


penal, se verifica ese estado subjetivo en el sentenciante o, lo que es igual, no
existe certeza positiva ni negativa en relación a la responsabilidad penal del
imputado y no se advierte que pueda existir en el proceso algún modo de sortear
esa situación, deberá resolverse la cuestión de la forma que resulte más
beneficiosa para el acusado, por aplicación de la máxima jurídica referida.

En funciónde ello y luego del análisis efectuado en realación a la


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valoración probatoria llevada a cabo por el sentenciante, advierto que en el caso


concreto no se ha podido llegar a la certeza necesaria para tener por porbada la
existencia del conocimiento por parte de Julieta Silva respecto a la presencia de
Genero Fortunato en la calzada por la cual circulaba, momentos previos a su
arrollamiento.

Tal extremo torna ineludible la aplicación del principio in dubio


pro reo en relación a la acreditación del dolo en la conducta de la imputada, pero
teniendo en cuenta que sí se ha probado su comportamiento culposo, la conclusión
deriva necesariamente en la exclusión del dolo de la conducta de Julieta Silva, en
tener por probada la plataforma fáctica objeto del proceso en los términos en que
los tuvo el a quo y, en función de ello, rechazar lo agravios formulados por el
recurrente en relación a este punto.

c) Acerca de la calificación legal atribuida

En relación a los vicios sustantivos denunciados, se advierte que


los mismos se fundan en una plataforma fáctica distinta a la que el tribunal de
juicio tuvo por acreditadas, conforme se explicó precedentemente.

En efecto, tal como surge del escrito casatorio, los puntos de


agravio referidos al encuadre jurídico se basan en cuestionamientos relacionados
con la valoración probatoria llevada a cabo por el a quo, en virtud de la cual se
descartó la existencia de dolo en la conducta desplegada por la imputada, que ya
han sido objeto de análisis en los apartados precedentes.

En función de ello y de no observarse falencias ni arbitrariedades


en la calificación legal en la que el sentenciante ha subsumido la plataforma
fáctica que entendió corroborada, considero que los cuestionamientos del
recurrente referidos a ella también deben ser rechazados.

II.- Recurso de la defensa de Julieta Silva

Tal como se efectuó el abordaje del recurso del Ministerio Público


Fiscal, corresponde circunscribir los agravios defensistas a aquellos tópicos en los
que centra su crítica recursiva, todos atribuyendo defectos sustantivos a la
resolución impugnada, ellos son: a) autopuesta en peligro de la víctima; b)
conducta alternativa conforme a derecho; y c) deficiente fundamentación de la
pena.

a) Acerca de una supuesta autopuesta en peligro de la víctima

El recurrente sostiene que la conducta de su defendida resulta


atípica, en tanto el riesgo no permitido que fue creado por ella no se materializó
en el resultado -deceso de Genaro Fortunato- debido a que la caída de la víctima
en la carpeta asfáltica, en las condiciones en las que ocurrió, se debe
exclusivamente al ámbito de responsabilidad de esta última.

Al respecto, cabe referir que ni el presente agravio ni el que se


tratará a continuación resultan novedosos, toda vez que han formado parte de la
estrategia defensiva desarrollada por los defensores técnicos a lo largo del debate
y, en ese ámbito, han sido adecuadamente rebatidos por el sentenciante mediante
los argumentos que aquí se impugnan.

Sin perjuicio de ello, corresponde señalar que los cuestionamientos


de la defensa no pueden prosperar tampoco en esta instancia. Ello, en virtud de
que, a mi entender, el resultado muerte de la víctima se ha producido por el
comportamiento evidentemente antirreglamentario llevado a cabo por Silva,
quien, de haber tomado los recaudos necesarios para conducir un vehículo
automotor en el contexto en que ocurrieron los hechos, podría haber advertido la
presencia de Fortunato en la calzada y evadir su arrollamiento. Lo afirmado,
independientemente, de si existió una «confluencia de riesgos» en palabras del
sentenciante o si la caída de la víctima en la calzada se debió exclusivamente a la
responsabilidad de Fortunato, conforme sostiene la defensa recurrente.

En definitiva, cualquiera sea el análisis dogmático que se efectúe


en relación a las circunstancias fácticas probadas, concidero que Silva, mediante
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su comportamiento, infringió claramente diversas disposiciones que regulan la


conducción de vehículos automotores y, con ello, creó un riesgo jurídicamente
desaprobado que se concretó en el resultado.

Es que, en esa orden, corresponde señalar que la víctima no


apareció en el camino de Silva de forma intespestiva, impidiéndole a esta
reaccionar, aún de haber observado todas las normas de tránsito, sino que, por el
contrario, la falta de reacción se debió a la conducta antirreglamentaria de la
propia imputada, consistente en no prestar atención a la vía sobre la que conducía
–según sus propios dichos–, conducir sin lentes de corrección y con un evidente
estado de intoxicación alcohólica, en las condiciones ambientales consignadas
reiteradamente.

En función de tales argumentos, considero que este agravio no


puede prosperar.

b) Sobre el supuesto comportamiento alternativo conforme a


derecho

El recurrente aplica la teoría de referencia para sugerir una vez más


–pues ya lo hizo durante el debate, conforme se explicó precedentemente– que la
existencia del cuerpo de Genaro Frotunato tendido sobre la calzada constituye una
«circunstancia especial» que, sumada al tiempo requerido para evitar el
arrollamiento, deriva en la certeza acerca de que la acción imprudente no ha
generado un riesgo de lesión superior al permitido. En otras palabras, entiende
que, en aquellas condiciones, el arrollamiento de la víctima era inevitable para la
imputada.

Tal como anticipé en el apartado anterior, considero que este punto


de agravio es claramente inconducente, toda vez que «una persona atenta y sin la
intoxicación alcohólica que presentaba la imputada, que dirigiera la vista hacia
la calzada (no hacia un costado) hubera podido efectuar alguna maniobra de
esquive que evitara el resultado, ya que contaba al menos con algunos segundos
de reacción para efectuarla, conforme se desprende del análisis conjunto de la
pericia mecánica (fs. 1.133/1140 vta.), el informe de policía científica (fs.
271/274)», conforme sostuvo el sentenciante a fs. 1504.

En síntesis, advierto que los agravios defensistas en orden al


análisis dogmático efectuado por el tribunal no obedecen más que a un nuevo
intento por procurar la absolución de su defendida, mediante una interpretación
doctrinaria fundada en su rol de parte. Sin embargo, los fundamentos del a quo
aparecen suficientemente sólidos y sin ninguna arbitrariedad que conduzca a su
anulación o casación, como pretede el recurrente, motivo por el cual sus críticas
en este aspecto deben ser rechazadas.

c) Acerca de la fundamentación de la pena impuesta

En relación a este punto, la defensa de Silva basa una supuesta


arbitrariedad en que se habrían tratado idénticas circunstancias para fundar la pena
de prisión y la de inhabilitación, que no se ha efectuado la determinación de la
pena de inhabilitación en forma independiente y en que el sentenciante se ha
alejado del mínimo de la escala estipulada para la pena de prisión sin considerar
que debió establecerse en función de la culpa inconsciente.

No obstante, corresponde señalar que ninguna de las falencias


denunciadas se advierten en el fallo cuestionado. Por el contrario, las penas
impuestas han sido individualizadas por el sentenciante en función de un
meticuloso análisis de las circunstanscias del caso y de las condiciones de la
imputada, ajustándose a lo dispuesto por la doctrina emanada por este Tribunal.

Así, el a quo, al considerar la «magnitud del injusto» desde una


perspectiva ex ante, analizó detalladamente las múltiples infracciones a la Ley de
Tránsito y el modo en que influyeron en el resultado, al igual que al desarrollar las
condiciones subjetivas, agravantes y atenuantes, que lo llevaron a entender que
«el monto de tres años y nueve meses de prisión constituye una sanción que, al
tiempo que refuta adecuadamente la gravedad del injusto, afirmando la vigencia
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de la norma que protege la vida de las personas, no resulta eliminatoria para la


acusada, teniendo en cuenta que según el precepto del art. 18 de la Constitución
Nacional, así como el art. 5.6 de la CADH, las penas privativas de libertad
tendrá como finalidad esencial la reforma y la readaptación social de los
condenados» (fundamentos, fs. 1511 vta.).

Si bien es cierto lo afirmado por el recurrente en cuanto a que


ambos tipos de pena impuesta –prisión e inhabilitación– han sido tratadas
conjuntamente, también lo es que el tribunal ha dado suficientes razones para
hacerlo de ese modo. En ese orden, el sentenciante entendió que por tratarse de
penas conjuntas «para la determinación de la entidad de ambas sanciones se
pueden efectuar consideraciones comunes, pues la entidad del injusto tiene
impacto sobre las dos especies, más allá de que la pena privativa de la libertad
responda a fines preventivo-positivos tanto generales como especiales, a
diferencia de la segunda, que se dirige primordialmente al objetivo preventivo
individual» (fundamentos, fs. 1509 vta.).

Al respecto, aún cuando no advierto ningún tipo de arbirariedad o


defecto en el razonamiento precedente, corresponde agregar que tampoco surge de
ninguna disposición legal la exigencia de que la fundamentación de ambas penas
deba hacerse individualmente, considerando su carácter conjunto.

Sentado ello, estimo que las críticas del recurrente no pasan de ser
cuestionamientos dirigidos a procurar la revisión de la determinación de la pena,
basado tan sólo en el rol que ejerce, pero sin adecuado sustento en las constancias
de la causa. Estas consideraciones conducen a rechazar también el agravio bajo
análisis.

En lo que concierne a la solicitud de que el cumplimiento de la


pena impuesta a Julieta Silva se mantenga en la modalidad de prisión domiciliaria,
corresponde referir que no es esta la instancia apropiada para dar solución a la
cuestión propuesta. Ello, teniendo en cuenta, por un lado, el carácter excepcional
de la competencia de este Cuerpo y, por otro, que el planteo se encuentra bajo el
ámbito de competencia del juez de Ejecución, conforme lo disponen las leyes
24.660 y 8.465, marco normativo en el que se encuentran delimitados los
requisitos específicos de esa modalidad de cumplimiento de pena (al respecto ver
fallo «Vera Morales»).

En virtud de las consideraciones precedentes y oído el Procurador


General, entiendo que corresponde dar respuesta negativa a la primera cuestión
propuesta.

ASÍ VOTO.

Sobre la misma cuestión, los DRES. MARIO D. ADARO Y DALMIRO


F. GARAY adhieren, por sus fundamentos, al voto que antecede.

SOBRE LA SEGUNDA CUESTIÓN, EL DR. JOSÉ V. VALERIO, DIJO:

Corresponde omitir pronunciamiento sobre este punto, puesto que


se ha planteado para el eventual caso de resolverse afirmativa la cuestión anterior.

ASÍ VOTO.

Sobre la misma cuestión, los DRES. MARIO D. ADARO Y DALMIRO


F. GARAY adhieren al voto que antecede.

SOBRE LA TERCERA CUESTIÓN, EL DR. JOSÉ V. VALERIO, DIJO:

Atento al resultado a que se arriba en el tratamiento de las


cuestiones que anteceden, corresponde imponer las costas a la vencida y diferir la
regulación de honorarios profesionales para su oportunidad.

ASÍ VOTO.

Sobre la misma cuestión, los DRES. MARIO D. ADARO Y DALMIRO


F. GARAY adhieren al voto que antecede.

Con lo que se dio por terminado el acto, procediéndose a dictar la


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sentencia que a continuación se inserta.

S E N T E N C I A:

Por el mérito que resulta del acuerdo precedente la Sala Segunda de


la Excma. Suprema Corte de Justicia fallando en definitiva, se

RESUELVE:

1.- Rechazar formalmente el recurso de casación deducido por el


representante del querellante particular a fs. 1540/1557 vta. y admitir los
interpuestos a fs. 1527/1538 vta. y a fs. 1558/1606 vta. por el representante del
Ministerio Público Fiscal y los letrados defensores de Julieta Silva,
respectivamente.

2.- No hacer lugar a los planteos casatorios deducidos por el


representante del Ministerio Público Fiscal a fs. 1527/1538 vta. y por la defensa
de Julieta Silva a fs. 1558/1606 vta.

3.- Tener presente la reserva del caso federal.

4.- Imponer las costas a la vencida y diferir la regulación de


honorarios profesionales para su oportunidad.

Regístrese. Notifíquese.

DR. MARIO D. ADARO DR. JOSÉ V. VALERIO


Ministro Ministro

DR. DALMIRO F. GARAY CUELI


Ministro