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Reseña

Para empezar, es importante tener en cuenta como el autor nos introduce al texto,
desde página 20 aborda el panorama de ignorar el periodo colonial, enfocándose en
la revolución e independencia neogranadina ante la corona española tocando los
aspectos del ¿por qué?, la desigualdad jerárquica y la religión como esenciales para
su argumento de que a los ojos de los neogranadinos, la desigualdad no apreciaba
como un atributo casual, sino que tendió a ser ontologizada, generando una nueva
perspectiva de lo que significa el ser; también abarca una definición de independencia
para la época, ligada al vínculo social, el deseo de independencia de la época, es
considerado una absoluta anomalía, llegando a ser asociada por el credo a los
designios de Satanás.
Ya en el cuerpo del texto, el autor utiliza términos más puntuales, partiendo del vínculo
social y como este implica ahora una particular especie de obligatoriedad, pero
llevado a que este en ningún momento se pueda debilitar, ya en la sociedad
democrática se inaugura en la Nueva Granada, la obligatoriedad con que es revestido
el término es imposible de separar de su legítima institución y de la intervención de
los sujetos en su creación, proclamándose una república independiente.
En su conclusión se toma con coherencia las distinciones del todo el texto, tomando
términos y ejemplificando su evolución e integración paulatina en la sociedad, dejando
en claro el fin de la monarquía con lo que se considera lo justo y alabable.
En el texto se tocan y argumentan aspectos de la tiranía del vínculo social basándose
en la revolución francesa como acto de romper cadenas a pesar de ser visto como
que el pueblo ahora cometía un acto antinatural ya que ese proceso rompió el vínculo
social; asimila esto con el diputado de la convención nacional lo sustentan a través
de publicistas Neogranadinos de la época que lo ensañaron quienes se veían
adheridos a la tradición monárquica-católica. A través de esto, la monarquía española
se agudizó en el desarrollo de un vínculo social estable y armonioso. En el vínculo
social en el orden monárquico se sustenta mediante la desigualdad de la jerarquía,
en donde el reino neogranadino hizo parte del imperio y si se reconocían como
súbditos. Este concepto se plasmó en las virtudes desconocidas del rey, donde los
mandados de Carlos III y Carlos IV se basaron en la desigualdad. Esta mostró su
carácter arbóreo, así lo representa el autor ya que su serie de enlaces y órdenes
sociales ayudaban a que los hombres de los distintos estados cooperaran al bien
común. La desigualdad era indiferente a la vista del neogranadino. Se describe al
cristianismo en similitud como igualdad cristiana ya que ese fue el papel que lo originó
el pecado.
"La desigualdad jerárquica, pues, fue diversamente justificada como elemento valioso
para el mantenimiento del orden y la concordia. La anarquía y la confusión, afirmaba
un sujeto anónimo en 1800 (...) Después de la expulsión del paraíso a los hombres
no les basta con su voluntad para obrar el bien necesitan quien los guíe, quien los
tutele, quien les ayude a sortear la amenaza del pecado y los meandros del desorden.
Por eso el padre toma la tutela del hijo, el cura la de sus feligreses, los hacendados
la de los indios, el esclavista la del esclavo, el marido la de la mujer, el profesor la del
estudiante. Pero esta escala quedaría incompleta si por encima de todos esos
vínculos de sujeción no fuera instalada una figura cimera que velara por la articulación
y permanencia de ellos. El monarca se convierte en el aquel postor que Dios envió
para guiarlos, pero según Manuel del Socorro Rodríguez, Dios se encarga de iluminar
el entendimiento de quienes hace nacer para que gobiernen a los demás hombres”
(Vanegas pág. 23).
“(...) La sociedad Neogranadina de aquella época que lo ensañaron años después. A
través de eso vieron amenazas lo cual trajo que la monarquía española se agudizara
para el desarrollo de un vínculo social estable y armonioso” (Vanegas pág. 24). En
ese contexto, los indios neogranadinos no fueron la excepción. Aunque sus motivos
fueran distintos en cada región y en cada momento, en términos generales, se ha
dado por supuesto que los indios preferían estar sujetos a un rey lejano y a una
monarquía paternalista que los había reconocido desde el comienzo como "vasallos
libres", y que había producido una profusa legislación protectora de sus comunidades
y pueblos.
Hace falta “poner en cuestión el carácter sagrado del vínculo social y de los
mecanismos establecidos para su preservación, por lo tanto, era considerado un
atentado de la mayor gravedad. Publicistas como Manuel del Socorro Rodríguez y
Nicolás Moya, para quienes el estado primigenio de los hombres está determinado
completamente por la voluntad divina, expresaron su repudio a la noción de estado
de naturaleza propia de los filósofos ilustrados, por considerarla enteramente
contraria al bien ordenado mundo legado por Dios a los hombres, y codificado y
guardado por el catolicismo” (Vanegas pág. 25) Refutando mediante la idea de
justificar que Dios no se delega a través un rey, sino que esa idea es solamente una
excusa para hacer actos impropios. “En sus textos del Papel Periódico insisten en
que el régimen establecido por los revolucionarios franceses no tiene otro objeto que
abolir y exterminar todo lo precioso y todo lo útil, para levantar sobre estas miserables
ruinas el Trono de la tiranía” (Vanegas pág. 26). Destruyendo así las prioridades para
los neogranadinos y del vínculo social.
De forma que las etnias subalternas dividieron sus simpatías políticas entre quienes
defendían la lealtad a la monarquía española, y quienes proclamaban la necesidad
de romper el yugo colonial y constituir naciones independientes y soberanas en
América. En uno y otro bando se alinearon gentes de todas las capas y estamentos
que integraban la sociedad colonial: hubo españoles patriotas y criollos realistas, por
supuesto. Y hubo indios, negros y mulatos patriotas y realistas.
En este caso, el autor hace uso de dos puntos de vista para fundamentar sus
argumentos, en primer lugar, inicia citando periodistas de la época como Manuel del
Socorro Rodríguez y Nicolás de Cárdenas que se veían más arraigados a la creencia
y la cultura que rodeaba el panorama de la jerarquización y la divinización del monarca
como ministro del señor y, por otra parte, fundamenta su tesis en estudios similares
que son tanto de su autoría como la de otros estudiosos de la materia, como el caso
de Jaime Jaramillo, José Manuel Pérez y Guillermo Hernández.
Para finalizar se concluye que el autor busca criticar o más bien desglosar el concepto
de la jerarquización monárquica adherida al vinculo social, para así llegar a su
definición y objetivo esencial, exponiendo como esta era utilizada para hacer del
neogranadino un subordinado del rey y de Dios, como también justificando los actos
violentos e impropios cometidos en su nombre.
Dirigido al concepto puntual de la independencia, es hiperactivo tener en cuento como
Vanegas destaca el uso de la palabra de Dios para mantener al pueblo bajo el
mandato cruel e injusto de un rey colono, relacionando la vista revolucionaria e
independentista con actos satanistas y pecaminosos. A partir de esto, es fácil concluir
que el control viene de parte de aquello a lo que los ciudadanos adoraban en un
primer lugar, haciendo uso del catolicismo para infundir miedo y rechazo de todo
aquello que se viera relacionado con la independización de un pueblo eslavizado,
pero cegado de su condición.
En su conclusión, Vanegas habla de la Revolución Neogranadina como de “carácter
particularmente rupturista” debido a que lo que esta defendía rompía con los principios
ya establecidos en esta sociedad “mientras estuvo articulada al poder monárquico”
(Vanegas pág. 44).