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El orgullo destructivo

El orgullo destructivo del trastorno límite de la personalidad en muchos casos no es más


que una máscara que pretende esconder un gran miedo a las críticas. En este artículo
hablamos de su origen y sus efectos.

El trastorno límite de la personalidad (TLP) es una entidad diagnóstica que engloba una
serie de síntomas, como la impulsividad, la inestabilidad emocional, la baja autoestima o la
sensación de vacío. Además de estas manifestaciones, que son las más típicas, encontramos
otras, que aunque no aparecen como tal en los criterios diagnósticos, sí que se ha visto que
suelen aparecer en una mayoría de pacientes. Uno de estos elementos es el orgullo
destructivo.

Los pacientes con TLP son por lo general personas con una altísima sensibilidad. El dolor
emocional que sienten por eventos que para la mayoría de personas serían simplemente
molestos, es muy intenso y desgarrador.

Como mecanismo de protección, las personas con TLP deciden disfrazarse de «falsa
autoestima». Con este disfraz, van haciendo creer en sus relaciones personales, que tienen
la verdad absoluta y que los demás son los que están equivocados.

En realidad, lo que existe debajo de esta máscara es un profundo miedo a que alguien pueda
herirles con una opinión distinta o una contradicción. Por lo tanto, intentan convencer a las
demás personas de que su visión es errónea y se frustran cuando no pueden modificar o
corregir esa perspectiva que ellos piensan que «es equivocada». Básicamente, no son
capaces de tolerar opiniones contrarias porque no son capaces de ser flexibles en ese
sentido.

El entorno los percibe como personas con grandes aires de superioridad y que intentan
imponer su visión de la realidad, sin dejarles expresarse libremente. Esto, evidentemente,
termina por alejar tanto a amigos como a familiares.

¿Dónde nace este orgullo destructivo?

Normalmente, estos disfraces ocultan heridas del pasado, en concreto de la infancia. Los
pacientes con TLP suelen tener historias infantiles muy desgraciadas. De pequeños
sintieron como sus padres no les tenían en cuenta, los dejaban solos o bien los criticaban en
exceso de forma punitiva. Por lo tanto, esa búsqueda de autovaloración constante a través
de la infravaloración de los demás tiene sus orígenes en episodios de la propia infancia en
los que eran ellos los infravalorados.

Un ambiente de alto criticismo puede ser asimilado de muchas formas por el menor, pero se
sabe que algunos buscan sobrecompensar ese sentimiento de humillación a través de la
máscara del orgullo destructivo. Es una manera de proyectar sin palabras que nadie les
vuelva a hacer daño como cuando eran niños.
En este sentido, es importante que el paciente TLP entienda que ese adulto que ha creado
lleno de soberbia y hostilidad no es más que un niño herido y encerrado. La rabia no
permite la curación de las heridas pasadas. No es más que una tirita que se despega
continuamente.

¿Qué se puede hacer en el presente?

Entender de dónde viene el orgullo destructivo del TLP solo es el punto de partida. Se
necesita un trabajo constante y arduo en el presente. Existen algunas estrategias que pueden
ayudar a combatir este orgullo destructivo.

Una de las técnicas consiste en reclamar algunas cartas, mensajes o incluso whatsapp de
personas conocidas en las que deben decirle al paciente algunas cualidades positivas y otras
tantas negativas que piensan que este tiene.

Normalmente, la necesidad de autoafirmación va siempre unida a una falta de escucha


activa de las opiniones de los otros. Por lo tanto, con esta técnica, se invita al paciente TLP
– sin que la otra persona esté delante- a hacerse preguntas del tipo: ¿No es curioso que
cinco personas compartan una idea sobre mí? ¿Por qué no puedo tolerar que alguien tenga
una visión distinta sobre mi? ¿Qué aprendizaje puedo extraer de esto que me beneficie?

La idea es que el paciente dude de su criterio rígido y absolutista y empiece a plantearse


que quizás otras personas pueden tener opiniones diferentes y que eso le puede ayudar a
aprender.

Las situaciones improvisadas cotidianas constituyen otro marco para trabajar el orgullo. El
objetivo es que adquieran conciencia de la activación a nivel mental y corporal que suelen
sentir (tensión, rumiación, respiración acelerada…) cuando alguien les hace una crítica.
Una vez logrado este paso, el segundo objetivo va a ser esperar unos minutos antes de dar
una respuesta.

Cuando lo hayan conseguido, es importante no empezar una conversación con un lenguaje


corporal agresivo o tenso. El rostro debe permanecer relajado, con una leve sonrisa,
manteniendo el contacto ocular, pero sin intimidar. Tampoco beneficia mover demasiado
los brazos o las piernas ni hablar de forma rápida o imperativa.

El paciente puede contestar empezando la frase con «yo creo/pienso/opino que…» e incluso
intentar encontrar algo en común con la crítica «coincido contigo en que…». Se deben
evitar los tonos absolutistas y el habla cortante. Evidentemente, la condena global a la otra
persona está desaconsejada, aunque no estemos de acuerdo con ella.

Si el paciente TLP hace el gran esfuerzo de respetar este proceso, observará como las
demás personas empezarán a relacionarse de forma distinta. Se mostrarán más empáticos,
más receptivos y con más ganas de compartir tiempo junto a él.