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LOS MILAGROS DE SAN VICENTE FERRER Fr. Lorenzo G. Sempere

LOS MILAGROS DE SAN VICENTE FERRER

Fr. Lorenzo G. Sempere

LOS

MILAGROS

DE

SAN VICENTE FERRER

POR

EL

M. R. P. Fr. LORENZO 6. SEMPERE

DOMINICO

LECTOR

DE

SAGRADA

TEOLOCrÍA,

ABOGADO,

DOCTOR

EN

FIL O S O FÍA SINODAL,

Y

LET RA S,

.

'

. DOCTOR DEL COLEGIO CAKÓNlCO DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA

EXAMTNADOK

 

DE

VALENCIA,

 

MIEMBRO

DE

L A

JUN 'l’A

D IO CES A NA

DE

CENSURA

DE

CÁDIZ,

CAPELLÁN DE

HONOR

DE LA

SANTA

BASÍLICA

LATJBETAtfA,

F A M I L I A R

D E

£¡U

S A N T ID A D ,

P R IO R

DEL

CONVENTO

DE

N U E S T R A

SEÑORA

D EL

ROSARIO

 

Y

SANTO

DOMINGO,

DE

CADIZ,

 

D E F IN ID O R

DE

SU

P R O V IN C IA

DE

A N D A L U C ÍA ,

 

MIEMBRO HONORARIO

TpE VARIAS

ASOCIACIONES

 
 

CON

LAS

DERIDAS

LICENCIAS

 
 

LUIS

GILI, Editor

 

LIBRERÍA

CATÓLICA

INTERNACIONAL

 
 

CLARIS,

82,

BARCELONA

1913

F r , M

a n u e l

NIHIL

P u e b l a ,

LOS

O.

Maestro en Teología

OBSTAT

CENSORES,

P .

F r ,

J a im e

A n d r é u ,

O.

Lector de Teología

P .

Almagro , 20 d& Julio de 1912

IMPRIMATUR

F r .

J u a n

C a s a s ,

O .

P .

Prior Provincial

Barcelona, 20 de Noviembre de

IMPRÍMASE

1912

JUAN J., Obispó de Barcelona

Por mandado de Su Excia, mi Señor,

lim a, el O bispa

D r .

F r a n c isc o

M u ñ o z

Arcipreste, Secretario

BENDICIÓN

s i s

M u c h o s

R m os.

S r e s ,

d e

E s p a ñ a

b e n d ic e n

P r e l a d o s

d

e

y

c o n c e d e n

l a s

D i ó c e ­

i n d u l g e n ­

c i a s

TE

A LOS

LEAN

U

FIELES,

OIGAN

POR

LEER

CADA

VEZ

ALGUNO

QUE

SE

NARRAN

EN

ÉSTE

LIBRO.

QUE

DEVOTAMEN­

DE

LOS

MILAGROS

PROTESTACIÓN

DO FE

Cuanto he escrito en esta obrita lo dejo a la corrección de la Santa Madre Iglesia y, por consi­ guiente, del Romano Pontífice, Vicario de Nues­ tro Señor Jesucristo en la tierra, Papa y Señor nuestro.

no tienen

de suyo en todo este libro otro significado que el de expresar el sentimiento piadoso que en mf causan, fuera del caso que la autoridad compe­ tente de la Iglesia les haya definido el que en rí- gor literario les corresponde.

Las voces

m ilagro, prodigio,

etc.,

Cádiz, Convento de Santo Domingo,

5

de

Junio de

1912.

Fr. Lorenzo G. Sempere, O. P.

j l la Jautísima e Jnmaculaíia filien

W f i a r á en sus abuocariones:

be los |esamparaíi05, f a to na

í)e falencia, íoi ik

escribii* esta obra, el año 1907, u íiel Santísimo fosará, fa- twma Se |á í) u , tiontie se terminó, el año tic 1912.

se comentó a

INTRODUCCIÓN

Como son muchos los que-hablan de los m i­ lagros de San Vicente Ferrer, y refiriéndolos se adulteran no sólo las circunstancias, sino tam­ bién la substancia de muchos de los prodigios del Santo, y.aun se inventan otros, nos ha parecido que haríamos una obra buena reuniendo en un libro todos esos milagros principales, refirién­ dolos tal y como los encontramos en la historia, y omitiendo cuantos en ella no se refieren. Es evidente que no los hemos coleccionado todos, en razón de que son innumerables y por­ que muchos se verificaron uniformemente, así que con sólo variar los nombres de los actores estarían dichos; pero los que se contienen en nuestro libro son sacados de las historias y mo­ nografías, o presenciados o probados por nos­ otros mismos; de forma que ni uno solo ni una sola circunstancia se ha fingido. Las fuentes que nos han proporcionado este abundoso caudal son las siguientes:

1.—Vida y Milagros de San Vicente Ferrer, por

el

P.

Fr. Vicente Gómez, O. P .—Edición

Valencia,

1618.

de

2 .—Vida de San Vicente Ferrer, por el maestro

Vidal y Micó.

3 .—Historia de la Vida maravillosa y admirable

Vicente

del nuevo Apóstol de

Valencia

San

Ferrer, por el P. M. Fr. Andrés de Valdece-

bro, O. P .—Edición

de Madrid,

1682.

4 .—Vida portentosa de San Vicente Ferrer.—El

libro no tenía portada, pero por el texto se deduce que se escribió por un Dominico del Convento de Santa Catalina M. de Barcelona. Ei estilo es del siglo xvi o principios del xvit.

5 .—Compendio de la Vida del Apóstol de Valen­ cia San Vicente Ferrer , por el M. R. P. M. Fray

Francisco Vidal, O. P. —Edición de Manila,

1892.—Esta

vida se cita

por los días

de la

Novena que le acompaña,

6 .—Historia de San Vicente Ferrer , por el reve­

rendo P. Fr, H, Fages, O. P. Traducida de la 2.a edición francesa por D. Antonio Polo Ber­ nabé, editada en Valencia, 1903.

7 .—Vida de San Vicente Ferrer, por el P. Tei-

xedpr.—Ms.

8 .—Suplemento

Manuscrito,

a la anterior,

por el mismo.—

9.—'Vida de San Vicente Ferrer, por Sala, O. P .—

Manuscrito.

10.—Crónica del Real Convento de Predicadores,

por el mismo.—Ms.

X III

1L — Idem ídem, por el P. Ribelles, O. P .—Ms,

12.—Proceso

la

del Sanio.—Ms.

de

Beatificación y

Canonización

13.— Varios

M anuscritos

XA,— Varias relaciones de

to.—Ms.

sobre

M ilagros sobre el San­

el Sanio.

de

hemos

visto otros en el P od io o Casa Natalicia de San Vicente Ferrer en Valencia.

los Dominicos

Todos

los

manuscritos están en la casa

de

Valencia,

y,

además,

15.—

Vida

de

San

L uis

B ertrán,

por

el

Padre

A ntist.—Edición

de Valencia,

1882.

16.— Varias relaciones verbales de los m ism os su ­ jetos en quienes se obraron milagros.

Débese, pues, tener en cuenta que, al citar otros autores aquí no mencionados, las citas son tomadas de los ya expresados.

BOSQUEJO DE LA VIDA DEL SANTO

Nació San Vicente Ferrer en Valencia, el día 22 de Enero de 1350. Este año fué cuando por vez primera tuvo lugar el Jubileo plenísimo, ins­ tituido por el Papa Bonifacio VIII para de 100 en 100 años, pero mandado celebrar de 50 en 50 por el Papa Clemente VI. La actual disciplina de la Iglesia lo celebra de 25 en 25 años. Fueron sus padres En (don) Guillem Ferrer, notario, y Ena (doña) Constanza Miquel, o Mi­ guel, Este matrimonio, que era piadosísimo, ob­ tuvo de Dios, además de nuestro Santo, que fué el segundo, otros dos hijos y cinco hijas. Los nom­ bres de los hijos son: Pedro, que se casó, y Bo­ nifacio, que fué clérigo y general de la Cartuja* Las hijas se llamaron: Constanza, Inés y Fran­ cisca. De las otras dos no nos han legado las his­ torias los nombres. Los cuerpos de los padres y hermanos del Santo se fueron enterrando en el panteón de fa­ milia, sito en la capilla de San Bartolomé de la iglesia de Predicadores de Valencia; pero en cuanto se edificó y dedicó a nuestro Santo la hermosa y rica capilla en dicha iglesia, se tras-

XVI

íadaron a ella, y allí, en el presbiterio, se ven aun hoy día sus sepulturas, cubiertas de grandes lo­ sas de mármol alabastrino, con las inscripciones correspondientes. Según San Luis Bertrán, nuestro Santo fué, como otro Precursor, santificado aun antes de nacer. En su infancia semejaba un ángel del pa­ raíso, y hasta en la hermosura de su rostro lo parecía. Muchas personas iban de propósito a verlo, y la misma Reina de Aragón hizo que se ie llevara para admirar tan rara hermosura y las gracias del rostro del niño Vicente. Yendo a la escuela, era el asombro de todos por su compostura y los milagros que en tan tier­ na edad ya hacía como un varón consumado en la virtud. Por Mayo de 1364 tomó posesión de un be­ neficio de familia que su padre fundó para el jo ­ ven Vicente en la parroquia de Santo Tomás, capilla de Santa Ana; pero hubo de poner un ecónomo, porque aun no era él sacerdote. Desde los doce años comenzó a estudiar Hu­ manidades y Filosofía, adquiriendo en sólo dos años renombre de maestro en estas disciplinas. Con santa sagacidad y elocuencia impropia de sus años, hablaba de las cosas del cielo en forma que ganaba los corazones. Y así persuadió a sus padres que le autorizaran el abandonar al mun- do, entrando en Religión y renunciando su be­ neficio de Santo Tomás. En efecto, el 5 de Febrero de 1367 vistió el hábito de Santo Do­

— XVII

mingo en Predicadores de Valencia, y al año justo profesó en aquel mismo Convento, uno de los de más fama que por aquellos tiempos tenía ia Orden. Poco después de profesar, el Capítulo Pro­ vincial lo asignó a Barcelona, para que enseñara lógica, mas el Prelado Superior de la Provincia de Aragón, con mejor acuerdo, le mandó que se quedara en Valencia con el mismo oficio. En Va­ lencia, pues, siguió hasta fines de 1370, que fué enviado a Lérida, donde permaneció cinco cur­ sos, El de 1375 io pasó ya en Barcelona enseñan­ do filosofía, y terminado este año volvió a Va­

lencia. Al año siguiente ios Superiores lo envia­ ron, como Estudiante formal, a Toulouse, para que ampliara sus estudios teológicos. Allí estu­ dió en 1376, por más que aquella célebre Uni­ versidad sostiene que fueron dos los cursos que

el

Santo estudió allí. Lo cierto es que el año 1378

le

vemos otra vez en Valencia, después de haber

estudiado un curso en la Sorbona de París, En

Valencia, por este tiempo, se ordenó de sacerdote

y comenzó a dedicarse al santo ministerio, cau­

tivando a todos con su predicación, su ciencia en la cátedra y su discreción en el confesonario. Tanto creció su fama de varón sabio y pruden­ te, que se le nombró Confesor de la Infanta de Aragón, María de Luna, mujer que fué después

del Rey

En 1384, por acuerdo del Cabildo Catedral y del Obispo D. Ramón Gastón, fué designado para

D. Martín.

*

— XVIII

regentar la cátedra de Sagrada Escritura en la Catedral. Se instaló esta cátedra en un edificio contiguo a la Basílica, el cual aun hoy ostenta una lápida, al exterior del muro, en la cual se consigna este hecho de la vida de nuestro Santo. Desempeñó con grandísimo aplauso de todos este cometido tan honroso, y estaban todos tan enamorados del joven Vicente Ferrer, que la nobleza valenciana le costeó los gastos del Ma­ gisterio en Sagrada Teología, dignidad que le invistió la Universidad de Lérida, una de las más acreditadas entonces en Aragón en esta cla­ se de estudios. Esto ocurrió el año 1388. Por este tiempo llegó a Valencia el Cardenal D. Pedro de Luna, Legado del Papa Clemen­

te V II, y, a pesar de resistirlo el Santo, consiguió

que se le diera de compañero en el viaje que iba

a emprender por las Castillas, como Legado del

Pontífice. Nuestro Santo siguió con el Cardenal hasta Salamanca, donde se hallaba el año 1390; mas, a fuerza de súplicas, pudo declinar el ho­ nor de seguirle más allá; así que, cuando el Le­ gado salió de Salamanca para Aviñón, nuestro

Santo se quedó en tierra de Castilla, y allí evan­ gelizó varios pueblos, en su regreso a Valencia, donde llegó a fines de 1391. En Valencia siguió hasta 1396, y en este tiempo fué confesor de

Violante, esposa de Juan II de

Aragón. En 1396, elegido ya Papa, en Aviñón, el Car­ denal Luna, llamó a Vicente, para que le asístie-

la reina D/

— XIX

ra con sus consejos, y al efecto le nombró su con­ fesor y maestro deí Sacro Palacio. El Santo no tuvo más remedio que irse a la Corte Pontifi­ cia; pero sí pudo encontrar pretextos y razones para no aceptar varios obispados que el Papa quiso darle, incluso el de Valencia. Anduvo con la Corte Pontificia dos años, o sea hasta 1398. Este año, estando en Aviñón, cayó gravemente enfermo y todos temían que había llegado su última hora; pero el Santo curó repentinamente, porque en una visión se le apareció Nuestro Se­ ñor Jesucristo, acompañado de los Patriarcas San Francisco y Santo Domingo, y le intimó que, como Legado suyo, se levantara y recorriera el mundo, predicando a todos su próxima venida final, si no se convertían a Dios. Ei Santo, pues, anunció al Papa esta orden del cielo y se despi­ dió de los cortesanos de Aviñón, para comenzar su apostolado. Era el día 22 de Noviembre.de este año de 1399. Del estudio detenido que hemos hecho so­ bre el itinerario que llevó nuestro Santo a partir de esta despedida de la Corte Pontificia hasta su feliz tránsito a la gloria, deducimos que reco­ rrió los pueblos de su apostolado por el orden siguiente; Eí dicho día 22 de Noviembre de Í399 salió de Aviñón en dirección a España, donde entró por Cataluña y predicó en Barcelona, Cervera, Montblanch, Cartuja de Scala Dei y Gandesa, En 1400 regresó a Francia, y estuvo en la

— XX

Provenza, Aix, Marsella, el Delfinado y Lucer-

na, hasta primeros de 1402, que aparece en Ita­ lia y sigue evangelizando por Lombardía, en los pueblos de Alejandría, Alba, San Honorato, Gé- nova y su ribera, Padua y en el Piamonte. En 1403 penetra en Saboya, y se detiene en

el Monferrato y en Chamberí, hasta que vuelve

a Francia, al año siguiente, predicando en los

pueblos de la Laosana, Ducado de Lorena, Lyon, país de Artois y de Puy-de-Dóme y Niza. Antes habíase remontado hacia el centro de Europa/ pues estos años lo encontramos evangelizando en Holanda. En 1407, vuelto a España de los países del centro, baja a Andalucía, por ruego del rey moro de Granada; predica en esta ciudad y en Ecija y Sevilla y otros pueblos de esta región, y sale ha­ cia las provincias del Norte, pasando por Tole­

do,

tránsito.

En 1408 se encuentra en Vizcaya y predica en Vitoria, y sucesivamente recorre, evangeii- zándolos, los pueblos de Tolosa, San Sebastián, Mondragón, Compostela y Coruña. Aquí recibe orden del Rey de Aragón para que vaya a Cata­ luña; y se dirige hacia allá, pasando por Segovia

y otros pueblos del centro; llega a Cataluña y

luego va a Perpiñán, Montpeller, Fábregues, otros pueblos de la Cerdaña española, y otra vez a Per­ piñán, para verse con algunos príncipes y car­

denales que llevaban entre manos el grave ne­

Guadalajara,

Lupiana y otros lugares del

— XXI

gocio de acabar con el escandaloso cisma de Oc­ cidente. En 1409 sale para España, pasando por Elna,

y en Abril llega a Gerona. De aquí fué a Vich,

Granollers, Barcelona, Manresa y otra vez a Bar­

celona. Por Octubre, según el cálculo más pro­

bable, pasa a las Islas Británicas, a instancias del Rey de Inglaterra, y predica en este reino

y en e] de Escocia. Esto no vemos se pueda ne­

gar con sólidas pruebas, pues es afirmación uni­ forme de los contemporáneos del Santo. Lo que es grandemente controvertido es si el Santo pre­ dicó en Irlanda. Fages lo niega rotundamente, porque no admite que el Santo pasara el Cana! de la Mancha. Hablé con este autor sobre el parti­ cular, y el argumento aquiles en que fundaba su opinión es que en Irlanda, y aun en todo el Reino Unido, no hay monumentos ni memorias que digan que allí predicó San Vicente Ferrer, Ju z­ gamos flojo el argumento. Lo son de suyo todos

los negativos, pero en el caso presente más. A esta cuenta podría negarse que el Santo predi­ có en muchos pueblos que Fages admite, y en los cuales, sin embargo, no existe monumento ni tradición que lo digan. Cada cual que opine

lo

que quiera de esto, que no aminora un ápice

el

apostolado de nuestro Santo.

Este, en 1410, se encuentra otra vez en Ca­ taluña, y predicó en Pontvedres y siguió a Bar­ celona, Caldas de Montbuy, Tortosa, Morella, Catí, Burriol y Nules, llegando por Julio a Va­

XXII

lencia. Desde aquí hizo excursiones apostólicas

a Liria y pueblos del paso, y se dirigió hacia el mediodía, evangelizando en Teulada y Denla,

camino de Alicante. Desde Denia regresó a Va­ lencia a toda prisa, para componer unas diferen­ cias enconadas surgidas entre los valencianos

y saguntinos. Llegó, pues, a Valencia y fué a

Sagunto y regresó a la capital. En esta ocasión fundó allí el celebérrimo Colegio Imperial que lleva su nombre, para niños y niñas huér­ fanos. Pacificados los ánimos y arregladas las cosas de Valencia, emprendió de nuevo el camino de Alicante, pasando por el célebre Monasterio de la Murta y pueblos circunvecinos, y Terrateix, Albaida y su fértil valle y Alcoy. Llegó a No- velda y a un caserío vecino de que se formó des­ pués el hoy importante pueblo de San Vicente, cuyo nombre recuerda los prodigios que allí hizo el Santo. A fines de 1410 salió nuestro Santo de Ali­ cante y se detuvo en Elche, predicando también en los lugares dichos Fortuna y Aranilla, y otros del contorno, y a primeros del año siguiente lle­ gó a Orihuela, cuyos jurados, con gran instan­ cia, le habían suplicado que fuera allá. De Ori­ huela pasó a Murcia y los poblados de Lebrilla

y Lambra; fué a Lorca, otra vez a Murcia, y si­

guió a Molina, Cieza, Jumilla, Hellín, Tabara, Chinchilla, Albacete, poblado de Villaverde, AI-

caraz, Moraleja y demás villas de la Mancha que

XXIII

- -

encontró al paso, y por Junio de este año de 1411 llegó a Ciudad Real.

Continuó

sus

correrías

apostólicas

por

am­

bas Castillas, y en especial evangelizó en Mala- gón, Santa María del Monte, Yévenes, Orgaz, Nambroca, Toledo, Bienquerencia, Yepes, Oca- ña, Bórax, íllescas, otra vez Toledo, Simancas, Valladolid y Tordesillas. En 1412 fué a Ayllón y otra vez a Simancas

y Tordesillas. Aquí recibió órdenes para que se

trasladara a Caspe para la Asamblea nacional que tenía que dar sucesor en el Trono de Aragón

al difunto Rey D. Martín. Pero se pasó antes por Medina de Ríoseco, Zamora y Salamanca. El Compromiso de Caspe va unido al nombre de Vicente Ferrer de tal modo, que sin éste no se puede estudiar. No obstante que, en aquella asamblea, entre los nueve Compromisarios había

Prelados ilustres y proceres distinguidos, el hu­ milde hijo de Santo Domingo fué su alma, y por su indicación salió resuelto felizmente el con­ flicto y proclamado por Rey de Aragón el In­ fante de Castilla D. Fernando, llamado el de Antequera. El mismo Santo leyó al pueblo el decreto de elección hecho por los Compromisarios

y predicó en la Misa solemne que con tal motivo

se tuvo antes de disolverse la Asamblea, Terminado con tan grandioso éxito el Com­ promiso, nuestro Santo siguió su apostolado, yen­ do a Alcañiz, de donde pasó a Lérida, y de aquí emprendió su vuelta a Valencia, entrando de ca­

— XXIV —

mino en Lucena, Castellón de la Plana, Aima- zora y otros pueblos de aquella región. En No­ viembre entraba en su adorada Valencia, que lo recibió con delirios de júbilo y aclamaciones* Desde Valencia hizo varias salidas a los diver­ sos pueblos de sus alrededores. Entrado ya el año 1413, a grandes instan­ cias del Rey de Aragón, de los Proceres y Pre­ lados de España, el Santo abandona otra vez su patria chica, a la cual ya no volverá, y em­ prende el viaje a Francia, a fin de intervenir en la deposición del Papa Luna y la celebración del Concilio general, que había de devolver a Ea Iglesia la ansiada unidad de autoridad suprema. Pero hace este viaje sin prisas, ocupándose sin cesar en evangelizar, como Dios le había man­ dado, Así es que, desde Valencia, le vemos ir al Maestrazgo y predicar en San Mateo y Traigue- ra, célebre desde el Compromiso. Luego pasó a Barcelona, y de aquí, en fines de Agosto, a las Islas Baleares. Predicó e hizo muchos milagros en Mallorca, como atestiguan las crónicas de Palma, Vallde- mús, Pollensa, Pobla, Incamuro, SóIIer y AI- gayda. Se detuvo otra vez en Palma, y el 22 de Febrero de 1414 regresó a la Península, y segui­ damente lo vemos predicando en Tortosa, Ta­ rragona, Tamarit, Zaragoza, Daroca y otra vez en Zaragoza. En 1415 vuelve a predicar en Alcañiz y-si­ gue a Calatayud, Huesca, Encina y otros lugares

XXV

de Aragón, como Munebrega, Monterde, Monas­ terio de Piedra, Barbastro, Graus, Ainza y

Benabarre. En Agosto, pasando por Alliure, lle­ ga a Perpiñán, donde, gracias a sus manejos,

se decreta por eí Rey de Aragón y otros Prínci­

pes negar la obediencia al antipapa Luna. De Perpiñán volvió a Aragón. En 1416 se dirige a Francia, entrando por Narbona. Predica en el país de Languedoc, prin­ cipalmente en Carcasona, Rufiano, Durbano, Beziers, Montpeller. Castelnou, Montesquieu,

Montolíu y otros varios lugares de la diócesis de Carcasona, en Cartenet y en Toulouse, donde arriba por Abrií y es recibido en triunfo. Aquí se detiene bastante, haciendo algunas salidas a los pueblos y lugares circunvecinos, como Mu- ret, Caramano y MonLMirail. Sale de Toulouse

y va a Conflant, Saix, Castre, Alby, Guillac,

Cordes, Nayac, Villefranche, Rodhes y Caldes Aígues. Y sigue su apostolado por el país de Velai, Lepuy, país de Auvergne, Ducado de Borbón, Mouiins, Ducado de Borgona, Dijon, La Champanie, Claraval, Ducado de Berry, Bour- ges y Tours. Desde aquí hace una excursión a Italia y vi­ sita a Bolonia. Esta excursión, sin embargo, no es admitida unánimemente por los historiado­ res del Santo, por más que la mayoría de ellos convienen en que, estando en Bolonia, hizo va­ rios milagros.

Vuelve a Francia y entra en la Bretaña y

# *

— XXVI

va a Nantes y Taix; y el año 1417 lo vemos evan­ gelizando en Vannes, Algunos autores sostienen que nuestro San­ to asistió este año al Concilio general de Cons­ tancia, que puso fin al cisma de Occidente, con la elección de Martino V, en el mes de Noviem­ bre. Pero es indudable que no asistió, sin em­ bargo de las grandes gestiones e instancias rei­ teradas de los Padres del Concilio, del emperador Segismundo y de los Reyes de España y Francia. Cuando se le cuenta como presente al Conci­ lio, hay que sobrentender que fué y asistió en

espíritu. Y en verdad, puede afirmarse que Vi­ cente Ferrer era el alma de este Concilio, porque suya es la gloria de haberse al fin reunido y nor­ malizado, no sólo por lo que escribió y -aconsejó

a cuantos en él intervinieron, sino también por­

que por su medio pudo realizarse, ya que a él se

le debe el que Aragón y Castilla prescindieran y

desconceptuaran al antipapa Luna, hecho lo cual, fué ya viable la existencia del Concilio y la elec­ ción de Martino V. Todo lo que resta del 1417 está nuestro San­ to predicando en Taix, pueblos de la Guerraud, San Giles, Angers y en ia Normandía, Dinan, San Malo-, Coutances y Caen, donde por enton­ ces se encontraba la Corte de la Bretaña. En 1418 continúa su apostolado por aque­ lla región; va a Castel Andreu, San Brien, Quin­ tín, Lamballe, Tugon, otros pueblos de la dió­ cesis de San Malo, Joselín, Píoermel, Rhedan y

XXVII

Abadía de. Santa María de Precibus. Aquí su debilidad es extrema; sus años y los incalcula­ bles trabajos de su apostolado le postran, con fiebres, y todos los síntomas son pesimistas. To­ dos temen que su vida se extingue por momentos, y la consternación de sus discípulos y de aquellos pueblos no tiene palabras con que expresarse. Entrado ya el 1419, llega a Vannes la noti­ cia de la extremada debilidad del Santo. La du­ quesa de Bretaña pone en juego todo su poder y toda la sagacidad que le inspira el profundo cariño que tiene a nuestro Santo, y logra que se le traiga a Vannes. En efecto, antes de aca­ bar el mes de Febrero llegó a esta ciudad San Vicente Ferrer. Era la segunda vez que la visi­ taba, y el recibimiento que se le hizo fué entu­ siasta sobre toda ponderación. Los valencianos que iban en la compañía del Santo, convencidos de que pronto iba a morir, intentan por dos veces llevárselo a Valencia; pero las dos veces, milagrosamente, el cielo lo estor­ bó y el Santo les dijo que no pensaran en eso, pues era voluntad de Dios que allí muriera. En efecto, pronto iba a extinguirse aquella lumbrera de la Iglesia Católica. Se agravó en los primeros días de Abril, y el día 5 de este mes, rodeado de sus discípulos, de los Duques de Bre­ taña, del Obispo y Clero de Vannes y de una in­ mensa multitud de fieles de aquella ciudad y sus contornos, llorado por todos, entregó su al­ ma al Criador. Era. miércoles aquel día.

Su cuerpo quedó más hermoso que un ángel. A los ángeles se pareció desde niño y a los án­ geles se parecía la hermosura de su cadáver. Sus restos mortales han profetizado, en frase de la Sagrada Escritura; su cuerpo- muerto ha hecho más milagros que su persona cuando vi­ vía. Descansa en la Catedral de Vannes, de cual ciudad es Patrono Principal. San Vicente Ferrer redujo a la Religión Ca­ tólica a millares de hebreos, mahometanos, he­ rejes y pecadores, y ha legado a la posteridad inmortales documentos de su saber y virtudes acrisoladas. Lo canonizó, como él mismo tenía profeti­ zado, el Papa Calixto III, el año 1455; pero la Bula de Canonización la expidió, tres años des­ pués, el Papa Pío II. Su fiesta en la Iglesia Uni­ versal es el 5 de Abril; en el reino de Valencia, el lunes después de la Dominica in Albis La Orden de Predicadores lo considera, en su Oficio divino, como Doctor de la Iglesia.

Nornen ejus requiretur a generatione in genera- tionem.

PRIMERA PARTE

MILAGROS DE SAN VICENTE F ERRER

DURANTE SU

VIDA

CAPÍTULO PRIMERO

DESDE

SU

NACIMIENTO

DE

ORDEN

HASTA

QUE

PROFESA

PREDICADORES

(Años 1349-1368)

EN

LA

1—1349—Estando aún San Vicente en el seno materno, una noche soñó su padre que asistía a una gran solemnidad religiosa, en la que predicaba un Padre Dominico de mucha fama. Oía él el sermón con recogimiento, cuando el predicador se paró yr dirigiéndose a él, íe decía que se alegrara, porque tendría un hijo que sería Dominico y famosísimo Predicador en toda Europa y ai cual el mundo tri­ butaría culto entusiasta y ferviente como a un após­ tol. Después vió que todo el auditorio, lleno de albo­ rozo, le daba mil parabienes por este hijo que el cielo le deparaba, y todos alababan a Dios y él con todos hacía lo propio. Despertó con fuertes emociones de gozo, y, aunque no creía en sueños, anduvo en ade­ lante con mucha devoción, esperando el fruto de ben* dición que su esposa llevaba en sus entrañas. (Ran-

LOS

MILAGROS

DE

SAN

VICENTE

F E R R E R

I

2

zano,

Teixedor, lib.

lib.

lib.

I,

I, cap.

cap.

I,

I;

Antist,

pág.

2;

Díago,

10;

II; Valdecebro,

pág.

cap. V; Gómez, cap,

I; Fages, parte 1.a, cap. III.)

2— 1349— La madre de San Vicente tenía siem­ pre los embarazos muy penosos; pero en este de nues­

tro Santo era tanta la agilidad, bienestar, actividad

y gozo que sentía, que no sóío no se preocupaba de

su estado, sino que hacía todas las cosas como si em­ barazada no estuviera. Sentíase también ahora más

movida a devoción y a pensar en Dios Nuestro Se­

ñor. Todo esto no podía menos de admirarla, como

a su marido, acostumbrado a verla tan enferma y

melancólica siempre que estaba encinta. Además, la dichosa madre estaba asombrada, porque de vez en cuando oía en su seno como voces o ladridos. Tan­ to le preocupaba esto último, que un día consultó con el limo. Sr. Obispo D. Hugo Fenollet sobre qué podría ser aquello. Este venerable Prelado, en tono proí ético, le dijo: «Tened la seguridad de que seréis madre de un místico cachorro, custodio lealísimo de la casa de Dios, Dará poderosos ladridos contra los enemigos de la fe, y con la gracia de su lengua curará las heridas espirituales de las almas.» Bien probado

está que se cumplió este vaticinio, (Los mismos au­ tores, en los lugares citados, menos Diago, que lo trae

a la pág. 13.)

3— 1349 — La madre de San Vicente, que era muy piadosa, tenía la costumbre de socorrer a una pobre ciega, dándole todos los meses cierta cantidad de harina y de dinero. En los días de su embarazo de su santo hijo, al dar la acostumbrada limosna, dijo a la ciega: «Pida usted para que tenga un parto

3

feliz.» La ciega acercó su cabeza al seno de la que tan liberalmente la socorría y luego le dijo: «¡Dios os con­

ceda esa gracia!», y al instante recobróla vista, y» lle­ na de júbilo, añadió: «¡Madre feliz! Lo que lleváis en vuestro seno es un ángel que acaba de devolverme

!a

vista.» (Fages,

loe. cit.;

Vidal y Mico, cap.

I.)

4— 1350— Este año, que fué jubilar por institu­ ción del Papa Clemente VI, el día 2-2 de Enero nació San Vicente Ferrer en la ciudad de Valencia. Y ocu­

rrió un suceso maravilloso. Sin previo aviso ni darse

a público la noticia, todos los vecinos de Valencia, como movidos por fuerza invisible, se alborotaron

y llenaron de gozo. Y reunido el Concejo de la ciudad,

por acuerdo de aclamación unánime, decretó apadri­ nar al reciennacido, cosa que hasta entonces de nadie se lee se hiciera, ni aun de los hijos de reyes. Al acto del bautizo concurrió casi todo el vecindario de la populosa urbe, sin que de antemano se dirigiera la

menor invitación oficiosa. (Fages, parte 1.a, cap, III; Vidal y Mico, cap. I.)

5— 1350— En virtud del acuerdo del Concejo de Valencia y representando a éste, se designaron va­ rias personas para que apadrinaran en el bautizo a San Vicente. Pero cuando se trató.del nombre que había que imponerle, hubo grandes disputas y alter­

cados. Parientes, padrinos, magistrados urbanos y el pueblo de Valencia en masa, cada cual se esforzaba en hacer prevalecer su opinión y se temían conflic­ tos graves con tal motivo. Entonces levantó la voz

e impuso silencio a lodos el sacerdote que lo tenía

que bautizar. En Perot Pertusa, cura de la parro­ quial de San Esteban, y dijo: «Nadie tiene derecho a

4 —

dar nombre a esta criatura sino sólo Dios, que para

su gloria la ha criado. Se llamará, pues,

significa Triunfador .» Todos al punto se calmaron y

unánimes dijeron: «Vicente, Vicente es su nombre.» {Fages y Vidal y Mico, loe. cit.)

Vicente, que

ft—1350— La infancia de San Vicente fué mila­ grosa como su nacimiento. Después de bautizado, sin interrupción todo Valencia iba a su casa de la ca­ lle del Mar, donde había nacido y seguía amaman­ tándole su piadosa madre. Todos le contemplaban reposando tranquilo y hermoso en la cuna como un ángel. Consta que no se emplearon jamás con él los cantos y los ruidos monótonos con que se suele ador­ mir a los niños; y tan prodigiosa y hermosa se reve­ laba su niñez, que la reina D.a Leonor de Sicilia, esposa del rey D. Pedro IV de Aragón, hizo que íe llevaran el niño a su palacio por sólo el gusto de con­ templarle, como, en efecto, se le llevó. (Fages, loe. cit.)

7— 1351— Cuando San Vicente tenía poco más de un año, hubo en Valencia una sequía espantosa, que ni las rogativas públicas ni las plegarias priva­ das conseguían alejar. Un díaT la madre de nuestro Santo lo tenía en sus brazos y lloraba y pedía al cielo remedio a tanto estrago y hacía como que presentaba a Dios su tierno hijo para intercesor. El santo niño entonces, balbuciendo, dijo a su madre: «Si quieren que llueva, que me lleven a mí en procesión.» La ben­ dita mujer, sugestionada con esta lindeza de su hijo, refirió a los regidores de la ciudad y a otras personas esta ocurrencia, y todos resolvieron hacer lo que el niño Vicente decía. Y, en efecto, lo sacaron en pro­ cesión por las calles de la ciudad, como se saca la

imagen de un santo, y al poco rato cubrióse el cielo de nubes y llovió en tal abundancia que cesó la sequía y se pudieron reparar los daños causados y los mayo­ res que amenazaban. (Fages, ibíd.)

8— 1355— En

el

corral

o

pequeño huerto de la

casa donde nació San Vicente había un ciprés muy hermoso, pero bajo cuya sombra, que todo lo llena­ ba, no podían apenas desarrollarse otras plantas. Por esto, el padre del Santo, oyéndolo él, dió orden de que lo arrancaran y se hiciera leña, Pero el niño Vicente exclamó: «Padre, que lo dejen, pues de su tronco podrán hacer mi imagen cuando me canoni­ cen, fr La salida del afortunado niño no pudo ser más eficaz. El ciprés no se arrancó; y ya hasta se olvidó esta gracia. Y el milagro más patente consiste en que, después de un siglo, luego que fué canonizado San Vicente, y se convirtió en iglesia su casa natalicia, se echó mano al acaso de aquel corpulento árbol, seco ya, y de él se hizo la imagen del Santo, que aun allí existe, en el altar mayor, y es de grandor y al­ tura más c¡ue natural. En este suceso encontramos un fondo común, pe­ ro referencias distintas-en los biógrafos de San Vicen­ te. El relato, como va escrito, lo defienden Fages, Vidal y Mico y Valdecebro, añadiendo este último que sucedió el año 1360. Teixedor y Gómez dicen que la dicha imagen se hizo de un ciprés del huertecillo de la celda del Santo, y que, siendo pequeño el tronco, mientras se trabajaba, fué alargándose maravillosa­ mente hasta dar el largor de la imagen. Esto último también lo parece admitir Vidal y Micó. (Fages, ibíd., cap. V; Valdecebro, lib. IV, cap. L II; Teixedor, lib. í, cap. V ií; Gómez, cap II; Vidal y Micó, cap. VI.)

9— 1356— Jugando un día el niño Vicente junto

a un pozo, que no dicen las crónicas si era el de su

misma casa, nosotros creemos que no, se le cayó en él uno de sus zapatitos. Quedó el santo niño asombra­ do, pero ni su corazón inocente ni su ánimo se alte­ raron. Como la cosa más natural, se arrodilló, oró bre­ ves instantes y gravemente, con su manecita, trazó sobre el brocal del pozo la señal de la santa cruz, y en seguida el agua subió ai alcance de su mano y so­

bre el agua el zapatito. Con igual serenidad lo recogió,

y viendo que estaba seco y sin mojarse siquiera, se lo

calzó y apartóse con miedo de aquel sitio como de lugar peligroso, Este suceso no lo admite Teixedor, lo cual nos extraña, pues todos los demás biógrafos del Santo lo refieren sin la menor controversia. Este mismo suceso lo hemos visto alterado en el fondo en una piececita dramática sobre los milagros de San Vicente, En ella se supone que el zapatito en cuestión era de un niño de teta que iba en brazos de una niñera, y que ésta, para evitar que sus amos la riñeran, acudió al niño Vicente llorándole la desgra­ cia, y entonces Vicentico oró, bendijo, etc. (Fages,

ibíd., cap. V; Vidal y Micó, cap. I; Valdecebro, lib. III,

cap. X IX ; Teixedor, lib. I,

cap. VI.)

10— 1359— En Valencia,

D. Miguel Garrigues, bo­

ticario, tenía un hijo de cinco años, llamado Antonio,

el cual padecía de llagas ulcerosas en el cuello, de las

que se desprendía hedor pestilencial. Como este señor era amigo del padre de San Vicente, le suplicó que se lo enviara para que tocara en aquellas úlceras. Fué, pues, nuestro Santo, niño aún de nueve años, y tocó

en el cuello al enfermito, y en el mismo instante las

úlceras desaparecieron. La fama de esta curación mi­ lagrosa hizo que muchos niños enfermos fuesen lle­ vados al santo niño Vicente, quien los curaba a todos con sólo tocarlos. Andando el tiempo, un hijo del An­ tonio, tan prodigiosamente curado, que se llamaba Juan Garrigues, luego que San Vicente fué canoni­ zado, colocó una imagen del Santo en la fachada de su casa, donde ocurrió la curación de su padre. Esta casa estaba en la calle del Mar; plazoleta dicha deis Ams o de los Anzuelos. En dicha plazoleta y junto a esta casa se levanta aún todos los años, por las fies­

tas de San Vicente, uno de

los altares para los Mita-

eres. La imagen

temente por una lámpara de aceite, estuvo en aquel sitio hasta el año 1835. (Fages, ibíd., cap. IV; Teixe- dort lib. I, cap. X ; Vidal y Micó, cap. I.)

de San Vicente,

alumbrada constan­

15— 1359— Siendo San Vicente

de unos nueve años

de edad, llegó a la casa de otro niño, su camarada de estudio, para juntos irse a la escuela. Pero, al entrar en la casa de su amiguito, salieron a recibirle los pa­

dres de éste, con grandes lloros y gemidos, porque el niño acababa de expirar a causa de un ataque. Lle­ varon a Vicente donde yacía el muerto sobre la cama; se acercó nuestro Santo al cadáver de su amiguito y le habló asi; «Vamos al estudio), y en el mismo ins­ tante el cadáver se animó y momentos después el niño estaba enteramente vuelto a la vida. Vicente de­ cía, con gracia, a los padres de su amiguito, ahora fuera de sí por la alegría: «Se hacía el muerto para no venir al estudio.)) (Vidal y Micó, Compendio; Valde- cebro, lib. I, cap. X X X V II.)

12— 1362— Como nunca

faltan,

entre

los

mismos

niños y jóvenes, no obstante de ser buenos, quienes no admitan sin discusión los elogios que se hacen de otros niños, aunque sean amigos, al niño Vicente, fa­ moso desde que nació por las mil maravillas que el cielo obraba por su medio, no le faltaron amiguitos incrédulos y reidores de su fama. Un día, varios mu­ chachos, sus compañeros de colegio, se estaban bur­ lando del crédito de santo que gozaba Vicente. Y, como esperaban a éste para ir juntos al colegio, se agruparon a la puerta de la calle del Mar, por donde Vicente tenía que pasar para ir a su casa a recoger los libros, a su regreso de un paseo que estaba toman­ do. Cuando le vieron venir, uno de ellos se tendió en el suelo, haciéndose el muerto, y los otros fingían llorar esta desgracia, Llegado allí el santo niño, le di­ jeron, con sorna, que bendijera y resucitase a su ami- güito. Entonces Dios Nuestro Señor salió a la defensa de aquel ángel. Vicente se acercó al que se hacía el muerto, a cuyo alrededor se había aglomerado mu­ cha gente, y mirándole con fijeza dijo a sus traviesos amigos: «Este ha querido divertiros haciéndose el muer­ to, pero le ha salido mal su engaño, porque de verdad está muerto.» Los chicos comenzaron a gritar y sal­ tar de gozo, por creer que la broma era completa. El gentío era ya inmensa en aquel sitio. Los chicos, a em­ pellones y puntapiés, hacían para que el fingido muer­ to se levantase; pero, con gran estupor y certificados por dictamen de médicos, se convencieron de que en verdad estaba muerto. Y comenzaron a llorar, ahora muy de veras. El santo niño Vicente, rogado con toda sinceridad para que obrara un milagro, y conmovido ante los sollozos de sus amiguitos, de los parientes del muerto y de todos los que allí estaban, se reco­ gió, oró un momento y mandó al muerto que voL

viera

chanceador chanceado.

creció

más al- santo niño Vicente. (Fages, ibíd., cap. IV; V i­

dal

y

a

la vida; y, en efecto,

con

este

El

Mico,

en seguida

resucitó

el

estupor de todo Valencia

que acreditó

más y

í,

cap. V IL )

nuevo prodigio,

cap. I; Valdecebro, lib.

13— 1367— El

Prior del Convento de Predicado­

res de Valencia, que era a la sazón el P. Fr. Mateo de Benencasa, pocos días antes de saberse que el joven Vicente Ferrer se iba a hacer Dominico, tuvo una como visión espiritual. En ella Dios Nuestro Señor le reveló que muy pronto tendría que recibir en el Convento a una persona de sobresalientes condicio­ nes. Puso esto en conocimiento de los religiosos para que a Dios lo encomendaran, y él y la Comunidad andaban muy pensativos sobre quién podría ser el postulante anunciado por el Señor. A los pocos días, esto es, el 2 de Febrero, se presenta en el Conven­ to para pedir el Hábito el santo joven Vicente Fe­ rrer Llena de indecible placer la Comunidad, admite en seguida a Vicente, y a los tres días, o sea, el 5 de Febrero, fiesta de Santa Agueda, virgen y mártir, Vicente recibe aquella librea, el hábito blanco y ne­ gro de Santo Domingo, que tanto tenía que ilustrar con su apostolado y sus milagros. (Fages, ibíd., ca­ pítulo V I; Teixedor, lib. I, cap. X II.)

14— 1368—Se acercaba a toda prisa el día en que el santo novicio Vicente Ferrer tenía que pronunciar sus votos, abandonando por completo el mundo. Su madre, aquella piadosa Ena Constanza, lloraba in­ consolable, pues su ilusión era que su hijo se quedara con ella y no se hiciera religioso. Con este fin redobla­ ba sus visitas al Convento, para persuadir a su hijo

10 —

que se volviera a casa. Al regresar a su hogar de una de estas visitas, iba con el alma llena de amargor, pues Vicente le había dicho la última palabra y pron­ to se consagraría por votos solemnes a servir a Dios en aquel estado. Rumiaba ella, dolorida, esta sepa­ ración y pérdida de su amado y santo hijo, cuando se le acercó un pobre, hombre ya anciano, que en vez de pedirle limosna comenzó a consolarla. Le recor­ daba las misericordias del Señor con ella durante el embarazo de su hijo Vicente y le decía otras tales cosas tan divinas sobre la excelencia del estado re­ ligioso que este hijo suyo iba a profesar, que la afli­ gida mujer serenóse del todo. Siguió el pobre acom­ pañándole hasta su casa y, llegados aquí, al querer ella agradecer y recompensar, con una buena limos­ na, al que parecía un desvalido pordiosero, éste des­ apareció súbitamente de su vista, como si todo aque­ llo fuera una visión del cielo. Y, en efecto, se creyó por ella y por toda su familia y por cuantos se ente­ raron de lo ocurrido, que aquel personaje debió ser un ángel de la gloria, enviado expresamente por Dios Nuestro Señor para bien y consuelo de la madre y defensa y tranquilidad del santo hijo. (Fages, ibíd,, cap. VI; Diago, pág. 42; Serafín, pág. 48; Gómez, ca­ pítulo IV; Teixedor, lib. 1, cap. XII.)

SALE

CAPÍTULO

II

DESTINADO

Y

A

VUELVE

BARCELONA

A

VALENCIA

(1368-1376)

Y

LERIDA

Una vez profeso San Vicente, fué enviado por sus Superiores a que perfeccionara sus estudios en el

Convento de Santa Catalina, mártir, de Barcelona. De aquí pasó, con cargo de Lector, a Lérida; volvió

a Barcelona y poco después a Valencia.

15-—1374—Este año fué de pruebas terribles para Barcelona; pues, entre otras públicas calamidades, se

vió envuelta en un hambre espantosa. A consecuen­ cia de malas cosechas, agotáronse los alimentos, y el

Con

tal motivo, se produjeron varias enfermedades, tra­ máronse muchas intrigas y revueltas y se cometían desmanes que ocasionaba el hambre, que siempre fué mala consejera. No se veía por parte alguna el remedio. A pesar de las cartas dirigidas por el rey D. Pedro IV a los pueblos productores y a la isla de Cerdeña, que aprovisionaba de trigo a Barcelona, no venía nada de fuera. Y las esperanzas eran menos fundadas, porque en aquellos días la mar estaba em­ bravecida y las tormentas sucedíanse sin tregua unas

trigo sobre todoT base general de alimentación.

a otras. Todo era desorden, todo lamentos, confusión

y anarquía. En tal conflicto, Vicente Ferrer, que con­ taba apenas 25 años y era aún Diácono, aconsejó, CGn éxito, que se hicieran rogativas públicas y una pro-

cesión solemne, en la cual iban más de 20.000 perso­ nas (Ranzano ías hace subir a más de 30.000). Lie* gada aquella muchedumbre a la plaza del Born, su­ bió nuestro Santo a un púlpito, allí levantado para esto, y dirigiendo 1?. palabra a la inmensa concurren­ cia, exhortó a todos a poner su confianza en Dios Nuestro Señor, y añadió: «Estad serenos; esta misma

noche

Como el temporal

hubo muchos que no ]e dieron crédito y aun quisie­ ron acometerle por creer que se burlaba. El mismo Prior de Santa Catalina, mártir, le reprendió por te­ merario y le mandó que se abstuviera de hacer tales pronósticos. El santo joven religioso todo lo sufrió con humildad. Y cuando seguían las malas lenguas mordiendo en la fama del Santo y el día iba declinan­ do, poco antes de anochecido los vigías de Montjuich anunciaron que estaban a la vista dos grandes navios. A poco arribaron al puerto, y aquella misma noche se descargaron del trigo que traían, más que sufi­ ciente para abastecer a la ciudad para muchos días. Al día siguiente, todo Barcelona, admirado de tan maravilloso vaticinio, desfiló por el Convento de los Dominicos, aclamando con vítores entusiastas al san­ to Fr. Vicente, a quien Dios de tan magnífico modo autorizaba. La fama de este prodigio llevó el nom­

de trigo.»

llegarán

aquí

dos

navios

cargados

marítimo

continuaba

arreciando,

bre del humilde religioso lleno de gloria por todos los reinos de España y del extranjero, (Fages, ibíd., ca­

pítulo

Diago, pág. 50; Serafín, pág. 23; Gómez, cap. V; Vi

dal y Micó, cap, VI; Valdecebro,

bro IV, cap. L II; Teixedor, lib. i, cap. XV.)

V II; Ranzano, lib, III, cap. I; Antíst, pág. 12;

lib. L cap. X I, y li

16— 1375— En Barcelona, cierto día regresaba San

13 —

Vicente al Convento, después de haber practicado- una obra de caridad, y pasó por delante de la cárcel que se estaba construyendo. Uno de los albañiles que allí trabajaban, en aquel mismo instante resbaló dei andamio, y al caer distinguió a nuestro Santo, que pa­ saba por debajo del andamio, y le llamó, gritando:

«¡Hermano P. Vicente, salvadme!?) Parece que el Prior tenía prohibido a San Vicente hacer milagros; segu­ ramente esta prohibición debió hacérsele con motivo de las hablillas que se levantaron al anunciar él que llegarían las dos naves cargadas de trigo. Ello es, que el Santo contestó al albañil que así le invocaba: «Es­ pere, hermano, que voy a pedir permiso para hacer el milagro.)) En efecto, el desgraciado y cuitado obrero quedó suspenso en el sire, mientras Vicente volaba ai Convento a pedir ei permiso. No sabemos qué di­

ría

que

éste regresó sin perder tiempo al lugar del suceso, y dirigiéndose al obrero, colgado en el espacio, le dijo:

«Hermano, baje sin

cendió ileso. Este portento, auténtico por demás, lo refieren algunas autores como sucedido en Mallorca; otros, en Montpeller; otros, en Toulouse, y otros, en fin, en otros lugares. Creemos que sucedió en Barcelona, don­ de es cierto que San Vicente tuvo que sufrir la admo­ nición del Prior respecto a su manera de decir y obrar

maravillas. Los que refieren que ocurrió en otros pun­ tos, puede que hablen de hechos semejantes a éste, que el Santo obrara en aquellos lugares (1). (Fages,

íbídem, cap. V íí; Vidal y

el Prior

al

ruego

del

Santo;

pero es cierto

hacerse daño.» Y el albañil des­

Micó, cap.

IV.)

(1)

Teíxedor parece tener por apócrifo este

suceso.

Vide Ilus

14 —

17— 1376—Vuelto a Valencia San Vicente, des­ pués de formado su entendimiento en los estudios generales de Barcelona y Lérida, iba su corazón en­ cendiéndose más cada día en el amor de Dios. Con­ templando una noche este amor infinito, se abismó en la meditación de la pasión cruelísima del Salva­ dor, a quien estaba adorando postrado ante una de­ votísima pintura de Cristo Crucificado, que por mu­ chos anos poseyó aquel famosísimo Convento de Pre­ dicadores. En tal estado de ánimo y suspirando el bendito F. Vicente, dijo a Jesús; «¿Es posible, Señor, Jesús mío, que tanto hayáis sufrido?» De la santa Imagen salió entonces esta voz: «Si, y mucho más aún.» Y al decir esto, el Cristo se inclinó en dirección del Santo hacia su brazo derecho. Desde este suceso, esta imagen de Cristo Crucificado presentó la irre­ gularidad de tener muy alargado el brazo izquierdo. El cronista Sales dice que este prodigio era sabido de todos y se predicaba como una cosa auténtica. Es lástima que no sepamos dónde ha ido a parar esta ve­ neranda Imagen, después que fueron expulsadas las Comunidades religiosas en el aciago año de 1835. {Fa­ ges, ibíd., cap. V III; Teixedor, loe. cit.)

18— 1376— En Valencia traía San Vicente una vida de tan remontada perfección evangélica, que era asombro aun a los religiosos más santos que en su Convento vivían, y éstos eran muchos, como dice Antist. San Vicente, sobre dedicarse con ahinco a la ciencia, se ejercitaba de admirable manera en las más austeras mortificaciones, vigilias y demás trabajos de la vida religiosa. Estando él así abstraído casi de este mundo, una mañana que iba por los claustros del Convento, se le acercó un venerable anciano, de

15 —

semblante austero, barba blanca, larga y desaliñada

y un porte general como de anacoreta o ermitaño.

Después de los saludos de religiosa cortesía, entraron en conversación. El anciano decía al siervo de Dios que no le parecía ser cosa del Señor aquella vida tan austera que se había impuesto; que, pues era aún jo­ ven, debía mitigar un poco tantos rigores, divertirse

y no andar tan endiosado. El bienaventurado Vicen­

te rechazaba estas propuestas con divina sabiduría

y al fin se persuadió que su interlocutor era un de­

monio disfrazado. Lo conjuró, en nombre de Dios,

y el viejo desapareció como por ensalmo. (Fages, ibíd.,

cap. VIII; Flamín, fol. 165; Antist, pág. 21; Diago, pág. 69; Vidal y Micó, pág. 45, n.° 68; Serafín, pági­ na 17; Gómez, cap. VI; Ranzano, lib. I, cap. III; Val- decebro, lib. I, cap. XIII: Teixedor, lib. I, cap, XVIII.)

CAPITULO

III

DE

VALENCIA

PARTE

A

TOULOüSE;

REGRESA

Á

VALEN­

CIA Y ACOMPAÑA

A

PEDRO

DE

LUNA

POR

ALGUNOS

PUEBLOS

DE

CASTILLA.

(1377-1391)

19—1377—Poco antes de salir San Vicente para. Toukmse, adonde le enviaba la Obediencia para que diera allí algunas lecciones en las aulas de aquel es­ tudio general dominicano, tuvo lugar un suceso que la historia y la tradición nos guardaron como una de las más preciadas joyas de la biografía de San Vicente Ferrer. Sea predicando en Valencia, sea que fuera a predicar a Alcudia de Carlet, como otros afirman, o

a Játiva, según dicen allí las gentes, es lo cierto que un día acababa de enardecer, como solía, a todo el pueblo en el santo temor de Dios; por lo cual, termi­ nado el sermón, todos se le acercaban para saludarle

y besarle la mano. Entre aquella multitud, se le acer­

có una señora nobilísima, de la casa dé los Borjas, cuyo castillo aún se puede visitar en Alcudia; esta señora estaba encinta de su hijo Alfonso, más ade­ lante el Papa Calixto III. Al verla nuestro Santo le- dijo: «Señora, velad con esmero por ese hijo que lle­ váis en vuestras entrañas, porque Dios lo tiene pre­ destinado para grandes cosas.» La historia se ha en­ cargado de confirmarnos de que San Vicente fué aquí,

como en otras ocasiones, como veremos, verdadera

 

17 —

profeta.

{Fages,

parte

3.a, cap.

IV;

Antist,

pág.

80;

Vidal y Micó, Teixedor, lib.

cap. V I; Valdecebro, III, cap. X I.)

lib.

IV,

cap.

LI;

20— 1378—Vuelto a Valencia San Vicente, con­ tinuó aquí su asombrosa vida de penitencia y celo por la salvación propia y del mundo entero. El de­ monio ya había perdido el tiempo una vez, queriendo retraerle de aquel hermoso camino de la santidad; pero intentó segundo ataque, y veremos que en esto no cedía el enemigo. Toda la vida de San Vicente está

matizada de gloriosos triunfos conseguidos por él con­ tra la astucia del enemigo de las almas. Ahora se le presentó el demonio bajo la figura de un negro muy horrible. Y como ei Santo no se alterara, el negro le amenazó, diciéndole: «No tengas soberbia; yo te juro que te he de hacer mucha guerra, te haré sufrir mu­ cho y te haré caer en pecado mortal.» Nuestro Santo invocó el nombre de Jesús e hizo la señal de la cruz,

y al instante desapareció el negro. (Fages,

Gómez, cap. VI; Valdecebro, lib. I, cap. XIV ; Tei­ xedor, lib. I, cap, X V ill.)

cap. V III;

2 Í— 1379—-En Valencia, por este tiempo, San V i­ cente era Prior de su Convento de Predicadores, y se­ guía admirando a todos con su santidad y fervor en convertir almas. Tenía en su celda una devota im a­ gen de la Virgen Santísima, pintada con mucho arte

y maestría piadosa. Ante ella oraba ei Santo frecuen-

temente, y la Virgen por esta efigie suya le solía revelar grandes misterios y otras veces le consolaba hablán­

dole. Hay especial mención de la siguiente maravi­ lla. Una noche, a eso de las diez, el Santo, delante de esta imagen, leía ta defensa que escribió San Jeróni-

LDS

MILAGROS

DE

SAN

VICENTE

F ÍR R E R

2

— l a ­

mo contra Elvidio, probando la maternidad virginal

de

María. El Santo estaba enamorado de esta virtud

de

la virginidad, y así gozaba eri extremo leyendo los

elogios que de ella hacía San Jerónimo. De repente se

le aparece el demonio y le dice: «No te forjes ilusiones;

tú caerás en pecado de la carne y no has de ser vir­

gen.» Quedóse el Santo triste y azorado, pero recu­ rrió a la que es Madre de vírgenes, se postró ante la imagen predilecta y lloró y expuso su pena. En aquel momento el cuadro se ilumina, como otras veces su­

cedía, la imagen se aviva y de los labios de la santa efigie oye estas palabras: «No temas, hijo mío. Yo te ayudaré, saldrás siempre victorioso de todas las ten­

taciones contra la castidad, y te prometo que te con­ servarás virgen y virgen entrarás en la otra vida.; Vicente, serenado, lloró de consuelo, Y efectivamente, no perdió jamás su pureza virgina!, como consta por

la

Bula de su Canonización, (Fages, ibíd,, cap. X I II,

y

Ranzano, Antist, Liccio, Diago, Flamín, Gómez,

Serafín, Vidal y Micó y Teixedor.)

22— 1382— Por divina permisión, el Santo vióse sujeto a grandes embates que contra su pureza vir­ ginal le hizo el demonio. De los más famosos es el que sigue. Una joven de la nobleza de Valencia, de muy rara hermosura y que se llamaba ínés Hernández, habíase enamorado perdidamente del P. Vicente Fe- rrer. Como nuestro Santo no era fácilmente aborda­ ble, por la vida religiosísima que llevaba y que no dejaba de admirar a todo Valencia, la desdichada jo ­ ven, para el logro de satisfacer su pasión criminal, fingióse enferma y como que se moría, e hizo llamar a San Vicente para que la confesara. Fué el Santo, y una vez sola con él, Inés deja su ficción y con gran­

19

dísima ternura le dice que sólo está enferma de

amor por él, y que si no le corresponde y accede a sus ruegos y solicitación, morirá. El Santo quedóse asom­ brado por de pronto ante declaración tan inaudita,

y luego contestó a la loca mujer cuán criminal era su

deseo, pues siendo él religioso y sacerdote, había re­ nunciado por siempre a ese amor pasional y en ma­ nera alguna podía hacer tal crimen. Seguidamente la exhortó para que se arrepintiera de su enorme pe­ cado, y salióse del cuarto de la fingida enferma, reti­ rándose a su Convento sin decir palabra de lo ocurri­ do. La infeliz Inés, que vió perdidas del todo sus es­ peranzas de gozar de su amor'criminal, montó en có­

lera, llenóse de rabia y se entregó a la desesperación,

a todos los demonios del amor propio, que, en efec­

to, parecía vinieron a morar en ella. En tan lamenta­

ble estado quedó su salud, que su familia, preocupada, hizo venir a varios médicos. Pero era inútil. Todos declararon que Inés era una posesa o endemoniada

y que sólo con los exorcismos podría curar. Se llamó,

pues, a algunos sacerdotes que le leyeron los Santos Evangelios y otras oraciones; pero ella, o mejor el demonio por boca de ella, decía a grandes voces; «No curaré; no ha de salir de mí el demonio hasta que venga a echarlo quien, en medio de las llamas, no se quemó.)) Nadie comprendía qué significaban estas palabras. Y como la enferma se agravaba por momen­ tos, la familia volvió a llamar a San Vicente. Volvió él a la habitación de la enferma, disimulando; pero con el ánimo resuelto para convertir a aquella ener- gúmena. Apenas el Santo se puso delante de Inés, que estaba rodeada de sus parientes y varias perso­ nas amigas, la enferma comenzó a gritar: «Este, este es quien no se quemó en medio de las llamas*, y ha­

20 —

ciendo una gran contorsión quedóse tranquila por completo, aunque con grandísimos dolores, que tam­ bién cesaron pronto enteramente. Libre la pobre Inés de aquella pesadilla del demonio de la pasión, pidió sus vestidos, y saliendo de su cuarto arrojóse a los pies del Santo toda hecha un mar de lágrimas. Arre­ pentida y contrita de todas veras de su pecado, en adelante emprendió una vida de gran fervor y santi­ dad, en la cual perseveró hasta su muerte. Algunos dicen que no se llamaba Inés, sino Isabel. (Fages, ibíd,, cap. VIH ; Gón>ez, cap. V I; Valdecebro, lib. I, cap. XV; Vidal y Mi'có, cap. II; Teixedor, lib. I, ca­ pítulo X IX .)

23— 1383—Triunfador San Vicente de la celada tan bien preparada por la desdichada joven Inés, vióse poco después otra vez atacado del genio del mal, empeñado en derribar en el fango del vicio y deshonor a aquella alma sublime. Mas otra vez va­ mos a ver a Vicente salir con gloria de las maquina­

ciones del demonio. Movidos por éste, algunos en­ vidiosos del afamado Dominico lograron burlar la vigi­ lancia del Convento de Predicadores, e' introdujeron en la celda del Santo una mujer descocada y resuelta

a seducir al bendito Vicente Ferrer. Este no se dió

cuenta del acecho en que el enemigo lo tenía, hasta

altas horas de la noche. Y cuando vió en su alcoba

a aquella criatura vil, no sólo la rechazó indignado,

sino que, con palabras divinas, logró que esta infeliz

mujer prorrumpiera en grandes sollozos y muestras de sincero arrepentimiento. Entonces ella misma des­ cubrió al Santo los nombres de los que allí la habían llevado. San Vicente le prohibió que los dijera a per­ sona alguna y ni siquiera mentara lo ocurrido, Pero

21

ella, en adelante, llevando una vida enteramente se­ parada de los placeres ilícitos del mundo, no se can­

saba

de

decir a todos la victoria tan

insigne

que el

Santo había conseguido. (Fages, ibíd., cap. VIH ; Gó­

y cita a Serafín;

Valdecebro, lib. I, cap. XV ; Teixedor, lib. I, capí­ tulo X IX .)

mez, cap. VI; Vidal y Micó, cap. II,

24— 1384— Los émulos de San Vicente Ferrer,

burlados en su malvado plan de deshonrarle, llevan­ do furtivamente a su morada una infeliz mujer que

el Santo ganó para la virtud, no cejaron en su empe­

ño de mancillar el nombre de aquel humilde hijo de Santo Domingo. Pero ni ahora lograron su diabólico intento. Veamos. Uno de aquellos malvados se dis­ frazó un día de Dominico y sedujo y violentó a una pobre mujer, la cual lloraba después amargamente su honor, robado de tan indigna manera. Llevó sus quejas a la autoridad, pero ésta no podía resolver nada, pues la mujer no podía decir quién fué su co­

rruptor por no conocerle. Alguien dejó caer de sus labios el nombre del santo religioso Vicente Ferrer,

y comenzó a fermentar el rumor, aunque todos re­

chazaban por calumniosa esta versión. Sin embar­ go, los enemigos del Santo procuraban dar visos de verosimilitud a la calumnia. La misma interesada, sin querer, ayudaba, porque no negaba ni afirmaba

y sólo decía que era un religioso Dominico y que no

conocía al P. Vicente Ferrer; así que no podía decir

si él fué ó fué otro. Apenados los buenos y autorida­

des y pueblo por tan atroz agravio hecho a un varón que todos miraban como a un santo, se resolvió ape­ lar a una prueba pública y decisiva. D. Bonifacio Ferrer, hermano del Santo, que presidía por aquellos

22

días el Concejo de la ciudad, logró que se hiciera una procesión en la que deberían ir todos los religiosos que había en Valencia. Se reunió el Cabildo munici­ pal y con él estaba la mujer de la querella. Esta de­ bía fijarse en todos los religiosos y al pasar el seduc­ tor señalarlo. Pero pasaban los religiosos y la mujer decía que allí no iba. Llegó allí el santo Vicente, y el Cabildo preguntó a la mujer: «¿Es ése el religioso que buscamos?» Ella contestó en seguida y sin titubear:

«No; ése no es; a ése le conozco yo muy bien (ignora­ ba ella que era el Santo); el que yo digo es más viejo*» La prueba fué aplastante. El Santo quedó plenamente justificado. Y terminado el desfile se probó también que el seductor no iba en la procesión. ¿Y cómo ir? ¡Si era un religioso de pega! No se pudo nunca sa­ ber quién fué tan gran criminal; pero los que trama­ ron este enredo tuvieron que morder otra vez el pol­ vo, Dios los confundió en sus mismas mentiras. (Fa­ ges, ibíd., cap. V III.)

25— 1385— D. Bonifacio Ferrer, hermano de San

Vicente, vivía en la casa que hoy lleva número 5 en

la calle del Miguelete, en Valencia; tenía allí dispues­

ta una habitación donde se hospedaba nuestro San­ to cuando sus faenas apostólicas no le permitían re­ gresar al Convento de Predicadores. Esta casa pasó

a ser propiedad de un tal Martis, que vivía en ella,

teniendo en gran respeto la habitación en que el San­ to había vivido. Este señor tenía una esclava tune­ cina, que era de continuo atormentada con horribles visiones del demonio; la pobre chica procuraba li­ brarse de estas pesadillas yendo de una a otra habi­ tación de la casa, descansando un rato aquí, otro allí. Una noche se le ocurrió refugiarse en la habitación

23 —

que decían del Santo, y apenas entró serenóse tan completamente, que durmió sin el menor sobresalto. Con esto, la infeliz no sólo iba a dormir allí todas las noches, sino que también, durante el día, cuando el demonio la atormentaba, se refugiaba en aquel asilo. Al fin las otras criadas notaron esto y supieron lo de que la esclava se atrevía a dormir en aquel sitio, que todos tenían en suma veneración. Y se lo dijeron al amo de la casa. La joven tunecina explicóle cuanto le ocurría con el demonio y le aseguró que sólo allí podía dormir sin que éste la persiguiera, por más que desde la puerta la amenazaba y hacía muecas. Des­ de entonces aquella habitación se convirtió en ora­ torio casi público, pues muchos valencianos iban a orar allí ante la imagen de San Vicente, que siempre tenía una lámpara ardiendo. Actualmente habita esta casa su propietario, mi amigo D. Vicente Calatayud Rovira, quien la restauró, o mejor, reedificó por com­ pleto el año 1908, dándole grandiosidad y aspecto moderno y elegantísimo. ¡Es lástima que el arquitecto, D. Juan Luis Calvo, no haya podido hallar medio de conservar intacta ía veneranda habitación para reali­ zar su plano! De ella sólo se ha conservado el piso, que en tableros encuadrados en maderas, me ha dicho el Sr. Calatayud, se pondrá como zócalo del Oratorio que en la casa ha de hacerse. (Fages, ibíd., cap. IX ; Diago, pág. 1GS; Serafín, pág. 284; Gómez, pág. 239; Vidal y Micó, pág. 315; Teixedor, lib. IV, cap. L)

26— 1385 (1)—Predicando San

Vicente en Valen­

cia,

en

la

plaza

del

Mercado,

en

cierta

ocasión,

se

paró súbitamente

y

muy conmovido

dijo

al audito-

(I) Algunos creen

que este

milagro ocum ó el año 1413.

 

— 24

rio: «Hermanos, ahora mismo estoy viendo que unos hermanos nuestros piden un socorro inmediato, que si no se les da morirán.» Todos unánimes preguntá­ ronle dónde estaban esas personas. El Santo contestó:

«Seguid a mi pañuelo, y donde él entre, entrad.» Y lanzó al aire su pañuelo, al cual siguieron con ansia muchos de los que aílí había. El pañuelo, como lle­ vado en manos invisibles, se entró por la ventana de una buhardilla. En ella, en efecto, se estaba murien­ do de hambre una familia pobrísima, que fué soco­ rrida, sin perder tiempo, por los que habían seguido al pañuelo. La calle donde estaba esta casa se llama aún «del Milagro de San Vicente», dice Fages, pero está equivocado. La calle de este nombre no está en el Trosai, que es donde estaba la calle de la célebre buhardilla. En el Trosai, en efecto, se celebra todos los años una fiesta cívico-religiosa recordando este prodigio, que los valencianos dicen del «Mocadoret». Teixedor (lib, I, cap, VI) parece que no admite este suceso; pero es cierto que la tradición lo apoya. (Fa­ ges, parte lA cap. V.)

27— 1385— En Valencia, un día se acercaron a San Vicente un niño de pocos años y un caballero, de cuya mano iba cogido el niño. Después de saludar al Santo, el niño le pidió la mano para besarla. El San­ to reparó en él y dirigiéndose al caballero, que era tío de aquella criatura, le dijo: «Haced que este niño se dedique al estudio, porque llegará un día en que debe gobernar la Iglesia.» Aquel niño era Alfonso Borja, después Arzobispo de Valencia y finalmente Papa con el nombre de Calixto III. (Fages. parte 3.ft, cap. ÍV; Antist. pág. 80; Vidal y Mico, cap. V II; Valdecebro, lib. IV, cap. LI; Teixedor, sobrs Calixto III.)

28—1391—En Valladolid. Este año, San Vicente había salido con el Cardenal de Aragón, D, Pedro de Luna, acompañándole como consultor teólogo y secretario particular por ambas Castillas. No desper:

diciaba ocasiones el Santo, y por eso su celo se enar­ decía más viendo ios muchos judíos que infestaban a España. Con ellos en todas las grandes ciudades en­ tablaba discusiones públicas y logró convertir a mu­ chos. Entre las conversiones más ruidosas, cuentan la que hizo en Valladolid. Había allí un rabino de los más afamados. San Vicente le arguyo en tan di­ vina forma, que al fin el rabino se hizo cristiano, bau­ tizándose con el nombre de Pablo de Santa María. Llegó a ser obispo de Cartagena y de Burgos y famo­ sísimo predicador. Muerto San Vicente, comenzó, en privado, a darle culto, diciendo a todos que pronto le verían canonizado, (Fages, parte 1.a, cap, XI.)

CAPÍTULO

IV

OTRA VEZ EN VALENCIA.— SALE PARA CATALUÑA CON LOS REYES Y LLEGA A AVIÑON, LLAMADO A LOS

CONSEJOS

DEL

PAPA,

(139Í-1397)

29—1391—En Valencia. Hacía poco que llegaron

a Valencia los reyes de Aragón,

aquellos días había regresado también San Vicente

de su ida a Castilla con el Cardenal Luna, que dejó en

Salamanca. La fama de sabio y santo que rodeaba a

Vicente influyó, sin duda, en el ánimo de la reina D,a Violante para que le escogiera por su confesor.

Y fué tan grande la afición piadosa que la reina te­

nía al Santo, que, sobre consolarse recibiendo sus con­ sejos, deseó vivamente verle en su celda. El Santo siempre se lo rehusó, por más que los Santos Cánones

permiten a los reyes que puedan entrar en la clausu­ ra, así de religiosos como de religiosas. Pero, como

mujer, D.a Violante no desistió de su intento. Un día, sin decirle a él nada, se convino con el Superior del Convento de Predicadores, y, acompañada de éste

y otros religiosos, se dirigió a la celda del Santo, Lle­ gados allí, encontraron que la celda tenía cerrada la puerta. Llamaron y el Santo no contestó. Entonces empujaron la puerta y todos entraron donde estaba

el Santo. Este, que vió con los religiosos a la reina,

dijo al que primero empujó la puerta; «Hermano, ¿no sabéis que está prohibido a las mujeres entrar en núes-

y precisamente

en

27 —

ras celdas?» El Superior y todos los religiosos veían y oían a San Vicente; pero la reina no le veía, y, oyen­ do la reconvención del Santo al religioso, le dijo:

«Padre, ¿dónde estáis, pues no os veo?» El Santo con­ testó: «Señora, estoy aquí, pero velado a vuestra vis­ ta, y os aseguro que no me veréis, aunque estoy de­ lante de Vuestra Majestad. Salid, señora, y sabed que Dios hubiera castigado vuestro atrevimiento, si no tuviera en cuenta que habéis hecho esto a impul­ sos de una ligereza femenil» La reina tuvo al fin que salirse del Convento sin haber logrado su intento de ver en su celda a su santo confesor, no obstante que con él conversó lo que va dicho. Sobre este milagro añade Vidal y Micó, que además el Santo conminó a la reina diciéndole: «Ya os costará cara esta curio' sidad», y que se refirió el Santo a la muerte del rey D. Juan, que murió pocos arios después. No nos pa­ rece verosímil esto, pues, como vamos a ver, doña

Violante repitió la suerte, y no lo hiciera de ser cierto lo dicho por Vidal y Micó. (Fages, parte 1.a, cap. X II; Ranzano, lib. II, cap. III; Gómez, cap. V II; Vidal y Micó, cap. II; Valdecebro, lib. I, cap. X X 1I1; Tei-

xedor,

lib,

I,

cap.

X X III.)

30— 1392— En Valencia.

Insistiendo

D.a Violante

en ver a San Vicente en su celda, porque ella se lo figuraba como el hombre de mayor santidad, consi­ guió otra vez del Prior de Predicadores permiso para entrar en el Convento, lo que el Prior no podía negar porque era reina; pero esta vez se acompañó de su

real comitiva. Entró, pues, en el Convento, y con el aparato de su alta jerarquía y seguida de la Comuni­ dad, se dirigió a la celda de San Vicente. Llegados todos allí y encontrando cerrada la celda, la reina

23 —

se acercó y atisbo por las rendijas, y vio al Santo puesto de rodillas orando con extraordinaria cal­ ma y rodeado todo de un fulgor sobrenatural. Asus­ tada entonces de su atrevimiento, volvióse a su comi­ tiva y dijo con majestad: «Vámonos de aquí, que no

está bien curiosear lo que hace este Santo, padre mío.» Desde aquel momento la reina D.a Violante, siempre que veía a su santo confesor Vicente, lo saludaba de rodillas y le pedía su bendición. (Teixedor, loe. cit.;

Valdecebro, lib.

I,

cap.

X V III;

Gómez,

cap. V IL)

31— 1394—Zaragoza. Los biógrafos nos refieren que este año San Vicente Ferrer vino a Zaragoza, sin duda por algún asunto particular que los reyes íe encargaron, o tal vez de paso,' cuando salió de Va- lencia para el condado de Cardona. Como sea, el he­ cho que sigue es incuestionable, si bien equivocada­ mente, Valdecebro lo pone al año 1414. Un día cele­ braba nuestro Santo delante del rey de Aragón, y al llegar a la mitad de la Misa se paró un gran rato, y comenzó a derramar abundantes lágrimas, Los que estaban alrededor del altar se emocionaron extre­ madamente; pero el Santo los serenó diciéndoles: «De­ cid al Rey, nuestro Señor, que acaba de morir mi pa­ dre en Valencia.» Tal se comunicó al Monarca, quien, después de acompañar al Santo en su sentimiento y dolor tan justos, hizo diligencias para que se averi­ guase lo acaecido en Valencia al padre del Santo. Y, en efecto, llegaron cartas de aquella ciudad cer­ tificando de que En Guillem, padre del P. Vicente, había fallecido de muerte natural el día que el Santo lo dijo y en el preciso momento que lloró dentro de la Misa. (Valdecebro, lib* IV, cap. LII.)

-

29 —

32—1395— Cuando a fines del 1394 los reyes sa- Jieron de Valencia para Cataluña, San Vicente, que era confesor de la reina, los siguió; pero, llegados al Principado, e) Santo pudo separarse de silos y pre­ dicar por algunos pueblos del Norte, llegando a Fran­ cia. En este país, sin que sepamos en qué pueblo, des­ pués de predicar se le presentó un hombre pidiendo le confesara. Eralo que se dice todo un criminal, pues había cometido muchos y enormes pecados y delitos. Iba el infeliz muy arrepentido, pero muy desazonado, porque ^pensaba que Dios no íe perdonaría. El Santo le exhortó y íe oyó muy tranquilo. Después de con­ fesado, le puso por penitencia que ayunara todos los viernes durante siete años. El penitente, llorando, le preguntó: «Padre, ¿y Dios me perdonará con tan poca penitencia?» El Santo le contestó: «Dios ya te ha per­ donado por ta absolución; ahora sólo falta que cum­ plas esta penitencia.» El penitente repuso: «¡Pero tan poca!» Vio el Santo el grandísimo dolor de contrición que aquel hombre tenía, y le dijo: <iSí, ella basta; y mira, ahora te digo que ayunes sólo tres días,* El pe­ cador, arrepentido, lloraba más y más y se deshacía en contrición; y el Santo añadió: «Vamos, cálmate; Dios Nuestro Señor no necesita de tu penitencia, quie­ re tu corazón contrito. Y tanto es así, que sólo quiero que reces para formar el sacramento una penitencia de tres Padrenuestros.» Y a seguida, como corrigién­ dose: <<¡No tres, no; un solo Padrenuestro! ¡Eaí ¡Co­ miénzalo a rezar!» El penitente, efectivamente, co­ menzó a rezar el Padrenuestro, y ¡caso admirable! antes de acabarlo cayó muerto de dolor a los pies del Santo. Este bendijo entonces a ía divina piedad, que se habfa llevado a aquella alma, poco antes es­ clava del infierno, en virtud del grandísimo dolor d&

30 —

contrición

que había tenido.

(Fages,

parte 3.a, capí­

tulo IX ;

Gómez, cap. X X III ;

Vidal

y Micó,)

33— 1396— Luego que llegó San Vicente a Cata­ luña acompañando a los reyes, se le presentó el con­ de de Cardona y le expuso cuán necesitadas estaban las gentes de su territorio de unas misiones que lle­ garan al alma de tantos cristianos fríos como allí ha­ bía. Nuestro Santo persuadió a la reina D.a Violante la conveniencia de que le dejara irse con el conde para evangelizar por algunos días allí. Conseguido el real permiso, el Santo partió con aquel procer y es­ tuvo recorriendo aquellos pueblos algunos meses. Y fué tan grande el entusiasmo que en todos despertó, que un día, en Cardona, al bajar del púlpito, se le api­ ñaron los fieles y a porfía le besaban la mano y pedían los bendijese y sanara a cuantos tenían alguna do­ lencia. Todos curaban con sólo la bendición suya. Con tal motivo, algunos, llevados de su fervor y para tener un recuerdo del Santo, le cortaron, sin él sa­ berlo, algunos pedazos de su hábito. Y cuando San Vicente se fué de Cardona, cuantos enfermos eran tocados de alguno de aquellos pedazos del hábito, curaban, cualquiera que fuese la enfermedad o do­ lencia que sufrieran. (Fages, parte 1.a, cap. X II.)

34— 1397—Creado Papa por el Cónclave cismá­ tico el Cardenal de Aragón D. Pedro de Luna, el año 1394, este Pontífice, que las fatales circunstan­ cias de la época daban como el verdadero Papa, lla­ mó a su lado a San Vicente Ferrer. El humilde hijo de Santo Domingo se vió, pues, precisado a formar en la corte pontificia, donde desempeñó, además del cargo de confesor del Papa, el de maestro del Sagra­

— 31

do Palacio Apostólico. Llegó a Aviñón, donde residía la corte del Pontífice este año de 1397, y se hospedó en el Convento que allí tiene la Orden, aunque otros biógrafos, entre ellos Teixedor, dicen que se hospe­ daba en el mismo Palacio del Papa. Nada hace esta divergencia para la verdad del admirable suceso que sigue. Fué que por Octubre y víspera de la festivi­ dad de nuestro Padre San Francisco, nuestro Santo cayó gravemente, enfermo, y tan grave, que se temía por todos que iba a morir. Pero, cuando esta noticia se corría como cierta, he aquí que súbitamente la ha­ bitación donde yacía el Santo se iluminó con resplan­ dores de luz del cielo y el Santo entró en un elevado arrobamiento. Estando en él, dirigió su corazón a Dios y le dijo: «Señor, assí como avéis hecho muchos ^milagros, haced a mí esta gracia, que yo cure de esta ^enfermedad, para que pueda ir a predicar vuestra »santa palabra por el mundo.» Acabada su oración y

petición, súbitamente fué arrebatado en espíritu, y vió

a J esucristo que estava en un trono sin antepecho, y que San Francisco y Santo Domingo estavan de rodi­

llas a los pies de J esucristo, y él (nuestro Santo) estava mirando, y vió cómo Santo Domingo y San Fran­ cisco rogavan con gran devoción y humildad: «O, ftSeñor, no sea tan ai na vuestra ejecución contra vues- »tro pueblo; mas antes, Señor, que deis fin al mundo, ¿enviadles algunos que les prediquen y les avisen.» Y

J esucristo mostrava que no lo vía ni lo oía y estava

su corazón duro como mármol. Y a cabo de rato, por los ruegos que los dos Santos le hicieron, abrió la fuente de la misericordia y miró a los dos Santos a la cara y púsose en medio de ellos, y llamó al enfermo, que estava algo apartado, y Jesucristo, así como que­ riéndole allegar, púsole la mano sobre la cara y díjole:

— 32

amigo mío y devoto siervo: tú que has aborrecido was vanidades y vicios del mundo, por tus grandes rue- »gos que me has hecho, y estos dos Santos que están ^presentes, yo quiero esperar tu predicación, y mán- ídote que vayas a predicar por el mundo, porque no »puedan alegar ignorancia ni negar el día del juicio, )>y que no hayan sido por muchas veces avisados de »su incredulidad y poco conocimiento que tienen en í hacer buenas obras; y en conocer la cuenta que me »han de dar de todo.» Acabando Jesucristo de decir esto, el enfermo despertó y hallóse bueno y sano.» Añade el mismo Santo, de quien es la anterior rela­ ción, así como para despistar y que no se creyera que

era él mismo: ((Y yo sé que él no mentirá por no perder

la amistad de Dios, y más ha de doce años que va pre­

dicando por el mundo, con muchos afanes y trabajos,

y aina no morirá.» La historia nos prueba que se

cumplió la palabra de Jesucristo a San Vicente, el cual no sólo curado, sino tan hermoseado quedó, con aque­ lla caricia divina que con su mano puso el Salvador sobre la mejilla del Santo, que éste en adelante fué asombro de cuantos le miraban, porque le daba una belleza de rostro imposible de explicar, y le duró has­

ta su muerte. Adviértase que las palabras del Santo que van entrecomilladas son de una carta que él es­

cribió al papa Luna el año 1412, y las hemos copiado

al pie de la letra, como las trae Teixedor en su Vida

manuscrita

cap. XVI i I; Diago, pág. 107; Serafín, pág. 42; Val­

decebro, lib. I, cap. XX;

mez, pág. 152; Marietta, lib. II, cap. XXXI.)

(lib. I, cap. X X V I1.) (Fages, parte 1.a,

Vidal y Micóh pág. 76; Gó­

 

CAPÍTULO

V

CUMPLIENDO

EL

MANDAMIENTO

DE

JESUCRISTO,

QUE

LO

H I20

SU

LEGADO

«A

LATERE»,

COMIENZA

SAN

VICENTE

SU

APOSTOLADO

ADMIRABLE,

(1393-1401)

Después que San Vicente recibió la visita del Sal­ vador en Aviñón, curando milagrosamente y quedan­ do investido de -la autoridad divina para ir por el mundo convirtiendo a Dios los corazones de los hom­ bres, su primer cuidado fue despojarse de cuanto po­ día impedirle esta misión divina. Se apartó, pues, de la Corte pontificia, y, con todas las facultades que le dió el Papa, comenzó a predicar por Carpentras, si­ guiendo en Aix, Marsella y el Delfinado, llenando a todos de asombro con su arrebatadora elocuencia y ]a multitud y grandiosidad de los prodigios.

La fama de la predica­

ción de San Vicente debió mover a los reyes, que se encontraban en Zaragoza este año, y 3e llamaron, bien para consultarle, bien para gozar también ellos de los beneficios de la palabra del Santo, que en el Sur de Francia disfrutaban y se disputaban los pue­ blos. Fué, pues, a esta dudad nuestro Santo y comen’ zó a predicar con aquel celo que nada podía contra­ rrestar. Un día, en medio del sermón, se paró en seco, como suele decirse, y así estuvo suspenso y teniendo en suspenso al auditorio por un rato, Al fin continuó

35—1398—En Zaragoza.

LOS

MILAGROS

DE

SAN

VICENTE

FEKKER

3

34 —

el sermón, diciendo: «Hermanos míos. Dad gracias

a Dios conmigo, porque en este momento acaba de

morir mi madre en Valencia y los ángeles se han lle­ vado su alma al Paraíso.» Tan extraña salida picó la curiosidad de todos y se anotó el día y el instante en que San Vicente pronunció estas palabras. Al poco tiempo se recibió correo de Valencia en que se comu­ nicaba la muerte de la dichosa madre del Santo, ocu­ rrida precisamente en el momento que él la anunció. (Gómez, cap. XV; Valdecebro, lib. Iíl, cap. LII;

Vidal y Micó, cap. VI.)

36—1399—Ranzano, primer biógrafo del Santo,

al comenzar a hablar de las muchas maravillas que

San Vicente hizo al principio de su predicación extra­

ordinaria, refiere el suceso que sigue, aunque ni lo data ni fecha. Pero creemos que debió ocurrir por este tiempo y en el teatro de su apostolado de entonces. El hecho fué, que un niño había muerto, dejando a sus padres en el mayor desconsuelo. Se dispuso todo

lo concerniente para el entierro de la criatura; pero

su madre, loca de dolor, no se avenía a la idea de que su hijo fuera enterrado. Había ya transcurrido más

de medio día desde que el niño dejó de existir, y sien­

do ya de noche, aquella desolada mujer, sin revelarlo

a nadie, salióse de casa en dirección donde moraba

San Vicente. Llegada ailí, rogó e instó que la dejaran hablar en seguida con el maestro Vicente, Su impor­

tunidad lo consiguió. Al estar en presencia del Santo,

se echó a sus pies sollozando con am argura y dicién-

dole: «Vos podéis resucitar a mi hijo si queréis.» El

Santo, viendo aquella fe tan grande, condescendió y

le dijo: «Mujer, vete y duerme tranquila, pues es ya

tarde.» En efecto, al instante el corazón de aquella

— 35

madre desolada recobró la

hijo,

que, viéndola, le pidió que le diera de mamar. (Fages,

tranquilidad y así partió

para su casa.

Al llegar se encontró

vivo

a

su

parte 1.a, cap. IX.)

37—1399—Al principio también del apostolado de San Vicente, y en tierras del Sur de Francia, juz­ gamos debe referirse el siguiente maravilloso caso. Un gran pecador llegó al artículo de la muerte, y por mucho que se hizo no pudo conseguirse de él que se arrepintiera y confesara de sus pecados. Fué avisado San Vicente, y, yendo a verle, conoció que aquel in­ feliz estaba desesperado y no confiaba que Dios le había de perdonar. El Santo le exhortó y animó y al fin le dijo: «Mira,' yo doy a Dios todos mis méritos a cambio de tu salvación,» El moribundo entonces se reanimó, y mirando muy fijamente a San Vicente le dijo: «Escríbame, Padre, eso en un papel.>> El Santo, con mucha amabilidad., escribió aquello en un papel, que entregó al mismo enfermo en sus manos. Luego que éste tuvo el papel y leyó, conmovióse santamen- te y comenzó a llorar. Se confesó al fin, doliéndose de sus pecados, y ya del todo confiado de que se salva­ ría, entró en la agonía. Cuantos presenciaban la dul­ ce paz en que ahora se encontraba aquel hombre, llo­ raban de puro consuelo. La agonía se prolongó un rato, y al fin aquel hombre murió plácidamente, apre­ tando en sus manos aquel papel. Mas cuando acabó de expirar, el papel había desaparecido. El mismo Santo estaba asombrado de esta desaparición del pa­ pel, Algunos días después predicaba o refería este suceso, alentando a los fíeles a confiar en la divina misericordia, y de repente, mientras él hablaba, un papel, viéndolo todos, revoloteando sobre la cabeza

— 36 —

del Santo, vino a pararse delante de él. El Santo lo cogió y desdobló, y su faz no pudo menos de inm utar­ se viendo que era el mismo que él había escrito y que el enfermo retuvo en sus manos hasta expirar, des­ apareciendo luego, «iEra, dice Fages, la cédula re­ expedida por Dios!», para certificar de la salvación del que había muerto. (Fages, parte 6.a, cap. XL)

38—1400—La guerra que el demonio siempre ha­ bía hecho a San Vicente se acentuó más cuando el Santo emprendió sus correrías apostólicas, después de la visión de Aviñón. Todos los documentos de aque­ llos tiempos nos atestiguan que en el siglo x iv y principios del xv estaban infestados muchos pue­ blos de Europa de diablos disfrazados, generalmente de ermitaños. En el Delfínado, donde ahora coloca­ mos al Santo, y en Lombardía, Cerdeña y otros pue~ blos de Italia y de España, donde le veremos pron­ to, estos ermitaños-demonios solían vestir con mucha austeridad y llegaban a infundir en las gentes cierta veneración hacia ellos, que al momento se podía ver que no era buena: las gentes no se hacían humildes ni adquirían fervor cristiano; antes se notaba en los que los seguían cierto orgullo e indiferencia religiosa. Esto hizo entrar en sospechas a San Vicente Ferrer, y miró, por lo mismo, con prevención a los dichos er­ mitaños. Sucedió que un día que el Santo exorcís- taba a un poseso, echó mano, como es de rúbrica, del agua que el Santo creía era bendita, pues así se lo habían asegurado algunos ermitaños que presen­ tes estaban. El endemoniado, sin embargo, cuando el Santo le echaba el agua, se burlaba de él diciendo:

«¡Valiente agua, valiente agua!» Y como el exorcismo no producía efecto, el Santo juzgó que'aquella agua

37

no era bendita, y juzgó bien. Porque luego que ia ben­ dijo y la empleó, así bendecida por él, el exorcistado quedó libre. Otras veces el Santo observó que algu­ nos fieles se acercaban a él desdeñosos y hasta le lla­ maban mal cristiano, instigados por los ermitaños misteriosos. Entonces el Santo se encaraba con éstos y les argüía de viles y enemigos de Dios, y súbita­ mente se veían desaparecer, como por ensalmo, aquellos marrulleros andrajosos; y visto esto, los fieles que in­ sultaran al Santo> echándose a sus pies, le pedían perdón. En el célebre Concilio que el Papa Luna ce­ lebró en Perpiñán, al cual, como es sabido, asistió San Vicente, uno de aquellos ermitaños, de muy ve­ nerable aspecto, sentóse junto al Papa, San Vicente, al terminar el Concilio, se acercó a este ermitaño y le dijo: «Tú eres un demonio disfrazado.» El ermitaño contestó: «¡Calla, traidor! Me voy porque tengo que hacer; pero pronto recibirás noticias de lo mucho que yo puedo,» Y desapareció. Á la siguiente mañana se supo que el supuesto ermitaño había dado muerte al abad de cierto monasterio. El Santo, con este mo­ tivo, explicó la maldad de aquel ermitaño, que en realidad era el demonio disfrazado. {Fages, parte 2.a> caps. II y XI; Gómez, cap. XVI11,)

CAPÍTULO VI

APOSTOLADO

DE SAN VICENTE

POR ITALIA,

BAJOS

Y

ALGUNOS

PUEBLOS

DEL

SUR ' DE

(1401-1408)

PAÍSES

FRANCIA

39—1101—Por una carta que San Vicente escri­

bió al Rmo. Maestro General de los Dominicos, fe-

chada en Noviembre de 1403, sabemos que desde primeros de 1401 anduvo por varias ciudades y vi­

llas de Lombardía, Saboya y otras regiones de Ita­

lia, haciendo tales conversiones y confirmando Dios

su predicación con tales milagros, que su nombre es uno de los más famosos entre los apóstoles de aquel país. En adelante los milagros de San Vicente son más en número. Como de los primeros en Italia, re­ feriremos el obrado por el Santo en Ferusasco, Predi­ caba en este lugar, y era tal !a confianza que en su santidad tenían aquellos moradores, que un día, aca­ bado el sermón, nuestro Santo fué detenido por una mujer que llevaba en brazos un niño epiléptico. El Santo quedó esperando que acabara aquella mujer de decir lo que quería. Arrodillada a sus pies 3e pre­

sentaba su hijito, y al fin comenzó a llorar y explicar al Santo lo que la criaturita sufría, añadiendo: «Vos curadlo, o, por lo menos, poned vuestra mano sobre

mi hijo.# El Santo, conmovido ante los sollozos de

aquella madre, la procuraba consolar con palabras

de resignación, Pero ella insistía en que tocara a su

hijo, AI fin el Santo accedió a esto. Puso su mano so-

39 —

bre

dolencia, sin que jamás le volviera. {Fages, parte 2.a,

de él aquella

el

niño

y

de repente

desapareció

cap.

III.)

40—1402— En Saboya, en un lugar que se decía Valle Impuro, había predicado San Vicente con tan­ to éxito, que conquistó muchas almas para la virtud, sacándolas dei cenagal de los vicios. Los hombres ma­ los, que nunca faltan, no podían sufrir que el Santo así cambiara en buenas 3as costumbres depravadas en que aquellas gentes vivían, con lo cual ellos veían­ se contrariados en la satisfacción de sus desenfrena­ das pasiones. Por esta causa intentaron muchas ve­ ces quitarle la vida, como el mismo San Vicente es­ cribe. Con tan depravado intento, una noche, unos cuantos malvados subiéronse al tejado de la casa donde San Vicente se hospedaba, y comenzaron a levantar las tejas de la cubierta de su dormitorio. Pero Dios velaba por su fiel siervo, y los malvados fueron sorprendidos milagrosamente sin haber po­ dido realizar sus criminales proyectos. Fué tal ]a im­ presión que les causó este caso, para ellos inexplica­ ble, que todos, confusos y humillados, confesaron pa­ ladinamente su crimen y dijeron que el maestro Vi­ cente era muy santo, y en adelante no sólo no le mo­ lestaron, sino que todos emprendieron una vida al­ tamente cristiana y morigerada. Este iugar cambió desde entonces el nombre de Valle Impuro en Valle Puro, o Valpure, que dicen las historias antiguas, y después se llamó Valluise, de Luis XIV de Francia. (Fages, parte 2.a, cap. II.)

41—1402—En Alejandría de Paila (Italia) pre­ dicaba San Vicente en e! mes de junio, y entre los

— 40

de su auditorio distinguió a un jovencito que se lla­ maba Bernardino Albizesca. Luego que terminó el

sermón lo llamó, conversó con él un rato, y al fin hizo que le acompañara a su morada, donde le sentó a su mesa y le agasajó extraordinariamente. Al otro día volvió el Santo a predicar, y en medio del sermón apostrofó a sus oyentes, diciéndoles que todos dieran

a Dios muchas gracias porque les había concedido

un joven de tanta virtud como Bernardino. «Este jo­

ven, añadió, andando el tiempo se hará franciscano

y predicador famosísimo, y será canonizado antes

que yo.» Y sucedió, efectivamente, como San Vicen­

te lo tenía anunciado. Aquel joven, hoy gloria purí­

sima de la Orden de nuestro Padre San Francisco, fué canonizado el año 1450,„ esto es, cuatro anos antes que nuestro Santo. Se llama San Bernardino de Sena

y su fiesta se celebra el 20 de Mayo. {Fages, parte 2.a,

cap. II; Ranzano, lib. III, cap. í; Antist, pág. 116;

Serafín, pág. 79; Diago, pág. 145; Gómez, cap. XÍV; Vidal y Micó, cap, VI; Valdecebro, lib. I, cap. XXIV,

y lib.

IV, cap.

LII; Teixedor, lib.

II, cap.

IV,)

42—1402—Alba Pompeya. Llegó San Vicente a esta ciudad y se hospedó en el Convento que allí tie­ ne su Orden, y ocupó la celda de un tal Fr. Teobaldo. Este íe dio al Santo una llave de la habitación y él, sin decirlo a nadie, se quedó con otra, para entrar cuando bien le pareciera. Muchas veces, picado Fray Teobaldo de la curiosidad, solía entrar en la celda sin previo aviso, sólo por ver quá hacía el santo Pa­ dre Vicente, al cual indefectiblemente encontraba tra­ tando con Dios. Y depuso además Fr. Teobaldo que por espacio de un día entero, con su noche, anduvo entrando en la celda a cada hora y siempre halló al

- -

41

Santo en oración y en forma que parecía estar con algún amigo, oyéndole claramente conversar con Dios como conversa un hombre con otro. El Santo no se apercibió de estas tretas que se traía el curioso Fray Teobaido. (Fages, parte 2.a, cap. III; Proceso, folio 181, parte 1.a; Valdecebro, lib, I, cap. XXIV; Teixe­

dor, lib.

I í h cap.

IV.)

43—1403—Montecalieri. Venido a este pueblo, San Vicente se hospedó en casa de una familia labriega. Aquel país hacía tiempo que venía sufriendo mucho a causa de grandes tormentas que caían sobre los campos, destrozándolos por completo. Un día el hués­ ped del Santo le preguntó: ((Maestro Vicente, ¿cómo me las arreglaré para librar mis campos de esa cala­ midad de las tormentas que todos los años vienen a echármelos a perder?» El Santo le dijo simplemente:

«Este año no te sucederá este mal; yo lo arreglaré.» Y en efecto, a poco se desencadenó sobre aquel tér­ mino una terrible tempestad de granizo, que convir­ tió en tristes desiertos los campos que mucho pro­ metían; pero en medio de aquella inmensa sabana de ruinas, cuya vista afligía el corazón, destacábase, a gui­ sa de isla frondosísima, el campo de la propiedad del huésped. Aquello causó un asombro indescriptible en todos. El Santo predicó con este motivo un sermón so­ bre la eficacia del agua bendita, aun contra los males temporales, y, exhortando al auditorio a su uso,’ dijo:

«Sed buenos y rociad los campos con agua bendita, aprovechándoos de este remedio tan sencillo que os ofrece la Santa Madre Iglesia.» La mayoría de los labradores se rieron y hasta se burlaron del Santo, porque no les daba otro remedio para conjurar los males que amenazaban de continuo a sus cosechas;

42 —

pero cuando vieron que las tempestades se sucedían, haciendo cada vez más destrozos, acudieron a él hu­ mildes, implorando que los remediara. El Santo los recibió con afabilidad y Ies dijo: «Buena gente, Dios vendrá en vuestro auxilio.» Y yendo con ellos roció los campos con el agua bendita, y los campos, destro­ zados muchas veces, florecieron y la cosecha de aquel ano superó a las de muchos años atrás. Desde este suceso, en aquella región se acostumbra bendecir los campos rociándolos con agua bendita e invocando al santo Maestro Vicente Ferrer. (Fages, parte 2.*, cap. III; Proceso, fol. 221, parte 1.a; Valdecebro, li­ bro III, cap. X LII; Cronista del Convento de Chieri; Teixedor, lib. I, cap. IV.)

44— 1404:—Desde que San Vicente comenzó su

fenómeno que se re­

pitió infinidad de veces, como veremos, y era que su predicación tenía el don singularísimo de dejar a to ­ dos convencidos o por lo menos tan claramente en­ terados de lo que predicaba, que nadie de los que le oían quedaba con la menor sombra de duda. Y otra

cosa admirable solía suceder: que le oían y compren­ dían todas y cada una de sus palabras por muy lejos que de él estuvieran, si de verdad ponían ánimo en escucharle. Por eso se suele decir, al ponderar la pre­ dicación de San Vicente, que la distancia no influía para nada en sus sermones. Muchas veces, de intento, muchas personas se alejaban extremadamente del púl- pito o sitio donde predicaba, y siempre probaron que la voz del Santo llegaba a 'ellos tan distinta y clara

como si estuvieran pegados al

te 2.a, cap. VI; Gómez, cap, X; Serafín, pág. 50; Vidal

y Micó, págs. 84 y 175; Teixedor, lib. II, cap. X X IX .)

pulpito. (Fages, p ar­

apostolado

pudo observarse un

43

- -

prodi­

gio de San Vicente, referido varias veces y por mu­

chos testigos de vista, y que ellos mismos lo experi­ mentaron, sobre todo en Italia y Francia. Cuando a alguno de los que iban a los sermones del Santo o trataban con él se le ocurría alguna duda, algún re­ paro, no tenía que hacer otra cosa que preguntarse

a sí mismo en su interior. El Santo, como sí leyera

digno

45—1404— Es

muy

de notarse

otro

en el interior de ellos, al punto les contestaba o decía lo conveniente para que las dudas se disiparan. Su­ cedía muchas veces que varios escribían sus dudas en papeles que depositaban dentro o al pie del pul­ pito donde predicaba el Santo, y al otro día, oyendo

el sermón del Santo, notaban que iba dando respues­

ta a cada contenido de los papeles, que aún permane­

cían sin desdoblar en el sitio donde se colocaron. F i­ nalmente, con sólo desear uno seriamente consultar­ le, aun sin decírselo, el Santo se adelantaba a dar e]

Gómez,

cap.

consejo ansiado.

X.)

(Fages, parte

2.a, cap. VI;

46— 1404—Este año desde Italia fué el Santo a

Lyon, y fueron tantas las maravillas que obró en aque­ lla ciudad, que el Cabildo de la Catedral redactó esta

nota

San Vicente) permanencia en Lyon era tan considera­ ble el número de enfermos que acudían a él diaria­ mente, que era imposible contarlos. Además, visita-1 ba, a ciertas horas, a los enfermos que no podían ir por sí; los tocaba recitando muy hermosas y devotas

oraciones, y a todos curaba por la imposición de sus manos.» (Fages, parte 2.a, cap. IV.)

ad

perpetuam

reí memoriam: «Durante su (de

47—1404— En

Lyon,

Predicaba allí por Septiem ­

bre, y con el Santo llegaron a aquella ciudad los 2.000

y pico disciplinantes que se le habían reunido desde

que salió de Aviñón, a cumplir la misión que le había

dado Jesucristo. Entre ellos iban varios sacerdotes, que solían confesar a los que ei Santo convertía con sus sermones. Esta vez fué un soldado convertido quien nos va a probar cuán discreto era San Vicente Ferrer. Este soldado hizo su confesión con uno de aquellos sacerdotes. Este le impuso por penitencia, pues eran muchos y grandes sus pecados, que fuera

a la procesión de los disciplinantes, que solían hacer

los de la compañía de San Vicente en los pueblos don­ de entraban, y que durante ella se disciplinase tam ­ bién. El soldado repugnaba mucho esta penitencia. Entonces el confesor le pidió permiso para consultar

el caso con San Vicente. Este le dijo al sacerdote:

«No le mande usted que se discipline: basta que asista

a la procesión.f> El soldado admitió ya la penitencia

con esta condición. Asistió, pues, a la procesión; pero at ver el fervor y devoción con que se disciplinaban ios de la compañía del Santo, se llenó de tan gran dolor

de sus pecados, que pidió unas disciplinas y se disci­ plinó con más fervor y devoción y rigor que los otros. (Fages, ibíd.)

48—1405—Genova, Ya habían transcurrido casi media docena de años desde que San Vicente comen­

zó su divino apostolado, y «a nadie, dice Fages, se le ocurriera preguntarle en qué lengua hablaba». Es lo cierto que el Santo llegaba a un pueblo de ítalia, Francia, Flandes, Cataluña, etc., subía al pulpito, arrebataba a sus auditorios con su gran elocuencia

y todos creían que hablaba la lengua de cada uno de

mundo

sus oyentes. Ei Señor quiso al fin que el

45 —

se fijara en esta maravilla que nos refieren los his­

toriadores, y la cusí es otro insigne carácter de la divina misión de nuestro Santo. La ciudad de Génova, que por aquellos tiempos se podía llam aran pueblo de

todas las lenguas conocidas, fué el primer lugar donde

se descubrió que San Vicente poseía el don de lenguas. En Génova vivían gentes de todos ios países civili­

zados, porque allí tenían sus negocios mercantiles y financieros, y muchos genoveses hacían fortuna ejer­ ciendo el oficio de intérpretes. Pues bien, todas estas gentes, de tan distintos idiomas y dialectos, acu­ dían al sermón o sermones del Santo, y todos le oían

y entendían como si hablara el lenguaje de cada uno.

Este fenómeno no pudo menos de notarse por aquellos

hombres observadores, y comenzáronlas disputas so­ bre si el Santo había hablado en italiano, o en francés,

o en polaco, etc. Y llegaron a agriarse los ánimos,

pues cada cual sostenía que el Santo predicaba en

la lengua que cada cual tenía por suya. Y fué tanta

la gravedad de estas disputas, que los magistrados

tuvieron que intervenir y acordaron, para dar sen­ tencia segura, preguntar al Santo mismo acerca de esto. Fueron, pues, con la cuestión a San Vicente y

íe preguntaron o le expusieron las causas de los dis­

turbios. El Santo, líeno de mansedumbre y dulzura, les contestó: «Hermanos, todos tienen razón. Yo pre­ dico y hablo únicamente mi lengua, que es lalemosína, pues no sé otra (1), fuera del latín y un poco de hebreo;

(1) No podemos creer que esta expr&sión sea enteramente del Santo, a menos que se explique. Pues es innegable que además del lemosín sabía el castellano y, en general, e] romance; pero la hemos dejado como la traen los biógrafos.

AC) —

pero Dios Nuestro Señor hace que todos la entiendan cuando yo íes hablo, y por eso cada cual crse que ha­ blo su lengua propia.» (Fages,. parte 2.a, cap. VI.)

49— 1405—En Génova, dice Tacchetti, obró San Vicente uno de los mayores milagros que jamás se han visto. Este milagro, añade Tonna, ocurrió por

el verano de este año, y fué el siguiente. En Génova, las mujeres, en especial las de la nobleza, tenían cos­ tumbre de ir a la iglesia con la cabeza descubierta y ostentando una liviandad y vanidad a todas luces contrarias al espíritu del Evangelio. Se había traba­ jado muchísimo para desterrar tal abuso, pero todas las energías, todo el celo de los Prelados resultó in­ útil hasta entonces para remediar esta aberración. Llegado allí el Santo y habiendo observado estas in­ conveniencias, predicó contra ellas con tanta energía

y persuasión, que al instante las señoras nobles se cu­ brieron y fueron al templo con modestia, y todas las

mujeres siguieron el ejemplo, sin que una sola volviera

a ir a la iglesia con la cabeza descubierta, Y fué tan notable y firme esta mudanza, que aun a principios

del siglo xx las señoras genovesas de alguna posición, cuando van a la iglesia, llevan el velo tal como lo aconsejó San Vicente. Es bastante parecido a la man­ tilla española. Se llama esa prenda mezzaro; suele tener de dos a tres varas de largo y lo llevan a modo de cha!, pero cubriéndoles la cabeza, como les ordenó San Vicente Ferrer. Esta vestimenta agradaba m u­

cho a la Emperatriz tulo VI.)

Josefina. (Fages, parte 2.a, capí­

50— 1406—Bruselas. Cuando San Vicente pre­ dicó en esta ciudad se' encontraba enfermo el duque

— 47 —

de Cléves. Nada podía sanar al enfermo. Como eran

tantos los prodigios que se decían obrados por el San­ to, le rogaron que se dignara visitar y curar al duque. El Santo fué, oró y bendijo al ilustre enfermo, y éste en el mismo instante recobró completamente su perdida salud, quedando admirados él y cuantos presencia­ ron el caso. En memoria de este milagro se encargó al célebre artista janssens un cuadro en que se re­ presenta el prodigio. Esta pintura se colocó más ta r­ de sobre el altar mayor de la iglesia de los Dominicos, fundada allí por D.a Isabel de Portugal, duquesa de

de un breve dado el

5 de Noviembre de 1457 por el Papa Calixto III. Esta iglesia se dedicó a San Vicente Ferrer, poco an­

tes canonizado. El célebre trabajo de Janssens fué trasladado a la iglesia de Santa Catalina, según los

2.a, capí­

Brabante, y erigida en virtud

cronistas He une y Wauters. (Fages, parte tulo VIII.)

51—1407—Lyon. Otra vez arribó a esta ciudad, mediado el año 1407. El entusiasmo por verle y oírle aumentó ahora, porque sus milagros iban también

En uno de sus sermones, al que parecía

no faltaba una sola alma de aquella populosa ciudad, el santo maestro Vicente, después de hablar de cosas que llegaban al fondo de los más duros corazones, le­ vantó el tono de la voz, y muy solemne y con aparato oratorio exclamó: ((Hermanos, os advierto que en una de las casas principales de estas cristianas tierras se está amasando un pastel que, cuando se descubra, va a oler muy mal.» El público no comprendió lo que el Santo quería decir; pero el día 22 de Noviembre todo Lyon cayó en la cuenta y todos vieron bien clara la alusión de San Vicente y lo que aquellas palabras

en aumento

anunciaban. En efecto, ese día estalló el complot político y cayó asesinado el duque de Orleans, como

nos refiere la historia. Todos los biógrafos, como si precediera un convenio, traen las mismas palabras lemosinas con que el Santo profetizó este trágico su­

ceso. Son éstas:

cubert pudirá molí forí. (Fages, parte 2.a, cap. VII;

Proceso, fol. 171, parte 1.a; Spondano, t. I, ann. 1407,

Es fa un pasüs, lo qual cu and será des-

1419, núm. 9; Monstres, li­

bro í ( cap. XIII; Gómez, cap. XIX; Vidal y Mico, cap. VI; Valdecebro, lib. IV, cap. LII; Teixedor, li­

núm. 8; 1410, núm.

15;

bro II, cap, VI.)

CAPÍTULO VII

RÁPIDA EXCURSIÓN A GALICIA Y ANDALUCÍA.— ATRA­

VIESA

AMBAS

CASTILLAS,

GUIPUZCOA

Y

NAVARRA,

Y

VUELVE

A

LA

PARTE

MERIDIONAL

DE FRANCIA,

(1408)

52—140S—Movido tal vez San Vicente por una

carta que le escribió el rey moro de Granada, invitán­ dole a que fuera a su reino, porque tenía grande in­ terés en oirle, y pensando el Santo en el mucho fruto que podría reportar a la religión si convertía a aque­ llos moros, se determinó volver a España precipita­ damente, y a principios de este año nos lo hallamos

en Santiago de Galicia. Sin duda fué allí para implo­

rar la intercesión del Apóstol, Patrono de las Espa-

ñas. En esta ciudad ocurrió un suceso que ciertamente revela el gran poder de que gozaba cerca del Altísimo este taumaturgo del siglo xiv. Un día, después de terminar los oficios en la Basílica Composteiana, a que el Santo había asistido con particular devoción,

y rodeándole la multitud, que no acababa de salir

de su pasmo ante los muchos milagros que allí obra­ ba, se vi ó penetrar entre aquellas masas vivientes un hombre joven, bien apuesto y fornido, pero ente­ ramente ciego. Cuando llegó adonde estaba el Santo,

se echó a sus pies y comenzó a suplicarte, con vivas

instancias, que le devolviera la vista. La alta estatu­ ra, la voz sonora y los llantos de aquel joven ciego

LOE

MILAGROS

DE

SAN

VI CENTE

F E R R E R

4

- 50 —

llamaron la atención de todos, y todos creyeron que San Vicente le devolvería la vista en seguida, hacien­ do sobre él la señal de la cruz, como con tantos otros había hecho. Pero todos se equivocaron. Con sorpre­ sa general oyeron al Santo decir al ciego: «Hermano, yo no hago milagros; los milagros sólo los hace Dios. ¿De dónde eres?» El ciego respondió: «De Oviedo, en tierra de Asturias.») Repuso el Santo: «Bien, vuelve a Oviedo, entra en la Catedral y allí, de rodillas ante la imagen del Salvador, dile que yo te envío, para que te cure, y serás atendido.» El joven no titubeó, se puso en camino, y llegado ante la imagen del Reden­ tor, le dijo: «Señor, el Hermano maestro Vicente me envía para que Vos me curéis.&No bien acabó de pro­ nunciar estas palabras, recobró enteramente la vista. Este prodigio se divulgó por los reinos de Asturias y Galicia, y por doquiera se bendecía a Dios, que tan gran poder había concedido al santo predicador. De este hecho se hizo información canónica ^n ía Curia de Oviedo, (Fages, parte 2.a, cap, IX; Serafín, pági­ na 388 (notas); Vidal y Micó, Novena, día 1.°; Teixe­ dor, lib. II, cap- V IIÚ

53—1408—Ecija. El domingo de Ramos predi­ caba aquí San Vicente y le oía u n a . multitud inmensa de cristianos y judíos. Entre éstos se encontraba una judía rica y poderosa, pero muy terca, pues a pesar de ver claramente los resplandores de la verdad de la predicación del Santo, no cesaba, sin embargo, de dirigirle palabras sarcásticas. Este día, durante el sermón, todos mostraban estar más atentos y silen­ ciosos, coss que a la altiva hembra vino de perlas para hacer alguna de las suyas. En efecto, con el fin de hacer más patente su desprecio al Santo, y llamar

— 51

-

más hacia sí la atención de todos, a la mitad del ser­ món se levantó para regresar a su casa. Indignado el

auditorio con el ruido que esto ocasionó, todos le ce­ rraban el paso y se armó un alboroto. Es lo que ella deseaba. Pero de repente el Santo levantó la voz e impuso silencio y dijo: «Dejad salir a esa mujer; pero que se retiren inmediatamente cuantos están en el

movidos por un resorte, se apartaron

de allí los que estaban en el pórtico, y tan luego llegó

debajo de él la orgullosa hebrea, cayó la puerta sobre ella y la dejó aplastada y tan muerta, que al retirarla de allí era sólo una masa informe de carne ensan­ grentada. El espanto fué inmenso. Todos se miraban

pórtico.>> Como

y no se atrevían, aunque en sus semblantes lo decían expresamente, a pedir al Santo que remediara aque­

lla desgracia, evidente castigo de Dios a la popular

y temida mujer. San Vicente consoló al auditorio y

a los parientes de la muerta en especial, y allí mismo

se puso en oración. AI pasar unos instantes, exclamó con voz potente: «Mujer, en nombre de Jesucristo, re­ cobra la vida.» En ei mismo instante la masa de car­ ne aplastada se animó y la mujer se levantó sana y salva. Pidió en seguida perdón al Santo y a cuantos con sus altiveces tenía ofendidos y se bautizó, em­ prendiendo una vida del todo piadosa. Destinó una buena parte de su fortuna a una fundación piadosa, para que, en memoria de este suceso, todos los años, el domingo de Ramos, se celebrara una íiesta solem­ nísima con procesión y sermón, en el cual se tenía que relatar perpetuamente este hecho, y para el ser­ món había que nombrar un P. Dominico. Cuando más adelante hubo de restaurarse aquel templo, se conservó la puerta de este suceso, como el pulpito en que el Santo predicaba en aquel instante. El último

52

-

P.

P, Fr. Marcial Pérez de Mina, fallecido al comenzar el siglo actual. En aquel Convento existían también varios cuadros representando este milagro, pero to ­ dos han desaparecido, con la Comunidad ecijana, por

Dominico que predicó en Ecija esta fiesta es el

gracia de los vandalismos administrativos del aciago año 1835. (Fages, parte 2.a, capítulo IX; Valdecebro,

lib.

I, cap. XXX; Teixedor, lib.

II, cap. VIL)

■s

54— 1408—Prolesque. Es un pueblo de Andalu­ cía (1). Cuando a aquella región fué San Vicente, lla­ mado por el rey moro de Granada, era tan celebrada su doctrina, que todos los literatos se desvivían por oírle. Había en este pueblo un judío muy letrado, pero, dominado por su orgullo, no quería que le vieran que iba a oir las enseñanzas deí Apóstol de Cristo. Se convino, pues, con un cristiano, muy amigo suyo, para que, durante uno de los sermones del Santo, pu­ diese oirle, escondido en su casa, en un cuarto que precisamente daba a espaldas del lugar donde se había levantado el estrado o pulpito. Así se hizo. El judío, antes que el Santo comenzara su sermón, ya estaba en su escondrijo. Pero, a poco que el ser­ món hubo comenzado, el judío quedóse dormido. El Santo, suspendiendo el razonamiento, con asombro grande del auditorio, que ignoraba lo que ocurría, apostrofó al .judío, levantando la voz y diciendo:

«¡Oh, tú, hijo de Israel! Despierta y oye cómo las San­

(1)

Así

dicen

todos los autores que hemos visto.

Pero no he­

mos podido verificar este nombre. En toda Andalucía, ni aun en toda España, hay pueblo que así se nombre. Es, por tanto,

un vocablo mal escrito, que no sabemos a cuál responde.

— 53

-

tas Escrituras prueban hasta la convicción que el Mesías es ya venido y es Nuestro Señor Jesucristo.» El judío despertó todo azorado, y visto que el Santo, con luz profética, había penetrado sus intentos, que nadie sino él y su amigo conocían, salió de su escon­ dite, se arrojó a los pies del Santo, confesó pública­ mente su error y abrazó con fervor la fe católica. (Teixedor, lib. IV, cap. I; Ranzano, lib. III, nume­ ro 15.)

55— 1408—De Andalucía partió San Vicente en dirección al Norte, predicando antes por algunas pro­ vincias de la Península. Llegó a Toledo, y el celo que en Andalucía había desplegado contra los judíos le dió alientos aún para realizar en la ciudad imperial otro hecho famosísimo. Se resume en esta inscripción sobre uno de los muros de Santa María la Blanca de aquella ciudad. Dice: «Este edificio fuá Sinagoga has­ ta los años 1405 (1), que se consagró en iglesia con tí­ tulo de Santa María la Blanca, por la predicación de San Vicente Ferrer.» El hecho aquí aludido ocurrió así: Un día predicaba nuestro Santo en la iglesia de Santiago, sita en el arrabal, y le oía un inmenso gen­ tío, compuesto todo de solos cristianos. El Santo pa­ rece que ponderaba las excelencias de las misericor­ dias de la Santísima Virgen. A la mitad de su razo­ namiento su rostro se encendió como de luz sobrena­ tural, y en tono patético dijo: «¿Es posible, hermanos que en Toledo, tierra que visitó la Santísima Virgen María, bajando del cíelo para hablar con el santo ar­

(1)

Fecha a todas luces equivocada.

— 54

-

zobispo Ildefonso, se consientan edificios tan hermo­ sos como el que tienen aquí los judíos, enemigos del Hijo divino de María? ¡Vamos ahora mismo a esa Sinagoga y convirtámosla en templo de la Madre de Dios!» Y en eí acto tomó en su mano el Crucifijo, bajó del pulpito y se encaminó hacia la Sinagoga, siguién­ dole todos. Los judíos de la ciudad y los que estaban dentro de la Sinagoga, sobrecogidos de un temor so­ brehumano, no sólo no opusieron resistencia, sino que, en su mayoría, los recibieron con alborozo, con­ virtiéndose casi todos, al ver el prodigio de que su Sinagoga fuera ocupada por el Santo y el pueblo cristiano, con tan decisiva intrepidez y unánime sen­ tir. San Vicente, una vez dentro de aquel grandioso edificio, dirigió la palabra a judíos y cristianos, y sin pérdida de tiempo la Sinagoga fué consagrada al culto verdadero y dedicada a la Virgen Santísima.

Y se llamó de Santa María la Blanca, por la blancura

purísima de las paredes de aquella joya monumental

de la judería de Toledo. Al referir Fages este suceso, recuerda muy opor­

tunam ente la insensatez con que en

to, en 1869, el Sr. Castelar se atrevió a injuriar la me­

moria del Santo, a quien hacía fautor de las matanzas

de judíos ocurridas en los siglos medios en varios lu­

gares de España. Y ciertamente, aparte su mala fe, sólo la ignorancia pudo excusar al Sr. Castelar. Con­ fundía sin duda este suceso con las dichas matanzas;

fuera de que, por muy poca historia de España que uno posea, sabe perfectamente que siempre que en

el siglo xiv sale el nombre de Vicente Ferrer, en las

cuestiones referentes a los judíos, sea en Valencia,

pleno Parlam en­

en

Toledo, en Zaragoza, etc., siempre es para decir

en

su elogio que, con su palabra admirable, reprimía

-

65 —

el ímpetu de los cristianos contra la raza hebrea, y

defendía a los judíos y sus intereses, amparándolos ante los pueblos y los reyes. Pero nada nos debe ex­ trañar la salida extravagante de aquel político. Se­ guía en esto 3a consigna sectaria de los enemigos de

ía Iglesia, aunque para sus adentros le quedara otra

cosa bien distinta, (Fages, parte 2.a,. cap. X.)

56— HQ8— Huete. Detúvose aquí San V icentejr predicó a sus vecinos. Estos venían sufriendo mucho, de tiempo inmemorial, frecuentes y agudas enfer­ medades que en personas como en bestias causaban las aguas de un manantial del que se proveía el ve­ cindario, tanto para beber como para las otras nece­ sidades de la vida. San Vicente fué enterado minu­ ciosamente de todas estas desgracias y miserias. Y como todo el pueblo miraba al Santo como a un en­ viado de Diost todos le dijeron que ponían en él su confianza, y que él, si quería, podía remediarlos. San Vicente se conmovió, y siguiéndole todo el vecinda­ rio, se encaminó hacia donde estaba el manantial

fatídico. Llegados ailí, e! Santo bendijo aquellas aguas

y dijo; «íBuena gente: bebed ya y usad sin miedo de

este manantial.)) Desde entonces aquellas aguas se volvieron muy saludables y ya nunca causaron daño en 1a salud de aquel pueblo. (Fages. parte 2.a, cap. X; Valdecebro, lib. I, cap. XXXIV.)

57—1408—-Por este año llegó San Vicente Ferrer

a un pueblo de Guadalajara que dicen Luzón. Pre­ dicó allí, arrebatando los ánimos de todos en forma que le aclamaban de continuo. Luego que

el Santo abandonó el lugar, los vecinos comenzaron

a venerar con mucho respeto y como preciosa reli­

56

-

quia una gran piedra sobre la cual había predicado. La devoción fué creciendo, y muchos comenzaron a raer aquella piedra, y con grande fe echaban aquellos polvos en el agua y en los alimentos de los enfermos, los cuales infaliblemente sanaban. Al fin, visto el prodigio, la piedra fué reducida a polvo y éste dis­ tribuido como medicamento celestial, y con él se consiguieron innumerables curaciones.

5S—1408—Dirigiéndose hacia el Norte de Espa­ ña y habiendo salido de Toledo, San Vicente arribó al célebre monasterio de Jerónimos de Lupíana, pro­ vincia de Guadalajara. Recibido por aquellos monjes con grandes muestras de cariño y veneración, después que saludó a la Comunidad, acompañándole ésta, re corrió las dependencias del Monasterio, Cuando más satisfechos iban los monjes mostrando la casa a nues­ tro Santo, éste se detuvo, levantó al cielo sus ojos y, dirigiéndolos después a los religiosos, les dijo: «Este Convento es la casa de los Angeles.» La memoria de este dicho de San Vicente fué allí uno de los más pre­ ciados recuerdos; por escrito y de palabra fueron siempre comunicando los antiguos a los modernos esta expresión, de que se gloriaban en extremo aque­ llos monjes. Al cabo de 220 años, es decir, el día 28 de Abril de 1630, se pudo probar que la expresión de San Vicente fué una profecía. Efectivamente, en este día volvía toda la Comunidad de llevar el santo Viá­ tico a un monje enfermo y, al entrar en el coro, todos los religiosos quedaron pasmados y como arrebatados por una fuerza divina, pues se dejó oir una melodía del todo celestial y angélica. Abierta información ca­ nónica sobre este suceso, se confirmó ser verdad que los monjes todos oyeron aquellos cánticos de los An­

— 57

geles, y así se consignó jurídicamente por auto que el año 1631 firmó el Emmo. Cardenal Antonio Zapata, Inquisidor general del reino y arzobispo de Toledo. (Fages, parte 2.a, cap. X.)

59—1408—San Sebastián. Había llegado San Vi­ cente a esta ciudad, y con el entusiasmo que en todas partes levantaba la fama de su predicación y de sus

milagros, comenzó a predicar aquí, yendo a oirle cuan­ tos vivían en la ciudad y pueblos circunvecinos. Un pastor que apacentaba su ganado en un collado pró­ ximo, entró en vivos deseos de oirle también; pero no podía compaginar el logro de sus anhelos con los de­ beres de su oficio, pues no encontraba quien le guar­ dara, entretanto, su ganado. Al fin se le ocurrió en­ comendarlo, en su mente, al mismo Santo. Reunió, pues, todas las reses como en aprisco, y con su caya­ do trazó en tierra un círculo alrededor del ganado,

y cual si éste le entendiera, lo apostrofó así; (Voy a

oír al P. Vicente. Nadie se mueva hasta que yo vuel va»; y hecho esto, se partió al pueblo y se colocó en

sitio conveniente para oir el sermón que iba a comen­ zar. Muy a gusto escuchaba cuanto decía el Santo,

y ni el menor fastidio sentía estando allí tan pren

sado por la multitud que se había apiñado. Y cuan do este fiel guardador de ganado con más embeleso saboreaba la admirable elocuencia de San Vicente, entróle un pasmo que a todos dejó admirados. Era

que el Santo, después de un razonamiento, lo refor­

zó así: «Lo mismo que ese pastor que hay ahí, que ha

dejado su ganado en el monte, después de marcar en tierra un círculo a su alrededor.» Sin embargo, el

pastor siguió hasta el fin del sermón, sin abandonar su sitio; pero terminado aquél, salió veloz, como un

-

58

rayo, hacia donde había dejado el ganado, llevando en su ánimo el temor de que éste, con tan larga au­ sencia suya, se hallara disperso. Mas no sucedió así. Ahora quedó doblemente maravillado, pues lo en­ contró todo reunido, como él lo dejara, sin que ni una sola res hubiera traspasado la línea del círculo par él trazado en el suelo. Al divulgarse estos porten­ tos, las gentes aclamaron al Santo con mayor rego­ cijo. (Fages, parte 2.a, cap. X.)

60— 1408— Mondragón. Un historiador de Guipúz­ coa, Garibay, al hablar de Mondragón, escribía en 1528 que había oído referir a sus abuelos muchas ma­ ravillas realizadas allí por San Vicente Ferrer, cuando en 1408 evangelizó las tierras de Guipúzcoa. Esta re­ lación de Garibay ha sido recientemente publicada por la Real Academia de la Historia en la obra M e­ m orial H istórico, Entre otras muchas cosas, se hace allí constar que después de pasar por dicho pueblo nuestro Santo, no sufrió ya aquel país la peste, que antes íe visitaba con harta frecuencia, y que una inundación que amenazaba destruirlo todo se detuvo repentinamente tan luego llevaron al lugar sinies­ trado una imagen del Santo. Para conmemorar estos favores, añade Garibay que él mismo hizo levantar en aquel término en honor de San Vicente una capilla, que pronto se convirtió en suntuosa iglesia, gracias a la devoción que allí todos tenían al taumaturgo. Esta iglesia mantuvo cordial correspondencia con la que en Vannes guarda el sepulcro del Santo. Al pre­ sente existe aún en Mondragón una Hermandad o Cofradía que allí fundó San Vicente, la iglesia y una viva devoción a este Santo, cuyo nombre suelen lle­ var los primogénitos de las familias. Se conserva ta n r

59

bién allí el pulpito donde el Santo predicaba, y con tanta veneración y religiosidad, que los sacerdotes que han de ocuparlo besan siempre la primera grada antes de subir a é l (Fages, parte 2.a, cap. X; Valde­ cebro, lib. I, cap. X X X III.)

-

-

61— 1408—Famplona. Estando aquí San Vicente, un día vió que llevaban al suplicio a un hombre, de cuya inocencia le atestiguaba al Santo una voz inte* rior. San Vicente sufrió mucho, pues a todo trance que­ ría evitar aquel error de la justicia humana y no tenía más prueba que su palabra, y ésta no era adm itida como suficiente para que los jueces acordaran la re­ visión del proceso. Así, torturando a su corazón, acu­ dió a pedir al cielo luces. Y en efecto, su mente se iluminó* Fuése a los oficiales de ]a justicia, que iban ya a dar muerte al reo, y les dijo con imperio, que de­ tuvo por de pronto el brazo de la ley: {(Esperad; ahí viene alguien que va a decirnos si este hombre es culpable o inocente.» Juez, verdugo y todos los pre­ sentes miraron en dirección de donde había señalado el Santo, y vieron que hacia ellos traían un m uerto( que llevaban ai cementerio. San Vicente mandó pa­ rar a los que lo conducían, y dirigiéndose al cadáver le preguntó: «<Es inocente este hombre que la justi­ cia manda ejecutar por creerle culpable?» El cadáver se animó y respondió: <£í; este hombre es inocente.» Los jueces, ante prodigio y testimonio tan insólitos, dieron por nula la sentencia, y el infeliz reo fué pues­ to en libertad. Un historiador hace observar que el muerto, antes de hablar, había sido resucitado y m an­ dado salir del ataúd, y luego de haber prestado de­ claración se volvió a él, muriendo otra vez, pues dijo al Santo, que le brindaba con dejarle aún en el

— 60

mundo, que ya tenía asegurada su salvación, y así tío quería exponerse otra vez^ a perderla viviendo esta vida mortal. (Fages, parte 2.a, cap. X.)

62—1408—Nimes. «Las Memorias del Monasterio

de Villeneüve-lez-Avignon refieren, dice Fages, que un monje quería a toda costa oír a Vicente Ferrer,

y

el abadf medio en broma, medio subyugado por

la

fama del taumaturgo, le dijo:—Subid al campana­

rio y le oiréis.—Y así sucedió. Aunque el Apóstol predicaba en Nimes, el religioso repitió el sermón textualmente. Villeneuve-lez-Avignon dista cuaren­ ta kilómetros de Nimes; pero el Santo supo el caso por esa vista interior que le era peculiar, y dijo a sus oyentes:—Aprovechaos bien de los beneficios de Dios. ¡Cuántas almas quisieran gozar del mismo fa­ vor! En este momento hay muy lejos de aquí un re­ ligioso que desearía vivamente oir el sermón, a lo cual se ha opuesto su superior; pero Dios ha visto su buena voluntad, y se dispone a escribir lo que os digo.» (Parte 2.a, cap. XL)

 

CAPÍTULO

V ílí

DEJANDO

A

FRANCIA,

PENETRA

EN

CATALUÑA,

VISI­

TANDO

VARIOS

PUEBLOS

DE

ESTA

REGIÓN

Y

MUL­

TIPLICANDO

SUS

MILAGROS.

(1409-1410)

63—1409—Puigcerdá. Aquí había llegado San Vi­ cente precedido de tal fama de excelente predicador, que todo aquel.territorio se conmovió, yendo y vi­ niendo las gentes con el exclusivo objeto de oirle. Mu­ chas veces las avenidas de los pueblos se hacían in­ transitables por la aglomeración de peregrinos que, en grandes romerías, iban a los sermones del maestro Vicente. Una vez que predicaba en Puigcerdá, ocu­ rrió que cierta mujer de Livia, que dista una legua de aquel pueblo, no habiendo podido ir a oírle, se puso a mirar hacia aquel lugar en Iá hora precisa en que el Santo predicaba, Y así le sorprendió la voz del Santo, que llegaba distintamente a los oídos de aque- lia devota. De forma que le escuchó y entendió todo el sermón. Algunos autores escriben que el Santo en esta ocasión no predicaba en Puigcerdá, sino en Per- piñán. De todos modos, el prodigio es el mismo. (Fa- ges, parte 2.a, cap. XI; Gómez, cap. X; Valdecebro, lib. III, cap. XX; Teixedor, lib. II, cap. XXIX.)

64—1409~Gerona. Poco antes de salir de esta ciu­ dad San Vicente, ocurrió un hecho que dejó maravi-

— 62

Hados a cuantos lo presenciaron. Había allí un ma­ trimonio cuyo marido, enfermo por la cruel dolencia de los celos, hacía sufrir lo indecible a su pobre mu­ jer, desterrando por completo la paz de la familia. La ceguedad de este marido llegó hasta la insensatez de decir públicamente y a cuantos le trataban, que un hijo que su mujer acababa de dar a luz no era suyo, sino fruto de los adulterios de su esposa. Esta acudió llorosa a San Vicente, exponiéndole su pena y la lo­ cura de su marido, a quien ni de pensamiento ella había ofendido. El Santo la consoló y le dijo: «Rogad ai Señor y venid al sermón con vuestro hijo.» Comen­ zó a predicar el Santo, y también había acudido a oírle el marido desventurado; y a la mitad de un her­ moso período de su sermón, al que asistían muchísi­ mos oyentes, el Santo se detuvo, y llamando por su nombre al niño discutido, que sólo tenía ocho meses, le dijo; («Niño, ve y abraza ahora mismo a tu padre.» Inmediatamente el niño se desprendió de los brazos de su madre y fuese derechamente adonde su padre estaba, con rostro contraído, y le abrazó con gran ternura. Esta caricia precoz, como la llama Fages, devolvió al matrimonio la paz y alegría, dejando al mismo tiempo llenos de estupor al auditorio y a cuan­ tos supieron el caso. (Fages, parte 2.a, cap. X II; Teí- xedor. lib. II, cap, X,)

65—1409—Gerona. Predicaba San Vicente Ferrer en esta ciudad por el mes de Abril, y era grandísimo ■el fruto que todos sacaban de sus sermones, y de ahí la ansia de oirle. Por toda la región se extendía la fama del santo predicador. Una mujer de Salt, pue­ blo que dista de Gerona unos tres cuartos de legua, deseaba muchísimo irse a la ciudad para cir algún

63 —

sermón del Santo; pero su marido no se lo permitió. Ella entonces se subió al terrado de su casa en la hora que suponía estaría predicando nuestro Santo,

y desde allí dirigió su vista y su espíritu hacia Gerona;

y estando así, súbitamente quedó como enajenada,

pues comenzó a sentir que en sus oídos repercutían todas las palabras que el Santo decía en su sermón,

Y tan clara y distintamente le oía, que luego que cesó

de predicar, ella bajóse corriendo a encontrar a su marido, a quien, como a los vecinos, contó lo acae­ cido y les repitió cuanto el Santo había predicado, palabra por palabra, lo cual fuá otro prodigio y ma­ yor si se quiere que haberle oído desde tan lejos. (Tei­ xedor, lib. II, cap. X,)

66—1409—Caldas de Montbuy. Predicando San Vicente en este lugar, se le presentó una mujer que llevaba en brazos a un niño de teta, al cual se le había roto una vena' a fuerza de llorar. La pobre madre ro­ gaba encarecidamente y con muchas lágrimas a nues­ tro Santo para que se dignara curar a su hijo, San Vicente bendijo al niño y dijo a la madre: «Tened es­ peranza. Vuestro hijo curará y llegará a ser sacerdote

y os dará mucho consuelo por el lugar eminente que

ocupará en el mundo.» Todo se cumplió. Aquel niño curó, y corriendo los días fué el celebérrimo Juan So­ ler, maestro de Sagrada Teología, obispo de Barcelona, Penitenciario del Papa y su embajador extraordina­ rio cerca de muchos soberanos de la cristiandad. Este suceso lo refirió bajo juramento el mismo Juan Soler

el día 18 de Noviembre de 1454, siendo doctor en Sa­

grada Teología y vicario de T am arit (Fages, par­

te 2.a, cap. X III; Proceso, fol. 273; Diago, Condes de

Barcelona, fol. IÍ04; Aymerich, A cta

B piscop.

B ar-

64 —

cin., pág. 398; Valdecebro, lib.

IV,

cap.

Lí;

Gómez,

cap. XIV; Teixedor, lib.

II, cap.

XI.)

67

-1409—Berga.

Un

día,

terminado

un

sermón

de San Vicente, al que, como a todos, había acudido muchísima gente, comenzó a llover con tai abundan­ cia, que los fíeles no pudieron regresar en seguida a sus hogares. Buen número de ellos se refugiaron en una especie de corral o choza muy grande, en la que guardaba leña un moro panadero de la población. Este sujeto era de lo más obstinado y licencioso; así que toda diligencia para convertirlo había sido in­ útil hasta aquella hora. Varias piadosas mujeres de las que allí se refugiaron dijeron al moro; «¿Por qué no vais al sermón del santo P. Vicente?» Amos­ cado el moro, les contestó: «Vais a ver para qué sirve vuestro santo P. Vicente.» Y al instante pegó fuego a la leña y, saliendo precipitadamente de la choza, se fué, dejando dentro bien encerrados a los que estaban allí refugiados. Estos, visto el peligro de ser abrasa­ dos vivos y no pudiendo forzar la salida de ningún modo, comenzaron a llamar al P. Vicente, y en el mismo momento que este nombre salió de sus labios, las llamas, que ya levantaban mucho, se apagaron repentinamente. Visto y publicado el prodigio, el mo­ ro panadero se convirtió a nuestra fe y con él fueron bautizados también todos los moros de Berga y sus cercanías, (Fages, parte 2.a, cap. X II; López, citado por Antist, pág. 335; Diago, pág. 365; Serafín, pá­ gina 178; Vidal y Mico, pág. 335; Gómez, capítulo X X X II; Valdecebro, lib. I, cap. VII; Teixedor. li­ bro II, cap. X X X V III.)

68—1409—Yendo San Vicente

con

cerca

de 3.000-

65 —

personas, que le seguían, por el mes de Agosto, desde Vich a GranoHers', llegaron todos a un hostal que se decía Venia de la Grúa, sito en ia Aldea de Locana. San Vicente llamó al ventero y le rogó que viera de dar de comer a todos, pues eran penitentes de su com­ pañía y no traían provisión alguna. El ventero, lleno

de ansiedad, dijo al Santo; «Padre, ¡si lleváis un ejér­ cito! ¿Cómo podéis pensar que yo tenga aquí provi­ siones para tantos? Todo lo que ahora tengo dispo­ nible son cinco panes y un pellejo de vino, y no del mejor,» Ei Santo, muy tranquilo, repuso: «Pues bien, dad lo que tengáis.» El ventero comenzó entonces a repartir aquel pan y aquel vino; pero en tal forma se multiplicaban estos alimentos, que después de co­ mer y beber todos a satisfacción resultó que aún so­ braba pan y vino, y éste trocado en calidad muy su­ perior. El dueño de la posada, en vista de tan gran prodigio y lleno de un santo estupor, se echó a los pies del Santo, rogándole que ss dignara bendecir

a él y a su casa y familia. San Vicente así lo hizo, y

el azorado ventero, luego que se hubieron partido el Santo y los suyos, vió que el vino, mejorado, rebosa­ ba en todos los pellejos y el pan en todas las arcas. (Fages, parte 2.a, cap. X ií; Ranzano, lib. ÍH, nú­

mero 23; San Antonino, § 7; Antisí, pág. 211; Diago, pág. 310; Serafín, pág. 99; Gómez, cap. XX;

Valdecebro, lib.

III, cap.

XX; Teixedor, lib.

II, ca­

pítulo X.)

6S— 1409— Barcelona, El ciudadano Luis de Ca- taldo sufría mucho tiempo una grave dolencia, que

no determinan las crónicas. Se enteró que San Vicen­

a

te había llegado a la ciudad el 26 de Agosto

ciertas horas, curaba a cuantos enfermos se le presen-

y que,

LOS

MILAGROS

DE

SAN

V( CENTE

F ER RE R

5

taban. Con esto cobró ánimos y la confianza de con­ seguir la salud, Pero no tuvo paciencia para esperar

y

asistir a las audiencias que solía conceder el Santo

en

su morada. Por eso un día se fué resuelto a la igle­

sia, creyendo que allí le vería; mas se equivocó, pues

como en la iglesia no cabía la m ultitud que iba a sus sermones, éstos los hacía desde un pulpito levantado en el huerto del Convento de Santa Catalina. Allá

se fué Cataldo, y cuando el Santo bajaba de predicar,

se le presentó, se echó a sus pies y con vivas muestras de dolor y de confianza al mismo tiempo, le suplica­ ba que le quitara aquel mal. El Santo estuvo por un momento indeciso, sin contestar ni decirle nada. Al

fin, conmovido por,la gran fe de este enfermo, lo ben­ dijo, haciendo sobre él la señal de la cruz, y Cataldo

se alzó del suelo completamente bien y curado de su

dolencia. (Fages, parte 2.a, cap. X III; Proceso, folio 277, parte 2.a; Serafín, pág. 156; Teixedor, lib. II, cap. X X X II.)

70- 1409—Barcelona.

Este

suceso

es verdadera­

mente notable. Sólo lo hemos podido leer en Fages. Durante la estancia de San Vicente en esta ciudad, esta vez, un hombre fué con muchos apuros a una po­

sada a que le dieran un poco de carne para un enfer­ mo. Aunque allí, según parece, se vendía carne para

el público, se le contestó que toda la que había era

ya cecina y no había fresca, que es la que se quería comprar. En aquel mismo momento pasaba por allí San Vicente, y oyendo los dimes y diretes del que pe­ día la carne y de los que le daban la excusa, entró y, enterándose de lo que ocurría, dijo al dueño (parece que era una mujer): «Vamos a ver esa carne que dice vuestra merced es ya cecina, que si es buena

— 67

-

aun así habrá de servir al enfermo.» Aunque de mala gana, hubieron de mostrar al Santo el depósito donde se guardaba la carne. Quedó absorto un momento San Vicente, y luego, bendiciendo toda aquella carne, dijo: «En nombre de Jesús, compareced los sacrifi­ cados,» ¡Prodigio estupendo! Acabado de pronunciar este mandato, aparecieron varias criaturas humanas,

reviviendo de en medio de aquellos despojos, que es­ taban destinados a la venta, como si fuera carne or­ dinaria de animales. El Santo mandó que todos se retiraran de aquel lugar, y luego al punto se abrió un abismo en que quedó sepultada aquella casa del cri­ men, que en las leyendas se llamó en adelante: P o ­ sada del infierno. Se pintaron cuadros representando este y otros sucesos análogos, ocurridos en la vida de San Vicente. Teolí, biógrafo del Santo, dice que

2.a,

vió

algunos

de

ellos en

Cerdeña.

(Fages,

parte

cap. XIII.)

71— 1409—Barcelona. Una crónica de esta ciu­ dad dice: «Cuando en 1409 entró en Barcelona ei apóstol Vicente Ferrer, seguido de 3.000 personas,

a las que se encargó de mantener el tesoro público,

como consta en el diario

puerta un hermoso joven, con una espada desnuda en la mano. Sabiendo que era una aparición celeste,

le pregunto el Santo: «Angel de Dios, ¿qué haces ahí?*

A lo que el Angel respondió: «Guardo esta ciudad

por mandato del Todopoderoso.)) Entró el Santo, y en su primer sermón informó de esta maravilla a ios barceloneses, ponderando su dicha, y dispuso que se dieran y dió él mismo gracias públicamente por este señalado favor.»— «En memoria de este pro­ digio d iercn los barceloneses a aquella puerta el

de la ciudad, vió sobre la

68

nombre de Puerta del Angel, y para interesar más en su favor a tan poderoso protector, construyeron sobre ella una capilla en honor suyo. Esta capilla ha venido a ser el punto de reunión de una Cofradía que todos los años, ei 2 de Octubre, hace celebrar una fiesta espléndida, a la que contribuye la ciudad, la cual además tomó a este Angel por patrono espe­ cial; y es digno de notarse que con tantos sitios como ha sufrido Barcelona, jamás ha sido atacada la Puer­ ta del Angel. En dicho día, 2 de Octubre, fiesta de los Angeles Custodios, toda la ciudad va a venerar al Angel en su capilla.» (Copiado de Fages, par­

te

2.a, cap. X III; Teixedor, lib.

II, cap.

II.)

72—1409— Barcelona.

Predicando

el

15 de Sep­

tiembre, dijo San Vicente que vendría un tiempo en que Barcelona sería una confusión, porque en ella querrían reinar dos reyes y la Francia; pero a esto sucedería la decadencia de Francia, la paz y glorioso gobierno de un solo rey y la prosperidad y grandeza de todo el Principado de Cataluña, que seguiría siem­ pre siendo una gloria de todos los reinos de España. Esta profecía, según los escritores del país, tuvo cum­ plido cumplimiento, cuando las guerras por la suce­ sión de Aragón, entre el conde de Urgel y Fernando de Antequera; cuando la proclamación de éste y su triun­ fo pacífico en Cataluña; cuando la decadencia de Francia al terminar el reinado de Carlos VI, y, fi­ nalmente, cuando los catalanes entraron a ponerse al frente del movimiento industrial y de progreso, en que aún siguen, siendo indiscutiblemente Catalu­ ña la gloria más brillante de todos los antiguos reinos de España. (Fages, parte 2.a, cap. X III.)

— 69

73—1409—Lérida. San Vicente había estudiado aquí bajo ia dirección del V. P. Fr. Tomás Carnicer, muerto en el Convento de Lérida en olor de santi­ dad el año 1370; después había estado en aquella ciudad varias veces y siempre recordaba, con venera­ ción, a su santo maestro. El día 15 de Diciembre de 1409 volvió allí, y predicando recordó al pueblo la vida santísima del P, Carnicer. Mas parece que ni el pueblo ni aun los mismos religiosos hacían ya gran caso de aquel santo varón, que en vida los edificó con sus preclaras virtudes. El abandono u olvido ha­ bía llegado al extremo de que nadie recordaba ya el lugar donde se le había enterrado. San Vicente la­ mentábase de esto, y para excitar los ánimos a favor de su maestro idolatrado, les ponderaba cuánto agra­ daron a Dios sus virtudes, las que tan sólidas eran que Dios, para gloria de su siervo, conservaba, dijo, incorrupto el cadáver de dicho venerable. Pero ¿cómo se probaría esta afirmación? Tal era la pregunta que asomaba a los labios de todos. San Vicente se adelantó a contestarles: «Su cuerpo, les dijo, está en tal sitio; cavad, sacadlo y lo veréis entero y fresco como el día que lo enterraron, de lo cual hace ya cua­ renta años.» Se hizo lo que dijo el Santo, y efectiva­ mente se encontró el cuerpo del venerable Carnicer como él había predicho. Después de este sermón de San Vicente fué grande la estima y devoción que co­ braron los de Lérida hacia este venerable. Su cuer­ po estaría aún entero, «si una reina de Aragón, dice Doménech, no 3e hubiera quitado la cabeza para re­ liquia». (Fages, parte 2.a, cap. XIV; Gómez; capí­

tulo XVÍ; Diago, H isL de la P ro v ., fol. 149; Vidal y

cap. LII; Teixe­

Micó, pág.

dor, lib.

195; Valdecebro, lib.

XXVÍ.)

I,

I, cap.

70 —

74— 1409— Lérida. Como había encargado San Vi­ cente a su familia, el joven Alfonso Borgia fué dedi­ cado al estudio de las letras, y en este año se encon­ traba ya en Lérida próximo a salir, hecho un maestro famoso, de las aulas de aquella celebérrima Univer­ sidad. Iba a todos los sermones que en aquellos días (mes de Diciembre) el Santo hacía, arrebatando los corazones con el fervor de su elocuencia y los conti­ nuos prodigios de sus dichos y hechos milagrosos. Un día, al bajar el Santo del pulpito, se le acercó el joven Borgia, y, después de saludarle, le dijo: «Padre maestro Vicente, habéis pronunciado un sermón mag­ nífico. ¡Que Dios Nuestro Señor os haga un Santo!» San Vicente le repuso: «Sí espero en su misericordia

que me hará Santo; pero tú ten

en cuenta que me

has de dar el mayor honor que puede darse en el mundo.» (Fages, parte 3.a, cap. IV, y los autores citados en el milagro 19.)

75—1409—Lérida. Poco antes de abandonar San Vicente esta ciudad, el Prior del Convento de Domi- nicos. donde el Santo se hospedaba, entró en la celda del siervo de Dios y con mucho apuro le dijo: «Padre maestro, D.a María, una bienhechora de la Comuni­ dad, está muy enferma; desearía que vuestra P ater­ nidad fuera a visitarla y curarla.» El Santo dijo al Prior que fuera él y la bendijera, que la curaría; y además que curara a cuantos enfermos viera yendo o viniendo con esta ocasión, pues él, en nombre de Dios, le otorgaba este poder. El Prior fué a ver a la enferma, recitóle la misma oración que San Vicente solía decir a los enfermos, y la enferma curó instan­ táneam ente. Lo mismo aconteció a varios otros que el Prior bendijo al ir y venir, como el Santo se lo ha­

71 —

bía encargado. (Gómez, cap. IX; Valdecebro, lib. III,

cap.

XXXVI.)

76— 1409—A fines de este año, San Vicente se trasladó otra vez de Lérida a Barcelona, donde la peste asolaba ei país. El Santo consoló a los ataca­ dos y animó a todos a que confiaran en la divina mi­ sericordia; y al efecto escribió, con tal motivo, la ternísima oración: Cristo vence, etc., que suele re­ zarse también para im petrar del cielo una muerte santa. «Apenas hubo excitado al pueblo al arrepen­ timiento, en seguida cesó la peste.» Esto lo escribe un testigo de aquella época, y el mismo refiere que tenía él una hermana enferma, para la cual no se ha­ bía podido hallar remedio; pero la bendijo el Santo y curó al instante. Y después de mucho ponderar el poder maravilloso del bendito maestro Vicente/ aña­ de: «Y otros muchos acudieron a él atacados de dife­ rentes males, y a todos los curó con la imposición de las manos, no hablándose en toda la comarca más que de estas maravillase (Fages, pa,rte 2.a, capítu­

lo X III; Proceso, fol. 26(3, cap, XI.)

parte 2.a; Teixedor, lib. II,

77— 1410—Montblanch. Llegó a este pueblo San Vicente por Enero, y, al parecer, aquí no se le debió recibir con el entusiasmo de los otros pueblos de Ca­ taluña, pues pudo ocurrir, y ocurrió de hecho, el si­ guiente chistoso suceso, lo que sería inexplicable de haber recibido al Santo con aquellas vivas muestras de alegría. Fué que el jumentilio que el Santo solía montar en sus correrías apostólicas, que ya San Vi­ cente tenía 60 años, se estropeó las herraduras y hubo necesidad de fijarle unas nuevas. Se buscó.

72 —

pues, un herrador y se las puso. El Santo acostum­ braba a pagar con bendiciones del cielo los favores

o servicios que él conceptuaba hechos con amor y

sin daño de hacienda. Por eso cuando el herrador

le presentó el asnillo con las nuevas herraduras, el

Santo, hablando con mucho cariño y humildad con este industrial, íe dijo: «Hermano, Dios le pague este favor.» El herrador, que debía entender poco de estas cuentas, se molestó y exigió que se le pagara en di­

nero contante y sonante. San Vicente, con gran in­ genuidad, sin inmutarse en lo más mínimo, dijo qus

no tenía dinero, pero que no por eso habían de reñir;

y dirigiéndose al asnillo le apostrofó, mandándole que se quitara y devolviera las herraduras nuevas que aquel hombre le había puesto. Al instante, como si

lo hubiera entendido, el animalillo sacudió las patas

y despidió una a una las cuatro herraduras. No com­ prendemos que la historia sólo añada que el Santo, cuando salió de aquel pueblo, montó el animalillo desherrado. Parece esto inverosímil, pues en Mont- blanch e] Santo obró muchos prodigios, y sería cosa natural que de alguna manera los vecinos enmenda­ ran la sequedad adusta del herrador. Tal vez no van desacertados los biógrafos que ponen este suceso co­ mo acaecido en Zamora o en otro pueblo de Cata­ luña. (Fages, parte 2.a, cap. XV; Valdecebro, lib. III, cap. XLII; Vidal y Micó, cap. V.)

78—1410—Montblanch. Un vecino llamado Ma­ teo Studet, a consecuencia de una enfermedad que­ dó sordo y expuesto a tan graves ataques de locura, que se exaltaba y enfurecía como energúmeno, so­ liendo arrojarse, para despedazarlas, sobre las perso­ nas que en aquellos momentos le salían al paso. Por

73 —

tal motivo, el infeliz fué relegado a vivir aislado en una montaña de la cercanía, donde por muchos años hizo vida salvaje, alimentándose, como una bestia,

de vegetales y animalitos crudos, y hasta llegó a per­ der casi la forma de hombre. Los vecinos le llegaron

a llamar el hombre bruto. Pues este desventurado

recibió de San Vicente el insigne favor de la salud

y rehabilitación social (1). En efecto, una noche soñó

que veía a un hombre vestido de blanco, el cual le tocaba en las orejas y le devolvía el sentido perdido. Despertó sintiendo como una transformación en todo su ser y una calma en su interior a la cual no estaba acostumbrado. Movido por secreto impulso,-se diri­

gió al amanecer al pueblo, yendo muy pacífico; pero

apenas encontró alma humana en las casas, porque todos los vecinos estaban en la iglesia oyendo uno de los sermones que San Vicente predicaba. Fuése, pues,

a la iglesia, y como viera al Santo rodeado de enfer­

mos y dolientes que le pedían la salud, se acordó de

su sueño y lo refirió a algunos vecinos, y aconsejado por éstos se unió a los enfermos y comenzó también

a pedir al Santo que lo curara. San Vicente le tocó,

efectivamente, en las orejas, y en el mismo instante aquel desgraciado curó de todas sus dolencias, Agra­ decido, se unió a la compañía del Santo y le siguió durante ocho meses. (Fages, parte 2.a, cap. XV; Ran- zano, lib. III, núm. 22; Flamín, fol. 175; Antist, pá­ gina 214; Diago, pág, 361; Gómez, cap. X X X II; Val decebro, lib. I, cap. XLVIÍ; Teixedor, lib. ÍI, cap. XI

(1)

Teixedor

parees decir que este

estaba

en

desgraciado se le llevó

ciudad.

a

Lérida cuando el afio 1412

más verosímil que la cura fué en Montblanch.

aquella

Creemos

74 —

_

79— 1410—Montblanch. Presentaron a San

Vicen­

te un pobre hombre que hacía ya quince años estaba

lisiado y paralítico de tal manera que no podía mo­ ver parte alguna de su cuerpo. El Santo se conmo­ vió ante tan grande miseria, e invocó sobre aquel desdichado a la Santísima Virgen María, que es la salud de los enfermos. Después de orar así a la Vir­ gen María, el Santo se puso alegre y bendijo con la señal de la santa cruz al paralítico. Este súbitamente sintióse fortalecido, y en seguida, lleno de gozo, regre­ só a su casa brincando y cantando, y entre las aclama­ ciones de cuantos presenciaron tan milagrosa cura­ ción. (Fages, parte 2.a, cap. XV; Gómez, cap. X X X I1; Valdecebro, lib. III, cap. X X III; Teixedor, lib. II, cap. II.)

80- 1410--Montblanch. Estando aquí San Vicen­ te, trabajaban padre e hijo en ía reparación del tem ­ plo principal, dedicado a la Virgen María. El hijo, llamado Antonio Pío, se cayó del andamiaje con tan

mala fortuna, que lo levantaron ya moribundo. Lla­ maron apresuradamente a nuestro Santo al lugar del suceso. Fué, y el afligido padre se postró ante él diciéndole; «Vos, hombre de Dios, vos que curáis to­ dos los males, salvad a mi hijo. ¿Seré yo por ventura

el único de quien no tengáis compasión?» El Santo,

muy emocionado, se acercó al moribundo, le hizo

en la frente la señal de la cruz y luego le dijo: «Ten confianza, hijo mío; recobrarás la vida y la salud; pero tú y tu padre acabad vuestro trabajo sin exigir salario, sólo por amor a la Santísima Virgen María,

a

quien debes agradecer tu salvación.» Al momento

el

joven se encontró curado del todo, como si nada

le

hubiera ocurrido, y muy contentos él y su padre

75 —

cumplieron lo que el Santo Ies encargó. (Fages, par­ te 2.a, cap. XV; Ranzano, lib. III, cap. XXIV; Flamín, fol. 176; Antist, pág, 215; Gómez, cap. X X X II; Vaí- decebro, lib. III, cap. X X III; Teixedor, lib. II, ca­ pítulo IL)

81—1410—Tortosa. San Vicente se disponía a pre­ dicar el 12 de Marzo, que era Viernes Santo (1). Como el concurso era tan numeroso* hubo necesidad de habilitar al otro lado del Ebro un vasto espacio que estaba plantado de árboles, y así el Santo, predican­ do en la plaza, se dejaría oir por aquella multitud que ocupaba la plaza, las dos riberas del río y el río mis­ mo, sobre el cual se formó un puente de barcas. Iba ya a comenzar el sermón; un silencio profundamente religioso reinaba en toda la ciudad, y súbitamente un clamor estridente se eleva de en medio de aque­ lla m ultitud. Era que el puente se había roto y co­ menzaba ya a hundirse y con él a perecer sumergN das en el Ebro algunos miles de personas que allí se colocaran. Pero San Vicente fué más veloz que la misma ley de gravedad que tal catástrofe pedía. En efecto, lo mismo fué oir el clamor que ver al Santo echando la bendición sobre el puente roto y quedar éste así roto, pero sin hundirse una línea. La gente toda pudo ganar la orilla, y en el mismo instante que estuvo en tierra firme la última persona, el puente lse hundió con estrépito. Entonces el Santo hizo su sermón, y miles de corazones elevaron al cíelo since­ ras bendiciones por tan singular beneficio, otorgado

(I)

Después de

la corrección gregoriana el Viernes Sanio

no

puede caer nunca antes del 20 de Marzo.

76 —

por el maravilloso poder del Santo, que desde aquel día llevó tras sí los corazones todos de los tortosinos. (Fages, parte 3.a, cap. I; Gómez, cap. XXI; Valde- cebro, I, cap. XXVI; Teixedor, lib. II, cap, XI.)

82—1410—Gandesa. Cuando a principio del año estuvo aquí San Vicente, los fieles le rogaron que les dejara algún buen recuerdo de su visita. El Santo, que veía el fervor y buen celo con que le pedían esta gracia, no teniendo cosa mejor, les dejó una capa algo usada ya por él. Con ella se obraron allí muchas curaciones milagrosas. Más adelante se debieron en­ friar aquellos vecinos, pues el baile o alcalde (1) del pueblo llegó a burlarse de esta veneranda reliquia, vistiéndosela por mofa. Pero llevó su castigo, pues de repente fué atacado de hidrofobia y murió al ter­ cer día, dejando consternado al pueblo y un ejemplo en sí propio en que escarmentar. En Lérida, donde se conserva ahora tan preciada reliquia, hay tradi­ ción de que el baile atrevido y blasfemo reventó al ponerse ia santa capa. También hemos leído en algún biógrafo que este impío se había atrevido a cortarse de ella un jubón para su uso. De cualquier modo que sea, el hecho lleva en sí mismo bastantes enseñanzas que no debemos echar en olvido, {Fages, parte 3.a, cap. I; Serafín, pág. 76; Gómez, cap. VIII; Teixedor, lib. V, cap. VI.)

(1)

Parece que este sujeto era judio.

CAPITULO

IX

ENTRA EN EL MAESTRAZGO Y SIGUE A VALENCIA, RE­ CORRIENDO VARIOS PUEBLOS DE LAS TRES PRO­

VINCIAS

DE

ESTE

REINO.

<1410)

83—1410—Morella. Por los últimos días de Marzo fué allí San Vicente y dió una Misión que enardeció los ánimos de aquellos vecinos, que en adelante pro­ fesaron al Santo una devoción entusiasta. En eí ser­ món de despedida, San Vicente, con voz emocionada, les dijo: «Hermanos, os anuncio a todos que; dentro de ocho días, habrá una horrorosa detonación, cuyo ruido resonará en todo este reino, con tan funestos resultados, que se seguirán muchas muertes violen­ tas y arroyos de sangre.» Como un solo hombre, todo el auditorio, lleno de ansiedad, le instó para que se dignara explicarles el significado de estas palabras; y el Santo repuso: «Ya veo llegar las postas que os traen la noticia de la muerte del rey.» Y en efecto, eni los primeros días de Junio llegó a Morella la triste nueva de que el rey D, Martín había fallecido. Sabi­ dos son los odios, crímenes, las guerras sangrientas que ocasionó esta muerte, y la mucha sangre que se derramó hasta la proclamación en Caspe de D, Fer­ nando de Antequera; todo, en fin, como San Vicen­ te lo había profetizado con aquellas palabras* (Fa- ges, parte 3.a, cap. I; Teixedor, lib. II, cap. XII

73 —

84~-1410—Moreila. Tanto era el afecto que San Vicente había dedicado a los morellanos, que su me­ moria allí está guardada por todos los vecinos de tan noble ciudad, en bendiciones perennes, Y como prue­ ba de que el Santo amaba con predilección a More-

11a, y Moreila a él, oigamos lo que dice,

entre otras

muchas cosas, el historiador de Moreila Sr. Segura:

«En la parte Este de Moreila, en una barranca lla­ mada el Tin o T in te , a 300 metros, poco más o menos, de las murallas, hay una fuente llamada de San V i­ cente, que en el siglo xv era un sitio de paseo. Allí fué un día el apóstol para descansar de las fatigas de su rudo ministerio, y allí le siguió el pueblo, ávi­ do siempre de oir su palabra. Habló con tal celo, que el auditorio prorrumpió en lágrimas; y para dar más fuerza a su predicación exclamó (San Vicente): «Tan »cierto es lo que os digo como lo es que jamás se ago­ stará esta fuente.» Corría entonces el mes de Marzo de 1410. La profecía se ha cumplido hasta el presen­ te; y el notario López de Vidal la menciona al hacer constar en su protocolo que en 1649 y 1650 todas las demás fuentes se secaron.» (Fages, parte 4.a, ca­

pítulo VI; Teixedor, lib. II, cap. XII.)

85— 1410—Catí. Este es un pueblo pequeño de la provincia de Castellón, en el cual San Vicente Fe­ rrer obró muchas y grandes maravillas, como consta, entre otros documentos, por lo que relata el libro de Actas de aquel Ayuntamiento. Se consigna en él que en las sequías y calamidades públicas es costumbre sa­ car en procesión la imagen de San Vicente., y siempre se halla en él el remedio anhelado. Por este motivo, añade el citado texto, las poblaciones comarcanas se encomiendan al Santo, en sus apuros, en los públicos

-

79 —

muy principalmente. En concreto, las crónicas nos refieren el hecho que sigue.

En la primera quincena de Junio, San Vicente

se

despidió de los moradores de Catí, que todos, aun

los

niños y las mujeres, salieron a decir adiós al que

tanto les había robado los corazones. Todos lloraban

y el Santo se esforzaba por consolarlos. Y queriendo

dejarles un recuerdo de su visita, como el Santo no

llevara nada para daríes, los reunió alrededor de una piedra grandísima que había a la salida, y llamando

la atención les dijo: «Esta cruz os dejo.» E hizo una

cruz sobre la piedra con el pulgar de su diestra. Mi­

ra

ron todos y vieren con asombro que efectivamente

la

cruz quedó grabada como un bajo relieve en aque-

lia piedra, que ni que fuera, de blandísima cera

hubiera podido prestarse a esta labor. Para memoria

de este suceso, se levantó en aquel sitio una iglesia,

cuya primera piedra se puso el 19 de Marzo de 1810.

A ella acude constantemente el vecindario para im ­

plorar del Santo sus favores y para celebrar su fiesta

todos

lib. II, cap. X ÍII.)

los años.

(Fages,

parte

3.a, cap.

I;

Teixedor,

86—1410—Catí. A kilómetro y medio del pueblo hay levantado una especie de pilar y a su pie puede verse un pequeño espacio de tierra, capaz para con tener a una persona plantada. Este pedacito de tie rra hace siglos que no se ha mojado, por mucha que

sea el agua que llueva. Según tradición de este pue bloTes el sitio donde San Vicente puso los pies al dar

el

último adiós a los vecinos, que en masa y llorosos

le

acompañaban. Y, ciertamente, aquel pilar contie­

ne

un retablo de azulejos que representa esta tierna

despedida. Se da como cosa indiscutible que muchas

— so

veces la

tierra

recogida

de aquel

sitio

ha

curado

s.

enfermos

de

varias

dolencias.

(Fages,

ibíd.)

 

87— 1410—Caudiei. También en este pequeño pue­ blo de ia provincia de Castellón, San Vicente quiso dar pruebas de su amor y gratitud a los entusiasmos con que sus vecinos lo recibieron. Hay allí una igle­ sia que fue de un convento de Agustinos, en la cual se venera una hermosa imagen de la Santísima Vir­ gen, llamada del Niño Perdido. Son innumerables los romeros que todos ios años van allí de casi todos los pueblos de la provincia y de otras partes, para adorar a esta veneranda imagen. Se dice que la dejó San Vicente y que es la que él llevaba en sus viajes apostólicos, y la cual muchas veces habló al Santo. (Fages, ibíd.)

88— 1410— Peñíscola. Entre los religiosos que lle­ vaba San Vicente en su compañía, iba uno llamado Fr. Francisco, dominico. Cuando el Santo llegó aquí, este año, Fr. Francisco se puso enfermo, y tanto, que al continuar San Vicente y los suyos su viaje hubo necesidad de dejarlo allí. Estando ya bastante lejos de Peñíscola, llamó el Santo a algunos de los que iban con él y les encargó que rogaran a Dios por Fray Francisco, porque moriría donde le habían dejado, Poco después reunió a todos y les dijo: «Hermanos, sabed que acaba de morir en Peñíscola Fr. Francis­ co; recemos para que salga del Purgatorio»; y todos rezaron. Al día siguiente, muy risueño, los volvió a reunir para decirles que el alma de Fr. Francisco había entrado ya en la gloria. Se probó auténtica­ mente que el de Peñíscola expiró en el preciso momen­ to que el Santo comenzó a hablar para noticiar la

muerte.

Üb. V, cap. X III.)

(Valdecebro,

lib.

81

III,

cap.

LIX;

Teixedor,

89—1410—Castellón de ]a Plana. Predicando allí San Vicente, solía reunirse en aquel pueblo una in­ mensa multitud de eníermos, pidiendo la salüd al

Santo. Venían allí de todos los lugares y pueblos de

la región, y érale al Santo materialmente imposible

acudir a todos. Para no defraudar en sus esperanzas

el

fervor de aquellos fieles que tanto confiaban en

la

poderosa bendición del Taumaturgo, éste dijo ai

Superior que allí tenían los Dominicos, que en nom­ bre de Dios le daba ei poder de que curara e hiciera los milagros que tuviera a bien. Y el Superior hizo milagros, y, lo que es más de admirar, conservó toda su vida esta gracia. Algunos biógrafos no se explican este hecho, porque dicen que en 1410 aun no se había fundado allí convento de Dominicos. Lo que debe­ rían probar es que en aquel tiempo no existía allí ni

residencia de la Orden; y esto no lo prueban. Por lo que tenemos por verdadero este asombroso suceso, siguiendo a otros biógrafos del Santo. (Gómez, ca­ pítulo VI; Valdecebro, lib. I, cap. XXXVI*.)

98— 1410—Nules. Con el fin de que todo el pue­ blo pudiera cómodamente asistir a los sermones de San Vicente, se levantó en la plaza Mayor una gra­ dería, que siempre se llenaba, mejor, resultaba ma­ terialmente atestada de gente. Durante uno de los sermones, una délas gradas cedió y al fin vino al suelo

y con ella, en confuso tropel, cuantos sobre ella esta-

ban. Hombres, mujeres, niños, todos se estrellaron contra la dura tierra, pues habían caído de una altura regular. La confusión y ios ayes fueron extremados,

L05

iULAÜEOS

DE

SAN

VICENTE

FERRER.

6

32 —

porque todos pensaron que aquellos infelices estarían aplastados, muertos o heridos por lo menos. Pero no fué así. San Vicente hizo la seña! de la cruz sobre aquel montón de seres humanos, y ni uno solo resultó lastimado en lo más mínimo. (Fages, parte 3.a, capí- tu lo II; Teixedor, lib. II, cap. X III.)

91— 1410—Puig. Llegado aquí San Vicente, se hos­ pedó en el célebre monasterio de Mercedarios, que dicen fundó allí Don Jaime el Conquistador. Vivía entonces en aquel monasterio el, por muchos títulos ilustre, V. P. Fr. Juan Gilabert Jofré, que, cautivado por la santidad y celo de San Vicente, se le unió en sus apostólicas faenas. Siguió, pues, al Santo desde entonces; pero cuando el Santo predicaba por Bor- goña, en Francia, un día llamó al venerable Gilabert y le dijo: «Padre: vuélvase a su convento del Puig, porque allí os esperan vuestros Hermanos para des­ pediros a otro viaje mejor que tendréis que empren­ der luego que allí hayáis llegado.» El venerable P a­ dre Juan obedeció; llegó a su convento del Puig y recibiéronle con los brazos abiertos todos los religio­ sos, sus Hermanos; pero apenas acabó de saludar al Santísimo Sacramento, murió en los mismos brazos del religioso Comendador. Se dice que al llegar al Puig, las campanas del Monasterio tocaron por sí solas, con lo que la Comunidad salió a la puerta a recibir al venerable. Esta santa muerte fué el ¿mo 1417, San Vicente andaba entonces por Besanzon, y un día, a la hora misma en que ocurría este suceso, dijo a los que estaban con él: <<E1 P, Fr. Juan acaba de morir en Puig. Está en buena parte; alabemos a Dios por la gloria que le ha dado.» El venerable Gt- labert jofré tiene en Valencia fama de santo; su cuer­

83 —

po, incorrupto aún el año 1555, se conserva en el ar­ mario de las reliquias donde en aquella fecha fué de­ positado, (Valdecebro, lib. IV, cap, LI.)

92—1410—Valencia. Entre los muchos que en esta ciudad se entusiasmaron viendo el fervor y altísima vida espiritual que hacían los que iban en la compa­ ñía de San Vicente, fué uno el valenciano Leonardo Gaya. Por eso un día se presentó muy resuelto a San Vicente y le dijo: «P. Vicente, yo quiero agregarme

a vuestra compañía.» El Santo le explicó y detalló

los muchos trabajos, las grandes dificultades que ten­

dría que soportar y vencer si se resolvía, pues aque­ lla vida de los suyos era asaz penosa. Gaya repuso que pasaba por todo. Entonces el Santo le dijo: «Pues bien; para venir en la compañía de los míos debes dejar todo amor a los bienes de la tierra; así que lo primero que debes hacer es vender todas tus heredades

y distribuir entre los pobres lo que saques de esta

venta.» Gaya contestó que así lo haría. Y, en efecto,

se fué y vendió todas sus fincas y comenzó

su producto entre los pobres; pero en esto se le ocurrió que tal vez llegaría un día en que el Padre maestro Vicente no pudiera sustentar a tanta gente como con­ sigo llevaba. Y en virtud de esta ocurrencia, se reser­ vó ocultamente, por si acaso, la m itad de lo que la venta le había producido. Después, muy tranquilo, se presentó al Santo y le dijo; «F. Vicente, ya está vendido todo y entregado a los pobres ei producto de la venta, sin que me quede ya bien alguno en la tierra.» San Vicente le miró de cierta manera, y pe­ netrando todos los senos del corazón de Gaya, le dijo:

*Mira, hermano: en mi compañía no se admiten los que no confían del todo en la divina Providencia y

a repartir

84 —

menos los que son mentirosos. Ve, hombre, ve y quédate en tu casa; porque tú has desconfiado y aun

te

vienes con mentiras, diciendo que lo has dado todo,

y

es muy cierto que te has guardado ocultamente la

mitad del dinero que la venta te produjo.» Gaya, sor­ prendido, estupefacto, avergonzado, confesó su pe­ cado, lloró amargamente su poca fe, dio a los pobres lo que se había reservado, y sólo entonces fué adm i­ tido a la compañía del Santo, que le amó mucho en adelante, por la sinceridad que siempre tuvo su arre­ pentimiento. (Fages, parte 2.a, cap. V; Proceso, fo­ no 220, parte 2.a; Gómez, cap. XIV; Valdecebro, li­ bro IV, cap. LII; Teixedor, Suplem., lib. I, capí­ tulo XXX.)

93—1410—Valencia. Dos judíos, llamados Israel Bruet e Isaac Coufé, habían matado a dos niños cris­ tianos, por cuyo delito fueron condenados a pena ca­ pital. Era grande la consternación que había en to ­ dos los ánimos, pues aquellos desgraciados iban a sufrir su condena, sin que humana diligencia pudie­ ra hacerlos concebir el menor sentimiento de piedad

y dolor por su crimen. San Vicente, movido tal vez

por este clamoreo que debió llegar hasta él, ocupado siempre en el ministerio de la divina palabra, pues para esto vino, en particular, esta vez a Valencia, rogó a los jueces que concedieran permiso para que antes de ser ejecutados pasaran los reos a oir el ser­ món que ese día tenía que predicar (1). Lograda esta gracia, San Vicente les habló tan al corazón, que los dos infelices judíos, deshechos en un mar de lágri-

(1)

Este sermón fué en la plaza

del

Mercado.

85 ™

mas, detestaron públicamente su delito y rogaron que los bautizaran antes de matarlos. Así se hizo; pero además San Vicente rogó al supremo magistra­ do que indultara a estos reos. También se concedió

al Santo esta gracia, y por cierto que fué grandemente fructífera. Porque aquellos dos hombres