Вы находитесь на странице: 1из 115

El que ha de Volver

Estudios Bíblicos sobre la Segunda Venida De Cristo.

Magdalena Chasles

Traducido especialmente para la "Colección "Vita Nova" con permiso especial de la


autora y seguido de "La Venida del Señor en la Liturgia", por J. Pinsk, Doctor en
teología.

"A nombre de su aparición y de su Reino"

(II Tim. IV, 1)

1
CARTA PRÓLOGO

Estimada señora:

He leído su libro. Lo he leído con el mayor interés. "Nova et vetera", es una tesis
nueva, sobre un tema muy antiguo. Ud. nos refiere con mucha claridad, cómo esta
cuestión fué considerada importantísima en la primitiva cristiandad, y cómo los
cristianos, no viendo llegar la segunda venida del Señor, concluyeron por no pensar
más en ella, como tampoco piensan en el fin del Mundo.
Pero la Iglesia no olvida, y dos veces por lo menos durante el año litúrgico nos
hace una solemne advertencia: una vez en el Domingo 24° y último después de
Pentecostés, y una vez en el Evangelio del 1° Domingo de Adviento. Y la prosa
incomparable del "Dies irae", que fué compuesta, no para el oficio de difuntos,
donde se encuentra actualmente, sino para el primer Domingo de Adviento, insiste
sobre el fin de todas las cosas, sobre esa vuelta del Señor y el juicio último y
definitivo. El oficio de difuntos de hoy día está por lo demás penetrado del
pensamiento del fin de los tiempos, porque para el difunto la muerte es el fin de
todo lo que ha visto, conocido y amado sobre la tierra.
Pero el espantoso cataclismo que nos anuncian los sabios de acuerdo con los
teólogos nos hace perder un poco de vista los acontecimientos que le precederán.
En cambio Ud., señora, parece preocuparse poco de todas esas desgracias; lo que a
Ud. interesa es la segunda venida de Cristo, son los sucesos que acompañarán esta
segunda venida anunciada con tanta insistencia durante el Adviento y otras épocas
litúrgicas. En el fondo todo su libro no tiene otro fin que el de recordarnos el lugar
que ha ocupado y que debe ocupar en la enseñanza cristiana y en nuestra vida la
convicción de que las profecías sobre el reino de Dios no se han cumplido aún
totalmente y que los acontecimientos profetizados antes de la venida del Mesías y
resumidos con tanta elocuencia por San Pablo, tendrán que realizarse un día.
Esto es lo que me llama sobre todo la atención en su libro, y es lo que constituye
su originalidad, ya que nuestras preocupaciones intelectuales y nuestras
contemplaciones teológicas y filosóficas de hoy día no nos llevan en esa dirección.
Esta es la razón por la cual no me extrañaría que su tesis causara alguna sorpresa,
más aún, que fuese combatida por ciertos filósofos cuyas teorías se sentirán
incomodadas. Pero, es la suerte de la mayor parte de las tesis de este género, y no
ha de sentirse Ud. cohibida para defenderse.
El "Imprimatur" colocado en la primera página de su libro, prueba que ha sido
seriamente estudiado y que si los censores han dado su "nihil obstat" es porque en
él no encuentran nada que no sea ortodoxo. Deseo, pues, de todo corazón que sea
leído, estudiado y aún discutido; estoy convencido que interesará al lector serio,
que hará el bien que Ud. espera, porque ha sido escrito con amor y verdadero
talento, y aún aquéllos que discutirán sobre tal o cual trozo se verán obligados a
reconocer su valor.
Hubiera deseado ponerlo más de relieve en esta carta prólogo, pero, después de
todo, su objeto puede resumirse en dos palabras: "tolle, lege".

Fernando Cabrol
Abad de Farnborough.

2
PRÓLOGO

Cuando las calamidades provenientes de la naturaleza o de los hombres caían


sobre los países, cuando crisis graves, económicas o políticas afligían a los pueblos,
los cristianos de antaño pensaban a menudo que esas tribulaciones eran señales
precursoras de la segunda Venida de Cristo.
Y nosotros, en una época de ciencia y racionalismo, ¿podemos asistir a las
revoluciones que conmueven el mundo — sobre todo estos últimos veinte años —
sin hacernos aún esta pregunta: “¿No serán éstas señales del fin de los tiempos?”?
No queremos demostrarnos "simples", creyendo en lo invisible y en el
cumplimiento de profecías, o anti científicos, suponiendo que el "Fin del Mundo"
puede estar cercano.
Debemos explicarnos. Si nuestro estudio bíblico se propone recordar a los
cristianos la infalible y gran promesa de la Vuelta del Señor, si quiere mostrarles
que esta Vuelta será la manifestación de la gloria de la Iglesia — Esposa de Cristo —
y de todos los hijos de Dios, en ningún caso significa que la Parusía 1 sea sinónimo
de "Fin del Mundo".
La idea de unir la Vuelta de Cristo a una conflagración cósmica, como si el primer
acontecimiento debiera ser seguido inmediatamente por el otro, procede de una
mala interpretación del texto original griego. Las palabras "sunteleia tou aiónos"
(Mt. XIII, 39; XXIV, 3; XXVIII, 20) debieran ser traducidas por "El Fin" o "El Término"
de la "Edad Presente", o aún por "Terminación" o "La Consumación del Siglo".
Enseñan el fin de la edad presente, de la generación que "no pasará antes que
todas estas cosas acontezcan" (Mt. XXIV, 34).
Cristo, en su Advenimiento, resucitará y transformará lo suyo; estaremos en
condiciones muy distintas a las de nuestra vida presente. Pero no se ha dicho —
fuera de algunos cataclismos y señales en el sol, la luna y las estrellas — que
debamos esperar entonces la destrucción del mundo visible. Por el contrario, el
Apóstol Juan, en el Apocalipsis describe "Los nuevos cielos y la nueva tierra"
después del "siglo venidero", solamente en la aurora del reino final "en los siglos de
los siglos"2.
Si se objetara que decimos en el Credo: "Vendrá a juzgar a los vivos y a los
muertos", contestaríamos: ¿No decimos también: "Nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato"?
Sin embargo, no deducimos de este acercamiento que Jesús nació y murió el
mismo día. ¿No acaecerá lo mismo con su segunda venida y el juicio general?
Su aparición gloriosa será el primer hecho de un ciclo de acontecimientos
detallados en el Apocalipsis (Cap. I y XIX-XXII), como su Nacimiento fué el primer
hecho del ciclo de acontecimientos de su vida terrestre, detallados en los
Evangelios.
Aceptamos el desarrollo histórico de todos los acontecimientos de la primera
Venida de Cristo, en carne, pero generalmente reducimos al solo juicio general los
de la Segunda Venida, en gloria.
¿Por qué?
Porque estos hechos futuros son aún profecías no realizadas en la historia; están
"tras el velo" de lo invisible y del misterio.
Sin embargo, nuestro espíritu humano, si no está regenerado del pecado original,
rechaza todo lo que no ve, no controla, no palpa. "Has escondido estas cosas a los
sabios y a los entendidos y las has revelado a los niños" (Mt. XI, 25).

Parusía, palabra griega, que significa: Venida, Llegada. La Parusía de Cristo


es su segunda venida o su segundo advenimiento.
2

El Te Deum señala la existencia de estos dos tiempos: el siglo y los siglos de


los siglos: "Et laudamus nomen tuum in saeculum et in saeculum saeculi”.

3
***

Nuestro estudio quiere emplear otros medios que los de la discusión para alcanzar
su objeto. Si a veces llegamos a plantear ciertas interrogaciones, especialmente en
lo concerniente "al reino milenario" (Apéndice 2), deseamos ante todo, fundándonos
en textos numerosos y muy precisos de las escrituras, despertar la atención de los
Cristianos sobre un gran dogma que permanece generalmente en la penumbra:
Jesucristo vendrá a resucitar a los suyos y reinar. "En su manifestación y en su
reino", decía el Apóstol Pablo a Timoteo (IV, 1).
Nuestro fin es decirle a todos nuestros hermanos cristianos: "Sed vigilantes
¡esperad aquel día!". Realizad la palabra del Credo: "¡Exspecto!" "¡Espero!".
Nos cuidaremos de precisar las fechas o los hechos por venir.
No... Cristo Jesús nos advirtió muy claramente: "No toca a vosotros saber los
tiempos o las sazones que el Padre fijó en su sola potestad" (Hechos I, 7).
Pero... "Velad, pues, porque no sabéis la hora en que ha de venir vuestro Señor"
(Mt. XXIV, 42).
Quisiéramos ante todo hacer comprender que toda nuestra esperanza cristiana
está íntimamente unida a la Vuelta de Cristo y a la Resurrección de los cuerpos:
"Esperad perfectamente en la gracia que os será presentada cuando Jesucristo os
será manifestado" (I Ped. I, 13).
Debemos dirigir nuestros deseos hacia ese día, que será el de nuestra gloria y de
nuestro triunfo, porque será el día de la gloria y del triunfo de Cristo y de la Iglesia.
Fuera, pues, nuestras mezquinas miradas personales, nuestras pequeñeces,
nuestro egoísmo, nuestro deseo insaciable de gozar y de poseer! Una sola
esperanza nos guía, una sola cosa importa: ¡El volverá, El reinará!
Desgraciadamente nos hemos acostumbrado a transformar lo que debiera ser
nuestra "Bienaventurada esperanza" (Tit. II, 13) en una visión terrorífica de "Dies
Irae", que no conviene más que a los impíos. Vivimos condenados, y no como hijos
de Dios, rescatados por la Sangre de Cristo.

***

Un pensamiento más general nos ha inspirado también: el de ofrecer a nuestros


lectores la ocasión de entrar en contacto directo con la Biblia por las numerosas
citas, y por las referencias a las profecías del Primero y Segundo Advenimiento de
Nuestro Señor Jesús (Apéndice 1) que les hemos dado.
Hemos tratado de llamar la atención sobre textos bíblicos poco comprendidos —
salmos deprecatorios, profecías sangrientas y llenas de venganzas — mostrando
que, si el reino de Cristo será un reino de paz, se fundará ante todo sobre la justicia.
No podrá ser establecido sino por la destrucción de cuanto se le opone, "Porque es
menester que El reine, hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies" (I Cor.
XV, 25).
Fundándonos en los Profetas, nos proponemos considerar como señales precisas
de la vuelta próxima de Cristo, la apostasía de las masas y la reunión de los judíos
en Palestina, hechos nuevos que jamás han tenido, en los siglos pasados, un
principio de realización.

***

Este trabajo ha sido escrito en la oración, pidiendo a Dios que bendiga su difusión,
para que muchos, habiéndolo leído, se preparen, en la alegría y la esperanza, a la
manifestación gloriosa de Nuestro Señor Jesús: "Prepárate al encuentro de tu Dios"
(Amós IV, 12).
El Cordero ha venido: "He aquí el Cordero de Dios" (Juan I, 36). Ha venido una
primera vez, humillado y sufrido, como servidor y víctima: "Fué llevado al
matadero" (Isaías LIII, 7).
Mas, volverá, en la gloria, como León de Judá: "He aquí el León de la tribu de Judá"
(Apoc. V, 5). Volverá para resucitarnos, para reinar, para juzgar a los impíos.

4
¡Estad prontos, para la última vela!
Desde ahora, dejémonos penetrar por "La dulzura de la palabra de Dios y las
virtudes del siglo venidero" (Heb. VI, 5)3.

Daremos en el curso de este trabajo, las referencias a los salmos según la


numeración del hebreo, como en la Biblia Crampon y no según la Vulgata.

5
AL LECTOR

No abras este libro si no estás resuelto


a proseguir su lectura con orden y método,
con oración y humildad de espíritu, con
atención hasta el fin.

6
INTRODUCCIÓN

El Dios de la paz os haga santos en todo:


a fin de que vuestro espíritu entero, con alma y cuerpo
se conserven sin culpa para cuando venga
Nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llamó
y así lo hará. (I Tes. V, 23-24).

7
I

A TODOS LOS QUE AMARON SU VENIDA

(II Tim. IV, 8).

La mañana de San Silvestre de 1932, último día del año, leía atentamente la
Epístola y el Evangelio que el Misal Romano nos propone para esta fiesta. De
repente, una viva luz iluminó aquellos textos. Mis ojos se detuvieron sobre el fin de
la epístola: "A todos aquellos que amaron su venida", y no podían despegarse de
ahí: "A todos aquellos que amaron su venida". ¡Su venida! ... ¡Su venida!, repetía
lentamente dentro de mí, mientras mi corazón latía y el pensamiento del apóstol
Pablo tomaba más y más precisión y fuerza dentro de mi espíritu... "A todos
aquellos que amaron su venida".
¡Cómo, exclamaba yo, en el silencio de mi corazón, "... esta corona de justicia"
que yo deseo tan ardientemente cada vez que leo la Epístola, será dada a aquéllos
que habrán amado la venida de Jesús!4
Pero ¿amo yo la venida de Cristo? No, ni siquiera pienso en ella. Vagamente creo
que vendrá al fin del mundo, pero no estaré ahí. Pienso a menudo en mi muerte, y
este pensamiento me causa gozo, pues espero de la misericordia divina la gloria del
cielo; pero yo no me intereso por la Vuelta maravillosa de Jesucristo, que puede
producirse mañana, en una hora: "Esperad de hora en hora su Aparición", decía
Clemente de Alejandría. ¡En cuanto a amarla!... Los tiempos misteriosos de "el día
del Señor" son, para mí, visiones espantosas; estrellas que caen del cielo, sol que se
vela, diversos cataclismos al estruendo destructor de los jinetes del Apocalipsis y
trompetas que resuenan. La venida gloriosa de Cristo Jesús con sus santos, me
parece no tener más que un interés secundario; evidentemente no la "amo".
Constato que el apóstol Pablo refiere la suprema recompensa, es decir, "la corona
de justicia" a la guarda de la fe y al amor ardiente de la venida de Cristo, cuando
venga a glorificar su Iglesia y sus Santos.
No había jamás establecido este paralelo, tampoco había notado la orden de San
Pablo a Timoteo:
"Te conjuro en nombre de su APARICIÓN y de su REINO, predica la Palabra..." (II
Tim. IV, 1). Pablo refiere la predicación apostólica a esta vuelta de Cristo. Aún más,
¡es a causa de ella que se debe predicar!
Esto es, pues, un hecho capital, un suceso central, la llave de bóveda de todo el
edificio cristiano. Es preciso esperar la aparición de Cristo y su Reino.
¡El volverá! ¡El reinará!

II

"EN NOMBRE DE SU APARICIÓN Y DE SU REINO"

Lo que yo narro aquí lentamente, se precipitó en mi espíritu con una violencia, una
rapidez sorprendente. Aquellos que han conocido horas de luz intensa, saben que
bastan algunos instantes para el trabajo divino. Un minuto, bajo el rayo
transformador, es más poderoso en resultados que años de estudio intelectual.
Entonces, numerosos textos de Escrituras se presentaron en mi memoria en
apoyo del primero:

Después nosotros los que vivimos, los que fuimos dejados para el advenimiento
del Señor, no precederemos a los que en él se durmieron... seremos a una con ellos

"El buen combate combatí, la carrera consumé, la fe conservé. Por lo


demás, guardada me está la corona de justicia, la cual me dará en aquel día el
Señor, el justo juez, no solamente a mí, sino también a todos los que amaron su
venida" (II Tim. IV, 7-8).

8
arrebatados en nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos para
siempre con el Señor (I Tes. IV, 15.19).

Y el Evangelio de San Lucas, el de la misa de esa misma mañana:

Bienaventurados aquellos siervos a quienes, el amo a su regreso los halle velando.


En verdad os digo que se ceñirá, y los hará ponerse a la mesa, y pasando los
servirá. Y aunque venga a la segunda vigilia y aunque venga a la tercera vigilia y
los hallare así, bienaventurados son los tales siervos (Lc. XII, 37-38).

¡No había aplicado estas palabras, pensaba yo, más que al día de mi muerte!
¡Pero esto es un error evidente, esto es falsear su verdadero sentido! Esta
interpretación es el fruto de un individualismo un poco culpable, ¡como si no
hubiera nada interesante fuera de nuestra "pequeña persona"! Sentía una
impresión de disgusto profundo por este egoísmo espiritual que lo desmenuza todo,
lo reduce todo, lo limita todo, lo refiere todo al odioso yo y deja a Dios en la
penumbra.
Entonces me apareció con nuevos trazos luminosos la grandeza de la segunda
venida de Jesús: el único acontecimiento futuro que merece retener la plenitud de
nuestra atención.
Comprendí que si la expectación del Mesías había dominado la existencia
humana, desde el Edén hasta Belén, la esperanza de su vuelta domina al mundo
cristiano desde la Ascensión sobre el Monte de los Olivos, hasta su aparición
gloriosa, que se hará "de la misma manera" que su partida (Hech. I, 11).
¡Esperanza de su vuelta! ¡Expectación de su venida! ¡Pero eso es evidentemente
lo que el apóstol Pablo tiene en vista cuando habla de aguardar el cumplimiento de
"la bienaventuranza" (Tit. II, 13)!
Por primera vez sentía que la "pequeña esperanza" de Péguy, debía
transformarse, llegar a ser una poderosa palanca que nos levante "hasta dentro del
velo donde Jesús ha entrado" (Hebr. VI, 19) y de donde volverá a nosotros.
Nuestra, "viva esperanza" (I Ped. I, 3) son estas palabras:

¡VOLVERÁ! ¡REINARÁ!

III

VOLVERÁ DE LA MISMA MANERA

(Hech. I, 11)

Abrí luego los Hechos de los Apóstoles para volver a leer el relato de la Ascensión
de Jesús y comprender mejor cómo volverá:

"Y habiendo dicho esto, mirándolo ellos, se elevó, y una nube por debajo lo
quitó de los ojos de ellos. Y estando con los ojos puestos en el cielo, entre
tanto que El iba, he aquí dos varones se pusieron junto a ellos con vestidos
blancos. Los cuales asimismo dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué os estáis
mirando el cielo? Este Jesús que de vosotros ha sido recogido en el cielo, así
vendrá, de la misma manera que le habéis visto subir al cielo" (Hech. I, 9-
11).

He aquí, pues, nuestra fe y nuestra esperanza fuertemente apoyadas sobre estas


palabras angélicas y sobre la alegría que sintieron los apóstoles al volver a entrar
en Jerusalén. Esta alegría que no era normal, — su Maestro acababa de
abandonarlos, — muestra que ellos habían comprendido bien que El volvería (Lc.
XXIV, 52).
El mismo Jesús se lo había prometido la noche de la Cena: "Yo volveré a vosotros"
(Jn. XIV, 3 y XIV, 28).

9
Los apóstoles esperaron su vuelta, si no para ellos durante su vida, al menos para
la humanidad rescatada que no tendrá el complemento de su salvación más que en
la Aparición y el Reino de Cristo. Por su primera venida sólo obtuvo la humanidad
las arras de la salvación, por el Espíritu Santo que nos ha sido enviado, pero espera
todavía, gimiendo, la plena redención de los hijos de Dios (II Cor. V, 1-6 y Rom. VIII,
18-25).
La Ascensión marca, pues, el término del primer ciclo de la historia del mundo:
Expectación del Mesías.
Pero la vuelta de Cristo marca el fin del segundo ciclo, en el cual nosotros estamos
y que se resume así: Expectación del Rey.
"Venga tu reino", es la oración de la expectación y de la esperanza cristiana.
Esta "feliz esperanza" que nosotros descuidamos, la proclama la Iglesia en
nuestros días, como no ha cesado de hacerlo en los siglos pasados.
Consideremos lo que escribe el Cardenal Billot:

"Es bastante sabido el lugar prominente que ocupa en la economía de la


revelación cristiana la perspectiva de aquella segunda VENIDA DEL SEÑOR
tan a menudo y tan solemnemente anunciada por El, como quiera que este
segundo advenimiento debe traer con la "transformación de los cielos y de
la tierra actuales, con la resurrección de los muertos y el juicio final, el
establecimiento definitivo del reino de Dios en su consumación final y su
perfección última. Basta abrir un poco el Evangelio para reconocer en
seguida que LA PARUSIA ES VERDADERAMENTE EL ALFA Y LA OMEGA, EL
COMIENZO Y EL FIN, LA PRIMERA Y LA ULTIMA PALABRA DE LA PREDICACION
DE JESUS; que ella es la llave, el desenvolvimiento, la explicación, la razón
de ser, la sanción; que es, en fin, el acontecimiento supremo al cual se
refiere todo lo demás y sin el cual todo lo demás se derrumba y
desaparece"5.

Es difícil ser más claro y más preciso sobre la importancia que los cristianos deben
atribuir a la Vuelta de Jesús.

La misión de la Iglesia, escribe Dom Lambert Beauduin en un estudio sobre


el Adviento, consiste en preparar la humanidad a esta suprema venida de
Cristo. Esta venida llenará al justo de una alegría semejante a aquella que
experimentan los vendimiadores cuando se aproxima el verano; para ellos,
en efecto, es la hora de las riquezas y del reposo; es el comienzo del reino
de Dios"6.

Las palabras transcritas aparecen sólidamente abonadas por el Catecismo del


Concilio Tridentino que dice:

"Si todos los hombres han deseado ardientemente ese día del Señor en
que El se revistió de nuestra carne, porque ellos ponían en ese misterio la
esperanza de su liberación, hoy día que el hija de Dios ha muerto y que ha
subido a los cielos, NUESTROS SUSPIROS Y NUESTROS DESEOS MAS
ARDIENTES DEBEN SER POR ESE OTRO DIA DEI, SEÑOR"7.

A pesar de estas advertencias, nuestros ojos quedan cerrados, nuestros corazones


apesadumbrados. Nuestra fe y nuestra esperanza no son bastante poderosas para
que los misterios de la Aparición y del Reino lleguen a ser realidades vivas en el
horizonte de nuestras vidas.

Card. Billot: "La Parousie", París. Beauchesne, 1920, p. 9-10.


6

Dom Lambert Beaudin: "Notre pieté pendant l'avent". Louvain. Abbaye du


Mont César, 1919, p. 63.
7

Catecismo del Concilio de Trento, C. 8: Del símbolo de los apóstoles.

10
Y, sin embargo: ¡El volverá y reinará!

IV

OJOS PARA NO VER

(Is. VI, 9-10).

El alma que inundó una potente luz vuelve como impelida a cruzar la huella
luminosa. Entonces es cuando se inclina a desear para otros la llama, a propagar
una idea motriz, a conquistar adeptos. Tuve esos deseos. Hablé a algunos amigos
del poder que nos comunica "la esperanza viva" de la Vuelta de Cristo; y un día con
audacia, pregunté a un sacerdote: "¿Cree Ud. en la Vuelta del Señor Jesús?".
Una sonrisa un poco burlesca, un poco irónica, un poco escéptica fué primero la
única respuesta.

— "Pero, señor cura, Ud. leerá en la Ascensión, cuya fiesta está próxima: "El
volverá de la misma manera que vosotros le habéis visto subir a los cielos".

—"¿Y qué es lo que os puede significar que El vuelva?", contestó el venerable


eclesiástico. "¡Ud. no estará ahí!"

— ¡Qué es lo que me significa!... pero esto es toda mi esperanza, "la feliz


esperanza", de la cual habla San Pablo. Ya el apóstol evocaba estos "burlescos" que
dirían: "¿Dónde está la promesa de su venida? Ahora, señor cura, ¿no os parece que
los Patriarcas supieron esperar sin ver y, más aún, por esto mismo recibieron "el
efecto de la promesa", que dependía de la primera venida de nuestro Salvador?

Leyendo asiduamente el Evangelio y las Epístolas, estamos obligados a creer en la


vuelta de Cristo, obligados a esperar su Reino!... Que este día sea próximo o lejano,
que lo vea yo, o no lo vea durante mi peregrinación terrenal, esta esperanza es una
fuerza que transformó mi vida espiritual. Espero a Jesús por causa de su Gloria.

— "Yo también, yo también espero..." contestó el sacerdote, "pero no tenemos


tiempo de pensar en ésto!... Nosotros estamos demasiados ocupados en probar
primero la existencia de Dios".

Tuve a menudo la curiosidad de plantear la misma pregunta a católicos, de


aquéllos que se llaman "practicantes":

- ¿Cree Ud. en la Vuelta de Jesús?

Nunca se me ha dado una respuesta claramente afirmativa. La idea de la Parusía


se confunde, aún para católicos instruídos, con las estrellas que caen del cielo, con
el Anticristo, el juicio, con espantosos cataclismos. No conciben la alegría que
produce el pensamiento de la gloriosa aparición del Señor Jesús con sus Santos.
En cuanto a los demás, menos instruidos, dilatan sus pupilas y os dicen: ¡Cómo!
¿Jesús ha de volver?
Si se me hubiera propuesto la pregunta hace tres años, no hubiera estado yo en el
campo de los ignorantes, ni de los escépticos, pero sí en el de aquellos que
descuidan sistemáticamente el estudio de estas cuestiones del "Fin de los tiempos"
como demasiado difíciles de penetrar y como si careciesen de toda razón de ser en
la vida espiritual. Pero pensar así, dejando a un lado toda la esperanza del
Cristianismo, es como tener "ojos para no ver". Parecióme oír dentro de mí la gran
queja de Cristo acerca del misterio de su Vuelta y de su Reino; y la palabra del
profeta Isaías repetida por San Mateo y por San Juan penetró en mi alma con una
fuerza desconocida; comprendí cuál había sido mi ceguera culpable durante tan
largos años:

11
"Embota el corazón de este pueblo y haz que sean pesados sus oídos y
cierra sus ojos para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos y en su
corazón no entienda, ni se convierta ni sea sanado" (Is. VI, 10).
"Mas él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros es dado conocer los
misterios del reino de los cielos, pero a aquéllos no les es dado. En cuanto a
vosotros felices vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen" (Mt.
XIII, 11.16).
"Por eso no podían creer, porque así mismo dijo Isaías: Cegó los ojos de
aquéllos y endureció sus corazones de modo que no vean con los ojos y no
entiendan con el corazón, ni se conviertan, ni yo los sane" (Jn. XII, 39-40).

Tal es, creemos, la explicación de este hecho misterioso: ignorancia e indiferencia


de los católicos respecto de la Aparición y del Reino final de Cristo. Pues es
verdaderamente sorprendente esta ignorancia, esta indiferencia frente al
"acontecimiento supremo" sin el cual todo lo demás se "derrumba y desaparece".
Con una ceguera inconcebible, hay quienes quieren hacer decir a la Escritura
exactamente lo contrario de lo que ella afirma con tanta fuerza.
En obras provistas del "Imprimatur" nosotros podemos leer:

"La Parusía ha preocupado mucho a los primeros cristianos, es verdad, pero


hace largo tiempo que nosotros no la esperamos"8.

Y el hecho lo registra el autor sin protesta alguna de su parte.

En otro libro se lee acerca de la Ascensión:

"Un ángel se les acercó y les anunció que esta vez, Jesús de Nazaret no
volvería más. Se les decía haber partido para no volver"9.

¿No vemos aquí el impresionante cumplimiento de la profecía: "Ojos para no ver"?


Esta profecía se realizó ya una vez para los judíos. No reconocieron a Cristo porque
no estaban preparados para su primera venida.
¿Estamos nosotros preparados para la segunda?
¿No están nuestros ojos obscurecidos?
¿No están nuestros oídos sordos?
¿No está nuestro corazón helado, y cerrado?

La BIBLIA nos habla sin cesar de esta esperanza del mundo — 320 veces sólo en
el Nuevo Testamento — pero nosotros no la leemos o la leemos sin comprender.
La IGLESIA comenta el misterio de la Parusía por su riquísima liturgia, pero
nosotros oramos y no abrimos nuestro corazón.
El ARTE ha representado en la escultura y en la pintura la Vuelta de Cristo, pero
nosotros miramos y no vemos.

¡Sí! ¡Ojos cerrados para no ver!

¡Nosotros no sabemos!... Jacob al pie de la escala misteriosa, no sabía que ahí


estaba la casa de Dios y la puerta del cielo.

Es preciso que el mismo Dios abra nuestro corazón como El lo hizo para Lydia, la
que vendía púrpura en Ciatura:

Abbé P. Girodon: "Comentaire sur l'Evangile selon Saint Luc". París, Plon, p.
354.
9

M. Marras: "Quel est donc cet homme?", París, Perrin, p. 359. ¿Cómo ha
podido introducirse una contradicción tan flagrante del texto de los Hechos de los
Apóstoles (I, 11), que acabamos de citar, en una obra que tiene tan gran cuidado de
la exactitud histórica?

12
"De la cual el Señor abrió el corazón para que asintiese a las cosas
enseñadas por Pablo" (Hech. XVI, 14).

No estamos atentos, no gritamos como los ciegos del camino de Jericó; sin
embargo, Dios espera gritos para decir a los ojos, a los oídos, al corazón: "¡Effeta!".
"¡Por fin, abríos!" y entonces creeremos en el misterio de la Vuelta anunciada y del
Reino de Cristo.

VOLVERA! ¡REINARA!

EL LES ABRIÓ LA INTELIGENCIA


PARA QUE COMPRENDIERAN LAS ESCRITURAS

(Lc. XXIV, 45).

Delante de mi propia indiferencia y de la de numerosos cristianos, con respecto a


la segunda venida de Cristo, iba yo verificando cómo nuestro individualismo
interpone obscuridad entre los misterios divinos, recónditos, y nuestro espíritu
limitado y racionalista.
Hay en nosotros ausencia de adaptación. El sentido del misterio se nos escapa a
causa de la pobreza de nuestra fe y de la impureza de nuestras vidas.
Creados a la imagen de Dios y regenerados por Jesucristo, deberíamos estar en la
luz; y somos "tinieblas". La lámpara que nos alumbra no es más que una pobre
luciérnaga, la luciérnaga del "yo". Sólo viene a proyectar claridad sobre los
misterios futuros cuando se trata de nuestra muerte individual y del juicio
particular que a cada cual espera, pero la gloria magnífica de nuestro Salvador, de
nuestro Dios, que será manifestada después de su Aparición, queda en la sombra.
La luciérnaga del "yo" es impotente.
¿Pero dónde encontrar esta fuente de luz? ¿Este reflector sobre nuestra ruta?
"Tu palabra es una antorcha que precede mis pasos y una luz sobre mi sendero"
(Sal, CXVIII, 105).
¿No es ésta la respuesta?
Y todavía: "la palabra profética, a la cual bien hacéis en prestar atención, es como
lámpara que alumbra en lugar caliginoso, hasta que raye plenamente el día, y el
lucero de la mañana amanezca en vuestros corazones" (II Ped. I, 19) 10.
Si estamos, pues, en tinieblas, es porque no leemos la Biblia y descuidamos las
profecías. No alimentamos nuestra vida espiritual en esta fuente; nos morimos de
hambre cerca de este maná; nos marchitamos por falta de luz. Y nuestros ojos
permanecen velados porque no saboreamos esa miel de la profecía (I Sam. XIV, 29).
Hace largo tiempo que conozco toda la revelación espiritual y personal que se
extrae al contacto de nuestros Santos libros: conozco la alegría del “consuelo de las
Escrituras" (Rom. XV, 4).
He comprendido entonces, que el cristiano que quiere sondear "las profundidades
de Dios" (I Cor. II, 10) y penetrar en el "Misterio de Cristo" y en el plan divino, debe
alumbrar su camino con una lectura asidua de la Biblia, y es de suma necesidad
que esta lectura se despoje del "yo", y que nosotros tengamos "los ojos fijos sobre
Cristo, autor y consumador de la fe" (Hebr. XII, 2).
Si nuestra inteligencia queda cerrada, cerrados los ojos de nuestras almas —
cuando leemos la — y ¿qué decir de los que no la leen? — es porque nosotros
buscamos en ella lo que ella no contiene.
Queremos hacer del Libro un libro humano; de un libro eterno, un libro del tiempo,
de un libro misterioso, un libro racional; de un libro universal, un libro personal.

10

Este día que aparecerá es el de la vuelta del Señor Jesús. En el Apocalipsis


(XXII, 16) Jesús es llamado la brillante estrella matutina.

13
Reducimos las Escrituras a nuestra medida de hombres, a nuestras perspectivas
limitadas de europeos civilizados del siglo XX, a nuestros conocimientos científicos,
históricos, artísticos, de los cuales hacemos tanto caso.
Reducimos las Escrituras a la crítica del razonamiento; las pasamos por el cedazo
de nuestra substancia cerebral.
Ahora bien, la Biblia no es ni un libro de historia, ni un libro de ciencia, ni un libro
de arte, ni un libro antiguo, ni un libro moderno.
Hay, en la Biblia, historia, ciencia, razonamiento, pero la Biblia es por encima de
todo "la palabra viva y permanente de Dios" (I Ped. I, 23).
Palabra actual para todos los tiempos, para todos los países y para todos los
hombres. Palabra eterna, el Verbo, Jesucristo, que viene a nosotros bajo las
apariencias de la palabra escrita. De ahí, que sólo elevándonos por encima de lo
humano y de lo contingente, sólo tomando impulso hacia las alturas de Dios por la
fe, la esperanza y el amor, sólo penetrando en las esferas de lo invisible, podremos
abordar el estudio sobrenatural del plan de Dios, desde la creación angélica hasta la
Jerusalén celestial.
La vuelta de Cristo es, en efecto, para nuestra generación, la piedra angular de
ese edificio espiritual.
El Espíritu Santo ha sido enviado para introducirnos en esa magna construcción;
para guiarnos por el dédalo de los textos; para descubrirnos "las riquezas
incomprensibles de Cristo" (Ef. III, 9). "El os enseñará, decía Jesús, todas las cosas
futuras. El me glorificará porque tomará de lo mío y os lo anunciará" (Jn. XVI, 13-
14).
Por último, en la liturgia de la Iglesia, que canta admirablemente la Vuelta de
Jesús en numerosos textos, se encuentra siempre el mismo pensamiento.
El Adviento y el tiempo de Navidad están claramente orientados hacia el segundo
advenimiento, sin dejar por eso de recordar el primero, así como los grandes
anuncios de los profetas.
Casi todos los Evangelios del común de las fiestas han sido escogidos entre los
textos escatológicos de los evangelistas Mateo y Lucas: Vírgenes prudentes y
Vírgenes necias, parábola que es el prototipo de la Venida del Esposo; Servidores
que velan; Rey que distribuye los talentos y vuelve, para tomar cuentas; Parábolas
llamadas del "Reino de Dios", etc., etc... Leemos estos textos cada día, pero
¿pensamos por esto en vivir de expectación?
Si recorremos la liturgia de los difuntos, el pensamiento de la Venida de Cristo es
ahí primordial. La idea de su realeza aparece expresada en la liturgia de Todos los
Santos, del Sagrado Corazón, de Cristo Rey, de la Transfiguración 11.
Meditando sobre estas nuevas perspectivas que me ofrecía la Biblia y la liturgia,
mis antiguos conocimientos iconográficos se me vinieron a la memoria y de
repente, delante de mis ojos —abiertos esta vez- surgieron dos obras pictóricas que
yo conocía mucho y que hasta ese momento nada me habían sugerido acerca de la
Vuelta de Jesús y de su reinado, así como nada me habían sugerido hasta entonces
la Escritura y la Liturgia. Eran éstas dos pinturas del mosaico de Santa Sofía de
Salónica y el Juicio final de Torcello, cerca de Venecia.
El mosaico de Salónica representa la Ascensión. Los ángeles se inclinan hacia los
discípulos; las palabras que pronuncian entonces, y que el libro de los Hechos nos
han conservado, están escritas en griego: "Hombres de Galilea... Este Jesús, que
separándose de vosotros se ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le
acabáis de ver subir allá". Uno de los ángeles pone su dedo sobre las palabras: "DE
LA MISMA MANERA".
¡Qué significación, qué enseñanza por la imagen! El deseo del ordenador del
magnífico y sorprendente mosaico no puede haberse expresado en forma más
explícita: "Vendrá de la misma manera".
El juicio final de Torcello es una de las obras notables que nos ha dejado el arte
bizantino implantado en Italia.

11

Ver el apéndice: "El segundo advenimiento y reinado de Cristo en la


Liturgia". Se dan allí numerosos detalles litúrgicos.

14
Trabajo gigantesco, elaboración difícil, para dar al que pasa una imagen de las
escenas trágicas y prodigiosas de "el día del Señor".
Al centro del mosaico dé Torcello, bajo el Cristo, que vuelve glorioso con sus
santos, está un trono vacío. Dos personajes esperan postrados al que va a ocuparlo.
Sus figuras son fáciles de reconocer: Adán y Eva. Ellos han perdido el reino, y
esperan la vuelta del segundo Adán, Jesucristo.
Actualmente Jesús comparte el trono de su Padre, desde la Ascensión: "Siéntate a
mi diestra" (Sal. CX), pero El debe volver para ocupar el trono, destinado
primitivamente a Adán.
El arte bizantino llama a esta escena la Hetimasia o "Preparación del trono", pues
¡El reinará!12

¡Volverá! ¡Reinará!

***

Estaba profundamente emocionada considerando la maravillosa síntesis que se


ofrecía a los ojos que se abren y ven, al corazón que se dilata y comprende.
La Sagrada Escritura, la liturgia y el arte están diciendo a una, a la fe del cristiano:
¡VOLVERA! ¡REINARA!

12

Ver Apéndice: "Cristo Rey y Hombre en el arte".

15
PRIMERA PARTE

VOLVERÁ

Cristo ofrecido una sola vez para quitar los pecados de muchos, POR SEGUNDA
VEZ SE APARECERA sin pecado a los que le están esperando, para su salvación
(Hebr. IX, 28).

16
I

"¿DONDE ESTA EL REY DE LOS JUDÍOS


QUE ACABA DE NACER?"

(Mat. II, 2).

El profeta Isaías ha sido a veces representado en el arte con la mirada dirigida


hacia lejanías misteriosas, con la mano sobre la frente para permitir a sus pupilas
captar las cosas futuras. Esta actitud figura la del pueblo judío que espera al
Mesías; ella es la que debe tener el pueblo cristiano esperando su Vuelta. Una
semejanza profunda existe, pues, entre la expectación de la Sinagoga, en otro
tiempo, y la de la Iglesia, hoy día.
Pero, ¿en qué consistía exactamente la expectación de los judíos? Ellos esperaban
la aparición de un rey poderoso, esperaban en el Ungido del Señor, un jefe, que
debía restablecer el reino de Israel. El Mesías, "de la posteridad de David" (Jn. VII,
42) sería Rey. Esta era la enseñanza oficial de las escuelas rabínicas y la creencia
general.
Es fácil seguir en los Evangelios el desarrollo de esta creencia, — muy exacta en
cuanto a su cumplimiento, — pero en contradicción con las profecías de su primera
venida. Jesús venía primero para servir y morir. El, sin duda, hubiese reinado, si los
representantes de la nación judía hubiesen reconocido en El, aún después de
haberlo renegado al principio, al Rey de Israel e Hijo de Dios.
Pero la Sinagoga tenía los ojos cegados, los oídos sordos, el corazón helado por la
concepción puramente ritual de las prescripciones mosaicas. Ella no pudo, pues,
reconocer a Aquél que venía a obedecer hasta la muerte de Cruz, llevando el
pecado del mundo… Se creía sin pecado; no tenía, pues, necesidad de Salvador…
Ahora bien, ¿cuál es la actitud de los cristianos de hoy? Teóricamente, todos
esperan, implícita o explícitamente, la vuelta gloriosa de Cristo. Pero, en el hecho,
fundamos mucho más nuestra vida de fe, nuestro desarrollo espiritual sobre el
recuerdo del Gólgota, sobre la vida terrestre y pasada de Cristo, que sobre las
prodigiosas promesas referentes al futuro.
Rara vez los católicos hacen el gesto del profeta Isaías, colocando la mano
horizontalmente sobre su frente, para avistar mejor las maravillas lejanas del Día
del Señor. Sin embargo, el Espíritu Santo nos ha sido enviado para esto, para
enseñarnos los misterios del Fin de los Tiempos: "Dirá todas las cosas que habrá
oído y os anunciará las venideras. El me glorificará" (Jn. XVI, 13-14).

***

Antes de penetrar al corazón mismo de nuestro tema: "Volverá", queremos


recordar en estos primeros capítulos los medios por los cuales Jesucristo quiso
hacerse conocer en su primera venida.
¿Acaso no quería hacerse reconocer por "señales y profecías"? De la misma
manera su segunda venida será marcada por "señales" y "profecías" que se
cumplirán a la letra como la primera vez.
La Iglesia ha tratado de despertar nuestra fe y nuestra esperanza en el futuro
reinado de Jesús instituyendo la nueva fiesta de Cristo Rey que es un maravilloso
desarrollo de la Epifanía. Veamos cómo.
Ante los Magos, el Mesías se manifestó al mundo como Rey. Quería que las
generaciones futuras reconociesen en Belén las primicias de la unión admirable de
los judíos y de los Gentiles, de la Sinagoga y de la Iglesia, unión constitutiva de la
Jerusalén futura.
Los magos — figura de la gentilidad — vinieron pues, al país de los Judíos y
preguntaron por su rey para adorarle: "¿Dónde está el rey de los Judíos que acaba
de nacer? Hemos venido a adorarle". Herodes creía en las profecías, aún siendo
idumeo, y se informó con los sacerdotes y con los escribas "dónde debía nacer el
Cristo".

17
Los magos preguntaron por "el rey de los Judíos". Herodes les dió su nombre:
"Cristo". ¿Dónde debe nacer el Cristo?" preguntó a los sacerdotes. Para él, como
para todos, el Mesías debía restablecer el reino de Judá, y arrojar por lo tanto la
dinastía usurpadora de los Herodes. Desde entonces, este Niño buscado por los
magos sería a sus ojos un enemigo.
Los sacerdotes se reunieron y proporcionaron a Herodes la información solicitada.
En ningún error se incurrió aquel día sobre la persona de Jesús; los sacerdotes
evidentemente no pueden separar la idea del Mesías de su condición de Rey.
Conocen las profecías de Miqueas y declaran: "Nacerá en Belén", porque está
escrito: "Y tú Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor entre las
principales ciudades de Judá, porque de ti ha de salir el caudillo que regirá el pueblo
mío de Israel" (Mt. II, 6 citando a Miq. V, 1).
La continuación de la historia es muy conocida, así como la actitud de Herodes, —
extraña figura de "el Príncipe de este mundo" — que quiere matar a aquél que
supone ser su rival, pues está de tal manera imbuido de las teorías judías sobre la
realeza mesiánica, que no puede dudar de la próxima restauración del reino de
Israel.
Los magos habían sido conducidos a Jerusalén y a Belén por una estrella; Jesús
fué, pues, reconocido por medio de un signo, — el signo de la estrella, —tal como
había sido designado por la voz de la profecía.
En el día de su manifestación (Epifanía) constituyó Jesús alrededor suyo la unidad
de los pueblos. En ese día, — único en los anales del mundo, — los judíos
reconocieron al Rey-Mesías por la profecía y los gentiles le adoraron por un signo.
¡El muro de separación quedó, pues, quebrantado por algunas horas! (Ef. II, 11-19).
La Iglesia aspira a este restablecimiento maravilloso en la unidad del Judío y del
Gentil, y, no contenta con celebrar esta fiesta de la Epifanía, la más importante
después de la Pascua, ella ha querido solemnizar de manera especial, en estos
últimos tiempos, la fiesta de Cristo Rey, que parece una Fiesta de los Tiempos del
Fin.
Ella ha querido sugerir a la cristiandad que ore para que pronto Jesús sea Rey de
Judíos y Gentiles13. Ardiente deseo es éste ya que esta fiesta de Cristo Rey es la
expresión unánime "del suspiro de las criaturas" a través de la Iglesia (Rom. VIII,
22), que querría verle ya reinar sobre las potencias terrenales. Pero este reinado
universal existe sólo en potencia, en esperanza, en votos ardientes; pues, de hecho,
Jesús no ha reinado jamás sobre los Estados y nunca ha sido más desconocida su
autoridad por los individuos: "Sabemos que somos de Dios, al paso que el mundo
entero está poseído del mal espíritu" (I Jn. V, 19).
Nosotros somos unos rebeldes y Jesús sólo podrá reinar sobre espíritus
perfectamente sumisos. La fiesta de su realeza no pasará de ser, pues, una quimera
si no prepara nuestros corazones a hacer la voluntad de Dios, aquí en la tierra como
se hace en el cielo, y si esta fiesta no constituye un testimonio de la liturgia
celestial del "Rey de los reyes" (Apoc. XIX, 16).
El deseo de la Iglesia romana, de hacer a Jesús Rey de la colectividad humana
sobre la tierra, es también el de algunos grupos protestantes: "Voluntarios de Cristo
se levantan en América y en países Anglo-sajones y quieren hacer a Cristo rey
durante esta generación"14.
Pero antes que eso es preciso aguardar la Vuelta en gloria de Nuestro Señor para
que recoja el doble fruto de su muerte por la obediencia hasta la muerte de Cruz, y
de su continua intercesión por nosotros después de su Ascensión y entronización a
la diestra de Dios (Rom. VIII, 34). Entonces podrá establecer su reinado y entregar
después este reino de sacerdotes y reyes, a su Padre. El apóstol San Pablo expone
esta doctrina a los Corintios: "Luego vendrá el fin: cuando (Jesús) entregue el reino

13

Oración de S. S. Pío XI para la fiesta de Cristo Rey: "Mirad, Señor, con


misericordia los hijos de ese pueblo, que fué en otro tiempo tu predilecto; que sobre
ellos descienda, en bautismo de Redención y de Vida, la Sangre que un día contra sí
reclamaron".
14

Pastor P. Perret. "Dieu serait-il allemand? París. .Edit. "Je sers", 1931, p. 187.

18
a Dios su Padre, cuando haya aniquilado todo imperio, toda potencia y toda fuerza
adversa. Porque es necesario que reine, hasta que haya puesto a todos sus
enemigos debajo de sus pies" (I Cor. XV, 24-25).
Esperamos el reinado de Cristo y la consumación del reino de Dios. Esta es
nuestra petición de cada día: "Venga tu reino". No se ha establecido, pues, todavía
el reinado de Dios.

II

PARA SER UN SIGNO DE CONTRADICCIÓN

(Lc. II, 34).

Los magos fueron conducidos por medio de una señal al niño Rey, la señal de la
estrella. Dios da a menudo señales para hacer conocer su poder, hacerse adivinar
bajo el símbolo.

"Y para que puedas contar en oídos de tu hijo, y del hijo de tu hijo, cómo Yo
hice maravillas en Egipto y las señales que obré en él, a fin que vosotros
sepáis que Yo soy Jehová" (Ex. X, 2).

Jesús dió diez y nueve señales de su Vuelta futura. Los apóstoles habían pedido
una sola: "¿Cuál es la señal de tu advenimiento?" (Mt. XXIV, 3).
Jesús dió varias señales, y tanto éstas como las profecías deben ser consideradas
atentamente si se quiere penetrar los misterios que anuncian.
El Señor Jesús había querido que sus contemporáneos tuviesen muy en cuenta las
señales que El ofrecía: aquella de la serpiente de bronce para marcar su muerte,
aquella de Jonás para figurar su entierro y resurrección; aquella del Templo
demolido y reconstruido en tres días para anunciar su muerte y la transformación
de la Sinagoga. Ofreció también el signo de su realeza comparándose a Salomón: "Y
ved que hay aquí más que Salomón" (Mt. XII, 42).
Pero todas estas señales a los ojos de los judíos sólo fueron señales de
contradicción. El Mesías será rey, pero no un crucificado colgado del madero como
la serpiente, o sepultado como Jesús.
Los magos también buscaban un rey, y ¡encontraron un niño pobre! ¡Qué fuerza la
del contraste! Su fe sincera sobrepasó las apariencias. Adoraron y reconocieron en
ese pequeño cuerpo humano: el hombre, el Dios y el Rey.
Fe profunda y robusta, necesitaban los contemporáneos de Jesús, para guiarse en
medio de semejante dédalo de signos contradictorios.
La Virgen María fué la primera que recibió en lo más íntimo de su ser, el choque
del misterio de Cristo. El Ángel le había dicho de su Hijo:

"El Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa
de Jacob por los siglos de los siglos y su reino no tendrá fin" (Lc. I, 32-33).

Mas, he aquí que nace al término de un viaje, sin casa y en la desnudez. ¡Qué
señal de contradicción en el primer día de la vida de Jesús! ¡Y en el último…! En la
tarde del Gólgota, sólo la inscripción de Pilatos podría recordar a la Madre las
sublimes palabras angélicas: "Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos". ¡Cruel enigma
para el alma de María! Pero ella había sido preparada por la profecía del justo
Simeón:

"Este niño... será una señal en pugna con la contradicción, lo que será para
ti misma una espada que traspasará tu alma" (Lc. II, 34-35).

Y la Virgen María: "Conservaba todas estas palabras en su corazón" (Lc. II, 51). Y
primero que nadie pudo hacer la síntesis del doble aspecto que revestiría su Hijo:
sería un varón de dolores y blanco de la contradicción (profecía de Simeón). Sería
Rey (palabras del ángel).

19
La Madre pudo entonces percibir bajo la aparente contradicción de la vida de
Jesús, el desarrollo del misterio de la Redención.
El Mesías será primero EL CORDERO DE DIOS que quitó el pecado del mundo, al
venir una primera vez a la tierra; a su vuelta será el LEON DE JUDÁ; levantará los
sellos del libro y reinará. (Apoc. V, 5).
Los apóstoles participaban de las ideas del Sanhedrín y de los Judíos en general,
sobre el Mesías, Rey y Jefe; y, al igual que ellos, rechazaban la señal de la
humillación y del sufrimiento, a pesar de las enseñanzas reiteradas de los profetas.
Acaso no es harto significativo oírlos preguntar en la hora de la Ascensión:

"Señor ¿en este tiempo es cuando tú restablecerás el reino de Israel?"


(Hech. I, 6).

No habían comprendido todavía el sentido de la primera parte de la misión de


Jesús: Salvador, Servidor y Rey rechazado.
Natanael, al encontrar a Jesús al principio del ministerio público le dice:

"Tú eres el Hijo de Dios, TU ERES EL REY DE ISRAEL" (Jn. I, 49).

Para él también Jesús no podía ser más que Rey.


El descontento de los discípulos, cuando el Maestro rehusó la elección de la masa,
después de la multiplicación de los panes, encuentra su explicación en la esperanza
fallida de la realeza inmediata. Y creemos que fué esto lo que determinó el primer
deseo de defección del ambicioso Judas, y su primera duda. El Mesías, pensaba él,
sería de la posteridad de David; este hombre rehúsa la realeza, no es, pues, él,
quien debe venir.
Un día que Jesús anunciaba su muerte ignominiosa, las bofetadas y los esputos,
Pedro exclamó:

"Esto no te ha de pasar" (Mt. XVI, 22).

Pedro dió un desmentido formal a Jesús, pues, evidentemente, para él que creía
en el Mesías-Rey, esta muerte era inaceptable. ¡El Mesías es el Jefe y no un
crucificado!
Con ocasión de otro anuncio de la Pasión por parte de Jesús, la madre de Santiago
y de Juan dijo a su vez: "Esto no sucederá". Ella no creía tampoco en esta muerte
anunciada, pues luego solicita los tronos situados a la derecha y a la izquierda de
Jesús para sus hijos, "en tu Reino" (Mt. XX, 21).
Cuando llegó la hora de la Pasión, la contradicción surgió por todas partes. Esas
horas trágicas marcaron un gran conflicto entre los tres aspectos de Jesucristo: una
humanidad paciente, una divinidad omnipotente, pero escondida, y una realeza
futura, muy gloriosa, pero más recóndita todavía. ¡Los Judíos y los testigos del gran
drama son sorprendidos por lo inexplicable! Oyen a Pedro que había vivido con
Jesús, decir: "No conozco a ese hombre" (Mt. XXVI, 72).
Oyen a Jesús afirmar delante del gran sacerdote que El es el Hijo de Dios (Mt.
XXVI, 64). Y sobre la cruz lo oyen gritar: "Dios Mío, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?" (Mt. XXVI, 46). ¡Extraña contradicción!
Oyen todavía a Jesús declarar: "Mi reino no es de este mundo"15 (Jn. XVIII, 36), y a
Pilatos que le preguntaba, ciertamente con ironía: "¿Tú eres el Rey de los Judíos?",
respóndele: Tú lo has dicho, soy Rey, Yo para esto nací (Jn. XVIII, 37).
Entonces los judíos se burlaban de este Rey coronado de espinas y vestido de
púrpura: "Salud, Rey de los judíos". Y venían a Él, y decían: "Dios te salve, rey de
los judíos; y le daban de bofetadas" (Jn. XIX, 3).
Pilato hizo escribir, siempre por ironía: "Jesús Nazareno, rey de los Judíos" (Jn. XIX,
19).

15

Ver más adelante el significado de estas palabras en el capítulo: "Soy rey,


he nacido para esto".

20
El ladrón oraba: "Acuérdate de mí Señor, cuando hayas llegado al reino tuyo" y
Jesús responde señalando, su omnipotencia: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso"
(Lc. XXIII, 42).
En el momento de morir, Jesús afirma su autoridad y su poder de salvar. Esta es
una última señal de contradicción, pues no se ve en él sino al seductor de las
masas, al usurpador del título de Hijo de Dios, menos todavía, a un desecho
humano colgado de un madero, a un objeto de maldición: "Maldito de Dios el
colgado en un madero", se decía desde Moisés (Deut. XXI, 23 y Gál. III, 13).
¿Cómo reconocer en él a un Rey? El enigma es demasiado violento. Los
sacerdotes se volvieron una última vez contra él para reclamar por la inscripción de
Pilato que, sin quererlo, fué ese día un gran profeta. Se negó éste a acceder a lo
que le pedían y les respondió: "Lo que he escrito, escrito está" (Jn. XIX, 22). Y dejó
escrito: "Jesús Nazareno, rey de los judíos".
Es preciso notar aquí que las "señales" que tienen tanta importancia para
reconocer la huella del Señor pueden también conducir al error al espíritu que se
asila en ideas preconcebidas.
Los judíos no pensaban más que en una cierta realeza mesiánica, no en aquella
que Jesús les ofrecía; entonces rechazaron a su rey. Dejaron en la penumbra las
señales y las profecías de la humillación, del dolor y de la muerte. Porque, no lo
olvidemos, el "misterio de Cristo" es complejo. ¡Plegue a Dios que "podáis
comprender con todos los santos, cuál sea su anchura y longitud, altura y
profundidad"! (Ef. III, 18).

III

HEME AQUÍ QUE VENGO CON EL ROLLO DEL LIBRO


ESCRITO PARA MÍ

(Sal. XL, 8).

Los magos habían sido conducidos a Jerusalén por la señal de la estrella; ahí
vuelven a encontrar otra fuente de conocimiento divino: la profecía. Les fué
revelada por la voz de los sacerdotes y alumbrados los magos por estas dos
sagradas manifestaciones: signo y profecía, llegaron a Belén y descubrieron al Rey
de los reyes.
Si la profecía para los magos tuvo una importancia tan grande, — los condujo a
Jesús, — ¿acaso no tuvo también en el curso de la vida del Mesías un cumplimiento
permanente? ¿No podría decirse que todas las profecías bíblicas vienen a
concentrarse sobre la persona del Hijo de Dios? "Heme aquí, que vengo con el rollo
del libro escrito para mí" (Sal. XL, 8)16.
Todo esto estaba escrito para su primera venida y todo está escrito para el futuro.
Los profetas han sido los depositarios de los secretos del Padre, referente a su
Hijo: "Seguramente Jehová, el Señor, no hará nada sin que revele su secreto a sus
siervos los profetas" (Am. III, 7).
Ellos han escrito toda la vida de Cristo: su vida pasada, su vida presente, su vida
futura. Jesús ha desenrollado la primera parte del rollo del Libro cumpliendo a la
letra las profecías referentes a su primera venida. Desenrollará el rollo hasta el fin al
venir por segunda vez, para cumplir, con no menos exactitud, las profecías
referentes a su Vuelta y a su Reino glorioso17.
Podemos decir que los "secretos" de Dios, confiados a sus servidores los profetas,
están divididos en dos grupos proféticos.

16

Este versículo y los anteriores están citados en Heb. X, 5-7.


17

El libro era enrollado; en lugar de abrirlo se le desenrollaba. Los judíos de


nuestros días, guardan la antigua costumbre del rollo en sus Sinagogas. Ver en el
Apéndice: el "Cuadro de las profecías".

21
El primero anunciaba el nacimiento del Mesías, su vida humillada, la revelación de
la ley de gracia, y sobre todo, las circunstancias precisas de su muerte dolorosa.
Jesús mismo ha puesto el sello sobre estas profecías y, a fin de señalar su completa
realización, sus últimas palabras, — notémoslo bien — sus últimas palabras antes
de su muerte, — fueron: "TODO ESTA CUMPLIDO". "Consummatum est". ¡Ya todo
está hecho!" (Jn. XIX, 30). Los profetas habían escrito: ¡El Cristo ha cumplido!
El segundo grupo profético anunciaba un Mesías glorioso y rey con todos los
grandes acontecimientos del fin de los tiempos: restauración de Israel y de
Jerusalén; vuelta gloriosa de Cristo para reinar con sus santos, día de venganza de
la justicia divina, después nuevos cielos y tierra nueva, un reino sin fin.
Estas profecías del antiguo testamento, han sido completadas por la enseñanza
de los Apóstoles y sobre todo por la "Revelación" — o Apocalipsis —hecha por Jesús
mismo a San Juan en la Isla de Patmos.
El Apocalipsis es el libro final que pone el sello sobre el segundo grupo profético. Y
si Jesús al morir decía: "Esto se ha cumplido", dice a Juan para sellar su propia
revelación: Estas palabras son ciertas y verdaderas... ¡ESTO ESTÁ HECHO! (Apoc.
XXI, 6).
Constatamos, pues, que Jesús confirma las profecías realizadas en él, por su
última palabra sobre la cruz: "ESTO SE HA CUMPLIDO". Confirma que las profecías
no realizadas todavía se cumplirán y que entonces dirá: "ESTO ESTÁ HECHO".

***

El Judío era un hombre que miraba hacia adelante, hacia el Mesías. El cristiano,
puede, a la vez, mirar hacia un pasado realizado en Jesús y también fijar sus ojos
hacia una lejanía profética, esperando con alegre esperanza que Cristo desarrolle el
final del Libro.
Tratemos, pues, de evocar la doble actitud del Judío de otro tiempo y la posterior
del cristiano, frente a la profecía.
La primera dificultad que se encuentra cuando se habla de profecía — en
cualquiera época que sea — es relativa a los tiempos.
Generalmente el profeta, que nos anuncia los acontecimientos futuros, ve estos
acontecimientos a la manera divina, es decir, sin planos sucesivos en el tiempo.
Acerca a menudo épocas alejadas unas de otras y las funde en un todo.
La palabra profética franquea de un salto los siglos, que para Dios son como un
día: entonces es cuando le falta del todo la perspectiva y no puede ser registrada a
la manera de un hecho histórico.
Constatamos, por ejemplo, cómo Jesús habla de la ruina próxima de Jerusalén, en
la época romana, y del fin del mundo actual, como de un mismo acontecimiento.
Cuando leemos el capítulo XXIV de San Mateo18, nos es preciso poner una gran
atención en los términos empleados por Jesús al referirse a uno u otro
acontecimiento.
A veces, ciertas palabras conciernen a los dos hechos indistintamente, pues, el
primero, la toma de Jerusalén, no debe ser más que un prototipo del segundo, que
es el fin del mundo presente.
Otra causa de error en la interpretación de las profecías proviene de la falta de
atención que se pone en la lectura de los textos y sobre todo, de que se descuida
establecer relaciones entre pensamientos semejantes. Es preciso saber que la Biblia
se ex-plica por la Biblia; lo divino se explica por lo divino. "Quien quiere dar el
sentido de la Escritura, decía Pascal, y no lo toma de la Escritura, es enemigo de la
Escritura"19. "Ninguna profecía de la Escritura se declara por interpretación propia"
(II Ped. I, 20).

18

Nota del Blog: el texto dice “capítulo XXIV de San Marcos”.


19

"Pensées". Edit. Gazier, p. 154.

22
Lo que falsea todavía, y gravemente, el sentido de las profecías, es la tendencia
moderna a no explicarlas literalmente, sino de manera simbólica o puramente
espiritual. Volveremos sobre esto.
En fin, es preciso temer la falta de libertad de ciertos espíritus que sometidos en
exceso a ideas preconcebidas están inclinados a leer, no lo que está escrito, sino lo
que quieren encontrar. Tal fué esencialmente el caso de los Judíos.
Las profecías mesiánicas eran numerosas y si los Judíos no se equivocaron en
ellas, cuando fué preciso indicar a los magos la ruta de Belén, al preguntar estos
príncipes por "el Rey de los Judíos", fueron incapaces, en cambio, de reconocer un
Mesías venido para servir y morir. Leían, sin embargo, el Salmo XXII y el capítulo LIII
de Isaías, por no citar más que estos dos textos que ofrecen una maravillosa
síntesis de las profecías mesiánicas: la vida paciente y humillada, la vida real y
gloriosa. Pero el Judío que leía estas páginas no retenía más que el segundo aspecto
del Mesías, el Mesías Rey.

Leamos también nosotros estos textos:

Contemplemos, en el Salmo 22 al varón de dolores desamparado, a Aquél cuyos


huesos se cuentan, aquél cuyas manos y pies están traspasados, aquél cuya túnica
se echó a la suerte, delante del cual se sacude la cabeza en señal de desprecio:
aquél que se compara "al gusano de la tierra", "al último del pueblo". Pero de
repente, al fin del mismo Salmo aparece la gloria prometida: "Se acordarán y se
volverán a Jehová todos los términos de la tierra y todas las familias de las naciones
te adorarán. Porque de Jehová es el reino, y él es el dominador de las naciones".
Constatamos la misma síntesis profética al leer el capítulo LIII de Isaías. Después de
haber hecho el más trágico, el más preciso, el más real cuadro de la Pasión, a siglos
de distancia — el corazón tiembla con esta lectura de una realidad impresionante —
el profeta narra la gloria de aquél que ha llevado nuestras debilidades, nuestras
heridas, la justificación de muchos hombres por su sufrimiento; en fin, la gloriosa
parte de su botín. El capítulo entero es la sorprendente anticipación de las palabras
de Jesús: "¿No era preciso que el CRISTO SUFRIESE ESTAS COSAS para entrar EN SU
GLORIA?" (Lc. XXIV, 26)20.
Pero todas estas cosas habían quedado en la penumbra. Para los Judíos el Ungido
del Señor debía restaurar la casa de David (Hech. XV, 16-17), volver a levantar su
trono, sacudir el yugo romano y el de Herodes, a fin de libertar para siempre a
Israel.
Tal era la enseñanza rabínica. Pero, de todas maneras, los Judíos, que no habían
recibido la plenitud del sentido profético antes del Mesías, hubiesen podido
adquirirlo cuando Jesús predicó y desarrolló la verdadera naturaleza de su reino, en
su primer tránsito sobre la tierra. ¿No tenernos acaso testimonios irrecusables de la
manera cómo Cristo quería hacerse conocer por el camino profético? El mismo
explica los textos que le conciernen.
En Nazaret al principio de su ministerio público, Jesús estaba en la sinagoga, un
día Sábado. La costumbre mandaba que se leyese, después de la oración, un pasaje
de los profetas. Cuando un extranjero o una notabilidad asistía a la reunión, el Jefe
de la sinagoga lo invitaba gustosamente a hacer esta lectura en el rollo manuscrito
de los profetas y a comentarla.
Se entregó, pues, a Jesús el rollo del profeta Isaías "y habiendo desplegado el
libro, encontró el pasaje donde estaba escrito: "El Espíritu del Señor está sobre Mí,
porque me consagró con su unción, para anunciar la buena nueva a los pobres y
me envió a vendar a los que tienen quebrantado el corazón, a pregonar a los
cautivos su liberación, a los ciegos la vista, para libertar a los oprimidos y
promulgar el año favorable del Señor".
Habiendo enrollado el libro, lo entregó a aquél que estaba de servicio y se sentó, y
los ojos de todos los que estaban en la sinagoga se dirigieron hacia EL: Entonces

20

El eunuco de la reina Candace leía el capítulo LIII de Isaías cuando se


encontró con Felipe, quien "comenzando por este pasaje le anunció la buena nueva
de Jesús" (Hech. VIII, 26-40).

23
comenzó a decirles: "HOY SE HA CUMPLIDO ESTA ESCRITURA en vuestros oídos" (Lc.
IV, 17.22).
Importa mucho notar aquí que Jesús ha detenido su lectura en la mitad del
versículo 2 del capítulo LI de Isaías: "Él me ha enviado a publicar EL AÑO
FAVORABLE DEL SEÑOR", alusión al año jubilar, en el cual todas las deudas eran
perdonadas.
El Cristo ha vuelto para salvar, pagar la deuda de Adán, rescatar la humanidad.
Pero la continuación anuncia que si el año favorable pasa... El vendrá entonces para
Promulgar EL DIA DE VENGANZA DE NUESTRO DIOS". Jesús no había leído este
anuncio terrible; su realización pertenece al siglo futuro.
Así, pues, en este solo versículo segundo, los dos grupos de profecías están bien
deslindados.
El Mesías ofrecía un año de gracia como Salvador, pero vendrá también en "el día
de venganza" como rey y juez.
"Estamos en el tiempo de paciencia" (Rom. III, 25). "¿No vendrá pronto el tiempo
de la cólera? (II Ped. III, 9). Estos dos tiempos están en el rollo del Libro que de Él
está escrito.

IV

LES INTERPRETABA EN TODAS LAS ESCRITURAS


LOS LUGARES QUE HABLABAN DE ÉL

(Lc. XXIV, 27).

Junto a la circunstancia típica de que Jesús se valió para darse a conocer en


Nazaret, en que dió cumplimiento y vida al "rollo del Libro que de Él está escrito",
otros dos episodios, dos lecciones bíblicas no menos características, nos muestran
cómo, después de su resurrección, quiso fundar la enseñanza de sus discípulos
sobre el cumplimiento de las profecías en su persona.
Jesucristo insistía sobre "todo lo que han dicho los profetas" (Lc. XXIV, 25).
Este deseo del Maestro fué comprendido por los evangelistas. Los Evangelios —
principalmente de Juan y Mateo — refiriendo los acontecimientos de la vida de
Cristo, se apoyan constantemente sobre textos proféticos. ¡Cuántas veces leemos
en el Evangelio: "A fin de que se cumpliese la profecía" o "Está escrito"!
Las dos lecciones bíblicas dadas por Jesús han sido relatadas por San Lucas en el
capítulo 24. Ellas tuvieron lugar en la tarde de la resurrección, como conclusión de
su vida de sufrimiento. Son las primacías de la vida "de gloria" como dirá el apóstol
Pedro.
El primero de los relatos de San Lucas nos muestra a Jesús bajo el aspecto de un
viajero, que encuentra a los discípulos, que se dirigían de Jerusalén a Emmaús.
Estaban tristes, Jesús les habló, "pero sus ojos estaban como cerrados" — ¡siempre
ojos para no ver! — y no le reconocieron. Entonces Jesús les preguntó y expusieron
la causa de su tristeza, la condenación a muerte, la crucifixión... de un profeta,
poderoso en obras y palabras delante de Dios: "En cuanto a nosotros esperábamos
que Él sería el que libraría a Israel". Encontramos aquí, tomado a lo vivo el
pensamiento mismo de los íntimos de Cristo.
Jesús continuó oyendo el relato de los hechos que les había turbado, aquel de la
exposición de las mujeres, que habían dicho "que él estaba vivo". ¡Pero no se le
había visto! "¡Oh faltos de entendimiento, y tardos de corazón para creer en todas
las cosas que hablaron los profetas!", díjoles Jesús. "Pues qué ¿por ventura no era
conveniente que el Cristo padeciese todas estas cosas y entrase así en su gloria?
Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les iba interpretando en todas
las escrituras las cosas tocantes a Él".
Los discípulos no le reconocieron todavía: fué precisa la fracción del pan:
"Entonces sus ojos se abrieron y le reconocieron; pero El se les hizo invisible y
desapareció de su vista". Y ellos se dijeron unos a otros: "¿No es verdad que nuestro
corazón ardía dentro de nosotros, cuando El nos hablaba en el camino y nos
explicaba las Escrituras?" (Lc. XXIV, 13.36).

24
La enseñanza del Maestro ha sido comprendida y he aquí que los dos discípulos
tienen los ojos abiertos y el corazón ardiendo al darse CUENTA DE QUE JESUS ES
COMO UN ROLLO VIVO DE ESCRITURA". "¡Les había interpretado en todas las
Escrituras; lo que le concernía!". Verdaderamente, delante de ellos el Señor había
desenrollado "la primera parte" del libro: les había explicado el misterio de la Cruz,
escándalo para los judíos y locura para los gentiles.
El mismo día, algunas horas más tarde, Jesús desarrolló la misma enseñanza,
delante de los Once reunidos diciéndoles: "Era menester que se cumpliesen todas
las cosas escritas en la ley de Moisés y en los profetas y en los salmos acerca de
mí". Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras. Y les
dijo: Que así está escrito, y así era menester que el Mesías padeciese, y resucitase
de entre los muertos al tercer día. Y que se predicase en nombre suyo penitencia y
perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois
testigos de estas cosas (Lc. XXIV, 44-47).

***

La dos lecciones bíblicas del Señor habían versado principalmente sobre el


misterio de su sufrimiento, aquel que había sido el más descuidado e
incomprendido. Jesús no había puesto el acento sobre el misterio de su Vuelta y de
su Reino glorioso, dejando este cuidado a sus discípulos a los cuales "durante
cuarenta días les habló de las cosas que concernían al reino de Dios" (Hech. I, 3).
Por esto Pedro, Santiago y Juan y especialmente el apóstol Pablo, se hicieron
predicadores del "siglo futuro".

LAS COSAS EN QUE LOS ANGELES DESEAN


PENETRAR CON SU VISTA

(I Ped. I, 12)

"Estas cosas en las cuales los ángeles desean penetrar con su vista"… ¿no son
acaso los tiempos misteriosos de "el día del Señor"?
Hemos dicho que Cristo se había revelado principalmente, después de la
Resurrección, como el Mesías paciente, a causa de la incomprensión que el pueblo
tenía de este misterio; pero los apóstoles, enseñados por el Espíritu Santo, — "El os
enseñará todas las cosas por venir" (Jn. XVI, 13) — van a ser los campeones de
estos misterios de gloria.
Los anuncios de la Vuelta y del Reino son renovados alrededor de trescientas
veinte veces en el Nuevo Testamento, pues, en adelante la atención del cristiano
debe estar dirigida hacia ese día: "Helo aquí, ya viene". Los apóstoles hablan a
menudo, como si el Señor debiera volver durante sus vidas.
De todas maneras, los acontecimientos pasados, aquellos de la humillación y de la
muerte de Cristo son recordados igualmente y el apóstol Pedro nos propone, en su
primera epístola, una síntesis muy viva y muy personal de la plenitud del misterio
de Cristo.
Ha visto las horas dolorosas de su Señor; ha visto también su gloria en la
Transfiguración, en la Resurrección, en la Ascensión.
Hablará con conocimiento de causa y hará notar que los profetas judíos habían
escrito principalmente para los cristianos, que podrían ver el cumplimiento de las
profecías: las "de los sufrimientos" y las "de las glorias".

"Conmoveos con una alegría inefable y llena de gloria, seguros de que


habréis de conseguir el premio de vuestra fe, la salvación de vuestras almas.
Esta salvación ha sido objeto de investigaciones y meditaciones de aquellos
profetas cuyas predicciones anuncian la gracia que os está destinada. Ellos
trataban de descubrir qué tiempo y qué circunstancias indicaba el Espíritu
de Cristo que estaba en ellos y que atestiguaba anticipadamente LOS

25
SUFRIMIENTOS reservados a Cristo y las GLORIAS que debían seguirles. Ha
sido revelado que esto no era para ellos, sino para Vosotros, que ellos eran
los dispensadores de estas cosas, que os han anunciado ahora quienes, por
el Espíritu Santo enviado del cielo, os han predicado el Evangelio, ESTAS
COSAS EN QUE LOS ANGELES DESEAN PENETRAR CON SU VISTA" (I Ped. I, 8-
12)”.

El espíritu de Cristo hablaba, pues, en los profetas para dictarles las palabras que
el Cristo mismo vendría en seguida a explicar y a cumplir.
La primera parte está realizada; la segunda permanece en el misterio profético. Y
es en este misterio donde los ángeles desean hundir sus miradas. Como nosotros,
esperan su manifestación21.

***

Hay una escena de la vida terrenal del Salvador sobre la cual los apóstoles han
llamado igualmente la atención queriendo relacionarla con la gloria del Reino futuro:
es la de la Transfiguración.
Jesús mismo había establecido la comparación: "En verdad os lo digo, algunos de
los que están aquí no morirán hasta que hayan visto al Hijo del Hombre venir EN SU
REINO" (Mc. IX, 1; Mt. XVI, 28). Pedro, Santiago y Juan han comprendido
evidentemente esta relación; su testimonio, por lo demás, da fe de ello. Ellos dirán
al mundo lo que Jesús será en "su majestad", tal como se reveló a ellos sobre la
"santa montaña" (II Ped. I, 16-18).
Juan, en la visión de Patmos, veía al Hijo del Hombre bajo un aspecto bastante
semejante al de su Señor sobre el Thabor (Apoc. I, 14).
¿Y de qué otra gloria que de aquélla podía hablar en el prólogo de su Evangelio:
"Hemos visto su gloria"? (Jn. I, 14). No puede tratarse de la Resurrección, pues Jesús
resucitado tuvo siempre el cuidado de mostrarse en su humanidad y no en su
triunfo.
Al principio de su epístola Juan nos dice también: "OS ANUNCIAMOS LA VIDA
ETERNA QUE NOS HA SIDO MANIFESTADA; LO QUE HEMOS VISTO OS LO
ANUNCIAMOS".
San Pedro, más preciso, atestigua que no viene en nombre "de fábulas
sabiamente concebidas" a hacer conocer "la potencia de la Venida" de Jesucristo y
"la gloria magnífica" de su reino, sino que ha visto (este reino) sobre la santa
montaña con sus propios ojos (II Ped. I, 16-18)22.
Y agrega: "POR ESTA VISION HA SIDO CONFIRMADA PARA NOSOTROS LA
ESCRITURA PROFETICA a la cual hacéis bien en prestar atención, como a una
lámpara que brilla en un lugar tenebroso, hasta que el día despunte y que la
estrella de la mañana se levante en vuestros corazones" (II Ped. I, 19-21).
He aquí los hechos bien establecidos, los Apóstoles creían en la Vuelta del Señor y
en el establecimiento de su Reino, apoyándose sobre la profecía, dirigiéndose por la
claridad de esta "lámpara". Muy deseosos de ver estos días, enseñaban a los
cristianos los medios de apresurar la aparición: Vivid "en santidad y piedad
ESPERANDO Y APURANDO la venida del día de Dios" (II Ped. III, 12).
Nosotros podemos, pues, "apresurar" la Parusía y el Reino de Cristo. ¡Qué
responsabilidad el no vivir "en santidad y piedad", o en balbucear con negligencia el
"adveniat regnum tuum" (venga tu reino), o cantar, sin alma, en el Credo: "iterum

21

Ver en el Apéndice el cuadro profético de la vida terrenal de Cristo y de su


futuro advenimiento.
22

La liturgia de la fiesta de la Transfiguración —en el breviario sobre todo—


canta "el Soberano rey de Gloria". San León escribió: "Por su Transfiguración Jesús
tuvo en vista fundar la esperanza de la Iglesia". Si Cristo se mostró en toda su gloria
fué para fortalecer a sus discípulos para la hora de la Pasión, y ante todo en vista en
su vuelta, como "esperanza de la Iglesia".

26
venturus est cum gloria" (vendrá otra vez con gloria), y "exspecto... vitam venturi
saeculi" (espero la vida del siglo venidero)!

***

Busquemos la claridad de la lámpara profética que ilumina nuestras tinieblas a fin


de contemplar la plenitud del rostro de Cristo. No miremos solamente al pequeño
niño, o al servidor, o al varón de dolores sometido al suplicio por amor, sino fijemos
los ojos sobre nuestro vencedor de la muerte, sobre nuestro triunfador en los cielos,
sobre aquél que volverá y reinará.
Nuestro Salvador es: Hombre y Dios, Sacerdote y Profeta, Rey y Juez. Nosotros
debemos vivir todo el misterio.
La verdad del rostro del Señor nos aparecerá, en la medida en que,
humildemente, con El, hayamos desenrollado "el libro donde está escrito de Él" y a
la cabeza del cual resplandece para la primera como para la segunda venida:
"¡Heme aquí, yo vengo!".
El misterio de Jesucristo puede resumirse así:

En Belén: "Heme aquí, yo vengo" (Sal. XL, 8).

En el Gólgota: "Todo está consumado" (Jn. XIX, 30).

En la Vuelta: “Helo aquí que viene sobre las nubes" (Apoc. I, 7).

En el Reino final: "¡Esto está hecho!" (Apoc. XXI, 6).

Tal será la conclusión de los oráculos proféticos "del libro donde de Él está
escrito", cuyos sellos levantará el León de Judá porque primero fué inmolado como
Cordero (Apoc. V, 5.9).

VI

¡HASTA QUE VENGA!

(I Cor. XI, 26).

"Encerrado en la prisión de este cuerpo reconozco carecer de dos cosas:


alimento y luz. Por esto Señor, me has dado a mí, enfermo, tu cuerpo
sagrado para alimento de mi alma y de mi cuerpo y has puesto tu palabra
como una lumbrera delante de mis pasos. Sin estas dos cosas no podría vivir
bien, pues la Palabra de Dios es la luz de mi alma y tu Sacramento el pan de
vida"23.

Así se expresa el autor de la Imitación.


Diremos con él que verdaderamente "dos mesas" están puestas para nuestra
peregrinación terrenal y que es preciso alimentarse de uno y otro "pan", sentarse a
una y otra "mesa": la mesa de la Escritura y la mesa de la Eucaristía 24.
Hemos dicho ya qué importancia tiene masticar el pan profético y leer la Biblia:
"No menosprecies las profecías" (I Tes. V, 20). Pero no menos importante es
alimentarse y beber abundantemente de Aquél que habita con nosotros bajo las
apariencias de un poco de pan y de vino.

23

Imitación de Cristo, L. IV, c. 11, p. 4.


24

Madeleine Chasles: "Pour lire de Bible", p. 74.

27
San Pablo señala a los Corintios el verdadero espíritu con que deben tomar el pan
y el cáliz: "Porque cuantas veces comiereis este pan o bebiereis el cáliz anunciaréis
la muerte del Señor hasta que venga" (I Cor. XI, 26).
El día en que comprendí esta frase quedé deslumbrada por su fuerza y su potente
grandeza. ¡Cuántas veces la había repetido... especialmente durante la fiesta del
Santísimo Sacramento, pero la enseñanza de San Pablo había caído en un corazón
cerrado! Nunca había comprendido la unión estrecha de la Comunión con el retorno
glorioso de Jesús. ¡Pero la comunión es un perpetuo anuncio!... "¡HASTA QUE
VENGA!"
"¡Vosotros anunciaréis la muerte del Señor!"... Nosotros anunciamos
primeramente ese instante supremo en que Jesús al morir puso el sello sobre las
primeras palabras del "libro" cuando dice desde su cruz: "Todo está consumado".
Después anunciamos su Aparición: "¡Hasta que venga!”… hasta el momento en que
se desenvolverán las profecías "de las glorias", cuya conclusión será: "Todo está
hecho".
La Comunión es, pues, el lazo entre las dos venidas de Jesús, entre los dos "Ecce
venio". Es el puente suspendido entre las dos riberas del Misterio de Cristo: Jesús
paciente y Jesús glorioso, mientras tanto, corre el gran torrente abierto por la lanza
y la sangre de Jesús que, más potente que la de Abel, clama por nosotros, interpela
sin cesar por nosotros (Heb. VII, 25).
La Comunión es, pues, la manifestación sensible para nuestra vida terrena de la
plenitud del misterio de Cristo:
Jesús paciente (antaño); Jesús siempre vivo (actualmente); Jesús Rey (pronto).
"Jesucristo, es el mismo ayer y hoy y por los siglos" (Heb. XIII, 8).
De todas maneras, el signo sensible de su presencia entre nosotros, bajo las
apariencias de pan y vino, cesará con la Parusía.
Entre las razones invocadas por los católicos para no desear el Retorno de Jesús,
una de las más repetidas es ésta: "Jesús está sobre el altar, ¿para qué esperarlo de
otra manera? Tengo cada día, si yo quiero, una especie de advenimiento para mí en
la Comunión".
Este razonamiento viene de nuestro individualismo que deforma bajo la influencia
de orientaciones falsas los misterios más sublimes y transforma el sentido de las
más claras palabras de la Escritura. Hacemos de la comunión "nuestra cosa",
"nuestro negocio particular con el amigo íntimo".
¿Será esto lo que Jesús quiso decir por medio de San Pablo: "ANUNCIÁIS LA
MUERTE DEL SEÑOR HASTA QUE VENGA"? ¿No conviene, acaso, por el contrario,
que cada recepción de su cuerpo y de su sangre aproxime estas dos venidas —
aquella del pasado y la del porvenir — las aproxime, las una en cierto modo hasta la
manifestación de su Reino glorioso?
Cada comunión debería ser un paso adelante.
Cada comunión debería hacernos decir con fe, esperanza y amor: "Hasta que
venga".
Deberíamos comulgar con perspectivas más dilatadas y verdaderamente eternas.
Deberíamos olvidar nuestras mezquinas peticiones materiales para juntar nuestra
voz a la de la Iglesia la cual, desde el día de la Ascensión, espera como una Esposa
y suspira por el día del Señor.
"El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! Y quien oiga diga: ¡Ven!” (Apoc. XXII, 17).

VII

EL DÍA DEL SEÑOR VENDRÁ COMO LADRÓN

(II Ped. III, 10)

Nuestro detestable "Yo" que hace de los misterios más sublimes "su cosa", su cosa
medida por su propia capacidad, se desliza como pérfida serpiente en casi toda la
exégesis de la vuelta de Jesús. Ya hemos señalado algunos lamentables efectos de
esto; profundicemos más todavía.

28
Durante los cuatro primeros siglos, ningún cristiano hubiera pensado identificar el
Retorno de Cristo con su muerte. Las admirables parábolas escatológicas
transmitidas por San Mateo (XXV), por San Marcos (XIII) y por San Lucas (XII), que
más adelante estudiaremos en detalle, se refieren TODAS a este día, Día del Señor.
La duda no cabe (excepción hecha de la Parábola de Luc. XII, 16-21). Durante cuatro
siglos jamás se dijo, como en nuestros días, hablando de la muerte: "Ella viene
como ladrón".
Esta acepción estaba exclusivamente reservada al advenimiento glorioso de Cristo
que vendrá en efecto como un ladrón, es decir, de improviso, súbitamente (II Ped.
III, 10).
Pero en consideración a la debilidad humana, a causa de nuestra apatía para el
bien y de nuestra gran aptitud para el mal, en lugar de mantener la tradición, poco
a poco, los Padres de la Iglesia, San Jerónimo y San Agustín los primeros, en seguida
los sermonarios de la Edad Medía, comentaron estas parábolas en función de la
muerte. Ellos trataron de espantar a los cristianos por el pensamiento de la Vuelta
de Cristo, que ellos llaman "la muerte", para mantenernos en el temor. No se vió en
el ladrón que perforaba la casa más que la muerte que sobrevenía de repente para
precipitarnos a los pies del Juez.
En cuanto al "fin del mundo", durante la Edad Media, por las representaciones que
se hacían de los "misterios" delante de las catedrales, se popularizó una concepción
a menudo burlesca, a menudo trágica y siempre deformada. Esta falsa concepción
no se aviene con la espera alegre del Retorno; ella solamente da cabida a la idea de
la conflagración general del mundo y el terrible juicio del "Dies irae", ¡como si todos
fuéramos un pueblo de condenados!
Cuando Jesús se compara al Ladrón, al Esposo, al Maestro, al Rey que vuelve de
improviso después de haberse hecho esperar largo tiempo, se trata de una cosa
completamente distinta de la muerte individual que tiene un carácter de castigo por
el pecado. Se trata de su segunda Venida para la resurrección de los justos,
después de la larga expectación de los siglos y, por lo tanto, de un suceso que debe
causarnos inmensa alegría.
Una lectura atenta de las páginas evangélicas no dejará en pie la menor duda. No
hay más que una expectación: Jesús da una sola parábola en función de la muerte a
fin de hacer temer el momento terrible a cualquiera que amasa grandes bienes.

"Y les propuso una parábola diciendo: Un hombre rico sacó de la tierra
abundante cosecha. Y razonaba consigo mismo diciendo: ¿Qué haré que no
tengo dónde recoger mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros y
los edificaré mayores y recogeré allí todos los frutos que me han nacido y los
bienes míos, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes repuestos para
muchos años: descansa, come, bebe, date buena vida. Tal es el que para sí
atesora y no se enriquece para con Dios" (Luc. XII, 16-21).

Únicamente esta parábola trae una enseñanza moral y directa sobre la muerte
individual. Pero las parábolas escatológicas, ¿acaso no pueden traer también su
enseñanza moral, aún mantenidas en su verdadero sentido escriturístico?
Esta "feliz esperanza", ¿no trae acaso admirables frutos de santificación y de
desprendimiento? Lo creemos firmemente y me atrevo a decirlo así,
experimentalmente, pero aquéllos que predican a los cristianos poco lo creen, y el
Cardenal Billot que ha dicho con tanto acierto que el Retorno del Señor es "la
explicación, la razón de ser, la sanción" de la predicación de Jesús, supone en
cambio, que este pensamiento fundamental -- que fué básico para la enseñanza de
los apóstoles — no puede ser fecundo para los católicos de nuestros días:

"Es preciso, escribe, estar bien sólidamente asentado en la región de las


abstracciones, donde el espíritu se ejercita sobre entidades puramente
metafísicas, para imaginarse que la eventualidad de una cosa que se sabe
podrá llegar tanto dentro de mil o dos mil años como dentro de ciento, de

29
veinte, diez o cincuenta, podrá jamás producir alguna impresión, acción o
influencia sobre hombres reales hechos de carne y huesos"25.

Nos atrevemos a afirmar lo contrario. Si tuviésemos el hábito de una oración


menos personal, inspirándonos más en la liturgia, si viviésemos no "de entidades
puramente metafísicas", sino de la profundidad de los misterios, si en lugar de las
devociones superficiales estuviésemos verdaderamente desprendidos de nuestras
propias "prácticas de piedad" y sinceramente apegados a la lectura de la Biblia,
comprenderíamos rápidamente el magnífico alcance de esta vigilancia en la
expectación del Señor. Esta expectación, no lo dudamos, tendría "una impresión,
una acción, una influencia" extremadamente profunda: "Volved toda vuestra
esperanza hacia esa gracia que os será traída el día en que aparecerá Jesucristo" (I
Ped. I, 13). Y San Juan por su parte, dice: "Y todo el que tiene esta esperanza en El,
se vuelve puro, así como El mismo es puro" (I Jn. III, 3).
La aparición de Cristo traerá, pues, su gracia magnífica, pero ya en la sola
esperanza de su venida, San Juan nos muestra el medio más eficaz para llegar a ser
puro, como Jesús mismo es puro.
En fin, aquel día será el supremo de la gloria de nuestro amado Salvador. ¿Nos
habrá de interesar más nuestra muerte que la gloria de nuestro Cristo, para que
todo lo refiramos a ella?
La opinión del Cardenal Billot probaría entonces que el amor se ha enfriado
completamente sobre la tierra.
Plegue al Señor que pudiéramos tener el espíritu de los Patriarcas, los cuales
esperaron el primer Advenimiento sin verlo. Su salvación estaba puesta en esa larga
expectación: "En la fe murieron todos estos sin haber recibido las promesas sino
viéndolas y saludándolas de lejos y confesando que eran peregrinos y forasteros en
esta tierra (…)
"Y estos todos, con ser que su fe los hizo recomendables, no obtuvieron el objeto
de la promesa, proveyendo Dios algo mejor acerca de nosotros a fin de que no
obtuviesen ellos sin nosotros la perfección de la felicidad" (Heb. XI, 13.39-40).
Juntamente con nosotros esperan la consumación del misterio de Cristo, pues no
dudamos que el cielo entero, como la tierra, están en una misma expectación del
coronamiento de la Redención.
Si "la muerte es una ganancia" como lo dice San Pablo, que tenía prisa de estar
con el Señor (II Cor. V, 8) ella sigue siendo, sin embargo, el enemigo "el último
enemigo destruído" (I Cor. XV, 16). No es posible confundirla con la Parusía, que
traerá una resurrección de los cuerpos y nos dará el reinar con el Cristo. La muerte,
"este salario del pecado" (Rom., VI, 23) es, pues, una cosa y la Parusía otra, la
confusión de una y otra es un grave atentado a las últimas enseñanzas de Jesús y a
las de los Apóstoles.
Es preciso amar, apresurar la Venida de nuestro Salvador, que lo glorificará
magníficamente y a nosotros con El. Si vivimos de toda esperanza, seremos hechos
puros según la promesa de San Juan, y entonces no temeremos nuestra muerte por
muy próxima que ella esté: "Bienaventurados desde ahora los muertos que mueren
en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos: porque sus obras los
acompañan" (Apoc. XIV, 13).

VIII

HELO AQUI AL ESPOSO QUE VIENE

(Mt. XXV, 6)

"No durmamos como los demás hombres, sino velemos y seamos sobrios" escribía
el apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (I Tes. V, 6). "Sed sobrios y velad" decía
todavía San Pedro a fin de resistir fuertes en la fe, al diablo que ronda (I Ped. V, 8).

25

Cardenal Billot: "La Parousie", p. 10 y 136-137.

30
Jesús no recomienda otra cosa en la enseñanza de la última semana y las parábolas
escatológicas pueden resumirse en una sola palabra: "¡Velad! Yo lo digo a todos:
¡Velad!" (Mc. XIII, 35-37).
Esta palabra será una de las últimas dirigidas a los apóstoles en la noche de la
agonía, palabra de reproche a los tres íntimos que se durmieron en Getsemaní. El
Maestro entristecido les dijo: "¡Así, no habéis podido velar una hora conmigo!
¡Velad y orad!" (Mt. XXVI, 41).
Pedro, que supo lo que le costó dormir en lugar de velar con Jesús, ya que este
primer relajamiento le condujo a la negación, estará siempre vigilando.
Después de la Ascensión de su Maestro él enseñará la vigilancia a sus hermanos:
¿Acaso no deben ellos probar su fe? Pedro escribe: "Lo acrisolado de vuestra fe,
mucho más precioso que el oro perecedero, pero acendrado al fuego, os sea un
motivo de alabanza, gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. Lo amáis no
habiéndole visto nunca; creéis en él, aunque no lo veis, y sois poseídos de un gozo
inenarrable y lleno de gloria, seguros, como lo estáis, de alcanzar el premio de
vuestra fe, la salvación de las almas" (I Ped. I, 7-9).
Los evangelistas nos han referido muchas parábolas del Señor Jesús, sobre la
vigilancia y sobre la larga espera del Esposo, del Maestro y del Rey.
La primera de estas parábolas, aquella de las vírgenes prudentes y de las vírgenes
necias, fué propuesta por Jesús el martes antes de su muerte, en el Monte de los
Olivos.
Jesús, para despertar la atención de sus discípulos, se sirvió de una semejanza,
que aún hoy será fácilmente comprendida en Oriente, pues las costumbres
recordadas por el Maestro están todavía en vigor.
Cuando una joven abandona su casa para contraer matrimonio, es conducida por
un cortejo de amigas a la presencia del esposo que viene a su encuentro. Entonces
el esposo introduce a la esposa y a su corte a la sala del festín.
Generalmente el encuentro se hace en la tarde, de ahí la costumbre de proveerse
de lámparas, de esas pequeñas lámparas de tierra o de bronce, cuya falta de
capacidad hace necesario llevar consigo un pequeño depósito con aceite de
reserva.
Cinco de las jóvenes habían tomado este vaso de emergencia para alimentar sus
lámparas en caso de que el esposo se hiciera esperar un poco. Las otras cinco
habían descuidado esta prudente precaución.
Ahora, la espera fué larga; duró hasta la media noche. Todas las vírgenes se
durmieron. Parece que esta larga espera, que era muy anormal, debía, según el
pensamiento de Jesús, llamar la atención de los discípulos y sobre todo la nuestra.
Jesús el verdadero esposo de la Iglesia y de las almas tardaría en volver.
Esta espera, es pues la nuestra, la de los cristianos que nos han precedido. Estos
murieron; estos son los dormidos que esperan en el polvo el despertar, a la voz del
Arcángel (I Tes. IV, 16).
Pero ¿acaso muchos de los vivos no duermen también? ¡Es tan pobre su
esperanza en esa hora suprema!
A media noche un grito resuena: "¡Hélo aquí al Esposo que ya viene, salid a su
encuentro!".
Entonces todas las vírgenes se despiertan, pero no todas están preparadas para la
venida del Esposo. Mientras que las necias corren al mercado para comprar óleo,
pues sus lámparas se extinguen, las que están preparadas entran con el Esposo en
la sala de las bodas. Y la puerta se cierra.
Nosotros encontramos aquí, en esta hora solemne, imagen del segundo
Advenimiento, una especie de selección, de segregación, de separación radical
entre las diez vírgenes. Jesús había recordado una distinción semejante hecha por
Dios entre los hombres, en tiempos de Noé. Los hombres que sucumbieron durante
el diluvio y los ocho salvados en el arca. Esta separación ha de renovarse a su
Venida:
"Entonces estarán dos en el campo: a uno toman y a otro dejan. Estarán dos
moliendo en la tahona: a una tornan y a otra dejan" (Mt. XXIV, 40-41). Así también
cinco vírgenes están preparadas y entran a las bodas, cinco se retrasan y son
desechadas.

31
Cuando estas últimas llegan con las lámparas encendidas, llaman y gritan:
"¡Señor, Señor, ábrenos!" y el Esposo responde: "No os conozco". ¡Palabra punzante
entre todas! y Jesús pone en guardia a los cristianos: “Velad, les dice, porque no
sabéis el día ni la hora" (Mt. XXV, 1-4). En efecto, Jesús no reconocerá a los
negligentes, a aquéllos que no desearon ni amaron su regreso, a aquéllos que entre
los burlescos decían: "¿Dónde está la promesa de su Advenimiento?" (II Ped. III, 4).
¿Seremos nosotros menos fieles que los creyentes del Islam? Porque digno es de
notarse en el Corán la fuerte preocupación del profeta acerca del día de la "venida
inevitable": "Que no se diga que este día es una mentira". "Para aquél que espera
el gran día: Paz sobre ti. Es el día de la verdad y aquel que lo quiere, estará cerca
de su Señor; verá entonces lo que han producido sus manos".
Y también: "los creyentes deben poner su esperanza en el último día: ¡En cuanto a
aquéllos que le vuelven la espalda!...". La frase permanece en suspenso, y esto es
mucho decir26.

IX

GUARDABAN LAS VIGILIAS DE LA NOCHE

(Lc. II, 8)

Del Advenimiento glorioso de Jesús está escrito: "Como el relámpago sale de


Oriente y parece hasta Occidente, tal será el advenimiento del Hijo del Hombre"
(Mt. XXIV, 27).
Este rayo que brilla de repente sobre el mundo para que tome conciencia de sí
mismo, recordará ciertamente al resplandor de aquél que iluminó la noche del
nacimiento del Mesías: "El resplandor de la gloria de Dios” (Lc. II, 8).
Ahora este resplandor de la gloria de Dios no iluminará más que a algunos
pastores. "Y velaban haciendo centinela de noche sobre su rebaño" (Lc. II, 8).
"¡Ellos guardaban las vigilias de la noche!".
Esta guarda dé las vigilias de la noche trajo la recompensa de los pastores; su
fidelidad en la vigilancia del ganado les mereció ser llamados a adorar al Niño
envuelto en pañales.
Es la condición de vigilantes la que Jesús impone a los que quieran reconocerle
cuando Él venga sobre las nubes con gran poder y majestad. Acabamos de ver que
el Señor concluyó la parábola de las vírgenes por estas palabras: "Con que velad,
pues, no sabéis a qué hora viene el Señor vuestro" (Mt. XXIV, 42). "Estad atentos,
velad y orad: ya que no sabéis cuándo será el tiempo" (Mc. XIII, 33).
Entonces Jesús para dar mayor fuerza aún a tales advertencias, se sirve de una
parábola: “Un hombre salió de viaje de su casa y la confió a sus criados y al portero
le ordenó que velase: "Por tanto, velad: porque no sabéis cuándo vendrá el amo de
casa, si a la tarde, o a la media noche o al canto del gallo, o al amanecer". "No sea
que llegando de improviso, os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo a todos lo
digo: velad" (Mc. XIII, 34-37).
Entonces, para los que habrán esperado, la recompensa será magnífica:
"Bienaventurados aquellos siervos a quienes el amo al llegar los halle despiertos.
En verdad os digo que se ceñirá el delantal y los hará ponerse a la mesa y pasando
los servirá y si en la segunda vela llegare y si llegare en la tercera y los hallare así,
bienaventurados son aquellos siervos" (Lc. XII, 37-38).
Pero escuchemos el castigo de los que se cansaron de la larga espera: "Pero si
dijere el siervo aquél en su corazón: Mi señor se tarda en venir y comenzare a
golpear a los criados y criadas y a comer y beber y embriagarse, vendrá el señor de
aquel siervo en el día que no espera, y en la hora que no sabe, y le partirá por
medio y pondrá su suerte con los infieles" (Lc. XII, 45-46).

26

"El Corán". Trad. Motntet, Payot, Edit. Sourates 78-82.

32
Cansarse de la espera, dormirse, abandonar las vigilias, emborracharse, golpear a
los humildes servidores, ¡he aquí lo que merece el castigo capital! ¡Todas éstas son
las palabras que se prestan a una seria meditación!
Pensamos que fué la preocupación ardiente de ser del número "de los que
esperan" la vuelta del Mesías, lo que hizo establecer en los primeros siglos la
costumbre de santificar las horas de la noche por los "nocturnos" o "vigilias", lo que
nosotros llamamos los maitines. Los monasterios perpetúan esta tradición y cantan
el oficio durante la noche.
La noche romana consta de cuatro vigilias de tres horas: Desde las 18 horas hasta
las 21 horas; desde las 21 horas hasta media noche; desde media noche hasta las
tres horas; desde las tres hasta las seis. Y en el Evangelio se habla de la noche
romana; los usos romanos habían prevalecido entonces.
A esta división de la noche se refiere por lo tanto el texto de San Marcos (XII, 34-
37).
El Maestro puede volver:
A la tarde: desde las 18 horas hasta las 21.
Durante la noche: desde las 21 horas hasta media noche.
Al canto del gallo: desde la media noche hasta las tres horas.
Al amanecer: desde las tres horas hasta las seis de la mañana.
¿Acaso volverá durante la noche? Es posible: fué así como volvió el Esposo de la
parábola de las vírgenes. Jesús debe volver como un ladrón y es generalmente en la
noche cuando obra el ladrón de manera disimulada. "Sabed, dice Jesús, que si el
padre de familia conociese la hora en la cual hubiese de venir el ladrón, velaría y no
dejaría que le horadasen la casa" (Lc. XII, 39; Mt. XXIV, 43). Pero "de los tiempos y
de los momentos" (I Tes. V, 1) nada sabemos "ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo,
nadie absolutamente, sino el Padre" (Mc. XIII, 32; Mt. XXIV, 36).
¡Qué misterio, qué profundo misterio del que deberíamos, sin embargo, vivir un
día en pos de otro, deseando con los Ángeles "hundir en él la mirada"!

ESPERABA LA CONSOLACIÓN DE ISRAEL

(Lc. II, 25)

Simeón y la profetisa Ana aparecen como el tipo perfecto de "los que esperaban".
Encontrando al Niño Dios recibieron la recompensa de su fe y de su invencible
esperanza, toda de amor y de confianza en el Eterno.
"Simeón era un hombre justo y temeroso de Dios, que esperaba la consolación de
Israel: y el Espíritu Santo estaba sobre él" (Lc. II, 25). Esperar, como Simeón — él, la
primera venida — nosotros, la segunda — es por lo tanto, tener el Espíritu Santo
consigo, "sobre sí".
Simeón impulsado por el Espíritu de Dios fué al Templo. El, ciertamente tenía
conocimiento de la profecía de Malaquías, que la liturgia nos hace leer el 2 de
Febrero: "Y repentinamente vendrá a su Templo el Señor a quien buscáis, es decir,
el Ángel de la alianza que deseáis. Hélo aquí, que viene". Estas palabras se refieren
a la primera venida, pero luego el profeta agrega: "Mas ¿quién es capaz de soportar
el día de su advenimiento; quién podrá estar en pie cuando él apareciere? Porque
será como el fuego del crisol, como el jabón de los bataneros, pues que se sentará
como acrisolador y purificador de la plata y purificará a los hijos de Leví y los
afinará como el oro y la plata" (Mal. III, 1-3). Este segundo pasaje evidentemente no
puede referirse más que a la Vuelta de Jesús. Las expresiones son absolutamente
claras, relacionadlas con aquéllas de los otros profetas. "Hélo aquí que viene" es
colocada en el texto como refiriéndose a la vez a las dos venidas. En el pasaje
citado hallamos el doble: Ecce venio. Es bastante frecuente en la Escritura
encontrar un texto único como aquel de Malaquías, agrupando a la vez las dos
venidas del Salvador27.

27

33
Simeón deseaba ver al Mesías Rey, al "Caudillo", así como sus contemporáneos,
pero Dios le abrió los ojos y supo reconocerlo bajo los rasgos de un niño pequeñuelo
llevado por unos pobres.
Jesús y María hacían la ofrenda de los pobres: "dos pichones" en lugar del cordero
y de la paloma de los sacrificios ordinarios del rescate (Lev. XII, 6-8).
Simeón supo descubrir por la fe, no a aquél que viene en gloria. "¿Quién podrá
quedar en pie cuando él aparezca?" sino a aquél que viene primero para obedecer,
sufrir y redimir.
Dura fué la contradicción para la fe y la esperanza de Simeón. Pero, habiendo
atravesado incólume la prueba, pudo mejor que nadie reconocer el carácter del
Niño: "está en el mundo para ser blanco de la contradicción". Y cuando hubo
recibido a Jesús niño en sus brazos, sus ojos se abrieron del todo.
El vigilante se volvió vidente:
"Han visto mis ojos tu salvación que preparaste a la faz de todos los pueblos, luz
que debe disipar las tinieblas de las naciones y gloria de Israel, tu pueblo (Lc. II, 30-
32).
Ana la profetisa también reconoció al Niño bajo el aspecto de la pobreza y hablaba
"de Él a todos los que en Jerusalén esperaban la redención" (Lc. II 36-38).
Había pues, en Jerusalén, un grupo de "personas que velaban". Pero, ¿por qué fué
Ana oráculo de la Redención? Porque había guardado las vigilias de la noche. "No se
apartaba del templo sirviendo a Dios en ayunos y oraciones noche y día” (Lc. II, 37).
Yo nunca había pensado en la misión de apóstol conferida antes de la hora del
apostolado, a esta anciana de 84 años. Sí; ella hablará, gritará a su manera, a todos
aquellos que esperan quizás, aunque sin gran esperanza: "¡Ved que viene! ¡Viene
pobre! ¡Viene humilde! ¡Viene a evangelizar a los pobres!".
Ana era uno de esos centinelas que desde lejos veía Isaías: "Sobre tus muros ¡oh
Jerusalén!, he puesto centinelas, los cuales no callarán de día ni de noche. Oh
vosotros que hacéis recordar a Jehová no toméis descanso alguno, ni le dejéis a él
tomarlo hasta que restablezca a Jerusalén y hasta que la ponga por alabanza en la
tierra" (Is. LXII, 6-7).
Si nosotros no dejáramos reposo a Jesús gritando sin cesar: "No tardéis" (Sal. LXX,
6) ¿acaso no se apresuraría a responder a nuestro clamor?...
Pensemos que si El bajó al seno de la Virgen de Nazaret, prefiriéndola a toda otra
virgen judía, es porque ella era la más "vigilante", la que más ansiaba encontrar su
Salvador. "¡Y regocijóse el espíritu mío en el Dios, Salvador mío!" dice ella en el
"Magnificat" (Lc. I, 47).
El ardor de su llamado fué la gotita de agua que saturó la nube e hizo llover al
Justo la primera vez (Is. XLV, 8). ¿Quién hará abrirse la nube la segunda vez?
El cumplimiento de la profecía será aún más exacto en cuanto a los términos de
ella, pues: "VED QUE VIENE SOBRE LAS NUBES" (Apoc. I, 7).

He aquí algunos textos muy característicos: "Cristo ha sido una sola vez
inmolado, para cargar con los pecados de muchos y otra vez aparecerá, no para
expiar los pecados, sino para salud de los que lo esperan" (Heb. IV, 28).
"La gracia de Dios, Salvador nuestro, ha sido manifestada; ella nos enseña...
a vivir en el presente siglo... aguardando la bienaventuranza esperada y la venida
gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo" (Tito, II, 11-15).
Las palabras del ángel Gabriel a María son notablemente significativas, para
señalar los dos advenimientos: "Has de concebir en tu seno y parirás un Hijo a
quien pondrás por nombre Jesús (Primer Advenimiento). Y el Señor Dios le dará el
trono de su padre David y reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no
tendrá fin" (Segundo Advenimiento) (Lc. I, 31-33).

34
X

HE AQUÏ QUE VENGO PRONTO

(Apoc. XXII, 7)

Es doloroso para nuestro espíritu humano que siempre trata de apoyarse sobre
realidades concretas tener que resignarse a abandonar lo conocido, la tierra firme,
para reconocerse vencido y decir: "no sé, no comprendo, pero, someto mi juicio y
renuncio a penetrar más adelante".
Los faroles de los automóviles deslumbran en el camino obscuro. Igualmente los
faros de los misterios futuros nos ciegan por su luz demasiado intensa, a menos que
por la pureza de la mirada pongamos todo nuestro cuerpo bajo la acción de la luz
divina (Luc. XI, 33-36). Y aún así seguiremos siendo unos pobres hombres.
Entre los misterios que nos deslumbran y nos ciegan a la vez está "el misterio del
tiempo" del cual vamos a tratar de balbucir alguna cosa".
¿Cómo explicar que aparentemente los evangelistas, los apóstoles Pedro, Pablo,
Santiago, Judas Tadeo y Juan parecen creer inminente la vuelta del Señor Jesús?
Cuatro veces en el Apocalipsis, hablando Jesús de sí mismo, dice a Juan: "He aquí
que vengo pronto" y ésta es la última palabra de esperanza del Esposo a la Esposa,
la suprema palabra alentadora: "¡Sí, vengo luego!".
Esta espera de los Evangelistas que a primera vista parece errada, coloca a la
mayor parte de los cristianos en el campo de los "burlones" de que habla San Pedro:
"Vendrán burlones, llenos de irrisión, que caminen según sus propios caprichos
diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque, desde el día en que
nuestros padres murieron, todo sigue subsistiendo como desde el principio de la
creación" (II Ped. III, 3-4). Pensamos a menudo como ellos ¿no es verdad?
Entonces los exégetas recurren a numerosas explicaciones para justificar la
enseñanza de Jesús y de los apóstoles sobre este punto.
Después de haber meditado mucho sobre los textos que anuncian la Parusía,
daremos aquí algunas de nuestras conclusiones.
Cuando San Pablo dijo a los tesalonicenses: "nosotros los vivientes, que quedamos
para el advenimiento del Señor" (I Tes. IV, 14), habló como lo hicieron por ejemplo
nuestros abuelos, testigos de los desastres de 1870 28. "Reconquistaremos —decían
— la Alsacia y la Lorena. Su edad avanzada no les permitía pensar que participarían
en una revancha muy próxima, pero la veían, sin embargo, realizada en esperanza.
El "Nosotros" era toda la Francia que hablaba por ellos. El "Nosotros los vivientes",
de San Pablo, es la Iglesia terrestre. Cuando Jesús venga, habrá personas vivas y a
estos vivientes se refiere el Apóstol. Pablo como cristiano se incorpora a la Iglesia
de todos los tiempos, exactamente como un francés habla en nombre de la Francia
de todos los tiempos: ¡Nosotros los vivos... ¡Nosotros los franceses!
Ahora si los apóstoles hablan de la vuelta de Jesús como próxima, San Pablo pone
en guardia a los tesalonicenses contra toda falsa interpretación.
Dice el Apóstol:
"En lo que concierne al advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo y a nuestra
reunión con Él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis conmover fácilmente en
vuestros sentimientos, ni alarmar, ya sea por algún espíritu, ya sea por alguna
palabra o carta que se pudieran suponer emanadas de nosotros, cual si el día del
Señor fuese inminente" (II Tes. II, 1-3).
En realidad los apóstoles consideraban que después de la Ascensión y de
Pentecostés los únicos acontecimientos importantes de esperar eran el
advenimiento de Jesús y la resurrección de los cuerpos por el complemento del
misterio de Cristo.
Hicieron, pues, de estas dos promesas: Retorno y resurrección de entre los
muertos, las bases de su confianza y de sus epístolas. Habían comprendido que el
primer acto del gran drama de la Redención anunciada en el Edén, había concluido.
Quedaba el segundo acto. Entonces toda su preocupación era iniciar a los cristianos

28

Recuérdese que la autora es francesa (N. del T.).

35
de todos los tiempos en seguir su desarrollo del cual la conclusión será el nuevo
"Ecce vengo", "Ved que vengo".
Pero lo que nos abisma y nos descorazona es el misterio del tiempo.
Cuando dirigimos nuestra mirada, ora sobre los siglos transcurridos, ora sobre los
siglos que han de venir, sentimos que hay un abismo infranqueable entre el hombre
finito y Dios infinito.
Moisés29 en su oración trata de poner al alcance de la inteligencia humana el
tiempo fuera del tiempo. Nos dice que para Dios "mil años son a sus ojos como el
día de ayer cuando ya pasó y como una vigilia de la noche" (Sal. XC, 4).
San Pedro citará este texto en su segunda epístola a propósito de la paciencia del
cristiano al esperar el retorno de Jesús (II Ped. III, 8).
Si para Dios mil años son "como una vigilia de la noche", 4.000 años son como
una noche, puesto que la noche romana tiene cuatro vigilias.
Entonces, si Jesús hace esperar todavía 2.000 años su venida, este tiempo que tan
largo nos parece, ¡será menos de una noche para Dios!
Metáfora maravillosa para hacernos comprender la estupidez de nuestro espíritu
cuando discutimos sobre los tiempos y las cosas de Dios. ¿No mereceríamos acaso
la invectiva de Jesús a los discípulos de Emmaús: "¡Oh necios!", "pues Dios llama las
cosas que no son como las que son" (Rom. IV, 17). Para Él, el tiempo no es nada;
tampoco lo es para Jesús-Dios: "Antes de que Abrahán fuese, yo soy" (Jn. VIII, 58).
Pero interroguemos ahora a la ciencia moderna. ¿Qué piensan los geólogos
respecto de la antigüedad del hombre?
Si se supone que el hombre existía ya desde el principio de la era cuaternaria, en
la cual estamos todavía, — y esta hipótesis es a veces admitida, —sería preciso
tomar en cuenta los cálculos obtenidos según la concordancia de los datos
geológicos y las leyes de la radioactividad. La era cuaternaria cuenta ya a lo menos
con un millón de años, a lo más, un millón y medio.
Pero atengámonos a la opinión más corriente sobre la aparición del hombre: su
existencia cuenta a lo menos con 50.000 años, si no con 100.000. Para no ser
tachados de exageración, quedamos en esta cifra de 100.000 para la creación del
hombre. Estamos lejos en todo caso de los 4.000 años de la creencia popular.
La cronología bíblica no se altera por esto, pues no puede ser establecida más que
a partir de Abrahán. Hasta él, da solamente las grandes etapas de la humanidad
designadas por los nombres de los primeros patriarcas.
Si el hombre tiene 50.000 años de existencia, consideremos que los más antiguos
documentos de la historia no se remontan más allá de cuatro o cinco mil años antes
de Jesucristo.
Sin embargo, a primera vista, la civilización egipcia nos parece bastante lejana.
Pero esto es para cálculos de hombres de puntos de vista limitados; de hecho, para
los geólogos, somos contemporáneos de la Esfinge. ¿Qué son, en efecto, con
relación a los orígenes de la humanidad, algunos miles de años?
Permítasenos una comparación para representarnos mejor los tiempos
transcurridos después de Adán en relación a los tiempos transcurridos después de
Jesucristo.
Tomemos un libro. Convengamos que cada hoja represente mil años.
Comencemos por abrirlo en la última hoja. Esta última hoja nos hace llegar al año
mil; demos vuelta la precedente y estaremos en los tiempos de Jesucristo. Volvamos
dos hojas más y nos encontraremos con Abrahán; después dos hojas o tres y
habremos alcanzado el límite de las más antiguas civilizaciones conocidas. Pero nos
será preciso dar vuelta todavía 43 hojas más para llegar a la creación de Adán.
¿No podemos decir, entonces, que el ''Yo vengo luego" está bastante próximo a
nosotros? ¡Fué dicho en la penúltima hoja de nuestro libro!
Cualquiera que sea el número de siglos transcurridos, entre la promesa del
Salvador en el Edén y la venida de Cristo, será siempre aquella espera la vigilia
larga. La nuestra no será nada comparada con aquélla.
Y aún más, si después de habernos preguntado la edad del hombre nos
preguntamos la de la tierra, ¿qué aprenderemos sobre el tiempo?

29

Nota del Blog: Léase David.

36
Aquí los geólogos dan como unidad el millón de años. Ellos dicen: "Los Alpes son
de ayer" porque no tienen sino un poco más de un millón de años, mientras que el
Macizo Central o las Cadenas son "montañas antiguas", pues se han formado hace
más de 260 millones de años, según cálculos aproximados.
Delante de semejantes cifras la conclusión se impone. ¿Qué somos nosotros para
querer contar los tiempos? Job quiso, al principio, "comprender" estos misterios
terrestres, pero él también se debió declarar vencido…
"Yo he hablado con demasía y sin moderación de cosas que son muy superiores a
mi capacidad y saber… y por esto me conozco y condeno a mí mismo y envuelto en
polvo y ceniza me duelo amargamente" (Job XLII, 3-6). Así llegó Job al conocimiento
de su nada con relación a Dios.
Asimismo, el tiempo es nada delante de Dios: "Es la sombra que se alarga" (Sal.
CII, 12).
El tiempo, cosa preciosa para el hombre, pues le permite glorificar a su Creador,
que es su fin último, desaparece delante de ese mismo Creador. Dios, con un solo
acto, abraza la formación del cielo y de la tierra hasta los nuevos cielos y la nueva
tierra. Para Él, todos los momentos de la vida del mundo no son más que un
momento, hasta la hora en que "no habrá más tiempo" (Apoc. X, 6).
Todo se confunde en una sublime ciudad, todo es un solo acto de amor, ya sea
que se le mire como acto creador, conservador, redentor o remunerador. El tiempo
ha huído delante del Amor, delante del acto puro, del cual todo sale y en el cual
todo ter-mina. El que dijo a Moisés "Yo soy el que soy" (Ex. III, 14) siempre puede
decir "Sí, yo vengo luego" (Apoc. XXII, 20), porque para Dios "las cosas que son, son
como las que no son" (Rom. IV, 17).

XI

EL MISTERIO DE INIQUIDAD YA ESTA OBRANDO

(II Tes. II, 7)

Jesús recomienda a sus discípulos como a nosotros mismos, — "lo digo a todos" —
redoblar la atención cuando aparezca "la abominación de la desolación predicha por
el profeta Daniel establecida en el lugar santo" (Mt. XXIV, 15).
¿Hablaba acaso Jesús de la ruina próxima de Jerusalén? ¿Hablaba del fin de la
edad presente? Daniel había hablado de Antíoco Epífanes, que vendría a destruir el
templo y a levantar ídolos (Dan. XI, 31).
No es, pues, imposible que, bajo las palabras "abominación de la desolación"
tengamos el anuncio de grandes horas dolorosas, como fueron a la vez aquellas de
Antíoco y de Tito, y como lo serán aquellas de los tiempos en que aparecerá el
Anticristo.
El hombre de pecado, el impío, el hijo de perdición, querrá de tal manera
"remedar" a Dios que vendrá semejante al "Señor en su templo" (Mal. III, 1)30.
Si los católicos hablan muy poco de la vuelta de Jesús, sin embargo, todavía
piensan en el Anticristo.
No trataremos de precisar los tiempos de su venida y su verdadera personalidad,
porque es un "misterio de Iniquidad".
En el curso de los siglos se ha dado el nombre de Anticristo a todos los
perseguidores, dominadores o reformadores de la religión cristiana. Cuando se han
acumulado insultos contra un adversario, se le ha arrojado a la cara: "¡Anticristo!".
Fueron "Anticristos" para los católicos: Nerón, Juliano el Apóstata, Mahoma, Lutero,
Calvino, Napoleón.
Los protestantes han visto como tipo del Anticristo a los Papas. Ahora se refutan a
sí mismos y declaran que "este hombre de pecado" estará contra Cristo, mientras
que el Papa no puede ser considerado como el adversario de Cristo.

30

Ver el capítulo: "Esperaba la consolación de Israel".

37
Sería de desear que los católicos cambiaran también de actitud y que no
volvamos más a leer encabezando un capítulo, en el libro de un conocido autor el
siguiente título: "Los Anticristos del Renacimiento". Esta lucha de palabras, entre los
cristianos (otros Cristos) ha durado ya demasiado.
El apóstol Pablo ha caracterizado este "adversario" de Cristo en términos precisos,
en una carta a los Tesalonicenses. Acaba de decir que el día del Señor no es
inminente y agrega: "Que nadie os engañe en ninguna manera: porque antes de
eso vendrá la apostasía y se manifestará el hombre de pecado, el hijo de la
perdición, el adversario que se levanta contra todo lo que se llama Dios o es
honrado con algún culto, hasta sentarse en el templo de Dios mostrándose a sí
mismo cono si fuere Dios… Ya está obrando el misterio de iniquidad, mas sólo hasta
que aparezca el que aún lo retiene"31.
Y entonces quedará descubierto el impío, que el Señor Jesús "exterminará con un
soplo de su boca y aniquilará con el resplandor de su advenimiento".
En su aparición este impío será, por el poder de Satanás, acompañado de toda
clase de milagros, señales y prodigios engañosos, con todas las seducciones de la
iniquidad para los que se pierdan, porque no han abierto su corazón al amor de la
verdad, que los hubiese salvado (II Tes. II, 3-11).
El Anticristo será como una encarnación satánica, será como el "Príncipe de este
mundo". "El se levantará", dice todavía Daniel, "contra el príncipe de los príncipes"
-- es decir Jesús, — "pero será despedazado sin mano" (Dan. VIII, 25) dispersado por
el soplo de la boca de Cristo: "con el aliento de sus labios matará al impío" (Is. XI,
4).
Dios permitirá, pues, un despertar de la potencia de las tinieblas, un "misterio de
iniquidad" antes de la consumación del "misterio del reino". Esta será la gran
seducción del mundo, la gran tribulación. San Mateo pone en guardia por tres veces
a aquéllos que verán falsos Cristos, falsos profetas, seductores, y estarán tentados
de decir: "el Cristo está, aquí o él está allí" (Mt. XXIV, 5.11.23-26).
En fin, nosotros tenemos una impresionante imagen de lo que podrá ser el
Anticristo, en las BESTIAS DEL APOCALIPSIS: Bestias de la tierra y bestias del mar.
Reúnen en sí la potencia, la autoridad y la fuerza.
La bestia que sube del mar es adorada y se exclama: "¿quién es semejante a la
bestia?".
Su autoridad se extiende. Seduce a los habitantes de la tierra, hace prodigios,
habla, es herida y revive; en fin hace morir a aquéllos que rehúsan adorarla (Apoc.
XIII).
Un poder de seducción, una psicosis colectiva marcarán, pues, la venida del
Anticristo.
En todos los siglos ha habido, por cierto, tiempos difíciles. San Juan dice que el
espíritu del Anticristo está "ya en el mundo" (I Jn. IV, 3). ¿No vemos surgir ya siglos
que anuncian su venida?
Así lo creemos. La apostasía de los "sin Dios" en Rusia soviética, y el neo-
paganismo hitleriano parecen encaminarnos hacia la manifestación del seductor de
toda la tierra.
Estudiaremos más adelante estos signos evidentes de la proximidad de los
tiempos del fin.

31

Los comentadores han agotado su ciencia en busca de lo que puede retener


la aparición del Anticristo. Es el Espíritu Santo, dicen unos; se ha pensado en otro
tiempo que sería el imperio romano. San Agustín reconoce su ignorancia: "Los
Tesalonicenses sabían lo que retenía al hijo de perdición, nosotros ignoramos lo que
ellos sabían ("Ciudad de Dios", XX, 9, 2).

38
XII

COMO SUCEDIÓ EN LOS DÍAS DE NOÉ


Y EN LOS DÍAS DE LOT

(Lc. XVII, 26-30)

Los hombres que en los últimos tiempos se dejarán seducir y se agruparán en


masa alrededor del "Dictador" continuarán, sin embargo, llevando su vida, su
pequeña vida cotidiana, con un descuido sorprendente y una quietud perfecta.
En la enseñanza que da en el curso de la última semana, el Señor Jesús cita el
ejemplo de los tiempos que precedieron inmediatamente al DILUVIO y a la
destrucción de SODOMA, para llamar nuestra atención y ponernos en guardia,
contra la tendencia natural a vivir nuestra vida, sin pensar en la proximidad del
retorno.
"COMO SUCEDIO EN LOS DIAS DE NOE así sucederá en los días del Hijo del
hombre. Los hombres comían y bebían, se casaban y casaban a sus hijas, hasta el
día en que Noé entró en el arca; y vino el diluvio que los hizo perecer a todos. Y
como sucedió en los tiempos de Lot: los hombres comían y bebían, compraban y
vendían, plantaban y edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma una lluvia
de fuego y de azufre cayó del cielo, y los hizo perecer a todos; así sucederá el día
en que aparecerá el Hijo del hombre (Lc. XVII, 26-30).
Justamente, en medio de la vida más corriente, "el ladrón" horadará la casa.
Pero decía el apóstol Pedro: "el Señor sabe librar de la prueba a los hombres
piadosos" (II Ped. II, 9).
Entonces los justos, a ejemplo de Lot, serán puestos en salvo.
Dios en su misericordia dió entonces señales, como las da ahora.
La construcción del arca duró cien años, era un signo para todo aquél que hubiese
querido considerar el estado de la sociedad de entonces "llena de violencia". El
envío de dos ángeles a Sodoma fué también una advertencia para toda la ciudad.
Pero mientras Noé "condenaba al mundo" construyendo el instrumento de salvación
que era el arca "con un piadoso temor" (Heb. XI, 7) sus contemporáneos se
burlaban de él. Los yernos de Lot, a quienes éste dió aviso en la víspera de la
catástrofe de Sodoma, no le creyeron tampoco: "A los ojos de sus yernos pareció
que se chanceaba" (Gén. XIX, 11).
Parecen chancearse todos aquéllos que anuncian el fin de los tiempos. No
creemos posible que acontezca durante nuestra vida. Sin embargo, no tenemos
seguridad que esto será así. Hasta la víspera de ese día los hombres comerán,
beberán, venderán y comprarán.
Si no velamos, si sólo nos atraen las vanidades de la tierra, ¿lograremos escapar?
"Acordaos de la mujer de Lot", decía Jesús (Lc. XVII, 32).
Fué dejada corno serán dejados del mismo modo: la mujer que muele, el hombre
en el campo, uno de los dos esposos:

“Dígoos
En aquella noche estarán dos en un mismo lecho.
"EL UNO SERA TOMADO Y EL OTRO SERA DEJADO".
"Estarán dos juntas moliendo.
"LA UNA SERA TOMADA Y LA OTRA SERA DEJADA.
"Dos hombres estarán en el campo.
"EL UNO SERA TOMADO Y EL OTRO SERA DEJADO" (Lc. XVII, 34-35).

Habrá, pues, en esta hora trágica UNA SEPARACION de los fieles y de los infieles:
Así como Dios pone a Noé al abrigo en el arca y a Lot sobre la montaña, Jesús
vendrá a poner al abrigo a los suyos. Tal es el parecer de San Jerónimo: "En el
momento en que la noche se acaba, al fin de los tiempos, es cuando Jesucristo
vendrá a poner en seguridad a los suyos" (Comentario sobre San Mateo, C. XIV, 25).

39
Los justos serán puestos en salvo. "Nosotros seremos todos arrebatados a una al
encuentro del Señor en el aire" (I Tes. IV, 17).
Con todo, permanecemos delante de un gran misterio.
Interroguemos a San Pablo.

XIII

AL ENCUENTRO DEL SEÑOR EN LOS AIRES

(I Tes. IV, 13-17)

"No queremos, hermanos, que estéis ignorantes acerca de los que se durmieron
(los muertos), a fin de que no os aflijáis, como los hombres que no tienen
esperanza. Porque si nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, creamos también
que Dios traerá con Jesús a los que durmieron en Él. He aquí, en efecto, lo que os
declaramos según la palabra del Señor: Nosotros, los vivos, dejados para el
advenimiento del Señor, no nos adelantaremos a los que se durmieron. Porque,
dada la señal, a la voz del Arcángel, al son de la trompeta divina, el mismo Señor
bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros,
que vivimos, que nos hemos quedado, seremos arrebatados con ellos a una sobre
las nubes al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos para siempre con el
Señor. Consolaos, pues, unos a otros con estas palabras" (I Tes. IV, 13-18).
Los evangelistas Mateo (XXIV), Lucas (XXI), Marcos (XIII) nos describen una escena
bastante semejante citando las palabras del mismo Jesucristo: "Ellos verán al hijo
del nombre venir en las nubes con gran poder y majestad; y ENVIARA A SUS
ANGELES con trompeta de sonido grande y congregarán a sus escogidos de los
cuatro vientos, desde una extremidad del cielo hasta la otra" (Mt. XXIV, 30-31).
Los elegidos serán reunidos y puestos en salvo como lo recordamos en el capítulo
precedente. Aquí se trata de otra cosa: de la selección "de los muertos en Cristo"
como dice el apóstol Pablo. La resurrección que tendrá lugar entonces es la que San
Lucas llama "la resurrección de los justos" (Lc. XIV, 14), el Apocalipsis: "la primera
resurrección" y ésta es la resurrección a la cual quería llegar Pablo "la de entre los
muertos" (Fil. III, 11).
Habría pues, que distinguir dos resurrecciones.
Los textos examinados directamente en la versión griega son claros y precisos 32.
Pero, desde el siglo IV, muchos exégetas dicen que se trata la primera vez de una
resurrección espiritual, aquella de nuestro bautismo. No es evidentemente esta
resurrección a la cual tendía el apóstol Pablo, sino más bien a "la de entre los
muertos".
San Pablo dice que se hará "a la voz del arcángel". Todo hace suponer que se trata
aquí de Miguel, "el gran jefe" en Daniel; el vencedor de Satán en el Apocalipsis,
aquel que defiende el cuerpo de Moisés contra el diablo en San Judas. El nombre de
arcángel no es, por lo demás, dado en las Escrituras más que a Miguel.
Después de la voz del Arcángel el sonido de la trompeta se hará oír. Los judíos
están familiarizados con estas reuniones al sonido de la trompeta, después del
Sinaí. En memoria del cuerno que conmovió los cielos el día de la promulgación de
la Ley, un instrumento llamado chófar convocaba al pueblo a regocijarse delante del
Señor. "Feliz el pueblo que conoce el sonido de la trompeta" (Sal. LXXXIX, 16).
En los días de fiesta al principio del año el chófar resonaba en Jerusalén y llamaba
al pueblo "a andar a la claridad de la cara de Dios" (Sal. LXXXIX, 16).
Sería, pues, inexacto considerar que la última trompeta será un llamado de
desolación, lo será sólo para los impíos; mas, para los justos, ¿qué llamado más
alegre que aquél?

32

Ver una nota detallada al respecto en el Apéndice: "El reino milenario".

40
El mismo Señor descenderá sobre las nubes y entonces veremos el más
prodigioso acontecimiento: "Los muertos en Cristo resucitarán primero" (I Tes. IV,
16).

XIV

CON MI CARNE YO VERÉ A DIOS

(Job XIX, 26)

La historia del mundo llega a su apogeo con la vuelta del Señor.


Todo lo incomprensible de nuestra vida terrestre se explicará, el enigma del
problema del mal será descifrado:
"Sembrado en la corrupción, el cuerpo resucita incorruptible; sembrado en la
ignominia, resucita glorioso; sembrado en la debilidad, resucita lleno de fortaleza;
sembrado cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual" (I Cor. XV, 42-44).
Job en su profunda crisis moral y física no sabía apoyar su esperanza en otra cosa
que en la certeza de volver a encontrar "su esqueleto revestido de piel".
"CON MI CARNE YO VERE A DIOS. YO MISMO LE VERE; MIS OJOS LE VIERAN Y NO
OTRO. Mis entrañas se consumen de expectación dentro de mí" (Job XIX, 26-27).
Tal era también la esperanza de Marta. Volvería a ver a Lázaro: "Yo sé que él
resucitará el último día" (Jn. XI, 24). Luego, "nuestros huesos humillados" "rotos"
(como dicen los Salmos) se levantarán; y "desde el despertar veré la cara de Dios y
me hartaré de su imagen" (Sal. XVII, 15).
La lectura de la Biblia nos ofrece una magnífica perspectiva en lo que concierne a
la resurrección de los cuerpos y a la venida de Nuestro Señor. Podemos figurarnos,
por este medio nuestra espléndida herencia y comprender cómo el cuerpo, este
compa-ñero de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, de nuestra
muerte... será él también maravillosamente glorificado.
Tal es el estímulo que el apóstol dirige a los filipenses:
"La ciudad nuestra está en los cielos desde donde esperamos también como
Salvador al Señor Jesucristo quien transformará nuestro cuerpo tan miserable
haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso por el poder que tiene de sujetarse
todas las cosas" (Fil. III, 20-21).
Nosotros resucitaremos, pues, y esta esperanza cierta tiene su punto de apoyo en
la Resurrección del Señor Jesús; nuestro cuerpo será hecho "semejante al cuerpo de
su gloria".
La resurrección de Cristo fué la llave de bóveda de la predicación apostólica,
pues ,si el Cristo no ha resucitado todo se desmorona; la obra de la Redención ha
abortado en el Calvario.
San Pablo exclama: "Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó, y si
Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados: síguese
además que los que en Cristo durmieron se perdieron. Si sólo para esta vida
tenemos puesta en Cristo la esperanza, somos los más desdichados de todos los
hombres. Mas Cristo resucitó de entre los muertos siendo él primicias de los que
durmieron" (I Cor. XV, 16-20).
A la alegre esperanza de ver a Dios en nuestra carne con "nuestros ojos" se
agrega la de encontrar al conjunto de los fieles glorificados y transformados: "¡Un
ejército grande, sumamente grande!".
Estas palabras son de Ezequiel, en una página profética de una maravillosa
grandeza, que permite evocar la resurrección de aquellos que murieron en la fe de
Cristo. Esta visión del profeta Ezequiel se refiere en verdad al restablecimiento de
Israel en los últimos tiempos, del cual decía San Pablo que sería "una vida de entre
los muertos" (Rom. XI, 15). De todos modos, la belleza de la visión y su sentido
descriptivo están en estrecha relación con nuestro estudio.

41
Ezequiel ve primero una pradera cubierta de huesos completamente desecados y
Dios le dice: "Profetiza sobre estos huesos, y diles: ¡Oh huesos secos, oíd la palabra
de Jehová! Así dice Jehová el Señor, a estos huesos: He aquí que haré entrar espíritu
en vosotros y viviréis. Y pondré sobre vosotros carnes y os cubrirá de piel y pondré
espíritu en vosotros para que viváis, y conoceréis que yo soy Jehová. Profeticé,
pues, como me fué mandado y hubo un ruido mientras yo profetizaba; y luego he
aquí una conmoción; y se acercaban los huesos, hueso a hueso, y mirando yo, he
aquí que nervios y carne crecieron sobre ellos y cubriólos la piel por encima; pero
no había en ellos aliento. Entonces me dijo, profetiza al espíritu, ¡profetiza, oh, hijo
del hombre! y di al espíritu: Así dice Jehová el Señor: ¡Ven de los cuatro vientos, oh
Espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan! Y profeticé como me había
sido mandado; y entró en ellos espíritu y vivieron, y se puso en pie un ejército
sumamente grande" (Ez. XXXVII, 4-10).
Esta página impregnada de emoción y profundamente evocadora, hace eco a un
texto de Isaías que canta nuestra gloriosa esperanza: "¡Despertad y cantad vosotros
que moráis en el polvo! porque como el rocío de las hierbas es tu rocío, y la tierra
echará fuera los muertos" (Is. XXVI, 19).

XV

¡TODO OJO LE VERÁ!

(Apoc. I, 7)

Es difícil precisar en qué orden se desarrollarán los acontecimientos en aquellas


horas misteriosas de la venida del Señor.
Detengámonos aquí sobre un texto escriturístico preciso y singularmente
evocador. Cuando Jesús vendrá sobre las nubes "todo ojo le verá" (Apoc. I, 7).
Nuestros ojos cegados que miraron sin ver, nuestros oídos ensordecidos que
escucharon sin entender las enseñanzas de la Iglesia, nuestras inteligencias
obscurecidas delante de las revelaciones divinas, se abrirán.
Job ha conocido esta hora extraordinaria en que el ojo se abre, cuando él se
humilla sobre el cilicio por haber hablado, sin inteligencia, de maravillas que lo
sobrepasaban:
"Mi oído había oído hablar de ti, pero ahora mi ojo te ha visto" (Job XLII, 5).
Simeón recibió también esta potente iluminación: "Mis ojos han visto tu salvación"
(Lc. II, 30).
Ahora, en este día del segundo advenimiento TODOS LE VERAN "como el
relámpago que parte del Oriente y se muestra hasta el Occidente" (Mt. XXIV, 27)
"como uno de aquellos rayos que iluminan el mundo" que cantan los Salmos
(LXXVII, 19; XCVII, 4).
"¡TODO OJO LE VERA!" Verán, a aquél a quien traspasaron, nos dice el apóstol
Juan, testigo de la lanzada (Apoc. I, 7), cumplimiento sorprendente por su literalidad
de una profecía de Zacarías (Zac. XII, 10).
Sí, todo ojo le verá:
Ojo de Caín que huyó del ojo de Dios.
Ojo de Judas, que miró sólo la bolsa.
Ojo de Caifás; ojo de Pilatos, ojo de todos los enemigos de Jesús, que creyeron
escapar al encuentro del ojo con el ojo. ¡Ojo por ojo!
Ojo de toda esta humanidad, numerosa como las estrellas del cielo y que no ha
conocido o que ha conocido mal a su Salvador.
"Verán a aquél a quien traspasaron".
Pero también los ojos de todos los amigos de Jesús, que han deseado el sublime
encuentro, le verán: "¡Mis ojos han visto tu salvación!".
Todos estos ojos estarán clavados en el Hijo del hombre que viene con gran poder.
El sostendrá todas aquellas miradas, los malhechores gritarán entonces a las
montañas: "Caed sobre nosotros" y a las colinas "cubridnos" y a las rocas
"escondednos de la faz del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero ”

42
(Lc. XXIII, 30 y Apoc. VI, 16), pues "verán la señal del Hijo del hambre" (Mt. XXIV,
30).
¿Cuál es esta señal? Esta es sin duda la llaga del costado de Jesús, hecha por la
lanzada; los hombres no podrán substraerse a esta visión, que describe el profeta
Zacarías: "Y me mirarán a mí a quien traspasaron, y se lamentarán a causa del que
hirieron corno quien se lamenta de la muerte de un hijo único.
Y llorarán amargamente como uno que llora la muerte de su primogénito.
En aquel día será grande el duelo en Jerusalén, como el duelo de Adadremón en el
valle de Mageddo.
Y el país estará de duelo, cada familia por separado.
En aquel día habrá una fuente abierta a la casa de David y a los habitantes de
Jerusalén para lavar el pecado y la inmundicia" (Zac. XII, 10-13; XIII, 1).
Luego, todos los ojos de los hombres verán a aquél a quien traspasaron. Felices
aquéllos que habrán llorado a tiempo, amargamente, como se llora a un hijo
primogénito, pues "se golpearán los pechos por causa de él todas las tribus de la
tierra" (Apoc. I, 7). "Todas las tribus de la tierra se lamentarán" (Mt. XXIV, 30).
¡Tratemos de medir, si lo podemos, en el silencio del recogimiento, este supremo
encuentro de nuestro ojo con el costado abierto del Señor Jesús!
¡Todo ojo verá ese Corazón, abierto en la cruz!
Verdaderamente ésta será la "fuente abierta" para lavar todas las manchas, a
condición de que las lágrimas suban a tiempo a los ojos de los pecadores, y que los
"pechos, sean golpeados".
¡La lanza hirió el costado del Señor! De esta fuente corre el agua salvadora, de
esta llaga luminosa parten rayos para ir a golpear los pechos de los hombres y
hacer en ellos una llaga de arrepentimiento.
¡Llaga del costado de Jesús! ¡Llaga de arrepentimiento en el pecador! ¡Dos llagas
se aproximan para preparar el corazón a corazón, seguido del cara a cara!

***

Quedemos en silencio, oremos delante de estos prodigios del amor divino y


escuchemos sobre todo el doble grito de Jesús para anunciar que la "fuente está
abierta"33.
Es un mismo grito, tanto en el primero como en el segundo advenimiento. Jesús
gritaba en el Templo de Jerusalén, en su primera venida: "¡Si alguno tiene sed,
venga a mí y beba!" (Jn. VII, 37).
El gritará en la nueva Jerusalén después de su segunda venida: "El que tenga sed,
que venga, y el que quiera, que tome gratis el agua de la vida" (Apoc. XXI, 6).

33

En Palestina las fuentes a las que pueden concurrir las mujeres no se


encuentran abiertas durante el período de calor sino a ciertas horas. Una fuente
abierta es un gran beneficio y un oriental comprenderá la fuerza de semejante
comparación.

43
SEGUNDA PARTE

REINARÁ

"Venga tu Reino" (Mt. VI, 10).

"El Señor le dará el trono de David, su Padre. Reinará sobre la casa de


Jacob eternamente. Su reino no tendrá fin" (Lc. I, 32-33).

ES MENESTER QUE EL REINE

(I Cor. XV, 25)

A Dios solo pertenece el reino como creador del mundo, de la tierra y de los cielos:
"Tu trono ha sido establecido desde el origen, tú eres desde la eternidad" (Sal. XCIII,
2). Tuyos son los cielos, tuya también la tierra, el mundo y cuanto contiene tú lo
fundaste" (Sal. LXXXIX9, 12).
Dios creó los animales después de los seres inanimados, y por fin al hombre para
que fuese el jefe de esta creación maravillosa. Dió a Adán una especie de
investidura divina y lo hizo depositario de una parte de su autoridad: "Sed fecundos,
multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar y las
aves del cielo y todo animal que se mueve sobre la tierra" (Gén. I, 28). El Sal. VIII
canta: "Lo has hecho un poco inferior a Dios, lo has coronado de gloria y de honor,
le has dado el imperio sobre las obras de tus manos, has puesto todas las cosas
bajo sus pies".
El hombre fué pues, establecido rey de la creación; debía someter la tierra, debía
dominar a los animales, todas las cosas fueron puestas bajo sus pies… Era pues
Adán quien debía reinar. Sin embargo, Dios para señalar su autoridad puso límite al
poder del hombre sobre todas las cosas. Se reservó un árbol. Y esta reserva fué
signo de su autoridad suprema. Desde el Paraíso quedó en salvo el principio de la
soberanía divina. La obediencia está puesta en la base de las relaciones del hombre
con Dios, y a Adán podría aplicársele la del Faraón a José: "Eres mi semejante, sin
embargo, por el trono seré yo más grande que tú" (Gén. XLI, 40).
Adán soportó mal la restricción absolutamente justa que Dios le puso. Dios le daba
todo gratuitamente por puro amor; ¿no podía acaso pedir en cambio un gesto libre
de amor de su creatura al reconocer su suprema soberanía? Conocemos la triste
historia: la tentación artera del maligno, la curiosidad de Eva, la debilidad de Adán,
y la acusación que él echó sobre la mujer. Con este gesto de independencia Adán
sobrepasaba sus derechos buscando en cierto modo arrebatar el reino de Dios para
hacerse rey él mismo y por él mismo. Después de la sublevación del ángel, Adán
dice a su manera: Ni Dios, ni Señor. El ángel caído obró del mismo modo; no pudo
aceptar su subordinación a Dios. "¡Cómo caíste de los cielos, oh lucero, hijo de la
aurora, haz sido derribado por tierra, tú que abatiste las naciones! Y tú eres aquél
que dijiste en tu corazón: Al cielo subiré, sobre las estrellas de Dios alzaré mi
trono… me remontaré sobre las alturas de las nubes; seré semejante al Altísimo"
(Is. XIV, 12-14)34.

34

44
El hombre, ha seguido el ejemplo del ángel orgulloso en su revuelta; ni el uno, ni
el otro comprendieron que la autoridad correspondía a Dios solo. Esta autoridad es
tal que Jesús mismo se somete a ella. Al entrar al mundo exclama: "He aquí que
vengo… quiero hacer tu voluntad, Dios mío" (Sal. XL, 8-9).
Cristo obediente viene al mundo a restaurar el reinó angélico y el reino terrestre
cuyos jefes perdieron la posesión por su insubordinación a Dios.
Pero esta restauración fué sólo parcial en su primera venida; no se realizará
plenamente sino después de su vuelta, con el establecimiento de su Reino. "En
nombre de su aparición y de su Reino" (II Tim. IV, 1).
Efectivamente, este reino no será instituido "sino en los tiempos de la
restauración de todas las cosas, de que ha hablado Dios en otro tiempo por boca de
sus santos profetas", como dice San Pedro (Act. III, 21). Entonces Dios juntará en
una "todas las cosas en Cristo, las cosas que están en los cielos y las que están en
la tierra" (Ef. I, 10).
Esta maravillosa concentración se hará después de la resurrección de los justos.
San Pablo nos describe de este modo la sucesión de los acontecimientos:
"Porque como en Adán todos ellos mueren, así también en Cristo todos ellos serán
vivificados. Pero cada uno en su propio orden; Cristo las primicias; luego los que son
de Cristo, al tiempo de su venida. Después viene el fin, cuando El entregará el reino
al Dios y Padre suyo; cuando haya ya abolido todo dominio y toda autoridad y
poder. Porque es menester que él reine hasta que ponga a sus enemigos debajo de
sus pies" (Cor. XV, 22-25).
Si Jesús tiene que entregar a su Padre un reino, es pues, preciso que El tenga un
reino, un reino claramente establecido.
¿Se ha realizado este reino?
Evidentemente no. Si su reino estuviera establecido, no diríamos "¡Venga tu
Reino!" y San Pablo no habría señalado el reino de Cristo como algo que acaecerá
después de su vuelta. "En nombre de su aparición y de su reino".
Actualmente Jesús participa del trono de su Padre. "Ahora no vemos aún que
todas las cosas le están sometidas” (Heb. II, 8), pero es preciso que su reino sea un
reino personal durante el cual dominará todas las cosas.
Pero volvamos al triste estado de decadencia del hombre para comprender que
Adán necesita un substituto. Si él por su orgullosa sublevación, abandonó la corona
real y el imperio del mundo ¿no deberá ser reemplazado un día — sobre la tierra —
por el verdadero rey, Jesucristo?
Adán — lo mismo que el Ángel rebelde — por su usurpación del poder, deja de ser
un investido y se hunde en el acto, pierde su cetro, la corona, el traje de la
inocencia y se le cierra las puertas del jardín en donde vivía en la presencia de Dios.
Arrojado sobre la tierra desolada se encuentra frente a aquél que expatriado del
cielo trataba de reconstruirse un reino terrestre, sobre el engaño del hombre.
Adán tendrá pues, que habérsela con Satanás. La identidad del pecado de orgullo
del uno y del otro los acerca, — a veces se unirán contra Dios — pero al mismo
tiempo serán eternamente enemigos. Asistiremos desde el Paraíso hasta el fin de
los tiempos a la lucha encarnizada de Satanás contra el hombre caído.
"Satanás, el de las profundidades espantosas" (Apoc. II, 24), sabe que el hombre
no está irremediablemente perdido y empleará toda su astucia y su mentira, como
que es el padre de la mentira, para arrastrar al hombre tras sí; arrojará la cizaña a
manos llenas justamente donde Dios ha plantado el buen grano. Construirá la
Babilonia terrestre, la gran prostituta de la cual nos habla en términos
impresionantes el Apocalipsis. Poseerá "el imperio de la muerte" (Heb. II, 14). Se
constituirá en "príncipe de este mundo".

Estas palabras se aplican literalmente a la caída de Babilonia, pero puede


hacerse una aplicación de ellas a Satanás, pues en el Apocalipsis, Babilonia es
evidentemente el símbolo del reino satánico. En la época que precederá a la caída
de la Babilonia mundial, el Anticristo u hombre de pecado, "vendrá con el poder de
Satanás" (II Tes. II, 9), querrá, asimismo "poner su asiento en el Templo de Dios,
dando a entender que es Dios" (II Tes. II, 4).

45
Sin embargo, desde el Paraíso, Satanás, el aparente vencedor de Dios, ha oído el
anuncio de su derrota, en la promesa de Aquél que quebrantará su cabeza
substituyéndose a Adán caído (Gén. III, 15).
Después de la caída inicial, seguirán las otras; Caín mata a su hermano y el mal se
agranda en el corazón del hombre: "la tierra está conmovida y llena de violencia"
(Gén. VI, 11). Entonces Dios decide exterminar la raza humana a excepción de Noé
y de los suyos, el agua realizará la obra destructora y actúa la venganza de Dios. La
humanidad entera desaparece, salvo ocho personas asiladas en el Arca.
Pero después del diluvio los hombres se pervierten nuevamente y Dios se ve
obligado a constituir un pueblo aparte. Separa a Abrahán de en medio de los
paganos de la Mesopotamia, para llevarlo al país de Canaán. Coloca el sello de su
autoridad sobre el hombre fiel y le exige la circuncisión. Abrahán promulga esta ley
de parte de Dios en señal de alianza, en señal de "santificación" del elegido de Dios.
Abrahán, Isaac y Jacob formarán la maravillosa trilogía patriarcal, que recibirá en
su seno después de la muerte al pueblo escogido del Eterno; el seno de "Abrahán,
de Isaac y de Jacob". Dios mismo se llamará el "Dios de Abrahán, de Isaac y de
Jacob". Hombres de fe, llevan en sus almas la esperanza de la salvación dada al
mundo por el Ungido del Eterno (Heb. XI). Serán los coherederos de la promesa,
porque de su posteridad saldrá Aquél que redimirá al hombre, "destruyendo con su
muerte a aquél que posee el imperio de la muerte, es decir al demonio" (Heb. II,
14), para restaurar el reino terrestre y entregarlo en seguida a su Padre. En tiempo
de los patriarcas las promesas concernientes al Cristo son cada vez más precisas.
Pero he aquí a Moisés y a la Ley. Dios tiene piedad de su pueblo. Si aún no le envía
a su "Hijo amado" para salvarlo, da una legislación a su pueblo para prepararlo a
recibir al Mesías, a este pueblo a quien El mismo llama "su primogénito" y qué
deberá ser una imagen de Jesús, Hijo de Dios.
La Ley pues prepara durante quince siglos la venida de Cristo: "Todos hemos
recibido de su plenitud y gracia por gracia: porque la ley ha sido dada por Moisés y
la gracia y la verdad nos han venido de Jesucristo" (Jn. I, 16-17).

II

ES A MÍ A QUIEN RECHAZAN
PARA QUE NO REINE MÁS SOBRE ELLOS

(I Rey. VIII, 7).

Dios, que por medio del don de la Ley preparó a su pueblo para recibir a Cristo,
quería también prepararlo para acoger el reino mesiánico. El Mesías debía ante todo
sufrir, y sin su rechazo por parte de los judíos habría vuelto para reinar sin tardanza,
después de la Ascensión. Es indudable que en tiempo de la Ley, el Eterno quería
regir sobre Israel, su pueblo, gobernarlo como rey, ser su jefe militar y dirigir sus
combates.
Por el desenvolvimiento del poder teocrático, Dios se proponía formar a dicho
pueblo, educarlo, para que aceptara un día someterse a un rey visible: Cristo.
Si bien es cierto que Dios suscitó algunos jefes, como los Jueces, lo hizo en el
entendimiento de ser Él su único Rey. No quería de ningún modo que el pueblo
"escogido" fuera semejante a las otras naciones que se dan un rey para que las
domine.
Fácil es notar en algunos detalles, la actitud psicológica del pueblo de Dios, tan
profundamente indisciplinado. Analizándola, comprenderemos mejor cómo, muchos
siglos después, rechazará a su Mesías-Rey. ¡Permanecía el mismo espíritu, el del
hombre caído, siempre ambicioso de arrancar a Dios sus derechos y su autoridad!
La primera tentativa de Israel, para establecer sobre él una realeza humana, se
remonta a la época de Gedeón.
Cuando éste volvió victorioso de los Madianitas - victoria milagrosa debida
únicamente al poder divino - el pueblo lo aclamó y quiso hacerlo rey. Mas no aceptó,
y guardando la humilde actitud de un servidor delante del verdadero vencedor, dijo

46
a la muchedumbre que le oprimía: "No reinaré yo sobre vosotros, ni reinará mi hijo
sobre vosotros. JEHOVA REINARA SOBRE VOSOTROS" (Jue. VIII, 23).
A la muerte de Gedeón, el pueblo, deseoso de tener un rey, dió este título a
Abimelec, un usurpador, que inmediatamente lo aceptó. Entonces el hijo de Gedeón
protestó. Para dar autoridad a su voz, subió sobre el Garizim y exclamó: "oídme,
habitantes de Siquem a fin de que Dios os escuche: Juntáronse los árboles para
ungir un rey sobre ellos, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros; el cual respondió:
¿Cómo puedo yo desamparar mi pingüe licor de que se sirven los dioses y los
hombres, por ir a ser superior entre los árboles? Dijeron, pues, los árboles a la
higuera: Ven y reina sobre nosotros; la cual les respondió: ¿Debo yo abandonar la
dulzura y suavidad de mi fruto, por ir a ser superior entre los otros árboles? Se
dirigieron después los árboles a la vid, diciendo: Ven y reina sobre nosotros; la cual
respondió: Pues qué, ¿puedo yo abandonar mi vino, que alegra a Dios en los
sacrificios y a los hombres en los convites, a trueque de ser reina de los árboles?
Finalmente los árboles todos dijeron a la zarza: Ven y reina sobre nosotros; la cual
respondió: si es que con verdad y buena fe me constituís por reina vuestra, venid y
reposad a mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza, y abrace los cedros del
Líbano". (Jue. IX, 7-15).
Fácil es comprender el irónico símbolo de la zarza que reinando no tiene nada que
perder; nada que dar; que ofrece su sombra… y que amenaza aún con ahogar a los
cedros del Líbano!
He aquí una imagen de una realeza terrestre que se inspiraba sólo en el orgullo y
que de buena gana se cierne sobre los demás hombres.
El pueblo debería haber aprovechado la lección, y renunciar a su petición de
tener: "Un rey como las otras naciones". Mas no fué así. Cuando Samuel envejeció,
los ancianos se reunieron en Rama y le dijeron: Establece sobre nosotros un rey
como en las otras naciones…"
"Y descontentó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos rey que nos juzgue. Y
Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que
te dijeren: porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que
no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los
saqué de Egipto hasta hoy, que me han dejado y han servido a dioses ajenos, así
hacen también contigo. Ahora pues, oye su voz, mas protesta contra ellos
declarándoles el derecho del rey que ha de reinar sobre ellos" (1 Rey. VIII, 6-9).
Dios como Rey supremo es arrojado por su pueblo, como lo ha sido por Adán,
como Jesús lo será por los judíos, como cada uno de nosotros lo rechaza prefiriendo
el ídolo del "yo" o del dinero, ese Mammón temible de los últimos tiempos.
Entonces Dios ordena a Samuel consagrar a Saúl y más tarde, después de la
desobediencia de éste, le ordena hacer rey a David.
Los planes de Dios parecen destruídos. La realeza del Eterno es sustituida por una
realeza humana que regirá a Israel en adelante. El hombre va a dirigir sus miradas
hacia el hombre, en lugar de elevarlas, cargadas de esperanzas, hacia un rey divino.
Pero Dios no se deja vencer por el mal y frustra los designios perversos de los
hombres.
El rey David será el antepasado directo de Cristo. Su raza será bendita porque
Jesús será el "Hijo de David". "Yo soy" — dirá — "la raíz y la posteridad de David"
(Apoc. XXII, 16).
A David, pues, son conferidas las más magníficas promesas mesiánicas: "Tu casa
y tu realeza estarán aseguradas para siempre, tu trono será afianzado para
siempre" (II Rey. VII, 16).
El ángel Gabriel confirmará a la Virgen esta profecía: "Se le dará el trono de
David, su padre" (Lc. I, 32).
Así, la organización de la realeza humana, contraria al principio a la voluntad de
Dios, llegó a ser la figura de aquella de Cristo, raíz y posteridad de David.
Desde ese momento se puede presentir el reino glorioso y futuro de Jesús, del cual
el de Salomón fué la impresionante figura.
La historia del pueblo de Israel se desarrolló en función del Mesías.
Pero, a la realeza de David, Dios debía agregar un nuevo poder: el ministerio
profético.

47
III

¡YO SOY REY! PARA ESTO NACÍ

(Jn. XVIII, 37)

El ministerio de los profetas fué el medio escogido por Dios para quedar en
contacto, con su pueblo. Fié como un puente entre David, el rey-profeta, y Jesús,
Rey también y Profeta. "El rollo del libro" se escribió entonces.
Hacía cuatro siglos que había cesado de oírse la voz de Malaquías, el último de los
profetas, cuando por fin se realizó una de sus palabras: "He aquí que yo envío mi
mensajero y él preparará el camino delante de mí" (Mal. III, 1, citado por Lc. VII, 27
y Mt. XI, 10).
Aparece Juan Bautista. Viene para allanar el camino al rey que se acerca.
En Oriente, sobre todo, a causa de la imprecisión de las rutas en el desierto, las
regias comitivas iban precedidas de una tropa de hombres, enviados para trazar el
camino, aplanarlo y retirar los obstáculos. A falta de un grupo de enviados, un
heraldo corría delante del carro del rey. Elías corrió así delante de Acab (III Rey.
XVIII, 46).
El Bautista que viene en "el espíritu y el poder de Elías" (Lc. I, 17) será la "voz del
que clama en el desierto: ¡Preparad el camino de Jehová, allanad en el campo
estéril una calzada parla nuestro Dios! Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y
collado; conviértase en llano la altura y en cañadas los ásperos declives" (Is. XL, 3-
4, citado por Lc. III, 4-6; Mc. I, 2-3; Mt. III, 3; Jn. I, 6).
Este texto de Isaías corresponde exactamente a la preparación del camino delante
de una comitiva real en movimiento 35. Ahora es precisamente un rey al que el
precursor anuncia: "Arrepentíos PORQUE EL REINO DE DIOS ESTA CERCA"' (Mt. III,
2). El arrepentimiento es la condición para el establecimiento del reino de Dios. San
Pedro no hablará de otro modo (Hech. II, 38; III, 19-21).
Pero, ¡aquí viene Cristo!
"EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO" (Mc. I, 15), ese tiempo marcado por los profetas, y
muy particularmente por Daniel36.
Desde su nacimiento es reconocido rey por algunos de entre los judíos y los
gentiles: "¿Dónde está el rey de los Judíos que acaba de nacer?" (Mt. II, 2)37.
Pero ¿será él quien restaure el reino de Israel? ¿Será él quien empuñe el cetro
salido de Judá y rechace la dominación romana que se extiende sobre el pueblo de
Sión?
"Mi reino no es de este mundo" declara a Pilato; lo que significa: mi reino no
procede de este mundo38. Pero a la pregunta de Pilato: "¿Eres tú rey?" Jesús
responde: "Tú lo dices; YO SOY REY, PARA ESTO NACI" (Jn. XVIII, 36-38).
Jesús nació para ser rey, pero su reino no querrá recibirlo, ni de Satanás, que se le
ofreció, ni de la multitud agradecida por el milagro de los panes y que quiere
apoderarse de Él y hacerlo rey.
Estudiemos estos dos episodios.

35

Es preciso haber visto la destreza de los árabes para aplanar una vía.
Recuerdo que yendo del Tabor a Naim, por caminos no trazados, nuestros
veinticinco autos se encontraron detenidos ante una fosa profunda. Nuestros
chauffeurs descendieron y, en unos minutos, la fosa estuvo tapada.
36

Según la célebre profecía de las setenta semanas de años (Dan. IX, 24-27).
37

Ver anteriormente: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?".
38

"Jesús no dice que su realeza no ha de ejercerse sobre este mundo, sino


que no procede de éste" "Viene ella de más arriba: de lo alto". R. P. Lagrange:
"Evangile selon Saint Jean". Gabalda, 1925, p. 475.

48
El primero en ofrecer la realeza a Cristo en los principios mismos de su vida
pública, es el "Príncipe de este mundo".
Extraña escena aquélla que se desarrolla sobre la árida montaña que domina la
planicie de Jericó. Allí se lleva a cabo un drama análogo al del Edén. Satanás trata
de destruir la realeza de Cristo así como destruyó la de Adán, por una tentación de
orgullo.
Desde la cima de la montaña, Satanás muestra a Jesús todos los reinos de la tierra
con el fin de excitar su codicia y le dice: "YO TE DARE todo el poder y la gloria de
estos reinos, PORQUE ME HA SIDO DADO Y LO DOY A QUIEN QUIERO. Será tuyo si
postrándote delante de mi me adorares" (Lc. IV, 6-7).
Resalta en este texto el hecho de que Satanás es realmente "príncipe de este
mundo", por la caída de Adán. El poder '"me ha sido dado y lo doy..." Ahora bien, él
pretende investir de su realeza usurpada al rey de reyes. La ofrece del mismo modo
que Dios: "Siéntate a mi diestra", porque Satanás "tiene un trono" (Apoc. II, 13).
Tremenda ironía la de esta oferta predicha por el Salmista: "¿Juntaráse contigo el
trono de iniquidades?" (Sal. XCIV, 20).
Satanás no ha tenido probablemente el conocimiento pleno del alcance de su
ademán seguido tan pronto de su derrota. Con todo, su odio se hará más feroz aún
contra aquél que exclamó: "¡Retírate Satanás!" (Mt. IV, 10). Fomentará la guerra
contra El hasta la muerte. En la trágica hora de Getsemaní, Jesús reconocerá su
acción evidente: "El Príncipe de este mundo viene, pero no tiene nada en mí" (Jn.
XIV, 30).
Después del diablo, fué el pueblo quien ofreció la realeza a Jesús a raíz de la
multiplicación de los panes. Pero, "conociendo Jesús que iban a venir a apoderarse
de Él para hacerle rey, se retiró solo a la montaña" (Jn. VI, 15). Es necesario
comprender bien esta actitud: en efecto, Cristo no podía ser proclamado rey en otra
parte que en Jerusalén. Las profecías eran claras sobre el particular; su reino venía
de lo alto, venía de Dios: "SOY YO quien ha ungido mi rey sobre Sión, mi santo
monte" (Sal. II, 6). El día de los Ramos, en Jerusalén, Jesús aceptó la aclamación
entusiasta del pueblo. ¿No debió traer consigo la de los jefes de la Sinagoga? Esta
era la adhesión que Dios hubiera querido para su Cristo, si Israel no hubiese
desechado su llamamiento.
Cristo permitió pues, el cortejo triunfal de Betfagé al Templo y montado sobre el
pollino acoge los cantos y los "hosanna" de los niños: "Bendito sea el Rey que viene
en nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lc. XIX, 38). "BENDITO
EL REINO QUE VIENE DE NUESTRO PADRE DAVID" (Mc. XI, 10).
Pero nuestro Salvador no fué reconocido rey por los jefes — antes por el contrario
—; ellos "buscaban cómo hacerlo morir porque le tenían miedo" (Mc. XI, 18).
Entonces Jesús lloró sobre Jerusalén: "¡Oh, si también tú conocieses, al menos en
este día que se te ha dado, lo que toca a tu paz! Mas ahora está encubierto de tus
ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te cercarán con baluarte, y
te pondrán cerco, y de todas partes te asediarán. Y te, derribarán a tierra, y a tus
hijos dentro de ti; y no dejarán sobre ti piedra sobre piedra por cuanto no conociste
el tiempo de tu visita" (Lc. XIX, 42-44).
"¡Jerusalén, Jerusalén! Yo os lo digo, ya no me veréis más hasta tanto que digáis:
Bendito sea el que viene en el nombre del Señor" (Mt. XXIII, 37-39).
La ciudad Santa y sus sacerdotes han desconocido al Rey. El establecimiento del
reino es, desde entonces, rechazado hasta que resuene el mismo grito, aquél de los
niños en el día de las palmas: "BENDITO SEA EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SE-
ÑOR"39.

***

Después del día triunfante de Cristo — día importante porque es un signo de la


gloria de su futuro reinado en Jerusalén — la multitud olvidó pronto sus arranques

39

Con qué respeto y con cuánto amor deberíamos pronunciar estas palabras
en el Sanctus de la misa; palabras anunciadoras de la Vuelta de Cristo.

49
de júbilo y se unió a los Sanedritas, el viernes de la "Preparación" para reclamar la
muerte de aquél que cinco días antes aclamara ella misma rey de Israel. Este título
de rey — aceptado por Jesús — fué el motivo de la acusación lanzada contra él.
"Nosotros hemos encontrado a este hombre… DICIENDOSE A SI MISMO CRISTO REY"
(Lc. XXIII, 2). Y, cuando fué crucificado, "colocaron sobre su cabeza la causa escrita
de su condenación: ESTE ES JESUS, EL REY DE LOS JUDIOS" (Mt. XXVII, 37).
Es pues, la realeza de Cristo la que el pueblo y sus jefes quisieron abolir, bajo las
burlas, los sarcasmos y con una crueldad llevada hasta la muerte de cruz.
Conocemos el desprecio de Herodes por aquél a quien despidió, después de
"haberlo revestido con una túnica resplandeciente" (Lc. XXIII, 11), es decir, con una
túnica real. Los soldados completaron el atavío de este rey de irrisión; tejieron sobre
su cabeza una corona de espinas, colocaron una caña en su mano y doblaron la
rodilla delante de Él para ridiculizarlo diciendo: "SALVE, REY DE LOS JUDIOS". Luego
le abofetearon y le escupieron en el rostro (Mc. XV, 16-18; Mt. XXVII, 28-30; Jn. XIX,
2-3).
Pilato, después del interrogatorio, le presentó a los judíos, diciendo: "¡HE AQUI A
VUESTRO REY!" La multitud gritó: "¡Quítalo! ¡Quítalo! ¡Crucifícale!" Pilato les dijo:
"¿Crucificaré a vuestro Rey?" Los príncipes de los sacerdotes respondieron: "No
tenemos rey sino a César" (Jn. XIX, 14-15).
Aquellos que debían haber aclamado al Hijo de Dios, su rey de bondad, de
mansedumbre, de justicia y de paz, declararon por el César, su enemigo!...
Ellos también quisieron un rey como tienen "las otras naciones". Los hijos imitan a
sus padres, los cuales reclamaban de Samuel este extraño privilegio.
Jesús podía pensar sobre su cruz: "Es a mí a quien rechazan para que no reine
sobre ellos" (I Sam. VIII, 7).
Los judíos de entonces, que odiaban la dominación romana, proclamaron, sin
embargo: "¡No tenemos rey sino a César!" ¡Sí, César!
Tendrán al César y sabrán lo que es una ciudad sitiada y destruída por el César!...
Jesús es rechazado definitivamente.
La ironía de los sacerdotes se expresa una última vez delante del Crucificado:
"¡Que el Cristo, el REY DE ISRAEL, descienda ahora de la cruz!" (Mc. XV, 32).
Mas he aquí que en medio de los gritos, de las burlas, de las blasfemias, que
resuenan ya varias horas sobre el Gólgota, la voz de un moribundo, la de un
malhechor que comparte el suplicio de la cruz, se levanta para dejar oír la palabra
de verdad: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino" (Lc. XXIII, 42).
Este hombre cree en la vuelta de Cristo y en el reino de Cristo, y así lo asegura por
su petición: "CUANDO VENGAS EN TU REINO".
El ladrón esperaba algo más que un reino espiritual, como se le llama a menudo;
hablaba a Jesús de ese momento en que El volvería con sus santos, para
ESTABLECER SU REINO, PARA LEVANTAR NUEVA Y DEFINITIVAMENTE LA TIENDA DE
DAVID. (Act. XV, 16), para obrar como rey, y tomar posesión del trono, destinado en
su origen a Adán, pero vacío y que espera desde el Edén al que lo ha de ocupar.

IV

LLEGUEMONOS CONFIADAMENTE AL TRONO DE LA GRACIA

(Heb. IV, 16)

El reino había estado "cerca" (Mt. IV, 17), pero los jefes de la nación no lo habían
recibido cuando estaba "en medio de ellos"40. Ahora se ha alejado. Y el Maestro

40

"El reino de Dios en medio de vosotros está" (Lc. XVII, 21). Generalmente se
traduce por "dentro de vosotros está" Y SE APOYAN EN ESTA TRADUCCION PARA
DECIR QUE JESUS SOLO VINO A TRAERNOS UN REINO ESPIRITUAL, ESCONDIDO EN
NUESTROS CORAZONES. No sólo el original griego admite la traducción "en medio",
o "entre vosotros", sino que los fariseos, sus enemigos, no pueden pretender ser
aquéllos a los cuales Jesús declara que ha establecido su reino en sus corazones.

50
dice: "Seréis mis testigos hasta las extremidades de la tierra"; era esto anunciar
que su vuelta y su reino tardarían porque era necesario que la palabra del reino
fuese antes predicada a todas las naciones (Lc. XXIV, 47).
Pero en espera del establecimiento del reino de gloria, siempre prometido, los
discípulos debían buscar el reino de gracia que los "misterios" les habían revelado.
Una página del evangelista San Lucas pone de relieve estos misterios,
determinando tres tiempos: Un reino que vino, pero fué desechado. Un reino
misterioso, el actual. Un reino glorioso, por venir.
"Preguntado POR LOS FARISEOS cuándo vendría el reino de Dios (Jesús), les
respondió: "No ha de venir el reino de Dios con muestras aparatosas ni se dirá: Vele
aquí o vele allí; antes tened por cierto que ya el reino de Dios en medio de vosotros
está". "Y A LOS DISCIPULOS DIJO: Vendrán días cuando desearéis ver uno solo de
los días del Hijo del hombre y no lo veréis. Entonces os dirán mírale aquí, mírale allí.
No vayáis tras ellos ni vayáis en su busca. Porque, como el relámpago brilla y se
deja ver desde un cabo del cielo hasta el otro, iluminando la atmósfera, así se
dejará ver el Hijo del hombre en el día suyo. Mas es menester que primero padezca
muchas cosas y sea desechado de esta nación" (Lc. XVII, 20-25).
La respuesta a los fariseos concierne al reino aparecido realmente sobre la tierra,
por la presencia corporal de Jesús: "El reino de Dios está entre vosotros".
Pero, sin embargo, el reino no venía de manera que llamara la atención. No
aparecía según las concepciones rabínicas un reino mesiánico puramente terrestre.
Era un reino de una naturaleza diferente y que respondía a la palabra del Señor: "Mi
reino no es de este mundo". Yo no recibiré mi realeza sino de Dios, no del mundo,
como los reyes ordinarios; yo regiré mi pueblo del modo que Dios quería hacerlo
cuando fué rechazado en tiempos de Samuel.
A los discípulos Jesús les dice: "Vosotros desearéis ver uno de los días del Hijo del
hombre, y no lo veréis".
"¡No lo veréis!". Es el caso de todos los que esperan a Cristo desde la Ascensión.
Es la época del reino MISTERIOSO Y ESPIRITUAL — aquél — durante el cual la
Iglesia, la Esposa amada suspira.
Los hijos de Dios deberían clamar sin cesar: "¡Venga tu reino!" "¡Ven, Señor
Jesús!".
Mas un tiempo vendrá por fin en que "como el relámpago que brilla e ilumina
desde un cabo del cielo hasta el otro”, el Hijo del hombre aparecerá y establecerá
su reino esplendoroso de gloria. Entonces "todo ojo le verá".
En este texto de San Lucas están netamente designadas las tres etapas del reino
mesiánico.
Seguramente, si muchos hubieran tenido la fe del ladrón, la espera de la Iglesia
hubiera sido corta.
Si después de la Resurrección, y en la época de la predicación apostólica, los
judíos y sus sacerdotes hubieran reconocido a Jesús, Salvador y Rey, ¿acaso no
habría vuelto ya Jesús desde hace tiempo para la manifestación de su reino visible?
Las conversiones efectuadas el día de Pentecostés a la palabra de Pedro (Hech. II),
se habrían renovado si el corazón de los auditores hubiese sido traspasado más a
menudo.
Es el arrepentimiento, es la purificación de los corazones lo que apresurará la
plenitud del número de los escogidos y por ahí la vuelta de Cristo, como lo
enseñaba San Pedro: "POR TANTO HACED PENITENCIA Y CONVERTIOS, a fin de que
sean borrados todos vuestros pecados, PARA QUE LLEGUEN LOS DIAS DE PARTE
DEL SEÑOR Y EN-VIE a AQUEL QUE OS HA DESTINADO, EL CRISTO JESUS, al cual de
cierto conviene que el cielo acoja HASTA LOS TIEMPOS DE LA RESTAURACION DE
TODA LAS COSAS, las que Dios anunció por boca de sus santos profetas… Todos los
profetas que han hablado sucesivamente desde Samuel han anunciado aquellos
días" (Hech. III, 19-24).
Aquí no cabe duda alguna. En esta "restauración de todas las cosas", Pedro tiene
ciertamente presente el reino mesiánico por venir, el mismo del que hablaron

¡Qué de lamentar es que se extraiga así una frase del contexto para darle una
aplicación exclusivamente espiritual, cuando tiene un sentido literal tan obvio!

51
profusamente todos los profetas. Será la "restauración" maravillosa del reino que
Adán perdiera.

***

El Señor Jesús conocía lo que sería el futuro: el rechazo persistente del Evangelio
por parte de los judíos y el endurecimiento de los corazones; y es por esto que su
enseñanza sobre el reino de Dios había sido ampliamente desarrollada.
En efecto, el Maestro daba una gran importancia a las máximas y parábolas que
pronunciaba sobre los misterios del reino, porque estaban destinadas a sustentar la
vida moral y espiritual de su Iglesia, durante el curso de las edades, hasta su vuelta.
Quería establecer durante el tiempo de su ausencia, un REINO DE GRACIA, para
preparar y apresurar la manifestación del reino de Gloria.
Este reino de gracia nos fué preparado por Él mismo — como consecuencia del
rechazo que debía soportar en su primera venida, — mientras que EL REINO DE
GLORIA ES MAS PARTICULARMENTE EL DON DEL PADRE, "preparado desde el origen
del mundo" (Mt. XXV, 34).
Las Escrituras mencionan DOS TRONOS — asociados a estos dos aspectos del
reino — el de la gracia y el de la gloria. Es necesario que nos lleguemos, EN ESTA
VIDA, al TRONO DE LA GRACIA (ver Heb. IV, 16), pero "Jesús se sentará para juzgar
en el TRONO DE SU GLORIA" (Mt. XXV, 31).
El reino de gloria no se alcanzará sino por el de la gracia, que se realiza y florece
en lo íntimo del alma, en el seno de la Iglesia.
A este reino hace alusión el apóstol Pablo cuando escribe a los Colosenses: "Dad
gracias al Padre que nos ha transportado al reino del Hijo de su amor en el que
tenemos la redención, lo remisión de los pecados" (Col. I, 13-14). Mientras estamos
bajo este reino de gracia es necesario prepararnos "a comparecer delante de Él
(Cristo), santos, irreprensibles y sin reproche" (Col. I, 22). Y a la Iglesia, Esposa de
Cristo, le ha sido dicho: "Se ha entregado Él mismo por ella… a fin de hacerla
comparecer delante de Él llena de gloria, sin mácula, sin arruga, ni cosa semejante,
sino siendo santa e inmaculada" (Ef. V, 25-27).
Nosotros no apareceremos así, delante del trono de gloria, si no hemos sabido
llegarnos en esta vida "al trono de la gracia" y sacar de la enseñanza de Cristo la
ciencia del reino de Dios.
Esta ciencia maravillosa está contenida principalmente en las máximas y
parábolas de Cristo.
El sermón de la montaña, que debía transformar las leyes morales y las relaciones
fraternales, está basada en esta búsqueda ardiente del reino de Dios en el alma,
durante el tiempo de la gracia, para obtener el efecto de sus promesas en el reino
de la gloria que está prometido a los pobres y a los perseguidos.
Desde la barca, Jesús da una serie de parábolas conocidas bajo el nombre
genérico de "Parábolas del reino". En ellas se UNEN EL TIEMPO DE LA GRACIA CON
EL DE LA GLORIA, porque se refieren a entrambos. Por esto las parábolas del reino
siempre tendrán un carácter misterioso y enigmático.
Jesús decía a sus discípulos: "¡A VOSOTROS os ha sido dado conocer los misterios
del reino de los cielos, a ELLOS no les ha sido dado!" (Mt. XIII, 10-12).
"A VOSOTROS"… decía el Maestro, es decir, a todos aquellos que para
comprender esos "misterios del reino" se dejarán penetrar por su palabra contenida
en los Evangelios y en las Escrituras.
A esos solamente será "dado conocer", poseer "la llave de la ciencia" (Lc. XI, 52) y
"el tesoro escondido" (Mt. XIII, 44): porque a "ellos", a los que no profundizan las
Escrituras, quedarán ocultos los misterios. "El maligno viene y arrebata lo que está
sembrado" (Mt. XIII, 19).
Sólo la lectura atenta de la Biblia nos permitirá distinguir los tres aspectos del
reino y no confundirlos EN EL TIEMPO41.

41

Esta confusión de los tiempos — de las dispensaciones — es corriente en un


gran número de cristianos. Hay aún exégetas que atribuyen al tiempo de la Iglesia

52
Resumiremos así estos "misterios del reino":
EN EL TIEMPO DE LA VIDA TERRENA DE JESUS. El reino de Dios estaba "en medio"
de Israel. Pero este reino fué rechazado por los judíos.
EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA. Desarrollo del reino de gracia — reino misterioso y
espiritual — durante el cual pedimos el reino por venir. "¡Venga tu reino!".
EN EL TIEMPO DE LA VUELTA DE CRISTO. Establecimiento del reino de la gloria,
reino visible y plenario, universalmente reconocido.

COMO TAMO DE TRIGO QUE LLEVA


EL VIENTO EN LAS ERAS DE VERANO

(Dan. II, 35)

Cuando Cristo vuelva a reinar, a "levantar nuevamente la tienda de David…"


(Oseas citado en los Hech. XV, 16), a "reparar las brechas y a restaurar los
caminos" (Is. LVIII, 12), se manifestará bajo un doble aspecto. Traerá la paz
definitiva a la tierra, pero para restablecer este reino de paz, aplastará el poder de
sus enemigos.
"PORQUE ES NECESARIO QUE REINE HASTA QUE HAYA PUESTO A SUS ENEMIGOS
POR PEANA DE SUS PIES… DESPUES DE HABER ANIQUILADO TODO PRINCIPADO,
TODA POTESTAD Y TODA VIRTUD" (I Cor. XV, 25 y 24).
El Apóstol Pablo da una importancia extrema a este triunfo de Cristo sobre sus
enemigos. Si se consideran atentamente estas luchas finales de Cristo contra los
poderosos, los reyes, las naciones y Satanás, se puede constatar lo incomprendidas
que son para tantos lectores de la Biblia.
Las profecías relativas a estos tiempos y las descripciones de estos combates
están sobre todo referidas en los Salmos, en los Profetas y en el Apocalipsis.
Por no comprender su verdadero alcance, acusamos a Dios de ser un Dios
vengativo, cruel, que cede a sentimientos de humana violencia.
Estos textos, que son impresionantes amenazas, descripciones de terribles
matanzas, no pueden explicarse sino a la luz de la perfecta justicia que se
establecerá bajo el reinado de Cristo. El tiempo de la gracia habrá pasado.
Si Cristo debe establecer un reino de paz, vendrá primero a destruir las falsas
autoridades y a fundar su reino sobre la justicia. "Un rey reinará según la justicia"
(Is. XXXII, 1).
Nos detendremos un poco en describir esos "tiempos de la cólera", y en los
próximos capítulos trataremos de medir la profundidad de la "cólera del Cordero"
(Apoc. VI, 16).
Estos textos, cargados de misterios para nuestras almas tan débiles, vendrán a
esclarecernos cuando los comprendamos mejor, otras páginas bíblicas, y aun
facilitarán para nosotros la inteligencia de toda la Biblia.

***

En la Escritura la expresión "LOS REYES DE LA TIERRA", designa a los más grandes


enemigos del reino de Cristo. Jesús, "el príncipe de la paz" quiere su destrucción; y
la dulce Virgen, después de Ana, madre de Samuel, predice su ruina: "Desplegó la
fuerza de su brazo y derribó de su trono a los poderosos" (Lc. I, 52; I Rey. II, 1-11).

— a este reino invisible de la gracia — no sólo las enseñanzas de Cristo que no le


conciernen, como: "el reino está EN ME-DIO DE VOSOTROS" sino también todas las
profecías mesiánicas no realizadas en la primera venida, y las profecías que
anuncian la reunión de los judíos antes del establecimiento del, reino de la gloria.

53
Estos poderosos parecen encarnar la oposición del mundo a Dios, único Rey y a
Jesús, "Príncipe de los reyes de la tierra" (Apoc. I, 5) porque "han puesto su
esperanza en la vara de su mando y en su gloria"42.
"Dios es terrible", cantaba el Salmista, "para los reyes de la tierra" (Sal. LXXVI,
13). ¡Qué fin les espera, a ellos, a todos aquellos que se hacen "reyezuelos", es
decir, rebeldes a la dominación de Dios que es soberana y sin límites!
Nos levantamos contra su reino de gracia cada vez que ponemos condiciones a
sus órdenes, ya sea que estas se nos manifiesten por los acontecimientos, ya sea
que se nos den en lo más secreto del alma por la conciencia que nos habla. ¿Qué
pasará entonces el día del reino de gloria?

***

Encontramos una primera respuesta muy precisa en la interpretación dada por el


profeta Daniel a un sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia.
Nabucodonosor había visto en sueños una gran estatua cuya cabeza era de oro, el
pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro
y los pies en parte de hierro y en parte de barro. El rey la estaba mirando, "CUANDO
UNA PIEDRA SE DESPRENDIO SIN AYUDA DE NINGUNA MANO y golpeó la estatua en
los pies de hierro y de barro y los trituró". La estatua se desplomó y la piedra que la
golpeó "llegó a ser una gran montaña que llenó toda la tierra".
Daniel llevado delante del rey le explicó la significación simbólica de esta estatua:
"Oh, rey, tú eres el rey de los reyes (los reyes babilonios llevaban este título y aquí
Nabucodonosor representa en cierto modo a Adán antes de la caída), porque el Dios
del cielo te ha dado el imperio, el poder, la fuerza y la gloria, ha puesto entre tus
manos, dondequiera que habiten, a los hijos de los hombres, a las bestias de los
campos y aves del cielo y te ha dado dominio sobre todos ellos; tú eres la cabeza
de oro"43.
"Después de ti se levantará otro reino menor que el tuyo (porque es hecho de
plata)44; luego un tercer reino que será de bronce y que dominará toda la tierra 45".
"Un cuarto reino será fuerte como el hierro; así como el hierro todo lo aplasta y
rompe, igual al hierro que despedaza, así también este reino aplastará y
despedazará a todos los demás"46.
En cuanto a los pies y a sus dedos47, Daniel explica que la mezcla de hierro y barro
junto con darles fuerza les da también fragilidad. El cuarto reino será, pues, en
parte fuerte y en parte frágil. Estará dividido y muchos reyes se establecerán en
lugar de la autoridad única que presidía.
Y el profeta añade: "EN LOS DIAS DE ESTOS REYES (que corresponden a los dedos)
EL DIOS del cielo levantará un reino que nunca jamás se corromperá y que no será
dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá todos estos reinos y él
permanecerá para siempre. De la manera que viste que del monte fué cortada una
piedra, no con manos, la cual desmenuzó el hierro, al bronce, al tiesto, a la plata y

42

"Le Livre d'Hénoch". Trad. Francois Martin, Letouzey, 1906. Este libro
apócrifo merece, sin embargo, seria consideración puesto que el Apóstol Judas
Tadeo no teme citarlo.
43

Reino babilónico.
44

Imperio ele Alejandro.


45

Reino de los medas y persas.


46

El imperio romano con toda su fuerza, después su división: oriente y


occidente, que corresponde a las piernas.
47

Reinos que han sucedido al romano.

54
al oro (Dan. II, 44-45) serán arrebatados como el tamo de las eras de verano: y
levantólos el viento, y nunca más se les halló lugar" (Dan. II, 25).
La "piedra" es evidentemente Cristo. Pero no es posible, como dicen muchos
exégetas católicos que sea Cristo en el tiempo de su primera venida. El imperio
romano estaba entonces en toda su fuerza; cinco siglos transcurrieron después de
la muerte de Jesús antes que fuese arruinado y substituído por los reinos bárbaros
en Occidente. No es pues el nacimiento de Cristo lo que causó el derrumbe del
imperio romano.
En cuanto al poder de los reinos que le han sucedido, no ha sido destruído aun.
¿Han sido acaso arrebatados como "el tamo de trigo que se eleva en la era?"
Actualmente, ¿es Cristo acaso el único Rey? Evidentemente que no. "No vemos
todavía ahora que todas las cosas le están sometidas" (Heb. II, 8).
Parece seguro que los dedos de los pies de la estatua — mezcla de hierro y arcilla
— representan todos los estados nacidos de Roma, dictaduras y repúblicas, reinos
debilitados, pero subsistentes todavía, más inclinados a arruinar el reino de Dios
que a ofrecerle sumisión.
Nuestros estados occidentales, ¿no son nacidos de Roma? Aún siendo Repúblicas,
la ley romana las rige. Roma prolongará su acción en los "dedos de los pies" hasta
el día en que la "piedra" que es Cristo a su vuelta para el reino de gloria, golpeará al
coloso triturando los dedos de sus pies.
Entonces será derrumbado.
Si la estatua maravillosa de oro, plata, bronce, hierro y barro existe siempre, no es
más que una estatua de ceniza, guardada al abrigo del aire. EL DIA EN QUE CRISTO
APARECERA, TODOS LOS REINOS Y TODAS LAS DICTADURAS PASADAS Y PRESENTES
SERAN DESTRUIDAS EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS; los brillantes metales no
serán más que un tamo sin consistencia que arrebata un viento de verano.
El sueño dé Nabucodonosor y su interpretación nos muestran la destrucción, a la
vuelta de Cristo, de la reyecía, tomada en su acepción más general.
Toda autoridad será recogida por Cristo. Sí, toda autoridad. En él se concentrarán
todos los poderes celestes y terrestres. Todas las autoridades de la tierra, que han
sido ejercidas desde Adán hasta el fin, autoridades imperfectas, menguadas, a
menudo, culpables, injustas y violentas; todas estas autoridades débiles o
falseadas, usurpadas o degeneradas serán restablecidas según la justicia de Cristo,
cuyo trono se asentará sobre la "justicia y equidad" (Sal. LXXXIX, 15).
Serán restauradas estas autoridades en cada uno de los redimidos, de los
vencedores porque, al lado del Rey de los reyes, cada elegido será rey.
Restablecimiento incomparable del poder de Adán y de todos los poderes conferidos
por Dios a los hombres en el curso de los siglos.
Jesús será realmente el "PRINCIPE DE LOS REYES DE LA TIERRA".

VI

HERIRÁ LAS CABEZAS EN TODA LA TIERRA

(Sal. CX, 6)

Los reinos de la tierra, simbolizados por la estatua en sus diversas partes, serán
aniquilados cuando aparezca el reino de Jesucristo. Dos salmos mesiánicos (II y CX)
nos anuncian cómo se efectuará la destrucción de los reyes en el día de la cólera de
Dios y del Cordero.
Relacionaremos con estos salmos algunos textos que nos permitirán entrever la
hora tan particularmente trágica en la cual "todo principado, toda potestad y toda
virtud serán aniquilados, porque es preciso que EL REINE" (I Cor. XV, 24).
La realeza que en sí misma es la mayor participación del poder de Dios, que
delega en un hombre una parte de su autoridad soberana, ha llegado a ser, por la
caída de Adán, la carga más temible que existe. Debemos considerar este vocablo
de "realeza" como aplicable a toda fuerza gubernamental, aún más, a toda
paternidad; esto era lo que hacía pronunciar a Jesús estas graves palabras cuando
subía el Gólgota y pensaba en el fin de los tiempos: "Días vendrán en que se dirá:

55
dichosas las estériles" (Lc. XXIII, 29). Dichosos serán entonces los que hayan vivido
como pequeñuelos, lejos de las grandezas terrenales, la cólera no caerá sobre ellos.
Pero oigamos en el Salmo II a los reyes de la tierra alzados contra Dios: "Se
levantan los príncipes, celebran consejo contra Jehová y contra su ungido:
ROMPAMOS SUS LIGADURAS, dicen ellos, Y SACUDAMOS LEJOS DE NOSOTROS SUS
CADENAS".
¡Es el grito de los orgullosos de la tierra que quieren sacudirse del yugo de la
autoridad de Dios y de su Cristo! En los últimos días esta sorda rebelión tomará la
magnitud de una coacción. Pero… "El que está sentado en los cielos se sonríe. El
Señor se burla de ellos".
Esta sonrisa de Dios; esta burla divina es la primera respuesta ¡y cuán temible ya!
Pero después de esta risa irónica Dios va a manifestar su fuerza: "Hablará en su
cólera; en su furor los llenará de espanto" y a esta rebelión de los reyes opondrá el
establecimiento definitivo de su "rey". "¡Y YO HE ESTABLECIDO MI REY SOBRE SION,
MI SANTO MONTE!... ¡TU ERES MI HIJO! PIDEME Y TE DARE LAS NACIONES POR
HERENCIA Y POR DOMINIO LAS EXTREMIDADES DE LA TIERRA; TU LOS QUEBRAN-
TARAS CON VARA DE HIERRO, LOS DESMENUZARAS COMO EL VASO DEL
ALFARERO"48.
Jesús va a quebrantar, por lo tanto, la resistencia de los insumisos, de los
rebeldes, con vara de hierro. Este mismo atributo lo caracteriza en el Apocalipsis
(XIX, 15); empuñará también la espada y pisará el lagar del vino del furor y de la ira
del Dios todo-poderoso.
Simbólicamente, sin duda, se dice que Jehová traspasará a sus enemigos con la
espada, que los herirá con la vara, que los pisará como la uva en el lagar, o los
desmenuzará como vaso de alfarero. Esta última imagen es muy oriental. Recuerdo
haber visto, en las puertas de Jerusalén, comerciantes que vendían esas vasijas de
barro que sirven para traer agua del manantial. Mientras llegan los compradores,
las vasijas se colocan en montones, unas sobre otras. Imaginemos que alguno se
ponga a saltar sobre tan frágiles recipientes; en pocos instantes quedaría destruída
la fortuna del alfarero.
¡De igual modo los poderosos, los hombres políticos de todos los tiempos, los que
poseen la autoridad religiosa, si hubieren sido infieles a su misión, serán
desmenuzados en su orgullo, como vasijas de barro!
La misma escena se halla descrita en el salmo CX.
Comienza por anunciar la Ascensión de Jesús y su participación al trono de Dios:
"Siéntate a mi diestra (dice el Eterno Padre) hasta que yo ponga a tus enemigos por
peana de tus pies". Jesús aguarda, actualmente, esta peana de sus pies: la ruina de
sus enemigos. Luego, el Salmista, a su vez, habla de Cristo y dice "La vara de tu
fortaleza enviará Jehová desde Sión (el monte santo: siempre la montaña que sale
de la piedra); DOMINA EN MEDIO DE TUS ENEMIGOS.
Enemigos que vencer evocan la idea de guerra y de encarnizados combates.
Asistimos en efecto a la concentración de los ejércitos: "El pueblo fiel acude; son
jóvenes guerreros, numerosos como el rocío que brota (por pequeñísimas gotas) del
seno de la aurora. Llevan paramentos sagrados"49.
Y he aquí que en el momento del combate Dios mismo deja su trono y va a
colocarse al lado derecho de su Ungido, y a quebrantar con El a LOS REYES en el día
de su cólera.
Hay en este salmo una aproximación sorprendente de los dos Advenimientos.
Jesús se sienta sobre el trono a la diestra del Padre cuando ha acabado la obra del
primer advenimiento; en el segundo es el Padre quien viene a colocarse a la diestra
de su Hijo para sostenerlo en la última lucha: "El Señor está a su diestra".

48

El Salmo II es citado a menudo en la Escritura. Así: Hech. IV, 25.28; XIV, 33;
Heb. I, 5; V, 5; Apoc. XII, 5; XIX, 15.
49

Estos paramentos sagrados eran llevados también por los levitas en aquella
famosa victoria sin combate alcanzada por Josafat (II Paral. XX, 19-27); Véase
también: Ex. XXXI, 10.

56
El combate se empeña y muy pronto "todo está lleno de cadáveres. Herirá las
cabezas en toda la tierra". El rey vencedor toma un corto plazo para beber del agua
del torrente y levantar nuevamente la cabeza50.
El combate ha terminado; el Cristo es reconocido como Rey.
Su cabeza levantada, vencedora, va a ser coronada.
Entonces es Isaías quien nos hace la descripción tremenda y magnífica de aquella
hora: "¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos bermejos? ¿Este
hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo soy, el que
hablo con justicia y soy grande para salvar. ¿Por qué es bermejo tu vestido, y tus
ropas como del que ha pisado en lagar? Pisado he yo sólo el lagar, y de los pueblos
nadie estuvo conmigo: piséles con mi ira, y hollélos con mi furor; y su sangre salpicó
mis vestidos, y ensucié todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi
corazón, y el año de mis redimidos es venido… Y con mi ira hollé los pueblos, y
embriaguélos con mi furor, y derribé a tierra su fortaleza" (Is. LXIII, 1-6) 51.
¡Qué cuadro más espantoso, pero es profético! Recordemos que Jesús leyendo el
rollo del profeta Isaías en la Sinagoga de Nazaret se paró ante estas palabras:
"Vengo a publicar un año de venganza de nuestro Dios" (Is. LXI, 2)52.
El año de venganza ha llegado; está en su corazón y vemos su siniestro
desenvolvimiento.
Todos los profetas hablaron en los mismos términos. Oigamos a Sofonías:
"Cercano está el día grande de Jehová, cercano y muy presuroso; voz amarga del
día de Jehová; gritará allí el valiente. Día de ira aquel día, día de angustia y aprieto,
día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de obscuridad, día de nublado y
de entenebrecimiento, día de trompeta y de algazara, sobre las ciudades fuertes, y
sobre las altas torres. Yo tribularé los hombres, y andarán como ciegos, porque
pecaron contra Jehová: y la sangre de ellos será derramada como polvo" (Sof. I, 14-
17).
Isaías exclama: "La tierra se embriagará de sangre, y su polvo derramará grosura,
porque es día de venganza de Jehová, día de revancha para la causa de Sión" (Is.
XXXIV, 7-8).
Y Ezequiel: "Comeréis carne de fuertes, y beberéis sangre de príncipes de la
tierra… beberéis sangre hasta embriagaros…" (Ez. XXXIX, 18-19).
Esta crueldad oriental parece a primera vista bastante desconcertante; trataremos
de explicarlo.
Pero transcribamos todavía una página del Apocalipsis, no menos terrible. ¡Y es
del apóstol Juan! Esta página detalla los combates del Verbo de Dios:
"Y estaba vestido de una ropa teñida en sangre: y su nombre es llamado EL
VERBO DE DIOS. Y los ejércitos que están en el cielo le seguían en caballos blancos,
vestidos de lino finísimo, blanco y limpio… Pisa el lagar del vino del furor y de la ira
del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre:
REY DE LOS REYES Y SEÑOR DE LOS SEÑORES…
"Y vi un ángel que estaba en el sol, y clamó con gran voz diciendo a todas las aves
que volaban por medio del cielo: Venid y congregaos a la cena del gran Dios, para
que comáis carnes de reyes, y de capitanes, y carnes de fuertes, y carnes de

50

El Sal. CX es el primer salmo de las vísperas del Domingo. Ha sido citado a


menudo: Mt. XXII, 44; Mc. XII, 36; Lc. XX, 42; Hech. II, 34; Heb. I, 13. Es el salmo que
mejor nos revela los títulos de sacerdote y rey, que pertenecen a Jesús. También se
nos dan a nosotros estos títulos (Apoc. V, 10).
51

La Liturgia romana emplea este texto en la misa del Martes Santo. Toma en
el sentido simbólico aquello de su vestido rojo en sangre, pero esta sangre no es la
de Cristo, es la de sus enemigos. Este texto sólo es posible entenderlo colocado en
su verdadero lugar, en el día de la cólera suprema de Dios, y relacionándole con el
del Apocalipsis (XIX, 11.19). El arte medieval cometió el mismo error de
interpretación, popularizando erradamente el tema del lagar.
52

Ver capítula anterior: "En el rollo del libro donde está escrito de mí".

57
caballos, y de los que están sentados sobre ellos; y carnes de todos, libres y siervos,
de pequeños y de grandes" (Apoc.XIX, 13-19).
Aquí, hasta los pequeños y los esclavos son condenados: esto es, todos aquéllos
que se han hecho "grandes" por su falta de sumisión.
Conservemos delante de nuestros ojos estas visiones de espanto, porque se
realizarán para con los impíos, no lo dudemos. "DESDE SION JEHOVA RUGIRA" (Jl. III,
16).
El "rugido" del león de la tribu de Judá, de Jesús, el cordero inmolado, único capaz
de abrir el libro del juicio y de romper sus sellos, ¿acaso no resonará hasta el fondo
de nuestra alma para hacernos comprender la grandeza de aquel día?
Estos textos escriturarios acumulados nos dicen con expresiones orientales líricas
y terroríficas, simbólicas quizás en la forma, cuál será el derrumbe, la destrucción,
la ruina de toda realeza terrestre cuando suene la hora del establecimiento de la
realeza, de Cristo. Porque sus enemigos serán la peana de sus pies.
Estos textos — y tantos otros que hubiéramos podido citar — aunque muy
penosos de leer, son, sin embargo, mensajeros de paz, que anuncian la buena
nueva, que publican la salvación, porque se le dirá entonces a Sión: "Reina el Dios
tuyo" (Is. LII, 7).

VII

DEGOLLADLOS EN MI PRESENCIA

(Lc. XIX, 27)

No pretendemos explicarlo todo con las poderosas imágenes orientales citadas


más arriba. Es preciso dejar su fuerza de expresión a los que han vivido en los
países de las grandes luces solares. Lo que queremos mostrar es la trágica lección
moral que se desprende de estos textos que, a primera vista, pudiesen parecer
menos atendibles por causa de su misma exageración aparente, o dar tal vez,
motivo de rebelión a ciertos espíritus poco dispuestos a concebir la hora de "la
cólera por venir".
Es preciso afirmar, por el contrario, de acuerdo con el crédito que debemos dar a
la Palabra de Dios, que tales textos son grandiosas profecías de los últimos tiempos
y no han perdido nada de su valor y eficacia. Delante de estos cuadros de sangre y
de matanza hay que considerar el sentido del misterio de la Encarnación: "La
Palabra se hizo carne". Jesús que no desdeñó la carne pecadora, al revestirse con
una carne semejante a ella, le impartió una dignidad eminente.
¡Regeneró la carne! "Habéis sido rescatados a gran precio, glorificad pues a Dios
en vuestros cuerpos" (I Cor. VI, 20).
Por obra de Jesús, el cuerpo tiene derecho a la resurrección, a la ascensión, a una
regia glorificación. Al encarnarse el Verbo, nos mereció todo esto. Pero entonces…
los que desprecian su propio cuerpo y espíritu, y se entregan al fuego de todas las
pasiones, ¿qué pueden esperar sino la "segunda muerte" en lugar de la resurrección
triunfante; la precipitación al "estanque de fuego", abismos de tinieblas, en lugar de
la luz de la gloria?
¿Y qué decir de aquéllos que más particularmente atacan, niegan a Cristo y
blasfeman contra Él? "Todo espíritu que divide a Jesús (negando su divinidad o su
humanidad) no es de Dios: antes es espíritu del Anticristo" (I Jn. IV, 2-3).
En la epístola a los Hebreos: "¿Cuánto más acerbos suplicios, si lo pensáis,
merecerá aquél que hollare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del
testamento, por la cual fué santificado, y ultrajare al Espíritu de la gracia. Porque
nosotros conocemos quién es el que dijo: A mí está reservada la venganza, y yo soy
el que la ha de tomar" (Heb. X, 29-30).
Tan justa y santa venganza comenzó a ejercerse desde el diluvio. La ley de la
remuneración, o pago según las obras, se manifestó desde la salida del arca. He
aquí la sentencia recaída en el hombre culpable: "Quienquiera que derramare la
sangre del hombre por el hombre, su sangre será derramada, porque Dios ha hecho

58
al hombre a su imagen" (Gén. IX, 6). Dios considera el mal hecho al hombre como
hecho a sí mismo, porque somos semejantes a Él.
Veremos, por lo demás, que el divino Juez establecerá la sentencia de gloria o
condenación sobre este mismo principio: "lo que habéis hecho al menor de mis
hermanos, a mí me lo habéis hecho".
Tomemos nuevamente la proposición: "Quienquiera que derramare la sangre del
hombre, su sangre será derramada" y hagamos actual la sentencia, diciendo: "¡El
que derramare la sangre del Hombre-Dios, por el Hombre-Dios su sangre será
derramada!" Ya sea que se trate de los judíos deicidas de otro tiempo, o de todos
los malos cristianos que pisotean al Hijo de Dios y rechazan la sangre de la Alianza,
todos esos serán muertos, como lo anuncian los profetas.
Ahí está la justa remuneración.
Si consideramos, pues, la Pasión de Jesucristo —dilatando el cuadro hasta más allá
de sus contemporáneos los judíos, — ¿acaso no es cosa absolutamente razonable y
justa que los que flagelaron al Salvador sean heridos por la vara de hierro? ¿Y los
que le coronaron de espinas, sean heridos en sus cabezas?
¿Y los que le traspasaron, sean traspasados con los dardos del Todopoderoso?
¿Y los que gritaron: "¡caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" sean
bañados en la sangre de la gran matanza?
Hay paralelismo entre los tremendos textos de los profetas y las atrocidades de la
Pasión.
¡Ya no es la sangre de Jesús, sino la del lagar de la ira!
¡Ya no es la carne de Jesús, sino la carne de los reyes, carne de los príncipes!
¡Ya no son los llantos de Jesús, sino los llantos y rechinar de dientes de los
rebeldes!
¿No es verdad que es asombroso el paralelismo?

***

Una parábola que dijo Jesús al subir por última vez a Jerusalén, puede alumbrar a
los espíritus que fuesen aún capaces de poner en duda la realidad de aquellos
oráculos y de los textos apocalípticos.
Nuestro Salvador, siempre tan manso y paciente, podrá parecer duro en la sanción
que aquí anuncia; pero no hace otra cosa que continuar la tradición de los profetas
sobre el "día de la venganza":
"Un hombre de ilustre nacimiento PARTIO PARA UN PAIS LEJANO, para ser
investido de la realeza y volver en seguida" (Lc. XIX, 12).
Este hombre de ilustre nacimiento es Jesús; El va a un país lejano, al cielo donde
sube al lado del Padre, para hacerse investir de la realeza y volver en seguida;
aunque "MUCHO TIEMPO DESPUES" dice San Mateo (XXV, 19)53.
Antes de su partida, este hombre de ilustre nacimiento llamó a diez de sus
servidores y les dió diez minas, una a cada uno54.
"Negociad con ellas HASTA QUE YO VUELVA". Y les dejó. Pero he aquí que en su
ausencia se forma una cábala contra EL. "Sus conciudadanos le odiaban y enviaron
tras de Él embajadores encargados de decir: "NO QUEREMOS QUE ESTE HOMBRE
REINE SOBRE NOSOTROS".
Este odio que fué el de los conciudadanos de Jesús ha continuado en todos los
tiempos. Los espíritus rebeldes y las voluntades perversas no han cesado de repetir:
"NO QUEREMOS QUE ESTE HOMBRE REINE SOBRE NOSOTROS".

53

Jesús dió esta prueba para destruir en los espíritus la idea de que el reino de
Dios estaba por aparecer. Notemos que aquí Jesús no habla de su vuelta sino para
"mucho tiempo después" de su partida. Esta parábola está en correlación con la de
las vírgenes en que el "esposo tarda" y aquella del mal servidor que dice: Mi amo
tarda en venir.
54

La mina tenía un valor aproximado de 100 unidades de nuestra moneda.


Una mina griega valía 100 dracmas.

59
"ESTE HOMBRE". Es la expresión de Pedro renegando a su maestro, la de Pilatos
presentándole a la multitud: "¡He aquí al Hombre!" Y cuando añade: "ES VUESTRO
REY", los gritos se redoblan: "¡Que muera, que muera, crucifícale!" (Jn. XIX, 14-15).
"¡NO QUEREMOS QUE ESTE HOMBRE REINE SOBRE NOSOTROS!" El mismo grito
resuena desde hace diecinueve siglos. Y, sin embargo: "ES NECESARIO QUE REINE"
(I Cor. XV, 25).
¡Qué discordancia entre estos dos gritos que se reparten la humanidad! Los unos
dicen: "¡NO QUEREMOS QUE REINE!" Los otros: "¡VENGA TU REINO!".
La disputa sobre la tierra es animada. El odio y el amor libran un combate violento
en torno al futuro rey:
"¡NO QUEREMOS!"… "¡ES NECESARIO!"…55.
"Cuando volvió DESPUES DE HABER RECIBIDO LA INVESTIDURA DEL REINO, hizo
llamar a sus servidores a los cuales había entregado el dinero, para saber qué
provecho había sacado cada uno". Entonces el amo recompensó a algunos y castigó
a otros, según cómo hubiesen administrado, bien o mal, el dinero que les había
confiado, y añadió: "En cuanto a estas gentes que me odian y no han querido que
reine sobre ellos, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia" (Lc. XIX, 12-28).
Esta actitud del rey oriental que Jesús presenta en la parábola es la figura de su
propia actitud en el último día; queda en la estela profética preparando el
Apocalipsis.
Recordemos todavía que el servidor infiel que no ha esperado a su maestro "ES
CORTADO POR MEDIO" a la orden suya (Mt. XXIV, 51).
Tal es la suerte de los que se han opuesto al reino de Cristo: irán a reunirse con
aquéllos que se acogieron al reino de la Bestia. "Si alguno adorare la bestia y a su
imagen… este tal ha de beber también del vino de la ira de Dios, de aquel vino puro
preparado en el cáliz de la cólera divina y ha de ser atormentado con fuego y azufre
a vista de los ángeles santos y en la presencia del Cordero" (Apoc. XIV, 9-10).

VIII

SE SENTARÁ EN EL TRONO DE SU GLORIA

(Mt. XXV, 31)

El profeta Daniel contempló el tiempo en que el Señor Jesús tomaría posesión de


su trono personal para reinar sobre la tierra y los cielos.
"He aquí en las nubes del cielo como un hijo de hombre que venía y llegó hasta el
Anciano de grande edad, e hiciéronle llegar delante de él. Y fuéle dado señorío, y
gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su señorío,
señorío eterno, que no será transitorio, y su reino, que no se corromperá" (Dan. VII,
13-14).
El apóstol Juan en sus visiones de Patmos vió también esta hora magnífica: "El
séptimo ángel tocó la trompeta, y fueron hechas grandes voces en el cielo, que
decían: "EL IMPERIO DEL MUNDO ha pasado a ser de Nuestro Señor y de su Cristo, y
reinará por los siglos de los siglos" (Apoc. XI, 15).
Y en otro lugar, en medio del ruido de las grandes aguas y de los truenos, resonó:
"¡Alleluia! Porque el Señor Nuestro Dios, el Todopoderoso ha entrado en su reino.
Regocijémonos, llenémonos de alegría y démosle gloria, porque llegaron las nupcias
del Cordero" (Apoc. XIX, 7).
En fin, veamos cómo el mismo Jesús anunciaba su vuelta para establecer su reino
y juzgar a las naciones.

55

A los exégetas que dicen que estamos bajo el reino efectivo de Cristo, el
reino pacífico de mil años con Satanás encadenado (Apoc. XX, 1-7) querríamos
preguntar si no oyen como nosotros estos dos gritos que se oponen. Hay una
incomprensión que no puede explicarse sino por el hábito que señala Bossuet: "¡Se
pasan las ideas de mano en mano!" o más sencillamente: Nos copiamos unos a
otros. ¡Y esto desde hace siglos!

60
"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con Él,
entonces se sentará sobre el trono de su gloria. Y serán reunidos delante de él
todas las gentes y los apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las
ovejas de los machos cabríos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los machos
cabríos a la izquierda".
Este gesto pastoral debía herir la imaginación de los pastores de Palestina que a la
vuelta del ganado por las tardes hacían esta separación.
"Entonces el REY dirá a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi
Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo:
Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me distéis de beber; fuí
huésped, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis;
estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán, diciendo:
Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos? ¿O sediento, y te dimos de
beber? ¿Y cuándo te vimos huésped, y te recogimos? ¿O desnudo, y te cubrimos?
¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey,
les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos
pequeñitos, a mí lo hicisteis"56.
"Dirigiéndose después a los que estarán a la izquierda les dirá: Apartaos de mí,
malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles: porque tuve
hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fuí huésped,
y no me recogisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me
visitasteis. Entonces también ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te
vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y
no te servimos? Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto
no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis. E irán éstos al
tormento eterno, y los justos a la vida eterna" (Mat. XXV, 31-46).
El reino es pues, ofrecido a los justos, siempre que hayan sabido reconocer a Jesús
en "el más pequeño" de sus hermanos. Su recompensa será eterna por haber
sabido encontrar durante su vida terrestre "la carne de Jesús" escondida en su
prójimo.
¿Y qué castigo será el de aquéllos que no hayan descubierto a Jesús bajo el pobre,
el niño, el amigo sin vivienda, bajo el enfermo, aún bajo el criminal, el presidiario? El
presidiario, pues es Jesús escondido bajo "la carne del pecado". ¿No fué Jesús
asociado a dos facinerosos, y no se prefirió en su lugar a Barrabás, ladrón y
asesino? Jesús, Rey y Juez divino, ¿acaso no fué colocado "en el número de los
malhechores"? (Is. LIII, 12).

***

Mas, ¿dónde se desenvolverá este juicio de las naciones?


Con estar velado y ser tan misterioso, este hecho aparece iluminado por diversos
textos.
El lugar parece haber sido indicado por el profeta Zacarías. Hablando de la vuelta
de Cristo, dice "SUS PIES SE POSARAN EN AQUEL DIA SOBRE EL MONTE DE LOS
OLIVOS QUE ESTA enfrente de Jerusalén a la parte de oriente: y el monte de los
Olivos se partirá, por medio de sí hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un
muy grande valle; y la mitad del Monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad
hacia el mediodía" (Zac. XIV, 4).
Parece, pues, que Jesús efectuará su vuelta sobre el Monte de los Olivos, en el
lugar mismo desde donde subió al cielo.

56

Llamamos la atención sobre estos dos nombres que toma Jesucristo


sucesivamente:
Hijo del Hombre y Rey.
Hijo del Hombre todavía, en su advenimiento, cuando viene en su gloria.
Rey al establecer su reino por un juicio. Bien parecen ser los dos tiempos
predichos por el Apóstol Pablo, que se siguen el uno al otro. "En nombre de su
Aparición y de su Reino" (II Tim. IV, 1).

61
"Volverá del mismo modo" habían dicho los ángeles.
En cuanto al monte que se partirá... ¿cómo explicarse esta transformación? Sin
duda por un terremoto57. Entonces este nuevo valle doblará el de Josafat, el
apacible y árido valle del Cedrón, orlado actualmente por sus dos grupos de
tumbas, judías y musulmanas.
Evidentemente, es imposible precisar más; con todo, se trata del momento en que
"Jehová será rey sobre toda la tierra" (Zac. XIV, 9).
Joel, el profeta del "gran día" anuncia también el lugar del juicio de las naciones.
"Yo reuniré todas las naciones y las haré descender al valle de Josafat, y allí
entraré en juicio con ellos a causa de mi pueblo, y de Israel mi heredad, a los cuales
esparcieron entre las naciones, y partieron mi tierra… 58. Echad la hoz, porque la
mies está ya, madura. Venid, descended, porque el lagar está lleno, rebosan las
lazaretas, porque es grande la maldad de ellos… ¡Muchedumbres, muchedumbres,
en el valle de la decisión!… Jehová bramará desde Sión, y dará su voz desde
Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra. Mas Jehová será la esperanza de su
pueblo, un refugio para su pueblo, una fortaleza para los hijos de Israel" (Joel III,
2.13-14.16).

***

Por último, interroguemos para concluir al gran vidente de Patmos. Hechos


misteriosos para antes del juicio final están anunciados en el Capítulo XX del
Apocalipsis. El apóstol Juan distingue en sus visiones dos períodos de juicio, entre
los cuales debe transcurrir un reino pacífico de mil años.
Del primer juicio, del juicio de las naciones, acabamos de tratar.
He aquí el orden de los acontecimientos según las visiones de Juan.
Después de los combates de Cristo descritos en el Capítulo XIX del Apocalipsis,
Satanás es encadenado, ligado por mil años.
"Yo vi descender del cielo un ángel que tenía la llave del abismo, y una grande
cadena en su mano. Y prendió el dragón, aquella serpiente antigua, que es el
diablo, y Satanás, y LO ATO POR MIL AÑOS… a fin de que no engañe más a las
naciones… Después de eso es necesario que sea desatado un poco de tiempo. Y VI
TRONOS, Y A LOS QUE SE SENTARON SOBRE ELLOS LES FUE DADO EL PODER DE
JUZGAR".
Juan ve también a los que resucitan después de la gran tribulación:
"Volvieron a la vida y reinaron con Cristo durante los mil años. Pero los otros
muertos no volvieron a la vida hasta que no se cumplieron los mil años. Esta es la
primera resurrección. Felices y santos los que tengan parte en la primera
resurrección. La segunda muerte no tendrá poder sobre ellos, sino que serán
sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con El mil años".
Entonces, sólo entonces, se efectuará el juicio final, aquél del "gran trono blanco",
aquel juicio de los impíos en que serán abiertos los libros (Apoc. XX, 11). Después —
vencidos Satanás y la muerte, — "Cristo entregará el reino a aquél que es Dios y
Padre" para reinar con Él por los siglos de los siglos59.

57

Un hecho extremadamente curioso y en estrecha relación con los signos


evidentes del acercamiento de la vuelta de Jesucristo se produjo hace algunos años.
El terremoto de 1927 que conmovió tan fuertemente el Monte de los Olivos lo ha
dejado agrietado, cf. Ch. Mastron: "La Biblia ha dicho la verdad". París, Plon 1936, p.
39.
58

Se trata aquí del juicio de las naciones que persiguieron y expulsaron a los
judíos. Josafat quiere decir: Jehová juez.
59

Ver todo esto: Apéndice 1. "Las Profecías por los siglos de los siglos".
Todos los acontecimientos están designados claramente en el Credo de la
misa. El cujus regni non erit finis termina lo que en el Símbolo concierne a la obra
personal de Cristo. La continuación se refiere a su acción en la Iglesia por medio del

62
IX

Y NO SE ENSAYARÁN MÁS PARA LA GUERRA

(Is. II, 4)

El reinado pacífico del Mesías es probablemente la profecía más neta y más


frecuentemente renovada. Casi todos los escritos de los profetas mayores y
menores terminan anunciándole. Es como el sello que cierra el rollo sobre el cual
con su pluma consignaron la palabra de Dios.
Hasta el siglo V de nuestra era se creyó generalmente en la Iglesia que este reino
mesiánico tan netamente descrito sería sin duda el reino de mil años, anunciado por
el Apocalipsis.
Después se cambió de opinión y la mayoría de los exégetas católicos dicen que
actualmente estamos bajo el reino mesiánico, aquél de los mil años apocalípticos.
¡Extraño reino de Cristo desde hace quince siglos! ¡La Iglesia, sin embargo, parece
no ignorar la persecución! ¡Las naciones preparan la guerra o la hacen, y con qué
barbarie! Los individuos no conocen la paz del cuerpo ni la del alma: ¿No está la
guerra en cada uno de nosotros? "La carne conspira contra el espíritu", decía el
apóstol. El combate existe en todas partes: "He combatido el buen combate" ¿no es
nuestra suerte cotidiana? Y así será hasta la vuelta de Cristo.
El mundo no puede encontrar la paz, y el apóstol Pablo considera que esta
búsqueda excesiva de la paz entre las naciones es una señal del fin de los tiempos.
"Cuando (los, hombres) digan: PAZ Y SEGURIDAD, entonces una súbita destrucción
vendrá a caer sobre ellos… y no escaparán" (I Tes. V, 3).
¿Ha habido acaso un tiempo más incierto que el nuestro, en que se haya repetido
más a menudo por una especie de ironía "PAZ Y SEGURIDAD"?
Este modo de hablar responde evidentemente a una necesidad de todo nuestro
ser que reclama la seguridad y la paz, esa "abundancia de paz" (Sal. LXXII, 7) que
señalará la pacificación universal, bajo un jefe único: paz establecida primeramente
en el individuo, después en la familia y entre las naciones; la paz, por fin, en toda la
creación animal y vegetal.

***

El "pacifismo", el "internacionalismo" no son utopías sino en las condiciones de


nuestra sociedad terrena; bajo la apariencia de nobles sentimientos son el efecto de
una secreta cobardía. Pero, en sí, bueno es aspirar al tiempo en que "no se
ensayará más la guerra".
Isaías lo sabía bien.
Oigamos hablar a este profeta tan actual. Si se transpusieran sus palabras no se
hallarían fuera de lugar en las sabias conferencias internacionales para la paz. ¡Pero
no hay más que un solo árbitro de las naciones y éste es el que siempre rechazan!
"EL (el Mesías) SERA EL ARBITRO DE LOS PUEBLOS y el juez de numerosas
naciones; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no
alzará espada gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra" (Is. II, 4).

Espíritu Santo y se intercala entre: Et ascendit in coelum, y et iterum venturas est


cum gloria. Es la edad presente que se extiende desde la ascensión hasta la vuelta
de Cristo y que correspondiendo al sedet ad dexteram Patris, forma el puente entre
los dos Advenimientos. Entonces la resurrección de los muertos y la vida del siglo
futuro deben también encontrar su lugar. ¿Dónde intercalarlos? Ciertamente entre
et iterum venturus est cum gloria y judicare vivos et mortuos (ver el Prefacio). Por
último viene el reino por los siglos de los siglos, aquél que no tendrá fin cujus regi
non erit finis — que hay que distinguir bien de vitam venturi saeculi. Cf. Luc. XX, 35
y Apoc. XX, 6 y XXII, 5. ¿No es este el plan del Apocalipsis? (Cap. XIX-XXII).

63
Jesús, en su primera venida traía esta esperanza de paz que los ángeles
anunciaban a los pastores: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los
hombres de buena voluntad" (Lc. II, 14).
Zacarías, el padre de Juan Bautista había dicho de él:
"Viene para dirigir nuestros pasos hacia el camino de la paz" (Lc. I, 79).
Antes de su muerte Jesús quiso dejar este don a los suyos: "Mi paz os dejo" (Jn.
XIV, 27). Después de la resurrección renovó este anhelo: "La paz sea con vosotros"
(Lc. XVII, 36).
Pero es necesario el segundo advenimiento para que esta paz prometida sea una
realidad duradera y universal. Un individuo aislado puede ser — por la gracia de
Dios — "el que procura la paz"60 y de él hablan las bienaventuranzas del Evangelio,
mas no obran así las masas.
Es preciso esperar el día en que Dios dispersará a "los pueblos que encuentran
sus delicias en la guerra" (Sal. LXVIII, 31).
Hay que esperar el día en que Jesús realizará, a la letra, lo que anunciaba David:
"Hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra; quiebra el arco, corta la lanza
y quema en el fuego los carros de guerra. Deteneos y conceded que yo soy Dios;
domino a las naciones, domino sobre toda la tierra" (Sal. XLVI, 9-10).
Entonces podrá extenderse por el mundo esa era de paz, de justicia y de felicidad
anunciada por Isaías.
"El imperio ha sido puesto sobre su hombro, llámasele… príncipe de paz".
Vendrá "PARA DILATAR EL IMPERIO, PARA DAR UNA PAZ SIN FIN al trono de David y
a su realeza; para establecerlo y afirmarlo en el derecho y la justicia, desde ahora y
para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto" (Is. IX, 5-6).
Transportémonos ya a este reino en que no se ensayarán ya más para la guerra.
Por una fe ardiente, por una luminosa esperanza, corramos con el pensamiento, en
nombre de su advenimiento y de su reino, a ese lugar de paz y de alegría.

***

La tierra entera se llenará de gozo, recobrará los derechos que perdió por la culpa
de Adán.
"Sabemos que hasta ese día la creación entera gime y padece dolores de parto…
Así, pues la creación espera con ardiente deseo la manifestación de los hijos de
Dios, porque la creación ha sido sometida a la vanidad, no de grado, sino por la
voluntad de aquél que la sometió, con la esperanza de que también ella será librada
de la servidumbre de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos
de Dios" (Rom. VIII, 22, y 19-21).
Así, pues, a la gloria y a la paz de los Hijos de Dios - de esos hijos resucitados "en
Cristo — vendrá a unirse la gloria y la paz dada por Jesucristo a toda la tierra, tanto
al mundo animal como al mundo vegetal.
Es entonces cuando el profeta Isaías, que había contemplado desde muy lejos
estas horas "de refrigerio" y "estos tiempos de la restauración de todas las cosas",
— recordados por San Pedro (Hech. III, 20-21) — escribía:
"El lobo habitará con la oveja, y con el tigre descansará el cabrito; el becerro, el
león y el buey cebado andarán juntos y un niño los pastoreará. La vaca y la osa
pacerán juntas… Ningún mal se hará, ni daño alguno se causará en todo mi santo
monte. Porque la tierra estará llena del conocimiento del Eterno" (Is. XI, 6-9).
Sí, "¡todo ojo le verá!".
Y la tierra maldita en el Edén será la que se regocije y cubra de flores.
Las fuentes brotarán en el desierto y en la cima de los montes (Is. XXX, 25).
Serán cantos de alegría, gritos de triunfo, porque la viña dará su fruto.
Los lagares rebalsarán y las eras estarán llenas. Cada cual podrá sentarse bajo su
higuera y bajo su viña (Véase Is. XXXV; Am. IX, 13; Miq. IV, 4).
¡Qué magnífica visión! La paz ha invadido al mundo celestial y terrestre.
"LA JUSTICIA Y LA PAZ SE BESARAN" (Sal. LXXXV, 11).

60

"Que procura la paz" y no "pacifico", como se traduce habitualmente. Ver el


texto griego (Mt. V, 9).

64
X

LA GRANDEZA DE TODOS LOS REINOS


SERÁ DADA AL PUEBLO DE LOS SANTOS

(Dan. VII, 27)

Cristo es el ejemplar perfecto del hombre (Ef. IV, 13).


Por él tenemos la vida: "En Él estaba la vida" (Juan, 1, 4).
Así como El murió, moriremos nosotros (Rom. VI, 23).
Así como resucitó, resucitaremos (I Cor. XV, 20).
Así como subió al cielo, subiremos (I Tes. IV, 17).
Así como reina a la diestra del Padre, reinaremos con Él nosotros (Apoc. V, 10 y
XX, 6).
¡Sí! reinaremos con Cristo.
Entre las promesas hechas en la Cena, no hay ninguna más neta: "Habéis
perseverado conmigo en mis pruebas; y Yo os preparo un reino, así como mi Padre
me lo preparó a mí, a fin de que comáis y bebáis en mi mesa y en mi reino, y que
estéis sentados en tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel" (Lc. XXII, 28-30).
Jesús dijo también a Juan en el Apocalipsis: "A aquél que venciere y que guardare
mis obras hasta el fin, Yo le daré poder sobre las naciones; las gobernará con vara
de hierro, — del modo como se desmenuzan las vasijas de barro cuando se
quiebran, — así como Yo mismo recibí para ello poder de mi Padre; y Yo le daré (al
vencedor) la estrella matutina" (Apoc. II, 27-28).
De modo que el trono y el poder que Jesús ha recibido del Padre lo recibiremos
también nosotros.
Así como Jesús es actualmente sacerdote y rey, seremos también sacerdotes y
reyes en su reino.
Poseeremos, pues, el reino por herencia como coherederos de Cristo; y
poseeremos este reino ofrecido primeramente a Adán, "preparado desde la
creación del mundo" (Mt. XXV, 34) restaurado al fin y consumado por Cristo.
Esta es, pues, nuestra herencia esperada (Col. III, 34). Seremos herederos del
reino prometido por Dios a los que le aman (Sant. II, 5), y será una herencia eterna
(Heb. IX, 15), una herencia que no puede corromperse, ni mancharse, ni agotarse y
que nos está reservada en los cielos (I Ped. I, 4). Es la espléndida recompensa
prometida después del trabajo (I Cor. III, 8). Todas estas cosas han sido preparadas
por Dios para los que le aman (I Cor. II, 9).
Estas cosas maravillosas que son nuestra herencia y nuestra recompensa han sido
concretadas en la Escritura en figuras familiares para de este modo permitirnos
comprender bajo el símbolo la belleza escondida de la gloria celestial.
Primeramente recibiremos en la nueva Jerusalén las insignias de la realeza. La
realeza que hemos visto tan violentamente combatida y vencida por Dios, y que
tanto como fué desviada y usurpada será glorificada. ¿No tiene en sí misma una
belleza incomparable, ya que es la expresión más perfecta de la acción divina sobre
un pueblo? Pero, ¿quién es el rey o jefe de estado que tiene la verdadera conciencia
de su dignidad?
En el reino de Cristo recibiremos el TRONO como los reyes. Esta promesa ha sido
hecha muchas veces a los apóstoles (Mt. XIX, 28; Lc. XXII, 30), pero ella se extiende
más allá de ellos a todos los escogidos. Ya se la ve figurar en Job: " Coloca a los
justos sobre el trono con los reyes" (Job XXXVI, 7); asimismo en Daniel (VII, 9).
El trono es la recompensa reservada al vencedor de la Iglesia de Laodicea: "Yo le
haré sentar conmigo sobre mi trono COMO YO he vencido y me he sentado con mi
Padre sobre su trono" (Apoc. III, 21). Compartiremos, pues, el trono de Cristo como
Él actualmente comparte el de su Padre.
EL CETRO DE JUSTICIA nos será ofrecido igualmente. Es la promesa hecha al
vencedor de la Iglesia de Tiatira. Es la vara de hierro para quebrantar a las naciones
(Apoc. II, 27-28), el cetro trágico del Salmo II.

65
La CORONA parece ser el atributo esencial de la realeza; es de tal manera
sinónimo de la bienaventuranza que perder la corona es perder la recompensa. Así
Jesús hacía escribir a la Iglesia de Filadelfia: "Conserva lo que tienes a fin de que
nadie tome tu corona" (Apoc. II, 10).
Es la recompensa de la Iglesia de Esmirna: "Sé fiel hasta la muerte y te daré la
corona de la vida" (Apoc. II, 10).
La expresión, "corona de la vida" es empleada también por Santiago (I, 12). San
Pablo la llama la "corona de justicia" (II Tim. IV, 8), o también la "corona
incorruptible" (I Cor. IX, 25), y San Pedro, la "corona incorruptible de gloria" (I Ped.
V, 4). El libro de la Sabiduría dice de los escogidos "que recibirán un reino de honor
y una diadema brillante de gloria" (Sab. V, 17).
La VESTIDURA REAL será blanca, ¡blanqueada en la sangre del Cordero! extraña
metáfora, la sangre debería enrojecer; pero no, esa vestidura será blanca (Apoc. VII,
13-15). Será de lino fino, brillante y puro (Apoc. XIX, 8.14). Es la recompensa
indicada a la Iglesia de Sardes: "Aquél que venciere será revestido con vestiduras
blancas" (Apoc. III, 5).
La PALMA signo de la victoria estará entre las manos de algunos (Apoc. VII, 9),
otros tendrán ARPAS (Apoc. V, 8; XV, 2) porque se cantará el "cántico nuevo", aquél
de las vírgenes (Apoc. XIV, 3-4).
El Cántico de Moisés cantado al son del tamboril después del paso del Mar Rojo,
era un admirable salmo profético. ¿No será justo volverlo a pronunciar después de
este nuevo paso del mar Rojo, mar de sangre — de la gran Tribulación y de terribles
combates y juicios?
Cantaremos como los Hebreos: "Los vencedores serán conducidos al santuario
que tus manos han preparado, Señor... PORQUE JEHOVA REINARA PARA SIEMPRE
JAMAS" (Ex. XV, 18)61.
Otro don celestial será una luz deslumbradora que irradiará del cuerpo de los
bienaventurados: "Los que hayan sido inteligentes brillarán como brilla el
firmamento y los que hayan conducido a muchos a la justicia (o santidad de vida)
serán como las estrellas, y permanecerán así eternamente y para siempre" (Dan.
XII, 3).
"Los justos brillarán como el sol, y como centellas que discurren por un
cañaveral". (Sab. III, 7).
En este reino, cada escogido estará resplandeciente de belleza y de gloria; será
"SACERDOTE Y REY", con su Redentor, que habrá establecido una paz sin término.
"EL REINADO, EL DOMINIO Y LA GRANDEZA DE LOS REINOS QUE ESTAN BAJO TO-
DOS LOS CIELOS SERAN DADOS AL PUEBLO DE LOS SANTOS DEL ALTISIMO. SU
REINADO ES UN REINADO ETERNO Y TODAS LAS POTESTADES LE SERVIRAN Y
OBEDECERAN" (Dan. VII, 27).
"ALLELUIA, PORQUE HA ENTRADO EN SU REINO EL SEÑOR NUESTRO DIOS, EL
TODOPODEROSO" (Apoc., 19, 6).

61

En este cántico es cuando el Señor es designado Rey por primera vez en la


Biblia.

66
TERCERA PARTE

LAS SEÑALES

"Estad atentos, ved que os lo he anunciado


todo con antelación" (Mc. XIII, 23).

"Cuando estas cosas empiecen a verificarse,


erguíos y levantad vuestras cabezas
porque se acerca vuestra liberación" (Lc. XXI, 28).

¿CUAL SERÁ LA SEÑAL DE TU ADVENIMIENTO?

(Mt. XXIV, 3)

"¿Cuál será la señal de tu advenimiento?". Tal fué la pregunta que los apóstoles
pusieron a su Maestro, algunos días antes de su pasión, mientras contemplaba a
Jerusalén y las grandes construcciones del templo.
En respuesta el Señor les indica los signos precursores de su vuelta, y agrega,
después de haberles enseñado detenidamente: "Ved que todo os lo tengo predicho"
(Mt. XIII, 23).
Tratemos de recordar las señales dadas por Jesús, y demostrar que hay algunas
muy importantes que tienen actualmente un principio cierto de realización.
Su valor es incontestable y su sentido es manifiesto. Ellas nos conducirán a decir,
para apropiarnos las grandes palabras de Cristo: "Cuando estas cosas comiencen a
verificarse erguíos y levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra
liberación" (Lc.XXI, 28).
"Estad atentos a todo lo que nosotros vamos a decir, pues no es una historia de
cosas ya sucedidas, es una profecía de cosas que van a venir y que sucederán
ciertamente. No es que nosotros nos erijamos en profetas, nosotros no somos
dignos ni de este honor ni de esta función, nosotros no haremos más que recordar
lo que está escrito tocante a las señales que precederán a la segunda venida".
"Conservad, pues, el recuerdo, tratad de enseñarlo a los otros, sobre todo instruid a
vuestros niños".
Así se expresaba en el siglo IV San Cirilo de Jerusalén en su XV catequesis.
Detallaba en seguida cada una de las señales del fin de los tiempos, probando que
estaban realizadas y que el Señor Jesús iba a aparecer pronto.
Es curioso constatar que en esta época ya se pretendía enseñar la realización
próxima de las señales de la segunda venida. Ahora, si recorremos los siglos
transcurridos encontraremos sin cesar el mismo estado de espíritu.
Cada siglo ha pensado que sería quien vería a Cristo y cada siglo ha creído en la
realización de las diez y nueve señales dadas por Jesús. Y son hombres de fe los que
hablan así.
Pero ¿qué decir de las historias legendarias creadas respecto del año mil? En
ciertos medios católicos y protestantes muchos creen todavía en esos pretendidos
errores, pero desde hace muchos años, se enseña que esto no es más que una
leyenda elaborada en el siglo XIII y que Michelet, entre otros, ha popularizado por
una descripción dramática de la noche del 31 de Diciembre de 999. El eminente

67
historiador Godofredo Kurth ha destruído definitivamente esta mistificación
"recuerdo de una de las más curiosas equivocaciones de la erudición moderna" 62.
Errores reiterados en el curso de las edades, fechas dadas a la ligera sobre la
vuelta de Jesús, han destruído parcialmente la fe de los cristianos en este día, el
más admirable.
Es de "buen tono" en la Iglesia Católica, como entre los protestantes de las
Iglesias oficiales, no pasar por ingenuos que esperan la venida de Cristo. Pero el
cardenal Newman, en un notable sermón ha respondido a aquéllos que piensan así
y les ha de-mostrado que su actitud, en realidad, es una falta de amor.
"Si es verdad que los cristianos han esperado al Cristo sin que venga, es
igualmente verdadero que, cuando El venga realmente, el mundo no le esperará. Si
es verdad que los cristianos han imaginado ver señales de su venida cuando aún no
las había, también es igualmente verdad que el mundo no verá las señales de su
venida cuando se presenten.
"Estas señales no son tan evidentes como para que vosotros no tengáis necesidad
de buscarlas; ni tan evidentes que no os podáis equivocar en su búsqueda; pero
vosotros tenéis que escoger entre el peligro de pensar ver lo que no es y no ver lo
que es. Es verdad que muchas veces y en muchas épocas los cristianos se han
equivocado creyendo discernir la venida de Cristo; pero vale más creer mil veces
que Él viene cuando no viene, que una sola vez creer que Él no viene cuando viene.
Tal es la diferencia entre la Escritura y el mundo. Siguiendo la Escritura estaremos
siempre esperando a Cristo; pero siguiendo al mundo, no le esperaremos jamás. Él
debe venir un día, temprano o tarde. Los espíritus del mundo se burlarán hoy de
nuestra falta de discernimiento; pero, precisamente los sin discernimiento
triunfarán al fin.
“¿Y qué piensa Cristo de estos burlones de hoy? Nos pone en guardia
expresamente, por su apóstol, contra los burlones que dirán: "¿Dónde está la
promesa de su advenimiento?" (II Ped. III, 4).
"Yo preferiría ser de aquéllos que, por amor de Cristo y falta de ciencia, toman por
señal de su venida un espectáculo insólito en el cielo, cometa o meteoro, y no de
aquéllos que por abundancia de ciencia y falta de amor, no hacen más que reírse de
este error".
"Observemos todavía que, en los casos de que yo hablo, las personas que esperan
a Cristo obedecen a Dios, no sólo por el hecho de esperar, sino también por el modo
cómo aguardan y por las mismas señales que informan su expectación. Siempre
desde el principio los cristianos han esperado a Cristo por las señales del mundo
material y del mundo moral. Si ellos eran pobres e ignorantes, los fenómenos
celestes, los terremotos, las tempestades, las cosechas destruídas, las
enfermedades, toda cosa prodigiosa y extraña les hacía pensar que estaba próximo.
"Cuando observaban el mundo político y social, y consideraban las conmociones
de los Estados, las guerras, las revoluciones, todos estos hechos tenían el efecto de
impresionarlos y de preparar sus corazones a recibir a Cristo.
"Estas cosas son precisamente las que Él nos ha propuesto considerar y que nos
ha dado como señales de su venida. Jesús dijo: "Y habrá señales en el sol y en la
luna y en las estrellas y en la tierra, alarma de las naciones en fuerza del temor por
el bramido del mar y de las olas alteradas, secándose los hombres de espanto por
la expectación de lo que vendrá sobre el orbe de la tierra: porque los poderes de los
cielos se trastornarán… Pero cuando estas cosas comiencen a verificarse, erguíos y
levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra liberación" (Lc. XXI, 25-28)63.

***

62

"Dictionnaire Apologétique", Artículo: "An mille", t. III, p. 514 (Beauchesne,


1916).
63

Newman: "La Vie chrétienne", trad. por Henri. Bremond. Bloud 1911.
Sermón: "L'attente du Christ", p. 369.

68
Sin precisar, ni aún de lejos, pues la palabra del Señor es clara: "Mas cuanto al día
aquél y la hora, nadie los sabe, ni los ángeles del cielo, sino el Padre solo" (Mt. XXIV,
36), nosotros vamos a averiguar, sin embargo, si se debe creer que "el lucero de la
mañana" puede aparecer pronto (Apoc. XXII, 16; II Ped. I, 19).
Las señales del mundo natural nos detendrán poco, — ríos de tinta han corrido
sobre este punto en el curso de los siglos, — pero nosotros nos atendremos a signos
particularmente evocadores:
La apostasía de los Estados y de las masas;
La aspiración por las dictaduras y la crisis económica mundial;
La reunión de los judíos en Palestina64.

SEÑALES DEL MUNDO NATURAL.

De signos astronómicos observados en el sol, en la luna, en las estrellas, han


sacado, en ciertos medios protestantes y adventistas, precisiones muy interesantes,
pero parece difícil apoyarse exclusivamente sobre ellas. Los lentes astronómicos
permiten observar en nuestros días fenómenos nuevos que en otro tiempo no
pudieron ser revelados.
La última lluvia de estrellas del 2 de Octubre de 1933 ¿será un signo? En España
la gente se precipitaba a las iglesias, creyendo llegado el fin del mundo; colas de
cometa dejan caer meteoritos encendidos. Se cuentan alrededor de 146 mil
millones de estrellas errantes "que caen del cielo" en un año 65.
¿Puede afirmarse que aumentan los terremotos?
Esto es efectivo según las observaciones sismológicas, pero ha de considerarse
también la potencia de nuestros sismógrafos que no poseían nuestros antepasados
y que registran las menores sacudidas sísmicas.
Las hambres, las pestes, las guerras han sido de todos los tiempos. De todas
maneras tenemos aquí algo más. La amplitud de la última guerra, y las hambres de
Rusia y de China son sin precedentes.
Demos algunas cifras respecto a la última guerra.
La guerra de 1914-1918 ha causado 10.000.000 de muertos, o sea, 6.400
hombres por día. Si comparamos estas hecatombes a las campañas napoleónicas,
constatamos que las máquinas nuevas han transformado la guerra. Todas las
guerras de Napoleón no han sumado más de 200.000 muertos, o sea dos veces y
media menos que la sola batalla del Mame.
¿Sabéis a qué cifra formidable asciende la sola batalla del 21 de Marzo al 6 de
Abril de 1918? A 800.000 muertos, o sea 50.000 por día.
¡Cuatro días de batalla igualan en muertos a todas las guerras de Napoleón!
Por consiguiente, todas estas señales del mundo natural parecen estar, en
desarrollo creciente y cada una de ellas nos clama a su manera:
"Estad sobre aviso" (Mc. XIII, 23).

II

ES PRECISO QUE LLEGUE ANTES LA APOSTASÍA

(II Tes. II, 3)

Entre los signos del orden moral que anuncian la venida de Cristo, hay uno que
tiene un doble aspecto. Por una parte es preciso que "el Evangelio del reino sea
predicado en el mundo entero", y por otra, el Maestro ha anunciado para estos días
el enfriamiento de la caridad y la falta de fe sobre la tierra. "Pero cuando viniere el
Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?" (Lc. XVIII, 8).

64

El estudio de estos signos será hecho en los capítulos siguientes.


65

Entrevista del astrónomo Lionel Filipoff, del Observatorio de París, en el "Ami


du Peuple", 11 de Octubre de 1938.

69
LA DIFUSIÓN DEL EVANGELIO

Cuando San Cirilo de Jerusalén en el siglo IV dijo que el Evangelio había sido
predicado en el mundo entero seguía la opinión corriente, pero errónea. Hace sólo
poco tiempo que nuestra tierra habitada es completamente conocida. Hacia la
mitad del siglo XIX, el centro del África, del Asia y de la América eran todavía en
parte inexploradas.
Ahora sabemos que toda la tierra ha sido visitada, y sabemos también que, por las
Misiones Católicas y protestantes, el Evangelio es difundido en forma sorprendente
desde hace 50 arios.
Las obras bíblicas han hecho un prodigioso esfuerzo para hacer conocer a
Jesucristo y la salvación de la Redención. En Febrero de 1933, el Nuevo Testamento
estaba traducido en 869 lenguas y cada año que venga se ofrecerá la Palabra de
Dios en algunos nuevos dialectos.
Podemos decir sin equivocarnos que el Evangelio es repartido hasta los extremos
de la tierra. No hay una isla ni un territorio donde la Biblia no haya sido llevada.
Pues Jesús ha dicho: "Y será pregonado este Evangelio del reino por toda la tierra
habitada en testimonio a todas las naciones: y entonces vendrá el fin" (Mt. XXIV,
14).

LA APOSTASÍA DE LOS ESTADOS Y DE LAS MASAS

Muchos textos de la Escritura no dejan ninguna duda sobre el carácter del


movimiento creciente de la apostasía de los Estados y de los pueblos. Si el
Evangelio debe ser anunciado sobre toda la tierra, los hombres en masa deben
levantarse contra Dios.
"Y por haberse acrecentado la iniquidad se enfriará la caridad de muchos" (Mt.
XXIV, 12).
Cada siglo ha creído reconocer en la iniquidad creciente y el enfriamiento de la
caridad el índice de la vuelta próxima de Jesús.
Pero, ¿no hay algo nuevo en nuestro siglo? Parece que sí: "La doble apostasía de
los Estados y de las masas".
Oficialmente en Europa casi todos los Estados son neutros desde el punto de vista
religioso. La religión del Estado tiende a desaparecer y la irreligión a implantarse.
En cuanto a las masas, ellas sufren las consecuencias de la descristianización
sistemática, producida por la enseñanza laica y el desarrollo de los apetitos de goce
y la búsqueda del placer.
El abate Merklen constata que "a pesar del esfuerzo de una abnegación
admirable, la apostasía de las masas se manifiesta y se acentúa".
Hemos asistido al hundimiento religioso de un Estado de 163 millones de
hombres. El gobierno de la Unión Soviética es oficialmente ateo. Hasta el presente
no ha habido más que separación de la Iglesia y del Estado; hoy hay en Rusia, unión
del Estado y de los "sin Dios". Jamás se había manifestado una concepción
semejante.
Cuando los emperadores romanos perseguían a los cristianos era para defender a
los dioses del Imperio. Eran creyentes y fervorosos creyentes, al menos, en su
mayoría.
Cuando los musulmanes hicieron "la guerra santa", la llevaron a cabo en nombre
de Dios y del profeta.

LOS SIN DIOS

Pero pretender borrar del mundo el nombre de Dios, como lo ha hecho la U.R.S.S.
es algo que no se había visto jamás en ningún país y en ningún tiempo y que se
parece extraordinariamente a "esta apostasía que debe preceder a la vuelta de
Jesús".
Antes que el día del Señor aparezca, escribe San Pablo, "nadie os extravíe en
ninguna manera, porque antes vendrá la apostasía, y se descubrirá el hombre de
pecado, el hijo de perdición, que hace frente y se alza contra todo lo que es llamado

70
Dios o que recibe culto, hasta sentarse en el santuario de Dios y presentarse como
si fuese Dios" (II Tes. II, 3-4).
Verdaderamente Satanás ha tenido éxito en la U.R.S.S. para hacerse "el que hace
frente y se alza contra todo lo que es llamado Dios o que recibe culto".
Sí, todo lo "que recibe culto", pues se rechaza indistintamente toda religión del
territorio de la Unión: cristianismo, judaísmo, islamismo, budismo, etc.
Se podría aplicar a la U.R.S.S. una página apocalíptica de las más impresionantes.
Ella se refiere evidentemente al Anticristo, pero este país de iniquidad, ¿no prepara
acaso junto con Alemania —de la que vamos a estudiar el neopaganismo — la
aparición del "hombre de pecado"?
“Y vi otra bestia que subía de la tierra y tenía dos cuernos semejantes a un corde -
ro y hablaba como un dragón. Y la autoridad de la primera Bestia la ejerce toda de-
lante de ella y hace que la tierra y los que en ella habitan adoren a la Bestia, la pri-
mera, cuya plaga mortal fue curada”.
“Y hace grandes signos de forma tal que incluso fuego hace descender del cielo a
la tierra delante de los hombres. Y engaña a los que habitan sobre la tierra a causa
de los signos que se le dio obrar delante de la Bestia, diciendo a los que habitan
sobre la tierra que hicieran una imagen a la Bestia que tiene la plaga de la espada y
vivió”.
“Y se le dio dar espíritu a la imagen de la Bestia de modo que también hablase la
imagen de la Bestia e hiciese que cuantos no se postrasen ante la imagen de la
Bestia fueran muertos. Y hace que a todos, los pequeños y los grandes y los ricos y
los pobres y los libres y los siervos, se les dé una marca sobre la mano de ellos, la
derecha, o sobre su frente, y que ninguno pueda comprar o vender sino el que tiene
la marca, el nombre de la Bestia o el número de su nombre”. (Apoc. XIII, 11-17).
En la U.R.S.S. la compra y la venta no pueden hacerse más que con "la señal o
marca de la bestia". Esta es la tarjeta de la cooperativa que es preciso tener en la
mano para procurarse la subsistencia. El mercado es enteramente colectivo: los
teatros son teatros del Estado; así los vendedores como los compradores son
funcionarios; todos tienen su marca en la frente (tarjeta del gobierno soviético);
unos para poder vender, otros para poder comprar. Tanto las propiedades raíces,
como las usinas, son colectivizadas; todo es propiedad del Estado y cada uno es
marcado66.
Marcado para la vida material, marcado también para la vida del espíritu.
El ciudadano de la Unión no puede leer más que lo que está autorizado y no
puede tener una religión sin ser perseguido.
He aquí la doble marca sobre la mano y la frente del hombre ruso. ¡Más se
asemeja éste a una bestia de carga que a un hombre!
El hombre libre, creado por Dios, es reducido a la esclavitud.
Veremos más adelante las consecuencias políticas de un régimen semejante.

EL NEO-PAGANISMO

Un doble movimiento anticristiano se desarrolla en Alemania, con una rapidez


sorprendente; el racismo y el neo-paganismo.
El pueblo alemán quiere depurar la raza, hacerla apta para ser una nación aria,
fuerte y de sangre absolutamente pura.
Todos aquéllos que no son "de raza" son eliminados sin piedad, expulsados del
territorio o hechos estériles.
Los procedimientos de eugenesia son absolutamente contrarios a las leyes
naturales, al acto de procreación, a la libertad del hombre, que son dones divinos.
Bajo pretexto de racismo, se rechaza a Jesucristo, el judío, no se quiere sino dioses
arios.
El neo-paganismo se desarrolla, el pueblo alemán quiere volver a las divinidades
del Walhalla, y exclama: "Popes y rabinos desapareced, nosotros querernos volver a
ser paganos. El disco solar nos guía".

66

Este régimen ha sido en parte modificado después de Enero de 1935, pero


el espíritu que lo caracteriza es el mismo.

71
Acaba de ser compuesto el himno al disco solar:

"No tenemos necesidad de mediadores con el cielo.


Para nosotros lucen el sol y las estrellas;
La sangre, la espada y el disco solar;
He aquí nuestros campeones en el infinito.
El huracán sopla sobre la pradera.
Un nuevo milenario comienza"67.

Mientras que Juan anuncia en el Apocalipsis un reino de mil años para Cristo,
antes de la realeza suprema "por los siglos de los siglos", Hitler anuncia al mundo
que "un nuevo milenario comienza" para él y su raza. "¡Es un don de Dios ser
alemán!".
Últimamente la princesa Adelaida de Lippe, en una reunión pagana de Berlín
declaró que los conceptos cristianos eran extraños a la raza germánica, y agregó:
"El hombre de Alemania no conoce ningún redentor fuera de sí mismo". Esto es la
negación absoluta de Cristo.
La Biblia es rechazada en el país germánico, "por ser un libro judío".
Decirse pagano es una gloria. En los anuncios de los diarios de Berlín los "jóvenes
paganos" piden "jóvenes paganas" para casarse con ellas.
He aquí más todavía: Un anticristo de 30 años desearía casarse con una joven de
las mismas convicciones ("Le Temps, 9 de Abril de 1935).
Verdaderamente parece que el Apóstol San Pablo veía estas horas de locura: "Y
por eso Dios les enviará el artificio del error con que crean a la mentira. A fin de
que sean condenados todos los que no creyeren a la verdad, sino que se
complacieron en la iniquidad" (II Tes. II, 11-12).
¡Qué artificio de error, qué revelación de iniquidad!
Cuando tales vientos de irreligión, de mentira y de locura soplan sobre países
enteros, como la URSS y Alemania, ¿no deberían ser considerados como signos?
Las manifestaciones de las potencias del mal ¿no están acaso listas para estallar
"en milagros, en señales y portentos de mentiras"? (II Tes. II, 9).

III

¿POR QUE SE AGITAN TUMULTUOSAMENTE LAS NACIONES?

(Sal. II, 1)

Estudiando la significación de la estatua que vió en sueños Nabucodonosor,


dijimos que el profeta Daniel, interpretándola, había contemplado toda la historia
del mundo hasta la vuelta de Cristo. Es él, Nuestro Señor, quien, bajo el símbolo de
una "Piedra" golpeará al coloso para reducirlo a polvo y convertirlo en ligero tamo
del trigo que se lleva la brisa en el verano; Juan la verá en Patmos bajo el símbolo
DEL CORDERO, "y el cordero los vencerá porque es Señor de los señores y Rey de
los reyes" (Apoc. XVII, 14).
El verdadero dictador será Cristo, porque se habrá revestido "de su gran poder" y
estará reinando (véase Apoc. XI, 17). Pero, antes de su vuelta, no nos sorprendamos
de esta fuerza dictatorial que subyuga a todos los países, unos después de otros…
Tampoco nos maravillaremos de la crisis económica mundial, tan claramente
anunciada en el Apocalipsis.

***

El tiempo de los dictadores.

67

Citado por "Le Christianisme au XX siècle", 11. Julio de 1935.

72
Desde hace veinte años todos los países de Europa han sido sacudidos por crisis
políticas de una magnitud más o menos considerable, pero todas estas revoluciones
tienden hacia un mismo fin: establecer dictaduras, ora fascistas, ora comunistas. Si
más tarde vemos renacer monarquías, éstas tendrán un carácter semejante de
fuerza y de poderío.
Todos los países claman por "un jefe", un Stalin, un Mussolini o un Hitler.
Este consentimiento mundial representa la gran aspiración del corazón humano
hacia un libertador: ha llegado el momento "de acabar con los que han corrompido
la tierra" (Apoc. XI, 18).
Si los dictadores, como veremos, transforman el país donde se instalan, ellos
llevan consigo gérmenes de muerte y de destrucción, pues su principio de autoridad
no hunde sus raíces en Dios.
Revoluciones como la de Portugal y la de España han expulsado sus reyes para
establecer gobiernos nuevos; dictadura en Portugal, República autoritaria en
España68.
¿Qué decir de Italia? Este país del dulce "far niente" donde el individuo trabajaba
poco y ganaba poco, no guardaba nada, se alimentaba de sol, de algunas cebollas y
tallarines, ¿qué ha llegado a ser?
Mussolini ha cambiado la faz de las cosas.
En Alemania, si consideramos a Hitler, ¿acaso no encontramos la exaltación del
mismo principio de autoridad? Pero aquí ha sido puesto particularmente al servicio
del desencadenamiento de las pasiones racistas y anticristianas.
Dirijamos nuestras miradas a la Rusia Soviética.
Los Soviets no quieren, es verdad, ser fascistas, pero ellos lo son a su manera.
Bajo el color rojo del comunismo y del internacionalismo no hay un país en Europa
en que la libertad sea más trabada y donde la autoridad sea más aplastadora.
Una autoridad que se extiende sobre todo y que sobre todos pesa, — y con qué
peso, — sobre una nación de 163 millones de hombres, obedientes "al dedo y al
ojo" para evitar la muerte, la prisión o la ruina.
El pueblo ruso ha doblado la cerviz bajo el poder de un jefe que ha sabido imponer
una idea a la masa.
Turquía ha acogido también la dictadura revolucionaria y enérgica, bajo la férula
de Mustafá Kemal.
Irlanda ha seguido el movimiento; Grecia lo ha conocido, después rechazado y
acaba de proclamar un rey.
¿E Inglaterra? ¿Y Francia? Ellas miran lo que hacen los países vecinos. ¿No aspiran
acaso los franceses a un régimen republicano de autoridad?
Se trata pues, de una carrera hacia el principio de autoridad que arrastra a la
Europa entera, carrera a la cual nada resistirá, porque es preciso que existan
autoridades humanas constituídas y fuertes, para que ellas sean quebrantadas,
aniquiladas por la Venida de Cristo.
Ya lo hemos dicho, "la piedra" debe derribar al coloso de oro, bronce, hierro y
greda, que representa a los reinos, los jefes, los poderes dictatoriales. Serán
destruidos por una fuerza más poderosa, la realeza de Cristo, tal como se nos lo
muestra en el Salmo II y en el Apocalipsis: "Los regirá con vara de hierro" (Apoc.
XIX, 15).
Nuestra marcha, — más bien nuestra carrera, —hacia el fascismo mundial, bajo
cualquier aspecto que se presente, es un indicio cierto de que se van levantando
potencias en el mundo, hasta llegar el día en que se enfrentarán el Anticristo, o
bestia del Apocalipsis, y Cristo.
Estas son las dos autoridades representativas de todos los elementos, injustos y
criminales, justos y bienhechores, en que se divide actualmente el mundo, y que
deben enfrentarse.

68

La presente obra fué escrita antes que se desencadenara la formidable


guerra civil española, que parece traerá consigo el establecimiento de una
dictadura de tipo fascista (N. del T.).

73
La crisis económica mundial

Cuando el Apóstol San Juan, en Patmos, vió por revelación del Señor Jesús la ruina
de Babilonia, entrevió igualmente una verdadera crisis económica mundial, es decir,
una superproducción de productos, que detiene las ventas.
"Y los mercaderes de la tierra lloran y se lamentan por ella, porque sus
cargamentos nadie compra más cargamento de oro y de plata y de piedra preciosa
y de perlas y de lino fino y de púrpura y de seda y de escarlata y todo leño
aromático y todo vaso de marfil y todo vaso de leño preciosísimo y bronce y hierro
y mármol. Y cinamomo y amomo y perfumes y mirra e incienso y vino y aceite y flor
de harina y trigo y jumentos y ovejas y (cargamento) de caballos y de carrozas y de
cuerpos, y almas de hombres. Y el fruto del deseo de tu alma se fue de ti y todas
las cosas pingües y resplandecientes perecieron de tí y no las hallarán más. Los
mercaderes de estas cosas, los que se enriquecieron de ella, (estarán) desde lejos,
estando de pie, por el temor de su tormento, llorando y lamentándose diciendo:
“¡Ay, ay la ciudad, la grande, la vestida de lino fino y púrpura y escarlata y dorada
en oro y piedra preciosa y perla…”. (Apoc., 18, 11-16).
¡Llorarán los mercaderes de nuestra Babilonia mundial! Sabemos esto, desde hace
algunos años. En todo tiempo ha habido crisis de los mercados de venta, pero lo
que es nuevo y hace presentir para el futuro el estado "endémico" de la crisis
económica actual, es el desarrollo siempre creciente del maquinismo, que provoca
inevitablemente la superproducción.
Esta superproducción no puede ser compensada sino por poderes de compra y
una gran prosperidad económica. ¡Cuán difícil es mantener esa prosperidad!
Entonces "los mercaderes de la tierra llorarán porque nadie compra ya sus
cargamentos".
Pero escuchemos la voz de Cristo: "¡Cuando estas cosas comiencen a suceder,
abrid los ojos y alzad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación!" (Lc. XXI, 28).

IV

EL ISRAEL DE DIOS

(Gál. VI, 16)

Entre las señales que nos anuncian la proximidad de la vuelta de Cristo, no hay
nada más convincente, más claro, más fácil de verificar que la reunión de los judíos
en Palestina.
Me permitiré relatar tres recuerdos que se escalonan en un espacio de 35 años.
El más antiguo se remonta a los años 1900 a 1903.
Hacía yo mis estudios en el Sagrado Corazón de Montfleury, cerca de Grenoble. En
el curso de instrucción religiosa, se nos enseñó que un signo evidente del fin
próximo de nuestro mundo actual sería la reunión de los judíos en la tierra de Israel.
¡Cuánto hubiera deseado ver este acontecimiento extraño que nada,
absolutamente nada, hacía prever!
Treinta años han pasado y vemos… vemos el "milagro judío".
Cuando fuí a Palestina, el año 1928, consideré por cierto con gran interés el
esfuerzo sionista. El sionismo no estaba sino en sus comienzos y, en lo que pude
apreciar, se notaba más, en este agrupamiento, la voluntad determinada de
millonarios americanos que la de todo un pueblo deseoso de volver a entrar en su
tierra, para "rehacerla".
Pude cerciorarme que los hermanos Tharaud tenían un vasto campo de
experiencias que explotar, para sus futuras novelas. Sin embargo, qué sonrisa tan
escéptica sentía yo deslizarse por mis labios pensando en la felicitación tradicional
que se dirigían anualmente los judíos unos a otros: "El año que viene en Jerusalén".
Entre tanto, ¿cuál ha sido después la marcha de los acontecimientos?
En Mayo de 1935 asistí a la ceremonia conmemorativa del décimo aniversario de
la fundación de la Universidad de Jerusalén. Los siete oradores de origen judío o

74
cristiano, que en esa circunstancia tomaron la palabra estuvieron obligados, sin que
todos conocieran las profecías, a proclamar que es preciso esperar de este pueblo
una efusión de nuevos valores espirituales sobre el mundo, tiempos de justicia, de
paz y de verdad.
No recuerdo el nombre de estos oradores, pero la incredulidad notoria de muchos
daba, sin que ellos lo quisieran, el más brillante testimonio de la veracidad de la
Palabra de Dios. El viejo espíritu racionalista de estos universitarios estaba
amortiguado, casi vencido, al contacto de la potente transformación de la tierra de
Israel y casi todos se sirvieron de esta expresión "el milagro judío", para caracterizar
la repentina restauración del "Erest-Israel"69.
¡El milagro! ¡Los racionalistas creen, pues, en milagros en estas circunstancias! Y
nosotros, los cristianos vivimos viendo "este milagro", y ni comprendemos su
significado, ni siquiera nos preocupamos de él.
He relatado estos tres recuerdos, pues ellos ilustran la evolución de un alma
sincera, escéptica primero, después convencida. Sincera en su esperanza de niño;
escéptica sobre el éxito del Sionismo, en fin, convencida por la evidencia del
renacimiento de Israel en su tierra: "el milagro judío".

***

La reunión de Israel merece, por sus relaciones estrechas con nuestro objeto, un
estudio más detenido. Sucesivamente vamos a considerar:

I.- PROFECIAS QUE ANUNCIAN LA DISPERSION DEL PUEBLO DE DIOS;


II.- LAS PROFECIAS QUE ANUNCIAN SU REAGRUPAMIENTO;
III.- LAS TRANSFORMACIONES MATERIA LES DE LA TIERRA DE ISRAEL.

NO QUEDARÁ PIEDRA SOBRE PIEDRA

(Lc. XXI, 6)

Las más antiguas profecías que anuncian la dispersión de los judíos se remontan a
una alta antigüedad; las leemos en el libro del Deuteronomio, escrito por Moisés,
allá por el año 1.400 antes de Cristo.
Su realización es fácil de verificar: se trata da hechos históricos.
Se cuenta que un día Federico el Grande, el amigo de Voltaire, de quien compartía
las ideas filosóficas, deseando poner en apuros a uno de sus capellanes, le dijo:
"Quisiera que Ud. me diera en una palabra la prueba de la veracidad de la Biblia". El
capellán, sin vacilar, contestó al rey: "¡Israel, señor!".
La historia de Israel es, en efecto, LA PRUEBA RACIONAL MAS CONVINCENTE DEL
CUMPLIMIENTO DE LAS PROFECIAS.
Los hechos históricos son incontestables y su estudio nos revela, como a Federico
el Grande, la veracidad de la Palabra de Dios. El pueblo judío ha quedado como una
señal, como Isaías lo anunciaba. Después de su destrucción quedará como "mástil
en la cumbre de un monte y como bandera sobre una colina", si, verdaderamente,
"Dios vela sobre su palabra para darle cumplimiento" (Jer. I, 12).

69

Es interesante considerar la importancia que se le concede en los medios


israelitas al nuevo nombre de la Palestina: "Erest-Israel", la tierra de Israel. Este
nombre conviene mejor a la tierra judía que el de Palestina, que quiere decir tierra
de filisteos. Por otra parte, las promesas de Dios son formales: "Los restablecerá en
su tierra" (Is. XIV, 1). "Habitarán en su país" (Jer. XXIII, 8). "Os colocaré en vuestro
suelo (Ez. XXXVII, 12).

75
Recordemos primero dos hechos: el cautiverio de Babilonia en el siglo VI antes de
Cristo y la toma de Jerusalén por Tito, que provocó la dispersión de Israel el año 70
después de Cristo.
Moisés desde el año 1.400, anunciaba este futuro lejano con precisión. Si el
pueblo fuere infiel a Dios desobedeciéndole caerá sobre él la maldición: "Jehová te
hará ir a ti y al rey que hubieras puesto sobre ti 70, a la nación que no conociste tú ni
tus padres, y allá servirás a dioses ajenos, servirás al palo y a la piedra (de que son
hechos). Y tú vendrás a ser un motivo de extrañeza, de fábula y de ludibrio entre
todos los pueblos donde te llevará Jehová. Asimismo a los enemigos que Jehová
enviará contra ti, los servirás en el hambre, la sed, la desnudez y la escasez de
todas las cosas y ellos cargarán un yugo de hierro sobre tu cerviz hasta que te
hayan destruido”71 (Deut. XXVIII, 36-37 y 48).
Pero la profecía de Moisés es aún más clara al tratar de la toma de Jerusalén por
Tito:
"Traerá Jehová sobre ti una nación de lejos, desde los cabos de la tierra, a la
manera que vuela el águila: nación cuya lengua no entenderás, gente de rostros
fieros, que no respetará al anciano, y del niño no tendrá compasión y ella comerá el
fruto de tu ganado y el fruto de tu tierra hasta que seas destruido; porque no te
dejará ni trigo, ni vino, ni aceite, ni la cría de tus vacas o de tus ovejas, hasta que te
haya hecho perecer. Te sitiará en tus ciudades hasta que caigan tus muros altos y
encastillados, en que confiabas, en toda la extensión de tu tierra; sí; te sitiará en
todas tus ciudades, en toda tu tierra que te habrá dado Jehová tu Dios. Y comerás el
fruto de tu seno, la carne de tus hijos y de tus hijas que te hubiere dado Jehová tu
Dios, en la premura y en la estrechez con que te estrecharán tus enemigos" 72 (Deut.
XXVIII, 49-55).
"Y te dispersará Jehová entre todos los pueblos de un cabo de la tierra hasta el
otro cabo, y servirás allí a otros dioses que no has conocido, ni tú, ni tus padres,
dioses de palo y de piedra y entre aquellas naciones no tendrás reposo para la
planta de tus pies, pues te dará Jehová corazón trémulo, desfallecimiento de ojos y
languidez de espíritu y, en tu sentir, tu vida estará como colgada de un hilo, pues te
espantarás de noche y de día y nunca tendrás seguridad de tu existencia. Por la
mañana dirás: ojalá que fuese tarde y por la tarde dirás: ¡ojalá que fuese la
mañana! por el temor que agitará tu corazón, y a causa de lo que con tus mismos
ojos verás" (Deut. XXVIII, 64-67).
Así, pues, después de la toma de Jerusalén, el año 70 de nuestra era, los judíos
comenzaron a expatriarse entre todos los pueblos. Ellos iban llevando su ruina, a
veces también su riqueza y su espíritu de empresa a través del mundo. Pero es
preciso señalar un hecho sorprendente, único en la historia: al paso que todos los
pueblos de la antigüedad han desaparecido, la raza judía queda, y se mantiene
fuerte y poderosa a pesar de una dispersión de veinte siglos. Además los judíos
dispersos, mezclados a civilizaciones diversas, han guardado intactos sus hábitos,
sus costumbres, las prescripciones de su culto, alimenticias, higiénicas, etc. Su raza
permanece indestructible.
Y, sin embargo, no hay sobre la tierra un pueblo más hostilizado, más perseguido,
más maldecido que el pueblo judío. La Edad Media quería exterminarlo. Y todo esto,
Moisés lo había profetizado, diciendo:
"El ruido de una hoja que se mueve los pondrá en fuga. Huirán como quien huye
de la espada y caerán sin que nadie los persiga" (Lev. XXVI, 36).
Recordemos los "pogroms" contra los judíos en la Rusia de los Zares, donde fueron
exterminados por millares. Bien había dicho Isaías que los judíos serían
menospreciados, aborrecidos de los pueblos y esclavos de los tiranos (Is. XLIX, 7).

70

Se trata evidentemente del rey Sedecías, que fué transportado a Babilonia.


71

Dios ordenó a Jeremías (cap. XXVII) llevar un yugo sobre sus espaldas, para
simbolizar al que Dios haría cargar al pueblo si no se arrepentía.
72

Flavio Josefo, el historiador del sitio de Jerusalén, nos ha dicho que las
mujeres devoraban a sus hijos a causa del hambre que las torturaba.

76
Pero Dios velaba sobre su pueblo y su pueblo vive.
En cuanto a su existencia errante, siempre amenazada, mezclada con las naciones
sin tomar de ellas las costumbres, ¿no es éste, acaso, un hecho asombroso?
Se ha observado en los Estados Unidos, donde conviven tantas nacionalidades
distintas, que después de 20 o 30 años a lo sumo, de permanencia en el país, no se
puede distinguir un individuo de origen francés, del de origen inglés o alemán. Estos
expatriados que tienen una tierra y una ciudad de origen aparecen todos fundidos,
después de ese corto período de tiempo, en el crisol americano.
Y los judíos que no tienen ni tierra, ni ciudad, por la acción de factores que
carecen de explicación humana, han conservado todos sus caracteres de raza
"aparte", su entera personalidad, su homogeneidad sorprendente, y esto, en todas
partes, a través del mundo. Se agrupan entre sí, se sostienen, se ayudan
mutuamente para conseguir las mejores colocaciones. Dotados de una fuerte
inteligencia práctica, forman una "pequeña nación" en las grandes naciones donde
viven provisoriamente.
Ved aquí la realización profética de la tutela de Dios para la segregación de su
pueblo. Balaam contemplaba desde Phasga las tiendas de Israel y exclamaba:
"Que desde la cúspide de las peñas lo veo
Y desde las alturas lo estoy contemplando,
He aquí que este pueblo habitará solo
Y entre las demás naciones no será contado" (Núm. XXIII, 9).

La segregación del pueblo de Dios es un hecho que domina toda su historia, desde
Abrahán. Este hecho histórico y divino, a la vez, ha persistido en la dispersión.
Los judíos se agrupan. Todas las ciudades de Europa tienen su barrio judío, donde
se desarrollan las pequeñas industrias particulares de este pueblo y donde podemos
encontrar numerosas carnicerías "kosher", en que la carne ofrecida proviene de
animales que han sido muertos según los ritos mosaicos.
Podemos señalar, además, un hecho muy curioso: las disposiciones tomadas en el
transatlántico "Normandie" para permitir a los israelitas continuar fieles, aún en
viaje, a sus prescripciones particulares llegan hasta proporcionarles vajilla especial,
cocina aparte, etc.

***

Acabamos de recordar las dispersiones del pueblo de Dios y su aislamiento en


medio de las naciones; hemos también de considerar el país y la ciudad de
Jerusalén.
Las amenazas de Dios contra la tierra y la ciudad santas, han sido renovadas,
después de Moisés, por los profetas. Casi todos ellos han vaticinado, con mucha
anterioridad, los desastres que debían descargarse sobre la tierra que antes
manaba leche y miel.
"Y reduciré vuestras ciudades a soledad", decía el Eterno; "asolaré también la
tierra" (Lev. XXVI, 31-32). Sólo crecerán zarzas y los espinos (Is. V, 6).
Es necesario haber conocido la desolación de Palestina, hace diez años, para
comprender estas profecías; hay que haber visto ese suelo pedregoso, esos lugares
desiertos, esos matorrales de cactus espinosos, esas hierbas secas donde pastaban
escasos rebaños de cabras negras, para ver cómo se ha realizado la maldición de
Dios.
A la vista de esta aridez yo me decía: ¿Cuándo será que el desierto y la tierra
árida podrán regocijarse, como lo anunció el profeta Isaías? (XXXV, 1).
Si dirigimos nuestras miradas sobre Jerusalén, vemos cómo el castigo del Señor
está claramente escrito sobre la ciudad de David. El abandono que la agobia
permite comprobar la gravedad del pecado de Israel.
El aniquilamiento de la ciudad de Jerusalén fué total en el año 70. Las
lamentaciones de Jeremías, en la época de su ruina por Nabucodonosor, sobrepasan
ciertamente la devastación de entonces, ya que si grande fué esta devastación, con
todo, no fué completa.

77
Las lamentaciones se dirigen también al tiempo de Tito y a los siglos siguientes
cuando "sentada en la soledad", Jerusalén "ha sido reducida a servidumbre" (Lam. I,
1).
¡Servidumbre romana, primero, y luego servidumbre musulmana!
También Miqueas había anunciado un sombrío porvenir a la ciudad antaño "tan
poblada".
"Sión será arada como un campo". "Jerusalén llegará a ser un montón de piedras"
(Miq. III, 12).
Sabemos que efectivamente el emperador Adriano, en 132, hizo pasar el arado
sobre la explanada del templo. "Sión labrada como un campo". ¿Y no se realizó
acaso a la letra la profecía de Jesucristo? Sus discípulos habían elogiado la fábrica
del templo construido con tan bellas piedras. "Días vendrán, les dijo, en que todo
esto que veis será destruído de tal suerte que no quedará piedra sobre piedra que
no sea demolida". Y dijo también: "Jerusalén será hollada de las naciones hasta
tanto que los tiempos de las naciones acaben de cumplirse" (Luc. XXI, 5.24).
Si el “tiempo de las naciones” comienza desde el cautiverio de Babilonia, sólo con
Tito la ciudad fué realmente hollada. El arruinó especialmente el templo; Adriano
hizo arar el suelo donde estuvo colocado, y cuando Juliano el Apóstata -- para hacer
mentir a Cristo — quiso volverlo a levantar salió un fuego del suelo, al intentarse la
excavación de los nuevos cimientos.
La destrucción total de un templo como el de Jerusalén es inexplicable. Tenía, por
cierto, tanta solidez como sus antepasados del Valle del Nilo cuyas macizas
columnas se yerguen aun ahora imponentes, gigantescas; tenía más resistencia que
los templos griegos y romanos de Atenas, de Corinto, de Baalbek y de Palmira,
cuyas ruinas son todavía tan importantes.
En Jerusalén no queda nada.
Un peñasco guardado bajo la cúpula azul de la mezquita de Omar, un resto de
basamento, algunos cubos de piedra para que los judíos puedan, junto a ellas, llorar
cada viernes. "Porque son muchos mis suspiros y desfallece mi corazón. ¡Oh muro
de la hija de Sión! haz correr como un torrente tus días y noches" (Lam. I, 22; II, 18).
Jeremías había visto bien: un torrente de lágrimas, el muro del llanto!
La población judía de Jerusalén quedó reducida durante siglos a los pocos
ancianos que venían allí a terminar sus días, en su querida Sión, sin fiestas ya, sin
altar y sin sacrificio. Sus tumbas orlan por centenares el flanco del Monte de los
Olivos.
El muro del llanto y piedras sepulcrales. He aquí el montón de piedras predicho
por Miqueas y sobre el que lloró Jeremías.

***

Cuando se ha conocido todo esto y se contempla ahora el trabajo de


transformación que se está efectuando hace más de diez años en la tierra de Israel,
aparece como muy verosímil de que corresponda a nuestros días la realización del
oráculo del apóstol Pablo, que anuncia la reintegración de los Judíos a la verdadera
fe y la futura reconstitución de su vida nacional. "¿Qué será su restablecimiento”,
exclama el apóstol, "sino resurrección de muerte a vida?".

VI

SEREIS RECOGIDOS UNO POR UNO ¡OH HIJOS DE ISRAEL!

(Is. II, 12)

Acabamos de nombrar al Apóstol Pablo. Sobre su enseñanza vamos a apoyarnos


para probar que la reunión milagrosa de Israel, que comienza a nuestra vista, ha
sido anunciada por los profetas.
Asistiremos tal vez al restablecimiento completo de Israel sobre la tierra
prometida, a la proclamación de su independencia como verdadera nación

78
políticamente reconstituida, y nuestros hijos, ¿verán un día la conversión en masa
de los judíos al Evangelio de Cristo?
La manera de que el Apóstol Pablo habla de la reagrupación judía prueba que los
profetas del Antiguo Testamento la tenían ciertamente en vista. Ellos veían en
primer plano la restauración parcial de Jerusalén, después la cautividad de
Babilonia, pero franqueando los siglos sus anuncios proféticos se extienden más
lejos, hasta tiempos como los nuestros.
Estas profecías han resonado en tiempos que deben preceder a aquellos que San
Pedro llama "los tiempos de la restauración de todas las cosas, los que Dios anunció
por boca de los santos profetas suyos" (Hech. III, 21).
Pues bien, en la época de San Pablo y San Pedro ya no se trataba de la
restauración de Israel después de las cautividades, sino del tiempo que seguiría a la
gran dispersión, aquél en el cual nosotros entramos. "Jerusalén será hollada de las
gentes, hasta que se hayan cumplido los tiempos de las gentes" (Lc. XXI, 24).
Además San Pablo anuncia una gloria tal para Israel, que si queremos seguir el
desarrollo del capítulo XI de la Epístola a los Romanos, nos es preciso aceptar en el
mismo sentido que él, las palabras proféticas de Isaías, Ezequiel, Jeremías, Zacarías
sobre el agrupamiento de los judíos.
Estos anuncios son propios de Israel y no conciernen a la Iglesia sino en un
sentido puramente simbólico. Numerosos exégetas aplican a la Iglesia, en un
sentido literal, todas las bendiciones proféticas anunciadas sobre Israel y no le
dejan a éste sino las maldiciones.
San Pablo habla de una manera completamente diversa. ¿No deberemos seguirle
en su interpretación profética?73

La reconciliación de los judíos vista por San Pablo

"Pregunto: ¿Están caídos (los judíos) para no levantarse jamás? No por cierto. Pero
su caída ha venido a ser una ocasión de salud para los gentiles, a fin de que el
ejemplo de los gentiles les excite la emulación. Que si su delito ha venido a ser la
riqueza del mundo y el menoscabo de ellos el tesoro de las naciones, ¿cuánto más
lo será su reintegración?... Porque si el haber sido ellos desechados, ha sido la
reconciliación del mundo ¿qué será su restablecimiento, sino resurrección de
muerte a vida?" (Rom, XI, 11-15)74.
Por lo tanto Pablo recomienda a los cristianos permanecer en la humildad.
"Si te glorías, sábete que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pero las ramas,
dirás tú, han sido cortadas para ser yo injertado. Bien está: por su incredulidad
fueron cortadas. Tú empero estás ahora firme por medio de la fe; mas no te engrías,
antes bien vive con temor. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, debes
temer que ni a ti tampoco te perdonará" (Rom. XI, 18-21).
"Y así todo Israel se salvará, según está escrito: Saldrá de Sión el Libertador, que
desterrará de Jacob la impiedad. Y tendrá efecto la alianza que he hecho con ellos,
en habiendo yo borrado sus pecados" (Rom. XI, 26-27).
Aquí el Apóstol Pablo se apoya en Isaías (LIX, 20 y XXVII, 9) y anuncia esta
maravillosa conversión en el momento de la vuelta del Señor Jesús. "El Libertador
vendrá de Sión".

73

Se acostumbra en los comentarios sobre los profetas no extender las


profecías del antiguo testamento más allá de la vuelta de los cautiverios, de la
restauración de Jerusalén y del reino de Judá. Los exégetas que prolongan las
profecías hasta la Iglesia, las extienden hasta la maravillosa expansión del
cristianismo en la época de Constantino y no van más lejos. Creemos, sin, embargo,
con San Pedro (Hech. III, 21) y con San Pablo (Rom. XI, 26) que los profetas han
hablado de la reunión de los judías en los últimos tiempos y de la restauración de su
raza y de su tierra.
74

Subrayemos esta expresión de San Pablo: "su caída ha sido la riqueza... por
lo tanto... ¡cuál no será su reintegración!".

79
Siguiendo siempre el ejemplo de San Pablo, citaremos algunos textos proféticos
concernientes al reagrupamiento de Israel, "de quienes es la adopción, y la gloria y
la legislación y el culto y las promesas; cuyos padres son los Patriarcas y de quienes
desciende Cristo según la carne"… (Rom. IX, 4-5).
Vendrán tiempos de gloria para Israel, no dudemos, pues a él pertenecen "las
promesas" y de él ha nacido el Cristo según la carne75.

La reunión de los judíos vista por los profetas

Moisés que anunciaba la caída de Israel en términos tan reales, habló también de
su gloria venidera:
"El Señor Dios tuyo te hará volver de tu cautiverio y tendrá misericordia de ti y
otra vez te congregará, sacándote de todos tus pueblos por donde antes te
desparramó. Aunque hayas sido dispersado hasta las extremidades del mundo, de
allí te sacará el Señor Dios tuyo, y te tomará en introducción en la tierra que
poseyeron tus padres y tú la volverás a ocupar…" (Deut. XXX, 3-5).
Amós es no menos explícito: "En aquel tiempo restauraré el tabernáculo de David,
que está por tierra y repararé los portillos de sus manos y reedificaré lo destruido…
Yo los estableceré en su país y nunca jamás volveré a arrancarlos de la tierra que yo
les di" (Amós IX, 11.15).
Zacarías en nombre del mismo Dios nos dice: "Yo los reuniré con un silbido, pues
los he rescatado; y los multiplicaré del modo que antes se habían multiplicado. Y los
dispersaré entre las naciones; y aún en los más distantes países se acordarán de
mí. Vivirán juntamente con sus hijos y volverán. Pues yo los traeré de la de Egipto y
recogeré de la Asiria y los conduciré a la tierra de Galaad y del Líbano y no se
hallará lugar para ellos" (Zac. X, 8-9).
El profeta Isaías compara la reunión de Israel a la cosecha; ésta es una imagen
familiar que Jesús empleará también para designar el fin del los tiempos.
"Desde el álveo del río hasta el torrente de Egipto, vosotros, oh hijos de Israel,
seréis congregados uno a uno. Y en aquel día resonará una gran trompeta" (Is. XVII,
12-13).
Isaías es el gran anunciador de la gloria de los judíos; los últimos capítulos de su
profecía — que es preciso leer entera — tienen tal potencia que no se han realizado
sino muy parcialmente, después de la vuelta de la cautividad, antes de Jesucristo.
Hay pues mucho que esperar todavía.
En cuanto al profeta Ezequiel, las páginas que consagra al reagrupamiento de
Israel son impresionantes. Hemos dado aquella de los "huesos disecados" 76; sería
preciso citar muchas otras77.
El mismo canto de triunfo se repite:
"Los reuniré de todas partes", "Habitarán sus tierras", "Los plantaré en el suelo",
"No habrá bastante sitio para ellos". ¿Y no es ésto precisamente lo que empezamos
a ver?

75

Es interesante constatar que después de muchos años la actitud de los


judíos respecto a Jesús Nazareno se ha modificado; empiezan a interesarse por Él, a
contarlo entre los judíos célebres. Constantino Brunner ha publicado una obra
titulada "Nuestro Cristo". José Klausner ha escrito en hebreo un estudio sobre Jesús
de Nazaret. Se sabe también que en Jerusalén se ha procedido a la revisión del
proceso de Jesús. En la universidad hebraica de esta ciudad, se estudia el Nuevo
Testamento; en San Luis de los EE. UU., un rabino ha organizado, en la Sinagoga, un
oficio para conmemorar la muerte de Jesús en la Cruz "porque murió por nuestro
pueblo".
76

Cf. Cap. "Aún he de ver en mi carne a Dios".


77

Leer también: Sof. III, 20; Os. III, 4-5; Miq. II, 12.

80
VII

YO LOS PLANTARÉ EN SU PROPIO SUELO

(Am. IX, 15)

La extensión del Sionismo o reagrupamiento de Israel data del fin de la guerra


mundial. La Palestina fué entonces colocada, por los tratados de paz, bajo el
mandato británico.
El iniciador del movimiento fué un judío de Budapest, Teodoro Herzl, y el primer
Congreso sionista fué realizado en Basilea en 1897; los resultados fueron limitados.
Pero en 1917, el 2 de Noviembre, Lord Balfour abría ampliamente la Tierra Santa a
los Judíos, favoreciéndolo las grandes firmas americanas, que sostenían entonces
con sus poderosos capitales, antes de la baja del dólar, el restablecimiento de su
tierra.
De todas maneras, es el gesto abominable de Hitler que expulsa a los judíos de
Alemania y confisca sus bienes lo que debía acelerar su reagrupamiento.
Si el gesto fué irritante, sirvió para el cumplimiento de las profecías. Actualmente
la gran reunión de "Israel de Dios" sobre su tierra, que debe preceder la vuelta de
Cristo, progresa rápidamente.
Aquí las cifras oficiales que son significativas:
En 1920 se contaban 58.000 Judíos en Palestina
En 1930, 175.000
En 1933, 227.000
En 1934, 307.000
En 1935, 370.000

Uncialmente durante el año 1935 llegó a Palestina un contingente de emigrantes


siete veces superior a aquel «de los cautivos que volvieron de Babilonia, después
del decreto de Ciro hace 2470 años.
Esta concentración de los judíos es tan rápida que los árabes se han alarmado
vivamente. El 13 de Octubre de 1933 hubo en Jerusalén manifestaciones violentas
dirigidas contra los judíos y renovadas, quince días después, en Jaffa, puerto de
desembarque.
Los ingleses reprimieron estas conmociones y el alto Comisario hizo aparecer esta
nota: "Hablaré francamente al pueblo de Palestina. Hace trece años, Gran Bretaña
aceptó el mandato de Palestina que le trajo pesadas responsabilidades para con los
judíos y los árabes. Gran Bretaña se encargará de sus obligaciones imparcialmente
y sin favoritismo para uno u otro de los partidos. El Mandato implica facilitar el
establecimiento en Palestina del Hogar nacional del pueblo judío, pero igualmente,
respetar los derechos de los otros habitantes de la Palestina. Las dos obligaciones
serán observadas puntualmente".
El gobierno inglés está obligado a agrupar en contingentes rigurosos la emigración
judía a fin de evitar nuevas manifestaciones árabes. Pero una fuerza más poderosa
que la prudencia inglesa que quiere contemplar los derechos de todos, más
poderosa que las autoridades musulmanas que separan del Islam a aquéllos de sus
correligionarios que venden tierras a los judíos, una fuerza que domina a los
hombres, precipita la llegada de contingentes israelitas a fin de repoblar la "Erest-
Israel". "Los recogeré de todas partes y los traeré a su tierra", dice el Eterno (Ez.
XXXVII, 21).
Hasta el sitio faltará. "Y no habrá sitio suficiente para ellos" (Zac. X, 9). Ya se
señala la instalación de los judíos en Transjordania en Siria78.
La Palestina está destinada a recibir una población de una densidad elevada.
Desde luego es preciso sembrar los campos, construir ciudades, instalar usinas,
regar un suelo árido e inculto, desecar pantanos, en fin, desarrollar los elementos
de una vida intelectual y nacional.

78

"La Palestina", Enero de 1935.

81
Sigamos pues, la expresión y el crecimiento de esta nación que se reconstituye y
renueva su juventud como el águila, encontrando su tierra antigua, dada por Dios a
Abrahán (Gén. XVII, 8), la tierra prometida.

Las Ciudades.

Numerosas ciudades palestinas se agrandan, otras surgen del suelo. "Tel Aviv", la
primera ciudad sionista fundada en 1909, es ahora una gran ciudad; bellos teatros,
grandes administraciones, colegios, universidades, óperas. Sus habitantes se
cuentan por millares: 46.000 en 1932; 102.000 en el último censo de 1935. ¡Qué
aumento en tres años!
Jaffa desarrolla su puerto por el cual cajones de naranjas y de cidras son
exportadas para Europa. De Enero a Abril de 1935 (en tres meses) 7.292.792
cajones han sido cargados en Jaffa.
Haifa, donde viene a terminar la línea de tubos del petróleo del Irak, se extiende a
lo largo, a los pies del Carmelo; sus casas blancas, sus usinas, sus establecimientos
técnicos se multiplican con una prodigiosa rapidez por las orillas de su hermosa
bahía.
La vieja ciudad de Safed, sobre su altura, aquélla de la cual habla el Señor Jesús
cuando se refería: "una ciudad situada sobre una montaña no puede ser escondida"
(Mat. V, 14), luego rivalizará con Tel Aviv y Haifa.
En cuanto a Jerusalén, sus construcciones nuevas son muy importantes y la
ciudad está en constante desarrollo.

La vida agrícola.

El Profeta Isaías ha visto estos días de restauración rápida de la tierra de Israel.


"Empero se alegrará el desierto y el sequedal y el yermo se regocijará y florecerá
como la rosa.
Florecerá abundantemente y se regocijará hasta con alborozo y con canciones.
La gloria del Líbano le será dada la hermosura del Carmelo y de Sarón, porque
revientan aguas en el desierto y arroyos en el yermo, y el espejismo se convertirá
en laguna verdadera.
Y la tierra sedienta en manaderos de agua" (Is. XXXV, 1-2.6-7).
El suelo inculto y pedregoso llega a ser fértil y las corrientes de agua saltan, el
agua puede ser llevada a grandes distancias y fecundar el suelo. No exagera nada
esta visión de Isaías que tiene veintiocho siglos ya.
Una organización importante, la "Keren Kayemeth Leisrael" desarrolla
metódicamente la vida agrícola que permite a los judíos comprar las tierras desde
su llegada a su suelo y después regarlo y cultivarlo. En 1935, los judíos poseían una
superficie de 120.000 hectáreas.
Esta compra de tierras es a menudo difícil, pues los árabes no quieren deshacerse
de ellas.
En el mes de Febrero de 1935, todos los jefes del Islam palestino, se reunieron en
Jerusalén, en Congreso, en los salones de la escuela musulmana, cerca de la
Mezquita de Omar y promulgaron edictos con penas terribles contra los árabes que
vendieran sus tierras a los judíos. Decretaron que les serían negados los honores
fúnebres después de su muerte y que sus cuerpos no podían ser enterrados en el
recinto de los cementerios musulmanes79.
En la región de Bersabée, los jefes prestaron juramento sobre el Corán y sobre su
sable de no vender más tierras a los sionistas80.
A pesar de estas prohibiciones y de estos juramentos, los árabes abandonan sus
tierras, a precios muy elevados, es verdad. ¿Pero no hay aquí una fuerza irresistible
e invencible que dirige los acontecimientos y los precipita?

79

"Jerusalén", Mayo-Junio de 1935, p. 87.


80

"La Palestina", Diciembre de 1934.

82
Sobre la irrigación se hace el gran esfuerzo del "Keren Kayemeth" y de toda la
empresa sionista. Usinas, barreras del Jordán, arcas de agua aseguran la
distribución en las ciudades y haciendas. Jerusalén desde fines de 1936, es
alimentada con agua corriente.
Pero al lado del regadío — tan urgente en Oriente — es preciso cuidar del
saneamiento de los pantanos. El "Keren Kayemeth" se ocupa de esto, activamente.
Es el medio esencial para conquistar tierras insalubres e incultas y hacer de ellas un
suelo productivo.
En el mes de Abril de 1935, la "Palestine Land Development Company" compró
toda la región del lago Merom, el Houleh a fin de desecarlo. Se cuenta con ver
florecer ahí en los próximos años una colonia de 30.000 judíos; éste no es
actualmente más que un país desierto, entregado a las fiebres palúdicas, habitado
solamente por algunas familias de beduinos81.
Si la empresa tiene éxito, esta región debe producir varias cosechas por año.
¿No ha anunciado Dios estos tiempos, por boca del profeta Amós?
"He aquí que vienen días, dice Jehová, en que el que ara alcanzará al segador y el
que pisa las uvas al que siembra las semillas: y las montañas destilarán mosto y
todas las colinas se derretirán en leche. Y haré tornar del cautiverio a mi pueblo de
Israel; y ellos edificarán las ciudades asoladas y las habitarán; y plantarán viñas y
beberán el vino de ellas; y harán huertas también y comerán su fruto. Y yo los
plantaré en su propio suelo" (Am. IX, 13-15).
La reforestación también se realiza sobre la tierra. El "Keren Kayemeth" ha
plantado 130.862 árboles en 1934; el número total de árboles plantados desde hace
algunos años se eleva a 1.473.00082.
Los árboles frutales son numerosos, principalmente el plátano, el naranjo y el
schaddock que produce la cidra.
De Gaza a Lydda se extiende un verdadero bosque de naranjos.
"Los árboles darán frutos.
La higuera y la viña darán sus riquezas" (Jl. II, 22).
Las viñas son tan productivas que las uvas abundan de Julio a Noviembre.
Estancias modelo son establecidas sobre todo el territorio, a fin de facilitar la
enseñanza y la cultura. "Porque reverdecerán ya los pastos del desierto y se
llenarán las eras de trigo y los lagares rebosarán de mosto y de aceite" (Jl. II, 22-
24).
El desarrollo de la agricultura es un hecho particularmente interesante, pues los
judíos por su constitución física no parecen adaptarse fácilmente a este género de
trabajo. Ahora se cuentan ochenta mil agricultores judíos y se constata un
desarrollo físico de la raza: cuerpos robustos, espaldas anchas.
Se cuenta con poder de alimentar aproximadamente tres millones de hombres,
por la intensificación de la enseñanza y de la agricultura.

El esfuerzo industrial.

El desarrollo de las usinas es considerable. Se han establecido explotaciones de


bromo y de potasio cerca del Mar Muerto. Usinas de fuerza motriz se levantan cerca
del Jordán. Una represa cerca de Dagania ha hecho del lago Kinereth una gran
reserva para la producción de fuerza hidráulica.
No hay en Palestina ni crisis económica ni huelga; reina la mayor prosperidad,
mientras que en otras partes domina la crisis mundial.

La Universidad de Jerusalén.

Al mismo tiempo de proseguir la intensificación de la agricultura y el desarrollo


industrial, los israelitas quieren que su vida intelectual y su cultura científica
alcance también su legítimo desarrollo.

81

"La France de l'Est", Abril de 1935.


82

"Jerusalén", Mayo-Junio de 1935.

83
En 1925 fué fundada sobre el monte Scopus, en Jerusalén, la Universidad Judía,
donde el hebreo ha llegado a ser lengua viva como en toda la Palestina Nueva.
Actualmente esta Universidad cuenta con 80 profesores y 500 estudiantes.
Todas las ciencias se enseñan allí. Los cursos son hechos en hebreo.
La biblioteca posee más de 300.000 volúmenes.
Entre las últimas informaciones que nos han llegado, señalamos además la
construcción de navíos de comercio: el "Har Karmel" (Monte Carmelo), ostentando
el pabellón palestino, exporta los productos de las usinas del Mar Muerto, el "Tel
Aviv" lanzado el 25 de Febrero desplaza 10.000 toneladas y está entregado a la
línea Haifa-Trieste.
En fin, desde 1935, los telegramas son transmitidos en hebreo.

***

Hemos referido anteriormente con algunos detalles las transformaciones de la


Palestina que han anunciado los profetas. Esto nos permite decir, verdaderamente,
contemplando esta súbita explosión de vida en la tierra de Israel: "es el milagro
judío".
Esta transformación económica prepara ciertamente la transformación política.
A Israel no falta más que el reconocimiento de su nacionalidad por todas las
potencias.
La nacionalidad judía ha sido abolida después de la conquista romana: Los judíos
quieren reconquistarla.
En 1932 se reunió en Lausanne un Congreso israelita para pedir a las potencias el
reconocimiento de los judíos como nación. Este primer Congreso no ha terminado;
deber ser reabierto. De todas maneras este primer esfuerzo lleva hacia el
restablecimiento oficial de este pueblo, que cesará entonces de tener una
nacionalidad postiza, después de diez y nueve siglos.

¡Qué castigo ha caído sobre él por haber gritado, al presentar Pilatos a Jesús
diciendo "he aquí vuestro rey", "no tenemos más rey que César"!

"¡No tenemos más rey que César!". César los ha arruinado, y los Césares
modernos, representados en la Sociedad de las Naciones, siguen negándoles el
derecho de ser una nación.
¡Pero Jesús vivirá más que César, y Él quebrará los Césares!
"Vendrá de Sión el Libertador y todo Israel será salvado" (Rom. XI, 26)83.

83

Recomendamos mucho: "Le retour d'Israel", por Max Marin, Desclée de


Brouwer, 1935. Esta obra ha aparecido después de la terminación de nuestro
estudio y ella confirma nuestra conclusión.

84
CONCLUSIÓN

"Y ahora, hijitos, permaneced en Él;


para que cuando Él fuere manifestado,
tengamos confianza y no seamos avergonzados
delante de Él en su venida".

(I Jn. II, 28).

"TENED UNA ABSOLUTA ESPERANZA EN LA


GRACIA QUE OS SERÁ DADA
EL DÍA DEL ADVENIMIENTO DE JESUCRISTO"

(I Ped. I, 13)

"Mas sabe esto, dice el Apóstol Pablo a Timoteo, que en los postreros días vendrán
tiempos peligrosos. Porque los hombres serán amadores de sí mismos, amadores
del dinero, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres,
ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, inconstantes,
fieros, aborrecedores de los que son buenos, traidores, protervos, hinchados de
orgullo, amadores de los placeres, más bien que amadores de Dios, teniendo la
forma de piedad, mas negando el poder de ella; apártate también de los tales" (II
Tim. III, 1-5).
¡Cualquiera dice al leer tan sombría descripción que el Apóstol hablaba de
tiempos como los nuestros! ¡Si, al fin de los tiempos!
Pues bien, nada elevará una barrera más fuerte contra el amor de nosotros
mismos, contra el amor al oro, la insubordinación, las formas exteriores de una
piedad que reniega de lo que haría su fuerza, que el desarrollo en nosotros de la
esperanza de la vuelta de Cristo.
Debemos volver toda nuestra esperanza hacia esta gracia que nos será dada el
día de la manifestación de Jesucristo (I Ped. I, 13) para que vivamos desde ahora en
paz y alegría del alma.
Nuestra sociedad sufre de un profundo egoísmo, de una sed insaciable de dinero y
goces materiales y de su falta de sumisión a la ley de Dios.
¿En dónde está el remedio?
Para aprender a olvidarnos de nosotros mismos se nos proponen diversos medios.
Los métodos ascéticos son numerosos, pero nuestro aborrecible yo es un monstruo
que, como la hidra de Lemá debe ser extirpado en sus siete cabezas a la vez. Nada
corta más radicalmente los tentáculos del yo que la espera de la manifestación de
Cristo que puede producirse de un momento a otro. Nada domina mejor nuestro yo
que la lectura de las Santas Escrituras; ellas nos recuerdan sin cesar los misterios
que han de suceder. Un día Ángela de Foligno oyó una voz que le decía: "La
inteligencia de las Escrituras contiene tales delicias, que el hombre que las posea
olvidaría el mundo… No sólo olvidaría el mundo aquel que goce del gozo inefable de
la inteligencia evangélica, se olvidaría de sí mismo"84.
En contacto cuotidiano con la Biblia y penetrado del deseo vehemente de la
venida de su Señor y de la realización de su Reino, el alma justa, recta y limpia se
transformará, sin darse ni aun cuenta, porque apreciará las cosas humanas y las
divinas en su justo valor. Medirá las primeras y las colocará en su lugar, es decir

84

Angela de Foligno: "Le livre des visions". Trad. Hello, París. Tralin 1914,
"L'Esperance", Pág. 61.

85
muy bajo: para las segundas las juzgará sin medida y comprenderá su
incomparable grandeza.

Al mismo tiempo el alma se olvidará casi de los bienes de la tierra, de sus


riquezas y placeres. Como el lirio de Salomón dejará al Padre Celestial el cuidado de
revestirla de El mismo, adornándola con su esplendor, "porque es Él quien nos
santifica del todo, alma y cuerpo y quien nos conserva, irreprensibles para el
advenimiento del Señor Jesús" (I Tes. V, 23).
San Pablo señala los últimos tiempos marcados por aquellos hombres y mujeres
que no tendrán sino las apariencias de la piedad sin tener la realidad de ella.
¡Apariencias de piedad! Sí, ritos, obligaciones cultuales cumplidas sin amor,
peregrinaciones, novenas, medallas numerosas llevadas sobre sí, procesiones
acompañadas con mucha música, mucha luz… Todo eso, satisface a la plebe… Pero
la verdadera piedad, aquella que transforma la vida; la verdadera oración, aquella
que se hace en el encierro de la habitación, esa que pedía Jesús: la verdadera
adoración "en espíritu y en verdad" ¿en dónde están? "Los adoradores que piden al
Padre" ¿en dónde están?
Nuestras oraciones son pedidos interesados y las más de las veces murmullos en
la aflicción. ¡Simples exterioridades sin realidad!
Al lado de aquellos que son "amadores de sí mismos" están los desobedientes.
Desobedientes a sus padres, desobedientes a las leyes civiles, desobedientes a
Dios. Y, sin embargo ¡es preciso que su voluntad se haga aquí en la tierra como en
el cielo! Por medio de nuestra sumisión a toda autoridad, apresuramos la venida del
Reino de Dios.
Por fin constatamos que nuestra sociedad está poseída por un deseo inmenso de
gozar y de poseer.
Desde la gran guerra hemos visto multiplicarse los locales de diversión y podemos
actualmente medir la avaricia humana, esa "avaricia que es idolatría" (Col. III, 5).
Asistimos a la búsqueda jamás satisfecha “del oro y de la plata en los cuales ponen
su confianza aquellos cuyas posesiones no tienen límites. Aquellos que para
procurarse el dinero ponen en ello todo su cuidado" (Bar. III, 17-18).
Totalmente contraria es la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo: "Haceos un
tesoro en los cielos que nunca se agota, donde ladrón no llega ni polilla consume"
(Lc. XII, 33).
Esta búsqueda del dinero, constituye para la masa la razón de ser de la existencia.
Si falta el dinero, el hombre se quita la vida; la ambición del dinero es el único
incentivo de la actividad del hombre.
Qué espantosa quimera comparada con la esperanza de la cual habla cada página
de este libro; la esperanza de la gloria, de la vuelta y del Reino de Jesús… y de
nuestra gloria asociada a la suya.
Que nuestras últimas líneas sean dedicadas a la "esperanza viva" (I Ped. I, 13), "a
la esperanza bienaventurada" (Tit. II, 13), a aquella que nos lleva "tras el velo"
(Heb. XVI, 19) en donde está el secreto de lo invisible y de los misterios celestes.
San Juan Clímaco se expresaba así: "La esperanza es la imagen presente de los
bienes ausentes"85. Actualiza en cierto modo por el ardor del deseo, los misterios
del porvenir, como la liturgia actualiza conmemorándolos cada año, los misterios
pasados de la vida de Cristo. La fuerza del deseo nos arrastra hacia el misterio "tras
el velo en donde sólo puede penetrar la esperanza". Nos hace gustar el sentido de
lo oculto. En ella nuestras almas son arrebatadas por las cosas invisibles 86, porque
de ese modo, encontramos el verdadero sentido de la realidad.
Si hemos sabido mirar las cosas invisibles y no las cosas visibles, "un peso eterno
de gloria" será nuestra medida superabundante, "porque las cosas visibles son
pasajeras pero las invisibles eternas" (II Cor. IV, 18).
La Esperanza que el arte quiere representar es generalmente la figura de una
mujer con las manos tendidas hacia el cielo y sus pies desprendidos de la tierra;

85

S. Juan Clímaco: "La Escala Santa", 30 grado, 29.


86

Prefacio de Navidad.

86
lleva a veces un báculo, el báculo del peregrino, símbolo de su carrera anhelante
hacia el fin supremo, ardiendo en el deseo de alcanzarlo. También se ha dado a la
figura iconográfica de la esperanza representada bajo los rasgos de una mujer, el
ancla, símbolo de aquella que da seguridad al navío (Heb. VI, 19); lleva a veces
trigo, frutas, una colmena, símbolos "del cultivador que espera pacientemente en la
esperanza la lluvia de otoño y la de primavera" (Sant. V, 7). Así debemos esperar
fortaleciendo nuestros corazones, "porque la manifestación del Señor está próxima"
(Sant. V, 8).
Es la paciencia firme que nos sostendrá en nuestra vida de viajeros, como fué
Moisés sostenido en el desierto: "Y resistió firme como si viese a aquél que es
invisible" (Heb. XI, 27).
La virtud de la esperanza nos permite contemplar ese invisible, y es ella quien ya
nos dice al oído – como el trigo verde canta al labrador que le mira, la belleza de la
próxima cosecha87 — los esplendores de la manifestación de Jesús con sus santos;
la esperanza nos dice: "¡Feliz aquel que espera!... Tú marcha hacia tu fin;
descansarás y estarás listo para recibir tu herencia, al fin de los días" (Dan. XII, 12-
13).

87

Se ha escogido el color verde como símbolo de la esperanza porque es el


color del trigo en hierba, esperanza de la cosecha.

87
APÉNDICES

¡Se ha consumado! Hasta que El venga ¡Hecho es!


Jn. XIX, 30 I Cor. II, 26 Apoc. XXI, 26.

Al frente del libro está escrito de mí

Sal. XL, 8.

Supongamos que tenemos en nuestras manos uno de esos rollos que se usan hoy
día en las sinagogas. Tal como lo hizo Jesús en Nazaret (Lc. IV, 17), desenrollemos el
pergamino y leamos.
Jesús dijo al morir: "¡Se ha consumado!".
En seguida desenrollemos la otra parte del rollo y leamos las PROFECIAS SOBRE
LA SEGUNDA VENIDA. Al final del último libro de la Biblia, en el Apocalipsis, oiremos
a Jesús — para quien el futuro es ya presente — afirmar la plena realización: "Hecho
es".
Entre las dos partes del rollo hay un espacio en blanco..., es nuestro tiempo, es el
tiempo de la Iglesia, el tiempo de la espera:… "hasta que El venga".
¿CREEMOS NOSOTROS realmente en el cumplimiento de las profecías, de las que
se realizaron con la primera venida de Jesús?
¿Esperamos realmente el cumplimiento de las profecías, de aquellas en que se
realiza la vuelta de Jesús?
Coloquémonos por lo menos una vez en nuestra vida frente a las fuentes
maravillosas que nos ofrece la Iglesia, — por medio de la Biblia — para desarrollar
nuestra fe y nuestra esperanza.
¿Hemos bebido en esas fuentes?
Reflexionemos sobre este pasaje del Evangelio:
Cuando María llevaba a Jesús en su seno, — y sin verlo todavía, — Isabel le dice:
"Bienaventurada tú que creíste, porque cumplido será lo que te fué dicho de parte
del Señor" (Lc. I, 45).
Del mismo modo se cumplirán un día todas las cosas dichas de parte del Señor,
por los profetas y los Apóstoles relativas al Retorno y al Reino de Jesucristo, nuestro
Salvador.
Entonces, felices aquellos que, al ver todas estas cosas, podrán decir, como San
Mateo al fin de su Evangelio: "Todo esto ha sucedido para que se cumplan las
Escrituras de los profetas" (Mt. XVI, 56).

***

A fin de permitir al lector darse cuenta de la importancia de la profecía en las


Escrituras, hemos confeccionado una lista de los Anuncios de la primera y de la
segunda Venida de Cristo, relacionando siempre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Creemos que un conjunto semejante no podrá dejar indiferente a ningún cristiano.
La lista de las profecías de la primera venida —realizadas a la letra — ha sido
confeccionada con las referencias mismas de los Evangelios, a fin de evitar
cualquier duda en los que creen en su inspiración.
Algunas profecías de la Primera Venida, como por ejemplo la del Gén. III, 15, no se
han incluido por no hallarse citadas en el Nuevo Testamento.
En cuanto a las profecías sobre la Segunda Venida de Jesús, no pretendemos
haber hecho una lista completa, ni haberlas colocado en el orden en que se
cumplirán.

88
Un gran misterio, queramos o no, se cierne sobre la manera de desarrollar el Rollo
del Libro en el "Día del Señor".
Esta confrontación entre las profecías del Antiguo y del Nuevo Testamento son
sobre todo el resultado de nuestros estudios anteriores y personales sobre la Biblia.
No los hemos agotado y pueden ser citados aún muchos otros textos.

ANUNCIOS Y REALIZACIONES DE LAS PROFECÍAS


DE LA PRIMERA VENIDA

Origen e infancia del Mesías

De la raza de Gén. XXII, 18 Mt. I, 17-17; Lc. III,


Abraham 23-24; Hech. III, 25.

De la tribu de Judá: Gén. XLIX, 10 Mt. I, 2; Lc. III, 23-30.

De la familia de II Sam. VII, 12 Mt. I, 1-17; IX, 27;


David XXI, 9.15; XXII, 45; Lc.
III, 23-31; Rom. I, 3.

Nacerá de una Virgen

Nacerá en Belén

Tendrá que huir al


Egipto y volver de allí

Los niños de Belén


serán masacrados

Jesús volverá a
Nazaret y será llamado
Nazareno

89
Is. VII, 14 Mt. I, 22-23

Miq. V, 1 Mt. II, 6

Os. XI, 1 Mt. II, 15

Jer. XXXI, 15 Mt. II, 17

Is. XI, 1 Mt. II, 23; Jn. I, 45


(Netzer, en hebreo)
Vida pública

Juan Bautista Mal. III, 1; Mt. XI, 10; Lc. VII, 27


precursor
Mt. III, 3; Mc. I, 2-3;
Predicción de Juan Is. XL, 3-5 Lc. III, 4-6; Jn. I, 23
Bautista
Mt. IV, 12-16
Iniciación de su Is. VIII, 23; IX, 1
ministerio público

Curación de los Is. LIII, 4-5; Mt. VIII, 17


enfermos

Carácter bondadoso Is. XLII, 1-4; Sal. Mt. XII, 18-21


del Mesías LXXII, 12-15

Jesús desenrolla el Is. LXI, 1-2 Lc. IV, 18-19


libro en la sinagoga de
Nazaret

Los fariseos serán Is. XXIX, 13 Mt. XV, 7; Mc. VII, 6-7
hipócritas

Jn. XII, 38
Los judíos serán Is. LIII, 1
incrédulos

Jn. VII, 38
Pero para aquellos Is. XLIV, 3; LVIII, 11
que creerán en Jesús,
ríos de agua viva
manarán de su seno

Anuncios de su muerte, resurrección y ascensión

Jesús se compara con Estará sentado a la Núm. XXI, 8-9


la serpiente de bronce derecha de Dios

con Jonás Jon. II, 1

con el templo
arruinado y
reconstruido
Sal. CX, 1

90
Jn. III, 14-15 Mat. XII, 40-41; Mt.
XVI, 4
Mt. XXII, 44; Mc. XII,
Jn. II, 19-23 35; Lc. XX, 41

La entrada a Jerusalén y la Pasión

Entrada de Jesús en Zac. IX, 9 Mt. XXI, 7; Jn. XII, 12-


Jerusalén sobre el asno 17

La alabanza de los Sal. VIII, 3 Mt. XXI, 16; Mc. XI,


nidos 10; Jn. XII, 13

El templo y los Is. LVI, 7; Sal. LXIX, Mc. XI, 17; Jn. II, 17
cambistas 10

Israel que rechazó al Sal. CXVIII, 22 Mt. XXI, 42; Mc. XII,
Rey será rechazado 10; Lc. XX, 17-18

Jesús será odiado sin Sal. XXXV, 19; Sal. Jn. XV, 25
motivo LXIX, 5

Será vendido por Zac. XI, 12-13 Mt. XXVII, 8-10


treinta monedas de
plata

Será traicionado por Sal. XLI, 10 Jn. XIII, 18


un amigo

Todos los discípulos Zac. XIII, 7 Mt. XXVI, 31; Mc. XIV,
lo abandonarán. Dios 27.
herirá a los pastores…

Será como una oveja Is. LIII, 7; Jer. XI, 19 Hech. VIII, 32-33
muda para el que la
esquila

Será objeto de Is. LIII, 3; Sal. XXII, 7 Mat., 27, 29, 31 Juan
irrisión 19, 2-3

Le escupirán el rostro

Le pegarán en la
cabeza

Será flagelado

Sobre la Cruz, Jesús


será objeto de burlas

Jesús será contado


entre los malhechores

Jesús tendrá las


manos y los pies
traspasados

91
Sus huesos no serán Is. L, 6 Mt. XXVII, 30
quebrados
Miq. IV, 14 Mt. XXVII, 30; Mc. XV,
Tendrá sed 16-20; Jn. XIX, 2-3

Será abandonado por Sal. CXXIX, 3; Is. L, 6 Jn. XIX, 1


el Padre
Sal. XXII, 8; Is. LIII, 1- Mt. XXVII, 39-44; Lc.
Su costado será 6 XXIII, 35-38; Mc. XV,
traspasado 29-32
Is. LIII, 12 Mc. XV, 28; Lc. XXII,
Sus vestidos serán 37
echados en suerte
Sal. XXII, 17; Zac. Jn. XX, 25
Su sepulcro será con XIII, 6
el rico

Se entregó El mismo Sal. XXXIV, 21 Jn. XIX, 36


a la muerte

Resucita al tercer día Sal. LXIX, 22 Jn. XIX, 28

Sal. XXII, 2; Is. LIII, 10 Mt. XXVII, 46-47; Mc.


XV, 33-36
Zac. XII, 10
Jn. XIX, 37

Sal. XXII, 19
Mt. XXVII, 35; Jn. XIX,
24
Is. LIII, 9
Mt. XXVII, 57

Is. LIII, 12
Jn. X, 17-19

Jon. II, 1-11; Sal. XV,


10; Os. VI, 3 Mt. XXVIII; Mc. XVI;
Lc. XXIV; Jn. XX, etc.

Algunos títulos del Mesías

Será. Sacerdote Sal. CX, 4;


Será Hijo de Dios
Será profeta Deut. XVIII, 15

Será la luz del mundo "Y veis aquí uno Is. IX, 1; XLII, 6; XLIX,
superior a Salomón" 6; LI, 4

Será Rey

92
Heb. V-VII Mt. III, 17; XVII, 5; Mc.
Sal. II, 7; LXXXIX, 27- I, 11; IX, 7; Lc. III, 22;
28; Os. XI, 1 Hech. III, 22; VII, 37; IX, 35; II Ped. I, 17; Lc.
Lc. VII, 16; XXIV, 19; Jn. I, 32; Jn. III, 16
IV, 19
Lc. XI, 31; Mt. XII, 42
I Rey. I, 37 Hech. XIII, 47; Jn. I,
5.9; VIII, 12; IX, 5; Mt.
IV, 16; Hech. XXVI, 23; Mt. II, 2; Lc. I, 32-33;
I Sam. II, 10 Apoc. XXI, 24; Lc. II, 32 Jn. I, 49; XVIII, 37

LA ESPERA DE LA IGLESIA ESPOSA DE CRISTO

El Rey ha sido rechazado, pero es menester que El reine hasta que todo le sea
sometido (I Cor. XV, 25).
Está sentado a la diestra del Padre: sacerdote y rey, compartiendo el trono de
Dios.
Intercede sin cesar y extiende sobre la Iglesia su Esposa, su reino de gracia.
Pero volverá para reinar y tomará posesión del trono de David (Lc. I, 33).
La creación entera suspira por ese día (Rom. VIII, 19-26).

ESPEREMOSLE; VELEMOS, OREMOS… HASTA QUE EL VENGA.

ANUNCIO DE LAS PROFECÍAS DE LA SEGUNDA VENIDA88

Algunos signos precursores

Obscurecimiento del Mc. XIII, 24; Mt. XXIV, Is. XIII, 10; Jl. II,
sol "negro como un 29; Apoc. VI, 12; IX, 2 10.31; III, 15
saco de crin"

La luna no dará más Mt. XXIV, 29; Mc. XIII, Jl. II, 10.31; III, 15; Is.
su luz "Cambiada en 24; Apoc. VI, 12 XIII, 10
sangre"

Los astros caerán del Mt. XXIV, 29; Mc. XIII, Jl. II, 10; III, 15; Is.
cielo y las potencias 25; Apoc. VI, 13; VIII, XIII, 10
del cielo serán 10-11; IX, 1
conmovidas
Apoc., 12, 4 Dn. VIII, 10
La Bestia hará caer
las estrellas
(Sobre los grandes signos precursores: Reagrupación de Israel, Apostasía de las
Masas..., ver nuestra III Parte: "Los Signos").

La venida del Hijo del Hombre

El Hijo del hombre


vendrá sobre una nube

88

Respecto a las profecías sobre la primera venida nos hemos apoyado antes
de todo en el Antiguo Testamento para constatar su realización en el Nuevo. Aquí
partiremos del Nuevo Testamento que anuncia con tanta claridad "el día del Señor"
y buscaremos lo que han dicho sobre él los Profetas del Antiguo Testamento.

93
Dan. VII, 13 La nube Destrucción de la
Jesús lo predice al acompaña siempre la Bestia de la tierra y de
sumo sacerdote presencia de Dios. la Bestia del mar
Deut. XXXIII, 26
La nube que lo cubrió Jesús que vuelve es
en su Ascensión lo Sal. XVIII, 8-14; Deut. comparado con el que
traerá nuevamente XXXIII, 26 llama a la puerta

El Señor descenderá Sal. CIV, 3 Comparado a la


de los cielos estrella matutina

Enviará a sus A la llave de David,


ángeles, al sonido de Zac. XIV, 4
la gran trompeta A la puerta abierta,

Aquellos que La trompeta, señal A un ladrón


murieron en Cristo de reunión: Ex. XIX, 13;
resucitarán los Num. X, 4-10; Jer. IV, 5
primeros. Resurrección
"para la vida". "La Is. XXVI, 19;
mejor resurrección" comparar con XXVI, 14 "Entonces todo ojo le
para aquellos que no verá, aún aquellos que
Los ángeles reunirán resucitarán primero le traspasaron"
a los elegidos de los
cuatro vientos de una
extremidad a otra del Los ángeles
cielo mensajeros Sal. CIV, 4

Lc. XXI, 27; Mc. XIII,


26; Mt. XXIV, 30; Apoc.
I, 7 La marca del sello

Separación de los
Mc. XIV, 62 ; Mt. elegidos para
XXVI, 64 preservarlos de la gran
tribulación y de la
Hech. I, 11 cólera divina

I Tes. IV, 16
Arrebatados sobre las
nubes
I Tes. IV, 16; Mt. XXIV,
31; I Cor. XV, 52; Apoc.
VIII-IX; XI, 15
Al encuentro del
I Tes. IV, 16; I Cor. XV, Señor
23; Apoc. XX, 5 Jn. XV,
29; Heb. XI, 35 Viene acompañado
por miles de sus
santos y santas

Mt. XXIV, 31; Apoc. El Anticristo


VII, 1 destituido por el soplo
de la boca del Señor y
por el esplendor de su
venida

94
Apoc. VII, 3-9 Ez. IX, 4-7

Lc. XXI, 36; XVII, 26- Noé en el diluvio:


36; II Ped. II, 4-10; Mt. Gén. cap. VII-VIII; Lot
XXV, 1-13; XXIV, 37-44 en Sodoma, Gén. XIX.
Primogénitos de los
hebreos: Ex. XII, 12-14;
Mal. III, 15-18; Is. XXVI,
20.

I Tes. IV, 16; Jn. XIV, Henoc, Gen, V, 21-


3; Heb. XI, 5 24; Elías II Rey. II, 11-
17

I Tes. IV, 17
Zac. XIV, 5

I Tes. III, 13; II Tes. I,


10; Jud. 15 Deut. XXXIII, 2-3; Sal.
XIV, 5

II Tes. II, 8
Is. XI, 4; Job IV, 9

Apoc. XIII; XIX, 20-21


Dan. VII-VIII

Apoc. III, 20; Lc. XII,


37 Cant. V, 2

Apoc. II, 28; XXIII, 16;


II Ped. I, 19 Núm. XXIV, 17

Apoc. III, 7
Is. XXII 22
Apoc. III, 8
Ez. XLVI, 2
Apoc. III, 3 ; XVI, 15 ;
I Tes. V, 2 ; II Ped. III,
10; Mt. XXIV, 42-43
Luc. XII, 39

Apoc. I, 7; Mt. XXIV,


30; Jn. XIX, 37 Zac. XII, 10

TIEMPO DE LA CÓLERA DEL SEÑOR

Las naciones se Se ocultarán de la Jesús combate las


lamentarán y cólera del Cordero naciones con cetro de
golpearán su pecho hierro
Día de cólera contra
Dirán a las rocas: las naciones; su Con espada aguda de
"caed sobre nosotros" tiempo ha concluído dos filos

95
Mat. XXIV4, 30; Apoc. Zac. XII, 10-14
I, 7
Pisa el lagar de la
cólera ardiente de Dios
Apoc. VI, 16; Lc. Os. X, 8; Is. II, 19-22
La cosecha y la XXIII, 30
vendimia "La cosecha
es el fin del tiempo Apoc. VI, 17 Sof. II, 2-3

Tiene su bieldo en la
mano Apoc. VI, 16; XIX, 15; Jer. X, 10; Sal. II, 5;
Rom. II, 5; Lc. XXI, 24 CX, 5; Ag. II, 22
Quebranta a los
reyes y a su poder
Apoc. XIX, 15; II, 27; Sal. II, 9
XII, 5

Ruina de Babilonia,
figura del orgullo del Apoc. XIX, 15; II, 16; Deut. XXXII, 42; Jer.
mundo que se levanta XIX, 21 XLVI, 10; Ex. XXII, 24;
contra Dios Is. XXVII, 1; XXXIV, 6;
Ez. XXI, 14

Apoc. XIX, 15; XIV, Is. LXIII, 3-7


14-20

Apoc. XIV, 14-20; Mt. Jl. III, 13; Jer. LI, 33


XIII, 39

Lc. III, 17; Mt. III, 12 Jer. XV, 7

Apoc. XIX, 17-21; VI, Sal. II; CX; LXVIII, 22-


15; XVIII, 9; Lc. I, 52 24; Hab. III, 12-14;
Dan. II, 31-36; Is. LII,
15

Apoc. XIV; XVII-XVIII Jer. XXV; L-LI; Is. XIII-


XIV; XXI; XLIII; XLVI-
XLVIII; Dan. V; Ez. XXXI

EL REY CONSAGRA A SIÓN

Jesús Rey, Las naciones ofrecen


consagrado en Sión, la regalos al Rey y se
Montaña Santa prosternan para
Recibe a las naciones adorarlo
por herencia

Es llamado Rey de las Unión de los Judíos y


naciones de las naciones

96
Apoc. XVII, 14; Luc. I, Sal. II; I Sam. II, 10;
33; Apoc. XIX, 16; Jer. XXIII, 5-8; Jer.
La Transfiguración, XXXIII, 17; Dan. VII, 14;
Reino de justicia y de figura del reino: Mt. Ez. XXXVII, 22; Zac. IX,
paz XVI, 27-28 y XVII; Mc. 9; XIV, 9; Sal. XXIV, 7-
IX; Lc. IX; II Ped. I, 17; 10; CXLIX, 2; Is. XXXIII,
La entrada a 22
Jerusalén, figura del
reino: Lc. XIX, 29-45;
Mc. XI, 1-11; Mt. XXI, 1-
Seremos sacerdotes 16; Jn. XII, 12-19
y reyes
Apoc. XV, 3, Gál. III-IV Sal. II, 9; Jer. X, 7

Rom. XV, 8-12


Sal. XLVI, 11; XLVII,,
9; Is. XI, 12 (Setenta)
Mt. II, 11; Fil. II, 9-11;
Rom. XIV, 11 Sal. LXXII, 8-12;
LXVIII, 30-31; Is. LX, 5-
10; Sal. XXII, 29-30;
Mal. 14, 1689 Is. XLV,
23; LX, 14; LXVI, 23
Mt. II; Rom. XV, 10;
Ef. II, 11-12; Gal. III, 28- Sal. XLVII, 10; Deut.
29; Col. I, 12-23; III, 11; XXXII, 43; Miq. IV, 1-2;
Jn. X, 16 Is. II, 2-4; LVI, 6-8; LX,
5; Jer. III, 17; Zac. VIII,
20-23
Apoc., 5, 10 Apoc.,
20, 4-6 1 Cor., 15, 25 Is. II y XI; XVIII, 22;
LX-LXII; LXV, 17-25;
LXVI; Jl. III, 17-21; Am.
IX, 11-15; Sof. III, 14-
20; Miq. IV, 15; Zac. II;
Tob. XIII; Bar. V, 1-9
Apoc. I, 6; V, 10; XX,
6; I Ped. II, 9 Ex. XIX, 6; Is. LXI, 3-
1; Jer. XXXIII, 17-19

89
Mal la cita

97
EN LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS

Satán Apoc. XX, 7-11


desencadenado, la La gloria de Dios sin
lucha final: Gog y principio ni fin
Magog
Apoc. XX, 11-15; Jn.
Resurrección general V, 29
"para el juicio"
Apoc. XX, 11-15; Mt.
Juicio de vivos y XXV, 31-46; II Tim. IV,
muertos 1; Hech. X, 42; I Ped.
IV, 5

El libro de la vida Apoc. III, 5; XX, 12.15

Entrega del reino al I Cor. XV, 24


Padre

Nuevos cielos y Apoc. XXI, 1; II Ped.


nueva tierra III, 13

Reino por los siglos Apoc. XXII, 5


de los siglos

Reinaremos por los Apoc. XXII, 5; II Tim.


siglos de los siglos II, 5

El banquete de las Apoc. XXI, 9; Mat.,


bodas del Cordero 22, 1-11

Jerusalén celestial, la Apoc. XXII


ciudad mística

No habrá más Apoc. VII, 16


hambre ni más sed,

sino fuentes de agua Apoc. XXI, 6; VII, 17

No habrá sol Apoc. VII, 16


abrasador
Apoc. VII, 17; XXI,
Ni lágrimas en los
ojos I Cor. XV, 26.55;
Apoc. XXI, 4
No habrá más
muerte Apoc. XX, 14-15; Mt.
XIII, 42; XXII, 13; IV,
51; XXV, 30 ; Lc. XIII,
La muerte será 28
arrojada en el
estanque de fuego con
todos lo que no están
inscritos en el libro de
la vida. Y habrá ahí Apoc. IV; V; XXII
llanto y crujir de
dientes

98
Ez. XXXVIII-XXXIX;
Sal. L, 1-7; Sof. I; Hab. Is. XXV, 8; Os. XIII, 14
III Dan. VII, 14
Is. XXV, 8

Ez. XXXVII; Dan. XII, Dan., 7, 18


2 Is. I, 31; LXVI, 24;
Mal. IV, 1
Sal. XLV; Todo el
Jl. III; Dan. XII, 2; Sal. Cantar de los Cantares
XLVI, 10-13

Ez. XLVIII-XLVIII; Is.


LX-LXII; Tob. XIII, 19-23 Is. VI; Ez. I; X; Dan.
Dan. XII, 1; Is. IV, 3; VII; I Rey. VIII, 11; Ex.
Sal. LXIX, 29 Is. XLIX, 10 XL, 5

Dan. VII, 13-14


Is. XLIX, 10; Zac. XIII,
1; Ez. XLVII, 1-13
Is. LXV, 17; LXVI, 22
II

EL REINO MILENARIO

Leamos primeramente el texto del Apocalipsis:


"Y ví un ángel descendiendo del cielo, teniendo la llave del abismo y una cadena
grande sobre su mano. Y se apoderó del Dragón, de la serpiente, la antigua, que es
Diablo (Calumniador) y el Satanás (Adversario) y lo ató por mil años y lo arrojó en el
abismo y cerró y selló sobre él para que no engañase más a las naciones, hasta que
se hayan consumado los mil años; después de esto debe ser liberado poco tiempo.
Y ví tronos y se sentaron sobre ellos y juicio se les dio, y (vi) las almas de los que
habían sido decapitados a causa de “el Testimonio de Jesús” y a causa de “la
Palabra de Dios”, y los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen y no recibieron la
marca sobre la frente y sobre la diestra de ellos; y vivieron y reinaron con el Cristo
mil años. Los restantes de los muertos no vivieron hasta que se hayan consumaron
los mil años. Esta (es) la resurrección, la primera. ¡Bienaventurado y Santo el que
tiene parte en la resurrección, la primera! Sobre estos la segunda muerte no tiene
autoridad, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con Él los mil
años” (Apoc. XX, 1-6).
De esta página del Apocalipsis se derivan tres hechos extremadamente claros: un
encadenamiento de Satanás que durará mil años. Una resurrección llamada la
primera para los mártires y los confesores que durante su vida no recibieron la
marca de la bestia (los impíos sólo resucitarán después). Un Reino de mil años con
Cristo en los cuales los resucitados son sacerdotes y reyes (V, 10 habla de un reino
sobre la tierra).
Los hechos están expuestos con claridad. Sin embargo, a causa de los misterios
que los envuelven, muchos comentadores no han titubeado en declarar que estos
hechos se han realizado espiritual-mente. Según ellos Satanás está encadenado;
nosotros los cristianos somos los resucitados de la primera resurrección, por el
bautismo; y la Iglesia reina, libertada de Satanás en paz y justicia perfectas.
Ensayemos, con imparcialidad, exponer las dos opiniones, la de la Iglesia primitiva
hasta el siglo V, y la de la exégesis que ha dominado después.
La palabra "milenio" empleada muy comúnmente es un término latino que quiere
decir "mil años". Seis veces nos habla el Apocalipsis del reino de Jesucristo que
debe durar mil años, antes del reino de los siglos y los siglos. Puede ser que la cifra
mil años sea aproximativa solamente.
El Talmud enseñaba que habría un período de justicia y de paz sobre el mundo
cuando fuesen libertados los judíos y que reunidos en la Palestina el Mesías reinaría
sobre ellos.

99
Sin necesidad de recurrir al Talmud, no tenemos sino que leer los Profetas del
Antiguo Testamento para encontrar en ellos la certidumbre de un reino mesiánico
en Jerusalén. Casi todos anuncian de un modo análogo la restauración de Israel con
el Cristo por Rey y fueron esos textos proféticos los que indujeron al error a los
judíos cuando la primera venida, porque esperaban en el Mesías al Rey que debía
traer la justicia y la paz y dar a la humanidad esa felicidad por la cual suspiraba.
Estos textos no están prescritos.
¿Se realizarán a la letra?
Esta opinión era la de los antiguos Padres de la Iglesia, de San Justino, de San
Ireneo, de Tertuliano.
San Justino que vivió en el siglo II escribía al judío Trifón: "Para mí, para los
cristianos de ortodoxia integral sabemos que llegará la resurrección de la carne, y
que acontecerán mil años en una Jerusalén reconstruida, decorada y agrandada
como lo afirman los profetas Ezequiel, Isaías y otros" 90.
Sin embargo, ciertas concepciones groseras y materialistas se deslizaron en esta
creencia. Papías de Hierápolis decía que la fertilidad de la tierra sería tal que las
parras darían racimos de dos mil granos. Estas exageraciones absolutamente
condenables debieron excitar reacciones violentas; algunos llegaron hasta a negar
la autenticidad del Evangelio de San Juan y su Apocalipsis para refutar todo
concepto milenarista.
Pero esta idea no había muerto. San Agustín y su maestro San Ambrosio fueron
fervientes defensores del reino milenario. San Agustín abandonó más tarde, sin
embargo, su opinión y explicaremos por qué.
Según su pensamiento primitivo dividía la vida de la humanidad en milenios,
comparados con los días de la creación, conforme lo expresa el Salmo XC, en el cual
se dice que para Dios, mil años son como un día. La vuelta de Cristo marcaba pues
el fin del sexto milenio "y cuando el sexto milenio haya transcurrido, escribe San
Agustín, cuando haya sido hecha la gran separación de los malos y los buenos (de
los malos y los buenos de los cuales ha hablado anteriormente) vendrá el reposo y
el Sábado misterioso de los santos y justos de Dios (es decir los mil años
apocalípticos). En seguida, del séptimo día, cuando hayamos contemplado en el
aire esa hermosa cosecha, la gloria y los méritos de los Santos, entraremos en esa
vida y en esa paz de la cual se ha dicho que ojo no ha visto, ni oído ha escuchado,
ni el corazón del hombre ha subido hacia lo que Dios tiene preparado a los que, le
aman"91.
Por lo tanto, San Agustín consideraba antes de la bienaventuranza suprema u
octavo día, un sábado o reposo maravilloso del Cristo y de sus Santos: el séptimo
milenio. Debía ser el Edén reconstruida donde reinaría Cristo y sus santos. La
imagen bíblica del lobo y el cordero viviendo juntos ¿no nos permitirían evocar el
florecimiento de ese reino de justicia y paz? (Is. II, 6-8).
Desgraciadamente en vez de considerar este reino misterioso como un reino de
cuerpos resucitados, de vida espiritualizada, de paz y pureza en presencia del Rey
de reyes, un estado que debía parecerse al de Jesús después de su resurrección 92,

90

Justino: "Diálogo con Trifón”, cap. 80.


91
San Agustín. Sermón 256 pár. 2. Ver AQUI.
92

Es muy importante, lo creemos, considerar que debemos reproducir punto


por punto la vida terrestre y gloriosa de Cristo. ¿No debemos acaso llegar a su edad
perfecta? Como El resucitó, resucitaremos nosotros. Entonces, como vivió durante
40 días, como resucitado, sobre la tierra y en lugares invisibles a la vez — sin perder
la visión de su Padre — ¿no deberemos nosotros también vivir esa misma vida? El
reino de mil años ¿no será la exacta reproducción de esta vida misteriosa de Jesús
resucitado, durante 40 días? Si, en cambio, el reino de mil años abraza nuestra vida
actual — perfectamente apacible, con Satán encadenado --¿somos nosotros
resucitados? No, evidentemente. Entonces: ¿cómo podemos reproducir en nosotros
esta vida de Cristo resucitado? El reino milenario sería entonces aniquilado, a
menos que sea simplemente idealizado.

10
que conservando la visión de su Padre podía, sin embargo, alimentarse, vivir como
nosotros, andar sobre la tierra, aparecer y desaparecer; en vez de considerar el
reino apocalíptico de mil años como anticipación de la vida celestial, muchos se
dejaron llevar por la prescripción de realizaciones carnales y goces de orden
puramente material.
Entonces para combatir este error San Agustín cambió bruscamente de opinión.
En “la Ciudad de Dios" reconoce que lo que ha dicho anteriormente "se puede
admitir creyendo que durante ese séptimo milenio (o reino de mil años del Apoc.)
los santos gozarán de algunas delicias espirituales a causa de la presencia del
Salvador; y agrega: Yo he pensado antes de ese modo.
"Pero como aquellos que adoptan esta creencia dicen que los santos vivirán en
continuo festín, sólo las almas carnales podrán creer como ellos, por eso es que los
espirituales los han llamado "Chiliastas", de una palabra griega que puede
traducirse literal-mente por "milenaristas".
En seguida San Agustín trata de dar una nueva interpretación al reino milenario
para destruir la esperanza de un reino terrestre y grosero.
"Respecto a los mil años pueden ellos comprenderse de dos maneras: o bien todo
esto sucede en los últimos mil años, es decir en el sexto milenio cuyos últimos años
transcurren actualmente93. Estos últimos años serán seguidos del Sábado que no
tiene tarde, es decir, del reposo de los santos que no tiene fin, de modo que la
Escritura llama aquí mil años la última parte de ese tiempo; considerando una parte
por el todo94.
Este es pues, el texto que tuvo más tarde tanta resonancia en la exégesis católica,
¡texto al cual se refieren siempre pero sin transcribirlo! Es por lo demás bien
confuso. Autorizaría en la primera parte a admitir el milenio en sentido literal:
"Se puede admitir que durante ese séptimo milenio los santos gozarán de algunas
delicias espirituales. Yo he pensado antes de ese modo".
Pues bien, aunque la Iglesia no ha condenado jamás la opinión de un reino
terrestre de Jesús con sus fieles, antes de la resurrección de los impíos para el juicio
general95, los exégetas católicos enseñan comúnmente que ese reino milenario está
actualmente en curso y que las profecías que se referían a la gloria de Jerusalén
reconstituida eran el anuncio de la paz y seguridad que goza la Iglesia libertada de
Satanás desde Constantino, es decir, desde el fin del paganismo oficial.
Leemos por ejemplo en el comentario que hace Fillion del Apoc. lo siguiente:
"Cristo ha establecido su reino; hace triunfar la verdad, la justicia, la santidad desde
su Encarnación y por consiguiente inaugura una era de felicidad para los suyos que
reinan con El, siendo reyes al mismo tiempo que súbditos" 96.

Hay todavía una observación que no ha de ser desechada. Jesús resucitado


vivía, lo sabemos por los Evangelios y los Hechos, en medio de los no resucitados.
Pues bien, una de las objeciones esgrimidas contra el reino de mil años y que,
según se dice, no es posible aceptar, es que haya al mismo tiempo sobre la tierra
resucitados y no resucitados. Pero exactamente esto es lo que tuvo lugar durante
los 40 días de la vida gloriosa de Nuestro Señor en la tierra.

93

¿Creía entonces San Agustín en la próxima vuelta de Cristo?: estos "últimos


años" duran todavía!...
94

San Agustín ha marcado anteriormente los próximos dos milenios el 7° y el


8°. Suprime en adelante el octavo y reúne todo bajo el séptimo milenio, el de los mil
años del Apocalipsis: "la parte por el todo".
95

Un decreto del Papa Gelasio, cuya autenticidad no es cierta, es el único


acto oficial que podría estar dirigido contra el milenarismo. (Lesestre: "Dictionaire
de la Bible" 'de F. Vigoroux, artículo: "Millénarisme", T. IV, col. 10913).
96

Fillion, "La Santa Biblia comentada". T. VIII, Apoc., cap. XX p. 372.

10
¿Quién podrá creer que ya triunfan la verdad, la justicia, la santidad: más aún, que
reinamos efectivamente con Cristo, y que la Iglesia no ha conocido persecución
desde Constantino por estar encadenado Satanás?
Esta exégesis deja en extraña penumbra la gran página del Apocalipsis.
Sabemos todos por el contrario, que la verdad, la justicia, la santidad, son virtudes
ignoradas de la mayor parte de los hombres; aun aquellos que "practican" su
religión. El Príncipe de este mundo tiene una actividad bien singular. ¡La Iglesia
ignora entonces las persecuciones que ha sufrido en los últimos siglos! Recordemos
el anticlericalismo y el combismo próximos a nosotros. Consideremos lo que sucede
en la URSS y en Alemania.
Hay que colocar al lado de la página del Apocalipsis que acabamos de citar, un
texto de los Hechos de los Apóstoles, que se refiere sin duda alguna a los tiempos
de restablecimiento maravilloso.
San Pedro, en su gran discurso del cap. III, dice lo siguiente: "Arrepentíos pues y
convertíos a fin de que sean borrados vuestros pecados, pues que vendrán los
tiempos del refrigerio de la presencia del Señor y enviará a Jesucristo que os fué
antes anunciado, a quien de cierto es preciso que el cielo tenga hasta los tiempos
de la restauración de todas las cosas del cual habló Dios por la boca de sus santos
profetas que han sido desde el siglo" (Hech. III, 19-21).
¿Qué ha, de ser, pues, "ese tiempo de restauración de todas las cosas" en que el
cielo nos envíe nuevamente a Nuestro Señor Jesucristo como lo anunció San Pedro?
El R. P. Jacquier, en su comentario de los Hechos, responde con mucha sabiduría:
Pedro habla aquí de la Parusía del Cristo, no como del TIEMPO DEL JUICIO FINAL
SINO COMO DEL TIEMPO DEL REINO MESIANICO que será para los judíos el reino de
la felicidad tan a menudo anunciado por los profetas97.
Por lo tanto el R. P. Jacquier disocia claramente la Parusía del Juicio final y coloca
entre los dos el reino mesiánico al cual llama "Tiempo de la restauración de todas
las cosas".

Era ésta en efecto en los primeros siglos la opinión de los Padres de la Iglesia, de
Justino, Ireneo, Tertuliano y el mismo San Ambrosio.

Recuerdo claramente que siguiendo en otros tiempos cursos de apologética se nos


insistía cuánto debíamos tener en consideración las doctrinas de los Padres de la
Iglesia primitiva. ¿Qué autoridad era la de San Justino y San Ireneo principalmente?
Este último fué el depositario directo de la enseñanza del Apóstol Juan — por lo
tanto del Apocalipsis — por su maestro Policarpo. Debía conocer los pensamientos
del Apóstol mejor que nadie; y si él más que ningún otro afirma lo del reino
milenario, ¿no deberemos tomar muy en cuenta su opinión?

Un punto inquietante nos queda todavía a propósito de esta cuestión: ¡es la


tendencia actual de los exégetas católicos a "espiritualizar o a idealizar" —dice el
abate Fillion — las páginas del Apocalipsis!

El R. P. Allo habla en este sentido y el abate Lesetre ha escrito en el "Diccionario


de la Biblia": "Ha prevalecido la explicación alegórica y espiritual del texto
apocalíptico. La interpretación espiritual de los pasajes escatológicos de Isaías y del
Apocalipsis no puede ser ignorada y ella hace hoy día ley en la Iglesia" 98.
¿Es acaso más fácil espiritualizar así las Escrituras? Sin duda que es más fácil para
nuestra fe que titubea y para nuestra débil esperanza. Pero semejante
interpretación no está conforme con las encíclicas pontificias: "Providentissimus" de
León XIII y "Spiritus Paraclitus" de Benedicto XV.
Si es así ¿por qué no espiritualizamos las profecías del Antiguo Testamento que
anunciaban la primera venida del Cristo? Se nos dirá que es porque estamos

97

R. J. Jacquier "Les Actes des Apótres", p. 112, Gabalda.


98

H. Lesetre: "Dictionaire de la Bible", T. IV, artículo citado, col. 1096.

10
obligados a reconocer la perfecta y literal realización: nuestra razón está dominada
por el cumplimiento histórico del hecho.
Pero entonces los judíos de otro tiempo ¿no habrían tenido el derecho de
espiritualizar, antes de su cumplimiento, las profecías sobre la primera venida, por
ej. "La Virgen que concebirá", diciendo: "en ella no debemos esperar sino una
realización espiritual, símbolo ideal de pureza de la Madre del Mesías"? Porque, ¡una
Virgen concebir!... Y respecto a la Pasión ¿por qué no hubiesen podido espiritualizar
las manos y los pies atravesados, la túnica tirada a la suerte, el golpe de la lanza,
etc., etc…?
Vemos a qué negación, a qué racionalismo nos lleva fatalmente desde que
dejamos de tomar las escrituras a la letra, salvo en los casos de parábolas o
alegorías evidentes.
¿Podemos considerar alegoría lo que no nos es presentado como tal por ejemplo
en el Apocalipsis?
¿Podemos tomar idealmente "Las palabras del Señor afinadas y modeladas hasta
siete veces en el crisol"? (Sal. XII, 7).
¡Dios no habla para que su "palabra quede sin efecto" (Is. LV, 11) y sea una simple
imagen, un bello sueño ideal!

***

Los Padres de la Iglesia que creían en el Milenio lógicamente creyeron también en


una primera resurrección para los justos de acuerdo con la enseñanza tantas, veces
repetida del Nuevo Testamento.
Esperaban pues, "la mejor resurrección" (Heb. XI, 35) aquella en que "los muertos
en Cristo resucitarán" (I Tes. IV, 16) "cada uno en su orden... luego los que son de
Cristo, al tiempo de su venida" (I Cor. XV, 23).
Leemos en la Didakhé o DOCTRINA DE LOS APOSTOLES (Siglo I):
"Entonces aparecerán los signos de la verdad: primer signo los cielos abiertos;
segundo signo, el sonido de la trompeta; tercer signo, LA RESURECCION DE LOS
MUERTOS, NO DE TODOS ES VERDAD pero según lo que ha sido dicho: "El Señor
vendrá y todos sus Santos con Él". Entonces el mundo verá al Señor "viniendo sobre
las nubes del cielo" (Cap. XVI, 6-8).
Y en San Justino (Siglo II):
"Sabemos que sucederá una resurrección de la carne y que pasarán mil años en
la Jerusalén reconstruida… los que hayan creído en nuestro Cristo pasarán mil años
en Jerusalén después de lo cual sucederá la resurrección general" (Diálogo con
Trifón. LXXXI 5, LXXXI, 4).
Sería fácil multiplicar estas citas hasta San Ambrosio.
Si estudiamos de cerca el texto original griego, notaremos que el Nuevo
Testamento distingue claramente la resurrección de los muertos, es decir la
resurrección general de todos los muertos, los malos como los buenos, de la
resurrección de entre los muertos. Esta última frase indica que hay otros muertos
que quedan atrás99 y es por eso que San Pablo enseñaba que cada uno resucitará

99

El término "de entre los muertos" es empleado 49 veces en el Nuevo


Testamento; 34 veces hablando de la Resurrección de Jesús de la cual sabemos que
fué "de entre los muertos"; 3 veces hablando de la resurrección de San Juan
Bautista supuesta por Herodes, 3 veces hablando de la de Lázaro que también fué
"de entre los muertos"; 3 veces hablando en figura de la liberación de la muerte y
del pecado; 1 vez en la parábola de Lázaro y del mal rico; 1 vez a propósito de
Abraham, creyendo que Dios podría devolver la vida a Isaac; 4 veces para significar
la resurrección futura "de entre los muertos".
Detallamos los cuatro últimos textos:
1. Cuando resucitarán "de entre los muertos" los hombres no tendrán mujer,
ni las mujeres maridos, pero serán como los ángeles del cielo" (Mc. XII, 25).
2. El texto paralelo de San Lucas es más expresivo aún: "Pero aquellos que
serán considerados dignos de tomar parte en el siglo futuro y en la resurrección

10
"a su orden: Cristo como las primicias, EN SEGUIDA LOS QUE PERTENECEN A
CRISTO, en su venida… Y por fin, el último enemigo que será destruido, es la
muerte" (I Cor. XV, 22-26).
En cuanto a la resurrección para el juicio (Jn. V, 24) o resurrección final de todos
los que no hayan participado en la primera, ella será la "resurrección de los
muertos".
Ya no se dirá de entre los muertos.
Entonces vendrá el castigo POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS para unos, o la gloria
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS para los otros con Cristo que entregará el reino a
su Padre.

***

Hemos tratado de levantar un poco el velo que cubre estas cuestiones discutidas.
Por una parte los cristianos de los cinco primeros siglos creyeron en el reino
milenario y en la "primera resurrección"; esperaban con fe y esperanza la
realización de las profecías sobre la segunda venida del Señor.
Por otra parte los exégetas enseñan actualmente que ¡esas esperanzas se han
realizado en la Iglesia, en la cual reina la justicia y la paz mientras Satanás está
encadenado y que los cristianos son resucitados por el bautismo!...
No nos toca a nosotros dirimir la cuestión.
La esperanza de la Iglesia primitiva en el reino milenario, después "de la
restauración de todas las cosas" (Hech. III, 21) y la renovación de la tierra, es
esencialmente escriturística; pero es evidente que toda concepción naturalista
grosera es condenable, y debe ser absolutamente excluída100.
Sólo Aquél que "es la luz del mundo" puede, si le place, levantar el velo sobre
estos grandes textos y su realización.

ESA de entre los muertos" (Lc. XX, 25-36). Ningún malo puede tornar parte en esta
resurrección porque está dicho: "Serán semejantes a, los ángeles, serán hijos de
Dios". Por eso es que Jesús la llama en otra parte "resurrección de las justos" (Lc.
XIV, 14).
3. En los Hechos (IV, 2) los Saduceos se irritan de que Pedro y Juan
"anunciaban en Jesús" la resurrección de entre los muertos".
4. En la Epístola a los Filipenses (III, 11) la proposición griega "ek" se
encuentra bajo una doble forma bien significativa. Pablo quiere conocer la virtud de
la resurrección de Cristo… "para llegar, dice, si puedo a la resurrección que separa
(eisten Exanástasin) ESA de entre los muer-tos (ten ek nekrón). Esta insistencia tan
manifiestamente voluntaria tiene por objeto el evitar toda confusión posible.
Ahora el término "ek nekrón" (de entre los muertos) no se aplica jamás a los
impíos.
"La resurrección de entre los muertos, ¿podrá significar otra cosa en estas
cuatro citaciones que "la primera resurrección"? (Apoc. XIX, 5). Cf. W. E. B. "Jesús
revient". Neuchâtel, Delachaux et Niestlé, p. 54-56.
100

Damos aquí algunas referencias sobre autores de los primeros siglos


favorables al reino de mil años:
Epístola de Bernabé (XV, 4-9).
Doctrina de los Apóstoles (Didakhé XVI).
Papías, Obispo de Hierápolis, citado por Eusebio (Ec., III, 39).
San Justillo, Diálogo con Trifón, LXXX y passim.
San Ireneo. Contra las Herejías, 32-35.
Tertuliano. Dice que cree en el reino de mil años después de la vuelta de
Jesús y que ha tratado de ello en su libro De spe fidelium hoy día perdido.
Lactancio. Div. Institut. VII, 21.
San Ambrosio. De bono mortis 45-47.
Sulpicio Severo. Dial. Gallus, 11, 14.
San Agustín. Sermón 259, 2.

10
III

LA VUELTA Y EL REINO DE CRISTO EN LA LITURGIA

La liturgia romana ha tenido el mayor empeño en actualizar el misterio de Cristo,


con el fin de permitir a los fieles el vivir día a día la acción redentora del Salvador.
El año litúrgico, que es como un compendio de la vida de Jesús, se divide en dos
ciclos: ciclo de Navidad y ciclo de Pascua. Coloca bajo nuestra vista y a nuestro
corazón los grandes acontecimientos de esta vida, con el objeto de que podamos
concretizarlos.
La existencia de Jesús — como hombre — ha tenido un comienzo: es su venida a
la tierra y su nacimiento en Belén. Pero esta primera venida tendrá su continuación
magnífica en su vuelta gloriosa al fin de los tiempos.
No es extraño pues, que la liturgia haya pensado acercar estos dos sucesos del
Señor, el uno humilde, el segundo magnífico, y puesto que el segundo es nuestra
esperanza suprema la Iglesia romana hace de él el Omega de su liturgia.
En el primer Domingo del año litúrgico — 1° Domingo de Adviento, — leemos el
Evangelio de San Lucas que expone los signos precursores de la vuelta de Cristo; y
en el último Domingo del año — 24° después de Pentecostés — leemos el mismo
anuncio en el Evangelio de San Mateo.
El año litúrgico en su comienzo y en su fin quiere llamar la atención del cristiano
sobre el suceso por el cual debe suspirar continuamente que es la base de su
esperanza y que San Pablo sintetiza así: "¡En el nombre de su aparición y de su
reino!".

ADVIENTO

La liturgia de Adviento pone a luz las dos venidas de Jesucristo. Podríamos creer
que la Iglesia sólo piensa en su nacimiento, y por el contrario, evoca sobre todo su
vuelta y su reino futuro.
Desde las primeras vísperas del 1° Domingo hasta la 3° antífona se nos dice el
modo cómo vendrá Jesús: "Vendrá y todos sus santos con El y habrá ese día una
gran luz" (Zac. XIV, 5).
El invitatorio de Maitines llama al Niño Dios "el rey que debe venir" y el famoso
responsorio "Aspiciens a longe" nos dice "que mirando a lo lejos se ve venir el
poder de Dios sobre una nube que cubrirá toda la tierra. Salid a su encuentro".
Entonces se canta el versículo: "Elevaos puertas y entrará el Rey de la Gloria" (Sal.
XXIII).
El responsorio siguiente (el 2°) nos recuerda el admirable texto de Daniel (VII, 13-
14) "un hijo del hombre que viene sobre las nubes del cielo y a quien le es
entregado el reino… Su reino no será jamás destruido".
Más adelante, en el 5° responsorio, cantamos: "Vivamos sabia, justa y
piadosamente en espera de la bienaventurada esperanza y la venida de la gloria
del gran Dios" (Tito II, 12).
Los himnos de Vísperas, Maitines y Laudes dicen también que El vendrá por
segunda vez.
El segundo Domingo de Adviento agrupa tantos textos sobre la vuelta de Cristo
que sin excepción todos los responsorios del oficio de la noche y las antífonas de
Laudes cantan su aparición gloriosa. Podemos considerar algunas frases de estos
textos proféticos, pensando en el próximo nacimiento del Niño Jesús en sentido
acomodaticio, pero todos tomados a la letra son textos escatológicos.
Se canta entre ellos un versículo que se repite a menudo sacado de Habacuc (II,
3): "Aparecerá al fin y no engañará; si demora, si tarda, esperadle; porque viniendo,
vendrá". Sin duda que cuando se compuso la liturgia del Adviento encontraban los
cristianos que Jesús tardaba demasiado y se les quiso exhortar a la paciencia: SI
TARDA, ESPERADLE; PUES VINIENDO, VENDRA!101.

101

10
El tercer Domingo de Adviento desarrolla la misma idea, une las dos venidas y
anuncia el reino futuro. La antífona del "Benedictus" nos hace cantar: "Reinará
sobre el trono de David y su reino no tendrá fin" (cfr. Is. IX, 6).
Podríamos citar aun las antífonas de los últimos días de Adviento; siempre el
mismo deseo de dar luz sobre la vuelta y el reino de Jesús. Las generaciones que
nos precedieron comprendían que si la evocación del nacimiento de Jesús era útil a
la santificación personal, ¡más fecunda era para el alma, la vida en la esperanza del
gran misterio futuro, aquel que el Espíritu Santo nos enseña si sabernos escucharlo!
(Jn. XVI, 13).

TIEMPO DE NAVIDAD

La liturgia de Navidad es la continuación de la liturgia de Adviento. Insiste sobre la


gloria de la realeza de Cristo. Desde la primera antífona lo saluda con el título de
"Rex Pacificus". "El Rey pacífico ha sido glorificado, aquél cuya faz desea toda la
tierra" (Cf. I Rey. X, 23).
Los textos celebran al "Rey de Reyes, al Príncipe de la Paz, al Esposo que sale de
la Cámara Nupcial". Todos los salmos de Maitines de Navidad son escogidos para
que veamos en el Niño de Belén al Rey de Gloria que en los últimos días dominará a
sus enemigos y los destruirá como vasos de alfarero.
Los Salmos II, XVIII, XLIV, XLVII, LXXI, LXXXIV, LXXXVIII, XCV, XCVII forman una
apoteosis admirable y cantan al "más alto de los Reyes de la tierra" (Sal. LXXXVIII,
28).
Las misas de Navidad nos permiten penetrar en el Misterio Futuro conservándonos
muy cerca del corazón ardiente del Niño recién nacido.
La epístola a Tito (II, 11-15) nos exhorta a esperar "La bienaventurada esperanza".
Los trozos cantados de la misa de la aurora glorifican al Príncipe de la paz, al Señor
que reina revestido de gloria. Su trono está establecido por toda la eternidad.
Alégrate hija de Sión, que ya llega tu Rey".
En la Misa del día la Epístola a los Hebreos proclama la fuerza del reino: "¡Tu trono
oh Dios! es por los siglos de los siglos; el cetro de la equidad es el cetro de tu
imperio". El ofertorio nos recuerda que "la justicia y el juicio son la base del trono"
(Sal. LXXXVIII).
Bastaría pues que viviéramos la liturgia del Adviento y de Navidad para
comprender la importancia del gran misterio escondido, el misterio del fin de los
tiempos.
Hace algunos años en 1909 en Mazara del Vello (Italia), se fundó una comunidad
de religiosas cuyo fin principal fué esperar la vuelta de Cristo. Estas "veladoras"
pensaron que lo mejor que podían hacer era rezar diariamente el oficio de Adviento.
Llevaban en el dedo un anillo de oro grabado con las palabras del Apocalipsis "Ven,
Señor Jesús" y sobre el pecho y la frente — como nuevas filacterias --escrita la
misma frase, el llamado de la Esposa al Esposo.
Esta orden no tuvo éxito, cesó de existir. ¿No es un indicio del gran olvido en que
ha caído entre los cristianos el pensamiento de la vuelta de nuestro amado
Salvador?

TIEMPO DE EPIFANÍA

La Epifanía es la verdadera fiesta de Cristo Rey que la Iglesia celebra desde hace
siglos. Toda su literatura está orientada a la alabanza de la realeza maravillosa de
Cristo.
Hemos hecho notar que un día los judíos supieron mostrar a los gentiles donde
estaba su Rey102. Estos lo encontraron, en cambio las tinieblas espirituales cegaron

La traducción literal del hebreo es "Si tarda esperadle porque vendrá


seguramente; y se cumplirá con toda seguridad".
102

Cf. el capítulo: "¿Dónde está el Rey de los Judías que acaba de nacer?".

10
a los judíos. Pero en el último día será conocido por todos su nombre: "Rey de
Reyes y Señor de señores" (Apoc. XIX, 16).
El Introito de la Epifanía canta esta realeza (Mal. III, 1 y I Paral. XXIX, 12): "Ha
llegado el Soberano Señor; en su mano tiene el reino, el poder y el imperio".
El salmo LXXI contiene casi todos los trozos cantados de esta fiesta, tanto en la
Misa como en el Breviario. Algunos versículos de este salmo son particularmente
típicos para mostrar cuál será la realeza futura del Mesías: "Dominará de uno a otro
mar y desde el río hasta las extremidades de la tierra. Ante El se postrarán los
Etíopes, los Reyes de Tarsis y de las Islas le ofrecerán sus regalos. Los reyes de
Arabia y de Saba, le traerán sus dones. Todos los reyes se postrarán ante El".
Todos estos textos no pueden referirse sino a la segunda venida y Reino, puesto
que el día en que los Magos llegaron a Belén su cortejo no se parecía a esa
enumeración de reyes de que nos habla el salmo LXXI, ni a la que describe
magníficamente Isaías LX y que nos presenta la Epístola. "Los camellos y
dromedarios de Madián y de Efa, llegarán como un diluvio; los pueblos vendrán de
Saba trayendo oro y el incienso y cantando las alabanzas del Señor".
A raíz de las excavaciones hechas en Persépolis, ha aparecido una escala
monumental que ilustra admirablemente esos cortejos de príncipes llevando sus
regalos y cuya descripción es tan viva en el salmo LXXI y en Isaías.
Los tiempos de Adviento, Navidad y Epifanía, forman por el conjunto de sus textos
litúrgicos una síntesis de la vuelta y del Reino de Jesús. Forman como escalones que
cada año nos permiten avanzar en la comprensión de los grandes misterios futuros.
Acercan admirablemente las dos venidas del Señor: "Viene para salvar a su pueblo
de los pecados", dice el ángel a José (1° Adv). "Viene para reinar sobre la casa de
Jacob”, dice el ángel a la Virgen María (2° Adv.). Se ofreció una sola vez para cargar
los pecados; aparecerá sin pecado una segunda vez para salvación de los que le
esperan (Heb. IX, 28).

CICLO DE PASCUA

El ciclo de Pascua que comienza con Septuagésima, no se preocupa de poner en


evidencia la vuelta de Jesús como lo hace el ciclo de Navidad.
En la Iglesia primitiva la Cuaresma era la gran preparación al bautismo; la liturgia
será entonces una enseñanza para los catecúmenos. Nos recuerda la importancia
que tiene el acercar el Antiguo al Nuevo Testamento (misas diarias de Cuaresma), a
encontrar en la lectura de la palabra de Dios la verdadera vida del alma. "La semilla
es la palabra de Dios" (Lc. VIII, 11° Dom. de Sexagésima). "El hombre no sólo vive
de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt. IV, 4. 1° Domingo de
Cuaresma).
Escogeremos dentro del ciclo de Pascua sólo algunos textos absolutamente típicos
que anuncian la vuelta y el reino.
FIESTA DE LA ASCENSION. La Epístola de este día nos asegura en términos
absolutamente claros la segunda venida: "Este Jesús que ha sido arrebatado a los
cielos de en medio de vosotros, volverá DEL MISMO MODO que le habéis visto subir"
(Hech. I, 11).
FIESTA DE PENTECOSTES. En el Evangelio leemos la promesa de la vuelta. "Me
voy y volveré a vosotros" (Jn. XIV, 28) y los trozos cantados del salmo CXVII dicen la
gloria de Aquél que vencerá definitivamente a sus enemigos.
La liturgia de la popular fiesta, de CORPUS CHRISTI, nos hace repetir — tres veces
al día en Breviario — "¡Hasta que El venga!"103. "Anunciaréis la muerte del Señor
hasta que El venga" (I Cor. XI, 26).
El nuevo oficio de la FIESTA DEL SAGRADO CORAZON ha escogido como segunda
lección el texto de Jeremías. Es la vuelta, terrible para los impíos, de Jesús en un
torbellino, en el furor impetuoso de la tempestad que va a desencadenarse sobre
los culpables. "No tornará el ardor de la ira del Señor hasta que haya cumplido y

103

Ver Capítulo: "Hasta que El venga".

10
haya establecido los propósitos de su corazón. EN LOS TIEMPOS VENIDEROS
ENTENDEREIS ESTO" (Jer. XXX, 23-24)104.
La liturgia de la FIESTA DE CRISTO REY es un maravilloso epitalamio para
mostrarnos la Vuelta y el Reino. Forman parte de ella los textos más notables del
Apocalipsis, de Daniel, de San Pablo y de San Juan. Citaremos sólo uno — SERIA
NECESARIO CITARLOS TODOS: — “¿Entonces eres tú rey? Jesús responde a Pilatos:
"Tú lo dices, yo soy Rey y para eso he nacido" (Jn. XVIII, 36). Este texto resume en sí
la liturgia incomparable de esta fiesta que hace cantar a los cristianos los Salmos
Reales. Son estos los salmos XCII, XCVI, XCVIII que comienzan todos por estas
palabras: "El Señor es Rey". Esta fiesta es la expresión verdadera del brillo glorioso
de su reino105.
En la FIESTA DE TODOS LOS SANTOS la liturgia nos presenta una síntesis del
misterio del reino: reino de gracia y reino de gloria. Reino de gracia aquel que se
abre a nuestra alma y que el Evangelio de las Bienaventuranzas nos enseña a
construir en nosotros mismos por la pobreza, la dulzura, las lágrimas, el amor de la
justicia, de la misericordia, de la paz. La Epístola nos transporta por la lectura del
Apocalipsis (VII, 2-12), al Reino de la gloria, "a la hora admirable de la
concentración del nuevo pueblo de Dios compuesto, por una parte, de ciento
cuarenta y cuatro mil, pertenecientes a las doce tribus de Israel que fueron
marcadas y, además, por la multitud incontable de todas las naciones y tribus, de
todos los pueblos y lenguas. ¡Todos, Judíos y Gentiles, "están de pie frente al trono
en presencia del Cordero!".
Esta última fiesta del año litúrgico es de una síntesis prodigiosa: reino de gracia y
reno de gloria106, en donde será hecha la concentración de todos los elegidos!
;Aleluya!

TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Las últimas fiestas de que hemos hablado forman parte del tiempo después de
Pentecostés. Ahora veremos que la liturgia propia de este tiempo, la de los
Domingos, nos habla de la Vuelta de Cristo.
Los 24 Domingos — a veces algunos más según la fecha de Pascua - señalan los
siglos que transcurren desde la Ascensión hasta la Vuelta del Señor Jesús. La Iglesia
ha querido que encontremos una enseñanza viva de nuestra "feliz esperanza" y en
ella nos habla frecuentemente de la segunda venida.
LA IGLESIA HA ESCOGIDO EL COLOR VERDE A CAUSA DE LA ESPERANZA DE LA
VUELTA DE CRISTO. El color verde dice Dom Guéranger expresa la esperanza de la
Esposa (la Iglesia) que sabe que su suerte ha sido confiada por el Esposo al Espíritu
Santo, bajo cuya dirección hace su peregrinación 107. Nosotros agregaremos que el
color verde es el color del trigo nuevo que anuncia la cosecha al fin del siglo
predicha por Jesús (Mt. XIII, 39) y por el Apoc. (XIV, 15-16). Es la espera paciente del
labrador "en la esperanza del precioso fruto de la tierra" (Sant. IV, 7).
Al fin del tiempo después de Pentecostés — mes de Noviembre — las lecturas de
la Biblia son de los profetas Exequiel y Daniel, "cuya mirada después de haber
recorrido la sucesión de los imperios, penetra hasta el fin de los tiempos, y la de los
profetas menores que anuncian las venganzas divinas, los últimos de los cuales
anuncian al mismo tiempo la vuelta del Hijo de Dios"108.

104

Todo este capítulo de Jeremías es escatológico y responde a nuestro estudio:


"El quiebra las cabezas sobre toda la tierra".
105

Ver Capítulo: "Yo soy Rey y para esto he nacido".


106

Ver Capítulo: "Mientras vivimos es preciso acercarnos al trono de la gracia".


107

D. Guéranger. Año Litúrgico. Tiempo después de Pentecostés. T. 1, pág. 8.


108

D. Guéranger, op. cit. t. 1, pág. 8.

10
A partir del XVIII Domingo después de Pentecostés, los textos litúrgicos nos
recuerdan en términos bien claros la próxima venida del Señor Jesús. "Derrama la
paz sobre los que te esperan a fin de que los profetas sean encontrados verídicos "
(Ecles. XXXVI, 18), canta el Introito y recibimos la promesa de ser mantenidos
irreprochables hasta su vuelta (Epíst. I Cor. I, 4-8).
En el Domingo XIX, escuchamos el llamado del Rey al festín de las bodas del
Esposo, tan deseadas y esperadas109.
En el Domingo XX, San Pablo nos aconseja redimir el tiempo, porque los días son
malos (Ef. V, 15-21).
En el Domingo XXI, la enseñanza se hace cada vez más apremiante; es el "día
malo", el día de Satanás… del Anticristo. Debemos vestirnos con la armadura de
Dios, es decir: verdad, justicia, predicación del Evangelio, fe, palabra de Dios, para
resistir al enemigo (Ef. VI, 10-17), al enemigo que ataca a Job (ofertorio), al enemigo
que ataca a Mardoqueo (introito). Pero cantamos en la comunión nuestra seguridad
de ser libertados por la Vuelta de Cristo: "Mi alma espera su salvación, he esperado
en tu promesa" (Sal. CXVIII, 81).
El Domingo XXII, abre una esperanza luminosa en el porvenir. "Tengo confianza,
dice San Pablo, que Aquél que ha comenzado la buena obra en vosotros la seguirá
perfeccionando hasta el día de Jesucristo" (Epíst. Fil. I, 6-11). Es el Domingo del Día
de Jesucristo, como el precedente fué el día del Anticristo, el "día malo".
A partir del Domingo XXIII se hace cada vez más clara la enseñanza: anuncia la
concentración de Israel, el gran llamado del cautiverio: "Yo juntaré de todas partes
vuestros cautivos" (Jer. XXIX, 11-15).
El Salmo CXXIX proporciona los textos cantados; en los primeros tiempos era
cantado entero. He aquí algunos versículos traducidos del hebreo: "¡Desde
profundos abismos clamo a ti Jehová! oye mi voz… Si tú mirases las iniquidades, ah
Señor, ¿quién podrá estar en pie? Empero contigo está el perdón para que puedas
ser temido.
"Yo espero a Jehová, mi alma espera, y en su promesa tengo puesta mi
esperanza. Mi alma espera a Jehová más que aquellos que aguardan la mañana...".
Este Salmo "De Profundis" es el salmo de los que "aguardan", de los que
"esperan", de los que "aguardan en la noche", en la noche de la fe en la vuelta del
Señor"110.
¿Seremos nosotros esos fieles centinelas, o más bien somos aquellos de que habla
San Pablo a los Filipenses, "que no gustan sino de las cosas de la tierra"? "Para
nosotros nuestra vida es la de ciudadanos de los cielos, de los cuales esperamos al
Señor Jesús" (Filip. III, 20).
El Domingo XXIV, nos enseña por medio de la Epístola que Dios nos ha
"trasladado a la herencia de los Santos en el Reino del Hijo de su Amor" (Col. I, 9-
14).
Ese reino de gracia prepara el reino de gloria que está a la puerta, puesto que el
Evangelio nos dice cuáles son los signos trágicos que anunciarán la venida del Hijo
del Hombre: "Sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad" (Mt. XXIV, 15-
35).
Nuestra esperanza se realiza. Podemos contemplar la Señal del Hijo del
Hombre111.
Sobre esta visión de gloria para los justos, y de desolación para los impíos, cae la
gran cortina del drama que nos hace vivir el año litúrgico: el drama del misterio de
Cristo.
En la secreta de esta misa elevamos a Dios una última súplica bien necesaria para
los últimos días:

109

Ver Capítulo: "He aquí el Esposo que viene".


110

El Salmo CXXIX aparece en las 2° vísperas de Navidad, para señalar la


espera de los Judíos.
111

Ver Capítulo: "Todo ojo verá".

10
"Señor, vuelve hacia Ti nuestros corazones para que seamos libertados de las
concupiscencias de la tierra".

Misas del Común de los Santos

El Común de los santos es un conjunto de misas compuestas para los


bienaventurados cuya fiesta no tiene liturgia especial.
En su origen estos "comunes" eran misas propias de santos particularmente
venerados: Santa Inés, San Martín, San Esteban, San Lorenzo.
La composición de las misas del común de mártires se remonta generalmente al
siglo XI; los otros comunes: confesores pontífices, doctores, confesores no
pontífices, abades, vírgenes y santas mujeres fueron elaboradas un siglo o dos más
tarde, en plena Edad Media.
Las misas de estos últimos comunes hacen alusiones frecuentes por los textos
escogidos a la vuelta de Cristo y a la necesidad de velar para esperarlo. Cada misa,
sin excepción, nos recuerda sobre todo por el Evangelio el deber primordial del
cristiano, de ser un vigilante que espera al Maestro, al Rey o al Esposo.
En el primer momento pensamos que todos esos textos han estado allí durante
ocho siglos para recordarnos la vuelta gloriosa del Señor; sin embargo, después de
un estudio prolijo de comparación con el espíritu de la Edad Media respecto a "las
cosas que están por venir", hemos constatado que la acumulación de textos
escatológicos no ha sido colocada ahí para hacernos temblar de alegría con el
pensamiento de la vuelta gloriosa de Jesús con sus santos, sino para inspirarnos el
temor de la muerte individual y del juicio de Dios.
Estos textos — del fin de los tiempos — están ahí para prepararnos a bien morir;
confusión evidente de la Parusía y de la muerte112.
Otro fué el cuidado de la liturgia antigua en el Tiempo después de Pentecostés
como lo hemos señalado, que quiere enseñarnos la vuelta de Cristo y no la muerte.
Esta confusión corresponde con la transformación del arte en la misma época como
lo expondremos más adelante.
Los siglos XII y XIII quitaron su corona al Rey del Apocalipsis, al Cristo glorioso
para mostrarnos en sus catedrales únicamente al juez, y escenas de horror y
condenación. Parece que la Edad Media sólo consideró el juicio de Dios, terrible sí,
pero sólo para los impíos; las escenas de condenación se muestran con amplitud
extraordinaria, sea con las esculturas de piedra de las catedrales, o bien en las
escenas de los misterios representados frente a esas mismas esculturas. Se nos
muestran también en los libros de las Horas, sobre telas pintadas, en las tapicerías
y danzas macabras.
Parece inevitable la condenación; fué entonces cuando se compuso el trágico Dies
irae. ¿Cómo conciliar este canto con la definición dogmática de la visión beatífica
otorgada a los justos después de la muerte, si en el día del juicio, el justo, el elegido
apenas estará seguro: "cum vix justus sit securus?".
El fin de los tiempos ha llegado a ser un espanto para los que en él piensan;
entonces para calmar a las almas inquietas, la liturgia dice: ¡Pensad en vuestra
muerte, estad prontos para ese día! De ahí la transposición de los textos
escatológicos en lecciones de moral y de "bien vivir", porque ¡hay un arte de bien
vivir y de bien morir! El Ars rnoriendi de Venard era leído asiduamente durante la
Edad Media113.
Pero si el común de las misas no ha tenido por fin principal despertar la atención
de los cristianos sobre la vuelta de Jesús, cuando fueron compuestas en los siglos
XII y XIII, ¿no podemos nosotros restablecer en su verdadero sentido esas páginas
escatológicas que leemos diariamente? ¿No podremos olvidar nuestro punto de

112

Ver Capítulo: "El día del Señor vendrá corno un ladrón".


113

Es preciso notar que la misa del último día del año — fiesta de San Silvestre
— no está compuesta sino por textos escatológicos. Preocupación evidente de hacer
pensar en la muerte.

11
vista personal, aunque sea excelente como sería el de nuestra muerte, y
comprender que hay una alegría reservada, una recompensa magnífica "para
aquellos que aman su Veni-da"? (II Tim. IV, 8).
Entre los textos escatológicos más significativos que figuran en las misas de los
comunes, notamos:
Evangelio de los talentos (Mt. XX y Lc. XIX).
Evangelio del servidor que vela (Mt. XXIV y Mc. XIII)114.
Tened vuestras ropas ceñidas y la lámpara prendida (Lc. XII).
Evangelio de las Vírgenes necias y prudentes (Mt. XXV)115.
Promesa de tronos para juzgar (Mt. XIX).
Parábolas del Reino de los Cielos (Mt. XIII).
¡Espera de la venida del Señor can amor! (II Tim. IV).

De este modo la liturgia prepara para el día del Señor desde el Adviento hasta el
Domingo XXIV después de Pentecostés a cualquiera que sepa leer y comprender,
con el fin de vivir los misterios futuros; a cualquiera que tenga ojos para ver y oídos
para oír y corazón para vivir116.
Asistimos en estos últimos años a una renovación del espíritu litúrgico entre los
católicos; ¿no podemos esperar por medio de la oración oficial de la Iglesia una
renovación de esa Esperanza Viva, que es la ALEGRE ESPERA DE LA VENIDA DEL
SEÑOR JESUS Y DE SU REINO GLORIOSO?117.

IV

CRISTO REY Y HOMBRE EN EL ARTE

El arte cristiano primitivo se inspiró en los dogmas; mucho tiempo conservó el


espíritu tradicional de los primeros siglos, que enseñaba a las masas las glorias del
reino mesiánico después de la vuelta gloriosa de Cristo.
Con el objeto de apoyar nuestra tesis en el Arte, tomaremos tres temas
iconográficos que nos parecen muy significativos, y seguiremos bajo este punto de
vista la evolución del arte cristiano. El arte cristiano representó hasta el siglo XII la
realeza de Cristo. En seguida su humanidad tomó este lugar. En vez de pequeño rey
aparece como niño juguetón; en vez del Cristo coronado de piedras preciosas,
aparece el Cristo coronado de espinas; en vez del Rey en majestad aparece el Hijo
del hombre mostrando sus llagas.

El siglo XIII quita definitivamente su corona a Jesús

Paso a paso seguiremos la evolución de la representación de Cristo: en los brazos


de su madre—clavado en la cruz—volviendo sobre las nubes. La evolución
producida en estas tres formas iconográficas de la figura de Cristo es
absolutamente la misma; perderá a través de los siglos su majestad real para ser
finalmente privado de su corona.

114

Ver Capítulo: "Guardaban las velas de la noche".


115

Ver Capítulo: "He aquí el Esposo que viene".


116

Ver Capítulo: "Ojos para no ver".


117

Las traducciones de este capítulo son tomadas del Misal del Rev. Dom
Cabrol (Mame), y del Breviario traducido por Dom Gréa (Desclée, de Brouwer).
Las traducciones corresponden al texto latino y no al original hebreo o
griego. Hemos tomado para esta parte litúrgica la numeración de los salmos según
la Vulgata.

11
I. EL NIÑO Y LA MADRE

Nuestro primer tema es Jesús niño sobre las rodillas o en brazos de su Madre. Esta
representación iconográfica de Cristo toma su carácter en Bizancio; la Virgen está
sentada y tiene al Niño sobre sus rodillas: los dos sobre el mismo eje, los dos en
actitud hierática y real. Numerosas imitaciones de la "Théotokos" (Madre de Dios)
se encuentran en Roma en donde se conservan todavía once en las cúpulas de las
diferentes basílicas, siendo la más famosa de ellas la de Santa María Mayor.
Las Catedrales de Francia en el siglo XII estaban adornadas de esta escena llena
de grandeza en la cual María presenta su Hijo Rey a la adoración de los hombres.
Las más de las veces María tiene en su mano el cetro real que el Niño es impotente
aún de mantener. El cetro es el gran símbolo que lo señala: "Vendrá a gobernar a
las naciones con cetro de hierro" (Apoc. XII, 5).
La dignidad es la característica de estas estatuas: el arte quiere servir a la gran
causa del Rey divino. Las catedrales de Chartres, de París, poseen las más bellas; la
estatua de la Mayor en Marsella tiene un carácter oriental casi salvaje. Más graciosa
es la de Monserrat.
Pero pronto asistimos a la transformación de este espíritu primitivo; poco a poco
van desapareciendo la dignidad de la Madre y del Niño. Vemos entonces un Niñito
que juega sobre la falda de su Madre con el globo terráqueo; así se nos representa
en el precioso marfil de la Saint Chapelle en el Louvre. La Virgen de Monserrat
sostiene con respeto ese globo que pasa a ser después juguete del Niño. ¿No
representa el globo el signo iconográfico del don prodigioso que Dios ofrece a su
Hijo? "Pide y te daré las naciones por herencia, por dominio las extremidades de la
tierra" (Sal. II, 8).
El artista que sin duda ha querido halagar el sentido dogmático disminuído de los
cristianos de entonces, evoca a la Virgen María como una mamá dichosa,
entretenida con el Niño risueño y amable, que sólo es un "chico". A veces le ofrece
el pecho que El toma ávidamente, o bien con audacia introduce su manecita por la
túnica entreabierta de su madre.
No hay duda que estos grupos están llenos de matices muy humanos; son a veces
— salvo algunos — verdaderas obras maestras de expresión femenina e infantil. Un
arte joven lleno de savia se nos revela en estas estatuas y nos deja una sonrisa en
el corazón.
La Virgen de Marturet en Riom es verdaderamente encantadora con su "chiquitín
taimado"; el pajarito que tiene en su mano lo ha picado y él se enoja; deliciosos son
ciertos cuadros de las escuelas del Norte que nos presentan escenas en que la
Virgen envuelve al Niño con los pañales, o calienta su cuerpecito desnudo frente al
fuego mientras los ángeles secan sus ropas al calor de la llama. En otros la Madre
hace tomar su sopita al Niño como en Gerardo David; para que el Niño tome bien la
sopa la madre le da una cucharita tal como hacían nuestras mamás con nosotros.
¡La cucharita sopera ha venido a reemplazar el cetro real en las manos del Salvador
del Mundo!
¿Es este un arte que servía para enseñar dogma al pueblo o para hacer brotar de
su corazón una oración?
¡Este arte humano se transformó en pagano!
Cuando seguimos el simple desarrollo de este primer tema iconográfico de "El
Niño y la Madre" se excusa la reacción protestante que suprimió la reproducción de
las imágenes: ya los abusos no se medían.
De este modo ¡nuestro Jesús del siglo XII, Rey con cetro y corona real, sentado en
el trono de los brazos maternos se transforma en el siglo XIII en un niño juguetón,
divertido y por fin en "un chiquitín"!

2. EL CRUCIFIJO

11
Nuestro segundo estudio es el de Jesús Crucificado. Deberíamos decir para ser
verídicos: (por lo menos cuando nos referimos a los siglos antiguos) el tema de
Jesús glorificado sobre la Cruz.
Repugnaba, parece, a los artistas primitivos representar al Salvador sobre la Cruz
bajo el aspecto humillado y doloroso. Se consideraba su muerte como un triunfo y
muchas veces se confundía en el mismo tema iconográfico su crucifixión con su
resurrección. "Sobre algunos sarcófagos, escribe M. Bréhier, la cruz desnuda se
levanta coronada de laureles entre los cuales se destaca un monograma; dos
palomas, signos de la resurrección, se posan sobre los brazos de la cruz y a los pies
de ella están los soldados dormidos. Las dos escenas, coma vemos, están fundidas
en una sola composición que expresa maravillosamente el sentido de triunfo que se
daba al sacrificio del Calvario"118.
Pronto vemos que se aísla a la cruz; pero como en el ábside de San Apolinario "in
classe", de Ravena, es una gran cruz de pedrerías en la cual no figura el Crucificado.
En Monza, la cruz aparece vacía aún, pero a ambos lados están crucificados los
ladrones. Más tarde esta misma cruz, todavía vacía, coronada por un busto de
Cristo en un medallón; por fin, tenemos una cruz de orfebrería copta, que se
conserva en el Museo del Cairo, que nos representa a Jesús sobre la cruz vestido
con una larga túnica.
Se ha dado ya con el tema y se seguirá desarrollándolo. Pero Cristo sobre la cruz
permanece siempre Rey, y a menudo está coronado de piedras preciosas; su faz es
dulce y viril, pero no dolorosa. Lleva una larga túnica o colobium. Uno de los
ejemplares más notables de este tema es el de Santa María la Antigua en el
Palatino, atribuído al siglo VIII.
La catedral de Amiens conserva un hermosísimo ejemplar de este CRISTO, VIVO Y
REY, SOBRE LA CRUZ. Italia venera el famoso San Voult de Luca.
Hasta aquí la cruz ha sido un trono, una glorificación para Aquél que en ella
reposa. El crucificado es un Rey, no es un ajusticiado. Pero pronto en el siglo XIII,
desaparece su carácter real y es Jesús hombre quien se nos muestra moviéndonos a
la compasión. ¡Cómo no conmoverse al ver los dolores físicos atroces del
crucificado, ante sus miembros estirados, sus manos crispadas, sus rodillas
encogidas, su faz apagada, dolorosa, lamentable! Su cabeza está inclinada porque
desde esa época Jesús es representado muerto sobre la Cruz.
La crucifixión de la parte superior de la catedral de Reims nos muestra este
profundo cambio; mejor aún, el Cristo del Louvre, obra de Courajod, o bien el del
Giotto, y por fin el encantador bajorrelieve de San Julián el Pobre, colocado bajo el
altar.
Pero sobre todo es la crucifixión de Matías Grünewald la que nos permite medir la
distancia enorme entre los dos temas, Cristo Rey sobre la Cruz y el hombre
crucificado.
El realismo ha llegado a su cúspide y el místico que contempla esta
representación dolorosamente trágica, alimenta su imaginación de estas ideas
conmovedoras pero humanas. Olvida la realeza de Cristo para dar rienda suelta a su
compasión por el pobre hombre, hombre de dolores solamente; aun se ha llegado a
llamarlo "despojo humano".

3. EL QUE HA DE VOLVER

Las escenas del juicio final en el arte, se apoyaron principalmente sobre dos
fuentes de inspiración, según si se consideraba la glorificación de Cristo como Rey
en majestad, o bien como Juez que muestra sus llagas para confusión de los impíos.
Las reproducciones más antiguas se inspiraban en el primer tema; a partir del
siglo XIII se prefirió el segundo con el objeto de atemorizar a las masas con el
pensamiento de la vuelta del Señor.
El último libro de la Biblia con sus páginas misteriosas, con las escenas trágicas
que vió Juan en Patmos fué muy popular en Francia en el siglo XI. Se leía, se

118

L. BREHIER, "L'art chrétien", París, Laurens, Pág. 80.

11
comentaba el Apocalipsis en los monasterios y los artistas formados a menudo por
los monjes nos han dejado una serie de frescos célebres. Los de San Savian son
notables. Iluminaron manuscritos y esculpieron altares para enseñar al pueblo
algunas de las grandes visiones de San Juan. El pórtico de Moissac pertenece a esta
admirable serie apocalíptica.
E. Male ha creído poder establecer que estas fachadas del sur de Francia
encontraron su inspiración en los manuscritos, inspirados a su vez en un comentario
del siglo VII del abad Beatus, de la abadía benedictina de Liébana en España 119.
Los artistas de Moissac y de Arles otorgaron la corona real a Jesús y lo
representaron en plena gloria. Pero, bien pronto en Chartres, en Mans, en Burgos
aunque guardaron la inspiración apocalíptica, EL CRISTO DEJA DE SER CORONADO.
Por fin en el siglo XIII aparece el nuevo tema: Jesucristo muestra sus llagas como lo
hacía sobre la Cruz y los ángeles a su alrededor llevan "los signos del Hijo del
Hombre".
En los temas iconográficos considerados anteriormente, el arte olvida al Rey, para
no pensar sino en la humanidad, en el pequeño Niño, en las llagas del divino
crucificado. Aquí pasa igual cosa; sin embargo, el tema, a pesar de su evolución,
conserva su insigne grandeza y todo su alcance teológico. La escena trágica del día
del Señor ha guardado su majestad impresionante.
El arte bizantino había concebido la escena del Juicio Final con ciertas
particularidades iconográficas que ya hemos señalado.
Jesús vuelve sobre las nubes sentado sobre un arco-iris: muestra también sus
llagas. A sus pies está un trono magníficamente adornado y vacío; hay un libro
colocado sobre él, probablemente el del Juicio Final, dos serafines y dos ángeles lo
custodian. Detrás del trono están colocadas una lanza, una cruz, la esponja y a los
pies del trono en actitud suplicante hay dos ancianos: Adán y Eva.
El trono ha permanecido vacío desde el Paraíso: el Salvador del hombre va a venir
a ocupar el trono como nuevo Adán. Esta magnífica concepción teológica está
admirablemente conservada en Torcello.
Esta idea de la "preparación del trono" o hétimasia se encuentra también
independiente de la representación del Juicio Final; así podemos ver en Ravena en
el Bautisterio de los Arrianos o en un hermoso bajorrelieve de la colección de
Béarn120. Tras el trono vacío que espera a su dueño están colocados igualmente los
instrumentos de la Pasión de Cristo, porque por este camino ha llegado a la gloria.
"¿No era acaso necesario que el Cristo padeciese todas estas cosas para que
entrara a su gloria?" (Lc. XXIV, 26).
Esta transformación que los tres temas tratados ha sufrido en la iconografía y que
es familiar a los artistas y al pueblo, no puede haberse producido en un conjunto
tan perfecto sin que causas profundas hayan determinado un cambio evidente del
espíritu entre los siglos XI y XIII.
La Iglesia primitiva debió luchar contra la herejía concerniente a la divinidad del
Mesías; para refutarlas se mostró a Cristo en su poder como Rey, aún en la
humillación del Gólgota.
Pero más tarde la sensibilidad toma un giro curioso en nuestro mundo medioeval.
Los artistas buscaron el modo de conmover los corazones, multiplicando los
episodios para ayudar, según creían, a la meditación 121; en realidad "desviaban" el
espíritu arrancándolo de la luminosa y sencilla consideración dogmática. El arte se
puso al servicio de esta sensibilidad exagerada y después del siglo XIII las
representaciones del Evangelio perdieron su verdadero sentido religioso. Ya en el
siglo XII un clérigo protestaba contra las primeras estatuas esculpidas en los
pórticos de las catedrales, llamándolas "ídolos".

119

E. MALE. L'art religieux du XII s. en France. París. Colín, ch. I p 4 y ss.


120

Reproducción en los "Monuments Piot", t. IX (Leroux) y en el "Manuel d'Art


byzantin de Ch. DIEHL (Laurens). Es el motivo colocado en la tapa de este libro.
121

SAN BUENAVENTURA. "Les Méditations de la vie du Christ”. París, de Girod,


1914. La atribución a San Buenaventura no puede ser aceptada.

11
Otra causa de la decadencia del arte cristiano fué el deseo del artista de adquirir
renombre. Su personalidad lo hizo buscar la originalidad; quiso liberarse de los
cánones iconográficos para crear, abandonar lo tradicional para hacer algo nuevo,
concebir una "obra maestra", ¡una obra maestra personal!
Por fin el arte cristiano no estuvo sólo destinado a la Iglesia y monasterios. Los
reyes, los señores, los burgueses ricos deseaban tener ellos también sus cuadros,
sus estatuas, sus iluminadores y desde entonces el espíritu naturalista invadió
rápidamente las escenas hieráticas de otros tiempos; alteró muchas veces la pureza
de las líneas y puso el sello de su sensibilidad sobre cada tema iconográfico.

***

¿No sería tiempo de volver en el arte al gran concepto de Cristo Rey?


Rey en los brazos de su Madre y no un "pequeñín".
Rey sobre la cruz y no "un despojo humano".
Rey en los juicios por venir.

"¡VENGA TU REINO!"

"LA VENIDA DEL SEÑOR EN LA LITURGIA"


por
J. Pinsk Doctor en teología
Publicado en: "Liturgische Zeitschrift Jahrgang", 1932-1933 y reproducido en el
"Bulletin Paroissial Liturguique" (N.o 1, 1938), de la Abadía de "Saint André les
Bruges", de Bélgica.

11