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FERNANDO CRUZ KRONFLY

Profesor titular de la Universidad del Valle


Facultad de Ciencias de la Admistración
Doctor Honoris Causa en Literatura Universidad del Valle
Escritor, ensayista.
Director Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento
Administrativo

LA ALDEA ENCANTADA

Colección Bitácora
Colección BITÁCORA
N° 6
Dirección Cultural

Universidad Industrial de Santander
Rector. Jaime Alberto Camacho Pico
Vicerrector Académico. Álvaro Gómez Torrado
Dirección Cultural. Luis Álvaro Mejía Argüello

Impresión:
División Editorial y de Publicaciones UIS

Comité Editorial
Armando Martínez Garnica
Serafín Martínez González
Luis Alvaro Mejía A.

Bucaramanga, junio de 2008

Dirección Cultural UIS


Ciudad Universitaria Cra. 27 calle 9.
Tel. 6846730 - 6321349 Fax. 6321364
divcult@uis.edu.co
Bucaramanga, Colombia

Impreso en Colombia
LA ALDEA ENCANTADA

“...la modernización de una sociedad puede ser descrita


bajo el punto de vista de una racionalización cultural y
social.”

Jürgen Habermas
Teoría de la Acción Comunicativa

La aldea donde transcurren los hechos en Cien Años


de Soledad, de García Márquez, es una aldea todavía
encantada. Esta afirmación requiere una explicación
preliminar. Cuando hablo de aldea encantada, más allá
de la eventual belleza formal de la frase y del mundo
de fascinación que anuncia, lo que quiero significar
es que en el lugar donde ocurren los acontecimientos
de la novela que nos ocupa no se ha producido aún
lo que Max Weber denomina el desencantamiento
de las imágenes del mundo (Max Weber. Economía
y sociedad, 1.968), rasgo inequívoco que caracteriza
la mentalidad y la cultura modernas en Occidente.
Todos los estudios sobre el ingreso de Occidente en la
modernidad coinciden en que, quizás la característica
más notable de la mente moderna, es la secularización
y laicización de las operaciones del pensamiento y de
la cultura, mediante un agudo y extendido proceso
3
de desencantamiento del mundo, según reglas y
normas de tipo racional. En este orden de ideas, si
la aldea donde suceden los hechos y las historias de
Cien Años de Soledad se encuentra encantada, esto
significa que allí no ha ocurrido la secularización de
la cultura y que sus personajes y los acontecimientos
se deben entender inscritos en una etapa de la historia
de la humanidad anclada, en razón de sus mitos, en la
pre-modernidad mental y cultural.

Este anclaje en la pre-modernidad no debe, sin


embargo, preocupar a la literatura, puesto que en
muchas ocasiones se convierte en clave de encanto
de ciertas obras que han llegado hasta nosotros en el
siglo XX o que han hecho parte significativa de él.

Jürgen Habermas, siguiendo de cerca los pasos de


Max Weber (Jürgen Habermas: Teoría de la acción
comunicativa, 1.989), define la modernidad como
la época histórica en que ocurre un agudo proceso
de racionalización de todas las esferas de la vida.
Esta racionalización se expresa a través de un eje de
cálculo racional de medios y de fines que aglutina
alrededor suyo la práctica de las artes, la filosofía, la
economía, el derecho, la política y todas las demás
actividades humanas, entre ellas la ciencia y la técnica
en cuanto nuevos escenarios del ejercicio de la razón,
según normas, rigores metodológicos y principios
predeterminados. En la modernidad, las artes ya
no se perciben como el resultado espontáneo de la
simple inspiración y posesión de las musas sobre el
creador, sino más bien como el producto calculado
4
de medios idóneos y de técnicas racionalmente
elegidas para producir un resultado intencional.
Leonardo Da Vinci estudia la anatomía humana con
el detenimiento de un relojero y la pintura, en general,
ingresa en el mundo de la perspectiva geométrica y en
la consecuente matematización del espacio pictórico.
Descartes somete la filosofía al imperio de la razón y
desde entonces el “amor a la sabiduría” de los griegos
debió pasar por la duda metódica y la construcción
racional de sus presupuestos. La economía, en manos
de los mercaderes y de la burguesía emergente, pasó
a convertirse en una actividad sometida al cálculo
económico del tiempo eficaz, tal como describe con
exactitud Alfred Von Martín en sus estudios sobre
el renacimiento en Florencia. (Alfred Von Martin:
Sociología del Renacimiento, 1980) Las normas
jurídicas ya no fueron el resultado del capricho del
gobernante de turno sino que debieron plegarse a
las exigencias de la racionalidad, en cuanto normas-
medio, eficaces para generar y consolidar como un fin
el orden social. Y hasta la política, con Maquiavelo,
fue concebida como una práctica humana, demasiado
humana, sometida a las leyes del cálculo racional y de
los métodos eficaces para producir resultados prácticos,
quedando de este modo inscrita en una lógica mundana
según la cual el fin justifica los medios. Finalmente,
la astronomía, una de las aventuras científicas más
notables y apasionantes de la época, debió con
Copérnico atreverse a matematizar el espacio, antes
denominado Cielo, para derivar conclusiones fuertes,
capaces por sí mismas de empezar a configurar lo que
algunos pensadores, como Thomas Kuhn denominan
5
con propiedad la Revolución Copernicana (Thomas
Kuhn: La revolución copernicana, 1981) Copernizar
la mirada pasó a significar, desde entonces, el ingreso
de la humanidad occidental en un nuevo paradigma,
mediante una profunda ruptura en la cosmovisión
tradicional del mundo, conducente a una obligada
resignificación en los términos de lo que ya estaba dicho
de otro modo, en fin, volver a barajar en condiciones
racionales todo el universo de la cultura. Se trata ahora
del ingreso de Occidente en la modernidad mental,
sometida a exigencias de racionalidad que antes no
existían. Una racionalidad que ahora formula leyes,
elabora teorías, exige pruebas, diseña experimentos
y demanda rigor de método y consensos rigurosos en
los procedimientos de la mente.

Sin embargo, al tiempo que en “el centro” moderno


del mundo Occidental estaba ocurriendo este proceso
de secularización cada vez más agudo, conducente
al desencantamiento de las imágenes del mundo,
algunas áreas geográficas y culturales resistían
oponiendo su religión y su mitología, su magia y su
hechicería. El proceso de globalización económico y
cultural que actualmente se impone en el mundo no
ha sido el único ni el más importante en la historia. La
cristianización, debe entenderse como un proceso de
globalización cultural y de los sentimientos humanos
asociados a determinadas creencias religiosas,
propuesta que conquistó desde el medio oriente al
Occidente europeo y a través suyo a sus colonias de
ultramar. De igual manera, la modernidad mental
y cultural fue una propuesta que Occidente le hizo
6
al resto de la humanidad, que terminó por seducirla
y conquistarla, al menos en el ámbito de las élites
intelectuales librepensadoras y escolarizadas, de
mente secular. Surgen entonces nuevos modos de
pensar y de vivir denominados “civilizados”. La
propuesta racionalista terminó por imponerse en la
educación escolar, primaria y secundaria, así como en
la formación superior, arrancadas ahora al dogma y al
control de la iglesia. La disputa que el pensamiento
laico y secular le planteó al pensamiento confesional
religioso, respecto del aparato escolar y universitario,
hace parte de la historia de Occidente y de manera
un tanto trágica de nuestra historia nacional. Si algo
caracterizó etapas enteras de la historia política e
ideológica de este país colombiano, fue el combate que
en su momento debieron librar los sectores liberales
librepensadores durante los siglos XIX y XX por
controlar la educación, en manos de las aristocracias
de papel fuertemente conservadoras ligadas al
aparato de la Iglesia. Y, todo, porque el proyecto
de modernización técnica y de modernidad mental
y espiritual, en cuanto un nuevo modo de pensar y
de vivir la existencia, debía pasar, ante todo, por el
circuito educativo. Si no era a través de la educación
formal, parecía imposible proponerse con seriedad un
proyecto político y social de modernidad mental y de
modernización técnica e instrumental.

Pero, mientras este proceso de modernización se


extendía por las ciudades de mayor contacto con
los centros modernos, dinámicos y contagiosos,
en nuestras aldeas alejadas continuaban vigentes el
7
encantamiento del mundo, la mentalidad mágica y
religiosa, los mitos y la hechicería, el poder de los
augurios y la causalidad primaria no sometida a las
normas y reglas que impone la ciencia.

América Latina, se ha dicho ya de manera suficiente,


es un continente culturalmente híbrido y plural. Para
el caso colombiano, nuestra conformación étnica y
cultural se deriva de tres núcleos básicos. El núcleo
hispánico, cristiano católico, no sólo premoderno sino
anti-moderno. El núcelo aborigen, mítico-mágico-
hechicero. Y, finalmente, el núcleo africano, mítico-
mágico-hechicero, también. ¿Qué tantas cosas y de
qué características podrían esperarse de este hibridaje
por coexistencia de culturas tradicionales y arcaicas,
tan distante de la modernidad prototípica racionalista,
qué tantas derivaciones en el terreno de la creatividad
y la cultura? Pero, además, hacia los inicios del
siglo XIX, con la revolución de independencia, el
comienzo de la vida republicana y las influencias de
la Ilustración y del pensamiento filosófico-político
revolucionario francés e inglés, nuestro país tuvo
un nuevo núcleo cultural de influencia, en este caso
moderno, que vino a sumarse al hibridaje anterior,
tornándolo más complejo y seductoramente más
inédito. Este nuevo componente de modernización
y de modernidad comprende la economía capitalista,
dominada por el cálculo y la racionalidad productiva
instrumental adecuada a fines y medios eficaces, por
la racionalidad política democrática al menos en sus
formas y apariencias, por la agitación intelectual
en los colegios y universidades, por el proceso de
8
urbanización y el impacto sobre la sociedad y la
cultura del libre pensamiento, todo lo cual impone
a la sociedad en su conjunto una nueva dinámica en
términos de modernización del aparato productivo
y de las instituciones, así como de modernidad
desde el punto de vista de una mentalidad secular
y laica, desencantada. Entre tanto, las aldeas que
se fueron quedando por fuera de esta lógica social
de modernización instrumental y de modernidad
mental, terminaron ensimismadas en medio de su
aislamiento mítico, mágico, agorero, hechicero y una
cierta cuota de religión. Hablo de aldeas mucho más
aisladas que solitarias, donde la soledad se expresa
fundamentalmente bajo la forma de alejamiento del
“epicentro” civilizador y de abandono a su suerte en
condiciones culturalmente endogámicas; hablo de
marginalidad respecto de los procesos de modernidad
y modernización, así como de natural asombro cuando
ocurre el contacto exporádico con la civilización y los
avances de la técnica que vienen de lejos, en medio de
estruendos y conmociones que parecen terremotos. En
estas aldeas, la visión de la vida humana permanece
anclada en el mito, la magia, los augurios y las
premoniciones, la predestinación y el asombro. Se
trata, en fin, de aldeas donde no ha ocurrido todavía y
quizás no ocurrirá jamás el desencantamiento de las
imágenes del mundo.

Este es el universo encantado que gobierna la lógica


mental de los personajes que circulan por los corredores
de esa gran casa de medio-locos y de chiflados, que es
Cien Años de Soledad.
9
La chifladura es, en consecuencia, el tema que se
impone y que sigue.

La medio-locura humana, la chifladura y el despiste


pueden derivarse en ciertos casos del anacronismo,
ya sea por anticipación visionaria del sujeto o por
atraso mental o simbólico del mismo respecto de la
época que le haya tocado en suerte. En ambos casos
nos encontramos delante de un sujeto relativamente
desajustado en relación con las coordenadas mentales
de su tiempo. Cada época tiene su propio criterio de
normalidad. Desde este punto de vista, suele tener
consecuencias imprevisibles vivir mentalmente en
épocas históricas pasadas que no corresponden a las
lógicas del presente, situarse por fuera de la actualidad
del mundo, existir un tanto al revés en el tiempo
equivocado. Don Quijote es uno de estos buenos
ejemplos de anacronismo mental que la literatura nos
ofrece. Si el hijo imaginario de Cervantes hubiera
existido en el tiempo de la caballería y en medio de
su vigencia histórica, no habría sido medio-loco sino
por el contrario un gran caballero andante con todos
sus pergaminos en regla. La chifladura de Quijote,
lo que equivale a decir sus “quijotadas”, derivan
principalmente del anacronismo de sus andanzas y
sistema de valores, de sus propósitos y proyectos fuera
de época, en cuanto vive en un tiempo mental que
no le corresponde porque, simplemente, ya no existe.
Ya para los días de nuestro personaje, el universo
mental y simbólico de la caballería había pasado de
moda. Este desajuste de época, por anticipación o por
rezago, es una de las señales más significativas que
10
se deben tener en cuenta en el momento de identificar
los rasgos mentales decisivos de ciertos personajes en
la historia de la literatura universal. Los personajes
anacrónicos, que cabalgan con un pie puesto en una
época y con el otro en un tiempo diferente, resultan
encantadores porque nos permiten situarnos en las
coordenadas del tiempo y del espacio con una sonrisa
en los labios pero también con una lágrima en la
esquina de los ojos, todo esto al mismo tiempo y en un
mismo movimiento. ¿Debo recordar ahora, acaso, a
Charles Chaplin? Deseo hacer énfasis, efectivamente,
en los sentimientos que despierta el personaje que
encarna, su actitud desajustada delante del mundo que
le estaba tocando vivir. Pienso, además, en voz alta y
para ustedes, que este es parte del secreto profundo
de Franz Kafka y de Federico Nietzsche, cada uno
en lo suyo, en momentos en que la modernidad
en su carrera faústica (Marshall Berman: Todo lo
sólido se desvanece en el aire, La experiencia de la
modernidad,1.991) estaba dejando atrás el tejido de
valores del siglo XIX e imponiendo los rigores del
inicio del Siglo XX, en cada caso. Pero, sobre todo,
es la situación de Shakespeare, en el momento en que
el Renacimiento está dando vida a un nuevo tipo de
hombre que se busca a sí mismo en la contradicción
de su espíritu, que se descubre como consecuencia
del principio de individuación y de autonomía del
sujeto que la modernidad ha puesto en marcha,
tal como lo sugiere Harold Bloom en sus estudios
sobre Shakespeare (Harold Bloom: Shakespeare, la
invención de lo humano, 2.001)

11
En la aldea encantada que es Cien Años de Soledad,
todo resulta anacrónico y por lo tanto bastante
medio-loco. Decir que un universo real y mental es
anacrónico, significa que casi todo lo que allí sucede
pertenece a un tiempo que no se corresponde con el
tiempo presente. Ni en cuanto al mundo de los objetos
cotidianos en uso ni, sobre todo, en cuanto al universo
de los procesos mentales, en este caso en desuso por
cuenta de la modernización instrumental y de la
modernidad racionalista del pensamiento. Para juzgar
un mundo como anacrónico, sin que esto signifique
un juicio negativo de valor, hay que situarse en un
universo real y mental que esté “actualizado” en el
tiempo y en el espacio respecto del mundo que está
siendo juzgado y poder de esta manera llevar a cabo
la comparación de época. Esta especie de traslape del
tiempo bajo la forma de anacronismo, crea un cierto
delirio. La locura de los personajes que deambulan
por los corredores, las calles y los patios en esta
portentosa novela que es Cien Años de Soledad, es
vista como tal a partir de la manera como desde la
cultura desencantada que hoy habitamos, juzgamos
como extraños y encantadores los acontecimientos
y las lógicas que los gobiernan en la aldea encantada.
El encantamiento de las imágenes del mundo sólo se
percibe y se puede valorar como tal desde “afuera” de
él mismo, es decir desde el desencantamiento secular
y laico que lleva a cabo la modernidad. El modo
como en Macondo es visto y representado el hielo
podría ser un buen ejemplo de lo anterior. Que es la
misma manera como ocurre la representación mental
de la técnica y sus productos a lo largo de la novela.
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Los avances de la ciencia y de la técnica son vistos
en la aldea encantada desde un mundo simbólico
premoderno, desde un sistema mental encantado que
se asombra y que atrapa y re-inscribe lo nuevo en lo
mítico-mágico tradicional.

Es quizás esta circunstancia la que conecta Cien


Años de Soledad con la idea de lo que somos los
colombianos desde el punto de vista de la antropología
cultural, parcialmente o nada desencantados todavía
en sectores enteros de la población, inmigrantes
míticos, mágicos, agoreros y religiosos desplazados
desde las aldeas aún culturalmente encantadas, rumbo
a las ciudades donde se habrán de descomponer,
debido a la marginalidad y a la miseria urbanas, en
delincencia y desesperanza. Néstor García Canclini
habla en estos casos latinoamericanos de hibridaje
cultural (Néstor García Canclini: Culturas híbridas,
1990) para dar cuenta de la coexistencia sin conflicto
en nosotros de varios mundos mentales. Universos
mentales superpuestos, entre los cuales quiero
destacar, incluso, el racionalista “a la brava”, que
se deriva de los procesos de escolaridad formales y
obligados, y que termina coexistiendo con los mundos
míticos, mágicos, religioso y agoreros provenientes
de las tradiciones culturales, todavía absolutamente
vigentes.

¿Qué sucede, entonces, a una cultura y a una mente,


cuando el encantamiento y el desencantamiento
coexisten y se dan la mano en una misma unidad
mental, en medio de un tiempo mental pasado que sin
13
embargo hace parte sustancial de nuestro presente,
ahora “mass-mediático” y de alguna manera un
tanto alucinado, cargado de mensajes hedonistas y
consumistas dirigidos a las masas marginales que no
tienen siquiera con qué comprar una lenteja? Vivir,
disfrutar la contemporaneidad televisiva es una buena
forma de sacarle el cuerpo a las exigencias racionalistas
de la modernidad, con todo lo que esto significa en
términos de las pérdidas que, respecto el principio
de la esperanza, trae consigo el desencantamiento
moderno.

Sin embargo un lector, cualquiera que él sea, culto


o no, desencantado o no, cuando se sumerge en las
páginas de Cien Años de Soledad, lo primero que
advierte es que allí todo sucede de un modo que le
permite re-conocerse y des-conocerse al mismo
tiempo, es decir volverse a conocer en la distancia
de lo que un día fue él mismo o fueron sus padres,
así ese pasado hubiese sido el de su propia infancia
superada. Leer Cien Años de Soledad, desde
cierto punto de vista adicional, dejarse llevar por su
maravillosa lógica primaria donde impera la inocencia
del mundo, representa igualmente un cierto retorno
al estadio infantil, en el sentido del encantamiento
que domina a todo ser humano a esta edad de oro.
Las cosas ocurren como si dentro de todo lector
contemporáneo hubiese, en estado de resistencia
larvada, una zona mental nunca suficientemente
racionalizada, jamás desencantada del todo, que se
resiste al desencantamiento. Zona interior un tanto
a-histórica, donde ocurre el feliz desencuentro con esa
14
otra parte del psiquismo humano del hombre moderno
o simplemente contemporáneo, cuando entra en
contacto con la obra de arte que le propone un mundo
medio-loco contrario a su racionalidad normalizada.
Que es lo que sucede con la lectura de Cien Años de
Soledad, donde sucede esa extraordinaria experiencia
empática de la zona no desencantada del lector, con
aquella “racionalidad desquiciada” que gobierna
las conductas y los acontecimientos en la novela
emblemática de García Márquez.

He vuelto a leer hace apenas unas pocas semanas


Cien Años de Soledad y he podido comprobar en
mí mismo lo que estoy diciendo. Resulta de nuevo
encantador introducirse en este mundo de medio-
locos por anacronismo, donde hasta las mujeres
aparentemente sensatas y que parecen tener sus pies
bien puestos en la tierra se muestran chifladas de otro
modo, en cuanto saben enfrentar lo peor como si lo
más extraño y catastrófico hubiera sido ya anunciado
desde siempre y ellas lo estuvieran esperando como
quien sólo aguarda el cumplimiento sin asombro
de la premonición. Un mundo que ya no podría
considerarse a plenitud el nuestro, donde todavía
domina la mentalidad encantada y donde las relaciones
de causalidad entre los hechos y sus consecuencias
se encuentra gobernada por los mitos intactos, la
mentalidad agorera y hasta la magia. Encantador,
pienso, porque algo debe conservar uno todavía de
todo esto en términos de añoranza de una edad de
oro mítica y de necesidad de asombro, no obstante
el agudo proceso de racionalización de la existencia
15
en que cada quien se encuentre comprometido para
fines prácticos y productivos. El alquimista, tanto
como sus búsquedas y sus sueños, como ya se sabe,
no pertenecen ya a nuestro tiempo y por lo tanto
devienen absolutamente anacrónicos, vistos desde
nuestro presente realista y “científico”. El alquimista
pertenece por derecho propio a épocas pasadas, cuando
no era visto como un despistado sino como un hombre
de ciencia; y, sin embargo, lo encontramos ejerciendo
a destiempo su oficio en la aldea encantada, en cuyo
taller se consume ensimismado al experimentar con
la materia, mientras las mujeres de la casa cumplen
con su obligación de mantener la dinámica doméstica
con los pies en la tierra, esperando y enfrentando los
desastres anunciados como si no estuviera sucediendo
nada extraño alrededor. Entre tanto árabes, indios y
gitanos recorren las páginas de la aldea encantada
con su cabeza y su sistema de valores en otra
parte, en una extraña mezcla de mentalidades y de
temporalidades históricas cuyo componente común
no es exactamente el de la modernidad desencantada
sino el de la pre-modernidad aldeana, mítica-mágica-
agorera-religiosa.

Pero, hay algo extraordinario aquí, algo que es quizás


lo único que sin querer conecta los acontecimientos y
los personajes de Cien Años de Soledad con el tiempo
y con la realidad presentes. Hablo del permanente
tono de fracaso que rodea los acontecimientos, del
derrumbe de los principales emprendimientos, de
la derrota de los experimentos del alquimista cuyo
único éxito se reduce a la fabricación de pescaditos
16
de oro, de la estruendosa inutilidad de todo. Nada
sale como ha sido previsto. Lo que se espera de un
modo ocurre del otro, incluso al revés o de manera
absolutamente inesperada. Cuando se trata de
precipitar un acontecimiento se produce lo contrario.
La causalidad real se impone a veces implacable ante
los ojos del lector, que presencia desde su asiento la
locura de los personajes que viven, piensan y actúan
en otro mundo mental encantado, pero a quienes la
realidad les presenta en todo momento para su cobro
las facturas. Desde este permanente cobro de cuentas,
por medio de los reiterados fracasos y acciones inútiles,
es que podemos advertir también la chifladura de los
personajes encerrados en un mundo cuyo contenido
principal no es tanto la soledad, que no existe entre
ellos mismos, sino más bien su radical aislamiento
por anacronismo en el tiempo y en el espacio, respecto
de la modernidad y los procesos de civilización que
dominan en el “otro mundo” que existe más allá de la
ciénaga infinita y que en Macondo muchos presienten.
Los acontecimientos de la aldea encantada, en realidad,
no están afectados por la soledad propiamente dicha, a
no ser que por soledad se entienda el disloque mental
de los personajes en cuanto al espacio y el tiempo. En
Cien Años de Soledad no hay, ciertamente, soledad.
Lo que sí podemos encontrar es desconexión total
respecto del tiempo presente, racionalista, secular y
desencantado.

Ha llegado el momento de hablar de la relación de


causalidad racionalista, propia del mundo que la
modernidad algún día se propuso desencantar.
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La mente desencantada suele pensar la relación de
causalidad en términos racionales. Si me levanto de
la cama y mientras me despierto sentado introduzco
mi pie derecho en la pantufla izquierda, la mente
desencantada interpreta el acontecimiento como una
equivocación sin importancia y nada más. Entonces
procede a poner la fantufla equivocada en su lugar
y punto. No queda flotando en el aire ninguna
sospecha de nada, ninguna premonición. Pero la
mente encantada, presa de la racionalidad agorera,
de inmediato supone que se encuentra en presencia
del anuncio de un acontecimiento extraordinario. Si
de repente en una clínica desencantada por la ciencia
médica nace un niño con cola externa, es decir con
algunas vértebras adicionales de coxis, o viene al
mundo con un dedo de más, la mentalidad racionalista
propia de la ciencia médica explica el hecho como un
fenómeno genético derivado de las informaciones y
órdenes erradas del DNA; en cambio, la mentalidad
mítica encantada interpreta la situación como un
castigo por años esperado, consecuencia del incesto
o de la vida descarriada en que se han sumergido las
criaturas. Esto significa que delante de un mismo hecho
de la naturaleza, existe la posibilidad de levantar, al
menos, una doble interpretación: la mítica-agorera
y la racionalista. La literatura, entonces, se da sus
licencias y elige los mundos mentales humanos que
más le interesan, y es tal vez por esta misma razón
que se convierte en el instrumento más penetrante de
las complejas realidades humanas, de las culturas en
su hibridaje y de las mentalidades colectivas, de sus
grietas y complejidades. Veamos esto de otro modo:
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Estambul, de Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura
en el año 2.006, es la reconstrucción espléndida de
la cultura y de las formas de pensar y de vivir que
dominaron durante cierto tiempo en aquella ciudad
ahora en derrumbe, cuya esencia identitaria es la
amargura, la melancolía y el tono crepuscular de
los espíritus por causa de aquel esplendor perdido.
Estambul, según el autor Nobel hijo de Turquía,
representa de algún modo la resistencia del pasado
esplendor en la derrota del presente, el desconcierto
y la amarguna de la mentalidad colectiva estambulí
en medio de semejante escenario, la quiebra de los
sueños del pasado otomano, de los anacronismos
simbólicos respecto de una contemporaneidad que
se impone y que todo lo aplasta. Este poderoso y
conmovedor efecto literario lo advierte de inmediato
el atento lector al sumirse en aquellas maravillosas
páginas y no tarda en atribuirlo a los juegos y a
los desencuentros del tiempo, al anacronismo de
lo que está siendo agobiado por la lógica real de la
actualidad, todo lo cual equivale a su vez a los juegos
de la cultura como entrecruzamiento de mentalidades
que se enfrentan, mientras al mismo tiempo resisten y
agonizan coexistiendo.

El mundo del Occidente racionalista, frío, eficaz y


de cierta manera aburrido, donde todo cuanto sucede
se encuentra atado a la previsibilidad y el cálculo
racional, es tal vez el que más disfruta de Cien Años
de Soledad, y debe andar por ahí la clave de su éxito
entre los buenos lectores y de su “boom” editorial por
todas partes, sobre todo en los paises industrializados.
19
Las mentes ordenadas y cartesianas de Occidente,
dominadas por la razón y el cálculo que todo lo tornan
previsible, desencantadas por efecto de la ciencia, la
técnica y la rutina que imponen la racionalidad y la
previsibilidad, al leer la novela entran en un recreo
infantil fascinante donde lo insólito es posible y donde
nada ocurre de la manera como la razón “normal”
puede sentarse a esperarlo. Este absoluto desorden
de todo, esta aguda inutilidad en el esfuerzo, este
perturbador sinsentido resultan encantadores en un
mundo como el actual, gobernado por el principio de
la eficacia, de los rendimientos netos traducibles en
asientos contables y por el ethos de lo útil. En la aldea
encantada los mejores emprendimientos terminan en
el fracaso, en lo contrario de lo previsto, casi siempre
con efectos al revés de como se los espera. El tiempo
se muerde la cola, es cíclico y no se parece en nada
al tiempo lineal que domina el mundo moderno
(Michael Palencia-Roth: Gabriel García Márquez: la
línea, el círculo y las metamorfosis del mito, 1983)
Nada más fascinante que la chifladura, es cosa que ya
conocemos desde Quijote. Y de nuevo debo insistir
en que es el fracaso absoluto de los emprendimientos,
esa manera de moverse a ciegas en redondo y sin la
menor posibilidad de romper el círculo del tiempo
y del espacio y trazar la línea del horizonte para la
acción futura, lo que a mi parecer conecta mejor
este mundo de chiflados y despistados, a través del
contraste, respecto del universo del lector y el sentido
de realidad en que éste se encuentra instalado.
Ciertas mujeres, que en la novela parecen encarnar
el orden y la sensatez, sólo consiguen transmitir
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esta característica en razón de su carácter práctico,
aunque nunca por su pertenencia a un mundo mental
realmente desencantado y moderno. Ellas también
permanecen presas del mismo encantamiento que
encandila a sus hombres, a pesar de que en razón de
su helado pragmatismo parezcan sensatas. En Cien
Años de Soledad, estas mujeres de que hablo son la
antena a tierra atada a las patas de los hombres que
aman y que andan comprometidos en sus chifladuras
por el mundo cerrado y endogámico de Macondo. Con
paciencia infinita, ellas los dejan hacer sus chifladuras
inútiles casi sin inmutarse y con resignación de sabias,
porque desde su comienzo, según ellas, el mundo
se encuentra predestinado a que suceda lo que debe
suceder, en círculo, a ciegas.

Epílogo.

En el año de 1.968, por ciertas circunstancias del


destino recalé en Cartago, en el extremo norte del
Valle del Cauca, donde me desempeñé durante año y
medio como Juez de la República. No había pasado
un mes de mi llegada cuando conocí a un personaje
bastante maduro y serio, responsable y buen esposo
y padre de familia, propietario de la papelería más
acreditada y tradicional de la ciudad. Me invitó a un
café y nos pusimos una cita al caer la tarde de aquel
mismo día, en el café Marovi. Quince días después
me convidó a su casa, de patio central y corredores
enladrillados, en medio de un impenetrable secreto
que de verdad me intrigó. Yo adivinaba que este
21
personaje quería confesarme algo que tenía atrancado
en el pecho. Al entrar a la sala, su esposa me atendió
con dulce de mamey servido con galletitas de sal.
Al rato ella desapareció de la escena y don Gabriel
me pudo decir al oído lo que ella ya sabía: “Sígame,
doctor, que deseo mostrarle algo”. Pasamos por un
corredor, donde había un pastor alemán amarrado
de una cadena a la pata de una vieja mesa que hacía
las veces de escritorio, refugio de papeles arrugados
y documentos viejos cargados de polvo. Luego
desembocamos en un angar, apenas iluminado. “Estoy
haciendo un avión”, me dijo, inclinándose encima
de mi oído. Yo no había leído todavía Cien Años
de Soledad, aunque sí Pedro Páramo, de don Juan
Rulfo. Corría el mes de febrero de 1.968. Entonces
Don Gabriel quitó de encima del aparato la tela de
lona que lo cubría. Yo quedé estupefacto. Le dimos
una vuelta en redondo al aparato y me dijo: “como
puede observar, ya estamos próximos a terminar,
no faltan sino los últimos detalles de la cola”. En
ese instante eran las siete y media de la noche y ví
entrar al angar a un hombre moreno, flaco, espigado,
bicicleta en mano. Se acercó a saludar y en el acto lo
reconocí: era Palomino, el fotógrafo de la calle real,
que tenía la colección más completa de imágenes de
los muertos de la época de la violencia de los años
cincuenta en la zona del norte del Valle del Cauca,
casi todos degollados, doblados sobre la hierba.
Durante el día, Palomino atendía su casa fotográfica
y en la noche ayudaba a don Gabriel en lo del avión.
Imagínense ustedes lo que estaba sucediendo en mi
cabeza racional. El fotógrafo se sirvió él mismo una
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taza de café humeante y fresco, de un termo que había
dispuesto encima de una pequeña mesa de trabajo y
se fue hasta la trompa del avión, desde donde con un
ojo cerrado miró hacia la cola. En el angar se produjo
un silencio de hielo. Entonces Palomino dijo: “Don
Gabriel, pienso que este avión todavía está muy
largo”. Don Gabriel encendió un cigarrillo Pielroja
y dijo, con una calma aterradora que me cortó la
respiración: “entonces vamos a cortarle un pedazo”.
Serrucho en mano, Palomino se trasladó hasta la cola
del aparato y le cortó un pedazo de aproximadamente
un geme. Luego regresó a la trompa, cerró de nuevo
un ojo y dijo: “parece que ahora sí estamos en lo que
estamos”. No estoy inventando nada, señores, esto lo
presencié y se quedó para siempre en mis recuerdos.
Jamás, hasta hoy, escribí nada sobre este episodio,
por temor posterior a ser considerado un copista de
García Márquez o una especie de Isabel Allende con
pantalón. Pero falta algo más:

Tres meses más tarde el avión estaba listo para ser


volado. En realidad, se trataba de un planeador. Don
Gabriel me pidió que hablara con un amigo, piloto de
fumigación, para ver si se animaba a volar y a dar unas
cuantas vueltas sobre la ciudad. Era Jorge Döering,
padre de Maria Helena Döering, estrella actual de la
televisión. Jorge era boliviano, de origen alemán, y se
le medía a lo imposible. Fuimos con el piloto a ver el
aparato y mi amigo le dio la aprobación. “Si me mato,
ustedes responden”, dijo con humor. Yo empezaba a
tener miedo. Llegó el día del vuelo. Y fue apenas en
ese momento que todos nos vimos enfrentados a la
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aterradora realidad que nos pasaba la cuenta de cobro
mediante la presentación de sus facturas, como ocurre
en Cien Años de Soledad: el aparato no cabía por la
puerta.

Por aquellos días cayó en mis manos un ejemplar


de Cien Años de Soledad. La historia de este avión
y de los personajes relacionados con la aventura de
alzar vuelo sobre la torre de la iglesia parecía una
más de la novela mágica. Don Gabriel, hablo del
propietario de la papelería, por supuesto y no del
escritor, era una especie de Melquíades descendiente
del General Pinto, combatiente de la Guerra de los
Mil Días. Tenía de su propiedad una papelería, y se
estaba ayudando de un fotógrafo para hacer entre los
dos un avión. Vuélvanse ustedes a imaginar el asunto,
a representarse con la imaginación el escenario. En
donde yo, racionalista y desencantado, materialista
y en aquel entonces buen lector de filosofía alemana
y de autores existencialistas, ayudé a conseguir y a
motivar el aviador, como un cómplice. Sólo la imagen
del aparato delante de la pequeña puerta por donde no
cabía ni la trompa, nos hizo a todos descender a la
dura realidad.

Apenas siete meses después, una mañana de finales


de septiembre, cuando iba rumbo a mi despacho
en el Juzgado, observé la plaza central de la ciudad
alfombrada de pájaros muertos. No estoy inventando
nada, señores. Quedé estupefacto. Me senté en
una banca del parque y me dispuse a escuchar los
comentarios de los lustrabotas y de la gente alrededor.
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Yo no comprendía nada de cuanto estaba pasando,
pero hacía esfuerzos racionales por entenderlo. Los
lustrabotas hablaban del anuncio evidente de una
catástrofe y los vendedores de lotería lo confirmaban
todo con el movimiento afirmativo de sus quijadas. Sus
mentes agoreras habían conectado el acontecimiento
con un desastre que de esta manera tan evidente se
anunciaba. Según ellos, Cartago estaba ahora en
la mira de las fuerzas del destino. Un periodista
despistado había corrido ya a la casa cural, para
recoger el punto de vista del cura, pero lo encontró
distraído en la operación mágica de transformación
del vino en sangre y del pan en carne viva. La dueña
del restaurante de la esquina, donde yo tomaba los
alimentos, consideró como cierto lo mismo que todos
los demás decían y partió en carrera, huyendo de la
visión de los pájaros muertos, no sé hacia dónde. Fui
al café de la otra esquina y el comentario era general:
Tarde o temprano Cartago iba a ser destruído.
Algunos ya se habían puesto a beber cerveza y a
esuchar músicas tristes. Caminé hacia el almacén
veterinario y me encontré con un amigo agrónomo,
que me explicó lo sucedido mediante los argumentos
racionales que yo esperaba: las tierras cercanas, a
la redonda de la ciudad, habían sido sembradas con
granos de cereal envenenados, porque los miles
de pájaros estaban arruinando los cultivos y las
cosechas. Durante el día anterior las aves estuvieron
comiendo de aquellos granos envenenados clavando
sus picos en los surcos y al caer la noche vinieron
a dormir en los frondosos árboles del parque. Ya en
la madrugada habían empezado a caer como piedras
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por el suelo. La explicación racional desbarataba el
augurio y la premonición, pero pocos en el pueblo
la admitieron. De aquellos hechos hace ya treinta y
ocho años y Cartago todavía está ahí, sin que hubiera
sucedido nada semejante a un terremoto, salvo el del
narcotráfico, que es otro tipo de terremoto. Pero de
estos acontecimientos hablaremos otro día.

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