Вы находитесь на странице: 1из 2

Barba Azul

Érase una vez un hombre fabulosamente rico, poseedor de ilimitadas tierras y numerosos castillos,
pero desgraciadamente su cara estaba cubierta por una poblada barba azul que le daba un
aspecto tan feo y terrible que ninguna mujer quería acercarse a él.

Al lado del suntuoso castillo donde habitaba este raro señor, había una casita en la que vivía una
pobre viuda con sus hijas: Ana y Elisa, muy bellas las dos. Cierto día, Barba Azul visitó a la viuda
para pedirle la mano de una de ellas, dejándole a su elección cuál querría darle. De momento,
ninguna de las dos hermosas jóvenes consintió en ser la esposa de Barba Azul, porque éste había
tenido ya varias mujeres y no se sabía si estaban vivas o muertas, ya que jamás se las había vuelto
a ver después del enlace respectivo. Elisa, seducida, al fin, por las riquezas de Barba Azul, aceptó
ser su esposa, y se casaron con gran boato. A los pocos días de tratar con atención y mimos a su
nueva esposa, Barba Azul le dijo:

-Debo ausentarme durante todo el día, toma las llaves del palacio. Eres dueña absoluta de
recorrerlo de arriba abajo, pero te prohíbo terminantemente que entres en el pequeño gabinete
que hay en el fondo del corredor y que se abre con esta llavecita. Si me desobedeces, mi cólera
será terrible.

Cuando su esposo se marchó, Elisa comenzó a recorrer todos los compartimentos de palacio, pero
al final del día, llena de curiosidad, deseó entrar en el pequeño gabinete prohibido. "Mi marido no
lo sabrá", se dijo; y diciendo y haciendo al mismo tiempo, introdujo la llavecita en la cerradura, y la
puerta del gabinete se abrió lentamente. Elisa no pudo ver nada al comienzo, pues el gabinete
tenía las ventanas cerradas; pero en cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, advirtió con
horror que varias mujeres degolladas pendían colgadas a lo largo de la pared. ¡Eran las anteriores
esposas de Barba Azul! Elisa, llena de espanto, dejó caer la llavecita, la cual se mojó de sangre.
Elisa se fue a su habitación y se puso a limpiar la llave; pero mientras más frotaba ésta, con más
viveza volvían a aparecer las manchas. ¡Era una llave mágica!

Barba Azul llegó al día siguiente y de inmediato dijo a su mujer:

-A ver; enséñame las llaves.

Elisa, temblando de miedo, le entregó el manojo de llaves, y cuando Barba Azul vio la llave
encantada gritó:

-¡Muy bien, señora; habéis pecado como las demás! Pues bien, moriréis como ellas.

Elisa lloró y suplicó perdón; pero todo fue en vano. Al fin le rogó:

-Dadme tiempo, por lo menos, para rezar mis oraciones.

-Bien -le contestó Barba Azul-, tienes un cuarto de hora; después morirás por haberme
desobedecido.
En cuanto Elisa se vio sola en su habitación, llamó a su hermana Ana y le dijo que subiese a la torre
y mirase si venían sus hermanos, pues le habían prometido ir ese día a verla. Le suplicó que les
hiciese señales para que entrasen en el palacio a salvarla de una muerte segura.

Ana subió a la torre, y entonces vio a Barba Azul, quien portando en la mano derecha una gran
espada gritaba desde abajo:

-Baja, Elisa, si no quieres que tenga que subir.

-Un momento, un momento solamente -suplicó Elisa a su marido.

Y volvió a preguntar a su hermana.

-Ana, hermana mía, ¿todavía no vienen nuestros hermanos?

Ana le gritó:

-¡Ya vienen, Elisa, ya vienen nuestros hermanos!

Barba Azul, cansado ya de esperar y gritar a su mujer que bajara, subió al cuarto de ésta. Al verle,
Elisa se quedó inmovilizada por el terror, y no tuvo fuerzas ni para pedir un instante más de plazo.
Y ya Barba Azul levantaba su tremenda espada asesina para asestar el golpe fatal, cuando los
hermanos sacaron sus espadas y le traspasaron el corazón de un solo golpe, matándolo en el acto.

Como Barba Azul murió, Elisa quedó heredera de todas sus cuantiosas riquezas, y llevándose a su
palacio a su madre y a su hermana, vivieron ricas y felices. Pero Elisa se hizo la promesa de no
volver a desobedecer jamás las órdenes de su esposo, si lo volvía a tener.