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UNIVERSIDAD DE COSTA RICA

SEMINARIO DE WITTGENSTEIN

FELIPE VARGAS SOTELA

Reseña: La filosofía Wittgensteiniana de lo místico


De Eddy Zemach

El ensayo desarrolla el periodo tractariano de Wittgenstein en el cual se da una explicación de lo


místico, y aclara que esta parte de su filosofía no se está considerando una mística, ni tampoco
que pueda ser comprendida de forma separada del resto de su filosofía. Más bien, ésta no puede
entenderse sin comprender sus propuestas anteriores acerca de los hechos, los objetos, la lógica y
el lenguaje. Esto porque se debe comprender que el yo, la ética, la estética y Dios son límites del
mundo y del lenguaje. Los hechos que pueden decirse corresponden a la totalidad de las
proposiciones con sentido verdaderas, las cuales conforman las ciencias naturales. La filosofía no
entra dentro de estas ciencias pues no le compete formular proposiciones, ya que si lo hiciera,
serían proposiciones sin sentido. Más bien debe delimitar el ámbito de competencia de cada
ciencia, y esta idea influyó directamente en el positivismo lógico. Pero, a diferencia de los
positivistas, parece que Wittgenstein estaba más interesado en lo místico y en aquello que no
puede ser dicho en las proposiciones, que en lo que si se puede decir.
El autor plantea que el tema de lo místico en Wittgenstein está completamente ligado a todo lo
anteriormente expuesto en el Tractatus, y que no se puede tomar de forma aislada, por lo que
introducir en su explicación de lo místico doctrinas y conceptos ajenos a lo expuesto en su obra, se
aleja de lo que Wittgenstein quería dar a entender.
El autor comienza explicando la concepción de Dios según el Tractatus y los Notebooks. En
primer lugar el mundo es la totalidad de los hechos (1.1). Un hecho del mundo no depende de mi
voluntad, sino que, lo que es el caso es un hecho de contingencia factual, pues no hay una
conexión lógica entre la voluntad propia y el mundo, ya que son dos hechos distintos, y los hechos
son totalmente independientes entre si (1.21). Por lo tanto, la factualidad es lo que hace que el
mundo sea, y por esta razón el autor interpreta que esto es a lo que Wittgenstein llama Dios.
El mundo me es dado, es decir, no depende de mi voluntad que el mundo se dé, sino que ella es
introducida en él, y por esta razón es que sentimos que nuestra voluntad depende de otra cosa
que no somos nosotros mismos, y es a esto a lo que llamamos Dios. Es el carácter factual de la
realidad que es independiente de mi voluntad, pero que además es inexpresable, se muestra a sí
mismo, pero no en la manera en como es el mundo o de qué manera aparece, es decir, no puede
ser puesto en una proposición, sino que es lo que el mundo es. Este hecho, a saber, que el mundo
es, no puede ser figurado por los hechos del mundo, pero puede ser mostrado por ellos. No está
en el mundo, es el límite del mundo. Es la esencia de los hechos expresada en su factualidad, por
eso es “el sentido del mundo” (11.6.16).
Surge el seguimiento problema: como el mundo contiene todos los hechos, no puede tener signo
proposicional, pues el mundo debería contener su propio referente, lo cual es imposible. Por lo
tanto, no tenemos un método de proyección que nos permita relacionar al mundo con un signo
proposicional, pues el signo sería al mismo tiempo su propio referente. Por lo tanto, si Dios es el
significado del mundo, Dios debe ser un hecho que no está ni en el mundo, ni fuera de él. Pero
esto es imposible.
Una posible solución que el autor propone es que Dios es un hecho formal, el cual no puede ser
dicho, sino que se muestra en la manera en que están conformados los hechos del mundo. Por lo
tanto, la factualidad de los hechos es algo que se muestra en los hechos, pero que es inefable. Hay
que aclarar que, aunque forma y sentido se muestran por el hecho, no son lo mismo. Sin embargo,
cuando tratamos el tema de Dios, nos damos cuenta de que forma y sentido se vuelven idénticos.
Como no podemos tener una clave del simbolismo para expresar a Dios, pues esto supondría decir
lo que sólo puede ser mostrado, entonces la forma lógica y el sentido son lo mismo.
Una proposición tiene un sentido, mas no lo contiene, es decir, expresa un sentido pero que éste
no está él mismo en la proposición, sino sólo la posibilidad de ser presentado por ella. Por lo tanto,
el sentido está fuera de la proposición. De igual forma, el sentido del mundo no está contenido en
el mundo, sino que es más alto que este. Por esa razón no puede ser dicho, pues las proposiciones
no pueden decir lo que está más alto que ellas.
Por otra parte, para explicar que Dios sea la factualidad de los hechos, es necesario entender
primero que la forma general de una proposición es la esencia de esa proposición. Dar la esencia
de una proposición es dar la esencia de toda descripción, y así, la esencia del mundo. Pero lo
forma general de la proposición es: así están las cosas. Por lo tanto, “como están las cosas” es
Dios. De esto se sigue que la forma general de la proposición es el espacio lógico dentro del cual
todo posible hecho puede ser. Es la precondición general del ser. Por lo tanto, la forma general de
la proposición y Dios son uno.
Más adelante, el autor plantea las siguientes preguntas: ¿Podemos concebir algo que no sea
factual? Y, ¿Qué pasaría si algo que no es factual es proyectado mediante la forma de figuración?
Al parecer, los valores no son hechos. Aunque los hechos pueden tener valor, según parece, los
valores son “algo” distinto de los hechos. Pero todos los hechos están en el mundo. Por lo tanto,
los valores deben estar fuera del mundo. El autor plantea que esta es una posible clave para
concebir el sentido del mundo. Los atributos éticos tendrían entonces un sentido independiente
de su forma. El sujeto ético constituye así una segunda divinidad.
Así como, desde un punto de vista el mundo puede ser concebido como Dios, el sujeto pensante,
al ser el conjunto de todos los pensamientos, es también el mundo, pues solipsismo y realismo se
unifican bajo esta concepción. Ambos, Dios y el sujeto metafísico constituyen el límite del mundo.
Pero, mientras que el sujeto pensante da la forma al mundo, el sujeto volente le da el sentido.
Aunque los hechos no pueden ser cambiados por los valores, pues éstos residen fuera del
mundo, al parecer las acciones de la voluntad pueden determinar mi mundo, debido a que un
cambio en el valor parece disminuirlo o aumentarlo. “El mundo del feliz es totalmente otro que el
del infeliz” (6.43).
Para Wittgenstein la felicidad es estar en concordancia con el mundo. Para esto, es necesario
aceptar plenamente, sin reservas, la factualidad bruta del mundo, pues así se reconcilia la segunda
divinidad con la primera. Por esta razón, desear es siempre desear lo imposible, es decir, ser
infeliz, ya que, si algún deseo se cumpliera, no sería por el ejercicio actual de una agencia, sino por
favor del destino. Por lo tanto, la buena voluntad es la que nada desea. Sin embargo, cabe aclarar
que en Wittgenstein hay una diferencia entre la voluntad y el deseo. “El deseo precede al evento,
mientras que la voluntad lo acompaña” (4.11.16).
Sin embargo, “¿cómo puede el hombre ser feliz en absoluto, dado que no puede prevenir la
miseria? Debido a que la buena conciencia es la felicidad que la vida del conocimiento preserva”
(13.8.16).
Finalmente Wittgenstein en el Tractatus equipara a la ética con la estética. Para comprender la
estética desde el Tractatus es necesario hacer alusión a la teoría del arte de Schopenhauer. Para
este autor, tanto la filosofía como el arte pueden llevar al hombre a ver las formas eternas. Por lo
tanto, la ética es la teoría de cómo la vida humana debe ser llevada, es decir, de cómo se debe
mirar al mundo si se ha de ser feliz. Pero mirar las cosas de manera artística es mirar el mundo con
un ojo feliz, lo que significa, según la definición de la ética, ser feliz.
También podemos identificar ética con estética cuando vemos la belleza de un objeto. Un objeto
bello es algo existente en sí y por sí, independientemente de su valor instrumental o su relación
con otros objetos y con el tiempo. Cualquier cosa, cuando es mirada estéticamente, cesa de ser
sólo “una entre las muchas del mundo, y llega a ser ella misma un mundo completo “(8.10.16).
Pero en la teoría ética del eterno presente de Wittgenstein se defiende exactamente este mismo
punto. Para vivir en un mundo feliz, se debe vivir en el presente, renunciando a todo deseo. Por lo
tanto, estética y ética son ambas teorías del eterno presente, y ambas son la manera mediante la
cual la segunda divinidad se pone en armonía con la primera divinidad.