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La comunicación del Estado: el telégrafo óptico

Patrice Flichy

Patrice Flichy en su obra “Historia de la comunicación moderna” busca analizar cómo las
técnicas de comunicación modifican las relaciones entre espacio público y espacio privado,
revolucionando la organización del trabajo y transformando el funcionamiento de la
democracia, puesto que en raras ocasiones se han planteado las relaciones que existen entre
los sistemas de comunicación.
Flichy afirma que el historiador a menudo tiene tendencia a componer un cuadro
armonioso, en el que la aportación de cada inventor parece indispensable para la
composición del conjunto, es decir, en el que cada invención aporta a un conjunto de
invenciones. Pero si la genealogía de los inventos se efectúa de forma detallada, se
descubre una situación menos consensual. Es por eso que Flichy va a encontrar
controversias en la aparición de invenciones que tienen que ver con el uso social, técnico,
estatal o comercial de las mismas.
Flichy se interesa por los impulsos sociales en la invención de las máquinas de comunicar,
que según él, juegan un rol preponderante. Flichy asevera que la historia de un invento es la
de una serie de desplazamientos técnicos y sociales, pero también entre la técnica y lo
social. Sólo al final de un largo recorrido se estabilizará el nuevo sistema de comunicación.
Por consiguiente, este autor analizará la circulación de las máquinas de comunicar,
teniendo en cuenta los grandes movimientos de la técnica y lo social.
Su estudio abordará tres períodos:
- Comunicación estatal y comunicación de mercado (1790-1870): el nacimiento de la
electricidad y del concepto de red.
- Controversia entre comunicación familiar y comunicación comercial (1870-1930): se
profundizan las investigaciones sobre la electricidad.
- Transición de la comunicación familiar a la comunicación individual (1930-1990).
Flichy explica que la idea de comunicar a distancia estaba presente en la literatura de los
siglos XVII Y XVII. En aquel entonces, la comunicación estaba destinada principalmente a
relaciones amorosas, ya que ese era el uso previsto por la literatura de la época para los
dispositivos telepáticos: el semáforo y posteriormente, el teléfono de cordel. Puesto que la
comunicación amorosa es, por naturaleza, impulsiva, secreta y exclusiva, se opone a la
idea de una infraestructura permanente.
De esta forma, el telégrafo óptico, que se conoce y se ha experimentado desde finales
del siglo XVII, no se desarrollará durante un siglo, a falta de una estructura social
apropiada, capaz no sólo de imaginar un interés en la comunicación a distancia, sino
también de apoyar la construcción de una red permanente. Hay que esperar a la
Revolución Francesa para que aparezca, con la creación del Estado moderno.

La comunicación de la Ilustración
Flichy va a realizar un arduo abordaje en la figura de Claude Chappe, un joven físico que
ha realizado varios experimentos de electricidad, cuyos informes se publicarán en el
“Journal de Physique”. En 1790 define un nuevo proyecto técnico: “poner al Gobierno en
condiciones de transmitir sus órdenes a una gran distancia en el menor tiempo posible”.
Sucesivamente ensayará varias soluciones –la electricidad, el sonido− y, finalmente, la
visión de señales con ayuda de un anteojo que se le presenta como el sistema más eficaz.
Chappe y los comisarios que lo apoyaron obtuvieron la adhesión del poder político, Claude
Chappe insiste en uno de los usos de su sistema: “es un medio seguro de establecer una
correspondencia que permita que el cuerpo legislativo haga llegar sus órdenes a nuestras
fronteras y reciba la respuesta en el curso de una cuestión”. Flichy destaca que el proyecto
de Chappe de gobernar en “tiempo real” se relaciona mucho en principio con las noticias
militares. Es menester puntualizarlo ya que Chappe, años más tarde, se apoyará en la
demanda militar.
Para la mayoría de los historiadores del telégrafo óptico, la conclusión es clara: la idea que
presidió la adopción de la telegrafía fue, pues, completamente militar. Chappe resultó tener
éxito allí donde otros habían fracasado, a base de apoyarse en exigencias de la Defensa
Nacional. En efecto, Chappe se benefició del apoyo constante del Comité de Salvación
Pública entre 793 y 1794, una institución gubernamental creada por el diputado jacobino
Maximilien Robespierre.
Según Chappe, el telégrafo acortaba las distancias y en cierta manera reúne una inmensa
población en un solo punto.

En telégrafo en la lógica revolucionaria

Flichy asevera que la innovación de Chappe se enmarca en un contexto ideológico que


sobrepasa muy ampliamente los usos previstos (militares y políticos) del aparato. La
Revolución es la época de una reestructuración del espacio nacional. Desde Julio de
1789 la Asamblea Constituyente debate sobre una nueva división administrativa de
Francia. Muchos políticos imaginaban una división rectangular, esto es, la supresión
de los particularismos regionales en aras de reforzar la unidad nacional creando
divisiones que se basen en una igualdad espacial o demográfica. Es la historiadora
francesa Mona Ozouf quien afirma que: “a principios del año 1790 se adoptó una división
que tenía más en cuenta las fronteras naturales; las particularidades aparecen desde
entonces no sólo como trabas al espíritu nacional, sino como obstáculos a la constitución de
un hombre universal y genérico”.
Flichy afirma que el telégrafo se inscribe en esta dinámica de cohesión espacial.
El telégrafo se inscribe en una retórica revolucionaria, aunque también tiene una existencia
simbólica a nivel arquitectónico en tanto su popularidad crece.
El telégrafo era definido para esos tiempos como un rápido mensajero del pensamiento, que
parecía incluso rivalizar en velocidad con él. Rabault Pommier, político de la revolución
francesa, pensaba el telégrafo como el aparato mediante el cual “un decreto podrá
transmitirse hasta los confines (de la República) una media hora después de haber sido
entregado, será proclamado en la misma sesión y ejecutado el mismo día”. De esta manera,
en todos los puntos de la nación pueden vivirse los mismos acontecimientos en los mismos
instantes.
Flichy sostiene que este nuevo tiempo telegráfico, que permite una difusión casi
instantánea de la información, se inscribe en la revolución del tiempo que han querido
emprender los Convencionales de la Revolución Francesa y, más particularmente,
Gilbert Romme, un político de la Revolución Francesa, y el principal autor de esta
reforma de Primera República francesa. Romme buscaba imperiosamente romper
con el Antiguo Régimen y forjar una nueva era, hacer un calendario republicano que
simbolizara la lucha ideológica con el cristianismo. Mediante ese calendario, se buscaba
introducir una división racional del tiempo: meses iguales de 30 días (más un cuerpo
especial de 5 días), décadas, en vez de semanas, que “no dividen exactamente ni el mes ni
el año ni las lunes” y, sobre todo, utilización de un sistema especial para dividir el día en 10
horas y las horas en décimos y centésimos.
Esa reforma del calendario se articula, según Flichy, con la de los pesos y medidas,
aunque el principio de esta última reforma sí fue adoptado por la Asamblea
Constituyente. Romme explicaba que esta serie de formas consistían en hacer desaparecer
la diversidad, la incoherencia y la inexactitud de los pesos y medidas que sin cesar
obstaculizaban la industria y el comercio y tomar de la propia medida de la tierra el tipo
único e invariable de todas las nuevas medidas. Las artes y la historia, para las que el
tiempo es un elemento o un instrumento necesario, demandaban nuevas medidas de la
duración que estén liberadas de los errores que han transmitido la credulidad y una rutina
supersticiosa.
En 1789 tenían que vérselas con un verdadero caos metrológico. El poder real intentó en
varias ocasiones unificar el sistema de pesos y medidas, pero fue en vano. En efecto, el
particularismo metrológico local formaba parte de los privilegios de la nobleza que, cuando
le convenía, abusaba de ello para aumentar los impuestos.
Esta reforma será modelada por el racionalismo de la Ilustración. Los científicos
encargados de realizar esta reforma y en especial el filósofo y científico matemático
Nicolas De Condorcet, quisieron atribuirle un carácter universal. Sin embargo, Flichy
va a afirmar que, bajo la Convención, la reforma parece destinada más bien, como el
telégrafo, a reforzar una unidad nacional.

Una lengua universal

Flichy explica que todas estas reformas del espacio, del tiempo y de los sistemas de
medidas tienen las mismas justificaciones: racionalidad, simplicidad, universalidad.
La vocación universal de la Revolución Francesa, que está, para muchos, llamada en
el ente educador de toda Europa, lleva a algunos a imaginar la universalización de un
idioma.
Este proyecto se aplica primero a las ciencias, pero su ambición es muy amplia, ya que se
trata en definitiva de un análisis lingüístico del conocimiento. Paralelamente a esta
reflexión de Condorcet, otros intelectuales revolucionarios desean construir una lengua
universal artificial, o mejor dicho, desean la recuperación de un lenguaje universal perdido.
Estas utopías sobre la universalidad de la lengua son el reflejo de las dificultades concretas
con las que tropiezan los revolucionarios para difundir su mensaje político. Tales proyectos
de lengua universal expusieron su carácter de irrealizables. Las reformas previstas afectaron
más bien, al vocabulario y la ortografía. Se busca un principio de multiplicación de las
palabras. El francés multiplica las acepciones más bien que las palabras: “El lenguaje pues,
está afectado por un extremado defecto de indeterminación, del que ha resultado que los
hombres que habitan en el mismo país y se sirven de las mismas palabras, frecuentemente
se entienden tan poco como si se dirigieran la palabra en una lengua extranjera. Se trata,
pues, de la racionalización de la construcción léxica.
La reforma acabó siendo más que nada nacional, ya que la lengua universal se convirtió en
la difusión del francés en el conjunto del territorio de la República. Es en este marco que
la aclaración de Chappe a la que Flichy remite resulta destacable: “El telégrafo, pues,
sólo escribe lenguas ya formadas; pero su lengua se convierte en casi universal, en el
sentido de que indica combinaciones de números en lugar de palabras; la manera de
expresar estos números es de conocimiento general y puede aplicarse a las palabras
que componen todos los diccionarios. Su objetivo no es en absoluto encontrar una
lengua fácil de aprender sin diccionario, sino encontrar el medio de expresar muchas
cosas con pocos signos.
Flichy no busca realizar una historia de técnica de los inventos del telégrafo, sino una
historia de las presentaciones de la técnica. Estos inventores aficionados que buscan utopías
sobre el espacio y el tiempo poseen razonamientos que llaman la atención del autor, sobre
todo la idea de la comunicación instantánea, que es parte de las utopías de la época:
“El conjunto de estas representaciones científicas o espontáneas del espacio, el tiempo, los
sistemas de medición y la comunicación constituye el sistema de mentalidad en el que
Chappe pudo desarrollar su innovación”. Esto quiere decir que, según Flichy, Chappe
no se contentó con convencer al lobby militar de la Convención; su proyecto no es
adoptado por Romme y Lakanal por ser convincente, sino porque se inscribe en esta
nueva lectura del espacio y el tiempo que ha aparecido con la Revolución.
Flichy intenta profundizar esa idea de correspondencia o correlación entre una técnica
y las mentalidades. El telégrafo óptico no corresponde a ninguna evolución importante
de la técnica, sino que se sitúa en un paradigma técnico estabilizado hace dos siglos. Es
en este contexto en el que Chappe está persuadido de participar en los progresos de la
Ilustración. Por el contrario, los inventos precedentes eran considerados curiosidades.

La comunicación estatal: la innovación se difunde

Flichy asegura que la difusión del telégrafo tiene un gran parentesco con las del calendario
republicano y el sistema métrico.
La difusión del telégrafo Chappe estuvo ligada esencialmente a la extensión de la
República. Sólo se implantó en los territorios anexionados por Francia y en algunas de las
repúblicas hermanas. En 1814 se cierran los tramos italianos y franceses de las líneas
telegráficas, de la misma forma en que la Europa profrancesa, que había adoptado el
sistema métrico, lo abandona.
El calendario republicano fue abandonado en 1806, luego de doce años. Según Flichy, si
bien los memoriales de agravios pedían una unificación de los pesos y medidas, se trata
más de una armonización a nivel local que de la creación de una unidad de medida
abstracta, universal, que utiliza el sistema decimal.
Flichy remite a la explicación del filósofo e historiador francopolaco Bronislaw Baczko,
acerca del fracaso del calendario. Mientras que existía una diversidad considerable de pesos
y medidas, el mundo cristiano había unificado su medida del tiempo en torno al calendario
gregoriano. La necesidad de universalidad era mucho menos evidente. Por la misma razón,
los ingleses, que habían unificado su sistema de medidas, ya no estaban interesados en el
sistema métrico.
Baczko concluye su investigación sobre las utopías de la Ilustración indicando que la
imaginación social “pasa por períodos “calientes” que se caracterizan por un
intercambio particularmente intenso entre lo “real” y los “fantasmas”, por una mayor
presión del imaginario sobre la manera de vivir lo cotidiano, por explosiones de
pasiones y deseos.
Esto fue común a Chappe y a los otros inventores telegráficos. Si bien Chappe
aventaja a la mayoría por la fiabilidad de su sistema, no duda en utilizar argumentos
ideológicos para combatir a sus competidores más serios.
Los hermanos Chappe trabajan no solamente la técnica, sino también lo social y lo
político. Lo demuestran especialmente por su capacidad de atravesar los cambios de
régimen desde la Convención a la monarquía de julio. En 1832, a pesar de estar
jubilado, Abraham Chappe llamará todavía la atención del ministro del Interior sobre
la necesidad de fundar jurídicamente el monopolio telegráfico.

Los usos del telégrafo

Flichy sostiene que la imaginación social telegráfica está desde luego desfasada respecto a
los usos efectivos. De hecho, la extensión de los usos del telégrafo fuera del campo militar
es muy acotada. En 1799, Chappe propone al Directorio utilizar el telégrafo para transmitir
las cotizaciones de las monedas y anunciar la llegada de los barcos a los puertos. En 1801,
durante el Consulado, renueva su propuesta, extendiéndola a la difusión de resultados de la
lotería nacional y a la transmisión de un boletín de información oficial aprobado por el
primer cónsul. Varios son los historiadores que notan el rechazo del Estado en ese entonces
a abrir sus redes de comunicación a lo privado, puesto que solo el proyecto que afecta a la
lotería fue aprobado. Pero, lejos de ser la única razón, estos proyectos requieren ampliar la
red en dirección a los puertos, mientras que el primer cónsul acaba de reducir a un tercio el
presupuesto en servicios telegráficos.
Según Flichy, el fracaso en la ampliación de los usos del telégrafo tiene que ver a la
insuficiencia de la demanda. La Revolución Industrial todavía es balbuceante en Francia,
por lo que la demanda de transmisión rápida de informaciones industriales es restringida.
Durante la Revolución y el Imperio, los usos del telégrafo son esencialmente militares. El
papel del telégrafo luego del Imperio era el de llevar al centro de Gobierno todas las
sensaciones políticas, con suma rapidez.
Las otras redes europeas

Flichy asevera que en el extranjero, la instalación de un dispositivo de transmisión


permanente para las necesidades del Estado no se desarrolla hasta mucho más tarde. Para
1816, el Almirantazgo consideraba al telégrafo, ya sea óptico o eléctrico, un aparato
completamente inútil. Flichy sostiene que esto no es, como ciertos historiadores han
declarado, una falta de perspicacia en el Almirantazgo, sino que forma parte de la existencia
de una demanda real para un sistema de comunicación permanente.
Los otros estados europeos no construirán enlaces telegráficos hasta la década de 1830. A
partir de ese año, se instalarán una serie de redes telegráficas en Prusia, Suecia, Rusia,
España, concretamente en las ciudades más urbanizadas de esos países. La vida de esas
redes será breve, pero Flichy destaca que esos telégrafos son telégrafos estatales
gestionados por militares (Inglaterra y Prusia) o por ingenieros de obras públicas
(España y Suecia). Se trata de instrumentos destinados a reforzar la unidad nacional,
a consolidar el poder del Estado.
Flichy asevera que esta asociación entre el telégrafo y la creación del Estado-nación no
es solo francesa, está presente también en los otros países europeos. Pero si el telégrafo
óptico está asimismo asociado en gran medida a Francia, hasta el punto de que
numerosas historias de las telecomunicaciones ignoran que los telégrafos de
Inglaterra, Alemania o España, eso se debe a que fue creado por un francés durante la
Revolución, pero también a que la idea del Estado-nación surge en gran medida del
modelo revolucionario. Al conquistar Europa con el pretexto de despertarla a la
libertad, los ejércitos republicanos y luego imperiales suscitaron el sentimiento
nacional en Prusia, en España, en Rusia.
La universalidad de 1789 se reducirá rápidamente a la nación francesa. La
Revolución crea el estado-nación moderno; nación en que los ciudadanos tienen los
mismos derechos, estado en que las células territoriales son equivalentes.

La imposible comunicación mercantil

Flichy hace referencia a un fraude telegráfico ocurrido en el año 1836, que reaviva el
debate sobre el uso de este medio de comunicación. Dos banqueros bordeleses habían
pagado a un empleado de telégrafos para que añadiera señales suplementarias a
continuación del envío de los despachos oficiales. Este sistema les permitía informarse de
la evolución de las cotizaciones de los títulos de la renta del Estado antes de la llegada de la
prensa que se expedía por valija de correos.
El fraude duró dos años. Cuando se descubrió, los protagonistas fueron llevados ante los
tribunales, pero fueron absueltos al no estar definido jurídicamente el monopolio telegráfico
del Estado.
Flichy explica que ese es el puntapié inicial para el uso comercial del telégrafo, ya que a
partir de ese momento, los banqueros no tienen medios de establecer correos privados a
través de Europa. A principios del año 1832, Alexandre Ferrier lanza una subscripción para
constituir el capital de una sociedad privada del telégrafo que debe servir para unir las
principales ciudades europeas. Prevé un uso esencialmente comercial. Su telégrafo
ofrece “la ventaja inmensa de hacer que con una mirada se abarque el estado de todas
las plazas, de asistir a la vez a todas las bolsas y de dar a sus operaciones más
estímulos al mismo tiempo que más seguridad”.
Ferrier obtuvo el apoyo de Casimir-Perier, presidente del Consejo y ministro del Interior. A
su vez, recibe el respaldo de unos cuarenta diputados liberales del partido del movimiento
(monárquico constitucional de izquierda).
Reforzado con todos estos apoyos, Ferrier construye una línea París-Ruán y prepara la
instalación de una red nacional. Luego, en junio de 1833, la administración rompe las
negociaciones y decide poner a votación una ley sobre el monopolio telegráfico. Flichy
destaca este cambio de postura del poder político, porque la posición de la burguesía de
negocios prevalece, pero finalmente, en la ley que será votada por el Parlamento en 1837,
se adopta una posición de afirmación del monopolio estatal.
Los defensores del uso privado del telégrafo presenta dos opciones: la creación de líneas
privadas o bien la apertura de las líneas del Estado al público. Las dos opciones en cuestión
remiten a dos formas de liberalismo; político o económico. Según Flichy, si se parte de una
argumentación política, el monopolio de uso del Estado solo se puede considerar en un
gobierno despótico; la conquista de las libertades, asegurada por la revolución de julio de
1830, implica la posibilidad para el ciudadano para comunicarse por todos los medios
posibles. Si se sitúa desde un punto de vista económico, el Estado no puede confiscar para
su propio uso unas técnicas necesarias para la vida económica.
Para apuntalar sus tesis, los liberales hacen referencia al lugar de la Prensa, que no es un
monopolio gubernamental, y alegando que hacer una ley sobre el telégrafo sería
equivalente a hacer una ley sobre la Prensa.
La tesis liberal, que parecía tener fuerza en 1831, es muy minoritaria al votarse la ley de
1837, que prevé pena de prisión para “cualquiera que, sin autorización, transmita señales de
un lugar a otro”. Los debates en torno a esta ley son muy importantes para comprender
cómo la sociedad francesa de 1830 entiende la comunicación. Dos proyectos comunicativos
se contraponen: el de una comunicación libre, necesaria para el desarrollo de la economía
de mercado, y el de la comunicación estatal, en que el telégrafo es el complemente
indispensable para la centralización gubernamental”.
Las justificaciones de la ley presentadas por el ministro del Interior y los dos ponentes de la
Cámara de Diputados y de la Cámara de los Pares son:
- Especulación bursátil, entendiendo el uso del telégrafo como medio para el fraude, y la
especulación inmoral y expoliadora.
- Agitación política: el miedo a la insurrección que deviene de 1835, año en que la
monarquía tuvo que enfrentar una oleada de movimientos sociales de gran amplitud, tanto
en París como en muchas provincias. Se teme que, con su uso desregulado, el telégrafo se
convierta en un instrumento que caiga en manos conspiradoras.
Miedo a la insurrección, desinterés por la economía… En este panorama, el rechazo a
liberalizar la comunicación parecía fácilmente comprensible.
A partir de este momento, el telégrafo deja de tener una concepción de uso estatista y
centralizada, y comienza a ser un producto del interés general. La ley, a pesar de rechazar la
iniciativa del telégrafo privado, cierra un ciclo técnico-social, el que asociaba telégrafo
Chappe y telégrafo estatal. Esta asociación estuvo a punto de ser destruida bajo este suceso;
resistió esta última vez, pero poco a poco va a diluirse en el curso de la década posterior,
para dar paso al nacimiento de un nuevo conjunto técnico-social: comunicación
comercial/telégrafo eléctrico.

El surgimiento del telégrafo liberal

Algo particular en el recorrido histórico que realiza Flichy, es que el telégrafo va a tener
situaciones completamente dispares en diversos países de Europa en vías de
industrialización; la situación inglesa del telégrafo es completamente distinta a la de
Francia. En la concepción liberal británica, la regulación de la sociedad se regía por el
mercado.
La iniciativa privada se manifiesta, al igual que en casi todos los ámbitos de la
comunicación, en la telegrafía. Un acta real de 1825, consagrada a la mejora del puerto de
Liverpool, autoriza a los administradores de los muelles “a establecer un medio de
comunicación rápido entre Liverpool y Gales, para avisar a los armadores comerciantes de
la llegada de los barcos”. Aunque el almirantazgo posee su propio telégrafo, utiliza las
líneas telegráficas abiertas y propulsadas por Watson en 1842 con objetivos comerciales.
La necesidad del telégrafo parecía radicar en las incertidumbres del transporte marítimo,
que tenían consecuencias sobre la disponibilidad de las mercancías y la evolución de las
cotizaciones.
En rigor, en Francia, el Estado bloqueará el desarrollo de las redes privadas: en
Inglaterra, las dejará crear.
El telégrafo de Chappe se inscribe en una tradición que Flichy no había evocado
anteriormente: la reorganización de las redes de carreteras.
Durante los cuarenta años que preceden a la Revolución, en Francia aparece lo que ciertos
historiadores han llamado una revolución de los transportes. El telégrafo aparece en el
marco de este proceso de transformación, que tiene su punto clave durante la aparición del
ferrocarril. Cuando lanza una línea telegráfica, Chappe parte de una visión global del enlace
y la pone en práctica hasta el fin. Sin embargo, la red construida por los hermanos Chappe
se queda en un conjunto de líneas que van de París a las provincias, sin conexión entre ellas
(líneas de empalme). Algunos años más tarde, los sucesores de Chappe van a argumentar
que, al estar aisladas entre sí, las líneas de París no pueden recibir ninguna ayuda de la
existencia de las otras, por lo que las causas que suspenden o retrasan las transmisiones no
serían tan perjudiciales si las líneas estuvieran enlazadas.
Flichy considera que este es un descubrimiento importante: una red ya no se concibe como
una yuxtaposición de líneas, sino como un conjunto coordinado en el que la optimización
del tiempo de transmisión no implica siempre la utilización del camino más corto.
Entre finales del siglo XVIII y el siglo XIX surgió una camada de inventores e ingenieros
que se dedicaron a realizar experimentaciones con la electricidad, aprovechando su
aparición para concebir la idea de un telégrafo eléctrico. Por ejemplo, el científico e
inventor inglés Francis Ronalds, uno de los primeros ingenieros eléctricos, pone a punto, en
1816, un sistema con un hilo eléctrico. En cada una de las dos estaciones telegráficas se
ubica una pequeña rueda accionada por un reloj que hace aparecer alternativamente las
letras del alfabeto en una ventanilla. Basta con enviar una descarga eléctrica cuando
aparece una letra determinada en la emisión para que sea detectada en la recepción. El
almirantazgo británico le dio una respuesta rotundamente negativa a su propuesta.
La razón principal para este rechazo es que el modelo de la comunicación mercantil
no ha aparecido todavía, que las necesidades de la comunicación estatal son acotadas y
que el telégrafo óptico ya responde a las mismas. Según Flichy, este comportamiento
sumamente estatal por así expresar, sucedía tanto en Francia como en Inglaterra; en Francia
se argumentaba que la noción de un telégrafo eléctrico era más un arte de transmitir signos
y figuras que un descubrimiento, y que los telégrafos ópticos eran mucho más simples. El
gobierno británico por su parte, declaraba que “habiéndose acabado la guerra y habiendo
poco dinero, el viejo sistema de semáforo era suficiente”. Los dos principales estados de
este principio del siglo XIX rehúyen a la modernidad eléctrica.
A partir de 1820, gracias al descubrimiento del electromagnetismo, se hace posible otro
dispositivo de señalización de información. El físico danés Ampere sugiere que la acción de
la corriente sobre las agujas imantadas puede constituir un dispositivo telegráfico. Pero
Ampere nunca pondrá su idea en práctica: preferirá consagrase a la teoría de la
electrodinámica. El mismo año, los trabajos de Arago sobre imantación temporal del hierro
por la corriente eléctrica van a permitir la creación de electroimanes.
Este tipo de invenciones se van a exponer por primera vez en Rusia, cuando en diversas
ocasiones se presentan este tipo de aparatos al emperador ruso que, escéptico, propone
hacer que se construya una línea óptica que vaya desde San Petersburgo hasta Varsovia.
Lo importante es que, a partir de ese año, la telegrafía eléctrica comienza a ser foco de
debate técnico-científico.
En 1834, el físico británico Charles Wheatstone mide la velocidad de la electricidad. Saca
la conclusión de que ésta constituye la solución idónea para transmitir información a larga
distancia.
El año 1837 no es solo aquel en que florecen los proyectos del telégrafo eléctrico, sino
también cuando se pasa de la investigación científica a la voluntad de explotar
comercialmente este invento. William Fothergill Cooke y Wheatstone patentan su aparato
de cinco hilos: un año más tarde, Davy solicita patentar un aparato de dos hilos; Jean
Alexandre, que había obtenido una respuesta negativa del ministerio francés a la propuesta
del telégrafo eléctrico, consigue una patente en Escocia.
Flichy afirma que Francia aparece como la gran ausente de este período de invención
del telégrafo eléctrico.
Flichy asevera que, a partir de ese año, comienza la circulación de la invención, ya que
el debate sale de los recintos científicos. Se empieza a encontrar artículos en la gran
prensa.
Con la difusión de las ideas técnicas mediante los grandes diarios (el Times y el
Journal of Commerce) permite una capitalización del progreso técnico, al reutilizar
cada inventor ciertas ideas y dispositivos desarrollados por sus colegas.
En Estados Unidos, Samuel Morse instala la primera línea interurbana (Washington-
Baltimore) en 1844.
Flichy sostiene que este recorrido da cuenta de una voluntad de universalidad, que se
encuentra tanto en el nacimiento del telégrafo óptico como en el telégrafo eléctrico, lo cual
empuja a la normalización de los sistemas.
La interconexión de las redes eléctrica internacionales empezará en 1849, entre Prusia y
Austria. Al año siguiente, este acuerdo se amplía a Sajonia y Baviera. Esto asista a una
unificación telegráfico germanófono en una época en la que la unificación de Alemania no
se había realizado. En 1855, Bélgica, Suiza, Cerdeña, España y Francia crean la Unión
Telegráfica de Europa occidental.
William Cooke, coinventor del telégrafo Cooke-Wheatstone, intentará de encontrar
un uso comercial a su telégrafo, y contactará a inversores potenciales. Al contrario que
sus predecesores, no busca resaltar académicamente, sino que quiere convertirse en un
empresario del telégrafo.
Se presenta a veces la máquina de Cooke como la cristalización técnica de las
invenciones antes mencionadas. Pero para Flichy, eso es una mala interpretación del
papel de Cooke. Como antes lo ha mencionado, Cooke trae de Alemania un aparato
que estaba encerrado en un laboratorio. Es este desplazamiento demográfico del que
deriva un desplazamiento de uso. En tanto que Chappe se inscribía en la naciente
tradición de los ingenieros estatales, Cooke es uno de los primeros empresarios
influenciados por la teoría capitalista contemporánea a esa época.
Otros como Alexandre se van a empecinar en adquirir contactos estatales, pero Cooke se
pone en contacto con las compañías de ferrocarriles y les presenta un sistema para facilitar
la seguridad, en especial en los túneles, y mejorar la explotación. Hace una primera
demostración a los directivos de varias compañías ferroviarias y en 1838 firma un acuerdo
con la Great West Railway para instalar una primera línea de trece familias.
No obstante, esta red construida originalmente para necesidades de las compañías
ferroviarias, se abriría a la iniciativa privada recién en 1842.

Un telégrafo eléctrico estatal

Según Flichy, en Francia, la década de 1840 es la de una doble evolución:


-Paso del telégrafo óptico al telégrafo eléctrico.
-Abolición del monopolio estatal sobre el telégrafo.
En 1842 tiene lugar un debate sobre las técnicas del telégrafo en la Cámara de Diputados,
con ocasión de la votación de créditos para la experimentación de un telégrafo óptico
nocturno propuesto por el doctor Guyot. Flichy sostiene que este debate sobre la elección
entre dos tecnologías constituye una interesante fuente para comprender la representación
que la clase política se hace del telégrafo. A sus ojos, es únicamente un instrumento
administrativo que permite controlar el territorio y comunicar rápidamente a los
prefectos. Como instrumento de control, el telégrafo debe ser vigilado y defendido. Al
ser más fáciles de proteger algunos centenares de torres de Chappe que muchos
kilómetros de cable, la Asamblea prefiere la tecnología óptica, Detrás de la opción
técnica aparece la opción de uso.
El inicio de la telegrafía eléctrica no le impide al Estado aferrarse a su monopolio de uso.
De hecho, Flichy afirma que la revolución de 1848 intensificará el uso del telégrafo estatal.
Sin embargo, la contradicción entre las potencialidades del telégrafo eléctrico y la
concepción de una telecomunicación estatal no cesa de acentuarse. Por ejemplo, en 1849 un
diputado hace notar una pregunta oral al ministro del Interior, afirmando que “los telégrafos
eléctricos con el uso ferroviario no ocupan ni la décima parte del tiempo en el que una línea
puede estar activa”. “nueve décimos de ese tiempo podrían utilizarse para asuntos
comerciales, industriales, y para relaciones cotidianas”. Una medida de este tipo le
permitiría al Tesoro Nacional obtener ingresos a cambio de las inversiones que realiza. La
evolución se torna ineludible: el 1 de marzo de 1850 el Gobierno presenta a la Asamblea un
proyecto de ley sobre “la correspondencia telegráfica privada”.
Este viraje proviene de la técnica; gracias a la electricidad, la extensión de los despachos
que podían transmitirse en un tiempo dado se encontraba centuplicada de golpe. Además,
esta innovación se convierte en el complemento obligado de la existencia de ferrocarriles, y
la mayor parte de los países extranjeros han abierto sus líneas telegráficas a los particulares.
Para responder al temor de la Asamblea de que la comunicación comercial haría
desaparecer la comunicación estatal, la ley prevé una prioridad para los despachos del
Gobierno.
Asimismo, para evitar que se entregue el uso del telégrafo a las facciones que se
servirían del mismo para planificar más fácilmente sus conspiraciones, la ley exige
que los despachos privados estén en un lenguaje claro y vayan firmados. El usuario
debe declarar por su identidad. El director del telégrafo podrá rehusar que se expidan
los despachos o distribuirlos a su llegada. Este dispositivo de censura no es solo propio
de la ley francesa; se encuentran regímenes jurídicos similares en Prusia, Austria y
Países Bajos. En Inglaterra, aunque el telégrafo sea privado, el Estado puede, en
circunstancias excepcionales, interrumpir el uso de la red.
De esta forma, el modelo de comunicación está muy presente incluso con la ley
promulgada en 1850.

La apertura de la comunicación privada

Flichy asevera que, a grandes rasgos, la dificultad de comunicar es una de las razones
principales de la utilización del telégrafo. En Francia, el tráfico internacional representa en
1851 un 47% del tráfico. En Norteamérica, donde las dificultades de transporte son mucho
más grande que en Europa, el éxito del telégrafo es flagrante.
En esta panorama, la transmisión de informaciones bursátiles constituye el uso
fundamental del telégrafo eléctrico. En los primeros meses de apertura de la red
francesa a la correspondencia privada, este uso representa la mitad del tráfico total:
posteriormente se mantendrá por encima del 40%.
En Inglaterra, la Bolsa representa la mitad de las utilizaciones de la red. En Bélgica, la
actividad del tráfico bursátil es todavía más importante.
En este panorama, los lazos entre la Bolsa y el telégrafo eléctrico son estrechos. En la
década de 14840, en Inglaterra, el boom ferroviario acrecienta con fuerza la actividad de la
Bolsa de Londres y, paralelamente, en provincias se crean una docena de Bolsas. La
circulación de la información entre estas diferentes plazas quedará asegurada por el
naciente telégrafo. En Francia, el boom ferroviario se desarrolla en la primera mitad del
Segundo Imperio. Es la época de la apertura del telégrafo eléctrico a la comercialización.
La actividad bursátil está entonces en fuerte crecimiento.
Para estos años, el uso comercial del telégrafo constituye un 30% del tráfico mundial. El
telégrafo eléctrico aparece, en este momento, asociado a los medios de transporte para crear
la distribución moderna de la segunda mitad del siglo XIX. Permite insertar el comercio
local en conjuntos más amplios a nivel regional o nacional. Los comerciantes de la costa
Este pueden encargar cereales en el Oeste. Se efectúa una aceleración de los intercambios
mediante el telégrafo. El trigo puede ser vendido cuando está en tránsito o incluso antes de
ser cosechado.
Los otros usuarios del telégrafo son, principalmente, las compañías de ferrocarriles y la
prensa. Flichy explica que, al final del Segundo Imperio, el telégrafo ya no es el
instrumento de la comunicación estatal, sino que se ha transformado en el de la
comunicación mercantil. El uso inicial imaginado por Cooke (la información de
servicio para los ferrocarriles), y que le permitió desarrollar su invento, se ha
convertido en marginal. Flichy observa en ese caso, como en el del telégrafo de
Chappe, un desfase entre el uso inicial y el que permite al inventor salir de su
marginalidad, y el uso definitivo. El primero responde a una demanda imperiosa
ligada a la actualidad: la guerra para Chappe, la gestión de los ferrocarriles para
Cooke.
Como antes hemos mencionado, en Francia, por el contrario, el sistema Chappe se
desarrollará porque forma parte de un proyecto de centralización del Estado
destinado a reforzar la unidad de la nación. Sucede lo mismo con telégrafo eléctrico:
se inscribe en el desarrollo del mercado capitalista de mediados del siglo XIX.
Participa en el desarrollo de los mercados financieros y del comercio. Este uso
predominante no fue azaroso; Flichy asevera que está en sintonía con las teorías
económicas emergentes de la época: liberalismo inglés, corriente sansimoniana en
Francia. En ambos lugares, el aparato de comunicación se inscribe en el movimiento
de ideas favorables al libre cambio.

Los economistas y la circulación de la información

La cuestión del mercado desempeña un papel esencial en la construcción de la economía


clásica; como sistema de ajuste de la oferta y demanda y como condición de la división del
trabajo. Los teóricos clásicos examinaron las condiciones de desarrollo de ambos mercados.
Flichy explica que para fijar un precio, para nivelarlo con celeridad, hay que hacer circular
la información rápidamente. Eso es lo que proponía Alexandre en 1932 con su telégrafo
óptico, que se pudiera “abrazar” con una mirada el estado de todas las plazas. Cooke va a
proponer lo mismo, afirmando incluso que ese sería uno de los usos más potenciales del
telégrafo eléctrico. Para Flichy, hay una serie de reflexiones teóricas sobre las condiciones
del libre mercado y la economía política que se llevaban a cabo asiduamente a mediados
del siglo XIX, y que se amalgama con el uso del telégrafo eléctrico entre finales de este
siglo y principios del XX. Se concebía la idea de que un mercado podía tener una existencia
eficiente sin existir un lugar fijo de intercambio, si hay una comunicación estrecha entre los
partícipes de la transacción. De hecho, esencialmente el comercio debía tener la posibilidad
de contar con una información detallada y constante. El mercado se define en cuanto la
comunicación de las condiciones de oferta y demanda es perfecta.
Cuando Alfred Marshall retoma esas teorizaciones sobre el mercado. Y cuando quiere
citar un mercado que funciona con base internacional y en el que el ajuste entre la
oferta y demanda es veloz, cita los grandes títulos bursátiles internacionales cotizados
en numerosas bolsas, y da cuenta de que el telégrafo mantenía los precios
aproximadamente al mismo nivel en todas las Bolsas del mundo. Si el precio de uno de
ellos se eleva en Nueva York o París, en Londres o en Berlín, la simple noticia del alza
tiende a propagarse en otros mercados. Por consiguiente, el telégrafo es el agente
técnico del mercado bursátil internacional.
Estas concepciones sobre el libre mercado van a ser paralelas al crecimiento de las
corrientes sansimonianas. Michel Chevalier, luego de haber sido el portavoz de la escuela
sansimoniana, se convierte en profesor del College de France, ocupando la cátedra que
había sido creada antaño para Jean-Baptiste Say. Construye una síntesis entre la doctrina
liberal y el pensamiento sansimoniano.
Para Chevalier, “el gobierno es el gestor de la asociación nacional. Allí donde el interés
general se compromete, le corresponde intervenir al Gobierno”. Esta acción del Estado
debe manifestarse en tres campos, pero principalmente en el desarrollo de vías de
comunicación. En este campo, la intervención estatal se justifica por el hecho de que se
trata de un sector que:
- Afecta de una manera permanente al conjunto de transacciones de cualquier
naturaleza.
- Necesita de una necesidad de administración.
- Requiere un personal de élite.

La nacionalización del telégrafo británico

En Inglaterra, la intervención del Estado en los medios de comunicación será mucho más
débil. Los ferrocarriles únicamente serán realizados por la iniciativa privada, y la red no
será, por tanto, planificada por el Estado como en Francia, sino que su acción se va a limitar
a conceder autorizaciones y a imponer algunas reglas, particularmente en materia de
seguridad. Hemos visto que había sucedido lo mismo con la red telegráfica.
En 1861, John Lewis Ricardo, sobrino del célebre economista David Ricardo, presidente de
la principal compañía telegráfica inglesa, envía un memorial al ministro de Finanzas, en el
que propone la compra por Correos de las compañías privadas de telégrafos. Compara la
situación de este medio en Gran Bretaña y en el continente y comprueba que al otro lado de
Occidente el telégrafo es un potente instrumento diplomático, una ayuda importante para la
Administración civil y militar.
Flichy afirma que esta postura resulta un tanto extraña por parte de un hombre que era un
conocido defensor del libre cambio, que incluso se había batido en el Parlamento por la
abolición de la ley de granos. Sin embargo, esta propuesta no era tan incongruente. A pesar
del carácter dominante de las teorías económicas del laisser-faire, la Administración
británica se había reforzado y había ampliado su campo de actividad.
Si bien la propuesta de John Lewis Ricardo es rechazada, en 1863 se aprueba una ley sobre
el telégrafo que define la acción reguladora del Estado.
Flichy concluye en que, a fines del siglo XIX ha quedado establecido un modelo
europeo de la gestión pública del telégrafo. Asegura que el proceso mediante el cual se
ha llegado a esa gestión ha mutado de forma inversa en Francia y en Inglaterra: en el
primero se constituye una apertura en una red que era fuertemente estatal hacia el
uso comercial. Esta apertura es concomitante con el abandono de la técnica óptica
hacia la técnica eléctrica y con un crecimiento veloz de esta. En Inglaterra, el
desarrollo demasiado restrictivo del telégrafo comercial provoca una nacionalización
y una gestión de la red por Correos.