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TEMA 46

LOS ESTADOS BALCÁNICOS EN EL SIGLO XX

1– INTRODUCCIÓN.
2– LAS LUCHAS DE NACIONALIDADES EN AUSTRIA–HUNGRÍA (SIGLO XIX–
1914)
3– LOS BALCANES TRAS LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.

1– Introducción.

El nacionalismo balcánico no admite la simplificación con que frecuentemente por


parte de historiadores o politólogos poco relacionados con la realidad cotidiana del entorno
quieren despachar la cuestión. Se trata de un problema complejo; todavía excesivamente
candente, diríamos, como para permitir una visión objetiva y equilibrada del complejo de
interrelaciones religiosas, nacionales, culturales, por no hablar ya de una honda
problemática histórica que componen lo que tantas veces (desde antes incluso de la
Primera Guerra Mundial) se ha denominado "el polvorín de los Balcanes".

Pocas zonas europeas han vivido un proceso histórico tan complejo, han conocido una
conjunción tal de intereses contrapuestos, e incluso una inestabilidad histórica y social tan
acuciante. El actual conflicto de Kosobo (o Kosêve) ha venido a ratificar lo que muchos
observadores venían denunciando: los conflictos balcánicos, esa eterna herida que cicatriza
una y otra vez en falso, dista de estar en la actualidad curada, pese a esa vergonzosa guerra
que los Estados occidentales no supieron, pudieron o quisieron parar: poniendo, al tiempo,
en entredicho el trasfondo de cuestiones como la capacidad de intervención de la ONU; y
más en general, todo aquel mundo de falsas seguridades que constituyó las relaciones de
seguridad colectiva para el marco de la Unión Europea y de la OTAN. A la altura en la que
estalla el conflicto, nadie podía sensatamente imaginar una guerra civil con esos
componentes xenófobos, ultranacionalistas; ni que los líderes legítimamente elegidos
acabarían siendo como M. Karadchi buscados internacionalmente como criminales de
guerra. Pero mucho menos era previsible la inoperancia internacional para mediar en un
conflicto que supone un atentado a todos los valores democráticos y sociales sobre los que
se basa la Unión Europea. Por si fuera poco, las apetencias de dominio (indirecto, se
entiende) sobre dicho territorio, que ya están en la raíz del la Primera Guerra Mundial, no
han cesado en la actualidad: pues es bien sabido el recelo inusitado con que Rusia ve
cualquier atisbo de intervención internacional contra Serbia, uno de los pocos focos
"satélites" (pese a toda la historia de desencuentros entre Yugoslavia y la antigua URSS)
donde la actual Rusia en decadencia puede exhibir su casi perdido estatus proteccionista.

Partiendo de esta premisa, que la actual situación de los Balcanes1 (tantas veces pieza
clave en el equilibrio internacional) no admite desoír algunos aspectos gestados en su
extraordinariamente rico y denso pasado histórico, y que por constituir una zona crucial en
1 Tema escrito en 2001.

1
las relaciones internacionales es preciso situar su contexto histórico en un espectro más
amplio que su solo marco geopolítico, trataremos de explicar los aspectos fundamentales
de los Balcanes en nuestros días.

2– Las luchas de nacionalidades en Austria–Hungría (siglo XIX–1914)

A mediados del siglo XIX, y a pesar del fracaso de las revoluciones de 1848, el orden
contrarrevolucionario de 1815 está en definitivo retroceso. Liberalismos y nacionalismo
constituye fuerzas ascendentes que los estadistas no pueden desconocer y en todas partes
trata de encauzar. Incluso Austria y Rusia, tradicionales bastiones de reacción e
inmovilismo, tampoco quedan al margen de estas corrientes. Pero, enfrentadas a una
enorme complejidad nacional y trabada por el formidable peso de las estructuras arcaicas,
las reformas son insuficientes. La monarquía austriaca, gobernada por al plurisecular
dinastía Habsburgo, comprende, además de los territorios patrimoniales de Austria, los
antiguos reinos de Bohemia y de Hungría, el sur de Polonia (la Galizia) y en el norte de
Italia. En su interior bullen diversos grupos nacionales: germanos en contra de las
tendencias centralizadoras de Viena, eslavos del norte (checos, eslovacos, polacos,
rutenos); eslavos del sur (serbios, croatas, eslovenos); magiares, de Hungría; rumanos, de
Transilvania; en fin, italianos. Todos reivindican su personalidad, pero la conciencia
político nacionalista corresponde ante todo a los checos. Frente a estos elementos de
disgregación, la Corona, el ejército, la burocracia, la alta nobleza, la Iglesia católica
(privilegiada desde el Concordato de 1855) y el propio desarrollo de las fuerzas
económicas constituyen asimismo factores de cohesión.

Tras el fracaso revolucionario de 1848, se impone en Viena una política de centralismo


y absolutismo germánicos, que a la vez trata de impulsar la modernización del Imperio.
Pero la derrota de 1859 contra Italia marca el final de esta política. Sin embargo, en los
años inmediatos, las reformas oscilan sucesivamente de una orientación federalista a otra
de signo unitario y liberal que se estrella contra el nacionalismo magiar. A partir de 1865 se
suspende esta política, y el emperador se muestra decidido a negociar la autonomía
húngara. La derrota frente a los prusianos (1866) precipita la solución. El Compromiso de
28 de junio de 1867 establece una monarquía dual, que, bajo la respectiva autoridad de
Viena y Budapest, divide el Estado en dos grandes zonas: Cisleithania y Transleithania
(Hungría, Transilvania, Eslovaquia y Croacia.

En teoría la constitución de 1867 promete a todos los pueblos la igualdad de derechos;


la realidad social estaba aún lejos de ellos. Los húngaros disfrutan de una posición especial,
dentro del imperio, que les permitía oprimir en la mitad trasleithania del Reich (esto es, la
parte al otro lado del río Leithan: posteriores Yugoslavia, Checoslovaquia y Rumanía) a
todas la nacionalidades no magiares. Cada diez años tenía que renovarse el llamado
Ausgleich o compromiso, que tenía que ser aprobado en la cámara húngara, y regulaba las
relaciones entre ambas mitades del Reich, y que tenía que ser aprobado por la cámara
húngara, dominada hasta 1918 por la alta aristocracia magiar y por el Parlamento común a
los países cisleithanos. Esto constituye una fuente inagotable de crisis que hace casi
imposible seguir una política interior continua.

Los deseos de independencia de serbios e italianos en la monarquía danubiana recibían


un constante impulso con la existencia de Estados nacionales más allá de las fronteras.
Sobre todo el irredentismo serbio constituyó para la monarquía un serio problema que se
convirtió en un peligro de primer orden para el imperio de los Habsburgo cuando Austria–

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Hungría se anexionó formalmente en 1908 a Bosnia y Herzegovina, territorios con
población puramente serbio–croata. Por en contrario, la situación de los polacos en Galitzia
fue más favorable, gozando de cierta independencia, sobre todo si se comparan con sus
compatriotas de Prusia y Rusia.

Fue la amalgama de los diversos grupos nacionales la que impidió casi por completo
cualquier solución satisfactoria del problema de las nacionalidades. Los territorios en los
que predominaba una nacionalidad eran, naturalmente, numerosos, pero siempre había
enclaves de nacionalidad diversa de mayor o menor coherencia, que en muchos casos
debían su existencia a hechos históricos ya evoluciones del pasado como, por ejemplo, el
grupo nacional alemán de Transilvania o del Banato, o el grupo magiar de la frontera
militar de Transilvania. Con frecuencia existía además una coincidencia entre nacionalidad
y estratificación social. Existía por un lado la reivindicación de autonomía nacional para
cualquier grupo étnica y culturalmente definido, planteada sobre todo por aquellos pueblos
de la monarquía que, careciendo hasta entonces de una propia capa dirigente intelectual,
acababan de irrumpir en el escenario histórico, como por ejemplo los eslovenos y los
eslovacos. Por otro lado, se trataba de exigir la restitución de aquellos derechos históricos
que una nació hubiera adquirido en el pasado, en teoría o de hecho: tal reclaman las
naciones "históricas".

Mientras el poder político se encontraba en diversos países de la Corona aún en gran


medida en poder de la aristocracia feudal, como en Hungría, Croacia, Galitzia y Moravia,
las fuerzas centrífugas, nacidas de los contrastes nacionalistas, se mantuvieron dentro de
unos límites soportables. Una administración centralista enérgica era capaz de
neutralizarlas. Pero el cambio en las fuerzas sociales dominantes disparará las
reivindicaciones nacionalistas.

En todo caso puede decirse que los Balcanes constituían un foco de tensión entre
Austria, Rusia, Italia, Francia y Alemania por un lado, y Bulgaria, Rumanía, Serbia o otros
países balcánicos, con pretensiones tanto nacionalistas como expansionistas (creación de la
"Gran Serbia", la "Gran Bulgaria"...) por otro. En el delicado juego de las relaciones
internacionales de la época bismarkiana. Desde 1887 Bismarck tuvo que presionar
fuertemente a Rusia para renunciara a inmiscuirse en los asuntos de Bulgaria, y, en 1888,
debido a que no hallaba en Alemania las facilidades necesarias, Rusia obtuvo un
consentimiento a sus aspiraciones búlgaras por parte de Francia, compensando el apoyo de
Bismarck a las ambiciones austriacas sobre los Balcanes. Decididamente, los Balcanes
seguían siendo los granos de arena que en breve plazo podían paralizar "la máquina"
bismarckiana, como de hecho fue.

Entre 1907 y 1914 cuatro crisis sacudieron a Europa y sometieron a los Gobiernos y a
los pueblos a fuertes tensiones. Estas crisis acentuaron las desconfianzas y los
antagonismos, al tiempo que precipitaban la carrera de armamento. El 1908 el nuevo
ministro de Asuntos Exteriores de la Doble Monarquía, Aehrenthal, tenían intención de
aprovechar la impotencia militar de Rusia para acentuar la presión austriaca en los
Balcanes, y reducir el obstáculo que representaba, desde 1903, el rey Pedro I de Serbia, que
manifestaba claramente sus intenciones de aglutinar a todos los eslavos del sur. Tras el
fracaso de las primeras medidas austriacas de intimidación respecto a Belgrado –una guerra
aduanera–, destinadas a doblegar la resolución de Serbia, Aehrenthal se propuso la anexión
de Bosnia y Herzegovina, que Austria administraba "provisionalmente" desde el Congreso
de Berlín de 1878. Suponía que Rusia no se hallaba en condiciones de lanzarse a una

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aventura militar, pero estimaba necesario prever los recelos que tal acción pudiera suscitar.
Así, en septiembre de 1908 se reunión con el representante del zar y le prometió apoyo
austriaco en la cuestión de los Estrechos a cambio de la aceptación rusa a la anexión de
Bosnia y Herzegovina, luego decretada el 5 de octubre de 1908.

Las protestas de Serbia pusieron en entredicho el apoyo ruso, también cuestionado por
Gran Bretaña, mientras París eludía la cuestión. Ante esta tibia reacción, Aerhenthal
consideró la situación favorable para extender sus ventajas: exigió de Serbia el
reconocimiento de la anexión de Bosnia y Herzegovina y la renuncia a toda política hostil
respecto a Austria. Belgrado aceptó la primera exigencia, pero no la segunda. El 19 de
marzo de 1909, Viena dirigió un verdadero ultimátum a Serbia. Como Rusia atravesaba un
momento delicado en sus relaciones con Alemania, y no contaba con el apoyo de Francia y
Gran Bretaña para resolver los problemas del avispero de los Balcanes, no pudo hacer
efectivo su apoyo nominal a Serbia, aconsejando a dicho estado que cediera a las
exigencias austriacas.

Se impone la comparación entre las crisis de 1908–1909 y del verano de 1914. El


mecanismo fue el mismo, sólo fueron distintos el pretexto y la conclusión. En cuanto al
balance de la crisis, no fue tan favorable a Austria y al a Alemania como sugieren las
apariencias. Las Triple Alianza tuvo que enfrentarse a nuevas dificultades: Italia,
descontenta por haber sido mantenida fuera de la crisis, inició un acercamiento con Rusia.
Para que éste no progresara, Aehrenthal se vio obligado, en diciembre de 1909, a prometer
compensaciones a Italia si Austria conseguía nuevas ventajas en los Balcanes. Por el
contrario, Rusia había medido la importancia de la alianza francesa en el momento mismo
en que París eludía la cuestión, y estaba decidida a desquitarse en los Balcanes. Así pues, la
alianza rusofrancesa no se hallaba en peligro.

En cambio, las amenazas y maniobras marroquíes de Alemania entre 1910 y 1912


contribuyeron en gran medida a la consolidación de la Triple Entente. Berlín ya no podía
esperar desmantelarla con medios diplomáticos o con la amenaza de una crisis. Esta
cristalización de las posiciones podía hace que un nuevo conflicto europeo no hallara
solución. La situación en los Balcanes parecía, en 1912 y 1913, susceptible de agravar
considerablemente el antagonismo austro–ruso.

Turquía, vencida en 1911 por Italia, atravesaba una grave crisis. Algunos historiadores
se refieren al país turco durante el siglo XX como "el enfermo crónico", "el imperio
agonizante" y otros calificativos que explican cómo los dominios turcos son de más
extensión e importancia estratégica que la resistencia que su ejército puede ofrecer a tan
suculento manjar. La ocasión era ahora favorable para que los Estados balcánicos
solucionasen la cuestión de Macedonia a expensas de Turquía. Rusia, después de haber
dudado en apoyar estos proyectos, decidió apoyar a la Liga Balcánica, constituiría entre
marzo y junio de 1912 y formada por Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro. Francia
desaprobó una acción que podía conducir a la guerra, pero mantenida apartada de las
negociaciones balcánicas, sus propuestas llegaron demasiado tarde: en octubre de 1912 al
Liga atacó a Turquía, que tuvo que rendirse en diciembre.

Las pretensiones serbias de acceso al Adriático a costa de Montenegro y Albania


chocaron con la hostilidad de Austria que, al igual que Rusia, comenzó la movilización. La
vigorosa intervención de Gran Bretaña indujo al azar y a Serbia a renunciar a unas
ambiciones excesivas. Tras una breve reanudación de las hostilidades debida a la negativa

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turca a ceder Adrianópolis, la paz de Londres obligó a los turcos a ceder la casi totalidad e
los territorios que aún le quedaban en Europa. Entonces, el reparto de los despojos dio
lugar a un conflicto armado entre las potencias hasta entonces aliadas, cada una de las
cuales –y en mayor medida Bulgaria– reclamaban la parte del león. En este enfrentamiento,
los deseos de Austria era que Bulgaria saliera victoriosa, y los de Rusia que la victoria
fuera para Serbia. La guerra fue breve, de mes y medio. Bulgaria, contraatacada por Serbia
con el sostén de Grecia, enfrentada a una intervención rumana y amenazada con una nueva
guerra con Turquía, tuvo que pedir la paz. Austria, abandonada por Alemania y condenada
por Roma, tuvo que reunión a intervenir enérgicamente en favor de Bulgaria. La paz de
Bucarest de agosto de 1913 condujo a una redistribución de los territorios abandonados por
Turquía. Representó un retroceso para la Doble Monarquía, que tuvo que aceptar una
importante ampliación territorial de Serbia y el nacimiento de un equilibrio balcánico
favorable a Rusia. Incluso Alemania había perdido influencia en Turquía, y Berlín
empezaba a preocuparse por los efectos de su política moderada.

Así pues, la situación creada en "los Balcanes en llamas" era más peligrosa que nunca.
El reforzamiento interno de las coaliciones adversarias –convenciones francorrusas de
1912, acuerdos navales francobritánicos y austroitalianos de 1913, apoyo de Alemania a
Austria con motivo de una nueva crisis austro–serbia en 1913– excluía cada vez más la
posibilidad de llegar a un compromiso.

El asesinato, el 28 de junio de 1914, del archiduque Francisco Fernando, heredero al


trono austriaco, era un drama principal –protagonizado por el estudiante Gabrilo Princep–,
que se convirtió en europeo porque faltó la voluntad de hallar un compromiso. Se trata la
chispa que prenderá un polvorín que se ha venido gestando desde tiempo antes.

Las cuestiones económicas entre Austria y Serbia carecían de importancia. En cambio,


Serbia entorpecía la política balcánica de Austria y constituía un polo de atracción para las
minorías eslava del sur. Serbia representaba para Austria un peligro limitado pero real, que
las crisis balcánicas de 1912 y 1913 habían acentuada aún más. Pero la relación de fuerzas
impedía que Serbia adoptara una actitud demasiado intransigente en caso de crisis grave
con su poderoso vecino. Así, cuando en julio de 1914 Austria acusó a Serbia de
complicidad en el asesinato de Sarajevo y le envió un ultimátum (23 de julio), Serbia dio a
Viena una respuesta conciliatoria. pero ésta no satisfizo al Gobierno austriaco, que declaró
al guerra el día 28: en este momento la cuestión paso a ser europea, ya que detrás de Serbia
se encontraba Rusia.

El apoyo San Petersburgo–Belgrado se explica por las ambiciones políticas, las


preocupaciones religiosas y las políticas de prestigio de Rusia. Tampoco en este caso los
intereses económicos aparecen en primer plano. En 1908, al producirse la anexión de
Bosnia y Herzegovina por Austria, la influencia de Rusia en los Balcanes había
experimentado un notable retroceso, y no podía permitir que volviera a suceder los mismo
en 1914. Las condiciones habían cambiado: el ejército ruso, que había salido maltrecho de
su enfrentamiento con Japón en 1905, estaba ahora en condiciones de emprender una
acción militar en Europa. Por otro lado, Francia no parecía dispuesta a volver a abandonar
a su aliado ruso por segunda vez.

¿Por qué Austria no retrocedió ante una guerra previsiblemente internacionalizada? En


parte la situación de la Monarquía Dual se resquebrajaba por culpa de los nacionalismos,
por lo que toma este conflicto como una forma de imponerse no sólo a Serbia, sino al

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conjunto de los vividos. Por otra parte, Alemania no podía dejarla sola.

La Primera Guerra Mundial costó la vida de 400.000 hombres en Serbia, y en general


importantes repercusiones económicas en el área balcánica. Pero más importantes serán los
cambios territoriales acaecidos: el Imperio austro–húngaro desapareció, dejando paso a los
Estados independientes de Austria, Hungría, Yugoslavia, Checoslovaquia y Polonia. Pero la
situación dista de ser sosegada: Hungría no se contenta con su situación debilitada, y
deseaba que se llevara a cabo una revisión de sus fronteras. Checoslovaquia, Yugoslavia y
Rumanía temían no sólo estas reivindicaciones territoriales, sino la restauración de los
Habsburgo en Hungría, lo que hubiera constituido el preludio de un intento de
reconstrucción de la Doble Monarquía. Italia, además, había visto frustradas sus
aspiraciones en el Adriático, apoderándose por la fuerza de la ciudad de Fiume en
septiembre de 1919, y penetrando en Albania.

3– Los Balcanes tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante el período de entreguerras, las apetencias alemanas se habían orientado hacia


el este de Europa: la Unión Soviética, Polonia y los Balcanes, factor que hay que tener en
cuenta como elemento de desestabilización, especialmente en el caso de Yugoslavia, donde
existió un colaboracionismo croata con los nazis, quienes alentaron la formación de
campos de concentración donde fueron encarcelados principalmente serbios opuestos a
Hitler. Desde esta perspectiva, se dibujaba ya un conflicto étnico de hondas repercusiones:
pues, cuando la guerra se resuelva, serán los serbios los que ostentarán buena parte de las
estructuras de poder (ejército, gobierno...), imponiendo un criterio de desigualdad étnica
como manifestación de venganza. En realidad, la actuación croata (tampoco generalizable
a la totalidad de dicha etnia) constituyó una forma de enfrentarse al centralismo serbio
anterior: una Europa que, tras la Primera Guerra Mundial, desea unos Balcanes estables,
con gobiernos sólidos, no había dudado en favorecer la formación de una Yugoslavia
básicamente dominada por el colectivo serbio, sin duda más apto para lograr un Estado
fuerte, si bien fuera en detrimento de bosnios y croatas. Por tanto, la primera de las grandes
crisis yugoslavas se produjo en este contexto de la invasión alemana de los Balcanes.

Desde el mismo final de la Segunda Guerra Mundial, el equilibrio internacional quedó


pendiente de os hechos que iban a seguir siendo fundamentales hasta la caída de los
regímenes soviéticos en torno a 1989: la bipolarización del mundo entre los Estados
Unidos y la URSS, y el consiguiente desencadenamiento de tensiones entre ambas
potencias como consecuencia del afán de sus gobernantes de incorporar o mantener otros
Estado en su respectiva esfera de influencia. En los llamados países del Este, el proceso fue
simple: en general, inmediatamente después de la guerra se celebraron elecciones generales
y, allí donde no vencieron los comunistas, hubo un golpe de Estado que los llevó al poder.

En Bulgaria, concretamente, fue un golpe de Estado comunista, en 1945, el que


comenzaría a cambiar la situación. Luego vinieron el exilio del rey Simeón (cuyos
descendientes reivindican en la actualidad la legitimidad dinástica) en 1946 y la
prohibición de todos los demás partidos políticos unos meses después.

En Rumanía, la presión rusa fue mayor; el viceprimer ministro de Asuntos Exteriores


soviético Vinchiski "aconsejó" al rey Miguel que designase jefe del gobierno al
procomunista Petru Groza en 1945 y, en 1947, el propio rey hubo de abdicar y exilarse.

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También fue un golpe de Estado de 1947 lo que llevó al poder a los comunistas en
Hungría, mientras en Albania se da la paradoja de que el régimen comunista, según el
modelo marcado por la ortodoxia rusa (y que por tanto otorga un papel crucial a la
industrialización) se asentó sobre una población básicamente agrícola y atrasada.

Por fin, en Yugoslavia, en 1945 se proclamó la república y se aprobó una constitución


inspirada directamente en la de la URSS, que permitió convertirse en dictador a José Broz,
"Tito", guerrillero comunista destacado en la resistencia contra la invasión nazi. Pero no
contó con la aquiescencia de Moscú, del que se distanciará inmediatamente, sobre todo
desde 1948, al criticar la intervención soviética en Hungría y Checoslovaquia. Tito logrará
imponer un socialismo nacional, independiente de las directrices de Moscú y con fuertes
vínculos económicos con Occidente, produciéndose así la primera brecha en el
monolitismo del bloque comunista (1948). Tito había comenzado a encabezar desde
Yugoslavia una contestación nacionalista contra la URSS: había denunciado el Kominform
(Oficina de Información Comunista, organismo destinado a "estrechar los lazos con los
Partidos Comunistas de toda Europa), y planteó la posibilidad de constituir una Federación
Balcánica, que, como mínimo, uniría Yugoslavia con Bulgaria. Se había opuesto
verbalmente a la intervención rusa en Checoslovaquia y Hungría, y en 1949 se negó a
incorporar Yugoslavia al Comecón. El país fue sometido entonces a bloque comercial por
parte de los demás Estados comunistas. Se libró de ello acudiendo, incluso, a la
financiación estadounidense, a pesar de las diferencias políticas. La lejanía de Moscú
contribuyó, en definitiva, a que los rusos tolerasen en Yugoslavia un régimen comunista
marcadamente singular, con un modelo de economía autogestionaria.
La reacción de las potencias occidentales ante la creciente satelización balcánica
respecto a la URSS sólo se produjo al estallar la guerra civil griega en 1946 y apoyar el
gobierno ruso a los guerrilleros comunistas. La intervención –indirecta– de los Estados
Unidos impidió la victoria de la guerrilla e indujo al presidente norteamericano Truman a
advertir explícitamente en 1947 que lucharía contra los comunistas allí donde se
pretendiera desestabilizar un régimen de corte democrático liberal ya existente.

A partir de 1947–48 el devenir de los Balcanes comunistas dependerá en gran medida


del contexto general del mundo soviético. Tras la muerte de Stalin (5–I–1953), la cúpula
soviética toma conciencia de la necesaria liberalización y racionalización de los métodos
de gobierno, tanto por razones de eficacia como por el perceptible descontento de las
masas tanto en el interior de la URSS como en los países del Pacto de Varsovia. Su sucesor,
Jruschov, formula una revisión en profundidad de la obra estalinista en el XX Congrego del
Partido Comunista de la URSS, a la que seguirán profundas reformas políticas
encaminadas a romper los aspectos más intervencionistas del estalinismo dentro y fuera del
país: fin del estado policíacos –cierre de los campos de concentración, amnistía política,
rehabilitación de perseguidos, promulgación de nuevos Códigos Penales en varios países
comunistas, desmontaje del aparato burocrático hiperdesarrollado, etc. Sin embargo, no
supone un desmantelamiento de las estructuras de poder. A nivel económico, los esfuerzos
por aumentar la producción agrícola determinan la suavización de los procedimientos
coactivos y el ofrecimiento de incentivos individuales a los campesinos. Con el objetivo de
elevar las condiciones de vida de la población, se prima la producción de bienes de
consumo sobre la industria pesada y armamentista, opción que tienen inevitables
repercusiones sobre la política exterior.

En el citado XX Congreso del PCUS, Jruschov formula la doctrina de los distintos


caminos hacia el socialismo, lo que traducido a un lenguaje más lineal significa la

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disposición de la URSS de reconocer el régimen yugoslavo, así como la evitabilidad de la
guerra y la coexistencia pacífica, esto es, la necesidad de encontrar una fórmula de
convivencia entre los dos bloques. Pero el alcance de estas nuevas formulaciones es
limitado: ese mismo año tiene lugar el aplastamiento de los intentos reformistas de Polonia
y Hungría, por las presiones que sobre Jruschov ejerce el ala más intransigente de los
comunistas soviéticos. La crisis se salva, en el caso húngaro, con la invasión de Budapest y
la ejecución de su presidente, Nagy, quien había apostado por un "socialismo de rostro
humano". Pero la reacción de la ortodoxia comunista no acabará aquí: el propio Jruschov
es apartado del poder por una decisión del Comité Central en noviembre de 1964 –y,
posteriormente, incluso expulsado del Partido–, imponiendo como su candidato a Leónidas
Breznev, que se caracterizará pro el freno de la política liberalizadora y reformista, en un
período de freno de la política liberalizadora y reformista, que en cuanto a los países
satélites implica un recorte en el margen de autonomía de los países del Este, frenado el
experimento renovador checo: la URSS se reserva el derecho de intervención militar en
cualquiera de sus vecinos comunistas europeos si su seguridad, o la de cualquier de sus
aliados, se ve amenazada (como sucederá en 1968 en la denominada "Primavera de Praga"
y el programa socialista democrático del Gobierno Dubceck).

Tras la muerte de Breznev en 1983 se sucederán los breves mandatos de los ancianos
Andropov y Chernenko, cuya pronta muerte apenas permite esbozar un intento de reforma
ante la evidente esclerosis política, estancamiento económico y desmoralización pública de
la URSS y de los países de su entorno.

4– Condicionantes históricos de la guerra de Yugoslavia.


El nacionalismo balcánico tiene, como mínimo, las siguientes dimensiones:

1– Problema religioso. La religión ha desempeñado un papel esencial en el


surgimiento del nacionalismo balcánico. Pensemos que durante el largo período que abarca
desde la dominación romana, primero, y luego bizantina y el presente, tres religiones han
pugnado sobre un mismo espacio, sin que ninguna de ellas haya logrado imponerse
erradicando a las restantes: la católica, la griego–ortodoxa, y la religión islámica. Los
Balcanes pertenecerán, al menos en su mayor parte, a la mitad del Imperio Romano de
Oriente. Cuando tenga lugar en el año 1054 el cisma religioso entre Roma y Bizancio, dará
comienzo la larga fase de enfrentamientos religiosos en el teatro de los Balcanes, que en la
actualidad no se ha cerrado. En segundo lugar, la conquista a manos de los turcos
selyúcidas de buena parte de los territorios bizantinos a lo largo del siglo XV y hasta
prácticamente la Primera Guerra Mundial, dará paso a una presencia muy importante del
islamismo: pero ya desde el inicio, se trata de una concepción islámica muy combativa (no
en vano en la religión conquistadora, impuesta por una raza culturalmente muy atrasada
como los turcos del momento, y adopta una actitud a la defensiva desde un primer
momento.

En la actualidad el problema religioso se ha visto agravado por el talante tan


profundamente combativo de los tres credos. El fundamentalismo islámico ha calado muy
hondo en el conjunto de los Balcanes, con una proyección tanto interior como internacional
evidente: los musulmanes reciben el apoyo del conjunto de los fundamentalistas xiíes en su
pretensión de crear un estado confesional musulmán, el primero de estas características
dentro de Europa. No puede olvidarse el talante religioso del conflicto vivido en
Yugoslavia, del que frecuentemente se han sobredimensionado los aspectos étnicos y
políticos olvidando, puede que intencionadamente, plantear la realidad de una guerra con

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bastante de enfrentamiento religioso, o religioso–cultural (pues a cada religión le
corresponde una cultura y formas de entender la vida y el Estado peculiares). De esta
forma, en Bosnia–Herzegovina existe una ambición antes de que la guerra estallase por
crear un estado musulmán.

Toda solución al drama balcánico debería pasar por retomar el espíritu de convivencia
religiosa pacífica que refrendara en su día la firma del Tratado de Westfalia de 1630 (que a
su vez cerraba un largo ciclo de enfrentamientos religioso–políticos europeos). En Europa
se hace imprescindible un nuevo diálogo ecuménico, que parcialmente ha sido promovido
en tiempos recientes por la jerarquía católica, olvidando todo intento de unidad religiosa.

En la base del conflicto balcánico puede pues detectarse un afán proselitista por parte
de los patriarcas ortodoxos, que realizan una innegable presión sobre la población (puesta
de manifiesto en la reunión llevada a cabo pocas semanas antes de estallar la guerra
yugoslava en Estambul, incitando a sus fieles a no dejarse avasallar por Estados surgidos
con raíz en otras confesiones). Pero igualmente patente es el papel de una Iglesia católica
en la ex–Yugoslavia que, contando con la aquiescencia del Papa, también exhortaba a los
fieles desde los púlpitos para preservar un espacio propio para el catolicismo. Por su parte,
los integristas de Libia, Irán, Arabia Saudita y Turquía se entrometieron de forma palmaria
en los asuntos espirituales (en realidad políticos) de los líderes religiosos musulmanes
bosnios, planteando el conflicto como una cruzada. La influencia de Turquía va más allá de
algo particular: existe una peligrosa ambición, incluso territorial, de dicho país, cuyo
presidente en más de una ocasión aludió a una posible "nueva Turquía", que sin duda
agruparía a países tan diversos como los comprendidos entre Mongolia hasta el Adriático.
Si bien es cierto que Turquía está llamada a ser, desde un punto de vista de los intereses
geoestratégicos globales, una especie de "Estado–tapón" frente al integrismo, no lo es
menos que su actitud constituye un punto de desequilibrio para la región balcánica.

2– La sustitución del Estado comunista se ha llevado a cabo sin una transición


pacífica hacia un estatus democrático, como ha sucedido más o menos ejemplarmente en
otros países ex–satélites soviéticos. La anterior gravitación alrededor de una política
centralista férrea, como la que, directa o indirectamente, imponía la URSS, se ha traducido
en una euforia nacionalista, que se ha superpuesto a la consecución de un régimen capaz de
garantizar el respeto a las libertades fundamentales y derechos humanos. El
parlamentarismo no ha sido en estas condiciones posible.

Es preciso que situemos en el contexto de los países comunistas el significado del


nacionalismo. A diferencia de lo que pueda significar en Occidente, el nacionalismo es en
los Balcanes un refugio extremo de la protesta social y política, que, al no poder enfocarse
en un sentido parlamentario, se identifica con esta manifestación ideológica. Así pues, por
debajo o antes de una reivindicación de los derechos de identidad cultural o autogobierno,
constitutivos propiamente del nacionalismo, en los Balcanes existe una proyección de
valores sociales, de protesta ante las injusticias, sobre el nacionalismo; o, para ser más
exacto, para ese extraño conglomerado de identificaciones entre nacionalismo y religión,
que durante los 45 años de presidencia vitalicia del mariscal Tito supuso una vía de
oposición al comunismo, no tanto como alentada, pero sí al menos más tolerada que el
cuestionamiento directo del sistema comunista.

Pero el problema es aún más complejo. Los primeros nacionalistas balcánicos tras la
Segunda Mundial son los propios comunistas: la legitimación única posible para estos

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políticos autoritarios era el lenguaje nacionalista, único reducto de discurso de futuro que
pueden ofrecer al pueblo. Las diferencias de clase entre un conjunto indisimuladamente
privilegiado de personas adscritas a la cúpula comunista–aparato administrativo y el pueblo
era disimulado bajo el único discurso unificador posible: la unión, de tipo nacionalista,
frente a otras nacionalidades; la reivindicación de un estatus preferente en el confuso
panorama regional de los países balcánicos. El programa nacionalista inicial girada entorno
de un "nacional– comunismo alrededor del Comité Central del Partido Comunista".

Yugoslavia era una federación de 6 repúblicas: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia,


Montenegro y Macedonia. Cada una de ellas tenía su propio Comité Central del Partido
Comunista. En realidad, a falta de partidos políticos plurales, éste era el único organismo
entre ubicado entre el ciudadano y la Administración central ("La Cosa", que dirían los
angloamericanos). De esta forma, y como medio para ganarse el apoyo popular, su carácter
reivindicativo (ya que no dirigido a la mejora del propio sistema en el que se insertan, el
comunismo yugoslavo), los Partidos Comunistas de cada Estado van adoptando como
emblema la defensa a ultranza de los intereses de los respectivos territorios.

Los primeros pasos hacia la definición de un discurso nacionalista discriminatorio se


darán en Eslovenia y Croacia, con el consentimiento o aquiescencia de la cúpula central
comunista. En estas regiones se inicia ese lenguaje nacionalista sumamente combatiente,
que pide abiertamente un tipo de confederación.

En el fondo, durante este período concreto a Tito le conviene fomentar la disensión


entre la oposición ("divide y vencerás"), por lo que no duda en alentar las tendencias
centrífugas del país, que suponen una dispersión de las ambiciones de la oposición.

Cuando se celebren las primeras elecciones libres, entre 1989 y 1990, serán los
partidos nacionalistas (que la gente identifica con la oposición) los principales
beneficiarios de esta nueva situación. Ya durante las campañas electorales, sumamente
belicosas, se adopta un discurso claramente clerical, en el que ideas religiosas y
aspiraciones nacionales se unen a ciertas reivindicaciones difusamente sociales (en buena
medida demagógicas). En Eslovenia, Croacia y Macedonia, los partidos triunfantes son lo
que han mantenido un programa separatista más explícito.

3– El papel de las potencias occidentales. A la altura de 1989 la caída del comunismo


fue una sorpresa total. Poco o nada preludiaba que la llegada al poder de M. Gorbachov en
1985, e incluso la profunda crisis económica y social originada en el conjunto del mundo
socialista tendría la dimensión tan radical que condujo a la transición hacia regímenes no
comunista. Por eso, EE.U., Alemania y otros países con intereses indirectos (y, por acción u
omisión, el conjunto de Europa occidental) no vio en principio con malos ojos el que se
produjera en la zona balcánica una exacerbación de las tendencias nacionalistas, como una
forma de asegurarse el no retorno a un régimen comunista sólidamente implantado. Es
preciso tener en cuenta que las condiciones, el "precio" de ese apoyo internacional o
simpatía, en forma de la feroz guerra posterior, no eran previsibles a la altura de 1990.

Pero no es menos cierto que el papel desempeñado por Alemania contribuyó no poco
al enfrentamiento bélico. Existe, a nivel global del orden internacional, un peligro evidente
con el surgimiento de una Alemania nueva, fuerte y militarizada (pese a la renuncia en
1990 a contar con las armas atómicas de la antigua RDA). Los cancilleres alemanes, y
especialmente Helmut Kolh, han apoyado el desarrollo de los movimientos nacionalistas

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centrífugos. Junto con otros países como Bulgaria, aspiran a tener un creciente papel en el
área balcánica, actuando tanto en los asuntos propios de la Comunidad de Estados
Independientes (en su momento) como de Rusia, atribuyéndose un protagonismo
desmedido en los asuntos balcánicos. La creación de las Fuerzas de Intervención Urgente
de la Unión Europea, ha sido tomada por algunos politólogos de izquierda como la
instrumentalización militar de Europa en beneficio de sus aspiraciones expansionistas (bien
entendido: no al nivel de una expansión territorial, sino de sus aspiraciones de que todos
los países centroeuropeos "graviten" a su alrededor) Incluso hay quien se pregunta hasta
qué punto son conscientes Francia, España o Inglaterra de esta nueva política alemana
agresiva.

Italia y Bulgaria también tienen sus aspiraciones, más o menos disimuladas, sobre
estos territorios irredentos. Italia, en la Segunda Guerra Mundial, ya había ocupado la rica
costa dálmata (en la actualidad atractivo destino turístico) y la península de Istria, donde
por otra parte viven muchos italianos. También pretende Italia una intervención global
sobre la zona por los intereses relacionados con Albania: la desestabilización del conjunto
del área puede suponer un peligro para el país, como se puso de manifiesto cuando el
fraude bancario y la protesta subsiguiente reportó a Italia a miles de albaneses que
intentaban residir en el país. Por su parte, los intereses búlgaros en Serbia y Macedonia
parten del hecho de la presencia de importantes minorías en dichas regiones. Durante el
período anterior a la guerra, también se difundió por Bulgaria la idea de la posibilidad de
incorporación de Macedonia.

4– Variación ideológica entre los comunistas serbios y montenegrinos. Viendo el


cariz que tomaban los acontecimientos, y que resultaba imposible navegar contra corriente,
también los comunistas serbios y montenegrinos, que constituyen en el conjunto del país la
elite privilegiada, optó por cambiar sus iniciales recelos ante el nacionalismo emergente
por un discurso más próximo al nacionalismo localista, y aprueban la creación de un
gobierno nacionalista.

5– Identificación entre divisiones étnicas y políticas: la pugna política, ideológica,


pasará pronto a ser mero trasunto del enfrentamiento étnico–geográfico. En el decurso de
los años 89 y 90 es patente como por encima de otras consideraciones políticas se produce
una identificación peligrosa entre las posiciones de los políticos de los distintos partidos y
un núcleo común de intereses étnicos, que poco a poco hará que se olviden posturas
diversificadas y se incida cada vez más en la defensa de intereses territoriales étnico–
religiosos de cada uno de los grupos en conflicto. Al mismo tiempo, en Eslovaquia y
Croacia se produce una Conferencia de obispos que contribuirá decisivamente a esa
identificación entre intereses nacionales y credos, en medio de lo que el profesor Indick
calificó de "curas guerreros".

A occidente no le interesa la nación, sino fundamentalmente la forma de gobierno que


se adopte.

6– Papel desestabilizador de las oligarquías y nacionalismo populista. Buena parte


del conflicto balcánico ha tenido que ver sin duda con la personalidad de políticos
extremistas como Karadchi. No se trata de personalizar el conflicto, sino de plantearlo
desde una nueva perspectiva: la del papel de las oligarquías serbias, croatas, etc. Para los
grupos dominantes, algunos de los cuales se han visto ciertamente beneficiados por la crisis
económica y social que siguió al súbito desmonte de la economía estatalista (digámoslo de

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otra manera: que han hecho o al menos conservado sus fortunas en tiempo de profunda
recesión económica), el nacionalismo es una especie de salvaguardia de sus posiciones de
dominio: pues, por encima de toda reivindicación social, de toda exigencia de mejora
social, se ha creó un discurso político en el que conservarán posiciones dominantes, al
frente del que se pondrán. Como puede inferirse de esta circunstancia, el nacionalismo
balcánico emergente es de corte populista, reducido a unas reivindicaciones irracionalistas
de corte autoritario, y basadas en un etnocentrismo puro: perpetuar la adoración de la idea
nacional anulando las diferencias políticas y de clase, poniendo el interés y la soberanía
nacional en primer plano. Existe un espíritu de autarquía nacional, contrario a la anterior
interdependencia económica y criterio de solidaridad interregional. Se trata de un
nacionalismo que reconoce a la guerra como una virtud y causa justa.

Este discurso tiene a primar los estados étnico–religiosamente puros, como de hecho
son los que han surgidos de Yugoslavia. Son estados, lo que se quieren imponer, de una
sola etnia, lo que conlleva a episodios racistas: si durante el dominio de Hitler se produce
la depuración de serbios en Croacia entre 1941 y 1945, auspiciada por los nazis, hoy se
repite al revés el fratricidio: desde el inicio de la contienda, se volvió a vivir la experiencia
de los campos de concentración.

Es imposible construir un Estado, una sociedad civil, sobre la base de una pretendida
"pureza". Pero esta premisa, válida de modo general, es aún más patente en el caso de la
antigua Yugoslavia, donde la mezcla entre etnias, religiones y territorios es abrupta. Así,
por ejemplo, la minoría serbia en Croacia vio amenazada en estas circunstancias su
situación, por lo que procedió a la creación de células autonómicas independentistas, que
pretendían crear estados serbios dentro de Croacia, especialmente en las regiones
fronterizas entre Croacia y Serbia.

En Serbia existía, y existe, como demuestra el actual conflicto de la región conflictiva


de Kósovo –donde ya se iniciara la Primera Guerra Mundial– el problema de los albaneses,
más de un millón y de religión musulmana frente a los ortodoxos serbios –mayoría–,
católicos y ateos, que son predominantes en el Estado serbio pero no en dicha región del
sur (con todo, los albaneses son apenas el 40% del total de población): los intentos
románticos de creación de la "Gran Albania" pasaban por la hostigamiento terrorista a
Serbia, que en marzo de 1998 causó más de 50 muertos entre los albaneses. En Bosnia
existen importantes grupos de croatas (hasta un total del 17%), musulmanes en mayoría (el
43%) y con una importante población de raza serbia (hasta el 39%), y una minoría croata
(17%). Los musulmanes solicitarán un estado independiente de corte islámico, lo que será
inmediatamente rechazado por los demás bosnios.

La llegada de los Cascos Azules de la ONU, con un coste total de más de 7.000
millones de dólares, resultaba en estas circunstancias (recapitulemos: aspiración a crear
estados puros étnica y religiosamente, y la realidad de una mezcolanza y heterogeneidad
espacial evidente) poco menos que imposible. Aunque no pocas veces su intervención ha
sido acusada de tibia por parte de la prensa y algunos sectores políticos (sin que sea del
todo falso), lo cierto es que un factor crucial para entender la inoperancia de dichas tropas
estriba en la inexistencia de frentes de combate claros (como se pone de manifiesto en el
intento de reconstrucción del nuevo mapa de los Estados emergentes una vez finalizado el
conflicto: se trata de un puzzle ciertamente complejo y probablemente inestable), e incluso
de bandos claros: los musulmanes fueron el sector más unificado pro encima de etnias,
mientras que croatas cristianos y ortodoxos partirán de una falta de entendimiento, para

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luego enfrentarse en común contra los serbios, ocasionalmente con la ayuda de
musulmanes, etc. Es decir: los bandos constituyeron una amalgama en constante evolución,
que frecuentemente escapaban al liderazgo de sus supuestos jefes, con lo que los acuerdos
de alto el fuego eran incesantemente desobedecidos, en medio de una espiral de violencia.
Por otra parte, frente a la idea convencional de guerra, el conflicto tomará durante algunos
momentos una dimensión de guerra de guerrillas (los francotiradores apostados en Mostar
o Dubrocnik), de bandolerismo armado, etc.

Es importante advertir que buena parte de las informaciones recibidas en Occidente


han sido parcialmente manipuladas a favor de los croatas (sin negar las responsabilidades
en crímenes de guerra terribles de buena parte de los serbios), en parte por ser este
colectivo de mayoría católica. Por su parte, los serbios se encontraban mal organizados,
especialmente en cuanto a las relaciones con el exterior, sin una red de televisión
internacional ni prensa en idiomas extranjeros, lo que contribuirá a su mala imagen en el
resto de Europa.

Lo cierto es que las repúblicas yugoslavas tienen casi imposible el subsistir como
estados independientes, dadas sus economías complementarias, tal como se había
entendido la planificación económica en el conjunto del país: en Eslovenia no hay
electricidad, materias primas y trigo, mientras Serbia ha de exportar electricidad para
subsistir y precisa de las materias primas de las repúblicas colindantes para su potente
industria.

Durante algún tiempo se pensó que el factor económico podría ser un aspecto a tener
en cuenta para evitar una trascendencia mayor del conflicto bélico desatado: las repúblicas,
de economías complementarias, se necesitan; están hasta cierto punto obligadas a convivir
por la fuerza de los argumentos económicos.

¿Supuso el Estado central un elemento de homogeneidad cultural mientras subsistió el


país como "Yugoslavia"? En cierto modo puede decirse que por encima de las diferencias
étnicas tradicionalmente existió en los Balcanes una identidad cultural. Los idiomas
hablados son similares, con una traición folclórica y musical muy similar. La institución
más importante en el plano cultural había sido la Iglesia. Pero con la llegada del
catolicismo se introdujo también otro alfabeto, otra educación, otra mentalidad.
Especialmente la parte más oriental perteneció a la zona de desarrollo de la cultura
bizantina. Por otro lado, durante el siglo XVI y durante el dominio del romanticismo se
extendió la idea de que todas las tribus eslavas tienen que organizarse en un estado
centralizado. Es patente la influencia de la revolución napoleónica en el despertar de la
identidad común, con su carga de renovación de las culturas locales, eslovenas, croatas o
serbias, sobre todo en el siglo XIX.

El concepto de Yugoslavia como país unificado surgirá al hilo de los movimientos


nacionalistas que sacuden Europa durante la primera mitad del XIX, y de forma más
específica a partir de las revoluciones de 1848. Tras la Segunda Guerra Mundial y la
creación de un estado unitario y centralizado se procedió a la creación de una cultura
estandarizada, común, con una lengua única denominada servo–croata, que tras el conflicto
armado volverá a escindirse.

Yugoslavia constituyó en 1948 una excepción dentro del bloque comunista, con su
separación respecto a la política soviética y la definición de un modelo de socialismo más

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adaptado a las demandas reales de la población. Se trataba de un país más abierto, receptor
de neto de emigrantes, de turistas.

5- El desarrollo de la Guerra de los Balcanes.

Con la secesión de Eslovenia, Macedonia y Croacia en 1991, el Ejército Popular


Yugoslavo (que era el antiguo Ejército de Yugoslavia) comenzó a actuar en favor de Serbia
y llevó a cabo un fallido ataque sobre Eslovenia Croacia, llegando a conquistar casi un
tercio de esta república hasta la firma de un alto el fuego a comienzos de 1992. El líder
serbio Slobodan Milosevic pasaba a convertirse en el defensor de la Gran Serbia, es decir,
de la creación de un Estado compuesto por todos los territorios en que la población serbia
fuera mayoría, bloqueando la presidencia federal yugoslava, que hasta entonces había
rotado entre las distintas repúblicas de forma igualitaria, y eliminando la autonomía de la
región serbia de Kosovo, en la que la mayoría de la población es albanesa.

La guerra se verá favorecida por la respuesta de la comunidad internacional,


especialmente Alemania, deseosa de iniciar de nuevo una política de intervención en
Centroeuropa, y reconociendo para ello a los estados secesionistas de Eslovenia y Croacia.

Los nacionalistas croatas, liderados por Tudjam, elaboraron una constitución que
sancionaba la primacía de la población de origen croata. Por ello, los serbios, mayoritarias
en la región de Krajina, proclamarán su independencia de Croacia, con el apoyo de tropas
federales.

Los croatas y musulmanes de Bosnia-Herzegovina temiendo la hegemonía serbia,


declararon en octubre de 1991 su independencia de Yugoslavia, previa aprobación en un
referéndum popular. El 4 de febrero de 1992 se produjeron los primeros choques armados
en torno a Mostar, ciudad enclavada en una región con un importante porcentaje de
población croata. A principios de abril de 1992 la Comunidad Europea y Estados Unidos
reconocieron la soberanía de Bosnia-Herzegovina. Las milicias serbobosnias, mandadas
por Radovan Karadzic y Trko Mladic, y apoyadas por tropas regulares de la República
Federal de Yugoslavia, comenzaron a establecer gobiernos propios en zonas de Croacia y
Bosnia habitadas por población de origen serbio. Inmediatamente se procedió a una
limpieza étnica.

Los croatas, a su vez, declararon su propia e independiente República Croata de


Bosnia-Hercegovina. El Ejército Popular Yugoslavo, controlado por los serbios, puso
entonces sitio a la ciudad de Sarajevo, capital de Bosnia, lo que originó la imposición de
sanciones por parte de las Naciones Unidas (ONU) que la OTAN se encarga de hacer
cumplir.
También aumentó el número de fuerzas de pacificación de la ONU, principalmente
británicas y francesas. En mayo de 1992 se aprobaron por parte de la ONU mayores
sanciones económicas y comerciales contra Serbia y Montenegro.

Por otra parte, en julio se inició una enorme ofensiva serbia contra Gorazde, ciudad
al este de Sarajevo controlada n manos de los musulmanes. Finalmente, el 17 de julio los
líderes serbios, croatas y musulmanes firmaron en Londres el primero de los numerosos
acuerdos de alto el fuego incumplidos. Se concertó para el 23 de octubre de 1992 una
reunión en Sarajevo entre los líderes militares de las tres comunidades con intermediación
de la ONU, pero no condujo a ningún acuerdo efectivo. Serbia siguió conquistando más

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territorios croatas y musulmanes.

El asedio de Sarajevo prosiguió, ya que los esfuerzos de la ONU para poner fin al
conflicto fracasan. Sin embargo, en julio de 1994 Serbia cortó sus relaciones con sus
compatriotas serbobosnios para intentar conseguir el levantamiento de las sanciones
económicas de la ONU, como en parte sucedió. A fines de 1994 parecía que incluso los
enclaves controlados por la ONU, corrían el peligro de ser anexionados por el Ejército de
la República Serbia de Bosnia Sin embargo, croatas y musulmanes comenzaron a colaborar
cada vez más en los campos de batalla, aliándose formalmente en marzo de 1995; poco
después se produjeron crecientes éxitos militares bosnios, como la conquista de territorio
en torno a Sarajevo que permitió que en el mes de mayo Pale, la capital de la República
Serbia de Bosnia, estuviera al alcance de la artillería bosnia. La represalia serbia consistió
en la conquista de las denominadas zonas de seguridad controladas por la ONU,
cometiendo auténticas masacres sobre la población.

La ONU respondió aumentando sus fuerzas en los restantes enclaves y con la


autorización a los comandantes militares en la zona para llevar a cabo ataques aéreos de
castigo. El 26 de julio el Senado de Estados Unidos aceptó levantar el embargo de armas a
Bosnia-Herzegovina. A comienzos de agosto se extendió la guerra cuando tropas regulares
croatas protagonizaron una ofensiva a gran escala para reconquistar el territorio
serbocroata de la Krajina, fronterizo con Bosnia por el oeste.

La mediación de la comunidad internacional logró, tarde y mal, y después de una


ofensiva en septiembre de 1995 a gran escala de las tropas de la OTAN, con especial
participación de EE.UU., la firma el 21 de noviembre de 1995 del Acuerdo de Dayton, que
aparentemente puso fin al conflicto. Una fuerza multinacional de intervención separaría a
los estados en conflicto en el territorio bosnio. Se sancionaba así la división de Bosnia-
Herzegovina en dos repúblicas, una serbia y otra croato-musulmana, federadas en un solo
Estado.

El último conflicto se producirá en la provincia serbia de Kosovo a mediados de


1999. En un espacio de amplísima mayoría cultural albanesa, el presidente serbio
Milosevic había llevado desde 1989 una política tendente a eliminar cualquier autonomía
kosovar, aplicando además una política de asimilación serbia que incluía trasvases forzosos
de población. La intervención armada de la OTAN, con los bombardeos de las principales
ciudades serbias y el sostenimiento del Ejército de Liberación Kosovar, significó la derrota
de Milosevic y la concesión de una gran autonomía a Kosovo bajo protección
internacional. Los ataques de la minoría albanesa, ya a menor escala, se reproducirán en
zonas montañosas en 2000 y 2001.

6-BIBLIOGRAFÍA.
AGUIRRE, M.: Los días del futuro. La sociedad internacional en la era de la
globalización. Barcelona, 1995.
AMBROSIUS, G. y HUBBARD, W.: Historia social y económica de Europa en el siglo
XX. Madrid, Alianza, 1992.
ARON, R.: Los últimos años del siglo. Madrid, Espasa–Calpe, 1984.
CLEYELAND, H.: Nacimiento de un nuevo orden mundial. Madrid, 1995.
FETJÓ, F.: Historia de las democracias populares. Barcelona, Ed. Martínez Roca, 1971.
MAMMARELLA, G.: Historia de Europa contemporánea (1945–1990). Barcelona, Ariel,

15
1990.
TAIBO, C.: La disolución de la URSS. Una introducción a la crisis terminal del sistema
soviético. Barcelona, Ronsel, 1994.
TAIBO, C.: Los conflictos yugoslavos: una introducción. Madrid, Fundamentos, 1993.

Ver la Bibliografía del mismo tema que os adjunto en Tema 46, es más reciente y apropiada
para el tema. GRA.

N.B.: Según el Diccionario de la RAE lo correcto es escribir SERBIO, SERBIA, etc.

MAPAS:

En color verde los países que forman hoy en día los Balcanes:

16
Pinchar sobre este mapa para ir al hipervínculo

Yugoslavia durante la IIª Guerra Mundial

17
La Yugoslavia de Tito en 1974

La ExYugoslavia en 2002:

18
19