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Acompañamiento Espiritual al final de la Vida R.P. Lic. Carlos R. Alvarez Orellana (M.I.

He elegido comenzar a escribir este artículo partiendo de un testimonio que me ha ocurrido estando
de guardia en el Hospital adonde realizo mi actividad pastoral.
Terminada la Santa Misa escucho que el celular del Capellán de guardia suena. Me apresuro a
responder. Cuando nos llaman puede suceder que un paciente quiera recibir la Sagrada Eucaristía,
Confesarse, celebrar el Sacramento de la Unción de los Enfermos o simplemente necesita conversar.
Atendí la llamada y era una enfermera para decirme que una familia solicitaba la presencia del
Capellán ya que su Paciente estaba moribundo. Hice lo que siempre suelo hacer: comenzar a rezar
para que el Señor le conceda la vida a esa persona hasta que llegue. Tomé los Santos Oleos y salí
rápidamente de la Capellanía.. Llegué a la habitación de ese paciente, aislado de contacto, y le vi
respirando con dificultad e inconsciente. Saludé a la familia y pregunté si querían que le diera el
Sacramento de la Unción de los Enfermos a lo que me respondieron afirmativamente. Comenzamos
a rezar y el paciente comenzó a moverse sin parar, abrió los ojos y volvió a cerrarlos, agitándose a
medida que iba rezando y aproximándome al momento de la Absolución de los pecados, a conceder
la Indulgencia Plenaria, y ungirlo con el Oleo de los Enfermos. Se notaba la lucha interior en la cual
estaba sumergido.
Continuamos rezando con la familia y luego de realizado, lo dicho precedentemente, comenzamos
la Coronilla de la Divina Misericordia. El paciente comenzó a serenarse hasta quedar totalmente
tranquilo. En ese momento mi corazón se alegró al recordar las palabras de Nuestro Señor a Santa
Faustina “Cuando recen esta coronilla junto a los moribundos, Me pondré entre el Padre y el alma
agonizante no como Juez justo sino como Salvador Misericordioso” (diario, 1541). Siempre que
asisto a un moribundo el Señor pone en mi corazón y en mi mente rezar la coronilla de la
Misericordia e inmediatamente compruebo que la Promesa de Jesús se cumple siempre.
Los Sacramentos son un canal de Gracia que Dios ha regalado a nuestra Iglesia. Me entristece
cuando la gente “huye” de ellos. Si supiera lo que se pierde por no utilizarlos.
En los momentos finales de su vida, el ser humano tiene necesidad de ser consolado, animado,
acompañado para encontrar el CAMINO que es Jesucristo. Se hace muy importante y necesario
rezar con él, por él y para él. Los Sacramentos al final de la vida tienen ese toque que solo la Gracia
de Dios puede dar, porque al ser instrumentos de Salvación predisponen al Enfermo a aceptar a
Jesucristo como su Salvador y, al mismo tiempo, preparan a la familia para acoger la Voluntad de
Dios en sus vidas. El poder que llevan los Sacramentos en sí mismos es muy fuerte, porque es Poder
Divino.
Hay muchas personas, con las que me encuentro en el Hospital que no quieren que el Sacerdote
visite a sus Enfermos; dicen: “puede darse cuenta de que está mal”. Por experiencia puedo decir
que la persona Enferma sabe lo que le está sucediendo y presiente que su final está próximo.
Mucha tristeza me causa comprobar que por cierta ignorancia religiosa hay personas que fallecen
sin los Sacramentos o que, los familiares, llaman a los capellanes cuando la persona está en coma o
en agonía. Pienso que nos hace falta trazar planes de Evangelización dentro del Hospital para que
Jesús instruya a quienes no lo conocen y les brinde la oportunidad, a aquellos, que sabiendo de Él
no le conocieron verdaderamente.
Jesús es Dios de Misericordia, es más su Corazón ARDE de Amor e insiste en que llevemos a los
Enfermos las tinajas llenas de su Misericordia porque Él se goza en perdonar. “Por mi vida,
oráculo del Señor, no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y
viva” nos dice la Sagrada Escritura. ¡He ahí la muestra tan grande del Amor: nuestros pecados
nunca serán más grandes que su Misericordia!. ¡Cuanto alivio proporciona a los Enfermos la
presencia del Sacerdote junto a su lecho de muerte. Ese alivio no es por el Sacerdote sino es por la
Presencia Amorosa de Jesús en él.
Un Enfermo moribundo necesita de la ciencia y de la técnica, es cierto; necesita de los cuidados
paliativos: de la hidratación, la alimentación, la higiene, las medicinas, la morfina para no sentir
dolor, pero sobre todo necesita de la Presencia de Dios. Los cuidados paliativos dejarán de ser
necesarios pero Dios no lo será nunca. Es más , cuando acontezca la muerte, se encontrará con Dios
su Padre y su Creador. Ese camino es tarea de todos, no solo los Sacerdotes sino de todo bautizado
No podemos permitir que haya Enfermos que mueran sin el auxilio de la Gracia de Dios.
En en Hospital adonde presto servicio, coordino un grupo de Voluntarios que se llama: “Beato Juan
Pablo II”. Seguimos la espiritualidad confiada, por el Señor, a San Camilo y al mencionado Beato.
Jóvenes y adultos decidimos “caminarnos todo el Hospital” para llevar consuelo, ánimo,
esperanza... a los Enfermos y a sus Familias. Dios nos ha llamado, nos ha capacitado y nos ha
enviado pero, sobre todo,nos ha dotado de un corazón que atiende “con el amor de una madre a su
único hijo Enfermo” (San Camilo de Lellis).
Termino este artículo invitándoles a mirar como lugar de misión y servicio tambien al Hospital.
Recordemos, juntos, las palabras que S.S. Beato Juan Pablo II nos dirigía a los Argentinos en el año
1987 en la Catedral de la ciudad de Córdoba con ocasión de un encuentro con los enfermos “Una
comunidad, que se precie de ser cristiana no puede olvidarse nunca de los Pobres y de los
Enfermos” .
Mire al Hospital no como un lugar tenebroso sino como el Templo del Dolor adonde Jesús
Sufriente, cada día, le espera para celebrar la Liturgia de las manos: la del abrazo, la de la caricia,
la del corazón abierto, la de la mirada amorosa, la del servicio porque cada vez que abraza, acaricia,
abres tu corazón, mira amorosamente y sirve diligentemente a un Enfermo, a Él, se lo hace. No
olvidemos nunca que el Enfermo es Jesús para nosotros y nosotros somos Jesús para el Enfermo.
Dios los bendiga.