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"Sobre el arte como constituyente de nuestra condición humana.

"
La decodificación de los signos del lenguaje implica un proceso ampliamente debatido
a lo largo de la historia, podemos vincular esta problemática directamente con la de la
interpretación musical. Pero me es inevitable pensar, en un campo de análisis o unidad de
anclaje aún mas general.

"¿Qué diferencia al ser humano de los animales?" Una pregunta tan profunda y
compleja que a simple vista parece imposible de responder en valores absolutos. Pero no es
una oración sencilla la que buscamos, sino una cualidad que en nosotros, como especie,
notamos con un mecanismo mas exacerbado que en nuestros pares terrestres. Y es que
dependiendo el lugar desde donde planteemos la pregunta obtendremos respuestas
diferentes; pero yo me tomaré el atrevimiento de enfrentarme puntualmente al
paradigma moderno, tal vez tan emparejado con el ámbito religioso, y diré que la capacidad de
razonar ante un acto no es la clave para hallar esta división sino precisamente lo contrario.

El perro posee como primordial motor de comportamiento a su instinto, un marco


que envuelve sus accionares a priori ¿Y un sentido racional? Definamos qué es la razón como
concepto y nos encontraremos con que un ser racional piensa en función de un beneficio para
si o para su comunidad, piensa en cuál es el mejor camino para concretar algún logro con
éxito. En este sentido el instinto se nos presenta como algo que se articula en otro carril, en el
plano de lo inconsciente, de lo prehistórico y primario. El perro va a morderte la mano cuando
le intentes sacar el hueso de la boca, sea el mejor compañero que hayas tenido en la vida o no.
Es un reflejo de un comportamiento que responde a la necesidad de sobrevivir, un acto que se
imprime como suerte de sello condensador de innumerables existencias de perros previas a él.
El pensamiento racional corre por otra vía, un ser humano puede posponer su voracidad si
comprende que de eso dependerá su existencia a posteriori, por ejemplo: comerá lo necesario
de una huerta, para dejar que la planta se recupere y de este modo tener alimento asegurado
por un tiempo mas prolongado.
El pensamiento racional nos ha distinguido enormemente y nos ha llevado a organizar
con éxito nuestra sociedad, a efectuar avances tecnológicos que permitieron nuestro
crecimiento y prosperidad por encima de cualquier otro tipo de vida en nuestro planeta (esto,
al menos, en la capa visible que desde nuestra óptica se nos permite dilucidar). Pero no es
aquello lo que nos diferencia del perro. Porque, tal vez en menor grado, el raciocinio también
existe en él; en ciertos animales se observan formas de responder ante problemáticas
complejas con una pericia sorprendente. El problema de la humanidad, y me refiero a
problema y a la vez mayor virtud, es su naturaleza irracional.

Ante la decodificación de un mensaje, en esta red que se establece entre Emisor-


Mensaje-Receptor, el hombre tiene la incondicional necesidad de llamar a su mundo interior y
abrazar en él aquello que se le ofrece, digerirlo con toda su historia, con su físico y con su
metafísico, y devolver una versión inevitablemente modificada y reconstituida e impregnada
con su impronta espiritual.

Si tan solo todo fuera más sencillo para nosotros… [suspiro] podríamos "evolucionar"
al ritmo que lo hacen las máquinas en las películas de ciencia ficción y dominar no solo nuestro
mundo sino todo el universo con sus galaxias y dimensiones. Pero no, nuestra irracionalidad se
nos interpone ante el camino corto, efectivo, eficiente, para lograr nuestro cometido.

Quizá esto explique en el arte aquello misterioso, divino, existencial, aquello que no
se sabe cómo decir o cómo nombrar, pero que nos afecta de un modo hasta paradójicamente
"instintivo" en nosotros mismos. No se trata de entender aquello que nos conmueve, sino de
simplemente vivirlo como condición misma de nuestra especie: somos seres puramente
irracionales. Es por eso que pese a que no me convenga me enamoro igual, pese a que me
haga mal me como ese tercer helado, pese a caer me balanceo en el borde del acantilado.
Porque existe en nosotros algo que no se trata de supervivencia, que tampoco puede ser
atrapado en prisiones del deber. Y todo aquello encuentra libertad de ser en el arte.

Uno de los grandes atrasos que tuvo la cultura occidental fue el pensamiento
moderno, aquel que congelara en un limbo a las civilizaciones en la Edad Media, que
desterrara de sí aquello antiguo y sabio por profano y hereje. Sin dudas el error mas grande lo
fue, en este frenesí de la especialización y estratificación de las actividades humanas, el
separar la filosofía del arte, pero aún mas, separar la filosofía de nuestro cotidiano. Y es que
este pensamiento no trata de negar el lugar que tuvo la ciencia, sino de poner en crisis el cómo
se ubicó este afán por racionalizar la vida y de qué manera afectó nuestra naturaleza de ser. El
sentido irracional quedó relegado a lo misterioso, a lo inexplicable, a la genialidad; una
clasificación tan facilista, tan típico del hombre como tapar lo que no comprende. Y es que la
duda, lo imprevisible, la interpretación de lo que observamos y la modificación de lo que nos
afecta es lo que nos constituye. Debemos, como Docentes de Arte, militar ferozmente contra
los ideales establecidos por el pensamiento moderno, para que el arte deje de ser un misterio,
un inalcanzable, un para pocos, y producir una liberación real de los estigmas que frenan
acérrimamente a la humanidad como especie. La clave de nuestro crecimiento no esta en la
evolución tecnológica, sino en la grandeza espiritual, solo entonces podremos aceptarnos y
vencer al trauma que cargamos por no ser lo que ansiamos, por, pese a esforzarnos, pese a
sacrificarnos a nosotros y a nuestros semejantes, a encontrar la frustración, el sentimiento de
vació, de una sed que no saciamos. Porque nunca la saciaremos en el plano físico.

Y me paro frente a la partitura y de pronto en aquel esquema arcaico de cinco líneas y


la sinergia de sus símbolos se abren, se desdibujan, destruyen los límites del papel fotocopiado
y se convierten en un vehículo para conectarme con una pequeña porción mundo que no
conocía, que me sorprende y emociona, que revierte el efecto de vacuidad, desilusión y
aburrimiento de nuestro tiempo.

¿Qué me está viniendo a contar este compositor (o a quién sea que esté dirigido)? ¿Era
hombre o mujer, o tal vez un mero transcriptor de alguna melodía ignota en el tiempo (si fuese
esto relevante)? Puede que en la poesía cursi y romántica musicalizada por F. P. Tosti se
esconda un sentido mucho más amplio… de hecho…[me detengo y pienso]: en su simpleza
aparente siento que hay una trampa, que con una sonrisa pícara los versos me desafían a
escudriñarlos, a amasar sus sílabas, sus alturas, sus dicciones en mi boca. Entonces me siento
en libertad de operar sobre sus sentidos, pero también de iniciar un proceso de comunión
entre la persona que soy, la historia que me constituye, y el ente obra que me invita a
habitarla como en un entretenido juego dialéctico, un juego profundo y trascendental para mi
existencia, pero juego a fin de cuentas.

Abracemos entonces la técnica, expandamos sus límites con investigación y teoría,


con números y fórmulas, pero constituyámosla como una parte, como un mero fragmento de
esta compleja totalidad que nos abarca y hermana como carne y huesos erigidos por un
espíritu desbordante de fascinación por el mundo. Estudiemos la historia, la decodificación
racional del lenguaje musical, la estructuración de los occidentalismos y la vastedad de los
rigores orientales. Nutramos el ser y embebamos los límites de lo científico con lo paradójico,
lo metafórico, lo estoico. Solo así lograremos ampliar nuestras herrumbrosas fronteras
racionales y podremos navegar en un horizonte simbólico inmenso. Esa es la gran oportunidad
que se nos ofrece en la vida. Abracémosla con la honestidad que merece.

Hernán Barrionuevo.-