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El papel del educador o educadora y del personal Técnico Superior en Educación

Infantil en el ámbito afectivo girará en torno a la satisfacción de las necesidades


emocionales de los niños y niñas. El afecto es una de las necesidades primordiales, es
fundamental para un desarrollo afectivo sano y una correcta socialización, teniendo un
valor indiscutible para el resto de sus vidas. Para ello deberemos conocer los contenidos
que hemos trabajado hasta el momento en esta unidad de trabajo. Sabemos que uno de
los componentes principales de este periodo de edad es el apego.

¿Cómo deben actuar los profesionales de la educación en este ámbito?

La persona cuidadora, así como los padres y madres, deberán encontrar tiempo para
interactuar con cada niño o niña. Es indispensable aprovechar situaciones en las que se
produzcan un contacto íntimo (ejemplo
de ello es el momento del cambio de
pañal o de la comida), un contacto cara a
cara; dedicarles atención cuando hablan
y procurar momentos privilegiados para
acariciarles.

Uno de los momentos más delicados del


proceso educativo es el ingreso del niño
o la niña en la escuela infantil. Debemos
prestar especial atención a éste,
planificando la intervención que debe mariantonia. CC by-nc-sa. Procedencia.
producirse con naturalidad, tratando de
evitar el conflicto. Desde aquí queremos plantear algunas cuestiones para aliviar el
modo en que los niños y niñas se separan por primera vez de la familia.

Debemos establecer fluidos canales de comunicación y coordinación que garanticen la


coherencia del proceso educativo en los ámbitos familiar y escolar, y potenciar la
implicación de la familia en la escuela armonizando criterios compartidos con el equipo
educativo.

A través de la comunicación, podemos conocer las relaciones que niños y niñas


mantienen con los miembros de su familia. Saber cómo es esa relación, nos ayuda a
comprender las relaciones que establece con sus iguales, sus compañeros y compañeras,
y con los adultos. Este conocimiento es imprescindible para realizar una intervención
educativa adecuada.

No podemos conocer todo desde el primer momento, es importante establecer una


estrategia de intervención.

Además, es básico para el proceso de socialización del niño o niña, condicionando los
procesos de aprendizajes y afectando al modo en que va a vivir otros episodios en los
que tenga que controlar la respuesta a la frustración.
Ya sabes que la familia influye de manera importante en el desarrollo de los menores,
sobre todo en los primeros años. Y que no todas las familias son iguales, sino que son
diversas en función de su composición y de cómo ejerzan sus funciones.

Sin embargo, es necesario tener claro que los padres y madres son los principales
educadores de sus hijos y que el papel de la escuela infantil, o de otros recursos
educativos de carácter no formal, es el de colaborar con ellos en el ejercicio de las
funciones educativas parentales

En todas las familias tienen lugar actividades educativas, ya que las personas adultas
enseñan a los niños y niñas desde la realidad, mientras comparten con ellos actividades
y tareas, y a medida que van creciendo, les van cediendo responsabilidades acordes a
sus habilidades y madurez. Así se producen muchos de los aprendizajes, ya que a partir
de las actividades de la vida cotidiana, los niños y niñas pueden adquirir conocimientos,
habilidades y valores que luego utilizarán en la escuela y en el entorno social.

Como puedes ver, la manera de educar de los padres y madres no es tan diferente al
procedimiento que usa el personal TSEI u otro educador o educadora. Lo que sí puede
marcar la diferencia entre padres o madres y educadores o educadoras, es el grado de
consciencia que los padres y madres tienen sobre la labor que desempeñan.

Puesto que padres, madres, educadoras y educadores infantiles tienen el mismo objetivo
(educar al niño o niña) es importante que la educación sea percibida como una tarea
compartida, (sin entrar en una pugna sobre quién hace lo mejor, si los padres y madres o
los educadores o educadoras infantiles, si la escuela o la ludoteca, ...) en la que ambas
partes colaboren a su nivel.

Dicha colaboración va a conseguir una coherencia entre ambos sistemas (familiar y


educativo formal o no formal) que va a facilitar, por una parte, la integración del niño o
niña en los distintos contextos (entorno escolar, actividades educativas no formales) y
por otra, que los avances conseguidos se vean reafirmados en la vida diaria.

El educador o educadora debería poder conseguir que sus propuestas educativas fueran
compartidas, ya que algunos objetivos sólo se alcanzarán en la medida en la que ese
objetivo sea importante para ambos contextos. En ese sentido, llegar a acuerdos con las
familias (por ejemplo en el momento en el que el niño o la niña inician el control de
esfínteres) facilita y mejora el establecimiento de hábitos, así como el desarrollo de los
niños y niñas en las condiciones más favorables.

en toda la literatura especializada que trate el tema de las relaciones entre las familias y
los centros educativos (ya sean formales o no formales), se señala la importancia de las
mismas, la utilidad de la comunicación entre ambos sistemas, y lo necesario que resulta
que se establezca una relación de colaboración.

La realidad es que, a pesar de que exista voluntad de colaboración entre ambos sistemas,
dicha colaboración es muy difícil de materializar, por lo que las evidencias de lo que
sucede en los centros infantiles o en las propuestas educativas de carácter no formal,
contrasta con lo deseado teóricamente por todos.
La vida de las ciudades, con continuas prisas y horarios imposibles, no facilita los
acercamientos entre las familias y los centros. Por otro lado, la falta de tradición
empírica sobre cómo estructurar y organizar la colaboración con las familias hace que
los educadores y educadoras, aún reconociendo la necesidad de la misma, tengan
dificultades para vencer los obstáculos que supone el inicio de los proyectos comunes
de intervención, máxime cuando se trata de instaurar una nueva forma de trabajar.

Todo este conjunto de factores hace que las relaciones entre familias y centros de
carácter educativo sean difíciles y que, en demasiadas ocasiones, no sean ni lo intensas,
ni lo colaborativas que debieran ser.

De manera general los padres al elegir la escuela hacen al educador o educadora


partícipe de sus deseos, ideales, valores y objetivos educativos, aunque con
frecuencia no los tengan ellos mismos suficientemente definidos o explicitados.
Establecen los padres con la escuela una particular relación de confianza, mediante
la cual delegan autoridad, funciones, objetivos familiares, etc., en la institución a la
que confían sus hijos.
La relación que se entabla entre familia y escuela es tan peculiar que sólo cabe
situarla en el marco de la confianza- es la escuela, como parte de la familia, una
prolongación suya, adquiriendo así su pleno sentido.
Esa relación de confianza es la que determina, matiza y da forma al binomio
familia- escuela, que debe estar marcado por una actitud de responsabilidad
compartida y complementaria en la tarea de educar a los hijos. Ello implica una
verdadera relación de comunicación donde padres y maestros establezcan una vía
abierta de información, de orientación, sobre la educación de los hijos, constructiva
y exenta de tensiones por el papel que cada uno de ellos desempeña.
En este sentido, la familia debe tener una actitud activa y participativa, más allá de
las aportaciones puntuales de información sobre los hijos, en la medida que lo
requieran los maestros: esto es, trabajar conjuntamente en la orientación de la
persona en orden a un proyecto común de educación.
Si no se produce ese acuerdo previo sobre cómo y para qué queremos educar a
nuestros hijos, la relación padres-maestros no estará asegurada. Una escuela no
puede limitar su actividad a los campos que sean de su exclusivo
interés, sin atender a las necesidades de la familia. Esa peculiar
relación de confianza-servicio es característica de la escuela.
Los padres de familia deben hacer uso de su derecho y obligación para ir y entrar al
centro escolar, para saber si su hijo entró a clases o no, o si tiene algún problema
con respecto a la educación de su hijo. Esto hace que no exista una buena
comunicación entre el padre de familia y la institución escolar. Los padres de
familia deben buscar hacer una interrelación de apoyo y de comunicación; con su
hijo con su esposa y con el mismo maestro, para que esa buena educación que el
padre desea para su hijo se lleve a cabo de una manera más integral, y su hijo pueda
desarrollarse como un buen ciudadano y un buen ser humano.
Los padres deben buscar la manera de hacer un solo equipo de trabajo,
entre el mismo, su hijo y el maestro.

Cuando los niños tienen puesta la mirada en el conflicto entre sus padres o
entre sus padres y la escuela, están perdiendo una energía y un tiempo
precioso para dedicarse a aprender. Quedan atrapados en los conflictos. Los
niños, por amor a los padres, están dispuestos a cualquier cosa, incluso a
enfermar. Es un amor ciego. Nosotros como docentes no debemos
interferir. Cuando aparece un problema no debemos ejercer más presión
sobre él, porque se agrava, hemos de buscar caminos diferentes para
abordarlo con una cierta garantía de éxito.
En el caso de enfrentamos a un síntoma, es decir, cuando percibimos que
algo le ocurre a un niño por la manifestación de algún tipo de alteración en
su comportamiento, por ejemplo en el caso de un niño hiperactivo, podemos
hacer corresponder el síntoma con el problema, de manera que confundimos
la dificultad con el hecho, y nos planteamos, desde esa hipótesis, qué
podemos hacer para cambiar al niño.
Vamos errados en este abordaje, se trata de comprender que el síntoma,
como dicen algunos autores, es un regalo que el niño nos hace para que
podamos percibir que algo está ocurriendo en el sistema, en su contexto
familiar, y a partir de esa percepción intervenir ajustadamente, tanto en el
ámbito pedagógico evitando, por ejemplo, poner más presión sobre la
dificultad del propio niño, como desde el ámbito de la familia, procurando
compartir alguna información respecto a esta dificultad percibida.

Piaget afirmaba: «En ciertos países los consejos formados por padres y profesores unidos son
los verdaderos inspiradores de la nueva pedagogía y realizan, así, la síntesis deseada entre la

familia y la escuela».

Desde el punto de vista docente es importante ser


prudentes, no etiquetar y llevar a cabo planes de actuación que no dañen la autoestima del
niño ni de sus familias, ser extremadamente cuidadosos en manejar este tipo de situaciones ya
que ahí radica la importancia de los factores afectivos y relacionales, favoreciendo la confianza
de los padres hacia su hijo y a la vez implicándose con ellos en propuestas de intervención
conjunta, con actuaciones y rutinas concretas, es decir, procedimientos, estrategias y
habilidades de ayuda a los hijos, animándoles a leer, a que se interesen por los contenidos,
estableciendo relaciones con lo que aprende, estimulando la curiosidad, premiando el esfuerzo
ante las tareas, dándoles ejemplos de auto motivación, perseverancia, enseñándoles a
organizarse con las tareas y en definitiva, estableciendo puentes entre el mundo familiar y el
escolar.

http://www.cesdonbosco.com/revista/foro/28%20-%20Carmen
%20Aguirre.pdf
http://www.uib.es/ant/infsobre/estructura/instituts/ICE/revista_IN/pags/volum
enes/vol1_num1/m-mir/conclusiones.html

http://www.csi-
csif.es/andalucia/modules/mod_ense/revista/pdf/Numero_20/CLARA_COLETO
_RUBIO02.pdf

http://www.mcgraw-hill.es/bcv/guide/capitulo/8448198786.pdf

http://www.mailxmail.com/curso-educacion-infantil-desarrollo-socioafectivo-
sexual-nino/familia-educador-educacion-nino

http://www.educacion.gob.es/cesces/revista/n4-costa-borras.pdf