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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA

AL RECONOCDMIENTO DE LOS DERECHOS HUMANOS

Difícilmente puede encontrarse a Io largo de Ia historia una etapa tan rica,


desde el punto de vista intelectual, como los siglos XVi y xvn en España. En tan
sólo siglo y medio nunca han existido tantos y tan cualificados pensadores, auto-
res de tanta valía como nuestros clásicos que, formados en Ia Universidad de
Salamanca irradiaron e iluminaron el saber de otras universidades europeas,
tanto en el campo de Ia teología, como en el ámbito de Ia filosofía y del dere-
cho, especialmente de Ia filosofía jurídica 1.
Es precisamente dentro de este espacio de Ia filosofía jurídica en el que
menos atención se ha prestado a Ia habitualmente llamada 'Escuela Española
del Derecho Natural y de Gentes' o 'Iusnaturalistas clásicos hispanos' y que,
quizá más adecuadamente, algunos prefieren llamar 'Escuela de Salamanca'.
«En realidad —afirma Marcelino Rodríguez Molinero— no hubo una Escuela espa-
ñola ni cosa que se Ie parezca, y Io que sí hubo fue una auténtica Escuela de
Salamanca de universal renombre. Y fueron principalmente algunos cultivadores
europeos del Derecho público, quienes, al indagar los orígenes de no pocas insti-
tuciones y conceptos jurídicos modernos, pusieron de relieve Ia valiosa aporta-
ción de los maestros de Salamanca al respecto. También fueron ellos quienes
acuñaron Ia denominación Escueta de Salamanca...» 2.

1 Baste citar, entre otros, a los más representativos autores de Ia Escuela de Salamanca:
Recordemos a los dominicos Francisco de Vitoria (1492-1546), Domingo de Soto (1494-1560),
Domingo Báñez (1528-1604), Bartolomé Medina (1527-1580), Bartolomé de Las Casas (1474-
1566). Podemos citar también a los jesuitas Luis de Molina (1535-1600), Gabriel Vázquez
(1549-1604), Francisco Suárez (1548-1617), Juan de Mariana (1536-1624), José de Acosta
(1539-1600). Cabe recordar también al franciscano Alfonso de Castro (1495-1558) y a los
juristas Fernando Vázquez de Menchaca (1512-1569) y Diego de Covarrubias (1512-1577). Y
otros varios como Juan Ginés de Sepútoeda (1490-1573), etc.
2 M. Rodríguez Molinero, La doctrina colonial de Francisco de Vitoria o el derecho de Ia
paz y de Ia guerra, 2.a edición, Salamanca: Librería Cervantes, 1998, p. 21.

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Ciñéndonos estrictamente al tema que nos ocupa, podemos afirmar que,


hasta tiempos muy recientes, apenas hasta hace dos o tres décadas, pocos han
prestado atención a las valiosas aportaciones realizadas por los intelectuales de
Salamanca acerca de algunas cuestiones relevantes como el fundamento, recono-
cimiento, generalización, e incluso universalización de los Derechos Humanos.
Como acertadamente sugiere Pérez Luño, fue quizás el Quinto Centenario del
encuentro con el Nuevo Mundo una ocasión propicia para abordar Ia considera-
ción de aqueUos pensadores o temas todavía no estudiados, o que Io habían sido
en forma insuficiente 3. Es cierto que a los clásicos hispanos de Salamanca se les
ha reconocido un lugar de privilegio en campo de Ia teología y en el de Ia filoso-
fía pero sobre su herencia filosófico-jurídica no está todo dicho. Más bien, me
atrevería a afirmar que falta mucho sin decir. Ciertamente ha costado admitir su
notable contribución al pensamiento jurídico y político así como Ia paternidad
que Ie corresponde en el origen del Derecho internacional moderno y, por
supuesto, aún es desconocida para muchos su contribución a Ia formación de
una teoría de los Derechos Humanos y a su proceso de plasmación práctica.
Por esta razón, desde que comencé a investigar el campo de Ia filosofía
jurídica de Ia Escuela de Salamanca, en el año 1975, con Ia iniciación de mi
tesis doctoral sobre el pensamiento jurídico y político de Francisco Suárez en Ia
De/ensio Fidei4, tanto en conferencias como en escritos, he lamentado Ia poca
atención que en España hemos dedicado al estudio de los Derechos Humanos
en Ia Escuela de Salamanca y del mal trato que a veces hemos dado a nuestros
clásicos. Es por ello importante que, en los inicios del siglo xxi, en este marco
de Ia nueva Salamanca, Ciudad de Ia Cultura Europea y Universal, rindamos
culto y homenaje a los maestros que Ia engrandecieron, restituyéndoles el pues-
to que les corresponde en todos los ámbitos del saber, incluso en Ia gestación o
formación inicial de una Teoría de los Derechos Humanos.

I. LA ESCUELA DE SALAMANCA EN EL PROCESO


DE GENERALIZACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS

Siempre se ha atribuido a Inglaterra el mérito de haber iniciado el proce-


so de generalización de los Derechos Humanos. No obstante, si profundiza-

3 A. E. Pérez Luño, La polémica sobre el Nueuo Mundo, 2.a edición, Madrid: Editorial
Trota, 1995, p. 11.
4 La tesis doctoral fue defendida en Ia Facultad de Derecho de Ia Universidad Complutense
de Madrid, en junio del año 1978, bajo el título «El pensamiento jurídico y político de Francisco
Suárez en ta De/ensio Fidei».

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mos en el pensamiento de nuestros autores clásicos y si comparamos Ias


fechas de algunos textos jurídicos reconociendo derechos para los indios,
podremos deducir que tanto en el ámbito de Ia teoría y las concepciones filo-
sófico-jurídicas como en Ia praxis Ia generalización de los Derechos Humanos
se inicia y se realiza en España aún antes que en Inglaterra. Fue, sin duda,
una conquista debida al esfuerzo, Ia tenacidad y Ia lucha de los misioneros
españoles en América, entre los que cabe destacar al P. Las Casas, respalda-
dos por las conclusiones a las que llegaron los teólogos, filósofos y juristas en
el debate sobre los indios y Ia conquista del Nuevo Mundo en las aulas de
Salamanca, entre los que sobresale Francisco de Vitoria, especialmente en sus
famosas y elocuentes Relectiones de indiis.
En las concepciones antiguas del poder los gobernantes eran, con frecuen-
cia, dueños absolutos hasta de Ia propia vida de los subditos. Pero Ia historia
proporciona ejemplos suficientes de Ia lucha de los hombres frente al poder, Ia
opresión, Ia dominación y Ia humillación, para conseguir su libertad o defender
derechos y libertades frente a los graves atentados históricos cometidos contra
Ia dignidad humana.
Es cierto que durante Ia Edad Media, a pesar de las profundas desigualda-
des que existían entre los diferentes status o clases sociales, no dejaba de reco-
nocerse al hombre como persona que participaba de un orden ético-natural,
cuyos principios metafísicos eran Ia igualdad y Ia unidad entre los hombres y Ia
dignidad de Ia persona humana. Esta concepción permitió a Ia filosofía cristia-
na y escolástica, especialmente a santo Tomás, Ia afirmación y construcción de
un Derecho natural cuyo contenido básico se extraía de las tendencias natura-
les del hombre, las cuales sirven en Ia actualidad de fundamento de los Dere-
chos Humanos.
No es menos cierto, sin embargo, que en esa etapa no existió una teoría
de los Derechos Humanos, en el sentido que hoy los entendemos. Es en Ia
época del Renacimiento, o mejor, en el tránsito a Ia Modernidad, cuando se
adquiere una conciencia clara y universal de Ia generalidad y universalidad de
tales derechos. «Ello no supone evidentemente que el hombre medieval no tenía
derechos fundamentales. Lo que ocurre es que Ia Edad Media, e incluso Ia Edad
Moderna, durante el llamado 'Antiguo Régimen', ... conoce sólo 'derechos esta-
mentales', derechos propios de los estamentos, de los 'estados' u 'órdenes' en
que aparece estratificada Ia sociedad feudal» 5.
Pero ese orden estamental de Ia Edad Media consagraba inevitablemente Ia
desigualdad entre los hombres, tanto en el terreno social, como en el político,

5 A. Truyol y Serra, Los Derechos Humanos, Madrid: Tecnos, 1968, p. 12.

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pues Ia protección de un determinado derecho dependía del status al que se


perteneciera por Io que más que del disfrute de un derecho podríamos afirmar
que estamos ante el disfrute de un privilegio.
Es precisamente este aspecto el que cambia radicalmente en Ia época
moderna, pues «la historia de los Derechos Humanos va a pasar en Ia Edad
Moderna por diferentes fases, pero hay un dato que debemos destacar como
muy característico, a saber: que, a partir del siglo XVI, ya no encontraremos,
como hasta ahora, privilegios o concesiones, a favor de grupos o estamentos
determinados, sino que las garantías o seguridades ofrecidas por el poder real
se dirigen a todos los subditos, con Io que se instaura un principio de generali-
dad que ya no será abandonado; es el momento de Ia 'generalización'»6 de los
Derechos Humanos, a cuya causa pretendo demostrar que contribuyó decisiva-
mente Ia Escuela de Salamanca, aspecto este poco estudiado o, por Io menos,
no suficientemente valorado hasta el presente.
Ciertamente el concepto de Derechos Humanos para todos no aparece
hasta Ia Modernidad. Hay que advertir, sin embargo, que en las diferentes eta-
pas históricas no pueden precisarse tajantemente ni su inicio ni su fin, pues no
existen las rupturas bruscas, los saltos en el vacío, las innovaciones absolutas.
Muy al contrario, Ia historia, pienso, es una sucesión constante de ideas que se
enriquecen, una evolución permanente, más o menos rápida, de formas de vida
diferentes que se entrecruzan y coexisten. EHo es Io que hace que, en cada
momento histórico, convivan hombres de diversas generaciones, diferentes for-
mas de pensamiento, distintos estilos de vida, culturas más o menos avanzadas,
mayor o menor progreso.
Pues bien, en el proceso histórico de evolución de los Derechos Humanos
es importante resaltar que no se produce un corte brusco, una fecha histórica
concreta que suponga una ruptura con Ia época medieval. El proceso de las
transformaciones de Ia sociedad, del Estado, de Ia cultura, de las creencias reli-
giosas y, al mismo tiempo, el proceso de Ia conquista de las libertades, prime-
ro estamentales y después generales, ha sido un proceso lento, ininterrumpido,
constante y entrelazado como una telaraña (avanzando más en unos lugares
que en otros) pero sin interrupciones ni brusquedades excepcionales. No olvi-
demos que Ia lucha por los Derechos Humanos es Ia larga lucha de los hom-
bres por su dignidad, que está presente en toda Ia historia de Ia humanidad
desde los tiempos más remotos. En este largo camino se ha pasado de los
derechos estamentales a los derechos de los ciudadanos o derechos generales y
de éstos a los derechos de todos los hombres o derechos universales en un

6 A. Fernández Galiano - B. de Castro Cid, Lecciones de teoría del Derecho y Derecho


natural, Madrid: Edit. Universitas, 3." edición, 1999, p. 545.

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proceso de transformación, en un largo tránsito de Ia época medieval a Ia


época moderna 7 .
Pero Ia generalización, es decir, Ia extensión de los derechos a todos los ciu-
dadanos no surge en todos los lugares ni se efectúa en todos los estados al mismo
tiempo, por Io que aún no cabe hablar de universalización de los Derechos Huma-
nos. Aparece en cada lugar en un momento determinado como consecuencia de
un cúmulo de circunstancias históricas que lentamente han ido produciendo Ia
transformación del Estado, de Ia sociedad, de las leyes y de las relaciones entre el
poder y los subditos. Entre esas circunstancias históricas hay que señalar, claro
está, Ia lucha y el esfuerzo de los hombres por liberarse de Ia opresión, por con-
seguir Ia libertad personal en todos los ámbitos de su existencia. Por estas razo-
nes, a este largo período de transformación de Ia sociedad en el que aparece y
se configura el concepto de Derechos del Hombre, es oportuno denominarlo
Tránsito a Ia modernidad. «Para Ia historia de los Derechos Fundamentales
—dice Peces Barba— este período es de suma importancia porque en él se forma
esta idea. En los tiempos anteriores, aunque esté presente Ia idea de dignidad de
Ia persona, no se concibe Ia realización de ésta a través del concepto de dere-
chos fundamentales. Este es un concepto histórico del mundo moderno»8.
En efecto, durante el largo período que va desde finales del siglo xiii hasta
el xvii, y en muchos aspectos hasta bien avanzado el siglo XK, se producen en
todo el mundo una serie de cambios y de acontecimientos que transforman Ia
sociedad y que, en cierto modo, han supuesto Ia modernización del hombre en
todas las facetas de su existencia. Por un lado, aparece Ia burguesía y el capita-
lismo. Se forma el Estado moderno absoluto, que más tarde sufrirá una trans-
formación —al menos en el terreno filosófico— fruto de las teorías contractua-
les y pactistas de los siglos xvi, xvn y xvffl. Cambia Ia mentalidad de Ia época y
Ia concepción del hombre con Ia consiguiente aparición de un nuevo Humanis-
mo, fruto del espíritu nuevo del renacimiento y de Ia renovación de Ia escolásti-
ca, tanto en el ámbito filosófico, como teológico y jurídico.
Esta transformación se Ueva a cabo por los pensadores de Ia Escuela de Sala-
manca, y desde Salamanca se irradia al resto de tas universidades europeas y ame-
ricanas y a otros profesores e intelectuales que, conociendo y apoyándose en las
ideas y enseñanzas de nuestros clásicos, pudieron caminar hacia el racionalismo,
pues el germen del racionalismo jurídico y político está ya presente en el pensa-
miento español, especiaknente todo cuanto se refiere al Derecho internacional.

7 Véase Narciso Martínez Morán, «Aportaciones del pensamiento español de los siglos xvi y
xvil al Derecho internacional y a los Derechos Humanos: su influencia en el mundo contemporá-
neo», en Diálogo Filosófico, n. 21, diciembre 1991, p. 420.
8 G. Peces-Barba Martinez,Trdnsito a Ia Modernidad y Derechos Fundamentales», cit., p. 1.

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Ciñéndonos a Ia evolución de los Derechos Humanos, se producen tres


bloques de problemas que dan lugar a otros tantos procesos de desarrollo de
los mismos y que terminarán plasmándose en diferentes textos jurídicos con efi-
cacia en el ámbito del reino o del Estado en el que se promulgan:
l.° Filosofía de Ia tolerancia: En primer lugar, durante el Renacimiento
se generan constantes luchas religiosas, que desembocan, a veces, en violentas
guerras e impiden Ia libertad en el ejercicio de Ia religión que se profesa. Baste
recordar el tratado de Ia Paz de Augsburgo (1555), en el que se establece el
principio cuius regio eius religio, según el cual los subditos han de profesar Ia
religión «oficial», es decir, Ia religión del príncipe o monarca que gobierna en el
territorio donde cada cual resida. «Tan peregrina solución —afirma Fernández-
Galiano— constituía un palmario ataque a Ia libertad de conciencia, por Io que
fue Ia chispa que hizo nacer el movimiento en pro de Ia conquista de los prime-
ros derechos fundamentales; y así, Ia apreciación más apremiante en este terre-
no fue Ia de conseguir de los reyes —ya fueran católicos o cristianos reforma-
dos— el reconocimiento del derecho a Ia libertad de pensamiento y del derecho
a profesar libremente una religión» 9. Como consecuencia de estos aconteci-
mientos se generó una filosofía de Ia tolerancia encaminada a Ia consecución
de Ia libertad religiosa. Dicha filosofía se reflejó también en Ia aparición de algu-
nos textos legales que reconocieron determinados derechos, tales como el Edic-
to de Nantes (1598), el Acta de Tolerancia de Meryland (1649). El mismo
espíritu de tolerancia se manifiesta en Ia Caría de Rhode Island (1663), por Ia
que se autoriza el ejercicio de cualquier religión en aquel territorio. Adviértase
que tanto los textos legales como el movimiento filosófico que los apoya apare-
cen en el siglo xvn, mientras que, con anterioridad, en España —ya durante el
siglo xvi— se gesta una conciencia filosófica, teológica y jurídica de Ia libertad,
especialmente entre los pensadores de Salamanca y entre los misioneros que
desarrollan su labor en el Nuevo Mundo, cuya doctrina pronto se reflejó en
varios textos jurídicos que establecían iguales derechos para los indios que para
los españoles. A eUos nos referiremos posteriormente.
2.0 La defensa de Ia libertad personal y de los derechos ciuiles y políti-
cos: Un segundo bloque de problemas en relación con los Derechos Humanos
procede de las nuevas manifestaciones del pensamiento político y que culminaría
con las teorías pactistas de Ia filosofía racionalista, defendidas especiahnente por
Locke y Rouseau. En efecto, aquietadas las rebeliones y guerras que tenían su
origen en las luchas reÜgiosas, conseguida Ia libertad, o al menos Ia tolerancia en
Ia fe, en las creencias y las prácticas religiosas de los individuos, los esfuerzos se
orientaron hacia Ia conquista de Ia seguridad y libertad personal, de los dere-

9 A. Fernández Galiano - B. de Castro Cid, Lecciones de teoría del Derecho..., cit., p. 545.

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chos civiles y de algunos de ¡os derechos políticos. A esta nueva concepción


del poder político, basada en Ia afirmación de que Ia titularidad del poder reside
en el pueblo y en Ia teoría pactista del ejercicio del mismo, no fueron ajenos los
maestros de Ia Escuela de Salamanca 10. De ellos puede afirmarse que fueron
precursores del racionalismo político y que ejercieron una importante influencia
sobre el pensamiento de Locke, que fue determinante para Ia consolidación de
Ia generalización e incluso Ia universalización de los Derechos Humanos.
Esta filosofía política nueva, que contribuyó a Ia transformación del estado
absoluto en estado liberal, generó también una serie de textos que supusieron Ia
extensión de algunos antiguos privilegios a todos los ciudadanos y consecuente-
mente su conversión en derechos generales, es decir derechos de todos los ciu-
dadanos. Tales textos se produjeron fundamentalmente en Inglaterra y en algu-
nas colonias americanas. Pero los derechos así consagrados no pasaban de ser
derechos de los ciudadanos ingleses n.
3.0 El descubrimiento de América y Ia defensa de Ia libertad de los
indios: Hay que resaltar, en tercer lugar —o tal vez en el primero, si Io consi-
deramos desde el punto de vista cronológico—, Ia trascendencia histórica del
descubrimiento de América y Ia conquista de aquellos territorios para Ia trans-
formación de las concepciones del hombre y sus derechos. El debate que se
genera en España, especialmente en Ia Universidad de Salamanca, acerca de Ia
consideración de los indios como personas humanas, de su dignidad y de su
libertad, aportó a Ia causa de los Derechos Humanos una buena dosis de racio-
nalidad, abriendo el camino, tanto en el plano cronológico como doctrinal, a Ia
generalización de los mismos. Y en cierto modo, como veremos, Ia Escuela sal-
mantina contribuyó también a fundamentar Ia universalización de los Derechos
Humanos al considerar que todos los seres humanos tienen por naturaleza dere-

10 Para verificar esta afirmación bastará leer detenidamente algunas de las Relecciones teo-
lógicas de Vitoria, o las dos obras fundamentales de Francisco Suárez, en las que plantea el pro-
blema del poder político, a saber, De Legibus ac de Deo Legislatore y Defensio Fidei catholicae
et apostholicae aduersus Anglícanae sectae errores.
Un análisis crítico del contenido filosófico político de esta última obra citada de Suárez puede
encontrarse en mi tesis doctoral, ya citada, y en mi artículo que publiqué en 1985: Narciso Martí-
nez Morán, «Titularidad y ejercicio del poder en Francisco Suárez», en Homenaje a Legaz Lacam-
bra, Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, vol. U, 1985.
11 Tres son los documentos ingleses que han de resaltarse en esta época: La Petition of
Rights (1628); Ia ley de Habeos Corpus (1679) y el BiII of Rights (1689). Todos ellos nacieron
como consecuencia de Ia permanente tensión y las constantes luchas internas existentes en Ingla-
terra durante el siglo XVH, especialmente entre el Parlamento y Ia Corona.
Cabría citar también algunos textos que conceden determinados derechos y libertades a las
Colonias americanas tales como: Libertades de Ia Bahía de Massachusetts (1629), o las Nor-
mas Fundamentales de Carolina.

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chos y son, también por naturaleza, iguales y libres. Ésta es Ia filosofía que sub-
yace en las primeras declaraciones de derechos de carácter universal12, procla-
madas ya a finales del siglo xvni.
En efecto, el modo de comportarse los descubridores del Nuevo Mundo con
los habitantes indígenas, los indios, no siempre fue correcto y ni siquiera huma-
no, Io que hizo levantar voces de protesta de importantes teólogos españoles del
siglo xvi, que, desde Ia experiencia vivida por los misioneros en el propio lugar
de los acontecimientos, y desde las aulas de Ia Universidad de Salamanca, impul-
saron un debate en defensa de Ia condición humana y de Ia dignidad de los
indígenas. Entre los primeros es obligado citar al misionero dominico fray Barto-
lomé de Las Casas, con sus constantes denuncias de Ia violación de los derechos
de los indios, y, entre los segundos, sobresale Ia figura de Francisco de Vitoria,
que ocupaba Ia cátedra de Prima. Evidentemente no fueron los únicos, pero sólo
su aportación sería suficiente para resaltar toda una corriente de pensamiento
que luchó y defendió con Ia pluma, con Ia palabra y con Ia acción Ia dignidad
humana, los derechos de todos los hombres, incluso los de aquellos indígenas,
llamados indios, a quienes algunos pretendieron negar su condición de tales 13.
El entusiasmo y asombro producido en toda España por las noticias traídas
por Colón y los descubridores del Nuevo Mundo hacían imposible, al principio,
cualquier debate sobre los derechos de aquellas gentes, de los indios. Según Ia
doctrina jurídica de Ia época, el simple título de descubridores parecía suficiente
para atribuirles un derecho de conquista. Pero, transcurridos los primeros
momentos de entusiasmo, comenzaron a llegar quejas a Ia metrópoli del trato
cruel, despiadado, inhumano e injusto que recibían los indios por parte de algu-
nos conquistadores. Fue entonces cuando surgieron las voces defendiendo Ia
dignidad e igualdad como personas de aquellos indígenas, y comenzaron las
reflexiones y debates de nuestros teólogos y filósofos acerca de Ia licitud de Ia
conquista hasta que poco a poco fueron disipándose las dudas: los indios eran
hombres como los descubridores, poseedores, por tanto, de Ia misma dignidad
y libertad que todos los seres humanos, incluso para decidir los gobernantes que
habrían de regir a sus pueblos 14.

12 Nos referimos a Ia Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia (1776) y a


Ia Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789).
13 Frente a b defensa realizada por Las Casas de los derechos de los indios surgen opinio-
nes contrarias que defienden Ia legitimidad de ta guerra contra Ios indios, por entender que éstos
no son capaces para gobernarse a sí mismos y, por tanto, no tienen derechos: Recuérdese a fray
Toribio de Benavente, más conocido por Motolinía, y el más fuerte, a veces violento, opositor a
Las Casas, que fue, sin duda, Juan Ginés de Sepúlveda.
14 En efecto, uno de los grandes problemas que durante los siglos xvi y xvii afecta a los
Derechos Humanos es precisamente el que se refiere a Ia defensa de Ia libertad y Ia dignidad de

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No vamos a rememorar ahora Ia historia completa de Ia conquista de Amé-


rica, ni podemos referirnos, por razones obvias de tiempo y espacio, a Ia multi-
tud de misioneros y teólogos, filósofos o juristas que toman parte en el debate
teórico y práctico sobre Ia humanidad, ¡a dignidad y ¡a libertad de los indios.
Pero hemos de referirnos, sin duda, a los dos autores más representativos en Ia
polémica sobre el Nuevo Mundo: nos referimos al P. Las Casas y a Francisco
de Vitoria. Al primero, por su constante y tenaz denuncia de Ia opresión, escla-
vitud, saqueo y matanzas realizadas sobre los indios y su intervención personal
ante el emperador para llamar su atención, unas veces, y para urgir su inter-
vención, otras, en defensa de los indios, hasta conseguir Ia promulgación de
algunos textos legales en que se recogían iguales derechos para los indios que
para los españoles de Ia metrópoli. Al segundo, a Vitoria, hay que destacarlo
por Ia profundidad de sus razonamientos, desde una perspectiva intelectual, en
defensa de los derechos de los indios, cuya doctrina expuso magistralmente en
sus famosas Relectiones pronunciadas en las aulas de Ia Universidad de Sala-
manca; por Ia repercusión teórica y práctica de sus opiniones, así como por el
respeto que despertaron sus afirmaciones tanto para el emperador como para
todos los pensadores de su época y posteriores, sobre los que ha ejercido una
notable influencia.
Esta igualdad de derechos suponía ei reconocimiento de Ia humanidad
y personalidad de los indios, equiparándolos a ios demás ciudadanos del
imperio, y se convertía en el primer paso de Ia llamada generalización de
los derechos humanos.

II. LOS DERECHOS HUMANOS ï5 EN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS 16

Para un estudio completo de Ia personalidad y el pensamiento del P. Las


Casas, Ia primera fuente de información son, evidentemente, sus propios escri-

los indios, que estaban siendo sometidos a esclavitud y terribles vejaciones, incluso saqueos y
matanzas por parte de los conquistadores y obligados a someterse por Ia fuerza al emperador.
15 Sobre el fundamento de los Derechos Humanos, véase Mauricio Beuchot, Los funda-
mentos de los Derechos Humanos en Bartolomé de las Casas, Barcelona: Anthropos, 1994.
Uno de los primeros trabajos que merece especial atención sobre el problema que tratamos
es Bartolomé de las Casas: Derechos ciuiles y políticos, de Luciano Pereña - Vidal Abril, Madrid:
Editora Nacional, 1974.
Merece especial atención también Ia obra de Lorenzo Galmés, Bartolomé de las Casas,
defensor de los Derechos Humanos, Madrid: BAC popular, 1982.
16 Nació en SeviUa en 1474 y murió en 1566, habiendo vivido noventa y dos años. Sien-
do él muy joven, su padre, Pedro de Las Casas, partia para las Indias en 1493, con Ia segunda

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tos, en los cuales podemos encontrar todo un arsenal de datos autobiográficos


y reflexiones sobre los acontecimientos históricos y comportamientos cívicos y
políticos de su tiempo. Aunque, como es lógico, para una visión más objetiva
será necesario acudir también a las grandes colecciones de fuentes de Ia época
y a Ia bibliografía especializada y crítica. Los escritos de Bartolomé de Las Casas
son numerosos 17, aunque Ia obra más conocida de todas es, sin duda, Ia Breví-
sima Relación de Ia Destrucción de las Indias. En ella se efectúan graves
denuncias sobre las atrocidades cometidas por algunos conquistadores, por cuya

expedición colombina. Desde aquel momento, las Indias ocuparon un puesto muy especial en los
sueños de Bartolomé de Las Casas, partiendo hacia las Indias, por primera vez, en 1502, en cali-
dad de doctrinero o educador de los indios y ayudante de predicador, pues sólo unos meses antes
había recibido las Órdenes menores. Posteriormente fue ordenado sacerdote, parece ser que en
un viaje realizado a Roma, entre 1506-1507, pues no había obispo en Ia Isla de La Española.
Más tarde ingresaría en Ia Orden de Predicadores (dominicos). Después de haber rechazado el
episcopado de Cuzco fue nombrado obispo de Chiapa en 1543. Realizó varios viajes a España,
casi todos ellos para reivindicar más derechos y mejores condiciones de vida para los indios. Podí-
amos afirmar, con terminología actual, que Las Casas fue un extraordinario embajador de los
indios. Para conocer Ia azarosa vida, Ia casuística y avatares históricos del P. Las Casas, así como
Ia génesis de sus escritos, véase Ia obra de Lorenzo Galmés, Bartolomé de Las Casas, defensor
de los Derechos Humanos», Madrid: BAC popular, 1982.
17 Entre las ediciones de sus obras cabe destacar Ia publicada por Ia Biblioteca de Autores
Españoles PAE), que ha dedicado cinco volúmenes a las Obras Escogidas de fray Bartolomé de
Las Casas. El volumen XCV de k colección contiene un magnífico estudio de Juan Pérez de Tude-
Ia, al que siguen el Prólogo y el libre I de Ia Historia de las Indias. En el volumen XCVl se encuen-
tran los libros II y IO de dicha Historia. Los volúmenes CV y CVI están dedicados a ta Apologética
Historia, mientras que el volumen CX contiene una serie de Opúsculos, Cartas y Memoriales.
La Editora Nacional, de Madrid, publicó en 1975 Ia Apología de fray Bartolomé de Las
Casas contra Juan Ginés de Sepúlveda, contestando a Ia Apología de Juan Ginés de Sepúlve-
da contra fray Bartolomé de las Casas. Se trata de una edición que contiene el texto latino en
facsímil y Ia traducción castellana con una introducción, notas e índices de Ángel Lasada.
DeI tratado De Regía Potestate o Derecho de autodeterminación realizó una edición critica
bilingüe el CSIC, Madrid 1969, en Corpus Hispanorum de pace, bajo Ia dirección de Luciano
Pereña.
En 1942, el Fondo de Cultura Económica publicó en México, en latín y español, Ia obra De
unico uocaíionis modo omnium gentium ad veram religionem (DeI único modo de atraer a
todos los pueblos a Ia verdadera religión). De este escrito se realizó una edición castellana en
1975 en Ia colección popubr del mismo Fondo de Cuftura Económica.
La edición André Saint-Lu de Ia Brevísima Relación de Ia Destrucción de las Indias, del
propio Las Casas, ha sido publicada por Ediciones Cátedra. En las pp. 59 y 60 de esta edición
puede encontrarse una relación más amplia de las obras escritas por Bartolomé de Las Casas
seguida de una amplia bibliografía de escritos pubÜcados sobre su obra. En 1981, el padre domi-
nico Isacio Pérez publicó un estudio monográfico, Inventario documentado de los escritos de
fray Bartolomé de las Casas en Ia colección Estudios Monográficos de CEDOC de Bayamón,
Puerto Rico.

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razón Bartolomé de Las Casas ha sido mal visto y pcor considerado en una
España ciega, a veces, para reconocer sus errores. Al mismo tiempo su obra ha
sido utilizada por algunos extranjeros irresponsables y maliciosos para cebarse
en Ia exageración, que ha conducido hasta Ia falsificación malintencionada de
muchos acontecimientos relacionados con Ia conquista de América, llegando a
originar Ia famosa e injuriosa leyenda negra.
Lo cierto es que, con sus denuncias, Las Casas Io que realmente pretendía
era defender a los indios y reclamar para ellos los mismos derechos que para el
resto de los habitantes del imperio. Esta circunstancia Ie ha hecho ciertamente
merecedor del calificativo de defensor de ¡os indios, Pero no es menos cierto
que, al defenderlos a ellos, al reclamar el respeto a su dignidad humana, estaba
proclamando Ia igualdad de derechos de todos los hombres.

1. DERECHOS INDMDUALES

1.1. Derecho a Ia igualdad de todos ¡os hombres

Nadie podrá cuestionar Ia vinculación de Bartolomé de Las Casas con el


problema de los Derechos Humanos, pues en toda su obra late Ia defensa
constante y tenaz de Ia igualdad natural inherente a todos los seres huma-
nos, incluidos /os indios y todos /os infieles. Esta idea se repite constante-
mente en sus obras cuando reiteradamente escribe: «Siendo todos los hom-
bres de igual naturaleza...»18, para fundamentar a continuación idéntica
libertad para todos.

1.2. Derecho a ¡a libertad general

Es cierto que el P. Las Casas no es un teórico sistematizador de una teoría


de los Derechos Humanos. Pero en el ámbito de los derechos individuales son
abundantes y reiteradas las expresiones en las que profesa y declara Ia libertad
individual, si bien se encuentran diseminadas a Io largo de toda su obra. Baste
algún ejemplo que nos permita comprender Ia claridad de ideas que al respecto
profesaba el obispo de Chiapa.
Partiendo del principio de Ia igualdad de todos los hombres, defendió otro
principio excepcional, por no decir revolucionario para su tiempo, a saber: todas

18 La igualdad de todos los hombres se expresa en las primeras palabras del n. 1 de Ia


cuestión primera de su Tratado De Regia Potestate. «Quia ín natura pari Deus —escribe— non
facit unum atterius seruum, sed par omnibus concesstt arbitrium».

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502 NARCISO MARTÍNEZ MORÁN

las gentes de todos los pueblos y todas las naciones, habitantes de todas las tie-
rras, por infieles que sean, desde un principio eran libres. «Desde el principio
del género humano —escribe—, todos los hombres, todas las tierras y todas las
otras cosas, por derecho natural y de gentes fueron libres y alodiales, o sea
francas y no sujetas a servidumbre»19. «Porque desde el origen de Ia naturaleza
racional —sigue diciendo— todos los seres humanos nacían libres. Puesto que
siendo todos los hombres de igual naturaleza, no hizo Dios a un hombre siervo,
sino que a todos concedió idéntica libertad»20, pues «... Ia libertad es un dere-
cho inherente al hombre necesariamente y desde el principio de Ia naturale-
za racional, y es por eso de derecho natural, como se dice en el Decreto:
'existe idéntica libertad para todos'» 21.

Negación de Ia esclavitud

Asentado el derecho a Ia libertad de todos los hombres, el P. Las Casas


niega lógicamente Ia licitud de Ia esclavitud, pues Ia esclavitud es un fenóme-
no accidental, acaecido al ser humano por obra de Ia casualidad, pero bajo nin-
gún aspecto puede considerarse a Ia esclavitud consustancial a Ia naturaleza
humana. «La esclavitud, de suyo, no tiene su origen en causas naturales, sino
accidentales»; es decir, que existe «por haber sido impuesta (por Ia fuerza) o en
virtud de una figura jurídica»2Z. De donde se deduce que, si no puede demos-
trarse Ia existencia natural de ningún tipo de esclavitud, en caso de duda, debe
defenderse Ia libertad. En consecuencia, se presume que el hombre es libre
mientras no se demuestre Io contrario. Y como última idea respecto da esta
libertad general afirma que Ia libertad es imprescriptible 23, afirmando, por
consiguiente, uno de los caracteres más esenciales de los Derechos Huma-
nos.- Ia imprescriptibilidad.

19 Éstas son las palabras con que Bartolomé de Las Casas comienza Ia cuestión primera
de Ia parte primera de su De Regia Potestate, palabras que subraya y formula como si se trata-
se de Ia tesis central que quiere informe toda su obra. Utilizamos Ia edición del Consejo Superior
de Investigaciones Científicas en el volumen VIII de Ia colección Corpus Hispanorum de pace.
Se trata de una edición crítica bilingüe realizada por Luciano Pereña - J. M. Pérez-Prendes -
Vidal Abrii - Joaquín Azcárraga, Madrid 1969.
20 Ibld., p. 16.
21 Ibid., p. 17. La cursiva es nuestra. La referencia que hace Las Casas se refiere al Decre-
to de Graciano.
22 Las Casas,De regía Potestate, cit., I , 3, p. 18.
23 «Libertas uero nuf/o tempore praescribi potest», afirma en De Regía Potestate, cit., U, 5.

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 503

1.3. Derecho de propiedad

Defiende Las Casas que las cosas inanimadas de Ia naturaleza, las tierras y
los bienes, desde el principio, fueron de todos, por Io que los hombres pudie-
ron apropiarse de ellas para satisfacer sus propias necesidades. He aquí sus pro-
pias palabras: «Luego todas las cosas eran libres antes de su ocupación. De ahí
que resulta también que ninguna cosa inanimada, territorio o heredad, se presu-
me que está sujeta a servidumbre u obligación». Y, al ser creadas libres, «por
concesión diuina todos los hombres tuvieron derecho a apropiarse de ¡asa
cosas pormedio de Ia ocupación, pues se presume que eran comunes» 24. Esta
defensa del derecho de apropiación y disfrute de las cosas coincide básica-
mente con Io que hoy entendemos por derecho de propiedad. Hay que tener
en cuenta que el hombre libre es aquel que es dueño de sí mismo y, por tanto,
goza de Ia facultad de disponer libremente de su propia persona y de Ias cosas
conforme a su propia voluntad. Nunca podría el hombre llegar a realizarse ple-
namente en su libertad si se Ie coartase disponer de los bienes de Ia naturaleza.
Esto quiere decir que el derecho de propiedad es una consecuencia lógica del
derecho de libertad.

1.4. Tolerancia y libertad religiosa

Para terminar este breve recorrido por las libertades individuales hemos de
resaltar cómo el predicador incansable en las Indias se muestra especialmente
celoso de que Ia adhesión de los indios al cristianismo sea libre, por Io que no
comparte Ia sumisión previa de los indios encaminada a que oigan o acepten el
Evangelio a Ia fuerza, pues «Cristo no dejó mandado mas que se predicase y
enseñase y manifestase su Evangelio a todas las gentes, indiferentemente, y se
dejase a Ia voluntad libre de cada uno creer o no creer si quisiese», añadiendo
después que «para los que no quisiesen no se han establecido penas corporales
ni temporales, sino que dichas penas se han reservado para el juicio final» 25.
De acuerdo con Pérez Luño, «la exposición más completa y sistemática de
las tesis lascasianas sobre Ia libertad religiosa y ¡a tolerancia se halla en su Tra-
tado De único vocationis modo, que data aproximadamente del año 1536» 26.

24 Ibid., II, 10. La misma idea se repite constantemente en diversos pasajes de sus obras.
25 Las Casas, «Tratado Comprobatorio», en Obras escogidas de /ray Bartolomé de las
Casas. Edición en cinco volúmenes a cargo de J. Pérez de Tudela, Madrid: Biblioteca de Autores
Españoles (BAE) - Atlas, 1957-58, vol. V, p. 357.
26 A. E. Pérez Luño, «Democracia y Derechos Humanos en Bartolomé de Las Casas», exce-
lente estudio preliminar al tratado De Regia Potestate de Bartolomé de Las Casas en las Obras

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504 NARCISO MARTlNEZ MORÁN

En efecto, es en este tratado donde el P. Las Casas expresa con toda claridad
cuál debe ser el único modo de transformación de las creencias que puede estar
de acuerdo con Ia naturaleza humana: «La Providencia divina —dice— estableció
para todo el mundo y para todos los tiempos, uno solo, mismo y único modo
de enseñarles a los hombres Ia verdadera religión, a saber: Ia persuasión del
entendimiento por medio de razones...». Y añade más adelante: «Porque el modo
de mover, dirigir, atraer o encaminar a Ia criatura racional al bien, a Ia virtud, a
Ia verdad, a Ia justicia, a Ia fe pura y a Ia verdadera religión, ha de ser un modo
que esté de acuerdo Ia naturaleza misma de Ia criatura racional» 27. Pero Ia razón
excluye cualquier tipo de violencia o de coacción para imponer las creencias reli-
giosas, por Io que el único modo —así Io resalta en el texto que acabamos de
citar— adecuado para enseñar a los hombres Ia verdadera religión ha de ser:
blandus, dulcis et suauis 28.

1.5. Pacifismo

Y, si rechaza Ia violencia en el ámbito de Ia conciencia y de las creencias


religiosas, con mayor motivo rechaza Ia guerra que tenga que llevarse a cabo
para predicar Ia religión. Las Casas se pronuncia a favor de Ia ilegitimidad de
Ia guerra, condenando todo tipo de guerra hasta el punto de considerarla
como un homicidio y latrocinio común llevado a cabo entre muchos, siendo las
guerras Ia causa de infinitos e irreparables daños como muertes, carnicerías,
estragos, rapiñas, servidumbres y otras calamidades semejantes 29.
Esta actitud es Ia que ha llevado a algunos autores a considerar, con justi-
cia, al P. Las Casas como paladín de Ia predicación pacífica, y a Pérez Luño
a calificarlo como uno de los más preclaros testimonios históricos de Io que él
mismo ha denominado pacifismo incondicional30. Si contemplamos los plante-
amientos de Las Casas desde una perspectiva actual, no cabe duda que puede
afirmarse de él que fue un defensor del derecho a Ia paz.

Completas editadas por Alianza Editorial. Véase p. xxii. Comparto totalmente el contenido de Ia
brillante exposición realizada por Pérez Luño en el trabajo que se cita. Pocas cosas pueden aña-
dirse a Ia magnífica síntesis por él realizada. En su trabajo se inspiran algunos de los argumentos
e ideas de mi exposición.
27 Las Casas: véanse estos dos testimonios en su obra De/ único modo de atraer a todos
los pueblos a Ia verdadera religión, edición a cargo de A. Millares - L. Hanke - A. Santa-Maria,
México: Fondo de Cultura Económica, 1942, pp. 6 y 14.
28 Ibid., p. 8.
29 Ibid., pp. 339 y 504.
30 Véase A. E. Pérez Luño, «El año internacional de Ia paz desde Ia Constitución Españo-
la», en Communio, 1986, vol. XlX, fasc. 1, p. 28 y ss. También en Democracia y Derechos
Humanos en Bartolomé de las Casas, cit., p. xxm,

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 505

2. DERECHOS POLfnCOS

Siendo importante Ia defensa realizada de los derechos individuales, más


importantes aún son sus planteamientos sobre las libertades políticas. «Quizá sea
—escribe Pérez Luño— al trazar los perfiles sociopolíticos de Ia libertad donde
Ia doctrina del P. Las Casas alcanza sus cotas más elevadas, anticipándose nota-
blemente a los derroteros democráticos que Ia filosofía política iba a correr en
el futuro» 31.
En efecto, parte Las Casas del hecho histórico de un estado de naturaleza
en el que los hombres vivían como bestias, al estilo de como Io concebiría Hob-
bes años más tarde: «ninguna gente —dice— ni nación ni tierra poblada hubo
que no estuviese y viviese a los principios y por mucho tiempo viviendo esparcida
por los montes y los campos, sin ley y sin orden y sin industria, ruda y grosera-
mente 32». A pesar de estas afirmaciones conocía perfectamente Ia teoría aristoté-
lica sobre Ia sociabilidad natural humana y Ia convivencia pacífica en el seno de
muchas y distintas comunidades, filosofía política dominante ya en Ia tradicional-
mente llamada Escuela Española del Derecho Natural y de Gentes. Partiendo de
ella y considerando que para cumplir con las necesidades de Ia naturaleza huma-
na no es suficiente al hombre compartir solamente Ia primera sociedad, que es Ia
familiar, entiende que el hombre necesita de una segunda compañía o sociedad
que es Ia perfecta. No cabe duda que está refiriéndose a Ia sociedad política.
Pero, a su vez, Ia propia necesidad socio-política del hombre genera Ia nece-
sidad de una autoridad que Ia gobierne, «porque siendo muchos ayuntados sin
tener quien los rija —afirma el propio Las Casas— habría gran confusión» 33.
Parece obvio que si Dios confiere directamente el poder al pueblo, al constituirse
Ia sociedad política, ésta es Ia depositaría del poder y Ia única que puede entre-
garlo para ser ejercido por los gobernantes. Utilizando sus propias palabras: «No
puede ser otro sino aquel que toda Ia sociedad y comunidad eligió al principio, o
eligiere de nuevo... 34» el que gobierne a Ia comunidad.
En efecto, «originariamente todas las cosas y todos los pueblos fueron libres»
por Io que, junto a Ia libertad individual, existe también una libertad política que
Ie lleva a Ia convicción de que cualquier tipo de carga que se imponga por Ia
fuerza o coacción «impide al pueblo el uso de su libertad que Ie corresponde
por derecho natural» 35. Y entre las cargas considera también al gobernante
impuesto por Ia fuerza o no elegido por el pueblo.

31 Democracia y Derechos Humanos..., cit., p. xxiii.


32 Las Casas, «Apologética Historia», en Obras Escogidas, cit., vol. III, p. 160.
33 Las Casas, «Tratado de las doce dudas», en Obras Escogidas, cit., vol. III, p. 486.
34 Ibid.
35 Las Casas, De Regia Potestate», cit., R/, 1.

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506 NARCISO MARTÍNEZ MORAN

Pues bien, a partir de esta libertad política, el P. Las Casas desarrolla, con
toda energía y claridad, Ia /undamentación pactista del poder, situándola a
Ia cabeza de las concepciones democráticas de su tiempo. «En consecuencia
—escribe—, el derecho de soberanía procede inmediatamente del pueblo. Y es
el pueblo Ia causa efectiva de los reyes o príncipes y de todos los gobernantes,
si es que tuvieron un comienzo justo». «Luego si el pueblo —sigue diciendo—
fue Ia causa efectiva o eficiente y también Ia causa final de los reyes o prínci-
pes, de forma que tuvieron su origen en el pueblo a través de elecciones
libres..., parece claro que cuando un pueblo eligió sus príncipes o su rey no
perdió su propia libertar ni renunció o concedió poder de gravarle, coaccionar-
le, ordenar o imponerle cargas en perjuicio de todo el pueblo o comunidad
política» 36. Quisiera resaltar que Ia expresión elecciones libres corresponde al
propio Las Casas: «per liberam electionem» —dice—.
Es, por tanto, indiscutible que en sus escritos , especialmente en De Regia
Potestate, aparece con claridad Ia idea de que históricamente el pueblo fue
anterior a los reyes y, por consiguiente, fue necesario que interviniera el con-
senso del pueblo para que ningún impostor Ie privara (al pueblo) de su libertad
originaria ni se infligiese violencia alguna a Ia comunidad.

3. DERECHO DE RESISTENCW

Por las razones expuestas, los reyes no pueden actuar sin o contra el con-
sentimiento del pueblo hasta el punto de que, en toda clase de negocios públi-
cos, se ha de pedir eI consentimiento de todos los hombres libres, porque el
rey gobierna no para sí mismo sino para Ia comunidad que Ie ha conferido Ia
jurisdicción. El bien común se convierte de este modo en pauta o norma nega-
tiva para el gobernante, es decir, que los reyes, bajo ningún concepto pueden
actuar contraviniendo el bien de toda Ia comunidad, pues «las leyes están redac-
tadas para el bien común de todos y no en perjuicio de Ia república, sino ajus-
tadas a Ia república y al bien público y no Ia república a las leyes» 37, porque
«todo Io que un gobernante haga en perjuicio de Ia totalidad del país contra el
consentimiento y voluntad de sus ciudadanos Io hace contra el orden natural».
Esta idea es constante y recurrente en Ia segunda parte de su tratado De Regia
Potestate.
A Io largo de toda su obra, Las Casas muestra especial interés en prohibir
al rey Ia enajenación del reino o de los bienes del reino sin el consentimiento

36 /bid., W, 3.
37 /bid.

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 507

de los subditos, que son los auténticos propietarios. Por tanto, los reyes no tie-
nen derecho a gobernar por el miedo y el terror, ni a enajenar su jurisdicción,
disponer de los bienes de los subditos, o vender los oficios o empleos públicos,
o los bienes del Estado. No puede enajenar ni total ni parcialmente su territorio
sin el consentimiento de los habitantes, pues traicionaría su función política y
daría causa más que justificada para Ia rebeldía, porque el derecho a reinar
estriba precisamente en Ia voluntad popular. Desde esta base democrática
adquieren pleno sentido sus airadas críticas de las encomiendas 38.
Es cierto que Bartolomé de las Casas no trata con Ia amplitud que Io haría
el P. Mariana el Derecho de Resistencia al poder político; sin embargo, es
una cuestión que está latente en toda su obra para el caso de que los reyes no
cumplan los compromisos del pacto, o perjudiquen al bien de Ia colectividad, o
dispongan de los bienes del reino o del propio reino sin el consentimiento del
pueblo. En De Regia Potestate se remite a las Consuetudines Feudorum para
reconocer el derecho de los ciudadanos a reclamar y oponerse. Es especialmen-
te significativo un texto que condensa toda su filosofía de Ia desobediencia
política: «el que usa mal el dominio —dice— no es digno de señorear, y al tira-
no ninguna fe, ninguna obediencia, ni ley se Ie debe guardar» 39. Serían sufi-
cientes estas palabras para demostrar su postura trasparente a favor del dere-
cho de resistencia. Pero, por si no estuviese suficientemente clara, Ia corrobora,
afirmando: «tienen derecho los señores de hacer guerra contra el tirano y tam-
bién tienen derecho los subditos»40.
Por todo ello, aunque no haya expuesto una teoría sistemática del Derecho
de Resistencia o del Derecho a Ia Desobediencia, no podemos dejar de reco-
nocer que estos derechos han sido defendidos por el P. Las Casas con Ia misma
fuerza y pasión con que defendió todos los demás derechos.
Podríamos haber aportado muchos otros testimonios escritos por él para
avalar su defensa de los Derechos Humanos. Creemos, sin embargo, que con
Io expuesto hasta ahora queda demostrada con evidencia su defensa de las liber-
tades de todos los hombres y Ia anticipación democrática del defensor de los
indios.
Es cierto que todos sus esfuerzos estaban encaminados a defender los dere-
chos de los indios frente a Ia opresión de los descubridores del Nuevo Mundo,
pero no Io es menos que su esfuerzo y tenacidad incansable desembocó en Ia

38 Esta idea Ia expresa en varios pasajes de su De Regia Potestate. Sin embargo, merece
especial atención al respecto su obra De rebus non alienandi». Véase en Corpus Híspanorum
de pace, cit., vol. VIII, pp. 251-259.
39 Las Casas, «Entre los remedios», en Obras Escogidas, cit., vol. V, p. 98.
40 Las Casas, «Tratado de las dudas», cit., p. 505.

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508 NARCISO MARTfNEZ MORÁN

exposición de toda una teoría de los Derechos Humanos para todos los hom-
bres, adelantándose, incluso siglos, a Ia fundamentación universal de los Dere-
chos Humanos. Aunque desordenadas, sus aportaciones son innegables, a pesar
de algunas contradicciones y desconciertos en su etapa inicial y a pesar de sus
muchos detractores.

III. LOS DERECHOS HUMANOS EN FRANCISCO DE VTTOR^ 41

Para Ia comprensión de los problemas que estamos analizando, es impres-


cindible resaltar Ia labor desarrollada por Francisco de Vitoria, no sólo en defen-
sa de los indios, sino también en otros aspectos filosóficamente más profundos
en relación con los Derechos Humanos.
Si Las Casas es considerado como el apóstol de los indios en el compro-
miso de Ia acción y el encuentro con Ia cruda realidad, desde Ia que efectúa su
defensa de los derechos de todos los hombres, Vitoria los defiende desde Ia
racionalidad y desde Ia argumentación filosófico-teológica en las aulas de Ia Uni-
versidad de Salamanca. Y Io hace hasta el punto de que en él podemos encon-
trar todo un catálogo de derechos del hombre en cada una de las facetas de su
existencia. Así se desprende del análisis de sus obras 42, especialmente de Ia

41 Las ciudades de Burgos y Vitoria se han disputado Ia paternidad de Francisco de Vitoria,


aunque las investigaciones y hallazgos documentales de su biógrafo más autorizado, el dominico
V. Beltrán de Heredia, sitúan su origen en Ia ciudad castellana. Tampoco puede precisarse Ia
fecha exacta de su nacimiento, aunque, según sus biógrafos, Ia más probable es 1492 o 1493.
Estudió en Burgos, Vitoria y París, donde fue profesor en el Colegio de Santiago. También fue
profesor en el Colegio de San Gregorio de Valladolid y más tarde, en 1526, ocupó Ia cátedra de
Prima de teología en Ia Universidad de Salamanca. Murió en 1546.
Sobre Ia vida de Francisco de Vitoria pueden verse las 157 primeras páginas de Ia obra de
Ramón Hernández Martín, titulada Francisco de Vitoria: Vida y pensamiento internacionalista,
Madrid: BAC, 1995.
42 Vitoria editó obras ajenas, pero no publicó ninguna de sus enseñanzas, las cuales han
llegado hasta nosotros de forma indirecta, por los apuntes —más tarde editados— de sus discípu-
los y oyentes. Entre sus obras fundamentales se encuentran los Comentarios a Ia «Secunda
Secundae» de Ia «Summa Theotogica» de Santo Tomás. Esta obra recogía las enseñanzas de sus
cursos ordinarios en Ia Universidad de Salamanca, y su edición fue preparada por Beltrán de
Heredia. Pero el núcleo principal de las obras de Vitoria, al menos en relación con el tema que
estamos tratando, Io constituyen sus Relectiones Theologicae, que contienen las lecciones extra-
ordinarias pronunciadas en dias festivos, siguiendo Ia costumbre de Ia época, publicadas postuma-
mente en Ia edición príncipe, en Lyón. Entre sus trece Relecciones nos interesan especialmente,
por su temática, las siguientes: De potestate ciuili, que corresponde a las lecciones extraordina-
rias del año 1528 y trata sobre el poder civil; De potestate Ecclesiae prior (1532) y De potesta-
te Ecclesiae posterior (1532); De potestate Papae et Concilii (1534). Para nosotros son, sin

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 509

Relectio de indis prior y de Ia Relectio de iure belIi. Sin entrar en un análisis


profundo de todos los derechos formulados por Vitoria, voy a permitirme resu-
mir algunos de los principios jurídicos que inspiran su pensamiento y que cons-
tituyen un auténtico catálogo de Derechos Humanos 43. Veamos:
l.° Derecho a Ia igualdad: Para Francisco de Vitoria todos los hombres son
iguales, pues ninguno es superior por derecho natural con respecto a otros *4.
2.0 Derecho a ¡a libertad: Todos los hombres son libres por derecho
natural, puesto que el hombre fue creado en libertad 45. A partir de Ia libertad
general pueden extraerse todas las libertades particulares, como Ia libertad para
recorrer regiones y tierras 46, el derecho al libre comercio 47, el derecho al
honor, el derecho a defenderse 48, a Ia educación, etc.
3.0 Derechos civiles y políticos: El hombre es un animal civil y social por
naturaleza y por ello tiene que vivir en comunidad y sociedad. De todas las
sociedades es Ia civil en Ia que más cómodamente viven los hombres, porque
en ella encuentran ayuda para repeler Ia fuerza y Ia injuria 49. En consecuencia,
el hombre tiene derecho a Ia ciudadanía y al domicilio en una ciudad o país

embargo, más importantes las dedicadas a los indios americanos: De indis recenter inuentis o
De indis prior (1539), y al derecho de Ia guerra: De indis posterior, más conocida como De
iure beIli, también de 1539.
De Ia obras de Vitoria, así como de su biografía, se han realizado muchas ediciones en dife-
rentes idiomas. Es imposible recogerlas aquí todas ellas, pues estarían fuera del objeto de este tra-
bajo. En cada cita remitiremos a Ia edición utilizada.
43 Citaremos algunos de los escritos más sugerentes sobre el problema de los Derechos
Humanos en Francisco de Vitoria, que hemos manejados para realizar Ia presente exposición:
R. Hernández Martín, «Francisco de Vitoria y su Relección sobre los indios», en Los derechos
de los hombres y de los pueblos, Madrid: Edivesa, 1998; Luis Frayle Delgado, Francisco de
Vitoria: Sobre el poder civil, Sobre los indios, Sobre el derecho de Ia guerra, Madrid: Tec-
nos, 1998; Marcelino Ocaña García, El hombre y sus derechos en Francisco de Vitoria,
Madrid: Ediciones Pedagógicas, 1996; E. Rivera de Ventosa, «Derechos Humanos en Francisco
de Vitoria: ¿naturales o personales?», en Cuadernos Salmantinos de Filosofía, 20 (1993)
191-203; M.a Lourdes Redondo Redondo, Utopía vitoriana y realidad indiana, tesis doctoral,
Madrid: Editorial de Ia Universidad Complutense; Narciso Martínez Morán, Derechos funda-
mentales, Madrid: Sección de Publicaciones de Ia Facultad de Derecho. Universidad Complu-
tense, p. 115 y ss.
44 Francisco de Vitoria, Comentarios a Ia «Secunda secundae» de santo Tomás, rdición
preparada por el P. Beltrán de Heredia, OP, seis volúmenes, Salamanca 1932-1952, III, p. 77.
45 Francisco de Vitoria, Obras. «Re/ecciones teo/ógicas», edición crítica y traducción del
P. Teófilo Urdánoz, OP, Madrid 1960, pp. 160 y 670.
46 lbid., p. 705 y ss.
47 lbid., p. 708 y ss.
48 Md., p. 722.
49 Md., p. 126.

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510 NARCISO MARTlNEZ MORÁN

por razón de su nacimiento, o de haber tomado consorte en él, o por las otras
razones o costumbres por las que los hombres suelen hacerse ciudadanos 5^
La sociedad civil en Ia que vive el hombre es un organismo vivo que nece-
sita una fuerza ordenadora, un poder que proviene de Dios y que H Io ha pues-
to en Ia entraña misma de Ia sociedad. Es precisamente la sociedad quien entre-
ga eI poder al rey para que Io administre en beneficio del pueblo. Pero ni el
emperador ni los reyes son dueños de Ios pueblos con dominio de propiedad,
sino sólo con dominio de jurisdicción y, por consiguiente, no pueden disponer
de los pueblos o haciendas a su arbitrio. Tampoco pueden regalar o vender los
cargos públicos, sino que todas las cosas que son comunes de Ia república deben
distribuirse según los méritos de cada uno 51.
Las leyes también obligan a los príncipes y si éstos dictaran alguna ley
injusta ha de ser desobedecida, puesto que las leyes del tirano no tienen
fuerza obligatoria. Para que una ley pueda obligar no basta Ia voluntad del
legislador, sino que es necesario que sea útil a Ia república 52. Como vemos,
Vitoria defiende los derechos políticos de los ciudadanos frente a los gobernan-
tes, que son, en todo caso, administradores del poder del pueblo, llegando a
defender el derecho a Ja desobediencia frente a gobernantes y legisladores.
4.0 Libertad religiosa: Defiende Vitoria que los infieles no deben ser coac-
cionados para recibir Ia fe católica, ni sus hijos deben ser bautizados sin el con-
sentimiento de los padres, pues los indios tienen perfecto derecho a permane-
cer en sus religiones y a no ser coaccionados para convertirse a una religión
distinta 53.
5.0 Guerra y paz: Yo diría que el derecho a Ia guerra en Francisco de
Vitoria está presidido o, si se quiere, inspirado por el derecho a Ia paz, pues,
respecto de Ia guerra, establece tres reglas de oro: Primera: antes de ella,
buscar por todos los medios Ia paz; segunda: durante ella, hacerla sin odio,
buscando sólo Ia justicia; tercera.- después de ella, usar del triunfo con mode-
ración y a los fines exclusivos de resarcirse de Ia injusticia que Ia motivó 54.
En todo caso, Ia guerra ha de ser justa y Ia única causa de guerra justa es
Ia injuria grave. No puede considerarse causa justa ni suficiente para una gue-
rra Ia diversidad de religión, pues el cristianismo no ha de bendecir Ia guerra
santa, como Io hace el islamismo; tampoco es causa de guerra justa eI deseo
de ensanchar los propios dominios invadiendo otros territorios. Más aún, nin-

50 Ibid., p. 710 y ss.


51 Ibid., pp. 151-187.
52 Ibid., pp. 181, 183, 192, 193.
53 Ibid., pp. 605 y ss., 715 y ss.
54 Ibid., p. 857 y ss.

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 511

guna guerra puede considerarse como justa si aporta a Ia república más mal
que bien, aunque tenga todos los demás títulos o razones de Ia guerra justa. Y
si aun aportando beneficio a Ia república ocasionare más mal que bien a todo
el orbe, aunque sea provechosa para una provincia o para toda una república,
habría que considerarla como injusta.
Prácticamente no queda espacio en Vitoria para Ia consideración de una
guerra justa. Con su filosofía sobre Ia guerra, ninguna de las guerras actuales,
por los inmensos daños y destrucciones que comportan, sería admisible. Por
ello entiendo que más que una filosofía de Ia guerra establece una filosofía de
¡a paz o, al menos, podría estar perfectamente de acuerdo con las corrientes
pacifistas de nuestros días. Y si los reyes declarasen una guerra cuya injusticia
consta a los subditos, éstos no deben lícitamente ir a Ia guerra, ni por mandato
del rey, proclamando una vez más el derecho a Ia rebelión 55.
6.0 Derechos de los indios. Derecho de autodeterminación y emancipa-
ción: Si todos los hombres son iguales y libres por derecho natural, los indios
tienen los mismos derechos de igualdad y libertad y los mismos derechos políti-
cos, pues también son hombres. Tienen derecho a sus propiedades, a sus domi-
nios, a sus leyes, a sus magistrados..., pues los indios son dueños de todas sus
cosas como Io son los cristianos de las suyas. Y tienen derecho a sus costum-
bres y a que nadie les coaccione con violencia para dejarlas 56. A su vez, los
indios son libres para elegir su propia soberanía con el consentimiento de Ia
mayoría, sin que nadie les coaccione. Pero para que sean auténticamente libres
en Ia elección, ésta no debe efectuarse por miedo. Con estas premisas de liber-
tad de elección, los indios pueden aceptar un superdominio extranjero siempre
que, examinado el bien de Ia república, exista un acuerdo entre los gobernantes
y el propio pueblo. No obstante, el dominio de un gobierno extranjero sobre un
país subdesarrollado debe procurar principalmente Ia utilidad de éste, protegién-
dolo y promocionándolo en todas las manifestaciones del espíritu y en su pro-
greso material. Por consiguiente, toda co/onización o protectorado es por
naturaleza temporal, y debe prepararse Io más pronto posible Ia emancipa-
ción del país colonizado mediante un gobierno propio elegido en conformi-
dad con ¡a voluntad del pueblo 57. Estas últimas afirmaciones nos autorizan a
afirmar que Vitoria defendió también clarísimamente un derecho de autodeter-
minación. Y, aunque van dirigidas evidentemente a Ia emancipación de los
indios, Vitoria no tendría inconveniente en hacerlas extensivas a otros supues-
tos, pues les da una formulación de carácter general.

55 ¡bid., pp. 167, 168, 823-847, 857 y ss.


56 Ibid., pp. 664 y ss., 720 y ss.
57 Ibid., pp. 721 y ss., 180, 191.

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512 NARCISO MARTÍNEZ MORÁN

7,° Los derechos de Ia comunidad internacional: Para cerrar el apreta-


do análisis de este capítulo, Vitoria se pronuncia también sobre los derechos
de todo el género humano. Todo el género humano —dice— tuvo derecho a
elegir un solo monarca en un principio, antes de Ia división de los pueblos;
luego también podrá hacerlo ahora, puesto que ese derecho es natural y, por
tanto, no cesa. Desde esa perspectiva, el orbe, que en cierta forma constituye
una república, tiene poder de dar leyes justas y convenientes a todos, como
son las del derecho de gentes, el cual tiene verdadera fuerza de ley. Y conclu-
ye Vitoria afirmando el derecho de intervención de otro estado ante leyes que
constituyan verdaderos crímenes o perjudiquen gravemente a Ia nación en que
son impuestas 58.

M. LA PROTECCIÓN DE LOS DERECHOS DE LOS INDIOS


A TRAVÉS DE TEXTOS JURÍDICOS

La labor de denuncia y Ia defensa de los Derechos Humanos llevada a cabo


por los misioneros, filósofos, teólogos y juristas españoles provocaron Ia reac-
ción de los monarcas y pronto se tradujeron en Ia firma de algunos textos de
carácter normativo, que recogían las reivindicaciones a favor de los hombres y
de las tierras del Nuevo Mundo, garantizando su libertad y protección 59.
Podemos afirmar que ya Ia Instrucción de los Reyes Católicos a Nicolás
de Ovando 60, gobernador de las Indias, fue Ia respuesta de Ia Corona española
a los hechos acaecidos tras Ia revuelta en Ia Isla de La Española.
Las Instrucciones eran normas que el descubridor, conquistador o gober-
nante recibía de Ia Corona, regulando sus acciones. En este caso, Ia Instrucción
a Ovando establecía que los indios eran vasallos libres y debía suprimirse los
repartimientos, si bien pagarían tributo y debían trabajar por salario. Sin embar-
go, este intento generoso de conceder Ia libertad a los indios supuso un fracaso
en el terreno económico, ya que los indios abandonaron sus trabajos y rehuye-
ron el contacto con los españoles. Para poner fin a esta situación, se dio una
Carta, el 20 de diciembre de 1503, que autorizaba el régimen de repartimien-
tos con ciertas limitaciones, Io cual suponía un retroceso considerable en los
derechos que se habían conseguido.

58 /bid., p. 721 y ss.


59 Por cuanto se refiere a Ios Derechos Humanos conferidos a Ios indios, algunos de los
textos promulgados por Ia Corona de España pueden encontrarse en Peces Barba y otros: El
derecho positivo de los Derechos Humanos», Madrid: Editorial Debate, 1987, pp. 459 y ss.
60 DeI 16 de septiembre de 1501.

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 513

En realidad, el primer resultado importante de las predicaciones que fray


Antonio Montesinos y el P. Las Casas dirigieron contra el sistema de reparti-
mientos 61 y encomiendas 62 fue Ia promulgación de Las Leyes de Burgos 63,
después de haberse reunido las Juntas Consultivas para las Indias. En los treinta
y dos capítulos que comprendían dichas Leyes se mantenía el principio de liber-
tad general de los indios, aunque se admitía Ia posibilidad de obligarles al traba-
jo en servicio de los españoles y autorizaba Ia práctica de las encomiendas. A
pesar de ello, las Leyes establecían un desarrollo pormenorizado del régimen de
trabajo, jornal, alimentación, vivienda, higiene... y, en general, un trato de res-
peto a los indios, que suponía un paso importante en el reconocimiento de sus
derechos. Por primera vez se están reconociendo determinados derechos labo-
rales, aquellos por los que las sociedades europeas lucharán durante el siglo.
Pero Io más trascendental fue, tal vez, el reconocimiento de un sistema de con-
trol de garantías, que tales leyes establecían, mediante Ia designación de unos
visitadores (funcionarios nombrados por las autoridades coloniales, con el oficio
de inspección de las condiciones de vida de los indios).
La Cédula concedida por Fernando el Católico, en 1514, es también un
ejemplo de las disposiciones favorables, que, dentro del contexto de servidum-
bres del sistema de las encomiendas, promulgó Ia Corona en defensa de Ia dig-
nidad humana de los indios. En ella se establece Ia libertad de los indígenas
para contraer matrimonio, tanto entre sí como con los españoles, Io que supo-
ne el reconocimiento, de hecho, de Ia igualdad de los indios como personas y
Ia instauración del principio de Ia no discriminación.
El Decreto de Carlos 1 sobre Ia esclavitud en Indias, promulgado en
1526, se encuadra dentro de Ia fase colonizadora del continente (que comienza

61 Desde principios del siglo xvi se fue aplicando paulatinamente el reparto o distribución
de los indios entre conquistadores y colonizadores dentro del Continente Americano, como Io
habían hecho ya, en plan particular, algún gobernador en La Española. En el repartimiento se
exigía el respeto a Ia libertad de los indios pero se pretendía conjugar con Ia obligatoriedad de
trabajar en las tareas agrícolas y mineras, dado que el indio poco trabajador huía de Ia comunica-
ción con los españoles y se negaba a trabajar.
62 Intimamente vinculadas a los repartimientos encontramos las encomiendas indianas. Los
grupos de indios repartidos eran encomendados a un conquistador o colono que era conocido
con el nombre de encomendero, quien poseía el título de los derechos de Ia Corona, a Ia que
representaba ante su grupo de indios. Estaba obligado a darles buen trabajo, cuidarlos, instruirlos
en Ia fe cristiana, respetar su dignidad; pero exigirles, al mismo tiempo que trabajaran. Pero el
nativo debería ser considerado como un criado nunca como un esclavo. Véase, sobre esta cues-
tión, Lorenzo Galmés, ci'i., p. 5 y ss.
63 DeI 27 de diciembre de 1512. Las Leyes de Burgos fueron complementadas por otros
posteriores promulgadas por Ia Junta de Valladolid en 1513. Véase Lorenzo Galmés, Bartolomé
de Las Casas, defensor de los Derechos Humanos, Madrid: BAC popular, 1982, p. 34 y ss.

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514 NARCISO MARTÍNEZ MORÁN

con las conquistas de Cortés y Pizarro) y refleja el traslado del problema antilla-
no sobre Ia condición de los indios del continente. El Decreto establece Ia prohi-
bición de 'hacer esclavos a los indios en guerra, aunque sea justa'. Con este
Decreto se pone fin a Ia doctrina según Ia cual se podía hacer Ia guerra y cap-
turar en ella a los indios para someterlos a Ia Corona o para propagar Ia fe.
Pero ni las Leyes de Burgos, ni el Decreto de Carlos 1 fueron suficientes
para garantizar Ia libertad real, Ia igualdad y Ia dignidad humana de los indios
que defendían Ia mayoría de los filósofos y teólogos vinculados a Ia Escuela de
Salamanca. Por ello, el emperador Carlos I convocó en Barcelona, en el año
1542, una reunión extraordinaria de las Juntas Consultivas para las Indias. El
protagonista destacado de esta reunión fue el P. Las Casas que, ya desde su
vuelta a Ia Península (1539/1540), había denunciado los excesos y atentados
de los colonizadores contra Ia libertad y dignidad de los indígenas. Como resul-
tado de Ia reunión, el 20 de noviembre de 1542, se promulgaron en Barcelo-
na Las Leyes Nuevas M, completadas en Valladolid el 4 de junio de 1543, las
cuales, si no significan el triunfo completo del defensor de los indios, al menos
estaban inspiradas en su espíritu humanista. De los cuarenta capítulos que
comprendían estas Leyes, los veinte últimos se destinaban a regular Ia condi-
ción y derechos de los indios. Además de declarar Ia libertad de los indígenas
y Ia prohibición del trabajo obligatorio, las Leyes, en su capítulo XXX, conte-
nían Ia supresión absoluta del régimen de las encomiendas, manteniendo las
existentes sólo durante Ia vida de los entonces comenderos. Al intentar aplicar
Ia reforma rad5cal introducida por las Leyes Nuevas se produjeron tales con-
flictos que el emperador tuvo que modificarlas en 1545, admitiendo las enco-
miendas por sucesión de dos vidas. Estas Leyes Nuevas fueron parcialmente
recogidas en Ia recopilación oficial de 1680.
Pero surgió entonces Ia figura de Juan Ginés de Sepúlveda, que, polemi-
zando con las tesis lascasianas, defendió, desde el punto de vista jurídico, las
conquistas españolas en América. La polémica continuó avivándose hasta Ia
célebre Junta de Valladolid de 1950 65. En ella, en presenc5a del Consejo de
Indias y de una importante representación de teólogos y juristas, presidida por
fray Domingo de Soto, tuvo lugar un enfrentamiento dialéctico entre Sepúlveda
y Las Casas *6. Este debate significó el inicio de otro más importante, pues del

64 Véase Lorenzo Galmés, o. c., p. 121 y ss.


65 Véase al respecto Jaime Brufau Prats, «La aportación de Domingo de Soto a Ia doctrina
de los derechos del hombre y Ias posiciones de Bartolomé de las Casas», en Estudios en home-
nafe del profesor Cors Grau, Universidad de Valencia, 1977, t. I, pp. 51-69.
66 El primero hizo una exposición oral de su postura a favor de ta intervención y de Ia con-
quista. Sin embargo, Las Casas, que no habia oído a Sepúlveda, «leyó largamente sus escritos»,
siendo su respuesta prolija y sin adaptarse ni circunscribirse aI orden de las cuestiones seguido por

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 515

estruendo y ardor de las juntas y asambleas Ia discusión se trasladó a Ia esfera


más sosegada y racional de las cátedras de Ia Universidad, dando lugar al pro-
nunciamiento de los grandes maestros del saber que entonces las regentaban,
los cuales escribieron capítulos fundamentales en Ia filosofía jurídica y política.
Aunque Las Casas no había quedado totalmente satisfecho, al no traducirse
el debate en leyes que reconocieran Ia igualdad absoluta entre los indios y los
españoles, puede afirmarse que había triunfado, pues Ia controversia se trasladó
a un ámbito más doctrinal y científico. Los filósofos, teólogos y juristas españo-
les más relevantes se dividieron en dos bandos, si bien Ia mayoría optó por
aceptar las razones del P. Las Casas, incluido Domingo de Soto. De este modo,
en las aulas de Salamanca, Alcalá y Coimbra, las más importantes universidades
de aquel tiempo, se fundamentó un pensamiento humanista que sirvió a los filó-
sofos del racionalismo y de Ia ilustración para elaborar ya una auténtica teoría
de los Derechos Humanos. Pero el camino ya estaba iniciado, Ia posteridad sólo
tendría que culminarlo. En las mismas aulas se sentaron las bases de una teoría
democrática del poder y se elaboró el concepto del derecho de gentes y de Ia
comunidad internacional con criterios que, aun hoy, tienen plena vigencia.

CONCLUSIONES: APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA

Aunque sea con brevedad, quiero hacer unas reflexiones, necesariamente


incompletas por razones de espacio y tiempo, acerca de las aportaciones y las
repercusiones que han tenido las enseñanzas de los maestros de Salamanca en
el pensamiento moderno y contemporáneo.
Es frecuente entre los españoles, especialmente en el ámbito científico,
encontrar una tendencia acusada a ensalzar Ia obra de extraños, olvidando, en
no pocas ocasiones, el auténtico valor creativo y las aportaciones realizadas por
nuestros pensadores. Todo cuanto acabamos de exponer y los autores a los que
nos hemos referido constituyen un buen ejemplo de esta tendencia. Hemos leído
reiteradamente en tratadistas españoles muchas páginas dedicadas a ponderar a
Grocio, a Zouch, a WoIf, a Wattel... y ni una palabra siquiera, o tan sólo un
par de páginas dirigidas al reconocimiento de nuestros teólogos, filósofos y juris-
tas de los siglos xvi y xvii, como Vitoria, Las Casas, Vázquez de Menchaca,
Soto, Molina, Mariana, Suárez... y un muy largo etc., a quienes tanto debe Ia
Filosofía del Derecho, especialmente en el ámbito del Derecho internacional y

su contrincante, atacándole por todos los flancos. Por esta razón, Soto se vio obligado a realizar
un laborioso trabajo de síntesis y ordenación, reduciendo ambas exposiciones a compendio. Ver
traba]o de Ia nota anterior, p. 55.

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516 NARCISO MARTfNEZ MORÂN

de los Derechos Humanos. Difícilmente podría hablarse de un humanismo jurí-


dico sin tenerlos en cuenta.
Para quienes conozcan los problemas del mundo moderno, quizá Io mejor,
en este momento, sería no aportar conclusiones, sino dejar que cada uno extrai-
ga las propias. Intentaremos, sin embargo, resaltar aquellas cuestiones en las
que fueron innovadores y en las que, por consiguiente, manifestaron su influen-
cia, aportando soluciones válidas para los problemas de su tiempo y para los
posteriores, incluidos los actuales, aunque se manifiesten con fisonomías nuevas
en los diferentes lugares y momentos de Ia historia.
No cometeremos —guiados por Ia pasión— el error de afirmar que los pen-
sadores de Salamanca han dado con Ia solución intelectual y práctica para todos
los problemas de nuestro tiempo. Intentaron solucionar los del suyo. Pero en su
intento también aportaron luz a muchos de los actuales. Es obvio que, a cuatro
o cinco siglos de distancia, no pudieron conocer ni intuir muchos de los aconte-
cimientos que hoy están ocurriendo y de las preocupaciones que acosan a Ia
humanidad. Pero, como he intentado demostrar en las páginas que anteceden,
se adelantaron en muchos aspectos al futuro. Por ello considero que Ia influen-
cia y Ia presencia de los maestros de Salamanca en los problemas, especialmen-
te los jurídicos y los políticos, del mundo contemporáneo, merece un estudio
más exhaustivo y profundo.
La mayoría no fueron ni legisladores ni juristas prácticos, sino auténti-
cos filósofos del Derecho. Pero Ia misión del filósofo del Derecho no es Ia de
dictar leyes o analizar Ia estructura de las normas vigentes, cuya tarea corres-
ponde al legislador y al científico del Derecho. La misión de Ia Filosofía del
Derecho es fundamentar Ia legitimidad, Ia coherencia y Ia oportunidad de Ias
leyes y, en todo caso, criticar y denunciar los sistemas jurídicos y políticos que
no contribuyen al progreso de Ia comunidad ni al bienestar social. Cabe aún al
filósofo del Derecho iluminar Ia tarea del legislador, aportando las bases filosófi-
cas de Ia justicia y los principios universales en los que se asienta Ia legitimidad
de las leyes y del quehacer de los gobernantes. Pues bien, uno de los grandes
méritos de los pensadores españoles de los siglos XVI y XVH consiste precisamen-
te en haber consumado con toda perfección esta tarea de auténticos filósofos
del Derecho.
No redactaron un código de leyes, pero en sus tratados plasmaron toda
una filosofía de Ia ley capaz de iluminar, hasta en las cuestiones más concretas
—tal es el caso de las leyes penales o tas leyes tributarias de Francisco Suárez—,
a cualquier legislador honesto, incluso de nuestro tiempo, que no persiga otra
cosa que Ia justicia.
No escribieron tratados de Derecho político, pero en sus páginas descu-
brimos una madurez política que se anticipa y preludia, aunque sea de forma

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 517

embrionaria, las concepciones liberales y democráticas de los siglos posteriores.


Sin duda, Ia tarea de Locke, Rouseau y Montesquieu tuvo que resultar mucho
más fácil después de conocer las obras de Las Casas, de Vitoria, de Soto, de
Mariana, de Suárez, y, en general, de todos los escritores prerracionalistas espa-
ñoles de Ia Universidad de Salamanca o formados bajo su influencia. En efecto,
una de las aportaciones trascendentales de los teólogos españoles es precisa-
mente su concepción moderna de Ia soberanía popular. El poder —afirman—
reside en el pueblo, en Ia comunidad, y es ésta quien Io entrega al gobernante
para que Io ejercite en beneficio de ella. Se rechaza todo poder que haya sido
usurpado al pueblo con violencia o con engaño y se considera deslegitimado el
ejercicio del poder que no sea para los únicos fines del bien común de toda Ia
comunidad. Y, sentadas estas premisas, defienden con toda valentía el derecho
a Ia desobediencia, a Ia resistencia, al tiranicidio, si fuera preciso. ¿Qué dirían
Las Casas, Vitoria y Suárez acerca de tantas dictaduras del siglo xx?, ¿o de tan-
tas usurpaciones de Ia soberanía del pueblo realizadas por Ia fuerza y Ia violen-
cia?, ¿de tantos secuestros del poder, quizá legítimamente adquirido, pero utili-
zado luego contra el pueblo para fines bastardos? ¿Qué dirían de todos los
golpes de estado perpetrados contra el poder democrático? Sin duda las doctri-
nas de talante democrático de nuestros pensadores clásicos fueron asumidas
pronto por los autores del racionalismo y de Ia ilustración, pero han pasado
siglos hasta calar en el pueblo. Es precisamente en nuestros días cuando toda
aquella filosofía de Ia soberanía del pueblo y de Ia resistencia a los usurpadores
del poder está plasmándose en Ia realidad de los hechos. Ha sido precisamente
Ia resistencia de los pueblos Ia que ha derribado el muro de Berlín y las dictadu-
ras del siglo xx. Será Ia resistencia de los ciudadanos y Ia rebelión de los hom-
bres y mujeres de todos los pueblos que quieran seguir el ejemplo de Las Casas
quienes podrán derribar los actuales muros de Ia pobreza y del hambre, de Ia
incultura y de Ia opresión y destrucción de guerras absurdas e injustificadas.
No escribieron un tratado de derecho internacional pero sentaron las
bases del mismo para que otros Io hicieran, deslindando —como Io hace Vito-
ria— con toda claridad, el concepto del Jus gentium del de Derecho natural, o
aportando —como Io hace Suárez— un nuevo concepto de derecho de gentes
positivo; o creando una teoría utópica en Vitoria, pero más realista en Suárez,
de Ia Comunidad Internacional, que ha necesitado casi cuatro siglos para plas-
marse en Ia realidad y que aún hoy tiene serios problemas de funcionamiento.
En efecto, es precisamente en el ámbito del Derecho internacional donde nues-
tros clásicos fueron pioneros y escribieron páginas más brillantes. A ellos se
debe el origen de Ia disciplina que tanto auge está teniendo en nuestros días.
No escribieron una teoría de los Derechos Humanos, pero defendieron Ia
dignidad humana de los indios y sus libertades personales y políticas, tanto en
las aulas de Ia universidad, como en Ia vida real, enfrentándose al poder cuando

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518 NARCISO MARTÍNEZ MORÂN

su ejercicio era despótico y predicando incluso Ia desobediencia, Ia rebelión y Ia


destitución del tirano. ¡Qué difícil debía resultar el mantenimiento de estas postu-
ras en una época en que ejercía su oficio el Tribunal de Ia Inquisición!
Recuérdese, por ejemplo, que desde Francia e Inglaterra se pidió al monar-
ca español que fueran quemadas las obras de Francisco Suárez y fuera juzgado
por dicho Tribunal.
Si repasamos uno a uno los Derechos Humanos recogidos en Ia Declara-
ción Universal, e incluso alguno de los derechos que están más de actualidad
emigración..., etc., no recogidos en ella, es posible que en los textos de Las
Casas o Vitoria, o en los discursos de algunos de los predicadores de las Indias,
encontremos ya su afirmación o el lamento, al menos, de su violación.
Sería absurdo pensar que los españoles crearon una teoría sistemática de
los Derechos Humanos en el sentido científico moderno y tal como hoy Ia
entendemos, pero eUos sí habían elaborado y llevado a sus últimas consecuen-
cias una teoría del Derecho natural en Ia que se apoyaron para fundamentar y
defender los derechos naturales de igualdad y dignidad de todos los seres huma-
nos, para defender Ia libertad personal y el derecho de libertad, para defender
los derechos políticos de participación en Ia comunidad y en Ia elección de los
gobernantes, e incluso, en muchos casos, para construir Ia teoría de tiranicidio,
e influidos por Ia filosofía estoica, Ia teoría de una gran comunidad política que
se extendiese a todo el género humano.
En Ia actuaUdad, sin embargo, el Derecho natural ha perdido el sentido que
Ie dieron los escolásticos españoles. El mundo de hoy es tal vez más práctico y
busca no tantas especulaciones, sino más soluciones a los problemas concretos
—quizá dándole Ia razón a Las Casas—. Por ello se ha evolucionado desde una
teoría del Derecho natural hacia una teoría de los Derechos Humanos. En defi-
nitiva, el contenido del Derecho natural de entonces se encuentra reflejado hoy
en Ia teoría de los Derechos Humanos, los cuales lentamente han ido plasmán-
dose en Declaraciones: de ámbito estatal, primero; después, de ámbito univer-
sal, hasta concretarse en garantías jurídicas, tanto estatales como internaciona-
les. Pero los españoles no se conformaron con meras teorías. Con sentido
también pragmático reclamaron garantías para ciertos derechos que se estaban
conculcando, concretamente con los indios, con los habitantes del Nuevo
Mundo. Al fin y al cabo los Derechos Humanos sólo se reclaman dónde y cuán-
do se están violando.
La humillación de los indios inquietaba a Las Casas y Vitoria: por eso, al
rechazar Ia humillación bajo cualquiera de las formas de su existencia, defendí-
an Ia dignidad. No podemos dudar de Ia actitud desinteresada del P. Las Casas,
muchas veces incomprendida o ignorada por quienes, absortos en los esque-
mas de una racionalidad abstracta, no han sabido valorar Ia tarea del compro-

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APORTACIONES DE LA ESCUELA DE SALAMANCA... 519

miso al servicio de los hombres que sufren. El P. Las Casas no se entregó sólo
a planteamientos teóricos, ni se conformó con argumentos retóricos o silogis-
mos metafísicos distantes del pueblo. Afrontó y denunció Ia humillación, Ia
esclavitud, Ia lucha violenta e irracional de quienes se creen salvadores (sean
gobernantes, intelectuales o propagadores de Ia fe) y desprecian a los demás
ejerciendo sobre ellos el despotismo. Frente a todo ello, Las Casas fue el pala-
dín del compromiso y del amor a los seres humanos de cualquier raza, pues
para él no existía el color ni Ia raza, ni diferencia entre los hombres por su
condición o nacionalidad.
¿Qué dirían hoy de las discriminaciones raciales de nuestro tiempo, de las
desigualdades de Ia mujer, de Ia inmigración y las pateras, de tantos millones de
seres humanos que mueren de hambre? ¿Qué dirían acerca de Ia igualdad?. Dirí-
an exactamente Io que dijeron en su tiempo. ¿Qué dirían de Ia globalización?...
¿Qué dirían de las libertades individuales y políticas? ¿Qué dirían del derecho a
Ia paz, del medio ambiente...? ¿Qué dirían del derecho a Ia vida en Ia era de Ia
Biotecnología? Sin duda estarían en Ia vanguardia de Ia defensa de los derechos
que reclama Ia sociedad contemporánea en las diferentes manifestaciones en
que hoy se presentan, como Io estuvieron en su tiempo.
Estoy seguro de ello porque tanto en Vitoria como en Las Casas encontra-
mos muchos párrafos escritos que no difieren de los textos de algunas declara-
ciones o tratados actuales de Derechos Humanos. En Io que dicen, con su len-
guaje de entonces, adecuado al leguaje y los problemas de hoy, nadie sería
capaz de diferenciar el mensaje. Afirma Ramón Hernández que Vitoria «estable-
ce un conjunto de derechos del hombre que parece que hubieran sido elabora-
dos en nuestros días; él los considera válidos para todo tiempo y lugar porque
se encuentran enraizados en Ia misma naturaleza de Ia persona humana con su
dignidad y con una tendencia natural a su máximo perfeccionamiento individual
y social» 67. En efecto, los grandes principios de las Declaraciones de Derechos
contemporáneas en nada se diferencian de los defendidos por los pensadores
de Salamanca. Por ejemplo, en el punto I de Ia Declaración de Derechos del
Buen Pueblo de Virginia (1776) se afirma que «todos los hombres son por
naturaleza igualmente libres e independientes y tienen ciertos derechos inna-
tos...»; en el artículo l.° de Ia Declaración Francesa de los Derechos del hom-
bre y del Ciudadano (1789) se dice que «los hombreas nacen y permanecen
libres e iguales en derechos...»; y el artículo l.° de Ia Declaración Universal de
los Derechos Humanos de 1948 declara que «todos los seres humanos nacen
libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y con-
ciencia, deben comportarse racionalmente los unos con los otros». Me pregunto

67 R. Hernández Marín, Francisco de Vitoria y su «Relección sobre los indios», cit., p. 174.

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520 NARCISO MARTÍNEZ MORAN

qué diferencia de pensamiento existe entre Ia filosofía de los Derechos Huma-


nos defendida por los clásicos salmantinos y el contenido es estas Declaraciones
de nuestro tiempo. Quizá Ia diferencia, el mérito a favor de los clásicos españo-
les rad5ca en haber formulado dichos principios tres o cuatro siglos antes.
Es evidente que los pensadores españoles de los siglos xvi y xvn, afirmando
sus raíces en Ia teología escolástica, fueron capaces de asumir los avances del
Renacimiento hasta el punto de que profesaron un auténtico humanismo —cris-
tiano, por supuesto—, que les acerca más a los hombres de Ia Ilustración que al
puro escolasticismo medieval. Y sus planteamientos, al menos en Ia filosofía
jurídico-política, están aún hoy vigentes en muchos aspectos.
Lo cierto es que Ia historia de Ia América latina mucho tiene que ver con
las bases intelectuales y sociales que legaron los propios españoles: el problema
de Ia emancipación de América hunde sus raíces en Ia semilla sembrada ya por
Las Casas en su De Regimine Principum. Y Ia teología de Ia liberación de
nuestro tiempo —Ia verdadera teología— mucho tiene que ver con eI amor a
Ios hombres que sufren Ia opresión del hambre, del poder y Ia guerra, a Ios que
se despoja de sus tierras o viven como esclavos, trabajando de sol a sol por un
puñado de arroz a merced de los magnates o las multinacionales.
Terminemos diciendo que Ia filosofía jurídico-política de los pensadores de
Ia Escuela de Salamanca de los siglos xvi y xvii fue innovadora en su tiempo y
goza hoy, en muchos aspectos, de plena actualidad. No sabemos qué hubiera
sido de Ia filosofía jurídico-política de nuestros días si no hubiera existido aqueUa
generación de teólogos y filósofos que afrontaron, con absoluta honestidad y
profundidad científica y humana, los problemas del Derecho y de Ia sociedad,
porque las doctrinas, una vez formuladas, tienen sus propios destinos y oscuras
influencias. Pero sí podemos afirmar, sin lugar a equivocarnos, que en Ia solu-
ción de los problemas se adelantaron al futuro y abrieron las puertas a las gran-
des construcciones jurídico-políticas de nuestro tiempo.

NARCISO N4ARTÍNEZ MORÁN

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