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Algunas pistas rancierianas para abordar los vínculos entre arte y política * Jorge Ortiz Leroux**

Algunas pistas rancierianas para abordar los vínculos entre arte y política*

Jorge Ortiz Leroux**

* Este artículo fue publicado en el libro Narración, estética y política.

Para citar este texto: Ortiz Leroux, Jorge, “Algunas pistas rancierianas para abordar los vínculos entre arte y política” en Duarte, L. y Ortiz, J. (coord), Narración, estética y política. Aproximaciones y reflexiones del Coloquio interdepartamental sobre narración, estética y política (2015). México, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, pp. 30-35.

** Profesor investigador Titular C de tiempo completo, Área de Semiótica del Diseño, Departamento de Evaluación del Diseño, División Ciencias

y Artes para el Diseño, UAM Azcapotzalco. Miembro del colectivo independiente La Guillotina.

Algunas pistas rancierianas para abordar los vínculos entre arte y política

Resumen

Jorge ortiz Leroux

Las relaciones entre estética y política, entre arte y poder, forman parte de una discusión que ha acompañado el estatuto de las prácticas artísticas desde que éstas tienen en los estudios estéticos uno de sus pilares de fundamentación. Esta relación ha estado mediada por los términos que suponen las prácticas artísticas, tanto los supuestos por

la crítica kantiana, al colocar a lo bello y al juicio estético como elementos de análisis,

como en las teórias modernas que versan sobre lo sublime y las utopías como valores intrínsecos del trabajo artístico. Para hacer la crítica de estos supuestos y generar nuevas perspectivas que permitan establecer vínculos y fronteras entre los campos del poder y del arte, el presente texto apunta algunas líneas exploradas por Jaques Ranciére, con el fin de problematizar estos dilemas claves del ámbito contemporáneo del arte.

Palabras clave: estética, política, arte, Jaques Ranciére

Abstract

The relationships between aesthetics and politics, between art and power, take part of

a discussion that has accompanied the status of artistic practices since they have in

2 aesthetic studies one of its pillars of foundation. This relationship has been mediated by the terms that suppose the artistic practices, so much the assumptions by the Kantian critic, when placing to the beautiful thing and the aesthetic judgment as elements of analysis, as in the modern theories that talk about the sublime and the utopias as intrinsic values of artistic work. To make the critique of these assumptions and generate new perspectives to establish links and boundaries between the fields of power and art, the present text points out some lines explored by Jaques Ranciére, in order to problematize

some key dilemmas of the contemporary field of art.

Keywords: esthetic, politics, art, Jaques Ranciere

Jacques Ranciere propone un lugar distinto desde el cual ver el arte y la política. Se sitúa lejos de los postulados tradicionales y asentados que ven en principio la política como el ejercicio del poder o la lucha por el poder. Abandona al mismo tiempo el discurso estético que desde Kant hasta la escuela de Frankfurt avisoran lo sublime como el espacio utópico, vanguardista o autónomo por excelencia de las prácticas artísticas. Ranciere se propone un distanciamiento de los principios sobre los cuales ponderar la relación entre el arte y

el poder; nos conduce hacia el problema de la historicidad de las prácticas artísticas, la

cual permite que permanentemente se alteren los posturas jerárquicas para comprender dicha relación, y que las miradas se distribuyan a lo largo de las prácticas mismas, las relaciones que propician y sus maneras de ver y proponer el mundo.

Narración, estética y política

isbn: 978-607-28-0410-4

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Jorge ortiz Leroux

Para abordar al arte, Ranciere recurre a una crítica de la estética, ubicándola históricamente

y planteando sus retos contemporáneos. “La estética, como discurso, ha nacido hace

dos siglos. Es la misma época en la que el arte ha comenzado a oponer su partícula singular indeterminada a la lista de bellas artes o de artes liberales” (2011: 15). Desde entonces la estética ha seguido las disquisiciones estéticas de Kant, Hegel, Schiller y un sinnúmero de estetas, historiadores y críticos que, si nos situamos contemporáneamente, merodean tanto los discursos posmodernos como las críticas más severas al mismo. Desde entonces también ha pesado un malestar en torno a la estética, que Ranciere rastrea tanto desde las aproximaciones hacia lo bello y lo sublime kantianas, como desde los discursos emancipatorios y utópicos del arte con sus consecuencias fallidas, o desde el arte que acoge en los objetos de uso y en las imágenes profanas la idea de “lo mismo da”, es decir, la autonomía del arte de cualquier otro campo que lo contamine. El replanteamiento de lo estético por parte de Ranciere pretende así despejar este malestar y reubicar a este campo paradójico como un régimen específico de interpretación del arte, un régimen normativo de las cosas artísticas que es importante abordar.

La estética es una matriz discursiva que articula cómo pensar el arte, cuando y cómo reconocerlo o excluirlo, tal como ha ocurrido durante siglos con el “régimen representativo

del arte”, el que liga y articula la mimesis (una historia) a una poiesis (un modo de hacer)

y a una aiesthesis (un modo de ser) (2011: 20). Nuestro autor distingue cómo bajo este

régimen la facultad activa corresponde al artista y la facultad receptiva al espectador

(2011: 22). Esta norma de adecuación, que separa al hombre de gusto del hombre grosero (Voltaire), y “a aquellos implicados en el arte de aquellos que no lo están.”

(2011: 23), ha buscado armonizar a las obras de arte con la sensibilidad, definiendo a la estética precisamente como el campo de lo sensible. Ranciere refuta esto y plantea que

la estética no es estrictamente lo propio de la sensibilidad, sino que es el pensamiento del

sensorium 1 , el cual permite definir las cosas del arte. Este sensorium es lo que justamente

reparte lo sensible y divide la facultad activa de la receptiva, separa al artista de quien no lo es y distingue clases de sensibilidad apropiadas y normativizadas. De ahí que la apuesta rancieriana sea ética y política al mismo tiempo que estética.

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Ranciere describe una ruptura respecto al viejo régimen representativo del arte (mimesis- poiesis-aesthesis), y enuncia un nuevo régimen en el cual la formalidad creativa ocupa

también su lugar. Si partimos de la idea de que el arte permite hacer visible aquello que no

lo era (como hizo por ejemplo el impresionismo con sus innovaciones en la aproximación

óptica de la realidad), accedemos al territorio expansivo de lo que conocemos como experiencia de lo sensible. Al arte como expansión de lo sensible no le interesa la instauración de un mundo común a través de las formas (como querían las utopías estéticas), sino la exploración de una manera de redistribuir y resituar las imágenes y los

1 El sensorium es un acto de percepción que integra experiencias e interpretaciones sobre el medioambiente. Es una voz plural de sensorialidades que amplia el campo de lo sensible al terreno de lo cognosible.

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objetos que forman el mundo, “o la creación de situaciones dirigidas a modificar nuestra mirada y nuestras actitudes con respecto al entorno colectivo” (2005: 11). El enfoque rancieriano es entonces una crítica de la experiencia que toma distancia de las propias experiencias ordinarias, incluso de aquellas fundadas en la crítica y la denuncia, cuya misión “comprometida” o vanguardista tiende entrar en contradicción constantemente con su propia intencionalidad (la de la emancipación). El replanteamiento de Ranciere en la relación arte-política se ubica entonces en el potencial de ambas dimensiones para

construir espacios y relaciones, para reconfigurar el territorio material y simbólicamente,

y para replantear los aspectos temporales asociados a lo anterior. En el mismo sentido,

la política no es entonces, en principio, un asunto de toma o ejercicio de poder (aunque sí de conflicto), sino un replanteamiento de lo espacio-temporal, del tipo de espacios y tiempos, y de “la manera como se divide el tiempo y se puebla el espacio” (2005: 13). El arte no es político exclusivamente por los mensajes y los sentimientos que transmite sobre el orden del mundo, ni por la forma en que representa las estructuras o las identidades sociales, sino por la distancia que guarda respecto a estas funciones y el tipo de relaciones espaciales y temporales que establece consecuentemente, en todas las cuales han estado inmiscuidas, por cierto, cada una de las vanguardias y transvanguardias proliferantes del arte del siglo XX y XXI, siempre avispadas en reconstruir el espacio- tiempo-mundo existente.

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El arte relacional del cual habla Ranciere sería el espacio en el que los estatutos del espectador-

actor modifican e intercambian posiciones. Lo relacional no es el territorio exclusivo de un nuevo arte antes inexistente: no es una moda, estilo o escuela, sino una aproximación a los modos en que opera la relación sensible ante las creaciones artísticas, sean estas o no contemporáneas. Más allá de cualquier vanguardismo, la experiencia relacional replantea la esfera de la experiencia como una repartición y regulación espaciotemporal, una administración de lo visible y lo no visible, así como del lenguaje validado (el del hombre racional) y del ruido despreciado (el del animal que incomprende o incomprensible). A este proceso, Ranciere lo denomina el “reparto de lo sensible”.

Ante este reparto o división de lo sensible, emergen varios dilemas:

- El punto de ruptura entre lo visible y lo invisible emerge como un juego, sin un

propósito de poder efectivo sobre objetos y sujetos. Un libre juego de las facultades que proviene de la posibilidad de crear formas sensibles heterogéneas, es decir, contrapuestas a las formas ordinarias de la experiencia sensible, y que se distribuyen en sujetos deslocalizados de los regímenes tradicionales del arte (creador-espectador, etc.).

- Esta división opera en el marco de la creación y al mismo tiempo en el marco de la

política que rodea esa creación. La autonomía estética planteada por la modernidad,

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la cual separa al arte por el arte, por un lado, y el arte al servicio de la política, por otro, no deja vislumbrar otros modos de autonomía, como el de la experiencia y la percepción sensorial del mundo que ya no implica una jerarquía de la inteligencia activa sobre la percepción sensible y que involucra el problema de las relaciones entre las formas de la experiencia sensible, independientemente si el arte está o no al servicio de algo. El arte que se politiza tampoco deja por ello de perder su autonomía, toda vez que se proponga desde la materialidad o desde sus efectos “generar formas anticipadas de configuración diversa de la comunidad” (2005: 23).

- El reparto de lo sensible planteado por Ranciere se construye como un sistema que normaliza espacios, tiempos y actividades que definen un común repartido, generando así consecuentes partes excluidas. Su superación no es planteada por Ranciere sólo en el orden estético, sino como “una contradicción originaria continuamente en marcha” (2005: 25) que involucra también lo poético y lo ético. La paradoja de la obra que se encuentra sola y al mismo tiempo contiene una promesa de emancipación, es en el último caso la posibilidad de que la obra deje de ser una realidad aparte y se convierta en una forma de vida. Por eso el reparto de lo sensible aparece también como la separación del arte respecto de la vida, pero también como la mercantilización de los circuitos de producción y distribución de las obras, que genera regímenes interpretativos del arte dominantes y hegemónicos, lo mismo que regímenes que subvierten aquellos y desatan las “contradicciones originarias” y las “rupturas” que describe Ranciere.

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La apuesta de Ranciere nos introduce entonces dentro de una política del arte deslocalizada de los modelos convencionales que ligan al arte y la política en términos de política partidaria o de acceso-beneficio del poder. El giro hacia las estructuraciones espaciales y temporales como dispositivos de configuración de la vida individual y colectiva, y por ello como política de los comportamientos y las experiencias, incluidas en estas las ideas y teorías que le son consustanciales, posibilita una mirada al interior de las prácticas artísticas como generadoras de experiencias significativas, entendiendo esto como la manera en que la materialidad de la obra produce sensorialidades singulares y emergentes en las que persiste una intencionalidad emancipatoria o post-utópica.

A partir de estas consideraciones, el planteamiento rancieriano traza un camino múltiple

que resulta pertinente para reconocer las modalidades contemporáneas que no sólo

atraviesan al arte y a las prácticas artísticas, sino también a otros campos de investigación

y creación (como son los diseños). Así como resulta inútil e incluso sospechosa toda

separación apriorística entre arte y política, lo mismo ocurre con la relación arte-diseño.

Los diseños también emergen de una potencialidad para la reinvención de formas, de su capacidad para alterar la percepción de las apariencias. Aquello que la política no logra plasmar en este terreno, el arte lo potencializa a través de una exploración en las

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formalizaciones, materializaciones y figuraciones que no deja de plantear siempre nuevos descubrimientos y retos.

Por eso, más allá de constituir un arcaismo superado, la vinculación entre arte, diseño y política nos permite asimilar contextos mutantes que ponen en el panorama contemporáneo el problema de las modalidades y relaciones en la creación, así como los efectos y afectividades que inciden en los sujetos que animan la vida misma de esas creaciones. Ranciere lo explica a su manera: “La política de la forma rebelde alcanza un punto en que

ella misma se anula. Y lo hace no ya en la archipolítica de la revolución del mundo sensible, sino en la identificación del trabajo del arte con la tarea ética del testimonio en que arte

y política se encuentran, una vez más, anuladas al mismo tiempo” (2005: 32). Así que si

en algún sentido podemos reconocer una de las vertientes políticas del arte que plantea Ranciere que es la del arte que deviene vida, podemos encontrar en el campo múltiple del diseño, y no precisamente en su carácter funcional, sino en su capacidad para incidir en

la vida individual y colectiva, un hito de esa disolución y distanciamiento estético. Por otro

lado, en la apuesta por la rebeldía de las formas, o por la “forma rebelde”, aparece el encanto

de la libertad y del juego transgesor de las formas instituidas, desatando siempre territorios nuevos e inexplorados. Ambas dimensiones chocan entre sí, una de ellas se pretende fundir con la vida, mientras la otra se separa y distancía claramente. El espacio creado por esta

6 tensión prospectiva del arte parece ser el marco para rediscutir las relaciones paradójicas que Ranciere sugiere.

Las vertientes del Coloquio Narración, Estética y Política

La “forma sensible heterogénea” de la que habla Ranciere es el problema que aborda

justamente el primer Coloquio Narración, Estética y Política. En el conjunto de trabajos, aserciones, aproximaciones y aplicaciones expuestas en una diversidad de ejemplos

y campos del diseño, desde la televisión, el videojuego y el diseño industrial, hasta el

mercado de los juguetes virtuales y reales o la poesía y el cine, entre los cuales la narración ocupa un lugar clave que también problematiza Ranciere, encontramos distintas vetas para reconocer cómo el arte es partícipe de esta división o reparto sensible del mundo.

Quizás por ello el ámbito de los juegos y juguetes, concebidos como discursos, industrias

y campos creativos emblemáticos del mundo actual, son un tema recurrente y clave

dentro de estas reflexiones. Sea el juego de tablero, el virtualizado en los videojuegos o el constructivo del juguete infantil y del Lego estructurante de mundos particulares, el carácter autonomizado como sistema-mundo de esta vertiente lúdica y ampliamente extendida mercantilmente, nos revela varios aspectos importantes: los grados de estetización en los modelos y formas, los tipos de direccionalidad, sentido y simbolización en las industrias estéticas actuales, los modelos de trabajo y sus efectos en las formas de apropiación

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de estos diseños, en cuyo interior operan aquellos elementos políticos mencionados anteriormente.

En la industria cultural audiovisual y televisiva, el ver y el escuchar operan también como una configuración formalizada, estetizada y estructurante de prácticas individuales

y colectivas. Los niveles de penetración televisiva han generado un empoderamiento

espectacular de los medios masivos sin precedente, que ha constituido un cuarto o quinto poder que no deja dudas del vínculo entre artilugios estéticos, narrativos y poder. Justo en ese intrincado entrecruzamiento es donde se gestan las apuestas y gestos omnipresentes del medio televisivo, sobre todo en un entorno favorable al predominio monopólico, de tal modo que el análisis de los procesos de mediatización y creación audiovisual contribuye a desentrañar su potencial. En este sentido, la vertiente narración-estética-política integra una problemática múltiple sumamente sugerente para comprender la complejidad actual, pues el mismo principio narrativo que ligaba mimesis-poiesis-aiesthesis es actualizado con nuevos “regímenes” de lo narrativo, enfocados ante todo en la aiesthesis (el ser de las obras) y por tanto en las múltiples e infinitas formas libres que emanan de este tipo de centramiento, haciendo imposible cualquier intento de supremacía de determinada “vanguardia”. Como se ha expuesto aquí, plantear la estética en los términos de Ranciere es rediscutir las relaciones entre el arte y la política en su sentido más amplio y a la vez en sus aspectos restringidos. La posibilidad de explorar esto desde la tematización estricta de los diseños dominantes contemporáneos, como se muestra en el presente Coloquio, contribuye a sentar las bases para discutir los regímenes estéticos del arte y el diseño contemporáneos, es decir, los discursos, las tendencias, las interpretaciones y la historización y descripción crítica de las distintas prácticas artísticas, las relaciones y modelos de hacer y ser arte, que nos explican también los contextos en que se desenvuelven.

Bibliografía

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> Ranciére, Jacques. Sobre políticas estéticas. 2005. Museu d’Art Contemporani de Barcelona. Servei de Publicacions de la Universitat Autónoma de Barcelona., 82 pp.

> Ranciére, Jacques. El malestar en la estética. 2011. 1a. ed., Buenos Aires, Capital Intelectual, 168 pp.

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