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NUESTRA ÉPOCA ES PÓSTUMA

ESTHER DIAZ
Publicado en «Revista Ñ», sábado 14 de julio de 2012

Somos contemporáneos del fin de las utopías. Nuestra


herida narcisista es comprobar que la historia no disponía
ni de la emancipación, ni de la igualdad, ni de la paz
perpetua que los modernos habían soñado. La antigüedad
se regía por el pasado. La modernidad apostó al futuro.
La posmodernidad, en cambio, se quedó con todo: tiempos
simultáneos, nostalgia por lo retro, reafirmación del
presente y avances futuristas. Se trata de una época
histórico cultural que se manifiesta a mediados del siglo
pasado y culmina –o entra en crisis– en septiembre de
2001. Pero no podemos abordar el quiebre conceptual
posmoderno sin mencionar el proyecto moderno (siglo XVI
al XX) y sus tres esferas dominantes: ciencia, ética y
arte.
Habría que imaginar estas esferas atravesadas por una
flecha ascendente: el progreso impulsado por la razón. La
ciencia progresaría hacia la verdad, la ética hacia la libertad
y la estética hacia la belleza. Los beneficios serían
equitativos para toda la humanidad y las leyes,
universales. El humanismo tenía un lugar destacado en el
proyecto moderno. Y ¿de qué manera se garantizaba la
validez de las leyes? Mediante un sujeto fuerte como
fundamento de lo real, la ética y el conocimiento. Pero en
las postrimerías decimonónicas la solidez moderna comenzó
a chirriar, cincuenta años más tarde explotó.
La física newtoniana se había tambaleado con la
enunciación de la segunda ley de la termodinámica (siglo
XIX). La perplejidad que acunó a la posmodernidad
comenzó a gestarse en la esfera científica.
¿Quién fue el osado que se atrevió a tomar la esponja que
borró las certezas?
Si la materia se degrada y estamos arrojados a la
entropía, ¿qué hacer con la reversibilidad, el determinismo
y la universalidad de las legalidades científico-naturales
modernas?
Si la biología enuncia la evolución de las especies ¿habrá
que aceptar que la historia influye en leyes que los
modernos imaginaron eternas?
¿Y la teoría de la relatividad, la física cuántica, el caos, el
azar?
Ya a mediados del siglo pasado se hizo inocultable que la
racionalidad científica aplicada a la economía no produce
equidad sino riqueza exorbitante concentrada en pocas
manos y que las recién nacidas herramientas digitales
viabilizaban desarrollo tecnocientífico como el que se
incrustó en Hiroshima y Nagasaki.
Tiempo después, el Muro de Berlín arrasó ideologías. Entre
sus escombros crecieron señales posmodernas: ausencia de
fundamento, apuesta al pragmatismo, estímulos
tecnológicos y simultaneidades espacio-temporales que
alimentaron la noción de sujetos fragmentados. La
posestética emergió de las esquirlas del ideal humanístico y
su nunca logrado bienestar universal. En lugar de la paz
perpetua, nazismo, guerras mundiales, robo de bebés,
terrorismos de Estado.
La modernidad había presagiado un arte disfrutado por la
humanidad en su conjunto, aunque las inversiones
millonarias de coleccionistas privados dejaron al desnudo
esa falacia.
Como revancha, la posestética se alejó del paradigma
racional moderno y se lanzó a la hibridación de géneros y
al reciclaje.
Abandonó el funcionalismo en favor del disparate, el
simulacro, lo kitsch y lo pop.
La modernidad había sido hipócrita, prometía imposibles.
Justicia universal, conocimiento absoluto, arte como forma
de vida total.
La posmodernidad fue cínica, no disimuló oportunismos,
pastiches o ambigüedad moral.
Pero ¿ambas subsisten? o deambulamos sobre cadáveres
que, paradójicamente, emiten señales de vida. Se reflotan
significantes modernos como “revolución” y posmodernos
como “impolítico”.
Esta aporía, sumada al “orden antiterrorista” mundial
impuesto por el imperio, dificulta la búsqueda de alguna
unidad significativa que contenga tanta multiplicidad.
¿Qué nombre ponerle a nuestro tiempo?
¿Somos modernos o posmodernos?
Ni lo uno ni lo otro, y a la vez ambos.
Nuestra época es póstuma, ve la luz entre la agonía de
las prácticas desde las que nos hemos subjetivado y el
fracaso de las promesas de un mañana mejor. La caída de
las Torres Gemelas –entre cuyos escombros habría que
buscar cenizas modernas y restos posmodernos– produjo
una ruptura geopolítica signada por estados de excepción
permanente, sospecha de terrorismo generalizada, estallido
de burbujas inmobiliarias, rescates financieros irracionales,
refugiados, apátridas, indocumentados, nuevos muros
dividiendo países.
Nuestro tiempo es póstumo porque sobrevive a las
categorías político-culturales que lo hicieron posible.
Somos humanos póstumos porque vemos desaparecer las
formas desde las que hemos devenido sujetos.
Nosotros, los de ayer, ya no somos los mismos. Nosotros,
los posmodernos, ahora somos los póstumos.

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