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BIBLIOTECA DE

PSIQUIATRIA, PSICOPATOLOGIA Y PSICOSOMATICA


LEON GRINBERG, MARIE LANGER
y EMILIO RODRIGUÉ

PSICOTERAPIA
DEL GRUPO
SU ENFOQUE PSICOANALÍTICO

EDITORIAL PAIDOS
BUENOS AIRES

Copyright by EDITORIAL PAIDOS, Cabildo 2454, Buenos Aires, 1957.


Dedicamos este libro a nuestros amigos
y colegas de la ASOCIACIÓN DE PSICOLOGÍA
Y PSICOTERAPIA DE GRUPO.
INDICE

PÁG.
PREFACIO ..................................................................................................... 11
INTRODUCCIÓN ............................................................................................. 15
CAPÍTULO I. — HISTORIA Y ENCUADRE DE LA PSICOTERAPIA DEL GRUPO 23
Consideraciones teóricas sobre la iniciación y el funcionamiento de
los grupos — Freud y el psicoanálisis — Importancia de sus
generalizaciones y de su labor integradora — Psicoanálisis y su
contribución a la sociología — Individuo versus sociedad — Grupos
reducidos y numerosos — Microsociología —Revisión histórica de
medio siglo de psicoterapia de grupo — Resumen.
CAPÍTULO II. — DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y DEL GRUPO TERAPÉUTICO ... 41
El grupo familiar — Desarrollo del niño — La compulsión a la
repetición — A puertas cerradas — Los que fracasan ante el éxito —
Un grupo terapéutico — Resumen.
CAPÍTULO III. — PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS DE LA PSICOTERAPIA DEL
GRUPO ...................................................................................................... 59
Concepto del grupo en general y del grupo terapéutico en particular
— Constitución del grupo terapéutico — Cómo llegan los pacientes al
grupo — Información previa — Comunicación dentro del grupo —
Grupos heterogéneos y homogéneos — Grupos mixtos — Criterio de
selección — Indicaciones y contraindicaciones —• Funcionamiento
del grupo: composición, número de integrantes, frecuencia y duración
de las sesiones — Grupos abiertos y cerrados — Rol del terapeuta y
de los observadores — Resumen.
CAPÍTULO IV. — INICIACIÓN DE UN GRUPO ................................................... 79
Funcionamiento del grupo terapéutico — Técnica — Una primera
sesión — El grupo sin normas — El líder inicial — Naturaleza y
función del líder — Los supuestos básicos de Bion —
Líder sancionado y líder emergente — Ansiedades paranoides —
Posición esquizo-paranoide — Posición depresiva — Resumen.
10 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

PÁG.
CAPÍTULO V. — INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD DE UN GRUPO .......................... 109
Integración de un grupo psicosomático — Dramatización — In-
sight — Disociación cuerpo-mente — Somatización — subgru-
pos — Distintos significados del hablar y del silencio — A puer-
tas cerradas — La Gestalt del grupo — Su biblia, idioma, ritos
de iniciación, esquema corporal — Normas de pago — La con-
sulta al grupo — Acting out — Envidia — Resumen.,
CAPÍTULO VI. — MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO ............................ 149
La identificación como mecanismo esencial — Identificación pro-
proyectiva e introyectiva — Modificación de las estructuras emo-
cionales primitivas — Valor de la totalidad expresiva en el
grupo — Ruptura del círculo neurótico de “repeticiones del des-
tino” — Interpretación Gestáltica en el grupo — Transferencia y
contratransferencia — Valor y desarrollo del insight” — Na-
turaleza y función de los roles — Roles típicos: “chivo emisa-
rio”, “radar”, etc. — Elaboración de la situación depresiva -—Re'-
sumen.
CAPÍTULO VIL — GRUPOS ESPECIALES .............................................................. 179
Concepto de grupos homogéneos y heterogéneos — Grupos psico-
somáticos — Grupos de psicóticos — Grupos de niños — Grupos
de experiencia — Grupos preformados — Grupos fabriles — La
pareja — Resumen.
CAPÍTULO VIII. — HISTORIA Y LITERATURA. DEFINICIÓN DE NUESTRO
ENFOQUE ............. . .. .. . ........... ... ...................................................... 205
El movimiento argentino — Schilder — Slavson — Foulkes —
Bion — Ezriel — Nuestro criterio — Resumen.

INDICE ALFABÉTICO .. . ........... ... ...................................................... 229


BIBLIOGRAFÍA ....... . .. .. . ........... ... ...................................................... 239
P REF A CI O

Este es un libro sobre grupos escrito por un grupo. El escribirlo


ha sido una aventura colectiva que nos ha causado gran placer, ya
que a menudo hemos sentido que nuestro equipo constituía la trama
misma de los fenómenos que tratábamos de conceptualizar y
describir. En ese sentido nos fué muy útil. Gracias al libro pudimos
reunirnos en la tarea de aclarar nuestras ideas y de diferir y
concordar en nuestras conclusiones. Al confrontar el material
clínico y nuestra experiencia pudimos sintetizar mucho de lo que
habíamos visto, pensado y dicho en grupos, cursos y conferencias.
Antes de escribirlo, tuvimos nuestras dudas; pensamos que tal
vez fuera mejor esperar un par de años, y recoger así más
experiencia clínica. Estas dudas, sin embargo, fueron de corta
duración. Existen momentos en que un tema entusiasma; quizá esto
en gran parte se debe a que el tema es joven en nosotros y nos
contagia su optimismo. Pero creemos que la misma inmadurez de
ciertos conceptos en nuestro libro puede ser estimulante y
reemplazar, en esta forma, lo que sin duda le falta de madurez y
reposo. Así lo esperamos, al menos.
Existe una real necesidad de un libro que trate sobre el tema
de la psicoterapia colectiva. Es notable el vigor con que esta
disciplina se está desarrollando en nuestro medio. La psico-
terapia del grupo está entrando en el hospital, en la escuela, en la
enseñanza universitaria y en la fábrica. Pero frente a este cre-
12 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

ciente interés por el tema, se da el hecho de que no existe, en nuestro


idioma, ningún texto original o traducido que verse comprensivamente
sobre psicoterapia del grupo.
Todo libro se dirige a alguien; apunta y —por así decirlo— selecciona
a su lector. Y, ¿quién es nuestro lector? Está dirigido al núcleo de
personas, allegadas a nosotros, que con tanto entusiasmo han buscado
información en los cursos sobre psicoterapia del grupo, en los seminarios y
como observadores. También está dirigido a los estudiantes de psiquiatría
y de psicología que buscan orientación en el complejo campo de la salud
mental y las relaciones humanas. Nos interesa especialmente como lector
el médico, que enfoca psicosomáticamente al enfermo y busca soluciones
para el difícil problema de tratar integralmente al paciente hospitalario; y
el pedagogo que tiene que manejar grupos constantemente y que por tanto
comprende, quizá más que nadie, cuán complejo pero interesante es el
manejo de la situación colectiva. Finalmente, este libro se dirige a todas
las personas interesadas en relaciones humanas.
El presente no es un libro de texto. Mejor dicho, no lo es en el sentido
usual que se le da al término. Su enfoque no es ecléctico y no pretende
trasmitir, a modo de puesta al día, las diferentes corrientes que en la
actualidad existen en este campo. Tenemos, en cambio, una orientación
definida. En nuestro postulado básico de considerar al grupo como una
unidad social hemos estado particularmente influenciados por la obra de
Freud, de Melanie Klein, de Bion y el núcleo de terapeutas formados en
torno a la Tavistock Clinic de Londres. Si bien nuestro trabajo se basa
firmemente en esos antecedentes, creemos, con todo, que en la actualidad
tiene un sello distintivo que es el nuestro propio. “El nuestro”, aquí es el del
núcleo argentino de terapeutas del grupo a quien este libro va dedicado.
Debemos una aclaración a nuestros lectores y pacientes con
respecto a la exposición del material clínico. La necesidad de man -
tener la discreción nos obligó a presentar este material con muchas
PREFACIO 13

limitaciones. No se pudo, por ejemplo, utilizar como hubiéramos deseado,


el texto completo de una sesión. Esto puede ser frustrante para el lector.
Por otra parte puede resultarles violento a algunos de nuestros pacientes
el reconocerse a sí mismos, a pesar de nuestra cautela, en el material.
Esperamos que acepten esta situación, al darse cuenta de que, aunque
ellos se reconozcan, los demás no lo harán.
Antes de entregar este libro al lector queremos saldar una deuda de
gratitud con la señora Beatriz de la Barra de Rodrigué, que con mucha
dedicación y esfuerzo ha asumido el papel de núcleo coordinador” de
nuestro equipo.

Buenos Aires, 30 de junio de 1957.


INTRODUCCIÓN

En esta introducción se intenta ubicar la Psicoterapia del Grupo


en el escenario contemporáneo. Interesa en especial relacionar este
método terapéutico con el actual desarrollo de las Ciencias Sociales, y
también con lo que podríamos llamar la preocupación cultural de
nuestra época.
Si bien dicha preocupación cultural se manifiesta en múltiples
formas y diferentes campos, traduce un sentimiento aparentemente
simple, que constituye el “leit-motiv” de las aspiraciones humanas
desde tiempo inmemorial: el ansia del hombre por conocerse y
encontrarse a sí mismo.
H. y H. A. Frankfort [15] señalan que: “El principal interés del
pensamiento especulativo se centra en el hombre, en su naturaleza, en
sus problemas, en sus valores y en su destino. Pues el hombre no ha
logrado hacer de sí mismo un objeto de ciencia. La necesidad de
trascender la experiencia caótica y los hechos en conflicto lo llevan a
sostener una hipótesis metafísica que pueda esclarecer sus problemas
más urgentes. El hombre se obstina en especular sobre su “yo” aún
ahora...”
Asimismo, estos autores sostienen que la diferencia fundamental
entre las actitudes del hombre moderno y el primitivo frente al medio
que los rodea, radica en lo siguiente: el contemporáneo, apoyándose en
la ciencia, considera el mundo circundante como esencialmente
impersonal, lo trata como a un “ello”; en tanto que el hombre primitivo,
al personificar todos los fenómenos que percibe, convierte al mundo en
algo enteramente personal, en un “tú”.
Dichos autores aclaran este concepto, comparando ambas acti-
tudes con dos maneras de conocimiento: una, implica la relación entre
sujeto y objeto; la otra, el vínculo que se establece cuando
“comprendemos” a otro ser viviente.
16 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Desde luego, la relación entre “sujeto-objeto” es la base del


conocimiento científico, en ella descansa su posibilidad. La segunda
manera de conocer, según los autores, “es el curioso conocimiento directo
que obtenemos cuando “comprendemos” un ser que tenemos enfrente,
captando su temor, por ejemplo, o su ira”. (Las bastardillas son nuestras.)
A modo de introducción, y apoyándonos en el tipo de conocimiento
citado, creemos conveniente trasmitir una experiencia que juzgamos de
interés y que constituyó nuestra iniciación en el campo de la psicoterapia
de grupo. Este primer contacto con grupos terapéuticos, no lo realizamos
en calidad de terapeutas ni de pacientes, sino como observadores.
Provisoriamente describiremos al observador como un testigo mudo de
las sesiones de grupo. En nuestro caso el objetivo era aprender el manejo
y la técnica de esta nueva terapia.
La experiencia recogida como psicoanalistas nos llevaba a considerar
las probabilidades de éxito de este nuevo método con un cierto
escepticismo, no exento, por cierto, de una gran curiosidad por conocer la
forma en que se ingeniaría el terapeuta para resolver las dificultades que
preveíamos.
Los primeros momentos de la sesión más bien nos defraudaron. Nos
encontrábamos en una habitación frente a una serie de personas
sentadas en semicírculo, que hablaban de trivialidades en forma
deshilvanada. La conversación languidecía. Nadie se preocupaba por
mantener el interés, o centrar los comentarios alrededor de un tema.
Recién al promediar la sesión, empezamos a percibir que algo más
sucedía allí. El diálogo, que era banal si se lo tomaba aislada y
superficialmente, adquiría un singular interés al ser considerado como
una producción conjunta, e inferir su significado emocional subyacente.
Las palabras pronunciadas por los pacientes y el terapeuta,
constituían diversos aportes, que facilitaban al novicio la visión de
conjunto. En la medida en que nuestro oído, por así decirlo, percibía esta
orquestación, gradualmente íbamos tomando las contribuciones de cada
uno de los integrantes del grupo como un jalón más, que completaba,
realzaba y esclarecía las aportaciones restantes. Quizás sea más acertado
decir que lo individual y lo colectivo dejaron de ser conceptos excluyentes,
ante la constatación de que existía un dinámico ínter juego entre ambos.
INTRODUCCIÓN 17

Experiencias de este tipo tienen el carácter de un descubrimiento.


Aquí el fenómeno social adquirió una nueva dimensión. Este libro
intenta definir la naturaleza y propiedades de este campo, a la luz de
un nuevo enfoque. En este caso estaríamos aplicando la lente de
aumento a un reducido campo del fenómeno social para desentrañar su
esencia y dinamismos más profundos, en la misma forma en que
utilizamos el microscopio cuando procuramos conocer la trama íntima
de determinado tejido.
Por este motivo se nos ocurrió también la denominación de
“microsociología” para designar el estudio del tipo de experiencias de
grupo que desarrollaremos a lo largo de los sucesivos capítulos.
Para continuar con el propósito enunciado al comienzo, pasaremos
a considerar el Encuadre histórico. Tiene interés averiguar la relación
existente entre la situación contemporánea (política, social y científica)
y la creciente preocupación por el fenómeno social, en general, y por la
psicoterapia del grupo, en particular. No cabe duda de que esta última
es un fruto típico de la época. Si se nos permite la expresión, esta
terapia es uno de los enfants du siècle más indiscutidos. La tendencia
cada vez más marcada hacia la organización colectiva y la
especialización, añadido a los ajustes que tiene que hacer el hombre de
hoy para adaptarse a un medio social excesivamente inestable y
complejo, muestran hasta qué punto el momento actual resulta
propicio para el desarrollo de la psicoterapia de grupo.
Siempre existen motivos para que un interés dado, ya sea cien-
tífico, filosófico o religioso, se haya gestado en una determinada época.
La preocupación de cada generación por ciertos temas no depende
exclusivamente de los problemas prácticos del momento. Existe
también una preocupación cultural que depende de la evolución que
sufren las ideas. Coincidimos con S. K. Langer [39] en señalar que: “Si
revisamos retrospectivamente la lenta formación y acumulación de
doctrinas que constituyen dicha historia, podremos ver en la misma
ciertas agrupaciones de ideas, siendo el factor común, no el tema, sino
un elemento más sutil que puede ser llamado su “técnica”. La forma en
que los problemas son elaborados y no el tópico que tratan, es lo que
ubica una doctrina en una determinada época”.
La existencia de un problema en una sociedad no es motivo
suficiente para que éste sea encarado; tenemos el ejemplo en la
curiosa indiferencia ideológica que mantuvieron los antiguos frente
a la esclavitud. En el siglo de Pericles ninguna de las grandes
18 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

mentes se ocupó de defender ni de atacar la esclavitud. Como lo


señala Mitin Whitehead [66]: “Ni los humanitarios poseedores de escla-
vos, ni el inspirado Platón, ni los lúcidos juristas iniciaron una cam-
paña contra la esclavitud. La aceptaron como una cosa obvia. La
esclavitud estaba presupuesta en las bases de la estructura de la
sociedad”.
Para que la esclavitud llegara a convertirse en un problema
candente fué necesario que se produjeran numerosas y dramáticas
transformaciones en la evolución de las ideas y de los hechos. El
abandono de la ciudad-estado, la legislación romana, el cristianismo,
la reforma, el movimiento quákero (según los escritores sajones), etc.
Los interrogantes que se formula una época, determinan el tipo
de conocimiento que ésta cosecha. Además, las respuestas que se dan
constituyen una nueva transformación (a veces positiva, a veces
negativa) en la lenta evolución de las ideas. Dichos interrogantes son
al mismo tiempo un instrumento para la mejor comprensión del
mundo y limitan la investigación de todo aquello que cae fuera del
centro de interés. Por ello, los grandes sistemas científicos o
filosóficos que primero revolucionaron al mundo y luego lo
dominaron, tuvieron, de acuerdo con sus postulados básicos, una
influencia estimulante sobre ciertas disciplinas, e inhibidora sobre
otras.
Pasemos a revisar la preocupación intelectual de nuestra época,
interesándonos más en la forma en que encara sus problemas que en
el contenido de los mismos.
Uno de los pilares del colosal desarrollo científico de los últimos
tiempos, ha sido el vigor con que se gestaron y crecieron las ciencias
sociales. Estas ciencias, como disciplinas independientes, sentaron
sus bases definitivas en los últimos cincuenta años. Pues bien,
¿cuáles son las ideas generatrices que las animan? ¿Cuál es nuestra
modalidad, nuestra técnica para encarar el estudio del hombre?
Corrientes ideológicas de las más diversas fuentes confluyeron
para fraguar el método, el espíritu y la temática de las ciencias
sociales. Dos grandes figuras del siglo pasado ejercen una influencia
indudable sobre el pensamiento actual. Una, la de Darwin, proviene
del campo de la biología; la otra, la de Marx, del campo de la filosofía
post-hegeliana. Nadie discute la influencia de estos hombres, cuyo
aporte general conviene reseñar.
19
INTRODUCCIÓN

La teoría de Darwin se compone, en realidad, de dos partes: la


primera sostiene que todas las especies biológicas derivan, por un
proceso evolutivo, de una forma ancestral común; la segunda explica
esta evolución mediante la lucha por la existencia y la sobrevivencia
del más apto. La primera parte de su teoría es la que ha tenido más
influencia sobre nuestro pensamiento. El concepto de evolución y
transformación llevó a que se le prestara cada vez más atención a lo
que en la actualidad se denomina el principio de la continuidad
genética. Este principio conduce a observar cualquier fenómeno
psico-biológico, en busca de una secuencia que una las formas más
primitivas con las más elaboradas de un mismo proceso. El
descubrimiento de la sexualidad infantil realizado por Freud, es una
excelente ilustración de la aplicación de este principio. La mente del
hombre moderno está orientada para concebir fenómenos en términos
de procesos genéticos, o sea, en términos de gestación, desarrollo y
desenlace. Esta noción evolutiva de proceso, es básica en el enfoque
contemporáneo de las ciencias sociales.
En cuanto al legado de Marx, su aporte es más discutido por la
complejidad y diversidad intrínseca de sus ideas y por la controversia
ideológica que tiñe emocionalmente las evaluaciones. En general, se ha
tendido a subestimar su influencia como filósofo en razón de un
excesivo énfasis en la trascendencia de sus doctrinas sobre lo social,
político y económico. Quisiéramos hacer resaltar aquí, sólo su aporte
filosófico, en cuanto a la influencia del mismo sobre el método de
estudio de las ciencias sociales. En muchos sentidos Marx se anticipó
en forma notable a la noción de campo operacional, que más adelante
elaboraremos en detalle. Para Marx, como lo señala Bertrand Russell
[52], toda percepción es una interacción entre objeto y sujeto; el objeto,
considerado como un ente aislado e independiente de la actividad de
quien lo percibe, no es más que mera materia prima que recién se
transforma en valor concreto gracias al proceso de ser conocido por el
sujeto y en función de éste. Marx [41] sostiene que: . . .“El problema de
si la verdad objetiva pertenece al pensamiento humano, no es una
cuestión de teoría, es algo que pertenece a la práctica”.
Estas palabras, más que un manifiesto político constituyen un
alegato en pro de la experimentación tal como en la actualidad se
realiza en el campo de la psicología social. Su enfoque se aleja del
empirismo estático de los materialistas, ya que en todo mo-
mento tiene en cuenta el juego dialéctico existente entre objeto y
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
20

sujeto. El ínter juego de ambos configura el campo operacional. Debemos


otro aporte conceptual a Marx, que nos ayuda a comprender mejor la
trama que se desarrolla en dicho campo operacional. Corresponde a su
enfoque dialéctico el interpretar cada acontecer como resultado de un
proceso anterior y causante, a la vez, de otro posterior, estableciendo así
la continuidad evolutiva. Se incluye, de esta manera, la dimensión del
tiempo en el campo operacional.
Si dejamos el legado científico del siglo pasado, para considerar las
influencias más inmediatas, la tarea se vuelve sumamente ardua.
Además de su intrínseca complejidad, aquí entramos en un terreno donde
nuestra toma científica de posición prejuicia indefectiblemente la
elección de las contribuciones que juzgamos de importancia. Por ello, nos
limitamos a dar nuestra opinión teniendo en cuenta que ésta se
encuentra fundamentada por la índole de nuestros estudios y
experiencias.
Las ciencias sociales —en particular la psicología y la sociología—,
en su búsqueda de métodos y procedimientos específicos y autónomos,
han tenido que independizarse de dos poderosos polos de atracción. El
primero es bien conocido por todos. Recién en el siglo pasado, la
psicología y la sociología dejaron de ser ramas filiales de una filosofía que
consideraba los problemas sociológicos y psicológicos como nociones
académicas que se resolvían en el terreno de la especulación.
Pero estas disciplinas, en su afán de liberarse del campo estéril de la
especulación filosófica “pura”, cayeron en el Caribdis de querer asimilar
sus procedimientos punto por punto a los de las ciencias físicas naturales.
Era necesario adquirir status científico a toda costa, y las ciencias físicas,
con sus técnicas de medición y su rigurosa elaboración y verificación
matemáticas, constituían y todavía constituyen hoy en día el canon de lo
irreprochablemente científico.
El progreso tecnológico de los últimos tiempos testimonia que los
conceptos básicos de las ciencias naturales son válidos. Ellos, más que
darnos una concepción del mundo, han revolucionado nuestra forma de
vivir en menos de dos siglos. Pero, como lo señala S. K. Langer [39], “llama
la atención que las denominadas “ciencias del espíritu” en muy poco se
han beneficiado con esta gran aventura. Los repetidos intentos de aplicar
el concepto de causalidad en lógica o en estética, o aún en psicología y
sociología, no han sido más que fracasos. Por supuesto, se encontraron causas
INTRODUCCIÓN 21

y efectos y pudieron ser correlacionados, tabulados y estudiados;


pero aún en psicología, donde el estudio de los estímulos y las
reacciones han sido tratados -en forma exhaustiva, no se ha obte-
nido una verdadera ciencia como resultado. Si seguimos los méto-
dos de las ciencias naturales, nuestra psicología tenderá a trans-
formarse en una fisiología, histología o genética”.
En efecto, cuando el psicólogo pretende emular al físico, es
difícil que una noción nueva y estimulante se desprenda por debajo
de la imponente presentación de datos estadísticos y complicadas
minucias metodológicas. Las ciencias sociales se muestran, en su
esencia, refractarias al método matemático. La aplicación de estas
últimas ciencias, bajo la forma de cálculo estadístico, resulta un
auxiliar valioso, pero en forma alguna se aviene para elaborar
conceptos básicos en las disciplinas que tratan sobre la actividad
del hombre.
Es frente a este dilema de las ciencias sociales, que hay que
considerar la profunda revolución que constituye la obra de Freud.
Dada su importancia, merece ser expuesta en un capítulo aparte.
CAPÍTULO I

HISTORIA Y ENCUADRE DE LA PSICOTERAPIA


DEL GRUPO
Consideraciones teóricas sobre la iniciación y el funcionamiento de los grupos
— Freud y el psicoanálisis — Importancia de sus generalizaciones y de su
labor integradora — Psicoanálisis y su contribución a la sociología —
Individuo versus sociedad — Grupos reducidos y numerosos —
Microsociología — Revisión histórica de medio siglo de psicoterapia de
grupo — Resumen.
Pocos hombres deben menos que Freud a sus
contemporáneos y predecesores en el desenvolvimiento de sus
ideas. Por supuesto que todo pensador, por original que sea,
sufre múltiples influencias que imparten a su trabajo el sello
particular de su época. Aún admitiendo la influencia que
Charcot e indirectamente Schopenhauer tuvieron sobre el
pensamiento de Freud, la revolución que su aporte provocó en
la historia del desarrollo intelectual del hombre es una de las
más drásticas e incisivas que se registran.
Freud creó el psicoanálisis. Debido a que este término,
psicoanálisis, posee diversas acepciones, es común que se
enfatice una de ellas a expensas de las otras.
El psicoanálisis se inició como un método psiquiátrico
elaborado por Freud para curar trastornos neuróticos; en un
comienzo, síntomas histéricos. Luego se utilizó frente a otros
tipos de neurosis, y posteriormente en las psicosis. Hasta
ahora no hemos salido del campo de la psiquiatría, y de no
mediar la generalización que tuvieron las observaciones
recogidas en el terreno de la psicopatología, el psicoanálisis en
rigor, no sería más que un método (poderoso y de elección en
numerosos campos) y una teoría psiquiátrica.
Pero bien pronto Freud vislumbró su primer gran generali-
zación al constatar que la manifestación anormal de la mente sólo
24 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

constituye una exageración de la manifestación normal, es


decir que no difiere en su esencia. Desde ese momento el
síntoma neurótico dejó de ser considerado como estigma o
como balbuceo incongruente de la mente enajenada,
convirtiéndose en un poderoso elemento para la comprensión
de las leyes generales del psiquismo. En efecto, en muchos
casos fué necesaria la gruesa manifestación sintomática para
constatar la presencia de un fenómeno cuya influencia era
importante pero difícil de individualizar en la mente normal.
Vemos entonces que el psicoanálisis, además de ser una
terapia psiquiátrica, presenta una teoría general de
psiquismo. En este campo, Freud realizó otra generalización
de similar envergadura. En lo que se puede legítimamente
denominar psicología “pre- freudiana”, existían ciertas
manifestaciones psíquicas —además del síntoma neurótico—
que no eran tenidas en cuenta, es decir, frente a las cuales las
teorías vigentes no tenían nada que contribuir y por lo tanto
ignoraban.
Expresiones tan dispares como el chiste, los errores de la
vida cotidiana, el mito, la leyenda, la poesía y las blasfemias,
todas ellas pudieron ser integradas en un sistema que
explicaba la génesis de las mismas y las ligaba a las
manifestaciones más “académicas” de la mente (juicio,
memoria, volición, etc.). De este modo, el esquema teórico de
nuestras mentes se extendió en forma insospechada. La clave,
como es sabido, fué el descubrimiento de los dinamismos del
inconsciente.
Tanto la integración de lo normal con lo anormal, como la
concepción de que lo consciente y lo inconsciente forman un
sistema en interacción, resultaron hipótesis sumamente
fértiles. De más está decir que la noción de un inconsciente es
anterior a Freud, pero nadie había adelantado una teoría que
tomara en cuenta a lo consciente junto con lo inconsciente en
un mismo esquema conceptual. Acontecía con lo inconsciente
algo similar a lo que en la actualidad sucede con los fenómenos
extrasensoriales: se admiten pero no se sabe qué hacer con
ellos.
Pasemos a la tercera generalización que fecundiza el pensa-
miento freudiano. Para ello retornemos al síntoma neurótico. Las
primeras pacientes de Freud sufrían de síntomas histéricos de
conversión. Una enferma, por ejemplo, padecía de una parálisis
del brazo derecho; trastorno éste que no se debía a un daño neuro-
lògico, sino al tipo de manifestaciones denominadas funcionales.
En éste y otros casos se pudo ver, conociendo íntimamente la his-
HISTORIA Y ENCUADRE 25

toria de la paciente, que la parálisis que sufría estaba


conectada con episodios traumáticos del pasado. Más aún, la
reconstrucción del pasado y la elaboración de las situaciones
causantes, traía, en numerosos casos, la superación del
síntoma. Experiencias de este tipo le permitieron a Freud,
desde el comienzo de sus investigaciones, comprobar la
existencia de una íntima interconexión entre lo que llamamos
“mente” y lo que llamamos “cuerpo”. Además, al constatar el
papel que las emociones —la vida instintiva— desempeñan en
la conducta normal y patológica, Freud fué construyendo un
esquema del desarrollo total del individuo desde la infancia
hasta la madurez, en el que se pudo verificar la interrelación
que existe entre cuerpo y mente. Ello le llevó a formular que
“el Yo es antes que nada un yo corporal”, es decir, que lo que
llamamos “nuestra mente”, “nuestro ser” o “nuestra perso-
nalidad” es una entidad que nace con las primeras
sensaciones, las primeras manifestaciones corporales de
placer y de malestar.
Las investigaciones de Freud contienen las primeras
formulaciones explícitas de una unidad psico-física. Bástele
recordar al lector su definición de instinto como un fenómeno
que tiene una doble modalidad de expresión, ya que se
evidencia mediante manifestaciones fisiológicas en su faz
somática y mediante fantasías inconscientes en su faz
psicológica.
Habíamos visto que lo normal y lo patológico, que lo cons-
ciente y lo inconsciente, fueron incluidos en esquemas más
amplios, gracias a la elaboración de una teoría que, al unificar
estos dualismos, explicaba toda una nueva serie de fenómenos
que hasta ese entonces eran marginales a la psicología
académica pre-freudiana. Vimos que otro tanto sucede con el
problema de cuerpo versus mente.
Esta breve reseña muestra cómo el pensamiento de Freud
revolucionó la psicología en la medida en que mostró las
conexiones existentes entre una serie de fenómenos que
previamente eran considerados en forma independiente. Es
importante tener en cuenta esta tarea integradora de Freud
antes de pasar a otro postulado básico del psicoanálisis que
tiene una conexión especial con el tema de este libro.
Formulémonos la siguiente pregunta: ¿En qué forma el psico-
análisis ha encarado la relación entre el individuo y su ambiente,
entre persona y sociedad? Como a menudo sucede, un interro-
gante presupone otro anterior; en este caso, para conocer el enfo-
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
26
que de Freud, es preciso saber de dónde partió, es decir,
inquirir cuáles eran las ideas generalmente aceptadas a fines
del siglo pasado sobre la influencia mutua entre individuo y
sociedad.
En este terreno, las creencias imperantes en el siglo
pasado son instructivas. Una disputa clásica dividía la
especulación en dos bandos. La controversia entre (lo que hoy
denominamos) el “psicologismo” y el “sociologismo” es quizá
una de las más obcecadas que registra la historia de las ideas.
Por un lado, estaba la escuela nominalista, que negaba la
existencia de la sociedad como concepto unitario y válido,
postulando que las manifestaciones de un grupo solo
constituyen un agregado de expresiones individuales y sólo es
comprensible, por tanto, en términos de las conductas de los
individuos. Por el otro, la escuela realista adelantaba la
hipótesis opuesta; a saber, que la manifestación del individuo
está condicionada por el ambiente social en que se
desenvuelve. Cada bando, como se ve, estaba dispuesto a
minimizar el papel ya sea de la sociología, ya de la psicología,
según el caso. Los primeros sólo querían hablar en términos
de determinantes psíquicas; los segundos de constelaciones
sociales. Como bien lo señala Germani[ 21], ambas teorías “. ..
fundábanse sobre la radical antinomia de ambos términos
—individuo y sociedad—; antinomia insuperable al tratar esos
conceptos de manera abstracta, como entidades
absolutamente separadas, cerradas e impenetrables”.
Estamos tentados de seguir al profesor Germani en su
descripción de cómo esta antinomia aparentemente
irreductible fué superada. Señala el autor que la nueva teoría
de interacción psico-social difiere de las ya expuestas, al
concebir a la sociología y a la psicología, no como teorías
finales sino como dos enfoques. Enfoques en su acepción
literal, es decir, puntos desde los cuales se mira un
determinado fenómeno. Así, la psicología y la sociología no se
oponen programáticamente; por lo contrario, lo fecundo es que
cada una ve (es decir percibe, concibe, especula) desde su
perspectiva. En el feliz aforismo de Gurvitch [ 25], “Sociedad
total e individuo total, coinciden”, o sea no son dos los objetos
de estudio; dos son, en cambio, los instrumentos con que se
estudia ese fenómeno errático y elusivo que es el hombre.
Germani ha dejado de lado un factor que juzgamos
importante al estudiar la transformación del' dualismo
individuo v. sociedad en la teoría actual de una unidad
psico-social. No aparece el aporte de Freud. Omisión
doblemente importante, dado que dicho aporte no ha sido
adecuadamente valorado. Veamos esto en detalle.
HISTORIA Y ENCUADRE 27

Pero antes quizá convenga intercalar una advertencia. Es


posible que el lector, después de haber leído nuestra
apreciación de la obra de Freud, la estime exagerada y juzgue
que, como todo discípulo ante el Maestro, realizamos una
apología indiscriminada de su obra. No es posible descartar
tal posibilidad. Ya señalamos en la introducción lo difícil que
resulta la objetividad al sopesar los aportes de las diferentes
escuelas psicológicas contemporáneas. Es especialmente
importante tener presente este parcialismo doctrinario al
evaluar la contribución freudiana a la sociología. Aquí, el
problema es doble. Con gran facilidad se corre el peligro de
sobrevalorizar su aporte, pero no es menor el riesgo de sub-
estimarlo.
Lo sobreestiman aquellos que consideran que
extrapolando las conclusiones obtenidas en psicoanálisis
clínico, se obtienen generalizaciones válidas para el campo de
la sociología. Tomemos, entre otras cosas, esta cita de Heinz
Hartmann [26], sacada de su ensayo sobre “Psicoanálisis y
Sociología”: “Si, como analistas, nos preguntamos cuáles son
las causas de la guerra y de la paz, o de un movimiento
religioso, si nos preguntamos por qué ciertos dirigentes
políticos obtienen el poder y por qué ciertos grupos específicos
se conducen respecto al dirigente de una manera más bien
que de otra, creemos que podemos contribuir a la solución de
esos problemas por medio de la comprensión de las relaciones
de los individuos y tipos ante situaciones concretas”.
Estamos en desacuerdo con esta idea. La respuesta que el
analista puede dar a esos interrogantes tendrá un vuelo y
profundidad proporcional a la cultura y experiencia humana
que posea. Pero sus inferencias serán especulaciones o
analogías y, por lo tanto, de escaso valor científico.
En verdad, creemos que el psicoanálisis ha realizado
pocas generalizaciones sociológicas de valor. Tomando el
ejemplo de la cita de Hartmann, la conclusión analítica de que
las guerras son la expresión de los impulsos agresivos del
hombre, no es que sea inexacta, es poco significativa. En la
obra conjunta de Freud, son las generalizaciones sociológicas,
quizá, las únicas que han envejecido prematuramente.
Volveremos sobre este tema al tratar el problema
metodológico del campo operacional.
¿Cuál es entonces la genuina contribución del
psicoanálisis a la sociología? Nos parece que hay que
distinguir tres tipos distintos de contribución.
28 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

1) El reconocimiento de la importancia decisiva del medio


ambiente en el desarrollo del hombre: La participación de los
factores históricos en la estructuración de la personalidad
ocupa un lugar central en la teoría analítica. En el capítulo
siguiente estudiaremos en mayor detalle esta contribución.
2) La teoría del super-yo: Esta noción se desprende de la
contribución anterior. Viene a ser una teoría operacional, en
cuanto explica en qué forma la sociedad actúa sobre el
individuo. Parte de la base de la interacción entre un mundo
de objetos externos y un mundo de objetos imaginarios
internos. Estos últimos, como luego veremos, son un complejo
producto de fantasía y realidad. El super-yo, en las
formulaciones psicoanalíticas más recientes, es el sistema
constituido por la totalidad de los objetos internos. De esa
forma, la sociedad —con toda la complejidad de sus institu-
ciones— pasa a ser una entidad interna asimilada a la
estructura íntima del individuo. Este descubrimiento del
psicoanálisis, más que ningún otro, superó la antinomia del
siglo pasado entre individuo y sociedad. No se puede hablar de
ellos aisladamente, ya que ambos están por igual
representados en la naturaleza íntima del Yo. Y esto no es una
mera metáfora; para el psiquismo, es una realidad actuante.
Ya el eminente sociólogo Durkhein [ 7] intuyó, a este
respecto, mucho de lo que después fuera explícitamente
formulado por Freud y sus continuadores. Así, en un pasaje de
su Sociologie et Philosophie señala que: “al mismo tiempo que
la sociedad es trascendente con respecto a nosotros, nos es
inmanente y la experimentamos como tal. Al mismo tiempo
que nos desborda, nos es interior, puesto que ella no puede
vivir sino en nosotros y por nosotros. O, más bien, ella es
nosotros mismos en cierto sentido, y nuestra mejor parte
además”. (Las bastardillas son nuestras.)
3) Pero quizá la contribución más importante que
realizara el psicoanálisis en la imbricación de la psicología con
la sociología, se refiere a un asunto de método o
procedimiento. Como es sabido, toda ciencia trata de fundar
sus postulados sobre datos obtenidos por la experimentación.
El observador trata de presenciar, de ser testigo del fenómeno
que intenta describir, comprender, clasificar, etc. Se ubica en
lo que se ha denominado el aquí y ahora de la situación
problemática.
Se suele considerar que el psicoanálisis es un método opuesto
al de esta observación directa. En la medida en que el analista
HISTORIA Y ENCUADRE 29
se remonta al pasado del paciente en busca de motivaciones
traumáticas que expliquen la génesis de sus conflictos, se
podría concluir que este método, en vez de concentrarse en el
“aquí y ahora” de una situación dada, se dirige, por así decirlo,
“al allá y entonces” del pasado. En realidad, el análisis
conjuga ambos enfoques. La naturaleza del fenómeno
transferencial da la clave de esta aparente paradoja. La
situación transferencial permite la reconstrucción del pasado
en la medida en que éste se manifiesta como una reviviscencia
en el presente.
Freud fué el primero en reconocer este fenómeno y en
convertirlo en instrumento técnico. Descubrió que el paciente
transfiere el pasado en el presente, proyectando en el extraño
los atributos de las personas que le son más familiares y, en
especial, los primeros objetos que desempeñaron un papel
central en su infancia.
Aquí cabe preguntar a qué se debe que el hombre
invariablemente transfiera sus emociones e impulsos. Este
punto aún no está del todo claro. La experiencia analítica
sugiere que lo que en psicología se denominan emociones, es
en realidad un proceso complejo, el que no sólo está ligado a
una fuente instintiva, sino que siempre se expresa en función
de un objeto. O sea, que no existe un deseo en el vacío, siempre
se desea algo concreto. Toda emoción está referida a una
persona o cosa en la experiencia inmediata del sujeto. De
modo que cuando el paciente nos refiere su vida —es decir, sus
recuerdos, sus impresiones, sus planes y expectativas—, ese
relato es, en cierto sentido, muy real, inminente e inmediato.
Esas emociones adquieren un sentido más completo, si se
comprenden en función del presente inmediato con el analista.
Expresan lo que el paciente desea y teme que acontezca, en
ese momento, entre él y su analista.
Se puede decir que Freud pudo, por vez primera, integrar
la vida emocional del hombre en una teoría sistemática de la
psiquis, porque estudió esta expresión de la mente en su
contexto adecuado. Para que este fenómeno se pusiera bien en
evidencia se necesitaba la concurrencia de, por lo menos, dos
personas. Una que experimenta la emoción y otra hacia quien
la emoción va, dirigida. Este campo, que llamaremos por lo
tanto bi-personal, resultó sumamente favorable para la
comprensión de la vida afectiva.
La psicología asociacionista del siglo pasado fracasó en com-
prender la naturaleza de las emociones, en buena parte por haber
aplicado el método inadecuado de la introspección. Por compa-
30 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

ración con el método bi-personal analítico, se puede


denominar a la introspección como un método unipersonal (o,
más adecuadamente, un método que opera con un campo
unipersonal). La introspección, que fué tan útil para la
comprensión de los “estados de consciencia”, no se prestaba
como campo experimental para la comprensión sistemática de
los afectos.
Las consecuencias de la noción de campo han
revolucionado a la psicología y pueden tener una influencia
considerable sobre todo el panorama de las ciencias sociales.
Este planteo constituye Una de las tesis básicas del presente
libro. Lo revolucionario de la noción de campo es su programa
metodológico. Formula que es necesario reunir en el “aquí y
ahora” del proceso a estudiar, una serie de condiciones para
que ese fenómeno se ponga en evidencia. Así, dos personas son
necesarias para que determinados afectos se pongan de
manifiesto. Casi se podría hablar de distintas psicologías:
uni-personal, bi-personal, etc. Esto nos lleva a considerar una
nueva psicología: la multipersonal o “microsociología”.

MICROSOCIOLOGÍA
La sociedad está formada por grupos. Existen grupos de
todo tipo: la madre con el niño en brazos forma un grupo;
también tenemos al grupo familiar, al escolar y toda clase de
grupos sociales, vocacionales y de trabajo. Del mismo modo
cabe decir que una nación o una confederación de naciones,
constituyen un grupo. Los grupos sociales incluyen, desde los
agregados relativamente simples, hasta los muy complejos. Se
puede decir, simplificando, que la psicología dinámica se
ocupa de los primeros y la sociología de los últimos.
Ahora bien, el campo formado por un grupo de dos
personas, es totalmente distinto de aquel que está formado
por un millón de personas. Diferentes leyes se vuelven
ostensibles en cada uno de ellos. El primero permite hacer un
estudio más o menos exhaustivo de las motivaciones
psicológicas de la pareja que lo integra; el segundo permite
estudiar la incidencia de ciertas variables sociológicas. Ambos
grupos presentan, asimismo, sus serias limitaciones. El
primero es demasiado simple y reducido para permitir una
generalización sociológica; el segundo es demasiado numeroso
y complejo para permitir una ejemplificación psicológica.
HISTORIA Y ENCUADRE 31

El grupo de dos personas, así como el de un millón de


personas, es, en cierto modo, atípico. El primero, por lo
reducido se presta, como luego veremos, para extraer
conclusiones engañosas. El segundo dada su amplitud, carece
de cohesión, ya que sus miembros sólo rara vez y a través de
símbolos muy generales (ej.: la bandera, etc.), tienen la noción
de pertenencia al mismo. En realidad, sólo con grupos
reducidos mantenemos contactos más o menos íntimos y ellos
constituyen las verdaderas matrices de nuestra vida social.
El estudio de los grupos reducidos, es un campo de enorme
interés, cuya área es limítrofe y marginal con respecto a las de
la psicología bipersonal y a la de la sociología de los grandes
grupos. El estudio de los grupos reducidos constituye lo que se
ha denominado la micro sociología. Este término es adecuado,
ya que delimita una disciplina que es, en cierto sentido,
autónoma. Recordemos, en relación con el aforismo de
Gurvitch, que ha sido benéfico tanto para la sociología como
para la psicología, el considerar que estas ciencias
representan enfoques distintos del mismo fenómeno humano.
Bien, entendemos a la microsociología como una tercera
perspectiva cuyo enfoque, por ser intermediario, puede y debe
beneficiar a ambas disciplinas.
Vimos que la psicología unipersonal permitió profundizar
en los estados de consciencia, pero fracasó en el terreno de las
emociones; vimos también cómo ahí fué donde obtuvo su mejor
cosecha la psicología bipersonal (el psicoanálisis); asimismo
creemos que la psicología multipersonal (o microsociología)
constituye el campo óptimo para el estudio de la psicología
social.
Si se aplica con cierta cautela, una analogía con lo que
sucede en la física puede ser ilustrativa. Lo mismo que con la
sociología, existe hoy en día una macro y una microfísica. Fué
esta última, al estudiar los sucesos infinitesimales, —la
conducta de los electrones— la que revolucionó nuestros
conceptos sobre el mundo físico. Ciertas leyes básicas de la
naturaleza —la constante de Planck— sólo pudieron ser
verificadas con la considerable simplificación del campo que
presupone los métodos microfísicos. Del mismo modo, creemos
que ciertas variables psico-sociales sólo pueden ser
diferenciadas en un medio adecuado; es decir, estudiando
sistemáticamente la conducta de los grupos reducidos.
32 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

REVISIÓN HISTÓRICA DE MEDIO SIGLO DE


PSICOTERAPIA DEL GRUPO
Después del programa optimista y, si se quiere, ambicioso,
que hemos descrito en páginas anteriores, pasemos a
considerar ciertas duras realidades. Recientemente, a partir
de la última guerra, la psicoterapia del grupo se ha difundido
enormemente, en especial en los Estados Unidos. Existe en la
actualidad, una copiosa literatura. Esto es, aparentemente, un
buen indicio; pero el análisis de la naturaleza de estos
trabajos, revela datos que nos hacen reflexionar.
En la última estadística que cita B. Kotkov [ 35] en su
artículo intitulado “Research” (1956), vemos que sólo el 2 % de
los trabajos publicados sobre psicoterapia del grupo versa
sobre experimentación, y apenas un 4 % se dedica a los
métodos y a los procedimientos de esta terapia. En franco
contraste, los trabajos sobre evaluación de resultados
terapéuticos alcanzan el elevado índice de 60 %. Estas cifras
reflejan lo alarmante del problema. Algo crítico le acontece a
una disciplina cuando su literatura prácticamente se limita a
ratificar su eficacia y apenas si soslaya los temas generales de
método y de teoría.
Y la verdad es que la microsociología carece en la
actualidad de una teoría específica y de instrumentos
adecuados. Se encuentra en pleno período formativo,
tanteando su camino. Veamos, panorámicamente, cuál ha sido
el sendero recorrido. Para esto, es preferible desechar el
criterio cronológico estricto, enmarcando las diferentes
contribuciones en una serie de tendencias o corrientes básicas.
La psicoterapia del grupo fué iniciada por Pratt en 1905 al
introducir su sistema de “clases colectivas” en una sala de
pacientes tuberculosos. La finalidad de la terapia consistía en
acelerar la recuperación física de los enfermos, mediante una
serie de medidas sugestivas destinadas a que los enfermos
cumplieran de la mejor forma posible su régimen dentro de
un clima de cooperación o, mejor dicho, de emulación. Las
clases o sesiones a las que concurrían más de 50 pacientes,
constaban de una breve conferencia del terapeuta, que
disertaba sobre la higiene o problemas del tratamiento de la
tuberculosis. A continuación, los pacientes formulaban sus
preguntas o discutían el tema con el médico. En estas
reuniones, los enfermos más interesados en las actividades colec- -
tivas y los que mejor cumplían con el régimen, pasaban a ocupar
HISTORIA Y ENCUADRE
33

las primeras filas del aula, estableciéndose un escalafón


jerárquico bien definido, conocido y respetado por todos. En vista
de los buenos resultados que daba este método, Pratt [ 48] escribió
un trabajo preliminar en 1906, que amplió en los años
subsiguientes. Pronto, otros probaron su técnica con resultados
similares.
El mérito de Pratt fué el de utilizar en forma sistemática y
deliberada las emociones colectivas en la persecución de una
finalidad terapéutica. Su técnica se apoya en dos pilares. Por un
lado, activa en forma controlada la aparición de sentimientos de
rivalidad, emulación y solidaridad en el grupo; por el otro, el
terapeuta asume el rol de una figura paternal idealizada. El
método estimula la identificación del enfermo con el médico. El
sistema de promociones, que premia al “buen paciente”
acercándolo al terapeuta, ilustra gráficamente dicho propósito.
Considerando la importancia de la idealización del terapeuta, no
es de extrañar que la estructura y función de este tipo de grupo
sea similar a la de ciertos grupos religiosos que persiguen fines
parecidos.
A los métodos que siguen las directivas de Pratt los
denominamos genéricamente terapias exhortativas paternales
que actúan “por” el grupo. Decimos que actúan “por” el grupo, ya
que incitan y se valen de las emociones colectivas sin tratar de
comprenderlas. El grupo es empleado como un medio expeditivo
y económico de influenciar a numerosas personas. Por ello
generalmente se ha empleado no como terapia central, sino como
medio auxiliar para reforzar cierto plan terapéutico (en el caso de
Pratt para imponer normas de higiene en el tuberculoso).
Dicho sea de paso, llama la atención que durante los
primeros años, los pioneros de la psicoterapia del grupo (Pratt,
Buck, Chappel, etc.), emplearon este método con enfermos que
padecían de trastornos orgánicos y no con pacientes
psiconeuróticos. Como este método buscaba la solidaridad del
grupo para obtener fines terapéuticos secundarios, el paciente
neurótico, con sus conflictos interpersonales y mala socialización,
se avenía mal a dicho fin.
A partir de esta primera corriente, que todavía cuenta con
adeptos, se ha producido una interesante diferenciación, que
denominaremos terapias que actúan “por” el grupo con estructura
fraternal. En este caso, el dinamismo es análogo: incitar y canalizar
emociones colectivas en grupos solidarios; el tipo de relación entre
el grupo y el terapeuta es, sin embargo, diametral- mente opuesto al
de la corriente ejemplificada por Pratt. En lugar de idealizar al
terapeuta, esta corriente estimula una fraternidad que busca la
34 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

máxima homogeneización de sus miembros, disminuyendo por


lo tanto el liderazgo al mínimo. El ejemplo más acabado de
esta tendencia terapéutica se encuentra entre los “Alcohólicos
Anónimos” (los A. A.), organización iniciada en 1935, de gran
popularidad en los EE. UU. en los últimos años, y que viene a
ser una especie de gremio de alcoholistas reformados. Los
A.A., más que un grupo terapéutico forman una sociedad con
contribución económica y participación voluntaria de sus
miembros. El efecto terapéutico se basa en que el
ex-alcoholista puede influenciar más eficazmente a otro
alcoholista. Este último es capaz de identificarse más
plenamente con su reformador, al saber que éste ha tenido el
mismo problema y —lo que no es menos importante— ante el
hecho de que ha podido superarlo. La dinámica de esta terapia
es ingeniosamente eficaz, pues el ex-alcoholista se beneficia a
su vez “rescatando” al paciente, y de esta forma sublima y
elabora vicariamente las tendencias que lo llevaron a la
bebida.
Los A.A. se reúnen semanalmente en un tipo de reunión
similar a las de Pratt, en el sentido en que se discuten temas
relacionados con su misión, con la excepción ya señalada de
que en este tipo de grupo no existe ningún líder que no sea
“uno de nosotros”. Como factor dinámico de curación diremos
que este tipo de terapia busca a través de su carácter
“fraternal”, disminuir la rivalidad y envidia dentro del grupo,
características éstas que son precisamente las más marcadas
en un grupo de alcoholistas, por tratarse de personalidades
con una voracidad y agresividad oral marcadas. Los A.A.
representan el tipo más elaborado de esta corriente dentro de
las terapias colectivas, constituyendo la máxima diferencia-
ción de un movimiento iniciado años atrás y que tiene en
Marsh su principal exponente. El trabajo de Marsh [ 40]
muestra el intento por parte del terapeuta de disminuir en lo
posible la autoridad que le confiere Su rol profesional,
tratando de que “. . .el objetivo del tratamiento sea el de
estimular e inspirar en los pacientes un estado de ánimo feliz,
de la misma forma en que un acto religioso dramatizado
(revival) hace renacer el espíritu religioso”. Para Marsh, el
contenido de la charla o conferencia no tiene mayor
importancia; lo importante es crear el ambiente propicio.
La negación de la envidia y rivalidad en el grupo se pone en
evidencia en la siguiente máxima de Marsh: “El enfermo mental
no debe ser considerado como un paciente sino como un
estudiante que ha fracasado en el gran tópico de la civilización”.
El enfoque de March, y lo mismo cabe decir del de Wender, Low y
HISTORIA Y ENCUADRE
35

Lazell, se aproxima aún más al de los A.A. cuando el paciente


mental abandona el hospital, ya que se le estimula a que entre
en una asociación de ex-enfermos que trabaja activamente en
la vida social de la institución. Los ex-enfermos entran en
contacto directo con los pacientes hospitalizados narrando la
historia de sus mejorías, y contribuyendo en general a elevar
la moral de la institución.
En la concepción del psicodrama, creada por Moreno [45]
en 1911, encontramos ciertos elementos de la terapia “por” el
grupo con carácter fraternal. El psicodrama es un instrumento
terapéutico más sofisticado y profundo. Consiste, como su
nombre lo indica, en la dramatización de los conflictos
psicológicos del paciente, por parte de un equipo especializado
de psiquiatras y asistentes que ofician de “Yo auxiliares”.
Junto a la catarsis y a la “personificación lúdica” (esta última
subrayada por M. Klein en el psicoanálisis de niños) como
factores terapéuticos, no debemos descartar la importancia de
la estructura social fraternal en este tipo de grupo, donde la
dramatización impone un libre intercambio de roles y donde se
minimiza el papel del líder formal. En realidad, el psicodrama
representa una forma transicional de terapia, ya que tiene un
elemento esencial en común con la corriente que vamos a
pasar a describir.
Resumiendo: las dos grandes corrientes de psicoterapia
colectiva que hemos descrito tienen un tronco común,
caracterizada por su dinámica, que consiste en lo que hemos
denominado actuación “por” las emociones del grupo, sin
tratar de comprender su naturaleza ni modificar la estructura
que subyace a las mismas. En líneas generales, tienden a
estimular lo que popularmente se designa como “buenos
sentimientos” del grupo. Secundariamente, ambas corrientes
se bifurcan en lo que respecta al papel de líder. La primera
busca la identificación de los pacientes por la idealización con
un líder de tipo paternal-deístico; la segunda, por lo contrario,
tiende a formar gremios o “fraternidades”, aboliendo en lo
posible todo liderazgo.
Estas orientaciones son terapéuticamente útiles y, si bien
son superficiales, tienen el mérito de haber llamado la
atención sobre la importancia de la “socialización” del
paciente, ya sea dentro de la institución o en su readaptación a
la sociedad. Finalmente, tiene la ventaja de poder agrupar a
gran número de enfermos (las cifras oscilan entre los 30 y los
100, según los actores), con los consiguientes beneficios
prácticos.
36 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Ahora pasaremos a considerar una tercera corriente


dentro de las terapias colectivas, que tiene una importancia
mucho mayor que las otras dos por su gran difusión y por las
consideraciones teóricas que la animan. Para nosotros, esta
corriente tiene especial interés por haber sido inspirada en el
psicoanálisis. En la medida en que nuestro planteo, si bien
procede de la misma fuente, difiere considerablemente del de
esta escuela, es menester tratar de diferenciar bien ambas
posiciones. Ello nos induce a destacar los elementos en que
hay incompatibilidad de enfoques.
Vamos a ocuparnos de las figuras más representativas
dentro de esta corriente, es decir de Slavson [ 62], Schilder [57] y
Klapman [30]. Tomaremos los fundamentos que son comunes a
sus respectivos enfoques, sin tener en cuenta las diferencias
menores de técnica que los mismos exhiben. Las aportaciones
de Schilder y Slavson, tan influyentes en el panorama actual,
serán tratadas más en detalle en el capítulo sobre literatura.
Esta corriente introduce la interpretación en la situación
colectiva, aplicando al grupo una técnica de orientación
psicoanalítica. La importancia de este factor nunca será
suficientemente ponderada; con la interpretación se introduce
un instrumento capaz de comprender y de modificar los
dinamismos más profundos del grupo y, por tanto, de
transformar su estructura. La interpretación reemplaza al
procedimiento sugestivo inspiracional de las terapias “por” el
grupo.
Al pasar del análisis individual al colectivo, de inmediato
se presenta un problema: ¿a quién interpretar? En la terapia
individual esto es tan obvio que ni siquiera se pregunta, pero
al punto surgen dificultades cuando el terapeuta se enfrenta
con varios individuos reunidos en torno a él. En la solución de
este problema estriba la principal diferencia práctica —y
también teórica— entre los procedimientos que pasaremos a
describir y los nuestros.
Tanto Slavson como Klapman buscaron la solución de esta
dificultad empleando lo que se podría describir como un artificio,
que consiste en tratar de unificar al grupo de varias maneras, de
modo que la interpretación dada en su seno valga para todos (o
para la mayoría) de los participantes. Estos artificios son de muy
diversa índole y para uno de ellos, por lo menos, hasta parece
injusta la apelación. Empecemos por éste.
HISTORIA Y ENCUADRE 37

1) HOMOGENEIZACIÓN DEL GRUPO:


Para obtener la unificación del grupo, Slavson, por ejemplo,
trata de integrar al mismo con pacientes que posean las mismas
características, no sólo en lo que respecta a la enfermedad, sino
también al sexo, edad, nivel socio-económico, etc. A estos grupos
se los denomina grupos homogéneos.
2) ESTRICTA SELECCIÓN DE LOS INTEGRANTES:
Como se necesita un alto grado de colaboración para obtener
la respuesta deseada a la interpretación, es necesario que el
grupo no tenga miembros que, por diferir de la norma imperante
y, sobre todo, por presentar una enfermedad mental aguda o
seria, puedan afectar la marcha de las sesiones. Al punto se
evidencia la importancia práctica de (1) y (2) ya que imponen
límites muy estrictos a los criterios de formación de grupos y
selección de pacientes. Como se verá en el capítulo III, la
naturaleza de nuestro enfoque modifica y amplía
considerablemente estos criterios.
3) “PREPARACIÓN” DEL GRUPO:
La mayoría de los autores inician la sesión proponiendo un
tema que verse sobre la experiencia general o específica de ese
grupo. De tratarse de un grupo de pacientes que adolecen de un
mismo trastorno, por ejemplo de pacientes obesos o diabéticos, el
terapeuta disertará sobre algunas manifestaciones generales de
la enfermedad, a fin de presentar un tópico común de discusión.
En otras circunstancias presentará, en forma anónima, el
problema pertinente a uno o más de sus miembros. Esta medida
pedagógica de “preparación” tiene por fin la unificación del
grupo.
La labor del terapeuta consiste en orientar y mantener la dis-
cusión y, eventualmente, interpretar las causas o motivaciones
de un determinado problema que se presenta al grupo. La
interpretación, y este es un punto de suma importancia teórica y
práctica, va casi siempre dirigida al problema de un determinado
individuo del grupo. La hipótesis que respalda esta actitud es la
siguiente: en la medida en que el grupo es homogéneo, lo dicho
para el paciente A es en gran parte benéfico y aplicable a los
pacientes B, C y D, ya que ellos presentan una constelación
análoga de conflictos. Se busca el beneficio indirecto, o por
resonancia, de las interpretaciones dadas a un individuo en el
grupo.
Como se ve, este método transporta directamente al grupo la
técnica del psicoanálisis individual. Simplificando, casi se podría
38 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

decir que viene a ser un análisis individual, realizado sobre


distintos miembros, frente a un grupo que asiste y que se
beneficia en la medida en que se encuentra identificado con
cada uno de los problemas individuales discutidos. Por ello la
denominamos, terapia interpretativa individual “en” el grupo.
Finalmente llegamos a la técnica interpretativa “de”
grupo. Este tipo de terapia toma al grupo como fenómeno
central y punto de partida de toda interpretación. Es decir,
concibe al grupo como una totalidad, considerando que la
conducta de cada uno de sus miembros siempre se ve
influenciada por su participación en ese seno colectivo. Si A
trae su problema, éste afecta de múltiples maneras a B y C.
En un momento pueden sentirse identificados con A, para
luego sentir que A esté acaparando la atención del terapeuta o
haciendo quedar mal al grupo como entidad. Este tipo de
enfoque no minimiza la importancia de lo individual, pero
considera que lo individual debe ser siempre contemplado
dentro del marco colectivo desde donde se manifiesta.
Recién con un planteo que toma al grupo como una gestalt,
entramos en el terreno de la microsociología. Aquí se encara al
campo multipersonal como un fenómeno digno de ser
estudiado por sí mismo. Es una psicoterapia “del” grupo y no
del individuo “en” el grupo, o de los pacientes “por” el grupo.
El lector quizá se pregunte cuál es la situación
transferencial en el grupo. No hay que olvidar que, en el
análisis individual, la situación transferencial involucra a
ambos participantes, siendo el analista el recipiente de las
proyecciones actualizadas del paciente. De la misma manera,
consideramos que la situación transferencial en el grupo está
dada por la interacción de la totalidad de sus participantes. La
estructura más compleja del grupo crea una correspondiente
complejidad en las proyecciones transferenciales resultantes.
En los siguientes capítulos de este libro tomaremos en
detalle este punto, ilustrando su manejo en la práctica.

RESUMEN
Freud revolucionó la historia intelectual del hombre al
demostrar científicamente la existencia y enorme importancia
del inconsciente y al elaborar sobre este descubrimiento una
teoría general del psiquismo.
HISTORIA Y ENCUADRE 39

En el siglo XIX, existían todavía una serie de antinomias


que se consideraban irreductibles: normal-patológico;
consciente-inconsciente; cuerpo-mente. Freud logró
integrarlas en un sistema mucho más amplio y complejo, lo
que trajo como consecuencia la comprensión de una serie de
fenómenos que hasta ese entonces se habían mantenido fuera
de la psicología “académica”, y por ende una ampliación
inusitada de los límites de esta ciencia.
Algo similar ocurrió en el terreno de la sociología. El psico-
análisis aportó contribuciones de importancia para la solución
del dualismo individuo-sociedad, que pasaremos a enumerar:
1) Reconocimiento definitivo de la importancia del medio
ambiente en el desarrollo del individuo, de su carácter y vida
ulterior.
2) La teoría del superno, que implica que la sociedad, con
todas sus complejidades, es asimilada a la estructura psíquica
del individuo, durante la crisis edípica. Se origina a través de
la necesidad interna de salir del caos de sentimientos opuestos
y ambivalentes: amor y odio; deseo y frustración, etc., que
despiertan las fantasías primitivas del niño en choque con la
realidad.
3) El método psicoanalítico en sí, que considera al
individuo en “situación”, es decir en constante interacción con
la sociedad que le rodea. Investiga al individuo en el punto de
unión de las coordenadas de su historia pasada —conflictos
primitivos y forma de resolverlos— y del momento presente,
—“el aquí y ahora” de la situación transferencial—, lo que
permite una comprensión profunda de sus problemas.
Podríamos distinguir así tres métodos psicológicos:
a) el unipersonal o introspectivo, útil para lograr una
comprensión intelectual de los estados de conciencia.
b) el bi-personal, o psicoanalítico. Su campo está
delimitado por el terapeuta y el paciente. Se presta para una
comprensión sistemática de la vida afectiva y sus
manifestaciones a través de la transferencia.
c) la micro-sociología o psicoterapia de grupo. Se ocupa del
estudio de grupos reducidos y de las relaciones
multipersonales que se crean en su seno. Presenta un nuevo
enfoque, abarcando un campo intermedio entre la psicología y
la sociología, y aportando por consiguiente nuevos
conocimientos a ambas ciencias.
40 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

REVISIÓN HISTÓRICA DE MEDIO SIGLO DE PSICOTERAPIA


DEL GRUPO

Se basa en especial sobre las diferentes corrientes


metodológicas.
Pratt inicia la Psicoterapia del Grupo en 1906, con un
grupo de tuberculosos.
Su técnica se denomina Terapia Exhortativa Paternal que
actúa “por” el Grupo, porque utiliza, con fines terapéuticos, en
forma deliberada y controlada, los sentimientos de rivalidad,
envidia y emulación que surgen en el grupo. Es paternal,
porque fomenta la idealización del terapeuta; y actúa “por” el
grupo, al manejar las emociones colectivas del mismo sin
intentar comprenderlas.
Una bifurcación de este corriente la constituyen las
Terapias de estructura fraternal que actúan también “por” el
grupo, pero que, a diferencia de las anteriores, evitan la
formación de líderes, fomentando la homogeneización de los
integrantes, y se apoyan en esta igualdad para lograr sus fines
terapéuticos. Un ejemplo típico es la Asociación de los
Alcoholistas Anónimos.
El Psicodrama de Moreno tiene elementos similares a los
descriptos, pero subraya la catarsis y la dramatización de los
conflictos psicológicos como factores terapéuticos.
Otra corriente que ha alcanzado mayor difusión y está
inspirada en la técnica psicoanalítica es la Terapia
Interpretativa Individual “en” el Grupo.
Slavson, Schilder y Klapman, sus figuras más
representativas, abandonan la técnica de apoyo y sugestión
para introducir la interpretación individual en el grupo.
Orientan al mismo sugiriendo un tema inicial, al tiempo que
interpretan los motivos de un determinado problema. Los
integrantes se benefician en la medida en que pueden
identificarse con el “protagonista” de ese momento. Esto los
lleva a buscar la homogeneización del grupo, seleccionando
estrictamente a sus integrantes.
Finalmente se expone la Técnica Interpretativa “del” Grupo,
que concibe al mismo, como una totalidad en la que cada uno de
sus integrantes está influenciado y actúa en función de los
demás. De lo antedicho se desprende que la situación
transferencial en el grupo está dada por la interacción de todos
sus participantes. Recién con un planteo que toma al grupo
como “gestalt” se entra en el terreno de la Microsociología.
CAPÍTULO II
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL
Y DEL GRUPO TERAPÉUTICO

El grupo familiar — Desarrollo del niño — La compulsión a la repetición — A


puertas cerradas — Los que fracasan ante el éxito — Un grupo tera-
péutico — Resumen.

Ya vimos cómo surgió la psicoterapia del grupo. Nos


enfrentamos ahora con los siguientes interrogantes: ¿Cuáles
son sus caracteres específicos? ¿Por qué motivo y bajo qué
circunstancias determinados grupos tienen un efecto
terapéutico? Veamos, pues, hasta dónde y en qué se diferencia
el grupo terapéutico de cualquier otro grupo social.
Para establecer estas diferencias analicemos brevemente
el primer grupo al que pertenecemos: la familia. Su influencia
sobre nuestro desarrollo es importantísima y casi definitiva.
En el hecho de que no sea totalmente definitiva reside la
posibilidad de cambios posteriores que pueden tener lugar
debido a los acontecimientos de nuestra vida ulterior o a
medidas pedagógicas y psicoterápicas específicas. La
importancia decisiva de la familia se explica, si se tiene en
cuenta que el niño crea en su seno los primeros vínculos, a
través de los que establece su primer contacto con el mundo
exterior. Analicemos esto con cierto detalle. Desde el punto de
vista biológico, el ser humano nace más desvalido que
cualquier otro mamífero. Su lenta evolución, involucra una
larga dependencia biológica y psicológica de la madre —o su
sustituto materno— durante los primeros años de vida. Esta
dependencia inicial es idéntica en todas las culturas y
civilizaciones. Existe otro factor invariable para el ser
humano: nace en un mundo cuyos habitantes están
diferenciados en dos sexos.
42 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

A partir de una relación íntima y exclusiva con la madre,


el niño advierte la presencia del padre. El momento de esta
toma de contacto varía de acuerdo a las normas y modalidades
de cada cultura y, en cierto sentido, de cada familia.
En ese momento el niño reconoce y establece vínculos con
dos seres de distinto sexo, estructurándose así una relación
tripersonal (niño-madre; niño-padre y niño-padre-madre) que
enriquece y complica su campo social.
Gradualmente el niño va percibiendo otras personas
dentro de su constelación familiar (hermanos, parientes,
amigos, etc.). Gracias a estos contactos reconoce, en forma
oscura al comienzo, su pertenencia al grupo familiar, cuyas
normas y costumbres asimila paulatinamente.
La constelación básica niño-madre-padre, existe en todas
las culturas. Se la encuentra por igual en las culturas
matrilineales, en el harem poligàmico y en las sociedades
poliándricas. Aún más, hasta en la arcaica y promiscua
institución del matrimonio comunal, donde todos los hombres
y mujeres son considerados maridos y esposas sin distinción
alguna, la tríada básica madre- padre-hijo es respetada.
El carácter del niño está moldeado por las diferencias
imperantes en cada cultura. Variará si su madre le ofrece el
pecho a cada momento, o si recién lo obtiene después de llorar
desesperadamente. Influirá, asimismo, si desde pequeño le
imponen estrictos hábitos de limpieza o si se le permiten
adquirirlos espontáneamente. La sociedad donde el padre es
autoritario y temido crea personalidades distintas de aquella
donde es complaciente y colaborador. En síntesis, cada patrón
cultural se refleja sobre el carácter del individuo. Pero es
importante destacar que existen ciertas experiencias comunes
a nuestra raza, que son básicas y decisivas en el desarrollo. Ha
sido mérito de Freud el descubrir la gravitación que tienen
sobre nuestro carácter, destino y salud mental, las
experiencias de los primeros años de vida.
Veamos esto en cierto detalle: El niño ama, odia y desea;
sus impulsos no son menores por quedar en gran medida
insatisfechos. Al contrario, ese drama emocional es vivido con
todo realismo e intensidad en el plano de sus fantasías.
Freud dirigió nuestra atención a la unidad psico-fisica del
hombre, considerando que las emociones se basan en experiencias
corporales. Así se puede decir que el lactante ama y odia con su
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPÉUTICO 43

boca. Más aún, la boca del niño de pecho es un gran órgano


sensorial para percibir y paladear su primer mundo
fenomenoico.
El niño chupa, succiona, escupe, engloba, y en esas
experiencias están las raíces somáticas de lo que luego serán
funciones intelectuales altamente diferenciadas.
Freud infirió que estas sensaciones y necesidades
corporales dictan la naturaleza y estilo de las fantasías
infantiles. El niño primero deseará desde su boca, o sea en
términos orales, incorporar lo bueno y rechazar lo malo. Luego
sus intereses se amplían en la medida en que otras partes de
su cuerpo adquieren primacía y se convierten en centro de
sensaciones y, de esta forma, se suman a las sensaciones
orales para dictar formas más complejas de deseos y fantasías.
En la actualidad nos llama la atención la hostilidad y el
repudio que despertó el concepto de Freud sobre la sexualidad
infantil. Resulta difícil el creer que no fuera conocida, dado
que la mayoría de los padres han observado manifestaciones
de carácter sexual en sus hijos.
Nos hemos detenido en el tema de la vida emocional
infantil, para mostrar la naturaleza, calidad e intensidad de
las relaciones de objeto que el niño establece.
Freud le asignó particular importancia a la relación
edípica creada entre el niño y ambos padres. Ella acontece
cuando éste advierte que tiene impulsos sexuales hacia ellos y
percibe el vínculo sexual que une a los padres entre sí. Ante la
coexistencia de amor y odio, de envidia y gratitud, de
frustración y deseo, surge el conflicto edípico de cuya crisis y
elaboración dependerá la normalidad psico-sexual ulterior del
individuo.
La constelación edípica interesa en particular a la
psicología de grupos, por constituir el primer conflicto
típicamente social que sufre el niño. El carácter social no está
dado por el hecho de ser tres los personajes del drama edípico.
Las primeras situaciones vividas por la pareja madre-niño
son en cierto modo sociales, aunque carezcan de este carácter
desde la' perspectiva del niño. Durante la lactancia, no
percibe a la madre como un objeto independiente de él, ni
tampoco como una totalidad. El pecho de la madre es una
prolongación de la boca del niño. Primero, vive a la madre
como una continuación de sí mismo, luego como una vaga
entidad con la cual se encuentra simbióticamente fusionado.
Por ello no se puede hablar de situación social si se emplea este
44 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

término en un sentido estricto, v.gr. para indicar las


relaciones interpersonales entre dos o más personas.
El niño debe adquirir un cierto grado de madurez, antes de
que pueda concebir la existencia de personas similares pero
independientes de él. El reconocimiento del “otro yo” acontece
en relación con el conflicto edípico; la introducción del padre
en la constelación emocional del niño actúa como agente
catalítico.
A partir de ese momento crucial, las relaciones del niño
adquieren una complejidad que sólo difiere cuantitativamente
de las relaciones interpersonales del adulto. La situación
edípica constituye una de las matrices emocionales básicas del
grupo. El dilema entre amor y odio que acarrea aparece bien
ejemplificado en la trama de la obra “A puertas cerradas”, que
luego comentaremos. Desde ya aclaramos que el tema edípico
se presta a infinitas variaciones.
En relación con la crisis del conflicto edípico, Freud
introdujo un concepto fundamental para la psicología social.
El niño, ante el dilema de su amor y odio, de su temor y deseo,
renuncia a la satisfacción de sus deseos con los padres reales y
los introyecta dentro de su yo, formándose así el núcleo de lo
que Freud denominó el super-yo. La acción del super-yo es
más extensa, pero similar a la de la sociedad; de esta forma la
sociedad, con sus normas y mandatos, actúa desde la
estructura íntima del yo.
Vemos cómo una instancia moral nace del interjuego de im-
pulsos biológicos y de la necesidad de adecuar la vida instintiva a
los límites que impone la sociedad. Ya señalamos en el capítulo
anterior cómo Freud 1 aportó una gran contribución al superar
un doble dualismo: el de cuerpo-mente y el de
individuo-sociedad. Este último concepto, que parte en especial
de la noción de super-yo de Freud, fué posteriormente ampliado
en las teorías de Ernest Jones y, especialmente, de Melanie
Klein. Esta autora postula la existencia de una continua
interacción entre el mundo interno y externo del individuo, que
se pone de manifiesto desde el comienzo de la vida. Bajo la
supremacía de sus impulsos orales el niño incorpora un mundo
fantástico, que luego se va modificando bajo la influencia
correctora de la realidad exterior. Es importante consignar
que para el niño pequeño este mundo fantástico interno es
tan vivido y real como el externo; las imágenes que lo pueblan

1 El lector interesado encontrará datos sobre este tema en la publicación de

una conferencia dada por uno de nosotros l37].


DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPEUTICO 45

ejercen una influencia decisiva. De ahí que se hable de una


sociedad interna constituida por un sistema de objetos
internos. (Estas nociones nos van a ser útiles para
comprender luego la importancia de la proyección de roles en
los grupos.)
La familia, como primero y máximo exponente de la
sociedad externa, brinda al niño un patrón básico de
comportamiento, que lo lleva gradualmente a atemperar la
naturaleza extrema y fantástica de su mundo interior. De ahí
que el normal desarrollo de las relaciones interpersonales, en
los años formativos de la niñez, sean de vital importancia
para la futura adaptación a la sociedad. El hogar armónico,
con normas estables pero flexibles, facilita en gran parte la
adaptación del niño, primero en su seno y luego en la
sociedad. Sin embargo, suelen haber excepciones. Existen
casos de desadaptación individual que deben atribuirse a una
desfavorable disposición hereditaria. Por otra parte, en una
sociedad como la nuestra, con su vertiginosa evolución que
hace que lo que era nuevo ayer resulte anacrónico hoy, no
solamente es difícil la adaptación individual y familiar, sino
también el establecimiento de normas para alcanzar el óptimo
desarrollo de nuestros hijos. Con respecto a la profilaxis existe
gran controversia entre los especialistas. Así, en la
actualidad, junto a la madre moderna que sigue los métodos
científicos de las mamaderas vitaminizadas y estrictamente
repartidas según el horario, se encuentra la madre
ultramoderna, que mantiene con igual convicción que es
necesario darle el pecho al niño cada vez que lo pida.
De todos modos es evidente que, cuando el individuo entra
en el mundo extrafamiliar, su actitud dependerá de dos
factores: la capacidad de adaptación adquirida en su hogar a
través de experiencias felices y la actitud con que el grupo
extrafamiliar lo recibe. Así, el colegio, el taller, la fábrica, el
club, podrían en parte corregir o intensificar las fallas
adquiridas en el seno familiar. En un país como la Argentina
o EE. UU., el nieto de inmigrantes tendrá una mayor
posibilidad de adaptación que el hijo de extranjeros recién
llegados, que traen una tradición y un idioma ajenos al país
en el cual el niño debe vivir. Además, a ésto se le agrega las
dificultades de orden económico y afectivo que involucra el
establecerse en un nuevo ambiente. Otro tanto sucederá con
el hijo de una minoría rechazada, en quien los efectos de tal
situación serán aún mayores.
En los primeros veinte años de su vida, el hombre pasa por
numerosos grupos extrafamiliares. El jardín de infantes, el colé-
46 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

gio, la calle, el club y, más adelante, la fábrica, el taller, la uni-


versidad, la oficina. Resumiendo, podemos decir que frente a
estos grupos, el niño trae sus características sociales, sus
relaciones interpersonales específicas, que le facilitarán o le
complicarán la adaptación en la medida en que éstas
concuerdan con las normas reinantes. Si el niño proviene de
un núcleo disarmónico, o si su respuesta frente a la familia
consistió en la lucha contra los padres y en la alianza con los
hermanos, puede ocurrir que fracase en los grupos aceptados
por la sociedad, pero que se integre en grupos marginales, o
acabe formando parte de bandas delictuosas. El código de
estos grupos satisface los impulsos de rebelión del individuo,
quien al insubordinarse frente a la sociedad está en realidad
continuando su antiguo pleito familiar.
Tomemos otro ejemplo. Si la reacción ante el conflicto
familiar ha consistido en el aislamiento pasivo, la enfermedad
o cualquier otro síntoma neurótico, el individuo reaccionará
frente a las exigencias del grupo extrafamiliar, enfermándose
(física-o psíquicamente) o fracasando.
En consecuencia, vemos que el individuo repetirá más o
menos estrictamente la forma en que experimentó y resolvió
sus primeros conflictos. Éstos determinarán el alcance que
puedan tener las influencias pedagógicas y los cambios
ambientales favorables sobre su evolución. Si las fallas en su
primer relación interpersonal con la madre y el padre no son
grandes, la influencia de los grupos pos-familiares será
correctiva. Si sus primeras experiencias infantiles han sido
demasiado traumáticas, ya sea en intensidad o en duración,
no podrá adaptarse, porque repetirá constantemente, en
cualquier grupo, aunque siempre a diferentes niveles, el
mismo patrón de experiencias penosas.
La fuerza que lleva al hombre a repetir constantemente
sus primeras experiencias fué descrita por Freud [1S] con el
nombre de “compulsión a la repetición”, a la cual considera de
mayor gravitación que el “principio del placer”.
Este concepto conocido por todos los analistas, ha caído en
cierto desuso en los últimos años. El mismo abarca toda nuestra
actuación neurótica y, aunque más adelante no volveremos sobre
él, por ser demasiado general e inespecífico, nos pareció útil intro-
ducirlo, para enfatizar la importancia de las primeras vivencias
sobre la actitud posterior. Es posible que se deba a la connota-
ción metafísica del término, que insinúa la existencia de un des-
tino trágico e inexorable, el que la “compulsión a la repetición”
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPEUTICO 47
haya caído en desgracia. Pero no olvidemos que esta
característica no es absoluta, sino que desaparece gracias al
insight adquirido en el análisis y a las vivencias correctivas
del “aquí y ahora” de la situación terapéutica.
Si examinamos con mayor detalle estas “neurosis de
destino”, como se ha dado en llamar a la compulsión a la
repetición, vemos que el individuo que aparentemente es
víctima de una serie desgraciada de circunstancias que lo
llevan a repetir una y otra vez las mismas amargas
experiencias, ha sido quién las ha configurado.
Inconscientemente lleva a la gente que lo rodea a reaccionar
frente a él de una manera determinada. Freud ejemplifica este
hecho [1S], al hablar de “los filántropos a los que todos sus
protegidos, por diferente que sea su carácter, abandonan
irremisiblemente con enfado al cabo de cierto tiempo,
pareciendo así destinados a saborear todas las amarguras de
la ingratitud; de hombres en los que toda amistad termina en
la traición del amigo; de personas que repiten varias veces en
su vida el hecho de elevar como autoridad sobre sí mismos o
públicamente a otra persona, a la que pasado algún tiempo
derrocan para elegir otra nueva; de amantes cuya relación con
las mujeres pasa siempre por las mismas fases y llega al
mismo desenlace”.
Observamos la compulsión a la repetición, como cualquier
otro mecanismo psicológico, no sólo en la vida real, sino
también en la creación artística, p. ej.: en las obras literarias.
Aquí podemos comprender los mecanismos y conceptos
psicológicos con mayor claridad que en el historial clínico; 1O)
porque no están sometidas a los azares de la vida; 2O) porque
condensan en un marco definido lo esencial; y 3 O) porque es
una creación libre de las trabas de la realidad externa, que
depende enteramente de la fantasía del autor, la que es
expresión de su vida anímica. Al utilizar un material literario
para ejemplificar una exposición científica seguimos un
camino que Freud utilizó repetidas veces. Nos demostró que
todo lo descubierto a través del análisis en sus pacientes, y a
través de su contacto con los seres humanos en general, se
puede verificar aún con mayor simplicidad en los personajes
creados por la fantasía del novelista o del poeta.
Nos referiremos ahora a dos obras existencialistas. La pri-
mera es un libro de Sartre: Les jeux sont fait, que ilustra en forma
muy clara la compulsión a la repetición. Relataremos brevemente
el argumento. Dos personas se encuentran más allá de la muerte.
Gracias a su invisibilidad, pueden observar de cerca las reaccio-
48 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

nes que estos acontecimientos provocaron en los seres que los


rodeaban en vida. De esta forma llegan a comprender el
porqué de sus fracasos. Piensan que si pudiesen comenzar de
nuevo juntos, todo resultaría diferente. Se les da esta
oportunidad, y vuelven a la vida. Sin embargo, y pese a la
nueva experiencia que poseen, se comportan exactamente
igual que la primera vez; se pierden, se destruyen y mueren de
nuevo. Gracias a la premisa fantástica que postula el autor, la
oportunidad de comenzar de nuevo, vemos cómo funciona la
compulsión a la repetición. Aun en contra de su voluntad
explícita, el hombre repite su destino.
Veremos ahora más detalladamente otra obra fantástica:
A puertas cerradas, también de Sartre, la cual, por sus
características, es citada a menudo en los grupos terapéuticos.
Nos demuestra, en el terreno literario, cómo se inicia un
grupo, cómo se comportan sus integrantes y cómo condicionan
mutuamente sus actitudes, familiarizándonos así con muchos
aspectos y mecanismos del grupo. Al mismo tiempo nos
permite comprender la diferencia esencial entre un grupo
social y uno terapéutico. El valor curativo de este último
reside en el terapeuta, el cual, a través de su actitud no
“comprometida”, puede ver, intuir y vivenciar los conflictos
reales tras los aparentes, y hacer partícipes de este
conocimiento a los miembros del grupo mediante sus
interpretaciones. Vemos, cómo el grupo que describe Sartre se
debate estérilmente en un juego de relaciones interpersonales,
sin poder salir de un círculo vicioso ni encontrar la solución a
sus problemas, debido a que falta la persona que ejerza el
papel del terapeuta. Señalaremos en primer lugar las
similitudes entre el grupo de Sartre y el terapéutico, para
referirnos luego a sus diferencias.
El grupo de Sastre está formado por tres personajes que se
encuentran reunidos en una habitación extraña, con muebles
antiguos, y sin espejos. Las puertas permanecen cerradas,
pese al calor. Esta habitación está en un lugar del infierno, y
las tres personas que la habitan son condenados.
Aquí debemos señalar la primera coincidencia. Los pacientes
que concurren a un grupo terapéutico lo hacen en un plano cons-
ciente con el objeto de buscar ayuda y aliviar sus sufrimientos por
medio del tratamiento. Coexiste, sin embargo, conjuntamente con
éste, otro plano inconsciente, en el cual viven la neurosis como
castigo de sus culpas. Se sienten culpables y ven al grupo como un
jurado y al terapeuta como el encargado de castigarlos. Corro-
borando lo anterior, está el hecho de que se cite tan a menudo
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPEUTICO 49
esta obra en los grupos que han adquirido algo de insight, y el
de que uno de ellos llamaba a la sala de espera “antesala”, alu-
diendo al título de un film: “Antesala del infierno”.
Volvamos al grupo de “condenados” de Sartre. Los vemos
llegar: Garcin, el valiente; Inés, la cínica; y Estelle, la
mujercita inocente, cuya presencia allí parece ser un error.
Cada uno, al entrar en la habitación, intenta disimular el
desconcierto y el temor que les provoca la nueva situación
sobre la cual nada conocen, dado que sus preguntas sobre lo
que va ocurrir y lo que les va a suceder, no han recibido
respuesta adecuada. Sólo saben que están en un lugar
extraño, regido por normas diferentes a las habituales. Frente
a lo desconocido, deciden disimular sus preocupaciones y
comportarse como personas educadas y de experiencia.
Entablan una conversación, comentando cómo llegaron allí,
cómo murieron, y especulando sobre lo que harán sus
familiares. En este primer encuentro todo se desarrolla en un
plano superficial y dentro de lo que es socialmente admisible.
Tanto Estelle como Inés se horrorizan cuando Garcin, debido
al calor, desea quedarse en mangas de camisa.
Este comportamiento es similar al de los miembros de un
grupo terapéutico en su primera sesión. La misma cautela en
preguntas y respuestas; y el mismo aferrarse a normas
conocidas y aceptadas, en un intento de sobreponerse al
desconcierto y al temor que les provoca la nueva situación.
Poco a poco hablan con más sinceridad y notan con
asombro las diferencias que existen entre ellos. ¿Por qué los
han reunido entonces? ¿Cuál es el plan? Se plantean la misma
pregunta que estamos acostumbrados a oír en nuestros
grupos. En el afán de contestar ese interrogante, intentan
conocerse entre sí; surge de este modo un material más
personal, más auténtico. En el grupo terapéutico, “el mal” que
los lleva, es siempre vivido con una gran dosis de culpa, por lo
cual tratan de convencerse a sí mismos, y de convencer a los
demás que son más “normales” que los otros integrantes. En
el grupo de Sartre, hablan de su inocencia, y dicen haber caído
en el infierno sin motivo justificado. Fracasan en su intento de
engaño porque los otros los descubren; según Inés: “porque
cada uno de ellos se convierte en verdugo de los demás”.
Esta descripción es unilateral; por lo tanto conviene
señalar que, en la práctica, el grupo terapéutico muestra
conjuntamente con las tendencias paranoides y destructivas
(de ataque y desconfianza) las reparatorias (de apoyo y
ayuda).
50 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Hemos hablado ya de la transferencia, del “aquí y ahora” y


de la gran importancia que tienen en el proceso terapéutico.
Podemos ilustrar su significado a través del grupo de Sartre.
Vemos cómo en el primer momento, otro mecanismo que
utilizan para disminuir sus temores frente a lo nuevo, es el
intento de reencontrar lo familiar en lo extraño. Así Estelle se
tranquiliza y reconcilia con la fealdad de los divanes, al
compararlos con los de su tía Marie. No vive la situación
presente en función de su pasado, sino que se limita a
revestirla con lo que le es conocido o familiar.
Más adelante, encontramos la situación opuesta: Estelle,
al verse acosada por las preguntas de Inés, le dice: “Con estos
mismos ojos mirabas a Florence” (amante de Inés en el
pasado). La situación psicológica de todos ha cambiado. Inés
no trae conscientemente algo familiar del pasado para poder
tolerar mejor la situación (como lo hizo Estelle), sino que, sin
darse cuenta, vive el pasado en el presente, en este grupo a
puertas cerradas. Vive, como diríamos psicoanalíticamente, en
el “aquí y ahora” de la transferencia.
Sartre nos lleva, a través del desarrollo de su obra, a la
convicción de que los lazos que unen a sus personajes son
irrompibles, no por una coerción externa —de “puertas
cerradas” como se podría suponer por el título—, sino por un
proceso interno, psicológico. Lo demuestra cuando Garcin,
desesperado, intenta salir del cuarto, y la puerta,
inesperadamente, cede. Pero, ante la puerta abierta, Garcin
vacila, no se anima a alejarse, ni a sacarla a Inés, como le
sugiere Estelle. Lo que hace es cerrar la puerta nuevamente.
Ha comprendido que ya es tarde, que no pueden separarse,
porque forman un todo. Para redimirse es necesario salvar
también a los demás.
Evidentemente, en la psicoterapia de grupo las puertas
siempre están abiertas; si bien en momentos difíciles algunos
pacientes anuncian su propósito de abandonar el grupo,
generalmente no lo hacen. Lo que sucede es que se sienten
unidos a los otros miembros, formando una totalidad, una
“gestalt”. Además, las otras personas del grupo han pasado a
simbolizar a los objetos primarios más cercanos, que sienten
destruidos por su culpa. Para alcanzar la curación e irse,
necesitan salvar, o sea curar al resto del grupo, es decir,
recuperar sus objetos internos reparados, e intactos.
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPEUTICO 51

Vemos, pues, surgir en el grupo de Sartre los mismos meca-


nismos que nos son familiares en los grupos terapéuticos. Existe
una diferencia fundamental, ya destacada: en este grupo falta el
terapeuta, quien a través de sus interpretaciones podría haber
modificado la estructura y el destino de sus integrantes. Este
planteo es lícito, y se fundamenta en los dos criterios en que se
basa la interpretación: 1) considerar lo expresado por los
miembros de un grupo como producto de la interacción de las
fantasías y vivencias individuales, teniendo en cuenta que cada
uno intenta “colocar” a los demás en los roles que corresponden a
dichas fantasías; 2) considerar al grupo como un todo, es decir
como una sola personalidad, dividida en “yos” parciales.
Freud señala en su estudio “La creación Poética y la Fanta-
sía” [16], la tendencia del escritor moderno a dividir su “yo” por la
autoobservación en “yos” parciales, lo que le lleva a personificar
en varios héroes los conflictos de su vida anímica.
Bion [3], a su vez, es el primero en subrayar la vida propia
que adquiere un grupo, una vida llena de conflictos, en la cual
sus integrantes llegan a representar las “distintas partes yoicas”
de un todo. Tanto en literatura como en la vida real, vimos cómo
en un plano “inconsciente” el individuo revive sus conflictos
pasados colocándose y colocando a los demás en un rol
determinado. Ezriel [8] [9] toma en cuenta este mecanismo para
adquirir una mayor comprensión del grupo, al preguntarse
siempre frente a cada uno de sus integrantes: “¿En qué papel
pretende él, inconscientemente, colocarme en este momento?, o
¿qué tipo de relación está tratando inconscientemente de
establecer entre nosotros?” Podemos, pues, enfocar los
personajes de una novela o de la obra de Sartre bajo este punto
de vista.
Veamos ahora cómo cada uno, llevado por su problema
personal, condiciona la actitud de los demás. Paulatinamente
llegamos a conocer las historias de estos tres seres. Inés, la
primera en contar la suya, ha sido una homosexual. En la tierra
logró separar una pareja quedándose con la mujer y provocando
ulteriormente el suicidio de ambos. ¿Cómo se configura su
destino personal en el grupo de los “condenados”? Nuevamente se
ve frente a una pareja. Intenta conquistar a Estelle y separarla de
Garcin, haciéndoselo ver a través del odio y desprecio que siente por
los hombres. A la vez odia a Estelle por haber deseado al hombre en
la tierra y a Garcin en el cuarto cerrado. Su culpa reside en el odio
que tiene a sus padres unidos sexualmente y en la envidia al
52 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

padre por lo que la madre le da, negándoselo a ella. Su castigo


es la lucha estéril por conquistar a la madre, la rivalidad
desesperada frente al padre y el constante caer en el infierno
de los celos.
Garcin comparte con Inés el odio a la madre sexual y,
siendo un cobarde, trata de parecer un héroe para conquistar
al padre. Su crimen en la tierra fué el de ilusionar a los demás,
para abandonarlos después. En el cuarto cerrado se acerca
amorosamente a Estelle, quien repetidas veces llega a creer
que, gracias a él, su infierno se transformará en algo más
tolerable. Pero aquí repite el patrón anterior; atraído por Inés,
la homosexual, que representa para él al hombre, se aleja de
Estelle, para luego traicionar también a Inés, dado que no es
capaz de separarse totalmente de Estelle. Su sufrimiento
consiste en el desprecio inmutable que le demuestra Inés, a
través del cual ve reflejado su drama en la tierra: nunca pudo
convencer a nadie, ni aún a sí mismo, de que era un héroe.
Llegamos finalmente a conocer la historia de Estelle, la
mujer que no quería ser madre. Mata al hijo que había sido
ardientemente deseado por su amante, delante de él. Tiempo
después muere de una neumonía y llega al cuarto cerrado. Si
en Inés vemos con toda claridad la envidia al padre por lo que
recibe de la madre, en Estelle el móvil más intenso parece ser
la envidia, el odio que le despierta la madre por lo que el padre
le da: amor e hijos. Su amante representa al padre, y el hijo
que mató, a sus propios hermanos, amados por el padre. Su
misión en el cuarto cerrado es hacer sufrir a Inés,
despreciándola por Garcin; su castigo, es verse una y otra vez
rechazada por el hombre.
En esta obra los tres personajes se debaten sin encontrar
una solución, por repetir constantemente el mismo pecado.
Pero ¿cuál es, en verdad, este pecado? La situación triangular
está configurada por un hombre, una mujer y una homosexual
que puede formar pareja con cualquiera de los dos. Vemos que
lo que se repite en este grupo es la situación edípica: el odio,
los celos y la envidia que el niño siente frente a la unión de los
padres. La culpa, y la destrucción que eso crea, es la misma
culpa que todos tenemos, en mayor o menor grado y que sólo
logramos aliviar mediante el amor que damos y recibimos, o
sea reparando el daño que en nuestra fantasía hemos hecho a
nuestros objetos internos.
Tampoco faltan intentos de reparación en el grupo de A puertas
cerradas. En determinado momento Garcin, al darse cuenta de
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPEUTICO 53

que él e Inés actuaron como verdugos de Estelle, pregunta:


“¿No podríamos intentar ayudarnos mutuamente?” Es éste
también el momento en que comprende que forman un todo, y
dice: “Tenemos que perdernos juntos o salir juntos del apuro”.
Pero justamente por estar los tres destruidos, lo que pueden
recibir y dar es sólo destrucción. Por eso les es imposible
romper el círculo vicioso de odio, destrucción y culpa. La
destrucción engendra culpa, la que, sin posibilidades de
reparar el daño causado, engendra a su vez angustia, ésta
nuevamente el odio, y así se cierra el círculo. Nadie está lo
suficientemente alejado como para no entrar en el juego y
sentirse intacto, única posibilidad de originar un círculo
benéfico.
Volvamos nuevamente a los diferentes criterios con que se
enfoca un grupo: 1°) como una serie de individuos que viven
simultáneamente la situación real y los roles que las fantasías
inconscientes de los demás imponen o tratan de imponer a
cada uno de los integrantes, y 2°) como partes “yoicas” de una
totalidad.
Vimos en estos tres personajes, los intentos fracasados de
resolver sus conflictos edípicos y la influencia que ejercían los
unos sobre los otros. Tomémoslos ahora como a una totalidad.
Sería como un solo personaje que actúa y sufre las fantasías
edípicas de su infancia. A través de la seducción o del
asesinato, fantasea con separar a los padres y matar al
hermano odiado, debido a los celos y a la envidia que le
provocan uno u otro alternativamente. Por diversos motivos
no puede adquirir “insight”, o sea reconocer y aceptar su
propia culpa. Más adelante hablaremos de cómo cura el grupo.
Por el momento queremos destacar solamente cómo se inicia
el proceso en ambos planos, el de la interacción de los destinos
individuales, y el del todo, donde enfocamos al grupo como a
una gestalt. En este último, la curación se inicia cuando partes
en lucha se unen, cuando el grupo se integra. Ocurre la misma
cosa que cuando en un individuo desaparecen los conflictos
internos que lo mantienen dividido. Para que eso suceda, el
individuo o el grupo tienen que adquirir primeramente
insight, es decir, comprensión de sí mismo y de su culpa, pero
no una comprensión intelectual, sino vivencia y total.
En el plano del destino individual, los distintos miembros del
grupo logran cambiar cuando cada uno, después de haber proyec-
tado lo suyo, introyecta algo nuevo, menos destruido. Pero para
que eso pueda ocurrir, es menester superar la culpa. Porque es la
culpa negada la que lleva al fracaso. Freud lo vió así casi desde
54 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

un principio. El sentimiento de culpa edípico y la envidia son,


como ya hemos visto, universales y pueden estar resueltos en
mayor o menor grado. Reanudando el paralelo entre la obra de
Sartre y el grupo terapéutico, vemos que tanto en uno como en
el otro, hallamos ambos sentimientos. Existe, sin embargo,
una diferencia fundamental: el terapeuta y la función que
cumple en el grupo. Fundamentaremos esta aserción
trayendo el material resumido de una sesión.
Al comenzar la sesión, están solamente la terapeuta y una
joven; ésta le confiesa necesitar mucho de ella en ese
momento. Llega entonces X, un compañero de grupo, que
interviene constantemente en el relato de la joven;
aparentemente con el deseo de ayudarla, pero en realidad
interrumpiéndola para pedirle a la terapeuta su opinión y sus
consejos frente a una situación familiar sin importancia. En
ese momento llegan otras dos jóvenes, que permanecen en
silencio. X se vuelve cada vez más imperioso, sintiéndose
rechazado por la terapeuta porque ésta no le responde según
sus deseos. Critica, entonces, su técnica y sus métodos. Las
tres jóvenes se unen en un contraataque, defendiendo a la
terapeuta y rogándole que se ocupe de ellas, e ignore a X. Éste
dice que lo único que quieren es taparle la boca para que no les
destruya el ideal que se han formado de la terapeuta.
Las dos jóvenes que entraron juntas adoptan actitudes
opuestas: una señala que esa imagen ideal se había destruido
tiempo atrás. La otra, que le sucedía todo lo contrario. La
joven primera acusa al grupo de decir cosas terribles y de
ensuciarlo todo con sus palabras. En ese momento, el grupo
parecería estar lleno de odio, y en plena desintegración.
La terapeuta interpreta lo ocurrido. Los celos de X, cuando
al entrar se encontró con la pareja que formaban ella y la
joven. Los intentos de X para desviar la atención hacia él; al
comienzo en forma disimulada, y luego, agresiva, cuando
creyó que la terapeuta lo rechazaba, y cómo repitió la actitud
violenta que adoptaba frente a su mujer, peleando y
discutiendo. Las tres jóvenes percibieron el carácter agresivo
y erótico de la situación, reaccionando como si se encontraran
frente a la pareja paterna. Intentan separarla desvalorizando
a X ante la terapeuta. Luego surgieron la culpa y los intentos
estériles de reparación. La segunda joven trata de rehacer a
X, atacando a la terapeuta. La tercera niega este impulso. La
primera lamenta que le hayan ensuciado el vínculo ideal con
la madre.
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPÉUTICO 55

Al cabo de esta interpretación, la tensión decayó


súbitamente. X, con voz muy calma, reconoció que había
sentido durante la discusión con la terapeuta lo mismo que
sentía en ocasiones similares con su mujer. Las tres jóvenes,
cada una a su manera, demostraron comprensión de lo
ocurrido.
Mientras que la terapeuta no intervino en el grupo, éste se
parecía en su destructividad y actitudes repetitivas al grupo
de A puertas cerradas. Pero al interpretar la situación,
desapareció el odio, siendo reemplazado por un insight que
iluminaba los móviles de cada conducta. Esto fué posible,
porque la terapeuta, al interpretar correctamente, se mostró
intacta. Así los integrantes del grupo, que habían proyectado
su odio y destrucción sobre ella, reintroyectaron algo no
destruido. Eso alivió su angustia, haciendo superfluos los
mecanismos de defensa y permitiendo el insight.
Dijimos antes que íbamos a encontrar en este ejemplo,
como en cualquier otro de un grupo terapéutico, los mismos
elementos desintegrantes —la envidia y la culpa edípica—
que ya encontramos en A puertas cerradas. Pero no olvidemos
que la culpa edípica abarca amor y odio, deseos de destrucción
y de reparación, celos, rivalidad y muchos otros sentimientos.
Con todo, podrían reprocharnos, tal vez, el acercarnos con
ideas preconcebidas al material clínico y encontrar, por ese
motivo, lo que preveíamos. Freud se defendió una vez contra
una crítica parecida, admitiendo que se le podía tachar de
poco original, por encontrar regularmente en la raíz de todo
conflicto y de toda neurosis el complejo edípico. Pero eso no
implicaba que no fuera realmente así, dado que este complejo
forma el núcleo, tanto de nuestros sufrimientos neuróticos,
como de nuestras actividades más sublimes. En un plano es
así. Pero coexisten simultáneamente en otros planos, otras
ansiedades más superficiales que las edípicas y otras más
profundas, que provocan las defensas más diversas. Las
ansiedades de tipo paranoide, esquizoide y depresivo, las más
profundas, han sido estudiadas por Melanie Klein y
colaboradores, y Bion demostró el importantísimo papel que
juegan en los diversos mecanismos de grupo.
Todo esto lo veremos en el transcurso de este libro con
mayor detención. El fin de este capítulo era únicamente
ubicar y ambientar al lector en el tema.
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
56

RESUMEN

Se señalan las similitudes y diferencias entre los grupos


sociales y los terapéuticos, con el propósito de desentrañar las
características específicas de estos últimos.
En primer lugar se discute el grupo familiar, fundamental
para el desarrollo ulterior del individuo, dado que es en su
seno donde establece los primeros vínculos con el mundo
exterior, y se enfrenta con sus primeros conflictos.
Las emociones del lactante son sumamente intensas: ama
y odia con todo su cuerpo. En un primer momento esta
violencia afectiva recae sobre el pecho materno, al cual vive
como parte de él. Recién cuando adquiere un cierto grado de
madurez puede reconocer a su madre como un ser diferente.
Este descubrimiento le trae una serie de conflictos al darse
cuenta que ama (cuando sus deseos son gratificados) y odia
(cuando se siente frustrado) a un mismo objeto.
A partir de este momento, percibe al padre como persona,
ampliando y enriqueciendo así su campo social. Durante este
período aparece el conflicto edípico con sus fuertes
sentimientos ambivalentes; surgiendo la envidia, el odio y la
frustración al sentir que entre sus padres existe una relación
(la sexual) de la cual está excluido. Dado que todos estos
sentimientos tienen su contraparte: amor, gratitud, etc.,
aparece la culpa y la necesidad de reparar lo que ha destruido
internamente.
El conflicto edípico lo lleva a introyectar las figuras
paternas, poniendo límites a sus reclamos y haciéndolo
renunciar a algunos de sus deseos. Surge así el super-yo, el
cual desde la estructura íntima de su yo le impone normas y
mandatos, adquiriendo de esta forma un valor similar al de la
sociedad.
Con esta teoría supera Freud el dualismo
individuo-sociedad, puesto que por así decirlo, uno se halla
dentro del otro. M. Klein amplía estos conceptos al postular
que desde el comienzo de la vida existe una continua
interacción entre el mundo fantástico del individuo —formado
por sus objetos internos— y el mundo exterior, con su
influencia correctora.
De las características que hayan tenido estas crisis y de su
elaboración depende la normalidad psico-sexual del individuo, que
tenderá posteriormente a repetir la forma en que vivió y resolvió
DIFERENCIAS DEL GRUPO SOCIAL Y GRUPO TERAPÉUTICO 57

estos primeros conflictos. De ahí la “compulsión a la


repetición” postulada por Freud.
Se trae a colación una obra literaria, A puertas cerradas,
de Sartre, por considerar que su planteo se presta en forma
ideal para hacer un paralelo entre un grupo “común” y uno
terapéutico. Poseen una serie de mecanismos similares, pero
interesa en especial señalar las diferencias, que hacen que
uno se debata estérilmente en un círculo vicioso, y que el otro
se modifique.
La diferencia fundamental radica en la figura del
terapeuta y en sus interpretaciones. Dado que el terapeuta no
se encuentra involucrado en ese círculo vicioso de
odio-destrucción-culpa-angustia y nuevamente odio, puede
ver con mayor claridad el contenido latente de la situación
tras el manifiesto. Hace partícipe de su conocimiento a los
integrantes, permitiéndoles así adquirir un mayor “insight”.
Es decir, comprensión de sí mismos y de su culpa, en un plano
vivencial.
Los dos pilares sobre los que el terapeuta apoya su
interpretación son los siguientes: a) considerar lo expresado
en el grupo como producto de la interacción de las fantasías y
vivencias individuales; y tener en cuenta que cada uno
intenta colocar a los demás en los roles que corresponden a
sus fantasías inconscientes, precaviéndose de no caer en el
“juego”; b) considerar al grupo como una totalidad, un solo yo
dividido en “yos” parciales, puesto que cada integrante actúa
en función de los demás.
Enfocando al grupo como una totalidad, su curación se
logra a través de su integración. En el plano individual, los
distintos miembros del grupo se modifican cuando, después de
haber proyectado lo dañado, introyectan algo nuevo, menos
destruido.
El sentimiento de culpa edípico y la envidia son
universales, pero pueden estar resueltos en mayor o menor
grado. Este complejo forma el núcleo tanto de nuestros
sufrimientos neuróticos como de nuestras actividades más
sublimes.
Coexisten simultáneamente en otros planos ansiedades
más superficiales y otras más profundas (paranoides,
esquizoides y depresivas); estas últimas fueron estudiadas
por M. Klein y sus colaboradores. Bion, a su vez, demostró el
importante papel que juegan en los mecanismos del grupo.
C A P Í T U L O III

PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS


DE LA PSICOTERAPIA DEL GRUPO
Concepto del grupo en general y del grupo terapéutico en particular
Constitución del grupo terapéutico — Cómo llegan los pacientes al grupo
— Información previa — Comunicación dentro del grupo — Grupos
heterogéneos y homogéneos — Grupos mixtos — Criterio de selección.
Indicaciones y contraindicaciones — Funcionamiento del grupo: compo-
sición, número de integrantes, frecuencia y duración de las sesiones
Grupos abiertos y cerrados — Rol del terapeuta y de los observadores —
Resumen.

La psicoterapia del grupo despierta, como toda innovación


técnica en este terreno, las más variadas dudas,
malentendidos e interrogantes. Intentaremos en este capítulo
de introducción práctica describirla en su aspecto formal y
contestar algunos de los interrogantes planteados con más
frecuencia. Enunciaremos y especificaremos otros, que serán
discutidos y dilucidados en el curso de este libro.
Empecemos por aclarar lo que entendemos como grupo
terapéutico. Porque al hablar de una innovación técnica en
nuestra especialidad, obviamente no nos referimos a la
psicoterapia en sí, que constituye nuestro campo habitual,
sino a su aplicación en el grupo. Veamos, pues, en primer
lugar, la definición de este término.
Siguiendo a Newcomb [46], señalaremos la existencia de
dos condiciones básicas en función de las cuales se puede
afirmar que dos o más personas constituyen un grupo en un
momento dado.
La primera se refiere a que el grupo sólo incluye miembros
que comparten normas acerca de algo en particular; estas normas
pueden abarcar, naturalmente, un amplio margen de aspectos o
60 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

contenidos: desde la observancia de las reglas de póker hasta


el acatamiento de doctrinas religiosas o determinadas formas
de conducta. La segunda condición es la de que el grupo esté
formado por personas cuyos “roles sociales” se encuentren
estrechamente entrelazados entre sí.
El trabajo común del grupo implica un sistema en el cual
cada parte o rol individual depende, en cierto modo, de los
restantes. Un cambio producido en una de las partes
repercute necesariamente en las demás, modificando todo el
sistema.
Las condiciones mencionadas se cumplen evidentemente
en el grupo terapéutico, tanto en lo que se refiere al hecho de
compartir normas o interesarse en un objetivo común (la
curación), como en la existencia de distintos roles, tema sobre
el cual se hablará más adelante.
Si bien de acuerdo al enfoque sociológico, estas
condiciones parecerían ser suficientes para configurar la
noción de grupo, no podríamos sostener lo mismo en el campo
psicológico. El grupo, psicológicamente encarado, requiere
algo más para ser tal, y este algo más está dado por la unión
especial o cohesión existente en su seno.
Más adelante veremos debido a qué necesidades
inconscientes esta cohesión se establece y cómo se logra que
los integrantes del grupo formen, en un plano psicológico, algo
nuevo, un todo que adquiere vida propia y continuidad. Por el
momento nos limitaremos a describir el aspecto formal del
grupo y cómo llega a constituirse. Formalmente lo
definiríamos como un conjunto de personas que se reúnen en
un lugar determinado (el consultorio médico, por ej.) a una
hora establecida de común acuerdo, y que comparten una
serie de normas tendientes a la consecución de un objetivo
común: la curación. Todas estas personas, y cada una de ellas
en particular, desempeñarán inconscientemente determi-
nados roles o funciones en estrecha relación de
interdependencia. Mientras sus roles están sujetos a cambios
continuos, el terapeuta desempeña el papel de líder formal del
grupo. Esto no impide que simultáneamente el grupo
adjudique tanto a él, como a los observadores, las más
diversas funciones y roles.
La primera función del terapeuta como líder formal consiste
en constituir el grupo en forma debida. ¿Cómo debe proceder?
Actuará como está acostumbrado a hacerlo frente al paciente que
ve por primera vez en su consultorio. Entrevistará al paciente para
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRACTICOS
61

establecer su diagnóstico y asignarle el tratamiento adecuado;


pero una vez que se haya decidido a indicar la psicoterapia de
grupo, evitará cualquier contacto individual con el paciente.
Nosotros preferimos, en general, recibir los pacientes
cuando la indicación ya ha sido hecha por otro colega; es decir,
verlos por primera vez cuando se reúnen con el grupo. Es
necesario conocer previamente los datos más importantes:
edad, sexo, nivel intelectual y social, diagnóstico, para poder
integrarlos en un grupo apropiado. De ser posible, nos
abstenemos de un contacto individual previo con el paciente,
para evitar el desarrollo de lazos transferenciales fuera de la
situación terapéutica elegida, es decir, fuera del grupo.
Preferimos no conocer su historia íntima para no perder la
visión general del grupo, en función del cual estará actuando,
ni sentirnos llevados a hacer interpretaciones individuales.
Esta técnica difiere considerablemente de la usada por
Slavson, Schilder y otros autores. Powdermaker y Frank [ 47],
por ejemplo, aconsejan tener una serie de entrevistas o
sesiones individuales previas, lo cual reportaría —según
ellos— las siguientes ventajas: preparar al paciente
proporcionándole los datos informativos necesarios para que
llegue al grupo en condiciones de cierta familiaridad y
conocimiento, que le facilitará una ubicación favorable en el
mismo; tender así a disminuir la ansiedad y la confusión, de
otro modo inevitables en la primera sesión; permitir el esta-
blecimiento de un cierto vínculo entre el terapeuta y el
paciente, que le hará sentirse más apoyado y comprendido
frente a los extraños que deberá enfrentar en el grupo; dar
lugar a que el terapeuta se interiorice de los problemas
individuales para utilizarlos e integrarlos posteriormente,
durante el funcionamiento del grupo.
Sustentamos una opinión diferente —la misma que nos
guía en el psicoanálisis individual— por considerar que las
informaciones previas predisponen a una mayor
intelectualización en base al conocimiento teórico adquirido,
restringiendo la posibilidad de la libre emergencia de las
reacciones emocionales, de tanta importancia para la labor y
la evolución terapéutica. Por otra parte, la información teórica
de ningún modo substituye a la experiencia vivencial directa.
Ezriel también inicia sus grupos sin ninguna explicación
previa, ya que ve a sus integrantes por primera vez en la
sesión inicial del grupo. Considera que las tensiones y reac-
ciones producidas por esta toma de contacto entre personas que
62 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

se desconocen, constituye un material de gran valor para ser


interpretado, y conduce al surgimiento precoz de las
dificultades y diferencias individuales en el grupo.
Creemos que será de utilidad intercalar un ejemplo
clínico, en el que se puedan apreciar las reacciones
correspondientes a los dos tipos de grupo: los constituidos por
pacientes con y sin preparación previa.
Si bien no hubo mayor diferencia entre ambas situaciones,
y las respuestas emocionales fueron similares, pudimos
comprobar a través de la experiencia recogida, que las dudas y
ansiedades se expresaron más directamente en el grupo que
carecía de información previa; y que éstas no alcanzaron la
intensidad suficiente como para perjudicar su integración.
En el primer caso se trataba de un grupo hospitalario,
cuyos integrantes, seis mujeres, por razones circunstanciales
recibieron informaciones individuales con el propósito de
adaptarlas a la nueva situación colectiva.
La primera reunión en presencia del terapeuta y los
observadores se inició en un clima de cierta tensión. Éste duró
hasta que una de las mujeres, que llamaremos A, rompió el
silencio manifestando su impresión de estar en una sesión de
espiritismo, por la forma en que estaban sentadas alrededor
de la mesa. Su comentario provocó risas (que evidenciaban
angustia) en las demás. La segunda en intervenir, B, expresó
que la había comparado con una reunión de condenados frente
al juez. Una tercera, C, señaló que ella, en cambio, sabía que
venía a escuchar problemas similares a los suyos, y que le
significaría un gran consuelo el conocerlos.
El terapeuta interpretó entonces las dos tendencias
aparecidas hasta aquel momento en el grupo: una, la de vivir
la nueva experiencia como una situación de peligro que
provocaba ansiedad; la otra, vivenciar la situación en un clima
de esperanza, que aportaba un sentimiento positivo. El resto
del grupo pudo expresar y desarrollar, a continuación,
distintas ocurrencias e impresiones, que se integraron luego
en una fantasía común de recelo y temor frente al impacto de
lo desconocido.
El segundo grupo se inició con cinco personas, tres
mujeres y dos hombres a quienes el terapeuta no había
conocido previamente, con excepción de una de las mujeres,
que lo había entrevistado tiempo atrás en una sola
oportunidad.
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS 63

Después de comenzar la sesión con diversos comentarios


relacionados con las presentaciones mutuas, una de las
mujeres —Rosa— pregunta, dirigiéndose a todos y mirando
con cierta insistencia al terapeuta: “¿Qué pasará?” Julio
contestó que su impresión era optimista y favorable y que
esperaba que todos actuaran con buena voluntad para que se
alcanzara el objetivo de la curación. Rosa insistió en que
debían esperar antes de emitir juicio alguno y manifestó de
modo enfático sus dudas y desconfianza acerca de cómo
podrían curarse. Encontró el apoyo de Elsa, que se mostró más
reticente en su recelo, argumentando en base a su dificultad
de hablar ante extraños. Interrogado Oscar acerca de su
parecer, expresó que consideraba prematuro arriesgar alguna
opinión, apoyando de este modo la actitud de Rosa. A todo
esto, la quinta integrante, Juana, que hasta ese instante
había guardado silencio, confesó sentirse mareada y no poder
seguir el ritmo de la conversación general.
Hubo, pues, una disposición positiva en Julio, y de recelo,
temor y desconfianza en las demás personas. Esta reacción
fué especialmente intensa en Juana, que sufrió cierta
despersonalización —el mareo— en un intento de
desconectarse y defenderse de lo que para ella significaba, de
alguna manera, un peligro. Fué ella quien expresó más
intensamente las ansiedades del grupo.
En síntesis, concedemos entrevistas individuales
preliminares cuando son especialmente solicitadas por los
mismos pacientes, o por quienes les envían a la consulta, o
cuando se plantea la necesidad de un diagnóstico previo como
orientación para un criterio selectivo, ya sea para justificar la
indicación del tratamiento psicoterápico colectivo, o bien para
determinar el tipo de grupo que les resultará más conveniente
de acuerdo a sus características. Pero, en otras oportunidades,
los pacientes han sido entrevistados ya por otros colegas,
quienes, después de recoger sus impresiones diagnósticas y
suministrarles escuetas informaciones, nos los envían
directamente para ingresar en el grupo.
Los pacientes vendrán a nosotros, como pudo verse en el
último ejemplo, generalmente con desconfianza y temor
frente a la nueva situación. Su dificultad se expresa, a
menudo, en la duda de si les será posible hablar
sinceramente de sus problemas íntimos frente a todo un
grupo de personas. Los que pasaron por un análisis individual
suelen aducir que ya les costó tiempo y esfuerzo sincerarse
frente a una sola persona, el psicoanalista. También los otros
coinciden en recalcar que no es fácil confiar problemas ínti-
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
64
mos ni aún al médico solo, a pesar de comprender la necesidad
absoluta de hacerlo para que éste pueda intervenir
terapéuticamente. Por lo tanto, les parece poco menos que
imposible hacerlo en presencia de varias personas, y sin
ninguna garantía de discreción.
Frente a esta objeción es importante tener in mente que,
precisamente, una de las características diferenciales de la
terapia de grupo con respecto al análisis individual reside en
la falta de la obligatoriedad para hablar. Una persona puede
quedar en silencio durante varias sesiones en el grupo, y aún
durante períodos largos, y obtener igualmente los beneficios
del tratamiento. A pesar de su silencio, motivado por
inhibición u otras razones, participa de la dinámica general
porque cumple de todos modos una función dentro de la
gestalt del grupo, y porque siente que sus problemas están
contenidos, parcial o totalmente, en los expuestos por los
restantes miembros del grupo. Ni el tímido ni el silencioso
tienen obligación de hablar; su mismo silencio podría ser ya
tema de análisis en el grupo. Por otra parte, el terapeuta del
grupo no interroga, no aconseja, ni dicta normas, sino que se
limita a interpretar el significado profundo de todo lo que
acontece durante la sesión.
Con todo, ¿hasta dónde deben y pueden ser expuestos en el
grupo problemas íntimos? Foulkes [ 14] afirma que, dentro de
ciertos límites, se pueden llevar los asuntos privados,
sentimientos y fantasías al grupo; y que, dichos límites no son
nada fijos, sino que, por el contrario, son removidos a cada
rato. El grupo tiende a aceptar lo que resulta compatible
consigo mismo, y fija de este modo los alcances de la
comunicación. Como el grupo admite los standards del grupo
grande, la sociedad de la que forma parte, dichos standards no
difieren mucho de los que se encuentran en la vida exterior
del mismo. El acento del grupo está puesto, según él, más en
el presente que en el pasado; está orientado más progresiva
que regresivamente. De modo que no necesita contactar en
muchos términos con lo infantil, lo erótico y lo instintivo, y los
detalles concomitantes de la vida sexual, perversiones, activi-
dades excretorias, etc.
No compartimos esta opinión porque hemos podido
constatar que, con relativa frecuencia, suelen presentarse en
el grupo temas íntimos directamente conectados con la vida
sexual, lo instintivo o lo infantil. Sobre todo es muy común, en
ciertas circunstancias, la aparición de actitudes infantiles
francas entre los miembros del grupo.
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRACTICOS 65

Hay factores especialmente determinantes de la cohesión


en el grupo, que contribuyen a la creación de una atmósfera
de permisibilidad y solidaridad que facilita la exposición de
las intimidades. Parecería que se estimularan entonces
recíprocamente para plantear cada vez más detallada y
profundamente sus respectivos problemas.
Recordamos, al respecto, el clima de simpatía y
comprensión que surgió en una oportunidad en un grupo,
cuando uno de sus integrantes se refirió, en forma muy
emotiva, a su problema homosexual.
Dejando de lado el señalamiento de los mecanismos
profundos que intervinieron para hacer posible esta unión y
armonía entre los miembros, como ser los de identificación con
los aspectos latentes que cada cual tenía frente a dicho
problema, queremos recalcar que ese momento tuvo una
importancia muy grande en la historia y evolución de dicho
grupo. Señaló un cambio que, según se comprobó luego, fué
decisivo para la integración del grupo.
Enfocaremos, a continuación, otro aspecto relacionado con
el problema de la comunicación en el grupo. Parecería que las
dificultades que despierta en muchos, no se refieren tan sólo
al factor numérico del grupo, es decir a que esté constituido
por varias personas, sino también a la calidad de su
composición.
El paciente que nos consulta muchas veces expresa su
rechazo por tener que hablar delante de otros, en especial si se
trata de personas del sexo opuesto. Teme que no lo
comprenderán o que él mismo no querrá mostrarse como
realmente es, con todas sus dificultades íntimas, porque si lo
hiciera perdería su prestigio de hombre —o mujer— frente a
ellas —o ellos.
La objeción frente a la idea de integrar un grupo mixto, es,
en nuestra experiencia, poco consistente. Las mismas
personas que en un principio la mantenían con firmeza,
reconocían luego haberse basado en un prejuicio convencional
y, sobre todo, en una dificultad inherente a sus propios
conflictos pero que con llamativa rapidez solía ser expuesta en
el grupo. Citaremos otro breve pasaje de una primera sesión
de un grupo constituido por cuatro mujeres, donde se planteó
específicamente dicha cuestión:
A: “ . . . M e siento muy cómoda y con agrado porque me
encuentro en un grupo de personas del mismo sexo. No
habríamos podido expresar ciertas cosas de haber personas
del otro sexo”.
66 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

B: “ . . . Y o no creo que sería un inconveniente; al contrario,


me parece que una mentalidad del sexo opuesto sería útil para
conocer su opinión sobre muchas cosas que nos convendría
saber”.
C: “. . . Estoy de acuerdo, el hombre ayuda a la mujer, se
complementan; necesitan uno del otro”.
A: “. . . Ustedes son demasiado confiadas. No siempre se
puede estar segura con lo que el hombre busca de la mujer...”
C: “ . . . ¿ Q u é opinará el doctor de esto?”
El terapeuta interpretó que esperaban que interviniera en
forma activa en la discusión para conocer precisamente qué
podía decirles como hombre. Una parte del grupo tenía el deseo
de encontrar en él ayuda, mientras la otra parte daba la voz de
alarma ante el peligro de ver en él un enemigo.
Quisiéramos agregar que los integrantes del grupo cuyo
ejemplo acabamos de exponer, solicitaron al poco tiempo la
inclusión de varios hombres en el mismo. Tomaron consciencia
de que gran parte de sus conflictos estaban directamente
relacionados con el otro sexo, y veían como de enorme utilidad
el poder discutir y analizar los mismos en presencia de y
directamente con los hombres, objetos de sus dificultades. Lo
cual fué plenamente confirmado por la experiencia.
Acabamos de referirnos a los grupos mixtos y esto nos lleva,
naturalmente, a considerar en forma más genérica, el problema
de la constitución de los grupos con el correspondiente criterio
de selección. Para algunos autores, la composición de un grupo
terapéutico adquiere una importancia especial por considerar
que influye decisivamente en la efectividad del proceso
terapéutico. Por ese motivo insisten en que se debe ser muy
cauto en la selección de los pacientes, procurando evitar la
formación de grupos desparejos en lo que se refiere a los
siguientes factores: edad, sexo, estado civil, nivel social y
cultural, personalidad, síntomas clínicos, etc.
Los que sostienen el criterio de la homogeneidad para la
formación del grupo, lo fundamentan con argumentaciones que
se apoyan esencialmente en las ventajas de la interrelación y la
comunicación entre personas con aspectos comunes. De esta
manera orientan su selección basándose en la similitud de las
características individuales o de los problemas que les afligen.
No somos partidarios de seguir dicho criterio con estrictez,
porque hemos podido comprobar, en muchas otras ocasiones, las
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS 67

apreciables ventajas de los grupos heterogéneos, evitando,


naturalmente, que las diferencias individuales o clínicas
lleguen a extremos exagerados. Foulkes [14], entre otros, ha
destacado los beneficios de la formación de grupos con
personalidades contrastantes. Su utilidad no consiste tan sólo
en el logro de un equilibrio entre tendencias opuestas, como
ser: inhibición e impulsividad, agresividad y pasividad, estado
maníaco y depresión, etc., sino también en que se ponen en
evidencia, con mayor facilidad, las características latentes y
reprimidas contrarias a las manifestadas por las respectivas
personalidades.
Además, según el mismo autor, el grupo terapéutico
constituye un campo intermedio entre el aislamiento absoluto
del análisis individual y la vida diaria, abierta a la irrupción
de las más diversas impresiones y personajes.
Una función del grupo terapéutico, derivado de esta
posición intermedia, consistirá en adaptar al desadaptado a la
vida común.
Para cumplir con esta tarea, su composición no tendrá que
diferir fundamentalmente de la de cualquier otro grupo
casual, reunido con una finalidad en común.
Pero, en ocasiones, se deberán tener en cuenta, para el
criterio selectivo, las necesidades específicas de los grupos. Es
decir, que determinadas personalidades podrán ser útiles o
perjudiciales para ciertos grupos y no para otros. Este
problema puede presentarse, especialmente con grupos que
ya están funcionando y en los que surge la posibilidad del
ingreso de un nuevo miembro. Lo mismo cabe decir con
respecto al paciente, ya que, de acuerdo a sus características
particulares, cuadrará mejor en determinado grupo que en
otro.
En el capítulo vil desarrollaremos este tema de los grupos
homogéneos y heterogéneos con mayor extensión.
Con respecto a las indicaciones específicas para la terapia
de grupos cabe considerar toda la gama de manifestaciones
neuróticas y psicóticas, aunque con respecto a las últimas
debemos discriminar entre aquellas que por ser ambulatorias
puedan tratarse en la práctica privada y las que requieren
que el tratamiento se efectúe sólo en los establecimientos de
internación. Volveremos sobre este último punto.
La terapia de grupo puede ser indicada en forma selectiva en
aquellos casos en que existe un manifiesto rechazo hacia la psico-
terapia individual. Éste puede ser motivado entre otras razones,
por un sentimiento irreductible de rivalidad, antagonismo o rebel-
68 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

día contra una figura representativa de autoridad (imagen


paterna); o por esperar una relación de dependencia excesiva,
por temores homosexuales, etc.; vale decir temores
transferenciales, en último término. En estos casos el
paciente, reacio a la terapia individual, suele aceptar gustoso
la indicación de la terapia colectiva, porque percibe que la
relación transferencial será más diluida y que, apoyado en sus
compañeros, evitará la temida vinculación exclusiva con el
terapeuta.
Queremos recalcar muy especialmente las grandes
ventajas que hemos podido apreciar con respecto a la
psicoterapia de grupo como tratamiento complementario del
análisis individual. En ese sentido y a nuestro juicio, quedará
señalada como indicación de primer orden. La nueva
experiencia vivencial en el escenario de la psicoterapia de
grupo, donde surgen in situ y simultáneamente diversas
reacciones emocionales, en uno mismo o reflejados en los
restantes integrantes del grupo, representa un aporte de
indudable utilidad para la adquisición de un mayor insight1
de los conflictos con los demás y, por lógica consecuencia, de
una mayor posibilidad para su resolución.
Quisiéramos referirnos, a continuación, a las razones
prácticas en que muchos se han apoyado para justificar la
psicoterapia de grupo como indicación preferencial en
determinadas circunstancias. Se trata del aspecto económico y
la escasez del tiempo que, con cierta frecuencia, aparecen
como factores de gravitación en la búsqueda de esta forma de
terapia.
No puede desecharse la vinculación intrínseca de dichos
argumentos, dado que sus modalidades técnicas específicas
(ser compartido entre varios integrantes, sesiones más
espaciadas que en el tratamiento individual, etc.) la hacen
menos onerosa, con menor dedicación de tiempo y por lo tanto
más accesible a mucha gente. Sin embargo, es necesario dejar
constancia que estas ventajas no deben inducir al error de
subestimar la importancia y valoración terapéutica de este
procedimiento colectivo, que reúne méritos suficientes para
ser indicado por sí mismo, ya sea como terapia única o
complementaria.
Quizá no esté demás aclarar que la utilidad que pueda recibir
cada integrante de un grupo no está en relación directa con la
proporción en que participa dentro del mismo, sino que su apro-

1 El tema del insight en el grupo se retomará en el capítulo que versará sobre

los “Mecanismos de curación en el grupo”.


PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS 69

vechamiento corresponderá en gran parte a la totalidad del


beneficio que reciba el grupo, ya que éste funciona como una
gestalt, independientemente de la suma de individualidades
que lo componen.
Pero, en parte, dependerá también de su propia
estructura, ritmo y capacidad de dar y tomar. Hemos
observado que toda persona que haya permanecido aún
solamente algunos meses en un grupo terapéutico, se ha
beneficiado por esta experiencia. Pero no nos animamos
actualmente a concretar debido a qué factores estructurales
unos logran mucho en el grupo y otros menos. Nos
enfrentamos aquí con el mismo problema que hasta ahora
tampoco pudo dilucidar del todo el psicoanálisis: con cuánto y
debido a qué factores básicos determinada persona pueda
obtener su plena curación mientras que otra, supongamos
igualmente dotada, con el mismo diagnóstico y con un
terapeuta de las mismas condiciones, tendrá que conformarse
con una mejoría.
Debemos mencionar las contraindicaciones de la
psicoterapia de grupo en los estados depresivos severos, como
así también en personas que denotan tendencias suicidas; la
psicoterapia colectiva está contraindicada, no sólo porque
puede provocar un efecto perjudicial sobre los demás
pacientes, sino porque requieren, ellos mismos, un contacto
más estrecho y frecuente con el terapeuta. Los enfermos
psicóticos deberán ser excluidos, naturalmente, de los grupos
de neuróticos, pero pueden ser tratados en grupos integrados
exclusivamente por pacientes psicóticos, como se verá más
adelante en el capítulo que trata sobre “grupos especiales”. Se
puede establecer en relación a este planteo, el paralelo con lo
ocurrido en el campo psicoanalítico donde, en un comienzo, se
pensó que el psicoanálisis estaba limitado solamente a cierto
tipo de neurosis que, por ser consideradas las únicas accesibles
al mecanismo específico de la curación —la transferencia con el
psicoanalista—, fueron denominadas neurosis transferenciales
(histeria y neurosis obsesiva). Luego se comprobó que las otras
formas de neurosis, como así también las psicosis, eran
susceptibles de ser tratadas en base a la relación
transferencial. El mismo proceso se ha desarrollado en el
escenario de la psicoterapia de grupo, haciéndose extensiva su
aplicación —tal como se señaló— a las psicosis y a las
personalidades psicopáticas y perversas. En este sentido,
hemos citado ya nuestra experiencia acerca de la inclusión de
un homosexual manifiesto en un grupo de neuróticos comunes,
con resultados positivos en lo que se refiere a la adaptación y
70 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

aprovechamiento por parte del grupo. El mismo resultado


positivo se obtiene con la inclusión de un paciente “borderline”
en un grupo de neuróticos, por su especial captación de los
procesos profundos que ocurren en el grupo, convirtiéndose, a
veces, en el “líder regresivo” del mismo. (Tema que será
tratado con más extensión en el capítulo VI.)
Consideramos, a continuación, otros aspectos prácticos
importantes para el funcionamiento del grupo. En lo que se
refiere al número de integrantes, existe una coincidencia
general en señalar la cifra de cinco a ocho miembros como la
más apropiada para la constitución de un grupo. En grupos
demasiado extensos se presenta, a veces, la falta material de
tiempo para que cada cual exponga sus problemas, o para
integrarse en una forma adecuada. Por otra parte, los grupos
demasiado pequeños tienden a languidecer debido a la falta de
estímulos que se aporta cuando hay más gente. El grupo
demasiado numeroso suele crear poco esprit de corp, como lo
demuestran las ausencias reiteradas de sus integrantes, en
tanto los que forman un grupo demasiado pequeño, de tres o
cuatro, a menudo se sienten abrumados por una respon-
sabilidad excesiva. El temor de que de su asistencia y buena
voluntad dependa la supervivencia y marcha del grupo, les
quita libertad de acción.
Las sesiones de psicoterapia de grupo suelen tener lugar a
razón de una vez por semana, lo cual parece constituir un
ritmo aceptable y satisfactorio para una buena evolución del
grupo. Aumentar dicho ritmo a dos o más veces por semana
resulta, desde el punto de vista teórico, de mayor provecho
para la efectividad terapéutica. Uno de nosotros ha podido
apreciar ventajas evidentes con este aumento en la secuencia
de sesiones. Para otros, dichas ventajas serían muy relativas.
Pero existe, en cambio, un general acuerdo de que prolongar el
intervalo entre las sesiones por un tiempo mayor aún que una
semana sería contraproducente. Por el mismo motivo, la
regularidad con que se efectúan las reuniones es de especial
gravitación para la marcha del grupo.
La duración de la sesión no conviene que sea menor de
una hora por razones obvias. Algunos han considerado de
mayor utilidad prolongar el tiempo de cada sesión a una hora
y media. Tampoco se puede determinar en términos precisos
el tiempo de duración de todo el tratamiento. Se suele aceptar
que la participación en un grupo por un período de uno a dos
años, representa un buen promedio para juzgar el logro de
mejoras concretas.
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS 71

De todos modos, tanto en lo que se refiere a este punto como a


otros planteados anteriormente, sugerimos que se debe tener
un criterio flexible y elástico.
Hemos visto que los grupos, de acuerdo a su constitución,
pueden ser calificados de homogéneos, heterogéneos, mixtos,
etc. Desde el punto de vista de su funcionamiento, surge la
calificación de grupo “abierto” o “cerrado” respectivamente. Si
intentásemos definir dichos grupos sobre la base de un
enfoque meramente descriptivo o fenomenológico, diríamos
que el grupo “abierto” es aquel cuya composición varía
frecuentemente porque algunos de sus integrantes lo van
abandonando de tiempo en tiempo, siendo reemplazados por
nuevos miembros que acuden a él. En cambio, el grupo
“cerrado” es aquel que, desde su iniciación, decide continuar
sin modificaciones en su estructura; vale decir, sin aceptar el
ingreso de nuevos participantes. En el primer caso, el proceso
de abandono y entrada respectiva de miembros en un grupo,
obedece a determinadas circunstancias y motivaciones. Es
obvio que una persona intente participar en un grupo que le
ofrece posibilidades de satisfacer sus particulares
necesidades. Y también resulta comprensible que quiera
abandonarlo cuando se sienta frustrado en sus aspiraciones,
o perciba que él y el resto del grupo no armonizan. En
ocasiones, es el mismo grupo el que lo excluye. Así como la
mayor parte de los grupos organizados, formales, tienen toda
una codificación reglamentada para la admisión de nuevos
miembros, también los grupos informales se rigen por leyes
no formuladas, tácitas, pero igualmente restrictivas en su
aplicación.
Koffka [34] ha señalado, en este sentido, que la realidad
del grupo psicológico encuentra su expresión en el pronombre
“nosotros”. Recalcó especialmente que el “nosotros” no
significa simplemente una pluralidad de personas que “me”
incluye, sino que representa en su sentido más apropiado,
una pluralidad unificada en la que “yo” y los otros “somos”
verdaderos miembros. Según eso, al decir: “Nosotros hacemos
esto”, no significa que las personas incluidas en el “nosotros”
lo están haciendo cada una por separado, sino que lo hacemos
conjuntamente. El que habla se experimenta a sí mismo como
parte de un grupo y sus acciones como pertenecientes al
grupo. Así, pues, el “nosotros”, cuando se lo utiliza en el
sentido no aditivo, podría ser el equivalente de la expresión
del grupo psicológico. Queremos tan sólo agregar que cuando
el grupo terapéutico se siente especialmente unido, inte -
72 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

grado, en una situación de equilibrio armónico y de


estabilización es cuando mayor sentido cobra el “nosotros”,
de acuerdo a lo anteriormente formulado. Esta actitud
podría llegar a ser una característica del “grupo cerrado”,
pero de ningún modo su requisito. Muchos grupos “abiertos”
presentan, durante su evolución, distintos períodos en que
funcionan como “cerrados” oponiéndose al ingreso de nuevos
miembros para que no se altere una determinada
configuración surgida como consecuencia del material
analizado.
Esta configuración involucra el establecimiento
momentáneo de determinadas relaciones interpersonales de
los miembros del grupo, basadas en su personificación de
diversos papeles. Aunque más adelante nos referiremos a los
roles en particular, adelantaremos por ahora algunas
palabras con respecto al rol desempeñado por el terapeuta y
los observadores.
En relación al terapeuta, caben las mismas
consideraciones que son aplicables al analista en el
tratamiento individual. Vale decir que se impone como
requisito indispensable, a nuestro juicio, que el terapeuta del
grupo esté analizado para evitar que interfiera con sus
propios conflictos, o pretenda influir con determinadas
características de su personalidad en la valoración e
interpretación del material proporcionado por los pacientes.
En el capítulo VI, que versa sobre “Mecanismos de curación en
grupos”, encararemos con más detenimiento este aspecto de la
función del terapeuta, en el tópico referente a la transferencia
y contratransferencia en la técnica de la psicoterapia de
grupos.
La intervención del terapeuta, en líneas generales, será
exclusivamente interpretativa, evitando todo lo que implique
impartir normas, instrucciones o sugerencias de cualquier
índole que sean.
Como ya dijimos, el terapeuta es el líder formal del grupo;
los miembros restantes se sienten supeditados a su
intervención y la consideran, a menudo, el factor dinámico
esencial que dirige y mantiene la formación del grupo. La
importancia de la labor interpretativa, justifica que asuma
ese liderazgo como función o rol más o menos fijo, e
independientemente de las otras múltiples funciones que los
participantes le harán desempeñar, y que variarán de acuerdo
al contenido de las fantasías inconscientes de los mismos.
Los que han actuado en el campo de la psicoterapia individual
estarán familiarizados, en principio, con el rol del terapeuta. La
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS 73
psicoterapia de grupo presenta además una figura nueva: la
del observador. Antes de finalizar este capítulo, dedicado a
aspectos prácticos y concretos, creemos conveniente aclarar el
porqué algunos aconsejan su intervención en el grupo, en qué
consisten sus funciones específicas y cuáles son los motivos
por los que a veces son discutidos y se prefiere prescindir de
ellos. Son varios los enfoques que pueden considerarse para
encarar este planteo. Empezaremos por el de la investigación
y experimentación de la técnica. Powdermaker y Frank [47]
señalan que algunos aspectos decisivos de la experiencia
psicoteràpica colectiva, no podrían transmitirse en términos
objetivamente verificables. Así, por ejemplo, las observaciones
hechas por el terapeuta estarían inevitablemente viciadas por
la interferencia de sus propias emociones en el proceso que
está dirigiendo. La percepción y su memoria resultarían por lo
tanto alteradas en una proporción incalculable. Otra
dificultad consiste en la imposibilidad de repetir
observaciones y experimentaciones sobre el mismo fenómeno.
Son de la opinión que la conducta humana debe ser estudiada
y registrada en diferentes situaciones. Por eso consideran de
utilidad la colaboración de observadores, para obtener los
datos presentados durante la sesión en forma directa. Los
observadores tendrán de este modo tres funciones principales:
a) registrar, como resultado de la observación directa, la
comunicación verbal y no verbal intercambiadas en el grupo,
las interrelaciones de los distintos miembros y los cambios
que se producen de una sesión a otra; b) conferenciar con el
terapeuta después de cada sesión; ye) el análisis subsecuente
de los datos obtenidos.
El o los observadores suelen reunirse con el terapeuta
después de finalizada la sesión o antes de comenzar la
siguiente, para comentar y discutir el material de la última
sesión, las intervenciones del terapeuta y la medida en que
coinciden o difieren con lo apreciado y registrado por ellos.
A menudo los comentarios y las anotaciones de los
observadores constituyen elementos y datos complementarios
de gran valor para el terapeuta; lo mismo se puede decir de
sus sugerencias, en especial si éste ha escotomizado alguna
situación en particular.
Desde otro punto de vista la presencia del observador
puede provocar diferentes grados de ansiedad. Algunos
terapeutas no se sienten cómodos y rechazan al observador
hasta sentirse más seguros. Proyectan en él una figura censora
por la que se sienten controlados y enjuiciados en su labor.
74 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

En relación con los pacientes, la presencia del observador


puede provocar problemas específicos en la situación
terapéutica. Pese a que nunca hablan durante el transcurso
de la sesión, limitándose a observar y anotar el material
expuesto, es evidente que adquieren significados especiales
para los pacientes. Como se verá más adelante con más
detalle, sirven de pantalla para la proyección de distintas
relaciones objétales y tendencias inconscientes. A menudo son
utilizados para facilitar el desdoblamiento de los aspectos que
proyectan en el terapeuta. Así se convertirán en la imagen
negativa o positiva respectivamente para oponerla a lo que
ven, en ese momento, en el terapeuta.
La ausencia ocasional del observador repercute de
diversas formas en el grupo; algunas veces lo viven con la
misma intensidad que provocaría la ausencia de cualquier
otro integrante. Otras, puede conducir a creer que la sesión es
menos importante, dado que no se registra; o que el terapeuta
da menos valor al grupo.
Aunque no hayamos agotado todos los aspectos de una
introducción a la psicoterapia de grupo, creemos que es
necesario interrumpirla aquí, para ver al grupo en sí mismo,
en su principio, desarrollo y actuación terapéutica. Los
próximos capítulos estarán dedicados a la consideración de
estos aspectos.
RESUMEN

En este capítulo se describen los aspectos prácticos de la


Psicoterapia del Grupo, respondiendo a algunos de los
interrogantes que plantea.
El grupo terapéutico llena los requisitos para ser
denominado como tal, puesto que está constituido por una
serie de personas que se reúnen de común acuerdo, y
comparten normas tendientes a la consecución de un
determinado fin: la curación. Aparte de esto, cada integrante
desempeña una función, consciente o inconsciente, que se
halla en estrecha interdependencia con las demás.
El terapeuta es quien constituye el grupo, desempeñando
básicamente la función del líder normal. Existen en relación a
este problema distintas normas de conducta; algunos autores
aconsejan entrevistas previas con los pacientes, que tendrían
por objeto disminuir la tensión que se produce frente a la
situación nueva que deben enfrentar.
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRÁCTICOS 75

Los autores de este libro prefieren abstenerse de cualquier


contacto individual previo, considerando que las tensiones que
se provocan frente al impacto de la nueva situación,
constituyen un material valioso de interpretación, y permiten,
al mismo tiempo, que surjan precozmente los conflictos y
diferencias individuales que se crean en el grupo.
Con respecto a los problemas de la comunicación en el
grupo, que generalmente constituyen motivo de especial
preocupación de los integrantes, se ha podido comprobar que
aún los miembros silenciosos se benefician en la medida en
que el grupo progresa. Esto sucede por dos razones: a) el grupo
constituye una totalidad; b) los problemas expresados por
cualquier integrante, contienen en forma latente o manifiesta
a los del resto de los participantes.
Esta identificación constituye el mecanismo profundo que
hace posible la atmósfera de tolerancia y de cohesión dentro
del grupo, que a su vez impulsa a traer temas regresivos de
tipo instintivo.
Criterio de selección: Aquí también las opiniones se hallan
divididas. Unos recomiendan mucha cautela, por considerar
que la homogeneidad entre los integrantes, al brindar la
posibilidad de intercambio entre personas con problemas y
características similares, constituye un factor terapéutico.
Otros, consideran que el equilibrio que se logra mediante el
contacto de personalidades opuestas, favorece la
manifestación de las características reprimidas. Aducen,
además, que una de las funciones primordiales del grupo es la
de adaptar al individuo a la vida exterior. En consecuencia
recomiendan la formación de grupos heterogéneos y mixtos,
por ser más similares a los que se encuentran en el mundo
externo.
Indicaciones específicas de la terapia del grupo: Esta
disciplina ha seguido una línea paralela con el psicoanálisis
individual, vale decir que ha ampliado cada vez más sus
límites de aplicación. Sus resultados han sido beneficiosos en
todo tipo de neurosis y psicosis. En general se recomienda
especialmente en los pacientes que tienen un manifiesto
rechazo por la terapia individual, ya sea por temor a una
dependencia extrema o a una excesiva rivalidad, con una
figura autoritaria, dado que aquí la transferencia se
encuentra más diluida.
Como tratamiento complementario del psicoanálisis indivi-
dual, puede resultar sumamente beneficioso, porque mantiene un
contacto constante con la realidad exterior, y porque posibilita un
76 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

mayor insight, al reconocer en los problemas de los demás las


mismas actitudes que les son propias, y que hasta ese
entonces le eran desconocidas.
En cuanto a las ventajas de orden práctico, de tiempo y de
dinero, son obvias.
Los beneficios que se adquieren dentro del grupo, no están
en relación directa con la participación activa de los
integrantes, quienes se benefician en la medida en que
progresa el grupo, dado que todos cumplen una función, y
conforman la totalidad.
En última instancia depende —lo mismo que en el análisis
individual— de la capacidad de cada uno de dar y recibir, pese
a que no se pueden determinar los factores específicos que
entran en juego.
Está contraindicada en los casos de depresión severa, o de
personas con tendencias suicidas manifiestas y en
personalidades psicopáticas graves, dada la influencia
perjudicial que podrían ejercer sobre el grupo.
En cuanto al aspecto práctico del grupo se tienen en
cuenta los siguientes items: a) Número de integrantes: se
considera que la cifra ideal oscila entre cinco y ocho. Un grupo
más chico podría resultar empobrecido, y un grupo más
grande, por razones de tiempo, resultaría menos eficaz, b) Las
sesiones tienen lugar generalmente una vez por semana; el
espaciarlas aún más traería una cierta desintegración.
Algunos terapeutas las realizan dos veces por semana, con
buenos resultados. El tiempo que toma una sesión varía de
una hora a una hora y media; éste, por razones obvias, no se
debe acortar. Finalmente se considera que en uno o dos años
de tratamiento se pueden apreciar resultados evidentes.
Constitución del grupo: Ya se han mencionado los grupos
homogéneos y heterogéneos. Existe dentro de ellos una
subdivisión: el grupo “abierto” y el “cerrado”. Se aplica el
primer calificativo al grupo que varía marcadamente en sus
integrantes; y el segundo, al que se mantiene con los mismos
durante su duración, imponiendo normas más fijas en caso de
que haya otros aspirantes.
Como se ha mencionado, el grupo, cualesquiera que sean
sus características, mantiene una cohesión, basada en los
diferentes roles que cumplen sus participantes —o relaciones
interpersonales— y que se manifiesta con el significado
especial con que usan el “nosotros”.
PROBLEMAS Y ASPECTOS PRACTICOS 77

El terapeuta es fundamentalmente el líder formal del


grupo, pese a los diferentes roles que le asignen. Su función
específica es interpretativa, ya que no juzga, dicta normas o
da consejos.
El rol del observador es el de registrar —como resultado
de la observación directa— la comunicación verbal y no verbal
que tiene lugar durante la sesión. Al mismo tiempo
intercambia opiniones sobre lo sucedido en el grupo con el
terapeuta. Suele provocar diferentes grados de ansiedad,
puesto que sirve de pantalla para la proyección de las
relaciones objétales y de las tendencias inconscientes.
C A P Í T U L O IV

INICIACIÓN DE UN GRUPO
Funcionamiento del grupo terapéutico — Técnica — Una primera sesión — El grupo
sin normas — El líder inicial — Naturaleza y función del líder — Los supuestos
básicos de Bion — Líder sancionado y líder emergente — Ansiedades paranoides
— Posición esquizoparanoide — Posición depresiva — Resumen.

En el capítulo anterior nos ocupamos de los comienzos del


grupo terapéutico en general, y del paciente que va a integrarlo.
En éste referiremos lo que sucede cuando el grupo comienza a
funcionar. Una vez descrito el montaje de la situación
terapéutica, nos toca iniciar el primer acto de la obra en sí.
Este primer acto suele ser el que más intriga y preocupa al
profesional que se interesa en el tema. En los cursos que hemos
dictado, invariablemente se nos preguntaba: “¿Cómo comienza un
grupo?”; “¿Qué introducción conviene dar antes de iniciada la
primera sesión?”; “¿Qué ocurre si nadie habla?”, etc.1.
Para que la respuesta a estas preguntas sea significativa es
preciso formularlas dentro de un marco de referencia adecuado.
Así interesa saber qué fin perseguimos al reunirnos con un grupo
de pacientes, en qué forma pensamos influir sobre la conducta
individual y colectiva, y cuál es nuestra experiencia en
situaciones de apertura terapéutica.
Nuestros propósitos, técnica y experiencia dictarán el criterio
a seguir. El enfoque será diferente si deseamos instruir, guiar, o
(como sucede en nuestro caso) comprender al grupo con el fin de
modificarlo. Para explicar cómo comprendemos al grupo, debemos
introducir el problema de la técnica.

1 Cursos dictados bajo el auspicio de la Asociación de Psicología y

Psicoterapia de Grupo de Buenos Aires, durante los años 1955 y 1956.


80 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

TÉCNICA: En primer lugar conviene señalar que


empleamos básicamente la misma técnica a lo largo del
tratamiento; es decir que no comenzamos utilizando una serie
de procedimientos que van siendo descartados a medida que el
grupo se “pone en marcha”. Esta técnica tiene su historia, que
es útil de reseñar, especialmente si se realiza el estudio
comparativo con el desarrollo de la técnica del análisis de
niños y de psicóticos.
El instrumento básico de la técnica analítica es la
interpretación. Más que al microscopio del biólogo, con la que
ha sido comparada, la interpretación puede analogarse al
cálculo del matemático: ambos son métodos operacionales
integrados en la estructura íntima del fenómeno a estudiar.
Desde que Freud abandonó el método sugestivo catártico de la
hipnosis, la técnica analítica ha ido puliendo sus
interpretaciones y ampliando su campo de aplicación. Así, los
fenómenos de la resistencia y de la transferencia, al ser
comprendidos e interpretados, dejaron de ser obstáculos para
convertirse en instrumentos de gran poder. Se puede concluir
que, en la medida en que nuevas áreas psicológicas se abrían
a la interpretación, los recursos terapéuticos secundarios
(sugestión, instrucción, apoyo, etc.) iban siendo
progresivamente relegados.
Es particularmente reveladora la comparación de la
evolución de la psicoterapia de grupo con la de las otras dos
grandes conquistas clínicas del psicoanálisis: el tratamiento
de niños y el de psicóticos. Su desarrollo guarda gran
semejanza.
En un principio se creyó que no era posible analizar al
niño ni al psicòtico. Partiendo de esta premisa se trató de
modificar la técnica mediante procedimientos no analíticos a
fin de poder aplicar el enfoque analítico, aunque más no fuera,
en forma parcial. Así, en el caso de los niños se introdujo un
período pedagógico previo, destinado a solicitar la
colaboración del niño, guiándolo hacia ima mejor comprensión
de la situación analítica. Otro tanto ocurrió con el psicòtico,
frente al cual se apeló a una combinación de técnicas
interpretativas y sugestivas. Se partía de la base de que el
niño y el psicòtico no poseían un Yo suficientemente fuerte e
integrado como para elaborar sus tendencias destructivas; por
ello se dejaba de lado la interpretación transferencial de los
impulsos hostiles, trabajándose en cambio desde la
transferencia positiva, la que era fomentada por medidas no
analíticas (apoyo, consejo, etc.).
INICIACIÓN DE UN CHUPO 81

Conviene recalcar que estas medidas no constituían


modificaciones dinámicas de la técnica; eran diluciones y
concesiones que se estimaban inevitables.
La técnica de juego de Melanie Klein, en cambio,
revolucionó el análisis infantil. Su aporte consistió en
reconocer el valor de los medios de expresión del niño,
adecuando la técnica a la actividad Iòdica, pero sin alterar
ninguno de los postulados básicos de la misma. A riesgo de
simplificar se podría decir que la técnica anterior a M. Klein
trató de modificar al niño, haciéndolo, por así decirlo, “menos
niño” mediante el período pedagógico previo; Melanie Klein,
en cambio, en vez de adecuar el niño a la técnica de adultos,
adaptó la técnica a las necesidades expresivas infantiles. La
experiencia conseguida en este campo permitió aplicar al
psicòtico una técnica sin concesiones y directamente adecuada
a su finalidad.
Vimos que algo similar pasó con los primeros intentos de
aplicación del análisis al grupo. Hasta hace poco se intentó
moldear el grupo (criterio de homogeneización, instrucción
previa, etc.) a la técnica usual de neuróticos adultos. Así como
es importante analizar al niño y al psicòtico en su totalidad, es
decir incluyendo todas sus manifestaciones y formas de
expresión, de la misma manera es importante, desde un
comienzo, enfocar la totalidad de las manifestaciones del
grupo. Este postulado, que constituye el punto de partida de
nuestra técnica, se basa en una hipótesis que ha sido
comprobada en la práctica: así como el juego del niño
constituye, a su nivel de expresión, un material psíquico de
valor semejante al de los sueños y asociaciones libres del
paciente adulto, del mismo modo las comunicaciones de varias
personas reunidas en un grupo permiten hacer inferencias con
respecto a los mecanismos inconscientes de interacción del
grupo.
Si partimos idei postulado recién enunciado y enfocamos
al grupo como una totalidad expresiva, ¿cuál es, entonces, la
forma más conveniente de comenzar el tratamiento?
Ahora estamos en mejores condiciones para contestar esta
pregunta, formulada al iniciar el capítulo. Tengamos en
cuenta que la iniciación del tratamiento representa un
momento psicológico de gran importancia para el grupo. Por
un lado, reactivamos, en cada individuo, todas las angustias
que despierta lo desconocido; por el otro, colocamos los
cimientos de una entidad colectiva, la cual está en ese
momento, casi exclusivamente centrada en nosotros,
esperando nuestras normas y directivas.
82 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Frente a una situación tan compleja, nuestra tarea


consiste, desde el primer momento, en interpretar las
manifestaciones de angustia a medida que vayamos
comprendiendo su naturaleza. En esas ocasiones, como lo
señala Foulkes [14], una charla previa explicativa, las
aclaraciones detalladas a fin de calmar la angustia y
disminuir la desconfianza, no representan ninguna ventaja y
son, a nuestro juicio, contraproducentes. Foulkes desaconseja
estos procedimientos considerando que, detrás del deseo de
curarse, se encubren las resistencias del paciente, que obtiene
un beneficio secundario del síntoma neurótico. Por ello, las
técnicas del apoyo y las explicaciones amplias “sólo serán
(para el paciente) otras tantas excusas para alejarse de su
problema y escapar a la confrontación con el mismo”.
En realidad, este no es nuestro principal motivo para
desaconsejar las técnicas sugestivas y de apoyo iniciales. Lo
más importante es, como ya mostramos en páginas
anteriores, que ellas deformarían la dinámica del fenómeno
colectivo, de suma importancia, que en esa primera sesión se
está desarrollando. Nos interesa comprender e interpretar las
angustias que van surgiendo y, en la medida en que lo
logramos, ir desde un comienzo elaborándolas.
A esta altura conviene dar un ejemplo detallado que
ilustre nuestro manejo interpretativo de la primera sesión y
algunas de las situaciones de angustias que aparecen en
dichas circunstancias.
Tomaremos como ejemplo una situación de comienzo
típica; es decir, un grupo de pacientes neuróticos que
reacciona en forma inhibida. El grupo está formado por dos
hombres y dos mujeres con trastornos más o menos similares
de timidez y dificultad social. Todos habían tenido una
conversación previa de media hora con el terapeuta, parte de
la cual fué empleada para la comunicación del problema que
los llevaba a buscar psicoterapia, y parte al arreglo de
horarios y demás aspectos prácticos. El terapeuta, en esa
oportunidad, siguió en líneas generales las normas señaladas
en el capítulo tercero.
A la hora convenida el terapeuta hizo pasar al consultorio a los
tres pacientes que esperaban, presentándolos entre sí e introdu-
ciendo a la observadora, señalando que el papel de ésta era el de
tomar notas. El grupo se dispuso en la forma expuesta en el
capítulo anterior. En ese momento sonó el timbre que indicaba la
llegada del cuarto paciente, de modo que el terapeuta se levantó
unos instantes para ir en su busca. A su regreso advirtió que
INICIACIÓN DE UN GRUPO 83

los tres pacientes habían girado en dirección a la observadora


y se mantenían inmóviles, con la vista fija en ella. Luego de
presentar al recién llegado, el terapeuta hizo notar cómo se
podía percibir que el grupo estaba angustiado. Se refirió a la
postura tensa y al silencio general y al hecho de que todos, en
su ausencia, se habían concentrado en la figura de la
observadora, como buscando algo sólido en que aferrarse.
Luego de un silencio corto alguien recordó que la hora
fijada para esa primera entrevista era provisional, ya que el
terapeuta había dicho que, de existir dificultades de horario,
se plantearían en ese momento. El terapeuta asintió. El
paciente que trajo el horario a colación comenzó a decir, con
cierta vehemencia: “Pero, entonces...”, más dejó la frase
inconclusa. El terapeuta tuvo la impresión de que ese
paciente, al menos, se sentía engañado, que había pensado
que en esa sesión sólo se plantearía formalmente la cuestión
del horario. Comunicó su impresión señalando que a lo mejor
uno o más de los presentes habían sentido que de pronto se los
arrastraba al tratamiento y que lo acusaban de haber actuado
sorpresivamente, sin darles tiempo para prepararse.
Hubo una protesta general; sin embargo, el paciente que
inició el tema, pidió que “se arreglaran de una vez los
horarios”.
Habían transcurrido ya unos 10 minutos de sesión y sólo
un paciente había hablado. Ahora, que se había planteado un
tema preciso y familiar, se entabló una conversación general
en un tono bastante animado que se mantuvo por varios
minutos. Es interesante consignar el contenido de la misma,
pues ejemplifica bien una defensa típica del grupo, sobre todo
en su comienzo. Así, casi en seguida todo el grupo estuvo de
acuerdo en que la hora a que habían concurrido esa vez les
convenía; pero se discutió con todo detalle si era preferible
venir unos minutos antes o después de la hora fijada. El
debate se alargó todo lo que se "pudo en torno a esas minucias,
y luego el grupo permaneció nuevamente en silencio.
El terapeuta interpretó cómo el grupo había tomado el
tema del horario, no porque éste le interesara
particularmente, sino porque tenían la necesidad de
encontrar algo familiar de que hablar. Puntualizó que la
situación nueva del tratamiento les causaba angustia, sobre
todo por el hecho de que él permanecía callado en vez de guiar
al grupo, o de señalar qué era lo que tenían que hacer.
84 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Se produjo otro silencio, esta vez más tenso y pesado, que fué
finalmente roto por el paciente que había intervenido más, quien
señaló con cierta intensidad: “Es inútil que busquemos ayuda en el
analista; yo antes estaba en tratamiento individual y tampoco ahí
podía lograr que el analista contestara mis preguntas”. Se encogió
de hombros como diciendo “allá ellos” y pasó a tomar la iniciativa,
comentando cuál era su problema (tartamudez) y luego
preguntando a cada uno de sus compañeros “qué es lo que a usted lo
trae por acá”.
Nuevamente se produce un período de conversación animada.
Cada uno cuenta, sin mayor dificultad, pero en forma superficial
y breve la índole de sus problemas. Una vez cerrado cae el círculo, el
grupo cae nuevamente en silencio. Pero ahora el grupo una veces
mira al terapeuta v otras al paciente con iniciativa, al que
denominaremos Líder Inicial (L.I.).
Parece evidente que el grupo ahora está más desconcertado aún
y no sabe a quién seguir: si al terapeuta que no guía o al L.I. que
actúa más de acuerdo con las expectativas de cada uno. El terapeuta
interpretó que le reprochaban el colocarlos ante esa disyuntiva.
También señaló cómo el L.I., si bien deseaba ayudar y “sacar el
grupo a flote”, también expresaba su rivalidad y rebeldía frente al
terapeuta, siendo evidente que gozaba de su posición de ser quien
tenía experiencia en tratamientos analíticos.
Interrumpamos la sesión a esta altura y pasemos a ver
algunos de los problemas que suscita. Consideremos las situaciones
siguientes: 1o, cuando todos clavan su mirada en la observadora
(ante la ausencia momentánea del analista); 2 o, la elaboración en
detalle del tema del horario; y 3o, el momento en que cada uno, por
turno, cuenta sus problemas. Estas situaciones son aparentemente
muy distintas; sin embargo poseen algo en común: el grupo las
empleó como hechos “concretos” para aferrarse frente a la angustia
de lo desconocido.
Este fenómeno, por ocurrir en todo grupo, terapéutico, merece
ser considerado con cierto detalle. Se produce como consecuencia del
impacto de la situación terapéutica, creada -por nosotros. Nuestra
tarea normativa, al entrar en contacto con el grupo, ha residido
casualmente en no dictar normas. El terapeuta no manifiesta
ostensiblemente sus preferencias y, en el ejemplo dado, estuvo
dispuesto a discutir por igual el tema del silencio, del horario o de
los problemas individuales. Esta ausencia de normas crea angustia
en el grupo, cuya intensidad tendemos a subestimar.
INICIACIÓN DE UN GRUPO 85

El individuo necesita contar con una sólida estructura


social, la que le confiere seguridad al ubicarlo y protegerlo
dentro de un sistema de normas conocidas.
En nuestra vida diaria no nos damos cuenta del rol e
importancia que esta estructura social desempeña. Cuando
estamos en rueda de amigos, realizamos un trabajo en común
o asistimos a un curso o ceremonia; es decir, en toda
oportunidad en que se forma un grupo,1 éste se reúne con el
propósito de hacer “algo”. Y ese “algo”, por indefinido que sea,
consta de un determinado tipo de vínculos, normas y
relaciones. El conjunto de estos lazos, que unen a un grupo en
forma particular, se denomina estructura del grupo.2
Recién notamos cuán grande es el papel de esta estructura
en nuestra vida social, cuando nos encontramos frente a
situaciones que carecen de ella. La situación analítica crea
deliberadamente esta falta de estructuración en forma
controlada (luego veremos el valor terapéutico de esta
medida).
En el capítulo III se dio un ejemplo breve de primera
sesión de un grupo hospitalario, en el que sus participantes
rompieron el silencio inicial, comparando la experiencia ahí
vivida con otras. Así, una paciente comparó el grupo a una
sesión de espiritismo; acto seguido, otra lo homologó a una
reunión de condenados frente al juez. El contenido de las
analogías en sí era muy revelador; pero, además, la necesidad
de buscar un parecido entre esa experiencia nueva e insólita y
otras experiencias conocidas, expresa la urgencia de darle
alguna forma o estructura a lo desconocido.
Veamos un caso más llamativo, donde la necesidad de
estructura llevó al grupo a tener una respuesta paradojal. Se
trataba de un grupo formado por estudiantes de enfermería de la
Escuela Rachel Lobbo de Río de Janeiro. Uno de nosotros había
sido invitado a realizar grupos experimentales en la escuela a
1 Para la definición de lo que se entiende por grupo, cf. Capítulo III y, en

particular, la definición de Newcomb.


2 Es importante aclarar bien el concepto de estructura social. Con ese

fin tomemos el tipo de estructura social más sencillo, tal como lo encontramos
en el gallinero estudiado por Murchinson [44]. Este autor encontró que existía
una jerarquía fija, linear e inamovible en el gallinero, dictada por lo que
denominó el “orden del picoteo”. Así, A picotea a B y C, B es picoteado por A y
picotea a C, etc. Decimos entonces que en esa colectividad existe una
estructura simple (en este caso lineal) determinada por las relaciones de
“dominio” y “sumisión”. La naturaleza y el número de las relaciones
determina la complejidad de la estructura social.
86 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

fin de iniciar a oíros médicos en el manejo de los mismos1. El


nivel intelectual y cultural de las estudiantes era bastante
bajo, la mayoría de ellas recién llegaba del norte del Brasil
para internarse en la escuela, no estando aún del todo
ambientadas.
Al comenzar la sesión el terapeuta pidió ayuda para
colocar las sillas en círculo (en vez de la alineación habitual
tipo aula), y ocupó una de ellas. Las alumnas más próximas a
él se alejaron en pánico, y en realidad la palabra “pánico”
describe bien el comienzo de esta sesión en la que el súbito
cambio de la distribución del ambiente, las dificultades
idiomáticas del terapeuta (más extraño aún por ser
extranjero) y la falta de aclimatación de las alumnas, fueron
factores agravantes.
Una vez superado un tanto el pánico inicial, el grupo trató
de convertir al terapeuta en profesor, insistiendo inútilmente
en sacar nota de lo que decía. Como el terapeuta seguía
actuando en forma no directiva, la angustia fué en aumento,
hasta que en un momento dado el grupo cambió
dramáticamente de actitud, y las alumnas comenzaron a
moverse, a cuchichear entre sí y a tentarse de risa. El bullicio
iba en aumento y parecía incontenible.
¿Cómo explicarse este fenómeno? A primera vista, podría
decirse que, ante el aumento de angustia el grupo entró en
situación caótica, desintegrándose y perdiendo toda
estructura. Sin embargo, el terapeuta tuvo la impresión de
que ese tipo de conducta le era familiar; en efecto, es la actitud
típica que exhiben los alumnos cuando el maestro deja el aula.
De modo que las alumnas, primero intentaron establecer con
el terapeuta la estructura pedagógica típica dada por el
conjunto de relaciones alumno-maestro (atención, disciplina,
silencio, etc.); como el terapeuta no desempeñaba el rol de
profesor, el grupo, presionado por la angustia, sólo pudo
recurrir al otro tipo de estructura pedagógica, aquélla que es
motivada por la ausencia del profesor. Si el terapeuta no
actuaba como profesor, entonces no existía. Este ejemplo
muestra cómo la necesidad de un grupo de mantener
estructuras fijas, le puede llevar a tipos de conducta parado
jales y aparentemente incomprensibles. Hemos hecho esta
disgresión con el propósito de poner todo el énfasis posible en
el fenómeno colectivo de la necesidad de estructura.
Veamos qué más nos muestra el primer ejemplo que descri-
bimos. Vimos que, desde un comienzo, la actitud de uno de los

1 El Dr. E. Rodrigué desempeñó esta tarea en marzo de 1956.


INICIACIÓN DE UN GRUPO 87

miembros se fué diferenciando y, en la medida en que pasó a


ser el vocero del grupo, lo denominamos líder inicial (L. I.). La
emergencia de líderes y diferenciación de funciones es un
fenómeno que, por supuesto, se inicia tan pronto como el
grupo se reúne. En la siguiente sección vamos a hablar del
liderazgo en general; aquí queremos referirnos a ciertas
características especiales del L. I.
Según el grado de agresión de los individuos que forman el
grupo, en la primera sesión suele surgir ya sea un líder
rebelde o un líder sumiso o, como sucede con frecuencia,
aparecen dos líderes que expresan ambas tendencias. Pero,
siguiendo nuestro postulado básico de que hay que tomar el
grupo como una totalidad expresiva, es preciso comprender la
conducta del líder —de L. I. en nuestro ejemplo— en función
de los miembros restantes del grupo.
La conducta del L. I. está determinada por su relación con
el terapeuta y con los demás miembros del grupo, además de
los factores específicos de su personalidad. En su relación con
el terapeuta, prima la hostilidad y desconfianza (aunque
también existe un fuerte deseo de cooperación); frente al
grupo, la rivalidad y deseo de diferenciación. Pero unas de las
razones más importantes por las cuales el L. I. asumió la
dirección activa del grupo fué —como se vio más adelante en
la sesión— porque deseaba contrarrestar la pasividad que
veía en el resto del grupo. En los siguientes capítulos,
especialmente en el VI, veremos cómo esto se debe al juego de
la identificación proyectiva.
Hemos observado con frecuencia que los miembros que se
erigen en líderes en las primeras sesiones, suelen sufrir un desti-
no particular. En un comienzo suelen ser de gran ayuda para el
grupo —y también para el terapeuta—, ya que con su interven-
ción activan al grupo. Pero, por lo general, esta fase catalítica del
líder inicial dura poco. Por un lado, su liderazgo, con la mayor
actividad y rango1 implícito que presupone, produce rivalidad
y una mezcla de sumisión y rebeldía en los demás miembros;
por el otro, el mismo líder tiende a perpetuarse en su función,
y a menudo impide que el grupo progrese por temor a per-

1 “Rango” implica jerarquía y una escala de valores sancionada por el

grupo. Ello acontece en toda institución donde se confieren cargos y se


estructura un escalafón. Por ello, en el grupo no existen rangos sancionados,
aunque por supuesto se produce una escala de valores que fluctúa con los
cambios de funciones que se van operando.
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
88

der su rango y privilegios. (Demás está decir que este rango y


privilegio son relaciones que no se sancionan en el grupo; es
decir, no confieren autoridad “real”).
En el siguiente capítulo veremos un ejemplo típico de líder
inicial “reaccionario”, el que si bien ayudaba aparentemente a
todos a hablar, mantenía un permanente control, para que
nadie fuera “demasiado lejos”, tanto en autoridad como en los
temas planteados.
Conviene recalcar que, en todo momento, el líder es un
vocero o está en función de los demás. El planteo de este
problema nos lleva a considerar las características generales
del líder con cierto detalle.
La Naturaleza y Función del Líder: Como consecuencia de
estudiar a los líderes en acción; es decir, en el “aquí y el ahora”
de la situación en la que el líder emerge, se han ido
modificando nuestras ideas acerca de lo que constituye un
líder.
El procedimiento usual en el estudio del liderazgo fué el de
buscar los atributos personales que poseían las figuras de
líderes indiscutidos. En el trabajo de Le Bon se ve como este
autor ha tomado como modelo a destacados líderes políticos,
religiosos y militares. La finalidad de esta pesquisa era tratar
de seleccionar e identificar cuáles eran los factores básicos de
la personalidad que condicionaban al líder exitoso. La creencia
implícita en estos trabajos era de que existían factores
cualitativos invariables que investían a ciertos individuos con
un poder especial de conducir a los demás. En la teoría clásica,
el líder era un super-dotado (para el mal o para el bien) que, al
imponer su ideología, aglutinaba y creaba un grupo en torno
suyo.
Esta concepción clásica no es adecuada, pues no tiene en
cuenta que el liderazgo es una función sumamente compleja,
en la que participan múltiples variables. “La conducta del
líder —como lo señala J. Klein [32]— ocurre en una gran
variedad de situaciones y está determinada, en gran parte, por
el medio en el cual el líder percibe su propia función, además
de las características personales del individuo”.1
Los trabajos de Bion 2 [3] en la selección de personal en la
segunda guerra mundial, fueron pioneros de esta concepción del

1 Resulta interesante constatar cómo un sociólogo ha arribado a con-


clusiones similares a las obtenidas por los psicólogos clínicos y sociales.
2 Proyecto W. O. S. B., realizado para las Reales Fuerzas Británicas

durante la guerra pasada.


INICIACIÓN DE UN GRUPO
89
líder en función del grupo. Conviene reseñarlos brevemente. A
fin de determinar qué personal tenía capacidad de dirigir a
grupos de combate con funciones específicas, Bion creó lo que
luego pasó a denominarse “liderless groups” (grupos sin líder).
Los grupos estaban formados por las personas a investigar y
se los destinaba a desarrollar las tareas específicas
propuestas. En el desarrollo de esas mismas tareas se podía
observar que una o más personas se iban diferenciando de las
demás por su mayor habilidad e iniciativa, e insensiblemente
pasaban a ser los líderes de los grupos experimentales. La
eficacia de estos líderes era superior a la de aquellos
seleccionados con otros métodos (batería de test, foja de
servicio, etc.). Pero lo que para nosotros es más importante es
que cada tarea determinaba la emergencia de un tipo dado de
líder. O sea, el líder estaba determinado por la función del
grupo.
Los grupos terapéuticos restringidos, manejados según
este enfoque, son verdaderos “grupos sin líder” 1. El fenómeno
experimental observado por Bion ocurre en su seno; es decir, el
grupo determina al líder. Como la función del grupo
terapéutico dista de ser tan precisa y definida como la del
grupo con una misión militar y como, además, su
funcionamiento despierta emociones y conflictos de muy
diferente tipo, la emergencia del líder no está determinada por
la tarea consciente del grupo, sino por el clima emocional
subyacente.
Bion introdujo el concepto de supuesto básico 2 [4] para
designar una creencia emocional de la que participan todos los
miembros del grupo y que los impulsa al unísono a “tener un
determinado tipo de fantasías y deseos”. En la medida en que
ésta es una producción emocional colectiva organizada y
unitaria, se puede hablar de una mentalidad colectiva (en un
sentido casi literal) 1 2 3.

1 Fueron casualmente estos trabajos con “grupos sin líder” los que

durante y sobre todo después de la última guerra dieron origen a la nueva


corriente en psicoterapia de grupo. En estos experimentos, junto a Bion
trabajó J. Rickmann; los que influenciaron a Rees, Sutherland, Wilson y
Main, e, indirectamente, a Foulkes. De ahí surgió el núcleo de psicólogos
sociales que fundaron el Instituto de Relaciones Humanas de la Tavistock
Clinic.
2 Para el estudio crítico de la teoría de Bion, véase el trabajo de E.

Rodrigué titulado “Bion y la psicoterapia de grupo” [51].


3El grupo no tiene “mente” pero sí puede tener una “opinión”

organizada.
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
90

Bion distingue tres tipos de Supuestos Básicos (S. B.). El


primero es el S. B. de dependencia; cuando actúa, el grupo
depende, se apoya y venera a su líder, el que, por ser
idealizado, asume características de deidad. El segundo S. B.
es el de lucha y fuga, y la emergencia de esta fantasía
emocional colectiva arrastra al grupo a agredir o a defenderse
de un perseguidor, ya sea dentro o, más comúnmente, fuera del
grupo. El líder de este supuesto básico asume características
de caudillo. El tercer S. B. es el de apareamiento (“Pairing” en
inglés, que puede traducirse como el acto de acoplarse).
Cuando este supuesto entra en actividad el grupo tiende a
centrarse en torno a una pareja (mixta o del mismo sexo), y se
crea alrededor de ella un clima emocional típico de expectativa
y de esperanza. Por ello Bion señala que el líder del grupo en
apareamiento, puede decirse que está proyectado en el futuro y
“ . . . n o le cuadra mejor apelativo que el de genio que aún no ha
nacido”. Es una figura de tipo mesiánico.
Hemos señalado estos supuestos básicos en forma muy
esquemática ya que su naturaleza será desarrollada más
adelante y mejor comprendida con la introducción de ejemplos
clínicos. Por ahora queremos señalar cómo a cada S. B., según
Bion, corresponde un líder, pudiendo definirse a éste como el
que mejor interpreta, encarna o simboliza las necesidades o
creencias que configuran el supuesto básico del grupo en ese
momento1. Vimos que Bion caracteriza a tres líderes que
expresan los tres S.B. por él descritos. Estos S. B. representan
las situaciones emocionales colectivas más típicas que se
encuentran en grupos, pero existen, por supuesto, otras
configuraciones emocionales no tan bien diferenciadas, así
como formas mixtas, ya sea que todo el grupo muestra una
combinación, por ejemplo, de rebelión (lucha y fuga) y sumisión
(dependencia) o que se formen subgrupos caracterizando cada
uno un supuesto básico determinado. Con cada configuración
el líder variará en consecuencia.
Los S. B. suelen fluctuar, y, a veces, varias configuraciones se
suceden en una misma sesión, produciendo rápidas oscilaciones
de patrones emocionales. Otras veces, un mismo S. B. persiste,
con sus diferentes matices, durante un período más o menos pro-

1 Vemos ahora cuán grande es la diferencia entre el enfoque clásico y el

actual del líder. Simplificando, se podría decir que antes se consideraba que la
personalidad magnética del líder creaba al grupo; hoy vemos que es el grupo el
que crea al líder.
INICIACIÓN DE UN GRUPO
91

longado. (Como lo veremos en el capítulo VI, esto tiene su


importancia por darnos una pauta sobre la evolución del
grupo).1
¿Qué implican estos supuestos básicos en los individuos
que participan de esa estructura emocional colectiva? Indican
que se produce el fenómeno de regresión del individuo, o sea la
vuelta a patrones de conducta más arcaicos, caracterizado por
un predominio de impulsos irracionales y por la menor
integración del yo. Es posible que el hecho de participar en
cualquier grupo desencadene el mecanismo regresivo del
individuo. De todos modos, la falta de estructura formal del
grupo terapéutico estimula en alto grado la regresión,
reactivándose las angustias más primarias y sus defensas
correspondientes.
Vamos a ocuparnos de estos temas con mayor detalle al es-
tudiar el supuesto básico de dependencia. Lo hemos elegido
por ser un fenómeno típico en el comienzo del tratamiento.
¿Qué entendemos al decir que el grupo depende de su
líder? Señalamos que se apoya y que venera a un líder que
idealiza. Hay que tener en cuenta la intensidad y el factor
emocional regresivo que caracteriza a esta dependencia. El
grupo pasa a sentir que la razón por la cual se ha formado
—su razón de existir— consiste en recibir un alimento
material y espiritual por parte de su conductor. Es
"importante tener en cuenta, como lo señala Bion, que esta
aspiración del grupo tiene un carácter literal y no es una mera
metáfora. El grupo espera recibir alimentos reales y concretos
de su conductor; ello nos da la pauta para estimar el nivel de
la regresión del individuo, el que, en este caso, revierte a un
patrón emocional de tipo oral.1 2
Al mismo tiempo esta estructura emocional de dependencia es
la que, más que ninguna otra, provoca una pérdida de la indi-
vidualidad en los miembros del grupo, produciéndose un fenó-
meno colectivo similar al de la despersonalización. En su nece-
sidad de ser alimentados por el terapeuta, cada Yo individual

1 Nuestra experiencia nos lleva a diferir un tanto de las conclusiones de Bion

con respecto a la mayor variedad de combinaciones posibles entré los supuestos


básicos; así como a la mayor frecuencia con que éstos suelen fluctuar a lo largo del
tratamiento. Bien, además, afirma que el conflicto sólo se produce en el grupo
entre un supuesto básico y la parte racional y adaptada a la realidad del mismo.
Nosotros creemos, en cambio, que el conflicto puede tener una interacción más
compleja.
2 Véase la relación entre los impulsos orales de incorporación y el mecanismo

de introyección en el capítulo VI.


92 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

pierde sus límites y se funde en una entidad común más o


menos indiferenciada.
Retomemos el primer ejemplo, que ilustra algunos de
estos procesos, pasando a considerar lo que sucedió al
comienzo de la segunda sesión. Estaban tres pacientes
reunidos y el grupo se mantenía muy callado. En un principio
el terapeuta tuvo la impresión de que el grupo estaba muy
angustiado, a juzgar por las actitudes de sus miembros.
Señaló este hecho relacionándolo con la desilusión del grupo
al seguir con las mismas dificultades que en la primera sesión
y trayendo a colación también la ausencia del cuarto
participante, vivida como señal de fracaso del tratamiento.
Sus palabras en esta ocasión no despertaron comentario y el
grupo permaneció callado; sin embargo, se modificó apre-
ciablemente la calidad del silencio. Los participantes tomaron
una postura relajada, como si estuvieran esperando sin prisa
ni intranquilidad. El cambio había sido tan marcado y,
aparentemente, tan sin causa determinante que el terapeuta,
en un primer momento, no comprendió su naturaleza,
limitándose a comunicar al grupo la impresión que sentía. A
continuación alguien sugirió que podrían tocar algún tema,
pero que no se le ocurría ninguno que valiera la pena. Otro
miembro hizo eco a este comentario y añadió que aquí no
vienen “para tener charlas de café”.
Esta última observación le dió una idea al terapeuta
respecto a la fantasía subyacente en el “silencio tranquilo”.
Interpretó que el grupo, por estar inhibido, veía sólo dos
alternativas. O hablaba de temas “de café”, es decir, de cosas
banales que no los iban a mejorar, o se mantenían en silencio.
El grupo optaba por el silencio, ya que por ser éste más raro y
misterioso, podían atribuirle el poder mágico de curarlos. En
otras palabras, estaban “bebiendo el silencio”. Y recordemos el
carácter literal que tienen estas vivencias. Uno de los
integrantes del grupo admitió haber esperado un cambio
mágico con el silencio, y el cambio del clima emocional del
grupo ratificó que la interpretación había sido acertada.
El grupo en dependencia necesita apelar a una fantasía del
tipo de la del “silencio nutricio” para mantener su posición emo-
cional. Lo necesita porque un requisito de este S. B. es de que
todos están recibiendo una cantidad similar de alimento por
parte del terapeuta. Para dicho fin el recurso más empleado es el
de la idealización, la que siempre está presente en forma más
INICIACIÓN DE UN GRUPO 93
o menos velada. Si el terapeuta es un ser ideal, su capacidad
de dar es omnipotente e inagotable, de modo que nadie tiene
que temer recibir menos o estar tomando a expensas de los
demás.
Estas fantasías se expresaron en forma vivida en un grupo
de pacientes neuróticos graves cuando una de las pacientes
(que sufría de episodios melancólicos) llegó a la segunda
sesión con un ramo de flores, y con la cara iluminada exclamó:
“Ud. ha hecho un milagro, doctor... ¡Profesor!” Luego pasó a
relatar cómo la noche después de la primera sesión, el
terapeuta se le había aparecido en sueños y le había susurrado
que todo se iba a arreglar. Como consecuencia estuvo radiante
durante el resto de la semana.
El terapeuta interpretó en un primer momento cómo esta
paciente lo había acaparado, haciéndolo entrar en ella para
curarla desde su mundo más íntimo y privado: el de los
sueños. Pero no sólo la paciente sino que todo el grupo
descartó la interpretación. Todos entraron en la atmósfera de
milagro, hasta el paciente más escéptico, que señaló que un
solo hecho de esta naturaleza no era del todo convincente.
Esta manifestación de idealización extrema es poco frecuente
en grupos de neuróticos, pero formas veladas ocurren
invariablemente en situaciones de dependencia. La fantasía,
por ejemplo, del “silencio nutricio” en el otro grupo, se basaba
en la creencia implícita de que el terapeuta tenía un poder
especial que de alguna forma fluía, durante el silencio, sobre
sus miembros.
Para mantener la fantasía de que todos reciben por igual
del líder ideal, el grupo acude a otro tipo de recurso además de
la idealización: a la pérdida de individualidad de sus
miembros. Este fenómeno colectivo, similar al de la
despersonalización, se produce en toda situación regresiva de
grupo, pero es más intensa cuando éste está en dependencia.
En su necesidad de recibir y para negar las diferencias
individuales, cada Yo pierde sus límites y se funde en una
entidad única más o menos indiferenciada. Este fenómeno de
pérdida de “individualización” suele traer una sensación más o
menos grande de angustia y por lo general ha sido considerado
en la literatura como la consecuencia inevitable de la
participación en un grupo. Nuestra experiencia nos ha llevado
a concluir que esta “despersonalización” es un mecanismo de
defensa activo y que, en grupos en dependencia, tiene por
finalidad lograr la unión total de los miembros entre sí. La
sesión del “milagro” ilustra este punto. Los demás pacientes
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
94
aceptaron el milagro en la medida en que se habían
identificado totalmente con la paciente que lo refirió.
¿Por qué necesita el grupo mantener esta estructura
emocional de dependencia, basada en las relaciones de
idealización y de negación de diferencias individuales? Parte
de los motivos podemos contestarlos en esta sección; pero para
una comprensión más integral debemos introducir la noción
de posición esquizo-paranoide, que será planteada en la
sección siguiente.
La posición de dependencia tiene un carácter
evidentemente defensivo y surge para contrarrestar, sobre
todo al comienzo del tratamiento, las angustias muy
primitivas que aparecen en el seno del grupo. Su finalidad
básica es la de negar la angustia paranoide que despierta la
situación colectiva. El individuo siente desconfianza,
hostilidad y miedo frente al terapeuta y a sus compañeros.
Por un lado teme que el terapeuta le dé algo malo y peligroso o
que desenmascare ante el grupo lo que él considera que es
malo, peligroso y prohibido de su realidad psíquica; por el
otro, frente a sus compañeros, el individuo se ve envuelto en
conflictos de rivalidad y envidia. Teme que los demás
obtengan más amor y —en el plano concreto de las fantasías
regresivas—- alimento del terapeuta, lo que despierta en él
impulsos destructivos y el deseo de posesión absoluta de
aquél; pero, al mismo tiempo, la sensación de ser el preferido
despierta el temor a las represalias motivadas por la envidia
de los demás.
Frente a estas emociones complejas y conflictuales,
presentes en el trasfondo inconsciente de todos los miembros
del grupo, la estructura emocional denominada S.B. de
dependencia, constituye un drástico mecanismo de defensa,
cuya técnica se basa en conjurar, reactivamente, las
emociones opuestas, asumiendo mágicamente que sólo ellas
existen en el grupo. Así, el peligroso e inconscientemente
odiado terapeuta se convierte en una figura idealizada,
proveedor inagotable de todas las necesidades del grupo. Si
sus intenciones y su capacidad de dar son inagotables,
entonces no es necesario temer la existencia de una
desigualdad en el reparto, y de esta forma el grupo trata de
evitar que surjan la rivalidad, la envidia y los celos.
Finalmente, la envidia frente a la omnipotente figura del
terapeuta es en gran parte neutralizada, pues al investirlo
con características sobrenaturales, se convierte en algo
demasiado distante para ser envidiado.
Pero el lector probablemente habrá notado una anomalía
o, si se quiere, una contradicción entre la descripción general del
INICIACIÓN DE UN GRUPO 95
papel del líder y la función de éste en el análisis más detallado de
la situación de dependencia. En efecto, dijimos que el líder su
actitud no directiva, está lejos de encarnar las necesidades era
aquel que mejor interpretaba la estructura emocional del grupo
en un momento dado. Sin embargo, hemos señalado que el
terapeuta era el líder idealizado del grupo en S.B. de
dependencia. Entonces ¿cómo es que ésto sucede si el terapeuta,
con del grupo en dependencia? Parecería, en efecto, que nos
encontráramos frente a una excepción a la regla que dice que el
líder es una función del grupo.
Digamos, antes que nada, que esta situación, en la que el
terapeuta se convierte (de facto, por así decirlo) en líder
idealizado del grupo, ocurre con frecuencia sólo al comienzo del
tratamiento.
En segundo lugar, a esta altura es preciso hacer una
distinción entre el “líder sancionado” y el “líder emergente” o
“líder operacional” (Whyte) [67]. El primero ocupa un papel
asignado y que es aceptado y reconocido por todos (v.gr. “el jefe”
en una institución); el segundo tipo de líder “emerge” en el
desarrollo de las actividades del grupo y “opera” como líder,
aunque su función no es oficialmente reconocida por los demás.1
Pues bien, el único líder que puede considerarse como sancionado
en el grupo es el terapeuta. Él es el que toma la responsabilidad
de reunir el grupo, se le reconoce capacidad médica o psicológica,
percibe una remuneración por su trabajo, etc. Todo esto le
confiere un status especial, siendo esta diferenciación mayor al
comenzar el tratamiento.
Este status no se apoya solamente en consideraciones
prácticas y formales. Es, esencialmente, el producto de la
inmadurez del grupo. La angustia y la falta de cohesión colectivas
hace que el grupo se disponga radialmente en torno a la figura
que estima fuerte. En cierto sentido se puede decir que los
individuos tratan de negar que conviven en el grupo al volcar
toda su atención en la figura del líder terapeuta. En este estado
de cosas no existen conexiones interpersonales entre los
integrantes y la estructura del grupo no se ha diferenciado lo
suficiente como para que surja de su seno un líder.
Suele acontecer que el primer líder emergente se perfile al
entrar el grupo en el supuesto básico de lucha y fuga. Reseñemos

1 Para ver el trabajo experimental en líderes emergentes, cf. “Emergent

leadership in Small, Decisión — Making groups” de Crockett [5].


96 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

brevemente esta posición emocional. Ya dijimos que, bajo su


hegemonía, el grupo tiende a buscar a la figura del caudillo
para dirimir un pleito agresivo. El grupo se dispone a agredir o
a ser agredido. La hostilidad, el valor, la fuerza y el miedo son
las emociones dominantes en ese momento. En la situación
terapéutica el grupo intenta en vano que el terapeuta se
solidarice con este espíritu bélico y con la necesidad de acción
violenta. La inevitable desilusión pronto los lleva a improvisar
un caudillo entre los miembros del grupo. Así equipado, el
grupo se dispone a enfrentar al enemigo. Éste puede ser
ubicado fuera, y el grupo entra en un pleito real o imaginario
con un individuo o institución ajena al grupo, o puede ser
interno; en este caso la lucha es intestina y conduce a la
formación de cismas o subgrupos. En todo caso el grupo siente
un irresistible impulso a actuar. Se estima que es necesario
tomar medidas drásticas y un clima de emergencia y de
alarma contagia hasta a los participantes más mansos y
conservadores. El caudillo será, por supuesto, aquel que mejor
funciona en semejante eventualidad.
Veamos qué factores emocionales motivan esta posición de
lucha y fuga. Lo primero que salta a la vista es la gran carga
agresiva que anima al grupo. Éste necesita crear un enemigo
para canalizar de algún modo sus impulsos destructivos. El
grupo, como entidad, se vuelve paranoide: necesita proyectar
su agresividad fuera. Las razones de este proceder son obvias.
Primero, el estado de emergencia crea una gran cohesión y
solidaridad entre los integrantes del grupo; y, en segundo
lugar, el individuo no se siente responsable ni culpable de sus
actos; la culpa y la responsabilidad están fuera.
Este alivio de tensiones intragrupales —ante un enemigo
exterior— es muy parecido, en su microescala, a lo que acon-
tece en las comunidades en estado de guerra o revolución o
frente a minorías raciales. La existencia de dos campos en
lucha, permite la plena e incondicional adhesión a aquel bando
que identificamos como “nuestro” y el repudio equivalente del
bando opuesto. Las complejas pasiones humanas se
simplifican en un mundo en que todo es blanco o es negro
(estando cada uno, ex-hipótesis, con los “blancos” y volcando
todo lo que se rechaza en el adversario).
Anteriormente señalamos que en el grupo terapéutico el
enemigo puede estar dentro o fuera. En realidad, el enemigo, en
INICIACIÓN DE UN GRUPO 97

el S.B. de lucha-fuga, es casi siempre vivido como ajeno al


grupo, aún en los casos en que objetivamente forme parte del
mismo. En estos casos el grupo lo repudia. Esto, en la práctica,
tiene importancia, ya que el enemigo intragrupal más común
suele ser el terapeuta. Cuanto más idealizado haya sido el
terapeuta en la posición de dependencia, tanto mayor es la
hostilidad y el resentimiento que su figura provoca cuando,
tras repetidas frustraciones, se desmorona la idealización. 1
Por lo general, el grupo que se inicia pasa de una posición
de dependencia a una de lucha y fuga. En situación de depen-
dencia las fuerzas disruptivas del grupo son, como ya vimos,
escotomizadas mediante los mecanismos de homogeneización,
idealización y negación. Pero estos mecanismos no constituyen
soluciones efectivas del problema. Tapan los conflictos en vez
de elaborarlos. Éstos afloran con toda su original violencia en
la posición de lucha y fuga. En ese sentido, esta posición cons-
tituye un cierto progreso terapéutico. El grupo ha dado un
paso hacia el reconocimiento de su propia angustia y agresión.
Con todo, está muy lejos de adquirir un verdadero insight, ya
que proyecta el conflicto fuera de su seno.
Vemos, pues, que todo grupo, sobre todo al comenzar el
tratamiento, se ve abocado a la dura tarea de elaborar agudos
conflictos que de continuo amenazan con desintegrarlo. Vimos
que, ante la presión de la hostilidad, rivalidad y envidia, el grupo
apela a mecanismos de defensa sumamente drásticos tales como
la proyección, idealización y negación. Es decir, mecanismos
primitivos similares a los que encontramos en las psicosis. Y en
efecto, en esos momentos, el grupo, considerado como una tota-
lidad, presenta una conducta que puede denominarse psicótica.
Esta analogía con la conducta psicòtica del paciente individual
nos lleva a revisar las contribuciones de M. Klein sobre los
primeros estadios del desarrollo del Yo, ya que sus aportaciones
han sido sumamente esclarecedoras en el campo de las angustias
psicóticas del niño y del adulto. Estos conocimientos teóricos

1 Este es un fenómeno típico de ambivalencia; la coexistencia de amor y

odio es similar a la que encontramos en el paciente individual. Creemos que


generalmente se subestima la intensidad de la agresión que se genera en los
grupos. Varias veces nos hemos sorprendido ante la virulencia de las
manifestaciones de hostilidad colectiva. Por ello el terapeuta debe ventilar, en
lo posible y desde un principio, las manifestaciones latentes de transferencia
negativa.
98 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

son indispensables para una comprensión más profunda de los


dinamismos del grupo.
La posición Esquizo-Paranoide: El psicoanálisis postula
que los primeros años de vida son fundamentales para el
desarrollo del Yo. Las formas más sofisticadas del
pensamiento discursivo del adulto inteligente pueden ser
retrotraídas genéticamente a los primeros balbuceos vitales
de la infancia. Por ello vamos a remontarnos a la primera
infancia, para comprender la conducta del adulto.
En la actualidad, numerosos analistas,siguiendo a M.
Klein, se ubican en la conducta afectivade sus pacientes,
teniendo en cuenta la existencia de dos posiciones
emocionales, denominadas posición esquizo-paranoide y
posición depresiva.
Estas posiciones se refieren a dos formas radicalmente opues-
tas de elaborar la angustia. Las defensas o mecanismos de
adaptación empleados en cada caso, configuran patrones de
conducta radicalmente opuestos. Para comprenderlas
tomemos a un niño en dos momentos distintos de su
desarrollo. Realicemos el primer corte al mes de vida.En ese
momento la vida del niño es esencialmente vegetativa.Por ese
entonces el niño no puede querer ni odiar a su madre, porque
todavía no ha podido integrar la imagen de esa persona que es
su madre en los primeros y caóticos experimentos que su
cuerpo está realizando con los objetos que forman su mundo.
Todavía no comprende la complicada arquitectura del cuerpo,
que hace que la mano que lo acaricia, el pecho que lo alimenta
y la cara que le sonríe estén sutilmente unidos en un mismo
ser. Tampoco identifica al pecho que lo gratifica con el que lo
frustra, ni al pecho que imagina o alucina con el real. El niño
cierra los ojos y su mundo perceptivo desaparece y todavía no
ha aprendido que existe una continuidad física de las cosas
fuera de él.
En esa época no existe una diferencia entre yo y no-yo,
entre realidad y fantasía. Sus primeras vivencias son una
protéica reunión de sensaciones corporales y percepciones,
productos éstos que, a falta de mejor nombre, han sido
denominados fantasías inconscientes.
Freud ha formulado que la vida psíquica, a todos los niveles,
está supeditada al principio del placer. Sobre todo en la primera
infancia este principio reina indiscutido. Este principio hace
que el niño identifique como suyo todo lo que le cause placer
INICIACIÓN DE UN GRUPO 99
y que proyecte o descarte todo lo que le ocasione dolor. Es
decir, el niño proyecta sobre sus objetos todo aquello que
constituye una fuente de angustia. Estas proyecciones son
drásticas; una considerable parte del Yo pasa a formar parte
del objeto.
Pero esta breve presentación corre el riesgo de parecer
dogmática, dado la falta de material clínico confirmatorio. 1
Por ello nos vamos a referir sólo a aquellos aspectos que nos
interesen especialmente para la comprensión de nuestro
tema. Queremos señalar, antes que nada, el carácter
primitivo y violento de estos primeros mecanismos de
defensa. Para dicho fin, todo lo que es penoso es negado y
proyectado.
Decimos que el niño personaliza su vivencias. Con ello
queremos señalar que las vivencias de placer y displacer que
éste experimenta no son vividas como cualidades abstractas
(como simple dolor, por ejemplo) sino son atribuidas a algo o
alguien1 2. De esta forma el niño concibe un objeto “bueno” que
lo gratifica y un objeto “malo” que lo frustra. De esa manera,
el mundo interno del niño se puebla con objetos benéficos y
maléficos, formando un sistema totalmente irracional y
arbitrario.
La experiencia con los objetos buenos pasa a formar el nú-
cleo integrador del Yo. Pero estos objetos tendrán que ser
tanto más omnipotentamente buenos (o idealizados) cuanto
mayor sea la angustia persecutoria por parte del sistema de
objetos malos. Estas vivencias extremas dan lugar a que el Yo
inmaduro tome características esquizoides: al disociar sus
experiencias en función de objetos tan opuestos, el propio Yo
se disocia, produciéndose una escisión similar a la que
encontramos en la esquizofrenia 3.
¿Qué significa que se produzca una disociación
esquizoidea del Yo? Es más que una mera división de
vivencias y de relaciones de objeto. Significa que estas
experiencias antitéticas acontecen en forma
independiente y la presencia de una excluye a la otra. Así, el
objeto es totalmente bueno o totalmente malo.

1 El lector que desee profundizar este tema, encontrará una exposición


detallada de esta teoría en el libro de M. Klein [32] y colaboradores.
2 Un vestigio de esa actitud la encontramos en años posteriores,
cuando se golpea, en represalia, a la puerta “responsable” de habernos dado de
bruces contra ella.
3 En rigor de verdad, las escisiones del Yo que encontramos en la
esquizofrenia del adulto constituyen una profunda regresión a la “posición
esquizo-paranoide” original.
100 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

El Yo no concibe la existencia de un objeto en el que la bondad


y la maldad (las virtudes y los defectos) coexisten.
Estas características recuerdan a ciertas manifestaciones
de los grupos que hemos descrito al hablar de los supuestos
básicos. Hemos visto que en el S. B. de dependencia el grupo
mantiene en forma ciega y tenaz su creencia de que el
terapeuta es un ser mágicamente bueno y poderoso; toda
sugestión contraria es drásticamente rechazada por el grupo.
Vimos que lo contrario suele acontecer en el S. B. de pelea y
fuga cuando el grupo se acaudilla frente al terapeuta, figura
que pasa a ser temida y odiada. El hecho de que el grupo a
menudo pase de una posición a la otra sin preocuparse por la
falta de consistencia de sus creencias, habla de por sí, del
carácter primitivo e irracional de esas emociones. Ahora bien,
decimos que el grupo está en una posición esquizoide, porque
el análisis de estas situaciones de idealización y de persecusión
indefectiblemente nos muestra que ambas creencias
irracionales coexisten en el grupo; pero que mientras una de
ellas es ostensible y enfáticamente sostenida por el grupo, la
otra se encuentra disociada y en forma inconsciente. Además,
hablamos de una posición esquizo-paranoide, por tener en
cuenta que las angustias que el grupo está experimentando en
esos momentos son de una intensidad tal que impresionan
como angustias psicóticas.
Pasaremos ahora a considerar al mismo niño
transcurridos 6 meses de vida. ¿Qué cambios se han
experimentado en él? El momento más dramático en el
desarrollo del Yo ocurre cuando el niño tiene que afrontar la
penosa realidad de que el objeto que quiere y que le gratifica es
el mismo que en otras oportunidades odia y le frustra. Ahí, en
esa encrucijada, ya están presentes todos los elementos del
conflicto adulto: la definición y la duda ante situaciones
complejas. Resumamos los cambios que se producen al llegar a
esta situación de conflicto adulto, conflicto éste que es típico de
la posición depresiva.
El niño llega a la posición depresiva cuando reconoce a sus
objetos como personas (su madre, padre, etc.). Ello se debe a
que se han producido los siguientes cambios en sus relaciones
de objeto: a) el niño percibe objetos “totales” en vez de “parciales”,
es decir que configura la imagen del cuerpo a partir de sus partes
o miembros; y b) el niño une o aproxima los objetos disocia-
dos “malos” y “buenos” que representan ambas cosas para él.
INICIACIÓN DE UN GRUPO 101

Simultáneamente se producen una serie de cambios dramáticos


en la calidad de las emociones que experimenta el niño. En vez de
tener, como dijimos anteriormente, experiencias excluyen tes con
objetos buenos y malos, el niño se conecta con un objeto total que
es malo y bueno al mismo tiempo (o sucesivamente). Aquí
también aparece la responsabilidad por el objeto: la tristeza por
su pérdida, la culpa por su destrucción, el anhelo por su
recreación. Ello lo mueve a intentar la reparación del objeto que
teme haber destruido por la intensidad de sus impulsos. Estos
cambios presuponen la existencia de continuidad, memoria y
anticipación en los procesos del Yo.
Lo dicho sugiere que se opera una reorganización fundamen-
tal del psiquismo con el establecimiento de la “posición depresi-
va”. Se produce la primera revolución intelectual en la vida del
hombre. Se introducen nuevos factores. En primer lugar, se
complica el campo de las operaciones mentales del niño. Las
experiencias mentales de unión e integración de objetos: de
causalidad entre agresión y culpa, entre destrucción y
reparación; y la disminución de la omnipotencia, crean un tipo de
pensamiento esencialmente distinto al que existió en el estadio
anterior. La complejidad y la relatividad de este nuevo modo de
pensar le permite al niño comenzar a descubrir el estado de cosas
(state of affairs) del mundo exterior.
En segundo lugar, el reconocimiento de que hay personas
constituye otro cambio fundamental. Esto implica una abstrac-
ción (por primitiva que sea). Indica que el niño comprende que su
madre, su padre, su hermano, etc., tienen algo en común.
En tercer lugar, “la posición depresiva” trae una clarificación
de las relaciones que existen entre el mundo interno y el externo.
La Dra. Hanna de Segal señala [61]: “Mientras que antes los
impulsos y las partes del yo del niño eran proyectadas en el
objeto con el resultado de que se producía una imagen falsa de
éste, de que los impulsos eran negados y de que a menudo existía
una falta de diferenciación entre el yo y el objeto externo, en la
posición depresiva, el sentido de realidad interna se desarrolla y,
como consecuencia, también el sentido de realidad externa”.
Creo que la existencia de esos tres factores: la complicación
del campo de las operaciones mentales; la abstracción y la mayor
diferenciación entre lo que es la realidad interna y la externa,
son los que disponen al niño a descubrir el mundo.
102 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Como vemos, el Yo, al alcanzar la posición depresiva,


entra a funcionar como ente social, en el sentido pleno y
adulto de este término. En efecto, puede diferenciar entre su
Yo y el contexto social que le rodea, tiene empatía en sus
relaciones interpersonal le y participación activa en la
comunidad en la que se desempeña. Antes que nada, el Yo
integrado en la posición depresiva ha logrado establecer una
distancia entre sus mundos interno y externo, lo que le
permite participar plenamente en el grupo sin temor de
perder (excesivamente) su personalidad.
Ahora bien, hay que distinguir entre la posición depresiva
alcanzada por el individuo y la extensión que le damos a este
concepto al postular una similar posición en el grupo. De esta
aplicación conceptual tendremos más que decir en los
siguientes capítulos. Una razón para introducir aquí estas
nociones es que permiten comprender mejor el tercer supuesto
básico, denominado de apareamiento [4].
Ya hemos referido brevemente qué entiende Bion por este
S. B. Es ésta quizá una de sus nociones más difíciles de
trasmitir y comprender, lo que en parte se debe a una cierta
ambigüedad en la formulación de la misma. Dada su
importancia y complejidad, vamos a tratar el tema en cierto
detalle.
Para Bion el grupo, en determinado momento, centra toda
su atención en las relaciones que mantiene una pareja que
acaba de surgir en el grupo. En torno a estas dos personas se
crea un clima de gran expectativa y suspenso. El grupo
procede como si la situación creada fuera de índole sexual;
pero no interfiere con ella, más bien le da su beneplácito. Por
crearse esta respuesta en torno a las supuestas emociones
sexuales de la pareja, Bion infiere que el grupo espera la
llegada de un hijo —fruto de la unión de la pareja—, el que es
esperado como si fuera un Mesías.
En primer lugar, es evidente que este S. B. es mucho más
complejo que los de dependencia y lucha-fuga. Éstos actúan a
un nivel no muy superior al de las respuestas innatas del
organismo. La situación de “apareamiento”, en cambio, posee
un contenido mucho más sofisticado. Veamos un ejemplo para
profundizar más en él.
Con este fin tomaremos una sesión de un grupo, formado
por tres mujeres y un hombre, que se hallaba en su sexto mes
de tratamiento. Este grupo se caracterizaba por su elevado
nivel intelectual y artístico.
INICIACIÓN DE UN GRUPO 103

La sesión se inició con un clima marcadamente eufórico.


Durante los comentarios iniciales se produjeron una serie de
coincidencias que dieron la impresión de que el grupo estaba
“engranado”, ya que las ocurrencias de cada uno hallaba eco
inmediato, en los demás. Podría decirse que imperaba en el
grupo una magia benévola. Estaba en todos los presentes la
idea de que algo maravilloso podía acontecer en cualquier
momento.
Esta expectativa placentera duró unos pocos minutos y,
luego, fué reemplazada por un clima de tensión y angustia.
El terapeuta señaló este hecho. Dijo, además, que tenía la
impresión de que, la naturalidad inicial, había sido
substituida por una gran cautela —hablaban ahora como
auscultando el eco que sus palabras tendrían sobre los
demás—, señalando que tenían miedo de destruir aquello
bueno y maravilloso que se había gestado en el grupo.
Esta interpretación fué rechazada por el grupo, el cual, al
seguir aumentando la tensión, cayó en un hostil desaliento,
haciéndose críticas y reproches.
Dado que en las sesiones inmediatamente anteriores, el
grupo se había sentido culpable por la deserción de uno de sus
miembros, el terapeuta interpretó el clima inicial como una
tentativa de unión omnipotente a fin de negar la culpa, por
tener la impresión de haber expulsado agresivamente al
compañero en cuestión. Añadió que, como el grupo sentía que
su culpa y agresión eran intensos, la unión omnipotente
fracasaba y sobrevenía el desaliento.
Pocos minutos después se produce un nuevo cambio
emocional en el grupo. Comienza a formarse la pareja,
integrada por el único hombre y la mujer del grupo con la cual
éste, por lo general, peor se llevaba. Las cosas sucedieron del
siguiente modo. La pareja sólo hablaba entre sí, actuando
como si el resto del grupo, incluyendo al terapeuta, no
existiera. Esto daba la sensación de enamoramiento. Pero lo
que más llamaba la atención era la conducta de las otras dos
participantes del grupo. Éstas, que generalmente habían
tenido una actitud de abierta rivalidad con la mujer de la
pareja, ahora mantenían una actitud interesada, atenta pero
pasiva. En ningún momento hicieron la menor alusión sus-
picaz destinada a cohibirlos. Era evidente que las dos testigos
del idilio se solidarizaban plenamente con la pareja.
104 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

¿Cómo explicarse este fenómeno? Se presentan dos


problemas de interés. Veamos primero cuál es el origen de la
pareja. Páginas atrás señalamos que el fenómeno individual
en el grupo tiene que ser considerado en función del todo. Así,
el líder no era un individuo que se imponía al grupo, más bien
era el síntoma de las necesidades de éste. Pues bien, otro tanto
acontece con el fenómeno bipersonal. Es válido decir que las
necesidades del grupo crearon a la pareja. Recuerden como
éste hizo un frustro intento de unión colectiva al iniciarse la
sesión, el que no prosperó dada la intensidad de la angustia y
de la culpa. Ante la intensa depresión, el grupo tuvo que
recurrir a una pareja, delegando en ésta la tarea reparadora y
unificadora. Ello explica, en parte, la razón por la cual el grupo
auspiciaba y seguía con sumo interés el desenlace del idilio.
En nuestra experiencia el grupo recurre a la pareja
cuando fracasa el intento de reparación e integración
realizado por todos el unísono. La pareja entonces diríamos
que realiza vicariamente la tarea depresiva de reparar.
El segundo punto de interés se desprende del que
acabamos de exponer y concierne al proceso mediante el cual
los testigos del idilio pudieron presenciar la escena sin sentir
rivalidad ni envidia. El motivo, para ponerlo en forma un
tanto dramática, es que subjetivamente no hay testigos. El
grupo, mediante el mecanismo de identificación proyectiva,
vive en la pareja.
Consideramos por tanto que el mecanismo de
“apareamiento” consiste en un intento de integración parcial.
El grupo delega a un subgrupo la tarea integradora que no
puede realizar en su totalidad. ¿Y existe acaso una relación
interpersonal más íntima y plena que la que encontramos en
la pareja idílica?

RESUMEN
Para responder a los diferentes interrogatorios que
plantea la iniciación de un grupo, es necesario especificar el
propósito y la técnica que guían a los terapeutas.
El propósito de los autores es lograr un fin terapéutico a
través de la comprensión de lo que sucede en el grupo.
Técnica: El instrumento básico es la interpretación. La com-
prensión y manejo de los fenómenos de la transferencia y la re-
INICIACIÓN DE UN GRUPO
105
sistencia, hicieron innecesaria la utilización de otros recursos
terapéuticos secundarios (sugestión, apoyo, instrucción, etc.).
Se parte de la premisa de que la totalidad de las
comunicaciones expresadas por los integrantes permite
inferir los mecanismos inconscientes de interacción en el
grupo.
Por consiguiente, se evita alterar la dinámica del
fenómeno colectivo, mediante el apoyo, instrucciones previas,
etc. De ésto se desprende la importancia de la sesión inicial,
en la cual surgen las angustias primarias ante la nueva
situación y se las interpreta a medida que aparecen. La tarea
normativa consiste, por lo tanto, en no dictar normas.
Todo grupo se reúne con el objeto de hacer “algo”, por in-
definido que éste algo sea. El objetivo común crea normas y
confiere una estructura al grupo. El grupo terapéutico
provoca esta falta de estructuración en forma controlada, lo
que origina una situación de caos, de la cual tienden a salir los
integrantes creando cualquier tipo de estructura que les sea
familiar. Las actitudes individuales se van diferenciando, y
surge así desde el primer momento el líder inicial (L. I.) que se
conduce en función del grupo, y cuya conducta está
determinada por tres factores; su relación con el terapeuta,
con los otros integrantes, y los factores específicos de su
personalidad.
Debido a que el L. I. tiende a perpetuarse en su rango, y a
controlar la situación bajo el pretexto de ayudar, suele
provocar reacciones de rivalidad o de sumisión en los demás.
Bion, a través de trabajos realizados durante la segunda
guerra mundial con grupos sin líderes, llegó a la conclusión,
confirmada por la experiencia en los grupos terapéuticos, de
que el líder está determinado por la función del grupo.
Dado que el grupo terapéutico no tiene una finalidad tan
clara como, por ejemplo, el militar, su líder no está
determinado por una motivación consciente, sino por el clima
emocional subyacente, común a todo el grupo (que los impulsa
a tener en un momento dado un determinado tipo de fantasías
y deseos), o sea a los llamados supuestos básicos (S. B.). Bion
distingue tres tipos de S. B.
I) de Dependencia: El grupo venera y depende totalmente de
un líder, al que idealiza al punto de convertirlo en una deidad.
Esto ocurre debido a la falta de cohesión del grupo y a las an-
gustias primarias que se despiertan. Se reúne en torno a la figura
106 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

que consideran más fuerte, en este caso el terapeuta, ya que es


el líder sancionado por todo el grupo.
II) de Lucha y Fuga: durante el cual tienden a agredir o a
defenderse de un perseguidor ubicado generalmente fuera del
grupo —lo que les reporta un sentimiento de unidad— o
dentro del mismo, en cuyo caso “el perseguidor” más común es
el terapeuta, por haberlos frustrado en sus expectativas en el
S. B. de dependencia.
III) de “Apareamiento”: el grupo se centra alrededor de
una pareja, en la que colocan sus esperanzas de salvación.
Este S. B. se proyecta hacia el futuro dado que el grupo espera
el nacimiento de un Mesías. Constituye un intento de
reparación parcial, puesto que surge cuando ha fracasado el
intento de reparación colectivo. El grupo delega en la pareja la
función reparadora e integradora.
El rol del líder en cada S. B., es desempeñado por la
persona que mejor se adapta a sus necesidades específicas.
Los S. B. pueden fluctuar rápidamente en la misma sesión,
superponerse mediante sub-grupos, o persistir por largos
períodos.
Los S. B. presuponen una agresión que es más acentuada
en los grupos terapéuticos, porque reaviva las angustias
primarias y sus defensas respectivas. Implica también una
pérdida de individualidad y un retorno a patrones arcaicos de
conducta.
El grupo se ve presionado por severos conflictos que
amenazan desintegrarlo, y recurre a medidas drásticas y
primitivas de defensa: idealización, negación, proyección, etc.
Su conducta es similar a la del psicòtico.
Para la mejor comprensión de estas situaciones, conviene
recordar las dos posiciones postuladas por M. Klein, sobre los
primeros estadios del yo infantil, que forman las bases
—radicalmente opuestas por cierto— de los intentos del adulto
de elaborar las angustias primitivas.
I) La posición esquizo - paranoide: El niño muy pequeño
disocia su mundo, en objetos totalmente “buenos” y
completamente “malos”. Crea así un sistema irracional que
provoca una escisión esquizoide en su propio yo. A los seis
meses de edad, aproximadamente, se enfrenta con el problema
más dramático de su desarrollo, al reconocer que es el mismo
objeto el que lo frustra y lo gratifica. Percibe entonces al objeto
como total y complejo. Esto lo lleva a la posición depresiva.
INICIACIÓN DE UN GRUPO 107

II) Posición depresiva: Se caracteriza por la aparición de


los sentimientos de responsabilidad y pesar por lo que se
siente haber destruido y dañado internamente. Surje así la
culpa y el consiguiente deseo de reparación. Ello presupone la
existencia de memoria, la capacidad de anticiparse
mentalmente y un criterio de continuidad, lo que conduce al
establecimiento de una diferenciación entre el mundo interno
y el mundo exterior.
C A P Í TU LO V

INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO


TERAPÉUTICO
Integración de un grupo psicosomático — Dramatización — “Insight”. —
Disociación cuerpo - mente — Somatización — Subgrupos —• Distintos
significados del hablar y del silencio — A puertas cerradas” — “La
“Gestalt” del grupo — Su biblia; idioma; ritos de iniciación; esquema
corporal — Normas de pago-—La consulta al grupo — “Acting-out” —
Envidia.
En el capítulo anterior se presentaron las alternativas
por las que pasa un grupo durante su iniciación; las
reacciones de carácter regresivo, y las ansiedades
paranoides que sufren sus integrantes frente al impacto de
una situación desconocida.
Este comienzo, bastante frecuente por cierto, podría
despertar legítimas dudas acerca de las probabilidades que
tiene un grupo, de sobrevivir a tal clima de persecución.
Es nuestro propósito despejar dichas dudas mostrando
cómo se integra un grupo, su continuidad y el
establecimiento paulatino del proceso terapéutico.
Al hablar de insight, concepto que retomaremos con más
detalle al tratar los mecanismos de curación del grupo, lo
empleamos en su sentido más concreto de “mirar hacia
dentro”, que implica un comprender lo que pasó y está
pasando dentro de uno mismo, asumiendo así la
responsabilidad por lo que descubrimos en relación con los
propio actos, fantasías y sentimientos.
Creemos que la mejor forma de ilustrar este proceso, y la
importancia que tiene para la continuidad de un grupo, es
presentar tres ejemplos de características diferentes.
110 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

El primero, un grupo hospitalario externo, estaba consti-


tuido por cuatro mujeres estériles.1 Era característico de este
grupo, la tendencia a expresar y solucionar sus conflictos por
medio de síntomas somáticos, y la importancia que asumía la
comunicación preverbal entre integrantes y terapeuta.
Los miembros de este grupo se mostraron desde un
principio muy agresivas y angustiadas y, a causa de una
franca transferencia negativa, rechazaban cualquier
intervención de la terapeuta. El primer tema que se planteó
fué el temor a la locura, temor que todas compartían, pero
expresaban de diferentes formas: mediante llantos
compulsivos, expresiones de azoramiento y angustia, palabras
incoherentes, etc.,; sólo una de ellas, que se convirtió en líder
formal durante la primera sesión, lo expresó directamente en
palabras.
Esta última, en la sesión siguiente dramatizó
elocuentemente el rechazo que todas experimentaban en ese
momento hacia la terapeuta. Llegó tarde, con el rostro
congestionado, y con una voz entrecortada por la tos y el ahogo
explicó que venía del consultorio de laringología, donde el
médico la había forzado, en forma ruda y “a gritos”, a que se
dejara introducir el espejito para inspeccionar su laringe (su
interior). Durante este relato se levantó varia veces, para
salivar en un lavatorio. Las demás expresaron su solidaridad,
manifestando su propio desagrado y rechazo por las
intervenciones médicas en general.
La tensión reinante en el grupo culminó en cierta
oportunidad cuando una de las integrantes —que llamaremos
líder agresiva—, al hablar de su suegra alemana, la acusó con
extraordinaria violencia y teatralidad. Era evidente que la
suegra representaba para todas, en un plano inconsciente, a la
terapeuta.
En esta ocasión, sin embargo, la terapeuta logró imponerse y
“penetrar” con sus interpretaciones. La consecuencia inmediata
fué un cambio total del clima que había existido hasta entonces. Al
aceptar las interpretaciones y reconocer su agresión, desapare-
cieron las manifestaciones de hostilidad, y el grupo logró integrar-
se en una forma estable durante varios meses, a diferencia de lo
que había sucedido en el primer período. Finalmente ocurrió un
hecho de honda significación para el problema específico de dicho

1 La historia de este grupo se encuentra publicada en el libro de María

Langer “Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis” [86]. Los problemas y


ansiedades específicas de la mujer estéril están expuestos en otro libro de la
misma autora [38].
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 111

grupo: la paciente que trajo el conflicto con su suegra, se


embarazó al poco tiempo, demostrando con ello que recién
entonces aceptaba el semen fecundante del marido, como así
también las interpretaciones “fecundantes” de la terapeuta.
Asumió, además, para el grupo, la función de reparación,
garantizando la integración del mismo hasta el nacimiento del
niño.
El desarrollo de estas pocas sesiones y su desenlace —el
embarazo— nos plantean distintos problemas.
Veamos en primer lugar por qué razón se produjo una
modificación del grupo en forma tan repentina, y de qué modo
adquirió insight. Éste no sólo faltaba desde un comienzo, sino
que las integrantes se aterrorizaban frente a la posibilidad de
que la terapeuta pudiera “mirar dentro de ellas”, debido a que
proyectaban sobre ella su propia agresión y la veían, por lo
tanto, como una figura perseguidora y castradora.
Este temor se había manifestado ya, antes del episodio de
la paciente con laringitis, cuando una de las participantes
contó su historia. Tenía un hijo, y había sido “normal” hasta
que, a raíz de una operación —en la que los médicos habían
“mirado dentro de ella—, se convirtió en una mujer estéril. Los
médicos le aseguraron no haber hecho nada que impidiera un
futuro embarazo, pero ella no les creyó.
Este relato, representaba la situación de desconfianza y
temor de todo el grupo, frente a los médicos (terapeuta y
observadores) que al mirar dentro de ellas podrían encontrar
lo malo y en consecuencia castigarlas y castrarlas. Para
evitarlo debían “cerrarse”, actitud que fué dramatizada por la
protagonista del episodio de la laringitis. Del mismo modo se
cerraban ante las interpretaciones de la terapeuta y si,
eventualmente, algunas de éstas lograban “penetrar”, las
eliminaban rápidamente antes de que pudieran causarles
daño.
Este intento de eliminación también fué dramatizado por
las repetidas salivaciones de la paciente.
La tendencia a la dramatización, tan marcada en el grupo,
constituía la manifestación de un estado regresivo del mismo.
Se originaba, además, en la incapacidad de expresar
verbalmente ciertas pulsiones de odio y hostilidad, que habían
sido rechazados por su parte consciente. De modo que todo lo
que no podían elaborar en el plano mental, lo traducían a
través de sus actitudes corporales.
112 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

La disociación cuerpo - mente les permitía expresar a


través de un idioma corporal sus estados emocionales
profundos (miedo y hostilidad), mostrando simultáneamente,
por medio de palabras, una sumisa cortesía hacia la
terapeuta.
Estas diversas actitudes del grupo fueron captadas desde
el primer instante por la terapeuta y las observadoras. Sus
sensaciones contratransferenciales coincidían; tenían la
impresión de encontrarse frente a un muro impenetrable
donde resbalaban todas las interpretaciones.
Dichas impresiones quedaron corroboradas además por la
índole de los temas planteados; se habló desde un primer
momento del vaginismo y del aborto; con lo que tácticamente
denotaban, en el idioma corporal del grupo, cómo se
“cerraban” ante las interpretaciones o procuraban abortarlas.
Frente a dicha actitud la terapeuta tuvo que actuar, en cierto
sentido, como el larongólogo. Vale decir, imponiéndose e
interpretando en forma más enérgica y concreta.
A partir del cambio de clima inicial, hubo un progreso evi-
dente en la evolución del insight en el grupo. Así por ejemplo,
la paciente que se había constituido en líder de la situación
paranoide, reaccionó frente a una de las interpretaciones
aduciendo sentirse “mal del hígado”. El contenido de dicha
expresión corporal o somatización pudo elaborarse acto
seguido, en el plano mental, al tratar el problema de la
“maldad”. Esta misma secuencia se repite en el proceso de
reparación, con su doble expresión: somática (embarazo) y
mental (culpa, depresión y reparación, a través de la
gestación).
Quisiéramos señalar aún, con respecto a este grupo, otro
aspecto que consideramos importante y que se conecta con
una de las suposiciones básicas de Bion; el pairing o sea la
unión de dos integrantes del grupo que pueden ser del mismo
sexo, en medio de una actitud de “expectativa esperanzada”
por parte de los demás. Es como si esperasen que de dicha
unión surja la solución maravillosa para todos. Bion
caracteriza a esta esperanza como “mesiánica”, por
desarrollarse en base a algo aún no realizado, aclarando que
se derrumbaría inexorablemente si llegara a concretarse.
Aplicando este concepto a lo ocurrido en el grupo, compro-
bóse que vivieron la relación entre la mujer embarazada y la
terapeuta, como una situación de pairing, que provocó una
actitud de “esperanza mesiánica” en todos. Pero dado que no se
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 113

trató de una situación solamente mental, sino de una fantasía


materializada somáticamente por medio del embarazo, dicha
esperanza mesiánica se mantuvo •—con altibajos— durante
los nueve meses siguientes. De este modo quedó garantizada
la estabilidad y continuidad del grupo, aunque
simultáneamente perdió flexibilidad. Al nacer el niño
“mesiánico”, sin justificar las esperanzas puestas en él, el
grupo se deshizo.
Mostraremos a continuación, de qué manera se integra
otro grupo. Para ello, resumiremos las primeras sesiones de
un grupo terapéutico mixto y heterogéneo —en cuanto a sexo,
sintomatología y edad— y discutiremos la evolución de las
tensiones y fantasías inconscientes y el surgimiento de los
mecanismos paranoides, esquizoides y depresivos.
Durante la primera sesión se dividieron en dos
sub-grupos, que discutían acaloradamente dónde radicaba el
origen de la enfermedad: si en el cuerpo o en la mente. El líder
del sub-grupo “somático” fué un representante típico de los
que surgen en las primeras sesiones, en las que prima una
sensación de peligro. Aparentemente ayudaba a que todos
hablaran, pero en realidad mantenía un control estricto de la
situación y de los temas que se tocaban.
Reencontramos pues, la escisión cuerpo-mente, que tanto
en el grupo como en el individuo es señal de conflicto. En este
caso se produjo, debido a la dificultad que tenía cada uno de
ellos de asumir la responsabilidad frente al terapeuta y a los
demás por la propia enfermedad. Fragmentaban el mal
ubicándolo sólo en una parte de ellos —la mente o el cuerpo—
para salvar así la otra.
En la segunda sesión, el líder somático trajo el tema de la
agresión, pero de tal forma, que la colocó fuera del grupo. Se
refirió a la angustia que había experimentado cuando durante
una revolución, había estado expuesto a las bombas.
Surgió también con claridad, en la misma sesión, la rivalidad
entre los integrantes del grupo, que ya se había insinuado en la
primera reunión, y el deseo suprimido o manifiesto de ser cada
uno de ellos “el centro de atención”. Es decir que la referencia a la
angustia sufrida durante el bombardeo, significaba en el “aquí y
ahora” de la sesión, la angustia frente al peligro de que estallara
una guerra civil en el grupo, a causa de sus rivalidades con
toda la agresión que eso involucraba. Este peligro era el que
había llevado al líder somático a ejercer un control tan estricto
114 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

durante la sesión anterior. En la tercera sesión, se planteó el


tema de la claustrofobia, vale decir de la angustia que provoca
el estar “a puertas cerradas” y en peligro de que se desate la
agresión en el grupo. Enfrentada con esta situación, una
paciente expresó su añoranza por el análisis individual,
intentando restablecer esta situación, al contar un sueño y
excluir a los demás.
Pero volvió el tema de la agresión al surgir una discusión
violenta entre todos los dirigentes sobre el problema de los
matrimonios entre cristianos y judíos, ateos y creyentes,
argentinos y extranjeros: es decir entre los distintos miembros
del grupo. Cuando se señaló este estado de guerra civil, el líder
somático retomó el control de la situación, cambiando de tema
y preguntando a una de las integrantes si le gustaría viajar.
Era evidente que existía en todos el deseo de huir y que no lo
llevaban a la práctica, alejando o retirándose porque se daban
cuenta de que significaba un querer escaparse de sí mismos.
El final de esta sesión confirmó la sensación
contratransferencial del terapeuta y de los observadores de
que pese a que se habían discutido muchos temas, el grupo no
se hallaba integrado aún y corría el peligro de deshacerse.
Efectivamente, los dos miembros masculinos faltaron a la
sesión siguiente. Este hecho determinó un cambio de clima en
el grupo; las mujeres hablaban con comodidad de sus
problemas, más libres de vergüenza y rivalidad ante la
ausencia de sus compañeros. Pero el temor de que ellas
pudieran ser las responsables de dicha ausencia, indicio de
desintegración creciente en el grupo, creaba un ambiente
depresivo. Cerca del final de la sesión empezó a hablar una
joven que había sido líder del subgrupo “mente”; en general su
tono era rápido, vivaz y agresivo pero esta vez tenía una
calidad distinta. Se refirió a su noviazgo y contó con mucha
pena que tiempo atrás se había provocado un aborto. Tanto su
novio como ella hubieran deseado conservar el niño, pero se
habían sentido demasiado inmaduros e irresponsables para
hacerlo. Experimentaba pena por haberlo malogrado.
En la sesión siguiente pudieron observarse varios hechos: los
pacientes masculinos que habían vuelto, se sintieron excluidos del
grupo. El líder somático, que hasta entonces había controlado la
situación, expresó con asombro que el grupo se había “metido en
profundidades”; parecía asustado y no comprendía cómo había
ocurrido eso. Por otra parte una paciente, que había estado
presente en la sesión citada, y que se sentía la más destruida
y desesperanzada de todos, abandonó definitivamente el
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 115
grupo diciendo que después del relato de la joven se había
dado cuenta de que nunca podría hablar. Se comentó que
había dejado el grupo “por cobardía”, lo cual, en un plano
superficial, era cierto, pero en otro —más profundo— se debía
al hecho de sentirse totalmente incapaz de reparar.
Resumiremos lo ocurrido en estas primeras sesiones.
Debido al temor que tiene cada uno, de ser juzgado —y
condenado— por el terapeuta y los otros integrantes, se
produce desde un principio una escisión. Ésta se materializa
en la aparición de los sub-grupos “somático” y “mental”.
Simultáneamente, como el terapeuta no da normas ni apoyo,
un miembro asume el liderazgo y el control de la situación.
Veamos ahora las motivaciones de esta conducta. La causa
principal del temor a ser juzgados, es que se consideran
responsables por el “mal” que sienten haber colocado en “el
cuerpo” o “en la mente”, debido a su agresión.
Los sub-grupos constituyen un intento de preservar del
desastre o de “la condena” por lo menos a una parte de sí
mismos y del grupo. Tratan, así mismo, de proyectar la
agresión fuera del grupo; v. g. la guerra civil, bombas, etc.
Cuando este mecanismo es interpretado, la agresión, “el
mal”, vuelve al grupo, provocando una reacción claustrofóbica
y el deseo de huir del grupo por las dificultades que trae.
Este deseo, pese a ser racionalmente rechazado, se
materializa en la sesión siguiente con la ausencia de dos
miembros del grupo.
La percepción del inminente peligro de desintegración que
corre el grupo, modifica el clima y lleva a una de sus
integrantes a asumir la responsabilidad y a sentir la
necesidad de reparar v. g. la joven que expresa su pesar por
haber destruido al niño- grupo en su inmadurez e
incapacidad. Vemos a través de este material, cómo lo que
desintegra son las ansiedades despertadas por la propia
agresión y, por otra parte, lo que repara lo desintegrado, es la
pena por lo destruido y la admisión de la propia culpa. Sobre el
rol del terapeuta en este proceso se hablará en el próximo
capítulo.
Observemos ahora cómo se integra el grupo en un tercer
ejemplo, de características especiales, ya que se trata de un grupo
preformado, es decir constituido por personas que trabajan en
equipo y que vinieron juntas al tratamiento. En el trabajo poseían
distintas jerarquías, que podríamos definir a los efectos de núes-
116 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

tra exposición, como equivalentes a las de discípulos y


maestros. Esta constelación planteaba dificultades
específicas. El temor a la agresividad que podría surgir en el
grupo se acentuaba por temor a que la agresividad
preexistente, reprimida en el trabajo, surgiera en el grupo y, a
la inversa, que los sentimientos hostiles provenientes del
grupo interfirieran con las relaciones amistosas del trabajo.
Además, los discípulos temían disgustar a los maestros en el
grupo y sufrir después las consecuencias, y éstos a su vez
descubrir sus debilidades y perder por eso su jerarquía. Fi-
nalmente, temían al delator que podría surgir entre ellos y
traicionarlos frente al jefe común, que llamaremos el “gran
maestro”. Todas estas dificultades inherentes a grupos
preformados se discutirán en el capítulo correspondiente. Por
el momento queremos mostrar solamente, cómo se integró el
grupo a pesar de ellas.
La pre-existencia de sub-grupos se manifestó enseguida en
el orden que adoptaron los miembros al sentarse. Los tres
maestros se ubicaron al lado del terapeuta, y los tres
“discípulos” frente a él en semicírculo. Uno de los “maestros”
asumió el papel de líder. Se habló sobre el “gran maestro” que
tenían fuera. El clima de cautela que envolvía este tema fué
alterado varias veces por las observaciones de uno de los
discípulos, quien, con mayor audacia que los otros, comentaba
en forma directa los conflictos y sucesos que vivían en el lugar
de trabajo. Así por ejemplo, relató una conversación sobre el
grupo que había mantenido con el “gran maestro”, rompiendo
de este modo al código tácito que se había establecido:
mantener separado lo de “afuera” —trabajo— de lo de
“adentro” —el grupo—; y preservar las jerarquías.
Este mismo integrante, trajo el problema del liderazgo de
la siguiente manera: dijo a otro de los discípulos del grupo,
que en realidad se hubiera fastidiado mucho si éste le hubiese
aceptado el ofrecimiento que le había hecho de su automóvil.
Comentó que siempre le sucedía lo mismo, y que sus
“generosidades y renuncias altruistas” no se originaban en un
sentimiento bondadoso, sino interesado; puesto que siempre
esperaba sacar alguna ventaja a través de su actitud.
A eso, el maestro líder respondió en tono pedagógico: “He
observado que siempre maltratas tu coche, eso se debe basar en
un sentimiento inconsciente”. El terapeuta interpretó a conti-
nuación que el “discípulo” y sus compañeros cedían la dirección
del grupo-coche a los maestros, pese al fastidio que les provocaba
la aceptación de éstos, con la esperanza de ser recompensados
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 117

“afuera”, y con el deseo de que la responsabilidad recayere


sobre los “maestros” si el grupo fracasaba.
Recibieron esta interpretación con cierta extrañeza y
malestar intercambiando sonrisas incómodas. En el primer
momento la bloquearon, por considerarla traumática, al hacer
extensivo lo individual (de “afuera”) a lo del grupo (adentro)
relacionando la actitud de una parte del grupo con el deseo de
conseguir ventajas en el lugar del trabajo.
Con todo, esta interpretación les dió la posibilidad de
adquirir mayor “insight”, que se manifestó en el comentario de
uno los maestros, quien se caracterizaba por ser el más aislado
y antianalítico. Reconoció que todos ellos se angustiaban
mucho allí, y que cada uno trataba de expresar o de librarse de
esa angustia lo mejor que podían.
El clima de desconfianza y cautela, matizado de vanos
intentos por romper el hielo, persistió por un tiempo. Surgió el
tema erótico y la esperanza de crear así una atmósfera más
íntima. Pero detrás de lo erótico se traslucía el temor y el
recelo que despertaba el terapeuta; cuando esto fué
interpretado, el “discípulo” que trajo el episodio del coche, puso
las cartas sobre la mesa. Confesó que se había preocupado
mucho por informarse acerca de la integridad profesional del
terapeuta y de su vida familiar, y también de conseguir datos y
opiniones sobre el análisis en sí mismo, puesto que muchos lo
consideraban pernicioso aunque, por supuesto, ellos no eran
de la misma opinión.
Después de expresar su desconfianza y sus dudas y de
referirse a los aspectos del “afuera” y del “adentro” del
terapeuta, sin que se produjeran las consecuencias temidas,
pudo comprobarse un cambio notorio en la actitud general del
grupo. Éste se evidenció más aún al contar el mismo discípulo
sus dificultades con una persona muy querida. Al hablar de su
pena por haberla hecho sufrir y de su anhelo de que la terapia
de grupo le ayudase para evitar que eso se repitiera expresaba
también el deseo de todos de evitar la desintegración del grupo
y de preservar en forma más adulta, sus relaciones mutuas y
las relaciones con el terapeuta.
Veamos, pues, cómo estos tres grupos se integraron al entrar
en posición depresiva; es decir, al sentir que habían destruido
algo valioso y querer reparar lo dañado. En el primer grupo, lo
destruido era el vínculo con la madre (suegra-terapeuta); en el
segundo, el niño (grupo) ; y en el tercero, la relación con un
118 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

objeto querido. La persona que actuaba o hablaba, lo hacía en


función del grupo, expresando el pesar de todos por lo que
habían dañado y el deseo de reparación.
Un factor importante que lleva a la estabilización y
continuidad del grupo es el hecho de que todos, tarde o
temprano, ponen sus partes y objetos buenos, dañados, en los
demás, intentando repararlo en ellos. Cada integrante tiene
su forma peculiar de reparar lo destruido, aunque todos lo
hagan mediante una comunicación con los demás, que tiene
principalmente un carácter verbal.
La expresión verbal desempeña en toda psicoterapia un
papel primordial. En la terapia analítica —individual o de
grupo— se la valora en su doble sentido: el manifiesto, o sea en
el significado consciente que se le quizo dar y en el latente, es
decir en el contenido inconsciente que posee y que el analista
intentará descifrar. En el análisis de grupo la función del
terapeuta consiste en interpretar el mensaje latente que cada
uno de sus miembros expresa en forma verbal e integrar con
ellos la fantasía inconsciente común del grupo. Procurará así
el desarrollo del “insight” en cada uno de los integrantes
llevándolos a profundizar en sus problemas, a adquirir más
soltura y a expresar en palabras todo aquello que, consciente o
inconscientemente, habían estado eludiendo.
Creemos conveniente tratar con cierto detalle los
diferentes significados, que tanto la expresión verbal, como el
silencio, adquieren en un grupo, no sólo para el terapeuta, sino
también para los integrantes del mismo.
Este tema es discutido con bastante frecuencia dentro de
los mismos grupos, pudiéndose consignar a grosso modo las
respuestas que provocan entre los otros integrantes “el
silencioso” y “el que habla”. En líneas generales, y
especialmente durante las primeras sesiones, rechazan al
primero, y admiran al segundo. La actitud de desconfianza y
recelo ante la persona que permanece callada, se debe a que
sienten que se guarda todo para sí, sin aportar nada al grupo;
y a que consideran que adopta la cómoda actitud de un
observador, que no se compromete, ni se expone frente al
grupo o al terapeuta.
Ven en cambio, a la persona que habla de sus problemas
y conflictos en el grupo, como a un líder valeroso que los
salva de caer en situaciones difíciles —de inhibición y
silencio— arriesgándose a ser juzgado o criticado.
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 119

Transcurrido un cierto tiempo, van percibiendo con mayor


claridad los diferentes usos y motivaciones que existen detrás
de estas dos actitudes. Si bien en determinados momentos se
habla para integrar una situación, en otros se habla para
ocultarla a través de una cortina de palabras; o para controlar
y evitar la aparición de un material dado. Otras veces, el
objetivo es absorber la atención del terapeuta, para formar
una pareja con él, excluyendo a los demás. Finalmente se
puede utilizar la palabra para ocupar una situación de
privilegio, y convertirse en el centro del grupo.
Existen diversos medios por los cuales los integrantes de
un grupo tratan de controlar la situación. Cuando se sirven de
la expresión verbal con una finalidad primordialmente
defensiva, es decir, de control, ataque o huida, asumen un rol
similar al del líder de situación esquizo-paranoide. En este
caso, pueden atacar y criticar abiertamente al terapeuta o al
sub-grupo que los coloca en una situación peligrosa, o adoptan
una actitud más disimulada, interrumpiendo constantemente
con banalidades e impidiendo de esa forma la emergencia de
los temas que tratan de evitar.
Otra forma de cristalizar al menos momentáneamente el
grupo, para evitar así la aparición de angustias más
profundas, es la de adjudicar a uno de sus miembros el papel
de “chivo emisario”. Lo empujan poco a poco
—inconscientemente— a adoptar una serie de actitudes y
posturas que lo convierten en la víctima propiciatoria de los
demás, sobre la cual desahogan tensiones y sentimientos
hostiles, que sino se volverían contra sí mismos, o estarían
repartidos entre todos, haciendo peligrar la integración del
grupo.
Evidentemente, para que esto suceda, se debe contar con la
aceptación consciente y/o inconsciente de la “víctima” que, a
través de esta situación, espera —por ejemplo— aliviar sus
sentimientos de culpa. El tercer grupo citado, ilustra este punto.
El líder del sub-grupo de jefes quería hacer hablar a toda costa a
uno de los integrantes. De haberlo logrado, lo hubiese convertido
en el “chivo emisario” del grupo. Cuando el “discípulo” audaz,
habló por un impulso propio, aunque lo hizo respondiendo a una
necesidad que tácitamente se reflejaba en todos, a nadie se le
ocurrió adjudicarle ese papel. Al contrario, fué escuchado en un
silencio lleno de simpatía y solidaridad. Si no hubieran estado
dispuestos a aceptar sus palabras, lo hubiesen reflejado en
120 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

diferentes formas: tosiendo, mirando el reloj, etc., o interrum-


piéndolo directamente bajo el pretexto de ayudarlo.
La persona que utiliza el lenguaje con la finalidad —cons-
ciente o inconsciente— de controlar una situación, lo hace en:
función de una parte del grupo. Así, por ejemplo, la joven del
segundo grupo, en la primera sesión asumió el liderazgo del
sub-grupo “mente” y se opuso al líder del sub-grupo “cuerpo”'
manifestando una agresiva rivalidad. Tras esta fachada,
escondía su gran temor a ser agredida por los demás. Esta
joven adoptó en la cuarta sesión una actitud opuesta,
expresando sus ansiedades depresivas, y las de los demás, al
contar el episodio del aborto y el pesar que le causaba.
Al hablar del proceso curativo nos detendremos sobre la
importancia terapéutica que tienen los cambios de roles. Por
ahora, sólo vamos a anticipar un ejemplo, para demostrar
cómo el grupo, ante la necesidad de conservar determinados
papeles, que son indispensables a su estructura, puede
impulsar a sus miembros a cambiar de función.
Esta situación se presentó en el grupo citado, al cabo de
algunos meses. Por ese entonces los sub-grupos “cuerpo” y
“mente” habían sido reemplazados por el de los “optimistas”
(que creían en la eficacia del análisis de grupo) y el de los
“pesimistas” (integrado por dos personas que habían estado
durante un tiempo en análisis individual, y menospreciaban
las posibilidades del grupo). Los “pesimistas” vivían su
presencia allí como un haberse “venido a menos”: sostenían
que el grupo no les ayudaba en nada, e intentaban minar el
optimismo de los otros con frases como esta: “Uds. ya verán, al
principio de un análisis uno siempre se siente mejor, pero... ”.
Nos referiremos a una sesión a la cual faltaron todos los
miembros “optimistas” y el “neutral”. Se hallaban presentes,
por lo tanto, sólo las dos “pesimistas”. Una de ellas mantuvo su
línea de conducta habitual, hablando con el objeto de absorber
la atención del terapeuta y de inhibir al grupo. La otra, que
generalmente permanecía callada y en actitud crítica,
modificó, en cambio, su posición. Comenzó diciendo que se
alegraba de la ausencia de los demás, porque se sentía como en
un análisis individual. Luego agregó que a pesar de todo los
extrañaba, y que aunque tuviese oportunidad de iniciar su
propio análisis, no pensaba abandonar al grupo porque se
había dado cuenta de lo útil que le era en muchos aspectos.
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 121

Como su compañera continuaba interrumpiendo con sus


temas de siempre, retomó la palabra y contó que tenía un
hermano retardado, un pobre chico, que venía a visitarla
algunas veces. Pese a que sentía compasión por él lo
rechazaba porque le crispaba los nervios debido a que hablaba
y repetía lo mismo. No lo toleraba pero se daba cuenta de que
eran parecidos y estaba identificada con él. Un día para
hacerlo cambiar de tema, le preguntó: “Dime, ¿tú sueñas a
veces?” “Sí, mucho —dijo él— pero desde hace años tengo el
mismo sueño”. “¡Qué terrible! ¡No puede ser! ¿Realmente
siempre el mismo sueño?”
A través de este material se veía en forma tan clara su
rechazo ante esa actitud de repetición, que la otra integrante
se dió por aludida y dijo: “¿Ud. me quiere decir que soy una
retardada por traer siempre los mismos temas? Pero, ¿y Ud.?”
La otra le interrumpió en tono conciliador: “Ya sé, ya sé,
justamente por eso lo traigo aquí, por que me doy cuenta de
que siempre me quedo pegada a las mismas quejas. Por eso
hablo poco”.
En esta sesión se puede comprobar cómo, ante la ausencia
de una parte del grupo, la optimista, indispensable para
conservar el equilibrio y la estructura interna del mismo, un
miembro del sub-grupo opuesto se vió impulsado a asumir el
papel de los ausentes, modificando su actitud.
Esto nos lleva a comprender mejor cómo un miembro de
un grupo puede mejorar a través de los demás, aún cuando no
exponga sus problemas. Más adelante discutiremos los
mecanismos existentes detrás de esto.
Los hemos destacado aquí porque nos replantea el
problema del integrante silencioso, o de pocas palabras, en el
grupo. Ya nos hemos referido a las razones por lo que provoca,
a menudo, desconfianza e irritación en los demás. Pero la
reacción suele ser muy diferente si lo ven como a una persona
inhibida por su timidez; lo tratan con simpatía y cariño,
porque les permite sentirse más seguros y más fuertes.
Citaremos el siguiente ejemplo: Un nuevo miembro entró
a un grupo, haciendo gala de su agresividad. Se encontró
con que los otros integrantes eran personas desenvueltas ,
sin problemas aparentes de contacto, exceptuando uno de
ellos que, pese a llevar poco tiempo en el grupo, ya había
sido catalogado como un silencioso tímido. Después de
plantear temas generales, trajo un nuevo proyecto de
curación del grupo: desinhibir al-tímido, que era el que
121 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

despertaba menor rivalidad, y así curarse todos en él. Este pa-


ciente puso de manifiesto uno de los factores que tienen más
importancia en la continuidad del grupo y un mecanismo
fundamental de curación que luego discutiremos.
Señalamos ya las distintas actitudes que toma un grupo
frente al miembro silencioso, pero, ¿qué siente éste frente al
grupo? Podemos deducir algunos de sus sentimientos, si
reparamos en el hecho de que, entre las personas que
abandonan el grupo en sus comienzos, la mayoría son
silenciosos. Es lógico que suceda así, dado que en el grupo el
hablar adquiere, a veces, el valor de una entrega, o de un
sacrificio para los demás. El silencioso, al cabo de un tiempo,
cree que se está aprovechando del esfuerzo y sufrimiento de
los otros y como no les puede retribuir de la misma forma se
siente culpable.
Desde el punto de vista técnico, se plantea el problema de
la inclusión del silencio en las interpretaciones. El terapeuta
lo logrará en la medida en que comprenda el contenido y
carácter específico de dicho silencio, y la función que cumple
en el grupo; es decir, qué está expresando tanto el integrante
silencioso, como el grupo mismo a través de él.
Pero, ¿qué sucede cuando nos enfrentamos con un silencio
prolongado y pasivo de parte del grupo? Esta situación llegó a
ser considerada un problema importante en algunos tratados
de psicoterapia. Sin embargo, en nuestra experiencia, los
silencios son generalmente breves y plausibles de
interpretación. Es probable que esto se deba al empleo de una
técnica más activa, basada en nuestro concepto del grupo;
interpretamos tanto la expresión verbal como cualquier otra
en función del “aquí y ahora” del grupo.
Nuestra hipótesis es de que toda actividad, verbal o
mímica, puede ser interpretada en términos de grupo, dado
que configura una doble comunicación: el estímulo en sí, más
la respuesta que provoca.
Retomemos el silencio en el grupo, que es una respuesta
de tipo pasivo. Si el terapeuta no se encuentra en ese
momento en condiciones de interpretarlo, será suficiente, en
general, que llame la atención sobre él, es decir, que lo señale,
para evitar la paralización del grupo, y permitir que surja un
nuevo material.
Es conveniente incluir, al señalar o interpretar el silencio,
la calidad específica que contratransferencialmente
percibimos en él; en algunas oportunidades dicha calidad
sirve de base a una interpretación acertada.
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 123

Tanto si se interpreta, como si se señala un silencio, el


grupo tiende en la mayoría de los casos a restablecer la
comunicación verbal con el terapeuta1.
Foulkes y Anthony en su último libro [ 13], centran todo el
proceso terapéutico alrededor de la comunicación.
Concordamos totalmente con él cuando sigue el criterio de
Ruesch y Bateson, quienes definen la comunicación como un
proceso que conecta a la persona que transmite algo con la
que recibe el mensaje. En este momento dos o —en el caso del
grupo— más personas lograron una conexión. Admitimos
también que “el lenguaje del síntoma, aunque ya represente
una forma de comunicación, es autista”. Pero le seguiremos en
su mayor jerarquización de la expresión verbal como forma de
comunicación, únicamente cuando ésta cumpla la exigencia
ya expuesta, de conectar efectivamente al que transmite con
los que le escuchan. Freud, en un primer momento, adjudicó
un papel fundamental —en el proceso curativo— a la
comprensión intelectual del síntoma. Más tarde, amplió y
modificó este enfoque. Tememos que Foulkes se adhiere
demasiado a estos primeros conceptos, cuando dice: “Hemos
abierto el camino a una completa solución del síntoma tan
pronto como el problema mental subyacente al mismo pueda
ser expresado en palabras y discutido”. Con este concepto se
corren dos peligros: el de provocar una intelectualización
excesiva en el paciente; y —en análisis de grupo— el que el
terapeuta se vea llevado a interpretar individualmente, en su
afán de aclarar determinado síntoma. Más adelante nos
referiremos al criterio de Foulkes con mayor extensión; por
ahora nos limitaremos a comparar su enfoque con el nuestro
en la medida en que esté relacionado con el tema que nos
interesa, el desarrollo del grupo.
Según Foulkes y Anthony el neurótico es un “mal
comunicado”. Concurre al grupo y permanece en él por su
necesidad de comunicación. Nuestro enfoque es algo distinto.
Vemos al neurótico como un incomunicado con sus objetos
internos. Como los siente malos o teme haberlos destruido, no
puede comunicarse con ellos, no logrando por lo tanto,
integrarse psicológicamente. Los proyecta afuera, sobre las
personas de su medio ambiente, con las cuales por el mismo
motivo tampoco puede establecer un buen contacto.
1 En el análisis individual la comunicación preverbal siempre fue tomada

en cuenta. Con todo, la atención del analista se centró, por razones obvias,
principalmente en las expresiones verbales del paciente.
124 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

¿Qué ocurre entonces, cuando entra al grupo cuyo clima


favorece la proyección? Encuentra una posibilidad de
controlar lo malo dentro de él (que está proyectado en los
demás) y también de reparar lo bueno que siente haber
destruido y que en el “aquí y ahora” del grupo ha colocado en
los otros integrantes.
La necesidad de repetir vivencias, el intento de controlar
lo malo y el deseo de reparar lo bueno que ha destruido, lo
lleva a permanecer en el grupo, donde se sirve de la
comunicación para lograr estos fines. El grupo se integra por
las necesidades internas de cada uno de sus participantes; al
tiempo que oscila entre procesos paranoides y depresivos, la
compulsión a la repetición se va debilitando a medida que
aumenta el insight de sus miembros. Adquieren insight a
través de la interpretación del terapeuta y la interacción del
grupo, y se modifican al introyectar objetos menos destruidos
que los que han proyectado en los demás. Es un proceso de
elaboración lento, en el cual el mecanismo de repetición no
configura el círculo estéril del grupo de “A puertas cerradas”,
sino que evoluciona en espiral.
Traemos a colación un grupo formado por estudiantes. Du-
rante los primeros meses del tratamiento se mostraron muy
unidos teniendo afinidad de propósitos, proyectos y logros. Al
cabo de un tiempo ocurrieron dos cosas que modificaron la
situación. Uno de los miembros abandonó la carrera
universitaria para dedicarse a los negocios; y otro —que ya se
había recibido— comenzó a destacarse en su profesión,
diferenciándose en esta esfera cada vez más del resto. Este
último era el que se permitía tener una actitud más regresiva
en el grupo, arrastrándolo a menudo en sus “locuras”.
Durante meses persistieron en la creencia de que cuanto más
cuerdos fueran dentro del grupo, mejores resultados obtendrían.
Esta creencia se vió seriamente comprometida cuando advirtieron
que la persona más regresiva era la única que mejoraba y triun-
faba en la vida. Experimentaron este hecho como una gran
injusticia; “el regresivo”, a más de permitirse todo en el grupo, era
premiado afuera. Esto provocó una ola de indignación entre ellos:
el odio era una realidad concreta, tensa, imposible de disimular.
Como epílogo de esta reacción, un miembro del grupo cometió una
infidencia, diciéndole al “regresivo” que alguien, a quien éste
respetaba y estimaba, había hablado despreciativamente de su
conducta social y profesional. Esta actitud provocó una situa-
ción, caótica, se habían roto las normas del grupo y su misma
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN CRUPO TERAPEUTICO 125

existencia estaba comprometida. Se tenía una prueba


concreta de cómo la agresión dentro del grupo podría herir y
trascender al mismo, involucrando a terceros. En las dos
sesiones siguientes trataron de negar este hecho.
En la tercera sesión el grupo llegó cambiado. Reconoció
que estaba enfermo como grupo y que venía a curarse. La
última persona que entró pareció comprender enseguida la
situación, pues se dirigió a su asiento en puntas de pie, dando
un largo y poco usual rodeo.
Poco después surgieron diferencias. La persona que
cometió la infidencia intentó comprender racionalmente lo.
que ocurría en el grupo; el miembro regresivo, en cambio,
sostuvo que había que actuar tal como se sentía. Luego
mientras la primera trataba de explicar lo que sucedía, el
“regresivo” se levantó con un gesto de desprecio y comenzó a
caminar por la habitación, tropezando en un momento dado
con el cordón de una lámpara de mesa, de modo que ésta cayó
con gran estrépito y se apagó.
A través del alboroto y las risas subsiguientes, se percibía
un clima de mucha angustia. Todos opinaron que la lámpara
no se había roto pero cuando se animaron a probarla, ésta no
funcionó.
A partir de ese momento nadie prestó atención a nada; si
alguien hablaba, los demás bostezaban o lo interrumpían. El
clima caótico los llevó a vivir una situación similar a la de “A
puertas cerradas”; refiriéndolo así, los mismos integrantes.
Este tema adquirió el carácter de lo siniestro cuando la
persona que había entrado tan silenciosamente al consultorio,
desenchufó —en un descuido— la otra lámpara, dejando la
habitación a oscuras por uno momentos.
En la sesión siguiente el grupo intentó integrarse y salir
de la situación concentrando su interés en el terapeuta: el
“regresivo”, dibujándolo, es decir, interesándose por su
cuerpo; el de la infidencia, acercándose a él en el campo
intelectual; un tercero, viéndole más “buen mozo” y de aspecto
saludable; y el último proyectando sus propias características
físicas. El terapeuta interpretó esta mayor preocupación por
su persona como un intento de salir del clima de “A puertas
cerradas”, en el que lo utilizaban como núcleo integrador.
Pero dicho intento había fracasado, porque debido a su
rivalidad, al tratar de unirse se bifurcaron en dos planos,
el corporal y el mental. El grupo aceptó esto. Pronto surgió
una pelea entre el “regresivo” y el de la infidencia, por-
126 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

que éste le quiso romper el dibujo que había hecho del


terapeuta. Pero la pelea mostraba ser el principio de una
reconciliación entre ellos y tenía cierto matiz erótico, es decir
de unión.
Trajimos este ejemplo para mostrar cómo se efectúa la
elaboración en grupo, a través de una oscilación entre
distintas situaciones. Veamos la secuencia. Durante el primer
período, idealizaron al grupo, pero no pudieron mantener esta
idealización por los sentimientos de envidia y de injusticia que
surgieron entre sus miembros, frente al éxito del “regresivo”.
(Posiblemente éste enfatizaba su regresión para evitar la
envidia de los demás, pero sin lograrlo). La manía e
idealización sucumbieron frente a la agresión que, minando la
solidaridad intragrupo, amenazó destruirlo realmente1.
(Volveremos más adelante, al hablar de la Geslalt del grupo,
sobre este mismo ejemplo). Sintieron que se perdía lo bueno
que habían puesto en el grupo simbolizado en aquel momento
por el éxito del “regresivo”. En las dos sesiones siguientes, se
mostraron cautelosos, e intentaron negar el daño hecho; en la
subsiguiente se restableció el insight; el grupo admitió estar
enfermo y necesitar curarse. Pero persistió la rivalidad entre
sus miembros, surgiendo las diferencias y el desprecio mutuo
hasta que se rompió la lámpara. Quisieron negar con risas y
alboroto que, efectivamente, algo se había roto. Cuando
comprobaron que la lámpara no funcionaba más, el grupo se
desintegró. Se produjo así una situación caótica, que continuó
hasta que uno de ellos trajo el tema de “A puertas cerradas”
alrededor del cual todos se centraron, precisamente, por estar
viviendo un clima similar en el grupo. Hablaron también del
terapeuta, del papel que representaba éste.
Se interpretó el clima caótico en términos de la intensa
angustia que sentían ante el intento de reparación que se
había tornado en destrucción. (En otros grupos pudimos
apreciar situaciones similares).
La preocupación que sentían por el terapeuta implicaba su
valoración como lo único estable en ese caos, pero también un
deseo de arrastrarlo hacia él por envidiarle su situación de privi-
legio. Aparece, luego, cierto optimismo, al encontrar en “A puertas
cerradas” el tema común que les permitía salir del caos. Pero

1 El terapeuta sintió claramente que el grupo estaba en peligro de

desintegrarse. Rara vez vió la indignación, la envidia y la hostilidad tan al


desnudo. Estos sentimientos eran tan intensos que los llevaban a querer
romper cosas, morder y destruir.
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 127

cayeron nuevamente en él, cuando se revivió la tendencia


destructiva y alguien, en un descuido, apagó la última luz. Se
reintegraron en la sesión siguiente, centrándose alrededor del
terapeuta, y tomando lo bueno que había en él; lograron
hacerlo recién cuando, reconciliándose, superaron la envidia y
rivalidad entre ellos y la que les despertaba el terapeuta.
Una vez integrado un grupo, adquiere una vida propia,
rica en acontecimientos y fantasías, forjando su propia
historia y creando su idioma. Describir lo que sucede en él
detalladamente exigiría mucho espacio: sólo podría realizarse
en forma escueta, tal como expusimos el último ejemplo. Al
integrarse el grupo adquiere su propia Gestalt su continuidad
sociológica1. Sus integrantes tienen un fin consciente común
—la curación— y un marco definido, dado por el lugar donde
se reúnen, el horario, y el terapeuta como líder formal. (Ver
capítulo III.)
Una de las principales diferencias existentes entre el
grupo y el paciente que acude a la terapia individual, reside
en que este último llega con el acopio de su pasado y su
historia personal. El grupo en formación en cambio, no tiene
historia, sino que ésta empieza con la iniciación del mismo,
llegando a adquirir luego gran importancia como elemento
integrador, similar, según Bion al que tiene para un pueblo su
mitología y su historia en la preservación de su continuidad y
cohesión. Demuestra cómo los miembros del grupo, en
momentos de peligro de desintegración, suelen recurrir
también a su tradición en busca de apoyo. Llama a dicha
historia la “biblia” del grupo, porque contiene sus proezas, y
sus elementos normativos. Sirve además, para diferenciarse
de cualquier otro grupo. Sus episodios más importantes
suelen ser comunicados a los miembros nuevos, para
asimilarlos y realzar ante sus ojos el valor del grupo, al cual
pertenecerán. Sus elementos sirven para formar una especie
de idioma particular que configura todo un código. Cuando un
miembro nuevo entra en un grupo ya constituido desde tiempo
atrás, no suele, en un principio, comprender nada, porque la
conversación está llevada en un lenguaje lleno de alusiones,
símbolos y metáforas.
El grupo tiene normas y moral propias conscientes e incons-
cientes. El plano consciente es más fácil de definir. En algunos

1 Ackerman, al hablar de la analogía entre individuos y grupo, subraya

como diferencia fundamental respecto a nuestro enfoque, que, mientras el


organismo individual está caracterizado por una continuidad biológica, el
grupo lo está por una continuidad social.
128 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

casos la primera regla, que se comunica a cualquier nuevo


integrante, consiste en un compromiso de discreción. La
necesidad y utilidad de la discreción es obvia. Pero la
comunicación de dicha regla suele realizarse a veces en un
clima más irracional que hace recordar los juramentos de
fidelidad y votos de silencio absoluto que forman parte
integral de los ritos de iniciación en las cofradías de los
adolescentes, logias masónicas y otras sectas secretas. Hay
otras reglas con carácter de iniciación. Ocurrió en un grupo
que, al arriesgar un nuevo miembro un comentario sobre lo
dicho por otro, el más antiguo de los integrantes lo detuvo con
estas palabras: “Recién te dejaremos hablar cuando hayas
cantado lo tuyo”.
Existen otras reglas, conscientes o inconscientes que se
establecen poco a poco. Por ejemplo, que cada uno de sus
miembros, disponga de un determinado tiempo en la sesión.
En un grupo de pacientes “borderline” se había establecido la
norma de que sus integrantes hablasen siempre en
determinada secuencia.
Hay reglas que prescriben el orden en que deben sentarse,
configurando de esta manera el esquema corporal del grupo.
Pero antes de hablar sobre éste debemos aclarar el significado
que damos al término de “esquema corporal” en sí. Clifford
Scott [53] lo define de esta manera: La consciencia más o menos
integral de sensaciones, percepciones, concepciones, afectos,
memorias e imágenes que va desde la superficie corporal hasta
las profundidades del cuerpo y hasta los límites del cosmos
(correspondiente a la superficie del mismo). Lo ve compuesto
no sólo por lo que se encuentra dentro del límite, sino también
por lo que está fuera, como así también por el límite mismo.
Nosotros diríamos que el esquema corporal consiste, en un
momento dado, en todo lo que está simultáneamente en acción
dentro y fuera del límite-superficie del cuerpo.
Es decir que las sensaciones, sentimientos y recuerdos
dentro del cuerpo, ligados a sucesos, objetos y situaciones del
mundo externo, configuran el esquema corporal. Pero como los
recuerdos contienen en forma latente todo el pasado, éste
quedaría implícitamente incluido dentro de aquel concepto.
El esquema del grupo se compone entonces de los
esquemas corporales de sus integrantes que se influyen, se
entremezclan, se superponen y, parcialmente, pierden sus
límites. Dicho esquema se amplía en la medida en que ocurren
cosas nuevas y sus miembros lo enriquecen con todo lo que
surge en y entre ellos.
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 129

El temor a la pérdida de límites condiciona el deseo en los


miembros de convertir el polimorfo esquema del grupo en un
esquema “corpóreo” fijo y concreto: 1 por esa razón tienden a
establecer reglas, normas y rituales. Pero el grupo vive y
evoluciona venciendo la inercia de sus participantes y
arrastrándolos en el movimiento propio que adquiere.
En el tercer ejemplo el temor a la pérdida de límites se
expresaba por la necesidad de sus miembros de aferrarse a la
jerarquía preestablecida fuera del grupo.
Describimos a continuación cómo variaba el orden en que
se sentaban, durante las primeras sesiones, porque denota los
cambios sufridos en su esquema corporal.
Como se recordará, el grupo se dividía en dos sub-grupos:
el de “maestros” y el de “discípulos”. Designaremos con las le-
tras L. P. M. (líder principal de los maestros), L. S. M. (líder
secundario de los maestros) y M. (maestro) a los integrantes
de
un sub-grupo: y con las letras Di, D2 y D3, a los del otro
sub-grupo.
La distribución de los muebles en el consultorio era la
siguiente:

ESCRITORIO

Silla

Silla
Sillón
del
Terapeuta Silla

DIVAN

.
Figura No 1

1 Este mismo problema fue planteado por uno de nosotros, el Dr. L Grinberg
[23], en su trabajo “Mecanismos esquizoides en el juego de ajedrez”, donde
describe la forma en que un paciente proyectaba su esquema corporal sobre
el tablero con la creación de zonas y límites fijos y concretos.
130 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Al entrar a la primera sesión L. P. M. preguntó bromeando


al terapeuta cuál era su sillón y si podía ocuparlo. Sin esperar
contestación se sentaron de la siguiente manera:

DIVAN

LPM D3 D2
Figura NO 2

En la segunda sesión ocurrió un cambio de asientos entre


L. P. M. y L. S. M. Cuando se comentó ese cambio, L. P. M» dijo
que por tener conciencia de su tendencia a “copar la banca” se

DIVAN

LSM D 3 D 1

Figura N9 3

había cambiado de sitio voluntariamente, sin darse cuenta que


ocupaba de nuevo un lugar estratégico por seguir cerca del
terapeuta y apoyarse en el escritorio (figura NO 3).
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 131
La tercera y cuarta sesión no trajeron cambios. Pero en la
quinta sesión el orden era éste:

D3

D2

DIVAN

LSM D1 M

Figura NO 4
Vale decir que M. se hallaba sentado entre los “discípulos”.
Ello era índice de que los subgrupos, rígidos en un comienzo em-
pezaron a romperse. Para que el grupo pueda seguir evolucio-
nando positivamente será necesario que L. P. M. y L. S. M. aban-
donen sus lugares privilegiados que les servían de defensas contra
Dl9 D2 y D3 y que éstos se acercasen a su vez al terapeuta.
En este caso los subgrupos servían para expresar una deter-
minada jerarquía y estructura tanto dentro como fuera del grupo.
El éxito terapéutico del mismo dependía en parte, de la fijeza o
movilidad con que actuaban dichos subgrupos, así como del modo
en que se modificaban los roles. La razón de la formación de los
subgrupos, se debe casi siempre a la necesidad de materializar y
dramatizar los conflictos y fantasías inconscientes del grupo. En
ocasiones, pueden ser utilizados para configurar una situación
triangular. Todo un subgrupo será vivido entonces como si se
tratara de una sola persona, formando pareja con el analista, y el
otro como el tercero excluido. En algunos casos es el terapeuta
quien representa este último papel.
Esta situación se reflejó nítidamente durante una sesión en
que se suscitó una disputa entre un sub-grupo veterano y otro de
“novicios” asumiendo cada uno de ellos, alternativamente, la
defensa del terapeuta (que había sido criticado al comienzo de la
sesión), hasta que finalmente decidieron unirse excluyendo en
forma tácita a éste. La razón que adujeron fué que los recién
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
132

llegados podrían representar mejor el rol de padres porque per-


mitían que se conocieran sus cosas íntimas, informando acerca
de su relación con sus hijos en contraste con la actitud reservada
del terapeuta y de la observadora.
La misma constelación de dos subgrupos en pugna puede ser
expresión de la suposición básica de lucha y fuga representando
uno el deseo de huir y otro el de luchar. En ciertas ocasiones
pueden expresar respectivamente, y tal como se ha señalado ya,
tendencia depresiva y paranoide, pesimista y optimista, etc.
Si bien el término subgrupo lleva implícita la idea de que
consta de varias personas, es posible que, de acuerdo a la nece-
sidad del grupo, una sola persona se convierta, en un
determinado momento, en un subgrupo con una función
específica.
Ya se ha hablado de la regresión en el grupo. El temor a
ciertos cambios y a la pérdida de la individualidad lleva, a veces,
a sus integrantes, en función de dicho proceso regresivo a con-
ferir a los objetos externos inanimados, características y signifi-
cados psicológicos específicos. Así, por ejemplo, en el grupo que
trajo el tema de “A puertas cerradas” sentarse en el diván
significaba ser regresivo.
Observamos reacciones regresivas frente a cambios de toda
índole: de ambiente, de horario, etc. La causa predominante de
este tipo de reacciones frente a los cambios, reside en la vivencia
mágica profunda que caracteriza a todo grupo en regresión1. La
intensidad de dichas reacciones se incrementa aún más ante los
cambios de observaciones o sustitución de sus miembros. Debido
al carácter traumático de estos cambios generalmente se intenta
negarlos en un primer momento como medida defensiva
primordial. Cuando el esquema corporal del grupo corre peligro
de sufrir una modificación brusca, retoma su rigidez y vuelve a
patrones prestablecidos en su estructura; así, por ejemplo, des-
pués que la señorita silenciosa abandonó al grupo II, por sentirse
incapaz de darle algo, entró una mujer casada, y todos manio-
braron inconscientemente de tal manera, que ella llegó a ocupar
justo el asiento de la que se había ido. Aunque el terapeuta la
había presentado como “Señora Fulana de Tal” la llamaron

1 Uno de nosotros, el Dr. Grinberg [24], se refiere extensamente a las

características de la vivencia mágica inconsciente que surge en los momentos


de regresión de. la situación analítica en su trabajo sobre los “Aspectos
mágicos en la transferencia y contratransferencia”.
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 133
constantemente señorita. Al señalar el terapeuta esta
equivocación, dijeron no haber entendido la palabra “Señora”.
Era evidente que la consideraron únicamente como
“reemplazante” de la que se había ido.
En otro grupo, después de una discusión violenta a raíz de
la cual uno de sus integrantes exigió de una mujer que se
retirara del grupo acusándola de frenarlo y de no estar a la
altura de los demás, ella faltó a la sesión siguiente. Aunque el
responsable insistía en mostrar su satisfacción por la
posibilidad de haberla echado efectivamente del grupo, usó
sin darse cuenta, modismos propios de aquélla y adoptó
precisamente una de las características que le había
reprochado. En otra oportunidad uno de los miembros que se
había ido tiempo atrás, fué revivido en una sesión mediante
una representación dramática inconsciente de los otros
integrantes que asumieron distintas particularidades suyas.
Así fué como uno imitó su gesto, otro su forma de hablar y un
tercero ocupó su asiento; de modo que entre todos lo
recrearon.
Hemos explicado el rechazo a cualquier modificación en el
grupo como un temor al cambio de su esquema corporal. Se
trataría de una actitud paranoide, pero hay otras causas que
también la provocan. En los ejemplos dados el grupo intentó
negar la pérdida de uno de sus miembros, sustituyéndolo por
uno nuevo o imitándolo para negar la culpa por haberlo
eliminado, evitando así el duelo, que configuraría la reacción
depresiva.
Pero si la cohesión dentro de los miembros del grupo es
tan grande que se defienden contra cualquier cambio de su
estructura, si invierten tanto (bueno y malo) en él, ¿cómo se
concilia la pertenencia al grupo con la vida diaria y común?
¿Cómo se armoniza el “esprit de corps” del grupo y su código
moral especial, con las exigencias del ambiente extragrupo
frente a cada uno? Efectivamente el grupo tiene su moral
aparte. Una moral de características que cambia según su
evolución. Casi desde un primer momento se tiene la
impresión de que la persona que entra al grupo, deja afuera la
moral convencional mostrando una comprensión mayor para
los problemas de los demás y esperando que ellos le
retribuyan con la misma tolerancia.
Mencionamos en el tercer capítulo lo que ocurre si un homo-
sexual entra en el grupo. O mejor dicho, afirmamos que no ocurre,
desde el punto de vista moral, nada especial. Mientras que, en
la vida social común, el homosexual debe esconder su condi-
134 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

ción para no exponerse al rechazo del ambiente, en el grupo la


podrá admitir y dar así el primer paso para superarla. Lo
mismo ocurre con otros problemas íntimos, que comúnmente
hay que esconder en sociedad, para no sufrir la burla de los
demás, como por ejemplo la impotencia. La sinceridad es
posible gracias a un acuerdo tácito en algunos o verbalizado en
otros con palabras como éstas: “Estamos aquí para curarnos y
sabemos que todos tenemos deficiencias”. El silencioso puede
atraerse la agresión de los demás, porque sospecharán que
quiere esconder sus deficiencias tras el silencio. Si no confiesa
las suyas, pero conoce las de los otros, existe el peligro de que
se transforme en juez y, al callar sus debilidades, actuando
como los de “afuera”, se convierte en su representante. Por eso
tanto el voto de discreción, como el de “que cada uno confiese lo
suyo” pertenecen a los ritos de iniciación del grupo.
Se crea pues, muy rápidamente, el clima de tolerancia y
solidaridad necesario para el “insight”. Después, con el
transcurso del tiempo, cada grupo adquiere su moral
específica. Puede haber épocas de manía, de idealización del
grupo y negación del “afuera”, durante las cuales se supeditan
totalmente las exigencias morales comunes, a las normas
creadas por el grupo. Éste adjudica a sus miembros derechos
excepcionales, por considerarse excepcional.
Este cambio pudo observarse en un grupo con respecto Al
pago de honorarios. Algunos de sus miembros tuvieron desde
un principio dificultades en el pago debido a su situación
económica. Otros, en cambio, podían efectuarlo y pagaban con
toda puntualidad. Pero poco a poco pasó a establecerse una
especie de convenio secreto. Los que podían pagar, lo hacían
cada vez con más irregularidad, hasta dejar de hacerlo
totalmente y el tema del pago se convirtió en algo tabú. Nadie
lo traía ni hacía mayormente caso al terapeuta si éste lo
incluía en sus interpretaciones. Fué en esta época que el
terapeuta propuso al grupo la entrada de un observador.
Tropezó con un rechazo violento. Surgió de la discusión
siguiente que el grupo temía un observador, por encontrarse
en una situación irregular. Hasta ahora, separando al grupo
del mundo externo les parecía lo más natural no pagar al
terapeuta y boicotearle el tema. Pero la posibilidad de que
alguien de afuera entrara al grupo, les llevó a confrontar de
golpe dos tipos distintos de moral; la que tenían en el mundo
externo y que suponían representada por el futuro observador,
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 135

y la que habían desarrollado en el grupo. Este descubrimiento


anulaba la negación que habían hecho de “succionar” al tera-
peuta y les hacía sentirse culpables también de la debilidad
demostrada por el mismo al dejarse “succionar”. Cuando se
impuso de nuevo el pago en el grupo, cambió la situación.
Dicho cambio surgió paralelamente a otro, perteneciente
también al terreno moral. En este grupo el clima de
comprensión mutua de los distintos conflictos de carácter
sexual, poco a poco se había ido transformando en un clima de
moral desafiante de seres excepcionales. (Tenían que ser
excepcionales, para compensar al terapeuta su dedicación no
retribuida por el pago). Distintos miembros del grupo hacían
alarde de desinhibición fuera de él, hasta que un día una
persona vino alarmada a la sesión, contando lo que le había
pasado. En una fiesta la habían acusado de comportarse en
forma indebida y habían echado la culpa de su conducta al
análisis de grupo. Ella se sintió herida, despojada de algo
valioso —su valoración del grupo— y culpable por haberlo
dejado mal frente a extraños. Recriminó al terapeuta el haber
permitido que el grupo creara su propio código moral,
desprovisto de juicio de realidad y trajo a colación el tema de
la novela “Más que humano”, de Sturgeon 1, donde se
introduce el elemento ético en un grupo genial pero
desadaptado. Aquí nos interesa señalar que la negación de la
obligación económica del grupo traía consigo también una
negación de la moral sexual corriente y que el cambio con
respecto a una situación involucraba también el cambio de la
otra.
Volveremos, al hablar del acting out, sobre el tema de la
moral específica del grupo. Pero aprovecharemos antes este
ejemplo para plantear el problema de pago de honorarios en
general.
Empecemos con un tema discutido varias veces en el plano
psicoanalítico, pero referido aquí al análisis de grupo. ¿Se pue-
de analizar gratuitamente, sin perjudicar por eso al
proceso terapéutico? Creamos que sí, siempre que la falta
de pago no esté en discrepancia con las normas sociales
comunes. Es decir, se puede analizar a grupos sin cobrar
honorarios en instituciones, hospitales, etc., que suelen
atender gratuitamente. Pero generalmente la sensación
del paciente de que no retribuye en un plano económico la
ayuda del terapeuta, lo inhibe parcialmente a tomar

1 Esta novela suele ser tema de comentarios en grupos por su específica

referencia a un grupo homogestalt.


136 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

consciencia y expresar sus impulsos hostiles, y lo lleva a ser


excesivamente “bueno”.
¿Qué ocurre al respecto en los grupos atendidos en
consultorios particulares, es decir, pagos, según suele ser de
práctica? Como se trata de varias personas, de cinco a ocho
generalmente, no representa mayor perjuicio económico para
el terapeuta si alguno de ellos deja de pagar. Es lo que ocurrió
en el grupo que acabamos de comentar. Sin embargo el
terapeuta puede sucumbir así a la tentación de mostrarse
“generoso” con el “paciente pobre” del grupo. ¿Cuál es la
reacción del grupo frente a eso? En un primer momento están
muy de acuerdo con el proceder del terapeuta, elogiando su
falta de egoísmo en contraste con la actitud interesada que
suelen atribuir a los médicos en general. Después surge la
envidia. ¿Por qué fulano va a ser el único en no pagar?
Entonces aparece otro que sigue el ejemplo, y el terapeuta,
aunque se sienta ya algo incómodo, persiste en su actitud
“generosa”, porque el manejo de la situación se ha vuelto más
difícil. Frente a dos miembros que no pagan se le plantea al
resto del grupo un nuevo problema: el pagar cuando otros de
sus compañeros dejaron de hacerlo, es vivido como
equivalente a romper la solidaridad del grupo, como “traer
flores a la maestra”. Dejan finalmente de pagar todos y el
grupo satisface su necesidad de dependencia (supuesto básico,
según Bion) y de recibir algo concreto del terapeuta. Una vez
establecida esta situación, el grupo suele oscilar entre la
idealización del terapeuta, visto como pecho inagotable, y la
autoidealización que va seguida por un sentimiento de
desconfianza hacia el terapeuta. Si los sigue atendiendo sin
recibir algo efectivo, debe ser porque le dan acceso a un
material muy valioso que le sirve de compensación; o porque
se aprovecha en forma egoísta de ellos y de sus sufrimientos,
con el objeto de llevar a cabo sus investigaciones y lograr
fama, utilizándolos así como conejillos de India.
Si llegado a este punto no se puede aclarar la situación, el
grupo tarde o temprano se desintegrará debido a los
sentimientos de culpa subyacentes a la situación paranoide o
a la manía, que también empieza a invadir otros terrenos,
como lo vimos en el grupo citado.
Pero, ¿qué hacer frente a alguien que en determinado mo-
mento realmente no puede pagar? Una solución sería permitir
que pague menos que los demás, justo lo que esté a su alcance.
Es una solución a medias que puede ser vivida como humillante
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 137
para el “pobre” y como de privilegio para los demás. Una de las
consecuencias posibles sería la agresión que surgiría contra el
“privilegiado” de parte del resto del grupo. Podría ocurrir,
además, que aquél no resistiera la situación y abandonara el
grupo, que reaccionaría con un fuerte sentimiento de culpa.
Otra posibilidad consiste en aceptar que no pague,
considerando que contrae una deuda con el terapeuta o
renunciar del todo al pago. Trae las mismas consecuencias que
la complicación anterior. Con todo, estas soluciones son
factibles, siempre que sean analizadas a fondo, y no sucumban
a la inhibición contratransferencial del analista. (Freud
señaló que el hombre moderno está inhibido frente a dos
problemas fundamentales, el sexual y el económico).
El análisis de la situación llevará al grupo a hacer
consciente su posición y definirla. A menudo el terapeuta
consultará también directamente al grupo, sobre cuál será la
actitud más conveniente a adoptar.
¿Qué significa consultar al grupo y por qué y cuándo se lo
consulta? Lo consultamos si queremos introducir un cambio
concreto y real en su constelación como puede ser la admisión
de un nuevo miembro, a un grupo que ya está integrado; o la
de un observador, si no los había previamente. El grupo suele
adoptar frente a la consulta dos actitudes contradictorias. Sus
miembros, al sentirse tratados de igual a igual y no como
enfermos, están dispuestos a asumir la responsabilidad de la
decisión. Pero simultáneamente reprochan al terapeuta, de
cargarles con su responsabilidad. A menudo dudan de su
sinceridad, viven la consulta como trampa demagógica. ¿No
tendrá el terapeuta intenciones egoístas? Su interés de que
entre un nuevo miembro ¿es para beneficiar al grupo o al
mismo terapeuta? Debemos interpretar todas las fantasías del
grupo sobre la consulta, pero simultáneamente tenemos que
aceptar su negativa si ésta se produce. También debe
admitirse con sinceridad que existen límites en nuestra
democracia intragrupo, cuando nos dicen que, aunque
consultamos con ellos, somos los líderes formales que dirigen
el equipo y que determinan en último término las normas
concretas del mismo. De hecho el grupo está en una situación
de dependencia frente al terapeuta, que aceptarán en parte,
pero contra la cual tienden a rebelarse también.
Una manifestación importante de esta rebelión es el acting
out. ¿Qué significa este término? Freud [18] nos dice al respecto
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
138
que el levantamiento de la represión y el profundizar en la
psique libera impulsos que luchan para manifestarse fuera del
análisis. Agrega además, que la compulsión a la repetición a
menudo no se conforma con ser expresada en palabras, sino
que puja por realizarse directamente. Entonces puede ocurrir
que el paciente, bajo esta compulsión, transforme sus
impulsos de la fantasía en actuación directa, liberándolas de
la represión en la vida real. Eso se llama, en términos
técnicos, acting out. Freud nos dice también, cómo evitarlo. Es
a través de un análisis adecuado y completo de la
transferencia, porque lo que actúa fuera es lo que tendría que
revivirse y recordarse dentro del análisis, en la situación
transferencial. Lo mismo observamos en el análisis de grupo,
donde también existe la posibilidad del acting out que se rige
por los mismos mecanismos. La solución es la misma: el
análisis constante de la situación transferencial, del “aquí y
ahora” del grupo.
Pero las posibilidades del acting out en el análisis de grupo
tienen un carácter particular y una evolución específica. En
un principio, la sesión de grupo se reduce estrictamente a los
sesenta minutos y se limita a las paredes del consultorio.
Existe un temor de mezclar al análisis con la vida común, el
“adentro” con el “afuera”. Pero, poco a poco, el análisis
traspasa sus límites especiales y temporales. Primero se
apodera de los minutos pasados en común en la sala de espera.
Después incluye el camino que recorren en común, al terminar
la sesión. Más tarde se agrega en muchos grupos la visita al
café, con los chismes correspondientes, vale decir, los
comentarios acerca de la sesión. Surgen amistades que
pertenecen al grupo, pero adquieren su fuerza fuera de él. Se
crea una esfera intermedia entre la vida particular y el
análisis de grupo. Es la esfera del acting out, que adquiere su
estructura, su propio código moral y sus secretos, tanto frente
al medio familiar como frente al grupo. El terapeuta queda
excluido. El acting out lo deja frecuentemente desconcertado y
con una sensación de impotencia. Siente que ocurren cosas
importantes que no sabe; ve refutadas sus interpretaciones
con alusiones vagas a acontecimientos desconocidos; observa
miradas de complicidad entre los compañeros de grupo, y
percibe que le sustraen material valioso que no puede
controlar. Por supuesto no puede responsabilizar a sus
pacientes por dichas actuaciones.
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 139

¿Qué actitud deberá adoptar entonces el terapeuta? La de


siempre: interpretar. El acting out tendrá, según las oportu-
nidades, su sentido específico; como por ejemplo una queja
reprimida contra el terapeuta, en el sentido que él no da bas-
tante al grupo y que por eso tienen que buscar ayuda afuera.
Pero tendrá siempre, además, un mismo sentido general que
podrá deducirse de las sensaciones contratransferenciales que
surgen en el terapeuta. Éste se siente tan excluido e
impotente frente a sus pacientes, como él mismo y aquéllos se
sintieron de niños frente a los padres unidos en sus
actividades misteriosas e incontrolables. Es precisamente
esto lo que ellos reviven en la situación transferencial frente
al terapeuta-padre, madre o pareja (la pareja está
configurada concretamente en el grupo, si el terapeuta tiene
observadores que comparten con él la situación) y entonces,
en venganza —aunque inconscientemente— le hacen sentir lo
mismo a él.
Esta situación puede prolongarse hasta que se logre
interpretar adecuadamente las fantasías subyacentes al
acting out, o hasta que el sentimiento de culpa que sienten por
sus juegos prohibidos lleve a uno de ellos a hacer de “delator”.
Lo hace por sentimiento de culpa, pero también por rivalidad
con los compañeros, por celos y envidia de los sentimientos del
terapeuta para con ellos y para conquistarse una posición de
privilegio. Pero se atraerá el odio de los demás, rompiendo así
la solidaridad del grupo; como de niño habría roto el frente
unido de los hermanos contra los padres.
Pero el acting out tiene también su aspecto positivo. Su
significado no involucra solamente complicidad sino también
ayuda mutua y colaboración. Sirve de eslabón entre la vida in-
tragrupo, alejada de la realidad y la vida diaria, con sus exi-
gencias.
Antes de dar por terminado este capítulo, queremos
dedicar algún espacio al tema de la envidia 1, por encontrarse
este sentimiento en la base de muchas manifestaciones
neuróticas y por ser importante para el terapeuta, poder
reconocer e interpretarlo en sus distintos matices,
derivaciones y consecuencias. Entre estas últimas la más
importante para nuestro enfoque es la llamada “reacción
terapéutica negativa”.

1 Tomamos como base de esta exposición el reciente trabajo de Melanie

Klein, “Un estudio de la envidia y de la gratitud” [33].


PSICOTERAPIA DEL GRUPO
140
Todos conocemos la envidia y hemos experimentado este
sentimiento molesto y humillante; en diferentes ocasiones
envidiamos a otra persona por lo que tiene y por lo que
nosotros carecemos. Sabemos también que la envidia nos
impide conseguir lo que tiene el otro —es decir que es estéril—
en contraste con otro sentimiento parecido, la rivalidad.
Mientras estamos bajo su influencia, lo único que anhelamos
es destruir lo envidiado. Más aún, malogramos externa —o
internamente— nuestra relación, quizá bastante positiva
hasta entonces, con la persona envidiada. Pero ¿de dónde
proviene la envidia? ¿Cómo y cuándo se origina en el ser
humano?
Freud adjudicó un papel central a la envidia en la
psicología de la mujer; pero se refirió a una envidia específica,
la del pene; ubicando su origen en la edad de 3 ó 4 años. Para
Melanie Klein la envidia pertenece a nuestros primeros
impulsos y se desarrolla en la relación exclusiva entre madre e
hijo. El niño, debido a su gran dependencia del pecho y de la
leche, envidia a la madre esta posesión. Esta envidia estará
reforzada por la mayor voracidad del niño, que le hace sufrir
más intensamente su propia carencia del pecho, o por
frustraciones reales, impuestas por el medio ambiente.
Pero la envidia surgirá también aun bajo condiciones prác-
ticamente ideales, porque tampoco éstas satisfarán el anhelo
del niño, de tener un pecho siempre presente e inagotable.
Cuando no está en contacto con él supone que lo ha
abandonado y que aquél se alimenta y se goza a sí mismo y
—en consecuencia— envidioso de este placer, lo destruye en
sus fantasías.
Recalquemos de nuevo que Melanie Klein ubica la envidia
y la fantasía del pecho que se nutre a sí mismo en lugar de
brin» darse al niño, en la primera relación exclusiva entre
madre e hijo; mientras que los celos pertenecen a una época
algo posterior, cuando el padre ya entra en la constelación
para el niño y éste sospecha que la madre le da al padre todo
lo que a él le niega.
Pero ¿qué deducciones prácticas podemos tomar para el
análisis del grupo de esta nueva teoría sobre la envidia? Melanie
Klein demostró su importancia para el análisis individual, al
hacer derivar la reacción terapéutica negativa de la envidia.
Sostiene que las interpretaciones del analista son vividas como
su fuerza creadora y que el paciente envidia al analista su poder,
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 141

como envidió al pecho su capacidad de dar leche, que en último


término significaba para él crear y dar vida.
Esta misma vivencia en relación al analista dotado de un
pecho creador del cual se espera leche pero cuyo poder se
envidia, se presenta en forma más obvia y más clara en el
análisis del grupo que en el individual, debido a su estado de
mayor regresión. Ya citamos a Bion, al respecto, quien destacó
cómo el grupo espera, concreta y literalmente, recibir
alimentos del terapeuta. Referimos también como ejemplo,
cómo un grupo, en sus comienzos, colocado entre la alternativa
de dedicarse a “charlas de café” o de recibir un “silencio
nutricio”, prefirió esto último por el carácter mágico que le
adjudicaba. Pero también en la idea de tener que dedicarse a
“charlas de café” se traslucía el carácter oral de la expectativa
del grupo. Dijimos entonces, que la idealización, característica
de un grupo que actúa bajo el S. B. de dependencia, evitaba el
surgimiento de la envidia, que se hace notar cuando aparece
una desidealización parcial del terapeuta. Éste se encuentra
todavía revestido de todos los poderes mágicos que el infante
adjudica al pecho. Posee en la fantasía de los integrantes del
grupo, interpretaciones llaves, consejos y soluciones capaces
de arreglarlo todo. Lo suponen dueño absoluto de la curación
del paciente y de cualquier modificación de su realidad, pero
lo creen malo porque retiene sus consejos y soluciones bajo el
pretexto de seguir su técnica y tampoco da las
interpretaciones valiosas, porque quiere todo para él o para
los otros, preferidos por él. Su maldad se expresa, pues, de
dos diferentes maneras, una ligada a la envidia y otra a los
celos. Para diferenciar a ambos sentimientos recurramos al
primer ejemplo clínico presentado en la página 52. Para ma-
yor claridad tendremos que resumirlo de nuevo. Al principio
de la sesión la terapeuta estaba a solas con una joven que
decía necesitarla urgentemente; llegó otro integrante X y,
aparentemente para ayudarla, interrumpía constantemente
su relato con consejos e interpretaciones. Mientras tanto se
agregaron otras dos compañeras del grupo. Al interpretar la
terapeuta a X que su actitud estaba motivada por los celos a
la joven que estaba recibiendo su atención, declaró necesitar
urgentemente un consejo, porque tenía en su casa un
problema muy serio, que de hecho resultó ser trivial. Las
jóvenes intentaron primeramente satisfacerlo, acon-
sejándole y haciendo coro con las interpretaciones de la te-
rapeuta. Pero eso no sirvió para nada. X se irritaba cada vez
142 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

más desechando toda interpretación o consejo. Empezó a


criticar amargamente a la terapeuta, a su método, a todo,
hasta lograr que las tres jóvenes se separasen de la terapeuta
y “perdieran la fe en ella”. El grupo pareció en estado de
desintegración, cuando una interpretación global resolvió la
tensión, permitiendo el retorno del insight en este proceso.
Trajimos de nuevo este ejemplo, porque nos muestra con
suma claridad los sentimientos de envidia, celos y rivalidad
operantes en un grupo. Veamos de nuevo el material desde
este ángulo. Cuando X, al entrar, se enfrentó con la pareja
terapeuta- joven, experimentó celos. Se sintió excluido. Sintió
que la terapeuta daba lodo el alimento valioso que él esperaba
de ella, a la joven. Intentó superar sus celos, entrando en
rivalidad con la terapeuta, al interpretar ahora él a la joven.
Pero se percibió su situación de fondo por lo agresivo y
cortante de sus intervenciones. Al sentirse rechazado y
desvalorizado en su rivalidad —ya que el grupo no lo aceptaba
como terapeuta pues sus palabras no eran leche— intentó
entrar de otra manera en la pareja para separarla. Al
expresar ahora que él también necesitaba urgentemente algo
de la terapeuta, se identificó con la joven. En la urgencia que
mostró se vió con claridad toda la idealización de la terapeuta.
El, como antes la joven, esperaba recibir algo concreto de ella,
un consejo, una interpretación que lo solucionara todo. La
sentía mala y la criticaba acerbamente porque no le dió lo
valioso que ella poseía en su fantasía. Pero esta misma
fantasía de sus riquezas despertaba su envidia y su rivalidad.
Estos sentimientos le impidieron poder aceptar las
interpretaciones buenas que ella le daba —y se produjo, pues,
en reducida escala una “reacción terapéutica negativa”— y lo
llevaron a atacarla y a destruir su imagen en sí mismo y en las
jóvenes. De no haberse interpretado los celos y la envidia
subyacente en toda la situación, se hubiera producido
efectivamente la desintegración del grupo.
En el análisis de grupo y debido a su estado de mayor regre-
sión, la envidia se presenta con mucha intensidad. La presencia
de otros compañeros hace vivir muy concretamente los celos
en el “aquí y ahora” del grupo. Y el hecho de tener que com-
partir al terapeuta-pecho con los demás causa frustraciones
que refuerzan la envidia. Pero el mismo hecho de no estar a solas
con el terapeuta, de poder proyectarse en los compañeros, apo-
yarse en ellos, rivalizar con el terapeuta, etc., hace más tolerable
y menos peligrosa la envidia. Puede ocurrir, p. e., que un pa-
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPEUTICO 143
ciente con envidia muy intensa no pueda resistir la situación de
a dos planteada en el análisis individual, porque necesita del
grupo como “buffer” entre su voracidad y la riqueza del tera-
peuta, para protegerse de ser aplastado por su envidia y para
proteger al “pecho” de sus impulsos agresivos. Lo vimos en una
paciente que había abandonado un análisis con un analista muy
bueno, antes de venir al grupo. No pudo resistir la angustia que
le daba su rabia intensa contra él. También en el análisis de
grupo tuvo dificultades, pero pudo seguir. Sin embargo, las pocas
veces que se encontraba a solas con el terapeuta, por haberse
atrasado los demás, no podía hablar. Temblaba y lloraba, hasta
que llegaban sus compañeros. Al tiempo mejoró y también mejo-
ró su situación externa. Poseía más cosas que cuando había em-
pezado el análisis. Recién entonces pudo tolerar la situación de a
dos. Cuando de nuevo se presentó una situación en la que ella
estuvo a solas con el terapeuta, habló sin angustia y pudo entrar
en contacto con él. Le dijo: “Hoy estoy contenta de estar a solas
con Ud. Además, tiene que darme mucho, porque vengo a tomar
de Ud.”. Mostró así cómo su envidia anterior había convertido en
peligroso todo lo que el terapeuta podía darle. Dejemos aquí el
tema de la envidia. No pretendemos ser exhaustivos al respecto.
Quisimos mostrar solamente su importancia en los procesos que
se desarrollan en el grupo.
Resumiendo: Hemos hablado en este capítulo de cómo se in-
tegra el grupo, cómo adquiere su estructura y cómo sigue, a lo
largo del tratamiento, oscilando entre situaciones paranoides y
depresivas, pero en una evolución espiral, ascendente. Veremos
en el próximo capítulo, con detención, los mecanismos que lo
llevan a la curación.

RESUMEN
En este capítulo se demuestra a través de diversos ejemplos
cómo se adquiere “insight” en un grupo, cómo se logra su in-
tegración, y los factores de los cuales depende en última instan-
cia el proceso terapéutico.
En un primer grupo, de mujeres estériles, se estudia la diso-
ciación cuerpo-mente, que les permitía manifestar somáticamente
su angustia y agresión, al tiempo que expresaban en forma ver-
144 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

bal su sumisión a la terapeuta. Este era el núcleo conflictual, que


recién pudo ser elaborado en ambos planos, al adquirir un cierto
insight. En el plano mental, surgió un deseo de separación
cuando asumieron la responsabilidad por su agresión, y elabo-
raron la culpa; esto fué dramatizado en el plano somático por el
embarazo de una de las pacientes. El grupo logró así su conti-
nuidad al centrarse casi totalmente en la espera del nacimiento
del niño, el que adquirió un carácter mesiánico. Pero lógicamente
al nacer el niño y pasar las fantasías de un plano mental al
concreto, se disolvió el grupo, puesto que el niño no podía sa-
tifacer sus esperanzas.
En un segundo ejemplo encontramos nuevamente esta
escisión cuerpo-mente materializada en dos sub-grupos que
trataban mediante esta división de salvar por lo menos una parte
de sí mismos, frente al terapeuta y los demás.
Conjuntamente intentaron proyectar “el mal” fuera del gru-
po, en un perseguidor externo. Al ser interpretados estos meca-
nismos, tuvieron deseos de abandonar el grupo. Dos de los inte-
grantes asumieron la responsabilidad por ello, surgiendo así el
deseo de reparar el mal que habían hecho con su agresión.
Se demuestra así y con otro ejemplo más cómo se integra un
grupo y cómo funciona uno de los mecanismos primordiales de la
curación. La proyección de los objetos buenos en los demás y el
deseo de reparar en ellos lo que sienten haber dañado. El factor
desintegrante es la ansiedad que despierta la propia agresión, y
la admisión de la culpa es lo que lleva a la reparación.
El paciente permanece en el grupo por su necesidad de repe-
tir las vivencias primitivas. Al oscilar entre las situaciones
esquizo- paranoides y depresivas, la compulsión a la repetición
cede, a medida que aumenta el insight. Este se adquiere
mediante las interpretaciones del terapeuta y la interacción con
los demás participantes. La reparación se lleva a cabo mediante
la comunicación, que tiene principalmente un carácter verbal.
La función del terapeuta consiste en interpretar el contenido
latente que existe en el mensaje verbal de cada uno de los miem-
bros, y en integrar con ellos la fantasía inconsciente común del
grupo. De esta forma procura desarrollar el “insight” de los
integrantes y lograr que expresen en palabras lo que inconscien-
temente han estado eludiendo.
La inclusión del silencio en la interpretación ya sea de tipo
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD ÉN UN GRUPO TERAPEUTICO 145

masivo o individual, se logrará en la medida en que el terapeuta


comprenda el contenido que posee, y la función que cumple en el
“aquí y ahora” del grupo. Si se considera al grupo como una
totalidad, cualquier tipo de expresión, ya sea verbal o mímica,
provoca una respuesta. El silencio sería una respuesta pasiva, en
la cual es importante señalar la calidad que
contra-transferencialmente se ha percibido.
En líneas generales el grupo considera al que habla como
generoso mientras que el “silencioso”, despierta hostilidad y des-
confianza, porque creen que juzga a los demás sin compro-
meterse.
Pero el hablar adquiere diferentes significados; en el caso del
líder esquizo-paranoide, controlar el material y la situación del
grupo, o absorber la atención del terapeuta, ocupando una
situación de privilegio. También se puede controlar al grupo,
creando un “chivo emisario”, en el cual se centralizan todas las
tensiones y conflictos, evitando su dispersión en el grupo con el
consiguiente peligro de desintegración o de culpa que traería.
Los sub-grupos y roles son variables, pudiendo una persona o
un sup-grupo desempeñar funciones, según las necesidades del
grupo. Así ocurre que al faltar el o los que desempeñaban una
función esencial, este rol es asumido por algún otro que quizá en
la sesión anterior cumplía la función opuesta.
Una vez integrado un grupo —cuando ya forma una totali-
dad— posee vida propia, es decir tradición, historia, y un
lenguaje que le es peculiar. Tiene también normas propias, que
adquieren el carácter de rito de iniciación frente a nuevos
integrantes. Dentro de estas normas de conducta se pueden
incluir diversos ítems: discreción, “confesión”, tiempo y orden
determinado para hablar, etc. Es común a casi todos los grupos,
el que tengan un orden específico para sentarse. Esto conforma el
“esquema corporal” del grupo, y junto con los demás rituales,
proteje de las angustias excesivas de despersonalización, al
poner orden y límite en todo.
La situación de regresión que se presenta en todo grupo en
mayor o menor grado, lleva a sus integrantes a rechazar
cualquier tipo de modificación, por temor al cambio en el
esquema corporal del grupo. Fundamentalmente esto se basa en
una actitud paranoide, que los defiende de caer en la posición
depresiva. El grupo evoluciona hacia una curación en la medida
en que rompe estos moldes rígidos y se modifica.
146 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

El grupo tiene una moral diferente a la del mundo exterior


que hace posible la existencia de un clima de comprensión y
tolerancia que permite exponer y por lo tanto curar las “fallas”
individuales.
Pero pueden pasar también por períodos de idealización,
durante los que se consideran seres excepcionales, regidos por
leyes excepcionales. Por ejemplo, expresan esta sobrevaloriza-
ción de sí mismos al dejar de retribuir económicamente al
terapeuta, considerando que lo compensan con el valioso
material que aportan. Simultáneamente satisfacen así, su
necesidad de recibir algo concreto de él (supuesto básico de
Bion). Sin embargo, modifican luego esta actitud, proyectando
en el analista sus propios sentimientos, y acusándolo de
aprovecharse de ellos con fines egoístas.
Esto no implica que no sea factible tratar a un grupo gra-
tuitamente, siempre que esta situación se haya previsto con
anterioridad, y se analicen a fondo los conflictos que surjan por
este motivo (represión de hostilidad, idealización excesiva del
terapeuta, etc.).
El problema del acting out en un grupo adquiere caracte-
rísticas específicas. Se crea una esfera intermedia entre la vida
común y la sesión del grupo, ya sea en los momentos previos a
la misma o en reuniones posteriores. Allí surgen amistades y
conflictos, que el terapeuta adivina a través de las miradas de
complicidad o de alusiones vagas. Esta situación puede
prolongarse hasta que se interpreten las fantasías
subyacentes, ya sea de venganza frente a los padres poderosos
(el terapeuta y observador), de queja reprimida, porque no les
da lo suficiente, etc. También puede surgir un “delator”, que
traiciona a sus compañeros por sentimientos de culpa o de
rivalidad hacia ellos.
El acting out tiene su aspecto positivo, ya que también in-
volucra ayuda mutua, y es un eslabón entre la vida del grupo y
la vida diaria.
La “reacción terapéutica negativa”, lo mismo que el origen
de muchos conflictos neuróticos tienen su raíz en la envidia.
Este sentimiento, en oposición al de rivalidad, es negativo, por
que no impulsa a la adquisición de lo deseado sino a su des-
trucción.
Según M. Klein, se origina en el infante, como reacción a su
completa dependencia del pecho, y debido a su gran voracidad,
INTEGRACIÓN Y CONTINUIDAD EN UN GRUPO TERAPÉUTICO 147

que se ve reforzada por las frustraciones reales del medio


ambiente.
Surge también en condiciones ideales, porque el niño
tiene la fantasía de un pecho inagotable que se alimenta a sí
mismo. M. Klein deriva la “reacción terapéutica negativa” de
este sentimiento, pues el paciente envidia al analista su poder
de crear (interpretar) y de dar vida (curar). Esto se ve
claramente en el grupo, donde existe una mayor regresión.
Sus miembros se defienden de la envidia mediante la
idealización y la dependencia. Al mismo tiempo la presencia
de los compañeros permite la proyección haciendo menos
peligrosa la envidia, al actuar como una barrera que protege
del peligro de aniquilar al terapeuta o de ser aniquilado
retaliatoriamente por él.
CAPÍTULO VI

MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO


TERAPÉUTICO

La identificación como mecanismo esencial — Identificación proyectiva e


introyectiva — Modificación de las estructuras emocionales primitivas —
Valor de la totalidad expresiva en el grupo — Ruptura del círculo
neurótico de “repeticiones de destinó” — Interpretación gestáltica en el
grupo — Transferencia y contratransferencia — Valor y desarrollo del
“insight” — Naturaleza y función de los roles — Roles típicos: “chivo
emisario”, “radar”, etc. — Elaboración de la situación depresiva. —
Resumen.

En los capítulos precedentes se ha podido apreciar la


evolución psicodinámica del grupo terapéutico, con sus
alternativas y oscilaciones; pasando desde los momentos de
regresión y desintegración hasta los esencialmente
integrativos.
Nos encontramos ahora frente al problema atractivo, pero
arduo, de señalar cuáles son los elementos esencialmente
curativos del grupo. Sin embargo, antes de intentar
determinar los factores de los que depende el éxito
terapéutico, se impone una pregunta cuya formulación podrá
parecer obvia a algunos y absolutamente necesaria a otros:
¿cura realmente el grupo?
Para responder esta pregunta, debemos convenir en
primer lugar, el criterio de curación que adoptaremos. Este
problema, de suma complejidad, se ha planteado en todos los
campos de la psicoterapia sin que se haya llegado a un
acuerdo unánime acerca de las condiciones mínimas
requeridas para considerar lograda la curación.
A falta de una convención establecida que nos sirva como punto
de referencia, digamos provisionalmente que el grupo actúa
terapéuticamente en la medida en que suprime los síntomas, faci-
150 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

lita y estimula una mejor adaptación individual, tiende a la in-


tegración de sus miembros en el grupo y, por extensión, en la
sociedad en que actúan. Volveremos más adelante sobre este
punto.
A través de lo expuesto en páginas anteriores, se ha podido
comprobar los distintos planos de actuación en que los
integrantes del grupo se comunican entre sí, los diferentes
mecanismos psicológicos involucrados en dicha comunicación,
como así también las reacciones emocionales concomitantes. En
este sentido, hemos presentado al grupo en el momento en que
respondía al impacto de estímulos angustiantes con sus
fantasías profundas correspondientes; en situaciones de
tensión, lucha, rivalidad y envidia; o bien, durante la
elaboración del sentimiento de culpa por agresiones ostensibles,
apenas esbozadas, o sólo inconscientemente vivenciadas. Se
señalaron momentos en que el grupo aparecía integrado en una
unidad indivisible, participando de los mismos sentimientos y
deseos; y asimismo se trajeron a colación, aquellas otras
reacciones que derivan de la desintegración colectiva. • •
A lo largo de los distintos ejemplos clínicos pudo apreciarse
cómo y por qué los diversos integrantes del grupo reaccionaban
a veces con actitudes opuestas y otras con una conducta unifor-
me frente al terapeuta. Vale decir que mostramos el fenómeno
de la transferencia en sus facetas múltiples derivadas de la
situación colectiva en que se desarrollaba. Por otra parte, se
evidenció de qué manera lo captado emocionalmente y
comprendido intelectualmente por el terapeuta, o sea su
reacción contratransferencial, le permitía formular
interpretaciones que correspondían al clima emocional o al
conflicto específico por el cual atravesaba el grupo en dicho
momento.
¿Bastarán estas situaciones descriptas para explicar
suficientemente cómo y por qué se cura en el grupo? Creemos
que, en una forma parcial y limitada, se podría dar una
respuesta afirmativa; pero sentimos que faltan aclarar todavía
aspectos y mecanismos importantes, a nuestro juicio, para
determinar en qué reside lo esencial de la razón terapéutica del
grupo.
Para comprender mejor la esencia de las situaciones y pro-
cesos que ocurren en un grupo, tendremos que referirnos espe-
cialmente a los mecanismos de identificación, proyectiva e intro-
yectiva, porque son —en nuestra opinión— los que poseen
mayor gravitación en la función terapéutica del grupo.
MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO TERAPEUTICO 151

Es útil aclarar previamente el concepto de identificación y su


estrecha relación con los procesos de introyección y proyección.
Nos serviremos para ello de un ejemplo presentado en el capítulo
anterior: el grupo de las mujeres estériles. Como recordará el
lector, durante la segunda sesión, una de las integrantes drama-
tizó el rechazo que en forma latente existía en todas ellas. Pues
bien, dicha dramatización constituía el eslabón final o, si se pre-
fiere, era la resultante de una larga serie de fenómenos interme-
diarios directamente implicados en los procesos que estamos es-
tudiando. Por de pronto, diremos que la mujer que tuvo a su cargo
la exteriorización del rechazo, se identificó con el resto del grupo.
Vale decir que incorporó y asimiló el sentimiento que, consciente o
inconscientemente, existía en cada una de las demás.
Freud [19], que fué el primero en introducir dicho término en la
literatura psicoanalítica, se refirió a la identificación como la
expresión más precoz de la relación afectiva con otra persona.
Agrega que: “La base del proceso consiste en que un Yo se
transforma en otro Yo, lo cual da por resultado que el primero se
comporta, en ciertos aspectos, de la misma manera que el se-
gundo, lo imita, y por así decirlo, lo incorpora”.
Uno de los postulados biológicos más conocidos es el que
afirma que la absorción y la expulsión son los procesos más fun-
damentales de cualquier organismo vivo. Freud comparó en ese
sentido, el funcionamiento del cerebro —con toda su compleji-
dad— al funcionamiento de la ameba, cuya vida se mantiene
mediante la absorción de materia extraña pero útil y la expulsión
de materia nociva.
Consideramos, como lo señala Paula Heimann [ :27], que “las
experiencias de introducir y de expeler algo de uno mismo son
acontecimientos psíquicos de primera magnitud”. Su importancia
no reside tan sólo en el mantenimiento de la vida como ocurre con
el metabolismo físico, sino también en las diferenciaciones y
modificaciones que resultan de las complicadas relaciones inter-
personales. Nos parece de utilidad citar aquí uno de los ejemplos
mencionados por dicha autora: “Un niño que es demasiado bueno
absorbe sus objetos sin discriminación; es una cáscara que
encierra imitaciones y remedos y no llega a ser un carácter, vale
decir que no tiene “personalidad”. Aplica este ejemplo, a lo que
ocurre con ciertas psicoterapias basadas en técnicas sugestivas,
en las que los síntomas desaparecen por la aceptación pasiva
e indiscriminada de la sugestión, pero la personalidad —en su
152 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

fondo— permanece inalterada. En cambio, el psicoanálisis afec-


ta la estructura de la personalidad al solicitar la colaboración
activa y crítica del paciente, lo que implica ampliar y modificar
las funciones básicas de introyección y proyección. Estamos
totalmente de acuerdo con dicho procedimiento, por lo que con-
sideramos que el mejor enfoque para una terapia de grupos
consiste en el empleo sistemático de interpretaciones, a la vez
profundas y asequibles, que tenga en cuenta el continuo Ínter
juego de introyecciones y proyecciones. Más aún, creemos que es
en el escenario del grupo terapéutico donde mejor puede
apreciarse el funcionamiento, esfera de acción e influencia de
dichos mecanismos.
Es necesario consignar que el individuo, en todo momento
de su evolución, se identifica con algunas de las reacciones,
actitudes, formas de conducta o sentimientos de las diferentes
personas con quienes entra en contacto. En lenguaje
psicoanalítico, diríamos que la identificación reemplaza o es el
resultado de las distintas relaciones de objeto, y que cada
personalidad está compuesta por sucesivas identificaciones que
contienen la historia de las respectivas relaciones de objeto.
Lo dicho para el individuo vale para el grupo: la identifica-
ción existe en todos los instantes de evolución y de regresión del
grupo.
Junto a la identificación encontramos la proyección. Cuando
varias personas se reúnen en un grupo, cada una de ellas
proyectará los objetos de su fantasía inconsciente sobre las
demás, intentando recrear en el plano. del grupo, el patrón
específico de sus relaciones interpersonales conflictivas. Ezriel
[°], que ha elaborado este enfoque, señala que cada uno de los
integrantes procurará que “el grupo real corresponda con su
propia fantasía de grupo”; el resultado consistirá, agrega, en
una tensión de grupo que será el “común denominador” de las
tensiones inconscientes individuales que estén presentes en
cada uno de sus miembros.
Esto, sólo puede ser bien comprendido mediante la aplica-
ción de los conceptos de identificación introyectiva y proyectiva.
Retomemos el ejemplo citado en las primeras páginas de la mu-
jer que había dramatizado el rechazo común del grupo hacia la
terapeuta. Mencionamos entre los distintos mecanismos implí-
citos en esta reacción de la líder del grupo el de identificación
introyectiva, por medio del cual pudo incorporar y sumar a su
MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO TERAPEUTICO 153

propio rechazo el de cada una de las demás. Pero, simultánea-


mente se produjo la identificación proyectiva del resto del grupo
con la líder: vale decir, que ubicaron en ella el sentimiento de
hostilidad colectiva.
Nos encontramos ahora en mejores condiciones para
referirnos a las intrincadas fluctuaciones que se suceden en un
grupo sobre la base de los ya descriptos mecanismos de
identificación. Hemos visto cómo éstos operan prácticamente
desde los primeros instantes de la vida, a través de lo que
podríamos definir como la búsqueda constante del equilibrio
entre el dar y el recibir. Ya se ha señalado que el ser humano, es
y ha sido siempre miembro de un grupo: pertenece al grupo
familiar, al escolar, al del trabajo, etc.; y ha mantenido las
inevitables relaciones con sus respectivos integrantes. Pero la
calidad y naturaleza del vínculo creado con el primer grupo —el
familiar— determinaron un molde básico, un patrón de
reacción, que continuó influyendo sobre sus relaciones
ulteriores. Se estructuraron, de este modo, determinados tipos
de intercambios.
La forma y el contenido del dar y el recibir, condicionados
por el tipo específico del recibir y dar primitivos, se van repi-
tiendo en distintas circunstancias y en diversos escenarios
hasta llegar al momento actual. Frente al grupo terapéutico el
individuo se dispone a repetir una vez más “su destino”. En el
capítulo II, a través del análisis de la obra “A puertas cerradas”,
se ilustró este mecanismo que subyace en toda relación
humana. Para expresarlo en términos del “dar y recibir”,
diremos que cada uno tenderá a dar en función de cómo, qué y
cuánto “ha dado” y “le dieron”, y procurará “recibir” en función
de cómo, qué y cuánto “ha recibido” o “recibieron de él”.
Esta formulación esquemática del “dar y el recibir”, que con-
densa los conceptos de las identificaciones introyectivas y
proyectivas, podría substituirse con la expresión de lo que “se ha
hecho” o “le hicieron a uno”, o con otras muy variadas. Pero
todas contendrán en su esencia, un tipo específico de relación,
—positiva o negativa— con sus respectivos elementos de amor y
piedad, o bien de envidia, rivalidad y odio. De acuerdo a los
elementos que predominan, se tenderá a despojar al “otro” de lo
que no se tiene, dañarlo o destruirlo; o por el contrario, ofrecerle
lo que le falta por el sentimiento de culpa y la necesidad de
reparación.
Veamos cómo ocurre todo esto en otro de los ejemplos del
capítulo anterior. Nos referimos al grupo que desde un comienzo
154 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

planteó en discusión la relación entre cuerpo y mente. Bastó


que uno o dos de sus integrantes, al sufrir el impacto de la
situación desconocida, pusieran de manifiesto —por la
compulsión a la repetición— sus cristalizados moldes de
hostilidad, lucha y peligro, para que encontraran una
resonancia en los demás, despertando y reactivando en
algunos de ellos respuestas arcaicas similares, que se
hallaban más reprimidas.
A través de las identificaciones intro y proyectivas,
algunos se posesionaron de los roles correspondientes a las
situaciones planteadas y prefijadas por las estructuras
inconscientes. Aquellos que no intervinieron en forma directa,
no se sentían excluidos; desempeñaban una función pasiva,
tan necesaria como las demás. Por otra parte, al identificarse
proyectivamente con los elementos activos del grupo, sentían
como propias sus expresiones de agresión y lucha. El “querer
ser el centro de la reunión” estaba contenido, en forma
explícita o implícita, en cada uno de ellos. Todos habían
vivido, con distinta intensidad y matices diferentes, el mismo
conflicto que de manera latente y desplazada, se estaba
desarrollando en el “aquí y ahora” del grupo. Cada cual
mostraba las características activas o pasivas, de los
personajes de sus respectivas novelas familiares.
En la sesión siguiente, la ausencia de los hombres
determinó un cambio del clima: desapareció la rivalidad que
había predominado, y todas las mujeres se sintieron
inconscientemente unidas a través del sentimiento de
responsabilidad y culpa provocado por dicha ausencia. Se
identificaron y reaccionaron al unísono, porque hubo un hecho
real, la ausencia de los hombres, que introdujo bruscamente y
como un impacto, el sentimiento inconsciente de la realización
mágica de sus fantasías.
Una vez más funcionó la estructura preexistente; una de
las mujeres lamentó haberse provocado un aborto tiempo
atrás. Equiparaba así, inconscientemente, la desaparición de
los hombres con la destrucción del feto, sintiéndose —en el
fondo— causante de los dos sucesos. Se interpretó que el resto
del grupo, aunque no hubiese intervenido activamente en
ninguno de los dos episodios, vivía la culpa en forma idéntica
porque respondía, en cierta medida, a algún hecho o fantasía
destructiva similar en cada una de ellas.
Evidentemente, la ausencia de los hombres no correspondía
ni se superponía —en la realidad— a la destrucción del feto ni
a la calidad de las fantasías de agresión o destrucción de las
MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO TERAPEUTICO 155

otras integrantes. Esta situación, en la medida en que disminuía


la intensidad de lo que había sido vivido como destructivo, y por
el hecho de que el peso de la responsabilidad estaba compartido
entre todas, les facilitaba entrar en la situación depresiva e
intentar la reparación.
De manera que, al poder expresar y exteriorizar la agresión y
al comprobar que los efectos de dicha agresión no resultaban tan
catastróficos como lo habían temido; la vivencia de la culpa —que
implica el amor que contrarresta el odio— con la posibilidad de
reparar el daño que se siente haber provocado; y la oportuna y
conveniente interpretación del terapeuta, producen importantes
modificaciones en el patrón estructural clásico; lo que constituye
un mecanismo terapéutico de gran importancia en el grupo.
De este modo, las estructuras emocionales primitivas de los
participantes del grupo, son sacudidas en su característica in-
mutabilidad sufriendo una variación. Diremos que, gracias al
conjunto o a la suma de muchas y repetidas variaciones de esta
clase, el grupo se va transformando; y, a través de dichas trans-
formaciones paulatinas, sus integrantes irán logrando la
curación.
Quisiéramos insistir tan sólo en que es la totalidad expresiva
del grupo, con sus continuas oscilaciones e intercambio de si-
tuaciones y de funciones, la que determina —merced a la activi-
dad interpretativa del terapeuta— el progreso terapéutico de sus
componentes.
En el capítulo IV nos hemos referido a los supuestos básicos
de Bion que describen las situaciones por las que atraviesa el
grupo en un momento dado. Según nuestro modo de ver, dichos
supuestos básicos corresponderían a la exteriorización y dramati-
zación colectivas, en el “aquí y ahora” del grupo, de las diferentes
estructuras emocionales primitivas que representan el pasado
heredado del grupo.
En la medida en que se modifiquen los contenidos emociona
les de dichas estructuras, variarán los correspondientes
supuestos básicos a través del cambio experimentado en las
respectivas funciones o roles de los que, respondiendo a las
exigencias tácitas del grupo, actuaron en una forma determinada
dando el sello característico a cada una de las suposiciones
básicas.
Creemos en definitiva, que las estructuras emocionales
primitivas —que son individuales en un primer momento, pero que
se colectivizan automáticamente al iniciarse el grupo— junta-
156 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

mente con los supuestos básicos que les dan expresión actual y
local, y los roles o funciones que las dramatizan, constituyen
una constelación que nos agradaría denominar “constelación
dinámica colectiva”, y cuya evolución debe ser especialmente
considerada para apreciar el criterio terapéutico del grupo.
En conclusión: un grupo que durante cierto tiempo
permanece estático, con suposiciones básicas fijas y roles
invariables, será un grupo del mal pronóstico terapéutico; por el
contrario, los cambios manifiestos en sus estructuras y
funciones serán índice de progreso. Naturalmente dichos
cambios deberán corresponder a una necesidad de movilización
y elaboración de lo fijo y repetido, y no a las oscilaciones propias
del círculo neurótico del grupo. Dependerá del terapeuta, en
última instancia, dilucidar esta cuestión.
Unas palabras más acerca del problema de las estructuras
previas. Vimos en el capítulo IV de qué manera el grupo tiende a
eludir las situaciones nuevas y desconocidas, recurriendo a un
sistema de normas ya conocidas que le confieran seguridad.
Resulta evidente que las estructuras sociales, equivalentes a las
caracterológicas individuales, son pantallas o corazas
defensivas que protegen contra las angustias profundas.
Jacques [29], en un interesante artículo, ha desarrollado con
mucho acierto su tesis de que la conducta y los sistemas sociales
llegan a ser utilizados como instrumentos defensivos contra las
ansiedades psicóticas, y se apoya para fundamentarlo en los
mecanismos de identificación.
Constituyen dos ejemplos elocuentes el grupo hospitalario
que tendió a homologar la situación nueva con otras ya cono-
cidas (la sesión de espiritismo y la reunión de condenados frente
al juez); y el grupo de enfermeras que procuró establecer, a toda
costa, la estructura pedagógica para neutralizar la angustia que
les provocaba la actitud no normativa del terapeuta.
Por este motivo tenemos nuestras reservas frente a la equi-
paración, bastante frecuente, de la situación del grupo con una
situación social. No dudamos que, en cierto sentido, el grupo
puede constituir para sus integrantes la representación de la
sociedad de la que forman parte, con sus principios y limita-
ciones; pero creemos que una característica diferencial espe-
cífica del grupo terapéutico reside, como ya se ha señalado, en la
ausencia de normas o reglas a seguir, por lo menos desde el
punto de vista de la estructuración social, configurando de este
MECANISMOS DE CURACION EN EL GRUPO TERAPEUTICO 157

modo las condiciones básicas para que surjan y se pongan de


manifiesto los conflictos subyacentes que están encubiertos por
dichas estructuras sociales.
Foulkes [14], al estudiar los factores terapéuticos específicos
del grupo menciona, entre otros, el de la socialización. Según él,
el paciente se encuentra llevado de su aislamiento a una situa-
ción social a la que intenta adaptarse; le facilita esta tarea el
sentir que allí podrá expresarse libremente, en un clima de
comprensión mutua.
Por las razones señaladas más arriba, no estamos de
acuerdo en calificar al aspecto social del grupo como factor
terapéutico. Si admitimos que lo social presupone siempre un
conjunto de normas establecidas que, muchas veces, son
utilizadas como defensa contra las ansiedades profundas, la
labor terapéutica residirá principalmente en evitar que el grupo
se aferre a dichas normas y las aproveche inconscientemente
para no enfrentarse con sus problemas derivados en su mayoría
de las relaciones conflictivas con la gente.1 Ésta es otra de las
causas importantes por las que nos oponemos a las técnicas
sugestivas y de apoyo2 que tienden a aplacar y a estimular
superficialmente, fijando en cierto sentido normas que impiden
el afloramiento y desarrollo de los problemas, ya que nunca
encaran directamente los conflictos en sus raíces profundas.
De lo señalado por Foulkes, consideramos como de particular
valor lo que él denomina “reacción de espejo” porque es, en última
instancia, la que determina que cada individuo pueda objetivar
sus cosas, tomar consciencia de sus sentimientos profundos y
darse cuenta de sus actitudes y forma de conducta por el hecho de
verse reflejado en los demás. Claro está que esta toma de
consciencia, sólo puede lograrse por la intervención
interpretativa del terapeuta dentro de la situación transferencial
creada en el grupo; de no mediar ésta —para continuar con la
metáfora— el espejo se encontraría “empañado”, o ignorarían
simplemente su existencia. Vale decir, que no reconocerían ni
admitirían lo que ocurre en el vecino como algo propio o similar,
sino que se limitarían a juzgarlo en el “otro”. Pero Foulkes se
refirió, en realidad, a la expresión final y manifiesta de un
fenómeno cuyos mecanismos esenciales y profundos residen en

1 En el capítulo VII se desarrollará este tema con más detalle.


2 Ver capítulo IV.
158 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

los procesos de las identificaciones proyectiva e introyectiva,


como lo hemos desarrollado a lo largo del presente capítulo, y
sobre los cuales volveremos más adelante.
Resumiendo lo dicho hasta ahora en relación a los meca-
nismos terapéuticos del grupo, queremos dejar sentado lo
siguiente:
En primer lugar, consideramos de especial importancia
que los pacientes del grupo logren expresar sus conflictos o las
angustias subyacentes a los mismos, en forma directa o indi-
recta. Señalamos, además, que apenas desaparecido el
revestimiento superficial de las normas sociales, surgen las
primitivas estructuras emocionales tendientes a repetir “su
destino”, pero, esta vez, en relación directa con los integrantes
del grupo y el terapeuta (transferencia). La dramatización de
los conflictos emocionales, reactivados y actualizados, se
consigue por intermedio de los mecanismos de identificación
descriptos. Recalcamos, por otra parte, la particular
significación y trascendencia para la evolución terapéutica, de
la posibilidad de abrir una brecha en la secuencia
ininterrumpida de “repeticiones de destino”. Dijimos que esto
se consigue fundamentalmente gracias a las interpretaciones
oportunamente formuladas por el terapeuta, porque lograrán
llevar a la consciencia de los pacientes sus impulsos, angustias
y fantasías reprimidas. Mediante la comprensión profunda o
el “insight” de sus problemas y motivaciones, el grupo se irá
liberando de sus lastres neuróticos, acercándose a la curación.
Estos temas son los que desarrollaremos a continuación.

INTERPRETACIÓN
No podemos dejar de mencionar en detalle el valor de la
interpretación como elemento terapéutico de primer orden. A
prima facie, podríamos decir que no difiere mayormente de las
interpretaciones utilizadas en el análisis individual, en cuanto
a su función y contenido. Vale decir que la misión fundamental
del terapeuta será la de deducir los significados inmanentes
de la conducta verbalizada y no verbalizada de los pacientes,
seleccionando de todo el conjunto de elementos captados los
que crea más operantes para integrarlos en un esquema de
formulación accesible para su comprensión y elaboración
ulterior.
MECANISMOS DE CURACION EN EL GRUPO TERAPEUTICO 159

No pretendemos desarrollar aquí, en extenso, las diferentes


técnicas y criterios interpretativos existentes. Sin dejar de
tener en cuenta la validez del factor personal acerca de la
forma, calidad, cantidad y oportunidad de las interpretaciones,
cabe señalar algunos principios sobre los que debe basarse toda
interpretación: procurará hacer consciente lo que esté latente
en el material manifiesto expresado durante la sesión;
intentará demostrar las resistencias y mecanismos defensivos
que se oponen a la emergencia de lo reprimido; subrayará
particularmente los contenidos emocionales existentes en las
situaciones planteadas. Todo esto, integrado y estructurado
dentro del marco de referencia del “aquí y ahora” de la sesión,
como ya se ha explicado anteriormente, y dentro de la estricta
formulación transferencial.
La disminución de la resistencia y de los estados de angus-
tia, el cambio de clima que se suscita casi de inmediato, y la
emergencia de nuevos problemas darán la pauta de la
operancia interpretativa, tanto en lo que se refiere a su
oportunidad como también a su efectividad.
Corresponde precisar ahora los aspectos específicos de la
interpretación en el grupo terapéutico, intentando señalar sus
matices diferenciales con los del análisis individual. Tendremos
que recordar para ello lo ya mencionado en el capítulo anterior.
Habíamos dicho que, a diferencia de lo que ocurre con el pacien-
te del análisis individual, el grupo no tiene historia previa, sino
que ésta comienza prácticamente con la iniciación misma del
grupo. De modo que la interpretación, en este caso, no incluirá
los antecedentes infantiles individuales como punto de referen-
cia; a menos que se considere como “infancia” del grupo al
período correspondiente a las primeras sesiones. Esta vincula-
ción con el pasado infantil del grupo adquiere, en ocasiones,
una importancia decisiva porque puede representar la
expresión de virajes regresivos a los patrones primitivos que
pertenecieron a esa época.
En el grupo ocurre, con cierta frecuencia, que sólo uno de
los participantes verbaliza un determinado conflicto. El tera-
peuta interpretará, en tal caso, y en base a dicho material, lo
que está latente o simplemente callado en los otros. Desde el
momento que el grupo constituye una totalidad psicológica con
una forma de expresión común, la interpretación se dirigirá a
160 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

señalar los conflictos comunes, aunque se hayan manifestado


solamente en una parte de sus integrantes.
Estamos plenamente de acuerdo, en este sentido, con las
consideraciones expuestas por Ezriel [9], acerca de la
conveniencia de utilizar sólo interpretaciones transferenciales,
relacionadas con el “aquí y ahora”, y dirigidas primordialmente
hacia el “común denominador” de las tensiones del grupo. Su
énfasis en eludir todas aquellas manifestaciones que configuren
una relación transferencial bipersonal, nos parece
perfectamente justificado, porque equivaldría, en caso opuesto, a
abrir una brecha en la estructuración total del grupo. Sin
embargo, no compartimos del todo la estrictez de criterio que
demuestra con respecto a la selección del material expuesto por
los diferentes participantes. Creemos que el peligro de caer en el
análisis de situaciones individuales, en caso de tomar en cuenta
cualquier manifestación de uno de sus integrantes, resulta
relativo si el terapeuta logra incluirlo en una interpretación
global.
En otras palabras, consideramos que cualquier material ex-
puesto en el seno del grupo trasciende —sin excepción— los
límites individuales, conteniendo en todos los casos, una alusión
o referencia al problema colectivo.
En el ejemplo citado en el capítulo anterior, una de las
pacientes manifestó “sentirse mal del hígado”. A través de este
lenguaje corporal estaba expresando no sólo su deseo de atraer la
atención de la terapeuta sino también el “insight” adquirido por
el grupo. La interpretación consistió precisamente en señalar el
sentimiento de culpa que había surgido en todas, al sentir que
tenían “el mal” ubicado dentro de ellas.
En un artículo de Schmidl [60] acerca de la validez científica
de la interpretación, este autor hace resaltar la importancia de
la calidad getáltica de la situación psicoanalítica, especialmente
cuando se aborda el problema de la interpretación. Señala, en
ese sentido, que una interpretación será tanto más satisfactoria
cuanto mejor pueda demostrar su adecuación “configuracional”
con el material que interpreta. Desde el momento en que el
grupo constituye, no una mera suma de elementos ligados entre
sí, sino toda una gestalt caracterizada por una estructura
definida (ver capítulo v), la interpretación correspondiente a
dicha estructura deberá asumir la misma calidad gestáltica. Nos
parece que al definir de este modo el tipo de interpretación
apropiada para el grupo, nos acercamos mucho más a la realidad
MECANISMOS DE CURACION EN EL GRUPO TERAPEUTICO 161

de la situación del mismo, que si subrayamos la necesidad de


que sea global o que esté dirigida a la totalidad. El grupo
posee dimensiones especiales que configuran su carácter de
gestalt y éstas deberán ser tenidas en cuenta al formular la
interpretación. Así, por ejemplo, muy frecuentemente se
incluye dentro de la misma una referencia a las diferentes
tendencias o reacciones aparecidas en el grupo, en forma
simultánea, y como consecuencia de alguna situación
planteada, que sólo podrán ser bien comprendidas si partimos
del concepto gestáltico.

TRANSFERENCIA Y CONTRATRANSFERENCIA
La transferencia consiste en un proceso por medio del cual
los pacientes reeditan y actualizan dentro del marco de la
situación terapéutica, conflictos y vivencias pertenecientes a
su pasado —por lo general correspondientes a su infancia— y
que están totalmente olvidados y reprimidos; es decir, son
inconscientes.
Conviene aclarar que el mecanismo de transferir sobre
otros, emociones y sentimientos que se han experimentado
con personas y en circunstancias totalmente ajenas a la
situación actual, no es un patrimonio exclusivo de la relación
terapéutica. El fenómeno de la transferencia existe en toda
relación humana y se establece automáticamente cuando dos
personas se ponen en contacto. La terapia analítica sólo ha
aprovechado este proceso universal, utilizándolo como
instrumento curativo en base a la posibilidad de poner de
manifiesto, corregir y solucionar los conflictos no resueltos,
revividos en ese momento con el terapeuta, y que fueron
puntos de partida de los padecimientos neuróticos.
Pero el campo terapéutico operacional de la transferencia
debe ser comprendido en su dinámica integral y no solamente
en términos del pasado. Intervienen todas las reacciones y
actitudes emocionales del paciente, comunicadas o no
verbalmente; las que están, aparentemente, determinadas
por las características personales del terapeuta y las que se
supone derivadas de situaciones ajenas al mismo. En síntesis:
todos los elementos existentes integran esta situación entre el
médico y el paciente, que se desarrolla dentro del marco
transferencial; y, por consiguiente, todas las interpretaciones
deben ser formuladas sobre esta base.
La misma calidad y contenido del fenómeno de la transfe-
162 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

rencia tal como fué descripto en la relación bipersonal, se en-


cuentra en las reacciones interpersonales del grupo. Vale
decir, que las expresiones de amor y de agresión que surgen
entre los componentes del grupo, como así también las
dirigidas hacia el terapeuta, son manifestaciones de
transferencia.
Pero las interacciones espontáneas aparecidas entre los
diversos integrantes, producen una multiplicidad de rapports
recíprocos, por lo que debe encararse la existencia de
situaciones transferenciales sumamente complejas en el seno
de un grupo.
En los últimos años surgió una corriente en el movimiento
analítico tendiente a considerar el fenómeno psicológico desde
un punto de vista predominantemente formal y estructural.
Así, por ejemplo, Marión Milner [ 42] recurre a la noción de
ámbito para explicar el fenómeno de la transferencia. De
acuerdo con ella, la transferencia debe ser concebida como un
campo psicológico dentro del cual el paciente actualiza la
totalidad de sus situaciones internas y externas.
Consideramos que estos nuevos enfoques nos
proporcionan instrumentos más adecuados para comprender y
operar dentro de un grupo. Uno de nosotros ha desarrollado
este concepto en un trabajo reciente1, subrayando que “todo
hecho” psicológico que se expresa en el grupo debe ser
considerado en función del campo transferencial y,
recíprocamente, los cambios que se van produciendo en ese
campo están en función de los hechos psicológicos. Por ejemplo:
si alguien en un grupo dice “esto es blanco” teniendo en cuenta
el concepto de campo, este enunciado adquiere como mínimo el
siguiente significado: una parte del grupo dice: “esto es blanco”,
mientras otra parte se mantiene en silencio. Cuando operamos
por debajo de este mínimum estamos interpretando fuera de la
transferencia. Por otra parte, hay que considerar que cuando
alguien dice: “esto es blanco”, en cierta forma compromete al
grupo orientándolo y limitándolo en el número de respuestas
que puede dar, ya sea afirmando, negando, implicando, etc.,
este juicio de blancura.
Este planteo nos lleva nuevamente al concepto gestáltico. Así
como en el ejemplo expuesto una parte del grupo se encuentra
comprometida en su respuesta ante la acción iniciada por la otra
parte, creemos que siempre existen correspondencia y compro-
misos tácitos de supeditación entre las diversas manifestaciones

1 E. Rodrigué: “La estructura del grupo”. (Congreso de Psicología. Tucumán

1954).
MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO TERAPEUTICO 163

aunque sean aparentemente incoherentes o deshilvanadas. No


porque se lo hayan propuesto así, sino porque constituye el
resultado automático e inevitable, determinado y regido por
las leyes de la gestalt, que se produce cuando distintas
individualidades se reúnen para integrar un grupo
terapéutico. Si con el objeto de clarificar aún más dicho
ejemplo, para ubicarlo dentro del campo transferencial
incluimos los posibles contenidos afectivos siguientes: “amo lo
blanco”, o bien: “odio lo blanco”, o: “temo a lo blanco”, estamos
abarcando reacciones emocionales que necesariamente se
encuentran conectadas con figuras y circunstancias
determinadas, pero que en el momento actual están referidas
a las circunstancias y figuras ubicadas dentro del ámbito
psicológico del grupo. El tema de la blancura deja de ser tan
sólo un punto de referencia que permitirá apreciar las
interrelaciones existentes, para convertirse en un elemento
concreto que llevará a los participantes a transformarse,
inconscientemente, en los protagonistas activos o receptivos
del amor, odio o temor que hayan surgido en el grupo.
Comprobamos entonces que todas las vivencias que
pueden registrarse durante el transcurso y desarrollo de la
situación colectiva se encuentran también referidas a la
situación del “aquí y del ahora” del grupo.
Apoyándonos en el planteo desarrollado hasta ahora, y
análogamente a lo que hicimos con el concepto de la
interpretación en el grupo, creemos que podría resultar
acertada la denominación de “transferencia gestálica” aplicada
al fenómeno transferencial especial que transcurre dentro del
marco del grupo.1 La ventaja de dicha denominación radicaría,
a nuestro juicio, en dar una noción diferencial más precisa con
respecto a la transferencia del tratamiento individual,
condensando a la vez una serie de características contenidas
en el concepto de lo gestáltico.
Desde el punto de vista del proceso terapéutico, la transferen-
cia en el grupo, así como ocurre con la transferencia en la rela-
ción bipersonal del análisis, desempeña un rol capital como ex-

1 Bion se refiere a un vínculo emocional que surge en forma espontánea,

inconsciente e irracional en el grupo, al que denomina “valencia”, y que define


como “la capacidad del individuo para la combinación instantánea con otros
individuos en un molde establecido y comportamiento”. Creemos que esta
capacidad instantánea e inevitable de vincularse afectivamente con los demás
no difiere mayormente de la capacidad de desplazar sobre otros, en forma
inconsciente, distintos contenidos emocionales, adscripta a la transferencia.
164 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

periencia correctora. Tanto en lo que se refiere al aspecto


positivo como al negativo de la transferencia, les permite a los
pacientes comprender y hacer consciente, dentro del nuevo
escenario témporo-espacial del grupo, de su ambiente familiar
infantil. Estos conflictos reactivos, conjuntamente con los
impulsos instintivos que fueron su causa, las angustias
persecutorias y depresivas resultantes y la tendencia a la
reparación que emerge del sentimiento inconsciente de culpa
se manifiestan con toda intensidad en el campo transferencial.
Merced a la intervención del terapeuta que se basará para ello
en la interpretación de lo que ocurre, precisamente, en el
plano de la transferencia, se hace posible la modificación de
los primitivos y rígidos patrones neuróticos.
El valor terapéutico de los diferentes dinamismos
transferenciales, podrá ser apreciado y juzgado con más
claridad cuando pasemos a referirnos a los distintos roles o
funciones que, consciente o inconscientemente, desempeñan
los integrantes de un grupo como consecuencia de los
mecanismos de identificación, puestos esencialmente al
servicio del proceso transferencial.
Expondremos a continuación un breve fragmento de una
sesión de grupo donde podrá apreciarse cómo se desarrolló la
situación transferencial en base al contenido de un sueño
aportado por una de sus integrantes, que encontró rápida
acogida en las demás, quienes comunicaron sus impresiones
en una secuencia ininterrumpida. Como antecedente
significativo, señalaremos que en la sesión anterior, había
ingresado como observadora una médica, la Dra. R.
Sra. K.: “Estuve muy nerviosa y casi no he dormido. Tuve
un sueño y no sé si será conveniente contarlo aquí... (pausa).
Soñé que estaba en una casa con otra gente, y aparecía una
mujer joven que me preguntaba qué hacía allí, porque era una
casa de mala fama y me habían llevado a hacer la vida. Yo dije
que conmigo no había nada que hacer. En ese momento
entraba un hombre que me llamaba para que me fuera con él,
y la mujer me prevenía que no lo hiciera”.
Srta. T.: “Quisiera hacer una pregunta. ¿Las cosas
sexuales son algo natural? Porque a nosotros nos inculcaron lo
contrario y no sé ahora qué pensar: si son cosas malas o no”.
Sra. E.: “Es cierto, a veces una se encuentra ante dudas
muy grandes entre cosas que parecen muy chocantes y
contradictorias entre sí, como la luna y el sol, el día y la
noche”.
MECANISMOS DE CURACION EN EL GRUPO TERAPÉUTICO 165

Sra. L.: “Comprendo que se quiera saber tantas cosas; sin


embargo, en este caso yo no tengo tantas dudas”.
Srta. T.: “Es que Ud. es casada y yo no. La situación es muy
diferente”.
Sra. E.: “Mi madre trató siempre de enseñarme el bien; era
muy rígida en sus cosas. Yo le tenía mucho apego y sentía de-
sesperación por ella. Pero reconozco que mi padre fué mucho
más cariñoso que ella”.
Para comprender mejor este material es preciso considerar
que la introducción de un nuevo miembro en el grupo, especial-
mente si es observador, suele ser vivido por los demás como la
inclusión de un censor que va a juzgar al grupo. Por ese motivo,
se interpretó que el sueño representaba la reacción de la mayor
parte del grupo ante la llegada de la Dra. R. como observadora.
En un plano, la doctora representaría una protección contra el
peligro de lo sexual, asumiendo —de esta manera— la
dignificación del sol o del día; vale decir de lo bueno. En cambio,
el terapeuta representaría la oscuridad, lo malo, lo tentador,
que las llevaba a hablar de cosas sexuales.
Por otra parte, se señaló que se habría revivido el conflicto
entre la vivencia de una madre rígida y severa (la observadora),
y un padre cariñoso y tolerante (el terapeuta). Se había
transferido pues, en el “aquí y ahora” del grupo, uno de los
conflictos no resueltos que habían tenido con sus respectivos
padres, pero referidos, en esta ocasión, a la pareja integrada por
el terapeuta y la observadora.
Mencionamos con anterioridad que cualquier material ex-
puesto en el grupo, y aunque se redujera a la manifestación de
uno solo de sus integrantes, trasciende siempre los límites indi-
viduales, dado que contiene en todos los casos una alusión al
problema colectivo. Pues bien, tenemos aquí una clara
confirmación de lo señalado, ya que el sueño, en apariencia tan
personal, traído y expuesto por uno solo de los participantes,
constituyó un tópico común.
En lo que se refiere al problema de la contratransferencia
(que definiremos como la totalidad de las actitudes y reacciones
emocionales, conscientes e inconscientes, que experimenta el
terapeuta hacia los pacientes), vamos a enfocar solamente los
aspectos relacionados con el proceso terapéutico; para precisarlo
mejor, con la labor interpretativa específicamente. Esto signi-
166 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

fica que dejaremos de lado las consideraciones relativas a las


situaciones profundas e inconscientes derivadas de los
conflictos no resueltos del terapeuta y que pueden ocasionar
perturbaciones en su trabajo. Por este motivo, desearíamos
dejar bien sentada la necesidad imprescindible de que el
terapeuta del grupo conozca sus conflictos y sus formas de
reacción neurótica, a través de un análisis individual, en el
mismo grado en que necesita conocerlos el psicoanalista que
trata individualmente.
Algunos autores [28] han enfatizado la importancia de la
contratransferencia como un instrumento utilísimo para la
captación y comprensión del material expuesto. Más aún, es lo
que permitiría deducir, en un momento dado, y en base a la
vivencia emocional experimentada, el punto de urgencia sobre
el que habrá de centralizarse la interpretación [ 49]. Estamos
totalmente de acuerdo con dicho enfoque y queremos destacar
la especial transcendencia que adquiere su utilización en el
terreno de la psicoterapia de grupo. Ello se debe al aumento de
las complejidades de las múltiples y contrastantes situaciones
transferenciales existentes que convierten, a veces, al
terapeuta en un blanco donde irán a acribillarse flechas de
diferentes tamaños y colores. En base al sentimiento de
calidad específica o predominante que éste experimente,
podrá inferir la tensión o tensiones comunes imperantes en el
grupo en dichos momentos. Así por ejemplo, en el caso del
sueño, citado más arriba, la interpretación formulada por el
terapeuta se basó en su impresión contratransferencial de que
algunas de las mujeres del grupo, habían reaccionado con
recelo frente a él porque en ciertas ocasiones les había
señalado los contenidos sexuales que se encontraban latentes
en sus manifestaciones, como así también la rivalidad que
sentían entre ellas frente al terapeuta en su condición de
hombre.

INSIGHT
El concepto de insight presupone una especie de introspección
o “mirar hacia dentro” que implica una toma de contacto, inte-
lectual y afectiva a la vez, con vivencias que hasta ese momento
habían permanecido inconscientes. Esencialmente consiste en ob-
tener una visión adecuada e integrada del mundo interno, sobre
todo de aquellos aspectos que estuvieron divorciados de la
realidad exterior, o en franco conflicto con ella. Por esta razón
MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO TERAPÉUTICO 167

uno de los objetivos principales del proceso terapéutico reside


en lograr un insight lo suficientemente profundo como para
permitir la modificación y disolución final de las rígidas
estructuras neuróticas.
Los distintos autores que se ocuparon del tema, coinciden
en presentar al insight como un factor de integración en la
medida en que amplía y reorganiza el campo perceptivo. M.
Baranger [2] señala que la importancia del insight es la de
implicar una visión estructurada que lleva a una
discriminación entre lo de “adentro” y lo de “afuera”, entre la
persona y el mundo, y que permite al yo el manejo de los
mecanismos de introyección y proyección para descargar
tensiones internas y modificar objetos arcaicos internalizados.
Dentro de la situación analítica, el analista intervendría como
un estímulo que lo impulsa a una incrementación del insight;
actúa como una pantalla de doble proyección que, al posibilitar
una adecuada visión del “afuera”, facilita la visión correctora y
reintegradora del mundo interno.
Nos adherimos muy especialmente a estos últimos
conceptos, por considerar que son los que mejor reflejan la
valoración de la función terapéutica del “insight”. Creemos que
lo esencial de dicha función reside precisamente en la
confrontación paulatina y reiterada, de los dos mundos,
interno y externo cuyo objetivo principal es conseguir la
integración y ampliación del yo.
La estructura y el funcionamiento del grupo terapéutico
facilitan enormemente el surgimiento y desarrollo del
“insight”, debido a las particulares circunstancias ambientales
en que se desenvuelven sus integrantes. La distancia que
media entre el “adentro” y el “afuera” del grupo es mucho
menor que en el individuo y, por momentos, se anula o
desaparece casi por completo. Vale decir, que en la medida en
que son utilizados los mecanismos proyectivos con llamativa
intensidad y frecuencia —situación bastante común durante el
funcionamiento de un grupo—, muchas de las situaciones
internas se encuentran ubicadas en el exterior. Esto facilita
notablemente no sólo el acceso y el reconocimiento de los
procesos interiores hasta entonces desconocidos, por represión o
negación, sino también la comprensión intelectual y emocional
de dichos contenidos al verlos reflejados en la conducta de los
demás. Precisamente al poder ubicar y encontrar lo interno en
lo externo, en forma manifiesta y concreta, gracias a los pro-
cesos de identificación que permiten la proyección y la reintro-
168 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

yección de las vivencias internas, es que se favorece el desarrollo


y la consolidación del insight.
La confrontación de aspectos proyectados fuera con aspectos
internos, da una perspectiva más discriminada de la realidad
psíquica. La interpretación operante es la que crea dicha pers-
pectiva al ligar ambos aspectos.
Quisiéramos insistir algo más en el concepto de lo concreto y
corporizado que hemos asignado al grupo. Consideramos que
estas cualidades, conjuntamente con la multiplicidad y simulta-
neidad con que se desarrollan los procesos psicodinámicos en el
grupo, contribuyen muy positivamente a consolidar las condicio-
nes básicas de la eficacia terapéutica del mismo. Consideramos,
por ejemplo que la ambivalencia es una de las motivaciones in-
conscientes más importantes del conflicto neurótico: ésta implica
la coexistencia simultánea en el inconsciente de dos tendencias
antagónicas: v. g. amor y odio en relación a un objeto. Estas
tendencias, manifestadas directa o indirectamente, surgen en el
individuo en momentos sucesivos. En el análisis individual, el
paciente recibe la interpretación que le permitirá hacer
consciente una de dichas tendencias, la predominante en esos
momentos que, por distintos motivos, se encontraba reprimida.
Como una sola de las dos tendencias existentes es la que opera, el
analista no puede referirse a la otra sino en términos que
comúnmente son vividos por el analizado como teóricos o como una
suposición hipotética que siente alejada, hasta que en un segundo
momento llega a surgir la segunda tendencia ocupando el cam-
po afectivo en forma predominante; se confirma, de este modo en
la sucesión del tiempo, la parte complementaria de la inter-
pretación. En el grupo, en cambio, si bien las tendencias opuestas
pueden aparecer en momentos sucesivos, es común que se ma-
nifiesten simultáneamente en un sentido especial, temporal y
corpóreo. Se podría plantear el paralelo, en este caso específico,
con lo que ocurre en el fenómeno onírico donde lo temporal se
encuentra representado frecuentemente por lo espacial; como así
también dos cosas contrarias pueden aparecer simultáneamente
en una misma imagen. Si en un momento, por ejemplo, uno de los
participantes del grupo experimenta un sentimiento de simpa-
tía hacia el terapeuta, puede comprobar que la manifestación de
hostilidad por parte de uno de sus vecinos no le resulta del todo
ajena y hasta llegar a sentirse solidario con ella. De esta manera
logra hacerse cargo con mayor facilidad de su ambivalencia
MECANISMOS DE CURACION EN EL GRUPO TERAPEUTICO 169

afectiva, a la que ha encontrado corporizada y personificada en


los demás integrantes. Veremos más adelante, cuando
estudiemos la importancia de los roles y funciones en el grupo,
la influencia que adquiere la personificación de los mismos en la
evolución del grupo.
Pero existe además otro beneficio terapéutico de especial
trascendencia determinado por la estructura y dinámica del
grupo. Y es el que está representado por la presencia constante,
en el campo perceptivo de los pacientes, de la figura del
terapeuta con sus distintos significados, y de los demás
participantes con sus diferentes roles y funciones que permiten
rectificar y modificar los clichés fijos de las representaciones
internas.
Señalamos poco antes que el “afuera” en el grupo estaba
colocado relativamente cerca del “adentro”. Creemos que con
más propiedad, podríamos hablar del grupo como representando
una zona intermedia que recibe aportes tanto de la realidad
interna como de la vida exterior. Este concepto, aplicado a los
grupos, se correspondería con el formulado por Winnicott1, en
relación a los “objetos transicionales y fenómenos
transicionales” que se encuentran en la base de la iniciación de
la experiencia en los primeros períodos de la vida del niño.
Apoyamos la validez de dicha equiparación porque, entre
otras cosas, la regresión que sufre el grupo durante su
funcionamiento sugiere su comparación con el estado regresivo
de los primeros estadios de la infancia. Por otra parte, y
considerando la dinámica especial que caracteriza al grupo,
consideramos que la denominación de “fenómeno o situación
transicional” resulta particularmente lograda, ya que se trata
de un proceso continuadamente móvil, donde opera un
ininterrumpido intercambio de relaciones, afectos y pulsiones
que pueden producirse y manifestarse amparados y
garantizados por un tácito conocimiento apriorístico de lo
“transicional”.
Hasta ahora hemos presentado al grupo terapéutico en dife-
rentes aspectos y modalidades relacionadas con los dinamismos

1 Winnicott [68] en “Transitional Objects and Transitional Phenomena”,

se refiere especialmente a aquellos objetos o situaciones, vinculadas a las


primeras relaciones objétales del niño, que adquieren una importancia y
significación trascendentales en la vida del mismo, no pudiendo ser cam-
biados ni sufrir la menor alteración, porque se atentaría contra el valor in-
trínseco de dichos objetos. Se encontrarían ubicados, en función de dicha
valoración en el territorio intermedio entre la “realidad psíquica interna” y “el
mundo externo como es percibido por dos personas en común”.
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
170

específicos que ocurren en su seno. Se describieron los


principales factores que intervienen en su acción terapéutica y
se expuso con particular énfasis la trascendencia y
funcionamiento de los mecanismos de identificación
proyectiva e introyectiva para la cabal comprensión de los
procesos colectivos que más influencia tienen en la curación en
el grupo.
Nos queda por referirnos, como corolario de todo lo
expuesto, y porque constituyen los elementos de
vehiculización de los distintos mecanismos señalados, a la
importancia de los roles o funciones que asumen los diferentes
integrantes de un grupo, apenas éste se forma.
Dejaremos para un próximo capítulo el estudio detallado
de la integración de dichas funciones en un todo orgánico como
contenido esencial del concepto de gestalt del grupo. Nos
dedicaremos preferentemente, en este momento, a señalar el
significado profundo de la existencia de roles, su estrecha
vinculación con las diferentes fantasías inconscientes de los
participantes del grupo, su utilización para proyectar y ubicar
en el grupo el contenido de dichas fantasías; es decir, la
función que desempeñan dentro de los procesos de
identificación.
Por de pronto, es útil recalcar que la presencia y
manifestación de los roles, constituye un fenómeno natural y
constante en el funcionamiento de todo grupo. Más aún, su
surgimiento es automático a partir del mismo instante de su
integración. Ya hemos visto en el capítulo m que el concepto de
grupo, de acuerdo con lo sostenido por Newcomb, se basa
primordialmente en la reunión de varios individuos que
comparten normas acerca de algo en particular, y en la
estrecha relación de los roles que desempeñan. Dicha noción
de grupo se ampliaba aún más con el señalamiento de las
funciones pre - existentes que desempeñan sus integrantes por
medio de roles, dentro de su estructura. De manera que al
referirnos a un grupo, de cualquier índole que sea, social, de
trabajo o psicológico, estamos admitiendo implícitamente que
hablamos de un conjunto de roles automáticamente involucrados
dentro del mismo. Por esa razón, Linton 1 sostiene que el trabajo
común del grupo representa un sistema en que cada parte o rol
se encuentra dependiendo, en cierto modo, de los demás, y cuya
parte repercute necesariamente en las demás, modificando
todo el sistema. El rol incluye, según él, las actitudes, los

1 Citado por Newcomb [46].


MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO TERAPEUTICO 171

valores y la conducta adscripta por el grupo a cada uno y a


todas las personas que poseen un status.
Una vez admitida la noción de la existencia automática e
inevitable de roles en todo grupo, cabe señalar la relativa com-
plejidad que presupone su análisis de acuerdo al grupo espe-
cífico en que se considere; así, por ejemplo, en el marco de la
estructura social el rol adquiere una serie de prescripciones,
condiciones y limitaciones que no se presentan en el plano del
grupo terapéutico. Si los roles representan modos especiales
de desempeñar las funciones exigidas por las posiciones
existentes, debe precisarse lo que es necesario o esencial (“rol
prescripto”) y la influencia superflua o perjudicial que pueda
llegar a tener para los demás. El abogado, el maestro o el
médico cumplen, en una determinada escala social, con el
desempeño de un rol sancionado, que consiste en llevar a cabo
sus funciones específicas. Sus roles se encuentran limitados,
porque no pueden excederse más allá de sus respectivas
esferas de acción. Además, el rol asignado a cada posición se
encuentra necesariamente definido y fijado en función de los
roles de los demás. Así por ejemplo, una madre desempeña un
rol específico en relación a su hijo, así como el empleador con
respecto a su empleado, o el profesor en relación a su alumno.
En el campo operacional del grupo terapéutico, el
problema de los roles y funciones se plantea de un modo
diferente, en lo que se refiere a su naturaleza y significados,
aunque presenta también analogías con lo que sucede en la
estructura social. Por de pronto, resulta conveniente destacar
una de las diferencias esenciales con respecto al origen o
aparición de los roles en el grupo social y en el terapéutico. En
el primero, surgen hasta cierto punto por una elección
consciente y voluntaria, dentro de las naturales restricciones
impuestas por factores de diversa índole; pero, sobre todo, son
ejercidos en forma consciente. En cambio, en el segundo, lo
característico es que los roles surjan por motivaciones
predominantemente inconscientes al no intervenir el factor
volitivo en la elección de los mismos; y son fundamentalmente
desempeñados de manera inconsciente. Más aún, hay
ocasiones en que algunos de los miembros de un grupo pueden
sentirse “obligados” a desempeñar ciertos roles que les han
sido “impuestos” por los demás.
Hemos mencionado, en la primera parte de este capítulo los
trabajos de Ezriel [8] [9] en los que insiste particularmente en la
172 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

proyección de los objetos de la fantasía inconsciente de cada


integrante sobre los demás, intentando recrear de este modo las
relaciones específicas que haya tenido con los mismos. Es como
si cada miembro intentara, inconscientemente, ubicar a los
restantes en ciertas posiciones, ni más ni menos que si se
tratara de peones de un juego de ajedrez. Cada uno
permanecerá en el rol asignado si éste coincide en parte con su
propia fantasía inconsciente y si de esta forma puede colocar a
los demás dentro de roles apropiados. De esta manera, se
establece una tensión inconsciente común del grupo que
conducirá a interacciones manifiestas tendientes a resolver o
disminuir la tensión existente.
En un momento dado, puede surgir en el grupo un planteo
especial que lo coloca en el plano de un grupo familiar. En tal
caso, el conflicto familiar presentado por uno de los
participantes al ser aceptado por el grupo, debido a
circunstancias favorables o determinantes, hace que surjan los
roles correspondientes de hermanos o padres, sin que se
aperciban conscientemente de ello. El conflicto se reedita en el
campo transferencial, con la manifestación de celos, envidia y
rivalidad entre “hermanos” disputándose el afecto del terapeuta
“padre”. En la distribución espontánea de papeles, uno se
sentirá el “hijo preferido” y el otro el “rechazado”, etc. Cada
problema específico que aparece en el grupo, cualquiera sea su
naturaleza u origen, determina de inmediato que en forma
inconsciente se distribuyan los diferentes roles que co-
rresponden específicamente a dicho problema.
Sin embargo, se ha podido comprobar como fenómeno cons-
tante y patognomónico del grupo terapéutico, la existencia de
joles típicos hasta cierto punto independientes de los conflictos
específicos de las fantasías inconscientes de los respectivos
miembros, y condicionados preferentemente por las
características gestálticas del grupo en sí. Corresponderían a
funciones perfectamente definidas y delimitadas, en cierta
medida prefijadas, que parecían ser absolutamente necesarias
para el desenvolvimiento natural del grupo. Tanto es así, que
cuando una de ellas falta o desaparece por distintas
circunstancias, surge inmediatamente alguien del grupo, quien,
independientemente de sus caracteres personales, irá a cubrir
la función vacante. Entre estos papeles típicos podemos
mencionar los siguientes: el sumiso, el escéptico, el “chivo
emisario”, el “radar”, el agresivo, el optimista, etc. Es
importante destacar la movilidad y la substitución en el
ejercicio de dichas funciones: es como si los diferentes integrantes
MECANISMOS DE CURACION EN EL GRUPO TERAPEUTICO 173

respondieran a un acuerdo tácito de turnarse en su respectivo


desempeño. Por supuesto que esto no es absoluto y no significa
que necesariamente estén rotando de una a otra sesión. Más
aún, hay una relativa constancia en la personificación de los
diferentes roles típicos; el que con mayor frecuencia ejerce el
papel de “chivo emisario” tiene, en su constelación personal,
poderosos motivos inconscientes para permanecer el mayor
tiempo posible en dicha función, que son captados y utilizados
por el grupo al hacerlo depositario de la parte de “chivo
emisario” que posee cada uno. Pero lo particularmente
llamativo es que cuando se ausenta transitoriamente, es
reemplazado automáticamente por otro que hasta ese
momento no había ejercido ese rol.
En un trabajo de los Dres. J. Mom, A. Fontana y Sra. J. de
García Reinoso [43], donde se refieren específicamente a este
planteo, sus autores llegan a las siguientes conclusiones: Se
comprobó que el grupo tenía su patrón particular de actuación;
elegían su víctima propiciatoria proyectando en ella sus
conflictos y negándolos en sí mismos. Al no enfrentarse con sus
conflictos, sus posibilidades de resolverlos se anulaban, y
repetían de este modo su actitud patológica, dificultando su
convivencia social, que se hacía a expensas de un “chivo
emisario”. Simultáneamente otra persona del grupo tenía
también su particular patrón de actitud; buscaba convertirse
en el “chivo emisario”, anulando así también la posibilidad de
enfrentarse con su verdadero problema.
El funcionamiento del grupo mediante la intervención del
psicoterapeuta, impidió que sus miembros continuaran
repitiendo el patrón inconsciente, perjudicial para todos,
modificando la actitud general como así también la particular
y abriendo una brecha en el círculo vicioso.
Otro ejemplo ilustrativo del desempeño de un rol
específico en el escenario del grupo está dado por el trabajo de
uno de nosotros escrito en colaboración con el Dr. Dellarossa
[22]. En él nos referimos a las características de un rol especial,
de aparición frecuente en grupos, y al que denominamos
“radar”, por su habilidad de detectar y poner en evidencia
conflictos profundos y enmascarados que llegan a provocar
estados de tensión y alarma en el seno del grupo. Esta función
de “radar”, se halla desempeñada predominantemente,
según lo pudimos comprobar, por la persona más regresiva
del grupo o por aquella que, por diversas circunstancias,
se encuentra momentáneamente en situación regresiva.
Como dicha función se cumple en forma inconsciente la ma-
174 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

yor parte de las veces, no siempre se expresa por medio de la


verbalización. Puede ocurrir, entonces, que el “radar”
manifieste lo que ha detectado a través de una actitud, un
síntoma, un gesto, etc. Requiere, a menudo, que su
información sea traducida o interpretada para ser
correctamente comprendida; será el terapeuta, por lo general,
el encargado de interpretar y transmitir el mensaje del
“radar” al resto del grupo.
Paralelamente a lo que ocurre en el análisis individual, el
terapeuta de grupo se convierte en un factor primordial sobre
quien se proyectarán distintos roles y funciones. Pero, a dife-
rencia de lo que ocurre con los restantes miembros del grupo
que dramatizan y “actúan” esos roles, el terapeuta sólo los vi-
vencia contratransferencialmente y, en base de ello, los
incluye en la interpretación.
Es a través de los diferentes roles y funciones descritos y
en base a los mecanismos de identificación proyectiva e
introyectiva que cada integrante del grupo ubica e incorpora
partes “malas” o “destruidas” en o de los demás participantes.
Esto constituye de por sí un proceso esquizoide donde el “Yo”
del grupo se encuentra dividido en “Yos” parciales.
En la medida en que el grupo evoluciona y va adquiriendo
insight, vale decir, comprensión profunda de los conflictos y
ansiedades que mantenían la división del grupo, la toma de
conciencia de sus sentimientos de culpa y la necesidad de
reparar, se va integrando a través de lo que se ha denominado
la posición depresiva. Esta integración implica, para cada
participante, la aceptación del grupo como una totalidad, con
sus partes buenas y malas y la convicción, en cada uno de ellos
de ser aceptados por el grupo de la misma manera. Todo ello
ocurre sobre la base de la identificación proyectiva e
introyectiva.
Este último mecanismo terapéutico, el depresivo e
integrador, no es más que la resultante final de los
mecanismos anteriormente descritos en este capítulo. Surge,
como consecuencia de la aceptación, en el individuo, de las
diferentes partes de su personalidad, un criterio de realidad
que le permite adquirir un juicio más objetivo y la posibilidad
de relacionarse mejor con el mundo externo.
MECANISMOS DE CURACIÓN EN EL GRUPO TERAPÉUTICO 175

R E SU M E N
Se considera que un grupo actúa terapéuticamente en la
medida en que suprime los síntomas y facilita la adaptación e
integración de los individuos en el grupo y, en consecuencia, a
la sociedad.
Entre los mecanismos terapéuticos importantes, se
menciona el de la identificación, que implica la relación
afectiva más precoz con otra persona. Por su intermedio el yo
imita, vale decir, incorpora parcialmente a otro yo. El
individuo durante su evolución se identifica sucesivamente
con otros seres; y estas capas superpuestas de su personalidad
contienen la historia de las respectivas relaciones que ha
mantenido con sus objetos.
Cada integrante del grupo aportará esta historia
condensada de identificaciones. Procurará por lo tanto colocar
a los demás en roles determinados por sus fantasías
inconscientes, intentando recrear así los patrones específicos
de sus relaciones conflictivas primarias.
A través de estos mecanismos de identificación proyectiva
e introyectiva, los participantes de un grupo logran expresar,
exteriorizar y modificar sus sentimientos y moldes primitivos
de conducta. Esto se consigue por las interpretaciones del
terapeuta que lleva a los pacientes a tomar conciencia de sus
impulsos, angustias y fantasías reprimidas, en la medida en
que les facilita “verse reflejados en los demás” y alcanzar así
una comprensión profunda —insight— de sus problemas y
motivaciones. De este modo el grupo se va liberando de los
lastres neuróticos y acercándose a la curación.
La interpretación muestra además los mecanismos
defensivos operantes (resistencias) en el “aquí y el ahora” de
la sesión, es decir, en la situación transferencial, subrayando
el común denominador de los contenidos emocionales
existentes en el grupo. La efectividad de la interpretación se
manifiesta en un cambio de clima y en el surgimiento de
nuevos problemas.
La transferencia es un proceso por el cual los pacientes
reactivan dentro de la situación terapéutica los conflictos y
vivencias que experimentaron en el pasado.
El terapeuta aprovecha esta situación —que existe en toda
relación humana— para corregir y solucionar los conflictos
que han sido punto de partida de los padecimientos
neuróticos.
176 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Intervienen además dentro del “campo transferencial” todo tipo


de hechos, tanto los presentes como los pasados. Dentro del grupo,
como es previsible, adquiere una multiplicidad y complejidad muy
grande, dado que contiene las reacciones recíprocas entre los
integrantes, y entre éstos y el terapeuta.
Los mecanismos de identificación se ponen al servicio del pro-
ceso transferencial, al ser dramatizados en los diferentes roles.
La contratransferencia es la totalidad de las reacciones ex-
perimentadas por el terapeuta hacia los pacientes. Su importancia
es primordial, pues permite deducir, a través de la complejidad del
material, el punto de urgencia sobre el cual debe recaer la
interpretación.
El insight es el objetivo principal que persigue el proceso
terapéutico, pues permite comprender intelectual y afirmativa-
mente lo que hasta ese momento había sido inconsciente. Amplía e
integra la percepción del yo y del mundo exterior, permitiendo
diferenciar lo que pertenece al uno y al otro.
El grupo terapéutico facilita especialmente su desarrollo, al
permitir proyectar lo de “adentro” “afuera”, es decir en los otros
integrantes: el “corporizar” los conflictos permite su mejor
comprensión.
La multiplicidad simultánea que poseen los procesos
psicodinámicos en el grupo y la posibilidad de identificación —al
menos parcial— con los diferentes sentimientos que expresan unos
y otros integrantes, permiten corregir más fácilmente los patrones
estructurales neuróticos. En ese sentido el grupo representa una
zona intermedia entre el mundo interno y el externo —o la
realidad.
Los roles constituyen el vehículo de los mecanismos de iden-
tificación introyectiva y proyectiva y se hallan estrechamente
vinculados a la fantasía inconsciente. Existen en forma automática
desde la iniciación de un grupo. En el social son conscientes, están
sancionados y prescriptos. En el terapéutico, surgen por
motivaciones inconscientes y son más variables.
Algunos roles son constantes, independientes de las caracte-
rísticas personales de quienes los desempeñan. Corresponderían a
funciones pre-fijadas y absolutamente necesarias para la evo-
lución del grupo. Tanto es así que si por cualquier motivo están
MECANISMOS DE CURACION EN EL GRUPO TERAPEUTICO 177

vacantes, automáticamente otro de los integrantes pasará a


llenarlo. La toma de consciencia de todo este interjuego de
funciones y roles, hace surgir, a través de las interpretaciones
del terapeuta, el criterio de realidad.
Además, eso se logra cuando las partes que estaban
divididas se unen, es decir, cuando el grupo elabora la
situación depresiva y se integra, sus miembros pueden salir
del círculo neurótico de su enfermedad.
C A P Í T U L O VII

GRUPOS ESPECIALES
Concepto de grupos homogéneos y heterogéneos — Grupos psicosomáticos —
Grupos de psicóticos — Grupos de niños — Grupos de experiencia —
Grupos preformados — Grupos fabriles — La pareja. Resumen.

La mayoría de los conceptos desarrollados en los capítulos


precedentes, se refirieron en particular a aquellos grupos
terapéuticos integrados en forma heterogénea. Esto no
significa, naturalmente, que dichos conceptos no rijan para
todos aquellos otros grupos que, por poseer distintas
características, entrarían dentro de la denominación de
“grupos especiales”. Desde ya, nos adelantamos a señalar
nuestra convicción de que no existen diferencias esenciales en
estos grupos en lo que respecta a su naturaleza o dinámica.
Sin embargo, ciertas particularidades en su estructura o en su
funcionamiento, justifican que nos detengamos en su
consideración.
Ante todo, deberíamos precisar qué se entiende por
“grupos homogéneos” y “heterogéneos” respectivamente. No se
puede dejar de reconocer la relatividad de dichos términos a
poco que se intente penetrar en sus verdaderos alcances. Así,
podríamos determinar la homogeneidad de un grupo,
basándonos en factores tales como la edad, el sexo, el nivel
intelectual, o el síntoma de padecimiento. Pero nunca podremos
asegurar categóricamente que el grupo sea auténticamente
homogéneo, por el solo hecho, por ejemplo, de estar inte-
grado por mujeres de veinticinco a treinta años aquejadas
por un problema de obesidad. La edad, la igualdad de sexo
o el síntoma común pueden dar únicamente una aparien-
cia de homogeneidad, ya que, durante el curso del
tratamiento, puede llegar a comprobarse, como ocurrió en nuestra
180 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

experiencia con el mencionado grupo de “obesas”, que nos en-


contrábamos frente a uno de los grupos más heterogéneos
imaginables. Es dable observar, en ocasiones, el fenómeno
inverso también; vale decir, un grupo en apariencia muy
heterogéneo, cuya estructura y dinamismos básicos son de
llamativa homogeneidad.
Sin embargo, tampoco puede negarse que un grupo
integrado por individuos con problemas análogos, o con un
determinado objetivo terapéutico o de investigación comunes,
otorgan a dicho grupo cierta fisonomía o conformación
particulares. Es precisamente en base a estas características
específicas que hemos ubicado dichos grupos en la categoría de
“grupos especiales”.
Desde el punto de vista de una clasificación definida, se
nos plantea el problema de diferenciar y separar, dentro de
dicha categoría, a los grupos que se distinguen por
determinados matices en su constitución, funcionamiento u
objetivos. Dividiremos la categoría principal de los grupos
especiales en tres sub-categorías para lo cual nos apoyaremos
en los siguientes criterios diferenciales; a) el terapéutico; b) el
criterio experimental o de investigación (didáctico); y c) el que
contempla preferencialmente la dinámica de su interacción
social, por lo que se lo podría denominar criterio de relaciones
humanas.
En la primera subcategoría incluiremos a los grupos psico-
somáticos, los psicóticos, los de niños, de adolescentes, etc. En
la segunda, entrarían los así llamados “grupos de experiencia”
o didácticos, y ciertos grupos preformados como los teams o
equipos profesionales. En la tercera, mencionaremos los
grupos industriales, dejando en último término y en división
aparte por tratarse de un grupo “sui géneris”, el que está
constituido por una pareja.
Quisiéramos aclarar que no es nuestra finalidad realizar
aquí un estudio extensivo de los diferentes “grupos
especiales”, aunque cualquiera de ellos lo merecería. En este
capítulo nos limitaremos a dar una visión panorámica sobre
los posibles campos de aplicación de la psicoterapia de grupo.

GRUPOS PSICOSOMÁTICOS

Ya nos hemos referido al valor relativo que adquiere un síntoma


común para adjudicarle un carácter de homogeneidad al grupo
caracterizado por el mismo.
GRUPOS ESPECIALES 181

Mencionamos también que, detrás de su aparente


homogeneidad, pueden estar latentes dinamismos
diametralmente opuestos que configurarían, de manifestarse,
contrastes tan llamativos y evidentes que harían despertar
dudas sobre la conveniencia de mantenerlos en un mismo
grupo. Más aún, algunos autores objetan la integración de
grupos con padecimientos comunes (jaquecosos, ulcerosos,
obesos, etc.) porque sostienen que el síntoma sería utilizado
como factor resistencial, cristalizando las secuencias
asociativas en un patrón fijo e inmutable (la enfermedad) e
impidiendo el progreso de la terapia en profundidad.
Si bien consideramos factible esta contingencia, no
creemos suficientemente fundada la objeción, porque en
última instancia, dependerá de la técnica y habilidad del
terapeuta el evitar dicho estancamiento como el provocado por
cualquier otra situación resistencial.
Sin mostrarnos especialmente partidarios de los grupos
homogéneos psicosomáticos, creemos que puede tener sus
ventajas el que diversas personas con un síntoma común se
integren en un grupo, con el objetivo específico de solucionar
ese síntoma. La experiencia ha demostrado que, por lo
general, existe un alto porcentaje de curación o mejoría, que se
debe esencialmente a las características típicas del
funcionamiento del grupo y de sus mecanismos terapéuticos,
tal como se ha descrito en el capítulo sexto. Vale decir que la
posibilidad de adquirir consciencia de las distintas
significaciones del síntoma, partiendo de enfoques y niveles
diferentes con la particularidad de su ulterior integración y
elaboración, permitirá, en un tiempo relativamente corto,
superarlo o eliminarlo.1
Por otra parte el síntoma sirve como plano de clivaje para
la aparición y manejo de los diferentes dinamismos del grupo.
Uno de nosotros2 ha tenido una experiencia muy interesante
con un grupo de mujeres estériles (al que ya nos referimos en el
capítulo quinto). Pudo comprobarse cómo sus distintas integran-
tes habían expresado sus fantasías destructivas y el temor a las

1 El doctor Arnaldo Rascovsky ha tenido experiencias muy favorables con

grupos integrados por pacientes con trastornos endocrinos como ser: acromegálicos,
obesos, etc. El Dr. Angel Garma también obtuvo resultados satisfactorios en grupos
de ulcerosos.
2 La terapeuta del grupo, hace una exposición más detallada de las secuencias

evolutivas de dicho grupo en su libro “Fantasías eternas a la luz del Psicoanálisis”.


182 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

mismas por medio de la somatización (esterilidad) y cómo, re-


unidas en el grupo, vivenciaron la fantasía de reparación a
través del embarazo de una de ellas.
El desenlace de este grupo de mujeres estériles revela un
peligro común en este tipo de grupos en los que la curación de
la enfermedad somática de uno de sus integrantes puede
llevar a la desintegración del grupo. Los motivos por los que el
grupo se disuelve dependen en parte de la identificación con el
miembro que se ha curado y en parte de la envidia que se
experimenta y que, en estos casos, es mucho mayor porque el
síntoma es común.
Otro ejemplo ilustrativo del funcionamiento de un grupo
psicosomàtico es el representado por un grupo de hipertensos
dirigido por el Dr. Raúl Usandivaras[65]. Se trataba de un
grupo compuesto de cinco miembros, provenientes de un
círculo hospitalario.
El tema fundamental que se había impuesto en el grupo
desde el primer momento era el “régimen alimenticio” estricto
y prohibitivo al que tenían que someterse para no morir. El
régimen apareció como el verdadero líder impersonal, del cual
el grupo dependía totalmente. Dicha estructuración, conforme
a la típica suposición básica de dependencia, (de acuerdo a la
terminología de Bion) se mantuvo durante un año
configurando un índice de especial rigidez. Como esto
constituye una característica de grupos psicóticos, resultaba
llamativo que se diera en un grupo neurótico. La explicación
que cabría, ateniéndonos a la opinión de algunos autores, para
quienes la enfermedad psicosomàtica sería una “psicosis”
expresada somáticamente, era que lo que en cada individuo
aparecía aisladamente como una hipertensión, se manifestaba
en el grupo como una “conducta psicòtica” global, de acuerdo
al concepto de la gestalt.
Para destacarlo más aún, las expresiones psicóticas de
estos hipertensos “normales” estaban dadas por la rigidez e
implacabilidad del régimen al que se sometían en forma
absoluta, y el temor a la muerte brusca que aparecía como
fantasía terrorífica del grupo. Paradójicamente se pudo
comprobar que el régimen que debía preservarlos de la
muerte, constituía al mismo tiempo un factor
contraproducente, debido a la experiencia de grave
desnutrición sufrida por uno de sus miembros.
Las ausencias que se producían en el grupo adquirían una
importancia inusitada, porque desencadenaban de inmediato fan-
GRUPOS ESPECIALES 183

tasías de agravamiento de la enfermedad o muerte súbita en


relación al ausente, seguidas de sentimientos de culpabilidad,
ya que, de acuerdo a la vivencia profunda, el que “moría” lo
hacía para permitir la supervivencia de los demás.
Por otra parte, la inmovilidad y la rigidez en el grupo se
manifestaban por la imposibilidad de tolerar cualquier
cambio. Así, por ejemplo, cuando el grupo se trasladó a un
recinto más cómodo y agradable, se produjo una reacción
parado jal de disgregación porque los integrantes dejaron de
asistir paulatinamente. La mayor comodidad era vivida como
una gratificación que, como expresión de vida a la vez, se
tornaba peligrosa. El análisis de todas estas reacciones
permitió verificar que el régimen no sólo protegía contra la
muerte, sino también contra la vida que, para la fantasía
profunda del grupo, tenía el significado de descontrol, locura y
destructividad. A medida que se fueron haciendo conscientes
los temores con respecto a la enfermedad (muerte) y a la salud
(vida), se aflojaron las tensiones, consiguiéndose una mayor
movilización con el consiguiente cambio de la suposición
básica y la adquisición de un equilibrio menos rígido.

GRUPOS DE PSICÓTICOS
La psicoterapia del grupo encuentra un campo de
aplicación particularmente propicio en el tratamiento de
enfermos psicóticos. Distintas experiencias efectuadas en los
establecimientos hospitalarios y sanatoriales, y aun en forma
ambulatoria, demostraron acabadamente la aptitud de los
enfermos mentales para participar en grupo. Naturalmente
que el grado de éxito alcanzado en función del fortalecimiento
del yo de los pacientes, adaptación a la realidad y
reintegración social, dependerá de diversos factores entre los
cuales destacamos primordialmente la técnica empleada. Dada
la regresión especialmente profunda que realizan los psicóticos,
su aparente aislamiento, los conflictos excepcionalmente
intensos que tienen con el medio que los rodea, se requiere, con
mayor justificación aún que con los neuróticos, que el método
terapéutico a emplearse sea el psicoanalítico. Sólo a través de
su enfoque se logrará conseguir el mínimo de comprensión
necesaria para descifrar e interpretar en forma aprove-
chable, tanto las expresiones marcadamente simbólicas de
184 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

su lenguaje verbalizado como las contenidas en las actitudes


preverbales.
Insistimos en ese aspecto debido al hecho de que, a partir
de la comprobación de que los psicóticos son tan accesibles a la
psicoterapia como los neuróticos por poseer la misma
capacidad de transferencia, surgieron diferentes técnicas;
algunas se inspiraron en el método psicoanalítico o se basaron
estrictamente en su concepción; otras, mucho más
superficiales, tendieron a obtener un aumento de la confianza
de los pacientes, fomentando exclusivamente la transferencia
positiva.
La técnica analítica aplicada a los psicóticos no difiere
mayormente de la utilizada en los pacientes neuróticos,
aunque —como ya lo señalamos— debe tener en cuenta el
lenguaje peculiar de los psicóticos y la formulación
interpretativa. El número de los integrantes del grupo
oscilará entre cinco y ocho, aunque será preferible tener
menos miembros que más, dada la constante atención que
exige esta clase de enfermos. Creemos que es también
aconsejable una mayor frecuencia de sesiones semanales, dos
por semana como mínimo, y una mayor duración de las
mismas. Repetimos que la modalidad interpretativa, se basa
esencialmente en la relación transferencial, positiva y
negativa, pero formulada de acuerdo al lenguaje
esquizofrénico, que es simbólico y concreto.
Salomón Resnik [50] ha puntualizado la utilidad del
tratamiento analítico de grupos de psicóticos para la exploración
de las tensiones que gobiernan las relaciones interpersonales, y
para el conocimiento de su “idioma” o forma específica de
expresión. En una experiencia realizada con un grupo de seis
pacientes psicóticos, en un servicio del Hospital Nacional de
Psiquatría, estudió particularmente las distintas modalidades
del lenguaje a través del análisis de las ansiedades psicóticas
más profundas. La secuencia interpretativa, en base al material
aparecido, señaló las intensas demandas de afecto y de curación
por parte de los distintos miembros y la noción que poseían
respecto a la magnitud de la enfermedad mental que
identificaban como un “cáncer”. El más regresivo de los
pacientes, tradujo a través de mímica extraordinariamente rica
los sentimientos infantiles del grupo. Para dar la pauta de la
índole de comunicación o formas de expresión por parte de
sus miembros, citamos el ejemplo de uno de los pacientes
que insistentemente exhibía una jarra vacía mantenida
fuertemente entre sus manos, en momentos en que otros
GRUPOS ESPECIALES 185

expresaban de distintos modos sus exigencias de atención. La


interpretación correspondiente fué que el grupo se sentía como
una “jarra vacía” que buscaba ser llenada.
GRUPOS DE NIÑOS
Ya en el capítulo cuarto mencionamos cuál fué la evolución
general de la psicoterapia de niños. Se consideró que tanto el
niño como el psicòtico eran refractarios a la terapia directa y,
en ambos casos, se trató de intercalar un período pedagógico
previo, destinado a fortalecer al Yo.
Esta etapa, ya superada en lo que respecta al tratamiento
individual del niño, sigue siendo el criterio de elección en el
tratamiento colectivo infantil. En ese sentido, los trabajos de
Slavson han tenido una gran influencia. Slavson tiene, en la
actualidad, una experiencia enorme en grupos de niños. Su
enfoque es, en realidad, sencillo y poco ambicioso. Los grupos
que él denomina “de actividad” consisten en sesiones de juego
colectivo, donde se estimula la libre expresión y la
participación de los niños en dichos juegos colectivos. El papel
del terapeuta viene a ser el de un celador comprensivo que sólo
impone el mínimum indispensable de disciplina. El terapeuta
interviene pero no interpreta. Como se ve, la finalidad de los
grupos de actividad es puramente catártica. Lo dicho, no va en
desmedro de la utilidad de este procedimiento terapéutico.
En nuestro país se han realizado algunos intentos de
aplicar una terapia interpretativa en grupos de niños. En
realidad, hay que reconocer que dicha aplicación presenta
grandes dificultades técnicas. En la experiencia de uno de
nosotros no existe un grupo más difícil de llevar que el de
niños. Por una parte, la sucesión del material se presenta en
forma vertiginosa; el analista tiene que estar, casi
literalmente, en todos los rincones del cuarto de juego para
tener una visión panorámica de lo que está sucediendo. En el
adulto, la palabra, por su carácter lineal, hace que la
comunicación se establezca en forma de diálogo, es decir, los
mensajes se suceden temporalmente. Imagínense un grupo donde
varios adultos hablaran simultáneamente de temas, aparente o
realmente, diversos: algo parecido ocurre en un grupo de niños
la mayoría de las veces. Así, es común que dos niños estén
jugando con autitos, otros tantos jueguen a la pelota mientras
186 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

otro grupito conversa, mira o se pelea. En dichos casos suele


ser difícil, si no imposible, hallar el denominador común o la
fantasía básica del grupo infantil y, aun de hallarla, es difícil
comunicarla a la mayoría de los niños reunidos.
Dadas estas dificultades hemos optado por una técnica
más activa, en la que el terapeuta en un momento dado
organiza un juego, a pedido de los niños, y se procede a la
dramatización e interpretación del mismo. Para dicho fin se
asignan distintos roles entre los participantes y se procede a la
dramatización de una manera que recuerda al psicodrama de
Moreno pero con el añadido de la interpretación. En el grupo
formado por niños hospitalizados en una sala general, dirigido
por uno de nosotros1, una dramatización favorita consistía en
jugar a la “internación” o “al hospital”. En esa forma se
expresaban todos los conflictos ligados con la enfermedad, la
separación de los padres, la vida en la sala, etc.
Como recomendación general solamente diremos que es
muy importante el problema de la selección y formación del
grupo. Creemos conveniente no integrar en el grupo a niños
sumamente agresivos o con trastornos de conducta serios, ya
que pueden desquiciar la formación del mismo. En segundo
lugar, hay que formar grupos sumamente homogéneos en
cuanto a edad, teniendo en cuenta que dos años de diferencia
en la niñez implica una gran diferencia en cuanto al nivel de
madurez y comportamiento de los niños.

GRUPOS DE EXPERIENCIA

Por no haber encontrado una denominación mejor


recurrimos provisoriamente a la de “grupos de experiencia”
para referirnos a aquellos grupos que se integran, no ya con
una finalidad terapéutica como propósito manifiesto, sino con
el objeto de vivenciar en forma directa las distintas vicisitudes
y reacciones emocionales que se estructuran en un grupo,
constituyendo así un grupo cuyo fin principal es el
aprendizaje.
Están integrados generalmente por futuros analistas de grupo
o por personas que, debido a su orientación profesional, quieren
adquirir, no sólo a través de clases y libros, sino en forma viven-

1 Grupo dirigido por el Dr. E. Rodrigué en la sala de niños del Dr.

Garrahan en el Hospital de Clínicas.


GRUPOS ESPECIALES 187

cial, conocimientos psicológicos y sociológicos. Es decir por


médicos con criterio psicosomático, pedagogos, trabajadores
sociales, etc. Algunas instituciones progresistas de enseñanza
ofrecen a sus alumnos la oportunidad de adquirir este tipo de
experiencia. Hemos referido ya cómo la escuela de enfermeras
de Río de Janeiro aprovechó la presencia de uno de nosotros,
para introducir la formación de grupos en su curso.
En la cátedra de Psiquiatría de Santiago, en Chile, se hizo
una experiencia en gran escala que resultó muy exitosa 1. Se
dividió el curso de estudiantes de Medicina en dos partes; una
siguió su enseñanza en forma corriente, mientras que la otra
fué distribuida en grupos. Éstos fueron dirigidos con una
técnica de grupo analítica común, pero con una modificación
importante. Se interpretaban las distintas actitudes y el
material que traían los miembros al grupo; pero
inmediatamente después se utilizaba lo señalado para
explicar los diferentes mecanismos psicológicos. Por ejemplo
un lapsus era interpretado en el contexto de la sesión, y
aprovechado luego para aclarar el concepto del inconsciente.
Antes y después del curso los integrantes de los grupos
fueron sometidos a tests psicológicos. Al final del año, tanto
ellos como el grupo de control tuvieron que contestar un
cuestionario sobre conocimientos de psicología profunda.
Mientras que los integrantes de los grupos didácticos habían
aprendido una serie de conceptos y mecanismos en la forma
descripta, el grupo de control había sido instruido sobre los
mismos en clases magistrales. Al final se pudieron apreciar
dos resultados importantes. Primero: al comparar los tests
anteriores y posteriores al funcionamiento de los grupos, se
pudo comprobar que gran parte de sus integrantes habían
logrado un cambio psicológico favorable. Y, segundo, que
desde el punto de vista didáctico, había resultado mucho más
provechosa la experiencia en grupos, que la enseñanza
magistral. Cuando al año siguiente se quiso repetir la
experiencia, se presentó una complicación inesperada: nadie
quiso entrar en el grupo de control, porque todos querían
integrar los grupos didácticos.
Aunque creemos que con la técnica usual de grupo los resul-
tados hubieran sido todavía mejores, este experimento es de

1 El resultado de ésta fué discutido por uno de sus autores el Dr.

Ganzarain con todo detalle en nuestra Asociación de Psicología del grupo.


PSICOTERAPIA DEL GRUPO
188

suma utilidad para demostrar el valor didáctico de los grupos.


En la actualidad también en nuestro país se está
organizando la enseñanza teórica y práctica de la
microsociología y psicoterapia de grupos en distintos
institutos universitarios.
Pero mientras que esta enseñanza incluye en su programa
la integración de grupos, los “grupos de experiencia” vistos
hasta ahora se forman por iniciativa propia. Están
constituidos a menudo por futuros psicoterapeutas de grupo,
que se deciden a pasar por dicha experiencia con la convicción
de la gran utilidad que ello les reportará en su labor. Pero, a
pesar de esta intención manifiesta, el factor terapéutico no se
encuentra excluido, sino que por el contrario aparece como
factor de máxima importancia.
Necesariamente tendremos que establecer el paralelo con
lo que ocurre en el análisis individual en sus aspectos
terapéutico y didáctico. La mayoría de los autores que se
ocuparon del tema, coinciden en afirmar que el análisis
didáctico difiere en algunos aspectos del terapéutico, aunque
no en el plano sustancial. Para algunos, los mecanismos
defensivos de los candidatos a analistas suelen ser mucho más
intensos, estructurando una fachada de negación,
intelectualización, etc. La relación transferencial se complica
porque el analista es a la vez que terapeuta maestro, y juez en
última instancia, de su capacidad para seguir la carrera ana-
lítica. Este aspecto dual de la situación analítica provoca
inevitablemente ansiedades específicas y aumento de las
resistencias en el candidato, e influye simultáneamente en la
contratransferencia del analista.
Algo parecido ocurre en los grupos de experiencia. La per-
sona que acude a ellos, lo hace inconscientemente impulsada
por su deseo y necesidad de curación. Pero lo esconde, a
menudo, detrás de otros argumentos. Viene, dice, para
informarse, porque le será provechosa para su carrera, para
aprender, porque le divierte el grupo, etc. Sin embargo, esta
actitud no suele durar mucho. Generalmente pronto se
confiesan que entraron también por sus necesidades
terapéuticas. Pero les es difícil, sincerarse y hablar de sus
problemas íntimos. Protegen su intimidad, intelectualizando
sus sentimientos e interpretando a los demás. Cuando esta
actitud ha sido interpretada y elaborada surgen abiertamente
las causas de su cautela. Como en estos grupos existe una
gran valoración de lo intelectual, toda la rivalidad se
desarrolla en ese plano. No quieren mostrarse, ni frente al ana-
GRUPOS ESPECIALES 189

lista, ni frente a sus compañeros como menos perspicaces,


inteligentes o serenos que él. Pero ser como él significa no
tener problemas o, por lo menos, no mostrarlos. Con todo,
temen menos mostrarse débiles delante del terapeuta que de
sus compañeros de grupo. Un futuro analista decía, cuando
los demás le reprochaban su reserva en el grupo, que él podía
hablar de sus problemas en su análisis individual y que
podría hacerlo también con el terapeuta que dirigía al grupo,
siempre que estuviera a solas con él. Pero estaba decidido a no
hablar delante de sus compañeros, para que ellos, el día de
mañana, cuando él fuera a su vez analista, no se burlaran de
sus debilidades. Expresaba así la necesidad de idealizar al
terapeuta para poder convertirse él un día en objeto ideal, y
proyectaba en sus compañeros el desprecio que sentía por sí
mismo en su condición actual.
Pero, ¿qué se puede esperar del grupo de experiencia si
existen todas estas dificultades? La situación que hemos
descrito se presenta con mucha intensidad al principio.
Interpretada en todos sus aspectos suele ceder
paulatinamente. Puede ocurrir también que un integrante
angustiado asuma el papel de portavoz de todos los temores
paranoides y depresivos del grupo, irrumpiendo súbitamente
en el clima cauteloso y aparentemente sereno del mismo.
Por lo que hemos observado hasta ahora, creemos que los
grupos de experiencia pueden llegar a adquirir el mismo nivel
de sinceridad del grupo terapéutico. Esto resulta más
problemático si se trata de grupos preformados o si sus
integrantes forman, a posteriori un círculo social común fuera
del grupo. Aún en estos casos el grupo de experiencia dará un
saldo favorable en el aprendizaje y, como el resultado
terapéutico no es forzosamente proporcional a la
“profundidad” del material expuesto, se lograrán también
mejoras en ese plano.

GRUPOS PREFORMADOS

Llamamos grupos preformados a aquellos cuyos integrantes


están unidos por un vínculo social definido con anterioridad a su
entrada al grupo. Puede tratarse de un grupo terapéutico, por
ejemplo, dos enfermos de una misma sala de hospital. Pero lo que
nos interesa ahora es hablar de los grupos que vienen a nosotros
con fines de aprendizaje, constituidos por los médicos o las
190 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

enfermeras de un mismo servicio, las maestras de un jardín de


infantes, etc. Para estos grupos es válido todo lo que dijimos
antes con respecto a los grupos de experiencia. Pero además
presentan una particularidad especial, a la cual ya nos
referimos (en el capítulo v) al presentar un grupo de maestros
y discípulos.
Utilizaremos nuevamente este grupo como ejemplo del
resultado obtenido en un grupo preformado, de alto nivel
intelectual, pero de una estructura muy rígida. Ya señalamos
el temor que sentían de perder, a causa del grupo, esta
estructura y la jerarquía preestablecida. Este temor los llevó a
evitar el contacto con el terapeuta, al cual oponían la figura
del “gran maestro” de su vida exterior. Además controlaban
cuidadosamente el material que traía cada uno de ellos, con el
fin de no exponerse a una modificación en sus roles de trabajo.
A pesar de esta situación uno de ellos trajo un tema muy
personal e íntimo, irrumpiendo en la rígida atmósfera
profesional. Pese a que su confesión fué muy bien recibida,
abandonó el grupo un tiempo después, mientras éste seguía
perdiendo poco a poco su rigidez. En la actualidad, a casi un
año de su iniciación, lograron modificaciones favorables no
sólo como grupo, es decir como equipo de trabajo, sino también
como individuos. Los temas más discutidos y elaborados
fueron sus relaciones interpersonales, con el resultado de que
la estructura rígida anterior se volvió más elástica y de que, al
aceptar la rivalidad mutua, ésta disminuyó conjuntamente
con los temores paranoides subyacentes. Empezaron a
colaborar entre ellos más allá de lo exigido por su trabajo y a
intercambiar conceptos y conocimientos, reemplazando así las
actitudes extremistas y de intransigencia anteriores. El grupo
les había sido útil. La persona que lo abandonó, en cambio, lo
hizo debido a la intensidad de sus angustias, que no le
permitieron adaptarse al ritmo de los demás. Hubiera nece-
sitado un análisis individual o un grupo terapéutico común,
para lograr su curación.
Nos referiremos todavía a otro grupo preformado, de expe-
riencia y terapéutico a la vez, porque nos parece de interés ex-
poner su forma de defensa. Se trata de un grupo mixto, de
estudiantes muy amigos entre sí, temerosos de que la terapia
de grupo, personificada por el terapeuta, pusiera de manifiesto
los sentimientos negativos encubiertos, haciendo peligrar así su
amistad. Adoptaron entonces la técnica de utilizar como agente
integrador una figura desconocida por él. Primero centraron
GRUPOS ESPECIALES 191

todo en un grupo amigo que estaba en análisis con otro


terapeuta. Después trajeron como tema principal a un gran
amigo de ellos, futuro integrante del grupo. Decían siempre
que vendría a la próxima sesión. Pero cuando finalmente
apareció de hecho en el grupo, fué substituido inmediatamente
por otra figura, el amigo y confidente de uno de ellos, por cuyo
intermedio estaba al tanto de todo lo que ocurría en el grupo. A
través de las sucesivas interpretaciones, abandonaran
finalmente este mecanismo de defensa.
¿Qué función cumplía para ese grupo la persona de
afuera? Como el “gran maestro” del otro grupo, servía para
preservar la cohesión del mismo contra el peligro de la
desintegración, personificado por el terapeuta. Al oponerse
una figura que era desconocida para él, simbolizaban todo lo
que él seguiría desconociendo de ellos. Además servía para
controlar al terapeuta (siempre “el otro” era alguien muy
valorado, y que sabía mucho de análisis) intentando hacerle
sentir celos para incitarlo a darles más. Pero este mecanismo
fracasaba porque surgían fantasías en las cuales era
precisamente “el de afuera” quien formaba pareja con el
terapeuta, quedando el grupo como tercero excluido.
Hemos comentado dos grupos preformados que utilizaron
un mecanismo de defensa parecido, por tener los mismos
temores de fondo. Pero aparte de eso eran muy diferentes.
Mientras que un grupo no permitía el aporte de temas
íntimos, el otro era muy sincero y flexible. Es decir, que el solo
hecho de que un grupo sea preformado y de experiencia no
excluye un desarrollo como grupo no permitía el aporte de
temas íntimos, el otro era muy lidad de su estructura social
anterior y del carácter y la neurosis de sus miembros.

GRUPOS FABRILES
Conviene empezar con la aclaración de que éste es un
campo donde ninguno de los autores tiene experiencia directa.
Ante esta limitación, lo que sigue debe ser considerado como
una reseña bibliográfica por demás breve, si se tiene en cuenta
la importancia del tema 1.

1 Como aproximación de una experiencia directa en el campo industrial,

uno de nosotros (E. Rodrigué) tuvo la ocasión de asistir en el verano de 1955 a


un seminario que el Dr. Elliot Jacques daba sobre su experiencia en la fábrica
Glacier.
192 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

La psicología ha entrado en la industria por varios


caminos; en especial mediante la psicometría. Esto tiene
importancia para nosotros pues en cierta medida ha facilitado
la introducción de la psicología social, pero también ha
prejuiciado el ambiente fabril en contra de esa disciplina.
La psicometría se ocupa, a grosso modo, de toda la serie de
factores psicológicos pertinentes a la producción, y su vasto
campo de aplicación va desde la selección profesional a la
medición de la fatiga muscular. Por ello el psicólogo, en el
ambiente obrero, toma la forma de un intruso que, reloj en
mano, está al servicio del patrón ‘‘haciéndolos trabajar
demás”. Luego, al hablar de la iniciación del psicólogo o
analista social en su trabajo en una industria, volveremos
sobre este punto.
La tarea del analista social consiste en intervenir
terapéuticamente tratando de modificar las tensiones y
dificultades que se generan, en este caso, en el seno de una
fábrica. Los motivos de tensión pueden ser múltiples,
originándose a cualquier nivel de la fábrica. Así, el pleito
puede concernir a los obreros y capataces, operarios y
patrones, ser un litigio del personal administrativo versus los
directores de sección, etc. Pero, como es de comprender, una
fábrica solicita la ayuda especializada del psicólogo social
cuando se enfrenta no con un foco relativamente fácil de
aislar, sino con un problema de malestar múltiple y complejo
que se expresa en forma recurrente en, prácticamente, todos
los niveles de la institución.
Consideramos que puede resultar de interés describir en
qué forma actúa el analista social frente a esta compleja
tarea. Para ello veamos cómo inicia su labor, tomando como
ejemplo el trabajo realizado por E. Jacques en la fábrica
metalúrgica Glacier.
La fábrica Glacier, que cuenta con varios miles de
operarios, se puso en contacto en 1948 con la Tavistock Clinic
a fin de que mandara un equipo a la institución con el objeto
“de elaborar las tensiones intragrupales y de tratar
problemas concernientes a la organización”. Las
negociaciones comenzaron en el seno de la fábrica, a fin de
conseguir un consentimiento unánime tanto del sector
patronal como del obrero. Como se comprenderá, esta primera
etapa es de singular importancia. Es importante que, desde el
primer momento, quede bien sentado cuál es el papel del
analista social: éste es un especialista que se introduce en la
fábrica sin tomar partido.
GRUPOS ESPECIALES 193
En el caso de la G l a ci er Met al Comp a n y la
imparcialidad del analista social era más fácil de sustentar
dada la política que esta compañía había establecido con sus
accionistas. Así, sólo el 7 % de los ingresos eran repartidos en
dividendos, toda suma por encima de este porcentaje era
empleada en mejoras sociales, o institucionales dentro de la
fábrica. El destino de estos fondos estaba a cargo de una
comisión mixta paritaria obrero-patronal. Un convenio previo
de este tipo facilita enormemente la tarea del equipo de
psicólogos sociales. Se obvia de este modo la sospecha
parcialmente justificada, por parte del personal obrero, de que
el equipo consultor está al servicio de los intereses patronales
y que busca solucionar conflictos para aumentar la producción
y los ingresos correspondientes.
Como vemos, la toma de contacto entre el equipo consultor
y la institución que solicita su cooperación es sumamente
delicada y de su satisfactorio desenlace depende gran parte de
los resultados ulteriores. Aunque mucho más complejo, este
comienzo se asemeja al que realiza el psicólogo clínico cuando
toma un paciente. En ambos casos el terapeuta debe
puntualizar cuál es su posición y dejar sentado que su
responsabilidad es, antes que nada, con el paciente.
El paciente, en este caso, es la fábrica. Ésta es una entidad
sumamente compleja. Dadas las características de su
estructura social nos hallamos ante una verdadera comunidad
en pequeño; es una microcultura engarzada dentro de una
cultura. Para el consultor social, este grupo especial presenta
dos características básicas: la de ser un grupo preformado y la
de ser un grupo representativo. Veamos estas características.
Como todo grupo preformado, la fábrica tiene su historia.
Esta historia es una de las determinantes de su cultura
actual. En su biografía se encuentran presentes dos tipos de
sucesos: los que reflejan el movimiento sindicalista obrero
del país en cuestión y los que reflejan la historia particular
de la fábrica. La recopilación de ambos constituye lo que se
podría denominar la anamnesis de la institución. Desde el
momento en que se considera a la fábrica como una micro-
cultura unitaria, su “historia clínica” es similar en función e
importancia a la del paciente clínico. Como se comprenderá,
la versión que el equipo consultor escucha es, como toda
tradición oral, más que historia, mitología. Refleja, como
en el caso del paciente individual, una generosa combina-
ción de realidad y fantasía. Esta aleación en la crónica es, en
194 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

ambas situaciones, de suma utilidad. El terapeuta no busca la


verdad fáctica, sino la experiencia subjetiva de la realidad
histórica.
En el caso de la fábrica Glacier, el equipo consultor tomó
los primeros tres meses1 para levantar dicha historia,
basándose tanto en la revisión de los archivos de la institución
como en las consultas individuales. El informe así obtenido
fué circulado por la fábrica y de esa forma se inició la
comunicación.
En segundo lugar hemos señalado que la fábrica es un
grupo representativo. En el manejo de los intereses de la
institución, los individuos participan mediante la elección de
representantes que expresan sus opiniones y defienden sus
intereses. Nos hallamos, pues, frente a una organización por
regla general compleja que posee un sistema elaborado de
comunicación. Esta comunicación sigue ciertos canales,
siendo las diferentes comisiones representativas de los
distintos niveles de la institución (obreros, capataces,
patrones) los encargados de trasmitir la información
pertinente.
El analista se encuentra ante este elaborado sistema de
comunicación. Su tarea tiene que desarrollarse a lo largo de
esos canales institucionales. Es decir, ante un pleito o
conflicto determinado se reúne con ambas partes interesadas
y sólo actúa en la presencia de todos los interesados 2.
La si t u a ci ón terapéutica, en el grupo fabril, es la
asamblea y las reuniones paritarias. En dichas sesiones, la
tarea del analista social consiste en señalar cuándo el
intercambio de ideas —la temática del debate— se ve
entorpecida, trabada o diferida por factores efectivos. La
función del terapeuta social, en este caso, es la de tomar como
eje coordinador de sus intervenciones la naturaleza del tema
de la reunión paritaria. Su fin no es curar síntomas, por
supuesto, sino modificar las tensiones intragrupales que
impiden la comunicación del grupo. La diferencia entre el
grupo fabril y terapéutico reside más que nada en los fines
que se buscan con la reunión colectiva.
A nuestro entender, para realizar este trabajo en fábricas es
necesario que éstas ya posean una estructura social lo suficiente-
mente sólida y diferenciada para que dé oportunidad de que se

- 1 Iniciado en Junio de 1948.


2 Algo similar ocurre en el análisis de parejas (ver sección correspon-
diente).
GRUPOS ESPECIALES 195

produzca una amplia comunicación a todos los niveles de la


institución. En el caso de la Glacier Metal Company, la fábrica
contaba con un Work Council (Comité de trabajo) formada por
cerca de 30 miembros, en la que todos los sectores de la fábrica
estaban representados. Este comité se reunía asiduamente y
trataba todos los temas importantes de organización interna.
Por la escasa experiencia que tenemos del desarrollo fabril del
país creemos que son muy contadas las instituciones que
cuentan con una estructura social adecuada para realizar el
tipo de tarea que llevan a cabo, por ejemplo, la Tavistock Clinic
de Londres, y algunos Centros de Relaciones Humanas en los
Estados Unidos de Norte América.
LA P A R E J A
El primer escollo que presenta el estudio de este grupo
su i - g én eri s, radica en la dificultad de su ubicación dentro de
las tres clasificaciones enunciadas previamente. Desde el
punto de vista clínico, no hay duda de que su finalidad es
terapéutica; pero la modalidad específica de su estructura y
esfera de influencia lo acerca mucho más a la categoría de los
grupos experimentales y de relaciones humanas. Esto último
se debe a que el análisis de la pareja presupone una
modificación de nuestro habitual campo operacional para
adaptarlos a las características de esta nueva entidad. En este
caso la entidad es la institución familiar, así como en el plano
de las relaciones humanas nos abocamos al estudio de otras
instituciones complejas, v. g.: la fábrica, la escuela, etc.
En lo referente a su afinidad con los grupos de
experiencia, ésta es en realidad predominantemente subjetiva.
Nace de la convicción de habernos encontrado en un terreno
nuevo; en lo concerniente al estudio y tratamiento sistemático
de la pareja desde un ángulo estrictamente psicoanalítico y
enfocándola como un nuevo campo operacional. Quizá
convenga aquí una aclaración. La mayor parte de los
psicoanalistas habrá tenido ocasionalmente la oportunidad de
tener una pareja en su consultorio. Más aún, algunos de ellos
se habrán visto llevados a interpretar en estas situaciones.
Aunque estas experiencias hayan existido, nunca tuvieron en
sí mismas un objetivo terapéutico sino la finalidad de
solucionar algún momento crítico de un análisis individual.
Por otra parte, aunque el conflicto familiar haya sido enca-
196 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

rado también en las esferas sociológicas y asistenciales, su


estudio fué estadístico, buscándose las variables psicosociales.
Las medidas profilácticas o los consejos circunstanciales fueron
sus resultados prácticos.
Por estos motivos, y dada su importancia y múltiple
ubicuidad, consideramos que la pareja debe ser tratada
separadamente de los demás grupos y en forma detallada.
Ante todo, ¿qué es el análisis de pareja? Consiste en el
tratamiento si mu l t á n eo de dos personas ligadas por vínculos
familiares o afectivos que acuden como entidad ya preformada
presentando un conflicto actual agudo. Desde ya conviene
puntualizar dos aspectos: se trata de un momento de urgencia
cuyo problema concierne esencialmente a la entidad más que a
los individuos por separado.
En el curso de esta exposición nos referiremos particular-
mente a un tipo especial de pareja: la matrimonial. Dados los
íntimos y complejos lazos que la vinculan, se comprende fácil-
mente que es aquí donde surgen con más frecuencia problemas
graves, cuyo carácter inminente es admitido por ambas partes.
Naturalmente no excluimos el análisis de otros tipos de pareja,
madre e hija, hermanos, socios, etc., cuyos planteos críticos han
atraído nuestra atención, pero sobre los que lamentablemente
poseemos aún escasa experiencia.
No queremos dejar de señalar qué motivos y experiencias
nos llevaron a interesarnos en este tipo de grupo. Muchas
veces, durante el análisis de nuestros pacientes hemos sentido
la falta de la “otra versión” como complemento indispensable
para encuadrar y obtener una perspectiva más acabada del
problema. Desde nuestra posición de analistas nos veíamos
automáticamente inclinados a colocarnos en la posición de la
otra persona, para llenar el vacío que sentíamos en el relato.
Pasemos a ver p or q u é y cómo viene la pareja. Conviene
señalar que la mayoría de las parejas iniciaron el tratamiento
por sugerencia nuestra, basada en los motivos anteriormente
señalados. Lo llamativo en todos los casos, fué la inmediata
aceptación de esta forma de tratamiento.1

1 Conviene aclarar que también hay motivos prácticos que endosan esta

forma de tratamiento; ya que en algunos casos no les resulta practicable el


análisis por separado. En ciertas parejas cuya conducta se caracteriza por el
acting out, el análisis de un solo cónyuge suele traer conflictos maritales de
muy difícil solución.
GRUPOS ESPECIALES 197

Así, por ejemplo, tomemos el caso de una primera


entrevista en la que un paciente acudió a consultarnos por un
problema de impotencia sexual que le traía serios trastornos
en su vida matrimonial, a pesar de la relación armónica que
existía entre ellos. En un momento dado expresó el deseo de
que el terapeuta también escuchara a su esposa ya que, si
bien él se consideraba responsable por la dificultad sexual,
con todo intuía que en su trastorno había influido la falta de
estimulación adecuada por parte de su cónyuge. Este paciente
que, dicho sea de paso, poseía una escasa cultura psicológica,
demostró una excelente disposición para realizar el
tratamiento en pareja. Ello se evidenció en la segunda
entrevista, realizada en conjunto, en la que se encontró una
resonancia igualmente positiva en la otra parte.
Esto nos lleva a considerar un aspecto técnicamente
importante con respecto a la iniciación de esta forma de
tratamiento: la necesidad de fijar como requisito que las
sesiones sólo podrán realizarse cuando ambas partes están
presentes.
Ya desde las primeras sesiones se plantean los factores
desencadenantes del conflicto marital agudo, como ser:
resentimiento, celos, infidelidad, “incompatibilidad de
caracteres”, etc. Pero en las secuencias asociativas
inmediatas, el tema pronto se centraliza en torno a lo sexual
que, en ocasiones como en el ejemplo mencionado
anteriormente, suele ser el motivo central y manifiesto de la
consulta.
¿Cómo nos ubicamos frente a la pareja que ha iniciado su
tratamiento? Quizá el primer impacto que tuvimos en esta
nueva experiencia fué la constatación de que el análisis de la
pareja involucraba de hecho a tres personas. Destacamos esta
particularidad por haber advertido, más que en cualquier otra
situación terapéutica, nuestra activa participación. La
repercusión emocional de la situación triangular creada nos
imponía la asignación de roles cuyas características
describiremos más adelante. Queremos sobre todo enfatizar la
calidad específica de dichos roles, pues difería de los que
éramos llevados a desempeñar en los grupos y en el análisis
individual. Estos roles eran, por así decirlo, más reales. Quizá
esto resulte más claro con un ejemplo.
En el transcurso de una sesión, la pareja llegó a un momento
álgido de la discusión a raíz de las mutuas acusaciones que se
focalizaban en torno al abandono del hijo. Las violentas recri-
minaciones de la mujer eran de que el marido descuidaba al hijo
198 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

como consecuencia de sus reiteradas ausencias; éste a su vez


replicaba que no paraba en la casa para ahorrarle al hijo el
lamentable espectáculo de sus continuas rencillas. Era
evidente que ambos eludían su culpa responsabilizándolo al
otro. Pero lo que más llamaba la atención era que, a diferencia
de otras veces en que recurrían insistentemente al arbitrio del
terapeuta, en esta oportunidad, en el calor de la disputa lo
ignoraban por ' completo hasta el punto de no dar cabida a sus
intentos de intervención. El terapeuta a su vez, subjetivamente
se sintió excluido y sorprendido de comprobar en él una
sensación de abandono y malestar por la exclusión. Esto lo llevó
a señalar cómo en ese momento, allí, él era el hijo descuidado de
quién ambos se habían valido como un pretexto para
recriminarse, en vez de buscar la conexión afectiva con él. Sin
duda lo más dramático de la situación planteada fué la
intensidad de la respuesta de la pareja. Hubo un silencio muy
significativo y en franco contraste con la acalorada discusión
previa.
Era evidente que se había producido un momento de
i n si gh t , que los llevó a admitir la culpa y responsabilidad
negada y proyectada en la otra parte.
Este ejemplo ilustra lo que queremos expresar como
realidad vivencial del análisis de una pareja, especialmente en
lo que implica una situación triangular. Todo lo dicho en
relación al complejo de Edipo y a sus diferentes formas de
exteriorización y elaboración en los grupos terapéuticos, cobra
en este caso singular valor. Podríamos asegurar que en ningún
otro escenario terapéutico ocurre con más verismo la
dramatización edípica. Sin duda alguna esto no está solamente
condicionado por ser tres los participantes y el vínculo
matrimonial rea l de la pareja, sino también por la
especificidad del campo transferencial creado en este nuevo
terreno terapéutico. Así el terapeuta será llevado a desempeñar
sucesivamente cada uno de los roles posibles de la situación
triangular: será alternativamente esposo, amante o hijo, por
citar los más frecuentes, de acuerdo a las vicisitudes con que la
pareja intentará elaborar sus situaciones conflictivas.
En lo que a las consideraciones dinámicas se refiere, encon-
tramos los mismos fenómenos ya descritos del grupo terapéutico
común y, por lo tanto, el manejo técnico no difiere mayormente del
utilizado en los otros grupos. Sin embargo, debemos destacar,
como características peculiares, la excepcional intensidad y fre-
cuencia con que pueden evidenciarse los mecanismos proyectivos.
GRUPOS ESPECIALES 199

El ejemplo más corriente está constituido por las


recriminaciones y la “ubicación” de los propios defectos en el
otro. Una mujer caracterizada por su verborragia y constante
actitud recriminatoria, solía con harta frecuencia intercalar
reproches como este: “No me dejas hablar”.
Desde el punto de vista técnico queremos referirnos a una
especial dificultad que se nos planteó, en los primeros
momento en la formulación de las interpretaciones. Creíamos
conveniente utilizar fundamentalmente la misma modalidad
interpretativa que practicábamos en grupos. Vale decir que
nos dirigíamos preferentemente a la pareja como entidad
global y no a cada uno de los integrantes por separado. Nos
apoyábamos para hacerlo así en dos motivos fundamentales
esenciales: a) La particular calidad de los mecanismos de
identificación, por lo que incluíamos en la interpretación el
continuo Ínter juego de los aspectos proyectados de a mb a s
p a rl es; y b) la preocupación de que al poner mayor énfasis en
una actitud determinada de uno de ellos fuera vivido —como
ocurrió en muchas ocasiones— como si “tomáramos partido”,
atribuyendo la culpa a uno, absolviendo automáticamente al
otro.
Ulteriormente modificamos este enfoque ya que nuestras
interpretaciones recordaban al juicio salomónico, al asignar
arbitrariamente la misma culpa a ambas partes. Esto, por
supuesto, no correspondería ni al material clínico, ni a nuestra
vivencia contratransferencial.
En la actualidad no tememos señalar, en ciertas ocasiones,
que en un movimiento determinado una de las partes es
“culpable”, investigando a continuación por qué tuvo que
asumir este rol en dicho contexto.
Este trabajo todavía está en pleno estadio de
investigación, siendo numerosos los interrogantes planteados
y provisorias nuestras conclusiones.

RESUMEN

Trata de los llamados “grupos especiales”, que si no


difieren esencialmente de los comunes, presentan
características específicas en su función o estructura.
Se clasifican a los “grupos especiales” en tres categorías, de
acuerdo a los siguientes criterios: 1o) el terapéutico; 2°) el expe-
200 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

rimental o de investigación; 30) el de relaciones humanas, que se


especializa en la dinámica de la interacción social del grupo.
En el primero se incluyen los grupos psicosomáticos, de psi-
cóticos y de niños; en el segundo los grupos de experiencia o
didácticos; en el tercero los grupos preformados (fabriles, pro-
fesionales, etc.).
No se realiza un estudio exhaustivo de cada uno de ellos,
sino que se intenta dar una visión panorámica de los campos de
aplicación de la psicoterapia colectiva.

GRUPOS PSICOSOMÁTICOS: Si bien utilizan el síntoma


somático como resistencia, existe un alto porcentaje de mejorías.
La curación de algunos de sus miembros puede llevar a la
desintegración del grupo: la mejoría es factible por el grado de
identificación. Los problemas de envidia prevalecen en este tipo
de grupos.
A medida que se hacen conscientes los temores profundos
subyacentes al síntoma somático, se logra un mayor equilibrio
básico de los integrantes.

GRUPOS DE PSICÓTICOS: El grado de éxito depende de la medida


en que se logra el fortalecimiento del yo, y la adaptación a la
realidad, que implica una adecuación social, a través de una
estricta técnica psicoanalítica.
Es esencial utilizar las transferencias negativas y positivas
y formular las interpretaciones en el lenguaje correcto y
simbólico que es propio de estos pacientes. Es conveniente
aumentar tanto el número de las sesiones, como su extensión.
Son características de estos grupos, la utilización de un len-
guaje simbólico, la importancia que adquiere la comunicación
preverbal, una extraordinaria capacidad de i n si gh t , y la fuerte
demanda que hacen de afecto y comprensión.

GRUPOS DE NIÑOS: Se ha superado el criterio de que tanto los


niños como los psicóticos necesitan un tratamiento previo que
fortalezca su yo, antes de iniciar el tratamiento terapéutico.
Slavson es la persona que más influencia tiene en este
campo. Sin embargo su enfoque es limitado: si bien fomenta en lo
posible la libre actividad (a través de los juegos), no interpreta.
El terapeuta entonces se convierte en un celador comprensivo.
Esto sucede porque se apoya totalmente en la catarsis.
Por la multiplicidad y dispersión del material que presenta
este grupo, el terapeuta tiene serias dificultades en hallar el deno-
GRUPOS ESPECIALES 201
minador común de las fantasías inconscientes y, si lo halla, en
comunicarlo al grupo.
Por lo tanto los autores han ensayado una técnica más
activa, similar al psicodrama de Moreno, y organizan juegos
—a pedido de los niños— interpretando los mismos, y los roles
que desempeñan sus participantes.
Se recomienda especialmente una cuidadosa selección, ya
que el grupo debe estar integrado en forma muy homogénea,
no sólo con respecto a la edad sino a las personalidades de los
participantes.

GRUPOS DE EXPERIENCIA: Se constituyen con la finalidad


—manifiesta— de aprendizaje. Por motivos profesionales
desean vivenciar directamente lo que ocurre en un grupo. Sus
miembros son los futuros terapeutas de grupos, médicos con
criterio psico- somático, pedagogos, psicólogos, sociólogos, etc.
Protegen su intimidad mediante una excesiva
intelectualización, y una actitud de superioridad. La rivalidad
suele desarrollarse en el plano intelectual, por lo cual se
resisten a reconocer sus conflictos reales, y la necesidad de
superarlos, factor latente que los ha llevado al grupo.
Esto sucede especialmente delante de los compañeros, por
razones obvias. Al ser interpretada la situación en todos sus
aspectos, llegan a adquirir el mismo grado de i n si g ht que el
grupo terapéutico.

GRUPOS PREFORMADOS: Son los que están integrados por


personas unidas por vínculos previos, antes de ingresar al
grupo.
Dado que temen perder la estructura social que poseen,
controlan estrictamente el material que surge.
Consideran al terapeuta como el agente que amenaza
destruir sus relaciones anteriores. Se defienden de él, al
apelar a figuras familiares sobre-valorizadas y desconocidas
para el terapeuta. Tratan así de mantener a éste alejado, o de
controlarlo mediante la envidia que creen despertar en él.
El desarrollo ulterior de este grupo depende de la
habilidad del terapeuta y de la flexibilidad de los caracteres de
los integrantes.
GRUPOS FABRILES: Estos grupos, presentan dificultades
especiales, puesto que los obreros colocan al analista social
automáticamente del lado de los patrones. Por lo tanto, tarea del
terapeuta es aclarar su posición: viene a la fábrica como persona
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
202

neutral, para resolver los conflictos y tensiones intragrupales


de la misma como entidad.
El Dr. Jacques de la Tavistock Clinic concurrió a una
fábrica metalúrgica, donde hizo previamente una “historia
clínica” de la fábrica, basándose en dos aspectos: a) evolución
fabril del país, y b) evolución específica de la fábrica.
Posteriormente, concurrió a las reuniones paritarias en las
que todos los niveles de la fábrica estaban representados. Su
función consistió en transmitir, a medida que iban surgiendo,
los conflictos subyacentes que les impedían ponerse de acuerdo
o comunicarse, es decir, que entorpecían su labor.
Pese a la importancia de este tipo de grupo, su enorme com-
plejidad hace muy difícil su aplicación en las instituciones que
no cuentan con una estructura social adecuada para llevar a
cabo esta tarea.

LA PAREJA: Este es un grupo su i g en eri s, dado que no se


lo puede ubicar en ninguna de las categorías ya enunciadas. No
hay duda de que su finalidad es terapéutica, pero su estructura
y esfera de influencia lo acerca más al grupo experimental, y al
de relaciones humanas. Constituida por un matrimonio,
presentan innumerables problemas, debido a la naturaleza
conflictiva de sus vínculos, provocando situaciones agudas que
requieren atención inmediata.
Llegan a la psicoterapia de grupo, por sugerencia del tera-
peuta o por haber percibido la urgencia del problema. Frente a
ellos el terapeuta debe adoptar ciertas normas: 1) La sesión no
se realizará sino en presencia de ambos participantes. 2) No
empleará la misma técnica que utiliza en grupos comunes dado
que eso trae una arbitraria repartición de la “culpa”, sobre
ambas partes.
El terapeuta no debe temer señalar cuál es el más
“culpable” de los dos en un momento dado, para investigar
luego los motivos que provocaron tal situación.
En cuanto al grupo en sí, se caracteriza por la utilización de
mecanismos de proyección sumamente acentuados, ya que
colocan masivamente sus propios defectos y actitudes en el otro
cónyuge. Por otra parte es el campo terapéutico donde se
dramatiza con mayor realismo el complejo edípico, por ser tres
los participantes. Colocan así al terapeuta en toda la secuencia
de roles que provoca dicho complejo; lo convierten
alternativamente en hijo, esposo y amante, etc.
GRUPOS ESPECIALES 203

Finalmente se habla de la contratransferencia del


terapeuta, quien suele sentirse utilizado como instrumento
“concreto” de la neurosis de la pareja, lo que lo lleva a
desarrollar una mayor actividad interpretativa.
Si bien la pareja no difiere dinámicamente de otros
grupos, la técnica empleada es distinta.
Finalmente se consigna que este nuevo campo operacional
formado por la pareja, está en pleno período de investigación,
y por lo tanto las conclusiones de los autores son provisorias.
CAPÍTULO VIII

HISTORIA Y LITERATURA —DEFINICIÓN DE


NUESTRO ENFOQUE

El movimiento argentino de psicoterapia del grupo psicoanalítico — Schilder


— Slavson — Foulkes — Bion — Ezriel — Nuestro criterio — Resumen.

En este último capítulo expondremos tres temas diferentes,


pero relacionados entre sí. Primero describiremos la historia
del movimiento de la psicoterapia del grupo en la Argentina,
luego reseñaremos brevemente la literatura más importante en
el tema y finalmente definiremos nuestros conceptos teóricos y
técnicos.
Empecemos, pues, con nuestra “biblia”, con la historia de
nuestra asociación1 . En junio de 1951, el Dr. Raúl Usandivaras
comenzó a dirigir grupos en el Hospital Nacional de Neuropsi-
quiatría, en el servicio del Dr. Krapf. Siguió una técnica mixta
entre la de Schilder y la de Slavson. Unos meses después se aña-
dió la colaboración del Dr. Salomón Reznik. En la primavera del
año siguiente volvió a la sala el Dr. Juan Morgan, trayendo de
vuelta de Londres un conocimiento directo del método de Bion,
aprendido como observador de la Tavistock Clinie. A mediados del
mismo año también regresó de Londres el Dr. Emilio Rodrigué
después de completar su formación psicoanalítica y de estudiar
Psicoterapia del grupo, habiendo entrado a la Tavistock Clinie
y sido observador del Dr. Sutherland. De vuelta en Buenos
Aires formó y dirigió grupos de neuróticos, ofreciendo a sus
colegas la oportunidad de asistir y colaborar como observadores.
En torno a este núcleo se formó un reducido pero entusiasta grupo
de estudio. Nos reuníamos con regularidad, discutiendo proble-

1 Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia del Grupo.


206 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

mas teóricos y prácticos y como, mientras tanto, la


mayoría había empezado a tratar grupos, controlamos
mutuamente nuestro trabajo clínico. Todos estábamos
entusiasmados por las nuevas dimensiones
terapéuticas y experimentales que nos ofrecía esta
técnica. Además, siendo todos nosotros analistas, nos
satisfizo profundamente ver las perspectivas que se
abrían al aplicar psicoanálisis a los grupos.
En 1954, algunos de los miembros de este grupo de
estudio concurrieron al Primer Congreso Internacional
de Psicoterapia de Grupo de Toronto. Ahí informaron
sobre nuestras actividades y presentaron trabajos.
Como epílogo de este Congreso, nuestra agrupación, con
el nombre de Asociación Argentina de Psicología y
Psicoterapia del Grupo, fué reconocida como filial de la
American Associat ion of Gro up Psychotherapy.
Una vez constituida la Asociación, su primera tarea
fué la difusión y enseñanza del trabajo en grupos,
dando cursos y conferencias, organizando grupos de
experiencia y la labor de los observadores. Han pasado
recién unos pocos años, pero pudimos ver que nuestro
optimismo y nuestra fe inicial habían sido plenamente
justificados y que lo logrado sobrepasa todas nuestras
esperanzas. El panorama actual es muy alentador. La
psicoterapia de grupo, casi desconocida en Buenos Aires
apenas unos años atrás, ha entrado ahora en varios
servicios hospitalarios de adultos y niños, neuróticos,
psicóticos y psicosomáticos. Ha resultado ser una
solución factible y eficaz para el problema de la
situación psicoterapéutica del enfermo de hospital.
Además, la psicoterapia de grupo está trascendiendo los
límites estrictamente médicos. En el Primer Congreso
Argentino de Psiquiatría, que tuvo lugar a principios de
Julio de 1956 en Buenos Aires, todo un día fué dedicado
a la psicoterapia de grupo. Tanto en la discusión de la
mesa redonda, (constituida por psiquiatras, psi-
coanalistas y sociólogos) como en el temario de los
trabajos presentados, se pudo notar el creciente interés
en los asistentes por las aplicaciones pedagógicas y
sociológicas de esta disciplina.
Ya hemos hablado bastante de nuestra historia y de
nuesros logros. Es tiempo de agradecer a los
investigadores cuyas publicaciones nos sirvieron de
guía y enseñanza. Primero queremos reseñar y rendir
homenaje al gran psiquíatra Paul Schilder, que fué un
pionero en la psicoterapia psicoanalítica de grupos. Su
obra nos ofrece conocimientos importantes, aunque no
concordamos en muchos puntos con él.
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 207

Como psiquíatra, su obra es conocida al lector de habla


castellana, gracias a la traducción de su “Tratado de
Psicoterapia” [59], y de su “Introducción a una psiquiatría
psicoanalítica” [56]. Tomaremos algunos datos biográficos
sobre Schilder del prólogo de este último libro 1. Pero,
volviendo por última vez a nuestra historia local, queremos
destacar que el Dr. Pichón Riviere puso en práctica las
enseñanzas de Schilder, al formar grupos en el Hospital
Nacional de Neuropsiquiatría. Esto ocurrió en el año 1947 y
creemos estar en lo cierto al afirmar que fué la primera
entrada de la psicoterapia del grupo en Buenos Aires.
¿Cuál es la técnica de Schilder? Para comprenderla
tenemos que ubicarnos brevemente en su historia. De
formación filosófica y médica y contemporáneo de Freud,
aunque menor que él (nació en Viena en 1886), e interesado
especialmente en problemas neurológicos y psiquiátricos,
Schilder pronto se sintió atraído por el psicoanálisis, llegando
a ser miembro de la Asociación Psicoanalítica Vienesa en
1919. A pesar de sus grandes condiciones, el ambiente médico
vienés, muy hostil por eso entonces al psicoanálisis, no le
perdonó su nueva orientación. Viendo cortado por eso su
hasta entonces brillante carrera, abandonó su patria, para
dirigirse a los Estados Unidos. Allí desempeñó cargos cien-
tíficos importantes. Murió en un accidente en el año 1937,
cuando tenía 54 años. La lista de sus publicaciones sería muy
larga. Prescindimos de ella, para dedicarnos exclusivamente
a sus aportaciones a la psicoterapia de grupo. Fué llevado a ella
por su eminente preocupación social. Tanto en su aproximación
a un ente nuevo, el grupo, como en su trabajo en general, pode-
mos observar el esfuerzo que realiza Schilder para unir
conceptos diferentes y, a veces, contradictorios. Schilder es un
ecléctico. Dispone de muchos elementos que provienen del
psicoanálisis, de otros enfoques psicoterapéuticos y de
concepciones filosóficas y biológicas. Su enciclopedismo le da
riqueza pero ésta se realiza a expensas de una ajustada
integración. Y, en el campo de la psicoterapia de grupo, le
impidió concebir al grupo como a un todo. Así como en su
enfoque psicoterapéutico en general las distintas orientaciones
coexisten en lugar de integrarse, del mismo modo en su visión
del grupo, éste no aparece como una organización unitaria;
constantemente se disciernen sus distintos integrantes, los
individuos, con su historia y característica personales. Más
adelante volveremos sobre el tema, al discutir conceptos y

1 El libro está prologado por el Dr. Pichón Riviere.


208 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

técnicas. Pero antes tenemos que exponer sus ideas con cierto
detalle.
Schilder se acercó al grupo por causas teóricas y prácticas.
Del punto de vista teórico, sostuvo que la psicoterapia de
grupo era necesaria como complementaria de la individual,
porque correspondía a la simultaneidad del hombre como
individuo y como ser social. Los argumentos prácticos en favor
de la psicoterapia de grupo eran obvios y han sido destacados
por la mayoría de los autores: la psicoterapia individual y
especialmente el análisis, costoso en dinero y tiempo, no están
al alcance de todos los que necesitan ayuda, mientras que la
psicoterapia de grupo es ofrecida a un número de pacientes
mucho mayor, pudiendo practicarse gratuitamente en
hospitales.
Hemos señalado que Schilder considera a las terapias
individual y colectiva como complementarias; por tanto,
prescribe las dos conjuntamente. Sus pacientes son vistos una
o dos veces por semana individualmente y, además,
participan en grupos de siete a ocho personas en una sesión
semanal que dura de dos a tres horas. El mismo terapeuta
atiende a los pacientes individualmente y dirige el grupo.
Volveremos más tarde sobre este punto.
La aproximación de Schilder a los pacientes en ambos
procedimientos es analítico. Ahora bien, ¿qué entiende por
este término? En un sentido teórico acepta todos los
descubrimientos psicoanalíticos. En un sentido práctico, su
enfoque es muy personal. Centrar todo el proceso terapéutico
en la obtención del i n si g ht de sus pacientes (usando este
término en un sentido más intelectual que nosotros), define al
i n si gh t como la habilidad de ver las estructuras del mundo
real y actuar de acuerdo con dicho mundo. Obtiene este
i n si gh t por distintos medios: por el análisis de sueños, por el
material obtenido a través de la asociación libre y por la
discusión de las ideologías de los pacientes. Pero es discutible
hasta dónde la asociación libre, ya difícil de lograr en análisis
individual, sea factible en grupo. Foulkes, por ejemplo, dice
que en el grupo la asociación libre es sustituida por la
“discusión flotante”, es decir, una forma de asociación libre
resultante del grupo en acción. Veamos qué entiende Schilder
por ideología y cómo obtiene el material correspondiente. Aun-
que pide a sus pacientes que asocien libremente, también intro-
duce temas en forma sistemática y dirigida. Cada paciente antes
de entrar al grupo debe escribir un detallado “relato vital”. Más
tarde se le pedirá una nueva versión para constatar el insight
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 209

obtenido. Además Schilder elabora cuestionarios que versan


sobre una gran cantidad de problemas y que se incluyen en el
tratamiento. Damos en una nota al pie ejemplos al respecto 1.
Los cuestionarios, que están expuestos en el Tratado de
Psicoterapia, consisten de 650 preguntas y abarcan los temas
más variados. Se ocupan de:
1) Relación con otras personas.
2) Relación con el propio cuerpo.
3) Relación con las funciones del propio cuerpo.
4) Actitud respecto a sí mismo, como personalidad psíquica.
5) Funciones y relaciones sociales.
6) Dos cuestionarios especiales acerca de la agresividad y
la muerte.
Después de la discusión de todos los temas abarcados por
el cuestionario, el mismo paciente está en condición de
reconstruir su historia clínica. Este procedimiento indica
claramente que el sentido que Schilder da a la palabra
“insight” es diferente al que le damos nosotros y se refiere a
una visión más bien intelectual y especulativa.
Las discusiones de los distintos problemas planteados en
el cuestionario también permiten aclarar las ideologías de los
pacientes y hacerles conocer cuál es su “plan de vida”. Al
comprender los errores en su concepción del mundo, el
paciente modificará su conducta. Tenemos la impresión que
Schilder, aunque no lo destaque, tomó este enfoque
influenciado por Alfred Adler, el fundador de la psicología
individual.
Schilder [58] define las ideologías como “ideas y connotaciones
que los seres humanos erigen a fin de tener una mejor orienta-

1 Respecto al complejo de Edipo:


¿Qué recuerda Ud. del cuerpo de su padre?
¿Qué recuerda de los órganos sexuales de su padre?
¿Lo impresionó alguna otra parte del cuerpo de su padre?
¿Comparó alguna vez sus partes sexuales con la de él?
Siguen muchas preguntas más con respecto a recuerdos sobre el
padre, y especialmente sobre las relaciones físicas con él. Damos a
continuación las primeras preguntas de otro cuestionario. “Relación
con el propio cuerpo”:
¿Qué piensa Ud. de su fortaleza?
¿Qué piensa Ud. de su belleza?
¿Qué piensa Ud. de su salud?
¿Cómo juzga su potencia sexual?
¿Cuántas características del sexo opuesto cree Ud. poseer?
210 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

ción para su acciones. Cada nación, clase y familia tiene su


ideología especial. En cada país domina la ideología de la clase
dirigente que intenta amoldar los niños rápidamente a ésta“.
Las ideologías tienen su parte consciente, fácilmente
expresable en palabras, y su parte inconsciente. Muchas
personas albergan, sin darse cuenta, ideologías en conflicto.
Hay ideologías neuróticas, fantasías en conflicto con la
realidad, como, por ejemplo, “únicamente un hombre hermoso
puede ser querido” o “nunca hay que desfallecer físicamente”.
Estas ideologías provienen de las experiencias infantiles y se
arraigan en el inconsciente. Giran en torno a los seis temas
básicos del cuestionario. Su discusión permite modificar los
prejuicios y la tendencia al perfeccionismo; así se aclaran ideas
erróneas, que nos cargan de culpa, como la de suponer que las
madres siempre deben amar a sus hijos y viceversa. De este
modo se llega a comprender que ninguno tiene el derecho de
esperar una rendición emocional completa de otra persona,
que la otra persona debe vivir su propia vida y que esto
también rige para los seres más queridos o íntimos. Poder
admitir esto, involucra renunciar al perfeccionismo,
admitiendo los propios instintos agresivos y su compatibilidad
con una conducta social adecuada.
En la discusión de las posiciones ideológicas en el grupo,
“el médico no tiene derecho de permanecer completamente
impersonal. Debe revelar su ideología, como también
justificarla. Debe creer que la honestidad intelectual, en su
más amplio sentido, constituye un prerrequisito necesario a la
psicoterapia”.
Los resultados, obtenidos por Schilder son buenos1. Creemos
que éstos se producen gracias a la personalidad de Schilder, a la
catarsis obtenida y a la solidaridad que se establece entre los
distintos miembros del grupo. Pero son obtenidos por un método

1 Schilder [57] nos da una estadística en su trabajo: “Resultados y problemas

de la psicoterapia de grupo en neurosis severa”. De quince casos de “neurosis


social” tres se curaron, diez mejoraron decididamente y solamente dos no se
modificaron. De nueve casos de neurosis obsesiva dos se curaron, y los demás
mostraron distintos grados de mejoría. Tres casos de neurosis de ansiedad fueron
curados y uno mejorado. De cuatro casos de histeria dos curaron. Tres casos de
hipocondría no fueron influidos por el tratamiento (eso está en contraste con los
resultados de Slavson que indica psicoterapia de grupo justo en la hipocondría).
Dos casos con síntomas vegetativas mejoraron, aunque los síntomas orgánicos no
desaparecieron. De tres neurosis de carácter una se curó, dos mejoraron y siguen
tratándose. De seis casos de despersonalización uno se curó y tres quedaron sin
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 211

muy distinto a los del análisis del grupo tal como nosotros lo
concebimos. Justamente porque Schilder era psicoanalista,
queremos aclarar bien las diferencias y así evitar confusiones.
Más adelante tendremos que repetir la misma aclaración, al
discutir el método de Slavson. Slavson no es psicoanalista,
pero conoce muy bien la teoría psicoanalítica y usa sus
conceptos. Pero en el uso de estos conceptos por parte de
Slavson y Schilder se nota que ellos no han sido analizados, y
que, a pesar de su comprensión intelectual, no asimilaron el
manejo transferencial de la técnica analítica1 . Esto se nota en
distintos aspectos que no tienen que ver estrictamente con el
grupo, pero que como resultado traen la imposibilidad de
enfocar al grupo como unidad. Estos factores son: el temor al
inconsciente y a su libre manifestación, y el temor a la
interpretación por dificultades en el manejo de la
transferencia y contratransferencia.
Schilder, en principio, es partidario de la asociación libre,
es decir, de aceptar la secuencia ideativa que surge del
inconsciente de sus pacientes. Pero en la práctica, la
imposición del cuestionario y de temas dados transforman la
“discusión flotante’', de la que nos habla Foulkes, en
conversación dirigida. Schilder rechaza cualquier
psicoterapia sugestiva o de apoyo, porque aumenta la
dependencia del paciente, en lugar de disolverla. Pero es
obvio que el médico, al dirigir la discusión, y brindar un
temario, forzosamente adquiere una gran autoridad y
prestigio a los ojos del grupo; factor éste que fomenta la
dependencia. Más aún si sobre el filo de la discusión arroja el
peso de sus opiniones, exponiendo su ideología personal. Ésta
forzosamente también tendrá su base inconsciente
(irracional), y el ser endosada por la autoridad del médico, se
transforma en normativa para el grupo. Suponemos que
Schilder puede haber escotomizado estos aspectos por carecer
de la experiencia de un propio análisis, es decir, por no haber
comprendido vivencial- mente una relación transferencial. El
hecho de que Schilder haya evitado grupos mixtos —de
hombres y mujeres— muestra también su dificultad en el
manejo de situaciones transferenciales.
__________
variantes. Dos casos de depresión grave no pudieron ser influidos. De cuatro
casos de esquizofrenia uno mejoró en su adaptación social y el otro se
recuperó por completo.
1 Nos referimos especialmente a la interpretación consecuente en el

plano transferencial, a la utilización de la contratransferencia y al concepto


de objetos internos.
212 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Por otra parte no vió las dificultades contratransferenciales


que él mismo creaba al analizar pacientes simultáneamente en
grupo y al mismo tiempo en forma individual. Forzosamente
habrá hecho una escisión entre sus roles como terapeuta
individual y colectivo. Además, al compartir por separado los
secretos íntimos de cada paciente del grupo, habrá entorpecido
la integración del grupo como tal. Creemos que todos estos
factores mencionados son la causa por la cual Schilder no pudo
acercarse o interpretar al grupo como unidad, limitándose su
terapia colectiva a tratar varios pacientes simultánea pero
individualmente en y por el grupo.
Incluimos ahora un resumen de la terapia de Slavson por
las mismas razones por las cuales hemos discutido el enfoque
de Schilder. Slavson es un psicoterapeuta muy conocido,
pionero en el terreno de la “grouptherapy”, ha trabajado y está
trabajando en gran escala en esta especialidad, habiéndose
erigido en representante de toda una escuela. Incluimos
también la crítica de su técnica para deslindar los conceptos y
evitar las confusiones, a los que se presta el nombre “Analytic
grouptherapy” que Slavson da a su método terapéutico.
Diferimos en el significado que dá a los términos “analítico” y
“grupo” pues los encaramos en forma diferente [52].
Según Slavson, una terapia de grupo es analítica, cuando
tanto su contenido como su método son similares a los que se
derivan del psicoanálisis. Justifica este criterio al hacer uso de
la transferencia, la catarsis, la interpretación de los contenidos
latentes y el análisis de los sueños para provocar el i n si g ht .
Pero a pesar de que Slavson toma y acepta los elementos
básicos del psicoanálisis, su concepción del mismo es estática y
no vivencial. Citemos un ejemplo entre muchos. Cuando
Slavson habla de una “neurosis edípica” tenemos la sensación
de vernos frente a un cuadro conocido, pero que es a pesar de
todo, totalmente ajeno a nuestra vivencia personal. Si bien
Slavson no niega la existencia del complejo de Edipo, al no
haberlo experimentado a través de la transferencia en sus
múltiples facetas y matices, lo plantea en forma esquemática
y fragmentada. Distingue, entonces, entre aquellos enfermos
que sufren de “odio edípico” y los que padecen de “amor
edípico” por sus padres, integrándolos según estos
“síndromes” en grupos distintos. Pero no tiene en cuenta
que el odio contra los padres así como el amor por ellos, son
dos facetas del mismo proceso que coexisten en el individuo
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 213

y que, al manifestarse simultáneamente en el grupo,


permiten a cada integrante adquirir consciencia de su
problema. Tomemos otro ejemplo: Slavson, al explicar la
diferencia entre el psicoanálisis individual y la terapia de
grupo, la refiere especialmente a la transferencia. En el
análisis individual, según él, el paciente proyecta siempre
sobre el analista una figura paternal —generalmente al
padre— excluyendo así la posibilidad de otras proyecciones.
El grupo en cambio ofrece al paciente perspectivas más
amplias, por representar como tal, a la madre, simbolizando
el psicoterapeuta al padre y los compañeros a los hermanos.
Nos encontramos así con la misma esquematización y
fragmentación anterior. En el análisis individual el terapeuta
representará, según el momento y el material, sucesiva o
simultáneamente, a la imagen buena o mala del padre, de la
madre o de los hermanos; a objetos parciales, a partes del yo,
a impulsos rechazados, etc. El mismo proceso se desarrolla en
el grupo proporcionando la posibilidad de concretizar
simultáneamente estos distintos aspectos. Así mientras que
en determinado momento el terapeuta será para A el padre
odiado, representará para B al padre amado, etcétera. Vemos,
pues, cómo el conocimiento exclusivamente intelectual del
proceso analítico y la prescindencia de conceptos
psicoanalíticos relativamente nuevos pero fundamentales en
el enfoque del grupo, llevan al terapeuta a adoptar la posición
de un mero clasificador de los procesos que ocurren y
convierten al tratamiento en algo estático. La carencia de una
experiencia vivencial obliga además al terapeuta, a controlar
al máximo al paciente individual y al grupo, dificultando así
el manejo transferencial y llevándolo a coartar sus
manifestaciones espontáneas. Por eso Slavson evita, en lo
posible, la transferencia negativa y maneja la discusión con
mucha más frecuencia por medio de la intervención directriz
de sus interpretaciones. Debido a la necesidad de controlarse
a sí mismo, por temor de entrar en el juego, estará siempre en
papel de observador, renunciando de este modo al valioso uso
de la contratransferencia. Finalmente suponemos que este
enfoque estático y esta necesidad de control lo llevan a
planificar la composición del grupo; intenta conocer en lo
posible a sus futuros miembros para poder conformar un
grupo que no sea representativo de nuestro mundo interno y
externo, sino de algo previsible; una suma de personas
equivalente a una sola persona dominada por un síndrome
específico.
Este último punto toca uno de los temas centrales desarro-
214 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

llados por Slavson, su criterio de selección, y nos lleva de lleno


a nuestra mayor diferencia con él en el enfoque del grupo.
Mientras que nosotros y los demás psicoanalistas que se
dedican al grupo, lo consideramos un todo y lo interpretamos
en función de tal, Slavson interpreta al individuo en el grupo.
Citamos antes el término técnico usado por Slavson de
“Analytic group psychotherapy”. El inglés carece de la
diferencia que nos permite hacer el castellano, al decir terapia
en , p or y d el grupo. Pero mientras nosotros buscamos la
terapia d e 1 grupo, como se ha expuesto en este libro, Slavson
está en favor de la terapia en el grupo. Dice al respecto: “cada
paciente (del grupo) debe permanecer como una entidad
separada, en la cual se producen modificaciones in-
trapsíquicas. Tiene que permanecer siempre aislado y trabajar
para resolver sus propios problemas”, y en otro lugar: “El tera-
peuta debe tomar en cuenta e intentar comprender más bien el
contenido latente de lo que dice cada uno de los pacientes en
particular, que concentrar su atención en el intento de
dilucidar los fenómenos del conjunto”.
Subrayamos nuevamente nuestra diferencia fundamental
con los psicoterapeutas de grupo no analíticos: éstos consideran
al grupo como una suma de individuos que se tratan simultánea
pero aisladamente; y nosotros, como una integración de distintos
elementos, que constituyen una totalidad gestáltica.
Creemos haber mostrado a través de este libro el porqué de
nuestro enfoque. Nos llevó a él la aplicación consecuente y total
del psicoanálisis al grupo con su técnica estrictamente transfe-
rencial y directa. Si interpretamos a los participantes de una
sesión únicamente en función del “aquí y ahora”, todas las res-
puestas provocadas tenderán a integrar al grupo. Pero basta una
sola interpretación individual y no transferencial, p. e. la
explicación de un acontecimiento perteneciente a la historia in-
fantil de uno de los pacientes, para producir un cambio de clima
inmediato. Los demás, sintiéndose excluidos, se distancian o en-
tran en rivalidad con la persona a la cual hemos dedicado nues-
tra atención. Si interpretamos esta situación, el grupo se integra
de nuevo. Si persistimos en interpretar a esta sola persona, los
miembros restantes intentan perturbar a la pareja que estamos
formando con ella o se retiran en silencio, dejando el campo libre.
Aparentemente seguimos entonces frente a un grupo, pero de
hecho estamos realizando un análisis individual, perturbado por
la presencia de varias personas.
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 215

Si diferimos con otros terapeutas en nuestras observaciones


y deducciones de los procesos que ocurren en el grupo, estas
discrepancias son la consecuencia lógica de un enfoque y
manejo diferentes, resultantes de nuestra formación
psicoanalítica. Pero ahora quisiéramos aducir un argumento
más general en favor de nuestra tesis. Al adoptar un criterio de
integración estamos siguiendo la línea actual de interpretación
de los procesos que acontecen en los diversos terrenos. En
biología, Woltereck [69] define el concepto de “organismo” como
algo que “es mucho más que la suma de las partes integrantes”.
En el momento histórico que vivimos, surge cada vez con más
convicción la idea de que el mundo se ha convertido en un todo
indivisible y que cualquier hecho político-social, aparentemente
aislado, es consecuencia de procesos más amplios que
repercuten, a su vez, en el equilibrio total. La física moderna
nos ha demostrado que no existen límites definidos entre los
diferentes elementos, ni entre materia y energía. En términos
generales, nuestro concepto de un mundo estático regido por un
orden inalterable, cedió lugar a otra concepción donde todo es
movimiento, transformación e interacción.
Pero dejemos ahora estos conceptos más generales, para
volver a nuestro planteo central y exponer las experiencias y
deducciones obtenidas por los psicoanalistas a través de su
acercamiento estrictamente transferencial al grupo. Muchos de
ellos se dedican a la psicoterapia de grupo, por ver en ella un
tratamiento complementario del análisis individual, una
terapia de elección en algunos casos y un campo experimental
científico de gran interés.
Resumiremos a continuación el criterio y los trabajos de
tres psicoanalistas —Bion, Ezriel y Foulkes— que han sido los
primeros en conectarse con la terapia colectiva, adquiriendo
vasto renombre.
Foulkes, a través de su primer libro [ 14] sobre el tema, es
viejo conocido nuestro. Este libro nos ha sido muy útil a todos
los que nos iniciábamos en psicoterapia de grupo, entre otras
cosas por establecer con todo detalle las similitudes y
diferencias del análisis individual con el de grupo.
Recientemente ha publicado otro libro “Group Psychotherapy”
[ 13] , escrito en colaboración con E. J. Anthony [ 1]. Su im-
portancia radica en ser el primer texto completo sobre análisis
del grupo y en su utilidad didáctica. En primer lugar lo reseña
216 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

remos para acotar luego los puntos en que concordamos o dis-


crepamos con ellos.
Foulkes y Anthony definen de entrada su posición como
psicoterapeutas de grupo, al decir que consideran al grupo
como a un todo, sin adoptar un enfoque extremista ni usar
términos tales como “mente del grupo”, “temperamento del
grupo”, etc. No ven en el grupo a un nuevo organismo, pero sí a
un “todo social, que es más que la suma de sus partes”. Insisten
en la necesidad de delimitar el alcance y campo de acción del
psicoanálisis y del análisis del grupo, diferenciando
nítidamente las posibilidades de cada uno. Sostienen que la
transferencia no se desarrolla con la misma intensidad en el
grupo que en el análisis individual, por lo cual para las
“neurosis de transferencia” el último es el tratamiento más
indicado. En el análisis individual la transferencia tiene un
carácter regresivo, “vertical” por referirse al pasado, mientras
que en el grupo la transferencia es “horizontal” al desarrollarse
en el plano actual y multipersonal.
Asignan a la psicoterapia analítica del grupo las siguientes
características:
lo) Siete u ocho integrantes se reúnen durante una hora y
media, y se sientan en forma circular alrededor del analista.
2o) Como no se les da un programa a desarrollar ni indica-
ciones precisas, todas las contribuciones surgen
espontáneamente de los pacientes.
3o) Todas las comunicaciones del grupo son consideradas
como equivalentes a las asociaciones libres del paciente en la
situación psicoanalítica.
4o) El terapeuta mantiene una actitud similar a la que
asume el psicoanalista en el tratamiento individual (Es el
objeto de la transferencia) e interpreta contenidos, procesos,
actitudes y relaciones.
5o) Todas las comunicaciones son de importancia central
para la curación y la actividad terapéutica del analista, y se
consideran como partes de un campo de interacciones (la
matriz del grupo).
6o) Todos los miembros deben tomar una parte activa en el
proceso terapéutico total.
Interrumpamos aquí, para comparar, en forma provisoria,
nuestro criterio con los seis postulados básicos de Foulkes. El
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 217

primer punto contiene elementos meramente formales —con los


cuales discrepamos— y un elemento que trasciende lo formal.
Nuestros grupos constan de cinco a ocho miembros —aunque
este número puede varias— y se reúnen generalmente durante
sesenta minutos. No creemos, sin embargo, que ésta sea una di-
ferencia importante. Estamos de acuerdo con Foulkes en consi-
derar conveniente que todos, incluso el terapeuta, se sienten en
círculo; porque esto involucra, inconscientemente, la posibilidad
de hallarse todos a un mismo nivel.
Concordamos con el segundo y el tercer punto. Diferimos en
el cuarto, no en su exposición verbal, sino en su implicación
teórica y práctica. A través del material clínico y las observacio-
nes que los autores hacen sobre la función del terapeuta, vemos
que nuestro concepto de la actitud del psicoanalista, tanto en el
tratamiento individual como en el de grupo, es distinto al de
ellos. Volveremos más adelante sobre este particular.
El quinto punto no nos plantea problemas, si equiparamos el
campo total de interacción (la matriz del grupo) con nuestro
concepto del “aquí y ahora” del mismo; pero también volveremos
sobre este tema.
El sexto punto, que exige la intervención “activa” de todos los
participantes, no es operante dentro de nuestro concepto, ya que
consideramos al miembro silencioso como participante activo del
grupo. A través de su actitud complementa la fantasía común a
todos y cumple una función específica en la interacción del
grupo.
Sigamos con nuestro resumen. Los autores introducen des-
pués varios términos y conceptos provenientes tanto del psi-
coanálisis como de la psicosociología1. Hablan de “situación,
estructura, proceso y contenido”. Definen la “situación” como el
acontecer total en el grupo, fenómeno que está en un constante
movimiento y se centra alrededor de un punto focal: la relación recí-
proca de sus integrantes. La situación es interpretada en tér-
minos de estructura, proceso y contenido. Mientras que la es-
tructura concierne a relaciones relativamente estables, basadas
en los roles de sus integrantes, el proceso es el componente diná-
mico de la situación y puede ser definido como la interacción de
los elementos de ésta en sus relaciones y comunicaciones recípro-

1 Estos últimos son actualmente introducidos también en el psicoaná-

lisis. En nuestro ambiente el Dr. E. Pichón Riviere fue el primero en usarlos.


218 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

cas. A través de la estructura y del proceso se transmite el


con t en id o, que consiste en la suma de actitudes, ideas,
valoraciones, sentimientos, etc. Estructura, proceso y
contenido son tres aspectos de la situación y ofrecen la
posibilidad de una descripción total de los aconteceres en el
grupo.
Después de haber expuesto estos elementos, los autores
nos hablan de las aportaciones del psicólogo social Lewin a la
psicoterapia de grupo. El concepto de t en si ón como
resultante en el grupo del conflicto entre la necesidad
individual y la colectividad, y el término “clima”, usado en el
grupo basándose especialmente en sensaciones
contratransferenciales, provienen de Lewin. Le debemos
además la noción de roles o papeles. Todos estos conceptos han
sido incorporados a nuestra terminología tal como lo
comprueba este libro. Su uso así como el de los otros términos
(situación, estructura, proceso y contenido) junto con los
vocablos psicoanalíticos, denotan la doble procedencia del
análisis de grupo, que emana del psicoanálisis individual y de
la sociología moderna.
En el capítulo siguiente los autores exponen las
características del grupo terapéutico y su técnica
interpretativa. Plantean las diferencias entre el psicoanálisis
individual y el de grupo por un lado, y la psicoterapia general
y la de corte psicoanalítico por el otro. Pero no podemos seguir
pasa a paso el libro de Foulkes y Anthony, porque
repetiríamos conceptos ya expuestos por nosotros o, por lo
contrario, nos alejaríamos demasiado de nuestro tema. Iremos
pues, directamente al material clínico y a la discusión sobre el
papel del conductor (terapeuta) y de la transferencia, para
aclarar la posición de ellos y la nuestra en los planteos más
fundamentales.
Traen primero, como ejemplo clínico, el relato de una escri-
tora que describe, en forma de diario íntimo, su experiencia de
grupo. Aunque este relato puede estar teñido afectivamente, nos
trasmite en forma vivida el desarrollo de las sesiones. Presentan
después otros dos grupos, uno de niños y otro de adolescentes. En
ambos el terapeuta es sumamente pasivo, por momentos casi un
observador, tal como ocurre en los grupos juveniles de Slavson.
Para discutir la técnica de los autores nos basamos en el relato
literario del primer grupo y algunos ejemplos cortos. Al
estudiar este material nos encontramos con ciertas contradic-
ciones que ya nos llamaron la atención en el primer libro de
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 219

Foulkes. Antes de formularlas, resumiremos el concepto de


los autores sobre el rol del terapeuta. Este debe tomar el
papel de un observador que participa ( p a rt i ci p an t
ob server) . Se le exige una actitud analítica, interpretativa,
no directiva ni didáctica.
Estaríamos plenamente de acuerdo, si por p a rt i cip a nt
ob server se entiende que el terapeuta participe, observando
y adoptando una actitud analítica. Pero, ¿cómo actúa este
analista a través de los ejemplos dados? Para Foulkes el
analista debe ser sumamente pasivo, interpretando un
mínimo, recordando la actuación silenciosa del así llamado
analista “clásico”. Nuestra técnica en cambio, tanto en la
situación individual como en la colectiva es mucho más activa.
En el grupo, basándonos en nuestras sensaciones
contratransferenciales, interpretamos la fantasía
inconsciente en sus múltiples manifestaciones. Eso
concuerda, en grandes rasgos, con el criterio de interpretación
de Bion. Bion interpreta en los siguientes niveles: lo que
supone ser la actitud del grupo hacia el analista, la actitud
que el individuo cree que el grupo tiene hacia él y la actitud
que el grupo adopta hacia el individuo. Nosotros
interpretamos de la misma manera, e intervenimos siempre y
cuando podemos formular con claridad nuestras vivencias de
estos procesos. Interpretamos, pues, mucho más, pero en
determinado plano. Mientras que Foulkes y Anthony
interpretan tanto en términos del material individual his-
tórico como del material actual, nosotros centramos nuestra
interpretación en el “aquí y ahora” del grupo. Para estos
autores la transferencia abarca solamente una pequeña parte
de lo expresado en el grupo, porque toman dicho término en
su sentido más limitado de repetición del pasado. Nosotros lo
entendemos en su sentido más amplio, de vivenciar
nuevamente el pasado, a través de la situación de grupo. Este
campo operacional se configura por la interacción del
terapeuta y los integrantes, modificándose constantemente.
Éstas constituyen las diferencias conceptuales entre
dichos autores y nosotros. Además tuvimos la impresión, a
través de la lectura atenta del material clínico presentado en
ambos libros, que existe una discrepancia entre su enfoque
teórico y sus aplicaciones prácticas. Concretamente: mientras
que en teoría abogan por una actitud meramente
interpretativa del terapeuta, en la práctica usan también
elementos pedagógicos, de apoyo o explicativos, cediendo casi
totalmente a los miembros del grupo el papel interpretativo.
220 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

Los capítulos finales del libro de Foulkes y Anthony están


dedicados a la discusión de los mecanismos terapéuticos, al
concepto del “grupo como un todo” y al valor de la
comunicación y verbalización (enfoque al que ya nos hemos
referido. Estos planteos son de sumo interés; pero el material
clínico, aunque expuesto en forma muy vivida, decepciona por
el nivel de las interpretaciones.
Veamos ahora el criterio de otro psicoanalista que se
acercó como tal al grupo; se trata de Bion 1 [3] [4], cuyos
conceptos ya hemos referido varias veces. Dada la
importancia de su aporte a la psicoterapia psicoanalítica del
grupo, creemos útil resumirlos una vez más.
Un enfoque estrictamente transferencial permitió a Bion
concebir el grupo como una totalidad psicológica cuyas
expresiones podían ser influidas e interpretadas por el
terapeuta. La técnica que aplicó al grupo en su esencia, es
conocida por el lector de este libro. Bion no dirige el grupo,
sino que se limita a interpretar los fenómenos emergentes
como un acontecer global del grupo o de partes del mismo en
función del todo. Creó así un nuevo campo operacional que le
permitió realizar ciertas observaciones sobre las que basó su
teoría con respecto al grupo. Ésta involucra una hipótesis:
todo grupo tiene dos tipos de actividades: una racional,
consciente, que tiende a cooperar, y la otra, en franca
oposición con la primera, que se caracteriza por su
emocionalidad intensa, su irracionalidad y su emergencia,
que se produce en cuanto se forma el grupo. En suma: no
puede disimular su pertenencia al inconsciente. Bion propone
el término va l en cia para este tipo de actividad emocional y
lo define como “la capacidad de un individuo de entrar en una
combinación instantánea e involuntaria con otro, para
compartir y actuar sobre el plano de un supuesto básico”.
Cada supuesto básico, (S. B.), tiene como líder a aquél que
mejor interpreta y simboliza sus necesidades actuales correspon-
dientes. Los S. B. varían en forma irregular, sin coexistir, ni mez-
clarse. Bion distingue tres S. B. El de dependencia, en el cual el
líder es idealizado como una deidad, de la que se espera un
alimento milagroso; el de lucha y fuga, bajo cuyo dominio el
grupo, o una parte de éste, reacciona frente a un enemigo co-

1 Tomamos la mayor parte de esta reseña de un artículo escrito por uno de

nosotros, Emilio Rodrigué [51].


DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 221

mún. Pero mientras que estos dos S. B. representan manifes-


taciones instintivas primarias, el tercer S. B. parece mucho
más elaborado y presenta características complejas. Bion lo
llama de “apareamiento”. Cuando está en actividad, los
miembros del grupo mantienen una actitud de expectativa
esperanzada frente a una pareja, suponiendo que de su
“unión” resultará un fruto maravilloso y liberador. El líder de
este S. B. es a veces personificado —como p. e. en el grupo de
mujeres estériles, pág. 108—, pero más a menudo está
representado por una idea, o un ideal.
Cuando el grueso se ve en peligro de desintegración, el S.
B. de dependencia entra en juego. Si falta un líder adecuado
en este momento, el grupo intenta sustituirlo, recurriendo a
su tradición. Sus miembros tratan de darse valor
mutuamente, reconstruyendo la historia del grupo y creando
su biblia. El peligro de desintegración es sentido cada vez que
se esboza la posibilidad de un cambio en el grupo, ya sea a
través de las actividades pertenecientes al S. B. de lucha-fuga
o pregonado por los ideales mesiánicos, concomitantes al S. B.
de apareamiento.
Quedaría todavía por exponer otros problemas planteados
por Bion, p. e. cómo se efectúa la transición de un S. B. a otro;
o sus investigaciones sobre el lenguaje simbólico en el grupo.
Pero nos detendremos aquí, por haber expuesto ya lo central
de su teoría. Repetimos que su gran mérito ha sido el enfoque
especial que le dió al grupo, lo que le permitió demostrar por
primera vez que sus manifestaciones eran interpretables.
Pero su teoría es discutible y necesita ser modificada en base
a una mayor experiencia.
Uno de nosotros [51] destacó la desigualdad de los S. B.
Mientras que las dos primeras son manifestaciones
primitivas, observables, también fuera del grupo, en
situaciones colectivas y en un campo bipersonal, el S. B.
“apareamiento” parece ser la elaboración específica del grupo
de una fantasía de escena primaria. Por lo tanto se le podría
negar su carácter básico o, de admitirlo, incluir también otras
situaciones típicas, pero complejas, entre los supuestos
básicos. En contraste con Bion, pudimos observar la
coexistencia de diferentes S. B.
No seguiremos con la discusión. Quisimos señalar solamente
nuestras objeciones, al lado de nuestro reconocimiento del ca-
rácter eminentemente práctico de los descubrimientos de Bion
222 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

como guía inicial en el trabajo de grupo. Él mismo concuerda


con nuestro enfoque, en su última publicación [ 4], señalando
la línea de investigaciones futuras. Dice que, aunque la
hipótesis de los S. B. haya sido una ayuda valiosa para
ordenar el material, a primera vista algo caótico del grupo,
investigaciones ulteriores tendrán que aclarar muchos
puntos.
Es menester comprender la vinculación existente entre
las ansiedades tempranas y los S. B. que, según opina Bion
actualmente, emergen como formaciones secundarias de
relaciones primitivas con objetos parciales. Destaca que en
grupos angustiados prevalecen mecanismos psicóticos y
fantasías sumamente primitivas, centradas en la escena
primaria, mientras que en los grupos estables, los
mecanismos activos son neuróticos. Esto confirma entonces la
descripción que hizo Freud del grupo como repetición de la
constelación familiar.
Veamos ahora los conceptos de otro psicoanalista. Henri
Ezriel [8], que como Foulkes y Bion proviene de la Tavistock
Clinic. Comparte en general las opiniones de Foulkes. Se
limita muy estrictamente al rol interpretativo del analista y
lo cumple consecuentemente en el plano del “aquí y ahora”.
Ezriel destaca en todas sus publicaciones la posibilidad de
aplicar el enfoque transferencial tanto en el análisis
individual como en el de grupo, a todo el material aportado
por los pacientes.
Concuerda con Lewin en prescindir totalmente de
interpretaciones genéticas-históricas y ve la posible operancia
de las mismas en la medida en que contengan elementos
actuales, pertenecientes a la relación interpersonal entre
terapeutas y pacientes.
Frente a toda manifestación en el grupo o en el
tratamiento individual se pregunta: ¿Qué lo lleva a decir o
hacer tal cosa en mi presencia en este momento? Sostiene que
cada persona intenta imponer a los demás un papel para
establecer la relación objetal interna que desea. Podrá hacerlo
si los demás le siguen en su “juego”; es decir siempre que su
fantasía concuerde en algo con las fantasías inconscientes,
dominantes en ese momento, de los demás. Esto constituye el
denominador común que causa la tensión del grupo.
Ezriel desarrolla una teoría de la interpretación válida tanto
para el análisis individual como para el de grupo, basa- da en la
hipótesis de que el paciente adopta una actitud determinada para
evitar otra que —en su fantasía— le acarrearía consecuencias ca-
tastróficas. Así, por ejemplo, un paciente adopta una actitud su
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 223

misa hacia el terapeuta para evitar que surja la actitud rebelde,


puesto que esta última provocaría una actitud retaliatoria o ani-
quilaría al analista. La interpretación, al señalar esta secuencia,
actúa como un test de realidad para el paciente, demostrándole
la falta de fundamentos en sus fantasías y temores
inconscientes.
Ezriel, al enfocar el grupo y el paciente individual de la
misma manera interpretativa, nos demuestra la validez de la
técnica psicoanalítica en su aplicación a la situación colectiva.
Pone fin, además, a la vieja discusión de si el llamado “material
profundo” podía ser visto e interpretado en grupos.
Aunque estamos de acuerdo con sus opiniones tenemos, con
todo, una objeción que hacerle. Al actuar exactamente de la
misma manera en el análisis de grupo que en el individual,
Ezriel prescinde de una parte importante de la situación. Se ve
llevado a enfocar el problema de una persona que representa el
denominador común del grupo y a centrar todo el proceso
interpretativo sobre ésta, omitiendo la interpretación de los
mecanismos propios del grupo, ya que, por supuesto, éstos no
existen en el análisis individual.
En el mismo plano, discrepamos con Ezriel en la considera-
ción del proceso curativo. Ezriel lo ubica tanto en el análisis
individual como en el colectivo en los efectos de las interpreta-
ciones mutativas1. Opinamos que, aunque este concepto es abso-
lutamente válido para el análisis individual, en la psicoterapia
de grupo se transforma en un proceso mucho más complejo. Tam-
bién en el grupo las interpretaciones del terapeuta, referidas al
“aquí y ahora” de la situación, conducen a los pacientes a esta-
blecer un cotejo entre sus fantasías y la realidad. Esto favorece
que cada uno de los integrantes logre ver al analista como un
objeto real, diferente de sus objetos arcáicos. Pero,
si mu l t án ea men t e, los otros participantes del grupo asumen,
para el paciente, el papel de estos objetos internos.
Consideramos que de este contraste y de esta interacción entre
la dramatización de los objetos internos y las interpretaciones

1 Este término fue acuñado por James Strachey [ 63]. Este autor, basán-

dose principalmente en los estudios sobre introyección y proyección de


Melanie Klein, define como única interpretación operante la que tiene un
efecto mutativo sobre los objetos arcáicos del paciente, al permitir la
diferenciación de la figura del analista como objeto real externo de la del
objeto interno fantaseado. De este modo le sirve de test de realidad.
224 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

del analista, se origina el dinamismo específico de la psicoterapia


de grupo y el desarrollo más rápido del juicio de realidad en los
participantes.
Llegados al final de este libro, quisiéramos resumir una vez
más nuestra forma de trabajar, enumerando los diferentes tipos
de interpretación que utilizamos:
a) Interpretamos al grupo como un todo al señalar el clima
emocional con sus oscilaciones y las fantasías
subyacentes.
b) Interpretamos en función de roles, por considerar que és-
tos están en función de una situación o de un sentimiento
común al grupo.
c) Interpretamos la actitud y las fantasías del grupo hacia
una persona —ya sea ésta un participante del grupo o
no— y hacia el terapeuta.
d) Interpretamos en términos de subgrupos como partes
complementarias de un todo, como índice de
desintegración de ese todo y como dramatización de las
fantasías inconscientes.
e) Interpretamos en función del “aquí y ahora”, cuyo campo
está configurado por la interacción y sobreposición de las
creencias y actitudes de cada uno de los integrantes hacia
el grupo como una totalidad, hacia los otros miembros y
hacia el terapeuta.
Finalmente, a través de nuestra actitud interpretativa, asu-
mimos plena y conscientemente nuestro rol de analistas del
grupo.
RESUMEN
En este capítulo se trata sobre: a) la historia del movimiento
psicoterapèutico argentino; b) la literatura más importante en
este tema; y c) el criterio de interpretación de los autores de este
libro.
Los primeros grupos terapéuticos fueron organizados en el
Hospital de Neuropsiquiatría de Buenos Aires, siendo tratados
según las técnicas de Schilder y de Slavson.
En 1952, dos psiquiatras argentinos, a su regreso de
Londres, introdujeron los conceptos del núcleo de psicoanalistas
de la Tavistock Clinic sobre la terapia colectiva. Se organizó un grupo
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 225

de estudios así constituido por psicoanalistas, que se reunían re-


gularmente para discutir y controlar sus trabajos.
Posteriormente dicho grupo formó la Asociación Argentina de
Psicología y Psicoterapia del Grupo, la que desde 1954 está
afiliada a la Asociación Americana.
Una vez integrada dicha Asociación, se dedicó a propagar el
nuevo método terapéutico por medio de cursos, conferencias, etc.
La amplia divulgación obtenida se comprueba por el hecho de
que en la actualidad no sólo se lo utiliza en el tratamiento de todo
tipo de pacientes y en muchos hospitales, sino también en el
interés que ha despertado en los campos de la Sociología y de la
Psicología.
Literatura
Paul Schilder fué uno de los psiquiatras pioneros en la tera-
pia colectiva. Su enfoque es ecléctico, ya que está constituido por
elementos extraídos del psicoanálisis, la biología y la filosofía.
Considera que la psicoterapia de grupo es complementaria de
la individual, prescribiéndolas simultáneamente. Centra el
proceso terapéutico en la obtención del i n sig h t de sus pacientes.
Con este fin analiza los sueños, síntomas e ideologías del
paciente, enfocando al grupo como una serie de individuos que
deben ser tratados simultánea pero individualmente.
Otorga especial importancia a los prejuicios ideológicos, con-
siderando que los pacientes, al comprender los errores en su
concepción del mundo, modificarán su conducta. Por tal motivo el
terapeuta debe exponer también sus puntos de vista en el grupo,
lo que facilitará la adquisición del i n si gh t. Comprueba los re-
sultados terapéuticos, comparando la historia escrita de su vida,
que el paciente entrega al terapeuta antes de ingresar al grupo, y
la versión corregida que le entrega al salir de él.
Se le critica que en la práctica orienta al grupo, señalando el
tema a discutir y exponiendo su propia ideología; fomentando así
un in si gh t intelectualizado y la dependencia de sus pacientes.
Slavson es también un pionero en este campo. Considera que
su terapia es analítica porque maneja la transferencia, interpre-
ta los contenidos latentes y se vale de la descarga catártica.
Su concepto de la psicoterapia es estático. Fundamentalmente
equipara al grupo con la constelación familiar. Los pacientes
proyectan sobre el terapeuta la figura paterna, sobre el grupo
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
226

como entidad la figura materna, representando los demás miem-


bros a los hermanos.
Selecciona cuidadosamente a los integrantes con el objeto de
formar un grupo homogéneo. Se concentra en el individuo,
interpretando sus conflictos y nunca los mecanismos del grupo.
Los demás integrantes mejoran en la medida en que pueden
identificarse con él. Evita las manifestaciones de la transferencia
negativa, orientando la discusión. Renuncia por lo tanto a hacer
uso de la contratransferencia.
Entre los psicoanalistas que se han interesado por la psico-
terapia de grupo los más conocidos son Foulkes, Bion y Ezriel.
Foulkes, en los dos libros que ha publicado sobre el tema,
establece las limitaciones y posibilidades específicas de la terapia
individual y de la colectiva. Enfoca al grupo como un todo en el
que la transferencia se desarrolla en un plan actual y múltiple.
Considera que para lograr su curación es necesaria la participa-
ción activa de todos sus integrantes.
Bion a través de su enfoque transferencial percibe al grupo
como un todo, considerando que el conjunto de sus expresiones
pueden ser interpretadas y modificadas por el terapeuta. Sostie-
ne que en todo grupo existen dos tipos de actividad mental; una
es consciente, racional y tiende a cooperar con el terapeuta. La
otra es inconsciente, irracional, y se caracteriza por la intensidad
de sus emociones: se origina en el mismo instante en que se
forma el grupo. De ella surgen los supuestos básicos ya descritos.
Se han destacado las diferencias existentes entre los S. B. de
dependencia y lucha-fuga, con el S. B. de “apareamiento”. Los dos
primeros son manifestaciones primitivas, observables en todos
los terrenos; el tercero, en cambio, parecería ser producto de la
elaboración de una fantasía inconsciente, específica del grupo,
sobre la escena primaria. Bion, en su último trabajo, reconoce la
necesidad de investigar más profundamente la relación de estos
S. B. con las ansiedades paranoides.
Ezriel coincide con los conceptos de Bion, en su enfoque es-
trictamente transferencial. Sostiene que cada integrante del
grupo trata de ubicar a los demás en un rol que concuerde con sus
fantasías inconscientes; el cual será desempeñado sólo si entra
en el común denominador de las fantasías del grupo en ese mo-
mento. Opina, también, que toda persona adopta una actitud
para evitar otra, que en su fantasía inconsciente le traería conse-
DEFINICIÓN DE NUESTRO ENFOQUE 227

cuencias catastróficas. En este sentido la interpretación del


terapeuta actúa como un test de realidad.
Dice Ezriel que los factores terapéuticos, tanto en el grupo
corno en el análisis individual, radican en las
interpretaciones mutativas, equiparándolos totalmente en
ambos métodos.
Finalmente los autores de este libro resumen el criterio
interpretativo que les guía en la terapia colectiva. Interpretan
los roles y los sub-grupos, en función del grupo como
totalidad. Interpretan las fantasías y actitudes del grupo con
respecto al terapeuta y los demás integrantes, tanto fuera
como dentro del grupo. La interpretación se hace dentro del
contexto del “aquí y ahora”, que se configura por la
interacción de las fantasías inconscientes y actitudes
individuales que allí surgen. Asumen el rol de analistas del
grupo, a través de su función específicamente interpretativa.
INDICE ALFABETICO

ACERCAMIENTO transferencial al ANGUSTIA, situaciones de, en la


grupo: 211 primera sesión: 82
ACKERMAN, N.: 127 ANGUSTIAS Psicóticas: 100
“ACTING - OUT”: 135, 137, 138, 194 ANSIEDADES: 55
ACTITUDES infantiles en el grupo, — del grupo: 63
aparición de: 64 — depresivas: 120
— preverbales: 181 — psicóticas: 154
ACTIVIDADES Mentales del grupo: — tempranas: 218
216 ANTHONY, E. J.: 123, 211, 214,
ACTUACIÓN por el grupo: 35 216
ADLER, A.: 205 “APAREAMIENTO”: 102, 217
— situación de:
AGRESIÓN en los grupos: 97, 125,
126, 153, 160 “A PUERTAS CERRADAS”: 52, 55,
124, 126, 132
— fuera del grupo: 115
— proyección de la: 111
“AQUÍ Y AHORA” de la transferen-
cia: 50
AMBITO Psicológico: 160, 161
AMBIVALENCIA: 97, 166 — del grupo: 142, 152, 161, 210,
213, 215, 219
— afectiva: 166, 167
— de una situación: 28, 29, 47, 50,
ANÁLISIS de grupo: 118, 172
113, 157, 158
— de parejas: 192, 193
ASOCIACIÓN Argentina DE Psicología
— de psicóticos: 80
y Psicoterapia DE Grupos:
— de sueños: 204, 208 .
202
— didácticos: 186
— libre: 204, 206, 207, 212
— individual: 212, 219 ASPIRACIÓN del grupo: 91
— infantil: 80, 81 AUSENCIA de una parte del grupo:
ANALISTA: 29, 38
121, 180
— interpretaciones del: 140, 219
AUTOIDEALIZACIÓN: 136
— social: 189, 192
ANGUSTIA: 82, 91, 93, 98, 113, 154
BARANGER, M.: 165
157
BATESON, J.: 123
— alivio de la: 55
“BIBLIA” del grupo: 127, 201, 217
— de lo desconocido: 84 BION, W. R.: 51, 55, 88, 89, 90, 91,
— en el grupo: 84, 94 102, 112, 127, 140, 153, 161, 180,
— aumento de la: 85 201, 211, 216, 217
— manifestaciones de: 82 — criterio de interpretación de:
— persecutoria: 99, 162 215
PSICOTERAPIA DEL GRUPO
230

CAMBIOS, carácter, traumático de los: CONTRATRANSFERENCIAL, reacción:


32 148
— emocionales en el grupo: 103 CONTRATRANSFERENCIALES,
— reacciones frente a los: 32 dificultades: 208
CAMPO psicológico: 60 —- sensaciones, en el terapeuta: 138,
— transferencial : 160, 161 214
CARACTERÍSTICAS diferenciales de la CUERPO-MENTE: 44
terapia de grupo con respecto al — disociación: 112, 113
análisis individual: 64 CUERPO y mente, interrelación
CATARSIS: 208 entre : 25
CAUDILLO del grupo: 96 CUESTIONARIOS: 205, 207
CELOS: 141, 142 CULPA:
CENTRO de “Relaciones humanas”: 193 — edípica: 55
CÍRCULO neurótico del grupo: 154 — negada: 53
CLAUSTROFOBIA: 114 — sentimiento de: 48, 53, 119, 136,
CLIMA: 214 138, 148, 151, 180
— cambio de: 60, 111, 115, 117 152, — superación de la: 53
209 — vivencia de la: 53
— de comprensión: 65
— de tolerancia y solidaridad: 133 CHARCOT, J. M.: 23
COHESIÓN del grupo: 60 “CHIVO emisario”: 119, 170, 171
— factores de la: 65 “DAR y recibir”: 151
COMPLEJO edipico: 44, 55, 57, 208 DARWIN, C.: 18, 19
COMPULSIÓN a la repetición: 46, 47", DEFENSAS: 98
48 — mecanismos de: 55
“COMÚN denominador” de las ten- — típicas del grupo: 83
siones: 150, 158, 219 “DELATOR”: 138
COMUNICACIÓN en el grupo: 64, 65, DELLAROSSA, A.: 171
123, 212 DEPRESIÓN: 67
— no verbal: 159
DESINTEGRACIÓN colectiva: 148, 180
— verbal: 159
— peligro de: 188, 217
“CONDUCTA Psicòtica” del grupo: 180 DESPERSONALIZACIÓN: 63, 91, 93
CONFLICTO adulto: 100 “DISCUSIÓN Flotante”: 204, 207
— familiar: 170 DISOCIACIÓN cuerpo - mente: 112,
CONFLICTOS con el otro sexo: 66 113
— de rivalidad y envidia: 94 — esquizoide del yo: 99
CONFUSIÓN: 61 DRAMATIZACIÓN del juego: 183
CONSTELACIÓN dinámica colectiva: — de los objetos internalizados: 219
154 — tendencia a la: 111, 149, 153, 156,
— edipica: 43 172
— niño-madre-padre: 42 DURKHEIN, E.: 28
CONSULTA al grupo: 136
CONTENIDO: 213, 214 EDIPO, complejo de: 44 196, 208
CONTENIDOS latentes: 208 ELEMENTOS activos del grupo: 152
CONTINUIDAD de un grupo: 109 — curativos: 147
CONTRATRANSFERENCIA :112, 123, ENEMIGO intragrupal: 97
159, 163, 207, 209, 215 ENVIDIA: 54, 126, 139, 142
— importancia de la: 164 — a la madre: 139
— al padre: 53
INDICE ALFABETICO 231

ENVIDIA del pecho: 140 FIGURA perseguidora y castradora:


— y rivalidad en el grupo: 34, 126, 111
139 FLUCTUACIONES en el grupo: 151
ESCENA primaria, fantasía de: 217 FONTANA, A.: 171
“ESPERANZA Mesiánica”: 112 FOULKES, S. H.: 64, 67, 82, 123,
ESQUEMA corporal del grupo: 128 155, 172, 204, 207, 211, 212, 214,
— cambios del: 129 216
ESQUIZOFRENIA: 99 FRANK, J. D.: 61, 73
ESQUIZO - PARANOIDE, posición: 94, FRANKFORT, H. y H. A.: 15
98, 119 FREUD, S.: 19, 23, 24, 25, 28, 29, 42,
ESTÉRILES, grupo de: 110 43, 44, 46, 47, '51, 53, 55, 80, 98,
ESTRUCTURA del grupo: 84, 213 123', 136, 137, 139', 149, 203, 218
— necesidad de: 86 FRUSTRACIONES: 142
— emocional de dependencia: 91, 94 GANZARAIN, F.: 189
— social, complejidad de la: 85 GARCÍA REINOSO, J. DE: 171
ESTRUCTURAS emocionales primiti GARMA, A.: 179
vas: 53 GARRAHAN, J. P.: 184
ESCUELA nominalista: 26 GESTALT: 50, 127, 158, 168, 180,
-— realista: 26 210
EXPERIENCIAS infantiles primeras: — leyes de la: 161
46 GLACIER METAL COMPANY: 190
EXPRESIÓN verbal, significados de la: GRINBERG, L.: 129, 132
118 GRUPO:
EZRIEL, H.: 51, 61, 150, 158, 169, 211, — “abierto”: 71
218, 219 — “cerrado”: 71
FÁBRICA como grupo representativo, — características del: 71
la: 191 — como una Gestalt: 38, 53
FAMILIA: 41, 45 — totalidad psicológica: 216
FANTASÍA común: 62 — unidad: 208
— de escena primaria: 217 — un todo: 38, 51, 172, 210,
— del pecho: 140 212
— terrorífica del grupo: 180 — comunicación en el: 64, 65
FANTASÍAS: 92, 137, 219 — concepto de: 168
— de agresión: 152 — continuidad de un: 109
— de destrucción: 152, 179 — de niños: 182, 214
— de reparación: 179 — desarrollo del: 123
— inconscientes: 98, 131, 168, — de estériles: 110
218 — en apareamiento, líder del: 90
— infantiles: 43 — en dependencia: 92, 93
— primitivas: 218 — en regresión: 132
— realización mágica de las: 152, — esquema corporal del: 128
153 — extra familiar: 45, 46
— regresivas: 94 — fabril y terapéutico, diferencia
— reprimidas: 156 entre: 192
FENÓMENO bipersonal: 104 — familiar: 41, 42
— individual en el grupo: 104 — hospitalario externo: 110
— transicional: 67 — infantil, fantasía básica del: 183
232 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

GRUPO, integración de un: 109 172, IDEALIZACIÓN: 92, 126, 140


184 — del terapeuta: 33, 92, 136
— posición esquizoide del: 100 IDENTIFICACIÓN: 33, 141, 149,
— preformado: 115, 131, 187, 188, 150, 180
191 — introyectiva: 148, 150, 156,
— preparación del: 37 168, 172
— psicológico, equivalente de la — mecanismos de: 151, 154, 162,
expresión del: 71 196
— psicosomático: 110, 178 — procesos de: 168
— real: 150 — proyectiva: 87, 104, 148, 151,
— representativo:191 172, 156, 168
— social: 48 IDEOLOGÍAS de los pacientes: 204,
— tensiones del: 158 205
— terapéutico: 48, 49, 59, 151, 187 — en conflicto: 206
— característica diferencial es — neuróticas: 206
pecífica : 154, 214 IMAGEN del padre: 209
— falta de estructura del: — ideal: 54
91 — negativa: 74
. — positiva: 74
— función del: 67, 89 IMPOTENCIA sexual: 194
— unificación del: 37 IMPULSOS: 42, 101
— agresivos: 142
GRUPOS angustiados: 218 — destructivos: 94, 96
— clasificación de los: 178 — instintivos: 162
— con personalidades contrastan- — orales: 44
tes : 67 INICIACIÓN, reglas de: 128
— constitución de los: 65, 66, — ritos de; 133
184 INCONSCIENTE: 24
— de experiencia: 184, 185, 186, INDIVIDUALIDAD, pérdida de la: 91,
193 93, 131
— de hipertensos: 180
— desparejos: 66 INDIVIDUO - SOCIEDAD: 44
— especiales: 177, 178 — y ambiente, relación entre; 25
— fabriles: 189 — y grupo, analogía entre: Í27
— heterogéneos: 67, 177 “INFANCIA” del grupo: 157
— homogéneos: 37, 177 INHIBICIÓN: 64
— iniciación de los; 61 INSIGHT: 47, 49, 53, 55, 68, 97, 109,
— mixtos: 65 111, 112, 117, 118, Í24, 126, 133,
— psicosomáticos: 178 141, 156, 158, 164, 165, 172, 196,
— psicóticos: 180, 182 204, 205, 208
— reducidos: 31 — desarrollo y consolidación de: 166
— sin líder: 89 — función terapéutica del: 165
— valor didáctico de los: 185 — importancia del: 165
— incrementación del: 165
HABLAR: 118 INSTINTO: 25
HARTMANN, H.: 27 INTEGRACIÓN de un grupo.: 109
HOMOSEXUAL manifiesto: 69 — con síntomas comunes: 179
HONORARIOS, pago de: 134 INTEGRANTES del grupo, número de:
HOSTILIDAD, manifestaciones de: 70
110, 112, 126 — rivalidad entre los: 113
INDICE ALFABETICO 233

INTEGRANTES, roles de los: 168 LÍDER, conducta del: 87, 88


— control del: 88
— selección de los: 37
— en apareamiento: 90
INTENTOS de reparación en el grupo:
— de subgrupos: 112
53, 54
— emergente: 95
INTERPRETACIÓN: 36, 37, 51, 80, 124,
en función del grupo: 88
140, 156, 219
— grupos sin: 89
— apropiada para el grupo, 158
— idealizado: 95, 216
— aspectos específicos de la: 157
— inicial del grupo: 84, 86
— de la situación en un grupo: 54,
55 — naturaleza y función del: 88
— gestáltica: 158 — operacional: 95
— mutativa: 218 — “regresivo” del grupo: 70
— validez científica de la: 158 — “sancionado”: 95
INTERPRETACIONES: LIDERAZGO: 72
— calidad de las: 157 — problema del: 116
— cantidad de las: 157 LINTON, M.: 168
— forma de las: 157 LOCURA, temor a la: 110
— oportunidad de las: 157 LUCHA y fuga, posición de:
— transferenciales: 158 MADRE rígida y prohibitiva: 163
INSTROSPECCIÓN: 29 — vínculo ideal con la: 54
INTROYECCIÓN: 44, 149, 150, 219 MANÍA: 126
JACQUES, E.: 154, 190 MARSH, L. C.: 34
JONES, E.: 44 MARX, K.: 18, 19
JUEGO colectivo: 183 MATRIZ del grupo: 212
— del niño: 81 MECANISMOS de apareamiento: 104
— de relaciones intragrupales: 172 do curación: 72
— técnica de: 81 — de defensa: 55, 93', 97, 99, 157,
JUEGOS prohibidos: 138 188
KLAPMAN, J. W.: 36 — de homogeinización: 97
KLEIN, J.: 88 — de identificación: 196
KLEIN, M.: 35, 44, 55, 81, 97, 98, — primeros: 98
99, 139, 140, 219 — neuróticos: 218
KOFFKA, K.: 71 — primitivos: 97
KOTROV, B.: 32 — propios del grupo: 219
KRAFF, E.: 201 — proyectivos: 165, 196
LANGER, M.: 110 — psicóticos: 218
LANGER, S. K.: 17, 20 — terapéuticos del grupo: 156
LES JEUX SONT FAIT: 47 “MENTE del grupo”: 212
LEWIN, K.: 214, 218 MICROSOCIOLOGÍA: 30, 31, 32, 38,
LIBRE expresión, estimulación de 185
la: 183 MIEDO: 112
LÍDER: — frente al terapeuta: 94
— agresivo: 110 MILNER, M.: 160
— características de deidad del: MOM, J.: 171
89 MORAL específica del grupo: 135
— de caudillo del: 90
MORENO, T. C.: 35
MOGRAN, J.: 201
— generales del: 88
MULTIPLICIDAD de rapports: 160
234 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

MUNDO exterior: 41, 44, 101, 164, OMNIPOTENCIA, disminución de la: 101
167 PACIENTE “borderline”: 70, 128
— interno: 44, 101, 164, 165 PACIENTES, ideologías de los: 204, 205
— del niño: 45, 99 — neuróticos, grupo de: 93
— real: 172, 204
PADRE cariñoso: 163
MURCHINSON, J. C.: 85
NECESIDAD de reparar: 115 PÁNICO inicial en el grupo: 85
NECESIDADES corporales: 43 PARALELO con el análisis individual:
NEGACIÓN: 165 172
— de la culpa: 103 — entre la obra de Sartre y el
“NEUROSIS de destino”: 47 terapéutico: 48, 54
— edípica: 208 PAREJA: 192
— tipos de: 69
— en el grupo, la: 102, 103
— transferenciales: 69, 212
NEURÓTICO, el: 123 — terapeuta-observadora: 163
NEWCOMB, T. M.: 59, 85, 168 PARTICIPANT observer: 215
NIÑOS agresivos: 184 PASIVIDAD: 67
— grupos de: 214 PATRÓN particular de actuación del
NORMAS: 127; 133 grupo: 171
— sociales: 156 PECHO creador: 140
“NOSOTROS”: 71 — de la madre: 43
NÚMERO de integrantes del grupo: “PERSONIFICACIÓN lúdica”: 35
70
OBJETOS: 99 PICHÓN RIVIERE, E.: 203, 213
— de la transferencia: 212 POSICIÓN
— ideal: 186 — de dependencia: 94
— relaciones de: 43 — de lucha y fuga: 95, 97
— reparación del: 101 — depresiva: 98, 100, 101, 102, 117,
— responsabilidad por el: 101 133, 172
OBJETOS arcaicos: 219 — esquizoide del grupo: 98
— internalizados: 165
— esquizo-paranoide: 9.4, 98, 119
— buenos: 99, 118 POSICIONES ideológicas en el grupo: 206
— externos: 132
POWDERMAKER, F. B.: 61, 73
— integración de: 101
— internos: 28, 45, 219 PRATT, J. H.: 32, 33
— recuperación de los: 50 “PREPARACIÓN” del grupo: 37
— malos: 99 PRIMER Congreso Internacional de
— primarios: 50 Psicoterapia de grupo de Toronto: 202
— reales: 219 — Argentino de Psicoterapia: 202
— relaciones de: 150 “PRINCIPIO de placer”: 46, 98
— “transicionales”: 167 PROCESO terapéutico, objetivos del:
OBSERVADOR: 72, 73, 163
165, 213
— ausencia ocasional del: 74
— función del: 73, 202
PROGRESO en el grupo: 154
OBSERVADORES, rol de los: 73 PROYECCIÓN de la agresión: 111
PROYECCIONES: 38, 113, 149, 150,
— significados de los, para los
pacientes: 74 169, 219
ODIO a los padres: 51, 209 PSICOANÁLISIS: 27, 150
INDICE ALFABETICO 235

PSICOANÁLISIS: contribución del, a RELACIONES interpersonales: 43, 45,


la sociología: 27 188
— individual: 61 — objetales del niño, primeras: 165
PSICOANALISTA, el: 61 SEPARACIÓN de lo destruido: 118
PSICODRAMA: 35 — deseo de: 172
PSICOLOGÍA bipersonal: 31 — intentos de: 53, 54, 57, 126, 153
— dinámica: 30 — necesidad de: 151
— multipersonal: 31 — proceso de: 112
— social: 31, 180 — tendencia a la: 162
— unipersonal: 31 — REPETICIÓN, compulsión a la:
PSICOMETRÍA: 189 46, 47, 48, 124, 137, 152
PSICOSIS somática: 180 “REPETICIONES de destino”: 156
PSICOTERAPIA individual: 204 REPRESENTACIONES internas: 167
— de grupo: 50, 68, 185, 202 RESISTENCIA: 80, 157
— campos de aplicación de RESNIK, S.: 182, 201
la: 178 RIGIDEZ en el grupo: 181
— como complemento del ana- RIVALIDAD entre los integrantes del
lisis individual: 68 grupo: 113, 126
— necesidad de la: 204 — frente al padre: 53
— razones prácticas para la 68 RODRIGUÉ, E.: 89, 164, 184,
— revisión histórica: 32 201, 217
PSICÓTICOS: 69 ROL fijo: 72
— análisis de: — prescripto: 169
— capacidad de transferencia de ROLES: 214
los: 181 — cambio de: 120
PUNTO de urgencia: 164 — de la situación triangular: 196
“RADAR”, función: 170, 171 — en el grupo: 168, 169
RASCOVSKY, A.: 179 — naturaleza y función de los: 170
RAZÓN terapéutica del grupo: 148 — sociales: 60
“REACCIÓN de espejo”: 155 — típicos: 170
“REACCIÓN terapéutica negativa”: RUESCHS, T.: 123
139, 140, 142 RUSSELL, BERTRAND: 19
REACCIONES interporsonales del SARTRE, J. P.: 47
grupo: 160 SCHILDER, P.: 36, 61, 201, 202, 203,
REALIDAD, adaptación a la: 181 204, 205, 206, 207
— juicio de: 219, 220 SCHMIDL, F.: 158
— psíquica interna: 167 SEGAL, H.: 101
RECUERDOS: 128 SELECCIÓN, criterio de: 66, 210
REGRESIÓN a la posición “esquizo- SENSACIONES contratransferencia-
paranoide”: 99 les: 112
— fenómeno de: 91, 167 SENTIDO de realidad externa: 101
REGRESIVO, miembro: 124, 125 — interna: 101
RELACIÓN edípica: 43 SENTIMIENTO de culpa edípico: 54
— objetal interna: 218 SENTIMIENTOS en el grupo: 33, 34,
— “sujeto-objeto”: 16 126
— transferencial: 69, 186 — infantiles del grupo: 182
— bipersonal: 158
236 PSICOTERAPIA DEL GRUPO

SESIÓN, duración de la: 70 SUPUESTOS básicos: 89, 90, 153, 216


— primera: 82 — cambios de los: 181
— situaciones de angustia de — de apareamiento: 90
la: 82 — desigualdad de los: 217
SEXUALIDAD infantil: 19, 43 — de dependencia: 89, 180,
SILENCIO en el grupo: 92, 118, 122 216
— nutricio”: 92, 140 — de lucha y fuga: 90, 216
— fantasía del: 93 SUTHERLAND, J. I.: 201
“SILENCIOSO”, el: 64, 118, 122, 213 TAVISTOCK CLINIC: 201, 218
— actitudes del grupo frente al: 122 TÉCNICA:
— analítica: 79, 80
SÍNTOMA neurótico: 24 — de apoyo: 82, 155
SÍNTOMAS histéricos de conversión: — de explicaciones amplias: 82
24 — interpretativa “de” grupo: 38, 214
SITUACIÓN: 213 — de juego: 81
— analítica: 85 — sugestiva : 155
— calidad gestáltica de la: 158 TEMA de análisis en el grupo: 64
— aspectos de la: 214
TEMOR a la agresividad: 116
— colectiva: 94
— componente dinámico de la: 211 — a la interpretación: 207
de apareamiento: 102 — a la locura: 110
— de grupo: 215 — al inconsciente: 207
— depresiva: 153 — frente a los médicos: 111
— edípica: 44, 53 — al terapeuta: 117
— individual, análisis de la: 158 TEMORES del grupo: 187
— regresiva de grupo: 93 “TEMPERAMENTO del grupo”: 212
— terapéutica: 61 TENDENCIAS destructivas: 49, 127
— en el grupo fabril: 192 — paranoides: 49, 131
— transferencial: 29, 38, 155, 208
— pesimista : 131
— desarrollo de la: 162
— triangular: 131, 195 — reparatorias: 49
— roles de la: 196 TENSIONES del grupo : 158, 192, 214
SITUACIONES NUEVAS: 154 TERAPEUTA: 94, 95
SLAVSON, S. E.: 36, 37, 61, — actitud del: 138
183, 201, 207, 208, 209 — del grupo, 64, 164, 208
— grupos juveniles de: 214 — deseo de posesión absoluta del: 94
“SOCIALIZACIÓN” del paciente: '35 — desconfianza hacia el: 136
SOCIEDAD interna: 45 — envidia frente al: 94
SOCIOLOGÍA: 30 — exclusión del: 195
SOLIDARIDAD del grupo: 33 — función del: 60, 72, 118, 213
SOMATIZACIÓN: 179 — idealización del: 186
SUBGRUPOS, formación de: 96, 115, — individual : 208
116, 131 — interpretación del: 124
— líder de: 112 — labor del: 37
SUFRIMIENTOS neuróticos: 55 — padre: 138
SUMISO, el: 170 — pecho : 142
SUPERYÓ: 28 — rebeldía frente al: 84
acción del: 44
—• rechazo hacia el: 110, 150
ÍNDICE ALFABÉTICO 237

TERAPEUTA, relaciones con el: 118 TRANSFERENCIA gestáltica: 161


— rol desempeñado por el, y los — negativa: 97, 110
observadores: 72, 211 — positiva: 182
— paternal idealizado del: 133
TRANSFORMACIONES en el grupo:
153
— vinculación con el: 68
TERAPIA colectiva: 208 TRATAMIENTO, iniciación del: 81
— de grupo, indicaciones para la:
67 UNIFICACIÓN del grupo: 37
— utilidad de la: 68
USANDIVARAS, R.: 184, 201
— “del” grupo: 210
— “en” el grupo: 210
VALENCIA: 161
— individual: 68
VALORACIÓN del grupo: 134
VERBALIZACIÓN en el grupo: 158
— interpretativa individual “en” el
VIDA emocional infantil: 41, 42, 43
grupo: 38
VIVENCIAS en el niño: 99
TERAPIAS exhortativas paternales
que actúan “por el grupo”: 33
WHITEHEAD, L. N.: 18
— por el grupo con estructura fra- WINNICOTT, D. W.: 167
ternal: 33, 35 TEST de realidad: 219
— psicológicos: 185
Yo: 100, 102, 165
’’TÍMIDO”, el: 64
— corporal: 25
TOTALIDAD expresiva del grupo: 153
— desarrollo del: 100
TRABAJO común del grupo: 168
— disociación esquizoide del 99
TRANSFERENCIA: 50, 80, 137, 148,
156, 160, 207, 208, 212, 214 — escisiones del: 99
— aspectos de la: 162 — fortalecimiento del: 181, 182
— campo operacional de la: 159 — inmaduro: 99
— carácter regresivo de la: 212 — integración del: 165
— como campo psicológico: 160 — núcleo integrador del: 97
— en el grupo, rol de la: 161 — primeros estadios del desarrollo
del: 97
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