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DOÑA TONQUETE Y SAN PIRÓN

Autor: Esteban Dionicio Aguilera González

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Doña Tonquete y el duende.

Doña Tonquete es una niña regordeta. Su padre la sienta en


un corral de madera muy limpio y le pone un platico con
azúcar, para entretenerla y poder trabajar. Con sus manos
pequeñas, va chupando los granitos dulces en sus dedos y se
queda sentada en silencio. San Pirón, también regordete,
como es un poquito mayor, corre por el patio asustando las
gallinas. El cacarear se eleva y el es feliz. Se puede ser feliz
con un puñado de azúcar en un platico o las voces asustadas
de las gallinas. Así comienza este cuento.

Quizás los dos pequeños, aunque hoy, ya son mayores,


necesiten el recuerdo.
El día no es como todos. Nubes obesas y grandes visten el
cielo prometiendo lluvia.
Papá por andar de prisa no pensó en las hormigas. Entraron
al corral de Doña Tonquete y con sus voces de flauta le
pidieron azúcar. La pequeña no les hizo caso. Es extraño
porque dicen que las hormigas no hablan, pero si Tonquete
supiera hablar, diría que las hormigas conversan muy bien.
La hormiga que parecía el jefe le picó en un pie reclamando
su atención. Ella comenzó a gritar llamando a papá. Todo
estaba lleno de los pequeños insectos. Papá cargó y colocó a
Tonquete en el piso y comenzó a lavar el corral. Las
hormigas se lanzaron a la desbandada. Para ellas el agua
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que caía era como un mar violento y nadaban con urgencia
fuera de su alcance.

Libre del encierro, Tonquete comenzó a gatear por el pasillo


de lozas pulidas y brillantes. Como muchas veces, fue a la
esquina de la sala para mortificar al duende. ¡Ah! olvidaba
decirles. Un duende pequeño vivía en un agujero de la
pared. Casualidad, también hablaba como las hormigas.

- Vejiga torpe, hoy quiero tranquilidad. - Refunfuñón, era el


todo un pequeño personaje azul..
El perro llegó y comenzó a ladrar. Los perros ven lo que
nosotros casi nunca vemos. A Tonquete le molestaron los
ladridos, siendo casi una bebé se le ocurrió una idea para
resolver el problema.
Tomó al perro por los ladridos y se los amarró en la cola.
Pobre perro, cada vez que ladraba se asustaba a si mismo.

En cuanto al duende lo tomó por una oreja y lo elevó


sacudiéndolo.
- ¡Ayayay! gritaba el pequeño hombrecito. - Pues si, aquí en
esta historia los duendes son pequeños hombrecitos azules

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que viven en agujeros de la pared. Para ellos, grandes
cavernas. Pero ahí no queda todo. El pequeño duende azul
elevó la voz y lanzó un conjuro.
- ¡Jejé, jajá, jejé! Que te crezca el pie. - Y el pie de la niña
creció y creció al punto que la nena no podía gatear, aquel
inmenso pie molestaba al otro.
Tonquete soltó al pequeño hombrecillo y comenzó a llorar.
Papi corrió a socorrerla. No creía lo que veían sus ojos. Su
hija, su querida niña tenía el pie como un globo. Ella no
sabía hablar aún con las personas pero si hablaba con los
animales, los duendes, y las brujas. Nosotros al crecer
olvidamos ese idioma aunque por el susto, papi pudo verlo
todo. Un mayor asustado, ve lo que vio algún día. Se
enfureció. Que el enanito entrara sin permiso a la casa,
estaba mal. Lo que no sabía papi es que vivía allí, con toda la
familia de duendes. Ofender y maltratar a la hija de papá
eso si que no estaba bien. Ella es chiquita pero desde chicas
hay que cuidar y admirar a las niñas. Le dio un manotazo al
susto, se pellizcó los temblores , se desató el nudo de la
garganta y se enderezó. Pobre papi, al salir de la sorpresa,
salió del país de las almas. Tonquete se rió, le hizo
cuchufletas, le enseñó la lengua y se olvidó de él. En la casa
seguían durmiendo y el pobre papi pensó que se estaba
volviendo loco. En tanto el perro ladraba y gemía a cada
ladrido en su trasero.

La enfermedad de Tonquete.

Pues si, Tonquete que tenía una salud de hierro, estaba


enferma. Su antes pequeño pie semejaba un globo de los que
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los hombres han usado para volar. Papi probó masajes y
nada. Probó fomentos de agua fría y nada. Los de agua tibia
tampoco aliviaron pero de pronto sin más acá ni más allá se
desinfló el pie de la niña.

Lo que papi no vio.

Aunque el padre buscara una explicación a la rara


enfermedad de su hija, no la encontraría, hay muchos
sucesos que no ve. Dejó de verlos al crecer. Había llegado a
los pies de la cama una duende. La esposa del hombrecito
azul a la que no le gustaba que se le hiciera daño a los
pequeños y menos si son casi bebés. Una diminuta princesa
duende, toda bondad, ya con dos hijos pequeños. Luego nos
ocuparemos de esta hermosa familia de menudos cuerpos.
Lanzó un conjuro que el papá no escuchó, ni tampoco vio
como o quien lo hacía. No así Tonquete, pero como no sabía
hablar como los humanos mayores, todo quedó en secreto.

El gato Saquelturo.

El gato Saquelturo no es un minino cualquiera. Mitad negro

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y mitad blanco. Si quieres conocerlo mejor, obsérvalo de
perfil. Por la derecha negro, por la izquierda blanco. Es dos
gatos en uno pero por cualquier lado que uno lo imagine,
por el frente parece la noche y el día. Por el perfil un zapato
de dos tonos. La cola de Saquelturo simula un plumero a tal
punto que la tía se equivoca a cada rato y lo coge para
sacudir los muebles. Claro, el gato maulla y sopla muy fuerte
. Los pelos del lomo los pone como las espinas de un erizo.
La tía lo calma acariciándole la panza. El espinazo, tan
espinoso, verdaderamente no se puede acariciar. Pensarán
ustedes que Saquelturo come poco. Pues no, el problema
está en que los ratones no le dan ningún descanso y no hace
bien la digestión. Para aprovechar los alimentos hay que
comer con tranquilidad. Como los gatos tienen un olfato
prodigioso para cazar los ratones, mamá ratona llega hasta
el porque se le perdió un cría y necesita encontrarla. Ahí el
pobre minino, que no come ratones, tiene que dejar su
cazuela con comida y ponerse a buscar al ratoncito, hasta
que lo encuentra y se lo lleva a la madre. Esta tarea es
constante porque los ratones son rápidos e inquietos y lo
mismo suben una empinada pared que se cuelan por un
sucio tragante. Para colmo cuando Saquelturo quiere dormir
son entonces los guayabitos los que quieren jugar. Nada,
nuestro felino lleva vida de perros en el buen decir.

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Una maldad pequeña y una catástrofe inmensa.

San Pirón llevaba horas y horas dando vueltas por la casa


sin saber qué hacer. Claro, tal vez ustedes imaginen que es
un poco necio pues sólo los tontos se quedan sin saber que
hacer. Siempre existe algo que inventar, arreglar, estudiar,
limpiar, leer o incluso jugar. Así se armó el gran problema. A
San Pirón le dio por jugar y de qué manera. Tomó por las
muelas a su mascota el cangrejo Saqueltiro. ¡Ah! Antes que
se olvide. Saqueltiro es un cangrejo de mar. Hago este
apunte porque los cangrejos de agua salada son los que más
duro muerden. Con la mascota en sus manos acercó las
muelas al rabo del gato. El cangrejo se prendió muy fuerte.
El gato no maulló, no corrió, sólo comenzó a soñar. Los
científicos dicen que soñamos en un instante historias
larguísimas. Saquelturo soñaba que tenía un ratoncito entre
sus patas delanteras. Con sus uñas ocultas, porque los gatos
saben esconder las uñas y sus patas quedan mullidas.
Obligaba a dar vueltas al pequeño roedor hasta que el
mareo hacía que diera vueltas a los ojos como un lento
ventilador, en dos paticas, erguido y la casa girando.
Comenzó a soñar que mamá ratona y papá ratón sujetaban
fuerte su cola rogando soltara a la cría. La presión de los
ratones en el sueño era cada vez más fuerte, hasta sentir
dolor. No era un sueño cualquiera.
El cangrejo no soltaba la cola. Despertó, terminó de soñar.
Saquelturo, dio un salto, comenzó a dar vueltas y vueltas,
luego a correr. No maulló, fue un grito como de una sirena
de bomberos. Gira, gira, corre y corre. Su sonido de terror

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voló tapias, cercas, calles. Montó en el viento y huyó muy
lejos.

Alguien gritó.

- ¡Alarma, alarma!
Corrieron los niños y las niñas, los hombres y las mujeres,
las ancianas y los ancianos. Hasta la mascota jicotea se
volteó sobre el carapacho espalda y comenzó rápida a rodar.

Los vecinos, todos tomados de improviso corrían hacia los


refugios. Menos un señor viejo que abrió sus piernas para
que pasara el gato con el cangrejo en la cola, girando como
un remolino. Del susto se orinó, al tiempo que pasaban por
debajo. La orina cayó y los mojó. ¡Pobre gato!, ¡Pobre
cangrejo! Ambos comenzaron a estornudar. El cangrejo
abrió sus pinzas y el gato quedó libre. No es fácil recibir una
ducha de tales desechos líquidos.
Silencio absoluto. De pronto, todos se preguntaban qué
había sucedido. Para suerte de San Pirón no encontraron la
causa de tal alboroto así que salió del problema sin mayores
complicaciones.

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Con Tonquete.

Por su parte Tonquete llegó al arroyo que quedaba cerca de


su casa. Caminando erguida. ¡Quién lo iba a decir! Hasta
ahora ella lo único que sabía era gatear y llorar. Pero así son
las cosas. Con Tonquete también llegaron el gato, el perro, el
cangrejo mascota y la mascota jicotea. Juntos emprendieron
el camino, chapoteando por el cauce del río. Anda que te
anda, llegaron a un claro que se abría hacia el cielo entre las
ramas de grandes ocujes.

- Niña, niña. Me estás haciendo cosquillas en la espalda. - Se


escuchó una voz poderosa. Miraba la pequeña caravana
hacia un lado y otro y no alcanzaban a ver a quien
pertenecía.
- Soy yo. El arroyo - Volvió a decir.
Los pequeños miraron a sus plantas y vieron un ojo
remolino o un remolino boca, en el agua. - Tonquete le
habló.
- Soy yo arroyito. Tonquete. Vengo de visita. - Dijo cariñosa la
niña.
- Tonquete. Tonquete. Si, ya recuerdo. Tu eres la que ensucia
mi agua con los pañales.
- Eso no es cierto. - Replicó la niña.
- Si señor. Tu padre viene día tras día con la carga de pañales
que tú mojas y embarras. Pasa horas lavando.
- ¡Fresco, fresco! - Gritó la niña.
- ¡Ja, ja, ja! Se rió con una voz muy gruesa el arroyo. Una voz
que no era propia de un río tan mímimo.
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- Salten, salten por mi agua. Las cosquillas de ustedes son
muy suaves. Tonquete pataleó una y otra vez y un rayo de
sol que entraba al claro formó un hermoso arco iris.
Pues si señor, cuando se elevan gotas de agua al cielo, el sol
al atravesarlas forma un arco iris.
Da que pensar como al patear el agua Tonquete, con ese
gesto, tan pequeño, se formaban fenómenos tan grandes. Y
es así mis amiguitos. De las cosas pequeñas suelen surgir
grandes resultados.
El tiempo fue deslizándose por el claro del bosque. Pasaban
horas pero los acontecimientos no habían terminado.
Sentado en una piedra grande estaba un anciano, que hasta
ahora no habían visto. Con largas barbas que atravesaban el
arroyo. Eran las barbas las que estancaban la corriente de
agua formando la piscina donde se bañaba nuestra
pequeña caravana.
- ¿Quiénes interrumpen tanto tiempo mi meditación? - Las
ondulaciones de aquel vozarrón formaron ondas en el agua
que acariciaron a los chicos. Los pequeños miraron
asombrados.
- ¿Quién eres anciano? - Preguntó Tonquete.
- Primero. No soy anciano. Tengo nada más que doscientos
años, segundo, soy el gigante del bosque.
- Anciano si y gigante no. Fue lo que pensó la rara caravana.
- ¿Quién eres anciano gigante? - Insistió la niña.
- Si, ¿Quién eres?, ¿Quién eres? - Hizo eco el pequeño grupo.
- Soy el jardinero de los musgos en las rocas. Miren, ahora
están florecidos. Mi barba detiene el agua y puedo regar las
piedras donde viven. - Aquí, un aparte. Si algún día te sientes
perdido y ves musgos sobre los troncos de los árboles,
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recuerda que ellos crecen por el lado del norte.
- Los musgos movieron sus flores pequeñas y blancas
afirmando lo que decía el anciano.
- ¿Para qué vivir doscientos años sin moverse del lugar?
- Dijo como un milagro la jicotea porque ella es tan lenta
caminando y pensando como al hablar.
- ¡Ah! Si eres útil puedes vivir doscientos o mil. Replicó el
anciano.
Es cierto cuando se es útil no interesa la edad, el tamaño, el
si eres mujer u hombre, el lugar......
Tonquete fue hasta donde estaba sentado el viejecito para
conversar con él. Como esta charla puede resultar secreta,
pues no la voy a contar.
Tonquete y sus amigos regresaron a la casa por el mismo
camino que habían salido. Papi aún no había despertado y
es que en la casa el tiempo estaba detenido. Esto suele
ocurrir con los niños pequeños. Salen a pasear, conversan. Y
por sobre todas las cosas, cuando veas a un bebé llorar lo
hace porque ve a una fea criatura que le asusta y si lo ves
reír es todo lo contrario. De todos modos hay que preguntar
a las abuelas y al médico.
¡Ah! olvidaba. Antes de irse del claro del bosque
conversaron con los peces para que de cuando en cuando
formaran con sus cuerpos, un muro y detuvieran el río,
para así regar los musgos y poder dejar libre al falso gigante
con doscientos años.

Extraños sucesos.

Si lo que ya les he contado es real o no, lo dejo a lo que


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ustedes decidan. Por mi parte esta historia es tan real
porque no quiero olvidar lo que viví cuando también era un
niño pequeño.
Trataré de hablar poco, en la vida real un hablanchín puede
quedar mudo de un susto. O comenzar a hablar un mudo
por idéntica circunstancia.
Saquelturo. Recuerden que Saquelturo es el gato.
Pues Saquelturo andaba luego de sus peripecias escondido
por los rincones de la casa con la cola pegada al cuerpo,
erizada más que de costumbre. Cuando San Pirón trataba de
tocarlo elevaba los pelos del espinazo y estornudaba muy
fuerte demostrando su cólera. Mamá ratona desde ese día
tuvo que salir a buscar a sus hijos cuando se perdían y los
hijos de los ratones perdieron un amigo con quien jugar. San
Pirón, arrepentido, buscaba una y otra manera de ganarse la
confianza del gato. Le compró una cazuela nueva, se la
mantenía llena de leche, hasta le echaba azúcar. Es más
trató de compartir su dulce de la merienda. Llegó el día que
perdió la paciencia y se olvidó del gato buscando un nuevo
entretenimiento. Consiguió una cinta, la amarró en su
cabeza y se puso una pluma para jugar a los indios. Dicho
sea de paso, la pluma la arrancó a una gallina que salió
corriendo y cacareando y no por poner un huevo. La gallina
le dio las quejas al gallo que con un kikiriquí anunció que
un día se iba a vengar.
El chico no entendió, y menos hizo caso.
Todo iba bien pero llegó la tía. Caminando y mirando a su
sobrino jugar, entró a la casa sin mirar al piso, con tan mala
pata que le pisó el rabo a Saquelturo y sucedió lo increíble.
El gato chilló.
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- ¡Auxilio! -Ya les decía que de un susto puede hablar un
mudo. Mientras que la tía gritaba a más no poder.
- ¡Miauuuu!, ¡Miauuuu! -Y así siguió maullando y dando
saltos como una pelota.
Los vecinos alarmados corrieron hacia la casa. El primero
en entrar fue el vendedor de periódicos que mirando aquel
cuadro con el gato y la tía gruesa no le quedó otro remedio
que soltar la risa que no duró mucho. La tía le hacía señas
desesperadas hacia el gato. El vecino por instinto miró para
donde le indicaban, la risa se le convirtió en una O. El gato lo
miró y le dijo.
- Diga a la ladrona que me devuelva el idioma. ¿Qué
ocurrió? Pues el vecino también vociferó.
- ¡Miauuuu!
Saquelturo rabiando puso rumbo hacia la puerta al tiempo
que llegaba otro grupo de amigos. Empinando el lomo y los
pelos. dijo.
- ¡También vienen a robarme mi maullido! ¡Fuera, fuera de
aquí! - Unas y unos se desmayaron y el resto.
- ¡Paticas, para qué las quiero! - Vocearon y huyeron.
Luego sucedió lo más extraño. El psiquiatra logró curar a la
tía y al vendedor de periódicos pero no pudo sanar al gato.
No encontraron a un psiquiatra para gatos. Y entonces todo
quedó como el minino que habla porque tal vez se había
comido una cotorra. Ante tal situación todos quedaron
conformes pero no está bien tragarse una cotorra.

La venganza del gallo.

El gallo estaba inquieto, para él, estaba quedando muy mal


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con las gallinas. El es rey y señor en su patio. Digo que el
patio es suyo, porque no permite que otro gallo de órdenes,
ni viva allí. Que llegara el pequeño San Pirón, le arrancara
una pluma a una gallina y no hubiera pelea. Eso no podía
ser. Vio su venganza a la hora de echarles la comida.
Amaneció con el cielo despejado. Todo azul, azul.
El niño se levantó temprano para tomar su biberón de
leche. Se recostó a las piernas de su madre que hacía en ese
momento el café.
- Muchacho aparta que te puedo quemar. - Le dijo mami.
- ¡Pi,pi,piiiiiiiiiiiiii!
El niño oyó al padre llamando a las gallinas y rápido fue
para allá. Como siempre el padre le dio una olla con harina
mojada y el fue para el centro del patio. Pirón, sentado en el
medio del coro de gallinas, polluelas y pollitos empezó a
tirar comida hacia todos lados. Todo el grupo de aves lo
rodeó, también el gallo que aprovechó para darle un fuerte
picotazo en la espalda. No lloró, cogió al ave por la nuca y
levantándolo en alto lo tiró lejos. El gallo no se golpeó.
Recuerden que tienen alas que le sirven para volar tramos
cortos. Con muy mal genio, tiró la olla de la comida y cogió
rumbo a la casa de los abuelos. Padrecito lo llamó y no hizo
caso, todo lo contrario, se mandó a correr, detrás corrió el
padre. Ya casi lo iba alcanzando pero se detuvo de pronto y
papá en su carrera tuvo que abrir las piernas y dejar que el
niño corriera hacia atrás para no aplastarlo. Nada, se formó
el juego de pelota corriendo atrás y adelante. En cuanto al
gallo después del estrujón de nuca dejaba la cabeza muy
alta y la bajaba rápido haciendo ejercicios.
El papá de San Pirón a pesar del ajetreo, no olvidaba. Ante
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los acontecimientos pasados, dio por hecho que se había
vuelto loco. Se quitó la dentadura postiza para morderse los
ojos y secar las lágrimas. En lugar de botar el dolor se lo
guardó en el bolsillo para poder seguir cantando triste.

Dime vientecillo inquieto


remolón y jaranero
lo que debo hacer primero
pues de mi parte prometo
si no te muestras inquieto
de par en par las ventanas
te abriré por las mañanas
para que entres a casa
pide permiso y pasa
y no me armes reguero.

En esto papá escuchó que golpeaban muy fuerte la puerta.


De un salto fue y abrió.
Nada a la derecha, nadie a la izquierda. Sólo un ventarrón
fuerte, muy fuerte con perfume de lluvia que lo empujó y
entró. Papi había tratado de cerrarle la puerta pero mientras
más fuerzas hacía, más duro el viento empujaba y lo
aplastaba. ¡Daba lástima! El viento lo arrastró hasta el
comedor.
Tonquete gritaba al verlo así. Papacito sacó energías para
calmar a la niña. Algo curioso era que en el corral de
Tonquete no batía ni la más ligera brisa.
- ¡Arriba mi pirata! estamos jugando a la tormenta. ¡ Arríen
las velas! ¡Timonel! Amarren el timón. Usted, Tonquete,
pronto, al camarote. - Calmaba el padre a la pequeña.
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Aquello seguía raro. El padre no había observado que la
niña tenía papeles regados y no se movían. El pelo de la
pequeña tampoco se movía. Recordó entonces lo que había
cantado y quedó quieto. Se formó un remolino que lo volteó
de espaldas al corral, luego un chorro de aire le tomó muy
suave la cabeza hasta que papá tuvo que poner las manos en
el piso de manera que quedaba en cuatro pies.
Miró entre sus piernas y allí mismo estaba el duende azul
que lo miraba burlón. Sin quererlo había adoptado la
posición mágica. En las historias de los abuelos dicen que si
uno se pone en un velorio en cuatro pies y mira entre las
piernas la caja del difunto, ve al muerto sentado sobre la
caja. Papi conocía esa historia y miró con fiereza al
pequeñuelo. Ya estaba seguro que no era una locura y el
pequeño se las tenía que pagar. En su alegría olvidó darle las
gracias al viento. Siempre, siempre debemos dar las gracias.
Antes de continuar adelante con la historia debo explicarte
algo importante sobre el país de las almas. Cuando un niño
nace, ellas hacen un clon, otro niño idéntico, en su país. Lo
que para nosotros es el alma o espíritu, Rodeando al clon
hacen un coro, bailan y bailan hasta caer desmayadas.
Según van despertando de una en una hacen conjuros para
el bebé.
Hay algo que no saben ellas y es que existe una manera de
romper los hechizos, forma que conocen bien los padres.
Ellos siempre dicen. No existen niños malos.
En verdad no hay niños malos. Existen padres olvidadizos
que no saben romper los conjuros porque por un descuido
olvidan las palabras mágicas.
Muy cierto, no hay niños malos. Hay padres que se sientan a
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llorar mientras los que luchan, encuentran la palabra de
magia siempre, y sus niños son muy buenos. Los niños que
parecen malos encuentran en sus maestros esa parte
agradecida que les faltaba y a veces devuelven a sus papás el
como romper los malos conjuros.
Papi recordaba. Se interrumpió nuestra historia en........ a
veeeeer. Si, al enderezarse papá todo volvió a la normalidad
y ahora no le quedó más remedio, otra vez, de estar seguro
que estaba alucinando. Caminó hablando alto consigo
mismo.
- ¿Cómo pudo ocurrir?. No tengo fiebre. No me siento mal.
Anoche dormí bien. No cabe duda tengo que ir al médico.
Cuando llegue mami le diré.
- Madrecita voy al doctor.
- ¿Te sientes mal padrecito? - Me dirá ella con la cara
asustada.
- Estoy bien pero grave.
- No te entiendo padrecito. - Dirá ella con asombro.
- A decir verdad. Yo tampoco entiendo. - Suspiró.
No, así no puede ser. ¿Cómo le explico a mami que es la
culpa de un hombrecito azul? ¿Cómo le explico al doctor que
mi enfermedad es un hombrecito azul? No, mil veces no. Se
van a reír de mí.
Como papi es orgulloso no le gusta que se rían de él.
Aunque a decir verdad, el orgullo puede ser un
impedimento. Hizo lo que el creyó debía hacer. Se puso a
repasar una y otra vez los sucesos del día y tomó su guitarra.
Papi para pensar toma la guitarra.
-¿Qué si sabe tocar? de eso nada. Ya dije que toma la
guitarra, únicamente para pensar. - Al tiempo cantaba.
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- ¿Qué si sabe cantar? ¡Qué va! Requete peor. Eso si, a él no
le importa cómo canta o cómo toca. Lo hace para callar los
ruidos que puedan molestar sus ideas.
- Cantaba así.

Porque me llegó el mal día


de reconocerme yo loco
si mi mal alivio un poco
podré encontrar mi alegría.
Dime tú Tonquete mía:
¿Donde mi mente se pierde?
Con el sueño que me muerde
el silencio de esta casa
o en el hechizo que amasa
un tal hombrecito verde.

Mientras papi cantaba, miraba triste a su hijita. Tenía los


ojos brillantes, muy brillantes parecía que iba a llorar. Pero
no, él era mayor y hombre. Cree que los mayores y menos si
son hombres, no pueden llorar.

Peripecias de mami, San Pirón y una rana.

Mami tardaba en llegar a casa. Se pone a trabajar y olvida la


hora, así que casi siempre le coge tarde. Aunque es bueno
decir que se levanta muy temprano y deja el desayuno
hecho. Del almuerzo papi se encarga y la comida la hacen
entre los dos. Pirón luego de correr un rato se fue para el
arroyo. Entró en la corriente y se puso a levantar piedras. En
una que quedaba cerca de la orilla, al levantarla, encontró
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una rana. La atrapó y se la echó en el bolsillo.
De la casa se escucharon voces llamándolo.
- Pironcito. ¿Dónde estás? - Era la voz de mami llamándolo.
Pirón se quitó la camisa, se secó los pies para que no se los
vieran mojados y sucios. ¡Pero vea qué gracia! La camisa
quedó hecha un asco. Imaginen ustedes que las orillas del
arroyo eran muy fangosas. Se limpió las manos en las
nalgas del short con igual fanguero. Silbando bajo, desde
bebé aprendió a silbar, cogió el trillo de la loma rumbo a la
casa y ahí fue donde se formó.
- Muchacho, ¿y esa facha? Ven aquí que tú vas a aprender
hoy a andar limpio.
El niño a sabiendas que sus nalgas eran las que pagaban
con el cinto, se puso a pensar rápido y mejor que no hubiera
pensado. Metió la mano en el bolsillo y sacó la rana para
enseñarle a mami su gran pesca, a lo que la madre
respondió con un grito. San Pirón miró hacia todas partes
para ver dónde estaba el susto y al no ver nada corrió hacia
su madre espantado. La mamá abrió los ojos y la boca muy
grandes y se lanzó a correr.
- ¡Mamiii, mamiiii! - Voceaba el niño.
- Quédate ahí. No corras. ¡Ayyyyyy! Suelta, suelta eso. El
niño apretaba más a la pobre ranita que le dió por sonar
como cuando un jubo se las quiere comer. Un jubo es como
una serpiente pequeña o un majá, son inofensivos. Las ranas
Echan un grito lastimero pero por mucho que corra uno
para salvarlas el jubo se las traga enteras.
- Bota, suelta muchacho. !Ayyyyyy¡ A tanta gritería se asomó
el abuelo con la escopeta. Lo único que veía era a la madre
delante y al niño detrás que corrían a más no poder.
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- ¿Qué pasa?, ¿Qué pasa? - Pero no había respuesta. Sólo la
carrera y los gritos.
Todo tenía arreglo si el niño hubiera liberado a la rana a
tiempo.
- Valga que la tía se dio cuenta de lo que sucedía y corrió
hasta el niño abriéndole la mano. La ranita saltó contenta y
croando a más no poder.
Cuando mami iba a castigar a San Pirón ya el abuelo y la tía
lo tenían cargado. El muchacho supo que ya no había castigo
porque su mamá olvidaba rápido, además que a partir de
ahí su madre contaba la historia a todos y a su vez insistía
en decir el terror que le tenía a las ranas. Las ranitas son
muy buenas. Comen insectos, como al mosquito, que
provoca tantas y tantas enfermedades.

Los novios.

Mami ya por la noche estaba de buenas y comenzó a


hacerle a los dos niños la historia de cuando papi y ella eran
novios.
Papi llegó a hacerle la visita y se sentaron en los balances
de la sala. Ahí conversaban bajo y a veces se callaban ratos
muy largos.
Cierta noche estaba papi. No hace tantos años. De visita en
casa de mami.
En la vivienda todos estaban en el comedor para conversar
y dejar solos a los novios. Cogidos suave de las manos
cuchicheaban pero a papi se le ocurrió dar un pellizco sin
ver que al mismo tiempo, entraba un sapo por la puerta de
la sala. Pobre mami. Saltó y trepó a una butaca dando gritos.
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- ¡Auxilio!, ¡Por favor!, !Porfiiiii.......! Chillaba y chillaba sin
cesar.
Una pierna levantada, la mano derecha sobre el hombro
izquierdo y gritando.
Inocente papi, que se veía envuelto en un bochorno.
Pensaba que la gritería era por el pellizco. Del comedor
llegaron los demás a la sala en un pestañear. Cuando vieron
el sapo se dieron cuenta que sucedía y lo sacaron.
Los sapos son buenos. Caminan dando pequeños saltos y se
quedan muy quietos en un lugar. Le gustan ciertos espacios
de la casa y aunque uno los bote vuelven ahí. También le
gustan los insectos igual que a las arañas que tejen y tejen
sus telas trampas sin descanso.
Era la noche en el campo. En el cielo alguien dibujó muchas
estrellas, tantas que no se podían contar. Cantaban los
grillos, volaban los cocuyos como meteoritos vivos. A los
meteoritos acostumbramos a decirles estrellas fugaces y
hasta pedimos un deseo. Los perros ladraban unos cerca y
otros a lo lejos. Tonquete lloraba sin cesar. Le enseñaban
juguetes, el biberón, le hacían gracia con los labios. Todo
inútil. De pronto mami recordó. ¿Quieres que te haga el
cuento del tren viejo? - La niña dejó de llorar y rió como
sólo ríen los pequeños.
Los niños siempre piden ese cuento. Nunca he sabido
porqué. Para Tonquete y para ti. ¡El treeeen viejo!
Hace algún tiempo el papá trabajó en el central azucarero.
El acostumbraba a llevar a San Pirón a su trabajo. Decía que
los niños así aprendían más porque veían el esfuerzo de los
mayores. Cierto día el padre tenía una reunión y por
costumbre llevó al pequeño.
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- Papi, papi puedo salir a dar una vuelta.
- Silencio que vas a molestar. - Dijo el padre.
- Papi, papi. Yo no hago ruido. - Fueron tantos papi que el
dio el permiso.
- Calla Pironcito, aunque está bien. Sal a dar una vuelta.
Dicho y hecho Pirón agachado fue caminando hacia la
puerta, aunque sin necesidad de agacharse porque él de
todos modos no se veía por lo pequeño que era. Ya en el
patio del central se entretuvo mirando los trenes. Le llamó la
atención uno al que siempre subía porque estaba
abandonado. Era el tren viejo.
Pues como todas las veces trepó a la locomotora y comenzó
a mover palancas y botones mientras sonaba con la boca.
- Racachá, racachá, racachá. - Imitaba el sonido de un tren.
Por una rara coincidencia el tren viejo esta vez despertó
ante los movimientos.
Imaginando había llegado un maquinista. La locomotora
habló para si misma.
- Tengo que hacerlo. un ruido, un movimiento ligero, algo.
- Buscó y buscó y encontró un vapor de petróleo y aceite.
- Tengo que lograrlo. - Pensaba el tren.
Su color rojo se vio más encendido. Un esfuerzo más y......
- Racachá - Sonó una vez el tren.
Pirón se bajó entre asustado y contento y fue donde su
padre.
- ¡Papi, papi! El tren viejo se mueve. Vamos allá. - Decía
susurrando.
- Muchacho, calla que molestas en la reunión. - Le dijo papi.
- Vamos papi, vamos y vas a ver que es verdad.
- Voy a ir contigo pero prepara las nalgas donde sea una
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mentira.
Pirón contento agarró la mano del padre y salieron del local
para ir directamente hasta la locomotora y subir.
El tren pensaba.
- Esta es mi oportunidad. Tiene que quedarme otro pequeño
vapor de combustible. - Ya el padre bajaba regañando al
niño, cuando de pronto........
- Racachá.
- ¡Se movió!, - Hablaron a coro.
Como una huida corrieron rumbo a la reunión. Al entrar el
padre gritó en voz alta.
- ¡Compañeros, el tren viejo se mueve!
- ¡Estás loooco! Mira que interrumpir para decir tal
disparate. - Exclamaron a coro todos.
- Compañeros doy mi palabra que se mueve si no me
ayudan ustedes a repararlo, lo haré yo solo.
- Está bien, es un disparate pero te ayudaremos.
Agua, jabón, detergente, gasolina para limpiar la grasa y
lija para pulir.
Limpiaron la grasa, fregaron, pulieron con la lija mientras
los mecánicos se encargaban del motor y los coches. Lo
desmontaron todo. Sustituyeron las piezas viejas por
nuevas. Le llenaron los tanques de petróleo. Echaron aceite.
Luego que dieron la nueva pintura relucía el tren como
nuevo.
- Ahora le corresponde a ustedes probarlo. - Dijeron los
trabajadores.
- Pirón, vamos, sube.
Al primer intento no arrancó.
- Papi, te faltó mover la palanca.
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- Verdad, respondió el padre. - Haló la palanca y .......
- Racachá, racachá, racachá. Ronroneaba como un gato el
tren viejo.
- ¡Eeeeeeeeeh! - Gritaban todos.
- Monten, monten. - Y todos subieron.
Primero fue el chirriar de las ruedas sobre los rieles. Luego
el pito puuuuuuuu. Comenzó a moverse cada vez más
rápido el tren viejo que es ahora un tren nuevo como
cuando salió de la fábrica. Después de un tramo
retrocedieron para pedir permiso de buscar caña. El
director del central autorizó.
- Racachá, racachá, puuuuuuuu.....llegaron a la grúa. Le
pusieron un vagón y la locomotora lo movió como si nada.
- Venga otro, vengan muchos. Enganchen muchos vagones y
los llenan de caña.
El tren viejo o el tren nuevo porque nuevo había quedado, a
rrastró sin esfuerzo todos los vagones hasta el central. Allí
molieron la caña, sacaron el guarapo que tan dulce es, e
hicieron el azúcar que Tonquete tiene en su platico.
Desenganchada la locomotora, montaron todos los
personajes de este cuento.
- Racachá, racachá, puuuuuuu.
Se fueron alejando poniéndose chicos como el duende azul
para darnos nuevas aventuras.

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