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El relato que sigue es la narración más antigua que se conoce de un martirio cristiano.

Fue escrito
aproximadamente en el año 156 d.C., unos meses después del acontecimiento que cuenta, de manera que es un
testimonio auténtico de quienes presenciaron personalmente la heroica muerte de un anciano cristiano quien
es hoy San Policarpo.

Policarpo era el Obispo de Esmirna, hoy importante ciudad y puerto situado en la costa
occidental de Turquía. Provenía de una generación de importantes cristianos de autoridad en
la Iglesia y sucesores de los apóstoles. Según una tradición, fue discípulo de San Juan Apóstol
y nombrado en su cargo por los propios apóstoles.

Este relato de la muerte de San Policarpo lo debemos a los cristianos de Esmirna, que lo
escribieron como carta para circularla entre todas las iglesias. El carácter de Policarpo y su
relación personal con el Señor brillaban claramente en la sencillez con que hablaba y escribía y
por eso sus seguidores y feligreses querían darlo a conocer a todo el mundo. La aparente
derrota de su muerte se transforma en un testimonio victorioso de la resurrección.

Policarpo fue martirizado antes del comienzo de las grandes persecuciones ordenadas desde
Roma por emperadores como Diocleciano. En el relato de su vida vemos las tensiones que ya
se estaban formando en todo el imperio, cuando los cristianos rechazaron a los dioses y diosas
que todos los demás adoraban. Los paganos les llamaron "ateos" a los cristianos, por su
aparente falta de sentido religioso, pero como lo declaró Policarpo a un oficial del gobierno
romano, los verdaderos ateos son los que no adoran al único Dios verdadero.

El relato en esta adaptación del Martirio de San Policarpo empieza cuando ya había una
persecución contra los cristianos en la ciudad, y ya habían dado muerte a varios fieles de
Esmirna. Ahora había brigadas encargadas de buscar al obispo, a quien sus seguidores lo
habían persuadido a actuar con prudencia y abandonar la ciudad. Pero alguien pasó la
información a los perseguidores de que Policarpo se encontraba oculto en una lejana casa de
campo.

Los guardias montados se pusieron en camino un viernes al atardecer, provistos de armas de


combate, como si anduvieran buscando a un bandido. Tarde esa noche llegaron a la casa y
encontraron a Policarpo descansando en el piso superior. Fácilmente pudo haber escapado,
pero decidió quedarse: "Que se haga la voluntad de Dios", decía.

Cuando supo que habían llegado los guardias, bajó al piso principal para hablar con ellos.
Todos quedaron sorprendidos al darse cuenta de su edad y de su valentía, y no comprendían
por qué había tanto afán en arrestar a un anciano como éste. Pese a lo avanzado de la noche,
Policarpo hizo servir una mesa para que los guardias comieran y bebieran cuanto quisieran.
Les pidió que le dieran una hora para rezar tranquilo y ellos accedieron.

Así fue como Policarpo se puso de pie y oró en voz alta. Estaba tan lleno de la gracia de Dios
que su oración se prolongó por dos horas sin parar. Los que lo escuchaban no daban crédito a
sus oídos y muchos sentían gran pesar por tener que arrestar a un anciano tan venerable.

Cuando Policarpo terminó de orar, después de recordar a todos los que había conocido en su
vida, grandes y pequeños, nobles y plebeyos, y a toda la Iglesia Católica en el mundo entero,
llegó la hora en que debía partir. Lo montaron sobre un burro y lo llevaron a la ciudad.

"¡Salvate a ti mismo!" El jefe de los guardias, de nombre Herodes, y su padre, Niketas,


fueron a encontrar a Policarpo y lo llevaron en su carruaje. Sentados a su lado, trataron de
convencerlo de que cambiara de actitud: "¿Qué tiene de malo decir ‘El César es el Señor’ y
ofrecerle sacrificios y así salvarte de la muerte?"

Al principio, Policarpo no les contestó, pero viendo que insistían, les dijo "No voy a hacer lo
que ustedes me aconsejan." Entonces, Herodes y Niketas desistieron de persuadirlo y en lugar
de eso comenzaron a amenazarlo. Lo obligaron a salir del carruaje con tanta fuerza que
Policarpo se lastimó la pierna al salir, pero él, como si no hubiera sentido nada, empezó a
caminar decididamente y lo llevaron al ruidoso estadio lleno de gente.

Al entrar, se sintió una voz del cielo que le decía: "¡Sé fuerte, Policarpo, y actúa como
hombre!" Nadie vio quién hablaba, pero nuestros amigos que estaban allí escucharon la voz.

Sin miedo. Llevaron a Policarpo ante el procónsul, que también trató de convencer al santo
de que renegara de su fe. "¡Respeta tu edad! —le dijo— Jura por el divino poder del César.
Cambia de parecer y di ‘¡Abajo los ateos!’ " Pero Policarpo, dando una solemne mirada al
bullicioso gentío, los apuntó con la mano y mirando al cielo exclamó: "¡Abajo los ateos!"
El procónsul volvió a insistir: "Pronuncia el juramento y te dejo en libertad. Maldice a Cristo."
"Lo he servido por 86 años y Él jamás me ha hecho ningún mal —dijo Policarpo con plena
convicción— ¿Cómo voy a blasfemar contra mi Rey, que me salvó?"

Como el procónsul seguía insistiendo para que Policarpo jurara por el César, el santo
respondió: "Si vanamente crees que voy a jurar por el supuesto poder divino del César, como
dices, y si pretendes no saber quién soy, escucha bien claro: ‘Soy cristiano, y si quieres
conocer el mensaje cristiano, organiza una reunión y permite que dé razón de mi fe’."
"Lo que yo tengo son animales salvajes" respondió el procónsul. "Si no cambias de opinión te
arrojaré a ellos."

"Llámalos —replicó Policarpo— porque no estamos autorizados para abandonar lo sublime y


aceptar lo despreciable."

"Búrlate de las fieras salvajes y te haré quemar vivo, si no cambias de actitud."


Policarpo exclamó: "Me amenazas con un fuego que arde por un poco de tiempo y luego se
extingue, pero tú no sabes nada del fuego que trae el juicio venidero ni del castigo eterno que
aguarda a los malvados. Pero, ¿qué esperas? ¡Haz lo que vas a hacer!"

Fuerzas para soportar. La faz de Policarpo se iluminaba de valor y gozo al decir estas cosas
y muchas otras. En su rostro no se veía ningún indicio de temor, sino más bien una gracia tan
plena que el procónsul estaba impresionado. Tres veces mandó a su heraldo a que anunciara
en medio del campo del estadio: "¡Policarpo ha declarado que es cristiano!"

Al escuchar estos anuncios, toda la multitud prorrumpió en un ruidoso griterío de


desaprobación y exclamaba a viva voz: "Este es el padre de los cristianos, el que destruye
nuestros dioses, el que enseña a muchos a no ofrecer sacrificios a los dioses." Gritando todos
a una sola voz, exigieron que Policarpo fuera quemado vivo.

Todo esto sucedió con mucha rapidez, mucho más de lo que se demora el relato de la historia.
La multitud corrió a las tiendas y casas vecinas para juntar madera para una hoguera. Cuando
el fuego estuvo preparado, Policarpo se quitó su vestimenta exterior, se quitó el cinturón y
trató de quitarse los zapatos.

La gente empezó de inmediato a apilar la madera a su alrededor. También lo iban a clavar en


una estaca, pero él les dijo: "Déjenme como estoy. Aquel que me da fuerzas para soportar el
fuego me ayudará a permanecer en las llamas sin moverme aunque no esté sujeto con
clavos."

Aroma de vida. Así fue como le amarraron las manos a la espalda, como un noble becerro,
de una gran manada, listo para el sacrificio, una ofrenda inmolada que se ofrecía preparada y
agradable a Dios. Mirando al cielo exclamó:
Señor, Dios Todopoderoso, Padre de tu amado Hijo Jesucristo, por medio de quien todos
hemos recibido el pleno conocimiento de Ti, el Dios de todos los ángeles y potencias
celestiales y de toda la creación, y de toda la familia de los justos, que viven para Ti:
Bendigo tu santo Nombre por considerarme digno de este día y esta hora, de compartir con
los mártires la copa de tu Cristo, para luego compartir la resurrección a la vida eterna del alma
y el cuerpo en el Espíritu Santo. Concédeme ser recibido entre ellos hoy en tu presencia como
sacrificio digno y aceptable.
Por esto y por todo te alabo y te glorifico por intermedio de nuestro eterno y celestial Sumo
Sacerdote, Jesucristo, tu amado Hijo. Por medio de Él y con Él, que Tú, Señor, seas glorificado
con el Espíritu Santo, ahora y para siempre. Amén.
Cuando hubo pronunciado el amén y terminado su oración, los encargados encendieron más la
gran fogata que despedía enormes llamas. Los que tuvimos el privilegio de presenciarlo, vimos
un gran milagro y nos hemos mantenido vivos para poder informar a los demás de lo
sucedido.
El fuego adoptó la forma de una vela de barco hinchada por el viento y rodeó el cuerpo del
mártir como una muralla. Él permaneció allí dentro, no como carne quemada, sino como pan
en el horno, como oro y plata refinados en el crisol. Y todos percibimos una maravillosa
fragancia, como de incienso y otras especias costosas.

Viendo que el fuego era incapaz de consumir su cuerpo, los malvados finalmente le ordenaron
a un verdugo que subiera y apuñalara al Santo y cuando así lo hizo, de la herida salió una
paloma y brotó tanta sangre que extinguió el fuego.
Este era sin duda uno de los escogidos de Dios, el extraordinario mártir, San Policarpo, un
maestro apostólico y profético de nuestro tiempo, Obispo de la Iglesia Católica en Esmirna.

Por su paciencia y fortaleza venció al maligno y ganó la corona de la inmortalidad. Ahora se


llena de alegría con los apóstoles y todos los santos, porque con ellos está glorificando a Dios,
el Padre Todopoderoso, y bendiciendo a Jesucristo, nuestro Señor, el Salvador y Capitán de
nuestras almas y cuerpos, y el Pastor de la Iglesia Católica en todo el mundo.