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ENTRE XIXIMES Y TOTORAMES.

LA SIERRA BAJA DEL SUR DE SINALOA


EN LA ÉPOCA PREHISPÁNICA.

Luis Alfonso Grave Tirado

Resumen
“Es en realidad muy poco lo que se sabe acerca de los indios que vivían en la región montañosa que se
extiende desde el norte de Acaponeta [Nayarit] hasta el territorio de los tarahumaras en Chihuahua”, escribió
C. Sauer en 1934 (Sauer, 1998: 114) y la verdad es que, casi 80 años después, seguimos sabiendo poco;
aunque no tan poco. En los últimos años, sin embargo, básicamente a través de visitas de inspección a sitios
arqueológicos y museos comunitarios de poblaciones situados en la parte media y baja de la sierra en el sur de
Sinaloa, hemos podido establecer que contrariamente a la visión tradicional de una contraposición total entre
los grupos serranos y los que poblaban la llanura costera, hubo una estrecha relación entre ambas zonas a lo
largo de la época prehispánica. Es probable incluso que la sierra baja haya sido parte integral del territorio
totorame y no del xixime. Los elementos que se analizan para llegar a esta conclusión son el juego de pelota,
los petrograbados y, por supuesto, los materiales líticos y cerámicos.

Figura 1. Mapa del estado de Sinaloa, donde se observan las diferentes zonas topográficas y los estados vecinos.
Xiximes vs totorames.

Desde la llegada de los españoles a lo que hoy es Sinaloa se ha dado por sentado que
quienes habitaban la llanura costera por un lado y la sierra por el otro eran grupos
claramente diferenciados, los cuales, además, estaban en permanente conflicto. Por
ejemplo, Juan de Sámano (1980) nos dejó dicho que al llegar el ejército de Nuño de
Guzmán a Chametla en enero de 1531: “…los indios de aquella provincia dijeron que
tenían guerra con una gente que estaba en las sierras”. La razón era, según Baltasar de
Obregón (1988), que los serranos “… les habían muerto y comido muchas mujeres e hijos,
deudos y amigos…”. Y dice que los caribes serranos: “Habitan y asisten ocho leguas del río
de Chametla en las sierras ásperas, quebradas, cóncavas y riscos de su altura” (Obregón,
1988: 103) Sin embargo, el propio Obregón señala a Cacalotán, ubicado en la parte baja de
la sierra y no en la región de las quebradas, como uno de los pueblos principales de los
grupos serranos, cuando relata que durante la reconquista y pacificación de la provincia de
Chiametla por parte de Francisco de Ibarra en 1566:

Y después de haber asentado el real acordó ir a visitar y traer de paz a la gente serrana de
Cazalotlán, sierra alta y fragosa para cuyo efecto mandó y apercibió a los de Chiametla que
se previniesen para ir contra los de Cazalotlán; lo cual pusieron por obra de muy buena
voluntad con mucho cuidado, solicitud y alegría porque eran sus enemigos, con quien de
ordinario traían guerras y les habían muerto y comido muchas mujeres e hijos, deudos y
amigos y robádoles muchos bastimentos… (Obregón, 1988: 104)

La población actual de Cacalotán se localiza a orillas del río Baluarte, en la parte baja
de la sierra, apenas a 42 metros sobre el nivel del mar. Así pues, si tomamos como punto de
referencia su ubicación, los límites entre los grupos de la sierra y los que tenían como su
capital a Chametla, parecían estar apenas comenzaba a subir la sierra. Esta idea se volvió
un lugar común y cuando se habla de la época prehispánica en Sinaloa y en particular de su
parte sur, en automático se marca el inicio de la sierra como los límites entre los territorios
xixime y totorame y se habla de ellos como si fuesen dos grupos con características
culturales completamente distintas (Cf. Por ejemplo: Gaxiola y Zazueta, 2005; Grave,
2012; Nakayama, 1983; Ortega, 1999). Sin embargo, ya desde 1934 C. Sauer había
anunciado semejanzas entre los grupos de una y otra región geográfica. Vale la pena
insertar una larga cita:

Al parecer, los habitantes de estas montañas obtenían su sustento principalmente en las


barrancas, dado que tenían sus campos y aldeas en abras cálidas y templadas y en los
bancos situados en las laderas de los cerros. No eran habitantes de las frías mesetas… sino
que vivían en los niveles más cálidos, muy por debajo de las cumbres de las montañas. Se
puede afirmar que vivían casi por entero en los desfiladeros que desaguan en la costa de
Sinaloa y, por lo tanto, surge por sí sola la suposición de que originalmente entraron a la
región a través de las costas occidentales, trayendo consigo la agricultura y otras formas
culturales propias de esas tierras. Al parecer, la principal frontera cultural estaba entre ellos
y la región de los tepehuanes y tarahumaras, no entre ellos y los costeños (Sauer, 1998:
115).
Aunque el propio Sauer en ese mismo texto, al hablar de los chele que presumiblemente
habitaban en “las montañas atrás de Concordia”, dice:

Estos chele se han identificado como hablantes de la misma lengua que los indios de
Maloya, Cacalotán y Matatán (en las montañas atrás de El Rosario), y son al parecer los
mismos con quienes la gente de Ibarra tuvieron un encuentro. A partir de las declaraciones
que se hicieron podemos inferir que no eran tepehuanes, sino probablemente xiximes,
porque se les menciona repetidamente en relación con los indios de las montañas más al
norte, que eran xixmes (Íbid: 119).

Es decir, volvemos a la parte baja de la sierra como parte del territorio de los xiximes.
De hecho en su recorrido “arqueogeográfico” en compañía de Donald Brand, visitaron
Cacalotán y aunque reportan cerámica del todo idéntica a la de Chametla, no dudan en
señalar a los picachos cercanos que enmarcan el pueblo como “los límites entre Aztatlán y
la cultura de los serranos caníbales” (Sauer y Brand, 1998: 35). En efecto, son los xiximes,
junto con los acaxées, quizá el grupo indígena más vilipendiado de todos los que habitaban
territorio hoy mexicano a la llegada de los conquistadores europeos, ya sea por parte de los
soldados o los religiosos y ya desde la expedición comandada por Francisco de Ibarra en
1564, se enfatizó su carácter fiero, su pecado nefando y sobre todo, su canibalismo. Así, en
la relación de Baltasar de Obregón (1988: 103) se les retrata como “gente salvaje, vil y
villana, indómita y glotona de carne humana y tan fiera que por gala trae cola y espejo en la
trasera...”. Fue sin duda la antropofagia el rasgo que más impresionó a los españoles y lo
que les sirvió de pretexto para emprender la pacificación de la zona donde se descubrieron
ricas minas. “Porque eran estos fieros caribes glotones de carne humana y tan continuos y
ordinarios a este abominable vicio que siendo como fue esta provincia poblada de mucha
cantidad de gente, los fueron comiendo, cavando y consumiendo de suerte que aun no halló
el gobernador, Francisco de Ibarra cinco mil hombres en toda la provincia habiendo salido
de guerra en otro tiempo antes a Nuño de Guzmán mucha más cantidad” (Obregón, 1988:
106).
Por su parte el Padre Francisco Javier Alegre en su Historia de la Compañía de Jesús
en Nueva España, dijo de los xiximes que eran “una nación carnicera y quizá la más brutal
de América” o baste sólo con recordar el título de la crónica de Andrés Pérez de Ribas:
“Historia de los triunfos de nuestra santa fe entre las gentes más bárbaras y fieras del nuevo
orbe”. Incluso el nombre con que se les conoce hace alusión a ello, pues de acuerdo con la
“relación del padre Diego de Ximénez de la misión de san Andrés” (AGN, Jesuitas Legado
III-15, exp. 4, folios 1-25) xixime se deriva de “xixicuin, que quiere decir glotón, comedor
o goloso”, o bien de xixi, “perro”. Aunque, de acuerdo con José Luis Punzo, ellos se
llamaban a sí mismos de otra forma y en realidad estaban conformados por tres grupos
diferentes: los Toias o Toyas que habitaban en la margen sur del río San Lorenzo; la zona
entre el río Piaxtla y el río Presidio estaba ocupada por los Humes y más abajo, en la sierra
baja, vivían los Hinas (Punzo, 2013: 40).
Los humes, según la relación del propio Diego de Ximénez (op. cit), recibían su nombre
de “los riscos empinados y piedras talladas y altísismos peñascos en que moran”. Los hinas
tenían como pueblo principal a Queibos, que al nahuatizar el nombre se transformó en
Quilitlán. ¿Se trata acaso de la actual población de El Quelite, o es el río el que hace
referencia a ello? El Quelite, al igual que Cacalotán, está situado en la parte baja de la
sierra. ¿Se trata entonces de las antiguas comunidades xiximes? ¿O son otras? Hay que
recordar que Baltasar de Obregón sitúa a Cazalotlán a ocho leguas de Chametla y “en las
sierras ásperas, quebradas, cóncavas y riscos de su altura”;1 sin embargo, el pueblo actual
de Cacalotán se encuentra a escasos 20 kilómetros de la cabecera Totorame, es decir, a
cuatro leguas y no ocho.2 De tal modo que, aun cuando los topónimos parecen indicarnos
que estamos en el territorio xixime de las fuentes históricas, una lectura atenta nos indica
que no necesariamente es así. Es lo que hizo José Luis Punzo y nos informa que los Jesuitas
en el siglo XVII establecieron la estrategia de reacomodar a los pueblos “… en territorios
más bajos y cercanos a los ríos, espacios que al parecer no eran muy usados por los indios o
en ciertos escalones cómodos de la sierra donde ellos tenían algunos poblados y así
congregarlos, bajándolos de los picachos donde se refugiaban, las cuevas y de los poblados
diseminados que estos habitaban” (Punzo, 2013: 56).
En el sur de Sinaloa no ejercieron el control los jesuitas, sino los franciscanos; sin
embargo, es probable que se haya usado una estrategia similar. Es decir, es factible que
tanto El Quelite como Cacalotán correspondan a asentamientos reacomodados y no a las
originales comunidades himas o xiximes. Arqueológicamente se ha identificado los grupos
de la sierra a través de pequeños sitios en las zonas de barrancas y por casas en acantilado;
así como por la profusión de canchas para el juego de pelota, por la presencia de pequeñas
esculturas de piedra, que funcionaban como intermediarios entre el grupo y los dioses y por
la costumbre de enterrar a los muertos en cuevas alejadas de los centros habitacionales para
lo cual construían pequeñas urnas de tierra, piedra y madera (Grave, 2008; 2009; Punzo,
2006; 2013). Además, son abundantes las manifestaciones gráfico rupestres.
Los totorames por su parte, también desde el trabajo pionero de Carl Sauer y Donald
Brand en el invierno de 1929-1930 se estableció que habitaron la llanura costera del sur de
Sinaloa y desde ese momento, a diferencia de los grupos serranos, se les considera como
sociedades bien organizadas y de alta cultura. Dicen C. Sauer y D. Brand que durante su
recorrido entre el río Acaponeta en el norte de Nayarit y el río Culiacán en el centro de
Sinaloa: “Durante tres meses…, tuvimos casi a diario la oportunidad de ver vestigios de
una alta cultura aborigen” (Sauer y Brand, 1998: 8). En efecto, la llanura costera de Nayarit
y Sinaloa fue asiento de grupos humanos desde los albores de nuestra era y hasta la llegada
de los españoles, los cuales alcanzaron una cierta complejidad social que se manifiesta en
una alta densidad demográfica, la presencia de arquitectura monumental que incluye
basamentos piramidales de hasta 20 metros de altura, estructuras tipo palacio, y canchas
para el juego de pelota; así como una gran cantidad de materiales cerámicos y líticos de alta
calidad (Ekholm, 2008; Gámez, 2004; Garduño, Gámez y Pérez, 2000; Grave, 2010; 2012;
2013; Grosscup, 1976; Kelly, 2008a, 2008b; Meighan, 1971; 1976; Sauer y Brand, 1998;
Scott y Foster, 2000; entre otros).

1
En efecto, los xiximes y acaxees habitaban: “En esta tierra templada que son las laderas de la sierra estaban
poblados los indios junto algunos ojos de agua y arroyos pequeños, que bajan de los altos y no estaban muy
juntos sino cada uno con sus hijos, nietos y parientes en unas rancherías fundadas en unos mogotes o picachos
difíciles de subir a ellos. Ya la causa era por tener continuas guerras entre sí aunque eran de una misma nación
y lengua hasta venirse a comer unos a otros (Santarén, 1604, AGN-Jesuitas III-29, exp. 1; apud Punzo, 2013:
143); y “…tenían sus rancherías y pueblos pequeños a manera de aldeas no en lo más alto de los pinares por
ser tierra fría, sino en puestos más bajos y abrigados en las laderas y lo ordinario en mogotes o picachos
difíciles de subir (Pérez de Ribas, 1992: 471; apud Punzo, Ibid).
2
Una legua es la distancia que una persona recorre a pie en una hora y varía de entre 4 y 7 kilómetros. No
obstante, en la España del siglo XVI y por ende en la Nueva España, la legua oscilaba entre los 5.5 y los 6
kilómetros. De tal modo que cinco leguas equivalían a entre 44 y 48 kilómetros.
De hecho, el sur de Sinaloa se ha considerado como uno de los posibles lugares de
origen de la cerámica Aztatlán, una de las alfarerías prehispánicas, para decirlo en palabras
de Clement Meighan (1971: 761): “más elaboradas del Nuevo Mundo, e incluye una
tremenda diversidad de variedades incisas y policromas…”, entre ellas auténticas vasijas-
códice. A esta cerámica se asocian una serie de materiales como figurillas mazapa, pipas,
malacates, navajillas de obsidiana fina, objetos de cobre y turquesa (Ekholm, 2008; Kelly,
2008a; 2008b; Meighan, 1976).
Así pues, parecen claras y profundas las diferencias entre los grupos que habitaron la
costa y quienes ocuparon la serranía, cuyos límites se han establecido, repitámoslo, apenas
comienza a subir la sierra; sin embargo, los datos históricos recabados por José Luis Punzo
en su tesis doctoral y, sobre todo, los resultados obtenidos en recientes visitas de inspección
arqueológica a varios puntos entre el río Quelite y el río de Las Cañas, entre ellos el propio
Cacalotán, me han orillado a replantearme esta situación y preguntarme si la sierra baja
estaba habitada por los “salvajes” xiximes, o por el contrario, era parte del territorio de los
“civilizados” totorames.

Figura 2. Mapa del sur de Sinaloa con la ubicación de algunos de los lugares mencionados en el texto.

Los sitios arqueológicos en la sierra baja del sur de Sinaloa


Hasta ahora, en la sierra del sur de Sinaloa se han registrado 45 sitios arqueológicos; de
éstos la mayoría (29) corresponden a pequeños asentamientos habitacionales; le siguen en
número los sitios con petrograbados (11); las comunidades con canchas para el juego de
pelota (4) y sólo una casa en acantilado. Haremos su presentación de menos a más.
En la sierra alta de Sinaloa, en la cuenca del río Piaxtla, casi en los límites con el estado
de Durango; no muy lejos del caserío Las Californias, hace no mucho, en el transcurso de
una apresurada visita a la zona, registramos la primera “Casa en Acantilado” del estado de
Sinaloa. Está en la ladera sureste de un cerro cuyo lado oriente cae en picado y a cuyo pie
corre el arroyo Las Californias. Se trata de una única cueva no muy grande, de unos 20 por
12 metros donde se encuentran, en regular estado los restos de tres pequeñas estructuras, las
cuales sólo tienen ventanas, no puertas (Figura 3). A la entrada de la cueva hay un enorme
metate ápodo. Además de ellos no observamos otra clase de vestigio arqueológico, ya que
la superficie está cubierta por una capa de escombro. Nos informaron que en la ladera
noroeste había una serie de alineamientos de piedra. No los pudimos visitar. A más de dos
años de su registro no hemos regresado. Sin duda, las casas en acantilado son un rasgo
característico sólo de la sierra fría.

Figura 3. Dos de la estructuras arquitectónicas que conforman la “Casa en acantilado” registrada en Las Californias,
municipio de San Ignacio, Sinaloa.

En la parte baja de la sierra, en cambio, se han ubicado cuatro canchas para el juego de
pelota. La primera estaba en la Sierra del Fraile en Concordia, y fue visitada en 1930 por
Carl Sauer y Donald Brand y la registraron como El Pirámide (Sauer y Brand, 1998: 39). El
paraje en realidad está la pie del cerro El Pirame, pero en años recientes fue completamente
arrasado para poner en su lugar un rancho para el turismo ecológico, aunque éste,
rápidamente quebró (Grave, 2005). El elemento principal del asentamiento arqueológico,
escribieron el par de investigadores estadounidenses, era “un claro de forma rectangular de
unos veinticinco por treinta metros, en los extremos norte y sur hay unas paredes de piedra
parcialmente en ruinas, cuya altura, sin embargo, llega hasta el pecho de un hombre. El
lugar es conocido localmente con el nombre de „la cancha de pelota de los antiguos‟”.
Por su parte Stuart Scott, en 1967, reportó dos sitios con sendas canchas para el juego
de pelota en la serranía en los límites entre Sinaloa y Nayarit. El más claro está en la
Ciénaga, a unos 350 metros sobre el nivel del mar, donde hay una zona nivelada
artificialmente y limitada por dos muros bajos de piedra con un largo de 21 metros por un
ancho de 12 metros, a la que consideró la cancha. El otro está en El Vigal, pero no lo
describe (Scott, 1967).
Finalmente, en el 2004, en la cuenca media del río Presidio, dentro del paraje conocido
como El Debonal (Grave, 2004), tuve la oportunidad de registrar un taste arqueológico. Se
trata de un par de estructuras alargadas, perfectamente paralelas que miden 28 metros de
largo por sólo 3 metros de ancho y una altura de apenas 1 metro, las cuales están separadas
entre sí por aproximadamente 20 metros. El espacio que queda entre ellas está
completamente plano y limpio como si hubiera sido nivelado con intención (Figura 4).
Unos cincuenta metros al este hay una enorme terraza de contención, cuyo muro mide más
de cien metros de largo y en algunos puntos se eleva por encima de los dos metros.

Figura 4. El larguero este del taste o cancha para el juego de pelota de El Debonal.

Además en la comunidad de Los Llanitos, ubicado ya en llanura costera, no muy lejos


del río Quelite está todavía en funciones un taste. Se trata probablemente de la zona más
cuidada del pueblo. Tiene luz eléctrica y está cercada con tela de alambre para que no se
metan los animales. La cancha está perfectamente nivelada y limpia y se encuentra limitada
por una línea de piedras encajadas. El analco (la parte central del taste) está señalado por
marcadores de piedra, que dicen los de Los Llanitos estaba originalmente en una cancha
prehispánica. Se trata de las partes de una escultura. “Curiosamente, dicen Sergio Garza y
James Brady, un trozo de la columna tiene tallada en un lado la carta de un hombre, y en el
otro, la figura de un pene…” (Garza y Brady, 2005: 60). Esto recuerda aquella mención
multicitada de Pérez de Ribas que dice: “En otro pueblo, llegando a él el padre, hallo que
estaban jugando el juego de la pelota… y en el batey, o placa del juego, estaba puesto a un
lado un ídolo de figura de hombre, y al otro lado la raíz muy nombrada entre los indios de
la Nueva España, que se llama peyote” (Pérez de Ribas, p. 486; apud, Beals, 2011: 173).
Era la cancha para el juego de pelota, uno de los elementos identificativos de los
acaxees y xiximes y de acuerdo con Hernando de Santarén, era lo primero que se construía
al fundar una nueva población (Beals, op. cit: 171; Punzo, 2013: 301):

Lo primero que en sus poblaciones hacen es el batéi, que es una plazuela muy llana y con
unas paredes a los lados, de una vara en alto, a modo de apoyo; el cual sirva para juagar a la
pelota, al cual es de un hule como el ajonje de Castilla, que pesa dos otres libras, porque es
tan grande como la cabeza y hácese de la leche que destilan unos árboles. Esta se juega de
cinco en cinco y más por banda, como se conciertan, y juéganla con tanta destreza que no la
tocan con pie ni con mano ni parte alguna del cuerpo si no es con el hombro derecho y con
el cuadril de los cojines naturales, para lo cual es menester muchas veces saltar muy alto, y
otras arrojarse por el suelo dando grandísimas corridas… (Hernando de Santarén, 1604;
apud Punzo, 2013: 171).
Sin embargo, resulta llamativo que donde se conserva su práctica y en canchas muy
similares a las descritas para esos grupos es en la llanura costera y las estribaciones de la
sierra de Sinaloa y no en la sierra alta (Figura 5).3 Es decir, esto apoyaría aquella suposición
de Sauer de una relación más o menos estrecha entre los grupos serranos y costeños. Sin
embargo, el juego de pelota y la manera de jugarlo era una práctica, digamos universal, en
buena parte del México prehispánico. Veamos si el resto de los vestigios arqueológicos de
la sierra baja, nos permiten pasar de los supuestos a las hipótesis.

Figura 5. Jugadores de pelota de Los Llanitos y Escuinapa en un juego de exhibición en la zona arqueológica de Las
Labradas, Sinaloa (21 de marzo de 2013).

La segunda clase de sitios registrados, por su abundancia corresponden a petrograbados.


Es suposición común en Sinaloa (y volvemos a las suposiciones) el atribuir las
manifestaciones gráfico-rupestres a grupos nómadas o, en su defecto, con un bagaje cultural
limitado o “primitivo”;4 sin embargo, no siempre es el caso. Por ejemplo, en Tzintzuntzan,
la capital del imperio tarasco o purépecha, uno de los pocos capaces de enfrentar con éxito
el poderío mexica en el Posclásico tardío, se han registrado al menos 110 petrograbados en
las fachadas de las yácatas, sus templos y edificios representativos, y más de 600
desperdigados por el sitio (Olmos, 2010). En el mismo Templo Mayor de los mexica hay
también algunos de estos elementos.
La existencia de petrograbados no es pues evidencia por sí de grupos pequeños y con
movilidad espacial. En otra parte, quien escribe y Francisco Samaniega, hemos llevado a
cabo la comparación entre los diseños plasmados en los petrograbados de la sierra del sur
de Sinaloa y norte de nayarit, con los de la cerámica fabricada por los grupos costeros de
las mismas entidades federativas, en particular con la del complejo Aztatlán, donde
llegamos a la conclusión de que “…aunque las representaciones en uno y otro continente
3
Si bien es cierto, en la sierra sinaloense, al menos en los topónimos hay reminiscencias de su práctica, pues
es común el nombre de Batey en varios parajes y poblaciones y otra se llama La Capilla del Taxte, donde
según me platicó en 2002, Don Goyo, el dueño de la tienda principal, todavía se jugaba ulama hasta 1980
aproximadamente, pero luego el taste fue sustituido por una cancha de volibol.
4
“… aunque ignoramos en que tiempo haya tenido lugar, podemos afirmar que en Sinaloa se establecieron
grupos humanos recolectores, y cazadores y pescadores de los que tenemos un mensaje en la expresión
rupestre que nos legaron. De un extremo a otro del territorio sinaloense; desde la sierra hasta el mar, en
diversos lugares hallamos ese mensaje en petroglifos…” (Nakayama, 1983: 19-20).
(las piedras por un lado y las vasijas de cerámica principalmente por el otro) no son
idénticas ni mucho menos; la alta concurrencia de los diseños comunes y, sobre todo, la
asociación de los mismos motivos en uno y otro lado, nos permiten postularlos como parte
de una misma región cultural inmersa en una tradición que inicia hacia los albores de
nuestra era y está presente y viva todavía entre los grupos indígenas del Gran Nayar”
(Grave y Samaniega, 2013). Entre los motivos decorativos comunes están por supuesto los
sempiternos espirales y círculos concéntricos, pero hay también recurrencia en los llamados
“pocitos” en las aspas o cruces de San Andrés (Figura 6), el quincunce o los cuatro rumbos
y el centro; pero también en motivos más realistas como la vulva femenina y los símbolos
fálicos, corazones humanos, huesos cruzados, cráneos decapitados e incluso
representaciones de dioses y escenas míticas y/o rituales como danzas y sacrificios
humanos.

Figura 6. Petrograbados de La Ciudadela y vasija tipo “Banda Negra Esgrafiado” del Museo Comunitario de Cacalotán
donde se asocian aspas o cruces de san Andrés y espirales.

Pasemos ahora a los vestigios más comunes: los cimientos de unidades habitacionales y
los utensilios de cerámica y lítica. Los asentamientos habitacionales se ubican casi todos en
las cercanías de los ríos y/o arroyos como El Quelite, Presidio y Pánuco, pero siempre
sobre terrazas naturales alejadas de las previsibles inundaciones en la época de lluvias,
aunque todavía lo bastante cerca del agua que es donde se desarrollan los suelos más aptos
para la agricultura. Los materiales arqueológicos recuperados en ellos corresponden, en su
mayor parte, sino es que todo, a utensilios de uso doméstico; destacando por supuesto la
cerámica, casi toda monocroma; tienen también presencia de objetos molienda e incluso de
hachas de garganta; los primeros servirían para la molida de los granos y las segundas para
el desmonte de los campos a cultivar. Entre la cerámica, en los primeros trabajos realizados
en la parte baja de la sierra se habían observado sólo unos cuantos tiestos de borde rojo y
tanto C. Sauer y Donald Brand, en 1930 (1998) como yo hasta el 2009 (Grave, 2008;
2009), los considerábamos como la evidencia de contactos esporádicos entre los grupos de
la sierra y la costa; sin embargo, los hallazgos recientes nos orillan a replantearnos ese
convencimiento.
En las cercanías de Los Naranjos, pequeña ranchería ubicada en la parte media de la
cuenca del río Presidio, registramos un pequeño sitio arqueológico. Se trata de una zona
plana, de apenas 100 por 50 metros, y no muy lejos de un arroyo de corriente intermitente,
que cuando lleva agua pasa a alimentar al arroyo Los Naranjos, el cual es de corriente
permanente. El terreno estaba limpio, pues acababa de concluir la pisca; esta situación nos
permitió observar con claridad la superficie. Ahí recuperamos una regular cantidad de
fragmentos de cerámica, varios de ellos de tamaño y grosor considerable, lo que nos indica
que la mayoría son de olla; de hecho, uno de ellos es el fondo de una olla. Hay también
otros fragmentos de paredes más delgadas, los cuales son de cuencos. En general, la
cerámica es monocroma y de buena calidad. Además, su propietario nos mostró un hacha
de garganta y un malacate que identificamos del tipo El Taste, característico de la última de
etapa de ocupación prehispánica en la costa del sur de Sinaloa y norte de Nayarit (Figura
7).

Figura 7. Hacha y malacate tipo “El Taste”, recuperados en Los Naranjos.

El sitio El Carrizal, por su parte, se localiza a medio camino entre las poblaciones de La
Noria y El Quelite, en un pequeño valle intermontano en las primeras estribaciones de la
sierra, al pie del cerro El Carrizal y a orillas del arroyo Las Tinajas, donde se encuentra una
alta concentración de materiales arqueológicos, los cuales se distribuyen sobre un área de
más de cuatro hectáreas (Figura 8). Destaca la gran cantidad de cerámica, en su mayor parte
de tiestos monocromos bastante fragmentados por el paso continuo de la rastra del tractor,
aunque hay también una sorprendente cantidad de tepalcates decorados, entre los que
logramos identificar los tipos “Chametla policromo medio” y “Bandeado negro esgrafiado
medio”, además de los consabidos “Borde rojo” y “Borde rojo marmoleado”. Se
recuperaron también varios fragmentos de figurillas antropomorfas del tipo “Blanco
fileteado”.
Entre la lítica pulida hay una gran concentración de manos de metate, varias de ellas
con los extremos abultados; así como varios fragmentos de metates, algunos de ellos con
soportes. También hay obsidiana en regular cantidad, tanto lascas como fragmentos de
puntas de proyectil, pero no recuerdo haber observado alguna navajilla. La concha, aunque
presente, es francamente escasa, casi nula y en La Noria me mostraron un malacate
esgrafiado pequeño que aseguran es de este sitio.
Figura 8. Material arqueológico en superficie en el sitio El Carrizal.

En suma, el sitio arqueológico de El Carrizal, aunque ubicado en las estribaciones de la


serranía, tuvo una ocupación más o menos intensa y pertenece plenamente a la tradición
cultural de la llanura costera del sur de Sinaloa en el periodo comprendido entre el 500 y el
750 d.C.
En el pequeño Museo de Cacalotán, el mismo pueblo u homónimo de aquel considerado
por Baltasar de Obregón como una de las principales comunidades de los “caribes
serranos”; la mayor parte de los objetos expuestos son materiales que sin asomo de duda
corresponden a la tradición arqueológica de los grupos de la llanura costera del sur de
Sinaloa y norte de Nayarit, es decir, los llamados totorames (Figura 9). Entre las vasijas de
cerámica hay una del tipo “Chametla policromo temprano” y otra “Banda Negra
Esgrafiado”, ambas características de la ocupación anterior al 750 d.C. en la región, así
como fragmentos de figurillas “Mazapa” y objetos de cobre, relacionados con el Horizonte
Aztatlán, e incluso malacates tipo “El Taste”, diagnósticos de la última etapa de ocupación
en la región.

Figura 9. Materiales expuestos en el Museo Comunitario de Cacalotán. A la izquierda vasija miniatura del tipo “Chametla
policromo temprano” y a la derecha fragmento de figurilla “Mazapa”.
El problema radica en que no se tiene registro de su proveniencia, por lo que pudieron
haber sido obtenidos río abajo y no necesariamente en los alrededores de Cacalotán, si bien,
Jorge, el antiguo encargado del museo, asegura que sí; aunque también afirma que fue
Cacalotán la única y verdadera capital de los totorames; que de ahí salieron los aztecas y su
influencia llegó hasta los mayas, pues según él, el Popol Vuh se inspiró en Cacalotán.
Es posible que Jorge tenga razón… en que los materiales provienen de la sierra baja,
pues, recientemente llevé a cabo la inspección en Juantillos, pequeña población ubicada en
la cuenca del río Presidio, en la parte media de la sierra. Ahí, al nivelar un terreno con
maquinaria se toparon con una gran cantidad de materiales que nos disipan cualquier duda.
El sitio en cuestión se localiza sobre una serie de lomeríos a orillas del arroyo Juantillos. En
superficie, en la zona no arrasada, hay una relativa abundancia de tiestos; sin embargo, bajo
ésta, se localizó una serie de pozos excavados en el tepetate donde se depositaban los
muertos acompañados de ofrendas de cerámica, lítica y hasta objetos de cobre y turquesa o
amazonita. Los entierros ya habían sido saqueados antes de nuestra visita (Figura 10); pero
sí pudimos ver los materiales resultantes del saqueo, muchos de los cuales forman parte
ahora de la Colección del pequeño Museo Comunitario de La Noria, Sindicatura a la cual
pertenece Juantillos.

Figura 10. Las tumbas saqueadas en el sitio arqueológico de Juantillos.

Entre la gran cantidad de materiales destacan, tanto por su cantidad como por su
calidad, las vasijas de cerámica, algunas de las cuales pudimos establecer en los tipos
“Borde rojo decorado” y “Cerritos inciso”. Hay también algunas pequeñas cuentas de
turquesa o amazonita, cascabeles de cobre, pipas, malacates y sellos; todos ellos materiales
diagnósticos en el sur de Sinaloa y norte de Nayarit del Horizonte Aztatlán. Por lo que es
claro que no hubieran desentonado nada si los hubiésemos encontrado en algunos de los
principales asentamientos de la costa sinaloense o nayarita, como Chametla o Coamiles y
no en un pequeño, aunque luminoso sitio de la sierra baja…
Figura 11. Materiales saqueados de las tumbas en el sitio arqueológico de Juantillos.

Comentarios finales.
Resulta evidente, a través de los vestigios arquitectónicos (canchas para el juego de pelota),
los grabados rupestres y, sobre todo, los materiales líticos y cerámicos, que hubo una
relación estrecha entre los grupos que habitaban la sierra media y baja y los de la costa del
sur de Sinaloa. Sin embargo, las fuentes documentales del siglo XVI no dudan en situar a
Cacalotán como una de las principales poblaciones xiximes y cuyos habitantes estaban en
continuas disputas con los grupos costeros, que incluían la toma de prisioneros para su
sacrificio y su consumo como alimento.5 Como argumentamos en la primera parte de este
escrito, es posible que en realidad la ubicación del actual Cacalotán no corresponda con la
que mencionan los documentos, sino que haya sido reubicado en la sierra baja y bajados sus
habitantes de “las sierras ásperas, quebaradas, cóncavas y riscos de su altura” donde antes
se encontraba, según la colorida descripción de Baltasar de Obregón (1988: 103).
Los materiales cerámicos de la tradición cultural de la llanura costera del sur de
Sinaloa y norte de Nayarit (Grave, 2012) se encuentran en los sitios arqueológicos de la
sierra baja; al menos hasta los 400 metros sobre el nivel del mar, y se corresponden además
con toda la secuencia de ocupación prehispánica. Los materiales recuperados en superficie
en el sitio arqueológico de El Carrizal y algunas de las vasijas completas y fragmentos de
figurillas expuestas en el Museo Comunitario de Cacalotán pertenecen a la etapa que va del
250 al 750 d.C.; en tanto que en el resto de los asentamientos, como Juantillos y El
Debonal, corresponden en su mayoría al Horizonte Aztatlán (750-1200 d.C.); aunque hay
también materiales diagnósticos de la fase El Taste, la última etapa de ocupación
prehispánica en la región.
Esto es, no hay elementos para considerar que durante un tiempo la sierra baja haya
sido únicamente parte del territorio xixime, sino que: 1) la sierra baja es parte integral del
territorio totorame o, 2) ambos grupos pertenecen a una misma tradición cultural que
mantuvieron una estrecha relación que a veces derivaba en conflictos violentos que
implicaban sobre todo la obtención de víctimas para el sacrificio, pero no solamente por
5
No parece haber duda en que los españoles exageraron la antropofagia practicada por los “caribes serranos”;
quizá como una forma de justificar sus propios excesos (Cf. Ortega, 1999).
parte de los “salvajes” serranos, sino también con toda seguridad por parte de los grupos
costeros, los “civilizados” totorames (Figura 12).

Figura 12. Figurilla antropomorfa del Museo Comunitario de Chametla que representa a un cautivo.

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