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Aquella incierta luciérnaga

…y otros relatos alucinantes

José Luis Vásquez


I Aquella incierta luciérnaga.

Para mí, estoy casi seguro, todo comenzó un día martes 5 de Febrero. Yo iba a lo

mío, lo cual era acudir puntualmente a mis clases de ingeniería. Apartando

lagañas para caminar llegué hasta mi parada favorita, la cual quedaba a solo una

cuadra de la residencia y a unas doce del politécnico; y allí estaba ella, como

dejada por descuido del padre cronos en aquel tiempo y lugar. De primera lo que

me llamó la atención fue su vestimenta, muy atípica para los jóvenes de nuestra

época; parecía una colegiala de los años 50 o quizás más atrás. Vestía una saya

muy rala y ligera, tanto que debía aguantarla con la mano para que la traviesa

brisa no mostrara sus translúcidos muslos. El torso se lo cubría un deshilachado

abrigo azul sin botones, que contrastaba con la finura de la falda. Calzaba unas

zapatillas rosadas y unas medias blancas escolares que le protegían hasta las

pantorrillas. Su look lo remataba un par de rubias crinejas que dormitaban ateridas

sobre sus hombros.

Receloso me acerqué a la parada usurpada, por si acaso estaba aún dormido

en mi camastro y no me fuese a caer de porrazo. Le miré con disimulo, de arriba

abajo, muy asombrado por su aspecto a temporáneo; tratando de distinguir entre

una liceísta extraviada y una joven universitaria. Concluí que como yo se dirigía a

la zona de edificios educativos del oeste, al notar un inmenso libro rojo— quizás El

Leithold— que apretaba recelosa a su pecho, como temiendo que alguien se lo

arrebatara. Se veía tan frágil que sentí el deber de estar cerca de ella,
presintiendo que en cualquier momento tendría que sostenerla, cuando el peso

del grueso libro la halara hacia la calzada. El tiempo se detuvo largo rato y ambos

permanecimos como estatuas de una plaza sin que nos afectara el azote del

viento frio que soplaba. Súbito, me dejó asombrado un movimiento suyo, al

colocar su delgado brazo izquierdo como atril y con la mano derecha abrir el libro

rojo a un tercio de su grosor para empezar a recorrer su interior. ¡Esta se pasó! —

pensé—, cómo se le ocurre estudiar parada en una parada.

No aguanté la curiosidad que empezaba a jalonarme sobre esta peculiar

muchacha, y me acerqué lo suficiente para saludarla.

—Hola, buenos días. Veo que tienes un examen.

—Hoy no, pero tengo mucho que estudiar — me respondió impenetrable—, y

una pausa incómoda empezó su marcha.

—¿Estudias en el Pedagógico? —acorté el silencio.

—No, en el Básico— me contestó parca.

—¿Pero para el peda? –insistí en la charla.

—¡No!, voy a estudiar química, en el politécnico —me dijo—, abriendo un

pequeño portal, al voltearse y mirarme con una leve sonrisa de Mona Lisa.

En ese momento noté lo más resaltante de su aspecto. Si fuese yo un

estudiante de Castellano y Literatura hubiera dicho que se abrieron dos claraboyas

con vitrales de aguamarina, por las cuales se colaron sendos torrentes de luz

esmeralda; pero como apenas soy un cartesiano estudiante de ingeniería, solo


diré que vi emanar de los anillos de sus ojos ligeras luces azul-verdosas, propias

del fenotipo acunado en los Cárpatos Europeos.

—Ah que bueno, entonces de seguro te veré por allá, porque yo estudio

electrónica—le dije en tono amistoso.

—Ah ¿Sí? — Replicó como si no me creyera—, y se volvió a aferrar a su

lectura.

Un silencio largo se apoderó de la parada, hasta que fue interrumpido por el

resoplar humeante de un monstruoso Cecosesola.

—¿No subes? —la interrogué expectante.

—No me gustan esos tan grandes—contestó sin apartar la mirada del libro rojo.

—A mi tampoco —improvisé—, porque en realidad no me importaba su

tamaño.

Y se instaló de nuevo un silencio entre ambos, porque ya había otras personas

rodeándonos, con sus ruidos colectivos, ajenos a nosotros. Al rato una busetita se

presentó a rescatarme, porque ya me estaba incomodando dejar pasar tantos

transportes grandes. Era la ideal, pequeña y desocupada.

—¡Vámonos en esta! —le dije en tono fuerte, para poder sacarla de su

concentración.

Le permití subir primero, como todo un caballero y ella escogió un puestito

extra, para una sola persona; quedando ambos de frente, con nuestras rodillas
casi rozándose, solo separadas por el viento caprichoso que entraba y salía de la

cabina. La singular muchacha no se separó de la lectura durante el trayecto,

impávida ante los saltos de la frágil buseta; mientras yo trataba de encontrar

algún resquicio para introducir alguna frase ingeniosa que llamase su atención.

Dejé pasar mi parada, la cual queda entre las espaldas del poli y del peda, porque

me atrapó el deber de cuidar a ese aparente frágil figurín de anime, cuyos brazos

podrían partirse a la mitad debido a la plomada del grueso libro. No sé la razón,

pero me la imaginé rompiéndose contra el pavimento, como una muñeca de

porcelana, empujada al vacío por un pasajero indolente.

Al llegar al Básico todos nos apeamos y la criatura me miró arrugando el

entrecejo, como sorprendida de mí inesperada presencia y me espetó:

—¿Y Ud.? ¿No iba para el politécnico?

—¿Ah?, si, claro, pero yo siempre desayuno aquí al frente, tostines — me

justifiqué apenado.

—Hum, ya veo —me dijo con una sonrisa pícara— que interpreté como un

gesto amistoso, al cual no pude corresponder, puesto que en un pestañear mío la

muchacha desapareció, tragada por la serpiente multicolor que entraba apretujada

por el estrecho portón de alfajol al recinto universitario.


***********************

Tres días seguidos me monté en busetas pequeñas que me dejaban frente al

Básico, para desayunarme dos tostines y una malta. Luego caminaba de regreso

al poli, por la vía trasera, pisando despacito el asfalto, por si acaso me encontrara

alguna muñequita destrozada. El fin de semana me sacó de esa inusual rutina y

me devolvió a mi vida de “estudiante profesional”, como nos clasificaba el profesor

de Física Cuántica.

—Oye brother ¿tú conoces a una muchacha así y asao? —le pregunté a mi

hermano —, mientras él se mordía la lengua tratando de resolver unos problemas

de cálculo.

—¿Y eso? ¿Te gusta la tipa?—me interrogó.

—No vale, lo que pasa es que es tan inusualmente diferente —le aclaré.

—La verdad que no conozco ni he visto a ese ser. Si te interesa tanto, vete al

Básico y la buscas—me dijo en tono paternal.

—No lo creo. Yo no ando como tú, por ahí, de galancete—le dije sonriendo—,

para cerrar la conversación y tratar de concentrarme en mis ejercicios; que ya

tenía la mente lo suficiente imbricada tratando de entender El principio de

incertidumbre de Heisenberg. Sin embargo, el lunes siguiente tome

disimuladamente el consejo de mi hermano y me llegué hasta El Básico y anduve

cual holandés errante por los pasillos de pre-ingeniería, sin éxito alguno. Quizás
se retiró, como el 80% de los aspirantes, pensé como la zorra de las uvas verdes,

para aliviarme.

*************************

En verdad nunca llevé la cuenta, pero sé que habían pasado 14 días, cuando

por fin la vi llegar una vez más a la parada. Esta vez vestía “un poco más normal”,

con unos yines muy anchos y un suéter rojizo con una U gigantesca en el pecho,

que parecía haber heredado de un hermano mayor, también habitante de los años

cincuenta. No faltaban, eso sí, las inefables crinejas doradas, que esta vez se

columpiaban traviesas a su andar.

—¡Hola! –Me dijo alegre—, como queriendo compartir una buena noticia.

—¡Hola! – Le contesté en forma casual, tratando de disimular los quince días

de espera.

— Sabe que salí muy bien en mi primera ronda de exámenes, parece que

“algo” me trajo buena suerte —me dijo con la sonrisa de una niña comiéndose un

helado.

—Me parece muy bien señorita, y eso significa que le irá bien el resto de su

carrera —le dije serio—, con un tono de experto estadista educativo.

—Estoy tan, pero tan contenta que quiero caminar, caminar y caminar— me

dijo—, zumbándome dos pedradas esmeraldas que me atontaron.

—Pa’ luego es tarde, arranquémosle pues — le dije imitando la cadencia de un

cómico mejicano—; y así fue como dimos nuestro primer paseo.


*******************

Camino al Básico, la muchacha me explicó que su papá, por varios días, la

llevó a clases en su camión repartidor de gas, porque debido a los continuos

trasnochos, ella se paraba tarde. Confesó ser una empollona, con una manía de

tener notas perfectas y que se esforzaba tanto en lograrlas que a veces se

“olvidaba de sí misma”, frase que no entendí del todo. En el camino me rechazó

los ofrecimientos que le hacía cada vez que pasábamos por algún negocito o

tarantín de comida.

—Gracias, yo no como empanadas, por la fritura.

—Gracias, no me gustan esos plátanos aceitosos.

—Te lo agradezco, pero las empanadas chilenas me dan gases.

—Serán muy sabrosos esos tostines, pero no tolero la grasa.

Y de esa manera se excusó de aceptarme cualquiera de mis ofertas para

compartir un desayuno.

Al llegar al Básico se paró frente a mí y me dijo, como guardando distancias:

—Muchas gracias por haberme acompañado hasta aquí. Se lo agradezco.

Debió notar en mi algo de frustración, porque antes de sumergirse en la

marabunta de estudiantes, me gritó:

—Helados. ¡Los helados si me gustan muchísimo!


************************

Las siguientes semanas la pasé entre mis deberes de estudiante y mis

charlas en la parada y en las banquetas del Básico con esa joven “venida de otro

mundo”, y en verdad que sí lo era. No usaba los ropajes típicos de las muchachas

universitarias; no encajaba en ninguno de los estilos conocidos, como el de las

estudiantes de mecánica, con sus bluyines rústicos y camisas de paño

cuadriculado; o las perfumadas de química, que utilizaban finos pantalones de

pana y blusas de lino; o las del área eléctrica, las cuales iniciaban el semestre bien

pintarrajeadas y lo terminaban espelucadas y con sus blusas sin planchar. Ella no

tenía moldes; una semana le daba por andar elegante, con vestidos y zapatos

finos, delicados y femeninos y la siguiente se ponía unos pantalones bombachas

con desgastadas zapatillas de cuero. De la misma forma errática actuaba con su

pelo. Mayormente lo llevaba como alegres crinejas, algunas veces desnudas,

otras veces arropadas con ganchos, cintas o lazos enormes. Ocasionalmente se

fabricaba una sola, gruesa y simétrica, la cual usaba con sus mejores vestimentas.

Pocas veces llevaba el pelo suelto, a pesar de que lo tenía abundante, sedoso y

ondulado, con hebras de oro fino. Lo único constante en esa joven era la

indescriptible apariencia de haber escapado de una fotografía antigua, de

haberse fugado de algún álbum extraviado de sus abuelos.


********************

Razoné que el viernes 2 de marzo iba a ser el día perfecto para invitar a la

peculiar joven a tomarse unos helados. Casi todos teníamos libres los viernes en

la tarde y yo habría cobrado mi beca estudiantil. La llevé a una heladería que

quedaba cerca de la universidad, muy solidaria con los estudiantes y en donde

nos permitían pasar horas charlando, por un mínimo consumo. Después de revisar

al derecho y al revés la lista, ella se decidió por una gran copa de fresa, no sin

antes darme una charla sobre sus propiedades curativas y excelentes

capacidades oxidantes para el cerebro. Yo escogí un simple vaso de crema con

frutas.

Esa tarde hablamos de todo. Bueno, ella habló de todo. Me explicó que viviría

14 mil años, porque era una descendiente reencarnada de una semi-diosa hindú.

Al principio pensé que me bromeaba, pero luego entendí que todo lo decía bien en

serio y hasta me detalló cuales eran los pasos que conlleva tamaña

responsabilidad. Me dio una clase magistral de cómo estamos cada uno de los

seres vivos sintonizados con unas cadencias de ondas y sus respectivos colores

asociados. Yo, como materialista dialectico y como estudiante de ingeniería en

comunicaciones, no compartía del todo sus ideas, pero se las respetaba. Le creía

de corazón y daba por válidas sus creencias, sin necesidad de aceptarlas

hipócritamente. Ahora podía entender por cual razón parecía no tener amigos; de

seguro se burlaban de sus conceptos y se convertían en jueces que la

sentenciaban, solo basados en premisas fácticas, sin detenerse a pensar en la

belleza subyacente de sus ideas; sin percatarse de lo grandemente humano que


implicaba adorar o simplemente confiar a un omnisciente dios todas nuestras

penurias y todas nuestras esperanzas.

Aquella feliz tarde la muchacha me contó un poco de su vida familiar y privada.

Me pidió disculpas por rechazar mis desayunos, explicando que ella era

absolutamente lacto-vegetariana, y que no se comía nada que hubiese muerto, ni

siquiera huevos pasados por agua bendita, ja, ja ja. Me dijo que todas sus

hermanas le tenían cierta envidia—pobrecitas, ella las entiende— porque su

mamá la tenía toñeca con su dieta y le preparaba ensaladas súper-especiales,

mientras ellas comían mojos de sardinita, tomate y cebolla, ja, ja ja.

Mientras fluía la charla, nos animamos a intercambiar. Yo pedí una gran copa

de fresa y ella un vaso de crema, al tiempo que ahondaba en su historia familiar.

Con su delgado y transparente dedo meñique, trazó un mapa sobre la mesa,

ubicando su lugar de origen al sur-oeste de su carterita de semi-cuero rosada,

justo a orillas de los andes larenses, al sur de la copa de helado. Me dijo que no

había vuelto a su pueblito del alma, porque un primo mayor tenía una fijación con

ella y le daba miedo de que se metiera forzando la frágil ventana del cuarto donde

dormían solo las señoritas. Cuando me conto de esa posibilidad sentí, por primera

vez en mi vida, odio hacia alguien desconocido: ¿Que bestia inhumana podría ser

tan cruel y malvada para tener siquiera un leve pensamiento sobre penetrar y

hacerle daño a una criatura tan frágil y pura como lo es una inocente ventanita de

madera?
Ya la noche había llegado a escondidas y yo apenas podía guiarme por los

cocuyos de sus ojos, cuando me empezó a relatar un cuento muy extraño. Me

contó que su tía-abuela; de quien había heredado su fisonomía, sus ideas

metafísicas y hasta un baúl lleno de ropa, muñecas, libros y otros enseres

personales; había muerto en la hoguera. Al principio imaginé que la habían

acusado de ser una hija de Salem, hasta que ella me detalló todo lo acontecido.

Resultó que su pariente era una joven muy brillante e independiente para su

época; que deseaba estudiar medicina, profesión negada a las mujeres por esas

fechas. Me explicó que la tía, junto a la familia, se habían mudado a esta ciudad,

por cierto a la casa donde actualmente ella vive. En fin, la muchacha de la

historia, con astucia se consiguió algunos libros de medicina y decidió quedarse

todo lo santos días estudiando por su cuenta, hasta que sus tercos padres

decidieran matricularla en la facultad. Y así pasaron los años, con ella encerrada

estudiando, acumulando libros y conocimientos teóricos y los padres negados a

complacerla. Un buen día, o mejor dicho, una mala noche, salió toda la familia

hacia el hospital por el nacimiento de una sobrina. La tía se quedo como siempre

enclaustrada estudiando, alumbrada solo por una vela; y ¡zúas!, llegó un mal

viento y la elevó hasta una pila de sábanas sucias que se incendiaron de

inmediato. Cuando los vecinos lograron acallar las flamas, la encontraron, en

posición fetal, aferrada a unos libros humeantes que le perforaron el pecho. El

tizón del torso, que relumbraba con un viento macabro, la hizo asemejar a una

gigantesca luciérnaga agonizante. Bueno, esa última parte la imaginé yo. Al

terminar su relato supe que estaba llorando, porque los cocuyos relumbraban

tenuemente. Cerrando la heladería, arrancamos a caminar por la Calle 15,


mientras nos relamíamos los vasos de plástico; guardando entre ambos un

extraño espacio silente, hasta que llegamos al callejón de la 55A, donde se detuvo

y me dijo: “aquí cruzo, muchas gracias por escucharme”.

—De nada —le dije con la voz quebrada no sé por cual razón—, y allí tuve el

valor de agregar: “mañana le puedo brindar todos los helados de fresa que se le

antojen, Señorita Luciérnaga”

—De acuerdo joven, nos vemos allá a las seis de la tarde —me dijo

sonriendo—, antes de apagarse en la penumbra del callejón.

Esa misma noche en la residencia le conté a mi hermano sobre todo lo

acontecido con la chica y él me dijo burlón: “pa´mi esa chama ta´loca, yo que tú la

marco a distancia”; y la verdad es que nunca lograba entender su lenguaje de

basquetbolista frustrado. En la madrugada soñé que La luciérnaga se estaba

quemando y me pedía auxilio a través de unos barrotes. Me extendía sus brazos

burbujeantes de grasa chamuscada y yo no tenía cuerpo físico para auxiliarla y

desperté tan asustado que me toque el pecho para saber que aún existía de carne

y hueso.

—Mañana le haré una pregunta importante — me dije para mí mismo—, y me

volví una momia de sábanas, para poder conciliar el sueño.


********************

Al otro día, sábado 3, estuve en la heladería desde las 4:30, previendo estar a

tiempo por si llovía. Mientras esperaba me tome un café con leche grande y una

empanada chilena. Noté que cuando la muchacha me sirvió y regresó a la barra,

me señalaba disimuladamente, mientras cuchicheaba y se reía con una colega.

No pude explicarme el porqué de esa actitud, pero no le presté mayor atención,

total, yo estaba solo pendiente de la llegada de La Luciérnaga.

A ella la trajo la tarde, vistiendo un brillante vestido amarillo de popelina, con la

falda en forma de campana, cortado por un cinturón ancho de gran hebilla. El

torso se lo cubría una preciosa chaquetilla azul bastante ajustada. Calzaba

zapatillas blancas con grandes plataformas y en la dorada cabeza reposaba un

enorme lazo, también blanco, quien abrazaba a las dos alegres crinejas que

jugaban entrelazadas. Bordeándole el cuello de garza fulgía un lustroso abalorio

de perlas de plástico. Parecía salida de una postal norteña de los años cincuenta.

Le aparté la silla para que se sentara y le dije que se veía very nice, a lo cual me

sonrió con cierta timidez. Sin pedirle permiso pedí los helados más caros, dos

copas Banana Split. Cuando la mesera nos traía el pedido no aguantaba la risa y

casi se les cayeron las copas y yo no entendía el chiste, pero seguí sin darle

importancia.

Mientras disfrutábamos de las copas conversamos de todo un poco. Como

siempre ella acaparaba toda la cháchara y yo la dejaba. No me acuerdo de todo,

pero sí de que me habló de sus viajes astrales. Contó que había visitado en
espíritu las catacumbas romanas, las pirámides egipcias, los jardines de babilonia;

que fue testigo de la decapitación de María Antonieta, de donde se trajo sus

zapatillas manchadas de sangre real, que de verdad tenía la consistencia, color y

olor de un calamar. Me juró haber acompañado a los cruzados en su séptima

jornada, la única verdaderamente importante de todas ellas. Me describió con

precisión como lucían las lunas de Júpiter cuando se sobrevolaban y así de

muchas otras cosas y yo le creía todo, porque sabía que ella era la persona más

transparente que yo había conocido, tanto que podría jurar que le veía sus

movimientos de diástoles y sístoles. Cuando sentí que ella se había descargado

de todo lo que necesitaba decirme, tomé valor para hacerle una pregunta muy

importante, y así se lo anuncié:

—Señorita Luciérnaga: “tengo que hacerle una pregunta muy importante”.

—Yo ya sé que pregunta es, recuerde que yo puedo leer la mente de las

personas buenas—me dijo con una seguridad pasmosa—; tanto que me vi tentado

a retarla a que me la respondiera de una vez, pero preferí seguir una vía menos

riesgosa. Cuando iba a lanzar mi pregunta— como diría mi hermano—, ella me

jugó adelantado.

—También tengo que decirte algo muy personal e importante: “Yo no pienso

casarme nunca, ni tener pareja, ni tener hijos” — me arrojó un dardo con firmeza.

En ese momento vi que de la nada apareció una lanza gigantesca que volaba

rauda hacia mí y sin darme tiempo, me espetó la garganta, clavándome contra el

respaldar de la silla de madera y allí entendí como se sienten las mariposas


disecadas. Parece que ella no se dio cuenta de mi situación, porque removiendo el

resto del helado con la cucharilla de plástico siguió hablando, como si nada

pasara.

—La gente no me entiende, pero yo quiero dedicar mi vida a desarrollar cosas

que ayuden a los pobres. Quiero inventar sustancias que ayuden a las amas de

casa; detergentes maravillosos que cuiden sus manos; champús medicinales

antes que cosméticos; plastilinas alimenticias, que no envenenen querubines;

fuegos artificiales que solo hagan ruido y no dañen a las manitos de los niños;

medicinas que se tomen una vez cada semana y se activen solo al detectar la

enfermedad; alcohol que no solo embriague, si no que cure a los borrachos de sus

diabetes y enfermedades venéreas y tantas otras cosas buenas que necesitan

crearse y para lo cual voy a necesitar de todo mi tiempo y energía. ¿Tu si me

entiendes? ¿Verdad? —Me dijo—, tratando de no atragantarse con sus palabras.

Yo no pude responderle, debido a la lanza en la garganta y solo logré hacerle

un pequeño gesto afirmativo con la cabeza, mientras ella me miraba, como

esperando un aplauso, una gran aprobación que no llegaba. La noche empezó a

cubrirnos con un silencio muy oscuro y frio, tanto que nos hizo tiritar las ideas,

que no terminaban de salir de nuestras cabezas. De repente ella me dijo muy seria

¡vámonos de aquí!, apoyándose con un movimiento rápido de su cara. Me levanté

como pude, sosteniendo con las manos la lanza para que no terminara de

rasgarme la garganta. A mis espaldas pude oír las risas sin piedad de las

meseras.
**********************

Al salir del puesto de helados nos regresamos de apoco, tomando La Rotaria,

vía hacia La sesenta. En el trayecto ella seguía hablando de cosas disimiles,

extrañas, etéreas, aparentes y nebulosas. Yo no prestaba mucha atención,

ocupado, tratando de no perder el equilibrio al sostener la lanza que ya casi

lograba sacar de mi garganta. Llegando a la plaza Miranda sentí que lo había

logrado, al escuchar un rebote metálico contra el pavimento. Aproveché los

bancos de la placita para pedirle que nos sentáramos y le obsequié unos

caramelos de coco que llevaba en el bolsillo, no tanto por ser amable, si no para

ganar tiempo mientras se me aliviaba el dolor en la manzana. Allí me increpó:

—¿Estas bravo conmigo? ¿Por qué no me contestas?

—No inventes –le respondí—, ahorrando palabras

—Primera vez que me mientes— ¿no es así?—, solo dime que estás molesto y

yo lo entenderé— insistió.

Carraspeé y le dije con voz lejana: “No Luciérnaga, es solo que el helado me

congeló las cuerdas vocales”. Ella hizo un gesto de no creerme y se levantó dos

veces, porque a un primer intento un contralisio extraviado la había vuelto a

sentar; y arrancó a caminar, vía la quince. Por un microsegundo tuve la idea de

dejarla marchar sola, pero de solo imaginarla en volandas como a una huérfana

pajarita de papel, decidí que no; primero caballero que orgulloso y caminé a su

lado. Nos deslizamos silenciosos unas pocas cuadras; cada uno encerrado en una

cabina transparente, que solo dejaba pasar la brisa fría y los ruidos citadinos. Al
llegar a la esquinita de su calle, me tomó con su mano, fría como un mojón de

foca, pero que extrañamente quemaba la mía y me dijo: “ven para que sepas a

donde vivo”. Caminamos apenas unos sesenta metros por el callejón hasta

pararnos frente a una casa oscura, sin un ápice de luces. Allí me soltó la mano y

me dijo: “a lo mejor no me verás más nunca”. Esa sentencia me dejó paralizado,

mientras ella abría, entraba y cerraba las rejas de un pequeño porche.

—¿Porque dices esas cosas?—le grité—, pegando el rostro a las rejas de su

casa.

—Yo tengo mis secretos, que tu no deberías saberlos —me dijo—, mientras se

metía a la casa, cerraba la puerta y encendía la luz del porche.

¿En cuál parte de su frágil cuerpo podría esconder un secreto, ese cocuyo de

cristal? —me pregunté.

Sin saber porque, pero me asustó la idea de que la relación con su primo fuese

de mutua atracción y por allí su idea de no establecer relación amorosa con

hombre alguno; pero rápidamente la descarté, por que de ser cierta seguro me lo

habría confesado. Cavilando me quede aferrado a las rejas del porche no se por

cuanto tiempo, hasta que ella empezó a apagar y encender las luces. No sé si lo

hacía para que me fuera, o me estaba jugando una broma, por haberla bautizado

La Luciérnaga, o a lo mejor me estaba enviando un mensaje en clave Morse,

sobre la cual sabía que era una experta. Lo único que sé es que en ese juego duro

como un cuarto de hora, hasta que nos fundió a ambos, a la bombilla y a mí.
En verdad no sé si me quedé soñando recostado a las rejas, pero pude verla

atravesando las paredes de su casa, flotando, caminando verticalmente por los

muros, levitando en posición de loto, como la pálida y bella diosa hindú que me

había mostrado en una estampa de su librito de metafísica. Solo sé que me

espabiló una mano fría y huesuda que se posó en mi hombro. En la penumbra

pude distinguir a un hombre bastante mayor que me hablaba tembloroso.

—Vengase pa´ca mijo, aléjese de esas rejas malditas.

—No diga eso maestro, que allí vive mi amiga, La Luciérnaga—, le dije en tono

amable—, respetando su cara arrugada de sol y de experiencia.

—Ay muchachito—me dijo compasivamente—, Usted como que es otro que

cayó en sus brazos.

—Tenga cuidado con lo que dice—le reclamé ya un poco airado— ¡No ofenda

a esa dama!

De inmediato el viejo me tomó con fuerza por la base de la cabeza y me obligó

a penetrar a la oscurana de la casa donde se suponía que ella habitaba, y me la

fue mostrando con una gran linterna de mano que cargaba. Bajo la redondeada

luz artificial pude detallar las ruinas oscuras de un añejo incendio; muros

derrumbados, bañados de un carbón milenario, de entre los cuales solo emergían

débiles relumbres de cocuyos metálicos procreados en la basura. Y allí pude

distinguir a La Luciérnaga, acurrucada como la momia de un niño inca sacrificado.

Vi su enorme libro, apelotonado entre sus brazos y su pecho, formando una

argamasa violeta. Entre sus ruinas, igualmente pude distinguir a las huérfanas
crinejas de oro, chamuscadas y fundidas a una almohada de arcilla. Ella tenía los

ojos abiertos pero inmóviles, como un búho disecado, donde resaltaban dos

piedras de malaquita, opacas y desgastadas por una larga y solitaria espera. Sentí

el deber de despedirme de ella con un beso en su aún transparente frente; pero al

inclinarme se me doblaron las piernas y tuve que recostarme del pobre anciano,

que casi no podía con mi peso. Un dolor fuerte en el pecho me hizo inclinar aún

más y cuando iba a llevar mi mano derecha al costado izquierdo, para aliviar el

agudo ardor que me quemaba por dentro, el corazón se desprendió de mi pectoral

poroso, cayéndome en la planta de la mano; resquebrajándose en 2, 4, 8, 16, 32

y cientos más de pedazos, que se deshilachaban en trazas de arena que se

colaban por entre mis dedos, que de igual forma se desmembraban. El pobre

viejo no pudo mas con el saco de ceniza arenosa en el que se había convertido mi

cuerpo y tuvo que dejarlo caer. Lo último que recuerdo es que había comenzado

una lluvia fría y ventosa y que los restos de mi cuerpo se iban convirtiendo al

toque del agua en millares de culebrillas grises, que escapaban despavoridas

hacia un oscuro albañal labrado por un tiempo húmedo y frio que se

desparramaba, arrastrando indolente al cálido tiempo que acompaña al dolor

humano.
II El espejo indiscreto.

La vida familiar de Germán Tampoa había sido una pantomima desde su

comienzo. Él, su mujer Alicia y su pequeña hija llevaban una doble vida. Para

sus amigos y vecinos formaban la familia ideal, bella, pujante y con futuro; dignos

de salir en un reportaje de cualquier revista dominical. Para adentro, sobrevivían a

un infierno particular; con deudas, discusiones, insultos y un desamor que llenaba

el pequeño anexo donde cohabitaban, en el cual cada día les era más difícil

“cupir”, como decía Isabel, su regordeta hija.

Germán no se explicaba cómo fue que en solo seis años había pasado de ser

un joven galán, extremadamente buen mozo, a ser un “gordito simpático”; el

comandante de los teletubis, como se referían a su familia a sus espaldas. Él no

pudo terminar —realmente ni siquiera empezar— sus estudios universitarios,

porque en el primer mes de clase “fue descubierto” por una condiscípula que lo

llevó a la agencia de modelaje de una tía, quien lo contrató de inmediato. A los

tres meses de labor la señora le dijo: “o te dedicas en alma y cuerpo a tu profesión

de modelo, con la cual te podrás jubilar adinerado a los 37; o a esa piche carrerita

de veterinario, donde morirás curándole los moquillos a los perros de tus vecinos

ricos”. Ni lo uno ni lo otro. Abandonó los estudios— lo cual lo excomulgó de su

familia— e hizo una carrera meteórica, pero sumamente corta en el modelaje

fotográfico, que lo dejó tan deprimido como endeudado.


Las actividades que mantuvo Germán durante esos pocos meses consistieron

en largas jornadas fotográficas, modelando para catálogos de ropa fina, seguidos

de también extenuantes sesiones de gimnasia, porque les decía el jiripollas que le

fungía de coach, que él era bello como un ángel, pero con tendencia a ser robusto,

también como un ángel, pero de Rubens. Los weekends los modelos se

dedicaban a rumbear en las discotecas de moda, a gastar los cheques que les

caían como granizos de frutas. Fue en tal ambiente donde conoció a Alicia, la más

buenota de las modelos de una agencia rival y a la cual se la ganó en una apuesta

a uno de sus compinches. Una noche de tragos y sexo bestial bastó para truncar

la carrera de ambos mancebos; porque en el fondo, los dos eran unos pobres

provincianos que no tuvieron el valor de lanzarse a un aborto; como le sugerían

tranquilamente sus colegas, de cuerpos y caras perfectas como arcángeles, pero

de almas negras e innobles como los demonios. Y así ellos terminaron en un

matrimonio sin amor, donde los insultos y golpetazos eran prácticamente la única

terapia de desahogo.

Ahora los dos robustos ex–modelos trabajaban buscando promotores para

eventos musicales, a los cuales les vendían publicidad en revistas, afiches y

pendones; mediante lo cual se ganaban pequeñas comisiones. Les tocaba

patearla duro, insistir, rogar, jalar bolas y hasta de vez en cuando echarse una

“acostadita” con algún pelafustán billetudo-a. Terminaban los fines de semana

agotados, frustrados y comiéndose los restos de las comidas rápidas con la que

generalmente alimentaban durante la semana a su regordeta descendiente.


En la calle, por su labor, debían lucir impecables y asemejaban una familia de

religiosos que se dirigían a misa, cuando salían a llevar a la niña al colegio y

luego cada uno por separado a conquistar clientes, con sus elegantes ropajes,

finos zapatos, costosas carteras y portafolios. Dentro del anexo donde vivían todo

era un desastre, un cuchitril que consistía en un solo cuarto, con una cama

inmensa, un baño interior a la habitación y una salita que servía de estar y cocina.

Un día como cualquier otro una clienta estrafalaria le entregó a Germán como

parte de pago un lujoso y enorme espejo, porque quedarse corta para poder

cumplirle con sus honorarios. Ella le comentó que el cachivache había

pertenecido a un tal Blackaman, El Divino; un antiguo mago que había muerto

mientras se hospedaba en su casa, sin pagarle la renta y que por eso ella se lo

había quedado, pero que no llego a usarlo, por causarle mucho temor los artilugios

de los presdigitadores y hechiceros. Desde ese día, frente al barroco espejo,

Germán practicaba las poses que había aprendido en su breve carrera de modelo

fotográfico, mientras su mujer se reía burlona.

Una noche Germán llegó con unos tragos encima y cuando estaba practicando

sus antiguas poses, creyó percibir que su imagen se movía con cierto retraso

respecto a él. Al otro día en la mañana, volvió a hacer las poses sin notar nada

raro. Debieron ser los tragos —pensó.

En otra siguiente y cercana ocasión llegó aún más tomado y volvió a notar

también más acentuado el retardo entre él y su figura reflejada en el espejo. Vasié

— se dijo para sí mismo —, esto no lo estoy imaginando ni es producto de los


tragos, y empezó a hamaquear a Alicia para que viera el fenómeno, pero esta no

hizo caso y permaneció enrollada. El siguió experimentando con el pizarrón de

vidrio, pero a medida que se le iba pasando el efecto de los tragos, también

disminuía el retraso en la repuesta de la imagen. Se paró frente al cristal y le dijo a

ese extraño Germán que lo miraba fijo: “te voy a descubrir amigo”; y se asustó al

ver reflejado en aquel rostro una sonrisa burlona, la cual él no pretendía estar

haciendo. Se enculilló y se fue a enrollar con la mujer y la niña.

Los siguientes días Germán miraba con desconfianza a su doble, cada vez que

cruzaba frente al enorme vidrio aplomado y sentía como si aquel lo estuviera

retando, como mirándolo con sorna; y él hacia movimientos bruscos, para ver si

lo sorprendía y lograba captar de nuevo aquel retraso, que estaba muy seguro de

haber percibido el día de los tragos.

Una tarde de un fin de semana Germán esperaba en el cuarto su turno para

bañarse, cubierto solo con un paño diminuto que apenas cubría su figura de

morsa, mientras Alicia terminaba de duchar a su hija. Se paró frente al espejo y

comenzó a realizar sus poses de modelo. Se sintió decepcionado de sí mismo, al

notar que su otrora rostro angelical ahora solo era una cara mofletuda. Ya su

cuerpo de adonis había quedado completamente escondido debajo de los lípidos

depósitos, que empezaban a descolgarse por la edad. Se sintió triste y débil y

cuando se volteó de lado, captó el retraso en el movimiento de su gemelo, que

parecía aún más deprimido que él mismo. Empezó a hacer ademanes rápidos con

las manos y observaba claramente la triste lentitud de la respuesta que recibía.

Sintió algo de temor y llamó a su mujer: ¡Alicia, ven rápido, por favor! A ella le
extraño oír ese “por favor” y no le hizo caso, mientras su marido seguía probando.

A Germán se le ocurrió hacer un experimento definitivo, que le confirmara lo que el

venia sospechando. Se coloco a un lado, escondido del espejo y le grito a la

esposa: “Alicia, quiero que me revises la espalda, siento algo raro y no puedo

verme estando de espaldas al espejo”; y dicho esto salto como un gato hasta al

frente del interfecto y casi se muere del susto al verse a sí mismo, volteado, como

nunca antes en su vida. Con el corazón acelerado, pudo detallarse por primera

vez su propia retaguardia; observar lo que ven los demás pero que para uno está

prohibido. Vio sus hombros caídos, sus lunares y verrugas, sus adiposidades que

colgaban en la cintura y todo el conjunto le dio un infinito asco.

—Con razón Dios no nos puso ojos atrás, para evitar que veamos nuestra parte

más vergonzosa —pensó.

Mientras seguía el escrutinio de sus omóplatos, se sorprendió al distinguir su

marca de nacimiento, donde la cintura perdía su nobleza: un lunar blanco en

forma de mariposa, que le habían dicho de niño, que era la marca heredada de su

padre y la cual había salvado el honor de su madre y que él había supuesto como

una invención, para que no se sintiera tan mal por ser él tan diferente a su

progenitor, tanto así que sus abuelos hubiesen dudado de su procedencia.

—¡Alicia, vente rápido!, trataba de gritar sin ruidos Germán —, para evitar que

su imagen escuchara, pero era una difícil tarea. Optó entonces por acercarse poco

a poco al espejo, hasta que estuvo tan cerca de si mismo que percibía la húmeda

respiración de su reflejo volteado. Se aproximó a su propio oído y alcanzó a


susurrarse: “ya te descubrí, no sigas fingiendo”. Trastabillo del susto cuando la

imagen, al saberse descubierta, dio un ágil salto, giró en el aire y quedo, como

debiera ser, frente a él. Se miraron los opuestos con más lástima que miedo, como

sintiendo pena el uno del otro. Ambos se alejaron, caminando hacia atrás, como

dos pistoleros a punto de desenfundar. Germán disparó primero: ¿Porque me

haces esto? ¿Porque no me dices de una vez lo que quieres? y se quedó

esperando un rato la repuesta. De repente, casi muere del susto al ver que su

reflejo deja de seguirlo y toma vida propia y empieza a hablarle con gestos. Él no

entendía y se arrepintió de ser haber sido un flojo estudiante, que se negó a

aprender el lenguaje de señas. Lo único que se le ocurrió fue colocar los brazos al

dorso y abrir sus palmas horizontalmente, a manera de pregunta. Su otro yo si

pareció entenderlo y empezó a señalar las cosas que no le gustaban de sí mismo:

se pellizco las mejillas de morsa, cruzo los brazos para tocarse los aguados

bíceps, se hamaqueó un rato la panza y por último con la mano izquierda levantó

su paño y señaló con el índice derecho al descuidado pirulí de querubín. Germán

en estado de shock asintió todo con la cabeza, reconociendo su gran descuido y

no pudiendo más grito: ¡Aliiiiicia! Su clon le hizo señas de que se callara, que

esperara y empezó una especie representación teatral. Posó las manos sobre el

corazón y empezó a retorcerse. Luego desapareció brevemente a un costado y

reapareció con un pedazo de jabón, por lo cual Germán miró a un lado del espejo

y pudo ver que efectivamente allí estaba en físico, el jaboncito. La imagen liberada

se metió el jabón en la boca y empezó a dar vueltas, mientras que con la mano

izquierda se tocaba el pectoral derecho y con la mano derecha se agarraba la

garganta, logrando hacer que le saliera espuma jabonosa por la boca; dio dos
vueltas y se dejo caer en la cama, con las piernas abiertas que dejaban ver sus

miserias por debajo del paño. Germán, con el corazón retumbándole como un

tambor, pensó: “que mal actor soy”, antes de gritar a todo gañote: ¡Aliiiiciaaaa!, y

mientras la mujer aparecía él observo cómo la tramposa imagen se paró de la

cama, se limpió la boca y se colocó justo a tiempo donde le correspondía, como su

fiel imagen especular, al frente y señalando hacia adelante con la mano izquierda

y con cara de terror.

Alicia se asusto al ver a Germán paralizado ante el espejo y le espetó: ¿Qué te

pasa hombre? ¿Estás loco? vas a asustar a la niña. Mientras, Germán se

atropellaba tratando de explicarle lo que había vivido, con señas de loco, pero sin

poder hablar. Con las manos les dijo que prestaran atención y empezó a repetir

los últimos movimientos teatrales que le había representado su gemelo invertido:

se tomo el pecho con las dos manos, dio tres vueltas. Fue y tomó el jabón de la

mesita, se lo metió en la boca, se colocó la mano derecha en el pectoral izquierdo

mientras colocaba su mano izquierda en la garganta, a la vez que empezaba a

botar espuma por la boca, dio dos vueltas y cayó sobre las cama con las piernas

abiertas. Alicia le dijo: ¡Germán! ¡Ño loco!, la niña está viendo tus partes, y se fue

a la cama, le cerró las piernas y le sacudió la cabeza exigiéndole que se dejara de

esos juegos tan pesados. Al verle los ojos blancos se asustó y le indicó a Isabel

que se fuera a la cocina a comer lo que quisiese. Volvió a la cama y comprobó que

su marido había muerto atragantado con una barra de jabón en la jeta. Se dejo

caer sentada en el piso, recostada al colchón de la cama. Miró su imagen en el

inmenso espejo y empezó a consultar consigo misma: ¿Y ahora? ¿Como le


explico a la niña que murió su papá? ¿Cómo le digo que ya somos libres de su

tiranía? y se extraño al observar reflejada en el rostro del espejo una leve, clara e

irónica sonrisa.
III Monte Pitón.

Cuando él se despertó no estaba convertido en un gigantesco insecto, como

Gregorio Samsa. Al contrario, era un hombre común, con su torso, sus brazos, sus

piernas y los ojos que le permitían ver sus demás partes humanas. Lo extraño en

este caso era que no se acordaba de nada. Lo primero que vio fueron sus manos

sosteniendo por el asa a una pala, a la cual largó, cayendo ésta de espaldas —si

cabe decir eso sobre semejante artefacto—, encima de un montículo de tierra, el

cual a su vez estaba dentro de una especie de zanja. El recién despertado miró de

frente, no reconociendo nada. Al alzar levemente el rostro observó las copas de

unos árboles sobre los cuales unas gruesas nubes pardas formaban una especie

de arco, donde estaba a punto de rodar una sucia bola plateada. Giró la cabeza

escrutando los alrededores y detalló un paisaje muy simétrico, arbolado por todos

lados. Se levantó—porque estaba arrodillado— sintiéndose algo mareado, pero se

repuso sobre unas piernas firmes, que lo empinaban del fondo de una fosa de

tierra medio gris, medio húmeda, medio anaranjada, pero ciertamente bastante

pedregosa. El hombre colocó las manos temblorosas al frente de su cara y no las

reconoció. Se alarmó —muy lógicamente— al no distinguir sus propios apéndices

y se preguntó: “¿Quién carajos soy yo?”

El hombre —el desconocido de sí mismo—se sentía asustado y a pesar de que

hacia frio sudaba copiosamente. Se salió gateando del hueco en la tierra y lo


primero que instintivamente hizo fuera de esta fue chequearse el cuerpo, para

verificar que estaba bien, que no tenía heridas, partes rotas o sangrantes; y allí se

dijo a sí mismo: “¡Cálmate!”. El sujeto caminó en contramarcha alejándose de la

fosa, hasta que tropezó con una roca y aprovechó para sentarse, tratando de

pensar con calma. ¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Y esa

pala? –se preguntaba extremadamente confundido y asustado. Revisó sus

bolsillos buscando algún documento, un carnet, un papel, pero no encontró algo

que lo identificara y empezó a sentir a un frio vacío que se le apretujaba en su

mente y en el alma.

Al mirar a la luna el auto-desconocido dedujo que ya era medianoche y ese

pensamiento le aportó una primera pista sobre sí mismo: “conozco algo de

astronomía, porque sé que si la luna esta plena y en su zenit, es porque el sol está

del lado contrario y eso ocurre solo a la medianoche”. Empezó el hombre a

pensar en galaxias, estrellas, planetas y aerolitos; entendiendo que tenía ciertos

conocimientos sobre el tema, pero no tan profundos como para ser un astrofísico o

algo parecido. ¿Y si soy un gurú? ¿Un chaman? ¿Un adivino? Lo meditó y

descartó rápidamente, porque no le llegaron recuerdos asociados con esas áreas

del conocimiento popular. Al pensar en esos términos, áreas del conocimiento

popular, intuyó que él muy probablemente fuese un profesor; alguien que podía

hilar pensamientos alrededor de tales conceptos. Intentó sosegarse, empezando a

repasar mentalmente sus conocimientos generales sobre castellano, inglés,

biología, geografía, electricidad, mecánica, historia y otros temas enciclopédicos, y

por esa vía pudo establecer que en efecto él era alguien bien leído, con un buen
nivel de lenguaje y de pensamiento, de seguro un profesional universitario; y

aunque no pudo definir su profesión, descartó que él fuese un médico, contador o

abogado. “Tengo que calmarme a mí mismo para poder saber quién soy y que

carajos hago aquí, cerca de un hueco en el suelo ¡y con una pala en la mano!” –

pensó, tratándose de darse ánimos.

El atribulado individuo se concentró en sí mismo, como ser humano. Se detalló

a la mortecina luz de la luna, las manos y los brazos. Por sus venas, su piel y sus

marcas, dedujo que él debería tener entre 40 y 50 años, y que si bien no era un

jovencito, tampoco un carcamal. Empezó a revisar sus ropajes y dedujo que eran

de buena calidad. Unos yines azules, como para un trabajo de faena dura o de

campo. La camisa era de caqui grueso, manga larga, de hechura adecuada para

trabajos pesados. Calzaba unos botines semi-rústicos, con cordones de cuero y

estaban manchados de barro. Los pantalones tenían muchos bolsillos, como para

cargar herramientas; y en efecto curucuteando en ellos encontró una navaja, una

linternita, una cinta métrica y un rollo de hilo de cobre muy fino. Intentó recordar

para que y como los usaba, pero por más que lo intento a su memoria inmediata

no se cargó nada.

Intentando encontrar la punta de la madeja, algo por dónde empezar, el tipejo

empezó a recitar nombres: José, Ramón, Alberto, Wenceslao, Susana, Mabel,

Yuletsi, Teresa; pero a ninguno de la larga lista que recitó lograba asociarlo de

alguna manera consigo mismo, ninguno despertaba algún sentimiento de pasión,

de rabia o de amor ¿Cómo era eso posible? ¿Acaso no conozco a nadie?— se

preguntaba. De repente, al azar, le llegó un mote que por alguna razón sintió
familiar: Monte Pitón. Le pareció algo risible, alegre, agradable y asumió que ese

era el nombre del sitio donde él se encontraba ahora; dado que evidentemente

estaba en un monte y muy probablemente allí habría, por la abundante humedad,

muchas serpientes constrictoras. Empezó a repetir: Monte Pitón, Monte Pitón,

Monte Pitón, pero nada nuevo arribaba a su mente, aún desprovista de recuerdos.

A ninguna cosa en concreto lograba asociar ese sonoro nombre, solo al hecho de

que de alguna manera le hacía sentir bien, que lo alegraba, y pensó que quizás

él habría llevado en ese paraje una feliz infancia.

Sintiéndose atascado en un punto muerto, al desmemoriado hombre no le

quedó otra opción que virar hacia donde no quería, en dirección a la gran herida

en la tierra. Respiró hondo como para insuflarse valor y temblando de escalofríos

caminó lentamente hacia la pequeña fosa. Se paró en la orilla, dio un saltito y cayó

a su centro. Detalló que era un poco alargada, como de dos metros de largo por

uno de ancho y de hondo le llegaba a la cintura: “la medida perfecta para enterrar

a un cuerpo humano”—pensó con el corazón agitado—. De inmediato giró sobre si

mismo escaneando la fosa, a la luz de la pálida luna; sorprendiéndose al ver que

aparte de la pala, solo habían un montón de libros, de todos los tamaños, colores

y diferentes empastados ¿Seré yo un simple enterrador de bibliotecas? —Se

preguntó algo decepcionado—, y de inmediato percibió que aparecía en su rostro

—desconocido para sí mismo—, una leve sonrisa irónica. En ese preciso

momento sintió curiosidad por su aspecto físico. Se detalló un poco más a fondo,

notando que él era un hombre de contextura regular, no muy grueso, quizás un

poco delgado y de estatura media. Se tocó el rostro con la punta de los dedos, sin
sentir algo irregular. Tenía sus dos orejas, su nariz aparentemente de tamaño

normal y el cabello abundante pero corto. Notó que quizás era un poco frentón,

pero nada más. “Creo que soy un hombre guapo”—se dijo a sí mismo— y sintió

reaparecer una sonrisa alegre en su ya no tan ajeno rostro. El auto-olvidado se

dio una cachetada a sí mismo, para no volver a distraerse en trivialidades y poder

concentrarse para descubrir quién era él y que hacia allí, ya pasada la

medianoche, en su desconocido pero agradable Monte Pitón.

El extraviado sujeto, recostado sobre la pala, observó con detalle toda la fosa

intentando recordar algo, pero que va, sus bancos de memoria aún continuaban

en blanco. Desconsolado se sentó en un extremo del hueco y seguidamente se

dejó caer de lado, a una posición fetal, sobre una improvisada cama de papel;

pensando, pensando realmente en nada. Después de dormitar una media hora el

hombre decidió lanzarse a fondo, buscando descubrir por fin que hacia allí y quien

pobre diablos él era. Salió animosamente de la fosa y recorrió los alrededores del

escampado donde se encontraba, pero quedó decepcionado al percatarse que

más allá del redondel solo había árboles, árboles y más árboles. Se concentró

entonces en el contenido del orificio: Los libros. Captó de primera que estaban

esparcidos por todos lados, a la orilla y dentro de la fosa, sin ningún orden

aparente y que había algo que lo desconcertaba mucho más: estaban húmedos y

sucios y a la mortecina luz de la luna era difícil determinar si en realidad él los

estaba enterrando o al contrario rescatándolos; o peor aún, efectuando algún

indescifrable cambalache.
El desmemoriado se armó de paciencia y empezó a examinar los textos,

agrupándolos rústicamente por su apariencia. Inició con unos tomos rojos, de

empastado grueso. Esos no le aportaron nada nuevo, puesto que eran solo

volúmenes de una enciclopedia Espasa-Calpe, que cualquier familia de clase

media podía tener de adorno en su sala. La fecha de edición tampoco le decía

algo, solo que eran de la década de los ochenta, para él una información sin valor,

porque en realidad no tenía ni remota idea de cuál de las eras cristianas estaba

actualmente transcurriendo. Luego siguió con unos libros de texto de geografía,

que le hablaban sobre un país muy rico, lleno de gente linda, flora y fauna

preciosa y hermosos paisajes naturales; pero que a él no le causaban emoción,

no le movían la fibra patriótica ni nada parecido. Para no enredarse, el sujeto iba

apartando los libros ya inspeccionados, dejando un lugar especial para los que

más le llamaran la atención, y hasta ahora no había apartado ninguno. Como a

dos horas de trabajo, cuando ya le estaba pegando el cansancio y la desolación,

el hombre se topó con un pequeño libro, el cual a pesar de su humilde tamaño y

formato, le despertó gran curiosidad; muy probablemente por que pudo distinguir

en su portada una dedicatoria hecha a mano con esmalte para uñas. Intrigado

se fue hacia la piedra cercana, tratando de ponerse cómodo para revisarlo con

más detalle.

Ya sentado en la piedra con el librito en la mano, al hombre le agradó percibir

que había sido leído muchas veces, deducible por las huellas marchitas en sus

hojas; como si hubiese sido frecuentemente acariciado por una sucia y a la vez

delicada mano. Se sintió mal consigo mismo al darse al percatarse que él no


podía leer con facilidad, tanto por la escasa luz como por una evidente deficiencia

visual, de seguro atribuible a una hipermetropía desarrollada con la edad. Como

pudo el hombre se reacomodó sobre la piedra, con la linternita en la boca y leyó la

dedicatoria que más o menos así decía: “A ti, mi pequeño Pablo, que con mi

muerte me regalaste una eterna vida”. Se sorprendió al descubrir que era una letra

de mujer, que se llamaba María y que el autor del libro parecía llamarse Pablo.

Que interesante—pensó— una lectora dedicándole el libro a su autor. Haciendo

un esfuerzo enorme el ya entusiasmado sujeto comenzó a leer el librito, que

trataba sobre un pintor que se enamoraba de una muchacha, al descubrir que ella

era la única que con sinceridad parecía entender su obra.

Pelando los ojos, colocando sus dedos al frente, para hacer el efecto de una

lente, descansando a ratos cortos y reanudando rápidamente la marcha, porque

sentía la urgencia de terminarla antes del amanecer, el motivado hombre logró

avanzar en la lectura de la novelita. Rápidamente se identificó con los

pensamientos e ideas del protagonista; alguien bastante “malasangre” pero muy

sincero, que no toleraba la vanidad, la falsa modestia, y en general todas las

pedanterías de esos seres que se hacían llamar humanos. A medida que

compartía las peripecias del autor-actor, se identificaba cada vez más con él; con

su soledad, con su natural rechazo a las cofradías y multitudes, y hasta con su

manía de controlar al objeto de su amor, a la ¿heroína?, María. La empatía con

su alter ego— el pintor Juan Pablo— se consolidó definitivamente a partir del

capítulo 29, donde subsecuentemente se describían los hechos precedentes a la

muerte de su amada. A medida que leía el capitulo, sentía que la brisa fría que le
entraba por los oídos le iba refrescando la memoria mientras él se percataba de

que esa historia relataba su propia experiencia, verificable en los detalles de

unas borracheras que se pegó en unos bares de mala muerte, despechado por

haber descubierto las relaciones amorosas de María con su propio primo, al cual

por supuesto él detestaba; y en donde él armó trifulcas con borrachos y

prostitutas, que casi le cuestan la vida.

Cuando arribó al capítulo 36 lo leyó apoyándose en su propia memoria. En el

narraba como soportó una espera interminable, en donde nunca supo cuánto

tiempo pasó en los relojes anónimos y universales, aquel tiempo ajeno a nuestros

sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la

espera de una muerte; pero que de su propio tiempo fue una cantidad inmensa y

complicada, como arrastrado por un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces

extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo y otras veces volvía a ser río y

lo arrastraba como en un sueño a tiempos de su infancia donde él la veía correr

desenfrenadamente, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, mientras se

veía a sí mismo en su pobre pueblo, en su pieza de enfermo, con la cara pegada

al vidrio de la ventana, mirándola en su mundo con ojos también alucinados. Al

final del capítulo trataba de explicar que era como si ellos dos hubieran estado

viviendo en túneles paralelos, sin saber que iban el uno al lado del otro, como

almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarse al final de esos

pasadizos, delante de una escena clave pintada por él, destinada a ella sola, como

un secreto anuncio de que el lugar y la hora de su encuentro había llegado.


En el capítulo 38; él, protagonista de la historia, no aguantó más y comenzó a

llorar, al rememorar la escena donde asesinaba al amor de su vida; la cual

describió en su mente más o menos de esta manera: “Yo estaba de pie entre unos

árboles agitados por un dislocado pampero, emparamado por una lluvia fría,

soportando un tiempo más frio aún que aquella; hasta que, a través de mis ojos

inundados de agua y lágrimas, vi que un foco se encendía. La línea de luz

arrastrada por debajo de la puerta me señaló inequívocamente donde estaba ella.

Muy agitado empuñé el cuchillo y entreabrí la puerta. Ella me miró con sus

grandes ojos alucinados, a mí, que estaba como un fantasma en el portal de su

cuarto. Me acerqué como un gato, o mejor como un lobo, a su cama, y cuando la

tuve cerquita, escuché su vocecita que me dijo: ¿Qué haces aquí, querido Pablo?

Posé mi palma izquierda sobre sus cabecita de muñeca y le respondí: Vengo a

matarte, mi amor, porque me has dejado solo. Sin más palabras procedí a

clavarle el cuchillo entre el medio de los senos. Ella abrió incrédula la boca y me

miró con una mirada triste, como la de un perrito enfermo. Su actitud de niña

inocente me causo un súbito furor que se apoderó de mi alma y le clavé con furia

inusitada, varias veces el cuchillo en su pecho. Terminada mi basta faena de

torero, salí por un balconcito contiguo y descendí con agilidad gatuna, como

poseído por un joven demonio, adueñado para siempre de mi viejo espíritu.

Unos tétricos relámpagos me alumbraron el camino, que estaba siendo por

última vez mi cómplice.”


Al terminar ese capítulo el hombre ya no tenía dudas: él era Juan Pablo

Castel, el pintor que había asesinado a su amante María Iribarne; hecho que había

confesado escribiendo una novelita llamada “El Túnel”, bajo el seudónimo, para

evitar un escándalo, de Ernesto Sábato. De seguro —en realidad eso aún no lo

recordaba— había enterrado apresuradamente su colección personal de libros,

como quien se deshace de un lastre, antes de huir hacia otras tierras y quizás al

poco tiempo debió haber temido que alguna foto, una carta, una nota olvidada,

una dedicatoria, lo pudiese inculpar y se había devuelto a recuperar aquel infame

documento; y debido a la presión sicológica había colapsado su espíritu,

arrastrando a su débil y desgastada mente. Pero ahora, lo realmente importante,

era que él se había dado cuenta que ya no le importaba nada más, que al

perderla a ella lo había perdido todo y por eso allí mismo decidió su postrer

destino. Caminó lentamente hacia la fosa, como lo que realmente era, un

condenado a muerte. Se hizo una cama-almohada con los libros más suaves y se

acomodó sobre ella, pensando en que si la corta vida es muy incómoda, no tiene

porque serlo la eternamente larga muerte. A manera de confesión colocó el librito

sobre su pecho y lo sostuvo fuerte y como a un niño lo abrazó en cruz. Al final,

simplemente se dejó fallecer, tranquilo y solitario, bajo la luz de una triste luna,

que se paseaba como un pálido fantasma sobre su otrora reino feliz; convertido

ahora en su panteón particular; el maldito, triste y olvidado Monte Pitón.

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