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EL EL PAPA PAPA FRANCISCO FRANCISCO NOS NOS HABLA HABLA DE DE LOS LOS POBRES

ELEL PAPAPAPA FRANCISCOFRANCISCO NOSNOS HABLAHABLA DEDE LOSLOS POBRESPOBRES

Selección de textos:

Matilde Eugenia Pérez T

PRESENTACIÓN

El tema de los pobres y de la pobreza es recurrente en la predicación del Papa Francisco. La razón es una y la da él mismo: “los pobres son el centro del Evangelio”, y “el corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto, que él mismo se hizo pobre”.

La idea es clara: para quienes somos cristianos, los pobres no constituyen un mero “dato social”, ni son un “problema” que tenemos que enfrentar y resolver para bien de la sociedad y del mundo. Todo lo contrario: su realidad y su presencia nos interpelan constante y profundamente, y constituyen un elemento propio e imprescindible de nuestra fe en Jesús, y de nuestro seguimiento como discípulos suyos.

Los pobres son personas – hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos -, que sufren en su cuerpo y en su alma, porque no tienen lo necesario para vivir y desarrollarse como corresponde. Hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, a quienes hemos hecho víctimas de nuestro egoísmo, de nuestra ambición desmedida, de nuestras injusticias reiterativas.

Los pobres son personas esencialmente iguales a nosotros, a quienes tenemos que pedir perdón por nuestro abandono y nuestra indiferencia frente a sus necesidades. Hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, a quienes debemos aprender a mirar a la cara, sin miedo, y acoger en el corazón con delicadeza y generosidad, ternura y compasión.

Los pobres son personas en quienes Jesús mismo se hace presente en nuesto mundo y en nuestra historia personal. Hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, en quienes, por quienes y para quienes, Jesús reclama nuestro amor atento y generoso. Personas por quienes y con quienes Jesús nos invita a construir su Reino de amor y de justicia, de solidaridad y de servicio, de libertad y de paz.

De nada nos valdrá llevar una vida muy apegada a las reglas y a los ritos externos, si no abrimos nuestro corazón a los pobres y a sus necesidades materiales y espirituales, con prontitud, porque en ellos vive y actúa Jesús, que nos dice claramente: “Lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (cf. Mateo 25)

LALA REALIDADREALIDAD DEDE LOSLOS POBRESPOBRES YY DEDE LALA POBREZAPOBREZA

LA LA REALIDAD REALIDAD DE DE LOS LOS POBRES POBRES Y Y DE DE LA LA

No podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas.

¡Cuántos pobres hay por nuestras calles! No sólo piden para el sustento, que es el más básico de los derechos, sino también, redescubrir el valor de la propia vida, que la pobreza tiende a hacer olvidar, y recuperar la dignidad que el trabajo confiere.

La miseria tiene rostro de niños, tiene rostro de familias, tiene rostro de jóvenes y ancianos. Tiene rostro en la falta de oportunidades y de trabajo de muchas personas; tiene rostro de migraciones forzadas, casas vacías o destruídas.

Los pobres tienen el rostro de mujeres, hombres y niños, explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y del dinero.

Doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también entre ellas encontramos constantemente los más admirables gestos de heroísmo cotidiano, en la defensa y el cuidado de la fragilidad de sus familias.

No existe peor pobreza

material

subrayarlo

peor pobreza material, que

la que no permite ganarse

la

dignidad del trabajo.

no existe

urge

-,

me

el pan

priva

de

y

Es intolerable que todavía miles de personas mueran

cada

día

de

hambre,

a

pesar

de

las

grandes

cantidades

disponibles

desperdiciados.

de

y,

a

alimentos

menudo

No

tranquilos, mientras haya

de

ancianos sin

hambre, y

asistencia médica.

niños

podemos

dormir

que

mueren

Nuestras exigencias, aunque sean legítimas, nunca serán tan urgentes como las de los pobres, que carecen de lo necesario para vivir.

ALGUNASALGUNAS CAUSASCAUSAS DEDE LALA POBREZAPOBREZA ENEN ELEL MUNDOMUNDO ACTUALACTUAL

ALGUNAS ALGUNAS CAUSAS CAUSAS DE DE LA LA POBREZA POBREZA EN EN EL EL MUNDO MUNDO

¿Hasta cuándo se seguirán defendiendo, sistemas de producción y de consumo que excluyen a la mayor parte de la población mundial, incluso de las migajas que caen de las mesas de los ricos?

Entre las principales causas de la pobreza, hay un sistema económico que saquea la naturaleza. Pienso particularmente en la deforestación, pero también en las catástrofes ambientales y en la pérdida de la biodiversidad.

No podemos olvidar las graves implicaciones de los cambios climáticos: ¡son los más pobres quienes sufren con mayor dureza las consecuencias!

La corrupción de los potentes acaba por ser pagada por los pobres, que por habilidad de los otros, terminan sin lo que necesitan y a lo que tienen derecho.

Quien roba a los pobres, envenena las raíces mismas de la sociedad.

Se acusa de violencia a los pueblos pobres, pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra, encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión.

LALA REALIDADREALIDAD DEDE LOSLOS POBRESPOBRES NOSNOS INVITAINVITA AA ACTUARACTUAR

LA LA REALIDAD REALIDAD DE DE LOS LOS POBRES POBRES NOS NOS INVITA INVITA A A

La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza, no puede esperar. La inequidad es la raíz de todos los males sociales.

El creciente número de personas marginadas y que viven en gran precariedad, nos interpela y nos llama a una mayor solidaridad para ofrecerles el apoyo material y espiritual que necesitan.

La gran tradición bíblica prescribe a todos los pueblos el deber de escuchar la voz de los pobres y de romper las cadenas de la injusticia y la opresión, que dan lugar a flagrantes e incluso escandalosas desigualdades sociales.

Vivimos en sociedades en las que frente a inmensas riquezas, prospera, silenciosamente, la más deningrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres; y donde Cristo nos sigue llamando, pidiéndonos que lo amemos y sirvamos, tendiendo la mano a nuestros hermanos necesitados.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas, y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas.

Cada cristiano y cada comunidad

están llamados

instrumentos de Dios para la

promoción de los

pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la

sociedad este clamor

de la voluntad del Padre y de su proyecto.

ser

a

liberación y

Hacer oídos sordos a

nos sitúa fuera

El Señor nos reconocerá si nosotros

lo hemos reconocido en el pobre, en el hambriento, en los indigentes y marginados, en quien sufre y está

Este es uno de los criterios

fundamentales para la verificación de nuestra vida cristiana, con el que Jesús nos invita a medirnos cada día.

solo

deseamos ofrecer nuestro

aporte efectivo al cambio de la

historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a

situación de

marginación.

sacarlos

Si

de

su

Es necesario “desnaturalizar” la miseria, y dejar de asumirla como un dato más de la realidad.

Ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo.

bueno y

necesario, pero no basta. Los animo a multiplicar sus esfuerzos en el ámbito de la promoción humana, de modo que todo hombre y mujer llegue a conocer la alegría que viene de la dignidad de ganar el pan de cada día y de sostener la propia familia.

Asistir

a

los

pobres es

Pido que se haga mucho más por los pobres. Que se trate a los pobres de manera justa. Que se respete su dignidad. Que las medidas políticas y económicas sean equitativas e inclusivas. Que se desarrollen oportunidades de trabajo y educación, y que se eliminen los obstáculos para la prestación de los servicios sociales.

Animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: "No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”.

El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno.

Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos; son manos que traen esperanza.

El

Evangelio

nos

llama

a

hacernos “prójimos”

de

los

pobres y abandonados, para

ofrecerles

concreta.

esperanza

una

La verdadera caridad es un poco atrevida; no tengamos miedo a ensuciarnos las manos para ayudar a los más necesitados.

Tú, da de lo tuyo. Da aquello que te cuesta. Esto es involucrarse con el pobre.

Hay

pobres, y no, defenderse de los pobres. Hay que servir a los débiles, y no, servirse de los débiles.

los

defender

que

a

Solidaridad con los pobres es pensar y actuar en terminos de comunidad, de prioridad de la vida de todos, sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Y es también, luchar contra las causas estructurales de la pobreza: la desigualdad, la falta de un trabajo y de una casa, la negación de los derechos sociales y laborales.

Es posible pobres. por esto.

mundo sin

Debemos luchar

un

ENEN LOSLOS POBRESPOBRES ESTÁESTÁ PRESENTEPRESENTE JESÚSJESÚS MISMOMISMO

EN EN LOS LOS POBRES POBRES ESTÁ ESTÁ PRESENTE PRESENTE JESÚS JESÚS MISMO MISMO

Los

pobres

no

son

una

fórmula teórica

del

comunista. Los

pobres son el centro del Evangelio. ¡Son el centro

del Evangelio!

partido

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que Él mismo se hizo pobre. Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres.

Hay que decir sin vueltas, que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos.

Ningún mensajero ni ningún mensaje podrán sustituír a los pobres que encontramos en el camino, porque en ellos nos viene al encuentro Jesús mismo.

De nuestra fe en Cristo hecho pobre y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad.

Los cristianos van al encuentro de los pobres y de los débiles, no para obedecer a un programa ideológico, sino porque la palabra y el ejemplo del Señor nos dice que todos somos hermanos. Éste es el principio del amor de Dios y de toda justicia entre los hombres.

Los pobres nosotros una

ocasión

concreta de encontrar al mismo Cristo; de tocar su carne que sufre.

son

para

En el pobre, la carne de Cristo se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos, y lo asistamos con cuidado.

Cuando en nuestro corazón

hay cabida

pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios

quien

Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo.

más

el

para

encuentra

puesto.

Jesús nos enseña a no tener

temor de

excluido, porque Él está en ellos.

pobre y al

tocar al

Tocar

al

pobre

puede

purificarnos de la hipocresía, y hacer que nos preocupemos por su condición.

No sería digno de la Iglesia ni de un cristiano, pasar delante de los pobres y pretender tener la conciencia tranquila sólo porque se ha rezado, porque hemos ido a Misa el domingo.

El amor y el servicio a los pobres es signo del Reino

de

a

Dios que Jesús

vino

traer.

El amor a los pobres está al centro del Evangelio. Tierra,

techo y trabajo

derechos sagrados. Reclamar esto no es nada raro; es la doctrina social de la Iglesia.

son

La solidaridad con los pobres es un elemento esencial de la vida cristiana. Debe permear los corazones y las mentes de los fieles, y reflejarse en todos los aspectos de la vida eclesial.

AYUDARAYUDAR YY SERVIRSERVIR AA LOSLOS POBRESPOBRES ESES AYUDARAYUDAR YY SERVIRSERVIR AA CRISTOCRISTO

AYUDAR Y Y SERVIR SERVIR A A LOS LOS POBRES POBRES ES ES AYUDAR AYUDAR Y

En los

rostro de Cristo que se hizo pobre por nosotros.

pobres vemos el

pobres y

últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres, amamos y servimos a Cristo.

en los

En los

Estamos llamados a descubrir a

Cristo

prestarles nuestra voz en sus

causas, pero también a ser sus

amigos,

recoger la

Dios

misteriosa

pobres, a

los

en

escucharlos, a

a

interpretarlos y a

sabiduría

que

quiere comunicarnos a través de

ellos.

Hoy, Jesús se hace voz de los que no

de

nosotros un llamamiento afligido a abrir

tienen voz

y

dirige

a

cada

uno

el corazón y

a

hacer

nuestros

los

sufrimientos y

las

angustias

de

los

pobres,

de

los

hambrientos,

de

los

marginados,

de

los

prófugos,

de

los

derrotados por la vida, de cuantos son

descartados por la sociedad y prepotencia de los más fuertes.

la

por

Los más pequeños, los más débiles, los más pobres, deben enternecernos: tienen “derecho” a tomarnos el alma y el corazón. Sí, ellos son nuestros hermanos y como tales debemos amarlos y tratarlos. Cuando sucede esto, cuando los pobres son como de casa, nuestra propia fraternidad cristiana vuelve a tomar vida.

Pidamos al Señor ternura para mirar a los pobres con comprensión y amor, sin cálculos y sin temores.

Tenemos que aprender a estar con los pobres. No nos llenemos la boca con hermosas palabras sobre los pobres; acerquémonos a ellos, mirémoslos a los ojos, escuchémoslos.

No sirve una pobreza teórica,

sino la pobreza

aprende tocando la carne de Cristo pobre, en los humildes, en los pobres, en los enfermos, en los niños.

se

que

Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer.

Cada vez que nos hemos inclinado ante las necesidades de los hermanos, hemos dado de comer y beber a Jesús; hemos vestido y visitado al Hijo de Dios.

EVANGELIZAREVANGELIZAR AA LOSLOS POBRES.POBRES. SERSER EVANGELIZADOSEVANGELIZADOS PORPOR LOSLOS POBRESPOBRES

EVANGELIZAR A A LOS LOS POBRES. POBRES. SER SER EVANGELIZADOS EVANGELIZADOS POR POR LOS LOS POBRES

Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho qué enseñarnos. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos.

El cuidado de los pobres es un elemento esencial de nuestra

y del testimonio

cristiano.

vida

Los pobres conocen bien los sentimientos de Jesucristo porque, por experiencia, conocen al Cristo que sufre…

Hay muchas familias pobres que con dignidad buscan conducir su vida cotidiana, a menudo confiando abiertamente en la bendición de Dios Es casi un milagro que, también en la

pobreza, la familia continúe formándose, e incluso que hasta conserve - como puede - la humanidad especial de sus

Son una verdadera escuela de

uniones

humanidad que salva las sociedades de la barbarie.

Las personas a quienes ayudamos: pobres, enfermos, huérfanos, tienen mucho qué darnos.

Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años

de

personas muy pobres, que

qué

aferrarse.

de

vida,

los

son

tienen

poco

a

Tenemos mucho que recibir de los

pobres a los

ayudamos. Luchando con sus

que nos acercamos y

dificultades, a menudo

dan

testimonio

de

lo

esencial, de

los

valores familiares; son capaces de compartir con aquellos que son más pobres que ellos y lo saben disfrutar, como he podido constatar en mi viaje a Asia.

La indiferencia

están al acecho. La atención a los pobres nos enriquece poniéndonos en un camino de humildad y verdad.

egoísmo

el

y

Para hacer que a nadie le falte

pan, el agua, el vestido, la

trabajo, la salud, es

necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo, y por lo tanto, hermanos entre nosotros, y nos comportemos consecuentemente.

casa, el

el

En los pobres, en su debilidad, hay una fuerza salvadora. Y si a los ojos del mundo tienen poco valor, son ellos los que nos abren el camino hacia el cielo; son nuestro pasaporte al paraíso.

Los pobres son siempre los primeros portadores de la esperanza. Y en este sentido podemos decir que los pobres, también los mendigos, son los protagonistas de la historia. Para entrar en el mundo, Dios ha necesitado de ellos: de José y de María, de los pastores de Belén.

La inmensa mayoría de los

pobres tienen una

apertura a la fe. Necesitan de Dios, y la falta de atención espiritual al tratarlos, constituye la peor discriminación.

particular

Si quitamos a los pobres del Evangelio, no podemos comprender plenamente el mensaje de Jesucristo.

Los pobres son compañeros

de viaje de una Iglesia en

salida,

porque

son

los

primeros que

ella

encuentra.

Cuando se

cuida, socorre y

ayuda a los pobres

y

a

los

débiles a

promoverse en la

sociedad,

ellos

revelan

el

tesoro de

la

Iglesia

y

el

tesoro de la sociedad.

Los pobres tienen el derecho

a que se les hable de

Jesucristo. Tienen el derecho

al Evangelio y a la totalidad

del Evangelio.

LALA LIMOSNALIMOSNA COMOCOMO AYUDAAYUDA AA LOSLOS POBRESPOBRES

LA LA LIMOSNA LIMOSNA COMO COMO AYUDA AYUDA A A LOS LOS POBRES POBRES

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez, y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío.

Cada limosna es una ocasión

para

Providencia de Dios hacia sus hijos.

la

participar

en

No debemos identificar la limosna con la simple moneda ofrecida a prisa, sin mirar a la persona, y sin detenerse a hablar para comprender de qué cosa tiene necesidad.

La limosna es un gesto de amor. Un gesto de atención sincera a quien se acerca a nosotros y nos pide nuestra ayuda, hecho en el secreto donde sólo Dios ve y comprende el valor del acto realizado.

Cuando doy limosna, ¿dejo caer la moneda sin tocar la mano? Y si por casualidad la toco, ¿la retiro de inmediato? Cuando doy limosna, ¿miro a los ojos de mi hermano, de mi hermana?

LALA INDIFERENCIAINDIFERENCIA FRENTEFRENTE AA LOSLOS POBRES,POBRES, UNUN PECADOPECADO GRAVEGRAVE

LA LA INDIFERENCIA INDIFERENCIA FRENTE FRENTE A A LOS LOS POBRES, POBRES, UN UN PECADO PECADO

Ante las viejas y nuevas formas de pobreza – el desempleo, la emigración, los diversos tipos de dependencias -, tenemos el deber de estar atentos y vigilantes, venciendo la tentación de la indiferencia.

En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas desamparadas y dispersas bajo el peso insoportable del abandono y la indiferencia.

A veces

situaciones de dramática pobreza y parece que no nos tocan. Es una indiferencia que al final nos hace hipócritas, y sin que nos demos cuenta, termina en una forma de letargo espiritual que hace insensible el ánimo y estéril la vida.

pasamos

delante de

¡Cuánto daño necesitados

humana! Y aún peor, la de los

indiferencia

los

hace

a

la

cristianos!

“Personas en situación de calle”. Es curioso cómo en el mundo de las injusticias, abundan los eufemismos. No se dicen las palabras con la contundencia y la realidad que les corresponde, y se busca el eufemismo que disimula.

¡Cuántas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no

tiene qué comer -, sentimos fastidio! ¡Cuántas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio! Es una

Todos nosotros sentimos

tentación

esto

También yo

No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle, y que sí lo sea una caída de dos puntos

bolsa. Eso es

exclusión.

en

la

Cuántas veces vemos tanta gente apegada a los gatos, a los perros, y después dejan sin ayuda el hambre del vecino.

Cuando

una

sociedad

ignora

a

los pobres,

los

persigue, los criminaliza

esa

sociedad

se

empobrece

hasta

la

miseria, pierde la libertad

y deja de ser cristiana.

No se puede mirar para otro lado y dar la espalda para no ver muchas formas de pobreza que piden misericordia. Girarse para otro lado para no ver el hambre, las enfermedades, las personas explotadas. ¡Esto es un pecado grave!

¡Cuántas

veces,

tanta

gente

los

pobres! Para ellos, los

pobres no existen.

finge

no

ver

a

¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios!

No podemos permanecer en silencio frente al sufrimiento de millones de personas, ni podemos seguir avanzando como si la propagación de la pobreza y de la injusticia no tuvieran ninguna causa.

¿Qué sentimos en el corazón cuando

vamos por el camino y vemos a un sin techo, o a niños solos que piden

¿Esto forma parte del

panorama, del paisaje de una ciudad,

como una estatua, la parada del autobús, la oficina del correo? Cuando estas cosas resuenan en nuestro corazón como normales, el camino no va bien.

limosna?

sentirse

eximido de la preocupación

la

Nadie

puede

los

pobres

por

y

por

justicia social.

Tenemos a disposición tantas informaciones y estadísticas sobre las tribulaciones humanas. Existe el riesgo de ser espectadores informadísimos y desencarnados de estas realidades, o también, de hacer bellos discursos que se concluyen con soluciones verbales y un desinterés con respecto a los problemas reales.

A

nosotros

se

nos

pide

permanecer

vigilantes

como

centinelas, para que no suceda

que,

pobrezas

frente

las

a

producidas por la cultura

del

bienestar,

la

mirada

de

los

cristianos

se

debilite

y

sea

incapaz de ver lo esencial.

Les pido perdón en nombre de los cristianos que no leen el Evangelio encontrando la pobreza en el centro. Les pido perdón por todas las veces que los cristianos, delante de una persona pobre, o de una situación de pobreza, miramos para otro lado. ¡Perdón!

ANEXO

ANEXO
MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA SEGUNDA JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES Domingo XXXIII del

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA SEGUNDA JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario 18 de noviembre de 2018

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó (Salmo 34, 7)

1. Las palabras del salmista se vuelven también las nuestras a partir del momento en que somos llamados a encontrar las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en las que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien escribe tales palabras no es ajeno a esta condición, al contrario. Él tiene experiencia directa de la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo permite también a nosotros hoy comprender quiénes son los verdaderos pobres a los que estamos llamados a volver nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha los pobres que claman a Él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en Él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a cuantos son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada hacia lo alto para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que en Dios tienen a su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. En la misma onda de estas palabras podemos comprender más a

fondo lo que Jesús proclamó con las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace por cierto el deseo de contarla a otros, en primer lugar a aquellos que son, como el salmista, pobres, rechazados y marginados. En efecto, nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo caracteriza con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no alcanza a llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

El silencio de la escucha es lo que necesitamos para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aunque de suyo meritorias y necesarias, estén dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Se está tan atrapado en una cultura que obliga a mirarse al espejo y a cuidarse en exceso, que se piensa que un gesto de altruismo bastaría para quedar satisfechos, sin tener que comprometerse directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El Señor, dice el salmista, no sólo escucha el grito del pobre, sino que responde. Su respuesta, como se testimonia en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestaba a Dios su deseo de tener una descendencia, no obstante él y su mujer Sara, ya ancianos, no tuvieran hijos (cf. Gén 15, 1-6). Sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que se quemaba intacta, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Éx 3, 1- 15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto: cuando el hambre y la sed asaltaban (cf. Éx 16, 1-16; 17, 1-7), y cuando se caía en la peor miseria, la de la infidelidad a la alianza y de la idolatría (cf. Éx 32, 1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a retomar la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en Él obre de la misma manera dentro de los límites de lo humano. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de toda región para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de compartir para cuantos pasan necesidad, que hace sentir la presencia activa de un hermano o una hermana.

Los pobres no necesitan un acto de delegación, sino del compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia – que es necesaria y providencial en un primer momento –, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199) que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle dignidad. La pobreza no es buscada, sino creada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que involucran a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas.

La acción con la cual el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «Él no ha mirado con desdén ni ha despreciado la miseria del pobre: no le ocultó su rostro y lo escuchó cuando pidió auxilio» (Sal 22, 25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. «Tú viste mi aflicción y supiste que mi vida peligraba, […] me pusiste en un lugar espacioso» (Sal 31, 8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91, 3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar expedito y mirar la vida con ojos serenos.

La salvación de Dios toma la forma de una mano tendida hacia el pobre, que ofrece acogida, protege y hace posible experimentar la amistad de la cual se tiene necesidad. Es a partir de esta cercanía, concreta y tangible, que comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del cual habla el evangelista Marcos (cf. 10, 46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que pasaba Jesús «empezó a gritar» y a invocar el «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista!”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa.

Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades básicas, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Como Bartimeo, ¡cuántos pobres están hoy al borde del camino en busca de un sentido para su condición! ¡Cuántos se cuestionan sobre el porqué tuvieron que tocar el fondo de este abismo y sobre el modo de salir de él! Esperan que alguien se les acerque y les diga:

«Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Lastimosamente a menudo se constata que, por el contrario, las voces que se escuchan son las del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, considerados no sólo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre ellos y el proprio yo, sin darse cuenta que así se produce el alejamiento del Señor Jesús, quien no los rechaza sino que los llama así y los consuela.

Con mucha pertinencia resuenan en este caso las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; […] compartir tu pan con el hambriento, […] albergar a los pobres sin techo, […] cubrir al que veas desnudo» (Is 58, 6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1Pe 4, 8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seremos nosotros lo que gritaremos al Señor, Él entonces responderá y dirá:

¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares. Sólo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a hacer concretas las palabras del Salmo: «los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22, 27). Sabemos que en el templo de Jerusalén, después del rito del sacrificio, tenía lugar el banquete. En muchas Diócesis, esta fue una experiencia que, el año pasado, enriqueció la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres. Muchos encontraron el calor de un una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera simple y fraterna. Quisiera que también este año y en el futuro esta Jornada fuera celebrada bajo el signo de la alegría por redescubrir el valor de estar juntos.

Orar juntos y compartir la comida el día domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y simplicidad:

«Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. […] Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2, 42.

44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana para dar un signo de cercanía y de alivio a las variadas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo la colaboración con otras realidades, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, hace posible brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente hace que tendamos la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda alcanzar el objetivo de manera más eficaz.

Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, pero sabemos reconocer otras formas de ayuda y solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; siempre y cuando no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y a la santidad. El diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración, sin ningún tipo de protagonismo, es una respuesta.

Frente a los pobres, no es cuestión de jugar a ver quién tiene el primado de la intervención, sino que podemos reconocer humildemente que es el

Espíritu quien suscita gestos que son un signo de la respuesta y cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo para acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a

Él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón

a la conversión. No es protagonismo lo que

necesitan los pobres, sino ese amor que sabe esconderse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para hacer reconocer su presencia y su salvación.

Lo recuerda San Pablo escribiendo a los cristianos

de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo

no puede decir a la mano: “No te necesito”, ni la cabeza, a los pies: “No tengo necesidad de ustedes”» (1Cor 12, 21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto, ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera» (vv. 23-24). Mientras ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, Pablo también educa a la comunidad en la actitud evangélica respecto a los miembros más débiles y necesitados.

Lejos de los discípulos de Cristo sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos; más bien están llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25, 40).

8. Aquí se comprende cuánta distancia existe entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza.

Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría» (1Cor 12, 26). Del mismo modo, en la Carta a los Romanos nos exhorta: «Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes» (12, 15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al cual aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, hija de una visión de la vida en exceso inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de ser liberado. La esperanza fundada sobre el amor de Dios que no abandona a quien en Él confía (cf. Rom 8, 31-39). Santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección escribía: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2, 5). Es en la medida que seamos capaces de discernir el verdadero bien que nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos

y ante los demás. Así es: en la medida que se logra dar el sentido justo y verdadero a la riqueza, se crece en humanidad y se vuelve capaz de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6, 1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio.

No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene.

Vaticano, 13 de junio de 2018 Memoria litúrgica de San Antonio de Padua

Francisco