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MATERIAL DE LECTURA SEMANA 3

LA FAMILIA COMO ÁMBITO EDUCATIVO

La familia es una institución social. Referirnos a ella en los tiempos que


corren, implica necesariamente tener en cuenta una amplia tipología que va desde
la familia clásicamente entendida hasta otros tipos cada vez más extendidos,
como veremos posteriormente. La socialización en la primera infancia (0-6 años)
tiene efectos en la construcción de las estructuras básicas de la personalidad, que
permitirán la construcción del ser la autonomía, la elaboración del egocentrismo,
la construcción de la norma, la integración social… tienen en este tramo su raíz y
fundamento.de

Significa en definitiva una adaptación al mundo, a la realidad exterior. En


este tramo toda la gama de relaciones humanas se van presentando al niño de
una forma paulatina, siendo éste gran observador y actor, como lo demuestra la
evolución y complejidad del juego simbólico y de roles que continuamente
representa, tomando como modelo a sus progenitores en las actividades que
habitualmente desempeñan.

Funciones Sociales.

 Favorece el desarrollo afectivo, el niño se siente unido a las personas con


quien convive y esto hará que su desarrollo esté centrado, integrado y feliz. •
Mediante la proliferación de rituales, costumbres, normas…facilita la
adscripción a un estatus determinado para sus componentes.
 Ofrece las primeras normas y modelos de conducta por aprendizaje vicario.
 Establece los criterios morales a través del modelaje que ejercen los padres.
 Favorece los procesos de identificación, autoconcepto, aceptación,
identificación sexual e integración.
 Facilita la adaptación personal y social proporcionando las imprescindibles
relaciones humanas de igualdad, jerarquización, variación de roles, etc…
 Favorece el desarrollo de las capacidades cognitivas, de las interacciones
verbales, ofrece el esquema inicial de distintos lenguajes (verbal, gestual,
afectivo,…)
 Contribuye al proceso de socialización y aculturación de los hijos.

Acción Educativa

 Ayudar al niño en la “afirmación de sí mismo”, en la propia aceptación como


medio de potenciar el “concepto de sí mismo” y la búsqueda de su propia
identidad.
 Propiciar actividades en las que el niño se perciba como parte integrante de
la sociedad, facilitar la colaboración con el grupo y ayudarle a que cumpla
con las funciones y tareas que le corresponden como parte integrante de los
distintos grupos a los que pertenece.
 Favorecer el paso de la moral orientada por castigo y obediencia
(heterónoma) a la moral orientada por principios éticos universales
(autónoma).
 Potenciar la comunicación familiar y no simplificar el uso correcto de la
lengua.
 Ayudar al niño a progresar en la cooperación y el respeto comunicativo,
enseñándole a compartir y comprender el punto de vista ajeno, a aceptar la
responsabilidad de sus acciones, a canalizar y controlar sentimientos y
emociones etc…
 A través de mecanismos como inculcación de valores y normas,
recompensas y castigos, imitación… la familia va moldeando las
características psicológicas del niño. Sin embargo, la familia no tiene un
poder absoluto e indefinido sobre el niño; es decir, ni los padres podrán
“tallar” en sus hijos las características que deseen, ni los rasgos que
caractericen al niño a lo largo de su desarrollo se deberán exclusivamente a
las experiencias vividas en el seno familiar. Por varias razones:
 – Ciertas características pueden estar al menos parcialmente definidas
cuando el niño nace (ciertas características de temperamento infantil).
 – Otros contextos socializadores (escuela, compañeros) influyen sobre el
niño de forma paralela a la acción de los padres.
 En cualquier caso, la familia es el contexto de socialización por excelencia
para niño.

La familia, está destinada a ser la comunidad de vida más plena. Es una


comunidad de fe, de esperanza y de caridad. Desde estas tres dimensiones, la
familia es también escuela para los miembros de la propia familia y,
consecuentemente, para la sociedad.

En el seno de una familia los hijos aprenden de sus padres, también los
padres aprenden de sus hijos y los hermanos aprenden unos de otros. En ese
ambiente se generan y se comparten afectos, sentimientos, creencias,
conocimientos, costumbres, proyectos… También aquí cada hijo vive sus
primeras alegrías, expresa sus primeras palabras, prueba su perseverancia para
conseguir lo que quiere, y descubre que hay límites.

En la vida de familia se aprende de manera natural a amar y a tener fe. Es el


primer espacio humano en el que los hijos descubren la generosidad, la lealtad, el
sentido del deber, y el gran valor que pueden tener los pequeños sacrificios.

En la familia se aprende lo más perdurable y valioso para la vida, porque allí,


en la cotidianeidad se vive de manera sencilla lo fundamental. Se reciben y se
expresan las más tiernas manifestaciones de amor: en una mirada de ternura; en
un acto de atención anticipada para dar al otro lo que necesita; en un gesto de
comprensión; una llamada a la exigencia; una muestra de confianza…
La familia está llamada por naturaleza a ser la primera formadora de valores
en los hijos. Todo parte del propósito fundamental de los padres que les
compromete con la felicidad de los hijos a darle lo mejor de sí mismos, sus propios
valores. Por eso no es extraño que los propongan a sus hijos, primero con el
ejemplo, para que ellos los practiquen e incorporen a su vida en forma de hábitos
estables.

Los padres ejercen con sus hijos lo que podríamos denominar un “liderazgo
artesanal”, en el sentido de que cada uno de los hijos representa una tarea única,
lo más parecido a una obra de arte que se trabaja singularmente y que se podrá
concluir en la medida en que cada uno de ellos aprenda a navegar en la vida por
sí mismo.

Los padres quieren que sus hijos crezcan sanos y saludables y que puedan
disponer de ciertos medios materiales para su vida y que sepan usar bien su
libertad. Pero, sobre todo, que posean ciertos valores morales y espirituales que
les permitan ser personas verdaderamente felices, que lleven la felicidad a otros y
que sean buenos ciudadanos.

Lo principal para los hijos, a la corta y a la larga, es el permanente respaldo


afectivo de sus padres. Eso supone aceptarlos como son y dedicarse a ellos en
tiempo y en atención. No basta que un padre o una madre piensen que les
dedican poco tiempo pero de calidad. Es necesario que la cantidad de tiempo sea
proporcionada a las necesidades de los hijos.

La vida de los padres está marcada por la entrega, por la donación de uno al
otro y de los dos a sus hijos. Esto no se realiza de un solo golpe o porque se
exprese el deseo o la intención de entregarse. Es un largo proceso, que se realiza
poco a poco, por pasos, con continuidad, con perseverancia y adelantándose a
poner de su parte todo lo mejor, sin descanso aunque a veces haya cansancio.
Esa entrega acrisola los valores que aspiran a forjar en los hijos y los prepara para
afrontar las contrariedades de la vida.

El clima del hogar debe estar caracterizado por el amor mutuo y la confianza,
que llevan a luchar cada día, con la esperanza de hacerlo mejor y de mejorar
personalmente en la tarea de hacer mejores a los hijos, en un constante comenzar
y recomenzar en el que los unos se apoyan en los otros, logrando la fortaleza del
conjunto

Nada de lo que pase a alguien en la familia puede ser ajeno a los otros. Y más
cuando se trata de algo que pasa a los hijos. Por eso los padres los deben llevar
en su cabeza y su corazón vayan donde vayan y pase lo que pase. Eso les llevará
a ser buenos observadores, a vigilar con el corazón y a limitar su propia libertad
para bien de ellos. Muchas veces la libertad se obtiene como fruto de una entrega
generosa.

Los hijos poseen unos “instintos-guía” (Corominas) que son impulsos


naturales de conocer, de aprender, de querer, parecidos a los que tienen de llorar,
comer o caminar, y unos “períodos sensitivos” en los que se les facilita más el
aprendizaje de los conocimientos y de los valores. Hay que saber aprovechar esos
períodos para arraigar en ellos los valores. Por ejemplo, y para dar una idea que
no pretende ser una regla exacta: la laboriosidad, la constancia o la generosidad
(entre los 2 y los 6 años); el estudio, la sinceridad, el orden o el respeto (entre los
6 y los 10 años); la justicia, la amistad o el patriotismo (entre los 10 y los 16 años);
y la prudencia, la lealtad o el optimismo (de los 16 en adelante).

El desarrollo de valores en la familia se basa en la espontaneidad y la


libertad. No se les imponen: se les anima e impulsa a vivir consciente y
deliberadamente algunos valores en forma explícita, porque implícitamente
reciben otros a través del ejemplo de los padres y también de los maestros.
Ofreciéndoles motivos para hacerlo, haciéndoles sentir la satisfacción al vivirlos y
reconociendo sus esfuerzos por hacerlo

Los valores esenciales (fé amor, libertad, justicia, laboriosidad, respeto,


amistad, laboriosidad…) echan sus raíces en la vida familiar. El colegio refuerza
esos valores y ofrece otros. Trabajar por el arraigo de lo esencial o fundamental
debe ser la preocupación permanente de los padres y maestros. En cambio no
deben dar importancia a lo accesorio o secundario (gustos, modas, aficiones…La
batalla no hay que darla ahí, porque son cosas pasajeras.

El compromiso es vital para su vida. Ser personas comprometidas es


aprender a manejar su libertad y a respetar la palabra dada, que se basa en el
amor a la verdad. La libertad no es sólo elegir las cosas o planes que les gustan.
También que vean que son libres comprometiéndose con lo que hacen,
especialmente con sus estudios. Obedeciendo, respetando a la autoridad,
cumpliendo las leyes y normas de la convivencia y los dictámenes de su razón y lo
que exigen los principios y valores a cada persona, también son libres.

El amor es condición y resultado en la familia. Es un fuego que mantiene


encendido el hogar. Si se apaga o falta, en lugar de fuego lo que hay es desamor
y se crean pequeños infiernos familiares. El amor, como el fuego, se alimenta de
cosas pequeñas, de detalles. Quien no sabe estar en los detalles de la vida de los
hijos, se alejará de ellos lentamente.

El mejor regalo de los padres a los hijos es educarlos en una fe


comprometida y activa, con base en su propio ejemplo, de modo que comprendan
el sentido de la gracia en sus vidas, y se conduzcan como buenos hijos de Dios y
hermanos de las demás personas, que practiquen la oración, los sacramentos,
una auténtica piedad y logren una buena formación doctrinal, todo ello como
alimento de su vida interior.

Como los otros valores, la laboriosidad se inculca con la fuerza del ejemplo.
Para ello ayudarles a aprovechar el tiempo, a ser ordenados, a tener disciplina en
sus hábitos de alimentación y de deporte y descanso. A manejar su horario de
estudio y su dedicación a la amistad, valor importantísimo en su vida.

En la familia se dan los primeros pasos de la solidaridad, en contacto con los


padres y con los hermanos, con los demás parientes y personas relacionadas con
el hogar, y con las demás familias. Ser solidario no es sólo un sentimiento
superficial de compasión por los males ajenos. Es sentirse parte en sus
necesidades y colaborar en su solución.

La vida en familia necesita del diálogo y la comprensión. Cuando los padres


viven estos valores, los hijos aprenden a escuchar y a conversar y, lo más
importante, a compartir, a interesarse en los asuntos del hogar y de las personas
que lo integran. Y comprender, convivir, disculpar y perdonar van de la mano.

Nadie está libre de equivocarse al educar los hijos. Por eso rectificar en esos
momentos es también un ejemplo para ellos. Y no echarles nunca en cara sus
defectos o errores, ni guardar rencores, ni manifestar preferencias. “La justicia de
los padres es tratar de modo desigual a los hijos que son desiguales entre sí”,
recomendaba alguien.

La familia y el colegio son ámbitos privilegiados para educar en los valores.


Deben complementarse. Si los hijos ven en el colegio continuidad de lo que han
aprendido en sus hogares, se les hará más amable y atractivo vivir los valores. Lo
importante es que en la educación que reciban se dirija a formar su carácter y a
que sean personas íntegras y el día de mañana excelentes profesionales y
ciudadanos líderes para servir y querer a todos, sin discriminaciones, con sentido
de justicia.

Ningún padre aspira a formar un hijo que no se ajuste, por sus conductas, a
la vida en sociedad. Todos quieren que sus hijos sean aceptados por sus
compañeros, sean capaces y agradables, lo que les posibilite poder establecer
relaciones sociales armónicas con sus semejantes. De ahí, lo importante que
resulta enseñar al niño los hábitos sociales indispensables desde los primeros
años.

Es en el colectivo familiar, donde se aprenden y practican los hábitos y


normas positivas de convivencia social. Esto es posible a través de las relaciones
que se establecen entre sus miembros. Son las relaciones familiares basadas en
el amor y respeto mutuos las que ayudan a formar los hábitos sociales.

Muchos padres se preocupan por crear buenos hábitos de sueño,


alimentación, etc., pero, a veces, no toman el interés necesario para enseñar al
hijo los mejores hábitos de cortesía y las formas correctas de convivencia social
que se utilizan en la vida en sociedad y que permiten expresar el respeto que se
siente hacia las demás personas.

Cuando los padres tienen hábitos de convivencia social, ofrecen


manifestaciones de cortesía, de respeto, comprensión, cooperación y solidaridad
para con las personas con quienes conviven, constituyendo verdaderos ejemplos
de buena educación. Este ejemplo es muy provechoso, pues el niño se comporta
tal como ve actuar a los demás.

Las buenas relaciones de afecto y respeto entre las personas mayores del
hogar, abuelos y padres, la cortesía hacia las figuras femeninas, el respeto a los
ancianos e imposibilitados físicos, hacen que el niño adquiera buenos patrones de
relación con sus semejantes.

Los padres deben empezar por brindar estas manifestaciones de afecto a su


hijo, que van desde darle un beso cuando despierta hasta preguntarle cómo le va
en el juego, o si le gustó el paseo que recién diera. Ningún padre puede esperar
que su hijos sea cortés, si sus manifestaciones de cariño y amabilidad son
limitadas e inexpresivas.

Cuando el niño convive con personas de distintas edades y criterios, los


padres deben enseñarle con palabras y ejemplos que abuela y abuelo, al igual que
ellos, mamá y papá, deben ser respetados por sus años y experiencia y que
resulta inadmisible una frase desdeñosa, un gesto o conversación en alta voz,
aunque lo que ellos planteen esté lejos de los criterios y opiniones infantiles. Las
observaciones que los niños hagan de las opiniones de las personas mayores,
deben ser hechas con respeto y consideración.

Dentro del hogar hay que utilizar expresiones adecuadas, amables con los
niños, tales como: “hazme el favor”, “muchas gracias”, “si fueras tan amable”, etc.,
que facilitan la armonía familiar y lo educan en la gentileza y cortesía.

Las relaciones cortesía entre hermanos también son importantes. Martí, en


“La Edad de Oro”, expresó: “Nunca un niño es más bello que cuando lleva en sus
manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga o cuando lleva del brazo a su
hermana para que nadie la ofenda; el niño crece entonces y se hace gigante.”
Igualmente, estas normas y hábitos sociales no deben quedarse limitadas al
hogar. Merecen respeto y consideración también los amigos, vecinos, profesores
y compañeros de estudio, pues son personas cercanas que nos prestan su
cooperación y afecto.

La cortesía y, en general, los hábitos sociales, deben practicarse en todas


partes y en todas las actividades que requieren del concurso del niño: lugares
públicos, restaurantes, teatros.

Dentro de los hábitos sociales hay que enseñarle a cuidar sus cosas y
respetar las ajenas. Así debe cuidar las pertenencias de sus familiares, y en caso
de necesitarlas, pedirlas, teniendo especial cuidado de no dañarlas. Una vez que
las devuelve debe agradecer el servicio que los mismos le han prestado.