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El Apocalipsis en su contexto histórico[1]

Ningún libro se escribe en el vacío. El Apocalipsis, como cualquier otro libro, se entiende
bien sólo en estrecha relación con su contexto. Se escribió frente a un contexto complejo, que
podemos llamar los múltiples "mundos" de Juan: su mundo político fue el imperio romano,
bajo el emperador Domiciano. Su mundo geográfico fue la provincia romana de Asia Menor,
aunque probablemente nació en Palestina. Su mundo existencial era la isla penal de Patmos.
Su mundo literario consistió en las escrituras hebreas, la vasta biblioteca de escritos
apocalípticos y rabínicos, y en menor grado los rollos de Qumrán. Su mundo espiritual, además
del Antiguo Testamento, abarcó su ministerio pastoral, su llamado profético y la vida litúrgica
en las comunidades.[2] De algunas de estas áreas del mundo de Juan hemos hablado ya, y
otras son de por sí evidentes.

El imperio romano a finales del primer siglo: Después de haber sido una monarquía (753-510
a.C.) y una república (509-31 a.C.), bajo el reinado de Augusto (cuyo nombre propio era
Octavio) Roma se convirtió en imperio (31 a.C-527 d.C.).[3] Augusto tomó el título de princeps
senatus,[4] que a diferencia de consul no se compartía con otro colega igual ni tenía que
someterse a elecciones anuales. Bajo su larga y muy eficiente administración, concentró en
sus propias manos todo el poder, incluso el de vida y muerte, de guerra y paz, en Italia y en las
provincias. Además, logró una sucesión pacífica del poder para su hijo adoptivo, Tiberio. Su
dinastía duró hasta el suicidio de Nerón en 68 d.C.[5] Esas reformas dieron gran estabilidad al
imperio e inauguraron un largo período de pax romana.

En general, esa oferta de paz y prosperidad ganó mucha simpatía en toda la cuenca del
Mediterráneo, pero el precio -- el poder absoluto de las autoridades romanas -- fue muy alto y
llevó a muchos abusos. La expansión de Roma se debió a la hábil combinación de diplomacia
cuando era posible, y violencia y crueldad cuando eran necesarias. Como dijo Tácito, "ellos
saquean, masacran y roban, y lo llaman imperio; producen una desolación y lo llaman paz"
(Agrícola 30.6), e imponen "una paz manchada con sangre" (Ann 1.1). De Herodes, que hizo
matar a casi todos sus hijos como potenciales rivales, el pueblo bromeaba, "es mejor ser el
cerdo (hus) de Herodes que ser su hijo (huios)". La crucifixión de Jesús, y la ejecución de Pedro
y Pablo en Roma, hicieron de la violencia imperial un tema muy presente en la conciencia de
los cristianos.

Una amenaza aún más seria que la persecución, según la percepción profética de Juan, era la
adoración al emperador como a un dios. Este culto imperial, que ya llevaba una larga historia,
era especialmente fuerte en las provincias orientales. Ya hemos mencionado el gran templo al
emperador en Éfeso y las presiones sociales de participar en esa idolatría. Los cristianos fieles
pagaban un precio muy alto por no conformarse a la religión del imperio. Y la amenaza era
mucho más grave debido a la presencia de los nicolaítas, que pretendían adorar a Cristo y a
César a la vez. Fiel heredero del profeta Elías, Juan planteó la disyuntiva radical, "O César o
Cristo", pero jamás los dos.

Como cristiano, pastor y profeta en este contexto, era inevitable que Juan hablara sobre el
imperio romano a través de su libro. No debe sorprendernos la presencia enfática de ese
tema; lo sorprendente hubiera sido su ausencia. Estamos acostumbrados a leer el Apocalipsis
sólo espiritualmente, en clave de predicciones. Nos traumatiza cuando la interpretación del
libro trae temáticas políticas, económicas y sociales, y surge inmediatamente la acusación de
estar "politizando" el evangelio. Es cierto que el mensaje bíblico no debe politizarse cuando de
hecho no es político, o politizarse más de lo que es. Pero hay otro error, que es también una
infidelidad exegética, que consiste en "despolitizar" el mensaje bíblico cuando de hecho es
claramente político. Es muy acertado el popular refrán, "Todo es político, pero la política no es
todo".

1. Juan denuncia el sistema político del imperio romano:[6] Aunque es el emperador, o su


sumo sacerdote en Éfeso, que le tiene preso a Juan en la isla penal, él no duda en protestar los
abusos del imperio. Desde el primer capítulo Juan declara que Jesucristo es "el soberano de los
reyes de las naciones" (1:5 ho arjôn tôn basileôn tês gês) y así constituye a Cristo en rival de
César, con lo que Juan desafía la autoridad de su perseguidor.[7] En seguida Juan desconoce al
trono en Roma, al ver otro trono mayor, establecido en los cielos (Ap 4-5). En esos dos
capítulos, Juan articula una teología del poder totalmente opuesto al régimen imperial.

Con la séptima trompeta culmina la primera mitad del Apocalipsis y comienza algo nuevo y
distinto. Nace del mandato a Juan de "profetizar sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y
reyes" (10:11). Es la única vez que esa fórmula cuadripartita incluye "reyes", y denunciar a
reyes es lo que Juan prosigue en seguida a hacer: profetiza contra naciones y reyes (Ap 12-
19).[8] Con el capítulo 12 Juan describe cuatro derrotas de Satanás, el dragón, que lo dejan
frustrado y furioso. En su desesperación el diablo organiza un equipo de trabajo, para intentar
con una táctica nueva lo que antes no había podido hacer. Primero saca una bestia del mar,
que ejerce el poder del diablo mismo (13:2,4,7), pretende ser dios para recibir adoración
(13:1,4,6) y hace guerra contra los santos (13:7). Más adelante, Juan presenta un cuarto
personaje, la ramera sentada sobre siete montes (17:1-3,9) y nos informa que las siete cabezas
de la bestia son esos siete cerros (17:9), donde reside "la gran ciudad que reina sobre los reyes
de la tierra" (17:18).

De estos datos queda obvio que los creyentes de Asia Menor entenderían que Juan estaba
hablando del imperio romano y de Roma, su ciudad capital.[9] Todo el relato de estos dos
capítulos es para comunicarles que detrás del imperio romano está Satanás (13:2,4). Por eso,
cualquier adoración al emperador es simple y llanamente culto satánico, como queda muy
claro en 13:4, "y adoraron al dragón que le había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la
bestia". ¡Qué respuesta más contundente a la herejía nicolaíta!

La descripción del imperio romano como una bestia y la ciudad como una ramera fue muy
atrevida. En un momento cuando serias amenazas se cernían sobre las iglesias y Juan mismo
era prisionero, ese lenguaje era imprudente. Además, al emplear estos términos y estos
símiles tan chocantes, Juan no sólo sigue a Daniel y la tradición apocalíptica sino también
adopta el lenguaje de la oposición política dentro del Imperio.[10] Suetonio, en medio de su
relato sobre Calígula, dice, "hasta aquí lo del emperador, ahora tenemos que contar su historia
como monstruo" (Calig 22). Entre los enemigos de Nerón era especialmente común describirlo
como bestia. Filóstrato escribe, "He visto muchas bestias fieras en Arabia e India, pero esta
bestia, que se suele llamar tirano, no sé yo cuántas cabezas tiene, ni cómo son sus garras ni sus
colmillos... Es más salvaje que las bestias de la montaña y la selva, pues hasta los leones
pueden ser domesticados, pero acariciar esta bestia sólo la hace crecer en ferocidad y devorar
todo lo que está a la vista. De las fieras nunca se ha sabido que comieran a su propia madre,
pero Nerón se sació con ese plato" (Vit.Apol. 4:38).[11] A Domiciano, Plinio lo llama
immanissima belua ("bestia monstruosísima"), "que dentro de su cueva hace correr y lame la
sangre de la humanidad" (Panegírico 48:3). Estas descripciones destacaban dramáticamente la
inhumana crueldad del tirano y su aparente indomabilidad, más allá de todo control humano y
racional.[12]

Pero la crítica del imperio en el Apocalipsis va más allá de sólo llamarlo bestial; ¡lo llama
satánico! "El dragón [Satanás] le confirió a la bestia su [propio] poder, su reino y gran
autoridad" (13:2). ¡Fue el diablo quien estableció el imperio romano! Pablo afirma que Dios ha
establecido el hecho del gobierno para defender al justo y castigar al injusto (Rom 13:1-4),
pero ahora Juan aclara que el imperio, que castiga al justo y defiende al injusto, fue puesto por
el diablo. Y por lo mismo, el culto al emperador, que tanto atraía a los nicolaítas, no es otra
cosa sino culto a Satanás (Ap. 13:4).

La segunda bestia, que el diablo saca de la tierra, tiene cara de un benigno cordero, pero su
voz es la voz del dragón, del mismo Satanás (13:11-18). Con su buena cara, es "el Ministro de
Propaganda" (F.F. Bruce 1969:653; Mounce 1998:257) y "la encargada de relaciones públicas"
de la primera bestia. Läpple (1971:154) lo considera el teólogo oficial de la bestia. Para Wink
(1986:93) la segunda bestia representa "la maquinaria sacerdotal de propaganda del imperio".
Bruce lo relaciona con el culto a Roma y al emperador, floreciente en Asia Menor, y
específicamente con el sacerdocio de ese culto imperial en la provincia (CERTEZA 137b). Con su
linda cara de cordero, que disfraza su verdadera naturaleza diabólica, este falso profeta, según
el criterio de Arens y sus co-autores (1999:1697), promueve una "teología oficial del Estado"
que provee "un excelente ministerio de propaganda" para el desgobierno de la gran bestia.

Con esta segunda bestia Juan desenmascara el aparato propagandístico del imperio. La
segunda bestia, mejor conocida como el Falso Profeta, imita al satánico dragón, que siempre
engaña a las naciones. Sin excluir la posibilidad de una referencia a las señales falsas de los
últimos tiempos, es más probable que Juan se refería a técnicas engañosas de los cultos de la
época; estatuas hablantes y relámpagos simulados (13:13-15) eran trucos de uso frecuente en
la época. Otro pasaje del Apocalipsis describe la propaganda de guerra de la bestia como ranas
que salen de la boca del dragón y sus dos bestias para ir a todos los reyes de la tierra e
incitarlos a la guerra. ¡Parece del siglo XXI! Hoy esas ranas pasean alegres por las pantallas de
nuestros televisores todos los días.

2. Juan denuncia el sistema militar del imperio romano: Ya hemos mencionado la violencia y la
crueldad en que se basaba el poderío romano. El segundo caballo, de color rojo como la
sangre, se dedica a quitar la paz de la tierra y poner a la gente a matarse (6:3-4). Para tal
efecto, le es dada una gran espada (majaira megale). Ese término probablemente significaba
una espada retorcida o sable, como era el arma del legionario romano en la expansión del
imperio (Arndt Gingrich, p. 497). Juan parece entender que el orden y la paz del imperio se
basaban en la violencia, llevando esa "paz manchada con sangre" de que habló Tácito. En un
solo año, 140 a.C., el ejército romano dejó totalmente arrasadas a dos ciudades importantes,
Corinto y Cartago. De hecho, el imperio romano anduvo por todo el mundo mediterráneo
montado en el caballo rojo del terror organizado.

Según el Apocalipsis, el dragón y sus aliados son terriblemente sanguinarios. El dragón rojo
pretende comerse al niño apenas nazca. Su agente, la bestia del mar, hace guerra contra los
santos (13:7) y la segunda bestia proclama, por medio de una estatua hablante, una sentencia
de muerte contra todos los que no adoran a la imagen de la primera bestia (13:15). La ramera,
alias Babilonia, está borracha con la sangre de los santos y los mártires (17.6). En ella está la
sangre, no sólo de profetas y santos, sino "de todos los que han sido asesinados en la tierra"
(18:24). En conjunto el imperio representa un régimen asesino y bestial.

El capítulo 16 tiene dos referencias muy claras a la violencia y la guerra. En primer lugar, la
segunda copa transforma el mar en sangre y la tercera hace lo mismo con toda el agua dulce
(16:3-4). Estas dos plagas recuerdan la primera plaga de Egipto que convirtió el Nilo en sangre,
lo que una interpretación judía entendía como castigo por haber manchado las aguas del río
con la sangre de los niños hebreos. En el mismo sentido, el ángel de las aguas explica el
significado de estas dos copas que cambiaron el agua en sangre:

"Justo eres tú, el Santo,

que eres y que eras,

porque juzgas así:

ellos derramaron la sangre de santos y de profetas,

y tú les has dado a beber sangre,

como se lo merecen." (16:5-6)

La sexta copa también, con ironía y cierto humor, denuncia el militarismo. De la boca de los
tres personajes diabólicos (el dragón y las dos bestias) salen sendas ranas con una tarea
mundial: ir a todos los reyes de la tierra e incitarlos a una guerra. Las ranas representan
obviamente la propaganda imperial que con sus mentiras promueve la agresión militar (16:13-
14,16). La figura de ranas que llegan a todos los palacios del mundo y persuaden a los reyes no
deja de ser simpática y chistosa (¡los reyes conducidos al Armagedón por tres ranas!), pero a la
vez el relato nos enseña que la propaganda belicista y mentirosa es satánica. Igual que el
jinete del caballo rojo, estas ranas quitan la paz de la tierra y ponen a la gente a matar.

3. Juan denuncia el sistema económico del imperio romano:[13] Lo que menos se espera
encontrar en el Apocalipsis es un análisis agudo de la economía del imperio romano. Eso se
debe en parte a nuestra tendencia a leer este libro fuera de su contexto histórico, y por otra
parte nuestro poco conocimiento de la economía del imperio romano del primer siglo, que nos
hubiera permitido reconocer estas alusiones. Las evidencias exegéticas muestran que Juan
tuvo un entendimiento profundo y acertado de temas económicos, y una gran preocupación
por la justicia económica.

El Imperio Romano fue el primero en dominar todo el mundo mediterráneo, desde Inglaterra
hasta el mar Caspio y las fronteras de los partos al otro lado del Éufrates. Jamás la humanidad,
en toda su historia, había visto un bloque económico y comercial tan inmenso, ni ciudad
alguna había cosechado los beneficios materiales del imperialismo como lo hizo Roma. El
botín de los triunfos militares, las valiosas obras de arte de Grecia, Egipto y otros países
conquistados, y los constantes tributos de las colonias y provincias, tanto en dinero como en
productos, todo fluía hacia Roma para llenar de riqueza y lujo a la ciudad capital. Floreció un
amplísimo comercio, en beneficio principalmente de la Urbe (y las minorías privilegiadas del
Orbe). El Talmud conserva un dicho popular: "al mundo bajaron diez medidas de riqueza, y
Roma se quedó con nueve".
El caballo negro (6:5,6). El tercer caballo, de color negro, es obviamente de carácter
económico. Su jinete lleva una balanza, que simboliza la vida comercial.[14] Después una voz
anuncia los precios de la canasta básica, que son de verdad precios de espanto: "Un kilo (un
quénice) de trigo, o tres kilos de cebada, por el salario de un día (un dênarion)" (6:6). Según el
Antiguo Testamento, el vender trigo por peso significaba gran escasez y el correspondiente
racionamiento.[15] La voz procede "de en medio de los cuatro seres vivientes" (el orden
creado de la vida consciente); no parece ser la de un ángel ni de uno de los cuatro seres
vivientes. Se deja intencionalmente ambiguo, pero parece representar algo así como "la voz
del comercio", una personificación de las fuerzas económicas que pregonan sus precios
criminales.

El denario era sueldo del jornalero por un día de trabajo, y el quénice, equivalente de 1,079
litros, era la ración diaria de trigo para una sola persona. Cicerón nos informa que
normalmente el denario compraba doce quénices de trigo y 24 de cebada (In Verrem, 3.81).
Así el precio de trigo que pregonaban marcaba un aumento de doce veces, y el de cebada,
alimento de animales (1 R 4:28) y de los más pobres (Rt 2:17; Ezq 4:9), un aumento de ocho
veces el precio normal. El tercer caballo corre a galope hoy, y su galopante "inflación" afecta
precisamente a los alimentos indispensables para la sobrevivencia de "los de abajo".

En seguida el texto hace otro anuncio: "Pero no dañes el aceite y el vino" (6:6): Esta frase es
bastante enigmática, y ha recibido las interpretaciones más diversas. No faltan los que ven
aquí dos símbolos del Espíritu Santo. Para algunos, significa que la sequía que produce la
hambruna en la región era todavía limitada, de modo que no alcanzó a los olivos y las vides,
que tienen raíces más profundas. Otros señalan que el aceite y el vino son lujos, mientras que
trigo y cebada son necesidades. Creemos que José Salguero resume la mejor explicación: unos
años antes, para bajar el precio del pan en Italia, Roma comenzó a comprar enormes
cantidades de trigo de Egipto y África. Al caer el precio del pan en Italia, los agricultores
romanos cambiaron sus cultivos de granos por la vinicultura. Se produjo entonces una
abundancia de vino, de modo que en el año 92 Domiciano decretó que "no se plantasen más
viñas en Italia y que en las provincias se destruyesen la mitad o más" (Suetonio, Domiciano 7).
Eso había de favorecer, con típica parcialidad, a los vinicultores de Italia en perjuicio de los
agricultores de las provincias. Sin embargo, los latifundistas de Asia Menor se rebelaron
contra el edicto de Domiciano, quien a la postre se vio obligado a rescindirlo.[16]

El tercer caballo es claramente una protesta enérgica contra el comercio internacional


explotador. Mientras el pueblo muere de hambre por falta de trigo y cebada, los latifundistas
cultivan uvas y aceitunas para la exportación lucrativa. Mientras falta la alimentación mínima
de los obreros del campo, abundan los lujos para los terratenientes y los privilegiados de la
ciudad capital.

Recientemente, Gregory Beale, del seminario teológico Gordon-Conwell, ha defendido


sistemáticamente una interpretación económica de las primeras trompetas (1999:472-480) y
las primeras copas (814-21), con énfasis en la hambruna y la crisis alimentaria como castigo
divino. Señala, por ejemplo, que con la segunda trompeta, cuando el mar se convierte en
sangre, se destruyó, inexplicablemente, una tercera parte de las naves (8:9). Beale interpreta
eso, que no es una consecuencia lógica de un mar de sangre, como expresión del juicio divino
sobre el comercio marítimo (1999:477).
La marca de la bestia: totalitarismo económico: Al fin del capítulo 12 el dragón es arrojado del
cielo, y en el capítulo 13 moviliza todas sus fuerzas para su encarnizada lucha contra la
descendencia de la mujer. El capítulo 13 es una descripción del poder político (13:1-10), poder
ideológico (13:11-15) y el poder económico (13:16-18) del satánico imperio. Sorprende un
tanto que el capítulo 13 termine precisamente con la opresión económica, como su punto
culminante. Sorprende también que la horrenda "marca de la Bestia", que planteaba una
opción de vida y muerte para los cristianos, tenga en su contexto un solo punto de referencia,
de carácter económico: el poder comprar y vender.[17]

La función de la marca es una sola, el controlar en forma total la vida económica de todos, de
la cual depende la existencia misma de cada uno. Representa un boicoteo de los negocios y el
control del empleo de los que no se afilian a la Bestia. Significa la deshumanización y la
muerte lenta, mediante las fatales sanciones económicas, que se aplican en servicio de un
sistema injusto, discriminatorio, que es a la vez sacralizado y diabólico. Aplasta al no-
conformista y al des-adaptado, que no lleva las "marcas" del sistema opresor.

El imperio romano nunca practicó este tipo de bloqueo ideológico discriminatorio para
estrangular económicamente al sector de la población que discrepaba de su sistema.[18]
Tampoco aparece nada parecido en otros escritos apocalípticos. Ese hecho revela la
originalidad de Juan y su marcada concentración en los temas económicos. Muy
lamentablemente, desde el siglo pasado se ha comenzado a aplicar este tipo de bloqueo
económico discriminatorio sólo por el delito de no estar de acuerdo con la ideología oficial de
determinado país.[19]

La ramera, su fornicación y su borrachera (Ap 17-18): El simbolismo del relato de la ramera


plantea unas preguntas un poco curiosas: ¿Cómo pudieron los reyes de la tierra fornicar con
una ciudad (Babilonia, la ramera; 17:2,18)? ¿Qué significa que las naciones "bebieron el
excitante vino de su adulterio" y se emborracharon (18:3)? Pablo Richard (1994:159) señala la
relación de las palabras pornê (prostituta), porneia (prostitución), y porneuô (prostituirse) con
el verbo extra-bíblico de pernêmi, vender, venderse. Richard percibe esa misma connotación
comercial en este texto: los reyes se prostituyen en Roma, donde se venden por una cuota de
poder y riqueza. Como comenta Pikaza (1999:191), Roma era "un mundo que se vuelve
compra-venta" de vidas y almas, poder y riqueza.

En el AT, especialmente en los escritos proféticos, el adulterio (o fornicación) y la


prostitución fueron símbolos muy comunes para diversas formas de desobediencia y pecado,
mayormente de Israel pero también de otras naciones. La frecuente idolatría de Israel se
describía como adulterio, por ser infidelidad a su pacto con Dios, entendido como un
matrimonio (Dt 31:16; Is 57:3-13; Jer 5:7; Ezq 43:7,9 y algunos otros pasajes). En dos casos los
profetas acusan a otras naciones de prostitución. Isaías, después de denunciar a Tiro larga y
vehementemente por su explotación comercial de otros países, lo tilda de ramera (23:17-
18).[20] En los mismos términos, Nahum denuncia a Nínive, capital del poderoso imperio
asirio, como "ciudad sedienta de sangre... insaciable en su rapiña (3:1), "esa ramera de
encantos zalameros, esa maestra de la seducción" (3:4). Nahum condena también el comercio
de Nínive ("Aumentaste tus mercaderes más que las estrellas del cielo", 3:16) y a sus
dignatarios y oficiales (3:17).
Franz Delitzsch describe la "prostitución" que menciona Isa 23:17-18 como "actividad
comercial" que "con miras sólo a la ganancia material, no reconoce ningún límite divinamente
establecido, sino realiza un tráfico promiscuo con todo el mundo, como una prostitución del
alma".[21] Swete también lo comenta en este sentido: "Aunque la acusación de ‘fornicación’
podría justificarse ampliamente por las condiciones morales de Roma bajo el imperio, es
probable que se refiere principalmente a la total venalidad de la capital, que estaba dispuesta
en cualquier momento a vender cuerpo y alma por un buen precio" (1951:184). Puesto que el
énfasis central de Apoc 18 es fuertemente comercial y económico, parece que la "fornicación"
de 17:2 y 18:3 se refiere particularmente al espíritu mercantil de la capital imperial.

Peor aún, Roma ha exportado su corrupción y su consumismo a todo el imperio, haciéndoles


a las naciones beber del vino de su pasión impura (14:8 griego; Swete) y embriagándolos con el
influjo intoxicante de su lujo, su vicio y su idolatría (17:3). Roma estaba ebria con la euforia de
su riqueza y su poderío (18:7) y seducía y emborrachaba a las naciones con el mismo
espíritu.[22]

El desarrollo posterior de este texto demuestra claramente que la prostitución y la


borrachera de la ramera consistía en la seducción embriagante de sus lujos: "ella se entregó a
la vanagloria y al arrogante lujo" (18:7) y "los reyes de la tierra cometieron adulterio con ella y
compartieron su lujo" (18:9). Fue mediante este comercio internacional de lujos ("frutos
codiciados, cosas suntuosas y espléndidas", 18:14) que "sus comerciantes eran los magnates
de la tierra" (18:23; cf. 18:3,15). Era una especie de "lujolatría" muy parecida al consumismo
desenfrenado de nuestro tiempo.

El lamento de los comerciantes: Lo más explícitamente económico de todo el libro del


Apocalipsis es la endecha de los comerciantes (18:11-17) y de los transportistas marítimos
(18:17-19) por la destrucción de Babilonia. Junto con los reyes aliados, que lloran la pérdida de
su poder político (18:9-10), los comerciantes internacionales del imperio lamentan a gritos la
pérdida de la gran fuente de su fortuna. El pasaje es largo, sumamente detallado y específico,
y con fuerza abrumadora denuncia el comercialismo y la lujolatría del Imperio Romano. Juan
reproduce, como si fuera el "registro de cargamento" de un barco, la lista de casi 30 productos
del más exquisito lujo. Tanto detalle hace sospechar que Juan frecuentaba los muelles de Éfeso
para conversar con los marineros.

Ezequiel, en un pasaje muy parecido que sin duda le inspiró a Juan, desglosa una lista aún
más larga de los productos del comercio de Tiro (Ezq 27:3-36; ¡51 productos!). Lo
sorprendente es que las dos listas son distintas, porque cada una corresponde al comercio de
su momento histórico. De la lista de Ezequiel, Apocalipsis omite unos 25 productos, entre ellos
ciertas maderas (pinos, encinas, cipreses); algunos bordados y telas; tres metales (hierro,
estaño, plomo); ébano, topacio, corales, rubíes; mulas y chivos. La lista del Apocalipsis añade
unos diez productos: perlas, seda, escarlata, mármol, mirra, harina refinada, carruajes y
esclavos.

Estos productos procedían de todo el mundo conocido, desde Inglaterra hasta la China;
llegaban a Roma comerciantes y embajadas aun de los pueblos orientales. Augusto había
organizado muy bien la patrulla marina que controlaba la piratería, haciendo posible el
constante movimiento comercial. Plinio informa que una flota de más de 100 barcos viajaba
constantemente al Mar Rojo y a la India (Hist.Nat. 12.41). El tráfico marítimo entre Alejandría
y Roma, con duración de unos 10 días, era especialmente nutrido. Un eficiente sistema
bancario y crediticio, y la unidad monetaria del imperio, facilitaban mucho ese gran comercio.
Unos datos al azar darán una idea de la magnitud de este comercio. Según Plinio (Hist.Nat.
12,41,2), cada año el imperio gastaba cien millones de sestercios[23] en perlas de Arabia, India
y China. Se practicaba la minería en España, Bretaña, y al norte del Danubio; las minas
generalmente pertenecían al estado, y los mineros eran en su mayoría esclavos. El lino venía
de Egipto, la púrpura de Fenicia (extractada por un proceso sumamente laborioso y costoso), y
la seda de China. La "madera olorosa" (citum, o tuya), traída desde Argelia, se utilizaba en
muebles lujosos, que a veces tenían un precio equivalente a un latifundio de 122 hectáreas por
una sola mesa (Plino, Hist.Nat. 13,20,30). El cinamomo de China valía unos 300 denarios por
libra, y el amomo de India y otros lugares costaba unos 60 denarios por libra. También venían
coches, a veces adornados con plata.

Llama poderosamente la atención que tanto la lista de Ezequiel como la de Juan corresponde
detalladamente a su contexto, a los productos de lujo que de hecho se transportaban en su
época. En el año 95 d.C. la lista no pudo ser igual que la de Ezequiel en el año 600 a.C. Por
supuesto, sería muy diferente una lista de productos de lujo de nuestro siglo XXI (automóviles
Mercedes Benz, relojes Rolex, televisoras, microondas, computadoras). Tampoco es posible
espiritualizar los productos, para interpretarlos simbólicamente. Estos hechos muestran a las
claras que Juan estaba pensando económicamente, con mucho conocimiento del tema, y que
también aquí, casi llegando a finales de su libro, Juan sigue pensando en el imperio romano.

4. Juan denuncia el sistema ideológico del imperio: Todo sistema político tiene una
infraestructura ideológica, que a menudo es religiosa. Tal fue el caso del imperio romano.
Aunque el mundo greco-romano tenía una abundancia de deidades, y no era problema agregar
uno más o no agregarlo, los romanos del tiempo del N.T. buscaban consolidar la unidad del
imperio mediante una religión común de todo el imperio, y una religión explícitamente
política, de adoración al emperador. Los nicolaítas se sentían muy inclinados a acomodarse con
esa religión oficial del sistema imperial.

El libro del Apocalipsis elabora lo que podemos llamar una "demonología del imperialismo".
Detrás de todas las estructuras políticas, económicas y sociales del imperio, el autor percibe
fuerzas espirituales en combate mortal. La lucha entre el imperio y la iglesia, entre el
emperador y los cristianos, es el "proscenio"[24] en primer plano de este otro drama todavía
más vasto y decisivo. Contra el trono de Dios y del Cordero, se levanta el "trono de Satanás"
(2.13) y su bestia feroz.[25] El libro comunica esta teología anti-imperialista por medio de un
fascinante drama de cuatro personajes malévolos.

El dragón es un monstruo cocodriloide que se identifica con toda claridad como "la serpiente
antigua, que se llama el Diablo o Satanás, el cual engaña al mundo entero" (12:9; 20:2). El
dragón comienza su campaña con una lucha cobarde contra una mujer encinta y un niño. Pero
en esa lucha, sorprendentemente, nada le sale bien y termina desesperado. En la furia de su
frustración, ¡el diablo decide crear el imperio romano![26]

El capítulo doce (que debe incluir 13:1) enseñaba a los primeros lectores dos verdades muy
importantes. Primero, el imperio romano es un invento de Satanás. El dragón ha dado su
mismo trono y autoridad al emperador y, por lo tanto, adoración al emperador es culto al
diablo (13:2,4). La ideología del imperio es un invento de Satanás. En segundo lugar, les
explica que el diablo está tan furioso porque ha sido derrotado y humillado. Detrás de la
persecución de los cristianos de Asia Menor está la victoria definitiva del Cordero sobre ese
dragón. Eso les permitió ver en la misma persecución que sufrían, la señal firme y segura de la
victoria del evangelio. Mientras la victoria celestial en el capítulo 12 es obra directa de Dios, la
victoria en la tierra, para la iglesia metida en la realidad histórica (cap. 13), es por fidelidad
hasta el martirio (cf. 12:11).

La Bestia, evocada del mar por el mismo diablo, es agente fiel de su progenitor.[27] Este
extraño monstruo es una amalgama de las cuatro bestias de Daniel 7, que también salieron del
mar. Juan cambia muchos detalles del relato de Daniel, omite lo que no le interesa y añade
otros detalles que corresponden a su propio contexto. Las bestias de Daniel 7 fueron cuatro,
por ser cuatro imperios enemigos de Israel. En el Apocalipsis es una sola bestia, con una
extraña mezcla híbrida de las cuatro en una sola, porque había un solo enemigo frente a la
iglesia: el imperio romano. Esta bestia tiene siete cabezas (detalle ausente en Daniel), que
según 17:9 representan las siete colinas de Roma y a la vez siete de sus reyes. Estos detalles
confirman la conclusión de que el imperio romano es una bestia al servicio de un dragón. La
ideología del imperio es una religión satánica.

Hoy día, el verbo "satanizar" tiene un significado peyorativo, como uno de los peores
pecados en la ética social y política. De cierto, es muy peligroso absolutizar alguna postura
política, como el supremo bien, y demonizar otras como el mal absoluto. Juan, sin embargo,
nos enseña que de hecho el diablo se mete en la política, y mucho. Juan reconoce la presencia
de Satanás en la esfera política y no tiene reparos en "satanizar" al imperio romano. Tan
errado es ver al diablo donde no está, como no verlo donde sí está.

Una tarea de la ética política cristiana, para la iglesia como comunidad profética hoy, es
discernir y señalar las fuerzas satánicas en los procesos políticos, desde la óptica del reino de
Dios y su justicia. Por eso, ausentarnos de la política puede significar dejarle la cancha al
diablo.

El falso profeta (13:11-18): Esta segunda bestia, con cara de cordero pero voz de dragón,
procede de la tierra, lo cual sugiere que probablemente era un personaje conocido en Asia
Menor. Barclay observa al respecto que el culto al emperador no se impuso desde arriba,
desde Roma, sino al contrario surgió desde abajo promovido por los pueblos de provincia (p.
323). En ese proceso, toda la organización política y religiosa de las provincias, con sus
magistrados, diócesis, y sacerdocios regionales, hacía su aporte a la promoción del culto
imperial. Así fue como la segunda bestia surgió "de la tierra" asiática (pp. 326,338).

Aunque la segunda bestia parece inocente y relativamente débil, de hecho "ejerce todo el
poder de la primera Bestia en servicio de ésta" (13:12 BJ). Como representante oficial del
imperio y Sumo Sacerdote de la religión imperial, logra que las masas rindan culto a la imagen
del emperador. Persuade a la gente erigir una inmensa imagen del emperador como objeto de
su adoración (13:14-15),[28] y utiliza cuatro métodos para engañar a la gente e inculcar la
idolatría imperial: (1) la poderosa retórica de su "voz de dragón" (13:11); (2) sus sensacionales
prodigios (13:13-15); (3) severas sanciones económicas contra quienes no reciben la marca de
la Bestia (13:16-18); y (4) la pena de muerte contra los "disidentes" que no la adoran (13:15).

Como "Ministro de Propaganda", el falso profeta promueve "la ideología del poder" que
sacraliza al imperio (Barsotti, op.cit. pp. 180-185.). Cullmann (op.cit., p.92) resume muy bien
su función dentro del sistema total:

La segunda bestia representa el poder de la propaganda religioso-ideológica del Estado


totalitario. En esta pretensión seudo-religiosa se manifiesta lo diabólico de este falso profeta,
que se presenta como si fuese el verdadero profeta del verdadero Dios. En realidad hace
propaganda para su dueño, el diablo, el Estado totalitario.... Todo Estado totalitario necesita
una ideología que sea una parodia de la fe.

El tema central en la exposición de estos tres personajes -- el dragón, la bestia y el falso


profeta -- es la denuncia de la idolatría en que se fundamenta el imperialismo, con sus
reclamos de poder absoluto. Era una idolatría sutil, a menudo velada, capaz de seducir
también a muchos cristianos, como los nicolaítas. En su mensaje anti-idolátrico, Juan sigue a la
iconoclasia de los profetas hebreos. La denuncia de ellos debe darnos mucho que pensar ante
los nuevos ídolos del mundo moderno.[29]

La Ramera (Ap 17-18): Hemos visto que la ramera, conocida también como la gran Babilonia,
simboliza a la ciudad capital del imperio. Se caracteriza por dos vicios: la prostitución y la
embriaguez. Por eso la denuncia contra ella se concentra con mucho énfasis en los aspectos
del poder económico y político y en su sangrienta persecución de todo disidente (17:6; 18:24;
19:2). En todo imperio, el centro (la capital y las cabeceras provinciales con sus élites) siempre
se enriquece a expensas de la periferia empobrecida. En el caso de la ramera, a diferencia de
las dos bestias, hay muchas y claras referencias a los pecados económicos pero el texto no
tiene ninguna referencia a su idolatría.[30]

El cap. 17 es rico en ironía vigorosa y hasta burlesca. En la época de la Pax Romana, cuando
la "Ciudad Eterna" parecía invencible y muchos pueblos adoraban a la dea Roma,[31] el
profeta pinta un cuadro totalmente diferente. Roma se cree diosa, pero no lo es; más bien, es
todo lo contrario ¡es la gran Ramera, madre de todas las rameras! La iglesia, en cambio, es
madre pura (12:1-2) y la "desposada, dispuesta como una esposa ataviada para su marido"
(19:7, 21:2,9). La prostituta cabalga, no sobre un caballo blanco como si fuera diosa en alguna
estatua ecuestre, sino sobre una repugnante bestia escarlata, con siete cabezas y diez cuernos.
El imperio romano es una bestia, inspirada por un dragón, y la ciudad capital es una ramera
que anda montada sobre ella, borracha con sus nauseabundeces y con la sangre de sus
víctimas (17:6; 18:24).

Este "drama del dragón", en que la ramera es el último personaje, tiene profundo significado
teológico, tanto para la demonología como para la teología de la política. A diferencia del
énfasis en los evangelios sinópticos sobre la posesión demoníaca de individuos, en Pablo y el
Apocalipsis Satanás se mueve casi exclusivamente al nivel de "poderes y potestades". En este
relato el dragón, detrás del imperio, es el Diablo mismo. La Bestia simboliza al imperio como
tal, y el falso profeta a todas las fuerzas religiosas e ideológicas (sacerdocio oriental, culto
imperial, magia, filosofía) que se ponen a las órdenes del imperio. Y la tremenda prostituta,
montada sobre la Bestia, es la gran Roma, capital del imperio.[32]

La ramera, que aparece por primera vez en el capítulo 17, desaparece del escenario a finales
del mismo capítulo cuando es desnudada y quemada por sus amantes (17:16-17). Un detalle
interesante, y muy hermoso, es la simetría con que Juan estructura este largo relato. La
ramera, última en entrar al escenario, es la primera en salir. Las dos bestias, que aparecieron
en segundo y tercero lugar (13:1,11), son también segunda y tercera en ser juzgados, cuando
son lanzadas al lago de azufre y fuego (19:20). Eso deja al dragón sólo, igual como estaba a
finales del capítulo doce. Sorprendentemente, Dios no echa al diablo también al infierno, junto
con sus dos aliados, sino que le da mil años de prisión preventiva (20:1-3). Esto da mayor
fuerza dramática al final del relato: el dragón, cuando es liberado, no ha cambiado nada y
pretende provocar otra guerra más (20:7-10) y ahora sí, al fin, es también lanzado al castigo
eterno. De ese modo, el primero en entrar (12:3) es el último en salir.[33]
Conclusión: Como preso y como pastor de siete congregaciones amenazadas por el imperio, a
Juan no le convenía inmiscuirse en temas que no afectaban directamente a la iglesia, como por
ejemplo el militarismo o los precios de los granos básicos. Pero como profeta, no pudo
callarse. De la misma manera en que levantó la voz por todas las víctimas de la violencia, sean
cristianas o no (18:24), también pronunció su palabra profética sobre los graves problemas
sociales de su tiempo.

Juan vivía con el corazón en el cielo y los pies bien puestos en la tierra. Tuvo visiones de
Dios, y muchas, pero también tuvo una visión muy realista de las crudas realidades del imperio
romano. En el cielo oyó el cántico de millones de ángeles (5:11-12), pero en la tierra, donde
vivía, escuchaba con compasión el clamor de los hambrientos y empobrecidos (6:3-6). Realizó
su misión profética entre dos tronos, uno que estaba en Roma y el otro en el cielo, establecido
y firme por los siglos de los siglos. Su clara visión del trono eterno transformó su visión del
trono imperial.

¡Que Dios nos ayude a seguir el valiente ejemplo de este héroe de la fe!

Juan Stam

Revisado agosto 2016