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Eric Hobsbawm

El reordenamiento geopolítico de posguerra diseñado en los diferentes tratados generó la semilla


de la futura discordia.

Tras los primeros años de posguerra, llenos de dificultades, los europeos vivieron un corto período
de esperanza que coincidió con una etapa de prosperidad superficial (los ‘felices años ’20’); sin
embargo, el crack bursátil de 1929 truncó aquella bonanza económica y política y las ya existentes
doctrinas antiilustradas (fascismo, nazismo) comenzaron a afianzarse en suelo europeo.

La crisis de la ideología liberal-iluminista da lugar a toda una serie de actitudes muy diferentes.
El pacifismo es uno de los resultados de la experiencia de la guerra, pero también lo es la ideología
de aquellos (en su mayoría ex combatientes) que consideran a la guerra como una experiencia
purificadora, de regeneración nacional, y exaltan la camaradería de la trinchera y los valores de la
fuerza y el coraje, de la pasión nacional y la vitalidad juvenil. Actitudes de este último tipo se
encuentran detrás de movimientos nacionalistas como el fascismo italiano o el nazismo alemán,
que reemplazan los regímenes liberales por nuevos modelos jurídicos y políticos de extrema
derecha (aunque una derecha de nuevo cuño, que no plantea una vuelta a un pasado remoto y
feliz sino la construcción de una sociedad nueva y la movilización de las masas).

Durante el período de Entreguerras convivieron diferentes escenarios políticos: la democracia


liberal subsiste en Francia e Inglaterra, Suiza, Holanda y Bélgica; el fascismo triunfa en Italia y el
nazismo en Alemania, la socialdemocracia en Escandinavia, el New Deal en EEUU, las dictaduras en
Europa del este y península ibérica y el comunismo en la Unión Soviética. Esa conflictiva
convivencia de diferentes familias ideológicas llegó a su punto álgido en 1933 con la llegada de
Hitler al poder en Alemania y la conversión del fascismo en un fenómeno de dimensión europea; a
partir de entonces se polarizó y radicalizó la lucha entre quienes se consideraban herederos de la
Ilustración (liberalismo y comunismo) y quienes se definían esencialmente como antiiluministas
(fascismos). En esta ‘guerra civil europea’ fueron los intelectuales europeos que rechazaban el
fascismo los primeros en alinearse dentro de un bando antifascista que encontró en la guerra civil
española la dimensión simbólica de esa causa supranacional que los convocaba al combate
ideológico y donde lo que estaba en juego era el porvenir de Europa.

La Segunda Guerra mundial enfrentó a las democracias liberales y el comunismo ‘contra un


enemigo común e ideológico’ que se revelaba difícil de apaciguar y con el que ya no era posible
acordar. Si en un primer momento el temor al ‘bolchevismo’ y el trauma de la guerra alimentaron
una voluntad negociadora por parte de Inglaterra y Francia en relación a las exigencias de Hitler, el
descubrimiento de una naturaleza inédita y temible en el nazismo los obligó a reaccionar.
Si el antifascismo fue posible para aquellos que no comulgaban con el comunismo fue
precisamente por el contexto de depresión económica internacional, de ascenso del fascismo y de
crisis profunda de las instituciones liberales.