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net/publication/334186265

Interferencias parentales mediante la manipulación del apego

Chapter · June 2019


DOI: 10.2307/j.ctvk3gn9w.6

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Martina Morell
Universitat Rovira i Virgili
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Interferencias parentales mediante la manipulación del apego infantil.

Martina Morell Gonzalo. Psicóloga Colg. 1872 Psicóloga Sanitaria, Experta en Psicología Forense.
Profesora asociada de la Universitat Rovira i Virgili.

Resumen.

Durante los primeros meses de vida se desarrolla en el bebé un vínculo de apego primario hacia uno
o como mucho dos cuidadores primarios, a partir de los cuales se desarrollan vínculos de apego
secundarios hacia otras figuras del entorno familiar y social. En el primer año de vida y hasta los
tres, este apego es clave para entender y explorar el entorno, y el niño siente una gran angustia
cuando se separa de su cuidador. Hacia los cinco esta necesidad de contacto cercano se atenúa. El
régimen de custodia, si ambos padres no tienen un grado de vinculación parejo, puede acarrear un
gran estrés para el niño, que puede ser aprovechado por el padre manipulador para predisponerle en
contra del otro progenitor.

Palabras Clave.

Apego primario, apego secundario, custodia, interferencias parentales, vínculo.

Abstract

During the first months of life, the infant develops a primary attachment bond to one or a maximum
of two primary carers. From there, they develop secondary attachment bonds to other members of
the family and social environment. Up until the third year of life, this attachment is key to the
understanding and exploration of the environment, and the child feels extreme anguish when away
from the carer. Approximately at five years of age, this need of close contact diminishes. In cases
where the child has not developed similar levels of attachment with both parents, the custody
regime can be a source of great stress to him/her, a situation that the manipulative parent can take
advantage of to set him/her against the other.

Keywords.

Primary attachment, secondary attachment, custody, parental alienation.

1-¿Qué entendemos por apego?

En primer lugar, puesto que el término “apego”, es un genérico que se utiliza de manera
indiscriminada dentro y fuera de la Psicología, y para mayor confusión, cada escuela psicológica
tiene un concepto particular del mismo, habría que comenzar definiendo que entendemos por apego
y como se puede operativizar dentro del contexto de la psicología forense. De nada nos sirve como
premisa de trabajo un término ambiguo que abarca casi cualquier relación personal, ya que en
ámbito judicial requiere datos objetivos concretos y replicables. Por lo tanto, y sin alargarse mucho
en un tema redundante en la literatura científica, tomaremos como apego la necesidad de los niños
pequeños de permanecer cerca de los adultos que los cuidan habitualmente. Es una definición
simplista, reduccionista, pero muy útil para nuestro propósito que pretende ser sobretodo
pragmático. Cualquier adulto que cuida habitualmente de un niño pequeño crea un vínculo de
apego, por la necesidad totalmente biológica y genéticamente predeterminada que tiene el niño de
este lazo afectivo que afecta a su supervivencia. A su vez, el adulto cuidador también siente el deseo
y la necesidad de permanecer junto al niño, sintiendo un fuerte estrés en las separaciones largas. Por
lo tanto, estamos ante una interacción entre dos personas básica para la supervivencia de la especie.
Se pueden observar niños sin ningún apego en casos muy graves de negligencia y abandono, lo que
conlleva necesariamente retrasos en la maduración y el desarrollo físico y psicológico. Un ejemplo
real, que yo haya conocido, era un niño adoptado procedente de un orfanato ruso, que nunca había
visto la luz del sol, ni lo habían tenido en brazos. Acabó siendo diagnosticado de autismo, siendo
discutible si este se debía a un problema genético o a la simple falta de desarrollo neuronal por falta
de estimulación. En todos los demás casos, el vínculo, se desarrolla aún en casos graves de
maltrato, la cuestión es la calidad de este apego. Hablaremos de apego seguro cuando el niño tiene
la certeza que la persona que le cuida le tratará con afecto y estará atenta a sus necesidades, y por lo
tanto, requiere la presencia de esta persona y se siente seguro y confiado en su presencia. En el caso
contrario se desarrolla un apego inseguro que tendrá consecuencias muy negativas en la base
emocional de la personalidad futura (Ainsworth M. 1973) A su vez dentro del apego inseguro
podemos encontrar tres subtipos admitidos por consenso dentro de la bibliografía especializada, que
son: evitativo, ambivalente y desestructurado .

Para desarrollar un apego seguro es necesario una interacción de muchas horas con el cuidador, un
contacto físico, afectivo, una interacción positiva, juegos, caricias y una satisfacción de las
necesidades del bebé lo más rápidamente posible. Un bebé de menos de un año, momento de
establecimiento del vínculo, nunca estará demasiado mimado o sobreprotegido, puesto que estos
cuidados intensos y la cercanía física y emocional son vitales para su desarrollo. De nada sirve
pasar con el bebé poco tiempo pero “de calidad”, término este acuñado para acallar la conciencia de
los padres, pero sin fundamento empírico. Transportémonos mentalmente a un parque público, allí
veremos muchos niños jugando (aunque muchos menos de lo que debieran puesto que las horas de
juego de los niños se han reducido drásticamente en los últimos años) Vemos un niño de dos años
jugar en la arena, muy cerca está su madre, o su abuela o su padre. El niño echa a correr y se cae,
inmediatamente llora muy fuerte en dirección al cuidador, este lo coge y lo abraza y lo besa y el
niño se calma. Este es un apego seguro y el cuidador en cuestión una buen referente para el niño.

En un apego inseguro evitativo, el cuidador es poco sensible a las necesidades del niño, lo cuida,
pero no lo suficiente. En los casos leves, es poco cariñoso, no lo consuela si se cae o tiene miedo, le
deja llorar sin abrazarlo, en los casos moderados, no cambia el pañal con frecuencia, no ofrece
comida a demanda, no sigue un horario previsible en las comidas o el sueño…. en los más graves,
el bebé no cubre sus necesidades vitales por completo. El resultado es un niño muy independiente,
poco comunicador, que apenas llora, que no acepta mimos o caricias con facilidad y que parece
“pasar”, de sus cuidadores. El segundo niño que observamos, también se cae, pero en lugar de
llorar, se levanta y sigue andando y la madre le mira y no se mueve. Una señora que había cerca,
alarmada, coge al niño y este la rechaza y le muerde, pero no llora. “Es que está muy espabilado , es
muy independiente”, comenta la madre, “que remedio le queda”, piensa la señora. Este es un apego
inseguro evitativo.

En el apego inseguro ambivalente, el cuidador unas veces se comporta como buen cuidador y en
otras es negligente, sin que sea posible prever su reacción. Es muy frecuente en personas
estresadas , deprimidas, poco preparadas para las tareas parentales, con buena voluntad, pero pocos
recursos personales y pocos apoyos sociales, con lo que fácilmente se sienten desbordadas por la
situación. Su comportamiento, depende mucho de su estado de ánimo. En estos casos, es habitual
que los niños tengan fuertes rabietas, puesto que es la única manera de conseguir toda la atención
que necesitan. En este caso, el niño que se cae no llora, pero cuando viene la madre a consolarlo
estalla en llanto y no se consuela con facilidad. La filosofía de estos cuidadores suele ser: “no le
cojas si se cae que entonces llora más”, lo cual en su caso es estrictamente verdad.

Por último el abuso, el maltrato físico y psicológico y el abandono producen un apego


desestructurado que combina todas las reacciones de los niños descritos sin una pauta (de ahí la
desestructuración) añadiendo una más: la reacción de miedo. Nuestro niño experimental se cae, y
no llora, todo lo contrario, estos niños siempre procuran no llamar la atención. La madre se acerca y
le castiga: “se puede saber que haces”, ¿”es que eres tonto”? O incluso le pega. Se ve claramente la
reacción de algunos niños de taparse la cara con las manos o de intentar protegerse con el brazo en
cuanto un adulto se les acerca. Sin embargo, el vínculo existe, lo cual quiere decir que el niño
quiere a su maltratador y en la mayoría de casos (no siempre) el maltratador también quiere al niño.
Por lo tanto, en determinadas situaciones es posible obtener una reacción de apego seguro que
desconcierta totalmente al observador. El ejemplo más patente es ver que un abusador o un
maltratador en un espacio de juego controlado durante un rato (un punto de encuentro, por ejemplo)
obtiene del niño atención y cariño a poco que se esfuerce, porque los niños están predeterminados a
intentar obtener el afecto de los adultos y sentirse felices si lo consiguen, aunque sea muy poquito y
a costa de mucho esfuerzo.

El apego no solo se desarrolla hacia los adultos, sino también hacia los hermanos, sobre todo si son
mayores y ofrecen al pequeño protección y cuidados. Incluso se extiende hacia las mascotas y los
muñecos favoritos del niño. Cuanto más inseguro es el apego hacia las personas que cuidan al niño,
mayor necesidad tendrá este de mascotas, muñecos y amigos imaginarios. No me ha faltado algún
caso donde el más desinteresado y responsable cuidador del niño, era la perra de la familia, lo digo
en sentido literal y con mucha tristeza.

Actualmente, se discute si incluir un nuevo tipo de apego, el sobreprotector. Correspondería a


aquellos padres que no dejan que el niño experimente y se desarrolle. Mi pediatra me comentó una
vez, que le había llegado el caso de un niño de dos años que no andaba, cuando dijo a la madre que
lo dejara en el suelo, se dio cuenta que la madre no le dejaba caminar solo ni un paso, con lo que no
aprendía. También son cada vez más frecuentes niños con problemas logopédicos debidos a que no
mascan alimentos sólidos, solo papillas. Sin embargo, como ya se ha dicho no se puede
sobreproteger a un bebé de menos de un año, momento de formación del apego, por lo que este
estilo aún no es admitido por la comunidad científica como tal, aunque tiene mucho predicamento
en la cultura popular. Tener “mamitis”, resulta una etiqueta frecuente de los niños pequeños,
altamente peyorativa, sobre todo en varones, colocada ante lo que muchas veces no es más que una
ansiedad de separación normal y correcta evolutivamente, de los niños ante la separación de su
madre como cuidadora principal. Mala señal si un niño pequeño no llora nunca cuando se se va
mamá a trabajar.

Otra premisa que influyen en la formación del apego, son las prácticas culturales, existen diversos
estudios comparativos de la reacción en la situación extraña en diversos países con conclusiones
curiosas. Los cuidadores japoneses, por ejemplo, desalientan la exploración del entorno
minimizando la independencia del niño (Matsumoto et alt 1998), mientras que los nórdicos hacen
justo lo contrario (Grossman y Grossman 1990). Así pues, tal y como pasa en los test de
personalidad, cuya muestra representativa hay que adaptar a cada país, así habría que hacer con las
medidas del apego.

El último factor a tener en cuenta, es el carácter del niño, existiendo niños más tímidos o miedosos
y otros más “lanzados”, así como influyen las experiencias tempranas. Por ejemplo, un niño que
paseando solo sea mordido por un perro, tiene más posibilidades de comportarse durante un tiempo
de una manera insegura y suspender la exploración del entorno. Sin embargo, parece que estos
factores intrínsecos de la personalidad y la experiencia son menos influyentes a largo plazo en el
desarrollo del apego que el comportamiento de los cuidadores (Rodriguez 2011).
2- Apego y personalidad adulta.

El apego tiene una repercusión directa y muy bien documentada sobre la personalidad en
formación, y será determinante para la formación de la autoestima y la manera de ver el mundo. Se
ha demostrado una correlación directa entre el apego infantil y la elección de pareja futura y el
cuidado posterior de los propios hijos. Un apego inseguro forma una personalidad insegura, siendo
el más pernicioso de todos ellos el apego desestructurado (Main M.1985)

Aunque la necesidad de permanencia física de la figura de apego se va atenuando con la edad, el


concepto de apego es extensible hasta la edad adulta, puesto que todas las relaciones emocionales
son relaciones de apego entendidas en una concepción extensa. Numerosos autores han estudiado la
capacidad de los adultos de establecer un apego seguro relacionandolo con la calidad del apego
recibido en la infancia. Mikulincer, Shaver y Perg (2003) asocian el apego seguro con unos mayores
índices de adaptación social y psicológica en el entorno y mayor percepción de felicidad subjetiva
en su vida, así como mayores recursos para afrontar el estrés y controlar la ira. Consedine y Magai
(2003), señalan que estos efectos se alargan hasta la vejez, donde estas personas encuentran una
mayor estabilidad emocional y expresión de alegría e interés por su entorno. El estilo ansioso
ambivalente, configura lo que Magai (2000) y otros autores han llamado “apego preocupado”, una
forma de relacionarse con los demás donde predomina el miedo, la ansiedad y la vergüenza, con
propensión a la ira. El estilo infantil ansioso-evitativo, se relaciona en la adultez con la distancia
emocional de los otros, (Mikulincer 2003), hostilidad y falta de empatía. Por último, el apego
desestructurado, se ha vinculado directamente con la psicopatología, con mayor prevalencia de
todos los trastornos psiquiátricos pero en especial la anorexia, la bulimia, los intentos autolíticos, la
depresión, las adicciones, las conductas de riesgo, la agresividad y la personalidad antisocial (Main
y Weston 1981, Del Barrio 2002, Fonagy 2004). Estudios como el de Coradi, Boertien, Cavus y
Vershuere (2015) incluso lo hacen responsable de la psicopatía.

En los estudios clásicos de Bowly y Aninsworth, y gran parte de la corriente psicodinámica desde
Freud, enfatizaban la relación madre-hijo como la precursora de problemas emocionales
posteriores, obviando por completo responsabilidad de la figura paterna. De ahí que hayamos
heredado la figura de la “madre neurótica” (o directamente loca) que planea como un fantasma
intangible en la cultura popular y que influye muy negativamente en muchas decisiones judiciales.
Solo es en los últimos años cuando se ha demonizado la figura del padre separado como sospechoso
potencial de maltratador, agente de la violencia de género y producto de una sociedad machista e
injusta. Desde esta otra perspectiva, cuando se lleva al extremo, las mujeres son siempre víctimas y
no agentes de la violencia y las madres no son nunca malas madres, sino que protegen a sus hijos lo
mejor que pueden. Tales posiciones encontradas, desde luego no ayudan al conocimiento científico.
Puesto que ningún extremo es bueno, y las creencias y la mirada subjetiva nunca se puede eliminar
por completo de la mente del juzgador, surge la necesidad de instrumentos fiables con datos
mesurables sobre la calidad del apego, que puedan aplicarse con ciertas garantías dentro del ámbito
forense. La ciencia psicología nunca será una ciencia exacta y por lo tanto el perito forense siempre
estará sujeto al tamiz de su formación y sus creencias y al acceso de los datos parciales que pueda
obtener, pero cabe reconocer que se puede mejorar mucho en cuanto a instrumentos y fiabilidad de
los estudios forenses psicológicos y más aún cuando se trata de niños pequeños, cuyos estudios se
han centrado básicamente en el ámbito de la psicología experimental o educativa.

3- Midiendo la calidad del apego.

Así, para medir la calidad del apego de manera objetiva, se han desarrollado en la metodología
científica varios métodos, teniendo en común todos ellos la valoración de la capacidad de consuelo.
Es decir, el hecho que determina el apego seguro o inseguro, es la capacidad del cuidador de calmar
al niño en situaciones de estrés, sobre todo, cuando se ha producido una separación brusca del
propio cuidador.

El método más objetivo sería el llamado “Experimento de la Situación Extraña” 1 (Ainsworth 1974)
ampliamente replicado en la literatura científica. El citado experimento consiste en introducir a la
madre junto al niño, con un extraño en una habitación tras lo cual la madre sale del recinto. La
reacción normal, es que el menor llore, pero lo que determina la calidad del apego, es la capacidad
del cuidador para calmar el llanto del niño una vez regresa a la habitación. Esta reacción visceral,
muy significativa, es perfecta para reproducirla en un contexto cerrado y un entorno controlado
como es un despacho profesional. En el apego seguro, el niño llora cuando sale la madre de la
habitación y cuando vuelve y lo abraza se calma. En el inseguro evitativo el niño no llora al salir la
madre, ni la reclama al volver. En el inseguro ambivalente, el niño llora cuando sale la madre, pero
no se calma fácilmente cuando esta vuelve y lo abraza. El el apego desestructurado, hay que
observar las posibles reacciones de miedo al volver el cuidador.

Para evitar la ansiedad que provoca en el niño este método, se han desarrollado alternativas, como
son la exploración de campo, buscando y anotando situaciones estresantes que se producen de
manera natural en el entorno y anotando la reacción del niño, también llamdado “ Attachment
Behaviour Q-set o AQS” (Waters, 1995; Waters y Deane, 1985). La traducción al español, como
MBQS, se ha realizado en Colombia por Posada (1990) y en México por Juarez – Hernandez
(2004) quizá sea la escala que mejor se podría adaptar a nuestro propósito, ya que evalúa de manera
cuantitativa en 90 items, comportamientos como “el niño sonrie facilmente al cuidador”, “rara vez
pide ayuda al cuidador”, “juega bruscamente con el cuidador, pega o araña”, etc. Sin embargo este
cuestionario apto para niños menores de tres años, prácticamente es inexistente en la práctica clínica
y mucho menos en la forense y no resulta fácil de encontrar en la bibliografía disponible en español.

Otras maneras de evaluar el apego, como el juego con muñecos de Brethernon (1990) o el juego
simbólico, aunque muy eficaces para evaluar al niño con una mínima intrusión, tienen el problema
de estar mal cuantificados y ser demasiado vulnerables a la subjetividad. Por último, es posible
evaluar el vínculo, en niños con una madurez lingüística suficiente, a través del procedimiento de
las “historias incompletas”, representando con figuras de animales situaciones potencialmente
estresantes y dejando que el niño complete con sus propias palabras como acaba la escena. (Cassidy
1998, Bretherton, Ridgeway, y Cassidy, 1990)

La valoración forense del apego, está aún en mantillas, lamentablemente se ha dejado de lado este
aspecto fundamental del desarrollo infantil por considerarlo difícil de cuantificar y medir. Estas
estrategias no se emplean en el contexto forense segur Garber (2014) por que son caras, no existe
aún una validez predictiva demostrada, se pueden malinterpretar y sobre todo porque el mundo
judicial tiende a ser altamente conconservador y siempre mira con desconfianza saludable cualquier
innovación. Sin embargo, la Teoría del Apego ofrece un marco teórico muy claro y bien definido,
con unos instrumentos útiles que no deberíamos dejar de lado si queremos evaluar el
comportamiento de manera clara y objetiva (Byrne 2012). Los niños pequeños son fáciles de
manipular en sus manifestaciones verbales y los cuestionarios para padres sobre la conducta de sus
hijos y sus pautas educativas no son fiables en las escalas de sinceridad, pero por el contrario su
forma de comportarse, resulta mucho más esclarecedora si se observa con atención el tiempo
suficiente. Por lo tanto, existe la necesidad de un protocolo estandarizado en este sentido adaptado
al contexto forense y una unificación de criterios sobre qué se mide y cómo en la llamada “hora de
juego” a la que aluden tantos informes forenses.

1 Se puede ver el experimento clásico muy bien explicado y con brevedad aquí: https://www.youtube.com/watch?
v=qaXcjExnhbM
A nivel práctico, una prueba muy sencilla pero reveladora, es buscar un momento en que el niño
esté tranquilo, jugando, pero que no haya ningún estímulo excesivamente atractivo. En ese
momento, se pide al cuidador que se ponga en cuclillas y abra los brazos y le llame. La reacción
natural del niño debe ser correr hacia su cuidador y abrazarle con alegría. Por supuesto, no funciona
si en ese momento pasa por el lado el grupo completo de muñecos de la patrulla canina y tampoco
puede tomarse como una medida fiable y determinante, pero sí es una primera aproximación muy
eficaz.

Si el apego a medir es hacia la madre y el niño aún sigue con lactancia materna, fijarse en si
reclama el pecho y en que circunstancias, lo hace es aún más revelador. Un ejemplo práctico, Juan
tiene dos años y medio, y es de los pocos afortunados que aún puede mamar. Para llegar a mi
despacho, hay que subir por un ascensor de cristal, solo es una planta, pero para un niño de corta
edad que vive en una casa de campo, la subida puede ser aterradora. Juan llora y rechaza mi
contacto buscando a su madre, en cuanto el ascensor para, reclama a grito pelado: “mama-teta,
mama-teta”. Mamá se revuelve nerviosa, me mira, siente la necesidad imperiosa de dar el pecho a
su hijo, pero le da vergüenza. Yo le animo a llevarlo a cabo e inmediatamente el niño se calma.
Cinco minutos más tarde se pone a jugar tranquilamente conmigo y me revuelve todos los juguetes
como el duende travieso que es. Mamar es el mejor tranquilizante y el mejor analgésico existente y
me confirma lo que ya sospechaba, que la evaluada no es la madre drogadicta y negligente que se
describe en la demanda, ni tampoco sobreprotectora o acaparadora ya que la reacción del niño
totalmente espontanea es de apego seguro y el niño explora el entorno con normalidad.

Otro ejemplo que puedo poner de mi propia experiencia. Alba es una niña de cuatro años, se acusa a
mi cliente de ser un maltratador y las recogidas son un auténtico drama, la niña llora agarrada a los
barrotes de su casa gritando; “mamá, mamá socorro por favor protégeme” y similares. Lo sé de
primera mano porque yo estaba presente. Con paciencia y mucho tacto al final mi cliente la mete en
el coche sin mi ayuda. Una vez sentada, nos insulta a los dos: “eres malo, eres feo y tú eres una
brujaaaaaa”. Poco a poco se va calmando y para cuando llegamos a su casa, jugamos los tres al
pilla-pilla y de manera totalmente espontanea la niña salta a los brazos de su padre riendo y se pone
a caballito. Ver para creer. A partir de ahí, su relación con su padre se normaliza. Yo no veo en
ningún momento una reacción desestructurada o anómala y me pasé horas con ellos observando en
su casa, porque nunca me tomo a la ligera una acusación de maltrato, venga de quien venga.

En el despacho, aprovechando el juego infantil, tengo una familia de caballitos: mamá caballo, papá
caballo y un montón de cuadrúpedos de diversos tamaños y colores representando cualquier
miembro de la familia. También tengo un tigre que ataca a los potrillos. Siguiendo la filosofía de las
historias incompletas de Cassidy, en la primera parte yo planteo una situación estresante, el potro se
rompe una pata, le ataca un tigre.., y a partir de ahí pregunto ¿y que hace el caballito? ¿Y que hace
su mamá/papá?. En el apego seguro, el caballito pide ayuda al cuidador y la situación se resuelve
felizmente, pero me he encontrado relatos donde el caballo cuidador rompía la otra pata al potrillo
por tonto, lo cual no puede indicar una buena relación con esa persona.

Obviamente, una sola situación concreta no puede ser base suficiente para describir una dinámica
compleja como es el apego, por lo tanto las situaciones descritas simplemente son indicativas y
sirven de ejemplo ilustrativo a nivel divulgativo y nada más.

La observación de campo, en el entorno natural en el caso de los niños pequeños resulta


imprescindible para observar su comportamiento y sus reacciones no manipuladas. La comparación
sería la de un naturalista que quisiera estudiar el lince ibérico y se fuera a verlos al zoo,
necesariamente su estudio sería sesgado y poco relevante y no lo tomarían en serio en Nature.
Ramirez (2016) objeta que este procedimiento de observación natural, además de comprometer la
objetividad del observador, que corre más riesgo de dejarse llevar por la empatía, alega además es
una medida muy costosa económicamente y sobre todo que introducir un extraño en el ámbito
familiar ya es de por sí un elemento distorsionador. A esto yo contestaría que no existe ningún
método totalmente fiable para evaluar el comportamiento humano, todos producen distorsión y en
cuanto a la empatía, siempre hay que tener presente la posibilidad del engaño, sea cual sea el ámbito
de exploración. Por otro lado, los niños pequeños muy rápidamente se olvidan de que hay un
observador si este no interactúa con ellos, además que a cortas edades, que el entorno sea o no
conocido determina la conducta de juego y es mucho menos amenazante ser evaluados en su propia
casa que en un espacio neutro. En canto al coste económico, este es el punto fuerte de los informes
de parte, tan denostados y criticados, el poder dedicar a cada caso un tiempo y unos instrumentos
que de otra manera no es posible aplicar.

Por supuesto, la observación en el despacho mediante la hora de juego no dirigida también aporta
información relevante que no se debe desestimar, pero hay que tener en cuenta que aún los niños
con apego más desestructurado pueden disfrutar con normalidad de un rato de juego con su
maltratador, si este se lo propone, o pueden negarse completamente a jugar si saben que el
progenitor alienante les espera fuera. Por otro lado, faltan protocolos para aplicar sobre que evaluar
y como, instrumentos que sí existen en otros países con más tradición en procesos de divorcio como
EEUU.

4-Desarrollo del apego y apego secundario.

Aunque desde el momento de nacer, el bebé prefiere estar con su madre, de la cual sabemos seguro
que al menos reconoce la voz, hasta los seis o siete meses esta preferencia no es exclusiva ni tan
intensa como lo será hacia el año. Por razones culturales y biológicas, este apego suele desarrollarse
primariamente hacia la madre, y extenderse como apego secundario hacia otras figuras presentes en
su vida cotidiana, como el padre, abuelos, hermanos, o incluso su cuidadora de la guardería. Pero
en cuanto el lactante comienza a tener movilidad, muestra una preferencia marcada por permanecer
con aquellas personas que le hayan cuidado más tiempo y de manera más efectiva durante sus
primeros meses de vida, mostrando señales de un estrés intenso cuando se separan de ellas. No deja
de ser un mecanismo adaptativo que impide al bebé marcharse por su cuenta en cuanto tiene
movilidad. Por esta razón, es frecuente que el bebé se deje coger por cualquiera sin protestar,
mientras que cuando se acerca al primer año, la aversión a que le toquen otras personas es patente.
El apego se va desarrollando hacia una o dos figuras principales durante este primer año y a partir
de ahí, aparece apego secundario hacia otros cuidadores. Entre el año y los tres, la necesidad de
permanecer junto a su cuidador principal es máxima, biológica y de carácter universal y lo sigue a
todas partes, baño incluido, estallando en llanto en cuanto lo pierde de vista. De los tres a los cinco,
progresivamente van adquiriendo un mayor sentido del tiempo, más independencia y la necesidad
de contacto se va atenuando. No se trata de que el niño esté “enmadrado” o “mimado”, sino que
genéticamente estamos determinados por especie a que este mecanismo funcione para proteger al
niño de su propina necesidad de curiosear y explorar. Por lo tanto, es innecesario prevenir a los
niños contra los extraños, ya que estos ya van provistos de una sana desconfianza “de serie”.
Tampoco deberíamos obligarlos a manifestar muestras de cariño a personas ajenas a su círculo,
puesto que esto va en contra de su naturaleza y confunde a los niños sobre a quien deben acercarse
y cuando deben hacerlo. Otro mito que muy equivocado sobre los niños pequeños, es que si no les
vigilas bien estos pueden escaparse, salir corriendo y perderse. Semejante percepción es incorrecta,
puesto que ellos sienten una aversión natural a separarse de sus cuidadores. Lo que sí puede ocurrir
es que pierdan de vista a su cuidador por un momento, atraídos por un estímulo novedoso, y se
desorienten. Entonces, lo habitual es que el miedo les impulse a quedarse quietos y llorar, lanzando
una llamada de auxilio. Cuando este auxilio, por la razón que sea, no llega pronto, el miedo se
convierte en pánico, se desorientan y echan a andar hacia cualquier sitio, momento en que sí se
pierden, siendo muy peligroso para ellos porque pueden llegar a andar mucho más lejos de lo que
sus cortas piernas pueden predecir y hacia cualquier dirección imprevista (por cierto, si alguna vez
se les pierde un niño, tengan en cuenta que estos casi nunca caminan en dirección al sol porque les
molesta en los ojos y escapan corriendo de cualquier ruido fuerte que escuchen, como las sirenas de
policía). Por esta razón, se pierden muy pocos niños pequeños siendo escasos los accidentes en este
sentido, aunque nunca hay que bajar la guardia, por supuesto, porque cuando ocurren, son graves.
Aprovecho para decir que la práctica habitual de señalar a un policía y decir “si no te portas bien,
este señor te va a llevar”, es muy perjudicial para el niño, ya que en caso de pérdida saldrá
corriendo en cuanto los vea pensando que le van a reñir. Ya de por sí los uniformes asustan a los
más pequeños, por lo tanto se les ha de enseñar que si tienen un problema deben acercase a ellos y
no alejarse.

Hablar de apego siempre es terminar hablando necesariamente de lactancia. La lactancia materna es


un beneficio físico y pscológico innegable para el bebé, y por supuesto, ayuda a fomentar el apego
materno. Hay dos razones médicas para fomentar la lactancia y se llaman inmonoglubina, que
refuerza el sistema inmunitario y oxitocina que se segrega al mamar en flujo sanguineo de la madre
y el niño y ayuda al bienestar físico y psicológico. Sin embargo, la lactancia no es condición
necesaria, ni suficiente para el establecimiento del vínculo. Un bebé puede estar perfectamente
atendido y sentirse seguro sin lactancia, y al revés, el mero hecho de mamar de una persona no
garantiza que este contacto sea prioritario, véase si no como a lo largo de la historia han existido
amas de cría con una función meramente alimenticia. Lo que vengo a decir es que la lactancia no
debería ser un obstáculo para que el bebé cree un vínculo de calidad con el padre, al mismo nivel
que la madre, siempre y cuando pueda y quiera dedicarle mucho tiempo, mucho esfuerzo y muchas
horas de sueño. No puede quejarse un hombre que nunca oye el llanto del niño por la noche de que
el bebé prefiera estar con su madre.

Existen tres circunstancias principales (entre otras muchas) que apartan al padre de la tarea de
cuidador en los primeros meses de vida:

Culturalmente no están preparados para la tarea, muchos se sienten perdidos y desorientados y


prefieren que sea la mujer quien lleve el peso principal de la crianza. El cuerpo de creencias
tradicionales que hemos aprendido nos lleva aún a sentir extrañeza de un hombre que cuida a un
bebé. Por suerte, estos estereotipos están cambiando y evolucionando hacia un sistema más
paritario. Ocurre muchas veces que los padres se ocupan más de los pequeños cuando se separan,
que cuando vivían con la madre, ya que no les queda más remedio. También es frecuente que un
hombre separado delegue la crianza de los niños, sobre todo si son pequeños, en su propia madre.
Por otro lado, la madre, cuando no puede cuidar el niño, muy a menudo confía más en su propia
madre, que en el padre del niño, con lo cual vemos frecuentemente que las abuelas tienen mucho
más contacto con los niños que sus propios padres. Sin embargo, a la hora de otorgar custodias, los
abuelos no se tienen en cuenta. Es una queja frecuente de las mujeres decir “pero como le dan la
compartida si siempre lo cuida su madre”, mientras que los hombres comentan: “ me duele que no
piense en mi cuando no puede cuidar al niño, siempre llama a su madre”. Los abuelos, la familia
extensa son los grandes perjudicados en las separaciones ya que deben compartir el poco tiempo
que tienen los padres sin tener en cuenta que muchas veces los han criado. Por otro lado, muchos
padres no quieren alargar el tiempo de custodia, a veces no quieren ni ver a sus hijos, pero reciben
la presión constante de sus propios padres, que sí quieren más tiempo con los niños. De modo, que
muchas luchas judiciales entre ex- parejas, son guerras ocultas entre antiguas nueras y suegras por
el cariño de los niños, punto este a explorar aún por la investigación forense.

-La necesidad de afrontar los gastos del bebé obligan al padre a preocuparse más que nunca de la
manutención de la familia, sea esta preocupación justificada o no. Un hombre que no es capaz de
afrontar los gastos de la casa, no suele conservar un buen autoconcepto, ni se respeta a sí mismo, ni
le van a respetar en su entorno. El estereotipo de la madre cuidadora y el padre proveedor, está
fuertemente arraigado en nuestro acerbo cultural. Si uno de los dos ha de pedir la reducción de
jornada, casi siempre será la mujer quien lo haga. Por dos razones, primero porque ella quiere estar
con su bebé, suele sentir esa necesidad de manera más acuciante que el padre y la otra que su sueldo
suele ser más bajo, con lo cual la pérdida es menor. No cabe duda que tener un bebé es un palo en
las ruedas para la carrera profesional de la mujer. Son muy habituales los comentarios del tipo “yo
dejé de lado mi trabajo por mi hijo, mientras el crecía profesionalmente y ahora me viene con la
compartida: ¿dónde estaba él cuando yo cuidaba del bebé? “. Mientras que el hombre dirá: “yo me
maté a trabajar para que ella pudiera estar con el niño y ahora no me deja ni verlo”.

-Las propias madres, muchas veces sin proponérselo, acaparan al bebé defendiéndolo de cualquier
intromisión externa como si fuera algo exclusivamente suyo. A esta conducta protectora, que
también podría tener una base genética, se une el estado emocional de la madre, que suele ser
delicado después del parto, debido a la fluctuación hormonal. No es el mejor momento para pensar
racionalmente. Pongo un ejemplo muy gráfico: ¿existe en este país algún padre que haya elegido la
ropa que se pondrá su hijo en el hospital cuando nazca? ¿Y el color de las paredes de la habitación
del niño? La oxitocina del parto y la producida por la lactancia hacen que muchas madres no
quieran separarse ni un segundo del bebé, ya que este comportamiento es el correcto
biológicamente hablando. Ya hemos dicho que el apego funciona en dos direcciones, del niño al
cuidador y viceversa, lo cual se refuerza por las creencias y costumbres culturales. Es frecuente que
ella se queje de que el hombre no colabora, mientras que en realidad no propicia su participación,
por lo que su vez los hombres replican “todo lo que hago está mal, no me tiene en cuenta para
nada, salvo cuando necesita dinero”.

El nacimiento de un hijo, con el estrés que conlleva es un momento crítico en la vida de toda pareja,
si existían problemas preexistentes, estos explotan con fuerza en este momento. por lo cual no
resultan extrañas las rupturas en estas circunstancias. Por ejemplo, se toleran menos las
infidelidades, y suele ser un momento de reflexión para la mujer que padece violencia de género,
de la cual toma conciencia por el bien del niño. Por lo tanto, no es oportunismo, ni coincidencia que
sea en el momento de los primeros años de vida del niño, con la ruptura, cuando salgan a relucir los
trapos sucios de la familia.

Por todo lo expuesto, resulta mucho menos frecuente que sea el padre el cuidador principal de un
bebé menor de un año, salvo por circunstancias muy específicas, como puede ser porque la madre
se encuentre impedida por la labor por razones médicas o psicológicas (depresión potsparto grave,
por ejemplo) o que el trabajo no se lo permita. También son escasos los casos de un cuidado
parental equitativo en los primeros meses de vida, que sería el único caso en que el apego primario
sería vinculante para los dos miembros de la pareja. No hay más que ir a la puerta de una guardería
por la mañana o a la sala de espera de la consulta de un pediatra y ver que una inmensa mayoría son
mujeres.

Por lo tanto, tenemos que la situación más habitual es que la madre sea el cuidador principal y el
padre colabore en mayor o menor medida según las circunstancias personales y las creencias y
costumbres de de cada casa, pero de manera secundaria. De ahí que los estudios tradicionales
hablaran de que el apego se desarrolla principalmente hacia una sola persona y avanzando el
tiempo, se extiende hacia el resto de miembros de la unidad familiar.
5- Mantener el apego en la separación y divorcio.

Cuando las parejas permanecen unidas y tienen una relación más o menos cordial, el menor
contacto del padre los primeros meses de vida, no supone ningún problema emocional en el niño, ni
ninguna carencia ya que se irá desarrollando más adelante, según el trato avance, utilizando siempre
a la madre como figura preferente durante toda la edad infantil (hasta los cinco o seis años) El
problema fundamental lo tenemos cuando la pareja se rompe cuando los niños tienen aún una corta
edad, en un momento crítico para la formación de la personalidad. Nunca más serán tan
influenciables y maleables como a edades tempranas. La necesidad biológica de contacto con los
adultos, les hace aceptar cualquier maltrato físico y emocional como natural y harán y dirán lo que
sea necesario para ganar la aprobación de las figuras de apego, leyendo el lenguaje corporal de
manera instintiva y contagiándose de las emociones de manera no racional. Es el mejor momento
para sembrar la semilla de las interferencias parentales.

Si la pareja se ha roto, lo aconsejable sería que aquel cuidador que haya sido el principal lo siga
siendo, porque no es recomendable la custodia compartida entendida como semana sí, semana no
para niños tan pequeños, ya que necesitan un ambiente predecible,seguro, estable y unos hábitos y
rutinas que aporten seguridad, más aún si les falta uno de los padres con el cual tenían contacto
anteriormente. Pero para que se pueda crear un vínculo de apego seguro con ambos padres resulta
imprescindible el contacto frecuente con los dos progenitores, si es posible diario. Más vale poco
tiempo, muchas veces, que mucho tiempo poco a menudo. De esta manera no se tiene tampoco que
interrumpir la lactancia. Escudarse en la lactancia para interrumpir el contacto paterno o al revés,
solicitar judicialmente el fin de la lactancia para aumentar las visitas y las pernoctas es tener un
punto de vista completamente egoísta de la parentalidad. Recuerdo un caso donde el padre
adjuntaba en la demanda un video de su hijo de un año y medio comiendo macarrones, para
justificar que no necesitaba el pecho. La juez en ese caso me hizo directamente una pregunta muy
interesante: ¿es más importante para el niño prolongar la lactancia que aumentar el contacto con el
padre? Por su puesto la respuesta a esta pregunta solo puede ser una breve y rotunda: no. Pero me
parece cruel que un niño tenga que elegir entre una y otra porque los padres son incapaces de
ponerse de acuerdo en las visitas. La lactancia prolongada ha demostrado un estudio tras otro,
beneficios importantes para el sistema inmunológico del bebé y para su afectividad, y sin embargo
en los tribunales una mujer que da de mamar a edades avanzadas suele considerarse poco menos
que una loca. La ONS recomienda que la lactancia se ofrezca en exclusiva durante seis meses y que
se mantenga COMO MÍNIMO, dos años2, y después mientras madre e hijo quieran, sin límite de
edad y lo mismo aconseja la Asociación Española de Pediatría. Ahora bien, una de las grandes
ventajas de la lactancia humana es que permite una gran flexibilidad. Es cierto que el régimen de
custodia de semana sí, semana no es el fin de la lactancia, pero en otras circunstancias se puede
mantener sin problemas aun cuando hay uno o dos días de separación con ayuda de un sacaleches.
El bebé un poco mayorcito aprende muy rápido que con mamá hay “teta” y con papá no y punto,
que se le va hacer3 . Escudarse en la lactancia para restringir las visitas al padre y eliminar todas las
pernoctas, sobre todo a partir de los dos- tres años, es jugar muy sucio y decir que el niño no
necesita mamar, para pedir la compartida semana sí, semana no, muy egoísta.

El régimen de visitas de una tarde semanal y fines de semana alternos no es el más adecuado a
estas edades por muchas razones. Por que no da tiempo a que el padre cree un lazo de apego seguro
con el niño, porque asusta mucho al menor y porque si tenía un lazo de apego anterior con el padre,
va a sufrir por perderlo. Si la madre crea una nueva pareja, nos encontraremos con la circunstancia

2 NO como máximo, como se suele creer. La OMS y la AEP, tienen comisiones especiales dedicadas a fomentar la
lactancia materna el mayor tiempo posible, vease https://www.who.int/nutrition/topics/infantfeeding/es/ de la ONS
y https://www.aeped.es/comite-lactancia-materna de la AEP.
3 Una vez, repasando los nombres de las partes del cuerpo con mi hijo de tres años, le señale sus
propios pezones y le pregunté: -“¿y esto como se llama?” y muy convencido contestó: - “biberones”
anómala de que el niño puede crear un vínculo de apego más fuerte con la nueva pareja de su madre
que con su padre, lo cual no es justo ni para el padre, ni para el niño. Los hombres también sufren
por sus hijos y a veces mucho. Y las madres, no siempre son buenas madres, nos guste esta verdad o
no. Por lo tanto, en mi opinión, habría que conceder más tiempo a los padres de niños pequeños
para estar con sus hijos para después cuando crezcan un poco más, comenzar la semana sí, semana
no. Ahora bien, este aumento nunca puede ser automática, porque muchos hombres, por cultura y
por educación ni están preparados, ni desean estarlo. También debemos enfrentarnos a la triste
realidad que otorgar más tiempo de visita a todos los padres sistemáticamente significa un arma
terrible en manos de un maltratador. Lamentablemente, la violencia de género no ha disminuido en
los últimos años y siempre debería estar presente en la mentalidad de los jueces de familia como la
plaga endémica que es. Por otro lado, aumentar las visitas significa que hay que seguir hábitos de
crianza similares y desde luego aumentan los conflictos porque las separaciones y recogidas son
situaciones de alta tensión. Es cierto que a las madres se les suponen cualidades parentales “de
serie”, mientras que a los padres se les exige demostrarlo, pero a mi me parece que la justicia suele
ser muy permisiva con los padres negligentes y no con las madres: ¿puede ser un buen padre uno
que devuelve a su bebé con heridas en los genitales por que no le cambia el pañal? Pues tras casi
quince partes médicos en este sentido un juez decidió aumentar el régimen de visitas porque al fin y
al cabo, en breve se le iba a quitar el pañal y ya no haría falta cambiarlo. En este sentido, no
entenderé nunca porque no es punible legalmente que un padre falte a las visitas con su hijo
regularmente, cuando este es un perjucio grave para el niño y luego decir que se actúa “por el
mayor bien del menor”. Los padres tienen derecho a ver a sus hijos, pero no la obligación. Un
derecho debería conllevar siempre parejo un deber, el derecho de los padres de pasar más tiempo
con sus hijos pequeños debe ir parejo a la responsabilidad que deben asumir. Paralelamente,
debemos dejar de ver la maternidad como una figura casi sagrada, idealizada, como un estado
natural de la mujer que no puede compartir el hombre. Así como las mujeres hemos conquistado
ámbitos tradicionalmente considerados masculinos, ahora los hombres deben adquirir habilidades
tradicionalmente femeninas si queremos avanzar en paridad y por ende, en cooparentalidad.

6-Interferencias parentales y apego.

Cuando un progenitor enfrenta al niño contra otro el progenitor, en muchos casos no lo hace de
manera planificada y conscientemente deliberada, sino más bien es una reacción de rechazo que se
contagia en el niño a través de gestos, palabras no medidas o comentarios que el niño no debería oír.
A esta situación contribuye sin proponérselo el resto de la familia. El niño capta rápidamente que
cualquier comentario favorable hacia el otro padre es mal recibido y en cambio se le presta mucha
mayor atención cuando cuenta hechos negativos, que son amplificados y magnificados. Así, una
negativa a comprar un helado, puede trasformarse en un hecho delictivo de maldad deliberada. El
niño siente una gran necesidad de aprobación por parte de los adultos, y es muy buen lector del
lenguaje no verbal, por lo tanto no es raro encontrarse que en casa del padre el niño rechaza a la
madre y viceversa, con los consiguientes malentendidos. En este contexto, inducirle a fabular
episodios de violencia o abuso que no han sucedido resulta bastante sencillo incluso sin
proponérselo, ya que el alienador puede actuar por un sentimiento de sobreprotección obsesivo que
no deja de ser acaparador.

Pero existe un porcentaje de ex-parejas en las cuales esta manipulación sí es voluntaria y


meticulosamente planeada para vengarse del otro progenitor por muchas razones, ganar dinero
(manutención, ,vivienda) celos de una nueva pareja, rabia por el abandono etc, cobrando entonces
tintes psicopáticos. La manipulación deliberada de los niños, en la mayor parte de casos, se ejerce
sin ser verdaderamente conscientes del daño que se les hace emocionalmente a los pequeños, con
una falta total de empatía hacia sus sentimientos. Las razones pueden ir desde hacer daño al otro
progenitor, a la simple satisfacción de haber ganado. Sentir que los niños son una posesión y por lo
tanto, deben sentir y pensar como uno mismo, sin tener en cuenta sus necesidades, está en la base
del proceso de manipulación que el alienador casi siempre ejerce con un sentimiento de legitimidad,
de estar en su derecho. Es muy probable que si hay una manipulación deliberada en contra del otro
tras la ruptura, ya se hubieran manifestado rasgos de maltrato psicológico hacia la misma durante la
convivencia.

Las interferencias parentales pueden darse de la madre hacia el padre, o del padre a la madre
incluyendo en ambos casos a las familias respectivas y todo su entorno. Es un error pensar que este
acto es exclusivo de madres acaparadoras y posesivas, sino que muchas ves es parte extensiva de la
violencia de género. No podemos olvidar que uno de los ejes fundamentales de la violencia de
machista es la amenaza con separar a los hijos de su madre, no solo físicamente, sino de manera
afectiva. Se tiende a considerar que observar o padecer agresiones no perjudica a los bebés porque
“no se enteran”. Pues resulta que es justo lo contrario, a menor edad, mayor impacto de la cortisona
que genera un estrés intenso y se generan conexiones neuronales indeseables que luego no se
podrán corregir.

Por contra, cuando el maltrato ha sido de la mujer hacia el hombre, este no suele ser reconocido
como tal, ya que se ejerce fundamentalmente de manera sibilina y retorciendo sutilmente los roles
de género, aprovechando las mismas creencias machistas que los propician (las mujeres son más
débiles y deben ser protegidas, por ejemplo). Quizá no sea la casuística más numerosa, (yo no he
encontrado estudios fiables en este sentido) pero existir, existe y según mi experiencia mucho más
de lo que parece e incluso con maltrato físico. Puede parecer extraño que un hombre se deje pegar
por una mujer, siendo esta más “débil”, pero no se trata de fuerza física sino de imposición
psicológica. Esto no significa que se pueda justificar la violencia de género diciendo que ellas les
provocan, que son más listas y más malas y ellos pobrecitos, no saben otra forma de defenderse, no
hablo en este sentido ni mucho menos, sino cuando verdaderamente ella utiliza su estatus de madre
para perjudicar a su compañero. Queda mucho por investigar sobre la psicopatía femenina,
totalmente dejada de margen por la criminología (Garrido 2017)

La alienación, funciona muy bien con las que yo llamo “familias-secta”, familias extensas
hiperprotectoras, muy unidas, con unos ideales comunes llevados al extremo, políticos o religiosos,
que no permiten intrusos, ni dejan que sus miembros tengan ideas propias. Este es el entorno ideal
para crear el caldo de cultivo alienador hacia el progenitor que se ha separado, como castigo
consciente o inconsciente por no seguir las normas, totalmente convencidas de obrar por el bien de
los niños.

Sea quien sea quien lo ejerza, las interferencias son una forma de maltrato emocional que jugando
con el desamparo que el infante sufre y el intenso estrés que padece al separarse de la figura del
cuidador primario, es fácil interferir hacia el otro progenitor, veamos como.

Nos encontramos como caso estadísticamente más frecuente un niño entre cero y cinco años que
tiene como vínculo de apego primario a la madre y donde el padre ha recibido un régimen de visitas
de fines de semana alternos, con o sin pernoctas y dos tardes intersemanales. A partir de ahí,
pasamos ha efectuar la descripción de como se puede aprovechar el sentimiento de angustia e
indefensión del niño al ser separado de su madre (porque ha sido su cuidara principal, no porque sea
la madre) para predisponerlo contra el otro progenitor, de una manera fácil y muy efectiva.

Dicho de otro modo, si la madre ha sido hasta ahora la cuidadora principal y porque no ha
podido,no le han dejado o no ha querido, el padre no ha pasado con la criatura el tiempo suficiente
para crear un vínculo al mismo nivel que la madre, este no se puede forzar de un día para otro. Los
pequeños sienten un intenso estrés al separarse de su cuidador principal, que se manifiesta en crisis
de llanto, rabietas, llamadas a mamá, agresividad y malestar físico con dolores de barriga, diarreas,
anorexia, inmsonnio y dolores de cabeza en los casos más graves. Estos síntomas, curiosamente se
manifiestan en su máxima intensidad al volver al domicilio materno, ya que el niño, aunque no lo
sepa expresar y no entienda sus propios sentimientos, lo que intenta dar a entender es su enfado por
la desaparición incomprensible de la madre. Resulta muy frecuente que las madres relaten que los
dos o tres primeros días del cambio del domicilio el niño no es el mismo, y que vaya
estabilizándose y tranquilizándose al cabo de uno o dos días. También es muy frecuente que
manifiesten que no quieren ir con papá, no porque con papá no esté bien, sino que en realidad no
quieren separarse de mamá que es su cuidador primario. Por este mismo motivo, los niños lloran al
entrar en la guardería o el colegio, pero como en este espacio pasan unas horas al día y el ritmo es
repetitivo, con pautas predecibles y fijas, lo que ocurre es que acaban desarrollando un apego
secundario hacia sus cuidadoras, y esta misma estrategia es la que se habría que seguir en la
separación de los padres. Por lo tanto vemos que ya de por sí, las estancias, y la separación con la
madre son negativas para el niño cuando no se ha establecido un apego seguro con el padre y
cuando las visitas no son cortas y frecuentes, más aún cuando existe la voluntad expresa de obligar
al menor a rechazar al otro progenitor.

Particularmente aterradora resulta la noche, independientemente de que practiquen colecho o no. El


acto de dormir es un momento vital para que el apego se desarrolle, puesto que los niños pequeños
son nictofóbicos, es decir, huyen de la oscuridad, que les asusta y les repele. Por esta razón, hasta
que no se ha creado un vínculo sólido con el otro progenitor, no pueden aconsejarse las pernoctas, si
bien, este lazo se puede reforzar perfectamente en las siestas (Balonga 2018) Un error que se suele
cometer es dar más horas a otro progenitor y noches para propiciar el vínculo cuando debe ser al
revés, los cambios bruscos nunca son aconsejables con niños pequeño y las noches no deberían
otorgarse sin la seguridad de que este lazo está bien establecido.

Para que la manipulación sea máxima es más efectivo que las separaciones sean imprevisibles para
el menor, cambiando constantemente los días y horas de recogida y entrega. De esta manera, el niño
nunca sabe cuando va a ser separado de su madre, lo cual le crea una ansiedad constante. De ahí la
necesidad de que no solo sea punible no entregar al niño en una visita, sino el hecho de no
recogerle, porque causa un daño emocional grave en el menor.

Cuando es la madre la alienadora, las recogidas paternas deben ser vividas como un drama, la
madre (y allegados) lanzan al niño mensajes de tristeza: “lo siento mucho, no puedo hacer nada”,
“papá me obliga a separnos”, “ te quiero mucho por favor no me olvides”, seguido de lágrimas y
similar. Además se lanzan mensajes de peligro falsos: “ten cuidado, si tienes miedo me llamas”, “
tienes que ser fuerte y valiente”, “cuida de tu hermanito”, “no dejes que te toque” y otros aún
peores. Durante la estancia paterna, al niño no se le llama o no se le coge el teléfono si es el otro
progenitor quien llama, para poder luego decir que ha sido papá quien ha impedido la
comunicación. Otras veces se crean lenguajes codificados para hablar o se buscan horas y
momentos inapropiados, que den la imagen de que llamar es algo prohibido y peligroso. Por el
contrario, las entregas suelen manifestarse de dos maneras a cada una más perniciosa. Una es con
muestras teatrealizadas de cariño como si hubiera habido una separación larga y tortuosa. Otra el
niño es recibido con indiferencia y enfado, y solo se le muestra atención cuando empieza a relatar
algo negativo de la estancia paterna, en ese momento se le ofrecen muestras de consuelo que no
necesitan.

El problema es que estas muestras conductuales son muy similares a las que se producirían si el
padre fuera un peligro real para el niño, siendo muchas veces imposible para el observador
distinguir cuando el niño está manipulado o cuando el peligro es real, por lo cual muchos
profesionales se equivocan de buena fe dejándose llevar por la empatía hacia una persona de
naturaleza manipuladora que saben fingir muy bien, ya sea en un sentido o en otro. Ante la duda,
siempre proteger al niño, esto está claro.
Recordemos que aunque el niño necesita más de su cuidador principal, siente afecto por los
secundarios, por lo tanto, cuando ha establecido ya cierto grado de confianza con el padre, el
siguiente paso será hacer justo lo contrario, crear falsas expectativas en el niño para después
incumplirlas. “Papá te va llevar a Port Aventura mañana” (sabiendo perfectamente que el padre
tiene turno doble ese día) y cuando el niño se ha ilusionado, y preparado para salir se le dice “papá
no va a venir otra vez nos ha fallado, pero ya te llevo yo”.

El mensaje, para ser efectivo es doble: Papá es malo porque nos separa (entroncando con la propia
ansiedad de separación natural del menor)y papá hace esto porque no te quiere. Paralelamente se le
refuerzan todas las expresiones de malestar del niño con el otro progenitor, ignorando o castigando
cualquier manifestación positiva. Sí el niño dice “papá me ha comprado un helado”, la madre se
aleja y pone cara de tristeza, rápidamente el niño capta el mensaje y rectifica “papá no me ha
comprado el helado que quería, estaba malo, puag, caca”, a lo que la respuesta materna será “es que
no te entiende y no te conoce como yo”, o similar y le abraza y le da besos. Se va creando una
complicidad madre-hijo a través de la agresión al padre, “es que papá es idiota”, “papá es un
desastre”, “quiere más a esa y no a nosotros”, “papá nos abandonó” etc. No hay nada tan efectivo
para unir varias penosas que tener un enemigo común.

En las estancias paternas, una vez superadas las primeras horas, el niño se comporta con
normalidad, o esto parece, siendo sin embargo muy agresivo y prepotente con el padre, lo cual no se
produce en los casos genuinos de rechazo hacia el padre por haber presenciado episodios violentos.
Sin embargo, la semilla está sembrada y la aversión del niño hacia su padre será cada vez más
fuerte, siendo máxima en la adolescencia.

A priori, podría parecer que la manipulación del apego resulta más fácil para la madre, con la cual
el apego es más fuerte y constante, sin embargo, los mecanismos de adaptación y supervivencia de
los pequeños permiten una manipulación intensa también al revés, del padre hacia la madre, siendo
el momento perfecto las vacaciones escolares, cuando un niño de muy corta edad es alejado de su
madre quince días seguidos, negando la posibilidad de visitas inter -vacacionales.

Una vez se ve separado de la figura de apego principal, por mal que el niño lo pase cualquier
alternativa es mejor que la soledad, para la cual siente verdadera aversión. Un niño pequeño no se
muestra distante y esquivo durante muchas horas con un adulto si está a solas con el, siendo una
triste realidad que prefieren ser agredidos que ignorados. Lo cual confunde mucho a los
observadores no experimentados, ya que nuestra razón nos dice que si alguien te quiere, se portará
bien contigo y si alguien se porta mal contigo, no le vas a querer ir con él, principio radicalmente
falso como sabrán todos aquellos que alguna vez se han enamorado de la persona equivocada.

Aprovechando la indefensión de los pequeños, es muy sencillo lanzarles del siguiente mensaje;
“Mamá te ha dejado aquí porque no te quiere, pero yo estoy contigo”. Una estrategia eficaz puede
ser consentirles todo lo que quieren hacer, aunque sea pernicioso para ellos, como acostarse tarde o
pasar horas frente a la tv o los videojuegos, (“yo soy bueno y te doy lo que te gusta, mamá es mala y
te lo quita”). Mentirles sobre si ha llamado o no la madre, ofrecerles un helado si cortan la
conversación por teléfono, pedir que llamen mamá a la nueva pareja, impedir que se lleven consigo
muñecos o ropa a la que están habituados, etc. Recordemos que hasta los tres años o cuatro, los
niños no tienen conciencia del tiempo, para ellos no existen las separaciones temporales, sino que
cada desaparición de la figura de afecto es para siempre, solo hay que fomentar un miedo que ellos
ya sienten, el de que han hecho algo mal y por eso ya no se les quiere. A partir de ahí, la estrategia
es similar, se les lanzan mensajes de cariño cuando critican a la madre y de rechazo si preguntan por
ella. Los niños se vuelven taciturnos y silenciosos, tristes y apagados, juegan menos y sus juegos
son más agresivos. Cuando vuelven a casa con la madre, se muestran muy enfadados con ella (con
razón porque no pueden entender el motivo de la separación) esquivos y agresivos. Al cabo de uno
o dos días, este comportamiento desaparece para tornar a la normalidad, pero nuevamente la semilla
del odio está plantada y cuanto más profundo sea el miedo y la angustia del niño, más largas serán
sus raíces.

Lo más curioso de todo, incluso paradójico, son los niños que sufren agresiones por los progenitores
y aún así el agresor consigue enfrentarle en contra de su figura de apego ¿cómo es posible una
contradicción tan perversa? Pues porque para los niños es del todo incomprensible que una figura
de apego, en la cual confían plenamente desaparezca y les deje en manos de un agresor. Acaban
culpando al cuidador por no protegerles en lugar del agresor por dañarles. Cuando están a solas con
el agresor el mecanismo de supervivencia les impele a ser sumisos, acatar las órdenes, adaptarse a
lo que se espera de ellos, a no molestar. Y lo hacen tan bien que absorben las ideas del maltratador
respecto al otro progenitor y las defienden como propias. Es el caso más triste y extremo de la
violencia de género, cuando el maltratador consigue que los hijos reniegen de su madre.

Sin llegar a estos extremos, cierto grado de manipulación es frecuente en todas las separaciones
conflictivas, generalmente por las dos bandas, ya que ambos padres pretenden apoyarse en los hijos
para tener razón y luchan por su cariño, para que les quiera más que al otro progenitor. Es por eso
que los niños en condiciones normales, aprenden muy pronto a ser reservados y no comentar nada
sobre el otro progenitor. Es imposible preservar completamente a los niños del conflicto entre sus
padres, inevitablemente se contagian del clima de hostilidad y escuchan comentarios y
conversaciones que no deberían. Si uno de los dos progenitores tiene razones para sentir rencor
contra el otro, es pedir demasiado que no trasmita nada de su sufrimiento a los niños. Pretender que
los niños queden aislados en una burbuja sin enterarse de nada, es a mi juicio tan perjudicial como
que conozcan todos los detalles de proceso judicial y sean capaces de contarme cuanto he cobrado
por mi intervención. Sin embargo es muy difícil que un “contagio” no deliberado, llegue al grado
de alienación.

En los casos en que hay varios hermanos, el menor se apoyará en el mayor como figura de apego,
por lo tanto, tener un hermano mayor es un factor de protección y arraigo contra la inestabilidad
emocional que puede producir el cambio de cuidador. Resulta más difícil predisponer a los dos
hermanos a la vez contra el otro progenitor, si uno de ellos tiene más edad y no se deja convencer.
En ese caso, la estrategia será “divide y vencerás”, hacer un trato muy diferenciado por sexo y edad
para fomentar los celos y las discordias y que se muestren más vulnerables. El mensaje de que
“papá o mamá quieren más a tu hermano/a pero yo te prefiero a tí”es altamente pernicioso y cala
con facilidad, porque inevitablemente algo de celos muestran siempre todos los hermanos.

La forma más grave de alienación o interferencia, sería llegar al punto de crear en el niño una “falsa
memoria” (Manzanero 2013) Una narración falsa sobre un hecho altamente traumático que nunca
sucedió. Este recuerdo puede ser inducido de manera deliberada o por fabulación del adulto. Un
caso que yo considere que este falso recuerdo se indujo de manera deliberada, fue en un niño de
cinco años que decía que su madre le quemaba con un hierro caliente cuando no hacía los deberes.
Lo contaba con toda naturalidad, como quien ve llover. Cuando relataba como habían sucedido los
hechos, no solo la explicación era contraria a las leyes naturales, (decía que calentaba el hierro
soplando) sino que claramente usaba un lenguaje adulto (“candente” y similares). Por el contrario
un hecho fabulado, o a mí me lo pareció, fue otro niño de seis años que contaba un supuesto abuso
sexual por parte del padre cuando tenía tres años. La madre incluso me relató que el niño rezaba
pidiendo a Dios otro padre cuando tenía tres años. Lo que había alarmado y asustado a la madre es
ver que su hijo se masturbaba durante el baño diario. Malinterpretar la sexualidad infantil resulta
muy frecuente en personas con pocos conocimientos del desarrollo infantil. No creo que fuera
totalmente inventado porque la madre puntuaba muy alto en todas las escalas de ansiedad, lo cual
me pareció indicativo de que ella creía de buena fe en el abuso y actuaba en consecuencia
protegiendo a su hijo, tampoco me pareció auténtico porque el niño claramente me preguntó si lo
había contado bien porque quería un regalo a cambio. Una falsa memoria, produce en el niño un
malestar similar a un recuerdo verdadero, por lo que la credibilidad del testimonio infantil resulta
una de las tareas más complicadas de la psicología forense, no apta para principiantes. Aunque para
esta intervención se precisan de dos psicólogos expertos, utilizando un protocolo estandarizado con
unos patrones comunes (Gea – 5 Juarez 2005) es necesario seguir avanzando para obtener
herramientas cada con mayor fiabiliad y valiedez.

7- Reflexión final.

Como puede observarse, durante todo el articulo he procurado no diferenciar entre hombres y
mujeres a la hora de interferir con el otro progenitor, porque no es exclusivo de ninguno de los dos
sexos. Es hora de estudiar el fenómeno desde todas sus perspectivas como lo que es: un maltrato a
los niños y un obstáculo grave en su desarrollo emocional con la intención de hacer daño al otro
progenitor. Toca dejar de lado los dogmatismos y aceptar que las relaciones humanas son
complejas, que la casuística puede ser muy diversa y que es un prisma con muchas aristas el que
hay que limar. No hay soluciones fáciles al conflicto, siempre habrá situaciones donde se ejerza la
violencia física y psicológica y sean irresolubles, pero queda un margen de mejora muy
considerable sobre el asesoramiento que los psicólogos podemos ofrecer a los jueces sobre una base
objetiva basada en los hechos y no en las creencias o en las impresiones, por muy clínicas que
puedan llegar a ser.

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