Вы находитесь на странице: 1из 1

El reciclado del semejante

Silvia Bleichmar. PSICOANALISTA.


Hemos crecido un siglo en este año. Hemos entrado, realmente, al siglo XXI. No al que suponíamos, no al
del progreso ilimitado con el cual creíamos alcanzar el destino que al fin nos corresponde. La ilusión de
Morel, esa escena virtual maravillosa en la cual el náufrago se instala, se desvaneció y nos dejó en la roca
desnuda. Tal vez tuvimos suerte; demasiado tiempo en una escena alucinada por un demente que, a
diferencia del personaje de Bioy, no pretende perpetuar la belleza sino apropiarse de las pocas provisiones
que quedan, sólo puede desembocar en la muerte.

Hemos crecido un siglo y nos hemos enfrentado a tiempos crueles, pero los tiempos crueles no
necesariamente tornan crueles a los sujetos que en ellos habitan. Si Dickens hubiera sido porteño podría
haber escrito un nuevo Cuento de Navidad. Cuento que bien podría llamarse La Navidad de los
cartoneros, y que hubiera empezado así: Era la Nochebuena de ese año 2002, cuando los cartoneros, los
trabajadores más desposeídos del país, los que ya no son obreros porque no producen objetos en cadenas
de montaje, ni se alienan en el objeto concluido porque su labor consiste en la deconstrucción de los
desechos que las ciudades arrojan a la calle, los que vuelven al trabajo con sus hijos como los campesinos
del siglo XIX, los que empuñan manualmente sus carros de factura casera, los que se instalan frente a las
casas ante la mirada de vecinos que primero les temieron y luego comenzaron a saludarlos noche a noche,
hicieron su fiesta de retribución. En ollas hirvieron los fideos que compartieron con vecinos del barrio y
comerciantes de la zona; juntos recibieron regalos para los niños, festejaron, brindaron, se desearon que el
año próximo les permita seguir juntos, se dijeron de lo duro que había sido lo que vivieron, acariciaron
mutuamente las mejillas de sus hijos, se agradecieron, y prometieron que cada uno seguiría contribuyendo
para que la vida sea menos cruel con todos. En esa Noche de Navidad los cartoneros de Urquiza se
permitieron a sí mismos regalar la comida a sus anfitriones del barrio, y la Fiesta del Don se realizó, como
desde los comienzos de la Humanidad, con la posibilidad de la retribución, lo cual torna a los hombres
simétricamente hermanos porque cada uno siente que salda su deuda con el otro, porque cada uno siente
que tiene la fortuna de algún sobrante que le permite no sentirse sometido a la lucha cotidiana por la pura
supervivencia vacía. En esta bendita ciudad que ha descubierto que puede sobrevivir en medio de la
crueldad de la economía y los restos de bondad de sus habitantes, se recicló la categoría de semejante.