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ORIGEN DE LA UTONOMIA DE LA VOLUNTAD

LA REVOLUCIÓN FRANCESA

De libertad no podía hablarse en aquel régimen lleno de arbitrariedades y abusos. El


poder ilimitado del gobierno traía como consecuencia la opresión sobre el individuo.
Nadie se encontraba seguro en aquella época. Existían las famosas "lettres de caehet"
que eran órdenes arbitrarias de encierro decretadas contra cualquier ciudadano,
muchas veces sin causa justificada o motivos suficientes, y a menudo para satisfacer
simples odios personales.

La Revolución Francesa se levanta en contra de las arbitrariedades y al proclamar con


caracteres indelebles las "verdades eternas" que habían de iluminar los destinos de la
humanidad por el resto de los siglos, asegura al individuo los derechos indispensables
para el libre e íntegro desarrollo de su personalidad. Tales verdades eternas se
encuentran contenidas en el monumento máximo de la Revolución, conocido con el
nombre de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el cual en su
articulado encierra la filosofía jurídica de la Revolución.

La Revolución Francesa salvó al individuo de la opresión del Antiguo Régimen y


hemos visto que su afán se convirtió en el más grande de los intentos, que registra la
humanidad, de exaltación de la personalidad humana.
El derecho influenciado por esta tendencia tornóse individualista, es decir, reconoció
en el individuo la esencia de la sociedad y su fin debió propender al afianzamiento del
respeto y protección del individuo por sobre todas las cosas.

La libertad otorga al hombre la calidad de persona, y como hemos visto, hace


idénticos ambos conceptos. Los atributos inherentes a la persona constituyen su
personalidad y este concepto le asegura los elementos necesarios para afianzar su
categoría de ser dotado de razón, inteligencia y sentimientos. Pero con razón se ha
dicho, que el hombre no solamente, "piensa y siente", no solamente está dotado de
razón, inteligencia y sentimientos.

El hombre también "quiere" y es este querer el elemento esencial, que impulsa y pone
en actividad la voluntad que es otra de las cualidades de la cual está dotado el hombre
y que contribuye también a integrar su personalidad. Pero el querer del hombre no se
basta a sí mismo, necesita traducirse en un acto de voluntad para alcanzar su
finalidad, esto es, la posesión de las cosas queridas o deseadas para que satisfagan
sus necesidades.

Esto es lo que hace expresar a Hegel: "el campo del derecho es, en general, la
espiritualidad y su próximo lugar y punto de partida es la voluntad, que es libre, dé
suerte que la libertad constituye su substancia y su determinación; y el sistema de
derecho es el reino-de la libertad realizada, el mundo del espíritu, expresado en sí
mismo, como en su segunda naturaleza.

Si hacemos un resumen de lo dicho hasta aquí, reproduciendo en su esencia


fundamental los principios de la filosofía jurídica de la Revolución Francesa, tenemos
que llegar forzosamente a una consecuencia como síntesis: LA AUTONOMIA DE LA
VOLUNTAD, expresión la más perfecta del individualismo que informa a esa filosofía
jurídica. Todo en ella converge hacia la exaltación más apasionada de la personalidad
humana del individuo.

La persona es para ella, un verdadero universo de naturaleza espiritual, independiente


con respecto a lo demás que existe en el mundo, libre para determinarse en su acción
y capacitada para regirse por sus propias leyes dictadas por su conciencia, es decir,
es autónoma en el sentido etimológico de la palabra.

Este individualismo jurídico, con profunda tendencia espiritualista, reconoce que la


esencia de la persona se encuentra en el alma humana, cuya expresión máxima es a
su vez una voluntad libre que constituye el punto de partida de todos los actos del
hombre.
Evolución y concepto del principio de la autonomía de la voluntad

DERECHO ROMANO.—No siempre ha ocupado la voluntad del hombre el lugar que


le ha asignado el derecho moderno. Gradualmente se ha ido admitiéndola en el campo
del derecho, primero como excepción, y por último como principio que domina por
entero todo el derecho privado.
Pero para llegar al grado de desarrollo que supone la autonomía de la voluntad ha
necesitado la obra de siglos y su proceso de formación se encuentra íntimamente
ligado al desarrollo y formación de la cultura en general. Nosotros tendremos que
remontarnos al Derecho Romano, para desde ahí empezar el estudio sobre el rol que
le ha correspondido a la voluntad humana en el derecho. Pues bien, cuando
estudiamos anteriormente el concepto de la obligación, nos referimos ligeramente al
carácter del Derecho Romano primitivo, es decir, a aquel derecho basado en una
economía agraria y familiar, en que cada familia vivía con lo que sus miembros
producían, cultivando la tierra y cuidando sus rebaños. No había intercambio de
productos y por consiguiente tampoco había relaciones de derecho ya que nadie
necesitaba nada de lo que otro producía.

Las pocas relaciones jurídicas hicieron que se mantuviera en aquel pueblo su


mentalidad primitiva materialista y práctica, privada del don de las abstracciones de
.que sólo el hombre civilizado es capaz.
Pero este estado de aislamiento económico y por ende aislamiento jurídico, poco a
poco fue desapareciendo y empezaron a aparecer los primeros intercambios, las
primeras prestaciones y las primeras relaciones jurídicas de carácter personal. Sin
embargo, de inmediato esta interdependencia a que entraron los romanos entre sí, no
hace que varíe en forma fundamental la mentalidad que tenían para apreciar y
comprender las cosas.

Conservaron aún su mentalidad materialista y la aplicaron a las relaciones jurídicas


que empezaban a tener, resultando con esto un carácter riguroso y formulista del
incipiente Derecho Romano. "La voluntad, por sí sola, es una cosa demasiado
abstracta, que expone a incertidumbres.
Ella no puede producir efectos, sino cuando se concreta en hechos mate-ríales
sensibles. Es solamente entonces cuando ella presenta bastante certidumbre. Así se
exige que sea manifestada por figuras sensibles, sorprendentes, determinadas o por lo
menos que sea acompañada por actos materiales que caigan bajo los sentidos".

El Nexum que era un préstamo de dinero, es el primer contrato que se conoce en la


historia del Derecho Romano. Dicho contrato era celebrado en medio de numerosas
solemnidades. "Se pesaba simbólicamente el dinero en una balanza sostenida por el
Iibrepens a presencia de cinco ciudadanos romanos, y seguía después la nuncupatio,
o sea, la expresión de las convenciones verbales, en las que se contenían las
disposiciones accesorias posteriores, por ejemplo, sobre el tiempo y lugar del pago,
tasa de los intereses y otras semejantes".
Tal vez tan antiguo como el nexum, encontramos otro contrato recargado de
formulismo, en el Derecho Romano primitivo: la sponcio. La mayoría de los autores
están de acuerdo en suponer que este contrato tenía un carácter religioso y era
celebrado en el ara máxima de Hércules, en donde el deudor parecía prestar su
juramento, y en donde se formulaba la pregunta sacramental que debía ser seguida de
su correspondiente respuesta también solemne.

Posteriormente, en el derecho de la república en Roma, encontramos una especie de


contrato desprovisto de las numerosas solemnidades que hemos visto en los contratos
anteriores. Eran los contratos literales que consistían en inscribir una partida de crédito
en el libro de caja de un padre de familia. Esto bastaba para que con el consentimiento
del deudor naciera la respectiva obligación.
Como vemos, a medida que avanza el tiempo y lo exigen las necesidades, todas
aquellas numerosas fórmulas que rodeaban al primitivo contrato, desaparecen y los
actos jurídicos empiezan a revestirse de una mayor sencillez. Pero el derecho aún no
le reconoce a la voluntad de las partes la autoridad suficiente para que por sí sola
pueda dar lugar al perfeccionamiento, con fuerza obligatoria, de determinados
contratos.
En el hecho las partes celebraban contratos que producían sus efectos con el solo
consentimiento, pero esta manera de obligarse no estaba sancionada por el derecho,
el cual solamente en el siglo VI de Roma sancionó como contratos consensuales a la
compraventa, el arrendamiento, la sociedad y el mandato, marcando con ellos el
comienzo de la "carrera triunfal de la voluntad a través del derecho. Pero este primer y
único paso dado por el Derecho Romano después de varios siglos de existencia fué
muy reducido y como expresa Gaudemet "el derecho romano se detuvo ahí. Pero
ofrece el germen de una idea fecunda".

Con lo que hemos dicho, creemos que el Derecho Romano no tuvo como principio de
derecho privado a la autonomía de la voluntad. Apenas alcanzó a sancionar a cuatro
contratos de carácter consensual, lo que dista mucho de ser una regla general, la cual
es la base para establecer un principio.
Y si además agregamos, que los romanos no tuvieron una independencia espiritual
suficiente o libertad, por cuanto estaban siempre bajo la omnipotencia del Estado, se
podrá comprender que no están en la razón quienes pretenden encontrar en el
Derecho Romano el reconocimiento de la autonomía de la voluntad.

Después de la caída del Imperio Romano, en los siglos V y VI, a consecuencia de las
invasiones de los bárbaros, el derecho como toda la civilización romana sufrió una
estagnación, y la evolución de la voluntad en el derecho hacia una autonomía, también
sufrió una paralización, a consecuencia del carácter formalista que tenía el derecho de
los invasores.

DERECHO FRANCES.—En Francia, solamente cuando el derecho romano empezó a


renacer en el siglo XIII, desterrando al formulismo bárbaro, empezó también la
voluntad a reconquistar el campo que había perdido con estos acontecimientos.
Además, la influencia del Derecho Canónico con su carácter espiritual, y
simultáneamente el auge del comercio, que necesitaba libertad para realizar sus
transacciones, fueron factores que contribuyeron enormemente a dar a la voluntad una
eficacia considerable en el derecho.
En aquella época ya, como expresa Gaudemet, "consideraciones de equidad hicieron
tener por injusto declarar nula una convención por simples defectos de formas, cuando
el acuerdo de voluntades es cierto".
Las formalidades que solamente eran las arras, el apretón de manos y el juramento,
en la época a que nos estamos refiriendo, habían perdido gradualmente su fuerza en
el perfeccionamiento de los actos jurídicos. Pero no podemos encontrar en una forma
definitivamente establecido el principio según el cual los contratos se perfeccionan por
el solo consentimiento, sino en el siglo XVI, época en que un autor llamado Lovsel en
su obra Institutes coutumiéres publicado en el año 1607, expresa: "tanto vale una
simple promesa o convenio, como las estipulaciones del derecho romano".

DERECHO ESPAÑOL.—Particularmente en España, con el ordenamiento de Alcalá


promulgado en el siglo XIV año 1348, se alcanzó un alto grado de evolución, mucho
mayor que en Francia en esa mismo época, estableciendo como principio que el
hombre puede obligarse en la forma que lo desee, con lo cual se destierra
definitivamente el formulismo romano y bárbaro. "El principio del Ordenamiento de
Alcalá, cuyo texto, como dice Sánchez Román, no puede ser más-expresivo y de más
amplio espíritu, ha merecido a los civilistas modernos preferencias sobre el sistema
formulista romano".

LA REVOLUCION FRANCESA ES EL CORONAMIENTO DE ESTA EVOLUCION.—


Y todo esto de que habla Ripert, ¿cuándo ocurre? Naturalmente que con la'
Revolución Francesa, cuya filosofía jurídica estudiamos en el Capítulo inicial de este
trabajo. Solamente entonces se afirma la autonomía de la voluntad como un principio
que domina todo el derecho privado, siendo la manifestación más perfecta en el
campo jurídico de la libertad en general, motivo por el cual se le ha llamado también a
este principio, la libertad jurídica.
Debemos recordar que en la filosofía jurídica de la Revolución Francesa hay una
concepción bien definida en lo que respecta a los derechos del hombre
individualmente considerado. Producto es esta concepción de la idea libertaria con
que se juzgó a todos los actos que condujeron a la transformación orgánica de la
sociedad, incluyendo dentro de esta transformación en forma especial la nueva
condición de existencia del hombre.

CRITICA Y FIJACION DE SU VERDADERO CONCEPTO.—En realidad, son muy


pocos los autores que nos dan un concepto más o menos exacto de lo que debemos
entender por principio de la autonomía de la voluntad. La mayoría de ellos, como
hemos podido verlo, dan una opinión ligera, sin detenerse mayormente en hacer un
análisis acerca de su verdadero contenido.
Lamentamos no tener una bibliografía más completa sobre esta materia, para hacer
un estudio más acabado sobre las diversas opiniones que han emitido los autores a
este respecto. No obstante, indicaremos algunas opiniones que nos han parecido
interesantes.
Para el autor Evaristo Louzao, "la autonomía de la voluntad es un principio espiritual
que no atiende más que a la voluntad y a la intención y prescinde de la materia y de
formalismos externos".
Colin y Capitant dicen que la autonomía de la voluntad consiste: "en que los
particulares pueden ejecutar todos los actos jurídicos que quieran y hacerlos producir
las consecuencias jurídicas que les convengan, con ciertas limitaciones".
León Duguit dice que: "La autonomía de la voluntad es un elemento de la libertad
general; es la libertad jurídica y es, en suma, el poder del hombre de crear por un ^eto
de voluntad una situación de derecho, cuando este acto tiene un objeto lícito. En otros
términos, en el sistema civilista, la autonomía de la voluntad es el poder de querer
jurídicamente, y por lo mismo el derecho a que ese querer sea socialmente protegido".
En el concepto que sobre la autonomía de la voluntad nos ha dado Duguit, podemos
ver que nos señala muy claramente la distinción que hemos hecho anteriormente entre
la libertad general y la autonomía de la voluntad, cuando nos dice que ésta última es
un elemento de aquélla. En seguida, después de establecer esta distinción previa, nos
revela su opinión acerca de lo que en substancia es la autonomía de la voluntad; es el
poder del hombre.de crear por un acto de voluntad una situación de derecho,
naturalmente siempre que este acto tenga un objeto lícito.
Este concepto de Duguit además tiene el mérito de no restringir el campo que
propiamente debe asignársele a la voluntad autónoma. Ya hemos dicho que ella es
autónoma, no solamente en lo que a los contratos se refiere, sino que como muy bien
lo expresa Duguit, respecto a cualesquiera situación de derecho, lo que naturalmente
se obtiene mediante el acto jurídico.
Henry Capitant dice que la autonomía de la voluntad es: "un principio de derecho
privado en virtud del cual el autor o los autores de un acto jurídico tienen la facultad de
concluirlo libremente y de determinar a su agrado su contenido y sus efectos" (13(!).
Este autor nos indica algo que debemos considerar especialmente, por cuanto nos.
señala el alcance o extensión del poder o facultad de la voluntad del hombre para
establecer situaciones jurídicas. Capitant nos dice que es un principio de derecho
privado y efectivamente no puede ser de otra manera. La voluntad del hombre no
puede ser tan poderosa como para llegar al extremo de dominar también en el campo
del derecho público, el cual sin embargo está entregado al dominio de una voluntad,
pero ella es la voluntad general y no la individual.
El principio de la autonomía de la voluntad tiene pues, única y exclusivamente, fuerza
y valor en el campo del derecho privado, sea éste interno o internacional, porque es
ahí donde solamente puede considerársele y no en cualquier aspecto del derecho, el
cual es muy amplio.
El tratadista René Demogue nos dice: "cuando la voluntad se ha formado
normalmente, tiene ella pleno valor jurídico. Esto es lo que se llama principio de la
autonomía de la voluntad".

La autonomía de la voluntad en la legislación clásica es más que una simple teoría


que pretende explicar el pensamiento de una concepción jurídica, ella es, como lo
hemos dicho, un principio de derecho, cuya esencia se revela por su carácter
abstracto, general, básico y directriz que informa el espíritu de la legislación positiva
privada y hacia el cual hay que dirigirse para encontrar, cada vez que sea necesario,
el verdadero sentido de la existencia de las instituciones.