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Eje 4.

- Cuerpo y vida: el castigo en los discursos filosóficos, jurídicos y políticos en


nuestro presente.

La promesa de castigo.
Cruces entre represión, sexualidades y asimilacionismos
contemporáneos

A pesar de una crítica radical sostenida durante décadas al sistema carcelario, ese
bastión institucional del poder punitivo sigue funcionando como una promesa –garantía
renovada del pacto carcelario (Davis, 2003) para toda la sociedad– que tiene la
particularidad de convivir con las fuertes tendencias tanáticas del no future, sin que esto
altere su demencial sistematicidad. Luego del desarme del paradigma de la
rehabilitación y del paso a lógicas más expulsivas del encierro, la polimorfía capitalista
se ha abocado a la rentable y diferencial (re)producción de deshechos humanos cautivos
como una usina de signos que atraviesan y moldean la vida del “afuera”. Actualmente,
transitamos momentos que podríamos inscribir en una nueva instancia del giro punitivo
(Garland, 2001), que supone (entre otros elementos) una reestructuración selectiva del
encierro como posibilidad y como dispositivo político que regula las abyecciones de la
legalidad y de la legitimidad de las vidas soportables/vivibles. En este contexto nos
interesa pensar cómo la promesa punitiva se ensambla con “el sexo inscripto en el
porvenir” (Foucault, 1976) en algunos casos penales contemporáneos vinculados a las
disidencias sexuales y a los feminismos, y de qué formas estrategias asimilacionistas
(tanto sobre la sexualidad como sobre la represión estatal) permean las resistencias, co-
ayudando a que los discursos neoliberales sobre la seguridad tengan un campo de
certezas sobre las que mover convenientemente los “enemigos internos” y las
“discriminaciones positivas”.

Como parte de las transformaciones geopolíticas pos crisis la intensificación del


giro punitivista y su notable diversificación para explotar diferencialmente poblaciones
racial, nacional, sexual y clasistamente taxonomizadas tuvo y tiene todo un lugar en las
agendas de seguridad interna de las nuevas derechas. En las grandes potencias
económicas, con excepción del caso brasilero, estas nuevas agendas que asientan sus
estrategias represivas y punitivas en un fuerte sexismo han respetado en gran medida las
garantías constitucionales de las vidas de gays y lesbianas de ciertos sectores sociales.
Sectores privilegiados de las comunidades que han abrazado las mieles del
reconocimiento Estatal y para los que el capitalismo ha logrado armar todo un mercado
de consumo, (re)producción y circulación. En algunos lugares estas mismas
comunidades asimiladas apoyaron e incluso promovieron, como parte de una promesa
de seguridad y protección, reglamentaciones punitivas que generaron figuras jurídicas
que sin ningún retraso también fueron aplicadas a los colectivos LGBTTTI pobres,
racializados, activistas, trabajadorxs sexuales, migrantes, etc. (Spade, 2018). En estos
casos la promesa de castigo fue promovida como una puerta del pasaje de ser una
persona susceptible de ser castigada a ser potencialmente parte del castigo. Una puerta
ficcional que lo único que asegura es la perpetuación del status quo en situaciones cada
vez más desesperantes y violentas donde la idea misma de “estar a salvo” es
completamente irrisoria, aunque unas vidas estén objetivamente más en peligro que
otras. En este contexto, es importante reconocer cómo dichos procesos parciales de
“inclusión” legal son permanentemente invalidados por la insistente vuelta a las formas
tradicionalistas de existencia en medio de la crisis (vuelta que es señalada por partidos
políticos, iglesias y Estados como la imagen de la seguridad en un mundo en colapso) y
por los nunca detenidos modos de desconocimiento, deslegitimación y furia social en
busca de chivos expiatorios para sus malestares. Ante esta situación el recurso de la
resistencia no puede ser reclamar más castigo, empatizar desde la victimización, quitarle
el peligro al erotismo o hacer ondear al viento nuestros registros de matrimonio diverso.
Es inminente recordar que peleamos también por otros imaginarios para las
sexualidades futuras, que ya son las nuestras, en un mundo donde los principales
corrimientos progresivos son los sensibles, grandes transformaciones generacionales
sobre lo que podemos mentar como bordes del deseo o de nuestras posibilidades
afectivas. De lo contrario, de no hacer esta revisión, como señala Copa (2018)
retomando el estudio de Bernstein (2005) sobre el ingreso del punitivismo a los
feminismos en los 60’s, el precio es que “los horizontes de justicia y liberación de estas
reivindicaciones feministas sean reformulados en clave punitiva” (Coppa, 2018). Es
decir, que aquello vendido como “lo posible” nos haga olvidar lo (in)soportable,
resignando como utópico lo deseable por no saber habitar el fracaso de otro modo.
En el presente trabajo nos abocaremos al estudio de dos ejemplos que dan cuenta
de cómo la promesa punitiva se ensambla con “el sexo inscripto en el porvenir” y de
qué formas estrategias asimilacionistas (tanto sobre la sexualidad como sobre la
represión estatal) permean las resistencias. Hemos seleccionado para el análisis los
casos del Código Contravencional de Mendoza, de 2018, y la detención y
enjuiciamiento de Mariana Gómez, entre 2017 y 2019, porque nos permiten mediante su
comparativa mostrar cómo ciertos discursos gayfriedly y (pseudo)feministas pueden
volverse aliados de procesos de estigmatización, criminalización de la protesta y de
formas autogestivas, refuerzos de la invisibilización sexo-genérica y de la minorización
victimista.
Hacia mediados de este año la sentencia del juicio iniciado contra Mariana
Gómez por “desacato a la autoridad y agresión”, tras resistirse a la vigilancia
heterosexual de dos agentes de policía sobre los usos “decentes” del espacio público,
dio lugar al despliegue de un conjunto de discursos punitivistas, victimizantes y sexistas
que no fueron monopolio de la fiscalía. Sin poner en duda que la detención (en 2017) y
el posterior enjuiciamiento con su sentencia fueron signos prístinos de la carta blanca al
poder de policía para regular las expresiones y sexualidades deseables en el espacio
público1, nos interesaría en este caso detenernos en los elementos que nos sirven como
alarmas sobre los peligros punitivos de las tentaciones del asimilacionismo sexual.
Consideramos que la atención sobre los mismos es de vital importancia en un momento
histórico en el que los procesos represivos (micro)fascistas tienen tanto apoyo y en el
que el pánico sexual y moral se cuela entre la precarización de la vida, la flexibilización
laboral y el desguace de programas y soportes sociales de emergencia. En este contexto,
poner en duda las certezas sistémicamente prestadas a las formas de resistencia
disidente es una tarea urgente.
La detención de Mariana Gómez se llevó a cabo en la estación Constitución,
cuando estaba con Rocío Girat, su esposa, fumando, antes de que cada una se tomase un
subte. En el espacio había mucha más gente fumando y no estaba señalizada la
prohibición, regulada por la ley de espacios libres de tabaco (otro elemento para pensar
en torno a cómo los controles sobre la salubridad pública puede ser utilizados para
puniciones más importantes –ver caso de Uruguay, con la prohibición de fumar en obras
teatrales-). Pese a que había otrxs fumadorxs en el lugar, el agente de policía Rojo se
acerca exclusivamente a Mariana y le dice “Pibe, apagá el cigarrillo”, ante la negativa le
dice que la llevará detenida. “Nunca me contestaron por qué me querían arrestar.
Forcejeamos, me esposaron y me quedé ahí por cuatro horas. A Rocío le decían 'que la
amiga se aleje' y ella respondía que era mi esposa, incluso nos pidieron algún certificado
para comprobar el estado civil”, testificó Mariana.
Mariana es una lesbiana masculina, chonga; lo primero que hay que señalar es
que Rojo la escoge por ello y no porque “el amor” entre dos mujeres en la vía pública le

1 Carácter simbólico que parece estar remarcado por una sentencia anunciada en el 50 aniversario de los
enfrentamientos de Stonewall.
molestaba. No sabemos qué opina Rojo sobre el amor, pero sí sabemos que le dice a
Rocío que la cosa no es con ella, a quien sí trata en femenino. De modo que quisiéramos
iniciar señalando la importancia de desvincular tanto la represión como la resistencia de
los discursos románticos: en primer lugar por el desatino político de ese diagnóstico
para poder pensar en cómo decodifican y trabajan los dispositivos de punición; en
segundo lugar para dejar de invisibilizar otras formas de relacionarse alternativas de la
disidencia sexo-afectiva, que quedan doblemente expuestas cada vez que usamos el
asunto de la legitimidad romántica y jurídica como modo de reparo2.
La ola de defensas de la diversidad tras la escandalosa condena aleccionadora
recayó muchas veces en el licuado hashtag #loveislove que no es sólo parte de la
bonhomía gayfriendly de una empatía que aún no se articula políticamente como
resistencia sino que, por sobre todo, es el síntoma de una comprensión amorosa
normada que cree que puede desconocer los sistemas de valor y disvalor de las clases
sociales, las taxonomías de las disidencias sexuales, los colores de piel, los lenguajes, el
capacitismo, etc. El hacer “como si” no vuelve real la igualación, sólo encubre su
silenciamiento. En palabras del colectivo activista cordobés, Asentamiento Fernesh,
“¿qué pedimos cuando decimos “mismo amor mismos derechos”? ¿amamos parecido a
quién? ¿y si amamos sin desear o deseamos sin amar?”.
Las notas en torno al caso Gómez-Rojo, remarcan de forma sistemática que esta
puede ir presa “por besar a su esposa”, y bajo este enunciado que busca claramente
conectar la mayor cantidad de indignadxs subrayando la legitimidad legal del vínculo,
quedan invisibilizados: la sexuación de ese gesto, las características masculinas de
Mariana (que en otro momento serían reivindicadas pero que aquí aparecen como
insulto) y, principalmente, el acto de resistencia. No fue un arresto pasivo, fue un arresto
ilegítimo que encontró resistencia e irreverencia ante esa ilegitimidad, pero esto lejos de
remarcarse se licúa entre los relatos mediáticos victimizantes de la novia que se hace pis
ante el terror a la violencia, ella que se desvanece y sin querer le arranca un mechón
cuando cae a la policía, y la historia compartida de años de abuso sexual por parte de
familiares que debieron cuidarlas (de hecho ellas se conocen en un set de televisión
contando esas atroces historias personales). Es necesario ser cautelosxs con la

2 Un caso ejemplar de esta invisibilización fue el del año pasado en la expulsión, por parte de un mozo,
de una pizzería porteña a una pareja gay. Acto que culminó con la organización de besazos en la puerta
del local. Podemos recordar cómo ante las cámaras atónitas de TN uno de los jóvenes explicaba que en
ese momento él estaba con UNA de sus parejas, la cara y las preguntas del entrevistador denotaban la
frustración por no poder vender esta historia ahora como parte de las cruzadas del amor romántico frente
a la homofobia.
reivindicación política de estas versiones de la actitud dócil, arrasada, como argumentos
necesarios de la inocencia. Obviamente esta cautela no se le pude/debe solicitar a
alguien que está siendo injustamente procesada y enjuiciada pero sí a quienes vemos y
consumimos partes seleccionadas de esa historia para armar un relato de resistencia
¿pasiva? Es preciso comprender que la distancia entre la defensa y el ataque no está en
los fotogramas de las filmaciones borrosas de las cámaras de seguridad y de celulares,
es un concepto, un borde, político (Dorlin, 2018) y hay que disputarle al Estado, a los
medios y a la militancia su definición.
Si nos preguntamos qué es lo que lleva a las fuerzas de seguridad a actuar ante
ese beso, encontramos más que la incomodidad frente a la cotidianeidad de un derecho
adquirido producto del matrimonio igualitario, tal y como lo describe María Moreno3.
Es mucho más preciso, en este punto, el análisis de Marta Dillon4, que señala la
irrupción sexuada de ciertas prácticas y corporalidades, que dice “compañera” antes que
“esposa”, “lesbiana” antes que “mujer” y señala las continuidades del Estado en una
escalada represiva: “Nuestros besos son políticos, dijimos en la calle, pero no son sólo
nuestros besos, son nuestros cuerpos otros, nuestras otras formas de hacer redes, de
reconocernos y de defendernos”. No es que el tener que reconocer nuevas formas de la
cotidianeidad gay y lésbicas cubiertas en derechos matri/patrimoniales no sea muy
molesto para los agentes policiales, obviamente que lo es. Pero lo que señalamos es que
esas formas no son un seguro, tienen terribles correlatos diarios que no pueden ser
desconocidos, y están sobreimpresas y determinadas por otros cruces, donde la
sexuación y la clase son imperantes y que tienen sus propias líneas violentas de
legalidad, legitimidad y reconocimiento.
De hecho, como alega en juicio la propia acusada, el discurso de los derechos es
utilizado por el agente policial para remarcar una supuesta igualdad de acción: “Ustedes
tienen derechos, nosotros también tenemos derechos” le dice el uniformado; podríamos
preguntaros entre quiénes se arma ese nosotros/ustedes ¿entre civiles y fuerzas, entre
heterosexuales y lesbianas, entre hombres y mujeres? Posiblemente entre todos estos

3 “El beso de Mariana Gómez a Rocío Girat irrita más a la derecha que el nacido del deseo fiestero que se
caga en el público: es su conyugalidad lo irritante, su condición de sello cotidiano feliz en la repetición
luego del reconocimiento de un derecho. Es eso lo que castigó con su fallo la Dra. Yungano. (…) como si
el status quo reaccionario necesitara de un ritual de cohesión y dando un tiro por elevación a un derecho
adquirido: el del matrimonio igualitario. María Moreno, “El beso”
https://www.pagina12.com.ar/204853-el-
beso?fbclid=IwAR2nURWSoYOe0Ytxlh3iRJ_MJCxCcQcQQ47b-036IeMm-WnGs7a_gEPK4Nk
4 Marta Dillon, “Lesbianas”, Página 12, 29/06/19, https://www.pagina12.com.ar/203189-
lesbianas?fbclid=IwAR39himQDrTk2uPKJ-dQJh1OLZe8DQDTPOc-De8iYjqfc_6KmMQEzMsJ9RI
binomios a la vez, pero cuando el oficial la inscribe en ese supuesto derecho diferente,
por primera vez la trata en femenino para recordarle su lugar en un mundo que él
percibe trastornado: “¿Por qué sos mujer podés hacer lo que quieras?”. En el mismo
tono, pero de manera espejada, la fiscal alegará que “el arrancamiento de mechón de
pelo [a la policía] es más grave porque fue a una mujer”. Claramente nunca se pone en
discusión qué sería ese “ser mujer” que oscila entre la victimaria impune y una víctima
agravada por su género, lo que está todo el tiempo por debajo operando es la mala
consciencia y los usos sexistas de un feminismo de bagatela.
“¿Será que ese mismo movimiento LGBT enfocado en una militancia por
derechos civiles que nos igualen a la heterosexualidad no puede pensar en los
límites de su estrategia? ¿Qué pensarán cuando en un país como Argentina se
logró el matrimonio igualitario pero hoy una lesbiana casada fue condenada por
besar a su esposa en un espacio público? El reconocimiento legal de ese
matrimonio no impidió que la lesbofobia de nuestras fuerzas de represión
estatales le armen una causa por expresar lo inexpresable ante los ojos de la
sociedad.”5
Tras la enorme masivización de los feminismos en Argentina desde el 2015, el
Estado intentó absorber algunas de sus demandas (las que le generasen más beneficios
que problemas) y para ello incluyó la “cuestión de género” como parte de sus
argumentos tutelares en varias de sus reformas. Así “la mujer”, como identidad estable
y transparente a sí misma, fue dividida entre víctimas (buenas y malas) y victimarias:
chongas que se defienden de violaciones correctivas como Higui, asesinas como Nair
Galaza, mujeres que hieren la virilidad como Brenda Barattini y trabajadoras sexuales.
Nos interesa detenernos en este último caso de las “malas víctimas” que pueblan las
cárceles de mujeres, al calor de la revisión del Código Contravencional de Mendoza
sancionado en 2018 que repasa bajo los cuerpos a tutelar y controlar a: trabajadoras
sexuales, menores y mendigxs. Si este análisis se encarga de pensar las alarmas que
como movimiento debemos tener presentes respecto a qué pedimos que nos reconozca
el Estado en materia de protección y cómo evitar que esto se transforme en parte de un
nuevo castigo, y cuáles son los discursos de visibilización que utilizamos para que el
sistema nos cuente, el nuevo código mendocino en su fundamentación es brutalmente
gráfico:

5 “La imaginación de la revuelta”, Festival del Deleite de los Cuerpos, 29/06/19


“El nuevo código se presenta como prospección de lo que la ciudadanía hoy
sufre y la constituye como víctima (…) esta gestión de gobierno como parte de
una política de prevención de la criminalidad, impulsa la realización de
encuestas anuales de victimización.”6
Queda claro en la fundamentación que hay un cuerpo social sano que hay
proteger, inmunizar, frente a un conjunto de otrxs desviadxs, o como dice en la
fundamentación “antisociales” que hay que lograr expulsar de la vereda pública, correr
hacia ciertos lugares y agenciar mediante estructuras legales (como las libretas
sanitarias) e ilegales (como el sistema de coimas). El disciplinamiento propuesto tiene
como fin construir focos de peligrosidad (Cuello, 2018), habitados por cuerpos y vidas
desechables, necesarios para administrar los cuerpos normalizados o deseosos de ser
contados bajo los parámetros de la seguridad ciudadana (Pitch, 2009). La analogía con
el “cuerpo sano” y el control de los procesos de inmunización no es sólo una metáfora,
sino que el código contravencional en su proyecto original redacta, como volviendo a la
ley de Profilaxis Social de las Enfermedades Venéreas (1936), bajo la figura de
“prostitución peligrosa” en el art. 125: “la persona sorprendida en ejercicio de la
prostitución afectada de enfermedad venérea o contagiosa” será sancionada con multa,
cárcel y obligada, mediante una hospitalización forzosa, a hacerse los exámenes
médicos correspondientes. Antes, en el pre-proyecto, el art. 126 directamente punía el
contagio en cualquier relación, mediada o no por una remuneración, en la misma se
puede leer “la persona que trasmitiere enfermedad venérea o contagiosa será sancionada
con multa o arresto”. Estos dos artículos causaron tanta controversia que finalmente
fueron removidos del proyecto finalmente aprobado, que sin embargo sí se encarga –en
el título III “Contravenciones contra la moralidad, buenas costumbres, solidaridad y
educación” – de punir las “ofensas al pudor o decoro personal” (art.82); “el acoso sexual
callejero” que explica es “un tema de gran importancia en cuanto incorpora la
perspectiva de género en el código” (art.83); y “la incitación pública y privada a
mantener prácticas sexuales por precio” (art. 84).
Si bien en el debate en torno a este código hubo un cierto consenso de rechazo
por parte de los feminismos, tanto abolicionistas como pro-trabajo sexual, las voces del
abolicionismo hacían referencia a orientar nuevamente la punición a los consumidores
del servicio, recordando una vez más que la Argentina es un país abolicionista y debiera

6 Proyecto de Ley de Reforma del Código Contravencional de Mendoza. Disponible en:


http://xumek.org.ar/wp-content/uploads/2018/08/Proyeto-C%C3%B3digo-de-Faltas-Senadores.pdf
ser prohibicionista. Vale recordar, frente a esto, el lema acuñado por AMMAR “sin
clientes, no hay plata”.
Como antecedente inmediato de este proceso, es importante tener presentes los
debates que se dieron en torno a las modificaciones de la Ley de Prevención y Sanción
de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas, apoyada por prácticamente todo el
arco de los feminismos nacionales, que buscaban precisar las figuras que intervenían en
el proceso de secuestro y trabajo forzado, pero en la que se leían pasajes como: “el
consentimiento dado por la víctima de la trata y explotación de personas no constituirá
en ningún caso causal de eximición de responsabilidad penal, civil o administrativa, de
los autores, partícipes, cooperadores o instigadores”. Pocas veces el consenso valió tan
poco y la victimización fue tan absoluta. Dichas modificatorias terminaron por facilitar
la penalización de las formas autogestivas de las trabajadoras sexuales que querían
emanciparse de sus proxenetas y armar cooperativas. Esto hizo que, por ejemplo, la
dirigente marplatense y trabajadora sexual María López esté detenida con prisión
domiciliaria por tener a su nombre un departamento que usaba ella y colegas para
trabajar. Bajo la esta ley pudo ser acusada de proxeneta por ser quien se encargaba de
pagar las cuentas.
“En la Argentina las políticas anti-trata ha producido las cifras más altas de
criminalización de mujeres en relación de cualquier otro delito, procesándolas y
acusándolas de explotación por ser parte de la organización del trabajo sexual.”7
El caso de María López fue festejado como parte de los frutos democráticos de
la nueva ley por el arco abolicionista, que tuvo ahora como argumento legal
deslegitimador que una de las dirigentes de la principal organización de meretrices sea
caratulada de “proxeneta”. Regulaciones como esta logran el confinamiento a la
precariedad de la calle de las trabajadoras sexuales, lugares donde quedan expuestas a
los códigos contravencionales como el mendocino.
Los sistemas paradojales no dejan de atravesar los vínculos entre feminismos y
(anti)punitivismos, un poco por el intento desesperado y destinado al desgaste de querer
pensar qué sería un Estado feminista más allá del oxímoron, otro poco por la resistencia
a dejar las prácticas de tutela moral (sobre lo que supondría una relación sexo-afectiva
sana o un trabajo digno o una elección libre) como parte de las prerrogativas del propio
movimiento. Las lógicas del cuidado pasan de su inexistencia a ser proclamadas como
formas fascistas de control de las prácticas y discursos posibles para la existencia y para
7
Posicionamiento de Ammar frente a la criminalización del trabajo sexual, 19/02/18
la defensa feminista, formas que vulneran todo el tiempo la máxima de no hablar en
nombre de lxs demás. En el péndulo de estas contradicciones encontramos que mientras
ciertos feminismos han logrado incluir en sus consignas masivas la precarización, el
endeudamiento y la pobreza de nuestras vidas como rasgos propios del patriarcado y del
capitalismo, esto no supone sin embargo aceptar los argumentos que las trabajadoras
sexuales esgrimen en su elección; que mientras se defiende la autonomía sobre nuestros
cuerpos frente a la interrupción voluntaria del embarazo se pueda negar esa autonomía
cuando se piensa el trabajo sexual; que mientras defendemos la autodeterminación
identitaria no podamos reconocer como identidad “trabajadora sexual”, así como
Blanqui dijo en un gesto de desafío al juez “trabajo: proletario”; que mientras
denunciamos las formas subhumanas del dispositivo carcelario y su comprobada
ineficacia para resolver las cuestiones sociales que dice atender el dicho de Mariana
Gómez tras conocer su sentencia, “los pedófilos debieran estar en cana, nosotras no”,
sea viralizado por las redes y abra un conjunto de reclamos por penas más duras para
crímenes sexuales. No debiéramos olvidar ante estas contradicciones que, como muy
agudamente señaló bell hooks, “la sororidad es una relación de poder” y que hay ciertos
bordes internos que debieran formar parte de lo innegociable del feminismo, donde
estos gestos de desconocimiento no debieran ingresar muy a pesar de sus más que
dudosas “buenas intenciones”.
Tanto el código contravencional de Mendoza como el caso Gómez-Rojo son
situaciones que cristalizan cómo en el seno de los feminismos la promesa futura del
sexo sigue funcionando y siendo encarrilada por medio de la punición y las
aceptaciones mediadas por la violencia, especialmente por la violencia de la prisión y la
deuda. Y de hecho es la solución la que dicta el modo en el que problema es construido.
La promesa sexualizada del castigo recuerda la importancia de la clandestinidad y las
características del decoro (Pitch, 2015) y la moral pública, para no olvidar cómo los
Estados necesitan aún de las invenciones disciplinares decimonónicas. Como escribía la
activista Noe Gall respecto al fallo de la jueza Yungano: “Pienso en las niñas lesbianas
que estarán leyendo la noticia, en las adolescentes que están dando sus primeros pasos
de la mano en las calles con otra piba, pienso en todas las personas que usarán esto para
cerrar con candados las puertas de esos armarios.” Los procesos de contramarcha
democrática, que nunca descansan, en el mundo de los signos, también instituyen y
consolidan privilegios de hecho sobre la defensa y el castigo, es nuestra responsabilidad
disputarlos, no solo para una mejor redistribución de la violencia (Medeak, 2014) sino
principalmente para pensar qué queremos hacer con ellos, cómo pensamos formas
alternativas de justicia, qué lugar tiene el erotismo en las mismas, qué maneras de
habitar el espacio público proponemos, qué goces futuros somos capaces de imaginar y
defender.

Bibliografía

Bernstein, E. y Schaffner, L. (Eds.) (2005). Regulating Sex. The Politics of Intimacy


and Identity. Nueva York: Routledge.

Coppa, L. (2018) La gramática sexuada de la pasión punitiva: notas sobre el proyecto de


Código Contravencional mendocino, LATFEM. 24/09/2018. Disponible en:
https://latfem.org/la-gramatica-sexuada-la-pasion-punitiva-notas-proyecto-codigo-
contravencional-mendocino/

Cuello, N. (2018). Vivir y castigar: ¿Qué pretende el código contravencional de


Mendoza?, Cosecha Roja. 29/09/2018. Disponible en: http://cosecharoja.org/vivir-y-
castigar-que-pretende-el-codigo-contravencional-de-mendoza/

Dorlin, E. (2018) Defenderse. Una filosofía de la violencia. Buenos Aires: Hekht


Libros.

Medeak (2014) Violencia y transfeminismo. Una mirada situada. En Transfeminismos.


Epistemes, fricciones y flujos. Tafalla: Txalaparta.

Pitch, T. (2009). La sociedad de la prevención. Buenos Aires: Ad-Hoc.


(2015). Contra el decoro y otros ensayos. Buenos Aires: Ad-Hoc.

Spade, D. (2018) Sus leyes nunca nos harán más segur*s. En Cuello y Morgan Disalvo
(Comp.) Criticas sexuales a la razón punitiva. Argentina: Ediciones Precarias.