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Rayo de Luz

28 de diciembre de 2019
El padre Martín Descalzo (en un comentario al evangelio de este día) escribió que para
un cristiano del siglo XXI esta es la página más cruel y difícil del evangelio. La vida de
Cristo empieza con un reguero de sangre, y de la más inocente. Porque ante la escena de
la huida de Cristo y la muerte de los pequeños niños de Belén un verdadero creyente no
puede sentir otra cosa que miedo y vértigo.

La cólera del rey estalló. No podía aceptar la idea de que alguien se hubiera burlado de
él, el poderoso. Este era Herodes: amigo de la violencia, incluso sabiendo que no sirve
para nada. Solo un hombre así pudo ordenar una matanza tan bárbara como la que
cuenta el evangelista. Nadie entendió el porqué de aquellas muertes.

El hombre de hoy —y esto es algo positivo— no logra digerir la muerte de los inocentes
(aunque quizá nunca han muerto tantos inocentes como en nuestros días. Basta con
pensar en el aborto organizado o en las víctimas de las últimas guerras). Este comienzo
horrible de la vida de Jesús, quien era la Vida, provoca en nosotros sufrimiento.

Hoy, en nuestro tiempo, asistimos a un espantoso drama del cual los Estados y los
ciudadanos del mundo debiéramos tomar conciencia. La muerte de inocentes e
indefensos es una señal de la dureza de corazón de los modernos herodes.

Las escalofriantes cifras de niños a los que no se les permite nacer, a quienes se les niega
su dignidad humana por medio de leyes ridículas y absurdas. El miedo de los miles de
niños que huyen de sus países devastados por guerras interminables, el dolor de los que
perdieron sus vidas o parte de sus cuerpos en los bombardeos, en las minas antipersona
o en atentados en centros escolares a manos de jóvenes inconscientes. Cada muerte de
estas nos convence más de que los seres humanos hemos crecido muy poco en
humanidad desde que el malvado rey Herodes sacó sus soldados a las calles de Belén.

¿Qué podemos hacer los cristianos frente a la horrible violencia que se cobra la vida de
inocentes? Comencemos por lo que nos queda más cerca: apoyemos la defensa que la
Iglesia hace de las vidas inocentes. Salgamos al paso de aquellos que creen que defender
la vida humana es una ideología pasada de moda o es la queja de un grupo de viejos
conservardores. Dígamos sí a la vida del que está en el vientre de su madre y del que
pide pan en la calle o está enfermo en la cama de un hospital público o marginado en un
campamento para refugiados.
La contradicción más absurda es ver a un cristiano que no está convencido de que un ser
humano siempre es sagrado e inviolable. Hay muchos que defienden el aborto creyendo
que así favorecen la vida de la madre, ¿quién les dio el poder de decidir sobre la vida de
un indefenso que no ha pedido venir a este mundo, pero que que desde el momento que
ha recibido el don de la vida nadie se lo puede arrebatar? ¿Acaso hay vidas de primera
clase o de segunda?
Que esta fiesta de los niños inocentes que murieron por Cristo sin llegar a conocerlo, nos
ayude a dar testimonio de la fe que confesamos con los labios. Que seamos capaces de
despertar y denunciar los siniestros planes de quienes atentan contra el primero y
principal de los derechos humanos: el derecho a la vida.
ORACIÓN

Enséñame, Señor, a entender que toda vida humana es sagrada desde el momento de su
concepción, que cada una ha sido creada a tu imagen y semejanza y que todos hemos
sido redimidos por Cristo. Permite que, a semejanza de estos niños inocentes, sea capaz
de acercarme a ti y a los demás con una actitud llena de sencillez y disponibilidad. Amén.

PROPÓSITO DEL DÍA

Defender la vida humana y su dignidad desde mi fe con algún gesto concreto.