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Las tentaciones

de Jesús
y otros relatos

Rolando Camozzi

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Versión electrónica

SAN PABLO 2012


(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
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ISBN: 9788428540506

Realizado por
Editorial San Pablo España
Departamento Página Web

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Presentación

Desde que comencé a intimar con los Evangelios, hace ya varios años bien contados,
siempre me impactaron algunos aspectos relevantes de esa trayectoria existencial de
Jesús de Nazaret sacudida de contrastes, de esa incomparable vida gastada en servicio a
los demás. En particular, tres perfiles (tentación, incomprensión y acechanza), que aquí
se resaltan sobre un trasfondo histórico y se ofrecen como la consecuencia de una
meditación fermentada en inquietudes, de una experiencia que intenta traducirse y de un
amplio intercambio, a la vez, con otros creyentes y hurgadores.
Quien esto escribe no es un especialista. Es simplemente un creyente, un cristiano
preocupado por la racionalidad de su fe, por la coherencia de sus búsquedas, por el
intento gozoso de saber dar razón de su esperanza, que comparte con muchos otros
jóvenes y adultos, confiando en quien es la Palabra hecha Verbo conjugado
amorosamente en el tiempo.
Fascinantes estas facetas de la vida de Jesús de Nazaret que casi desde niño se me
ofrecían como un deslumbramiento de esplendor y de belleza. Todo era entonces
inaugural, como la cometa deambulando suelta, pájaro loco y libre, por un cielo sin
nubes.
Luego, inevitablemente, llega el aprendizaje del temprano dolor de los seres que se
van y que se han querido y siguen arañando el cotidiano y temprano corazón
adolescente.
Ser cristiano supone un proceso que no culmina nunca, porque uno se va haciendo
cristiano. Siempre queda abierto y expuesto en su exigitiva respuesta a un proyecto de
futuro que se atisba en esperanza. Como la propia vida. Eso hace a la dinámica y a la
tensión de la búsqueda y de la necesaria respuesta cada día más comprometida.
La paradoja consiste en que aun poseyendo el espíritu del Resucitado, hay que
continuar hurgando en su encuentro en conocimiento, en profundización, en diálogo. Y,
sobre todo, en escucha de su Palabra.
He aquí, pues, ofrecidos estos tres hitos (tentación, incomprensión y acechanza)
reiterados en la formidable, aunque dramática vida de Jesús de Nazaret, para una mejor
intimidad con su forma de afrontamiento, de coraje y de ejemplo en nuestra propia
opción de seguimiento.
Sin otra pretensión, que rescatar algo del asombro del niño, en ese primer encuentro
paradigmático y ya en uso de razón, con una persona que marca tan densamente la vida y
el corazón de cada día.

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Las tentaciones de Jesús
(El poder)

Los tres evangelios sinópticos presentan a Jesús de Nazaret, en el comienzo mismo de su


vida pública, como «tentado por el diablo». Y si bien el evangelio de Juan no trae esta
escena, en todo él Jesús se desenvuelve en constante lucha contra el mal, personificado
en Satanás, «el padre de la mentira» (Jn 8,44).
Parece interesante diferenciar, para una adecuada interpretación de estos relatos, entre
«diablo» y «demonios», dos conceptos que con frecuencia se intercambian como
sinónimos en el lenguaje cotidiano, en la lectura cristiana, pero que los evangelios
permiten matizar y distinguir con tacto.

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El diablo
Diablo (del griego diabolos: «calumniador», «sembrador de discordia», equivale al
Satanás o Satán del hebreo: «enemigo», «adversario») se escribe en singular y se refiere
a un nombre propio, una función característica o una personificación del poder del mal.
«Excepto en el libro primero de las Crónicas, donde Satán es un nombre propio
(1Crón 21,1), en el Antiguo Testamento, satan aparece siempre con artículo, ha-satan
(“el satán”), para indicar una función ejercida y no una persona.
En el lenguaje jurídico, con el satán se indica la función del acusador (fiscal). Este, en
el tribunal, se pone a la derecha del acusado para denunciar y poner de relieve todas sus
culpas. Además del significado de acusador, en la lengua hebrea el término satán asume
el significado más general tanto de adversario como de obstáculo.
Los diversos apelativos con los que el satán es conocido son todos ellos nombres
comunes y no nombres propios, e indican siempre una función (...).
En el Nuevo Testamento el diablo no es llamado sólo satán, sino que también recibe
los nombres de “enemigo”, “tentador”, “maligno”, “acusador”, “príncipe de este mundo”
y “príncipe del imperio del aire”»[1].
Precisamente en el libro de Job, Satán cumple la función de fiscal acusador de ese
hombre justo y temeroso de Dios y en quien el Señor se complace. Y aunque supeditado
a la voluntad divina, pondrá a prueba a tan fiel servidor. Sin duda es una creación
literaria del autor de esta incisiva novela (Job 1,6-12).
El nombre de Lucifer (del latín, «lucero», «portador de luz») con el cual la literatura
cristiana llamó al diablo es inexacto. El error parece provenir de la mala lectura de un
pasaje del libro de Isaías (14,4-15) en donde el profeta habla de la caída de uno de los
tantos reyes opresores de su pueblo, como de un «lucero» que es abatido a tierra, ya que
no se refiere a Satán.
La paradoja está, en cambio, en que el Nuevo Testamento reserva ese nombre a
Jesucristo. Y lo hace en tres oportunidades: en la segunda Carta atribuida a Pedro:
«Cuando despunte el día, entonces el Lucero de la mañana brillará en vuestros
corazones» (2Pe 1,19). Y por dos veces, en el libro del Apocalipsis: «Al que venza y se
mantenga en mis caminos hasta el fin... le daré el Lucero de la mañana» (2,28); y bien
explícitamente: «Yo, Jesús..., soy el brote y el descendiente de la familia de David, el
Lucero brillante de la mañana» (22,16). Con ajustada significación, este nombre
corresponde en exclusiva a Jesucristo, nunca a Satanás.
El diablo es uno. No hay diablos, si bien sus disfraces serán numerosos. Sólo «el»
diablo, que tiene como finalidad inducir al hombre al pecado, apartarlo en su camino del
bien, de su relación con Dios. Porque se opone al designio de Dios sobre los hombres y a
su plan de salvación universal. Por ello es «el tentador», «el príncipe de este mundo», «el
príncipe de las tinieblas»[2]. Y puede camuflarse de diversas maneras para cumplir con
ese cometido. Puede presentarse, por ejemplo, como «la serpiente que conoce el designio
de Dios» y cuestionar el mandamiento divino acerca del «árbol del conocimiento del

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bien y del mal» (Gén 3,1ss.) o valerse de la buena voluntad de las mismas personas,
como con Pedro, al intentar disuadir a Jesús de su propia cruz y entrega final y que le
vale ser tratado de Satanás (Mt 16,23).
Su influencia queda, pues, delimitada y circunscrita al orden moral y espiritual (tales
males están siempre en el hombre como posibilidad errónea o equivocada del ejercicio
condicionado y contingente de su libertad). Su acción, por tanto, se limita a la
manipulación posible del ejercicio de esa libertad. Sus asedios, sus tentaciones,
inevitables, consisten en excitar los sentidos, exacerbar la fantasía o distorsionar el
conocimiento para mover al deseo y facilitar la elección a la voluntad. Influencias
meramente externas, ya que nadie puede ser inducido al mal sin la participación y el
consentimiento del propio sujeto. Por ello, con plasticidad de imágenes, se advierte en la
primera Carta de Pedro: «Sed sobrios, estad alerta, porque vuestro enemigo el diablo,
como león rugiente, ronda buscando a quien devorar; resistidle firmes en la fe» (1Pe 5,8-
9).
No existen «posesiones» del diablo como toma de las potencias o sojuzgamiento de la
libertad del hombre a su posible dominio. Sus armas serán la mentira, la astucia y la
seducción. Aparece, pues, revestido de trampas, ardides, maniobras y engaños.
Curiosamente, esa explicación del diablo, originariamente ángel bueno, creado por Dios
y que se subleva contra su Creador (no se sabe bien por qué motivo) y es arrojado a las
tinieblas, para convertirse así en enemigo acérrimo de Dios y de los hombres, no tiene
ningún fundamento bíblico. No figura en ninguno de los dos Testamentos. Está tomada
de libros apócrifos, (especialmente del libro Vida de Adán y Eva, s. I a.C.) y que se fue
repitiendo como una verdad cristiana[3].

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El demonio – los demonios
Demonio (del griego daimon, «devorador de cadáveres»), es un término neutro que, de
suyo, se ha empleado para designar diversas realidades, especialmente, «poderes
impersonales» «fuerzas maléficas», «influencias espirituales», «presencias oscuras» que
inciden sobre los hombres (y aun en el cosmos, la naturaleza y los seres), negativamente.
De ahí la atribución a demonios diversos, de enfermedades de origen desconocido o de
sintomatologías llamativas, como, por ejemplo la «insolación», que era causada por un
«demonio meridiano» o los desequilibrios psíquicos o las epidemias de peste, muchas y
frecuentes, así como la ceguera o la borrachera.
A diferencia del diablo que incita «desde afuera», los demonios «se posesionan»,
habitan en sus víctimas que se convierten así en «posesas» o «poseídas», dominadas por
estas fuerzas oscuras personificadas.
A los demonios, a su poder maléfico, se atribuían, pues, las enfermedades,
deficiencias y minusvalías que resultaban inexplicables o desconocidas en su etiología,
casi todas ellas referidas a dolencias psíquicas o mentales (por ejemplo, la epilepsia o los
trastornos neuronales), dada la limitación de los conocimientos médicos. En
consecuencia, la explicación que se daba era «la posesión demoníaca». Una persona
enferma que manifestara tales síntomas fuera de lo normal era una persona
«endemoniada».
La oscuridad, con lo misteriosa y temible que se suponía entonces, la noche con lo
caótica y tenebrosa, era el momento propicio para la actuación de los espíritus malignos.
«Según una creencia común en la Antigüedad, el hombre puede aliarse en la oscuridad
con poderes ocultos, escudriñar el futuro y encontrar tesoros. La conexión con ideas
éticas convirtió a la noche en compañera del mal, apartada de la faceta de la vida (...). La
tiniebla es símbolo de lo caótico, de lo informe, del estado previo a la creación. En él, en
la oscuridad habitan las fuerzas hostiles a los dioses y a los hombres, concebidas con
frecuencia en forma animal (dragón, serpiente)»[4].
En la oración del salmista, se patentiza según los diversos momentos, la posible
acción demoníaca, si bien se privilegia, la nocturnidad: «(Con el Señor) no temerás los
terrores de la noche/, ni la saeta que vuela de día/, ni la peste que avanza en las tinieblas/,
ni la plaga que arrasa al mediodía» (Sal 91,5). Se manifiesta de este modo la misma
mentalidad.
Los estudiosos nos advierten que la proliferación tumultuaria, y con frecuencia
pintoresca, de «poderes» ocultos o secretos que actuaban en la naturaleza y en el
hombre, y que constituyen «lo demoníaco» (expresado en formas míticas), se debe, ante
todo, a la influencia doctrinal del «rabinismo bíblico», muy consistente en el siglo
anterior al de Jesús. Esta literatura tardía viene expresada en diversos libros apócrifos,
casi todos de origen apocalíptico tales como Los libros de Henoc, el Libro de los
Jubileos, el Testamento de los Doce Patriarcas o Vida de Adán y Eva (ss. II a.C.-I d.C).
Entre tantos multiplicados demonios, había también alguna «demonisa», como la

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desenfrenada y lujuriosa Lilith, con largos cabellos seductores, que pertenece a la
categoría de los demonios súcubos, y que frecuentaba los lechos masculinos para
fornicar con sus ocupantes y engendrar nuevos demonios. Y no faltaba tampoco algún
demonio «travestido» de mujer (como Ormas) para seducir a los hombres.
En el Antiguo Testamento denominado de los Setenta, por el número de sus
traductores, (s. II a.C.) al griego, consignaron como «demonios», en forma exagerada, a
un conjunto variado de seres míticos o fantásticos, tales como centauros, sátiros, arpías,
faunos, sirenas, duendes y espectros, así como a dioses extraños o extranjeros, sin
excluir cabras y gatos salvajes. Sin duda esta incidencia contribuyó, en alguna medida, a
su multiplicación.
En el Antiguo Testamento la temática demoníaca es secundaria (no aparece, por
ejemplo el término «endemoniado» ya que no se refiere tampoco a ninguna «posesión»),
si bien se conocen los nombres de algunos demonios y sus atribuciones respectivas, Así:
– Abaddón, es un demonio devastador, «el exterminador», identificado con el Sheol,
morada de los muertos, lugar de destrucción. Aparece en el libro de Job: «El Sheol
está desnudo ante él, Abaddón se halla al descubierto» (26,6) y en los Proverbios:
«Sélo y Abaddón son insaciables» (27,20) Abaddón aparece también en el libro del
Apocalipsis con el nombre de «ángel del abismo».
– Azazel es un demonio del desierto, a quien se ofrecía el día de la Expiación, un
macho cabrío sobre el cual el sumo sacerdote descargaba, imponiéndole las manos,
los pecados del pueblo (el chivo expiatorio). Un rito, acaso, ancestral y transpolado.
«En cuanto al macho cabrío que le haya tocado en suerte a Azazel, lo presentará
vivo delante del Señor para hacer sobre él el rito de la expiación y enviarlo al
desierto para Azazel» (Lev 16,7-10).
– Asmodeo es el demonio más popular del Antiguo Testamento («aquel que hace
morir»): enemigo declarado de las uniones conyugales. A Sara le fue matando
todos los maridos (hasta siete) cuando iban a unirse a ella, según costumbre (Tob
3,8). Tobías, también aspirante a marido suyo, preocupado de que pudiera sumarse
a los siete precedentes cadáveres, salvó la vida con un remedio extraño: «Sabiendo
que Asmodeo, demonio particularmente débil de estómago, no soportaba el olor del
hígado y del corazón del pez, echó esos ingredientes en el brasero del incienso y el
olor del pez contuvo al demonio, que escapó hasta el confín de Egipto» (Tob 8,3)[5].
«Los demonios ocupan un lugar muy poco significativo en el Antiguo Testamento. No
era este un problema que tuviera especialmente preocupados a los autores bíblicos. En el
único texto en el que un demonio ocupa un lugar relevante es en el libro de Tobías, como
un elemento funcional. Los textos que presentan a algún ser que podamos denominar
“demonio” son escasos. Se trata de menciones esporádicas, con alusiones poéticas o
míticas (...).
Si los demonios aparecen es fruto de la creencia popular. Casi diríamos que son restos
de antiguas concepciones que se han escapado a los últimos redactores bíblicos, pues
está claro el intento por neutralizar los textos, por desmitificar a esos seres, con los

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cuales, por otra parte, no se debe entrar en contacto (...).
Y, por supuesto, ni una sola palabra sobre su origen. Esos seres están ahí, existen, y
nada más. Lo que cuenta es la promesa de salvación que Dios ha hecho a los hombres. Y
a ella están sometidos también estos poderes misteriosos»[6].
En el judaísmo del tiempo de Jesús, y especialmente en la mentalidad y fantasía
popular, estas fuerzas y manifestaciones demoníacas se multiplicaron exageradamente,
tanto en número (recuérdese esa «legión» –seis mil– de demonios y cuyo nombre era
«Multitud» porque «eran muchos», del epiléptico de Gerasa [Lc 8,28-33], que luego irán
como «espíritus impuros» a los cerdos, «animales impuros» para los judíos), cuanto en
diversidad.
Esta creencia en la pluralidad demoníaca y su influencia se arraigó en el pueblo y
persistió en el primer cristianismo, al menos en su modo mítico de expresión y
presentación.
«Todo lo dicho por él (Jesús) y sobre él en los evangelios está envuelto en un aura
mítica y, no obstante, está configurado por una historia concreta que sólo encaja en el
mundo judío del siglo I a.C. En lo cual no hay contradicción: en aquel tiempo los
hombres vivían con categorías míticas. Y también el Jesús histórico. Él y sus seguidores
experimentaron la realidad como el escenario de poderes sobrenaturales donde Dios y el
diablo, los ángeles y los demonios luchaban entre sí. Para ellos la historia incluía lo
mítico, dado que el mito vivía entre ellos»[7].
Nada, pues, sorprendente, que los evangelios conserven este modo de narración en las
manifestaciones saludables de Jesús, pues su praxis de salvación integral del hombre es
claramente desdemonizadora.

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Praxis y actitudes de Jesús
Frente a todas las formas de mal (físico, psíquico, moral, espiritual) y de agresión
(interna o externa) la lucha de Jesús fue clara, decisiva e integral.
Si los demonios personifican las energías maléficas o las inficiones físicas y psíquicas
y su consiguiente «posesión», su respuesta fue «la expulsión» para afirmar la autonomía
saludable del hombre, su valimiento personal y social. «Desatar» al hombre de toda
ligadura es afirmación de presencia salvadora.
«Debe apuntarse al respecto, que la antigüedad consideraba endemoniados a cuantos
se sabían acosados por una dolencia (física, psíquica o moral) cuyo origen se ignoraba.
¿Era falso tal supuesto? Quizá no. Es posible que los antiguos tuvieran una concepción
de lo demoníaco nada acorde con la que –en muchos sectores religiosos– sigue primando
aún hoy. Los demonios eran vistos no tanto como “personas” cuanto como “fuerzas”
capaces de adentrarse en los individuos para atenazarlos o incluso para alejarlos de Dios.
Sólo así se explica que abundaran tanto los endemoniados. Pues bien, por ellos se
interesa Jesús. Y haciendo gala de un “poder” incontenible, los libera de su mordaza
interior»[8].
Los signos, las señales que manifiestan el advenimiento de un mundo nuevo con la
presencia salvadora de Jesús, del reino de Dios, se cifran especialmente en las
curaciones. Las curaciones de Jesús fueron múltiples y continuas. Y se dirigían a todas
las enfermedades internas o externas, sean naturales o paranormales, físicas o anímicas,
prescindiendo de sus razones o motivaciones. Así lo manifiestan e interpretan los
evangelios sinópticos que narran numerosas curaciones de Jesús.
El evangelio de Juan, en cambio, narra únicamente tres curaciones de un total de siete
(sin duda, con intención simbólica de «totalidad» o «perfección») acciones fuertes de
Jesús. Y sólo una, la curación del hijo del funcionario real (4,43-54), es común con los
restantes evangelios. Asimismo, este evangelio nunca llama «milagros», sino «signos»
(del griego semeia), a las acciones fuertes de Jesús. Estos signos son interpretados de un
modo propio y original: como «revelaciones» del mismo Cristo, dirigidas a manifestar
quién es él. Son una «autopresentación» del propio Cristo, de su identidad personal.
En un mundo dolorido, lleno de padecimientos y enfermedades, muchas de ellas
incurables, Jesús vino a manifestar la «salud» de Dios, la salvación. Crear el bienestar
del hombre, posibilitar la llamada a su propia realización, su vocación a la felicidad.
El mundo de Jesús es un mundo con muy pocas esperanzas. Defectos, deficiencias o
dolencias eran entendidos, con frecuencia, como «castigos» de Dios. Y las
consecuencias del pecado se suponían heredadas de padres a hijos hasta cuatro, seis u
ocho generaciones. Sufrimientos acumulados para la marginación social y religiosa.
En su opción preferencial por este mundo sumergido, Jesús irradiaba bienestar,
transmitía paz. Trataba a todos como personas dignas. Les reencontraba consigo mismos
en su valoración y autoestima. Y, sobre todo, rompía los estigmas atribuidos a la mano
férrea de Dios, para hacerles comprender que eran hijos de Dios y queridos por Él.

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En los evangelios sinópticos viene claramente acentuada la praxis de Jesús, sus
acciones taumatúrgicas, con la misma valoración que su mensaje, su enseñanza profética
y la fuerza de su palabra. Jesús habló y actuó. Es Marcos quien nos resume esta
constante pedagógica, este comprometido empeño de Jesús, de esta manera sintética y
contundente: «Recorrió toda la Galilea predicando y echando demonios» (Mc 1,39).
Es Marcos, una vez más, quien resalta el angustiado cerco de enfermos e impedidos,
multitud de enfermos que rodeaban constantemente la presencia de Jesús. Multitudes
necesitadas y sedientas, errantes y desvalidas «como ovejas sin pastor». «Al atardecer,
cuando se puso el sol, le comenzaron a traer los enfermos y endemoniados, personas con
espíritus malignos» (Mc 1,32). «Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo;
tenía que andar por las afueras, en lugares apartados, y aun así, acudían a él de todas
partes» (Mc 1,45). «Jesús mandó a sus discípulos que dejaran una barca a su disposición
para que aquella gente no lo atropellase, pues al ver cómo sanaba muchos enfermos,
todas las personas que sufrían de algún mal se le echaban encima para tocarlo. Incluso
los endemoniados, cuando lo veían, caían a sus pies gritando: ¡Tú eres el Hijo de Dios!
Pero él les mandaba enérgicamente que no dijeran quién era» (Mc 3,9-12).
En los evangelios sinópticos se narran seis expulsiones de demonios. El evangelio de
Juan no hace ninguna referencia ni a las «expulsiones» ni a los «endemoniados». Hay un
silencio total sobre estas actuaciones de Jesús. Entre las razones que se ofrecen sobre tal
ausencia llamativa, esta parece ser las más aceptable: la posible confusión de estas
«expulsiones» con actos mágicos, conjuros o encantamientos, propios de magos y
hechiceros, (muy difundidos en el ámbito de fines del siglo I o principios del siglo II
cuando se escribe el evangelio de Juan), con las acciones de Jesús.
Estas «expulsiones» manifestaban, más que en las otras curaciones, un mayor «poder
terapéutico» de Jesús, liberando y realizando el bien. Estos raros enfermos eran personas
excluidas tanto del sistema religioso como del social. El hombre «poseído» era un ser
totalmente «alienado», pues cuando el espíritu maligno se apoderaba de él, lo
despersonalizaba integralmente y actuaba en su lugar el «espíritu inmundo».
En el episodio del niño epiléptico, por ejemplo, los apóstoles se manifestaron
impotentes ante esta fuerza posesiva y maléfica. Será el padre del niño el que advierta a
Jesús: «Maestro, te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu que lo ha dejado mudo.
Cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra y le hace echar espumarajos y rechinar
los dientes hasta quedarse rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsen, pero no
han podido» (Mc 9,17-18).
Si bien Jesús había otorgado esta facultad de expulsión a sus discípulos en el «envío
misionero»: «Reunió a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder
sobre los espíritus inmundos» (Mc 6,7). Y lo corrobora Lucas: «Habiendo reunido a los
doce, Jesús les dio autoridad sobre todos los demonios y poder para curar enfermedades»
(9,1).
«En el Nuevo Testamento el mensaje central está constituido por la obra de la
salvación llevada a cabo por Dios en y a través de Jesucristo. Si se quiere saber el
pensamiento del Nuevo Testamento sobre lo demoníaco, dicho pensamiento debe ser

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buscado en relación subordinada con el mensaje central. En el Nuevo Testamento, lo
demoníaco no es “tratado” en sí mismo, en cuanto demoníaco, sino dependientemente
del plan salvífico de Dios que ha tenido cumplimiento en Jesucristo»[9].
He aquí referidas las curaciones de los endemoniados:

Mc Mt Lc
De Cafarnaún: 1,21 4,31
De Gerasa: 5,1 8,28 8,26
Hija de la 7,24 15,21
cananea:
Niño epiléptico: 9,14 17,14 9,37
Endemoniado 11,14
mudo:
Endemoniado
12,22
ciego y mudo:
El evangelio de Lucas nos informa, como de pasada, sin desarrollar las respectivas
escenas, de otras expulsiones significativas realizadas por Jesús, como la obrada «con
María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios» (8,2). Una persona poseída
por «siete demonios», según el simbolismo del número siete, significa que está
«totalmente» poseída. Equivale a decir que padece una grave dolencia, una fuerte
enfermedad de la que ha sido curada. Nada tiene que ver con la imagen de la Magdalena
prostituta, imagen que hizo fortuna en el cristianismo posterior.
El evangelio de Mateo hace referencia a esta significación del número siete, poniendo
en boca de Jesús estas imágenes: «Cuando un espíritu inmundo sale del hombre anda por
lugares áridos buscando descanso y, al no encontrarlo, dice: volveré a mi casa de donde
salí; al llegar la encuentra vacía, barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros
siete espíritus peores que él, y se instalan allí, con lo que el estado de ese hombre resulta
peor al final que al principio» (Mt 12,43-45).
Tampoco es casual que la primera manifestación curativa de Jesús en el evangelio de
Marcos fuese la «expulsión» de un «espíritu inmundo». Y en la misma sinagoga, lugar
en donde los rabinos enseñaban la prevalencia del sábado o de los preceptos religiosos,
sobre cualquier problema humano. Ante la enseñanza de Jesús, «hecha con autoridad»,
este demonio habla en nombre de su gremio: «“¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de
Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quién eres: el santo de Dios!”. Pero Jesús lo
increpó diciendo: “¡Cállate y sal de ese hombre!”» (Mc 1,23-25). Es un episodio con
marcada intencionalidad «programática», tal como este evangelio presentará la praxis de
Jesús, que se resume en liberar a los hombres de situaciones opresivas y cuestionar las
instituciones religiosas que creen dar gloria a Dios marginando al hombre.
Cuando Jesús mismo fue acusado por sus enemigos de estar «poseído» y de expulsar

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los demonios en nombre de Belzebú[10], el jefe de los demonios, los argumentos de Jesús
fueron contundentes y manifestaron la clarividencia de su misión esencial: «Un reino en
guerra contra sí mismo no podrá subsistir... Pero si yo echo los demonios con el soplo
del Espíritu de Dios, es señal de que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Mt 12,26-
28). El Reino se hace visible con la fuerza liberadora de Dios manifestada en el bienestar
de un hombre sano y con la presencia sanadora de Cristo entre tantas manifestaciones de
dolor.
Si el diablo (Satanás) puede personificar el mal (especialmente el moral y espiritual) y
este mal, según el pensamiento de Jesús, radica en el corazón del hombre –«No es lo que
viene de fuera lo que mancha al hombre, sino lo que sale de su corazón» (Mc 7,20)–, la
lucha de Jesús será continua y perseverante para fortalecer al hombre y acompañarlo en
sus agonías de caminante y realizador de su propio destino. Y se convertirá incluso en
escatológica (arrebatar el poder del mal, derrotar definitivamente a Satán) y afirmará su
presencia mesiánica con la victoria final.
La presencia de Satanás no se manifiesta, casi nunca, en forma explícita[11]. El diablo,
astuto y ladino, se solapa en su búsqueda de protagonismo de mil modos diversos e
imprevisibles. Unas veces, en los propios discípulos de Jesús; otras, en sus adversarios;
sin descartar al propio pueblo.
El mal, «lo satánico», «lo diabólico», se reviste constantemente de múltiples
camuflajes y juega siempre en la tentación con una apariencia de bien psicológico que
hace posible la apetencia en vistas a hacer sucumbir al hombre tentado a su pretendido
encanto. Nadie elegiría el mal, que en sí mismo «no es», que no tiene entidad ontológica,
sino referido al bien, que siempre es limitado. El mal, sólo adoptando máscaras de bien,
puede ser apetecible.

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El proceso psicológico de la tentación
Parece útil y al mismo tiempo pedagógico, hacer un pequeño excursus por la descripción
tan ajustada y admirable que el autor bíblico del Génesis hace de la tentación y su
proceso.
En la segunda parte del «relato del paraíso» (Gén 3,1-7) cobran especial relevancia la
serpiente y la mujer. La serpiente, como protagonista de la tentación de la mujer. Y las
preguntas resultan inevitables: ¿por qué la serpiente?, y ¿por qué la mujer?

La serpiente
La respuesta a la primera pregunta puede empezar por lo más obvio: porque la serpiente
repta, y reptando se confunde fácilmente con el polvo de la tierra y, con frecuencia, es
difícil distinguir su presencia. Se convierte así en el camuflaje ideal del asedio, del
acecho al lado débil del hombre, su talón. Disfraz, pues, «del más astuto de todos los
animales del campo», de la tentación, de la insidia del mal para la esclavitud.
Pero la serpiente goza de significaciones diversas y positivas, según las distintas
culturas y literaturas religiosas o referencias míticas. En este relato, en concreto, se
considera a la serpiente como inteligente y sabia, pues se presenta como conocedora del
plan de Dios. «La serpiente está dotada de una sabiduría o inteligencia especial, por dos
razones: la primera, porque vive cerca del agua, y se consideraba al agua sede de la
sabiduría primordial. La segunda razón está en que al deslizarse por la tierra y frecuentar
los sepulcros, se la consideraba con frecuencia una encarnación de los muertos con
mayor sabiduría»[12].

La mujer
Para responder a la segunda pregunta es necesario tener presente el contexto en el que se
escribe este relato. La situación vital que incide con fuerza en su redacción no es otra
sino la que se vive en la corte de Salomón: rodeado de muchas mujeres paganas que con
sus ídolos llevaron a la idolatría al propio rey, otrora tan amigo de Dios. La mujer se
convierte así en imagen de la tentación: la que induce a la idolatría, a la desobediencia de
los mandatos divinos, a la negación de Dios.
La conclusión del relato así lo indica también: «La mujer tomó del fruto y comió; se
lo dio también a su marido, que estaba junto a ella, y él también comió». La mujer hace
caer al varón. Como ha sucedido con Salomón. (Es la imagen dolorosa y escandalosa
que tiene ante sí el narrador). Nada tiene que ver, pues, con aquello tan socorrido y tan
falso, de la mujer como el sexo débil, y que por ello es la que cede a la tentación o
aquello otro de la mujer fatal, como atracción erótica, que hace caer al varón, sin
argumento que pueda resistir.

El proceso de la tentación y su incidencia psicológica abarca estas

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gradaciones:
- El tentador (la serpiente) comienza poniendo en duda el plan de Dios. Deja entrever
incluso a un Dios cicatero que no quiere que el ser humano posea conocimientos
exhaustivos sobre el bien y el mal (el conocimiento pleno del bien y del mal es
exclusivo de la divinidad).
- Viene enseguida la incitación, porque promete (falazmente) un bien mayor o mejor:
«Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Todo resulta sugerente y
hasta razonable.
- Interviene la fantasía, esa «loca de la casa» que adorna la realidad, la colorea, la
adoba y adereza. Inventa escenarios y paisajes. Permuta y trastrueca imágenes, crea
realidades virtuales y las convierte en deseables. Y así el deseo en auge, se torna
irresistible en su anhelo de posesión: «era buena para comer».
- Colaboran los sentidos que resultan atraídos e imantados por el objeto que aparece
con una luz no observada hasta ese momento: «hermoso de ver».
- Entra en escena la inteligencia y razona bajo el impacto de todo lo anterior, ya con
una disminuida libertad por tanto aderezo y con el eco sibilino de «seréis como
dioses» y «deseable para adquirir sabiduría».
- Culmina con la decisión de la voluntad que se traduce en acto de elección: «tomó del
fruto y comió».
- E incluso, en la necesidad de un cómplice que acompañe en la partida: «se lo dio
también a su marido».
- Al ceder a la tentación, se hace patente –«se les abrieron los ojos»– el desorden que
implica el mal en la armonía y el dominio personal; se constata la intemperie –«se
dieron cuenta de que estaban desnudos»- y se siente la propia vergüenza que intenta
ocultarse de la evidencia, de la presencia del «otro» (y del Otro) que hasta se torna,
incluso, en un posible adversario.
Si bien este análisis es prototípico, y por ello estructurado minuciosamente y en forma
lógica, algo de esto se realiza siempre en cualquier tentación. Baste confrontarlo con la
experiencia cotidiana. Lo mismo, con las tentaciones de Jesús en los evangelios. Si bien
en Jesús no hay «caída», sino victoria sobre el mal.
En toda tentación está siempre el diablo, casi nunca visible a primera vista. El mismo
Jesús habló de la realidad de las tentaciones. Así se lo advirtió a Pedro: «Simón, Simón,
mira que Satanás ha pedido permiso para zarandearos como se hace con el trigo; pero yo
he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo» (Lc 22,31-32). Así alertó a sus
discípulos en el huerto: «Cuando llegaron al monte de los Olivos Jesús les dijo: “Orad
para no caer en la tentación”» (Lc 22,40). Así, en la parábola del sembrador, es el
«Maligno» el que impide que la semilla eche raíces: «Cuando uno oye la palabra del
Reino pero no la escucha con atención, viene el Maligno y le arranca lo que encuentra
sembrado en el corazón» (Mt 13,19); y en la parábola del trigo y la cizaña, la cizaña es
sembrada por el diablo, el «enemigo»: «Cuando todos estaban durmiendo vino el
enemigo y sembró cizaña en medio del trigo» (Mt 13,25). Y así en la certera petición del

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«Padrenuestro», que se cifra en «no nos dejes caer en la tentación» (Mt 6,13).
Pero así como la lucha de Jesús contra el mal fue sin cuartel, debe tenerse presente
que él mismo, en cuanto verdadero hombre, vivió expuesto a los acosos, a las embestidas
del «enemigo».
En los evangelios sinópticos, este enfrentamiento se circunscribe o cifra, casi
exclusivamente, entre Jesús y Satanás. Quiere así revelarse la misión específica de
liberación integral de Jesús, propia de su presencia encarnada en el mundo. Porque vino
a «desatanizar» la historia.
Estos acosos del tentador, esta continuidad de la tentación, si bien abarcan la totalidad
de su vida, se subrayan especialmente en los comienzos de su actividad pública, así
como en los momentos culminantes de su pasión.
Por ejemplo, para Lucas, el prendimiento de Jesús en el huerto de los Olivos, que da
comienzo a su pasión, es presentado como «la hora del poder de las tinieblas» (23,53),
en alusión a la intervención diabólica. También Juan subraya en la cena de despedida
cómo «el enemigo» actúa en la acción de Judas: «Cuando Judas recibió aquel trozo de
pan mojado, Satanás entró en él» (13,27). Y en el final del discurso de despedida, Jesús
advierte que «se acerca el príncipe de este mundo» (14,30) y que, aunque no podrá con
él, sin embargo actúa en toda su intensidad en los momentos decisivos.

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Los relatos de las tentaciones de Jesús
Llama la atención que en los relatos de los tres evangelios sinópticos se subraye con
fuerza que «es el Espíritu» quien empuja a Jesús al desierto. Lo que manifiesta, ya desde
el comienzo, que la vida, frente a Dios, debe decidirse en conciencia y con libertad. Una
situación límite, que nadie puede realizar sino por sí mismo.
Así, Jesús es puesto ante sí mismo, para optar por un camino de fidelidad a su misión
y a la voluntad de su Padre. Voces de vida y muerte se solapan y se entrecruzan con ecos
que deben distinguirse para asumir una respuesta adecuada y necesaria.
Es el Espíritu el que lleva, empuja e incita al discernimiento de caminos y al
afrontamiento de la vida y su entrega como realización.
Coherente con la ascética de su estilo, el evangelio de Marcos resume en poquísimas
líneas las tentaciones de Jesús: «El Espíritu lo empujó al desierto. Allí permaneció
cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre animales salvajes y los ángeles le
servían» (1,12-13).
Pero aun en esta síntesis tan apretada, se afirman elementos que concuerdan con los
otros relatos (de Mt y Lc), más desarrollados, como se verá. En esta presentación de
Marcos se juntan en un mismo escenario inhóspito, extraños habitantes: fieras y ángeles.
Jesús aparece acompañado en armoniosa convivencia con ángeles y bestias.
En este cuadro idílico parece reflejarse, como a contra luz, algo de ese mundo
«armonioso de opuestos», nivelado en sus contradicciones, que se interpreta como una
cualidad de los «tiempos mesiánicos»: naturaleza, historia y hombres en pacífica
convivencia. «Habitará el lobo junto al cordero,/ la pantera se tumbará con el cabrito,/ el
ternero y el leoncillo pacerán juntos;/ un muchacho pequeño cuidará de ellos./ La vaca
vivirá con el oso,/ sus crías se acostarán juntas;/ el león comerá paja, como el buey;/ el
niño de pecho jugará/ junto al escondrijo de la serpiente;/ el recién destetado meterá la
mano/ en la hura del áspid./ Nadie causará ningún daño/ en todo mi monte santo,/ porque
el conocimiento del Señor/ colma esta tierra/ como las aguas colman el mar» (Is 11,6-9).
Ambiente que va a ser turbado por la irrupción del diablo, que intentará desestabilizar
ese «mundo nuevo», mundo fraterno, de renovación, de conversión, que vino a inaugurar
Jesús de Nazaret.
No es extraña a la redacción del evangelio de Marcos esta posible alusión al profeta
Isaías, que nos permite aquí sugerirla, porque su evangelio comienza precisamente con
una cita literal de este profeta (Is 40,3), aplicada a la misión del precursor del Mesías:
«Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz que grita
en el desierto: “Preparad el camino del Señor; allanad sus senderos”, según está escrito
en el profeta Isaías» (Mc 1,2-3).
«Es precisamente la experiencia que Jesús ha tenido de Dios lo que le pone en
tentación, es decir, en situación de discernimiento sobre qué es lo que ha de hacer en
consecuencia. Aunque es puesto en tentación por Satanás, no por Dios, es el Espíritu, sin
embargo, el que lo ha “empujado” a esa prueba. Como hombre, no puede aún determinar
qué práctica es la más conveniente para colaborar en el proyecto de Dios, más que

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pasando por la tentación, por los in-tentos. El relato de Marcos no consignará el
contenido de las tentaciones, pero sí las relaciona con la experiencia de filiación, es
decir, de responsabilidad por la causa del Padre»[13].
Los relatos de Mateo y Lucas son prácticamente iguales, salvo en el cambio del orden
de la segunda por la tercera tentación en Lucas, con respecto a Mateo. Evidencian, pues,
la utilización de una fuente común, como en tantos otros pasajes: la fuente Q. Basta,
entonces, con el relato de Mateo:
«Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo lo pusiera a prueba. Después de ayunar
cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre. El tentador se acercó entonces y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios manda que estas piedras se conviertan en panes.
Jesús le respondió:
—Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo, y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios tírate abajo porque está escrito: “Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en
brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna”.
Jesús le dijo:
—También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”.
De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su
gloria y le dijo:
—Todo esto te daré, si te postras y me adoras.
Entonces Jesús le dijo:
—Márchate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto”.
Entonces el diablo se alejó de él, y unos ángeles se acercaron y le servían» (Mt 4,1-11).

Ambos relatos (de Mt y Lc) «teatralizan» la escena de las tentaciones y la muestran


como una representación personalizada en un dramático duelo singular y dialéctico:
Jesús y Satanás, solos, frente a frente, sin tapujos, con el diablo sin máscaras. Así se
visualiza mejor, objetivando, lo que desea subrayarse: la lucha íntima, fuerza interior de
Jesús rechazando y venciendo. (¿Cómo, si no, pueden explicarse esos kilómetros que
supone ir del desierto al «alero del templo» o cómo «transportar a Jesús» hasta la
cúspide elevada de una montaña? ¿Cuál, en Palestina?). Hallazgo, sin duda, de sendos
relatos, ese modo «proyectivo» y colorido de escenificar los embates del tentador y la
serenidad del tentado.
Relatos, por otra parte, a modo de discusión casi académica, siempre con citas
bíblicas, que sin embargo responden a formas tradicionales de discusión en las escuelas
rabínicas, y que, en una aproximación mucho más cercana, nos recuerdan los «métodos
escolásticos» en las «cuestiones disputadas».
«El enfrentamiento de Jesús y del diablo en el desierto repite el esquema clásico del
mito de combate, combate que, según Pablo, debe proseguir en cada creyente:
“Revestíos la armadura de Dios, a fin de que seáis capaces de resistir las astucias del
diablo”. Es asimismo verosímil, como ha demostrado Bultmann, que el episodio de las
tres tentaciones del desierto sea trasposición de las técnicas de discusión rabínica: Una
disputa de este género, en tres momentos, en que la respuesta se hace cada vez con una
cita de la Escritura, era una práctica corriente»[14].
Queda claro, sin embargo, pese a este modo mítico-narrativo, que Jesús fue tentado. Y
no solamente en el comienzo de su vida pública, sino constantemente, también en los

19
días de su misión evangelizadora.
Así lo sugiere, paradigmáticamente, el número tres, que indica una realidad abarcante,
de totalidad, completa, realizada, definitiva (por ejemplo: el «trisagio» como alabanza
perfecta o ese «al tercer día» después de la muerte acontece la resurrección). Es como
decir: tres = siempre, toda la vida de Jesús. Pero también, explícitamente, otros
múltiples textos afirman esta verdad del asedio perseverante. Por ejemplo, el final del
relato de Lucas, precisa: «Cuando terminó de poner a prueba a Jesús, el diablo se alejó
de él hasta el momento oportuno» (4,13) o el mismo Jesús, refiriéndose a sus discípulos:
«Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas y tentaciones» (Lc
22,28).
También la Carta a los hebreos corrobora, sin equívocos posibles, al resaltar la
humanidad de Jesús, semejante a los demás hombres, «porque es capaz de entender
nuestras debilidades, pues ha experimentado nuestras mismas tentaciones, excepto el
pecado» (4,15). Y en otra parte: «Precisamente porque él fue sometido al sufrimiento y a
la tentación puede socorrer ahora a los que son tentados» (2,18).

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El desierto
El desierto es un tema con diversos significados en la experiencia bíblica. Ante todo
evoca la historia del pueblo de Israel liberado de la esclavitud del faraón por el brazo
robusto de Yavé y su aprendizaje de libertad camino de la tierra prometida. Superar las
secuelas de la esclavitud y aprender el ejercicio de la libertad exige un largo proceso de
ascesis y maduración que se cifra en esta geografía adversa, en este peregrinar por el
desierto por espacio de «cuarenta años». El número cuarenta, muchas veces utilizado en
la Escritura, significa un período suficiente, un tiempo necesario para asimilar una
realidad o completar un aprendizaje o una obra. (Por ejemplo: los cuarenta días de
diluvio o los cuarenta días de experiencia para la fe en la resurrección). Esta larga
«pedagogía del desierto» implicaba también una experiencia de los caminos de Dios y de
su «alianza» protectora para con «su» pueblo. «Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo»
(Éx 19,5). Pero fue muchas veces contestada y rechazada por un pueblo cerril y rebelde.
El profeta Oseas, con imágenes tiernas y poéticas, personifica al pueblo como la novia
de juventud de Yavé, a quien sigue queriendo seducir y cambiarle ese corazón
endurecido y desviado, idolátrico. Por eso la busca en soledad, quiere hablarle en
intimidad, como al oído, amorosamente. «Pero yo voy a seducirla;/ le llevaré al desierto/
y le hablaré al corazón/(...) y ella me responderá allí/ como en los días de su juventud,/
como en los días que salió de Egipto. (...) Te desposaré conmigo para siempre,/ te
desposaré en justicia y en derecho,/ en amor y en ternura;/ te desposaré en fidelidad/ y tú
conocerás al Señor (...) Estableceré a mi pueblo en esta tierra,/ me compadeceré de No-
compadecida,/ diré a No-mi-pueblo: Tú-mi-pueblo/ y él dirá: Tú-mi-Dios» (2,16-25).
El desierto no es, pues, solamente una referencia geográfica, sino también un símbolo,
una figuración del interior secreto, del ingreso «en sí mismo», dimensión árida y difícil.
El desierto, como símbolo de lucha y esfuerzo sostenido, contrasta con otro símbolo
paradigmático: el del jardín de Edén, símbolo de la llamada a la felicidad, vocación para
la cual el hombre (varón y mujer) ha sido creado. Pero se complementan en que ambos
se sitúan en la realidad interiorizada del hombre, a la vez en ardua agonía, y en hondos
anhelos de eternidad; aprisionado en límites herméticos, pero abierto a la trascendencia
de un Tú necesario y presentido.
Y verdad también, que en ambos se agazapa la persistencia del mal y acecha siempre
la tentación: el Edén tiene su Serpiente y el desierto, su Satán.
Si el desierto exterior, geográfico, es la distancia sin referencias, sin deslindes; la
aridez y la intemperie; la persistente amenaza de la desorientación, del cansancio, de la
sed; la inmensidad ilimitada del horizonte, el grave e imponente silencio de la soledad;
sólo el ulular del viento como una música persistente del tiempo detenido; el desierto
interior del hombre se dimensiona en la profundidad inabarcable de su ser; en la
irrupción del Espíritu = viento que barre las voces para la mejor escucha de las
insinuaciones misteriosas, soledad radical para el afrontamiento necesario e insustituible
del propio sujeto responsable. Momento clave y supremo de la elección del camino a
recorrer y realizar (en el desierto no hay sendas ni huellas preestablecidas); de la

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respuesta impostergable a la vocación personal, opción del sentido de la vida y del
proyecto de futuro a construir. Elección, decisión, opción.
Y es en ese momento supremo del ejercicio máximo de la libertad cuando llega el
tentador dispuesto a tergiversar los caminos, a dificultar la claridad de las opciones. En
concreto, en los relatos evangélicos, se nos dice que Jesús, «al ingresar en su desierto» y
decidir su «pedagogía» de anuncio y realización de la «buena noticia» y el reino de Dios,
fue tentado.
En el libro del Éxodo se narran, entre otras tantas rebeliones y protestas, tres
tentaciones a las que sucumbió el pueblo en el desierto.
En Éx 16,2-3 se añoran las ollas de Egipto: «La comunidad de los israelitas comenzó
a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: “¡Ojalá el Señor nos hubiera
hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y nos
hartábamos de pan!”».
En Éx 17,1-7 el pueblo sediento se encara con Moisés: «“¿Por qué nos has sacado de
Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y nuestros ganados?”.
Entonces Moisés clamó al Señor: “¿Qué voy a hacer con este pueblo? Un poco más y me
apedrean”». Porque pide milagros llamativos desafiando al Señor y a su guía
permanente.
En Éx 32,1-10 el pueblo abandona a Yavé, mientras Moisés está en la cúspide de la
montaña en presencia del Señor, y se vuelve idólatra. «Dijo el Señor a Moisés: “Vete,
baja porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han
apartado del camino que les señalé, pues se han fabricado un becerro chapado en oro, se
están postrando ante él, le ofrecen sacrificios y repiten: Israel, este es tu Dios, el que te
sacó de Egipto”».
Estas caídas en tentación del antiguo pueblo, tienen, sin duda, en los relatos
evangélicos una correlación significativa, pues al presentar a Jesús como el iniciador de
«un nuevo pueblo de Dios», lo hacen como el vencedor de las antiguas y nuevas
tentaciones. También en la trama literaria de las tentaciones aparecen las mismas
referencias del Éxodo:
En la primera tentación es el hambre de Jesús la que motiva la tentación: «Di que
estas piedras se conviertan en panes».
En la segunda tentación es el espectáculo del milagro, el desafío de lo maravilloso lo
que ocasiona la tentación: «Tírate de aquí abajo porque Dios ordenará a sus ángeles que
te lleven en sus brazos...».
En la tercera tentación es una clara incitación a la idolatría en la montaña: «Todo esto
te daré si te postras y me adoras».

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El poder, compendio de todas las tentaciones
Las tentaciones de Jesús manifiestan y evidencian la verdadera humanidad de Jesús y su
proceso de clarificación a través de la prueba y la contrariedad.
Ya en las narraciones de su bautismo –un hecho que antecede a sus tentaciones–, se
afirma con fuerza la humanidad de Jesús. Es Mateo quien más nítidamente así lo
interpreta al subrayar que Jesús no necesita ese bautismo, que tampoco el Bautista quiere
realizar: «Soy yo quien necesita tu bautismo ¿y tú quieres que yo te bautice?» (3,14),
porque no es un pecador. Pero Jesús quiere ser bautizado porque se asume como
perteneciente a su pueblo pecador, que es lo que significa el signo de Juan. Y, en
definitiva, a la entera humanidad por su encarnación.
Las tentaciones de Jesús van dirigidas al fondo mismo de su razón de ser como
«enviado», (Mesías), con una misión propia de manifestación y realización de la
salvación de Dios y la construcción del reino de Dios. Versan sobre «lo específico» de su
misión y ponen en entredicho el modo de su realización: si con poder e imposición o con
cercanía y convicción.
«El contenido de la tentación es la regionalización del reino; más en concreto, el tipo
de poder que va a usar Jesús en su misión. Ello se hace tentación –por ser atractiva– al
mostrarle Satanás, en Lucas sobre todo, su propia concepción de poder sobre los reinos
de este mundo. La tentación, sin embargo, no versa sobre algo regional, sobre medios y
tácticas concretas, de cómo servir al reino, sino sobre la totalidad del mesianismo de
Jesús: si ejercitarlo con el poder que controla la historia desde fuera o con la inmersión
en la historia, con el poder para disponer sobre los hombres o con la entrega a ellos. En
una palabra, la tentación versa sobre dos formas de ejercer el mesianismo –lo cual es
decisivo– pues se trata de dos formas excluyentes. Jesús es confrontado con una
disyuntiva, “y esta disyuntiva fue, como problema, bien real en su vida”. En concreto,
las tres tentaciones “implican que la dimensión puramente política no andaba lejos de la
mente de Jesús”.
En la tentación, Jesús se confronta directamente con su mesianismo, es decir, con qué
poder hay que servir al reino de Dios»[15].
La fuerza, el poder, llevan a la imposición que constituye en quien lo ostenta la
«erótica del poder», el disfrute de la superioridad y la prepotencia. Se apoya casi siempre
en el miedo. Se logra, aparentemente, una solución fácil e instantánea (la «magia» de los
resultados), pero siempre superficial.
El miedo a Dios es la máxima negación de su amor, lo más ajeno al rostro que Jesús
vino a mostrar. La convicción, la aceptación, el convencimiento, conllevan libertad,
proceso, con todos los altibajos de una respuesta de maduración.
Jesús vino a invitar, no a imponer. Vino a acompañar, no a sustituir.
Eligió el camino de la mansedumbre y la humildad. «Manso y humilde de corazón»
con «un yugo llevadero y una carga ligera» (Mt 11,29). Para estar próximo, renunció a
su omnipotencia, a su poder y se hizo hermano.

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En definitiva, pues, todas las tentaciones de Jesús, de una u otra forma, pretenden
siempre un desafío a su más auténtica opción en la manifestación y realización del reino
de Dios. La manifestación del poder es siempre la «última ratio» de todos los envites de
Satanás que busca así romper los fundamentos del compromiso de Jesús al asumir en su
encarnación el camino del hombre. Jesús utilizó la fuerza de su poder, única y
exclusivamente, para beneficio de los pobres y oprimidos; movido por la compasión,
conmovido en sus entrañas, o impulsado por la fe de la gente. Y en los evangelios
sinópticos se convierte en el gran signo de ese Reino en construcción.
«En el reino de Dios, el poder será totalmente diferente del poder que se ejerce en el
reino de Satanás. El poder de Satanás es el poder de la dominación y la opresión;
mientras que el poder de Dios es el poder del servicio y la libertad.
Todos los reinos y naciones de este mundo son gobernados por el poder de la
dominación y la fuerza. La estructura del reino de Dios vendrá determinada por el poder
del servicio espontáneo y amoroso que las personas se presten unas a otras (...).
No hay que confundir los dos modos totalmente diferentes en que puede entenderse y
ejercerse la autoridad y el poder. La diferencia entre ambos es la que existe entre
dominación y servicio. El poder de esa nueva sociedad no es un poder que haya de ser
servido, un poder ante el cual el hombre debe inclinarse y hacer lisonjas, sino que es el
poder que tiene una enorme influencia en la vida de los hombres porque está a su
servicio. Es el poder que es tan desinteresado que es capaz de servir a los hombres
incluso muriendo por ellos»[16].
En los relatos de Mateo y Lucas, las tentaciones se resumen en una llamativa urgencia
a utilizar el poder de Dios, si bien con móviles distintos. Así:
La primera tentación pretende una utilización del poder en beneficio propio. Un
milagro egoísta y frívolo.
La segunda tentación propone una exhibición del poder como afirmación admirativa y
manifestación espectacular. La ostentación.
La tercera tentación incita a una ambición de poder unida, como su ampliación, a la
acumulación de la riqueza y el oropel. Idolatría, poder y riqueza.

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Las «otras» tentaciones de Jesús
Las «otras» tentaciones no son distintas, en contenido: exhibir o asumir el poder, sino
simplemente acaecen ya durante el ministerio público de Jesús, y fueron provocadas de
diversas maneras y por distintos tentadores.
Unas veces fueron sus propios discípulos. Por ejemplo, el propio Pedro, tras su
confesión en Cesarea de Filipo, cuando Jesús anunció que iba a ser entregado en manos
de sus adversarios y condenado a muerte, se interpuso en las opciones de Jesús y quiso
disuadirlo: «¡Dios te libre, Señor! No, no pueden sucederte esas cosas». Pero Jesús se
volvió y le dijo: «Apártate, Satanás; tú eres una tentación para mí, ya que no piensas
como Dios sino como los hombres» (Mt 16,21-23).
O el mismo Judas Iscariote con la entrega de Jesús a los dirigentes del templo. Puede
interpretarse como una tentación de hecho, ya que parece intentar poner a Jesús ante la
«necesidad» de asumir sus poderes mesiánicos (políticos y militares en su mentalidad).
Su venta «por treinta monedas» parece pretender dejar a Jesús «sin alternativa»: ante su
condena a muerte, de una vez, ha de asumir la rebelión contra el opresor romano,
restablecer el trono de David. Así, la tentación se realiza de modo chantajista, de hecho
consumado (Mt 26,20ss)[17].
El mismo Jesús parece interpretar la traición de Judas en clave de tentación cuando
aseveró: «¿No os elegí yo a los doce? Y, sin embargo, uno de vosotros es un diablo». Y
comenta Juan: «Se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote. Porque Judas, precisamente
uno de los doce, lo iba a entregar» (6,70-71). Y ya en la cena de despedida, el mismo
Juan advierte: «El diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote el proyecto de
entregar a Jesús» (13,2) y corrobora luego: «Cuando Judas recibió aquel trozo de pan
mojado, Satanás se enseñoreó de él. Jesús le dijo: “Lo que vas a hacer, hazlo cuanto
antes”» (13,27).
Otras veces fueron sus adversarios, hombres del poder religioso, como los saduceos
(templo) o de la sinagoga (fariseos) o del poder político como Herodes. Así refiere
Mateo: «Los fariseos y los saduceos se acercaron a Jesús y para ponerlo a prueba, le
pidieron una señal milagrosa que viniera del cielo (...). Jesús les dijo: “¡Raza mala y
adúltera! Piden una señal, pero no verán sino la señal de Jonás”. Los dejó y se fue»
(16,1-4).
En la cruz, la última tentación de Jesús provino de las elites religiosas que Mateo
detalla con precisión: «Los jefes de los sacerdotes, los jefes de los judíos y los maestros
de la Ley lo insultaban diciéndole: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo.
Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él”» (27,41-42). Tan
crucial era esa tentación que, si Jesús hubiese cedido a ella, toda su vida de coherencia
quedaría subvertida. Y las consecuencias hubiesen sido catastróficas para su misión
salvadora. Sin esa vida entregada como ofrenda amorosa y sin esa cruz asumida hasta la
muerte, y transformada en resurrección, no existiría el cristianismo.
Narra Lucas, y sólo él, que cuando Pilato se enteró de que Jesús era de Galilea se lo

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envió a Herodes. «Al ver a Jesús, Herodes se alegró mucho, pues hacía bastante tiempo
que deseaba verlo por lo que oía hablar de él; y porque esperaba que hiciera algún
milagro en su presencia. Por eso, hizo muchas preguntas a Jesús, pero Jesús no le
contestó» (23,8-9).
Herodes confundió a Jesús con un mago o un titiritero, y alegre y supersticioso, se
dispuso a contemplar el espectáculo. Había hecho cortar la cabeza de Juan el bautista
(Mt 14,3-12). Jesús no le dirigió ni una sola palabra. No hay mayor frivolidad que
banalizar las cosas de Dios. Herodes se vengó con desprecio y en son de burla, devolvió
a su prisionero a Pilato vestido con el manto blanco de los locos.
En alguna ocasión Jesús lo había llamado «zorro» (Lc 13,32) y advertido a sus
discípulos de «tener cuidado con la levadura de Herodes» (Mc 8,15).
También el mismo pueblo, el conjunto de la gente enfervorizada a la vista de ciertas
acciones o signos de Jesús, como tras la multiplicación de los panes y los peces, había
intentado que asumiera el poder real, tal como refiere el evangelio de Juan: «Viendo
Jesús que querían tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, huyó de nuevo solo al
monte» (6,15).
Pero, sin duda, será en la manifestación eufórica del «domingo de ramos» en donde
los rostros deformes de la tentación se revestirán de tintes religiosos. Porque esas
aclamaciones a Jesús, con palmas, vestiduras tendidas a su paso, voces insistentes,
ocultaban una terrible ambigüedad: eran verdaderas en la proclamación exterior:
«Bendito el que viene en nombre del Señor», «Hosanna al hijo de David», pero
ocultaban la expectativa general del momento propicio para intentar la proclamación del
Mesías como rey. Ese peligro lo intuyeron, con recelo, los adversarios de Jesús cuando
le pidieron: «Maestro, reprende a tus seguidores» (Lc 19,35-40).
Jesús venció siempre las tentaciones del poder en todas sus manifestaciones. Y
especialmente, jamás aspiró a asumir el poder, que en su época era al mismo tiempo
religioso y político y era ejercido despóticamente por monarcas o emperadores absolutos
y totalitarios. Así el poder era signo de opresión, cuando él vino a realizar signos de
liberación.
Fiel y coherente a su proyecto de crear un mundo de hermanos, todos hijos de Dios, su
liberación integral, su fuerza divina, abarcaba tanto el corazón del hombre, su espíritu
renovado, la superación de la culpa, el perdón de los pecados, como su saludable
bienestar físico y psíquico. En la escena del paralítico, introducido desde el techo, se
conjugan con claridad perdón y curación, ambos modos sanadores, superadores de
opresiones y postraciones. «Para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder de
perdonar pecados, dijo al paralítico: Toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2,10-11).
Si no hay hombre nuevo, la opresión del poder cambiará de dueño, de déspota (en
lugar de un representante del Imperio romano, un autóctono judío), pero no de opresión
y de métodos. La liberación de Jesús, de su pueblo, de Israel, comienza por el hombre
mismo, porque el poder no cambia al hombre; cambia casi siempre a quien lo detenta. Si
el hombre es nuevo, las instituciones, prolongación de su actividad, serán igualmente
nuevas. Sus milagros (dynamis, del griego, «hecho de poder») se constituyen en señales

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fuertes de ese hombre liberado, en ese Reino que ha comenzado.
La victoria del hombre sobre Satanás es el fin mismo de la misión de Cristo, venido
«para reducir a la impotencia al que tenía el imperio de la muerte, el diablo» (Heb 2,14);
para sustituir por el reino de Dios el reino de Satanás (1Cor 15,24-28).
Jesús, al resistir la tentación y vencer al tentador, nos ha manifestado también que se
cumplía el anuncio esperanzado del protoevangelio del Génesis: «Enemistad pondré
entre ti (la serpiente) y la mujer; entre tu linaje y el suyo; él te pondrá la planta del pie
sobre tu cabeza, mientras tú acechas su talón» (Gén 3,15). Y con imágenes de visión
apocalíptica, indicó a sus discípulos: «He visto a Satanás cayendo del cielo como un
rayo» (Lc 10,18). El mal puede siempre ser vencido; la tentación, constantemente
superada. Con Él.

27
2
La incomprensión para con Jesús
(La soledad)

Jesús aparecía siempre rodeado de gente; de multitudes que rondaban ávidas de su


palabra; deseosas, incluso, de «tocarlo», porque irradiaba salud, contagiaba bienestar. Se
presentaba siempre acompañado de sus discípulos, a quienes él mismo había elegido;
predicando en diversos escenarios (en la falda de las montañas, en los descampados, en
las barcas, en los patios del templo, en las sinagogas); compartiendo la mesa con justos y
pecadores. Vivía empujado por ese celo acuciante de anunciar, de entregar su mensaje
también a los moradores de los «más pequeños poblados», que para eso había venido
(Mc 1,38), para dar oportunidades, inaugurar relaciones y situaciones nuevas. Escuchaba
y acogía. Se compadecía y sanaba.
Conviene notar que Jesús se dirigía a la gente, sin aditamentos morales, religiosos o
espirituales, salvo el hecho de que insistía en los más pequeños, desamparados, víctimas
de injusticias, los privados de esperanza o castigados por una religión sin alma.
Y, sin embargo, esa gente que lo acompañaba, y lo apretujaba; ese conjunto de
seguidores más próximos y que compartían su vida cotidiana, y que, sin duda, lo querían,
no entendían su mensaje, no asimilaban sus enseñanzas, no comprendían sus actitudes.
Era una de las tantas paradojas de la vida de Jesús: la incomprensión que hacía a su
soledad «en multitud».
Ese permanente desierto, esa soledad interior que acompañará su tarea de anuncio y
proclamación del Reino, hacía que Jesús buscase, con frecuencia, esa otra soledad del
desierto, de algún lugar tranquilo, lejos de todo bullicio, con frecuencia en el silencio de
la noche, para la intimidad necesaria con su Padre. «Por aquellos días se fue a orar a una
montaña y pasó toda la noche en oración con Dios» (Lc 6,12). «Y después de despedir a
la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí, solo» (Mt 14,24).

28
La soledad
La soledad de Jesús no provenía, pues, de un aislamiento. No vino a cerrarse sobre sí
mismo o a atrincherarse en una torre de marfil, lejos de los hombres. Por el contrario, era
persona de comunión. Vino a revelar el corazón del Padre a todos los hombres de buena
voluntad, sin ocultismos, sin secretismos, sin esoterismos. «Yo he hablado abiertamente
al mundo; he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y
no he dicho nada en secreto... Pregúntales a los que me han escuchado: ellos saben lo
que yo he enseñado» (Jn 18,19-21), replicó en el Sanedrín, al sumo sacerdote, que le
preguntaba por sus discípulos y su enseñanza. Y manifestó a sus discípulos, en las
vísperas de su despedida, con ternura: «A vosotros os llamo amigos porque todo lo que
he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).
Tampoco la soledad de Jesús se debía a una huida. No vino a fugarse de su
responsabilidad ni del mundo, ni de la historia. Vino a participar en una historia nueva.
No vivió como un ermitaño; no fue un eremita. No participó del ideal de los esenios de
Qumrán[18], sino que actuó en el palpitar cotidiano de las ciudades y los acontecimientos.
Afrontó las vicisitudes desde el mismo nervio de la realidad. Por eso en la despedida oró
a su Padre por sus discípulos: «Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos se quedan en el
mundo»... «No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno»
(Jn 17,11.15).
La soledad de Jesús provenía de la distancia o disonancia entre la generosidad de su
propuesta (la «buena nueva») y la mezquindad de la recepción (la falta de fe). La soledad
se cifraba en esa congoja de no ser comprendido en realidades tan hermosas y tan altas.
En ese rechazo de la gratuidad, que produce un íntimo sufrimiento. ¡Era tanta la gracia y
tanto el amor! La respuesta tan rácana y la cerrazón tan triste. Ese era el aguijón que
hacía que la herida no cicatrizase del todo.
Pese a todo, Jesús no cedió nunca a la desilusión, al desaliento o a la desesperanza.
Menos aún a la posible renuncia a su misión. A veces sí, la ceguera o el rechazo se
tradujeron en cansancio o en tedio irritado: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo
tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?» (Mc 9,19). Supo
siempre convertir esta situación en un nuevo acicate para un redoblado y generoso
empeño en el anuncio del Evangelio.

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Causas de la incomprensión
Varias son las razones que pueden explicar esta incomprensión frecuente y generalizada
de parte de gente próxima. (De sus adversarios, se hablará posteriormente). He aquí dos
explicaciones que parecen ser las más importantes:

Las expectativas creadas acerca de la venida del «Enviado» (Mesías)


Si se exceptúa algún pequeño núcleo de dirigentes religiosos judíos que postergaban la
manifestación del Mesías a tiempos escatológicos (pero cuanto más lejano ese momento,
mejor), en el pueblo llano de Israel, en tiempos de Jesús, iba haciéndose carne la idea de
un Mesías cuya manifestación se suponía inminente y sería espectacular en su apoteosis
divina y con los signos de una teofanía: una lluvia de fuego, truenos y relámpagos, gloria
y poder. Y sin descontar un juicio sumarísimo y terrible a los enemigos de Israel.
En todo caso, un Mesías, guerrero victorioso, que llevaría a la expulsión de los
opresores del pueblo, representantes del odioso Imperio romano. Y restauraría el trono
glorioso de David (que llegó a su mayor esplendor en tiempos de su hijo Salomón) para
inaugurar un período de paz, justicia y bienestar. Se realizarían así los «tiempos
mesiánicos».
La larga historia de opresiones y pérdida de independencia política de Israel y la
concreta sujeción actual al yugo romano que se iba prolongando en exceso (el año 63
a.C. Pompeyo había iniciado esa dominación), urgían al pueblo a la impaciencia y a la
espera de una liberación política y militar. Cuantas potencias fueron surgiendo en el
contorno geográfico de Israel, con el derrumbe de sucesivos imperios, le impusieron su
dominación: egipcios, sirios, asirios, persas, griegos y romanos le hicieron sentir su
expoliación y maltrato.
Esta situación era terreno abonado para exaltados y desaprensivos que se presentaron
como el Enviado, falsos Mesías para incitar a una rebelión cada vez más anhelada. Quien
tuvo una relativa relevancia fue un tal Judas el Galileo, que logró reunir unos centenares
de seguidores. Rechazaban como contrario a Dios un censo ordenado por la autoridad
romana, y de ahí surgía su rebelión. Fueron ferozmente reprimidos y culminó todo en
una sangrienta matanza, incluido el mismo Judas. Roma era implacable contra todo
intento de subversión o desestabilización.
Este levantamiento le costó el gobierno al incompetente Arquelao (año 6 d.C.),
etnarca de Judea, Samaría e Idumea, tras la repartición del reino de Herodes el Grande
entre sus tres hijos. Desde ese momento Roma gobernó directamente esos territorios con
el mandato de un procurador dependiente del legado de Siria (Damasco). Jesús tendría
entonces unos once o doce años y apuntaba a su adolescencia.
El evangelio de Juan nos informa de que «la gente estaba dividida a causa de Jesús»
(7,43). Jesús no respondía a ese estereotipo de «Enviado». Salvo en alguna llamativa
curación que, por un momento, sembraba expectativas cuando no confusión: «Unos
decían: este hombre es el Profeta; otros afirmaban: es el Mesías. Pero otros se

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preguntaban: ¿Puede el Mesías venir de Galilea? ¿No dicen los profetas que el Mesías
será un descendiente de la familia de David y que vendrá de Belén, la ciudad de David?»
(Jn 7,40-42).
Por otra parte, Jesús huía de toda espectacularidad, de todo triunfalismo. Se hacía
llamar y se llamaba a sí mismo «Hijo del hombre», con suma humildad y sin apariencia
alguna. Sólo un ínfimo grupo, los llamados «pobres de Yavé» o «resto de Israel»[19],
constituido por María y José, Zacarías e Isabel, el anciano Simeón y Ana, la profetisa, y
algunos más, esperaban la salvación de Israel con la misma expectativa, en consonancia
con la misión y manifestación sencilla y cordial de Jesús. Pero un Mesías así no era
aceptable para la inmensa mayoría.
Y anticipando el destino del «hijo del hombre», Jesús realizó tres anuncios de la
pasión y de la cruz (Mc 8,31-32; 9,31-32; 10,33-34), una constante (tres) advertencia, un
anuncio perseverante, una insistencia acuciante, para que se entendiera la máxima razón
de su entrega, la correcta comprensión de su coherencia. Pero todo esto sonaba a música
celestial[20].

La novedad de las enseñanzas y de las actitudes de Jesús

a) Las enseñanzas
Ya desde el primer momento de la presentación de su doctrina (que aconteció en la
sinagoga de Cafarnaún), su auditorio quedaba impactado, «su manera de enseñar
impresionaba mucho, porque hablaba como quien tiene autoridad y no como los
maestros de la ley» (Mc 1,21-22).
Esta admiración será aún mayor ante el contenido, que suponía novedad y ruptura al
mismo tiempo. La enseñanza de Jesús implicaba tal novedad que con frecuencia llegaba
a la provocación, al desafío, a la superación de los viejos esquemas. Imposible detallar la
originalidad de tantas propuestas de su predicación. Baste, entonces, con algunos
ejemplos más sugestivos.
– La religión
La religión era entendida por los jefes religiosos como un conjunto de preceptos y leyes que debían ser
escrupulosamente observados. De ahí la necesidad de una formulación clara y precisa que facilitara su práctica.
Y por eso, la exacerbada proliferación de normas y formulaciones. A las seiscientas trece leyes que decían
contenía la Torá, ellos añadieron no pocas nuevas normas, que convirtieron en «tradiciones», con la misma
obligatoriedad que la ley original.
La religión se convertía, en consecuencia, en un «pesado fardo» echado sobre las espaldas de quien
intentaba acercarse a Dios. Más que la alegría de un encuentro positivo, era una carga insoportable. El hombre
religioso vivía en la justicia y en la santidad en la medida del conocimiento y la práctica de ese conjunto. Ese
era el hombre que estaba cerca de Dios y a quien Él miraba con complacencia. Lo mismo el ignorante (gran
parte del pueblo) que el extranjero, que no conocían las leyes, eran despreciables e indignos. De ahí el desdén
del hombre religioso por un amplio espectro de gente «dejadas de la mano de Dios».
Un concepto, pues, totalmente extrínseco de la religión. Una religión perfectamente cosificada y codificada.
Todo estaba estipulado, medido y sopesado. Una religión del milímetro y de la balanza de precisión. Era esta
actitud religiosa la que tantas veces rechazó y criticó fuertemente Jesús en los maestros de la ley. «¡Pagáis el

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diezmo de todo, sin olvidar la menta, el anís y el comino, y, en cambio, no cumplís lo más importante de la
Ley: la justicia, la misericordia y la fe!» (Mt 23,23). «Limpia primero el interior del vaso y después se limpiará
también el exterior» (Mt 23,26).
Para Jesús, la religión no consistía en un conjunto de normas. Se trataba de una relación-religación con
Dios que suponía profundización, interioridad y compromiso en la libertad para un encuentro amoroso. Jesús
enseñaba que la religión era para el hombre. Para que en su relación con Dios revisase y cambiase su vida y se
abriese al hermano. La gloria de Dios consistía en que el hombre creciera y se realizara como hijo de Dios y
hermano del hombre. El amor a Dios, a quien no se ve, iba indisolublemente unido a la preocupación de la
persona concreta, visible, imprevisible en el camino cotidiano.
Para Jesús no había religión sin prójimo, pero tampoco sin conversión del corazón, sin cambio de mente.
Porque Dios no está circunscrito a sitios o lugares, es la fe la que lo encuentra. Y la verdadera adoración se
realiza «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23).

– Dios
La relación que Jesús tenía con Dios resultaba escandalosa por lo irreverente, por esa atrevida familiaridad. El
hombre religioso contemporáneo de Jesús jamás se permitía ni siquiera pronunciar el nombre de Dios. Los
labios del hombre se consideraban impuros para nombrarlo. En la lectura bíblica, al aparecer el nombre de
Dios, se hacía una pausa reverente, un breve silencio sugestivo. Para pronunciar el nombre de Dios, opinaba
algún grupo más estricto, había que enjuagarse la boca siete veces. El concepto de Dios era tan elevado en su
trascendencia que se lo concebía distante, y tan poderoso, que podía ser o terminaba siendo terrible, también
temible.
Jesús pensaba a Dios y trataba con Él con cercanía filial, con respetuoso cariño de hijo, confiado y capaz de
abandonarse a su abrazo, de echarse a su cuello con alborozo y llamarlo «papá» (abba, papaíto, en diminutivo,
es un término del lenguaje infantil).
En los evangelios, especialmente en el de Juan, esta invocación de Padre hecha por Jesús aparece unas
ciento setenta veces. Con este nombre Jesús hacía más visible el amor de Dios y su solicitud paternal para con
todos.
Esta invocación de Dios como Padre se la puede sustituir o complementar con la de Madre. No se está
hablando de la masculinidad o feminidad de Dios (espíritu puro), sino de las experiencias nutricias necesarias
para un encuentro que hace crecer y madurar: como lo más hermoso y gratificante del amor del padre o de la
madre.
Por esta íntima relación filial, cuando enseñó a sus discípulos la oración identificadora del grupo (como era
común en los círculos de discípulos de los profetas), Jesús comenzó invocándolo como «Padre nuestro», en su
afán de que todos se sintieran hijos y queridos por Él.
El rostro de Dios que Jesús presentaba estaba embellecido de ternura y de misericordia.
En la parábola del «Padre que tiene dos hijos», el corazón de Dios desbordaba de alegría y de perdón.
Había fiesta por el hijo que retornaba a la casa. Quedaba muy lejos el Dios del Sinaí.

– El perdón
En el libro del Éxodo se explicita y detalla la llamada «ley del talión»: «Se pagará vida por vida, ojo por ojo,
diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe»
(21,23-25). Esta ley procuraba una superación de otra, tradicional, la llamada «ley tribal» que era cruel y
desmedida en la utilización de la venganza: «Por una herida mataré a un hombre, a un muchacho por un golpe;
si a Caín se le venga siete veces, a Lamec, setenta y siete» (Gén 4,23-24). Imperó, pues, la venganza siempre y
total[21].
La ley del talión al establecer la equiparación entre daño y pena, avanzaba de la venganza indiscriminada o
discrecional hacia una proporción más equitativa, si bien seguía imperando la venganza como realidad de
convivencia. Era la ley del talión la que imperaba en tiempos de Jesús. Y que en la práctica podía resumirse en:
«Quien me las hace me las paga».
Ni en la enseñanza ni en la praxis de Jesús tenía cabida la venganza. En sus seguidores, el odio no puede ni
debe emponzoñar el corazón. La sed de venganza, el móvil del rencor a quienes de verdad reduce y lastima es
a los que no los expulsan de su interior. La venganza es más una patología que una actitud. Jesús quería en el
creyente un corazón abierto y libre. Pablo, exhortaba a los cristianos de Roma, con gran sabiduría: «No
devolváis a nadie mal por mal; porque dice el Señor en la Escritura: Mía es la venganza, yo daré lo merecido.

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En vez de eso, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: así le sacarás los colores
a la cara. No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien» (Rom 12,17-21).
En el llamado «sermón del monte», Jesús propuso, con imágenes plásticas, una nueva actitud para la
superación total de esa anacrónica ley: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. En cambio, yo
os digo: No resistáis al que os ofenda. Presenta la mejilla izquierda a quien te abofetea en la derecha; y a quien
te quiera armar pleito por la túnica, dale también la capa» (Mt 5,38-40).
El mismo Mateo nos refiere a este respecto que «Un día Pedro se acercó a Jesús y le dijo: “¿Cuántas veces
debo perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No siete, sino setenta veces
siete”» (18,21-22). Era generoso lo que Pedro proponía: siete (amplitud desbordada). Pero para desterrar toda
limitación, Jesús propuso, en un juego de símbolos perfectos, una insólita lectura posible: ¡mucho más que
siempre! No hay titubeos ni justificación que valga para no estar dispuesto a perdonar.
Se completaba esta exigencia de perdón con la incisiva y severa parábola de quien no supo perdonar a su
hermano una deuda pequeña (cien denarios = unos sesenta euros), después de haber recibido un magnánimo
perdón de una fuerte deuda, (diez mil talentos = unos trescientos mil euros). La fuerza de la parábola está en la
desproporción de la deuda, que pone de manifiesto lo mucho que Dios perdona y lo nulo del perdón al prójimo
en quien ha sido perdonado en tanto (Mt 18,23-35).
El evangelio de Lucas culmina la presentación que hace de Jesús poniendo en sus labios, en el momento
supremo de su vida, una de las expresiones más emocionantes del amor de Cristo. Resalta así su testamento de
perdón a sus propios verdugos, a quienes desmide en su incomprensión: «Padre, perdónales porque no saben lo
que hacen» (Lc 23,32) Con la capacidad amorosa de ese corazón, nadie está perdido.

b) Las actitudes
«Es difícil exagerar el estado de pérdida o desgarramiento en que se encontraban los
contemporáneos de Jesús. Los campesinos estaban atrapados en una espiral de violencia,
sometidos a impuestos cada vez más gravosos y cargados de deudas, con menos pan y
pasando hambre, con más dolencias y enfermedades mentales. Como a los mendigos, las
prostitutas y los recaudadores de impuestos, les hacían sentir impuros, culpables,
castigados por Dios y vulnerables al ataque de los espíritus malignos. Estaban perdidos
como ovejas sin pastor, las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,6; 15,24)[22].
Son innumerables los gestos de Jesús que nos ofrecen los evangelios y que cuestionan
tantos modos de marginación y exclusión de los seres humanos, especialmente de los
más pequeños y doloridos, tan fáciles de pisotear y que tanto abundaban en su tiempo y
conmovían al Señor: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. No
he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2,17).
Entre ese conjunto de seres lastimados destacaban especialmente por su marginalidad
estos sectores, que aquí se subrayan, de personas agredidas duramente en su cuerpo o en
su espíritu, o en su misma posibilidad de subsistencia o recuperación.
– Los leprosos
Eran, sin duda, los seres más castigados física, psíquica, espiritual y socialmente. Correspondía a los sacerdotes
analizar los síntomas y diagnosticar la existencia de la enfermedad. Una vez constatada la realidad de la lepra,
el leproso era declarado «impuro». «El leproso llevará las vestiduras rasgadas, la cabeza desgreñada y el bigote
tapado, e irá gritando: “¡Impuro, impuro!”. Mientras le dura la lepra será impuro. Vivirá aislado y tendrá su
morada fuera del campamento» (Lev 13,45-46).
Quedaba excluido del culto, del contacto con la sociedad y de cualquier persona sana para su convivencia.
Además, la lepra, por su sintomatología, era una enfermedad repugnante que ya de suyo producía asco y
alejamiento. Si a eso se añadía el hecho de que era contagiosa y que difícilmente era curable, especialmente en
ese tiempo, (de hecho, la lepra no se curaba, sino que de la lepra se «limpiaba» o se «purificaba»), todo

33
convertía en un paria al leproso.
Su estigmatización era total y se constituía en el signo de la más drástica marginalidad y signo también del
pecado o de las «plagas» con que Dios hería a los pecadores, como sucedió con los egipcios (Éx 9,9).
Cuando Lucas narra la curación de los diez leprosos, los detalles que describe son los que correspondía a su
situación de excluidos: «Se quedaron lejos, se detuvieron a distancia y comenzaron a gritar».Así debía ser. Lo
mismo sucede cuando Jesús les dice: «Id y presentaos a los sacerdotes»,está anticipando la posibilidad de que
quedaran limpios y que, reconocida su purificación por los sacerdotes, pudieran recobrar sus derechos, vivir
con dignidad, en suma, volver a la vida del pueblo (Lc 17,11-19).
El rito de purificación de los leprosos era minucioso y complicado, acaso con resabios de otras creencias
populares. «El Señor dijo a Moisés: “Este es el rito de purificación del leproso: el enfermo será llevado al
sacerdote, el cual saldrá del campamento para reconocerlo. Si comprueba que el leproso está curado de su
lepra, mandará traer para el hombre que se va a purificar dos pájaros vivos y puros, madera de cedro, una cinta
escarlata e hisopo. El sacerdote ordenará inmolar uno de los pájaros sobre una vasija de loza llena de agua
corriente. Tomará el pájaro vivo, el cedro, la cinta escarlata y el hisopo y los mojará en la sangre del pájaro
inmolado sobre el agua corriente. Rociará siete veces al hombre que va a ser purificado de la lepra y lo
declarará puro; después soltará al campo el ave viva. El leproso lavará sus vestidos, se cortará todo el pelo, se
bañará y quedará puro. Entonces podrá entrar de nuevo en el campamento, pero todavía se quedará siete días
fuera de su tienda. El día séptimo se cortará de nuevo todo el pelo: cabello, barba y cejas. Lavará sus vestidos,
se bañará y quedará puro”» (Lev 14,1-9). Y sigue todo el capítulo con otros diversos ritos complementarios,
una vez ya declarado limpio.
En un mundo en el que Dios castigaba, la religión excluía y la sociedad rechazaba, ¿a quién acudía el
hombre lastimado? ¿Qué esperanza le quedaba al pobre?
Pues el gesto más sublime, extraordinario, insospechado y provocador lo hizo Jesús con ese leproso que
pedía «ser limpiado»: «Extendió su mano y lo tocó» (Mc 1,40).
«Tocar al leproso» significaba superar, romper todos los tabúes de impureza, de castigo, de marginación.
Era la mano cálida, abierta y tendida de Jesús que se posaba sobre las heridas supurantes de los hombres más
doloridos.

– Los publicanos
Ejercían una función pública (de ahí su designación) como cobradores de impuestos al servicio de los romanos.
Constituían un grupo de una cierta relativa cultura, pues sabían leer y escribir, manejaban números y
operaciones matemáticas.
Económicamente podían distinguirse en dos grandes ramas: la de los jefes y arrendatarios, que se
enriquecían con facilidad dado el volumen de dinero administrado de la recaudación. Y con frecuencia solían
actuar también como banqueros, por su pericia en su manipulación de los caudales. Y la del común de los
recaudadores, generalmente empleados de los primeros, en especial de los más encumbrados. Eran mucho más
humildes y mucho más modestos en sus ingresos, como trabajadores asalariados.
El trato constante con el dinero se prestaba a significados abusos, a importantes defraudaciones,
especialmente por parte de los más altos responsables. Y estaban por ello bajo sospecha de corrupción. Una
actividad, pues, con tufillo a chamusquina.
Diversas circunstancias concurrían en el oficio de los publicanos para hacerlo más odioso. Era no sólo mal
visto que un judío, miembro del pueblo elegido, estuviera bajo obediencia de un pagano, sino que era también
execrado. Si un judío quedaba «impuro» si entraba en la casa de un gentil, mucho más contaminado estaba
quien vivía con ellos y les servía.
Por otra parte, es una experiencia común de todos los tiempos, que a nadie le gusta que le metan la mano en
el bolsillo. Pagar impuestos siempre fue una obligación cumplida a regañadientes, y más si con frecuencia las
tasas impuestas eran exageradas, cuando no expoliadoras y ni justas ni equitativas, como sucedía. Para un judío
religioso el único impuesto decente era el pagado al templo.
A esto había que añadir todavía un mayor oprobio, pues esa recaudación iba a engrosar las arcas del
imperio que tenía sojuzgado a Israel. Por ello el publicano era considerado un colaborador del enemigo, un
traidor a su pueblo; además de que su trabajo era un insulto a su religión.
Por la suma de todos estos motivos, la gran mayoría del pueblo despreciaba a los publicanos y huía de su
trato, salvo inevitable necesidad. No contaban para la convivencia normal de la gente; los tenían a distancia
tanto física como en su valoración moral.
Los evangelios se refieren siempre, con la hermosa excepción de Zaqueo, a los publicanos de a pie, los más

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humildes y despreciados. Jesús rompía toda limitación impuesta por leyes o costumbres segregacionistas que
convertía con facilidad pasmosa a grupos en apestados. Su trato con los publicanos era familiar, cordial, pues
frecuentaba su compañía e incluso se sentaba a la mesa con ellos como un signo de acogida. Sentarse a la mesa
era una distinción reservada a la amistad. Inaudita, por tanto, en su contaminación con pecadores.
Esta actitud le reportaba al mismo Jesús ser tachado de amante de la buena y abundante mesa. «Ahí tenéis
un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19).
Zaqueo, jefe de publicanos y hombre rico, como homenaje por recibir en su casa a Jesús en un gesto de
acogida y conversión, le promete: «Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno,
le devolveré cuatro veces más». Su comportamiento merece la respuesta sanadora e integradora de Jesús: «Hoy
ha llegado la salvación a esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Pues el Hijo del hombre ha venido a
buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,1-10).
No sin humor e ironía, en la parábola de «los dos hombres que van al templo a orar», Jesús se dirigió a
quienes presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás y afirmó: «Os digo que este (el
publicano) bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro (el fariseo), no. Porque el que se ensalza será
humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 18,9-14).
El aprecio de Jesús para con los publicanos culminó nada menos que con la elección de Leví, quien desde
«su mesa de cobro de impuestos» fue llamado al seguimiento. «Leví le obsequió después con un gran banquete
en su casa, al que también había invitado a muchos publicanos y otras personas» (Lc 5,27-32), mientras
criticaban los maestros de la ley. Pero a Jesús le importaban las personas, sin aditamentos. Pero, en especial,
las más despreciadas.

– Los samaritanos
La animadversión, más aún, el odio entre judíos y samaritanos se remontaba a la división del reino de David
tras la muerte de Salomón (931 a.C.). Diez tribus del norte se habían separado para fundar el reino de Israel y
proclamar a Jeroboán I su monarca. Mientras, en el sur, en el reducido reino de Judá, Roboán continuaba la
descendencia davídica como sucesor de su padre Salomón.
El autor del Eclesiástico manifiesta: «Hay dos naciones que mi alma detesta, y la tercera ni siquiera es
nación: los que viven en las montañas de Seír, los filisteos y el pueblo estúpido que habita en Siquén» (50,25-
26). El Reino del Norte era también llamado de Siquén...
El reino de Israel sucumbiría dos siglos después bajo el poder de los asirios con Sargón II (721 a.C). Y
desaparecería para siempre.
La ciudad de Samaría había sido erigida por orden de Omrí (880 a.C.), quinto sucesor de Jeroboán I, y
declarada capital del reino, pues hasta entonces era la ciudad de Tirsa (1Re 16,23-24).
Los judíos del Reino del Sur consideraban extranjeros a los samaritanos, incluso «impuros» por dos razones
principales: por su unión con pueblos paganos, ya por casamiento o por convivencia con ellos, y por su
contaminación religiosa al no mantener la pureza del culto y la ley, aunque admitían la Torá y muchas de las
creencias comunes con el judaísmo. Lejos de Jerusalén, decidieron construir su propio templo como centro
religioso en el monte Garizín. La elección de este monte conmemoraba, según sus tradiciones, el sacrificio de
Isaac y la visión de la escala de Jacob.
Todo esto fue agrandando distancias y agravios, además de conflictos bélicos y crueldades mutuas. Hay un
amplio historial de matanzas y persecuciones, sin la menor piedad por ambas partes.
En tiempos de Jesús, la región de Samaría era de dominio romano, como todas las regiones circundantes, y
estaba bajo la autoridad de Poncio Pilato. (Justamente, una brutal matanza de samaritanos ordenada por el
procurador le valió su destitución y destierro (36 d.C).
El mismo Jesús sintió en carne propia el odio de los samaritanos, pues no quisieron darle alojamiento al
enterarse de que se dirigía a territorio judío: «Por el camino entraron en un pueblo samaritano para prepararle
alojamiento, pero los samaritanos no le quisieron recibir porque iba a Jerusalén» (Lc 9,51-53). Queda patente
la tremenda inquina, el irracional encono, por el solo motivo de subir a Jerusalén.
Cuando Jesús envió a los doce para proclamar la buena noticia, como un ensayo anticipado de su misión
futura, redujo el ámbito de anuncio a las «ovejas perdidas del pueblo de Israel» y les prohibió dirigirse «ni a
regiones de paganos, ni entréis en los pueblos de Samaría» (Mt 10,5-6). Pretendía así evitarles situaciones
conflictivas o desagradables, especialmente con los samaritanos.
La actitud de Jesús para con los samaritanos era de aproximación y encuentro por encima de rencores y
disidencias. Vino para superar fronteras y crear fraternidad. Por ello recibió al ex leproso que era samaritano y
el único que regresó a manifestar su gratitud por la curación: «Uno de los diez, al verse sano, volvió enseguida,

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alabando a Dios en voz alta y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Era un samaritano». Y mereció la
alabanza de Jesús: «Tu fe te ha salvado» (Lc 17,11-19)[23].
En la parábola llamada del «buen samaritano» era el hombre propuesto por Jesús como modelo de
«prójimo»: el que se aprojimaba, incluso a su enemigo. Jesús desmontaba irónicamente, la soberbia de los
hombres del templo que «pasaron de largo» ante su propio paisano herido al borde del camino. Y al mismo
tiempo, vapuleó al maestro de la ley, que le hizo la pregunta, al presentarle al hombre despreciado,
especialmente por su grupo, como el que se acercó y realizó las obras de bien y a quien debía imitar: «Vete y
haz tú lo mismo» (Lc 10,30-37).
Pero sin duda, el episodio más relevante y desconcertante, al mismo tiempo, es el que nos presenta Juan en
una de las páginas más incisivas y bellas al describirnos la actitud de Jesús ante una mujer samaritana en el
pozo de Sicar. Tan inusual y desconcertante era, que descolocó incluso a la mujer, al pedirle con llaneza:
«Dame de beber». Jesús se mostraba simplemente como un hombre sediento, pues era mediodía, ante el agua
fresca que sacaba del pozo una mujer. Tan desconcertada estaba ella que le recordó los rancios enconos:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?».
A partir de ese momento de aproximación, como naturalmente sucedía cuando había encuentro, se irá
profundizando el diálogo en conocimiento y revelación. Del agua del pozo se saltará al «agua viva». Y la
mujer se tornará en pregonera para con la gente de su pueblo: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo
lo que he hecho. ¿Acaso será este el Mesías? Salieron del pueblo y vinieron a verlo».
La conclusión: pidieron a Jesús que se quedara con ellos, porque mucha gente creyó en él. Y decían a la
mujer: «Ya no creemos por lo que tú nos has contado; nosotros mismos lo hemos oído y estamos convencidos
de que él es verdaderamente el salvador del mundo» (4,4-42).
Con esta actitud de Jesús, se suturaban siglos de renovadas heridas que el rencor se encargaba de reabrir.

– Los paganos
La relación de Israel con los pueblos vecinos fue siempre difícil y realizada bajo sospecha.Por una parte, dada
su situación geográfica estratégica y su reducida dimensión, era un bocado apetitoso para la expansión de las
potencias, siempre golosas. Por otra parte, su exclusivo modo religioso, su creencia en un Dios único, mientras
la totalidad de su mundo circundante era politeísta con dioses multiplicados, toda aproximación o intercambio,
constituía un peligro de idolatría, que era considerado una grave ofensa a Dios y que tan denunciado venía,
especialmente por los profetas, desde lejanos tiempos. La lamentable historia de un rey tan sabio y amigo de
Dios como Salomón, convertido en idólatra por sus concubinas paganas, era una advertencia ejemplarizante.
«El rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija del faraón; mujeres moabitas,
amonitas, edomitas, sidonias e hititas, respecto a las cuales había ordenado el Señor a los israelitas: No os unáis
con ellas en matrimonio, porque inclinarán vuestro corazón hacia sus dioses» (1Re 11,1-4).
Este distanciamiento de Israel de los pueblos paganos se acentuó de manera mucho más exigitiva al retorno
del exilio (537 a.C.) permitida por el rey Ciro, nuevo dominador de Babilonia, cuando comenzó el verdadero
fenómeno del «judaísmo». Era un pueblo diezmado en un territorio reducido exclusivamente al antiguo reino
de Judá (por ello todos los israelitas, incluso los que quedaron en la «diáspora», se llamarán «judíos»), que
para su supervivencia debió proteger su identidad con la pureza de ascendencia (sangre) y de religión
(monoteísmo).
Por ello, en la legislación deuteronomista, que se escribió en esa época del posexilio, se prohibió
expresamente toda convivencia posible, el casamiento y la posibilidad del parentesco: «Cuando el Señor Dios
te haya introducido en la tierra para tomarla en posesión y haya expulsado delante de ti a pueblos numerosos...
no harás pacto ni tendrás miramiento con ellos. No contraerás parentesco con ellos: no darás tu hija a su hijo,
ni casarás a tu hijo con su hija, porque ellos los apartaría de mí para que den culto a otros dioses y la ira de
Dios se encendería contra vosotros» (Dt 7,1-4).
Quedaban lejanas aquellas épocas de mayor tolerancia y mejor convivencia: Moisés tuvo dos mujeres
extranjeras, una medianita y otra cusita; y la abuela de David era moabita.
En tiempos de Esdras y Nehemías (s. V a.C.) se llevó a cabo la disolución de los matrimonios con
extranjeros: se despidió a las mujeres e hijos que se habían tenido de ellos (Esd 9-10). Nehemías, con más
brutalidad, se encaró con tales matrimonios a golpes para que renunciaran (Neh 13,23-27). Posteriormente, los
rabinos fueron multiplicando rechazos y prohibiciones. Se creó así un abismo entre judíos y paganos. A un
pagano se lo miraba cada vez más despectivamente: como un idólatra, un ser moralmente corrompido y
peligroso. No sólo no despertaba simpatía, sino al contrario, profundo rechazo[24].

36
Esta era la situación en tiempos de Jesús.
Una vez más los evangelios manifiestan las actitudes rupturistas de Jesús para con tantas tradiciones y
prácticas excluyentes. Consta así que varias veces superó los límites de su país para incursionar en tierras
paganas. En sus largos caminos, en sus constantes recorridos, Jesús anduvo por tierras de Tiro y de Sidón, por
la Decápolis, por la Traconítide (Cesarea de Filipo), por tierras gerasenas.
Marcos convierte al lago de Genesaret en un gran símbolo de geografía teológica al mostrar a Jesús que
navegaba continuamente de una orilla (territorio judío) a la otra orilla (tierra de paganos): original modo de
proclamar la apertura universal, la llamada a los gentiles.
Ambos relatos con figuras paganas de exquisita sensibilidad y enorme fe, complementan las actitudes de
Jesús para con ellos.
En el relato del centurión romano que envió mensajeros para suplicar la curación de su criado, la delicadeza
de este extranjero (pese a su vida de férrea disciplina militar) se manifestó en que intentaba evitar a Jesús el
trato con un pagano: «No me atreví a hablarte personalmente» y sobre todo, «entrar en su casa» para no quedar
contaminado, «impuro». «No soy digno de que entres bajo mi techo». Pero al mismo tiempo manifestaba una
fe robusta en el poder sanador de Jesús, en su imperio sobre la enfermedad: «Basta que lo digas de palabra y
mi criado quedará curado. Porque yo que soy un simple subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes, cuando
le ordeno a uno que vaya, va; y si le digo a otro que venga, viene; y si digo a mi sirviente que haga algo, lo
hace».
El elogio de Jesús fue admirable: «Os aseguro que ni siquiera en Israel he hallado una fe tan grande» (Lc
7,2-10).
En el relato de la mujer sirofenicia que rogó por su hija enferma (endemoniada) la respuesta que Mateo
pone en boca de Jesús es de notable dureza: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos» (con la
expresión «perro» los judíos denominaban despectivamente a los paganos). Pero la mujer no se desanimó. Se
situó ante Jesús con la humilde aceptación de su realidad de intrusa extranjera: «Es verdad, Señor –contestó la
mujer– pero los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Jesús quedó como
desarmado ante las palabras de la cananea. Y con admiración de generosidad exclamó: «Mujer, ¡qué grande es
tu fe! Que se cumpla tu deseo» (Mt 15,21-28). Desconcertante siempre la capacidad de Jesús para superar
desencuentros.

– Las mujeres
En toda la historia de Israel, la mujer ocupó siempre un rango secundario y referido, cuando no subordinado, al
varón[25]. Y esto, en clara contradicción con ese incomparable relato mítico de que con dos símbolos muy
expresivos (el sueño y la costilla) manifiesta el plan de Dios con relación a la pareja complementaria. Escrito
durante el reinado de Salomón (970-930 a.C.) resalta tanto más el contraste con su actuación.

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Relato de la creación de la mujer (Gén 2,21-25)
Parece interesante desarrollar brevemente este relato, porque Jesús lo suscribirá y lo
propondrá como modelo, tal como se verá.

– El sueño
«Dios hizo caer un sueño sobre el varón». El sueño es símbolo del misterio, de lo
inefable. Las imágenes oníricas del sueño que se asocian con singular libertad, que
traducen inquietudes y deseos contenidos o hacen aflorar inhibiciones pretéritas o
premoniciones venideras, fueron siempre motivo de asombro y de curiosidad por
traducir un «lenguaje cifrado». En el sueño acontecen realidades que exceden la lógica
cotidiana.
El lenguaje del sueño remite a un orden, más que llamativo, misterioso, que necesita
ser interpretado, traducido. Guarda un mensaje arcano. De ahí que Dios (o los dioses) se
manifestaran al modo de los sueños («en sueños») con un lenguaje a descubrir. Y por eso
mismo en las religiones tenía un prestigio muy especial el «intérprete de sueños» como
poseedor de dones divinos. En el mundo bíblico, baste recordar la historia de José, hijo
querido de Jacob, vendido por sus hermanos a mercaderes egipcios. El faraón lo nombra
gobernador de Egipto por interpretarle sus célebres sueños de las siete vacas gordas y las
siete vacas flacas, y de las siete espigas grandes y hermosas y de las otras siete raquíticas
y agostadas que tanto le inquietaban y que nadie supo interpretar (Gén 41).
En los «relatos de la infancia» del evangelio de Mateo, por tres veces el ángel le habla
«en sueños» a José (1,20; 2,13; 2,19). Utiliza el lenguaje de los sueños para expresar las
inspiraciones de Dios.
Con este símbolo del sueño se subrayan dos aspectos relevantes: el varón no tiene arte
ni parte en la creación de la mujer, exclusiva obra de Dios. El varón está sumido en un
letargo, en una adormidera. No podrá comprender lo sucedido. La mujer será un misterio
para el varón. Y por otra parte, en ese misterio consistirá el imperativo a descubrirse
mutuamente.
Y esa perseverante aspiración hará que el encuentro no se repita, no se corroa por la
rutina o la falta de novedad. Las personas son insondables. Y el amor hace creciente y
renovada la presencia.

– La costilla
«Y mientras dormía le sacó una costilla». Costilla = costado, es símbolo de igualdad, de
dignidad. Y se contrapone a la cabeza y a los pies. En los relatos míticos, ser sacado «de
la cabeza» de un dios o de un héroe significaba estar hecho para mandar. La cabeza y la
barba eran signos por excelencia de autoridad, de mando. En el otro extremo de la
anatomía, la planta del pie y el talón eran signos de esclavitud, de servidumbre. Poner la
planta del pie sobre la nuca del vencido postrado en tierra, era señal de «morder el polvo

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de la derrota». O «pisar la cabeza de la serpiente», vencer el mal. Ser sacado «del pie o
del talón» se traducía como condenado a depender y servir.
La costilla (el costado), y su significado, debe ser interpretada a la luz de la
celebración de los banquetes. Se comía apoyado en el codo izquierdo y recostado sobre
cojines. El invitado de honor, ubicado a la derecha, se recostaba prácticamente sobre el
costado del anfitrión. Así, cercanas las cabezas, podían conversar con discreción, en
secreto, sin que los demás comensales se enteraran[26].
Era, pues, el lugar de la amistad, de la distinción, de la dignidad de la confidencia, el
primer lugar. Queda esclarecido el signo: la mujer no es creada de la cabeza del varón,
porque no está hecha para dominar; no es creada del pie o del talón, porque no está
hecha para la esclavitud o la servidumbre. Ha sido creada de su costilla, a la misma
altura suya, con la misma complicidad, para la amistad y la compartición.

– La carne
«Serán los dos una sola carne».
Carne significa en lenguaje bíblico «persona». La complementariedad en distinción es
tal, que sin anular el Yo-Tú personal (varón-mujer) estos se constituyen en un nuevo
principio: nosotros para la elección, la decisión y el afrontamiento en vistas a la madurez
y la felicidad.
Pero esta unión es tan relevante que implica «dejar al padre y a la madre», vale decir,
se inaugura un núcleo inédito y distinto en elección y libertad, que conlleva también la
responsabilidad de nuevas exigencias mutuas entre varón y mujer. Se constituye así con
la pareja, la base familiar que se multiplicará para la continuidad de la misma sociedad
humana.
El mandato divino, formulado desde el varón, pero que abarca a ambos (es
intercambiable, y puede ser redactado desde la mujer), origina en forma primigenia, la
continuidad de la creación amorosamente.
Un hermoso proyecto paradigmático. Igualdad de varón y mujer en origen y dignidad
como criaturas de Dios y complementariedad como unión y encuentro de distintos,
convocados por el amor, para la generosidad en el don de la vida y la permanencia de la
humanidad.
Pueden subrayarse en esa historia marcadamente machista, algunas de esas
marginaciones que imperaron en tiempos de Jesús.
– La fecundidad
En la mentalidad veterotestamentaria la mujer estaba asociada indeleblemente a la vida (como en otras
religiones, a la tierra). De ahí su exclusivo destino y valoración por la maternidad y en la maternidad; la
fecundidad era un signo de la bendición divina, como la esterilidad (siempre atribuida a la mujer) era un
oprobio y un castigo. El salmista traduce así la bendición divina: «Tu esposa será como parra fecunda dentro
de tu casa;/ tus hijos como brotes de olivo en torno a tu mesa./ Así será bendecido el hombre que honra al
Señor» (Sal 127,3-4).
Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que la sangre, signo de vida, convertía en impura a la mujer en sus
períodos de menstruación y después del parto[27].

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– Las viudas
La viuda cuyo marido había muerto sin que le diera hijos, debía ser desposada por el hermano mayor del
difunto para darle descendencia. Era la ley del levirato. Ley que era también una salvaguarda para la propia
mujer viuda sin hijos, pues quedaba desamparada y sin derechos. Con frecuencia su destino era la mendicidad
o vivir de la caridad y la limosna. Viudas y huérfanos representaban otro de los tantos grupos de marginalidad.
Eran, sin duda, los más pobres entre los pobres.

– El repudio
Más que de divorcio, se trataba de repudio, como derecho exclusivo del varón. Sólo se discutía si se podía
repudiar a la mujer «por cualquier motivo». Se le ponía en la mano el «libelo» con la causa aducida y se la
echaba de la casa marital. Cuando a Jesús le plantearon el problema, Jesús no se detuvo en discusiones
estériles, sino que ratificó de una manera taxativa «el plan original» querido por Dios (y explicitado en el
Génesis, tal como se analizó). La fidelidad en el amor, como realidades esenciales de la unión matrimonial (Mc
10,2-10).

– La poligamia
Desde remotos tiempos se había constituido en un derecho del varón en detrimento de la dignidad de la mujer,
convertida así, con frecuencia, en objeto de placer o de posesión. Y también de discriminación, ya que se
distinguía entre jerarquías de mujeres como esposas o como concubinas. Salomón aparece como el polígamo
más destacado por lo desmedido de sus excesos en la corte: «Salomón se enamoró locamente de ellas (mujeres
extranjeras) y tuvo setecientas esposas con rango real y trescientas concubinas» (1Re 11,3). Las cifras no
parecen simbólicas.

– El adulterio
Era castigado con pena de apedreamiento, pero sólo para la mujer, aunque quedaba claro que era cuestión de
dos. Por ello la Ley ordenaba que fueran condenados ambos a muerte. «Si un hombre comete adulterio con la
mujer de su prójimo, se castigará con la muerte a los dos» (Lev 20,10). Una vez más la mujer era condenada
por la prepotencia del varón, que se absolvía a sí mismo.

– La prostitución
Era casi siempre una consecuencia de la situación social de las mujeres. Las prostitutas eran mujeres
execrables, al menos oficialmente, y excluidas. De cualquier modo su regeneración era prácticamente
imposible, de modo oficial, porque debían presentar para su purificación un sacrificio de animales en el
templo. Pero como los cambistas del templo no aceptaban dinero de prostitución por ser impuro, no podían
realizar su ofrenda. Su situación era irredenta.

– En la celebración del culto


La mujer no tenía participación oficial. Como esposa estaba incluso dispensada del descanso sabático para las
tareas de la casa. Para cualquier reunión posible de oración en la sinagoga se necesitaba al menos, la presencia
de diez varones. De lo contrario las mujeres no podían reunirse.

– En la vida pública
La presencia de la mujer era superflua, no contaba. Así como la mujer estaba destinada a la maternidad, su
actividad se reducía a la casa, entre los cacharros (Marta, en la cocina). Su palabra, su testimonio no tenían
valor, no se consideraban aceptables. «Palabra de mujer, la lleva el viento».
Jesús, con sus actitudes ante las mujeres, escandalizó con frecuencia, por su trato desinhibido y amistoso,
incluso, para con ellas.
Por empezar, era seguido y asistido por un grupo de mujeres discípulas, un hecho provocativo en ese
intenso ámbito machista. Lucas habla de algunas mujeres importantes, como Juana, la mujer de Cusa,
administrador de Herodes, y de «muchas otras que le asistían con sus bienes» (8,3).

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La estampa que nos presenta Lucas de María, la hermana de Marta y de Lázaro, en Betania, «que sentada a
los pies de Jesús escuchaba sus palabras» (10,39), era absolutamente insólita. Sólo un discípulo podía
permitirse escuchar a un rabí. Una mujer no podía hacerlo.
La acción de la hemorroísa «que había oído hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su
manto» (Mc 5,27) constituía un atrevimiento injustificable, que un maestro o un profeta jamás debería permitir.
Y más, cuando esa mujer padecía flujo de sangre y estaba impura. «Cuando una mujer tenga flujo de sangre,
varios días fuera del período menstrual, o cuando su menstruación se prolongue fuera del tiempo normal,
quedará impura mientras le dure el flujo, con la misma impureza del período menstrual» (Lev 15,25-26).
La escena de la mujer adúltera que relata el evangelio de Juan estaba plagada de adulteraciones por parte de
los fariseos que la presentaron a Jesús. En primer lugar, porque adulteraban la ley de Moisés que invocaban:
«En la ley se manda que tales mujeres deben ser apedreadas» (y tales varones) (Lev 20,10). En segundo lugar,
porque querían hacer juez y cómplice a Jesús de un acto que correspondía juzgar a ellos y que, de hecho, ya
habían dictaminado como cumplidores de su ley, y con clara humillación de la mujer a la que exponían «en
medio de todos» los oyentes de Jesús. La actitud de Jesús, coherente con sus enseñanzas, resultó sorprendente
para esos jueces condenadores: «El que esté sin pecado que tire la primera piedra». Esas conciencias no
parecían demasiado limpias, porque «al oír esto, se marcharon uno tras otro, comenzando por los más viejos»,
irónicamente.
Jesús y la mujer sola frente a él. Es una estampa conmovedora. Desaparece el contexto de la gente para
alumbrarse un nuevo ser, que nace de la suprema verdad del encuentro con quien puede hacer resurgir la vida
en oportunidades inéditas. No vino a condenar. Vino a redimir (8,2-11).
Y está esa otra escena, magistralmente pintada por Lucas, de la mujer pecadora, que cumplió con Jesús los
ritos de la acogida que el anfitrión fariseo no había realizado con el invitado a su casa, a su mesa. Y que Jesús,
por contraste ejemplarizante, le resaltará al engreído dueño de casa: «¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu
casa no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado
con sus cabellos. No me diste el beso de la paz, pero esta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No
ungiste con aceite mi cabeza, pero esta ha ungido mis pies con perfume». Si la fe hace al milagro, el amor lo
hace permanente y lo acrecienta. Tiene que amar mucho quien mucho ha sido perdonado (7,36-49).
Papel preponderante tuvieron las mujeres en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Contrasta con el
abandono de sus apóstoles y discípulos, quienes, cobardemente habían huido. Un grupo de mujeres («las hijas
de Jerusalén») lloraron, conmovidas, durante la procesión hacia el calvario, por ese hombre maltratado que
andaba hecho una piltrafa humana, pero que tenía fuerza para decirles: «No lloréis por mí» (Lc 23,27). Otras
«contemplaban la escena (de la crucifixión) desde lejos. (Nadie podía acercarse a menos de cien pies de los
crucificados). Entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que
habían seguido a Jesús y lo habían asistido cuando estaba en Galilea» (Mc 15,40).
Y serán también las mujeres las primeras peregrinas a la tumba del Señor y anunciadoras del
acontecimiento más trascendente de su vida nueva, de su resurrección, que inaugura el tiempo del cristianismo.

41
Círculos de incomprensión
Pueden resaltarse tres círculos de personas que, empezando por las más próximas, se van
ensanchando a tal extremo que abarcan la casi totalidad, en una creciente incomprensión
de la persona, las enseñanzas y las actitudes de Jesús.
– Un primer círculo se refiere a sus familiares, a su parentela, a la gente más próxima
unida con lazos de sangre. Los evangelios no son pródigos en referencias sobre la
familia de Jesús. Si se exceptúan los «Evangelios de la infancia» de Mateo y Lucas, las
que nos ofrecen, ya durante la vida pública, manifiestan incomprensión y falta de fe,
cuando no rechazo. Los primeros datos que destaca Marcos nos muestran, con esa
sinceridad y llaneza del estilo de este Evangelio, que «sus parientes fueron a hacerse
cargo de él porque decían que estaba loco» (3,20). Una actitud dura y fuertemente
peyorativa.
Juan comenta y subraya el cinismo de sus parientes que vienen a incitarlo a que vaya a
Jerusalén (que encierra peligros para la vida de Jesús) y se exhiba con sus milagros. «Sus
hermanos le dijeron: “Deberías salir de aquí e ir a Judea, para que tus discípulos puedan
ver allí las obras que haces. Nadie que pretenda darse a conocer actúa secretamente. Si
en realidad haces cosas tan extraordinarias, deberías darte a conocer al mundo”». Juan no
deja margen para las interpretaciones, menos aún para las dudas: «Sus hermanos
hablaban así porque ni siquiera ellos creían en él» (7,2-5).
En la misión de Jesús, los lazos de sangre no eran los más importantes. Él vino a
inaugurar una nueva familia que brota de la fe, la familia de los hijos de Dios. Por ello,
al anunciarle, durante una reunión, que su madre y sus hermanos le buscaban, él
contestará: «“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y mirando a los que
estaban sentados en torno a él, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Todo el que
hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”» (Mc 3,31-35).
Una mujer de entre la multitud que escuchaba a Jesús levantó la voz e hizo el elogio
de su madre: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron». Feliz ella
porque lo ha dado a luz. Lo que significaba también una loa por tal hijo. Pero Jesús
volvió a la misma valoración que ya había hecho referente a su familia: «Más bien,
dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,27-28).
Jesús quería subrayar, una vez más, que era más importante la fe, que engendra vida
nueva, que la biología. Y resaltaba, precisamente, que en su madre era más relevante esa
fe en la Palabra, ya que porque creyó, lo engendró. Fue la primera creyente. Pero eso no
lo podía saber ni entender la mujer de la alabanza[28]. Y ella sólo se limitó a ensalzar a tal
madre por tal hijo.
El relato del niño Jesús perdido y hallado en el templo (Lc 2,41-52) resulta, según los
analistas, bastante inverosímil y con detalles que no concuerdan con la realidad. Parece
un texto interpolado que proviene de una tradición distinta a la de la «infancia» narrada
por Lucas. Baste comprobar el final del Evangelio de la infancia: «El niño crecía y se
fortalecía; estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios» (2,40) con el final de

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este episodio: «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en aprecio ante Dios y ante
los hombres» (2,52) para constatar su reiteración.
Lucas, que lo trae en exclusiva, lo propone, al parecer, para confesar quién es Jesús en
el comienzo de su adolescencia, doce años, y en el templo de Jerusalén y con motivo de
la celebración de la pascua. Esa fórmula un tanto oscura: «Debo estar en los asuntos de
mi Padre» es una confesión de fe en la divinidad del hijo-adolescente. Al mismo tiempo
pretende subrayar el proceso de fe de sus padres en ir descubriendo el rostro de Dios en
ese adolescente que crece. Y aunque «no comprendieron lo que decía» (esta frase parece
contraria al mensaje de la «anunciación»), sin embargo, «María guardaba estos recuerdos
en su corazón». Una acogida que se profundiza en oscuridades de fe.
Puede considerarse a sus paisanos de Nazaret, en donde Jesús se había criado, como
una parentela en los afectos, como muy próximos en el compartir de cada día. También
en Nazaret estaba su familia grande, patriarcal, numerosa de miembros. Por eso iba a la
sinagoga de su pueblo, a exponer las primicias del Reino a su querida gente. Sin
embargo, su desazón fue grande dada la incomprensión y la falta de fe de sus paisanos.
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Y
añade Marcos, con su toque preciso y realista: «Y no pudo hacer allí ningún milagro.
Tan sólo curó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba sorprendido de
su falta de fe» (6,1-5).
– El segundo círculo comprende a sus discípulos. Al hablar de discípulos se indica a
gente amiga, leal, seguidora y acompañante de Jesús que él mismo había invitado y
elegido para sus tareas de anuncio y afirmación de la «buena noticia». Entre los
discípulos destacaba el grupo «de los doce» (apóstoles), cuyos nombres se citaban
expresamente (Mt 10,1-4) y que estuvieron de forma permanente rodeando a Jesús y
acompañándole en sus continuos recorridos por aldeas y poblados.
Difícil dar una cifra sobre el número de discípulos. Jesús destinó en un momento dado
a setenta y dos (Lc 10,1-9) para una pre-evangelización. Pero, sin duda, el conjunto sería
bastante más numeroso. De suyo, hay algunos otros que querían seguirlo, para estar con
él, pero Jesús les señaló otra perspectiva, como sucedió con el epiléptico (endemoniado)
de Gerasa, a quien le dijo: «Vete a tu casa, con los tuyos y cuéntales lo que el Señor ha
hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti» (Mc 5,18-19). O con el leproso
limpiado, que «tan pronto como se fue, se puso a divulgar a voces lo ocurrido, de modo
que Jesús no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad» (Mc 2,45). Existían también
otros discípulos más ocultos por su condición, como Nicodemo, fariseo y magistrado
judío, que iba a ver a Jesús «de noche» como clandestino (Jn 3,1-2), o como José de
Arimatea, que permanecía distante «por miedo a los jefes». Ambos se llevarán el cuerpo
de Jesús y cumplirán con él los ritos del entierro (Jn 19,38-41).
Los evangelios nos refieren también invitaciones de Jesús a su seguimiento que fueron
rechazadas, porque la invitación como la aceptación eran enteramente libres, ya que la
llamada como la respuesta suponen un encuentro y un compromiso.
A un candidato muy entusiasta, muy lanzado y seguro de sí mismo y de sus propias

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fuerzas que se ofreció a Jesús: «Te seguiré adondequiera que vayas», el mismo Señor lo
desanimó en sus impulsos y promesas excesivas, ya que debía tener en cuenta que «las
zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene
dónde reclinar la cabeza».
Ante la llamada de Jesús, otros dos invitados con su «sígueme», antepusieron una
necesidad propia, olvidándose de que el seguimiento de Jesús es exigente y requiere un
compromiso incondicional. Quien pone las condiciones y dicta las exigencias es Jesús.
Y aunque lo manifestado por los invitados eran realidades muy comprensibles,
inclusive loables por sus sentimientos, como «enterrar al padre» o «despedirse de la
familia», las exigencias de Jesús fueron contundentes; a uno le recordó: «deja a los
muertos que entierren a sus muertos», porque aquí se llamaba a una nueva vida; al otro,
le advirtió: «Quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el reino
de Dios», pues se trataba de mirar hacia delante y desatarse de viejas ligaduras (Lc 9,57-
62).
Cierta vez, «un hombre importante», con sinceros deseos de mejor compromiso en el
camino que conduce a la vida eterna, manifestó a Jesús este propósito, pues desde joven
había sido fiel cumplidor de los mandamientos. Jesús le propuso, entonces, su
seguimiento, pero previo: «Vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres y tendrás
un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme». Le exigía desprendimiento (de las cosas
materiales) y al mismo tiempo desapego (del corazón) para ser verdaderamente libre y
elegir. «Pero él, al oír esto, se puso muy triste porque era muy rico» (Lc 18,18-23).
Pero también existieron deserciones en el seguimiento ya emprendido, por el
escándalo de las propuestas de Jesús o por desilusiones en sus expectativas que llevaron
al alejamiento. Lo anota Juan ante la propuesta de la eucaristía: su carne como comida y
su sangre como bebida. Una doctrina inadmisible, imposible de aceptar sin fianza y fe. Y
subraya el dato fuerte: «Desde entonces, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no
iban con Él».
Si bien, en honor a los doce, y otros discípulos, representados por Pedro, debe
resaltarse que se mantuvieron fieles al Maestro aunque no entendían del todo: «Señor, ¿a
quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,51-70).
Ciertamente a sus discípulos les ofreció, en particular, oportunidades mejores: les
explicaba sus parábolas; les manifestaba sus inquietudes; asistieron a sus múltiples
curaciones; fueron testigos oculares privilegiados de tantas maravillas de superación de
sufrimientos y postraciones, y más aún, les hizo partícipes de su poder de sanación y de
expulsión de demonios. Por todo esto, sus llamadas de atención, sus reproches, fueron
también más frecuentes y, a veces, más fuertes y duros para con ellos.
Traducían también la desilusión de Jesús, un cierto desencanto entristecido, porque
queriendo volcar su corazón –«a vosotros os llamo amigos» (Jn 15,15)–, se encontraba
en soledad de incomprensión dadas sus reacciones obtusas, su torpe inteligencia, su
ausencia de fe. Estar con Jesús no implicaba imbuirse de su pensamiento, impregnarse
de sus valores, asimilar sus enseñanzas o dejarse impactar por sus milagros. ¡Estando tan
cerca, qué lejos estaban!

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Son muchas las referencias que nos detallan los evangelios acerca de la
incomprensión de sus discípulos. Baste destacar algunas que ponen de relieve la
intemperie mental de estos seguidores.
El primer reproche de Jesús, según Marcos, se refirió a su falta de entendimiento de la
parábola del sembrador: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo vais a comprender
entonces las demás?» (4,13). Era una parábola sencilla, con comparaciones de la vida
agrícola propia de la comarca de Galilea, como serían las siguientes comparaciones de la
«semilla que crece mientras el hombre duerme» o la «del grano de mostaza».
En los evangelios de Marcos y Mateo se narran tres escenas que acontecen en la barca
de los discípulos y que son decisivas para mostrar la enorme falta de comprensión y
aceptación de la persona de Jesús. Mateo, sin embargo, suaviza o lima de asperezas los
reproches de Jesús y presenta a sus discípulos menos rudos y cerrados.
Mc 4,35-41. Jesús calma la tempestad en el lago. La escena de Jesús dormido sobre el
cabezal de la barca mientras azota el vendaval resulta entrañable por lo que supone de
abandono confiado en la destreza de sus discípulos en remar y capear tempestades. No
podría dormir plácidamente alguien que no tuviera confianza en los responsables de la
conducción de la barca. Ellos no comprendieron esa actitud de Jesús y le despertaron con
un reclamo infantil y egoísta: «¿No te importa que nos hundamos?». ¿Se hundirían,
acaso, sólo ellos? Pareciera que Jesús no formara parte de su tripulación, no integrase su
grupo, sus peligros y su suerte. No descubrían que si Jesús estaba, también se hundiría si
la barca zozobrase.
El imperativo gesto de Jesús mandando al viento y diciendo al mar: «¡Cállate,
cálmate!» recuerda el: «Hágase» de la creación inaugural de Dios.
Pero la invectiva de Jesús manifestaba su decepción: «¿Por qué sois tan cobardes?
¿Todavía no tenéis fe?».
Y asustados se preguntaban: «Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».
Porque no habían descubierto quién era el que podía dar órdenes a los elementos de la
naturaleza.
Mc 6,45-52. Jesús camina sobre las aguas del lago. Esta segunda escena de Jesús que
se aproxima a sus discípulos que reman la braca con fatiga por el viento contrario, es una
clara manifestación de su realidad divina. ¿Para quién realizó esta caminata sobre el lago
sino para manifestarse a ellos? No había otros testigos. La barca estaba en medio del
lago. Estaba clareando la luz, amaneciendo el día.
Pero ellos creyeron ver un fantasma y se pusieron a gritar como niños asustados. Jesús
se presentó: «Soy yo, no tengáis miedo». Subió a la barca y calmó el viento.
Y otra vez el mismo final: «Quedaron muy asombrados. Su mente estaba embotada».
Una vez más, no entendían nada[29].
Mc 8,14-21. La otra levadura. Esta vez se habían olvidado los discípulos de llevar
pan en la barca. Jesús que está con ellos, hace propicia esta circunstancia para advertirles
de otra levadura: «Tened cuidado con la levadura de los fariseos y de Herodes». Pero
ellos lo consideraron una indirecta, un velado reproche porque no tenían pan.
Y otra vez más, Jesús tuvo que amonestarles tratando de que comprendieran: «Por qué

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comentáis que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis la mente
cerrada?». Por eso Jesús les recordó que si era por panes, ellos mismos acababan
justamente de repartir los panes que se multiplicaban en sus manos. Y era la segunda
vez.
Sobraron siete canastos llenos y comieron hasta saciarse unas cuatro mil personas.
Porque la primera vez fueron doce canastos y cinco mil personas.
Y Jesús añadió: «¿Y aún no comprendéis?», es decir, ¿no descubrís quién soy?
En los evangelios sinópticos se narran también tres anuncios de la pasión y muerte de
Jesús. Cómo el hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los pecadores, cómo lo
azotarían, lo crucificarían y lo rechazarían. Pero al tercer día resucitará. La conclusión
era siempre la misma: «Ellos no entendieron nada de esto; aquel lenguaje les resultaba
totalmente oscuro. Y no podían comprender el sentido de sus palabras» (Lc 18,34).
También los Sinópticos recogen discusiones de los discípulos por el reparto de los
primeros puestos, en esa expectativa de la restauración del trono davídico y de la
expulsión de los romanos, ya detallada. No se conformaban con cualquier cargo. Sus
aspiraciones eran muy ambiciosas, plenas de osadía, aunque su capacidad para ejercerlos
no fueran las más adecuadas. Pero por ambicionar, que no quedara; lo más elevado.
Pueden subrayarse también a este respecto varios momentos:
La primera discusión se desató a propósito del descaro de los hermanos Juan y
Santiago, que le pidieron a Jesús nada menos que «sentarse el uno a su derecha y el otro
a su izquierda» en el futuro reino. (En el evangelio de Mateo, es la madre la que realiza
esta petición). La indignación contra los hermanos fue de órdago, ya que ellos en su
petición, se adelantaron a los otros, que pensaban de la misma manera, pero que no se
atrevían a expresarlo ante Jesús.
Por ello, Jesús los llamó y les dijo: «Sabéis que los que figuran como jefes de las
naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. No ha de ser así
entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que
quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del
hombre ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por todos» (Mc
10,35-45).
La segunda discusión aconteció en el camino a Cafarnaún, a espaldas de Jesús.
Cuando él les preguntó de qué discutían, ellos se callaron porque tenían vergüenza ante
él. Porque discutían sobre quién era el más importante entre ellos. Como unos
adolescentes engreídos y pagados de sí mismos, gallos encocorados, por ver quién canta
más alto: «Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais
por el camino?”. Ellos callaban, porque por el camino habían discutido sobre quién era el
más importante. Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo: “El que quiera ser el primero,
que sea el último y el servidor de todos”» (Mc 9,33-35). Y esto acontecía tras un nuevo
anuncio de Jesús acerca de su pasión y muerte. Claro que «ellos no entendían lo que les
decía» y además «tenían miedo de preguntarle» (Mc 9,31-32), no fuera que sus
ensoñaciones de grandeza se convirtieran en castillos de naipes.
Lucas, siempre más comprensivo, anota que es el mismo Jesús quien observa sus

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disensiones e inquietudes puesto que este tema se volvía recurrente: «Un día que
comenzaron a discutir cuál de ellos era el más importante, Jesús se dio cuenta de lo que
les preocupaba» (9,46-47).
Mateo, en forma más contundente y directa, presenta a los discípulos que, sin tapujos,
demandan a Jesús «quién es el más grande en el reino de los cielos» (18,1). Reino que
Jesús predica y presenta de diversas maneras, pero que para ellos era la gran oportunidad
de repartirse puestos e influencias.
Jesús, lleno de un humor saludable y relativizador de sus disputas y aspiraciones, les
propuso el signo de poder más relevante: «Tomó a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
“El que recibe a este niño por causa de mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a
mí, recibe al que me envió; porque el más pequeño de vosotros, ese es el más grande”»
(Lc 9,47-48). Así lo ratifican también Marcos y Mateo.
¡Serían dignos de ver los gestos asombrados de esos rudos ambiciosos ante la frágil
presencia del pequeño, con su necesidad de cariño nutricio, su asombro ante las minucias
de su entorno y su clara inocencia sin repliegues, sin dobleces! ¡Y la franca alegría de
Jesús y su risa contagiosa, desmontando inusitadas pretensiones! Como antídoto contra
todo afán de poder y ambición de mando, Jesús les ofrece el espíritu de infancia, que
nada tiene de infantil, sino que es el difícil signo de la pequeñez: la disponibilidad, la
apertura, el aprendizaje, la necesidad de los demás.
La tercera discusión se desató nada menos que inmediatamente después de la Última
Cena, tras la institución eucarística. «También se produjo entre ellos una discusión sobre
quién debía ser considerado el más importante» (Lc 20,24). Con increíble paciencia,
hasta el último día y las postreras horas, Jesús tuvo que volver a reiterarles que él había
venido para servir.
Y en la Última Cena, en la despedida, les propuso en el signo del lavatorio de los pies,
una de las señales de la identidad cristiana: el servicio fraternal. Como para que no
olvidaran nunca este imperativo, el rito del lavatorio, tal como lo describe el evangelio
de Juan (13,3-5) siempre tan sugerente en símbolos, se detallan con estos gestos de
Jesús:
– Se quitó el manto. El manto era signo de la autoridad, de la propia persona: el
quitárselo expresa la entrega (muerte), el despojo, la renuncia a toda forma
potestativa; y volver a ponérselo, al final manifiesta recuperación (resurrección =
recobrar la vida).
– Se ciñó una toalla a la cintura. Indica el sentido del trabajo servicial, propia del
servidor (lavar/secar) que lavaba los pies a los invitados al banquete en signo de
acogida y para la participación entre los diversos comensales, conforme se comía.
– Les lavó los pies. Los pies representan en el cuerpo humano, las extremidades, los
órganos más humildes y sufridos, expuestos a las lastimaduras de los ríspidos y
accidentados caminos.
– Y por si quedaran dudas del signo, este es el mandato testamentario (y ya con el
manto puesto y sentado a la mesa): «¿Entendéis lo que he hecho?... Pues bien, si yo
que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo

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mismo unos con otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con
vosotros» (13,12-14). Estos eran los primeros puestos que ofrecía Jesús a sus
seguidores.
Y culminando esta ya larga lista de incomprensiones de su entorno más cercano, esa
queja de Jesús a Felipe, pero válida para cada uno de los apóstoles, puede resumir la
pena acongojada, la profunda soledad de la acentuada incomprensión: «Hace tanto
tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha
visto al Padre» (Jn 14,9).
La soledad de Jesús se acrecentó en la hora más cruel y terrible de la pasión y de la
cruz. En el huerto, «comenzó a sentir pavor y angustia y les dijo: “Siento una tristeza
mortal”» (Mc 14,33); mientras, sus discípulos dormían, inconcientes; Judas utilizó el
beso de la amistad como contraseña de venta; Pedro, en la casa del sumo sacerdote, juró
tres veces no conocer a «ese hombre», mientras un gallo alerta le recordaba las palabras
premonitoras de su Maestro; los demás habían huido cobardemente.
La cruz es uno de los instrumentos de tortura más crueles, indignos y vergonzosos que
se han inventado a lo largo de la historia de la humanidad. La muerte en cruz:
– Expone al condenado como un objeto a contemplar, despojado incluso de sus ropas,
elevado desnudo y expuesto para el morbo y la curiosidad de los asistentes.
– Quita toda la intimidad de la agonía al convertir al reo en un espectáculo público,
sin poder asumir siquiera los momentos más intransferibles y personales de su
propia muerte; agonía feroz, muerte por asfixia.
– Izado al patíbulo, exhibido como una piltrafa, intenta ser una advertencia y un
escarmiento para quienes se atrevan a cuestionar las arbitrariedades del poder
siempre omnímodo.
La soledad de Cristo, en la situación límite, extrema, aun en esta última, la de su
muerte, era una vez más, ante una multitud. Y en ese momento supremo, parecía incluso,
que en un intervalo, se oscureciera el rostro del Padre y pesara como un mundo el
silencio de Dios. «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34)[30].
Sin embargo, no era Dios quien quería la muerte del Hijo, sino que respetaba al
máximo que culminase la última decisión, la definitiva elección de Jesús, intransferible y
propia: en fidelidad, en lucidez y en confiada entrega: «Padre, en tus manos encomiendo
mi espíritu» (Lc 23,46). Porque Él estaba pronto para levantar y abrazar al Hijo inocente
y machacado.
Durante los años de su vida pública, y en su estrecha compañía, los discípulos no
fueron capaces de descubrir la identidad de Jesús. Tan enfrascados estaban en sus
ambiciones y proyectos, reparto de puestos y cargos «al modo humano» que no
entendieron los proyectos «al modo de Dios». Aunque no dejaron de seguirlo, lo que
manifestaba una rendija de luz.
No sorprende, por tanto, que a la hora del apresamiento de Jesús y del comienzo de su
calvario, lo abandonaran, al derrumbarse su ficticio imperio, como miedosos y faltos de

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fe.
Pronto, tras la Pascua de Jesús, con la presencia inefable del Espíritu del Resucitado,
se les abrirán los ojos, se alumbrarán sus mentes, se calentarán sus corazones, para
comprender y proclamar. Incluso, para entregar sus vidas por la causa del Señor y su
Evangelio.
– Un tercer círculo, más amplio e indefinido, abarca a la gente del pueblo, las
multitudes, en general, no siempre fácil de delimitar. Las multitudes aparecen como
ambiguas en su comprensión y superficiales en su adhesión a Jesús. Sin duda, se movían
por lo inmediato de sus necesidades y limitaciones, que eran muchas. Lo buscaban, se
admiraban, podían entusiasmarse, incluso, pero no tenían respuestas más hondas,
compromisos más fuertes. Primaba, ciertamente, una búsqueda más interesada que
personalizada. Pocas preguntas inquietas y muchas demandas imperiosas.
La multitud era a veces tan asfixiante, que ni siquiera le dejaba tiempo para comer, y
Jesús se sentía abrumado a tal punto de pedir a sus discípulos alejarse en la barca en
dirección a otras latitudes, orillas más distantes y tranquilas (Mc 6, 31-32).
Juan en su evangelio subraya dos invectivas fuertes de Jesús a la multitud. La primera
acontece tras la multiplicación de los panes y los peces. La gente lo buscaba, lo
perseguía hasta en barcas, para encontrarlo en la otra orilla del lago. Pero él la
desenmascaró: «Os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino
porque comisteis pan hasta saciaros» (6,26).
Pero lo más triste va a suceder cuando Jesús haga el anuncio del otro alimento, del
«pan de vida», su carne y su sangre como verdadera comida y verdadera bebida,
respectivamente. Entre la gente (y entre sus propios discípulos, como se ha visto) se
produjo la gran incomprensión, la deserción: «Esta doctrina es inadmisible. ¿Quién
puede aceptarla?... Y desde entonces muchos se retiraron y ya no iban con él» (6,60.66).
La superficialidad, la inconsistencia de las multitudes, viene personificada en unas
ciudades concretas, por su mayor incomprensión o cerrazón, porque en ellas había hecho
la mayoría de sus milagros. El dolor de Jesús por esa situación, lo expresan los
evangelios con un lirismo desgarrado.
Jesús las increpó proféticamente: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si
en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo
que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido. Por eso os digo que
el día del juicio será más llevadero para Tiro y Sidón que para vosotras.
Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás! Porque si en
Sodoma se hubieran hecho los milagros realizados en ti, hoy seguiría en pie. Por eso os
digo que el día del juicio será más llevadero para Sodoma que para ti» (Mt 11,20-24).
Pero qué duda cabe que era la negación de Jerusalén el dolor más agudo, el lamento
más sentido. La tierna solicitud por la ciudad, que David convirtiera en capital del reino
y Salomón la dignificara con la construcción del magnífico templo, orgullo de la nación,
centralidad del culto y de las grandes celebraciones, todo hacía que Jesús evocase su
historia de infidelidades y la renuencia a su cariño, casi maternal, ofrecido: «¡Jerusalén,
Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía. Cuántas veces he

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querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas, y no
habéis querido. Pues bien, vuestra casa se os quedará desierta. Y os digo que ya no me
veréis hasta que llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en el nombre del
Señor» (Lc 13,34-35).
En la última semana de su vida mortal, tras las aclamaciones de la multitud, cuando
Jesús se fue acercando, «al ver la ciudad de Jerusalén lloró por ella», nos comenta Lucas.
Lágrimas también del corazón con esta queja plena de congoja: «¡Si al menos este día
comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados» (Lc
19,41-42).
Las reacciones últimas de las multitudes las ofrecen estas dos escenas contradictorias
y patéticas: el domingo de ramos, Jesús fue aclamado por la gente; las ropas se tendían a
su paso, las ramas se agitaban alegres, se proclamaba con «¡hosannas!» al hijo de David.
Y el viernes santo, se preferirá a Barrabás y se gritará tumultuariamente el
«¡crucifícale!».
Y esta antinomia vergonzosa y cambiante resalta tanto más, si se tiene en cuenta esta
observación que ofrece Lucas: «Jesús enseñaba en el templo durante el día, y por la
noche se retiraba al monte de los Olivos. Y todo el pueblo madrugaba para ir al templo a
escucharlo» (21,37-38).
Puede pensarse que, acaso, y en descargo de esta gente madrugadora, la turba que
gritó durante el proceso de su condena no fuera exactamente la misma que iba temprano
para oírlo, y, quizá tampoco fuera la mayoría de los que en su entrada a Jerusalén salió a
aclamarlo, ya que para la fiesta de la pascua se congregaban peregrinos venidos de
muchas partes.
De cualquier modo, la volubilidad de las multitudes pone al descubierto, en alguna
medida, la inconstancia del corazón del hombre, pese a las manifestaciones de Dios. La
soledad de Cristo fue siempre «en multitud».

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3
Las acechanzas a Jesús
(La persecución)

Desde el primer momento de su predicación evangélica y del instante mismo de su


primera acción liberadora, que, según Marcos (1,23-28), aconteció con la curación de un
endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún, las autoridades religiosas, especialmente los
encargados de las «casas de oración», los fariseos (letrados, escribas, y doctores de la
Ley), agudizarán sus sospechas en torno a Jesús, iniciarán una acechanza que irá
creciendo hasta convertirse en un marcaje estresante, y culminar en claras acusaciones
con intenciones de condena.
Este acecho se ampliará y profundizará cuando Jesús suba a Jerusalén, ya en la etapa
final de su vida, según los Sinópticos, y enseñe en el templo, reducto inexpugnable de la
potestad del sumo sacerdote, la casta sacerdotal y los saduceos, en general.
Este choque frontal con las autoridades religiosas se centra, pues, especialmente con
los dos grupos más importantes y detentadores del poder religioso: los fariseos (en las
sinagogas) y los saduceos (en el templo). Estos grupos no eran numerosos, sino
minoritarios, si se tiene en cuenta la población de Israel, (alrededor de un millón en el
siglo I), ya que el número de fariseos ascendía a unos cinco o seis mil integrantes;
mientras el de saduceos era casi un gueto ínfimo, con sus quinientos o seiscientos
miembros. Pero, pese a su escasa incidencia numérica, ambos grupos monopolizaban la
representatividad religiosa.
Existía un tercer grupo relativamente numeroso de esenios, unos cuatro mil, y su
famosa comunidad de «monjes del desierto» de Qumrán, junto al Mar Muerto.
«Aunque el origen de los esenios (y de la comunidad de Qumrán, que constituía
probablemente su centro) está rodeado de muchos enigmas históricos, la versión
tradicional sigue siendo la más probable: en el siglo II un sumo sacerdote macabeo (el
“sacerdote sacrílego” de los escritos de Qumrán) relevó del cargo a otro sumo sacerdote
sadóquida. Este sumo sacerdote destituido se alía después con grupos fundamentalistas
que existían ya (como asiedos) independientemente de él. Como “Maestro de justicia”,
hizo de la comunidad formada por aquellos grupos, un templo vivo destinado a sustituir
el culto de Jerusalén, que consideró ilegítimo por haber sido profanado.
En esta comunidad cultual dominan los “hijos de Sadoc”, es decir, parientes de
familias de sumos sacerdotes legítimos. Por eso las cuestiones de pureza sacerdotal
desempeñan un papel central; junto con las cuestiones de calendario y de las distintas
normas rituales, se convierten en rasgos de identidad social, diferenciadores de los
grupos»[31].
La incidencia social de los esenios era irrelevante o nula, dado su sentido de no
inmiscuirse en las realidades temporales. Y, de hecho, los evangelios no los citan.

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Qumrán fue destruido en los años 66-67 por el general Vespasiano, durante la
sublevación general de los judíos contra Roma que culminaría el año 70 con la
destrucción de Jerusalén y su templo.
Importa, ahora, siquiera brevemente, pergeñar las características más relevantes de
fariseos y saduceos, dada su clara incidencia en la vida y la muerte de Jesús.

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Los orígenes
Tanto fariseos como saduceos nacen a mediados del siglo II antes de Jesús. Tienen un
común origen en la primera persecución religiosa desatada por el rey de Siria Antíoco IV
Epífanes («el representante de Dios») (167-165), si bien sus divergencias religiosas los
distanciarán y los enfrentarán, andando el tiempo. Aunque estarán unidos en el cerco a la
persona de Jesús.
Ante la prematura muerte a los treinta y tres años del joven macedonio Alejandro
Magno (356-323 a.C.), su inmenso imperio, que abarcaba casi todo el mundo conocido,
fue repartido entre varios de sus generales.
A Seleuco le tocó el gobierno de Siria y Mesopotamia, y a Tolomeo, el de Egipto.
Por lo que respecta a Judá, fue objeto de una larga disputa entre ambos monarcas. Tras
dos décadas de escaramuzas y luchas, por fin se delimitó el territorio y así Judá pasó a
depender del poder de los Tolomeos, lo que le deparó poco más de un siglo de relativa
paz (del 300 al 197 a.C.).
«Será una época de tranquilidad para los judíos (¡por última vez en su historia!). Con
su soberanía nacional anulada desde hace siglos, Judá no pasa de ser un pequeño
municipio eclesiástico densamente clericalizado por la influencia de sacerdotes y levitas,
así como por la virtual ausencia de profetas. Se pregunta ahora si no es como los demás.
Vive, o mejor, sobrevive en una especie de retiro espiritual, dedicándose más de lleno a
la problemática del judaísmo y del hombre en general, manteniendo como cuadro de
referencia su fe»[32].
Pero la felicidad dura poco en la casa del pobre. Y así, ante el constante intento de los
«Seléucidas» (sucesores de Seleuco, en cuya dinastía destacarán especialmente los
Antíocos) de Siria, para dar el zarpazo en el momento oportuno, sucedió que Judá y
Jerusalén pasaron a depender de esa dinastía en el año 197 a.C.
El verdadero conflicto, sin embargo, estallará bajo el gobierno de Antíoco IV
Epífanes, que decretará la «helenización» forzosa, obligatoria, de todos sus territorios.
En connivencia con los sucesivos sumos sacerdotes (nombrados o destituidos por el
propio rey), la ciudad de Jerusalén debió soportar la presencia de una guarnición militar,
el establecimiento de colonias paganas, la construcción de un gimnasio al estilo griego y
hasta la entronización de una estatua de Zeus en pleno templo.
Menelao, sumo sacerdote (c. 167), por orden del rey, prohibió bajo pena de muerte la
observancia del sábado, la circuncisión y la celebración de las fiestas religiosas.
Comenzaba, pues, la primera gran persecución religiosa de la historia del pueblo judío.
Apostatar o morir será la disyuntiva. Y aunque hubo apostasías, un historial de mártires
proclamará con sangre la fidelidad a su Dios y a su Ley. Véase, por ejemplo, la entereza
y la fortaleza de «los siete hermanos y su madre» dándose ánimos para el ofertorio
(2Mac 7).
No podía ser mayor la humillación del pueblo y la afrenta a su religión. La
indignación, incubada ya, irá en aumento, hasta convertirse en resistencia armada

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encabezada por la familia sacerdotal de los asmoneos, Matatías y sus cinco hijos, que
huirán al desierto y las montañas para organizar la lucha. Tendrá el apoyo de un conjunto
de gente piadosa y celosa de su Ley, los asideos.
Sucederá a Matatías su hijo Judas, apodado el Macabeo («martillo») por su capacidad
de machacar enemigos. De victoria en victoria reconquistará Jerusalén y hará purificar el
templo (1Mac 4,36-51).
Lamentablemente, las divisiones se harán decisivas a la muerte de Judas, con la
sucesión de su hermano Jonatán. Este asumió el cargo de sumo sacerdote (c. 152), que
no le correspondía porque no pertenecía a la descendencia de la familia de Sadoc.
Este gran escándalo, inaceptable para muchos judíos que acompañaron la lucha
dirigida, luego, por los Macabeos, dará origen precisamente, a la formación de los dos
grandes grupos religiosos que ostentarán el poder en tiempos de Jesús.
Los asideos, judíos piadosos, se sintieron especialmente traicionados. Y decidieron
«separarse» formando un grupo especialmente dedicado al cumplimiento de la Ley, tan
vergonzosamente violada por Jonatán. Surgirán, así, los fariseos (los «separados»), que
se distinguirán y se distanciarán de quienes no cumplían estrictamente la Ley (la Torá).

Los fariseos
Desde sus mismos orígenes (c. 152 a.C.) los fariseos tendrán como característica
identificatora el cumplimiento estricto de la Ley. Ley que se irá adaptando y haciendo
fungible con la aportación interpretativa, según las vicisitudes de los tiempos. Surgirá así
«la tradición de los mayores» como complemento de la Ley escrita. En la Ley y en la
«tradición de los mayores» consistirá toda la razón de ser de este grupo que quería
destacarse como «separado», fariseo.
Los fariseos estaban más cerca del pueblo por su función en la sinagoga (que tenían a
su cargo) y gozaban de prestigio entre la gente; pero estaban «sobre el pueblo»; no se
sentían pertenecientes como miembros integrantes, porque su concepto de superioridad
religiosa les llevaba a despreciar a un pueblo ignorante. Para que se convirtiera en
pueblo justo, pueblo de la alianza, el Israel de Yavé, debía conocer y cumplir la Ley que,
con demasiada frecuencia, desconocía y menos aún practicaba.

La sinagoga
La sinagoga («lugar de reunión») era ante todo una «casa de oración» y en ella se
celebraban las reuniones, especialmente el sábado, si bien se podían reunir
cotidianamente. Su necesidad y su consiguiente proliferación provenían de la
destrucción del templo por Nabucodonosor (587 a.C.) y de los mismos judíos en el
exilio, como exigencia de un lugar de escucha de la palabra, recogimiento y meditación.
Pero la sinagoga era también lugar de estudio de la Torá y de la Escritura en general.
Por eso tenía, anejas al espacio principal, habitaciones destinadas a tal fin (para niños y
mayores). Allí enseñaban los escribas y maestros. Estaba presidida por un jefe o
responsable, con un ayudante y asistido por un consejo de ancianos. Ligada a la

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sinagoga, y en las ciudades más importantes, existía un tribunal compuesto por ancianos
y notables e integrado por veintitrés miembros que juzgaban los asuntos ordinarios,
menores, referentes a los temas religiosos y cotidianos.
La proliferación fue grande ya que un grupo de personas podía construir su propia
sinagoga. Hay referencias que elevan a centenares las sinagogas existentes en Jerusalén
en tiempos de Jesús.
La obsesión de los fariseos era hacer cumplir la Ley de Moisés. Y para que no diera
lugar a equívocos en su formulación, ellos se encargaron de crear un conjunto claro y
preciso de normas que permitieran una exacta realización práctica. Así, la hacían
accesible y sin posibles distorsiones. Fueron, en consecuencia, añadiendo normas a
normas, actualizando tradiciones orales, que se convirtieron en cargas insoportables, en
tales cantidades de prohibiciones u obligaciones, imposibles incluso de recordar.
«Es importante sobremanera, en todo momento el magisterio de los escribas, que se
ocupan de la complicada aplicación de todos y cada uno de los mandamientos y están en
situación de sentenciar lo que el hombre sencillo tiene que hacer en cada caso, en cada
situación, en cada momento. “Casuística” se ha llamado más tarde a esta técnica y
muchos y grandes tomos de teología moral cristiana están llenos de ella. En suma: un
empaquetado de cada uno de los momentos del día, de la mañana a la noche, en
envolturas legales»[33].
En el celoso estudio de la Torá, llegaron a descubrir nada menos que seiscientos trece
preceptos (entre positivos y negativos), que debían ser estrictamente observados como
condición de realización y piedad.
Esta observancia con métrica y balanza de precisión hacía que los fariseos se creyeran
hombres justos y santos. Su concepto de religión era claramente frío, mecánico,
exteriorizante y escrupuloso, sin misericordia y sin corazón. Se podía ostentar satisfecho
el pago del diezmo del eneldo y del comino, mientras se despreciaba o menospreciaba a
medio mundo.
En ese desmedido afán por ser considerados piadosos, utilizaban la religión en
beneficio propio, para un prestigio personal o social, y todo lo hacían «para ser vistos
por la gente»: largas oraciones en las esquinas de las plazas; ayunos dos (o tres) veces
por semana; filacterias anchas y largos flecos en los mantos... y les gustaba que la gente
los llamara «maestros». De ahí su hipocresía. El orgullo los perdía; la vanidad los
trastornaba. «¡Necios y ciegos! que coláis el mosquito y os tragáis el camello» (Mt
23,24).
En la parábola de «los dos orantes» que van al templo, Lucas (18,9-14) caricaturiza,
no sin ironía, la autosuficiencia del fariseo. ¿De qué podía hablar con Dios el fariseo,
sino de sí mismo? Y debía quedar claro, además, que él era incomparable con cualquier
otro, con los demás, por su santidad y sus obras: «Ayuno dos veces por semana y doy el
diezmo de todo lo que tengo». Y esto debía resaltarse aún más y resultar patente por
contraste entre lo bueno y justo que era él y lo lamentables que eran los demás:
«ladrones, injustos, adúlteros». Y no podía faltar el desprecio más desdeñoso, ya que el
otro orante era un infeliz publicano.

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Los evangelios son duros e implacables con el llamado «fariseísmo» religioso que se
cifra en la hipocresía y la norma.
El capítulo 23 de Mateo (los terribles siete «ayes»: «¡Ay, de vosotros!») que cifra y
resume conducta y actitudes del grupo fariseo, contiene, sin duda, la máxima acusación
contra ese espíritu y esa manera de entender lo religioso.
Quizá en tiempos de Jesús (y puestos en sus labios), no se llegara a tales extremos.
Más probablemente este Evangelio refleja, como es su característica, en una misma
página, desencuentros e invectivas de diversos momentos, a lo largo de los días o los
años.
Influye también, seguramente, la situación concreta de la comunidad cristiana de
donde surge este Evangelio, quizá en la ciudad de Damasco (hacia los años 80/90),
cuando ya se va marcando un claro distanciamiento entre los dirigentes fariseos de la
sinagoga. En los primeros años del naciente cristianismo, de las pequeñas comunidades
iniciales, especialmente en Jerusalén, la distinción no era necesariamente muy precisa en
aspectos tradicionales, como la oración en el templo o algunas costumbres judías. El año
70, con la destrucción de Jerusalén y su templo, marcó la dispersión de judíos y
cristianos. Ellos, dirigidos por fariseos, se establecieron en Jamnia, a pocos kilómetros
de la capital. A partir de ese momento, ya sin culto, sin sacrificios y sin templo, los
saduceos irán desapareciendo de la escena.
Fue por entonces, también, cuando en las sinagogas se añadió una bendición contra
los herejes, y entre ellos, están los discípulos de Jesús: «Que en un instante desaparezcan
los nazarenos y los herejes, que sean borrados del libro de los vivos y que no sean
escritos entre los justos. ¡Bendito seas, Yavé, que doblegas a los orgullosos!» (de la
Semoné Esré).
Y a todo esto, puede añadirse que, según los expertos, el más que probable autor de
este evangelio de Mateo fuera un escriba converso, que conoce muy bien las Escrituras y
las utiliza con frecuencia, y también conoce óptimamente el espíritu farisaico y lo
desenmascara con contundencia poco contenida.
Pese a todo, en la comprensión del grupo de los fariseos y su relación con Jesús,
deben tenerse presentes estos aspectos importantes, estos matices.
– En competitividad por aparecer como piadosos, se distinguían grupúsculos muy
originales entre los fariseos. Algunos, sin duda, pintorescos cuando no surrealistas. Por
ejemplo: los llamados «heridos en la frente», porque caminaban tan recatados y con los
ojos bajos para no ver a una mujer, que terminaban tropezando inevitablemente contra
un muro; o los llamados «morteros», porque caminaban tan encorvados, por devoción
exterior, de tal modo que se asemejaban a quienes manejaban el mortero.
Pero también había otros, más sensatos, que procuraban hacer una obra buena, al
menos una vez al día, y otros que obraban por amor a Dios. Sin duda, entre estos últimos
y Jesús existía alguna afinidad y cercanía; incluso pueden subrayarse algunas muestras
de aprecio y simpatía por parte de ellos hacia Jesús.
Jesús iba camino de Jerusalén enseñando en aldeas y pueblos. Y en un momento dado,
cuenta Lucas, «se acercaron unos fariseos y le dijeron: “Sal, márchate de aquí, porque

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Herodes quiere matarte”» (13,31).
Juan comenta cómo se entabló una discusión entre un grupo de fariseos a propósito de
la curación del ciego de nacimiento que Jesús acababa de realizar: «Algunos de los
fariseos decían: “Este no puede ser un hombre de Dios, porque no respeta el sábado”.
Pero otros se preguntaban: “¿Cómo puede un hombre pecador hacer estos signos?”»
(9,16).
En otra oportunidad, ante un grupo de fariseos que había intentado prender a Jesús,
debió intervenir uno de sus pares, Nicodemo, magistrado, alto cargo del Consejo, para
recordarles: «¿Acaso nuestra ley permite condenar a alguien sin haberle oído
previamente para saber lo que ha hecho?» (Jn 7,50).
– Jesús se presentó en el ejercicio de su misión como profeta y como maestro. Y en
ambos menesteres la palabra era esencial. Como profeta, era un hombre laico (no era
sacerdote judío) que anunció el reino de Dios como un modo nuevo de manifestación
divina y denunció las injusticias y las opresiones de su pueblo por parte de los poderes,
especialmente religiosos. Entroncaba así con las grandes figuras del Antiguo
Testamento, si bien siempre de una manera nunca identificable, sino atípica.
Como maestro, ofrecía un mensaje novedoso, de proximidad y salvación. Anunciaba,
proclamaba y exhortaba. Y, por encima de todo, «enseñaba con autoridad» que invitaba
a la imantación de su palabra, al deseo de su escucha. «Nadie ha hablado jamás como lo
hace este hombre» (Jn 7,46). Era, pues, un maestro original.
Pero era en esta función pedagógica y docente en donde Jesús se encontraba próximo
a los escribas y doctores de la Ley, a los fariseos, en general. Era a este grupo al que más
se asemejaba. Por eso también será con el que más habrá de tropezar y chocar.

Los escribas
Los escribas (de «escribir») eran ante todo los «hombres del libro», especialistas en las
Escrituras y, en su gran mayoría, también fariseos. Su prestigio comenzó a crecer tras el
exilio de Babilonia, cuando su especialidad se distinguió claramente del oficio de los
sacerdotes, recluidos en el templo, dedicados al culto. Aunque había escribas que eran
sacerdotes o levitas, prácticamente todos fueron de condición laicos[34].
Para lograr el título de escriba había que hacer largos estudios: de Escritura, de
derecho y de las «tradiciones» interpretativas. Podían así obtener, primero, el título de
«doctores». A los cuarenta años el doctor podía ordenarse de escriba y podía aspirar a un
asiento en el Sanedrín. Se les llamaba «rabí» (maestros) y vivían generalmente de un
oficio, ya que no podían cobrar por sus actividades.
Como sabían hebreo y leer y escribir, enseñaban en las sinagogas, ya que los libros
bíblicos estaban escritos en hebreo y debían ser traducidos para el comentario hecho a la
gente que ya ni hablaba ni entendía esa lengua.
Sin duda, Jesús se formó en las sinagogas, en las escuelas rabínicas, a cargo de los
escribas, en su Galilea de infancia y juventud. Por ello, podía enseñar en las sinagogas y,
de hecho, los evangelios lo presentan muchas veces en la de Cafarnaún (donde tenía su

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casa) o visitando la sinagoga de su pueblo, como también, según lo refiere Lucas:
«predicando en las sinagogas de Judea» (4,44). Esta deferencia para con él (aunque, a
veces, más aparente y con intenciones aviesas), indicaba un aprecio por su persona y por
su enseñanza de parte de algunos de los encargados de las «casas de oración».
Por otra parte, existían episodios de proximidad, incluso de afinidad entre Jesús y los
fariseos, en especial con los escribas.
Narra Marcos que un maestro de la Ley se acercó a Jesús para preguntarle cuál era el
mandamiento más importante. A primera vista sorprende que nada menos que un rabí
haga esa pregunta a Jesús. Pero hay que tener en cuenta la gran cantidad de leyes,
preceptos, normas y tradiciones en los que se desenvolvían que, al fin, hasta a ellos
mismos se les volvían confusos su jerarquía y sus valores.
Pero la pregunta del maestro, si se tiene en cuenta el desarrollo del evento, no parece
provocada por la confusión o la duda, sino por el deseo de obtener la opinión de Jesús,
de escuchar su palabra que fue esta: «El mandamiento más importante es este: Escucha,
Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que
estos». Por ello, tras esta respuesta lo aplaudió y lo felicitó y él mismo se explayó con
gozosa efusión: «Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y no hay
otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas
las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y
sacrificios».
Esta compenetración con sus ideas y dada la sensatez de sus palabras, hicieron que
Jesús le devolviera su aprecio y le aclarase: «No estás lejos del reino de Dios» (12,28-
34).
Tras una disputa con los saduceos acerca de la resurrección de los muertos, unos
maestros de la Ley que escucharon a Jesús le manifestaron su simpatía y aprobación:
«Maestro, has respondido muy bien» (Lc 20,39). Era una coincidencia más, pues
también los fariseos admitían la resurrección.
El mismo Mateo, fustigador implacable del grupo fariseo, pone en labios de Jesús
estas apreciaciones de la Ley que bien pudieran suscribir maestros y doctores: «No
penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los profetas; no he venido a
abolirlas, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Porque os aseguro que antes
cambiarán el cielo y la tierra que una coma de la Ley: todo se cumplirá. Por tanto, el que
deje de cumplir uno de los mandamientos de la Ley, por insignificante que parezca, y
enseñe a los hombres a desobedecerlos, será el más pequeño en el Reino de los cielos; al
contrario, el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos» (5,17-
19)[35].
Cierto que a renglón seguido Jesús advirtió contra la casuística de los maestros de la
Ley y de los fariseos.
Y ofreció una interpretación más profunda e interiorizada, poniendo ejemplos de
renovación de antiguos mandatos, como «no matarás» o «no cometerás adulterio»

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(«habéis oído que se dijo..., pero yo os digo...»), a cuya luz de mayor exigencia, debían
vivirse todas las normas y preceptos (Mt 5,20-48).
Entre los varios anuncios que realizó Jesús acerca de su pasión y su muerte (hay tres
anuncios en cada uno de los evangelios sinópticos)[36] algunos son tan explícitos y
descriptivos, que sin duda, responden a una formulación posterior de las comunidades
cristianas. Ello confirma al mismo tiempo, ciertamente, que Jesús presintió su muerte
como un hombre libre que sabía muy bien cuál sería ese final que le esperaba, cuando
desenmascaraba sistemas de poder y de privilegios de los fuertes.
Pero lo que aquí se pretende es resaltar que en ninguno de esos anuncios se cita como
implicados a los fariseos, sí a «los notables, los ancianos, los jefes de los sacerdotes y
maestros de la Ley». De hecho, en los sucesos de la condena de Jesús, su participación
fue, sin duda, secundaria.

Los saduceos
El otro grupo que se separó (aunque no inmediatamente) tras la usurpación del sumo
sacerdocio por parte de Jonatán, fue el constituido por una porción relevante de los
sacerdotes del templo[37] y una vez ya alejados los seguidores del «Maestro de justicia».
Al proclamarse descendientes de la familia de Sadoc se denominaron «saduceos». En
efecto, cuando Salomón inauguró el templo, destituyó a Abiatar de su cargo sacerdotal y
al sacerdote Sadoc le dio el puesto (1Re 2,35).
Era un grupo minoritario, pero que fue adquiriendo poder y dinero cada vez más en
forma creciente, hasta constituir una casta aristocrática. A ello contribuyó, sin duda, su
pragmatismo acomodaticio y su relativismo religioso. Por ello:
– Se amoldaron siempre a los nombramientos de sumos sacerdotes, sin cuestionar, en
adelante, su origen, su procedencia o la autoridad que los designara (ya fuera
Herodes o la autoridad romana). Así estaban siempre en buenas relaciones con el
poder dominante, en connivencia y convivencia con los romanos, en tiempos de
Jesús.
– Como eran los hombres del templo, centraron en el culto, la liturgia y los sacrificios
su código de santidad. En consecuencia negaron «las tradiciones de los mayores»,
especialmente las interpretaciones de los fariseos y se adhirieron exclusivamente a
la Torá. Rechazaron, igualmente, los libros de los Profetas, porque sus exigencias
de derecho y de justicia social, chocaban frontalmente con su modo de vivir, poco
austero. Y, por supuesto, apegados a los bienes terrenales, que poseían en
abundancia (y recibidos como bendición divina), y buenos gozadores del momento
presente, negaban la posibilidad de una retribución futura, la resurrección. Era en
este tiempo, en este presente opimo en donde Dios manifestaba su bendición con
larga vida y posibilidades de disfrute.

El sumo sacerdote

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La familia de Sadoc se quedó con las funciones hereditarias del sumo sacerdote, con una
descendencia estable, como el rey: «Yo me nombraré un sacerdote fiel, que hará lo que
yo quiero y deseo; le daré una familia estable y vivirá siempre en presencia de mi
ungido» (1Sam 2,35).
Ejercía en nombre de Dios el poder religioso y civil sobre todos los judíos, tanto de
dentro del país como del extranjero. Era el máximo responsable del templo y presidía el
Consejo llamado Sanedrín.
El día de la «expiación», ese único día del año, penetraba en el sancta sanctorum para
implorar el perdón de Dios por los pecados de su pueblo. A partir del retorno del exilio
(537 a.C.), desaparecida la monarquía, su poder se fue convirtiendo en exclusivo y
omnímodo como guardián del pueblo de Israel. Si bien, Herodes y, posteriormente, los
romanos se encargaron de irlo restringiendo.
Al sumo sacerdote se le exigía una pureza especial para no contaminarse y ejercer su
función. Debía tener presentes las leyes de la pureza ritual. Sólo podía tener una esposa,
hija a su vez de sacerdote; de ahí el fácil nepotismo entre las familias especialmente
influyentes y adineradas, ya que los miembros de las familias constituían una
aristocracia sacerdotal.
El sumo sacerdocio era hereditario; pero, aun exonerados o depuestos por el poder
político de turno, seguían siendo influyentes por su posición (por ejemplo Anás, con su
suegro Caifás).
Las familias sacerdotales rivalizaban por el cargo. Eran propietarias de las tiendas del
templo, con lo cual se aseguraban la continuidad de sus pingües ingresos.

El Sanedrín
El Sanedrín («los que se sientan juntos») era un consejo que ejercía poderes: religioso,
judicial y financiero en Israel. Era un Consejo de gobierno y a la vez la Corte Suprema
de Justicia para todos los judíos. El edificio de este tribunal estaba dentro del recinto del
templo, junto al patio principal reservado a los varones.
Caía bajo su jurisdicción todo cuanto se refería a, o tenía relación con la Ley y las
cuestiones religiosas de mayor trascendencia. Sus decisiones eran inapelables y debían
ser cumplidas. Y de ello, en tiempos de Jesús, se encargaban las autoridades romanas. La
condena a muerte, sin embargo, sólo la podía pronunciar la autoridad romana, el
procurador, en Palestina. La cruz era un suplicio que los romanos habían importado de
oriente y la aplicaban en exclusiva.
El origen del Sanedrín debe buscarse, al parecer, en el sacerdote escriba Esdras, que se
rodeó de un conjunto de sacerdotes para recopilación y clasificación de los libros
sagrados (s. IV a.C.). Se constituyó a semejanza de las setenta personas que rodearon a
Moisés (Núm 11,16). Con el sumo sacerdote que presidía, el Consejo constaba de setenta
y un miembros integrados por sacerdotes, ancianos (senadores) y escribas destacados
(letrados). En su gran mayoría eran del partido de los saduceos. En todo caso, siempre
controlado por ellos.

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Los levitas
Merecen también una mención los levitas (pertenecientes a la tribu de Leví), pese a sus
orígenes históricos aún no suficientemente esclarecidos y cuyo número oscilaba entre los
diez mil miembros.
Cuando en tiempos de Salomón fue decretada la centralidad del culto, supuso la
desaparición progresiva de varios santuarios distribuidos por todo el territorio (Betel,
Siquén, Mambré, Betsabé, Siló, etc.); los levitas, miembros del clero de esos
«altozanos», se fueron recolocando al servicio del único templo como auxiliares de los
sacerdotes: una especie de anticipados sacristanes.
Ejercían especialmente dos tipos de trabajos: uno litúrgico, a cargo de la música y el
canto para las ceremonias; otro de limpieza y seguridad del templo: eran los guardianes y
policías que vigilaban día y noche.
Su pertenencia al grupo de los levitas era hereditaria. Y constituían un conjunto, en
general, no muy boyante, dados sus salarios nada envidiables, salvo los más elevados
cargos del escalafón, como jefes de guardia o de la policía.
Sin duda, varios de ellos participaron en el prendimiento de Jesús en la noche del
huerto de los Olivos. Era «ese grupo armado con espadas y palos» del que habla Marcos
(14,43) y del que Juan precisa: «unos policías de los pontífices y fariseos entraron allí (al
huerto) con linternas, antorchas y armas» (18,3).
El reducto de los saduceos era la ciudad de Jerusalén, y el templo, su ámbito concreto.
Por eso mismo, no tenían mayor contacto con el pueblo y detestaban especialmente a los
iluminados y autoproclamados «mesías» que surgían siempre como una amenaza a su
statu quo, sumamente conservador[38].

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El cerco de las acechanzas
Los fariseos estarán al acecho, presentes propiamente en toda la trayectoria de Jesús, con
mayor o menor representación, pero perseverantes, incansables sabuesos.
¿Qué vigilaban; qué buscaban con tal ahínco, en torno a Jesús? Pues, como buenos
cancerberos de la Ley, buscaban sorprender a Jesús en heterodoxias o herejías,
intentaban desautorizarlo, pillarlo en contradicciones, dejarlo en evidencia ante la gente.
De ahí su insistencia dialéctica. Pero también, y en especial, vigilarlo en su observancia
del sábado, dada la importancia de este día relevante y santo. Sin olvidar las
«tradiciones» que precisaban muchas prácticas específicas, como la relación con
personas y objetos.
Una de las cosas que perseguían en Jesús era sorprenderlo en blasfemia, para poder
llevarlo a juicio, ya que es el pecado que más posibilidades de lapidación les ofrecía. Y
contaría con la aprobación del Consejo Supremo. Jesús los desafiaba claramente al
«perdonar los pecados» al paralítico y reafirmar su poder con la curación. Los maestros
de la Ley sólo «piensan» para sí, ante tal atrevimiento: «¿Cómo puede este hablar así?
¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» (Mc 2,6).
También el fariseo, que invitó a su mesa a Jesús, junto con sus comensales, sólo
«piensan» para sus adentros, ante el perdón de Jesús a la pecadora que ha ungido sus
pies: «¿Quién es este que hasta perdona los pecados?» (Lc 7,48). La respuesta era clara.
¿Por qué no actuaron, en consecuencia? Lo que sucedía era que no se atrevían, dada la
popularidad de Jesús ante una gente maravillada por lo que hacía: «Nunca hemos visto
cosa igual» (Mc 2,3-12).

Observancia del sábado


Las cuestiones que se suscitaban a propósito del sábado tenían que ver con la Ley de
Moisés. El sábado constituía uno de los preceptos más significativos. Era cierto, sin
embargo, que la relación de prohibiciones o acciones que no debían realizarse en sábado,
las habían dictado, en gran medida, los mismos fariseos.

– Curar en sábado
A la gran mayoría de fariseos les resultaba intolerable, por considerarlo una violación
grave de la ley de Moisés, que Jesús curara en sábado, y a veces, nada menos que en la
propia sinagoga. Y por añadidura, no tenían argumentos ante las preguntas afiladas, o las
explicaciones demoledoras, pero sensatas, por su sentido común, de Jesús. Y debían
rumiar su despecho y quedarse callados delante de la gente.
Los evangelios relatan varias curaciones en sábado y, algunas de ellas, en la sinagoga.
Quedan de manifiesto pautas que muestran a las claras las acechanzas y conspiraciones
de los fariseos. Sin duda, según sus formas de entender, Jesús les ofrecerá claros motivos
para prenderlo y someterlo a juicio. He aquí algunos ejemplos:

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En esta narración de Marcos, el escenario es la sinagoga. Jesús se encontró con un
hombre que tenía una mano atrofiada. Y el narrador precisa: «Lo estaban espiando para
ver si curaba en sábado y tener así un motivo para acusarlo». Jesús, que los conocía muy
bien, les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal; salvar
una vida o destruirla?». Incapaces de sostener su posición en contra, optaron por
«permanecer callados». Tal era su cerrazón, su coraza de orgullo infranqueable, su
insuperable ceguera. Por eso Jesús «mirándoles con indignación y apenado por la dureza
de su corazón, dijo al hombre: “Extiende la mano”. Él la extendió y su mano quedó
restablecida». Pero ellos no podían sufrir tal humillación. Y «en cuanto salieron, los
fariseos se confabularon con los herodianos para planear el modo de acabar con él» (3,1-
6).
Esa recurrencia a sus despreciados herodianos resultaba, como mínimo, incongruente,
ya que nada tenían en común con ellos. Acaso se debía a su mayor capacidad de
movimientos, a su mayor efectividad de acción por su cercanía al poder de Herodes
Agripa.
Hay que tener en cuenta que cuando los fariseos «tramaban la muerte» de Jesús, no
estaban intentando cometer un crimen o realizar un asesinato clandestino que pudieran
encomendar a los herodianos. Lo que andaban buscando era cómo aplicarle la Ley, en
cuya observancia ellos tenían la responsabilidad y que se complacían en ejercer con
ejemplaridad y «santa» jactancia.
Lucas narra otro episodio muy semejante al anterior. Hay, sin embargo, un cambio de
escenario: es en la casa de uno de los jefes de los fariseos. Jesús estaba invitado un
sábado a comer. «Ellos estaban al acecho» pues había un enfermo de hidropesía. Jesús
les formuló la misma pregunta: «¿Se puede curar en sábado o no?». Y ellos dieron la
misma callada por respuesta. Y Jesús, tras curar al enfermo, les hizo estos razonamientos
incontestables: «¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca
inmediatamente, aunque sea en sábado?» (14,1-6).
En esta otra curación, de la mujer encorvada desde hacía dieciocho años, también en
sábado y en la sinagoga, intervino el jefe de la misma, lleno de indignación por la acción
de Jesús e increpó a los asistentes: «Hay seis días en que se puede trabajar. Venid a
curaros en esos días y no en sábado». No se atrevió a dirigirle el reproche a Jesús como
causante de esa curación. Lo hizo de forma indirecta, retorcida.
Por ello, la respuesta de Jesús fue dura e involucró a toda su ralea: «¡Hipócritas! ¿No
suelta cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre en sábado para llevarlo a
beber? Y a esta, que es una hija de Abrahán, a la que Satanás tenía atada hace dieciocho
años, ¿no se la podía soltar de su atadura en sábado?» (Lc 13,10-17).
Juan narra dos curaciones en sábado que producen un consiguiente amplio debate,
según característica de este Evangelio, en torno a la propia identidad de la persona de
Jesús. Además, al realizarse ambas curaciones en Jerusalén, intervienen ya «los judíos»,
según expresión también muy propia de este Evangelio, para indicar a las autoridades, a
los «jefes». Se refiere, sin duda, a los integrantes del Sanedrín, en su mayoría saduceos.
El primer «signo», también al modo singular de este Evangelio, es el del paralítico

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postrado desde hacía treinta y ocho años junto al estanque de Betesda. Jesús le ordenó:
«Toma tu camilla y vete a tu casa». El celo por el cumplimiento del sábado llevó a «los
judíos» a advertir al que había sido curado: «Hoy es sábado y no te está permitido llevar
al hombro tu camilla». Jesús, que se lo había ordenado, ofreció una justificación que era
otro desafío: «Mi Padre no cesa nunca de trabajar; por eso yo trabajo también en todo
tiempo». Y prosiguió con un largo discurso sobre la autoridad del Hijo (5,1-47).
El segundo «signo» es el del ciego de nacimiento. En su curación, Jesús hizo un rito
un tanto extraño, aunque no en aquel contexto: «Escupió en el suelo, hizo un poco de
lodo con la saliva y lo extendió sobre los ojos de aquel hombre» y lo mandó a lavarse a
la piscina de Siloé. Una vez hecho lo mandado, veía.
Esta vez son de nuevo los fariseos los que intervinieron para desacreditar la acción de
Jesús en sábado. Pero el hombre que había sido ciego, con magnífica lógica, les destrozó
sus sofismas: «Jamás he oído decir que alguien haya dado la vista a un ciego de
nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no habría podido hacer nada». Lo que le
valió insultos y expulsión de la sinagoga. (Seguramente este dato indica la situación real
de los cristianos, expulsados de la sinagoga hacia finales del siglo I).
La petulancia de los fariseos les llevó a preguntar a Jesús: «¿Acaso también nosotros
estamos ciegos?». Jesús había dicho: «He venido para dar la vista a los ciegos y para
privar de ella a los que creen ver». Por eso su respuesta, una vez más, fue contundente:
«Si estuvieseis ciegos no seríais culpables; pero como decís que veis, vuestro pecado
permanece» (9,1-41).
El sábado para Jesús era un día muy especial para proclamar la salvación de Dios y
actualizarla con hechos sanadores y de liberación del hombre. «Misericordia quiero y no
sacrificios» (Mt 12,7).

– Trabajar en sábado
Este episodio se refiere a la «violación del sábado» por parte de los discípulos de Jesús.
Pasaban un sábado por unos sembrados y sintiendo hambre, «se pusieron a arrancar
espigas y a comerlas». Los celosos fariseos increparon a Jesús: «¿Te das cuenta de que
tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado?».
Y otra vez más, la respuesta de Jesús, tras unos ejemplos bíblicos, los desarboló y los
desarmó. «El sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado»,
magnífica afirmación de cómo entendía Jesús el sentido no sólo del descanso sabático,
sino de toda la religión (Mc 2,23-28).
En Mateo se añaden dos afirmaciones taxativas de Jesús, que tienen un contenido
altamente explosivo: «Aquí hay alguien más importante que el templo» (12,6), lo dijo a
propósito del trabajo de los sacerdotes en el templo en sábado. Y la otra: «El Hijo del
hombre es señor del sábado» (12,8). Sendas proclamaciones encendidas podían sonar a
blasfemias, si no fueran ciertas.

64
La celebración del sábado
Dedicar un día al descanso con un sentido religioso, para la alabanza, las ofrendas, la
acción de gracias, tiene un origen ancestral en las diversas manifestaciones cultuales,
según las culturas.
El descanso del sábado enraíza, pues, con estas vivencias antiguas. Y su origen se
pierde en lejanos antecedentes. Si bien, es el libro del Éxodo el que explicita el sentido y
la obligación de dedicar un día especial al descanso por parte del pueblo liberado de la
esclavitud de los egipcios. Y lo sitúa como una de las diez cláusulas del pacto entre Dios
y su pueblo, como signatura de la Alianza. «Acuérdate del sábado para santificarlo.
Durante seis días trabajarás y harás todas tus faenas. Pero el séptimo es día de descanso
en honor del Señor tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tus hijos, ni tu siervo,
ni tu ganado, ni el forastero que reside contigo. Porque en seis días hizo el Señor el cielo
y la tierra, el mar y todo lo que contienen, y el séptimo día descansó. Por ello bendijo el
Señor el día del sábado y lo declaró santo» (Éx 20,8-10).
El sábado ofrece varias vertientes celebrativas. Todas ellas resaltan la acción de Dios,
ya como creador del universo, ya como liberador y protector de su pueblo.
– Es memoria de la liberación de Egipto. Los egipcios habían esclavizado durante
mucho tiempo al pueblo, infligiéndoles sufrimientos y pesados trabajos. No debían
olvidarse para no repetirse las cicatrices del sufrimiento. Ni menos aún, la gesta
liberadora de Yavé que constituye a los redimidos de la esclavitud en verdadero
pueblo: «Acuérdate de que tú también fuiste esclavo en el país de Egipto y de que
el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y brazo poderoso. Por eso el Señor
tu Dios te manda guardar el sábado» (Dt 5,15).
– Es memoria de la alianza. Dios había liberado a su pueblo, por medio de Moisés,
porque no tolera la esclavitud. Con un pueblo libre hará su alianza. Sellará su
«pacto» con el dictado de las diez cláusulas (que más tarde se llamarán «los diez
mandamientos») que implican que el pueblo de Israel será «su» pueblo y Él será su
defensor y protector para siempre. Un compromiso que el pueblo acepta cumplir
libremente y que con su autoridad (no es un pacto entre iguales), el Señor ratifica.
«Ahora bien, si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi
propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un
reino de sacerdotes, una nación santa» (Éx 19,5-6). «Los israelitas y sus
descendientes observarán el sábado como señal de alianza perpetua, señal eterna
entre mí y los israelitas» (Éx 31,16-17).
– Es memoria del descanso de Dios al término de la creación. La culminación
creadora de Dios, y su consiguiente cesación de obra, es una imagen que se repite y
se aduce como necesidad de «descanso absoluto»: «Porque en seis días hizo el
Señor el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, y el séptimo día descansó.
Por ello bendijo el Señor el día del sábado y lo declaró santo» (Éx 20,11). «Porque
en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra y el séptimo día dejó de trabajar y

65
descansó» (Éx 32,17).
En el muy elaborado poema litúrgico (Gén 1-2,4) que distribuye en la «semana
simbólica» las obras de cada día de la creación, todo el poema va dirigido a resaltar el
séptimo día: el sábado, el día que Dios descansó de su obra creadora. «Cuando llegó el
día séptimo Dios había terminado su obra, y descansó el día séptimo de todo lo que
había hecho. Bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él había descansado
de toda su obra creadora» (Gén 2,2-4). Curiosa esa insistencia (por tres veces) en repetir
el «día séptimo» como un signo y una verdad permanente a no olvidar.
Minuciosamente organizado y con esquemas repetitivos y breves, constituye una
enseñanza didáctica muy efectiva. En resumen, puede cifrarse en estos puntos que el
redactor sacerdotal (códice P o S) intenta subrayar:
– Dios es creador de todo.
– Todas las cosas creadas son buenas.
– Creó al hombre (varón y mujer) a su imagen y semejanza, como co-creador.
– A Dios creador hay que dedicarle un día: el sábado. Y a semejanza de su descanso,
cesar toda acción. Hay que rendirle culto y reconocimiento (Gén 1-2,4).
Para resaltar la eminente dignidad del sábado y su significación, se imponen severos
castigos, incluida la muerte, a quienes osen violar su descanso o atenten contra su
santidad. «Es día de descanso completo y asamblea santa» (Núm 23,3). Así:
– En Éx 31,15: «Trabajad seis días, pero el día séptimo será día de descanso absoluto
consagrado al Señor. Quien haga algún trabajo el día de sábado, morirá sin
remedio».
– En Éx 35,1: «El día séptimo es día de descanso absoluto consagrado al Señor. Quien
trabaje ese día, morirá. Ese día nadie encenderá fuego en ninguna de vuestras
casas».
La observancia del sábado supone también aspectos complementarios, prácticos y
humanitarios: «Seis días trabajarás, pero el séptimo descansarás, para que descansen
también tu buey y tu asno, y tengan un respiro tus esclavos y los emigrantes» (Éx 23,12).
E implica, asimismo, una ofrenda propia conmemorativa de la celebración de fecha
tan señalada: «El sábado ofrecerás dos corderos añales, sin defecto, con nueve kilos de
flor de harina amasada con aceite como ofrenda, más la libación. Este es el holocausto
propio del sábado» (Núm 28,9-10).
La tradición farisea establecía una lista de treinta y nueve trabajos prohibidos en día
de sábado. Esta lista constituía, de hecho, un alivio de la ley escrita, ya que permitía
realmente justificar los trabajos no comprendidos en esta lista y que no se deducían de
ella: «Los trabajos principales son cuarenta menos uno: sembrar, arar, segar, engavillar,
majar, beldar, limpiar, moler, cribar, amasar, coser, esquilar, lavar la lana, mullirla,
teñirla; hilar, tejer, hacer dos cordoncillos, tejer dos hilos, separar dos hilos; hacer nudos,
solitarios, hacer dos costuras, desgarrar algo con objeto de hacer dos costuras, cazar un

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ciervo, matarlo o despellejarlo, ensalarlo, curar la piel, pulirla, cortarla; escribir dos
letras, borrar con el fin de escribir dos letras; edificar, demoler, apagar, encender,
golpear con martillo, transportar de un ámbito a otro. Estos son los cuarenta trabajos
menos uno» (La Misná, Sabat)[39].
En las normas de los monjes de Qumrán, la minuciosidad de tareas no permitidas en
sábado era aún mucho más exigente. «En el día del sábado que nadie hable una palabra
vana o estúpida. Que no preste nada a su prójimo. Que no se discuta sobre la riqueza o el
beneficio. Que no se hable de asuntos de trabajo y de la tarea a realizar al día siguiente.
Que nadie marche al campo para hacer el trabajo que desea. Que no marche fuera de la
ciudad más de mil codos. Que nadie coma en día de sábado excepto lo que ha sido
preparado; y de lo perdido en el campo que no coma. Y que no beba excepto de lo que
hay en el campamento (...). Que nadie ayude a parir a un animal en día del sábado. Y si
lo hace caer a un pozo o a una fosa, que no se le saque en sábado (...). Y a todo hombre
vivo que cae a un lugar de agua o a un “...”, que nadie lo saque con una escalera o una
cuerda o utensilio», etc[40].
El descanso del sábado conjugaba, pues, memoria (de la liberación), acción de gracias
(por la alianza), alabanza (por la creación) y escucha de la palabra (para el alimento del
espíritu). Un día santo.

La tradición de los mayores


Los evangelios sinópticos dejan constancia, en varias páginas, de las acusaciones y
reproches hechos a Jesús por los fariseos a propósito de la conducta o de las actitudes de
sus discípulos, o de él mismo, por ser atentatorias contra los preceptos de los antiguos, la
llamada «tradición de los mayores» (de transmisión oral) que ellos custodiaban y
practicaban. Y que valoraban tanto como la misma ley de Moisés. Por ejemplo:

– El ayuno
Narra Marcos que los fariseos se dirigieron a Jesús: «¿Por qué los discípulos de Juan y
los discípulos de los fariseos ayunan y los tuyos no?». El ayuno, un signo de duelo por
los pecados, era practicado por los fariseos como una virtud necesaria, al menos, dos
veces por semana. No observarlo implicaba violar una costumbre impuesta por la
tradición.
La respuesta que les dio Jesús: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda
mientras el novio está con ellos?». mostraba que el sentido de la presencia del novio,
hacía que la vida tuviera dimensión de fiesta, de celebración. Una manera nueva y
gozosa de afrontar la historia. No había razón para la tristeza, dada su presencia. Cuando
llegue su ausencia, entonces vendrá el ayuno.
No se trataba, pues, de una mera privación de alimentos, sino de hacer que esa
abstención fuera signo de un cambio interior, de un corazón desprendido. Porque esta
novedad de vida, requiere interioridad distinta: «A vino nuevo, odres nuevos». Esta

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referencia a un cambio interior fue una constante en la preocupación de Jesús, dada la
propensión meramente casuística de los fariseos (2,18-22).

– El lavatorio de las manos


Marcos explica, con precisos detalles, a los integrantes de su comunidad, de origen
pagano, las diversas observancias, costumbres y tradiciones que practicaban los fariseos.
«Es de saber que los fariseos y los judíos en general, no comen sin antes haberse lavado
las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados; y al volver de
la plaza, si no se lavan, no comen; y observan por tradición otras muchas costumbres,
como la purificación de vasos, jarros y bandejas». Y lo hace con motivo de la
inobservancia de los discípulos de Jesús, que comían con las manos sin lavarse. Y dada
la consiguiente pregunta hecha a Jesús, con velada acusación, por los observantes
fariseos: «¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los mayores, sino que
comen con las manos impuras, sin lavarse?». Eran prácticas impuestas en observancia de
la «pureza ritual».
La defensa de Jesús, con un texto del profeta Isaías, que le venía como «anillo al
dedo», puso en claro una vez más el legalismo y la mera observancia externa de los
fariseos: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto
que me rinden no sirve de nada y sus enseñanzas no son más que mandatos de hombres»
(Is 29,13). Y por si fuera poco, ratificó, contundente, en su acusación: «Vosotros dejáis a
un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los mayores». Y añadió:
«¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!». Y los
apabulló, con taxativos ejemplos, de su práctica retorcida (7,1-13).
La acusación a sus discípulos llegaba también al propio Jesús, invitado a comer, un
día, en casa de un fariseo, que «se extrañó al ver que no se había lavado las manos antes
de comer». Indignado, Jesús, otra vez más, les quitó la careta tanto a los fariseos como a
los maestros de la ley: «Vosotros limpiáis por fuera la copa y el vaso, mientras que
vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! El que hizo lo de fuera,
¿no hizo también lo de dentro?». Y continuó, sin tapujos, con una serie de críticas de sus
nefastas actitudes. Sin duda, una comida indigesta, con tal sobremesa. Porque «cuando
Jesús salió de allí, los maestros de la ley y los fariseos comenzaron a acosarlo
terriblemente y a proponerle muchas cuestiones, tendiéndole trampas con intención de
sorprenderlo en algunas de sus palabras» (Lc 11,37-54).

– Relación con los pecadores


Otras acusaciones se centraban en particular en las actitudes de Jesús para con los
pecadores. Rompía con su relación con ellos las leyes de la pureza ritual, ya que un
pecador, por su situación de ruptura religiosa, debía ser un evitando.
Así sucedía, por ejemplo, con el publicano Mateo, tras su llamada al seguimiento:
«Mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y
pecadores vinieron y se sentaron con él y sus discípulos». Pero la pregunta o la

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acusación en forma de pregunta se la hicieron los fariseos a los discípulos: «¿Por qué
come vuestro maestro con los publicanos y los pecadores?» (Mt 9,9-11).
Igual murmuración realizaban los fariseos y los maestros de la Ley cuando los
publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo: «Este anda con pecadores
y come con ellos» (Lc 15,2). La murmuración se extendía también a la muchedumbre
que contemplaba cómo Jesús entraba en casa del jefe de publicanos, Zaqueo: «Se ha
alojado en casa de un pecador» (Lc 19,6).
Pensaba lo mismo el fariseo que había invitado a comer a Jesús, cuando una mujer
pecadora cumplía con él los signos de la acogida que el anfitrión no realizó y le besaba
los pies y los ungía con perfume: «Si este fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la
que le está tocando, pues en realidad es una pecadora» (Lc 7,36-39).
Las respuestas de Jesús, cuando estaba en juego el dolor de la gente marginada o
relegada, sufrida siempre, manifestaban el sentido insondable de la hermosura de su
corazón, de su entrañable misericordia. Por ejemplo:
«Entended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios; yo no he venido a
llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,12). O esa conmovedora parábola del
pastor que deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida y la carga a los hombros
con alegría, una vez hallada: «También en el cielo habrá más alegría por un pecador que
se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7). O
bien: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa... porque el Hijo del hombre ha venido a
buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9-10). O a la mujer que lo ha tocado con
escándalo del fariseo: «Tiene que amar mucho porque mucho se le ha perdonado» (Lc
7,47).
Jesús se olvidaba de todo, de acechanzas y animadversiones, de malquerencias y se
centraba en su tarea promotora de bienestar y de salvación, que le devoraba. Que para
eso había venido. Por todo ello, el que pudiera quedar impuro por la ruptura de márgenes
y separaciones rituales o legales, no le importaba. Porque para él lo importante era el
hombre, todo el hombre.
Esta «tradición de los mayores», como se ha visto, se refería casi toda a las
«prescripciones de pureza» que debían practicar todos los integrantes del pueblo a
imagen de los sacerdotes del templo (pero que los fariseos lo tenían a gala en su práctica
minuciosa), para poder obtener la salvación como pueblo digno de Dios. Siempre
normas.
«El sistema de pureza estricto que caracteriza al judaísmo del siglo I es una forma
peculiar de ordenar toda la realidad: los espacios o lugares, el tiempo, las personas, los
demás seres vivos, las acciones... El principio fundamental es que cada realidad debe
ajustarse perfectamente a su categoría o naturaleza. Lo que rompe el orden es lo impuro
o manchado. Hay aversión a lo que se sale de los moldes establecidos, a lo que no encaja
en una categoría determinada (...). Cuando un sistema de pureza es rígido, se multiplican
en número y en precisión las clasificaciones que regulan todas las actividades de la vida.
Esto es lo que sucedía en tiempos de Jesús.
En el trato con el extraño es mayor el peligro de impureza. La circuncisión, el sábado

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y las normas alimentarias pretenden separar al pueblo de los demás pueblos. Las tres
cosas suponen un corte (en el cuerpo, en el tiempo y en las relaciones con los demás y
con la naturaleza, respectivamente)»[41].

70
Los últimos días: insidias, conjuras y condena
A medida que los adversarios y enemigos de Jesús iban constatando su libertad y sus
actitudes abiertas, incluso desafiantes o provocativas, el cerco se irá estrechando, la
realidad de su condena se irá convirtiendo en una necesidad, su eliminación se volverá
cuestión de mera oportunidad. El deterioro que podía ocasionarles, en especial su
autoridad y prestigio, les resultaba insoportable. Había que buscar un atajo, sin embargo,
para evitar al pueblo que buscaba y rodeaba a Jesús.
En no escasas oportunidades, el mismo Jesús les irá echando en cara sus aviesas
intenciones. Se trataba de los «judíos», los «jefes» de las instituciones de Jerusalén. El
evangelio de Juan los presenta en los sucesivos viajes de Jesús a la ciudad santa. Por
ejemplo, en la celebración de la fiesta de las tiendas, y con motivo de una discusión
dialéctica: «¿No fue Moisés quien dio la ley? Y sin embargo, ninguno de vosotros la
cumple. ¿Por qué queréis matarme?» (7,19). Y otra vez, también en discusión: «Ya sé
que sois descendientes de Abrahán. Sin embargo, intentáis matarme, porque no aceptáis
mi enseñanza» (8,37). Y ante la contundencia de la afirmación de Jesús: «Os aseguro
que antes que Abrahán naciera, yo soy», ya no se retendrán, y querrán poner en práctica
esa ejecución tan largamente deseada: «Los judíos tomaron piedras para tirárselas; pero
Jesús se escondió y salió del templo» (8,58-59).
Maquinaciones, asedios, conciliábulos, conspiraciones, que se prodigarán «in
crescendo», se visualizan mejor en los evangelios sinópticos, dado su esquema de
culminación de la vida de Jesús en un único y último viaje a Jerusalén.
«Subir a Jerusalén» tenía, por ello, un sombrío significado de peligrosos eventos; un
inquietante pronóstico. No sin solemnidad, propia de las opciones irreversibles, lo refiere
Lucas: «Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir
a Jerusalén» (9,51). Jerusalén será el lugar del conflicto y del acoso, de la controversia y
la confrontación. Pero también el lugar de la muerte consumada, de la vida entregada, de
la resurrección que corona la vida.
Dada la querencia jerosolimitana de los saduceos, los sacerdotes, ancianos y letrados,
los desencuentros y disidencias de esos días se cifrará con ellos especialmente, como
jefes del templo y del sanedrín.
Una de las cautelas que empleaba Jesús consistía en no quedarse con sus discípulos a
dormir en la ciudad. Así lo corroboran varios testimonios: «Cuando Jesús entró en
Jerusalén, fue al templo y observó todo a su alrededor, pero como ya era tarde, se fue a
Betania con los doce» (Mc 11,11). Igual, al día siguiente: «Cuando se hizo de noche,
salieron fuera de la ciudad» (Mc 11,19). «Y dejándolos (a los jefes de los sacerdotes y
maestros de la ley) salió fuera de la ciudad, y fue a Betania donde pasó la noche» (Mt
21,17).
También el evangelio de Juan, en la última visita a Jerusalén, confirma esta táctica de
Jesús, ante la decisión de darle muerte y porque «los jefes de los sacerdotes y los fariseos
habían dado órdenes terminantes de que, si alguien sabía dónde se encontraba Jesús, les
informasen para ellos poder detenerlo (...). Por eso Jesús dejó de andar públicamente

71
entre los judíos; se marchó a la región de Judea y se fue a un pueblo llamado Efraín, muy
cerca del desierto. Y se quedó allí con sus discípulos» (11,53-57). Y lo mismo, tras un
discurso en Jerusalén: «Después de decir esto, Jesús se retiró escondiéndose de ellos»
(12,36).
Algunos episodios muestran un intento casi desesperado por pillar a Jesús,
desautorizarlo ante la gente para justificar una condena que ya estaba decidida. Pero cada
vez que lo intentaban, se contenían por temor a la gente. Siempre se repite en los
evangelios, como en un estribillo, en las últimas controversias de la vida de Jesús: el
miedo cerval al pueblo. Por ello buscaban detenerlo «con astucia», «con engaño» (Mt
26,3-5). Y por eso, con la oportuna complicidad de Judas, «uno de los doce», prenderán
a Jesús entre las sombras de la noche, «con nocturnidad y alevosía».
Un primer intento es dialéctico. Pretendía dejar a Jesús sin respuesta ante un ejemplo
que parecía incontrovertible para los saduceos, negadores de la resurrección.
La creencia en la resurrección en el pueblo bíblico fue bastante tardía. Habrá que
llegar a la persecución de Antíoco IV Epífanes para que, con motivo del martirio de los
judíos piadosos, se proclamara la necesidad de una retribución post mortem, como una
exigencia de justicia.
Y aun así, la resurrección no se afirma como universal.
El segundo libro de los Macabeos (hacia el año 100 a.C.) que responde a la
mentalidad farisea, narra cómo Judas Macabeo hizo una colecta «para ofrecer un
sacrificio por el pecado (de sus guerreros), obrando muy hermosa y noblemente,
pensando en la resurrección. Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían,
habría sido superfluo y necio rogar por los muertos; mas si consideraba que una
magnífica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente, era un
pensamiento santo y piadoso» (7,42-45). Manifiesta una esperanza en el reconocimiento
de Dios.
El primer libro de los Macabeos (hacia el año 100 a.C.), que responde a la mentalidad
saducea, dice de Judas Macabeo: «Su memoria será bendecida por siempre. Su renombre
llegó hasta el fin del mundo» (3,7-9). Nada de resurrección, sólo recuerdo.
Los saduceos, pues, recordaron a Jesús la ley del levirato: «Moisés nos dejó escrito:
“Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la
mujer para dar descendencia a su hermano”»[42].
Y seguidamente le expusieron el caso de los siete hermanos que sucesivamente fueron
muriendo sin tener hijos con la mujer de su primer hermano, a quien debían dar
descendencia. Todos la tuvieron por mujer, en cumplimiento de la ley. Y ahora llegaba,
decisiva, la pregunta: «En la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete
estuvieron casados con ella».
Hermosa la catequesis de Jesús ante la imaginación primaria, bastante infantil, de los
saduceos, en representarse la resurrección. ¿Era fruto de su ignorancia, dado su rechazo?
¿O simplemente arrogancia fatua, dada su certeza? Lo cierto es que Jesús les ofreció una
magnífica posibilidad de reflexión y profundización en una temática que consideraba
esencial. Rehuirá, por ello, la polémica para recurrir a la parenética. Tres puntos

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fundamentales sobresalen en su respuesta:
– La resurrección no debe entenderse como una mera prolongación de las situaciones
de la vida presente, espacio-temporal, situacional y relacional. La eternidad no
reproduce las instituciones presentes.
– La resurrección, en consecuencia, supone una «transformación» al modo de lo
superior que es el espíritu, para la contemplación de Dios. Los resucitados viven «al
modo de los ángeles». Ya no pueden morir. Ya no se casan.
– La resurrección implica que Dios es Dios de vivientes. Ha creado por amor y no
destruye lo que ama. Por eso, por Él todos siguen viviendo. No es Dios de muertos.
Es «Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob» (Lc 20,27-38).
Se les habían acabado los ejemplos y los argumentos. Habían fracasado una vez más
en sus pretensiones.
Un segundo intento es en respuesta a la parábola de «los viñadores homicidas» que
Jesús pronunció ante un auditorio popular en el templo. Alegóricamente, pintaba la triste
historia del rechazo de enviados y profetas por parte de los jefes religioso de Israel. Y
subrayaba el rechazo del Hijo y su muerte. Al darse por aludidos, «que la parábola iba
por ellos» su reacción fue rápida: «Los maestros de la ley y los jefes de los sacerdotes
quisieron echarle mano en aquel momento, pero temieron al pueblo».
La parábola se inspiraba en un tema muy querido por los profetas, especialmente por
Isaías, que presenta a Israel como «la viña del Señor». La «canción de la viña» del
profeta se hace presente en esta comparación del hombre que arrendó su viña a unos
labradores y se ausentó por mucho tiempo. Para cobrar su arriendo, fue enviando
emisarios. Pero los labradores los irán maltratando y rechazando, hasta culminar
echando fuera al propio hijo y matándolo, para usurpar su herencia.
Isaías terminaba así su «canción»: «Esperaba de ellos derecho y no hay más que
asesinatos, esperaba justicia y sólo hay lamentos» (5,1-7). Jesús culminó su parábola con
esta pregunta: «¿Qué hará, pues, con ellos el dueño de la viña?». Y respondió con
solemne pronóstico: «Vendrá, acabará con esos labradores y dará la viña a otros». Era un
claro anuncio de una apertura transferida y universal, dada la infidelidad de los
arrendatarios homicidas. Pero también un anticipo del final que darían al Hijo. Y que
también debieron entender.
Un tercer intento trataba de una cuestión comprometida y espinosa, como era la del
pago del tributo al césar. Suponía un salto cualitativo al entrar en juego la misma
autoridad romana, la debida obediencia al emperador.
Habían preparado con sagacidad su intriga. Hay dos detalles que trasuntan su
intencionalidad aviesa, sibilina y decidida a la condena. Dice Lucas: «Se pusieron a
acecharle y le enviaron espías que simulaban ser hombres de bien». No daban la cara
directamente, sino a través de contratados y lacayos. «Querían ver si decía algo que les
diera motivo para entregarlo al poder y autoridad del gobernador romano». Vale decir,
querían ciertamente su muerte, pero como no poseían facultad de condena, debían
entregarlo al poder del Imperio, para su ejecución. Como lo harán[43]. El evangelio de

73
Juan corrobora en boca de los jefes religiosos esta situación: «No tenemos autorización
para condenar a muerte a nadie» (18,31).
A la simulación, añadirán la adulación, antes de formular sus argucias: «Maestro,
sabemos que hablas y enseñas con rectitud. No juzgas por apariencias y enseñas con
verdad el camino de Dios». Y expresaron así uno de los elogios más verdaderos y
magníficos acerca de la misión y la persona de Jesús, que pueden suscribirse con certeza.
Finalmente, cayó, madura, la pregunta: «¿Estamos obligados a pagar el tributo al césar o
no?».
La cuestión estaba bien urdida y en cualesquiera de las alternativas de respuestas
posibles, Jesús quedaría malparado, en situación comprometida: o por la gente (si la
respuesta era sí) porque el pago de los impuestos al opresor, era muy cuestionado; o por
el poder romano (si la respuesta era no), y esto era mucho más grave, pues podía ser
acusado de rebeldía o de sedición.
La sabiduría y la perspicacia de Jesús se manifestaron con sagacidad admirable, ya
que llevó a sus interlocutores a que fueran ellos, y sólo ellos, los que se expusieran,
manifestaran y contestaran. Jesús sólo tendrá la palabra final. Conocía muy bien su
«mala intención». Así:
– son ellos los que tienen y exhiben la moneda (el denario);
– son ellos los que contestan de quién es la efigie y la inscripción grabada en la
moneda: «del césar»;
– son ellos los que manifiestan que pagan con esa moneda el tributo correspondiente,
reconociendo y afirmando la autoridad del césar.
«La estrategia de Jesús ha obligado a sus interlocutores a mostrar, a revelar a la gente
que poseían una moneda con la imagen del césar. En este momento quedan
desacreditados. ¿Por qué? En territorio judío existían en el siglo I dos tipos de monedas.
Uno de ellos no tenía grabada ninguna imagen, ni humana ni animal, a causa de la
prohibición de grabar imágenes. El segundo tipo (que incluía la acuñación romana) sí
tenía imágenes. Muchos judíos nunca llevarían ni usarían monedas del segundo tipo. Sin
embargo, los interpelantes de Jesús en este relato sí llevaban. La moneda que enseñaron
tenía la imagen del césar junto con el estandarte y la idólatra inscripción que saludaba al
césar como divinidad e hijo de Dios. Quedaban al descubierto como parte de la política
de colaboración. La estrategia retórica de Jesús es brillante. La trampa que le habían
puesto a él quedaba sorteada, y su propia trampa contra ellos era planteada con tintes de
desafío»[44].
A Jesús sólo le ha quedado ya recordarles con ironía, la contrapartida necesaria para
con Dios, pues al césar ya se lo daban. Y como en Israel «todo» era de Dios: la tierra, los
frutos, los ganados, los habitantes, Jesús afirma la universal soberanía de Dios, y así el
dilema queda planteado para ellos entre dos potestades, no comparables, sin embargo.
«Dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios» (Lc 20,20-26)[45].

74
La expulsión de los mercaderes del templo
Esta acción de Jesús, Marcos la narra de esta manera: «Cuando llegaron a Jerusalén
Jesús entró en el templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en el templo.
Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas, y no
consentía que nadie pasase por el templo llevando cosas» (11,15) fue, sin duda, la más
grave y desestabilizadora por lo que el templo significaba y dado el poder de quienes
eran sus guardianes y responsables.
Para situar la magnitud de cuanto estaba implicado en este gesto de múltiples
significados, parecen necesarias unas breves referencias.
Con el «primer templo», construido por Salomón (930 a.C.) en cumplimiento de la
promesa hecha a su padre David –«Tu hijo, a quien yo pondré como sucesor en tu trono,
será quien edifique un templo en mi honor» (1Re 5,19)–, se había comenzado un proceso
de centralización del culto en Jerusalén[46]. Centralización que se irá ajustando cada vez
más, en tiempos del rey Ezequías (707-687) y su reforma religiosa, pues «suprimió los
santuarios de los altozanos, derribó las estelas, arrancó los postes sagrados y deshizo la
serpiente de bronce hecha por Moisés (pues los israelitas continuaban todavía
quemándole incienso)» (2Re 18,4). Y que otro rey reformista, Josías (640-609), con
motivo del hallazgo del libro del Deuteronomio, completará, al organizar las
celebraciones y peregrinaciones.
Ese templo fue destruido por Nabucodonosor el año 587 a.C.
El «segundo templo», mucho más humilde y pobre en sus pretensiones arquitectónicas
y en su ornato, se construyó al regreso del exilio de Babilonia entre los años 520-516.
Profanado por Antíoco IV Epífanes, volvió a ser consagrado por orden de Judas
Macabeo (164 a.C).
Cuando Herodes el Grande asumió el poder (hacia el año 39 a.C.), para congraciase
con los judíos, emprenderá una obra gigantesca de ampliación, reconstrucción y
ornamentación del templo (20-10 a.C.), que superará con creces al salomónico. A tal
punto que puede considerarse, de hecho, un «tercer templo».
«Todo lo dicho hasta aquí sobre las obras de Herodes, su grandiosidad rayana en la
locura, el desafío de su genialidad para la permanencia en los siglos futuros, se queda
pequeño ante la realidad del templo de Jerusalén, probablemente, en algunos aspectos, el
edificio de mayor entidad de todo el Imperio romano en aquel tiempo. Baste decir, antes
de entrar en detalles, que tenía más de medio kilómetro de longitud.
Templo que, por supuesto, iba a superar en todo –dimensiones y riqueza– al mítico
templo de Salomón. Era de planta ligeramente trapezoidal, ocupaba una extensión de
ciento cuarenta y cuatro mil metros cuadrados, y estaba rodeado de una sólida muralla en
sus cuatro lados (...). Así se explica lo que dice Josefo, que Herodes tuvo que emplear en
esta obra mil carros para el traslado de piedras y diez mil obreros especializados (...).
El llamado atrio de los gentiles, se convertía en unos soportales con columnas de
piedra blanca de una sola pieza, salvo por el lado sur, donde este pórtico era sustituido

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por un magnífico edificio que seguía el modelo arquitectónico conocido como basílica,
con tres naves y un verdadero bosque de grandes columnas en número de ciento sesenta
y dos, con capiteles corintios»[47].
Este era el templo que se elevaba, espléndido, en los días de Jesús. Pero sería
destruido por los romanos de Tito (año 70) durante la sublevación judía.
Las fiestas más importantes y significativas se celebraban en el templo de Jerusalén.
Suponían una peregrinación (obligatoria para todo judío varón a partir de los doce años)
y una estancia en la metrópoli de varios días, a veces de una semana. Las tres
celebraciones centrales: la pascua (con la inmolación del cordero y la primicia del nuevo
pan sin levadura = ázimo), conmemoraba, especialmente, la liberación de la esclavitud
del faraón egipcio; pentecostés, que clausuraba los cincuenta días de la pascua,
conmemoraba la alianza, con la entrega de la ley en el Sinaí, y los tabernáculos, que
conmemoraba la estancia en el desierto camino a la tierra prometida, por lo que se vivía
durante una semana en chozas o tiendas.
La exultación de esas peregrinaciones, la euforia del camino y su culminación, con la
vista del templo y la ciudad, la rescatan varios salmos, como este, magnífico: «Qué
alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor./ Nuestros pies ya pisan tus
umbrales, Jerusalén./ Jerusalén está construida como ciudad bien conjuntada;/ allá suben
las tribus, las tribus del Señor, para dar gracias, según la norma de Israel, al nombre del
Señor» (Sal 121,1-4). O este otro que resalta la presencia del Señor porque ha querido
quedarse en medio de su pueblo: «El Señor ha elegido a Sión/, ha querido que fuese su
morada/: Esta será mi morada para siempre, en ella quiero residir» (Sal 131,13-14). O en
el destierro, la nostalgia de la ciudad que centra y cifra culto y presencia divina: «Si me
olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la mano derecha;/ que se me pegue la lengua al
paladar, si no me acuerdo de ti,/ si no te pongo, Jerusalén, en la cumbre de mis alegrías»
(Sal 136,5-6). O ya tras el destierro babilónico superado: «Cuando el Señor cambió la
suerte de Sión, nos parecía soñar:/ la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares...
Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre canciones» (Sal 125,1-2.5).
El templo, además de centralidad cúltica y signo de la unidad religiosa, era símbolo
del orgullo nacional. Su magnificencia y boato, únicos, constituían una referencia
destacada de identidad. Su ubicación, según una venerable tradición, estaba situada en el
monte Moria, en donde Abrahán levantara el altar dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac.
La devoción de los peregrinos, le llenaban de sus exvotos. Y contribuían con sus
impuestos, que eran voluntarios, y que pagaban con tanta más lealtad en la misma
medida en que detestaban el pago del tributo obligatorio, el gravoso peaje, al pagano
emperador. Y ello, pese a que el impuesto del templo (una tasa anual de medio shekel)
equivalía a dos denarios, que era el salario de dos días de trabajo[48].
También el templo y su compleja monumentalidad daban ocupación a cerca de veinte
mil personas que tenían mejores pagos que el común de los asalariados y además
gozaban de un seguro en su trabajo. Su existencia y conservación significaban una
garantía de subsistencia para numerosas familias.
El «golpe de mano» de Jesús, que los Sinópticos le atribuyen en exclusiva personal,

76
no parece posible llevarse a cabo sin el concurso de sus discípulos, o incluso, de algunos
espontáneos, ya que el conjunto, y en ese contexto, implicaba un tumulto de órdago.
Baste tener en cuenta, por ejemplo, las dimensiones que los puestos ocupaban en el
enorme patio de los gentiles, en donde tenían su sitio. Si a esto se añade el número de
mesas de cambistas, de tenderetes de venta e intercambio, de personas que cuidaban los
animales, numerosos, para los continuos sacrificios (bueyes, corderos, cabras, palomas,
tórtolas, etc.), parece que excede de la posibilidad de una acción solitaria de Jesús,
aunque esté lleno de celo y de cólera divinos.
Por otra parte, la actitud de los cambistas y vendedores no debió ser pasiva o
contemplativa con el derribo de sus enseres de trabajo. Hay que tener presente que tanto
los cambistas de dinero como los vendedores de animales, no eran intrusos, sino que,
autorizados, cumplían una función, necesaria por otra parte, para el culto sacrificial. El
rodar de las monedas, solamente, debió enzarzar en su rescate a empleados y
oportunistas. El griterío debió ser estridente, las protestas, airadas, los reproches,
agresivos, incluso violentos. Se estaba, pues, ante una algarada, una revuelta, que, sin
duda alegraba a los zelotas[49] y les abría una esperanza de sublevación futura contra los
romanos.
Un dato sugerente del evangelio de Marcos advierte que Jesús «no permitía que nadie
pasase por el templo llevando cosas» (11,16) y parece indicar que no sólo derribó mesas,
sino que prohibió el trasiego de enseres y personas. Debió, pues, durar también un
tiempo bastante prolongado, como signo de restitución del orden y verdadero destino del
templo.
La explicación de su proceder que ofrece Jesús aporta varios significados:
– Restituir la dignidad y su finalidad al templo como «casa de oración», para lo cual
se necesita recogimiento y concentración, superado el bullicio y el trajín del
mercado.
– Purificar el templo de extorsiones, fraudes y negocios turbios o abusivos en que se
había convertido. Porque, en expresión del profeta Jeremías, se había convertido en
«una cueva de bandidos», es decir, en un refugio de ladrones que utilizaban el
templo en su propio beneficio. En efecto, la propiedad del negocio de animales (que
debían ser sin defectos) para el sacrificio, estaba en manos de los sacerdotes y
familiares de los sumos sacerdotes. Sucedía que, sistemáticamente, se rechazaban
las reses presentadas, para vender a precios desorbitados las de sus propias
ganaderías. Asimismo, las compras debían pagarse con dinero acuñado en el
templo, una moneda especial, sin imagen, el «siclo del santuario», que también era
propiedad de sus responsables. La injusticia se cometía, pues, al amparo del templo.
Estaba prohijada por sus representantes. Así el culto y las ofrendas se habían
inficionado de injusticias.
– Indicar que el templo debe «estar abierto a todos los pueblos», como también en
exclusiva, apunta Marcos (11,17). Anunciaba así, proféticamente, un nuevo culto,
una forma universal de llamada y de sentido. El lugar donde se hacía visible la

77
presencia de Dios no podía convertirse en reducto de un pueblo, en propiedad de
elegidos. Culminaba, pues, en una acción, característica de los profetas, de
destrucción simbólica del templo. Se evidenciaba así la superación de un viejo e
inválido culto, por la primacía de la injusticia adueñada de sus expresiones. El culto
será en adelante en espíritu y en verdad. El verdadero templo es el propio hombre.
Nada sorprendente, pues, que los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los
ancianos le preguntaran, increpando: «¿Dinos con qué autoridad haces estas cosas?
¿Quién te ha dado esa autoridad?». Pero Jesús, apelando a su humor, los desarmará con
otra pregunta previa acerca del bautismo de Juan, si de Dios o de los hombres. Como
ellos, por temor a la gente y por su propio rechazo al precursor, contestaron que no lo
sabían, tampoco Jesús les dio razón de su autoridad. «Pues tampoco yo os digo con qué
autoridad hago estas cosas» (Mc 11,27-33).
La acción de Jesús en el templo y contra el templo, tenía una trascendencia relevante,
porque tocaba el corazón mismo del sistema religioso central, la estructura organizativa,
incluso económica, de la casta sacerdotal. Por todo ello, reaparecerá en el proceso de su
condena, con los falsos testigos que lo acusaron de querer destruir el templo, si bien no
coincidían en sus testimonios. También resurgirá en los insultos y las burlas de los jefes
de los sacerdotes, escocidos todavía, en el mismo escenario de la crucifixión: «Tú que
destruías el templo y lo reedificabas en tres días, ¡sálvate a ti mismo!» (Mc 15,29-31).
La acción simbólica de Jesús se completará con otro símbolo solemne, en la hora
misma de su muerte, tal como lo comenta Marcos: «La cortina del templo se rasgó en
dos de arriba abajo» (15,38).
Se refería al cortinado, riquísimo, que separaba el Santo[50] del Santo de los Santos,
para que no rompiera su secreta santidad ni la luz ni las miradas profanas. Este lugar
«santísimo» en el templo reedificado por Herodes era un lugar totalmente vacío para
indicar «la presencia infinita de Dios». Era un camarín de mármol blanco con paredes
recubiertas de oro. Sólo el sumo sacerdote podía ingresar en él una sola vez al año para
depositar un incensario de agradable olor.
El velo rasgado hace referencia simbólica a la presencia del Dios secreto y escondido,
ya nunca encerrable en un espacio y lugar concretos. Dios se hace visible en Cristo, para
todos. Y el culto que Dios quiere es el del corazón convertido.
Jesús dará razón de su autoridad muy claramente, ante el sumo sacerdote Caifás y su
consejo, ante la pregunta: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?». Y su respuesta sin
ambages: «Yo soy». Pero, entonces, paradójicamente, como tantas veces en la vida de
Jesús, por proclamar la verdad, será condenado por blasfemo. Caifás «se rasgó las
vestiduras» porque concluyó: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la
blasfemia. ¿Qué os parece?». Todos lo juzgaron reo de muerte Y comenzaron los
escarnios y se desataron las violencias y las injurias, tanto tiempo reprimidas (Mc 14,58-
65).
Sin embargo, esta sentencia condenatoria «por blasfemia» no tendría mayor o ninguna
importancia ante el procurador, hombre rudo y cruel. La consideraría una de tantas

78
«cuestiones internas de los judíos», siempre tan propensos a las disputas religiosas.
Caifás y los sanedritas, debían, pues, encontrar otros motivos que lograran despertar el
interés del procurador o, más concretamente, el miedo de Pilato a poner en juego su
propio cargo.
Astutos y hábiles, sin escrúpulos, y decididos a no perder esta oportunidad de
deshacerse de hombre tan molesto y peligroso, una constante y renovada pesadilla para
su statu quo, lo acusarán de negar el pago del impuesto al césar, de soliviantar a las
masas, de intentar proclamarse rey. Lucas resume las acusaciones muy concretamente:
«Comenzaron a acusarle diciendo: Hemos encontrado a este alborotando a nuestro
pueblo, prohibiendo pagar tributos al césar y diciendo que él es el Cristo rey» (23,2).
El odio y la mentira hicieron mella en el ánimo de un Pilato pusilánime. Y aunque se
lavó las manos, en un claro intento de eximirse de su responsabilidad, o de relativizar la
gravedad de su sentencia, la última grave injusticia fue suya. Sin excusar por ello a los
jefes religiosos que entregaron a Jesús «por celos y por envidia» (Mc 15,10; Mt 27,18).
«Jesús sufrió un suplicio romano, no una pena judía. El derecho judío ignoraba la
crucifixión, suplicio romano importado de Oriente (...). Así pues, Jesús fue crucificado
por voluntad de Pilato. Pero, ¿qué podía reprocharle el gobernador romano? La respuesta
nos la proporciona lo que se llama el titulus, es decir, la inscripción, fijada en la cruz
donde constaba la acusación admitida. La costumbre de indicar la causa poenae, la
acusación admitida, sobre una inscripción, colgada por lo general del cuello del
condenado o llevada por algún siervo que precedía al condenado en el camino hacia el
suplicio, está atestiguada por los autores latinos (véase SUETONIO, Calígula, 32 y
Domiciano, 10). El acuerdo de los evangelios es completo en este punto: según el titulus,
Pilato condenó a Jesús como pretendiente mesiánico. Según los cuatro evangelios, en
efecto, las palabras “rey de los judíos” figuraban en el titulus de la cruz»[51].
Con la crucifixión de Jesús, sus enemigos habían logrado, finalmente, deshacerse de
él. Pero, sin saberlo ni quererlo (los caminos del Señor son inescrutables), colaboraron al
cumplimiento de la obra salvadora de Dios.
Aquel argumento de Caifás: «Es mejor que un solo hombre muera por todo el pueblo»
se confirmaba como clarividente y «hecho bajo la inspiración de Dios: que Jesús iba a
morir por toda la nación; y no solamente por la nación judía, sino para conseguir la
unión de todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,50-52).
Jesús culminaba así una trayectoria plena de fidelidad a su misión y a la voluntad de
su Padre y magnífica en su coherencia hasta el ofertorio, la entrega amorosa de su propia
vida. Una vida excepcional, paradigmática, que excedía todos los esquemas, que rompía
todos los moldes.
Se desenvolvió entre tentaciones, asumió la soledad de la incomprensión,
desenmascaró acechanzas y superó persecuciones. Con entereza de hombre libre y con
desmedido amor a la humanidad, asumió la muerte. Pero la muerte no era el lugar para la
Vida y el dador de Vida. Por eso Dios lo levantó del oscuro corazón de la tierra para el
latido de la luz definitiva. Sí, «Él era la luz verdadera que vino a este mundo» (Jn 1,9).

79
Coda
En la esperanza gozosa de su encuentro, tras las huellas de sus pasos, en la estela de su
hermosa vida, y en un día ya no lejano, con el corazón encendido, sucederá la calidez de
su abrazo.

80
Índice
Presentación

1 Las tentaciones de Jesús(El poder)

El diablo

El demonio – los demonios

Praxis y actitudes de Jesús

El proceso psicológico de la tentación

La serpiente

La mujer

El proceso de la tentación y su incidencia psicológica abarca estas gradaciones:

Los relatos de las tentaciones de Jesús

El desierto

El poder, compendio de todas las tentaciones

Las «otras» tentaciones de Jesús

2 La incomprensión para con Jesús(La soledad)

La soledad

Causas de la incomprensión

Las expectativas creadas acerca de la venida del «Enviado» (Mesías)

La novedad de las enseñanzas y de las actitudes de Jesús

a) Las enseñanzas

b) Las actitudes

Relato de la creación de la mujer (Gén 2,21-25)

81
– El sueño

– La costilla

– La carne

Círculos de incomprensión

3 Las acechanzas a Jesús(La persecución)

Los orígenes

Los fariseos

Los saduceos

El cerco de las acechanzas

Observancia del sábado

La celebración del sábado

La tradición de los mayores

Los últimos días: insidias, conjuras y condena

La expulsión de los mercaderes del templo

Coda

82
[1]
A. MAGGI, Jesús y Belcebú (Satán y demonios en el evangelio de Marcos), Desclée de Brouwer, Bilbao 2000,
32-33; 47.
[2]
En numerosos y diversos mitos se resalta una correlación, una asociación amistosa entre Dios y el Diablo que
alude a una correlación entre el bien y el mal, al mismo tiempo que a una «coincidencia oppositorum» o misterio
de la totalidad, cifrado en el andrógino. Goethe en su Fausto incide también en una especie de «simpatía» entre el
Creador y Mefistófeles. En el fondo, aunque el Diablo sea concebido en estos mitos como una «escupitura de
Dios», no deja de ser una escupitura divina, pero al mismo tiempo, prueba de su aplastante inferioridad. Cf el muy
interesante análisis de M. ELIADE, Mefistófeles y el andrógino, Labor, Barcelona 1984, 98-158.
[3]
C. S. Lewis, convertido al cristianismo, mantiene como artículo de su credo, precisamente esta
interpretación, muy generalizada: «Creo en los ángeles y creo que algunos de ellos, abusando de su libre albedrío,
se han enemistado con Dios y, en consecuencia, con nosotros. A estos ángeles podemos llamarles “diablos”. No
son de naturaleza diferente de los ángeles buenos, pero su naturaleza es depravada». De ahí también la
multiplicación, si bien arbitraria y literaria, que hace de los demonios, con nombres llamativos, tales como
«Escrutopo» y «Orugario». Cartas del diablo a su sobrino, Rialp, Madrid 200713, 13.
[4]
M. LURKER, Noches y tieniblas, en Diccionario de imágenes y símbolos de la Biblia, El Almendro, Córdoba
1994.
[5]
A. MAGGI, Cómo leer el Evangelio y no perder la fe, El Almendro, Córdoba 1999, 128.
[6]
Los demonios, (Biblia y fe, revista de teología bíblica, estudios de diversos autores); M. A. MARTÍN JUÁREZ, El
diablo y los demonios. La fe del antiguo Israel, XIX (1993) 47-48.
[7]
G. THEISSEN, El Nuevo Testamento. Historia, literatura, religión, Sal Terrae, Santander 2003, 47.
[8]
Los demonios, Biblia y fe, revista de teología bíblica; A. SALAS, Los demonios. La fe en el Nuevo Testamento,
231.
[9]
E. MALVIDO MIGUEL, Cuestiones actuales de teología, San Pío X, Madrid 1987, 96.
[10]
«Belzebú era el nombre popular, despectivo y probablemente supersticioso, que se daba al diablo. Aparece
en el Antiguo Testamento (2Re 1,2ss., el dios de Ecrón) y el nombre se interpretaba irónicamente “señor de las
moscas”; significaba “señor de la (celeste) morada”, aunque los judíos lo llamasen “dios del estiércol”, modo de
despreciar los sacrificios paganos. Belzebú se interpretaba como un espíritu malo» (J. MATEOS-F. CAMACHO,
Evangelio, figuras y símbolos, El Almendro, Córdoba 1989, 165).
[11]
Tanto los artistas cristianos como la fantasía popular han representado al diablo con formas grotescas, casi
siempre con rasgos humanos deformes y fantásticamente exagerados. Comúnmente aparece con un cuerpo velludo
y por eso oscuro o negro, dos cuernos, enormes orejas y una larga cola. Y con un tridente, como amenaza para
torturas infernales.
[12]
T. H. GASTER, Mito, leyenda y costumbre en el libro del Génesis, Barral, Barcelona 1973, 52; cf todo el n. 18
dedicado a las múltiples características atribuidas a la serpiente (51-67).
[13]
C. BRAVO GALLARDO, Jesús, hombre en conflicto (el relato de Marcos en América Latina), Sal Terrae,
Santander 1986, 80.
[14]
G. MINOIS, Breve historia del diablo, Espasa-Calpe, Madrid 2002, 39-40.
[15]
J. SOBRINO, Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, Trotta, Madrid 1991, 197.
[16]
A. NOLAN, ¿Quién es este hombre? Jesús, antes del cristianismo, Sal Terrae, Santander 1981, 114-115.
[17]
Los evangelios relatan la traición de Judas pero no ofrecen ninguna indicación acerca del motivo o razón
que lo impulsó. Así, el móvil de la traición queda abierto a variadas interpretaciones, como de hecho ha sucedido,
si bien, siempre la razón última que movió a Judas será inescrutable. También su final aparece contradictorio y
oscuro si se compara el evangelio de Mateo (27,3-5) con el libro de los Hechos de los Apóstoles (1,17-20), únicas
fuentes que ofrecen el trágico desenlace de su enigma.
[18]
Un estudio comparativo y exhaustivo entre Jesús y el Maestro de Justicia que presidía la comunidad de
Qumrán, puede verse en C. VIDAL, Jesús y los manuscritos del Mar Muerto, Planeta, Barcelona 2006, capítulos
IV-VI, 67-120.
[19]
Los profetas Isaías y Sofonías hablan de un «resto» fiel y perseverante en el seguimiento de Yavé. «Al resto
de Sión, a los que queden en Jerusalén, a los destinados a vivir en ella, los llamarán consagrados» (Is 4,3). «Yo
dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que buscará refugio en el nombre del Señor. El resto de Israel no
cometerá más iniquidad, no dirá más mentiras, ni hablará con falsedad. Se alimentarán y reposarán sin que nadie
los inquiete» (Sof 3,12-13).
[20]
En los magníficos cuatro Poemas del siervo del Señor el segundo profeta Isaías (42,1-7; 49,1-7; 50,4-9;
52,13-15) formula anticipadamente el perfil de un Mesías entregado que carga con el peso y las miserias de su
pueblo. Así lo entendió Jesús.

83
[21]
Un ejemplo de venganza tribal, especialmente odioso por la mentira y la simulación, es el «rapto de Dina»
por Siquén, el príncipe jeveo y la consiguiente masacre organizada por los hermanos Simeón y Leví con la
colaboración de sus otros hermanos (Gén 34).
[22]
A. NOLAN, Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical, Sal Terrae, Santander 2007, 116.
[23]
Lucas pone en boca de Jesús la denominación de «extranjero» para el samaritano, tal como los judíos lo
entendían. «¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?».
[24]
Este refrán popular da la medida de cuál era el grado de repulsa a un pagano: «No hay que tirar a un pagano
a la fosa, pero tampoco hay que sacarlo de ella» (cf J. L. SICRE, Hasta los confines de la tierra I. La fuerza del
espíritu, Verbo Divino, Estella (Navarra) 2005, c. 20: «Judíos y paganos», 225-233.
[25]
Sin duda, la norma tiene algunas excepciones dignas de encomio, como las profetisas María, la hermana de
Aarón, Hulda y Débora, que además, ejerce de juez. O como Judit y Ester, valientes heroínas de novelas, que
buscan, cada una a su modo, la salvación de su pueblo. Si bien también las hay fatales, como la terrible Jezabel, o
sin muchos escrúpulos, como Rebeca, la mujer de Isaac, o astutas, como Noemí y Rut.
[26]
En la Última Cena de Jesús con sus discípulos, se explica así que sólo se entere de la identidad del traidor,
el discípulo que «comía recostado junto a él» (Jn 13,23-25). Pablo, al hablar de la gloria de Cristo resucitado, que
se encuentra «arriba», utiliza la expresión «sentado a la derecha de Dios», como signo de elevación y privilegio
(Col 3,1). Lo mismo sucede en la Carta a los hebreos (10,12). También en el credo apostólico, la fórmula de
confesión de fe: «Está sentado a la derecha de Dios», indica la misma significación de primer lugar y de la
máxima dignidad y honor.
[27]
La virginidad es una aportación del Nuevo Testamento (con algunas excepciones llamativas en el Antiguo
Testamento, como las de los profetas Jeremías y Eliseo) que se afirma como una nueva dignidad de la persona,
como un nuevo modo de estar, y que se centra y cifra de un modo magnífico en María, la Madre de Jesús, como
ejemplo relevante.
[28]
La que sí comprendió la fe de María fue su prima Isabel: «¡Dichosa tú, porque has creído! Porque lo que te
ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45).
[29]
Aunque destacados exegetas afirman que estos relatos «de dominio sobre la naturaleza» no pretenden
transmitir hechos históricos, sino que son confesiones de fe pospascuales en la divinidad de Cristo, están
redactados de tal modo que nos muestran cuán distantes estaban sus discípulos de esta fe en tiempos del Jesús
histórico.
[30]
¿Sería este, acaso, el momento del descensus ad inferos (que confiesa el credo apostólico) del hombre ante
el drama final de su vida? ¿La instantánea síntesis, el ictus clarividente de la propia trayectoria, ante la ruptura del
tiempo y del espacio para la eternidad del amor?
[31]
G. THEISSEN-A. MERZ, El Jesús histórico, Sígueme, Salamanca 1999, 160.
[32]
W. GRUEN, El tiempo llamado hoy, Paulinas, Madrid 1978, 214.
[33]
H. KÜNG, Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 19773, 256-257.
[34]
Escribas, maestros y doctores de la Ley existían tanto entre los fariseos como entre los saduceos (incluso
entre los esenios). Existía, por ejemplo, un grupo de escribas especializados que trabajaban al servicio del templo.
No constituían, por tanto, un grupo homogéneo. Así también son vistos por los evangelios. Pero en el ejercicio de
sus funciones, por una razón de número y dada la existencia multiplicada de sinagogas por todo el territorio, se los
asocia o se los aproxima más al partido de los fariseos.
[35]
Así lo corrobora Jacob Neusner a propósito de este texto que cita explícitamente y comenta: «Mateo nos
habla a nosotros en particular. Porque nosotros, Israel, somos aquellos para quienes la Torá tiene prioridad,
aquellos para quienes resuenan estas palabras... Yo a esto, desde el judaísmo, digo: “Amén, hermano”» (Un
rabino habla con Jesús, Encuentro, Madrid 2008, 28).
[36]
Estos anuncios pueden leerse en Mc 8,31-33; 9,30.32; 10,32-34; Mt 16,21-23; 17,22-23; 20,17-19; Lc 9,22;
9,44-45; 18,31-33.
[37]
El sacerdocio judío, hereditario y centrado especialmente en el culto, nada tiene que ver con el sacerdocio
presbiteral de la Iglesia que es vocacional y profético.
[38]
Lucas recuerda que serán los saduceos (sacerdotes y guardia del templo) los primeros que persigan y
encarcelen, tras la muerte de Jesús, a sus discípulos y apóstoles en Jerusalén (He 4,1-3; 5,17).
[39]
P. M. BEAUDE, Jesús de Nazaret, Verbo Divino, Estella 1992, 140.
[40]
Textos de Qumrán (edición y traducción de F. GARCÍA MARTÍNEZ), Trotta, Madrid 1992, cf Reglas, cols. X-
XI, 88-89.
[41]
R. AGUIRRE , La mesa compartida, Sal Terrae, Santander 1994, 45-48.
[42]
Efectivamente, en el Deuteronomio se manda expresamente: «Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos
muere sin hijos, la mujer del difunto no se casará de nuevo, si no es con alguien de la familia. Será su cuñado

84
quien se case con ella cumpliendo así sus deberes legales de cuñado; el primogénito que ella dé a luz llevará el
apellido del hermano muerto, para que su nombre no desaparezca de Israel» (25,5-6).
[43]
«Las autoridades judías no eran competentes para decretar la pena capital, reservada exclusivamente al
prefecto romano (...). De hecho, las autoridades judías no podían condenar a nadie a muerte. Además, no podían
hacerlo en absoluto durante la estancia en Jerusalén del procurador romano, el cual venía regularmente de Cesarea
a la capital durante las grandes fiestas para evitar disturbios» (H. KÖSTER, Introducción al Nuevo Testamento,
Sígueme, Salamanca 1988, 581).
[44]
M. J. BORG-J. D. CROSSAN, La última semana de Jesús. El relato día a día de la semana final de Jesús en
Jerusalén, PPC, Madrid 2007, 87.
[45]
En efecto, en Israel, «todo» era del Señor. Por ello, la tierra de la heredad no podía ser vendida o enajenada
a perpetuidad (Lev 25,23); las primicias de cosechas y ganado debían ofrecerse al Señor (Lev 23,10; Núm 15,19)
y los primogénitos de las familias que podían ser «rescatados» con una ofrenda o sacrificio (Éx 13,1.12).
[46]
Tanto los gigantescos preparativos como su construcción, que duró siete años, así como la colocación del
arca en el lugar «santísimo» y la culminación de las fiestas de su inauguración, pueden leerse en 1Re 5-8.
[47]
J. GONZÁLEZ ECHEGARAY, Los Herodes: una dinastía real en los tiempos de Jesús. Trasfondo económico,
social y político, Verbo Divino, Estella (Navarra) 2007, 99-100; cf el título dedicado al «Templo», 99-107.
[48]
Los diezmos, en cambio, son obligatorios: «sean de los productos de la tierra o de los frutos de los árboles,
pertenecen al Señor y son sagrados» (Lev 27,30).
[49]
Más que un grupo organizado, los zelotas («celosos») constituían un movimiento de fanáticos a impulsos de
una idea ultranacionalista: desalojar a los odiados romanos, represores de su pueblo y enemigos de su Dios; y por
la utilización de medios violentos. Revueltas esporádicas y líderes exaltados afloraron con alguna periodicidad,
siempre reprimidos también violentamente, como es el caso de Judas el Galileo (año 6 d.C.), ya aludido. Algunos
autores opinan, por ejemplo, que Judas Iscariote habría pertenecido a este movimiento o, al menos, simpatizado
con estas ideas.
[50]
En el Santo se conservaban el candelabro de oro de los siete brazos de dos metros de alto; la mesa recubierta
de oro para los panes de la ofrenda y el altar, también recubierto de oro, para los perfumes que se quemaban dos
veces al día. El candelabro de los siete brazos recordaba los siete cielos sobre los que se asentaba el trono de Dios
y los siete días de la creación.
[51]
F. BOVON, Los últimos días de Jesús. Textos y acontecimientos, Sal Terrae, Santander 2007, 39-41.

85
Índice
Presentación 4
1 Las tentaciones de Jesús(El poder) 5
El diablo 6
El demonio – los demonios 8
Praxis y actitudes de Jesús 11
El proceso psicológico de la tentación 15
La serpiente 15
La mujer 15
El proceso de la tentación y su incidencia psicológica abarca estas
15
gradaciones:
Los relatos de las tentaciones de Jesús 18
El desierto 21
El poder, compendio de todas las tentaciones 23
Las «otras» tentaciones de Jesús 25
2 La incomprensión para con Jesús(La soledad) 28
La soledad 29
Causas de la incomprensión 30
Las expectativas creadas acerca de la venida del «Enviado» (Mesías) 30
La novedad de las enseñanzas y de las actitudes de Jesús 31
a) Las enseñanzas 31
b) Las actitudes 33
Relato de la creación de la mujer (Gén 2,21-25) 38
– El sueño 38
– La costilla 38
– La carne 39
Círculos de incomprensión 42
3 Las acechanzas a Jesús(La persecución) 51
Los orígenes 53
Los fariseos 54
Los saduceos 59
El cerco de las acechanzas 62
Observancia del sábado 62
La celebración del sábado 65

86
La tradición de los mayores 67
Los últimos días: insidias, conjuras y condena 71
La expulsión de los mercaderes del templo 75
Coda 80

87