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Miguel de Marcos recibe a los

inventores
JORGE ENRIQUE LAGE | La Habana | 21 de Agosto de 2011 - 00:06 CEST. | 0

"La vitalidad de una nación no hay que buscarla en sus mercados, en


sus máquinas. Se encuentra cuando se ajusta a los estremecimientos
de la época, cuando fabrica, sin artificio, una nueva sensibilidad,
nuevos modos de pensamiento, cuando crea una nueva imagen del
mundo. Ahora bien, esa sensibilidad, que no puede ser anacrónica o
pazguata, la forjan los escritores."

Esto escribió Miguel de Marcos en una columna periodística. Hay ahí


una reflexión obligada sobre la vitalidad del presente cubano.

Hoy, cuando las librerías de la Isla exhiben el volumen Revelaciones


de mi fiel Habana, que recoge los textos de José Lezama Lima escritos
para Diario de la Marina entre 1949 y 1950, las célebres "coordenadas
habaneras", se impone recordar el periodismo literario (llamémosle así)
de Miguel de Marcos. El formato que desarrolló Lezama, esas breves
crónicas o viñetas o posts reflexivos (la columna como tubo de
ensayos), también fue practicado por Miguel de Marcos, durante
mucho más tiempo, en las páginas de ese mismo periódico.

Pero el autor de Papaíto Mayarí y Fotuto no ha corrido la misma suerte


que el autor de Paradiso en materia de compilaciones y reediciones
críticas. Se entiende: Lezama es un maestro, un fundador. No parece
ser el caso (¿no lo es?, ¿estamos seguros?) de Miguel de Marcos, que
fue un humorista. Si apenas han sido reimpresas sus novelas, ese
díptico hilarante y corrosivo de la República (pero no solo de la
República), la otra parte de su obra permanece sumergida en
bibliotecas.

En 1956, dos años después de su muerte, una selección de las


colaboraciones de Miguel de Marcos para Diario de la Marina fue
publicada por el Instituto Nacional de Cultura, en su serie Grandes
Periodistas Cubanos (donde ya habían visto la luz volúmenes de
Márquez Sterling, Martí, Varona, Bachiller y Morales, Pablo de la
Torriente Brau, entre otros). Allí está lo mejor de su arsenal literario: la
agitación de fuentes culturales muy diversas, la puntería contra toda
clase de globos nacionales, la lupa costumbrista y el trazo firme de la
caricatura.

Miguel de Marcos habla del garbanzo, del reverbero de alcohol, del


destino cruel que traen los aguaceros en La Habana. Habla de los
pantalones de golf y del zapato roto de un ahorcado en Santa Clara.
Nos cuenta un duelo entre dos samurais de la literatura heroica
japonesa y, a continuación, el duelo que presenció en una nave de
Luyanó. Nos presenta a Mateo Pintueles, que sabe latín y tiene una
pata de palo; a Exuperio Hiráldez, que inventa un nuevo significado
para la palabra holocausto; a Manolo Solís, campeón de dominó, quien
afirma que en el doble nueve hay "algo semejante a los Cantos de
Maldoror".

Celebra la existencia en Roma del Instituto de Patología del Libro ("los


libros enferman, se cubren de moho, se canonizan"). Enfoca la imagen
de un turista estadounidense calcinado bajo el sol del Parque Central.
Propone el cultivo del ricino para sustituir a la caña maléfica. Lamenta
que, por vivir en Cuba, un artista como Fidelio Ponce sea pobre como
una rata. Se estremece ante el suicidio de Stefan Zweig: "ha hecho la
biografía del silencio". Se interesa por los microbios que podrían
encontrarse en los billetes (sugiere no desinfectarlos) y por eso que los
economistas llaman "la moneda sana". Se pregunta si cuando Paul
Valéry reclamaba claustros aislados para cultivar la ignorancia de la
política, no estaba haciendo, sin saberlo, el mejor elogio del politiqueo.

Hay un (doble, triple) sentido de la ironía que no envejece.


Comentando un libro de André Levinson acerca del impacto de la
economía de entreguerras sobre la danza en Europa, Miguel de
Marcos escribe: "La croqueta es una entelequia. No sabemos si
tendremos una zafra decente. La última fórmula del carburante
nacional obliga a los ciudadanos valerosos a empujar por las calles los
automóviles que alquilan. No hay cabillas. El guarapo vitaminado pone
su bandera a media asta. No habrá arroz con frijoles en Navidad. Pero
hay que impedir que esos factores sombríos corrompan nuestra danza.
Pues bien, esa catástrofe no se producirá. Nuestra danza ha sido
salvada por el golpe de bibijagua. Es la danza de las restricciones
económicas. Es la danza del ayuno, de la penitencia. Es la danza de
los cilicios fértiles; la gran danza de los ennoblecidos racionamientos.
Se baila así, así na má..."

Es interesante detenerse en aquellas columnas que tratan el propio


mundo de los periódicos. Escribiendo, por ejemplo, de páginas y notas
policiales, detrás de lo anecdótico —el Director que pregunta: "en
materia de charco de sangre, ¿qué tenemos para mañana?"; el viejo
que se traga un veneno y no logra suicidarse pero sí cerrar una plana a
medianoche— Miguel de Marcos alaba la capacidad narrativa que
tienen los sucesos cotidianos de esa índole, que siempre son sucesos
políticos. No por conocida deja de ser una buena lección.

Entre sus mejores columnas está la titulada "Los inventores". Allí


Miguel de Marcos cuenta que una vez desempeñó la tarea más difícil
de los periódicos: recibir a los inventores. Una tarde de agosto recibió a
dos: "El primero era un hombre trigueño con unas manos enormes que
manejaban unos planos. El segundo era un hombre rubio con unas
manos pálidas que manejaban estadísticas".

El primero había diseñado unas "botas autolocomocionales" para el


Ejército. Su idea era que, por medio de unos cables, al sonido de la
diana las botas se insertaran solas en los pies de los soldados: "'El
Secretario de Defensa me ha dicho que vuelva el martes. He obtenido
la patente de mi invento. Espero que usted haya comprendido mi
explicación y que haga una campaña magnífica a favor de mi obra, que
es el invento de un cubano'".

El segundo inventor había estudiado largamente "el problema del


azúcar", y había llegado a la conclusión de que el mercado no podía
ser otro que China. Ahora bien, ¿cómo penetrar el mercado chino? "'Yo
he pensado en el boniatillo. Puede hacerse un primer envío gratis de
cuatrocientos millones de boniatillos individuales, semejantes a
chorizos. Cada uno en su caja: un envase delicado que contenga una
palma en el anverso, una décima en el reverso y el boniatillo en el
fondo. Piense usted, y así se lo hice saber al Secretario de Agricultura,
en la propaganda que representan cuatrocientos millones de chinos
hablando a la vez del boniatillo de Cuba. En realidad, hablarán del
azúcar de Cuba, porque en lo endógeno del boniatillo estará nuestro
azúcar'".

En este cortocircuito periodístico hay tal vez otra interesante lección. El


escritor (que de pronto está donde tiene que estar) escucha lo que
tienen que decir esos inventores, intercepta sus voces en ese espacio
donde lo privado busca hacerse público. La vitalidad de la nación,
sobre la cual escribía Miguel de Marcos, también tiene que ver con
eso.
De: http://www.diariodecuba.com/cultura/1313878009_1625.html

Programa Memoria de la Habana sobre Miguel de Marcos:

https://memoriadelahabana.com/miguel-de-marcos/

Un buen rato con Miguel de Marcos, escritor humorístico y veraz

Leonardo Depestre Catony, 12 de agosto de 2013

Miguel de Marcos es uno de los escritores cubanos más “perfectamente”


olvidados. No porque su obra, en particular sus dos novelas principales, no
esté en las bibliotecas o haya sido reeditada, sino porque apenas se le cita, a
pesar de ser uno de los autores que con mayor acierto trabajó el relato de
humor en un país donde el género siempre es bien recibido.

Cierta parte de la crítica le ha imputado que escribió con demasiada prisa, algo
de improvisación, y que su obra careció de una revisión cuidadosa. Aun así, el
talento aflora y ello es confirmación de la verdadera madera del escritor y de
la muy fértil corriente de humor que circulaba pro sus venas.

Nació en La Habana el 7 de octubre de 1894, se graduó en Derecho Civil y


ejerció como abogado por poco tiempo, como para decir a los demás “yo
también soy doctor”. Entonces enfiló definitivamente hacia el periodismo. Se
le consideró un excelente editorialista, comentarista y entrevistador temible, y
fue muy conocido en la primera mitad del siglo XX, época en que se enmarca
su quehacer profesional.

De Marcos conformó un estilo basado en la agudeza, el humor y la utilización


del lenguaje popular ajustado a las circunstancias, por lo que no es para nada
difícil identificar su prosa. Colaboró en publicaciones muy leídas, utilizó
diversos seudónimos: Héctor Abril, Teodorico Raposo, Tirso Ans...

Periodista y escritor ameno, siguió paso a paso la situación de la Cuba de


entonces, desde un punto de vista de observador, de crítico, y para ello utilizó
la palabra, el toque de ironía salpicado de gracia.

El autor mismo calificó su estilo de pantuflar, por su informalidad intencional,


la falta de etiqueta, la naturalidad, atributos todos que parecen fáciles de lograr
y en modo alguno lo son. De su narrativa descuellan Cuentos nefandos, de
1914; y las novelas Papaíto Mayarí (1946) y Fotuto (1948), editadas ambas
por el Instituto Cubano del Libro. Dejó también un libro inédito, San
Regodeo, fechado en 1954, año de su muerte.

Del estilo de Miguel de Marcos ofrecemos como muestra el inicio de su


novela Fotuto, de manera que el lector aprecie por sí mismo: "Succionaba un
pirulí. Absorto, silencioso, una lumbre de codicia y de euforia en el agua
estancada de sus ojos, parecía extraer todos los éxtasis y todos los jugos de
aquel empeño de su lengua y de sus labios, con el cual redondeaba el vasto
caramelo insertado en una varilla".

Y he aquí otro fragmento del mismo texto, igualmente ilustrativo del carácter
de la prosa en Miguel de Marcos:

Entre un asalto de ráfagas indómitas, entre los desgarradores


aullidos del viento, Fotuto, desde su refugio, del otro lado de la
pared medianera del patio, creyó escuchar estas palabras: »Cállate,
Tolete… no dejas dormir a Pipo con tu cháchara estúpida«. Pero
no. Era una alucinación... Era el loro de elocuencia arisca, de
memoria impar, muy propicio a las tercas repeticiones y a las
escolias obstinadas.

Suerte de picaresca la suya, creador de neologismos, se percibe el deleite al


escribir, el cuidado en la invención de los nombres de los personajes, el doble
sentido y la frase cuya significación el lector de entonces y de ahora puede
identificar sin esfuerzo.

La madurez narrativa la alcanzó en el período de los gobiernos de Ramón


Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás. La pluma y la sátira del escritor
recogen momentos de gracia y fuerte crítica. En Papaíto Mayarí(recordemos
la fecha: 1946), se lee: “Eres grande, Papaíto. Puesto que en Cuba empieza a
no darse pie en la mierda, te has construido un intestino gótico”.

Son constantes en su obra las alusiones al desorden institucional, a la ausencia


de seriedad en las autoridades, a la demagogia. En cierto momento de esta
novela, apunta: “...Claro, usted no ha oído a Grau imitando a Cantinflas”.

Quizá el lector de hoy, carente de un contexto referencial, no perciba cuánto


de humor político extraído de la situación social destila la prosa de este autor,
que también escribió ensayos y destacó por su oratoria. Pero no hay dudas de
que fue el humorismo lo que lo hizo popular entre los lectores.

A manera de broma macabra, Miguel de Marcos murió el 30 de diciembre de


1954, una fecha en la que “no se suele estar para entierros y malas noticias”.
Fue aquella, la suya, una mala pasada que quiso correr a las letras cubanas y a
quienes disfrutaron y aún disfrutan con su prosa llena de gracia y de verdades.

De:
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