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ANEXO 1.

LENGUAJE, COMUNICACIÓN

Y EMOCIÓN

El lenguaje nos sirve para crear o representar modelos de nuestras experiencias, así como
para comunicarnos con los demás. Cuando nos comunicamos con otra persona,
escuchamos su respuesta y reaccionamos de acuerdo con nuestros pensamientos y
sentimientos.

Comunicarse no es solo transmitir un mensaje. Cuando nos comunicamos,


interaccionamos con el otro, ya que influimos de forma directa o indirecta, y en mayor o
menor grado, sobre sus experiencias. Nos comunicamos mediante palabras, el tono de
voz y también con nuestro cuerpo (posturas, gestos y expresiones).

Es imposible no comunicar. Constantemente utilizamos nuestras habilidades


comunicativas para influir en la gente. En el campo docente, buena parte de nuestra
eficacia como educadores se basa en aprovechar positivamente estas habilidades.

Existen seis habilidades o competencias comunicativas fundamentales en un docente:

- Saber comunicar con una perspectiva múltiple (mediante el canvio de puntos de


vista y la empatía).
- Saber crear y mantener la sintonía con el grupo.
- Saber transmitir mensajes congruentes.
- Saber establecer objetivos y no perderlos como puntos de referencia.
- Saber controlar el propio estado de ánimo.
- Saber fomentar la curiosidad por lo que se va a hacer.

Las palabras o el vocabulario que utilizamos para describir una situación, hablar de
nosotros mismos, exponer una experiencia, etc., dicen mucho de nosotros y de nuestra
manera de pensar. Podríamos decir que nuestras palabras son un reflejo de nuestras
creencias y valores.

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Las palabras tienen poder, pueden crear o destruir. Las palabras dan forma a nuestras
emociones, determinan cómo nos sentimos en relación a la información constante que
recibimos o a los hechos que nos ocurren.

Como docentes, solemos reflexionar poco sobre el impacto que tienen las palabras en
nuestros alumnos. Muchas veces les mandamos de manera intencionada mensajes
obstaculizantes y de carácter negativo que no facilitan ni su desarrollo personal ni su
aprendizaje. ¿Cuantas veces hemos dicho o escuchado frases como “ no vales para
estudiar”, “no sabrás hacer esta actividad, es
demasiado complicada para ti”, “lo has hecho mal”,
etc? Éstas son frases que sólo aportan a los chicos
una sensación de fracaso e impotencia. Y si
utilizáramos frases como “¿qué es lo que te
gusta?”, “¿qué cosas crees que sabrás hacer de esta
actividad o tema?”, “tendrías que pensar cómo
puedes mejorar lo que has hecho, ¿quieres que te
ayude?”.

Relacionado con esto, podemos clasificar las palabras que utilizamos en el aula en dos
grandes categorías: palabras semilla y palabras puñal. Si se fijan en los términos,
seguramente les costará poco deducir a qué se refiere cada categoría. Las palabras semilla
son aquellas que ayudan a crecer, a prosperar, a mejorar, a construir, a germinar. Por
contra, las palabras puñal son aquellas que atacan, que agreden, que hieren, que lastiman,
que hacen daño. Es importante hacer el ejercicio de pensar en qué categoría
clasificaríamos las palabras que utilizamos cuando nos dirigimos a nuestros alumnos en
clase.

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A continuación se presentan algunos ejemplos de palabras semilla y palabras puñal:

● Ahora no piensen en el color rojo. Han pensado en él, ¿verdad? Para seguir fielmente
una orden negativa, primero tenemos que pensar en ella y luego, anular ese pensamiento.
Para ser comprendida, una frase que contiene un “NO” lleva a nuestra mente la frase en
positivo y luego la elimina. El “NO” existe en el lenguaje, pero no en la experiencia. Por
ejemplo, el maestro que dice al alumno “está prohibido tirar papeles en el suelo” provoca
que el alumno imagine un papel en el suelo y que después tenga que destruir esa imagen;
por lo tanto, sería mucho más interesante dar la indicación “tirar los papeles a la papelera”.
Es mejor decir lo que queremos o lo que esperamos de ellos, hablando en positivo.

● La palabra PERO niega todo lo que se haya dicho antes. Así, debemos intentar no
decir, por ejemplo, “Pedro es un chico inteligente y se esfuerza, PERO...”; conviene
sustituir el “pero” por “y” cuando sea oportuno. No es lo mismo decir “tu trabajo me
ha gustado, pero le falta estructura” que decir “debo decirte que tu trabajo me ha gustado
y también que podría estar mejor estructurado”. Fíjense en donde recae la fuerza del
mensaje: en la primera frase, damos importancia a la falta de estructura del trabajo y
ponemos en duda o anulamos la primera parte, mientras que en la segunda frase decimos
al alumno que la estructura es mejorable pero también queda claro que el trabajo nos ha
gustado.

● Hablar des del “yo”. Muchas veces nos limitamos a dar órdenes a nuestros alumnos
(“siéntate allí”; “hagan silencio”; “deja de jugar con eso”... En estas ocasiones, nos
olvidamos de algo muy importante: que la principal figura referencia y de vínculo para
estos chicos somos nosotros. Así pues, porqué no utilizamos estructuras como: “Cuando
... me siento....”; “Necesitaría... para sentirme...”.

Por ejemplo: si un niño de 5 años está corriendo por el aula, sin sentarse, podemos
llamarle por el nombre y decirle “¡haz el favor de sentarte!”. O bien podríamos llamarle
por el nombre y decirle “¿Sabes qué necesito para estar muy, muy contenta? Que andes
poco a poco y te sientes en tu sillita; ¡entonces estaré muy contenta!”.

Cuando un niño tiene un mal comportamiento en el aula, podemos decirle “Eso que has
hecho ha estado muy mal” o bien “Eso que has hecho me ha hecho sentir muy

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decepcionada y triste”. ¿Cuál de las dos opciones creen que le va a afectar más y tendrá
más sentido para él?

Cuando apelamos a nuestros sentimientos, cuando nos abrimos a nuestros alumnos y


compartimos con ellos nuestro estado de ánimo, creamos un clima de confianza y
seguridad que hace que ellos mismos se sientan más recíprocos y comprometidos con las
normas y los límites del aula. Por qué... ¿acaso hay algun alumno que no lo satisfazca que
su maestro o maestra esté contento?

● No generalizar, es decir, no usar palabras absolutas como “siempre”, “nunca”, “todos”,


“seguro”... pues son palabras que limitan, que no propician al cambio positivo. Por
ejemplo, si decimos “Esa niña nunca va a pasar de curso”, no damos ningún margen para
que la niña pase. Si le decimos a un niño inquieto “¡es que siempre estás moviéndote de
un lado para otro!”, no le transmitimos ningún mensaje de que puede cambiar su
conducta. Si empezamos el día diciéndo a los niños “Todos los días estamos igual:
siempre tardamos diez minutos a guardar silencio para empezar la clase”, estamos
perpetuando a que eso siga pasando. Si justificamos nuestra forma de enseñar o nuestra
forma de trabajar diciendo que “las cosas se han hecho siempre así”, no estamos dando
ningún paso a la mejora o al cambio. Siempre se puede cambiar!

● Es importante hacer un refuerzo positivo de las participaciones de nuestros alumnos


en clase. Podemos hacerlo alabando sus reflexiones y destacando la importancia de su
participación. Al reforzar de este modo su conducta, se impulsa su continuidad a lo largo
de todo el curso. ¡Qué importante es un “gracias por participar”, “qué bien lo has hecho”,
“se nota que te has esforzado” o “me gusta trabajar en esta clase”!

Hasta ahora hemos hablado del efecto que producen nuestras palabras y nuestras frases,
es decir, nuestro lenguaje verbal, sobre nuestros alumnos. Pero debemos muy tener en
cuenta que nuestros procesos comunicativos no verbales (como el tono de voz, los gestos
y la expresión corporal) también informan constantemente de lo que pensamos o
sentimos. De hecho, se calcula que la mayor parte de nuestras comunicaciones se ajustan
a los siguientes porcentajes: nuestras palabras transmiten un 10% del mensaje; nuestro
tono de voz, un 40%, y nuestra expersión corporal, un 50%!

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Como podemos ver, nuestro lenguaje corporal habla por nosotros. Nuestro tono de voz
y nuestra expresión puede invitar al alumno a participar en la clase, o por el contrario
puede provocar su total rechazo. A continuación se presentan algunas técnicas de
comunicación no verbal que nos pueden resultar útiles en el aula:

● El acercamiento físico, por ejemplo a través de una simple caricia en el hombro, es


una demostración de afecto que puede ayudar al alumno a sentirse integrado. Muchas
veces puede resultar mucho más exitoso tocar el hombro a un alumno que está
interrumpiendo la clase que reprimirle en público. De esta manera, el alumno siente que
respetamos su intimidad y no lo ponemos en evidencia delante del grupo.

● Otra herramienta importantísima del lenguaje no verbal es la mirada. Nuestra mirada


tiene un poder comunicativo immenso. En muchas ocasiones las personas podemos
comunicarnos con la mirada, sin necesidad de utilizar palabras. A menudo nos olvidamos
de mirar a nuestros alumnos directamente a los ojos. Pero si los miramos mientras nos
hablan o nos preguntan y asentimos ligeramente al mismo tiempo, notaremos como ellos
se sienten más seguros y participan más en la clase.

A menudo el silencio o una mirada son suficientes para transmitir al otro que lo
comprendemos.