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La presencia del erotismo en Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez

Mónica Bretón García


Licenciada en Español y Literatura
Monicabreton1978@yahoo.com

En este artículo analizo la presencia del erotismo en Cien años de Soledad (1967), a partir de
la identificación de los rasgos característicos que lo definen. En primer lugar, abordo su
conceptualización a partir de los análisis de Georges Bataille, Octavio Paz, Estanislao Zuleta,
entre otros autores. En segundo lugar, establezco la delimitación entre erotismo y
pornografía. Finalmente, a partir del concepto y las delimitaciones, doy paso a analizar la
presencia del erotismo en la novela, con sus características particulares.
Para hablar de erotismo, es necesario comprender qué es y en qué se diferencia de la
sexualidad. George Bataille (2015) sostiene que “por erotismo entiendo las relaciones y
juicios que tienden a calificar sexualmente unos objetos, seres, lugares y momentos, que por
sí mismos, no tienen nada de sexual, aunque tampoco nada contrario a la sexualidad” (p. 28).
Si el ser humano emite un juicio se debe a que entra en juego una consideración objetiva que
ha sido el resultado de su experiencia y de las valoraciones que ha hecho de ella; por tanto,
no se trata de una respuesta instintiva e inconsciente ante un estímulo exterior, como sucede
en el acto sexual. El erotismo y el intelecto se complementan; aunque el objeto de deseo está
en el exterior, el erotismo es una experiencia interior que recurre a la imaginación. A
diferencia de la sexualidad que tiene por fin la reproducción.
Octavio Paz (1993) señala que “el erotismo es exclusivamente humano: es sexualidad
socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de los hombres. La primera nota
que diferencia al erotismo de la sexualidad es la infinita variedad de formas en que se
manifiesta” (p. 15). El erotismo es invención: la imaginación recrea el objeto de deseo y
adquiere diferentes formas, como Aureliano José que “se consolaba de su abrupta soledad,
de su adolescencia prematura, con mujeres olorosas a flores muertas que él idealizaba en las
tinieblas y las convertía en Amaranta mediante ansiosos esfuerzos de imaginación” (p. 125).
Bataille (2004) explica que “la experiencia interior del erotismo le exige a quien la
realiza una sensibilidad equivalente tanto ante la angustia que funda la prohibición como ante
el deseo que lleva a infringirla” (p. 349). La prohibición faculta la transgresión de la regla, lo
prohibido aumenta el valor del deseo y esto seduce. El erotismo surge de la fascinación y el
horror, de la afirmación y la negación. No es una casualidad que, en Cien años de Soledad,
tías y sobrinos (Amaranta y Aureliano José, Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia)
experimenten un fuerte erotismo:

(Aureliano José) sintió los dedos de Amaranta como unos gusanitos


calientes y ansiosos que buscaban su vientre. Fingiendo dormir cambió de
posición para eliminar toda dificultad, y entonces sintió la mano sin la venda
negra buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad. (García
Márquez, 1970, p. 125)

La paradoja del erotismo hace que la prohibición del incesto convierta al otro en un
objeto más deseable y que transgredir la prohibición produzca horror ante la inminencia de
la desgracia. Chinchilla (1995) dice al respecto que:

Cuanto más violento el deseo, mayor el terror de la violación del tabú.


Esta interpretación permite ver a la solterona Amaranta como una de las
criaturas más eróticas de Cien años de soledad. La exaltación hiperbólica del
sexo, unida a las insinuaciones incestuosas, convierten esos momentos en la
paradójica representación del máximo goce y la tragedia definitiva. (p. 21)

Los amantes cómplices del incesto “se perseguían por los rincones de la casa y se
encerraban en los dormitorios a cualquier hora, en un permanente estado de exaltación sin
alivio” (p.125). La angustia de Amaranta ante la transgresión del veto hace que Aureliano
José abandone Macondo para liberarse de su desdicha, pero la pasión no le da tregua: “la
materializaba en el tufo de la sangre seca en las vendas de los heridos, en el pavor instantáneo
del peligro de muerte, a toda hora y en todas partes” (p. 130).
Levine (1971) explica cómo la tragedia de los Buendía está condenada a la tragedia
de la desaparición, provocada por un acto de incesto. También, hace un recorrido por las
diferentes relaciones incestuosas que hubo en cien años de linaje: “Es la combinación de un
gran terror y de la fascinación que ejerce el incesto lo que la lleva a las relaciones que se han
descrito con sus sobrinos” (p. 717). Lo prohibido es erótico. Lo prohibido fascina y condena.
Aparece “la doble faz del erotismo: fascinación ante la vida y ante la muerte. El significado
de la metáfora erótica es ambiguo. Mejor dicho: es plural. Dice muchas cosas, todas distintas,
pero en todas ellas aparecen dos palabras: placer y muerte” (Paz, 1993, p. 18). El erotismo
de lo prohibido puede ser la reconciliación con la vida por medio de la poderosa energía que
nos sacude, pero la violación de la regla es nuestra condena. La sexualidad desaforada puede
traer caos a la sociedad. El erotismo contiene ese ímpetu descontrolado. En este sentido, el
erotismo es protector de la vida, pero al mismo tiempo es sinónimo de muerte porque niega
la reproducción y, por tanto, la conservación de la estirpe.
Octavio Paz (1993) explica la relación entre el erotismo y la palabra. Esa relación se
da a través de la imaginación, dado que el lenguaje representa la sensación y el erotismo
representa la sexualidad transfigurada:

El agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético es la


imaginación. Es la potencia que transfigura al sexo en ceremonia y rito, al
lenguaje en ritmo y metáfora. La imagen poética es abrazo de realidades
opuestas y la rima es cópula de sonidos; la poesía erotiza al lenguaje y al
mundo porque ella misma, en su modo de operación, es ya erotismo. Y del
mismo modo: el erotismo es una metáfora de la sexualidad animal. (p. 10)

Deseamos a través de las palabras, acariciamos y seducimos con ellas. Erotismo y


poesía conjugan imaginación, intelecto y palabra. La mujer siente fascinación por el hombre
elocuente y el hombre la seduce con palabras. La obsesión por Remedios lleva a Aureliano a
materializar su pasión, y a mantenerla hasta el final de sus días, por medio de los versos:

Aureliano lo expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los


escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes
del baño, en la piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada:
Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde, Remedios en la callada
respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas,
Remedios en el vapor del pan al amanecer, Remedios en todas partes y
Remedios para siempre. (p. 61)

La belleza es erótica y poseedora de contradicción: fascina y molesta a la vez, fascina


y hiere al que la desea. El poder de seducción de la mujer bella se encuentra en su seguridad
y complacencia consigo misma, pero a la vez esa independencia irrita. Su condición de
inalcanzable constituye un estímulo que se convierte en reto. Zuleta (2010) manifiesta que:

La mujer narcisista parece bastarse a sí misma, y es para Freud el tipo


de mujer más deseable. Su belleza no puede distinguirse de la forma en que
ella misma la asume: como una proclama de autonomía libidinal. En esa
autonomía se funda su seducción y su carácter problemático: atrae pero
también ofende porque proclama que no necesita de nadie. Una mujer bella es
por eso un desafío. El hecho de que atraiga con su independencia libidinal, de
que sea deseada porque no depende del deseo de nadie, la convierte en un
objeto eminentemente ambivalente. (…). La belleza da la impresión de estar
completa, de ceñirse a una norma que es su propio deseo, una norma no
dictada por nadie. (p. 135)

Remedios, la bella, es la expresión del erotismo en Cien años de soledad, mujer “de
cuya hermosura legendaria se hablaba con un fervor sobrecogido en todo el ámbito de la
ciénaga” (p. 168). No solo su belleza es objeto de deseo, también su independencia del
mundo. Los hombres se complacen con verla y oler el rastro del embrujo a su paso, algunos
más intrépidos tratan de acercarse para contemplarla de cerca: “mientras más pasaba por
encima de los convencionalismos en obediencia a la espontaneidad, más perturbadora
resultaba su belleza increíble y más provocador su comportamiento con los hombres” (p.
197). El erotismo de Remedios, la bella, es contradicción: goce y fatalidad. Por un lado, los
hombres se sienten extasiados con su belleza, pero el deseo que provoca hiere a tal extremo
que mata de amor. En Macondo existe el rumor de que cuatro hombres murieron a causa de
su belleza: “La suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba
entonces sustentada por cuatro hechos irrebatibles” (p. 201).
Llorente (2013) expone que “se considera algo como erótico si se reserva un espacio
para lo oculto o para lo ausente, que es, en definitiva, el espacio de la fantasía y la
imaginación del observador-lector” (p. 361). El erotismo es evocador, deja algo oculto que
estimula la imaginación. Bien lo dice la autora, los habitantes de Macondo se sienten
seducidos ante la naturalidad y candidez de Remedios, la bella:

Era demasiado evidente que estaba desnuda por completo bajo el


burdo camisón, y nadie podía entender que su cráneo pelado y perfecto no era
un desafío, y que no era una criminal provocación el descaro con que se
descubría los muslos para quitarse el calor, y el gusto con que se chupaba los
dedos después de comer con las manos. (p. 198)

El erotismo es evocación de la sexualidad y está relacionado con la imaginación y la


belleza. En cambio, la pornografía es exhibición de actos sexuales explícitos y no produce
goce estético, sino puro placer sexual. Llorente (2013) afirma que:

Lo erótico necesita en su modo de expresión, en su lenguaje, de un


estilo indirecto y alusivo que rehúya el lado recto y propio de las cosas, un
lenguaje metafórico. Por el contrario, la pornografía se siente como un
desbordamiento de estímulos, como un exceso o superabundancia que en
algún sentido resultan agresivas o hirientes. (p. 362)

El erotismo es metáfora de la sexualidad, “designa algo que está más allá de la


realidad que la origina, algo nuevo y distinto de los términos que la componen” (Paz, 1993,
p. 10). En oposición, la pornografía no da lugar a la imaginación, no incita la fantasía ni el
juego mental. En la pornografía todo está explícito: el sexo, el cuerpo y sus partes son
presentados sin reservas. La pornografía es exceso que satura; el erotismo es ausencia, algo
oculto que provoca.
Bataille habla del juicio de contenido sexual a algo que no lo es. El olor de humo en
las axilas de Pilar Ternera ejerce una fuerte atracción sobre José Arcadio y ella le erotiza la
imaginación con la palabra “bárbaro”:
Pero José Arcadio la siguió buscando toda la noche en el olor de humo
que ella tenía en las axilas y que se le quedó metido debajo del pellejo. Quería
estar con ella en todo momento, quería que ella fuera su madre, que nunca
salieran del granero y que le dijera qué bárbaro, y que lo volviera a tocar y a
decirle qué bárbaro. (p. 27)
Hay algo edípico en ese deseo de anidar en el vientre de Pilar Ternera, “quería que
ella fuera su madre”. La obsesión por la amante hace que no quiera separarse de ella; parece
que ese retorno al ser dador de vida le garantizara a José Arcadio la fuente de placer constante.
Gabriel García Márquez (1927–2014), ejerce con gran dominio el poder de las
palabras y crea con el lenguaje de la cotidianidad hermosas imágenes que dan cuenta del
erotismo del encuentro, sin necesidad de hacerlo explícito. Araujo (2010) señala que “en los
escritos de García Márquez, la relación entre la palabra y el objeto tiene un carácter
indefinido. En otros términos, existe un acucioso trabajo con el lenguaje que busca crear
nuevas imágenes a partir de diversas magnitudes semánticas” (p. 43).
El combate amoroso entre José Arcadio y Pilar Ternera queda representado a través
de palabras de uso cotidiano; además, la forma en que está escrito produce agitación al ser
leído, va al compás de los amantes. Renueva este lenguaje dotándolo de contenido erótico:

Entonces se confió a aquella mano, y en un terrible estado de


agotamiento se dejó llevar hasta un lugar sin formas donde le quitaron la ropa
y lo zarandearon como un costal de papas y lo voltearon al derecho y al revés,
en una oscuridad insondable en la que le sobraban los brazos, donde ya no olía
más a mujer, sino a amoníaco, y donde trataba de acordarse del rostro de ella
y se encontraba con el rostro de Úrsula, confusamente consciente de que
estaba haciendo algo que desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera
hacer, pero que nunca se había imaginado que en realidad se pudiera hacer,
sin saber cómo lo estaba haciendo porque no sabía dónde estaban los pies v
dónde la cabeza, ni los pies de quién ni la cabeza de quién, y sintiendo que no
podía resistir más el rumor glacial de sus riñones y el aire de sus tripas, y el
miedo, y el ansia atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para
siempre en aquel silencio exasperado y aquella soledad espantosa. (p. 28)

García Márquez explota al máximo las posibilidades del lenguaje y si las necesidades
de la creación no pueden abastecerse con las palabras existentes, crea una nueva: “La
impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que sintió el impulso de retroceder” (p.
83). Fernando Ávila (2014) no solo habla de la capacidad creativa de García Márquez, sino
que, además, da luz sobre el significado de esta palabra:

Alguna vez creó la palabra que necesitaba porque no la encontraba en


el diccionario, como cuando escribió en Cien años de soledad, refiriéndose al
encuentro de Rebeca y José Arcadio, “La impresionó tanto su enorme
desnudez tarabiscoteada que sintió el impulso de retroceder”. En el glosario
de la edición conmemorativa, elaborada por la Real Academia Española,
2007, se aclara que tarabiscoteado es ‘lleno de tatuajes’. (p. 4)

Las características del erotismo están presentes en varios pasajes de Cien años de
soledad: la prohibición, la evocación, la voluptuosidad que eleva la vida y desciende a la
muerte, las palabras cotidianas con descargas de valor erótico. Todo lo anterior lo conjuga
García Márquez a través de la palabra y conduce al lector en un vaivén al ritmo de los
amantes:
Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo, sintiendo que se le
formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos
con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos,
murmurando: «Ay, hermanita: ay, hermanita.» Ella tuvo que hacer un esfuerzo
sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente
regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres
zarpazos y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por
haber nacido, antes de perder la conciencia del placer inconcebible de aquel
dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que
absorbió como un papel secante la explosión de su sangre. (p. 84)
En el enunciado anterior puede rastrearse otra característica propia del erotismo en
Cien años de Soledad. Se trata del componente humorístico, tan propio de la cultura del
Caribe. El humor surge de la oposición de dos elementos contradictorios como lo espiritual
y lo carnal o lo elevado y lo banal. Parrilla (2002) sostiene que “el contraste humorístico se
logra gracias al contraste irónico de la paradoja” (p. 42). Hay contraposición entre lo liberal
de la entrega sensual y lo conservador del dogma religioso (“Alcanzó a dar gracias a Dios
por haber nacido, antes de perder la conciencia del placer inconcebible de aquel dolor
insoportable”). Rebeca, en esa época moralista y conservadora, bien podría ser una pecadora
al sucumbir a las voluptuosidades de la carne, pero en lugar de pedir perdón, agradece a la
divinidad por los placeres concedidos. El efecto que se produce es humorístico.
El erotismo presente en la novela es libre, sin prohibiciones, desbordante, copioso,
hiperbólico. Guillén (2007) señala algunas literariedades de Cien años de soledad:
“Instrumento de esa liberación es la hipérbole, con la que se describe mejor una realidad
desbordante, sin cercas ni barandillas, exenta de convenciones y cortapisas, tanto más
significativa cuanto más y mejor se intensifica” (p. 110). Ese desbordamiento queda
representado en la exageración que producen los efectos del erotismo: “el olor de Remedios,
la bella, seguía torturando a los hombres más allá de la muerte, hasta el polvo de sus huesos”
(p. 200). El exceso de erotismo da cuenta de la intensidad del encuentro amoroso. El derroche
de energía es tan poderoso que es capaz de despertar a los muertos:

Los vecinos se asustaban con los gritos que despertaban a todo el


barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta, y rogaban
que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos. (p.
84)

Tanto la belleza como el efecto erótico de Remedios, la bella, son hiperbólicos:


“Hombres expertos en trastornos de amor, probados en el mundo entero, afirmaban no haber
padecido jamás una ansiedad semejante a la que producía el olor natural de Remedios, la
bella” (p. 198).
Guillén (2007) señala que las hipérboles: “lanzan los hechos enérgicamente hacia el
ámbito de lo imaginario y lo legendario, desfamiliarizándolos, pero no sin esa nota de
ambigüedad, de feliz perplejidad” (p. 112). El lector queda seducido por la manera de narrar
los encuentros eróticos, experimenta asombro y admiración ante las infinitas posibilidades
que tiene la palabra, al mismo nivel de la imaginación. El silencio ensordecedor que produce
el encuentro erótico entre Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia no logra despertar a
Gastón, su marido, del sueño de aeronauta, pero es capaz de llevarla al paroxismo:

Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad,


la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad
irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y les globos invisibles
que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuvo tiempo de estirar la
mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para
que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las
entrañas. (p. 333)
El estilo hiperbólico del erotismo produce un efecto estético de goce equiparable al
experimentado por los amantes. Además, apela a la verosimilitud, dado que el lector se
identifica con el vuelo erótico que libera toda sensualidad.

Conclusión
En este artículo expongo las características del erotismo para comprender su presencia en
Cien años de Soledad. De igual manera, señalo las diferencias entre pornografía y erotismo
para dar mayor claridad al lector. Analizo de qué manera los rasgos constituyentes están
presentes en la novela macondiana: imaginación; belleza; prohibición; las contradicciones de
fascinación y horror, vida y muerte, deseo y angustia, goce y fatalidad; el efecto erótico de
las palabras y la evocación. Existe abundancia de manifestaciones eróticas, como también en
la generosidad de García Márquez que, con la creación verbal artística, eleva al erotismo a la
estética de lo sublime. Finalmente, trato de demostrar que el humor y la hipérbole constituyen
la singularidad del erotismo en la obra; características que forman parte del ethos popular del
Caribe y de la literatura de nuestro Nobel.
Bibliografía

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http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-13902351
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