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Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la

década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.

Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.

Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.
Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.

Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.

Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.
Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.

Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.

Pocos procesos electorales en el mundo han sido tan sangrientos y complejos como el que vivió Colombia a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, cuando cuatro de sus candidatos presidenciales fueron asesinados de
manera artera.
En esos años, el país sudamericano era presa del caos institucional y víctima de un conflicto armado con múltiples
variantes: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, que afectaban todos los niveles de la vida pública colombiana. El
panorama era desolador y la confianza en las instituciones cada vez menor. En ese contexto, sin embargo, nació un
movimiento estudiantil que revolucionó por completo la política colombiana.
En 1989, estudiantes de varias universidades (privadas primero, públicas después) comenzaron a articularse entre sí para
elaborar una exigencia concreta: una nueva constitución. El movimiento pasó a llamarse “de la Séptima papeleta” porque
invitaba a la ciudadanía a introducir un voto simbólico adicional en las elecciones legislativas y municipales de marzo de
1990, donde se elegían seis cargos públicos. Este voto, o séptima papeleta, pedía la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Durante los meses que duró el movimiento, los estudiantes supieron difundir su exigencia de manera clara y sencilla, lo
que facilitó que sus ideas tuvieran repercusión en prácticamente todos los medios de comunicación. Adicionalmente,
fueron capaces de movilizar a alumnos y profesores de todas las instituciones educativas y de todas las regiones del país
para promover este séptimo voto en las mencionadas elecciones.