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TEMA 32: LA CULTURA RENACENTISTA.

LOS ENFRENTAMIENTOS POLITICO-RELIGIOSOS DEL SIGLO XVI.

1. EL DEBATE HISTORIOGRÁFICO SOBRE EL RENACIMIENTO

El punto de partida en la búsqueda del concepto de Renacimiento reside en los trabajos


de los primeros humanistas. Giovanni Villani, en su "Crónica Florentina" de la primera mitad
del siglo XIV, presenta la novedad de entender el fin del Imperio Romano, no como el
comienzo del fin sino como el prólogo de una nueva era. Fue Petrarca, sin embargo, quien
ofreció la primera distinción neta entre Historia Antigua —anterior al cristianismo— y
Moderna. Petrarca no acepta que el Imperio Romano pueda perpetuarse, ya que era el
producto de la proyección de la "virtus" romana; pero esta "virtus", aunque degenerada, ha
permanecido en el pueblo italiano y existe así la posibilidad de un renacer. Las obras de
Leonardo Bruni, Flavio Biondo y Maquiavelo siguen el mismo esquema. Igualmente
encontramos el vocablo renacer en los escritos de Vasari: en su "Vida de grandes pintores,
escultores y arquitectos" (1550), habla ya de progresos del renacimiento de las artes desde el siglo
XIII, cuando los artistas toscanos comenzaron a imitar obras de la Antigüedad clásica
grecorromana. Por los mismos años, el humanista Giovio indicaba que, en tiempos de
Boccaccio, las letras podían considerarse renacidas. Todos los autores citados utilizan el
término renacer, pero ¿qué entendían realmente por renacimiento, renovación o resurrección?
"Renovatio", en concreto, era un término en uso con sentido claramente religioso y cristiano. No
es de extrañar, por tanto, que los teólogos medievales hiciesen constantemente uso de los
mismos conceptos de tal manera que su empleo por los humanistas —que se hallaban dentro
de la tradición cristiana— no constituyera ninguna novedad. No obstante, es importante
destacar que cuando los humanistas y los artistas de los siglos XIV al XVI empleaban esa
terminología, fueron conscientes de poseer por vez primera un moderno sentido de la
periodicidad histórica, esto es, tomaron conciencia de que entre la Antigüedad clásica y su
propia época hubo una larga etapa de decadencia de la literatura y el arte. En su tiempo, sin
embargo, las letras y las artes habían recuperado el brillo de la Antigüedad; es decir, estaban
viviendo un Renacimiento.

Posteriormente, en el siglo XVII, los escritores que se ocuparon del estudio de los
doscientos años precedentes llegaron a pensar que se trataba de un período intermedio entre
la Edad Media y lo moderno. Pierre Bayle, en su "Diccionario histórico crítico" (1695), asociará la
labor de los humanistas italianos con el renacimiento de las letras. De esa manera ya se podían
contrastar con precisión una Edad Antigua brillante, una Edad Media oscura en la que las
letras habían sido relegadas al silencio, y una época nueva en la que renacían. Por el contrario,
escritores románticos del siglo XIX y algunos realistas, como Balzac, defensores de un
medievalismo idealista, prestaron escasa atención al Renacimiento, considerándolo además
como una época pagana y materialista. Sin embargo, para algunos historiadores como Jules
Michelet no pasará inadvertido el carácter original de aquel período de la cultura y de la
historia de Italia, a la que él mismo concedió el nombre de Renacimiento en el volumen VII de
su "Historia de Francia".

El término Renacimiento adquirió su sentido actual hacia 1860, cuando Jacob


Burckhardt publicó "Die Kultur der Renaisance in Italien". Gracias a Burckhardt, el vocablo pasó
a definir un período concreto —con sus características propias y peculiares— y acabó
convirtiéndose en un concepto histórico. Su obra viene a sostener que el Renacimiento fue una
tumultuosa revuelta en la cultura de los siglos XIV y XV provocada por el genio del espíritu
nacional italiano. El Renacimiento se distinguía, según Burckhardt, por presentar las
siguientes manifestaciones: por el nacimiento del Estado como una obra de arte, como una
creación calculada y consciente que busca su propio interés; por el descubrimiento del arte, de
la literatura, de la filosofía de la Antigüedad; por el descubrimiento del mundo y del hombre,
por el hallazgo del individualismo, por la estética de la naturaleza; por el pleno desarrollo de
la personalidad y de la libertad individual.

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LOS ENFRENTAMIENTOS POLITICO-RELIGIOSOS DEL SIGLO XVI.

La historiografía posterior, profundizando en lo dicho por Burckhardt, no hizo más


que completar el concepto. Aceptadas sus tesis, las discusiones en torno a esa época se
dirigieron hacia la fijación de sus límites cronológicos y del contenido mismo del período. El
historiador alemán había mantenido las fronteras iniciales del Renacimiento en los siglos XIV
y XV. Por el contrario, otros historiadores creyeron encontrar elementos reveladores de un
renacimiento en el movimiento de san Francisco de Asís y en el arte emanado de su culto.
Igualmente, aparecieron teorías sobre otros renacimientos, como el de Carlomagno y el de
Otón I. Justo en el marco particular de Italia, ciertos historiadores como Sapori habían
estimado que el verdadero Renacimiento había comenzado hacia mediados del siglo XII,
cuando en las ciudades italianas se colocan las bases del primer capitalismo. Los historiadores
no italianos subrayaron las aportaciones de sus propios países a la formación del
Renacimiento, atenuando de esa manera el carácter exclusivamente italiano que se le pudiera
atribuir tras las tesis de Burckhardt. Así surgen análisis como los de Wallace K. Ferguson, que
valora el Renacimiento como una transición entre la Edad Media y la Época Moderna, durante
el cual los aspectos feudal y eclesiástico del mundo medieval fueron gradual pero firmemente
transformados en Italia y luego en el resto de Europa, desarrollándose el capitalismo y la
sociedad urbana. Pese a la disparidad de las interpretaciones (Garin, Erwin Panofsky), podría
aceptarse, finalmente, la sugerida por Ronald Mousnier, que sitúa los límites temporales del
Renacimiento entre el siglo XIV y la segunda mitad del siglo XVI.

2. EL CONTEXTO HISTÓRICO: TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS, SOCIALES


Y POLÍTICAS

La crisis de los siglos XIV-XV es el contexto histórico en el cual aparece el


Renacimiento, son siglos de hambres, pestes y guerras, de conflictos sociales y decadencia
económica. Sin embargo, donde nosotros vemos crisis muchos contemporáneos veían
modernidad, como muestran los partidarios de Guillermo de Ockham, que proponen el
divorcio entre Razón y Fe, o la música del siglo XIV, que constituye el Ars Nova; y es que el
paso a la modernidad se hará con dolor. La aparición de una economía monetaria vinculada
al comercio a larga distancia, la aparición de una nueva clase social, la burguesía, y la sanción
jurídica de las Monarquías Autoritarias son la clave del paso de la Edad Media a la Edad
Moderna. Son muchas las causas que explican la aparición del Renacimiento en Italia y no en
otro país europeo: el desarrollo de las ciudades-estado que competían entre sí mediante la
creación de manifestaciones artísticas —lo que permite el ascenso social de la burguesía
(mecenas de los artistas) y el despegue del capitalismo— y la caída de Bizancio en 1453 que
llevó a Italia, y en particular a Florencia, a muchos sabios portadores del bagaje cultural clásico;
sin olvidar la cercanía del clasicismo del antiguo Imperio romano.

TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS

Para comienzos del siglo XIV, las ferias de Champaña y de Medina habían creado rutas
terrestres estables y más o menos seguras que recorrían Europa de norte a sur (en el caso
castellano siguiendo las cañadas trashumantes de la Mesta, en el caso francés enlazando los
emporios flamenco y norte-italiano a través de las prósperas regiones borgoñonas y renanas,
todas ellas salpicadas de ciudades). La Hansa o liga hanseática estableció a su vez rutas
marítimas de una estabilidad y seguridad similar que unían el Báltico y el Mar del Norte a
través de los estrechos escandinavos, conectando territorios tan lejanos como Rusia y Flandes
y rutas fluviales que conectaban todo el norte de Europa, permitiendo el desarrollo de
ciudades como Hamburgo, Lübeck y Danzig, y estableciendo consulados comerciales
denominados kontor. En el Mediterráneo se llamaron Consulado del Mar: Mallorca (1343) y
Barcelona (1347). Cuando el estrecho de Gibraltar fue seguro, se pudieron conectar
marítimamente ambas Europas, con rutas entre las ciudades italianas (sobre todo Génova),

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Marsella, Barcelona, Valencia, Sevilla, Lisboa, los puertos del Cantábrico (Santander, Laredo,
Bilbao), los del Atlántico francés y los del Canal de la Mancha (ingleses y flamencos, sobre todo
Brujas y Amberes). Todo ello desarrolló un incipiente capitalismo comercial con el incremento
o surgimiento de la economía monetaria: la banca y sus créditos, préstamos, seguros, y letras
de cambio (actividades que mantuvieron siempre recelos morales). Florencia era en el siglo XV
un hormiguero de bancos de toda clase, especializados en préstamos semanales, dedicados al
tráfico de joyas, etc. Luego estaban los cambistas, que especulaban sobre la diferencia en curso
de las múltiples monedas. Finalmente, aparecían los verdaderos mercaderes–banqueros.

TRANSFORMACIONES SOCIALES

Las ciudades se convirtieron, por del desarrollo del artesanado y del comercio, en
grandes fuentes de creación de riqueza para unos cuantos (banqueros, comerciantes,
burócratas, etc.). En Italia surgen las ciudades-estado.

La burguesía era el nuevo agente social formado por los mercaderes que surgen en el
entorno de estas ciudades; estaba interesada en presionar al poder político (imperio, papado,
las diferentes monarquías, la nobleza feudal local o instituciones eclesiásticas) para que se
facilitara la apertura económica de los espacios cerrados de las urbes, se redujeran los tributos
de portazgo y se garantizaran formas de comercio seguro. Además de esto, también pedían
una centralización de la administración de justicia e igualdad de las normas en amplios
territorios que les permitieran desarrollar su trabajo, al tiempo que garantías de que los que
vulnerasen dichas normas fueran castigados con igual dureza en los distintos territorios.
Aquellas ciudades que abrían las puertas al comercio y a una mayor libertad de circulación
veían incrementar la riqueza y prosperidad de sus habitantes. Los burgueses podían
considerarse hombres libres en cuanto a que estaban parcialmente fuera del sistema feudal —
no participaban directamente de las relaciones feudo-vasalláticas—; ni eran señores feudales,
ni campesinos sometidos a servidumbre, ni hombres de iglesia. En Italia, la concentración de
riqueza trajo consigo la del poder político, concentrado en torno a los Albizzi —miembros de
la lana y grandes terratenientes— y los Strozzi o los Médicis, banqueros. Cuando no ejercían
el poder directamente, lo hacían a través de miembros afectos.

TRANSFORMACIONES POLÍTICAS

La pérdida de poder que los dos grandes poderes de la Europa medieval, Imperio y
Papado, habían sufrido en el decurso de los siglos provocó que las incipientes monarquías
feudales fueran convirtiéndose, paso a paso, en Estados nacionales con entidad política
propia, independientemente de relaciones vasalláticas. El término Estado proviene de la voz
latina status, que significa “condición”, “poder” u “oficio”, y era utilizada para referirse a las
facultades del gobernante (potestad, dignidad, ingresos, etc.). A finales del siglo XIV comenzó
a emplearse con carácter general para hacer referencia al conjunto del cuerpo político, lo cual
avala la tesis de quienes sostienen que el Estado es una realidad política moderna con
características específicas, surgida en Europa como consecuencia del Renacimiento y la
Reforma, y elaborada teóricamente por los teóricos de la época.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) fue el fundador de este pensamiento político


moderno, y defensor de la creación del Estado moderno que caracteriza al Renacimiento. Fue
el primero en describir la realidad sociopolítica al margen de todo planteamiento ético. Según
Maquiavelo, el hombre, al que la naturaleza ha dado una ilimitada capacidad de desear, no ha
sido dotado, en cambio, de un derecho semejante, y sólo por necesidad aceptará someterse a
un orden; así surge el Estado, porque ofrece al hombre la seguridad que necesita. A lo largo
de su principal obra, El Príncipe, inspirada en la figura de Fernando el Católico, habla de cómo

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tiene que ser el gobernante renacentista para conducir a un pueblo a la fundación de un Estado
moderno. Este camino dependerá siempre de las premisas políticas, económicas, sociales y
culturales en las que viva su pueblo. Al llegar los tiempos modernos, entraron en juego tres
fuerzas: la monarquía, la nobleza y las ciudades. Allí donde triunfó la monarquía autoritaria,
se impuso el Estado moderno, son los casos de España, Portugal, Francia e Inglaterra. En los
territorios donde mantuvo su poder la nobleza, como Alemania, no pudo establecerse un
Estado moderno. Y allí donde triunfaron las ciudades, caso de Italia, se formó un mosaico de
ciudades-estado independientes.

3. PENSAMIENTO RENACENTISTA Y HUMANISMO

PENSAMIENTO RENACENTISTA

El pensamiento renacentista se caracteriza por una visión antropocéntrica del mundo


frente al teocentrismo medieval. Los hombres del Renacimiento aspiran a la individualización,
a la gloria y a la fama, que en ocasiones lleva a la crueldad; se trata de un Homo universalis,
hombre cosmopolita que cuida tanto su formación física como espiritual. Se impone la
Humanitas versus nobilitas, es decir, el desarrollo del saber racional frente al saber teológico que
justificaba una sociedad estática.

Se produce una exaltación de la naturaleza que se convierte en el eje de observación


del mundo junto al hombre, lo que se manifiesta mediante la construcción de villas en el
campo, la creación de fascinantes jardines, la búsqueda de una estética natural, y los
descubrimientos geográficos. Otro fundamento del pensamiento es la valoración de la
Antigüedad clásica. Si bien es cierto que durante la Edad Media se había continuado bebiendo
de las fuentes de la tradición clásica, sobre todo de la latina, el mundo clásico proporciona
ahora los modelos a seguir. Sin embargo, no se trata de imitar, sino de superar; esto lleva
a la búsqueda de un naturalismo idealizado, a la aparición de la temática mitológica y a un
amor a la belleza como producto de la filosofía neoplatónica.

Del desarrollo del espíritu científico y su énfasis por aprender directamente mediante
la experimentación con la naturaleza surge la figura del genio polifacético que, como Leonardo
da Vinci, domina todos los campos del saber. La exaltación de la naturaleza y el desarrollo del
espíritu científico son los fundamentos de la Ciencia Renacentista. El tipo de conocimiento
que se busca de la naturaleza va a ser práctico: conocer para dominar. Al final de la Edad Media
había surgido la figura del magister ingeniis, antecedente del ingeniero moderno, el cual era un
constructor de máquinas aplicadas a la agricultura, a la construcción y a la guerra; con él
aparecieron nuevos instrumentos de medida y un nuevo lenguaje, la Geometría. Además,
tuvieron lugar una serie de nuevos inventos como la imprenta, la brújula y el reloj, llamados
a ejercer una profunda influencia sobre la vida social del hombre. Sin embargo, donde la
tecnología obtuvo avances más importantes fue en la minería con la aplicación de bombas
hidráulicas, la metalurgia con el empleo del carbón mineral, y la química con la realización de
los primeros análisis químicos. En este último campo y en el de la medicina se movió Paracelso,
y en medicina sobresalió Vesalio, que realizó unos fascinantes estudios de anatomía. En
astronomía destacó Copérnico, que nos habló de la rotación de la tierra sobre su eje y de su
movimiento, traslación, en torno al Sol, dando lugar a la teoría heliocéntrica.

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EL HUMANISMO

El Humanismo es un proceso cultural vinculado a la formación literaria, al lenguaje, a


la educación y al desarrollo de la inteligencia por lo bello, en el que cristaliza el Renacimiento.
El Humanismo se divulgó y consolidó gracias a la imprenta y a las universidades. La imprenta,
que abrió un nuevo período en la historia de la comunicación, es una invención de Gutenberg
(1450) y de la escuela maguntina de impresores. En las universidades el humanismo ganó
terreno sobre el escolasticismo y las investigaciones de la naturaleza atrajeron más que la
metafísica.

EL HUMANISMO EN ITALIA

El punto de partida del humanismo italiano hay que señalarlo en Petrarca (siglo XIV),
que sintetizó lo clásico con lo cristiano. Su obra fue recogida por Coluccio Salutati, que reveló
a los burgueses la grandeza de Roma y permitió el desarrollo de una generación de
intelectuales como Nicolás Nicolai y Leonardo Bruni. Sin embargo, el humanista más
renovador fue Lorenzo Valla, que además de sus trabajos filológicos señaló la inmoralidad en
ciertos sectores del clero. A fines del siglo XV, con el gobierno de Lorenzo el Magnífico,
Florencia se convirtió en el centro del Renacimiento con el desarrollo del neoplatonismo a
manos de Marsilio Ficino, que sostenía que la belleza física es un reflejo de la belleza
espiritual, paso hacia la unión con la idea de Bien que identificaba con Dios. En Roma, la
posición de la Iglesia frente al Humanismo fue la defensa del escolasticismo (filosofía
desarrollada por Santo Tomás de Aquino que se enseñaba en las universidades medievales).
Los intelectuales romanos como Nicolás de Cusa intentaron sintetizar a Petrarca y Lorenzo
Valla, pero Paulo II puso fin a este movimiento humanista romano mediante el cierre de la
Academia del Quirinal en 1468.

EL HUMANISMO EN OTROS PAÍSES EUROPEOS

Los orígenes del Humanismo alemán se remontan a comienzos del siglo XV por influjo
de Piccolomini en las ciudades de Renania, con otro centro situado en torno a Nüremberg. En
los Países Bajos la Universidad de Lovaina fue la primera de Europa en aceptar los postulados
de la educación humanista. Allí vivió Erasmo de Rotterdam (1466-1536), cuya obra se resume
en dos principios: renovación y crítica de las instituciones medievales. Creador de un espíritu
tolerante y pacifista, resumió la postura del Humanismo frente a la Reforma de la Iglesia, que
servirá para preparar el camino a la futura reforma luterana. El Humanismo hizo su aparición
en Oxford con Guillermo Crocyn, pero el más grande humanista inglés fue Tomás Moro
(1478- 1535), quien supo armonizar las doctrinas antieclesiásticas con el sentimiento católico;
fue un erasmista convencido. En España el Cardenal Cisneros permitió la aparición de
humanistas católicos, destacando Antonio de Nebrija (1444-1522), autor de la Gramática
castellana en 1492, y Luis Vives (1492-1540), una eminencia europea en erasmismo. La
Universidad de Alcalá de Henares y su Biblia Políglota, fueron dos de los grandes sueños
cisnerianos hechos realidad.

4. ENFRENTAMIENTOS POLÍTICO RELIGIOSOS: REFORMA Y CONTRARREFORMA

La profesora de la UNED María Dolores Ramos Medina, en su obra Historia Moderna.


Siglos XVI-XVII (2012), considera que la necesidad de una reforma en la Iglesia Católica era
sentida desde la Baja Edad Media, tal y como habían mostrado personajes como John Wycliffe
en Inglaterra en el siglo XIV y Jan Hus en Bohemia a comienzos del siglo XV, con su desacuerdo
con las teorías de la Iglesia Católica, convirtiéndose en movimientos heréticos. No se trataba
de una mera reforma de las costumbres, sino de una reforma del dogma.

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Son muchas las causas explicativas de la Reforma, pero la historiografía tradicional


insiste en la corrupción, ignorancia y relajación de las costumbres del clero. Sin embargo, solo
con ser cierta esta situación, la revolución moral no se convierte por sí sola en revolución
popular. La historiografía marxista insiste en coordenadas económicas, ve en la Iglesia Católica
un baluarte del orden feudal y en la Reforma un exponente de la economía capitalista. Se
puede argumentar en contra de esta tesis que el capitalismo es anterior al siglo XVI. La
historiografía contemporánea (Bartolomé Bennassar, Heinz Duchhardt, etc.) tiende a afirmar
la complejidad de causas y se orienta hacia el cambio de la mentalidad colectiva vinculado al
Renacimiento y al Humanismo.

La creación de la imprenta favoreció la rápida expansión de las ideas de Martín Lutero


y otros reformadores. Los principales reformistas —de vasta cultura teológica y humanista—
se consideraban a sí mismos fieles cristianos que aspiraban a regresar a las doctrinas
apostólicas y a renovar la Iglesia cristiana en la práctica y doctrina. Juan Calvino estudió en la
Sorbona, Lutero era monje y profesor universitario, Zuinglio era sacerdote y humanista,
Thomas Cranmer —arzobispo de Canterbury— reformó la Iglesia de Inglaterra, y John Knox
estableció una comunión calvinista más radical en la Iglesia de Escocia. De acuerdo con el
programa de los humanistas, buscaron en las fuentes de la antigüedad cristiana las bases para
una renovación. Releyeron las Sagradas Escrituras y a los Padres de la Iglesia, especialmente
a San Agustín, interpretando una visión de la fe y de la doctrina más bíblica y cristocéntrica,
despreciando, por otro lado, toda la tradición cultural y religiosa acumulada por la Iglesia. Las
doctrinas de las diversas ramas protestantes varían, pero son prácticamente unánimes al
defender una relación personal directa del individuo con Dios sin ninguna institución de por
medio, y la Biblia como autoridad última en asuntos de fe, conocida como Sola scriptura.

EL LUTERANISMO

Martín Lutero (1483-1546) era monje agustino y profesor de teología de la universidad


de Wittenberg. No era un humanista, sino un devoto de la tradición paulista-agustiniana. Tras
un viaje a la Roma católica donde pudo comprobar que el pago de las indulgencias solo servía
para el enriquecimiento del Papa y la construcción de San Pedro del Vaticano, se sintió
profundamente indignado. Esta sensación le llevó a elaborar su propia (tras la lectura de Rom
1, 16-17) doctrina, la cual expuso en 1517 reunida en 95 tesis en la puerta de la catedral de
Wittenberg y tras haber polemizado con el dominico Johann Tetzel. La doctrina que expuso le
costó la excomunión de la Iglesia, pues León X en 1520 declaró heréticas 41 tesis, pero fue
admitida por un gran número de humanistas y por parte de la alta nobleza alemana, ansiosa
de liberarse del yugo político de Carlos V y de apoderarse de los bienes eclesiásticos; también
fue bien acogida por gran parte de los campesinos que deseaban librarse del pago del diezmo.
Estas circunstancias posibilitaron que se extendiera con rapidez por tres cuartas partes de los
principados alemanes, Suecia, Noruega, Dinamarca, norte de los Países Bajos, Suiza,
Inglaterra, Bohemia, Moravia, Hungría, Transilvania, y en determinados círculos españoles de
Sevilla, Valladolid y Nápoles.

Dos hechos marcaron el proceso: la Guerra de los Caballeros (1523-1524), donde los
Reichritter, inspirados en las doctrinas de Lutero, en sus posiciones más radicales se lanzaron
contra los grandes principados eclesiásticos del Rin con objeto de secularizarlos, siendo
derrotados por la Liga Suaba; y la Guerra de los Campesinos (1524-1525), donde grupos de
campesinos de todo el Imperio, inspirados en las doctrinas de Lutero en sus posiciones más
radicales, pretendieron mejorar mediante el uso de las armas su posición social y económica,
siendo aplastados por los ejércitos de los príncipes alemanes. Ambos hechos, principalmente
el segundo, provocaron que Lutero aceptara al príncipe secular como “obispo de emergencia”,
desapareciendo la espontaneidad que había querido para las nuevas comunidades cristianas.

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La doctrina luterana se basa en la justificación por la fe, considerando que el pecado


original corrompe al hombre y que su voluntad humana es impotente frente a su inclinación
al mal; Lutero afirma que el hombre solo se salvará mediante la fe en Cristo, eliminando uno
de los principios básicos del catolicismo como es el valor de las obras para justificar la
salvación.

En 1530 Carlos V convocó la Dieta de Augsburgo para evitar la escisión religiosa


iniciada por la expansión del luteranismo mediante un concilio, aunque no se llegó a un
acuerdo, sino que se publicó un decreto en el que se restablecía el Edicto de Worms,
condenando el luteranismo. La respuesta luterana fue la formación de la Liga Esmalcalda que
desencadenó la Guerra de Esmalcalda (1546-7), la liga fue derrotada por Carlos en Mühlberg
(1547). Sin embargo, en la Dieta de Augsburgo (1547-48) no se pudo sacar ventajas a tal victoria
por las discrepancias entre el Papado y el Imperio, que llevaron al emperador a imponer una
solución temporal al conflicto en el Interim de Augsburgo (1548). Las hostilidades se reanudaron
en 1552, la denominada Guerra de los Príncipes, el resultado final fue el reconocimiento de la
potestad de los príncipes alemanes de imponer su religión a sus súbditos (Paz de Augsburgo,
1555).

EL ANABAPTISMO

Thomas Münzer (1490-1525) fue el creador del anabaptismo, cuyo punto de partida
consiste en el replanteamiento del sacramento del bautismo, aunque dentro del anabaptismo
existieron muchos grupos heterogéneos. Proliferaron en Alemania, Holanda y Suiza unos
cuarenta grupos anabaptistas sin referente organizativo común. Adquirieron actitudes
revolucionarias sociorreligiosas al deslizarse hacia el milenarismo, mientras que otros eran
pacíficos. Entre los primeros se encontraban los seguidores de Thomas Münzer que
participaron en la Guerra de los Campesinos contra los luteranos. Entre los segundos,
mayoritarios, estaban los espirituales discípulos de Menno Simons, llamados mennonitas. Sin
embargo, violentos o pacíficos, todos fueron perseguidos.

EL CALVINISMO

Juan Calvino (1509-1564) desarrolló una doctrina cuyas formulaciones se encuentran


en las "profesiones de fe" oficiales. Los aportes del calvinismo a la Reforma no se dieron en el
campo de los nuevos conceptos y teorías, sino en la organización de las comunidades basadas
en firmes directrices, en un proselitismo más incisivo y en una moral más austera. El
calvinismo se presentó por primera vez y con toda autoridad en la edición definitiva de la obra
Christianae Religionis Institutio, editada por el propio Calvino en 1536. Desde Ginebra —origen
y centro de difusión del calvinismo— la doctrina se extendió rápidamente por toda Europa,
asumiendo formas diversas según los distintos países en que se implantaba: Francia, donde
desencadenó la Guerra de los Hugonotes, Holanda con Guido de Bray, Inglaterra, Escocia con
John Knox, y Polonia con Francisco Lismanihi y Jan Laski.

Los principales aspectos doctrinales del calvinismo son: la Sola Escritura; la


predestinación "los hombres no son creados en igualdad de condiciones, sino que unos nacen
predestinados a la vida eterna, y otros a la eterna condenación".

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Hubo dos importantes guerras de religión derivadas de la doctrina calvinista: la


mencionada Guerra de los Hugonotes y la Guerra de los Ochenta Años. La Guerra de los
Hugonotes hace referencia a un conjunto de guerras de religión (en un total de ocho)
acontecidas en Francia entre 1562 y 1598, si bien la violencia fue constante durante todo el
período. Fueron ocasionadas por las disputas religiosas entre católicos y calvinistas
(hugonotes), exacerbadas por las discrepancias entre las casas nobiliarias que abanderaron
estas facciones religiosas, los Borbón por el lado hugonote y los Guisa por el lado católico. Por
añadidura, la guerra civil francesa tuvo dimensiones internacionales, implicando en la lucha
a la potencia protestante del momento, la Inglaterra de Isabel I, con la máxima defensora del
catolicismo y mayor potencia de la época, la España de Felipe II. Destaca por su especial
dramatismo la denominada Noche de San Bartolomé (23 al 24 de agosto de 1572), una matanza
de hugonotes perpetrada por católicos, aunque la guerra la terminó ganando Enrique IV
Borbón del lado protestante, quien prometió al ser coronado rey en 1593, respetar el culto
católico con su célebre frase: París bien vale una misa.

La Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) se trató de una lucha constante iniciada
realmente en 1566 contra los independentistas de los Países Bajos donde se mezclaban
conflictos políticos y religiosos, por lo que Felipe II envió al duque de Alba, que derrotó a Luis
de Nassau y Guillermo de Orange, líder de los sublevados y ejecutó a los condes de Egmont y
Horn. En 1572 los calvinistas fueron reforzados en el extranjero; Juan de Austria y Alejandro
Farnesio intentaron recuperar los territorios del norte sin éxito, y en 1592 Felipe II cedió la
soberanía de los Países Bajos al archiduque Alberto y a su hija Isabel Clara Eugenia. Tras la
firma de la Tregua de los Doce Años (1609-1621) la guerra terminaría con el reconocimiento
de la independencia de Holanda en el Tratado de Westfalia (1648).

LA REFORMA ZUINGLIANA

Ulrich Zwinglio (1484-1531) fue el iniciador de una de las tres corrientes principales
del protestantismo, cuyo centro neurálgico fue la ciudad suiza de Zurich. Era ante todo un
humanista que buscaba una religión depurada de toda tradición histórica, del culto a los
santos, de las imágenes, de los sacramentos, del ritual y de las formas externas que como
adherencias ocultaban la esencia del Cristianismo. En 1523 redactó 67 tesis en las que afirmaba
la independencia de la Biblia con respecto a la Iglesia de Roma; en éstas imprimió un carácter
cristocéntrico muy acusado al afirmar que Cristo era el único camino hacia la salvación del
hombre. La reforma iniciada por Zwinglio llegó a otros lugares suizos y no tardó mucho
tiempo en que estallaran las Guerras de Kappel (1529 y 1531) de componente religioso entre
los cantones suizos, tomando él mismo las armas al lado de sus conciudadanos y resultando
muerto en la batalla de Kappel. Debido a la gran influencia ejercida por los clásicos en la
formación de Zwinglio, éste conformó una doctrina protestante original, distanciada
claramente de la sostenida por Martín Lutero y Calvino: el centro de gravedad de la verdad
cristiana residía en la Voluntad eterna de Dios; el pecado original y sus posteriores
consecuencias no son más que una enfermedad curable gracias al permanente deseo del
hombre por unirse a Dios.

LA REFORMA ANGLICANA

Durante los primeros años del gobierno de Enrique VIII (1509-1547), asesorado por
Tomás Moro, el rey se opuso al luteranismo. Sin embargo, debido a su enamoramiento de Ana
Bolena y el hecho de que Catalina de Aragón no le proporcionara hijos varones, solicitó el
divorcio a Roma; al negarse el Papa Clemente VII en 1527, Enrique decidió romper relaciones
con la Iglesia Católica, nombrando a Thomas Cranmer arzobispo de Canterbury, que desde
entonces realizó una profunda labor dando consistencia a la nueva Iglesia. Debido a que 1/5

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de las tierras de Inglaterra pertenecían a la Iglesia, recibió el apoyo de la nobleza y de los


campesinos, ansiosos de ocupar estas tierras mediante la secularización de los bienes y librarse
de los diezmos. En 1531 el Parlamento reconoció al rey como Jefe Supremo de la Iglesia en
Inglaterra; en 1534, con la promulgación del Acta de Supremacía, nacía la Iglesia Anglicana,
pseudocatólica pero sin Papa.

Tras la muerte de su hijo, Eduardo VI (1547-53), gobernó María Tudor (1553- 58), hija
de Enrique VIII y Catalina de Aragón, que restauró el catolicismo. Fue sucedida por Isabel I
(1558-1603), hija de Enrique VIII y Ana Bolena, que recuperó la Iglesia Anglicana; para ello fue
necesario formar una nueva jerarquía episcopal, encabezada por Matthiew Parker —antiguo
profesor de la Universidad de Cambridge—, al que Isabel I nombró arzobispo de Canterbury.
Este nuevo episcopado, de una gran talla espiritual e intelectual, tardó varios años en abordar
el problema de la confesión de fe. En 1563 se definieron los Treinta y Nueve Artículos que
acabarían por conformar la definitiva profesión de fe de la Iglesia Anglicana oficial,
mantenidos tal cual hasta hoy día.

Los conflictos religiosos derivados de la reforma anglicana se vivieron con especial


violencia en el siglo XVII en las Guerras de los Tres Reinos (1639–1651), que afectaron a
Inglaterra, Irlanda y Escocia y en las que de nuevo se mezclaron intereses políticos y religiosos
(anglicanos, ingleses, católicos irlandeses y calvinistas presbiterianos escoceses).

LA REFORMA EN ESCANDINAVIA, PRUSIA ORIENTAL Y EL BÁLTICO

Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia formaban un solo reino con el


nombre de Unión de Kalmar, bajo el control de Dinamarca. El rey Cristian II favoreció la
Reforma con objeto de aumentar su control sobre la nobleza, pero fracasó en Suecia, donde la
nobleza local nombró rey a Gustavo Vasa (1523) rompiendo la Unión de Kalmar. Gustavo,
deseoso de extender su control sobre la Iglesia y sus viene, favoreció el proceso reformista que
culminó en 1531. En Dinamarca, Federico II y Cristian III favorecieron el luteranismo. En
Noruega, el arzobispo de Trondheim intentó oponerse, pero al huir a los Países Bajos en 1537,
se instauró el luteranismo. En Islandia, el obispo de Hólar, Jón Arason y sus hijos mantuvieron
el poder del Papa hasta 1550, cuando fue decapitado y sellado el triunfo del luteranismo. En
Finlandia, el arzobispo de Turku, Martin Skytte y su sucesor, Mikael Agricola, fueron decisivos
para que la Reforma se asentase en 1554. En Prusia Oriental y el Báltico, el papel decisivo en
el proceso reformista correspondió a la Orden Teutónica, cuyos integrantes se secularizaron y
convirtieron sus territorios en principados laicos, siendo el Gran Maestre, Alberto de
Hohenzollern, el Duque de Prusia Oriental.

LA REACCIÓN CATÓLICA: LA CONTRARREFORMA

En opinión de Heinz Duchhardt en La Época del Absolutismo (1992), medio siglo antes
de que Lutero publicase las 95 tesis sobre las indulgencias e iniciase de ese modo la ruptura
del catolicismo, la Reforma Católica (un movimiento consistente en dignificar la doctrina
católica y sanear el nivel formativo y moral de los miembros de la Iglesia) había comenzado,
aunque tímidamente, en Italia y España. El proceso sólo cristalizó, sin embargo, bajo el
pontificado de Paulo III, cuando la obra del Concilio de Trento extendió la Contrarreforma por
todo el orbe católico.

Los fines principales de la Contrarreforma eran: recuperar para el culto católico a la


mayor cantidad de fieles posibles de aquellos que se habían rendido a las nuevas ideas
defendidas por Lutero, Erasmo de Rotterdam, Calvino, Zwinglio y otros reformadores; frenar
la difusión del pensamiento protestante en aquellas zonas de Europa que aún permanecían

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TEMA 32: LA CULTURA RENACENTISTA.
LOS ENFRENTAMIENTOS POLITICO-RELIGIOSOS DEL SIGLO XVI.

fieles a la Iglesia de Roma; volver a definir y a fijar la doctrina cristiana católica para destilar
así las partes que coincidían con la verdad revelada por Jesucristo, expresada en las Sagradas
Escrituras, y procurar de este modo distinguir ésta de la contaminación que se le había ido
adhiriendo a causa de las herejías medievales y por el contacto con las ideas de los
reformadores; reorganizar la disciplina interna de la Iglesia Católica, especialmente la que
afectaba a las costumbres de un clero demasiado inculto en muchos casos (sobre todo en lo
que se refería al bajo clero); acabar con la corrupción presente entre las altas jerarquías de la
Iglesia, en particular con la simonía (venta de cargos y beneficios eclesiásticos) y el nepotismo
(favoritismo en la concesión de bienes y cargos).

La Contrarreforma fue promovida con el concilio de Trento, cuyas sesiones se


celebraron entre las ciudades de Trento y Bolonia en diferentes períodos entre 1545- 1563.
Quizá debido al excesivo retraso con el que se convocó, el concilio no llegó a alcanzar su primer
objetivo: lograr la unión de los cristianos. Sin embargo, sí confeccionó un catecismo en el que
proponía a los fieles una doctrina clara y elaborada. Además, desde este momento comienza
una reforma que afectaría al clero y a las jerarquías eclesiásticas, y que conseguiría como
resultado unos pastores más dignos para la Iglesia. El renacimiento religioso originado en el
concilio encontró una rápida bienvenida en lugares como Italia y la península Ibérica, mientras
que sólo a lo largo del siglo XVII fue recibido en Alemania, en los Países Bajos, en Bohemia, en
Polonia y en Francia, todos ellos países donde la influencia de las ideas protestantes de distinto
signo había sido mucho mayor.

CONCLUSIÓN

Entre 1350 y 1550 la sociedad europea occidental conoció y vivió una auténtica
revolución espiritual y una profunda transformación del conjunto de los valores económicos,
políticos, sociales, filosóficos, religiosos y estéticos que habían constituido la vieja civilización
medieval, aquella que había sido definida —con un cierto desprecio— como la edad de las
tinieblas. La imagen que historiográficamente poseemos de aquel período que denominamos
Renacimiento es, por consiguiente, la de una época cuyo común denominador fue la
transformación, la renovación y la creación de nuevos códigos de conducta. Son precisamente
éstos los términos más utilizados por Jacob Burckhardt para caracterizarla: el Renacimiento es
una época de ruptura con el oscurantismo medieval, un período de renovación del arte y de las letras, de
recuperación y de acercamiento a los clásicos, de restauración de la Antigüedad, de un uso novedoso de
la razón en todos los campos del saber. Asimismo, el período se caracteriza por la aparición de un
fuerte proceso de secularización de la vida política y por la presencia de una escuela de
pensamiento nueva, el Humanismo.

BIBLIOGRAFÍA

• FLORISTÁN, A. (Coord.) (2007): Historia Moderna Universal. Editorial Ariel, Barcelona.


• RIBOT, L. (Coord.) (2006): Historia del Mundo Moderno. Editorial Actas, Madrid.
• BENNASSAR, B., JACQUART, J., LEBRUN, F., DENIS, M., BLAYAU, N. (2005):
Historia moderna. Editorial Akal, Madrid.
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Estudios Universitarios Ramón Areces, Madrid.
• DUCHHARDT, H. (1992): La Época del Absolutismo. Editorial Alianza, Madrid.
• LUTZ, H. (2008): Reforma y contrarreforma. Editorial Alianza, Madrid.
• HINRICHS, E (2001): Introducción a la historia de la Edad Moderna Editorial Akal, Madrid.
• CASTILLA SOTO, J., RODRÍGUEZ GARCÍA, J. (2011): Historia Moderna de España
(1469-1665). Estudios Universitarios Ramón Areces, Madrid.

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