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ORIENTACIÓN PARA PADRES

Guido Micozzi

VI Retiro de Pastores, 06/11 al 10/11 de 1985. Hoteles de Embalse Córdoba

EDAD 6 A 12 AÑOS

INTRODUCCION ACLARATORIA

Debido a que la vastedad del tema, impide una resolución breve, me permito fijar algunas pautas que
aunque no explícitamente mencionadas en el texto, deben considerarse como esenciales para su
interpretación.

 Toda orientación, instrucción, disciplina, utilizada en la educación de nuestros hijos debe


basarse en claros principios bíblicos.

 La exposición del tema es general, debiendo cada padre ser consciente de que las naturales
diferencias debidas a la edad, sexo, madurez de cada uno de sus hijos, exige el empleo de
diferentes estrategias educativas. (Se reconoce, por ejemplo, que normalmente las niñas entran
en la adolescencia antes que los varones).

1. QUE SIGNIFICA EDUCAR

Entendemos que son los padres los principales (aunque no únicos) educadores de sus hijos, a
efectos de evitar confusiones posteriores, definiremos lo que de aquí en adelante asumimos por educar.

La educación del niño implica:

a. Facilitar el desarrollo armónico de la personalidad del niño en sus fases:

 Espiritual
 Física
 Afectiva
 Intelectual
 Moral

procurando descubrir y desarrollar sus dones particulares.

b. Enseñarle las leyes de comportamiento social que permitan su adaptación a la familia, la


escuela, la iglesia y la vida comunitaria en general. Es una lamentable realidad en nuestra
experiencia pastoral, corroborada clínicamente, que detrás de una personalidad adulta
conflictuada, existe una educación infantil deficiente, siendo el área más descuidada en estos
casos por los padres, la afectiva.

2. PERSONALIDAD DEL NIÑO A LOS 6 AÑOS

Varias son las características que el niño va cobrando en el período de los 6 a los 12 años.

a. Se han definido algunos de los rasgos y tendencias hacia los que apunta su responsabilidad
definitiva. Hay tres elementos básicos que se han aportado a su formación hasta aquí.

 Herencia biológica: predisposición natural a mostrar un determinado temperamento.


 Educación (ver introducción aclaratoria)
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 Experiencias fuera de lo común: separación de los padres, enfermedad, pérdida de seres
queridos, etc.

b. Define con bastante nitidez su rol (varón o mujer), o en su defecto, comienza a mostrar signos
de su confusión. Algunos gestos: no tener tanto interés en jugar con el sexo opuesto, pegarle al
progenitor de su mismo sexo, etc.

c. Tiene una gran receptividad intelectual y espiritual.

d. Se produce su ingreso definitivo en un medio social nuevo que no le privilegia sobre sus otros
componentes: la escuela primaria. Debido al creciente deterioro de la vida familiar, que afecta
no sólo a los alumnos, sino también a la estructura docente, el nuevo ambiente puede resultarle
rara vez cálido, generalmente indiferente y ocasionalmente hostil.
Comienza una etapa de separación lenta, pero progresiva del hogar, debiendo someterse a
nuevas autoridades que no siempre obran con justicia y sensibilidad, y que exigen el
cumplimiento de responsabilidades antes inexistentes.
La culminación de la niñez y su ya convergente entrada en la adolescencia se caracteriza por:

 Una vocación bastante orientada que intenta cristalizarse en el campo secular, o en su


defecto una peligrosa apatía, que debe enfrentarse urgentemente si no deseamos verle
en pocos años más en serias dificultades.

 El despertar o redescubrimiento del sexo, con una definición ya categórica a través de la


primera menstruación o polución nocturna. Paralelamente resurge el interés, ahora
definitivo en el sexo opuesto.

 El descubrimiento de la naturaleza pecadora, como fuente de conflictos con el Señor.

 La aparición de los complejos (inferioridad, estatura, gordura, belleza, etc.)

Esta etapa que culmina en la vida de nuestros hijos, es prácticamente la última opción de corregir
el rumbo de sus vidas, sin conflictos mayores. De aquí en adelante el costo será superlativamente
mayor.

3. QUE DEBEMOS APORTAR EN ESTA ETAPA

Es bueno reiterar, que aunque en este período, los hijos comienzan a recibir otras influencias, el
aporte fundamental sigue proviniendo de sus padres y el resto del núcleo familiar.

Dentro de la multifacética contribución formativa de los padres sobre sus hijos, deseamos
destacar por su importancia los siguientes elementos:

a. Seguridad
b. Afecto
c. Autoridad
d. Disciplina
e. Instrucción clara

El correcto aporte sobre estas áreas, servirá como escalón para que durante la adolescencia se
desarrollen tres cualidades cardinales para una personalidad sana, a saber:

o Autoestima
o Autodisciplina
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o Dominio propio

Por otra parte, un elemento particularmente negativo en nuestra tarea educadora, es el provocar
irritación en nuestros hijos. (Col. 3:21)

a. Seguridad

Hay dos premisas sencillas, que lamentablemente en muchos casos no se cumplen, que permiten
al niño tener una base segura para desarrollarse:

1. “Todo hijo necesita un papá y una mamá”


2. “Todo hijo necesita que papá y mamá vivan en armonía”

Cuando por razones involuntarias (muerte, enfermedad) o surgidas del egoísmo o la


incomprensión humanas, no existe un marco familiar sólido, el niño deberá afrontar carencias y
confusiones con su consiguiente carga de inseguridad, cuyo paliativo deberá ser aportado por
otros familiares, la iglesia, etc. La seguridad a que nos referimos no implica exclusiva ni
mayoritariamente un respaldo material sin sobresaltos, sino un sostén afectivo, espiritual y moral,
que le permita afirmarse para enfrentar los crecientes conflictos que irán apareciendo en el
mundo que descubre.
Si hasta ahora los padres han estado, cubriendo, protegiendo y tomando las decisiones por sus
hijos, de aquí en adelante en forma progresiva y debido fundamentalmente al ingreso de la
escuela primaria, tomarán el lugar de asesores o consejeros de los mismos, en su relación con
otras personas a las que deben sujeción (maestros) y/o respeto (compañeros). En este tiempo
comienza a probarse prácticamente, si el binomio padre-madre ha sabido brindar la base
apropiada para que el niño comience a edificar por sí mismo, su propia personalidad.
La expresión más directa de este sentido de seguridad, se muestra en la fluidez y apertura con
que comparte su vida cotidiana. Sus preguntas y dilemas siempre merecen nuestra respuesta.
Una vida familiar afectiva, moral o espiritualmente borrosa, engendra correspondientemente
hijos confundidos e inseguros.

b. Afecto (1 Pedro 4:8)

El afecto, entendido como amor manifestado en forma cálida y concreta trae seguridad y confianza
en el niño. Su aporte se realiza en dos formas:

1. Indirecta: a través de lo que se percibe en el ambiente familiar


(fundamentalmente relación de esposos)

2. Directa: en nuestro trato personal

Existe la confusión generalizada de que dar afecto es dar cosas, cuando en realidad lo que debemos
es darnos a nosotros mismos.

“No te forjes la ilusión del amor al dar cosas, dinero, un apretón de manos, un beso, incluso un
poco de tu tiempo, de tu actividad… si no te das a ti mismo”. (Michel Quoist)

En esta edad el amor ya no se expresa fundamentalmente en caricias o palabras tiernas, sino


dándonos a través de:

o Diálogo inteligente
o Compartir nuestras actividades
o Interés genuino en su mundo (escuela, amigos, etc.)
o Un sistema coherente de corrección y estímulos
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o Una aceptación de su persona tal cual es, reconociendo y ayudándole a reconocer sus
limitaciones y capacidades naturales, y evitando toda comparación avergonzante dentro o
fuera del núcleo familiar.

c. Autoridad

También en esta etapa, aparecen en la vida de nuestros hijos, otras personas que en forma
circunstancial y/o temporal, toman autoridad sobre áreas específicas (maestros). Su reacción ante
las nuevas autoridades, será el reflejo de cómo ha asimilado los años anteriores de autoridad
paterna.
Debemos hacer una consideración hacia el cuadro particularmente alarmante que presenta la
escuela primaria en la actualidad, en el que es notable el poco respeto que existe entre alumnos y
docentes.
La causa debemos atribuirla a tres factores predominantes:

 Docentes sin autoridad ni vocación educadora.


 Política educacional permisiva.
 Vida familiar en crisis, sin definición de autoridad paterna.

Es principalmente sobre ésta última área, donde podemos y debemos trabajar como pastores y
obreros. La autoridad puede imponerse en dos formas:

gritos, amenazas
 Por la fuerza castigos corporales
intransigencia

 Por un respeto merecido

En el primer caso se genera resistencia y resentimiento que tarde o temprano saldrán a la luz. En el
segundo el resultado es confianza y admiración.
La autoridad nunca debe inhibir las manifestaciones naturales de la personalidad del niño, siempre
y cuando estas no impliquen agresión voluntaria o rebeldía.
Es más sencillo educar hijos activos e inquietos a quienes frenar, que hijos pasivos a quienes
empujar.
La clara definición de que la autoridad humana final sobre sus vidas son sus padres, les ayudará
durante la adolescencia a aceptar con naturalidad la autoridad suprema de Dios y evitará que sean
sojuzgados o masificados en sus convicciones por los grupos sociales de sus pares.

d. Disciplina (Proverbio13:21)

Hasta esta edad la disciplina aplicada ha sido más física que espiritual, pues le duele más el
trasero que el pecado. Con el debido respeto por las diferencias de madurez, que puede haber aún
entre los hijos de la misma familia, la disciplina debe ir volcándose lenta pero inexorablemente
hacia una orientación racional que ayude a formar en el niño convicción de pecado, es decir a
percibir que a pesar del buen o mal ambiente en que conviva, hay algo radicalmente malo en su
interior que necesita ser redimido. Es interesante que al confrontarse a niños en esta edad con sus
actitudes pecaminosas, admiten generalmente sus faltas y demuestran predisposición a
enmendarlas.
Es aconsejable que a partir de los 10 u 11 años, particularmente en el caso de las niñas, se haya
dejado de lado la disciplina física y que en su lugar se regule el comportamiento a través de un
sistema de premios y privaciones, teniendo especial cuidado en no asignar la realización de
ciertos trabajos, como forma de castigo.
La disciplina debe estar orientada a corregir tres actitudes pecaminosas básicas:
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 Orgullo, egoísmo
 Rebeldía
 Mentira

La aparición de esto en la vida de nuestros hijos, no debe sorprendernos, ya que es parte de la


naturaleza heredada de Adán. Deben también adquirir conciencia de que su comportamiento
pecaminoso, no sólo afecta a sus padres y/o prójimos sino también ofende a Dios.
Por nuestra parte, debemos evitar cualquier actitud agresiva o humillante al confrontarlos, ya
que es una etapa en que los complejos avivados por el fuego del resentimiento, pueden generar
una actitud de rebeldía contenida o manifiesta que corte la fluidez de relación entre padres e
hijos.
La finalidad de la disciplina, no puede limitarse obviamente a lograr que el niño se porte bien,
sino que involucra:

 Corregir las tendencias equivocadas o pecaminosas.


 Ayudarles a llevar una vida ordenada.
 Preparar el camino para que adquieran autodisciplina.

Algunas sugerencias prácticas en este sentido:

 Comenzar a administrar su propio dinero, obtenido a través del sistema


de premios y multas.
 Tener programadas las actividades diarias, evitando tiempos libres
excesivos o sin control.

e. Instrucción clara (Deut. 6:4-7; Prov. 22:6)

Como en el caso del afecto has dos formas en que los niños reciben instrucción de sus mayores,
sean estos padres, maestros, parientes, miembros de la iglesia, gobernantes, etc.

1) Directa: se les enseña a través de palabras, libros, clases, discursos como deberían vivir.

2) Indirecta: se les muestra con actitudes, hechos y carácter como viven sus mayores.

Se admite que el espíritu infantil se edifica a través de dos cualidades típicas:

1) Sugestibilidad (capacidad de asimilar, aún en forma involuntaria, ideas o actitudes)

2) Imitación.

Es sabido que primero en forma inconsciente y luego consciente el niño imita lo que ve. Por eso
hablamos de la necesidad de una instrucción clara, no contradictoria, que evite que el futuro
adolescente se forme con la idea de que la hipocresía es el modo inevitable de vida. En esta edad
en que nuestros hijos, se convierten en jueces agudos, y a menudo implacables, surge el peligro de
pretender ocultar nuestros errores tras la máscara del respeto debido. Debemos recordar que Dios
no pretende que seamos padres perfectos, sino justos y que la admisión de nuestra equivocación
evita resentimientos y les enseña una actitud que ellos mismos deberán protagonizar innumerables
veces en el futuro.
Una instrucción clara en nuestro medio actual, significa enseñar:

 Como aplicar prácticamente las enseñanzas evangélicas o las situaciones cotidianas.


 Como tratar con Dios (oración, lectura, cultos, escuela dominical).
 Como trabajar y estudiar con responsabilidad y visión de futuro. Desarrollar su vocación.
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 Como convivir en diferentes medios, sin perder identidad o ceder en sus convicciones.
 Como soportar la injusticia y comenzar a combatirla sin exasperación.
 Como comenzar a decidir solo y bien, preparándose para la futura autonomía del adulto.
Esto no significa desautorizar la orientación de sus mayores, sino por el contrario, la
correcta asimilación de la misma para proceder en sus acciones.

4. CUALES SON LOS PELIGROS MAS COMUNES PARA UNA CORRECTA FORMACION

En orden de importancia:

 Un ambiente familiar contradictorio (ver punto anterior) y/o conflictuado.


 La excesiva libertad en el uso del tiempo libre, que junto con el desconocimiento de, con
quienes o con que lo comparte dejan una puerta abierta para que ciertos aportes no
deseados influyan en la formación de su personalidad.
 El no involucrarse de la familia en el proyecto de vida comunitaria cristiana.

Como se menciono al hablar sobre la autoridad, merece un párrafo aparte, la influencia que la
escuela tiene como medio de convivencia forzosa, en la formación de nuestros hijos. Desde el
bombardeo didáctico velado sobre ciertas verdades bíblicas (creación, evolución), hasta conceptos
sumamente particulares sobre la existencia de Dios, la concepción de la familia, el matrimonio, la
disciplina y la autoridad paterna, etc., pueden ser vertidos ante una platea absorbente e inocente cuya
única defensa es un sólido vinculo familiar. Se suma a ello un creciente descontrol sobre lo que los
niños dicen y hacen dentro y fuera de las aulas, siendo normal el uso de lenguaje obsceno, agresiones
físicas y “patoterismo” y en casos extremos la iniciación en el uso de estimulantes.

Por todas estas razones, y aunque afortunadamente, existe un buen numero de docentes responsables,
es de vital importancia que los padres sepamos que ocurre en la escuela a través del dialogo con
nuestros hijos y con las autoridades de la misma.

5. CONCLUSIONES

Nuestro particular medio social y económico nos impide el acceso a muchas actividades que son necesarias para el
desarrollo del niño en esta etapa (deportes, cultura, etc.) Aún teniendo la solvencia material suficiente se hace difícil
encontrar el ambiente moral y cristianamente adecuado. Es por ello que la familia se erige, en este tiempo, como el
medio formativo más adecuado y a veces, junto con la iglesia, casi único.

Por su parte esta última debe proveer un marco y una infraestructura para la integración y absorción de niños y
adolescentes. Aunque precarios y limitados, los esfuerzos realizados en este sentido, dan mucho fruto y no
deberíamos menospreciarlos. Para quienes tienen los medios para algo más, a veces pueden parecer pobres algunas
actividades, pero para un gran número, son la única posibilidad de que sus hijos vayan rodeándose de un ambiente
sano, en medio de las limitaciones de vecindario, espacio o educativas que poseen.

Por esta razón, si entendemos nuestra vocación de pueblo que debe vivir de manera diferente, ejemplar y
generosamente predispuesta a recibir a otros, es necesario que obremos con la fe suficiente, para proveer en esta
etapa tan especial de la vida de nuestros hijos, del entorno que no solo les brinde una seguridad quizás egoísta, sino
que incentive su osadía a compartir nuestra herencia en Cristo con quienes el Señor ponga en sus caminos.

Bibliografía recomendada

La felicidad el niño – J. Dobson


Atrévete a disciplinar – J. Dobson
La crianza de los hijos – K. Bentson
La familia cristiana – L. Christenson