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A orillas del “Kusko”

por el

P. Segundo Llorente, S. I.
Misionero de Alaska

1951

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NIHIL OBSTAT,
LUIS IZAGA, S. I.
Censor Ecco.

IMPRIMI POTEST:
C. MAZON, S. I.
Præpos. Prov. Costell. Occident.
28 Noviembre 1950.

IMPRIMATUR
† CASIMIRUS, Episc. Bilbaensis.
Bilbai, 15 Januarii1951

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ÍNDICE

MIS CUATRO CAJAS DE CARTAS........................................................................10

BETHEL, «CASA DE DIOS».....................................................................................18

EL PUESTO MISIONERO DE BETHEL..................................................................23

LA SEÑORA LULÚ, LA «REINA


VICTORIA» Y LA «VICARIA,.................................................................................29

ESTAMPAS DEL NATURAL...................................................................................36

LA ALDEA CATÓLICA DE KALSKAG..................................................................43

EL OASIS DE ANIAK................................................................................................50

LOS «ASAMBLEÍSTAS DE DIOS»..........................................................................58

MAGRAZ, EN EL CORAZÓN DE ALASKA...........................................................68

BIOGRAFÍA DE UN MECÁNICO
ALASKEÑO................................................................................................................75

EL PEQUEÑO DE HOLY CROSS


QUE "QUERÍA" MIEDO...........................................................................................83

25 AÑOS DE JESUITA..............................................................................................91

LA MINA DE ORO DE NAYAK...............................................................................96

MI CASA DE BETHEL............................................................................................101

UN MAL ATERRIZAJE EN NAYAK.....................................................................109

DICIEMBRE EN KALSKAG...................................................................................118

LAS FIESTAS DE NAVIDAD.................................................................................124

AÑO NUEVO EN ANIAK.......................................................................................135

«ASAMBLEA CONSTITUYENTE»
EN AKULURAK......................................................................................................142

EL VIAJE DE CONFIRMACIÓN CON MONSEÑOR GLEESON........................150

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EJERCICIOS EN EL HOSPITAL
DE ANCHORAGE....................................................................................................157

BUEN TIEMPO EN MAGRAZ................................................................................167

LA ISLA DE LAS ZANAHORIAS..........................................................................176

LA TIZONA Y EL CAMPEADOR..........................................................................186

EN ANCHORAGE,
FUERA DE PROGRAMA........................................................................................193

"DÍA DE CAMPO" EN PALMER............................................................................201

SOBRE LA MESA DE OPERACIONES.................................................................205

UN ESPAÑOL QUIERE VERME............................................................................213

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A LOS LECTORES

Por estas breves letras quiero comunicar a todas mis amigos que leen
EL SIGLO DE LAS MISIONES, que anoche me llegó un telegrama
anunciándome el cambio que yo esperaba, aunque no para donde yo
esperaba.
Yo me había quedado con ganas de volver a dar otra dentellada a
Kotzebue, pero la santa obediencia ha querido que vaya a dársela a Bethel,
en las riberas del río Kuskokwim, donde sucederé al Padre Menager, que es
el actual párroco.
La parroquia comprende todo el río, desde la desembocadura hasta Mc
Grath, una distancia fantástica. Veremos cómo nos las bandeamos. Tan
pronto como me establezca en el lugar y ponga los negocios en orden me
pondré al habla con los lectores de EL SIGLO DE LAS MISIONES y les '
contaré cuanto me acaezca, según mi costumbre de hacerlo, por cuantos
lugares he recorrido.
El miércoles de Ceniza se nos comunicó el nombramiento del nuevo
señor Obispo en la persona del Padre Francisco Gleeson, S. J., que, entre
otras hazañas memorables, tiene en su haber él haber estudiado la sagrada
Teología en Oña, villa muy noble de nuestra nobilísima Burgos.
Cuando le traté, en 1935, enseñaba español y era a la vez Rector de
nuestro Colegio de Tacoma, en el Estado de Washington. Por más que le
pinché en español, se hizo el zorro y salió con la suya de conversar en
inglés. Veremos a ver si tenemos mejor éxito cuando le coja a solas en
Bethel y pasemos juntos varios días al amor de la lumbre.
Akulurak sigue impertérrita, y pronto hablaremos de ella largo y
tendido por vía de despedida, si Dios nos da vida para ello, que con tanto
volar en tantos aviones nunca sabe uno por la mañana, si llegara a la cena
con los huesos sanos.
El Señor, en su infinita misericordia, nos asista y nos tenga de su
mano, ya que, como dice el genial Gar-Mar: "Todo tiene arreglo en manos
que pueden crear". Estamos en las manos de Dios y no hay sitio como ese.
Con este traslado habrá el consabido trastorno en la respuesta a tantos
amigos que me hacen la vida alegre con sus cartas. Bueno será que tomen
nota y empiecen de nuevo escribiéndome a mi nueva dirección. Para todos
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habrá, si no una carta larga, por lo menos una tarjeta y ciertamente una
estampa.
Creen ustedes que yo les entretengo con mis crónicas, y son ustedes
los que me están sosteniendo con las suyas. Tal vez algún día hable del
efecto de algunas cartas de cierto matiz marcadamente espiritual. Puede
decirse que esas cartas han sido el medio de que Dios se ha valido para
aliviarme, instruirme y alentarme. Al terminar de leerlas me siento muy
pequeño y muy animado.
Pero basta de esto, pues dentro de cuarenta y ocho horas llegara el
aeroplano y no he hecho aún las maletas.
SEGUNDO LLORENTE, S. 1.
22 febrero 1948

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I

Mis cuatro cajas de cartas

Reflexiones sobre la correspondencia

Antes de entrar de lleno en la descripción de mi nuevo género de vida,


quiero hacer varias reflexiones sobre mi correspondencia con los lectores de
EL SIGLO DE LAS MISIONES.
Ya he hablado de este asunto en varias ocasiones; pero, por no haber
puntualizado como debla, no he obtenido resultados satisfactorios. A ver si
este capítulo pone fin a todos los capítulos sobre el tema de la
correspondencia.
En la primera guerra mundial Wilson dijo que iba a la guerra «para
implantar definitivamente en el mundo la democracia».
En la segunda guerra mundial Roosevelt nos dijo .que iba a la guerra
«para acabar de una vez con todas las guerras».
Yo, mucho más modesto que los citados señores, me contento con
expresar el deseo de que estas líneas sean la línea de fuego donde sucumban
las necesidades de volver a hablar sobre la correspondencia.
Ante todo debo advertir que las cartas de tantos amigos y entusiastas
de las Misiones me han hecho un bien inmenso.
No sé cómo hubiera aguantado tantos chaparrones de calamidades
como han llovido sobre mí sin el aliento constante de tantas cartas que con
sus frases sincerísimas de adhesión no sólo me han mantenido en pie, sino
que me han aguijoneado a ser cada vez mejor.
Durante la guerra pasada se hizo público ad los EE. UU, el hecho de
que los soldados anteponían tres cosas a todas las demás, por este orden:
cartas, tabaco y rancho.
Tanto bien les hacían las cartas que el gobierno les permitió escribirlas
sin sellos de correo, e hizo una llamada general a la nación rogando al
público que escribiese lo más posible a los soldados.
En las caricaturas de los periódicos de entonces se veían grupos de
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soldados en las islas del Pacifico abalanzándose sobre el cartero y
apoderándose de las cartas en una rebatiña general.
En Alaska damos un paso más. Una caricatura pinta la escena de un
centro minero donde recibían correspondencia una vez al mes. Al correr la
voz de que había llegado el correo, se echó la población sobre la oficina con
tal brío que en el atropello consiguiente se ven delante de la puerta grupos
furiosos a puñetazo limpio, coces y estacazos y por una esquina se ven dos
camillas llevando sendos heridos. Ni que fuéramos andaluces.
No creo deber volver a repetir que ya no existen los dos montones de
antaño: el de la izquierda y el de la derecha. Han sido sustituidos por cuatro
cajas con los rótulos siguientes: académicas, góticas, particulares,
espirituales. Examinemos estos rótulos:

1.—Cartas académicas

Las 99 ó 100 Academias de Misiones esparcidas por España e


Hispanoamérica tienen la sección llamada de Correspondencia y en esta
sección hay un joven encargado de ponerse en contacto con los Misioneros
de todo el mundo o parte del mismo.
La idea es genial. Los propagandistas españoles que no han sido
Misioneros, nunca atinarán a describir lo que no han visto ni palpado. En
cambio, una carta venida de la Cochinchina tiene ese no-sé-qué que les falta
a los propagandistas mencionados.
Si yo fuese media hora Cardenal Prefecto de la Propaganda Fide,
obligarla a los Superiores de Misiones a dedicar un Padre única y
exclusivamente a responder cartas. En el Catálogo ese Padre aparecería con
el Solo título de Cartero.
Los otros Misioneros que se viesen apurados para despachar la
correspondencia, le enviarían al Padre cartero las cartas de gente
desconocida para que él las respondiese.
Si el tal cartero llega a tal saturamiento que la sola vista de un sobre le
hace subir la fiebre, se le sustituye por otro, y así sucesivamente. Pero las
cartas deben ser respondidas todas.
¿Qué nos dice el joven de la Academia de Misiones? En una página
sin imaginación, sin toques humanos, sin corazonadas y sin noticia alguna
de interés, el joven académico pide a bocajarro datos y más datos sobre la
Misión: Conversiones, escuelas, catecumenados, vocaciones, dificultades en
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el apostolado, carácter de los neófitos, número de iglesias y de Misioneros y
de catequistas y, en fui, una carta muy larga que se lea con provecho en la
Próxima reunión de la Academia. Se quedan esperando la tal carta muy
impacientes. Si se manda por avión les llegará más pronto.
¿Qué decir de esta carta? Esta carta es un atraco. O por .lo menos es
tan individuo que llama a la puerta, entra y pide prestadas cinco mil pesetas.
A esa carta no se la puede responder debidamente sin escribir un libro.
Sin embargo, esa carta debe ser respondida. El Padre Cartero debe
responderla con no menos de dos páginas a máquina. Ese joven que la
escribió puede llegar a ser un Javier. Para ello necesita, como los arbolillos,
cultivo y atención.
Por desgracia, yo no la puedo responder, porque soy e1 único español
y no tengo un Padre Cartero que me la conteste, Donde hay varios Padres,
unos se ayudan a otros. Yo, solo para tantos, me declaro impotente y
confieso que no puedo responder cartas académicas.
Ahí están mis libros atiborrados de noticias, que satisfacen
ampliamente las preguntas de todas las cartas académicas razonables. Con
todo, no pienso echarlas a la papelera, sino que las pongo las últimas para
responderlas con unas líneas si me alcanza el tiempo. ¡Pobres académicos!

II. Cartas góticas

Me escribió así un chico muy listo de Bilbao: «Padre, cuando le


escriban esas chicas góticas y dé merengue no las conteste. Yo las he oído
decir: «Anda que voy a escribir al Padre Llorente, y si me contesta, llevo la
carta a Concha y se la paso por las narices para que rabie y patalee de
envidia, Le escriben por eso.»
¿Qué decir de estas cartas? Hay que distinguir. .
Si son brevísimas e insulsísimas y no tienen otro objeto, que pedir
contestación, se las pone las últimas, a no ser que haya a mano una tarjeta
maja como la Giralda que baste y sobro para baste y sobre para hacer
patalear a Concha.
Si no son tan breves y si dicen algo que valga la pena, deben ser
contestadas, .sean góticas, bizantinas o churriguerescas.
Tal vez Concha tome a su vez la pluma y, para refregar vengativa las
narices de su amiga, escriba a las Misiones y la gracia de Dios obre
inesperadamente y veamos a Concha un día hecha una Javiera por esos
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Japones donde nace el sol.
De todos modos, las respuestas góticas han de ser por fuerza breves y
escritas en papel fuerte que pueda lastimar el cutis nasal de la compañera de
Colegio.

III.— Cartas particulares

Estas son las más comunes y las que más me entretienen. No nos
conocemos de vista ni tal vez nos conozcamos jamás: pero nos conocemos
con el corazón y nos entendemos como si hubiéramos convivido toda la
vida.
Vienen de todas partes. Nada más ver el sobre, ya sé de quién son y
casi sé lo que me van a decir. De ordinario husmeo en busca de tal o cuál y,
sí están, las leo las primeras. No creo deber concretar qué cartas son la tal o
la cuál; me llevaría muy lejos.
Esas cartas trazan trayectorias de familias cristianísimas que me han
como adoptado. Si el niño cogió un catarro, me entra tos; y si no es más que
un resfriado, me contento con estornudar.
Si Pepe sacó sobresaliente, tiro la gorra al techo; y si la madre está
desahuciada, se me anuda la garganta y se me nublan los ojos. La vida es
así.
Una profesora dejó caer como al acaso esta pepita de oro en una de sus
cartas:
«Padre, lo encomiendo s Dios todos los días; y no sólo una vez al día,
sine que cada vez que paso por una Iglesia y entro a saludar al Señor, le pido
por usted. Tanto es así que me imagino que, al verme entrar, dirá Jesús para
sus adentros desde, el sagrario: «Vaya, ya está ésta de vuelta; Padre Llorente
tenemos.»
Este párrafo lo echo yo a morder con el párrafo más humanamente
divino escrito en el siglo XX. Oigan y aprendan los Misioneros que pasan
50 años en las Misiones y no escriben para el público. Vean lo que se
pierden. El solo pensamiento de que Jesucristo pronunció mi nombre en un
sagrario a 14.000 kilómetros de Alaska me da por bien pagados todos los
sinsabores anejos a la vida misionera.

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De lo que me entero por carta

Una carta de Buenos Aires me enteró de que yo había muerto. La


muerte me sorprendió al volver en aeroplano a la Misión cargado de regalos
Para los huerfanitos de Akulurak. El aeroplano chocó contra un monte
cubierto de niebla. MI cadáver fue encontrado rodeado de juguetes. Un
verdadero idilio.
La que me lo escribió se rebeló contra la noticia y dijo: «Imposible que
se muera tan joven», y me lo comunicó para el caso en qué viviera. Nos
reímos mucho, ella desde Buenos Aires y yo desde Alaska.
Hará cosa de un año me enteré de que hice un viaje por España de
incógnito riguroso; tan riguroso que ni yo mismo me enteré. Y como el
rumor llene alas y vuela, me llegaron quejas de diversos sitios por no haber
hecho una excepción aquí y allá y acullá.
Asimismo me enteré de que había ido a Puebla, en Méjico, al
Congreso magno de Misiones. Lo supieron de fuentes relacionadas con el
palacio arzobispal de aquella ciudad y me buscaron entre los congresistas,
pero no me hallaron, ¿Dónde me escondí?
Seis meses antes de que el Vaticano nombrase obispo de Alaska al P.
Francisco Gleeson, S. J., me enteré por tres conductos distintos de que yo
había sido nombrado para ese cargo. Aun en vida del obispo anterior me
enteré de que me habían nombrado. Y el que me lo escribió lo supo nada
menos que de un Padre Rector.
Para acabar de una vez con estos sueños calenturientos, creo deber
advertir quo Alaska es a los EE. UU. algo así como las Canarias a España.
¿Qué diríamos si el obispo de Canarias fuera francés o portugués?
Monseñor Crimont —francés— fue obispo de aquí, allá cuando aún
estaba esto por explorar y no se vio del todo mal el nombramiento de un
extranjero.
Hoy los EE. UU. tienen el orgullo de los españoles del siglo XVI y no
comprenderían cómo se tuvo que echar mano de un extranjero, cuando ellos
son los que se creen llamados a sostener a todos los extranjeros. El obispo
do Alaska es y será siempre norteamericano. He dicho,
Y a propósito de obispos, recemos mucho por ellos, que Santa Teresa
se echaba a temblar cuando oía que había fallecido algún prelado; y aunque
para ella prelado era todo Superior de una comunidad, el obispo lo es
doblemente, y por tanto necesitan mucho de nuestras oraciones. Miramos
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más a los capisayos que a las obligaciones. Estas son tremendas en
Misiones.
Una cocinera española me envió el récipe para hacer rosquillas,
dándome todos los ingredientes sin dejar uno.
Un navarro que vive actualmente en Orduña me escribió para decirme,
entre otras cosas, que es sobrino mío. Es decir, que yo soy su tío. Cuando se
lo dice a sus amigos y éstos le preguntan incrédulos qué tengo yo que ver
con él, les responde sin pestañar:
—¡Tío Segundo!
Como soy varón no puedo vengarme y decirle:
—¡No hay tu tía!
Una señora de Nueva York que me manda almendras de vez en
cuando, me escribió consternada porque aquella noche soñó que me vio y
estaba yo tiritando y descalzo. Como me preguntase por qué tiritaba así, dice
que respondí:
—Es que no tengo zapatos.
La pobre señora se alborotó y me escribió por avión preguntando por
la medida y el género más conveniente para enviarme un par a vuelta de
correo.
Al enterarse de que tengo un arsenal de botas de piel de foca más
calientes que todos los zapatos de Nueva York, se rió mucho del sueño, que
luego calificó de pesadilla, y hasta hizo examen de conciencia para
averiguar eso de creer en sueños. Los puntos de examen se los di yo en una
carta también por avión.
Un teniente coronel del Ejército español, muy aficionado a la
grafología, me pidió unas líneas escritas a mano para estudiar mi carácter en
los trazos de la pluma; y como lo dijo, lo hizo.
Tan interesante me parceló el trabajo del bizarro coronel, que me di a
buscar libros sobre grafología y hallé cuatro folletitos en inglés que me lo
dan todo hecho.
En ratos perdidos estudio esos folletos y ya me las echo de grafólogo,
aunque esté aún en ciernes. Mucho ojo los que me escriban a mano, porque
en los trazos de la pluma descubro yo quién es un presumido, o un
visionario, o un haragán, o un desaliñado.
¡Ay, de la bachillera «gótica» que aparezca vanidosa, charlatana,
suspicaz o quejumbrosa! ¡Menudas respuestitas que esperan a las tales!

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IV.—Cartas espirituales

Finalmente tenemos las cartas exclusivamente espirituales. Como vive


tan solo y tan lejos de un P. Espiritual que me oriente, Dios ha suscitado
almas buenas por esos mundos que me traigan a la memoria lo perecedero
de todo lo humano y lo sublime de todo lo divino.
Almas purísimas en cuyos escritos se transparenta un amor a Dios tan
sincero y tan filial y tan fuerte que me saca de mis casillas Y me hace
recoger y mejorarme.
Regalado por el autor tengo siempre sobre la mesa el Libro de los
Ejercicios comentado por el P. Oraá, S. J. Este libro basta para convertir a
todo el mundo, si el mundo le leyera y meditara con el alma abierta de par
en par a los toques de la gracia.
Una madrileña me venía mandando pliegos copiados del Cántico
Espiritual de San .Juan de la Cruz, hasta que tuve la osadía de pedir el libro
a una familia de Logroño y a un profesor de Madrid.
Los dos hallaron el libro y me lo enviaron primorosamente
encuadernado. Me quedé con uno y envié el otro a Anking, China, para
que los Misioneros españoles que allí luchan por Cristo, lo pasen de mano
en mano y se preparen con su lectura para nuevos sufrimientos. No doy por
bien empleado el día si no leo varias páginas de San Juan de la Cruz.
Un domingo por la tarde leí tanto que me descuidé, y como se me
echaron encima el Rosario, la Bendición y otros menesteres parroquiales, no
tuve tiempo de cenar hasta las once dadas, y cené cualquier cosa de prisa y
corriendo, protestando que no se repetiría el desmán.
Las cartas espirituales son siempre contestadas, por supuesto, y antes
que el 90 por 100 de las otras.
Por lo general, son de Religiosos y de monjas, aunque no creo faltar a
la caridad si afirmo que a todos les gana una barcelonesa viuda y madre de
tres hijos. Jesucristo tiene por el mundo un grupo de almas que le son
incondicionales.
En todas ellas se descubre al pernio la marca de genuinidad, pues usan
el mismo vocabulario y las mismas ideas. Se ve que la fuente es la misma.
Si yo viviera cien años, podría gloriarme de poseer cartas auténticas de
santos canonizados. Como no los pienso vivir, lo celebraremos en el cielo.
Voy a terminar advirtiendo que nadie me mande objeto alguno, a no
ser impresos, que se esto no quiero poner límite.
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Y cuando digo ningún objeto, no, excluyo nada.
En cuanto a limosnas, resérvenlas para las ' Misiones asiáticas y
africanas, que las necesitan más que la mías. El que quiera enviarme 10 pe-
setas para ayudarme a comprar sellos de correo, que se las envíe al SIGLO
DE LAS MISIONES diciendo que son para Maquiavelo, y que Dios se lo
pague,

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II

Bethel, «Casa de Dios»

Cómo nació Bethel

El río Kuskokwim, en el corazón de Alaska, es el segundo después del


Yukón, que, dicho sea de paso, es uno de los más caudalosos del mundo.
Por aquí rara vez decimos Kuskokwim; Kusko basta y sobra y con Kusko a
secas nos quedamos.
El Kusko nace en las montañas centrales de Alaska, pasa crecidito por
Mc Grath, recoge afluentes sin número en su trayecto y llega pomposo a la
muy noble aldea de Bethel, donde ya es afectado por las mareas del Océano
a 50 millas de distancia.
Estas 50 millas de río «mareado» son de aguas navegables por los
buques de cualquier calado; y esta circunstancia fatal es la que dio origen a
Bethel, que está situada en una llanura encharcada donde no debiera haber ni
rastro de habitación humana, por no haber aquí, en lo que alcanza la vista, ni
árboles, ni suelo firme, ni agua decente, ni nada que nos defienda contra las
tormentas típicas de las tundras alaskanas.
Como el buque no podía navegar más arriba de aquí, echó anclas y se
puso a descargar mercancía que fue luego trasladada al interior en barcas de
calado insignificante.
En 1885 pasaron por aquí unos moravos Con ansias de convertir
indígenas. Les gustó el sitio y lo bautizaron con la palabra hebrea, tan
bíblica, de Bethel o Casa de Dios.

La secta do las morases

Estos moravos, tan escasos hoy en la Cristiandad, descienden, en línea


recta del hereje Juan Hus, bohemio, condenado a la hoguera por el Concilio
de Constanza en 1415, aunque no fueron organizados como secta hasta el
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año 1457 por el apóstata Esteban, consagrado obispo por un obispo oriental
ortodoxo.
Como toda otra secta, la de los moravos se quedó en grupito o grupitos
locales que languidecen interminablemente y nunca acaban de fenecer,
gracias al pecado original que tantos males nos seguirá acarreando hasta que
las trompetas del Arcángel San Miguel pongan punto final a la farsa.
Como acontece en estos casos, al cabo de 500 años se apagan los
resquemores iniciales y los hijos son lo que fueron sus padres, sin parar
mientes en por qué lo fueron. Los pastores moravos de Bethel vienen a mi
cocina a charlar con una campechanía digna de encomio. Yo les visito en las
suyas y nos reímos candorosamente.
Su iglesia es más bien un salón. Los feligreses entran hablando, se
sientan a charlar, cantan himnos hasta enronquecer, escuchan una charla
sobre la Biblia, que es una cantera universal de la que se sacan sentencias
laudabilísimas, cada cual interpreta los textos según se lo inspira
directamente el Espirita Santo o el espíritu que sea, seudocomulgan
anualmente con una galleta y un trago de jugo de fruta que llaman la Cena
del Señor, invocan a Cristo y mueren en la creencia piadosa de que les irá
muy bien en la otra banda.
Como no vinieron otras sectas a hacerles competencia, todo este
rincón del bajo Kusko se hizo moravo y lo fue exclusivamente muchos años,
hasta que las hornadas de huérfanos educados en Holy Cross empezaron a
desplegarse y extenderse por aquí en números respetables.
Como por otra parte nuestro Padre Robaut, S. J., catolizó las riberas
del centro del río y el nomadismo indígena trajo mescolanzas inevitables, el
Kusko fue siempre una pesadilla para nuestro Vicario Apostólico, que nunca
se satisfizo con las visitas periódicas y pasajeras que hacían por aquí los
Padres de Holy Cross a larga distancia. Ya mismo gasté una semana aquí, en
Febrero de 1937, para que pudieran cumplir con Pascua los pocos católicos
esparcidos por el contorno.

El cementerio do Bethel

Cuando se establecieron aquí los moravos, había un altozano


respetable cerca del río, y allí levantaron su residencia. Grupos de indígenas
se fueron apiñando en su derredor y pronto se vio junto a la iglesia el
cementerio poblado de cruces.

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Las crecidas del Kusko con los bloques de hielo en Mayo fueron
carcomiendo, y socavando las orillas, de modo que tuvieron que derribar las
casas y levantarlas de nuevo a mayor distancia. El Kusko siguió socavando
las riberas y obligando a los vecinos a mudarse más atrás.
El altozano primitivo ha desaparecido casi por completo. Los vivos se
mudaron; pero los muertos no lo pudieron hacer por sí propios, y como
nadie les ayudó, fueron poco a poco desplomándose en las aguas turbias del
bondadoso Kusko, que los ha venido recibiendo en su seno maternal.
Hoy mismo pueden verse escenas macabras al remar en frente del
cementerio. Pueden verse —digo— esqueletos en las posturas más terrorí-
ficas: unos se asoman un poco, otros se asoman más, otros muestran una
dentadura y unas cuencas vacías que mejor será pasar por alto, otros cuelgan
en posturas estrafalarias sujetos por el maderamen carcomido del ataúd, y
así por el estilo, dan al conjunto un aspecto idílico y hacen del sitio un lugar
ideal para ir de merienda y solazarse ante los tintes arrebatadores del
crepúsculo vespertino. Aquí un poeta se volvería loco de atar ante panorama
de tan sin igual embeleso.

Bombardeando al hielo

El Kusko sigue robándonos tierra de las orillas; por eso todos le


huimos y levantamos nuestras modestas viviendas lejos de sus aguas, aun-
que para ello tengamos que levantarlas sobre estacas y hasta sobre postes
elevados.
En 1911, la inundación sobrepasó todo recuerdo. En 1946 entró el
agua en las casas a un metro de altura.
La guerra, que tantos males acarrea, trae graciosamente bienes
insospechados, por lo menos para los habitantes de Bethel. Es de saber que
las inundaciones se deben en gran parte a que los bloques de hielo, en su
arrastre hacia el mar, se apretujan y apelotonan y se estancan formando un
vallado que echa el agua tierra adentro, inundándolo todo.
Hasta el año pasado nunca se hizo nada por romper el vallado formado
en el recodo del río aquí detrás del cementerio. Luego se pensó en utilizar
bombas desde los aviones de bombardeo.
Este año tuve la suerte de presenciar desde el yerbazal próximo cómo
cuatro aviones relucientes, después de evolucionar acrobáticamente para
entretener a la población, se despegaban uno a uno y dejaban caer

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certeramente bombas que rompían el hielo y levantaban nubes fantásticas,
mientras nosotros, como isidros abobados, estirábamos el cuello, abríamos
la boca y dejábamos escapar un aaahhh simplón y pueblerino.
Tres veces en 24 horas se repitió el bombardeo.
Gracias a él no tuvimos agua dentro de casa, aunque para entrar en la
mía tuve que hacerlo con botas de goma que me cubrían toda la pierna. El
agua llegó a la puerta, pero no entró, gracias a las estacas que sostienen en
alto la vivienda.
Los aviones volvieron a darnos una sesión de circo dando vueltas y
volteretas en el aire todos a una, como si tuvieran un solo piloto común, y
cuando creyeron qué tendríamos dolor de pescuezo para el resto del año, se
dispararon camino de Anchorage a más de 600 kilómetros por hora. Dios se
lo pague y... hasta la vista.

El "agujero negro" del misionero

En el otoño de 1942 fue encargado de establecerse aquí


definitivamente el P. Francisco Menager, S. J. Bethel tenla entonces 800
soldados apostados aquí para que los japoneses no entraran en Alaska como
Pedro por su casa.
Con la ayuda de los católicos civiles y militares, levantó una capilla
que da cabida a cien personas. Para residencia compró lo que yo he venido
llamando «agujero negro», una choza tan pobre y tan oscura, que los que la
ven se maravillan que el buen Padre resistiese aquí cinco años.
Le animaban a mejorar de vivienda; pero él respondía que no merecía
más, y en el entretanto tosía y estornudaba y se quejaba de que cada invierno
le dolía más la espalda.
A mí me recuerda al madrileño que fue al médico quejándose de que
no podía respirar bien después de haber subido al hombro un piano al quinto
piso.
Ni en Kotzebue ni en Akulurak ni en ninguna otra parte en Alaska
donde hace mucho más frío que aquí, tuve que lamentar jamás el que se me
helase la tinta de la pluma fuente.
Había visto espesarse la tinta de los tinteros y hasta vi en ellos algunos
cristalitos negros; pero este agujero negro es una excepción.
La primera noche que dormí aquí se me heló el tintero, que se
convirtió en un bloque macizo de tinte azulado. Por fortuna, la pluma fuente
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no estaba del todo llena, y al helarse la tinta el hielo llenó justamente el
hueco que faltaba y no se me estropeó.
Si se cierran puertas y ventanas y se cuelga del techo una cinta, se la
ve cimbrearse al compás de las ráfagas de aire que se cuelan por resquicios
y hendiduras. Este pecado de no habilitar la vivienda a prueba de corrientes
de aire es de los que no tienen perdón ni lo deben tener.
Me dijo el Padre que, cuando el frío arreciaba más que de costumbre,
se iba a dormir a la venta, donde la calefacción realmente calienta y no se
hiela la tinta.

22
III

El puesto misionero de Bethel

Bethel, cruce de caminos

Yo acabo de adquirir una casica donde estoy trajinando y haciendo


acomodos para dos cuartos donde puedan pernoctar los misioneros y monjas
que pasen por aquí; porque hay que hacer notar que Bethel es,
geográficamente, un cruce de caminos aéreos.
Al Sur de aquí están las pesqueras de la bahía de Bristol, que emplean
miles de obreros entre mayo y agosto.
Al Norte están el Yukón y Nome, donde se reclutan muchos de estés
obreros.
Al Este tenemos las minas del alto Kusko, que se abren en abril y se
cierran a primeros de noviembre.
Bethel, con su campo de aviación moderno y amplísimo, es la sede y
vivero de pilotos y Compañías de aviación privadas que conocen el país
palmo a palmo y no se desvían jamás de las rutas ya conocidas y probadas.
Todo el que quiera ir desde Fairbanks o Anchorage a la costa del
Estrecho, o viceversa, tiene que pasar por Bethel, donde lo mismo se puede
detener un día que una semana; porque cuando el temporal se pone a ser
pesado, lo es un rato.
El Padre Manager ponía a los visitantes en casas de confianza, por no
tener acomodo en el agujero famoso. Si mis planes cuajan, dentro de muy
poco, tendré dos camas extras y en privado para alojar al Sr. Obispo, al
Padre Fulano que va, al P. Zutano que vuelve y a dos monjas que pasan
camino de Fairbanks llamadas por la Madre Provincial.
¡Que no me voy a dar poco postín guisando platos españoles y
contando historietas a los visitantes! Claro que tienen que ayudarme a fregar
los platos después del banquete.

23
Censo do la población

En el censo que acabo de hacer, hallé que Bethel tiene 85 católicos, y


el domingo que viene tendrá 87, pues tengo preparados dos moravos para
recibir el bautismo.
La población total de la aldea es de 297 adultos de 21 años para arriba,
dejando a muestro buen sentido adivinar el número de menores de edad.
La de los 297 tiene un poco de historia. Hasta hace poco se vendía
aguardiente en Bethel. Las borracheras de los indígenas adquirieron tales
proporciones que, por lo visto, aquí no se podía vivir en paz.
El policía del distrito, que reside aquí, me cuenta que se acostaba todas
las noches en pantalones, pues esperaba infaliblemente ser despertado hacia
la medianoche para detener a individuos que se desangraban a botellazos en
el barro de la calle, o rompían vidrios en las ventanas del vecino, o
simplemente entraban en las casas sin llamar y lo alborotaban todo. Acos-
tándose vestido, llegaba más pronto al campo de batalla.
Con las borracheras viene siempre la pobreza; porque el borracho no
se cuida de cazar ni pescar, y aquí el que no lo haga tiene que vivir del aire.
Pues bien, la gente cuerda creyó que había llegado la hora de hacer
algo y reunió una lista imponente de nombres que pedían al juez del
territorio revocase las licencias de la venta del aguardiente.
Los taberneros se echaron también a la calle en busca de firmas en su
favor y reunieron otra lista no menos imponente. Se llevó el asunto a los
tribunales y el juez falló contra los taberneros por tener éstos minoría de
nombres en sus listas.
En el escrutinio escrupuloso de nombres se halló que Bethel tiene 297
personas mayores de edad. Hoy día, sin aguardiente legalizado, (aunque se
bebe a escondidas), las calles son verdaderas avenidas de paz, y el policía se
desnuda todas las noches al acostarse. También se caza y se pesca más y los
indígenas disfrutan de mejor salud.

Bebida y borrachera

En presencia de una botella de aguardiente, el eskimal pierde los


estribos, y, si la bebe, se convierte en un animal de cuatro patas. Por eso
vienen los tanteos de regular, prohibir, permitir y volver a regular la venta
del aguardiente.
24
El blanco bebe un litro y se tiene en pie. El eskimal bebe una copa y ya
empieza a tambalearse.
Ya sé que no me lo van a creer, pero conocí en Kotzebue un individuo
rubio, de 45 años, que bebía todos los días 48 botellas de cerveza. Y cuando
digo «todos los días», quiero decir siete días a la semana, todas las semanas.
Los alaskanos no somos gente que se ahoga en poca agua, ni menos en
poca cerveza. Debo hacer notar, sin embargo, que las tales botellas eran
pequeñas. En el lenguaje yanki, los chistes sobre bebidas y borracheras
forman una enciclopedia.
El más típico que yo conozco es el del capitán de barco y su
contramaestre. Alternaban escribiendo el diario del barco, y un día el capitán
escribió: «El Contramaestre se emborrachó hoy».
Al día siguiente el contramaestre vio el escrito y escribió a su vez:
«Hoy el capitán no se emborrachó».

Cines y bailes

Pero dejando el aguardiente para otra ocasión, digo que los católicos
de Bethel tienen tantas tentaciones, que no es de extrañar no vengan todos a
Misa como debieran.
Hay dos cines todas las noches; uno empieza cuando el otro termina; y
como los salones de cine están en los extremos opuestos de la aldea, todas
las noches se ve una procesión de gente a la misma hora. No llevan santos,
ni cruces, ni pendones.
Llevan un dólar en el bolso y un ansia incontenible de sentarse otras
dos horas delante de otra película.
Hay dos salones de baile, a donde van al terminarse la segunda sesión
de cine. Lo ordinario es acostarse a las dos de la madrugada.
Tanta mundanidad e irregularidad de costumbres trae necesariamente
una sequía espiritual que agosta y mata al alma más robusta. No es fácil ir a
Misa cuando, se ha pasado la noche de ese modo; y si se va, se bosteza más
que se reza.
Me dijo mi antecesor que, si cumplían con Pascua 30 personas, me
diera por satisfecho. Me pareció el colmo de la tibieza.
Importunando mucho al Sagrado Corazón por las noches ante el
Sagrario silencioso, que en vez de 30 fueron 55 los que se confesaron y

25
comulgaron, es decir, que no quedó casi nadie, porque entre los 85 católicos
hay que contar a los niños que no tienen usa de razón.

Métodos de amor

A mí me ha dado siempre buen resultado tratar a la gente con respeto y


nunca reñir a nadie.
El que no viene a Misa el domingo, sabe de sobra que ha obrado mal.
Echarle una reprimenda en plena calle, es ahuyentarle; y reprenderle en el
confesonario es un crimen.
El día del Juicio veremos los daños desastrosos causados por el mal
genio del sacerdote. El pecador es la oveja perdida que hay que buscar
primero y luego cargar sobre los hombros sin darle de palos ni barbotar
insultos.
Es más. Hay gente que no vive como Dios manda y está esperando una
reprimenda del misionero para poder luego disculparse de no ir jamás a la
iglesia.
Si el misionero, a estilo de Jesucristo, es manso y humilde de corazón,
y no hace más que esparcir sonrisas y callar, la tal gente no tiene disculpas a
qué agarrarse y más tarde o más temprano se rinde. Aunque haya qué espe-
rar diez años, la espera merece la pena.
Lo que importa es atraer, no ahuyentar; y los yankis dicen que una
gota de miel atrae más moscas que una botella de vinagre; y tienen razón.
Esto va para los misioneros noveles que piensan llevarse de calle
reinos enteros y ganarlos para Cristo en pocos días. Si cada misionero
catoliza pacientemente el grupito a él encomendado, pronto tendremos cifras
considerables en el gran total de conversiones.

Los católicos de la isla Nelson

En el verano la población de Bethel se ve aumentada con las caravanas


de pescadores que vienen a proveerse aquí de salmones a la vez que
obtienen diversos empleos y compran luego lo que necesitan a precios más
reducidos de los que tendrían que pagar en los almacenes locales.
Vienen de la costa, principalmente de la isla de Nelson, donde son
todos católicos y, por cierto, buenos católicos. Con su llegada la Iglesia no
da cabida a todos; por lo cual tengo que decir dos Misas los domingos. A la
26
primera vienen los forasteros. Como son gente primitiva y toman aceite de
foca, despiden un olor original que los eskimales de Bethel no aprecian gran
cosa.
Por eso, al salir de Misa los forasteros, se abren puertas y ventanas y
se ventila la iglesia. Estos eskimales de la costa se aferran a su lengua nativa
y no entran por el inglés, sobre todo los viejos. Con ellos, el Rosario y las
oraciones son en eskimal, que me recuerdan no poco mis excursiones por las
tundras de Akulurak; mientras que los de Bethel han perdido, o poco menos,
la lengua de sus abuelos, y hablan un inglés respetable.
Con estos en la Iglesia no se habla más que inglés. Es decir, que a tan
corta distancia hay como dos naciones. Los de la costa caen aquí como si
fueran visitantes extranjeros. El Sagrario de Bethel es el lazo de unión entre
todos ellos.
En general, la venida de los costeros es fuente de bendiciones; porque,
como se confiesan y comulgan todos sin excepción, los de Bethel lo ven y
se aplican el cuento.
Los misioneros de la costa no ven con buenos ojos que sus ovejas
vengan a los pastos de Bethel. Temen que adquieran hábitos reprobables, y
les sobra razón.

Modas y divorcio

En Bethel prevalece la moda de los blancos, que forman aquí un grupo


considerable. No hay mujer que no fume, pitillo tras pitillo, todo el santo
día; y luego andan sin medias, con las piernas al aire hasta la rodilla.
No hay cosa tan repugnante como ver a una vieja con las piernas
desnudas. Durante la guerra se hizo por patriotismo, para ahorrar lana y
algodón.
El demonio se metió de por medio y ahora se hace porque es la moda.
Las eskimales, por alternar con las blancas, las imitan en todo.
Más aún, ya empiezan a divorciarse legalmente como sus hermanas
blancas. Pasa mucho del medio millón al año el número de divorcios en los
Estados Unidos. Esta epidemia no podía menos de extender el contagio, y
así ha ocurrido.
Acabo de ver en una Revista que en la ciudad de Oakland, de
California, la señora Ida Kelly tenía y tiene una rata favorita muy mimada
que le sirve de entretenimiento. Esta señora exigió a su marido comprar más
27
carbón, ¡porque la rata tiritaba de frío!
El marido no quiso hacerlo, y encima no hacía más que quejarse de
que la rata comía demasiado. La señora presentó querella ante los
tribunales y obtuvo el divorcio sin dificultad.
¡Para que luego nos quejemos de que Dios conserve a Stalin en tan
buena salud!
Los eskimales van aprendiendo la palabra divorcio, aunque no con
tanta rapidez como los blancos, ¡loado sea Dios! En la costa no; existe el
divorcio legal, aunque se ven acá y allá parejas separadas que es muy difícil
volver a juntar como Dios manda.
Da pena oír a los indígenas de Bethel bromas sobre divorcios y nuevas
nupcias.

28
IV

La señora Lulú, la «Reina


Victoria» y la «Vicaria,

La señora Lulú

Bethel tiene un hospital con 40 camas que de ordinario están


ocupadas, pues no son sólo para Bethel, sino para un distrito de límites
borrosos que comprende todo el bajo Yukón y toda la costa del Estrecho,
más el Kusko y las llanuras hasta la bahía de Bristol.
Pertenece al Ministerio del Interior y es preeminentemente para los
indígenas a quienes no cuesta nada la hospitalización, mientras que el
blanco que caiga en una de estas camas tiene que pagar cinco dólares diarios
si los tiene o cuando los tenga.
El medico actual es un señor dignísimo de Nueva York, con quien
tengo charlas amenas con relativa frecuencia.
Tiene en su casa a una señora de 74 años que fue enfermera en el
Kusko cerca de 40 años y es una de esas almas queridas universalmente sin
excepción. Se llama Lulú.
Esta Señora se crió junto a la frontera mejicana y aprendió algo de
español, que ha olvidado en gran parte.
Se levanta a las nueve, desayuna y se sienta junto a la ventana hasta
bien anochecido cuando vuelve al lecho siguiendo las prescripciones del
médico que no tiene más que 36 años y la trata como madre. Ella le trata
como a hijo.
En esas asentadas diarias tan largas y forzadas la señera Lulú, cansada
de leer y de cultivar tiestos de geranios, se agarra como lapa al visitante que
entre a darle los buenos días o las tardes.
Cuando entro yo, me tiene ya preparada una butaca junto a una mesa
donde hay un plato atestado de avellanas, nueces y almendras des-

29
cascarilladas, porque me oyó decir un día que no había cosa que me gustase
tanto como moler y triturar almendras con mis caninos. Hay también en la
mesa un vaso grande de jugo de naranja.

"Padresito mío"

La señora Luid me llamaba Padresito mío y añade que casi podría ser
ml abuela. Como toda la vida fue enfermera, me clava los ojos se-
miapagados para descubrir si pasé bien la noche, si me alimento
debidamente, si sudo por nada, si tengo la lengua cargada, etc., etc.
Entra luego el médico y hace lo mismo, preguntándome qué tal hice la
digestión. Luego nos echamos por los campos variadísimos de todas las
conversaciones dignas y respetables.
Sale el médico; pero yo no puedo salir. La señora Lulú no me ha
preguntado aún qué noticias tengo de España. Asimismo no se satisfizo con
las razones que aduje para no haberla visitado en siete días seguidos, y
vuelve a la carga. Entre col y col me da varios avisos para que me conserve
santo, verdadero imitador de Jesucristo.
Ella no es católica; pero no cree haber hecho en su vida nada de que
tenga que ruborizarse el día del Juicio. Quiere que yo sea buen sacerdote,
buenísimo, y dice que no me ha de perdonar el menor desliz si algún día
llega a su conocimiento que caí en alguno.
No cree en un Infierno eterno. Nos eternizamos arguyendo y
debatiendo. Si me ve una mota en el vestido, me echa el alto; y si no me
corto el pelo a tiempo, lo tengo que hacer pronto, porque eso sería ya un
desliz.
Como me afeito todos los días, la pobre se lleva un chasco, ya que
gozaría lo indecible mandándome afeitar.
A todos los que la visitan les dice que tienen en Bethel un sacerdote
graciosísimo y la mar de bueno, que me traten bien y me inviten a cenar con
frecuencia.
Esta señora ha hecho más propaganda en mi favor que ninguna otra
persona que yo sepa. Como tiene tanta autoridad, sus palabras llevan mucho
peso y me han granjeado amigos sin cuento.
Es bastante puritanica. Creo que me ayuda porque no fumo ni bebo,
cosas ambas elementales en un buen cristiano. A ver si algún alma buena
reza por la señora Lulú, mi bienhechora y admonitora.
30
Misas y bautismos en el hospital

Dos veces al mes digo Misa en el recibidor del Hospital. Técnicamente


hablando, esto podía prohibirlo la Constitución; pero aquí hacemos las cosas
caseramente y como en familia, y no pasa nada.
La víspera reúno en el recibidor a los enfermos que andan levantados y
los confieso. A los otros los confieso en sus camas.
Por la mañana temprano, mientras el Hospital duerme en paz, la
enfermera, avisada, me va trayendo enfermos en sillas de ruedas y hasta en
camillas ambulantes y se llena el recinto de católicos, apostólicos y
romanos. Comunión a las camas sin hacer ruido ni despertar a nadie. Un día
tuve 16 enfermos. El día de Pascua, o mejor, el lunes, hubo 14.
Van y vienen, naturalmente, y no se consideran residentes en Bethel
para los censos de la aldea.
Cuando nacen niños en el Hospital y los bautizo, tengo que cubrir la
boca y la nariz con un paño desinfectado; pues es regla estricta que nadie
eche directamente el aliento en el rostro de niños recién nacidos. Hasta el
padrino tiene que enmascararse. Yo no puedo hacerlo sin mezclas de risa y
de refunfuños. Parecemos bandoleros a punto de echar el alto.

Una viuda de 50 años

Como la señora Lulú ya está jubilada, su puesto de enfermera


ambulante ha sido ocupado por una viuda de 50 años, aunque ella insista en
que tiene 38 cumplidos. Es católica de verdad.,
Viaja por las aldeas vacunando, sacando muelas y recetando píldoras,
y vuelve a Bethel, donde el Gobierno la provee de una casa con calefacción,
cuarto de baño, agua corriente, butacas, alfombras y un piano.
Se las ingenió para adquirir un lavarropas mecánico, que es lo que más
alabo yo en su casa; pues es el caso que esta buena señora lleva cuenta del
día y hora en que debo llevar a lavar mi muda, y si no lo hago puntualmente,
viene ella misma y se lleva en un fardo todo lo que atrapa por las sillas,
cajones, rincones y otros lugares donde los solteros suelen tirar las prendas
usadas.
Me lo lava en un voleo y me lo plancha con mucho gusto.
Sobre todo, se complace en lavar y almidonar los lienzos del altar y
demás linos de iglesia. Ahora que ya sabe doblar litúrgicamente los
31
corporales y purificadores, se luce en toda regla.
Viaja siempre en aeroplano y duerme en casa de los maestros locales.
Insiste en que los eskimales no han entendido ni entenderán jamás la
Religión. Lo sabe porque no ha logrado hacerles entender la necesidad de
lavarse y cepillarse la dentadura, cortarse las uñas de los pies, usar pañuelos
limpios, fregar los platos como es debido y lavar las legañas de los niños.
Si no entienden eso, ¿cómo van a entender los preceptos tan
complicados de la Religión? Yo me defiendo con hechos reales que ella
interpreta a su manera y pasamos así dos horas sin darnos cuenta de que
pasaron.

Charlas de sobremesa

Cuando se siente con bríos (y se siente con frecuencia), guisa una cena
muy maja y nos invita a dos o tres solterones a cenar. Fregamos los platos
en dos minutos y luego nos sentamos a departir sobre la vida en esta Alaska
singular, trayendo razones de fuerza para probar nuestro aserto, porque no se
da nada por supuesto y hay que probarlo todo.
Como se lee tanto en estos inviernos tan largos, los blancos de Alaska
adquieren pronto un barniz de erudición verdaderamente temible.
Saben qué año inventó Ford el automóvil, cuántas toneladas de piñas
exportan las islas Hawái, los diversos salarios semanales de los actores y
actoras de cine, la grasa que produce anualmente la pesca de ballenas en el
Antártico, lo que tardaría uno en llegar al sol en automóvil, lo que nos
tocaría a cada uno si se repartiese equitativamente todo el dinero existente y
que enfermedad causa más defunciones, el cáncer o el mal de corazón.
Hechos reales, concretos, verificables.
Y a todo esto no les he dado el nombre de la viuda enfermera. Se
llama Esther Victory; pero yo la llamo reina Victoria y ella se ríe muy
complacida.
Mientras más años viva aquí la reina Victoria, más limpio y aseado me
presentaré yo ante el público. Recen, pues, por ella, si estiman en algo mi
presentación exterior.
Cuando me trae la ropa lavada, mete casualmente un buen mollete de
pan reciente, o por lo menos unas rosquillas para el chocolate, y a veces toda
una libra de chocolate.

32
Cuando predico los domingos en Misa, la veo entre los eskimales muy
atenta, con el rosario y el devocionario listos para cuando yo termine la
arenga. ¡Viva la reina Victoria!

La "Vicaria"

Pero la verdaderamente católica en Bethel es una mestiza de unos 55


años. El P. Menager la solía llamar «La Vicaria», y me dijo que no se daban
mejores en ninguna parte.
«La Vicaria» fue una de las primeras niñas educadas en Holy Cross,
donde aprendió el Catecismo de memoria y lo entendió razonablemente.
Se casó corno Dios manda con un blanco bonachón, tuvieron hijos
vivieron felices hasta que un verano, navegando por el Kusko los dos en el
barco de la familia, cayó al agua el marido con tal mala suerte, que no hubo
modo de salvarlo.
La corriente y las profundidades insondables lo tragaron para siempre,
La pobre mujer tuvo valor para volver sola remando, viuda y con dos hijos
pequeños, la que poco antes había salido tan risueña y confiada.

Viuda segunda vez

Como tenía dotes sobresalientes, se pudo casar pronto con otro blanco,
también muy bueno. Tuvieron a su vez hijos y vivieron felices hasta que un
día de verano tuvieren que hacer un viaje rio Kuskokwim arriba, él, ella y
una hija de 15 años.
Cientos de veces habían hecho aquel trayecto en su vaporcito fluvial
con casita pintada y todo y una estufa para hervir café y hacer unas sopas en
plena navegación.
Esta vez encallaron en la arena, y por más que maniobraron no
lograron desatollar el barco. El marido tanteó alrededor del barco y lo halló
tan raso que se echó a la arena con botas de goma.
Todo iba saliendo bien. Empujones rítmicos combinados desde
adentro con pértigas y desde afuera con los puños iban produciendo el
deseado resultado; pero muy despacio.
El marido se apartó un poco para hacerse cargo mejor de la situación,
cuando pisó en un hoyo profundo, se hundió, comenzó a gritar, la hija se tiró

33
al agua para salvarlo, se hundió también en el remanso engañador y los dos
se ahogaron.
La desconsolada mujer quiso también tirarse al agua; pero no sabía
nadar, y el pensamiento de los niños que quedaban en casa esperándola, la
contuvo, y allí se quedó petrificada llorando hola entre el cielo y la corriente
del Kusko.
Echó el áncora para estar segura y se puso a esperar a que pasase algún
barco.
¡Qué horas aquellas! Cuando me lo cuenta en la cocina no hace más
que llevarse el pañuelo a los ojos. Vino al poco un barco, y ahora viene lo
terrible. Comenzaba a lloviznar. Los del barco iban dentro de la cubierta y
no la vieron.
Marchaba río arriba el tal barco impelido por una máquina que hacía
mucho ruido; pasó casi rozando, pero nadie la vio agitar el pañuelo en la
cubierta ni menos la oyeron los gritos que daba implorando auxilio. El barco
pasó y se alejó.
Cuando ya estaba lejos, un niño que no podía estar mucho debajo de la
cubierta sin curiosear por de fuera, vio el barco encallado que habían dejado
atrás y se lo dijo a su padre.
Este se hizo cargo al punto y viró en redondo. Se acercó
cautelosamente, se enteró de la tragedia y volvió a Bethel trayendo a la
viuda llorosa, pero no desesperada.
Luego hallaron que los dos ahogados habían perecido en un espacio
reducidísimo de agua profunda. Dos brazadas bien dadas los hubieran
sacado del peligro. El atolondramiento, el no saber nadar, el peso de los
vestidos y la frialdad del agua contribuyeron de consuno a la catástrofe.

Modelo de Acción Católica

Berta, que así se llama la «Vicaria» no se volvió a casar. Los hijos


crecieron y Dios ha usado con ella de mucha misericordia. Ella nunca se
quejó, ni se la escapó jamás ninguna tontería contra el cielo o su mala
suerte. Dios es nuestro Padre, Él se encargará de nosotros sus hijos.
Berta los fue colocando a todos cristianamente y hoy vive con el
Benjamín, un mocetón de 18 años, más alto que yo, alegre, hábil, buen
católico y el báculo de su buena madre. Le llaman Jackie, que quiere decir
Juanito.
34
La «Vicaria» viene a Misa casi diariamente y para ella ir a Misa es
sinónimo de comulgar. Si se me acabó el pan, o si mis calcetines necesitan
ser repasado; o los forros de la sotana se deshilvanan, ahí está la «Vicaria»
adivinándolo todo y viéndolo todo y saliéndome en todo al paso para que no
me avergüence de sugerírselo yo mismo.
Si algún católico se enfría en la fe, ya está ella visitándole como al
acaso y ponderando el sermón del domingo.
Si nace un niño católico y pasan los días sin que se bautice, ya se
alarma la «Vicaria» y remueve al asunto para que nadie se haga el sueco.
Con esta «Vicaria» junto a mí, la labor parroquial resulta más ligera.
También Berta merece una oración de los lectores de EL SIGLO DE LAS
MISIONES para que Dios la sostenga en el bien comenzado y la corone al
fin en el cielo en compañía de los que han ayudado notablemente en la
conversión del mundo infiel.

35
V

Estampas del natural

El eskimal y el sacerdocio

Bethel tiene el honor de ser la cuna del primer indígena con vocación
para el sacerdocio. Roberto Corrigal, huérfano, hijo de blanco y eskimala y
educado en Holy Cross está hoy en el Noviciado de los Padres Jesuitas en
calidad de escolar y, si persevera, se ordenará un ella de sacerdote y vendrá
a ser párroco de sus paisanos del Kusko.
Este joven de 19 años necesita todas nuestras oraciones; y a ver si no
queda por nosotros.
Los indios de las Montañas Roqueñas han dado tres sacerdotes, los
tres Jesuitas si no me engaño; uno en el Canadá, otro en el Estado de Nueva
York, y otro que acaba de ordenarse en la Provincia de Oregón, cerca de
aquí. Los tres son, indios puros, que yo sepa.
La raza eskimal ha dado y está dando pastores a las sectas
protestantes; pero para set pastor protestante no es menester más que
descender de Adán y Eva, no fumar, no embriagarse y leer la Biblia.
No se trata de eso. Se trata de si un eskimal puro puede o no llegar a
ser sacerdote. Hoy por hoy vemos el horizonte bastante oscuro.
Al llegar a los 18 años el eskimal pierde toda ambición de instrucción
académica y llega como a un estancamiento definitivo en cuestiones es-
colares, mientras que por otra parte se despierta en él un prurito irresistible
por la mecánica.
Lo primero que hace al comprar un reloj, un motor, un rifle, lo que
sea, es desmontarlo pieza a pieza, examinarlo despacio y volverlo a
componer muy complacido.
Los dibujos de Física no le dicen nada. Tiene que verlo él mismo y
palparlo. Asimismo no hemos encontrado aún el eskimal que haya enten-
dido y reído debidamente un chiste nuestro. ¿Cómo va a entender filosofía y
36
Teología?
Además no hay modo de hacerle perseverar en una misma ocupación
seis meses seguidos. Tiene que variar y mudarse.
Se me dirá que si tomamos al niño, eskimal y lo educamos con los
blancos, se podrá parangonar con ellos, No hay tales. Lo lleva en la sangre.
Hemos tenido en nuestras escuelas chicos desde los 5 a los 22 años y
no han sido excepción a la regla general. No hay modo de hacerles aguantar
el hastío que les produce una misma 'tarea día tras día.
Sin constancia, ¿cómo van a resistir el estudio abstracto y pesado que
supone la preparación para el sacerdocio? Añádase a esto su escasa fuerza
de voluntad para sobreponerse al instinto sexual, y se verá que el horizonte
aparece ciertamente poco halagüeño.
En cambio, basta que haya una inyección de sangre blanca, para que
cambien los términos. Cuando un blanco se casa con una mestiza, tenemos
hijos guapísimos, esbeltos, robustos y en todo como los blancos.
Si se casa con una eskimala pura, tenemos los mestizos que son aún un
problema.
Si reciben buena educación, pueden llegar y han llegado a ocupar
puestos de responsabilidad y confianza. Conozco a tres aviadores mestizos
que lo están haciendo bastante bien.
Si no se les encauza bien desde el principio, resultan una mezcla
detonante que da lástima.

Roberto Corrigal

Nuestro Roberto Corrigal es hijo de blanco. Su madre tenía un poco de


portugués según me he enterado.
Vino hace años por aquí un aventurero de las Azores y me aseguran
que la madre de Roberto era nieta suya; y esa inyección de sangre ibera,
aunque perdida en el chorro de sangre eskimal, basta y sobra para elevar a
Roberto a un rango superior al eskimal puro.
Como por otra parte heredó de su padre sangre sajona, Roberto puede
gloriarse de ser lo que más le guste: blanco, eskimal, mestizo, sajón, íbero,
lo que quiera.
Los yankis son muy amigos de cortar nombres por la mitad. Les
horrorizan las palabras largas. Ricardo se dice «Dick»; Enrique se dice
37
«Harry»; Jacobo se dice «Jim» y Roberto se dice «Bob».
Al aspirante al sacerdocio Roberto Corrigal no se le conoce ni se le
conocerá jamás por otro nombre que Bob. En España no sé cómo se li-
brarían los «Bobs», de una segunda «o» en el nombre.
El actual Superior de Holy Cross nació en Skagway, Alaska, y fue a la
escuela en Juneau y de allí al Noviciado en los Estados Unidos; pero sus
padres eran blancos, los dos con ojos azules, pecas y rizos rubios; por eso,
aunque alaskeño, no es eskimal y no le contamos.

Jerry Dahl

Mi monaguillo, Jerry Dahl, pudiera llegar a ser sacerdote, aunque


tendré primero que verlo para creerlo. Su Padre es noruego y luterano; pero
un alma de Dios incapaz de matar un mosquito.
Cuando le digo que Jerry llegará a ser sacerdote, echa para atrás su
cabezota rubia y se ríe bonachonamente. Luego, en serio, me dice que sería
un honor inmerecido para él,
Así es que, por parte del padre, Jerry puede ordenarse mañana mismo.
Su madre es mestiza, sobrina de Berta la Vicaria, y católica práctica de
lo mejorcito de Bethel. Si Jerry no se viste listo y viene a Misa derecho
como una bala, su madre le trae por las orejas.
Por parte de su madre, Jerry podía ordenarse hoy mismo.
Jerry va a cumplir 9 años y es todo un muchacho. Guapo, en extremo,
ojos de inocencia que hipnotizan, parlanchín que cuando viene a mi cocina
no me deja meter una palabra en la conversación con lo que me gusta a mi
monopolizarla, y así por el estilo. Hizo la primera Comunión el día de
Pascua de este año.
Cuando cuento historias a la gente menuda, Jerry es el blanco de las
iras plebeyas. No puede estarse quieto ni callado; y encima nunca habla sin
gritar por las nubes.
Al empezar yo el cuento, ya está él con su letanía de preguntas. ¿Es un
hecho cierto o lo invento yo? ¿Dónde ocurrió? ¿Era católico aquel tío? ¿Le
cogió el oso al niño? ¿Alcanzaron los policías a los ladrones? ¿Se escapó de
la cárcel el bandolero?
La plebe le increpa que se calle y aguarde, que todo se aclarará a su
tiempo; pero Jerry piensa rápido y con ráfagas de intuición y no puede

38
esperar en paz el desenlace largo del hecho en cuestión.
Me le imagino en las clases de Teología poniendo en aprietos a más de
un profesor. Dios lo haga. Jerry es contracción yanqui de Gerald que
supongo equivaldrá a nuestro Gerardo. A ver si piden por la ordenación de
Gerardo.

Las comunicaciones de Bethel

Cívicamente considerada, Bethel es la urbe de la costa suroeste. Tiene


en la actualidad seis tiendas o almacenes; dos salones de cine; dos salones
de baile; un hotel que sería mejor llamar venta; una casa de comidas y una
fonda diminuta donde le sirven a uno un tentempié en menos de diez
minutos. Quiero decir que el que tenga dinero vive aquí como quiere.
Tenemos también cuatro Compañías de aviación. Como no hay
carreteras ni parece que las habrá jamás en estas costas glaciales, y como la
navegación se paraliza durante los hielos invernales, el único medio de
locomoción rápida es el aeroplano.
Los blancos han mandado a paseo el trineo y hablan de él como de una
pesadilla lejana. Todo el mundo se ha echado a volar, con lo cual la aviación
ha adquirido un auge insospechado. Tenemos correo dos veces por semana
todo el año. Las cartas de Roma llegan a Bethel en 9 días; las de España en
ocho; las de Méjico en cinco y las de Akulurak hay que distinguir.
Si las escriben en abril, tardan dos meses justos, y lo mismo se diga si
las escriben en octubre. Si las escriben en enero o en agosto, pueden llegar
en 18 días.
La causa de este fenómeno al parecer increíble es que Akulurak no
tiene campo de aviación Y los aeroplanos no aterrizan más que en el hielo o
en el agua. Durante las dos estaciones del hielo y deshiele, se interrumpe
toda comunicación. Además el contrato postal vale sólo para dos servicios al
mes.
Se me olvidó decir que acabo de recibir una carta de Buenos Aires que
tardó exactamente cinco días. Esto dará una idea de la dificultad de
comunicaciones dentro de Alaska en regiones que caigan fuera de las rutas
aéreas ordinarias.
Desde Bethel podría yo volar a Madrid en dos días y medio.
El mundo ha cambiado y lleva camino de cambiar de suerte que a este
paso podré algún día desayunar en Bethel, comer en León y volver a Bethel
39
a cenar. Tengamos paciencia y veremos cosas que hoy no sospechamos.

La cárcel modelo y mi organista

Tenemos también aquí una cárcel modelo. Margarita, mi organista, se


educó en Holy Cross, donde sobresalió por su talento y por su piedad; tanto
que los últimos años tuvo a su cargo la instrucción de los pequeños.
Se casó como Dios manda; pero no congeniaron y fueron de lío en lío
hasta que él tiró por un lado y ella por otro. Vino a Bethel donde halló
fácilmente empleo de cocinera.
Una noche se embriagó lo que se dice de verdad. Cogió un garrote y
allí no paró ni el gato. El policía, después de esquivar golpes furibundos,
logró entrarla y la llevó a la cárcel donde llegaron los dos sin pizca de
aliento.
La guardiana encargada de custodiarla halló el ambiente de la cárcel
algo deprimente. Con el debido permiso se llevaba por la mañana a Mar-
garita a su casa y allí cosían y guisaban y charlaban juntas como dos
palomas inmaculadas.
Entre día saltan de paseo por la orilla del Kusko si hacia bueno. Por la
noche la devolvía a la cárcel donde dormía Margarita el sueño del Justo.
Los domingos Margarita venía la primera a la iglesia —con permiso—
y nos alegraba con las melodías del órgano. Después de Misa la guardiana la
llevaba a su cocina a freír unos huevos para el desayuno,
A esto llamo yo cárcel modelo; y el que no me dé la razón es un
zoquete.

Tres buscadores de oro

Vive junto a mí un polaco muy viejo que atravesó el mar en los brazos
de su madre y después de vagar de mozo por los Estados Unidos vino a
parar al interior de Alaska.
Dice que eran tres mineros exploradores o buscadores de oro: él y
otros dos muy vivos. Vivían en sociedad y se turnaban en la cocina hasta
que ninguno quiso guisar.
El polaco, después de instarle mucho, aceptó guisar pero con esta
condición: que el primero que se quejase de los guisos, tendría que cocinar.

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Pasaban semanas y semanas y allí nadie se quejaba.
El polaco estaba harto de guisar. Un día echó en el café mostaza, sal,
pimienta y una cebolla. Al primer trago un minero dio un puñetazo en la
mesa y dijo con voz de trueno:
—Este café sabe a perros.
Le brillaron los ojos de gozo al polaco, pero antes de que tuviera
tiempo de abrir la boca, añadió el otro en voz baja:
—Pero así es como me gusta a mí el café. Y el otro minero corroboró,
también en voz baja:
—Lo mismo digo yo.
Con lo cual el pobre polaco tuvo que seguir cocinando mal de su
agrado.
Se llama Juan a secas. Está en vía de recobrar la fe perdida y espero
que las oraciones de los lectores le ayuden a dar el paso definitivo.
Háganlo aunque no sea más que por interés propio; porque si se
condena, se verán privados en el cielo de chistes capaces de entretenerlos
una buena porción de la eternidad.

Solo ante el Sagrario

Las noches de Bethel son siempre deseadas por el misionero para


darse la gran satisfacción de poder conversar con Jesucristo ante el sagrario
después de haber terminado el Breviario, el rosario y el vía-crucis en el
silencio de la iglesia con las tres consabidas indulgencias plenarias que la
Santísima Virgen se encargará de aplicar según Ella vea ser de la mayor
gloria de Dios.
En aquellas horas nocturnas en que la gente va de cine en cine y de
bailoteo en bailoteo es un privilegio inmenso poder hacer compañía a
Jesucristo delante del altar. A la larga Jesucristo y el misionero son como si
las dos no fueran más que uno.
¿Por qué todos han de tener músicas y nosotros hemos de estar
siempre callados? A Jesucristo le he entretenido yo con el acordeón y lo
considero una de las acciones más puras de mi vida.
Con el órgano también; pero esto se sobrentiende. Con el acordeón y a
solas ya es otra cosa. El gozo de estas tertulias no es para descrito, sino para
sentido,
41
Asimismo los martes y sábados a las dos de la tarde que es cuando se
reparte el correo en la estafeta, tomo el puñado de cartas con sellos
variadísimos y las leo en una silla junto a las gradas del altar.
Lo hago por dos razones y son éstas:
PRIMERA. ¿Con quién voy a comunicar yo mis penas y alegrías si no
hay un alma en todo el Kusko que me entienda ni a mil leguas? ¿Con quién
me voy a expansionar yo ante las noticias que me llegan si nadie sabe de mí
más que soy cura, digo Misa, predico contra los vicios y explico el
evangelio del domingo? Para ellos a mí me llovieron las nubes y soy
diferente. En cambio con Jesucristo me desahogo hasta saciarme y quedar
como nuevo.
SEGUNDA.—En todas las cartas se me piden oraciones. Como lejos
de ser un Salomón he sido y soy un hombre de pocas luces con no muy bue-
na memoria y peor entendimiento, al llegar en la carta a una petición, se la
leo alto al Señor y le digo: «¡Ojo!, ¡aquí!, que esto va con Vos», y se lo leo
despacio.
SI la necesidad es verdaderamente notable, se la leo dos veces y luego
le ruego que no lo eche en saco roto. Con eso me descargo de la obligación
de pedir por todos y cada uno especificando.
Cuando la carta trae buenas noticias, le doy gracias por ello. Si sale
algún chiste, me río en silencio y sigo leyendo. Si sale a relucir algún drama
verdaderamente calamitoso, hago alto, y se lo encomiendo con particular
insistencia.
La vida espiritual e Interior, la vida de unión con Dios no puede ser
cosa más fácil. A, Jesucristo se le hace tomar parle en todo, y eso es todo.
Al salir de la iglesia por la noche e irme al Agujero Negro primero y
ahora a mi nueva casa, echo la bendición a la aldea, sin más testigos que las
estrellas y me retiro a dormir tranquilo como nadie.

42
VI

La aldea católica de Kalskag

Kalskag, río arriba

Subiendo río arriba desde Bethel, nos encontramos con Akiak. Como
no hay más que cinco familias, no nos detendremos a explicar cosas ya
sabidas; pues sabido es ya de todos qué hacemos en Alaska cuando llegamos
a una aldea con un puñado de católicos.
Seguimos río arriba y divisamos pronto colinas pobladas de vegetación
que son como un oasis después de vivir en las llanuras cenagosas de Bethel.
En las faldas de la primera colina se asienta la aldea de Kalskag. Para
mí este nombre es música al oído y miel en el paladar. He aquí una aldea
totalmente católica no sólo en teoría sino en la práctica, que son dos cosas
muy distintas.
En el centro se alza la Iglesia. Junto a ella acabo de levantar una casita
muy pequeña para mí solo.
Al extremo de la población sobresale la escuela del Gobierno. Lo
primero que se hace al llegar es recibir un mensaje del Sr. Maestro
anunciando que la comida, o la cena, son a tal hora. Se acepta la invitación
con hacimiento de gracias.

Mike, el catequista

Entramos luego todos en tropel en la iglesia sin hacer genuflexión,


pues no está el Santísimo. La iglesia está limpia, limpia y está aún caliente,
porque todos los días el catequista tiene clase de catecismo con los niños
cuando salen de la escuela, y ensaya himnos con la gente entre raudales de
armonías que saca al órgano un tipejo feo cuino el diablo, pero muy listo y
de mucha autoridad en la aldea.

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Una vez al mes tienen una colecta y con lo recogido pagan a un
anciano que corta leña y enciende la estufa de la Iglesia; compra petróleo y
atiende a las dos lámparas; barre, desempolva, pone los bancos en orden, y
así por el estilo.
Al catequista le tengo que dar de ml bolsillo 200 pesos; ciento en
marzo y los otros ciento en septiembre. Bien poca cosa para lo mucho que
trabaja; pero sus hijos le ayudan mucho.
El catequista llene unos 66 años y es viudo. Se llama Miguel Pitka
aunque nadie le llama así, sino Mike, que se pronuncia Maik. Maik tiene
algo de sangre rusa en las venas.
Él no lo cree, porque no sabe explicárselo; pero el bigote blanquecino,
la voz de tenor, el tinte azulado de los ojos y sobre todo los arrestos y las
buenas entendederas que llene, le delatan a la legua.
Algún tatarabuelo fue ruso castizo y él no se preocupó de ello. Esta
región fue explotada por los rusos cuando eran los amos de Alaska, y
dejaron huellas profundas.

Las noticias del lugar

Maik viene a ml casita a contarme las noticias del lugar y lo hace


despacio, pero con buena letra.
Es bastante exigente y quiere que se expulse de la aldea al viejo
Alejandro que es un jugador temible, y que se dé un aviso en pública iglesia
a Federico que se viene emborrachando no tan a escondidas como debiera.
Poco a poco se acalora y van saliendo cosas más gordas. Hay una
prójima que vive separada de su marido y se arrimó a otro con quien vive en
la actualidad.
El difunto obispo Fitzgerald tuvo dos horas de conversación con ella y
se dio por vencido no sin proclamar delante del público que en su vida había
visto una mujer tan charlatana y tan difícil de llamar al orden.
Pues bien; el último Viernes Santo se reunieron los aldeanos en la
Iglesia a adorar la cruz que colocaron en las gradas sobre una almohada en
toda regla. Todos fueron en fila a besar los pies del crucifijo.
Cuando llegó la prójima y se inclinó para besarla, la cruz se dio media
vuelta ella sola y quedó el Cristo debajo de la cruz.
Otra mujer que lo vio, se acercó, puso la cruz como era debido, y al ir

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la prójima a besarla, se volvió la cruz a dar la vuelta. La gente quedó sin
respirar.
La buena mujer volvió a poner la cruz en la postura debida y
sujetándola con las manos dijo a la prójima:
—¡Bésala ahora!
Besó la prójima y Jesucristo esta vez no quiso apartarla de Sí,
dejándola besarle como hizo con Judas.
—¿Qué le parece, Padre? ¿La toleramos más tiempo, o la atamos a un
árbol en el monte para los osos?
"Y otra cosa. Cuando el Padre Menager estuvo aquí, dejó el ciborio en
el sagrario. Vacío, por supuesto."
"Cerramos el sagrario y aguardamos a que volviese el Padre. Nos dijo
que era imposible que tuviera agua el ciborio, porque le había purificado y
dejado vacío y reluciente. Pero el agua estaba allí.
"Nos dijo que la recogiésemos y la usásemos con algún enfermo. Cayó
pronto muy grave la mujer de Antonio que llevaba ya mucho tiempo sin
venir a las oraciones. Dimos el agua a la enferma y sanó enseguida. Antonio
se hizo muy fervoroso y una familia vecina que no era católica se movió a
convertirse inmediatamente. ¿Qué le parece?

Instrucción después de cenar

Después de cenar tocan la campana y entramos todos en la iglesia, que


se llena hasta la puerta; los hombres a un lado y las mujeres a otro, mientras
que les niños se apiñan indistintamente cerca de las gradas.
Rompe el órgano muy animado y cantamos varias estrofas a todo
pulmón. Rezamos el rosario cantando un himno después de cada misterio, y
luego se sientan todos a escuchar el sermón.
Yo me paseo entre ellos con el brazo derecho en alto rasgando el aire
en todas las direcciones. La arenga dura hasta que yo me canso; pues ellos
no tienen prisa y se encuentran bien en los bancos. La norma del eskimal es
no estar de pie si puede uno sentarse; y nunca sentarse si puede uno
tumbarse.
Cuando me fatigo de tanto hablar, se ponen en pie, cantan un himno,
les doy la bendición y se van a sus casas a comentar lo que oyeron.
Yo me quedo con mi Jesús otro rato pidiéndole nos tenga a todos de su
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mano. Me arrodillo sobre una piel de oso negro muy lanudo.
Los osos abundan por estos montes; pero los eskimales son tan buenos
cazadores que no hay memoria entre los vivos de que un oso haya hecho
daño a nadie; mientras que por otra parte todos tienen una piel de oso en la
cama, y en algunas casas hay lo menos media docena de pieles que hacen de
mantas.
El oso gris de Kodiak, muy lejos de aquí, es un tigre en ferocidad y
hay que andárselas con cuidado. El oso polar también es peligroso.
Pero el oso negro es un bicho bonachón y campechano que se pasea
despreocupado por todas partes sin tener malas intenciones. El eskimal le
espera detrás de un árbol con el rifle y al primer balazo le desnuca.
Si el oso arremete, el cazador se encarama pronto en el árbol y sigue
disparando hasta que el oso cae desplomado. Tiene carne muy sabrosa.
Las gradas del altar de Kalskag están alfombradas con pieles de oso
negro sobadas y forradas con tela fuerte que bordean flecos con visos
artísticos.

Una asamblea eskimal

Les hombres de Kalskag tienen asamblea en la casa más capaz del


pueblo y me llaman a que la presida.
Tienen dos jefes que no llegan a la categoría de caciques, pero son
jefes por consentimiento unánime y quieren saber qué género de autoridad
poseen. Los dos jefes dimiten en el acto y se procede a una votación en toda
regla.
Todos hablan inglés, loado sea Dios y benditas sean las escuelas de
Holy Cross donde se educaron casi todos.
Les propongo nombrar tres jefes; el jefe primero y don asistentes.
Cuando estos tres señores vean que hay que tomar ciertas resoluciones para
mantener el orden y la moralidad municipales, lo consultarán entre ellos y
luego votarán.
Dos contra uno deciden, y luego el primer jefe reunirá a los vecinos y
les formulará el decreto aprobado. Todos asienten,
—Los tres jefes tendrán la autoridad que ustedes les quieran dar. ¿Se
la dan omnímoda, o con cortapisas?
Hay varios debates sobre esto. Los borrachos y jugadores lo ven todo
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perdido y les tiemblan las piernas visiblemente. Prevalece el deseo de dar a
los jefes autoridad omnímoda y así se hace.
Ahora vienen las elecciones. Se oye entre el público el nombre de
Jorge y pregunto si quieren a Jorge de jefe primero; y los que le quieran que
levanten el brazo.
Todos levantan el brazo menos Jorge que queda proclamado jefe en el
acto.
A Jorge le ayudarán dos vecinos de mucho fiar. Por unanimidad sale
jefe segundo Maik el catequista: Unánimemente también sale jefe tercero
Julio el viejo.

Discursos y proyectos

Terminada la ceremonia les echo un discurso mitinesco sobre la paz


social y cristiana dentro de la aldea regulada por la caridad de Jesucristo. La
casa de la Sagrada Familia en Nazaret debe ser nuestro modelo.
—¿Se imaginan a San José borracho y dando de palos a la Virgen?
¿Se Imaginan a San José perdiendo por la noche en la taberna lo que ganó
durante el día con el sudor de su frente? ¿Se lo imaginan?
Todos dicen que no.
—¿Se imaginan a los santos esposos riñendo e insultándose en la
cocina, o procurando cada uno comprar lo mejor para él sin preocuparse del
otro? El marido y la esposa tienen que amarse como si los dos no fueran más
que uno. etc., etc.
Luego discurrimos sobre las relaciones entre los vecinos: ayuda
mutua, perdón de ofensas reales o imaginarlas, frenar la lengua y dar a todos
buen ejemplo.
Asimismo ya es hora de que las hijas núbiles escojan su consorte
libremente, y no como se ha venido haciendo con demasiada frecuencia, que
los padres arreglan los casamientos de los hijos sin que estos tengan nada
que decir sobre semejantes arreglos. Ella es la que se casa, no el padre; y
ella es la que ha de tolerar de por vida la presencia del esposo.
Da pena oír a jóvenes casadas que se quejan de que tienen que cargar
con esposos que nunca quisieron ver ni pintados.

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Y finalmente vamos a levantar todos juntos un taller con herramientas
comunes que los jefes se encargarán de vigilar, y allí podrán hacer sus
barquichuelas, remos, kayaks, trineos y redes para el salmón.
Si cada uno tiene que comprar esas herramientas, no lo podrán hacer;
pero si todos escotan igualmente, comprarán un juego magnifico de
herramientas modernas que les faciliten el trabajo.
A todos les parece bien la idea y se va a poner manos a la obra. Lo
importante es evitar celos, evitar poner obstáculos a los demás y que nunca
sea usted el que empiece los líos y malas inteligencias.
Sigo hablando hasta que caigo en la cuenta de que se me repiten las
ideas y corta en seco. Pregunto si tienen objeciones.
Se oye el vuelo de una mosca en aquel silencio total hasta que un viejo
observa en voz baja que no hay más que añadir a lo ya dicho. Poco a poco
comienzan ellos a cambiar impresiones y yo me pongo a conversar en voz
baja con el vecino. Por fin se levanta la sesión.

Pensando en Navidad

Kalskag tiene unos 120 católicos. Las confesiones duran un rato que
pasa de rato. En la Santa Misa rezan y cantan admirablemente y se acercan a
comulgar en filas muy ordenadas y sin que falten más de dos o tres que
tienen que reformar un poco sus costumbres, como la prójima conocida y
algún otro.
Se me quejan que solo un año han tenido al misionero en Navidad, y
piden con ojos saltones que la pase con ellos este año. Les prometo so-
lemnemente y con muchos testigos que así lo haré —si vivo— y se ponen
alegres como niños con zapatos nuevos.
Vamos a tener unas Navidades por todo lo alto. La Misa del Gallo va a
ser algo fantástico. A los hechos nos atendremos.
Al empaquetar la maleta momentos antes de llegar el aeroplano me
entra una tristeza profunda al tener que dejarlos. Este continuo empaquetar y
desempaquetar maletas sin tener lugar fijo es cosa que me deprime
sobremanera y hasta me pone nudos en la garganta.

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Experiencia do vuelo

Cuando más alegre me encuentro con los cristianos, se oye el zumbido


del aeroplano correo que pasa todas las semanas por las aldeas pequeñas del
Kusko, y dos veces a la semana por las aldeas grandes.
Y luego no puedo ver el aeroplano sin que se me meta en los huesos
que nos vamos a estrellar dentro de 20 minutos. En el aeroplano rezo un
rosario tras otro, o hago simplemente oración.
Cuando hay viento y el avión avanza como borracho con ladeos y
cabeceas escandalosos, levanto los ojos al cielo y exclamo:
—Padre, en vuestras manos encomiendo mi espíritu.
Debo advertir que poco a poco me voy haciendo a volar. Se lo debo a
la gracia de estado; pues mis vuelos son por fuerza misioneros y en el
cumplimiento estricto del deber; y esto me pacifica los nervios.
También me ayuda mucho ver la calma del piloto que, mientras más-
se balancea el avión, más cerillas enciende y más pitillos consume.
Asimismo los eskimales que se sientan junto a mí, se duermen
infaliblemente, y es sumamente sedante verlos cabecear dormilones
mientras el aparato nos zarandea inmisericorde. En algunos vuelos el viaje
es tan monótono y nivelado que yo mismo cabeceo no poco; que ya es decir.

49
VII

El oasis de Aniak

La aldea de Aniak

Siguiendo río arriba y dejando aldehuelas insignificantes donde hay


por lo menos una familia católica, llegamos a la conocida aldea de Aniak.
La rodean montes cubiertos de vegetación sepultada en la nieve profunda
que acumularon allí borrascas sucesivas.
En el verano todo es verdura que sirve de descanso a la vista cansada
de la blancura del invierno. Abundan los osos negros que surten de mantas a
los eskimales con sus pieles tan calientes.
Detrás de la colina del noroeste se extiende la faja llana que separa al
Kusko del Yukón en cuya ribera se alza Holy Cross.
El aviador me dice que en 20 minutos me puede poner en Holy Cross;
pero aunque me agrada la idea, la desecho por ahora.
Al entrar en Aniak por primera vez, tengo que arremeter con lo que yo
más temo, y es el presentarse a las familias que lo están esperando a uno con
una interrogante Implacable.
¿Qué tal será el Padre nuevo? ¿Será ya viejo? ¿Será un regañón? ¿Será
generoso? ¿Será tacaño?
Créanme que se necesita un valor más que mediano para arremeter
impertérrito con lodo esto. Todas las caras son nuevas, y así aldea tras aldea
hasta que lleva uno algún tiempo entre ellos.
¡Cuántos pasos hay que dar hasta que se llegue a conocerlos a todos
por su nombre propio, y no sólo el nombre, que ya es en sí una tarea difícil,
sino los problemas familiares en que tiene que intervenir forzosamente el
misionero, corno matrimonios que necesiten arreglo, bautizos, conversiones,
adopción de huérfanos, etc., etc.

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Iglesia y habitación del misionero

En Aniak tenemos la mejor Iglesia del Kusko. Es más sólida y más


artística que la de Kalskag. Las gradas del altar tienen —por supuesto—
pieles de oso bien trabajadas.
Junto al altar hay una puerta quo da a la habitación del misionero que
hace a la vez de sacristía. En el suelo, junto a la cama, la piel de oso que
invita a pisarla descalzo. Hay también una mesa, pero sin silla. Un cajón
algo desclavado hace por ahora las veces de butaca. Hay una estufa,
naturalmente, y un cajón con platos y cucharas y hasta una sartén. Se ve a la
legua que los misioneros nunca se detuvieron aquí cosa notable.
A mí, en cambio, me encanta todo el conjunto y ya tengo visiones de
días placenteros gastados en este oasis que llenaría las ansias de paz del
inmortal fray Luis de León.
"A mí una pobrecilla —mesa de amable paz bien abastada— me baste
y la vajilla —de fino oro labrada— sea de quien la mar no teme airada… Y
mientras miserablemente se están los otros abrasando —en sed insaciable—
del no durable mando —tendido yo a la sombra esté cantando".
¡Con lo que me gusta a mí tararear mientras trajino silenciosamente en
los quehaceres domésticos!
Creo que la causa de que no haya mejores facilidades para cocinar en
la casa rectoral de Aniak es que a cien pasos se alza la venta donde una
familia del Estado de Tejas en los Estados Unidos tiene siempre mesa puesta
y bien aderezada, aunque los precios son un tanto elevados.

Un capitán retirado

El marido fue capitán en sus buenos días y le gusta hablar de la guerra.


La esposa aprendió de chica varias docenas de palabras españolas
jugueteando con niñas mejicanas que abundan en la frontera.
Antes de llegar yo a Aniak, hablaba español, o por lo menos se lo
había hecho creer lodos. Al llegar yo, lo olvidó y no se acordó más que de
varias expresiones.
Ella me llama «Padresito» y yo la llamo «señorita». Es un matrimonio
modelo. Si todos fueran así, el mundo sería un paraíso.
De sobremesa charlamos largo y tendido. El capitán retirado sabe

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perfectamente los planes de Rusia, los de Inglaterra y los del resto del
mundo en general.
Tenía ideas algo oblicuas sobre Franco que yo me encargué de
rectificar y que él aceptó después de la exposición tan convincente que le
hice.
Sabe cuántas divisiones de soldados tienen las distintas naciones y
cuántas pueden poner en pie de guerra si llegara el caso.
El único secreto que no ha llegado a desenterrar es el de la fabricación
de la bomba atómica. El porvenir de Alaska no encierra secreto alguno para
él.
Este buen señor trabaja como el que más; quiere bien a todos; no tiene
vicios y es un cocinero colosal.
Detrás de su casa se alza el almacén propiedad de un señor ya entrado
en años con quien es imposible aburrirse. El acento extranjero le delata; pero
por más que agucé el nido no pude identificarle con nación alguna conocida.

Samuel, el montenegrino

No pudiendo resistir más la curiosidad, le eché una indirecta y me


respondió que era montenegrino de nacimiento. Por entonces el emperador
austriaco mangoneaba los destinos de Montenegro.
Samuel, que así se llama nuestro héroe, emigró a Serbia y de allí a
Turquía donde se alistó como voluntario en el ejército de infantería.
Terminada la milicia visitó Egipto, que no le gustó. Visitó las cuencas
del Tigris y el Éufrates que tampoco le gustaron. Volvió al Mediterráneo.
Intentó fijar su residencia en la Rusia de los Zares, pero tampoco le
salió bien el experimento.
Por fin sacó pasaje en un barco que venía a los Estados Unidos. Esta
vez vio colmados sus deseos de ganar dinero y se quedó de este lado del
océano.
No ganó mucho que digamos; pero descargando mercancía en el
Éufrates ganaba menos; así es que se quedó aquí definitivamente. Siempre
en busca de pastos más verdes vino a parar al corazón de Alaska y lleva ya
en las riberas del Kusko más de 30 años.
Tiene una tienda en la que vende de todo. No es rico ni mucho menos;
pero saca lo suficiente para vivir independiente de todos.
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Nunca se casó ni lo piensa hacer. Sentados los dos en el mostrador con
las piernas colgando, le escucho un buen rato siempre que voy a la tienda a
comprar algo.
De vez en cuando alarga un brazo y toma dos botes de jugo de naranja
que bebernos pausadamente.
—¿Quiere un trago de aguardiente?
—No, gracias.
Se edifica mucho de mi sobriedad y templanza y luego se extiende
contentando los estragos de la borrachera entre los indígenas.
Un minero finlandés tenía licencia para vender bebidas alcohólicas
aquí al doblar de la esquina. Ante tantos desmanes la población se apiñó
contra la tal licencia y presentó al juez de Fairbanks una nota de ciudadanos
aniakenses que pedían se revocase la tal licencia. Y el juez la revocó.
El finlandés se quedó con un buen surtido de aguardiente en el sótano.
Un ella tuvo la debilidad de vender una botella sin licencia y dio con sus
huesos en la cárcel 90 días.

Un amigo de Kotzebue

Al otro extremo de la aldea está la tienda de la omnipresente


Compañía Comercial Norteña.
La regenta mi amigo Ernesto, natural de Dantzig en el antiguo
corredor polaco, que vivía en Kotzebue cuando yo anduve por aquella
región. Es católico y se alegra de verme.
Me invita a cenar, y al salir me entrega un bulto con varios tarros de
alimentos escogidos.
Ernesto viene a mi cocina y charlamos sobre Kotzebue donde le serví
de intermediario con el padre de Federica.
Al padre no le parecía del todo mal el casamiento; pero Federica me
mandó decirle que si volvía a presentarse delante de ella, le asestaría un
puñetazo en los mismísimos dientes. Ernesto desistió definitivamente y
sigue solterón con los cabellos tirando a canos.
Se ha puesto una dentadura postiza y mastica las palabras de modo que
pierdo una buena parte de la conversación. Menos mal que tomo la palabra y
no la dejo en largo rato.

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Ananías, el que mató a su mujer

El Vicario de Aniak es un tal Ananías eskimal puro, sexagenario, pero


rollizo y con bríos para todo. Sin Ananías me moriría yo de aburrimiento. Él
es el que me trae leña y agua y me ayuda la Misa.
Él me pone al tanto de todas y cada una de las familias de la aldea y
aldehuelas limítrofes. Los conoce a todos perfectamente.
Fue de los primeros que se educaron en Holy Cross cuando el difunto
obispo Cremont era Padre inspector a secas y luego Superior de la casa,
joven y lleno de energías.
Ananías y su esposa formaron el matrimonio ideal. Dios les bendijo
con una prole también. Gracias a esta circunstancia Ananías vive todavía.
Porque es de saber que un día —hace de esto cuatro años— Ananías y
su esposa cayeron en la tentación de beber aguardiente y se embriagaron.En
estado de embriaguez cantaban y hacían niñerías hasta que a ella le dio por
salir afuera a ver qué pasaba por el mundo. Él se opuso a que saliera; pero
ella insistió. Salió en efecto riéndose y tambaleándose.
Ananías tomó el rifle —en bromas, claro está— y apuntando acá y allá
en bromas intimó a su mujer que entrase en casa cuanto antes.
En estos manoseos se disparó el rifle y la bala atravesó el cuello a la
infeliz mujer que murió a los pocos minutos pronunciando el nombre de
Jesús.
Ananías fue juzgado en plenos tribunales con doce miembros del
jurado que le sentenciaron, no por homicida, pues era de todos conocida la
armonía que reinó siempre entre los dos esposos, sino por haberse
embriagado y haber puesto en peligro las vidas de los ciudadanos.
El juez le dio tres años de cárcel en los Estados Unidos donde Ananías
pasó cosa de ocho meses. El departamento de Justicia le puso en libertad
condicional hasta que se cumpliesen los tres años. ¡Qué tragedia tan
espeluznante!
Hoy Ananías se esfuerza por reparar el escándalo portándose en todo
como un santo.
La pesadilla del disparo le persigue por doquiera; pero yo le convencí
que lo mejor que puede hacer es olvidarlo, si no es cuando se le presente
ocasión de volver a echar un trago. En el pecado llevó la penitencia, además
de la que ya purgó tanto en la cárcel como en la vergüenza que le da
presentarse delante de la gente.
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Le hago cambiar de conversación y me entretiene con hazañas más
humanas y más amenas. Dice que quiere acabar sus días ayudando al
misionero en todo lo que pueda, y eso es lo que está haciendo.
Un día fue por las casas proponiendo la idea de que si todos daban 50
céntimos, reunirían lo suficiente para pagar mi viaje desde Kalskag. Reunió
22 pesos que me entregó religiosamente.
Este es Ananías el Vicario de Aniak a quien verán ustedes en la gloria
si viven como él lo está haciendo al presente,

Las vicarias

En Aniak como en todas las villas alaskanas no podía faltar la Vicaria.


Hasta hace poco lo fue María, una vieja tan vieja que todos se pasman de
que aún se tenga en pie; pero yo la relevé del cargo nombrándola
entrenadora de Anastasia, una recién casada que se educó en Holy Cross y
tiene más talento en el dedo meñique que la vieja María en toda la calavera.
Ninguna familia me ha recordado la casa de Lázaro, Marta y María en
el Evangelio como la de Anastasia.
Tiene una hermana, Sofía, de 18 años muriéndose de tuberculosis, y
viven en casa de su hermano Iván. Como Sofía se estaba muriendo,
Anastasia vino a ayudarla en sus últimos días con el permiso de su esposo
radicado en Kalskag.
Una casa limpia con amplia cocina y un dormitorio. Sofía sentada en
la cama, jadeando, pálida, delgadísima, ojos grandes muy tristes y
meditabundos. Anastasia en pie haciendo las labores sin dar paz a la mano.
Iván entra y sale. A veces va al bosque y está tres días cortando leña.
Los tres se educaron en Holy Cross. Anastasia va a Misa y comulga
todos los días. Dirige las oraciones y los himnos.
Cuando sabe que yo no estoy en casa, se cuela calladamente y recoge
toda la ropa sucia que halla. A los dos días aparece toda bien lavada,
planchada y doblada sobre el cajón que me sirve de silla. La ropa de iglesia
viene almidonada y dobladita que es un primor.
Si me ve ir a la venta a cenar, llama pronto a alguna vecina y me
barren la iglesia y la habitación que no hay más que pedir.
Todos los días después de Misa llevo la Sagrada Comunión a Sofía.
Un día le di la extremaunción. Por las tardes las visito y entretengo con

55
narraciones espirituales acomodadas a una enferma que está a punto de
presentarse ante Dios. Para variar un poco, mezclo anécdotas un tanto
amenas que las hacen reír.

Resultado de una novena

Un día encontré a Sofía sola, sentada como siempre, pero con la


respiración alarmantemente pesada, muy triste y en un decaimiento más que
regular.
Hablando hablando convinimos en que era una pena morirse a los 18
años, siendo así que ella podía ser a la vez organista, catequista y Vicaria
general en ausencia del Padre.
—Mire, —la dije— Dios puede curarla a usted en un periquete si
quiere y si ve que es conveniente para usted. Conozco a una monja tan
amiga de Dios que obtiene de El cuanto le pide. Es una monja que nació
aquí a dos pasos de nosotros, en el Canadá, y murió hace pocos años. Se
llamaba Dina, pero al profesar recibió el nombre de Sor María de Santa
Cecilia. Vamos a hacer una novena poniéndola a ella por intercesora. Usted
se compromete a ayudar al misionero en todo lo que pueda, si sana.
Sofía me clavó unos ojos grandes y tristes y dijo que si con voz
apagada, pues ya no tenía fuerza ni para levantar la voz.
Tomé la pluma y escribí con letra clara en un papel que hallé a mano
una oración que ella había de rezar todos los días, terminándola con el
Padrenuestro, el Ave y Gloria.
El resultado no pudo ser más satisfactorio. Sofía mejoró, se levantó y
hasta salió a la puerta a espaciar la vista por los montes circunvecinos.
Algunas noches las visitaba yo y me escuchaban historias largas
inverosímiles que, recitadas en voz baja a la luz moribunda de una vela,
parecían ecos lejanos de algo misterioso y encantado.
Sofía, ahora en franca mejoría, disfrutaba lo increíble y quería más,
más y más.
Al cabo de tres años de languidecer en aquella cama con horas eternas
de soledad, zozobras, dolores y silencios sepulcrales Sofía, que se sentía
ahora mejor, experimentaba sensaciones inefables, de gozos que ella no
había más que barruntado en aquellos años de malestar sempiterno.
Como vi el bien que esto la hacía, las historias no llevaban camino de
acabarse nunca. Por las mañanas, después de la comunión, me hacían
56
quedarme con ellas para desayunar.
Me contaban que la noche anterior tardaron mucho en dormirse,
riéndose como bobas de tal y tal escena que salió en la narración. Lo que
más las intrigaba era el saber si las historias eran ciertas o inventadas.
Preguntarme a mi eso, es como preguntar la edad a una señora. No hay
modo de sonsacármelo. La historia es historia, y el que no lo crea, con su
pan se lo coma.
Iván, se me había olvidado decirlo, está sordo como un poste; así que
se nos quedaba dormido en la silla a los cinco minutos de narración.
En otras casas (y las visitaba todas regularmente) nunca logré romper
del todo la cáscara e intimar como lo hice con las Vicarias. Gente buena
toda ella, por supuesto, pero algo distante.
En las casas de no católicos, la frialdad del hielo quema en
comparación con la que hallé al visitarlas.

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VIII

Los «Asambleístas de Dios»

Imitando al Señor

Cuando Jesucristo evangelizaba las aldeas judías, topaba con caras


hostiles y ceños fruncidos. Se encontraba con familias suspicaces que no
acababan de entregarse.
Hallaba grupos buenísimos, pero tan ignorantes y tan faltos de
delicadeza que no encontraba en ellos ni inteligencia mutua ni expansión.
Con tremenda tenía que batirse en batallas campales con los fariseos y
demás gentuza que le insultaban, apedreaban y buscaban el modo de darle la
muerte. Jesucristo, con aquel corazón reventando de amor y bondad;
chorreando amabilidad, mansedumbre y delicadeza; ansias abrasadoras de
instruir, alentar, redimir y salvarlos a todos, al verse frustrado y al no hallar
amigos en Su derredor, respiró y se regocijó al hallar a Lázaro, Marta y
Marta que le entendían, le querían, le esperaban, le regalaban cuando venía
y se dolían de que los dejara.
Cuando en Jerusalén todo era argüir, y enemistarse y ayunar,
Jesucristo doblaba la colina y pasaba a Betania a la casa de sus amigos
donde entraba con toda confianza, se sentaba, se expansionaba, comía en la
intimidad y los entretenla familiarmente con conversaciones de cielo.
El misionero —que es o debe ser otro Cristo— aunque conservando
siempre las debidas proporciones, pasa por situaciones muy parecidas en sus
excursiones apostólicas.
Se encuentra con caras hoscas, actitudes hostiles, ignorancia,
indiferencia y también con almas buenas y delicadas que compensan en
cierto modo la pesadumbre que causan las primeras. Es una regla sin
excepción.
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Una primera comunión con banquete

En la escuela de Aniak casi todos los escalares son católicos. Al salir


de la escuela vienen todos a mi cuarto como una tromba y me lleva por lo
menos diez minutos sentarlos a todos en su sitio y tenerles callados.
Vienen a la doctrina. Tienen buena memoria y bastante buenas
entendederas, hasta el punto de maravillarme.
Escojo a cuatro niñas pobrísimas que no han hecho aún la primera
Comunión y las preparo debidamente para ello. Anastasia y compañía las
visten de blanco con una corona de rosas artificiales en las cabecitas que las
convierten automáticamente en ángeles terrenos inmaculados.
La maestra toca el órgano en la Misa de primeras Comuniones, y
predico un sermoncito lo mejor que puedo hacerlo.
Entra en aquellas boquitas la Hostia santa y yo pido a Jesús muchas
cosas buenas para aquellas almas inocentes que pronto se tendrán que
enfrentar con la vida dura de las montañas del Kusko.
La víspera avisé al ventero que preparase el desayuno más opíparo
imaginable y que yo lo pagaría. Cinco platos con manteles, servilletas y
hasta floreros artificiales.
Al salir de Misa tomé a las cuatro pichoncitas y nos dirigimos a la
venta donde nos hallamos en presencia de una mesa lo que se dice regia. En
vez de cinco platos, habla seis.
El ventero quiso tomar parte en el homenaje. Huevos fritos, torreznos,
chuletas, mantequilla, café con leche y azúcar y...
—¿No comen más? Coman más, que todavía queda.
Dos o tres veces pasó como ráfaga por mi mente el pensamiento de
que la cuenta iba a ser tan exageradamente elevada que me iba a dejar sin un
cuarto. Me consolaba el pensar que aquellas niñas habían banqueteado
siquiera una vez en su vida: el día de su primera Comunión.
Cuando llevé la mano al bolso para sacar la cartera, el ventero me
agarró por la muñeca y con un meneo de cabeza me dijo que la pagaba él;
que de sobra sabía el que lo que yo buscaba era ganar cielo con semejante
acto de caridad; que también él tenía derecho al cielo.
Le oí todo esto con una sonrisa bonachona y cortamos pronto por lo
sano: yo agradeciéndoselo y él encantado de lo hecho. Hay gente buena en
los rincones donde menos lo podía uno esperar.

59
Vida católica en Aniak

La población católica de Aniak responde satisfactoriamente a mis


labores evangélicas. Quiero decir que se acercan a los Sacramentos con
frecuencia y vienen todas las noches a escucharme la explicación del
catecismo que tenemos después del rosario.
Sigo el método consabido de pasearme desde el altar hasta la puerta
con paradas estratégicas cuando quiero insistir en algún punto que considero
esencial.
¿Qué les diría Jesucristo a estas pobres gentes si saliese del sagrario y
les hablara como lo estoy haciendo yo? ¿Cómo se lo diría?
Pues eso es lo que me esfuerzo yo por hacer al verme delante de la
pequeña multitud apiñada en los bancos mirándome con ojos saltones.
Cuando terminamos y se van a sus casas, me examino ante el altar
para ver si realmente lo hice así, o si busqué impresionarlos favorablemente,
o peor aún si me dejé llevar del mal genio al condenar abusos, y así por cl
estilo.
Al condenar el pecado se corre peligro de hacerlo como si realmente
se odiase al pecador; que son dos cosas muy distintas.
Los católicos de Aniak han perdido el miedo a la confesión sin que me
quepa de ello la menor duda, pues tuve que echarles el alto cuando vi
asustado que venían al confesonario todos los días.
¡Ni tan calvo que se le vean los sesos! Porque haya fiesta en el cielo
cuando un pecador hace penitencia, no vamos a andar rebuscando
imperfecciones recónditas y confesarlas para que las bandas de música
funcionen día y noche sin cesar. No seamos tan exigentes y dejémosles que
descansen un poco allí arriba.
Con todo seguí sentándome diariamente en el confesonario y hubo
almas de Dios que se empeñaron en mantener a los ángeles en una fiesta
perpetua. Sea Dios bendito por todo. Vaya por los tibios y fríos que sudan
pez las pocas veces en la vida que se acercan al confesonario.

Presencia protestante

Aniak tiene un campo de aviación magnifico donde bajan a tomar un


respiro los aviones que cruzan el interior de Alaska. Hay hileras de casas de
empleados del Gobierno que mantienen el servicio aéreo en condiciones
60
excelentes.
Donde quiera que haya un grupo de blancos, no puede faltar una
capilla evangélica de alguna de las 250 sectas protestantes que no sé por qué
han de llamarse protestantes, pues difieren entre sí como un huevo y una
castaña.
Si los luteranos y los de las Asambleas de Dios son protestantes,
entonces los budistas y los musulmanes son también protestantes.
En rigor se podría dividir el mundo en catolicismo y no catolicismo.
Una vez que dejan de ser católicos y se adhieren a «otra cosa», esa cosa no
importa mucho que sea luterana, sintoísta o una resurrección de los antiguos
druidas. La verdad es una e indivisible.
No nos meteremos aquí a discutir lo que Dios hará o dejará de hacer
con los no católicos en buena fe; entre otras razones porque la Iglesia no lo
ha definido.
Hará cosa de dos años levantaron en Aniak, una capilla las miembros
de una religión que se llama «Asambleas de Dios» que pasan ante el vulgo
como protestantes.
Pusieron allí dos señoritas repletas del Espíritu Santo, una con título de
enfermera y otra con poderes de sacerdotisa.
Una vez al año las visita un pastor para inyectarles una buena dosis de
sagrada escritura y tener una especie de Misión por espacio de dos semanas
o cosa así. Coincidió mi visita a Aniak con la del buen pastor.
Debo advertir que al confiarme a mí el Señor Obispo la cura de almas
de todo el río Kuskokwim, no hay alma en este río que caiga fuera de mi
jurisdicción sacerdotal y tengo que dar cuenta a Dios de la salvación o
condenación de todas y cada una de ellas.

Una charla con el pastor

Mo encontré un día en la venta con dicho pastor. Es un sujeto esbelto y


guapísimo como de unos 45 años. Tiene una pronunciación impecable y
habla como quien está más acostumbrado a persuadir que a escuchar.
Le dije que desearía charlar con él. Me invitó al punto a su casa y
fuimos juntos como dos primos.
Al entrar, las dos señoritas muy amables dejaron los quehaceres y,
después de las presentaciones de etiqueta, nos sentamos patriarcalmente

61
alrededor de la estufa con unas caras de risa angelicales.
Torné la palabra y expuse mis creencias comenzando por la existencia
de Dios.
Por espacio de diez minutos asintieron a toda hasta que entré por el
campo vedado de la Eucaristía. Aquí, torcieron el rostro y se entristecieron.
Lo sentían, pero tenían que disentir.
Pasé con ellos toda la tarde. El pastor realmente nunca estudió gran
cosa. Su profesión fue la de cocinero en diversos campamentos de
serradores en las selvas del Oeste.
Pero el Espíritu sopla donde le place y un día le sopló a él tan
rectamente que dejó la cocina y se convirtió en pastor protestante. Lleva en
el bolso el libro del Nuevo Testamento que se sabe poco menos que de
memoria. Como mencionase yo una vez a Lotero, se me descolgó con la
filípica más furibunda contra los luteranos a quienes condenó al infierno por
toda la eternidad.
Dijo que los luteranos han corrompido el espíritu divino de la Sagrada
Escritura. El pertenece al grupo de Asambleístas de Dios.
Este grupo es aún algo vago, pero es la resultante de la fusión de otros
grupos que a partir de la primera guerra mundial fueron repletos del Espíritu
Santo, en los campos de batalla y cruzaron luego el Atlántico trayendo a
estas latitudes al divino Espíritu que a su vez se posesionó de grupos locales,
principalmente al sur y en el centro de la nación.
No levantan iglesias costosas ni menos catedrales.
Su vocación es recorrer el mundo y persuadir a la humanidad que
caiga de rodillas, crea en la divinidad de Jesucristo, acepte la remisión total
de sus pecados lavados en la sangre del Gólgota, escuche el susurro del
divino Espíritu que nos da el sentido genuino de la Sagrada Escritura y, una
vez que haga eso la humanidad, los Asambleístas cumplieron su cometido y
no se cuidan de que luego la gente se haga católica o luterana o
mahometana.
Realmente es una lástima que no den un paso más y acepten el dogma
católico; porque tienen un cimiento magnifico sobre el que podrían edificar.
Pero no; tienen que quedar truncados y pararse a medio camino. Por
eso son herejes.
¡Qué pena, que a todas las razones que les daba yo para probar la
Eucaristía, o la confesión, o el purgatorio, o lo que fuera, se agarraban a
respuestas de cliché y no había modo de apearlos!
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¿Pastores de buena fe?

Hablando una vez con un empleado del Gobierno en Bethel, salió a


plaza la religión. Él no tenía ninguna por la sencilla razón de que descendía
de pastores protestantes.
Aventuré la opinión de que los tales pastores están de buena fe; pero
me salió al paso negándolo rotundamente. Dice que convivió con ellos y los
ha visto de cerca.
Afirmó que son una partida de holgazanes y zanganeo que se ganan la
vida sin trabajar y se dejarían matar antes que alterar el estado actual de las
cosas.
Otro blanco, hijo de un pastor luterano, es ateo militante. Dice que su
padre le obligó a sentarse horas y más horas en la iglesia oyendo tales
vaguedades y tales majaderías que juró echarlo todo por la borda tan pronto
corno llegase a mayor de edad; y así lo hizo.
Parece que los hijos de los pastores son los menos religiosos.
Un blanco me dijo que la Iglesia católica demuestra sensatez al
prohibir a los sacerdotes casarse y llenar de ateos las poblaciones. Pero no
nos hemos despedido aún de Aniak.

Oración patética

Mi pastor toca la campanilla por la noche y se reúnen en su iglesia


varias personas que flotan a merced de los vientos; más blancos que
eskimales.
Pregunta desde el estrado (no tienen altar, por supuesto) quién quiere
recibir a Jesús.
Todos se quedan pegados en los asientos sin osar respirar.
De píe y con los brazos extendidos, mirando al techo en actitud
estática lanza a los aires una oración patética pidiendo al Espíritu Santo que
descienda, que no se haga el sordo, que se apresure, que caiga sobre toda
aquella asamblea y los llene y los purifique y los salve.
Me contaron los que lo presenciaron que a veces pasan horas de
súplica a voz en cuello antes de que se obtengan resultados visibles. Por fin
uno o dos gritan que el Espirito ha bajado a ellos.
El predicador entonces adopta posturas extravagantes y se excita y
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exalta hasta que queda del todo afónico.
Estos asambleístas parecen ser una rama desgajada de los llamados
«Holy Rollers», que no sé cómo traducir inteligentemente, pero que a la
letra quiere decir «revolcadores santos»; porque, cuando en sus asambleas
cae sobre ellos el Espíritu Santo, se revuelcan como picados por víboras y
gritan en lenguaje ininteligible; y como a veces el Espíritu cae a la vez sobre
un grupo considerable, se arma una algarabía infernal muy común en
cualquier población de los Estados Unidos.
Si los españoles conocieran mejor el estado de degeneración a que ha
venido a parar el protestantismo, no se multiplicarían por España esas
capillas evangélicas que empiezan siempre con algo aparentemente bueno, y
luego se descomponen putrefactas y lo llenan todo de confusión, vaguedad,
escisiones familiares y el caos,

¡Salvación asegurada!

El pastor de Aniak me dice que ha encontrado muchos pastores de


diversas sectas que se irán al infierno irremisiblemente. Lo mismo le ha
acaecido con sacerdotes.
El conoce enseguida quién está salvado y quién no lo está. Con
inefable placer me regaló el oído afirmando categóricamente que yo estoy
salvado. Lo sabe él con solo mirarme.
Replico que si yo lo afirmase sin revelación genuina sería un hereje
corno él; pero le he entrado por el ojo derecho y no hay modo de con-
vencerle: yo estoy salvado.
Insisto con textos bíblicos que no podemos saber si nos salvaremos o
no, aunque lo esperamos confiando en Dios; pero los Asambleístas son cosa
diferente.
Él está salvado con certeza matemática. ¿Quién puede dudar que dos y
dos sean cuatro? A los judíos los condena en masa.
Iba a predecirme la fecha aproximada del Juicio final; pero ya
llevábamos tanto tiempo departiendo que presentí más horas de asentada y
propuse dejarlo para otro día.
Lo sintió, porque al día siguiente pensaba salir para el sur de Alaska
donde tienen otra Iglesia como esta.

64
Etiqueta de las despedidas

Así y todo me excusé y se levantó la sesión. Aquí cometí un error del


que me quiero acusar en público. Todos han experimentado lo que es a
veces poner fin a una visita etiquetesca.
Hay cinco reglas que, si se cumplen, ponen fin a toda visita con un
primor inefable, y son éstas: a) levantarse; b) darse la mano; c) decir adiós;
d) caminar hacia la puerta; y c) cerrarla por fuera.
Cualquiera de estas cinco reglas que no se cumpla, es causa de que la
visita se eternice. Yo llegué a la puerta, pero no la abrí. ¡Ahí estuvo el
pecado!
De pie los cuatros como cuatro golondrinos charlamos
inacabablemente. Nos pusimos muy cariñosotes y todo era ponderar la
bondad de Dios y el poder redentor de la sangre de Jesucristo.
Me preguntaron por qué no permitía a mis feligreses que asistieran a
sus funciones de Iglesia.
Respondí con bocanadas de risa que la única Iglesia verdadera era la
católica, y con esto me incliné, abrí la puerta y la cerré por afuera.

Psicología de las discusiones

Este buen señor se fue por ahí haciéndose lenguas de la amistad que
había contraído conmigo.
Acostumbrado a disputas acaloradas en que ninguno cede aunque no
fuera más que por amor propio, se llevó una impresión extraña al verme
escucharle tan paciente sin interrumpirle, lo que le hizo sospechar que yo
asentía.
Cuando me llegó la vez, como lo hice sin voces ni aspavientos, le
gustó la manera y así debatimos horas enteras.
Oyó lo que yo tenía que decir, lo negó, le urgí, lo volvió a negar,
insistí, insistió él, no hubo más.
Le escuché, se lo negué, insistió, insistí yo, pasamos a otra cosa. Todo
con una paz inalterable
Debemos convencernos de que las conversiones son obra de la gracia,
y esta se alcanza mejor ayunando, venciéndose, mortificándose y viviendo
muy unidos a Dios.
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Decía yo para mis adentres mientras debatíamos:
Si algún alma buena se estuviera disciplinando ahora y Dios aplicase
la disciplina por la conversión de estas tres almas, tal vez nos cantase otro
gallo.
Pudiera ocurrir, digámoslo para consuelo nuestro, que la semilla allí
sembrada produzca el ciento por uno a su debido tiempo. ¡Quién sabe!

Amabilidad… intransigente

El error más común hoy día entre las masas norteamericanas es que
todos los cristianos, a pesar de las diferencias que llaman accidentales como
es el pertenecer a esta secta o a la otra, vamos por caminos que nos llevan
directamente al cielo.
Todas las sectas son caminos que con más o menos rodeos nos llevan a
Dios. Entre esas sectas Incluyen al Catolicismo.
Esta herejía ataca incluso a muchos católicos poco instruidos que lo
creen con toda sinceridad y necedad.
Es lo primero que procuro yo desbaratar en mis instrucciones
religiosas.
A Dios hay que servirle y adorarle, no como a nosotros se nos antoje,
sino como a Él le agrada que lo hagamos; y Él se dignó revelarnos el modo
y manera por medio de Jesucristo que estableció la Iglesia con poderes
absolutos para iluminarnos y guiarnos a todos en este punto.
Esa Iglesia es la que desde Pedro continúa inmaculada hasta Pio XII y
continuará hasta el fin de los siglos, sin sectas, sin vaguedades, sin
revolcarse por los suelos y chillar como locos en reuniones religiosas, sin
sancionar el divorcio que permita nuevas nupcias, y sin quitar un segundo
de tiempo a la eternidad del infierno en el que no creen la mayoría de los
protestantes.
El año pasado pasaron de cien mil los que se convirtieron al
Catolicismo. La vaguedad fría del protestantismo no llena los corazones que
se conservan aún puros, sinceros y nobles.
Hoy más que disputas acaloradas, se usa el sistema de charla íntima y
amistosa con miras a esclarecer ideas.
Es un hecho que, cuando en las discusiones se alza la voz, la luz se
apaga y no queda más que humo y calor. Pero lo que se busca es luz.

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La amabilidad de la charla no tiene nada que ver con
contemporizaciones. Cuando el error y la verdad se ponen frente a frente no
caben actitudes ambiguas ni gestos de colaboración.
La Iglesia católica es la única verdadera. Si afirmarlo es ser tachados
de fanáticos e intransigentes, lo somos y nos gloriamos de ello.

67
IX

Magraz, en el corazón de Alaska

De Aniak a Magraz

Pero estamos aún en Aniak, aunque la vamos a dejar por unos días. Mi
«parroquia» se extiende hasta McGrath (se pronuncia Magraz)
en el corazón de Alaska o poco menos.
Con las maletas listas esperé al bimotor que pasa por Aniak camino de
McGrath dos veces por semana.
Es un avión magnifico capaz de acomodar 20 pasajeros y una carga
considerable de mercancías. Puede uno pasearse por él y desperezarse sin
peligro de tocar el lecho.
Salimos de Aniak al oscurecer y cruzamos cadenas de sierras cubiertas
de nieve, una tras otra en sucesión ininterrumpida sin acabar nunca de
llegar.
¡Qué extensiones tan inmensas de terrenos deshabitados y, lo que es
peor, inhabitables!
Valles profundos que se retuercen doloridos entre montes nevados,
con faldas más o menos largas algunos y cortados a tajo otros, uno tras otro,
dominados de vez en cuando por algún pico terminado en cono perfecto,
indicador del volcán que se apagó hace acaso cuatro mil años. Más picos y
más valles estrechos como callejones.
El avión zumba sobre las nubes que se van espesando e impiden seguir
distinguiendo más valles y más picos coronados de nieve. Todo aquello es
obra de la naturaleza no tocada por el hombre.
La huella humana se distinguió perfectamente al divisar las hileras
simétricas de luces que alumbraban el aeródromo.
El piloto debe ser un maestro en el arte de aterrizar, porque nos posó
tan insensiblemente que no pudimos advertir el momento en que las ruedas

68
tocaron la pista de cemento. ¡Un viaje perfecto!

Un recibimiento frío

Aunque había yo enviado un mensaje anunciando mi llegada, noté con


extrañeza que no había ni un alma esperándome. Tuve que arremeter con ese
problema que a mí tanto se me atraviesa de presentarme solo, hablar mucho,
darme a conocer, ganar amigos, preguntar unas dos mil cosas, etc., etc.
Fui a la venta donde me informaron que las señoras estaban en una
asamblea en la biblioteca pública, discutiendo varias mejoras sociales. Los
varones estaban ocupados cada uno en su oficio.
En general es buena señal tener un recibimiento frío. He notado en mis
excursiones misioneras que cuando el recibimiento es frío, luego se torna en
caliente; mientras que, cuando es caliente, no siempre permanece a
temperatura elevada.
Pregunté dónde estaba la iglesia. Me dijeron que al otro lado del
aeródromo: que no se veía porque era de noche.
Pregunté si habla acomodo en la iglesia para alojarme. Se me
respondió que no.
Me preguntaron si quería cenar. Respondí que ya lo había hecho;
muchísimas gracias.
Salí a dar una vuelta, pero volví pronto a la venta, pues no hallé más
que casas a oscuras y mucha nieve a su alrededor. A las once me acosté. A
medianoche llaman a mi cuarto con insistencia.
—¡Vaya! —me dije—, ya tenemos una extremaunción.
Era una mestiza que se educó en Holy Cross. Acababan de salir de la
biblioteca donde habían discutido mejoras sociales desde las siete y cuarto.
Lamentaba que por ese motivo no me hubieran recibido en el
aeródromo. ¿A qué hora sería la Misa?
Pregunté a mi vez dónde sería la Misa. No supo responderme y lo
dejamos todo para la mañana siguiente.
Amaneció Dios y me levanté sin la menor idea de lo que me esperaría.
En aldeas de eskimales yo hago de mi capa un sayo.
McGrath es un pueblo de blancos con algunos mestizos y casi ningún
indígena puro. La hija de la ventera me llevó a una casa católica donde dije
Misa con toda paz. Luego volvimos a la venta y desayunamos en la intimi-
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dad de la cocina, más como miembros de la familia que como huésped.

Juan el mecánico y su mujer

Y ahora se precipitan los acontecimientos. Mientras sorbíamos café


con leche entra impertérrito Juan el mecánico que me agarra la mano y me
hace crujir los huesos.
—Este es el Padre nuevo, ¿eh? Véngase a mi casa que le tiene que
hablar mi esposa.
Quise pagar antes a la ventera, pero se negó a aceptar dinero de un
misionero errante. Más aún, la venta era mía y podía entrar y salir a mi
placer.
El mecánico me llevó a su casa donde su esposa me clavó la mirada y
me midió de arriba a abajo como se mira una pintura en un museo.
Juan se excusó de tener que ir al taller y quedamos su esposa y yo en
la cocina, mirándonos como dos gatos monteses. Por fin rompimos a
charlar.
A las doce volvió Juan tiznado y grasiento, pero en un santiamén se
lavó y quedó limpio que daba gloria verle.
Durante la comida la conversación se hizo general y nos entretuvimos
admirablemente bien. Volvió Juan a salir como un relámpago y yo ayudé a
la señora a limpiar los platos que ella fregaba.
Al fin se me vuelve sonriente y da gracias al cielo. Confesó que había
estado con verdaderos temblores de cuerpo y alma. No está bautizada; pero
desea hacerse católica. Lo desea con verdadero anhelo.
Lo que más la atemoriza es tener que tratar con un sacerdote. Trató
algo al Padre Manager, pero ahora la venían con otro Padre nuevo.
Pensó que el nuevo sacerdote sería serio, muy serio, muy serio, frío,
distante, fanfarrón y con aires de suficiencia que la alejarían definitivamente
de la pila bautismal.
Una vez en los Estados Unidos se acercó a un sacerdote que llevaba un
traje tan pulcro y tenía unos modales tan excesivamente correctos y finos
que ella, pobre criatura, se asustó y se volvió atrás.
A mí me perdió el miedo en seguida. Me enseñó la casa. Es una casa
del Gobierno, porque Juan trabaja para el Gobierno como mecánico jefe del
campo de aviación con tres o cuatro ayudantes que mantienen en buen
70
estado las complicadísimas maquinarias de este centro importante.
Hay cuatro hileras de casas de empleados. Todas las casas son iguales:
amplias, limpias, bien amuebladas y hasta con cuarto de baño y agua
corriente fría y caliente.
La buena señora, que nunca ha tenido hijos aunque se los ha pedido a
Dios, me toma por hijo y me acomoda en una habitación donde guarda los
tiestos de geranios y otras flores.

La capilla católica

Salgo a ver el pueblo ahora que es de día.


Atravesado el aeródromo doy con la capilla católica que es un
armazón de metal cubierto de madera pintada como los que usó el ejército
yanqui para cuarteles temporales durante la guerra. Tiene 36 pies de largo
por 16 de ancho.
Una señora de Chicago donó el altar que por cierto es muy lindo y
muy artístico. El altar está desnudo y no hay en la capilla ni un mantel.
Detrás del altar hay un tabique con una puerta por donde se entra al
cuartito donde con el tiempo tendré la cama y la cocina. Hoy por hoy está
vacío aunque no de trastos y polvo.
Con el altar portátil que llevo arreglé convenientemente el altar y al
día siguiente empecé ya a celebrar allí con toda formalidad.
La gente se fue enterando de que el Padre había llegado y poco a poco
nos fuimos entrevistando.
McGrath no es una población católica ni mucho menos. Hay, si, no
pocas personas bautizadas en la Iglesia católica; pero han estado sin sacer-
dote muchos años y las consecuencias son fáciles de sacar.
Después de la escuela por la tarde logré reunir ocho niños para el
catecismo. Una niña algo mayorcita y muy lista tuvo sesiones particulares y
la preparé para la primera Comunión.
Durante la semana venían cinco o seis personas a Misa que
comulgaban infaliblemente. Los domingos reuníamos un grupito considera-
ble; todos bautizados.
Después de la Misa del domingo nos llevaba en masa el tabernero a su
taberna y nos embutía de rosquillas caseras y café con leche.
Este tabernero tiene el pecho más ancho y saliente que he visto en mi
71
vida, y dentro late un corazón generoso de verdad. Con un poco de cultivo
espiritual llegaría a ser cosa buena.
Todos se disputaban el honor de invitarme a su mesa. Raro fue el día
que comí con los mecánicos donde me alojaba; tanto que la señora se llegó a
sulfurar y exigió que me sentase también a su mesa.
Sin embargo este estado de cosas no es el mejor para el misionero que
debe tener casa propia y cocina en toda regla.

Catequesis de adultos

Todas las noches a las nueve venían los adultos a la casa del mecánico
para asistir a las instrucciones que yo les daba.
El piso estaba cubierto con una alfombra limpísima. Bombillas de luz
eléctrica por todos los rincones.
Sillas cómodas y algunas butacas con ceniceros, pues todos y cada
uno, hombres y mujeres, fumaban cigarro tras cigarro sin darse casi cuenta
de que fumaban.
A mí me hacían sentar en el centro como el Niño Jesús entre los
doctores del templo, aunque ni ellos eran doctores ni era yo niño.
Desde las nueve hasta las once y media exponía yo un punto de
doctrina: uno de los Sacramentos, o Mandamientos, o la contextura de la
Iglesia, la Misa, etc., y ellos hacían observaciones sobre lo expuesto.
Bien pronto advertí que con la esposa de un aviador no valían asertos
al tun lun. Todo lo inquiría e investigaba minuciosamente, y todos
respirábamos cuando al fin asentía complacida y decía muy ufana:
—Ahora lo veo.
Otra señora bautizada en la secta presbiteriana, pero ansiosa de hacerse
católica, hilaba también muy fino y lo cribaba todo hasta dejar el grano puro
y limpio de toda paja.
Entonces di gracias a Dios por los años de formación intelectual; por
los años de filosofía y Teología que se me habían hecho largos, pero que
ahora vi que no lo hablan sido; por el estudio serio y la lectura seria de
libros de apologética que ahora me capacitaban para satisfacer la sed
legitima de Dios que estos buenas gentes mostraban.
Todos quedaban satisfechos y animados.
Dando un paso más, les hablé también de las vidas de los Santos que
72
les pusieron ante los ojos horizontes nuevos y nunca soñados.
A las once y media sacaban unas bandejas con bizcochos y chocolate y
cuando el reloj daba las doce ya teníamos los labios limpios con las
servilletas de papel que son aquí tan corrientes.
Así podíamos decir Misa y comulgar al día siguiente. Nadie se acuesta
en McGrath antes de la medianoche.

Visita al aeropuerto

Por las tardes daba yo un paseíto por el aeródromo extasiado ante el


panorama de crestas montañosas cubiertas de nieve por entre las cuales
culebrea el Kusko que aquí no es muy caudaloso que digamos. Los paseos
son aptos para rezar rosarios y reconcentrarse; aunque a veces se hastía uno
de soledad y sueña con compañeros que aquí son un sueño.
Juan el mecánico me llevó en camión a ver la maquinaria y los
instrumentos de radio que distan bastante del aeropuerto para que el ruido
no influya en ellos.
Son todos instrumentos automáticos que actúan ciega y
matemáticamente, ultramodernos, la última palabra en su género.
Como yo tengo verdadera tirria a todo lo mecánico, le hice cortar por
lo sano y pasar a otra cosa, pues mi Juan se eternizaba explicoteándome esta
aguja y aquella brújula y la otra válvula y todo así.
Lo que me hizo harta gracia fue el comprobar que si se prendiese
fuego en el recinto, unos tubos pegados a la pared lo apagarían
automáticamente.
Gracias a estos instrumentos hay tan pocos accidentes de aeroplano
relativamente hablando; pues ellos son los que le dicen al aviador qué
tiempo tenemos en no sé cuántas millas a la redonda, y qué temporales se
pueden esperar dentro de tantas horas y en tales y tales direcciones.
Allí mismo donde estábamos advertimos el paso del avión que va
desde los Estados Unidos al Japón pasando por Alaska. Iba a más de 3.000
metros de altura y se divisaban las luces de los extremos de las dos alas.

Religiosas españolas sobre Alaska

En ese avión, o en uno como ese, volaron por aquí las religiosas

73
Esclavas españolas que aterrizaron sanas y salvas en Tokio.
Como hicieron el viaje en el verano, se llevaron un chasco al ver una
Alaska verde como una pradera sin fin.
Tal vez la altura tan enorme las impidió distinguir el terreno y no se
fijaron en que hay más charcos, lagos, ciénagas y aguazales que tierra firme
verde y florida.
Estas Religiosas españolas me notificaron desde Filadelfia que
pasarían por Anchorage tal día y tal hora.
Vivía yo entonces en Akulurak totalmente incomunicado con el resto
del mundo y no me fue posible recibirlas en el aeródromo.
Hoy tal vez sería diferente. Desde McGrath a Anchorage no es mucha
que digamos la distancia, y hay aviones comerciales entre las dos todos los
días o poco menos.
Si desde McGrath me enterase yo de que un grupo de monjas
españolas pasaban por Anchorage para el Oriente, no vacilaría un momento
y sacaría pasaje en el primer aeroplano aunque me tuviese que empeñar
hasta los ojos
El solo pensamiento de ver una monja española después de 18 años de
no ver ninguna me daría alas para volar aunque no hubiese aeroplano.
No sé lo que haría o diría yo en presencia de un grupo de monjas
españolas aquí en Alaska; probablemente haría alguna tontería come
abrazarlas, echarme a llorar o contarles un cuento. ¡Vaya usted a ver!
¿Y qué harían ellas? Desde luego no harían ninguna tontería como las
mías. Pongamos las cosas en su punto.

74
X

Biografía de un Mecánico
alaskeño

Un perro de 17 años

Cuando como en casa con el mecánico y su esposa, nos reímos él y yo


tan estrepitosamente que la buena señora no sabe si enojarse o reírse
también y nos riñe que comamos y nos dejemos de chistes.
Reírse mucho en las comidas tiene sus inconvenientes si le entra a uno
sed y se pone a beber un vaso de agua con un comensal enfrente; sobre todo
si el tal comensal está ya bautizado.
Tiene Juan un perro faldero que acaba de cumplir 17 años. Es una
sombra de perro; unos tres kilogramos de carne canina; pero es perro y vive
todavía.
No le matan porque dicen que se morirá él solo cualquier día y les
ahorra el mal rato de cometer perricidio.
Este perro no ha vivido en vano tantos años. Un día le encontraron
durmiendo tan tranquilo en la cama matrimonial. Juan tomó un periódico, lo
dobló en cilindro y le dio una paliza muy ruidosa por entre la cama y los
baúles.
A los pocos días al entrar en el dormitorio, hallaron al perro de pie
junto a la cama; pero sus ojos le delataron como reo del crimen pasado.
Tocaron la cubrecama y hallaron caliente el sitio donde el perro había
dormido a pierna suelta.
Juan volvió a doblar otro periódico y le dio otra paliza en toda regla.
A los pocos días entró Juan de repente en el dormitorio y halló al perro
soplando muy aprisa en el sitio donde había dormido un gran rato. Juan no
tuvo valor para coger otro periódico.
La señora habla con el perro sin dificultad. Si le dice que se eche en
75
aquel rincón, o que le traiga aquel libro, o que salga a la calle, el perro
obedece ciegamente y sin equivocarse.
A mí nunca me aceptó como miembro de la familia y, aunque no me
llegó a morder, siempre me miró de reojo o con un desprecio des-
corazonador.
Un día le dije en español que Dios le librase de que le encontrara solo
en alguna parte. Y me lo debió de entender, porque evitó a todo trance
tamaño peligro.

El minero sin dientes

Juan nació cerca de la frontera mejicana donde aprendió bastantes


frases españolas que se le van olvidando.
Quedó huérfano y lo pusieron en un orfanato dirigirlo por PP.
Franciscanos, si no me engaño. Allí aprendió a ayudar a Misa.
La santidad allí reinante no se avenía muy bien con su temperamento
brioso y explorador y se fugó.
Andando andando vino a parar al río Yukón, junto a Ruby y Nulato,
alternando entre las minas y las ventas y sin poner jamás los pies en una
iglesia, que ciertamente estas no abundaban por allí.
En este género de vida pasó los mejores años de su vida, procurando
hacer el bien y evitar el mal, aunque no lo lograse siempre.
Entre sus obras de caridad cuenta una famosa. Tenía él en cierta
ocasión una taberna donde comían y bebían los mineros.
Un minerote ya entrado en años y muy regañón tenía dentadura
postiza; pero el pobre hombre no se hallaba a gusto con ella y la quitaba
durante el día con tan mala pata que nunca recordaba dónde la había puesto.
-
Llegaba la hora de comer y pedía unas sopas y una taza de café. Juan
se hizo cargo de la situación en menos que se tarda en contarlo.
Buscó y halló la dichosa dentadura y le dijo al minero desdentado que
no se apurase, que le acababa de llegar por correo una dentadura mo-
dernísima que se adaptaba a todas las bocas y que se la alquilaría a él por
sólo 50 centavos cada comida.
Dicho y hecho. A la hora de las comidas Juan le daba la dentadura que
el minero juraba caerle como la suya propia, y, al terminar de comer, Juan se
76
la reclamaba y el minero la soltaba juntamente con 50 centavos extra por el
servicio.
Cien veces quiso el minero comprarla, pero Juan no cedió jamás; tenía
que ser alquilada. Así logró Juan que el minero masticare y deglutiese
chuletas que de otro modo nunca lo hubiera hecho.
Cuando el minero se mudó a otra parte, Juan le envió por correo la
dentadura regalándosela caballerosamente. El minero creyó y cree aún que
no hay hombre en el mundo como Juan.

Historia de una vida

En una visita que hizo a Anchorage se encontró con una joven que hoy
es su esposa.
Se casaron por lo civil por varias razones y la más importante es la
más sencilla: ella no está bautizada, era divorciada, y Juan había perdido
toda noción de leyes canónicas.
Una mañana, mientras la señora planchaba un talegón de ropas blancas
como la leche, me contó la historia de su vida. Yo la escuchaba sentado en
una butaca con un libro en las rodillas, mirándolo sin leerlo.
Eran y son aún tres hermanas. Su madre era una santa. Su padre era un
monstruo, y aun eso es alabarle. Las dejaba solas a veces dos años seguidas
y volvía con unas barbas que no le reconocían.
Tardan una labranza regularcilla en el centro de los Estados Unidos
lejos de poblado, y allí crecían las niñas y la madre trabajando como
hombres. El padre estaba con ellas varios meses y las volvía a dejar solas.
Las niñas caminaban todos los días muy lejos a una escuelita donde
aprendieron a leer y escribir; pero tuvieron que dejar pronto la escuela para
trabajar y poder comer.
Crecieron como amazonas, curtidas a fríos y calores. Lo mismo
segaban alfalfa que araban con una pareja de caballos u ordeñaban un
cántaro de leche antes del desayuno.
Se les murió la madre más de pena que de enfermedad alguna y
entonces vino el padre a dirigir los negocios; pero no le pudieron tolerar y
cada una tiró por su sitio.
Nuestra heroína se casó con un joven que había sido marinero y estaba
a la sazón divorciado de su mujer. No congeniaron tampoco, y nuestra

77
heroína se divorció de él.
Con todo, no vacila en afirmar que el tal ex-marino nunca la obligó a
hacer lo que hizo otro marino vecino suyo, que obligaba a su mujer a echar
calderos de agua por fuera en las ventanas del dormitorio hasta que el ruido
del agua en los vidrios le traían el sueño que de otra manera no podía
conciliar. Hasta que una noche la pobre mujer se hartó de músicas y se
divorció.
Nuestra heroína vagó por varias ciudades y tuvo buenos empleos en
hoteles y fondas de cocinera, que ésa era su profesión. Hasta llegó a tener
fonda propia con un par de criadas que fregaban y servían.
Pero un día se hartó de todo y vino a Alaska a guisar en alguna fonda
de Fairbanks o Anchorage, y allí fue donde se encontró con nuestro Juan.
Quiere hacerse católica sin tardanza. Lee todos los libros católicos que
pesca y quiere leer más.
Tomo yo la palabra alguna que otra vez y entonces deja el planchado y
se sienta a escucharme sin perderme ni una aliaba, pues todo es nuevo para
ella según me dice.
Es que yo me echo a divagar por los campos de la perfección y unión
íntima con Dios, y ella lo ve como ve el sediento caminante del desierto
cataratas de agua cristalina que se despeña allá lejos, muy lejos.
La validez o invalidez de su primer matrimonio será resuelta pronto en
el tribunal de la curia episcopal; y si resulta ser inválido, entonces se casará
con Juan como Dios manda; se bautizará; comulgará y se considerará la
persona más feliz del universo.

El camino más corto al corazón

Un día mientras escribía yo una carta en mi habitación, entró por la


puerta un tufillo aromático que venía de la cocina tan penetrante que se me
hizo la boca agua.
Como se me cortó el hilo de las ideas, salí a ver qué se guisaba y vi
que estaba amasando bollos de cinamomo que cubría con una costra de
chocolate.
Entonces entendí perfectamente lo que nos dice el sagrado Evangelio
acerca del aroma que se esparció por la casa de Lázaro cuando María
Magdalena quebró el vaso de nardo de ungüento precioso que ofrendó al
Señor.
78
Ella me dijo, un tanto orgullosa de su arte culinario, que resulta más
barato guisar bien algo rico que cocer de mala manera algo de bajo precio.
Tomen nota les cocineros.
Ahora entendí también por qué Juan se muestra tan reacio a una
separación si el primer matrimonio resultase válido.
Ella asegura que la línea más corta y derecha para llegar al corazón del
esposo, es por el estómago; y Juan asiente sin vacilar.
Y así, entre catequesis, instrucciones religiosas, paseos por el
aeródromo, bollos de cinamomo y chistes en la cocina se me pasan los días
en McGrath sin darme cuenta.

Una charla con el Padre O'Connor

Pero coma McGrath es solamente una de tantas aldeas a mí confiadas,


tengo que volver a las dichosas maletas.
Siempre que empiezo a hacer la maleta me invade una ola de tristeza.
Parece como que voy a cruzar el Pacifico camino de las islas Filipinas o
algo así.
Esta vez al aterrizar el bimotor que me había de llevar a Bethel, ¿quién
fue a salir de él sino el P. Pablo O'Connor, mi antiguo Superior de Akulurak
a mi llegada a Alaska?
Nos dimos un apretón de manos de los buenos y nos miramos sin
hablarnos cerca de un minuto. Venía de Juneau camino de Hooper Bay, su
actual parroquia, e íbamos a volar juntos hasta Bethel.
Los pilotos, nos dijeron que tardarían cerca de una hora en levantar el
vuelo, pues tenían que desayunar y luego arreglar no sé qué desperfectos.
Aprovechamos ese tiempo para cambiar impresiones paseándonos
como dos príncipes por la pista de cemento del aeródromo.
El habla sido operado de hernia y se hallaba perfectamente; mejor que
nunca. Me lleva nueve años de edad y le va ya blanqueando el cabello.
A mí me encontró más grueso que nunca. Cuando le expliqué lo de los
bollos de cinamomo, se hizo cargo de todo y pasamos a otra cosa.
Me dijo que me conocía en los ojos que estaba más contento que
cuando me vio en Akulurak el año anterior cuando tuvimos aquella
asamblea constituyente y él mismo me dice la causa: ser Superior de una
escueta de huérfanos seis años seguidos lejos de toda civilización corroe,
79
por así decir, el sistema nervioso; pues todo se vuelven necesidades sin
medios aptos para remediarlas, y ese estado perenne de responsabilidad y
cavilaciones gasta a la larga.
Él fue Superior seis años también, y dice que cuando me dio el bastón
de mando y se puso en camino para Kotzebue, notó que se le quitaba de
encima un peso cuya gravedad no había percibido hasta entonces.
Por eso es bueno que se turnen los Superiores cada tres años, o a lo
más cada seis.

Díez minutos de lágrimas

Yo le digo que SÍ a todo y te explico que realmente me encuentro


mucho más valiente que en Akulurak. Cuando salí de Akulurak, no me
alteré apenas; tenía deseos de vida más activa y subí al aeroplano muy
optimista, algo así como cuando Franco voló a Marruecos desde las
Canarias en julio de 1936.
En Bethel todo me era desconocido. Tuve que empezar por los
cimientos.
Entre día me venían oleadas de recuerdos de Akulurak, y entonces vi
cuán profundas eran las raíces que había echado en los casi nuevo años
totales que viví allí.
Los perros del trineo con Blondy, los eskimales que alivié con ropas y
alimentos, los días de campo con los niños, la pesca del salmón, todo se me
agolpaba en la fantasía y me traía inundaciones de nostalgia. Me parcela
todo un, sueño.
A los pocos días vino un aeroplano de Akulurak y me trajo dos cartas
gruesas contándome cómo me echaban de menos y rogaban a Dios que me
bendijera abundantemente como lo hizo conmigo en Akulurak.
Si tenía ocasión propicia, debería aprovecharla e ir a visitarlos y
contarles cómo me va por el Kusko.
Me preguntaban quién me amasaba el pan y si remendaba yo mismo
los calcetines. Podían mandarme pan por correo y podía yo mandarles los
calcetines; Antonia y Frida y Cecilia los zurcirían gustosas.
Al llegar aquí tiré las cartas, saqué el pañuelo y lloré por lo menos diez
minutos.
Tenía que llorar, y cuanto antes mejor ¡qué caramba! que el caballo

80
que no ha dado la carrera, en el cuerpo la tiene.
Con esta lluvia mansa se disipó la nube y volvió a salir el sol que hoy
brilla luminoso.
Todo el Kusko está confiado a mí celo. Akulurak se fue disipando
paulatinamente hasta convertirse en una especie de bruma lejana.

Lo que falta en Alaska

Aquí el P. O'Connor se ríe campechanamente y afirma que él tiene un


corazón de pedernal, aunque por parte de su madre tiene sangre francesa;
hugonote por más señas.
Sin embargo, hay en ese pedernal algunas vetas escondidas no tan
duras. Así por ejemplo, fue una revelación para él, tan masculino, llorar un
buen rato en los últimos Ejercicios un día en que leía reposadamente la
muerte de Santa Teresita del Niño Jesús.
No recuerda haberse emocionado hasta entonces y se extraña, pues no
le han faltado ocasiones que lo merecían.
El P. O'Connor cree que Akulurak debiera ser trasladada a Kotzebue y
dejar a Holy Cross con todo el campo al sur de Nome.
Hablamos largo y tendido sobre ello sin resolver nada, por supuesto.
Discutimos varios métodos sobre la evangelización de los eskimales y
convenimos en que lo que nos hace falta en Alaska es una Orden
contemplativa; monjas virginales e inocentísimas que hagan penitencia y
oren y hagan caricias al Señor y le roben el Corazón y obtengan con sus
jaculatorias lo que jamás obtendremos viajando, voceando, sudando y predi-
cando.
Hay que unir las dos cosas. Todo se andará, que dijo el otro.
El P. O'Connor me asegura que cuando él sea obispo de Alaska me
hará capellán de monjas contemplativas. Yo acepto el nombramiento y
quedamos en eso.
Íbamos a continuar divagando y planeando todas las mejoras que
debieran ser introducidas en la Misión, cuando nos avisaron que el aero-
plano estaba listo.
Subimos y nos sentamos juntos; nos sujetamos los cinturones;
zumbaron los motores y nos elevamos a las nubes a contemplar las cor-
dilleras y sierras nevadas que íbamos dejando atrás mientras conversábamos
81
elevando la voz para contrarrestar el ruido infernal de las máquinas.
Estuvimos juntos en Bethel un día entero y él partió para Hooper Bay
hecho un brazo de mar.
Aquí en Bethel reorganizo la vida parroquia] y vivo a los pies del
sagrario muy agradecido a Dios por tantos beneficios.

82
XI

El Pequeño de Holy Cross


que "quería" miedo

Viaje a Holy Cross

Mis tareas parroquiales se vieron interrumpidas por la visita de un


aviador que venía de Holy Cross y me traía una carta de la Madre Superiora
rogándome fuese a darles los Ejercicios de año.
Vuelta a la maleta y a concertar otro vuelo. ¿Cuándo estaremos en el
cielo en paz inalterable sin maletas ni viajes en aeroplano? Todo llegará.
Mientras llega, hago la maleta y subo a un aeroplano anfibio, de esos
que tienen ruedas para aterrizar, pero que las esconden cuando amaran,
como hacen los caracoles con los cuernos, que ya los sacan, ya los ocultan.
Era poco después del deshiele. Desde las nubes no se ven más que
centenares de lagos pequeños, uno junto a otro; charcas inmensas;
riachuelos que culebrean y se entroncan y desentroncan en direcciones
laberínticas, hasta que llegamos a los montes de Kalskag cubiertos de
vegetación.
Cruzamos la faja que separa a los ríos Kusko y Yukón en su área más
estrecha y subimos río Yukón arriba hasta llegar a aquella hondonada entre
colinas donde se asienta Holy Cross.
Trazamos un círculo sobre la Misión y pude ver grupos de niños que
corrían hacia el río.
Al amarar y pararnos a la orilla, todos estiraban los cuellos para
enterarse de quién venía; y al verme salir con mi maleta y una carota grande
muy risueña, se armó un alboroto regular.
Caminando con mucha compostura venían pausadamente hacia
nosotros las monjas que sospechaban que fuera yo el pasajero.
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Todo allí era afabilidad y bienaventuranza. De los seis jesuitas allí
presentes, dos Padres, dos estudiantes (maestros), y dos Hermanos, no
conozco más que a los Hermanos.
Esta Alaska es tan grande y con vías de comunicación tan escasas que
se pasan años y años sin que algunos misioneros se vean, dándose el caso de
que algunos vivan aquí muchos años y mueran sin haberse visto nunca.
Todavía estamos agrupados junto al río hablando varios a la vez y
preguntándome todos, cuando se oye un ruido fenomenal allá lejos.
Son las chicas que vienen a galope tendido dejando muy atrás a la
monja que las inspecciona.
Ahora el grupo es algo formidable. Nuestro ascenso hacia los edificios
es por demás lento y con mucha algarabía. Los chicos y las chicas ya están
riñendo sobre si he de contar cuentos primero a unos o a otras.
Se pacifican cuando oyen decir que habrá para todos a su debido
tiempo.

Repartiendo miedo

Estos pupilos tienen muy poco parentesco con los de Akulurak. En


primer lugar aquí no se habla ni una sola palabra en eskimal o en indio.
Las Madres me enseñan una niña muy tímida que acababa de llegar de
Pilot Station, en el bajo Yukón, y no hablaba más que eskimal y la pobre no
tenía con quien hablar.
Hay una infinidad de caras rubias con pecas y hasta pelo rojo, cosa
nunca vista en Akulurak.
Hay tres secciones: «el infantado», los medios y los graduados. El
infantado lo componen 42 niños y niñas, entre 4 y 7 años. Viven juntos y los
cuida una monja canadiense con una paciencia a toda prueba. Se acuestan
con sol y se levantan con él y no van a Misa más que los domingos y fiestas
de guardar.
Este grupo mete más ruido que la tropa en las cantinas. Aquello no es
más que un griterío constante elevado a la última potencia.
Al entrar yo en su salón me atacaron de frente y me rodearon como el
agua al pez y allí quedé prisionero un buen rato sin poder hacer ni decir
nada.
Todos gritaban y me exprimían como a las uvas en el lagar. Me tapé
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los oídos con las manos; les hizo gracia y gritaban más alto, si cabía,
creyendo que me divertían.
Al cabo de un rato logré que bajaran un poco los gritos, y, cuando
esperaban quo dijera algo, extendí los brazos, abrí unos ojos y una boca de
fiera salvaje con ademanes de tragarlos vivos y en su esfuerzo por huir
cayeron todos unos encima de otros atropellándose estrafalariamente.
Se rehicieron como por encanto y volvieron a la carga estrujándome y
pidiéndome que les metiese más miedo. Lo hice de nuevo, y se repitió la
catástrofe de la desbandada.
No exagero si digo que me obligaron a meterles miedo 30 minutos
seguidos. Todos gritaban:
—Métanos más miedo, Padre, métanos más miedo.
Un pequeñín chillaba desde lejos:
—Yo quiero miedo.
La monja tuvo que sentarse para no caerse de risa.

Ester López

No son estos infantes los ínfimos de la casa Con la monja enfermera


viven dos niñas, una de dos años y otra de 18 meses. La de dos años es una
vieja comparada con la otra.
Esta criaturita de año y medio se llama nada menos que Ester López.
Tuvieron que repetirme el apellido, pues no lo creía.
Un portugués de las Azores vino a parar al Yukón, donde se casó con
una india. Hubo líos y más líos, y cuando Ester tenía un año se murió la
madre y metieron al padre en presidio.
Ester quedó en la calle y nadie la quería. La Madre Superiora la
recibió un poco de mala gana, pues no tienen facilidades en la Misión para
criaturas en mantillas.
Hoy todo ha cambiado. Las monjas me llevaron al recibidor para ver y
oír a Ester López, que es la alegría de la casa.
Limpia como una seda y fresca como una rosa, Ester se sube a todas
las sillas, trepa por las piernas de las .monjas, pasa de los brazos de una a los
de la otra, disputándose todas las Madres cogerla y preguntarla.
Todo lo habla a media lengua. Cuando la preguntan dónde está Dios,
extiende un brazo y gira sobre un tacón, que quiere decir: «En todas partes».
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Un día la riñó la Superiora por dar puntapiés a un gato hasta que éste
se enfadó y la arañó. Ester se fue a todas las otras monjas diciendo muy
enfadadita:
—Superiora yo no quiero más; ella mu mala—, y no volvió a querer a
la Superiora hasta que la apaciguó con una rosquilla.
Cuando le dan algún dulce (que es cada media hora), ya sabe ella que
tiene que santiguarse antes de meterlo en la boca; lo que pasa es que la corre
una prisa inmensa comérselo y así, mientras que se santigua con la
izquierda, lleva el dulce a la boca con la derecha. ¿Para qué perder tiempo?
Todas las monjas convienen en afirmar que sin Ester López la vida les
resultaría muy cuesta arriba.
Yo me quedo embelesado ante aquel cuadro de inocencia candorosa y
lo observo todo boquiabierto. Esta niña que quedó en la calle y corrió
peligro de perecer en la lluvia y el frío, es hoy la niña más feliz del orbe.
A mí me mira a distancia; y aunque la animan a que se me acerque, no
está del todo segura y se queda lejos mirándome y remirándome con ojos
torvos. ¡Haces bien, Ester, en no acercarte; yo tengo mucho de Herodes!

Mi primera noche

Mt primera noche en Holy Cross no la olvidaré fácilmente.


Después de cenar, cuando ya estaban acostados los niños, me llevaron
los dos Padres al locutorio o sala donde pasan el recreo las monjas que me
esperaban en ala y me recibieron con una venía muy ceremoniosa.
Nos sentamos, y comenzó la sesión. Digo comenzó, porque duró hasta
bien cerca de las doce; y duró hasta tan tarde, porque nadie se percató de
que estábamos en el tiempo y no en la eternidad.
No creo haya corrida de toros tan divertida y animada como lo fue
nuestra sesión. Es lo cierto que entre las nueve monjas que forman la
Comunidad, hay una que tiene miedo a una porción de cosas: a los ratones, a
la oscuridad, a los muertos y a otros seres tan inofensivos como éstos.
Para curarla de una vez para siempre, saqué a plaza varios episodios
macabros que oí contar en las riberas del bajo Yukón acerca de algunos
aparecidos nocturnos que se movían sin tocar el suelo, entraban por las
puertas cercadas sin abrirlas, se quedaban mirando con ojos muy tristones y
se acercaban poco a poco a las cabeceras de los desvelados, y a medida que
se acercaban, los ojos se hacían mayores y adquirían un tinte verdoso que
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poco a poco se volvía amarillento; y cuando ya estaban cerca del rostro del
desvelado, abrían la boca y dejaban escapar un ¡ay! como un trueno que
sacudía las paredes del edificio.
El desvelado quedaba con la cabellera cana y sin poder hablar más el
resto de sus días. Los demás que dormían, despertaban, y unos quedaban
tartamudos, otros alelados y otros se volvían a acostar muy malhumorados.
Nuestra monja veía ya una legión de aparecidos en su habitación a
medianoche, y había que verla arrimarse a la monja próxima en busca de
protección. Exigió palabra de honor de que la llevarían a su celda y no la
dejarían sola hasta que ella dijese.

Les antiguos pupilos

Pasamos luego a temas de más monta y conversamos sobre el tipo de


católicos que dan los antiguos pupilos de Holy Cross, que son los que
forman la población católica del Kusko. Los hay buenos, medianos y malos,
como en todas partes. Los hay que comulgan diariamente. Los hay que lo
hacen con menos frecuencia, y los hay que no vuelven a poner los pies en la
iglesia, sobre todo entre individuos medio tontos que jamás se han parado a
considerar si son hombres o brutos o las dos cosas a la vez.
Salen a relucir nombres propios con sus apellidos y nos espaciamos
comentando los pros y los contras de ciertas prácticas de nuestras escuelas,
como el forzar los chicos a ir a Misa todos los días del año, tener muchas
novenas y Bendiciones, admitirlos de muy niños, tenerlos demasiado
tiempo, etc., etc.
Por lo general, los que entran en el orfanato de infantes y no salen
hasta los 18 años, los podemos dar por perdidos para la Iglesia.
Como viven en un ambiente de invernadero, al salir por esos mundos
dan una vuelta en redondo, se enfrían hasta helarse, se casan de cualquiera
manera, huyen del misionero y en general viven como gente sin conciencia.
Cité una infinidad de casos que hicieron no poca impresión. Los que
entran de infantes y salen a los doce años, es como si no hubieran estado en
la Misión, y no hicimos más que gastar tiempo y dinero con ellos.
Precisamente cuando empezaban a distinguir los colores, los sacan.
Tiempo perdido.
El ideal es admitirlos a los 12 y mandarlos para casa a los 16. Entonces
tenemos un tipo excelente que no vivió en invernadero mucho tiempo y
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aprovechó cuanto se hizo con él por estar ya un tanto maduro.
Al salir éstos de la Misión, no están hartos de ella; y como han
aprendido lo suficiente para ser buenos cristianos, lo son con toda na-
turalidad.
Lo que pasa es que, si no los admitimos de pequeños, los ponen en
centros gubernamentales, donde crecen como plantas sin pizca de religión.
Ese es el dilema.
Hoy por hoy agarramos a toda criatura agarrable. Hay que notar que
un niño español de diez años tiene el desarrollo mental de un alaskano de
catorce; por eso la edad aquí no corresponde necesariamente a la nuestra.
Hablamos mucho sobre estos problemas.

De nuevo, el jolgorio

Luego quisieron saber cómo me iba por el Kusko y volvimos al


jolgorio en grande. Mis quehaceres caseros pintados muy al vivo les
hicieron morirse de risa. Estuve realmente inspirado aquella noche y las
anécdotas se agarraban unas a otras como las cerezas.
Es que yo necesitaba ya compañía de verdad como esta que me
entendía y con quien me expansionaba y esponjaba.
Con los cristianos siempre hay una distancia discreta: y si son blancos,
no son religiosos; que no es lo mismo ser buen católico que ser religioso.
Son planos distintos. No hablamos el mismo lenguaje ni tenemos las mismas
aspiraciones.
Con estos dos Padres Jesuitas y estas nueve monjas alrededor de una
mesa abro yo de par en par las válvulas del corazón, y ellos hacen lo mismo,
y la conversación es un cielo.
Como San Pedro en el Tabor que quería el muy simplón levantar tres
tiendas, quería yo aquella noche que no amaneciese nunca y que continuase
indefinidamente aquella bienaventuranza.
Recuerdo que en la descripción de algún caso gracioso me levantaba
inconscientemente y describía figuras en el aire con los brazos mientras el
cuerpo seguía el compás y los ojos eran retratos vivos de las imágenes que
me bullían allá en el alma sabe Dios dónde.
Todos me seguían con el aliento contenido, como hipnotizados, y al
fin estallaba la carcajada espontánea mientras yo me sentaba a limpiarme el

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sudor con un pañuelo que debla haber sido lavado la semana anterior. Varias
veces les rogué que contasen ellos algo; pero no, se sabían ya de memoria y
querían aprenderme a mí; por eso tuve que hacer el gasto muy a mi gusto.
Lo que colmó la medida fue el hecho histórico que les conté, a saber,
que yo dudé bastante entre hacerme Jesuita o Cartujo. No pudieron concebir
que yo alimentase pensamientos de Cartujo ni un solo día, y así quedó la
bacía convertida en yelmo de Mambrino.
Al día siguiente, pasé un buen rato con los chicos. Tienen dos salones
y dormitorios diferentes; los medianos, hasta los 16 años, viven separados
de los mayores que llegan a veces hasta los 22 años. Los medianos van a la
escuela. Los otros, los graduados, se dedican a oficios mecánicos o son
leñadores. Tenemos allí un taller muy bien montado. En el verano se ara con
un tractor una extensión considerable de tierra que nos da patatas, berzas,
zanahorias, guisantes y tomates. Como el río va carcomiendo las orillas y
nos va robando terreno, se lo robamos nosotros al monte que se eleva a
nuestro alrededor. Hay también una vaquería con seis vacas, cuatro terneros
y un toro muy manso y muy hermoso a quien llaman Ferdinando. En marzo
traen algunos cerdos pequeños en aeroplano y los ceban todo e1 verano. En
octubre son ejemplares bien cebados y dan carne para todo el invierno.
Durante el invierno resultarían una carga insoportable. Resulta más barato
traerlos de pequeños en aeroplano, como he dicho.

Contando cuentos

Para mantener al rojo las 18 estufas de la Misión se necesita una


cantidad exorbitante de maderos que hay que serrar y rachar, y para esas
labores pesadas se necesitan chicos ya medio hombres,
Los prefectos de los chicos son dos estudiantes jesuitas que no han
comenzado aún la Teología.
Uno de ellos está al cuidado de la Radio y habla con los pilotos y otras
estaciones por lo menos cuatro veces al día todos los días, informando sobre
el estado del tiempo y cruzando mensajes y telegramas.
Entre niños y niñas tiene hoy Holy Cross 162; el mayor de todos los
orfanatos de Alaska.
Los chicos me acorralaron en uno de sus salones y tuve que
entretenerles con historias un rato largo. Luego vinieron las chicas. A éstas
las hablé al oscurecer con sola una lucecita en un rincón del salón inmenso

89
para amedrentarlas en serio.
A los 15 minutos de sesión me entró miedo a mí de que alguna se
desmayase y mandé encender todas las luces y hasta cambié de disco y
cantamos al piano.
El pánico que se apoderó de ellas fue sin precedentes. Se levantaron de
sus asientos y se me vinieron corno un enjambre con los ojos aterrados y las
manos en ademán de quien implora misericordia, y tuve que cambiar de
conversación.
Las había empezado a informar sobre los coloquios del hechicero
Jacques con el demonio en noches de luna en lo espeso del bosque entre
sepulturas, y no acerté a prever la explosión de pánico que se suscitó. Luego
cantamos y les dije muchas cosas graciosas y con eso se fueron a la cama
completamente normales y muy regocijadas.

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XII

25 años de jesuita

Ejercicios espirituales

A las monjas les di unas pláticas preparatorias para los Ejercicios y por
fin entramos en ellos. Por falta de tiempo los hice yo a la vez que se los di a
ellas.
Había algunas que ya los habían hecho privadamente, por no tener los
Padres oportunidad de dárselos. Esas no quisieron perder ninguna migaja y,
con el debido permiso, asistían a los puntos y a las pláticas.
A mí me gusta dar los puntos en alguna sala recogida, no en la capilla.
Se los di en su sala de recreo y las que venían a oír traían consigo ropas que
cosían o bordaban a la vez que escuchaban, para que no se entorpecieran las
labores.
Las otras formaban un semicírculo muy compungido que de vez en
cuando estaba muy lejos de compunciones, pues no faltaban ocasiones para
hacer amable la virtud.
Al terminar los puntos yo me subía al montecillo a meditar entre los
pinos junto a una estatua de la Inmaculada que domina todo el panorama.
Subía por el cementerio y me paraba a rezar un «De profundis»
delante de la sepultura de mi antiguo compañero P. Lucchesi, muerto a los
80 años. Hay enterrados allí unos ocho jesuitas y dos monjas y un verdadero
bosque de crucecitas de indígenas.
Los pinos despedían un olor muy agradable. Si se restregan en las
manos las yemas o brotes de sus ramas, queda un olor exquisito que le
acompaña a uno el resto del día.
Es aquel un lugar excelente para ensimismarse con Dios en la
contemplación. Por desgracia ya empezaban los mosquitos a molestarnos.
Se pasaron volando los ochos días. El último tuvimos un «Tedeum» muy
devoto.
91
25 años de Jesuita

A la mañana siguiente, 18 de junio, cumplí yo 25 años de vida


religiosa. Se lo avisé para que me ayudasen a dar gracias a Dios por todos
los beneficios recibidos, y así lo hicieron.
Hicieron más. Tienen una cocinera como no la ha tenido Holy Cross
desde su fundación. Es bastante fea, valga la verdad, y por eso mismo Dios
derramó a manos llenas sobre ella dotes y cualidades culinarias, para que
todos tengamos algo bueno entre lo mucho malo.
Leí una vez que un señor visitó por primera vez la galería de retratos
de ingleses célebres en el Museo de Londres y notó con extrañeza que,
siendo los ingleses tan guapos, aquellos personales eran más feos que Picio.
Y se le respondió que precisamente por eso hablan llegado a ser célebres,
porque habían sido feos.
El señorito guapo como un Apolo, todo lo encuentra hecho y se atrofia
y muere un don nadie; mientras que el feo lo tiene que hacer todo a puño, y
con el ejercicio se desarrolla y llega a entrar entre epinicios por el templo de
la Fama. No está en heredar ni en que se lo den a uno, sino en saberlo ganar
y conservarlo. Pues bien, nuestra monja cocinera de Holy Cross hace unos
guisos que dejan a los comensales estupefactos. Y todo con patatas, carne,
alubias, pan y cosas así de ordinarias.
El 16 de junio apareció junto a mi plato un mazapán soberbio en forma
de libro abierto por el medio. Descansaba sobre un atril, mazapán también, y
tenía cintas, letras, números, todo ello mazapán.
En la página de la izquierda se veía un botón de rosa. En la de la
derecha la rosa estaba medio abierta, un capullo que parecía real. Me dijo
que cuando celebrase los 50 años de vida religiosa, el capullo estaría en la
página izquierda, y en la derecha se vería una rosa totalmente abierta y con
los pétalos a punto de desprenderse.
¡Vivan las monjas feas!, dije para mis adentros.
No tuvimos valor para comer aquel despilfarro de arte y alegoría.
Luego lo pensamos mejor y arremetimos con el libro. Si todos los libros
entrasen como éste, daría gusto ser estudiante. Luego los niños me cantaron
canciones de homenaje.

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Las bodas de oro del Padre Lucchesi

Para que se vea cómo arregla Dios la trama de nuestras vidas cuando
le place hacerlo, me había venido algunas veces el pensamiento de que
celebraría las bodas de plata con la Compañía de Jesús como celebró el P.
Lucchesi sus bodas de oro de sacerdote.
Iba en una barquilla de remos a visitar a unos pescadores que vivían en
tiendas de lona en un afluente del Yukón, cuando se levantó un viento
brioso con mucha lluvia.
Afortunadamente halló al poco rato una choza abandonada, sin estufa,
sin cama, con cl techo lleno de agujeros, y en ella se metió hasta que
amainase el temporal. Como éste no amainó durante todo el día siguiente, y
aquel era el día de sus bodas de oro, lo pasó con el Ángel de la Guarda en
ayunas y tiritando.
Como a hombre de mucha virtud que era, Dios le dio a gustar hieles y
ajenjos; en cambio a mí como a niño mimado y enfermizo me preparó el
mazapán más rico que han visto los siglos y en compañía de la Comunidad
religiosa más numerosa de Alaska Boreal.
Y todo acaeció como al acaso, con una naturalidad que me dejó muy
pensativo y muy agradecido a la bondad paternal de nuestro Padre que está
en el cielo y no nos pierde ojo ni nos lo puede perder. Lo dijo
maravillosamente Gar-Mar: «Si Dios se echase a dormir, despertaría sin
cosas.»
La Madre Superiora de Holy Cross lleva dos años en la casa y la ha
renovado notablemente. La extrañó mucho cuando vino que todos los
tránsitos y salas, y lo mismo las capillas, estaban llenos de Dolorosas,
crucifixiones y santos penitentes en actitudes agonizantes.
Dice que cada vez que salía del cuarto era como hacer el «Via-
Crucis». Con la disculpa de blanquear las paredes, descolgó todos los cua-
dros y los sustituyó por otros más alegres y no menos devotos.
Ahora da gusto darse un paseo por los tránsitos y escaleras y ver
Ángeles de la Guarda cubriendo con sus níveas alas dos niños de rizos
rublos y ojos azules que cazan incautos una mariposa al borde de un abismo
bordeado de flores; o al Niño Jesús jugando con su primito Juan Bautista
entre palomas junto al arroyo que, si no pasó, debió haber pasado por Naza-
ret; o a la Sagrada Familia en situaciones idílicas, y sólo muy rara vez se ve
un cuadro que traiga pensamientos de tristeza; porque la vida en Alaska para

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nosotros es ya de por sí expuesta a tristezas y melancolías y no conviene
echar gasolina en el fuego.

Mi traje nuevo

En recompensa por los Ejercicios que les di, además de las oraciones
que me ofrecieron, me regalaron un traje negro magnífico que habían
recibido de un capellán del Ejército a quien ya no le venía bien por haber
engordado mucho en poco tiempo.
El sombrero me caía muy pequeño. El traje, debidamente planchado,
me caía como hecho a la medida y le metí en la maleta para lucirle en Bethel
los domingos y días de fiesta.
En Norteamérica no se usa la sotana en la calle. Los sacerdotes
vestimos de negro con alzacuello y se nos conoce a simple vista. Los pas-
tores protestantes hacen de su capa un sayo y cada uno viste como se le
antoja.
Los episcopalianos visten como nosotros casi sin excepción. Si se ve
un «clérigo» del brazo de una señora honestamente ataviada, ya se sabe que
es protestante y se le dice:
—Adiós, reverendo.
Si el clérigo va solo, se le dice:
—Adiós, Padre.
En Alaska vestimos como salteadores de caminos. Cada uno echa
mano de lo primero que pilla. Como nos conocemos tan bien, cada uno es lo
que es, sin parar mientes en cómo viste.
Yo ya tenía en el baúl un traje menos malo; pero éste que me dieron
las monjas es mucho mejor y no venía bien a ningún otro; así que me vino
de perlas. Con el traje me dieron lienzos de lino para mis altares y cuanto
necesité en materia de corporales y purificadores que ellas tenían en
abundancia.

El decano do Holy Cross

El decano de Holy Cross es el H. Juan Hess (Jess) que tiene 65 años y


lleva ya 34 en Holy Cross sin haber salido nunca de allí. Fue soldado del
Kaiser en su juventud y aún habla con acento alemán inconfundible.

94
Como no hubo guerra en su temporada de soldado, le pusieron a
remendar zapatos en el cuartel y llegó a ser un zapatero dignísimo. Fue una
providencia de Dios, porque ahora durante el invierno arregla los zapatos de
los pupilos y ahorra a la Misión un dineral.
Este hermano lo es todo. Dirige las labores labradorescas, el establo de
las vacas, las estufas, la luz eléctrica, cuantas necesidades ocurren en una
casa de tantas dependencias.
En los 34 años que lleva allí, no ha dejado de levantarse ni un sólo día
a las cinco menos cuarto para despertar a la Comunidad a las cinco con la
campana. Sólo un alemán puede gloriarse de un hecho tan prodigioso.
Me recordó al filósofo Kant, de quien se cuenta que daba el paseo
diario tan a la misma hora, que la gente ajustaba o regulaba los relojes con
su paseo. Da gusto ver a otros tan exactos y tan fieles a sus deberes.
Antes de salir para Bethel quise ver reunidos a todos los niños y niñas
procedentes del Kusko. Resultó un grupo considerable. Todos eran feli-
greses míos y tuvimos nuestro rato a solas.
Tomé nota de todos para informar luego a las familias en mis visitas
por sus aldeas respectivas.
Insistí en que aprendiesen a tocar el armonio, y, a ser posible, los
chicos; pues si es mujer la organista, los hijos le impiden con frecuencia
venir a Misa y nos quedamos sin música. Todas estas pequeñeces
desempeñan un papel más importante de lo que pudiera parecer.

95
XIII

La mina de oro de Nayak

Una mina en toda regla

Con esto di por terminada mi estancia en Holy Cross; pero no volví a


Bethel directamente.
En el camino, con sólo desviarse un poco, están los cerros de
Tulúksak, por entre los cuales serpentea un arroyo profundo que tiene la
característica de guardar pepitas de oro en sus escondidos senos. Desde hace
veinte años viene funcionando allí una mina en toda regla.
Durante la pasada guerra se cerró por falta de maquinaria; pero al poco
de haber caído la bomba atómica en el Japón, se consiguió la maquinaría
necesaria y se reanudaron las labores.
Trabajan unos 60 hombres desde abril hasta primeros de noviembre.
Hay unas 14 casas particulares.
La Compañía que la explota tiene un comedor común, dormitorio
también común para solteros y forasteros, garajes, talleres, un salto de agua
que provee de fuerza eléctrica a todo el sistema y una draga modernísima
que es todo un mundo en pequeño.
Este año lograron que el Gobierno les pusiese una escuelita para que
los niños no anduviesen todo el día cayéndose en el arroyo y dando sustos.
El gerente y vicepresidente es un señor de 44 años, oriundo del
Canadá, domiciliado en los Estados Unidos, hombre nacido «ex profeso»
para los negocios. Tiene una casa espaciosa y limpia, con agua corriente y
una verdadera biblioteca. En dos asentadas leí la traducción Inglesa del
«Diario» del infortunado Conde Ciano.
El gerente me recibió con toda cortesía. Es anglicano en religión, pero
hay un buen grupo de católicos en la mina, y es su deseo que venga el Padre
por lo menos dos veces durante el verano para administrar los Sacramentos.

96
Este año su esposa y sus hijos no pudieron venir con él a la mina y
vive solo y algo triste en su magnífica casa.
Me sube a una habitación con dos camas ultramodernas y me dice
casualmente que escoja la que me plazca. Al darles un puñetazo, las camas
se quedan temblando diez minutos. Acostarse en ellas es subirse a un
columpio en actividad. Menos mal que ya me voy haciendo a dormir en
muelles.
El nombre propio de la mina es Náyak. Pocos paisajes superan al de
Náyak. Las casas están alineadas a lo largo del arroyo de aguas cristalinas
que se precipitan entre guijarros limpidísimos.
Un sistema de tuberías provee de agua corriente a todas las casas. A
los dos lados del arroyo se elevan unos montículos cubiertos de vegetación
por donde merodean los osos negros gordinflones e inofensivos.
Una mañana, mientras desayunábamos, pudimos ver en la loma una
osa descomunal con dos oseznos que la seguían brincando y divirtiéndose
coma nenes.
Cuando no ladran los perros, es que no hay osos a la vista. Cuando
ladran, nadie se alarma; es que pasan por allí dos o tres osos camino del
valle que se extiende a lo lejos.
El cocinero de la mina mató tres osos desde la ventana de la cocina.
Habían bajado al olor del basurero y gruñían y hozaban a dos pasos de la
cocina. No necesitó más que cargar el rifle y apretar el gatillo.
Me lo contaron los que vieron muertos a los osos y oyeron los
dispares; así que no tenemos más remedio que creerlo.

La draga y el polvo de oro

El gerente me enseñó por menudo y con cierto orgullo muy natural


todas las dependencias. La draga es algo colosal. Flota en un lago de 4
metros de profundidad que ella misma se va abriendo a medida que mete el
hocico en terreno virgen, mezcla de arcilla, tierra y muchas piedras, algunas
verdaderas peñas, y lo traga todo con un ruido infernal de piedras zarandea-
das en metal y catapultadas por la puerta trasera formando montículos de
piedra.
El llamado polvo de oro, por ser más pesado, se queda en los canalitos
puestos allí para eso, y cuando se cree que vale la pena, se paran las
máquinas por espacio de diez minutos, que suele ser una vez a la semana.
97
Para dar una idea de la escasez de oro comparado con la tierra que lo
circunda, por cada columna de tierra de 7.000 metros de altura con un metro
cúbico por base, no tenemos más que una columna de oro de dos decímetros
cúbicos; y eso en un yacimiento aurífero como es éste.
¡Tanto revolver tierra para tan poco oro! Pero al fin el oro es oro y se
lo irá rebuscando debajo de tierra hasta el día del Juicio.
Me enseñaron algunas pepitas que vienen muy raras veces grandecitas
y con muy poca escoria.
Lo ordinario es polvo amarillo. Lo limpian con la escrupulosidad con
que el sacerdote purifica la patena después de la Comunión; que ese fue el
pensamiento que me vino al presenciar la operación.
Por estos polvos de oro se declaran guerras, se cometen homicidios y
se van a los infiernos los hombres. Se lo digo así al gerente que me toma del
brazo y se ríe socarrón.

Labor catequística

A falta de Iglesia en Náyak tenemos las reuniones en casa del Sr.


Clark, un mestizo criado en Holy Cross que se ha distinguido siempre por
sus fervores católicos. Tiene cinco hijos guapos como soles.
Los dos más pequeños, Lucila y Donato, saben de memoria todas las
oraciones. Los preparo con alguna detención y tenemos el consuelo de
verlos hacer la primera Comunión con trajes muy vistosos que les
prepararon en un santiamén su madre y dos tías, todas católicas.
En la escuela no hay más que nueve niños y todos son católicos. La
señora maestra me espera por la tarde, y al entrar yo se va ella a visitar a las
vecinas dejándome dueño de la situación.
Como hace buen tiempo, dejamos la escuela y salimos recitando las
oraciones por las orillas del arroyo. En algún sitio más ameno y propicio nos
sentamos y yo les explico la vida de Jesucristo y los Sacramentos.
Cuando nos cansarnos, vamos para casa sin que nadie nos tome cuenta
de nada. Todas las noches nos reunimos en la casa del Sr. Clark: hombres,
mujeres y niños; todos blancos con algunos mestizos.
Primero entonamos algunos himnos. Luego tomo la palabra que no la
dejo lo menos en hora y media y terminamos con el rosario de rodillas
Hay una chica de once años que sin duda va a llegar a ser gran cosa.

98
¡Qué rapidez en entender lo que todavía no ha acabado uno de decir!
Explicaba yo al público una noche cómo Dios es nuestro Padre y se halla
con nosotros como tal proveyéndonos de lo necesario, etc., etc., y añadí que
eso no nos dispensaba a nosotros de trabajar. Pronuncié esta frase:
—Dios nos dará el pan...
Y la chica la remató en alta voz:
—Pero lo tenemos que amasar nosotros.
Me dijo la maestra que no se la puede hablar sin que se descuelgue con
salidas oportunísimas. Su madre es una señora piadosísima que no se cansa
nunca de escucharme cuando les visitaba en su casita limpia y bien
amueblada.
La Misa la teníamos muy temprano para que los trabajadores pudiesen
estar a tiempo en sus puestos. Después de Misa me invitaban al desayuno a
una casa diferente donde se reunían las señoras a desayunar conmigo en un
espíritu de lo más patriarcal.
Hablaban todas tanto y tan alto que yo aprovechaba la ocasión para dar
a mi garganta un bien merecido descanso. Discutieron por activa y por
pasiva el modo de escribir a mi madre en España invitándola a que viniera a
Náyak, o por lo menos para decirle que no se preocupase por mí, que ellas
me trataban bien.
El desayuno con aquella especie de tertulia, duraba lo menos dos
horas.

Jerry y sus 20 dólares

Los hombres no comen en sus casas, sino en el comedor común.


Una de las reglas de aquella mina es que por tres pesos diarios
comerán en el común todos los obreros; y esos tres pesos se descuentan de
la paga mensual coman allí o no coman.
Como las comidas son excelentes y un peso por comida es aquí comer
de balde, todos comen en el comedor general que funciona magníficamente
bajo la férula del cocinero Jerry Franki, otro cocinero feo pero muy hábil.
A mí me sentó en una esquina desde donde pude observar
impunemente a los grupos de obreros fornidos que venían, engullían en
silencio, encendían la pipa y Salían al fresco sin hacer ningún movimiento
en balde.

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Un día Jerry me guiñó el ojo y cuando me tuvo en un rincón, me metió
en el bolso un billete de 20 dólares. Acto seguido me echó de si con un
empujón y se dio media vuelta. Son caricias yanquis muy típicas.
Al día siguiente tuvo que confesarme que estaba bautizado en la
Iglesia, pero que no había puesto los pies en ella en más de 30 años. Tiene
un genio de todos conocido. Nadie se queja de las comidas.
Como le ven siempre con un cuchillo de medio metro o con un
machete, todos le alaban los guisos o se callan como muertos. Este fue el
que mató los tres osos.

Un minero excepcional

Entre tantos mineros de corteza un tanto dura, fue para mí un consuelo


hallar un joven de 19 años que me pareció un San Luis Gonzaga.
No fuma ni bebe ni juega ni va al cine ni habla mal ni pierde una sola
instrucción religiosa y comulga todos los días que hay Misa.
Le hablé a solas en el sótano del Salón del Cine y le encantó la idea de
hacerse Hermano Coadjutor en la Compañía de Jesús. Tropieza con las
dificultades ordinarias de la familia que se ha de oponer, pero los dos
quedamos en mantener vivo el fuego de esta idea.
A ver si los lectores de EL SIGLO toman a su cargo rezar alguna vez
por la vocación de Alfredo, a quien llaman cariñosamente Butch.

100
XIV

Mi casa de Bethel

Repaso de cartas

Se terminaron los días de mi estancia en Náyak y volvimos a poner en


orden la maleta. Raro es el día que no va y viene un aeroplano entre Bethel y
Náyak; así que no tuve que esperar gran cosa para encontrar uno que me
volvió a Bethel en 45 minutos justos.
Cuando al die siguiente reservé el Santísimo, me quedé muy contento.
No estoy tranquilo cuando no hay por lo menos un sagrario con el
santísimo en mi querido Kusko. Con el Amo presente, respiro mejor y le
paso a Él los problemas y negocios de las almas a mí confiadas.
En la estafeta de correos hallé un montoncito de cartas que tuve el
gusto de leer junto a las gradas del altar para que Jesús en persona tome
parte en mis zozobras y regocijos.
Tuve que darle gracias especiales cuando leí en una carta cómo se las
arregló para favorecer a una pobre de Andalucía.
Es lo cierto que unos bachilleres castellanos me mandaron en papel
moneda español 9 pesetas. ¿Para qué me servía a mí aquel papel? Se lo
envié a una señora granadina para que se lo diese a algún pobre.
Ella añadió otra peseta para redondear el número de diez y se las
entregó a una pobre que vendía décimos de lotería. La vieja se hizo cruces y
afirmó que eso era precisamente lo que ella necesitaba para cierta necesidad
que la oprimía, y que se las había pedido a Dios los últimos días.
Y mire Vd. cómo aquellas pesetas castellanas vinieron al Polo Norte,
volvieron a España y remediaron a la vieja granadina. Y luego dicen que
hay ateos en el mundo. Le di gracias al Señor por tanta bondad.
Un P. Capuchino español que lleva 32 años en Costa Rica y leyó hace
poco mi libro sobre las lomas del Polo Norte donde sale a relucir el gato

101
«Negrín», hizo reír sin duda al Señor cuando escribió así al final de su carta:
«A su «Negrín», un pellizco y un pedazo de chorizo, ya que no le
gusta cazar ratones».
No olvidemos que el tal Negrín murió de una pulmonía doble, por no
haberla triple.
En otra carta leí que oyeron que me habla muerto y que me habían
ofrecido un sinnúmero de sufragios. Bueno, algún día será de verdad.

La fiesta de la Independencia

Aquí en Bethel seguimos viento en popa. Como somos parte de los


Estados Unidos, celebramos las fiestas nacionales por todo lo alto. La mayor
de todas es el 4 de Julio, que es la fiesta de la Independencia.
Unos días antes me visitó el señor Juez, que hace de alcalde, y me
rogó que me encargase del discurso patriótico de rúbrica, pues todos los
otros personajes consultados le hablan dado carpetazo.
Parecía incongruente que tuviese el discurso un extranjero; pero al fin
y al cabo, Norteamérica no es más que Europa trasplantada aquende el
océano. Le dije que lo dejara a mi cargo y con eso respiró el buen señor.
Si las monjas de Holy Cross no me hubieran dado aquel traje tan
bueno, tal vez le hubiera dado yo carpetazo también; pero con ese traje me
animé a presentarme delante de cualquiera.
Nos reunimos unas 400 personas en el aeródromo. Se instaló un
altavoz. Se izó solemnemente la bandera y se anunció que prestasen
atención al discurso que iban a oír.
Me despaché sin tropiezo alguno y hubo los aplausos de rúbrica.
Esta intervención del Padre en un acto como éste, robustece la
posición de los católicos que con eso cobran brío y carraspean algo, más
fuerte y caminan con la cabeza algo más alzada y el pecho algo más hacia
afuera.
Técnicamente yo soy súbdito español. Prácticamente el misionero
pertenece al mundo, como Jesucristo, cuyo embajador es.
Recuerdo que al cantar las glorias estadounidenses, mi alma entera
suspiraba por cantar las españolas.
Cada nación tiene sus glorias; pero unas tienen más que otras. Cada
uno debe creer que las suyas son las mayores; o si no, hacerlas uno mismo
102
para que lo sean. Desde luego, la gloria mayor es la de los altares.
Con frecuencia se cacarean como glorias nacionales tipos ateos que se
emborrachaban en la intimidad.
No olvidemos nunca que debemos estimar lo que Dios estima, y
despreciar lo que a Él le disgusta, aunque les guste a los hombres; pues
nunca debemos anteponer éstos a Dios.

Aviso a los aspirantes a misioneros

Al llegar aquí hago punto final, pues no es cosa de seguir


indefinidamente. Otro día, si Dios quiere, reanudaremos el hilo. Sólo quiero
hacer saber a las aspirantes a Misioneros que necesitan arrojados y lanzarse;
de lo contrario, todo quedará por hacer.
El misionero que va a un distrito nuevo tiene que abrirse camino, si no
a codazos, que tiene mucho de bruto, si a fuerza de contacto con las almas,
que lo miran a uno con recelo y como a distancia, hasta ver cómo actúa en
diversas circunstancias.
Hay que revestirse de amabilidad y lanzarse, comunicarse, preguntar,
llamar, entretener, volver a llamar y así sucesivamente hasta que la masa
popular ve y palpa que no tiene uno cuernos ni muerde, y se le entregan a
uno más o menos confiados.
El tímido, el reservado, el miedoso o cambian o que no vengan, porque
para estar sentados y leer o rezar no es menester gastar tiempo ni dinero en
atravesar océanos y cruzar continentes.
El misionero tiene que meterse con todos para ganarlos. Es una cruz
que a veces parece querer aplastarle a uno, pero hay que caminar con ella
hasta el fin a imitación de Jesucristo,
¡Qué penoso es tener que arremeter con caracteres desconocidos y
zarandearlos hasta conocerlos! ¡Si vinieran ellos mismos a mi habitación a
darse a conocer! Pero esto sucede una vez entre mil.
Yo soy el que tengo que entrarlos como quien sitia una ciudad y
observa los puntos flacos por donde puede dar el asalto. Esto a la larga se
hace costoso.
Dios da sobreabundantemente las gracias necesarias para ello. Unidos
a Él no habrá fortaleza que se nos resista; y si algunos se resisten, por lo
menos aparecerán en el día del Juicio como inexcusables, sin disculpas de
que el misionero nunca les habló de Dios.
103
Pido a mis amigos y lectores una oración para que llegue pronto el día
en que todo el Kusko sea católico y mis parroquianos me agobien en mi
cuarto en vez de tener yo que ir a agobiarlos a los suyos. Y que llegue
pronto el día en que las riberas del Kusko tengan a Jesús Sacramentado en
muchos puntos de su larga travesía por el corazón de nuestra legendaria
Alaska.

Mi casa prefabricada

Mi primer verano en Bethel ha sido uno de los más lluviosos; pero así
y todo me las arreglé para terminar la casa donde ahora vivo. Es una casa
que yo llamarla «el Arca de Noé» por la forma convexa del tejado.
Es de las que fabricó el Gobierno yanqui para los soldados durante la
guerra: un armazón de barras metálicas guarnecidas con planchas de zinc
por fuera y con material plástico aislador por dentro. Fabricadas a millares y
para todos los climas, resultan muy frías en Alaska. Al terminarse la guerra
fueron vendidas en pública subasta, y en Bethel se compraron, poco menos
que de balde.
Para hacerse una idea de lo frías que son, baste decir que gasté mil
dólares en acondicionar la mía, y todavía dista mucho de ser lo caliente que
debiera. El verano que viene, si Dios quiere, daremos los últimos retoques, y
entonces esperamos que sea regularmente cómoda y caliente.
«El Arca» tiene 16 pies de ancha por 36 de larga, o sea, más del doble
de lo que era el famoso «agujero negro» de grata memoria.
Tengo tres camas, y las tres han sido ya ocupadas simultáneamente
cuando coincidieron pasar juntos por aquí los Padres Convert y Menager,
franceses, uno de Lyon y el otro de Nantes.
El P. Menager hizo de cocinero y nos preparó unas ensaladas que
hubieran sido deliciosas si no las hubiera recargado tanto de vinagre. Tiene
verdadera pasión por salsas y condimentos picantes y nunca se harta de ajos.
Si pasa tres días sin cebolla, ya chilla y no deja piedra por mover hasta
que se hace con ellas. No puede ver las nueces, de lo que me alegré; pues yo
me muero por ellas.
Tampoco le gusta el aceite de oliva. Le dije un día que a mí me
gustaba el aceite, pero que no lo compraba porque aquí está por las nubes.
Él se calló; pero al marchar me compró nada menos que seis litros de aceite
refinado, con el cual he podido freír todo lo freíble.
104
El Padre Convent, huésped de veinticuatro horas

El P. Convert no estuvo más que 24 horas; así que no tuvimos tiempo


de charlar gran cosa. Lleva seis años entre Kashunas y Kayáluvik en la costa
del mar de Bering, la región alaskeña más atrasada, más sucia, más salvaje,
y más irreductible.
No creo haya debajo del sol una región tan primitiva como ésta. No
hay correo ni lo habrá nunca. No hay barcos, porque todas las bahías son
rasas y los ríos son muy pequeños.
Ningún aviador se atreve a meterse en aquel desierto si no es muy de
paso y en días claros, pues un aterrizaje forzoso sería la sepultura del
aviador. El P. Convert tiene siete perros y un trineo, y cuando se le acaban
las municiones de boca y se cansa de estar solo, haca una visita a Hooper
Bay, donde se lava y se peina y se provee de todo.
Hooper Bay tiene oficina de correos. El Padre O'Connor es el cartero.
El P. Convert fue soldado del ejército francés y sirvió en el Líbano donde
aprendió algunas palabras árabes.
Todavía sujeta los pantalones con el cinto militar que le dieron, y tiene
serios escrúpulos si está o no obligado a restituirlo al Gobierno francés. Yo
le dije que no; que lo dejara sobre mi conciencia; y como si no tuviera
bastante de qué dar razón el día del Juicio, me he echado encima el hurto al
Gobierno francés de todo un cinto militar.
Tan falto de noticias estaba el Padre, que tuve que decirle quién era
presidente de Francia y quién presidía aquella semana el Gobierno de París.
Me dijo que era monárquico, y que Francia no tuviera rey, le importaba un
bledo quién desgobernaba la nación.
No he visto ningún francés tan despreocupado de los asuntos internos
de su patria. Él se entregó a los eskimales, y que los franceses se cuiden de
Franela. Dios le ha de premiar con este desinterés tan católico.
¿Y cómo es que yo, pobre misionero eskimal, sé quién gobierna a los
hijos de San Luis? En primer lugar no siempre lo sé. Saber quién gobierna
en Francia todos los días del año es una tarea muy difícil. Pero heredé del P.
Menager un aparato de radio y todas las noches escucho los 15 minutos de
noticias que radian desde San Francisco de California.
Si se descarrila un tren español, o si detiene la policía de Madrid a un
borracho en una esquina, me entero yo aquella misma noche; pues las
agencias noticieras mundiales que pasan por alto cuanto haya o pueda haber
105
de bueno en España, se despepitan por anunciar al mundo en alguna manera
pueda redundar en desdoro del actual Gobierno. El P. Convert tenía la
dentadura estropeada y fue a Fairbanks donde hay dentistas que le han de
dejar la dentadura como nueva.

Un blanco de Nueva Escocia

El P. Menager se encariñó con mi vivienda de Bethel de tal modo que


pasó conmigo la friolera de 18 días. Creo que contribuyó notablemente a
ello el sillón que acababa de adquirir.
Es el caso que murió de repente en Bethel un blanco de Nueva Escocia
que llevaba aquí muchos años. Era católico en teoría, pero muy abandonado
en la práctica.
El pobre tenía alguna excusa, pues fue marino de joven y no puso los
pies en ninguna iglesia durante muchos años; parte por no haber iglesias en
el mar, y parte por no preocuparse de ellas en tierra. Al fin, con los escar-
mientos que traen los años, se fue reblandeciendo e iba viniendo a Misa
alguna vez.
Una noche al terminar de cenar, cuando iba a encender la pipa, se
desplomó y falleció sin más debajo de la mesa. Cuando me dieron la noticia,
corrí y le administré la Extremaunción «sub conditione».
Acudió al entierro la población adulta de Bethel, y aproveché la
ocasión para echar un sermoncito y meter la daga hasta la empuñadura, en
medio del silencio más grave que he visto entre esta gente; pues la muerte es
siempre cosa muy seria.
Pues bien, este señor murió soltero y sin testamento y se vendieron sus
bienes en pública subasta. Fuimos todos a su casa poco después del entierro
para presenciar la escritura oficial de sus posesiones y comprar lo que se
pudiera.
Debajo de la cama tenía once pares de zapatos y una tabla de
logaritmos. La emprendimos con los zapatos, y yo tuve la buena suerte de
comprar dos pares buenos y baratos. Los logaritmos nadie los quiso. Como
hacía mucho frío aquel día, fueron condenados por unanimidad a la estufa
que nos calentaba.
Compré asimismo una cama con colchón y cinco mantas bastante
polvorientas; pero quedaron como nuevas después de apaleadas al aire libre.
Compré también pintura y brochas para pintar paredes, y sobre todo compré
106
muy baratos dos sillones inmensos que nadie quiso por no tener sitio para
ellos en sus casas. Cuando el P. Menager se sentó en uno de ellos y se puso
a leer un libro debajo de una bombilla eléctrica, se olvidó por completo de
Akulurak y no hubo modo de arrancarle del sillón.
—Convénzase, P. Llorente —me decía sin cesar— vive usted aquí
como un rey.

Ascética y chistes

Otra cosa que le encantaba al Padre era la Iglesia que él edificó, pero
que estaba muy rústica y sin terminar cuando yo vine.
Aprovechando un generoso donativo de una señora yanqui,
encomendé la tarea a un pintor de profesión y a un carpintero muy diestro
que en poco tiempo dejaron la Iglesia tan reluciente y tan hermosa que deja
boquiabiertos a los que la vieron antes y la ven ahora.
El P. Menager rezaba el Breviario y hacia visitas largas ante el sagrado
silencioso y se extasiaba ante el crucifijo (imitación del de Limpias, aunque
más pequeño) que adquirí y coloqué en el centro entre las seis velas
litúrgicas.
Por las noches nos entreteníamos comentando los libros de Santa
Teresa que él conoce muy a fondo, o discutiendo puntos de los Ejercicios
Espirituales de San Ignacio que él ha estudiado muy de propósito.
Entre col y col no faltaban anécdotas menos serias, como cuando me
dijo que una vez fue visitar a León XIII una peregrinación francesa en la que
estaba representada la ciudad de Nantes. El Papa iba preguntando a los
diversos grupos de dónde procedían y llegó el turno al grupo de Nantes, que
por cierto era pequeño. Al oír que venían de Nantes, les dijo el Papa con
amargura simulada:
—De Nantes teníais que ser: de Nantes. Bien profetizó de vosotros
Virgilio: «Apparent rari Nantes!...».
En otra ocasión celebraban con mucha pompa la fiesta del Corazón de
Jesús en un Colegio francés de estudiantes jesuitas. Hubo himnos y poesías
en que los estudiantes anhelaban derramar su sangre por Cristo. Terminada
la cena se anunció que se deseaban voluntarios en la cocina para fregar
platos; y como nadie se dirigiera a la cocina, el Padre Ministro los paralizó a
todos con esta exclamación a voz en cuello:
—¡A ver esos mártires; que vengan a fregar platos!
107
Cuando un día el cielo apareció sereno y vino el piloto a decir al Padre
que ya era hora de volver a Akulurak, nos despedimos con un abrazo
ignaciano y me invitó a visitarle y a visitar a tantos conocidos como dejé por
allá.

El Padre Greif, virtuoso del acordeón

El mismo aeroplano que llevó al P. Menager me trajo al P. Greif que


volvía de Akulurak, camino de Holy Cross. Este Padre tiene el honor de ser
considerado el mejor músico de todos los jesuitas yanquis. Le viene de raza.
Su familia se gana la vida en orquestas y bandas de música.
Cuando estuvo de capellán en el Pacifico durante la guerra con el
Japón, le mandaban frecuentemente a los hospitales a entretener con música
a los enfermos. Los soldados de un batallón le compraron el mejor acordeón
en el mercado; un acordeón que es a la vez órgano y costó nada menos que
650 dólares. El Padre lo lleva siempre consigo por dos razones: para tocarlo,
y para que nadie lo toque en su ausencia.
Es un instrumento pesadísimo que cuelga del cuello y hay que
desayunar fuerte para soportarlo. El P. Greif se transfigura tocándolo y tiene
sin aliento a los que le escuchan. Le llevé a visitar varias casas de amigos
para darles un concierto, y todos lamentaron que se tuviera que ir tan pronto.
En los dos meses que estuvo en Akulurak sustituyendo al P. Menager,
hizo algunos viajes en trineo, y me dejó estupefacto al decirme que viajaba
con ocho pares de calcetines, cuatro de algodón y cuatro de lana; dos pares
de pantalones, tres camisas de lana, y todo así. Cuando se despidió de mí,
me quedé sin melodías que hubieran arrancado a fray Luis de León una oda
mejor que la que dedicó a Salinas.

108
XV

Un mal aterrizaje en Nayak

Mi primer reloj de pulsera

En una de mis visitas a un soltero amigo mío que vive del juego y
otros entretenimientos no menos inocentes, le encontré borracho en toda
regla. Es blanco y veterano de la guerra mundial del 14. Se alegró mucho al
verme.
Me agarró con aquellas manazas lanudas de oso pardo y quiso
obligarme a que aceptase una copa o un billete de 5 pesos o algo. La
cuestión era que aceptase algo.
Como yo insistiese en que me sobraban millones y no necesitaba nada,
me miró a las muñecas en busca del reloj de pulsera, y al ver que no lo
usaba, me obligó a aceptar uno nuevo que tenía sin estrenar. Le pregunté si
el reloj era para el monasterio o para mí. Se quedó de una pieza.
Aguzando el cacumen replicó que era para mí, por supuesto, ¿dónde
hay monasterios por aquí? Y aunque los hubiera, ¿qué tenía que ver él con
los monasterios?
Acepté el reloj provisionalmente hasta enterarme de si era para el
monasterio o para mi uso personal; pues reloj de pulsera, aun con permiso,
me parece un derroche de lujo y mundanidad. El pobre reloj fue pronto
víctima de un desastre fenomenal que paso a describir, como si Dios
quisiera darme a entender que no aprueba en mi semejantes inventos.

Vuelta de campana

Ya hablamos más arriba de las minas auríferas de Nayak donde hay un


grupo respetable de católicos, parroquianos míos, aunque distan de Bethel
60 millas por avión.

109
Escogí para visitarlos el 17 de octubre, domingo y fiesta de Santa
Margarita María de Alacoque. Como iba a ser una visita de unos días, no
consumí el Santísimo de Bethel.
Cargué con las maletas, hice una visita muy fervorosa al sagrario y salí
para el aeródromo, que para mí es siempre salir para el matadero.
Creo que lo único que me da miedo en Alaska es el volar. Como para
Dios no hay secretos, se enteró de ello y me destinó al Kusko donde todos
los viajes principales tienen que ser forzosamente en aeroplano.
Esto me recuerda lo que Jesucristo hizo con Santa Margarita María,
cuyo hermano exigió de la Madre Superiora que no se había de dar queso
Margarita, pues los Alacoques abominaban el queso. Cuando el Señor se
decidió a obrar cosas grandes en Margarita, la exigió que tomara queso.
Es decir, que las almas que El escoge, no le han de negar
absolutamente nada, y cualquier temor implica en sí cierta desconfianza en
Dios que Él no puede tolerar.
Comparando lo grande con lo pequeño, digo que a mí me ha exigido el
Señor el sacrificio de volar cuando sabe que la vista de un avión me pone
los pelos de punta. Esta vez cargaron en el aeroplano varias cajas de
gasolina y una carga regular de mercancías para la mina.
Junto al piloto se sentó un muchacho de 17 años amigo suyo y muy
amigo de volar. Yo me senté detrás. El piloto es muy experimentado. Baste
decir que pasó los años de la guerra bombardeando a los japoneses en la
famosa carretera de Birmania, en Singapur y sus cercanías, y voló muchas
veces entre los picos formidables del Himalaya,
Despegamos sin novedad y nos remontamos por las nubes como la
cosa más natural del mundo. Yo me puse en oración, y tanto me consoló el
Señor en ella que me extrañó ver cómo habíamos llegado a la mina.
Aquella mañana en Misa había predicado sobre los misterios dolorosos
(estábamos en el mes del rosario) y recuerdo que al hablar de la coronación
de espinas me vinieron inesperadamente unos escalofríos que yo no pude
explicar. Ahora estábamos circunvolucionando sobre el aeródromo.
El aparato fue bajando según las reglas universales de aviación, y al
tocar el suelo lo hizo con una violencia inusitada que me hizo agarrarme a lo
primero que pillé a mano.
Botó hacia adelante unos 12 metros y, al tocar el suelo por segunda
vez, hocicó, dio una vuelta de campana y quedó tendido de espaldas en un
golpazo macabro seguido de ruidos de cajas y objetos que se estrellaron
110
atropelladamente contra la parte delantera.
Siguieron unos segundos de un silencio total. Si no hubiéramos estado
atados a los asientos, no hubiera quedado en nosotros un hueso sano. Hay
que hacer notar que al invertirse la posición del aeroplano, el pasajero queda
cabeza abajo y pierde toda noción de lugar.
El primer pensamiento que me vino fue éste: el motor se prenderá
fuego y arderemos todos fulminantemente. El hecho de que pude pensar con
lucidez me dijo que por lo menos no estaba herido de cuidado. No sentí
dolor alguno.

Saliendo de entre las ruinas

Quedé aprisionado entre las mercancías y la pared del aparato, y a


fuerza de forcejeos titánicos que no sé cómo no me produjeron una hernia o
me dañaron el tejido muscular, logré abrirme calle hasta la portezuela que
abrí mecánicamente, y dando un salto sobre el ala tendida en el suelo, me vi
sano y salvo en la nieve fresca con un ¡gracias a Dios! que no entibió
cuando noté con pasmo que iba dejando un reguero de sangre y que mis
vestidos parecían la túnica de José que entregaron a Jacob sus hijos
vengativos y sin entrañas.
Hasta me pareció poético el contraste de la sangre tan roja en una
nieve tan inmaculadamente blanca.
Los otros dos estaban inmóviles. En ráfagas sucesivas de
pensamientos que se sucedían por fracciones de segundo, noté que la hélice
estaba retorcida como cuerno de carnero viejo; por los engranajes del motor
goteaba gasolina que no formaba aún vapores, pero que los iría a formar
enseguida y tendríamos una explosión de llamas que ennegrecerían las
nubes; mis compañeros, muertos sin duda, debían ser extraídos al punto para
que recibieran honrosa sepultura en el cementerio familiar de Bethel.
Me lancé al interior del aeroplano a darles una absolución general y
condicional y pude oír que forcejeaban allá abajo sepultados en un montón
de escombros, o por lo menos así me parecieron las mercancías apretujadas
en desorden sobre ellos.
Apenas quité dos o tres cajas pesadas, el joven pasajero se desenredó
como pudo y salió de un salto mágico muy explicable. Volvió en ayuda del
piloto que salió luego de otro salto acrobático con cara enrojecida y ojos de
espanto.

111
Nos quedamos mirando los tres a una distancia respetable del aparato
y descubrimos que el único herido era yo; ellos sólo tenían algunos
renegridos y magullamientos muy leves.
Yo tenía una herida en la cabeza, y era tanta la sangre que me salía,
que se alarmaron razonablemente, pero ¿qué íbamos a hacer? Me senté
silencioso mientras ellos descargaban la mercancía. Cuando salían con
cajones al hombro, se les metían los pies por los forros de las alas que
quedaron hechas jirones.

Lo inexplicable

No hubo modo de explicar por qué el motor no se prendió fuego.


Tampoco se pudo explicar por qué no se dio la vuelta al primer
encontronazo con el suelo cuando con la violencia nos hubiéramos hecho
añicos, sino en el segundo cuando la velocidad inicial había perdido ya
mucho momento y resultó menos fatal.
Tampoco se pudo explicar la coincidencia de que las mercancías
cayesen sobre nosotros sin aplastarnos instantáneamente.
Y mucho menos se pudo explicar a qué se debió el accidente. A mí me
alcanzó una caja de gasolina que me dio de esquina en la cabeza y cortó la
piel hasta el hueso.
Se me ocurrió mirar al reloj y ver a qué hora había ocurrido aquello;
pero mi reloj, el reloj de pulsera que me regaló el borracho, estaba parado,
víctima también del accidente, y marcaba 19 minutos para las cinco.

Envuelto en sangre

En esto llegó el auto de la mina con varios mineros que se alborotaron


mucho al verme y me llevaron a toda velocidad al dispensario que tienen allí
para casos de urgencia.
La enfermera, una señora católica muy afable, perdió la serenidad al
verme hecho un «ecce-homo» y desde entonces no vi en mi alrededor más -
que consternación y pánico, por mucho que me esforzaba yo en sosegarlos
diciendo que era más el ruido que las nueces y que me encontraba
totalmente normal.
Me sentaron junto a un grifo delante de un espejo grande y entonces
pude ver que realmente aquello era para poner miedo. El abrigo de pieles, la
112
camisa, los pantalones..., todo era sangre. La oreja y mejilla izquierda eran
un cuajarón horripilante.
De la cabeza no hablemos. Al cabo de lavados y vendajes, quedé
bastante presentable; pero la enfermera se negó rotundamente a pasar
adelante en la curación, diciendo que era demasiado para ella por carecer de
rayos X y por temor a complicaciones, etc.
Es muy afecta a los misioneros y creo que esto influyó en ella.
Mientras más pronto me viera el médico de Bethel, mejor. Al fin y al cabo
los sacerdotes no se hacen como los juguetes.

Otra vez volando

En resolución, se decidió en juicio sumarísimo que me volaran


inmediatamente a Bethel donde tenemos hospital y médico. Un minero
aficionado a la aviación tenía allí mismo un aeroplano diminuto en el que
me podían lleva sin novedad. Entretanto iba anocheciendo.
Creo no exagerar si afirmo que jamás en la vida he sentido tanta paz y
gozo interno como en aquellas horas que siguieron al accidente. Con el susto
y excitación nerviosa todo adquirió muy pronto caracteres de tragedia catas-
trófica, aunque en realidad y mirado en frío, no pasó de un susto y de un
aeroplano menos.
Por primera vez en la vida me pareció que Dios me pedía algo que
valía la pena, y corrí a dárselo con las manos extendidas como rogándole
que lo tomase todo.
Por primera vez en la vida me pareció que juntaba mi sangre a la
sangre redentora de Cristo para ayudarle a completar la redención y
salvación del mundo; pues como había celebrado Misa aquel día y había
consumido el cáliz, me pareció que aquella sangre era tanto de Cristo como
mía.
Me inundaban oleadas de gozo interior al ver y palpar que Dios se
acordaba de mí y me trataba como trató a su Hijo, aunque el parecido era de
proporciones infinitamente menores; y entonces tuve atisbos de que el
martirio puede ser una explosión de gozo y es y debe ser un privilegio
inmerecido que nunca podremos agradecer bastante.
Por eso, cuando me dijeron que me pusiera los guantes y me abotonase
el abrigo, pues ya me esperaba el aeroplano para volverme a Bethel, no me
importó nada volver a caer y estrellarme de una vez, siendo así que yo tenía
113
tanto miedo a volar, y ahora los hechos demostraban que mis temores tenían
su fundamento.

¿Perdidos en el aire?

El mismo piloto del accidente se ofreció a volarme, y nos metimos en


aquella sombra de avión: un verdadero cajón con alas donde apenas
cabíamos aunque el piloto iba entre mis piernas.
Ya era de noche; pero había algo de luna, y sobre todo esperábamos
guiarnos por el faro gigante de Bethel que ilumina las rutas aéreas por las
noches y días de niebla. Despegamos sin novedad y nos vimos pronto en las
nubes iluminadas por una luna lánguida.
Por más que mirábamos en dirección de Bethel, no descubríamos el
faro. El motor seguía zumbando. Pasó un rato muy largo sin que notásemos
rastros de faro
Al cabo de otro rato muy largo, sin ver faros, nos convencimos de que
allí ocurría algo muy serio. ¿Estábamos perdidos? ¿Íbamos hacia el mar o
hacia los montes? Allá abajo todo se volvía manchones oscuros de arbustos
y zizagueos irritantes de ríos pequeños que entraban y salían del caudaloso
Kusko.
Como la cantidad de gasolina era muy limitada, llegué a prever la
posibilidad de tener que aterrizar a bulto en la selva enlodada. ¡Menuda
noche que nos esperaba, aun dado el caso que el aterrizaje fuera feliz!
Después de ofrecer muchas veces mi vida a Dios por la salvación del
mundo, pensé que el Santísimo Sacramento de mi Iglesia de Bethel pudiera
servir muy bien de imán que atrajese derechamente el aeroplano al
aeródromo que hay junto al hospital. ¡Con qué fervor se lo pedí al Señor!
Leemos en las vidas de algunos Santos que tenían a su disposición los
tesoros del Corazón Jesús y alcanzaban cuanto pedían, por no poder
negarles nada Jesucristo. ¡Quién fuera de estos Santos; y cuánto bien hacen
al mundo los tales!
Yo interpuse las oraciones de las almas buenas que rezan por Alaska y
las Misiones en general; tal vez alguna o algunas de esas almas pertenecen
al grupo de Santos arriba mencionados.
Mientras divagaba yo sobre esto, se vuelve el piloto y me dice:
—Hurra, amigos, estamos sobre Bethel.

114
¿Qué le había ocurrido al faro? Había sufrido no sé qué desperfectos y
lo estaban arreglando los mecánicos del Servicio Civil de Aeronáutica.
Hicimos varias circunvoluciones sobre el aeródromo y aterrizamos sin
novedad a la luz pobre de una luna enfermiza que, al fin y al cabo, nos dio la
vida.
El instinto animal de conservación gritó dentro de mí: «ya no vuelvo a
volar»; pero lo acallé al punto, pues sería una barbaridad rechazar el cáliz
que tan amorosamente nos regala Dios.
Entramos en el hospital y el médico, después de examinarme, dijo que
aquello no era nada. Una cortadita de tres pulgadas que se había detenido al
llegar al hueso. Afeitó el área correspondiente; congeló la piel rasgada; pidió
una aguja; dio tres puntaditas majísimas y dijo que eso era todo. Dijo que las
heridas en la cabeza asustan mucho por la gran cantidad de sangre que
ocasionan; pero no son nada en realidad. Se lava la herida, se cose, se pone
un emplasto encima y a dormir.

Cebando las sobras

A todo esto yo no había cenado. Como tampoco había comido, tenía


un hambre más que regular. Coincidió que en la casa misma del médico
habían tenido una gran cena aquella noche tres familias amigas.
La esposa del médico me llevó a cenar las sobras. ¡Vaya sobras!
Habían sobrado zancajos de pollo sin tocar, guisantes, patatas con grasa,
ensalada, un buen trozo de mazapán y hasta helados.
Todo lo despaché reposadamente mientras les contaba a los presentes
las anécdotas más salientes del suceso. Con aquel cabezón vendado
semejaba un herido de guerra que venía de bombardear trincheras.
En mi viaje de vuelta temía un aterrizaje en la selva nocturna, y Dios
me estaba preparando este banquete tan suculento y patriarcal; para que
luego nos atrevamos a medir a Dios por el rasero miserable de nuestra
pequeñez ramplona. Quedé aquella noche en el hospital a descansar del
susto más que del dolor.
A la mañana siguiente, en uno de tantos movimientos como hace uno
despierto, noté que me dolía en diferentes sitios, principalmente en las
piernas. En estas hallé varios renegridos que chillaban al tocarlos, y allá
junto a un pie descubrí con pasmo que me había despellejado y no lo había
sentido.

115
Este fenómeno de no haber sentido nada me recordó al dentista
mejicano que prometía sacar las sin dolor. Tenía en el asiento un mecanismo
que, al pisar en un pedal, daba un pellizco retorcido al incauto paciente.
Cuando la muela estaba a punto de salir, pisaba el pedal. El paciente
saltaba de la silla sin acabar de localizar el dolor que le corría por todo el
cuerpo, y en la confusión consiguiente se olvidaba momentáneamente de la
muela; que de eso se trataba. Como no podía menos de suceder, vino un
indio quejándose de una muela en la mandíbula inferior. Al salir la muela y
llevarse el pellizco consabido, exclamó estupefacto:
— ¡Quién iba a pensar que llegaran las raíces tan abajo!

Mi 42º cumpleaños (18-XI-48)

Un mes y un día después del accidente llegó mi cumpleaños. Ya no


soy aquel joven de 29 años que entró un día en Alaska boquiabierto. En el
rodar implacable de la vida me veo ahora con 42 años a cuestas. Cuando
amaneció y me vi tan viejo, pensé que ya era hora de que me entrara el
juicio; pero luego lo pensé mejor y decidí no darle entrada jamás. Allá el
juicio para el que lo quiera. Yo seguiré tan boquiabierto como cuando entré
en Alaska, y procuraré anotar en mi cartera todo lo que se me ponga a tiro,
sean procesiones, entierros, conversiones, golpazos en la cabeza o pellizcos
mejicanos.
Pero volvamos a mi cumpleaños. Ese día fue día de correo. Pregunté al
cartero si había algo. Por toda respuesta me entregó tres cajas respetables
que acababan de llegar, enviadas desde California por la monja franciscana
Sor María Juana Millcr que tiene a su cuidado la puerta de un hospital de su
Orden en San Francisco, y tiene también la loable costumbre de dar sablazos
a los que entran y salen para beneficio de mi despensa.
Una caja venía llena de pastas finas. Otra de chocolate. La tercera era
de nueces tan apretadas que no hacían ruido.
Y me llegaron el día de mi cumpleaños después de atravesar golfos,
montañas y llanuras encharcadas; para que conste una vez más que el que dé
a Dios uno, recibirá de Él un millón a vuelta de correo.
Yo no había dicho a nadie que aquel día era ml cumpleaños, para no
meter a nadie en apuros. Cené en una fonda para celebrar el acontecimiento
sin tener que fregar platos.
Al volver a casa guiado, por la linterna, encontré a la puerta un bulto
116
que resultó ser un mazapán enorme con un baño de diversos colores que me
encandilaron los ojos. Una mestiza católica, madre de seis hijos, se había
enterado sabe Dios cómo y me lo había confeccionado para darme una
sorpresa. Que Dios nuestro Señor se lo pague haciéndola entrar conmigo a
partes iguales en el botín de almas que se salven por mi medio. Amén.

117
XVI

Diciembre en Kalskag

Mi casita de 300 dólares

Al entrar en diciembre tuve que volver a la tarea ingrata de preparar


las maletas; pues había prometido a los cristianos de Kalskag que pasaría
con ellos las Navidades y nunca creyeron que les hablaba en serio. Ningún
Padre las había pasado allí.
Para que se convencieran de una vez de que yo cumplía lo prometido,
me presenté en Kalskag el día 4, día frigidísimo, aunque en el aeroplano la
temperatura no era mala.
Lo primero que hice fue decirles que íbamos a preparar una Misa
cantada para la fiesta de la Inmaculada. Se alegraron sobremanera.
Cargamos con las maletas y nos dirigimos en procesión a mi casita que
humeaba como las demás y nos invitaba a refugiarnos y defendernos contra
el frío que nos traspasaba los huesos.
Entramos y nos apelotonamos Alrededor de la estufa recién encendida.
El catequista, que es a la vez carpintero, me fue enseñando las distintas
piezas del ajuar que él mismo había hecho recientemente.
En primer lugar habla puesto piso doble como se hace en Alaska para
alivio de los pies. Luego reforzó las paredes con cartones aisladores,
invención moderna que aquí nos da la vida.
Reforzó el tejado por dentro y por fuera que es un primor. Me hizo dos
mesas con sendos taburetes, una para comer y otra para escribir, y puso
encima de ellas respectivamente palomillas para los platos y plúteos para los
libros.
En el medio puso una estufa nueva que mantiene la temperatura al
nivel que uno quiera, con sólo regular el consumo de leña. Afuera, junto a la

118
puerta, me puso un montón de leña cortada a la medida.
Me hizo asimismo un catre de madera sobre el cual pusimos un
colchón nuevecito con cuatro mantas.
Se me olvidó encargar una almohada y como no la había en la tienda
local, tuve que echar mano de los pantalones bien dobladitos y con una
toalla por almohadón.
Es decir, que por 309 dólares sarnosos que me costó el material, más
90 dólares que le di al catequista por el trabajo, tengo ahora en Kalskag casa
propia; pequeña, es verdad; como que no tiene más que 12 pies de ancha por
14 de larga (1); pero casa propia e independiente, bonita, caliente, silenciosa,
a diez pasos de la Iglesia, en fin, que no hay más que pedir.

Alejandro, el batallador

Lo que yo llamo «mi escritorio» está entre la estufa y la ventana.


Después del desayuno me siento delante de la máquina de escribir y tecleo
hasta que llaman a la puerta.
Estos eskimales se van civilizando visiblemente, pues llaman a la
puerta. Los del bajo Yukón no han entrado aún por esas y entran sin llamar.
Aun aquí, si llaman, ya sé que son adultos; pues los niños se meten sin
llamar y no hay manera de hacerles entender que deben llamar.
Todo el santo día entran y salen esquimales que se sientan en el banco
que puse junto a la cama y me entretienen con preguntas y respuestas.
Uno de los más viejos es Alejandro. De joven era muy robusto.
Cuando se emborrachaba (que era con mucha frecuencia), se peleaba con to-
dos y casi siempre salía ganando.
Sus hijos le imitaron a la letra; y como eran tres casi iguales, los
Alejandros se hicieron temibles en todo el contorno. Se casaron los hijos y
se dispersaron dejando al padre sin refuerzos en las refriegas bacanales.
Entonces los habitantes de la aldea discurrieron un medio original de
quitarle las ganas de pelearse. Un día de danzas se emborrachó
medianamente y comenzó a insultar y dar pechugones a todo el que se le
ponía delante.
Le invitaron a pelearse en una casa vacía donde cuatro de los más
fornidos se cuadraron cada uno en una esquina del recinto. Cuando
1
Aproximadamente 4 x 4,50 metros.
119
Alejandro se acercaba a uno, recibía un puñetazo bien puesto que daba con
él en tierra. Se levantaba hecho una furia y arremetía con el más cercano.
Este le daba otro puñetazo que también lo tumbaba.
Como Alejandro estaba borracho y los otros no lo estaban, se
relevaban hasta que Alejandro quedó tendido en el suelo más muerto que
vivo.
La aldea en pleno rió el suceso. Alejandro, al volver en sí, se enteró de
que cada vez que quisiera pelearse tendría que habérselas con cuatro, pues el
experimento había dado buen resultado y pensaban repetirlo «ad infinitum».
Pensó bien los pros y los contras y se decidió a cortar las borracheras,
pues le iba en ello poco menos que la vida; ya que para él eran cosas
idénticas embriagarse y pelearse. Hoy Alejandro tiene ya un biznieto y lleva
camino de llegar a tatarabuelo.

Jorge, el infortunado

Jorge me visita con frecuencia. Se casó con una mestiza muda. Hablan
por señas y pocas, pues no parece sino que se comunican por pensamiento
como los bienaventurados en el cielo.
Tuvieron siete hijos, pero todos se les murieron de pequeños. Ya no
esperan más. No han dejado piedra por mover para adoptar algún hijo; pero
los aldeanos han perdido tantos hijos entre accidentes y muertes naturales
que no tienen ninguno de sobra.
Jorge se resignó y puso todos sus amores paternales en un gato que
creció en su regazo muy gordinflón y mimado.
Este verano fue a cazar almizcleras en los lagos limítrofes y fijó la
tienda de lona entre arbustos que adquieren aquí un tamaño regular. Por las
copas de los arbustos se veía todos los días un águila que, al parecer, iba en
busca de ratones silvestres. Al gato también le gustaba cazar ratones.
Una tarde se oyó un ruido extraño a corta distancia, y Jorge tuvo la
pena de ver con sus propios ojos al gato remontarse por los aires en las
garras aceradas del águila que se perdió en la lejanía.
¡Pobre Jorge! Dice que todo le ha salido mal en la vida; pero vive
sumamente resignado como buen eskimal.
Además no es cierto que todo le haya salido mal. Precisamente hará
sólo cosa de un mes tuvo una suerte monumental. Salió a cazar conejos con
escopeta de perdigón.
120
Pasaron horas y más horas por rastros muy difíciles, cansado,
hambriento, siempre con la esperanza de que se le pusiera a tiro algún ga-
zapo... y nada.
Desesperado, echó la escopeta al hombro y, al cortar por un atajo entre
breñas, se halló de sopetón delante de una madriguera en la que invernaban
unos osos al parecer dormidos.
Corrió a casa, y sin pensar que iba ya anocheciendo, tomó el rifle y
volvió jadeante a la madriguera con el dedo al gatillo. La osa madre le había
olido y habla tomado las de Villadiego dejando en la nieve un rastro
magnifico.
Dentro quedaban osos dormidos y confiados. Matarlos dentro era
improcedente; pues, como son tan pesados, cuesta mucho sacarlos.
Disparó al aire. Al cabo de algunos desperezos, protestas y rezongueos
salió uno a ver qué pasaba. Una bala a quemarropa le dejó tendido. Salió el
segundo y le pasó lo mismo. Salió el tercero algo más duro de pelar, pero
dos balazos certeros le paralizaron y se fue desangrando a torrentes como
sus dos hermanos. No salieron más.
Entró Jorge gateando y me contó que la madriguera tenía el suelo
cubierto de yerba seca muy caliente. Las paredes tenían una costra de
escarcha formada por el aliento congelado de los osos.
Al día siguiente cayó una nevada fenomenal que cubrió el rastro de la
osa fugitiva. Los tres osos, acarreados en trineos, proveyeron de carne a la
aldea; y a él le proporcionaron más alimento que todos los conejos del
contorno.

Margarita, la charlatana

Margarita estuvo en Holy Cross y habla un inglés muy pasable. Tiene


siete hijos.
—¡Ay, Padre —me dice suspirando—, si viera lo que me cuesta
criarlos! Son muy holgazanes y no me hacen caso; y como su padre ya es
viejo, tampoco le hacen caso.
»Nunca debí casarme con él; pero a mí nunca me ha gustado
contradecir a nadie; así es que cuando me dijeron en casa que me casara con
él, me casé. Lo hice a regañadientes, bien lo sabe Dios que lee los
corazones; pero me casé.
»Si no fuera por el agua bendita, no sé qué hubiera sido de nosotros.
121
Cuando los chicos se pelean en la cocina, les echo agua bendita y con eso se
pacifican. Cuando se pelean en la cama, aguardo a que se duerman y luego
los rocío con el agua santa.
»Algunas veces cuando no hacen caso ni al agua bendita, me pongo
por detrás y les echo la bendición; así se sosiegan y se sueltan y volvemos a
tener paz.
»Una vez se me quemó una niña, Teresa, la que viene aquí al
catecismo. ¡Qué horror, Padre, ni que la hubiéramos metido en una hoguera!
Cuando se lo escribimos al médico, se alarmó y no nos dio esperanzas de
vida. Entonces yo invoqué a Santa Teresa y la dije que si me la curaba, la
haría una novena.
»Y mire usted, Padre, me la curó. Yo cumplí mi palabra y en
agradecimiento hice la novena. Da gusto tener Santos en el cielo que nos
ayuden.
»Y cuando voy a comulgar siempre le digo a Jesús: «Jesús mío, que
mis hijos mueran antes de que te ofendan», —como nos dijeron que dijo una
madre muy santa de un pueblo muy lejos de aquí.
»Por eso cuando se nos murió un niño de dos años y no podíamos
menos de llorar, yo le decía a mi marido: «A lo mejor es que iba a ser malo,
y Dios se lo llevó ahora que es un ángel», y mi marido me dijo que tenía
razón; y con eso nos conformamos.
»Mi marido es muy bueno; siempre me deja hacer lo que yo quiero;
pero el pobre ya es viejo. Cuando nos casamos, el pobre no sabía nada de
Dios; pero ahora ya reza y comulga; y cuando le digo: «Vamos a rezar», es
el primero que se arrodilla.
»Algunas veces le dan un trago y vuelve algo incoherente, pero se le
pasa en seguida. Al principio se empeñaba en fermentar en la cocina bebidas
fuertes; pero yo me cuadré y le dije que si las fermentaba, me marchaba a
casa de mis padres y no volvía; y como él me quería tanto, se acobardaba y
no lo hacía.
»Luego para que no cayera en la tentación, le echaba agua bendita
mientras dormía, y con eso hemos vivido siempre en paz, loado sea Dios».
Margarita, cuando toma la palabra (que es casi, siempre) no la suelta
hasta que tomo el Breviario y me santiguo. Esa es la señal de partida.

122
Celedonia, mi vecina

Mucho menos habladora que Margarita es Celedonia, mi vecina.


Estuvo también en Holy Cross. Se casó con un viudo criado en la
religión rusa ortodoxa; pero ella le convirtió; y tan a pechos tomó la
conversión que ahora es puritanico y mira con ceño los entretenimientos
más inocentes.
Tuvieron una hija que se les murió a los 18 años: María Rosa. Fue un
ángel toda la vida. A los 10 años la quisieron casar; pero se opuso y no hubo
modo de hacerla dar el brazo a torcer.
Un día que su padre le preguntó formalmente por qué no se quería
casar, María Rosa respondió con gran aplomo:
—Porque presiento que me voy a morir pronto y quiero ir al cielo
como una virgen.
El padre calló y ya no se volvió a hablar de casorios. Efectivamente
cayó pronto enferma del pecho y se vio forzada a guardar cama. A medida
que se iba acabando, crecía en ella la fe en las cosas celestiales y la alegría
de morirse.
Fue visitada varias veces por San José. Supo que era este Santo,
porque era lo mismo que la estatua de San José de la iglesia.
Asimismo se la veía extasiada en la cama, cuando se la preguntaba por
qué estaba tan inmóvil, respondía que estaba escuchando melodías del cielo
que la arrobaban.
El día antes de morirse preguntó a su madre si no veía a nadie allí
junto a la cama. A la respuesta negativa replicó María Rosa que allí mismo
junto a ella estaba un ángel hermosísimo que la miraba muy complacido.
Su madre la rogó que delinease con el dedo el espacio ocupado por el
ángel. Entonces María Rosa, ayudada por su madre, se incorporó y delineó
con el dedo todos los contornos con alas y todo.
Lo digo tal y como me lo dijo Celedonia, que se horrorizaría de saber
que los filósofos discuten si los ángeles ocupan o no lugar, y cuántos podría
Dios poner en la punta de una aguja.

123
XVII

Las fiestas de Navidad

El cielo anticipado

Todos los días de la semana tenemos en Kalskag un promedio de 25


comuniones. Les domingos llegan a 60. El día de la Inmaculada tuvimos 64.
Días antes de la fiesta ensayamos en mi casa la Misa de Angelis con
armonio y todo. Era la primera vez que se iba a cantar le Misa en el río
Kuskokwin que nace en el corazón de Alaska y desemboca en el mar de
Bering.
Hubo que salvar dos pasos difíciles en el «Gloria». Convinimos en que
al llegar a ellos, afinasen y me siguiesen a mí que los ayudaría desde la silla
donde me sentaría mientras se cantaba el Gloria.
En efecto, cuando llegamos a los pasos temidos, saqué toda la voz que
tenía adentro hasta que cogieron el hilo y siguieron muy ufanos y confiados.
Por vía de motete cantaron un himno que me gusta sobremanera. Tan
bien lo ejecutaron que me emocioné y tuve que agarrarme al altar para
mantenerme en pie.
Esa juventud inquieta que anda por el mundo buscando alegría sin
encontrarla nunca, que venga a Misiones. De mí puedo afirmar que el gozo
interno es a veces tan grande que temo me pague Dios en esta vida lo que yo
creí ser patrimonio de la otra.
En el altar de Kalskag con la sagrada Hostia en las manos y oyendo los
himnos de los eskimales no me cambio yo por nadie. Es sencillamente un
cielo anticipado.

124
Una reunión familiar

En esto se nos estaban echando encima las vacaciones de Navidad. El


señor maestro trata entre manos una reunión familiar de toda la aldea en la
escuela con alguna comedia o cosa por el estilo, Coincidió que su esposa
cayó enferma y él no veía la manera de llevar a cabo lo empezado.
Me ofrecí a dar feliz remate a la aventura. Todas las tardes reunía a
chicos y chicas y ensayamos una mezcolanza de entretenimientos la mar de
originales.
En un escote general reunimos 20 dólares que gastamos en dulces,
pasas y maíz tostado, lo suficiente para que a todos nos tocase un buen
cucurucho.
Llegado el día, nos juntamos en la escuela con gran alboroto y gran
expectación. Al entrar cada uno recibía su paquetito. Por fin se sentaron
todos en un gran semicírculo charlando, riendo y comiendo.
Se abrió una puerta lateral y entraron los actores muy serios como si
fueran seres extraños venidos de otro mundo.
Desde entonces ya no hubo más que algazara y río revuelto yendo de
novedad en novedad y siempre en espera de algo nuevo que los cogía de
sorpresa; el maestro encantado, los actores muy en su papel y yo sudando la
gota negra; pues es de saber que con la aglomeración de gente y la estufa y
mi ropa de lana allí no había más remedio que sudar aunque afuera se ape-
lotonaba la nieve hasta las ventanas. Salieron todos encantados y con
muchas ganas de que se repitiera.

Turrón de Jijona

Entre tanto se iba decorando la iglesia para la Misa del Gallo que iba a
ser cantada. Después de comer ensayábamos la Misa gregoriana hasta que
quedamos satisfechos del buen resultado.
Además tuve que buscar un rato aparte para preparar cinco niños que
iban a hacer la Primera Comunión. Mi casita parecía un enjambre.
Para colmo de bendiciones llegó el aeroplano correo y me trajo dos
kilos de turrón de Jijona que me enviaba la señora Bertha Téllez de Méjico.
Este año lo envió con tiempo.
En los días de Akulurak me llegaba durante la cuaresma; y como la
presencia del turrón me turbaba demasiado, lo comía descarado en aquella
125
estación santa de penitencia cuando ni siquiera nos viene a la imaginación la
palabra turrón.
Esta vez me llegó tan a tiempo que no pude menos de dar gracias al
Jesús de mi sagrario tan callado y escondido, pero tan activo y atento para
que no me faltase turrón en mi refugio de Kalskag.

Las confesiones de la víspera

La víspera de Navidad no salí de casa. Era el día de confesiones para


los hombres mientras las mujeres daban los últimos retoques a los adornos
recargados de la iglesia.
Con la estola al cuello y sentado a la máquina de escribir los iba
despachando según venían, que solía ser uno o dos cada tres cuartos de hora.
La razón de este aparente desorden es que los eskimales son de una
independencia feroz y vienen cuando se les antoja, no cuando se les manda.
Con todo y con eso yo he hallado un medio de que vengan a montones
y acabar pronto, y es éste bien sencillo. Me pongo a hacer chocolate, no con
intención de hacerlo y tomarlo, sino de ocuparme en algo que no admite
interrupción.
Apenas comienza a hervir la chocolatada, llaman a la puerta. Se
confiesan cinco o seis con toda paz mientras se me estropea el chocolate.
Reanudo la operación y así logro despacharlos a todos en bloques regulares.
Quedan siempre rezagados, naturalmente.
Los hay que ni el olor del chocolate los trae. Entonces me pongo a
freír un par de huevos y el resultado es maravilloso. Mientras doy la
absolución echo una mirada de lástima a las yemas de los huevos que se
achicharran solas en la sartén.
Luego recapacito y me maravillo de la calma, la paz, la flema y la
pachorra que he adquirido en Alaska, yo que antes era todo prisas y
actividad.
Es que me han domado los eskimales. Algo parecido a lo que pasa con
esos mozos tan bravíos y montaraces de solteros, que luego se casan, y entre
la esposa y los hijos dejan a mi mozo más manso que un cordero. ¿Qué va a
hacer uno contra muchos a la larga?

126
La Nochebuena

A las nueve de la noche se habían confesado todos sin quedar uno.


Entonces vacié el pote de habichuelas que estaban hechas una pasta de tanto
hervir y las despaché tranquilamente.
Miré despacio al turrón hasta que se me hizo la boca agua y despaché
una porción respetable dando de nuevo gracias a Dios por habérmelo traído
con tanta oportunidad.
Fregué los platos y me quedé sumido en meditación sobre el portal de
Belén; portal bien distinto de nuestros Belenes, sobre todo de algunos ultra
idealizados, con lagos, cisnes, cascadas, trenes, rebaños en la loma verde,
palomares, etc., etc., cosas todas que no existieron en el verdadero portal de
Belén.
La que llamamos Portal de Belén fue una cueva. En Alaska estamos
familiarizados con cuevas de osos y lobos y zorros. Así fue la de Belén; sólo
que más grande.
Yo me meto en espíritu en esa cueva y pido a la Santísima Virgen que
me explique todo lo que en ella veo.
Tantas explicaciones me da nuestra Santísima Madre que me hago
cruces cuando da el reloj las once y media y viene a despertarme la ronda
que va de ventana en ventana cantando un villancico apropiado.
El ambiente no puede ser más católico. A las doce menos cuarto la
iglesia está abarrotada. El altar está hecho un ascua de tantas luces.
Además de los dos monaguillos ordinarios hay otros dos con el
incensario y la naveta respectivamente, tiesos como pinos, y dispuestos a
probar que no han de cometer ni un solo error, gracias a los ensayos de los
días precedentes. Misa con incienso era cosa nunca vista por acá.
Cinco minutos antes de las doce entona el coro el pasaje del
Martirologio narrando el hecho del nacimiento del Mesías. Al terminarlo, se
descorre la cortina que ocultaba el Nacimiento, y todo el pueblo clava los
ojos en aquel portento de novedad churrigueresca.

Las tres Misas de Navidad

Entonces hacemos una venia y nos dirigimos al altar con gran mesura
y seriedad según el orden prefijado. Se canta la Misa «de Angelis» sin
tropiezo serio mientras el altar es una nube de incienso.
127
Echo un sermoncito sencillo y al grano, que me sale de lo íntimo del
alma; tan de lo íntimo, que si no los convierte a ellos, me convierte a mí. Lo
termino sudando por la sencilla razón de que yo sudo por nada.
Llegamos a la Comunión y tuve el gozo de repartir 76 formas
consagradas, loado sea Dios, que hoy como ayer se complace en conversar y
convivir con los humildes y sencillos de corazón.
Los eskimales de Kalskag no podemos ser más sencillos y competimos
en pobreza con los pastores bíblicos de Belén. No hay entre nosotros sabios.
Tan ignorantes somos que ni siquiera sabemos ser incrédulos ni mordaces ni
sarcásticos.
Somos tan pobres, que si nos registrasen, no hallarían entre todos
nosotros arriba de cien pesos.
Pero en cambio no hay quien nos gane a reírnos ni a cantar villancicos
ni a pasarnos las horas muertas en la iglesia adorando a nuestro Dios
escondido en el sagrario.
Al terminar la primera Misa, comienzo la segunda. Durante toda ella
se suceden cánticos de Navidad que entonan todos a voz en cuello mientras
yo me remonto en espíritu a los cielos que esta noche, destilan miel y nos
están rociando con lluvia divina.
Como San Pedro en el Tabor, quisiera que esta segunda Misa no se
acabara nunca, porque da gusto estar en compañía de Jesús, el único que
llena el vacío infinito de nuestro corazón.
Al terminar la segunda Misa salimos todos a la calle que tiene medio
metro de nieve apisonada y dura como cemento, y mientras nos damos la
mano y nos felicitamos las Pascuas con gran efusión y familiaridad, los
mozos nos recrean con salvas de rifle cuyos ecos cruzan el río y, cuando los
creemos perdidos, vuelven a resonar repetidos por el monte cubierto de
pinos que se eleva detrás de la aldea.
Durante diez minutos todo es fogonazos como si estuviéramos
repitiendo una invasión armada del enemigo.
El cielo está cuajado de estrellas fulgurantes con claros grandes acá y
allá que tal vez son ráfagas de la aurora boreal que no aparece esta noche en
forma discernible.
El termómetro marca 39 grados bajo cero. Las chimeneas vomitan
bocanadas de humo negro que se queda sobre los tejados formando nubes
aisladas cada vez más negras.
Yo me meto en la cama donde muy pronto pierdo de vista el mundo de
128
los vivos.
A las diez y media tenemos la tercera Misa con un lleno absoluto;
porque como no tenemos nada que hacer, y como no hay entretenimientos
que nos distraigan, la iglesia es hoy el centro de todas nuestras actividades,
y entre el portal de Belén y el sagrario se lo llevan todo.

La tentación de la soledad

A las cuatro de la tarde volvemos a la iglesia a rezar el rosario y tener


bendición con el Santísimo. Les echo un sermoncito casero paseándome
entre ellos desde la puerta hasta el comulgatorio, y terminamos con el
«Adeste fideles» en latín y a todo pulmón.
Yo ceno solo. Tengo arroz y una lata de carne, pan, mantequilla, té y
la última ración, de turrón que guardé para esta hora.
Mientras me doy el gran banquete solitario, me animo a mí mismo
hablando en plural y me digo:
«Comamos y bebamos, que hoy es Navidad y tenemos que echar una
cana al aire».
Esta noche hubiera deseado cenar en compañía de alguien; pero no se
vieron cumplidos mis deseos; que al fin y al cabo estamos en Misiones, y
los gozos tienen que ser espirituales.
En cenas solitarias como ésta le asalta a uno tentación de tenerse
lástima a sí mismo; tentación que nunca debe arraigar por ser muy peligrosa.
Yo la arranco de raíz recreándome con el pensamiento de la compañía tan
noble que me espera en el cielo cuando vaya a celebrar las Navidades
eternas.
La tentación pasa. Friego los platos y voy a charlar con el maestro, o
más bien a consolarle, pues con la enfermedad de su esposa las Navidades
este año no le saben a mucho.

El especialista en pájaros

El buen señor se ha especializado en pájaros y flores y ha venido aquí


a estudiar los que se crían en Alaska.
De las 813 especies de pájaros de este hemisferio, había una —sólo
una— el «curiew», que no se sabía dónde anidaba.

129
Este pájaro de pico excepcionalmente largo y algo encorvado pasa los
inviernos en la isla de Tahití e islitas circunvecinas al extremo sur del gran
Pacífico y en un vuelo fantástico, que deja tamañitos a todos los demás, cae
sobre las co1inas del bajo Yukón lejos de toda habitación humana.
El verano pasado organizaron una expedición en aeroplano tres
señores ornitólogos dispuestos a jugarse la vida en busca de un nido de
«curiew».
El maestro de Kalskag es uno de los tres.
Después de muchas tentativas inútiles, amararon en un lago rodeado
de altozanos cerca del río Andreafski. Clavaron allí las tiendas de lona
dispuestos a no dejar yerba por pisar ni agujero por escudriñar.
Tomando por los extremos una maroma larguísima iban peinando la
periferia del terreno hasta que, cansados y hambrientos, se dieron por
vencidos.
Caminando a la buena de Dios cada uno en direcciones opuestas,
dieron por fin con dos nidos. El «curiew» se había apegado al terreno al
pasar la maroma sobre él y no había levantado el vuelo.
Ahora, pisado y todo, tampoco alzó el vuelo; pero su carne, le delató.
Tan parecido era su plumaje a las yerbas, que resultaba casi imposible
distinguirlos.
El «curiew» se dejó coger y manosear. Le sacaron varías docenas de
fotografías. Coincidió que al día siguiente salieron los pollitos de los
huevos.
Las fotos de estos pollitos superan en número a las del principito
inglés y a las de cualquier principito.
Con esta colección de fotos ya se ha enterado la ciencia del lugar que
escoge el «curiew» para anidar; cuántos huevos pone; tamaño y color de
estos huevos; color de los pollitos recién salidos y así por el estilo; porque
cuando un científico se pone a investigar, es una declaración de guerra sin
cuartel.
El señor maestro y yo nos sentamos a la pantalla y estudiamos un
sinnúmero de diapositivas en las que vemos «curiew», nidos, aves y flores
sin fin.
Ha sido una noche sumamente poética en consonancia con el espíritu
del día. No sé qué tiene la pantalla que nos presenta como interesante lo que
visto en la realidad no nos llama la atención. Así termina el día de Navidad
en Kalskag.
130
Cuando venga el correo recibiré cartas de España preguntándome
cómo pasé las Navidades y deseándomelas muy felices. Lo han sido de
verdad. Unas Navidades envidiables aun con la cena solitaria que, como
todas las cenas, siempre recrea y enamora.

Nombres propios

Al día siguiente de Navidad, por ser domingo, pasamos largos ratos de


charla en mi casita donde me visitan con la sencillez patriarcal tan en boga
por aquí. Hablamos de los nombres.
En otro tiempo todo esto fue ruso. Los sacerdotes rusos levantaron
capillas por doquier y bautizaron con nombres rusos que se conservan aún
por tradición.
Más aún, son contadísimos los que nacieron de padres católicos. La
parroquia de Kalskag la forman parroquianos venidos del rito ortodoxo. Los
nombres de varón más comunes son: Milska (Miguel), Saska (Alejandro),
Nicolai (Nicolás), Golga (Nicolasito), Guama (Cosme), Yago (Jacobo),
Vaska o Waski (Guillermo), Wassili (Basilio), Alexi (Alejo), y así por el
estilo.
Los nombres rusos de mujeres son: Massa (María), Anutka y Aniska
(Anita), Násak (Anastasia), Olinga (Olguita) y Palaskoviak que parece ser
Paulinita. Es de notar que casi todos son diminutivos.
La rusa que se casó hace poco con un católico se llama Estefanita, así
como suena. Me dicen que a la esposa del sacerdote ruso la llaman siempre
Matuska, que sin duda en ruso no significa una mata pequeña.

Mortalidad infantil

Hago un recuento de la población católica do la aldea y hallo 114


católicos contando niños. Las familias actualmente son veinte. Entre todas
han perdido por defunción 89 niños. ¡Qué hecatombe de muertes inocentes!
Pasimika, de 65 años, ha enterrado 15 de los 22 hijos que ha tenido
con dos mujeres. Otro ha enterrado diez. Dos han enterrado nueve cada uno.
Los demás han enterrado menos; pero no hay ni una sola familia que
no haya enterrado algunos, fuera de las recién casadas que no tienen más
que uno o dos. A éstas les llegará el turno.
¿De qué se mueren? Nacen muy débiles por estar los padres atacados
131
de tuberculosis. Luego viene una nutrición deficiente. En el invierno caen
sobre ellos temperaturas horribles que causan catarros y pulmonías.
Meningitis es bastante común. Total, que mueren como moscas.
La raza eskimal pura está llamada a desaparecer, aunque tarde cien
años en hacerlo. La población en el interior aumentará considerablemente,
gracias al mestizaje.
Los mestizos nacen mejor equipados para sobrellevar las penalidades
de los climas alaskanos, En la costa occidental donde apenas existen
blancos, los eskimales van trampeando como pueden.
En tiempos normales la borrachera los debilita, y cuando se ceba sobre
ellos una epidemia de las buenas, no se oyen las campanas si no es para
tocar a muerto.

Los apuntes de eskimal del Padre Robaut

Kalskag es una aldea relativamente nueva. A pocos kilómetros de aquí


se divisa una llanura a las faldas del monte donde se alzó en otro tiempo la
aldea llamada Ojógamiut.
Allí fue donde el P. Robaut, S. J., levantó una casa e iglesia y se inició
en las lides misioneras. Como nadie hablaba inglés, el Padre hizo de la
necesidad virtud y arremetió con el aprendizaje de la lengua eskimal que
dominó gramaticalmente, aunque dicen que la hablaba con un acento muy
extranjero como nos pasa a todos.
El Padre era muy espiritual y muy robusto, pero poco práctico. Tenía
horror a máquinas y mecanismos y chismes complicados.
Tenía también un sueño sumamente profundo, lo que no nos extraña si
es cierto lo que nos dicen; pues el buen Padre predicaba tres horas seguidas,
por este orden: la primera hora para todos; la segunda para los que estaban
más despiertos, y la tercera para los que tuvieron la mala suerte de caer junto
a él y no podían pegar los ojos por los vozarrones que daba y manotazos en
la mesa con que los tenía en vilo.
Una noche se acostó como de costumbre a dormir el sueño del justo.
En la estufa ardían como siempre los leños que le traían los feligreses.
Antes del amanecer despertó medio sofocado por el humo negro que le
envolvía. Asustado sobremanera saltó del camastro y se echó a la calle en
camisón pidiendo socorro.
Como la población dormía profundamente, cuando despertaron los
132
primeros hombres el edificio del Padre era pasto de las llamas y no se pudo
salvar absolutamente nada.
Al Padre le vistieron como pudieron. El viejo que me lo cuenta dice
que el Padre Robaut lloraba desconsolado, no tanto por el edificio u otras
pérdidas, sino por los apuntes de eskimal que había pacientemente
compuesto y ordenado en el correr de los años, y ahora se habían ido a las
nubes convertidos en humo.
Triste y alicaído marchó a Holy Coss, donde vivió el resto de sus días.
Su partida fue la señal de la desbandada general que tuvo lugar en seguida.
Unos fueron a Paimiut y otros vinieron aquí. Hoy viven aquí muy contentos
al parecer. Cuando me piden que ensanche la iglesia o haga mayor mi
escondrijo, les respondo que no estoy seguro de que vivan aquí mucho
tiempo; y, si ha de llegar la hora de desmantelar, mientras menos bulto más
claridad. Ellos menean la cabeza y me aseguran que estarán aquí de por
vida.

Las voces del bosque

Antes de partir tengo que bendecir un barril enorme de agua bendita


que les llegue a todos y con abundancia; pues no contentos con aspergeos, la
beben cuando tienen tos o dolor de estómago.
La conservan siempre para prevenir eventualidades como la de aquella
chica del otro lado del monte que dio señales de posesión diabólica. Era una
chica de unos 13 años, católica y normal hasta que empezó a escaparse al
monte. Decía que la estaban llamando continuamente desde el bosque. No
veía a nadie; Pero oía las voces.
Un día, al oírlas, se escapó y se perdió de vista; pero volvió ella sola
diciendo que había visto dos personas, y que una la llamaba hacia sí, pero la
otra se acercó a ella y la mandó no hacer caso y volverse a casa.
Aquello sé iba poniendo malo. La vigilaban continuamente. Una
mañana desapareció. Al
Al cabo de una rebusca minuciosa la hallaron tendida en la maleza,
como muerta, y con unas señales evidentes de lucha y forcejeo formidables.
La llamaron, la empujaron, todo en vano. Su tío Miska trajo agua bendita, y
al rociarla con ella, la chica dio un respiro a manera de quejido.
Mientras más agua bendita le echaban, con más rapidez volvía en sí,
hasta que abrió los ojos despavoridos y comenzó a gritar que llevasen de allí
133
aquel hombre negro.
Miska respondió que no tuviese miedo, que al negro lo acababan de
matar a palos. Con esta respuesta ingeniosa la chica se sosegó y se levantó
extrañadísima de no ver al negro por ninguna parte.
Desde entonces no volvió a oír voces desde bosque ni fue molestada
por ningún personaje blanco ni negro.
Los eskimales que presenciaron el hecho y que lo oyeron, están
prevenidos con la botella de agua bendita que yo tengo que llenar hasta el
cuello cada vez que baja a menos de la mitad.

134
XVIII

Año Nuevo en Aniak

La muerte do Sofía

Había prometido a los de Aniak pasar con ellos el Año Nuevo, y así lo
hice. Mi llegada no pudo ser más oportuna. Aquella Sofía que había
mejorado tanto después de haber estado a las puertas de la muerte, recayó y
estaba ahora de nuevo a punto de expirar.
Me costó trabajo conocerla. Allí no había más que huesos. Se confesó
y recibió el Viático. Al día siguiente volvió a comulgar.
Cuando volví el tercer día con la Comunión, tuve que volver a la
Iglesia con la Sagrada Forma. Sofía estaba delirando.
A eso de las diez de la mañana comenzó la agonía. A las doce, el
estertor estaba en su apogeo. A las cuatro, lo mismo. A las cinco llevaba
camino de nunca acabar. A las seis el estertor no había variado.
Sin pretenderlo, no podía echar de mí el recuerdo de José Afkan, el de
Akulurak, que estuvo agonizando catorce horas seguidas y que, si no
hubiese muerto cuando lo hizo, me hubiera matado a mí, que llevaba dos
días junto a la cabecera, a punto de desplomarme de fatiga.
Sofía tampoco acababa de acabarse. A las siete y media de la noche
toqué la campana y tuvimos Rosario y Bendición.
Al terminarla me vinieron a decir que Sofía había fallecido. Mis
sueños de convertirla en catequista y organista, se desvanecieron. Dios lo
quiso así, bendito sea.
Esta mortandad eskimal tan elevada es la causa de que no se pueda
planear con ellos gran cosa., pues, cuando ya creía uno que iban a dar fruto,
enferman y se mueren, así, sin más. Sofía tenía 18 años.
Durante el entierro caía pausadamente la nieve, como si el cielo
quisiera llorar de la única manera que aquí puede hacerlo en el invierno:

135
copos de nieve por lágrimas.
Su hermana Anastasia volvió a casa de su marido en Kalskag,
quedándose Aniak sin más vicaria que la vieja María.

¿Se hielan los perros?

Paró de nevar y comenzó a soplar el cierzo, le nos trajo un aire polar


insoportable. Vino en seguida una calma que aquí es muy conocida con una
neblina flotante indicadora de un bajón gordo de temperatura. El termómetro
se estacionó en los 52 bajo cero y ¡sálvese el que pueda!
Me informaron que había un niño sin bautizar como a unos 3
kilómetros de mi casa. Aguardé unos días a que mejorase el tiempo; pero
como nunca mejoraba y yo tenía que irme a otra aldea, un domingo por la
tarde decidí arremeter con la aventura del bautismo.
En trineo, ni pensarlo, por dos razones: se helarían los perros y me
helaría yo. ¿Nunca he dicho que se hielan aquí los perros? En temperaturas
tan bajas se les hiela a los perros la ingle si caminan en el arnés.
Si están sueltos, se echan y la calientan instintivamente con el hocico y
así resisten cualquier temperatura.
No hay inviernos en que no haya que matar perros que se inutilizaron
por forzarlos a caminar en temperaturas de 50 bajo cero.
Y en cuanto a lo de helarme yo en trineo, baste indicar que los perros
van al trote y me sería imposible respirar con viento alrededor de la cara; o
peor aún, moverme yo de prisa y forcejear agarrado al trineo. Esto hay que
experimentarlo para entenderlo.

136
El record del frío

Lo que hice fue abrigarme todo lo más que pude, no dejando al


descubierto más que los ojos. Caminé hasta el almacén, donde entré a res-
pirar y calentarme. De allí fui a la última casa de la aldea, donde entré para
lo mismo.
Atravesé despacio el aeródromo y me metí en casa de un empleado a
tomar un respiro. Me eché luego por la senda, entre maleza, caminando
despacio y respirando siempre por las narices. El pañolón que llevaba en la
cara tenía una costra de escarcha que nos es muy familiar. Lo importante es
no sudar; pero con abrigos de pieles tan fuertes y caminando, es muy fácil
sudar.
Por fin llegué a la vivienda anhelada, que no era otra cosa que una
tienda de lona con más agujeros que una criba, como si hubiera servido de
blanco a todo un batallón de infantería.
Me quedé asustado; pero no por mucho tiempo. Mientras arda el leño
en la estufa, las tiendas son de lo más caliente que hay. Como vivían en
pleno bosque, abundaba la leña y en la tienda se estaba bien.
Al volver a casa hice las mismas paradas que a la ida, y con eso
cumplí mi cometido, sin tener que lamentar efecto alguno del frío. La
experiencia enseña a uno a ser prudente en semejantes casos.
En la iglesia era poco menos que imposible arrodillarse, pues el aire
caliente sube hacia el techo y deja el piso como si fuera hielo. Y así día tras
día.
En las noticias que radian todas las noches pudimos enterarnos que
Aniak tenía el honor de ser entonces el punto más frío de Alaska.
Ese honor le duró tres días, hasta que el valle de Tanana se impuso y
nos arrebató la gloria. Tanana tiene el promedio más frío de Alaska.
Más, mucho más que Point Barrow, que, por estar en la costa, nunca
llega a las temperaturas atroces de los valles del interior. Los aeroplanos
tienen prohibición de volar si el termómetro marca 45 grados bajo cero o
más bajo, claro está. Un día que mejoró el tiempo y no tuvimos más que 38
bajo cero, vino el aeroplano que me voló a Mc Grath.

Mi casa rectoral

Aquí me esperaban buenas sorpresas. Por de pronto, mi casita estaba


137
terminada. Mi vivienda propiamente tal es la tercera parte de la casa; las
otras dos son la iglesia.
Nos separa un tabique con una puerta que casi siempre está abierta,
para indicarme que vivo en la iglesia y que en todo mi porte debo obrar
como quien está delante del Santísimo.
Me pusieron una cama, dos sillas, una cocinilla diminuta, una mesita y
una jofaina. Esa es mi casa rectoral.
En la iglesia no tenemos más que el altar con el sagrario, velas y unos
bancos. Dejo el copón casi lleno de formas consagradas y me animo a mí
mismo a vivir una vida de cielo.
Por las noches tenemos instrucción religiosa en casa de Juan, porque
nos alargamos considerablemente y ellos tienen que fumar y sentarse en
sitios más cómodos que los bancos descarnados de la iglesia. Hay que ir
poco a poco.

Margarita quiere bautizarse

Margarita, casada con un católico —blancos los dos— quiere hacerse


católica. Su madre sintió tanto la noticia, que hizo un viaje desde Chicago a
Alaska para disuadida; pero Margarita se sostuvo en sus trece, y la buena
madre volvió a Chicago triste y descorazonada.
Cuando Margarita iba a la iglesia presbiteriana de pequeña, si volvía la
cabeza o reía o no se estaba quieta, su madre luego la castigaba a pasar una
hora en silencio sentada delante de una pared.
A falta de Sacramentos, abundaba una rigidez feroz que prohibía el
vino, las cartas, el cine, los juegos y cuanto en una palabra pudiera hacer
llevadera la vida en este valle de lágrimas. El fumar se consideraba un
crimen.
Margarita se rebeló. Pero antes de dar el paso, no dejó en la cabeza ni
una duda que la atormentase.
Hubo sesiones que se gastaron poco menos que en responder a sus
preguntas. Por fin un día se rindió y dijo que quería bautizarse.

Leonor, la aviadora

Su vecina, Leonor, de cuarenta y tantos años de edad, es viuda. Tiene

138
un empleo lucrativo en el Servicio Civil de Aeronáutica y en las oposiciones
llevó el número uno.
No se quiere volver a casar, porque dice que dio todo el afecto de su
corazón al marido y, muerto éste, no le queda afecto para ningún otro.
Antes de casarse fue aviadora. Su padre fue senador en tiempos del
presidente Wilson. Leonor nunca se bautizó en ninguna secta, y ahora quiere
nada menos que hacerse católica.
Hace menos preguntas que Margarita, pero son de orden universal;
tanto, que para responderlas debidamente hay que sacar a plaza tratados
enteros de Teología.
Como tiene que estar en la oficina durante las sesiones generales,
viene previamente a mi casa y yo la instruyo en la iglesia, sentados los dos
en un banco junto al altar.
Nos asustamos cuando notarnos que han pasado dos horas, y nos había
parecido un minuto. Por fin se rinde también y pide ser bautizada.
Su madre, que tiene 80 años y vive con ella, lo siente mucho y se la ve
a veces llorar a solas; pero Leonor no da el brazo a torcer y la vieja se
resigna como puede; tanto es así, que hasta mostró deseos de conocerme
personalmente.
Leonor me previno que no me asustase si la ancianita me decía algo
impropio por haberle «robado» a su hija. A la hora convenida entré en casa
muy torero, con el brazo alargado y reventando amabilidad por ojos, boca y
demás sentidos corporales.
La vieja me clavó una mirada de acero que se derritió en menos que se
tarda en decirlo, y allí mismo, de pie, antes de sentarnos, me invitó a cenar
el próximo domingo.

Daniel, el no bautizado

Cerca de la iglesia vive un matrimonio también blanco. Ella es de


Nueva Orleans y católica; él es del interior de los Estados Unirles y
nunca se ha bautizado en ninguna secta.
Hizo el servicio militar en la Marina de Guerra, a cañonazos con los
japoneses. Es más alto que yo, más fuerte y muchísimo más joven. Cuando
choca los cinco, crujen los huesos de la víctima que no esté sobre aviso. Se
llama Daniel.

139
Daniel viene a las instrucciones, y, cuando no puede hacerlo, viene a
mi casa a instruirse privadamente.
Lo que más le agrada es que, como no está bautizado, no tiene que
confesarse antes del bautismo; y luego no estará obligado a confesar más
que los pecados que cometiere después del bautismo.
Con eso no tiene que meterse a resolver su pasado entre marineros y
prisioneros japoneses, ni las andanzas por esos mundos de Dios que él
corrió sin trabas de ningún género cuando se escapó de casa al apuntarle el
bigote.
Pero, por más que se humille él, no nos la pega; pues basta mirarle a la
cara para ver que es todo honradez, cordura y sensatez. Bueno como un
pedazo de pan.
A éste no le ponen obstáculos en casa. Su padre es mormón y su madre
es de la secta llamada Ciencia Cristiana, Daniel, es libre, para escoger lo que
lo plazca, y aun para no escoger nada. Por fortuna, Dios le tocó el corazón, y
Daniel se dio por aludido.
Me pregunta poco; más bien absorbe lo que yo le digo.

Los tres bautizos

Al cabo de un mes entero de instrucciones diarias nos decidimos a


proceder al bautismo, y lo hicimos con toda la solemnidad a nuestro alcance,
uno cada noche.
Rompió el fuego Leonor. Hizo de padrino Juan el mecánico, por
poder; que el verdadero padrino lo fue un pariente lejano de Leonor que vive
en los Estados Unidos y es un católico muy fervoroso.
Juan apareció en la iglesia vestido de punta en blanco con un traje
estupendo, que nos dejó a todos boquiabiertos. Luego, en la intimidad,
confesó que era la tercera vez que lo usaba, aunque lo había comprado hacía
24 años.
La primera vez que lo usó fue cuando lo compró; la segunda, cuando
se casó; y hoy era la tercera.
Añadió que le había costado un triunfo meterse hoy en él, pues con los
años había echado carnes, y como el traje no era de goma, ya ven
ustedes.
Le dijimos que la cuarta vez que lo use será de mortaja. Quedamos en

140
ello.
La ceremonia del bautizo resultó muy bien e impresionó no poco a los
circunstantes.
A la mañana siguiente, Leonor recibió por primera vez el Pan de los
Ángeles.
La próxima noche se bautizó Margarita. Como había sido bautizada en
el Protestantismo, el bautizo fue condicional, y condicional fue también la
absolución, después de una confesión general.
Leonor fue la madrina, encantada de poder, actuar ya como católica en
el sentido pleno de la palabra.
En la Misa del día siguiente, Margarita comulgó por primera vez, y,
por cierto, al lado de su marido, para que los ángeles tuvieran algo bueno de
qué hablar en el cielo.
El último fue Daniel. Su padrino fue un señor que se convirtió del
Protestantismo hace varios años. Así, poco a poco, se va engrosando el
rebaño de Pedro, hasta que llegue el día venturoso en que no haya más que
un rebaño bajo el cayado de un solo Pastor.

141
XIX

«Asamblea Constituyente»
en Akulurak

Invitación oficial

Estando yo entretenido en estos quehaceres pastorales, una mañana


después del desayuno me vienen a decir que en la lista de pasajeros en el
avión de línea está el nombre del Sr. Obispo y que el avión aterrizaría en
menos de media hora.
Barrí de prisa lo más gordo que se veía por los suelos, me lavé las
manos y la cara y a esperar a su ilustrísima.
Al abrirse la portezuela del avión nos encontramos frente a frente.
Como él expresase sorpresa de que le esperase sin haberme notificado con
antelación su venida, le dije que los profetas no se habían acabado con el
Antiguo Testamento.
Me miró con ojos torvos y pasamos a otra cosa. Por cierto que la cosa
resultó bien de mi agrado.
Dentro de tres semanas íbamos a tener una asamblea magna en
Akulurak, mi querida Akulurak, y aunque técnicamente hablando yo no
pertenezco a aquel distrito y no tenía derecho a asistir, sin embargo, por
muchas razones que sería prolijo enumerar, fui invitado oficialmente y
comencé a preparar cl viaje.

Tres pasajeros honorables

Estando en Bethel tuve el honor inmenso de alojar en mi casa a tres


viajeros que vinieron a dar aquí porque los aeroplanos de la costa juzgaron
oportuno aterrizar en esta base aérea que es el centro de todo el suroeste de
la región.

142
El primer personaje no era otro que nuestro reverendísimo P.
Provincial de Oregón que venía a visitarnos oficialmente. Estudiamos juntos
un año en Teología e hicimos juntos la Tercera Probación.
En casi once años que no nos veíamos, me sorprendió verle tan cano y
tan grueso. Después de un forcejeo animado logré agarrar yo solo la maleta
que traía y dejé que se las arreglasen como pudiesen los otros dos veteranos,
PP. Deschout y O'Connor.
Entramos en mi «Arca de Noé» que ellos no hablan visto y nos
sentamos junto a la estufa a combatir los 30° bajo cero que hacía fuera.
Así sentados me empezaron a disparar preguntas sobre los vaivenes de
la vida en las riberas del Kusko; pero yo les dije que como soy tímido y
hombre de pocas palabras, prefería oírles a ellos sobre sus vidas y milagros.
Al oírme decir que yo era hombre de pocas palabras, armaron un
verdadero escándalo y me preguntaron si había oído hablar del octavo
Mandamiento.
A las seis de la tarde los llevé a la fonda y cenamos unas chuletas para
celebrar tan memorable ocasión.
Vueltos a casa charlamos hasta cerca de la media noche.
Previendo casos como éste me había hecho de antemano con cuatro
colchones y tres camas. El P. O'Connor cargó con el pato y durmió en el
colchón que armó sobre dos bancos bien metidito en un saco de dormir.
A la mañana siguiente, después de las Misas, me arremangué y puse
sobre la mesa un desayuno que nos dejó alegres como unas pascuas.
Ellos partieron inmediatamente para Akulurak y yo lo hice dos días
después.

Horizontes conocidos

Al volar hacia el noroeste comencé pronto a divisar horizontes que me


eran muy conocidos. Aquel pico que se pierde en las brumas del firmamento
no puede ser otro que el monte Kúsilvak, especie de islote en unas llanuras
sin fin.
¡Cuántas veces viajé en trineo por sus faldas! Allí viven Fulano y
Zutano. Allí me perdí dos veces en una tormenta de nieve. Allí nos
proveíamos de renos. Allí… etc.
Los cerros que se divisan a la derecha son los del río Andreafski donde
143
íbamos por el verano a recoger endrinas y donde marcamos el terreno para
trasladar Akulurak el día de mañana.
El avión sigue zumbando y vuela a 150 millas por hora. Pasamos por
encima de Mountain Village donde viví temporadas enteras y viramos hacia
la izquierda en línea recta de Akulurak que será la primera aldea que
topemos. Los ojos se me salen de las órbitas. En ese riachuelo cazamos
veinte gansos un verano. En aquel matorral me extravié un día y el Ángel de
la Guarda me llevó —sin saber cómo— al afluente que dio conmigo donde
menos lo esperaba y siguiendo río abajo llegué sano y salvo a mi destino.
El avión acorta la marcha, señal de que estamos ya sobre Akulurak. En
vano miro por todas partes. Allí no se ve más que nieve, nieve y más nieve.
Pero los instrumentes del avión dicen que allí tiene que estar Akulurak
y el aviador comienza a evolucionar y bajar en busca de la aldea.

De nuevo en Akulurak

En una de las circunvoluciones, de contra luz, se vieron los edificios


sepultados en verdaderas montañas de nieve. Volando en círculos
concéntricos cada vez más bajos, pudimos discernir los más mínimos
detalles y aterrizamos en el río en frente de los edificios.
Toda la rapacería nos esperaba alineada; y cuando el aparato se paró
del todo, se nos vinieron en medio de una gritería indescriptible.
Hacía un año justo que había salido yo de Akulurak y no había vuelto
a verlos. Allí estaban. Al echarme a tierra me vi aprisionado por ellos
como pez en el agua.
Subimos apelotonados con mucha algazara hasta que llegamos donde
nos esperaban las monjas.
La escena toda se redujo a un mínimo de palabras y un máximo de
venias y sonrisas mientras nos mirábamos con una avidez como si nos
fuéramos a comer mutuamente.
Volví los ojos en todas direcciones en busca de alguien que no
aparecía. Silbé como lo hice en otros tiempos y tuve el consuelo de ver venir
a Blondy, mi amiga Blondy, la perra blanca que creció a mi lado y me
lloraba cada vez que no la llevaba en mis excursiones.
Todos se apartaron y la dejaron treparse a mis hombros contentísima.
Mientras yo le tiraba de las orejas, ella me miraba complacida con aquellos
ojos tan azules que son el distintivo de la raza siberiana de perros de trineo.
144
—¡Bravo, Blondy, bravo; tú y yo seremos siempre dos; ya ves cómo
volví a verte y a darte un estirón de orejas!

Solo, ante el Sagrario

Akulurak tenía entonces más nieve que en ninguno de los nueve


inviernos que yo pase allí. Al pisar de nuevo aquel suelo me pareció soñar.
Entonces caí en la cuenta de que no hay en Alaska trozo de terreno que
me atraiga tanto corno aquel, por más que en ratos de lucidez me empeñé en
convencerme a mí mismo que no que no es así. No sé lo que es. Parece cosa
de embrujo.
Tal vez sea por tratarse del primer amor, pues Akulurak fue donde me
inicié en mis lides apostólicas en este país de hielos eternos; y aunque tuve
mucho que sufrir en trances apurados y difíciles, Akulurak me atrae como
un imán.
Al subir a la capilla y verme de nuevo ante aquel sagrario, no pude
zurcir ni un solo pensamiento. Me parecía soñar; Los españoles nos
apegamos demasiado a cuanto tocamos.
Los otros misioneros no son así. Van, vienen, vuelven a ir y a venir
como si no dijera con ellos. Nosotros somos diferentes.
Por eso somos mejores o peores que los demás, no dándose entre
nosotros ese tipo frío, calculador, neutral, estólido... que con tanta fre-
cuencia se ve por el Norte.
Quiere decir que el español que se enamore de Jesucristo, como no se
para en barras, llegará a la cima de la perfección. Miremos el lado bueno de
las cosas, qué caramba.
Digo, pues, que al verme solo de nuevo ante aquel sagrario de
Akulurak me pareció todo ello un espejismo. Pero, luego reaccioné.
Arrodillado en el reclinatorio que nos hizo el Hermano Kío, volví a
vivir aquellas efusiones íntimas que tuve con el Señor por las noches
mientras la Misión dormía amparada por los ángeles custodios.
Le dije al Señor que la visita sería breve, pues le había dejado a Él en
el sagrario de Bethel y tenía que volver pronto a hacerle compañía y
entretenerle, pues en mí, ausencia no lo haría nadie.
Con esto me dio fuerzas y gracia para despegarme del terruño
akuluraqueño sin dejar jirones prendidos en ninguna parte. Todos los

145
problemas tienen solución ante el sagrario.

Charlas nocturnas

El P. Menager, mi sucesor, se las apañó para que durmiésemos en


cama de verdad los TRECE jesuitas que nos reunimos aquellos días; el
señor Obispo, el P. Provincial, nueve Padres Misioneros y dos Hermanos.
Al Padre Donohue —mi compañero seis años— y a mí nos puso en la
carpintería por ser más jóvenes y para que charlásemos toda la noche como
lo hicimos, La carpintería tiene una estufa de primera clase.
Ya en la cama, el Padre iba respondiendo a todas las preguntas que yo
le hacía sobre las aldeas, sobre Fulano o Zutano, sobre las supersticiones y
borracheras, sobre matrimonios, nacimientos y defunciones, etc., etc.
Asimismo me puso al tanto del estado actual de todos y cada uno de
los perros del trineo; que si Lobo era holgazanico, que si Tigre se tiraba a
matar, que si Judas ya iba para viejo, etcétera, etcétera. Imposible conciliar
el sueño.
La segunda noche le tocó a él preguntarme sobre el Kusko, y le puse
brevemente al tanto de todo, lo mejor que supe hacerlo.
Ya no está en Akulurak Sor Catalina, la cocinera, que fue enviada a los
Estados Unidos por tener entre 70 y 80 años, aunque cualquiera que la vea
no creerá que tiene arriba de 50.
La Madre Superiora, con la que tuve tanta intimidad antaño, me
enseña ufana las dependencias para que admire los cambios que han tenido
lugar desde mi partida. Nos eternizamos comentando lo que a otros pudiera
parecer baladí. En las escuelas visito despacio a los escolares y les cuento
hazañas que escuchan boquiabiertos; todo, todo como en los buenos tiempos
que ahora —por ser pasados— nos parecen mejores; pero que en realidad de
verdad fueron como los de ahora.
Los eskimales vienen en grupos a saludarme. Todo es efusión y alegría
en nuestro derredor, El Sr. Obispo confirmó unos 70 niños y mayores en una
ceremonia por todo lo alto.

Consultas y debates

Entretanto se tuvieron las consultas oficiales y las extraoficiales en


debates animadísimos, cada cual cobrando fuerzas con las rosquillas y
146
cacahuetes que hay en el centro sobre la mesa. Akulurak será trasladada a
Andreafski, y cuanto antes mejor.
Para atender a los eskimales que viven aislados en la costa y no han
aprendido aún inglés, se imprimirá un catecismo en eskimal que compuso el
P. Lonneux con la ayuda de catequistas viejos que conocen la mentalidad
eskimal.
Donde se entienda el inglés, hágase hincapié en esta lengua y déjese al
eskimal morir paulatinamente como tiene que acontecer quiérase o no se
quiera; pues el inglés lo está invadiendo todo, como lo hizo el español en
Hispanoamérica y Filipinas.
La concentración de pescadores de salmón por el verano en la bahía de
Bristol ha puesto sobre el tapete problemas nuevos que debemos resolver
antes de que sea demasiado tarde.
El establecimiento de una Comunidad de vida contemplativa que rece
y sufra por Alaska fue el objeto de debates sin cuento, llegando a la
conclusión de que es menester establecerla tan pronto como dispongamos de
los medios adecuados. El Sr. Obispo dispone de monjas de clausura que
vendrán cuando llegue la hora, que ojalá llegue pronto.
En estos y parecidos debates pasaron los días sin darse cuenta.

Una parada en Hooper Bay

Una mañana amaneció con sol limpio de nubes, ¡cosa rara!,


oportunidad que aprovecharon los aviadores para caer sobre nosotros como
buitres y arrancarnos de Akulurak. El. Padre O'Connor y yo alquilamos
juntos uno que nos había de llevar a Hooper Bay y desde allí a Bethel.
Sentado a la ventanilla pude contemplar allá abajo la serie
interminable de chozas aisladas me salpican las llanuras entre Akulurak y
Scammon Bay; llanuras que yo recorrí en trineo invierno tras invierno y que
ahora desde el aeroplano semejaban una cinta cinematográfica.
Cruzamos volando los montes de Eskinok donde estuve a punto de
perder la vida una noche viniendo de Hooper Bay, y caímos sobre esta aldea
en menos que se tarda en contarlo, siendo así que en trineo me llevó a mí
diez horas de amargura ininterrumpida.
El P. O'Connor es sumamente limpio y ordenado. Su casa no parece la
casa de un soltero, sino la de una viuda sin hijos, y escrupulosamente
aseada. Se lo digo así a él y nos reímos.
147
En Hooper Bay hay una niña que debe ir al hospital de Bethel. Se
sienta junto a mí en el aeroplano y nos remontamos por las nubes dejando
detrás de nosotros llanuras y más llanuras sin rastro alguno de vegetación ni
de habitantes; llanuras que hoy son una sábana blanca y monótona y que en
el verano son una serie sin fin de lagos, charcas, lagunas, yerbazales y más
charcas. ¡Ay del aeroplano que sufra un accidente en estas llanuras
inhabitadas!
Nosotros llegamos a Bethel sin novedad.

Por el mundo adelante fiados en Dios

La lámpara del Santísimo me dio la bienvenida al entrar en mi iglesia


tan callada y tan sola, y tan fría.
Arrodillado en las gradas del altar entendí que los cambios de casa por
obediencia ayudan sobremanera a despegarse de las criaturas y a abrazarse
con el Creador.
Cuando estamos mucho tiempo en la misma ocupación, fabricamos
inconscientemente un nido blando y calentito en el que lo tenemos todo a
pedir de boca. Es bueno y saludable echar a volar fiados en Dios y vivir en
otro nido más rústico.
Cuando con el correr de los años hayamos adornado ese nido con
pajitas blandas y plumas suavísimas y volvamos a vivir sin que nos falte
nada, se nos hará un favor inmenso destruyéndonos el nido y echándonos a
volar de nuevo para hacer bien en el mundo. No aspiremos a otro descanso
que al que nos deparen en el cielo.
También entendí, o mejor sentí, que aun mirándolo de tejas abajo la
vida en el Kusko es mucho más pacífica y placentera que en Akulurak,
donde los cien pupilos meten un ruido infernal y encima lo tienen a uno
mareado con tantos zapatos que se rompen, tantos sacos de harina que se
van y tantas mantas que desaparecen sin que nadie lo pueda explicar. Y
finalmente, para dar de una vez el tiro de gracia a Akulurak y sepultarla en
olvido sempiterno ¿cómo se iban a enterar del Kusko los lectores de «EL
SIGLO DE LAS MISIONES» si no hubiera venido yo aquí para contárselo?
Meditando en esto se me ha ocurrido que cuando ya no me quede nada
que contar sobre el Kusko, va a haber otro cambio de personal en la Misión
y tal vez vaya yo a parar a algún otro rincón de Alaska que no ha salido a
relucir en mis crónicas.

148
Con la máquina de escribir en una mano, el Breviario en la otra, y
Jesucristo en mi corazón iré yo mismo por el mundo, impávido, a caza de
almas y de noticias.

149
XX

El viaje de Confirmación con Monseñor Gleeson

La pesadilla del tiempo

En la asamblea constituyente que tuvimos en Akulurak me dijo el Sr.


Obispo que iría u Nelson Island y desde allí, por Chivak, vendría a Bethel en
viaje de Confirmación. Sería cuestión de cuatro o cinco días.
Me apresuré a ponerlo todo en orden para la visita episcopal; pero no
me apresuré mucho, pues aquí, en el litoral occidental de Alaska, el hombre
propone y el temporal dispone.
Los cuatro o cinco días se convirtieron en cerca de tres semanas.
Borrascas de nieve con nieblas y brumas tenebrosas impidieron por
completo los viajes aéreos.
No creo haya otro lugar en el orbe donde se hable del tiempo tanto
como lo hacemos aquí.
Días y noches de temporales pésimos nos tienen continuamente en
vilo, y todo nuestro afán es preguntarnos si mañana tendremos buen tiempo.
El eterno mañana que, por no ser nunca hoy, no llega jamás.
Otra pesadilla que gravita constantemente sobre nosotros es que el
amanecer bueno no quiere decir que haya de seguir así todo el día. En un
santiamén se vuelven las tornas y quedamos a merced de lo inesperado.
¡Cuántas veces los aeroplanos se lanzan alegres bajo un sol luminoso y
tienen que volverse a toda máquina porque detrás de aquellos montes ha
empezado a nevar furiosamente y la nieve pugna por alcanzarlos! En
algunos casos la nieve los coge y tienen que aterrizar en tierra de nadie antes
de que la nieve se espese y no vean donde aterrizan.
En mi última visita a Kalskag, cuando ya estábamos a cinco minutos
de la aldea comenzó nevar con tanta furia que nos vimos envueltos en
verdaderos remolinos de nieve sin poder distinguir los extremos de las alas
del avión. El piloto dio media vuelta a la derecha y volvió atrás a toda
150
máquina, logrando caminar más aprisa que la borrasca y saliendo al fin a un
cielo diáfano que nos dio la vida. A los diez minutos de aterrizar en el
aeródromo de partida, llegó la nieve, envolviéndolo todo en oscuridad. Yo la
miré como se mira al toro desde la talanquera.
A esto se reduce el viajar por estos llanos costeros; un verdadero juego
de escondite. Pero, en fin, todo pasa y más tarde o más temprano llegamos
siempre a nuestro destino.

Mons. Gleeson estudió en España

El Señor Obispo llegó con mucho retraso, pero llegó. Era su segunda
visita a Bethel. La primera había sido en el verano anterior, a poco de su
consagración episcopal, cuando vino en plan de exploración y
reconocimiento del terreno a él confiado.
Llegó a Bethel a media tarde y aterrizó al otro lado del río, que aquí
tiene 4 kilómetros de anchura. Le esperé de este lado; pero no venía. Le fui a
buscar en una gasolinera:
Al meterme por el aeródromo distinguí un bulto negro debajo de un
bimotor y no me equivoqué. Allí estaba su Ilustrísima sentado con toda paz,
en espera de acontecimientos.
Ya nos conocíamos, pues convivimos unas semanas en el Colegio de
Tacoma, Estado de Washington, en el verano de 1935.
Después de los saludos de ritual, volvimos en la gasolinera que, por
apechar contra el viento y la marea nos cargaba de espuma.
Ya en casa, nos sentamos a charlar sin prisas. Estudió la Teología en
Oña. Llegó a Espolia dos días después del golpe de Estado de Primo de
Rivera y en aquel rinconcito burgalés estuvo cuatro años.
Como había cerca de veinte yanquis en Oña, la tentación de hablar en
inglés era muy grande y no siempre la venció. Por eso, aunque habla aún
español, lo hablaría mucho mejor si no hubiera habido tantos yanquis en
Oña.
Le regalé un ejemplar de mis librejos alaskeños para refrescar el
español. Los leyó a su tiempo; y como le preguntase yo un día si se había
reído con ellos, me respondió que no era todo risas en esos escritos, sino que
había de un pasaje y más de dos que arrancaban lágrimas. No dije más ni le
volví yo a preguntar sobre el caso.

151
El nombramiento de Obispo

Lo que si le pregunté fue si hubiera podido rechazar el nombramiento


de Obispo siendo un jesuita que por vocación debe rehuir toda dignidad
eclesiástica.
Me respondió que hubiera sido demasiado tarde, pues no parece sino
que todo el mando se enteró de su nombramiento antes que él. Una mañana
después del desayuno le llegó una felicitación de los niños de la escuela de
su pueblo natal a mil kilómetros de distancia. Él se echó a reír y continuó
trajinando en su cuarto.
A las pocas horas le llegó un telegrama del director de un semanario
católico. Aquello empezaba a complicarse.
Echó un sondeo en nuestra Universidad de Spokane y averiguó que allí
ya lo sabían todos.
Al día siguiente la noticia estaba en los periódicos. Dejó correr el agua
sin más ruidos. Después de todo: «Roma locuta est, causa finita est»; habló
Roma, no hay más que decir.
Le pregunté si vivían sus padres; me respondió que no; que su padre
había fallecido cuando él tenía once años, y su madre no hacía aún mucho
tiempo.
Aunque él es un cocinero consumado y yo tampoco lo hago del todo
mal si me pongo a ello, no comimos en mi casa muchas veces. Entre
invitaciones y la fonda sobrevivimos sin perder un adarme de peso.
No hay cosa que le guste tanto como escuchar. Como a mí no hay cosa
que me guste tanto como hablar, hacemos una pareja ideal.

Catorce confirmaciones

En esta segunda visita a Bethel confirmó catorce entre niños y


mayores.
Hay que hacer notar que aquí como en los Estados Unidos, la Jerarquía
eclesiástica sigue la práctica de no confirmar sino después de haber hecho la
primera Comunión por lo menos, para que así los confirmandos puedan ser
instruidos y sepan lo que reciben.
Esta práctica no la observó con toda rigidez el difunto Obispo Crimont
que a veces confirmaba hasta los niños de pecho si preveía que no había de

152
volver a la aldea en muchos años. Nuestro actual Señor Obispo sigue la
práctica de confirmar sólo a los que hayan comulgado,
Terminada la confirmación en Bethel volamos a Kalskag.
Como mi casita no estaba en condiciones de albergar a dos, su
Ilustrísima se alojó en la escuela del Gobierno donde convivió
familiarmente con el maestro que no es católico.
Aquella primera noche en Kalskag me despertó el catequista y me
informó que su hija se estaba muriendo. Corrí a su cabecera y pude ver que
se trataba de un ataque cardiaco ocasionado tal vez por el cansancio de velar
a su hijita recién fallecida.
Como ella estaba medio consumida por la tisis, la fatiga la había
postrado y puesto en trance de agonía. Pasé un par de horas junto al lecho.
La pobre mujer se quejaba con bastante frecuencia, hasta que su padre —mi
catequista— tomó en las manos el crucifijo y la increpó furibundo:
—¿De qué te quejas, estando en cama con colchón? Mira al Señor en
este leño. ¿Qué tiene? Espinas y clavos. ¿Y te atreves a quejarte tú?
La enferma quedó atónita unos segundos y luego rompió a llorar. Dije
yo para mis adentros: ¡Con este catequista estamos como queremos! Sin
embargo, tomé la palabra para suavizar un poco la orenga del espartano
catequista. La enferma no falleció.
En Kalskag se confinaron once, todos niños de la escuela. Visitamos
las casas de los eskimales para que se hartasen de ver de cerca al Señor
Obispo y luego partimos por avión para Holy Cross.
Como nos estaban esperando, pudimos recrearnos desde las nubes con
la vista de grupos de niños muy agitados, verdaderas manchas negras en
movimiento sobre un suelo blanco. Aquí en Holy Cross estábamos en casa
propia, gracias a Dios, ¡y cómo se notaba!

Una Misa pontifical

Desde luego se decidió celebrar una Misa pontifical por todo lo alto,
sin omitir el más mínimo detalle prescrito por las rúbricas.
Su Ilustrísima se revistió para la ceremonia en el edificio próximo a la
Iglesia y marchamos en procesión como en las catedrales de verdad. Los dos
Hermanos estudiantes jesuitas que están haciendo allí el Magisterio hicieron
de diácono y subdiácono de honor, siempre al lado el Señor Obispo.

153
El Padre Superior hizo de preste asistente. El Padre Grif hizo de
subdiácono y yo de diácono. En el presbiterio había una flota de
monaguillos debidamente entrenados.
El coro cantó magníficamente los himnos rituales y la Misa, y la
iglesia estaba atestada de gente ente entre escolares y aldeanos. Salió todo
como una seda.
Yo me dejé saturar de liturgia, buena falta me hacía después de tantas
aventuras por las riberas del Kusko siempre solo.
Tuve distracciones de no poca duración recapacitando sobre la paz y el
gozo que como lluvia primaveral caen mansamente sobre el alma durante las
ceremonias rituales de Misas como éstas tan comunes en países católicos, y
como nos vemos privados de eso los que andamos entre matorrales sin tener
con frecuencia ni un sacristán que nos ayude la Misa.
Cuantas veces he tenido yo Bendición con el Santísimo y he tenido
que encender las velas, manejar el incensario y atender a todas las
ceremonias por no tener en la iglesia un hombre inteligente a quien confiar
semejantes menesteres.
Y al terminar la Bendición y salir los parroquianos, tengo que apagar
las velas, doblar las vestiduras, cubrir el altar, volver a su sitio el incensario
sin otra compañía visible que la de los bancos, aunque con los ojos del
espíritu veo legiones de ángeles postrados de hinojos ante la majestad divina
del Señor tan escondido en el sagrario.
Una Misa Pontifical en toda regla hace un bien inmenso al misionero
solitario que va por esos andurriales roturando el terreno para que un día no
muy lejano pueda producir frutos de bendición, feligreses tantos en número
que nuestros sucesores puedan celebrar entre ellos Misas Pontificales como
la que tuvimos hoy en Holy Cross. .

Las confirmaciones en Holy Cross

Si por la mañana se regocijó tanto mi espíritu en la santa Misa, por la


noche no me regocijé menos al presenciar la ceremonia de la Confirmación.
Sesenta niños y niñas perfectamente alineados y entrenados se iban
acercando de dos en dos a las gradas del altar donde estaba sentado el Señor
Obispo con el báculo y la Mitra. Cada uno traía su nombre en una esquela.
Yo tomaba el papel, y pronunciaba en voz alta en latín el nominativo
del nombre. Su Ilustrísima formaba el vocativo y procedía a impartir el
154
Sacramento.
En sitios estratégicos estaban colocados los que limpiaban el óleo dé
las frentes y los que entregaban un cuadro a modo de estampa que era todo
un certificado de la recepción del sacramento de la Confirmación. Cuando
confirmamos en aldeas eskimales, tengo que hacer yo de todo. Aquí hay un
oficial para cada oficio.
Al día siguiente tuve el honor de ayudar a su Ilustrísima a dar la
primera Comunión a 37 niños y niñas, vestidos ellos con un trajecito limpio
y un lazo en el brazo izquierdo, y ellas con un velo blanco y una corona de
rosas artificiales. Estas monjas son admirables. ¿Qué haríamos aquí sin
monjas?
Estuvimos cinco días en Holy Cross. En el comedor nos sentábamos a
la mesa nueve Jesuitas: su Ilustrísima, tres Padres, dos estudiantes y tres
Hermanos Coadjutores.
Cada comida era una verdadera tertulia para mí, acostumbrado a
comer sólo con un libro en la izquierda y la cuchara en la derecha.
Y luego eso de no tener que fregar platos es otro alivio que no pueden
apreciar los que no han pasado por ello.
Cuando el Señor Obispo está en mi casa y comemos aquí, yo lavo los
platos y él los seca. Los que quieran saber qué es democracia, ya lo saben
ahora.

Por Aniak y McGrath a Anchorage

De Holy Cross salimos para Aniak donde confirmamos seis


eskimalitos y de aquí volamos en un bimotor a McGrath donde
confirmamos nueve, seis niños y tres adultos.
Aquí me dijo el Señor Obispo que siguiera con él hasta Anchorage
donde me esperaban las monjas del hospital para darles los Ejercicios.
Subimos a otro bimotor y nos remontamos a 3.000 m. de altura para cubrir
con holgura los picos de las sierras que son como el espinazo de Alaska con
el monte McKinley por centro y cumbre, con su elevación de algo más de
7.000 metros.
Al terminar de pasar la cordillera tuvimos que habérnoslas con unas
corrientes de aire que produjeron cabeceos y retortijones del avión más que
regulares; y como dicen que el gato escaldado huye del agua fría y yo estaba
bastante escamado de accidentes aéreos, no me regocijé gran cosa. Pero no
155
pasó nada. Es de notar que estábamos en plena noche.
Al caer sobre Anchorage y presenciar desde el avión las calles
iluminadas, el espectáculo es algo grande.

156
XXI

Ejercicios en el Hospital
de Anchorage

La Hermana Solange

En el hospital me dieron un cuarto con agua corriente y baño de los


reservados para huéspedes.
La encargada de barrerme el cuarto y de servirme las comidas es la
Hermana Solange, canadiense de Montreal, de 50 años de edad. Su aspecto
despide santidad y no me extrañaría que la viesen un día en los altares.
La pregunté inocentemente mil cosas y ella, incauta, me las respondió
todas, sin saber que la iba a relucir en EL SIGLO DE LAS MISIONES. Entró en el
noviciado a los 18 años. En todos los jóvenes que la pretendían halló
defectos.
Ella aspiraba a lo perfecto. Hizo providencialmente los Ejercicios y se
enamoró de Jesucristo, en quien no halló defecto alguno. Sintió la vocación
y la siguió, saltando por encima de todo.
Nunca jamás ha tenido un minuto de tristeza en la Religión, aunque
afirma que a los principios en días lluviosos o de borrasca lloraba a solas
pensando en su hermanito; pero sin tristeza real; corrían las lágrimas sin que
ella supiese apenas por qué corrían.
Poco a poco, ni aun en lluvias torrenciales lloraba, hasta que por fin
vino a reírse de que en otro tiempo llorase por eso.
La trajeron a los Estados Unidos, donde estuvo 30 años seguidos, al
fin de los cuales la enviaron a Saskatchewan, en el Canadá, donde se
entrevistó con su familia. La volvieron a traer a los Estados Unirlos, y de allí
vino a Alaska, donde lleva nueve años largos.
Dice que el mayor sacrificio que la ha exigido Dios es el cambiar de
157
casa; pues por lo visto, la sangre francesa que corre por sus venas es como
engrudo que se adhiere a cuanto toca, como nos acontece a los españoles
castizos.
Esa misma sangre tal vez sea la causa de que tenga tanto amor a Santa
Teresita del Niño Jesús. En primer lugar, lleva el mismo apelativo cariñoso
que la Santa, a saber: «gota de rocío», por el cual es conocida entre sus
íntimas.

Cuadros, flores y frutas

En mi cuarto puso seis cuadros de la Santa, empezando por el de la


primera comunión y acabando por el de su glorificación en el Paraíso.
Pregunté si no había en la casa algún cuadro de Santa Teresa de Jesús, la de
Ávila, la Madre de la otra, y me respondió que no, pero que si yo quería uno
—o varios— me los adquiriría. Respondí que lo dejase estar.
No contenta con los cuadros de la Santa de Lisieux, me llenó de flores
el cuarto; flores naturales, verdaderas, de esas que huelen, no como las que
usamos en las costas de Bering, de papel, artificiales, sin olor.
Dice que cada vez que hay un entierro, mandan las flores fúnebres al
hospital para que se recreen con su vista los enfermos. Yo mismo presencié
la entrega de verdaderas brazadas.
Las cultivan en invernaderos y las venden caras en los funerales;
porque el mundo moderno, que tiene en tan poco a santa Misa por los
difuntos, gasta un dineral en flores que están verdes por la mañana y se
secan por la tarde.
Además de flores me trae una bandeja con manzanas y naranjas y un
cuchillito muy bonitito para desmondarlas. Se lo agradezco, naturalmente;
pero cuando estoy solo las como a bocados, por tres razones: a) para no
manchar el cuchillo; b) para ahorrar tiempo, y c) porque así saben mucho
mejor; y ésta es la verdadera razón.
Esta Hermana no sabe hablar más que de cosas espirituales. Como
estas conversaciones hacen tanto bien al alma, yo me meto por ellas muy
ufano y descorro ante los ojos de la monja vistas panorámicas celestiales
que ella retoca con frases muy atinadas, mientras el tiempo no pasa, sino que
vuela.
Ella no hace estos Ejercicios, porque tienen que quedar tres o cuatro
libres para el trabajo, y se alegra; porque así puede conversar conmigo de
158
cosas de Dios, puede asistir a todos los puntos y pláticas y luego espera que
el Señor Obispo me permita dar otros Ejercicios en Fairbanks, donde los
hará ella por el verano.
Sin pretender ofender a nadie con comparaciones odiosas, digo y
afirmo que no he topado almas que me hayan hecho mejor impresión que la
de esta monja canadiense.

Esclavas y Mercedarias españolas

Un día me trajo una fotografía donde se veían las monjas Esclavas


españolas que pasaron por aquí y pernoctaron en el hospital. Me dijo que lo
primero que hicieron al llegar fue preguntar si estaba allí el Padre Llorente.
Al oír la respuesta negativa, las demás se sosegaron más o menos; pero
una pequeñuca dio muestras de una decepción en todo regla.
Llegaron bastante mareadas, pero se repusieron en seguida. En la sala
de recreo se despacharon con ellas en inglés como pudieron. ¡Y que no
estuviera yo allí! A ratos entre día por espacio de varios días me perseguía
siempre la misma exclamación lastimera: ¡que no estuviera yo allí!
Más tarde las Madres Mercedarias de Bérriz residentes en los Estados
Unidos me comunicaron que cierto día, a cierta hora, aterrizaría en
Anchorage su Madre General, que iba a visitar las Casas del Lejano Oriente.
Me fue imposible volar a Anchorage en aquella coyuntura. ¿Volveré yo a
verme con un español genuino? Dios lo haga.

Reflexiones sobre una fotografía

Volviendo a la fotografía de las Esclavas, digo que al verlas quedé


sumido en un pensamiento bien profundo por cierto. Todos habréis visto al-
guna vez fotografías como ésta de monjas o sacerdotes que parten para el
Oriente con el crucifijo al pecho.
En algunas fotos se les ve subiendo al aeroplano de cuatro motores
diciendo adiós con el sombrero o con la mano a secas. Rara vez pasan de
media docena. ¿Qué nos dicen las monjas de esta fotografía tornada a medio
camino del Japón?
¡Misterios de Dios! Estos son los instrumentos de que se quiere valer
para conquistar el Imperio del Sol Naciente.
Cuando los Estados Unidos y el Imperio Británico se pusieron a
159
conquistarlo por las armas, mandaron escuadras formidables con centenares
de miles de guerreros armados hasta los dientes; flotas aéreas cargadas de
bombas exterminadoras; escuadrillas de submarinos traidores con torpedos a
punto de ser disparados en alta mar para dar con los barcos en el abismo
Acechar, disparar, matar, torpedear, aniquilar, bombardear. Y vengan
hombres y mueran hombres y vuelen ciudades y siémbrense los pueblos de
huérfanos, de viudas, de mutilados y de desamparados. Y llámese a todo
esto patriotismo, cruzada, democracia y civilización. Así conquistan los
hombres.

Los instrumentos de Dios

¿Cómo conquista Dios? Ved a estas monjitas. No llegan a una docena.


No tienen más arma que el crucifijo. No llevan en los ojos odio satánico a
los japoneses. Al contrario, quieren a los japoneses.
Y en cuanto a los ojos, van llorando aún por estar todavía reciente la
despedida de sus familias que también quedaron llorando. Van llorosas,
temblorosas ante la incertidumbre de lo que las espera en el Lejano Oriente.
A éstas y a otras pocas como éstas ha encargado Dios la conquista para
El del pueblo japonés.
Dios quiso mandar más, muchas más; pero las otras no le escucharon.
Prefirieron los bailes, los cines, las modas, los casorios y el hacer en todo su
voluntad. O tal vez se opusieron a ello los padres, convertidos de repente en
seres barbarizados que tendrán que dar de ello una cuenta tremenda el día
del Juicio.
Total, que lo único de que dispone Dios para convertir todo el Asia,
son grupitos insignificantes de monjitas temblorosas como éstas; grupos de
sacerdotes asimismo temblorosos que caen boquiabiertos en un mundo
pagano para ellos desconocidos; grupos, en fin, de Hermanos legos sin otra
instrucción que la de cocinar, cultivar la tierra o encuadernar libros.
¿Qué conquistan los hombres en la guerra? Conquistan odios. ¿Qué
conquista Dios con sus monjitas y sus frailicos? Conquista los corazones.
Poco a poco el Cristianismo se va extendiendo. Tiene, sí, avances y
retrocesos, ganancias y pérdidas; pero se va extendiendo. En países antes
paganos, ya hay almas vírgenes, sacerdotes celosos y verdaderos mártires de
Cristo.
Al volver a mirar a estas monjas en la foto, no las envidio; porque
160
también yo soy misionero. Pero si no lo fuera, no creo que pudiera ya vivir
en paz el resto de mis días.
¡Qué gracia tan extraordinaria ser escogidos entre millones para salir
de la casa paterna con ojos húmedos y pulso tembloroso y surcar los mares
para caer en el mundo pagano como un grano que, al pudrirse, ha de
producir el ciento por uno en conversiones, en santidad y en glorificación de
Dios por toda la eternidad!

Dios llana a muchos

Cada vez que veo estudiantes rebosando salud; chicos guapísimos con
el cabello partido en crenchas muy galanas; jóvenes esbeltos que parecen
cincelados por el buril del mismísimo Fidias; al pensar luego que o no son
católicos, o si lo son, no aspiran más que a terminar una carrera que les
facilite trabajar a la sombra, cobrar un sueldo ramplón, criar media docena
de hijos y llegar luego a viejos sentados en la butaca de algún casino con
compadres tan canos y calvos como ellos, se me subleva la sangre y me
viene tentación de agarrarlos por las solapas y decirles con acento lastimero:
—Pero, hombre, ¿no ves que estás perdiendo la ocasión de poderte
cubrir de gloria marchando a las Misiones donde con tus fatigas, con tus
dolores, con tus esfuerzos, con sufrimientos de todo género llevados
alegremente por amor de Dios puedes convertir un sinnúmero de almas que
glorifiquen eternamente contigo a Jesucristo?
Nos sobran ya abogados, ingenieros, médicos y veterinarios. Lo que
nos hace falta con toda urgencia son chicos como tú que vayan hoy mismo a
los Noviciados y marchen luego a conquistar el mundo para Cristo. Si me
dices que Dios no te llama, vete a la iglesia; arrodíllate ante el sagrario; di a
la Santísima Virgen que presente Ella tu petición a su Divino Hijo. Diles
que tú quieres venirte aquí de voluntario. Veremos luego si te llama Dios o
no te llama.
Dios llama a muchos; pero son pocos los que se dan por aludidos. Se
excusan con que si la, novia, si la madre viuda, si la salud, si me comerán
vivo los indios, si el suelo patrio, y en estas excusas se les pasa la juventud.
Entre tanto Jesucristo sigue dando toquecitos a otros corazones jóvenes.
«Mañana te abriremos —le responden— para lo mismo responder mañana».
Total, que lo único de que dispone Dios para convertir al Japón —
repitámoslo— son esos grupitos de almas temblorosas que van a ser la
simiente de la gran cosecha venidera.
161
Quitémonos reverentes el sombrero e inclinémonos ante esas monjas
españolas, hermanas nuestras que marchan a conquistar para Dais todo el
Imperio del Sol Naciente. Todo esto se me ocurrió en Anchorage al ver la
foto que me trajo la Hermana Solange.

En la azotea del hospital

Esta misma Hermana me llevó un día a la azotea del hospital para que
se me despejase la cabeza contemplando los montes nevados y los bloques
de hielo llevados y traídos por las mareas que en este lugar son las segundas
del mundo en ascenso y descenso de nivel.
En estas aguas anclaban los galeones españoles enviados por el virrey
de Méjico hace doscientos años. Hoy, a falta de galeones y por impedirlo los
hielos flotantes, los barcos se han convertido en aéreos y da gusto ver como
cruzan el cielo aviones de todas las marcas y tamaños.
Debido a la tirantez de relaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin,
Alaska posee una fuerza militar aérea considerable con base principal en
Anchorage.
Asimismo por estar en el cruce de caminos entre los Estados Unidos y
el lejano Oriente, Alaska tiene en Anchorage —según dicen— el aeródromo
mayor del mundo. Lo cierto es que en cualquier día del año se posan y alzan
el vuelo en Anchorage más aviones que en Nueva York.
Desde la azotea donde estuve unos veinte minutos no dejé de ver en
ningún momento aeroplanos volando, y a ratos se veían escuadrillas de caza
a velocidades fantásticas venir y perderse de vista en formación militar
impecable.
Pude ver también autogiros estrafalarios que me recordaran a nuestro
Juan de la Cierva de tan recio abolengo castellano.

Dentistas y médicos

Estábamos en abril; pero con tanta nieve y tanto hielo era como estar
en enero. Entre los edificios de la ciudad se destaca nuestra Iglesia recién
edificada.
Es de cemento, costeada por la ciudad a fuerza de rifas y loterías y con
donativos considerables de personas sin religión como se acostumbra en este
país original donde el amigo más generoso del sacerdote es el masón más
162
significado del lugar, en una mezcolanza político-religioso-social como no
creo se dé en parte alguna del universo.
La Iglesia no está terminada, pero está acondicionada para celebrar en
ella y se llena tres veces todos los domingos. En uno de ellos dije yo la Misa
de las nueve con unos 500 asistentes, todos blancos, como si estuviéramos
en Chicago.
Seguramente que pasan de 2.000 los católicos de Anchorage; sino que
como son la mayoría semi-aventureros no acaban de radicarse nunca en un
lugar fijo y de todo tienen menos de religión.
Así y todo se va formando un núcleo de familias estables que son las
que forman la espina dorsal de la parroquia.
Una de esas familias es la de un dentista muy amigo nuestro. Este
buen señor me examinó la dentadura y me dijo que estaba en condiciones
excelentes.
De los siete hijos que tiene, quiere que salgan por lo menos un cura y
una monja. Dios le oiga.
Hay aquí un médico sin religión amiguísimo de los misioneros.
Abrigamos fundadas esperanzas de que entre pronto en el seno de la Iglesia.
Oyéndome contar historias se reía tan estrepitosamente que sin poder
contenerse en la butaca se echaba en el suelo y quedaba sobre cuatro patas
con espasmos estentóreos de risa. Estando así, si pronunciaba yo una sola
palabra, me hacía señas que callase hasta que se le normalizase la
respiración. Dos veces huyó del cuarto, pues por lo visto su organismo no
tenla capacidad para tanto ejercicio muscular involuntario.
Me regaló un par de botas rojas que le debieron costar un dineral. Más
aún, me examinó de pies a cabeza y, me halló —son sus palabras— «como
uno de esos toros que torean en España».

Fruto de Ejercicios

En cuanto a las monjas que hicieren los Ejercicios, quedaron muy


animadas a continuar viviendo la tercera manera de humildad y a no salir
jamás del Corazón ele Jesús donde las dejé a solas con su Amado.
Al terminarlos, me invitaron a pasar el recreo de la noche y charlamos
largo y tendido sobre una variedad poco menos que infinita de temas.
El vuelo sobre las cordilleras camino de Bethel no tuvo cosa digna de

163
mencionarse.
Cuatro horas seguidas por esas nubes parduzcas en un bimotor cargado
de correspondencia y mercancías. Cuatro horas de oración y de rosarios.
Otros pasajeros se dormían en posturas graciosísimas. En avión yo sólo me
duermo en las kalendas griegas. El que no sepa cuándo son estas kalendas,
que se lo pregunte a un bachiller.

"Un llamamiento al amor"

Al llegar a Bethel encontré en el correo un libro titulado «Un


llamamiento al amor» y dictado nada menos que por el mismo Jesucristo a
nuestra madrileña Sor Josefa Menéndez que profesó y murió en la vecina
Francia.
Como ya tenía un ejemplar, éste me ha venido de perlas; pues así
tengo uno siempre en Bethel y puedo llevar el otro en la maleta cuando
viajo; porque yo ya no podría vivir sin este libro que parece estar escrito
para mí solo.
Para que nadie se asuste, sepan que el tal libro lleva la aprobación
autógrafa de Su Santidad Pío XII cuando era aún cardenal. A este libro le
llamaría yo una explicación casera de los Evangelios dada por Jesucristo en
persona.
Todo está resuelto en este libro: los problemas sociales y políticos, las
virtudes, el pecado, la salvación de las almas, el aprovechamiento en la
santidad, la teología mística; la unión más íntima con Dios, todo.
Leyendo este libro, todos los otros libros pierden el gusto y se rebajan
a una categoría de inferioridad increíble. No hablemos de novelas u otra
literatura barata indigna de toda persona culta; sino los mismos tratados
religiosos escritos por los Santos, si los comparamos con este libro, son
tanteos a ciegas; y esto no porque se nos digan cosas nuevas, sino por la
manera en que se nos dicen. Es imposible digerir este libro y continuar
siendo una medianía en la vida espiritual.
Este libro se abrirá camino inconteniblemente y hará bien a las almas
hasta el fin del mundo. Debiera haber un ejemplar en todos los hogares; por
lo menos la edición especial del Mensaje del Señor al mundo.
No sé qué más puede decirnos el Señor para darnos a entender lo
mucho que nos ama y el gusto con que nos perdona, ni cómo se nos va a
decir más claro nuestra ingrata correspondencia a tanto amor y cariño.
164
El que compre una novela y diga que no tiene dinero para comprar este
libro, que no se queje luego cuando al morir se le presente el porvenir negro
y pavoroso.
En su mano está ahora vivir feliz y morir con ardores de serafín.
Porque este es uno de les efectos de la lectura de este libro; trae lágrimas
felices y quita el miedo que tenemos a la muerte. ¿Qué más podemos pedir
nosotros pobres mortales que vivimos tan preocupados y tememos tanto
morirnos?
Sor Josefa Menéndez, madrileña, subirá un día a los altares, y si vivo
yo entonces, la nombraré patrona de la primera iglesia que edifique en este
país de los eternos hielos.

El Hermano Morfi y la nostalgia de Alaska

Asimismo en Bethel me encontré con el Hermano Morfi, el de


Akulurak, que volvía de los Estados Unidos donde lograron dar con la raíz
de sus dolencias interiores, que es ni más ni menos que una úlcera en el
duodeno. Akulurak entera se echó a temblar ante el temor de que no
volviese el Hermano, y elevaron al cielo preces y novenas por su retorno.
Debido a la escasez de Hermanos no tenemos más que dos en
Akulurak. Si perdemos al Hermano Morfi, la Misión queda perniquebrada,
pues el otro es nuevo y sin experiencia. De ahí el alegrón general al volver a
ver entre nosotros al experimentado Hermano Morfi.
Sentados junto a la estufa departimos ampliamente sobre temas y
problemas misionales. Me mira incrédulo y no poco intrigado cuando le
digo que le conoce media España.
Volvía resuelto a no volver a los Estados Unidos y prefiere morir y ser
enterrado en Alaska. Dice que el ruido de tranvías y autos y radios y la
aglomeración de gente en los cruces de calles y todo el tinglado moderno de
las ciudades son como para volverle a uno loco de atar.
El barullo del puerto de Scatle le tenía sencillamente atontado. Soñaba
con los espacios infinitos de Alaska sumidos en silencio sempiterno.
Nos pusimos a argüir sobre la causa de que los veteranos de Alaska,
tanto misioneros como seglares, se encariñen tanto con Alaska; y con-
vinimos en que la causa principal es que en los Estados Unidos hay libertad
política y social, pero no individual. Allí el individuo no puede dar un paso
sin que pise o le pisen en los callos.
165
Aquí un blanco es un ser excepcional. Para reunir dos docenas de
blancos en las costas de Bering, hay que cubrir un terreno tan extenso como
Extremadura.
Una vez aclimatados a estas soledades, los codazos y empujones de las
turbas al subir al tranvía resultan insoportables. El Hermano Morfi volvió
muy ufano a su Akulurak donde lleva 34 años y donde vivirá contento el
resto de su peregrinación sobre la tierra.

Conclusión

Aquí en Bethel seguimos todos de buen humor haciendo frente a los


fríos invernales, a las inundaciones del mes de mayo, a los mosquitos de
junio y julio, a las lluvias incesantes del otoño y a cuanto se nos atraviese en
el camino que nos hemos trazado. No estamos solos. Tenemos con nosotros
a Jesucristo que vive en medio de la aldea y, sin que nosotros tal vez lo
notemos, desde su escondite del sagrario nos bendice y aparta de nosotros
todo género de males y peligros.
Sea El bendito y alabado para siempre. Amén.
Dado en la muy loable ciudad de Bethel a los 21 de junio del año de
gracia de mil e novecientos e cuarenta e nueve.

166
XXII

Buen tiempo en Magraz

Ante un cielo azul

Por fin, al cabo de catorce años de esperanzas frustradas, he logrado lo


que con tanto anhelo deseaba ¿Y qué es lo que esperaba? Pues esperaba un
día con buen tiempo en Alaska, y nunca lo había conseguido. Unas veces
era el viento, otras la cellisca, otras la lluvia, otras los mosquitos, otras el
cielo gris y tristón, otras el frío extremado, otras las tormentas desencade-
nadas, y así siempre.
Pero hoy, por fin, al mediodía, apenas traspuse los umbrales de mi
modesta casa, tuve que admitir que efectivamente éste era el día que había
hecho el Señor para saciar mis ansias almacenadas de un tiempo bonancible
por dondequiera que se le mirase.
Estarnos en McGrath, en el centro de Alaska, en un centro geográfico
casi equidistante de las cuatro metrópolis del interior de la península, a
saber: Nome, Fairbanks, Bethel y Anchorage. Estoy en la pista pavimentada
que llamamos aeródromo.
Camino como doscientos pasos de Norte a Sur y me siento en un
ribazo pedregoso cubierto de yerbajos que doblo y desdoblo hasta formar
con ellos una almohada que me encanta. El cielo está de un azul rara vez
visto por aquí, con jirones blanquecinos que flotan perezosos, sin prisas, casi
estáticos.

Todo paz y silencio

A mi derecha y a respetable distancia, se alza el monte Takotna


poblado de abetos resinosos que ocultan en su espesura osos negros reven-
tando de gordos. En los claros de pradera que hay entre los árboles crecen
moras que son el postre predilecto de los osos cuando vuelven al amanecer
167
del río donde se embuten de peces.
En frente de mí se extiende una llanura inmensa cortada abruptamente
por las cordilleras de nieves eternas que parten del monte McKinley y llegan
hasta las islas Aleutianas formando la espina dorsal de la península.
A mi izquierda se suceden montículos poblados de árboles verdinegros
por entre los que culebrea el río Kusko de aguas tan profundas como sucias
durante el verano por las crecidas que ocasionan las lluvias que por aquí
parecen no tener fin.
A mi espalda están las casas de la aldea, alineadas unas y en bonito
desorden otras, pero todas limpias y bien cuidadas.
Me quito la gorra de aviador que llevo y me extasío contemplando el
panorama. No hay viento, ni hace frío ni calor. El sol brilla sereno e
inmutable. Todo es paz y silencio. ¡Qué bien se está aquí!
Leí en cierta ocasión que un grupo de profesores yanquis de ambos
sexos fue a Grecia en plan de turismo y educación clásica.
Comenzaron muy ufanos la subida al Partenón. Una señorita se
adelantó al grupo y al llegar a cierta cima se sentó a contemplar el
panorama. Lo que allí vieron sus ojos, unido a las nostalgias de clasicismo
ático multisecular la impresionó tanto, que sin poderse contener rompió a
llorar.
En esto se acercaba el grupo jadeante y sudoroso, y un profesor al
verla llorar la dijo condolido:
—¡Ay, hija, no me extraña que llore; a mí también me duelen los pies
una atrocidad!
Yo me pregunto a mí mismo: Si abrumado por lo placentero del día,
por la paz, el silencio y la hermosura del ambiente rompiese a llorar y me
sorprendiese algún curioso ¿a qué lo achacaría?
Por eso, para evitar interpretaciones rastreras, mantengo secas las
pupilas y sigo bañándome en esta atmósfera impregnada de belleza natural
incomparable.

La llegada do un "Douglas"

De pronto se oye un ruido de moscardón lejano que se va acentuando


cada vez más. Es un bimotor «Douglas». No le veo aún, pero me apostaría
la cabeza a que es un «Douglas».

168
Los soldados en las trincheras conocen el calibre del obús que pasa por
el timbre peculiar del silbido. En estas trincheras imaginarías donde me bato
yo cuerpo a cuerpo y lucho por la extensión del reinado de Cristo en la
tierra, me he familiarizado ya tanto con los aeroplanos, que distingo, sin
mirarlos, al Douglas, al Cessna, al Vega, al Stimson, al que sea. Cada motor
tiene su sonido peculiar.
Este zumbido que se está acentuando por momentos es efectivamente
de un Douglas. Ya lo diviso allá lejos en las nubes. Al ser herido por los
rayos solares el metal que lo cubre refleja la luz como un espejo. Viene a
velas desplegadas, con los motores como fauces de monstruo prehistórico a
punto de caer sobre la presa.
Ahí viene; ya está cerca. Traza un círculo sobre el aeródromo a unos
300 metros y de repente se ladea y desciende buscando la línea recta de la
pista Norte a Sur que es la más larga.
Afloja la marcha. La afloja más. Enfoca la pista y viene bajando,
bajando, sobre las colinas, cruza el rio, salva unos plantíos de arbustos y se
posa sobre el cemento con esas llantas de goma monumentales.
Rueda delante de mí con velocidad vertiginosa que poco a poco
decrece hasta que, a punto de pararse, vira en redondo y vuelve a pasar ante
mí despacio y majestuoso camino de las oficinas. Da unos resoplidos fuertes
y al fin queda inmóvil como atleta que ha terminado la carrera y se tiende a
descansar sobre el mullido césped.
Este Douglas tiene capacidad para tres toneladas y vuela a 250
kilómetros por hora, aunque pudiera volar más rápido si hubiera prisa. Sin
mercancías da cabida a 25 pasajeros. Cuando viajo en él me siento siempre
en medio, entre las alas, pues es un hecho científico que, en el centro hay
menos vaivén que en los extremos.
Del aeródromo salen varios pasajeros. Desde mi asiento noto que
algunos parecen cohibidos; señal de que son nuevos en Alaska. Otros, en
cambio, se mueven muy garbosos y saludan acá y allá; señal de que son
veteranos que vuelven de un viaje de negocios o recreo por los Estados
Unidos.
Salen también del aeroplano sacas de correspondencia, cajones,
paquetes, cajas y maletas. Pasados unos 25 minutos giran de nuevo las
hélices y el aparato comienza a pavonearse por la pista. Zumban los motores
cada vez más fuerte.
El Douglas embiste la pista de Este a Oeste, acelera la marcha y en un

169
infierno de ruido desesperante despega y se pierde detrás de
un monte lejano. Quedo envuelto en un silencio sedante rodeado de luz; de
paz y de verdura.

Un día sin precedente

Sobre todo la paz. ¡Qué paz reina hoy en MacGrath! Tal vez en estos
momentos cruza el mar Caribe un tifón catastrófico que deja a su paso
barcos hundidos e islas destrozadas. Tal vez se está librando una batalla
campal en los campos milenarios de la China. Tal vez acaba de nacer un
volcán que pone en huida despavorida a los incautos habitantes de una isla
filipina. Tal vez...
Aquí, en McGrath, en este día del mes de agosto no hay tifones, ni
guerras, ni volcanes, ni siquiera frío ni calor. Ello es lo que me tiene como
embrujado. Ni frío ni calor; ni viento ni lluvia; ni nubarrones ni mosquitos;
ni niebla, ni escarcha, ni nada que pudiera considerarse mancha o arruga en
la bonanza de este día sin precedente memorable.
Este es un día perfecto. ¿Cuánto tiempo voy a estar sentado aquí? No
lo sé. Probablemente seis o siete horas, hasta que haya anochecido.
Los que viven en climas bonancibles no lo saben apreciar; como no
apreciamos la vista los que no estamos ciegos, ni apreciamos la respiración
fácil los que no tenemos asma. Hoy me voy a vengar de catorce años de
tiempo más o menos desagradable y voy a mirar al cielo azul y a las sierras
lejanas hasta que me duela el pescuezo y se me cansen los ojos.
Sobre los picos elevados de la sierra blanca aparecen y desaparecen
nubecillas blancas como vellones de lana purísima.
A medida que el sol y la tierra cambian de postura, el tinte del
arbolado en las faldas de los montes sufre cambios apreciables dentro del
verde básico.

Las garzas, criaturas de Dios

Sobre la aldea veo volar en perfecta formación siete garzas preciosas.


La ley veda cazarlas y ellas parece que lo han adivinado, pues tienen la
osadía de posarse en un charco tan cerca de mí que las alcanzaría con un
tirador de goma.
Ahí están, tiesas como torres, quietas, impávidas, hermosísimas.
170
¿Quiénes son las madres y quiénes las hijas? Imposible discernirlas. Las
hijas han crecido y alcanzado el tamaño normal.
Dos o tres dan una zancada y un picotazo en el lodo y vuelven a otear
el horizonte con sus cuellos de grúa legítima, quietas, impávidas,
hermosísimas.
Sin mover el cuerpo tiro unas piedras en su dirección. Lo han notado.
Los cuellos ahora se estiran como si fueran de goma y lo mismo se diga de
las zancas. Aunque algo lejos, me parece ver sus ojos a punto de salirse de
las órbitas.
¡Qué hermosas las hizo Dios! Como a mí también me hizo Dios
(aunque más feo), resulta que somos hermanos. Garzas, hermanas mías, no
me tengáis miedo, no me tengáis miedo, que no os haré daño.
Si para San Francisco de Asís el lobo era un hermano, mucho más lo
sois vosotras para mí.
Me han debido adivinar los pensamientos, pues han depuesto la
tirantez y han vuelto a picotear y a dar zancadas en el lodo del charco
vecino. ¡Qué mansas parecen, como si fueran domesticadas!
De pronto se me alarman. Por entre dos montes cercanos se ve venir
un aeroplano con flotadores y el ruido crece y se acerca con velocidad
inquietante. Las garzas se alborotan e intentan echar a correr; pero el ruido
está ya tan cerca que optan por alzar el vuelo en un «sálvese el que pueda».
Lo que ahora veo parece cosa de magia. Al elevarse las garzas sobre
los árboles, pasaron tan cerca del aeroplano que no las aplastó por un
milagro. Si las hubiera tocado la hélice, hubiéramos tenido un aterrizaje
fatal. Se han dado casos de estos en Norteamérica con pérdida de vidas
humanas.
Nuestro aeroplano pasa veloz sobre mí y se dirige a la izquierda donde
zigzaguea el Kuskokwim que le espera en sus aguas mansas y lodosas. El
piloto traza un círculo elegante sobre el río, afloja la marcha, enfoca la
corriente y cae suavemente sobre el agua con una gracia que le enaltece. A
los pocos minutos para el motor y vuelvo a quedar en un silencio ideal.

Lo que perdieron los yanquis

En las faldas de los montes las sombras van cambiando de puesto. Yo


me entretengo tirando piedrecitas a un palitroque cercano. Soy mal tirador y
doy uno en el clavo y ciento en la herradura.
171
El suelo que antes me pareció mullido, ahora me resulta duro. ¿Me
levantaré? ¡Si tuviera con quién pasear! Los yanquis han perdido el arte de
pasear. Les parece tiempo desperdiciado y no lo es.
Asimismo han perdido el arte de conversar. La radio, el cine, la revista
y el periódico llevan la conversación en un monólogo irritante. Ya no se
conversa ¡con lo que me gusta a mí conversar! La falta de conversación es
una de las cruces más pesadas que he tenido que ofrecer a Dios en el Nuevo
Mundo anglosajón. Siempre tienen prisa. Correr, producir, ganar dinero.
Claro que hay excepciones; pero esa es la tendencia general.
Un diplomático yanqui en la ciudad de Méjico al ir todas las mañanas
al consulado, tenía que doblar una esquina donde vendía naranjas una
mestiza entrada en años. El buen señor compraba todos los días tres
naranjas.
Un día le visitaron unos familiares y quiso comprar toda la canasta
para agasajarlos. La vieja se negó a complacerle y dio esta razón:
—Si a media mañana vendo todas las naranjas, ¿qué voy a hacer el
resto del día? El yanqui se quedó sin respirar. En los Estados Unidos se
corre por otra canasta y se vende. Entre hispanos bástate a cada día su
canasta. «Sufficit diei malitia sua».
Tampoco tienen los yanquis palabras para siesta y nos la han robado.
Es decir, nos han robado la palabra, porque la siesta no la duermen.
Duermen, sí, cuando se sienten cansados; pero no a una hora determinada
como lo hacemos nosotros con la siesta.
Lo que hizo pasajeramente simpática por aquí la guerra civil española
antes de la llegada de la hez roja internacional, fue la noticia reminiscente de
tiempos heroicos de que los dos bandos habían convenido en no disparar
durante la siesta.
Yo mismo, aunque apenado por la guerra, me reí complacido y sentí
como nunca el orgullo de ser español. ¡Viva la siesta española, y mal año
para el que nos despierte de ella!

Viendo correr el agua

Pero volvamos a Alaska. Bendito sea Dios, que nos ha dado un día tan
humano y tan ameno. Me levanto al fin y doy un paseo a lo largo del
aeródromo. Cruzo unos matorrales y llego al río. Camino río abajo un buen
trecho que vuelvo a desandar río arriba.
172
Las orillas tienen yerba crecida. Arranco unas brazadas y me siento de
nuevo contemplando la corriente reposada del río profundo y silencioso. Ver
correr el agua es de lo más sedante y poético que existe.
Viendo correr el agua del río Cardoner tuvo San Ignacio inteligencias
inenarrables. Yo, pobre de mí, no hilo tan fino y me contento con elevarme a
Dios a mi manera, pero también me elevo,
De estas elevaciones me saca una bandada de patos que caen sobre el
agua como si fueran piedras. Parece imposible que se tiren tan vio-
lentamente sin hacerse daño. Nadan y se divierten juguetones. Se hunden, y
vuelven a salir donde menos se esperaba. Cazan insectos y moscas. Se
sumergen y salen a flote.
Ya se juntan, ya se apartan. Se están dando la gran vida. ¡Con qué
cariño tan paternal los cuida Dios!
Estos son también hermanos míos. ¿Me querrán ellos a mí por
hermano? Los llamo con una voz que saco de no sé dónde, y los muy
descastados alzan el vuelo y se pierden en lontananza.
En el aeródromo zumban motores de marca Vega. Siempre que oigo
este nombre me acuerdo de aquel señor viejo de mi pueblo que vivía cerca
de la torre de la iglesia. Los chicos tirábamos piedras a las campanas y casi
todas caían en su corral sembrando el pánico entre las gallinas. El buen viejo
salía tras de nosotros, pero no nos pillaba. Al darse por vencido nos voceaba
con el puño en alto:
—Si no estáis enducáus, yo vos enducaré.
Aquí junto al Kusko estas palabras me alegran el alma.

La puesta del sol

En esto me va entrando hambre; pero me hago el desentendido. Mi


manjar hoy es saciarme de la paz y belleza del día que Dios nos ha
concedido. Pan y alubias nunca me faltarán; en cambio un día como éste no
lo tendré siempre conmigo.
Me levanto y camino hacia el aeródromo cruzando maleza sin temor a
picaduras venenosas por no haber en Alaska culebras ni reptiles venenosas
de ninguna especie.
El sol se empieza a ocultar detrás de los montes; primero un poco,
luego más; ya se ocultó. Ahora la luz sobre las crestas de los montes lejanos
tiene tintes fantásticos, semiazulados, purpurinos.
173
El sol se pone de verdad dejando tras sí en el horizonte verdaderas
hogueras rojas que me tienen hipnotizado. No corre la brisa ni hace frío ni
calor.
Yo estoy de pie medio alelado. ¿Cuándo voy a guisar la cena? ¡Que la
guise Rita! Yo tengo que apurar el placer embriagador de esta puesta de sol
inusitada. Por dos dólares sarnosos me darán en la venta una cena de
príncipe.
En todo el firmamento al poniente las nubes son un despilfarro de
luces y colores,
Me canso de estar de pie y no es cosa de volver a sentarme. Pronto
saldrán las estrellas. Tal vez mañana tengamos tormenta. ¿Cuándo
volveremos a tener otro día como éste? ¿Tendré que esperar otros catorce
años? Pero no es esta hora de pesimismos ni pensamientos tristes.
Vuelvo a casa totalmente renovado y me postro reverente ante el
sagrario iluminado por la lámpara ritual. A solas con el Señor le doy gracias
sincerísimas por habernos dado este día tan hermoso y tan inmerecido.
Me acuesto en espera de otro día parecido.

Al otro día

Al amanecer me despertó el ruido placentero de la lluvia sobre el


tejado. Envuelto en mantas de lana (nunca en sábanas porque son muy frías)
no hay gozo comparable al que se experimenta oyendo llover sobre las tejas.
Pero ¡hay que levantarse! A los bizarros misioneros que se baten con
denuedo y mueren al pie del cañón, les cuesta levantarse por la mañana lo
mismo que les acontece a los estudiantes de medicina o a los comerciantes.
Si yo fuera Papa 24 horas y me probasen que un Religioso murió sin
haber dejado nunca de levantarse al toque de la campana, le canonizaría
aquella misma tarde.
En Alaska cuesta levantarse más que en Cuba, pues al salir de la cama
corre uno peligro de convertirse en carámbano en los meses que van de
octubre a mayo. En agosto da gusto saltar del lecho y contemplar los montes
verdes y soleados. El «quid» está en levantarse puntualmente los 365 días
del año durante toda la vida religiosa.
Desde hoy quedo esperando otro día de bonanza como el que acabo de
describir; y si llega —que llegará— haré lo posible por ponerlo en
conocimiento de los lectores de EL SIGLO DE LAS MISIONES que creen que aquí
174
vivimos siempre en casas de nieve y se nos pasan seis meses justos sin ver
el sol. ¡Ni tan calvo que se le vean los sesos!
Nadie se amedrente. Hay, si, meses enteros de climas horrendos; pero
no faltan durante el año días placenteros como el del aquí en McGrath en el
centro mismo de Alaska, a distancia relativamente corta de las lomas del
Polo Norte.
Y a propósito de lomas. La aviación militar norteamericana hace
vuelos periódicos sobre el Polo Norte. Lo único que nos han dicho los que
lo han visto es que el Polo Norte es un mar profundo y helado. En agosto se
ven por allí aberturas en el hielo con bloques flotantes, en una soledad
espantosa.
El Polo Sur por el contrario es una verdadera cadena de montañas
cubiertas perpetuamente de nieve añadida a más nieve. En adelante tal vez
sea más correcto cambiar la palabra «lomas» por las «hondonadas» del Polo
Norte. Allí es donde no se ve el sol en seis meses. Comparados con aquellas
hondonadas, los valles alaskanos son restos que nos quedaron del paraíso
terrenal.

175
XXIII

La Isla de las Zanahorias

Buscando silencio

Aunque alguno no me lo crea, digo y afirmo que el silencio de Alaska


en general nunca me ha satisfecho por completo. Todo es relativo.
Comparados con los que viven en ciudades, los eskimales vivimos en un
cementerio; pero aun los eskimales hacemos ruido.
Todos los días viene alguno a mi casa; y si no viene, puede venir; y
esta posibilidad de que venga, corta de raíz toda seguridad de poder guardar
silencio.
Yo había venido soñando varios años en una choza solitaria en la
espesura del bosque o en la pampa deshabitada, para poder hacer en un
silencio total los ocho días de Ejercicios Espirituales que tenemos que hacer
los Religiosos todos los años.
En Akulurak aúllan los perros y grita la chiquillería; en Kotzebue mi
casa estaba justamente en mitad de la aldea y todo se volvía ir y venir de
transeúntes; en Holy Cross el ruido es paralelo al de Akulurak, sólo que
mucho mayor; en Fairbanks o Anchorage es como meterse por las calles de
Nueva York; y así todo.
Aquí en el vastísimo Kusko, por más que estudié la situación, no hallé
nunca lo que pretendía. Ya me había resignado a lo inevitable, estando Dios
nuestro Señor que oye los clamores de los pobres y los socorre en tiempo
oportuno, vino en mi ayuda y me deparó benignamente la soñada mansión
solitaria.
Es el caso que las monjas de Holy Cross me volvieron a pedir que les
diese los Ejercicios por segunda vez. Accedí gustoso a sus ruegos y me
presenté en Holy Cross precisamente cuando estaban recogiendo las
hortalizas, que es a mediados de septiembre.
Como tendría que aguardar unos días a que estuviesen listas, decidí
176
hacer yo mismo los Ejercicios, que no los había hecho aún y que serían la
mejor preparación para dárselos a ellas.
Hablando sobre mis sueños de chozas solitarias, me propusieron los
misioneros de Holy Cross monopolizar el barco fluvial de 14 toneladas que
tienen allí; alejarme con él a algún paraje solitario; echar el ancla en alguna
playa pedregosa y pasar allí yo solo los ocho días reglamentarios.
Casi lo hice; pero vine a desechar la idea por la repugnancia innata que
tengo a flotar sea en el agua, sea en el aire. A mí me gusta pisar en tierra
firme, y allá las olas y los vuelos para el que los quiera.

La cabaña de maderos

El Hermano Luis Laird, S. J., mencionó casualmente una cabaña de


maderos a unas dos leguas de Holy Cross entre árboles y a la orilla de uno
de los muchos afluentes del gran Yukón.
Se trataba de una isla entre afluentes sin más viviendas que la
mencionada cabaña. Me empezó a gustar la idea.
La tal cabaña pertenecía a un eskimal de buena pasta que vive en la
aldea de Holy Cros y la usa alguna que otra vez en el invierno cuando va
de caza de zorras y visones.
Me entrevisté con él y me dijo que usara la choza cuando y como
quisiese. Como quien dice la cosa más natural del mundo, me previno que
estuviera siempre armado, porque la tal isla está infestada de osos negros.
¡Santos cielos! Se me cayó el alma a los pies. Pero el Hermano Laird,
que es un cazador de fama, me animó a seguir adelante con la aventura.
La solución no podía ser más sencilla; juntamente con el altar portátil
y el saco de dormir llevaría un rifle y un puñal; el rifle para levantarle al oso
la tapa de los sesos, y el puñal para desollarle.
¡Menuda figura que pintaría yo arremangado y desollando un oso
negro entre dos meditaciones!

Prácticas de puntería

Para disipar de una vez todo temor, fuimos el Hermano y yo a las


afueras y allí me ejercité en tirar al blanco. Pusimos una hojalata a 20 metros
y ¡pun, pun! Las balas son del tipo dun-dun con punta blanda que al penetrar

177
en el cuerpo se abren a manera de hongo y causan un destrozo fenomenal.
Fue para mí una revelación lo cerca que le rondé a la hojalata, y hasta
la perforé un par de veces. El Hermano me dijo que tuviera confianza; que si
le daba a la hojalata, mucho mejor le daría al oso que era cincuenta veces
mayor.
El hecho de que la hojalata se estaba quieta y el oso no lo estaría, no lo
discutimos; como tampoco discutimos la probabilidad casi cierta de que la
presencia del oso me pudiera ocasionar tal temblor de piernas y brazos que
diera al traste con todos mis tiros al blanco.
El Hermano ha cazado muchos osos, y lo mismo se diga del dueño de
la choza. Me aseguraron que por lo general el oso negro huye del hombre y
hace cuánto puede por evitar con él todo encuentro; pero si acontece
encontrarse con él de repente, el oso ataca feroz e infaliblemente.
Y eso es precisamente lo que hace el buen cazador: se mete por los
árboles sin hacer ruido y con la mano al gatillo. Salta el oso y ¡zas! dos
balazos: uno en la espina dorsal y el otro en el corazón. El primer disparo le
paraliza y el segundo le mata.
Con un balazo en el corazón corre el oso 50 metros destrozando
cuanto encuentra a su paso. Por eso es menester paralizarle primero.
El disparo infalible es en los sesos; pero resulta que tienen el cráneo
tan duro y con una curvatura tan especial que con frecuencia resbala el
proyectil. En tales casos el cazador se juega la vida en cada fracción de
segundo que sigue.

Pan y zanahorias

Con esta teoría tan bonita en la cabeza y con mi experiencia de tiros al


blanco, me decidí a arremeter con la aventura. Pedí a la Hermana cocinera
cuatro molletes de pan y cuatro libras de zanahorias.
En Holy Cross cultivan hortalizas que crecen muy guapas en los meses
de verano. Yo prefiero las zanahorias a todas las demás. Son tan rojas, tan
frescas y tan jugosas que me da gusto molerlas con los caninos.
La cocinera me preguntó qué más deseaba. Resuenen que pan y
zanahorias bastaban y sobraban. Estábamos en la cocina y todos se rieron en
grande.
—¿Pero va a vivir de zanahorias toda la semana?— me preguntaban
incrédulos.
178
Respondí que sí. Aduje como razón que una de las causas porque hoy
no producen los Ejercicios el fruto sensacional que produjeron a los
principios es que no ayunamos cuando los hacemos.
Yo iba a hacer los Ejercicios, no a banquetear. Pan y zanahorias y
algún trozo de pescado ahumado eran suficientes para mantenerme hecho un
Hércules. Los Santos pasaban varios días sin comer.
Estas razones dichas en tono de quien riñe, los acallaron a todos. La
Hermana cocinera bajó la cabeza y me entregó en un cajón el pan y las
zanahorias.
Su corazón de madre prevaleció sobre la cabeza y añadió de su
cosecha otros alimentos en latas que no quise abrir cuando los descubrí.
El Hermano Laird y yo cargamos con los bártulos y nos dirigimos a la
isla que desde aquel punto y ahora quedó bautizada con el nombre de Isla de
las Zanahorias.

En la isla solitaria

Salimos en gasolinera después del desayuno; subimos río arriba unos


tres cuartos de hora; cruzamos el gran río; nos metimos por un afluente
tortuoso que se entroncaba con otros no menos tortuosos, y a eso del
mediodía hicimos alto junto a una playa arenosa,
La orilla estaba cortada a tajo. Trepamos sin dificultad y nos vimos en
presencia de una caseta de maderos sobre cuyo frontispicio se erguía la
cornamenta de un reno gigante clavada allí según la usanza del país.
Entramos en el recinto saturado de humedad. Una estufilla, una tarima
para dormir y un tajo para sentarse. Eso era todo. Ni mesa ni silla ni nada
más.
La tarima era tan corta que tendría que encogerme mucho para caber
en ella. El espacioso suelo me sonrió acogedor, y yo acepté agradecido su
ofrecimiento. La casa tenía exactamente dos metros de ancha por cuatro de
larga.
Metimos el pan y las zanahorias que pusimos en un rincón. Metimos
asimismo el altar que llevaba en la maleta, el saco de dormir, el rifle y las
balas, un hacha para partir leña y un farol de petróleo.
Hicimos fuego para ver cómo funcionaba la estufa —funcionó
perfectamente— y el buen Hermano se despidió de mí rogándome no le
olvidase en mis oraciones y sacrificios.
179
Partió a toda mecha en la gasolinera. Desapareció en el primer recodo
del río y al poco rato ya no se oía el motor.
De pie a la orilla del río giré sobre los tacones y de un vistazo me hice
cargo de la situación. La vegetación era exuberante. El río culebreaba al
lado sur; pero al norte se abría anchísimo como un lago y se perdía al
doblarse en la espesura a cosa de 2 kilómetros.
Entre el agua y la orilla se extendía una faja de arena no muy seca.
Para consuelo mío no descubrí ninguna huella de oso. Entre en la caseta tan
pequeña, tan pobre, tan oscura y tan silenciosa que se me empezó a regocijar
el alma con gozo que parecía afluir a los mismos huesos.

Distribuyendo el tiempo

Esto era lo que había estado ambicionando tanto tiempo. Dios tiene
secretos importantísimos que comunicar al alma y yo me he estado
muriendo por conocer alguno de esos secretos.
Dios obra en esto como nosotros, que cuando hablamos a alguien,
esperamos que nos preste atención; y si no nos la presta, puede ocurrir que
nos disgustemos, demos media vuelta y marchemos con la música a otra
parte.
Dios espera vernos desocupados y en silencio para que le podamos oír
el mensaje. Entre el ruido, las ocupaciones que nos distraen, los planes que
hilvanamos cuando aparentamos estar en silencio y las imaginaciones
estériles que nos persiguen a sol y a sombra, Dios Nuestro Señor se ve y se
desea para acechar un momento oportuno y entrarnos como El quisiera.
Evidentemente que será un acierto rotundo darle a Dios por el gusto y
ponerse uno en tales condiciones que el silencio esté garantizado.
En la Isla de las Zanahorias leería yo los puntos de meditación y luego
me sentaría sobre el tronco de un árbol a meditar 60, 80, 100 minutos
seguidos en la convicción plena ele que mi contemplación no había de ser
interrumpida ni por carraspeos de vecinos, ni por estornudes extemporáneos
de seres humanos, ni por puertas que se abren o se cierran, ni por ladridos de
perros, ni siquiera por el zumbido rápido de un aeroplano que se aleja.
¿A qué hora seria la comida? Cuando ya no me tuviese de hambre. ¿A
qué hora me acostaría? Cuando estuviese realmente fatigado. ¿A qué hora
me levantaría? Cuando se colase la luz por aquel ventanuco pegado al suelo.
¿Con qué lecturas entretendría el tiempo libre? Con el Nuevo Testamento, el
180
Kempis y el Libro de los Ejercicios comentado por el P. Oraá, S. J., que
tuvo la delicadeza de regalármelo desde su sitial rectoral de Loyola.

En plenos Ejercicios

Me levantaba, efectivamente, al colarse la luz por la ventana y me


daba un verdadero lavado en el rio. Nada de afeitarse. Encendía una fogata y
me ponía a hacer la meditación y a prepararme para la Misa.
Esta la decía sobre la tarima muy despacio y rodeado de varias
legiones de ángeles que me envidiaban a mí y yo les envidiaba a ellos. Me
envidiaban porque ellos no podían consagrar ni sufrir por Cristo, y yo los
envidiaba porque ellos eran ángeles y yo una miseria. Aquella choza era un
pedazo de cielo real y verdadero, dígase lo que se quiera.
Desayunaba con un buen trozo de pan y dos o tres zanahorias y luego
arremetía con el Breviario. Seguía otra meditación y examen y ya eran las
doce.
Como no tenía hambre, en vez de comer, partía leña hasta que me
venía sudor, que solía ser muy pronto. Rezaba otro poco de Breviario y
luego venía otra meditación.
Al terminarla me lavaba los pies en el río. Por cierto que el agua estaba
tan fría que no se podía tener el pie adentro más de dos minutos sin un dolor
agudo.
Hacía luego lectura espiritual seguida de otro poco de Breviario.
Para entonces ya tenía hambre, la verdad ante lodo. ¡Qué ricas son las
zanahorias de Holy Cross con pan fresco y agua corriente!
Después de cenar, rezaba los quince misterios del Rosario y me
enfrascaba luego en la cuarta meditación, que se parecía al mar en que no se
le veían las orillas.
Para entonces brillaban fulgurantes las estrellas. En los tres meses que
estudié Astronomía en Granada, hace justamente veinte años, me familiaricé
con las constelaciones y planetas. Ahora vi con estupor que se me había
olvidado casi todo.
Sin embargo, a fuerza de mirar al cielo y repasar memorias inflé un
poco mi vanidad convenciéndome de que, en efecto, aquel planeta que salió
el primero y despedía una luz tan bella hasta que desaparecía detrás del río,
era Venus.

181
Aquella estrella tan luminosa no podía ser otra que Sirio. La de más
allá pudiera muy bien ser Arturo, a no ser que fuera Antares.
Las dos Osas brillaban majestuosas sobre mi cabeza con la estrella
Polar destacándose entre todas. Me vinieron a la memoria los versos de Fray
Luis: «¿Por qué están las dos Osas — de hallarse en el mar siempre
medrosas?»

Noches de frío y miedo

Las noches eran frías. Bien envuelto en el capote militar de un


capellán condiscípulo mío que siguió a McArthur hasta el Japón y que nos
lo envió cuando terminó la guerra, y sentado en el tronco de un árbol sobre
la orilla elevada del rio, me extasiaba yo ante aquel firmamento que se
reflejaba sobre las aguas tranquilas.
Era alucinante contemplar el cambio paulatino pero constante de los
colores del ciclo a poco de ponerse el sol hasta cerrarse en un oscuro total.
Grises primero, purpurinos después, rojos y de fuego luego y por fin negros,
todos se reflejaban en las profundidades imaginarias de aquel como lago que
se extendía a mis pies. Por fin cerraba la noche.
Las noches en sí no podían ser más medrosas; pero yo me las bandeé
para gozar durante la noche tanto o más que durante el día.
Supongamos, por ejemplo, que el demonio no aprueba mi manera de
hacer los Ejercicios y le da por estorbármelos. Los monjes del desierto
tuvieron que habérselas con él a cada paso.
Yo estaba allí más solo que la mayor parte de los monjes. El rifle era
para los osos, no para los demonios. Para éstos me proveí de agua bendita y
procuré colocar el crucifijo en el lugar más prominente de la choza.
Allí estaba yo entre el cielo y la tierra, expuesto a encontronazos con
satanás, y a zarpazos de osos negros que gustan de merodear por la noche y
pasearse por las orillas de los ríos a caza de pescados incautos que devoran
crudos.
Como lo que yo pretendía era meditar y no andar a mojicones con
nadie, pedí a la Reina de los Ángeles que encargase a uno de espantarme los
osos, y luego rogué a San Miguel Arcángel que se las hubiese él con
Lucifer.
Y dicho y hecho. En los ocho días y tres horas que viví solo en la isla,
no sólo no vi ningún oso, pero ni siquiera los oí aplastar palitroques en la
182
espesura que se extendía detrás de la choza.
En cuanto a demonios, permanecieron tan quietecitos y tan invisibles
como lo habían estado hasta entonces conmigo; o por lo menos así me
pareció a mí.

El rezo del Breviario

A fuerza de pasearme entre los árboles hice un rastro que partía de la


choza y se internaba en la espesura unos 200 metros. Era sumamente poético
rezar el Breviario por aquel paseo.
A veces la brisa meneaba las copas de los árboles y caían como nieve
las hojas otoñales, amarillentas, unas grandes, otras pequeñas, unas enteras y
otras carcomidas de insectos.
A las que caían sobre el Breviario las ahuyentaba ya poniendo el libro
boca abajo, ya soplándolas con vigor.
Me acordaba de las procesiones del Corpus en España; cómo tiran
pétalos y flores al Santísimo Sacramento desde los balcones; y como Dios
mora en toda alma que esté en gracia, y yo sospechaba vehementemente que
lo estaba, le recordaba al Señor que, a falta de rosas y balcones, le tiraban
hojas las copas de los árboles que se erguían a los lados del camino.
Había tres ardillas en distintos sitios próximos al rastro y era de ver
cómo se parecían a nosotros en tener cada una un carácter distinto.
La más próxima a la choza se enfurruñaba un poco al verme venir;
pero se aquietaba pronto. La segunda se alteraba más; pero también se
aquietaba.
La tercera era una fiera. Subía y bajaba el árbol a 100 kilómetros por
hora; iba de rama en rama chillando como energúmena; castañeteaba los
dientecitos; soplaba furiosa y así por el estilo, sin apaciguarse nunca; tanto
que, para evitar ruidos, tuve que acortar el paseo. Dos o tres veces la ataqué
con astillas y palos cortos que no hicieron sino enfurecerla más. Como digo,
me retiré del campo cabizbajo y derrotado.
A fines de septiembre se congregan los gansos silvestres para emigrar
a climas más benignos y nos abandonan hasta la primavera siguiente. Todos
los días al oscurecer pasaban sobre mí bandadas graznadoras volando en
perfecta formación, marcando en el espacio una V mayúscula más o menos
perfecta.
Algunas bandadas caían sobre el río allí cerca y armaban un ruido
183
fenomenal. Un par de disparos del rifle los ahuyentaba, y con eso volvía a
renacer la calma en un silencio legendario.
Varias veces oí el crocitar de un grato; pero nunca vi al pajarraco.
Había asimismo en la espesura un buho que emitía periódicamente ayes
lastimeros durante la noche, y se oía perfectamente el lamento lejano y
nocturno de un ave que me fue imposible identificar,

Arenga al infierno

Así pasé ochos días con sus noches en ambiente de cielo. Los secretos
que Dios me comunicó en este retiro son secretos de guerra que no me es
dado divulgar.
Creo que la única vez, que hablé en voz alta, bien audible y en buen
castellano, fue cuando, avergonzado de los crímenes de mi juventud y de la
superficialidad y vaciedad de mi vida madura, en un arranque de quijotismo
místico y con una sinceridad a toda prueba, declaré la guerra a todo el
infierno desde Lucifer hasta el portero, y les dije que en adelante no habría
cuarteles.
Sus armas me son bien conocidas. También ellos conocen las mías,
que son tres: pobreza; desprecio y dolor. No me creen que las vaya a usar.
Pero a eso vino precisamente mi arenga al infierno: a hacerles saber
que las voy a usar a todas horas, y que pierden el tiempo en quererme
persuadir a lo contrario. El tiempo dirá.

Adiós a la isla

A los ocho días de mi desembarco en aquella isla, volvió por mí la


gasolinera de Holy Cross y nada menos que el P. Superior venía a
rescatarme y volverme a la civilización.
Al verme con barbas de nueve días, se reía a rabiar. Venían con él dos
chicos de los grandecitos. Traían un saco vacío.
Pregunté la causa de traer el saco y me respondió el Padre Superior
que temían me hubieran devorado los osos y esperaban encontrar acá y allá
algunos huesos que pensaban enterrar cristianamente.
Por un lado me dio rabia que hubieran venido por mí, y por otro me
regocijó de que hubieran venido. Aten cabos los que sepan y distingan de
colores. Todavía tenla pan y zanahorias para rato.
184
Cargamos con el bagaje y emprendimos el camino de vuelta río abajo.
De pie en la barca y con la vista en la isla que se alejaba, sentí escalofríos
extraños.
Queda con Dios, Isla de las Zanahorias, antesala del paraíso, pedazo
de cielo, queda con Dios. Yo te prometo volver y morar en ti de nuevo, y no
sólo el año que viene, ni el que viene, sino todos los años que me sea dado
aislarme en ti para declarar de nuevo la guerra a Lucifer y sellar una vez más
la entrega total a Dios en ese silencio que tú sola me has brindado en mis
años de peregrinación por estas lomas del Polo Norte. Hasta la vista.

185
XXIV

La Tizona y el Campeador

(Diálogo de despedida)

En el verano de 1935, recién terminada mi larga carrera y a punta de


embarcarme para Alaska, me encontré felizmente con nuestro Padre
Provincial —futuro obispo alaskeño— que me visitó en mi cuarto y me
preguntó qué era lo que estaba leyendo.
Leía un articulito mío publicado en la Revista De Bromas y de Veras.
Al enterarse de mis aficiones a la pluma, no sólo me dio permiso para
adquirir una máquina de escribir; sino que me ordenó formalmente comprar
una y llevarla siempre conmigo para dar con ella gloria a Dios, salvar almas
y ayudar según mis fuerzas a las Misiones entre eskimales.
Ni tardo ni perezoso, compré una «Underwood» portátil que, por un
dólar sarnoso de más, traía los caracteres españoles que faltan al inglés: la
eñe, la diéresis, el acento ortográfico y los signos iniciales de interrogación
y admiración.
Al verla tan nuevecita y reluciente no hay modo de expresar lo que me
encariñé con ella. Pensé en darle al punto un nombre de bautismo, y como
un relámpago me vino a la boca el nombre de TIZONA; nombre castellano
—sí los hay—, evocador como pocos y símbolo de lo que habían de ser las
relaciones entre nosotros dos. Ella, a su vez, me puso a mí por nombre
CAMPEADOR.
No sé si habrá habido madres terrenales que hayan prodigado tantos
mimos y caricias a sus hijos como los que he prodigado yo a mi Tizona.
En primer lugar nunca nos hemos separado. Juntos hemos cruzado el
Pacífico del Norte, las bahías del mar ártico, los afluentes del caudaloso
Yukón, las tundras nevadas y los cielos alaskano-canadienses.
Los demás bultos de mi equipaje podían manosearlos y trasladarlos
manos extrañas; pero a la Tizona nunca me la tocó nadie.

186
Agarrada a mi mano derecha o sentada en mis rodillas corrió ufana por
el mundo, defendida contra caídas, empujones, magullamientos y puntapiés;
que a todos estos contratiempos están sujetas por esos mundos las piezas
indefensas del bagaje.
La primera carta que escribí, si mal no recuerdo, fue a don Miguel de
Unamuno. Acababa de leer uno de sus escritos y me creí en la obligación de
protestar. Por desgracia la carta salió tan extremadamente violenta, tan
atestada de insultos, tan vehemente, que temí complicaciones
internacionales y la rasgué.
Al ver la cantidad de veneno que salió de mis fauces viperinas, me
entró miedo y prometí irme a la mano en lo sucesivo y ser más humano e
indulgente. Como se ve, el principio de mi campaña con la Tizona no fue
del todo halagador.
En 1940, en Kotzebue, se me descompuso la Tizona; pero, gracias a
esa paciencia que adquiere uno en los días eternos del Polo Norte, logré
componerla razonablemente y volvimos a los tajos y mandobles como si allí
no hubiera ocurrido nada.
Tres años más tarde en Akulurak se me volvió a descomponer; pero
los dedos mágicos del antiguo aviador Hermano Jorge Feltes, S. J., la
compusieron de nuevo y volvimos a los campos de batalla a cubrirnos de
heridas y de polvo. .
Hace cosa de tres meses, en Magraz, la Tizona sufrió un revés de muy
mala catadura. Un aviador amigo mío la llevó a Anchorage a una oficina
donde reparan máquinas de escribir, y me la devolvió remendada y con esta
esquela colgada al cilindro: "All worn out. Useless to fix it. Better buy a new
one". O sea: «Completamente gastada. Inútil repararla. Compre otra nueva»,
¡Pobre Tizona mía! Después de dar los pasos necesarios, me llegó de
Boston hace unos días otra máquina tan nuevecita y reluciente como la
Tizona. La miré con saña. Estuve a punto de darle un puntapié.
Nunca la querré tanto como a esta Tizona idolatrada que renquea, si, y
tropieza y cae con la carga; pero se levanta con bríos y hace alarde de querer
arremeter como en los días de su juventud florida.
Sentados la Tizona y yo frente a frente tenemos el siguiente diálogo, el
último sin duda, y por tanto el más triste y el de mayor envergadura de
cuantos hemos tenido.
CAMPEADOR—Dime, Tizona, ¿cómo te hiciste tan vieja en tan poco
tiempo? ¿Qué son quince años? ¿Por qué no tienes siete vidas como los
187
gatos? Precisamente ahora que te conocía tan bien por dentro y por fuera,
enfermas de muerte y me dejas.
TIZONA.—Tuya es la culpa, Campeador, Me has dado 13 millones de
mojicones. Dime si hay cabeza que aguante semejante palotina sin quebrarse
e inutilizarse.
CAMPEADOR.—No llames mojicones a los teclazos, Tizona. Fueron
caricias, o por lo menos eso fue siempre mi intento al pasarte las manos por
el teclado. Lo mismo hacen los pianistas con sus pianos. ¿Y no hay acaso
tirones de orejas que son otras tantas expansiones de cariño y familiaridad?
Y vamos, Tizona; ya que has vivido 15 años a mi lado y has sido la con-
fidente íntima de lo más recóndito de mi corazón ¿qué avisos de despedida
me das? ¿Cuál es tu testamento?
TIZONA.—Ni te daré avisos ni haré testamento; pero ya que me lo
pides, te traeré a la memoria lo que ya te dije mil veces mientras tú y yo
fuimos una sola cosa. Y sin más preámbulos paso a decirte que cuando veas
sobre la mesa un montón de cartas y no sepas cuál hayas de contestar
primero, da la primacía a las de los enfermos de sanatorios, y tras éstas
responde a las de los que guardan cama en sus propias casas.
Porque los sanos, como salen a la calle, se distraen y entretienen;
mientras que los enfermos, como no pueden salir y viven entre cuatro
paredes, no tienen distracciones y empiezan a esperar tu carta a las 24 horas
do haber echado la suya al correo.
Los enfermos que viven en sus casas aún tienen algunas distracciones;
pero los que viven en sanatorios es como si vivieran en un bosque cerrado, o
peor aún, en un cementerio. Estos son los que necesitan cartas con toda
urgencia. Escribir a éstos es como hacer de un golpe las catorce obras de
misericordia.
CAMPEADOR.—Entendido. Así lo haré.
TIZONA.—Cuando estés enojado, no escribas cartas, y esto por dos
razones, a saber, o pierdes el tiempo o cosechas enemigos. Si al terminar
una carta enojado, la lees, por lo general la rompes; y a esto lo llamo yo
perder el tiempo. Si no la lees y la echas al correo, el destinatario (que tiene
corazón de carne como tú) te responderá con otro disparo, y ya tenemos
guerra. Y tú no eres hombre de guerra, sino de paz.
¡Cuántas veces le he visto entrar en el despacho furibundo, agarrarme
con garras de león, apretar las quijadas corno una hiena y empezar a
golpearme sin misericordia! Y aunque me dolía la paliza de teclazos, me

188
dolía más pensar que todo era tiempo perdido, cuando no dañoso. Sigue mi
consejo. Cuando estés enfurruñado, si hace mal tiempo y no puedes salir a la
calle, duerme una siesta o estudia Moral, pero no escribas.
CAMPEADOR.—Gracias, Tizona; pero escucha una observación.
Hay trances y ocasiones en la vida que exigen una actuación rápida y a
fondo, llamando al pan, pan, y al vino, vino. Hay dolencias que sólo se
curan con el bisturí, no con emplastos ni cataplasmas.
TIZONA.—De acuerdo, Campeador; pero si echas una mirada
retrospectiva por la baraúnda de cartas escritas y recibidas, verás que no ha
habido un solo caso en el que hayas acertado al usar el bisturí; mientras que
todas las veces que usaste lo que in llamas emplastos, el resultado ha sido, si
no un exitazo, por lo menos un éxito, que no es poco.
Es decir, que si has de matar al toro, hazlo galantemente con el traje de
luces y el espadín silencioso; no lo mates a cañonazos. Lo primero admira;
lo segundo espanta.
CAMPEADOR.—Tal vez tengas razón, Tizona; procuraré seguir tu
consejo. Y dime, de todos los temas que ensayé contigo, ¿cuál crees tú que
ha sido el mejor recibido y el más provechoso?
TIZONA.—El tema espiritual sin género de duda. Bien están los
chistes si son pocos y en su punto. Bien están los cuentos si son breves y
tienen miga. Pero lo que agrada y satisface es lo espiritual; porque el
corazón ansía la felicidad perfecta; y aunque ésta no se da más que en el
cielo, lo espiritual es un trasunto de él y nos da ya acá abajo con cuentagotas
lo que en el cielo se nos dará sin medida, o sin más medida que nuestra
capacidad. La felicidad del chiste o del cuento apenas si pasa de la
epidermis mientras que la de lo espiritual entra y se asienta en el corazón.
CAMPEADOR.—Es cierto, y desde hoy voy a dar de mano a todo lo
que no sea estrictamente espiritual.
TIZONA.—Despacio, Campeador, despacio, no seas extremoso. Lo
espiritual es como el postre, o como la copa de vino generoso después de
una comida abundante de viandas menos generosas. No escribir más que
temas espirituales y querer que la gente viva de eso, es como querer vivir de
miel y turrones que a los dos días empalagarían.
CAMPEADOR.—¿Y cómo va a haberse uno para acertar en esto?
TIZONA.—Muy sencillo: mezcla lo útil con lo dulce. Patatas y turrón;
garbanzos y miel; pan y mantequilla. Que nunca falte una historieta, una
salida inesperada, una noticia interesante; y entre col y col mete asuntos
189
espirituales que satisfagan el corazón. Aprende de los Evangelios donde
entre tantas sentencias espirituales salen a relucir la gallina y sus polluelos,
el pastor y su rebaño, los lirios de los campos, los cerdos endemoniados y
los perros que lamen las heridas de un pordiosero.
CAMPEADOR.—Bien, Tizona, de acuerdo. ¿Y qué tema crees tú que
sigue en importancia al espiritual?
TIZONA.—A esta pregunta me es muy difícil responder. Siendo
tantos y tan variados los lectores, no podrá jamás llover a gusto de dos.
Mientras te mantengas en el terreno abstracto de catequizar eskimales,
visitar les enfermos, enterrar los muertos y rogar a Dios por ellos, todos te lo
alabarán y te dirán amén.
Pero pobre de ti si te sales del sendero trillado y te descuelgas un día
con una opinión sobre temas discutibles. Tú no puedes ser monárquico ni
republicano ni falangista ni requeté ni rebelde ni leal; y si eres algo de eso,
no lo digas. Tú no eres del norte ni del sur ni del éste ni del oeste, sino que
te llovieron las nubes, o mejor aún te elevaron los cielos alaskeños.
A ti te tiene que gustar todo; y aun entonces te expones a peligros por
aquello de que hay gustos que merecen palos. Como al fin y al cabo eres
hombre y todo lo humano te atañe hasta cierto punto, creo que lo mejor será
que hagas de tu capa un sayo y te expreses como lo veas delante de Dios sin
esquivar ningún tema que juzgues ser de la mayor gloria de Dios dadas las
circunstancias.
Escribir y dar palos de ciego no dejan de tener sus puntos de contacto.
¡Cuántos párrafos que creía el autor qué valían un Potosí, pasan
inadvertidos, mientras que otros que salieron como al acaso sin advertencia
plena dan en el blanco y hacen furor! Difícilmente acertarás a pronosticar la
reacción del público.
CAMPEADOR.—Bien, Tizona; con estas divagaciones ya sé a qué
atenerme. ¿Tienes más quo decirme?
TIZONA. Sí, y con esto terminó. No aguardes a que las cartas se te
amontonen. Despacha cada día unas pocas; si no, se te amontonan y luego
un día te pones a despacharlas como una furia, y todos se vuelven errores y
empotramientos de teclas sobre el papel. Cada empotramiento de teclas es
una cana que le sale a la maquina; por eso tengo yo tantas; por eso he
envejecido prematuramente.
CAMPEADOR.—Así es, Tizona, y me arrepiento de lo hecho. Tres
cartas diarias breves y al grano después del desayuno nos dejarán contentos

190
a todos. Y perdona que te haga otra pregunta. ¿Crees tú, Tizona, que debo
aceptar la dirección espiritual de almas que viven a 12.000 kilómetros de
Alaska?
TIZONA.—Hubiera preferido que no me lo hubieras preguntado; pero
ya que lo hiciste, quiero darte mi cándida opinión. No cabe duda que hay
preguntas que se pueden responder sin que sean óbice las distancias. A esas
preguntas puedes responder lo mejor que sepas.
Pero te aconsejo que no aceptes la dirección espiritual de gente que no
conozcas. Ya tienen allá un Padre Espiritual y un confesor que los conocen.
Venir con eso al país de los eternos hielos, aunque sea sincero, tiene mucho
de romántico.
Nunca le digas a un seminarista si tiene o no vocación para la Religión
o las Misiones. Y lo mismo a las bachilleras que tienen ya aprobada la
Reválida. Apenas leas en una carta la palabra VOCACIÓN, encógete de
hombros y encomiéndalo a Dios en el silencio nocturno del sagrario.
CAMPEADOR.—Bien, Tizona, haré como me sugieres, aunque
procuraré ensanchar un poco la manga en casos dudosos. Y dime ¿no tienes
nada más que decirme?
TIZONA.—Nada más, Campeador, absolutamente nada más si no es
desearte un porvenir de felicidades con tu nueva máquina a la que deseo
también una vida muy larga y muy próspera.
CAMPEADOR.—Adiós, Tizona mía, adiós. Lástima que no tengas un
alma inmortal como la mía, para que nuestra unión perdurase eternamente
en el cielo. Tú volverás a la nada.
Mientras viviste, fuiste para mí un escalón en mi subida hacia Dios. Te
quedo sumamente agradecido, aunque sé que no te das cuenta de mi
agradecimiento.
Mientras yaces empolvada «DEL SALÓN EN EL ÁNGULO
OSCURO» hasta que manos extrañas den contigo en el basurero, recuerda
nuestras lides por los lomas del Polo Norte.
Tú fuiste la primera que viste brotar mis canas, y te reíste de ellas por
dentro. Tú escuchaste mis canciones, mis invectivas, mis oraciones, mis
silencios, mis tartamudeos en eskimal y mis exclamaciones en español
castizo.
Juntos nos maravillamos de las auroras boreales, de las ballenas, de la
nieve perenne y de los hielos eternos. Juntos liberamos a Moscardó en el
Alcázar, apresarnos al «Mar Cantábrico», triunfamos en todos los frentes y
191
desfilamos por la Castellana tras las banderas victoriosas.
Juntos hemos seguido los vaivenes del mundo en sus variados
aspectos, ora batiendo palmas, ora llorando, ora llenos de esperanza y
siempre encomendándolo a Dios en cuyas manos está el verdadero remedio.
Todo llega en este mundo caduco. Adiós, Tizona. Manos extrañas te
destruirán. Yo no podría cometer jamás semejante atropello.
Recibe el adiós final, no sólo el mío, sino el de todos aquellos que
recibieron carta o cartas que tú deletreaste generosamente aquí en el país de
los eternos hielos. ¡Descansa en paz!

192
XXV

En Anchorage,
fuera de programa

Viaje a Magraz frustrado

Verdaderamente que el hombre propone y Dios dispone. En mi última


gira por las riberas del Kusko me pasaron cosas que nunca soñé que me
fueran a pasar.
Unos días antes de salir a visitar a los cristianos comencé la serie de
preparativos rutinarios para un viaje de dos meses río arriba.
Lo primero que hago siempre es una lista con aquellos objetos que por
ningún motivo se pueden olvidar so pena de trastornos irremediables: el
vino de Misa, las hostias, el Breviario, los óleos, el Ritual, calcetines, varias
mudas, la máquina de escribir y así por el estilo. A medida que deposito
estos objetos en las maletas, los borro de la lista.
De ordinario el demonio se encarga de que no se me olvide nada
importante. Me lo recuerda mientras digo Misa; preferentemente durante la
consagración; o por lo menos durante la meditación o los exámenes de
conciencia.
Así es que entre el demonio, la lista y mis experiencias pasadas
rarísima vez se me olvida ahora nada de importancia.
En mi primer viaje en 1935 se me olvidó el Misal y tuve que volver a
Akulurak con las orejas gachas y con bufidos de toro protestando que nunca
jamás se volvería a repetir semejante trastorno.
Luego tengo que dejar la casa en orden. Hay que vaciar todo lo que
pertenezca al género líquido para evitar que se hiele y se quiebren los
recipientes. El vino de Misa hay que dejarlo en una casa de confianza; pues
se hiela sin excepción y se desvirtúa no poco.
Puesto todo en orden y con las maletas cinchadas, saqué billete de ida

193
y vuelta para Magraz en el bimotor marca Douglas que hace el recorrido de
Bethel a Anchorage tres veces por semana.
El vuelo fue ideal hasta que llegamos a Magraz. Allí comunicaron por
radio a los pilotos que no aterrizasen, pues se estaba formando una capa
gruesa de niebla sobre el aeródromo y correríamos peligro de
descalabrarnos.
Los pilotos siguieron adelante en línea recta y aterrizaron en
Anchorage sin percance alguno. A los dos días me devolverían a Magraz.
Aparentemente era para mí un trastorno; pero acostumbrado como
estoy a ver en todo la mano de Dios, callé y hasta me alegré.

Hacer y dar Ejercicios

Apenas me presenté en nuestro hospital, las monjas batieron palmas y


me rogaron insistentemente que les volviera a dar este año los Ejercicios. No
era cosa de repetir y mostré señales de extrañeza; pero ellas lo arreglaron
con la Curia de Juneau y no tuve más remedio que acceder.
A decir verdad, a mí aquello me supo a miel, pues no hay cosa que me
agrade tanto como dar o hacer los Ejercicios.
Vinieren de Fairbanks cuatro monjas y otras dos del hospital de
Kodiak que con las de Anchorage formaron una Comunidad respetable.
En estos hospitales nunca puede hacer los Ejercicios toda la
Comunidad a un tiempo, a causa de que siempre tiene que haber algunas,
ocupadas en la dirección de los negocios propios de un hospital.
Dar y. hacer los Ejercicios es, sin duda, el acontecimiento más serio
del año. Es muy difícil darlos bien.
Aún comentamos en la intimidad el estilo de un misionero que dio los
Ejercicios a las monjas de Holy Cross y empleó seis días con sus noches en
las meditaciones de los pecados, como si las pobres monjas fueran
cargadores del muelle que llevasen 30 años sin confesarse.
Y en cuanto al hacerlos, si se han de hacer como Dios manda es
menester trabajar muy a fondo en un ambiente de generosidad sin límites
con Dios, y esto martiriza no poco al hombre viejo que todos llevamos
metido en las entrañas.
Se comete con frecuencia el error de creer que con oír puntos y
conferencias de una hora, se hacen los Ejercicios. Se oyen, sí; pero no se

194
hacen; que no es lo mismo oírlos que hacerlos. Lo primero lo deja a uno
medio amodorrado; lo segundo nos convierte a Dios de verdad.
Con estas ideas directrices y generales nos pusimos respectivamente
ellas a hacerlos y yo a dárselos. Los días pasaban sin sentirse, y una mañana
en el desayuno nos encontramos con que se habían terminado.
Eso fue en el desayuno. Aquella misma noche después de cenar
comencé una serie do meditaciones ignacianas a un grupo selecto de
católicos que reunió el párroco de Anchorage, el Irlandés P. O'Flanagan. Se
reunieron al pie de 70 adultos de ambos sexos; todos blancos.

El Anchorage de hoy

Quiero decir dos palabras sobre Anchorage. Cuando yo vine a Alaska


en 1935, Anchorage era una aldehuela dormida en la nieve durante el
invierno y en polvo callejero durante el verano. Casi ni había calles.
Cuando las relaciones entre el Japón y los Estados Unidos comenzaron
a estirarse y amenazaron con romperse, el Gobierno yanqui pensó en
Anchorage como punto de apoyo o trampolín para saltar sobre el Japón, o
por lo menos para contener a los nipones si saltaban ellos sobre los Estados
Unidos.
Anchorage brotó del fango poco menos que de repente como los
hongos de los bosques húmedos. Cuarteles y más cuarteles, hileras de casas
para oficiales y trabajadores, pistas magnificas en diversas direcciones,
aeródromos, en fin que no parecía sino que se nos iba a volver sobre
Anchorage Yanquilandia entera.
Las obras del Gobierno en Anchorage trajeron obreros sin cuento de
todas partes y hoy es el día en que Anchorage se jacta de tener 20.000
habitantes con 109 tabernas, 18 sectas protestantes con sus respectivas
iglesias, una cárcel que está siempre rebosando de presos, cines, taxis y nada
menos que 10.000 automóviles.
Lo primero que hace un yanqui cuando tiene dinero, es comprar un
automóvil. Tener casa o no tenerla les tiene sin cuidado; siempre hallarán
una habitación en un hotel o en una pensión; pero no tener automóvil es
entre ellos el colmo de la indigencia. Barberos, porteros, dependientes de
comercio todos tienen un Ford.
En este Anchorage de hoy la gente no conoce de Alaska más que el
nombre. Me invitaron a dar algunas conferencias a diversas asociaciones y
195
se me salían de las órbitas los ojos al ver y palpar la ignorancia total que
tienen del resto de Alaska.
Nunca habían oído hablar del río Kuskokwim ni sabían quién habitaba
las regiones costeras desde Bristol Bay hasta Point Barrow.
El gerente de la radio me invitó a describir mis actividades entre los
eskimales, pues decía que todo ello era cosa nueva para la población.
Como Anchorage está rodeado de sierras impasables a no ser por
aeroplano, nadie viaja hacia el oeste donde está la genuina Alaska, y por eso
viven como si fueran una nación aparte.

Panorama espiritual

Nosotros no nos dormimos. Levantamos a tiempo un hospital con 90


camas que es todo un primor. Como la iglesia resultó pequeña, levantamos
otra, mayor que no se ha pagado todavía, pero que se pagará a su tiempo.
En este año de 1950 la deuda es de 47.000 dólares que tienen que salir
de las colectas dominicales, rifas, loterías y donativos particulares.
Para atenderlos espiritualmente tenemos tres sacerdotes seculares que
no han logrado aún hacer el censo católico de la ciudad por el continuo ir y
venir de familias forasteras.
Calcúlase en 3.000 católicos bautizados los que vegetan por aquel
maremagnum en continuo flujo y reflujo.
Cada año se convierten al catolicismo unos 25 adultos. Si no fuera por
el lío de matrimonios viciados por divorcios, se convertirían muchos más.
Pero hay que tener en cuenta que en los Estados Unidos hay un
promedio de medio millón de divorcios cada año, y como la población de
Anchorage se nutre de los Estados Unidos, nos vienen centenares de
familias divorciadas sin arreglos posteriores posibles.
En no pocos casos, después de varios meses de pesquisas y de
informes oficiales en un verdadero rompecabezas, la Curia pronuncia el
matrimonio inválido, y la parte interesada procede a un matrimonio válido
en el seno de la Iglesia católica.
Pero lo más frecuenté es haberse casado con cónyuges divorciados que
se habían divorciado de cónyuges a su vez divorciados hasta perderse de
vista los eslabones en una cadena sin fin de divorcios.
Un joven de 23 años se había divorciado ya dos veces. Una señorita de
196
31 años se había divorciado cuatro veces. Una señora que deseaba
ardientemente ser bautizada en el catolicismo, se había divorciado seis veces
y vivía y vive con el séptimo marido.
Los que lamentan la inmoralidad en España, hacen bien en lamentarla.
Los que vivimos lejos de España y vemos las habas que se cuecen fuera de
ella, nos inclinamos a tratar a los españoles con más benignidad.
Una señorita madrileña me escribió que fue a ver a unas monjas y que
la reprendieron porque las mangas no llegaban más que hasta el codo. Y era
en pleno verano cuando se asaban los pájaros en las acacias. Claro que el
ideal es vivir vida de perfección y ser otros Cristos acá en la tierra.

Meditaciones de Ejercicios

Pues en este Anchorage babilónico se iban a dar por primera vez


meditaciones de Ejercicios.
El grupo selecto de católicos se portó muy bien y asistió todas las
noches por espacio de una semana. Como son todos empleados y viven del
salario, no podían venir durante el día.
Aquí fue donde las señoritas entraron en juego. Acordaron hacer dos
días de retiro en silencio absoluto desde las siete de la mañana hasta las
nueve de la noche.
En los sótanos de la Iglesia bien iluminados hay agua corriente y una
cocina en toda regla
Reunieron comida a propósito que requería un mínimo de atención y
se juntaron 20, la más joven de 18 años y la más vieja rayando en los 45:
solteras, casadas y viudas.
Venían a Misa y comulgaban. Desayuno en silencio. Dos meditaciones
con puntos de 60 minutos cada una. Comida en silencio y lectura. Otra
meditación. Oraciones de la noche y a casa a dormir.
Al día siguiente lo mismo. Cada vez que les hablaba era por espacio de
una hora. Luego rumiaban a su manera en silencio, rezaban el rosario,
hacían el vía-crucis, borrajeaban notas. Todo en los sótanos espaciosos y
bien iluminados y con buena calefacción.
Al terminar nuestro experimento quedaron tan entusiasmadas que se
propusieron empezar a planear el modo de hacer una casa de Ejercicios
donde puedan hacerlos todos los años en absoluto silencio.

197
Lo que oyeron las impresionó sobremanera. Hartas de cine, de músicas
insulsas, de programas radiofónicos tan superficiales, de modas necias y de
conversaciones y lecturas más necias aún, las pobres criaturas se quedaban
anonadadas al ver destilar ante su consideración temas tan nutritivos, tan
razonables, tan salvadores y tan propios del alma humana que, como ya dijo
Tertuliano, es naturalmente cristiana.
Tal vez por falta de costumbre lo cierto es que quedaron muy
fatigadas. Yo quedé exhausto de fuerzas, loado sea Dios.

La vocación do un exsargento

Me llevaba desde el hospital a los sótanos de la iglesia un mecánico


católico que, por supuesto, tenía su automóvil. En la guerra fue enviado al
Pacífico donde ascendió a sargento. Tomó parte en la expedición de las
Filipinas e hizo toda la campana desde el desembarco de MacArthur en
Leyte hasta la caída de Manila.
Fue también de los primeros en desembarcar en la isla de Okinawa
donde estuvieron 68 días seguidos, entre dos fuegos, sin relevo, en medio de
explosiones ultraterrenas y encuentros a la bayoneta muy frecuentes.
Raro era el día que no enloquecía algún soldado, generalmente
señoritos llevados al cuartel en las redadas inmisericordes de las levas y
completamente incapacitados para aquellos trotes.
El no enloqueció; lo que considera como un milagro. Hoy está sano y
muy frescote como si no hubiera habido guerra. Tiene 800 dólares en el
Banco. O mejor dicho, los tenía. Se enamoró de una chica y la compró un
anillo que le costó 200 dólares. El padre de la chica dio gracias al cielo por
haberle escuchado y haberle deparado un yerno y se adelantó a anunciar la
boda en los periódicos, aunque sin dar fechas.
Pues, hete aquí, que este sargento desgalonado asistió a las
meditaciones de la noche y se decidió nada menos que a pedir ser admitido
de Jesuita en lugar de Hermano Coadjutor.
Por más que insistí en que lo pensase despacio, se plantó en sus trece y
me rogó le explicase brevemente las reglas de la Compañía de Jesús.
Cortó en seco lo del casorio. Mis explicaciones sobre las reglas de la
Compañía le parecen muy razonables menos aquello de dejar por terminada
letra comenzada al oír la señal de la campana.
Por ahí no entra mi sargento. Dice que está terminando algo y toca la
198
campana, lo terminará; y la campana puede irse al cuerno de la luna.
Debatimos sobre esto largo rato. No logró hacerle apear, y vi que
comenzó a preparar el baúl para irse al Noviciado dispuesto a no dar el
brazo a torcer en lo de la campana dichosa.
El tiempo dirá si se ablanda o no nuestro sargento; pues se dan casos
de jóvenes píos que fracasan, mientras que otros que parecían jabalíes
resultan luego de primera. El misterio de las almas es muy profundo.

Más vocaciones

Una señorita que asistió a las pláticas se entrevistó conmigo para que
la facilitase ingresar en las Carmelitas descalzas. Es mecanógrafa y vive de
su sueldo en las oficinas federales de aduanas.
La animé mucho y dije Misa el primer viernes de mes a su intención
para que Dios reblandeciese el corazón empedernido de la Priora que
rehusase admitirla.
Nos reímos no poco comentando la figura que pintaría ella vestida de
monja. Esta es la cuarta vocación monjil de blancas alaskanas que ha
llegado a mi noticia.
La población blanca de Alaska comienza así a arrimar el hombro y a
participar de las obligaciones y privilegios de la vida religiosa dentro del
seno común de la Iglesia.
Del sur de Alaska han salido tres sacerdotes seculares y un jesuita;
todos blancos. Como ya he notado en otras crónicas, nuestras esperanzas de
hacer sacerdotes indios o eskimales son muy tenues. El tiempo dirá.
Yo tengo por norma no desperdiciar nunca la ocasión de proponer a
los jóvenes la posibilidad del sacerdocio o del convento. Como Dios me ha
colocado entre eskimales, y como estos son tan cerrados, me veo atado de
pies y manos por así decir y no saco más que risas escépticas y meneos de
cabeza negativos.
Lo hago para que Dios, al ver mis ardientes deseos, los escuche a su
modo despertando vocaciones en otros climas más benignos donde los
chicos —y las chicas— tienen más talento y mejores dotes y cualidades para
abrazarse con la vida de más perfección.
En mis ratos de sueño despierto (que no son pocos) me veo en colegios
de blancos trayéndolos a docenas a la Religión.

199
Es una especie de obsesión que tengo y que tal vez se deba al deseo de
ver a muchos otros compartir conmigo la vida del cielo que vivo en mi
revoloteo perenne alrededor del sagrario y en la administración de los
Sacramentos.

200
XXVI

"Día de campo" en Palmer

El valle de Matanuska

Cuando termine los Ejercicios a las seglares me invitaron a pasar un


día fuera de Anchorage a manera de descanso. El sitio escogido para este
«día de campo» fue la villa de Palmer.
Para los que no lo sepan, diremos aquí que en los últimos años se ha
venido ensayando le posibilidad de labrar la tierra de Alaska y producir lo
que se pueda en el corto verano de que disponemos por estas latitudes. Si en
Noruega y en Finlandia se cultiva la tierra, ¿por qué no cultivarla en Alaska?
Después de muchos ensayos se halló que el llamado valle de
Matanuska era el más a propósito y allí fue donde se parceló el terreno, que
se dio gratis a los que lo aceptasen.
Vino de los EE. UU. un buen contingente de familias agrícolas; pero
las dos terceras partes se volvieron por no poderse aclimatar a los rigores
alaskanos.
Los que quedaron y otros que fueron viniendo calladamente han
logrado sacar de la nada una villa en toda regla rodeada de labranza que
desde mayo hasta septiembre dan alfalfa y vacas lecheras, hortalizas de
todos los tamaños y colores, gallineros y buenas fresas; pero ni trigo ni
árboles frutales ni mucho menos viñedos se darán jamás en el valle de
Matanuska.
En la gran península de Alaska el subsuelo está helado
permanentemente, con excepción de zona sureste, que se extiende desde la
península de Kenai hasta Matanuska y luego línea abajo hasta Juneau. Con
un subsuelo permanentemente congelado es imposible laborar la tierra.
. Como en la zona más benigna hay tantas sierras y abundan los valles
inaccesibles, el área cultivable es muy reducida y hoy por hoy se halla
localizada en el mencionado valle de Matanuska y en las lomas soleadas de
201
Homer y Seldovia, donde se ven acá y allá casitas de blancos emigrados de
los EE. UU. que vienen huyendo del ruido y de las bombas atómicas.
Entre Homer y Seldovia abundan los osos grises, que tienen en jaque a
los nuevos colonos y que acabarán por desaparecer del mapa gracias a los
rifles automáticos que pueden verse en todos los hogares.

Palmer, centro geográfico

Palmer, centro geográfico del Matanuska, dista de Anchorage unos 50


kilómetros por una carretera moderna que bordea montañas colosales y es el
placer de los veraneantes.
La policía de tráfico de Anchorage manda tres veces por semana a un
agente que vigile la circulación. Uno de estos agentes, recién convertido al
catolicismo, fue el que me invitó a visitar a Palmer sentado en el pescante de
su automóvil oficial.
Como estábamos en pleno invierno, todo era nieve y más nieve. Las
labranzas del valle estaban sepultadas bajo la nieve y nos era imposible
distinguirlas de cualquier otro terreno salvaje.
Allí no había más que un silencio de muerte, como si estuviésemos en
las tundras del oeste inhabitado.
En mayo reverdece la campiña y en agosto se recogen las hortalizas.
Desde octubre hasta abril allí no hay más que nieve y silencio.
La villa no tiene calles. Es un conglomerado de casas a la buena de
Dios en lo que pudiéramos llamar la plaza central, y luego vienen casas
aisladas muy separadas del resto siguiendo los caprichos del valle metido
entre montañas y charcas anchas y profundas.
En estas charcas es donde se incuban los mosquitos que son el terror
de la comarca y que no han logrado ser desalojados por el famoso
insecticida DDT que tanto nos prometía y que tan poco nos ha dado.
Tan pronto como se anunció el establecimiento de esta colonia, no diré
corrieron, volaron a salvar del infierno a sus moradores cantidades increíbles
de pastores protestantes que estaban bostezando en los EE.UU. y sintieron
de repente sobre sí el fuego de un nuevo Pentecostés.
Hoy, pasado el polvo de la batalla, se descubren acá y allá capillas
evangélicas, bastante pobres por cierto, que llevan una vida raquítica como
no podía menos de suceder dadas las circunstancias de la escasez de la
población y la naturaleza de los colonos.
202
Los católicos tampoco nos dormimos. Allí se alza bien visible nuestra
Iglesia, de un estilo colonial muy gracioso, pues está fabricada ex-
clusivamente de maderos descortezados y barnizados con la única excepción
del altar. Las sillas, los bancos, el confesonario, el coro... todo está hecho de
maderos y ramas de árboles con sus ribetes de arte no despreciable.

Susi, la zalamera

El párroco actual es un sacerdote oriundo del estado de Oregón.


Nacido en el seno de una familia protestante, se convirtió al catolicismo
siendo bachiller; y tan a pechos tomó la conversión que ingresó en el
Seminario y tiene hoy a su carga toda la colonia del valle Matanuska. Ya
nos conocíamos.
Cuando entré en su casa de sopetón, dio muestras de gran alborozo y
me agasajó por todo lo alto. Lo primero que hizo fue entretenerme con una
mona que tiene en una jaula en la mismísima cocina entre la estufa y la
mesa.
Es una mona auténtica de cerca de un año, que pesa 10 kg. y se llama
Susi. Susi me dio la bienvenida con todo género de zalamerías.
Puesta en libertad, se me subió a los hombros de un salto y me abrazó
muy emocionada. Luego me registró todos y cada uno de los bolsos en
busca de bombones, que la gustan a rabiar.
Luego me quitó un zapato y me lo volvió a poner perfectamente
acordonado.
Luego me entretuvo con juegos malabares como sostenerse de cabeza
sobre mis rodillas, saltos de altura, saltos de distancia, colgarse de aquí,
colgarse de allá, vuelta a registrarme los bolsos y vuelta a echarme los
brazos al cuello no sin cierto escalofrío por mi parte; pues es lo cierto que
Susi tiene unos dientecitos que se las trae, y además huele a todo menos a
esencia de violeta.
Cada vez que pronunciamos su nombre con acento de conmiseración,
Susi se llevaba las manos al pecho y pretendía estar enferma o algo así,
emitiendo unos sonidos lastimeros que a mí me maravillaron sobremanera.
No le faltaba más que hablar.
Si la reñíamos, se mordía las patas traseras; con eso pretendía hacernos
creer que, caso de que hubiera hecho algo malo, ya ella misma se castigaba
por ello, y por tanto no la debiéramos castigar nosotros.
203
Origen de la colonia

Y todo así. Susi es conocida en todo el valle, y poco a poco se va


abriendo camino en el Mismo Anchorage donde se la identifica con la
parroquia católica. Hasta me aseguraron que besó el anillo al señor Obispo;
y lo creo.
Terminado nuestro programa con Susi, me llevó el Padre a dar una
vuelta por los contornes de Palmer.
En un matorral tuve la suerte de ver por primera vez un alce, o mejor
una mosa, que es la variedad del alce gigante del norte; mezcla de caballo y
de toro con una cornamenta frondosa muy vistosa. Los protege la ley de
venados; de lo contrario estarían ya exterminados.
Por Palmer pasa el tren que une a Anchorage con Fairbanks en el
interior de la península y que hace el recorrido dos veces por semana en el
invierno y cuatro durante el verano.
El porvenir de Palmer es un tanto incierto. Sus hortalizas crecen aprisa
en el verano cuando apenas hay noche y son muy peco nutritivas. Desde
luego no se pueden comparar con las de los Estados Unidos.
Repollos de berza muy abultados y patatas corpulentas tienen un
porcentaje excesivo de agua y se consumen aquí a más no poder. Con todo,
la colonia sigue adelante, loado sea Dios.
El origen verdadero de la colonia fue político.
Los consejeros de Roosevelt previeron la posibilidad de la captura de
Alaska por un poder enemigo, y se apresuraran a dotar a la colonia de
alimentos propios con que ir tirando hasta que las tropas yanquis la
liberasen. Ayer fue el Japón. Hoy es Rusia la que contribuye con sus
amenazas al desarrollo de esta Alaska dormida eternamente en un lecho de
nieve y escarchas,

204
XXVII

Sobre la mesa de operaciones

En capilla

Al volver por la noche a mi cuarto de Anchorage, me encontré con una


nota del doctor Brandon que tenía órdenes de examinarme minuciosamente.
Por espacio de varios años, aunque muy de tarde en tarde, había
venido sintiendo un malestar indefinible en el costado derecho.
Después de un examen minucioso el médico sacó la consecuencia de
que se trataba de una apendicitis crónica que había que eliminar cuanto
antes.
A mí siempre me dio escalofríos la sala de, operaciones. Tanto en
Fairbanks como en Anchorage me negué infaliblemente a visitar esas salas,
muy limpias, sí, pero atestadas de bisturís, tijeras, garfios y un sinnúmero de
instrumentos de tortura. Luego el olor de cloroformo siempre me provocó
náuseas.
Y mire usted por donde hoy tenía yo que someterme a una operación
después de haber perdido el conocimiento con drogas a propósito. Las
monjas se guaseaban de mí en toda la línea. Decían a coro:
—A usted se le da bien predicarnos la cruz; vamos a ver ahora con qué
garbo la lleva usted.
Y yo reía con desinterés aparente y replicaba:
—Aunque me hicieran salchichas, no me inmutaría yo lo más mínimo.
Todo se nos volvían bromas, pero la procesión iba por dentro.
Justamente entonces arribó a Anchorage una estatua preciosa de la
Virgen de Fátima que me envió la Madre Ibarlucea, de la Sociedad del
Sagrado Corazón, residente en Madrid. Hasta Nueva York la trajo un
matrimonio español, y desde allí vino en avión sin percance alguno.
Cuando la desembalamos en ml cuarto, nos hicimos cruces de la
205
belleza de la estatua. Para mí personalmente fue un verdadero regalo del
cielo.
La expusimos inmediatamente a la veneración de los fieles en la
capilla del hospital, y el primer sábado de mes la engalanamos con floreros
y candelabros como sólo las monjas lo saben hacer.
Algunas enfermeras aficionadas a la fotografía sacaron varias fotos
desde diversos puntos de la capilla.

En el quirófano

Como todo llega en este mundo, llegó la tarde en que me mandaron


acostar y tomar una cena muy ligera.
Me acostaron en el cuarto reservado al señor Obispo y a otros
huéspedes distinguidos, por la sencilla razón de que nuestro prelado estaba
entonces en los Estados Unidos y no había peligro de colisión de derechos.
Por la noche me dieron una inyección que me serviría para descansar
mejor y ayudaría a una relajación general de los músculos.
Por la mañana me trajeron la comunión. Luego hice una confesión
general en medio minuto y me dispuse a morir placenteramente.
Rogué a las monjas que en mi funeral debían atenerse ante todo a la
pobreza y sencillez religiosas y por ningún motivo se hablan de comprar
flores. Que el ataúd debía ser de tablas ordinarias, etc., etc.
En estas risas llega una enfermera de blanco que parecía una aparición
del otro mundo. Venía empujando la camilla ambulancia y me dice con una
frescura horrible:
—Tiéndase aquí que le vamos a llevar a la sala de operaciones.
Así como quien no dice nada. Mientras me llevaban por los tránsitos,
yo iba cubierto para no ver nada, y encima cerré los ojos.
Llegamos al ascensor. Salimos del ascensor. Entramos en la sala de
operaciones muy iluminada; yo siempre con los ojos herméticamente
cerrados.
Sor Sabina que es la encargada de administrar la anestesia me habla,
pero yo no la entiendo bien, porque me estoy ofreciendo a Jesucristo para
ayudarle a redimir al mundo. Le digo también:
—Señor, mientras yo esté despierto, yo cuidaré de Ti; pero cuando me
cloroformen, cuidad Vos de mí.
206
Sor Sabina insiste en hacerse oír y me dice que me va a poner una
inyección que me adormecerá en diez segundos. Me agarra el brazo y me
pone la inyección.
Recuerdo que al ponérmela aguardé lo que a mí me parecieron diez
minutos y dije en voz muy alta:
—¿Adormecerme? Estoy aún en condiciones de predicar.
No dije más.

Después de la operación

Al volver en mí, estaba de nuevo en el lecho episcopal y una monja me


limpiaba el sudor de la frente con una toalla húmeda. Habíamos pasado el
Rubicón.
Poco a poco recobré el sentido, pero por espacio de 24 horas queda
uno tan débil y estropeado y le inyectan a uno tantas drogas que no sabe uno
si vive o muere o resucita. Luego viene lo más grave.
Hoy día le obligan al operado a levantarse al día siguiente, para que
con el ejercido muscular se eviten las adhesiones que tanto molestan más
tarde. Tiene uno que levantarse por espacio de cinco minutos y dar un par de
vueltas alrededor de la cama.
Al segundo día debe uno levantarse tres o cuatro veces y dar las
consabidas vueltas.
Al tercer día ya tiene uno que sentarse en una silla a ratos y hasta
puede salir del cuarto si le place. Yo apostaba la cabeza a que si me
levantaba, se me rasgarían las puntadas.
—Levántese, Padre, levántese y no sea testarudo —me decía la monja
que había hecho conmigo los Ejercicios dos años antes.
Nunca se me olvidarán los equilibrios malabares que tuve que hacer
para incorporarme, bajarme, volver a subir al lecho y acostarme. Como
entran en juego todas las moléculas del cuerpo para defender a la parte más
débil; y como eché mano de muñecas, codos, puntas de los pies y apretones
de dientes en mi afán de no perturbar la zona operada.
Con muy buen acuerdo la Hermana Solange había puesto la estatua de
la Virgen de Fátima enfrente de mi cama, de modo que no podía abrir los
ojos sin posarlos en Ella. Creo que salvamos algunos pecadores y aliviamos
no poco a las almas del purgatorio.

207
Investigaciones científicas

Al cuarto día ya estaba con inteligencia tan lúcida (¡ojo con poner
lucida, corrector de pruebas quienquiera que seas!) que pensé en aprovechar
el tiempo de alguna manera, además de cumplir la voluntad de Dios estando
en el lecho.
En un ir y venir continuo de pensamientos, me hizo hincapié uno muy
singular.
Recuerdo que de pequeño vi en una hoja del calendario zaragozano el
origen verdadero de algunas prendas de vestir y algún otro objeto casero.
Recordé sólo dos: los pantalones los inventó San Pantaleón, y los
vestidos los inventó Vesta la de las vestales.
Entonces sin poderme contener pedí lápiz y papel y me enfrasqué en
una investigación científica depuradísima. El primer día lo dediqué a
prendas de vestir, y he aquí lo principal de mis hallazgos sensacionales:
Las medias se inventaron en el antiguo reino de Media; las calzas y
calzones en Calcedonia; las capas en Capadocia; las mantas, según unos en
Mantua, y según otros en Palencia; las corbatas, un capitán de corbeta
natural de Paracuellos; las gorras, en Mendigorría; las almohadas y
almohadones los inventaron los Almohades; las bragas se las disputan entre
Braga y Braganza; las sayas, un sayón malagueño natural de Sayalonga...
Al llegar aquí quedé tan rendido por el esfuerzo mental, que tuve que
dejar las investigaciones hasta el día siguiente.
Armado nuevamente de lápiz y papel arremetí con el origen de varios
objetes caseros.
Hallé que la cama la inventó Cam (el hijo de Noé) durante el diluvio
que se prolongó más de lo esperado y trajo el cansancio consiguiente. Los
platos los inventó Platón, y las cucharas el torero Cuchares. Las zarandas un
tal Zarandona, y las hormas un tal Hormaeche. Los paraguas en el Paraguay,
por supuesto.
Con esto se me pasó la mañana. Al atardecer me volví a sentir
científico y hallé el origen de cosas relacionadas con la alimentación. La
comida se inventó en Como de Italia. La cena, proscrita en un principio por
el concilio Niceno, fue luego restaurada con creces por Zenón. Los churros,
el almirante Churruca, y las moras el poeta Moratín. El caldo, un alcalde de
Baracaldo, y no un rey de Caldea como aseguran los envidiosos del ingenio
español. El pan se lo disputan Panamá, y Villafranca del Panadés.
208
Y como se relacionan algo con el comer, diremos que las copas se
inventaron en Copenhague; los vasos en Basilea; las jarras en las Alpujarras,
y las mesas en Mesopotamia.
Al día siguiente volví a echar mano del famoso lápiz, y entre visitas y
tazas de caldo hallé que las damas se inventaron en Damasco; los bolos en
Bolivia; las cartas en Cartago, y en cuanto a la pelota hay que distinguir:
desde luego la pelota misma fue inventada por un pelotón de los torpes en
un rato de descanso; la jugaron con cesta en Cestona, con pala en el Pa-
latinado, y a mano en Manila. De esto no cabe duda.
Parece también fuera de toda duda que los primeros osos aparecieron
en Osuna; los primeros lobos en Lovaina; las chinches en Chinchilla, y los
leones en la muy noble corte de León donde como en embrión se formó todo
el futuro imperio español. Finalmente hallé que los saludos empezaron en
Buendía.
La monja que me cuidaba se alarmó al veme borrajear papeles y me
los quitó, aunque me prometió no destruirlos, para no privar a la posteridad
de hallazgos tan importantes. Sin lápiz ni papel seguí meditando en los
orígenes de las cosas; pero como no apunté mis hallazgos se me olvidaron.
En mis divagaciones iba construyendo palabras: la caspa, de Caspe;
los alambres, los moros, de la Alhambra; los bailes en Bailén a raíz de la
victoria sobre los franceses. Aquí hice punto final definitivo.

Maestro en teología mística

Al séptimo día de la operación pude ya decir Misa, aunque las


genuflexiones no eran tan litúrgicas como debieran. ¡Qué consuelo volver a
celebrar después de una semana sin hacerlo!
En aquella capilla tan mona que las monjas tienen siempre tan limpia,
y ayudado por el capellán P. Walsh, dije Misa con todo el fervor que pude
acaparar, y la ofrecí de primera intención por Sor Florencia, mi enfermera,
como se lo prometí.
Ella la oyó muy devota desde el primer banco, y luego no se hartaba
de agradecérmelo. Como me ayudó tanto a raíz de la operación, la prometí
decir a su intención la primera Misa que dijera al levantarme, y lo cumplí.
En los hospitales del Gobierno regentados por personas civiles
asalariadas, cuando uno está enfermo, lo está doblemente; es decir, lo está
en el cuerpo y en el alma; pues enfermedad del alma es la soledad que
209
gravita sobre el enfermo como una tonelada de acero frío.
En los hospitales regidos por monjas, la soledad se reduce a la mínima
expresión, pues van siempre de acá para allá como ángeles de caridad
consolando penas y enjugando lágrimas.
Yo, ciertamente, no pude quejarme. Las Hermanas Florencia y
Solange venían por turno, o las dos a la vez, y convertíamos el cuarto en una
clase de Teología mística. Todo me lo preguntaban.
Y yo, como si fuera un santo Padre, lo respondía todo sin parpadear,
seguro de no ser cogido en herejías por aquellas monjas tan inocentes.
—¿Tuvo la Sagrada Familia ángel de la guarda?
—Sí.
—¿Quién fue?
—El arcángel San Gabriel.
—¿Tienen los santos otros ángeles además del de la guarda?
—Sí, por supuesto; y mientras más responsabilidades pone Dios sobre
sus elegidos, los protege con ángeles de más alta jerarquía.
—¿Se bautizó la Santísima Virgen?
—No me cabe duda. Seguramente la bautizó San Juan.
—¿Por qué se bautizó si nació sin pecado original?
—También Jesucristo nació sin pecado original, y le bautizó el otro
Juan. Ella siguió en todo las huellas de su hijo.
—Después de las virtudes teologales ¿qué virtudes tiene usted por
superiores?
—La humildad.
—¿Y luego?
—La virginidad.
—¿Y luego?
—La paciencia.
—¿Por qué no menciona el martirio?
—Mire, Hermana, el martirio cruento tiene mucho de romántico y de
bizarro. Ya sé que el dar la vida por el Amado es lo supremo del amor. Pero
el martirio diario de la caridad, de la humildad, de la pureza y de la
paciencia encierra en sí y presupone al otro martirio; por tanto es tan
agradable a Dios como el otro martirio, me parece a mí; y tiene la ventaja de
dejar al alma en estado de humildad que es el estado ideal de las almas
210
justas. Piensen menos en martirios cruentos y abrácense gustosas con el
incruento. Ya sabe lo que dijo aquel Maestro de Novicios a un novicio que
preguntaba donde mataban por Cristo. Con una socarronería muy teresiana
le respondió: «Aquí matamos por Cristo, hijo, aquí matamos; pero matamos
a alfilerazos».
Esta salida, me dijeron, les hizo tanto bien corno unos Ejercicios, y se
aprestaron a morir por Cristo sufriendo alegremente todos los alfilerazos de
la vida ordinaria en este valle de lágrimas,
Y así por el estilo me venían con letanías de preguntas que yo
espantaba corno se espantan las moscas. ¡Ojalá! no las indujera en error por
haber respondido «sí» o «no», cuando debiera haber respondido con un «no
sé» limpio y a secas; porque es increíble lo poco que sabe uno cuando se
mete un poco en honduras.

Sor Sabina, "la anestesiadora"

Sor Sabina, la más vieja de la Comunidad y que se queda dormida


nada más sentarse en cualquier sitio, es aún lo suficientemente joven para
desempeñar el oficio delicadísimo de «anestesiadora».
Se necesita un diploma oficial para ejercer ese cargo pues la vida del
que se opera depende totalmente de la anestesiadora.
Me explicó en algunas visitas que me hizo cómo anestesian hoy día.
En esto la ciencia ha venido avanzando a pasos de gigante. Hasta hace poco,
no contentos con aplicar el cloroformo, ataban al paciente para evitar
movimientos bruscos de músculos en el curso de la operación.
Hoy día le aplican al paciente una inyección que lo adormece por
completo. Luego, para doble seguridad, le aplican un gas muy superior al
éter que no trae los efectos de náusea ni convulsiones de ningún género.
En dos minutos queda el paciente en un estado de quietud absoluta, y
puede luego el cirujano campar por su cuenta sin temor a movimiento
alguno reflejo.
Tienen siempre a mano plasma y oxígeno y le miden continuamente la
presión de la sangre. Todo esto corre a cuenta de la anestesiadora.
Sor Sabina asiste diariamente a una o varias operaciones.
Me dijo que mi apéndice estaba enterrado debajo del intestino y llevó
no poco tiempo desembarazado. Asimismo había adquirido un tamaño
excesivo y estaba acribillado de cicatrices. Dijo que cada cicatriz suponía
211
una inflamación pasajera que se curó a sí misma.
Entonces nos explicamos aquellos ratos de malestar que yo sentí tantas
veces sin saber la causa.

Las tres clases de enfermos

Conviene pasar en la vida por alguna enfermedad. Saber estar enfermo


es un arte, y un arte difícil. A las 24 horas de estar en un hospital, ya saben
las enfermeras si el enfermo conoce o no ese arte difícil.
Las enfermeras de Anchorage catalogan a los enfermos en estas tres
clases: malo, mediano y bueno.
El malo se queja continuamente; las llama a todas horas por nada;
pone el grito en el cielo al ver la aguja de la inyección intravenosa; espera
que todo el mundo caiga de hinojos ante él y le compadezca, etc., etc.
El mediano tiene todos estos vicios, pero en un grado muy moderado;
por eso no da tanto en rostro.
El bueno es un alma de Dios. Todo le viene ancho; no se queja de
nada; deja a las enfermeras hacer y deshacer y da las gracias por el más
mínimo servicio; mejora continuamente sin dejar de mejorar hasta que lo
meten en el ataúd.
Sor Florencia me leyó esta cartilla el primer día, y añadió de su
cosecha que bien sabía ella que un misionero había de pertenecer al grupo
de los buenos. Yo me mordí los labios y me apliqué el cuento.
Asimismo conviene pasar por alguna enfermedad para saber
compadecerse luego de los que padecen. Y elevando un poco el tiro, es
evidente que el dolor nos purifica y nos hace comprender mejor lo que
sufrió Jesucristo en la cruz.
Es muy verosímil que después de la gracia santificante no haya otro
don comparable al del sufrimiento. Pero tiene que ser un sufrimiento
divinizado por su unión con el sufrimiento de Cristo en la tierra; no un
sufrimiento estoico y pagano.
La sabiduría y el amor eterno de Dios no hallaron cosa mejor para
redimir al mundo que el sufrimiento, Aprendamos la lección.

212
XXVIII

Un español quiere verme

Gregorio Real Fernández

En uno de aquellos días de convalecencia entró una enfermera en mi


cuarto y me anunció la visita de un español que quería verme. ¿Español?
¡Santos cielos; se me salían los ojos de sus órbitas!
—¡Que entre inmediatamente!
No creo que haya habido molino de viento que haya dado tantas
vueltas como dio mi cabeza en aquellos pocos segundos que pasaron hasta
que se abrió la puerta y entró un señor guapísimo vestido de punta en
blanco, campechanísimo, con un bigote de lo más aristocrático.
Mientras nos dimos la mano me dijo que se llamaba Gregorio Real
Fernández y que era de la provincia de Orense. Leoneses y orensanos
primos hermanos.
Se había enterado casualmente de que había un misionero español en
el hospital, y le faltó tiempo para venir a verme.
Me reí a voces cuando me cuchicheó que me traía en el bolso una
botella de coñac. Me la entregó, en efecto, y la escondimos debajo del
colchón; no fuera que alguna enfermera puritana la viese y se escandalizase
horrorosamente. Digamos de antemano que más tarde bebí algunos sorbos y
hallé el coñac tan ardiente que me deshice de la botella en la primera
ocasión que se me ofreció.
Un amigo mío muy bueno cura los catarros con sorbos de aguardiente
azucarado; y una botella de coñac vale por diez botellas de aguardiente
ramplón y barato. Me lo agradeció en una carta tan llena de faltas de
ortografía inglesa como de expresiones cariñosas.
Volviendo a don Gregorio Real Fernández, digo que nació en una
hacienda a dos pasos de Carballeda, del partido judicial de Barco de Val-
deorra, en la provincia de Orense.
213
Los valdeorreses tienen fama de ser los más diestros en el manejo de la
hoz, y durante el verano se desparraman por las provincias fronterizas donde
hacen su agosto segando y engavillando trigo.

La recela de la longevidad

Nacido en 1880, don Gregorio tiene hoy 70 años redondos; pero nadie
le echaría arriba de 55. Precisamente se sacó una foto el verano pasado; y
díganme los que la vean si don Gregorio aparenta tener 70 años.
Le pregunto cómo se las ha arreglado para llegar a viejo sin
aparentarlo, y me da la siguiente receta que quiero pasar a mis lectores sin
omitir un ápice.
No es una receta simple que quepa en un renglón, sino una serie de
recetillas que, unidas y fielmente observadas, traen consigo infaliblemente
una salud de roble durante un tiempo inacabable. Allá van:
a) No casarse jamás. En esto le estoy imitando yo a la letra; loado sea
Dios.
b) No enfadarse jamás. Aquí ya no estoy tan seguro de que le imito al
pie de la letra; pues recuerdo que hace unos años me enfadé una mañana
cuando me enteré que la ONU se ingería en los asuntos internos de España.
c) No dejar pasar un día sin beber por lo menos cinco botellas de
cerveza. Aquí sí que estoy perdido; pues la cerveza y yo nunca nos
compenetramos. Resignémonos, pues, a morir en la primavera de la vida.
d) Tener siempre en el baúl una botella de ron con una condición: se
echan 14 gotas de azúcar; luego se llena el vaso con agua caliente; luego se
revuelve todo el tinglado con una cucharilla y luego se bebe despacio, a
sorbos, y si se hace así todas las mañanas en ayunas, no hay peligro de
morirse.
Aquí fue donde me di por muerto y enterrado, pues tendría que beber
ese brebaje antes de Misa; y, ¡ya ven ustedes!
e) No acostarse jamás sin comer antes una manzana bien madura y con
la monda. Dice que una manzana a esas horas actúa como lubrificante y lo
tiene a uno siempre más limpio que un jaspe. Al buen entendedor, pocas
palabras.

214
Bilbao, Madrid, Panamá

Antes de cumplir 20 años salió de Galicia y se hizo minero en las


minas de hierro de Bilbao que dice son las más ricas del mundo. Los do-
mingos se afeitaba y se ponía el traje nuevo y frecuentaba los salones de
baile.
Con un valor que él no acierta a concebir ahora, logró rechazar todos
los atentados de matrimonio; pues asegura que por entonces era muy buen
mozo y las bilbaínas se morían por él. Pero nuestro gallego tenía ya
entonces ambiciones tan anchas como el mundo y no hubo modo de hacerle
casarse y asentarse definitivamente en un lugar.
Salió de Bilbao en 1905 y fue al Guadarrama a trabajar en los túneles
y tuberías que surten de agua y energía eléctrica a nuestro Madrid. Allí tuvo
el honor de chocar los cinco con don Antonio Maura que visitó las obras y
se mezcló con los obreros en un ambiente muy democrático.
En 1907 oyó cantar una copla que comenzaba así:

Todo el que quiera emigrarse


al canal del Panamá,
gana dos pesos en oro
pero no vuelve acá más.
Le entra fiebre amarilla
viruelas y otros estragos,
que deja allí la pelleja
en menos que canta un gallo.
Gregorio creyó que su pelleja era de un tejido superior al de los demás
y zarpó al punto para el Panamá donde halló trabajo en seguida en el famoso
canal.
Como tenía tanta experiencia en el trabajo de las minas, ascendió muy
pronto a mayoral y le pusieron al frente de 40 peones internacionales:
españoles, italianos, suecos, americanos y negros de la Martinica.
Trabajaba nueve horas diarias y ganaba 87 pesos y medio al mes; y si
trabajaba los domingos, le daban el doble.
A lo largo del canal se tendió un ferrocarril como todos saben; pero lo
que no sabe nadie en que, cuando se vieron en la necesidad de abrir un túnel

215
en un cerro arcilloso, todos los ingenieros fracasaron en su intento de
impedir que se cayese la arcilla de los techos.
Entonces le consultaron a él. Con su experiencia de minero sumada a
un sentido común nada común, ideó una manera de colocar los maderos
transversales que dio un resultado estupendo. Desde aquel día el Ingeniero
jefe del canal le quiso a Gregorio como a un hijo.

¿Quién voló el Maine?

Esto le dio la vida a nuestro gallego; pues es un hecho histórico que


los españoles carecían allí de simpatías con los yanquis.
Como hacía muy pocos años que se había terminado la guerra de
Cuba, no había yanqui que no hubiera perdido allí el padre, el hermano, el
yerno o lo que fuese; y las heridas estaban muy lejos de cicatrizarse.
Cuenta como cierto el hecho relativamente frecuente de yanquis que
manejaban vagonetas rápidas que se metían por todas partes cargando y
descargando tierra.
Llevaban un pito muy potente y tenían órdenes de pitar cada vez que
se acercaban a grupos de obreros que obstruían el paso.
—Pues, mire usted, señor; cuando sabían que los obreros eran
españoles, no pitaban y metían las vagonetas por el medio aplastando y
estropeando a los obreros. Luego venían las lágrimas de cocodrilo y los
perdones y las excusas: que no nos fijamos, que no los vimos; mentiras
todas, Padre, mentiras como casas
Y aquí apostilló don Gregorio:
—¿Pues qué culpa teníamos nosotros de la guerra, si además fueron
ellos los que volaron el MAINE?
Sin poderme contener, me incorporé y le estreché la mano.
Dice que enfermó unos días. Una de las enfermeras yanquis había
perdido a su esposo en la guerra de Cuba. La muy raposa les dijo un día a
los enfermos españoles:
—Os voy a envenenar a todos; que por vosotros estoy viuda.
Dieron parte al capellán que era español, y éste se lo comunicó al jefe.
El jefe se cercioró por Gregorio de la veracidad del caso, y la tal enfermera
tuvo que hacer al punto la maleta y volverse a los Estados Unidos con
órdenes de no volver. La justicia y la paz se dieron ósculo.
216
En las minas de oro de África del Sur

De Panamá salió Gregorio para Costa Rica.


Allí en Puerto Limón se encontró con un bóer; un holandés gigantesco
llamado Juan Hárterberg que estaba arreglando el pasaporte de vuelta al
Afaca del Sur.
Juan hablaba el español bastante bien. Hablando hablando se
concertaron en partir juntos para el Transvaal. Hicieron escala en Puerto
Rico; luego en Curaçao; luego en las islas de la Madera; luego en las
Canarias donde hallaron pasaje en un barco inglés que los llevó a los puertos
del extremo meridional de África haciendo escala en todos ellos hasta
Lorenzo Marques.
Aquí se apearon nuestros héroes; descansaron tres días.; compraron
mil cosas inútiles y tomaron el tren para Joannesburgo. Tres días horribles
de tren por aquellos campos africanos.
Inmediatamente hallaron empleo en aquellas minas de oro. Me asegura
que aquellas minas están a 2.000 metros de profundidad; que tienen doce
pozos de entrada, y que cada pozo tiene 16 metros de anchura.
Allí le hicieron capataz y tenía bajo su férula catorce cafres negros
como el betún. En muy poco tiempo Gregorio dominó la lengua cafre lo
suficiente para pasar con ellos ratos deliciosos.
Dice que los cafres hablan cantando y cantan cuando trabajan. Todo se
les vuelve cantar. Contra lo que se cree vulgarmente los cafres son
sumamente mansos y muy sencillos; tan sencillos que había que tratarlos
como a niños.
Por ejemplo, si se les mandaba meterse en algún pozo o ir a cualquier
lugar subterráneo, obedecían al punto aunque se estuvieran desprendiendo
rocas que infaliblemente los aplastarían.
En aquel oficio ganaba Gregorio una libra esterlina cada ocho horas;
es decir, cada día; pues no les estaba permitido permanecer en aquellas
profundidades más de ocho horas entre sol y sol.
Al salir de la mina fraternizaba con los cafres que le querían a rabiar.
¡Lástima de misionero, dije yo aquí para mis adentros!

217
La guerra de 1914

Al cabo de 22 meses entre cafres, volvió a España donde gastó casi


todo su dinero visitando las ciudades principales, deteniéndose más en León
donde una hermana suya se estaba graduando de maestra.
El recuerdo de los canturreas con los cafres no le dejaba ni a sol ni a
sombra. Por fin un día se embarcó de nuevo para el Transvaal y allí pasó
días deliciosos hasta que ¡zas! la guerra del 14 vino a echar por tierra todos
sus planes.
Como Inglaterra era nación beligerante, Gregorio se negó a luchar por
el Albión y tomó las de Villadiego. Atracó en Vigo y se internó en su
Galicia natal.
La vida pastoril y patriarcal de su patria chica ya no se avenía bien con
sus ambiciones de ver mundo. Sacó pasaje en el «María Cristina», fondeado
en Vigo y atracó en la Habana, donde no estuvo más que tres meses.
Entró en los Estados Unidos por Nueva Orleáns y se internó en el
inmenso estado de Tejas donde halló pueblos enteros de mejicanos que le
acogieron como a un hermano.
Cuando Wilson declaró la guerra a Alemania, Gregorio se vio entre la
espada y la pared. Si no se apuntaba de voluntario, probablemente le
forzarían a apuntarse; y él no pensaba coger el fusil por nada de este mundo.
Discurrió ofrecerse a trabajar para la guerra en la retaguardia. Se
ajustó en los arsenales de Filadelfia como remachador en los cascos de los
buques de guerra, y con eso se libró de vestir el uniforme.
Cuando el Kaiser se refugió en Holanda y se acabó la guerra, ya no
hacían falta remachadores de cascos de acorazados

Minero en Alaska

Gregorio anduvo algún tiempo a la deriva, hasta que en 1920 oyó


hablar de las minas de cobre de Kénnicoth al sur de la península de Alaska.
La tentación de viajar era demasiado fuerte y no la pudo resistir.
Gregorio se embarcó para Alaska y trabajó siete años seguidos en
aquellas minas de cobre. En 1927 dio una vuelta por la España de Primo de
Rivera donde gastó los dólares con tanta rapidez que tuvo que volver en
seguida a las minas de Kénnicoth.

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Aquí volvió a juntar dólares y más dólares a fuerza de trabajar, y en
1930 volvió a España a descansar en los cafés de la Coruña.
En 1931 no le gustó el cariz político que iban tomando las cosas y se
reembarcó para Alaska donde vive todavía hecho un brazo de mar. Nunca ha
estado en el norte ni en el oeste donde habitan los eskimales.
Al comenzar la segunda guerra mundial, adquirió empleo en
Anchorage donde el Gobierne, gastó millones y millones en la erección de
cuarteles y pistas de aterrizaje para aeroplanos. Por todas partes abundan los
obreros parados.
Gregorio no recuerda haber estado nunca sin empleo. A raíz de la
segunda guerra mundial se hizo súbdito yanqui, como hicieron más de dos
millones de extranjeros cuando vieron que el no ser ciudadanos
norteamericanos les privaba de un sinnúmero de privilegios.

«¡Mu viejo pa cambiar!»

En su vertiginoso correr por el mundo, Gregorio dejó jirones de


castellano por doquier y hoy día lo habla muy graciosamente. Forma
terminaciones verbales españolas con raíces inglesas, y viceversa, que lo
parten a uno de risa. Gregorio y yo en mi cuarto somos dos avanzadas de la
hispanidad en las lomas del Polo Norte.
En materia de religión el pobre D. Gregorio necesita un poco de
nuestras oraciones. Ha asistido a funciones religiosas en sinagogas, capillas
protestantes e iglesias católicas, todo revuelto.
Dice que tiene en su habitación una imagen de Jesucristo que le ha de
salvar. Últimamente adquirió otra de la Santísima Virgen.
—Mire usted, D. Segundo —me dice sonriendo— ya estoy mu viejo
pa cambiar.
Y como le apremiase yo a que no dejase nunca la Misa del domingo,
me replicó más sonriente aún:
—Ah, señor Padre, usté no sabe lo que es vivir por tol mundo
ganándose la vida como yo.
En sus lecturas al azar ha adquirido un arsenal inmenso de
conocimientos religiosos. Sabe las gotas de sangre que derramó el Señor en
la Pasión y las veces que cayó con la cruz camino del Calvario; que según él
no fueron tres, sino muchísimas más.

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Tan interesante se me hizo D. Gregorio que le urgí a que me volviese a
visitar, y lo hizo dos veces más; así puede redondear mis apuntes sobre su
vida y milagros.
Yo le remiraba sin hartarme nunca de mirarle. Aquí está un español,
gallego, vecino mío como quien dice, que visitó la catedral de León donde
asistí yo a tantas Misas solemnes.
Me pareció mucho más guapo que todos los yanquis; más caballeroso;
más tipo de hidalgo; más abierto; más desinteresado; en fin, más hombre.
¡Lástima que hablase un español tan acuchillado de frases extranjeras!
Me preguntó cómo me las arreglo yo para hablar el español sin
extranjerismos. No sabiendo qué responder, me encogí de hombros y dejé
escapara un ¡velay! Ramplón y chabacano.
Honor y loa al invicto D. Gregorio Real y Fernández que ha llevado la
alegría española de polo a polo y ha sido representante digno de la raza en
tierras bañadas por todos los océanos.

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