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La sinodalidad en la Escritura, en la Tradición, en la Historia

Con este mismo título comienza el primer capítulo del documento de la Comisión
Teológica Internacional (CTI) sobre “La sinodalidad en la vida y en la misión de la
Iglesia”, aprobado por Francisco y publicado hace poco más de un año.
Allí se comienza diciendo que “Los datos normativos de la vida sinodal de la Iglesia que
se encuentran en la Escritura y en la Tradición atestiguan que en el centro del diseño divino
de salvación resplandece la vocación a la unión con Dios y a la unidad en Él de todo el
género humano…” (n° 10). De este modo, se pone bajo el signo de la común-unión el
sentido y orientación de toda la historia de la salvación. Y en esa historia salvífica, nos
sigue diciendo el documento se “ofrecen… los principios teológicos que deben animar y
regular la vida, las estructuras, los procesos y los acontecimientos sinodales”. Con lo cual
vemos una comprensión muy profunda de la Palabra de Dios que siguiendo el curso de la
historia como profecía (la vida sinodal de la Iglesia), también incluye núcleos de sabiduría
(principios teológicos).1
La Palabra de Dios no es un libro de Sabiduría que incluye algunos elementos históricos:
la línea de base es la historia, la vida, el drama, las relaciones interpersonales, y allí se
incluye la verdad que aparece ‒sobre todo‒ como verdad-fidelidad en las relaciones
interpersonales (“emeth”: véase CCE 214 y 215) y no como verdad intelectual (relación del
hombre con el ser y las cosas: filosofía y ciencias)… aspectos que son buenos, pero que no
alcanzan para dar cuenta de la comunión interpersonal que son la Trinidad, la humanidad,
la Iglesia, etc…
Y comenzando por el Antiguo Testamento, el documento nos muestra distintos aspectos
de la sinodalidad:
‒ “Dios creó al ser humano, varón y mujer, a su imagen y semejanza como un ser
social” y si bien “el pecado insidia la realización del proyecto divino, rompiendo la
ordenada red de relaciones” con que el Creador trama toda su obra, “Dios, en la riqueza de
su misericordia, confirma y renueva la alianza para reconducir al sendero de la unidad” (n°
12).2
‒ “En la realización de su designio, Dios convocó a Abraham y a su descendencia…
Esta convocación, expresada con el término edah– qahal que con frecuencia se traduce en
griego con ekklesía fue sancionada en el pacto de alianza en el Sinaí… y es la forma
originaria en la que se manifiesta la vocación sinodal del Pueblo de Dios”. (n° 13a).
‒ Y hay que hacer notar que “en el centro de la asamblea, como único guía y pastor, está
el Señor que se hace presente a través del ministerio de Moisés a quien se asocian otros de
modo subordinado y colegial: los Jueces, los Ancianos, los Levitas. La asamblea del Pueblo
de Dios comprende no sólo a los varones, sino también a las mujeres y a los niños, como
también a los forasteros” (n° 13b). Con esto se ven varias coordenadas de la sinodalidad: la
centralidad de Dios, el ministerio (diversificado y colegial) de los pastores, la presencia y la
importancia de todos los miembros del Pueblo de Dios, en el cual cada uno actúa según su
vocación, que es don de Dios para el servicio mutuo.
‒ “El mensaje de los Profetas inculca en el Pueblo de Dios la exigencia de caminar a lo
largo de las travesías de la historia manteniéndose fieles a la alianza. Por eso los Profetas

1
Y no al revés: Véase G. LAFONT, La Sabiduría y la profecía. Modelos teológicos, Salamanca, 2007, p. 116.
2
Con la intención de simplificar la lectura de este artículo omito los numerosos textos bíblicos que se citan o
se aluden y que se pueden encontrar en los números que comento.
invitan a la conversión del corazón hacia Dios y a la justicia en las relaciones con el
prójimo, especialmente con los más pobres” (n° 14a).
‒ Pero ante la experiencia de cómo la herida del pecado impide la realización de la
comunión, “Dios promete que dará un corazón y un espíritu nuevos… entonces Él
establecerá una nueva alianza, que ya no estará escrita sobre tablas de piedra sino sobre los
corazones Esta se extenderá sobre horizontes universales, porque el Servidor del Señor
reunirá a las naciones, y se sellará con la efusión del Espíritu del Señor sobre todos los
miembros de su Pueblo” (n° 14b).
En la próxima nota veremos que esta promesa que Dios hace por medio de los profetas, se
realiza en el envío de su Hijo y en el don del Espíritu Paráclito.