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La sinodalidad en la Iglesia del Nuevo Testamento

Seguimos revisando la sección teológica del documento sobre la “La sinodalidad en la


vida y en la misión de la Iglesia”.
Después de habernos mostrado como Jesús vive, enseña y hace sinodalidad durante su
vida terrena, el documento avanza y nos muestra cómo luego Jesús Resucitado comunica a
la Iglesia dones, ministerios y carismas para la edificación de la comunidad.
El documento destaca dos palabras clave que aparecen en el Nuevo Testamento para
expresar aquello que Jesús tuvo durante su vida terrena y luego comunica a sus discípulos:
exousía y dýnamis. Justamente son las dos palabras que hice notar en mi artículo de
noviembre de 2017. En aquel momento las destacaba en relación a la transformación
estructural de la Iglesia y las explicaba así: “exousía” (autoridad que surge desde una
plenitud del ser) o “dýnamis” (dinamismo vital y relacional); en oposición a la fuerza bruta
que se expresan como “krátos” (poder) o “isjýs” (fuerza). Aquí el documento las propone
desde la misma lógica del poder entendido como servicio.El documento las explica así:
“poder que Jesús recibió del Padre para comunicar la salvación” que “consiste en la
comunicación de la gracia que nos hace «hijos de Dios»” (17a).
Por eso, “los Apóstoles reciben la exousía del Señor resucitado, que los envía para que
hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo, y enseñándoles a observar todo lo que Él ha ordenado”. Y también “de ella
participan, por la fuerza del Bautismo, todos los miembros del Pueblo de Dios” que han
“recibido «la unción del Espíritu Santo»” (17b).
De esta comunicación que hace el Resucitado por medio del Espíritu surgen las distintas
vocaciones que hay en la Iglesia: “La exousía del Señor resucitado se expresa en la Iglesia
mediante la pluralidad de los dones espirituales (tá pneumatiká) o carismas (ta jarísmata)
que el Espíritu otorga en el seno del Pueblo de Dios para edificación del único Cuerpo de
Cristo” (18a). Con esto el documento hace una opción clara: la Iglesia está conducida por la
Trinidad y su estructura y dinamismos surgen de los dones que las propias Personas divinas
conceden a cada bautizado. Podríamos decir que ‒en la misma línea que muestran Los
Hechos de los Apóstoles‒ el dirigente de la Iglesia hoy es el Espíritu Santo, y todos los
cristianos estamos a la escucha obediente de sus indicaciones.
Esto no significa que la Iglesia sea una anarquía, pues el organismo eclesial tiene “una
táxis (orden) objetiva, de modo que puedan desarrollarse en armonía y producir los frutos
destinados para beneficio de todos” y un “primer lugar entre [los carismas] es el de los
Apóstoles entre los cuales Jesús otorgó un papel peculiar y preeminente a Simón Pedro”
(18a).
Así como el cuerpo tiene muchos miembros y órganos y todos conforman un sólo cuerpo
y se sirven mutuamente, así también hay un orden armónico en la configuración eclesial
que depende de dos factores: la sabiduría divina del Espíritu que otorga sus dones de
acuerdo a este diseño y dinamismo que surgen de la Trinidad (este sería el factor divino) y
“la lógica de la sumisión recíproca y del mutuo servicio: porque el don supremo y
regulador de todos es la caridad” (18b)… y este es el factor humano. O sea: la sabiduría de
Dios nos regala dones que están pensados desde Dios con una armonía sinodal… y también
depende de nuestra capacidad de amor, de humildad y de servicialidad que la Iglesia sea
una verdadera familia de Dios.
Y el número siguiente del documento nos vuelve a ilustrar esta Iglesia sinodal con textos
de Los Hechos de los Apóstoles mostrándonos que “el protagonista que guía y orienta en
este camino es el Espíritu Santo” y “los discípulos, en el ejercicio de sus respectivos roles,
tienen la responsabilidad de ponerse en actitud de escuchas de su voz para discernir el
camino que se debe seguir” (19). De nuevo: el factor divino y el factor humano que son la
sinergía sinodal que permite que la Iglesia sea signo e instrumento de la presencia y de la
acción de Dios en el mundo. Y el mismo texto nos muestra ejemplos: la elección de los
Siete (Hch 6) y “el discernimiento de la cuestión crucial de la misión entre los paganos”
(Hch 10).
Pero el documento presta especial atención al “Concilio de Jerusalén” al que dedica
cuatro números (20 al 23). La razón de esta atención especial es que este “acontecimiento
sinodal… a lo largo de los siglos, será interpretado como la la figura paradigmática de los
Sínodos celebrados por la Iglesia” a lo largo de los siglos” (20). Allí se nos describe una
reunión en la que no se teme una “discusión viva y abierta” y se nos muestra una “Iglesia
firmemente enraizada en el designio de Dios y al mismo tiempo abierta a sus nuevas
manifestaciones en el desarrollo progresivo de la historia de la salvación” (20). En este
“proceso todos son actores, aunque su papel y contribución son diversificados” y “la inicial
diversidad de opiniones y la vivacidad del debate fueron encauzados, con la recíproca
escucha del Espíritu Santo, hacia aquel consenso y unanimidad” (21). Y en todo esto se
manifiesta “la Iglesia como Cuerpo de Cristo, para expresar tanto la unidad del organismo
como la diversidad de sus miembros” (22).