Вы находитесь на странице: 1из 7

En México, el aumento en la producción de frutas y hortalizas, durante las tres últimas décadas, ha

favorecido el desarrollo de la agricultura empresarial, caracterizada por la producción de monocultivos


especializados, en los que el uso intensivo de plaguicidas altamente tóxicos, obtenidos mediante
procesos de síntesis química, es la forma dominante de combate de las plagas y los vectores de
enfermedades que los afectan (Pérez-Olvera y col., 2011; González, 2014).

La creciente preocupación mundial, por los daños que el empleo excesivo de plaguicidas sintéticos está
ocasionando en la salud humana, el medio ambiente, la biodiversidad y la seguridad alimentaria, ha
provocado un rechazo generalizado hacia el control químico de plagas en la producción agrícola (Sarwar,
2015; Ibrahim, 2016).

Sin embargo, se estima que la restricción de la utilización de dichos agroquímicos tendría como
consecuencia bajos rendimientos de los cultivos, encarecimiento y deficiencias en el suministro de
alimentos para una población que va en aumento (Storck y col., 2017).

En este contexto, la agricultura contemporánea se enfrenta al reto de intensificar la producción agrícola,


y asegurar simultáneamente la protección del medio ambiente y la salud humana, con soluciones
sustentables, en las que el uso seguro y racional de plaguicidas sintéticos pueden ser un factor clave
contra la escasez de alimentos en el futuro (Notarnicola y col., 2017).

El empleo de plaguicidas representa un desafío, ya que, por su amplia diversidad estructural,


toxicológica y funcional, estos productos pueden impactar a los compartimentos ambientales y
organismos no objetivo de diferentes maneras y con distintos niveles de intensidad, dependiendo de las
formas de uso, las características geográficas y los patrones climáticos del sitio de aplicación (Kromann y
col., 2011; Kniss y Coburn, 2015).

Debido a esta complejidad, y a las limitaciones de costo y de tiempo, de las mediciones analíticas,
durante las dos últimas décadas se ha desarrollado una amplia variedad de indicadores de riesgo de
plaguicidas (Feola y col., 2011).

Los indicadores de riesgo de plaguicidas son modelos algebraicos que consideran las propiedades
fisicoquímicas de los ingredientes activos (i.a.) de los plaguicidas y los factores de exposición, para
generar un valor numérico que permite comparar productos y estrategias de control fitosanitario; con
base en el impacto ambiental producido en un ecosistema agrícola determinado (Feola y col., 2011).

No cuantifican el riesgo absoluto, sin embargo, son herramientas útiles que sirven de guía a los
agricultores, a los profesionales técnicos encargados de la toma de decisiones en las parcelas, a los
responsables políticos que intervienen en la reglamentación de la utilización de plaguicidas y a los
investigadores, para comparar el efecto pernicioso de estos agroquímicos, tanto en los organismos no
objetivo como en los distintos compartimentos ambientales, y sirven también para diseñar prácticas
efectivas de control de plagas y enfermedades, con el menor impacto ambiental negativo, de acuerdo a
la Food and Agriculture Organization (FAO, 2008).
El Cociente de Impacto Ambiental (CIA) (EIQ, por sus siglas en inglés: Environmetal Impact Quotient) es
uno de los indicadores de riesgo de plaguicidas más usado en el mundo, debido a que ha demostrado un
buen desempeño como herramienta para valorar los posibles efectos peligrosos de los plaguicidas sobre
la salud humana y el medio ambiente, en una amplia variedad de cultivos, prácticas de cultivo y zonas
agroecológicas (Ávila y col., 2011; Kromann y col., 2011; Arora y col., 2012; Agboyi y col., 2015; Ordoñez-
Beltrán y col., 2016; Chen y col., 2017). También se ha utilizado para medir los logros o tendencias en la
reducción de riesgos por el manejo de plaguicidas a través del tiempo, tanto a nivel regional como
nacional (Ioriatti y col., 2011; Cross, 2013; Biddinger y col., 2014; Deihimfard y col., 2014). Asimismo, el
modelo del CIA se ha modificado y adaptado para evaluar el costo ambiental (externalidades negativas)
por el empleo de plaguicidas y desarrollar sistemas de clasificación

para el etiquetado de los productos comerciales (Ibrahim, 2016). En México, el modelo del CIA se ha
utilizado para cuantificar y comparar el impacto ambiental de los plaguicidas y los programas de control
fitosanitario en el cultivo de chile (Guigón-López y González-González, 2007), así como, para evaluar el
impacto ambiental por uso de plaguicidas en huertos de manzano, con tres niveles de tecnificación
(Ramírez y Jacobo, 2002) y, en huertos de manzano con y sin programas de Manejo Integrado de Plagas
(MIP) (Ordoñez-Beltrán y col., 2016). El melón (Cucumis melo L.) es una de las hortalizas más
importantes en México y particularmente en la Comarca Lagunera, que destaca como la región
melonera más importante del país, con un área de siembra cercana al 20 % de la superficie nacional
(Ramírez-Barraza y col., 2015). Según datos del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera de la
Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SIAP-SAGARPA, 2017), de
2010 a 2016 se sembraron en promedio 5 418.71 ha, con un rendimiento de 30.97 T/ha y se obtuvo una
producción de 156 703.86 T. Los plaguicidas se aplican al cultivo para controlar, principalmente, a la
mosquita blanca de la hoja plateada Bemisia argentifolii Bellows & Perring, al pulgón del melón Aphis
gossypii Glover, al minador de la hoja Liriomyza sativae Blanchard y Liriomyza trifolii Burgess y al gusano
barrenador del melón Diaphania hyalinata Linnaeus (Nava y col., 2007). También se aplican para evitar
enfermedades de las plantas, como la cenicilla polvorienta Sphaerotheca fuliginea (Schlechtend) Pollaci,
el tizón temprano Alternaria cucumerina (Ellis & Everhart) Elliott, el virus del amarillamiento y
achaparramiento de las cucurbitáceas) y los mosaicos (virus mosaico amarillo del zucchini, virus mosaico
de la sandía variante 2) (Chew-Madinaveitia y col., 2008). En un reporte previo, donde se estudió el
patrón de uso y el perfil toxicológico de los plaguicidas que se analizaron en este trabajo, se encontró el
manejo predominante e incorrecto de plaguicidas altamente peligrosos para la salud humana y el medio
ambiente, por lo que se resaltó la necesidad de fomentar la práctica de alternativas de control
fitosanitario, que disminuyan el empleo de estos plaguicidas, en los sistemas de producción de melón,
en la región (Vargas-González y col., 2016). Para ello, es necesario contar con una metodología que
proporcione una escala cuantificable, que permita evaluar y comparar futuros cambios, en la utilización
de plaguicidas. El objetivo de esta investigación fue estimar el potencial impacto ambiental por uso de
plaguicidas en las tres áreas de mayor producción de melón en la Comarca Lagunera.
A nivel mundial la producción de plaguicidas orgánicos sintéticos aumento desde los inicios del siglo XX,
debido al desarrollo de la industria petrolera. No obstante, la producción y uso de estos compuestos, así
como de lubricantes, solventes, gasolinas u otros, han aumentado la carga de estas sustancias en la
atmósfera, hidrósfera, suelos y sedimentos, lo que ha provocado episodios críticos de contaminación en
el ambiente (Galán-Huertos et al., 2003). El uso agrícola de plaguicidas es un subconjunto del espectro
más amplio de productos químicos industriales utilizados en la sociedad moderna. Según la base de
datos de la American Chemical Society, en 1993 se habían identificado más de 13 millones de productos
químicos, a los que se suman cada año unos 500,000 nuevos compuestos (Ongley, 1997).

En México la superficie agrícola cultivada en los últimos 20 años, es de 20 millones de hectáreas, de las
que el mayor uso es en el sistema de temporal, después se redujo a 15.5 mill. de ha, mientras que la
agricultura de riego se ha mantenido durante este periodo en 5; en total, esto corresponde al 75% de la
superficie sembrada en el país (Fig. 1). La problemática para los cultivos de granos y hortalizas han sido
los diferentes tipos de enfermedades, plagas y malezas, que perjudican desde la semilla, a la planta y los
frutos, los cuales han podido contrarrestarse con la aplicación de los plaguicidas.

Los plaguicidas son sustancias o mezcla de sustancias que se usan de manera intensiva para controlar
plagas agrícolas e insectos vectores de enfermedades en humanos y en los animales, así como, para el
control de insectos y ácaros que afectan la producción, elaboración, almacenamiento, transporte o
comercialización de alimentos, productos agrícolas, madera y alimento para animales (FAO, 2003). Sin
embargo, se reconoce que son sustancias químicamente complejas, que una vez aplicadas en el
ambiente, están sujetas a una serie de transformaciones a nivel físico, químico y biológico (fenómenos
de adsorción y absorción sobre suelos y plantas, volatilización, fotólisis y degradación química o
microbiana).

Además que también pueden ser arrastrados por las corrientes de aire y agua que permiten su
transporte a grandes distancias; hay que añadir que los residuos volátiles pasan a la atmósfera y
regresan con la lluvia a otros lugares (López-Geta et al., 1992). Estas transformaciones pueden conducir
a la generación de fracciones o a la degradación total de los compuestos que en sus diversas formas
pueden llegar a afectar en los diferentes niveles de un ecosistema (Garrido et al., 1998).

Los plaguicidas, metales pesados y otras impurezas, son considerados por la Agencia de Protección al
Ambiente (EPA, 1992) como contaminantes de acuíferos debido a su alta toxicidad, persistencia y
movilidad, además de que afectan a importantes cargas hidráulicas, como lagunas y canales de
irrigación; y por sus propiedades fisicoquímicas, son resistentes a la degradación biológica (Hirata,
2002).

En la actualidad, uno de los mayores problemas es el uso indiscriminado y sin control de estos
compuestos, tan solo en 1992 la producción mundial de plaguicidas se estimó en 10 mill. de ton. (López-
Geta et al., 1992); de estas más del 80% se emplearon en Europa y Estados Unidos. Hasta mediados del
siglo pasado se utilizaron cerca de 40 compuestos de tipo botánico o inorgánico, entre éstos, arseniato
de plomo, aceto-arseniato de cobre y una mezcla de sulfato de cobre y cal conocida como Caldo
Bordelés (Albert, 2005). Sin embargo, en la actualidad hay desconocimiento de la cantidad y tipos de
plaguicidas (ingredientes activos) que se aplican en los campos; así mismo, el escaso control de los
desechos que constantemente se ven expuestos a los factores del medio y que en ocasiones son
reutilizados nuevamente. -------------------------------------------

Los plaguicidas ocupan un importante lugar dentro de total de sustancias a las que el hombre está
expuesto debido a su uso extensivo en agricultura para el control de plagas y de vectores transmisores
de enfermedades que afectan a la biota y al hombre. Existen más de 1500 principios activos que, en
distintas mezclas y concentraciones, generan más de 50000 productos registrados en el mundo como
plaguicidas. Argentina es un país productor agrícola cuya economía primaria se basa en los cultivos de
soja, maíz, trigo, girasol, maní, frutas de pepita, cítricos, pasturas, hortalizas, papa, algodón, tabaco,
frutas de carozo, caña de azúcar, arroz, vid, porotos y otros (CASAFE 2011). Desde la década de los 40
hasta los 70, los plaguicidas organoclorados (POC) fueron ampliamente utilizados en Argentina al igual
que en el resto del mundo. En la misma época, irrumpieron en el mercado los plaguicidas
organofostorados (POF) y los carbámicos (PCar). El organismo responsable del registro de agroquímicos
en Argentina, el Servicio Nacional de Sanidad Vegetal y Calidad Agroalimentaria (SENASA), mediante
diferentes resoluciones fue restringiendo y prohibiendo el uso de los POC y ciertos POF y PCar, debido a
sus conocidos efectos adversos sobre la salud humana y el ambiente, así como por su elevada
persistencia. A partir de los años 70, la producción y el consumo de los agroquímicos aumentó,
especialmente en los países productores de granos, acrecentándose los riesgos de efectos adversos a
largo plazo en la población en general, en los trabajadores y en el ambiente (Brunstein et al. 2009).
Paulatinamente, se fueron incorporando otras clases de plaguicidas, como los insecticidas piretroides.
Se recomienda en Argentina, así como en la mayoría de los países, el manejo integral de plagas
recomendado por la FAO (Food and Agriculture Organization), el cual promueve la producción de una
cosecha sana, con la menor intervención posible de los agroecosistemas, para reducir los niveles de
contaminación, disminuir la aplicación de plaguicidas e implementar de mecanismos naturales de
control de plagas (FAO 1996, 2003). Es así que desde los 90, se produce un importante cambio agrario
con la introducción de la soja transgénica (Glycinemax L.) resistente al glifosato (soja GR), el cual fue
adoptado por Argentina, y se ha expandido rápidamente, al igual que en otros países del mundo,
aumentando el uso de plaguicidas y de las zonas de cultivo (Arregui et al. 2010). La incorporación de los
nuevos paquetes biotecnológicos junto con la siembra directa aumentó considerablemente el
rendimiento de las cosechas. Por ejemplo, en Argentina la superficie cultivada de soja total creció casi
50 % en los últimos 30 años, pasando a ocupar la mitad del área sembrada del país. Se prevé que la
campaña 2012–2013 cubrirá 19.7 millones de hectáreas con una producción que se estima en 48.3
toneladas (Souza Casadinho 2008a, GEA 2013). (Cuadro I). Se presume que el sector agrícola alcanzaría
cerca de 116 millones de toneladas en 2016 con el evidente aumento en el uso

de agroquímicos en general y de los fitosanitarios en particular (Pérez Leiva y Anastasio 2006). Cabe
señalar que Argentina es el principal exportador mundial de aceite y harina de soja, y el tercer
proveedor mundial de la oleaginosa en grano (FAO 2013). Actualmente, los principales agroquímicos
utilizados en Argentina son los herbicidas, en los que el compuesto más utilizado es el glifosato y la
atrazina, seguido de los insecticidas cipermetrina, y lambdacialotrina. A pesar de haber disminuido el
empleo de piretroides, respecto de 2010, el principal insecticida aplicado actualmente es el clorpirifos.
Sin embargo, hubo crecimiento de insecticidas como el rynaxypyr (diamidasantranílicas) y fipronil
(fenilpirazol), seguido del uso de fungicidas; con un registro menor se ubicaron los curasemillas y
acaricidas. En la figura 1, se muestran los porcentajes de los distintos grupos de plaguicidas usados en
Argentina en el periodo 2010-2012 (Casafe 2011, 2012, 2013). Las principales consecuencias del método
intenso del cultivo de granos genéticamente modificados ha sido el incremento de las superficies de
cultivo en detrimento de otros cultivos, como las hortalizas y la producción láctea, lo que ha traído
aparejado el mayor uso de plaguicidas, especialmente glifosato (Di Fiori et al. 2012), la aparición de
malezas resistentes especialmente al glifosato, que implica mayor cantidad de aplicaciones con aumento
de las dosis empleadas (Vila-Aiub et al. 2008), la rotación de herbicidas y el incremento de insectos
perjudiciales, con descenso de los benéficos (Souza Casandinho et al. 2008a). Uno de los problemas del
uso de plaguicidas es el posible impacto sobre los seres humanos expuestos directa o indirectamente a
la acción de estos agentes tóxicos. En la Provincia de Misiones, se utilizan dosis crecientes de herbicidas
en el cultivo de yerba mate; mientras que en la pampa húmeda (zonas de cultivo de granos
transgénicos), se incrementó la utilización de herbicidas como el glifosato, el 2,4-D y el insecticida
endosulfán. Además, los plaguicidas pueden contaminar los alimentos de consumo, lo que representa
un riesgo para la población. Un ejemplo de esta situación es el escaso control de los mercados
nacionales concentradores y la falta de respeto del tiempo de carencia por parte de los productores de
hortalizas de consumo masivo (Souza Casadinho 2009). El endosulfán, uno de los más utilizados en
Argentina en los cultivos de hortalizas, cereales y oleaginosas, es otro insecticida de riesgo por sus
conocidos efectos tóxicos (Souza Casadinho 2008b, 2009). Otro aspecto de consideración es cuando no
se aplican las buenas prácticas en el desecho de envases y líquidos remanentes luego de la aplicación de
plaguicidas, lo cual se asocia a casos de intoxicación humana y elevada contaminación ambiental (Souza
Casadinho 2009). Diversos estudios de campo y laboratorio demuestran el impacto del endosulfán sobre
el ambiente (agua, suelo, sedimentos y fauna silvestre) (Rovedatti et al. 2001, Carriquiriborde et al.
2005, Jergentz et al. 2005, Cid et al. 2007, Reynoso y Andriulo 2008, Ballesteros et al. 2010, Di Marzio et
al. 2010, Mugni et al. 2011a, b, Ondarza et al. 2011, Paracampo et al. 2012, Rimoldi et al. 2012,
Bonansea et al. 2013, González et al. 2010, 2013, Miglioranza et al. 2013).

INTRODUCCION

La detección temprana de las plagas y la aplicación de medidas de control racionales y efectivas son
tareas priorizadas para quienes tienen la responsabilidad de la protección fitosanitaria (Pérez, 2007).
La intensificación de la agricultura, motivada por la necesidad de proveer productos agrícolas a
una población cada día creciente, trae como consecuencia la proliferación de plagas y enfermedades.
La alta presión de los diferentes problemas fitosanitarios y su manejo inadecuado, conducen a que
éstos ejerzan un impacto negativo no sólo en las cosechas, sino en el suelo, el agua y en la calidad del
agroecosistema. Por ello, día a día, es fundamental que los productores realicen un manejo integrado
de plagas, partiendo del diagnóstico adecuado e incorporando prácticas como el uso de estrategias de
control biológico, control botánico y prácticas de manejo cultural, entre otras. (Rosquete, 2011).
La intensificación de la agricultura, motivada por la necesidad de proveer productos agrícolas a una
población cada día creciente, trae como consecuencia la proliferación de plagas y enfermedades. La
alta presión de los diferentes problemas fitosanitarios y su manejo inadecuado, conducen a que éstos
ejerzan un impacto negativo no sólo en las cosechas, sino en el suelo, el agua y en la calidad del
agroecosistema. Por ello, día a día, es fundamental que los productores realicen un manejo integrado
de plagas, partiendo del diagnóstico adecuado e incorporando prácticas como el uso de estrategias de
control biológico, control botánico y prácticas de manejo cultural, entre otras.

En la región manzanera del noroeste de Chihuahua el costo del manejo de plagas depende del
grado de tecnificación de los huertos (recursos); puede llegar al 22.2% de los costos totales de
producción en huertos de alta tecnificación y hasta el 10.6% en los de mediana tecnificación.
Asímismo, la cantidad y frecuencia del uso de plaguicidas depende también del grado de
tecnificación de los huertos: En el estrato de huertos de alta tecnificación el costo del manejo de
enfermedades causadas por hongos y bacterias asciende al 57% del costo total del manejo de
plagas, mientras que los menos tecnificados gastan el mayor porcentaje en el manejo de
artrópodos fitófagos (62.3%). Estos costos no llevan implícito la efectividad del manejo. En
todos los casos, el uso del conocimiento que se tiene sobre el manejo integrado de plagas (MIP)
en manzano es mínimo; como consecuencia, se ha determinado que de cada ocho aspersiones de
agroquímicos que se realizan, sólo tres tienen justificación técnica (Ramírez y Jacobo, sin
publicar). La utilización del paquete completo de MIP generado por el Campo Experimental
Sierra de Chihuahua del INIFAP a nivel regional para el cultivo de manzano, implicaría reducir
los costos de producción en el manejo de plagas a un 6.2% (41.5% menos que el más bajo
utilizado y un 72.1% menos que el más alto evaluado). Los estudios de impacto ambiental, son
un respaldo básico en los procesos de producción agrícola, ya que se incorporan en términos del
uso de recursos naturales (Cottrell, 1955; Odum, 1971; Daly, 1991; Pimentel, 1980), aspecto de
alta relevancia en la producción agrícola sustentable. La agricultura tradicional disturba los
ecosistemas naturales e impone un sistema de manejo que tiene múltiples consecuencias (directas
e indirectas) sobre el ambiente, en ocasiones algunas son a largo plazo por ejemplo; se estima
que el bromuro de metilo, el cual es usado como un fumigante de suelos en la agricultura, es el
responsable del 5-10% del (Recibido: Septiembre 17, 2001 Aceptado: Marzo 14, 2002) 168 /
Volumen 20, Número 2, 2002 adelgazamiento de la capa de ozono, y repercute en problemas de
salud humana, en la biota no humana, así como en la productividad agrícola (Allen et al., 1995).
Los estudios de impacto ambiental son medidas o estimaciones de las consecuencias que tienen
las acciones de manejo sobre uno o más indicadores ambientales. Estos pueden ser métodos
simples que identifican cambios en el ambiente, o pueden ser herramientas para la toma de
decisiones que también evalúan la magnitud y significancia de estos cambios (Levitan et al.,
1995; Levitan, 1997).
Existen tres tipos de estudios de impacto ambiental: a) los de muestreo y monitoreo, que
permiten la caracterización de los recursos ambientales y las poblaciones bióticas evaluadas; sin
embargo, los costos son demasiados altos y los resultados carecen de flexibilidad para la
extrapolación; b) los modelos de simulación, los cuales varían en su enfoque y complejidad
(Addiscott y Wagenet, 1985) y tienen una amplia variedad de usos (educación, regulación,
investigación), por lo que se convierten en un esquema atractivo; sin embargo, su validez
depende de la situación a evaluar: un modelo empleado en una situación diferente a la que ha
sido probada como aplicable, pasa a ser una hipótesis o parte de ésta en el estudio de impacto
ambiental (Riha et al., 1998); y c) índices de impacto, los cuales describen un sistema genérico
de índices, en donde existen umbrales biológicos y ecológicos de una variable ambiental, usados
para definir categorías de impacto; su empleo es flexible y permite comparar impactos de
opciones de control similares, como pesticidas, prácticas de manejo, huertos, sistemas de
producción, etc. (Levitan, 1997; Riha et al., 1998). Existen diferentes tipos de índices de impacto
ambiental: a) la cadena lógica de reglas de decisión; se compone de series de algoritmos que se
comportan como una cascada de decisiones, haciendo que la respuesta a la primera pregunta
lleve hacia las siguientes. Cada una de las respuestas genera diferente puntuación (Plant y Stone,
1991); b) ecuaciones algebráicas del mejoramiento de plantas: son formatos similares a los
índices de selección de material genético (Cotterill y Dean, 1990) y a los indicadores
multivariados usados en la ciencias sociales (Putnam, 1994), donde cada valor de x1 representa
una evaluación simple, o una función de algunas variables. El primer modelo algebráico de
impacto ambiental, se realizó en 1975 por Robert Metcalf (Impacto ambiental =
H+(A+P+HB)/3+P; donde P es la permanencia en el ambiente, H toxicidad a seres humanos, A
toxicidad a aves, P en peces y HB en abejas (Metcalf, 1982). Estas premisas básicas se utilizaron
para desarrollar el cociente de impacto ambiental (EIQ) (Kovach et al., 1992), donde el índice
total de impacto ambiental es la suma de tres ecuaciones, que evalúan el impacto en trabajadores
de los predios, consumidores y en la biota no humana. Este último tipo de índice, permite la
comparación entre sistemas de producción, huertos y tecnologías, por lo que fue se utilizó en el
presente estudio. El objetivo del estudio realizado fue definir el cociente de impacto ambiental
(CIA) derivado del uso de plaguicidas en los diferentes estratos de tecnificación de huertos,
comparándolos con el CIA inherente del paquete tecnológico de manejo integrado de plagas
diseñado por la investigación regional. M