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Relatos de Fantasmas y Ánimas en Pena

AUTOR:
JOSÉ LUIS LÓPEZ RETANA

1
ÍNDICE

Dedicación............................................................................................................... 1

El Fantasma del Puente de la Vieja ........................................................................ 2

El Fantasma de la Avenida Seis............................................................................ 37

Amor Eterno .......................................................................................................... 46

La Dama de la Playa ............................................................................................. 65

El Fantasma del Cerro de la Cruz ......................................................................... 84

La Mujer Misteriosa ............................................................................................... 98

La Calle de las Brujas ......................................................................................... 111

Aferrado a la Vida ................................................................................................ 122

La Segua en San José ........................................................................................ 133

El Gato Endemoniado ......................................................................................... 138

Amor Sobrenatural .............................................................................................. 151

El Ánima en Pena ................................................................................................ 161

El fantasma del Zapatero .................................................................................... 171

Pasajera del Más Allá .......................................................................................... 179

Los Fantasmas del Sanatorio .............................................................................. 188

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Dedicación

Es sorprendente la riqueza y sabiduría que vive en la mente y corazones de

nuestros abuelos, estos amables caballeros no ocupan el espacio más

privilegiado, sin embargo, las experiencias de su larga vida no pasan

desapercibidas para mí y en esta obra, esos corazones se ven reflejados en

cada línea. Encender nuevamente la vela de aquellas noches de antaño y

entrecruzar las piernas para prestar atención sin parpadear y con el pulso al tope,

ese es el objetivo, vivir desde el amor, viejas costumbres, miseria, adversidad,

desesperación y hasta el terror, en esencia son estas las experiencias de

algunos ciudadanos de oro, que de la noche a la mañana pasaron de lo

cotidiano a lo sobrenatural.

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El Fantasma del Puente de la Vieja

Don Alejandro es oriundo de Cuidad Quezada y me cuenta que un grupo de

adultos mayores se reunían a charlar, contar vivencias y anécdotas sobre sus

largas vidas en el parque de la localidad al atardecer, este señor es un

ciudadano de oro muy agradable, él amablemente me contó el relato que escribo

a continuación.

Una joven camina apresurada por una callecita angosta y bordeada de

grandes árboles, vive en Cuidad Quezada y su rostro ovalado demuestra que

aún no ha llegado a la mayoría de edad. En sus manos lleva una bolsa con

víveres, voltea y nota que un carro se aproxima, el chofer del carro es un joven

alto de cuerpo delgado y cabello negro corto, detiene el vehículo y le dice:

- Muchacha linda, ¿adónde va?

- A mi casa.

- ¿La puedo llevar?

- No gracias, vivo aquí cerca.

- ¿Cómo se llama?

- Alondra ¿y usted?

- Renzo para servirle.

Alondra le sonrió y caminó apresurada.

- ¡Espero verla de nuevo! —dijo Renzo y siguió su camino.

El joven llegó a una casa, se bajó del carro y tocó la puerta. Una señora alta

de cuerpo delgado le abrió y le dijo:

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- ¿Qué se le ofrece?

- Buenos días señora, soy polaco y ando ofreciendo diferentes artículos para

el hogar: cobijas, paños, y variedad de ropa, con la facilidad de que puede

adquirirlos y pagar en cómodos abonos semanales ¡aproveche la

oportunidad que le estoy brindando!

La mujer estaba viento los artículos y en ese momento Alondra llegó:

- ¿Por qué tardaste tanto? —le dijo

- Había mucha gente en la pulpería y debí esperar.

- Bueno pasa y limpia la casa.

Los ojos negros de Renzo observaron a Alondra detenidamente.

- ¿Es su hija? —preguntó

- Sí —contestó la mujer.

- Entonces… ¿Puedo llamarla suegra?

- Está bien, como guste.

La mujer compró varios artículos y el muchacho le hizo una tarjeta con un

monto determinado.

- Esta es su deuda —le dijo— y puede comenzar a pagar a partir de hoy.

Ella entró a la casa, regresó con un billete y se lo dio. Él se despidió y le dijo:

- Señora, ha sido un placer negociar con usted, le prometo pasar todos los

sábados por el abono semanal.

Doña Luisa, la madre de Alondra, es una mujer amargada, su vida arrastra la

pena que le dejo el fracaso en el matrimonio, trabaja en una casa ganando lo

mínimo para salir adelante, Alondra es su única esperanza, piensa que un día su

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hija va a tener un buen trabajo y con dos sueldos la vida será más fácil para

ellas.

Al atardecer un hombre alto y delgado llego a la casa de las dos mujeres, se

llama Ernesto, es una persona agradable y servicial, la gente del pueblo le dice

“Neto” y cuentan que llegó de San José a vivir en el campo para estar cerca de

la naturaleza, tiene cuarenta años y posee una casa pequeña y una parcela

donde siembra hortalizas, es amigo de Alondra, ella lo aprecia mucho, con el

tiempo se convirtió en su confidente, la joven le cuenta sus sueños, planes e

ilusiones, pero él no pudo resistirse a sus encantos y se enamoró perdidamente

de la muchacha, sin embargo piensa que es un amor imposible, la trata con

respeto y cariño pero dentro de su pecho vibra la llama del amor que él sabe

ocultar en silencio, se conforma con la amistad y quiere conservar su amor en

secreto.

Alondra estaba sentada en una mecedora al frente de la casa.

- Buenas tardes muchacha.

- Buenas tardes — dijo ella.

- Pase adelante, siéntese por favor.

- Gracias — querida amiga.

- ¿Y su madre se encuentra en casa?

- Si está adentro preparando café.

- Bueno solo pase a saludarla, pero un día de estos la visito con más tiempo

para charlar.

- Lo espero para contarle algo.

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- ¿Qué será?

- Ya lo sabrá a su tiempo.

Neto se despidió de la muchacha y ella volvió a sentarse.

El sábado siguiente, Renzo llegó a la casa por el abono convenido, era de

piel morena y su cara ovalada, sudaba por el calor del verano. Sonó la bocina de

del carro. Alondra abrió la puerta.

- ¡Vaya! —dijo — qué linda que estás.

Ella le sonrió:

- Mi madre no está, pero ahorita llega. Si gusta la espera.

- Está bien ¿vamos a dar una vuelta mientras regresa?

- ¡No, no puedo ella se enoja si se da cuenta!

- Bueno entonces la espero. Mientras tanto me miraré en tus ojos azules.

- Eres simpático y alegre.

- Sólo cuando estoy cerca de ti, desde que te conocí, sólo pienso en ti

¿Quieres ser mi novia?

- No lo sé… apenas lo conozco, ¿dónde vive?

- En San José, en un lugar llamado San Pedro.

- Me gustas mucho, pero pienso que tienes novia.

- No es cierto, mi corazón palpita solo por ti y mi mente ocupa tu nombre a

cada instante. Si me aceptas seremos felices.

- Tengo que pensarlo, mi madre no me deja tener novio, solo tengo dieciséis

años. Ella es muy estricta.

El joven le tomó ambas manos y le dio un beso en los labios.

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- ¡Espera! —dijo Alondra— ¿Qué haces?

Pero el beso tenía sabor a miel, he hizo que el cuerpo de la muchacha se

estremeciera de amor y pasión.

Renzo insistió, y siguió besándola

Ella respiró hondo. Sentía que el amor tocaba las puertas de su inocente

corazón. Doña Luisa llegó apresurada.

- ¿Cómo está suegra? —dijo Renzo.

- Bien —contestó la mujer mientras entraba a la casa.

Al rato salió y le dio el abono semanal.

- Gracias señora —dijo Renzo, luego arranco el carro y se fue.

Alondra lo vio alejarse mientras agitaba las manos diciéndole adiós.

El día siguiente al atardecer Neto llegó a visitarla, Alondra lo esperaba:

- Mi reina, la noto muy alegre.

- Si estoy feliz porque conocí a alguien especial.

- Lo sé, es el joven vendedor de ropa.

- ¡Sí, es cierto! ¿cómo lo sabe?

- El muchacho estuvo hablando de usted en la pulpería y me preocupé porque

eres una muchacha muy joven y sin experiencia, él es un joven de la capital,

te puede hacer caer en una trampa, debes de ser cautelosa.

- Mi amigo no se preocupe, él es buena gente.

- Espero que lo sea, pero temo que se aproveche de usted. Creo que es un

mujeriego.

- ¿Por qué piensa de esa forma?

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- Porque vive en la capital y se cómo son los muchachos de San José.

- Tranquilo mi amigo, todo va a salir bien.

Neto le tomó ambas manos y le dijo:

- Cuídese mucho.

- Está bien, voy a seguir su consejo.

- Pero cuénteme, ¿usted cómo ha estado? —dijo Alondra

- Muy bien, esperando que llegue la tarde para reunirme a charlar con usted.

- Yo también siempre lo espero y le cuento que me siento feliz porque siempre

soñé tener un novio que sea bueno, que me respete y me cuide, pienso que

Renzo es un buen hombre.

Neto la miró con ternura y le dijo:

- Eres buena y espero que realices todos tus sueños, bueno debo irme, nos

vemos mañana.

- Está bien —dijo Alondra— cuídese mucho.

Ella estaba feliz y esperó con ansias el sábado siguiente, el día llegó, se

levantó temprano y se vistió elegante para esperar al joven polaco, miró el reloj

que pendía de la pared y susurró:

- La una de la tarde.

En ese momento tocaron la puerta y se apresuró a abrir.

- Hola amor —dijo Renzo— te extrañé mucho.

- Yo también dijo Alondra.

Luego llamó a su madre.

- Mamá aquí está el polaco.

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- Ya voy — dijo Doña Luisa.

Renzo era un muchacho de veinte años y en corto tiempo logró ganarse la

confianza de doña Luisa.

- Suegra permítame llevar a su hija a dar una vuelta en el carro y ya

regresamos.

- Está bien, pero en una hora están aquí.

- Sí señora, le prometo traerla pronto.

Salieron de la casa y Doña Luisa se quedó en la puerta mirándolos alejarse.

- ¿Adónde vamos? —preguntó Alondra.

- A pasear —dijo Renzo.

Al rato llegaron a un pequeño parque, el muchacho detuvo el carro, ella

ansiaba el momento de estar a solas con él, sin embargo, ignoraba que era una

paloma indefensa en las garras de un gavilán. Renzo la besó ardientemente y le

dijo al oído:

- Te amo.

Ella lo besó en los labios. Se sentía feliz en los brazos del joven atrevido y

apuesto.

- Debemos irnos, mi madre nos espera ha de estar preocupada.

- Mi amor, lo más importante es que estemos juntos.

- Bueno está bien quedémonos un rato más.

El carro se convirtió en un refugio de amor. Renzo acariciaba y besaba el

hermoso cuerpo de la joven mientras le decía al oído palabras que la

estremecían.

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- Ya es suficiente —dijo Alondra— vámonos.

- ¿Qué pasa? ¿no me amas?

- Sí mucho pero mi madre nos espera.

- Está bien, vámonos, pero prométeme que nos veremos de nuevo.

- Yo no puedo salir, debemos pedirle permiso a mi madre.

- Por favor —insistió Renzo— debemos buscar la forma de estar juntos, lo

demás no importa. El próximo fin de semana cuando tu madre salga a

trabajar te escapas yo te espero aquí en el parque.

- Está bien —dijo Alondra.

- ¿Me lo prometes?

- Sí —lo prometo.

Al atardecer Neto pasó a la casa y preguntó por Alondra.

- No se encuentra —dijo su madre.

- ¿Su hija salió con el muchacho vendedor de ropa?

- Sí —dijo Doña Luisa.

- Señora, hace mal al dejarla salir con él.

- ¿Por qué?

- Pues hace solo unos días que ese muchacho apareció por aquí y usted no lo

conoce.

- Tranquilo no se preocupe ya casi regresan.

- Bueno —dijo Neto— después paso a visitarla.

El hombre se alejó preocupado mientras pensaba:

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«Ojalá ese muchacho no juegue con ella, es tan joven e ingenua como un

pajarillo que ve la trampa ante sus ojos y no se da cuenta»

Los jóvenes regresaron a la casa. Doña Luisa estaba indispuesta, y cuando

Renzo iba a marcharse le dijo:

- Espere, quiero hablar con usted.

- ¿Qué se le ofrece suegra?

- Si quiere ver a mi hija debe visitar la casa.

- Está bien como usted diga, aquí estaré el próximo sábado.

La tarde del día siguiente Neto llegó a la casa, Alondra estaba esperándolo.

- Linda, ¿cómo estás?

- Muy bien. Lo esperaba, debo decirle que estoy muy emocionada y quiero

contarle algo.

- ¿Haber cuéntame? — dijo Neto.

- Renzo vendrá a visitar mi casa, ya habló con mi madre, estoy muy nerviosa.

- ¿El muchacho habló con su madre?

- Sí, esperaba que usted llegara para decirle que me siento feliz. Él me quiere

y es un buen muchacho, he soñado mil veces con vivir una vida mejor,

pienso que Renzo es mi futuro.

- Mi reina Dios quiera que todo le salga bien, porque es una mujercita muy

especial y se mereces el mejor hombre del mundo.

El sábado siguiente Renzo se aproximaba a la casa, en ese momento Neto

venia caminando le hizo señas indicándole que detuviera el carro.

- ¿Qué se le ofrece señor? —dijo el muchacho.

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- Mi nombre es Ernesto, soy amigo de Alondra. Sólo quiero decirle que ella es

una muchacha muy buena, humilde e ingenua, con un gran corazón. Nunca

ha tenido novio y usted es de la ciudad y tiene experiencia con las mujeres,

le ruego por favor trátela bien y sea respetuoso, compórtese como un

caballero, ella se merece un trato especial.

Renzo sonrió y le dijo:

- A usted qué le importa como yo la trate. ¿Sabe una cosa señor? Viva su

vida y deje vivir a los demás, no se meta conmigo, así no tendrá problemas.

Neto se quedó sorprendido por la respuesta del muchacho, se alejó

preocupado, pensó que su amiga tendría un futuro incierto al lado del joven

polaco.

Renzo llegó a la casa de Doña Luisa y recibió el abono semanal, luego se

acercó a Alondra y le dijo al oído:

- Te espero mañana en el parque.

Subió al carro y se marchó. Doña Luisa al verlo marcharse dijo:

- ¡Vaya! Ese muchacho no iba en serio contigo, no quiere visitar la casa.

La noche llegó y Alondra se durmió pensando en el joven polaco, lo amaba y

nada podía detener el fuego que ardía en su corazón. El día siguiente estaba en

el parque esperándolo, Renzo llegó, la abrazó y la besó.

- Amor hace rato te espero ¿Por qué tardaste tanto?

- Estuve trabajando y se me hizo tarde, pero aquí estoy, solo para ti.

- Ya debo irme, mi madre llega del trabajo y yo salí sin permiso, si no estoy en

casa se pondrá furiosa.

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- Tranquila mi amor, piensa en nosotros, debemos ser felices, lo demás no

importa, quiero decirte algo importante.

- A ver dime, ¿qué quieres decirme?

- ¿Quieres casarte conmigo? Deja a tu madre amargada y vivamos juntos para

siempre.

- ¡Lo dices en serio! —exclamó Alondra emocionada.

- Claro que sí, dime que sí y seremos felices.

- Sí me casaré contigo, pero debemos hablar con mi madre.

Renzo acarició suavemente el cabello largo y dorado de Alondra:

- Déjate de indecisiones, olvídate de tu mamá y vivamos en la ciudad.

La abrazó y la besó ardientemente.

- Nos casaremos, mañana mismo y después visitamos a tu madre y le

decimos que estamos casados.

- Está bien —dijo Alondra— me casaré contigo y juntos seremos muy felices

- Bueno vámonos —dijo Renzo.

Alondra estaba ilusionada y enamorada.

- La noche apenas comienza —dijo Renzo— vamos a quedarnos en San José

en un motel y mañana nos casamos.

Entraron a un pequeño motel y allí pasaron una noche de sexo y pasión, el

joven embustero llenó a la linda mujercita de promesas. Llegó el nuevo día y aún

la mañana fría se prestó para seguir en su locura de amor. Renzo ya estaba

satisfecho porque esa era su costumbre: embaucar mujeres y luego de lograr su

propósito, las abandonaba. Alondra despertó y vio un rayito de sol que

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penetraba jugueteando por la ventana del cuarto, buscó con ansias la presencia

de su amado, Renzo estaba en el baño, salió y se vistió apresurado y dijo:

- Anda, báñate y apúrate nos vamos.

- Está bien amor —dijo ella mientras entraba al baño.

Salieron del motel. Renzo apresuró el paso, estaba malhumorado.

- ¿Adónde vamos? —dijo Alondra.

- ¡Cállate déjame manejar!

- ¿Por qué regresamos a San Carlos si me prometiste que nos casaríamos y

viviríamos en San José?

- ¡Promesas! — dijo Renzo mientras reía sarcásticamente— de veras que eres

ingenua, mejor cállate.

Alondra agachó la cabeza y se mantuvo en silencio, las lágrimas rodaron por

sus mejillas rosadas, comprendió que había cometido el peor error de su vida,

había creído en Renzo entregándose a él, ahora la dejaría abandonada después

de que obtuvo lo que quería.

«¡Qué estúpida he sido! Creí que me amaba.»

Respiró hondo, metió la cabeza entre las piernas y lloró desesperada. Renzo

llegó al parque donde la había conquistado.

- Bájate —le dijo.

- ¿Por qué me engañaste? ¿Ahora qué le diré a mi madre?

- No le digas nada, regresa a casa y sigue tu vida.

- ¿Dijiste que querías casarte conmigo? ¿Por qué me mentiste? Eres malo,

muy malo.

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Renzo la tomó de un brazo, la sacó del carro y le gritó:

- Piensa lo que quieras, yo me voy. Hasta nunca.

Renzo arrancó el carro y se fue. Alondra lo vio marcharse, luego caminó

hacia su casa.

Doña Luisa estaba preocupada, no sabía nada de su hija. Al rato llegó a una

conclusión y pensó.

«Esa estúpida se fue con el joven polaco» Colocó sus delgadas manos sobre

su rostro alargado y se recriminó.

«No he sido una buena madre, pero no merezco que mi hija se comporte de

esa forma»

- ¿Por qué? ¿por qué? —gritó desesperada.

Estaba triste y llena de ira. En ese momento escuchó que tocaban la puerta,

corrió a abrir, pensó que era su hija.

- Señora disculpe, ¿se encuentra Alondra?

- No, no está, ayer se fue de la casa

- Se fue con el muchacho que vende ropa —dijo Neto.

- Sí — dijo Doña Luisa.

- Bueno espero que él sea responsable y la trate bien. Por ahora hay que tener

paciencia y esperar lo mejor para ella.

El hombre se despidió de Doña Luisa y pensó en Alondra:

«Ojalá tenga suerte, es tan joven, Dios quiera que ese muchacho se

comporte como un caballero con ella.»

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Alondra caminaba pensativa y triste, esperaba encontrar apoyo en su madre,

pero doña Luisa la esperaba furiosa, como si supiera que de un momento a otro

su hija llegaría.

Alondra se acercó y Doña Luisa no esperó ninguna explicación:

- ¿Dónde estuviste? —le gritó.

La joven agachó la cabeza y dijo:

- Madre perdóname.

- ¡Estúpida! ¿Te das cuenta de lo que has hecho?

Ella guardó silencio, su madre la tomó por el pelo, la lanzó al piso y de sus

labios surgieron mil blasfemias.

- ¿Te fuiste con ese muchacho verdad? ¿De esa forma me pagas todo lo que

he hecho por ti? Sabes bien que mi lucha ha sido dura para salir adelante,

ahora te comportas como una cualquiera.

- ¡Lo siento madre, no sé qué me pasó, me dejé llevar por sus palabras de

amor, esto no vuelve a pasar, se lo juro!

- Eres estúpida he irresponsable, que futuro se puede esperar contigo.

Alondra entró a su cuarto y cerró la puerta, doña Luisa seguía blasfemando

reprochándole el error que cometió. El día siguiente se levantó y se acercó a su

mamá.

- Buenos días madre —le dijo.

Pero no escuchó respuesta, doña Luisa se fue al trabajo sin despedirse,

estaba enfadada y con mucha razón. Alondra entró a su cuarto, se sentó en la

cama, sentía náuseas y le dolía la cabeza.

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«Dios mío desearía no pensar en Renzo, pero lo extraño. Ojalá vuelva

entonces seremos felices juntos.»

Ella esperaba que el hombre que amaba regresara. Ansiaba verlo y ser feliz

a su lado a pesar de que la había engañado.

El día transcurrió lluvioso y ella se mantuvo en su cuarto, por la tarde

escuchó a su madre que regresó del trabajo.

- ¿Estás ahí? —preguntó Doña Luisa.

- Sí, madre.

- ¿Por qué no has hecho nada? La casa está sucia y no hiciste comida.

¡Muchacha vagabunda! ¿Qué te pasa? Escúchame bien, si quieres vivir en

esta casa debes hacer los quehaceres.

Alondra no le contestó, entonces Doña Luisa comenzó a hablar en voz alta

reprochándole una y otra vez el error que había cometido.

La semana se le hizo eterna y se mantuvo encerrada en su cuarto. El sábado

se levantó muy temprano, se metió al baño, se puso un vestido muy lindo para

esperar la llegada de Renzo, lo esperó todo el día, pero él no se presentó, al

atardecer se sentó en las gradas de la casa, allí se mantuvo hasta que

anocheció, entonces comprendió que Renzo no volvería. Sintió una tristeza

profunda que invadió su corazón y la obligó a regresar a su cuarto, en su

soledad lloró y se recriminó por el error cometido.

La tarde siguiente Neto pasó a saludar a Alondra, pero Doña Luisa lo trató

con indiferencia y le dijo:

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- Alondra ha estado encerrada en su cuarto desde hace varios días y no quiere

ver a nadie.

- Está bien señora, yo la comprendo. Otro día vengo a saludarla.

Transcurrió un mes y Alondra notó que su menstruación se había atrasado.

«Bueno penso me ha pasado otras veces.»

Pasaron dos meses y un amanecer sintió asco y ganas de vomitar. En ese

momento comprendió que estaba embarazada.

«¡Dios mío! ¿Ahora qué voy a hacer? Tengo que contárselo a mi madre, pero

como hacerlo, ella me recriminaría una y otra vez el error que he cometido. A

la única persona que puedo contarle mi problema es a mi amigo Neto, solo él

puede comprenderme.»

Precisamente por la tarde su amigo pasó a saludarla, ella esperaba verlo:

- Mi pequeña amiga, al fin te dejas ver, estaba preocupado por ti. Te has

mantenido encerrada por mucho tiempo. Dime ¿por qué? ¿qué te ha

pasado?

Ella lo miró tristemente, una lágrima recorrió sus mejillas. Neto acarició su

cabello con ternura:

- Cálmese mi amor, no llore. ¿dime por qué esta triste?

- No sé cómo contarle mi situación.

- Vamos, confía en mí, yo guardaré tu secreto, lo juro.

- Está bien, se lo contaré porque usted es la única persona en que puedo

confiar: Neto estoy embarazada.

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- ¡Dios mío! —exclamó Neto mientras la abrazaba acariciando su espalda con

sus grandes manos.

Alondra sintió un rayito de esperanza que penetraba en su corazón.

Comprendió que no estaba sola, tenía el apoyo de un hombre bueno y

bondadoso.

- Mi reina, con razón no has salido ni a la puerta durante tanto tiempo. Yo te

comprendo y quiero que sepas que no te abandonaré, siempre tendrás mi

apoyo.

- Gracias mi buen amigo, desearía que mi madre fuera como usted para

conversar con ella de mi situación. Renzo ya no volverá

- Lo sé, yo presentí que era un hombre malo, ese muchacho es un cobarde.

- Yo creí en sus palabras de amor ¿por qué me engañó?

- Porque es su costumbre engañar mujeres y luego abandonarlas.

Neto tomó las suaves manos de Alondra, las acarició y le dijo:

- Olvídalo.

- Ya lo intenté, pero no puedo sacarlo de mi mente, me hirió en lo más

profundo del corazón, sin embargo lo amo. Amigo, no sé qué voy a hacer.

- Vamos linda, afronta el problema con valentía yo estaré cerca de ti para

apoyarte, debes hablar con tu madre, espero que ella sea comprensiva y te

ayude.

- No sé cómo decirle que estoy encinta.

- Hazlo mi cielo porque de todas formas tarde o temprano ella se dará cuenta,

debes de ser sincera.

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- Está bien se lo diré. Gracias, sus palabras me confortan con su ayuda voy a

salir adelante.

- Bueno —dijo Neto— debo de irme, nos vemos mañana

- Está bien mañana lo veré.

Alondra no se atrevía a decirle a su madre que estaba embarazada, tenía

miedo porque sabía que ella se comportaría negativamente pero su vientre

crecía poco a poco. Una tarde decidió decírselo, se le acercó tímidamente

- Madre quiero hablarte.

- ¿Qué quieres? No me digas que vas a buscar a ese muchacho.

- No madre, no sé cómo contarle mi problema.

- Anda dímelo de una vez ¿Qué te pasa?

- Mamá, estoy embarazada

- ¡Pero qué dices! —gritó Doña Luisa exaltada.

Luego se acercó y la abofeteó:

- Muchacha estúpida por eso te encerraste en tu cuarto, deberías de pensar lo

que haces antes de abrir las piernas, ya desgraciaste tu vida.

Alondra lloraba mientras decía:

- Renzo prometió casarse conmigo por eso me fui con él.

Doña Luisa la agarró del pelo y le gritó:

- ¿Cómo puedes ser tan estúpida en creer en las promesas de los hombres?

- Mamá el juró que me quería.

- No sabes nada de la vida y te metes a ser madre, ahora como vas a

mantener a tu hijo ¿Qué vas a hacer? ¡Dímelo!

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- No lo sé madre

- Búscate un trabajo porque yo no voy a mantenerlos.

- Sí mamá buscaré un empleo y juntas saldremos adelante.

- Qué fácil es decirlo, eres una imbécil, crees que la vida ha sido fácil para mí,

no tienes idea de lo que he tenido que luchar para salir adelante contigo y

ahora mírate: encinta.

- Perdóname por favor.

- ¡Ya! ¿Para qué pides perdón si el daño está hecho? Piensas que yo no tengo

corazón, lloré y sufrí cuando te fuiste, eras mi única esperanza, pensé que

juntas llegaríamos a tener mejor condición de vida, ahora estás embarazada.

Tienes que luchar por ese ser que vas a traer al mundo, de mí no esperes

nada.

- Está bien madre —dijo Alondra mientras caminaba hacia su cuatro llorando.

Doña Luisa siguió blasfemando, lanzó algunos utensilios de cocina contra la

pared descargando su rabia.

- ¡Malditos hombres! —gritó— son una manada de cobardes, solo sirven para

hacer daño y luego huyen temerosos.

Doña Luisa agarró su cabello largo, rubio y desordenado con ambas manos

apretándolo con rabia mientras blasfemaba, las lágrimas se deslizaban por su

cara arrugada hasta rosar su cuello. Increpó a su hija por largo rato y lloró hasta

que su llanto se convirtió en leves gemidos de dolor.

Dicen que el demonio se siente muy bien donde hay pleitos y desorden

entonces decide habitar en esos hogares para sembrar la discordia y la maldad,

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y desde el día que el joven vendedor de ropa puso un pie en la casa de las dos

mujeres el mal penetró en cada rincón robándoles la paz.

El día siguiente Alondra se levantó temprano y fue a la cocina, hizo café,

tomó algunos sorbos mientras pensaba en su futuro incierto, muchas ideas

pasaban por su mente. Su madre estaba en contra de ella y no le sería fácil salir

adelante, las lágrimas comenzaron a mojar su carita, estaba confusa y no sabía

a quién culpar: a veces a su madre porque nunca le habló de protegerse,

también culpaba a Renzo por engañarla, sin embargo, llegó a la conclusión de

que la única culpable era ella.

Por la tarde Neto tocó a la puerta y ella salió a recibirlo:

- ¿Cómo está mi linda amiguita?

- Triste muy triste

- ¿Por qué mi cielo?

- Ayer hablé con mi madre y reaccionó furiosa. Ella me gritó una y otra vez por

el error que cometí, no la culpo, tiene razón, pobrecilla, ha sufrido mucho, mi

padre nos abandonó cuando yo estaba pequeña y ahora yo la estoy

haciendo sufrir.

- Tranquila, no debe culparse. Su madre va a cambiar, hay que darle tiempo,

todo va a salir bien.

- Está bien mi amigo, voy a arreglar un poco la casa antes de que ella llegue,

mañana conversamos, a mí me hace bien.

- Bueno nos vemos mañana.

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Doña Luisa se iba al trabajo sin despedirse, estaba furiosa y cuando estaba

en la casa se pasaba gritando y regañando a su hija. El insomnio comenzó a

atormentar a Alondra, dormía solo por ratos y su sueño estaba lleno de

horrendas pesadillas, se sentía triste y presentía un futuro incierto, acarició su

estómago y susurró:

- Mi pequeño pronto va a nacer.

En ese momento escuchó que alguien tocaba la puerta.

«¡Es mi amigo!»

Se apresuró a abrir, en efecto allí estaba Neto, ella se alegró al verlo:

- ¡Mi buen amigo!

- Mi reina, pronto será madre.

- Sí, mi estómago es enorme apenas puedo caminar.

- En cuanto venga él bebe debes iniciar una nueva lucha.

- Si lo sé, pero me preocupa mi madre, ella no ha cambiado, es cruel e

indiferente, pienso que mi hijo no debiera nacer, yo no estoy preparada para

ser madre

- Vamos cariño, sé fuerte, yo confió en ti, debes confiar en mí, yo te guiaré por

un buen camino.

- Sé que cuento con usted, pero me siento muy mal por el error que he

cometido.

- Todos cometemos errores —dijo Neto— nos sirven para madurar y ser

mejores personas, ahora hay que luchar para salir adelante.

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- Gracias por sus consejos, estaré esperándolo para conversar con usted,

perdone por contarle tantas penas que me agobian.

- Tranquila a mí me gusta escucharla porque es una muchacha muy especial,

ahora debemos luchar juntos para que salga adelante.

Pasaron los días y Alondra caminaba con dificultad, su estómago estaba muy

abultado, su hijo estaba a punto de venir al mundo

Una tarde, Neto pasó a visitarla, al llegar escuchó el llanto de un bebé, sintió

mucha alegría al darse cuenta de lo acontecido. Doña Luisa lo recibió.

- Pase usted señor.

Neto entró al cuarto donde estaba Alondra y quedó sorprendido al ver un

hermoso bebe en sus brazos.

- ¿Estás bien?

- Sí —dijo ella mientras besaba al bebé.

- Vaya, tiene la carita de su madre, es muy lindo.

- Gracias amigo.

Neto se acercó a Doña Luisa y dijo:

- ¿Señora está feliz de ser abuela?

- No señor —contestó la mujer— el niño necesita alimentos, leche, ropa y

muchas cosas más. Mi hija debe buscar trabajo

- Sí madre —dijo Alondra— lo haré, pero por ahora no discutamos.

- Señora —dijo Neto— sea comprensiva, es demasiado dura con su hija.

- Ella cometió un error.

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- Y todos cometemos errores. nosotros debemos ayudarla y aconsejarla,

apóyela, abrásela, necesita amor, si usted es comprensiva ella sale adelante.

- No señor —dijo doña Luisa— de nada vale ser buena, todo lo que luché por

ella y vea como me pagó, ahora voy a ser más estricta, debe cumplir con la

manutención de su hijo.

- Sí madre, ya lo sé, por ahora tranquilícese, todo saldrá bien.

Neto se despidió de las dos mujeres y salió de la casa feliz. Amaba a Alondra

desde hacía tiempo.

«Yo la amo y ella está muy sola, no es feliz con su madre, voy a hacer

algunos arreglos en mi casa y le propongo vivir conmigo, con gusto me

encargo de ella y de su hijo»

En cuanto Alondra se repuso del parto, salió a buscar trabajo, tomó al bebe

en sus brazos y recorrió las calles de San Carlos buscando empleo, insistió,

pero no lo logró, entonces pensó que la mala suerte la acompañaba y se dio por

vencida, se refugió en su casa a llorar su infortunio. Estaba cansada de

escuchar todos los días las blasfemias y reproches de su madre. Una tarde Neto

llego a visitarla, ella estaba deprimida.

- Me siento triste, no logré conseguir empleo y mi madre me trata como una

cualquiera. Yo he tratado de ignorarla, pero no puedo.

- Tranquila mi reina todo va a cambiar.

- Ojalá amigo mío, yo quiero que las cosas vuelvan a la normalidad.

- Bueno mañana nos vemos para conversar de nuevo

- Está bien lo espero por la tarde.

24
- Claro que sí mi angelito, aquí estaré.

Neto se alejó pensando en cómo proponerle a la hermosa joven lo que tenía

planeado.

La noche era fría y Alondra intentaba dormir sin lograrlo, escuchó el rumor

lejano de un carro que iba a alta velocidad, el canto de las aves nocturnas y el tic

tac del viejo reloj que cuelga de la pared de su cuarto. Al fin logró dormirse y

soñó que un horrible monstruo con la cara deformada y los ojos rojos la tomaba

de los pies jalándola hacia un abismo oscuro he interminable, ella se agarraba

del borde de la cama para no caer al vacío y gritaba horrorizada, de pronto

escuchó que la llamaban, despertó sobresaltada.

- Tenías una pesadilla —dijo su madre— gemías de una forma tan espantosa

que me dieron escalofríos en todo el cuerpo.

Alondra se sentó en la cama y se puso ambas manos en la cara.

- ¡Dios mío, qué me está pasando!

- ¡Muchacha estúpida solo esto me faltaba! ya ni siquiera me dejas dormir, no

sé qué voy a hacer contigo

- Madre por favor, ya basta, déjame tranquila.

- Bueno duérmete y espero que esto no se repita

Doña Luisa se fue a su cuarto y Alondra se quedó sentada en la cama,

estaba aterrorizada por la pesadilla que había tenido.

- ¿Dios mío qué voy a hacer? Creo que me estoy volviendo loca.

Tenía miedo de volver a dormirse y vio el reloj.

- Son las dos de la madrugada —susurró.

25
Caminó hacia la cocina y puso la cafetera a hervir, al rato hizo café, se tomó

una taza bien fuerte y se sentó en la cama a esperar la llegada del nuevo día.

Un rayito de luz penetró travieso por la ventana, observó al niño que dormía, lo

tomó en sus brazos, lo acarició y lo llenó de besos:

- Te amo —le susurró.

Durante el día se mantuvo impaciente, esperaba el atardecer para ver a su

amigo confidente. La tarde llegó y Neto se presentó, ella al verlo bajo las gradas

de la casa y caminó hacia él:

- Buenas tardes linda, ¿qué tal?

- Mal —dijo Alondra.

- ¿Qué te pasa?

- Anoche tuve un oscuro y horrible sueño, tengo miedo, no quiero que llegue la

noche y vuelva la pesadilla.

- Mi cielo ¿qué soñaste?

- Soñé con un monstro espantoso, tenía el pelo erizado, los ojos rojos, la cara

horrible y deformada, me jalaba de las piernas y quería llevarme hacia a un

profundo abismo, desperté horrorizada.

- ¡Dios santo! pobrecita, bueno solo fue una pesadilla, debe rezar antes de

acostarte. Encomiéndese a Dios para que la proteja y la libre de las

pesadillas.

- Yo no sé rezar, mi madre nunca me enseñó.

26
- No tiene que saberlo, sólo conversa con Dios en la soledad de tu cuarto,

pídele que te ayude a dormir, no te dejes vencer por los acontecimientos

negativos, debes ser fuerte.

- Está bien mi buen amigo.

- Bueno ahora debo irme, pero mañana paso a ver cómo está y debo decirle

algo muy importante.

- Esta bien, mañana lo espero.

Doña Luisa llegó del trabajo cansada, malhumorada y la emprendió contra su

hija.

- ¡Ya conseguiste trabajo! —le gritó— eres una buena para nada, solo sirves

para cometer estupideces.

- Madre por favor evitemos reñir. Hagámoslo por el niño.

- No trate de ignorar la situación en que estamos, el niño necesita muchas

cosas y te pasas el día encerrada en la casa, busca empleo.

- Está bien mamá, mañana me levanto temprano y voy a buscar trabajo.

- Ojalá —dijo doña Luisa— porque así no podemos vivir, yo no puedo

mantenerlos.

Alondra, antes de acostarse, juntó las manos, se arrodilló sobre el piso y le

pidió a Dios que le ayudara a salir de la difícil situación en la que se encontraba.

Se acostó y se quedó dormida pero la pesadilla volvió a presentarse. Despertó

por la madrugada sobresaltada y escuchó los gritos de su madre llamándola

pidiéndole que la dejara dormir.

27
El sol penetro por la ventana de su cuarto y se levantó, envolvió al bebe en

una cobija, lo tomó en sus brazos y se fue para San Carlos, allí intentó conseguir

trabajo, pero no lo logró, regresó a la casa deprimida y triste. Las pesadillas

continuaron acosándola, despertaba y se sentaba en la cama a esperar que

llegara el nuevo día. Por la noche escuchaba susurros vocecitas que

atormentaban su mente y se confundían con el aullido del viento, las puertas se

se abrían y cerraban, algo maligno y escalofriante rondaba dentro de la casa.

«No, no es nada pensaba. Es que estoy nerviosa.»

Pero Alondra estaba horrorizada y no quería dormirse porque le tenía terror

al monstro que aparecía en sus sueños.

Una mañana se levantó malhumorada y discutió con su madre.

- ¡Ya no soporto más vivir en esta agonía! —gritó mientras lanzaba contra la

pared las almohadas.

- ¡Ya me tienes harta! — dijo Doña Luisa— ¡No te soporto! Ojalá te fueras para

siempre de esta casa. ¡Estás loca, sí loca!

Alondra se sentó sobre el piso y metió la cabeza entre las piernas mientras

gritaba:

- ¡Está bien, madre, me iré de aquí si así lo quieres, ya no vas a verme nunca

más, te lo juro, no te molestaré!

Lloró desesperada y su llanto se convirtió en leves gemidos.

Otro día, Doña Luisa se fue al trabajo. Ella aprovechó para entrar al cuarto de

su madre, envolvió al bebé en una pequeña cobija, lo abrazó fuertemente y lo

puso en la cama, después se metió al baño y al salir se miró al espejo, tomó

28
sombras y pinturas, se maquillo, se peinó el cabello, se pintó los labios, lucía

bellísima, se puso una falda corta que dejaba ver sus largas y hermosas piernas.

La mala noche había sido borrada por el maquillaje y su semblante se notaba

radiante. Salió de la casa apresurada, había tomado una decisión, las pesadillas

y las voces que escuchaba la estaban atormentando y decidió ponerles fin.

Llegó a San Carlos y caminó lentamente. Mil recuerdos pasaron por su

mente. Recordó su niñez, triste, carente de amor y de comprensión. Pensó en su

amigo Neto y en Renzo, su único amor, llego al parque y detuvo un taxi. El

taxista se sorprendió al verla, estaba hermosísima, su cuerpo esbelto se movía

con elegancia.

- Vaya, que mujer más bella —dijo el taxista— su cabello parece de oro y su

cuerpo es perfecto.

- Me lleva al Puente la Vieja —dijo Alondra.

- Con mucho gusto mi reina.

El hombre la observó y le dijo:

- Preciosa ¿Se va a tirar del puente?

- No, no diga eso por favor, ni Dios lo quiera. Tengo un niño pequeño y lo amo

mucho.

- No lo tome en serio, es una broma para iniciar una conversación con usted.

Alondra lo observo detenidamente. Era un hombre alto, piel blanca, cuerpo

grueso y de aspecto agradable.

- ¿Usted cree en Dios?

- Claro que sí —dijo el taxista.

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- ¿Y cree que Dios perdona a quien se quita la vida?

- Bueno yo creo que por ningún motivo debe una persona quitarse la vida,

pero si puedo asegurarle que Dios perdona nuestros pecados. ¿Dónde vive

usted? —preguntó el taxista.

- En Cuidad Quesada y vine visitar una tía que vive cerca del puente.

- Bueno ya llegamos —dijo el taxista.

El taxista detuvo el carro y Alondra bajó del taxi rápidamente mientras decía:

- ¡Gracias señor!

Alondra corrió en dirección al puente, se acercó y miró hacia abajo. El taxista

salió del carro y corrió hacia ella.

- ¿Qué hace? —le gritó— ¡Espere por favor!

Ella volteo, mientras el trataba de persuadirla para que le diera la mano:

- Vamos joven, piense en su hijito. Deme su mano por favor.

Pero ella se dejó caer al vacío. El taxista alcanzó a tomarla del cabello con la

mano derecha. La sostuvo por un instante, pero ella se fue zafando de sus

manos lentamente.

Alondra alzó la cabeza y vio al taxista, éste al verla sintió escalofríos en todo

su cuerpo. Los ojos de la mujer estaban saltados y rojos, su rostro deformado, el

taxista se estremeció y comenzó a vomitar. Ya no había nada que hacer,

Alondra había caído al vacío.

En ese momento llegó un carro y bajaron tres monjas. Una de ellas, anciana,

se acercó al taxista, llevaba un rosario en sus manos y comenzó a orar. El

taxista se cubrió el rostro alargado con ambas manos, estaba horrorizado:

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- Ha sido espeluznante —dijo— la joven antes de caer tenía los ojos rojos y el

rostro horrible ¿Por qué? —le preguntó a la monja.

La anciana puso una de sus temblorosas manos sobre el hombro del taxista

y le dijo:

- Es muy simple señor, cuando no tenemos la presencia Dios en nuestro

corazón el diablo sabe hacer muy bien su trabajo, esa muchacha tenía

muchos problemas y ha sido inducida por el demonio a tirarse al puente.

La monja terminó de orar, el taxista vio el cuerpo de la bella joven tendido

sobre las negruzcas piedras.

- ¡No puedo entender! ¿Por qué una muchacha joven y linda, llena de vida,

haga una locura así?

- Bueno —dijo la monja— ella no tuvo la oportunidad de ser feliz y fue inducida

a dejar este mundo de esa forma, que Dios perdone sus pecados y acoja su

alma en su seno y le de descanso eterno.

Neto había terminado de pintar la casa, en ese momento sintió un viento frio

que acarició su rostro, un extraño presentimiento invadió su corazón y pensó en

la mujer que amaba. Corrió hacia la casa de Alondra, pero ella no estaba

sentada en la mecedora donde siempre lo esperaba. Doña Luisa, ya se había

enterado de la tragedia y estaba sentada al frente de la casa con la cabeza

metida entre las piernas. Neto se le acercó.

- ¿Qué ha pasado? —le dijo.

La mujer alzó la cabeza y respiró hondo.

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- Esa ingrata se lanzó del Puente de la Vieja y me dejó abandonada con él

bebé.

Neto sintió que una flecha había atravesado su corazón.

- ¡Dios mío! —exclamó— ¿por qué no acudió a mí?

El sol se esconde detrás de las montañas y algunas estrellitas aparecen en el

cielo gris, Neto camina lentamente, las lágrimas brotan de sus ojos negros y se

deslizan por su cara redonda, en sus manos lleva una rosa roja, se acercó al

puente y la lanzó, el viento esparció los pétalos de la flor y cayeron al agua

lentamente. Un gemido brotó de sus gruesos labios, golpeó la baranda del

puente con los pies y gritó:

- ¿Por qué? ¿Por qué?

Cayó de rodillas y puso las manos sobre su cara, miró hacia el cielo he

imploró una oración al creador por la mujer que amó.

- ¡Era tan linda, tan joven y yo la amaba! Soy un cobarde porque callé mis

sentimientos y no me atreví a declararle mi amor.

La semana siguiente un camionero pasaba por el puente la vieja. Era luna

llena, el viento fuerte golpeaba el camión y la madrugada estaba fría, de pronto

el hombre vio una mujer hermosísima de cabello rubio y cuerpo escultural

apoyada en la baranda del puente, su falda corta mostraba sus hermosas y

largas piernas. Ella caminó por la orilla de la carretera y le hizo parada. El

camionero estaba sorprendido de su belleza. Detuvo el camión y abrió la puerta.

- Señorita suba por favor afuera hace mucho frio.

La hermosa mujer subió al camión y el camionero le dijo:

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- Amor ¿qué hace aquí tan sola?

La mujer no contestó. El camionero siguió su camino. Al pasar por un recodo

oscuro y solitario bajó la velocidad y le preguntó:

- ¿Dónde vive?

El hombre no escuchó respuesta. Entonces notó que la mujer ya no estaba,

había desaparecido dejando un olor nauseabundo que no le permitía respirar, un

escalofrío le recorrió la nuca y se extendió en todo su cuerpo, al darse cuenta de

que había subido un espanto a su camión, apretó el acelerador y se alejó del

lugar rápidamente.

El camionero divulgó la noticia, decía que una macha fantasma deambulaba

por el Puente de la Vieja y alertó a sus compañeros para que no la suban al

camión. Pero el fantasma del Puente de la Vieja continuaba allí haciéndoles

parada a los conductores y muchos incautos cayeron en su trampa, la subieron

al carro y se llevaron un tremendo susto que marcó sus vidas, por ese motivo en

cada rincón de San Carlos y en muchos pueblos más hablaban de la macha

fantasma que asustaba en el puente.

Era una noche totalmente oscura. La neblina se había apoderado de la

carretera, un hombre iba de regreso hacia San Carlos, manejaba mientras

cantaba una canción. Al llegar al Puente la Vieja las luces del carro le

permitieron ver a una mujer bellísima que le hacía parada indicándole que la

llevara. El hombre la vio entusiasmado.

- ¡Vaya! —dijo— es mi noche de suerte. Que mujer más guapa.

Detuvo el carro y le dijo:

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- Pase usted bella dama.

La mujer subió al carro, se sentó en el asiento delantero y el hombre continuó

manejando. Al pasar por una parte donde los frondosos árboles se entrelazan

como abrazándose y la oscuridad cubre cada centímetro de la carretera, el

hombre paro el carro y abraso a la mujer, sus manos acariciaron un cuerpo frio y

esquelético, un gemido horripilante hirió sus oídos y la aparición se esfumó entre

rayos de luz. El hombre sintió que el corazón se le quería salir del tremendo

susto, estaba aterrorizado, se mantuvo allí por largo rato hasta que recobro el

aliento, arrancó el carro y se dirigió a su casa, estaba tan asustado que todo su

cuerpo temblaba. Llegó a su casa, abrió la puerta y se arrodilló sobre el piso

prometiendo a Dios ser un hombre bueno y dejar las fiestas para dedicarse más

a su familia.

El tiempo pasa como un relámpago, la vida se va y solo quedan las historias

y leyendas de muchos acontecimientos sobrenaturales que suceden en cada

rincón de Costa Rica, y nos cuesta mucho creer en esos acontecimientos

sobrenaturales, las personas que viven cerca del Puente de la Vieja aseguran

que la macha fantasma que espanta en ese lugar es el ánima en pena de

Alondra y sigue allí haciéndole parada a los transportistas, exhibiendo su

escultural belleza, incitándolos a llevarla a dar un paseo en su carro. Los

choferes antes de llegar al puente imploran una oración a tatica Dios para que

los proteja y les libre de la presencia de la macha fantasma, sin embargo,

algunos trasnochadores no pueden evadir sus encantos.

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Una madrugada un joven motociclista, iba para San Carlos a gas pegado. Al

pasar por el puente vio a la hermosa mujer.

- ¡Qué belleza! —exclamó.

No pudo detenerse al momento por la velocidad que llevaba, al rato se

devolvió y llegó donde estaba ella:

- Macha guapa ¿qué hace aquí tan solita? Vamos suba y nos vamos a bailar.

La macha subió a la moto y aferró sus manos fuertemente al estómago del

joven motociclista, este se sintió afortunado al encontrar tan linda mujer. En el

camino el joven sintió que las manos de la mujer se hundían en su estómago

como garfios de hielo que lo herían apretándole con fuerza. Un frío intenso

recorrió todo su cuerpo, entonces vio las manos aferradas a su vientre, eran

largas y esqueléticas, volteó para ver a la mujer y vio un rostro horrible, un olor a

putrefacto entró por su nariz, sólo alcanzó a decir:

- ¡Avemaría purísima!

La moto se desvió hacia un potrero y derribó la cerca de alambre. El joven

cayó dando vueltas por el pasto, se incorporó golpeado y horrorizado. Los

vecinos de los alrededores al escuchar el golpe salieron de sus casas para

saber qué había sucedido. Uno de ellos se acercó al motociclista y le preguntó:

- Muchacho ¿Qué le pasó?

El motociclista dijo aturdido:

- Monté en mi moto a una mujer bellísima, ella estaba en el puente, en el

camino se convirtió en un monstro con la cara horrible.

El hombre dijo sorprendido.

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- ¡Es el fantasma del Puente de la Vieja!

- Tatica Dios —dijo el motociclista— monté un espanto en mi moto.

- Sí joven, usted montó a la macha fantasma que sale por las madrugadas a

buscar víctimas para asustarlos, es un alma en pena y asusta a la gente

trasnochadora que pasa por el puente.

- Bueno señor, le juro que por allí no vuelvo a pasar nunca más.

La macha fantasma se sienta sobre la acera del Puente de la Vieja y

deambula por sus alrededores. Es un ánima en pena que busca consuelo y

compañía mientras tanto purga la condena que le ha impuesto Dios a aquellos

seres que se quitan la vida antes de que él los llame a cuentas.

¡Oh camioneros, traileros, transportistas, taxistas, choferes! Si acaso al pasar

por el Puente de la Vieja ella se cruza en tu camino, piensa que sólo fue una

víctima más de la crueldad del hombre, presa fácil del demonio que tiene sus

mañas para aprovecharse de las debilidades del ser humano. ¡Oh caminantes!

cuando pasen por ese lugar arrodíllense he imploren una oración a Dios para

que la perdone, la reciba en su seno y así encuentre la paz para su alma.

36
El Fantasma de la Avenida Seis

- ¡Caray Don Juan! Lo que usted me cuenta me llena de curiosidad y asombro.

- Sí Don José, aunque usted no lo crea, vi muchas veces al Fantasma de la

Avenida Seis. Yo vivo en Barrio los Ángeles y en ese tiempo trabajaba de

guarda en esa zona, le estoy hablando de los años noventa, después de las

doce de la noche el espectro aparecía en la Avenida Seis, Calle Cuatro, allí

se apostaba en una esquina, era la silueta gris de un hombre alto y flaco, con

el tiempo llegué a tomarle afecto, cuando no lo veía me hacía falta. En una

ocasión le conté a algunos compañeros sobre su aparición, pero no me

creyeron, se burlaron de mí tratándome de loco, pero yo siempre lo veía

después de las doce de la noche cuando las calles estaban solitarias, el

fantasma deambulaba por las angostas aceras. La primera vez que lo vi fue

algo sorprendente, un viernes por la noche asesinaron a un hombre al salir

de un bar, precisamente en la Avenida Seis, Calle Cuatro, después llegué a

la conclusión que el espectro que deambulaba por esas calles era el alma en

pena de ese hombre.

En ese tiempo yo cuidaba un edificio cerca del bar y vi cuando llegó la Cruz

Roja, del carro bajaron dos hombres y examinaron el cuerpo. Caminé hacia

donde yacía el muerto y quedé sorprendido al ver una silueta incorpórea que

salió del cadáver, era la figura de un hombre transparente, se quedó por un

instante al frente del occiso y luego se esfumó entre las calles oscuras.

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Me alejé del lugar y continué con mi trabajo, pero por mi mente deambulaba

la extraña aparición que había visto surgir del cuerpo del hombre asesinado.

El día siguiente leí en los periódicos sobre el asesinato, se llamaba Rogelio,

vivió en Cristo Rey y tenía esposa y dos hijos, fue un buen hombre, pero le

gustaba tomarse unas cervezas los fines de semana como lo hacen muchas

personas, esto para relajarse después del trabajo y olvidarse de los problemas

que nunca faltan.

Después de que asesinaron a Rogelio comencé a ver la macabra silueta

rondar por la avenida seis. La primera vez que vi al fantasma sentí miedo, un

escalofrío recorrió todo mi cuerpo y mis piernas temblaban al darme cuenta de

que no era un ser de este mundo. La espeluznante figura fantasmal cruzaba de

una esquina a otra y sobresalía en la oscuridad, observaba a la gente que sale

de los bares y regresan a sus hogares cansados y embriagados, cargando las

penas que les depara la vida.

Es difícil explicar este fenómeno sobrenatural, pero me han contado que una

persona muere y según en las circunstancias en que muera lo que es materia se

pudre, pero su alma en pena se queda aquí buscando cumplir con las metas que

se había propuesto en vida. El fantasma de la Avenida Seis es protector de los

borrachos y trasnochadores porque siempre se sitúa cerca de los bares y

deambula por la Avenida Seis observando lo que acontece, su espeluznante

silueta me llama la atención porque siempre está a la expectativa.

Por las noches estas calles son oscuras y tenebrosas, en ellas el peligro

acecha a cada instante, el vicio, la maldad, la prostitución y las drogas abundan

38
en cada rincón, los maleantes se esconden tras los edificios para asaltar a las

personas que pasan desprevenidas. Muchas veces la muerte se viste de mujer,

ellas esperan a los ingenuos trabajadores y cuando salen de algún bar los

conquistan con palabras de amor y los invitan a irse con ellas, ellos caen en su

trampa, así adquieren enfermedades venéreas que los atormentan hasta la

muerte.

Estas calles son trampas donde ronda la miseria, el dolor y la violencia, sobre

las frías aceras duermen cantidad de alcohólicos, hombres y mujeres que han

perdido la dignidad, presas del vicio que los degrada y los humilla, durante el día

deambulan recogiendo alguna moneda o vendiendo tiliches para comprar drogas

y por la noche caminan balanceándose como zombis con la mente entorpecida

por el efecto de las drogas.

A veces pienso en mi patria que tanto quiero, este pedazo de mi alma que

fundaron los abuelos donde yo crecí libre como el viento y cuando joven recorría

por la noche San José sin temor a ser asaltado, me iba de fiesta con mis amigos

y nunca nos sucedió ningún percance, ahora todo ha cambiado, nuestra patria

es refugio de emigrantes e indocumentados, ellos forman parte de la violencia

que poco a poco impera en el país, los indigentes y pordioseros salen por la

noche en busca de lo que puedan encontrar para alimentarse, caminan entre la

suciedad sacando de los basureros sobrantes de comida, son como sombras

que deambulan buscando en la basura todo lo que les sea útil, cargan con cajas,

cartones y cuanto objeto viejo encuentran a su paso, parecen hormigas gigantes

que salen de su agujero arrasando con todo, algunos se arrastran sobre esta

39
jungla de cemento y se hieren al pelear por un mendrugo de pan o por una colilla

de cigarro, se mueven con cautela de un lado a otro y cuando el día comienza a

despuntar desaparecen por las callejuelas y vuelven a sus ranchos de cartón o a

su escondrijo debajo de un puente. Con el tiempo me acostumbré a observar

estos acontecimientos, son detalles nocturnos que mucha gente ignora, pero lo

que más me llamó la atención fue el fantasma de la Avenida Seis, cuando no lo

veía me hacía falta, lo buscaba con la mirada y allí estaba en una esquina, me

era muy agradable su lejana compañía, la gente no lo veía, pero yo sí tenía esa

facultad, aunque no comprendo por qué. Definitivamente comprobé que el

fantasma de la Avenida Seis protege a los borrachos y estas dos anécdotas que

le voy a contar lo verifican.

Chamo era un hombre alto y de piel morena, vestía elegantemente, sin

embargo, yo nunca lo vi trabajar. Se pasaba las noches cerca de algún bar a la

expectativa para asaltar a algún borracho desprevenido.

Una noche se me acercó sonriendo y me dijo:

- Sabe usted Don Juan, en esta vida hay que ser inteligente, para que trabajar

si hay gente incauta que se deja robar sus pertenencias.

- No está bien lo que hace —le dije— es mejor ser honrado y ganarse el

sustento con el sudor de la frente, porque tarde o temprano el que anda en

malos pasos recibe su merecido.

- ¡Qué va! —me dijo— a mí no me van a atrapar nunca.

Chamo estaba muy contento asaltando, golpeando indefensos borrachos y

se jactaba de ser muy valiente.

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Pasaron dos meses y una tarde se me acercó, me llamó la atención porque

noté sus ojos negros tristes y melancólicos, su rostro moreno y alargado

mostraba un semblante demacrado.

- Don Juan —me dijo— he decidido dejar la vida de ladrón y dedicarme a

ayudar a la gente.

- Me parece muy bien —le dije.

Chamo colocó su mano derecha en mi hombro y me preguntó:

- Don Juan, usted que recorre estas calles de un lado a otro, ¿alguna vez lo

han asustado?

- No —le dije— ¿Por qué me hace esa pregunta?

Chamo se pasó la mano derecha por su frente ancha y balbuceó asustado.

- La semana pasada me salió un espanto horrible. Era la una de la madrugada,

yo estaba escondido detrás de un poste del alumbrado dispuesto a asaltar a

un borracho que venía tambaleándose por la acera, de pronto vi una silueta

gris espeluznante que se acercaba y poco a poco fue tomando forma hasta

convertirse en una figura esquelética con los dientes enormes, de la cavidad

de sus ojos salía fuego, caí fulminado de terror, perdí el sentido. Al rato me

levanté y corrí como alma que lleva el diablo hasta llegar a mi casa en la

Avenida Catorce, desde esa madrugada el terror se apoderó de mí, ahora el

insomnio me atormenta, ya no puedo dormir porque veo en sueños el horrible

fantasma.

El pobre hombre temblaba al hablar, estaba nervioso y horrorizado, en ese

momento comprendí que el fantasma de la Avenida Seis había parado la carrera

41
delictiva de Chamo. Meses después me contaron que él estaba en una parada

de buses con una biblia en la mano predicando y llamando a la gente a

arrepentirse de sus pecados.

Mario era hijo único, vivía con su madrecita en Paso Ancho, la pobre señora

sufría mucho al ver a su hijo hundido en el vicio del licor, el joven frecuentaba los

bares de esta zona, le gustaba hacer amigos y pasar las horas charlando de

fútbol mientras ingería varias cuartas de guaro.

El muchacho me agradaba porque era humilde y le gustaba conversar,

siempre me saludaba, había intentado dejar el vicio, pero no lo había logrado,

dejaba una semana de tomar y volvía a ingerir licor con muchas más ganas,

vivía en esa lucha, tratando de soltarse de las garras del maldito vicio.

Una tarde se me acercó y me dijo:

- Don Juan estoy buscando a un hombre de aspecto bondadoso, anoche me

acompañó a casa y quiero agradecerle. Yo estaba muy borracho, pero lo

recuerdo bien, es alto, delgado, no me habló una sola palabra, pero se

mantuvo caminando a mi lado, su presencia me dio seguridad y confianza.

Me ayudó a cruzar la calle y me dejó en la puerta de mi casa, cuando volteé

para darle las gracias ya no estaba, ahora lo ando buscando para

agradecerle ¿Usted lo conoce?

- No — le dije.

Pero yo sabía que el fantasma de la avenida seis había acompañado a Mario

a su casa protegiéndolo.

42
- ¡Qué extraño! —dijo Mario— le he preguntado a muchas personas, pero

nadie conoce a ese hombre, lo que más me extraña es que al llegar a mi

casa desapareció como por magia, simplemente no lo vi más.

- Bueno Mario, a mí no me extraña.

- ¿Por qué Don Juan?

- A usted lo acompañó un fantasma que deambula por estas calles y cuida a

los borrachos.

- ¿Bromea usted Don Juan?

- ¡No Mario! Es la verdad.

- Quiere decir que me acompañó un ánima en pena.

- Sí y le aseguro que en vida fue un buen hombre.

- ¿Usted lo conoció?

- Sí claro.

- Y ¿cómo murió?

- Lo asesinaron en estas calles una noche que salió borracho de un bar.

Mario se mantuvo en silencio al rato dijo:

- Voy a dejar este maldito vicio, quiero incorpórame a alcohólicos anónimos, yo

no quiero terminar como ese buen hombre, muerto en una de estas sucias

calles.

El muchacho estaba decidido a dejar de tomar licor y me alegré mucho, me

estrechó la mano y se fue a casa pues quería estar con su mama.

Al darme cuenta de que Mario había dejado de tomar licor comprendí que el

espectro de la avenida seis estaba aquí para cumplir una misión; creo que

43
Rogelio se había propuesto ayudar al prójimo cuando estaba con vida, ahora

está cumpliendo su promesa. Fueron muchas las anécdotas que me contaron

sobre el fantasma de la avenida seis al que yo consideraba un buen amigo.

Los años se van volando, de pronto me sorprendió la vejez y tuve que

retirarme para siempre de estas calles que son parte de mi vida, sin embargo, en

mi soledad siempre pensaba en mi viejo amigo, por ese motivo una noche decidí

escapar de casa, quería recorrer de nuevo la avenida seis, a pesar de mi reuma

y mis achaques de anciano sentía ansias de respirar el aire frío de la noche.

Coloqué una bufanda sobre mi cuello y cubrí mi cabello blanco con un sombrero

de gamuza que hacía mucho tiempo no usaba, salí de casa silenciosamente

mientras mis hijos dormían, respiré hondo y recorrí con ansias la avenida seis,

observé las aceras y cada detalle de los edificios, que ya no son los mismos, la

mayoría los han remodelado, otros que yo conocí los demolieron, pero los bares

permanecen allí, más bien noté que hay muchos más y la gente entra y sale de

ellos constantemente. Me detuve en una esquina de la calle cuatro esperando

ver a mi amigo el fantasma, pero no lo logré, pasaron las horas y no apareció,

entonces recorrí la avenida seis y algunas calles aledañas con el fin de

encontrarlo, pero mi búsqueda fue en vano solo noté que éstas calles y avenidas

ahora son más oscuras y peligrosas que ayer; el vicio, la prostitución y la maldad

han ganado mucho terreno. Por mucho tiempo había guardado la esperanza de

ver de nuevo la silueta inconfundible del espectro de la avenida seis, pero ya no

está, regresé a casa tarareando una canción y añorando el ayer, me sentí feliz

44
porque estaba seguro de que el alma de Rogelio descansa en paz y Dios lo

llamó a su presencia.

45
Amor Eterno

Don Fernando es un abuelo agradable y simpático, dice que en los años

ochenta tenía un pequeño negocio de tilichería en calle doce, avenida tres, allí

se reunían varios amigos y charlaban de diferentes temas, en determinado

momento surgía el tema de lo sobrenatural. Él me contó esta interesante historia

que escuchó en una de esas charlas.

El relato comienza en las calles de la zona roja, mujeres y hombres duermen

en cajas de cartón sobre una acera. Es una noche de verano, el frío es intenso,

una mujer acurrucada entre periódicos y algunos trapos viejos intenta dormir, un

hombre quiere acostarse con ella. La mujer se indispone y le dice que la deje en

paz, el hombre insiste tocándola, en ese momento aparece otro hombre, lo toma

del cuello y le dice

- ¡Déjela dormir!

El primer hombre mira al recién llegado y se aleja blasfemando. La mujer se

incorpora soñolienta y dijo:

- ¿Quién eres?

El hombre no contesta, la mujer pasa sus delgadas manos por sus ojos y

exclama:

- Pero que ven mis ojos ¡Eres el príncipe con el que he soñado toda mi vida, al

fin llegas!

El hombre vio a la mujer sorprendido.

- ¿Qué dices? ¿Yo un príncipe? No, solo soy un indigente.

46
- No es cierto, yo te he soñado y te espero desde hace muchos años. Bueno al

fin llegas y aún no es tarde.

El hombre estaba confundido por la forma de hablar de la mujer.

- Mi nombre es Galido y solo quise ayudarte.

- No, eres mi príncipe y Dios te ha puesto en mi camino para que los últimos

días de mi vida estén llenos de felicidad.

Galido se entusiasmó con las palabras de la mujer y le preguntó:

- ¿Cómo te llamas?

- Mi nombre es Neneida.

- ¿Quieres caminar conmigo?

- ¡Encantada! A mí me encanta caminar por estas viejas calles y mirar las

estrellas. No tengo a nadie, mi vida es cruel, solitaria y triste, pero ahora que

te encuentro siento que toco el cielo con las manos, mi corazón se llena de

alegría soy feliz, sí muy feliz.

La noche estaba fría y los noctámbulos se sentaron sobre una acera de la

avenida segunda a mirar las estrellas.

- Eres linda, tus ojos brillan con el fulgor de la luna.

Neneida le sonrío y sus delgadas manos buscaron las del hombre que

llegaba a su vida llenándola de ilusiones.

- Me gusta la noche, a veces la espero con ansias, me siento feliz cuando la

gente desaparece de las calles, entonces la ciudad es mía, solo mía y

recorro las calles mirando el cielo y las estrellas, ahora llegas a mi vida y todo

cambia, el corazón me dice que estaremos juntos para siempre.

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Neneida era alta, delgada, de piel blanca, cabello castaño largo y

desordenado, recogido atrás por una vieja cola de paño de color negruzco, tenía

la carita ovalada, era romántica y soñadora, soñaba con príncipes y hadas,

sobre su hombro izquierdo colgaba un viejo bolso de cuero que había

encontrado en algún basurero, su forma de vestir era común, un vestido color

rosado de una sola pieza que rondaba la pantorrilla, cuya tela estaba

descolorida por el uso diario, generalmente se situaba en una parada de buses y

extendía la mano a los transeúntes suplicando una limosna para subsistir, pero

le era muy difícil recoger plata, la gente la miraba con indiferencia, cansada y

triste con el estómago vacío esperaba que llegara la noche para buscar en algún

basurero sobrantes de comida y así engañar el hambre. Su vida había

trascurrido en las calles de la zona roja consumida en el vicio del alcohol, ahora

cuando su salud esta quebrantada aparece en su vida el hombre que siempre

había esperado.

Galido era un hombre alto y fuerte, de piel morena y cuerpo delgado, cabello

largo negro en desordenados colochos, deambulaba por San José pidiendo

comida para sobrevivir, ahora la llama del amor tocó su corazón y decidió

quedarse con la mujer que recién había conocido.

Los enamorados dormían en una calle fría con el cielo por techo mirando las

estrellitas que iluminan sus precarias vidas.

- Mi madre murió cuando yo era pequeña, tenía cinco años y una tía cuidaba

de mí, cuando cumplí 10 años comenzó mi sufrimiento, mi padre me violó y

luego lo hicieron mis dos hermanos, un día escapé de casa porque estaba

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obstinada de sufrir acoso y maltrato de mi familia, tenía diecisiete años y caí

en estas calles de las que nunca logré salir, aquí comencé a tomar licor y a

consumir drogas, lo hice para evadir la realidad, yo no quería esta vida.

Siempre soñé con estudiar y llegar a ser enfermera, pero solo fue un sueño

porque nunca recibí apoyo de nadie, por las noches, en mi soledad, me

preguntaba por qué mi vida era tan miserable, que pecado había cometido

para merecer una vida así. Sabes mi Príncipe, cuando llegué a la mayoría de

edad ya estaba acostumbrada a deambular por estas calles peleando con

otros indigentes por un pedazo de pan y pidiendo dinero para mantener el

vicio, ahora mírame, estoy enferma y decaída, solo tú levantas mi ánimo.

Galido acarició el cabello de Neneida y le dijo:

- De ahora en adelante nos mantendremos juntos, la vida será mejor para ti,

yo me mantendré a tu lado para protegerte.

- Mi príncipe me agrada como hablas, sabes una cosa, solo tengo treinta y dos

años y ya no tengo fuerzas para seguir adelante, pero me das un nuevo

aliento para seguir viviendo. Háblame de ti, vamos cuéntame tu historia.

- Yo si tuve la oportunidad de estudiar, logré terminar la secundaria, pero

siempre extrañé la compañía de mis padres. Mi madre se la pasaba todo el

tiempo en reuniones y fiestas y mi padre viajando. Nunca tuve la oportunidad

de convivir con ellos, tenía todo lo material, pero me faltaba el amor y la

comprensión, el único amor que recibí fue el de la empleada, una señora

bondadosa llena de ternura, siempre me daba buenos consejos, pero no

fueron suficientes. Una tarde estaba muy deprimido, salí a caminar y me

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encontré un hombre, él me ofreció drogas y caí en una trampa de la que

nunca pude salir, me hice adicto y mis padres me volvieron la espalda.

Desde entonces he sufrido todas las crueldades que le depara la vida a un

drogadicto y terminé en estas calles, ahora mírame estoy viejo y sin futuro,

pero te he encontrado en mi camino, Dios es bueno, tanto tiempo en soledad

y ahora obtengo un premio. Eres linda, tus ojos azules son como un pedacito

de cielo que alegran mi vida.

Neneida apoyó la cabecita en el hombro de su Príncipe y le dijo:

- Me siento muy mal, estoy enferma hace tiempo, la tos persistente, no me

deja en paz y me dan fuertes dolores de cabeza, bueno estoy feliz porque he

realizado mi sueño: encontrarte antes de morir, he comprendido que el amor

llega a su tiempo si se espera con calma, el maldito alcohol me ha destruido,

pero qué importa, ahora recibo el premio merecido, no ha sido en vano

esperar, llegaste para llenar el vacío que había en mi vida.

¡De ahora en adelante, guiarás mi camino durante el tiempo que me queda

en este mundo! ¡Adiós soledad amiga del ayer, compañera del pasado ya

puedes irte, porque encontré el amor, soy feliz, nunca más estaré sola!

Neneida se acercó a Galido y lo abrazó.

- Mi príncipe, contigo veo la vida diferente puedo sonreír, ya no hay adversidad

al levantarme, siento el sol que acaricia mi cara y mi corazón rebosa de

alegría

Neneida respiró hondo y los ojos se le llenaron de lágrimas

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- Dios me da la oportunidad de amar, ahora te amaré con todas las fuerzas de

mi corazón.

A la vida de Neneida había llegado el amor verdadero ese amor que viene,

va y uno no sabe cuándo llegará, ella lo esperó y cuando llegó la felicidad inundó

su corazón de alegría.

- Nunca nos separaremos —dijo Galido— nosotros nacimos para estar juntos

y así nos mantendremos caminando de la mano en las buenas y las malas.

- Qué lindo hablas mi príncipe, te amo, pero debo decirte que a veces he

escuchado los gemidos de la muerte. Ella quiere llevarme, yo no me engaño,

sé que me persigue, pero yo la alejo diciéndole que aún no es tiempo.

- No mi amor no diga esas cosas, cuándo dejemos este mundo lo haremos

juntos, ahora estás conmigo y no quiero perderte, te cuidaré y me ocuparé de

ti, muy pronto recuperarás la salud.

- ¡Qué suerte tengo! Soy afortunada ha valido la pena esperarte.

La tuberculosis estaba matando lentamente a Neneida, pero estaba feliz

porque encontró a su príncipe, ella no ignora su situación sabia que su tiempo se

acorta y ahora disfrutará cada instante de su vida con el hombre que ama.

Neneida y Galido recorren las calles de la zona roja tomados de la mano

mirándose a los ojos sin tomar en cuenta los comentarios de los transeúntes, los

amantes viven su propio mundo, lo demás es secundario, son felices a pesar de

su miseria, su lazo de amor es tan fuerte como una gruesa cadena, lo que

quieren es estar juntos. Se sientan en una acera de la zona roja a ver el tiempo

pasar, se acariciaban y se besaban, pareciann dos pajarillos acurrucados en una

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esquina de la inmensa jungla de cemento, la gente que tiene negocios

comerciales en esa zona ya los conocen y al verlos felices tomados de la mano

ríen, silban y se burlan de los amantes indigentes, estas personas no entienden

que el amor no escoge clases sociales, tanto el rico como el pobre, sin importar

la raza, color o tamaño, aman con todas las fuerzas de su corazón y los

desvalidos, pordioseros, indigentes excluidos por la sociedad, personas que

deambulan por la vida y no tienen un techo donde guarnecerse del frio y la lluvia,

todos ellos tienen un corazón que siente la llama del amor cuando llega a sus

vidas y aman con toda la fuerza de su corazón.

La enfermedad de Neneida comenzó a empeorar, Galido notó que su amada

decaía, su tos era frecuente y no lograba dormir, preocupado comenzó a

caminar por diferentes calles buscado un sitio seguro para sacar a su amada de

las frías aceras de la zona roja, estaba agotado y su rostro mostraba un

semblante triste. Un día caminaba por Paseo Colón y se introdujo en una calle,

llego a un barrio llamado María Auxiliadora, allí encontró un pequeño parquecito

hermoso y solitario, pensó que era un lugar seguro para vivir con su amada. El

pequeño parque era acogedor, allí sobresalen algunos hermosos y frondosos

árboles de higuerón, zonas verdes y jardines con muchas flores de relucientes

colores, había varias bancas de cemento para sentarse cómodamente a

descansar.

Galido respiró hondo, su mente se pobló de esperanzas, había encontrado el

lugar ideal, observó detenidamente el pequeño parque y notó que estaba

solitario y lleno de comodidad.

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- ¡Vaya! —dijo— es un lugar estupendo.

Esa misma tarde se acercó a Neneida y le dijo:

- Amor recoge tus cosas y ven conmigo, te voy a llevar al paraíso, vamos

dame tu mano.

Neneida lo miró con cierto desgano, su enfermedad la estaba matando y sus

fuerzas le fallaban, sus labios delgados rosaron la cara morena y grasosa de su

amado.

- ¿Dónde me llevas?

- Es una sorpresa.

Caminaron por largo rato y llegaron al pequeño parque. Neneida se

sorprendió al ver los grandes árboles y las flores.

- ¡Qué lugar más hermoso y tranquilo! —exclamó.

La tarde estaba a punto de marcharse y las sombras de la noche le dieron un

toque romántico al hermoso parquecito. Neneida lo recorrió con su mirada

lentamente.

- Mi príncipe aquí seremos felices.

- Sí y yo podré cuidarte mejor.

Galido sacó una cobija de un viejo saco donde guardaba sus pertenencias, la

extendió sobre el zacate debajo de un árbol de higuerón y allí improvisaron un

dormitorio a la luz de la luna.

- Eres un hombre bueno, comprensivo y me haces feliz, muy feliz.

Neneida miró el cielo cargado de estrellitas, junto sus manos y rezó una

oración al creador:

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- Gracias Dios mío porque me mandaste a este ángel de la guarda que me

cuida y me protege llenándome de felicidad.

Galido le dio un beso y le dijo:

- Nosotros somos personas diferentes a los demás, la vida nos ha marcado,

por ese motivo debemos vivir alejados de la gente creo que aquí nadie nos

molestará, es un lugar apacible y solitario ideal para nosotros.

Conversaron largamente y luego se durmieron mirando las estrellas.

Los vecinos de los alrededores se inquietaron al ver la pareja de indigentes

allí bien instalados, sentados en una banca tomando el sol como dos palomitos

acicateándose. Un señor que vivía al frente del parque estaba muy molesto al

ver a los indigentes disfrutando de su estadía en el lugar, entonces buscó la

forma de sacarlos del parquecito, era un hombre alto de ojos negros, cara

alargada y amargada y sin un solo cabello en la cabeza, se dirigió a la casa de

un vecino, tocó la puerta fuertemente, un hombre gordo de carota cachetona y

cargada de barba negra con aspecto de amargado le abrió y le dijo:

- ¿Qué se le ofrece vecino?

El vecino lo miró preocupado mientras señalaba hacia el parque:

- ¿No se ha dado cuenta del último acontecimiento que ha ocurrido en el

parque?

- ¿No señor, qué ha pasado?

- Dos indigentes se han instalado allí debajo de uno de los árboles, creen que

es su casa, ya llamé a la policía, pero no llega, esta situación me preocupa

mucho ¿Qué hacemos?

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El hombre gordo sonrió sarcásticamente:

- No se preocupe vecino yo tengo la solución, aquí tengo una manguera larga

espere que llegue la noche y ellos estén dormidos, usted me avisa y

resolvemos ese problema. Esa gente le tiene terror al agua.

El vecino estrechó la mano del hombre gordo, se sintió satisfecho

- Tiene usted razón señor, es una buena idea.

- Claro que sí, tranquilo nos vemos por la noche.

Así fue, cuando Neneida y Galido disfrutaban de un sueño placentero los dos

hombres llevaron su plan a cabo, conectaron la manguera a toda presión se

acercaron y apuntaron el chorro directamente donde ellos dormían. Neneida

despertó sobresaltada, gritaba desesperada no sabía lo que pasaba, su tos se

incrementó y su cuerpo temblaba de frio. Estaba totalmente empapada,

escuchaba las carcajadas de los dos hombres que gritaban burlándose al verlos

empapados y aturdidos, Galido confundido por lo sucedido no sabía qué hacer,

cargó a Neneida en sus brazos y corrió por las calles desesperado, Neneida

deliraba:

- Mi príncipe quiero estar contigo en un lugar donde la gente nos deje en paz y

podamos disfrutar de nuestro amor.

Galido se dirigió hacia La Sabana con Neneida en sus brazos, cruzó la calle

y se internó en el lugar, dobló las rodillas sobre el sácate, colocó la mano

izquierda en la cabeza de su amada y la acercó a su pecho, acarició su cabello,

ella tenía los labios fríos como la nieve, Galido la acurrucó tratando de darle

calor.

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- Siento mucho frío —susurró Neneida.

- No te preocupes amor yo te calentaré con mi cuerpo, pronto estarás bien y

buscaré un lugar seguro para ti.

Neneida miró hacia el cielo.

- Es una linda noche, el cielo gris cargado de estrellitas y me das calor con tu

cuerpo, mi príncipe amado gracias por llegar a mi infortunada y triste vida y

llenarla de alegría.

Neneida lloró y lloró y su llanto se convirtió en gemidos de dolor.

- Mi príncipe quisiera encontrar un lugar para nosotros, donde seamos felices y

logremos vivir en paz sin que la gente interrumpa nuestras vidas. Yo no

entiendo porque nos tratan de esta forma, no somos animales, somos seres

humanos y tenemos un corazón sensible que ama, siente llora y sufre

cuando es maltratado y humillado, por qué la gente es tan cruel, nos ven con

indiferencia, nos hieren y nos matan poco a poco con palabras que son como

puñales, se burlan de nosotros, sufrimos vejaciones y nos desprecian ¿Por

qué, por qué?

Neneida respiró hondo, el viento de la madrugada acarició su carita pálida:

- Mi príncipe, creo que ha llegado la hora de partir para siempre de este

mundo, me siento ligera como flotando, escucho una voz que me llama y

clama por mi alma. ¿La escuchas? Llega claramente a mis oídos y dice mi

nombre, es la muerte que se acerca. Sí mi príncipe, está escondida entre los

árboles, viene por mí, tengo miedo, mucho miedo, aprisióname fuertemente

entre tus brazos, ámame este último instante de mi vida antes de que se

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escape el espirito de mi cuerpo y mi aliento se consuma lentamente como la

luz tenue de una vela.

- ¡No, no, me dejes! ¡Calla mi amor! ¡No digas tonterías! ¡Estás delirando!

Un nudo de dolor atravesó la garganta de Galido, las lágrimas mojaron su

rostro arrugado.

- Mi palomita de ojos color cielo, pronto recuperaras la salud, nuestro tiempo

juntos apenas comienza.

- No mi príncipe, ya llegó el momento de partir, acércate quiero decirte algo al

oído. Te amo con todas las fuerzas de mi corazón, pero tengo que dejarte.

El rayo de luna acarició la silueta de los enamorados, Galido tomó la cabecita

de Neneida, la apretó contra su pecho y besó su cabello con ternura:

- Tienes mucha fiebre y no sabes lo que dices.

- No, yo no me engaño veo un camino con una luz brillante y una mujer que

me extiende los brazos, es mi madre. Sí mi príncipe, mi madrecita amada

espera por mí, más allá veo un enorme campo cargado de flores blancas y

un camino bordeado de estrellas, a su vera hay muchos ángeles, siento un

hermoso regocijo que adormece mi corazón.

- ¡No! ¡No sigas hablando por favor! ¡Calla! No quiero escucharte más, si me

dejas que sería de mí, me moriría de tristeza y soledad, no, no me dejes mi

cielo, cuando quieras partir de este mundo nos iremos juntos no tienes

derecho a abandonarme, qué va a ser de mí sin ti, no sabría qué camino

tomar. Viviría a la deriva caminado por las calles sin rumbo y muriendo de

soledad.

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- Mi príncipe espérame yo volveré por ti, te llevaré entre mis brazos y juntos

nos remontaremos hasta el infinito, allí no nos separaremos nunca más, en el

cielo tendremos nuestra propia felicidad, disfrutaremos de nuestro amor a

plenitud, allí no habrá dolor, no pasaremos hambre y frio, viviremos

protegidos por los ángeles, no sufriremos el acoso de la gente, Dios nos

protegerá. Mi príncipe para el verdadero amor no existe la muerte, yo nunca

te dejaré de amar, solo me alejaré, pero volveré por las noches para cuidarte

hasta que llegue el momento de estar juntos para siempre. Te prometo que

una de estas noches te llevaré conmigo.

- No, mi amor yo no quiero quedarme solo, buscando tu recuerdo en cada

esquina.

- Tienes que esperarme —susurró Neneida— mientras tanto recuerda los

dulces momentos que hemos pasado juntos, yo no me separaré de ti, cuando

respires sentirás mi aliento y cuando sientas frio mi presencia te dará calor,

te prometo que regresaré del más allá para buscarte y acompañarte en tus

noches de soledad.

Neneida respiró hondo y dobló su cabecita, se durmió lentamente en los

brazos de su amado príncipe. Ella sólo fue una mujer condenada a sufrir, víctima

de la maldad y crueldad del ser humano que hiere, miente y destruye para lograr

sus propósitos sin importarle un bledo el daño que causa. Galido puso el cuerpo

de su amada sobre el zacate, caminó, alzó los brazos y gritó al cielo

desesperado:

- ¡Dios mío! ¡No, no te la lleves, yo la necesito!

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Se sentó y escondió la cabeza en sus rodillas y lloró desconsoladamente.

El nuevo día llegó y el sol acarició los enormes arboles de La Sabana,

algunos pajarillos entonaban una alegre melodía. Galido tomó el cadáver de su

amada, llenó su carita de besos, cerró sus ojitos, luego acarició su cabello

desordenado y dijo:

- Estás linda amada mía.

En ese momento se dio cuenta que estaba en un lugar desprotegido

entonces cargó el cadáver y corrió llevándolo en sus brazos, se ocultó entre

unas sepas de caña de bambú cerca del lago, allí se mantuvo cuidando el

cuerpo de su amada. Al caer la tarde algunas personas que jugaban futbol cerca

de allí lo observaron y notaron que algo andaba mal, se acercaron y vieron el

cadáver. Galido salió de su escondite y tomó un garrote dispuesto a atacar a

quien se acercara. Una de las personas llamó a la policía y pronto se hizo

presente.

- ¡No se acerquen! —gritó — no quiero hacerles daño.

- ¡Este hombre está loco! —dijo un policía— tiene un semblante fiero y está

dispuesto a agredirnos.

Galido tenía el pelo alborotado y los ojos rojos hinchados de tanto llorar,

estaba dispuesto a defenderse, sin embargo, la policía rápidamente lo inmovilizó.

Uno de los policías se acercó y vio el cadáver.

- ¡Vaya! —dijo— este cuerpo está entrando en descomposición hay que

retirarlo de aquí, lo echaron rápidamente en una bolsa para cadáveres y se lo

llevaron.

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Galido salió de la sabana y caminó sin rumbo, sus pasos lo llevaron de nuevo

a la zona roja, allí se sentó sobre la acera recostado a una sucia pared, hundió

la cabeza entre las piernas y pensó:

«Fue un lindo sueño, tenerla entre mis brazos y amarla con todas las fuerzas

de mi corazón, ahora vuelvo al lugar donde la conocí, aquí permaneceré

hasta mi muerte; la recordaré siempre, así no estaré tan solo»

La noche estaba oscura y fría, una ligera llovizna caía, Galido dormía

recostado a la pared de un edificio, ahí se abrigaba con unas cajas de cartón, de

pronto un ruido lo despertó y vio un resplandor que iluminaba toda la acera, allí

estaba su amada Neneida justo como ella se lo había prometido, lucía bellísima

envuelta en un aura brillante, al verla su corazón se estremeció de emoción. Sí,

ella volvió y ahora lo protegería del frio y la lluvia con sus alas de ángel. La

presencia incorpórea de su amada lo acompañaba todas las noches y el

conversaba con ella.

- ¿Por qué me dejaste? Llévame contigo, muéstrame cuál es el camino para

estar a tu lado, no quiero seguir aquí, no te das cuenta de que tu ausencia

me está matando, ya no tengo sosiego, sabes una cosa, mi palomita de ojitos

color cielo, ya ni el licor calma este dolor que me consume, puedo verte, pero

no puedo tocarte, eres transparente he incorpórea como la niebla que cubre

las calles. Vivo en agonía porque eres como un sueño que al amanecer se

desvanece, estás conmigo por la noche, pero al clarear el día te esfumas con

el rayo de luna remontándote al cielo, yo sigo aquí esperando estar contigo,

mientras tanto tengo que soportar humillaciones de la gente que se mofa de

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mí al verme viejo y desvalido. Ven por mí una de estas noches y llévame al

cielo, allí no tendré que sufrir y estaré contigo hasta la eternidad, no quiero

esta vida terrenal porque sin ti ya nada tiene sentido.

Un atardecer Galido caminaba tratando de guarecerse de la lluvia, encontró

un edificio en construcción cerca del Mercado Borbón; allí se introdujo, buscó un

rincón y se acostó, se quedó dormido. Horas después despertó sobresaltado al

escuchar algunos disparos y el sonido de una sirena, intentó dormir de nuevo sin

lograrlo, en ese momento escuchó que alguien se acercaba. Cuatro policías

buscaban un ladrón que había robado en un establecimiento comercial, de

pronto la luz de una linterna cegó sus ojos.

- ¡Aquí está el ladrón! ––gritó–– uno de los policías.

- ¿Qué sucede? ––dijo Galido–– entré a dormir aquí, pero ya me voy.

Uno de los policías le lanzó un puntapié en el estómago y le dio de

bastonazos hasta agotar sus fuerzas. Galido lanzó varios gritos y quedo tendido

sobre el piso sangrando copiosamente de la cabeza.

Los demás policías le dieron de puntapiés sin misericordia, de pronto llegó

otro policía dando órdenes:

- Comandante ––dijo uno de ellos–– aquí está el ladrón.

El hombre se quedó sorprendido, Galido tenía el rostro ensangrentado,

desfigurado y no mostraba signos de vida, lo movió con un bastón y dijo:

- Se les pasó la mano muchachos. Cometieron un error, es un pobre indigente.

Bueno vámonos, aquí no ha pasado nada.

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Un silencio sepulcral reinó en el edificio a medio construir. Galido aún no

había muerto, agonizaba. De pronto vio una luz que iluminó todo el recinto,

Neneida apareció rodeada de una aureola brillante y extendió sus esqueléticos

brazos. De los labios ensangrentados de Galido brotó una sonrisa. Ella lo llamó:

- Mi príncipe he venido por ti. Te llevaré conmigo y juntos disfrutaremos del

paraíso, Dios nos espera, dame la mano.

Galido sintió una inmensa alegría que invadió todo su ser, las lágrimas

brotaron de sus ojos ensangrentados.

- Ven mi palomita de ojos azules, ayúdame a incorpórame.

Extendió sus manos y alcanzo a su amada y exhaló su último suspiro.

- Mi amado príncipe, ahora nos remontaremos al infinito y nunca nos

separaremos, estaremos juntos para siempre.

Una silueta incorpórea salió del cuerpo de Galido y abrazo a Neneida, y

juntos recorrieron la zona roja, en un instante se remontaron al cielo perdiéndose

entre las estrellas.

Otro día muy temprano uno de los obreros de la construcción empezaba su

labor silbando una canción, el hombre estaba alegre, de pronto quedó

aterrorizado al ver un cadáver sobre los escombros. Corrió hacia donde estaba

su jefe y gritó:

- ¡Señor algo horrible ha pasado!

- ¿Qué pasa hombre? ––dijo el jefe.

- Hay un muerto allí dentro.

El encargado de la construcción llamó a la policía y se llevaron el cadáver:

62
- Asunto concluido ––dijo un policía–– solo es un indigente, por lo tanto, no

hay que averiguar nada.

Neneida y Galido lograron su amor eterno y están en el cielo, sin embargo,

algunas veces se escapan del lugar que Dios les asignó y se dan una vuelta por

estas viejas calles de la zona roja, los indigentes, que deambulan por allí a altas

horas de la noche, los han visto tomados de la mano sonriendo felices.

En una noche oscura, estaban varios indigentes tratando de dormir, en ese

momento uno de ellos escuchó voces y risas, se incorporó y vio un resplandor

de colores que iluminaba la avenida cinco eran ellos: Neneida y Galido, el

hombre despertó a los demás para que vieran la aparición y quedaron

sorprendidos al ver a los enamorados tomados de la mano flotando en el aire

envueltos en un rayo de luz de colores que llenaba la noche de fulgor, allí

estaban los dos amantes dando a entender que al amor verdadero no muere,

perdura por siempre. La muerte no es un obstáculo para los que se aman, los

amantes fantasmas recorrieron la avenida cinco y se elevaron al infinito, luego

desaparecieron entre las pequeñas estrellas.

Cuando las noches son muy oscuras y el reloj de la Iglesia de la Merced ya

ha marcado las doce am, si estás despierto y escuchas el gemido del viento al

chocar contra los ventanales de los edificios, pon mucha atención si oyes risas y

voces, deja por un momento el calor de las cobijas, levántate y abre la ventana,

entonces los verás, son ellos Neneida y Galido que deambulan por las calles de

la zona roja: los amantes que se juraron amor eterno y lo lograron para siempre.

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Cuenta la gente que camina a altas horas de la noche por esas calles y avenidas

que aún los enamorados frecuentan el lugar recordando el ayer.

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La Dama de la Playa

Puntarenas es visitado por muchos turistas para disfrutar del mar y las playas,

en el año mil novecientos setenta familias enteras de cada rincón del país

esperaban con ansias que llegara el verano para ir pasear al puerto, recuerdo

que mi madre preparaba huevos duros, arroz y frijoles majados con mucha

cebolla para llevar al paseo, tendía un mantel sobre la arena y allí

almorzábamos, disfrutábamos en familia de un paseo inolvidable.

En los años noventa escuché a un viejo pescador contar un acontecimiento

que le sucedió y como las cosas sobrenaturales me llaman mucho la atención

me apresuré a escribirlo. El relato se refiere a una mujer bellísima vestida de

blanco que se paseaba por la playa a altas horas de la noche, mostrando toda

su hermosura, deambulaba y extendía sus diáfanas manos en dirección al

muelle, la aparición se mantenía en la playa largo rato y luego se perdía en la

distancia flotando sobre el mar. El mar ha cobrado muchas vidas y hay almas en

pena que vagan por la playa en las noches oscuras esperando que Dios les de

descanso eterno; fue así como me aproveché de esta aparición para relacionarla

con una historia de amor que concluyó en tragedia aquí en estas playas de

Puntarenas.

La tarde de verano lucía radiante, una bandada de gaviotas blancas volaba

sobre el muelle graznando alegremente el cielo, se mostraba de un azul

transparente con algunas nubes blanquísimas. Una mujer bellísima estaba

recostada a las gruesas barandas del muelle y miraba hacia la calle, esperaba a

65
alguien, su carita morena y ovalada se llenó de alegría al ver a un joven que se

dirigía hacia el muelle. Ella corrió hacia él, lo abrazó y le dijo:

- ¡Alberto! ¿Por qué tardaste tanto? Hace rato te espero

- Mi amor, ya estoy aquí ¿me extrañaste?

- Sí mucho, cuando tardas en llegar me impaciento y pienso cosas negativas.

- Mi reina aleja esos malos pensamientos, yo te amo con todas las fuerzas de

mi corazón.

Clara Luz lo besó varias veces y le dijo.

- Yo solo quiero estar cerca de ti.

- ¡Yo también! Te extraño a cada instante.

Caminaron por la playa tomados de la mano y se sentaron sobre la arena a

mirar el mar.

- Princesita, desde la primera vez que te vi me enamoré de ti, de tus ojos

verdes como el mar, eres buena y sincera; te amo y no sé qué sería de mi

vida sin ti. Si un día te alejaras, moriría de tristeza y soledad, eres como el

aire que respiro cada mañana, llenas mi corazón de alegría.

- Nunca me alejaré de ti ––dijo Clara Luz–– eres parte de mi vida, nuestro

amor no morirá, aunque pasen los años, siempre te amaré.

- Gracias mi reina, me haces muy feliz. Voy ahorrar para comprar una casita y

cuando lo logre me caso contigo.

Clara Luz acarició el cabello negro y acolochado de su novio:

- Amor tus palabras me hacen muy feliz. Esperaré con ansias el momento de

estar juntos para siempre y compartir contigo cada instante de mi vida.

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El ocaso de colores apareció en el horizonte y una bandada de garzas

blancas cruzó el cielo intentando llegar a su lugar de descanso. Las sombras de

la noche cubrieron la playa lentamente mientras los enamorados se besaban. La

música que proviene de los salones de baile cercanos a la playa llegó a sus

oídos.

- ¿Quieres ir a bailar?

- Está bien, ––dijo Clara Luz–– pero recuerda que debo de regresar a casa

antes de las diez.

- Sí mi cielo nos iremos temprano, lo prometo.

Caminaron hacia el salón de baile felices y enamorados.

Clara Luz era una joven muy trabajadora y apreciada por sus vecinos de

barrio El Carmen, lugar de calles angostas, habitado por gente buena y sencilla,

ella ayudaba a su madre en un pequeño restaurante. Alberto era alto y fornido,

de profesión mecánico; los jóvenes se citaban siempre en el muelle para ir a

caminar y hacer planes para el futuro. Clara Luz caminaba por la playa cada

atardecer, miraba el mar, le atraía su inmensidad, ese era su entretenimiento,

mientras tanto esperaba que llegara el día para ver al muchacho que amaba.

Una tarde cansada de esperar en el muelle, decidió caminar por la playa, era

esbelta y bellísima, de cejas negras y tupidas, boca carnosa y sensual, nariz

respingada, se quitó los zapatos y caminó rosando el agua con sus pequeños

pies, el viento suave acarició su larga cabellera negra, los bañistas al verla

disfrutaban de su belleza. Alberto llegó al muelle apresurado, al no encontrarla

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miró hacia la playa, la vio y corrió hacía ella llamándola. Ella volteó al escuchar

su voz, se acercó y le dijo:

- ¡Otra vez llegas tarde!

- Perdóname gaviota mía.

Él llenó de besos su linda carita y le susurró al oído mil palabras de amor

llenas de sentimiento, porque Alberto era poeta y no se guardaba lo que sentía

en su corazón, ella era el amor de su vida y siempre que estaban juntos sus

palabras eran como una oleada de poemas y versos que brotaban de sus labios

gruesos. Ella lo miró con tristeza y musitó:

- Siempre tardas en llegar y quisiera enojarme contigo, pero no puedo, porque

tus palabras de amor llenan de música mis oídos, entonces se desvanece mi

enojo. Eres un embustero siempre me convences.

- Te amo princesita, me gusta cuando te enojas porque tus ojos verdes brillan

de amor como si fueran una perla preciosa, sabes bien que tengo mucho

trabajo y a veces me atraso y no llego a tiempo a nuestra cita, pero debes de

entender que ocupas el primer lugar en mi vida, por eso dejo mis

obligaciones para correr hacia ti.

- Lo sé eres muy trabajador y buena persona. Creo en ti, pero me impaciento

al no verte llegar.

- Perdona mi tardanza ––dijo Alberto–– te prometo que de ahora en adelante

voy a ser puntual.

- Está bien, mi amor, a veces me comporto como una chiquilla y no logró

controlarme, pero te quiero y quisiera pasar más tiempo contigo.

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- Lo sé mi cielo, pronto vamos a estar juntos para siempre, bueno ahora

disfrutemos del momento, mira el mar está en calma, las olas golpean la

arena suavemente, vamos dejémonos llevar en su vaivén.

Clara Luz se quitó el vestido y quedó en traje de baño, juntos sorteaban las

olas jugueteando felices. Al rato salieron, ella se puso el vestido y se sentaron

abrasados a mirar la noche llegar.

Un atardecer ella esperaba a Alberto como siempre, esta vez su novio fue

puntual, la abrazó y le dijo:

- Amor te tengo una sorpresa.

- ¿Qué tienes que decirme? ––dijo ella impaciente.

- Algo muy importante.

- ¡Dímelo por favor!

- Bueno mi cielo, te lo diré ¿Quieres casarte conmigo?

Ella lo abrazó y sus lindos ojos se humedecieron de felicidad:

- Amor mío, esperaba escuchar esas palabras, me haces muy feliz debemos

preparar todo con calma, hoy mismo hablamos con mi madre.

- No, no es necesario. Nos casaremos dentro de un rato, ya hablé con un

abogado, él nos casará en cuestión de minutos.

- ¿Pero qué dices? Estás loco, mi madre no lo aceptará.

- ¿Qué importa? Cuando se entere ya estaremos casados. En mi casa hay

mucho espacio, viviremos con mis padres mientras tanto construyo una

casita pequeña, allí viviremos felices.

Clara Luz apoyó su cabecita en el hombro de Alberto y le dijo:

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- Sabes que mi sueño es estar contigo, pero no estás actuando bien.

- Princesita ¿me quieres?

- Sí mucho, significas todo para mí.

- Entonces que importan los demás, casémonos, lo importante es que seamos

felices.

Ella se mantuvo en silencio, al rato dijo:

- ¡Está bien nos casaremos!

Alberto la tomó de la cintura y la abrasó fuertemente, después la cargó en

sus fuertes brazos y caminó con ella hacia la calle, allí la puso sobre la acera y

la tomó de la mano.

- Vámonos, el abogado nos espera.

- Espera amor.

- ¿Qué pasa ahora?

- Yo siempre soñé casarme con un vestido blanco y después irnos de luna de

miel a algún lugar.

- No hay problema gaviota mía, ven conmigo.

La llevó al Paseo de los Turistas y allí se dirigieron a un puesto de ventas.

- Mira aquí hay un vestido blanco, no es de novia, pero es largo y elegante,

anda ve, póntelo y asunto concluido.

- Eres un loco, pero te amo y no quiero vivir un instante más lejos de ti, haré lo

que me digas.

- Apresurémonos ––dijo Alberto–– pronto estaremos unidos para siempre.

70
Los enamorados se dirigieron a la oficina del abogado, allí dos compañeros

de trabajo de Alberto fueron testigos y asunto concluido: firmaron un documento

y salieron a la calle felizmente casados.

- Mañana nos vamos para Mata de Limón y pasamos una semana juntitos.

- Mi amor me haces la mujer más feliz del mundo.

- Ahora celebremos nuestra unión, vamos a bailar, disfrutemos del momento,

al amanecer nos iremos de luna de miel.

- Está bien, como quieras.

Los recién casados se dirigieron a uno de los salones ubicados a la orilla de

la playa y ordenaron una botella de ron, luego celebraron el acontecimiento a lo

grande. Las horas pasaron y bailaban felices, la madrugada llegó y decidieron

irse a la casa de Alberto, caminaron embriagados por los efectos del alcohol,

querían tomar un taxi pero era una noche de luna llena hermosísima.

- Mira mi amor ––dijo Alberto–– el mar esta precioso caminemos por la playa.

- Sí mi cielo, disfrutemos de este momento.

Ella se quitó los zapatos y alzó los brazos mientras gritaba:

- ¡Soy feliz, muy feliz!

Alberto la abrazó besándola ardientemente, luego se acostaron sobre la

arena, allí se mantuvieron largo rato hasta que Clara Luz sintió que las olas

besaban sus pies y dijo:

- Entremos al mar mi amor.

Se incorporó y corrió sorteando las olas. Alberto la siguió y la tomó de la

mano, las olas golpeaban con fuerza, ella se soltó de Alberto adentrándose.

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- ¡Espera! Dame tu mano el mar está muy picado.

Pero ella sonreía feliz, jugueteando con las fuertes olas, de pronto una ola

gigante los golpeó. Alberto fue lanzado con fuerza sobre la playa, en ese

momento escuchó la voz de su amada esposa llamándolo, luego un silencio

extraño enmudeció el mar. Clara Luz había desaparecido, Alberto se sumergió

una y otra vez, pero sólo escuchó el rumor de las olas que de nuevo golpeaban

con furia la playa. Corrió hacia la calle gritando desesperado, pero nadie llegó a

su auxilio, caminó por la playa llorando y de pronto escuchó una melodía: era un

canto sublime que se confundía con el rumor de las olas, la luna se opacó y una

misteriosa niebla cubrió el inmenso mar. Volvió a salir a la calle pidiendo ayuda,

algunas personas se acercaron tratando de ayudarlo, sin embargo, no había

nada que hacer, su amada esposa había sido arrebatada por el mar.

Alberto se mantuvo sentado sobre la arena mirando hacia la inmensidad,

mientras algunas lanchas buscaban el cadáver de su esposa, pero la búsqueda

fue en vano el mar no devolvió el cuerpo de Clara Luz, entonces el decidió

quedarse sentado en la playa esperando que el mar le devolviera el cadáver de

su amada. Sus padres llegaron preocupados y lo encontraron con la cabeza

hundida en sus rodillas llorando su desgracia.

- Hijo mío ––dijo su madre–– levántate, debes ser fuerte y aceptar lo que ha

pasado, tienes que seguir adelante. La vida continua, vámonos a casa.

- ¡No madre! aquí me mantendré hasta que el mar me devuelva el cuerpo de

mi esposa.

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A pesar de los ruegos de sus padres, Alberto se quedó sentado en la playa,

luego comenzó a recorrerla de un lado a otro, observaba al mar esperando que

le devolviera el cadáver de su gran amor.

Los días pasaron, los meses, los años y decidió que la playa seria su hogar,

allí dormía y pasaba los días esperando lo imposible. Su aspecto físico cambió,

lucía el pelo largo, la barba crecida, su nariz respingada estaba quemada por el

sol, las orejas pequeñas enrojecidas y sus cejas negras caídas, mostraba

aspecto de vagabundo, había perdido toda ilusión por seguir en esta vida, no

había un motivo que lo hiciera reaccionar, estaba en una situación miserable, al

anochecer recorría las calles del puerto en busca de comida y regresaba a la

playa ebrio, increpando al mar porque le había arrebatado a Clara Luz.

Un atardecer estaba mirando el mar y vio a un hombre que caminaba con

dificultad tratando de inspeccionar el terreno que pisaba con un pequeño bastón

de metal, caminaba lentamente y sonreía, usaba anteojos oscuros que cubrían

sus ojos sin vida, su rostro redondo estaba cubierto de barba negra. Alberto

caminó hacia él y le dijo:

- Amigo ¿Hacia a dónde va?

- A ningún lado, no tengo rumbo. Mi nombre es Miguel, soy ciego.

- Yo soy Alberto y vivo aquí en la playa, duermo bajo el piso de uno de los

restaurantes cercanos.

Miguel se interesó en Alberto y le dijo:

- Ayúdeme a sentarme.

- Está bien amigo. ¿Dónde vive usted?

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- En Barrio El Carmen.

- ¿Barrio El Carmen? ––exclamó Alberto–– Allí vivía mí amada esposa que en

paz descanse.

- ¿Murió?

- Sí el mar se la llevó el día de nuestra boda, desde entonces la vida no tiene

sentido para mí, ahora vivo en la playa.

- Lo siento mucho y lo comprendo, es muy difícil aceptar la pérdida de un ser

amado, yo a veces deseo conversar con alguien, vivo en la oscuridad, mi

soledad es interminable. Si quiere podemos ser amigos

- Está bien ––dijo Alberto–– ya tiene un amigo. Aquí me encontrará, mi vida

transcurrirá cerca del mar, a veces me gustaría ser como un pelicano que al

envejecer y quedar ciego se remonta hasta lo más alto del cielo y luego se

lanza contra el mar terminando con su vida, pero yo no tengo valor, soy un

cobarde y sufro a cada instante la ausencia de la mujer que amo ¡Dios mío

por qué el mar arrancó de mi lado a mi amada Clara Luz!

- Amigo usted recibió un duro golpe ––dijo Miguel–– y es muy duro aceptarlo,

pero puede volver a comenzar e iniciar una nueva vida, el tiempo se encarga

de sanar las heridas.

- No ––dijo Alberto–– sin ella ya nada tiene sentido, todo se acabó para mí,

decidí quedarme a vivir junto al mar hasta que me reúna con mi amada en el

más allá.

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- Lo comprendo ––dijo Miguel–– y le ofrezco mi amistad, le aseguro que todos

los días estaré por aquí buscándolo para que charlemos un rato y

compartamos un trago y alguna comida.

- Está bien ––dijo Alberto–– es usted un buen hombre. Lo veré de nuevo.

- Bueno ayúdeme a levantarme, mañana vengo a charlar un rato.

Miguel caminó a pasos lentos he indecisos; era un hombre de estatura

pequeña, de cuerpo grueso y tenía el estómago abultado, caminó por la ciudad

mostrando un pequeño tarrito y una sonrisa intentando recoger algunas

monedas para sobrevivir. Así transcurría su vida, le gustaba hacer bromas y

siempre afloraba en sus delgados labios una sonrisa, al anochecer y al sentirse

cansado, caminaba hacia un pequeño cuarto donde vivía, en el pequeño

aposento abundaban los insectos y las ratas, sin embargo, era un hombre feliz,

siempre estaba tarareando una canción, vivía en un espacio reducido y se movía

bruscamente agarrándose de las paredes para trasladarse de un lado a otro,

caminaba y buscaba en la pared palpándola hasta encontrar una vieja guitarra,

la cual pendía de un clavo, la tomaba y la acariciaba, deslizaba sus manos hasta

tocar sus cuerdas y comenzaba a sacarle algunas notas melancólicas que

llegaban al alma, cantaba una linda canción pero de pronto escuchaba que uno

de sus vecinos le mandaba a callar, entonces caminaba hacia la cama y se

dormía abrazado a su guitarra. En las mañanas, se sentaba en una esquina del

Paseo de los Turistas con un pequeño tarrito en la mano implorando una

limosna, se mostraba alegre y bromista, hablaba solo creyendo que había gente

a su alrededor, reía feliz al escuchar el sonido que producen las monedas al

75
tocar el fondo del recipiente, siempre rezaba una oración de agradecimiento.

Algunas veces los muchachos bromistas le echaban al tarro piedras, él las

sacaba y reía y reía porque era feliz con esos detalles de la gente. Él no sabía

de qué color es el cielo, el verde de las montañas o el brillo del sol que calienta

su cuerpo. Cuando creía que era medio día, examinaba el tarrito y se daba

cuenta que había varias monedas, entonces las recogía, las palmaba con sus

pequeñas manos y sabía que tenía suficiente dinero para comprar comida y licor,

caminaba hasta un restaurante, entraba sorteando las mesas y sillas, ordenaba

lo que necesitaba y luego caminaba hacia la playa en busca de su amigo. Él lo

llamaba y Alberto, al escucharlo, caminaba hacia él. Miguel tomaba un bolso que

colgaba de su hombro y se lo entregaba.

- Le traje comida y un trago.

- Gracias ––dijo Alberto–– Le admiro mucho porque a pesar de que sufre el

infortunio de no tener el don de la vista siempre esta alegre.

- Tengo cincuenta años ––dijo Miguel–– soy ciego de nacimiento. Las

experiencias que he vivido me han ayudado a ser mejor persona, a sonreír y

ser feliz, la oscuridad es mi compañera inseparable, desde joven acepté mi

ceguera y he luchado para salir adelante.

Alberto y Miguel charlaron durante horas, la noche llegó y algunas estrellitas

aparecieron en el firmamento. Miguel se despidió de su amigo y regresó a su

cuarto a paso lento.

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Alberto sigue hundido en el vicio del alcohol, ahora perdió todo deseo de

seguir viviendo y se pasa la mayoría del día durmiendo en un rincón de la playa

al pie de una palmera.

De repente comenzaron a suceder acontecimientos sobrenaturales después

de la media noche, varias personas han visto a una mujer bellísima vestida de

blanco, camina por la playa, su silueta transparente flota sobre las olas y se

mantiene largo rato deambulando por la playa, luego desaparece en la

inmensidad del mar.

- Yo la vi ––dijo un viejo pescador–– anoche tomé algunas copas, después me

fui a caminar por la playa, era la una de la mañana, la noche estaba linda y el

claro de luna se reflejaba en el mar, escuché risas y pensé que era una

pareja de bañistas, observé la playa, estaba totalmente desierta, en ese

momento surgió entre las olas una mujer bellísima de vestido blanco largo, el

viento jugaba con su cabello largo acariciándolo suavemente y su cuerpo

escultural estaba rodeado por una aura celestial, no era un ser de este

mundo porque sus pies no tocaban la arena.

- No le creo ––dijo un joven pescador–– fue una alucinación producto del licor

que consumió.

- No, yo no estaba borracho, le aseguro que fue una experiencia real, la

observé por largo rato y de repente sentí un frío intenso y un estremecimiento

extraño recorrió todo mi cuerpo, una tristeza profunda como el mar se

apoderó de mi mente llenándola de melancolía, fue algo hermoso e

inexplicable.

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El fantasma de la dama de la playa ha sido visto en muchas ocasiones por

algunos turistas o por noctámbulos que salen a observar las estrellas por la

madrugada, debido a estas apariciones el tema es comentado en todo

Puntarenas, también a dos comerciantes que salían por la madrugada hacia San

José los sorprendió un acontecimiento que les llenó la mente de dudas. La

madrugada transcurría tranquila, el silencio de la noche solo era interrumpido

por el golpear de las olas sobre la arena, uno de los hombres llamado Félix

manejaba su carro mientras cantaba el estribillo de una canción de Ricardo

Acosta, su acompañante, Gilbert, al mirar hacía la playa notó que algo extraño

estaba sucediendo, algunas luces brillantes se levantaban de la arena formando

figuras azuladas que iluminaban el mar llenándolo de fulgor.

- ¿Qué es eso? ––dijo Gilbert–– ¿Lo vio usted?

- Sí––dijo Félix–– son fuegos fatuos, los produce un animal en descomposición.

El acontecimiento que se presentaba a los ojos de los dos comerciantes era

fantástico, Félix detuvo el carro para observarlo con detenimiento, salió del

vehículo y su compañero lo siguió.

- ¡Qué extraño! Se escuchan olas gigantes que golpean la playa con fuerza,

pero el mar está en calma.

- Escucha ––dijo Gilbert–– es un silbido que viene del mar y se confunde con

el suave vaivén de las olas.

- Sí ––dijo Félix–– es el chasquido de los delfines.

- ¡No! ––dijo Gilbert–– es el canto triste de una sirena.

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- No señor, las sirenas no existen solo son producto de la mente de algún

escritor de cuentos y leyendas.

La discusión de los dos hombres fue interrumpida por una visión

fantasmagórica que se presentó ante sus ojos llenándolos de pavor, era una

mujer que flotaba sobre las olas, las orlas de su vestido blanco sobresalían entre

la bruma y la espuma.

- ¿Qué maravillosa visión? ––dijo Gilbert–– es el fantasma de una mujer

bellísima.

- Mejor vámonos de aquí ––dijo Félix–– el mar encierra muchos misterios de

los cuales yo no quiero saber nada.

- Espera ––dijo Gilbert–– mira como juguetea con las olas y su silueta

deambula por la playa, es elegante, hermosa y canta una melodía.

- Vámonos ahora mismo ––dijo Félix–– tengo miedo, a estas cosas no hay que

ponerles mucha atención.

La bellísima mujer se adentró lentamente en la inmensidad y desapareció

rodeada de un aura brillante. Los dos comerciantes subieron al carro y se fueron

del lugar.

- La aparición me ha conmovido ––dijo Félix–– es el ánima en pena de alguna

mujer que murió ahogada y el mar sepultó todos sus sueños e ilusiones para

siempre.

- Sí ––dijo Gilbert–– no sé porque la aparición me llenó de tristeza, bueno son

cosas sobrenaturales y no tienen explicación.

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Hay un misterio extraño que rodea el mar, debido a que han sucedido

muchas tragedias que han llenado de luto a miles de personas, pero si alguna

vez caminas por la playa en la madrugada pon mucha atención y escucharás

lamentos extraños, gemidos melancólicos que inundan de tristeza el corazón,

crispan la piel y atormentan el alma, cantos tristes y llantos que se confunden

con los gemidos del viento al rosar las hojas de las palmeras. Será que los

animales que habitan el mar están llorando desesperados al ver como el hombre

ha contaminado su habitad llenándolo de toneladas de basura, sí, es el llanto de

los tiburones, las ballenas y todas las especies marinas que al verse acorralados

y destruidos por el ser humano, que los caza y los asesina sin misericordia,

lloran y sus lamentos rompen el silencio de la noche.

Alberto camina recorriendo la playa tratando de matar la pena que lo

consume, mira hacia el mar y recuerda el ayer que no volverá, su rostro muestra

un semblante de inmensa tristeza, lanza piedras al mar y le grita improperios por

haberse llevado a su amada, él se muestra abatido y cansado como un viejo

pelicano al que los años han devorado y solo espera la muerte.

Se sentó sobre la arena a mirar hacia la inmensidad, de repente se

incorpora y corre hacía el mar gritándole:

- ¡Maldito, porque te llevaste a Clara Luz! Eres cruel e inhumano, descargas tu

ira contra personas inocentes, te odio, te odio, porque me arrebataste lo que

más amaba. Eres engañoso, aparentas ser calmado y pasivo, pero yo sé que

eres traicionero, te conozco, a mí no me engañas, ojalá te secaras para

siempre y dejaras de existir.

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Hundió las rodillas sobre la arena y lloraba mientras las olas golpeaban su

cuerpo delgado, él seguía empeñado increpando al mar.

- Me has robado lo que más amo y te muestras alegre y juguetón, pero yo sé

que dentro de ti ocultas una cruel venganza contra mí.

La gente lo ve y ríe de su locura, él sigue blasfemando contra el mar y de

pronto comenzó a lanzar puñetazos contra el agua.

- ¡Maldito si fueras un hombre te molería a golpes por lo que me has hecho!

pero eres poderoso, indestructible. ¡Oh Dios mío! Como me gustaría ver de

nuevo a mi princesita, sí, mi gaviota de ojos verdes que llenaba mi vida de

alegría, como anhelo acariciar su pelo, tenerla entre mis brazos y llenarla de

besos hasta saciarme de su amor.

El llanto nubló sus cansados ojos y las lágrimas siguieron brotando como

perlas opacas que al caer se desvanecen en la arena.

- Dios mío ayúdame, yo no puedo vivir con este dolor, es como una flecha que

tengo clavada en mi corazón y me atormenta a cada instante, la ausencia de

Clara Luz me está matando, cuando pienso en ella un dolor inmenso me

atormenta, siento que no puedo respirar, de pronto alzo los brazos y grito,

eres el mar inmenso y poderoso, puedes destruir, hacer reír y llorar.

Muéstrame tu poder, sácame de esta agonía que me mata poco a poco,

llévame contigo, envuélveme en tus inmensas olas, destruye mi miserable

vida, quiero reunirme con mi amada en el más allá y estar con ella hasta la

eternidad.

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De pronto un acontecimiento sorprendente se presentó ante los ojos de los

bañistas, una ola gigante se aproximó con fuerza y envolvió a Alberto

llevándoselo, de inmediato el mar volvió a la calma, a lo lejos un pequeño velero

se alejaba lentamente y el atardecer de colores moría para dar paso a la noche.

El mar no devolvió el cuerpo de Alberto, y nadie se preocupó por buscar su

cadáver, al fin logró reunirse en el más allá con su gran amor.

Alberto desapareció y el fantasma de la dama de la playa no volvió a

deambular por las noches sorprendiendo a los noctámbulos con su belleza, sin

embargo una madrugada hermosísima, el claro de luna charlaba con el mar

tratando de enamorarlo y el cielo lucía transparente cargado de pequeñas

estrellitas brillantes, una pequeña barca de pescadores pasaba cerca del muelle,

sus tripulantes quedaron sorprendidos al ver el muelle iluminado por una luz

brillante, recostados a la gruesa baranda dos jóvenes se besaban

apasionadamente, luego caminaron por el muelle sonriendo y susurrándose

palabras de amor.

Los pescadores apagaron el motor de la pequeña embarcación para

observar el espectáculo que se presentaba ante sus ojos, las extrañas y

misteriosas siluetas de los enamorados estaban rodeadas de una aura azulada

que los envolvía, y flotaban sobre el muelle, en un instante desaparecieron en la

inmensidad del mar, los pescadores asombrados por la aparición se arrodillaron

sobre la pequeña embarcación y rezaron una oración a la virgen del mar, para

que las animas en pena descansen en paz, su faena diaria había comenzado

con una sorpresa que no olvidarían jamás.

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La tarde estaba caliente y el aire tibio se respiraba con dificultad, Miguel

caminaba por una acera cercana a la playa en busca de su amigo Alberto, le

llevaba alguna comida y un trago de licor, lo llamó varias veces sin escuchar

respuesta. Al rato de llamar sintió una mano que rosaba su espalda, un hombre

le dijo:

- ¿A quién busca?

- A Alberto señor.

- Murió ahogado ayer al atardecer.

- Dios mío, no puede ser.

- Sí ––dijo el hombre–– el mar se lo llevó y su cadáver no ha sido recuperado.

Miguel respiro hondo.

- ¡Pobre hombre! ––exclamó–– bueno ya terminó su agonía, ahora esta con su

esposa, que ambos gocen de paz eterna.

Una lágrima brotó de la oscuridad de sus ojos sin vida, luego caminó indeciso,

sentía un gran dolor en su corazón y un nudo amargo atravesó su garganta

arrancándole un llanto sordo que le impedía respirar, caminó intentando tocar

con su bastón la ruta indicada para llegar a su tugurio, sin embargo, chocaba

con los transeúntes. Cruzó la calle sin importarle ser atropellado por un carro y

llegó a su lúgubre cuarto, allí lloró en silencio la pérdida de su amigo Alberto,

pensó en su futuro incierto, la soledad y la incertidumbre serán sus compañeras

se arrodilló, respiró hondo, apoyó las manos sobre la cama e imploró una

oración a Dios pidiendo descanso eterno por el alma de su amigo Alberto.

83
El Fantasma del Cerro de la Cruz

En una ocasión, me encontraba en el Parque de Alajuelita y escuché esta

leyenda, un abuelo la contaba a algunas personas que le hacían compañía,

saqué un cuaderno que siempre ando en mi bolso y aproveché para escribirla.

En ese tiempo Alajuelita era un pequeño pueblo de campesinos

provenientes generalmente de Alajuela, estaba rodeada por grandes árboles y

extensos bosques, al norte corría un hermoso río llamado Tiribí, al sur el Río

Limón, de aguas cristalinas, alegre y juguetón, al frente de la parroquia había

una hermosa plaza rodeada de árboles, allí se reunían los niños por las tardes a

juguetear, más allá algunos potreros, luego un extenso territorio quebrado, de

hermosos bosques y cantidad de árboles donde habían muchos animales.

Don Gerardo era un hombre alto y de cuerpo grueso, se dedicaba a la

agricultura, era dueño de una pequeña finca, tenía una yunta de bueyes que

utilizaba para jalar carretadas de leña que vendía a los vecinos y un caballo para

trasladarse de un lugar otro. Su esposa Josefina era una señora pequeña de piel

morena, y rostro ovalado.

La pareja tenía un hijo de doce años llamado Abel, el muchacho era alegre y

juguetón, corría por los potreros como un cervatillo, observando cada detalle de

la naturaleza, a pesar de su corta edad, se había convertido en compañero

inseparable de su padre en las labores cotidianas. La pequeña familia vivía en

una casa de adobe que Don Gerardo había construido al frente de la plaza del

pueblo.

84
En ese tiempo la gente acostumbraba irse de cacería los domingos; Don

Gerardo era conocido como el mejor cazador del pueblo y tenía buenos perros,

estos cuando olfateaban la huella de algún animal lo acorralaban hasta darle

caza. Efraín era un hombre pequeño de piel morena, vecino y amigo de Don

Gerardo, siempre lo acompañaba cuando iba de cacería. Los dos amigos subían

la montaña, llegaban al cerro la cruz y se adentraban en la espesura siguiendo

los perros.

- ¡Suelte los perros Efraín! —dijo Don Gerardo— aquí hay huellas frescas.

Efraín soltaba los perros y estos no tardaban en dar con el animal, luego de

casarlo los dos hombres bajaban de la montaña, Don Gerardo llevaba un zaino

al hombro, estaba contento y sonreía satisfecho. Al llegar a la pequeña plaza

que estaba situada al frente de su casa lo destazaban y repartían la carne entre

los vecinos.

Un domingo por la mañana Don Gerardo se despidió de Josefina, y se fue de

cacería con su amigo Efraín.

Subieron la montaña, al rato de caminar los perros encontraron la huella de

un animal que se internaba en la maleza; llegaron a un terreno denso y

quebrado, Efraín no quiso seguir:

- ¡Espere! —dijo— este terreno es muy peligroso nunca hemos estado aquí, el

bosque es muy espeso y empinado, es mejor llamar a los perros y regresar.

- No señor, yo voy a seguir adelante —dijo Don Gerardo—, no quiero perder

la presa, escuche los perros, ya la tienen acorralada. Espéreme aquí.

- Está bien —dijo Efraín—, pero tenga cuidado.

85
Don Gerardo corrió tras los perros tratando de alcanzarlos, escuchó los

ladridos y creyó que tenían la presa acorralada, preparó su arma, de pronto los

perros dejaron de ladrar, un silencio absoluto se apoderó del denso bosque

entonces se dio cuenta que estaba al borde de un precipicio cubierto de niebla.

- ¡Dios mío! —exclamó— los perros debieron caer aquí con la presa.

Retrocedió asustado en busca de Efraín, se abrió paso con el machete pero

no logró llegar donde estaba su amigo, observó los enormes árboles forrados de

musgo verde y cargados de plantas parásitas, de ellos colgaban largos bejucos

que se enredan en sus ramas y penden en el aire hasta tocar el suelo, algunas

plantas trepadoras se adhieren a los enormes troncos formando una hilera de

raíces que se aferran a la corteza para subsistir, Don Gerardo estaba

desorientado, de pronto se desesperó y corrió llamando de nuevo a Efraín pero

no escuchó respuesta. Se quitó el sombrero de paja y se pasó ambas manos por

su rostro moreno que sudaba copiosamente, se recostó al tronco de un árbol,

estaba muy cansado.

Efraín esperó en vano, lo llamó una y otra vez y no escuchó contestación,

entonces decidió regresar a la casa, bajó de la montaña pensando en su amigo,

llegó a la casa y llamó a Josefina, ella abrió la puerta y se sorprendió al verlo

sudoroso y agitado.

- ¿Qué le pasa hombre?

Efraín se quitó el sombrero de paja y lo apretó contra su pecho, agachó la

cabeza cargada de cabello blanco liso y dijo:

86
- Gerardo se perdió en la espesura, fue tras los perros en busca de una presa,

yo no quise seguirlo, porque esa parte del bosque es muy peligrosa, lo

esperé por horas, pero no regresó, creo que está extraviado.

- No se preocupe —dijo Josefina— ahorita regresa, él ha andado en esos

bosques y sabe cómo salir.

La mujer continúo en sus quehaceres, espero a su esposo y como no llegó,

se quitó el delantal, se puso un sombrero y se amarró un machete a la cintura,

llamó a su hijo, el muchacho corrió hacia ella.

- ¡Hijo! Vamos a subir a la montaña a topar a su papá, ya es tarde y no regresa.

Tomó al niño de la mano y caminó apresurada, subieron la montaña, lo

llamaron, pero no hubo respuesta. Escucharon el canto lejano de algunos

pájaros nocturnos y el viento comenzó a gemir al acariciar las ramas de los

grandes arboles

- ¡Qué Dios y la Virgencita María me lo protejan! — dijo Josefina mientras se

persignaba.

Tomó a su hijo de la mano y regresaron a la casa. Al llegar encontraron a

Efraín esperando impaciente.

- ¿Cómo les fue?

- Usted tiene razón —dijo la mujer— mi marido está perdido, mañana

temprano voy a buscarlo, por ahora hay que tratar de dormir.

- Yo conozco un baqueano, vive al otro lado del río Tiribi, mañana lo traigo

para que nos ayude.

- Está bien —dijo Josefina— buenas noches.

87
El día siguiente por la mañanita Josefina y su hijo salieron de la casa

dispuestos a encontrar a Don Gerardo, en ese momento apareció Efraín con el

baqueano:

- Buenos días dijeron los dos hombres.

- Buenos días —contesto Josefina.

- Les presento al Cholo Arguedas, el me prometió encontrar a Don Gerardo.

El baqueano era un hombre viejo, alto y delgado, sobre su cabeza usaba un

sombrero de paja con un ala rota, tenía la cara larga llena de arrugas y cicatrices,

carecía de la oreja derecha, la gente cuenta que, siendo joven, luchó contra un

león de montaña y gano la batalla, pero perdió una de sus orejas. El baqueano

saludó a la mujer y al niño, y dijo:

- Bueno manos a la obra, subamos la montaña debemos encontrar a su

esposo.

Traía un enorme perro negro amarrado con una fuerte cadena, el animal era

de apariencia fiera, inquieto y deseoso de correr. Subieron el angosto camino y

llegaron al Cerro la Cruz, al rato llegaron al lugar donde Don Gerardo había

entrado al espeso y empinado bosque.

- Es aquí —dijo Efraín.

El cholo soltó al perro, el animal corrió en la espesura, ellos lo siguieron

abriéndose paso con el machete.

Mientras tanto Don Gerardo dormía recostado al tronco de un frondoso árbol,

despertó al escuchar el canto de los pajarillos, el sol penetraba a intervalos por

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entre las enormes ramas de los árboles. Escuchó el ruido del agua al chocar con

las piedras:

«Por aquí hay un río» pensó.

Caminó y vio una pequeña catarata que se precipitaba desde lo alto de una

parte rocosa hasta caer a una posa transparente, se lanzó al agua, chapaleo un

rato, salió, se sentó y pensó que encontraría la salida o alguien lo rescataría y

regresaría a casa.

Caminó durante horas de un lado a otro intentando salir de la espesura, pero

fue en vano, siempre regresaba al mismo lugar, estaba agotado y sentía hambre

y frío, de pronto se desesperó.

- ¡Tengo que salir de aquí! —gritó angustiado.

Una ligera llovizna comenzó a caer, y en un instante se convirtió en un fuerte

aguacero. Se incorporó y se refugió bajo un árbol, no fue suficiente, el agua

había empapado todo su cuerpo. Sacó el machete y cortó algunas ramas, las

clavó sobre la tierra hasta formar un pequeño refugio, lo cubrió con ramas y se

introdujo en él. Encogió sus largas piernas, agachó la cabeza y comenzó a llorar

cubriéndose con ambas manos su cara redonda cubierta de barba entre canosa.

Don Gerardo se persignó, rezó una oración y se durmió pensando en su familia

Mientras tanto el Cholo se abría paso con el machete siguiendo al enorme

perro. Josefina y Abel llamaban a Don Gerardo sin escuchar respuesta.

- Es un bosque con mucha vegetación —dijo El Cholo— el terreno es muy

fangoso y quebrado, no hay ninguna señal de que haya pasado alguien por

aquí, el perro no ha encontrado ninguna huella de seguro la lluvia las borró.

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Llegaron a un pequeño claro y allí se sentaron, el Cholo se quitó el sombrero,

se pasó el dorso de su mano derecha por su frente ancha y arrugada y dijo:

- Este terreno es muy diferente a otros donde he estado, es muy húmedo y la

vegetación muy espesa.

Acarició la cabeza del animal:

- Es un buen perro, sin embargo, no ha encontrado ningún indicio de que su

esposo haya estado aquí.

- ¿Qué le habrá pasado? —dijo Josefina— es como si se lo hubiera tragado el

inmenso bosque ¿Qué hacemos?

- Lo mejor es regresar —dijo Efraín— la lluvia es incesante, hace mucho frío,

mañana lo buscamos de nuevo.

- Debemos de encontrar a papá —dijo Abel llorando— no podemos dejarlo

aquí.

- Si quieren seguimos buscando —dijo el Cholo— pero no esperemos a que

llegue la noche, el regreso puede ser peligroso.

- Regresemos —dijo Josefina— mañana iniciamos de nuevo la búsqueda.

La neblina comenzó a cubrir el bosque lentamente mientras ellos regresaban

pensativos y tristes. Al atardecer llegaron a la casa, Josefina dijo:

- Señor hay esperanza de encontrar a mi esposo.

- No lo sé —contestó El Cholo— bueno la esperanza es lo último que se

pierde, mañana yo sigo la búsqueda con Efraín usted puede quedarse en la

casa con el niño.

- No señor, yo soy su esposa, debo acompañarlos y ayudarlos.

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El Cholo se despidió preocupado porque no había logrado dar con el

paradero de Don Gerardo, pero estaba dispuesto a seguir en la búsqueda.

Don Gerardo despertó y observó el inmenso bosque cargado de vida y

bullicio, mil ruidos llegaron a sus oídos, los pajarillos y los roedores jugueteaban

entre los árboles.

- Tengo hambre —susurró— y hace mucho frío. Creo que han pasado tres

días y nadie ha venido a buscarme.

Débil, hambriento y adolorido caminó hacia el río, introdujo la cabeza en el

agua y tomo algunos sorbos, tenía las manos temblorosas, regresó de nuevo al

refugio, estaba mareado y tenía mucha fiebre.

Recuerdos vagos surcaban por su mente, pensó en su esposa, su hijo y en

Efraín el vecino y amigo, compañero de cacerías, se sentía muy débil, las

fuerzas lo abandonaron, pensó en la muerte y luego recostó la cabeza sobre la

tierra fría, respiró hondo y se durmió.

El día siguiente el Cholo inició la búsqueda, estaba decidido a encontrar a

Don Gerardo, lo acompañaba Josefina, Efraín y Abel, se adentraron en la

espesura, buscándolo y llamándolo con fuerza, sin embargo, la tarde llegó y no

lograron encontrar huellas o alguna señal de que Don Gerardo hubiera pasado

por allí. En su búsqueda llegaron al río, tomaron agua. El Cholo estaba

preocupado:

- Hemos rastreado todo el lugar, y no logramos hallar huellas, este terreno es

intransitable, pobre hombre algo le pasó y no logró salir de este denso

bosque, bueno ahora no queda más que pedirle a tatica Dios por él.

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- ¡Dios mío! —exclamó Josefina— ¿qué le habrá pasado?

Abrazó al niño y lloró desesperada, El Cholo y Efraín agacharon la cabeza

estaban cansados y derrotados, habían perdido toda esperanza de encontrar a

Don Gerardo. La lluvia comenzó a caer y decidieron regresar a casa.

Un mes después de la desaparición de Don Gerardo las cosas comenzaron a

cambiar en el pueblo, los cazadores que subían a la montaña escuchaban

quejidos y llantos que erizaban la piel, y decían que el alma en pena de Don

Gerardo habitaba esos lugares, el rumor se esparció en el pequeño pueblo y la

gente estaba asustada.

Una noche tres cazadores que venían de San José se encontraban en el

Cerro La Cruz disfrutando del calor de la hoguera y del cielo lleno de estrellas,

de pronto los perros comenzaron a inquietarse y aullar desesperados, el viento

gemía como un niño recién nacido, de repente escucharon la voz de un cazador

que gritaba a los perros incitándolos a ir tras la presa, los cazadores se

quedaron paralizados al ver una sombra fantasmagórica, era la silueta de un

hombre alto que corría veloz y pasó junto a ellos lanzando un gemido de dolor

escalofriante. Los cazadores se aterrorizaron y corrieron despavoridos dejando

abandonadas las armas y los utensilios que utilizaban para acampar, llegaron al

pueblo espantados, diciendo que en el cerro la Cruz habían visto el fantasma de

un cazador.

Después de lo sucedido en cada rincón del pueblo se comentaba que Don

Gerardo había muerto dejando una viuda y un hijo huérfano por ese motivo su

anima en pena andaba desorientada y atormentada recorriendo el cerro la cruz,

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Josefina se cansó de escuchar los comentarios de los vecinos, rezar no le servía

de nada.

- No sé qué voy a hacer —dijo— ya recé una novena a la Virgencita María y

he encendido muchas velas a todos los santos para que el alma de mi

esposo descanse en paz, sin embargo, todo ha sido en vano, cada día

suceden nuevos acontecimientos. Yo creo que la gente exagera.

- Bueno —dijo Efraín— los habitantes del pueblo están asustados, yo he

pensado ir a buscar los restos de Don Gerardo, encontrarlos y darles

cristiana sepultura, si lo logro volverá la calma al pueblo.

Abel los escuchaba y deseaba adentrarse en la montaña, buscar los restos

de su padre para que su madre tuviera tranquilidad.

Pasaron tres años y el fantasma del Cerro de la Cruz habitaba en cada

rincón espantando a quien se atreviera a pasar por sus dominios

Un domingo al atardecer Josefina y Abel caminan hacia la parroquia,

entraron y se acercaron a una banca donde se encontraba un sacerdote

sentado:

- Buenas tardes padrecito —saludó la mujer.

- Buenas tardes señora —contestó el sacerdote.

Yo soy Josefina, este es mi hijo Abel. El padre estrechó la mano del

muchacho y luego les preguntó:

- ¿En qué puedo ayudarlos?

- Pues verá usted padrecito, mi esposo hace tres años se perdió en el Cerro

La Cruz y por más que lo buscamos nunca lo encontramos, lo peor de todo

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es que después de su desaparición han estado pasado cosas sobrenaturales,

y aún siguen sucediendo, la gente del pueblo dice que su ánima en pena

está asustando a los pobladores, esta situación nos hace sentir muy mal.

Mi hijo y yo venimos a pedirle consejo porque ya no sabemos qué hacer.

El sacerdote escuchó a Josefina atentamente y dijo:

- He oído rumores sobre este asunto, bueno yo creo que el que muere no

vuelve, sin embargo, la gente cree en esas cosas y ha convertido este

acontecimiento en comentario diario, yo le aconsejo buscar los restos de su

esposo y darles cristiana sepultura como debe ser, pasarlos primero a la

iglesia, luego al cementerio y ya verá usted como todo vuelve a la normalidad.

- Está bien padrecito —dijo Josefina— voy a seguir su consejo.

Ambos se despidieron agradecidos con el sacerdote y se dirigieron a su

hogar, al llegar a la casa Abel se acercó a su madre y dijo:

- Mamá, yo voy a encontrar los restos de mi padre, se lo prometo.

Josefina miró a su hijo con tristeza, un llanto suave mojó sus pupilas. Acarició

el cabello negrísimo del muchacho y le dio un beso.

- ¿No hijo mío? Ya perdí a su padre, eres lo único que me queda y no quiero

perderte a ti, sabes bien que el bosque es muy peligroso.

- Yo tendré cuidado mamá, confíe en mí.

- Está bien hijito, busque los restos de su padre, pero cuídese mucho, y

encomiéndese a Dios cuando este en el cerro.

- No se preocupe mamá le prometo cuidarme.

- Bueno, yo voy a orar a la virgencita María para que todo salga bien.

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Abel era un muchacho alto y fuerte, tenía quince años, había heredado de su

padre la bondad, la humildad, la fuerza y el entusiasmo para trabajar porque

desde que desapareció su progenitor, trabajo en la finca con fuerza y

entusiasmo, sembraba lo necesario para comer, cuidaba los animales y estaba

pendiente de su madre, sin embargo la idea de encontrar los restos de su padre

lo obsesionaba, todo los días se internaba en la montaña, la conocía como la

palma de su mano, había hecho pequeños trillos para pasar diariamente y

buscaba en cada rincón del extenso bosque, pero su búsqueda era en vano, se

sentía muy triste, pero seguía insistiendo. Cuando salía de la casa su madre lo

abrasaba, lo persignaba y lo encomendaba a tatica Dios.

La búsqueda se había convertido en una obsesión que atormentaba su

mente, la imagen de su padre estaba en su pensamiento, tenía la seguridad de

que tarde o temprano encontraría sus restos. Regresaba a su casa al ocultarse

el sol, su madre lo esperaba impaciente, corría a encontrarse con él.

- ¡Hijo mío! —le dijo— no debe pasar tanto tiempo en la montaña, lo mejor es

resignarnos, su padre nunca tendrá una tumba en el cementerio para llevarle

flores y recordarlo, desista y sigamos con nuestras vidas.

- No mamá, solo habrá paz en nuestros corazones cuando encuentre sus

restos, debo de seguir buscándolos.

Los ojitos negros y achinados de Josefina se llenaban de lágrimas. Ella

comprendía a su hijo, eran dos seres unidos por un lazo irrompible, se amaban y

solo buscaban la paz y la felicidad.

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La siguiente mañana, Abel recibió la bendición de su madre, caminó hasta

llegar al Cerro La Cruz y se adentró en el bosque. Observó los enormes árboles,

respiró hondo y dijo:

- Tengo la corazonada de que pronto encontraré los restos de mi padre.

Estaba alegre y tenía la esperanza de que ese día lo lograría; cansado de

buscarlo llegó al río agotado de caminar, observó la hermosa catarata y se sentó

en sus orillas. Cruzó el río y le llamó la atención una rama seca que estaba

clavada en la tierra, sobresalía en un montículo enorme de hojas secas y

bejucos entrelazados cubiertos por maleza y enredaderas que crecieron al paso

del tiempo.

«Qué extraño de lejos parece un paredón, pero creo que es un refugio»

Se acercó y comenzó a abrirse paso con el machete hasta descubrir un

boquete, en el fondo estaba el cadáver de su padre, su cuerpo estaba desecho y

solo quedaban restos del esqueleto. Mostraba la boca muy abierta y un gesto de

horrible desesperación, miles de hormigas negras recorrían el esqueleto

intentando devorar los huesos y algunos gusanos amarillentos salían de las

cavidades de la negruzca calavera. Abel cayó de rodillas, cerró los ojos, se

persignó y rezó una oración. A pesar de ver el cadáver de su padre desecho y

devorado por los gusanos sintió gran regocijo en su corazón, sus ojos negros

brillaron de alegría, pensó en su madre, tomó un saco que llevaba con él y

hecho los restos de su padre.

Los celajes rojizos del atardecer se perdían en el horizonte, la noche

intentaba llegar, una enorme luna apareció detrás de la montaña mostrando toda

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su belleza y mil estrellitas juguetonas brillaban en el cielo, de pronto una sombra

apareció a lo lejos bajando de la montaña, Efraín la vio y se asustó, un escalofrío

recorrió todo su cuerpo, echó paso atrás intentando entrar a la casa.

- ¡Es el ánima en pena de Don Gerardo! —exclamó.

- ¡No hombre, es mi hijo Abel! —dijo Josefina— es tan alto y fuerte como su

padre.

Josefina corrió a su encuentro:

- ¡Hijo mío! Me tenías preocupada.

- Madre aquí estoy, sonrió y la abrazó. ¡Encontré los restos de mi padre!

Sobre su espalda cargaba un saco, lo tomó y se lo dio a su madre.

- ¡Gracias a Dios! —dijo Josefina mientras tomaba las manos de su hijo y

juntos se arrodillaron y rezaron una oración.

Ambos lloraron de felicidad, Efraín se les acercó, se persignó y los acompañó.

El día siguiente algunos niños jugaban en la plaza, corrían alegres gritando y

riendo, de pronto se detuvieron a observar un entierro, un ataúd salía de la

parroquia cargado por Abel, Efraín y otras personas, era llevado hacia el

cementerio, los seguía Josefina y todos los habitantes del pueblo de Alajuelita se

unieron al sepelio para acompañarlos. El fantasma del Cerro La Cruz no volvió a

asustar a nadie, el ánima en pena de Don Gerardo descansó en paz y todo

volvió a la normalidad en el hermoso pueblo.

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La Mujer Misteriosa

En el parque Central conocí a Don Manuel un abuelo lleno de sabiduría,

cuenta que desde joven frecuenta el lugar porque le trae muchos recuerdos.

Don Manuel me contó un hermoso pasaje de su vida, le sucedió en los años

sesenta y a pesar de que han pasado muchísimos años aún recuerda la navidad

de esos tiempos y regresa al Parque Central añorando el ayer, yo me preciso a

escribir su relato para que no quede en el olvido.

La tarde estaba soleada y caminaba por las calles de mi linda Costa Rica

silbando una tonada, sentía una alegría inmensa, había salido de vacaciones y

quería disfrutar a plenitud del mes de diciembre. Recién había cumplido

veinticuatro años, era un joven alto y de piel morena. En diciembre la gente sale

a la calle a divertirse con las diferentes actividades que se presentan en San

José, los niños corren alegres mostrando sus juguetes y estrenando ropa nueva,

la felicidad brilla en los ojos de las personas que recorren la capital disfrutando

de la época navideña.

Salí de casa y al rato caminaba observando detalles propios de la época: las

calles adornadas, los edificios con balcones llenos de gente que reía y saludaba,

se celebraba un desfile y en ese momento me encontraba entre la multitud que

se agrupaba para ver un acontecimiento de gran colorido, carrozas decoradas y

adornadas lujosamente, desfilaban al ritmo de la música de una banda y la gente

se aglomeraba sobre la avenida segunda para disfrutar del acontecimiento, me

entretuve mirando el desfile y cuando llegó la noche, me senté en una de las

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bancas del Parque Central a ver las muchachas pasar, ellas lucían elegantes y

bellísimas, de pronto vi una hermosa mujer que caminaba lentamente, era alta,

de piel morena, cabello negro largo, vestía elegantemente, usaba zapatos

negros de tacón que llamaban la atención y llevaba puesto un vestido azul.

Camino hacia mí moviendo su cuerpo escultural acompasadamente, me miró

detenidamente, se acercó y dijo:

- ¡Hola!

Su voz era suave, romántica y mi corazón se estremeció al sentirla cerca.

- ¡Hola! —contesté— Mi nombre es Manuel.

- Indira para servirle, ¿puedo sentarme a su lado?

- Claro que sí, hace rato estoy muy solo y usted aparece como un ángel que

viene del cielo para alegrarme la noche.

- ¡Manuel! ¿es usted poeta?

- Bueno, su presencia hace que mis palabras broten de mi garganta como

música.

- Me gusta su forma de hablar, es un hombre muy agradable.

- Gracias —le dije.

La miré entusiasmado y le pregunté:

- ¿Dónde vive?

- En Paseo Colón.

- Yo vivo en Cinco Esquinas de Tibás.

- Es un lindo lugar —dijo ella.

- Sí está muy cerca de San José y me gusta vivir allí.

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- Manuel, ¿sabe bailar?

- Bueno mis amigos dicen que soy un buen bailarín.

- ¿Entonces qué esperamos? La noche apenas comienza y hace tiempo que

no bailo.

- Está bien vámonos.

Ella tomó mi brazo y caminamos hacia un salón que estaba situado al sur del

parque llamado La Enramada, era muy concurrido y los fines de semana se

llenaba mucho. Bailamos por varias horas, ella tenía mucho talento, bailaba el

swing de una forma sencilla y elegante, sus pasos eran precisos y yo me acoplé

a su estilo sin dificultad, me sentía feliz a su lado y de repente pensé:

«¿De dónde salió esta mujer tan especial? ¿Será un ángel?»

Bailamos sin parar y la noche se nos fue volando, de pronto me dijo:

- Manuel ¿qué hora es?

- Las doce.

- ¡Tengo que irme! ¡Es muy tarde!

- No te vayas, bailemos un rato más, después nos iremos caminando por las

calles sin rumbo, tomados de la mano y si quieres esperamos hasta que el

sol aparezca para continuar con nuestro amor.

- Manuel eres romántico, me encanta estar cerca de ti, soy afortunada al

encontrarte, si quieres nos vemos mañana por la noche en el parque.

La tomé de la cintura, acaricié su pelo, y le dije:

- Nos vemos mañana por la tarde.

- No, no puedo, nos vemos por la noche.

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- Me besó en la mejilla y salió rápidamente del salón.

- ¡Espera! te acompaño.

- ¡No! —contestó.

Fui tras ella y solo pude ver los pliegues de su vestido azul cuando se alejaba

por la avenida segunda. Regresé a casa pensando en Indira.

La tarde del día siguiente caminaba por las hermosas callecitas de mi patria,

en esos días estaban llenas de gente que viene de los barrios cercanos a San

José y de los pueblos a hacer compras para los estrenos de navidad, muchas

señoras con sus esposos y sus niños, gente humilde y sencilla de pies

descalzos, campesinos que venían del campo, al ver tanta algarabía me sentí

feliz de vivir en esta patria pequeña y soñadora donde camino libre como el

viento.

La noche llegó y caminé hacia el parque, ella no había llegado, me senté en

una banca, de pronto la vi cruzar la calle y dirigirse hacia mí.

- ¡Indira! —le dije— tenía muchas ganas de verte.

- Yo también Manuel, esperaba la noche con ansiedad para estar cerca de ti.

Acaricié su cabello y besé sus labios suavemente.

- Te quiero —le susurré al oído.

Ella puso las manos en mi cuello y me dijo,

- Siento algo especial por ti, pero tan solo anoche nos conocimos, debemos de

llevar nuestra relación con calma.

- Lo sé —le dije— pero siento que formas parte de mi vida.

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- Gracias Manuel contigo me siento feliz, me gustaría caminar y ver las vitrinas

de las tiendas llenas de prendas de navidad.

- Está bien, vámonos.

La tomé de la mano, nos fuimos caminando y mirando los diferentes

artículos que exhibían en las tiendas, ella sonreía feliz.

- Me gusta caminar por las calles de San José, lo he hecho mil veces, pero

ahora contigo me siento feliz.

- ¿Manuel eres amigo de las calles?

- Bueno, estas calles forman parte de mi vida, las he recorrido desde que era

niño.

- Eres un patriota.

- Si amo mucho mi patria, la llevo en mi corazón.

Caminamos mientras charlamos, el tiempo pasó y regresamos al parque, allí

nos sentamos, la noche estaba soñada y el cielo lleno de estrellas, la abracé, su

cuerpo estaba frío ella se acurrucó en mis brazos como una palomita perdida y

le dije:

- Indira, quiero formar parte de tu vida, puedo ir a tu casa.

- No mi cielo. soy feliz contigo, realizas mi sueño de ayer, pero lo nuestro es

imposible, ahora debo irme nos vemos mañana por la noche.

De pronto se escapó de mis brazos y corrió cruzando la calle sin darme

tiempo a decirle adiós, me quedé impaciente esperando verla de nuevo.

La noche siguiente la esperé en el parque, mil dudas atormentaban mi mente

llenándola de preguntas sin respuestas.

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- ¿Por qué se marcha de repente dejándome solo? ¿Qué misterio hay en su

vida que solo de noche puedo verla?

Estaba en mis cavilaciones y de pronto sentí que alguien acariciaba mi

espalda, era ella.

- Manuel —dijo— aquí estoy.

La abracé y miré el reloj.

- Son las diez — le dije

- Amor la noche apenas comienza y estamos juntos.

«Es cierto pensé, está conmigo. Después de todo, las mujeres están llenas

de secretos, debo aceptarla como es, amarla y disfrutar de su compañía».

- Manuel tengo frio.

- Sí —le dije— hace mucho frio.

Me quité la chaqueta y la abrigué, ella me dio un beso:

- Gracias Manuel.

- Indira mi amor, te amo, creo que debemos de vernos durante el día y

conocernos mejor, quiero que lo nuestro sea más serio.

- Manuel, mi amor por ti es puro y bueno, y lo llevaré conmigo hasta la

eternidad, pero por favor no me haga preguntas, acéptame, así como soy:

extraña, nocturna y misteriosa, sé que no merezco tú amor, eres un hombre

bueno y de sentimientos nobles.

La escuché hablar y me sentí complacido, ella es sincera, lo mejor es

disfrutar cada instante de su compañía y no molestarla con preguntas necias.

- Manuel, tengo ganas de bailar.

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- Bueno, vámonos.

Entramos al salón y ella mostró su talento de bailarina, esa noche bailamos y

disfrutamos riendo y cantando como dos enamorados.

- ¡Ya es tarde me dijo, debo irme!

- Está bien te acompaño.

- Sí claro.

Salimos del salón y nos sentamos en una banca del parque, yo le pregunte:

- ¿Indira dónde aprendiste a bailar swing? Tienes un estilo único, ¿quién te

enseñó?

Ella puso su cabecita y en mi pecho y me dijo:

- Cuando vivía con mi padre la empleada doméstica ponía el radio y bailaba

mientras hacia los quehaceres de la casa, se llamaba Inés, era una mujer

muy alegre y buena bailarina, un día mi padre la encontró bailando y le

prohibió hacerlo, dijo que era un baile de la chusma pero a mí me encantaba,

le pedí que me enseñara, ella lo hizo encantada, practicamos a escondidas

de mi padre durante muchos años, un día le pregunté que donde había

aprendido a bailar así, ella me dijo que se llamaba swing y se bailaba en

algunos salones de San José. Sí, le dije, he visto como lo bailan en los

salones y yo lo bailo así, pero tú lo bailas con una técnica diferente con

elegancia y personalidad, paso a paso, brinco a brinco, lo haces con un ritmo

especial. Manuel lo has aprendido fácilmente, eres demasiado bueno, dime

donde aprendiste.

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- Bueno en San José hay muchas cantinas con salón, en algunas de ellas

prohíben que bailen swing porque dicen que ese baile es de la chusma y

ahuyenta la clientela, sin embargo, a la gente le gusta y quieren aprenderlo,

yo visitaba con mis amigos las cantinas con salón y allí comencé a ver los

bailarines y a imitar sus pasos, aprendí a bailar bolero y el swing contigo lo

he perfeccionado.

- Manuel hacemos una pareja de baile estupenda.

- Es cierto —le dije— es como si hubiésemos bailado juntos desde hace

mucho tiempo, nuestros pasos y nuestras vidas están unidas.

La besé y le dije:

- Indira quiero que te cases conmigo.

- Manuel, pero ¿qué dices? Hace una semana nos conocimos.

- Lo sé, pero temo perderte, quiero tenerte a mi lado para siempre, juntos

formaremos un nidito de amor y seremos muy felices.

- Manuel, me llenas de ilusiones, pero hay enormes barreras que nos separan.

me haces muy feliz y he disfrutado a plenitud de tu compañía,

Eres un hombre guapo, todo un caballero, pero debes aprender a dominar

tus sentimientos, al amor hay que darle tiempo, llega poco a poco, sabes una

cosa Manuel, has hecho realidad mi sueño, siempre soñé bailar en un amplio

salón y recorrer el lugar al compás de la música, yo quería ser una gran

bailarina, bueno gracias a ti he logrado realizarme, diciembre es un mes

bellísimo y decidí escaparme por las noches de mi casa, allí he vivido

prisionera durante mucho tiempo, quería encontrar a alguien para bailar y

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bailar a plenitud, y tuve la suerte de encontrarte, te vi y te elegí, seguí el

instinto de mi corazón y acerté, eres una buena persona y excelente bailarín,

pero no esperaba que te enamoraras de mí, yo también te amo, pero nuestro

amor es imposible.

Ella hablaba y yo la escuchaba, de repente respiró hondo y me miró a los

ojos, luego colocó sus manos sobre mi cuello y me dijo.

- Manuel voy a contarte algo que me pasó hace mucho tiempo: mi padre

siempre me tuvo encerrada en la casa, no me dejaba salir ni a la puerta, yo

nunca entendí por qué siempre me protegía, me sentía triste y sola, era

prisionera en mi propia casa, tenía todo lo que necesitaba, pero me faltaba

libertad. Yo amaba ser libre porque tenía un alma aventurera, un día decidí

escapar de casa y marcharme lejos donde pudiera realizar mis sueños, pero

en mi huida caí en las garras de un hombre más cruel que mi padre. Salí del

fuego y caí en las brasas, porque ahora estoy cautiva en las garras de un

hombre malo.

De pronto su voz se quebró y las lágrimas brotaron de sus lindos ojos negros,

acaricié su linda carita, saqué mi pañuelo y limpié sus lágrimas, la besé y le dije

al oído.

- Indira el pasado hay que enterrarlo, ahora estás conmigo y si me amas

vamos a salir adelante, escapemos deja a ese patán, vámonos lejos y

empecemos una nueva vida juntos.

- Ya es tarde Manuel, el pasado me ha marcado, estoy atrapada entre las

paredes de una inmensa casa, tengo todas las cosas materiales, pero me

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falta la libertad que siempre soñé, para ir donde yo quiera, amar y vivir la vida

libre como el viento. Manuel quería que supieras mi triste historia, bueno

ahora debo irme, nos vemos mañana por la noche.

- Espera tomemos un taxi y te llevo a la casa.

- No, no es necesario.

- ¡Pero es muy tarde y las calles están oscuras y solitarias!

- No importa estas calles son seguras y la oscuridad es mi amiga, ahora quiero

estar sola, hasta mañana.

Corrió apresurada y desapareció de mi vista como otras veces. La esperé la

noche siguiente, de repente sentí una mano suave que tapaba mi cara, era ella.

- ¡Indira! —exclamé.

- Amor —susurró.

Luego me tomó de la mano y cruzamos la calle hacia el salón,

definitivamente estaba realizando su sueño quería bailar y bailar y se sentía feliz

al ritmo de la música, ella contagiaba a la gente con su forma de bailar, la

concurrencia seguía su ritmo con la palma de las manos e Indira disfrutaba del

momento, las personas me felicitaban al verme acompañado de tan bella dama.

Muchos hombres intentaron sacarla a bailar, pero ella solo bailaba conmigo.

- Indira, ha sido una noche inolvidable.

- Sí —me dijo— me he divertido mucho, gracias por hacerme feliz. Manuel, mi

caballero bailarín esta es nuestra última noche.

- ¿Por qué?

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- Perdóname, solo quería realizar mi sueño, lo siento mucho, de ahora en

adelante nuestras vidas irán por caminos diferentes y me llevaré el recuerdo

de los momentos hermosos que compartimos.

Las parejas se fueron marchando poco a poco y solo quedamos nosotros en

el salón bailando al ritmo de una vieja rocola, al rato salimos y caminamos por la

avenida cuatro cantando una canción de Agustín Lara. Miré el reloj, eran las dos

de la madrugada.

- Manuel, mi caballero bailarín, lo nuestro es imposible pero siempre te

recordaré, me abrazó fuertemente, me besó y lloró desesperada, acarició mi

cabello, mi cara, y me llenó de besos, te amo, mi amor —me dijo mientras se

apartaba de mí y corrió veloz como una gacela.

- ¡Espera! —le grité.

Pero solo escuché el sonido de sus zapatos de tacón y vi su silueta

desaparecer en una esquina de la calle diez. Caminé hasta el Parque de la

Merced y un viento frio acarició mi cara ovalada, la calle estaba solitaria, la luz

tenue de los faroles del parque apenas se distinguía, entonces decidí regresar

caminando a casa. Estaba cerca del Mercado Central, de repente un hombre

surgió de entre las oscuras calles, era alto y viejo de aspecto sucio con la cara

grandota y los brazos fuertes y largos.

- ¡Joven! —me gritó con una voz ronca y autoritaria.

Yo sentí que el corazón se me salía del susto y mis piernas me temblaban

- ¡Deme el dinero!

Metí las manos en la bolsa del pantalón y le di el dinero, él lo tomó y me dijo:

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- ¡Caray! muchacho anda mucha plata, son doscientos colones.

Tomó un billete de cien, me lo echó en la bolsa de la camisa, me dio unas

palmaditas en el hombro y me dijo:

- Muchacho no debería andar a estas horas en la calle, vaya al Parque Central,

y tome un taxi para lo lleve a su casa y que Tatica Dios me lo acompañe.

El hombre se fue por la calle ocho, lo observé, era de contextura gruesa y

caminaba balanceándose lentamente, caminé hasta la avenida cinco y de allí me

enrumbé hacia mi casa.

Miré el cielo azul decorado de lindas estrellitas mientras daba gracias a Dios

por haber nacido en esta patria mi Costa Rica, en estos tiempos hasta los

ladrones son bondadosos, en un momento pensé en Indira y me sentí triste, muy

triste, comprendí que era una mujer comprometida y no era feliz, sin embargo,

creí que volvería al parque por ese motivo seguí esperándola.

La tarde del día siguiente merodeaba por allí esperando verla, llegó la noche

y ella no se presentó, la esperé hasta la madrugada entonces comprendí que

conocerla fue un hermoso sueño, ella desapareció de mi vida para siempre y

solo me quedan los recuerdos de las noches que compartimos juntos, pero mi

amor no morirá, la amaré siempre.

Los años se van volando, llegó la vejez pero nunca olvidé a la misteriosa y

bellísima mujer que conocí cuando fui joven, ella me enseñó a bailar lo que

ahora llaman swing criollo, en ese tiempo lo bailaban pocas personas porque

decían que era el baile de la clase baja, ella lo bailaba perfecto, me dediqué al

baile para recordar a Indira y matar las penas que me deparó la vida, fui a bailar

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durante muchos años, visité los salones de todo el país y nunca encontré a

alguien que bailara swing criollo como lo hacía Indira, ella desapareció de mi

vida para siempre y me dejó su estilo de bailar y recuerdos inolvidables, ahora

estoy en el ocaso de mi vida pero siempre recuerdo el ayer y frecuento el

Parque Central para recordar el antaño inolvidable, aquí me siento a mirar el

tiempo pasar y espero encontrar un amigo con quien charlar y contarle muchas

anécdotas que me han ocurrieron en mi larga vida.

110
La Calle de las Brujas

Don Germán es un adulto mayor muy alegre, es viudo y está lleno de

sabiduría, vive en San Juan de Dios de Desamparados y amablemente me contó

este acontecimiento que le sucedió cuando estaba recién casado.

En los años setenta logré conseguir trabajo en una fábrica de muebles de

metal situada en Calle Blancos, en ese tiempo estaba cumpliendo veinte años y

aprendí el oficio de hacer muebles fácilmente, tenía un buen sueldo, me

alcanzaba para los gastos personales y ayudaba a mis padres en los gastos de

la casa.

Mi vida cambió el día que conocí a una linda mujercita coqueta y bonita, se

llamaba Mariana, una mañana iba para el trabajo y ella estaba en la fila para

tomar el bus, volteó, me miró, vi sus lindos ojos azules y me di cuenta de que el

amor tocaba las puertas de mi corazón, desde ese día pensaba en ella a cada

instante. Nos hicimos novios, jalamos por tres meses y decidimos casarnos. Ella

trabajaba en una fábrica de textiles cerca de mi trabajo, no teníamos nada

preparado, pero decidimos que con nuestros sueldos saldríamos adelante

fácilmente.

Mariana era una mujercita humilde, sencilla y muy trabajadora, de cuerpo

pequeño y piel blanca. Su familia vivía en Alajuelita y nos casamos en la

parroquia del Cristo Negro, después de nuestra unión nos quedamos a vivir

donde mis suegros mientras buscábamos una casa para alquilar, a los días

logramos hallar una casita en San Rafael Abajo de Desamparados, quinientos

metros sureste del salón de baile los Higuerones, lugar muy conocido en ese
111
tiempo porque era muy concurrido, se dice que los bailarines de todo el país lo

frecuentaban porque tenía una pista amplia y piso de madera excelente para

desarrollar el ritmo y el talento de los bailarines, al frente del salón había un

frondoso árbol de higuerón, sus hermosas ramas se extendían hasta tapar la

calle, era un árbol centenario hogar de cantidad de pajarillos, los fines de

semana el salón se llenaba a reventar porque llegaban los mejores conjuntos del

país a tocar.

Mariana y yo estábamos encantados con la casita que alquilamos, estaba

ubicada en una callecita angosta de piedras sueltas rodeada de muchos árboles

y espesa vegetación. Era muy acogedora y estaba pintada de rosado pálido, con

los bordes de las ventanas y la puerta principal de color blanco, a la par vivía

una pareja de ancianos en una casa pequeña. La entrada a nuestro nuevo hogar

era solitaria y por la noche muy oscura.

El fin de semana nos pasamos y como teníamos pocos enseres nos fue fácil

el traslado, la dueña de la casa era una señora mayor, muy amable, vivía en San

Rafael Abajo, ella nos entregó la casita y nos dio la llave, fue una tarde de

noviembre, lo recuerdo bien, entramos y noté que había muchas imágenes de

santos colgando de las paredes, pensé que el inquilino anterior las había dejado

allí.

Mi esposa revisó los aposentos, luego me dio un beso y dijo:

- La casita está muy bonita apenas para nosotros dos ¿Qué le parece mi

amor?

- Muy bien mi cielo, aquí vamos a ser muy felices.

112
Acomodamos nuestras cosas, al rato salí a comprar algunos víveres que

necesitábamos, encontré una pulpería cerca de la oscura callecita, el pulpero

era un hombre muy simpático, le pregunté por la calle y me dijo:

- Se llama La Calle de las Brujas, dicen que allí asustan, pero yo no lo creo.

- ¿Por qué la llaman así le dije?

- Hace muchos años allí había una casa grande de madera donde vivían dos

señoras solteronas, la gente decía que eran brujas, yo estaba muy jovencillo

y me daba miedo pasar por esa calle, han pasado muchos años y la bendita

calle se quedó con ese nombre.

Me despedí del pulpero y me dirigí a casa apresurado, el cielo estaba

despejado y cargado de estrellitas, en ese momento escuché un llanto triste que

interrumpió el silencio de la noche, luego surgieron rizas infantiles y juguetonas

como las que hace una niña cuando está jugando, no me preocupé y seguí

caminando, pensé que el llanto provenía de la casa de los vecinos. Abrí el

pequeño portón, entré a la casa, Mariana terminaba de acomodar algunas cosas,

tomamos chocolate y al rato nos acostamos, nos quedamos dormidos

profundamente,

En la madrugada desperté al escuchar el grujir de una puerta, me llené de

nervios pues pensé que algún ladrón había entrado a la casa y no tenía nada a

mano para defenderme, me levanté, encendí la luz y recorrí la casa, las puertas

estaban cerradas, todo estaba normal, regresé a la cama y miré el reloj, eran las

tres de la mañana, me metí debajo de las cobijas e intenté dormir, en ese

momento escuché una niña cantar, era un canto de cuna triste y melancólico, al

113
rato un gemido atravesó las paredes y se metió en mi cabeza, sentí un

escalofrío en todo mi cuerpo y mil ideas confusas surcaron por mi mente

llenándola de terror, pensé en lo que me había contado el pulpero y me

estremecí de miedo, abracé a mi esposa fuertemente, ella susurró algunas

palabras y siguió durmiendo. Me mantuve despierto hasta las cinco de la

mañana en que sonó el reloj despertador, mi esposa se levantó y se dirigió a la

cocina y me dijo:

- ¡Germán mi amor! Báñese mientras preparo el desayuno.

Me senté en la cama mientras pensaba como contarle a Mariana sobre los

llantos que había escuchado en la madrugada y decidí no hacerlo para no

asustarla, nos alistamos, cerramos bien la casita y nos fuimos al trabajo.

Era lunes y había mucho trabajo, ambos teníamos un horario de siete de la

mañana a cinco de la tarde, de lunes a viernes, por la noche llegamos agotados.

Mariana preparó algo de comer, luego escuchamos la radio y nos acostamos,

pero un nuevo acontecimiento llenó mi mente de dudas, mi esposa me llamo.

- ¡Germán! ¿usted me sacó las cosas que yo tenía en la gaveta de la cómoda?

Me acerqué le di un beso en su carita rosada y ovalada y le dije:

- ¿Por qué habría de hacerlo?

- Hay algunas cosas en el piso y no encuentro una muñeca que me regalo mi

madre cuando cumplí quince años.

- Mi amor seguro la guardo en alguna gaveta.

- Ya revisé las demás gavetas, pero no está.

- ¡Qué extraño! —dije mientras le ayudaba a buscarla.

114
Revisamos la cómoda y no la encontramos, llegamos a la conclusión de que

se había quedado en la casa de su madre.

- Bueno —le dije— debemos acostarnos porque mañana tenemos que

levantarnos temprano.

- Está bien amor, pero ve a la cocina por un vaso de agua.

Fui a la cocina, abrí un trastero, tomé un vaso y por casualidad miré debajo

de la mesa del comedor, me quedé asombrado, allí estaba la muñeca y otros

juguetes que mi esposa atesoraba desde su niñez, un temblor frío estremeció

todo mi cuerpo y pensé:

«¿Qué está sucediendo en esta casa?»

Llamé a mi esposa, ella se me acercó:

- ¿Qué quieres mi amor?

Yo le señalé debajo de la mesa, ella se puso las manos en la boca y

exclamó:

- ¿Cómo llegó la muñeca a este lugar? También hay algunos juguetes que yo

tenía guardados ¿Qué está pasando aquí?

- No lo sé —le dije

Tomé la muñeca, abrasé a mi esposa y me la llevé para el cuarto.

Ella se sentó sobre la cama mientras me miraba sorprendida, yo me apresuré

a contarle lo que había escuchado la madrugada anterior, ella se asustó mucho

y me dijo:

- Mi amor esta casa esta embrujada, debemos salir de aquí, hay que conseguir

otra casa.

115
- Pero mi cielo solo tenemos tres días de vivir aquí y pagamos un mes de

alquiler, no tenemos plata para alquilar otra casa. ¿Qué hacemos?

- No lo sé —dijo ella— no quiero vivir más en esta casa.

- Tranquila mi reina, lo mejor es rezar el rosario antes de acostarnos y si hay

algo malo, lo ahuyentamos por medio de la oración.

Traté de darle ánimo, pero yo estaba más asustado que ella, nos acostamos

abrazados y temerosos, nos dormirnos, pero en la madrugada me despertó una

voz lejana que me decía suavemente:

- Germán, Germán.

Era mi esposa que me susurraba al oído, me incorporé sobresaltado, ella me

abrazó fuertemente:

- ¡Escucha!

Escuché los mismos gemidos de la madrugada anterior y el canto tenue y

triste de una niña, nos cobijamos cubriéndonos la cabeza, solo se escuchaba

nuestra respiración y el estribillo del cantar que interrumpía el silencio de la

noche. Otro día nos levantamos tarde, era martes y nos fuimos al trabajo

preocupados y asustados por lo que nos estaba sucediendo.

«Las brujas nos están jodiendo la vida» pensé

Las noches siguientes seguimos en la misma situación, los llantos y los

cantos tristes eran los culpables de nuestro insomnio. El viernes era día de pago,

salimos del trabajo y luego nos entretuvimos caminando por San José, fuimos a

cenar a un restaurante, luego nos sentamos en una banca del parque central,

dejamos pasar el tiempo porque no teníamos ganas de llegar a casa, a las diez

116
de la noche tomamos el bus y nos encaminamos hacia la pequeña casita donde

nosotros habíamos planeado formar un nidito de amor y ahora éramos víctimas

de las travesuras de las brujas, ellas nos robaron nuestra paz y felicidad.

Caminamos por la angosta callecita, hacía un frío intenso, la noche estaba

oscura y una niebla espesa cubría el lugar, de pronto mi esposa se aferró a mi

cuerpo con fuerza y apenas susurró:

- ¡Germán! —mientras señalaba hacia la entrada de la casa.

En las gradas estaba sentada una niña envuelta en un aura brillante, la

aparición era sorprendente, parecía que nos esperaba, se levantó y traspasó la

puerta de entrada de la casa. Mi esposa dio un paso atrás y dijo:

- No quiero entrar a la casa.

- Pero mi cielo es tarde y debemos dormir.

Ella no quería entrar, le rogué y logré convencerla. En el momento de

acostarnos escuchamos los llantos y los mismos cantos de las noches anteriores

pero nuestro cansancio ganó la batalla y nos dormimos. Horas después me

despertó un ruido extraño, me incorporé y vi la silueta incorpórea de una niña, se

movía rápidamente dentro del cuarto buscando algo, al rato se marchó

traspasando la puerta, yo estaba paralizado de miedo, sentía mi cuerpo pesado,

intenté llamar a mi esposa, pero no podía hablar, agarré lentamente la cobija y

me cubrí la cabeza, al instante volví a escuchar los llantos y los cantos, una

tristeza profunda invadió todo mi ser. Me quedé dormido escuchando los tristes

cantos. Por la mañana cuando desperté mi esposa tenía las maletas listas para

marcharse.

117
- Me voy a vivir donde mi madre, no quiero estar ni un minuto más en esta

casa.

- Mi amor —le dije— esperemos mientras buscamos otra casa, no podemos

irnos y dejar todas nuestras cosas aquí.

Ella me dio un beso, tomó la maleta con la ropa y dijo enojada:

- Consiga una casa y me avisa.

Me quedé sentado en la cama pensativo y desesperado, en ese momento

escuché que alguien estaba cortando un árbol, salí al patio. Allí se encontraba

mi vecino, al verme me saludó:

- Buenos días —me dijo— mi nombre es don Ananías y vivo aquí con mi

esposa.

- Mucho gusto —le dije mientras me acercaba a estrechar su mano— yo soy

Germán.

- Parece que ha tenido una mala noche, le noto pálido y ojeroso.

- Sí señor, esta semana no hemos podido dormir, mi esposa se fue y yo he

decidido buscar otra casa.

El anciano tenía un machete amarrado a la cintura y estaba podando un

árbol. Era un hombre muy viejo, de tez blanca, sin cabello, su cabeza estaba

cubierta por un sombrero de trapo que nunca fue lavado, en su cuello amarraba

un viejo pañuelo rojo, tenía el rostro alargado, cargado de arrugas, la barba

blanca, las orejas grandotas y la nariz muy larga.

- ¿Quiere tomar café? —me preguntó mientras me miraba con sus ojos negros

y pequeños.

118
- Sí claro — conteste.

Lo seguí, entré a su casa, una anciana amable, risueña, de carita

arrugadísima y cabello blanco, me invitó a sentarme y me sirvió un jarro de café

y una tortilla de queso deliciosa.

- Mi hermana es la dueña de la casa —dijo Don Ananías— hace mucho tiempo

la alquila, pero los inquilinos no duran más de una semana.

- ¿Por qué? —le dije

- En la casa habita el ánima en pena de una niña que vivió allí con sus padres.

Falleció hace dos años en el mes de noviembre, pobrecita sufría mucho

porque la madre la maltrataba, no le daba de comer, tenía siete años, estaba

enferma, delgadita y pálida, la mamá le gritaba y tiraba su comida en el patio,

la pequeña la recogía con sus delgadas manitas, era como un pajarito:

indefenso y tímido. Yo escuchaba sus llantos y se me partía el corazón, su

madre no la quería, yo la veía al anochecer, se sentaba en las gradas del

frente de la casa a esperar al papá, cuando el padre llegaba, se lanzaba a

sus brazos y entraban a la casa sonriendo; cuando murió, el papá la puso en

un ataúd blanco, tomó el pequeño féretro se lo echó al hombro y lo llevó al

cementerio, allí hizo un hueco y la enterró. Su esposa no lo acompañó y

nadie fue al entierro. Pobre criatura, pienso que tatica Dios se la llevó para

que no sufriera, sin embargo, por algún motivo que yo no logro entender su

ánima en pena no se fue, se quedó a vivir en la casa.

- ¡Qué triste historia! —le dije

- ¡Sí, muy triste joven!

119
- El pulpero me dijo que esta calle, es la calle de las brujas y que aquí vivieron

dos señoras que practicaban la brujería.

- No, no es cierto —dijo don Ananías— yo las conocí cuando era niño, eran

dos solteronas que vivían en soledad, muy buenas personas, la gente

chismosa las calificó de brujas, pobrecitas y así nombraron la calle.

- Bueno —le dije— lo que me cuenta confirma la aparición que vi esta

madrugada. La casa no la visitan las brujas, es el fantasma de una niña que

llora, juega y canta por las noches.

- Así es muchacho.

- Vaya con razón sacó la muñeca de la cómoda de mi esposa, para jugar con

ella. ¡Pobrecita! Pero ¿por qué su alma en pena se quedó en la casa?

- No lo sé —dijo don Ananías— yo pienso que ella quería vivir como una niña

normal, sin embargo, las circunstancias se lo impidieron, ahora vaga por la

casa incorpórea y triste, ríe, llora, no le hace daño a nadie. Cuando me

desvelo la escucho y me siento muy triste. Es un ánima en pena inocente, sin

embargo, los inquilinos llegan se acomodan en la casa y a los pocos días los

veo recogiendo sus pertenencias y salen despavoridos, pero la pequeña no

hace ningún daño, el único mundo que conoció fue la casa y por algún

motivo que yo no puedo explicarle se quedó a vivir en ella.

Terminé de tomar el delicioso café y le dije:

- Don Ananías lo que me cuenta me llena de asombro, pobre niña, en vida fue

víctima de muchas crueldades, y a pesar de lo que sufrió su alma no

descansa en paz.

120
Me despedí de Don Ananías y su esposa agradecido por el desayuno y

apesadumbrado por lo que me conto.

Los días siguientes me dediqué a buscar casa sin lograrlo, pasé una semana

más en la linda casita en compañía de la niña fantasma, le tomé mucho afecto

porque realmente era inofensiva y juguetona. Abría el tubo de la pila, sacaba las

cosas de las gavetas, entraba y salía de mi cuarto para sacar juguetes, se

mantenía activa. Por dicha la siguiente semana logré encontrar una casa en San

Sebastián, mi esposa me hacía mucha falta, yo la amaba mucho, me sentí muy

feliz de volver con ella.

A pesar de que han pasado muchos años y la vejez llegó a mi vida recuerdo

muy a menudo ese episodio que me tocó vivir en San Rafael Abajo de

Desamparados. A veces pienso en la pequeña e inocente niña que murió en

aquella linda casita y su ánima en pena deambulaba por sus pequeños

aposentos cantando una canción, cuando la recuerdo, la tristeza invade mi

corazón porque hay muchos niños que son golpeados, violados, padecen

hambre y frío y no tienen a nadie en este mundo, muchas veces los agresores

son sus propios padres, ellos descargan todas sus amarguras y fracasos en sus

pobres hijos que no tienen la culpa de sus problemas, y los pequeños no pueden

defenderse.

121
Aferrado a la Vida

En los años ochenta, Barrio Aranjuez de Guadalupe era un lugar

hermosísimo y la gente vivía en convivencia con sus vecinos. Trescientos

metros al norte del hospital Calderón Guardia vivió Don Elías, un adulto mayor

pensionado, su casa estaba pintada de color blanco, la puerta de la entrada

principal barnizada de color caoba y a ambos lados dos ventanas de vidrio

cuadradas, con el marco de madera pintado de barniz del mismo color, en la

entrada, había una acera de dos metros de largo por treinta pulgadas de ancho,

y a ambos lados un hermoso jardín donde sobresalían muchas plantas de rosas

de diferentes colores. Don Elías trabajó durante muchos años en una institución

del gobierno y ahora disfruta de su jubilación, se levanta tarde, va a pasear a

diferentes lugares y vive una vida tranquila. Es un adulto mayor de estatura

pequeña y de cabello blanco liso y corto, siempre se mantiene ocupado

arreglando el jardín o pintando la casa, es muy activo, sin embargo, vivir solo es

muy aburrido, por ese motivo decidió llevarse a vivir con él a su hermano

Ernesto para tener con quien charlar y pasar la vida más amena. La casa era

muy grande entonces instaló a su hermano en un cuarto muy amplio para que

allí viviera cómodamente.

Ernesto vivía en Calle Blancos y de joven había estudiado y logrado sacar el

bachillerato, sin embargo el vicio del alcohol arruinó su vida y nunca logró sentar

cabeza, ahora es un adulto mayor y dejó el vicio totalmente, se dedica a hacer

trabajos de albañilería y tiene sesenta y ocho años de edad, es dos años menor

que su hermano sin embargo se le ve más avejentado, es alto pero su cuerpo


122
esta doblado y camina lentamente, en su frente ancha y morena tiene una

cicatriz profunda, es un recuerdo de su desordenado pasado. .

Un sábado Don Elías le dijo:

- Hermano vamos al Mercado Borbón porque de ahora en adelante usted va a

comprar las verduras para el gasto de la semana, voy a acompañarlo para

mostrarle donde las compro.

Salieron de la casa y al rato llegaron al mercado Borbón ubicado en la calle

ocho entre avenida tres y cinco. Don Elías le mostró el tramo donde debía

comprar las verduras, luego se lo llevó a recorrer el mercado.

- Aquí las verduras y frutas son frescas y a precio muy bajo —dijo don Elías—

y usted debe venir los sábados tempranito.

- Despreocúpese —dijo Ernesto— yo me encargo de hacer los mandados.

Estaba muy contento porque su hermano Elías le había dicho que no tenía

por qué trabajar, ya que él contaba con una buena pensión y algunos ahorros,

entonces podían vivir el resto de sus vidas sin necesidades económicas, esto

motivo a Ernesto a realizar el sueño de su vida: escribir un libro en el que

contaría las peripecias que vivió durante el tiempo que estuvo hundido en el vicio

del alcohol, como logró combatirlo y salir adelante. Estaba muy entusiasmado

porque pensaba que el libro ayudaría a mucha gente a combatir los problemas

con el alcohol, compró una pequeña máquina de escribir e inició su proyecto, la

mayoría del día pasaba sentado sobre una cómoda silla con los brazos sobre un

pequeño escritorio, día tras día y parte de la noche escribía lo acontecido en su

pasado, era un hombre incansable, a pesar de que sus ojos negros y tristes

123
estaban cansados, lo sorprendía la madrugada en su quehacer, tenía una fuerza

de voluntad increíble. Don Elías le corregía los errores ortográficos y él estaba

entusiasmado en su proyecto. Los sábados agarraba un saco de manta y se iba

para el mercado a comprar las verduras, llegaba al lugar, observaba como la

gente entraba y salía y los vendedores saludaban a la gente y ofrecían sus

productos, no le gustaba subirse al bus entonces iba y regresaba por la avenida

siete, caminaba y caminaba hasta llegar al parque España, se sentaba en una

banca, descansaba un rato, luego se echaba el saco al hombro y se dirigía a la

casa.

El tiempo pasó y estaba a punto de terminar el libro tal y como lo había

planeado, un sábado se fue para el mercado, compró las verduras y regresó

caminando, iba apresurado porque quería escribir algunos acontecimientos que

estaban dando vueltas por su cabeza, hizo el mismo recorrido de siempre, pero

al cruzar la avenida siete para dirigirse a su casa, no se percató que venía un

carro de carga, este lo arrolló violentamente lanzándolo por el aire contra un

muro de cemento. Cayó sobre el pavimento herido de muerte, el chofer del

vehículo se bajó asustado y al verlo ensangrentado se puso las manos sobre la

cabeza pensando que lo había matado, pero Ernesto estaba vivo y fue

trasladado por algunas personas al hospital que estaba a solo doscientos metros

de donde ocurrió el accidente.

Don Elías extrañaba la tardanza de su hermano, siempre iba rápido al

mercado y regresaba apresurado a continuar con el libro, pero ese día se atrasó

124
bastante, estaba barriendo la casa cuando escuchó que lo llamaban, abrió la

puerta y un vecino le dijo.

- Atropellaron a su hermano y está en el hospital.

Cerró la puerta de la casa y corrió apresurado, preguntó en emergencias por

el estado de su hermano y le indicaron que esperara. Al rato un doctor preguntó

por el familiar del herido que recién habían atendido, Don Elías se puso de pie

rápidamente.

- Yo soy su hermano ¿Cómo está?

- Grave muy grave —dijo el doctor.

- ¿Puedo verlo?

- Sí, venga conmigo.

Llegaron a una pequeña sala, allí estaba Ernesto moribundo.

- Entre —dijo el doctor—, pero sea breve por favor.

Se acercó a la cama donde se encontraba y las lágrimas brotaron de sus

ojos negros al verlo ensangrentado con una mascarilla que le ayudaba a respirar,

tomó su mano y Ernesto lo miró tristemente mientras susurraba:

- ¡El libro, el libro debo terminarlo!

En ese momento perdió el conocimiento. Don Elías salió de la sala donde

estaba su hermano apesadumbrado, sacó un pañuelo, secó las lágrimas que se

deslizaban por su cara y sacudió su nariz pequeña, se acercó al doctor y le dijo:

- ¿Se repondrá?

El galeno hizo un movimiento negativo con la cabeza.

125
- No señor —dijo— le queda poco tiempo de vida, tiene heridas muy severas

en la cabeza y solo un milagro lo puede salvar.

Don Elías caminó hasta una banca y se sentó, respiró hondo, al rato se

incorporó y salió del hospital cabizbajo y triste pensaba en su hermano.

«¡Pobrecito! Se viene esta tragedia ahora que tenía grandes planes y estaba

escribiendo un libro.»

El diagnóstico del doctor fue acertado, Ernesto murió el día siguiente al

amanecer. Don Elías se encargó de hacer todas las diligencias fúnebres, lo

velaron el domingo y el lunes por la mañana lo enterró en el cementerio de

Guadalupe, le rezó los nueve días y su casa se llenó de gente.

Pasaron dos semanas y una noche cuando estaba dispuesto a acostarse

escuchó el “tac-tac” de la máquina de escribir que sonaba continuamente. Se

dirigió hacia el aposento donde su fallecido hermano escribía el libro, abrió la

puerta y revisó cada rincón, pero todo estaba en orden. Se fue a acostar,

despertó por la madrugada y escuchó pasos, se levantó apresurado y revisó

cada rincón de la casa, pero solo reinaba el silencio, miró el reloj, eran las tres

de la madrugada, se acostó nuevamente pero no logró dormir, el “tac-tac” de la

máquina de escribir siguió mortificando sus oídos y entonces comenzó a

preocuparse.

«La muerte de mi hermano me tiene nervioso en cuanto amanezca voy a ver

el doctor»

126
Por la mañanita se encontraba en el consultorio del doctor Martínez, que

estaba ubicado cerca de su casa, el galeno lo atendía desde hacía varios años y

tenía cierta amistad en él.

- Buenos días doctor.

- Buenos días Don Elías, ¿En qué puedo ayudarlo?

- Pues me da pena contarle lo que me está sucediendo, pero como le tengo

confianza decidí pedirle ayuda.

- No tenga pena, cuénteme ¿cuál es su problema?

- Doctor hace quince días murió mi hermano Ernesto.

- Cuanto lo siento ¿De qué murió?

- Lo atropelló un carro aquí cerca y desde su fallecimiento no he podido dormir

porque escucho ruidos en el cuarto que él ocupaba.

El doctor escuchaba a Don Elías con mucha atención, era un señor alto,

gordo, de piel blanca y de cara redonda:

- ¿Qué tipo de ruidos escucha? —le preguntó.

- La máquina de escribir no para de sonar en toda la noche, oigo pasos, grujir

de puertas que se abren y se cierran, esta situación me ha llevado al

insomnio, necesito su consejo y alguna medicina para combatir los nervios

porque me siento muy mal.

El doctor se pasó ambas manos por su cabello negro, lacio, muy cortó y dijo:

- ¿A qué se dedicaba su hermano?

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- No trabajaba, pero se propuso realizar su sueño: escribir un libro contando

las peripecias que vivió cuando fue alcohólico, estaba muy contento y todo

iba muy bien, pero ocurrió el terrible accidente y no logró terminar su libro.

El doctor se puso las manos sobre la barbilla:

- Creo que es una situación de nervios, le voy a dar una medicina que le va a

ayudar mucho y pida una cita para la próxima semana para ver cómo ha

seguido.

Don Elías salió del consultorio y se dirigió a la farmacia, compró la medicina

que necesitaba y se fue para la casa, se tomó la primera dosis indicada por el

doctor, se puso a barrer la casa y a limpiar el jardín, quería estar cansado para

lograr dormir por la noche, se acostó a las nueve y a las dos doce de la noche lo

despertó el ruido de una puerta al abrirse, luego escuchó claramente el “tac-tac”

de la máquina de escribir. Se sentó en la cama, se pasó ambas manos por su

cara morena y arrugada, respiró hondo y dijo:

- No, no son mis nervios. Aquí está pasando algo sobrenatural.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo entonces comprendió que el alma en

pena de Ernesto había regresado del más allá para seguir escribiendo el libro

que había soñado publicar algún día.

- ¡Ay tatica Dios! —dijo asustado— ahora qué voy a hacer.

La semana se le hizo eterna esperando el lunes para para ir donde el doctor.

El día indicado se levantó apresurado, se metió al baño, se vistió rápidamente,

salió de la casa y fue a ver al galeno.

- Buenos días doctor.

128
- Buenos días Don Elías, ¿Cómo ha estado?

- Muy mal doctor ahora los ruidos son constantes y ya no puedo dormir nada,

he llegado a la conclusión de que el ánima en pena de mi hermano está en

mi casa, ¿Doctor usted cree en fantasmas?

El doctor clavó sus ojos negros sobre su escritorio y se frotó sus grandes

manos, luego alzó la cabeza y sonrió.

- Bueno existe la posibilidad de que el ánima en pena de su hermano esté

visitando la casa, fue un hombre aferrado a la vida y tenía planes que no

logró concluir, ahora está terminando su proyecto. Es un alma atormentada

porque no logró sus propósitos en vida, yo he leído sobre estas cosas, y creo

que hay algo de cierto en estos acontecimientos sobrenaturales, pues no

sabemos qué pasa después de la muerte, pienso que su hermano quiere

terminar lo que se propuso en vida y su energía fantasmal deambula por su

casa, ¿Me entiende Don Elías?

- Sí señor, él quiere terminar lo que dejo pendiente.

- Sí, su hermano tenía su proyecto muy arraigado en el alma, mente y

corazón, por ese motivo ahora quiere cumplir su propósito.

- ¿Doctor qué debo hacer para arreglar esta situación?

- Muy simple, debe desengañarlo, ármese de valor y háblele enérgicamente.

Hágale entender que ya no forma parte de este mundo.

- Doctor yo no estoy preparado para hablarle a un ánima en pena, sin embargo,

no queda más remedio que seguir su consejo.

129
Don Elías salió del consultorio confuso y apresurado, pensaba en su

hermano y en todo lo que le dijo el galeno, recordó que muchas veces le habían

contado de ánimas en pena que asustan en las calles solitarias o en las casas

viejas, pero nunca les puso mucha atención a esas cosas sobrenaturales, ahora

está obligado a enfrentar al fantasma de su hermano.

«¡Ay tatica Dios! Tengo que armarme de valor y decirle que ya nada tiene

que hacer aquí, si no lo hago se va a quedar a vivir conmigo y yo no quiero

compartir mi casa con un fantasma, tengo que sacarlo de mi vida.»

Don Elías respiró hondo mientras caminaba de un lado a otro, pensaba como

armarse de valor para cumplir su cometido, por la tarde se dirigió a la Iglesia de

Santa Teresita, entró, se arrodilló, cerró los ojos y le pidió a Dios que le diera

fuerzas para poder hablarle al ánima en pena de su hermano, allí se mantuvo

por largo rato mirando los santos y pensando en la situación que estaba viviendo.

Al llegar la noche se dirigió hacia su casa, preparó algo de comida y encendió un

pequeño televisor que tenía en la sala, se recostó en un sillón a ver las noticias y

al rato se fue a su cuarto, intentó dormir, pero no lo logró, intentó leer un libro

que tenía sobre la mesita de noche, pero no podía concentrarse, estaba

impaciente y muy nervioso.

Las horas pasaron lentamente, vio el reloj:

- Ya es la media noche —susurró.

En ese preciso momento escuchó ruidos, se arrodilló sobre el piso y rezó una

oración. Se armó de valor y se dirigió al cuarto donde vivió el finado, la puerta

estaba abierta y las teclas de la máquina de escribir sonaban a un ritmo

130
monótono, un fantasma larguirucho y horroroso estaba sentado en una silla y

movía sus manos huesudas a un ritmo constante. Un escalofrió estremeció el

cuerpo de Don Elías.

- Es el ánima en pena de mí hermano —balbuceó.

Respiro hondo, se armó de valor y gritó:

- ¿Qué haces aquí hermano? ¡Vete! Ya no perteneces a este mundo, este no

es tu hogar, eres un alma buena y no tienes por qué sufrir de esta forma.

¡Dios te espera en el cielo para que descanses en paz!

Un viento fuerte inundó el cuarto y una sombra fantasmagórica se esfumó

por las celosías de la ventana dejando tras de sí destellos brillantes que

sobresalían en la oscuridad. Don Elías encendió la luz, todo estaba en orden,

sobre el piso había algunas hojas de papel esparcidas, las recogió y las puso

sobre el escritorio, regresó a su cuarto y no logró dormir pensando en la

experiencia terrible que acababa de vivir. Las noches siguientes durmió

plácidamente y los ruidos del cuarto donde vivió su hermano no volvieron a

escucharse, gracias a su valor y a los consejos del doctor, el problema estaba

solucionado.

Una mañana revisó los escritos del finado y se quedó sorprendido, al ver que

el libro estaba casi terminado solamente faltaba el desenlace, entonces se dio a

la tarea de escribirlo. Lo revisó bien y dijo:

«Voy a llevarlo a un filólogo para que lo revise.»

Luego lo llevó a empastar, un mes después tenía varios libros en sus manos,

le regaló algunos ejemplares a sus vecinos, después decidió caminar por las

131
calles de San José y distribuirlo entre la gente que tiene problemas con el

alcohol.

«Estoy seguro de que este libro es de gran ayuda para las personas que

padecen esa cruel enfermedad, que alegría lograr lo que había planeado mi

hermano, me siento realizado.»

Don Elías realizó el sueño de su hermano y la tranquilidad reinó en su hogar,

el alma en pena de Ernesto descansó en paz.

132
La Segua en San José

Un dia martes por la tarde pasé al Mercado Central, tenía muchas ganas de

tomar café, llegué a una soda donde lo hacen delicioso y logré encontrar un

campo en el mostrador, a la par de un adulto mayor al que conozco de vista,

nunca lo había saludado, pero en cuanto me senté lo saludé.

- ¿Cómo está señor?

- Bien —me contestó.

- Mi nombre es Don José para servirle.

- Mucho gusto, yo soy Don Enrique.

Estreché su mano mientras esperaba el café y conversamos de diferentes

temas.

- Yo trabajé muchos años de albañil —me dijo— pero ya me retiré, ahora

tengo una pequeña pensión que me permite vivir limitadamente y usted ¿a

qué se dedica?

- Soy escritor y busco adultos mayores que hayan tenido experiencias

sobrenaturales, para escribirlas ¿qué le parece?

Don Enrique se mantuvo en silencio, al rato me dijo:

- Voy a contarle algo que me pasó cuando yo era joven, me había prometido

callarlo y llevármelo a la tumba, pero si usted lo escribe me hará sentirme

mejor.

Enseguida abrí un bolso que siempre ando conmigo, saqué un lápiz, algunas

hojas y escribí este pasaje de la vida de Don Enrique.

133
En los años setenta tenía veintiocho años y era un joven alto, de piel morena,

me gustaba ir a bailar por la noche los fines de semana. Fue un tiempo

inolvidable porque las calles eran seguras y la gente amable y amistosa, había

poca población y la violencia estaba ausente, yo visitaba los salones de baile y

conquistaba mujeres, era un embustero, disfrutaba mucho embaucando damitas

ingenuas y hermosas que caían en mi trampa, tenía mucha facilidad de palabra,

mis promesas de amor conquistaban su corazón, lo hacía por placer, me sentía

feliz engañándolas y dejándolas cuando había logrado lo que me proponía. Vivía

en la Uruca, doscientos metros al norte de la ladrillera. Mi hogar era una casita

esquinera de madera vieja, recuerdo que mi madre que en paz descanse, sufría

al verme llegar de madrugada, mi madrecita me daba consejos, pero yo era

testarudo y feliz con la vida que llevaba. Los domingos en la tarde visitaba El

Herediano, un salón de baile que se llenaba mucho, estaba situado sobre la

avenida segunda, calle ocho, allí tocaban muy buenos conjuntos, las mujeres

decían que yo era un hombre guapo, tenía los ojos muy negros, el pelo negro y

bien recortado, y la cualidad de ser buen bailarín era muy favorable para

conquistar mujeres, me gustaban todas ellas: las morenas, las blancas, altas,

bajas, gordas o flacas todas son muy hermosas pero las rubias no sé por qué

me volvían loco, creo que son las mujeres más lindas que hay en esta tierra.

Una noche fui al Herediano y regresaba caminando por la calle seis,

cantando una canción, cuando estaba cerca del mercado central vi de lejos a

una mujer recostada sobre la pared del edificio.

«¿Qué hace una mujer tan bella a estas horas y en este lugar?» pensé.

134
Miré el reloj, eran las doce y treinta de la noche, apresuré el paso y fui hacia

ella. El fulgor de la luna llena me permitió admirar su escultural belleza, su piel

era blanca, lucía un vestido dorado que cubría todo su cuerpo y su pelo rubio

estaba cargado de colochos que le cubrían la espalda. Crucé la calle, ella notó

mi presencia, caminó rápidamente y luego corrió como gacela asustada, parecía

que flotaba en el aire, la seguí mientras le gritaba que me esperara y me dejara

acompañarla, pero ella dobló en la esquina de la avenida tres y cuando llegué

allí ya había desaparecido de mi vista.

Pensé que el destino la puso en mi camino porque siempre soñé conocer

una mujer rubia de cabello largo y cuerpo exuberante, llegué a casa, dormí un

rato y por la tarde deambulé por los alrededores del mercado central esperando

encontrarla, pregunté sobre la joven a algunas personas que tenían negocios en

la calle seis, pero nadie la conocía, recorrí San José durante horas pensando en

ella, a las once pm regrese al sitio donde la vi la primera vez, me senté sobre las

gradas de un almacén de ropa llamado San Gil, estaba situado sobre la calle

seis avenida uno, allí me mantuve esperando a la mujer de mis sueños pero no

se presentó, entonces decidí regresar a casa, pero yo sabía que tarde o

temprano la encontraría, quería decirle que la amaba y que estaba dispuesto a

dejar mi vida de mujeriego para ser feliz con ella.

La semana siguiente se me hizo eterna esperando que llegara el viernes

para buscarla, ella ocupaba todos mis pensamientos. En el mes de febrero las

noches eran bellísimas, la brisa era suave y perfumada, y el aire no estaba

contaminado, caminar por las calles de San José era agradable y placentero. Me

135
sentía feliz, el amor había tocado lo más profundo de mi corazón, amaba a esa

extraña y misteriosa mujer aun sin conocerla.

La noche del viernes me encontraba bailando en El Herediano, miré el reloj.

- ¡Vaya ya son las doce! —susurré.

Salí del salón, respiré hondo y caminé por la acera de la calle seis, me dirigí

al lugar donde aquella noche prodigiosa la encontré, vi el resplandor de su

vestido dorado y corrí hacia ella, estaba envuelta en un rayo de luna donde

sobresalía su escultural belleza, ella insensible y orgullosa, al notar mi presencia,

caminó rápidamente y por más que traté de alcanzarla al dar la vuelta sobre la

avenida tres desapareció de mi vista. Caminé por las calles solitarias intentando

encontrarla entonces comprendí que estaba jugando con mis sentimientos,

como sabía que la buscaba se comportaba misteriosa y caprichosa.

«¡Yo no voy a desistir! Necesito verla cara a cara para decirle que es la mujer

que siempre he esperado y ahora que la encuentro voy a luchar para

ganarme su amor.»

Caminé hacia mi casa pensando en ella, no podía apartarla de mi

pensamiento. El domingo por la noche solo me interesé en verla de nuevo, no fui

a bailar y a las once pm estaba por los alrededores del Mercado Central

esperando verla, pero no se presentó. Decidí regresar a casa porque el lunes

debía entrar temprano a trabajar. Contaba los días esperando que llegara el fin

de semana para buscarla, tenía el presentimiento de que esta vez ella me daría

la oportunidad de conocerla.

136
La noche del día sábado la esperé sentado sobre las gradas del almacén,

pero no apareció. El domingo insistí y me recosté a la pared del citado almacén,

miré el reloj eran las doce pm, de repente apareció ante mis ojos, no había duda

era una mujer bellísima, nunca había visto una dama como ella, me acerqué

apresurado, pero como otras veces corrió veloz, la seguí tratando de alcanzarla.

- ¡Espera, espera! —le grité mientras mis manos rozaban sus suaves cabellos

dorados.

Ya doblaba por la esquina de la avenida tres donde siempre se me escapaba,

y logré tomarla del hombro, ella volteó y me mostró su cara, tenía un horrible

rostro de caballo, me relinchó y me mostró sus grandes dientes amarillentos, un

olor nauseabundo salió de su enorme hocico, en ese instante me desmayé y

perdí el conocimiento. Desperté horas después, estaba desorientado y

horrorizado, miré el reloj eran las tres de la mañana. Había perdido el

conocimiento por varias horas, me sentía muy débil, entendí que la segua me

había espantado por ser embustero y mujeriego, caminé hacia mi casa mientras

pensaba en lo que me había sucedido. Estaba asustadísimo y sabía que había

recibido una dura lección por la forma de vida que llevaba.

Desde que tuve esa horrible experiencia me convertí en una persona

diferente, me alejé totalmente de los salones de baile e iba a misa los domingos

con mi mamá, comencé a ser un joven tranquilo y bien portado, mi madrecita

estaba muy feliz. Con el tiempo comprendí que lo sucedido aquella madrugada

fue una lección que hizo cambiar mi vida. Y comprobé que la segua también

asusta en San José.

137
El Gato Endemoniado

En el año mil novecientos noventa conocí a Don Jesús, era un abuelo de

ochenta años, él me conto varias anécdotas ocurridas en su larga vida, me gustó

mucho como contaba sus historias. Entre los muchos relatos que me contó elegí

el que escribo a continuación.

Alajuelita es un cantón muy hermoso poblado de gente humilde, creativa y

trabajadora, al sur se encuentra Barrio el Tejar donde vive varias familias que

luchan cada día para salir adelante.

Una ligera llovizna cae sobre la ancha calle de piedras sueltas, donde juegan

algunos niños descalzos con una vieja bola de coyunda, en este barrio la

mayoría de las casas son de madera, sin embargo, hay tres viviendas

construidas de concreto y más arriba en una ladera hay muchos ranchos

construidos de materiales viejos. Un adulto mayor camina apresurado seguido

por un pequeño perro blanco, un carro se aproxima y se detiene al frente de una

casa que está desocupada, de él baja el chofer y un joven que lo acompaña. El

abuelo los mira, camina hacia ellos, los saluda y les pregunta.

- ¿Ustedes son los nuevos dueños de esta casa?

El chofer del carro le contesta:

- No señor, yo solo hago el flete. Él es el dueño.

El abuelo se acercó al recién llegado, estrechó su mano y dijo:

- Mi nombre es Don Jesús, vivo aquí cerca y estoy para servirle.

138
- Gracias, yo soy Ovidio y espero que seamos buenos vecinos, ayúdeme a

bajar las cosas del carro y le estaré muy agradecido.

- ¡Claro que sí! —dijo Don Jesús.

Don Jesús es muy querido y respetado en Alajuelita porque es rezador y en

diciembre es muy solicitado para los rezos del niño, los rezos en las casas, los

novenarios, rosarios cantados y todo lo que se refiere a ese menester que

acostumbra la religión católica.

Ovidio es un joven alto, piel morena, cuerpo grueso y musculoso; compró la

casa con sus ahorros y considera que hizo un buen negocio ya que el inmueble

está construido totalmente de cemento y muy bien terminado. Esta acomodando

algunas cosas cuando llega su esposa Isabel, una mujercita pequeña y

agraciada, de piel blanca y cuerpo muy bien formado, entró a la casa y revisó

cada detalle, al rato salió sonriendo feliz, caminó hacia donde estaba su esposo,

y le dijo:

- Es una buena casa, aquí vamos a ser felices.

Sacó un delantal de su bolso, se lo amarró a su delgada cintura y comenzó a

ordenar y a colocar utensilios en diferentes sitios de la casa. Llegó la noche y los

esposos estaban instalados en su nuevo hogar, se acostaron a las ocho porque

Ovidio debía trabajar el día siguiente, pero en la madrugada un gato comenzó a

maullar en el techo, Isabel despertó sobresaltada y llamó a su esposo.

- Amor escucha.

139
Ovidio se sentó en la cama y escuchó el animalito que rascaba las láminas

de zinc y sus maullidos se convirtieron en gemidos quejumbrosos y

espeluznantes.

- Tatica Dios nos acompañe —dijo Isabel mientras se cobijaba cubriendo

totalmente su larga cabellera negra.

Ovidio era un hombre valiente y no lo intimidaron los maullidos del felino,

encendió la luz y miró el reloj.

- Es la una y treinta de la madrugada y hace mucho frio ¡Maldito animal! A

buena hora se pone a maullar y precisamente en el techo de nuestra casa.

El gato se mantuvo en silencio durante un rato, Ovidio apagó la luz y se

acostó. Se estaba quedando dormido cuando escuchó “miau, miau” luego un

gemido parecido al llanto de un niño recién nacido.

- ¡Vaya! —dijo— parece que no voy a poder dormir.

Se levantó, encendió la luz y los ruidos cesaron por completo.

«¡Qué extraño! Me pareció que ese animal rascaba en la pared del cuarto.»

Escuchó un gallo cantar.

- Ya está amaneciendo —susurró— y no logré dormir.

Se dirigió a la cocina, puso la cafetera a hervir para hacer café. Entró al baño,

al rato salió y fue al cuarto, su esposa aún dormía, la despertó llamándola

suavemente.

- Isabel, Isabel.

Ella abrió sus lindos ojos negros y susurró:

- ¿Qué pasa mi amor?

140
- Ya me voy al trabajo.

Isabel se sentó en la cama y dijo:

- Los gemidos del gato no me dejaron dormir. Eran espantosos, continuos,

prolongados y estremecieron todo mi cuerpo, sentí que el corazón se me

quería salir del tremendo susto.

Ovidio le dio un beso y le dijo:

- Tranquila mi amor, si ese animal vuelve a molestarnos voy a tener que

eliminarlo.

Se despidió de su esposa y caminó hasta un taller de ebanistería situado en

Alajuelita lugar donde trabajaba.

Isabel se levantó, caminó hacia la sala, corrió las cortinas de la ventana y lo

vio alejarse luego se fue a la cocina, tomo café y abrió la puerta de atrás, en el

patio había un frondoso arbolito de naranjo, estaba cubierto de flores, observó

como un pequeño pajarillo de plumaje amarillo cantaba y jugueteaba entre sus

ramas, moviéndose de un lado a otro picoteando entre las hojas, el pequeño

ruiseñor notó la presencia de la mujer y voló remontándose hasta un enorme

árbol de higuerón detrás de la casa. Ella lo vio alejarse y dijo:

- ¡Qué lindo!

Isabel es una mujer agraciada, tiene la carita rosada y ovalada, la nariz

respingada y ama los animalitos. El acontecimiento que ocurrió en la madrugada

la tenía nerviosa, cerró la puerta y se mantuvo todo el día acomodando

diferentes utensilios, por la tarde escuchó que tocaban la puerta, la abrió y

sonrió:

141
- ¿Amor cómo le fue?

- Bien —dijo Ovidio mientras le daba un beso.

Ella acarició con sus pequeñas manos la cara redonda y achinada de su

esposo y le dijo:

- ¿Quiero enseñarte el patio?

Lo tomó de la mano y lo llevó a mostrarle el arbolito.

- Es un patio muy amplio —dijo Ovidio.

- Sí —dijo Isabel— aquí vamos a ser muy felices. Bueno, la comida está lista

vamos al comedor.

Terminaron de comer y escucharon que tocaban a la puerta, Ovidio se

apresuró a abrir.

- ¿Cómo está vecino?

- Muy bien Don Jesús — dijo Ovidio.

- Me alegro, pasé a saludarlos y a saber cómo les va en su nueva casa.

- Pues ya nos acomodamos, sin embargo, anoche un bendito gato no nos dejó

dormir, se la pasó maullando durante horas.

Don Jesús se puso la mano derecha en la barbilla y dijo:

- ¿Un gato?

- Sí, no nos dejó en paz. Me pareció escucharlo en nuestro propio cuarto. Yo

espero que esta noche vaya con sus maullidos a otra casa.

- Bueno vecino dijo el anciano, me alegra que usted y su señora estén bien si

me necesita yo vivo al frente de su casa.

142
Don Jesús se dirigió a su casa, se quitó el sombrero negro de gamuza, que

usaba en su cabeza sin pelo, y pensó:

«¿Un gato maullando en el tejado? ¡Qué extraño!»

La pareja estaba feliz porque comprar la casa fue un sueño hecho realidad,

se acostaron a las nueve pm y se durmieron profundamente, sin embargo,

después de las doce, el felino comenzó a entonar los maullidos y los gemidos.

Despertaron sobresaltados.

- ¡Demonios! —exclamó Ovidio— el gato ha vuelto y quiere robarnos el sueño.

Se cubrió sus grandes orejas con ambas manos para no escucharlo, sin

embargo, los gemidos eran penetrantes y se escuchaban dentro de la casa.

Isabel se incorporó asustada:

- Parece que están matando al pobre animalito.

- No lo soporto —dijo Ovidio— voy a buscar un foco y una escoba para tratar

de ahuyentarlo.

- ¡Déjelo! ahorita se cansa y se va.

- No lo creo, hay que hacer algo.

- Tenga cuidado amor.

- Lo tendré.

Ovidio caminó hasta la puerta de atrás, la abrió, tomó una vieja escalera que

había allí y se subió al techo, alumbró cuidadosamente y no vio nada. La noche

estaba clara y silenciosa, un viento suave acarició su frente ancha y sintió un

pequeño escalofrió que recorrió todo su cuerpo, bajó de la escalera y entró a la

casa. Isabel estaba sentada en la cama esperándolo.

143
- ¿Ya se fue? —dijo ella.

- No lo sé. La noche está clara, sin embargo, no lo vi, creo que notó mi

presencia y se escondió.

- Bueno tratemos de dormir.

Ovidio apagó la luz, se acomodó en la cama y estaba a punto de dormirse

cuando escuchó de nuevo los gemidos y los maullidos.

- ¡Parece un bebe llorando! —dijo Isabel— sus gemidos penetran en cada

rincón de la casa.

El gato se mantuvo en su escalofriante maullar durante toda la madrugada y

no lograron dormir. Ovidio se levantó azurumbado, caminó hasta la cocina, puso

la cafetera a hervir, al rato hizo café, se tomó un jarro bien fuerte, respiró hondo

y se dirigió al cuarto. Isabel estaba dormida, le dio un beso y salió de la casa,

estaba muy preocupado y decidió eliminar el gato que los estaba molestando.

Ese día trabajó soñoliento, se pasó bostezando y sacudiéndose su larga

nariz, le dolía la cabeza y estaba resfriado, cuando terminó la faena, salió

apresurado esperando acostarse temprano antes de que el gato comenzara con

la serenata de maullidos, pero al llegar se encontró a Don Jesús, este lo saludó:

- Vecino necesito hablar con usted.

Ovidio se mostró desanimado.

- Otro día, ahora necesito descansar.

- Es muy importante, tengo que confesarle algo sobre el gato que no los deja

dormir.

- Bueno, si se trata del gato que nos está haciendo la vida imposible.

144
- Pase usted, bienvenido.

Don Jesús entró a la casa, se sentó en un cómodo sillón y dijo:

- Hace un año los vecinos de este pequeño barrio teníamos un problema muy

serio y estábamos desesperados porque un maldito gato no nos dejaba en

paz, el animal se metía en las casas, se robaba los alimentos, a pesar de que

estaban bien protegidos. Por las noches se turnaba en los techos y visitaba

diferentes casas para darnos serenata de escalofriantes maullidos que

paraban los pelos de punta al más valiente, por ese motivo le declaramos la

guerra. Decidimos matarlo, tratamos de envenenarlo, pero no lo logramos, le

pusimos trampas, lo perseguimos, pero se esfumada ante nuestros ojos. Era

silencioso como una sombra, ágil, escurridizo, se metía en las casas y se

llevaba la comida que estaba bien tapada. Lo perseguimos durante varios

meses sin lograr atraparlo, siempre se escabullía, lo veíamos al cruzar de

una casa a otra, luego se esfumaba. Lo vi una noche de luna llena, era un

gato negro enorme, su silueta gigante y macabra se reflejaba en las láminas

de zinc entonces me di cuenta de que era un engendro de Satanás.

Don Jesús se pasó la mano derecha por su rostro perfilado y arrugadísimo,

se quitó los viejos anteojos, y respiró hondo.

- Yo he vivido muchos años, sé cómo combatir el mal y estaba seguro de que

el demonio se estaba metiendo en nuestras vidas y usaba un gato negro

para hacer de las suyas, en este barrio hay mucha gente viciosa y nunca van

a misa, están alejados de Dios, y el demonio es feliz donde reina la maldad

entonces utilizó al gato para atormentarnos. Pero yo sé cómo combatir al

145
diablo, por ese motivo conseguí agua bendita y recé varias oraciones para

combatir el demonio, sin embrago, el diabólico gato no nos dejaba dormir,

una noche lo perseguimos y logramos acorralarlo en esta casa, ya estaban

terminándola y solo faltaba la chorrea del piso, rodeamos al maldito animal y

no pudo escapar, yo le rocié agua bendita con una brocha y maullaba

desesperado, se guindaba del cielo raso y caminaba por las paredes pero no

tubo escapatoria se dio por vencido, lo matamos a garrotazos pero nuestro

gran error fue haberlo enterrado aquí.

- ¡En esta casa! —exclamó Ovidio.

- Sí señor, precisamente en el cuarto que ustedes ocupan para dormitorio,

todavía no tenía piso de cemento y nos fue fácil hacer un hueco. Yo recé

algunas oraciones muy efectivas para ahuyentar el demonio, lo bañé con

agua bendita y rezamos el rosario, pero parece que el demonio que tiene

este gato es viejo y mañoso y sigue haciendo maldades, ahora los

perjudicados son ustedes que no tienen nada que ver en este asunto, ahora

la única solución para sacar el mal de esta casa es desenterrar el gato y

quemar el cadáver solo así pueden vivir en paz.

- No puedo creerle —dijo Ovidio— nosotros creemos en tatica Dios, él nos

protege y yo no voy a quitar el piso del cuarto para desenterrar el esqueleto

de un gato.

- Parece que usted no ha entendido lo grave del asunto —dijo don Jesús—

estamos tratando con Satanás, hay que actuar de inmediato o el mal se va a

extender por todo el barrio y nos va a perjudicar a todos, bueno nuestro

146
bienestar depende de usted. Yo cometí un grave error, debí quemar al

engendro del diablo la noche que lo matamos, pero ignoré que el demonio

tiene mucho poder, bueno ahora vaya descanse porque les espera una

noche muy larga.

Ovidio se despidió de Don Jesús y se dirigió a la cocina en busca de su

esposa, pero no estaba allí, entró al cuarto y la encontró dormida. Se sentó

sobre la cama y ella despertó sobresaltada.

- Amor, ya llegaste. Estaba muy cansada, me recosté y me quedé dormida. En

el horno esta la comida, caliéntela.

- Está bien ¿Hay alguna novedad?

- Sí, por la tarde me pareció escuchar el gato gimiendo debajo de la cama,

estoy muy nerviosa.

Ovidio acarició el cabello de Isabel y le dijo:

- Don Jesús, nuestro vecino, me contó que en este cuarto enterraron un gato

negro.

Isabel se incorporó de un salto y exclamó:

- ¿En este cuarto?

- Sí mi amor, era un gato goloso que no dejaba en paz a los vecinos.

- ¿Y por qué lo enterraron aquí?

- Dice que lo persiguieron y lograron acorralarlo en esta casa cuando estaba

en construcción. Don Jesús es un señor de antaño y cree que el gato estaba

endemoniado dice que debemos desenterrarlo y quemarlo, si no lo hacemos

147
la maldad se va a propagar por todo el barrio, trayendo la discordia entre los

vecinos ¡Qué ocurrencias!

- Amor, ¿Y si es cierto? Si Don Jesús tiene razón.

- Entonces que hacemos —dijo Ovidio.

Isabel acarició el cabello negro de su esposo y besó sus labios carnosos:

- Es mejor hacerle caso a don Jesús, es un anciano, con mucha sabiduría, yo

quiero que seamos felices y nuestra felicidad está siendo interrumpida por

ese endemoniado animal.

Isabel terminó de hablar y en ese momento escucharon el ronronear del gato

debajo de la cama, Ovidio sintió mucho miedo, tomó a su esposa de la mano, la

sacó del cuarto y la llevo a la sala, buscó un foco y alumbró bajo la cama, pero el

gato no estaba allí:

«Don Jesús tiene razón, creo que algo sobrenatural está ocurriendo en

nuestra casa»

Ovidio y su esposa se sentaron en el sofá y escucharon los aullidos y

gemidos con más intensidad. Isabel con voz temblorosa comenzó a rezar el

rosario, Ovidio apretó los dientes, tratando de no demostrar temor, pero estaba

aterrado. El corazón le palpitaba aceleradamente y el cuerpo le temblaba.

- Debemos salir de la casa.

- ¡No! —dijo Isabel— quedémonos aquí.

El gato se mantuvo maullando y gimiendo durante toda la noche, ellos se

mantuvieron en la sala hasta el amanecer del día siguiente. Ovidio no fue a

148
trabajar, salió de la casa en busca de Don Jesús, el anciano ya estaba

preparado:

- ¡Caray vecino! Veo que ha tenido una noche terrible.

- Es cierto —dijo Ovidio— no hemos pegado los ojos en toda la noche y mi

esposa esta con los nervios de punta, pobrecita.

- Bueno manos a la obra, le aseguro que esta noche van a dormir

profundamente.

- Usted habla de una forma tan convincente que he llegado a creerle,

definitivamente el demonio nos está jodiendo la vida para ver de qué forma

nos desestabiliza.

- Es cierto —dijo Don Jesús— pero nosotros tenemos a Dios de nuestro lado.

Nuestro Señor Jesucristo nos protegerá, él es vencedor del mal y ahora

nosotros somos su instrumento.

- ¡Amén! —dijo Ovidio mientras tomaba una macana y seguía a Don Jesús

que iba adelante con una pala al hombro.

Entraron a la casa y se dirigieron al cuarto donde habían enterrado al gato

endemoniado, Isabel los seguía y observó cómo los dos hombres quitaron la

cama y comenzaron a volar pico y pala hasta dar con los restos del animal. El

cuerpo estaba intacto, sus ojos verduscos no se habían podrido y estaban muy

abiertos, Ovidio al verlo se horrorizó, se persignó y comenzó a rezar, Isabel

caminó apresurada hacia la sala, se sentó en un sillón, en sus manos sostenía

un pequeño crucifijo.

- ¡Que la sangre de cristo nos proteja! —exclamó-

149
Isabel estaba aterrada, Don Jesús tomó el cadáver del enorme gato, lo hecho

en una bolsa de plástico, se lo llevó para el patio, lo roció de gasolina y le

prendió fuego, el enorme gato negro comenzó gemir y a retorcerse al ser

consumido por las llamas, mil chispas multicolores se entrelazaban con el viento

formando extrañas figuras brillantes que se esfumaron al instante, al rato solo

quedaron cenizas sobre el zacate quemado, Don Jesús las eliminó con una

escoba removiéndolas y echándoles un galón de agua bendita, luego exclamó:

- ¡Lo logramos! Hemos vencido al instrumento del diablo. Ya pueden ustedes

dormir en paz, les aseguro que el gato endemoniado no volverá a

molestarlos.

- ¡Gracias! —dijo Ovidio— bueno ahora debo reparar el desastre que hicimos

en el cuarto.

- ¡No se preocupe! Yo le voy a ayudar, el piso va a quedar mucho mejor de

cómo estaba.

Qué extraño y sobrenatural acontecimiento sucedió en este pequeño barrio

del cantón de Alajuelita, realmente es difícil de creer, pero Don Jesús tenía

razón. Después de que quemaron el cadáver del gato que habían enterrado allí,

Isabel y Ovidio vivieron muy felices disfrutando de una vida plena y tranquila.

Don Jesús ya partió de esta vida terrenal llevándose cantidad de anécdotas,

relatos y acontecimientos que le sucedieron en su larga vida y que muchas

veces intentó contarle a la gente, pero fue ignorado como muchos otros abuelos

que se llevan sus tesoros y sabiduría a la tumba porque ya nadie los escucha.

150
Amor Sobrenatural

Don Rubén es un abuelo muy agradable, vive en barrio La Cruz, él

amablemente me contó este pequeño relato del cual formó parte cuando fue

joven, yo muy interesado me presto a escribirlo.

En los años setenta había en la avenida ocho, calle cinco, una casita

esquinera pintada de color rosado era de una sola planta, tenía la puerta de

entrada barnizada de color caoba y dos pequeñas ventanas de vidrio, no tenía

verja ni muro porque en San José en ese tiempo no se necesitaba ese tipo de

protección, allí vivían Cristina y su esposo Dagoberto que recién seis meses

atrás había contraído matrimonio y disfrutaban pleno idilio de amor.

Cristina era ama de casa pues en esa época la mujer no trabajaba, era

bellísima y muchos hombres pretendieron cortejarla, pero su corazón había

elegido a Dagoberto, un joven albañil, alto y de piel morena. Estaban

enamorados y juraron amarse para siempre. Los domingos iban a misa, luego

recorrían las calles de San José y se entretenían caminando felices. Dagoberto

tenía el cabello corto, liso, los ojos muy negros y la cara ovalada.

Un domingo al atardecer, decidieron ir al teatro Center City, que estaba

situado sobre la calle cuatro, avenida seis, en ese lugar presentaban cantantes,

cómicos y en ocasiones obras de teatro, pero también películas taquilleras.

- ¡Es una película de Pedro Infante! —dijo Dagoberto— te va a gustar.

- Ojalá —dijo Cristina mientras se peinaba.

151
Salieron de la casa caminando de la mano y llegaron al teatro, Dagoberto

compró los boletos y algunos chocolates, entraron al establecimiento y

disfrutaron plenamente de la película. Al terminar se dirigieron a la salida y

cruzaron la calle tomados de la mano sin percatarse que venía un carro a alta

velocidad, este los arrolló violentamente.

Otro día la tragedia ocupaba la primera plana en los periódicos, “Chofer ebrio

atropella a dos jóvenes a la salida del teatro Center City, el hombre muere y la

mujer se encuentra muy delicada en el Hospital San Juan de Dios”. Dagoberto

no logró sobrevivir, pero Cristina en poco tiempo salió del hospital y se recuperó

físicamente totalmente, sin embargo, no logró recuperarse mentalmente de la

muerte de su amado esposo, lloraba y lo llamaba por las noches pidiéndole que

se la llevara para no seguir viviendo el tormento de su ausencia. Se adelgazó

mucho y se encerró en su casa a llorar su desventura, quería morir para reunirse

en el más allá con su amado esposo, comenzó a usar un vestido largo negro

que le cubría su hermoso cuerpo totalmente y para sobrevivir consiguió trabajo

de empleada doméstica en Plaza Víquez, al terminar su faena diaria, regresaba

a la casa pensativa y triste caminando lentamente, sus ojos azules como el cielo

se tornaron tristes y melancólicos, la soledad estaba consumiendo su vida. Los

domingos iba a misa de cinco a la Iglesia de la Dolorosa, regresaba y se

encerraba en su casa, había una pena muy profunda en su corazón y la

mostraba en su semblante, nadie la podía sacar de ese letargo que la llevaba a

la soledad y estaba consumiendo su pobre vida. Sus padres, vivían en Barrio

Los Ángeles y querían que fuera a vivir con ellos, pero ella reusó una y otra vez.

152
Así transcurría su vida, en una amarga condena, oraba con fervor y les pedía a

todos los santos que el alma en pena de su esposo regresara a su hogar.

Una noche no lograba conciliar el sueño, de pronto oyó una voz lejana que la

llamaba: Cristina, Cristina, el suave murmullo se escuchaba entre las paredes de

la casa y su eco distante acariciaba sus oídos, ella se incorporó sobresaltada y

exclamó.

- ¡Dagoberto!

Se bajó de la cama y recorrió la casa llamando a su difunto esposo, pero solo

escuchó el gemido del viento jugueteando en el tejado, de pronto sintió que algo

roso su espalda suavemente y un tenue murmullo acarició sus oídos, sintió

temor entonces se dirigió a la cama, recostó la cabeza sobre la almohada

mientras pensaba.

«Mi esposo ha vuelto a acompañarme y a sacarme de la cruel soledad que

estoy viviendo, Dios ha escuchado mis plegarias y me envió la presencia

sobrenatural de Dagoberto para que me ayude a salir adelante.»

Un brillo de esperanza iluminó su mente confundida y al rato se quedó

dormida. Otro día se levantó muy temprano, se fue al trabajo, al atardecer

regresó como siempre caminando lentamente, pero esta vez había una chispita

de alegría en su mirada y en su pensamiento tenía un presentimiento, algo

hermoso, sublime y misterioso ocurriría; y desde que entró a la casa una

presencia misteriosa y agradable la llenó de alegría, el manto de la noche cubrió

con su negro crespón cada rincón de su habitación y al acostarse sintió la

presencia intangible de su esposo que acariciaba su cabello.

153
- ¡Dagoberto! ¿Eres tú? Has vuelto a traerme la alegría que perdí cuando

partiste. Gracias tatica Dios por escuchar mis oraciones, ya nunca estaré

sola, la presencia de mi esposo iluminará mi vida, te prometo rezar el rosario

y seguir asistiendo a misa cada domingo durante el resto de mi vida.

Cristina estaba feliz, el alma en pena de su esposo regresó del más allá para

acompañarla y darle la felicidad que no pudo darle en vida porque un ebrio al

volante le arrancó su existencia de un tajo. De un día para otro, su semblante

cambio y sonreía feliz, los domingos para ir a misa se vestía elegante, luego

regresaba apresurada a su casa para estar con su amado fantasma. En cada

rincón de la casa se notaba la presencia de algo inexplicable y aterrador, las

luces se prendían y se apagaban, las llaves del agua se abrían y cerraban, se

escuchaban pasos lentos y murmullos de voces susurrantes en cada rincón, una

presencia fantasmagórica y blancuzca deambulaba por las habitaciones

traspasando paredes cuya visión espantaría y pondría los pelos de punta al más

valiente, pero para Cristina era común, ella se sentía acompañada y segura,

sabía que tendría la presencia de su amado a su lado el resto de su vida y

estaba realizada.

Un domingo al atardecer después de salir de misa, regresaba a la casa

apresurada, en ese momento escuchó la voz de un hombre que la llamaba, ella

volteó y él se presentó.

- Disculpe —le dijo— mi nombre es Rubén. Fui compañero de trabajo de su

esposo que en paz descanse, me dolió mucho su deceso, era un buen

154
hombre. Estuve en el entierro y fui a los nueve días, me alegra mucho verla

recuperada, fue una terrible tragedia ¿Me permite caminar con usted?

- Bueno, está bien.

- Yo la he visto en misa y quería saludarla, pero usted regresa de prisa a su

casa.

Llegaron a la casa y ella se despidió.

- Yo vivo aquí, gracias por acompañarme.

- Ha sido un placer —dijo el joven— espero verla de nuevo.

Rubén era alto, de piel blanca, tenía los ojos negros y la cara redonda.

Cristina se despidió y entró a la casa:

- Mi amor ya vine, la misa estuvo muy linda y conocí a un hombre muy

agradable dice que trabajó contigo.

Conversaba con su esposo fantasma y le contaba cada cosa que le pasaba,

así trascurría su vida, cuando llegaba del trabajo encendía un viejo radio y

escuchaba música. Reía, cantaba y conversaba largamente con la presencia

incorpórea que la acompañaba, rezaba el rosario y luego se acostaba feliz.

El caso de Cristina comenzó a preocupar a los vecinos, unos decían que se

había vuelto loca por la ausencia de su esposo, otros que practicaba brujería,

pero una anciana chismosa y metiche, de esas que nunca faltan, comenzó a

decir que Cristina estaba endemoniada y que por las noches invocaba al diablo

implorándole la presencia de su amado esposo.

Marilú era una mujer pequeña de piel morena, cara arrugada y alargada y

vivía a la par de la hermosa viuda.

155
- Es cierto —dijo— mientras conversaba con algunos vecinos yo la he

escuchado una y otra vez llamar en voz alta a su esposo.

- ¡No puede ser! —exclamó una vecina que conversaba con ella— yo la veo

en misa todos los domingos, ella es humilde, sencilla, callada y religiosa.

- Pues no me lo crea —dijo Marilú— pero yo estoy segura de que en esa casa

está pasando algo macabro, esa mujer es una bruja y va a misa nada más

para ocultar su maldad.

El tiempo pasó y Rubén logró ganarse la confianza de Cristina, los domingos

iba a misa por la tarde y aprovechaba para acompañarla y charlar un rato con

ella.

- Me gustaría visitar su casa.

- Está bien, pero tengo que pedirle permiso a mi esposo.

- ¡Bromea usted! —dijo Rubén.

- Claro que no, él se mantiene en la casa, no puedo verlo, pero siento su

presencia y nuestra relación es muy bonita, usted cree en fantasmas — le

pregunto Cristina.

- No, contesto Ruben yo no creo en esas cosas, son tonterías, pero creo en

usted y me gustaría visitar su casa, quiere ser mi novia.

- ¡No, no diga eso que ocurrencias las suyas! Soy una mujer casada y jamás le

faltaría el respeto a mi esposo.

- Usted es viuda y yo soy un hombre soltero y responsable, podríamos llegar a

una relación seria, así no estamos tan solitos.

Cristina observó a Rubén intrigada:

156
- Ya le expliqué mi situación, pero usted no quiere entender, sin embargo, voy

a invitarlo a tomar café un domingo por la tarde, pero debo consultar con mi

esposo.

Después de la extraña conversación, Rubén se dirigió a su casa, de pronto

escuchó una vocecilla gangosa y chillona que le decía:

- ¡Joven, joven!

Volteó y vio acercarse a la anciana Marilú moviendo su cuerpo pequeño y

muy grueso, ella le dijo:

- ¿Joven usted tiene amistad con esa mujer?

- ¡Claro que sí! Es bellísima.

- Es cierto, pero usted no está enterado de lo que pasa en esa casa por las

noches.

- Claro que no ¿Qué es lo que pasa?

- Ella conversa con el diablo y clama la presencia de su esposo fallecido, cada

noche se oyen lamentos, voces que vienen del más allá y traspasan las

paredes. Se lo aseguro, los vecinos también la han escuchado y están

asustados, por ese motivo le prevengo y le aseguro, esa mujer está

endemoniada y se presenta ante la gente con su carita de mojigata, pero en

realidad tiene amistad con el demonio.

Marilú entró a su casa mientras decía:

- Tenga mucho cuidado joven.

Rubén sonrió y pensó:

«Esta mujer no está bien de la cabeza»

157
Rubén se dirigió a su casa, estaba feliz porque Cristina había tocado las

puertas de su corazón, la amaba hacía tiempo, esperaba la oportunidad de

conquistarla y proponerle algo formal.

Cristina llegaba a la casa y tenía que ordenarla porque la presencia

incorpórea de su esposo se notaba en cada cosa, los utensilios de cocina

cambiaban de lugar, las sillas de la mesa del comedor estaban desordenadas, la

cama distendida, las puertas de los cuartos abiertas, en fin, el fantasma se

pasaba haciendo travesuras durante el día, ella le llamaba la atención:

- ¡Amor eres un desordenado! Siempre dejas las cosas tiradas en cualquier

parte, nunca vas a aprender.

Se enojaba, pero al rato se contentaba.

- Mi cielo, el domingo próximo invito a nuestro amigo Rubén a tomar café

¿Qué te parece?

Sonreía y conversaba con su amado fantasma, los vecinos la escuchaban

hablar sola y pensaban que estaba loca, no era cierto, ella era ingenua e

inocente como un niño y vivía feliz en su propio mundo al lado de su amor que

no podía ver ni tocar, pero si amar con todas las fuerzas de su corazón. El

domingo siguiente después de misa invitó a Rubén a tomar café. Las sombras

de la noche cubrían la avenida ocho cuando el joven entró a la casa.

- Siéntese por favor.

- Gracias —dijo Rubén mientras se acomodaba en un suave sillón.

158
- Voy a hacerle cafecito y a calentar unas empanadas de papa que hice antes

de irme para misa, pero venga siéntese en la mesa del comedor ya le sirvo.

Espero que a mi esposo le agrade su visita.

Rubén observó a Cristina mientras pensaba:

«Es una mujer bellísima, sin embargo, la muerte de su esposo la ha

trastornado, no importa yo la amo, si me acepta, seremos felices. »

Ella le sirvió el café, pero cuando Rubén estaba a punto de llevárselo a la

boca sintió un aire frio que le entró por las piernas y un escalofrió estremeció su

robusto cuerpo, de pronto un fuerte viento invadió la casa y comenzaron a

caerse objetos de los estantes, una fuerza incontrolable jaló de un tirón el mantel

de la mesa, la tasa de café y la comida volaron por los aires, las sillas chocaron

con la pared y los utensilios de cocina rodaron por el piso, Cristina gritó eufórica:

- ¡Dagoberto, Dagoberto! ¡Cálmese por favor! Esta no es forma de recibir una

visita.

Rubén estaba horrorizado y corrió hacia la puerta apresurado, en un

santiamén estaba en la calle. Allí se encontró con la anciana Marilú, ella le gritó:

- ¡Yo le previne joven sobre lo que pasaba en esa casa, pero usted no me hizo

caso es testarudo y tonto!

Marilú reía a carcajadas al ver a Rubén pálido y asustado del tremendo

susto que se había llevado, el joven caminó hacia su casa triste y decepcionado,

sus planes de conquistar el corazón de la bellísima mujer se habían derrumbado,

estaba sorprendido y confundido por lo acontecido, mientras tanto Cristina se

disculpaba con el alma en pena de su esposo.

159
- Mi amor no imaginé que reaccionarias de esa forma, Rubén es nuestro

amigo, te prometo que no vuelvo a traer a nadie a nuestra casa, esto no

vuelve a pasar, no sé porque eres tan celoso yo solo te amo a ti.

Los años pasaron rápidamente, Cristina tuvo una vida larga y fue feliz al lado

de su esposo fantasma, él la acompañó hasta el fin de sus días. Hoy solo queda

este recuerdo del acontecimiento sobrenatural ocurrido en la avenida ocho, calle

cinco, ahora donde estaba situada la linda casita en que vivieron Cristina y

Dagoberto, hay un lote baldío cargado de monte y basura, algunas florecillas

rojas de semblante alegre sobresalen entre los arbustos.

160
El Ánima en Pena

A Don Isidro le gusta mucho contar historias, vivencias y anécdotas, es un

abuelo que vive en Calle Blancos y en su larga vida ha tenido muchas

experiencias sobrenaturales, me contó varios relatos, yo escogí el que escribo a

continuación.

En los años sesenta al noreste de Barrio Amón había un extenso terreno,

cargado de charrales con árboles frutales donde habitaban gran cantidad de

pajarillos, ardillas, conejos y muchos roedores. Este lugar estaba ubicado al

oeste de la carretera que va hacia San Francisco de Guadalupe y se llama lotes

Turnón, al este había un pequeño caserío habitado por gente muy pobre, cerca

de allí serpenteaba alegre y transparente el río Torres, bordeado de frondosos

árboles y profundas posas de agua cristalinas, los fines de semana llegaba

mucha gente a bañarse, llevaban almuerzo y disfrutaban pescando y

observando las orillas del rio donde abundaban cantidad de flores.

Cerca del río había una casa vieja de piso de tierra de dos aposentos, uno de

ellos servía de dormitorio y otro de cocina, el patio era amplio y había muchas

gallinas. Allí vivía Doña Clemencia, una ancianita pequeña de cabello blanco y

sonrisa placentera, ella tenía un hijo vagabundo y grandulón llamado Tomás, al

joven no le gustaba trabajar. La ancianita caminaba encorvada debido a que

padecía fuertes dolores de espalda porque tenía una enfermedad en la columna

que no le permitía enderezar su delgado cuerpo, pero era muy valiente, tenía

veinte gallinas y vendía los huevos a los vecinos del pequeño caserío.

161
Tomás era un muchacho alto y de cuerpo grueso, tenía por oficio la

vagabundería y no le interesaba el esfuerzo que hacia su anciana madre para

tenerle el estómago lleno, él se la pasaba metido en las pozas del río y por las

tardes tomaba su resortera, cruzaba la calle y se adentraba en el extenso

terreno de árboles frutales y espesa vegetación que tenía a pocos pasos de su

casa, allí hacia sus fechorías eliminando animalitos y pajarillos con su resortera,

tenía un vecino y amigo inseparable que se llamaba Carlos, era de estatura

pequeña y tenía agilidad para subirse a los árboles, a veces para alcanzar frutas

o para hacer acrobacias en las ramas.

Los dos muchachos habían tomado como oficio la vagabundería y se

pasaban los días sorteando la fuerte corriente del rio Torres, cazando garrobos o

se adentraban en el extenso terreno que tenían al frente de sus casas. Una

tarde de verano decidieron ir de casería, llevaban con ellos un pequeño perro

que tenía Carlos pues querían atrapar un conejo que habían visto otras veces,

pensaron que con el zaguate sería más fácil darle caza. El pobre perrito estaba

flaco, desnutrido y se la pasaba rascándose debido a que las pulgas lo

atormentaban, era pequeño, color negro, orejas largas y con algunas manchas

blancas en su cuerpo.

La tarde de verano estaba soleada y un vientecillo suave movía las copas de

los árboles, los muchachos se adentraron en el lugar a pasos lentos y con

mucha cautela llegaron donde tenía la guarida el conejo y se escondieron detrás

de unos matorrales, allí esperaron por largo rato de pronto lo vieron acercarse

entonces azuzaron al perro incitándolo a correr tras el escurridizo conejo, pero el

162
decaído zaguate no hizo arranque y el conejo corrió veloz perdiéndose en la

maleza.

- ¡Qué va! —dijo Carlos— este perro no sirve para nada.

- Tiene razón —dijo Tomás— tenemos que buscar otra forma de atrapar ese

conejo.

- Bueno es mejor regresar a casa, ya casi anochece.

- Sí —dijo Carlos— hay que salir de aquí.

Las sombras de la noche cubrieron lentamente los pequeños senderos que

permitían a los muchachos salir del lugar, apresuraron el paso, de pronto

escucharon un gemido profundo y lastimero que les escalofrió todo el cuerpo,

era una voz desesperada que surgía entre las sombras y la vegetación, se

escuchaba claramente.

- ¡Ay, ay! ¡Ayúdenme, ayúdenme!

Corrieron despavoridos, salieron del lugar, cruzaron la calle, llegaron a la

casa asustados y Doña Clemencia se sorprendió al verlos:

- ¿Qué les pasa muchachos?

Tomás se le acercó:

- ¡Nos asustaron mamá! Fuimos a atrapar un conejo y cuando regresábamos

escuchamos unos quejidos muy tristes y lastimeros. Era una voz lejana de

alguien que pedía ayuda, un gemido espantoso y desesperado que surgió

entre los árboles, sentí mucho miedo y corrimos sin parar hasta llegar aquí.

163
- Muchachos vagabundos deberían ir a coger café o buscar algún trabajo. Esto

les pasó por andar metiéndose en la propiedad ajena, allí nada tienen que

hacer.

Doña Clemencia los increpó fuertemente, sin embargo, ellos no le pusieron

mucha atención y se fueron a meter debajo de las cobijas asustados por lo

sucedido.

Otro día muy temprano Tomás se fue a buscar a Carlos, por su mente

pasaba una idea que quería compartir con su compañero de correrías, lo

encontró sentado en una vieja mecedora al frente de su casa, estaba pensativo

rascándose la cabeza cargada de cabello rojizo, era un muchacho de piel blanca

con la cara alargada cargada de pecas.

- ¿Qué le pasa? — dijo Tomás— ¿Por qué esta tan apesadumbrado?

- Estoy asustado por lo que sucedió anoche.

- Tranquilo amigo, yo le he estado dando vueltas a este asunto y llegué a una

conclusión, pienso que esos quejidos son de un ánima en pena.

- ¡De una anima en pena! —repitió Carlos mientras se incorporaba de la

mecedora.

- Claro que sí, allí hay un tesoro enterrado —dijo Tomas.

- Hace mucho tiempo ese extenso terreno estaba sembrado de café y el dueño

era millonario. Creo que antes de morir enterró su oro en algún sitio y murió

sin desenterrarlo, ahora su alma en pena vaga entre los árboles buscando

quien desentierre su valioso tesoro, para descansar en paz.

- ¿Usted cree en esas cosas? —dijo Carlos interesado en el asunto.

164
- ¡Claro que sí! —dijo Tomás— y nosotros tenemos que ir por la noche a

desenterrarlo.

- ¡Por la noche! —exclamó Carlos.

- Sí mi amigo, hay que tener mucho valor para lograrlo, pero imagínese usted

si lo logramos seriamos millonarios.

- No, no cuente conmigo, aún me tiemblan las piernas al recordar lo que nos

pasó ayer, yo no tengo el valor para acompañarlo, vaya usted solo.

- ¡Vamos Carlitos! ¡No sea pendejo! ¡Anímese! Usted puede salir de pobre de

un día para otro y vivir el resto de su vida disfrutando de muchas cosas sin

tener que trabajar.

- Bueno voy a pensarlo ¿Pero por qué tiene que ser por la noche? Vamos a

buscarlo durante el día es más fácil.

- No —dijo Tomás— debe ser por la noche porque el ánima en pena debe

guiarnos hacia el entierro, si lo buscamos por el día llenaríamos todo ese

terreno de huecos y nunca lo encontramos.

Carlos respiró hondo y pensó en un futuro lleno de lujos y comodidades

- Bueno está bien, voy a acompañarlo, pero deme tiempo mientras le pido

fuerzas a tatica Dios para afrontar este asunto tan serio.

- Está bien —dijo Tomás— entre los dos es más fácil, ya verá que pronto

cambiamos de vida y vamos a tener mucha plata.

Tomás tenía la piel blanca, cara redonda y los ojos negros, siempre soñaba

con tener dinero sin tener que trabajar y como estaba desocupado se le ocurrió

que allí había un entierro y esa sería la solución para vivir una vida tranquila sin

165
tener que matarse trabajando, porque trabajar no le gustaba para nada, con

costos y ruegos de su madre conseguía la leña que usaban para cocinar,

esperaba la respuesta de su amigo para adentrarse en el inmenso terreno que

tenía al frente de su casa y así realizar lo que había planeado. Doña Clemencia

se encontraba echándole de comer a las gallinas cuando vio a su hijo acercarse.

- ¡Vaya! Hoy se ha mantenido en la casa ¿A qué se debe? ¿Ya decidió buscar

trabajo para ayudar a esta pobre vieja?

- ¡Mamá! Quiero pedirle un consejo.

- ¿De qué se trata?

- He estado pensando que en algún sitio de ese extenso terreno que hay al

frente de nuestra casa hay un tesoro enterrado.

- ¡Qué ocurrencias hijo! ¿De dónde saca esas ideas?

- Usted me contó que el dueño de ese terreno era millonario, yo pienso que

cuando falleció enterró su oro en algún sitio y ahora su alma en pena está

buscando quien desentierre su tesoro, solo así puede descansar en paz.

- ¡Ay hijo mío! La vagabundería le hace pensar en esas tonterías, estoy segura

de que ese señor le dejó todo lo que poseía a sus hijos, no se haga ilusiones,

piense como conseguir un trabajo. Eso de ánimas en pena es puro cuento.

- Mamá, el abuelo me contaba que muchos terratenientes enterraban el oro

que poseían y cuando morían no descansaban en paz hasta que alguien

desenterrara su tesoro,

- Hijo su abuelo estaba loco, se pasó la vida pensando en cosas

sobrenaturales, aparecidos, espantos, ánimas en pena, tenía la mente llena

166
de fantasías y nunca logró nada. Eres un muchacho con buena salud, tienes

que pensar diferente, endereza tu vida, trabaja y así lograremos vivir mejor.

Tomás agachó su cabezota y se fue en busca de su amigo inseparable.

Carlos había decidido acompañarlo, se pusieron de acuerdo y decidieron que

esa misma noche buscarían su anhelado tesoro. La luna llena los favorecía,

llevaban un foco y una pequeña pala, la ambición azuzaba sus mentes, las

ganas de adquirir dinero fácilmente sin tener que sudarse trabajando para

ganárselo era un sueño que ambos anhelaban. A las ocho de la noche

caminaban por el lugar sorteando matorrales y arbustos, estaban nerviosos,

caminaron indecisos, al rato escucharon el canto de las aves nocturnas y

algunos chillidos de los roedores que habitaban el lugar, un silencio

adormecedor reinaba entre la vegetación.

- Hace frio —dijo Carlos— creo que lo mejor es regresar a casa, ya hemos

caminado mucho.

- Tenga paciencia —dijo Tomás— ya estamos aquí lo mejor es esperar.

Se apostaron al pie de un frondoso árbol de higuerón, sin embargo, no

lograron escuchar los gemidos y no vieron nada. Entonces decidieron regresar a

la casa, de pronto una luz brillante y ovalada apareció iluminando un árbol de

guayabo, los muchachos se quedaron paralizados cuando vieron una figura

esquelética y fantasmagórica que destellaba luces azuladas y extendía sus

manos huesudas y transparentes pidiendo ayuda: ay, ay, ayúdenme, ayúdenme.

Querían correr pero las piernas no les respondían, no podían moverse del

tremendo susto, la aparición se esfumó ante sus ojos y reinó un silencio

167
sepulcral. Poco a poco recobraron fuerzas entonces corrieron despavoridos

hasta salir del lugar. Llegaron a la casa desfallecidos, Tomás apenas balbuceo:

- ¡Es un ánima en pena! Se da cuenta, yo tenía razón.

- Yo no quiero saber más de este asunto —dijo Carlos— no sé cómo me atreví

a acompañarlo, le juro que estoy medio muerto del susto.

- Yo también estoy muy asustado pero motivado, valió la pena, ahora ya

sabemos que el entierro esta al pie del árbol de guayabo, mañana por la

mañana vamos a buscarlo.

- Bueno, si es durante el día yo lo acompaño —dijo Carlos.

- Estoy seguro de que nuestras vidas van a cambiar —dijo Tomás— vamos a

ser millonarios, podemos comprarnos lo que nos dé la gana y disfrutar de

una vida de placeres y no tendremos que trabajar, bueno ahora vamos a

dormir. Mañana temprano nos vemos.

- Está bien —dijo Carlos mientras estrechaba la mano de su amigo.

El día siguiente por la mañana Doña Clemencia estaba barriendo el frente de

la casa cuando los vio cruzar la calle y adentrarse rápidamente en el lugar.

«Muchachos vagabundos, adonde van tan temprano, hay tatica Dios cuando

van a enderezar sus vidas.»

Ella no imaginaba lo que tramaban. De camino los muchachos recogieron

la pala que habían dejado abandonada la noche anterior y se dirigieron al árbol

de guayabo.

- Es aquí —dijo Tomás mientras tomaba la pala entre sus manos y la hundía

con fuerza sobre la tierra.

168
Lograron hacer un enorme hueco, pero no habían encontrado nada, sin

embargo, no se desanimaban y cavaron más hondo.

De pronto la pala chocó con un objeto duro.

- ¡Lo encontramos! —gritó Tomás— ¡Somos ricos!

Eufórico empujó la pala con fuerza para sacar lo que había encontrado, ante

sus ojos surgió una calavera con algunos cabellos largos y negruzcos que aún

colgaban del cráneo, luego quedó al descubierto un esqueleto humano, entre los

tirones de la ropa podrida se deslizaban enormes gusanos negros, un olor

nauseabundo penetró en las fosas nasales de los muchachos, que retrocedieron

aterrorizados, las piernas se les acalambraron y no podían caminar, hicieron un

gran esfuerzo y lograron salir del lugar. Doña Clemencia los vio cruzar

lentamente hacia la casa y presintió que algo les sucedía. Ellos se acercaron,

estaban pálidos y sin habla. Doña Clemencia les frotó el cuello con alcohol y les

dio un vaso de agua, lo tomaron lentamente.

- ¿Por qué están tan asustados?

Tomás señalo con la mano derecha hacia el lugar y apenas susurró:

- Mamá encontramos un muerto.

- ¡Sí! — dijo Carlos— ¡Un esqueleto! Fue algo horrible, yo prometo no volver a

entrar a ese lugar:

Doña Clemencia respiró hondo, luego hizo un movimiento negativo con la

cabeza, señaló a ambos con el dedo índice y dijo:

- Presentía que ustedes tramaban algo malo, ojalá que lo sucedido les sirva de

escarmiento para que cambien de vida.

169
La policía se hizo presente en el lugar y recogieron la osamenta que los

muchachos habían desenterrado, eran los restos de una mujer joven que había

desaparecido hacía dos años, las autoridades hicieron las averiguaciones

pertinentes y llegaron a la conclusión de que la habían asesinado y enterrado allí.

Después de varios días encerrado en su casa recuperándose del tremendo

susto, Tomás decidió buscar trabajo y Doña Clemencia se sintió muy feliz, con

su ayuda la situación económica en que vivían mejoró muchísimo, Carlos siguió

el ejemplo de su inseparable amigo, a los dos les sirvió de mucho la experiencia

vivida en lotes Turnón.

170
El fantasma del Zapatero

Al frente de la iglesia de la Dolorosa hay un pequeño y hermoso parquecito,

lo mantienen muy limpio y tiene una pequeña fuente de agua cristalina que se

desliza suavemente por una amplia cuneta hasta formar una pequeña piscina,

algunos niños juguetean y sus risas me llaman la atención, camino hacia el lugar,

observo algunas palmeras y varios arbolitos, los jardines me llamaron la

atención, sus lindas flores de colores son bellísimas, me senté en una banca de

cemento, respiré hondo y descansé plácidamente, al rato observé un señor

sentado en otra banca, tenía ambas manos apoyadas en su bastón y observaba

la vegetación, me acerqué, me presenté y conversé largamente con él, se llama

Don Carlos y es un abuelito muy simpático, tiene setenta años de edad y me

contó varias anécdotas ocurridas en su juventud, yo me incliné por esta que le

aconteció en San José.

En los años sesenta yo era un joven con muchos sueños e ilusiones, por ese

motivo un día decidí marcharme de mi lindo San Carlos y vivir en la capital,

quería trabajar y estudiar para tener mejores condiciones de vida. San José era

una ciudad hermosísima y muy tranquila, desde que llegué me gustó muchísimo.

Sus calles lucían muy limpias con arbolitos que bordeaban las aceras y las

casas lucían pintaditas y llenas de colorido, todas las personas que conocí eran

amables, comunicativas, bondadosas y siempre dispuestas a ayudar al prójimo.

En esos días estaban iniciando la construcción de la plaza de la justicia, eran

varios edificios. Allí conseguí trabajo de obrero, pero no sabía dónde iba a vivir

171
entonces decidí alquilar una casa pequeña. A los pocos días la encontré estaba

situada sobre la avenida diez, calle cinco y su construcción bordeaba la acera.

Me gustó mucho y un fin de semana me trasladé a mi nuevo hogar. La casa

tenía una sala pequeña, dos cuartos y una pequeña cocina.

La primera noche, un acontecimiento extraño comenzó a inquietarme,

escuchaba ruidos y susurros, una noche al acostarme sentí que algo rosaba las

cobijas, me incorporé de golpe, pensé que era algún insecto, pero no había nada,

volví a acostarme, no le di mucha importancia. Otro día me levanté y la puerta

del cuatro estaba abierta y yo la había cerrado antes de acostarme. La noche

siguiente regresé cansado del trabajo, me acosté y dormí profundamente; un

fuerte ruido me despertó en la madrugada, escuché que alguien arrastraba una

silla en la cocina, intenté levantarme y averiguar que estaba pasando pero sentí

miedo, presentí que algo sobrenatural sucedía en la casa, miré el reloj, era la

una de la madrugada y hacía un frío intenso, en ese momento escuché un golpe

incesante que atormentó mis oídos, alguien estaba martillando suavemente,

entonces comencé a preocuparme, yo era un muchacho alto y de piel morena y

como crecí en el campo me creía muy valiente, sin embargo, el miedo comenzó

a atormentarme y un extraño desasosiego invadía mi mente cuando llegaba a la

casa.

Quince días habían transcurrido, los golpes y los ruidos se incrementaron, los

escuchaba, pero no me levantaba. Salía de trabajar, llegaba a la casa, hacia

comida y después de comer me acostaba y me dormía. Un domingo me levanté

a las cinco de la mañana, porque tenía ganas de tomar café, me dirigí hacia la

172
cocina y vi una silueta oscura y macabra que se movía lentamente, era un

espectro grisáceo y horroroso, sus manos esqueléticas buscaban algo entre los

platos y las cucharas, en un instante se evaporó ante mis ojos, me asusté

muchísimo, el cuerpo se me estremeció y sentí que el corazón se me quería salir

del gran susto. A las siete am salí de la casa preocupado por la situación que

estaba viviendo, tenía poco tiempo de vivir allí y no tenía amistad con los

vecinos. Toque la puerta de la casa siguiente. Un anciano de piel blanca y de

estatura pequeña me abrió y me saludó:

- Buenos días joven ¿Qué se le ofrece?

- Buenos días —contesté.

- Yo soy Carlos y vivo aquí a la par de usted.

- Mucho gusto, mi nombre es Don Gustavo, si gusta pase adelante.

Entré a la casa y el señor se mostró muy amable.

- Venga pase a la cocina, estoy haciendo café ¿Gusta tomar una taza?

- Claro que sí, me vendrá muy bien.

Llegamos a un amplio comedor y allí me senté en una confortable silla, me

sirvió el café y tomé un par de sorbos.

- ¡Está buenísimo! —le dije— gracias por permitirme entrar a su casa.

Don Gustavo se sentó y le dio un largo sorbo al café:

- Lo veo muy inquieto joven y sé cuál es el motivo de su visita.

Me inquieté aún más:

- ¿Usted sabe lo que sucede en la casa donde vivo?

173
- Claro que sí, pero vamos a la sala, se sienta con comodidad y conversamos

sobre este asunto.

Don Gustavo tenía el cabello blanco y el cuerpo obeso; nos sentamos en el

sofá de la sala y me dijo:

- Yo soy viudo, mi esposa murió hace tres años y mis dos hijos están casados,

a veces vienen a visitarme, bueno debo contarle sobre lo que sucede en la

casa que recién habita. Allí vivió un hombre de profesión zapatero, era

amargado y borracho, se pasaba peleando con los vecinos y le hacía la vida

imposible a su familia, murió hace dos años y su ánima en pena se quedó a

vivir en la casa, era un hombre malo e invivible, a veces se le veía cruzar la

calle apresurado para ir a conseguir una cuarta de guaro a la cantina de la

esquina, su mujer y sus dos hijos lo abandonaron porque ya estaban hartos

de escuchar diariamente sus gritos y blasfemias.

Después de que su familia se fue no trabajó más, se pasaba borracho

blasfemando y culpando a su esposa y sus dos hijos de su precaria situación,

de repente no lo escuchamos ni lo vimos más, los vecinos presentimos que

algo le había sucedido y llamamos a la policía, ellos forzaron la puerta de la

casa, entraron y encontraron su cuerpo en estado de descomposición. Tenía

varios días de muerto, sin embargo, por algún motivo su ánima en pena se

quedó en la casa y los inquilinos anteriores me contaron que vieron un

horrendo fantasma trasteando en la cocina, es una entidad oscura y macabra,

no le gusta que lo molesten, no quiere ser perturbada entonces se muestra

amenazante.

174
- Es cierto yo vi la aparición hoy al amanecer y sentí mucho miedo.

- Esa es la situación joven, el fantasma del zapatero habita la casa y quiere

que lo dejen en paz, la casa fue remodelada y han llegado seis inquilinos

antes de usted y cuando se encuentran con el fantasma del zapatero gruñón

que vivió allí, salen despavoridos.

- Bueno —le dije— yo soy pueblerino y allá en el pueblo es común ver El

Cadejos, escuchar la carreta sin bueyes y La Llorona se pasa las

madrugadas llorando en el río. Pero no logro entender cómo un hombre

muere y su energía fantasmal se queda en el lugar donde vivió ¿Por qué

suceden esas cosas?

- Bueno —dijo don Gustavo— creo que este señor murió sin arrepentirse de

sus pecados y su alma en pena permanecerá en la casa, hasta que Dios lo

juzgue y lo perdone.

Don Gustavo era de piel blanca y tenía la cara grande redonda, se pasó la

mano izquierda por su frente ancha y arrugada y me dijo.

- Voy a explicarle lo que pienso sobre este misterio sobrenatural, espero que

usted me entienda, hay gente muy mala en este mundo, hombres que matan,

violan y se pasan la vida haciendo atrocidades, pero hay otros más peores,

aquellos que roban la felicidad de sus seres queridos, maltratan y agreden a

la esposa, a la madre, a sus hijos, son personas amargadas y crueles que

han destruido el futuro de quien los rodea, dicen palabras que hieren más

que una herida física, estas personas cuando mueren tatica Dios no les

permite gozar de una vida espiritual en el cielo, son rechazados y

175
condenados a deambular por la tierra en forma fantasmal hasta la eternidad,

se presentan como espectros y habitan en las casa viejas, en las carreteras,

los hospitales, en los edificios abandonados y muchos lugares más, son

sombras negras y muchas veces se muestran horribles y amenazantes.

Escuchaba a Don Gustavo con mucha atención, pero sorprendido por la

forma de explicar el tema, haciendo gestos con las manos y hablando con toda

autoridad.

- ¡Caray Don Gustavo! Usted me ha deja perplejo, quiere decir que hay

cantidad de ánimas en pena y fantasmas en muchas partes.

- Así es Joven, tengo ochenta y cuatro años y tuve tiempo de escudriñar el

misterio que rodea el asunto de los fantasmas y he llegado a esa conclusión.

- Debe saber que los espantos son algo muy diferente, la segua, la tule vieja,

la llorona y muchos espantos más, son obra del diablo que se trasforma para

asustar a los trasnochadores, mujeriegos y parranderos, que andan a altas

horas de la noche tras las faldas de una mujer, los espantos no asustan a la

gente buena que se acuestan tempranito, me entiende joven.

- Sí señor —le dije.

Se quitó los pequeños anteojos que cubrían sus ojos negros, los limpió con

un pedazo de tela y dijo:

- Hay gente que por diferentes circunstancias muere repentinamente y su

energía se queda en su residencia buscando transmitir un mensaje a sus

seres amados, quiere decirles algo que no les dijo cuándo estaba con vida,

pero ya es tarde, es una terrible agonía, estas entidades son almas

176
atormentadas que sufren y deambulan por el lugar donde vivieron y no

quieren dejar a sus seres queridos, su energía es muy fuerte, es fácil notar

su presencia porque pueden mover utensilios como la ropa, las sillas, las

cortinas de la ventana, a estos fantasmas hay que llamarles la atención

severamente, hacerles entender que ya no pertenecen a este mundo y deben

partir de esta tierra para que Dios los reciba en su seno.

Yo estaba bastante confundido porque estas cosas de fantasmas y

apariciones eran nuevas para mí y realmente no me interesaban hasta ahora

que tengo este gran problema. Don Gustavo siguió hablando y haciendo

ademanes con sus pequeñas manos:

- Hay personas que mueren jovencitos, a veces por un accidente o por

enfermedad, otros fallecen por causas naturales y en vida habían planeado

hacer el bien al prójimo o realizar algún sueño, su energía se quedó aquí

porque estaban muy arraigados a la vida, son almas blancas y buenas,

generalmente se presentan en los hospitales rodeados de un aura celestial y

ayudan a los enfermos mientras esperan que la mano de tatica Dios las

recoja y las lleve a su presencia.

Estiré los brazos y bostecé largamente:

- Don Gustavo —le dije— es muy interesante e increíble lo que usted me

cuenta.

- Bueno joven solo es mi teoría, sin embargo, yo sé que usted está muy

preocupado, le voy a hacer una proposición para que se vaya de esa casa y

no tenga más problemas con el fantasma gruñón que habita en ella, estoy

177
seguro de que si sigue viviendo allí el espectro le va a hacer la vida imposible.

Voy a alquilarle un cuarto, aquí hay mucho espacio, y puede vivir

cómodamente y al mismo tiempo me hace compañía, a mí me gusta

conversar mucho.

Acepté con alegría la proposición de Don Gustavo, ese mismo día trasladé

mis cosas y comencé a hacerle compañía, viví cómodamente en su casa hasta

el día en que él falleció porque sus hijos tomaron posesión de la propiedad.

Fueron tres años que compartí con él y recibí consejos invaluables que me

sirvieron para salir adelante. Me quedé quince días más viviendo allí mientras

conseguía donde irme; a veces me despertaba por la madrugada y escuchaba

golpes en la casa de la par y pensaba en el fantasma del zapatero condenado a

vagar en la casa, y allí se mantendrá hasta la eternidad purgando una condena

sin fin porque fue cruel y muy malo en esta vida.

178
Pasajera del Más Allá

En Vázquez de Coronado conocí a Don Rafael un anciano muy agradable,

cuenta que en los años cincuenta Coronado era un pueblo bellísimo rodeado de

ríos transparentes y verdes bosques, allí reinaba la tranquilidad apacible del

campo, sus habitantes eran humildes y sencillos, siempre dispuestos a ayudar al

prójimo. Es un abuelo muy simpático, tiene ochenta y cinco años y le gusta

contar relatos y pasajes de su vida. Don Rafael me contó lo que le sucedió una

madrugada cuando fue taxista.

En mi juventud era un joven emprendedor, mi padre tenía una finca con

ganado de lechería, yo me levantaba a las cuatro de la mañana y le ayudaba en

la dura faena, un día decidí independizarme y trabajar en algo diferente, tenía

buenos ahorros y se me ocurrió comprar un taxi para dedicarme al trasporte de

pasajeros.

Mi novia, vivía en barrio Santa Cecilia de Guadalupe, se llamaba Margarita;

decidimos casarnos, contrajimos matrimonio en la iglesia de Coronado, yo había

planeado construir una linda casita en la finca de mi padre, por ese motivo decidí

trabajar de noche y parte del día porque quería ganar más dinero y ahorrar para

lograr lo planeado.

En ese tiempo San José tenía poca población, sus calles estaban limpiecitas,

se respiraba aire de paz y se vivía con mucha tranquilidad. En el centro de San

José había varios salones de baile de gran renombre allí presentaban varias

179
orquestas y los bailes terminaban en la madrugada y los bailarines generalmente

solicitaban un taxi.

No me gustaba trabajar de noche y había decidido trabajar dos meses más y

comenzar a laborar de día.

Un sábado en la madrugada llegué al costado sur del Parque Central y me

bajé del carro para estirar las piernas, miré mi viejo reloj: eran la una y treinta am,

en ese momento vi una mujer bellísima, estaba parada a cien metros de donde

yo estaba, agitó su mano derecha y me llamó, subí al vehículo y fui a recogerla

mientras admiraba su escultural belleza, era alta, de cuerpo exuberante, cabello

negro largo, al acercarme noté que era trigueña y de rostro ovalado, usaba una

blusa blanca de manga larga y una falda azul que acariciaba su pantorrilla.

Detuve mi carro frente a ella

- Buenas noches señor, me lleva a San Pedro por favor.

- Con gusto —le dije.

Ella abrió la puerta y se sentó en el asiento delantero. La observé

detenidamente, me sonrió y conversamos:

- Señorita ¿No le da miedo andar a esta hora en San José?

- No señor, siempre lo hago, me gusta divertirme, me encanta bailar y hacer

amistades. Los fines de semana vengo a un salón cerca del Parque Central y

durante la semana organizo bailes en mi barrio con mis amigos.

- Yo también iba a bailar cuando estaba soltero, pero me casé y dejé las

diversiones, porque llegaron las responsabilidades, los hijos y muchas

obligaciones más.

180
- La vida es muy corta —me dijo— por ese motivo hay que estar alegre, bailar

cantar, sonreír y ser feliz.

Continuamos conversando y llegamos a San Pedro.

- Es aquí —dijo la joven— en esa casa rosada que tiene gradas anchas.

- Está bien —le dije.

La hermosa joven se bajó del taxi rápidamente corrió y entró la casa.

- ¡Espere señorita! ¡No ha me ha pagado!

Me bajé del carro apresurado y subí las gradas, toqué la puerta varias veces,

pero no la abrieron

- Vaya que mala suerte, la noche ha sido mala y ahora se me presenta esta

situación, la joven parece buena gente, sin embargo, no me pagó. Ya no se

puede confiar en nadie.

Regresé al carro muy enojado.

«Muchacha irresponsable vive en una casa elegante y no tiene plata para

pagar, bueno esto no se queda así, tengo que recuperar ese dinero. Hoy

mismo cuando termine mi turno regreso a cobrarle lo que me debe y no me

iré hasta que me pague, si no me paga le hago un alboroto frente a su casa.»

Por la mañana fui a buscarla y subí las gradas rápidamente, toqué la puerta

varías veces, pero no me abrieron.

Cansado de tocar la puerta, decidí irme a casa.

En ese momento escuché que alguien abría, era una anciana de aspecto

huraño con la cara arrugadísima y desaliñada, estaba en bata de dormir.

- Buenos días señor ¿Qué se le ofrece?

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- Buenos días señora, anoche traje a una joven a esta casa, se bajó del taxi

sin pagarme y yo necesito recuperar ese dinero.

La anciana me miró con tristeza y abrió la puerta totalmente, alzó su mano

derecha y señaló una foto que colgaba de una de las paredes y me preguntó:

- ¿Es ella?

- ¡Sí señora!

- Era mi hija Mariana, murió hace tres años, desde entonces regresa a casa

por la madrugada como lo hacía cuando estaba viva y salía a divertirse.

- Señora, ¿usted dice que monté un fantasma en mi carro? Y espera que le

crea. No, yo monté una muchacha y hablé con ella.

- Pues no me crea dijo la anciana, pero algunos de sus compañeros también

la han traído a casa. Si gusta pase y revisa la casa para que compruebe que

vivo sola.

- ¿Ya desayunó?

- No señora.

- Lo invito a desayunar y le cuento como murió mi amada hija.

La anciana caminó hacia la cocina, me senté en un suave y cómodo sofá,

coloqué ambas manos sobre mi cara morena, froté mi cabello negro y corto con

mis dedos mientras pensaba: «pobre mujer, creo que no está bien de la cabeza»

Estaba confundido por el comportamiento de la anciana y me preguntaba si

ella había perdido la razón, entonces decidí seguirle la corriente. Al rato el olor a

cafecito penetró en mi larga nariz, la señora regresó con una jarra de café, un

plato de gallo pinto y dos huevos fritos.

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- Venga señor, siéntense conmigo en la mesa del comedor.

- Muchas gracias —le dije.

La ancianita se sentó, le dio un largo sorbo a su café, respiró hondo y me

dijo:

- Mi esposo murió hace diez años y mi hijo mayor esta al cuidado de que no

me haga falta nada. Él vive en Zapote y es muy bueno, mi hija Mariana era

mi razón de ser, mi alegría, mi rayito de sol que daba luz a esta casa, ahora

mi hogar se mantiene frío y la soledad abarca cada rincón porque ella ya no

está.

Yo devoraba el desayuno con mucho apetito mientras la escuchaba y vi

como las lágrimas mojaban sus ojos negros cansados y tristes.

- La arrebataron de mi lado dejándome una flecha clavada en mi pobre

corazón, es una herida que sangra a cada instante.

La anciana lloró y lloró desconsoladamente, puso ambos codos sobre la

mesa y cubrió su cara alargada con sus delgadas manos.

- Cálmese señora —le dije— a todos nos han pasado desgracias, hay que

aceptarlas y seguir adelante.

- Bueno ya nada importa —dijo— ahora solo espero la muerte para reunirme

con ella.

Me sentí conmovido por el sufrimiento de la anciana y le pregunté:

- Señora ¿Cómo murió su hija?

- Fue aquí al frente de mi casa, una madrugada venía en un taxi de San José y

al bajar, un conductor ebrio se salió de la carretera y la atropelló, murió al

183
instante, no sufrió, pero su alma en pena se quedó en la casa y recorre las

habitaciones, abre las puertas, corre las cortinas y a veces la oigo trasteando

en la cocina. Al principio pensé que era un gato que se había metido en la

casa, pero un fin de semana la escuché cantar y comprendí que era ella y me

regocijé porque volvió para acompañarme, un anochecer la vi en la sala

estaba sentada en un sillón y su semblante mostraba mucha tristeza, en vida

fue una jovencita especial que anduvo por el mundo regalando sonrisas y

felicidad, pero un chofer irresponsable le robó su futuro. Ahora sale a bailar

los fines de semana como lo hacía antes ¿Y sabe usted señor por qué no se

fue?

- ¿Por qué? —pregunté intrigado.

- Ella tenía muchos sueños e ilusiones, muchas metas por cumplir, estaba feliz

aferrada a su futuro, se la pasaba estudiando, cantando y bailando, llenaba

de fulgor esta casa ¡Dios Mío! Estaba tan llena de vida, apenas tenía

veintitrés años y el año en que murió se graduaba en la universidad, estaba

muy contenta haciendo planes para el futuro y no logró realizar su sueño.

La anciana continúo llorando mientras me contaba lo sucedido.

- Su pasatiempo era el baile, se arreglaba, se ponía bonita mirándose al

espejo. A mí me gustaba verla tan coqueta, esta casa brillaba de alegría con

su presencia. Desde esa madrugada solo tengo vacío y soledad, llevo

muchos años aquí encerrada, la escucho cuando llega, es un alma en pena

atormentada porque no logró realizarse en esta vida.

De pronto alzó la mano derecha, cerró el puño y gritó:

184
- ¡Malditos choferes ebrios e irresponsables!

Luego agachó la cabeza agarrándose el cabello blanco con sus manos y

cerró los ojos mientras decía:

- ¡Dios mío! Llévame con ella para no vivir en esta agonía.

Me llené de tristeza al verla en esa situación.

- Tranquila señora le dije, debe estar calmada. Bueno, debo irme, gracias por

el desayuno.

Salí de la casa confundido porque no creí lo que me decía.

- ¡Pobre señora! No puedo creerle, yo traje aquí a una muchacha de carne y

hueso, conversé con ella durante el trayecto, creo que los años han

desquiciado a esa pobre anciana.

Regresé a casa cansado, quería contarle a mi esposa Margarita lo sucedido,

ella me recibió con un beso:

- Mi amor voy a prepararte el desayuno.

- Espera ya desayuné, siéntate tengo que contarte algo sorprendente.

- ¿Qué pasó Rafael?

- En la madrugada monté una pasajera, me dijo que la llevara a San Pedro,

durante el trayecto hice amistad con ella y conversamos de cosas comunes,

bueno para no cansarla con el cuento, al llegar a su casa, salió del carro,

corrió, entró y no me pagó, toqué la puerta, la llamé, pero no salió. En la

mañanita en lugar de venirme para acá me fui a buscarla para recuperar la

plata ¿No me va a creer lo que pasó?

- Continúe Rafael, ¿Qué sucedió?

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- Pues resulta que monté a una muchacha fantasma en el carro.

- ¡Avemaría purísima Rafael! ¿Cómo puede ser eso?

- Su madre lo afirma, dice que su hija murió hace años, su alma en pena se

quedó en la casa y los fines de semana se va a bailar a los salones de baile

cercanos al Parque Central, ella se llamaba Mariana y en la casa hay una

foto colgando en la pared, es la muchacha que monte en mi taxi.

Margarita me miró sorprendida y dijo:

- Rafael las cosas sobrenaturales son un misterio inexplicable, creo que la

anciana dice la verdad, el ánima en pena de su hija sale a bailar todos los

fines de semana como lo hacía cuando estaba con vida.

- Margarita usted cree en fantasmas.

- Claro que sí Rafael, pero me da miedo hablar de cosas sobrenaturales. Solo

de pensarlo se me eriza la piel. Rafael mejor dejemos esta conversación

porque ya estoy nerviosa, vaya acuéstese y no piense más en esa muchacha

fantasma, duerma un rato, yo lo llamo a las cuatro de la tarde para que coma

algo y se vaya a trabajar.

Al atardecer, antes de iniciar mí faena, le conté lo sucedido a un compañero

de trabajo, él me sonrió y me dijo:

- No se preocupe, usted no es el primero, esa joven fantasma ya se ha subido

al taxi de varios compañeros.

- ¡Vaya! La anciana tiene razón y yo la juzgué de loca.

186
La semana siguiente llevé un cliente a San Pedro y pasé por la casa de la

anciana, vi un taxi estacionado al frente, un joven tocaba la puerta, detuve mi

carro y le pregunté al compañero:

- ¿Qué sucede?

Él estaba malhumorado:

- Esta madrugada le hice un servicio a una joven muy bella, al llegar se bajó

rápidamente y entró a la casa y no me pagó, cómo ve usted compañero ya

no se puede confiar en nadie.

Me sorprendí al comprobar que era cierto, la joven y bella mujer no es de

este mundo, por algún motivo, que yo no puedo comprender, su energía se

quedó aquí para seguir visitando los salones de baile y amarrarles el perro a

nosotros los taxistas, bueno, si esa hermosa fantasma, vuelve a solicitar mis

servicios no la voy a dejar subir a mi taxi.

Un año después ya tenía ahorrado lo suficiente para hacer la casita que mi

esposa y yo habíamos soñado tener, la construí en mi amado pueblo de

Coronado. No volví a trabajar de noche, es muy aburrido, a veces le cuento este

pasaje de mi vida a mis vecinos, pero no me creen, es la verdad, se lo puedo

asegurar, yo monté en mi taxi una pasajera del más allá.

187
Los Fantasmas del Sanatorio

En mi propósito de querer escribir un libro basado en eventos sobrenaturales

ocurridos a nuestros abuelos, conocí y charlé largamente con muchos de estos

caballeros, entre ellos me llamó la atención Don Eduardo porque tenía una

cualidad, que pocas personas poseen.

Cuando cumplí diez años mis padres me regalaron una bola de fútbol, era el

regalo que más anhelaba porque me gustaba mucho ese deporte y en cuanto

tuve el balón entre mis manos, mi tiempo libre lo pasaba jugando con él. Un

domingo al atardecer, jugaba al frente de mi casa con otros niños del barrio,

resbalé, caí y pegué la cabeza en el filo de la acera, me abrí una enorme herida

y quedé inconsciente, mis padres me llevaron al hospital San Juan de Dios y allí

me atendieron, cosieron la herida y me mandaron a reposar a casa, al

anochecer mi madre me arropó y me metió en la cama, dormí profundamente.

Desperté otro día en la madrugada porque escuché frases que murmuraban

en mi oído, entonces vi dos siluetas que flotaban alrededor de mi cama, eran

niños y me susurraban palabras inentendibles, sentí mucho miedo, me cubrí la

cabeza con la cobija y todo mi cuerpo temblaba, había visto dos pequeños

fantasmas y estaba aterrizado, la noche siguiente a la hora de acostarme le dije

a mi madre que durmiera conmigo porque por la madrugada me habían

asustado y no quería estar solo, ella me besó y me dijo que estuviera tranquilo,

que había sido una pesadilla por el golpazo que me había llevado, descansa hijo

188
me dijo y si necesitas algo me llamas. Cerré los ojos y me cobijé totalmente pues

no quería ver de nuevo las apariciones que vi en la madrugada.

Pensé que mi mama tenía razón y lo que vi era producto del tremendo golpe

que me había llevado, pero la noche siguiente al acostarme comencé a escuchar

vocecitas susurrando dentro del cuarto, allí estaban de nuevo, entonces entendí

que no eran figuraciones mías y comprobé que tenía la sensibilidad de ver

fantasmas, sentí la sensación de que había sido elegido para ver esos entes y

pensé que era un don que Dios me había dado, porque muy pocas personas

tienen esa cualidad. Bueno… así como aparecían se esfumaban, no eran

amenazantes, ni horrorosos, eran simples siluetas de hombres, niños y mujeres

que deambulaban por mi habitación. A veces sentía que alguien me tocaba el

hombro, era algo real y pensé que querían comunicarse conmigo, por ese

motivo les fui perdiendo el miedo porque quería saber que querían decirme, pero

nunca se comunicaron, tampoco vi un fantasma agresivo, eran siluetas de

apariencia agradable y rondaban por mi cuarto acompañándome. Insistí con mi

madre y le dije que seguía viendo fantasmas, sin embargo, ella evadía el tema,

entonces decidí no hablarle más sobre el asunto, después de todo los fantasmas

no me molestaban, eran apariciones agradables.

Me casé joven y tuve la suerte de encontrar una mujer buena, bondadosa y

trabajadora, sin embargo, cuando le conté sobre la cualidad que tenia de ver

fantasmas no me creyó, dijo que todo estaba en mi mente y si yo les daba paso

podría atraerlos, le expliqué que desde que había tenido un accidente en mi

niñez los veía, pero ella era incrédula y no logré que me creyera.

189
El tiempo pasó y seguí viendo las apacibles apariciones y escuchando

tenues murmullos acariciando mis oídos. Con el pasar del tiempo les fui

tomando afecto y me agradaban, no le conté a nadie más sobre esta situación

porque tenía miedo de ser ridiculizado, excepto a Jorge, amigo y vecino,

crecimos juntos correteando y jugando por las calles de Barrio México, era como

el hermano que nunca tuve, le tenía mucha confianza, cuando cumplí treinta

años le conté mi secreto y me dijo Eduardo yo le creo, y no voy a contarle a

nadie. Me acostumbré tanto a los fantasmas que no me causaban ninguna

impresión porque eran inofensivos, pero todo cambio un domingo del mes de

noviembre de mil novecientos ochenta y seis. Jorge me dijo:

- Eduardo, vamos a Cartago a conocer el Sanatorio Durán.

- Otro día —le dije— son las dos de la tarde y parece que va a llover.

Bueno la verdad es que no quería ir, porque sabía que tenía la sensibilidad

de ver fantasmas y no sabía que encontraría en ese lugar abandonado, sin

embargo, la curiosidad aguijoneo mi mente y sentí ganas de recorrer el edificio y

saber si en realidad allí había fantasmas.

- Vamos hombre —insistió Jorge— ya tengo el carro listo, acompáñeme.

- Bueno —le dije— está bien, me subí al carro y nos enrumbamos a nuestro

destino.

De camino pensé en el sanatorio, se dice que allí asustan y, en cada rincón

de nuestro país, la gente habla cosas horrorosas de ese lugar, fantasmas,

monjas, niños que deambulan por los aposentos abandonados en forma de

espectros buscando espantar a la gente, este tema va de boca en boca por los

190
pueblos y los barrios de nuestro país, esto le ha creado fama al sanatorio. He

leído en los periódicos que el horror y el dolor está impregnado en cada rincón

del edificio, desde luego que yo no lo creo, porque sé muy bien que allí se creó

una institución para tratar a las personas de la tuberculosis y también funcionó

una correccional de menores, bueno por algún motivo cerraron el sanatorio, de

manera que no esperaba encontrarme con algún fantasma y si sucediera yo

tengo bien claro que son inofensivos, por lo tanto, no tenía de que preocuparme.

Mi amigo Jorge era un hombre alto, de piel morena, cuerpo grueso, pelo

negro, cara redonda, sus ojos eran grandes y muy negros, tenía la cualidad de

contar chistes y decir refranes en todas sus conversaciones, era como decimos

los ticos: un pan de Dios, buena persona en todo sentido.

- Eduardo —me dijo— dicen que en ese lugar salen ánimas en pena.

- No es cierto —le dije— son habladurías de la gente.

- Bueno aténgase al santo y no le rece, recuerde que usted puede ver esos

seres del más allá, si quiere no entre conmigo, me espera mientras hago el

recorrido.

- No —le dije— yo lo acompaño, quiero recorrer el edificio y saber si en

realidad hay fantasmas.

- Está bien —dijo Jorge— como quiera, pero no olvide que la curiosidad mató

al gato, es mejor prevenir que lamentar.

- Tranquilo —le dije— entremos juntos.

Llegamos al lugar, eran las cuatro de la tarde, estaba nublado y no vimos

ningún vigilante cuidando el edificio, caía una llovizna insistente y el viento frio

191
calaba hasta los huesos, a la entrada había un viejo portón de hierro corroído

por el paso del tiempo. Logramos entrar, la atmosfera era brumosa y la tarde

espantosa, vi varias siluetas fantasmales deambular en las cercanías del edificio

y al instante comprendí que el sanatorio era el hogar de muchísimos fantasmas,

presentí lo peor, pero estaba dispuesto a entrar y correr el riesgo.

El pasto de los alrededores estaba alto, la neblina cubría el edificio

abandonado, dándole un matiz tétrico y espeluznante, una casa abandonada

sobresalía en una loma y vi la silueta de una niña en la entrada, tenía una flor en

las manos y estaba ensimismada desojando sus pétalos, más allá la neblina

cubría totalmente los bosques. Nos acercamos a la puerta principal del edificio y

escuché gemidos de dolor, susurros escalofriantes que estremecieron todo mi

cuerpo.

- Hombre prevenido vale por dos —dijo Jorge mientras sacaba una linterna del

carro.

En ese tiempo el edificio estaba en total abandono, no había electricidad, la

humedad y la suciedad prevalecían.

- Entremos —dijo Jorge.

La puerta de entrada estaba despintada y atorada, Jorge la empujó, pero no

cedió, la empujamos juntos y se abrió totalmente, una bandada de murciélagos

se abalanzó sobre la salida, entonces nos refugiamos detrás de la puerta

mientras salían revoleteando.

- Malditos chupa sangre —vociferó Jorge— tamaño susto nos dieron, bueno

caminemos.

192
La oscuridad reinaba en los tétricos y húmedos aposentos y se respiraba un

aire de podredumbre.

- ¡Vaya! —dijo Jorge— aquí hay un animal en descomposición.

- Sí —le dije— es un olor putrefacto.

Varios recintos oscuros y lúgubres con las paredes rayadas y llenas de

extraños dibujos iban apareciendo conforme caminábamos, e pronto escuché un

quejido que mortificó mis oídos y en un aposento vi una figura incorpórea que

poco a poco se fue transformando hasta tomar la forma de un desnutrido y

flaquísimo niño, estaba desnudo y todo su cuerpo era de color ceniza, en sus

ojos pequeños y negrísimos se reflejaba un inmensa tristeza, parecía que la

inocente criatura había sufrido una terrible enfermedad, la aparición se

desvaneció ante mis ojos, me recosté a una sucia pared y respiré hondo, traté

de recobrar el aliento, de repente escuché llantos y lamentos tan tristes que

llegaron hasta el fondo de mi alma, caminé detrás de Jorge y escuché vocecitas

de niños que resonaban en mis oídos y en un aposento vi un grupo de niños que

lloraban desesperados, tenían los brazos extendidos y mostraban sus pequeños

dedos rosando la pared, estaban envueltos en una aura brillante y lentamente

adquirieron un cuerpo normal y vi horrorizado que no tenían cabello, ojos, nariz,

boca, su rostro era una masa de carne deforme, eran niños horrendos y

desnutridos, sentí mucha congoja y tristeza al verlos en ese estado porque como

no tenían cara, pensé que eran seres que a pesar de haber pasado por allí

nunca tuvieron la oportunidad de vivir una vida normal y vivieron incognitos

recluidos en ese lugar y destinados a ser olvidados.

193
- Eduardo vamos no se quede rezagado —dijo Jorge.

- Ya voy —le dije.

Me sentía muy mal, me dolía la cabeza y mi cuerpo temblaba, un terror

incontrolable se apoderó de todo mí ser, respiré hondo y tomé aliento.

- Este lugar está en total abandono —le dije

- Sí — dijo Jorge— creo que por aquí hay un animal muerto.

Los murmullos y lamentos se incrementaron, seguimos caminando, Jorge

observaba las paredes cargadas de grafitis y yo después de lo que había visto

quería salir de allí, pero la curiosidad me invitaba a seguir adelante. Escuché un

quejido de dolor que venía de uno de los recintos y me acerqué, vi una niña

acostada en una cama, estaba envuelta en sábanas blancas, su carita color

ceniza mostraba un gesto de dolor y desesperación que inundó mi corazón de

tristeza, tenía las delgadas manos sobre el pecho y producía gemidos como si

tuviera el dolor más intenso de todos los dolores, de sus ojitos salía un hilo de

sangre que recorría su carita y bajaba por el cuello cubriendo totalmente las

sábanas que la envolvían, cubrí mi cara morena y alargada con las manos y mi

corazón se quería salir del pecho de la inmensa tristeza que inundaba mi ser.

- Ya he visto demasiado, debo salir de aquí — apenas susurre.

De repente un grito desesperante hirió mis oídos, di unos pasos y miré el

siguiente recinto, allí había un hombre desnudo y esquelético, estaba tendido

sobre una cama, tenía el rostro contraído con una terrible mueca de dolor, la

boca muy abierta y sin un solo diente, parecía que recién se los habían sacado y

mostraba los huecos con sangre que emanaba en cantidad y recorría sus largas

194
y huesudas quijadas hasta caer a su pecho. La horrenda aparición se esfumó

ante mis ojos y sentí que me desvanecía, el cuerpo me temblaba y solo quería

salir de ese macabro lugar, di algunos pasos y me senté en el primer peldaño

que conducía a un segundo piso, traté de recobrar el aliento de pronto escuché

pasos y vi una monja que bajaba lentamente la escalera, era alta y delgadísima,

tenía el rostro rígido cadavérico y mostraba un gesto de amargura espeluznante,

su cabeza la cubría una toca blanca estaba envuelta en una aura brillante y su

silueta sobresalía en la oscuridad, caminó y se esfumó entre la penumbra, al

instante escuché a Jorge llamándome.

- ¡Aquí estoy! —le dije

Jorge se acercó

- ¿Qué le pasa? —me dijo— ¿Por qué se quedó rezagado?

- Me siento mal —le dije— salgamos de aquí.

- ¿Vio algún fantasma?

- Demasiados —contesté.

- Pues yo no vi nada, creo que las únicas ánimas en pena que hay aquí somos

nosotros.

- ¡Que va! —le dije— este lugar encierra mucho dolor y sufrimiento, la gente

que estuvo recluida aquí sufrió mucho y sus almas en pena deambulan en

cada recinto.

- Bueno —dijo Jorge— salgamos de aquí.

Caminamos hacia la salida, salimos del macabro edificio y caía una lluvia

torrencial, la niebla cubría de sombras el lugar, de repente vi la silueta de un

195
hombre alto que venía desde la casa de la loma, se acercó y se dirigió a la

puerta de entrada, en sus huesudas manos llevaba un pequeño maletín, era un

fantasma alto y elegante, caminaba erguido y vestía una gabacha blanca que

cubría todo su cuerpo, entró y desapareció entre las sombras del edificio.

- La lluvia no va a parar —dijo Jorge mejor vamos jalando de aquí.

De repente un destello rojizo surgió en la lejanía y se dirigió hacia nosotros.

- ¡Ay tatica Dios! —dijo Jorge— ahora si nos llevó el cachón.

- ¡Lo ve! —le dije.

- ¡Sí claro! Yo creo que es el pisuicas.

Mi amigo inseparable estaba acalambrado y le agarró una tremenda

tembladera en todo su cuerpo, tartamudeaba, no logré entender lo que me decía,

tenía mucho miedo, yo me mantuve apacible porque ya había visto demasiado

horror.

«Bueno un fantasma más no me va a asustar.» pensé.

La sombra macabra se acercó lentamente, era un hombre alto y encorvado

cubierto por una enorme chaqueta negra, alzó la vieja linterna que llevaba en su

mano derecha y gritó:

- ¿Qué hacen aquí?

Jorge se puso ambas manos en el pecho mientras decía:

- ¡Hombre de Dios! Casi me mata del susto.

- Soy el vigilante —dijo con voz ronca— y estaba durmiendo en un aposento

en la parte de atrás del edificio. ¿Ustedes quiénes son?

- Vinimos a visitar el sanatorio —le dije.

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- ¡Que ocurrencia! —dijo el hombre— con este tiempo es mejor estar en la

casa bien abrigadito.

Era un hombre muy viejo, de nariz afilada, cara arrugada y alargada. Jorge le

preguntó:

- ¿Ha visto fantasmas en este lugar?

- Sí claro —contestó— pero solo son ánimas en pena que deambulan por el

edificio, no me atemorizan, sin embargo, los gemidos y llantos de dolor que

he escuchado en este lugar me parten el alma.

Bajó el zíper de la vieja chaqueta e introdujo su mano izquierda en la bolsa

de la camisa, sacó un cigarro, lo prendió y se lo llevó a la boca.

- Tengo que soportar las serenatas de quejidos y lamentos cada noche porque

necesito el trabajo, además, el frio es intenso, cala hasta los huesos.

- Bueno —dijo Jorge— mejor hagamos lo de las aves: emigremos de aquí.

Nos despedimos del vigilante y corrimos adonde estaba el carro, estábamos

empapados, nos montamos y regresamos a casa.

- Vaya día —dijo Jorge— el clima entorpeció nuestro paseo.

- Bueno yo tenía la curiosidad de conocer este lugar, ya lo conocí.

Me puso una mano en la espalda y dijo:

- Lo veo pensativo.

- Sí conteste, vi seres horribles llenos de angustia y desolación, muy diferentes

a los fantasmas que he visto durante toda mi vida.

Llegamos a casa y esa noche no pude dormir, por mi mente deambulaban

los horrendos fantasmas que vi en el Sanatorio Durán, definitivamente las

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personas que estuvieron recluidas en ese lugar sufrieron al extremo y sus almas

en pena se quedaron allí deambulando por el edificio hasta la eternidad, no toda

la gente tiene el privilegio de ver fantasmas y sé bien que es muy difícil que me

crean, sin embargo, visitar el Sanatorio Durán fue una experiencia desgarradora.

Ahora las horrorosas y espeluznantes apariciones que vi en el edificio

abandonado deambulan por mi mente, yo trato de ahuyentarlas, pero me roban

el sueño y la tranquilidad, duermo por ratos y me despierto sobresaltado, mi

vida cambió desde el día que visité ese horrible lugar. Nunca más volví a ver a

los agradables fantasmas que deambulaban por mi habitación todas las noches,

entonces comprendí que eran fantasmas buenos y querían comunicarse

conmigo para prevenirme que no visitara ese macabro lugar. El ocaso llegó a mi

vida y aun deambulan por mi mente las desgarradoras apariciones que vi en el

Sanatorio Durán.

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