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Estrés y estresores en

la adolescencia

I. Conceptualización del término estrés

El estrés, desde el punto de vista negativo del término, es hoy día uno de los
problemas más frecuentes en la sociedad, origen de diversas enfermedades como el
infarto o el cáncer. Sin embargo, en la actualidad existe el error de relacionar el término
estrés con un estado psicológico, producto de la interacción del sujeto con el entorno.
De hecho, Crespo López y Labrador Encinas (2003) consideran que la palabra estrés es
utilizada hoy por hoy como una expresión comodín que usamos para todo tipo de
síntomas. Quizás la definición que Lázarus y Folkman (1986) desarrollaron para dar una
explicación al fenómeno fue la causa de que esta creencia se generalizara: “El estrés
psicológico es una relación particular entre el individuo y el entorno que es evaluado
por éste como amenazante o desbordante de sus recursos y que pone en peligro su
bienestar” (p.43). Muy probablemente, la definición que engloba todos los factores que
el fenómeno conecta sea la del estrés como una “reacción biológica que acaece en
función de la forma en que una persona interactúa (dado un equipo y una funcionalidad
biológica propia de la especie) con objetos, eventos u otras personas en el ambiente en
sus distintas modalidades” (Piña López, Ybarra Sagarduy & Fierros, 2012, p.7).

Otro de los errores más comunes es el de asociar la palabra estrés a un suceso


negativo. El estrés es un fenómeno absolutamente natural en el ser humano, pero sólo
cuando se prolonga de manera excesiva provoca enfermedad (Cólica, 2012). El estrés en
sí mismo no es nocivo para el bienestar, al contrario, es una reacción biológica
condicionada por situaciones de amenaza que ha permitido la supervivencia de la
especie permitiéndonos superar circunstancias adversas. El término estrés es utilizado
comúnmente para hacer referencia a ese vector negativo del proceso, que al darse de
manera frecuente, puede llevar a aparición de problemas tales como un deterioro del
rendimiento, dolor físico, irritación emocional o propensión a enfermedades, lo cual se
conocen como patologías asociadas al estrés (Crespo López et al, 2003).
Dicho esto, no todo el estrés causa el mismo impacto en nuestro organismo. Es
por ello que existen diversas clasificaciones de estrés según su periodicidad, intensidad,
o forma en la que se presenta.

Una de ellas sería el estrés según su periodicidad o la durabilidad. Podemos


distinguir entre estrés agudo, estrés agudo episódico y estrés cotidiano. El estrés agudo
es puntual y positivo, ya que se considera una reacción natural para que el individuo se
adapte al cambio. Se puede considerar una herencia filogenética para sobrevivir a las
fluctuaciones del ambiente. Esta activación biopsicológica acaba una vez se resuelve la
adversidad afrontada (Sánchez, 2010).

El estrés agudo episódico haría referencia a aquel tipo de estrés agudo que se da
con más frecuencia de la habitual, propia de personas tensas y nerviosas, propensas a
ataques cardíacos, hipertensión y migraña (Lyle H. Miller & Alma Dell Smith, 1994).

Por su parte, el estrés crónico es el más perjudicial para la salud. Crespo y


Labrador proponen una clasificación en la cual el estrés crónico se daría a partir de 6
meses de duración, es decir, la adaptación al cambio se prolonga por un tiempo mucho
mayor para el que nuestro organismo debería prepararse naturalmente. Este tipo de
estrés aparece en personas con constantes presiones en su vida, ya sea por trabajo,
situación social o problemas sentimentales. Las consecuencias de este estrés llevan a
casos de suicidio, infartos o ataques de violencia (Crespo López et al, 2003).

Otro tipo de de clasificación sería la forma en la que se presenta la respuesta de


estrés. El estrés como respuesta es un modelo que presenta reacciones generalizadas
que se producen de manera inespecífica en todos los sujetos, como por ejemplo, sudar
cuando hace calor. Este modelo da respuesta básicamente a estímulos o estresores de
índole física (Crespo López et al, 2003).

A su vez, el estrés como respuesta está compuesto de 3 fases distintas: La fase


de alarma (se produce un choque entre el sujeto y la alteración del entorno, por lo que el
organismo activa una movilización biológica); la fase de resistencia (el nivel de
activación desciende debido a la imposibilidad de mantener la intensidad inicial); y por
último la fase de agotamiento (la energía utilizada para la activación termina de
agotarse, dando paso a alteraciones fisiológicas y psicológicas que pueden ser dañinas)
(Cano, 2005).
El estrés como estímulo considera que cada persona tenemos una barrera límite
para aceptar el estrés, pero cuando ese estímulo sobrepasa esa barrera se crean daños
permanentes en el sujeto. Este modelo establece una relación directa entre la
enfermedad y el estrés que provoca el estresor, obviando otras variables (Crespo López
et al, 2003).

Estos dos modelos fueron propuestos por Seyne, pero han sido muy criticados
debido a que son muy planos, considerando sólo una relación directa entre la causa del
estrés y el estresor. Es por ello que Lazarus y Folkman desarrollaron un nuevo modelo
(1986) conocido como el modelo transaccional, donde se producen dos procesos: por
una parte, una valoración primaria, caracterizada por la relevancia que una persona
otorga a distintas variables sociables como los valores o las creencias personales. Si la
fluctuación no afecta al bienestar de este individuo en cuanto a la alteración de sus
principios y estables, no se producirá una situación de estrés. Si por el contrario, se
superan los límites establecidos, el sujeto sufrirá estrés. Por otra parte, se da una
valoración secundaria, también conocido como acto de evaluación, en el cual el
individuo valora los recursos necesarios para afrontar esa situación adversa y recuperar
el bienestar.

Hay numerosos tipos de clasificación del estrés, pero no profundizaremos en


ello, debido a que el tema principal del trabajo es el estrés en la adolescencia. Es por
ello que pasaremos a introducir algunas premisas básicas sobre la relación que hay entre
los adolescentes y el estrés. Y es que la psicología de la adolescencia está actualmente
en primer plano, pese a que muchos autores consideran que la adolescencia es un
invento en sí, ya que estamos en constante evolución. Es innegable que la adolescencia
supone una etapa de grandes cambios, tanto físicos como psicológicos.

La sociedad occidental se encuentra sumida en cambios constantes a todos los


niveles, ligada además a una cultura que premia la competitividad y el individualismo,
que ha desembocado en la aparición de una juventud tensa y estresada, cuyas cuestiones
primordiales son la búsqueda de una identidad personal con la cual encontrarse en el
mundo en el que viven (Aguirre, 1994). Tradicionalmente, en la psicología de la
adolescencia se adoptaba el término fundado por Schiller y Goethe “tormenta y tensión”
para hacer referencia a la adolescencia, definida como una etapa de oscilación y
sentimientos contradictorios, en la que los individuos sufren al mismo tiempo
conformidad y una necesidad natural de enfrentar los valores establecidos. No obstante,
Coleman (1987), fundado en trabajos posteriores, cree evidente que no todos los
adolescentes se rigen por las características que este término establece, sino que es más
bien todo lo contrario, la gran mayoría se adapta con éxito a estos cambios: apego a la
familia, mantenimiento de la comunicación con los padres, no se sufre una crisis de
identidad, etc. Pese a esta afirmación, es cierto que el estrés está en mayor o menor
medida presente en la vida de todos los jóvenes, desde irritantes cotidianos hasta
sucesos de gran impacto.

Uno de los factores psicológicos más característicos de esta etapa es el


“síndrome del déficit de reforzamiento”, mediante el cual el individuo siente la
necesidad de reforzantes novedosos en su vida, ya que aquellos hábitos que
acostumbraba a experimentar en su niñez ya no resultan llamativos. Ante la práctica de
estos nuevos hábitos, que conlleva un esfuerzo para abandonar la zona de confort, el
organismo genera gran cantidad de estrés para dar respuesta a las nuevas situaciones
afrontadas (Bermúdez, 2017).

Los cambios físicos, en especial la pubertad, es origen y causa directa de


momentos de ansiedad en el adolescente, ya que la adaptación y la comprensión de
nuevas experiencias físicas, como por ejemplo la menstruación, provoca timidez y
dificultad para compartir estos sucesos. Por otro lado, los cambios mentales, como el
desarrollo de la identidad o la aparición de la autoestima, ocupan un tiempo de reflexión
enorme en el desarrollo de los adolescentes, generando momentos de duda, miedo y
rechazo que originan una cantidad de estrés relativa según la personalidad del sujeto
(Coleman, 1987).

A grosso modo, el estrés adolescente se presenta en distintos campos, entre ellos


encontraríamos el área familiar, el área social (socialización con familia y ambiente
escolar), el área personal (experiencias relacionadas con el físico, la vida emocional y la
sexual), el área de problemas de conducta (confrontación con otras personas y normas),
el área de logros y fracasos (consecución de metas o frustración por no haber podido
tener éxito en sus aspiraciones), el área de salud (preocupaciones por el estilo de vida) y
por último, el área escolar (circunstancias relacionadas con el contexto escolar),
(Méndez, Guamán, Siguenza & Espinoza, 2018). Todos estos ámbitos se desarrollarán
con mayor profundidad más adelante.
Por último, y antes de analizar concretamente las causas del estrés adolescente,
debemos hacer mención al papel de los estresores en cuanto a su relación con el estrés.
Un estresor es considerado como toda circunstancia que requiere un reajuste por parte
de los individuos, como consecuencia de la existencia de un cambio en el entorno. Es
decir, un suceso vital se convierte en un estresor cuando es percibido como una
situación molesta e inconveniente en el desarrollo natural de la vida de una persona. Los
estresores responden directamente a la experiencia subjetiva de cada uno, ya que lo que
puede ser un estresor para un sujeto, podría no serlo para otro. (Quezada & González,
2012).

I. Referencias bibliográficas

- American Psychological Association. (2010). Los distintos tipos de estrés.


http://www.apa.org/centrodeapoyo/tipos
- Crespo López, M. & Labrador Encinas, F. J. (2003). Estrés. Madrid: Síntesis.
- Lazarus, R. & Folkman, S. (1986). Estrés y procesos cognitivos. Barcelona:
Martiń ez Roca.
- Fierros, L. E., Piña López, J. A. & Ybarra Sagarduy, J. L. (2012) La
conceptualización del fenómeno estrés en psicología y salud: su abordaje a la luz
de un modelo de adhesión. En Galán Cuevas, S. & Camacho Gutiérrez, E. J
(Ed.), Estrés y salud : investigación básica y aplicada, pp. 3-17. México D. F:
Editorial El Manual Moderno.
- Cólica, P. R. (2012). Estrés: lo que usted querría preguntar y debe conocer.
Argentina: Editorial Brujas.
- Sánchez Azuara, M. E. (2010). El estrés, un problema psicosocial. La psicología
funcional del sí. En Sánchez Azuara, M. E. & and López Gutiérrez, C (Ed.)
Estrés y salud : aportaciones desde la psicología social. México D.F: Miguel
Ángel Porrúa.
- Aguirre Baztán, A. (1994). Psicología de la adolescencia. En Aguirra Baztán, A
(Ed.), Psicología de la adolescencia, pp. 5-41. Barcelona: Boixareu
Universitaria.
- Coleman, John C. & Hendry Leo B. (2003). Psicología de la adolescencia.
Madrid: Ediciones Morata, S. L.
- Bermúdez, V. E. (2017). Ansiedad, depresión, estrés y autoestima en la
adolescencia. Cuestiones pedagógicas: Revista de ciencias de la educación, 26,
pp. 37-52.
- Espinoza, A., Guamán, M., Méndez, G. & Siguenza, W. (2018). Estudio
descriptivo de los sucesos de vida estresores en adolescentes. INNOVA Research
Journal, 6, pp. 40-52.
- González Ramírez, M. T. & Quezada Berumen, L. C. (2012). El papel de los
estresores y las condiciones de estado civil para explicar la depresión y el estrés
en adolescentes gestantes. Psicología desde el Caribe: revista del Programa de
Piscología de la Universidad del Norte, 1, pp. 19-46.