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Hijo, no tengo más remedio que llevarte a Bosqueflorido con el abuelo Nicolás -le dijo el papa.

Los días pasaban. El abuelo era muy bueno, pero Miguel se sentía cada vez más infeliz. Mientras el
abuelo le contaba siempre las mismas historias sobre los animales del bosque, Miguel pensaba en
sus amigos de la ciudad, que estarían jugando a la pelota sin él.

Una tarde, cuando estaba asomado a la ventana, Miguel vio pasar una nube de mariposas de colores.
En lo más espeso del bosque, las mariposas se alejaron en todas direcciones. Entonces Miguel se dio
cuenta de que estaba muy lejos de casa, en el bosque desconocido.

Mariposas, maripositas, ¿cómo puedo volver a casa? -empezó a gritar Miguel.

No lo sabemos, ¡hemos nacido hace tres días! -respondieron las mariposas. Lo mismo respondió el
puercoespín. Tal vez mi mamá pueda ayudarte. La mama no pudo ayudarlo. Sin embargo, le indicó
cómo llegar a la casa de un búho muy viejo y sabio, preguntó al búho y respondió Uhm, han pasado
muchos años, pero no los suficientes para conocer todos los senderos del bosque. Desconsolado, se
sentó sobre una gran piedra y se puso a llorar.

¿Quién está mojando mi concha? -Susurró una voz cansada. Era la tortuga, La tortuga le escuchó en
silencio y luego le dijo: monta sobre mi espalda y trataré de llevarte al sendero correcto.

Puedes bajar, -dijo- el bosque termina aquí. Pero ¿cómo encontraré mi casa? -preguntó Miguel
asustado. Hay un hombre más viejo y más sabio que yo, que conoce todos los caminos, dentro y fuera
de Bosqueflorido. Búscale.

Dicho esto, la tortuga desapareció. Miguel se acurrucó en el suelo, desconsolado, sin darse cuenta
de que una lucecita se acercaba en la noche. Era el abuelo Nicolás, que había salido a buscarle con
su linterna. El viejo y el niño se dieron un abrazo muy, muy fuerte durante mucho rato. Bajo la
paciente guía del abuelo, Miguel aprendió a conocer Bosqueflorido y a todos sus habitantes.

Había comprendido ya que el bosque no tenía secretos para el abuelo Nicolás.