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Hola, Pepe. Espero que estés bien y tu familia, también.

Me disculpo contigo
por haber tardado tanto en enviarte el material que te ofrecí, pero ya sabes
cómo es esto: que si los papeles no los encuentro, que si hace mucho calor y
me da flojera, que mañana voy a buscarlos, que no hay tiempo más que para
corretear la chuleta… total que pretextos nunca faltan. Pero aquí están. Sólo
espero que no sea demasiado tarde para su uso. Ahora estoy ecribiendo en un
blog (si ya estás viejito y no entiendes términos técnicos, pregúntale a tu hija
qué es eso) acerca de Títeres y Titiriteros y pretendo a incluir al mayor número
posible de colegas, así que si tienes tiempo y te interesa, puedes mandarme
tus experiencias, puntos de vista, proyectos; en fin, lo que gustes y lo
publicamos con mucho gusto
Tras las huellas de Guiñol
Por Tito Díaz

Los títeres en México están de fiesta. El Teatro Guiñol Mexicano cumple 75


años de existencia y Monsieur Guignol 200
¿Qué es un títere guiñol? ¿Qué es un teatro guiñol? ¿Quién es Guiñol –o
Guignol-? Comencemos por definir qué es un títere. Es común creer que una
cosa son los títeres y otra las marionetas, o que una cosa son los guiñoles y
otra los títeres. No, señores; son lo mismo. Títere, según el diccionario es:
Figurilla de pasta o cualquier otro material que se mueve con una cuerda o
algún otro artificio. Noten cómo dice que se mueve. Nosotros pensamos que el
títere, para que sea considerado como tal, debe de ser animado; esto es, que
tenga ánima, alma, vida; y que cumpla una función dramática, o sea que
represente. Así tenemos los títeres de hilos, o marionetas; los títeres de
guante, o guiñoles; los títeres de varillas, los títeres de sombra, etc.
Como mero antecedente, diremos que los muñecos de guante o de funda ya
existían en la Edad Media. Pues bien, Monsieur Guignol, que también es un
títere de guante, aparece por primera vez en escena una noche de octubre de
1808, en un cafetín de la ciudad de Lyon, Francia. Muy pronto se hizo famoso,
tanto, que desde entonces a todos los títeres de guante se les conoce como
guiñoles, y el tipo de teatro que se representa con estos títeres se le llama
teatro guiñol.
Su espíritu reivindicativo contra las tiranías, las desigualdades y las injusticias
sociales es lo que le han dado esa trascendencia universal de la que hoy goza.
El creador de este singular personaje fue Laurent Mourget, obrero de las
filaturas de seda de Lyon, quien en 1792, precisamente cuando la revolución
estalla en París, y con el corazón de hombre libre, opta por cambiar de oficio y
se convierte en vendedor de ferias ambulantes. Los tiempos no son propicios
en su pequeño comercio y, en 1798, lo encontramos en la vía pública
ejerciendo la odontología, para lo cual le ayuda eficazmente un muñeco que él
mismo ha fabricado. En 1804 encuentra su verdadera vocación, ahora sí, para
siempre; se convierte en titiritero.
Aburrido de Polichinela, lo sustituye por otro de su propia creación. Ha nacido
Monsieur Guignol. Después su esposa, Madelon; luego Gnafrón, zapatero
remendón, borrachín y amigo inseparable de Guignol; con otros personajes en
el elenco de la época, logra crear una compañía con la cual puede llevar a
escena cualquier obra.
Hacia 1840, y por última vez, Mourget instala su retablillo en Viena, Austria,
donde muere en 1844.
Guignol tiene un airecito disimulado y aparentemente bonachón, pero bajo él
está el terrible Monsieur Guignol que todo lo soluciona a palos.
Este personaje grotesco, multiforme, pícaro y lujurioso es también muy famoso
en otras partes del mundo. Lo llaman: Petrushka, en Rusia; Don Cristóbal, en
España; Kasper, en Alemania; Hanswurst, en Austria; en fin, es universalmente
conocido. Es el pariente descarriado de los títeres, pero también hay qué
reconocer sus méritos. Defiende a los pobres y a los parias, y ha sido muchas
veces el portaestandarte y el refugio de las reivindicaciones populares; es
amigo fiel de la botella y el diablo. No es un Quijote idealista, porque ha vivido y
conoce las más crueles realidades. A lo largo de la historia ha sido siempre fiel
intérprete de la voz del pueblo, a pesar de todas las excomuniones, las
amenazas y las proscripciones que han lanzado contra él los oradores públicos
desde los púlpitos, las tribunas o los Ayuntamientos. Monsieur Guignol es.
Sobre todo, un personaje sensible; su ingenio rápido y espontáneo lo saca
siempre airoso de las situaciones más apuradas.
Ahora bien, ¿cómo y cuando llega Guignol a México?
Pues difícil es averiguarlo. Quizá no logremos aclararlo nunca. Si bien es cierto
que entre las tropas de Hernán Cortés viajaban dos titiriteros es casi seguro
que se trataba de marionetas, que eran los títeres que mayormente se usaban
en el Viejo Mundo, por la época. Se piensa que Guignol pisó tierras mexicanas
refundido en la mochila de algún invasor francés –bonachón y bigotudo- de las
líneas que acompañaron a Maximiliano en la funesta expedición de 1862
representando alguna farsa del viejo repertorio del guignol lyonés en un
escenario improvisado con la tropa como público riendo y gozando de “los
duros vocablos con que suele estar condimentado a menudo el delicioso
lenguaje de los muñecos…” (Federico García Lorca). De batalla en batalla, al
azar de la aventura, llegó este militar de fortuna, con nuestro personaje a
cuestas, a la ciudad de Zacatecas, en donde encontramos la primera noticia
oficial, en un periodiquillo local, y que reseña una representación de teatro
guiñol llevada a cabo por unos soldados franceses. Luego hay una laguna en la
que nada se sabe de él.
Las guerras de la Reforma habían cesado ya, cuando de nuevo lo
encontramos, ahora nativo de la tierra, recorriendo a lomo de mula las
pequeñas aldeas de los “altos” de Jalisco. Ya siendo mexicano lo conocemos
bajo el nombre de Juan-Juanillo y Nanacota. ¡Hasta esposa había encontrado!
Y se ha multiplicado en una numerosa familia de diminutos personajes en la
que no falta la abuela, el soldado de rojo kepí, el negrito poeta (tan nuestro), la
mujercita y el burgués. Todos, en fin, personajes que han hecho pasar horas de
entretenimiento a muchas generaciones.
Y llegó el nuevo siglo.
Ideado y dirigido por Bernardo Ortiz de Montellano, y con decorados de Julio
Castellanos, funcionó el teatro de títeres el Periquillo. Las funciones se
presentaron en los parques infantiles de la Ciudad de México durante el año de
1929. En pequeños teatros transportables, los personajes de la época
repartieron su alegría entre los niños de la Ciudad. Fue esta una infructuosa
tentativa, que sólo tuvo efímera duración.
En 1932, y a iniciativa del entonces Jefe de la Sección de Artes Plásticas del
Departamento de Bellas Artes (aún no se creaba el I.N.B.A.), de la SEP, el
pintor y grabador Leopoldo Méndez, junto con su hermano Teodoro, reúnen a
un grupo de amigos –artistas- que acababan de llegar de Europa, entre los que
se encontraban Germán y Lola Cueto, Angelina Beloff (primera esposa de
Diego Rivera), el escritor estridentista, Germán List Arzubide y Roberto Lago.
Otros artistas -que radicaban en México- fueron invitados a esta experiencia: el
pintor y primer muralista mexicano del siglo XX, Ramón Alva de la Canal;
Graciela (Gachita) Amador (esposa en aquel entonces de Sequeiros); la pintora
y escritora Elena Huerta Múzquiz y el acuarelista y fundador de la Escuela
Nacional de Artes Plásticas “La Esmeralda”, Enrique Assad.
Y así nació, al calor de una sólida amistad, de una gran voluntad, de una
camaradería viril y fuerte, a tono con la inquietud del momento, el Teatro
Guiñol Mexicano (ahora con su nombre en español), de figuritas sin pies que,
sin enseñanza previa, sin antecedentes arraigados de costumbres vernáculas;
más que hacer, más que crear, todos ellos reintentaron.
La primera función se dio en la casa del matrimonio Cueto el 14 de marzo de
1933, con la obra El Gigante Melchor de Elena Huerta Múzquiz y los muñecos
tallados por Enrique Assad y el vestuario de Lola Cueto. El público fueron los
niños del Jardín de Infantes del rumbo y entre los invitados a esta primera
representación se encontraban el Secretario de Educación Pública, Narciso
Bassols; el Jefe del Departamento de Bellas Artes de la SEP, el músico Carlos
Chávez y el Jefe de la Sección de Teatro, Carlos González, entre otros.
Silvestre Revueltas escribió al respecto: “El teatro para niños, como intentan
llevarlo a cabo Graciela Amador, Leopoldo Méndez, Germán Cueto y señora y
sus colaboradores, es de gran tendencia educativa. Se habla a los niños en su
lenguaje propio, de cosas conocidas y al mismo tiempo nuevas por su
presentación y propósito. Van adquiriendo insensiblemente y de una manera
agradable y divertida una vigorosa ideología, un sentimiento de la justicia y del
deber, que millones de aburridas lecciones, y de más aburridos consejos,
jamás lograrán obtener”. Firma. El gran músico no sólo supo situar en su
verdadero alcance al teatro guiñol, sino que fue, también, colaborador activo,
ya que compuso la partitura inicial –que más tarde ampliaría en España- del
“Rin-Rin Renacuajo”; una obrita que aún figura en nuestro repertorio. La
escenografía fue diseñada por el artista plástico Carlos Mérida.
Estaba el Teatro Guiñol Mexicano al servicio de la educación: Divertir
educando o educar divirtiendo, me parece la aspiración más alta que puede
alcanzar la pedagogía moderna. De este ímpetu inicial surgieron dos grupos:
“Rin-Rin”, que dirigió primero Germán Cueto y luego Roberto Lago; y “Comino”,
que en un principio estuvo a cargo de Ramón Alva de la Canal y
posteriormente Dolores Alva de la Canal. Al poco tiempo surgió un tercer
cuadro dirigido por Graciela Amador: “El Periquito”.
Sin embargo, aún faltaba encauzar este género de teatro hacia una verdadera
y definitiva finalidad: las reivindicaciones populares. Con esa inquietud surgió el
más importante grupo de teatro guiñol en la historia de este país: “El Nahual”,
que dirigía Roberto Lago quien daba vida al ya mexicano Señor Guiñol. Este
grupo surgió cuando el primer grupo –“Rin-Rin”- se disolvió por diversos
compromisos artísticos de sus integrantes.
Surgieron otros grupos como el “Frijolito” y una nueva versión del antiguo “Rin-
Rin”. El grupo “El Nahual” continuó con sus labores ininterrumpidamente hasta
la década de los 80’s, hasta que, de un plumazo, las autoridades oficiales del
momento lo “desaparecieron”. Pero no sólo al grupo “El Nahual”, sino al Teatro
Guiñol Mexicano, por completo, con el argumento de que era un tipo de
espectáculo obsoleto y no obedecía al desarrollo de la vida cultural de México.
Seguramente.
Pero el Teatro Guiñol Mexicano no ha muerto… Así han pasado años de
éxitos, de importantes logros en donde se han fundado –ahora
independientemente- nuevos grupos desde los cuales se representan nuevos
espectáculos y se realizan eficientes campañas de vacunación, de
alfabetización o higiene.
Y aquí estamos, a 75 años de distancia para continuar con una gran tradición y
para colocar, como lo hicieran nuestros maestros, el Teatro Guiñol Mexicano
en los terrenos del arte, rompiendo lanzas contra la incomprensión, la
indolencia, la apatía, la indiferencia; y lucharemos hasta el final para que el
Teatro Guiñol -y el Teatro de Títeres en general- sea colocado en su justa
dimensión, como lo que es, un Arte, dicho así, sin más y con todas sus letras:
El Arte de los Títeres. Enhorabuena.
En Mérida, la de Yucatán; 14 de Marzo de 2008.