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UNIDAD 5: LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN INGLATERRA:

Barbero, Maria I. et Al: Historia económica mundial: del paleolítico a Internet:

El significado de la Revolución Industrial:

Desde mediados del siglo XVIII se inició una etapa de profundas transformaciones -económicas, sociales,
culturales- que dieron nacimiento a las sociedades industriales. El proceso, que recibe genéricamente el
nombre de “Revolución Industrial”, comenzó en Inglaterra y desde allí fue definiéndose primero hacia
Europa continental y los EE.UU, y más tarde hacia otros países y regiones.
1. PRODUCCIÓN Y SERVICIOS. En contraste con el mundo preindustrial, en el que la principal
actividad económica era la agricultura, en la sociedad industrial el peso del sector primario fue
reduciéndose al tiempo que se incrementó el de la industria y los servicios.
2. DEL CAMPO A LA CIUDAD. Mientras que en la sociedad preindustrial la gran mayoría de la
población vivía en el campo, la sociedad industrial se caracterizaba por un alto grado de
urbanización. No sólo creció el porcentaje de la población urbana, sino que también se incrementó
significativamente el número de grandes ciudades, que eran muy pocas antes del siglo XIX.
3. RITMO DE INNOVACIÓN TECNOLÓGICA. Una tercera diferencia entre el mundo preindustrial y el
industrial radica en el ritmo de innovación tecnológica. Éste fue en general muy lento hasta el siglo
XVIII, pero a partir de entonces se aceleró notablemente. Una de las características de la sociedad
industrial es la velocidad del cambio tecnológico, que ha permitido fuertes incrementos en la
producción y la productividad, aumentando la oferta de energía, de bienes y de servicios. Si buena
parte de la población pudo dejar de trabajar en la agricultura fue porque con menos brazos podía
obtenerse la misma cantidad de alimentos, o gracias a las mejoras en las técnicas de cultivo. Al
mismo tiempo, la oferta de bienes manufacturados creció significativamente, alcanzando
proporciones desconocidas hasta entonces. En el sector industrial los incrementos de la producción
y de la productividad fueron mucho mayores que en la agricultura. Se calcula que en los países
desarrollados de occidente la productividad total de los factores se multiplicó, entre 1700 y 1900, por
40 o por 45. Entre 1000 y 1700, que fue globalmente una etapa de crecimiento en la economía, la
productividad, en el mejor de los casos, se había duplicado.
4. POBLACIÓN. Junto con la industrialización no sólo creció la producción, sino también la población,
que en lo países más desarrollados se multiplicó por 5 entre 1760 y 1960. Se redujo notablemente la
mortalidad y creció la esperanza de vida. En la Europa preindustrial, ésta era en promedio de 33
años, mientras que en 1990 en los países más desarrollados superaba los 75.
Poner el énfasis en las transformaciones que se iniciaron con el proceso de industrialización no significa
afirmar que la historia de los siglos previos haya sido inmóvil. Es importante señalar en primer lugar que
desde el siglo XI en adelante la economía europea asistió a una serie de cambios económicos, sociales,
institucionales, políticos y culturales que fueron preparando el terreno para la Revolución Industrial. Entre
los siglos XI y XIII se produjeron importantes transformaciones en la agricultura ​que permitieron
incrementar la producción y la productividad gracias al perfeccionamiento de los sistemas de barbecho, a la
mejora en los instrumentos de labranza mediante un mayor uso del hierro, a una mejor rotación de cultivos,
con la introducción de leguminosas, a la difusión del uso del caballo y a otros cambios. Este mejoramiento
no fue suficiente como para acompañar el ritmo de crecimiento de la población, pero fue un primer paso
importante. Un segundo momento clave fue el nacimiento, en el siglo XVI, de la “labranza convertible”, en
los Países Bajos, que posibilitó notables aumento de productividad. Implicó la supresión del barbecho (con
lo cual podía cultivarse toda la tierra disponible para la agricultura, sin necesidad de dejar una parte de
descanso), la introducción de nuevas variedades de cultivo para la rotación (forrajeras) y, por primera vez,
la combinación de agricultura y ganadería gracia al uso de las forrajeras para alimentar al ganado y de éste
para fertilizar la tierra.
La llamada ​“Revolución Comercial” ​de lo siglos XII y XIII abrió el camino para la expansión de los
intercambios intereuropeos e internacionales e implicó el nacimiento del comercio como una especialización
en la Europa de la Baja Edad Media. También dio origen a una serie de ​dispositivos institucionales ​que
facilitaron el desarrollo de la actividad comercial, el aumento de la productividad y el crecimiento
económico, entre los que cabe destacar la letra de cambio, las operaciones de descuento, los bancos, la
contabilidad por partida doble, los seguros, las sociedades comerciales y el derecho mercantil. En el siglo
XV nació el servicio postal, en el XVI la bolsas comerciales y financieras, en el XVII lo derechos de patente.
El comercio se transformó desde fines de la Edad Media en la actividad más dinámica de la economía
europea, y fue ampliando su radio de acción y su magnitud desde el siglo XV en adelante al iniciarse la
expansión oceánica y la conquista de territorios de ultramar. Los intercambios mercantiles se hicieron cada
vez más numerosos; los capitales y las ganancias se multiplicaron y surgieron grandes compañías
dedicadas al comercio de larga distancia.
En el caso de la ​industria​, desde finales de la Edad Media comenzó a difundirse el uso del molino de agua,
que fue perfeccionándose constantemente y que se utilizaba sobre todo para la molienda de granos, pero
también en la industria textil. La ​industria artesanal fue expandiéndose en los centros urbanos, y desde el
siglo XVI fue creciendo la importancia de la denominada “​industria a domicilio​”, que se realizaba en áreas
rurales, principalmente en la actividad textil. Para algunos autores, entre los siglos XVI y XVIII se habría
producido una primera fase en la industrialización europea, a la que denominan ​protoindustrialización​,
caracterizada justamente por la expansión industrial a domicilio. Paralelamente se fueron perfeccionando
técnicas y desarrollando algunas ramas que dieron lugar a ​grandes plantas de producción y grandes
empresas, como en el caso de los astilleros, la elaboración de cerveza, la fabricación de vidrio y otras.
Los cambios económicos y tecnológicos producidos durante la Edad Media y Moderna no fueron exclusivos
del continente europeo. Una de las regiones que estuvo a la vanguardia en este campo fue China, que vivió
una etapa de gran expansión y de innovaciones ya desde comienzos de la era cristiana, y sobre todo entre
el siglo X y el siglo XV. Muchos de los adelantos tecnológicos adoptados por los europeos a fines de la
Edad Media y comienzos de la Edad Moderna llegaron desde China: la brújula, la pólvora, el papel y la
imprenta. Parecía que a comienzos de la Edad Moderna China no sólo estaba experimentando un
crecimiento intensivo sino que estaba lista para iniciar un proceso similar al de la revolución industrial de
Gran Bretaña. Sin embargo, no se produjo. Si bien la economía china siguió creciendo hasta el siglo XIX, el
impulso innovador se detuvo a causa de la invasión mongol y de problemas internos.
En el caso de Europa, los cambios económicos y tecnológicos fueron a su vez acompañados, en un
proceso de retroalimentación mutua, por transformaciones sociales, políticas y culturales, entre las que
pueden mencionarse el avance de la urbanización, el nacimiento y desarrollo de la burguesía comercial, la
consolidación de los Estados Nacionales, la formación de imperios coloniales, el nacimiento de las
universidades, la Revolución Científica del siglo XVII (que dio origen a la ciencia moderna), y una paulatina
tendencia a la afirmación de los derechos individuales, que permitió desarrollar un ambiente favorable a la
innovación.
Dicho todo esto, no puede negarse la magnitud de los cambios operados desde el siglo XVIII: el imponente
crecimiento de la producción industrial, producto de los avances tecnológicos y organizativos, sobre todo en
los sectores de la industria textil y el ​hierro​. La industria pasa a ser, sin duda, la actividad económica
líder, mientras que el ritmo de crecimiento per cápita de la agricultura se mantiene relativamente estable.
Desde la revolución industrial en adelante, el sector primario fue reduciendo su participación en la
producción y en el empleo; la población rural fue disminuyendo y avanzó la urbanización. Ello no debe
desmerecer el fuerte incremento absoluto de la producción de ​cereales​, que siguió en términos per cápita
la tendencia previa pero que debió hacer frente a un aumento mucho más rápido de la población, posible a
su vez por la creciente disponibilidad de alimentos. La expansión productiva y demográfica fueron
acompañadas por un acelerado ​crecimiento del comercio internacional​, efecto y a la vez causa de los
cambios productivos.
A la par de los cambio económicos y demográficos, tuvieron lugar profundas ​transformaciones sociales​,
políticas y culturales. Con la sociedad industrial nacieron nuevas formas de organización del trabajo y de la
familia, nuevas clases sociales, nuevos modos de actividad política. Gracias al desarrollo de los transportes
y de las comunicaciones se incrementó el contacto entre las diversas regiones del planeta, creció la
actividad comercial y e incrementó el movimiento de las personas.

La contraposición entre sociedad preindustrial y sociedad industrial es muy clara en la medida en que
comparamos el mundo resultante tras dos siglos de industrialización, con el mundo anterior al siglo XVIII.
Desde este punto de vista es evidente que existió una ruptura. Lo que también es evidente es que dicha
ruptura no fue repentina, sino que tuvo lugar a lo largo de un proceso que abarcó muchos decenios, en los
que convivieron elementos del pasado con los del nuevo presente. La ruptura no fue total, en la medida en
que existen elementos de continuidad entre ambas sociedades, menos en el ámbito de la economía que en
el de las relaciones sociales o el de la cultura. A. P. Usher decía que la revolución industrial fue una
revolución en el verdadero sentido del término, excepto por la rapidez de las transformaciones, ya que por
su carácter los cambios no podían producirse en forma repentina.
La revolución industrial dio origen a una nueva economía y a una nueva sociedad, pero que fue a la vez un
proceso de cambio gradual, en el que lo nuevo y lo viejo se combinaron de forma diversa según las
regiones y los ámbitos en los que se iban produciendo las transformaciones. Los debates entre los
historiadores giran en gran medida en torno al problema del carácter más o menos violento del cambio,
enfrentándose las visiones “gradualistas” a aquella “rupturistas”.

El concepto de Revolución Industrial. Algunas definiciones posibles:

La expresión “Revolución Industrial” fue utilizada por primera vez a fines del siglo XVIII, en referencia a las
transformaciones que en ese entonces se estaban produciendo en la economía británica. El término
“revolución” se usaba para comparar la situación de Gran Bretaña con la de Francia, señalando que si en
este último país estaba en marcha una revolución social y política, en Inglaterra también se estaba viviendo
un período de profundos cambios en la economía y en la sociedad, uno de cuyos rasgos más visibles era
el nacimiento y la expansión de la industria fabril.
En el mundo académico, en cambio, el uso de la expresión fue mucho más tardío, ya que recién empezó a
difundirse a partir de las clases que dictó el historiador Arnold Toynbee entre 1880 y 1881. En el momento
en que Toynbee enseñaba, el tema central que ocupaba a los estudiosos de la Revolución Industrial eran
las consecuencias sociales del proceso de industrialización, en particular sus efectos negativos sobre las
condiciones de vida de la clase trabajadora. Este punto de vista prevaleció hasta la década de 1920.
A medida que la historia económica fue consolidándose como disciplina, la Revolución Industrial comenzó a
ser abordada desde otra perspectiva, en la que el estudio del pasado podía brindar algunas claves para la
comprensión de los problemas económicos del presente. Desde los años 20 la expresión “revolución
industrial” fue perdiendo el significado restringido en el que había nacido, como un proceso que se había
dado en Inglaterra entre las últimas décadas del siglo XVIII, pasando a designar al proceso de nacimiento
de la industria moderna, concepto aplicable a cualquier sociedad.

La historiografía de la Revolución Industrial:

A la hora de buscar una definición de la Revolución Industrial surge el problema de que no hay una sino
muchas, casi tantas como el número de historiadores que se han especializado en su estudio, y cada una
de ella pone el énfasis en diversos aspectos.
Los distintos enfoques se pueden comparar desde dos perspectiva distintas, pero complementarias. La
primera considera cómo la imagen de la revolución y los temas seleccionados para su estudio se fueron
modificando a lo largo del tiempo, desde fines del siglo XIX hasta el presente. La segunda, en cambio, pone
énfasis en cómo los diversos estudiosos han privilegiado en su investigación y en su reflexión determinados
aspectos específicos de la revolución. Comenzaremos con la primera de dichas perspectivas, reflexionando
sobre cómo fue cambiando la visión de la Revolución Industrial a lo largo de más de un siglo de
historiografía.
David Cannadine ha propuesto una periodización. Establece cuatro etapas, en las que los temas
dominantes fueron sucesivamente 1) las consecuencias sociales, 2) las fluctuaciones cíclicas, 3) el
crecimiento económico, 4) los límites al crecimiento.
1. CONSECUENCIAS SOCIALES. En la primera, entre la década de 1880 y 1920, el énfasis estuvo
puesto en las consecuencias sociales de la industrialización, producto de las nuevas condiciones de
trabajo y del proceso de urbanización. La visión predominante enfatizaba los aspectos negativos de
la revolución industrial, a la que consideraba responsable del empobrecimiento y el deterioro de las
condiciones de vida de los trabajadores, como resultado de la difusión del maquinismo y del sistema
de fábrica, y de la concentración de la población en las grandes ciudades industriales.
2. CICLOS ECONÓMICOS. En una segunda etapa, entre los años 20 y los 50, predominó el análisis
de los ciclos económicos, en gran medida porque la crisis de 1929 y la depresión de los años treinta
impulsaron a los estudiosos a interesarse por las fluctuaciones cíclicas en una perspectiva histórica.
Se recopilaron estadísticas históricas que permitieron establecer los ciclos de la economía industrial
desde finales del siglo XVIII, y se esbozaron diversas teorías para explicarlos. En este marco, la
revolución industrial aparecía como el punto de partida de una economía caracterizada por un
funcionamiento cíclico.
3. CRECIMIENTO ECONÓMICO. Entre mediados de los años 50 y mediados de los 60, el tema que
estuvo en el centro de los estudios sobre la Revolución Industrial fue el crecimiento económico. Dos
circunstancias contribuyeron a ello: por una parte, la expansión económica de los países
industriales, y por la otra, el problema del subdesarrollo, que se hizo más visible a partir del proceso
de descolonización y de la emergencia del Tercer Mundo. En este contexto, la industrialización
aparecía como la clave del desarrollo, y la historia podía servir tanto para entender el éxito de los
países ricos como para proponer recetas a los países pobres. con el fin de que salieran del atraso.
Todo ello influyó profundamente en la forma en que los historiadores económicos enfocaron la
revolución industrial, que pasó de ser considerada como la fase inicial de los procesos de desarrollo,
y el caso inglés como el primero de crecimiento económico sostenido. En vez de ser vista como la
causa de los problemas de las sociedades contemporáneas, aparecía como la guía para las
aspiraciones del futuro. Dicho futuro era percibido en términos optimistas, ya que se suponía que no
sólo el desarrollo sostenido era posible, sino que el crecimiento económico contribuiría a acortar la
distancia entre países pobres y países ricos, y a atenuar significativamente las diferencias sociales
dentro de cada país.
Una obra paradigmática de esta etapa fue la de W. W. Rostow, uno de los economistas que
formularon la teoría del desarrollo. En su obra “las etapas del crecimiento económico” propuso un
modelo para el estudio de la transición desde la sociedad tradicional hasta la sociedad industrial de
consumo masiva. Según Rostow, existían cinco etapas: la ​sociedad tradicional​, las ​condiciones
previas para el impulso inicial​, el ​impulso inicial​, la ​marcha hacia la madurez y la ​era del alto
consumo en masa​. Este esquema lo veía como aplicable a todos los países, y consideraba que los
países subdesarrollados estaban en alguna de las etapas iniciales, de las que podrían salir
aplicando políticas económicas adecuadas.
En opinión de Rostow, las sociedades tradicionales tenían como principal limitación la existencia de
un tope al nivel de producción obtenible per cápita, generado por la falta de acceso a las ciencia y a
las técnicas modernas, o por la imposibilidad de aplicarlas en forma regular y sistemática. En la
etapa de las condiciones previas comienzan a producirse cambios económicos, sociales, culturales
o políticos que favorecerán el paso a la sociedad industrial. Para Rostow esto se dio en Europa
Occidental entre fines del siglo XVII y principios del XVIII, siendo Inglaterra la primera en
desarrollarse plenamente.
La ​fase clave es el impulso inicial o despegue (​take off​), que Rotow identifica con la Revolución
Industrial, a la que considera la gran línea divisoria en la vida de las sociedades modernas. En ella
se superan los obstáculos y resistencias contrarios a un crecimiento permanente, que pasa a ser la
condición normal.
Las condiciones esenciales para el take-off son, según Rostow, la ​acumulación de capital y la
innovación tecnológica​, y una variable clave es ​la tasa de inversión​, que debe ser equivalente al
10% o más del ingreso nacional. Debe existir también un sector empresarial o un grupo de
funcionario del Estado que esté dispuesto a liderar el proceso de transformación. Las características
distintivas del take-off on la difusión de nuevas técnicas en la agricultura y la industria, el crecimiento
de la producción industrial y la urbanización, contribuyendo todo ello a la expansión del sector
moderno de la economía y al incremento del ahorro y la inversión.
Para Rostow este proceso tendría lugar en un lapso muy breve: tanto la estructura económica como
la social y la política se transformaban en una o dos décadas, lo cual hacía posible sostener en lo
sucesivo un ritmo fijo de crecimiento. La revolución industrial para él era fácilmente identificable si se
medía la aceleración en la tasa de crecimiento de la economía y se hallaba la proporción entre la
inversión y el producto nacional.
La etapa sucesiva -la marcha hacia la madurez- es caracterizada por Rostow como un largo
intervalo de progreso sostenido y de difusión de la innovación tecnológica, abarcando unos cuarenta
años a partir del fin del despegue. En la era del alto consumo en masa se cosechan los frutos del
desarrollo, con un incremento del ingreso real per cápita que permite el aumento del consumo de
bienes y servicios duraderos, cuyo símbolo era para Rostow la difusión del automóvil.
La obra de Rostow originó discrepancias y debates desde el momento de su publicación, en el que
se discutía la validez de su modelo y la pertinencia de extraer de la experiencia inglesa conclusiones
generalizables a cualquier sociedad. Alexander Gerschenkron, otro economista interesado en la
historia, publicó en los años 50 diversos artículos que discutían la idea de la uniformidad en los
procesos de industrialización. Gerschenkron compartía con Rostow la idea de la industrialización
como producto de una ruptura identificable en el curso de pocas décadas, a la que llamaba “gran
salto”, pero no creía en la inevitabilidad histórica de la industrialización ni en que el camino para
alcanzarla estuviera predeterminado, siguiendo una serie de etapas.
Para Gerschenkron los procesos de industrialización en lo países atrasados presentan diferencias
considerables con los seguidos por la mayor parte de los avanzados. Consideraba que el ritmo del
proceso de industrialización es más acelerado en los países atrasados, fundamentalmente por la
posibilidad con la que cuentan de poder copiar la tecnología de los países desarrollados. Pero,
además de ello, sostenía que el proceso de desarrollo podía ser reforzado por el uso de
determinados instrumentos institucionales específicos. Destacaba el papel que habían cumplido los
bancos comerciales en ciertos países europeos, como Francia, Alemania, el Imperio
Austro-Húngaro y Suiza. En Inglaterra la industrialización había tenido lugar sin necesidad de
recurrir a la banca para financiar la inversión a largo plazo.
Gerschenkron también indicaba que en otras naciones de desarrollo más tardío, como Rusia, el
principal agente impulsor de la industrialización había sido el Estado. En este país la escasez de
capital era tan grande que ningún sistema bancario hubiera podido atraer fondos suficientes para
financiar una industrialización a gran escala. Para poder conseguir el capital que la industria
requería fue necesario el funcionamiento de la maquinaria estatal que, por medio de la política
impositiva, desvió rentas del consumo a la inversión.
Gerschenkron, a diferencia de Rostow, se negó a aceptar la validez de un modelo uniforme de
industrialización, basado en la experiencia británica, ofreciendo una visión mucho más rica y
matizada de los procesos de desarrollo económico.
La economía del desarrollo tuvo también un fuerte impacto entre los historiadores. La revolución
industrial pasó a ser estudiada desde la perspectiva del crecimiento económico, concentrándose el
interés en sus aspectos macroeconómicos y en temas como los modelos de desarrollo, la formación
de capital, la demanda, la distribución del ingreso o las fluctuaciones. Muchas ideas formuladas
explícitamente por Rostow se encuentran implícitas en la mayor parte de los estudios de la
industrialización publicados en los 60 y 70. En general, los historiadores compartían la noción de
que la revolución industrial era el punto de partida de un proceso de crecimiento espectacular y de
progreso sostenido. David Landes explica el proceso de industrialización enfatizando la capacidad
de los europeos para manipular racionalmente el medio natural, el triunfo del hombre sobre la
naturaleza gracias al progreso de la ciencia y la tecnología. Landes ve a la revolución industrial
como la gran ruptura que en el lapso de menos de dos generaciones ha cambiado al mundo para
siempre, y la considera el inicio del proceso de modernización.
En muchos casos, las investigaciones concretas evidenciaban cambios más lentos que los que
Rostow sugería, e incluso procesos de industrialización sin despegue (como el de Francia a lo largo
del siglo XIX). Pero más allá de ello, la revolución industrial era vista como una gran ruptura, que en
el transcurso de algunas décadas había hecho posible el paso de una economía agraria a una
economía industrial. Se trataba de una segunda ruptura que había tenido lugar, en el orden
económico, desde los tiempos prehistóricos. La primera había sido la Revolución Neolítica, signada
por el nacimiento de la agricultura, alrededor de 5.000 años a.C. Desde entonces, la vida económica
se había basado en la agricultura como actividad principal.
El historiador italiano Carlos Cipolla decía que los historiadores, para expresar la idea de un cambio
drástico, han hecho un uso abusivo del término “revolución”; sin embargo, exceptuando quizá la del
Neolítico, no ha habido ninguna revolución tan auténticamente revolucionaria como la Revolución
Industrial. Ambas cambiaron el curso de la historia, es decir, introdujeron un elemento de
discontinuidad en el proceso histórico. La revolución neolítica transformó a la humanidad, de un
conjunto de tribus salvajes de cazadores en una serie de sociedades agrícolas más o menos
independientes. A su vez, la revolución industrial convirtió a los granjeros y campesinos en
manipuladores de máquinas impulsadas por energía inanimada.
4. LÍMITES AL CRECIMIENTO. Desde mediados de los años 70 comenzó a ser crecientemente
discutida la visión de la revolución industrial que se desprendía de los trabajos publicados en las dos
décadas anteriores. En general, en las ciencias sociales se iba diluyendo el optimismo que había
predominado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y la teoría del desarrollo se vio seriamente
cuestionada. La realidad había mostrado que la aplicación de las recetas propuestas por los
economistas no daba necesariamente los frutos esperados, y que la mayor parte de los países del
Tercer Mundo no habían logrado salir del subdesarrollo. Por otro lado, no siempre el crecimiento
económico se traducía en una mejora de las condiciones de vida de la población.
Pero, además de ello, aun la realidad de los países más ricos hacía dudar de que la industrialización
hubiera resuelto de una vez los problemas económicos y sociales. La crisis económica que produjo
el alza de los precios del petróleo a principios de lo años setenta, puso en evidencia los límites a la
expansión iniciada con el fin de la guerra, y las economías de los países más desarrollados debieron
enfrentar problemas como la desocupación, la recesión y la inflación. Al mismo tiempo, comenzó a
reconsiderarse el problema de la relación del hombre con la naturaleza, y las denuncias de los
ecologistas revelaron las consecuencias no deseadas que el desarrollo económico podía enera al
poner en peligro el medio ambiente. El mismo Rostow decía, a fines de los 70, que comenzó a
dudarse no sólo de la inevitabilidad, sino también de la legitimidad del desarrollo económico.
Todo ello repercutió sensiblemente en los estudios sobre la revolución industrial, en la que
empezaron a considerarse no sólo los éxitos sino también los fracasos. La industrialización pasó a
ser observada ya no como una progresión unidireccional, sino como un proceso cíclico; como un
proceso a largo plazo, más que como un acontecimiento espectacular a corto plazo; como un
modelo de carácter multidimensional, más que como un modelo único.
En general, existe hoy una tendencia a ver la revolución industrial como un proceso lento, no como una
ruptura identificable en el término de pocas décadas. El importante libro de Maxine Berg, ​La era de las
manufacturas 1770-1820​, que lleva como subtítulo ​Una nueva historia de la Revolución Industrial británica,​
puede servir como punto de referencia. La autora brinda una imagen de la industrialización inglesa como un
proceso en el que conviven, durante décadas, formas tradicionales y formas nuevas de producción. Sin
negar la existencia de la Revolución Industrial como fuente de profundas transformaciones, ofrece una
visión menos “prometeica” de ella y propone que la consideremos un fenómeno más complejo y
polifacético. En la misma línea, Joel Mokyr, afirma que Gran Bretaña durante la revolución industrial era una
economía dual​, en la que coexistían un sector tradicional, que se desarrollaba gradualmente y de manera
convencional, y un sector moderno, en el que se estaban produciendo las transformaciones más
significativas.
Pollard publicó en 1981 su libro ​La conquista pacífica que lleva como subtítulo ​La industrialización de
Europa.​ En dicho trabajo desarrolla dos conceptos que han sido sumamente fructíferos para las
investigaciones posteriores. Uno es el de la ​región ​como el espacio en el cual estudiar los procesos de
industrialización, ya que éstos se desarrollan en áreas geográficamente definidas, que no coinciden con los
límites nacionales. Pollard cuestiona las investigaciones que toman a los Estados nacionales como objeto
de estudio. Otro concepto de Pollard es el de “​diferencial de contemporaneidad​”. Se refiere a las
consecuencias muy diferentes que pueden producirse cuando un mismo fenómeno llega más o menos
simultáneamente a economías que se encuentran en etapas muy distintas de su desarrollo. Los
acontecimientos se originaban (casi siempre) en los países más adelantados, pero afectaban también a los
atrasados, donde eran recibidos de manera diferenciada. Coincide con Gerschenkron en que las vías de
industrialización variaron según el grado de atraso de cada país, pero polemiza con él dos temas: que
considere como unidad de análisis los Estados nacionales y, sobre todo, que no tome en cuenta el
diferencial de contemporaneidad.

¿Revolución o evolución?

Como hemos visto, en los últimos años el debate académico sobre la revolución industrial ha girado en gran
parte alrededor del problema de la continuidad y la ruptura, y en él se han afirmado las tendencias
gradualistas. El historiador norteamericano Ronald Cameron sostiene que la expresión “revolución
industrial” es incorrecta, ya que para él no refleja la complejidad y las características de aquello que se
propone designar. Según Cameron, la palabra “revolución” da la idea de un cambio rápido -mientras que la
industrialización fue un proceso lento y evolutivo-, y la palabra “industrial” restringe su significado, ya que
los cambios afectaron no sólo a la industria, sino a la economía en general y también a la sociedad, a la
política y a la cultura. Propone el uso de la expresión “nacimiento de la industria moderna”.
Entre los estudiosos actuales que coinciden con esta visión gradualista de la Revolución Industrial podemos
distinguir dos posturas: una de ellas ofrece un enfoque cuantitativo de la industrialización y la otra orienta su
atención en las transformaciones cualitativas.
- Los cuantitativistas -que se identifican con la ​New Economic History-​ se interesan sobre todo por la
medición del crecimiento económico, y utilizando técnicas muy sofisticadas han propuesto nuevos
cálculos del crecimiento de la economía británica en los siglos XVIII y XIX. Dichos cálculos revelan
tasas mucho más bajas que las estimaciones realizada en los años sesenta, y ello ha llevado a
muchos historiadores económicos a presentar a la industrialización como proceso de cambio
acumulativo, y a algunos de ellos a negar la existencia de la Revolución Industrial.
- Los historiadores más interesados en los cambios cualitativos generados por la industrialización -por
ejemplo en los sistemas de producción y trabajo- ponen el énfasis en la lenta difusión que dichas
transformaciones tuvieron a partir del siglo XVIII. Sin discutir la pertinencia del concepto de
revolución industrial, resaltan a la vez la profundidad de los cambios y su gradual expansión. Para
ellos las transformaciones no pueden medirse sólo en términos cuantitativos, y menos con
información agregada a nivel nacional que opaca las diferencias entre las distintas ramas de la
industria y las variaciones regionales. Consideran la revolución como un proceso económico y social
que dio un resultado mucho mayor que la suma de las partes.

¿En qué consistió la Revolución Industrial?

¿Cuál es el significado que los historiadores atribuyen hoy a la expresión “revolución industrial”? Como
vimos, no existe una única definición ni un consenso total acerca de su contenido. David Landes propone
tres definiciones, que se refieren a los distintos usos que se le suelen atribuir:
1. El término “revolución industrial”, en minúsculas, suele referirse al complejo de innovaciones
tecnológicas que, al sustituir la habilidad humana por maquinaria, y la fuerza humana y animal por
energía mecánica, provoca el paso desde la producción artesanal a la fabril.
2. El significado del término es a veces otro. Se utiliza para referirse a cualquier proceso de cambio
tecnológico rápido e importante. En este sentido, se habla de una “segunda” o “tercera” revolución
industrial, entendidas como secuencias de innovación industrial históricamente determinadas.
3. El mismo término, con mayúsculas, tiene otro significado distinto. Se refiere a la primera
circunstancia histórica de cambio desde una economía agraria y artesanal a otra dominada por la
industria y la manufactura mecanizada. La Revolución Industrial se inició en Inglaterra en el siglo
XVIII y se expandió, desde allí, y en forma desigual, por los países de Europa continental y por
algunas otras pocas áreas, y transformó, en el espacio de menos de dos generaciones, la vida del
hombre occidental, la naturaleza de su sociedad y sus relaciones con los demás pueblos del mundo.

El historiador inglés Peter Mathias la define como “las fases iniciales del proceso de industrialización en el
largo plazo”, y señala que los dos criterios centrales para definir la revolución industrial son 1) la aceleración
del crecimiento de la economía en su conjunto, y 2) la presencia de cambios estructurales. Pone el énfasis
en que dicho crecimiento debe darse en el largo plazo y responder no a un incremento de los factores de la
producción, sino a un aumento de la productividad que se traduzca en un incremento del producto per
cápita. Los cambios estructurales incluyen la innovación tecnológica y organizativa, la modernización
institucional, el desarrollo de un sistema de transportes y la movilización de la fuerza de trabajo. Este
proceso genera, a su vez, modificaciones en la estructura de la economía, en particular, la reducción de la
participación sectorial de la agricultura en el empleo y en el total de la producción.
E. A. Wrigley señala que la característica distintiva de la revolución industrial ha sido un aumento amplio y
sostenido de los ingresos reales per cápita. Sin un cambio de este tipo, el grueso total de los ingresos se
hubiese seguido gastando necesariamente en alimentos, y el grueso de la fuerza de trabajo hubiese
seguido siendo empleada en la tierra. Al aumentar la productividad del trabajo, gracias al proceso de
innovación, se incrementa el producto por habitante. Wrigley contrapone dos modelos de crecimiento
económico, uno de ellos asociado a la economía orgánica avanzada, y el otro a la economía basada en la
energía de origen mineral. El primero precede al segundo en el tiempo, aunque existe una superposición
entre ambos. En el modelo de economía orgánica avanzada, la industria se abastecía esencialmente de
materias primas animales o vegetales. Ello ponía límites muy precisos al crecimiento económico. El uso de
fuentes de energía de origen mineral, en primer lugar el carbón, permitió superar dichos límite,
incrementando de manera sostenida la productividad y las tasas de crecimiento de la economía.
Combinando estas definiciones podemos sostener que la revolución industrial consistió en un proceso de
cambio estructural en el que se combinan:
1. El crecimiento económico.
2. La innovación tecnológica y organizativa.
3. Profundas transformaciones en la sociedad.
El rasgo más característico de dicho proceso es el nacimiento y el desarrollo de la industria fabril. El
crecimiento económico se debe principalmente al aumento de la productividad de la economía, y dicho
aumento de la productividad es posible gracias a la innovación tecnológica y organizativa. Los rasgos
esenciales de la innovación tecnológica son el uso de máquinas que reemplazan a la habilidad humana y la
utilización de nuevas fuentes de energía inanimada que sustituyen a la fuerza humana y animal. La
principal innovación organizativa consiste en el nacimiento del sistema de fábrica, como alternativa a las
formas de producción tradicional (la industria artesanal y la industria a domicilio).
Los cambios tecnológicos y organizativos permiten producir una cantidad de bienes muchísimo mayor que
la que podía fabricarse con los métodos tradicionales, y a la vez nuevos tipos de bienes que son producto
de un proceso de innovación que no se detiene.
La revolución industrial está acompañada por cambios estructurales en la economía y la sociedad. Por una
parte, se va produciendo un descenso de la participación de la agricultura en el total de la producción y de
la proporción de mano de obra empleada en el sector primario. Al mismo tiempo, se verifica un avance de la
industria y otros servicios que aumentan su participación en el producto y en la ocupación. Otro cambio
estructural lo constituye el proceso de urbanización. A medida que avanza la industria fabril, la producción y
la población se van concentrando en las ciudades. Van creciendo el número de ciudades, sus dimensiones
y la proporción de población urbana en relación con la rural.
El crecimiento de la industria y de los servicios y la difusión del sistema de fábrica dan nacimiento a nuevos
sectores sociales. Cambian las condiciones de trabajo y se va multiplicando el número de trabajadores
empleados en las fábricas, lo cual da origen al proletariado industrial. Éste se diferencia de los trabajadores
del período pre-industrial por sus condiciones de trabajo. La nueva clase obrera está compuesta por
trabajadores asalariados que no son propietarios de los medios de producción, sino que venden su fuerza
de trabajo. No trabajan en sus casas, sino en las fábricas, en las que deben cumplir con una disciplina
estricta. Viven mayoritariamente en áreas urbanas.
Al mismo tiempo, se incrementa el número de empresarios que invierten su capital en las nuevas
actividades y son dueños de industrias. Una nueva burguesía industrial va buscando su lugar entre los
sectores propietarios. Pero también las clases medias son producto de la nueva sociedad industrial, ya que
crecen junto con la expansión de los servicios y las actividades administrativas.
Desde el punto de vista cronológico, la revolución industrial se inició en Gran Bretaña en la segunda mitad
del siglo XVIII, y de allí se fue difundiendo, con ritmos y características diversos, primero hacia el continente
europeo y los Estados Unidos, y más tarde hacia otras naciones.
Como hemos señalado, la revolución industrial no tuvo lugar en forma abrupta, los cambios tuvieron lugar
de una manera gradual y con fuertes diferencias regionales. Aun en Gran Bretaña, la primera nación
industrial, la difusión de la industria moderna fue lenta, y afectó de modo desigual a los diversos sectores de
la actividad industrial y a las distintas áreas geográficas. Pero el hecho de que se haya tratado de un
proceso gradual no invalida la existencia de la revolución industrial entendida como el punto de partida para
el nacimiento de un nuevo tipo de sociedad.

Revolución tecnológica y revolución económica:

La revolución industrial fue una revolución tecnológica​, definiendo como tal un cambio tecnológico y
acelerado sin precedentes, que transforma los procesos de producción y distribución, crea un aluvión de
nuevos productos y cambia la ubicación de la riqueza y del poder en el planeta, dado que otorga
superioridad económica a los países que dominan la nueva tecnología.
En general, se considera que hubo ​tres grandes revoluciones tecnológicas desde el siglo XVIII en
adelante: 1) la Primera Revolución Industrial, que tuvo su origen en Gran Bretaña entre 1760 y 1830; 2) la
Segunda Revolución Industrial, cuyo orígenes fueron Alemania y Estados Unidos Unidos entre 1870 y
1914, y 3) la Revolución de la Tecnología de la Información y las Comunicaciones, o Tercera Revolución
Tecnológica, que también se origina en los Estados Unidos, en la década de 1970 y está hoy todavía en
marcha.
Si la primera revolución industrial hubiera sido sólo una revolución tecnológica, su definición y su estudio
serían menos complicados. Lo que la hace tan importante es que fue mucho más que una revolución
tecnológica: fue también una ​revolución económica​.
Douglass North define a una revolución económica como un cambio fundamental en el potencial
productivo de la sociedad como consecuencia de un cambio básico en el stock de conocimientos; y
el cambio consiguiente de la organización económica para realizar dicho potencial. Para el autor
han existido sólo dos revoluciones económicas en la historia: la revolución neolítica y la que
denomina “Segunda Revolución Económica”, que sitúa a fines del siglo XIX y comienzos del siglo
XX, momento en que se produjo lo que la mayor parte de los autores definen como Segunda
Revolución Industrial. Más allá de que North reserve el concepto de revolución económica para lo que
otros consideran la Segunda Revolución Industrial, y que justifica sosteniendo que recién a fines del XIX se
produjo un “maridaje” entre la ciencia y la tecnología ​que permitió ampliar indefinidamente las fronteras
del conocimiento, puede utilizarse sin duda para la primera.
Lo que permite caracterizar a la primera revolución industrial como una revolución económica es (siguiendo
la definición de North) la combinación del cambio en el potencial productivo de la sociedad con cambios en
la organización económica, que afectaron al sistema económico en su conjunto y permitieron acelerar
radicalmente las tasas de crecimiento.
Se produjo un cambio estructural en la organización económica, ya que por primera vez en la historia de la
humanidad la industria se convirtió en la actividad más dinámica, creciendo a un ritmo mucho más rápido
que la agricultura. Este cambio implicó el paso de una economía agrícola a una economía industrial, y el
paso de la industria tradicional a la industria moderna.
Pero también se introdujeron, en forma paralela, transformaciones esenciales en la forma de organización
de los intercambios entre las personas. La principal fue un fuerte avance de las relaciones mercantiles, es
decir de la economía de mercado, definida como un sistema en el cual la producción y la distribución de
bienes y servicios se realiza a través del mecanismo de precios y en el que compradores y vendedores se
vinculan a través de relaciones impersonales (guiadas por el mercado).
Muchos autores han estudiado este proceso. Sin duda Adam Smith fue el precursor, ya que en su obra
Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones ​(1776) sostuvo que existía una
relación directa entre el avance de la producción para el intercambio y el crecimiento económico,
oponiéndose a toda restricción que regulara o controlara los mercados. Lo que importa destacar es que el
proceso de mercantilización avanzó sensiblemente con la revolución industrial, difundiendose a través de
todo el sistema económico.
Arnold Toynbee consideraba que la esencia de la revolución industrial era la sustitución de las regulaciones
medievales (que hasta entonces habían controlado la producción y la distribución de la riqueza) por la
competencia: se había pasado de un mercantilismo a un ​laissez faire​.
Uno de los pensadores que más reflexionó sobre todas estas cuestiones fue Karl Polanyi, que a diferencia
de Smiths o Hicks, tenía una posesión muy crítica con respecto a la economía de libre mercado y a sus
defensores. Su obra más famosa, ​La gran transformación​, publicada en 1944, analiza la revolución
industrial como un momento de ruptura en la organización económica y social. Polanyi elige una fecha para
el nacimiento del capitalismo industrial: 1834. En ese año se abolieron en Gran Bretaña las leyes de
Speenhamland, que aseguraban un ingreso mínimo a los pobres a través de sus parroquias. Según
Polanyi, en 1834 se produjo el triunfo de lo que denominó “la lógica del mercado autorregulado”, que
implicaba que toda la producción se destinaba a la venta en el mercado (de bienes y servicios, de mano de
obra, de tierra, de dinero) y que todos los ingresos (salarios, rentas, intereses) derivaban de tales ventas.
La revolución industrial había provocado, para Polanyi, dos efectos de distinto signo: un mejoramiento de
los instrumentos de producción y una dislocación catastrófica de las vidas de la gente, subordinando la
sociedad al mercado. De allí en más, hasta la Primera Guerra Mundial, la economía de mercado continuó
en ascenso, hasta que la reacciones que provocó entre los grupos sociales que se sintieron perjudicados
por ello llevó, desde la década de 1920, a una nueva fase de creciente regulación.

Una última observación acerca de los enfoques sobre la Revolución Industrial:

Para finalizar, utilizaremos la clasificación que propone Joel Mokyr acerca de los enfoques que han guiado
la investigación sobre la Revolución Industrial. Según este autor se pueden identificar ​cuatro escuelas, a
las que denomina del cambio social, de la organización industrial, macroeconómica, y tecnológica.
1. CAMBIO SOCIAL. Pone el énfasis en cómo se fueron modificando los modos de transacción
económica entre los individuos, con el avance de las relaciones de mercado en el mundo del trabajo
y en las consecuencias sociales de la revolución. En ella incluye a Polanyi.
2. ORGANIZACIÓN INDUSTRIAL. Se enfoca en los cambios experimentados por la estructura y por
las dimensiones de la empresa, destacando el significado del nacimiento del sistema de fábrica
como nueva forma de organización del trabajo. Tiene dos vertientes: la tradición marxista
(comenzando por el propio Marx) e historiadores no marxistas.
3. MACROECONÓMICA. Considera sobre todo el comportamiento de determinada variables
agregadas que permiten medir las tasas de crecimiento económico: PBI, formación de capital,
inversión, población activa, desempeño del sector manufacturero. En ella se ubican gran parte de
los economistas, desde Rostow, Kuznets, los representantes de la ​New Economic History.
4. TECNOLÓGICA. Privilegia el proceso de cambio tecnológico, e incluye entre muchos otros a David
Landes.

Las formas tradicionales de producción industrial:

1. LA INDUSTRIA ARTESANAL. Se caracterizaba por ser una forma de actividad en la que los
productores utilizaban herramientas manuales que exigen una alta dosis de habilidad. La industria
artesanal puede ser doméstica o llevarse a cabo en un taller. Desde fines de la Edad Media creció la
industria artesanal urbana, que funcionaba en pequeños talleres, con una organización jerárquica
basada en el sistema de aprendizaje. En algunas ciudades de Flandes y del norte de Italia surgieron
talleres de mayores dimensiones, sobre todo en la industria textil, llegándose a concentrar un
número considerable de trabajadores bajo un mismo techo, pero la forma más extendida de
producción industrial eran los pequeños talleres.
La actividad industrial estaba fuertemente regulada por los gremios, que establecían desde las
normas de calidad hasta las cuotas de producción, y ofrecían algunos rudimentarios servicios
sociales a sus miembros. En general, la producción artesanal de las ciudades estaba destinada al
mercado local y al campo circundante, aunque una proporción muy alta de la población campesina
elaboraba en su hogar los productos industriales que consumía: vestido, calzado, utensilio
domésticos.
2. LA INDUSTRIA A DOMICILIO. Desde el siglo XVI fue desarrollándose la industria a domicilio, cuya
mayor difusión tuvo lugar entre los siglos XVII y XVIII. Se caracteriza por ser un sistema
descentralizado de producción, en el que los trabajadores realizaban las tareas en sus domicilios,
con herramientas que en general eran de su pertenencia. Trabajaban para un
comerciante-empresario, que les encargaba los quehaceres y les suministraba la materia primera,
retirando luego las piezas elaboradas por las que pagaba a destajo. El proceso de comercialización
estaba en manos de los comerciantes empresarios, y los productos se destinaban a mercados no
locales, europeos o ultramarinos. La mayor parte de los trabajadores eran campesinos que
realizaban sus actividades industriales en los tiempos muertos que dejaban las tareas agrícolas.
Las ventajas que presentaba esta forma de organización del trabajo con respecto a la industria
urbana artesanal consistían en que, por un lado, era un sistema muy flexible, en el que la
producción se regulaba de acuerdo con la demanda, y en el que no existía una obligación por parte
del empresario de mantener un vínculo permanente con los trabajadores. Los costos fijos eran
mínimos, y los salarios más bajos, ya que no se aplicaban las regulaciones que establecían los
gremios para la industria urbana. Los trabajadores aceptaban recibir un pago menor porque para
ellos se trataba de una actividad complementaria, ya que su ocupación principal era la agricultura.
Además, a diferencia de la industria urbana, en la manufactura rural trabajaban también mujeres y
niños, cuyas remuneraciones eran más bajas que las de los hombres adultos.
3. LA PROTOINDUSTRIALIZACIÓN. El historiador Franklin Mendels elaboró el concepto de
protoindustrialización para referirse a lo que consideraba la primera fase del desarrollo industrial de
Europa, caracterizada por la expansión del sistema de trabajo a domicilio. Para Mendels, el proceso
de industrialización en Europa pasó por dos etapas: la primera había consistido en una
“industrialización preindustrial”, y la segunda, en la industrialización moderna propiamente dicha.
Llamó “protoindustrialización” a la primera fase, caracterizada por la difusión del sistema de trabajo
a domicilio en la producción de bienes para mercados no locales, que generó, a su vez, cambios
significativos en la economía rural. La segunda fase sería para Mendels la Revolución Industrial,
signada por el surgimiento del maquinismo y el sistema de fábrica. La protoindustrialización, que se
difundió entre los siglos XVI y XVIII, permitió el crecimiento de la producción dentro de los sistemas
técnicos tradicionales de la industria doméstica, aumentando la productividad de los trabajadores al
ocupar en la industria mano de obra antes desempleada o empleada parcialmente en actividades
agrícolas.
Con la protoindustrialización se establecieron nuevas relaciones entre los centros urbanos y las
áreas rurales. De la ciudad provenían los empresarios, los capitales y las redes de comercialización,
y en la ciudad se realizaban algunas actividades industriales, sobre todo procesos de preparación o
acabado. En el campo se llevaba a cabo la mayor parte de la producción, con una organización
descentralizada que operaba a escala regional. Otros rasgos centrales eran que la producción
estaba orientada a mercados externos y que el management estaba en mano de los comerciantes
empresarios y no de los trabajadores. Al ofrecer un medio de subsistencia complementario a la
agricultura, la protoindustrialización contribuyó a mejorar las condiciones de vida de los campesinos,
reduciendo el impacto de las tradicionales crisis de subsistencia y estimulando el crecimiento
demográfico.
Uno de los puntos más cuestionados del concepto de protoindustrialización es establecer por qué en
algunas regiones condujo al nacimiento de la industria fabril, mientras que en otras el proceso de
industrialización quedó trunco. La obra de Mendels sirvió para revalorizar el sistema de trabajo a
domicilio, que dejó de ser visto como un híbrido que no era ni artesanía urbana ni industria fabril.
para ser considerado una forma de producción industrial que había sido característica de la Europa
Moderna.
4. LA MANUFACTURA CENTRALIZADA (o protofábrica). Pollard distingue tres clases de
protofábricas, y a la vez que aclara que las fronteras entre ellas no son siempre claras:
- Talleres centrales que preparaban y terminaban el trabajo de los trabajadores rurales a
domicilio, principalmente en el sector textil.
- Unidades que tenían que ser bastante grandes o que requerían mucho capital por razones
técnicas. Ejemplos: metalurgia, minería, vidrio, astilleros, refinerías de azúcar.
- Agrupación de talleres por una razón que no es económica ni técnica, como consecuencia
de un monopolio o de la iniciativa de algún magnate territorial. Ejemplo: manufacturas reales
creadas en Francia en el siglo XVII, fábricas textiles establecidas por nobles checos en el
siglo XVIII.

El sistema de fábrica:

Con la revolución industrial nació el sistema de fábrica, que puede ser definido como un sistema que se
caracteriza por la mecanización de la producción, por el uso de energía inanimada en reemplazo de la
energía humana o animal (las primeras formas de energía inanimada utilizada en las fábricas fueron la
energía hidráulica y la energía a vapor), y por la presencia de trabajadores asalariados sometidos a un
régimen de estricta disciplina.

1. EL MAQUINISMO. El sistema de fábrica constituye lo que se denomina también “industria


moderna”, que se contrapone a la “industria tradicional”. Un rasgo central del proceso de
modernización de la industria fue la paulatina difusión del uso de máquinas activadas por energía
inanimada. No es sencillo encontrar una definición adecuada del término “máquina”. Un primer paso
es diferenciar una máquina de una herramienta. Tanto una máquina como una herramienta permiten
economizar trabajo manual, ya que potencian la actividad humana. Sin embargo, uno de los rasgos
que distingue a las herramientas de las máquinas es que las primeras son instrumentos en manos
del trabajador, que requieren una habilidad específica sin la cual no puede llevarse a cabo el
proceso de producción. En el caso de las máquinas, en cambio, estamos frente a artefactos que
disponen de mecanismos que reemplazan la actividad humana. Así, el rasgo dominante de la
industria moderna fue la difusión de las máquinas accionadas por energía inanimada -primero
hidráulica, más tarde energía del vapor- que obligaron a sustituir las formas tradicionales de
organización del trabajo y dieron nacimiento al sistema de fábrica.
2. LAS NUEVAS FUENTES DE ENERGÍA. Una de las claves del proceso de industrialización fue el
acceso a nuevas fuentes de energía calorífera y mecánica, y el símbolo de los nuevo tiempos fue la
máquina a vapor. En la sociedad preindustrial, el grueso de la energía que se utilizaba provenía de
fuentes orgánicas. La mayor parte de la energía era suministrada por la fuerza humana o animal,
complementada en algunos casos por la del viento o la del agua, y por el calor proporcionado por la
madera. Por ello, los niveles de productividad que podían conseguirse eran modestos. Wrigley
señala como característica distintiva de la revolución industrial ​el paso de una economía orgánica
avanzada a una economía sustentada en la energía de origen mineral​. La utilización de la
energía calórica y mecánica proveniente del ​carbón ​mineral permitió incrementar hasta niveles
insospechados la productividad del trabajo.
La difusión de las innovaciones fue lenta. En la primeras décadas de la revolución industrial se
combinó el uso de la fuerza hidráulica y el de la energía a vapor, e incluso en el siglo XVIII también
se utilizaban caballos y bueyes para accionar las máquinas en la industria textil. La máquina a vapor
de Watt fue patentada en 1769, pero su uso se difundió lentamente en la industria. En un principio,
las fábricas se instalaron en las orillas de los cursos de agua que tuvieran un caudal suficiente para
aprovechar la energía hidráulica. Todavía a mediados del siglo XIX la importancia de la fuerza
hidráulica seguía siendo muy grande en Inglaterra, a pesar de que se iba generalizando el uso de la
máquina a vapor. Muchos autores siguen considerando la máquina de vapor como el invento más
característico de la revolución industrial. Su principal aporte fue poder transformar la energía térmica
(calor) en energía cinética (movimiento y trabajo).
James Watt inventó una máquina de vapor a la que introdujo mejoras decisivas, que permitieron
reducir el consumo de carbón, disminuir sus dimensiones y minimizar su costo. Gracias a ello pudo
ser utilizada en cualquier parte, y su uso se fue extendiendo de las minas a la industria
manufacturera. Con ello la industria pudo independizarse de la geografía, porque las fábricas ya no
debían instalarse a la vera de los cursos de agua. Se fueron localizando paulatinamente en los
centros urbanos, dando nacimiento a las ciudades industriales. La máquina de Watt fue, a su vez,
perfeccionada a lo largo del siglo XIX por otros inventores, y ello permitió que pudiera utilizarse para
impulsar medios de transporte. A partir de 1820 se construyeron los primeros ferrocarriles y barcos
de vapor, que revolucionaron las comunicaciones.
Como ya señalamos, además de la energía a vapor, durante todo el siglo XIX siguió utilizándose la
energía hidráulica, sobre todo en aquellos países o regiones en los que no había carbón o era muy
escaso y caro, donde, en cambio, abundaban los cursos de agua (como Suiza o el nordeste de
EE.UU). También la tecnología hidráulica se fue perfeccionando, en especial gracias a la invención
de la turbina en 1830, que permitió reemplazar la rueda y aprovechar mucho más eficientemente la
fuerza del agua.
Las innovaciones que se introdujeron desde las últimas décadas del siglo XIX (la electricidad y el
motor a explosión) no hicieron más que reforzar esta tendencia, multiplicando la oferta de bienes y
servicios.
3. LA DISCIPLINA Y LA ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO: La productividad no sólo creció gracia a la
utilización de máquinas y al uso de nuevas fuentes de energía. Lo hizo también como producto de
las nuevas formas de organización del trabajo que acompañaron al sistema de fábrica y del nuevo
tipo de empresa que iba surgiendo con la Revolución Industrial.

- La disciplina​: con la fábrica se produjo en primer lugar una intensificación del trabajo. A
diferencia de la industria a domicilio, en la que los trabajadores decidían libremente cuándo y
cuánto trabajar, la fábrica se caracteriza por exigir a los obreros un horario estricto y una
actividad constante. El trabajo humano debió adaptarse al ritmo impuesto por las máquina.
Un aspecto central de la producción preindustrial era que el conocimiento tecnológico
tomaba la forma de oficios calificados, y quienes poseían el oficio controlaban los procesos
de producción.
Los nuevos empresarios lucharon por modificar los viejos sistemas de trabajo recurriendo al
control de los obreros, y algunos de ellos establecieron una normativa muy rígida. Cada uno
tenía un puesto determinado y una tarea estrictamente delimitada. La jornada laboral no sólo
era muy intensa, sino también muy extensa. A comienzos del siglo XIX, el promedio de los
establecimientos alcanzaba y sobrepasaba las catorce horas diarias.
Para disciplinar a los trabajadores, los empresarios recurrían mayoritariamente a los
castigos, y en mucha menor medida, a los premios para quienes cumplían satisfactoriamente
con las exigencias. El castigo en más de la mitad de los casos era el despido.
- La división del trabajo​: una segunda característica de las fábricas fue la intensificación de
la división del trabajo. Se trata de una innovación organizativa. En ​Investigación sobre la
naturaleza y causas de la riqueza de las naciones,​ Adam Smith dedicó el primer capítulo del
libro primero a la división del trabajo, a la que consideraba “causa principal de la expansión
de su eficiencia”. Smith indicaba que la mayor productividad derivaba de tres factores: la
mayor destreza de cada obrero en particular, el ahorro de tiempo que comúnmente se pierde
al pasar de una ocupación a otra, la invención de máquinas que facilitan y abrevian el
trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos.
La introducción de las máquinas hizo posible incrementar la contratación de personal no
calificado que se especializaba en actividades rutinarias, como el simple control de la
máquina. En segundo término muchas tareas dejaron de requerir no sólo habilidad, sino
también fuerza. Ambas condiciones llevaron a que en las fábricas se contrataran cada vez
más mujeres y niños, a lo cuales se pagaba salarios mucho más bajos y a los que se
sometía a la disciplina con más facilidad que los adultos.
En el tomo I de El Capital, Karl Marx analizó la lógica del proceso de división del trabajo en
las ​manufactura ​y en las ​fábricas​, remarcando las diferencias entre ambos casos. En la
manufactura, la división del trabajo consiste en la descomposición de un oficio manual en
diversas operaciones parciales: por ello, Marx habla del “obrero parcial”. Pero, a la vez, el
oficio manual sigue siendo la base de todo. Para Marx, la lógica del maquinismo,
característica de la fábrica, de de índole diversa. El principio que rige en ella es la de un
órgano de producción objetivo e impersonal, que impone sus condiciones sobre los obreros.
Aquí la máquina sustituye al obrero por un mecanismo y las herramientas se transforman en
componentes de un aparato mecánico. Mientras que el obrero de la manufactura y de la
industria manual se servía de sus herramientas, el de la fábrica debe servir a la máquina,
siguiendo sus movimientos, como parte de un “mecanismo muerto”. Como consecuencia de
ello, la graduación jerárquica de los obreros que se conservaba en la manufactura, va siendo
reemplazada por la tendencia a igualar o a nivelar los trabajos. Con la gran industria se
completa, para Marx, la separación del trabajo manual y las potencialidades intelectuales de
la producción.
Alain Touraine describe como sistema profesional aquel en el que lo obreros conservan una
cierta autonomía y controlan los tiempos de producción, diferenciándolo de una segunda
etapa, que se inicia a fines del siglo XIX, en que los ritmos son fijados por la maquinaria y el
trabajo es continuo. Esta segunda fase corresponde a la producción en masa y a la difusión
del taylorismo y del fordismo.
- Las fábricas de Josiah Wedgwood​: Una de las empresas que es considerada un modelo
en cuanto a la eficiencia y la disciplina en los primeros tiempos de la Revolución Industrial es
la que pertenecía a Josiah Wedgwood, dedicada a la fabricación de productos de alfarería.
En sus talleres, luchó por imponer una estricta disciplina a los obreros alfareros, que hasta
entonces habían tenido hábitos de trabajo muy irregulares. Una de las facetas más
interesantes que plantea el ejemplo de Wedgwood es que consiguió grandes incrementos de
la productividad mediante la organización del trabajo, sin recurrir a las máquinas. En sus
fábricas existía una estricta división de tarea y los obreros no podían pasar de una actividad
a otra.
En la nueva sociedad industrial, el tiempo y la eficiencia pasaron a ser las metas de los
empresarios, pero para imponerlas debieron luchar contra las prácticas tradicionales del
trabajo y contra los hábitos de los trabajadores. Por ejemplo, el uso del reloj se difundía
porque era cada vez más necesario para regular el ritmo del trabajo y de la vida cotidiana.
De la revolución industrial surgió una sociedad más disciplinada, lo cual permitió incrementar
la productividad del trabajo y poner a disposición de la gente muchos más bienes a precios
accesibles.